RELATO DE VERANO

Luis Díez.
Dos años después de su desaparición, todavía los contertulios del Palmeral de la Playa le echaban de menos. ¡Lógico! Pues Ramón Sonata era un hombre siempre alegre que tenía magia en las manos y podríamos decir que en el resto del cuerpo. Se marchó sin despedirse de nadie. Fue algo muy raro, como si hubiera huido por un asunto grave o lo hubiesen secuestrado. Preguntaron aquí y allá. Nadie daba razón. Los vecinos de la torre residencial desconocían su paradero. Unos decían que se había ido a Madrid con una pájara, una bailarina de cabaret o algo de eso; otros sostenían que se había largado a Buenos Aires, donde, al parecer, tenía familia. Uno afirmó a pies juntillas que después de despojar de sus ropas a una linda uzbeka y todo lo demás, había partido con ella rumbo a Samarkanda para conocer a sus padres y hacer negocios.
Fue entonces cuando la baronesa de Pinopar recordó que el mago Sonata tenía intención de aceptar una tarea que le habían ofrecido en Nueva York. Cierto es que la baronesa no era muy fiable que digamos. Y no solo porque su memoria funcionaba como las mareas, sino también porque recordaba hechos que ni siquiera habían sucedido, como la llegada de los venusinos.
–¿Una tarea en Nueva York? ¡Qué extraño! –prorrumpió el profesor Manises– Eso querría decir que el amigo Sonata habría incumplido el juramento lafargatico.
–¿Qué juramento es ese?
–El que realizan los que no dan un palo al agua en su vida.
La baronesa hizo una mueca de incredulidad. Víctor Márquez la respaldó pidiendo a Manises la cita exacta del juramento propiamente dicho. Márquez era uno de esos viejos periodistas que sabían un poco de todo y nada de nada. Estaba un poco majareta y solía hablar a solas con poetas, filósofos, novelistas, pintores, juristas y políticos del pasado.
Manises ni fu ni fa. No supo reproducir la frase exacta del juramento. Se escudó en la debilidad de su memoria, a causa de la edad, y, acto seguido, se incorporó y, encaminándose hacia la máquina de los discos, puso uno de larga duración con canciones de Nino Bravo. Regresó coreando una pieza del malogrado cantautor, dando por cerrado el supuesto juramento atribuido al autor del Derecho a la pereza, Paul Lafargue.
Solo que Márquez volvió a meter la burra en el trigal y le preguntó cómo era eso de que un descreído marxista, un ateo redomado como el yerno de Carlos Marx tuviera la ocurrencia de apelar a la máxima figura de la religión, de todas las religiones, poniéndole de testigo de tal o cual compromiso. «¿No es el juramento una contradicción en la que Lafargue jamás caería, sobre todo, después de predicar que «la religión es el opio del pueblo?», le asestó a Manises.
El profesor, un poco azorado, acabó admitiendo su improvisada invención, «pero os juro que la hice con la intención de no llamar holgazán, así, a palo seco, al amigo Sonata». Rubricó la frase alzando el brazo y dibujando con el índice una circunferencia en el aire para que el camarero Nano les sirviera una ronda a su cuenta como castigo o penitencia.
La especulación más polémica sobre el paradero del viejo amigo desaparecido, Ramón Sonata, salió de boca del aviador apagafuegos José Luis Perrote. “Según mis fuentes –afirmó–, vivía de incógnito, con documentación falsa y nombre supuesto. Pero la policía no es tonta y lo descubrió. Se lo llevaron de madrugada y, según me dicen, ha ingresado en Soto del Real”.
El nombre de Soto del Real –localidad de nueve mil habitantes, situada en la antesierra madrileña del Guadarrama– infundía temor a determinadas personas, pues servía también para designar la cárcel existente en su término municipal. Allí ingresaban algunos políticos que realizaban «ingresos indebidos» del erario público en sus cuentas particulares en Suiza. Entonces se decía “España, capital Suiza”. Si no hubiese sido porque un vecino del pueblo que se llamaba Casimiro Morcillo llegó a obispo y fue nombrado procurador en las Cortes de la dictadura y además alcanzó la púrpura como arzobispo de Madrid-Alcalá, el pueblo y la cárcel se seguirían llamando Chozas de la Sierra. Pero a aquel Morcillo lo de «Chozas» le parecía “antiestético y malsonate” y en 1959 consiguió el cambio del nombre de su pueblo.
Sin enredarse en nombres, los contertulios quedaron anonadados por la información que les daba el aviador, según la cual el amigo Sonata estaba en la cárcel y no de gira artística por España o el resto del mundo. La baronesa de Pinopar y el viejo periodista Víctor Márquez se resistieron a creer al aviador apagafuegos y le pidieron pruebas. “Os aseguro que no es humo de paja ni simple habladuría, que me lo ha dicho una fuente de categoría», replicó el aviador como si la categoría fuera sinónimo de la verdad.
Puesto que el aviador Perrote había sido militar (de los que trabajan), el exespía Godoy, la bióloga Raquel y el profesor Manises le otorgaron credibilidad. Pero Víctor Márquez, que había pasado gran parte de su vida persiguiendo la verdad, le exigió alguna prueba que les permitiese creer que su «fuente de categoría» le había dicho la verdad.
Entonces Perrote empezó a hacerse de rogar con la típica respuesta de que todo el mundo es libre de creer o no creer. Márquez insistió y él profirió un razonamiento macarrónico según el cual «a este mundo se viene a hacer algo, Sonata vino a este mundo, luego Sonata tenía que hacer algo y no hacía nada. ¿De qué vivía? ¿De la magia? No señor. Aquí se viene a hacer algo, aunque sea robar o ser robado, ya me entiendes».
–Eso son prejuicios tuyos, juicios mal establecidos, amigo Perrote. ¿De verdad crees que Ramón era un ladrón que vivía del botín?
–Claro que si. Ya he dicho que mi fuente es de categoría. Y te diré más. Ese tío actuaba de común acuerdo con un político importante que se aprovechaba del poder para trincar.
–¿Cómplice de un atracador oficial? –se extrañó Márquez– Y encima se hacía pasar por bueno, actuando tantas y tantas veces para causas benéficas, sobre todo a favor de los menores huérfanos por la violencia machista…
–Que no Perrote, no te creo –se interpuso Pinopar.
–Pues bueno, pues vale, pues me alegro… Si vamos a ver, yo tampoco me creo que tú seas baronesa de verdad, pero tanto da…
El profesor Manises reconvino al aviador. Y éste enseguida sonrió a la baronesa y diciendo que era una broma y explicando que de sobra sabía que el archiduque don Carlos de Austria había concedido el título de nobleza a su tatarabuela en Mallorca cuando el archipiélago y Cataluña y los demás territorios del antiguo Reino de Aragón apoyaban al archiduque y luchaban contra los Borbones que se implantaron en el resto de España con el nieto del rey de Francia Luis XIV al frente. Pero tras las hostias entre los borbónicos y los austracistas, aquella guerra terminó en 1715 con la capitulación de Barcelona y la rendición de Mallorca a las fuerzas de Felipe V, y entonces el Borbón reconoció el título que su adversario el infante don Carlos había concedido a la primera baronesa de Pinopar. “Conque, nada que objetar, mujer”.
La baronesa se congratuló de que Perrote el aviador conociera su origen nobiliario casi mejor que ella y, como si quisiera agradecer o celebrar el buen conocimiento, hizo un gesto a Nano, el camarero, para que se interesara por ellos y les sirviera otra ronda a su salud. A continuación, Márquez volvió a la carga: «Hagamos una comprobación para saber si Sonata está en Soto o lo han trasladado a otra prisión». Acto seguido desenfundó el teléfono móvil y comenzó a buscar en Googel el número telefónico de la cárcel».
El aviador apagafuegos se inquietó. «¿Qué pasa, que no me crees?». El viejo periodista movió la cabeza a derecha e izquierda. «¿Y si te dijera que mi información procede de un magistrado?», desveló el aviador. Márquez volvió a mover la cabeza. El aviador cedió: “Aunque no voy a decirte el nombre por lealtad, puedo acudir al refranero para que le conozcas por sus obras. Una consistió en llevar p’alante y quitar el pasaporte a la esposa del jefe del Gobierno… ¿No sé si me entiendes…?”
–Claro que te entiendo, amigo Perrote, muchas gracias –repuso Víctor Márquez esbozando una mueca irónica y recorriendo con la vista las caras de la baronesa, el profesor Manises y la bióloga Raquel, que correspondieron con otras tantas expresiones de incredulidad.
Ahora sabían que aquel juez de marras podía mentir con la misma facilidad y el mismo impulso que le proporcionaba el odio, estimulado por políticos prepotentes, insultones y reaccionarios, contra un gobierno progresista que se preocupaba de los ciudadanos y defendía la igualdad efectiva de oportunidades y los derechos humanos y sociales de los trabajadores.
Y sabían algo más: que con el respaldo de aquel administrador de la Justicia que era propietario de cuadras de caballos de carrera fuera de España para no tener que cumplir las leyes españolas y poder seguir amargando la vida a la gente e incluso pasar a la historia como el ilustre magistrado que sentó en el banquillo de los acusados a la consorte de un presidente del gobierno y le quitó el pasaporte para que no se fugara del país, ayudada por los policías que la protegían…, la derecha corrupta, errática, cruel y retardataria se disponía a ganar las elecciones.
Y también sabían que con el apoyo de aquellos grajos que además condenaron al hermano del presidente del gobierno sin haber cometido delito alguno, y de los altos prebostes del Supremo, tan trabajadores que sudaban agua bendita y no tenían tiempo ni de cumplir la sentencia del Tribunal Europeo de Justicia sobre la amnistía constitucional y anular las causas contra el expresidente de Cataluña, los dirigentes de la derecha extrema y la extrema derecha tenían la labor de oposición y la campaña electoral hecha.