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C9.-Al quinto sin ascensor

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Pulsan el timbre del portero automático, pero el 5B no responde. Mala señal, piensa Tilo. Merche insiste. Esperan. No hay respuesta. Entonces llaman al 5A. “Suba”, dice una voz femenina antes de que Merche alcance a abrir la boca. Oyen el gruñido del electroimán del cerrojo, empujan la puerta y entran en un portal fresco y oscuro. La escalera de baldosa blanca sobre viguetas de hierro forjado desanima a Tilo, que esperaba encontrar un ascensor y siente la tentación de ahorrarse el sofocón, indicando a su compañera que suba sola. Pero ella le anima:

Un gesto original

–Venga, tira.

A sus cuarenta y pocos años, la subinspectora, delgada, dura y correosa, se mantiene en forma y acepta el esfuerzo físico como quien bebe un vaso de agua. Cuando llega al quinto piso, su compañero acaba de alcanzar el descansillo del cuarto. La mujer que les abrió la puerta está esperando, apoyada en la barandilla horizontal de la escalera. Tilo la oye decir a Merche:

–Si viene de los dominicos no se preocupe: Gabriela ya recibió los papeles de la herencia de su padre y renuncia a su biblioteca y los efectos personales de valor. Aquí tengo el escrito.

–¿Dónde está ella?

–¿Ella? Huy Dios hija…

La mujer hace un gesto extendiendo la mano hacia allá.

–Necesito hablar con ella –le dice Merche.

La mujer, que debe contar más de setenta años de edad, se toma su tiempo antes de contestar.

Tilo se mantiene a la escucha, escalera abajo.

–A ver si me acuerdo como se llama el pueblo ese… Se me van los nombres. Pero, pase –dice indicando la puerta abierta de su apartamento.

Merche la sigue, la anciana cierra la puerta y Tilo se queda a dos velas. Duda entre subir o bajar y esperar en la calle haciendo gestiones. Después de todo, se dice, su compañera es hábil y de lo que no se estere ella no va a enterarse él, así que decide bajar sin prisa y esperarla a la fresca del portal. En la calle aprieta el calor y los mercurios ya deben andar por los treinta grados. Se sienta en el tercer escalón, saca la pequeña libreta de notas del bolsillo lateral de la americana, extrae el teléfono del bolsillo interior, mira el número de la rubia de glaucos ojos, lo marca y activa el geolocalizador. En veinte segundos detecta la señal, la ubica sobre el mapa peninsular: la doctora Cabello está en el norte, en un punto remoto y montañoso entre Asturias y León. Bueno, al menos no ha salido de España, se consuela.

En ese instante se abre la puerta de fuera y Tilo se incorpora. Entra una mujer empujando un carrito de la compra. El inspector la saluda y le pregunta si conoce a la señorita Gabriela, del quinto be, y la mujer contesta que claro que la conoce, “aquí nos conocemos todos”. Le mira de arriba abajo. No hace falta que le diga que es policía.

–¿Para qué la busca? –Le pregunta.

–Soy tío suyo.

–¡Y un huevo!

–¿Qué..?

–Que si tu eres tío suyo yo soy la reina de Hungría, no te jode…

–Bueno, bueno, no se ponga usted así, que no es para tanto, señora.

–¿Que no..? Ustedes, los maderos siempre se equivocan; en este edificio no se vende droga, conque ya puede largarse.

–¿Entonces no sabe dónde puedo encontrar a la doctora Cabello? –Insiste Tilo.

–No señor, y te va a ser difícil encontrarla porque se iba de viaje al extranjero –contesta la mujer, escalera arriba.

Ya en la calle, el inspector sopesa la situación. Tienen dos opciones: ir a por ella en persona o solicitar su detención. Ninguna le gusta. La primera requiere un desplazamiento largo, un esfuerzo suplementario de al menos un día fuera de casa, y la segunda implica encomendar el cometido a esa verde institución cuyo trato deja mucho que desear. En los dos casos ha de consultar a la jefa. Llama a la comisaria y le cuenta las pesquisas y la localización de la interfecta para que decida. Doña Emilia tampoco es partidaria de meter a los verdes en danza, así que tú mismo con tu mecanismo, le dice. Nunca ayuda, sólo da órdenes y pide favores.

Llama a Merche para que abrevie, pero debe de tener el teléfono insonorizado y no contesta. Le envía un mensaje por wasap: “Estoy en el café de la esquina”. Lee el letrero y añade: “El Santa Isabel”. Por un instante se acuerda de Evencio Lanza, un buen tío, ateo hasta la médula, hasta el punto de que se negaba a entrar en establecimientos con nombres de santos y asuntos religiosos. Se apropincua a la barra, solicita una cerveza bien fría y acerca un taburete al trasero. Sonríe al recordar las discusiones de aquel Evencio con el profesor Vintila Horia, un rumano reaccionario exiliado en la dictadura española que trataba de inculcar su dogma teocéntrico en las clases de literatura contemporánea (selectiva) que impartía. “¿Por qué tengo yo que creer en tu dios, habiendo tantos en los que creer?”, le dijo Evencio el segundo día de clase, a lo que aquel Vintila apeló a la escolástica tomista para afirmar que sólo hay un dios verdadero, su dios, porque si hubiera más, consideraríamos dios al mejor y si hubiere dos o más y fueran iguales en grandeza y atributos se confundirían en uno. “¿Y eso cómo se demuestra?”, inquirió Lanza. “Eso se cree”, contestó Horia. Ante lo que Evencio apeló al argumentario de Sexto Empírico y el profesor literato, aquel meapilas acicalado y presumido, argumentó que había más literatura en los santos, los mártires y la religión que en los demás órdenes de la vida. Ya, pero sus clases se fueron quedando sin alumnos y acabó hablando a las paredes. Seguro que aquellos tabiques creen en dios.

Da otro tiento largo a la copa de cerveza. Vuelve a la materia. Mantiene abierto el buscador geográfico de su teléfono móvil y comprueba que el punto rojo, el objetivo, no se ha movido del sitio. ¿Por qué diablos no pueden disponer ellos, los de homicidios, de un helicóptero, un super-puma, incluso un tiger del Ejército..? No hace falta que sea artillado. En una hora caerían sobre el objetivo y asunto resuelto.

Pero no, no disponen de helicóptero, de ninguno de esos cacharros que cuestan un dineral a los ciudadanos. Son máquinas para la guerra, para los altos mandos del Estado, artefactos fuera del alcance de los encargados de preservar la seguridad de los ciudadanos. Así que comienza a sopesar la forma de llegar cuanto antes al punto donde el geolocalizador ha detectado a la rubia de los cloaqueros.

Está consultando los horarios de trenes y aviones cuando el teléfono comienza a temblar. Número desconocido. Lo empuña, toca el símbolo de respuesta, lo acerca a la oreja y oye su nombre en boca de un desconocido.

–Soy el letrado Sonseca, abogado del señor Perrote. Le llamo de su parte.

–Bueno, pues usted dirá.

–¿Sería tan amable de pasar por mi despacho a firmar un documento? Está cerca de la jefatura, en la calle de Santa Engracia.

Tendrá cara el tío, piensa Tilo.

–Oiga ¿no será una reclamación sobre una reunión informativa informal con su tío, el político don Álvaro Poterna Perrote?

–No, en absoluto.

–¿De qué se trata?

El letrado aduce un formulismo sobe la confidencialidad. Se cree muy listo.

–Ya, señor Sonseca, ¿pero puede concretar?

El letrado le dice que el señor Perrote ha decidido demandar por la vía civil al Ayuntamiento por daños y perjuicios a su persona al no garantizar el cierre adecuado de las tapas de alcantarilla y bla, bla, bla.

“A esos tipos sólo les importa la pasta”

–Pues mire, no, ni debo ni quiero ni puedo pasarme por su despacho para aportar ningún testimonio. Ya sabe que hay una investigación judicial abierta sobre la agresión a su cliente, de modo que puede corroborarlo en sede judicial.

El letrado insiste y Tilo le manda a freír espárragos.

Después de colgar sigue con sus cálculos horarios y kilométricos. Pide otra cerveza y se sienta en una mesa esquinada. Unos minutos después aparece Merche con semblante festivo.

–¿Hace una cerveza?

–Vale: un botellín de Mahou y unas aceitunas si es posible.

La vecina septuagenaria de la doctora Cabello se llama Susana Peñuelas y, según Merche, se enrolla como las persianas. Por esa razón y porque le contó algunas cosas interesantes se demoró tanto. La señora Peñuelas recordó el nombre del pueblo en cuanto cerró la puerta de casa. Es una aldea llamada Montoso que ni siquiera viene en los mapas. Resulta que Gabriela recibió una herencia de su padre, que nació y se crio allí entre vacas y murió en Puerto Rico el mes pasado, y quería conocer la aldea, sus propiedades –un chozo, una braña y algunos pastizales de alta montaña– y registrarlos a su nombre antes de marchar a Suiza.

Merche activa la grabación y su colega escucha:

–¿A Suiza nada menos?

–Si, hija si. Y después a África.

–¿Qué se le ha perdido en el martirizado continente?

–Es que es muy buena, muy buena –afirma la señora Peñuelas. Y a continuación se deshace en elogios hacia la joven cirujana que siempre, siempre la ayudaba, le hacía la compra, se la subía, le tomaba la tensión y le vigilaba las constantes vitales…– ¿Qué voy a hacer sin ella? –Se pregunta visiblemente apenada.

Merche intenta reconfortarla:

–Tampoco es usted tan mayor para no valerse por sí misma y bajar a la calle.

–¡Ay dios hija! No son los años, es la artrosis, la patata y otras goteras… Bajar bajo, pero subir los cinco pisos por esa escalera con cuatro o seis kilos de peso en la mano me agota, me canso muchísimo y tardo una hora.

–También puede hacer la compra por teléfono y que se la suban ¿no?

–Si, eso me dijo Gabriela, me anotó los teléfonos de la tienda de ultramarinos de Faustino y del Corte Inglés, pero esos cochinos son careros y encima te exigen un gasto mínimo de cincuenta euros para traerte las cajas a casa. Para qué te voy a contar…

Merche vuelve a la cuestión y la señora Peñuelas le cuenta el plan de Gabriela de viajar a Ginebra desde Oviedo, acreditar su especialidad médica en la sede central de Médicos sin Fronteras y suscribir el contrato, compromiso o como le digan, por dos años prorrogables.

–¿Le dijo a qué país africano la van a mandar?

–Creo que a Sudán del Sur o algo así; aunque hay tantas guerras y tantos refugiados que sólo ellos saben dónde acabará. Ella me dijo que no descartaba el Congo, el Chad, la República Centroafricana, Kenia…, donde más la necesiten. Como dijo Anguita: malditas sean las guerras y los que las provocan.

–¿Es usted comunista?

–¿Tengo cara de fracasada?

–De sufridora tal vez –repuso Merche.

–Debe de ser por la suerte de Gabriela. Una mujer tan instruida y valiosa como ella podría tener una vida cómoda, tranquila, sin incertidumbres, sobresaltos, riesgos ni penalidades. Y sin embargo, ya ves…

–Tiene que haber gente así, gente entregada a los más necesitados.

–A Gabriela la puede el corazón; se ve que en ella pesa más el cromosoma de su padre.

–¿Lo conoció usted?

–No tuve el gusto, pero sé que era dominico y pidió ser destinado a una misión en América Latina. Lo enviaron a El Salvador, donde las pasó canutas y tuvo enfrentamientos muy duros con los militares en el poder. Salió hacia Venezuela, donde también sufrieron la pobreza severa y la represión. Finalmente se asentó en Puerto Rico y se entregó de lleno a la enseñanza superior en la Universidad Central de San Juan.

–¿Me está diciendo que siendo sacerdote tuvo una hija?

–Pues si, como lo oye. Le he dicho fraile, pero no capado.

–¡Joder con los dominicos! –Exclamó Merche.

–Si, hija, con hábitos o sin ellos, todos follan.

Por primera vez durante la conversación Susana Peñuelas esboza una sonrisa. Luego prosigue:

–Se ve que conoció a la madre de Gabriela, una gaditana de bandera, alta y guapa, se prendaron, tuvieron un idilio y la dejó preñada. No colgó los hábitos ni nada parecido porque se ve que en América es frecuente que los dominicos y otras órdenes religiosas puedan tener familia sin desvincularse de la orden aunque no puedan decir misa, pero se comportó como un buen hombre, ayudó a la madre, que se negó a ir a América, reconoció y dio apellido a su hija, cargó con todos los gastos, le dio estudios… Al parecer, era un profesor magnífico, un erudito sobresaliente que tenía un buen sueldo en la Universidad, escribía en los periódicos y disfrutaba de una renta particular gracias a sus libros y artículos. Él compró el apartamento para su hija y ahora, al morir, ya ve, le ha dejado prados y un caserón –ellos le llaman brañas– en su pueblo natal, el Montoso ese.

Tilo dejó a Merche en la puerta de su casa y se orientó hacia el barrio para almorzar con Amali. La noche anterior había preparado un estofado de carne de choto que ahora, después de sacar a Mingus a hacer sus necesidades, se disponía a acompañar con hilos de patatas y zanahorias fritas. De postre se sirvieron helado de yogur con canela, de elaboración propia. Le habría gustado echar una cabezada en el sofá hasta que la música de la telenovela le obligara a ponerse en marcha, pero los trámites pendientes lo impedían. Se despidió de Amali y salió deprisa a coger el autobús. En la parada conectó el teléfono a la oreja y siguió escuchando la grabación que Merche le había pasado de su conversación con la señora Peñuelas.

En un momento de la conversación, ya en plan despedida, Merche manifestó su esperanza en que no le ocurriera nada a Gabriela en esas tierras lejanas.

–Sabe defenderse: maneja técnicas de autodefensa y artes marciales –dijo la vecina–, y si no que le pregunten al sinvergüenza que tiró al subsuelo en plena procesión del Corpus en Toledo.

Tilo reprochó mentalmente a Merche que no le hubiera informado de aquel alcantarillazo, previo al infligido al ejecutivo Perrote, pero se ve que se estaba despidiendo y no se enteró del final de la frase de la señora Peñuelas.

Ya en las dependencias policiales, Tilo se dirigió al gabinete tecnico. El director Verdú no había regresado del almuerzo, pero el pequeño Oliveras, que era, en realidad, a quien buscaba, se hallaba en su sitio, ante una gran pantalla de ordenador, con los cascos puestos. Al verle, retiró los cascos y le saludó.

–Oli, necesito tu ayuda y la necesito ya. ¿Podrías mirar si llegó a algún juzgado de Toledo un atestado de los verdes sobre el atropello de un ciclista en octubre del año pasado? El atestado incluiría una denuncia de parte de la familia del joven atropellado. No me preguntes qué día porque sólo sé que ocurrió un domingo por la mañana temprano. Mira a ver si lo consigues.

–Dame media hora y te digo algo.

El pequeño Oliveras es un haker capaz de colarse en bases de datos con protección al cuadrado. Lo que no consiga él no lo consigue nadie.

Ya en su despacho, Tilo activa el ordenador y redacta a toda mecha el informe de hechos de la mañana, así como la petición de la orden de detención de la ciudadana Gabriela Cabello. Coloca ambos textos en la bandeja de salida del correo electrónico de su señoría doña Gregoria y nada más enviarlos mira el reloj y la llama al juzgado.

–Dudo que venga esta tarde –le dice.

Entonces marca el móvil particular de la juez, que responde al tercer timbrazo.

–Buenas tardes, Goyi, ¿cómo se encuentra?

–Estupendamente. ¿Qué desea, inspector?

–Me alegro; le he remitido un informe sucinto con las pesquisas que nos han llevado a conocer el paradero de la principal sospechosa de la agresión al señor Perrote. La interfecta se halla en un lugar remoto de Asturias y tiene previsto abandonar España, así que vamos a ir a por ella y necesitamos la orden de detención, cuya petición formal también le he enviado por correo electrónico.

–Muy bien, muchas gracias inspector Dátil; me ocuparé de mencionar el caso al nuevo titular del Siete.

–¿Cómo es eso, ya no está usted?

–Por suerte han decidido descargarme de trabajo.

–Me alegro por usted, Goyi, aunque me temo que el nuevo…

Iba a soltar un perjuicio.

–Es un magistrado competente –dijo Goyi–. Por lo demás ya sabe donde estoy –añadió.

Tilo agradeció la ayuda, se despidió y digirió la sorpresa, la segunda de la tarde. Luego trasladó las grabaciones del señor Picatoste y la señora Peñuelas a la carpeta electrónica de pruebas del caso Perrote. A continuación abrió la carpeta del ordenador que había titulado CP y escribió sus observaciones, comenzando por la eventual relación entre la deformación apenas perceptible del reposapies del Mercedes todo-terreno del señor Perrote con el manillar quebrado y el cuadro hecho un garabato de la bicicleta de Juanín y siguiendo por la confirmación de que el señor Perrore era usuario de un coto de caza en los Montes, según había podido confirmar mientras su compañera recibía el jarabe de pico de la vecina de Gabriela.

Se entretuvo después hojeando el informe que le había entregado la comisaria para la reunión del próximo domingo del Observatorio de la Delincuencia. Le tocaba mucho los pies aquella prosa burocrática, de apariencia neutra, insustancial, objetiva, pero rematadamente cínica. Y ya se sabe que “cínico” viene de can, canelo, perruno, que mea y caga en público sin ningún pudor. Conocía aquella técnica. El que manda y paga con el dinero del pueblo dicta lo que le conviene, y luego los llamados especialistas se entregan a la tarea de acumular premisas con las situaciones y los datos convenientes de aquí y de allá (los inconvenientes no) para avalar el resultado deseado que el jefe desea y ordena arropar.

Alzó la vista hacia el correo electrónico. Sin movimiento. El pequeño Oliveras necesitaba más tiempo. Llamó a Merche, concertaron la hora de salida y se largó a casa.

C8.-En busca de la rubia

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

(En el capítulo anterior Tilo y Merche han encontrado al propietario de la furgoneta utilizada por los malincuentes. Es de un panadero de un pueblo de Toledo. Ahora van a recabar su testimonio).

Horno de pan

A las ocho en punto de la mañana, el inspector Tilo Dátil recogió en su Golf (le llamaba Botones) a la subinspectora Mercedes Tascón y pusieron rumbo a Toledo. Al pasar por la plaza Elíptica vio a numerosos braceros esperando que algún contratista se los llevara a trabajar. Pararon en una gasolinera a repostar y cafetearse. Tilo preguntó a Merche si llevaba la herramienta. Afirmativo. Una hora después llegaban a Navahermosa, capital de una próspera comarca vinícola, olivarera, montañosa y cazadora. Circularon por la sinuosa carretera comarcal entre grandes formaciones de robledal. Cruzaron una garganta por la que fluía un arroyo flanqueado por prunos y zarzales, y enseguida llegaron a La Nava, localidad presidida por la vistosa torre mudéjar del Ayuntamiento, en competencia con la más severa, de similar altura, de la iglesia parroquial de la iglesia de San Miguel Arcángel. Pararon, se apearon. Olía a leña quemada. Enseguida vieron el humo de una chimenea cercana y dedujeron que procedía del horno de la tahona del señor Picatoste.

Un joven sentado en un taburete giratorio ante la caja registradora cobraba la bolsa de pastas y la hogaza de pan que se llevaba una mujer. Esperaron a que saliera y le preguntaron por don Juan Picatoste.

–¿Padre o hijo? –Preguntó a su vez el joven.

–El dueño de la furgoneta aparcada ahí afuera –respondió Tilo.

–Entonces, senior –dijo el joven antes de girar el taburete hacia la izquierda de la encimera de tabla barnizada y anunciar a voz en grito–: padre, unos señores preguntan por usted.

El movimiento del joven dejó al descubierto su realidad: no tenía piernas.

A punto de preguntarle qué ocurrió con sus zapatos, asomó un hombre detrás de la gualdrapa de la trastienda. Les saludó. Se identificaron y le preguntaron si podía dedicarles unos minutos.

–Estoy con la hornada, así que pasen si tienen a bien y hablamos dentro.

Le siguieron a un patio interior grande, parcialmente cubierto, un corral en forma de L con un gran horno de cerámica en el centro, coronado por la chimenea de ladrillo que perfumaba la localidad con el aroma prehistórico de sarmientos y troncos secos de olivo ardiendo.

–¿Qué le ocurrió al chico? –Se interesó Merche para romper el hielo.

–Ya lo ha visto, me lo desgraciaron –dijo el hombre, mirando de reojo la boca del horno.

Era un hombre fornido, de más de sesenta años de edad, la cara juanetuda y larga, los ojos de color avellana, grandes y acuosos, la frente adornada por una verruga gris y el pelo tan blanco como la harina pegada a su mandil con peto.

–¿Cómo fue eso? –Incidió Merche.

–Lo atropellaron cuando iba en bicicleta, en octubre hará un año –dijo el panadero con la pala del pan en las manos.

–Vaya por Dios, bien que lo siento –le compareció Merche.

–Gracias, pero deje en paz a Dios; no sé si existe ni me interesa, pero si existe y es todo lo bueno que pregonan, no permitiría que unos desalmados, sin alma, jodieran la vida a un chaval de diecisiete años, una promesa del ciclismo como Juanín.

–¿Es su único hijo?

–Tengo una hija mayor que él –dijo el panadero sin desatender el horno.

–Bueno, ahora hay prótesis avanzadas que facilitan una movilidad aceptable –intervino Tilo.

El tahonero le miró fijamente.

–En ello estamos, pero ¿sabe usted lo que cuestan? Un ojo de la cara. Pregunte, pregunte en Ibor ortopedia o en cualquier otra clínica acreditada y verá.

Tilo evitó interrumpir las explicaciones de don Juan Picatoste sobre rodillas electrónicas, pies con almacenamiento de energía, prótesis de fibra de vidrio y de carbono, nexos de unión del muñón con las piernas artificiales, copolímeros flexibles y sistemas de ajuste variable, pruebas de las prótesis expresamente fabricadas en función del peso, la edad y otros parámetros del usuario, sesiones de reeducación y entrenamiento para caminar, eso que los técnicos llaman kinesioterapia.

–No me negarán que estoy hecho un experto –concluyó el panadero como quien espanta la pena.

A Tilo le gustó.

–En fin, perdonen el rollo –se disculpó–, supongo que no han venido a hablar de esto.

–En la vida, como en el boxeo, no pierde quien cae sino quien no se levanta –dijo Tilo–; hay que seguir peleando a pesar de esos golpes tan duros.

–En esos estamos –afirmó el tahonero sin dejar de sacar hogazas del horno.

–Queremos que nos diga si utilizó su furgoneta para ir a Madrid el domingo –terció Merche–, y si fue así, a qué hora regresó al pueblo.

–¿Así que vienen por el robo de la furgoneta?

–¿Se la robaron?

–Ya le digo. La tenía ahí aparcada al lado de la tienda, como siempre, y cuando fui a echar mano para hacer un recado había desaparecido. Ya es mala sombra.

–Pero usted vive encima del despacho de pan ¿verdad?

Picatoste asintió.

–¿Y no oyó nada? El motor de la furgoneta, me refiero.

–A determinada edad ya no oye uno como antes.

–¿En qué consistía el recado? –Intervino Tilo.

–Llamaron del camping pidiendo más pan, así que llené la cesta y cuando salí a llevarlo me encontré el sitio de Matilde, pero sin Matilde.

–¿Y qué hizo entonces? –Incidió Merche.

–Dos cosas: una, pedir el coche a mi cuñado, que vive ahí a la vuelta, y llevar el pan. Los clientes son lo primero. Y dos: denunciar el robo en el cuartelillo de la guardia civil.

–¿Puede mostrarnos la denuncia?

–Sin problema, la tengo en la chaqueta, ahí atrás; deme un minuto para que acabe de sacar el pan y se enseño.

–Por lo visto, localizaron la furgoneta –añadió Merche.

–Qué va, esos son unos mataos. Sólo mueven el culo por los ricos –repuso el panadero.

–Hombreee –musitó Tilo.

–Claro que la culpa no es suya, sino del teniente coronel de la zona, un corrupto de mucho cuidado que los dedica a poner multas y cuidar la caza de los potentados contra los furtivos. Osease, lo de siempre: proteger a los ricos y joder a los pobres.

–No debería hablar tan mal de los guardias delante de unos policías –sugirió Tilo.

–Hablo de lo que conozco de cerca. Te atropellan al hijo ciclista cuando está entrenando en una carretera comarcal, lo dejan malherido y huyen, escapan como alma que lleva el diablo en vez de parar a socorrerlo; se sabe que a esa hora pasan pocos coches por esa carretera y que la mayor parte de ellos son vehículos semipesados, todo terrenos de cazadores que van escopetados para no llegar tarde a los repartos de puestos en los cotos, y también se saben otras cosas, pero en fin. ¿Y qué hacen los guardias de la zona cuando reciben el encargo de investigar los hechos y localizar a los canallas? Nada, no buscan testimonios, no preguntan en los cotos, no se molestan en revisar los videos de las gasolineras… Por contra, asaetean a preguntas a Juanín en cuanto sale de la anestesia –hasta cuatro interrogatorios de distintos guardias soportó la criatura durante las primera semana de convalecencia– para ver si se contradecía. Que si iba por el centro, que si por la orilla derecha, por la izquierda, que si llevaba señal luminosa detrás, que si delante, que si pedaleaba o dejaba de pedalear. Se ve que no les bastó con el primero ni el segundo interrogatorio, que no tuvieron suficiente con el testimonio del vecino que lo encontró desangrándose en la cuneta ni con las respuestas mías y de su madre.

Tilo miró a Merche sin encontrar palabras.

–¿Y saben qué..?

Los agentes mantuvieron el suspense.

–Tanto se esmeraron en la investigación que ni siquiera quisieron examinar la bicicleta. Ahí la conservo, tal como quedó –añadió señalando a una esquina donde se veía un objeto tapado con una lona verdosa–. Pueden verla si quieren.

Tilo se acercó, desató la cuerda que rodeaba el áspero cobertor, lo levantó y observó el cuadro arrugado, el manillar doblado y la rueda trasera retorcida y enredada en el sillín.

–Apostaría cualquier cosa –dijo el señor Picatoste– a que la luz trasera, la señal luminosa roja todavía funciona.

Tilo accionó el dispositivo valiéndose de la manga de la camisa para no dejar ni estropear ninguna huella.

–Así es –dijo.

–Bueno pues los picoletos encargados de las pesquisas y que tanta lata dieron con las señales luminosas del ciclista ni siquiera examinaron la bicicleta, así que ustedes consideren qué investigación habrán hecho.

El señor Picatoste terminó de sacar la hornada.

–Para mí que esos canallas iban ciegos y escopetados –reiteró empujando hacia la tienda el carro metálico con las cestas de mimbre llenas de barras y hogazas de varios tamaños.

El calor de la boca del horno perlaba la frente del panadero con un sirimiri sudoroso. Instantes después regresó con el papel de la denuncia en la mano y se lo entregó a Tilo, quien lo leyó y dijo:

–Pero hombre, ¿cómo deja las llaves de la furgoneta puestas?

–La costumbre… Pero sí, tiene razón, la culpa es mía por ser tan confiado. La cosa es que quienes se llevaron la Matilda no debían ser mala gente porque la devolvieron sin abolladuras ni signos de maltrato y, cosa extraña, con más gasolina de la que tenía. La dejaron donde la cogieron, así que la madrugada del lunes, cuando me levanté a amasar, ahí estaba aparcada, delante de la tahona. Pensé que estaba soñando, pero estaba despierto y bien despierto. La arranqué, di una vuelta por la plaza a ver cómo funcionaba y comprobé que la habían tratado correctamente, así que llamé a la guardia civil para decirles que no la buscaran, que ya había aparecido.

–¿Y si yo le dijera que utilizaron su furgoneta para cometer un delito muy grave en Madrid?

–¡No me joda!

Merche abrió la cremallera del bolso, dejando visible la cacha de la HK reglamentaria, lo que sorprendió al interlocutor.

–¿No me irán a detener, verdad?

–Eso depende de su colaboración –le hizo saber Tilo.

Merche sacó del bolso la fotografía de la rubia que dirigió el ataque contra el señor Perrote y se la mostró.

–¿Conoce a esta mujer?

–Ondia, claro que la conozco.

–¿Quién es?

El panadero miró atentamente la fotografía.

–Es la doctora Cabello, estoy seguro, aunque la foto no es muy buena.

–¿De qué la conoce? –inquirió la agente.

–Es una de las doctoras que operó a Juanín, una chica estupenda, buenísima. ¿Ha hecho algo malo?

Tilo y Merche cruzaron una mirada.

–En principio solo queremos hablar con ella –afirmó Merche.

–Aparte de la operación de su hijo, ¿tiene alguna razón para decir que es una buenísima persona? –Incidió Tilo.

–La conozco desde hace muchos años, agente. Ella y su madre, una gaditana muy guapa, compraron una casita ahí abajo, junto a las huertas, y venían casi todos los fines de semana y pasaban aquí los tres meses de verano. Gabriela, la doctora, estudiaba Medicina en Madrid y se hizo muy amiga de mi hija, que estudiaba odontología y ahora ejerce en Barcelona. Así que vaya si la conozco y puedo decir lo que he dicho.

–¿Sabe donde podemos encontrarla? –Le preguntó Merche.

–Aquí ya no; vendieron la casa años atrás. Lo que les puedo decir es que trabaja en el Hospital Universitario de Toledo.

–¿Tiene su teléfono particular?

–No. A lo mejor Juanín… Aunque ella le saca casi diez años eran muy amigos, casi casi medio novios. Ella se apuntaba con él y otros chavales a hacer rutas ciclistas. Vamos a preguntarle.

El señor Picatoste giró como un tornillo sobre sí mismo y se dirigió al pasillo que conducía al despacho de pan, seguido por los agentes. Se acercó a Juanín, le mostró la foto de la doctora Gabriela Cabello y le preguntó si tenía su teléfono.

El joven sin piernas apartó el libro que estaba leyendo y se quedó con la mirada clavada en la fotografía, sus ojos se humedecieron y permaneció en silencio.

–No llores, Juanín, no pasa nada –le dijo el padre. Luego, volviéndose hacia los agentes, añadió–: está muy sensible.

El panadero repitió la pregunta y el joven respondió que no.

–Tendrán que localizarla en el hospital –concluyó el señor Picatoste.

Nada más subir al Golf comentaron el hallazgo. Convencidos de que habían localizado el núcleo y origen de la agresión al señor Perrote Poterna, pusieron rumbo a Toledo. Media hora después entraban en el Hospital Clínico Universitario, un moderno complejo sanitario, mezcla de aeropuerto y factoría industrial. Recorrieron los largos pasillos de aquel galimatías arquitectónico hasta las dependencias de la dirección de personal. Cuando llegaron y se identificaron y pidieron ver al director, una funcionaria les informó de que se hallaba reunido y les indicó una saleta donde podían esperar y tomar un refresco o un café de máquina. Veinte minutos más tarde asomó un joven barbado con traje de Emidio Tucci y les invitó a seguirle a su despacho, donde, entre dudas legales sobre si la entrega de los datos requería o no mandamiento judicial, resolvió que para hablar con un testigo de un homicidio en grado de tentativa no era menester el permiso judicial y acabó llamando a la funcionaria y para que les facilitara la localización de la doctora Cabello y cuantos datos fueran necesarios.

Agradecieron la ayuda de aquel director resolutivo y siguieron a la funcionaria hasta su mesa. Ella tecleó en el ordenador y al cabo de un minuto alzó la vista sobre la pantalla.

–No está en el centro –dijo.

Abrió otro documento y añadió:

–De hecho terminó las prácticas en junio pasado y no se ha quedado en el Hospital.

–Ya suponíamos que no la íbamos a encontrar, por eso queremos su dirección y teléfono, si figura en su expediente –le indicó Merche.

La funcionaria pulsó enérgicamente un botón del teclado y la impresora que tenía a un lado expectoró un folio. La mujer comprobó la calidad de la impresión, empuñó un rotulador fosforescente, subrayó por encima la dirección y el teléfono de la filiación de la médico y se lo entregó a Merche.

Agradecieron su ayuda y, ya en el ascensor, Tilo comentó a su compañera que la calle del Salmorejo le sonaba por la zona de Lavapies y sopesó su opinión sobre una acción por sorpresa. Ella estuvo de acuerdo. Antes de ponerse en marcha, el inspector buscó en el ordenador de Botones la calle y el número de la malincuente. Estaba, en efecto, en el barrio señalado. Era una calleja recta y estrecha donde, según la panorámica de GoogleMap resultaba difícil encontrar sitio para aparcar, de modo que buscó algún parking cercano y vio uno con entrada por la calle de Atocha antes de llegar al Abrazo de Juan Genovés, el monumento erigido en memoria de los abogados laboralistas del PCE y Comisiones Obreras asesinados por los fascistas en enero de 1977.

Con esa composición de lugar en mente, Tilo aceleró para llegar a Madrid cuanto antes. Su compañera releyó atentamente los datos del folio que había doblado y guardado en el bolsillo de su chaqueta y en el que figuraba un dato que la sorprendió:

–¿Cómo es posible que una cirujana de huesos haya solicitado un puesto en Médicos sin Fronteras?

–Bueno, además de la malaria, el tifus, el sida…, esa organización se despliega en zonas de catástrofes y guerras. Las minas antipersona, las balas y las esquirlas de las bombas rompen hueso. ¿Lo sabías? –respondió Tilo irónicamente.

–Claro, claro.

–Esa gente es cojonuda.

–Y ovariuda… –añadió Merche con ironía.

–Perdón. Quiero decir que me parecen unos sanitarios admirables. ¿Y sabes qué?

–¿Qué?

–Que esa tía me empieza a caer bien.

–Y a mí también –admitió Tilo.

C7.-La buena pista

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Busto de Pablo Iglesias, obra de Emiliano Barral, desenterrado en El Retiro después de la dictadura

Después de la pausa matinal en la cafetería de Luci Bombón, Tilo Dátil sentía la necesidad de orearse y se quedó en la parada del autobús cercana a la sede policial.

–Ve tu, yo no subo –le dijo a Merche.

Ella no se extrañó; conocía las rarezas del colega.

–¿Dónde vas a estar?

–No lo sé, rulando por ahí.

–Vale, voy catalogando y ordenando las pruebas.

–Ah, sería bueno que comentaras con tu fuente esa reacción airada del tesorero Poterna cuando le mencioné la posibilidad de que algún gran donante contrariado sea el autor del ataque a su sobrino.

–Vale, a ver cómo respira.

En cuanto Tilo puso el pie en el estribo del autobús vibró el inoportuno en su bolsillo. Ocurría siempre. Miró la pantalla y leyó el mensaje: la jefa quería hablar con él. A esa hora intermedia de la mañana los transportes colectivos van medio vacíos. Para no molestar a los cuatro jubilados de mirada cansada y a los turistas de ávidos ojos, avanzó hasta la trasera del autobús y llamó a la comisaria.

–Buenos días, Emilia, usted dirá.

–Buen día Dátil, ¿por dónde andas?

–En el autobús; voy a visitar a un cliente –era su modo de hablar.

–¿Cómo llevamos el caso de ese chico, Perrote?

–Algunas zancadas hemos dado. Merche le contará –dijo Tilo antes de preguntarle si había alguna novedad por su parte.

–Nada, sólo preocupación en las altas esferas, ya lo sabes.

–Sí, creen que puede ser terrorismo.

–¿Tú que crees?

–Se equivocan.

–Bueno, nos vemos. Pásate por mi despacho cuando vuelvas –zanjó la comisaria.

–¿Es urgente? –Se interesó.

–No, es un tema personal, me tienes que hacer un favor, ya te contaré –dijo la comisaria.

Nada más colgar, el inspector marcó el número de su inquilina. Amali contestó al tercer timbrazo y aceptó la propuesta de comer juntos en los arribes del Retiro.

–Agarras el Golf y te traes a Mingus. Os espero en la terraza de La Parisienne, en Mariano de Cavia, sobre las dos de la tarde –propuso Tilo.

Tilo hizo trasbordo en Atocha a otro autobús de la línea 47, se apeó en la vía Lusitana, a un paso de la plaza Elíptica, examinó el poste telefónico desde el que los malos avisaron al servicio de emergencias del alcantarillazo al ejecutivo Perrote. Se hizo una composición, recorrió con la mirada al por menor las fachadas y farolas en busca de alguna cámara de video-vigilancia, pero no vio chivato alguno. Tampoco tuvo suerte con un camarero de la cafetería Yakarta, situada en frente de la cabina, quien aseguró no haber visto a ningún joven con casco de ciclista bajar de una furgoneta y hablar por teléfono. Después se asomó a la calle de la Vía, preguntó en vano en una tienda de alquiler de bicicletas situada en la esquina, volvió a repasar con la mirada la puerta del colegio San Viator en busca de alguna cámara de seguridad, cruzó la avenida de Oporto y la vía Lusitana hasta el intercambiador de transportes al que llegaban los autobuses interurbanos procedentes de Toledo y cogió el Metro de regreso al centro.

En lo que Tilo se oreaba a su manera, elucubrando dentro del estrepitoso vagón si aquellos pájaros habrían volado hacia los Carabancheles o hacia las ciudades de aluvión del sudoeste, Merche realizaba su trabajo con el confidente Santiago Bellotas en las cercanías del Senado.

–No van por ahí los tiros –afirmó Bellotas ante la hipótesis de algún contratista desairado.

–¿Por qué no? –Insistió Merche.

–En primer lugar porque acabaría siendo descubierto. En segundo lugar porque ningún ejecutivo de esas grandes empresas aceptaría un encargo criminal. Y en tercer lugar porque los grandes donantes nunca se van con las manos vacías.

–¿Ah, no?

–Aunque no obtengan las contratas, reciben compensaciones fiscales. En fin, no lo veo.

En respuesta a Merche el confidente aseguró que su correligionario y amigo Poterna y su sobrino Juanpe eran gente seria, de palabra y de una lealtad inquebrantable al partido. Aunque manejaban cifras tentadoras, de seis y siete números, en la contabilidad B, mantenían una vigilancia muy estricta sobre los miembros del Gore para evitar desviaciones o contribuciones particulares de los donantes.

–¿El Gore, como ese cine sanguinario?

–Son las siglas del Grupo de Operaciones Rentables Extraordinarias –aclaró Bellotas, quien se apresuró a calificar de “secreto” al mencionado comité, compuesto por media docena de tesoreros y dirigentes regionales, además de Álvaro, el presidente del partido y el jefe de organización. Ni siquiera algunos miembros de la dirección del partido conocen la existencia de ese grupo. Todos se limitan a aprobar el presupuesto formal de cada año en el Consejo Nacional y nadie osa preguntar sobre los ingresos y la contabilidad paralela. Los líderes autonómicos saben de donde sale el dinero para las campañas electorales y los sobresueldos –ninguno cobra menos del millón anual, incluido el sueldo oficial–, pero como buenos políticos prefieren no preguntar.

–¿Pero nuestro hombre…?

–El administrador Seña Ruiz-Platero y su equipo de burócratas conocen la contabilidad, lo que entra, lo que sale, las empresas… digamos que “familiares”, los holding amigos, las sociedades decorativas. Álvaro no le traga, pero el nuevo presidente tiene buen trato con él.

–¿De verdad crees que sería capaz de eliminar físicamente a su contrincante para despejar el camino de su nombramiento como tesorero?

–Algunas cosas he visto. Estamos hablando de un sinvergüeza, un tipo sin escrúpulos, capaz de hacer la peineta a María Santísima. Yo en tu lugar me centraría en ese sujeto.

–¿Por qué crees que Álvaro se irritó tanto cuando mi compañero mencionó la tangentópolis?

–Bueno, Álvaro nunca ha sido muy dialéctico. Tiene sangre de jabalí, pero es buena persona y Juanpe también, así que dile a tu compañero que no se preocupe por lo que le hayan podido decir. De algún modo tenían que defender la honorabilidad, ¿verdad? Y no sólo eso, sino también la profesionalidad en sus cometidos. El Gore no comete fallos, no incumple la palabra dada ni burla a ningún pagano. ¿No sé si me entiendes?

–Claro que te entiendo, y te lo agradezco, Santiago.

Tilo salió del Metro en la estación de Atocha, subió despacio la Cuesta de Moyano, entreteniéndose en la lectura, al paso, de los títulos de algunos libros de lance y ocasión colocados o amontonados en los mostradores de las casetas de la verja del Botánico. No vio a su amigo Nemesio Quintana. La joven que lo sustituía le informó de que se hallaba compareciente de una operación intestinal por comer poco y mal.

–Vaya, espero que se mejore; dele recuerdos de mi parte.

–¿De quién?

–Dátil, Tilo Dátil.

Nequin era un buen tipo, siempre se las ingeniaba para conseguirle el libro que le pedía aunque fuese un tomo técnico-jurídico. Sólo tenía un defecto: muchos años.

Ya junto al monumento al Ángel Caído le formuló la pregunta de rigor: “¿Por qué carajo has caído en Madrid y no en Los Ángeles como tu nombre indica?” Y la respuesta, también de broma, fue que de haber caído en aquella ciudad del Pacífico habría sido arrestado por el detective Harri Bosch y enviado al corredor de la muerte por un jurado. A continuación le pidió ayuda para identificar y detener a sus taimados colegas.

Miró el reloj: las 13:30. Le quedaba media hora para reunirse con Amali. Se acercó a un kiosko de helados y compró uno de cucurucho con crema y chocolate para aliviar el calor y la sequedad en la boca. Luego siguió caminando despacio bajo los grandes pinos, acacias y castaños de indias. Le gustaba esta parte del Retiro. Le parecía solitaria, amorosa, de izquierdas, en contraste con los senderos centrales y las inmediaciones del lago, siempre llenas de gente. Su subconsciente consideraba de izquierdas esa parte del parque acaso por la rebeldía del ángel caído, la situación geográfica (el sudeste) y, sin duda, porque allí, en los jardines de Cecilio Rodríguez, los socialistas habían descubierto y desenterrado la cabeza del Abuelo.

Le parecía una síntesis simbólica y una historia emotiva del final de los cuarenta años de criminal dictadura. Lo primero que hicieron los fascistas tras la sublevación militar de 1936 contra el orden democrático de la II República fue destruir el monumento al Abuelo, Pablo Iglesias Pose, fundador del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores. El escultor Emilio Barral, muerto en el frente de Usera por la esquirla de una bomba enemiga, había cincelado en granito la figura del gran dirigente de los trabajadores españoles. Plantaron el monumento en el Parque del Oeste, como un homenaje permanente del pueblo de Madrid a la figura del Abuelo. Los facciosos lo dinamitaron, pero no consiguieron romperle la cabeza, así que, ya de noche, unos obreros municipales la cargaron en un camión y la trasladaron al Retiro para ocultarla bajo un metro de tierra. De ahí la sacaron una mañana Máximo Rodríguez Valverde y otros veteranos socialistas cuando murió el dictador.

Tilo terminó el helado, miró la hora, llamó a Merche.

–¿Qué está pasando?

–Nada especial: he estado con el confidente e insiste en su tesis. ¿Vienes hacia acá?

–Iré después de comer.

–Vale, sobre las cuatro nos vemos.

A pocos metros de la Parisienne, Mingus se lanzó a la carrera hacia él, arrastrando la silla de plástico de la terraza a la que le había atado Amali. Ella se incorporó, corrió y alcanzó una pata de la silla. Forcejearon. El personal se rio. El cocker estaba en forma. Tilo se inclinó, se dejó lamer, zarandeó al canelo, lo acarició y, ya sosegado, ocuparon la mesa. El veterano camarero, un hombre amigable, les tendió las cartas plastificadas. Amali pidió ensalada y bistec con patatas fritas y Tilo optó por los macarrones con tomate y pollo asado, mas un plato vacío para compartir su menú con Mingus.

–¿Cómo va el caso? –Se interesó Amali.

–Algo hemos avanzado; he localizado un video de la agresión, aunque sólo se ve la cara de una mujer que se acerca a la víctima con un cigarrillo en la mano para pedirle fuego. El tipo busca el mechero en el bolsillo y en ese momento dos individuos altos y fuertes le inmovilizan por los brazos y un tercero le mete una bolsa en la cabeza y le ata las muñecas por detrás con cinta aislante. Los malos iban disfrazados de ciclistas, con cascos, gafas y camisetas lisas. La secuencia dura muy poco. En menos de dos minutos, esos marcianos tiraron al hombre por la boca de la alcantarilla.

–¡Hay que tener mala leche!

–Y buena planificación.

–Al menos tienes una cara –dijo Amali.

–Si, una de esas jóvenes de cara ovalada y cabellos rubios de bote como hay miles.

–¿Y los otros?

–Se protegían con cascos y gafas de ciclistas. Poco podremos sacar de ahí.

–Al menos servirá como prueba –dijo la futura juez.

–Más bien creo que irá al archivo de casos pendientes –auguró el inspector.

La conversación derivó hacia asuntos de actualidad política y social. Los arañazos de la crisis bancaria sobre el empleo eran sangrantes, el desempleo y los desahucios entristecían el alma. Al mencionar las chabolas de los arribes del Manzanares y la Cañada como residencia forzosa de cientos de familias trabajadoras que habían quedado en paro y no podían pagar las hipotecas de sus viviendas, Amali se refirió al aumento de furgonetas estacionadas en el alfoz del barrio (Villaverde Bajo), junto al río maloliente, como “solución residencial” de decenas de familias con niños.

–A propósito de furgonetas, al final del video sobre los malos se ve un trozo de la puerta trasera de un furgón paquetero con una inscripción de la que solo se leen dos sílabas finales de dos palabras superpuestas y dos números de la terminación de lo que debe ser un teléfono. Llevo toda la mañana dándole vueltas…

–¿Qué sílabas? –Se interesó Amali.

–Una es “toste”.

Su mnemotécnica agilidad de opositora la empujó a prorrumpir:

–Capitoste, pegatoste, papatoste, armatoste, picatoste…

Guardó silencio.

–No se me ocurren más –añadió.

–Es “picatoste” –afirmó Tilo.

–¿Cómo lo sabes?

–Nadie pondría “capitoste” en la puerta de su furgón, ni mucho menos “pegatoste” ni “papatoste” o papanatas. Y tampoco veo yo “armatoste” ahí, en letras de molde. En cambio, “pica” en una puerta y “toste” a continuación, en la otra, osease “Picatoste” me parece más probable.

–Si, podría ser un apellido –dijo Amali– ¿Y la otra?

–La otra terminación es “ería”.

–Uf… albañilería, zapatería, frutería… hay muchísimas –dijo Amali–. Apuesto cualquier cosa a que con ese apellido es “panadería” –añadió con una sonrisa.

Tilo aceptó la apuesta:

–Una comida en un estrella Michelín –dijo.

Pagaron, pasearon con Mingus, tomaron un café con hielo en un kiosko del Retiro, Tilo contó a Amali la historia de la cabeza de Pablo Iglesias que el abuelo Venancio le había contado a él y regresaron a sus quehaceres.

Ya en las dependencias, la comisaria Sáez llamó a Tilo a su despacho.

–Buenas tardes, jefa.

–Buenas, Dátil, quiero pedirte algo –disparó Sáenz, a quien por detrás llamaban Gordimer.

–Soy todo oídos doña Emilia.

–Necesito que me sustituyas en una reunión del Observatorio de la Delincuencia que han convocado para el sábado a las diez de la mañana en el Ministerio. Ya sé que es una faena, pero viene mi hija de Estados Unidos y quiero ir a esperarla y estar con ella; hace dos años que no la veo.

–La entiendo.

–¿No te importa, verdad?

–Lo que es importar… Pero lo haré con mucho gusto.

La comisaria le entregó una carpeta con un dossier grapado y le instruyó sobre el tono y el contenido de las reuniones del órgano consultivo.

–Recibido, jefa –afirmó Tilo– ¿Alguna cosa más?

El inspector esperaba una admonición, por no decir bronca, ante la queja anunciada por el señor Perrote, pero la superiora no dijo nada al respecto, de lo que dedujo que la víctima se habría dirigido a instancias más elevadas y su reclamación no había llegado a la jefa inmediata.

Poco después, Merche le trasladó el mensaje de su confidente Bellotas: “Dile que no se preocupe de la queja de Álvaro” y le comentó el detalle de la “sangre de jabalí”. Le explicó a continuación la insistencia del veterano empleado senatorial y amigo del tesorero y su sobrino en que mantuvieran la lupa sobre el administrador, señor Seña Ruiz-Platero, al que definió como “un sinverguenza sin escrúpulos”.

–Demasiado concreto, ¿no crees? –desconfió Tilo.

–Y demasiado cruel; liquidar físicamente a un tipo por un cargo…

–Tengo la impresión de ese confidente está jugando al despiste por alguna razón poderosa. ¿Ha salido algo de la escucha?

–Nada, ni mu. Oliveras dice que ese teléfono está muerto: desconectado y sin batería.

Tilo tuvo una intuición, llamó al partido y pidió que le pasaran con administración, donde una voz femenina le informó de que el señor Seña se hallaba de viaje fuera de España y no regresaría hasta el jueves o viernes de la semana entrante. El inspector le preguntó cuándo y dónde había ido, y la amable interlocutora le dijo que había volado a Canadá el lunes pasado. “Eso es encargar el crimen y poner agua de por medio”, se dijo Tilo agradeciendo la información.

–Ya lo has oído. ¿Se puede ir más lejos a esperar el resultado de un encargo?

Merche aceptó la pregunta.

–No parece –respondió.

–Bueno, dejemos las sospechas ajenas y vayamos a nuestros datos.

Merche asumió la afirmación de Tilo sobre el “toste” de la puerta de la furgoneta y uno y otra se entregaron a buscar Picatostes reseñados en Internet. Compartían mesa. Merche buscaba en las redes sociales con su iPad y Tilo utilizaba el ordenador de la oficina. La sociedad del conocimiento, ese barrendero global que llamamos Google, emitió suficientes datos de interés para mantenerlos entretenidos más de media hora hasta que, reduciendo el ámbito de la búsqueda y descartando apellidos Picatoste correspondientes a personas ajenas a la actividad comercial y a residentes en zonas distintas a la ruta seguida por la furgoneta, encontraron a un panadero con ese apellido en una localidad de la provincia de Toledo.

Merche constató que el número de teléfono de la Panadería Picatoste, en La Nava, terminaba en catorce, los mismos números que aparecían impresos en la portañuela de la furgoneta. Sin pensarlo dos veces empuñó el auricular y marcó. Le respondió una voz masculina.

–¿Don Juan Picatoste?

–Si, ese soy yo, ¿qué se le ofrece?

–Desearía hablar con usted en persona si no tiene inconveniente.

–Por supuesto que no, siempre y cuando sea antes de las diez de la mañana o después de que termine el reparto del pan con la furgoneta por los pueblos y el camping de la zona, sobre la una del mediodía.

La mención de la furgoneta ahorró a Merche la pregunta consiguiente.

–Entonces iré a verle a primera hora; no le entretendré más de quince minutos –dijo la subinspectora antes de agradecer la amabilidad del panadero y despedirse.

–¡Hecho! –Exclamó satisfecha.

En el autobús, de vuelta a casa, Tilo envió un mensaje a Amali: “Te debo una comida”. La opositora respondió: “Increíble”. Ya en el domicilio, urgido por Mingus, se enfundó el chándal y volvió a la calle. Vio al amigo Fiol en la terraza del Dulce, soltó al cocker y se sentó con él a tomar la cerveza de costumbre. Aunque casi nunca hablaban del trabajo, Tilo sentía la nube de la frustración ante la eventual pérdida del caso Perrote cuando ya tenía medio encarrilada la investigación. El amigo le repitió lo que había oído en las alturas sobre la sospecha de que la agresión al joven ejecutivo fuera obra de yihadistas.

–De terrorismo nasti de plasti –afirmó Tilo.

–Será lo que ellos digan y punto. Ya sabes que cuando los cerdos se suben a los árboles es mejor apartarse.

Tilo aceptó el consejo del arabista injubilable y le informó de que el domingo tenía que sustituir a su jefa en una reunión del Observatorio de la Delincuencia, lo que les obligaba a aplazar la excursión prevista a la Peña Escrita.

–Qué le vamos a hacer… Primero la obligación y después la devoción –se resignó Fiol. Luego, como buen estudioso de la historia hacia atrás (prehistoria) comenzó a relatar las hazañas bélicas de los oretanos en la defensa de sus tierras contra los salvajes invasores cartagineses.

C6.-La rubia de los cloaqueros

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

(En los capítulos anteriores, Tilo Dátil y Merche Tascón han seguido una pista interesada y nada productiva, la pista de la lucha política por el control del dinero del partido conservador. Un video sobre el alcantarillazo los orienta en otra dirección).

Los yihadistas no utilizaban mujeres ni reivindicaban los atentados desde teléfonos públicos

El inspector Tilo Dátil llegó temprano a las dependencias policiales, abrió su buzón, recogió el pendrive que había dejado el documentalista Oliveras, lo guardó en el bolsillo y contuvo su curiosidad. Prefería esperar a que llegara su compañera Merche Tascón para ver las imágenes al mismo tiempo. Aunque no se les vieran las caras, según le había dicho Oliveras, se veía la agresión y, sobre todo, se veía a una mujer, algo muy extraño en las acciones criminales de la yihad islámica en occidente. Miró el reloj: todavía era temprano para consultar a Fiol.

Después de colocar la chaqueta en el respaldo de la silla y de poner sobre la mesa sus principales herramientas (libreta, bolígrafo y teléfono), se aplicó a la tarea. Lo primero, el servicio de emergencias. Se identificó y pidió hablar con información. Según el interlocutor que le atendió, todas las llamadas de socorro quedaban grabadas. El informante parecía amable y servicial, cosa extraña, pues generalmente sonaban cabreados porque les pagaban poco. Incluso le facilitó el número directo de la persona con la que podía hablar para conseguir lo que deseaba: los avisos registrados el domingo pasado después del alcantarillazo.

Había cuatro en media hora: una llamada de socorro a las 20:10, otra diez minutos más tarde y otras dos a las 20:25 y 20:32.

Tilo probó suerte:

–¿Puede facilitarme los números?

La tuvo.

Anotó los dígitos de los cuatro teléfonos. El primero era portátil, el segundo correspondía a una cabina telefónica, el tercero era fijo y el cuarto, móvil.

Siguió probando suerte:

–¿Puedo acceder al contenido de esas llamadas?

–De ninguna manera, agente –afirmó la voz femenina.

–¿No las guardan?

–Si, las grabaciones se archivan por un tiempo, pero dese cuenta de que contienen datos personales y sólo podemos facilitarlas con un mandamiento judicial.

La suerte se acabó.

Salió a buscar un café de máquina, saludó a dos estupas (de estupefacientes), regresó a la pecera y siguió con la tarea. El titular del primer número de teléfono que había anotado le dijo que había llamado a emergencias desde la entrada a la estación del metro de Nuevos Ministerios para pedir una ambulancia.

–¿Qué ocurrió?

–Ya testifiqué ante la policía, pero se lo repito: dos gorilas de la seguridad del metro pegaron una paliza de muerte a un chico de color que vendía gorras y calcetines en una esquina. Lo dejaron malherido y se largaron.

Tilo agradeció la información y marcó el número siguiente: un incendio en un piso del barrio de Chamberí. El siguiente: un anciano discapacitado que debía ser trasladado en ambulancia al hospital. Sólo le quedaba un número, el de la cabina telefónica. Dedujo que la llamada de aviso al servicio de emergencias, alertando del alcantarillazo a Juan Pedro Perrote Poterna, había sido hecha por los malincuentes desde ese teléfono público veinte minutos después de haber perpetrado la fechoría. Llamó al servicio de información telefónica y le pasaron con el departamento geográfico de terminales públicas, del que al cabo de varios minutos amenizados por un disco rayado con una sinfonía de Beethoven, surgió la voz de un operador que le indicó la ubicación del número referido: una cabina situada en la plaza Elíptica, esquina con vía Lusitana.

Calculó a vuelapluma y estimó aceptable el tiempo que tardaron los malos en recorrer en coche la distancia entre el lugar de la agresión y la cabina desde la que dieron el aviso. Mientras se activaba el ordenador recordó las palabras de la víctima –“eran terroristas e iban a matarme, inspector”– y se volvió a preguntar el por qué de aquel interés en calificar de atentado terrorista lo que a simple vista parecía una represalia.

Si estaba en lo cierto, los matones habían dejado el aviso del alcantarillazo antes de abandonar la ciudad por la carretera de Toledo. El contenido del mensaje, el acento y otras evidencias del análisis de voz podían resultar determinantes. Abrió un documento pautado y escribió la petición a la instructora doña Gregoria para recabar el contenido de la llamada realizada desde aquella cabina. Miró el reloj y envió la solicitud por correo electrónico. Cuando alzó la vista vio a Merche acercarse por el pasillo entre las mesas.

La subinspectora entró directamente en la pecera y cerró la puerta. Mala señal, pensó Tilo.

–Buenos días, jefe, tenemos que hablar –dijo.

–¿Alguna novedad?

–Nada nuevo por mi parte. A ver si Verdú nos aporta alguna pista –contestó en referencia al gabinete de escuchas.

–Pues ya me dirás.

–Quería comentar que no estuviste muy acertado que digamos en la entrevista con el tesorero. Te cerraste la puerta con la hipótesis cruda y dura de las mordidas por las contratas y tengo la impresión de que en vez de un colaborador de buena voluntad te ganaste un enemigo.

–Lo sé, Merche, metí la pata y obstaculicé tu línea de investigación. Lo siento de veras.

–No obstaculizaste nada en absoluto, Tilo. Si el administrador veía en el sobrino un serio competidor al puesto de tesorero e intentó eliminarlo acabará saliendo de algún modo en sus contactos telefónicos. Sólo es cuestión de paciencia.

–Gracias por tu confianza. Es que esos felones me sacan de quicio y hay veces que no me puedo contener. ¿A quién pretenden engañar? Ya sé que quemé las naves, pero la verdad es que me sentí satisfecho de hacerle saber que no nos chupamos el dedo. Y ¿Quién sabe? A lo mejor le interesa aprovechar mi hipótesis para incordiar a algún pagano molesto.

Merche le miró con expresión de escepticismo.

–Son mafia, Tilo, pura mafia –dijo.

–Si, perro no come perro. ¿Sabes qué? El capullo del sobrino me llamó media hora después de que saliéramos del garito y me amenazó con presentar una denuncia por haber tratado mal a su tío. Y poco después me llamó la jefa para que me presente esta mañana en su despacho. Supongo que el muy capullo se ha quejado y me va a caer una reprimenda o algo peor; con un poco de suerte me dan vacaciones sin sueldo y te ponen con Leo.

–Me harían la puñeta, te prefiero a ti, Tilo.

–Entonces esperemos que no llegue la sangre al río… Bueno, vamos a ver cine –dijo Tilo mostrándole el lapicero electrónico. Lo conectó al ordenador y contemplaron por primera vez las secuencias de la agresión al ciudadano Juan Pedro Perrore Poterna. En la esquina inferior de la grabación de las escenas violentas aparecía la hora local: las 20:03. Las escenas duraban dos minutos y dos segundos. Las imágenes eran poco nítidas, pero mostraban a la víctima saliendo de la escalera del parking subterráneo, la mujer que interrumpía su trayectoria con un pitillo en la mano para pedirle fuego y a dos individuos que se lanzaban sobre él y lo apresaban con los brazos atrás en un movimiento rápido, calcado de una acción policial. Rápidamente, un tercer individuo le colocó una bolsa negra en la cabeza y le pinchó el trasero con un alfiler. Lo empujaron hacia la calzada y despareció de escena.

Tilo pasó la secuencia a cámara lenta.

–Son ahorrativos –dijo Merche.

–¿Por qué lo dices?

–Por los cascos de ciclista, más baratos que los de motorista.

–Si, un buen camuflaje –admitió Tilo.

Volvieron a repasar las imágenes.

–¿Dirías que esa es una mujer? –Le preguntó Tilo, congelando la imagen.

–¿Qué va a ser si no, un travesti?

Tilo amplió la imagen. Merche afirmó, casi sin dudar, que era una tía de unos treinta años, sin disfraz ni maquillaje. Llevaba el cabello recogido en una coleta de color trigueño. La imagen tenía bastante grano, pero era suficiente para emprender la búsqueda, comenzando por los archivos del documento de identidad. Tilo movió la imagen, buscó el mejor enfoque facial, pulsó el botón de la impresora sobre varios fotogramas. Se guardó una copia para sí, dio otra a Merche y reservó el resto para el gabinete técnico.

Se centraron en los detalles de la dama. En primer lugar no entendían su falta de precaución por actuar a cara descubierta.

–Serán muy ahorrativos, pero no tan listos como parecen –dijo Tilo.

–Igual la interfecta cree que no la vamos a relacionar con la agresión –razonó Merche.

–¿Dirías que es la líder del grupo? –Le preguntó Tilo.

–Esa impresión da –respondió Merche.

–La verdad es que no tiene pinta de macarra; fíjate en el anillo –observó Tilo, señalando la sortija de brillantes que adornaba el dedo corazón izquierdo de la mujer.

–Bisutería.

–¿Tu crees?

–Salvo que sea muy, pero que muy estúpida, no se arriesgaría a ser detenida con un anillo de oro y diamantes…

Tilo era lego en joyas y precios de ropa femenina, así que también aceptó sin replicar la información de Merche sobre el coste asequible de la blusa de seda rosa y los tejanos ceñidos de la mujer. La imágenes no recogían el calzado de la malincuente.

Para el inspector, la grabación de la sucursal bancaria era una evidencia más que suficiente para descartar la acción terrorista. Alzó la vista de la pantalla y recorrió la sala, medio poblada de agentes como garbanzos detrás de los ordenadores. Ya está la molienda en marcha, se dijo. Iba a incorporarse para recoger la respuesta de la juez doña Gregoria a la petición de voz de la llamada desde la cabina de la plaza Elíptica cuando Merche formuló una conjetura interesante:

–Quizá sea de algún país del Este de Europa, de ahí su desparpajo –dijo en referencia a la falta de disfraz de la rubia.

–Por Júpiter, Merche, tienes razón.

–Esta tía se está riendo de nosotros.

–Aristóteles dijo puede que sí, puede que no… Sigue con esto, voy a ver al Profesor.

Recogió la orden de su señoría y las copias de los fotogramas elegidos y recorrió el pasillo lateral de la sala hasta el gabinete de análisis técnicos. Verdú ya estaba en su puesto. Era un colega flaco, siempre vestido con traje negro a rayas, siempre con chaleco y reloj de leontina, siempre con corbata beige lisa y camisa blanca o azulada y siempre irónico y sagaz. Lo cuestionaba todo, le gustaba debatir, discutir las dos caras de cada detalle. Podía ser pesado, cargante, interminable, sobre todo si notaba que tenías prisa, pero resultaba imprescindible. Le llamaban Pájaro Loco por el mechón de cabello negro azabache que se alzaba rebelde sobre su frente. También le llamaban Profesor.

–¿Qué se te ofrece, Dátil?

Tilo depositó en su mesa las copias fotográficas y la orden judicial. Verdú leyó las dos líneas firmadas por su señoría y alzó la vista hacia él:

–¿Supongo que sabes que esto no sirve como prueba?

–Supones bien, sólo quiero oír el contenido de ese mensaje y saber si es voz masculina o femenina –dijo Tilo–. Es urgente.

–Acuciante, Dátil, todo es acuciante. Y supongo que la ficha de esta pájara también es apremiante, ¿verdad?

–Si es que eres adivino, Profesor.

–Gracias, Tilo. Veré lo que puedo hacer para espolear a esos mandrias.

Al salir de las dependencias de los técnicos, en su mayoría mujeres, capitaneadas por Verdú, se fijó en la puerta del despacho de la comisaria: seguía cerrada y sin signos de vida en su interior. Miró el reloj y supuso que después del ejercicio físico y la ducha en el gimnasio se merecía un café con alguna compañera o compañero de ejercicio. De algo servía ser jefa. No tenía que fichar.

–Hay algo que no hemos valorado –le dijo Merche sin esperar a que Tilo apoyara su trasero.

–Si, ¿qué has visto?

–No es la mujer, sino el pequeñajo que va por detrás quien le mete la bolsa por la cabeza. Mira. El grandote de la izquierda le agarra el brazo con su mano derecha, se lo dobla hacia atrás y le golpea en la cerviz, lo ves, con el canto de la mano izquierda. La víctima agacha la cabeza y aparecen los brazos enfundándole la bolsa de basura, pero no son los brazos ni las manos de la rubia, sino de otro, del tercer agresor, el mismo que inmediatamente le ata las muñecas con la cinta americana y le pincha el trasero.

Tilo rectificó las notas de su libreta después de ver dos veces las escenas a cámara lenta. En términos estrictamente probatorios, la filmación dejaría a la mujer al margen de la agresión. Aunque eso habría que verlo en el momento procesal oportuno. En todo caso había pocas dudas de que participó como colaboradora necesaria del ataque al señor Perrote Poterna. Incluso, con un poco de suerte, ni siquiera fuma, pensó para sí mismo.

–Eres formidable, Merche.

–No, lo que pasa es que cuatro ojos ven más que dos.

–¿Qué más han visto esos clarividentes ojos de avellana?

–Fíjate en la esquina superior derecha y dime si no parece un coche –dice Merche.

La subinspectora agota los dos minutos de la grabación y, en efecto, unos segundos antes de que termine el video, cuando ya los personajes han desaparecido de la escena, pueden ver la rueda trasera y un trozo de chapa de un vehículo.

–Por el tamaño de la rueda es una furgoneta –apunta Tilo–. Parece parada y de pronto se pone en marcha, ¿verdad?

–Afirmativo.

Merche detiene y amplía la imagen.

–Tiene letras –dice.

Tardan poco en descubrir que una de las dos puertas de la parte trasera de un furgón ha quedado abierta mientras arranca y desaparece, pero lleva un letrero que termina en “dería” y debajo “toste” y más abajo “14”, como si se tratase de los dos últimos dígitos de un número de teléfono. Tilo apunta los datos en su libreta. No cree que sirvan para nada, pues “dería” puede ser la terminación de cualquier comercio y “toste” la desinencia de cualquier calle, nombre, lema o vaya usted a saber. Vuelve a mirar el video completo. Permanece en silencio, con la barbilla apoyada en el puño izquierdo, tratando de buscar una interpretación.

–¿Cuál es tu hipótesis? –Le pregunta Merche.

–O mucho me equivoco o los agresores utilizan esa furgoneta para dos cosas: primero, para cubrir la boca de la alcantarilla después de abrirla, y segundo para salir pitando después de arrojar a la víctima y colocar la tapa en su sitio.

–Eso quiere decir que son cuatro y la mujer.

–Correcto. Llegan, destapan la cloaca desde el furgón, luego dan marcha atrás para cubrir el hueco y cuando los agresores agarran al tipo, el conductor mueve el vehículo dos o tres metros hacia adelante para que lo arrojen y completen la operación. Después se suben al vehículo y adiós muy buenas. El trocito que vemos aquí indica que ya han cometido la fechoría y subido al furgón, aunque todavía no han cerrado una puerta trasera.

–Vale, ¿pero de que nos sirve?

–De nada. Son pruebas circunstanciales; lo importante es el morro de la dama.

El inspector se incorpora de la silla, se asoma a otear la puerta del despacho de doña Emilia. Nada, ni la lámpara encendida ni otra señal de presencia de la comisaria. En ese momento Verdú sale de sus dependencias, le ve y le hace una señal para que se acerque. Avisa a Merche y acuden al gabinete de análisis. Sortean el mostrador de peticiones del oyente y siguen a Verdú hasta una mesa donde una agente del servicio de escuchas les entrega sendos auriculares y activa la grabación recibida por vía telemática. “Emergencias, ¿en qué podemos ayudarle?”

Una voz clara, juvenil, explica:

–Un tipo se ha ido a la mierda por la boca de una alcantarilla situada a la altura del número treinta y tres de la calle José Ortega y Gasset. Rescátenlo si pueden.

–No le entiendo bien, ¿puede repetirme, por favor?

–Pues está claro: el menda ha sido arrojado a las cloacas por la boca de una alcantarilla. Ya se lo he dicho.

La operadora intentó decir algo pero el comunicante cortó y la dejó con la palabra en la boca. Tilo apuntó unas notas en su libreta y agradeció la ayuda de Verdú.

–Si que han sido rápidos –le dijo.

–Si, parece que los de emergencias todavía funcionan en este país –respondió Verdú.

–Pásame el corte de voz por email para la caja de indicios y pruebas.

–A la orden.

–¿Tenemos algo nuevo de lo de ayer? –Se interesó Merche.

–Todavía nada, monada; ya sabes que tardan veinticuatro horas en enganchar.

–Gracias, Profesor.

Regresaron al despacho, Tilo se dejó caer en la poltrona. No le gustaba alisar la culera del pantalón, pero algunas veces no le quedaba más remedio que rozar el trasero con el cuero. Merche era de su cuerda, también prefería la calle, la acción.

–Rebobinemos –dijo Tilo– ¿Qué tenemos?

–Tenemos a la jicha, el video con las pruebas de la agresión, el entorno inmediato de la víctima, el supuesto objetivo del asesino intelectual y una cagada catedralicia. Bastante para un día de trabajo.

–Correcto. Sobre la catedralicia cagada ya te he dicho que algo tenía que hacer para corregir el tiro. Estabas apuntando a los enemigos internos del preboste y sí, me precipité porque temí que levantaras la liebre.

Merche se sacudió el rizo que le caía sobre el ojo izquierdo y guardó silencio. Sabía que a Tilo le parecía poco creíble la hipótesis manifestada por su fuente, el veterano Bellotas, pero también sabía que en ese momento era el único clavo al que agarrarse y optó por preservarlo acometiendo al tío por la tangente.

–Tenemos más –dijo–, tenemos la certeza de que los malos no eran terroristas islamistas como quieren hacernos creer. ¿Cuándo se ha visto una mujer al frente de un comando yihadista?

–Nunca se ha visto –afirmó Merche.

–Tampoco recuerdo ningún atentado de esos criminales, seguido de una llamada a los servicios de emergencia –añadió Tilo.

–Si al menos hubieran terminado el mensaje con el Alá es grande…

Pese a todo, el inspector quería saber si las mujeres tenían algún papel en las acciones criminales de la yihad. Se escoró hacia un lado y marcó el número de teléfono del amigo Fiol.

–No, Tilo, ellas no suelen participar en los atentados de las células durmientes o los comandos infiltrados en las capitales europeas. No, por el momento. Ellas permanecen en segundo plano, en misiones de financiación, logística, sanidad, etcétera.

–Pero se han dado casos de mujeres-bomba, ¿cierto?

–Si, en Palestina, Irak, Siria… Hamas y Al Qaeda las han utilizado o no han impedido que mueran matando en situaciones desesperadas. La doctrina rigorista reza que la yihad no las obliga, excepto en casos de necesidad, por ejemplo, si los ejércitos enemigos atacan una tierra musulmana. En ese caso, la yihad se vuelve obligatoria también para ellas, según sus capacidades. Alá no carga a nadie más allá de su alcance. Pero por el momento en Europa occidental están cumpliendo el Khishshaaf al-Qinaa (3/26).

–¿Eso qué quiere decir?

–Te traduzco casi textualmente su doctrina: “A las mujeres no se les permite (participar en la yihad) porque son una fuente de tentación, además de no estar capacitadas para luchar, debido a su natural tendencia a ser débiles y cobardes, y porque no hay garantía de que el enemigo no vaya a capturarlas y considerar que está permitido hacerles lo que Alá ha prohibido”.

Después de escuchar al especialista, Tilo se sintió pertrechado para enfrentarse a la comisaria doña Emilia y, puesto que no había llegado a su despacho e iban a dar las once de la mañana, le preguntó a Merche si hacía un café en el Luzi Bombón.

C5.-El tesorero se indigna

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Un cigarro habano y un whisky de doce años para deleite del tesorero

Merche y Tilo agradecieron la información y se despidieron del confidente Bellotas con el compromiso renovado de mantener la confidencialidad hasta que, llegado el caso, acudiera a declarar ante el juez si don Álvaro o su sobrino lo pedían. Merche se mostró animada:

–Tenemos a un sospechoso, y un sospechoso sólido.

Tilo asintió pro forma. “Demasiado fácil y demasiado rápido”, se dijo. Mientras caminaban hacia la Gran Vía en busca de un taxi, telefoneó a su señoría, le participó a grandes rasgos la información obtenida y le pidió una orden de intervención de los teléfonos del sospechoso, nada menos que el administrador del partido conservador.

–Me resisto a creer que el asesinato político sea algo más que una metáfora –dijo la juez.

–Eso mismo pensamos nosotros –respondió Tilo–, pero ya lo ve, doña Goyi: la ambición, el ansia de poder no se para en barras. Necesitamos intervenir los teléfonos del sospechoso –añadió.

La magistrada dudó un instante.

–Supongo que sus fuentes son fiables –dijo.

–Creemos que sí, aunque errar es humano. De todos modos tenga la certeza de que no la molestaríamos si no fuera imprescindible.

–Lo sé, inspector. Pero tenga en cuenta que nos vamos a meter en un jardín muy peligroso.

–Somos conscientes de ello, doña Goyi, y esperamos que los resultados sean suficientes para no llegar a pedirle permiso para pinchar el teléfono del jefe máximo del partido.

Su señoría mantuvo el suspense varios segundos antes de dar su conformidad.

–Está bien, les daré una intervención de una semana.

–¿Podrían ser dos? Andamos mal de personal –alegó Tilo,

–Una. Mándeme la petición por escrito.

–Siempre a sus órdenes, doña Goyi.

En marcha hacia las dependencias policiales, Merche llamó desde el taxi al tesorero don Álvaro, pero no consiguió hablar con él: se encontraba reunido. Era la forma de encontrarse de la mayoría de los altos cargos, de modo que la subinspectora indicó con tono enérgico a la persona del otro lado de la línea que tuviera a bien hacerle llegar el recado de parte de la policía. “Es urgente”, remarcó.

Ya en la oficina cursaron la petición de intervención telefónica, de los videos de la entidad financiera y confiaron en que los ojos fijos de las cámaras de la sucursal bancaria de la esquina de la calle del filósofo con Castelló, médico de cámara del Rey felón, hubieran registrado los hechos a la luz de las farolas y les permitieran ver las fauces de aquellos salvajes. Cinco minutos después recibieron el visto bueno de su señoría, la diligente doña Goyita.

Quien no respondía al recado de Merche era el tío de la víctima. El tesorero Álvaro Poterna debía de estar muy ocupado, velando por el tesoro. Tal vez no había recibido el aviso policial. Merche volvió a llamar, pero la secretaria ya no estaba, había salido a almorzar. En lo que Tilo cumplimentaba a la comisaria, la subinspectora se pasó por el gabinete de escuchas (Servicio Técnico, según el letrero de la puerta), entregó al jefe Verdú las órdenes de intervención, pidió al pequeño Oliveras el número de teléfono móvil del preboste conservador, esperó a Tilo en el pasillo y salieron a almorzar.

De camino hacia el restaurante Santa Engracia, en la calle del mismo nombre, Tilo participó a su compañera la preocupación de la comisaria por encontrar cuanto antes alguna pista sobre los malos. Más que una preocupación propia, le venía inyectada por el jefe superior, confesó. Era lógico que al jefazo Angulo le preocupara la seguridad de los poderosos correligionarios que le habían aupado al cargo. Además de ordenarle que espoleara a los investigadores, el superior le había transmitido la posibilidad de que se tratara de un atentado terrorista.

–¿Terro…qué? –Se extrañó Merche.

–Lo que has oído.

–¡Anda ya!

Tilo guardó silencio. Su intuición apuntaba a una venganza personal. Estafa, cuernos, alguna denuncia judicial con petición de encierro en el hotel rejas… Pero la hipótesis de que el “alcantarillazo” del brillante ejecutivo Juanpe Perrote Poterna fuera obra de una célula de islamistas fanáticos, manejados por alguna rama de Al Qaeda, le parecía muy extraña.

A Merche también le resultaba increíble, aunque lo pensó un poco y admitió que era una hipótesis factible.

–Si tenemos en cuenta –dijo– que esos hijos del demonio han cometido atentados con machetes y empleado furgonetas, bombonas de gas butano… ¿Por qué no pueden utilizar las alcantarillas? El término “infierno” significa zona inferior y, después de todo, las alcantarillas son el conducto más evidente y directo para enviar infieles al infierno.

Mientras caminaban, Merche volvió a llamar al señor Poterna. El número de teléfono portatil que le había proporcionado el documentalista Oliveras era bueno. El tesorero respondió enseguida y, por supuesto, se mostró dispuesto a colaborar en la investigación de la intentona fallida de asesinar a su sobrino, con el que almorzaba en ese momento en el restaurante del hospital. El veterano político correspondió al interés de Merche sobre la salud de su sobrino diciendo que esperaban el alta médica a primera hora de la tarde. De hecho ya le había equipado con un par de muletas y sólo le faltaba el papel del médico para llevarle a casa. A partir de ahí quedaba libre para la entrevista con la investigadora. Puesto que no se trataba de una declaración formal, el tesorero le dio el nombre de un pub cercano a la sede del partido, sin apenas clientes a media tarde.

Tilo consideró innecesario acudir a la entrevista con el preboste político. Sabía por el amigo Fiol que no había alerta interna por terrorismo islamista, pero si los jefes decidían que el ataque al sobrino del tesorero del partido gubernamental era obra de una célula durmiente, sería terrorismo. Y si la decisión era firme, entonces el caso pasaría a los especialistas en información e investigación antiterrorista, que para eso estaban y disponían de muchos más medios. Los atentados provocan gran alarma social, los homicidios, no. Sin embargo, Merche quería que Tilo la acompañara. “Cuatro oídos oyen más que dos y además quiero que analices su actitud y las expresiones no verbales”, afirmó como quien obliga a un niño a comerse el potaje. Tilo cedió.

Llegaron al pub a la hora acordada. Estaba vacío. Un sonido de fichas de dominó, procedente de una de las mesas protegidas por biombos emplomados con cristales de colores les avisó de que no estaban solos. Merche lanzó un “hola” y apareció un camarero alto y joven, los músculos marcados en una ajustada camiseta negra con el anagrama de la casa. Pidieron dos tónicas y apoyaron sus traseros en sendos taburetes ante la barra. Músculos les miró con aparente desinterés. “Estamos esperando a alguien”, le informó Merche. El joven asintió y regresó a su partida de dominó. Cinco minutos después entró un hombre de edad mediana, echó una ojeada al local, se apostó en una esquina de la barra, pidió un chupito de whisky y tecleó en su teléfono móvil. Se le notaba el bulto de la pistola bajo el sobaco izquierdo a pesar de su holgada chaqueta. No tuvieron duda de que era la avanzadilla protectora del tesorero, quien apareció poco después.

Merche y Tilo se incorporaron, le saludaron y le mostraron la placa para que no tuviera duda de que eran agentes policiales. El tesorero Poterna, traje gris de verano, corbata azul clara sobre una camisa blanca, pertenecía a la especie de los biotipos que se mantienen estables a partir de los sesenta años. Músculos le preguntó con la vista y él respondió:

–Si, lo de siempre, Wences.

–¿Otra tónica? –Inquirió Músculos mirando por encima del hombro a la pareja.

–Dos vasos de agua fría si es posible –dijo Merche.

El señor Poterna condujo a los agentes a un altillo situado tras un tabique detrás de la barra, una especie de reservado en el que había un sofá de cuero marrón con forma de labios y un tresillo de tela de saco con forma de ele. El centro estaba ocupado por una mesa baja, alargada y cubierta por un latón con forma de pequeño femenino que descendía desde el pezón. “Una horterada mayúscula”, se dijo Tilo.

–Bueno pues vosotros diréis en qué puedo ayudaros –dijo el tesorero tras sentarse en el sofá de labios y sacar del bolsillo superior de su americana una petaca de habanos. Eligió uno de media duración. Merche disparó:

–Como le comenté por teléfono, cualquier detalle, por insignificante que le parezca, puede resultar vital para echar el guante a los agresores de su sobrio Juanpe. ¿Le vio preocupado o inquieto en los últimos días?

–No especialmente.

–Tengo entendido que residen en el mismo domicilio…

–Si, en la misma casa; aunque yo en el primer piso y él en la segunda planta, donde tiene su vivienda y un apartamento dedicado a su oficina.

–¿Le veía a diario?

–Sí, solemos cenar juntos en mi casa todos los días menos los fines de semana, en que él suele ir al campo o a Logroño a ver a su madre. Bueno, y lógicamente no nos vemos si él o yo estamos de viaje. Pero sí, hablamos todos los días.

–¿Tenían gran confianza mutua, entiendo?

–Plena. Date cuenta que era un crío cuando murió su padre y yo lo adopté, lo eduqué y lo trato como si fuera hijo mío. De manera que sí, no hay secretos entre nosotros.

–¿Le comentó si había recibido alguna amenaza?

–No, y no creo que le hayan amenazado; me lo habría dicho.

–Quizá no quería preocuparle. Es usted un hombre mayor y a determinada edad hemos de cuidar la patata –argumentó Merche en referencia al corazón.

–Mi querida amiga, esa posibilidad existe, pero debo decirte que mi patata funciona como un caballo de carreras, así que puede descartarla.

Músculos depositó una bandeja en la parte llana de mesa de teta con una botella de whisky, jarrita y dos vasos con de agua, una cubitera con bolas de hielo y un vidrio fino y ancho para el Black Label de doce años. Dejó asimismo una cesta de alambre provista de tacitas redondas con almendras, avellanas, pistachos, chufas y otros frutos secos. Merche esperó a que el señor Poterna se sirviera su dosis y saboreara el trago.

–Don Álvaro, ¿se ha preguntado quién puede querer tan mal a su sobrino para intentar asesinarlo de una manera tan horrible? ¿Qué explicación encuentra usted a tamaña atrocidad?

El tesorero depositó el vaso en la bandeja y mantuvo un largo silencio. Merche aprovechó para beber un sorbo de agua y llevar un trozo de nuez a la boca. Finalmente el tesorero dio una poderosa calada a su puro y dijo entre humo:

–La verdad es que no me consta que Juanpe tuviera algún enemigo que pudiera llegar a ese extremo. De hecho, dudo que tenga enemigos. Es un hombre íntegro, con una ética profesional en su trabajo y una transparencia extraordinaria. Los clientes le aprecian, le estiman… Se puede decir que no podrían vivir sin él. ¿Por qué entonces querrían hacerle desaparecer? No, no tiene ningún sentido. Y eso que la administración de capitales y las inversiones son una tarea compleja, en la que unas veces se gana y otras se pierde, aunque, creame, mi querida amiga, Juan Pedro es un experto extraordinario y rara es la inversión de la que no obtenga rentabilidad.

–Muchas gracias, don Álvaro, por su firme apreciación. Damos por supuesto que es una persona horada, un profesional incapaz de trampear a cliente alguno. Sin embargo los enemigos no se manifiestan de frente, van por detrás y, por otra parte, hemos de tener en cuenta que este es el país de la envidia y cualquier agravio puede tener consecuencias. Le ruego que repase con su hijo/sobrino esa eventualidad.

El tesorero dio otra enérgica chupada al habano. Iba a decir algo cuando una mujer madura, de pelo rubio, adornada como un pino de navidad, subió los seis escalones del altillo y saludó al tesorero:

–¿Qué tal, Álvaro?

–Bien, Esterín, aunque podría estar mejor –respondió el tesorero.

La mujer se interesó por María Jesús y los policías supusieron que se trataba de una novia del preboste.

–Bien también. Me ha dicho que no va a venir. Con este calor, uf, luego te cuento.

La mujer era la dueña del establecimiento. Incumplía la ley y permitía fumar. Cruzó dos palabras más con el cliente habitual y se retiró escalera abajo. Merche retomó la cuestión y el señor Poterna se encogió de hombros al reiterar que su pupilo carecía de enemigos y no se le alcanzaba quien diablos quería atentar contra él ni por qué.

–Él mismo le ha explicado a su compañero –añadió mirando a Tilo– que los atacantes se equivocaron de persona y son terroristas y les da igual una persona u otra. El caso es atemorizar a la sociedad.

–Antes de seguir adelante me gustaría que reflexionase sobre si algún adversario interno, de su partido, puede estar detrás de la agresión a la persona que considera su hijo para dañarle a usted. En política y con un cargo tan importante como el suyo no faltan enemigos. ¿Cierto?

–He pensado en eso y puedo decirle que se equivoca; yo dejo el cargo de tesorero en el próximo congreso del partido, en un mes, más o menos, y el presidente, que renovará el mandato, nombrará a otra persona. Yo no soy importante ni tengo enemigos tan malvados y feroces, créame. La impresión, ya se lo he dicho, es que los autores eran terroristas –reiteró, mirando al inspector.

En ese instante Tilo rompió su silencio, aceptó la hipótesis del interlocutor (también de la víctima), pero se refirió a los preparativos y las vigilancias, dando a entender que los malos habían elegido de antemano al hombre contra el que atentaron con una acción sorprendente y bien calculada. Las palabras de Tilo disgustaron al tesorero. Tanto daba, pues el preboste había dado signos evidentes de su negativa a colaborar con la investigación.

–Comprenda, señor Poterna, que hemos de considerar todos los ángulos de una cuestión tan poliédrica como la que nos ocupa –se justificó Tilo–, comenzando por la más verosímil, sin descartar otras. Y comprenda también que mi entrevista con su sobrino fue muy liviana. Acababa de sufrir un trauma y toda la delicadeza de trato es poca. Si nos puede ayudar, estoy seguro que lo hará.

El tesorero inclinó el torso hacia adelante para alcanzar el vaso, movió los cubitos de hielo y bebió un sorbo largo de whisky. Se limpió las fauces con una servilleta de papel blando y floreado, y pegó varias chupadas al Partagás. A continuación dijo:

–Me temo, amigo Dátil, que no voy a ser de mucha utilidad para vuestras pesquisas.

–Desde luego que sí; su disposición a ayudarnos ya nos es útil. Antes ha dicho a mi compañera que su relación con Juanpe es de confianza plena y que se ven y hablan todos los días. Incluso su sobrino colabora con usted en alguna misión relacionada con la financiación del partido.

–¿Quién le ha dicho eso? –Reaccionó el tesorero.

–Me lo insinuó él durante nuestra entrevista.

–Hombre, tanto como misiones no, pero alguna vez me ha ayudado.

–De qué modo –incidió Tilo.

–Digamos que me ha hecho alguna gestión, algún recado de poca importancia cuando se lo he pedido y sí, me ha ayudado gratis et amore cuando me ha visto desbordado.

–¿Podríamos decir que se ha ocupado de pasar la minuta del partido o el maletín para que lo llenen de billetes verdes esos empresarios y representantes de las grandes corporaciones a los que el Gobierno favorece con contratos de obras y servicios multimillonarios?

–Oiga, Dátil, eso es una insolencia, una afirmación inaceptable.

–Ya sé, señor Poterna, que los partidos políticos tienen financiación oficial del Estado, o sea, de todos los ciudadanos. Pero también reciben donativos, ¿verdad? Y donativos millonarios e interesados.

–Le repito que sus afirmaciones son insolentes y falsas. Los donativos, los pocos que hay, son legales y transparentes. La ley es muy estricta en esta materia.

–¿Me está diciendo que no funcionan por detrás?

–En absoluto –afirmó el tesorero en tono cortante.

–Bueno, usted sabe igual que nosotros que los países más corruptos suelen ser los que más leyes tienen y que en materia de adjudicaciones de obras, contratas y servicios, la corrupción es sistémica en este Reino. Desconozco la dimensión y el alcance de los manejos ocultos, pero de antemano sabemos que quien funciona por detrás puede morir por la espalda.

–Mire, Dátil, no me toque los cojones; no sé adonde quiere llegar, pero le aseguro que se equivoca. Si no fuera usted policía, le partía la cara ahora mismo.

El tesorero había enrojecido de ira. Merche le pidió que no se enojara, pues su compañero siempre se situaba en los extremos. Tilo la interrumpió:

–Señor Poterna, estamos investigando la agresión a su sobrino, de modo que seria bueno que considerase la posible autoría inducida por algún pagano agraviado. Usted me entiende. Tiene nuestras tarjetas y si puede hacernos llegar alguna sospecha fundada en lo dicho, sería de gran ayuda. Es posible que la agresión a su ser querido haya sido perpetrada por alguien que pretendía darle un aviso a usted.

Tilo se incorporó, Merche le secundó y agradeció la atención del tesorero, quien hizo ademán de incorporarse, aunque permaneció sentado y les despidió agitando el brazo a mano vuelta como quien lanza un sopapo.

Comentaron la jugada mientras caminaban con la vista puesta en la calzada por si pasaba algún taxi libre. Tilo era pesimista. Poco o nada cabía esperar de aquel tipo. Merche, en cambio, funcionaba con la esperanza de obtener algún resultado de la brusca aproximación al sujeto.

–Has conseguido soliviantarlo, pero has dejado el anzuelo.

–No picará, son gente falsaria y hábil –afirmó Tilo.

–Ya veremos –confió Merche.

Tilo se despidió de su compañera en Cibeles, se apeó del taxi y cruzó hacia la parada de autobuses. Tuvo la impresión de que la jornada había sido tan intensa como improductiva. Miró los edificios de la calle de Alcalá y se acordó de León Trotski, quien escribió unas notas en 1909, cuando llegó huyendo de Francia, en las que afirmaba que la banca está edificando grandes catedrales en Madrid. Catedrales del capitalismo, una religión que al paso del tiempo demostró más resistencia y mayor eficiencia que el credo comunista presentado por Carlos Marx y Federico Engels como aquel fantasma que recorría Europa y ya sabemos como acabó.

Al hilo de su divagación sobre la habilidad del capitalismo para manejar el Estado y la torpeza del comunismo al apoderarse de él para manejar a la población, Tilo no tuvo más remedio que reconocer que el primer y casi único sistema económico y social convertía en una estupidez la hipótesis proferida ante el tesorero. Desde luego, si algún gran donante, por no decir corruptor, se sentía agraviado o frustrado por las decisiones de los dirigentes del partido gubernamental no iba a morder la mano del amo que le daba de comer. Si el agraviado no recibía hoy la adjudicación de alguna contrata de obras o servicios, la recibiría mañana o pasado mañana.

Tilo bajó del autobús, miró los mensajes y llamadas perdidas. Había sentido las vibraciones del inoportuno en su bolsillo, pero no solía hablar por teléfono en los transportes públicos. Mientras se acercaba al supermercado respondió al titular del número desconocido. Era Juanpe Perrote Poterna. Le llamó para quejarse del trato a su tío Álvaro y para desmentir la insinuación de que realizaba misiones para él relacionadas con la financiación del partido.

–Nos ha tratado como si fuésemos delincuentes –afirmó Juanpe.

–Nada más lejos de mi intención –respondió Tilo.

–Mi tío se ha sentido muy mal con sus preguntas. Y además le ha mentido sobre mí, así que no tengo más remedio que elevar una queja por su comportamiento poco decoroso, por no decir insultante e indecente.

Tilo reconoció para sí la razón que asistía al superviviente del alcantarillazo y, consciente de que mañana ya no habría caso, encajó las descalificaciones y se limitó a contestar que estaba en su derecho, si bien, ya había advertido a su tío que los investigadores debían de considerar todos los ángulos del poliedro, incluidas las supuestas actividades nom sanctas. Se despidió de Juanpe no sin antes preguntarle si había recordado algún detalle nuevo sobre los momentos de la agresión. “No, nada nuevo”, respondió.

Tilo entró en el supermercado, compró cerezas, naranjas, patatas, cebollas, tomates, pimientos, lechuga, zanahorias, macarrones, pollo y una bandeja de chuletas de cordero. Prepararía una tortilla de huevos con patatas y migas de atún para cenar y cocería medio pollo y varios puñados de macarrones para dar de comer a Mingus dos o tres días. Era lunes y evitó pasar por la pescadería. Añadió dos cartones de leche desnatada a la cesta rodante, pagó y se dirigió a casa. Antes de llegar al tercer piso (sin ascensor), oyó a Mingus ladrar y gemir de contento. Amali salió de su cuarto de estudio, le saludó y le preguntó cómo le había ido.

–Ni fu ni fa; por lo demás, como siempre –dijo el–; coloco las cosas en el frigorífico, pongo a hervir el pollo con macarrones para Mingus y nos vamos a dar un paseo.

–Vale –aceptó Amali–, me cambio de ropa.

Mingus estaba impaciente por regar los árboles de parque. Bajó la escalera a toda mecha, con riesgo de atropellar a algún vecino. En ese momento, Tilo recibió un mensaje por wasap de la comisaria: “Pásate por mi despacho a primera hora”. Dedujo la reprimenda y respondió: “A sus órdenes, jefa”.

Aquel atardecer Amali se abstuvo de utilizarle de sparring de sus memorizaciones de derecho procesal; en vez de eso, pidió a Tilo que le contara cómo había abordado el caso. Dieron dos vueltas al parque y se sentaron en la terraza de El Dulce a tomar un refresco. Amali se hallaba impresionada por la malvada ocurrencia de los agresores. Coincidió con Tilo en el descarte de una acción terrorista. Por el contrario, le pareció una venganza en toda regla, bien estudiada, calculada y ejecutada. Una vendetta de libro.

Tilo reconoció reconoció sus fallos: había quedado corto en la entrevista con el sobrino y se había pasado de la raya con el tío. Pero Amali le concedió el beneficio de la duda, pues los corruptores forman parte de la realidad y lo que es peor, cada vez son más y se extienden por todos los sectores. Y si hay corruptores quiere decirse que hay corruptos en los ámbitos del poder político y las administraciones públicas.

–Al tío ese no debería extrañarle que los investigadores de una agresión tan fuerte contemplaran la hipótesis de una represalia –dijo Amali.

–Son políticos, o sea cínicos –dijo Tilo.

–Ya, pero dónde se ha visto que en vez de colaborar con la investigación, un tío tan recto e importante como el tesorero se muestre capilingue y amenace y denuncie al investigador.

–¿Qué quieres decir con capilingue?

–Con capilli linguae, con pelos en la lengua –aclaró el latinajo–; lo lógico sería que hubiera hablado con vosotros sine mincing verba.

–¿Qué?

–Sin pelos en la lengua.

–Ah, ya… Mi impresión es que no les interesa que se investiguen los hechos ni que localicemos a los autores. Prefieren tapar el tema y oscurecerlo como cuadro medieval.

Quince minutos después, cuando subieron a casa, Tilo, que había dejado enchufado el teléfono para recargar la batería, comprobó que tenía una llamada del pequeño Oliveras.

–¿Qué está pasando?

–Han traído el video de la sucursal bancaria del “caso Perrote” –le informó Oliveras.

–¿Lo has visto?

–Muy por encima. Se ve a una tía acercarse a la víctima y a unos tíos que le agarran por los brazos, lo inmovilizan, le meten una bolsa negra por la cabeza y lo empujan hacia la calzada hasta que desaparecen de la escena.

“¿Dónde se ha visto a una mujer en un comando yihadista?”, se preguntó Tilo.

–¿Estás seguro de que hay una mujer?

–Si, es una joven rubia… Se la ve acercándose a la víctima como para pedirle fuego.

–¿Podría ser un hombre disfrazado?

–No parece, jefe.

–Gracias, Oli, eres estupendo.

–Eso decía mi abuela. De todos modos no te hagas ilusiones, no se les ve la cara –añadió el documentalista.

C4.-Un confidente de parte

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Edificio del Senado, aparcamiento de lujo para políticos en desuso

El sol de junio caldeaba los adoquines cuando Tilo Dátil entró en las dependencias policiales. Agradeció el ingenio del inventor del aire acondicionado, fuera quien fuese, saludó a Merche, se instaló en su pecera y se puso a redactar el escueto informe de los hechos para su señoría judicial. Una hora después conectó el tubo oficial. Le tocó el juzgado de instrucción número siete. Cargó el texto, activó la firma electrónica y lo envió automáticamente. A continuación remitió una copia a la comisaria Sáez. Después llamó por teléfono a la secretaría del juzgado y pidió que le pasaran con su señoría. Se sorprendió al reconocer su voz: era doña Goyita, a la que conocía de algunas causas anteriores.

–En el documento de reparto me ha tocado el siete –le dijo después de identificarse y saludarla respetuosamente–; si mal no recuerdo, usted está en el catorce.

–Y sigo estando, pero no se preocupe, no hay ningún error. Con los recortes y la falta de personal me toca ocuparme también del siete.

–¡Por Júpiter, doña Goyi, no va a dar abasto!

–Pues no, pero a los que mandan les importa un rábano. Ya ve que están jibarizando los servicios públicos y sólo cubren el diez por ciento de las plazas vacantes por jubilación. En fin, usted dirá.

Tilo le explicó sucintamente el caso y le solicitó verbalmente un mandamiento para poder acceder a las grabaciones de las cámaras de la sucursal bancaria del 33 de Ortega y Gasset. La magistrada no puso objeción. Era una buena instructora y siempre facilitaba la labor. Aunque mantenía un tono de voz neutro, Tilo advirtió un toque de enojo contra los autores del alcantarillazo.

–¡No me diga que han hecho eso!

–Se lo detallo en el informe.

Merche le observaba de reojo desde el otro lado de la mampara de cristal del despacho y entró en cuanto colgó el teléfono. Había realizado algunas pesquisas, tenía varias hipótesis y había conseguido un contacto. También a ella le había metido prisa la comisaria. Lógico. No todos los días tiran a una persona por una alcantarilla. Y al parecer, una persona influyente.

–Permíteme un minuto –pidió a Merche.

Redactó la petición formal de los videos y la envió a su señoría. Acto seguido llamó a Amali para darle ánimos y recordarle que sacara a Mingus antes del almuerzo. Definitivamente no iría a comer con ella.

–Soy todo oídos.

–Mejor salimos a tomar un café –propuso Merche.

Se encaminaron hacia el Luzi Bombón. La avalancha de oficinistas de las once de la mañana había pasado y el local se hallaba despejado. Se sentaron en su mesa preferida y Luzi les sirvió café con leche y una galleta grande de chocolate para Merche. Le manchaba los dientes, pero no estaba obligada a sonreír y sostenía que el cacao le activaba el cerebro.

Entraron en la materia. La subinspectora valoró el parentesco de la víctima con don Álvaro Poterna, diputado por Logroño y tesorero desde hacía quince años del partido liberal-conservador en el poder. El veterano político era considerado una pieza esencial de la formación conservadora. Manejaba los caudales (subvenciones y donaciones) y ya se sabe que el dinero es la leche materna de la política. Hombre silente y discreto (apenas intervenía en el Parlamento), poseía fama de recaudador eficaz. Mantenía saneadas las finanzas del partido y acumulaba superávit, año tras año, como correspondía al partido de los ricos. Tilo lo había visto alguna vez por televisión: un tipo voluminoso, un poco atorado, de nariz ancha y aire cansado… Un factotum de confianza del presidente del partido al que ningún coordinador, secretario general ni vicesecretario se atrevía a cuestionar.

–Quince años de tesorero es una buena temporada.

–El tal Álvaro Poterna atesora los secretos de los dirigentes y ahí sigue, cónclave tras cónclave, sin que le muevan la silla –añadió Merche antes de desgranar una parte de la espiga familiar del tesorero y tío carnal de la víctima. Resulta que el padre de don Álvaro y doña Constanza Poterna amasó una fortuna durante la dictadura con la compra-venta de petróleo. El dictador generalísimo lo nombró presidente de la Campsa en pago de los servicios prestados en la guerra, lo que le permitió forrarse, comprar más tierras de viñedo y, sobre todo, parcelas rústicas que pasaron a ser urbanizables, con gran provecho del viejo Poterna, quien adquirió y relanzó el periódico provincial, una herramienta propagandística del régimen y publicitaria de sus negocios inmobiliarios que puso en manos del hijo. Su hija Constanza casó con un Perrote navarro de buena familia, también dedicada a la construcción. Sin embargo, el marido murió en un accidente de avión en Perú. Entonces el hermano de la viuda prohijó al niño pequeño, nuestro Juan Pedro Perrote Poterna. Y desde entonces, el tesorero don Álvaro, soltero y sin descendencia, ha actuado como si fuera su padre. Y como tal le asigna misiones muy provechosas para sí, relacionadas con la financiación del partido. Misiones discretas e inconfesables, se entiende, precisó Merche.

Aunque conocía la eficacia de la subinspectora, Tilo se sintió impresionado: en dos horas había obtenido más pistas sobre el ojo del huracán de la venganza de las que conseguir él hablando con la víctima y pateando el lugar de los hechos. Por si fuera poco, Merche había realizado un contacto del que esperaba buen resultado.

–Es un tipo que conoce los intríngulis del partido –dijo sin que le preguntase de quién se trataba–, un antiguo jefe de prensa al que orillaron en el Senado.

Tilo era escéptico por naturaleza y por experiencia. Sabía que nada es lo que parece y lo que parece no es hasta que se demuestra. Pero Merche llevaba en la sangre la cultura del esfuerzo y poseía una intuición superlativa. Su punto de vista solía ser certero y, en este caso, la hipótesis del daño al sobrino para vengarse del tío, el tesorero del partido, le pareció del todo aceptable.

–He quedado con esa fuente a las doce en su despacho del Senado. ¿Te vienes?

Tilo asintió.

Pagaron las consumiciones y se pusieron en marcha.

El exjefe de prensa les esperaba en la puerta del Palacio de la Marina Española, la zona noble del Senado. Era un hombre de unos sesenta años, con cabello cano en retirada hasta la mitad del cráneo y caída libre sobre el cuello. Les saludó con un apretón de manos y los condujo por un laberinto de escaleras hasta la zona moderna, compuesta por un edificio semicircular que albergaba un hemiciclo grande y otro más pequeño debajo y por un enorme bloque de hormigón, forrado con baldosas de granito rosa y gris, donde se hallaban los despachos de sus señorías y los servicios administrativos. Don Santiago Bellotas quiso dejar claro la confidencialidad del encuentro. Se hallaba bien informado de lo ocurrido al sobrino del señor Poterna y se prestaba a colaborar en la investigación porque apreciaba a Juanpe y profesaba un gran afecto hacia su tío. Eso les dijo.

–Tanto Álvaro como yo pertenecemos al núcleo de “viejos roqueros” del partido –precisó.

Aunque el confidente era más joven que el tesorero, los dos habían trabajado intensamente por el partido desde la extinción de la dictadura. Siempre leales al presidente fundador, habían superado las fugas y deserciones de ultras y franquistas y predicado la civilización democrática hasta convertir al partido en la gran formación política de los conservadores, liberales y democrata-cristianos que ahora era.

–Corren malos tiempos de puertas adentro –dijo en un momento de su breve exposición–. A Álvaro se lo quieren cargar.

–La cuestión –inquirió Merche– es por qué quieren acabar con él si su gestión mantiene al partido en una situación boyante, en contraste con los socialistas (socialdemócratas), que acumulan mucha deuda.

–El dinero crea tantos amigos como enemigos –respondió Bellotas–, pero, en este caso, le consideran un elemento de la vieja guardia afecto al expresidente y, por consiguiente, indeseable.

–Si no entiendo mal –terció Tilo–, la nueva guardia o como se diga ha adoptado los métodos estalinistas de amenazar a la familia… ¡Qué nivel!

–No seré yo quien te contradiga –afirmó Bellotas.

A Tilo empezaba a caerle bien aquel tipo. Lanzó un señuelo para medir su credibilidad:

–Don Álvaro debería de haber tomado más en serio el aviso mortal de esos… llamémosles mafiosos.

–Álvaro es confiado por naturaleza o, dicho de otra manera, la naturaleza que lo configuró un tiarrón como un castillo inexpugnable, lo hizo también confiado. Y si, algunos manejan la cultura de la mafia, del clan para saltar al poder –admitió Bellotas.

–Al parecer, también manejan los procedimientos –añadió Merche.

–Los procedimientos son cultura –afirmó Bellotas.

Tilo empuñó uno de los botellines de agua fresca que el interlocutor había sacado de un pequeño frigorífico incrustado en un armario, la destapó y dio un trago largo. A continuación dijo:

–Amigo Santiago, la cuestión es a quién beneficia el crimen.

El veterano periodista y publicista sonrió. La pregunta, ya formulada por Merche, era bien sencilla, pero el hombre quería hacerse entender y emprendiendo una larga explicación sobre la forma de hacer las cosas en el partido desde los tiempos del presidente fundador. Describió con mucho detalle y varios ejemplos el estilo de mando del patrón, sus métodos unipersonales de decidir y su juego de dedos para nombrar y destituir a los cargos orgánicos. El gran jefe perseveró durante años en su ejercicio dactilar, conocido como “dedazo”, hasta que las deserciones y los fracasos electorales le obligaron a admitir los procedimientos democráticos y se echó a un lado. Entonces el partido eligió a su sucesor en un congreso donde los delegados escucharon a los candidatos y votaron al de más florida oratoria. Pero enseguida se alborotó el gallinero: el elegido era demasiado avanzado en derechos individuales y sociales para una formación conservadora apegada a la santa tradición. El descontento de los jichos y gerentes provinciales era superlativo. Alcaldes y dirigentes regionales elevaban su voz contra el líder nacional. El riesgo de banderías amenazaba la unidad del partido. Y eso sí que no. El patrón dio un puñetazo sobre la mesa, obligó a su sucesor a dimitir y desaparecer de la escena política al tiempo que, dedazo en mano, señaló al sucesor. Era éste un joven de poca estatura, bigote negro, cabello negro y largo cual cantante de orquestina, de apariencia enérgica, afirmaciones rotundas y voz tonitronante, como le gustaba al gran patrón, quien lo entronizó en un cónclave que bautizaron “de refundación”. El nuevo líder ya había acreditado con anterioridad su valía pactando con a algunas oligarquías provinciales y atrayendo hacia su causa a un mandarín tribal con el fin de ocupar la presidencia de la autonomía con mayor extensión territorial del Reino. Lo interesante del caso era que el nuevo dirigente conocía y apreciaba a Álvaro Poterna, pues le había acogido en Logroño, a donde fue destinado después de aprobar las oposiciones de inspector de Hacienda. Don Álvaro le abrió de par en par las puertas del partido, del que era gerente y dirigente provincial, le promocionó entre la militancia, le confió el secreto mejor guardado, es decir, la lista de grandes donantes de dinero para financiar la extensión, el sostenimiento y las campañas de la formación política y, en fin, puso a su disposición las páginas de su periódico para que se prodigara en cuantas materias considerase oportuno. Era como si el señor Poterna hubiese adivinado que aquel joven valor llegaría lejos. Y mira, acertó. En cuanto el patrón lo designó presidente del partido, el nuevo líder recordó la eficacia recaudadora de Álvaro y lo nombró tesorero nacional. Esto ocurrió hacía más de tres lustros, concretamente dieciséis años, tiempo más que suficiente para que su sobrino Juanpe, que reside en el mismo edificio que él en Madrid, acabara los estudios de Derecho y Economía y él comenzara a asignarle tareas relacionadas con la financiación del partido.

Aprovechando una pausa del señor Bellotas para beber agua, Tilo y Merche se miraron de reojo y entendieron que no era momento de interrumpirle ni desviar su exposición con preguntas sobre las tareas del sobrino, quien ya había mencionado ante el inspector su profesión de asesor financiero y administrador de capitales. Bellotas pasó la lengua por los labios y prosiguió. Dos minutos después se acercó al desenlace: “Álvaro está dispuesto a renunciar al cargo antes del congreso nacional, pero quiere nombrar a su sucesor, un hombre leal al partido, conocedor de los intríngulis financieros y, sobre todo, de plena confianza suya, no vaya a ser que lo empapelen y lo cuelguen de las horcas caudinas”.

–Y el sucesor sería su sobrino –dedujo Merche.

–Correcto. De ahí viene el conflicto con el administrador, un hombre ambicioso, de la cuerda del actual presidente del partido, y que, lógicamente, quiere ascender al cargo de tesorero.

–¿Le cree tan desalmado como para liquidar al sobrino? –Inquirió Tilo.

–El poder y el dinero no tienen alma, amigo.

C3.-Maldad sin límites

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

NOTA: Aprovechando las jornadas de asueto de Semana Santa adjuntaré un capítulo cada día. Gracias por leer.

Tapa de alcantarilla similar a la que abrieron para arrojar al joven ejecutivo y administrador de capitales Juanpe Perrote Poterna

El inspector Tilo Dátil salió del hospital y activó su teléfono para dar los buenos días a su inquilina Amalia. Una sucesión de pitidos le informó de las llamadas y mensajes pendientes. Caminó hacia la parada del autobús, pero siguió adelante al comprobar en la pantalla de la marquesina que el próximo coche tardaría diez minutos.

La opositora Amalia ya estaba acodada, metida en faena.

–Dudo que pueda ir a comer contigo –le dijo.

–¿Otro homicidio?

–Si señoría; en grado de tentativa, pero raro de narices.

–¿Puedes contarme algo? Y no me llames señoría –le corrigió Amalia.

–Quisieron matar a un hombre arrojándolo por una alcantarilla.

–¡Queee!

–Lo que has oído.

Improbitas nescere limes.

–En cristiano, Amali, por favor.

–Que la maldad no conoce límites.

–Cierto y verdad. Bueno, después hablamos.

La primera llamada perdida era de un afinador del pianos. La segunda, de Merche.

–¿Alguna novedad? –Le preguntó Tilo.

–Nada especial; sólo quería pedirte disculpas por mi brusquedad matinal.

–Ya te conozco. Y no puedo dar de lo que carezco, jeje.

–¿Qué tal la víctima?

–Dice que no tiene enemigos y descarta que sea una venganza.

–¿Que no tiene enemigos el sobrino y colaborador del tesorero del principal partido de la derecha en el Gobierno? Anda ya…

–No sabía que era pariente del tesorero…

–Poterna. Pariente y colaborador.

–Eso explica alguna cosa, como la prisa de la comisaria en ocuparnos del asunto.

–Lógico. Es un tío importante.

–Si, por parte de tío, jeje.

–No seas frívolo.

–Me río por no llorar; se me ha escapado crudo.

–Ya lo veo; ni siquiera los datos parentales, inspector.

–Estoy perdiendo reflejos.

–¿No te ha dado alguna pista, una sospecha de por dónde pueden ir los tiros?

–Nada de nada… Voy a echar una ojeada al escenario del crimen y luego nos vemos.

Tilo aflojó el paso en la plaza de Manuel Becerra y comprobó la siguiente llamada perdida. Era el número largo de la centralita de la Jefatura. Alguien quería algo, pero al desconocer quien era lo dejó correr. La siguiente llamada era del amigo y compañero Fiol, un izquierdista aficionado a la historia a la inversa (de adelante hacia atrás) al que los mandos, casi todos derechistas cuando no fachas redomados, no permitían la jubilación completa porque sabía árabe. Le trasladaron al grupo especial contra el terrorismo islámico con funciones de escucha y traducción.

–Buenos días Fiol ¿qué se te ofrece? –Le saludó Tilo.

–Antes de nada: ¿Vamos el sábado a ver la Peña Escrita?

–Por mí no hay inconveniente. Y a Mingus le vendrá bien orearse.

–Correcto, entonces quedamos. Otrosí: me han informado que llevas el caso del tío que sacaron de las cloacas esta madrugada junto a la plaza de Colón.

–Cierto.

–¿Tienes algo que huela a terrorismo yihadista?

–Nada; tiene toda la pinta de una venganza. Pero me parece curioso que la víctima, un ejecutivo de las finanzas, sostenga que nunca ha hecho mal a nadie y afirme que los agresores eran terroristas. Acabo de hablar con él y está convencido de que fue un atentado. ¿Quién te ha dicho eso, si no es indiscreción?

–Lo he oído arriba –dijo Fiol.

–Pues tengo la impresión de que han intoxicado a los de arriba.

Tras despedirse de Fiol no tuvo duda de que aquel Perrote Poterna era un tío importante y deseó que el comisario general y la víctima llevasen razón y le quitaran el caso de encima.

Siguió caminando a paso ligero por Francisco Silvela hasta enlazar con Ortega y Gasset. Aprovechó la pausa ante un semáforo para llamar a Maricopa, del servicio de video vigilancia del centro de la ciudad. Era una buena amiga, Maricopa.

–¿Tenéis cámara a la altura del número 33 de Ortega y Gasset, nada más pasar la plaza de Salamanca, en la confluencia con Castelló?

–Llegas tarde, Dátil. Es la segunda vez que me lo preguntan hoy, y no son las diez.

–¿Ah, si? ¿Puedo saber quien se me anticipó? No me gusta duplicar esfuerzos.

–Un tío que dijo ser de la brigada de información antiterrorista. No apunté el nombre.

–Mal hecho, jeje… Es broma.

–Ni broma ni leches: me debes una copa. No apunté el nombre porque no hay cámara que registre el tráfico en esa zona de la calle hasta La Castellana. Las que tenemos en Marqués de Salamanca están orientadas hacia Príncipe de Vergara. O sea que nada, monada. Lo siento. Y no te pregunto qué ha pasado porque no me lo vas a contar, ¿verdad?

–En eso tienes razón, muchas gracias, Mari y que tengas buen día.

Ya en la zona del suceso realizó una composición de lugar: imaginó a los dos agresores acechando a la víctima cuando llegó en su coche y se desvió hacia la rampa del aparcamiento subterráneo exclusivo para residentes. Acto seguido se habrían desplazado sin prisa hasta los muretes de hormigón, de metro y medio de alto, que flanquean la escalera de salida del parking y habrían esperado a que asomara la cabeza, momento en que habrían hecho una señal a la rubia para que se moviera desde la esquina de la calle Castelló, donde hay una sucursal bancaria, y se dirigiera a su encuentro con un pitillo en la mano con el fin de pedirle fuego. En ese instante los matones cayeron sobre Perrote, lo inmovilizaron y lo condujeron a empellones y pinchazos hasta la boca de la alcantarilla, situada en la calzada, a poco más de dos metros del bordillo de la acera. Es muy probable, se dijo, que los malotes tuvieran uno o dos compinches encargados de quitar la tapa y controlar la alcantarilla, desviando a los coches que circularan en ese momento, hasta consumar la fechoría y reponer la chapa en su lugar. Examinó al detalle la tapa, cuatro agujeros –dos a cada lado– de ventilación, una orla con la inscripción del ayuntamiento, seguida de siete estrellas, la palabra “saneamiento” en el centro y nada más. No parecía muy pesada. Con meter uno o dos ganchos de hierro por los agujeros y tirar fuerte hacia arriba se abriría una ranura suficiente para arrastrarla sesenta centímetros y dejar la cloaca al descubierto. “¡Qué cabrónides!”, exclamó.

El portero del edificio 33, pegado al parking subterráneo, tenía cara de buena persona y edad suficiente para dejar de trabajar. “De hecho –le dijo–, ya estoy jubilado, pero la paga es tan magra que he tenido que agarrar la jubilación activa para ayudar un poco a los hijos: tengo dos en el paro obrero”. El señor Gregorio no vio nada y no pudo ver nada porque los domingos libraba y se quedaba en casa, en la antigua barriada de Pilar. Ni siquiera estaba enterado del suceso. “No he sentido nada por la radio”, dijo. Desde luego, conocía al señor Perrote, le parecía un tipo engolado y distante, y su trato con él se limitaba al saludo habitual de hola y adiós.

–¿Qué ha hecho, si se puede saber?

–Más bien se lo han hecho a él –dijo Tilo.

–¿Qué ha sido, pues?

–Se lo puedo decir, pero si se va de la lengua lo meto en la cárcel.

–Soy una tumba –respondió Gregorio.

–Lo tiraron por esa boca de alcantarilla.

–¡No fastidie! Hay que tener mala sombra para hacer eso.

–Pues sí, muy mala leche.

–Diga usted que conmigo no podrían hacerlo –dijo, tocándose el vientre atonelado.

–Su dinero le habrá costado.

–Nos ha jodido mayo con las flores. Pero lo que yo digo: mejor echarlo aquí que en drogas, putas y juego.

En respuesta a las preguntas del inspector, el portero dijo que con la madre del señor Perrote había tenido buen trato.

–Doña Constanza Poterna era una buena señora. Y muy rica. Cuando hicieron el agujero ahí al pie se quedó con media docena de plazas: tres para la familia y otras tantas para alquilar. Era farmacéutica y regentaba varias oficinas de farmacia, una aquí, en el distrito de Salamanca, otra en Carabanchel alto y creo que otra en Alcorcón. Lo cierto es que se podía hablar con ella, se interesaba por ti y dejaba buenas propinas.

–Habla en pasado, ¿quiere decir que ya no las deja?

–Se jubiló hará cosa de tres años y se largó a vivir a La Rioja, donde, al parecer tiene un edificio de pisos en Logroño y una extensión de viñedos que quitan el hipo. Ya le digo que es una mujer muy rica, una señora estupenda. En cambio, el hijo… Bueno, eso de tirarle por la alcantarilla significa que algo muy malo habrá hecho.

–¿Cree que algún vecino quería vengarse de él por alguna fechoría?

–Ese no vive aquí, sino ahí abajo, en el edificio que hace esquina con Núñez de Balboa, frente al palacete del Gallo. Tengo entendido que él y su tío tienen un piso cada uno en esa finca. Así que si alguien de aquí le tenía tirria, no le puedo decir. Desde luego el hijo, al contrario que la madre, una bellísima persona, no tenía trato con ningún vecino. Ya le digo, un señorito estirado al que parecía que le habían metido un palo por el culo. Y usted perdone. Pero oiga, es que más de una vez y más de dos, sobre todo cuando venía en moto, me llamaba por el interfono para que bajara a abrir el portón del parking porque se le había olvidado el mando. Y no digo yo una propina, que eso, para los ricos, son palabras mayores y, encima, nunca llevan dinero suelto, pero si las gracias, que no cuestan nada. Pues no.

–Gregorio ¿le importa que eche una ojeada al parking?

–En absoluto, le acompaño.

Mientras recorrían la primera planta del aparcamiento subterráneo –tenía dos– el portero se refirió a la fiera de la construcción: “Desde que la fiebre de la especulación inmobiliaria llegó al subsuelo, han dejado las calles como un queso gruyer; Ortega, Príncipe de Vergara, Velázquez, Goya, Juan Bravo, Narvaez…, en todas las que tienen amplitud han hecho ratoneras para meter los coches. ¡Menudo negocio para el Ayuntamiento y las constructoras! Pero no para ahí la cosa porque el alcalde Gallardón –yo le llamo Gasradón– se ha seguido forrando con esa operación de quitar las baldosas y poner granito en las aceras. Se ve que como ya no tenían de donde sacar petróleo, pues venga granito Granilouro de Pontevedra por doquier. De algún modo había que seguir embolsando pasta y ganando elecciones. Y al final ¿qué? Al final resulta que ese tío tan listo y ambicioso nos va a matar con gas inerte el gas radón que desprende el granito y se acumula en estos subterráneos y es cien por cien cancerígeno.

–Le veo muy bien informado –dijo Tilo.

–Algunas cosas estudio. Bueno, usted perdone el mitin.

–Perdonado.

–Si es que le tengo tal asco a ese Gasradón que me disparo.

–Le entiendo; hay gente que abusa del poder.

–Abusar es poco: lo usan para forrarse y hacer daño a los de siempre, los de abajo.

–También hay políticos buenos –adujo Tilo.

–Lástima que duren poco. Mire, esas son las tres plazas de los Perrote.

Una estaba ocupada por un Mercedes azul oscuro todo-terreno, otra por una moto Honda RC2113V de mucha categoría, y la tercera por un Smart eléctrico enchufado a la corriente. Tilo miró el Mercedes detenidamente, se inclinó como si quisiera ver la marca de los neumáticos, pero era el reposapies lateral derecho lo que atraía su atención, ya el metal plastificado o el plástico metalizado tenía una arruga, una especie de pico sobresaliente como si hubiera sido golpeado por debajo con un martillo. En cambio, el apósito del lado del conductor estaba plano y recto.

El portero le azuzó:

–No conviene estar mucho tiempo aquí abajo.

–Ya, por el gas radón. ¿De modo que este es el coche del señor Perrote?

–Éste, el renacuajo y la moto –afirmó Gregorio,

C2 .-Arrojado a las cloacas

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

A primera hora de la mañana de aquel caluroso lunes de junio, el inspector Tilo Dátil recibió el encargo urgente de investigar una agresión muy grave. Según la describió por teléfono la comisaria doña Emilia Sáez, aquella acción criminal era una obra siniestra, una diablura del mismísimo Belcebú prevaliéndose de la infraestructura urbana.

(En el capítulo anterior, C1, los amigos de Juanín, el ciclista atropellado, se comprometen a identificar al autor del atropello que se dio a la fuga y a que se haga justicia)

–Déjalo todo y ponte a ello –le ordenó.

–Si, señora.

El sol empezaba a iluminar esta cara del planeta, eran las siete de la mañana, y el inspector, un tipo al borde de los cincuenta años de edad, con veinte de experiencia en homicidios, sabía que la prisa y el error son dos huevos pasados por el infundíbulo de la misma gallina, así que se tomó con tranquilidad el encargo y siguió pastoreando a Mingus, un cocker blanco y negro, con mirada de asombro, que se esmeraba en regar cada plátano de sombra del parque como si fuera el jardinero. En el Dulce, el primer bar del barrio en levantar la persiana, se tomó el café de costumbre. “Hay que tener mala leche para quitar la tapa de una alcantarilla, arrojar por ella a una persona y volver a ponerla como si no hubiera ocurrido nada”, pensó.

Esperó a que Mingus culminara sus necesidades intestinales (las olfativas y enredadoras con sus congéneres no tenían fin), pagó el café, recogió el marrón con el trozo de papel de cocina que llevaba en el bolsillo, lo depositó en la papelera, enganchó la correa al collar del canelo y subieron a casa. Con cuidado de no hacer ruido con las puertas para no despertar a la inquilina, Tilo siguió dando vueltas al caso mientras se duchaba y afeitaba.

La utilización de una alcantarilla para arrojar a una persona al subsuelo y acabar con ella le parecía, además de diabólica, una agresión rara y novedosa. No recordaba haber visto, leído u oído un caso similar en los años que llevaba combatiendo el crimen. ¿Quién diablos podría haber ideado una fechoría de ese nivel? Además del ideólogo hacían falta varios brazos ejecutores, pues no es fácil inmovilizar a individuo en plena calle, colocarlo sobre un agujero de un metro de diámetro y dejarlo caer a plomo en la cloaca. Se requiere una buena inspección previa, un estudio de la zona, una planificación de la agresión…

Tilo llenó la cazuela de Mingus de bolas de pienso, le acarició la frente y el hocico, como hacía siempre al despedirse, le susurro: “Se bueno con Amalia”, y salió de casa procurando no hacer ruido. La inquilina estudiaba hasta altas horas de la noche y merecía no ser molestada. Él solía llamarla pasadas las diez de la mañana, le daba los buenos días y la animaba si notaba su voz alicaída. Era una buena chica y se esforzaba a conciencia en preparar la oposición.

Mientras esperaba el autobús se fijó en una tapa de alcantarilla. Tal vez había exagerado su dimensión. Vista de cerca no tendría más de sesenta centímetros de diámetro, lo cual significa que la víctima no podía ser muy gruesa. La conclusión de Perogrullo descartaba a esos hombres panzudos de apariencia gestante y contrastaba con el apellido superlativo del superviviente martirizado, señor Perrote.

Durante el trayecto hasta la glorieta de Atocha se esforzó en meterse en los zapatos del agredido. El pobre hombre lo tuvo que pasar fatal en las tenebrosas conducciones de aguas fecales. Intentó imaginar su angustia, aunque enseguida comprendió que era un ejercicio inútil, pues cada cual se desespera a su manera. Después de todo, se dijo, el martirizado había tenido una suerte de mil rayos al poder salir vivo del lance. Según la sucinta referencia de la comisaria, sólo había sufrido magulladuras y heridas menos graves. Cuando le rescataron los poceros, con la ayuda de los bomberos y la presencia de la policía municipal, se hallaba dolorido y congestionado, pero tenía las constantes vitales en perfecto estado.

Por un instante Tilo se preguntó qué daño habría hecho el ciudadano Perrote para provocar una arremetida de aquellas características. Un furgón que pasaba al lado del autobús confirmó su hipótesis de trabajo de que se trataba de una venganza o, cuando menos, de un escarmiento con intención homicida. El furgón lucía un letrero verde: “Tratamiento de aves” y llevaba el capó y la cubierta superior plagada de excrementos de palomas y otros volátiles. El inspector sonrió y siguió pensando en la venganza de los pájaros, los que fueran.

Ya en el intercambiador de Atocha, aprovechó la espera del autobús de la línea que le dejaría junto al hospital Gregorio Marañón para llamar a su colaboradora Merche. Faltaban quince minutos para las nueve, hora del comienzo de la jornada laboral, pero la subinspectora, una auténtica máquina de precisión, respondió con un bufido a su saludo matinal. Poseía un riguroso sentido del tiempo y le fastidiaba que un superior, fuera quien fuese, interfiriera en sus periodos de asueto. “Tenemos poco tiempo para nosotros y no estoy dispuesta a regalarle ni un minuto a la empresa”, solía decir. En eso (y en casi todo) tenía razón. Después de templar gaitas con ella, aprovechando la clamorosa victoria de su equipo, el Rayo Vallecano, frente al poderoso Real Madrid, quedaron en distribuirse la tarea en función de los datos que la víctima pudiera y quisiera aportarles.

En una pequeña sala de espera del departamento de urgencias del Gregorio Marañón el inspector Tilo Dátil se distrajo divagando sobre la ductilidad humana a partir del cambio de chaqueta del eminente médico que daba nombre al hospital. Recordaba la historia del ilustre endocrino quien, según le contó el abuelo Venancio, pasó de ser un liberal republicano, fundador de la Agrupación al Servicio de la República con José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala a pactar con la dictadura militar del despiadado general Francisco Franco. El eminente endocrinólogo obtuvo a cambio de su regreso a España después de la sublevación militar y la Guerra Civil en la que triunfo el nazi-fascismo, la construcción de este hospital universitario, bueno y positivo para el noble pueblo de Madrid.

Enseguida apareció un auxiliar de enfermería empujando una silla de ruedas con un hombre joven al que habían enyesado una pierna y colocado un collarín en el pescuezo. Era la víctima, don Juan Pedro Perrote Poterna.

Se saludaron, se presentaron, el auxiliar anunció que volvería en media hora y les dejó solos.

–Pese haber regresado del infierno tiene usted un aspecto estupendo –dijo Tilo con ánimo de agradar y romper el hielo.

La verdad es que la víctima presentaba la apariencia saludable de un señorito que no hubiera trabajado nunca. Tenía el rostro bronceado, las manos finas y suaves, el cabello negro, corto y domado hacia atrás. Si no conociera la causa de sus lesiones, habría dicho que se trataba de un deportista de élite.

–Iban a matarme, inspector.

–Pero no lo han conseguido y me alegro por usted y su familia.

–Vamos a tutearnos si le parece bien –propuso Juan Pedro.

–Claro que sí.

–Puede llamarme Juanpe, como los amigos.

–Desde luego, Juanpe –respondió Tilo mientras le echaba unos treinta y cinco años de edad y calculaba que andaría por el metro setenta de altura y unos setenta kilos de peso, es decir, un mueble perfectamente manejable por dos malos corrientes.

–¿Cuántos eran los agresores, amigo Juanpe? –Le preguntó, sacando su libretilla del bolsillo de la americana para darle a entender el comienzo de las pesquisas.

–Los que me pusieron la mano encima eran tres, una tía y dos tíos.

–¿Una mujer? –Se extrañó Tilo.

–Si, una bruja rubia que se me acercó a pedirme fuego.

–¿Te intimidaron con algún arma blanca o de fuego?

–No, inspector.

–Te quitaron la cartera, el teléfono, el reloj…

–No, no.

–¿Entonces descartamos que los agresores fueran delincuentes comunes?

–Yo no les llamaría agresores, inspector: eran terroristas.

–Bueno, eso lo dirá el juez cuando les echamos el guante –puntualizó Tilo.

–¡Joder, Dátil! Esos tipos iban a matarme. Me aterraron, me tiraron a una alcantarilla para que me asfixiara o me ahogara y me comieran las ratas… ¿Ya me dirá usted si eso no es terrorismo puro y duro?

Tilo constató la facilidad de algunas personas para tildar de terroristas a otras y calificar de atentado cualquier incidente violento. Desde luego la derecha política nacional abusaba de aquel calificativo y no hacía falta preguntar la ideología de aquel hombre.

–De acuerdo, amigo Juanpe, te has librado de morir malherido y ahogado o asfixiado en la mierda ahí abajo, pero no me corresponde a mí discutir contigo si los autores de un acto criminal tan vil y cobarde como el que has sufrido te atacaron por motivos patrióticos, religiosos o de otra índole. Lo que queremos es atraparlos cuanto antes ¿verdad? Así que vamos a los hechos.

El interlocutor asintió con el mínimo movimiento de cabeza que le permitía el collarín, aunque insistió:

–Pero yo también quiero que conste que eran terroristas e iban a matarme.

–Constará, pierde cuidado –respondió Tilo, anotando dos palabras en su pequeña libreta: “Homicidio frustrado”.

A continuación aquel Juanpe Perrote Poterna movió el trasero a un lado y otro sobre el asiento de la silla rodante, como si estuviera a disgusto.

–¿Quieres que te ayude?

–¿Llevas tabaco?

Tilo asintió.

–Tengo unas ganas locas de fumar –dijo el perniquebrado.

Tilo abrió la puerta, oteó el panorama, empujó la silla por un largo pasillo hasta el hall de la entrada, intercambió unas palabras con el celador, que hizo la vista gorda y les permitió salir. Ya fuera del edificio, le dio de fumar y siguió empujando la silla de ruedas por la acera hacia la esquina, donde unos setos de romero anuncian la existencia de un parque de tierra con algunos árboles de sombra. No pudo evitar el chiste al ver reflejada en los cristales la imagen del madero transportando al tronco. Doblaron la esquina. Tres jóvenes sanitarias revoloteaban por el pequeño parque. Apuraron sus cigarrillos y les dejaron el banco que ocupaban a la sombra de un pino piñonero. Se lo agradecieron.

–¿Vamos a los hechos?

La nicotina parecía haber estimulado las neuronas de la víctima.

–Te cuento: yo acababa de salir del párking subterráneo de la plaza del Marqués de Salamanca, esquina con Ortega y Gasset, cuando se me acercó una joven rubia, muy guapa y me preguntó si llevaba fuego. Claro que sí. Iba a meter la mano en el bolsillo para sacar el mechero cuando sentí que me agarraban los brazos por detrás. Eran dos tipos. Me retorcieron los brazos y me amarraron las muñecas con cinta adhesiva. En ese momento la tía me metió una bolsa por la cabeza, una de esas bolsas negras de plástico fino que se utilizan para la basura, y ya no pude ver más. Me quedé sin aire para gritar y forcejear. Uno de los tipos me dijo: “Camina, cabrón” y me pinchó con una jeringuilla o un alfiler, no sé. Di ocho o diez pasos. Me llevaban cogido de las axilas, casi en volandas. De repente pisé aire y noté que caía, aunque no de bruces, sino en vertical porque los tipos no me soltaron hasta que vieron que ya tenía casi medio cuerpo dentro de la alcantarilla. La conducción de aguas grises no tiene ahí mucha profundidad –tres o cuatro metros, calculo–, pero el golpe fue bastante fuerte. Oí el chasquido de la pierna y sentí un dolor agudo. Estoy jodido, me dije, a punto de desvanecerme. Pero fíjate tú lo que son las cosas: la punzada de dolor evitó que perdiera el conocimiento. Ésta me salvó –dijo poniendo la mano sobre el yeso.

Tilo evocó para sí el cuento de Valle Inclán sobre la pérdida del brazo. El atacado prosiguió:

–Enseguida conseguí enganchar la bolsa con los labios, mordí el plástico e hice un agujero para poder respirar. Luego seguí mordiendo con fuerza para agrandar la abertura y poder ver donde demonios estaba, aunque ya era consciente de que me habían arrojado por una alcantarilla. La fetidez era insoportable. Caía agua sucia por todos los tubos laterales y me iba deslizando hacia abajo. Aunque intenté sujetarme con los hombros a los lados de la alcantarilla, el lodo y la inclinación me hicieron resbalar hasta un colector de cemento, más grande, por el que seguí resbalando sobre el trasero hasta caer en una especie de riachuelo. Supuse que sería el arroyo del Abronigal, en las profundidades del Paseo de la Castellana. Entonces noté el borde rugoso de una una tubería y me puse a frotar las ataduras de los brazos hasta que la cinta cedió y me pude soltar. Me quité la bolsa y vomité varias veces. La oscuridad era total. Apenas había aire y la pestilencia era horrorosa.

Tilo le dio de fumar y le desvió de la angustia con varias preguntas superficiales, de cuyas respuestas anotó que la agresión se produjo sobre las veinte horas del domingo, 5 de junio; que el señor Perrote no supo si lo estaban esperando, aunque tiene la impresión de que el ataque no iba dirigido contra él, sino contra cualquier persona que a esa hora pasase por ese lugar; que no encuentra motivos para que alguien quisiese liquidarle, pues nunca ha hecho mal a nadie.

–Sin embargo, alguien te quiere muy mal.

–Te repito que no tengo enemigos, sólo amigos.

El inspector anotó: “Sin enemigos declarados”.

–Pero siendo abogado, vale sopesar si algún cliente descontento, algún damnificado…

–¡Imposible! No me he puesto la toga en mi vida. Me licencié en Derecho, pero me he dedicado a la economía financiera como administrador e inversor de capitales privados.

–¿Y el dinero no crea enemigos?

–Sobre todo crea deudores tentados a salir huyendo. Pero debo decir que no he arruinado a nadie –aseguró Juanpe.

Tilo le miró fijamente, afirmó que “la venganza existe” y le invitó a revisar sus relaciones sociales y profesionales. Era su segunda invitación. La primera consistió en animarle a repasar mentalmente una y otra vez los momentos previos a la agresión a ver si además del rostro de la mujer rubia que le tendió la emboscada encontraba algún detalle significativo para la investigación.

–Casi siempre funcionamos automáticamente –le dijo con énfasis persuasivo–, pasamos a diario por delante de la Cibeles, dando por hecho que sigue ahí petrificada en su carro. Ni siquiera la miramos ni, por supuesto, sospechamos que haya sido decapitada. Y de pronto la encontramos sin cabeza en la foto del periódico.

Mientras le entregaba una pequeña libreta de su colección particular para que anotara los datos que pudieran derivarse de la tarea encomendada, apareció el auxiliar de enfermería en la esquina del edificio y les gritó para que regresaran inmediatamente.

–¡Pero cómo se les ocurre! ¿No saben que está prohibido salir del hospital? –Les conminó.

Tilo le pidió disculpas y puso cara de circunstancias.

–Me juego una sanción de aúpa –añadió el sanitario.

–He salido a fumar porque sin tabaco no termino de funcionar –se justificó Juanpe.

Tilo dejó la silla rodante en manos del empleado, anotó el número de teléfono de la víctima en la contraportada de la libretita y se despidió.

C1.- Juanín tenía un sueño

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

La cirujana auxiliar Gabriela Cabello corrió detrás de su jefa hacia la entrada de urgencias. La alarma concentró en la sala de curas a todo el personal sanitario operativo en aquellos momentos. Enfermeras, auxiliares y especialistas cayeron sobre la camilla rodante del herido, evacuado en helicóptero, como un grupo de ángeles dispuestos a impedir que las parcas se llevaran consigo a aquel muchacho. Había perdido mucha sangre, se hallaba inconsciente, pero seguía vivo. Lo rodearon por ambos costados, le realizaron análisis de los órganos vitales, evaluaron con sus sofisticados instrumentos las carencias inmediatas, le aplicaron oxígeno, le practicaron una transfusión sanguínea, le suministraron suero, sedantes, antibióticos y otros fármacos en vena.

La cirujana y su ayudante se mantuvieron en un ángulo de la sala, procurando no estorbar mientras los especialistas se esforzaban en que el herido recuperase las constantes vitales y adoptaban las decisiones más convenientes. Enseguida entraron en acción sobre el área de su competencia: los huesos. Se distribuyeron la tarea: Gabriela la pierna izquierda y su profesora la derecha. Asistida por un enfermero y dos auxiliares, la joven cirujana palideció ante el horror de la extremidad desnuda y sanguinolenta. La tibia astillada asomaba por la piel como si fuera un cuchillo; el pie, destrozado, se mantenía unido a la pierna por la piel rasgada y los tendones.

Al ver la calza de ciclista, Gabriela sintió un palpito extraño, se incorporó, separó un instante el lienzo que protegía la cabeza del herido. “¡Oh Dios, es Juanín! ¡No, Juanín, nooo!” Clavada ante el herido recién intubado, estalló en sollozos. Juanín era amigo suyo, un chaval formidable, un ciclista prometedor. Las lágrimas se apoderaron de su rostro. El enfermero y la cirujana senior la separaron de la camilla y la condujeron a la sala de descanso. “Estas cosas ocurren, cariño, no podemos evitarlas”, dijo la superior con afán de serenarla. Las dos sabían que el herido se quedaría sin piernas, aunque lo importante ahora era salvarle la vida. La cirujana jefe le dio un vaso de agua fría, la obligó a beber y permaneció sentada con ella unos minutos. Luego se incorporó. “Ánimo, Gabi, cariño”, reiteró. Y regresó al quirófano.

A solas, la joven doctora lloró la nube que le oscurecía su cerebro hasta que, poco a poco, se fue serenando. Media hora después comenzó a racionalizar la emoción y a comprender la desgracia como algo irreversible. Su profesora tenía razón, siempre la tenía: “No podemos hacer nada para evitar lo sucedido, sólo curarle y que conserve la vida”. Se incorporó, se lavó la cara, vio la larga y laboriosa cura de las piernas destrozadas de Juanín a través de la claraboya de cristal de la puerta que separaba la sala de descanso del área séptica.

Mientras contemplaba las evoluciones de los médicos y enfermeros en torno al herido, Gabriela pensó en las injusticias de la vida y en la fatalidad del destino. Un chaval como Juanín puede tener un sueño: convertirse en ciclista profesional sin dejar de ayudar a su padre en el horno de la panadería de La Nava y en las tareas de distribución del pan; puede tener las condiciones físicas y mentales para llegar a ser un buen corredor, un líder en la montaña, un campeón; puede sacrificarse al máximo en la persecución de su sueño, robar horas al asueto y la diversión para entrenar, recorrer rutas por carreteras sinuosas, evaluarse; se puede imponer una dieta alimentaria estricta, sin desviaciones, sin grasas, sin una gota de alcohol. Juanín era disciplinado y hacía todo esto. Si algún viernes quedaba con sus amigos para ir al cine o a la discoteca de Navahermosa, se tomaba un agua tónica y se largaba a las dos horas. Ella lo conocía y admiraba. Bailó con él muchas veces. Aunque era nueve años mayor que él, sentía atracción por aquel muchacho de poco más de diecisiete. Más que imán físico, experimentaba una mezcla de fascinación y suspense hacia él; fascinación por su capacidad de sacrificio y suspense por saber hasta donde podía llegar.

Si, Juanín, el hijo del panadero de La Nava, tenía un sueño. Y ahora… ¡Maldita sea!

Gabriela volvió a sollozar. Sus ojos se humedecieron de nuevo al recordar los recortes de los periódicos deportivos que siempre guardaba en el bolsillo. El último que le mostró era el calendario de la copa de España en Ruta Sub-18. Tenía ilusión en participar. Le mostró las fechas: etapas salteadas en fines de semana aquí y allá que no obstaculizaban su trabajo en la panadería. Costaban dinero porque había que desplazarse: el 8 de abril, Torredonjimeno; el 22, Villanueva de Castelón; el 25 de febrero, Badajoz; el 10 de marzo, Eibar; el 13 de mayo, Alcalá de Henares.

Lo conocía desde que era un niño, un mocoso inquieto que revolvía los cajones en busca de algo interesante, hojeaba los libros por si tenían algo más que letras. Una vez encontró dinero, billetes de curso legal que había guardado el abuelo para alguna emergencia. Llegaba acompañado de su hermana Raquel y no paraba ni para merendar aquellas tostas de pan con aceite de oliva, tomate y anchoas que tanto le gustaban. Las tardes de verano en que ella estaba de vacaciones en La Nava y su amiga Raquel venía a verla con el pequeño Juanín, él ya sabía lo que quería ser: ciclista. Ella contribuyó incluso con un buen pellizco a la compra de su primera bicicleta de carreras, “la bicicletina” le llamó.

Unos años después, cuando pegó el estirón y empezó a hacerse mozo, ella también se aficionó al ciclismo y le acompañó, junto a otros amigos de La Nava, Espinoso, Los Lucillos y San Pablo en sus rutas dominicales. Se hicieron camisetas de la peña ciclista y le dieron duro al pedal. Él despuntaba entre los mejores. Aprovechaba los repechos de las estrechas carreteras entre pinos y chaparros para colocarse en cabeza. Subía las lomas y los cerros sin perder ritmo. La montaña era su elemento, descolgaba a todos los compañeros y pronto le reconocieron como líder, el mejor escalador. El solía esperarles en la cima. El camino de los Arrieros era la ruta preferida. Tenía cinco kilómetros de pedaleo fácil, con algunos badenes y ondulaciones divertidas hasta llegar al cruce del camino de las Viñas, donde empezaba la cuesta arriba, una pendiente de ocho kilómetros con un cinco por ciento de elevación que alcanzaba el once a dos kilómetros en la cima. Los que se sentían con fuerza seguían a Juanín hasta agotarla y los que andaban flojos o rehuían el sufrimiento, torcían hacia el camino de las Viñas y les esperaban en la venta de la Chana al frescor del arroyo Amargo.

Juanín era el mejor cuesta arriba, un escalador explosivo y constante, el mejor ciclista en varios pueblos a la redonda. Federico Martín Bahamontes era su ídolo histórico y su ejemplo cercano. En La Nava, donde la gente se hacía lenguas sobre el hijo del panadero y cultivaba la esperanza de que pusiera a la aldea, a la capital comarcal (Navahermosa) y provincial (Toledo) en el mapa del pabellón de la fama, le consideraban un joven de gran calidad humana; no había querido estudiar más allá del bachillerato, pero había cursado un módulo de panadería y bollería y perfeccionado las técnicas de su padre, diversificando los productos. Aunque su hermana se había casado y emigrado a Barcelona, el panadero tenía la suerte de contar con un hijo admirable y un ciclista prometedor que con dieciséis años ya había ganado la clásica para aficionados Illescas-Toro de Osborne-Illescas y demostrado que no sólo era buen escalador, sino también bueno contra el crono.

Dos horas después de la estabilización y las curas urgentes pasaron al joven Juanín a la Unidad de Cuidados Intensivos. Seguía dormido, pero la transfusión de sangre y de oxígeno había atenuado el peligro. Los especialistas afirmaron que el descenso del riego sanguíneo no había dañado el cerebro. La saturación en sangre era aceptable, el corazón bombeaba satisfactoriamente y las demás constantes vitales permitían una intervención quirúrgica inmediata. Sin embargo, la cirujana jefa decidió esperar a que recuperara la consciencia. Quería informarle de la gravedad de las lesiones antes de anestesiarle y serrarle los huesos. Sería una intervención larga.

La cirujana pidió a su ayudante que la acompañara. Salieron a la sala de espera, Gabriela vio a los padres de Juanín, se aproximó a ellos, saludó al padre y besó a la madre. El señor Picatoste y su esposa habían sido informados por la Guardia Civil de que su hijo había sufrido un accidente muy grave: lo atropelló un vehículo semipesado y había sido trasladado en helicóptero al servicio de urgencias del hospital provincial, le dijeron. La ansiedad del señor Picatoste y de su esposa, una mujer muy delgada en contraste con su marido, se leía en sus ojos:

–¿Qué le ha pasado, cómo está?

–Yo se lo explico, vengan con nosotras –dijo la cirujana jefe.

Les condujo a su despacho, los invitó a sentarse. Gabriela les sirvió dos botellines de agua. La iban a necesitar, se dijo. La jefa de cirugía movió varias carpetas como si estuviera buscando el expediente del herido, aunque, en realidad, se limitaba a hacer tiempo para facilitar la relajación de los progenitores. Tenía experiencia en estas lides y procuraba atemperar el impacto de la pérdida. Gabriela se mantuvo de pie detrás don Juan Picatoste, un hombre fuerte, calvo, con cara de buena persona, de unos sesenta años, y de su compañera, doña Encarnita Sotera, otoñal, muy pálida pero guapa a pesar de su delgadez, quien enseguida demostró su fervorosa religiosidad. Gabriela confiaba en que ese acendrado catolicismo le ayudase a encajar la desgracia. Su jefa levantó la vista de los papeles, les miró con aire apacible y les informó:

–Su hijo Juanín Picatoste, de 17 años, vecino de La Nava, ingresó a las 7:58 horas de hoy, domingo, 27 de octubre, en el servicio de urgencias en una situación muy crítica, con pérdida de conciencia y de una tercera parte del flujo sanguíneo, provocado por heridas muy graves en ambas extremidades inferiores. Su diagnóstico es muy grave. Se le ha practicado transfusión de sangre y plasma suplementario, oxígeno, medicamentos y sedantes, así como varias curas urgentes en ambas piernas, el costado y los hombros. Por suerte no ha sufrido daños en la columna vertebral. Tras recuperar las constantes vitales, ha pasado a la UCI, donde esperamos que recobre la conciencia para operarlo.

–¿Qué quiere decir con heridas muy graves en las extremidades inferiores? –Preguntó el señor Picatoste.

–Conservará la vida, aunque perderá las piernas –dijo la doctora.

–Pero…

–La izquierda por debajo de la rodilla y la derecha por encima –añadió.

Doña Encarnita sollozó, miró a su marido.

–Lo sabía, oh Dios mío… Sabía que esa pasión suya por la bicicleta… –alcanzó a decir antes de estallar en un fuerte llanto.

El señor Picatoste apretó los puños y agachó la cabeza hacia el suelo como si quisiera que lo tragara la tierra. Gabriela se acercó a la mujer, le puso ambas manos en los hombros y le susurró palabras de consuelo. Las mismas que su jefa le había dicho cuando reconoció al herido.

–Doctora, ¿me está diciendo que no podrá andar nunca más? –Preguntó el señor Picatoste elevando la cabeza después de medio minuto.

La cirujana jefe le explicó la gravedad de las fracturas de huesos de ambas piernas. Era como si le hubiera estallado una mina en una zona de guerra y al mismo tiempo le hubiera pasado un camión por encima. El pie y los huesos de la pierna izquierda estaban quebrados, astillados, inservibles, y la rodilla derecha había quedado destrozada. «Eso no significa –añadió mirándole fijamente– que haya perdido la posibilidad de andar, pues las prótesis han alcanzado un nivel de perfección muy alto».

El señor Picatoste extendió el brazo sobre los hombros de su esposa y la atrajo hacia su pecho al tiempo que Gabriela le suministraba otro pañuelo de papel para que se limpiara las lágrimas y su jefa le abría el botellín de agua.

–Bebe agua, cariño. Ya has oído a la doctora: podrá andar –intentó animarla el señor Picatoste– ¿Podemos verle?

–Todavía no. Tal vez mañana si la operación sale como esperamos –le decepcionó la directora de cirugía ósea.

El panadero dirigió una mirada interrogante a Gabriela, como si esperara una respuesta sobre su influencia. Ella captó el mensaje.

–Quizá les podamos permitir –dijo, mirando a la superiora– que se acerquen a la claraboya de la puerta de la UCI para verle. No pueden pasar porque es una zona séptica, pero…

La superiora asintió.

–Desde luego, pero no se asusten si le ven cubierto por una telaraña de tubos –les advirtió.

La joven cirujana Gabriela Cabello recordaría toda su vida la tarde de octubre en que serró los huesos de las piernas de su muy querido Juanín Picatoste. Fue una operación compleja y larga en la que intervinieron otros especialistas en cardiología, sistema nervioso y neurología, al cabo de la cual el joven que corría detrás de un sueño –llegar a ser un gran ciclista, el mejor, digno sucesor de Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo– despertaría a la decepción y el desconsuelo. Recordaría también las horas de abatimiento de Juanín en aquella habitación de hospital durante su larga convalecencia. El adolescente lloraba cada media hora, se negaba a comer y sólo quería una cosa: morir. Como si eso fuera tan fácil.

El paciente recibía terapia de una psicóloga que le torturaba repitiendo cada día el mismo mensaje: “El ciclismo no es lo más importante de la vida, es una afición que dura poco tiempo”. Eso le decía. “En cambio, la práctica de la vida dura siempre”, añadía. Sus palabras eran frías, distantes y cargadas de razón. Le formulaba preguntas sencillas sobre el día de ayer, el capítulo de la serie de televisión, la actualidad política, deportiva… Trataba de entretenerlo durante la media hora de duración de su consulta y siempre se despedía con aquel mensaje que pronto comenzó a completar con la recomendación de que buscarse otra afición. “El ajedrez sería la mejor”.

Juanín no quería ver a aquella psicóloga ni en pintura. Pidió a Gabriela que se la quitara de encima. La médica hizo gestiones y consiguió que le pusieran otra. En cambio no pudo evitar que el cura del pueblo, que solía acompañar a su madre en las visitas diarias, se abstuviera de venir a torturarle con el mensaje de que estamos en manos de Dios. “Si Dios todopoderoso no ha querido llevarte consigo es porque quiere verte salir adelante”, le repetía un día tras otro con esas o con distintas palabras. Tampoco en las frases de fingido interés del sacerdote había calor ni cercanía. Sólo el cariño de Juanín hacia su madre frenaba su impulso de mandar al sacerdote al infierno.

Tanto la psicóloga como el cura se hallaban en esa edad intermedia, entre los treinta y los sesenta años, en la que predomina la eficacia, la frialdad y el rigor profesional sobre los afectos. La edad sin piedad en una sociedad despiadada los convertía en detestables, cencerriles ante Juanín.

–¿Es que no entienden que el ciclismo no es un hobby, es mi vida? –Se quejaba ante Gabriela, quien se esforzaba en consolarle y hacía lo posible por que recuperara las ganas de vivir. No era fácil porque al no poder ponerse de pie –ya no tenía piernas– se equiparaba a una escoria cada vez que le ayudaba a incorporarse en la cama y le trasladaba a una silla ergonómica con ruedas.

Con todo, la joven cirujana perseveraba en el esfuerzo de subirle la moral. Aprovechaba sus pausas y descansos en el hospital para acudir a la habitación a entretenerle. Hablaban. Ella le llevaba libros. Entonces descubrió las novelas de intriga e investigación policial y a partir del interés que suscitó en Juanín un relato de Domingo Villar, buscó y encontró en ediciones de bolsillo otras dos novelas de aquel autor gallego. Juanín las leyó, pero no pudo leer más. Lástima que el autor muriera y dejara de escribir antes de tiempo. Fue un punto de inflexión para Juanín.

Un mes después del atropello, las pesquisas de la Guardia Civil seguían sin aportar indicio alguno sobre el autor de la desgracia. El tipo o tipa, lo que fuera, había arrollado al ciclista y seguido adelante sin parar a socorrerlo. Eran poco más de las 7:30 de la mañana de aquel domingo de octubre sin actividad laboral, pasaban pocos coches a aquella hora y no había testigos del incidente. Juanín habría muerto desangrado si unos minutos después de ser arrollado no acierta a aparecer en su motillo un campesino que iba a una granja cercana a cebar al ganado. Vio la bicicleta destrozada junto al cuerpo de Juanín en la cuneta, paró, reconoció al chaval, se percató de las heridas en las piernas, le rasgó el pantalón, le hizo torniquetes con los perniles para frenar la hemorragia. Acto seguido se quitó la camisa, la rompió y lo vendó. Rápidamente empuñó el teléfono móvil, llamó a emergencias e informó de la situación y del punto donde se encontraba. Luego, tal como le indicaron, hizo un fuego con un puñado paja rastrojera, hojas secas y palos de chaparros para orientar con el humo a los tripulantes del helicóptero. Quince minutos después, el pájaro de hierro se elevaba llevando a Juanín en una camilla al hospital provincial.

El joven entrenaba todos los días por las carreteras comarcales de siete a nueve de la mañana. Ayudaba a su padre con la hornada de pan y luego salía con la bicicleta. Los domingos eran distintos. Se citaba con los colegas y amigos del grupo en la Venta de la Chana, al pie de Navahermosa, y hacían rutas largas, de hasta sesenta kilómetros. Cuando regresaban al punto de partida ya las chicas que iban y no iban a misa revoloteaban por el patio floreado del establecimiento, conversaban con ellos y se dejaban invitar a cerveza. Casi todas eran de familias de agricultores y ganaderos pudientes. Serían enviadas a la Universidad en Toledo o en Madrid cuando acabaran la enseñanza media obligatoria, por lo que sus temas de conversación eran, además de la música, el cine y las redes sociales, el futuro que les esperaba como estudiantes lejos de casa, es decir, en semilibertad. Juanín se entretenía un poco con ellas y sus amigos, pero no se demoraba; aún le faltaban veinte kilómetros para llegar a casa y relevar a su madre en la tahona con el fin de que tuviera a punto el almuerzo cuando su padre regresara del reparto.

El día que lo arrollaron, ellos le esperaron, le llamaron por teléfono, telefonearon a su casa y tras saber por boca de su madre que había salido a las siete de la mañana para correr con ellos, siguieron esperando un tiempo prudencial por si había pinchado o sufrido una avería. Le llamaron al móvil varias veces y al ver que no contestaba, intuyeron lo peor. Y lo peor fue pésimo para el joven campeón: jamás podría volver a correr en bicicleta y estaba por ver que pudiese caminar.

La noticia del atropello y la fuga fue publicada en la prensa provincial y regional. Las emisoras de radio de la comarca se hicieron eco de la desgracia. El corresponsal local, un hombre mayor que había sido cartero hasta la jubilación, accedió, a instancia de los amigos de Juanín, a publicar una segunda crónica sobre la falta de resultados de la investigación de la Guardia Civil sobre el fatídico suceso. Pero ni los detalles de la pérdida de ambas piernas ni la buena fama del muchacho y su familia estimularon a los responsables de la verde institución policíaca a aportar más medios y proseguir la búsqueda del canalla o los canallas que lo desgraciaron de por vida. El asunto se fue apagando como un tronco de encina cubierto de ceniza en la chimenea y al cabo de un mes pasó a la carpeta de materias sin resolver.

Fue entonces cuando los amigos del grupo de ciclistas aficionados, que se turnaban para ir a visitarlo al hospital, se conjuraron para investigar el atropello con la doctora Gabriela y con Raquel, la hermana de Juanín, quien se había casado y fijado su residencia en Barcelona. Trazarían un plan, formarían parejas, se repartirían las pesquisas, mantendrían la comunicación entre sí, removerían Roma con Santiago y no pararían hasta averiguar quién o quiénes le habían jodido la vida y ponerlos a disposición de la Justicia para que recibieran su merecido. Eso prometieron a Juanín.

Novela del verano gratis

Ya puedes leer la novela del verano gratuitamente en el blog Viajealasituacion.com o copiarla y leerla en tu dispositivo electrónico. No te pierdas la intriga sobre un caso Cascabelitos, aunque sin obispos de por medio, como es la investigación del agente Tilo Dátil sobre el crimen del reportero palatino Yiyi Jiménez, un caso derivado de una trama de poder, cocaína y corrupción.