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Acerca de Luis Díez

Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es

15.–Periodismo de brega provincial

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Por cincuenta días fungió el Abuelo en un periódico almeriense recién adquirido por su amigo Flavio en la subasta pública de la cadena de prensa y propaganda de la extinta dictadura. Flavio (José Luis Martínez García) era un hombre bueno (lo sigue siendo) en el noble sentido de la palabra bueno (Machado dixit), una de esas personas cuya bonhomía resultaba cautivadora, de modo que T llegó a la capital de aquella provincia que pasaba por ser la más pobre, abandonada y olvidada de Andalucía un mes de julio de 1985, cuando ya no quedaban indios ni vaqueros ni Séptimo de Caballería ni sheriff ni cazadores de recompensas en aquel desierto de Tabernas donde rodaban western del Oeste americano. La vía de desarrollo era ya el cultivo bajo plástico en la comarca de El Ejido, una franja de terreno llano de más de doscientos kilómetros cuadrados desde la sierra de Gador hasta la orilla del mar. Gran parte de aquel territorio seco y agreste, paraíso de lagartos, había caído en manos de los nuevos forajidos, unos señores de cuello blanco, traje, corbata y sombrero que manejaban mucho dinero: petrodólares, decían. Aquellos tipos suministraron créditos para meter máquinas, rozar tierras, extraer arenas, pinchar acuíferos, tender tubos, implantar riegos por goteo. Hicieron el mayor negocio jamás soñado con la venta de parcelas, miles de parcelas de media, una y dos hectáreas a unos labriegos poco instruidos y siempre hambrientos de tierra. Los campos de Dalías, Almerimar, El Ejido… quedaron bajo control. A través de sus variadas sociedades anónimas, aquellos mercaderes controlaban todos los instrumentos de producción y los productos propiamente dichos: tierra, arena, semillas, agua, sulfatos, tubos para el goteo, aluminios, cuerdas, plásticos… Bajo aquellos cobertizos (El Mar de Plástico le llamaron desde un satélite de la NASA fotografió aquella comarca lindante con el Mediterráneo) familias enteras hipotecadas hasta los ojos se dejaban la piel tostada cultivando sus parcelas. De aquel Poniente Almeriense sacaban una producción enorme de tomates, pepinos, pimientos, calabazas, calabacines, berenjenas, judías, guisantes, melones, flores, gladiolos… tanto en verano como en invierno. Decenas de camiones cargados con miles de cajas de aquellos productos primorosos salían a diario hacia los mercados centrales de abasto de Londres, Dublín, Ámsterdam, Múnich, Berlín, Milán, Roma, París, Madrid… Con razón le llamaban la Huerta de Europa. Fluía el dinero. Pero los cultivadores, atrapados por las hipotecas y los costes de producción, desde el agua de la Alpujarra hasta las semillas y la arena, apenas sacaban para vivir. Muchos se desesperaban trabajando bajo aquellos plásticos a más de cuarenta grados de calor en verano y cortaban por lo sano. En las calles y tabernas se escuchaban cada día comentarios: “fulano se ha ahorcado, mengano se descerrajó anoche un tiro, zutano se fue del invernadero al otro barrio…” La cantidad de suicidios era impresionante. Pero los medios de comunicación los ignoraban. ¿Estaban sordos o ciegos? T ordenó: reportaje al canto. Gran escándalo. La hipoteca de la tierra con intereses usurarios insoportables: reportaje al canto. Los plásticos sin control de calidad ni resistencia para una campaña: reportaje al canto. Y así. Los de cuello blanco temían el despertar de los angustiados agricultores y enviaban avisos al periódico. Eran notificaciones amables: cajas de calas y gladiolos. De pronto aparecía un hombre en la redacción con un par de largas cajas de cartón al hombro, las depositaba en una mesa libre y se largaba sin decir palabra. Se ve que le pagaban por hacer recados, no por dar las buenas tardes. Enseguida Alfonso, el confeccionador, abría las cajas, examinaba aquella mercancía que impregnaba la sala de aroma vegetal, y, con el visto bueno del director Carlos Santos, un gran periodista, repartía los gladiolos al personal de la administración y los talleres, donde trabajaba Natalia, una chica muy guapa por la que el confeccionador Alfonso bebía los vientos. Los envíos o advertencia florales (también mandaban melones) terminarían la tarde en que T dispensó al operario de subir la escalera con la mercancía al hombro y le indicó que la devolviera al lugar de origen. Cierto es que convenía suavizar las informaciones sobre el Poniente de modo que no pareciesen tan tristes y negativas. Pero la realidad era insoslayable, y puesto que los intermediarios y especuladores financieros no podían soliviantarse por la publicación de los precios de los productos hortofrutícolas en los mercados centrales de las principales capitales europeas, se ideó la forma de publicarlos regularmente para ayudar a los pequeños agricultores a adquirir criterio. Aunque no era difícil (tampoco fácil) mejorar un periódico carcomido por la desidia, el empeño y la profesionalidad del buen Flavio (José Luis Martínez García) junto con la valía y el conocimiento de la tierra del director Santos, lo transformaron en un medio atractivo, un soplo matinal de aire fresco, un producto apetecible primero e imprescindible después. Enseguida se agotaba en los kioskos. Los repartidores pedían más ejemplares. Algunos vendedores acudían en motillos y bicicletas a media mañana a buscarlos. El diario funcionaba. Nada que ver con el viejo tabloide aburrido, mal escrito y peor confeccionado que se caía de las manos. El nivel informativo era tan bajo que ni siquiera del principal suceso acaecido en la ciudad, cual fue el incendio de una factoría francesa de perfumes y colonias, situada a trescientos metros de la sede del periódico, publicaron una fotografía. Con el título a tres columnas en primera (“Arde la fábrica de perfumes”) y un texto romo sin más detalles que la hora y el lugar del incidente despachaban la desgracia social y económica provocada por las llamas. El Abuelo recordaría las muchas horas invertidas en aquel periódico. Entraba a las diez de la mañana y salía cuando, a las doce de la noche, empezaba la rotativa a imprimir ejemplares. Había tantos asuntos, detalles y temáticas de las que ocuparse que se le iba el tiempo como el agua entre los dedos sin parar siquiera a la hora del almuerzo. Comía poco. Se alimentaba a base de bocatas que le subía Santi al mediodía, junto con un frasco de cerveza y una botella de agua de una taberna cercana. Le encantaba la morcilla de Almería, un producto de ley, un embutido exclusivo que procedía de las blancas aldeas de la Alpujarra, donde la gente pobre sobrevivía criando animalillos en casa. Tras los primeros días, Santi, que era un poco tartaja y tenía una pierna algo más larga que la otra y no se peinaba, ya no le preguntaba: “¿Je…jefé, ki…kiré aaalgó?” Se limitaba a acercarse a su mesa, mirarle y extender la mano para agarrar el dinero y salir cojeando a toda prisa a comprar su menú favorito. T le regalaba la vuelta y el recadero no ocultaba su satisfacción. Muchos le tomaban por tonto y no le escuchaban cuando intentaba decir algo, pero T se mostró amable y paciente desde el primer día y comprobó que poseía una extraordinaria capacidad de observación. Puesto que aquel Santi le confesó con cierta tristeza que si hubiera podido estudiar y recibir tratamiento contra el frenillo le habría gustado ser periodista, T le consoló diciéndole: “Si te enteras de algún suceso interesante y me lo cuentas y vale como noticia, yo te la escribo y te la firmo”. Y desde luego un tipo que se pasaba el día brujuleando en bicicleta por la ciudad, se enteraba de muchas cosas. En ese momento T estaba abriendo unas cartas con las crónicas de los corresponsales de los pueblos y para ilustrarle sobre lo que era una noticia le leyó una crónica del corresponsal Fines, titulada: “Fenómeno Ovni en Fines”, en la que contaba que unos vecinos la emprendieron a tiros contra un contenedor de basuras al creer que era un Ovni. Por lo visto, el alcalde había conseguido que la Diputación se ocupara de recoger los residuos sólidos urbanos de modo que los vecinos no los siguieran echando al barranco. Pero el regidor se olvidó de comunicárselo al pueblo. Y aquella noche pasó un camión de la Diputación y dejó un contenedor metálico en el lugar indicado. Al amanecer, al ver aquel extraño artefacto ovalado que reverberaba allí abajo en la curva de la carretera, cundió el grito de que era un Ovni, tocaron a rebato y echaron mano de rifles y escopetas, dejando el contenedor como un colador. El recadero aprendió tan bien la lección que no había día que no trajera alguna novedad antes de que la policía local o el Gobierno civil emitieran sus notas sobre reyertas, incendios, atropellos y, desgraciadamente también lo que entonces llamaban “crímenes pasionales”. Un domingo de agosto sin nada interesante que llevar al papel T resolvió la noticia de portada gracias a él. Apareció al mediodía por el periódico por si quería que le subiera la comida. T le preguntó si había alguna novedad. Ninguna. Santi había ido a misa con su madre, la ciudad estaba tranquila, las familias llenaban la playa del Zapillo, el calor apretaba de lo lindo. Pues estamos jodidos, dijo T pensando cómo iba a armar la portada sin fútbol ni nada extraordinario que ofrecer. ¿Otra vez la foto del Zapillo abarrotada de bañistas? En un instante, mientras hablaban de las creencias religiosas, Santi abrió mucho los ojos antes soltar su lengua de trapo para decir que la Virgen del Mar es blanca. “¿Era negra o qué?” Pues sí, la cara de la Virgen del Mar se había oscurecido con el paso del tiempo, pero tras llevarla a restaurar y reponerla en su hornacina resultó que era blanca color carne. ¡Por Júpiter olímpico! Ya había noticia y fotos de portada: Virgen sucia (de archivo) y Virgen restaurada. El párroco le explicó por teléfono que la talla tenía una pierna quebrada por el ajetreo marinero y que después de la restauración, la limpieza a fondo y el lavado del precioso manto de pedrería, lucía nueva, blanca y esplendorosa. El Abuelo decía que el periodismo de provincias era apasionante. Cierto es que la carencia de medios humanos para profundizar o investigar le obligaba a quedarse en lo superficial. Un sábado que iba con el fotógrafo Manzano a entrevistar al ministro de Trabajo don Joaquín Almunia, que veraneaba en Mojacar, vieron un corro de gente que se arremolinaba en la playa de Pueblo Indalo, junto a un coche de la Guardia Civil que se había metido en la arena. Se acercaron a ver qué estaba pasando. Unos bañistas habían sacado a un hombre ahogado. Aunque le practicaron masajes y le hicieron el boca a boca, no lograron resucitarlo, así que lo envolvieron en toallas y lo auparon a un espigón que allí había. Era el herrero de Lubrín, un hombre como de setenta años, ya jubilado, que había ido con su esposa a pasar el día en la playa. T y el fotógrafo Manzano siguieron camino. Habían quedado con el ministro a las once de la mañana en el Parador. Estuvieron dos horas con él. Le hicieron una larga entrevista sobre la situación política, económica y laboral del país. Se despidieron de él y decidieron llamar a Antonio Torres, que era de Turre, por si andaba por allí y le apetecía comer con ellos. Claro que sí. Quedaron en El Puntazo, un complejo hotelero con casitas bajas y un restaurante aceptable. Almorzaron, charlaron, libaron. Se entretuvieron hasta las seis de la tarde. Ya de regreso a la ciudad por la carretera de la costa volvieron a ver una escena chocante en la playa del Pueblo Indalo: una anciana sentada en una silla de lona junto a un cadáver tendido sobre el espigón de cemento, cubierto con una toalla y protegido con una sombrilla. ¿Pero qué es esto? Pararon, preguntaron en un chiringuito, anotaron el número de teléfono que les facilitó el dueño del establecimiento playero, dieron el pésame a la anciana y siguieron camino. Pasadas las ocho de la tarde, T llamó al chiringuito: el ahogado y la viuda seguían en el mismo sitio. Con irritación contenida colocó el papel en la máquina de escribir y tecleó a toda prisa: “Más de diez horas permaneció ayer el cuerpo sin vida del herrero de Lubrín en la playa de Pueblo Indalo antes de que el juez de guardia acudiera a levantar el cadáver o cursara la orden preceptiva a las autoridades para que actuaran con funciones judiciales y evacuaran al ahogado al tanatorio o a las dependencias de medicina legal correspondiente si había que realizar la autopsia”. La nota, ilustrada con una fotografía de Manzano, iba en la última página, en el rataplán de noticias breves a dos columnas dedicado a ofrecer informaciones de última hora. En la misma sección insertaría el Abuelo otra nota informando de que el gobernador civil utilizaba una finca del Instituto de Conservación de la Naturaleza (ICONA) para pasar las vacaciones. Este hombre seguía el ejemplo del presidente del Gobierno, quien elegía las instalaciones del parque natural de Doñana, para aislarse del mundanal ruido, descansar y disfrutar de la naturaleza con familiares y amigos. El gobernador agarró un enfado monumental y el juez le hizo llegar su solivianto a través del redactor de tribunales, con la advertencia de que sopesaba procesarle por desacato. Aquellos episodios en solo una jornada, sumados a los desvividos antes, llevaron al abuelo a reflexionar sobre el caciquismo provincial. Pero en vez de escribir un artículo sobre la costra enraizada, recogió sus escasas pertenencias, subió al R-5 y regresó a Madrid.

14.–Va a la Torre

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Más de un día y menos de noventa permaneció el Abuelo en un semanario económico que aparecía los lunes. Llevaba un tiempo escribiendo la crónica política en aquel tabloide de orientación progresista cuando el editor le ofreció un contrato fijo. Era un buen tipo, un gran periodista, un hombre tranquilo que mantenía la costumbre de la clandestinidad política de hablar muy bajito y al que la vida le sonrió con un hijo extraordinario, muy bien educado, seguidor del oficio de su padre. T aceptó la oferta y se incorporó a la redacción del semanario económico, ciertamente escasa de personal, pues se hallaba compuesta por dos aguerridas periodistas, a cual más laboriosa y amable, y por el hijo del director y editor. Durante un tiempo T dejó de ir a tomar el pulso de la calle: iba a la Torre. “Creo que le hacía ilusión –decía la abuela– trabajar en lo más alto de la ciudad, ya que Industrias Pepe tenía la redacción en el último piso, planta 33, de la Torre de Madrid, el edificio de hormigón más alto de la capital durante mucho tiempo”. Nunca le pregunté si la altura le proporcionaba sensación de superioridad. Me parecía una pregunta absurda para un tipo que sólo quería ser libre. En cambio, la Torre le proporcionaba una visión diferente, más alta y más pequeña, de la gente y de las cosas. Era como desvivir en otra dimensión. Junto a la amplia oficina de la pequeña redacción había una cafetería con divanes y ventanales orientados hacia la Gran Vía. Era un mirador estupendo al que subían decenas de turistas a contemplar la ciudad y muchos vecinos a cafetearse. Para T era además un buen observatorio de los motivos de preocupación del personal. Allí pasaba el rato, ejercitando el oído periférico e ideando comienzos irresistibles de informaciones romas. En el fondo y en la forma su principal reto consistía en amenizar los textos grises, dar brillantez a lo opaco y dotar de agilidad al plúmbeo lenguaje burocrático de las notas de prensa de las entidades financieras y de las grandes y medianas empresas, las referencias de los Consejo de Ministros, las directivas europeas, los comunicados de los distintos organismos reguladores y, en fin, los despachos de agencias noticiosas y las resoluciones de los tribunales de la señora de la balanza y el velo en los ojos que llaman Justicia. La tarea, aunque cansina, le resultaba cómoda. El periódico iba bien. El editor se mostraba contento con la aportación de T. Aquel Pepe tenía bien medida y ajustada la tirada: unos 10.000 ejemplares a la semana, de los que más de 4.000 se vendían en los kioskos de Madrid y Barcelona y el resto a los suscriptores y en otras capitales autonómicas y provinciales. Industrias Pepe iba bien, vendía, tenía buenos ingresos por publicidad, ganaba dinero. Lanzó después una revista semanal a todo color de información política, pero el mercado publicitario fue menguando por la competencia de las televisiones autonómicas y anuló las perspectivas de negocio. Un viernes, con el periódico compuesto y las últimas páginas a punto de salir hacia la imprenta, el director y editor le llamó a su despacho, donde se estaba fumando un habano, plenamente satisfecho de sí mismo, y le pidió amablemente en voz baja que se abstuviera de criticar a los ministros fulano y zutano, pues eran “redactores de esta casa”. T se sorprendió. Acababa de entregar a la jefa de redacción sus breves notas confidenciales para la segunda página, una “espuma de los días”, que dijera el surrealista Boris Vian, cuyo tono irónico, cortante y acerado podía escocer no a uno o a otro ministro, sino, por paradojas de la política, a los dos a la vez. “¡Por Júpiter, don José! No sabía yo que tenía ministros redactores”, dijo el Abuelo. Se despidió y no volvió a la Torre nunca más.

13.–Hasta nunca

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Más allá de su deseo de instruirme sobre la honradez humana y el secreto profesional del periodista, es verdad que el Abuelo se autodespedía con bastante frecuencia de los empleos que conseguía. En la agencia de noticias Efe, la más potente del mundo de habla hispana, tan sólo trabajó un día. Llegó puntual, entregó en la administración los documentos que le pidieron, bajó a la redacción y se incorporó al puesto asignado en la sección de Economía, donde se iba a ocupar del área de Industria. Para empezar redactó y “metió por el tubo” la reseña con las novedades del Boletín Oficial del Estado (BOE) y realizó otras tareas menores. La jornada iba a ser larga, ya que el ministro del ramo iba a pronunciar una conferencia, seguía de una cena con preguntas, a las 20:00 horas en un rancio y conservador club de opinión. En un determinado momento, antes del mediodía, le avisaron para que subiera a firmar su contrato laboral. Pero al comprobar que la jornada de seis horas y la poca retribución distaban un huevo de las condiciones acordadas con el jefazo de la entidad, se negó a firmar, recogió sus documentos y se largó. ¿Adónde iba él con un sueldo que no alcanzaba para alimentar a su familia y pagar la letra de la humilde vivienda (noventa metros en vertical) que había comprado a una cooperativa en el extrarradio de la capital? Desde luego en casa no se podía presentar con tan magra cifra salarial; bastantes sacrificios había sufrido la abuela Goyi para someterla a renovadas angustias y privaciones. Con todo y para no fastidiar a compañero alguno de trabajo, cumplió la agenda prevista, reportó la información noticiosa del ministro de marras y adiós muy buenas.

12.–Huye de chivatos y sinvergüenzas

Antes de nada, SALUD, PAZ, AMOR Y PROGRESO en 2023, amigos lectores

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El cinismo era una forma de comportamiento tan extendida en el sector periodístico del Abuelo que, según decía, si los fundadores de aquella escuela filosófica de la antigua Grecia levantaran la cabeza, se morirían de éxito. Como bien recordaba el novelista Ramón J Sénder, cínico viene de can, canelo o perruno, que orina en público. La falta de pudor y de vergüenza son sus principales características. T los esquivaba. No soportaba a los sinvergüenzas. Sin embargo, por más prevención que uno aplicara, tarde o temprano acababa siendo víctima de los ardides de aquellos tipos sin escrúpulos. Una vez confió en un director al que consideraba buena persona, pues le había contratado por un salario decente para que reportara en exclusiva para su periódico. La política exterior del Reino de España, siempre noticiosa, era materia de mucho interés coyuntural en aquel periodo, debido a las negociaciones con los mandatarios de Washington sobre la reducción de sus bases militares en la Península Ibérica. En una de sus frecuentes visitas al palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, con el fin de arañar algún dato sobre el tira y afloja de la negociación dirigida por el gran diplomático Máximo Cajal, una fuente de plena confianza le refirió con gran detalle los negocios sucios que se traía entre manos un embajador destinado en una capital europea. T aceptó la noticiosa mercancía, realizó algunas gestiones para verificar y completar la información. También para disfrazar la fuente original. Y redactó una crónica a palo seco sobre el perillán. El director le llamó a su despacho, le felicitó por “la pieza” y, tras participarle que su información arrancaría en la primera página del diario del día siguiente, le preguntó si la fuente era fiable. Completamente. ¿Quién, si me lo puedes decir?, le preguntó aquel jefe. T confiaba en él y le dio el nombre del alto cargo ministerial que se llamaba como el Papa Juan Pablo. La información se publicó un miércoles. Cuarenta y ocho horas después, el Consejo de Ministros destituyó al embajador corrupto. Buen golpe periodístico, dijeron. Lo habría sido si pocos días después el Gobierno no hubiese cesado en el cargo a su fuente y destinado a un consulado perdido en Portugal. Se comprenderá que para un tipo que se había jugado la cárcel militar en defensa del secreto profesional, la jugarreta de aquel director le dolió más que una puñalada trapera. Llevaba poco más de un año y medio trabajando para aquel periódico cuando descubrió, con gran pena, que el timonel al que tenía por hombre honrado era un sinvergüenza más, un cínico sin pudor, capaz de orinar sobre el personal para incrementar su poder, aumentar su retribución y seguir escalando posiciones de mando en los grandes medios de comunicación controlados por el Gobierno, de modo que, salvo para comunicarle que se largaba, no volvió a cruzar más palabras con él.

11.–Paradojas de la historia

Antes de nada, FELIZ NAVIDAD y PAZ EN LA TIERRA

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Decía José Bergamín que una paradoja es un paracaídas para no rompernos la crisma. “Eso espero”, añadía el Abuelo al referirse a personajes tan paradójicos como aquel Bellum que pasó de alardear de su amistad con el compañero secretario general, sobre el que escribió un libro biográfico y propagandístico —Felipe González, socialismo es libertad–, a juzgarle como un político falsario y mamarracho en otro volumen premiado y publicado por el sevillano reaccionario señor Lara, ya entonces presidente de una de las mayores editoras del Reino de España, establecida en Barcelona. La paradoja de aquel plumilla divirtió mucho a los señoritos sevillanos y demás oligarquía andaluza seguidora del ABC de Sevilla en el que Bellum insertaba sus filípicas semanales contra Felipe y su gobierno. Sin ánimo de exagerar, T sostenía que ni Demóstenes ni Cicerón superaban el raca raca conminatorio contra Filipo II de Macedonia y Marco Antonio, respectivamente, del burlesco Guerra Gil contra los dirigentes y gobernantes socialistas. Paradójico le parecía también al Abuelo que aquel pacifista que se movía en Vespa desde Majadahonda a Madrid, aquel Javier Solana Madariaga que nada quiso saber de los abusos jurisdiccionales de los militares españoles enemigos de la democracia, acabara su fulgurante carrera política en el cargo de secretario general de la Alianza Atlántica (OTAN), la poderosa organización militar occidental comandada por los Estados Unidos de América desde la que dio la orden de bombardear los cuarteles, centros de mando, emisoras de radio, estaciones de televisión, edificios gubernamentales, puentes e infraestructuras civiles de Belgrado para obligar al presidente de Serbia y de aquella Yugoslavia en plena desintegración bélica, Slobodan Milosevic, a parar la masacre de independentistas kosovares. Lo consiguió. Después decía que aquella orden, de la que se derivaron muertes de inocentes nunca contabilizadas y “daños colaterales” sin compensar, había sido la decisión más dura de su vida. Lógico. Aunque si tan dolorosa le resultaba, podía haber dimitido antes. Di tu que la propaganda jugó un gran papel a la hora de atemperar el dolor, pues enseguida se equiparó criminal de guerra Milosevic con Hitler y se justificaron los bombardeos de la OTAN con el argumento de evitar otro genocidio, de kosovares en este caso. Por paradojas de la historia resultó (según la propaganda) que las bombas no sólo eran necesarias sino también humanitarias. Paradoja sobre paradoja, refería T cómo un tío-abuelo de aquel Solana Madariaga, el historiador, político y diplomático Salvador de Madariaga, había añadido a sus memorias, publicadas por Espasa Calpe en 1972 con el título Memorias de un federalista, una reflexión para evitar que a la salida de la dictadura en España ocurriera lo que iba a suceder en Yugoslavia a la muerte de Tito. Y recomendaba una configuración territorial del Estado español que liquidase el centralismo y permitiese el autogobierno de las nacionalidades y regiones hasta conformar un Estado federal. Salvador de Madariaga dibujó incluso el mapa regional de unas comunidades autónomas con gobiernos y parlamentos propios de modo que no se sintieran agraviadas por las históricas Galicia, Euskadi y Cataluña (Galeusca). Su deseo de evitar “la balcanización” de España se cumplió. Y aunque no vivió para verlo, su mapa autonómico coincidió con el pactado por las fuerzas políticas y plasmado en la Constitución de 1978. Lógicamente, tampoco pudo ver cómo su joven sobrino resolvía desde Bruselas los últimos flecos de la terrible desmembración de Yugoslavia.

10.–Soporta a militares y miserables

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Con sus retahílas pretendía el Abuelo acercarme a la función higiénica del periodismo. Puesto que el país de Rinconete y Cortadillo carecía de un Hércules que desviara los ríos y limpiara la mugre acumulada por décadas de crueldad, injusticia y despotismo berrueco, el Abuelo creía que esa misión correspondía a los representantes del pueblo democráticamente elegidos y al periodismo entendido como la función de buscar la verdad e informar honradamente a la ciudadanía. Él sostenía que la tarea de informar, formar y entretener debía de trascender el proceso industrial de producción, distribución y consumo, y alcanzar el fin superior de la mejora de la condición humana. Pura utopía. Quizá su obsesión por la honradez traía causa de algunas experiencias ingratas con determinados miserables dedicados a hacer política con el periodismo en vez de periodismo político. Aunque T era comprensivo y, como decía la chilena Michele Bachelet, solía meterse en los zapatos de los demás para comprender sus circunstancias, no podía soslayar a determinados pajarracos de altos vuelos que formaban parte de su biografía. Tal el caso de un director de aquel semanario socialista, un tipo que se apellidaba Guerra (Gil), como el secretario de organización del partido, y firma en latín, Bellum, la columna derecha de la última página del tabloide: La trastienda. Aquel director residía en Sevilla, donde ejercía la docencia como catedrático de francés en un instituto. Curiosa coincidencia con Antonio Machado. Aunque en aquellos tiempos del renacer de la democracia los redactores y colaboradores de la prensa de partido no cobraban un duro o percibían muy poco, para cubrir gastos (todo era altruismo y militancia en lucha por las libertades), Bellum recibía remuneración del PSOE que, lógicamente, le pagaba los viajes entre Sevilla y Madrid y la estancia en un céntrico hotel de la capital del Reino, en la que permanecía dos o tres días a la semana. Las penurias económicas no iban con él. Por algo era amigo y paisano del compañero secretario general, al que pidió asistencia letrada cuando le despidieron, no por rojo, sino por exagerado, de El Correo de Andalucía, periódico sevillano, propiedad de la Iglesia Católica. Una de sus exageraciones sonaba a chiste, aunque provocó una alarma formidable. Según publicó, la Sexta Flota estadounidense (portaviones y fragatas) navegaban hacia Portugal con la orden de ocupar Lisboa, ahogar en sangre la “revolución de los claveles” y reponer la dictadura lusa. Algo similar a lo ejecutado en Chile contra el régimen democrático del socialista Salvador Allende. Solo que Portugal era Europa Occidental y no hacía falta el largo brazo militar de Washington para prevenir el comunismo. Otra hazaña periodística de Bellum, de avispada pluma, consistió en clavar su aguijón a la Sección Femenina, tildándola de “vagina uterina del Movimiento Nacional” (partido único del régimen, cuya organización de féminas lideraba de por vida la hermana del “ausente” José Antonio Primo de Rivera y presidía, también de forma vitalicia, el dictador). Los editores de aquel periódico, los obispos, disfrutaban de los grandes beneficios y prerrogativas del régimen. No querían líos y lo echaron a la calle. Con tamañas credenciales obtuvo la dirección del semanario socialista y, con ella, la oportunidad de hacer carrera política en el partido. Pero su dedicación al periódico fue circunstancial y su desinterés creció al comprobar las escasas posibilidades de ir en la lista al Congreso de los Diputados por Sevilla. En aquel entonces T publicó un reportaje sobre los malos tratos a los soldados de reemplazo, sometidos a prestar servicio militar obligatorio por dos años, sin derecho alguno, ni siquiera a hablar ni mucho menos a protestar y denunciar los abusos y sufrimientos que les infligían unos mandos adiestrados en la convicción de que el valor y la brutalidad eran sinónimos. A las malas condiciones de unos establecimientos asquerosos e insalubres (los cuarteles), se sumaba la pérdida de vidas humanas, con unas cifras de accidentes y suicidios muy superiores a los de cualquier país de nuestro entorno con servicio militar obligatorio. T tituló el artículo del modo más suave posible: “Una asociación de soldados pide que los derechos humanos entren en los cuarteles”. Y recogió los relatos de un grupo de jóvenes de distintas procedencias que decían pertenecer a la Unión Democrática de Soldados. El texto no gustó nada a las todavía consideradas “autoridades” militares. Lógico, pues el relato al detalle de las canalladas, humillaciones, castigos, dietas alimentarias, arrestos y malos tratos indignaba a cualquier ser humano. Enfurecidos, los milicos apelaron a la jurisdicción castrense que les permitía juzgar y encarcelar a los civiles que de palabra o por escrito difundieran expresiones negativas sobre el Ejército con la insana intención de desprestigiarlo, lo que atentaba contra la defensa nacional. El juzgado militar central llamó a declarar al director de la publicación, el tal Bellum, quien argumentó que no era responsable de los contenidos del periódico, pues ya estaba fuera y no ejercía la dirección aunque siguiera figurando como director mientras nombraban a su sustituto. Remitió incluso un certificado oficial al respecto. ¿Quién era entonces el responsable de la revista? Lógicamente, el secretario de prensa y propaganda del partido. ¿Quién era ese? El señor Solana Madariaga, un joven político, culto y afable, de familia bien, sobrino-nieto del político republicano e historiador de gran prestigio don Salvador de Madariaga, y persona de gran confianza del líder Felipe. El juez togado militar le remitió una nota preguntando si tenía responsabilidad sobre la publicación de tan dañino artículo sobre la noble institución armada, a lo que éste respondió que no, pues ni supervisaba ni mucho menos censuraba los contenidos del semanario, de modo que cada autor se hacía responsable de lo que escribía y firmaba. A falta de mejor pieza que cobrar, el juez togado colocó a T en el punto de mira. Todo el énfasis de aquel hombre durante el interrogatorio se centraba en conseguir los nombres de los soldados con los que el periodista había hablado, quiénes eran los cabecillas de aquella organización clandestina e ilegal, dónde se habían reunido y otros detalles que pudiera aportar. Ninguno. T no debía ni quería aportar ninguno. No podía acordarse de nada. Ni un nombre, una cara, nada. El togado quería algo, unas iniciales, unos rasgos, algún cuartel de procedencia, algo. Pero él no se acordaba de nada. El militar le concedió una pausa de quince minutos en una sala de espera para que se tranquilizara e intentara recordar algo “por su bien”, le dijo en tono conminatorio antes de ofrecerle una hoja de papel y un lapicero. Entonces T escribió: “Ribera de Curtidores, escalera del edificio de la Junta Municipal que baja de la calle de las Amazonas, domingo, 4 de marzo, doce de la mañana”. Y no escribió más. De sobra sabía que se jugaba la cárcel, pero tenía clara conciencia de que el primer deber de todo hombre es la honradez y la palabra dada a los que sufren. Y también sabía que, aunque no figurase en las leyes de la dictadura, le asistía el derecho al secreto profesional, así que por nada del mundo iba a traicionar a sus fuentes. Sabía además que el tiempo de aquellos fascistoides se acababa; en pocos meses no podrían ya aplicar las leyes castrenses al personal civil, pues la futura Constitución, a debate en el Parlamento, pondría fin a sus desmanes y extralimitaciones. Por lo demás suponía que si le metían a la cárcel se iba a armar un escándalo formidable, muy negativo para los uniformados de alto rango. Algo de esto debió suponer el carajote togado porque, tras revisar su confesión (la fecha, hora y lugar, totalmente inventados, de su entrevista con el grupo de soldados) y constatar que no recordaba nada más, le dejó en libertad con cargos, sin fianza, y con la obligación de comparecer en aquel juzgado todos los lunes a las nueve de la mañana hasta que concluyese la instrucción del sumario. Di tu que T ya estaba acostumbrado a visitar los juzgados, pues sus informaciones, siempre críticas y comprometidas, le acarreaban muchas querellas por supuestas injurias y calumnias. La denuncia penal contra los periodistas era entonces el recurso más frecuente y socorrido de los bribones de cuello blanco y actuaba como un parachoques de caucho ante la opinión pública. Con decir que ya se habían querellado contra el mendaz y falaz periodista de turno, todo arreglado. La abuela Goyi decía que T consultaba la agenda antes de salir de casa porque nunca sabía si tenía que ir al juzgado o al periódico. Sus visitas a la sede militar castrense se prolongaron varios meses, señal de que su togada señoría funcionaba a velocidad caracol. De hecho, se le echó el tiempo encima. Y un lunes, cuando acudió a firmar el papel acreditativo de que seguía a su disposición, le comunicó su resolución sancionadora: “Tres días de arresto domiciliario”. Eran exactamente los tres días que faltaban para que los ciudadanos se pronunciaran en referendo a favor de la Constitución democrática, el 6 de diciembre de 1978. Se ve que aquel juez fascistón no renunciaba a cumplir sus valiosos servicios a la dictadura más de tres años después del deceso del dictador. Y para verificar que el reo cumplía la sanción ordenó a la Guardia Civil que fuera a visitarle a su domicilio cada uno de los tres días a cualquier hora diurna o nocturna. Menudo cabrón. Luego dijeron que un reputado director de periódicos, un tipo sagaz y atirantado a disposición del mejor postor (de derechas) había sido el último sancionado por la justicia militar antes de que se aprobase la Constitución. Pero no era cierto. Según la resolución judicial castrense que T conservaba en su carpeta de menciones, diplomas y títulos académicos, el último fue él, aunque tanto daba. Lo que de verdad le jodía eran sus propios errores.

9.–Cuenta anécdotas y travesuras

De INTRODUCCIÓN AL ALBUELO

Cierto es que tanto Román Álvarez como Rodolfo Serrano, Juan Carlos Escudier, Pepe Nevado y otros eran más que colegas: amigos. El Abuelo no tenía muchos, pero los tenía de calidad. En esto se parecía al ejército de un país bien gobernado: pocas armas, pero las mejores para defender a la población. Y él defendía ante tirios y troyanos a sus amigos, fueran del color que fuesen o entregaran su fuerza de trabajo a periódicos frívolos y amarillentos o sensatos y rigurosos. Cuando se ponía a hablar de los colegas mientras jugaba conmigo al ajedrez, podía ser interminable y, desde luego, era tan divertido que uno no se cansaba de oírle. Se refería con deleite y benevolencia a “aquellos jilgueros y sus jolgorios”. En el semanario de la causa socialista y laboral para el que trabajó, coincidió con “pájaros” que se aprestaban a colaborar, con el simulado interés de conocer a los máximos dirigentes del PSOE y ejercer de pedigüeños. Uno de aquellos colaboradores se esforzaba en colocar sus comentarios de la Bolsa de Valores. Llegaba a la redacción con sus folios sobre «la semana bursátil”. Pero pinchaba en hueso. “Mira, Carmelo, los trabajadores, a los que nos dirigimos, no son accionistas ni tienen mayor interés en las fluctuaciones de la Bolsa», le decía la compañera Padilla, que se encargaba de la sección de economía y laboral. Pero Carmelo insistía. Y la semana siguiente volvía con la misma copla. “¿Por qué no escribes sobre las trampas y tejemanejes de los banqueros?” El notable periodista, que siempre venía de comer o iba a comer con alguno de los llamados “siete grandes” y lo proclamaba en voz alta para darse importancia, rechazaba la propuesta de Padilla. ¿Cómo iba a morder la mano de los que le invitaban a almorzar? Era listo y consiguió su propósito: cuando llegaron las elecciones municipales le colocaron de candidato a la alcaldía de Pozuelo, la localidad con mayor número de millonarios por metro cuadrado. Su lema electoral estaba cantado: “Pozuelo vota a Carmelo”. Eso creía él, pero no le votaron y se quedó en concejal. Algo es algo. Y no volvió a aparecer por la redacción del semanario. Otro compañero, pacifista y voluntarioso, pasaba por ser experto en política internacional del bloque del Este, el Pacto de Varsovia y todo aquel mundo enemigo de Occidente durante la Guerra Fría. Hablaba despacio, en voz baja. Se enteraba de cosas, manejaba claves. Razonaba a duras penas y escribía unos “refritos” formidables, aunque, eso sí, lenta, muy lentamente elaborados, pues celebraba cada párrafo, cada punto y aparte, con una escapada para engrasar el gaznate a base de lingotazos de anís Castellana. Como era muy lento, casi siempre salía el último de la redacción. Una noche llamó desde una cabina telefónica al principal periódico del país, se identificó con su nombre y apellidos y comunicó que había sufrido un atentado: le habían disparo en Cuatro Caminos, a unos cien metros de la redacción del semanario. Eso dijo. Pero la policía no halló ni un vestigio de balazos en la zona. Todo era muy raro. “¿Qué le ha pasado a Fernando?”, preguntó a primera hora del día siguiente el secretario general, Felipe González, a la secretaria de redacción. Nada, un susto. Y a falta de pruebas del supuesto atentado, el propio González “hipotizó”: “Quizá haya sido el tubo de escape de un coche”. Comoquiera que el secretario general utilizaba su prerrogativa de nombrar a los directores del semanario, algunos adversarios internos que no se atrevían a enfrentarse con él en honrada lid dialéctica, ejercían el deporte de afear los contenidos del periódico, lo que redundaba en un daño persistente por la supuesta falta de pluralidad y credibilidad, con la consiguiente pérdida de lectores. El asunto llegó a ser preocupante. Tanto daba la calidad periodística y sus parientes: la exclusiva, el rigor, la verdad, los reportajes sobre materias actuales, convenientes e interesantes, las crónicas certeras e impecables, las columnas razonadas y bien argumentadas, las prosas primorosas del vasco Luciano Rincón o del andaluz Sebastián Cuevas, por ejemplo, o las denuncias sobre el maltrato y la destrucción del patrimonio histórico-artístico del eminente José Luis Souto, pues la difusión (ventas en kiosko) caía en picado. Para frenar el fenómeno se pasó del tabloide a un formato de revista similar a Le Nouvel Observateur francés y se entregó la dirección del semanario a un periodista de gran talla profesional y humana (Alfonso Sobrado Palomares) que, entre otras novedades, introdujo un comentario gastronómico a cargo de un tal Acedera. Nadie sabía quien era el propietario de aquel seudónimo y tampoco habría importado si aquel Acedera se hubiese atenido al principio de enseñar a comer mejor a la gente humilde. Pero aquel gastrónomo recomendaba unos restaurantes muy caros, inasequibles para la gente trabajadora a la que se dirigía la revista. Y ocurrió que un crítico cultural, habilidoso y sagaz, se juró a sí mismo y a los demás que no pararía hasta averiguar quién era Acedera. Preguntaba a unos y a otros y no lograba saberlo. Pasaban las semanas y lo único que conseguía era que le preguntaran a él si ya sabía quien era Acedera. No lo sabía, pero había inoculado su afán por descubrirlo en algunos compañeros de redacción, comenzando por la sección de laboral y siguiendo por la secretaria, Verónica, una joven amable, alegre y con encanto que se había hecho española después de huir de la pavorosa dictadura chilena del general Pinochet, uno de los mayores genocidas del último tercio del siglo XX. De este modo se sumaron al empeño el responsable de laboral, Diego de Losada, periodista excepcional, sin cuyas crónicas y reportajes sobre los conflictos obreros resultaba difícil conocer y entender la reconversión industrial de España y el comienzo de la descarbonización energética, y el reportero gráfico Paco Noguera, un tipo pequeño, barbado, con conciencia de clase, razonamientos certeros y resoluciones inmediatas. Se diría que aquel D’Artagnan y sus tres mosqueteros (Verónica, Losada y Noguera) se soliviantaban más que otros ante aquellas columnas para paladares exquisitos de «cerdos burgueses» que aparecían en la sección de cultura, detrás de las páginas de laboral, cargadas de luchas obreras por los derechos salariales y sindicales, por conservar los puestos de trabajo, por conseguir medidas de higiene y salubridad, por evitar muertos y heridos en los tajos… La clave llegó una mañana por correo ordinario en un sobre dirigido a la revista. Verónica lo abrió. Contenía una invitación al señor Acedera para que fuese a almorzar a un restaurante de muchos tenedores, situado en Alalpardo, zona norte de la capital, cerca de Puerta de Hierro. La secretaria de redacción comentó el hallazgo al crítico cultural Romero, quien no tardó en maquinar la respuesta. La invitación fue aceptada. Se concertó la fecha y la hora del almuerzo. “Será un menú largo y estrecho”, dijo el chef por teléfono. Estupendo. Llegado el día se personaron los conjurados a bordo del Seat-850 del fotógrafo Noguera y fueron recibidos y acomodados por el chef, quien les comentó las excelencias de la bodega y les sugirió marcas y añadas. Magnífico. A continuación ordenó el comienzo de la pitanza, con el consiguiente servicio de unos pulcros y ceremoniosos camareros. Iban ya por el quinto o sexto plato, tras los aperitivos de aquel menú de degustación, largo y estrecho, y por el tercer caldo de la espléndida bodega, cuando un tipo de edad mediana, tajeado, maquillado y engominado se acercó a la mesa a saludar al señor Acedera. Era el dueño del negocio. “¿Quién de ustedes es Acedera?”, les preguntó. Romero no podía ser por lo flaco, anguloso y pálido; Noguera tampoco, por su rudo aspecto. El empresario dudó en alargar el brazo hacia Losada o inclinarse ante el agradable rostro de la sonriente Verónica. Romero le sacó de dudas: “Acedera es un colectivo”. El restaurador manifestó su sorpresa, pues suponía que Acedera era uno y le hacía el favor de venir acompañado por amigos que pagarían sus respectivos almuerzos. “Pues ya lo ve, querido, somos un colectivo –remarcó Losada–, aunque nos ha faltado el sumiller, que está constipado; menos mal que dispone usted de un estupendo chef, un sabio en vinos”. Se retiró el engominado patrón que, sin duda, se las prometía felices con la concurrencia de la dirigencia socialista a cambio de la inversión mínima de la invitación al crítico gastronómico de la revista del partido, y dio orden de zanjar el menú largo y estrecho. Sin correr el riesgo de que les sirvieran bellotas de postre, aquellos pájaros ahuecaron el ala y abandonaron el lujoso y prohibitivo restaurante. Salió el chef a despedirles y tuvo la deferencia de empujar el coche de Noguera, que estaba para pocos trotes y se había quedado sin chispa de batería. La experiencia les resultó tan agradable que no les habría importado repetir ricos almuerzos por el morro si hubieran llegado más invitaciones. Pero no llegaron. Una pena. Claro que tampoco llegaron más columnas de aquel crítico gastronómico por el que, de vez en cuando, preguntaban a Romero en tono de broma: “¿Sabemos ya quién es Acedera?” Y él respondía: “Pues claro, un colectivo”. (Acedera era Rafael Ansón Oliart). A propósito de colectivismo, el muy inteligente, sagaz y divertido Romero comandaba un grupo anónimo de colaboradores, cuyos reportajes biográficos eran tan sorprendentes como temibles. Por algo firmaban Colectivo Feroz. Bajo el rótulo Vidas Ejemplares relataban con amenidad no exenta de ironía y mala leche los resultados de sus investigaciones sobre políticos tan importantes como falsarios, “demócratas de toda la vida” al servicio de la dictadura, prelados reaccionarios, avaros banqueros, magistrados muy serios… En cada entrega desvelaban la vida, obra y milagros de alguno de aquellos prebostes del pasado que se perpetuaban en el presente y pretendían dictar las normas del futuro. No ahorraban detalles del comportamiento particular, nada ejemplar, del personaje elegido cada semana. Y puesto que al final de cada reportaje anunciaban “próximas entregas” sobre media docena de personajes notables (a cual más pillastre, reaccionario y sinvergüenza), cuyos nombres consignaban, enseguida los concernidos pedían a los dirigentes del partido que les librasen del desnudo al que los sometía el Colectivo Feroz. Con razón decían que el destape corrompía a la juventud.

8.–Aborrece el estilo mayestático

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Al Abuelo le fastidiaba ese estilo envolvente, colectivo, del “nos”, el “nosotros”, el conjunto social al que se adherían como si fueran lapas los más sesudos y reputados columnistas de opinión. “Si quieren dirigir a las masas que se presenten a las elecciones”, decía. Pero no era eso. “Si quieren que la gente piense y crea lo mismo que ellos, que se hagan imanes, sacerdotes o charlatanes de feria”. Pero tampoco era eso. Con aquel estilo mayestático, aquel uso y abuso de la primera persona del plural, implicaban a todos en los problemas creados por unos pocos. Esa era la trampa. Y por eso T detestaba aquella forma de generalizar para cubrir y encubrir a los autores de los daños colectivos. Ya lo había dicho Rafael Barret a comienzos del siglo XX: “Mientras más grave es un asunto, más lo tapan”. Aborrecía a aquellos hijos del ardid y la falacia (“líderes de opinión” les llamaban) cuyo estilo tan familiar, cercano y cargado de buenas intenciones servía para responsabilizar, encargar y cargar sobre el común la reparación de las averías y los males provocados por unos cuantos poderosos voraces, insaciables y ambiciosos. Aquellos opinadores contribuían con sus secreciones mentales a la pervivencia del daño a la naturaleza y a los enormes desequilibrios sociales y geográficos que padecían los países y el planeta. Además, sabían de todo y lo sabían todo. El desparpajo de aquellos expertos en la totalidad en proferir medias verdades y verdades a medias desde su elevada talla dizque intelectual llevaba a T a formular la clásica pregunta de por qué los intelectuales tienen más intelecto y los obreros manuales no tienen más manos. Su desprecio hacia aquellos fenómenos contrastaba con la admiración hacia algunos columnistas honrados, comenzando por Ángel Merino Galán, desenmascador de colegas filibusteros en su columna Lo que se dice y lo que se calla, y terminando por Fernando Lázaro Carreter en su El dardo en la palabra, al que consideraba un maestro necesario y fundamental. “¿Cuántos más consideras dignos de mención?”, le pregunté una vez. Y se entretuvo en hablarme de históricos y contemporáneos. Citó entre los primeros a Manuel Alcántara, quien le publicó un cuento en el periódico oficial de la dictadura, Arriba, cuando él tenía dieciséis años y servía vino en el bar donde le conoció. Era un cuento de putas y tenía mérito (su publicación) porque la prostitución estaba prohibida por el régimen. Di tu que se toleraba y que hasta el padre del dictador (tema tabú) las había diñado, decían, en un prostíbulo. También citó a Josep Pernau, quien fue su director en el Diario de Barcelona, El Brusi, decano de la prensa continental; Julio Camba, un gracioso de derechas al que no conoció en persona y del que contaban muchas anécdotas; José Antonio Novais, que escribía para Le Monde y la Agencia Efe; Ramón Gómez de la Serna, famoso por sus greguerías y ocurrencias. Contaban de este Gómez que habiendo ido a parar a Argentina durante la guerra civil (1936-39) recibió, años después, una invitación del dictador victorioso sobre una cordillera de muertos para que regresara a España y ocupara el cargo de director de la Biblioteca Nacional, con una generosa remuneración. Para entonces ya el nazismo y el fascismo habían sido derrotados en Europa gracias a los rusos, los estadounidenses, los británicos y los republicanos españoles empotrados en la resistencia francesa, pero el régimen nazifascista se mantenía en aquella España traicionada por las democracias europeas y el tirano había recibido el espaldarazo estadounidense a cambio de unos miles de hectáreas en lugares estratégicos (por ejemplo, a las puertas de Madrid y de Zaragoza) para que instalaran sus bases militares y se sintieran como en casa. El dictador, bendecido también por el Papa tras un Concordato muy favorable para la Iglesia Católica, se sentía consolidado y quería dotar de una pátina cultural a su mandato imperial. De ahí su invitación a algunos reconocidos hombres de ciencias y letras para que regresaran a la patria. Algunos, como el doctor Gregorio Marañón, pusieron sus condiciones, volvieron y se quedaron. Ramón también volvió, acudió a la entrevista con el dictador militar (“el enano asesino del Pardo”, le llamaban), agradeció el estupendo puesto que le ofrecía, pero le dijo que no se podía quedar. “¿Pero hombre, por qué?”, se extrañó el tirano. “Porque he sentido mucha pena y yo con pena no puedo vivir”, le contestó el escritor. “¿Pena de qué?”, dijo el déspota, intrigado. “Es que verá, paseando estos días por las calles, he oído que la gente habla muy mal de usted y me ha dado tanta pena que ya le digo, no me puedo quedar porque yo con pena no puedo vivir”. El dictador puso mala cara. Lógico. Para evitar su enojo y tal vez algo peor, el escritor quiso demostrar que su negativa a aceptar el alto cargo y quedarse en la patria era ajena a su rechazo de la dictadura y le ofreció escribir desde Buenos Aires para el periódico del régimen, el mencionado Arriba. De los contemporáneos, el Abuelo me citó a algunos columnistas como el catedrático de la Universidad de Salamanca Román Álvarez, cuya columna dominical en La Gaceta siempre le resultaba amena, crítica y sugerente; Juan Carlos Escudier, amargo, irónico, cáustico; Rodolfo Serrano, razonable, bondadoso y poético; José Nevado, cuyos certeros comentarios políticos le parecían saludables y alimenticios… Y algunos más cuyos nombres siempre confundo con otros de los que no logro acordarme.

7.–No quiere ser jefe, sino libre

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Se entenderá que el Abuelo no quisiese permanecer mucho tiempo en el zoológico, a pesar de la cantidad de intrigas, anécdotas, chismes, chismorreos y sucedidos en boca de la fauna del lugar. Las redacciones se caracterizaban por el ruido y la variedad de animales de la misma especie. Ruido de máquinas de escribir, teletipos, receptores de radio, monitores de televisión, individuos que hablaban en voz alta y blasfemaban a voz en grito. Los periódicos se hacían con decibelios. Con razón una cabecera de los tiempos anteriores a Rafael Cansinos Asens fue rotulada El Ruido. Y otra, también anterior al siglo del átomo, se llamó El Infierno. Este periódico salía por la noche y tenía la redacción en una casa de lenocinio. Eso no quita para que en 1843 diera la primicia de la muerte del VII conde de Toreno, José María Queipo de Llano y Ruiz de Saravia, personaje culto, afrancesado, contradictorio y fugaz sucesor de Mendizabal en la jefatura del Gobierno. Los redactores de El Infierno practicaban la rima: “Ha llegado el conde de Toreno, se le está poniendo el rabo; se espera con impaciencia a don Juan González Bravo”. Y firmaban como Mefistófeles, Lucifer, Ángel Caído, Diablo y otros nombres del Demonio. Eran poco fiables, confundían la realidad y el deseo y, por ejemplo, en este caso, la llegada del político violinista González Bravo se demoró catorce años. Fuera por el ruido, por el ambiente infernal o por otras razones, T rehuía las redacciones. Prefería tomar el pulso de la calle y chafardear en el Parlamento a cumplir su jornada en aquellas salas pobladas de megalómanos, presumidos, presuntuosos e importantes. Más de una vez y de dos le ofrecieron puestos de mando. Pero él los rechazaba diciendo: “No quiero ser jefe, sino libre”. Cierto es que nunca comentó con la abuela aquellas ofertas ni las mejoras salariales que conllevaban. De este modo G veía cómo algunos amigos y compañeros de promoción de T subían en la tabla de mando de distintos medios de comunicación social, alcanzaban jefaturas, se convertían en directores, eran nombrados directivos e, incluso uno, llegaba a director general del monstruoso ente público Radiotelevisión Española (RTVE) mientras él permanecía estancado de periodista raso año tras año. Aunque ganaba un salario suficiente para mantener a la familia (esposa y dos hijos) en un escalón aceptable de la pirámide de Maslow (“el mediano pasar”, le llamaban), G suponía que era un “mediocre” y una vez se lo dijo con todas las letras, a lo que él respondió: “mediocre no, ocre del todo”. Otras veces G comentaba con tono de reproche: “Contigo nunca saldremos de pobres”, a lo él, que había sido un niño pobre y conocido la pobreza en varios países del mundo, solía contestar: “No te quejes, cariño, que no nos falta de nada”.

6.–Labora en casa de fieras

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

En días como aquellos, el Abuelo salía del establo más lánguido que un burro apaleado. También empleaba la palabra “zoo” para referirse a la redacción del periódico, un lugar malsano por el que pululaban una variedad de fieras a cual más asquerosa y peligrosa. Algunas reptaban. Las de las jaulas (despachos) eran temibles por sus garras y venenos. Si te echaban mal de ojo o te cogían ojeriza estabas jodido. Se trataba de jefes de sección, redactores jefes, coordinadores, adjuntos a la dirección y, en general, gente con mando y control. Más valía evitar la discusión con ellos y esperar el momento oportuno para mostrar sus errores. En su conjunto formaban una malla cuadriculada que impedía la comunicación de la base con la altura. Se esmeraban en sonreír a los de arriba, los reyes y reinas de la casa de fieras, y escupir a los de abajo, la puta base plebeya que los alimentaba. Controlaban la información, valoraban si convenía o no publicarla, decidían cómo y cuando se publicaba o si acababa en el cesto de los papeles. Algunos se entretenían en mejorar (casi siempre a peor) los títulos de las gacetillas, crónicas y reportajes. Otros, más aplicados todavía, masajeaban los textos, cambiando verbos y alterando el orden de los párrafos. Era la forma de demostrar su autoridad y de justificar los grandes emolumentos que recibían. Manejaban claves políticas, empresariales, financieras y hasta deportivas. Y si no las manejaban, simulaban estar en el ministerio. Una serpiente pitón, a la sazón jefa de la sección de política nacional, se quejó al oso de tener que “limpiar el culo” a algunos redactores. Alguien se enteró del comentario y unas semanas después, coincidiendo con su cumpleaños, le envió un regalo, un voluminoso paquete envuelto en papel de colores. El recadero se lo llevó a la jaula, ella agradeció el presente con una sonrisa de oreja a oreja. Lo abrió y sufrió un pasmo. Lógico. Nunca sonrías antes de tiempo. El paquete contenía una docena de rollos de papel higiénico y una explicación con letras versales en un folio blanco: “Que usted se limpie bien”. La serpiente se enojó. Reptó hasta el despacho acristalado del oso y allí se les vio, ella intentando empitonarle y él riendo a carcajadas la ocurrencia. Desde aquel día, los redactores se tomaron la libertad de advertir a García, que así se apellidaba, aunque la motejaron lady Higiénica, que no era menester que les cambiara los títulos y limpiara los textos, pues ya se atenían por sí mismos al Libro de Estilo. En alguna ocasión T le dijo: “No me cortes, que sangro”, pues también gustaba eliminar párrafos completos de las crónicas para “dar aire” a las páginas, ampliando las fotografías. Más de una vez le ordenó, sin explicación alguna, reducir su crónica a “un breve”. En esos casos T evitaba mostrar su contrariedad y se limitaba a pedirle que el breve tuviera, al menos, siete líneas, lo que equivalía a tres renglones mecanografiados a sesenta espacios. “¿Qué más te da siete que cinco?”, le recriminó ella una vez, a lo que T respondió: «Ya sabes como empieza El Génesis». “¿Eso qué tiene que ver?”, dijo ella. Él le contestó: “Si lo has leído sabrás que la primera noticia escrita sobre la creación del mundo tiene siete líneas, y que en la séptima el Creador descansó”. La pitón replicó con voz pedregosa: “Pues mira, va a ser que no”. Y le asignó cinco líneas.