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Primero de Mayo por el pan, el techo y la paz

Luis Díez.

Nunca ha sido fácil la vida para los trabajadores. Y ahora tampoco. En el contexto de crecimiento económico y productividad sostenida como la que vivimos en España –por encima de la media de la UE– tenemos más de diez millones de trabajadores con los salarios estancados. No se trata de que los sueldos de esas personas suban igual que los márgenes empresariales, cuyo promedio alcanza el 13% anual, sino de que, como dice Unai Sordo, secretario general de Comisiones Obreras (CCOO), tengan subidas de entre el 4 y el 7% para los próximos años.

El segundo gran problema es la vivienda. Los dos principales sindicatos de clase, CCOO y UGT, la consideran un problema estructural que “empobrece” a la población trabajadora. Y reclaman a los poderes públicos que “limiten los precios” de los alquileres y las cuotas de las hipotecas bancarias al 30% como máximo de los ingresos de cada hogar.

Los poderes públicos en este caso son también el PP de la señora Ayuso y del señor Feijóo que gobiernan en Madrid y en otras autonomías donde se han declarado “insumisos” para ejercer sus competencias y aplicar la Ley de Vivienda que permite congelar los alquileres en las “zonas tensionadas” y compensar fiscalmente a los caseros. Los poderes públicos son ese PP y VOX que rechazan los 7.000 millones de euros del nuevo plan de viviendas públicas recién aprobado por el Gobierno de Pedro Sánchez. Los mismos que, acompañados por la derecha catalana, Junts, han votado en el Congreso contra la prórroga de los contratos de alquiler, provocando estragos salariales a tres millones de inquilino cuando no el desahucio.

El secretario general de la UGT, José Álvarez, dejó claro el martes en la asamblea de delegados en Cádiz el contenido y, sobre todo, los destinatarios de las reivindicaciones de los asalariados en este Primero de Mayo cuando dijo que “el acceso a la vivienda, la sanidad y los servicios sociales debe garantizarse como un derecho fundamental”. Y subrayó: “Las comunidades autónomas tienen que dejar de bajar impuestos a los ricos, y éstos han de contribuir para que las personas que menos tienen puedan acceder a los servicios públicos”.

Junto a los salarios y la vivienda, la jornada laboral sigue en el centro de las reivindicaciones de los trabajadores. “Se están haciendo millones de horas extraordinarias sin control en España”, denuncia Unai Sordo al tiempo que reclama una actuación más firme de la inspección laboral para acabar con estas prácticas. “No puede haber impunidad; el control horario es una herramienta básica para garantizar derechos y acabar con abusos”, añade el líder de CCOO, quien considera “injustificable” que con la digitalización y los medios técnicos existentes siga sin aplicarse plenamente la normativa sobre la jornada laboral.

Aparte la frustración por el intento fallido de las fuerzas políticas progresistas de reducir la jornada a 37,5 horas semanales, las organizaciones sindicales tienen pocas dudas de que el avance de la Inteligencia Artificial (AI) generativa modificará el panorama laboral en términos cuantitativos y cualitativos. No sólo reducirá los puestos de trabajo sino también la jornada y, sobre todo, la ubicación física de los asalariados, hasta el punto de que podremos trabajar para cualquier país del mundo desde nuestra sede en España y contratar labores de trabajadores de otros países. El 2 de agosto próximo entra en vigor plenamente la Ley de la IA, la primera elaborada por la Unión Europea (UE) que obliga a los estados miembros a establecer controles y sanciones contra los riesgos “inaceptables”, “muy altos” y “altos” de la IA y contra la “opacidad” y falta de registro de los sistemas. (Informe: Ley sobre inteligencia artificial).

Por si fueran pocas las dificultades para hacer cumplir la normas laborales en materia de jornada, horas extras sin control, condiciones de trabajo y otras trampas, el famoso Tribunal Supremo ha contribuido a la incuria con su fallo del 14 de abril (ni siquiera la fecha es inocente) que impide el libre acceso de los inspectores de trabajo y seguridad social a las empresas. La sentencia del alto tribunal les exige un mandamiento judicial para poder inspeccionar los centros de trabajo cuando sean a la vez el domicilio social de la empresa, algo muy frecuente en las pymes. El rechazo de los inspectores a través de sus sindicatos profesionales ha sido inmediato por la falta de calidad jurídica del producto y porque el Supremo “se extralimita” en sus funciones, actuando como si fuera “el legislador”. CCOO denuncia que el fallo lamina la ley de 2015, reguladora de las funciones de la Inspección, de acuerdo con la Constitución y el convenio 81 de la OIT.

El rechazo a la guerra de EEUU e Israel contra Irán y a las masacres del genocida Benjamín Netanyahu en Gaza y Líbano marcan también las reivindicaciones de los trabajadores. Es muy curioso ver cómo el matón de la Casa Blanca se ha transformado en el pirata petrolero del Estrecho de Ormuz, violando la Carta del Mar de Naciones Unidas. El miércoles le preguntaron en el Congreso a su secretario de Guerra, Pete Hegseth, sobre el aumento del precio de los combustibles y de los alimentos en EEUU (y en el resto del mundo) y respondió diciendo que eran preguntas “capciosas”. A continuación preguntó: “¿Cuánto estarían dispuestos a pagar para garantizar que Irán no obtenga una bomba nuclear?”

Alguien debería recordar a ese antiguo comentador de televisión que su actual jefe Donald Trump rompió en 2018 el pacto negociado por Barack Obama con la teocracia iraní para evitar que construyera una bomba nuclear. Entonces hicieron falta veinte meses de negociación, expertos nucleares y decenas de reuniones. El pacto de Obama con Irán se llamaba Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por su sigla en inglés), tenía 160 páginas, incluía cinco anexos técnicos que detallaban los límites del programa nuclear iraní. En síntesis, Irán aceptó tres condiciones a cambio del alivio de las sanciones: enviar el 97% del uranio enriquecido fuera del país; limitar el enriquecimiento en curso al 3,67%, suficiente para las centrales pero no para hacer bombas, y adherirse al intrusivo régimen de inspecciones del Organismo Internacional de la Energía Atómica.

Pero Trump rompió el acuerdo hace ocho años, un tiempo que Irán podía haber aprovechado para proveerse de armas nucleares, aunque no lo hizo. Por el contrario, el ayatola Ali Jamenei, asesinado con familiares y altos funcionarios el 28 de febrero, primer día de la guerra, por los bombas estadounidenses, había firmado una fatwa en contra de las armas nucleares. Pero se ve que a Trump y Netanyahu les interesaba más la guerra. El miércoles le preguntaron al mencionado Hegseth cuántos meses más prevé que dure la guerra, pero se negó a contestar. El jueves, 30 de abril se cumplieron 60 días de guerra, plazo legal para que Trump comience a retirar las tropas o solicite el permiso del Congreso para continuar las hostilidades. Sólo cabe pedir que no inflijan más daño a su propio pueblo y al conjunto de la humanidad.

Míster TACO el supremacista, gran insultador

Luis Díez.

Si el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se permite el lujo de insultar urbi et orbe a su antecesor Barack Obama y a su esposa Michelle, subiendo a las redes sociales sus caras con cuerpos de monos, ¿a quién puede extrañar que el jugador de fútbol del Benfica, Gianluca Prestianni, haya podido repetir de viva voz el insulto racista –“¡Eres un mono!”– a su colega brasileño del Real Madrid Vinicius José Paixão de Oliveira?

Prestianni, un joven argentino de 20 años, tuvo la precaución de taparse los labios con la mano y la camiseta para insultar al contrario. Sabía que su injuria al brasileño, que acababa de marcar un golazo de los suyos, era de tinte racista (Vini es negro) y, además de ser delictiva, podía costarle una suspensión de hasta doce partidos, según el reglamento de la UEFA.

En contraste con lo que ocurre en los estadios de fútbol en los países europeos, donde los clubes, los jugadores y la mayoría de los aficionados combaten el racismo con prohibiciones y sanciones, el presidente de los EEUU insulta a y discrimina a quienes tienen una pigmentación de la piel distinta a la suya sin que nadie pueda sancionarle ni suspenderle una temporada.

Los dicterios del tipo que ocupa el cargo más alto del país más poderoso del mundo, en términos bélicos, no solo han denigrado al expresidente Obama por negro, sino también porque su padre era de Kenia (su madre de Kansas) y le consideraba un emigrante. En lo atinente al color de la piel, Trump insultó en su día a los estadounidenses cuando preguntó a su abogado Michael Cohen: “¿Hay algún país dirigido por una persona negra que no sea idiota?” (Cohen en su libro Desleal, unas memorias).

Por lo demás ya es conocido el video difundido por Trump en el que se ve a Obama siendo detenido y esposado por dos agentes del FBI. Son imágenes falsas, generadas con inteligencia artificial, lógicamente. Una secuencia con la que el supremo supremacista, sembrador de odio, ha tratado de humillar a Obama, entre otras cosas, por defender a los inmigrantes frente a la represión brutal y criminal de los agentes mal formados del ICE, ya conocidos como la Gestapo de Trump.

Lo malo de ese mandatario, ahora empeñado en sustituir a la ONU por una Junta de Paz de pago con él al frente, es que la didáctica insultante que practica se extiende por todo el planeta y alimenta a grupos de ultraderecha que se prevalen de la democracia para debilitar la democracia y liquidar derechos humanos y sociales conseguidos con sangre, sudor y lágrimas.

Ese tipo, Trump, llama shithole countries (“países de mierda”) a las naciones latinoamericanas y africanas; tilda de “despreciable” la lengua española, segunda más hablada y escrita en el país que preside; califica de “estúpidos” a los latinos; afirma que los haitianos “roban las mascotas a sus vecinos para comérselas”; denigra a los inmigrantes somalíes llamándoles “basura”; califica de “criminales peligrosos, violadores y pedófilos” a los que entran por la frontera con México; impreca por “débiles” a los gobernantes europeos. Y a alguno le llama “estúpido”.

Con un estilo insultón, prepotente y malhablado, ese presidente de EEUU lo mismo escarnece al ukraniano Volodomir Zelenski tachándole de “dictador” por no haber convocado las elecciones de 2024 (en plena guerra contra la invasión rusa), que califica de “demasiado estúpido” al presidente del banco central o Reserva Federal (Fed), Jerome Powell, que arremete contra el director de cine Rob Reiner apenas unas horas después de haber sido asesinado.

La siembra de odio del todopoderoso Trump incluye el machismo y las ofensas a las mujeres. La periodista Megyn Kelly citó en una ocasión en Fox News algunos de los insultos misóginos que ese míster había lanzado contra las mujeres:“cerdas gordas”, “perras”, “vagas” y “animales repugnantes”, entre otros.

En diciembre pasado cortó a la periodista Catherine Lucey –“¡Silencio cerdita!”– cuando intentaba preguntarle sobre su negativa a publicar los archivos del pederasta multimillonario y antiguo amigo Jeffrey Epstein. Tres días después reprendió y amenazó gravemente a Mary Bruce, de la cadena ABC, a la que califico de “empresa asquerosa”, por recordar el asesinato de Jamal Khashoggi, periodista saudí refugiado en EEUU y columnista del Washington Post, durante la visita a la Casa Blanca del príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed bin Salmán. “Eres una persona terrible y una periodista terrible”, la conminó Trump con tono amenazador. Khashoggi fue asfixiado y descuartizado el 2 de octubre de 2018 en el consulado saudí de Estambul (Turquía).

Queda de relieve que cuando el magisterio de los gobernantes, comenzando por el más poderoso, es tan burdo y sañudo, resulta más difícil erradicar los insultos racistas y las demás manifestaciones de odio –también hacia las mujeres– de los lugares públicos. Como dijo el expresidente Obama, ni la burla hacia los afroamericanos ni la cruda persecución de inmigrantes ordenada por Trump se habían visto hasta ahora en EEUU como productos de la Casa Blanca. Son más propios de regímenes autoritarios que de una democracia, añadió.

Visto lo visto no es extraño que los mejores atletas estadounidenses en los Juegos Olímpicos de invierno de Milán-Cortina hayan manifestado su inquietud por tener que representar a su país, sumido en la profunda crisis de derechos humanos por las políticas de Trump de persecución a los inmigrantes y a la comunidad LGTBI. La campeona de esquí Mikaela Shiffrin, la snowboarder Chloe Kim y los esquiadores de estilo libre Hunter Hess y Chris Lillas se encuentran entre los que manifestaron el deseo de que su país proyecte una imagen decente.

Una imagen, por ejemplo, como la que transmitió enla última Super Bowl el deslumbrante despliegue de creatividad y hermandad americana del cantante puertorriqueño Bad Bunny en el estadio de Santa Clara (California). Claro que si Trump contestó al esquiador Hess llamándolo “un verdadero perdedor”, ni siquiera asistió, como es costumbre de los presidentes, al gran partido de fútbol americano que enfrenta a los campeones de las dos conferencias. Eso no quita para que calificase la actuación de Bad Bunny, en español, de “absolutamente terrible”, “¡una de las peores de la historia!” “Una afrenta afrenta a la grandeza de Estados Unidos”.

Pero ¿sabéis que? Que la única encuesta publicada sobre quien representa mejor los valores americanos arrojó un 42% de opiniones a favor del cantante frente al 39% del presidente. El 20% dijo no estar seguros. El 61% de los votos favorables a Bunny fue de personas negras y el 46% de personas con raíces hispanas.

No es la primera vez que el gran insultón supremacista carga contra cantantes famosos. Por ejemplo, a Bruce Springsteen le llamó “imbécil” y “más tonto que una piedra”. Fue su respuesta a la afirmación del Boss en un concierto en Manchester de que “EEUU está en manos de una administración corrupta”. Ahora (el 31 de enero) el autor de Born in the USA (Nacido en EEUU) y auténtico icono del movimiento obrero que respalda al Partido Demócrata, ha emprendido una gira que terminará el 27 de mayo en Washington con un único objetivo: parar a Trump.

Seguro que el reverendo Jesse Jackson estaría plenamente de acuerdo con el lema de la gira del cantante: Land of Hope and Dreams (“Tierra de esperanza y sueños”), y que si pudiera, el sucesor de incansable Martin Luther King en la lucha por los derechos civiles de los pobres y los negros, asistiría a ese concierto en el pabellón Centro Unido de Chicago el 29 de abril. Pero no puede: murió el martes pasado a la misma hora que en el Estado de la Luz, en Lisboa, un jugador blanco escupía el mismo insulto de Trump a Obama contra un jugador negro. Una pena.

En el año 2000, Jackson, enviado especial para África desde 1992, recibió del entonces presidente Bill Clinton la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor honor civil del país. Dada su trayectoria de lucha contra el racismo y por la libertad y los derechos de los más humildes –también de las mujeres– quizá aquel negro que lloraba cuando por fin un hermano de color, Obama, conquistaba por primera vez la Presidencia de EEUU, en 2009, merezca a título póstumo la Medalla de Oro de una comunidad multiétnica como la madrileña.

En lugar de eso, la frutera del PP se la va a dar a TACO (Trump always coward o siempre cobarde), que es como llaman a Trump en Wall Street. Si supieran que “taco”, además de designar el sabroso plato mexicano es sinónimo en España de blasfemia vulgar, entenderían mejor la ocurrencia medallera en estos pagos.

La democracia derrota al ultra Trump

Luis Díez.

El martes 4 de noviembre fue un buen día para todos los que en este mundo apreciamos la democracia y abominamos cualquier forma de tiranía con sus vicios añadidos de corrupción, violencia e injusticia. Ese día, miles de demócratas en Nueva York, Virginia, Nueva Jersy y California, le pintaron la cara al reaccionario presidente de Estados Unidos (EEUU) Donald Trump y le asestaron unas victorias electorales inapelables que nos ayudan a confiar en la resiliencia o recuperación de los valores democráticos frente a la cruel ultraderecha creciente.

Ya se ha dicho que el triunfo de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York (tomará posesión en enero) supone un gran quebranto para Trump, un especulador inmobiliario al fin y al cabo en la ciudad de los rascacielos del siglo XX. El joven dirigente del Partido Demócrata representa todo lo que su corrupto y multimillonario conciudadano detesta: la atención a los pobres, los desfavorecidos, los parados, la clase trabajadora y laboral, los inmigrantes, las mujeres, los jóvenes. Su firme decisión de ayudarles con equipamientos públicos básicos como escuelas infantiles, transportes urbanos gratuitos, viviendas asequibles, supermercados municipales con precios de alimentos controlados y otros avances sociales exigirá, según ha dicho, un aumento moderado del impuestos a los ricos y muy ricos que ingresen más de un millón de dólares al año.

Puesto que entre esos ricos y muy ricos figuran familiares, socios, amigos y amigantes (amigos mangantes) del “agente naranja”, se comprende que los valores socialistas de Mamdani le repugnen. Los ricos de esa ralea corrompen a dios y su madre para evitar pagar impuestos. En este caso, el señor Trump ha llegado incluso a pedir el voto para el exgobernador Andrew Cuomo, dirigente del Partido Demócrata derrotado por Mamdani en las primarias –se presentó como independiente– en vez de hacerlo para el candidato de su partido, Curtis Sliwa. No conforme, Trunmp amenazó a los neoyorquinos con suprimir los fondos federales a la ciudad si ganaba Mamdani. A modo de chantaje escribió la víspera electoral en su plataforma en Internet: “Si el candidato comunista Zohran Mamdani gana las elecciones a la alcaldía de la ciudad de Nueva York, es muy improbable que yo contribuya con fondos federales, aparte del mínimo indispensable, a mi amada primera residencia, debido a que, como comunista, esta ciudad, que alguna vez fue grandiosa, ¡tiene cero posibilidades de éxito, o incluso de supervivencia!”

El mensaje seguía con una retahíla de daños y calamidades, pero los electores no se arredraron y más de la mitad de los que acudieron a votar lo hicieron por el legislador demócrata nacido en Uganda (África) hace 34 años, residente en Nueva York desde los ocho años, nacionalizado estadounidense en 2018 y miembro de la asamblea del estado de Nueva York. Mamdani se define “socialista democrático” y aunque para Trump, como para Franco hace más de medio siglo, todas las personas de izquierda son “comunistas”, su política no tiende a abolir el liberalismo ni la libertad de mercado ni, mucho menos, el capitalismo rampante, sino a combatir la pobreza, las desigualdades crecientes y evitar que la sima social siga creciendo. Es lo que en Europa llamamos “socialdemócrata”.

Lo mejor de Mamdani es que no debe ni un dólar a los individuos de la ralea de Trump. Según informaba The New York Times durante la campaña, mientras los millonarios se mostraban muy generosos con el candidato Cuomo –la última cifra era de 34 millones de dólares en donativos–, Mamdani, cuyo dios se llama Alá y ha clamado contra el genocidio perpetrado por Netanyahu contra los palestinos de Gaza, apenas obtuvo 3 millones de dólares en pequeños donativos para su campaña.

En contraste con el actual alcalde (en funciones), Eric Adams, un tipo que aceptó cooperar con los agentes del ICE en las redadas contra los inmigrantes ordenadas con Trump a cambio de que el gobierno federal retirara los cargos de corrupción contra él, el nuevo regidor Mamdani representa la honradez y la firmeza democrática capaz de enfrentarse a la corrupción y los ardides del autócrata. No obstante se temen nuevas redadas masivas contra las personas inmigrantes, sin descartar el despliegue de unidades militares. Para el campanudo presidente USA no hay línea roja que se oponga a su absoluta, caprichosa y poderosa voluntad.

Pero el 4 de noviembre –Carlos Borromeo en el santoral cristiano– fue además muy importante para Virginia, Nueva Jersey y California. Dos mujeres del Partido Demócrata, con un perfil centrista y experiencia en seguridad nacional, Abigail Spanberger (veterana de la Marina de 56 años) en Virginia y Mikie Sherrill (exoficial de la CIA de 46 años) en Nueva Jersey ganaron las elecciones a gobernadoras con márgenes superiores al 12% sobre sus contendientes republicanos. Centraron sus campañas en el rechazo a la política de Trump y sus seguidores ultraderechistas y en los objetivos de reducir la carestía y promover el empleo. En sus mítines de apoyo a una y otra candidata, el expresidente Obama describió la contienda como parte de una batalla por la democracia. “No necesitamos especular sobre los peligros que acechan a nuestra democracia. No necesitamos preguntarnos si las personas vulnerables resultarán perjudicadas, ni cuestionarnos hasta qué punto nuestra cultura puede volverse más grosera y cruel. Ya lo hemos visto. Las elecciones sí importan”, dijo Obama en la derechista Virginia. “Todos tenemos más poder del que creemos. Solo tenemos que usarlo”.

La jornada de esperanza en la recuperación de la democracia frente a los abusos de poder, la represión de negros y latinos, el militarismo, la corrupción, la guerra arancelaria y el nuevo imperialismo de Trump culminó con la aprobación en referendo de la nueva distribución de distritos electorales en California. La reforma, con fecha de revisión en 2030, fue lanzada por el gobernador Gavin Newsom con el nombre de Proposición 50 para dar respuesta al trampeo de los distritos electorales impulsado por Trump en los estados republicanos, y acometido ya en Texas. La operación instigada desde la Casa Blanca consiste en dividir o dispersar el voto de los demócratas hacia aquellos distritos donde ganan los republicanos, de modo que queden diluidos y pierdan o no ganen diputados. Con ello se trataba de garantizar la mayoría trumpista en las elecciones de mitad de mandato. Pero Newsom y la mayoría de los californianos le han devuelto la pelota, ante lo que el autócrata, visiblemente irritado tildó la votación de “inconstitucional” y calificó a gritos (con letras mayúsculas) de “un GRAN FRAUDE” la redistribución de distritos en California, sólo en California.