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Campeones del mundo y ‘metepatas’ del PP

RELATO DE VERANO

Luis Díez.

En los meses de junio y julio del año en curso (2026), los seculares del Palmeral de la Playa fueron una muestra aceptable del estado mental de la patria. El Mundial de Fútbol que se celebraba en 16 estadios de otras tantas ciudades de América del Norte (México, Estados Unidos y Canadá), con participación de 48 selecciones, 104 partidos e infinitas controversias, producía tanta tela que cortar que aquellos contertulios jubilados no hablaban de otra cosa.

Primero fue el temor a que el ICE –la Gestapo de Donald Trump contra los inmigrantes– aprovechase la afluencia de trabajadores latinos a los estadios de fútbol en Los Ángeles, Dallas, Miami, Nueva York… para detenerlos, recluirlos, matar a alguno, maltratar a casi todos y echarlos del país. Eso no ocurrió. La FIFA fijó precios muy altos, con evolución al alza, y de ese modo impidió que los trabajadores inmigrantes se acercaran siquiera a los estados. Como dijo el profesor Manises: «El principio de Séneca: Primun vivere, de in de philosophare sigue vigente».

Aunque el espía Godoy se quejase de que el fútbol perdía su esencia popular a causa de esa carestía de las entradas, y la marquesa de Pinopar acusara al presidente de la FIFA, Gianni Infantino –“el pelota dos mil dos de míster Trump”– de ser “un elemento extractivo que solo buscaba el enriquecimiento”, y aunque el viejo periodista Víctor Márquez parodiase a Eduardo Galeano y a Jorge Valdano diciendo que “el balón es lo único honrado que hay en el fútbol, y todos le dan patadas”, lo cierto es que los estadios se llenaban a reventar. Al balance final rozó los siete millones de espectadores.

Las expectativas eran lo principal. La selección española, conocida como La Roja, carecía de grandes figuras individuales, en contraste con Brasil, Francia, Argentina, Inglaterra, Noruega, Portugal… Las grandes estrellas –Lionel Messi, Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé, Vinícius Júnior, Cristiano Ronaldo, Erling Haaland, Harry  Kane…– reducían a un puntito de luz en una galaxia futbolística a nuestro Lamine Yamal, muy joven y con poca experiencia frente a aquellos talentosos jugones.

Sin demérito del patriotismo ni menoscabo de la esperanza, hasta la baronesa de Pinopar sostenía que ganaría Francia. El profesor Manises apuntaba en la misma dirección soltando nombres: “Mbappé, Dembélé, Barcolá, Olise, Doué…” antes de exclamar: “¡Qué tíos!” La bióloga Raquel también consideraba superiores a los gallitos franceses, aunque echaba de menos a un director de orquesta como El Principito, en referencia a Antoine Griezmann.

Pero La Roja del entrenador Luis de la Fuente se mantenía en la tabla de los favoritos y avanzaba. Tras el empate a cero con Cabo Verde, ganaba a Arabia Saudita y empezaba a demostrar una conjunción de equipo superior a las selecciones salpicadas de estrellas. “Somos unos mangalisas –decía el viejo aviador apagafuegos José Luis Perrote en referencia a los galones–, pero somos equipo, corremos más y jugamos mejor, con mayor rapidez y precisión”. Tuviera o no razón, los Oyarzabal, Rodri, Pedri, Cubarsí, Cucurella, Dani Olmo, Baena, Simón, Lamine…, fueron laminando a las selecciones de Uruguay, Austria, Portugal, Bélgica y se plantaron en la semifinal contra Francia. Vale que los galos del gallito en el pecho tuvieran ganas de revancha contra Argentina, que se llevó la Copa del Mundo en 2022 en Catar tras empatar a tres y ganar por penaltis, pero antes tendrían que derrotar a España.

Fue entonces cuando apareció el primer metepatas. Nada menos que el expresidente del Gobierno Mariano Rajoy –un político nefasto de la derecha reaccionaria y cruel al servicio del capital– publicó un artículo simplista y provocador en el que sostenía que “la selección francesa tiene un altísimo nivel, eso sí, sin franceses”. Su afán de notoriedad quedó colmado, pues se armó la Marimorena y de las redes sociales saltó a los bares.

–Ese majadero cree que los negros no son franceses –comentó el viejo aviador apagafuegos– ¡Menuda metedura de pata!

–Me parece una patochada más propia de un patán iletrado que de todo un ilustre registrador de la propiedad que encima cobra del erario público como expresidente de gobierno –le secundó la bióloga Raquel.

–Patochada, majadería…, lo que queráis, pero yo creo que le ha estallado la glándula racista que lleva en el cerebro –dijo el viejo periodista Víctor Márquez.

–Furúnculo será –saltó Godoy.

–De ahí a gritar «mono» a Vinicius y otros jugadores negros o llamar «moro mierda» a Lamine Yamal solo hay un paso. Glándula o furúnculo, tanto da: esos racistas y supremacistas de la derecha solo esparcen odio y violencia. Y también desprecio a los trabajadores, los pobres, los inmigrantes… El señor Rajoy no se cansaba de repetir la famosa frase de Hitler: «todo alemán de bien», aunque en vez de «alemán» decía «español», y de distinguir entre “las familias de buena condición” y las demás. No es extraño que el pobre hombre sobrecogedor aproveche el mundial para abrazar la “prioridad nacional” de defensa de la raza mediante la discriminación y la persecución de los diferentes.

La insolencia del personaje provocó la expresión “¡Qué vergüenza!” y la petición de disculpas del jefe del Gobierno, Pedro Sánchez, cuando saludaba al presidente francés Emmanuel Macron, antes de reunirse con otros mandatarios europeos para discutir la ayuda a Ucrania, atacada por Rusia.

Entonces La Roja dio una lección del mejor fútbol y ganó a Francia con tal limpieza, deportividad y precisión –sin cometer un solo error– que antes de la final en Nueva York contra Argentina –campeona de su grupo tras derrotar a Inglaterra– apareció otro político derechista, nada menos que el líder del PP, el paisano de Rajoy, Alberto Núñez Feijóo, diciendo que su partido se parecía a la selección española y otras puerilidades impropias de su edad.

Los seculares del Palmeral de la Playa se despacharon: “Ese tío quiere apropiarse de la selección, que es de todos”, prorrumpió el ferroviario Gregorio, que casi nunca hablaba. “Pues como le oiga el faccioso de Vox, se acabó el pacto –añadió el profesor Manises– ¿Cómo que Nico Williams se parece al PP si es negro y su madre llegó en patera?” “¡Prioridad nacional, tronco!” exclamó el aviador Perrote.

En la final, La Roja anuló con su juego a la Argentina de Messi y proporcionó una inmensa alegría a todos los españoles y a millones de personas en el resto del mundo, sobre todo en Palestina, Líbano e Irán, países atacados por las máquinas de matar del israelí Netanyahu y el estadounidense Trump. Después de  todo, España se había significado por la exigencia de paz a los dos grandes matones. El goce fue total al ver cómo el capitán Rodri recibió la copa de manos de Trump y su pelota Infantino pero no la alzó al cielo hasta que los dos prebostes, que querían salir en el centro de la foto, se quitaron del medio y se pusieron a un lado, como educadamente hizo el rey de España Felipe VI en el extremo contrario.

Ni aun después de ganar el campeonato del mundo (por segunda vez en la historia tras el triunfo de 2010 en Sudáfrica) la derecha dejó de meter la pata. El novio de la diputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo Peralta-Ramos y Madero, marquesa de Casa Fuerte, promocionada por el belicoso José María Aznar López cuando era jefe del Gobierno, Arcadi Espada, columnista del diario El Mundo, publicó un artículo 48 horas después del triunfo en el que daba por hecho que España había quedado eliminada. Y con tamaña novedad se explayaba en una sucesión de consideraciones y “majarederías”, dijo Márquez.

–¿Y ese Arcadi es periodista? –quiso cerciorarse la Pinopar. Márquez asintió con la testa. Y añadió que los partidos del mundial habían sido vistos por unos 6.000 millones de telespectadores, según los datos de la FIFA, pero se ve que el metepatas, además de profesor de periodismo, no se enteró de que La Roja había ganado la Copa del Mundo, su novia –de madre argentina– no le informó del resultado y el editor ni leyó la columna antes de dar el imprimatur. Ante lo que la Pinopar exclamó: “¡Periodismo de bulos, maldita sea!» Y el anciano Márquez reconoció, resignado, el triunfo del nuevo género, por bulerías, y el fracaso de la verdad. Amen.