Cibergripados

Cuentos y descuentos del sábado (10-08-2024).–Luis Díez.

Aquel atardecer, don Rafa, el mecánico de trenes de larga distancia a mucha velocidad, llegó excitado al palmeral de la playa.

–Ya han visto ustedes lo que ha ocurrido. ¿Tenía yo razón o no? –preguntó con aire de superioridad a los demás seculares antes de doblar su pesado esqueleto de casi dos metros para abrir la silla plegable y sentarse.

–Tampoco se ponga estupendo, que no es para tanto –replicó José Luis, el aviador apagafuegos.

–¡Anda que no! Se cancelaron miles de vuelos, se retrasaron otros tantos en Estados Unidos, Europa y Asia, lo que ocasionó largas esperas, incalculables pérdidas y mucho enfado a cientos de miles de viajeros en plena temporada de vacaciones. Muchas estaciones de televisión no pudieron emitir; juzgados y tribunales quedaron en suspenso al perder el acceso a los expedientes; los semáforos de muchas ciudades dejaron de funcionar, con el consiguiente caos de tráfico y aumento de los accidentes; las agencias de desempleo quedaron bloqueadas; los servicios de emergencias sanitarias, bomberos, protección civil y otros negociados públicos se fueron…

–¡Va, daños menores! –opuso el aviador.

–No me interrumpa –pidió el ferroviario.

–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo… Digo daños menores porque no ha habido muertos –añadió el aviador.

–Eso no lo sabemos y quizá nunca lo sepamos –dijo el ferroviario. Luego siguió leyendo–: Alison Baulos, de Paducah, Kentucky, dijo que la cirugía cardíaca de su padre, de 73 años, fue cancelada, dejando a la familia muy preocupada. El Servicio de Salud del Reino Unido reconoció que la mayoría de los consultorios médicos quedaron inoperantes. En el Mass General Brigham, el mayor sistema de atención médica de Massachusetts, todas las cirugías, procedimientos y visitas médicas programadas no urgentes se cancelaron. Los registros civiles aplazaron miles de bodas e inscripciones de nacidos y fallecidos en todo el mundo. Los puertos de embarque de contenedores de Gdansk (Polonia), Algeciras y Valencia (España) y los gemelos de Los Ángeles y Long Beach, entre otras terminales marítimas dejaron de operar…

–¿Ha merendado lengua? –se quejó el aviador.

–Tranquilo, ya termino –le contestó el ferroviario. Y siguió leyendo otras referencias al apagón tecnológico, transmitidas por la agencia de noticias Associated Press (AP) y publicadas sin entrar en detalles por la prensa estadounidense y, con menor relevancia (a saber por qué) por los periódicos europeos: “Aunque el impacto del apagón tecnológico pudo sentirse a gran escala, la firma de prospectiva Capital Economics señaló que muy probablemente tendrá un efecto menor en la economía mundial. American Express dijo que tenía algunas dificultades temporales para procesar transacciones, mientras que TD Bank respondió a las quejas en línea diciendo que ya trabajaba para “restaurar” la capacidad de los clientes para acceder a sus cuentas”.

–En fin, que no sabemos en manos de quién estamos y, como les decía hace unos días, hay que tener dinero suficiente en casa para resistir por lo menos un mes, si no tres –concluyó don Rafa.

–Diga usted que sí, que toda precaución es poca –le apoyó Santiago el churrero–. Yo por si acaso no dejo en el banco ni un euro más de los necesarios para pagar los recibos. En cuanto ingresan la pensión, todo para casa, que un día llega el colapso y te quedas sin nada.

–Cada siglo tiene sus riesgos –proclamó don Víctor, que hablaba con literatos del pasado–. Si el XX nos obligó a desvivir con el riesgo termonuclear, el XXI no le va a la zaga con los bytes, los softwares y todas esas tecnologías informáticas de las telecomunicaciones on line y eso que llaman inteligencia artificial.

–Riesgos que se suman unos a otros, eso es lo malo –dijo la bióloga Raquel antes de hilvanar una parrafada sobre la destrucción de la atmósfera, el calentamiento global y el cambio climático.

–Si la simple actualización de un sofware –abundó el mecánico ferroviario don Rafa– provoca una avería intercontinental en servicios clave y nos revela la fragilidad del mundo, imaginen lo que ocurriría si se tratase del ciberataque de unos desalmados, capaces de apoderarse del planeta.

–Bueno, bueno, tampoco vamos a asustarnos ni dejar de apoyar el progreso –dijo el profesor Manieses, quien recordó aquellos tiempos en los que las olas de calor provocaban caídas del suministro eléctrico, con los consiguientes apagones de luz, averías de todo tipo y enormes pérdidas de alimentos y otras mercancías–. Aquello se resolvió con mayor y mejor potencia instalada y tengo para mí –añadió– que de alguna manera, con blindajes o como se diga, las autoridades democráticas protegerán, duplicarán, triplicarán o más los distintos sistemas, memorias y archivos tecnológicos para que nada se pierda, se borre y desaparezca… Así que no, no vamos a volver a las cavernas por más que algunos intenten asustarnos y otros salgan a la calle vociferando ¡Arriba las antorchas y abajo las bombillas!

–Pues la olímpica la han colocado bien arriba en París, aunque ya ni para alumbrar una tregua en los bombardeos contra los palestinos valga –dijo al aviador apagafuegos–. Por lo demás reconozco que nuestro amigo don Rafa lleva razón al recomendarnos tener dinero en casa para resistir uno, dos o más meses cuando nos dejen cibergripados y sin vacuna.

Braguetazos

Cuentos y descuentos del sábado (03-08-2024).–Luis Díez

En las conversaciones de los “seculares” del palmeral de la playa surgió el asunto de la riqueza la tarde que doña Macarena (setenta y cinco años bien llevados) preguntó al octogenario (huesudo, fumador, con tos de ratón) don Baldo del Llano cuál había sido su dedicación vital.

–Pues mire, he dedicado mi vida a hacerme rico –dijo él.

–¡Anda, como mi marido!

–Y después, poderoso –añadió don Baldo.

–¿No me diga? Pues como mi marido, que en gloria esté –añadió ella.

–¿Y cómo se hizo rico usted? ¿Supongo que no sería trabajando? –se interesó José Luis, el aviador apagafuegos.

–Hombre, mi trabajo me costó enamorar a Mariluz, hija única y heredera universal de una familia muy rica de la provincia –respondió don Baldo dibujando una sonrisa de pícaro.

–Eso en mi pueblo se llama braguetazo –dijo el aviador.

–Se llamará así, pero creame que, además, el dinero requiere un esfuerzo de conservación y reclama una tarea de aspa constante, complicada y laboriosa.

–¡Andaya! Pobres millonarios, cuánto sudan –ironizó el apagafuegos.

–Pues si, sudor mental, intelectual si le parece mejor –replicón don Baldo antes de informar al amigo de la tarea de poner el dinero a trabajar. En su caso, multiplicó la fortuna. No dijo por cuanto, pero estimulado por doña Macarena contó cómo nada más enterarse de que una empresa francesa de automóviles se disponía a instalar una fábrica en su ciudad, se dedicó a conocer a sus directores y directivos, se informó de sus necesidades industriales y, de acuerdo con ellos, enseguida armó una pequeña factoría de componentes para los coches. La marca tuvo éxito y don Baldo fue ampliando más y más su producción hasta convertirse en uno de los principales suministradores de componentes mecánicos, eléctricos y electrónicos de aquella empresa automovilística en nuestro país y en el extranjero. Y puesto que las tripas de los coches se deterioran mucho antes que la chapa y el motor, la fábrica de don Baldo experimentaba una demanda de repuestos extraordinaria para cientos de talleres en España y allende las fronteras.

–Joer, pues va a ser cierto que los ricos también sudan, por la cabeza –concedió el aviador apagafuegos.

–Hombre, tampoco hay que generalizar, que cada persona tiene su personalidad y su forma de sudar –puntualizó don Baldo.

–¿Sobre cuantos obreros llegó a sudar usted? –le preguntó Manuel, el espía.

–Así, a bote pronto, diría que mil doscientos o algunos más si sumamos los peones de las fincas de trigo, cebada, lino… En los mejores tiempos llegamos a hacer tres turnos al día en la fábrica.

–¿También cultivaban lino? –se extrañó Manuel.

–Carecía de utilidad, pero con la subvención de la Pac era más rentable que el cereal. Luego se quemaba y fuera. Todo iba bien si no hubiera sido por un gobernante castellano-manchego, un pureta con mucha labia que denunció las quemas de lino en las supuestas instalaciones de transformación.

–¡Menudos terratenientes sinvergüenzas! –exclamó el espía.

–Sin ánimo de huir de la quema, su comentario me obliga a puntualizar que las tierras eran de mi esposa y ya entonces estábamos divorciados –se exculpó don Baldo.

La conversación derivó hacia la resignación de la mayoría de los senior, que desvivían con el cinturón apretado y se conformaban pensando que no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita. Pero el aviador apagafuegos aventó la brasa preguntando a doña Macarena cómo había recibido ella el braguetazo.

–Con mucho gusto –respondió con tono distante.

Sin embargo, la curiosidad de otros seculares (“cuenta, cuenta”) acabó ablandando a la septuagenaria y entonces contó que su Miguel era un hombre muy listo, un joven que aprobó las oposiciones de abogado del Estado y le dieron plaza en el sur, “en la delegación de Hacienda de mi demarcación provincial”. “No creo yo que a estas alturas se enfade si les cuento lo que él comentó a algún amigo íntimo: que la práctica papelística del Estado le aburría soberanamente, así que se dedicó a buscar en los listados de Hacienda a los contribuyentes más ricos, se fijó en mi familia, cargó su tarea sobre otro abogado del Estado destinado en el mismo negociado y se dedicó a ligar conmigo. Se hacía el encontradizo, acudía a los mismos lugares, boites y fiestas a los que yo iba, se hizo amigo de mis amigos y amigas y al final consiguió lo que buscaba; sin ser alto ni apuesto me ganó con su labia, simpatía, atenciones y detalles”.

Igual que don Baldo, aquel Miguel utilizó el capital del braguetazo para instalar gasolineras, primero flotantes y después en tierra firme. Con el suministro de carburante a barcos y vehículos terrestres activó el aspa multiplicadora y consiguió una gran fortuna. Ni que decir tiene que los progenitores (ricos y famosos terratenientes y bodegueros) de doña Macarena se sentían felices de disponer de un alto funcionario del Estado (en excedencia) al servicio de sus intereses materiales.

–Viajábamos mucho –prosiguió la septuagenaria–, visitamos los lugares más exóticos e interesantes del planeta, lo pasábamos estupendamente, creo que llegué a enamorarme y nos quisimos muchísimo. Pero su ambición le empujó a meterse en el terreno embarrado de la política. Para un espíritu tan inconformista como el suyo, el dinero era una herramienta necesaria para emprender proyectos y conseguir mejoras individuales y colectivas, pero lo importante era el poder. Tener y mandar acabó siendo su lema. Y ya con la adicción política en el cuerpo acabamos siendo visitantes el uno para el otro, pues se convirtió en jefe de prospectiva económica de la dirección del partido conservador, diputado, ministro y más alto todavía: eurodiputado y comisario.

–Eso si que es subir –afirmó el aviador– ¿Y usted, don Baldo?

–Yo no pasé del nivel de director general.

–¿De qué, si se puede saber?

–De la Guardia Civil.

–¡Jo, eso si es poder! –exclamó el aviador.

Traviesos, trastos, saltabardales

Cuentos y descuentos del sábado (27-07-2024).–Luis Díez

Los peques hacían travesuras, ideaban bromas, protagonizaban trastadas. Y los seculares del palmeral de la playa se las contaban unos a otros entre sorprendidos, irritados o regocijados, según los casos. Relató doña Pilar, labios de cereza, cómo su nieta de diez años, más lista que el hambre, se juntaba con otros saltabardales y se dedicaban a hacer trastadas. “Ayer consiguió mosquearme de verdad”.

–¿Qué pasó? –se interesó don Baldo, el millonario.

–Se fueron en plan safari y se dedicaron a cazar moscas y meterlas en un bote. Ni se imagina para qué.

–Usted dirá –la animó don Baldo.

–Las pincharon en un cactus muy hermoso que adorna la puerta de casa.

Varios seculares se rieron.

–Cuando salí esta mañana y vi la planta… ¡Qué susto! Menuda pena.

Las risas arreciaron.

Entonces don Pepe, que había sido arquitecto, contó que su nieto Willy era un auténtico prodigio de las comunicaciones. “Con solo nueve años agarra el teléfono de su abuela y es capaz de aligerarle la cuenta del banco, la tarjeta de crédito y los fondos asignados a Paypal. “No sé cómo consigue averiguar las claves de seguridad, pero lo consigue y paga suscripciones de juegos on line, bastante caros, por cierto.”

–Es el sino de los tiempos –afirmó Manuel, el espía–; dese cuenta de que ellos son nativos digitales y nosotros acabamos de llegar a su tribu del nuevo mundo.

Las travesuras de Willy, el pequeño jáquer, tenían más recorrido (contable), pero el profesor Manises se interpuso diciendo que su pequeño Juanito le había dejado con la palabra en la boca. “Entra por la noche en mi despacho y perpetra averías; ayer me quitó la barrita de tinta del Pilot y esta mañana, cuando agarré el estupendo bolígrafo para anotar una idea y una adivinanza antes de que se me olvidaran, venga a dar al botón una y otra vez y la punta no salía”.

Más risas.

–Vamos, que el granujiya me dejó con la palabra en el pico, del bolígrafo –remató el profesor.

–¿Qué adivinanza era esa? –se interesó don Víctor, que hablaba con literatos del pasado.

–Una adivinanza de invierno –dijo el profesor–: llueve, hace frío, no hay taxis. ¿De qué parte de la gramática estamos hablando?

–De la sin…taxis –respondió don Víctor.

–Apúntese una.

–Con su bolígrafo, imposible.

Entre risas, el aviador apagafuegos dijo que para avería gorda, la de su nieto, el pequeño Jon. Contó que una vez echó una botella de detergente líquido de fregar los platos en el depósito de gasolina del Mercedes.

–Arranqué el coche, lo saqué del garaje, pero a los doscientos metros empezó a toser y a soltar espuma… por la boca. ¡Una ruina!

–Si no estoy equivocado, su Jon va para mecánico –aventuró el profesor Manises.

–O para empleado de la limpieza. El muy gandul reconoció la trastada, pero se justificó diciendo que solo quería limpiar el motor. ¡Qué niño!

–A propósito de mecánicos –intervino doña Pilar–, a mi Yago le puede la curiosidad: desarma todos los mecanismos a ver qué tienen dentro. Ya cuando era un renacuajo agarraba los vasos con agua y los ponía boca abajo para ver qué pasaba. Luego te preguntaba por qué se caía el agua. Con las cajas de música hacía lo mismo: las destrozaba para ver donde guardaban las canciones. Y así sucesivamente. Transistores, relojes, mandos a distancia… El cabroncete no deja títere con cabeza.

–¿A que con el teléfono de la abuela no se atreve? –se interesó Manuel, el espía superviviente.

–Me lo arrebata para luchar contra zombis y marcianos, pero, de momento no le ha dado por desarmarlo. Por cierto, tengo la impresión de que se está volviendo adicto a los juegos on line. Su padre le corrige, se desespera…, pero su madre le deja el móvil y le permite jugar todo lo que quiera con tal de que la deje en paz.

Don Víctor volvió a la carga sobre todo ese mundo virtual que está desvirtuando, dijo, a las nuevas generaciones. Pero el millonario don Baldo, sin negar los efectos ignotos de la interconexión digital y la apabullante mundialización del conocimiento al instante, sostuvo que esos avances científico-técnicos están moldeando a una gente nueva más libre, más informada, más lista y mejor que la vieja.

–Aristóteles dijo que un burro voló, puede que sí, puede que no –terció el aviador.

–Traviesos y saltabardales o como mi pequeña Olivia, ordenada, obediente, sociable… más buena que el pan, lo importante es que se eduquen bien, adquieran el saber para vivir y sean felices –opinó don Rafa, que había sido mecánico de trenes de largo recorrido a gran velocidad.

Los demás le dieron la razón y Raquel, la bióloga, exclamo: “¡Con lo que se les quiere!”

Patriota ille

Cuentos y descuentos del sábado (20.07.2024).–Luis Díez

Tuvieron suerte: les tocó un vagón con aire refrigerado. Como de costumbre, Marisa preguntó a Fiol a qué dedicaba la jornada de aquel caluroso julio capitalino, a lo que el amigo y antiguo compañero de estudios le respondió que iba a la Biblioteca Nacional a documentar una observación.

–¿De qué observación se trata? –quiso saber ella.

–Supongo que te has fijado en que este es un país lleno de patriotas, un lugar donde la gente ama tanto su patria que compite en demostrar a cualquier hora y en todas partes más amor que el prójimo hacia ella mediante la exhibición de banderas y el lucimiento de los colores de la enseña nacional en los utensilios más diversos: coches con pegatinas, relojes, pasadores de corbata, pulseras, gemelos en las camisas, insignias en las solapas, cinturones, tirantes, bolígrafos, mecheros… ¡Qué se yo! Incluso una vez vi a una chica en bragas de colores de la enseña nacional.

–Y un toro, supongo –añadió Marisa con ironía.

–Hasta ahí no atisbé.

–Pues no olvides las bufandas, cintas de sombreros, sombrillas… Y ten en cuenta la música del himno nacional en los timbres de los teléfonos –agregó la amiga, siempre presta a completar las observaciones del rico estudioso de nuestro tiempo.

Fiol, que se había quitado las gafas de sol y el sombrero de ala corta que usaba para pasear tomó nota mental del apunte de Marisa, quien agregó:

–Asistimos a una inflación de signos bastante asquerosa; no sé si es amor o postureo.

–Eso es lo que intento aclarar –dijo Fiol antes de referirse a aquellos veranos en los que la noticia principal eran las “guerras de banderas” en las fachadas de los ayuntamientos del norte.

–En un país como el nuestro, compuesto de hijos y nietos de expatriados republicanos, patrias históricas y medias patrias, el asunto tiene su complejidad. Los vascos, catalanes y gallegos poseen sus banderas nacionales por ser nacionalidades históricas y, como buenos patriotas, millones de catalanes y vascos (los gallegos menos, dada su idiosincrasia volandera y emigrante) compiten en demostrar su querencia patriótica. Muchos, la mayoría de los que exhiben la bandera nacional del conjunto del Estado, suponen que esos nacionalistas históricos desquieren a España por querer a sus patrias, y ya está el lío, el conflicto, el odio a flor de piel.

–Con razón dicen que las banderas dividen a las gentes en bandos –recordó Marisa.

–De ahí la necesidad de informar, enseñar y transmitir tolerancia y bondad, algo que los líderes políticos, salvo excepciones, no suelen hacer.

Recordó Fiol cómo antes (hasta la última década del siglo XX) se obligaba a los jóvenes sometidos al servicio militar obligatorio a “jurar bandera” con el compromiso de dar “la vida por España”, una fórmula bárbara que fue modificada por un ministro de Defensa llamado José Bono.

–Como supongo que para explicar tus observaciones sobre las banderas tendrás que remontarte a los Reyes Católicos, tan religiosos ellos, podrías averiguar, de paso, por qué rayos esos banderistas españoles, no menos católicos ni apostólicos, desprecian y atacan a las personas inmigrantes –sugirió Marisa.

–A los inmigrantes, las mujeres, los gays… Cuanto más abanderados, más peligrosos. Pero en lo atinente a los inmigrantes tengo la impresión de que estamos ante una táctica política tan cruel y falsaria como siempre: primero meten miedo y luego se presentan como salvadores frente a los malos, que son muchos, muy pobres y vienen a invadirnos. Esos patriotas luciferinos siempre buscan enemigo. Antes venían los rojos (socialistas, anarquistas, comunistas) y te quitaban la vaca (colectivizaban los bienes privados) y ahora vienen los inmigrantes y te lo quitan todo, el puesto de trabajo, la novia y hasta la religión y la patria si no les votas a ellos para pararles los pies.

–¿A quién pretenden engañar?

–Hay mucha ignorancia, hermosa.

–Y demasiada crueldad… ¡Mi estación!

–Que tengas buen día. ¡Siempre nos quedará la roja!

Calderón de la patera

Cuentos y descuentos del sábado (14-07-2024).–Luis Díez

Llegaba don Víctor Márquez hablando solo al palmeral de la playa donde se congregaban “los seculares” al atardecer a contemplar la puesta de sol y conversar. Desde que doña Raquel, la bióloga, dijera que aquel hombre “hablaba con la microfauna”, algunos le lanzaban miradas a las orejas y, al no descubrir el adminículo de comunicación inalámbrica a distancia, murmuraban: “Pues va que sí, que el amigo Víctor habla con los mosquitos”. Entonces José Luis, el aviador apagafuegos, le preguntó:

–¿Con quién venía hablando, Víctor?

–Con Calderón de la Barca –dijo él.

–¿El de La vida es sueño? –terció el profesor Manises.

–Correcto, un tipo con una vida muy interesante, un dramaturgo genial y un soldado valiente, siempre al servicio de la aristocracia y de los reyes de España.

–También fue clérigo –añadió el profesor de segunda enseñanza.

–Cierto, y muchos disgustos se llevó por las descalificaciones y censuras de los superiores de la curia contra sus obras más populares. Tenga en cuenta que estamos hablando del sucesor de Lope de Vega en el trono de los dramaturgos del Barroco.

–Pues yo creo que se equivocó en el título de su famosa tragedia –opinó don Santiago, que había sido churrero y respiraba con dificultad.

–¿Por qué dice eso? –se interesó Víctor.

–Porque de sueño nada, la vida es una putada –afirmó Santiago.

–Sin atreverme a negar sus razones, le puedo decir que también fue puñetera para él, hasta el extremo de tener que refugiarse en la embajada de Austria para librarse de la pena de muerte tras haber sido acusado de asesinato. Era habitual entonces (siglo XVII) batirse en duelo a vida o muerte para vengar ofensas, lo cual, dígase así o de otro modo, constituía una gran putada. Ahora, los más famosos autores del espectáculo contemporáneo de mayor popularidad, el fútbol, se limitan a darse patadas. Duele, quedan perniquebrados –mira lo que el grandullón Kroos hizo a Pedri–, pero ya no te juegas la vida al competir. Volviendo a La vida es sueño…

La voz cantarina de la bióloga Raquel le interrumpió recitando aquellos versos del primer monólogo de Segismundo:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son”.

Los seculares aplaudieron y don Víctor Márquez retomó el hilo.

–La vida como sueño –dijo– no deja de ser un tópico de muchas religiones, pero en el “drama filosófico”, según la definición Menéndez Pelayo, Segismundo ha de resolver el conflicto entre el destino y la libertad. El desenlace eleva el autodominio a la categoría de virtud y el príncipe o primer heredero acabará haciendo de la necesidad virtud.

–¿Y a usted le parece bonito ir por ahí hablando con alguien que ya no existe? –incidió el aviador apagafuegos.

–Una cosa es que no se pueda mover de la pesada estatua que le pusieron en la plaza de Santa Ana de Madrid, frente al Teatro Español, y otra que no exista. La vigencia es existencia, amigo José Luis. Y sí, claro que es bonito hablar nada menos que con el dramaturgo que ideo y creó La Zarzuela. Ya le he dicho que tiene una vida apasionante, combatió contra los secesionistas catalanes en 1640, fue herido en una mano, pasó mucha hambre en el cerco de las tropas enemigas a Tarragona, perdió a su hermano –herido en una pierna en la batalla de Barcelona–, viajó a Madrid a informar al conde-duque de Olivares del rechazo de los sitiadores de Tarragona el 20 de agosto de 1641, pero se incorporó de nuevo a la lucha como cabo de escuadra de caballería de los guardas reales que fracasaron en el intento de tomar Lleida.

–Se ve que le gustaba la bronca entre aquellos jichos de la nobleza, tan fanáticos y empalagosos como los líderes de hogaño –dijo el aviador apagafuegos.

–Pues fíjese usted, sin dejar el teatro se metió a soldado porque, como ocurre ahora, la escritura no da para vivir dignamente. Por lo demás me ha contado que los riesgos en la Corte eran casi tan altos como en el frente. Con decirle que aquel mismo año de 1640 cayó herido de una cuchillada en una disputa durante el ensayo de una obra suya para los carnavales en el palacio del Buen Retiro.

–Pregúntele si le gustaría que en vez de la Barca le llamaran de la Patera o el Cayuco –abundó el aviador apagafuegos “en modo” tocapelotas.

–Me parece una pregunta insidiosa, señor de sombrero arrugado, pues cada uno es hijo de su madre y su padre. Ahora bien, si desea su opinión ante el fenómeno de la inmigración o el exilio económico y vital, le puedo anticipar su respuesta comprensiva, humanitaria hacia quienes se juegan la vida y en su mayoría la pierden en su huida del hambre, la miseria, la enfermedad, el despotismo, la violencia… Lo deseable y posible si la Europa desarrollada quisiera sería un progreso justo de los países africanos que tanta crueldad y penuria soportan.

El aviador aceptó la respuesta y manifestó su acuerdo con don Víctor, pues no en vano había intervenido en muchas operaciones de salvamento de inmigrantes en el Atlántico y el Mediterráneo. La próspera Europa de los ciudadanos acomodados no estaba haciendo sus deberes. Pero antes de que la conversación se desviara hacia baile de máscaras de la política internacional, inquirió doña Pilar desde sus labios de cereza:

–Me pregunto por qué habla usted con Calderón. ¿No tiene suficiente entretenimiento con lo que está pasando?

–Pues mire, hablo con el dramaturgo para hacerle una entrevista. Suelo hacer una al mes y me faltaba ese genio del Barroco.

–¡Anda qué bueno! ¿Y a quién ha entrevistado hasta ahora? –quiso saber Raquel.

–Uff, a muchísimas gente de mérito, comenzando por Miguel de Cervantes, Julio Verne, Sartre, Baroja, Mark Twain, Miguel Hernández, Larra, Antonio Machado, Jovellanos, Pablo Iglesias, Charles Darwin, Ortega y Gasset, Manuel Azaña… Así hasta cuarenta.

–Vamos, que conversación no le falta –zanjó Santiago el churrero.

–Ni compañía, tampoco.

Por un beso

Cuentos y descuentos del sábado (06-07.2024).–Luis Díez

Al atardecer de aquellos días de julio se les veía caminar con sus sillas plegables hacia el palmeral de la playa, donde se sentaban, conversaban y contemplaban la puesta de sol. Eran gente mayor. Les llamaban “los seculares” porque entre todos sumaban más de ocho siglos y porque venían del siglo pasado. Puesto que a determinada edad todo son goteras, las disfunciones, dolencias, enfermedades y averías corporales dominaban sus conversaciones. Quien más quien menos era crónico, se hallaba cronificado y andaba con su pastillero y su agenda de citas sanitarias siempre a mano. Con todo, en ocasiones se contaban vivencias y episodios, pasajes de la memoria que reverdecían de pronto como esos cardos borriqueros que brotan en el empedrado.

–Con lo que yo he sido y ahora mira, apenas me valgo por mí mismo –se quejaba el del sombrero de tela arrugada.

–¿Pues qué ha sido usted, José Luis?

–En lo profesional, bombero aeronáutico. Anda que no he apagado incendios forestales durante treinta años a los mandos de los Canadair-215 de mayor capacidad, unas botijas de cinco mil litros de carga, después mejorados por la también canadiense Bombardier.

–Vuelos de alto riesgo, imagino –decía doña Raquel.

–Supongo que sí, pero mucho más divertidos que manejar un autobús aéreo.

–Imagino que sufriría algún accidente en esos vuelos tan peligrosos –incidía Raquel, que era bióloga, conservadora de especies en extinción y observadora de animales.

–Imagina bien, pero sólo en una ocasión perdí el avión en un amerizaje tormentoso durante una operación de salvamento marino. Mala suerte.

–¿Y qué más ha sido usted? –incidía don Manuel, que gastaba sombrero tirolés con pluma de pavo real inclinada hacia la oreja izquierda.

–Pues mire, en lo deportivo llegué a campeón de marcha campo a través en la competición internacional del Miño al Bidasoa, que ya son kilómetros por montes, caminos, playas y hasta senderos de lobos.

–Aquello sería hace mucho.

–Nos ha jodido… La competición ya ni existe. ¿Y usted, Manuel, qué proezas se ha anotado?

–Ninguna que pueda reseñar; con sobrevivir me doy por satisfecho.

–Diga usted que no, que ahí donde le ve, con la patata averiada, aquí, el espía, las ha pasado canutas –terció Pilar, una mujer de cabello coloreado y labios color cereza.

–Perdona, cariño: ¿Cuantas veces te he dicho que no me llames espía sino agente de inteligencia?

–Bueno, aquí el agente secreto salió vivo de milagro de la emboscada que les tendieron los espías iraquíes amigos de Sadam Hussein en 2003, después de la guerra de ocupación del país. Él y otros tres colegas iban a relevar a los cuatro agentes de inteligencia asignados a las bases militares españolas y centroamericanas en el sur de Iraq. Los mandos decidieron enviarlos dos meses antes para que conocieran el terreno. Los cuatro compañeros que iban a ser relevados les esperaban en Bagdad, les presentaron a algunos contactos y les llevaron a saludar a los mandos de la coalición militar ocupante, ya encabezada por el gobernador Paul Bremer, un tipo ambicioso y nefasto. Después de almorzar, emprendieron viaje al sur, a los cuarteles militares en dos vehículos todo-terreno. No llevaban protección ni armas largas, así que se convirtieron en un blanco fácil para los enemigos que les estaban siguiendo y que les ametrallaron desde un cadillac cuando salieron de Bagdad y tuvieron que desviarse por una carretera secundaria porque la autopista estaba cortada. Los agresores sacaron a tiros de la carretera a un todo-terreno. Acabó en un charco de lodo. Los que iban en el otro coche pararon para socorrerlos, pero poco pudieron hacer con las pistolas reglamentarias contra el fuego de ametralladora y las granadas de mortero que les disparaban desde unos edificios cercanos. Manuel consiguió cruzar la carretera, corrió hasta un poblado a pedir ayuda…

–¡Joder, Pilar! –Protestó el aludido antes de añadir–: Como dijo el Borbón demócrata y gandul: “¿Por qué no te callas?”

–Pues como dijo el que dijo, no he de callar por más que con el dedo silencio ordenes o amenaces miedo –replicó labios de cereza.

–Eso fue el presidente venezolano Hugo Chavez –dijo el bombero aeronáutico.

–Francisco de Quevedo, si no le importa –precisó el profesor Manises.

–Sea como fuere, la cosa es que aquí, Manuel, se vio rodeado por un grupo de gente encolerizada que salía de una mezquita cercana, lo zarandearon, le golpearon, le arrebataron la pistola y entre gritos de venganza se disponían a lincharle. Trataban de maniatarlo y meterlo en el maletero de un coche cuando un hombre se abrió paso entre la muchedumbre, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Entonces los agresores le soltaron, cesó el vociferio y la multitud se dispersó. Pero si no llega a ser por aquel beso de un hombre con mucha autoridad, un imán, mi Manuel estaría ahora como sus siete compañeros, criando malvas. Aquel gesto de amistad entre los árabes le permitió alejarse en un taxi, pero cuando, media hora después, volvió con la policía de Latifiya al lugar donde fueron atacados, los todo-terreno estaban ardiendo y los siete compañeros yacían muertos.

–Me pregunto si hubo responsables directo de los fallos que costaron la vida a los siete agentes y provocaron el mayor descrédito desde el 23-F del llamado “servicio de inteligencia” del Reino –dijo el aviador apaga fuegos.

–Responsables directos, seguro, aunque enseguida elaboraron un informe que atribuía la responsabilidad al colectivo. Lo que sí quedó claro –añadió labios cereza– fue la autoría intelectual de esa y otras masacres terribles.

–¿Quién, si se puede saber?

–No hace falta buscarlo en desiertos remotos ni montañas lejanas; con mirar la foto de las Azores, seguro que lo encuentran.

Amenidades

Cuentos y descuentos del sábado (22-06-2024).–Luis Díez

Aquella mañana las nubes descargaban sus buches sobre la ciudad cuando Marisa y Fiol coincidieron en la boca del metro. Cerraron sus paraguas, se dieron los buenos días (por darse algo) y ella le preguntó a qué dedicaba la jornada de hoy, pues es sabido que el amigo y otrora compañero de estudios era rico de familia y no necesitaba trabajar por un salario.

–A conocer personas amenas y divertidas del pasado –le contestó él.

Ella dibujó una mueca de extrañeza.

–¿Del pasado? No me explico cómo vas a conocerlas si están muertas.

–Por referencias de otras vivas –le aclaró Fiol.

–¿Por ejemplo?

–Pues mira, hoy toca vascos; he quedado con dos ancianos, el primero, don Enrique Herreros (hijo), amigo del donostiarra Álvaro de Laiglesia, uno de los escritores más divertidos del siglo del átomo…

–No he leído nada suyo –le interrumpió Marisa.

–Eso es porque sus novelas no han sido reeditadas; probablemente los especialistas de Planeta entienden que el surrealismo humorístico pasó a la historia y no vende. Pero una buena selección de relatos como Se busca rey en buen estado (1968) y muchos otros mantienen su vigencia y tendrían éxito.

–Me lo apunto por si en las librerías de lance y ocasión encuentro algo.

–Escribió muchas, muchísimas novelas, a dos por año en los cincuenta y sesenta. Tenían tanto éxito que hasta los frailes las leían, como pude comprobar cuando me metieron interno en el colegio de los carmelitas. Para mí fue todo un descubrimiento.

–¿Ah, sí? Cuéntame –se interesó Marisa.

–Los frailes convocaban cada año unos ejercicios espirituales. Eran tres días terribles de silencio obligado. A cambio nos abrían su biblioteca, unos aparadores enormes entre los ventanales de la segunda planta del claustro, para que cogiéramos libros de vidas de santos. Entonces encontré uno titulado Caca nene que, por el apellido del autor, Álvaro de Laiglesia, supuse que era de un beato bueno. Resulta que era buenísimo, el libro. Me lo pasé bomba desde la primera página. Pero claro, se ve que un chaval con el semblante alegre y sonriente llamaba la atención entre aquel grupo de escolares de menos de catorce años que se aburrían como ostras vagando por aquellos patios con sus libros izados a la altura de la cara mientras con la mirada buscaban alguna piedra, algún trozo de ladrillo o de cemento al que pegar patadas. Y entonces el fraile celador me descubrió, examinó el libro y me lo quitó. A pesar de eso, el divertimento me duró dos días.

Bajaron despacio la escalera y apuraron la conversación en una orilla de la encrucijada de pasillos que conducían a los andenes inferiores de las distintas líneas del metro. Marisa consideró lógico el deseo de Fiol de obtener referencias de quien le proporcionó en su infancia unas horas de amenidad en aquel piélago de aburrimiento de los ejercicios espirituales.

–¿Y quién es la segunda persona? –preguntó a Fiol.

–La segunda es don José Prat; quiero que me hable del que fuera su jefe y amigo en el Ministerio de Guerra, Indalecio Prieto, al que, por abreviar llamaban don Inda.

La conversación quedó ahí, ya que, de pronto, llamaron su atención las protestas e imprecaciones de los ciudadanos contra el señor alcalde y la señora presidenta regional.

–¿Qué está pasando? –se dirigió Fiol a un señor muy enfadado.

–¡Que venga el enano a inaugurar ese pantano! –respondió el hombre a voz en grito.

El metro se había inundado, el agua embalsada amenazaba con llegar a los andenes y, lógicamente, los trenes no funcionaban. El hombre que les informaba tenía, como muchos usuarios, un enfado de bigotes.

–En vez de dedicarse a proferir chorradas contra el presidente del Gobierno –les dijo en lo que subían la escalera–, el enano de Cibeles y la hija de la fruta deberían ocuparse del funcionamiento de los servicios públicos, que para eso cobran tanto o más que el presidente.

Estimó Marisa que un punto de razón llevaba el hombre enfadado, pues las inundaciones del metro eran recurrentes, sin que a lo largo de los años sus titulares y gestores hubieran hecho cosa alguna para evitarlas. Abrieron sus paraguas y se despidieron en busca de otros medios de transporte.

Unos días después, Fiol refirió a Marisa una anécdota de Álvaro de Laiglesia, según la cual la censura rechazó una portada de la revista humorística La Codorniz que él dirigía y en la que el pintor Herreros (padre) había puesto la Venus de Milo con un campamento militar a sus pies. “¿Qué tiene de malo o censurable?”, preguntó el humorista. Los censores contestaron que la Venus aludía a Muñoz Grandes imponiendo su poder en el Ejército. Ellos también se creían graciosos.

Y sobre el dirigente socialista Indalecio Prieto le contó numerosas anécdotas, entre ellas, la vez que pidió a sus colegas diputados que se callaran mientras hablaba el filósofo José Ortega y Gasset: “¡Silencio, habla la masa encefálica”. O a propósito de iglesias, la vez que en campaña electoral visitó un convento de monjas y nada más entrar en la capilla olfateó unas flores que allí había y afirmó: “¡Qué aroma tan delicioso!” Las flores eran de tela, pero el esmero de don Inda en agradar le llevaba a esos extremos.

La casa del fin del mundo

Cuentos y descuentos del sábado (15-06-2024).–Luis Díez

Robert Bau solía poner nombre propio a las cosas. Llamaba Botones a su flamante coche eléctrico que ya pensaba cambiar por otro de hidrógeno, más moderno. Su frigorífico era don Pepito, el pequeño robot-escoba que circulaba limpiando la casa se llamaba Liborio, al sistema de aire acondicionado le decía Propicio y a la calefacción de gas, Ramona. Entre otras designaciones había bautizado a la cocina con el nombre de Gargantúa, el horno, Pantagruel; el tostador, don Muelles; el microondas, Milésimo. Paulina era la lavadora, Furia la televisión, Estrella el lavavajillas, Dioni el sistema de vigilancia y alarma antirrobo y, en fin, Helio la instalación eléctrica que iluminaba la casa.

El teléfono móvil de última generación tenía dos nombres, pues Bau le llamaba unas veces Pertinente y otras lo contrario. Con el Pertinente en la mano, Bau manejaba con un solo dedo los distintos sistemas y aparatos interconectados de su moderno chalet situado en Spider Valley (el Valle de la Araña), una zona tranquila, arbolada, alejada del mundanal ruido urbano, donde la burguesía media y alta había ido a plantar sus viviendas.

A Bau le gustaba alardear del poder y la conectividad. Si, por ejemplo, invitaba a amigos o amigas a tomar unas copas al atardecer, se cercioraba de que don Pepito tuviera suficientes refrescos, destilados y fermentados a la temperatura adecuada. Si iban a llegar de noche, pedía a Helio que encendiera las luces del porche un poco antes de arribar para evitar tropiezos. Y, por supuesto, no olvidaba ordenar a Ramona o a Propicio, según los casos, que proporcionaran una temperatura agradable al hogar.

Realizaba esas y otras operaciones a través de Tronk, sin complicarse la vida. Tronk era el control central, una especie de capataz que transmitía las órdenes a los aparatos. Su nombre (del castellano, “tronco”) se inspiraba en la forma de árbol ramificado de la conexión con los aparatos y sistemas digitalizados, a su vez conectados entre sí. Ni que decir tiene que si el frigorífico don Pepito advertía falta de fruta, huevos, leche y otros alimentos, informaba a Tronk y éste se lo hacía saber a Bau con el fin de que encargara la compra si quería.

Ah, se me olvidaba decir que en contraste con las tendencias zoológicas de muchos semejantes, Robert Bau era un tipo pulcro, ordenado, taxonómico, de los de cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Sostenía que la limpieza y el orden son los mejores amigos del hombre, y, para evitar enemigos, carecía de servicio doméstico. Aunque le sobraran posibles para pagar sirvientes, pues era un ingeniero aeroespacial muy cotizado por las empresas de armamento, prefería la domótica a la doméstica.

Al confort de tener la iluminación y la temperatura deseada al llegar a casa, añadía el gusto de mantenerla perfumada y con la humedad relativa del aire adecuada, así como la ropa lavada y seca en la bandeja de Paulina y, por supuesto, gracias a Dioni, que siempre estaba ojo avizor, tenía la certidumbre de que ni ocupas ni cacos irrumpían en su domicilio. Cuando, por razones profesionales, viajaba al extranjero, transmitía las órdenes pertinentes a Tronk para evitar la creencia de que no estaba en casa. Y entonces Tronk se ocupaba de poner música a los decibelios necesarios para hacer saber que había habitantes en el chalet. Si era de noche, Tronk también activaba la televisión y encendía una lamparita de la sala y algunas más de bajo consumo, estratégicamente colocadas para proporcionar seguridad. Téngase en cuenta que las cámaras de Helio adolecían de visión nocturna de precisión.

De este modo, con asomarse a la pantalla de Pertinente y echar una ojeada a Tronk, tenía la certeza de que su casa estaba en orden aunque él se hallara en el norte de Europa, la Costa Éste estadounidense, Oriente Medio, Nigeria, Sudán u otro lugar a larguísima distancia. Tronk era estupendo, eficaz, obediente. Le contaba las novedades y cumplía sus órdenes, fueran verbales o escritas, con rapidez extraordinaria.

Ni que decir tiene que el ingeniero Bau se sentía orgulloso de su capataz o sistema de control de sus aparatos domésticos y elogiaba su comportamiento ante los colegas, sobre todo femeninos. Dicho sea de paso, en más de una ocasión alguna mujer le sorprendía hablando con Paulina para ajustar el gasto de agua y jabón o con Ramona para verificar temperatura.

–¿Esa Paulina es tu esposa? –le preguntó más de una vez su acompañante. Y quien dice Paulina, dice Ramona o dice Estrella (el lavavajillas). Tanto daba. Entonces él soltaba una carcajada y a continuación decía:

–¿Acaso crees que estando contigo iba a llamar a mi mujer, en el supuesto de que estuviera casado?

Y para sorpresa de su interlocutora añadía:

–Hablo con la lavadora (o con la calefacción o con el lavavajillas).

Luego se solía explayar sobre la domótica y el sistema de mando y control de su “chabola”, pues le gustaba sentirse admirado más que amado.

Un plomizo atardecer, las nubes grises se acumularon y chocaron sobre Spider Valley. Los rayos y truenos precedieron al granizo y la lluvia gruesa. Tronk bajó las persianas en cuanto los sensores del vidrio de las ventanas recibieron el picoteo del granizo y las primeras gotas de agua. A continuación cerró el riego del jardín para ahorrar agua. La oscuridad incidió en el eficiente capataz, que como buen controlador central encendió el televisor, puso música y realizó otras conexiones propias de su programación flexible, adaptada a las circunstancias. Dotado de eso que ahora llaman “inteligencia artificial” (y artificiosa), Tronk envió una señal al mando, es decir a Bau, quien la recibió en su Impertinente, pero estaba ocupado.

Una hora después el ingeniero aeroespacial de la industria del armamento constató el aviso de Tronk en la pantalla de su teléfono y pulsó su icono para saber qué tripa se le había roto. Pero el controlador no se dio por aludido. Entonces marcó la clave del control, pero Tronk tampoco respondió: estaba muerto, sin conexión, más tieso que Tutankamón. Bau se empezó a enfadar. ¿Qué burla es esta, capataz? Decidió hablar directamente con el barredor Liborio: imposible. Intentó conectar con Ramona: nada. Marcó la clave de conexión con don Pepito: lo mismo. Ni siquiera el vigilante Dioni daba señales de vida. ¿Qué rayos estaba pasando?

El ingeniero Bau había pasado del cabreo a la preocupación cuando la policía local le informó de que su casa estaba en llamas y los bomberos no habían podido hacer nada para evitar la destrucción casi total, debido a que nadie les avisó a tiempo. ¿Qué había pasado? Control poseía las instrucciones concretas y había actuado correctamente, pero, según parece, los rayos de la tormenta provocaron una sobrecarga en el televisor, haciéndolo estallar y generando el fuego que devoró muebles, ropas, puertas, camas, armarios y cuantos enseres y estructuras carbonizables tenía la casa.

Ni que decir tiene que Robert Bau se hallaba desolado. Su pequeña joya tecnológica se había calcinado en menos de una hora. Destrucción era la palabra. Fue entonces cuando un colega que leía informes secretos le habló de Stanislav Petrov. Pero antes le contó que en 1983 el Reloj del Apocalipsis del planeta se había colocado a tres minutos de la medianoche. La Administración Reagan lanzó unas maniobras militares bautizadas con el nombre de Arquero Capaz. Se trataba de simular ataques a la Unión Soviética para comprobar sus sistemas de defensa. Según escribió el analista de asuntos rusos de la época y jefe de división de la CIA Melvin Goodman, el Kremlin estaba verdaderamente alarmado y preparado para responder, lo cual hubiera significado el final.

La alarma rusa era cuando menos proporcional a la osadía del Pentágono, entre cuyas arriesgadas operaciones estuvo el envío de bombarderos nucleares sobre el Polo Norte para probar el radar soviético y la presencia de buques de guerra en lugares donde no habían entrado con anterioridad, simulando ataques a objetivos soviéticos. Según los informes secretos, el mundo estuvo al borde de la destrucción nuclear. Si se salvó fue gracias a que el oficial ruso que estaba al frente de los sistemas automáticos de detección y control decidió no transmitir a sus superiores la información que situaba a la antigua Unión Soviética bajo un ataque con misiles nucleares estadounidenses. Por suerte, el sistema de control, una máquina programada e interconectada, se hallaba bajo la supervisión del controlador, una persona programada para vivir. Se llamaba Stanislav Petrov.

Agradeció Bau la plática de su compañero y se quedó pensando.

El enfado del general Meodias

Cuentos y descuentos del sábado (8-6-2024).–Luis Díez

Aquella mañana de junio, el filósofo Fiol encontró ciertamente enfadado al general Meodias. Todavía era temprano cuando el viejo oficial de Infantería apareció acompañado de su ganadería (un caniche y dos yorkshires) ante la pastelería donde Fiol solía acodarse en una mesita alta junto a la puerta a tomar un café y fumar un pitillo. El pensador (“observador de la vida”, como él decía) se encargó de los perritos del general jubilado mientras éste agarraba el pan y un vaso de café con leche y salía a echar unos párrafos sobre la actualidad política y económica del país. También deportiva, claro está.

–¿Ha visto usted por donde se descuelgan ahora esos mandrias del Supremo?

–¿A qué se refiere? –respondió Fiol.

–¿Que a qué me refiero? ¡Joder, a que en España ya se puede insultar a los jueces sin que pase absolutamente nada! –dijo el general alzando la voz, visiblemente irritado–. ¿Pues no se descuelgan diciendo que los insultos del bellaco de Puigdemont a la Judicatura no son delito ni cosa que lo valga? ¿No le parece una burla, un escándalo, un sindios…?

Fiol se encogió de hombros. Desconocía la información.

El general le ilustró sobre los improperios del político independentista catalán contra los jueces de los que huyó a Bruselas para no ser encarcelado como los demás miembros de su gobierno autonómico. “El muy cobarde les llamó cuervos togados, a los jueces del Supremo, dijo que eran fieras que se revuelven y enseñan las garras y los colmillos, golpistas a los que se les pone cara de general Pavía. Y ahora resulta que sus señorías no aprecian delito de injurias ni de odio… No me jodas, Marchenita y compañía”.

–¿Pues qué quiere que le diga, amigo Meodias? Eso va a ser que el magistrado Marchena y sus colegas se han vuelto rojeras o han sufrido un ataque de tolerancia ante la crítica. Desde luego, las comparaciones zoológicas no son agradables.

–Son ofensivas, lamentables, injustas… Los propios magistrados lo dicen en el escrito de rechazo de la denuncia de Manos Limpias. Y no, no creo que hayan sufrido ningún ataque de izquierdismo. Lo que pasa es que son cobardes y se cagan la pata abajo.

–Hombre, general, tampoco es eso. Tenga en cuenta que el derecho a la libertad de expresión ampara y permite la crítica, también a los jueces y magistrados. ¿Acaso no ha visto usted al señor Trump tratar de “corrupto” para arriba al juez que dirigió el juicio en el que el jurado le condeno a cuatro años de cárcel por más de treinta actos delictivos?

–Eso es en Estados Unidos.

–Eso es cualquier lugar llamado democracia. Usted me entiende. Y si vamos a ver ¿no tendrían que ser juzgados por injurias, amenazas y odio quienes utilizan su derecho a la libertad de expresión para incitar a la violencia contra el presidente del Gobierno y su partido?

–No extrapolemos, Fiol, que yo estoy hablando de un caso concreto. Bueno, de dos, porque los cobardes de la Sala Penal del Supremo también han rechazado la denuncia contra esa jicha, la tal Nogueras, que les llamó “indecentes”, los citó uno a uno por sus apellidos (Marchena, Llerena, Espejel, Lesmes y Lamela) y dijo que había que cesarles y juzgarlos. ¿Le parece bonito amenazar a unos hombres y una mujer por hacer su trabajo?

–Me parece mal, aunque no por eso hay que empapelar a quién utiliza la libertad de expresión en el debate político. Pero también me parece sucia y fea la acción ratonil de ciertos apéndices de la ultraderecha por prevalerse del servicio público de la Justicia para hacer política reaccionaria.

Disimuló el general su silencio con un sorbo de café y aprovechó el filósofo su falta de respuesta para comentar la gran noticia deportiva de anteayer: el triunfo del Real Madrid en la final de la Copa de Europa. Supuso que el general, como buen madridista, se sentiría feliz y contento por la conquista de la décimoquinta “orejona”, pero éste mantuvo su semblante de enfado.

–No le veo muy satisfecho –observó Fiol.

–Satisfecho sí estoy; lo que me convence menos es que hayan tenido que ser cinco negros los encargados de empujar al equipo hacia el éxito. A este paso, el equipo blanco va a pasar de media mentira a una mentira total.

–No extrapole general, que los colores del fútbol aluden a la camiseta, no a la piel –le aclaró Fiol a sabiendas de que al preboste preconstitucional le resbalaba el dato.

Palestina, Estado libre y soberano

Luis Díez

Tres décadas y un año después de la Conferencia de Paz de Madrid entre Israel y Palestina, nuestro país sigue apostando por la paz en Oriente Medio, ahora con el reconocimiento oficial del Estado Palestino en los términos territoriales de 1967, es decir, mediante el nexo de unión entre Cisjordania y Gaza, eso que algunos ignorantes interesados consideran un lema de Hamas: “Desde el mar hasta el río” (Jordán). La Conferencia de Paz, seguida de los Acuerdos de Oslo, dejaron para la historia, a mayor gloria del presidente estadounidense Bill Clinton, el apretón de manos en la Casa Blanca entre el primer ministro israelí Isaac Rabin y el presidente de la OLP Yasir Arafat. Fue “un día impresionante”, dijo Noan Chomsky al recordar el calificativo de la prensa norteamericana (P.141, ¿Quién domina el mundo?, 2016).

Para los humildes anfitriones designados por Estados Unidos (con la conformidad de las partes) y también para la mayoría de los europeos, aquel “día impresionante” de septiembre de 1993 significó la esperanza de una paz duradera. “Creímos que mediante el diálogo y un gradual aumento de la confianza se crearía una dinámica de paz irreversible que supondría acercar el proceso hacia la solución”, escribió Hilde Henriksen Waage, la comisionada del Ministerio de Exteriores de Noruega que documentó las negociaciones secretas.

Pero la realidad frustró la esperanza depositada en los acuerdos. A Rabin lo asesinaron en 1995, poco después de que el Acuerdo de Oslo II rebajara las expectativas de los palestinos, cuyo presidente Arafat murió en Francia en 2004, antes de que terminara el traslado de los contados ocupantes israelíes de la franja de Gaza hacia los territorios tomados por Israel en Cisjordania. Los acuerdos se convirtieron en papel mojado, ignoraron las resoluciones de Naciones Unidas sobre los derechos de los palestinos, mantuvieron el control militar israelí sobre los territorios de Palestina y no detuvieron la ocupación.

La apropiación territorial por parte de Israel prosiguió hacia el este mucho más allá de la Jerusalén histórica. El nuevo Gran Jerusalén incorporó Maale Adumim, ciudad construida básicamente tras los acuerdos de Oslo sobre tierras ya cercanas a Jericó. El objetivo era romper Cisjordania y acelerar la cantonalización de Palestina. Los corredores hacia el norte y el llamado “muro de separación” (muro de anexión) sobre tierras de cultivo y recursos de agua de las poblaciones palestinas han ido completando el proyecto aislacionista, el apartheid urdido por las autoridades israelís con el respaldo de Washington contra los palestinos.

Sólo en el valle del Jordán la expulsión de labradores palestinos ha sido tan progresiva y constante que de los 300.000 contabilizados en 1967 apenas quedan 30.000 en la actualidad. Y los procesos similares siguen en marcha en otros lugares. Según la recapitulación realizada por Chomsky, “desde que los Acuerdos de Oslo declararon que Cisjordania y Gaza son una unidad territorial indivisible, el dúo Estados Unidos-Israel se ha empeñado en separar las dos regiones y, sobre todo, en garantizar que ninguna entidad palestina tendrá acceso al mundo exterior”.

La política israelí de aislar a los palestinos, privarles de los recursos básicos y rechazar la solución de los dos Estados, se ha visto complementada con sucesivas matanzas en la franja de Gaza, siempre con el argumento de combatir a los “terroristas” (milicias) de Hamas. La operación “Plomo Fundido”, lanzada por el primer ministro Ehud Ólmert el 28 de diciembre de 2008, se prolongó hasta el 18 de enero de 2009 y acabó con la vida de 1.400 personas, de las que 960 eran civiles. El número de gazíes heridos superó los 30.000. Por parte israelí murieron 11 soldados y tres civiles.

La segunda gran operación, ya con Benjamín Netanyahu en el poder, fue bautizada con el nombre de “Margen Protector” y supuso la muerte de cientos de civiles en La Franja a raíz de la irrupción del Ejército Israelí. Los bombardeos y combates se prolongaron durante cincuenta días en julio y agosto de 2014. La mayoría de las víctimas fueron niños y mujeres palestinas. Los atacantes no respetaron escuelas ni hospitales, alegando que estaban siendo utilizados por terroristas de Hamas como escudos humanos.

Aparte las operaciones mencionadas, Israel viene practicando desde 2012 acciones criminales en la Franja. Son operaciones periódicas a las que llaman “cortar el césped” y que curiosamente se saldan siempre con la pérdida de vidas de niños gazatís. Es como si el “carnicero de Gaza”, Netanyahu, y sus socios ultras consideraran viable la solución de un apartheid per omnia seculas, con un control basado en las bombas, las matanzas y el terror de la población. Ante tamaño dislate cabe preguntar si es ese el proyecto de paz del Estado judío con el patrocinio, la complicidad política y la ayuda armamentista de las autoridades de Washington.

Alguien tan poco sospechoso de antisemitismo como Yuval Diskin, a quien Isaac Rabin encomendó los contactos con las fuerzas de seguridad palestinas como parte de los Acuerdos de Oslo y después, en 2005, Ariel Sharón nombró director de seguridad interna (el Shin Bet), escribió hace años (Jerusalem Post, 13-7-2013) que la solución de dos Estados beneficia y conviene no sólo a la causa de la paz sino muy especialmente a Israel. Un Estado para dos naciones supondrá, dijo, “una amenaza existencial para Israel por la aniquilación de su identidad como Estado judío y democrático” que más pronto que tarde tendrá una mayoría palestina.

Las reflexiones de Diskin, el tipo que predijo el triunfo electoral de Hamas en la Franja y ha criticado la política de Netanyahu, poseen el valor de un experto en seguridad, servicios secretos y ciberespionaje (fundó una empresa de ciberseguridad y se asoció con el alemán Piech) que conoce los riesgos de la zona y desea lo mejor para su país.

La evidencia de que un solo Estado acabaría siendo “desde el mar hasta el río” resulta abrumadora, aunque solo sea por razones demográficas. Ni la gran masacre (36.000 palestinos asesinados hasta el momento) perpetrada por el carnicero Netanyahu en respuesta al ataque de Hamas del pasado 7 de octubre, ha modificado la percepción de que un solo Estado es inviable para Israel. La aspiración de numerosos intelectuales y comentaristas políticos israelíes pasa por la solución negociada de dos Estados frente al apartheid de hecho y la consiguiente lucha de los palestinos por los derechos civiles.

El mal humor del carnicero de Gaza contra España por el reconocimiento del Estado palestino junto con Noruega, el otro país anfitrión de los acuerdos de paz de 1993 que pusieron fin a la Intifada, y con Irlanda y Eslovenia, carece de fundamento en la medida en que el propio personaje admitió la posibilidad de un “Estado palestino” cuando llegó al poder en 1996. Su principal estratega político, David Bar-Illan, dijo que si los palestinos querían llamar “Estado” a las zonas asignadas, Israel no protestaría. Y añadió: “Como si le quieren llamar pollo frito”.

La decisión “valiente y digna” del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, uno de los primeros políticos en viajar a Jerusalén para pedir a Netanyahu que parara la masacre era de hecho una de las pocas vías de presión con las que contaba nuestro país para exigir el alto el fuego, la entrada de ayuda humanitaria y la construcción de la paz. Nada que ver con la baba demagógica de las derechas domésticas que han acusado al Ejecutivo de “apoyar” al terrorismo (de Hamas en este caso) ni con las falacias del carnicero de Gaza, agasajado al mismo tiempo por el jefe de la ultraderecha desgajada del PP y caracterizado por su violencia verbal.

Más allá del viaje conjunto a Madrid del primer ministro de Palestina, Mohammad Mustafa, acompañado por los ministros de Exteriores de Jordania, Katar, Arabia Saudí, Turquía, y del secretario general de la Organización de Cooperación Islámica, Hussein Ibrahim Taha, en representación de los países musulmanes para manifestar su agradecimiento a España por “adoptar la decisión correcta en el momento apropiado” ante la “catástrofe de Gaza”, es lo cierto que el presidente estadounidense Joe Biden no ha podido resistir la presión social interna, sobre todo, de la juventud, frente a tanta muerte y destrucción en Gaza y ha forzado al Ejecutivo israelí a detener la masacre.

¿Qué ocurrirá tras el alto el fuego? Lo deseable sería avanzar hacia la mejor solución posible que, según los 140 países que ya han reconocido el Estado de Palestina, sería “la de un Estado de Palestina que conviva junto al Estado de Israel en paz y en seguridad”. Esa aspiración manifestada el 28 de mayo por el presidente español Pedro Sánchez no se desvía un milímetro del deseo de la mayoría de los ciudadanos españoles y europeos.