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Acerca de Luis Díez

Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es

C1.- Juanín tenía un sueño

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

La cirujana auxiliar Gabriela Cabello corrió detrás de su jefa hacia la entrada de urgencias. La alarma concentró en la sala de curas a todo el personal sanitario operativo en aquellos momentos. Enfermeras, auxiliares y especialistas cayeron sobre la camilla rodante del herido, evacuado en helicóptero, como un grupo de ángeles dispuestos a impedir que las parcas se llevaran consigo a aquel muchacho. Había perdido mucha sangre, se hallaba inconsciente, pero seguía vivo. Lo rodearon por ambos costados, le realizaron análisis de los órganos vitales, evaluaron con sus sofisticados instrumentos las carencias inmediatas, le aplicaron oxígeno, le practicaron una transfusión sanguínea, le suministraron suero, sedantes, antibióticos y otros fármacos en vena.

La cirujana y su ayudante se mantuvieron en un ángulo de la sala, procurando no estorbar mientras los especialistas se esforzaban en que el herido recuperase las constantes vitales y adoptaban las decisiones más convenientes. Enseguida entraron en acción sobre el área de su competencia: los huesos. Se distribuyeron la tarea: Gabriela la pierna izquierda y su profesora la derecha. Asistida por un enfermero y dos auxiliares, la joven cirujana palideció ante el horror de la extremidad desnuda y sanguinolenta. La tibia astillada asomaba por la piel como si fuera un cuchillo; el pie, destrozado, se mantenía unido a la pierna por la piel rasgada y los tendones.

Al ver la calza de ciclista, Gabriela sintió un palpito extraño, se incorporó, separó un instante el lienzo que protegía la cabeza del herido. “¡Oh Dios, es Juanín! ¡No, Juanín, nooo!” Clavada ante el herido recién intubado, estalló en sollozos. Juanín era amigo suyo, un chaval formidable, un ciclista prometedor. Las lágrimas se apoderaron de su rostro. El enfermero y la cirujana senior la separaron de la camilla y la condujeron a la sala de descanso. “Estas cosas ocurren, cariño, no podemos evitarlas”, dijo la superior con afán de serenarla. Las dos sabían que el herido se quedaría sin piernas, aunque lo importante ahora era salvarle la vida. La cirujana jefe le dio un vaso de agua fría, la obligó a beber y permaneció sentada con ella unos minutos. Luego se incorporó. “Ánimo, Gabi, cariño”, reiteró. Y regresó al quirófano.

A solas, la joven doctora lloró la nube que le oscurecía su cerebro hasta que, poco a poco, se fue serenando. Media hora después comenzó a racionalizar la emoción y a comprender la desgracia como algo irreversible. Su profesora tenía razón, siempre la tenía: “No podemos hacer nada para evitar lo sucedido, sólo curarle y que conserve la vida”. Se incorporó, se lavó la cara, vio la larga y laboriosa cura de las piernas destrozadas de Juanín a través de la claraboya de cristal de la puerta que separaba la sala de descanso del área séptica.

Mientras contemplaba las evoluciones de los médicos y enfermeros en torno al herido, Gabriela pensó en las injusticias de la vida y en la fatalidad del destino. Un chaval como Juanín puede tener un sueño: convertirse en ciclista profesional sin dejar de ayudar a su padre en el horno de la panadería de La Nava y en las tareas de distribución del pan; puede tener las condiciones físicas y mentales para llegar a ser un buen corredor, un líder en la montaña, un campeón; puede sacrificarse al máximo en la persecución de su sueño, robar horas al asueto y la diversión para entrenar, recorrer rutas por carreteras sinuosas, evaluarse; se puede imponer una dieta alimentaria estricta, sin desviaciones, sin grasas, sin una gota de alcohol. Juanín era disciplinado y hacía todo esto. Si algún viernes quedaba con sus amigos para ir al cine o a la discoteca de Navahermosa, se tomaba un agua tónica y se largaba a las dos horas. Ella lo conocía y admiraba. Bailó con él muchas veces. Aunque era nueve años mayor que él, sentía atracción por aquel muchacho de poco más de diecisiete. Más que imán físico, experimentaba una mezcla de fascinación y suspense hacia él; fascinación por su capacidad de sacrificio y suspense por saber hasta donde podía llegar.

Si, Juanín, el hijo del panadero de La Nava, tenía un sueño. Y ahora… ¡Maldita sea!

Gabriela volvió a sollozar. Sus ojos se humedecieron de nuevo al recordar los recortes de los periódicos deportivos que siempre guardaba en el bolsillo. El último que le mostró era el calendario de la copa de España en Ruta Sub-18. Tenía ilusión en participar. Le mostró las fechas: etapas salteadas en fines de semana aquí y allá que no obstaculizaban su trabajo en la panadería. Costaban dinero porque había que desplazarse: el 8 de abril, Torredonjimeno; el 22, Villanueva de Castelón; el 25 de febrero, Badajoz; el 10 de marzo, Eibar; el 13 de mayo, Alcalá de Henares.

Lo conocía desde que era un niño, un mocoso inquieto que revolvía los cajones en busca de algo interesante, hojeaba los libros por si tenían algo más que letras. Una vez encontró dinero, billetes de curso legal que había guardado el abuelo para alguna emergencia. Llegaba acompañado de su hermana Raquel y no paraba ni para merendar aquellas tostas de pan con aceite de oliva, tomate y anchoas que tanto le gustaban. Las tardes de verano en que ella estaba de vacaciones en La Nava y su amiga Raquel venía a verla con el pequeño Juanín, él ya sabía lo que quería ser: ciclista. Ella contribuyó incluso con un buen pellizco a la compra de su primera bicicleta de carreras, “la bicicletina” le llamó.

Unos años después, cuando pegó el estirón y empezó a hacerse mozo, ella también se aficionó al ciclismo y le acompañó, junto a otros amigos de La Nava, Espinoso, Los Lucillos y San Pablo en sus rutas dominicales. Se hicieron camisetas de la peña ciclista y le dieron duro al pedal. Él despuntaba entre los mejores. Aprovechaba los repechos de las estrechas carreteras entre pinos y chaparros para colocarse en cabeza. Subía las lomas y los cerros sin perder ritmo. La montaña era su elemento, descolgaba a todos los compañeros y pronto le reconocieron como líder, el mejor escalador. El solía esperarles en la cima. El camino de los Arrieros era la ruta preferida. Tenía cinco kilómetros de pedaleo fácil, con algunos badenes y ondulaciones divertidas hasta llegar al cruce del camino de las Viñas, donde empezaba la cuesta arriba, una pendiente de ocho kilómetros con un cinco por ciento de elevación que alcanzaba el once a dos kilómetros en la cima. Los que se sentían con fuerza seguían a Juanín hasta agotarla y los que andaban flojos o rehuían el sufrimiento, torcían hacia el camino de las Viñas y les esperaban en la venta de la Chana al frescor del arroyo Amargo.

Juanín era el mejor cuesta arriba, un escalador explosivo y constante, el mejor ciclista en varios pueblos a la redonda. Federico Martín Bahamontes era su ídolo histórico y su ejemplo cercano. En La Nava, donde la gente se hacía lenguas sobre el hijo del panadero y cultivaba la esperanza de que pusiera a la aldea, a la capital comarcal (Navahermosa) y provincial (Toledo) en el mapa del pabellón de la fama, le consideraban un joven de gran calidad humana; no había querido estudiar más allá del bachillerato, pero había cursado un módulo de panadería y bollería y perfeccionado las técnicas de su padre, diversificando los productos. Aunque su hermana se había casado y emigrado a Barcelona, el panadero tenía la suerte de contar con un hijo admirable y un ciclista prometedor que con dieciséis años ya había ganado la clásica para aficionados Illescas-Toro de Osborne-Illescas y demostrado que no sólo era buen escalador, sino también bueno contra el crono.

Dos horas después de la estabilización y las curas urgentes pasaron al joven Juanín a la Unidad de Cuidados Intensivos. Seguía dormido, pero la transfusión de sangre y de oxígeno había atenuado el peligro. Los especialistas afirmaron que el descenso del riego sanguíneo no había dañado el cerebro. La saturación en sangre era aceptable, el corazón bombeaba satisfactoriamente y las demás constantes vitales permitían una intervención quirúrgica inmediata. Sin embargo, la cirujana jefa decidió esperar a que recuperara la consciencia. Quería informarle de la gravedad de las lesiones antes de anestesiarle y serrarle los huesos. Sería una intervención larga.

La cirujana pidió a su ayudante que la acompañara. Salieron a la sala de espera, Gabriela vio a los padres de Juanín, se aproximó a ellos, saludó al padre y besó a la madre. El señor Picatoste y su esposa habían sido informados por la Guardia Civil de que su hijo había sufrido un accidente muy grave: lo atropelló un vehículo semipesado y había sido trasladado en helicóptero al servicio de urgencias del hospital provincial, le dijeron. La ansiedad del señor Picatoste y de su esposa, una mujer muy delgada en contraste con su marido, se leía en sus ojos:

–¿Qué le ha pasado, cómo está?

–Yo se lo explico, vengan con nosotras –dijo la cirujana jefe.

Les condujo a su despacho, los invitó a sentarse. Gabriela les sirvió dos botellines de agua. La iban a necesitar, se dijo. La jefa de cirugía movió varias carpetas como si estuviera buscando el expediente del herido, aunque, en realidad, se limitaba a hacer tiempo para facilitar la relajación de los progenitores. Tenía experiencia en estas lides y procuraba atemperar el impacto de la pérdida. Gabriela se mantuvo de pie detrás don Juan Picatoste, un hombre fuerte, calvo, con cara de buena persona, de unos sesenta años, y de su compañera, doña Encarnita Sotera, otoñal, muy pálida pero guapa a pesar de su delgadez, quien enseguida demostró su fervorosa religiosidad. Gabriela confiaba en que ese acendrado catolicismo le ayudase a encajar la desgracia. Su jefa levantó la vista de los papeles, les miró con aire apacible y les informó:

–Su hijo Juanín Picatoste, de 17 años, vecino de La Nava, ingresó a las 7:58 horas de hoy, domingo, 27 de octubre, en el servicio de urgencias en una situación muy crítica, con pérdida de conciencia y de una tercera parte del flujo sanguíneo, provocado por heridas muy graves en ambas extremidades inferiores. Su diagnóstico es muy grave. Se le ha practicado transfusión de sangre y plasma suplementario, oxígeno, medicamentos y sedantes, así como varias curas urgentes en ambas piernas, el costado y los hombros. Por suerte no ha sufrido daños en la columna vertebral. Tras recuperar las constantes vitales, ha pasado a la UCI, donde esperamos que recobre la conciencia para operarlo.

–¿Qué quiere decir con heridas muy graves en las extremidades inferiores? –Preguntó el señor Picatoste.

–Conservará la vida, aunque perderá las piernas –dijo la doctora.

–Pero…

–La izquierda por debajo de la rodilla y la derecha por encima –añadió.

Doña Encarnita sollozó, miró a su marido.

–Lo sabía, oh Dios mío… Sabía que esa pasión suya por la bicicleta… –alcanzó a decir antes de estallar en un fuerte llanto.

El señor Picatoste apretó los puños y agachó la cabeza hacia el suelo como si quisiera que lo tragara la tierra. Gabriela se acercó a la mujer, le puso ambas manos en los hombros y le susurró palabras de consuelo. Las mismas que su jefa le había dicho cuando reconoció al herido.

–Doctora, ¿me está diciendo que no podrá andar nunca más? –Preguntó el señor Picatoste elevando la cabeza después de medio minuto.

La cirujana jefe le explicó la gravedad de las fracturas de huesos de ambas piernas. Era como si le hubiera estallado una mina en una zona de guerra y al mismo tiempo le hubiera pasado un camión por encima. El pie y los huesos de la pierna izquierda estaban quebrados, astillados, inservibles, y la rodilla derecha había quedado destrozada. «Eso no significa –añadió mirándole fijamente– que haya perdido la posibilidad de andar, pues las prótesis han alcanzado un nivel de perfección muy alto».

El señor Picatoste extendió el brazo sobre los hombros de su esposa y la atrajo hacia su pecho al tiempo que Gabriela le suministraba otro pañuelo de papel para que se limpiara las lágrimas y su jefa le abría el botellín de agua.

–Bebe agua, cariño. Ya has oído a la doctora: podrá andar –intentó animarla el señor Picatoste– ¿Podemos verle?

–Todavía no. Tal vez mañana si la operación sale como esperamos –le decepcionó la directora de cirugía ósea.

El panadero dirigió una mirada interrogante a Gabriela, como si esperara una respuesta sobre su influencia. Ella captó el mensaje.

–Quizá les podamos permitir –dijo, mirando a la superiora– que se acerquen a la claraboya de la puerta de la UCI para verle. No pueden pasar porque es una zona séptica, pero…

La superiora asintió.

–Desde luego, pero no se asusten si le ven cubierto por una telaraña de tubos –les advirtió.

La joven cirujana Gabriela Cabello recordaría toda su vida la tarde de octubre en que serró los huesos de las piernas de su muy querido Juanín Picatoste. Fue una operación compleja y larga en la que intervinieron otros especialistas en cardiología, sistema nervioso y neurología, al cabo de la cual el joven que corría detrás de un sueño –llegar a ser un gran ciclista, el mejor, digno sucesor de Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo– despertaría a la decepción y el desconsuelo. Recordaría también las horas de abatimiento de Juanín en aquella habitación de hospital durante su larga convalecencia. El adolescente lloraba cada media hora, se negaba a comer y sólo quería una cosa: morir. Como si eso fuera tan fácil.

El paciente recibía terapia de una psicóloga que le torturaba repitiendo cada día el mismo mensaje: “El ciclismo no es lo más importante de la vida, es una afición que dura poco tiempo”. Eso le decía. “En cambio, la práctica de la vida dura siempre”, añadía. Sus palabras eran frías, distantes y cargadas de razón. Le formulaba preguntas sencillas sobre el día de ayer, el capítulo de la serie de televisión, la actualidad política, deportiva… Trataba de entretenerlo durante la media hora de duración de su consulta y siempre se despedía con aquel mensaje que pronto comenzó a completar con la recomendación de que buscarse otra afición. “El ajedrez sería la mejor”.

Juanín no quería ver a aquella psicóloga ni en pintura. Pidió a Gabriela que se la quitara de encima. La médica hizo gestiones y consiguió que le pusieran otra. En cambio no pudo evitar que el cura del pueblo, que solía acompañar a su madre en las visitas diarias, se abstuviera de venir a torturarle con el mensaje de que estamos en manos de Dios. “Si Dios todopoderoso no ha querido llevarte consigo es porque quiere verte salir adelante”, le repetía un día tras otro con esas o con distintas palabras. Tampoco en las frases de fingido interés del sacerdote había calor ni cercanía. Sólo el cariño de Juanín hacia su madre frenaba su impulso de mandar al sacerdote al infierno.

Tanto la psicóloga como el cura se hallaban en esa edad intermedia, entre los treinta y los sesenta años, en la que predomina la eficacia, la frialdad y el rigor profesional sobre los afectos. La edad sin piedad en una sociedad despiadada los convertía en detestables, cencerriles ante Juanín.

–¿Es que no entienden que el ciclismo no es un hobby, es mi vida? –Se quejaba ante Gabriela, quien se esforzaba en consolarle y hacía lo posible por que recuperara las ganas de vivir. No era fácil porque al no poder ponerse de pie –ya no tenía piernas– se equiparaba a una escoria cada vez que le ayudaba a incorporarse en la cama y le trasladaba a una silla ergonómica con ruedas.

Con todo, la joven cirujana perseveraba en el esfuerzo de subirle la moral. Aprovechaba sus pausas y descansos en el hospital para acudir a la habitación a entretenerle. Hablaban. Ella le llevaba libros. Entonces descubrió las novelas de intriga e investigación policial y a partir del interés que suscitó en Juanín un relato de Domingo Villar, buscó y encontró en ediciones de bolsillo otras dos novelas de aquel autor gallego. Juanín las leyó, pero no pudo leer más. Lástima que el autor muriera y dejara de escribir antes de tiempo. Fue un punto de inflexión para Juanín.

Un mes después del atropello, las pesquisas de la Guardia Civil seguían sin aportar indicio alguno sobre el autor de la desgracia. El tipo o tipa, lo que fuera, había arrollado al ciclista y seguido adelante sin parar a socorrerlo. Eran poco más de las 7:30 de la mañana de aquel domingo de octubre sin actividad laboral, pasaban pocos coches a aquella hora y no había testigos del incidente. Juanín habría muerto desangrado si unos minutos después de ser arrollado no acierta a aparecer en su motillo un campesino que iba a una granja cercana a cebar al ganado. Vio la bicicleta destrozada junto al cuerpo de Juanín en la cuneta, paró, reconoció al chaval, se percató de las heridas en las piernas, le rasgó el pantalón, le hizo torniquetes con los perniles para frenar la hemorragia. Acto seguido se quitó la camisa, la rompió y lo vendó. Rápidamente empuñó el teléfono móvil, llamó a emergencias e informó de la situación y del punto donde se encontraba. Luego, tal como le indicaron, hizo un fuego con un puñado paja rastrojera, hojas secas y palos de chaparros para orientar con el humo a los tripulantes del helicóptero. Quince minutos después, el pájaro de hierro se elevaba llevando a Juanín en una camilla al hospital provincial.

El joven entrenaba todos los días por las carreteras comarcales de siete a nueve de la mañana. Ayudaba a su padre con la hornada de pan y luego salía con la bicicleta. Los domingos eran distintos. Se citaba con los colegas y amigos del grupo en la Venta de la Chana, al pie de Navahermosa, y hacían rutas largas, de hasta sesenta kilómetros. Cuando regresaban al punto de partida ya las chicas que iban y no iban a misa revoloteaban por el patio floreado del establecimiento, conversaban con ellos y se dejaban invitar a cerveza. Casi todas eran de familias de agricultores y ganaderos pudientes. Serían enviadas a la Universidad en Toledo o en Madrid cuando acabaran la enseñanza media obligatoria, por lo que sus temas de conversación eran, además de la música, el cine y las redes sociales, el futuro que les esperaba como estudiantes lejos de casa, es decir, en semilibertad. Juanín se entretenía un poco con ellas y sus amigos, pero no se demoraba; aún le faltaban veinte kilómetros para llegar a casa y relevar a su madre en la tahona con el fin de que tuviera a punto el almuerzo cuando su padre regresara del reparto.

El día que lo arrollaron, ellos le esperaron, le llamaron por teléfono, telefonearon a su casa y tras saber por boca de su madre que había salido a las siete de la mañana para correr con ellos, siguieron esperando un tiempo prudencial por si había pinchado o sufrido una avería. Le llamaron al móvil varias veces y al ver que no contestaba, intuyeron lo peor. Y lo peor fue pésimo para el joven campeón: jamás podría volver a correr en bicicleta y estaba por ver que pudiese caminar.

La noticia del atropello y la fuga fue publicada en la prensa provincial y regional. Las emisoras de radio de la comarca se hicieron eco de la desgracia. El corresponsal local, un hombre mayor que había sido cartero hasta la jubilación, accedió, a instancia de los amigos de Juanín, a publicar una segunda crónica sobre la falta de resultados de la investigación de la Guardia Civil sobre el fatídico suceso. Pero ni los detalles de la pérdida de ambas piernas ni la buena fama del muchacho y su familia estimularon a los responsables de la verde institución policíaca a aportar más medios y proseguir la búsqueda del canalla o los canallas que lo desgraciaron de por vida. El asunto se fue apagando como un tronco de encina cubierto de ceniza en la chimenea y al cabo de un mes pasó a la carpeta de materias sin resolver.

Fue entonces cuando los amigos del grupo de ciclistas aficionados, que se turnaban para ir a visitarlo al hospital, se conjuraron para investigar el atropello con la doctora Gabriela y con Raquel, la hermana de Juanín, quien se había casado y fijado su residencia en Barcelona. Trazarían un plan, formarían parejas, se repartirían las pesquisas, mantendrían la comunicación entre sí, removerían Roma con Santiago y no pararían hasta averiguar quién o quiénes le habían jodido la vida y ponerlos a disposición de la Justicia para que recibieran su merecido. Eso prometieron a Juanín.

Juegos de ‘guasap’

Cuentos y descuentos del sábado (9-02-2024).— Luis Díez

Los alumnos se aburrían y comenzaron a jugar a las palabras por WhtsaApp. Uno escribía “Bar-celona” y otro u otra replicaba “Bar-co” y otro (siempre inclusivo) añadía “Bar-tolo” y agregaba otro “Bar-ein” y se sumaba otro “Bar-lovento” y otro arrimaba “Bar-quero” y así sucesivamente hasta acabar con los bares y, por cambiar, se enredaban con las erratas y uno escribía “Ibertrola” y otro aumentaba “Endosa” y otro sumaba “Toydiota” y otro añadía “Bebeuva” y asestaba otro: “Hay untamiento”.

Luego, cuando alguno se aburría de las erratas proponía: “No es lo mismo Cipriano que el ano de Cipri” y enseguida el aludido replicaba: “Ni Ramón Eximio que el exsimio Ramón”, y terciaba otro: “Ni un conejo de indias que unas indias en conejo” y aportaba el siguiente: “No es lo mismo Nikita ni pon que el nipón Nikita” y prorrumpía otro (u otra, entiéndase el inclusivo): “Ni el profesor en bolas que las bolas del profesor”.

Los juegos de las erratas y de no es lo mismo seguían su curso durante días y días al tiempo que iban apareciendo otros entretenimientos un poco más sugerentes, pues los alumnos, ya crecidos, pertenecían a un centro de bachillerato superior. Uno lanzaba “el juego de los principios” y detrás de la pregunta: “¿Qué libro empieza con esta frase?” escribía: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre…” Demasiado fácil. Al instante se acumulaban los Quijotes.

Otro añadió: “Ve y diles que no me maten”. El cuento de Juan Rulfo ya era harina de otro costal y los jugadores tardaban en contestar. Otro aportó: “En aquellos tiempos (y muy buenos tiempos que eran) había una vaquita (mu)»… Pasaron horas hasta que alguno respondió que era el comienzo del Retrato del artista adolescente del muy, pero que muy pesado James Joyce. En cambio, el comienzo de Cien Años de Soledad (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”) acumuló respuestas al momento. Sin duda a Gabo (Gabriel García Márquez) le habría gustado vivir para verlo.

Así las cosas, quien más quien menos se esmeró en hacer su apuesta. Y por allí fueron desfilando los comienzos de La Regenta de Leopoldo Alas Clarín, de Platero y yo, de las novelas de Coetzee (John Maxwell) y, cabe suponer, que de muchos más autores sobresalientes cuyos libros andaban rodando por casa. Uno escribió: “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados”. No tardaron mucho en descubrir que era el comienzo de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.

Al paso de los días, algunos profesores descubrieron que los alumnos se lo pasaban chupendi (o como se diga) comunicándose por guasap (o como se diga). Entonces decidieron que en vez de explicar las temáticas lenta y laboriosamente para que todos las entendieran bastaba con apuntar en la pizarra las direcciones de Internet donde unos expertos en la materia las exponían divinamente. De este modo se ahorraban trabajo y los estudiantes, que manejaban la red de redes como los dedos de sus manos, sólo tenían que buscar, clicar y prestar atención para aprender la lógica matemática, el álgebra, la trigonometría, los valores y las valencias de las mezclas y combinaciones físicas y químicas de los materiales.

Sin embargo, otros profesores advirtieron el riesgo de ser suplantados por colegas virtuales y de quedar reducidos a jarrones chinos tan bonitos como inútiles. Y unos y otros acordaron pedir a las autoridades competentes que decretaran la prohibición de los teléfonos móviles en todos los centros de enseñanza. Así lo hicieron. Pero eso no quita para que los muy golfos, engolfados en las lenguas y literaturas, mantuvieran en la clandestinidad aquellos juegos, incluido el de los principios, que les llevaban a consultar y leer libros, muchos libros.

Y el discurso era el insulto

Cuentos y descuentos del sábado (2-02-2024).Luis Díez

En el trayecto del metro Fiol relató a Marisa la sorpresa de su amiga hispanista de almendrados ojos Yoko Miri por el trato que aquí, en el Reino de España, se dispensaban los políticos. “Siente una perplejidad de doble filo”, le dijo. “Por un lado le sorprende que insulten al presidente del gobierno, algo impensable en Japón, y por otro se extraña de que en la tierra de Francisco de Quevedo y Villegas carezcan de chispa, ironía, una micra de arte”.

–¿Le habrás dicho que somos gente de sangre caliente, pero que perro no come perro?

–Si, y también que le llaman “perro”. Pero la verdad es que está muy impresionada. Eso de ver a una dirigente política tildar de “hijo de puta” al presidente del gobierno desde la tribuna de invitados del Congreso y luego pedir que no se tergiversen sus palabras, pues dijo: “Me gusta la fruta”, impresiona casi tanto como las llamadas de otro opositor de ultraderecha a ultimarlo: “Hay que colgarlo cabeza abajo” (como al fascista Mussolini).

–Comprendo que alucine en colores.

–No sólo eso: se ha puesto a estudiar el discurso del insulto.

–El insulto como discurso, querrás decir –puntualizó Marisa.

–O el insulto como arma política –añadió Fiol.

–De las derechas –precisó Marisa.

–Si, las del mal perder. Bueno, pues ahí me tienes de anfitrión y documentalista de nuestra imperial visitante del sol naciente sobre los dicterios de aquel jefe de la oposición de derechas contra el presidente socialdemócrata de mejor talante que haya habido en España.

–Lo recuerdo, le acusó de “traicionar a los muertos”, es decir, a las víctimas del terrorismo, que es lo peor que le podían llamar por buscar la paz y el final del terrorismo etarra. Incluso se manifestaron contra él y al grito de “con Zapatero como con su abuelo” pedían su fusilamiento. Al abuelo lo eliminaron los golpistas facciosos del 18 de julio de 1936.

–Si, el opositor Mariano era tremendo. Llevaba un saco de improperios y en cada debate, ala, “traidor, bobo, grotesco, frívolo, cobarde, veleidoso, confuso, acomplejado, inestable, insensato, chisgarabís, taimado, batasuno, radical, débil, maniobrero…

–Para, para.

–…hooligan, descerebrado o sin criterio… Aquel Rajoy lanzaba coces por la laringe como si fueran confetti de colores. ¡Qué tío! Y hay que ver cómo se enfadó cuando, unos años después, siendo presidente del Gobierno, el nuevo dirigente socialista en la oposición, Pedro Sánchez, le dijo en un debate electoral: “Yo soy un político honrado y usted no”. Le tildó de “ruin, mezquino, deleznable”. Al final, aquel Mariano de Pontevedra cayó por la corrupción, la caja B del partido, la tangentópolis, la pasta en Suiza, los sobresueldos… Y de nuevo, vuelta al insulto.

–Vamos que tu amiga hispanista tiene materia para un artículo largo –dijo Marisa.

–¿Largo..? En cuanto la documente sobre otros detalles de la dialéctica política del Reino de España como esa tendencia al motejo tendrá tela para escribir un ensayo.

–No sé a qué te refieres.

–¿No has oído hablar del Guerra, Alfonso Guerra, todo un personaje político del Partido Socialista que al comienzo de la transición empezó a poner motes a sus colegas? Al entonces presidente del Gobierno Adolfo Suárez, le llamó “tahúr del Missisipi”, al ministro de Exteriores José Pedro Pérez Llorca lo motejó “Zorro Plateado”, al mencionado Mariano Rajoy le calcó “Mariposón” y al también citado Zapatero, aunque era de su partido, le puso el mote de “Bambi”. Algunos le atribuían mala leche, pero lo cierto es que tenía arte. Y caracterizaba con mucho fundamento. Suárez guardaba un as en la manga, Pérez Llorca alisaba su melena de pelo blanco, Rajoy iba de ministerio a ministerio como las mariposas de flor en flor, Zapatero era de apariencia tierna, delicada… Y así sucesivamente.

–Joer, Fiol, mi estación. Que tengas buen día.

–Igualmente, adiós hermosa.

Urgencias

Cuentos y descuentos del sábado (24-02-2024).–Luis Díez

“Uno gritaba: ¡Sacadme de aquí! Otro vociferaba: ¡Enfermero, socorro! Una mujer lanzaba un ay cada veinte segundos. Otra clamaba: ¡Hacedme las uñas! Otra pedía a gritos que le dieran de comer… Sobre la una de la noche, cuando me dejaron aparcada, aquello se parecía más a la casa de los orates que al Servicio de Urgencias de un hospital”.

Tía Inés era dulce, buena, entrañable, pero en cuanto te descuidabas te echaba unas parrafadas a lo Marcelino Camacho que te obligaban a acordarte de Séneca y aceptar el estoicismo a tiempo parcial para no desairarla. Le gustaba contar cosas y hablaba a su ritmo tranquilo, lento, pausado, sin desaprovechar minucias descriptivas ni dejar de mirarte a intervalos.

“Lo más curioso –siguió contando– era que los vocingleros de aquella sala donde se contaban diez o doce muertos vivos o vivos moribundos respetaban el turno de palabra como si lo hubieran acordado de antemano. No se solapaban ni pisaban. Uno tras otro soltaban su discurso… bueno, su lema, que por algo es la síntesis del discurso, y esperaban a que les tocara el turno para repetirlo, repetirlo, repetirlo”.

“Puesto que no les hacían caso, algún vocinglero decidía modificar su lema y entonces los otros –menos la mujer que decía ay— también lo cambiaban. Así, la anciana que pedía que le hicieran las uñas reclamaba ahora que le pusieran la cuña; el tipo que pedía que lo sacaran de allí y aullaba como si fuera el presidente en funciones del Consejo del Poder Judicial, clamaba de pronto: ¡Dejadme libre, me quiero ir! El que llamaba al enfermero ya no pedía socorro, ahora gritaba: ¡Mozo, me he cagado!”

Con tía Inés había que tener paciencia, que por algo es la palabra favorita de los pacíficos y los científicos, pero algunas veces sus pláticas adolecían de pasajes interesantes y otras veces, por no decir casi siempre, se esforzaba en ponerles semillas de incertidumbre a ver si brotaba el suspense.

“Para entonces ya me habían sacado sangre para los análisis, conectado a las máquinas que miden las constantes vitales, implantado una vía para meterme fármacos líquidos en vena, insuflado aerosoles y aplicado un respirador de oxígeno. Me sentía mejor, deseaba dormir. Le pregunté a una auxiliar de enfermería si toda la noche era así y me contestó que sí. Pues hagan algo, atiendan a esos quejosos, le dije. No me respondió. Pero unos minutos después se acercó una enfermera a hacerme saber que les ponían calmantes, sedantes y estaban bien atendidos, y me preguntó quién coño era yo para afirmar que aquello era peor que Gaza. Perpleja me dejó. Y como jamás se me habría ocurrido tan desatinada y cruel comparación, evité mejorar el silencio”.

“Di tu que al paso de las horas te ibas acostumbrando a las quejas y lamentos del que clamaba al fondo de la sala: ¡Socorro, enfermera, me he tragado la polla! (Quizá se refería a la ampolla), del que llamaba: ¡Mamá ven! De la que emitía a tu lado un ay cada veinte segundos y, desde luego, del que reclamaba su liberación como si fuera rehén del consejo del poder judicial. Éste, por cierto, iba bajando el volumen de sus bramidos, señal de que las ínfulas también se agotan».

«Hubo un momento en que estuve a pique de agarrar el sueño, pero entonces sonaron las alarmas del techo y el personal sanitario se apresuró a atender a los heridos o enfermos graves que llegaban. Al mismo tiempo los auxiliares, camilleros, celadores… llevaban y traían máquinas, movían a los pacientes de un lado a otro, trasladaban a planta a algunos que parecían vegetales… Un sindiós. Como para pegar ojo…”

«De pronto, sobre las cinco o las seis de la madrugada, enmudecieron los orates. Era como si los corticoides les hubieran cortado la voz. Sólo la mujer que decía ay seguía con su rítmico lamento de baja intensidad. Los demás ni mu. ¿Qué esta pasando? Le pregunté a la enfermera que se acercó a retirar el frasco del goteo y, en respuesta, me subió la camilla unos centímetros y señaló a un paciente alineado allí enfrente. Me fijé en él, pálido como la cera, y dije: parece muerto, a lo que la enfermera asintió: sí, ha muerto. ¿Por eso los vocingleros..? Sí, por eso se han callado”.

–Joer tita, cuánto me alegro de ya estés bien –dije sin prever su siguiente plática sobre el excelente trato sanitario recibido.

–Si hijo sí, sigo viva, qué remedio.

¡Más sandeces, es la guerra!

Cuentos y descuentos del sábado (10-02-2024).–Luis Díez

Fiol encontró al profesor Meodias bastante decepcionado. El docente, un tipo ameno, buen conversador, iba hacia el Madueño, taberna con historia, en la que jugaba ajedrez a media tarde con otros colegas jubilados.

–Voy con usted y le invito a un gin-tonic –le dijo Fiol.

–Mejor un mosto; a determinada edad conviene tener cuidado con los destilados.

Echaron unos párrafos sobre la actualidad política y enseguida el profesor manifestó su disgusto “con ese líder que tenemos”.

–Lo tendrá usted, yo no –se apresuró Fiol antes de interesarse por la queja–: ¿Qué ha hecho ahora?

–Mira que confundir los pedos y el estiércol del ganado (gas metano) con el metanol, un disolvente combustible…

–Bueno, eso no tiene mayor importancia; también dijo que Pablo Picasso era catalán y todos sabemos que era andaluz de Málaga.

–Ya, pero esos errores fastidian, deterioran el discurso. De un dirigente de derechas esperábamos mayor nivel cultural.

–No se amargue, profesor; acuérdese del tautológico seguidor de la señora Merkel o, sin ir tan lejos, de la lideresa Aguirre sobre la “gran pintora Sara Mago”.

–De la Guarri ni me hables. Pero me da pena que a nivel de nivel sigamos bajando de nivel.

–Pierda cuidado, profesor; verá usted como enseguida cambian al líder; la de los coches de carreras viene pisando fuerte, respaldada por ese señor Ánsar, que diría su amigo Bush Jr, que, al menos, hablaba catalán en la intimidad y leía poesía.

–Si nos ponen a la Abuso estamos aviados.

–No se yo, profesor; tenga en cuenta que la sandez cotiza al alza en la bolsa electoral.

–Cierto y verdad, amigo Fiol. Toda la vida desasnando muchachos ¿y para qué? Para llegar a este teatrillo de morcilleros y algún que otro chorizo –musitó Meodias.

–Si hubiera hecho caso de Unamuno, quien dejó escrito: “Ignorancia, cantidad positiva”, no agarraría estos berrinches.

–Eso lo dejo para aquel ministro franquista que se tomó en serio la ironía de don Miguel y llegó a proclamar: “¡Más balón y menos Latín!”

Ya ante la barra de Casa Madueño, Fiol se interesó por otros asuntos de la vida y su viejo profesor de lengua y literatura maldijo las guerras y a los que las provocan y, bajando al terreno de la carestía, se sintió atracado por las facturas de Ibertrola, a lo que en vez de aconsejarle que cambiase de compañía de suministro energético, a Endosa, por ejemplo, Fiol le dijo: “Pues cambie de líder, profesor. ¿No ve usted que ese defiende el latrocinio de los oligopolios y rechaza los impuestos suplementarios a los beneficios espurios de las eléctricas y la banca?” Se quedó pensando el profesor y respondió: “Si, algo habrá que hacer”.


La puta y el líder

Cuentos y descuentos del sábado (3-02-2024).– Luis Díez

Algunas –¿a qué negarlo?– le parecían hermosas, saludables, atractivas. Y si por el instinto fuese, perfectamente abrochables. No olvidemos que somos animales y que ya Epicuro dejó escrito en De rerum naturae (Sobre la naturaleza de las cosas) que todos los animales tienden al placer y rechazan el dolor. Aquellas mujeres tenían su negocio entre las piernas y mercaban placer sexual a tanto el rato. Su filiación y procedencia tanto daban, pues como en la rumba de Manu Chao, se llamaban “calle”. Calle Peligros, calle Ballesta, calle Valverde, Red de San Luis…

Muchas noches, cuando el líder pasaba por allí camino de casa, algunas le alargaban una pierna como si fueran a ponerle la zancadila, otras le decían “vente”, otras le susurraban sus tarifas. Él sonreía y les contestaba moviendo la cabeza a derecha e izquierda. En ocasiones, alguna insistía y él la disuadía: “No, guapa, no gasto”.

El líder era un hombre peripatético, le gustaba pasear y meditar por la noche. Solía trabar la reglamentaria en el cinto por si los fachas o algún indeseable intentaban atacarle, y salir a caminar después de cenar, cuando la ciudad se sosegaba. Téngase en cuenta que el líder era carismático, había salido por televisión casi tantas veces como días tienen los años y predicado en cientos de pueblos y ciudades: desenvainaba la mayeútica de Platón y a fuer de preguntas intentaba enseñar a la gente a pensar.

Una de aquellas noches en que el líder del “movimiento político y social transformador de la realidad” pasaba por allí se vio sorprendido por una mujer tan ligerita de ropa que daba frío. Ella no le alargó la pierna ni le susurró la tarifa, sino que se enganchó a su brazo como un candado.

–Que no, hermosa, que no gasto –le dijo.

Pero turris burris, la mujer no le soltaba.

–Tiene que ayudarme –decía.

–No llevo dinero –respondía él.

–No es eso, tiene que subir conmigo a ayudarme –imploraba ella.

–Bueno, bueno –aceptó él un poco intrigado.

Entraron en el portal del viejo edificio sin ascensor y él la siguió escalera arriba hasta la tercera planta. Ella abrió la puerta del piso y le condujo hasta una habitación donde había un hombre tendido en la cama.

–Tiene que ayudarme a bajarlo –le pidió ella al tiempo que le recomponía el pantalón y le ponía los zapatos.

–Bueno, pues vamos allá –dijo el líder, agarrando el brazo izquierdo del hombre y metiéndole el otro brazo por la entrepierna para cargarlo al hombro como a un herido en el campo de batalla. Pero no estaba herido ni sufría daño ni trastorno alguno; simplemente era un anciano que había quedado tan satisfecho y se hallaba tan a gusto que se negaba a moverse.

El líder carismático lo evacuó con toda la delicadeza de que fue capaz y lo depositó en la puerta de la calle después de mirar a un lado y otro para no ser visto por algún mirón noctivago dispuesto a infligir mala fama. La mujer bajó detrás y le agradeció el favor que le permitía seguir trabajando o como se diga. Y pues se hizo lenguas entre sus compañeras de oficio, aquella noche, sin necesidad de prédicas ni garambainas, el líder ganó un buen puñado de votos.

Le llamaban IA

Cuentos y descuentos del sábado (27-01-2024).–Luis Díez

Marisa y Fiol se volvieron a encontrar en el andén del metro tras las vacaciones de Navidad y Año Nuevo que él había dedicado a visitar a la familia en Cataluña y ella a estar con su compañero y sus hijos y a repasar expedientes atrasados. Después de saludarse y comprobarse mutuamente de una ojeada, ella dijo:

–¿A qué dedicas la jornada de hoy?

–A las adivinanzas –dijo él.

–¿En serio?

–Ya te digo; según mi agenda, he de prepararme para el banquete que por voluntad de mi difunto abuelo damos cada año a su adivina favorita, la señorita Xeni, y a sus amigas magas, brujas y hechiceras, en un hotel de Barcelona.

–Tiene que ser divertido o, por lo menos, ameno.

–Si, esa es mi obligación, que disfruten y lo pasen bien. Mi abuelito dejó dicho que Xeni merecía al menos un homenaje alegre y feliz cada año, al que podía invitar a sus amigas del gremio de las pitonisas en pago por aliviar tantos males, hablarnos del futuro, predecirnos lo que nos puede ocurrir, canalizar nuestra energía de forma positiva y, sobre todo, elevar nuestro estado de ánimo. Él se confesaba con su brujita, la quería mucho y mira.

–Supongo que las adivinanzas forman parte del programa –dedujo Marisa.

–Si, a Xeni le gusta que la aplaudan; creo que es lo que más le gusta, así que voy a preparar un buen ramillete de adivinanzas y como estoy seguro de que acertará casi todas, recibirá repetidas palmas y vítores.

–Y algún “¡Oh!” de decepción.

–Me gustaría, aunque he de trabajarlo bien porque resulta difícil sorprenderla.

–Bueno, ahí donde paras, en la Biblioteca Nacional no han de faltar libros sobre la materia.

–Y que lo digas –respondió Fiol–; desde Montse Gisbert para niños a Nuria Ubiergo, pasando por Miguel Capó y sus treinta enigmas y juegos de lógica, los acertijos podrían ser un subgénero literario. Con todo, me gustaría introducir alguno de mi invención.

–¿Por ejemplo?

–Pues mira, me has inspirado uno.

–A ver.

–¿Adonde vuelven Rut y Tina después de las vacaciones?

–Demasiado fácil: “A la rutina”. Ahora me toca a mí: “Está siempre delante de nosotros pero no lo vemos, ¿qué es?”

El futuro –respondió Fiol.

–Muy bien –dijo Marisa.

–¿Tú crees que esta adivinanza será adecuada para la fiesta de las adivinas? –dudó Fiol.

–¡Claro que sí! Ellas no ven el futuro, lo adivinan. Pero a poco que miren verán el acabose, sabrán que sus días están contados por la irrupción de esa inteligencia artificial, la IA, que nos dirá qué será de nosotros, cuanto tiempo vamos a vivir y demás. Así que trátalas bien y disfrutad.

–Joer, Marisa, tienes razón, lo intentaré… Tu estación.

La corista fea

Cuentos y descuentos del sábado (16-12-2023).–Luis Díez

Era ya tarde cuando me encontré al amigo Joaquín. Subía calle arriba con pausado andar. Le saludé y acompasé el paso. Venía de la zarzuela y traía una pena, me dijo.

–¿Qué pena es esa?

–Pena por la corista fea.

–¿Qué le ocurrió?

Supuse que me iba a contestar que sufrió una bajada de tensión o algo peor y se desvaneció, pero me sorprendió su respuesta:

–Eso mismo me pregunto yo.

Incidí y me contó que de no haber sido por el amigo Zozoya, quien, hace ya tiempo, le instó a fijarse en aquella mujer, la corista fea habría pasado tan desapercibida para él como para tantos capullos que sólo se fijan en las jóvenes lindas y peripuestas. Él enseguida descubrió que la corista entrada en años y carnes figuraba a la cabeza de las mejores del coro y comenzó a apreciar su fina voz, bien timbrada y dicción clara.

Con un conocimiento perfecto del repertorio, era la corista fea quien sostenía el ‘do’ agudo cuando la protagonista terminaba su aria acompañada del coro. Pero no era a ella, sino la otra quien recibía los vítores y aplausos cuando se adelantaba al proscenio, sonriente y triunfadora.

El amigo se imaginaba el sufrimiento de aquella mujer al comprobar que siendo mejor artista, más inteligente y con una voz superior, le arrebataban los primeros papeles porque el físico no la acompañaba. “Si hubiera podido cambiar la cara habría triunfado en Milán, París, Nueva York”, me dijo.

La pena del culto y pulcro Joaquín no sólo se debía a la injusticia, sino también, según me confesó, al hecho de que por primera vez en muchas temporadas la corista fea no hubiera salido al escenario con sus compañeras a cantar a la vida, el amor, la juventud, el valor, el placer… “¿Qué le habrá ocurrido, habrá perdido la voz y la habrán retirado? ¿Qué será de ella?”

–Así es la vida –le dije a modo de consuelo mediante la resignación–: gente extraordinaria que vemos y que un día dejamos de ver sin saber por qué.

La aldea ante el genocidio

Cuentos y descuentos del sábado (9-12-2023).–Luis Díez

El pueblo era pequeño, con categoría de aldea. Tenía iglesia (y un cura itinerante), aunque carecía de escuela. “Y eso que en tiempos –dijo la cantinera Amandi– llegó a haber más de veinte niñas y niños; ahora quedan cinco y los llevan a la unidad escolar en un microbús de la diputación”, les explicó antes de señalar por la ventana los muñones de piedra de la antigua escuela, encumbrados sobre una pequeña loma y utilizados por un cabrero local como establo de su rebaño. “Por cierto, hace un queso superior”, les informó.

El amigo Anselmo Citero, siempre sentencioso, repuso: “O sea, no hay futuro”. A lo que Amandi, sin dejar de hacer una tortilla de patatas que olía estupendamente, negó con la cabeza y la laringe: “Se equivoca, amigo, claro que hay futuro”. Pero Citero, buen dialéctico, optó por la mayéutica: “¿Cuántos son en el pueblo?” Amandi echó cuentas y dijo: “Unos veinte vecinos”. “¿Y cuantas familias productivas hay?” A lo que la cantinera, ya entrada en años, respondió que tres parejas de vaqueros tienen cinco hijos pequeños y hay otras dos con ganado bobino y caprino que todavía tienen edad de traer hijos al mundo. Y luego están ella y su marido, que tienen dos mozos. Citero le preguntó: “¿Viven fuera, verdad?” Y la mujer respondió: “Estudian en la ciudad; uno hace Veterinaria y el otro trabaja de albañil y estudia Magisterio en horario nocturno”. Citero los elogió e incidió: “¿Y el resto de los aldeanos son viejos, verdad?” Amandi le corrigió: “Jubilados más bien”. Viendo el triunfo en sus manos, Citero inquirió: “¿Pues ya me dirá usted qué va a pasar cuando los cinco niños se hagan mayores y vayan fuera a estudiar, igual que sus hijos?”

La cantinera reconoció el peso geriátrico de la pequeña aldea, pero adujo que los años nos hacen mejores y por eso este pueblo no va a desaparecer sino a tomar resuello y cobrar vitalidad. “Los pueblos no solo son cantidad, sino también calidad –dijo–. Y de este, con lo pequeño que es, ha salido mucha, pero que mucha materia gris. De aquí ha salido nada menos que un catedrático en Salamanca, un ingeniero agrícola, otro de minas, un aviador, un físico nuclear muy apreciado en los Estados Unidos, una médico muy buena, cirujana de huesos… Qué se yo… También un maestro, una profesora de segunda enseñanza, un abogado que llegó a juez del Tribunal Supremo… Usted considere. Y eso por no hablar del siglo pasado. Así que ya le digo: la grandeza de los pueblos es la inteligencia que aportan y el conocimiento que esparcen a los demás para la libertad y el progreso de las naciones. Lo que no tenemos, quitando a mi marido, son albañiles”.

Se quedó el amigo Citero un tanto sorprendido, pero enseguida reaccionó argumentando que él se refería al futuro y no al pasado de la aldea. Pero Amandi replicó: “A quienes han cerrado el futuro es a los niños supervivientes de Gaza. Han asesinado a su padres, destruido sus casas a bombazos, una bomba por cada doscientos habitantes, usted considere… ¿Qué pueden hacer? ¿Dónde van a vivir? ¿Qué alimentación y educación van a recibir?” La mujer siguió haciendo preguntas en voz alta mientras daba la vuelta a la tortilla y preparaba la bandeja para servirla.

El amigo Citero se quedó sin palabras, impresionado. Y Amandi contó que una misión formada por el aviador jubilado, el catedrático, el marino mercante al que llaman Elcano (no por canoso sino por haber dado muchas veces la vuelta al mundo), la doctora Amalia y la profesora Pilar se hallaba en esos momentos en la frontera del sur de Gaza para prohijar y traer niños palestinos, cuantos más mejor. “¿Y sabe por qué, señor? Porque en este pueblo y en este país no vivimos con miedo (con miedo no se puede vivir) sino con ilusión y confianza en el futuro, más allá de las politiquerías de los nacionales facciosos y furiosos y los nacionalistas insolidarios”. Eso le dijo.

Día de suerte

Cuentos y descuentos del sábado (2-12-2023).– Luis Díez

Nada más salir de casa encontró un gorro en el suelo. Se agachó, lo recogió. Era de lana azul celeste con rayas blancas, muy bonito. Supuso que lo había perdido algún madrugador o trasnochador, nunca se sabe, y cómo no sabía qué hacer con él, se lo guardó en el bolsillo del abrigo. Bien lavado y perfumado podía utilizarlo en días fríos y también envolverlo en papel de regalo para algún cumpleaños de invierno. Nunca se sabe lo que una prenda de cabeza puede dar de sí. Siguió caminando en dirección a unos contenedores y antes de depositar la bolsa de residuos orgánicos vio un paraguas con el mango colgado de la boca rectangular del recipiente para papel. Lo agarró, lo examinó, lo abrió. Funcionaba como si fuera nuevo. Era además bien bonito: un paisaje estampado de Van Gogh en el que se veía la campiña verde y amarilla, unas casas y unas montañas blancas al fondo. Lo cerró, lo abrochó, se lo colocó en el brazo izquierdo y siguió hasta la parada del catorce. A fin de cuentas, pensó, las cosas son para quien las encuentra.

Todavía era muy temprano y el autobús venía casi vacío. El trayecto duraba entre veinte minutos y media hora, según la densidad del tráfico y la cantidad de usuarios en las paradas, así que decidió sentarse en la parte trasera y entonces vio un asiento ocupado por una billetera de cuero negro. ¡Carajo!, exclamó para sí mismo. La agarró, se sentó, la examinó: documento de identidad, tarjeta sanitaria, tarjetas bancarias (de “crédito” les llaman) y… un billete de veinte euros. Recordó que cerca del taller donde fungía había un buzón de Correos, de modo que en vez de molestar al conductor se la guardó en el bolsillo del abrigo junto al gorro azul con el fin de meterla por la ranura para devolverla al perdulario.

Lo mismo que hay días que no funciona nada, que saltas de la cama con la hora pegada al culo y, maldita sea, han cortado el agua sin avisar y no puedes ni lavarte la cara; que agarras el teléfono y, joder, está sin batería; que llegas a la fábrica y el puñetero motor de la envasadora se ha vuelto a gripar…, días aciagos en los que las cosas conspiran contra ti y te sientes impotente, ridículo y malhumorado, hay días como este de objetos perdidos que vuelven encontradizos.

En esas y otras consideraciones llegó a la parada del curre, se apeó, miró el reloj: le sobraban diez minutos antes de fichar, así que decidió tomar un café en el Miró. Faltaba más de un mes para Navidad, pero la Bombón ya había colocado el cartel de la Lotería junto a la fotografía del periódico de los equipos locales, masculino y femenino. Sacó la cartera encontrada, extrajo el billete de veinte euros y además del café pidió un décimo a la camarera (todos le llamaban así, “la Bombón”). Ella puso cara de pianista, lo tecleó con las yemas de los dedos. “Este va a sonar”, dijo.

¿Y sabéis qué? Que sí, que sonó el gordo, lo cantaron los niños del colegio San Ildefondo, a los que dios (si existe) bendiga. A él le tocó una cuarta parte porque había regalado cinco euros a cada uno de los tres compañeros de su sección fabril. Fue un buen pellizco, dijeron, se motorizaron con propulsión eléctrica y desde entonces en vez de Satur, decidieron llamarle por la segunda parte del nombre, Nino, más cariñosa. Él siguió yendo a trabajar en autobús, pero no hubo segunda parte. Y además no podía haberla porque iba y venía tan embebido en las investigaciones de los detectives, inspectores y comisarios Carballo, Leo Caldas, Adamsberg, Montalvano, Wallander, Jack McEvoy… que ni miraba los asientos antes de sentarse.