Trump quiere comprar las elecciones por un billón de dólares

Luis Díez.

Dice el cantar popular que las elecciones democráticas y el cariño verdadero ni se compran ni se venden. Y si no lo dice, debería decirlo para que los ricachos se limitaran a prometer bajadas de impuestos, privatizaciones y todo eso, y no siguieran opilando la inteligencia con pastelería, cosmética y bajos instintos. Pero ya se vio hace dos años cómo el multimillonaro Donald Trump, el tecnoligarca Elon Musk y otros amigantes rifaban millones de dólares en los mítines del Partido Republicano de Estados Unidos para que así, estimulando la codicia, los electores fueran a oírles y, por supuesto, les votaran para hacer más –decían–, mucho más grande a América.

Es evidente que la jugada les salió bien. Ganaron las elecciones y no tuvieron que lanzar a la plebe al asalto del Capitolio otra vez. El despótico agente naranja se apresuró a aumentar su fortuna y la de sus hijos en más de mil millones cada año. Su asesor para el recorte del gasto público, el demoníaco Musk, obtuvo grandes contratos públicos, aunque después de hacer mucho daño a la gente más pobre e indefensa del planeta, salió tarifando con el inquilino de la Casa Blanca y promotor de la destrucción del ala este en aras de un fastuoso salón de baile en obras.

Los demás hitos de los primeros dos años del segundo mandato del belicoso fanfarrón han consistido, como es sabido, en alentar el genocidio de Netanyahu contra los palestinos de Gaza, declarar la guerra arancelaria a la mayoría de los países del mundo, maldecir a la ONU, debilitar a la OTAN, denostar a la Unión Europea (UE) e intentar dividirla con su apoyo al más vil nazifascismo, en una soprendente confluencia de objetivos con cara de vívora Putin. Personajes como Steve Bannon (ideólogo del neofascismo), el propio Musk e incluso el acerbus cazador de inmigrantes latinos, Greg Bobino, han querido aportar lo mejor de sí mismos a esa siembra de cizaña entre los europeos, convertida ya en elemento estratégico de Trump, JD. Vance, Hegseth, Marco Rubio y demás altos gobernantes de EEUU.

Pero algo debe ir muy mal para que el agente naranja haya tenido que anunciar que repartirá cheques de 5000 dólares si su partido, el del elefante, gana las elecciones de noviembre (de medio mandato) y él puede seguir mandando con mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado, es decir, bombardeando Irán y haciendo daño aquí y allá, según convenga a sus intereses y a los de la oligarquía que lo mantiene. La oferta trumpista, planteada el miércoles pasado ante la convención republicana en Dallas, genera cuestionamientos económicos y legales. Da igual que se llame «dividendo Trump», como él mismo anunció, o «duros a tres pesetas» que diría el conde de Romanones, el corrupto mayor del Reino de España en tiempos de Alfonso XIII –como tal lo citó Valle-Inclán en Luces de Bohemia–, pues tamaña oferta costaría más de un billón de dólares, según dicen los expertos y probablemente requeriría la aprobación del Congreso.

Ítem más: al margen de la salvedad anunciada por el agente naranja de que el dinero ha de gastarse en EEUU, la ley federal prohíbe utilizar dinero para influir en las decisiones de los electores mediante acciones como la compra de votos o el soborno a los votantes. Claro que a Trump la ley le trae sin cuidado. Y tampoco le importa la precisión, ya que habló de los cheques como un beneficio para todos los adultos estadounidenses, sin importar si votaban o no y si apoyaban a unos o a otros. Esa falta de rigor induce a pensar que se trata de otra trampa trumposa de trilero.

Vista la catadura política de esos líderes que desde el otro lado del Atlántico inspiran a la ultraderecha facciosa y a la derecha conservadora españolas como si fueran el último grito de la vanguardia mundial, no queda más remedio que reconocer cuando menos la astucia y la buena educación caciquil del mencionado conde de Romanones (Álvaro de Figueroa y Torres). Cuentan que como no había moro ni cristiano que le arrebatara el escaño por Guadalajara, provincia por la que el conde fue diputado durante más de treinta años, el jefe del Partido Conservador, Antonio Maura, decidió plantarle cara y disputarle la plaza. Ya en la Alcarria, haciendo campaña, Maura se enteró de que el conde compraba votos votos a dos pesetas, ante lo que decidió pagarlos a tres. Entonces Romamones ofreció un duro (cinco pesetas) a los gratificados por Maura. «Me das las tres pesetas que te ha dado ese sinverguenza y yo te doy un duro», les decía. Y de ese modo el conde siguió ganando las elecciones sin tener que pagar más de dos pesetas por voto.

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