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Acerca de Luis Díez

Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es

Trump (4) o cuando el necio celebra el fin de un Papa bueno y crítico

Madrid.– Luis Díez

Veinte días antes de que muriera en Roma el Papa Francisco, la Conferencia de los Obispos Católicos de Estados Unidos –equivalente a la Conferencia Episcopal española– decidió reformar su organigrama. Fue una reforma muy simple. Consistió en suprimir el Departamento de Migraciones y Servicios de Refugio. El titular de ese negociado era el obispo de El Paso (Texas) Mark Joseph Seitz, un hombre de 70 años, que con anterioridad fuera obispo auxiliar en Dallas y había sido nombrado en 2013 por Francisco jefe de la diócesis a caballo con México.

Nadie mejor que el obispo Seitz y sus grupos de voluntarios conoce los problemas a los que se enfrentan los inmigrantes económicos que consiguen cruzar la frontera y también los refugiados que piden asilo en EEUU. En ocasiones tuvo que acompañar a las víctimas de guerras, matanzas y desastres a las oficinas policiales para que no les detuvieran cuando iban a presentar sus peticiones de asilo. Seitz criticó la dureza de las separaciones familiares, especialmente, el confinamiento de niños pequeños y la expulsión de sus padres. También escribió contra los centros de reclusión de inmigrantes y los procedimientos injustos y brutales dictados por la administración estadounidense.

Aunque monseñor Seitz no tiene un pelo de ingenuo y sus críticas adolecen de moderación, no esperaba que el ejercicio del derecho a la libertad de expresión acarreara represalias. Pero la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha supuesto el final de la ayuda a la labor humanitaria hacia los inmigrantes y, en consecuencia, la clausura, a finales de este año, del Departamento que dirigía el obispo de El Paso. La organización se cierra “al cesar los dineros gubernamentales que había recibido a lo largo de cinco décadas”, escribió un portavoz en Internet.

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Si la primera preocupación que demostró aquel jesuita argentino, Jorge Mario Bergoglio, nada más ser elegido Papa, fue por los inmigrantes que llegaban a Lampedusa (Italia) y eran rechazados después de unas travesías mortales para cientos y cientos de ellos en las aguas del Mediterráneo, la primera acción de Tramp consistió en aplicar a los inmigrantes una ley de guerra del siglo XIX para detenerlos, encarcelarlos y deportarlos a toda prisa por la vía ejecutiva y con olímpico desprecio al Poder Judicial.

La cruzada de Trump, alias Elnecio, contra los inmigrantes está contagiando a gobernadores y elementos reaccionarios de su partido hasta el punto de que, por ejemplo, en Idaho, uno de los estados más pobres, aquejado por brotes de sarampión, se ha puesto fin a la vacunación de inmigrantes sin papeles. Otras medidas para capturar y expulsar a los inmigrantes sin permiso de residencia aunque con contratos de trabajo están siendo los cruces de datos entre Hacienda y el Departamento de Seguridad Nacional. El titular del Tesoro, Scott Bessent, ha firmado un convenio con la jefa del sistema policial, Kristi Noem, para transferirle todos los datos fiscales, supuestamente protegidos.

Las estadísticas internas indican que entre 18 y 20 millones de puestos de trabajo en EEUU están ocupados por inmigrantes tanto legales como sin permiso de residencia, y algunos estados, comenzando por California, y numerosas ciudades se han declarado “valedoras” y “ciudades refugio” de inmigrantes. Con todo, el miedo de los trabajadores y sus familias inmigrantes aflora cada día en las páginas de la prensa ante la nueva exigencia de Trump de que quienes hayan entrado sin permiso se inscriban en un censo especial antes de que acabe abril. Con qué fin? No lo dicen, pero la mayoría supone que es para expulsarlos.

Para entender la catadura de Elnecio que ahora acude al funeral del Papa Francisco en Roma podemos tener en cuenta el hecho de que el 80% de los inmigrantes que están en riesgo de ser deportados de EEUU son cristianos. Así lo revela el último informe auspiciado por importantes organizaciones católicas y evangélicas, del que se hizo eco el 4 de abril el diario The Ángeles Times. El informe indica que alrededor de 10 millones de cristianos están en una situación vulnerable ante la agresiva política de Trump y que 7 millones de cristianos comparten residencia con al menos una persona en riesgo de deportación.

El vicepresidente de la organización humanitaria evangélica World Relief (Auxilio Mundial), Matthew Soerens, manifestó que el informe pretendía alertar a muchas personas que no se han dado cuenta de que la mayoría de las personas que podrían ser deportadas comparten la misma fe. Sin citarlo expresamente, llaman a un frente solidario común de católicos y evangélicos. Entres los grupos que ayudaron a realizar el estudio están la Asociación Nacional de Evangélicos, la Conferencia de Obispos Católicos y el Centro para el Estudio del Cristianismo Global en el Seminario Teológic de Massachusetts. Aunque el informe no defiende ninguna posición política, pretende crear conciencia entre los cristianos y aboga por reformas para abrir vías de legalidad a los inmigrantes.

Los migrantes en riesgo de ser expulsados van desde aquellos que cruzaron la frontera sin permiso hasta los que tienen estatus legal que podría ser revocado. Por ejemplo, el gobierno federal ha eliminado el estatus de protección temporal a venezolanos y haitianos y suprimido el permiso humanitario que otorgó a otros migrantes de estos dos países y de Cuba y Nicaragua. Por si fuera poco, el gobierno de Trump está retirando los visados a estudiantes extranjeros que protestan por las matanzas israelíes de los palestinos de Gaza, otra preocupación diaria del Papa Francisco.

Según el obispo Mark J. Seitz, cuyo departamento participó en la elaboración del informe, los católicos representan más de la mitad de las personas susceptibles de deportación en EEUU. El jefe de la diócesis de El Paso no oculta su preocupación sobre las consecuencias de las deportaciones, incluida la muerte. “Conocemos el impacto de romper la unidad familiar y tambien las enormes amenazas que enfrentan las personas que son deportadas sumarialmente a sus países de origen, de los que huyeron en primer lugar debido a las amenazas que sufrían”, declaró Seitz en referencia a la represión gubernamental y el crimen organizado en sus países de origen. “Hay personas que van a morir si este esfuerzo de deportación continúa al nivel actual”, concluyó.

En ese contexto no se sabe muy bien si Elnecio acude a rendir póstumo homenaje al “fantástico” Papa Francisco, a modo de burla, como otros despiadados ultraderechistas (Milei, Orbán, Meloni…), o para doctorarse en cinismo global. Lo único cierto es que para Trump y su ralea fascistoide y cruel ha desaparecido un Papa molesto por su defensa de los Derechos Humanos y su enorme predicamento mundial. La congresista republicana por Georgia, Marjorie Taylor Greene, quien se lucró de los vaivenes bursátiles gracias a los mensajes de Trump, celebró la muerte de Francisco y enseguida twiteó: “Hoy hubo grandes cambios en el liderazgo mundial; el mal está siendo derrotado por la mano de Dios”. Esa criatura había escrito en Religion News Service que los obispos estaban “controlados por Satanás” al brindar ayuda a los inmigrantes.

Trump (3) o los primeros cien días de daño del necio

Madrid.–Luis Díez

Ahora que se van a cumplir cien días de la llegada (por segunda vez) de Donald Trump a la Casa Blanca, los grandes medios de comunicación estadounidenses preparan balances y encargan encuestas sobre la gestión del presidente. Algunos formulan preguntas a sus lectores. El USA Today quiere saber cuantos están de acuerdo con lo que hace el presidente y si les parecen bien o mal sus decisiones económicas. A la hora de hacer un balance de los primeros cien días del “agente naranja”, alias Elnecio, mi amigo Willer se inclina por abreviar al máximo: contar lo que ha hecho bien. Pero la importancia del daño merece un cierto recorrido. El columnista del Wall Street Journal Karl Rove titulaba su análisis del día de Jueves Santos: “Estados Unidos se cansa de Trump” y destacaba que “su ritmo frenético y su falta de concentración dejan preocupados y confundidos a muchos votantes”. Rove es un tipo piadoso.

Elnecio bautizó el 2 de abril como “el día de la liberación”. Rodeado de su corte de secretarios y altos cargos en función de palmeros, anunció en el jardín de la Casa Blanca la imposición de aranceles a todas las mercancías que entraran en Estados Unidos (EEUU) desde cualquier punto del planeta. La tarifa básica del 10% para todos se incrementaba hasta el 145% del precio del producto si procedía de China y también castigaba de una manera especial a Japón y a la Unión Europea (UE). Previamente había firmado órdenes ejecutivas para aplicar aranceles del 25% a los automóviles y sus componentes, así como a los metales más empleados en la construcción y la industria: hierro, acero, aluminio.

Con un batiburrillo plagado de mentiras a modo de discurso, Elnecio justificó su declaración de guerra comercial por el daño que el libre comercio hace a la industria y a la balanza comercial de su país. Mintió sobre el desequilibrio con la UE al no incluir los servicios en la balanza de pagos. Pero al margen de esa y otras consideraciones, el derrumbe de las bolsas de valores fue la respuesta más contundente registrada desde el crack de 1929. Las 500 personas más ricas del planeta, según Bloomberg, perdieron 536.000 millones de dólares en las dos jornadas siguientes al “día de la liberación”. Era la mayor pérdida de riqueza jamás registrada en 48 horas. Entre esos multimillonarios se hallaba el grupito de magnates que apoyó al “agente naranja”, asistió a su toma de posesión o contribuyó a su campaña y entronización.

En lo que el patrimonio neto de los oligarcas más ricos del mundo que ahora gobiernan el país más poderoso de la tierra –léase Elon Musk, Jeff Brezos y Mark Zuckerberg– se desplomaba, al caos bursatil iba seguido del incremento del coste de la deuda. El bono a diez años alcanzaba un interés del 5% debido, según los analistas, a la pérdida de credibilidad del país, algo insólito. Entonces Elnecio intentó calmar la situación anunciando una moratoria arancelaria de noventa días en la que estamos. Justificó, no obstante, ese trimestre de gracia diciendo que se necesita tiempo para recibir a los gobernantes de los 75 países que hacen cola para negociar o, según sus palabras, “que han pedido venir a besarme el culo”.

El matonismo reaccionario y soez de Elnecio, que enseguida se apiadó de las grandes tecnológicas de EEUU que fabrican en China y suprimió los aranceles a teléfonos, chips, ordenadores, televisores, etcétera, ha contagiado a algunos de sus colaboradores. Eso se deduce de los denuestos de Musk contra Peter Navarro, el principal asesor de Trump en comercio exterior, al que tildó de “auténtico imbécil” y “más tonto que un saco de ladrillos”. La bronca empezó cuando Navarro dijo en una televisión que Musk, el propietario de Tesla, “no es un fabricante, sino un ensamblador de autos” en su planta de Austin (Texas). Navarro abundó en que los motores que recibe (sistemas eléctricos y baterías) proceden de Japón y de China, la electrónica viene de Taiwán…” El humor de Musk, que también es dueño de X (antes Twitter) y la lanzadera espacial SpaceX, estalló como un huevo podrido. Le llamó “imbécil”, dijo que sus afirmaciones eran falsas y aseguró que “Tesla tiene la mayor cantidad de autos fabricados en EEUU”. La polémica siguió varios días en las redes sociales. Un usuario que compartió un video de Navarro sobre los aranceles y dijo que le parecía un experto fiable, pues Navarro es doctor en economía de Harvard, la universidad más prestigiosa del mundo occidental, se encontró esta respuesta de Musk: “Un doctorado en Economía de Harvard es algo malo, no bueno”.

Con todo, el multimillonario Musk, el tipo más rico del mundo, al que Trump colocó al frente del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental, deja ya su cometido. Según algunos periódicos de Wasington y Nueva York, abandonará en fechas próximas su colaboración con Elnecio después de haber despedido a más de 150.000 funcionarios y recortado especialmente los programas de sanidad, educación y seguridad social. Eso sí, los mismos medios afirman que Musk seguirá siendo amigo de Trump, quien, quizá para paliar las pérdidas del “día de la liberación”, le ha adjudicado gran parte del programa de lanzamiento de satélites espía del Ejército, con una entrega inicial de 6.000 millones de euros.

Al margen de los juegos de manos entre el presidente y sus familiares y amigantes, quedará ya como patrimonio inmemorial del movimiento reaccionario Make America Great Again (MAGA) la pérdida de fiabilidad de los EEUU. Los profesores Henry J. Farell y Abraham L. Newman, autores del libro Imperio subterráneo (“Cómo EEUU convirtió la economía mundial en un arma”) manifestaban esta semana en The New York Times que probablemente los países y las empresas rindan pleitesía a Trump, o finjan hacerlo para evitar aranceles, sanciones y controles a la exportación. Pero también sabrán que EEUU ya no es del todo fiable. Es probable que veamos la erosión de los mercados que sustentan la fortaleza de Estados Unidos a medida que los tributos unidireccionales desplacen a las relaciones bilaterales en un mundo multilateral. Y añadían: “Las empresas globales diversificarán sus cadenas de suministro aplicando a la exposición estadounidense los mismos cálculos de riesgo que antes aplicaban a los tratos con cleptócratas de poca monta”.

La decisión de Elnecio de “hacer grande a los EEUU de nuevo” declarando la guerra arancelaria a sus vecinos México y Canadá en primer lugar y luego a China, Japón y la UE especialmente, ha provocado también una fuerte tensión interna. El gobernador de California, Gavin Newsom, impugnó la autoridad del presidente para imponer los aranceles generalizados que han desatado una guerra comercial global. La demanda interpuesta el pasado 16 de abril ante la Corte de Distrito Federal para el norte de California argumenta que Tramp hace un “uso ilegal” de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional para imponer aranceles, pues si bien la ley permite al presidente congelar y bloquear las transacciones en respuesta a amenazas extranjeras, no permite en cambio aplicar aranceles. La implementación de tales aranceles requiere la aprobación del Congreso.

El enfrentamiento más sonado a cuenta de los aranceles se veía venir y estalló por fin en esta semana de pasión. El presidente de la Reserva Federal (la Fed, por sus siglas en inglés), Jerome Powell, manifestó durante un almuerzo en el Club Económico de Chicago lo que todos sabían, que “es muy probable” que los aranceles de Trump provoquen inflación y un empeoramiento de las condiciones económicas del país. El discurso de Powell, seguido de preguntas de empresarios e inversores, sirvió para advertir sobre la posible desaceleración de la economía, la consiguiente carestía y la pérdida de empleo, a consecuencia de las inestables condiciones económicas bajo el gobierno de Trump. Éste repicó en su red Truth Social (Verdad social) con un mensaje amenazante: “El despido de Powell no puede esperar”, decía tras tildarle de errático y lento y de conminarle a bajar los tipos de interés, pues “los precios del petróleo han bajado, los alimentos (incluso los huevos!) han bajado y EEUU se está enriqueciendo con los aranceles”.

Otras medidas de estos cien primeros días de gobierno de Elnecio, como las redadas y deportaciones de inmigrantes, la declaración de unos 6.000 inmigrantes “muertos” para borrarles de la seguridad social, el despliegue del Ejército en la frontera con México con competencias para detener a las personas inmigrantes y entregarlas a la policía, el despliegue de la Armada USA en Panamá, la retirada de fondos federales a las agencias humanitarias, la OMS y las Naciones Unidas, los despidos masivos en la administración federal y la supresión de departamentos como el de Educación al tiempo que lanza sanciones económicas (supresión de 2.200 millones de subvención) contra la universidad de Harvard por no plegarse a las órdenes presidenciales y protestar contra el exterminio de los palestinos en Gaza, así como la befa y la chufa sobre el cambio climático y, desde luego, la discriminación de gais y lesbianas… han comenzado a perjudicar gravemente al país y, sobre todo, a precarizar y arruinar su democracia liberal y, por contagio global , la de otras naciones, provocando más sufrimiento, guerra y pobreza.

Trum (2) o cuando el necio escupe contra el viento

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Madrid.–Luis Díez

El presidente de Estados Unidos (EEUU) Donald Trump es descendiente de emigrantes. Sus abuelos eran alemanes y su madre escocesa. Su apellido original es Drumpf, si bien, con el paso del tiempo, los descendientes de aquel Friedrich Drumpf que emigró desde Bremen a Nueva York en 1885, trabajó duro creando hospederías, y murió 33 años después, adoptaron la pronunciación inglesa de la palabra y comenzaron a escribir Trump, término que sirve para designar la carta del triunfo de una baraja de naipes.

Si Tramp es nieto de inmigrantes, hijo de madre inmigrante (la escocesa Mary Anne MacLeod), se casó y tuvo tres hijos con la checoslovaca Ivana Zelnícková, que fuera esquiadora olímpica, y, en fin, contrajo matrimonio en terceras nupcias con la modelo eslovena Melania Knauss, una mujer 24 años más joven que él y que en 2006 dio a luz a su quinto vástago ?cómo se explica su desmedida persecución de los inmigrantes, con redadas injustas y deportaciones declaradas ilegales por jueces y tribunales?

La explicación más sencilla procede de quienes emplean el alias del mandatario, Elnecio, pues sabido es que los necios hacen necedades. Trump ya prometió en su anterior mandato (2016-2020) levantar un muro para sellar la frontera con México. Fue una de las promesas más insólitas y también más celebradas de su campaña electoral. Encima, los 10.000 millones de dólares que iba a costar aquella obra debían de ser pagados por México. Si el Gobierno mexicano se negaba, como de hecho ocurrió, prohibiría las transferencias de las remesas de inmigrantes, la mayoría “ilegales”, que ascendían a unos 24.000 millones de dólares anuales. También amenazó entonces con imponer aranceles a los productos mexicanos y con cancelar los visados a sus ciudadanos.

Vale añadir que terminó los cuatro años de aquel primer mandato presidencial con apenas un centenar de kilómetros de barreras metálicas instaladas en tramos no cubiertos por las vallas discontinuas existentes con anterioridad a lo largo de mil de los 3.145 kilómetros de frontera desde San Diego (California) hasta la costa atlántica de Texas en el Golfo de México. Sobre los visados sirva de ejemplo para evaluar los intereses y la catadura del personaje que mientras el 2 de abril le retiraba el permiso para entrar a EEUU al Premio Nobel de la Paz y expresidente de Costa Rica, Oscar Arias, quien le había llamado “emperador romano”, ofrecía un visado especial, la visa de oro, con residencia indefinida, a cuantos extranjeros llegaran con cinco millones de dólares para gastar en su país.

Trump ha acerado más si cabe su política de persecución de los inmigrantes hispanos en este segundo mandato. Elnecio y sus más fervorosos seguidores reaccionarios consideran la llegada de inmigrantes indocumentados “una invasión” de delincuentes, defectuosos mentales, criminales que “envenenan nuestra sangre” y se dedican a atrapar y comerse a las mascotas domésticas. Al socorrido “cave canen” (cuidado con el perro) el poderoso majadero añadió en campaña “que te lo comen” los negros haitianos. Lo malo es que muchos ciudadanos le creyeron y dejaron de sacar a sus perros de paseo.

He ahí otro ejemplo de las burdas técnicas goebbelianas y de los muchos tropos fascistas que contaminan el discurso o más bien el fangollo y batiburrillo trumpista. Provocan y extienden, a base de bulos, el temor a los inmigrantes y emplean la posverdad para hacer saber que si les votas y ganan las elecciones sellarán las fronteras, expulsarán a los inmigrantes y acabarán con los que te “roban” el empleo, “se benefician” de ayudas sociales y convierten tus calles en lugares peligrosos hasta para los perros.

“Perdido en este desfile de horrores –escribe el profesor de la Universidad de Columbia Michael W. Doyle– está el hecho de que EEUU es una nación de inmigrantes. Irónicamente, los abuelos y bisabuelos de la actual cosecha de ideólogos nativistas fueron los inmigrantes trabajadores (ninguno de los cuales fue investigado) que cavaron los canales de Estados Unidos, construyeron sus ferrocarriles y segaron el césped de sus granjas”.

El humanista Doyle, que es uno de los cuarenta investigadores y especialistas que han elaborado la Convención Modelo sobre Movilidad Internacional (CMMI) sostiene que el 24% de las patentes estadounidenses registradas en los últimos años han sido presentadas por inmigrantes. Ellos son los que trabajan en los campos, mataderos y almacenes del país. Tanto documentados como indocumentados, realizan el trabajo (más penoso y peligroso) que, como ocurre en España y en otros países europeos, no parecen querer hacer muchos oriundos.

Esa dimensión económica y laboral, no parece contar. Elnecio, de suyo acostumbrado a establecer la relación coste-beneficio, insiste en considerar delincuentes a los inmigrantes y no alcanza a ver que éstos, incluidos los indocumentados, tienen muchas menos probabilidades de cometer un delito que los nacidos en el país. En un reportaje publicado el 5 de abril pasado en Los Ángeles Times, los periodistas Hanson, David Smilde y Verónica Zubillaga, desarmaron las mentiras trumpistas para justificar la deportación de jóvenes venezolanos a El Salvador, donde fueron recluidos en una cárcel de máxima seguridad prestada por el presidente salvadoreño. Los informadores, conocedores de la violencia en Venezuela, pusieron de relieve que era falso que los detenidos y deportados fueran terroristas enviados desde Venezuela a atentar en EEUU y que muchos de ellos ni siquiera pertenecían al Tren de Aragua, una mara o banda que según la orden ejecutiva de Elnecio “está llevando a cabo una guerra irregular y emprendiendo acciones hostiles contra EEUU”.

Las redadas indiscriminadas contra los inmigrantes y las deportaciones ejecutivas, sin intervención judicial, sitúan a la altura del betún las garantías jurídicas y los derechos de las personas en la primera potencia democrática (?). Puede que el fascismo trumpista –de “nocivo, idiota y Hitler de Estados Unidos” lo tachó el actual vicepresidente Vance en 2016– consiga reducir el flujo de inmigrantes, pero lo que está generando sin duda es el miedo de millones de hispanos a ser detenidos y deportados. En la actualidad hay más de 700.000 venezolanos emigrados a EEUU y muchos de ellos desviven con el temor en el cuerpo.

Contra las afirmaciones de Trump tampoco es verdad que EEUU esté “inmerso en una ola criminal” que él atribuye a los inmigrantes, pues los datos preliminares del FBI indican que la criminalidad siguió disminuyendo en 2024 respecto al año anterior. En cambio, es muy cierto que el empeño del plutócrata en identificar inmigración con delincuencia provocó la primera manifestación de protesta ante la Casa Blanca un mes después de su toma de posesión. Y también es cierto que varias organizaciones católicas han alzado la voz contra las redadas y las deportaciones, demostrando además que la mayoría de las víctimas de esa política trampista son católicos. En respuesta, la administración federal anuló el 11 de abril un convenio con la Conferencia Episcopal por el que aportaba fondos a la labor humanitaria y de integración de inmigrantes.

?Se puede “hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”, como reza el lema MAGA de los trumpianos, sin inmigrantes? Sólo los necios creen eso. El profesor Doyle antes citado afirma que “para desincentivar la entrada ilegal, el país necesita vías legales para satisfacer la demanda de 8 millones puestos de trabajo sin cubrir en la actualidad. Esto sin contar los millones de empleos permanentes que ahora ocupan los 10 millones de indocumentados”. Doyle se pregunta cómo conseguir esto y propone, entre otras medidas, el desarrollo de una plataforma nacional de empleo en Internet que identifique los puestos vacantes y las cualificaciones pertinentes para su solicitud por parte de solicitantes individuales extranjeros y agencias de empleo.

Esa y otras herramientas contempladas en la Convención CMMI evitarían que la política de inmigración reflejara “lo peor de nosotros mismos”. Para Doyle, antiguo administrador del Carnegie Council, se pueden hacer las cosas mucho mejor, tanto para servir a los intereses de EEUU como para conciliar sus ideales contrapuestos. Pero no solo en la primera potencia del globo, sino también en terceros países. Téngase en cuenta que en 2024 había 304 millones de inmigrantes en todo el mundo (Datos del departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU). La inmigración es un tema candente, domina el discurso político, alimenta resultados electorales y, como afirma la investigadora de la Escuela Internacional de Asuntos Exteriores de la Universidad de Columbia, Susie Han, a menudo desencadena políticas reaccionarias.

Más allá de la necedad y del repliegue de los gobiernos tras unas políticas restrictivas que solo aumentan el desorden y el sufrimiento humano, los gobiernos deberían esforzarse en crear soluciones duraderas para la gestión de la inmigración. Así, en vez de jalear y emular a Elnecio, como hacen en Europa algunos políticos nefastos, convendría incorporar los avances y propuestas de nuevas normas contenidas en la Convención CMMI sobre migración y asilo que pueden beneficiar tanto a los afectados como a sus Estados de origen, tránsito y destino.

Trump (1) o cuando el necio monta su ‘Universidad’ en Nueva York

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Madrid.– Luis Díez

Admirador de los grandes magnates del último tercio del siglo XIX y primero del XX, el presidente de Estados Unidos (EEUU), Donald Trump, quiso imitarles fundando una universidad. En 2005 inauguró la Trump University en Nueva York, una entidad educativa con ánimo de lucro que ofrecía cursos de economía y finanzas y, sobre todo, mercaba formación especializada para gestores de fondos de inversión y agentes inmobiliarios.

De este modo, el nieto millonario de unos emigrantes a tierra de promisión desde Alemania y Escocia pretendía imitar a aquellos grandes potentados que como John Davison Rockefeller, Andrew Carnegie y otros dedicaron a la enseñanza y la investigación parte de sus fortunas. Y ya se sabe que el petrolero Rockefeller practicó la filantropía, donando gran parte de sus ganancias a fundaciones y programas benéficos y siendo fundador de la Universidad de Chicago (cuna de 87 premios Nobel) y de la que lleva su apellido en Nueva York. Y su colega, el emigrante escocés Carnegie, magnate del hierro y el acero, dedicó casi toda la riqueza que había acumulado a cuenta del tendido ferroviario, los puentes, las torres de petróleo y la arquitectura del hierro a la creación de bibliotecas, centros sociales para los trabajadores, el Fondo Carnegie para la Paz Internacional y, entre otras entidades, la Carnegie Mellon University de Pittsburgh (Pensilvania, EEUU).

Pero, a diferencia de aquellos magnates de la época dorada de la industrialización estadounidense, conocidos en su día como “los barones ladrones”, el creso Trump no buscaba beneficio social alguno ni depositaba una micra de filantropía en su iniciativa educativa. Su objetivo era simplemente ganar pasta, como lo había sido desde que su padre lo colocó al frente de las empresas familiares del ladrillo y la especulación inmobiliaria. Fundó su Universidad con el mismo afán dinerario e idéntico desparpajo al de compra hoteles (incluido el emblemático Plaza de Nueva York), la instalación de casinos o la creación de complejos turísticos (incluido el de Mar-a-Lago, en La Florida, su principal residencia de descanso).

Solo que el milmillonario Tramp despreció las normas más elementales en la creación de su centro educativo con el pomposo título de “Universidad”. Las autoridades le advirtieron una y otra vez sobre el incumplimiento de los requisitos básicos y le conminaron a retirar el nombre de “universidad” de lo que podría ser una academia privada y nada más. Vamos, que Trump, al contrario de Carnegie o de Rockefeller, carecía del menor interés en impulsar la ciencia, la medicina y la educación. Entonces, para evitar que su negocio lectivo fuera declarado ilícito e ilegal, decidió llamarle Trump Entrepreneur Initiative (Trump Iniciativa Emprendedora).

Con todo, aquel negocio de Trump, alias Elnecio, no tardó en verse enfangado por las demandas de varios alumnos que se sintieron estafados. En 2010 dejó por fin de operar. Y en 2013 el magnate fue condenado a pagar 40 millones de dólares por la demanda civil interpuesta por el Estado de Nueva York por publicidad engañosa y fraude al consumidor, dado que su “Universidad” emitió títulos académicos sin licencia educativa alguna. Está por ver que algo similar pueda ocurrir en la España donde los “chiringuitos” universitarios ultras y con ánimo de lucro crecen como la espuma al amparo incluso de autoridades autonómicas.

El engaño y el fraude de Trump en materia educativa fue una de las múltiples causas que convirtieron al potentado en el primer candidato y presidente de EEUU condenado por sus actividades y negocios privados antes de llegar a la Casa Blanca. Las causas penales fueron por trampas, corrupción y abusos sexuales. Pero ninguna impidió su carrera política, como tampoco impidieron que optara a un nuevo mandato el asalto al Capitolio tras perder las elecciones contra Joe Biden en el año 2000 y el robo de documentos secretos que el FBI encontró en su mansión de Florida.

Aunque no ha sido contrastado, algunos estudiosos de la prepotencia y la necedad sitúan la motivación de Trump para hacer negocio con la enseñanza en el éxito de The Apprentice, un reality show que produjo y dirigió a comienzos de siglo. La cosa era que unos jóvenes talentos, aspirantes a empresarios, medían sus habilidades para los negocios. El ganador era contratado por Elnecio como directivo de su holding empresarial y los perdedores eran despedidos uno a uno por aquel tipo ceñudo que señalaba con el índice y exclamaba: “You’re fired!” (“¡Estás despedido!”), un latiguillo que adquirió mucha popularidad entonces y que Elnecio ha reeditado para su país y el resto del mundo con la imposición de aranceles a todos los productos que entren en EEUU y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo en todos los sectores productivos. Eso sin contar los más de 100.000 despidos que lleva dictados en los organismos y agencias federales, especialmente en los servicios sanitarios, educativos, de investigación y de cooperación internacional, por indicación del plutócrata amigo y consejero Elon Musk, que ya se retira a sus empresas.

C14.– Falsarios de la razón de Estado

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez

Merche y Tilo aparcaron a Botones a prudencial distancia de las dependencias. El inspector quería preservar su automóvil de las miradas de los curiosos, los colegas y los delincuentes, y nunca usaba el espacio reservado a los maderos. Entraron en el edificio y fueron a la zona de detenidos, donde sus compañeros Fabiola y Marcos acababan de tramitar la ficha de la mujer paquete y de enviarla al calabozo. El motorista se hallaba en trámite en la “sala de caretos”, un cuartucho de cuatro metros, con un armario metálico y una regleta pegada a la pared desnuda, donde el fotógrafo de la unidad retrataba de cuerpo entero, de frente y de perfil a los detenidos. Puesto que diez de cada diez salían con mala cara se comprende el nombre del cuartucho. A continuación pasaban a la sala de interrogatorios, donde se confeccionaba la ficha, se guardaban los objetos personales del detenido (casco de motorista incluido) en una bolsa de papel, se les hacían varias preguntas y si a la tercera no respondían se les indicaba que podían avisar a su abogado o se llamaba a uno de oficio. Además se les permitía realizar una llamada a algún familiar o amigo.

–¿Podría hacer el favor de quitarme las esposas? –dijo el motorista, enojado, antes de sentarse en el pupitre que Marcos le indicaba.

–Le mantendremos esposado para hacerle un favor a usted y nosotros mismos, amigo –le contestó Marcos.

El detenido hizo un gesto de contrariedad y se encaró con el agente:

–¡Usted no sabe quien soy yo!

–Claro que sí, puedo olerle desde aquí.

Tilo y Merche relevaron a Marcos y pidieron al sujeto que se sentara y tranquilizara. Tenía cara de hogaza, el cabello negro, el cuello corto, los ojos grandes y negros como el lignito (sin brillo), los hombros anchos y los pectorales de deportista. Merche creyó haber visto antes a aquel individuo. Sopló al oído de Tilo: “Creo que es el tipo que me siguió”. Es decir, el mismo que también le siguió a él, el saltador del autobús. Según su documento de identidad, se hacía llamar Mauro Pérez Agua (a saber cuál sería su verdadero nombre) y había nacido en Madrid hacía veintiocho años.

–¿Le apetece algo, un refresco, agua, café? –le ofreció Tilo.

El tal Mauro fijó la mirada en el póster de una pradera con cuatro vacas pastando y unas montañas a lo lejos (anuncio de una industria láctea), supuso en voz alta que no había carajillos y pidió café con leche. El inspector se asomó a la puerta, depositó unas monedas en la mano del agente de guardia y realizó el encargo. Mientras Merche rellenaba la filiación y otros datos sobre la apariencia y el estado de salud del detenido, Tilo le preguntó dónde compraba esas zapatillas tan elegantes, las Triple Stitch que usaba habitualmente. El tipo se sorprendió.

–¿Cómo lo sabe?

–Lo sé.

–¿Para qué quiere saberlo?

–Si no quiere, no me lo diga, pero sepa que aquí las preguntas las hacemos nosotros.

Entró el guardia con los cafés y tres botellines de agua. Tilo miró a Merche y asintió. Quedaba claro que ojos de lignito, el saltador del autobús y el tal Mauro eran la misma persona.

–Antes de entrar en materia me gustaría saber qué planeaban contra mí o mi familia después del seguimiento que me hizo días atrás hasta las cercanías de mi casa –le preguntó Merche.

El tipo no se inmutó.

Tilo insistió, pero no logró resultado alguno, de lo que dedujo en voz alta una variedad de canalladas que podían ir desde el secuestro de niños a la muerte de mujeres, pasando por el apaleamiento de perros domésticos con bates de béisbol como si fueran negros callejeros, ¿verdad? El tipo se enojó, bebió un sorbo de café y dio un fuerte golpe con las esposas sobre el pupitre.

–Ya veo que no es muy hablador. ¿Va a declarar sin abogado o le enviamos directamente al calabozo? –le preguntó Merche.

–No tengo nada que decir, salvo que han cometido un error muy grave; mi compañera y yo somos agentes de información para la seguridad del Estado, no delincuentes –dijo el detenido.

–Claro, y eso os permite realizar seguimientos a los policías que investigan los crímenes contra personas indocumentadas y sin techo. ¿Qué ibas a hacer contra ese negro? ¿Matarlo como a una cucaracha? –inquirió Merche.

–Parece que en esta ocasión habían elegido suficiente heroína adulterada para matar a un elefante, ¿verdad? –precisó Tilo, todavía con el arma homicida dentro de una bolsita de pruebas en el bolsillo bajero del pantalón.

El tal Mauro se mantenía en silencio con la mirada perdida en el paisaje del prado y las vacas. Quedaba claro que no iba a decir ni mu, así que Merche le preguntó si deseaba hacer la preceptiva llamada telefónica a la que tenía derecho y si disponía de asistencia letrada particular, para avisarla o en su defecto llamaban a un abogado de oficio.

El tipo no se dio por aludido. Esperaron un minuto, bebieron el café y Tilo le repitió los derechos, pero el tal Mauro había enmudecido de verdad. Sabía que el agente le había filmado con su teléfono, jeringuilla en mano, inclinado sobre el negro que dormía en aquella sucursal bancaria y que no tenía escapatoria. Por si fuera poco, Merche le informó:

–Pesan cargos contra usted por tres asesinatos consumados y uno, esta noche, en grado de tentativa.

El tipo le lanzó una mirada de desprecio. Ella correspondió:

–Más te vale quitarte la muela hueca y tragarte la cápsula de miloche. ¡Estás acabado, mamón!

Tilo se incorporó, abrió la puerta y ordenó a los agentes de guardia:

–Conduzcan a este sujeto al calabozo y devuelvan las esposas a la inspectora.

Puesto que tenían que completar la jornada de pesca nocturna con la práctica papelística al uso, los dos investigadores siguieron el largo pasillo mal iluminado hacia la zona meramente administrativa. Fabiola y Marcos ya estaban en la pecera, manos a la obra. Su relato de las detenciones les pareció escueto y preciso, es decir tan correcto que el negro dormido al que iban a matar no parecía un señuelo, sino un negro de verdad. En este punto Tilo extrajo la jeringuilla del bolsillo, se la mostró a los compañeros, la depositó en un cajón de su mesa que abrió y cerró con llave. A falta de análisis sostuvo que contenía una cantidad de heroína suficiente para dejar tieso a un caballo en menos que canta un gallo. “Pero pongamos que le iban a inyectar una sustancia tóxica y venenosa, mortal de necesidad en pocos minutos”. Marcos, al teclado, intercaló la referencia al arma del delito. En ese instante les interrumpió el timbre del teléfono del despacho. Era de la recepción para decirles que un caballero se interesaba por los detenidos.

–Dígale que espere un poco, enseguida le atendemos –dijo Tilo. Colgó el auricular e informó a sus compañeros–: Muchachos, tenemos visita.

Sin necesidad de preguntar la identidad del recién llegado supusieron que se trataba del coronel jefe de los detenidos, el señor Dosbarrios López del Arenal, alias Escualo Mayor, así que dejaron el colorín colorado para otro momento, se equiparon convenientemente y se apresuraron a recibirlo como se merecía. La sala de espera era una habitación rectangular con sillas de plástico clavadas a una barra que recorría los dos laterales. Entró Tilo y dejó la puerta entreabierta.

–Buenas noches, soy el inspector Dátil –le saludó.

El visitante esperaba de pie y correspondió al saludo sin dar su nombre.

–¿Es usted abogado de alguno de lo detenidos? –inquirió.

–No es el caso.

–¿Su padre, imagino?

–En cierto modo si, padre profesional –dijo con tono orgulloso.

–Pues permita que le diga, señor…

–Dosbarrios.

–…señor Dosbarrios que los ha encauzado usted muy mal.

–¡Pero bueno! ¿Quién cojones eres tú para decir eso?

–No se soliviante, caballero, si le digo que no se puede ir por ahí matando gente que no les gusta, empezando por los negros.

–¿Qué sabrás tú lo que se puede y no se puede? –dijo el coronel al tiempo que extraía del bolsillo interior de su elegante americana una credencial del Servicio de Inteligencia del Estado, el famoso SIE, y se la mostraba.

–La razón de Estado –siguió diciendo– no requiere explicación, pero por deferencia a un majadero como tú y tus compinches haré una excepción: la muerte de unos africanos en la Capital del Reino tiene una finalidad terapéutica de dimensión histórica y resulta útil, muy útil para que se publicite a través de los medios de comunicación en los países de origen. Es una medida muy drástica, lo sabemos, que sirve de acompañamiento a las devoluciones de indocumentados que el Gobierno está realizando. ¿Me entiendes, zoquete?

A Tilo le pareció que el tiempo pasaba muy despacio. Su acuerdo con los compañeros era que entrasen al cabo de cinco minutos. Se disponía a contestar al insultón y agresivo coronel, pero éste, al parecer, acostumbrado a no respetar nada, tampoco el turno de palabra, clamó por la libertad de sus subordinados.

–Si estima en algo su carrera, sueltelos inmediatamente –amenazó.

En ese instante se abrió por fin la puerta.

–¡Queda detenido, caballero! –exclamó Merche, pistola en mano.

El tipo, más tieso que un cirio de cuaresma, dibujó la mueca de una sonrisa irónica que enseguida, en cuanto Marcos se adelantó y le asió un brazo para aplicarle el grillete, desapareció de su cara de piel de zapato marrón, bien lustrosa y bronceada.

–No, coronel –dijo entonces Tilo–, ni el fin justifica los medios ni el Estado puede practicar impunemente el terrorismo, aunque usted se crea Netanyahu.

Coda:

Había transcurrido año y medio desde la captura nocturna de los criminales. Fueron juzgados y condenados por el Tribunal Central para delitos muy graves a cadena perpetua o “prisión permanente revisable”, según el eufemismo que utilizó el exalcalde Gasradón cuando, siendo ministro de Justicia, el máximo castigo en el Código Penal. Tilo, según su costumbre, fue a reunirse con su amigo el arabista Jorge Morales en la terraza del Dulce. Y entonces éste, que, como es sabido, realizaba traducciones para el SIE, le aseguró haber visto en la sede del centro a un tipo clavado al coronel Dosbarrios, aunque con una barba cenicienta y espesa. Tilo se resistió a creer que fuera el mismo, pero Morales había indagado y le participó el secreto mejor guardado del SIE: los agentes usaban nombres falsos, filiaciones que no les correspondían, documentos que pertenecían a personas ingresadas de por vida en determinados centros psiquiátricos. Eso le dijo y eso quería decir que los condenados eran otros. Los falsarios dominaban la cúpula del Estado, delinquían para proteger a la sociedad, decían, y no entraban en prisión.

Aquella noche, cuando llegó la linda Franteska, Mingus saltó a su regazo y Tilo le lanzó la consabida adivinanza con su última ocurrencia de juego de palabras: “Me levanto, me asomo a la ventana y siempre hay unas. ¿Cómo crees que me siento?”

–En ayunas.

–Cierto y verdad.

FIN

C13.–Los depredadores entran a matar

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez

La una de la madrugada era una hora adecuada para poner a dormir al pacífico maniquí en el zaguán de la sucursal bancaria de la plaza de Mariano de Cavia, un periodista taurino que sin embargo acuñó el término “balompié”. Con Merche ojo avizor a los mandos de Botones, Tilo sacó el cebo con el gorro y la capucha puestas, cubierto por con manta vieja y envuelto en los cartones de la caja del vendedor. En un abrir y cerrar de ojos lo trasladó desde el asiento trasero del Golf al vestíbulo de espeso cristal con puerta abatible del establecimiento usurario, lo tendió dejando al descubierto las fosas nasales, la boca y la barbilla por un lado y media alpargata por el otro, y se retiró sin ser visto. Aquella madrugada de sábado para domingo de finales de noviembre se veía poca gente en las calles. Merche callejeó por la zona. Él ruló a pie por la plaza. De semáforo en semáforo tardó seis minutos en dar la vuelta al ruedo de asfalto, con su famosa fuente ornamental de delfines metálicos nadadores en el centro. A la tercera decidió permanecer quieto, sentado en el reborde esquinero de un jardincillo elevado, rodeado de aligustre, entre la calle de Cavanilles y la avenida del Mediterráneo. A unos quince metros de la sucursal bancaria, aquel sitio le pareció ideal para vigilar la carnaza e intervenir si pintaba la ocasión.

En la media hora que llevaba en aquel punto de observación Tilo solo había visto a un joven entrar en el vestíbulo de la sucursal y salir un minuto después. Era un tipo andino e iba acompañado por dos amigos que se quedaron fuera. Les siguió con la mirada hasta que desaparecieron por la entrada de una discoteca subterránea en la que se arremolinaban chicos y chicas con ganas de marcha. Mientras se acercaba a verificar que el maniquí seguía intacto recordó la primera vez que entró en una discoteca; se llamaba Studen o algo así y acudió animado por su vecino y amigo Florencio Febrero, quien tenía una novia o algo así, una chica muy flaca y muy alta. Enseguida se la cedió y desapareció. Qué tío. Él se sintió ridículo, bailando suelto y agarrado con aquella chica del Instituto de Enseñanza Media que apenas hablaba, apenas se reía y parecía más insulsa que una patata cruda. Podía haber huido, pero aguantó dos horas con aquella criatura que le sacaba la cabeza y no le parecía guapa ni fea. Cosas de la adolescencia.

Volvió a su observatorio esquinero. Antes había periódicos de papel, se podían agarrar de cualquier papelera urbana y colocar para no mancharse el trasero del pantalón donde se iba a sentar uno. Pero la prensa se fue a la mierda y esa ventaja desapareció, de modo que pasó la mano por la piedra antes de sentarse. Llevaba un pantalón de vestir de la marca Cortefiel y una chaqueta de entretiempo de la misma marca u otra parecida. Sólo los cómodos y elásticos Fluchos en los pies le diferenciaban de un oficinista al uso, aunque a esa hora todos los gatos son pardos. Con la mirada fija en la sucursal se le enredó el pensamiento en la maldad humana. Desde que el buen Arias y su camarero de cenas, el bueno de Morata, enviaron sus notas al “buzón de limpieza” recomendado por los presuntos criminales racistas en las redes sociales hasta las doce de la mañana de este sábado se habían registrado la friolera de sesenta y cuatro mensajes de otras tantas personas confirmando la presencia del “negrata maloliente” en el hall de la archimencionada sucursal. Qué cosas. Merche atribuyó el flujo de maldad a los bulos desatados en las últimas horas sobre supuestos delitos perpetrados por negros. El más impactante, una violación atribuida a un hombre de color en el distrito de Usera.

Se lanzaba el bulo, se generaba el miedo y, acto seguido, los “salvadores” recogían la respuesta, es decir, los mensajes de decenas de personas incautas e ignorantes pidiendo ayuda y mano dura contra los inmigrantes. Llegaban incluso a denunciar, como en este caso, la ocupación del zaguán de una entidad bancaria por parte de un negro inexistente. ¡Manda narices! En ese instante Tilo observa la maniobra de un potente Mercedes deportivo AMG-GT95 que da una vuelta completa a la rotonda, se arrima a la acera de la sucursal bancaria, frena y para. De la portañuela del copiloto sale una persona, parece una mujer, se acerca a la puerta acristalada de la entidad bancaria, pero no la abre, solo mira el interior y vuelve sobre sus pasos. En cuanto sube abordo, el coche acelera y desaparece transformado en ruido, avenida del Mediterráneo abajo.

Tilo alerta a Merche.

–Los escualos han visto el cebo –le dice.

–Sí, los he visto, han venido a verificar.

–¿Dónde estás?

–He encontrado sitio delante de la Parisienne, en el chaflán rodeado de setos donde se puede aparcar en batería –contesta Merche.

–Perfecto, aviso a Fabiola y Marcos para que estén preparados.

Los dos colegas han aparcado el coche camuflado en la calle de Cabanilles, a diez metros de la esquina donde se halla el objetivo. Es un buen sitio para caer sobre los malos en cinco o seis zancadas. Tilo les informa de que las alimañas ya se han dejado ver. Según lo que ya saben de los casos anteriores, los depredadores siempre han actuado a partir de las tres de la madrugada. Si siguen su método, falta una hora para el baile, pero la visita para verificar el cebo significa que pueden aparecer en cualquier momento y han de estar atentos y lo más cerca posible del maniquí. Fabiola le pide su posición. Tilo se la da. Ella se acerca a verle. Repasan el escenario y ella confiesa que le prefiere como pareja de baile.

–¿Qué tiene Marcos de malo?

–Le noto renuente y…

–¿Y qué?

–No me gusta su olor.

Tilo se sorprende de que salte la pituitaria en plena operación. ¡Manda narices! Nunca acaba uno de conocer a la gente. Va a soltarle una reprimenda, pero se contiene. Cierto es que si tiene que hacer el paripé de enamorada que se despide de su pareja en la puerta de casa resulta comprensible su elección, se dice.

–Acércate a Merche y se lo comentas; si a ella no le importa actuar con Marcos a mi tampoco contigo.

Fabiola le da las gracias y desaparece. Tilo sospecha que tiene algo contra Marcos que no ha querido contarle. Ella sabrá. En ese instante vibra el teléfono. Es Jon. El vigilante de noche del Santana Plaza le informa de que están saliendo los presuntos malincuentes en el Mercedes deportivo y la motocicleta de alta cilindrada que utilizan en otras ocasiones. Ha contado tres.

–Gracias Jon, eres un gran tipo y un buen amigo.

Se apresura a alertar a los compañeros.

–En diez minutos los tenemos aquí –les dice.

Merche ha aceptado a Marcos como pareja, sale de Botones y se dirige al coche K aparcado en Cabanilles. Cada cual conoce su papel y tras el cambio provocado por Fabiola les corresponde actuar de enamorados que se besan y se estrechan entre los brazos ante las puertas de entrada a las fincas más cercanas a la sucursal bancaria. Si los malos llegan por una calle podrán ver de refilón a una pareja, si llegan por otra calle podrán ver a otra pareja y si vienen por la avenida de Menéndez Pelayo, bordeado el parque del Retiro, o por el Paseo de la Reina Cristina desde Atocha, no verán a ninguna. El último trayecto es el más corto.

Cuatro minuto después de haber ocupado sus posiciones y suprimido el seguro de las reglamentarias, el ruido de una motocicleta les anuncia la presencia de los forajidos. El motorista con paquete da un frenazo en plena rotonda, se escora a la derecha y sube a la acera aprovechando la rampa del paso de peatones sin peatones. Se detiene delate de la sucursal. El paquete se apea, extrae de un bolsillo de su cazadora de piel un pequeño objeto, como un bolígrafo, y se lo entrega al motorista, que ha dejado la máquina inclinada sobre la pata metálica y con el motor encendido, como si la operación que van a realizar fuera cuestión de un momento. Los dos llevan cascos negros con brillo de cucarachas. El paquete –Tío diría que una tía– empuja la puerta de la entidad bancaria y deja pasar al motorista. Al instante, Tilo y Fabiola se lanzan hacia ellos. Y lo propio hacen Merche y Marcos desde la otra esquina. Marcos se ocupa de desactivar la moto y guardar las llaves para evitar la huida. El grito de “¡Alto, policía!”, proferido por Fabiola, hace que la mujer paquete suelte la puerta e intente salir corriendo, pero Fabiola la deja fuera de juego de un certero disparo en el trasero. Tilo grita al presunto asesino, ya inclinado sobre el maniquí: “¡No toque a ese hombre!” Al oírlo, intenta clavar la jeriguilla que lleva en la mano en cualquier parte del cuerpo del supuesto negro dormido. Pero Tilo se lo impide. No quiere complicaciones y aprieta el gatillo. Le acierta en la mano y el tipo suelta la inyección y queda noqueado. Merche al quite le agarra los brazos y le coloca los grilletes.

–¡Andando, hijoputa!

El tipo se resiste.

Tilo, todavía con el arma en la mano, le asesta un calambrazo en la entrepierna. El tipo suelta un alarido.

–Obedece, capullo –le dice.

Merche le empuja y Tilo lo sujeta por un brazo.

–Vamos, mono.

El tipo resopla.

Fabiola y Marcos ya han empaquetado en el asiento trasero del K a la mujer paquete, que sigue con el casco puesto. Tilo y Merche llegan con el motorista, lo colocan en el asiento, le ponen el cinturón de seguridad y, por si no lo sabe, le informan de que está detenido. El tipo ha quedado mudo. Fabiola, con la reglamentaria en la mano, hace saber a Tilo que se basta y se sobra para mantener tranquilos a los presuntos asesinos. El miedo no cambia a la gente, pero paraliza. Y si no, para eso está el percutor de calambrazos, también llamado pistola eléctrica. Los agentes salen a toda prisa con los detenidos hacia las dependencias policiales. Tilo y Merche vuelven al lugar de los hechos, recogen con mucho cuidado la jeringuilla, recuperan el maniquí y lo depositan en el maletero de Botones. Antes de subir al coche se paran uno junto al otro, se miran, sonríen, se besan. No se lo pide el guión sino el estado de ánimo, el cuerpo.

C12.–La estratagema del anzuelo

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

Tilo aprovechó el tiempo del almuerzo entre plato y plato para explicar a Merche y Fabiola su estratagema del anzuelo. Se trataba de tentar a la suerte, les dijo, y de pescar in fraganti a los escualos si tenían la buena idea de entrar al cebo.

A Merche le pareció un buen plan.

–Si tenemos en cuenta el desinterés de la juez, es lo mejor, por no decir lo único que podemos hacer.

En cambio Fabiola dudó de que fuera ético provocar el delito para efectuar detenciones.

–Puestos a malas –advirtió–, cualquier abogado anula las detenciones y nos jode la carrera si quiere. Vamos, que nos pone de patitas en la calle.

Merche rebatió la premisa mayor:

–No se trata de provocar el delito sino de tenderles una trampa. Si pican, estupendo, y si no nos quedamos como estábamos.

Para disipar las dudas de la colega, Tilo le preguntó cuántas veces había conseguido detener con engaños a un criminal. A lo que ella resopló antes de reconocer que había arrestado a unos cuantos malincuentes con la treta del coche. Consiste en realizar el seguimiento de un malo y un rato después de que haya aparcado su coche y entrado en casa, realizar una llamada telefónica al piso o vivienda donde se haya refugiado y preguntar si el automóvil de la marca tal y la matrícula cual es suyo. Si la respuesta es afirmativa, la detención está hecha sin necesidad de mandamiento judicial. Con avisarle: “Pues baje, que se lo están robando”, el malo queda detenido en cuanto sale del portal.

Después del almuerzo, el inspector se ofreció a acercar a Merche a su barrio. Ella aceptó, pero una vez a bordo de Botones le preguntó a qué iba a dedicar la tarde y decidió acompañarle a visitar al señor Arias. Tilo no tenía dudas de que una persona tan buena como el titular de la Taberna del Picador se prestaría a colaborar en el señuelo para atraer y facilitar la detención de los presuntos autores del terrible final de Amadou. Sin embargo, le asaltó el temor de que la presencia de Merche obstaculizara la colaboración del buen hombre.

–Es probable que el señor Arias te guarde rencor por la mala noche que le hiciste pasar en el calabozo –advirtió a su compañera.

–No me importa –dijo ella–; si vamos a ver estoy segura de que compensará el recuerdo de esa mala noche con el resultado de la investigación. Mi abuelo decía que hay que sufrir para ganar.

–Aristóteles dijo: “puede que sí, puede que no”.

–Pues va a ser que sí.

Merche tenía razón. El señor Arias se alegró de verles, escuchó atentamente los avances de la investigación y, tal como Tilo suponía, no dudó en utilizar su correo electrónico para enviar al buzón de los agentes del SIE el mensaje que le dictó sobre la presencia de un negro que dormía bajo un cajero automático en el zaguán de una entidad bancaria. El inspector estercoló el recado con los términos más asquerosos que fue capaz de encontrar, le indicó que se había topado tres veces en una semana con el negrata maloliente y añadió un mensaje político concluyente: “Si no acabamos con estos, van a acabar estos con nosotros”.

Entre el café, las explicaciones y la operación de mensajería desde el ordenador portátil que el pequeño Oliveras había dejado en manos de Merche, dieron las seis de la tarde y el camarero de cenas, Morata, llegó puntual a su empleo complementario. Después de saludar a su jefe y a los agentes y de ponerse la ropa de faena, Tilo le informó sobre el desarrollo de la investigación y le preguntó si podía contar con él para el último tramo de la misión, la detención de los presuntos asesinos de subsaharianos. Su respuesta fue positiva e inmediata. El inspector le explicó, como ya había hecho con el señor Arias, que la colaboración no acababa en el envío del correo electrónico al buzón de marras, pues se podía prolongar hasta llegar al juicio si conseguían detener y poner a la sombra a los criminales. De hecho, su comparecencia como testigo de cargo podía ser decisiva para condenar a aquellos individuos. Morata reafirmó su voluntad. Merche redactó el mensaje, lo leyó en voz alta y el camarero asintió. Mandaron el mensaje y después de interesarse por la familia numerosa, brindaron con unos chupitos de brandy por el buen resultado de intervención y se despidieron hasta la próxima.

De nuevo en marcha, la subinspectora insistió en acompañar a su colega y amigo al siguiente cometido. Él adujo que era doméstico, aunque también podría ser operativo si tenemos en cuenta que debía de buscar adecuada para el maniquí.

–Venga tío, yo te ayudo –afirmó Merche.

Tilo manifestó su extrañeza ante la disposición de la compañera de regalar horas a la empresa.

–De eso nada –se apresuró ella–: las hago por adelantado y las descuento mañana para ir de compras; ya tenemos el invierno encima y los hijos necesitan el equipamiento adecuado.

El inspector condujo en silencio hasta su barrio, estacionó el Golf en el amplio patio con el suelo cimentado que formaban dos largos edificios rectangulares de tres alturas y, con la ayuda de Merche subió el maniquí a casa. Ni que decir tiene que Mingus los recibió con su escandalosa algazara habitual, si bien, en vez de escapar escalera abajo se entretuvo en husmear las cajas y olfatear a Merche, dando tiempo a Tilo de cerrar la puerta.

–Mira lo que hemos traído –le dijo, acariciándole la nariz y la testa.

Merche abrió la caja y sacó la cabeza del muñeco de tamaño natural. Tilo hizo lo propio con el busto de cartón piedra. Aunque olía a almacén textil, a Mingus le gustó y dio varias vueltas a su alrededor, incitando al extraño forastero a seguirlo. Ensamblaron la cabeza, enroscaron en la base del tronco de cartón piedra el palo de un metro de alto que venía incrustado en una peana con tres patas. Ya frente al armario ropero de Tilo, Merche eligió un pantalón vaquero, una camiseta oscura de cuello redondo, la chaqueta azul de un chándal con la cremallera en buen uso y una cazadora marrón, acolchada y con capucha para vestir al muñeco. Con el añadido de un gorro elástico de fina lana color teja, dio por completado el atuendo, al que Tilo agregó unas Adidas desvencijadas a juego con los vaqueros. Eran sus prendas de ir a la Sierra del Guadarrama con Mingus, pero bueno, todo sea por la causa, se dijo.

Ya con el modelo para armar perfectamente equipado y acomodado en el maletero de Botones, llevaron a Mingus a que hiciese sus necesidades y corretease con sus congéneres por el parque de los pinos y, quince minutos después se encaminaron hacia la terraza del Dulce, donde Merche tuvo mucho gusto en conocer al arabista Jorge Morales. Apenas se habían sentado y solicitado unas cervezas, llegó la checa Franteska (Teska para los amigos), a quien la subinspectora tampoco conocía. Tilo le presentó a su colega como gran policía y Morales hizo lo propio con su compañera como gran políglota y directora de una próspera agencia de traducción oral y escrita. Merche, siempre tan curiosa, se preguntó en voz alta hasta qué punto eso que llaman inteligencia artificial representa una amenaza para los traductores de idiomas. Teska quiso creer que no, pues siempre habrá demanda de traducciones de calidad, pero Morales interfirió su explicación recordando que allí solo se hablaba de cosas agradables, nunca de trabajo.

–Cierto y verdad –afirmó Tilo–; mis disculpas por no haber informado a la compañera.

–No pasa nada –dijo Morales con una sonrisa dirigida a las dos féminas–, aunque si traemos el curre y el discurre a casa no descansamos nunca, de ahí que este rato, la hora de los perros, lo empleemos en distraernos y hablar de cualquier cosa, anécdotas, chistes, incluso adivinanzas…

–Adivina adivinanza –incurrió Teska mirando a Tilo–: ¿Si sor María es una buena monja, qué causa el juez justiciero al ordenar su ingreso en prisión?

Tilo iba a decir “sor-presa”, pero se le adelantó Merche.

–Afirmativo, te toca –dijo Teska.

–Una señorita muy enseñoritada que siempre va en coche y siempre va mojada, ¿qué es?

–Muy fácil: la lengua –respondió la pentecostés.

–Por cierto, de tantas lenguas como sabes, ¿cuál es la que más te gusta? –se interesó Tilo,

La checa no dudó:

–La lengua de vaca rebozada –contestó, provocando la hilaridad de los contertulios.

–¡Atención, adivinanza! –exclamó Tilo con otra ocurrencia en los labios– La capitana de la trainera grita a una palista: ¡Reme más deprisa, por dios! ¿Cómo se llama la remera?

Pasan unos segundos, Merche y Teska se miran como si quisieran ponerse de acuerdo para responder. Finalmente la checa responde: “Remedios”. Merche añade: “y no es ramera por la e, je je”.

–Sobresaliente –calificó Tilo antes de incidir–: Adivina, adivinanza. ¿Cómo se llama un perrito envuelto en una manta?

–Perrito caliente –dijo Merche.

C11.–El buzón de los ‘malincuentes’

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

Desde uno de los pocos bancos públicos que quedaban en la Plaza de Santana, ocupada por las terrazas de los bares, el documentalista Oliveras conectó su ordenador portátil a Internet. El ISP (proveedor de servicios a Internet) le asignó automáticamente una dirección IP. A partir de ahí generó la información necesaria para crear un sitio web y realizó las operaciones convenientes para alojarlo con las dos direcciones IP posibles: una compartida y otra dedicada. El documentalista sabía que los sitios web con alojamientos compartidos pertenecen a proveedores establecidos por zonas, de modo que la web recién creada era uno de los numerosos sitios alojados en el mismo servidor. Para un experto en la materia o SME (Subject Matter Expert), la operación de anclar su web recién creada en un sitio en el que participaba de direcciones IP compartidas resultaba fácil y rápida. Completó su plan comprando por cuatro euros una dirección IP dedicada, con la que obtuvo un certificado SSL y la consiguiente capacidad de ejecutar la transferencia de archivos FTP desde su servidor. De esta forma se facilitó el uso compartido y la transferencia de archivos con operadores dentro de una misma organización y se proporcionó opciones para el uso compartido de FTP anónimo.

Veinte minutos después, el documentalista Oliveras cerró su ordenador portátil, lo guardó en la mochila y abandonó la plaza. En sus tripas tecnológicas llevaba el mecanismo de abeja que le permitía identificar las flores del mal y, lo más importante, emplear una herramienta que los expertos llaman malware para instalar un espía en la IP del objetivo conveniente. Ya en las dependencias policiales, se dirigió al despacho de Tilo y Merche, les explicó los procedimientos de búsqueda y control, y diez minutos más tarde identificaron el sitio de los presuntos criminales. Entonces Oli le aplicó un intruso que era capaz de copiar y a continuación sustraer sus datos y espiar toda la actividad de los dispositivos informáticos sin dañar el hardware físico de los sistemas o equipos de red de los malincuentes.

A un tipo como Tilo, incapaz de saber adónde van a parar los textos que se pierden en el ordenador, las habilidades del pequeño Oliveras le parecían mágicas y le sonaban a chino. ¿Era posible que hubiera gente así? La había. Y aquel Oli, convertido en jáquer o pirata informático, era capaz de espiar a los espías, de copiar los correos electrónicos de los malos, de enviar copia de todos los mensajes salientes y entrantes a un dispositivo informático y telefónico determinado y anónimo: su ordenador portátil. ¿Cómo conseguía las claves, los números y los nombres secretos con los que los malos protegían su información? Ni Tilo ni Merche ni Fabiola, que participaba de la investigación, lo sabían. Tampoco consideraron que fuera el momento de pedirle que descifrara el enigma.

El documentalista Oliveras podía ir más lejos. Tenía capacidad, les dijo, de sabotear al enemigo, obstaculizar su funcionamiento con algunos palos en las ruedas para fastidiarle un poco o, si lo preferían, podía averiar y destruir al mismo tiempo todos sus dispositivos, es decir, eliminarle con un código que él llamó con el nombre bíblico de Torre de Babel porque generaba tal confusión en el lenguaje universal de acceso a Internet que desbarataba las configuraciones.

–Tranquilo, Oli, tiempo habrá para la avería y la destrucción –se apresuró Tilo, impresionado por su facilidad para acceder al correo electrónico de los supuestos delincuentes al servicio del Estado. Mayor fue la sorpresa de Merche cuando, con la barbilla apoyada en el hombro de Oliveras, leyó algunos mensajes recibidos por los enemigos y pidió al documentalista que abriera las respuestas.

–¡Eureka! –exclamó, estimulando la atención de Fabiola y del propio Tilo.

Cualquier persona ajena a la investigación podía comprobar la función de buzón de aquel correo electrónico. Leyeron varios mensajes recibidos. Eran avisos estimulados por activistas en las redes sociales con nombres tan explícitos como Black trash (Basura negra), Blacks out (Negros fuera), Cleaning company (Compañía de limpieza), Desinfection agency (Agencia de desinfección) y otros que llamaban a colaborar en el barrido de la “inmundicia africana”, aportando información sobre las calles, plazas y establecimientos donde la presencia de aquella “escoria” fuera habitual.

Oliveras y Tilo se ofrecieron a traer café a sus compañeras, centradas en la inspección del correo electrónico y, más concretamente en la búsqueda de los mensajes que pudieran tener relación con las fechas y los lugares en los que habían sido asesinados los tres jóvenes negros en menos de treinta días. Cuando regresaron de la planta baja con los vasitos de plástico en las manos, Merche y Fabiola habían impreso una buena resma de avisos sobre los pasadizos del Retiro y de Colón. Había otros sobre la Plaza Mayor, el parking de la Plaza de Jacinto Benavente, los túneles y el intercambiador de la estación ferroviaria de Atocha, así como de otros lugares más alejados del centro y, singularmente, de los distritos más adinerados de la ciudad en los que, por suerte, no se habían registrado asesinatos de momento. Los sicarios tenían su prioridad.

El documentalista dejó el ordenador portátil a disposición de las investigadoras y se fue a otros quehaceres de su departamento. Tilo examinó algunos folios con los mensajes ya leídos y marcados por Fabiola. De la zona donde mataron a Amadou vio dos avisos en lenguaje agresivo y soez. La verdad es que los comunicantes se dirigían a las supuestas entidades de limpieza en términos displicentes y encanallados. ¿A qué obedecía tanto odio contra la pobre gente? ¿Alguien en su sano juicio podía creer que unos jóvenes, incluso niños, que huían del hambre, las enfermedades y las guerras y arriesgaban sus vidas en desiertos hostiles y mares revueltos (muchos morían) para llegar a un lugar donde poder comer y seguir vivos representaban una amenaza para la patria? El lenguaje de aquella gente tóxica, intoxicada, era terrible.

Uno proponía: “Con una machine gun con cargadores de 300 balas cada uno se haría una limpieza en menos de media hora”; otro escribía: “Tenéis que limpiar de negratas el pasaje de Colón con perros anvrientos”; otro planteaba: “Les atáis una losa en el culo y al lago con ellos, son puta escoria”; otro reclamaba: “Urge limpieza étnica o seremos un país tercermundista en un par de décadas”, y otro afirmaba en referencia a Hitler: “El pintor austriaco tenía que a ver acavado su travajo de esternimio con los monos ilegales que están ocupando Madrid”. Los receptores respondían a cada mensaje con unas palabras de agradecimiento y repetían una frase concluyente: “Estamos en ello”.

–Si esto no tiene relevancia penal –comentó Tilo a sus compañeras–, que venga Dios, cualquier dios, y lo lea.

Sus compañeras se mantuvieron en silencio. Centradas en la pantalla del pequeño ordenador, daban pequeños sorbos a sus cafés y no se dejaban distraer fácilmente de la lectura y el análisis de los mensajes de odio racista, islamófobo y político que recibía el buzón de los supuestos criminales. Tilo les devolvió los folios que había examinado y consideró llegado el momento de centrarse en su idea, así que se acomodó ante su escritorio, sacó la libreta de notas del bolsillo de la chaqueta, descolgó el teléfono y marcó el número que había apuntado la tarde anterior en la entrada de la calle de Jorge Juan. Pero el proveedor de maniquís daba comunicando.

El inspector aprovechó la pausa para revisar el correo electrónico. Tal como intuía, su señoría judicial no había contestado a la petición de entrevista personal. Quizá la persona de su secretaría encargada de filtrar los recados no se lo había pasado todavía. La burocracia ralentizaba la acción, cualquier acción. En este caso indicaba el único camino urgente a seguir para prevenir mayores males: la acción directa contra los criminales. A ello se orientaba su idea.

Descolgó otra vez el auricular y volvió a marcar el número de teléfono del escaparatista y proveedor de muñecos de tamaño humano, pero la línea seguía ocupada. Bebió un sorbo al café, se incorporó, caminó tres pasos hasta la puerta, giró ciento ochenta grados, miró a Merche y manifestó en voz alta la conveniencia de informar de la investigación a los compañeros Marcos y Rosado. También a Leo, aunque tuviera otro caso entre manos.

–¿Es una orden? –musitó Merche con desgana.

–Claro que si, aunque si os parece también puedo convocarlos yo cuando hayáis revisado todo eso y lo estiméis oportuno –dijo.

–No es eso, Tilo. Sabes de sobra que no me importa hacer lo que me indiques, pero en este caso creo firmemente que debemos dejar en ayunas a Rosado, por lo menos de momento. No me fio de él. Es demasiado para dejarle comer de nuestra cazuela.

–Ya sabes que a mí tampoco me gusta, pero…

–¡Ni pero ni hostias! –terció Febiola–. Ese menda no es de fiar, insulta a los diferentes, alardea del supremacismo ibérico, es un machista asqueroso y se salta el reglamento cada dos por tres vociferando bulos y lemas políticos de la ultraderecha nazi-franquista. Creo que Merche tiene razón y no conviene correr más riesgos de los necesarios.

A Tilo las afirmaciones de Merche y Fabiola le parecieron razonables.

–De acuerdo, pero necesitamos a Marcos por dos razones: la primera porque parece fuera de dudas que el extranjero asesinado en el pasadizo de Colón aparece en los mensajes del buzón de los presuntos asesinos, y la segunda porque necesitaremos su ayuda en el momento de intervenir contra los malos. Así que habrá que ponerle al corriente de la investigación y pedirle la máxima discreción con el monstruo.

–Pedirle no, exigirle. Ni una mínima filtración –afirmó Merche.

–Correcto –afirmó Tilo–; aplíquese al monstruo faccioso la política del champiñón, que como bien sabemos consiste en mantenerlo a oscuras y darle mierda.

Fabiola desconocía los dichos de Tilo y soltó una corta carcajada. El inspector volvió a sentarse detrás de su mesa, empuñó el adminiculo del teléfono y marcó el número. A la tercera fue la vencida. Una voz aterciopelada respondió con un “buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?” Tilo le preguntó si tenían maniquís de color negro. Los tenían. Y el interlocutor, que se identificó como el escaparatista y decorador Homero Molor en persona se sintió muy halagado por la elección de su establecimiento. Después de escuchar las necesidades de Tilo, estimó que la mejor solución consistía en una cabeza con cuello adosable a un busto de varón por el módico precio de cuatrocientos euros. Lo de “módico” lo dijo con especial suavidad. Pero Tilo recabó detalles y argumentó que para no llevar ojos de cristal, aquella testa le parecía muy cara, a lo Homero respondió ponderando la finura y resistencia del material. “Le engañaría si le digo que es una cabeza para toda la vida –añadió el escaparatista–, pues la puede dejar en herencia como si fuera nueva”.

–¡Por Júpiter señor Homero, no pensaba morirme todavía! –exclamó Tilo.

–Por supuesto, amigo; solo era una forma de explicarle la calidad del material. Y en cuanto al busto le digo que sí, que lleva brazos y manos para lucir camisas, jerséis y americanas en toda su extensión.

–Estupendo, aunque insisto en que cuatrocientos es mucho dinero por medio muñeco de cartón piedra plastificado.

El decorador de escaparates no se apeó del burro, pero incluyó el gasto de transporte en el precio mencionado.

–¿Brillo o mate? –le preguntó.

–Mate –respondió Tilo, evocando para sí la paradoja de que era para matar.

Acordaron la forma de pago y media hora después el inspector dirigía hacia el aparcamiento policial la furgoneta paquetera con la mercancía. Guardó en el maletero de Botones (su Golf superconectado) las dos cajas con el busto y la cabeza negra adosable del maniquí y le dio un billete de diez euros al transportista.

Antes de abandonar la oficina para ir a almorzar, Merche, Fabiola y Tilo comunicaron a la comisaria su decisión de adaptar el horario a las circunstancias operativas y ésta les pidió que la mantuvieran informada y les dio el visto bueno. La verdad es que Gordimer se había saltado olímpicamente las reuniones matinales de los dos últimos días, señal de que se encontraba más relajada y de que el ruido contra la ineficacia policial en la persecución de los criminales iba reduciendo sus decibelios. Pronto vendría el silencio.

C10.–Una idea llamada «maniquí»

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

El inspector Tilo Dátil llevaba media hora paseando sin rumbo definido por los aledaños de las calles de Serrano y Diego de León. Bajaba por Príncipe de Vergara hacia la plaza del Marqués de Salamanca cuando sintió la vibración del teléfono móvil en su bolsillo. Era Merche para decirle que tenía la impresión de haber sido seguida hasta casa. Residía en la zona alta de la avenida de Arturo Soria y solía moverse en el metro y el autobús, unos medios de transporte tan protegidos como desprotegidos contra los seguimientos por la afluencia de usuarios.

–¡Por Júpiter, Merche! Vas a tener que agarrar un K (coche de camuflaje).

–Quita, quita, siempre faltan coches; prefiero modificar un poco el horario.

–¿Se lo has dicho a tu contrario?

–Ya sabes que no comento en casa los asuntos del trabajo; bastante tiene él con ocuparse de los niños, que ya no son tan niños y exigen más atención. Date cuenta de que tienen nueve y once años y a poco que aflojes se desmandan. Aunque quisiera venir a esperarme, tendría que dejarles solos después de recogerlos en el colegio. Y eso sí que no, que están en la edad del despiste y el juego sin límite.

–¿Qué podemos hacer? –se preguntó Tilo en plan retórico antes de contestarse a sí mismo–: iré a buscarte y traerte yo.

–De eso ni hablar.

–Desconocemos la intención de esos tarugos, los que sean, pero no vamos a permitir que nos asusten. De momento ya saben donde vives y harías bien en comentárselo a tu marido para que adopte las precauciones más convenientes. No quiero ni pensar que secuestren un crío, así que toda precaución es poca.

–Vale, en eso estoy de acuerdo. Se lo diré –accedió Merche–, pero en lo atinente a mis idas y venidas debo decirte y como mejor proceda te digo que rechazo de plano tu compañía. ¿Te vale? Y por si fueren pocas las razones de mi santísima voluntad, a fortiori puedo apelar mi inseparable herramienta percutora de calambres.

Tilo aceptó los argumentos de la colega y le pidió disculpas por haber minusvalorado sin querer su capacidad de autodefensa. Ella las aceptó. Él le preguntó cómo era el perseguidor y ella lo describió como un tipo joven y fuerte, uno setenta, rostro cerúleo, abultado y redondo, modelo hogaza de pan y ojos grandes y negros, protegidos por unas gafas con cristales transparentes y marco cuadrado de pasta negra, modelo retro y seguramente de atrezo.

–¿Y zapatillas de pijos, Triple Stitch, color tinto? –le preguntó Tilo.

–Siii. ¿Cómo lo sabes? ¿También te ha seguido a ti?

–Afirmativo. Creo que es el saltarín del autobús, el mismo individuo de la moto de alta cilindrada del Plaza Santana… Parece que nuestros amigos malincuentes han encontrado un entretenimiento para el motorista de alpargatas con puntadas italianas. Habrá que hacer algo para compensar su esfuerzo –dijo Tilo.

–Esperemos que su señoría nos ayude –repuso Merche en tono resignado.

Se despidieron. Tilo siguió caminando, bajó por la calle de Goya. Las aceras cubiertas de costoso granito de Granilouro (Pontevedra) por decisión de un alcalde aficionado hacer agujeros que él llamaba Gasradón (cancerígeno) estaban limpias de negros, la plaza de Margaret Thatcher estaba limpia de negros. Se preguntó por qué habían dedicado una plaza en el lateral izquierdo del Paseo de la Castellana a la mandataria ultraliberal británica que arrojaba los residuos nucleares de las centrales nucleares de su país en la “fosa atlántica”, frente a las costas de Galicia. No halló respuesta. El barrio de Salamanca estaba limpio de negros, la plaza del Descubrimiento estaba limpia de negros. El parking y el pasadizo de Colón habían dejado de ser lugares tranquilos para los africanos.

Bordeaba el monumental caserón de la Biblioteca Nacional en dirección a la calle de Serrano cuando volvió a vibrar su teléfono. Era Jon, el vigilante del Plaza Santana con el mensaje de que había entrado una pareja, hombre y hembra, en el aparcamiento del hotel y ocupado una plaza reservada a la empresa de la primera planta: los espías. Anotó la matrícula del coche, un Mercedes deportivo AMG-GT95, con alerón trasero; un vehículo imponente, de más de cien mil euros, azulón sin brillo; una máquina capaz de superar los trescientos kilómetros por hora, perfecta para poner tierra de por medio en caso de necesidad. Agradeció la colaboración del buen Jon, pero ya no se esforzó en llamar a la DGT para preguntar quién era el titular de vehículo. Por experiencia conocía la respuesta.

Cruzó Serrano, se adentró unos veinte metros por la calle de Jorge Juan y entró en una repostería italiana a tomar un café. Había visto algo sugerente y no quería que la idea se fuera volando. Se concentró en el capuchino, saboreó la trufa de chocolate que la camarera le puso en el platillo y permaneció diez minutos dando forma a la idea. Pagó, sonrió a la camarera, salió, dio unos pasos, sacó la libreta del bolsillo y apuntó una dirección, un teléfono y debajo la palabra “maniquí”.

Eran más de la siete de la tarde cuando llegó al barrio. En el autobús, su balance del día le pareció positivo. Gracias a Merche habían localizado el nido de víboras y obtenido pistas que jamás hubieran sospechado. Sólo les faltaba esperar la respuesta de su señoría para actuar con firmeza y por derecho. Miró el correo electrónico en la pantalla de su teléfono móvil. Nada, del juzgado no había llegado el acuse de recibo a sus escritos. Las cosas de palacio iban despacio o, simplemente, no iban. Se consoló con el aforismo de Bergamín: “Cuando te vas a enterar que vayas a donde vayas no vas a ninguna parte”. Y acto seguido recreó su idea y se instaló en el optimismo del pescador que lanza el anzuelo con la carnaza y se siente seguro de que picarán los peces más gordos.

Ya en casa, sacó a Mingus al parque de los pinos y se pasó por la terraza del Dulce. El amigo Morales carecía de novedades, pues sin haber sido requerido para traducir del árabe las escuchas a los malos (“Observaciones telefónicas a células durmientes”, les llamaban) había dedicado la jornada a leer periódicos, cocinar y vaguear. Hablaron de fútbol. Con la llegada de Frantiska llegó el momento de las adivinanzas:

–¿Dónde está la diferencia entre calor y color? –disparó ella.

–El calor es una sensación térmica y el color, visual –dijo él.

–No, no, en las vocales de la primera sílaba –anunció ella triunfal.

Tilo buscó el empate:

–Adivina adivinanza, su pin es un ocho, ¿cómo se llama el personaje?

–Muy fácil: Pinocho.

Tilo mordió el polvo y repitió la jugada:

–Se llama Tiko y come paté de pato, ¿qué es?

–Pa-te-ti-ko –silabeo Frantiska.

–O sea, yo, je je.

C9.–Dispersos y con miedo, los negros

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez.

De vuelta hacia las dependencias, el inspector Tilo Dátil seguía buscando respuesta a la cuestión de cómo rayos se habían enterado los matones de que el negro Amadou dormía en el coche de Arias. Su testa, con el cabello en flecha y entradas capilares a derecha e izquierda, no daba para más. Consultó con Merche, pero ella rechazó la hipótesis de que un tipo tan amable y servicial como el patriota Morata fuera un cínico redomado, capaz de engañarlos.

–Vale que no le gusten los africanos –argumentó ella– y que, como tantas personas, crea que nos están invadiendo y van imponernos sus leyes y apoderarse del país. Pero su opinión cambia radicalmente en cuanto conocen y tratan con esos desdichados inmigrantes.

–¿Pondrías la mano en el fuego por él? –incidió Tilo.

–Tengo la impresión de que fue sincero con nosotros. Él conocía a Amadou, le parecía un buen chaval, se sentía muy apenado por la pérdida y la verdad es que no parecía conocer a los sospechosos de los servicios secretos y que se mostró dispuesto a colaborar con nosotros en lo que hiciera falta. Se me hace muy difícil pensar que sea un felón.

–A mí también –coincidió Tilo.

Antes de entrar en la pecera, el inspector se asomó a la puerta del gabinete técnico y encontró, como esperaba, al pequeño Oliveras. Se acercó a su mesa. El documentalista interrumpió su tarea y le invitó a sentarse. Tilo le explicó su bloqueo sobre quién podía haber alertado a los matones y Oliveras le respondió que podía haber sido cualquier vecino o transeúnte que hubiera visto al negro refugiarse en aquel coche. Las redes sociales sirven para muchas cosas, también para eso, le dijo.

Tilo abundó en la explicación de las pesquisas realizadas hasta el momento antes de preguntarle si era posible capturar la conexión a Internet, el wi-fi o como se diga, del escondrijo de seguridad de los malos en la primera planta del hotel Plaza Santana. Lo era. Para el pequeño Oliveras (pequeño en estatura) casi nada relacionado con la tecnología de las comunicaciones era imposible. Bastaba, le dijo, con realizar las operaciones indoloras convenientes desde el lugar correcto para conseguir la dirección IP y demás coordenadas de aquellos sujetos. Pero necesitaba tiempo y estaba a punto de terminar su jornada.

–¿Lo harás?

–Será lo primero que haga mañana –le prometió.

–Gracias, Oli, eres estupendo.

–Eso decía mi abuela.

Entre tanto, Merche se había sentado en su cubículo ante el ordenador y peleaba con el lenguaje intentando dar forma a una nota informativa dirigida a su señoría judicial sobre las últimas pesquisas. En su lucha con las palabras trataba conferir a la presunción la firmeza del conocimiento y a la casualidad la calidad del acierto probatorio. Sin desvelar más datos de los imprescindibles y, desde luego, obviando que conocieran la pertenencia al SIE de los presuntos autores de la muerte de Amadou (sin alusión a los demás negros asesinados), solicitaba dos cosas: una entrevista personal para ampliar la información si fuere necesario y una orden de detención de los integrantes de la presunta célula asesina.

Tilo se demoró intercambiando impresiones con la colega Fabiola, que le pareció adormilada en la pecera que compartía con Leo. Ambos llevaban la investigación del inmigrante muerto en el pasadizo Alcalá-Retiro y, según le confesó, tenían tantas pistas como el primer día: ninguna. Su pesimismo al respecto era equivalente al de su compañero, el inspector Leopoldo Riesco, quien, según le informó, había dado el caso por imposible ante la comisaria.

–Si gran jefa Gordimer no da el caso por cerrado se debe al qué dirán –añadió Fabiola antes de explicarle que la comisaria había asignado a su compañero la investigación de un presunto homicidio en La Moraleja, una urbanización de lujo en el municipio de Alcobendas, y la habían dejado sola con el “mono”.

–¿A quién mierda se le ocurrió el nombre de “caso Monos”? –le preguntó Tilo.

–¿Conoces a un tal Rosado? –preguntó ella a su vez.

Tilo contuvo el insulto contra el colega.

Gordimer está convencida de que no vamos a sacar nada en limpio en estos casos y que debemos encajar las críticas sin preocuparnos demasiado y esperar a que escampe.

–¿Eso dice? –se extraño Tilo.

–Eso dice Leo que dice –afirmó Fabiola–; tampoco se trata de dar palos de ciego e incurrir en detenciones ilegales como la del vigilante del Museo de Cera al que Rosado y Marcos implicaron en el homicidio del pasadizo de Recoletos.

–¡Ostras! No lo sabía –exclamó Tilo–. ¿Y si no escampa? ¿Y si siguen cayendo africanos?Vamos a ver qué dice Chipri.

Bajaron a la planta baja, territorio de la “pringue”, donde el comisario general de seguridad ciudadana, Pedro Chipriota, les informó de la desaparición de los negros sin techo de los pasadizos, zaguanes y aparcamientos de los distritos nobles de la ciudad. El término “noble” significaba para él “adinerado, rico, caro”. Se refería a los llamados Salamanca, Retiro, Chamberí, Arguelles, cuyos habitantes tenían fama de trabajar poco, vivir más años y mucho mejor que los de Vallecas, por ejemplo, votaban masivamente a las derechas, incluidos los neonazis, y pertenecían a la alta burguesía.

–Los negros están acojonados –les contó el comisario–, no se dejan ver por las calles de esos distritos desde hace quince días y los del top manta han desaparecido de las esquinas y los andenes del metro. Lo más curioso es que también los magrebíes se han evaporado de las zonas noble de la capital.

–¿Sabemos adonde han ido? –se interesó Tilo.

–Según la información de mi gente, tenemos un grupo de quince o veinte que no sale del parque del Retiro. Están congregados en tres subgrupos: junto al monumento del lago, en el pinar del sureste y en la entrada por la Cuesta de Moyano. Han organizado sus turnos de guardia nocturna para dormir tranquilos. Otros muchos se han trasladado a Lavapiés. Nos tememos que acaben a palos con los moros y los chinos, aunque por el momento los van aceptando. Hemos notado que también rulan por fuera de la M-30, en los barrios de Usera, Carabanchel, Villaverde y los respectivos polígonos industriales.

–¿Están dando problemas?

–De orden público ninguno, aunque nunca falta algún tendero quejoso por la venta ilegal de marroquinería. Pero de algo tienen que vivir las criaturas. Me he reunido con las asociaciones de pequeños comerciantes y les he pedido un poco de tolerancia para evitar mayores males.

–Acabarán matando a alguno, Chipri, seguro –dijo Fabiola.

–Lo que está pasando no es normal –repuso el comisario–, parece obra de sicarios, aunque vosotros tenéis mejor un poco mejor información.

–Un poco sería algo –dijo Fabiola.

–Todos sabemos, tú también, Chipri, que han saturado la atmósfera de basura contra los inmigrantes. Los bulos, las noticias falsas, las manipulaciones de la realidad y la ruindad política de los titulares de los grandes poderes ejecutivo y judicial están permitiendo, si no propiciando, una criminalidad sin tasa ni límite –afirmó Tilo.

–¿Quieres decir que vamos a tener más muertos?

–Eso me temo, Chipri; se ha abierto la veda de la caza del negro –reafirmó Tilo.

El supercomisario, con mando sobre dos mil policías, lo que en términos militares equivaldría a una brigada del ejército, evitó rebatir a Tilo, aunque deseó fervientemente que su pronóstico fuera exagerado. En sus mensajes a las asociaciones de vecinos y comerciantes les pedía tolerancia con los africanos, les explicaba que sus patrullas de uniformados hacían lo que podían, pero si les presionaban demasiado, los echaban de las calles, les quitaban la mercancía un día sí y otro también, corrían el riesgo de desviarlos a la delincuencia pura y dura, los robos, atracos, el tráfico de estupefacientes… la prostitución.

–Intentamos ser prudentes y equilibrados, pero los cañones del miedo y el odio disparan a larga distancia y comparto con vosotros el temor a que toda esa porquería que esparcen por las redes sociales acabe causando víctimas también en los barrios bajos.

–¿Temor fundado? –incidió Fabiola.

–De momento estamos en el nivel de pintadas –admitió el superjefe.

–¿Hay detenciones?

–Son muy hábiles –susurró el responsable de seguridad ciudadana, dando a entender que el tiempo de las consultas había terminado.

Cuando Tilo y Fabiola regresaron a la primera planta, la subinspectora Merche había terminado la nota para su señoría judicial y, a punto de concluir su jornada, solo esperaba el visto bueno de su compañero para remitirla por correo electrónico. A Tilo le pareció bien medida y correcta. Ella colocó la información reservada y la petición oficial de entrevista personal con la juez en la bandeja del email y pulsó la tecla de envío. A continuación se puso la chaqueta, se colgó el bolso al hombro y se despidió de Tilo y de Fabiola. Era implacable con los horarios y, salvo causa de fuerza mayor, no regalaba un minuto a la empresa. Por lo demás, los tres sabían que su señoría no leería la nota ni las solicitudes de los agentes hasta que le diera la gana.