
Luis Díez.
Con la motosierra, la máquina del fango y el avión de la involución a chorro, no corre, vuela la derecha española hacia las elecciones del 29-N con la arrogancia de quiénes gobiernan en la mayoría de las autonomías y ya se ven gobernando el conjunto del Estado porque lo dicen las encuestas. Las encuestas, ya se sabe, son parte de la campaña electoral, influyen en el voto e indican lo mejor para quien las paga.
El señor de la motosierra y presidente de Argentina, Javier Milei, oyó decir al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, que pediría “sacrificios” a los españoles, y enseguida se presentó en Madrid a reclamar el copyright del artilugio. Pero Feijóo se abstuvo de acudir a saludarle. Y su entrañable amigo Santiago Abascal, jefe de Vox, estaba muy lejos, en Avilés, que como todo el mundo sabe dista más de Madrid que Buenos Aires, y solo pudo hablar con él por teléfono. Bueno, más que hablar, soltaron unas carcajadas a cuenta de unos zafios insultos al presidente del Gobierno español y candidato del PSOE, Pedro Sánchez.
¿A qué viajó don Motosierra a Madrid por séptima vez en tres años? Llegó la noche del martes, 20 de octubre, sin que ninguno de sus amigos políticos de la derecha española acudiera a recibirle. Con zamarra de cuero y pelambrera enmarañada se hizo visible en un hotel de lujo de La Castellana, acompañado de su ministro de Exteriores Pablo Quirno y su portavoz Adrián Ravier. Al día siguiente participó como invitado del foro Nueva Economía en una disertación seguida de un coloquio en el Gran Casino de Madrid. Por primera vez, el cartel azul con los logotipos de las empresas que patrocinan esos desayunos apareció vacío. Entre los oyentes figuraban el presidente del Senado, la expresidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, y el navegante Javier de Marichalar como políticos más destacados.
Lo más relevante de su intervención fueron los insultos al presidente Sánchez, al que, sin dejar de leer un papel, llamó “dictador impresentable” al paso que arengó a los presentes a “sacar a patadas a los socialistas” del Ejecutivo, al que tildó de “delincuente y ladrón”. En respuesta a una pregunta por escrito de la corresponsal del diario Clarín que el moderador ni siquiera llegó a leer, don Motosierra se despachó en acusaciones de “corruptos y mentirosos” a los periodistas de ese diario, uno de los más importantes de Buenos Aires. No paró ahí, pues a la salida tildó de “corta” intelectual a una reportera de la Cadena Ser que le preguntó si su visita incomodaba a Abascal y Feijóo. También ninguneo a otro informador del programa de humor El Intermedio.
Don Motosierra, más feo que un pez borrón con patillas, se fue después a visitar el despacho de su amigo ultraderechista Abascal y se trasladó a la Universidad Rey Juan Carlos a cumplimentar a su también amigo el catedrático millonario Jesús Huerta de Soto (presidente de España SA Compañía Nacional de Seguros) al que considera un genio del “anarcocapitalismo”.
Aunque quería ser recibido por el rey Felipe VI, el viaje tenía carácter privado y le dijeron que no por razones protocolarias. Así que mientras el Ministerio de Asuntos Exteriores emitía una nota manifestando “la más enérgica condena por los insultos y calumnias” dirigidos al presidente del Gobierno español, don Motosierra era recibido en su nuevo despacho (las oficinas del Canal de Isabel II) por su también amiga y presidenta regional Isabel Díaz Ayuso, a la que abrazó con fervoroso entusiasmo. Horas después se largó a seguir haciendo daño en su país.
Sin necesidad de apoyo del tipo de la motosierra, Feijóo puso sobre la mesa el recorte de las pensiones, que jalearon sus inmediatos colaboradores, y la consiguiente privatización del sistema de Seguridad Social –una organización pública más eficiente y mejor gestionada que cualquier aseguradora privada–, pero se dio cuenta del error y enseguida dio orden de no hablar de la materia. ¿Hasta cuando? Hasta después de la votación del 29 de noviembre. Si el bloque de derechas sale triunfante harán lo posible para aplicar “los sacrificios prometidos” a los trabajadores. De hecho, las pensiones ya estuvieron en el punto de mira de Rajoy y su mayoría absoluta y siguen siendo una obsesión de la oligarquía española. Ahora tratan de alimentar la confrontación entre generaciones –jóvenes desempleados contra jubilados con pensión–, una herramienta terrible y más sangrante que la motosierra.

En esta materia central usarán bulos e informes con datos falsos para amedrentar a la población sobre la viabilidad del sistema público (de reparto) de pensiones, para dividir a los trabajadores y para derivar cotizantes hacia las aseguradoras privadas. Ante esa operación solo una movilización contundente como la huelga general prevista el 11 de noviembre y unos resultados favorables en las urnas a las fuerzas políticas que defienden los derechos sociales y el estado del bienestar puede devolver la tranquilidad y la confianza a la gente. Hace unos años me contaba el bondadoso diputado aragonés León Buil Giral que en muchos pueblos de su tierra los ancianos se acababan muriendo de hambre, pues era creencia que como ya no trabajaban (ni podían aportar otra cosa que su presencia) no necesitaban comer tanto como antes. Si, de hambre crónica. De eso morían.
Ni que decir tiene que la derecha PP-Vox está demostrando en los gobiernos autonómicos la tendencia a la privatización de la educación y la sanidad públicas mediante la externalización progresiva de servicios en el caso del Sistema Nacional de Salud, la falta de cobertura de plazas y el maltrato salarial a los profesionales. La huelga es la única salida que les dejan. Pero ni siquiera la huelga les mueve ya a dialogar. El paro que desde el mes de mayo mantienen en Madrid los profesionales de la enseñanza infantil (en su mayoría mujeres) es la prueba más desgarradora del desprecio de la señora Ayuso y sus subordinados a los trabajadores. Añádase a ello la incuria que practican en la enseñanza básica y media, y la falta de financiación necesaria a la Universidad pública, y se tendrá el cuadro de la injusticia.
Los gobernantes del PP-Vox esperan que el descontento de la gente arruine la enseñanza y la sanidad públicas en beneficio de los grandes negocios privados. Y otro tanto ocurre, como se ha visto en Madrid con el caso de Maricarmen que en paz descanse, en materia de vivienda. ¿A qué recordar la gárrula palabrería del líder que ahora ofrece construir “un millón de viviendas” mientras tolera la insumisión de los gobernantes autonómicos del PP a la ley que regula los alquileres? Maricarmen es la gota que ha desbordado el vaso de la indignación social por lo que ocurre con la vivienda en este país donde los “fondos buitre” se han forrado y seguirán haciéndolo con la cobertura de esos políticos nefastos que vimos retratarse en el Congreso votando “no” a las prórrogas de los alquileres, entre otras medidas. Eso en latín se llama “malditus”.
Recortes, fango e insultos aparte, la máquina de la involución a chorro que manejan Feijóo y Abascal ha decidido implantar la censura en Castilla y León, comenzando por la prohibición de una obra de teatro sobre Federico García Lorca en Valladolid y siguiendo por la negación de ayuda económica a la creación y distribución cinematográfica si las películas implican “adoctrinamiento ideológico”. El ministro de Cultura, Ernest Urtasun, presentó un requerimiento contra esa decisión ante la Junta castellana y leonesa, paso previo a la denuncia judicial.
Si en la censura Vox ha agarrado la delantera (el consejero de Cultura es un Torquemada voxido), en materias como el aborto y la eutanasia, el gallego Feijóo se ha colocado en cabeza con sus anuncios de exigir el consentimiento paterno para abortar si no has cumplido 18 años –luego vendrán otras restricciones por parte de la ultraderecha– y de revisar el derecho a la muerte digna. ¿Qué pasa, que les fastidia la primera y en ocasiones única propiedad privada que tenemos, que es nuestro cuerpo? Queda claro que a esos desalmados (sin alma) les molestan especialmente los derechos de las mujeres que se ven en la necesidad de abortar y de los enfermos desahuciados que sufren sin posibilidad de mejorar y solo desean morir.