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Acerca de Luis Díez

Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es

25.–Anda entre ‘rambitos’ y ‘superpumas’

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

La guerra en los Balcanes mantuvo al Abuelo en un frecuente ir y venir a las distintas zonas en las que, en la última década del siglo XX, se desplegaban las tropas españolas con el mandato de la comunidad internacional (ONU, OSCE y OTAN) de imponer la paz. El antiguo ejército yugoslavo se desmembraba del mismo modo que el mosaico de pueblos que habían formado aquella federación en la península yugoslava. Desde Belgrado, capital de Serbia, ordenaban combatir sin piedad a los separatistas croatas, bosnios y kosovares, atacaban poblaciones y exterminaban a los habitantes. Eran guerras sin prisioneros. Desde Zagreb, la capital de Croacia, empleaban una crueldad similar. La “limpieza étnica” cabalgaba con la guadaña al hombro, espoleada por la fuerza del odio más absurdo, nacionalista, entre vecinos y hermanos. Los campesinos de uno y otro signo y credo religioso destruían sus casas, haciendo estallar bombonas de gas, antes de salir huyendo para que no les mataran. En Split, la moderna ciudad turística croata del Adriático, los grandes hoteles estaban repletos de familias desplazadas que lo habían perdido todo menos la vida. Allí, a unos pocos kilómetros del frente, los periodistas recibían los partes de las operaciones bélicas y de las misiones de protección de las tropas de paz para hacer llegar la ayuda alimentaria a las poblaciones cercadas. El bloqueo de Sarajevo, capital de Bosnia y Herzegovina, y la lucha a cañonazos por el control del aeropuerto y de las distintas zonas de la ciudad era lo más cruel, ruin y morboso que acontecía en la civilizada Europa desde el final del nazismo y el fascismo. Impresionaba el sufrimiento de aquella gente indefensa que sobrevivía, aislada y acosada, entre los escombros provocados por las granadas de mortero y caía abatida por los francotiradores a cualquier hora y en cualquier calle cuando salía a buscar agua y alimentos. Cuando T me describía aquella situación ya el cine y la literatura habían narrado con detalle el cerco a Sarajevo, incluida la destrucción de su biblioteca, una joya de la humanidad. De ahí que evitara profundizar. En Split coincidió con algunos corresponsales, casi siempre los mismos enviados a los distintos conflictos por los distintos medios de comunicación europeos y americanos. El de la televisión estatal española, al que llamaban Rambito, imprimía emoción a sus crónicas por el procedimiento de encasquetarse, cubrir el pecho y la espalda con un chaleco antibalas, salir del hotel en compañía de su reportero gráfico y pagar a unos elementos armados para que dispararan ráfagas de ametralladoras y tiros de pistola al aire mientras grababa la entradilla de su crónica. Los tiros indicaban (a los espectadores) la cercanía del frente y añadían la impresión de que el periodista se jugaba la vida informando a pie de obra. ¡Qué tío! ¡Un reportero valiente como no había otro! Un día llegó su relevo, una mujer joven, inteligente, con más ética profesional y mayor experiencia que él en relatar tragedias bélicas. Pero él no se quería marchar. Se negó a entregar el micrófono a su compañera y porfió con los mandos de la televisora para evitar que le repatriaran. No lo consiguió. Se soliviantó, se despidió y se entregó a la escritura de un relato sobre la tribu de los reporteros de guerra, que conocía bien, y a los que se esfuerza en desmitificar. El opúsculo tuvo éxito, pues el autor era conocido gracias a la televisión, y aquel Rambito aprovechó el tirón y se dedicó a producir relatos de capa y espada, con tan buena suerte que, al cambiar el siglo, lo ingresaron en la Real Academia Española (RAE) de la lengua con la letra T, de tarambana. Con ello el Abuelo quería decir que los desequilibrios físicos y psíquicos y el mal humor eran frecuentes entre los enviados a contar los efectos de las guerras y de las catástrofes naturales. Una vez le tocó ir a cubrir un terremoto en las montañas de la Cachemira paquistaní. Ya estaban sentados en el helicóptero Mi-8 de los servicios sanitarios de la Media Luna Roja para viajar a la zona del desastre. El Mi-8 era un aparato de fabricación rusa, resistente y fiable. Aunque aquel tenía el piso de madera y los asientos rajados como si hubieran sido acuchillados, era una aeronave tan segura como la mejor y muy popular entre los rusos, que le llamaban Vasilisa, como a las mulas de carga con alas. Cada uno ocupaba su sitio en los asientos corridos, con los respaldos pegados al fuselaje. Algunos colegas metían los dedos por las rajas de las butacas, arrancaban pequeños trozos de esponja, formaban bolitas y se las lanzaban a los de enfrente. El piloto, un indio flaco con ojeras, cerró la puerta del aparato, subió a la plataforma elevada que le separaba de los pasajeros, ocupó su asiento, se colocó los auriculares y el micrófono de comunicación con la torre y activó el rotor. El aparato tembló con ganas de salir volando. Alguien gritó: “Vamos que nos vamos”. El helicóptero echó a rodar. En ese instante, un colega de Radio Nacional de España se soltó el cinturón de seguridad, se precipitó hacia la portañuela, abrió y saltó al duro cemento del aeropuerto de Islamabad-Rawalpindi. Los sorprendió a todos. También, al piloto, que masculló un improperio en su idioma. La verdad es que el colega era un tipo taciturno y enigmático. Hablaba poco y parecía muy enamorado de su voz. Le vimos correr hacia la terminal del aeropuerto mientras nos elevábamos rumbo a las montañas de tierra roja cuyos habitantes, gente muy pobre (casi todos lo eran en aquel país), habían sufrido los efectos del fuerte terremoto. Allí fue –decía T– donde quisieron venderme a Paka, una niña de nueve años, cuya familia había desaparecido en un poblado engullido por la montaña. Ella se salvó porque cuando la tierra se movió y la montaña arcillosa cayó sobre el pueblo estaba lejos, apacentando unas cabras. La habría comprado si una colega con experiencia en adopciones no le hubiera conminado: “No lo hagas”, e informado de las complicaciones burocráticas para llevarla consigo a Madrid. Ante el temor de que se la quitaran, le dio un puñado de rupias a la mujer que se la vendía para que se ocupara de ella y le prometió enviarle una cantidad mensual hasta que se hiciera moza. Cumplió su palabra, verificó regularmente que Paka recibía la ayuda. Creció y estudió enfermería. Esto ocurrió después de observar a vista de pájaro los efectos de los intensos temblores de tierra, las casas de los campesinos convertidas en montoncitos de tierra, las carreteras y caminos borrados de la faz del suelo, los ríos y arroyos desviados de sus cauces. De algunos pueblos enterrados por el derrumbe de aquellos montes terrosos quedaba algún vestigio, alguna casa orillada y maltrecha. De otros, con mejor suerte, se apreciaban las casas derribadas y los escombros empujados hacia el valle. Las consecuencias del terremoto encogían el alma. No podíamos hacer nada, sólo calcular la cifra de muertos y desaparecidos a partir de los datos censales de la población preexistente e informar al mundo de la destrucción y el daño del terremoto. Los supervivientes que podían caminar por no haber sufrido heridas graves, iban bajando hacia los valles con algunos animalillos que habían podido salvar. Pronto formarían campamentos de desplazados. Se lamerían las heridas y a continuación retomarían la lucha por la vida en aquellas latitudes fértiles y frías del sudoeste de la cordillera de los Himalayas, conocida como el techo del mundo. El piloto acertó a aterrizar en una terraza cercana al lugar que estaba siendo acondicionado por militares españoles para acoger a los desplazados. Permanecimos unas horas con ellos, recordaba. Tendían tuberías para proporcionar agua potable a los supervivientes, construían casas de madera para que sirvieran de escuela a los niños e instalaban carpas de lona y alzaban tiendas de campaña para que los supervivientes las utilizaran como vivienda provisional. También perforaban pozos para que no dispersaran sus excrementos corporales y el cólera se añadiera a la desgracia. Provistos de tractores, volquetes, excavadoras y demás maquinaria, aquellas cuadrillas de jóvenes militares del ejército patrio se esforzaban en despejar los escombros de las carreteras y en restaurar los caminos y reabrir los senderos. Tendían puentes provisionales e improvisaban pasarelas sobre los arroyos y las simas del terreno. La tropa de mujeres y hombres de los regimientos de castramentración allí desplazados para mitigar el sufrimiento trabajaban sin descanso y sin apoyo. Los aliados occidentales se habían comprometido a prestarles apoyo, pero no aparecieron. Todas las declaraciones prometiendo ayuda al régimen del general Pervez Musharraf, un aliado imprescindible en la guerra contra los talibanes en Afganistán, quedaron en flatus vocis, nada. El bienintencionado gobierno español ejercía de Quijote, adoptando una de las pocas decisiones que valía la pena tomar: ayudar a los más necesitados. Hablaron con los esforzados militares, visitaron el hospital de campaña para curar heridos y enfermos, obtuvieron conmovedores testimonios de algunos supervivientes, recogieron la petición de ayuda (alimentos y medicinas) de las mujeres y los niños que conseguían llegar al campo de desplazados y regresaron a Islamabad como habían ido, en la Vasilisa. Fue una jornada muy triste. T peguntó al colega de Radio Nacional la razón de su comportamiento y le ofreció el material informativo sonoro y las impresiones que había recogido para que pudiera hacerse una idea y componer una crónica. Él contestó: “De repente se me puso una cinta negra en los ojos, empecé a verlo todo negro, negro, y tuve la visión de que el helicóptero se iba a estrellar”. Un colega puntilloso le reprochó que huyera sin avisarles del peligro, a lo que él respondió: “No quise asustaros”. El colega puntilloso no aceptó la razón: “Ya, querías salvarte solo tú y dar la noticia en exclusiva, eres un Superpuma cabrón”, le reprochó en tono de broma. Aunque el Abuelo aclaró que el artefacto volador era una Vasilisa rusa, de poco sirvió, pues el colega se quedó con el mote de Superpuma. Di tu que le duró poco, ya que se benefició de la gran reestructuración del Ente Público RTVE que permitió a todos los trabajadores de más de cincuenta y dos años cobrar sus salarios hasta la jubilación sin tener que ir a trabajar. Un chollo. A propósito de grandes reporteros de la cadena estatal de radio, el Abuelo se sentía orgulloso de su compañero y amigo Joaquín Tagar, enviado especial de Radio Nacional de España a la guerra de Nicaragua. De pronto, en el informativo de las 22:00 horas del 17 de julio de 1979, oías a Joaquín transmitiendo en directo desde Managua. «Buenas noches, les hablo desde el despacho presidencial del dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Soy Joaquín Tagar y estoy utilizando su teléfono para contarles que los guerrilleros del Frente Sandinista de Liberación Nacional acaban de asaltar el palacio y están buscando al tirano por todas las salas, rincones y pasillos. Es probable que no lo encuentren porque, según testimonios de algunos empleados palatinos, habría huido pocas horas antes del asalto». Aquello si era una primicia en exclusiva mundial. ¿Cuánto esfuerzo, paciencia, empatía, bonhomía y desvelo había derrochado Joaquín (también suerte) hasta poder dar aquella noticia?

24.–Burla a la muerte en Móstar

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Si el avión hubiera obedecido la ley de la gravedad y respondido a la lógica de los materiales pesados, el Abuelo y los demás pasajeros habrían muerto el día de Navidad del año 2005 en Móstar (Bosnia y Herzegovina). Habría sido una muerte absurda, pues las guerras en los Balcanes habían terminado hacía más de diez años, aunque los países europeos mantenían sus agrupaciones militares de observación y ayuda a la reconstrucción sobre el terreno. El Hércules se lanzó en picado, golpeó el suelo al final de la pista, se salió, rodó campo a través, se transformó en una jaula de grillos empujada por un enjambre de avispas y al final no se estrelló. Lo recordaba bien. Embarcaron a las cinco de la mañana de aquel día de Navidad en un Airbús del Ejército del Aire dedicado al transporte de altas autoridades. Les dieron de desayunar a bordo. Un pelota ministerial colocó panderetas de plástico en los asientos por si querían cantar y tocar villancicos con el señor ministro y los jefes militares que los llevaban de excursión. De eso ni hablar. Dos horas y media después aterrizaron en el aeropuerto de Dubrovnik, en la costa de Dalmacia. Sin pasar por la aduana caminaron hacia el Hércules que esperaba en la pista de rodadura para llevarles a Móstar, en Bosnia-Herzegovina. En aquella zona de Europa, genéricamente conocida como los Balcanes, se helaron las palabras y ladraron las armas. En Sarajevo empezaron los males del siglo XX con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. Lo mató un tipo de la Mano Negra serbia que se llamaba Gavrilo y no pensaba matarlo siquiera. Pero estaba tomando un café a las once de la mañana cuando vio el coche descapotable con el heredero austrohúngaro y su esposa Sofía Chotek, una bailarina de la tibia aristocracia, y puesto que el chófer parecía más perdido que Tarzán en Nueva York, aquel Gavrilo sacó el arma y les descerrajó dos tiros. Después se lanzó al río y se ahogó. Lógico: no sabía nadar. El archiduque, que también era un poco descerebrado, ordenaba que le cosieran las pecheras de la chaqueta y la camisa para ir más elegante, y se desangró mientras las descosían para parar la hemorragia. Su esposa se desangró también. Murieron en veinte minutos. El resto fue ya coser y llorar: coserse a balazos y llorar a los muertos. Aquel atentado de un atontado contra otro atontado sirvió de pretexto a unos políticos nefastos para conducir a las naciones europeas a matarse unas a otras con las peores armas a su alcance, incluidas las químicas. La primera guerra mundial duró cuatro años y costó la vida a treinta y un millones de personas entre soldados y civiles. Y los rescoldos de la primera encendieron la segunda, en la que murieron muchos más: ochenta y tres millones de personas. No conformes con tanta mortandad y destrucción, los necios nacionalistas balcánicos quisieron despedir con más muertos el sangriento siglo XX. Era como si esa mezcla de fanatismo patrio y opio religioso les provocara un ansia incontenible de matarse unos a otros. Y allí andan: serbios contra bosnios, croatas contra serbios, bosnios contra croatas, serbios contra croatas y kosovares, cristianos contra musulmanes, judíos contra mahometanos… recosiéndose a balazos y cañonazos desde finales del último y único año capicúa del siglo: 1991. Di tu que ahora eso que llaman la Comunidad Internacional sólo les había permitido matarse durante dos o tres años, mientras se separaban unos de otros y dividían la antigua Yugoslavia, aquella federación de pueblos, regiones y religiones que organizó el mariscal Josip Broz, Tito, un tipo que no quería saber nada del bloque soviético y fundó el movimiento de los No Alineados. Para evitar que la sangre insistiera en expresarse, la ONU envió unos cascos azules, unos pocos soldados incapaces de frenar las matanzas de los carniceros serbios y croatas, empeñados en exterminar a los musulmanes. Entonces los países europeos supeditados al mando militar estadounidense de la Alianza Atlántica se lo tomaron en serio y enviaron tropas de interposición para parar la masacre. España mandó quinientos soldados en son de paz. Después envió más. Treinta y cuatro murieron en emboscadas, atentados y accidentes. Ya llevaban más de una década en aquella misión. Y a T le correspondía cubrir las visitas navideñas del ministro del ramo y de otras autoridades superiores a los soldados allí desplegados para garantizar la paz, pues la política de defensa era una de las parcelas informativas que el director del periódico le había asignado. Subieron al Hércules. Él conocía por experiencia aquellos aviones militares y solía ocupar el último asiento, en la cola de las cuatro filas de cuerdas tendidas a lo largo del aparato: dos por el centro, espalda contra espalda, y dos en los laterales, espalda contra chapa. Optaba por el último sitio porque así podía acomodarme sobre la carga, sujeta con cintas y redes en la rampa de cola, dormir y fumar cigarrillos sin molestar a nadie. Además, aquel emplazamiento le permitía mirar por las únicas ventanillas, situadas en las puertas laterales del aparato. En aquella ocasión el trayecto era corto, de apenas media hora. El avión se elevó sobre la cordillera montañosa, atravesó la densa capa de nubes grises y emergió a un cielo limpio y azul. El vuelo era tranquilo. Los novatos se hacían fotos y contaban chistes. T fumó un cigarrillo y se quedó de pie mirando por la ventanilla. Los cúmulos grises ocultaban el suelo. Al cabo de veinte minutos, el avión comenzó a descender, señal de que estábamos cerca de su destino. El aeródromo de Móstar se hallaba en la falda de una montaña, al oeste del río Neretva. Su pista era muy corta, sólo apta para avionetas y aparatos de hélice. T conocía el enclave y también la carretera que conducía a la ciudad. Le llamaban la carretera de los muertos. Sus cunetas habían sido utilizadas para enterrar rápidamente a los muertos en los combates. Filas de estacas verticales señalaban su ubicación. Aunque había algunas cruces, la mayoría eran musulmanes. En un instante el Hércules se sumergió en la masa nubosa. Iban a «tomar tierra» y a pique estuvieron de «jartarse», que diría un sevillano, pues ya fuera por la escasa visibilidad o por algún fallo mecánico, el piloto se comió dos tercios de la corta pista. Sin despegar la nariz de la ventanilla, T amortiguó el rebote de las ruedas, seguido de otro duro golpe contra el suelo y vio pasar fugazmente la tierra ocre de pan llevar y los árboles raquíticos y los postes del tendido eléctrico como si fueran sombras fugaces. Entre los temblores y los chirridos de las bisagras de aquel bólido oyó los agudos gritos de pánico de algunos colegas. Giró la cabeza hacia el interior del aparato. Sus ojos quedaron clavados en el rostro pálido, blanco como el yeso, del sobrecargo, un militar que apretaba la espalda contra la chapa de la portañuela de enfrente y se aferraba con los brazos a las barras de acero pulido de los pasamanos. Su tez y su mirada de asombro le hicieron consciente de que el jodido artefacto se iba a estrellar y a estallar como una bola de fuego en cuestión de segundos. Sin embargo, no sintió el consabido terror ni se acordó de su mujer y sus hijos ni le pasó fugazmente por la cabeza esa película de la vida que dicen que vemos poco antes de diñarla. En esas, el aparato pegó un frenazo tan brusco que la inercia desplazó hacia adelante a seres y enseres. Cayó sobre el mullido regazo de una elegante colega madura del ente público, tan asustada que ni notó el golpe. El Hércules se detuvo y se apresuraron a salir. Lloviznaba agua-nieve, pero el terreno no estaba muy embarrado. El señor ministro de defensa José Bono y los altos mandos militares que le acompañaban se pusieron a dar gracias al cielo con la boca abierta, lo que les proporcionó un trago de líquido elemento y les permitió superar el susto. De otro modo, habrían comparecido más pálidos que la cera ante la tropa que les esperaba en perfecta formación a un lado del aeródromo. Sonaron los acordes del himno nacional, recibieron novedades del mando de la agrupación militar, tributaron el tradicional homenaje a los muertos, cantaron La muerte no es el final, rubricada con la salva de fusilería reglamentaria y enseguida, al abrigo de un hangar, el ministro telefoneó al Rey para informarle del abrupto aterrizaje. Ni que decir tiene que el piloto y el copiloto, un teniente y un suboficial, ya habían sido arrestados. Alguien bromeó después sobre lo absurdo que habría sido morir en Móstar once años después del asedio. Los combates fueron terribles. Serbios y croatas se pusieron morados matando a sus vecinos bosnios y volando sus mezquitas. Claro que también la Armilla bosnia había cañoneado las iglesias de los enemigos. Desde la montaña, la artillería y los tiradores de precisión serbios machacaban a la población civil del barrio histórico de Móstar, de mayoría musulmana. Desde el otro lado del Neretva, los croatas ejercían una presión orientada al exterminio. Volaron el puente histórico (cinco siglos tenía) y único sobre el río Neretva, aislaron el barrio musulmán, dejaron a los bosnios a merced de las balas y el hambre. En cuanto asomaban la nariz a la puerta de casa, los serbios les disparaban desde la montaña. Mataban de todo: niños, ancianos, mujeres. Desde el otro lado del río recibían el fuego de los croatas. Les tuvieron cercados más de un año. La pobre gente, asediada, enterraba a sus muertos en la puerta de casa. Los pocos y pequeños jardines del histórico barrio musulmán de Móstar se llenaron de tumbas. Aunque serbios y croatas se odiaban a muerte, parecían estar de acuerdo en exterminar a los musulmanes y repartirse el territorio de Bosnia-Herzegovina. Allí fue donde T conoció, unos años antes, en plenas escaramuzas y combates, a los niños locos. Salieron de entre las ruinas del gran hotel y corrieron hacia él pidiéndole galletas. Eran cinco o seis chiquillos de menos de diez años, esqueléticos, nerviosos. Habían perdido a sus padres. La guerra les había trastornado. Decían algunas palabras en castellano. Les preguntó quién se las había enseñado. “Los amigos picoletos”, contestaron en referencia a los guardias civiles que formaban parte del contingente pacificador español. ¿Qué habrá sido de aquellos niños?, se preguntaba.

El Hércules se salió de la pista y rodó como un bólido campo a través. Al final no se estrelló.

23.–Describe al ‘molt honorable’

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Por cierto, me contó el Abuelo que en una ocasión tuvo la mala ocurrencia de escribir sobre aquel Pujol. Había entonces en el periódico una columna que se publicaba en las páginas de opinión y se llamaba “La rueda”. Le tocó La rueda un día que “el molt honorable” –trato que daban al president de la Generalitat de Catalunya– madrugó, subió al avión y se plantó en Madrid para desayunar con el presidente del Gobierno. Las visitas de aquel hombre pequeño, arbitrario y casi siempre de mal humor, se anunciaban cuando ya estaba en marcha. Sus ayudantes nunca sabían a dónde tendrían que ir hasta que el tipo, que nunca se estaba quieto, decidía desplazarse a visitar un pueblo de Tarragona, un museo en Girona, al gobernador del Banco de España en Madrid, al de Quebec en Canadá o al comisario de Agricultura en Bruselas. Cuando viajaba a la capital del Reino de España solía citar a los periodistas en el hotel Palace, les contaba lo que quería y ellos confeccionaban las crónicas con el motivo y alcance de sus visitas. En aquella ocasión, el motivo era curioso. “¿No tomarán nada, verdad?”, preguntó a los informadores. “Si, yo quiero un café con leche”, le contrarió T. El honorable les contó que se había desplazado a Madrid para mostrar una fotografía al presidente del Gobierno. “A ver, Pedrós, acérqueme ese sobre”, ordenó a su jefe de prensa, un poeta enrevesado que se llamaba Ramón. Los informadores tuvieron la impresión de que el honorable les tomaba el pelo, pues para que una persona viera aquella fotografía del tamaño de un folio había medios técnicos de transmisión instantánea sin necesidad de recorrer los mil kilómetros de ida y vuelta que separan Barcelona de Madrid. “Miren, esto es Europa de noche”, les dijo, exhibiendo la foto como un trofeo. A continuación señaló las zonas iluminadas como las más prósperas, industriales y desarrolladas, destacando gran parte de Alemania, Países Bajos, la península de Escandinavia, el Mar del Norte, el centro y sudeste de Francia, el norte de Italia, el sur de Inglaterra… España era una mancha negra con luces en Cataluña, Euskadi, algunas en el centro y en la costa mediterránea. La instantánea, tomada por el satélite de la Agencia Espacial Europea en una noche sin nubes era, según aquel hombre, la evidencia del atraso y le servía de argumento para pedir al Gobierno estatal que destinara más recursos públicos a Cataluña como motor principal de la economía española. A partir de esa explicación, el honorable dio la misma respuesta a varios periodistas que querían saber si había negociado con el jefe del Gobierno alguna aportación superior para algún sector concreto. Y la respuesta fue: “Hoy no toca” y “no, mire, hoy no toca”. T redactó la reseña, la envió y se olvidó de la materia hasta que, ya al atardecer, le comunicaron que le tocaba «La rueda». Entonces aprovechó dos detalles de la ocurrente visita y contó que los “movimientos repentinos, de cine cómico”, del molt honorable le habían llevado a tomar por factorías industriales las plataformas petroleras del Mar del Norte y a interpretar la oscuridad nocturna de la mayor parte de la Península Ibérica como la evidencia de un atraso del que solo se libraban los laboriosos catalanes y los férreos vascos. Todo ello a ojo de satélite y sin tener en cuenta que en España no se iluminan las autovías como ocurre en Francia, Cataluña, Reino Unido y Alemania con las autopistas. T nunca supo si aquel gobernante que amasó una fortuna en el poder se sintió maltratado y protestó a las instancias superiores del periódico, pero lo cierto es que nunca más volvió a atropellarle «La rueda». Dicho sea sin demérito de otros, la gran compañera Margarita Sáenz-Díez, persona amable y comedida, dominaba ese difícil género de cuarto y mitad de opinión, cuyo maestro, según el Abuelo, era su también muy querido Josep Pernau. Tiempo después, un opaco redactor jefe al que llamaban Eltriste le reprochó, al Abuelo, que se hubiera burlado de los tics nerviosos del president, atribuyéndole movimientos de cine cómico.

22.–Viaja a la paz

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Como enviado especial (aunque nada tuviera de especial), el Abuelo viajó a Angola (otra Navidad fuera de casa) para informar (por telégrafo) de la retirada de las tropas cubanas reclutadas por Fidel Castro y sufragadas por Moscú para apoyar al régimen popular del presidente dizque comunista José Eduardo dos Santos frente al poderoso ejército de su oponente capitalista Jonás Savimbi, respaldado por mercenarios y especialistas en armamento, financiados por los Estados Unidos de América. El belicoso Savimbi controlaba el sur del país, un área muy rica en minería metálica y diamantes, y recibía el armamento, la munición y personal necesario para mantener aquella guerra interminable a través de Namibia, que, a su vez luchaba para independizarse de Sudáfrica y liberarse del dogal racista y el régimen de apartheid impuesto por Pretoria a mediados del siglo XX. De pronto la larga guerra de Angola registraba un alto el fuego más firme que las treguas anteriores. El diálogo norte-sur entre las potencias que manejaban sus piezas sobre el tablero mundial daba una oportunidad a la paz en aquella esquina del torturado continente africano. La tensión entre los bloques capitalista y comunista aflojaba. Tras la experiencia de Vietnam, los mandatarios estadounidenses y soviéticos admitían la conveniencia de avanzar hacia la distensión e ir dejando al mundo en paz antes de que las fuerzas de la indignación, visible en EUA e invisible en la URSS, estallaban como huevos podridos en las respectivas metrópolis y liquidaran a aquellos pollos imperiales. La Guerra Fría tocaba a su fin. Los cubanos que luchaban en Angola para mantener el régimen comunista de Dos Santos, que había logrado la independencia de Portugal en 1975, abandonaban el país. Era una buena señal. Volvían a casa. Se iban jodidos. Muchos, con el virus del Sida en el cuerpo. T habló con varios, los retrató en fila india, subiendo las escalerillas de los aviones con dos banderitas de papel en la mano, la angoleña y la cubana, y las mochilas vacías. Los convalecientes, enfermos y mutilados eran llevados a Moscú para que se repusieran y disfrutaran de vacaciones. La población de Luanda sobrevivía míseramente. La escasez de alimentos era terrible. Faltaba de todo. No había leche para los niños pequeños, agua potable, medicamentos… Con mucha suerte se podía conseguir algún huevo, una batata, un trozo de mandioca, bananas o un puñado de gramíneas. En ocasiones llegaban al mercado algunos peces de la hermosa bahía inundada de porquería. La supervivencia de los centenares de miles de personas de aquella ciudad era una incógnita. La gente deambulaba por aquellas calles terrosas de infraviviendas en busca de algo que llevarse a la boca. Algunos caían rendidos, agotados, en cualquier lugar. Impresionaba la cantidad de niños que corrían detrás de los coches pidiendo algo de comer. El agua era lo más valioso. Hileras de mujeres y niños esperaban seis y ocho horas para conseguir un litro del liquido elemento de alguno de los camiones cuba que aparecían una vez al día en determinadas zonas comerciales de aquel mar de chabolas. La mayoría de los angoleños desconocían la paz. Los más viejos habían nacido cuando, en los años sesenta, Portugal combatía a los independentistas de la rica provincia de Cabinda, al norte del río Congo; otros habían llegado a este cochino mundo cuando se libraba la guerra por la independencia, finalmente conseguida en 1975; otros, en plena guerra civil entre los ejércitos del MPLA y UNITA. Nacían en la guerra, vivían para la guerra y morían a causa de la guerra; a unos los mataban las bombas y a otros el hambre crónica. Aunque el país era rico en minería, hidrocarburos y recursos naturales, las conflagraciones habían arruinado la agricultura, eliminado las pesquerías, destruido las pocas factorías existentes y desplazado a la población campesina a lugares supuestamente seguros como la capital del Estado, donde la mortandad infantil había alcanzado la mayor cota del mundo. Si a T le encogían el alma los niños desnutridos, aquellas criaturas a las que no llegaban los alimentos importados por el régimen ni los procedentes del socorro internacional, también le impresionaba la gran cantidad de personas mutiladas que poblaban las calles. En su mayoría eran niños y jóvenes de ambos sexos a los que les faltaba una pierna, un brazo, una mano… Algunos se valían de rudimentarias prótesis de palo atadas a la cintura, otros se movían con la ayuda de dos muletas bajo los sobacos, y otros, a los que faltaban las dos piernas, rulaban con la fuerza de sus brazos en los más variados carros artesanales y sillas rodantes o se desplazaban a pulso a ras de suelo, con el tronco y los muñones protegidos por trapos y trozos de neumáticos, y las manos empuñando tacos y asideros de madera a modo de zuecos protectores. Los contendientes de uno y otro bando habían infestado de minas anti personas las tierras de cultivo, los caminos y los perímetros de los poblados. Millones de bombas dormidas constituían la gran amenaza y la ruina del país. Estallaban en cualquier lugar, cualquier día y a cualquier hora. Las consecuencias fatales, cuando no mortales, eran visibles en la población. A T le dolían los ojos. Desde que aterrizó en Luanda sentía ganas de llorar. Aquellos odiosos artefactos prolongaban las desgracias de la guerra, hacían impracticable la agricultura en las tierras fértiles sobre la franja costera y garantizaban el desabastecimiento y el hambre para los tiempos venideros. La limpieza de aquella siembra mortal, realizada desde aviones y helicópteros, requeriría lustros de arriesgada labor por parte de especialistas militares y civiles. Miles de aquellas pequeñas bombas durmientes que prolongaban las desgracias más allá del alto e fuego llevaban marca española: habían sido fabricadas y vendidas por España. T recabó datos y testimonios sobre los fabricantes y vendedores patrios de aquellas armas odiosas. Se habían puesto las botas. Con información obtenida entre algunos compatriotas pudo localizar y conversar con dos agentes comerciales encubiertos. Ya no realizaban operaciones triangulares de suministro de armamento y munición; ahora importaban prótesis y ortopedia, una manera de seguir forrándose. T abandonó la calurosa capital angoleña para informar de lo que estaba pasando en la vecina Namibia, donde Naciones Unidas había desplegado una misión de observadores militares (España les aportaba el transporte en Aviocar) para verificar las dos condiciones del proceso de paz: la salida de combatientes de Angola y el corte de suministros bélicos a la guerrilla de Savimbi. La capital del futuro Estado independiente de Sudáfrica, Windhoek, era la más cruda representación del apartheid. La ciudad de los blancos, moderna, limpia, con grandes edificios, mercados, estaciones, centros comerciales, calles asfaltadas, bien trazadas, alcantarillado y todo tipo de servicios parecía una localidad europea que hubiera sido trasplantada a los confines de África. Sus cuarenta mil habitantes descendían de los colonos alemanes y holandeses que habían ocupado aquellas tierras hacía unos doscientos años, explotaban las minas de oro y diamantes, recorrían sus grandes fincas en avionetas, practicaban la caza desde helicópteros, regentaban lujosos hoteles, administraban la inmensa región de acuerdo con Pretoria, residían en magníficas villas, parecían felices y disfrutaban de la vida. A pocos kilómetros de las entradas y salidas de la ciudad, fuertemente custodiadas por policías con armas largas, se extendía Katutura, la urbe de los negros, la bidonville (casas con latas de bidones, maderas y plásticos) donde desvivían más de quinientas mil personas. Los negros realizaban todos los trabajos manuales de la pulcra ciudad de los blancos. Al rayar el alba caminaban los cuatro o cinco kilómetros que separaban su piélago de chabolas de la capital de los blancos. Hacía su labor por unos sueldos ínfimos y al atardecer emprendían el camino de vuelta. T se aventuró a ir con ellos y se incrustó en una hilera de caminantes que discurrían por los arcenes de la carretera hasta Katutura. Le habían dicho que los negros odiaban a los blancos y le podían agredir, robar, secuestrar y matar. O sea, igual que los blancos. Lo que en realidad odiaban era la dominación y los instrumentos de superioridad, entre ellos, los coches. Pero si te situabas a su nivel, con humildad y sin ostentación, si llegabas andando como ellos a su barriada, eras uno más, ni más ni menos. Quiere decirse que no te robaban la matrícula del coche ni el volante, los asientos y las ruedas. Tampoco el reloj ni la camisa ni las gafas. Por el contrario, se mostraban amables, amigables y encantados de tenerte entre ellos. Lo comprobó T aquella calurosa noche de finales de enero en una taberna a la que llegó atraído por el sonido rítmico de djembes y atabaques. Tres bombillas de colores señalaban la entrada. Un joven le invitó a pasar al fondo de la chabola, abierta a una campa trasera, apenas iluminada por más bombillas de colores conectadas a unos cables atados a los árboles, donde danzaban hombres y mujeres a pecho descubierto. Hacía un calor del demonio. Se sentó en el extremo de un tronco liso y largo que servía de banco tras unas tablas horizontales a modo de mesa. El joven que le animó a entrar y le hizo sitio, obligando a los demás a juntar sus traseros, le ofreció Coca-cola o champagne, las únicas bebidas del lugar. Mejor champagne. Le sirvió una botella de litro, demasiado grande para una sola persona, y comoquiera que muchas chicas y chicos allí sentados le miraban con curiosidad, pidió unos vasos de papel y compartió con ellos aquella botella de espumoso, marca Lerroux, cosechando sus sonrisas. Y lo que es mejor: su simpatía. De pronto se vio rodeado de chicas y algunos chicos. No sé bailar, les decía. Pero no era eso: solo querían tocarme. Allí fue donde me palparon decenas de mujeres, más mujeres de las que uno puede imaginar. Y también algunos hombres, jóvenes que nunca habían tocado a un blanco y querían saber si tenía la piel tan fina y caliente como la suya. Puesto que me estaba convirtiendo en el centro de atención de la fiesta, me quité la camisa y extendí los brazos para que saciaran su curiosidad sin empujarse unos a otros. Las chicas se reían. Tal vez el vello del pecho y los pelos de los sobacos les hacían gracia. Dos días después, añadía T, volví a Katutura para asistir a un mitin del líder independentista Sam Nujoma. El presidente del SWAPO (siglas en inglés de la Organización Popular del África Suroccidental) y comandante de la guerrilla que había luchado contra la ocupación del país por parte de Sudáfrica y la aplicación del férreo apartheid, era un hombre de mediana estatura, fuerte, enérgico, barba blanca, sienes nevadas, semblante agradable, ademanes tranquilos y voz aterciopelada, con breves y rotundas inflexiones de gran orador. El estadio de fútbol donde se celebraba el mitin se llenó a rebosar. Miles de personas que, desde unas horas antes cantaban, bailaban, agitaban banderas y coreaban consignas de socialismo y libertad, escucharon el larguísimo discurso de Nujoma en un silencio absoluto, disciplinado, emotivo, conmovedor. Una masa humana mayor de la que cabía en el recinto deportivo lo oyó desde fuera. Nadie se quería perder el mensaje del futuro presidente del país anunciando la inminente independencia de Sudafrica, el final del apartheid, la reforma agraria y muchas otras. El acto duró cuatro horas. Y los asistentes experimentaban tal ensueño que se resistían a despertar y abandonar el lugar. T echó de menos a una Lola Flores que los espoleara con su famoso grito: “¡Si me queréis, irse!” Al día siguiente compró un puñado de turmalinas por un dólar, hizo la maleta y abandonó aquel país naciente en cuyos caladeros pescaban los barcos de la empresa española Pescanova. La historia siguió su curso, Namibia consiguió su independencia, el belicoso angoleño Jonás Savimbi rechazó el acuerdo de paz y reanudó las hostilidades hasta que lo mataron, dos años después, y el presidente de Angola, Eduardo dos Santos, aceptó la democracia occidental, giró hacia el capitalismo, se garantizó el triunfo en las urnas, elección tras elección, empezó a explotar los ingentes recursos petroleros en la costa del norte del país, junto al delta del Congo, se forró, enriqueció a su familia, a los amigos y allegados de su tribu y se dio la vida padre mientras los angoleños siguieron en la miseria. Entre otros bienes, compró una mansión en Pedralbes, el barrio rico de Barcelona, a la evasora familia del señor Pujol, gobernante en Cataluña y significado corrupto.

21.–Trabaja con los buenos

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo nunca se creyó que los catalanes desquisieran a España, que era la forma de querer más acentuada de los nacionalistas catalanes para reafirmar su ideología. Fijate tú, decía, que los más prósperos de ellos, los de derechas, han aceptado a los Borbones como si tal cosa. Lo que ellos desearían es “catalanizar España”, añadía. Y preguntaba si es que no habían ejercido un papel ejemplar, equilibrado y moderador en las últimas décadas y, especialmente, en el tránsito sin ruptura de la dictadura a la democracia. Al margen de que hubiese zorrocotrocos en todas partes, el Abuelo se sentía como si jugase en Primera División, trabajando con los mejores en la redacción (delegación) de Madrid de El Periódico de Cataluña. Allí compartía tarea con la trigueña Merche (Mercedes Jansa), una mujer bien plantada, dura, dialéctica, con buenos reflejos, criterio propio y visión crítica. Sus razonamientos, casi siempre acertados, le permitían llevar a sus crónicas unas conclusiones difíciles de refutar. Era buena periodista y T se sentía feliz de trabajar con ella para la sección política. Le agradaba la firmeza, las convicciones y hasta la mala leche de aquella mujer. Además fungía junto a otro buen periodista y compañero en la pequeña redacción: Miguel Cifuentes, Cifu, cuatro o cinco años mayor que él, irónico, ocurrente, tranquilo, educado, elegante y, sobre todo, sabio. De Economía lo sabía todo. Jamás se saciaba de leer y manejaba una erudición muy superior al común. Buen conversador, atesoraba una montaña de anécdotas que administraba con singular prudencia y esmero. Se desanimaba de vez en cuando y si T le notaba alicaído le invitaba a café o cerveza, según la hora, y le pinchaba con los alfileres de Adam Smith. La campeona de la prudencia y la discreción era, sin embargo, Natalia del Pozo o Nati, la secretaria de redacción. Era la compañera del ya ilustre periodista político Raúl del Pozo y descendía de una familia de la aristocracia italiana, aunque muy pocos lo sabían, y los que se enteraban se extrañaban de que simpatizara con el Partido Comunista. Era delgada, pero su presencia llenaba la oficina y su ausencia se notaba más que cualquier otra. De voz suave y ademanes cadenciosos, poseía el don de la armonía, la capacidad de comprensión del prójimo y una cercanía que junto con una intuición prodigiosa y una curiosidad sin límites la convertía en balsámica, querida, imprescindible. Nati ayudaba a todos, resolvía problemas, facilitaba la vida. Y jamás olvidaba algún recado, aunque fuese una llamada familiar sin importancia. Su edad era una incógnita: parecía una mujer con tendencia a ser mayor, siempre con faldas largas y oscuras y blusas ocres y blancas. Pero se movía con la flexibilidad juvenil de una gacela. Nadie se atrevía a aventurar su edad. Sólo sabían que sus padres vivían en Italia porque se ausentaba una semana cada dos o tres meses para ir a visitarlos. Después de todo era una italiana que se había enamorado en España y apreciaba este país o una española a la que habían nacido en la península de al lado. La pequeña redacción se completaba con el compañero Soria, al que apenas conoció, pues enseguida cedió los trastos a Carlos Marcote, que no era tan grande como sugiere su apellido, lo que no quita para que fuese buen deportista, agradable y silencioso. Él se ocupaba del fútbol y su colega Antonio Merino, envolvente y grandote, cubría el espacio de los partidos de básquet como colaborador y le ayudaba los fines de semana con las reseñas de los choques de los equipos madrileños de fútbol de primera. Cuando el Barça jugaba en Madrid, Merino quedaba al margen, ya que la ayuda llegaba de Barcelona en forma de dos redactores literarios y uno gráfico. Por algo decían que el Barça era más que un club. La ciudad tenía otro equipo en primera división, pero acaso por llevar el nombre que llevaba, merecía menos atención; al llamarse “Real Club Deportivo Español”, el amigo y colega de La Vanguardia José María Orta y algunos más añadían: “Ese equipo catalán de fútbol, como su nombre indica”. El reportero gráfico procedente de la redacción central solía ponerse a las órdenes del veterano fotógrafo de la delegación Antonio Jiménez, especialista en el Real Madrid y en la Casa Real. Se distinguía por su elegancia y pulcritud hasta el punto de trabajar con traje y corbata y de no utilizar tejanos sin raya al medio. Le daba un aire a Humphrey Bogart, aunque era más alto y más guapo. Contaba con un laborante, Juan Manuel Prat, voluntarioso y con tal empeño en aprender el oficio que en poco más de dos años se convirtió en buen fotógrafo. Su hermana Marisa, mujer compacta, pequeña, taxonómica y rigurosa, se ocupaba de la cartería, las transacciones bancarias y la administración de la delegación. Luego ya, con mesa y máquina de escribir en la redacción, el colaborador Manuel Montero ejercía la crítica de las novedades teatrales y cinematográficas. Tenía buena pluma, había publicado una novela sin éxito, era bondadoso y, pese a su rabiosa juventud, prefería ahorrar el comentario de un estreno si la obra era mediocre a despellejarla como con tanto gusto (y regodeo) hacían otros. Se parecía en eso al bondadoso don José Prat, quien realizó la crítica teatral en el principal periódico de Bogotá (Colombia) durante más de treinta de sus cuarenta años de exilio y siempre halló algún motivo para no poner mal una obra. Por cierto, T me contó la crítica teatral más breve aparecida en un periódico de Madrid. Decía: “Don Jacinto Benavente ha estrenado Una señora, ya era hora”. El crítico disparaba con bala, pues entonces ya se sabía que el dramaturgo, premiado con el Nobel dos años después (1922), era homosexual. Anécdotas aparte, el Abuelo decía que los buenos periódicos estaban hechos por buenas personas. Había leído cuanto de Ryszard Kapuscinski publicaba la editorial Anagrama en castellano y coincidía con el gran periodista polaco en que “para ser buen periodista hay que ser buena persona”. Su experiencia entre aquella gente de la delegación del periódico no sólo demostraba la verdad del aserto de Kapuscinski, sino también la diferencia cualitativa con otros diarios que retorcían y administraban las informaciones según convenía a los amos, casi todos conservadores y de derechas. La pluralidad política, credibilidad y calidad literaria, adaptada al lenguaje inteligible y popular, permitía al Periódico ganar mayor aceptación cada día y registrar una creciente demanda de ejemplares, con la consiguiente repercusión en la cuenta de resultados y la contratación de más y mejores profesionales. Consolidó la ventaja respecto a la competencia cuando, a comienzo de los años noventa del siglo pasado, se convirtió en el primer periódico del país en introducir fotografías a todo color en la primera página. Durante muchos años ocupó la segunda y tercera plaza de la tabla de venta y difusión del país, aunque solo se distribuía en Cataluña. Creo que entonces el Abuelo era feliz y estaba contento con su trabajo. Y eso que en un oficio plagado de granujas y falsarios de obediencia ciega a los poderosos, en el que las desgracias, los atentados terroristas, las diatribas y las calamidades eran el menú informativo de cada día, había poco margen para eso que hemos dado en llamar “felicidad”. Las exigencias informativas (y empresariales) eran tan intensas que transcurrían los años sin que, por ejemplo, disfrutara de una Navidad tranquila en casa con su familia. Él decía que se puede querer mucho pero es muy difícil disfrutar de todo a la vez. Amaba a su familia y para que nada le faltase aceptaba sin rechistar los sacrificios que le imponía una profesión que también amaba.

20.–Atado por un contrato

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Después de un tiempo reportando historias sin sufrir las ataduras de empresas y patronos, el Abuelo recibió la oferta del director de un gran periódico catalán de trabajar para ellos en exclusiva con un contrato indefinido. Lo consultó con la abuela Goyi y sopesó los pros y los contras. En un platillo de la balanza estaba su libertad, entendida como libre albedrío y santa voluntad, adornada con las flores de la independencia (“A los quince años perdí la edad de obedecer”, solía decir sin añadir que también perdió a su padre) y apoyada en una autoexplotación que le reportaba ingresos suficientes para el mediano pasar con los reportajes y las crónicas que mercaba a semanarios y agencias de noticias. Entre las colaboraciones que más cuidaba figuraba una historia mensual para la revista Ciudadano, fundada y dirigida por el buen periodista y excelente persona Eriberto Quesada Porto, un orensano de pro, de familia de grandes pintores, al que conocía como amigo, socio y redactor jefe de otro gran periodista, Alfonso S. Palomares, también galego y director del semanario Posible, en el que el Abuelo colaboró. Eran gente sencilla, de izquierdas sin dogmatismos, defensores de la libertad y los derechos humanos, sindicales y sociales. La revista mensual Ciudadano fue concebida como una herramienta de defensa de los consumidores y usuarios –la primera que hubo en España tras la oprobiosa– y consiguió gran aceptación social. Téngase en cuenta que éste no solo era el país de Rinconete y Cortadillo, sino también de la informalidad y la chapuza, en el que, como dijo un ministro llamado Carlos Solchaga, cualquiera podía hacerse rico en poco tiempo. Sobre todo si era un sinvergüenza carente de escrúpulos. Eso no lo dijo. El éxito de Ciudadano se debía además a los informes rigurosos sobre los productos de consumo y a las denuncias de los abusos de las grandes compañías de suministro de servicios esenciales. A falta de normas, controles administrativos y sanciones judiciales, al menos una publicación defendía a los consumidores y contribuía en lo posible a prevenir desgracias como el envenenamiento masivo del aceite de colza para uso industrial, desviado al consumo humano que mató a unas 5.000 personas y estragó la salud a otras 20.000 (datos de la OCU). Otra colaboración que T mimaba era un relato quincenal que con el antetítulo “El Madrid de hace cincuenta años” insertaba en Villa de Madrid, un periódico editado por el Ayuntamiento para informar a los vecinos de la gestión municipal. Lo dirigía el pulcro periodista Félix Santos, de la hornada de Cuadernos para el Diálogo. El tabloide se distribuía gratuitamente en los intercambiadores de las líneas de autobús, y entre sus contenidos más atractivos figuraba el comentario del Viejo Profesor, es decir, del alcalde Enrique Tierno Galván, animando casi siempre a los vecinos a ser educados, llevarse bien y ejercer la buena crianza que les es propia, más allá del casticismo. Para escribir su columna, el Abuelo dedicaba una mañana a documentarse en la hemeroteca municipal, y comoquiera que el Madrid de hacía cincuenta años era el republicano y el que combatió al fascismo y resistió a las tropas franquistas, la derecha municipal escrutaba con lupa aquella sección del tabloide. Di tu que el Abuelo era austero, no abusaba de calificativos ni vertía opiniones. Pero la derecha estaba a la que salta y aprovechó un despiste para armar un escándalo en un pleno municipal. En una columna, el abuelo dedicaba un largo párrafo a contar el entierro en el cementerio civil de Madrid del gran pedagogo Manuel Bartolomé de Cossío, quien había fallecido el 2 de septiembre de 1935. El reconocimiento a la labor de Cossío era tan grande que numerosos representantes políticos, intelectuales, estudiantes, artistas, maestros, profesores, trabajadores y, desde luego, los participantes en las Misiones Pedagógicas, acudieron a darle el último adiós. Pero, maldita sea, el Abuelo sufrió un cruce de neuronas y citó «La Tauromaquia» entre sus obras, cuando es sabido que el autor era el académico de derechas José María de Cossío. Éste hombre sabio y bueno –fundó con José Bergamín la revista Cruz y Raya y abogó por el poeta Miguel Hernández para que le conmutaran la pena de muerte por cadena perpetua– no protestó, pero si lo hizo públicamente Ricardo de la Cierva, fugaz ministro de Cultura con Adolfo Suárez y biógrafo de Franco. Y a continuación, los ediles de UCD y AP pusieron el grito en la atmósfera con una descalificación plenaria en toda regla que el eminente profesor y concejal socialista de Cultura Enrique Moral Sandoval trasteó como pudo. Al margen de aquel mal trago, T se sentía feliz de compartir página con el novelista leonés Julio Llamazares (escribía sobre las visitas de personajes históricos a Madrid) y con el gran periodista y antiguo corresponsal de Le Monde en España, José Antonio Novais, quien deleitaba en la última página a los lectores más jóvenes con historias tan ciertas de la posguerra (hambre, necesidad, pobreza, estraperlo, ingenio para sobrevivir) y personajes tan reales (curas, jefes de casa, falangistas y vigilantes del orden dictatorial) que parecían cuentos cuatro décadas después. En una ocasión el Abuelo y Novais salían del Congreso de los Diputados y se toparon con Manuel Fraga, que ya empezaba a andar en barca, balanceándose de un lado a otro. “¡Hombre, Nové! ¿Cómo está la única gota de sangre que queda en el torrente de alcohol que fluye por sus venas?”, le saludó con pomposa ironía y mala leche, a lo que el veterano periodista respondió: “Mucho mejor, señor Fraga, que ese saco de boñigas que transporta sobre sus piernas”. Entonces se insultaba con cierto esmero y cara a cara. Ahora se hace sin arte y a través de las redes sociales. Pero a lo que iba: el Abuelo colocó en el otro platillo de la balanza la opinión de Goyi, favorable a la estabilidad laboral, la cotización a la Seguridad Social compartida con la empresa, un salario fijo y regular a fin de mes y, sobre todo, el hecho de que el director del periódico que le ofrecía un contrato, Antonio Franco Estadella, era un hombre progresista, de gran calidad humana e indudable sensibilidad social, y aceptó aquel contrato como redactor del acontecer político en Madrid.

19.–Usa herramientas 3D

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo me instaba a fijarme en los detalles. Sostenía que los detalles daban pistas y muchas veces constituían el meollo de la materia informativa. También en esto seguía la máxima del filósofo José Ortega: “Uno es uno y su circunstancia”. La letra pequeña, el contexto y los aspectos tangenciales y aparentemente ajenos al discurso o al contenido de la comparecencia informativa de un determinado personaje podían proporcionarnos las claves para acercarnos a la verdad. Dejemos lo evidente y procuremos ver más allá. No seamos simples carrileros, decía. En un mundo tan competitivo como el nuestro, el periodista ha de trabajar con los cinco sentidos y no bostezar jamás, pues como bien decía el gran publicista español exiliado en México, Eulalio Ferrer, «el que bosteza está muerto». Él manejaba unas herramientas tridimensionales que le permitían observar al mismo tiempo el ethos, el logos y el phatos de los sujetos noticiosos o con ánimo de notoriedad y obtener sus propias conclusiones para llevarlas o no al papel, según los casos. Si algún dato o algún detalle de esa triple observación le extrañaba o le llamaba la atención por encima del deseo del sujeto de colocar su mercancía, ahí estaba la noticia. Entonces había que indagar, examinar el entorno, documentarse, preguntar a unos y otros y contrastar hasta acercarse a la verdad. Cuando hacía información política sobre los poderes Ejecutivo y Legislativo y sus precursores, los partidos políticos, aplicaba una segunda herramienta de tres cabezas que le permitía detectar los indicios de las crisis internas antes de que eclosionasen. El mecanismo era sencillo. Consistía en fijarse siempre en los tres elementos básicos del partido político del que se tratase: la ideología (programa), el líder (y su equipo de dirección) y la organización (bases militantes), de modo que si una decisión del líder vulneraba el programa o contradecía la orientación ideológica, la crisis estaba cantada; si las bases (y electores) discrepaban del líder y su equipo, la crisis germinaba; si una mayoría modificaba el programa sin el acuerdo del líder, la crisis era indiscutible. El mecanismo contemplaba todas las combinaciones posibles. Nunca fallaba. Y de la detección de las crisis siempre se derivaban dimisiones, escisiones y otras acciones noticiosas. Aunque los dirigentes y sus equipos de mando propendían a oligarquizarse y trampeaban de mil maneras la democracia interna para conservar el poder, tarde o temprano incurrían falacias para minimizar u ocultar sus manejos y contradicciones, y acababan cayendo. La tercera y simultánea herramienta de T poseía también tres dimensiones y le servía para analizar las fuentes de los conflictos. Consistía en fijar la atención en las relaciones entre la ética, la moral y la política. Las razones éticas, morales y políticas son parte, decía, del proceso dialéctico constante del que muchas veces se derivan injusticias. Pero no hay que alarmarse: en democracia los conflictos, desequilibrios e injusticias se resuelven votando. Más allá de esas tres herramientas tricéfalas que permitían a T observar en 3D y le facilitaban la tarea de contar o, como él decía, “echar el cuento”, me formulaba dos recomendaciones principales a la hora de ejercer el oficio: la primera, saber contar y contar con arte. Se puede escribir con arte o como los burócratas. Y nosotros no somos burócratas, así que hemos de dotar de amenidad los reportajes, entrevistas, crónicas y artículos de opinión. Y para eso, además de erudición y habilidad lingüística, conviene llegar a la redacción con la mochila bien provista de detalles. La segunda recomendación consistía en ser consciente de las tendencias filosóficas dominantes. En todas las actividades públicas, singularmente en la política, predominaban los sofistas. Los distinguirás porque, como bien decía Platón, se dedican al maquillaje y la pastelería para obtener votos y conseguir sus propósitos. Los que acicalan la realidad y edulcoran el futuro suelen ser políticos mediocres. Hemos de ocuparnos de ellos, sí, pero cuanto menos, mejor, y, a poder ser, para desenmascararlos. La tarea de desbrozar la hojarasca para encontrar la raíz es ardua y puede hacernos merecedores del calificativo de “radicales”, con una connotación negativa que muchos toman por extremista, pero la buena política, a diferencia de la cosmética y la repostería, es la que ayuda a la gente a pensar. En mi opinión, añadía, hoy domina la filosofía de los Cornelios, la triple tendencia vigente en la Roma imperial del epicureismo en su variante rabiosamente edonista, el estoicismo y el escepticismo. Para cerciorarse de las corrientes en boga hemos de prestar atención a la sociología, con sus encuestas y estadísticas, pero, sobre todo, preguntar en todo momento y en cualquier lugar, es decir, tomar el pulso de la calle.

18.–Se enrolla sobre los árboles

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

A propósito de los vegetales leñosos, el Abuelo me contó que un día, cuando hacía periodismo político y tenía que ir a las ruedas de prensa semanales en las que el portavoz del Gobierno, acompañado de algún ministro, informaba de las decisiones del Consejo de Ministros, preguntó al titular de Agricultura, Ganadería, Pesca y Medio Ambiente cómo era posible reforestar dos millones de hectáreas sin poseer viveros para ello. El ministro, un economista ortodoxo, respetado, dotado de una cabeza grande y provisto de un hilo de voz monocorde, había realizado una exposición inicial larga y pormenorizada sobre la forestación de España en los próximos tres años. Aquel hombre y sus colegas del Gobierno acababan de aprobar un plan muy ambicioso, con el que querían ofrecer la imagen de un país arbolado frente a la tozuda realidad de una desertificación creciente. La iniciativa merecía aplausos. La masa forestal era necesaria, generaba empleo y riqueza, concitaba consenso y contentaba a los ecologistas y demás amantes de la naturaleza. Pero la rueda de presa discurría por otros derroteros. El portavoz, un tipo dialéctico, conocedor de los ardides y falacias del oficio, no daba abasto a contestar preguntas de los plumillas sobre asuntos mucho más polémicos y candentes del revoltigrama político y jurídico en curso. La flora, el suelo, los montes, la biomasa… les importaban poco, habían quedado en segundo plano. El ministro del ramo propiamente dicho se aburría, parecía un convidado de piedra en aquella mesa con micrófonos, escenario de la sala de prensa. Su plan no suscitaba ninguna duda, ninguna curiosidad o, al menos, eso se deducía del hecho de que ningún informador le dirigiera una sola pregunta. Entonces le llegó el turno a T. Empuñó el micrófono y dijo: “Sobre los árboles”. Se oyeron risitas y cuchicheos. A T no le importaba. Siempre había plumillas burlescos, domésticos de la casa y de la causa con el jiji a punto. Prosiguió: “Me pregunto, señor ministro, cómo podrá ejecutar ese plan de repoblar de árboles dos millones de hectáreas en tres años si el Instituto para la Conservación de la Naturaleza, el Icona, carece de los viveros necesarios para suministrar los plantones de las especies autóctonas adecuadas a cada terreno. Me gustaría saber qué países con bosque mediterráneo los podrán suministrar”. ¡Maldición! Quedó el ministro descolocado, respondió unas vaguedades y el plan forestal no pasó de la primera fase de propaganda sostenible, lo cual no quiere decir que aquel hombre no progresara adecuadamente, pues alcanzó la cima de la Unión Europea, llegando a ser vicepresidente de la Comisión (órgano ejecutivo de la entonces llamada Comunidad Económica Europea) y regresó de Bruselas para ocupar el cargo de Vicepresidente Económico del Gobierno. Si T me contaba esas y otras experiencias personales durante las largas partidas de ajedrez, sin reloj, que disputábamos, era para significar que el periodismo exigía mucha atención a los detalles para no dejarse intoxicar por la propaganda de unos y otros, en este caso, mediante la falacia de “la gran mentira”. Es menester, decía, conocer las “infotácticas” o tácticas informativas de escamoteo de la verdad para desenmascarar a los cínicos y felones. Luego, parodiando la máxima orteguiana, añadía: hay que impedir que utilicen el bosque para que no veamos los árboles y viceversa. Y eso exige esfuerzo, información previa y mucha dedicación. Y me soltaba un aforismo: por lo demás ya sabemos que los árboles son muy raros, se desnudan en invierno y se visten en verano.

17.–Relata la bondad y la injusticia

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo decía que el sufrimiento y las desgracias daban lugar a la aparición de la bondad con forma de caridad cristiana, y recomendaba la benevolencia periodística con los buenotes, siempre dispuestos a ganar el cielo con unas prácticas caritativas que si a la corta paliaban la falta de justicia, la obstaculizaban a la larga. La caridad nunca debe ser utilizada para prolongar y consolidar la injusticia social y distributiva. Eso decía. De pronto, un día, recibía el aviso de unas mujeres que estaban dispuestas a organizar una protesta pública contra un cura. ¡Por Júpiter! Eso no había ocurrido en España en los últimos cuarenta años. Eran varias profesoras de un internado privado y concertado con el Ministerio de Educación que iban a concentrarse detrás de una pancarta en la Plaza Mayor de Salamanca porque el director, un cura, les pagaba tarde y poco. El asunto ocupó también al eminente diputado por Asturias Luis Gómez Llorente, portavoz de Educación del PSOE, quien alertó al Gobierno sobre el conflicto por si, como ocurría con frecuencia, el director se quedaba con parte de los sueldos públicos de los profesores. El sacerdote poseía mucho poder y todo el predicamento y la buena fama derivada de la gran obra caritativa que dirigía, de modo que los medios informativos locales se abstenían de difundir las quejas y críticas de aquellas profesoras, y por eso ellas decidían salir a la plaza para que la gente, incluido el obispo, se enterase del comportamiento arbitrario del cura buenote. Aquel hombre había sido ordenado sacerdote a comienzos de los años cuarenta del siglo XX y destinado a Asturias, donde conoció la realidad más dolorosa que se podía encontrar en aquella tierra después de la guerra y la prolongada represión, cual era la orfandad y el desamparo en que quedaban decenas de niños, hijos de los mineros que morían arrancando carbón en los pozos de las cuencas hulleras. También eran frecuentes las muertes de barrenistas, picadores y ayudantes en las explotaciones de antracita (chamizos, les llamaban) de las provincias vecinas, León y Palencia. Los accidentes se sucedían sin tregua ni solución. Las explosiones de “grisú” (gas acumulado en los estratos minerales) y los “derrabes” o derrumbes en las galerías subterráneas se llevaban decenas de vidas por delante. Algunos accidentes eran terribles por el número y la juventud de los muertos. Aquellos mazazos conmovían a las gentes de las cuencas, las cubrían de luto, las hacían tiritar de irritación y dolor. Entonces se paralizaba la actividad, se convocaba un paro general (la palabra “huelga” estaba prohibida por la dictadura y sus sicarios), se celebraban asambleas en las bocas de los pozos y se mantenía la posición de brazos caídos mientras las cuadrillas de rescate sacaban los cadáveres de los compañeros. Las familias lloraban a sus muertos y, acompañadas por todo el pueblo, los llevaban a enterrar. El paro podía durar dos o tres días, según los casos, pero al siguiente había que confiar en las renovadas promesas de los ingenieros y representantes empresariales sobre la implementación de la seguridad, la vigilancia, la prevención… y volver al pozo a ganar el jornal. Del accidente quedaba el dolor, el silencio de no seguir blasfemando. Y de los muertos quedaban las viudas, los huérfanos desamparados. Aquellas criaturas de corta edad iluminaron al cura buenote. Desde la parroquia gijonesa donde predicaba y administraba los sacramentos mantenía buena relación con dos personajes importantes. Uno era el pater Baldomero Jiménez, prelado diocesano para las mujeres y los jóvenes de la potente organización propagandística Acción Católica y rector del seminario abulense en el que se había formado. Otro era el ingeniero Guillermo Rovirosa, un personaje curioso y relevante en aquellos años, considerado después un “santo laico”. Había nacido en una familia de agricultores afincados en Vila Nova i la Geltrú, era el menos de tres hermanos, perdió a su padre cuando contaba nueve años, pero obedeció su consejo de buscar siempre la verdad, pues la verdad es lo único que hace hombre al hombre. Y en esa búsqueda de la verdad pasó del ateísmo (sólo creía en la ciencia) al espiritismo y desembocó en el cristianismo social cuando oyó hablar de Cristo en París, donde residía con su esposa. Pocos años después, en 1933, aquel ingeniero se trasladó a Madrid, donde fue elegido presidente del comité de trabajadores de la empresa de electricidad para la que fungía. Tras el triunfo de los militares sublevados contra la II República y la implantación de la dictadura nazi-fascista que anuló todos los derechos sociales, fue condenado a catorce años de cárcel por su tendencia obrerista, aunque su religiosidad y las relaciones con el alto clero le valieron el indulto y quedó en libertad antes de que finalizara el año 1940. Sus relaciones, cada vez más altas y estrechas, con el poder clerical, junto con una notable inteligencia, empatía, capacidad de adaptación y buen predicamento del mensaje social de Jesucristo, le supusieron la encomienda de los obispos de impulsar las relaciones con el mundo obrero y laboral. Naturalmente, aceptó la misión y se convirtió en puente entre la Iglesia Católica y los trabajadores mediante la creación y extensión por todo el país de las llamadas Hermandades Obreras en el seno de la entidad propagandística Acción Católica. Fue bajo el paraguas de aquella organización, conocida por sus siglas HOAC, y con el respaldo de sus dos líderes, el pater Baldomero y el ingeniero Rovirosa, como el impetuoso cura buenote consiguió crear un internado para huérfanos de los mineros. Pero en vez de acometer su obra en el entorno social y la región o provincia de origen de aquellas criaturas, la emprendió lejos, en la provincia de Salamanca, cuyo obispo le había nombrado ecónomo. El tipo encontró en Armenteros, una pequeña localidad de la Siberia salmantina, a unos cincuenta kilómetros de la capital, el lugar que le pareció más idóneo para realizar su proyecto. Comenzó la construcción de un colegio, adquirió unos rudimentos de arquitectura en Madrid y dirigió las obras, añadiendo un edificio funcional a modo de residencia o internado para los huérfanos que iban llegando. También acogía hijos de emigrantes que se iban a trabajar al extranjero. Imbuido de amor a los más débiles e impulsado por su afán caritativo, siguió construyendo edificios (dos más) y llegó a albergar hasta quinientos niños y adolescentes en aquel gélido y apartado paraje rural. Para el sostenimiento de su gran obra pedía y recibía aportaciones dinerarias y en especie de personas pudientes, deseosas de ganar el cielo. El concierto con el Ministerio de Educación y Ciencia, le proporcionaba el dinero necesario para pagar los sueldos reglamentados al personal docente, así como cantidades suplementarias en concepto de becas a algunos estudiantes. Otras instituciones públicas como la diputación provincial y los ayuntamientos de los lugares de origen de algunos internos realizaban sus donativos bajo los conceptos contables de “inversiones” o “subvenciones”, según los casos. Y, lógicamente, aquel campeón de la caridad también recibía y administraba herencias a favor del internado, del que, en términos coloquiales, era el factótum (fundador, constructor, presidente, director, administrador, dueño y señor), y en el que se hacían las cosas a su modo o no se hacían. Ejercía una autoridad neta, absoluta. Y se diría que la combinación de su estilo de mando con su ideario caritativo había achicado, tal vez borrado de su mente, el concepto de justicia, de modo que lo mismo exigía permanencias y horas extraordinarias a las profesoras que contrataba y despedía a su libre albedrío, que les imponía tareas suplementarias de vigilancia y cuidado de los internos o que les pagaba tarde y les restaba, en concepto de aportación a la obra, una parte del dinero que recibía del Estado para satisfacer sus salarios. El Abuelo habló con aquellas profesoras, se esforzó en entender las dos dimensiones (caritativa y arbitraria) del famoso cura buenote, pernoctó en la capital charra y viajó a la situación al amanecer del día siguiente. Era noviembre, hacía frío, mucho frío en aquellos parajes desolados. Por algo le llamaban “la Siberia salmantina”. Los edificios del internado se veían desde lejos entre la gélida bruma matinal de la dehesa. Ocupaban una campa situada a un kilómetro del casco urbano de una pétrea localidad que en aquellos tiempos (años ochenta del siglo XX) contaba mil doscientos habitantes y ahora, cuando T me refería su visita, apenas quedaban cien. Un regato con dos nombres (arroyo del Charco o de Blasco Sancho) y otro con uno (arroyo de la Calzada) rodeaban el pueblo y las dos naves alargadas, con forma de cruz del centro educativo y residencial. T estacionó el R5, cruzó la puerta abierta y caminó por la campa que servía de patio y de cancha de fútbol y se acercó a unos niños que aquella temprana hora (las nueve de la mañana) se hallaban pegados una pared de ladrillo, buscando el alivio de los tenues rayos del sol. Los saludó, habló un poco con ellos. ¿Cómo te llamas, de dónde eres? Le impresionó la falta de abrigo de aquellos chavales. Algunos llevaban jersey de lana, otros ni eso: finas camisetas de algodón con mangas largas estiradas y empuñadas para tapar las manos. La friura era intensa. Dos o tres chiquillos fueron a llamar al “padre director”. Mientras esperaba encendió un pitillo. El cura no salía. Se hallaba ocupado en los oficios religiosos. Sonó un timbre y los niños entraron al aulario. Él decidió hacer tiempo, dando una vuelta por el pueblo en busca de algún bar donde tomar un café. De paso, sacó la cámara de debajo del asiento del conductor y realizó algunas fotografías panorámicas de la obra del cura. Acto seguido ruló hasta el pueblo, recorrió la calle principal, despoblada a aquella temprana hora, hizo algunas instantáneas de la monumental iglesia del siglo XV y de la casa donde, según le habían dicho, lavaban la ropa del internado. Se entretuvo unos minutos hablando con la lavandera. Puesto que no había ningún bar abierto, regresó al complejo educativo para intentar hablar con el director. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que le esperaba una patrulla de la Guardia Civil. Los guardias querían saber quién era y qué pintaba allí. Se identificó y se lo explicó. Le acompañaron a la presencia del cura buenote, un tipo grande y fuerte, con gorro de astracán y gesto judicial. Al parecer, había avisado a los agentes de la autoridad de la presencia de un extraño, un merodeador con malas intenciones, desde luego. A T le extrañó la diligencia de los guardias en acudir. Supuso que su principal ocupación era controlar el perímetro del internado para que los muchachos no escaparan. El sacerdote se negó a hablar de la protesta de las profesoras y rechazó con cajas destempladas las preguntas del periodista. Sabía que si trascendían sus tretas administrativas le caería una inspección y la eventual suspensión del convenio con el Ministerio de Educación. Los tiempos del nacional-catolicismo, del poder de las sotanas, habían quedado atrás. La democracia era perversa, pues obligaba a rendir cuentas. En este sentido era lógico que se negara a explicar lo que allí sucedía. Menos lógico le pareció a T comportamiento agresivo de aquel hombre, cuya ristra de acusaciones exageradas y mendaces –“¡Usted nos ha invadido, ha dado tabaco a los niños, les ha hecho fotos!”– parecían tener el propósito de incitar a los guardias a arrebatarle la cámara que llevaba colgada al hombro, ponerle las esposas y llevarle detenido. Pero los agentes, que debían de conocer bien al impulsivo buenote, realizaron unas comprobaciones telefónicas suplementarias, llamaron al semanario para el que T reportaba y decidieron que no había falta ni causa alguna para privarle de libertad; ni era invasor, ni corruptor de menores por inducción al fumeque ni había hecho daño a nadie. Y en las instantáneas que había tomado desde la carretera donde orilló su R5 se veía niño alguno. Los guardias le acompañaron a la salida y T emprendió viaje de regreso. Cuando llegó a Madrid tenía varias llamadas en el contestador, interesándose por su suerte. Una era de Gómez Llorente. Muchos años después, el pater que había tratado a T como si fuera un malincuente figuraba en el Registro Mercantil con puestos de presidente, consejero y administrador único de varias empresas dedicadas a la construcción, el turismo y la restauración. Eran sociedades que explotaban hoteles, alojamientos turísticos y bares en la capital y la provincia salmantina. Con el paso del tiempo y el cambio de siglo, su internado no solo acogía a niños huérfanos y con problemas familiares, sino también a menores inmigrantes que llegaban en barcazas a las costas españolas, huyendo de las guerras, el hambre y las enfermedades que asolaban África. El país había cambiado; ya no expulsaba trabajadores al extranjero a ganarse la vida ni recibía las remesas de divisas de la emigración. Ahora acogía a aquellos menores (“menas”, les llamaban) que llegaban a las costas de Canarias y de la Península en frágiles barcas o en barcos de salvamento marino, sin documentación alguna para evitar ser devueltos. Las autoridades los enviaban a distintos centros repartidos por todo el país, sostenidos con fondos públicos. Al complejo residencial y educativo del cura buenote llegaban niños y jóvenes procedentes de Mali, Ghana, Gambia, Mauritania, Senegal… En 2012 albergaba a más de seiscientos muchachos de treinta nacionalidades diferentes. El país había cambiado, si, pero el corazón inmenso de aquel tipo se mantenía invariable. Y su mentalidad, también. Era como si en su cabeza no entrara el derecho positivo, las normas reguladoras del uso del dinero público para los fines establecidos, las disposiciones sobre el control de los recursos económicos asignados por la Administración del Estado. Se negaba a obedecer cualquier mandato ajeno a su voluntad, mantenía su estilo de mando arbitrario y perseveraba en su insumisión a la normativa vigente. O al menos eso dedujo T de la gacetilla aparecida en un periódico en la que se quejaba de que el Gobierno regional de Castilla y León (conservador, católico, de derechas) había reducido la subvención a los “menas”. “¡Estoy perdido en un mar de problemas!”, exclamaba. No era para menos. Los cuarenta últimos adolescentes acogidos en su internado carecían de ayuda. Además batallaba contra las trabas de la Administración para conseguir los papeles de residencia de los chicos que cumplían dieciocho años. Aún así y todo aseguraba tener sitio para más, pues, de momento se las apañaba con su herencia. “Soy un cura de familia rica”, decía. Y, sin entrar en detalles, añadía: “heredé una finca con cuatro mil árboles frutales en producción”. Falleció en mayo de 2013. Descanse en paz aquel Juan Trujillano González.

16.–La desgracia es su algoritmo

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El sufrimiento, la desgracia y el engaño eran los signos del algoritmo que guiaba al Abuelo en los reportajes sobre el terreno de los que sobrevivía. Su correcta combinación abocaba a la pena y la irritación de los lectores, dos sensaciones fuertes, como exigían los editores. El infortunio humano era una fuente inagotable. Y estaba tan extendido que algunas veces llegaba al buzón de su casa en forma de boletín epidemiológico. Un día, vivamente impresionado por los datos de uno de aquellos boletines, se entregó a verificar la información y a recabar cuantos detalles le fue posible obtener de medios oficiales y oficiosos. Y si, en España había lepra, todavía. Lo noticioso (y preocupante) era el crecimiento de la enfermedad bíblica que se creía erradicada; cada año se registraban varias decenas de nuevos casos en la variante “lepromatosa” y aumentaban los contagios de la llamada “lepra tuberculoide”. Movió algunos hilos y se puso en marcha. Llegó a la localidad de Trillo, en el corazón de la Alcarria, más famosa por la instalación de una central nuclear que por sus históricos edificios, su cascada, su balneario de aguas termales de la época de los romanos, y pulsó el sentir del vecindario sobre los dos peligros que les acechaban: el atómico y el ancestral. Les preocupaba más el primero que el segundo, es decir, una fuga radiactiva que el escape de leprosos de una finca cercana donde los tenían recluídos. ¿Por qué? Estaba claro: la primera la ocultarían, y como la radiactividad no se ve, no se enterarían hasta que sintieran sus efectos dizque mortales; en cambio, si los enfermos contagiosos cruzaban la alambrada del campo donde se hallaban orillados a kilómetro y medio del pueblo y se acercaban a la plaza o entraban en algún establecimiento, enseguida la Guardia Civil los capturaba y devolvía al redil. Eso sin contar que nunca, desde que la memoria alcanza, habían infestado a vecino alguno. Acto seguido, el Abuelo y el reportero gráfico de Interviu, Carlos Corcho, que le acompañaba en su viaje a la situación, pusieron rumbo hacia el llamado “hospital leprológico”. Dentro de aquella finca vallada había dos edificios de planta baja, a modo de granja. Allí les esperaba el doctor Javier Yuste Grijalba, una autoridad sanitaria de alto nivel que se ocupaba de la salud de los españoles desde el Centro Nacional de Epidemiología y el Instituto Carlos III. Él les facilitó la tarea. Dialogaron largo y tendido con los residentes. También con unas monjas de la caridad que les practicaban las curas y atendían. Algunos, los de mayor edad, sufrían discapacidad por atrofias musculares progresivas. Otros llevaban la cara y las orejas vendadas. La enfermedad de Hansen afectaba también a los jóvenes, según pudieron comprobar. Conscientes de su confinamiento, acaso de por vida, algunos de aquellos hombres y mujeres se casaban allí dentro para que las monjitas les permitieran cohabitar y copular. Allí se veía, decía T, la fuerza del instinto y cómo el amor mitiga el dolor. De administrarles los preservativos contra la procreación ya se ocupaban aquellas religiosas. Los confinados, solos o en parejas, ocupaban las habitaciones de aquellos pabellones alargados, cada una con su ventanuco y su puerta a un patio común, empedrado con piedra arenisca y sombreado por altos pinos piñoneros, al cabo del cual se extendían unos huertos bien trabajados en los que, gracias al agua del Cifuentes y el Tajo, cultivaban coles, patatas, tomates, cebollas, fresas… y se ocupaban de varias higueras y de una hilera de rosales y otra de árboles frutales. Entretenimiento no faltaba a los que podían manejar la azada. Aparte del aumento anual del número de personas afectadas por la maldita enfermedad medieval, se trataba de contar a los lectores cómo desvivían los leprosos. Después de dos horas de diálogo con aquellas personas desgraciadas y confinadas por vida a causa del estigma social de una enfermedad mucho menos contagiosa que la gripe, T ya sabía que no sólo al huerto, los rezos y los naipes se entregaban los leprosos. Tal vez por la empatía hacia ellos, sin el menor asomo de temor al contagio, se ganó su confianza y algunos le manifestaron su esperanza de poder salir a trabajar, como hacían cada día quince residentes en buen uso. ¿En qué trabajan? ¿Dónde trabajan? Los recogía un microbús a las siete de la mañana, los llevaba a Madrid a laborar en una gran lavandería y los devolvían a media tarde. Así, todos los días, menos los domingos y fiestas de guardar. ¿Y qué hacían? Se ocupaban de meter la ropa sucia en unas grandes lavadoras, de sacarla limpia y seca, plancharla, doblarla y empaquetarla en bolsas de plástico para ser devuelta a los clientes, mayormente hoteles, residencias, hospitales y restaurantes. Además de lavar, secar y planchar sábanas, manteles, batas, servilletas, uniformes y mandiles, limpiaban alfombras con lejía, amoniaco rebajado y otros productos químicos mareantes. Era la parte más penosa de su labor. Les pagaban algo, poco. ¿Quiere decir que les explotaban de mala manera? Puede que sí, pero les daban una comida aceptable, leche y refrescos cuando querían, y, sobre todo, les permitían salir, realizarse, sentirse útiles, ayudar a sus familias. T escribió el relato sobre aquella gente y cuando, a la mañana siguiente fue a la revista a entregar los folios, ya el magnífico reportero Corcho había depositado sobre la mesa del redactor jefe las fotografías de los confinados, la factoría lavandera e, incluso, del microbús que transportaba al tajo, pero teniendo buen cuidado de que no se les viera la cara ni apareciera el nombre de la gran lavandería, pues tampoco se trataba de joder más a los proscritos.