
Accidente en Urda (Toledo) con un balance provisional de 70 personas fallecidas al chocar un Ave con un Iryo que se encontraba parado.
Luis Díez.
Poco dura la alegría en casa del pobre. Apenas la satisfacción por el contundente triunfo electoral de Luiz Inácio Lula da Silva, histórico líder del Partido de los Trabajadores de Brasil, llenaba de contento a los socialistas y progresistas españoles, la tragedia ferroviaria en Urda (Toledo), encogía los corazones e inundaba de tristeza el ánimo de todos.
Quizá la vida sea esto, muchas tristezas y algunas alegrías encadenadas. Alegrías políticas también, pues como pues como dijo Aristóteles, en traducción inclusiva, “el hombre es un animal político por naturaleza”. Para entender la satisfacción de la mayoría obrera y laboral por el triunfo de Lula basta recordar el programa social “Hambre cero” que lanzó en 2002, recorrer sus dos mandatos entonces y el tercero en 2022, tras los estragos del neoliberalismo extractivo y salvaje del expresidente Jail Bolsonaro, padre de Flavio, exsenador y candidato, huido a Mimami con la protección del estadounidense Donald Trump.
Si no deleite por los resultados de las elecciones en Israel, habida cuenta de que el genocida Benjamín Netanyahu fue el más votado (su partido, el Likud sacó 27 diputados), si se advertía cierta satisfacción el miércoles, 28 de octubre, en algunos dirigentes progresistas españoles porque el escrutinio otorgaba 53 escaños al bloque de Netanyahu con cuatro partidos ultraortodoxos y de la extrema derecha sionista, frente a los 67 que sumaban las fuerzas de la oposición. El oponente principal, Gadi Eisenkot, antiguo jefe militar con Netanyahu, se quedó en 21 escaños, y su bloque sumó 48, que con los 19 alcanzados por los dos partidos árabes permitirán despedir al primer ministro de marras. Trump se apresuró a decir que había ganado gracias a él y el propio Netanyahu expresó el mal perder de su bloque afirmando que “los partidos árabes han robado las elecciones”. A la espera de lo que resulte de los pactos poselectorales, y en el supuesto de que fuera cierta su afirmación, mejor es robar que masacrar, con la ayuda de su amigante Trump.
Otra alegría para la gran mayoría de los españoles, europeos y de todo el mundo al que ha hecho daño –con excepción del putinato y la ultraderecha– vendría dada por el triunfo del Partido Demócrata frente al Republicano, dominado por Trump, en las elecciones parciales del martes 3 de noviembre a la Cámara de Representantes y al Senado en Estados Unidos. La lucha a millonazo sucio por parte de Trump para no perder la mayoría en ambas cámaras le ha llevado a gastar entre 900 y 1000 millones de dólares y a denunciar un pucherazo si no gana. Entre los donantes más importantes que perderían contratos y favores oficiales hay varios tecnoligarcas encabezados por Elon Musk, Diana Hendricks, el director del grupo Blackstone, Stephen A. Schwarzman y hasta un magnate de los casinos Steve Wynn.
Pero comoquiera que antes de animales políticos somos seres humanos, la pérdida de al menos 70 vidas hasta el momento (27 eran turistas de terceros países) y más de cincuenta heridos muy graves en el segundo accidente de trenes de alta velocidad entre Madrid y Andalucía en lo que llevamos de 2026 inunda de tristeza y cubre de luto a nuestro país. No hay consuelo político ante la desolación humana. La pérdida de los seres queridos y de los proyectos de vida no se repara con dicterios de políticos nefastos. Es irreparable. Si se añade el segundo aniversario del fatídico 29 de octubre cuando la gota fría o Dana arrasó con sus lluvia torrencial la huerta sur de Valencia, provocando unas riadas que causaron 233 muertos en las carreteras y las localidades de la zona (6 en Letur, Albacete), se comprenderá que a un mes de las elecciones del 29 de noviembre este país tenga el triste aspecto de un perro apaleado.
Fue Jorge Manrique quien adelantándose a los autores del Siglo de Oro aportó un elemento que impregna el imaginario religioso y literario del Renacimiento en España: la aceptación de la muerte con plena confianza en una voluntad superior. Manrique pone en voz de su padre don Rodrigo estos versos: “Y consiento en mi morir/ con voluntad placentera/ pues querer hombre vivir/ cuando Dios quiere que muera,/ es locura”.
El deseo común de que “nunca más vuelva a suceder”, expresado el viernes por el rey Felipe VI, y la confianza quebrada en el sobresaliente sistema ferroviario español no se recupera haciendo rodar cabezas de ministros y del propio jefe del Gobierno, Pedro Sánchez, como exigen sus adversarios de Vox y el PP. Los primeros escatiman hasta el consuelo a los familiares y no guardan los tres días de luto por los fallecidos. Los problemas se resolverán, en cambio, investigando lo ocurrido hasta el último extremo, incluido el sabotaje del sistema informático de control de los trenes, por manicomial que parezca; revisando si en los 35 años transcurridos desde la primera línea de alta velocidad (Madrid-Sevilla) la inversión en mantenimiento y mejora de los trenes y las infraestructuras ha sido suficiente; auditando los beneficios y los daños de la liberalización de la red de Adif y, desde luego, en paralelo a las pesquisas judiciales sobre el accidente, asumiendo una investigación independiente sobre el estado de la red.
A este respecto, el profesor de Economía de la Universidad Complutense Carlos Sánchez Mato dice que “no se puede aplaudir la liberalización del sector ferroviario y quejarse del insuficiente mantenimiento. Iryo y Ouigo han logrado, con apoyo de la derecha mediática y política y el de la Comisión Nacional de Mercados y Competencia (CNMC), la reducción de los cánones de Adif. Estas operadoras iniciaron una guerra de precios y, en paralelo, exigieron rebajas del canon de Adif. ¿Sabéis lo que hizo la CNMC? Darles la razón y recalcularlos para reducirlos. ¿Qué carajo creéis que suponía ese recorte?”
A esas y otras preguntas ha de responder la investigación. Se conocen los fallos desde el centro de control de trenes en Atocha. También se conocía la deficiencia estructural que impidió al tren Iryo ponerse en marcha tras la desconexión de la señal de tierra. Incluso el consejero delegado de la compañía italiana, Fabricio Favara, había dicho el 5 de octubre en el Senado: “Cada vez que la señal del tren se desconecta de la señal de tierra, el tren se para. No se puede mover y lleva bastante tiempo reconectarse y empezar nuevamente el servicio”. Solo 23 días después la tragedia verificó sus palabras. ¿Por qué no hicieron nada? Las incógnitas siguen abiertas, aunque en términos generales la realidad indica que han prevalecido los beneficios económicos a la fatiga de los materiales y la seguridad de los viajeros. Ahora saldrán desreguladores, privatizadores y extractores a recetar más inversión del Estado y mayor colectivización de las pérdidas, apelando a las quinielas o a la lotería para enjugarlas si es necesario.