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Mark Twain contra los monstruos de la guerra

Luis Díez

Cuando aparecen sobre la superficie terrestre los monstruos despiadados y poderosos que conocemos por televisión y por la muerte, el sufrimiento y el daño que acarrean a la humanidad –caso del matón de la Casa Blanca, Donald Trump, y su compadre el genocida de Gaza y Líbano, Benjamín Netanyahu, junto al ruso con cara de víbora, Vladímir Putin–, tiendo a invocar a Samuel Langhorne Clemens: el gran Mark Twain. El nació el 30 de noviembre de 1835 durante una de las visitas a la Tierra del cometa Halley y predijo que se iría con él. Acertó. Murió 74 años después, coincidiendo con la siguiente visita del cometa.

Mark Twain fue muchas cosas, pero sobre todo demostró talento, humor y sabiduría como escritor. Alguien como William Faulkner, premio Nobel de Literatura, con enorme influencia incluso sobre los hispanos Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, dijo que Twain “es el padre de la literatura estadounidense”. Es probable que acertara. Desde la pequeña localidad de Florida, en Musuri (EEUU), donde sus padres John y Jane le trajeron al mundo, se trasladó a Annibal, en la ribera del Misisipi, donde pasó su niñez, perdió a su padre, dejó la escuela con once años y empezó a trabajar de aprendiz en una imprenta.

Ya convertido en tipógrafo, a los quince años empezó a publicar artículos humorísticos y relatos de viajes en el Annibal Journal, periódico que editaba su hermano mayor, Orion, al que poco después acompañó a Iowa, donde había comprado parte del Journal de Muscatine. Con 18 años Twain escribía relatos de viaje mientras rulaba como impresor itinerante por Nueva York, Filadelfia, San Luis, Cincinnati…

Cansado de recorrer aquel mundo, a los 22 años regresó a Annibal, en Misuri, donde se conserva su casa-museo y muchas cosas llevan su nombre, incluido el puente sobre la autopista 72 que une Misuri e Ilinois sobre el Misisipi y un faro a su memoria.

Después, durante un viaje río abajo hacia Nueva Orleans en un riverboat (vapor con ruedas de palas) conoció al piloto Horace Bixby y decidió seguir sus pasos. Estudio las técnicas de navegación fluvial por el Misisipi, adquirió conocimientos detallados sobre las corrientes del cambiante río, los puertos, los cientos de embarcaderos y cuantos detalles sobresalientes debía de conocer sobre el inmenso río de tres mil kilómetros. Al cabo de dos años obtuvo la licencia de piloto fluvial.

Pero pasaron muchas cosas y pocas buenas. La más dura fue la muerte de su hermano Henry. Mark le convenció para que trabajase con él vapor Pennsylvania y lo más triste fue que un mes antes de que muriera a consecuencia del estallido de la caldera del barco, él había tenido un sueño realista con la premonición de que ocurriría eso. Samuel, que entonces todavía no era conocido como Mark Twain, se sintió culpable el resto de su vida.

En este punto alguien puede suponer que la invocación del autor de Las aventuras de Tom Sawyer se debe al deseo de que nos transmita su pronóstico sobre cuándo van a desaparecer de la faz de la Tierra los canallas de la guerra. No es eso. Aunque a raíz de la amarga experiencia con su hermano, Twain se interesó por la parapsicología, no encontró métodos fiables de transmisión psicológica de fallecidos hace más de un siglo a vivos de ahora. Y por otra parte nunca se creyó infalible en sus premoniciones.

En cambio, el autor de Las aventuras de Huckleberry Finn, nos transmitió por escrito, que era la forma más sencilla de transferir información del pasado al futuro, un relato estupendo y cargado de sencillez para liquidar la guerra, todas las guerras. Samuel –para entonces ya había adoptado como seudónimo la expresión mark twain o marca dos, en referencia a las dos brazas (3,6 metros) de calado mínimo para una navegación segura de los riverboats– proponía dejar un niño de pecho al cuidado de un general para que comprobásemos cómo le daba tanta guerra que lo acababa derrotando. Y a continuación, añadía un brindis por los lactantes.

Creo que el cuento se titulaba Discurso a los lactantes o algo por el estilo y venía empaquetado junto con otros en un volumen con el título de alguno de los relatos, quizá El hombre que corrompió a una ciudad o La célebre rana saltadora del distrito de Calaveras. El editor sabrá. La conclusión sugerida –que no explícita– del gran Twain que combinaba la sátira, la crítica social y el pensamiento sencillo es bien clara: para acabar con las guerras hemos de dar niños de pecho a los comandantes jefes para que se ocupen de ellos.

En el caso del forajido fascista de la Casa Blanca con el cerebro deforme por la telerrealidad de la que también salieron otros miembros de su gabinete como el secretario de Transportes Sean Duffy, el segundo secretario de Seguridad Nacional, señor Mullin, sustituto de la aspirante a estrella de reality shows Kristi Noem, sin olvidar al excomentarista “político” de Fox News y actual secretario de Guerra, Peter Brian Hegseth, se podría considerar la excepción de que el niño fuera algo mayor para que el abuelo se entretuviera con él disparando en la Nintendo a monstruos como el inquilino de Jerusalén Balfou Street.

Armas nucleares en órbita, nueva amenaza mundial

Luis Díez.

¿Ha comenzado la militarización nuclear del espacio cósmico? Demasiados indicios afirmativos han llevado a especialistas en la materia como las profesoras Ann C. Thresher y Cruz de Mai’a K. Davis a alertar en la revista de Ética en Asuntos Internacionales sobre “el precipicio cósmico” y a explicar el daño que supondría para la humanidad la instalación de armas en el espacio. Esto sin contar que las potencias mundiales afanadas en la nueva carrera de armamentos, de carácter secreto, violarían el Tratado del Espacio Exterior de 1967, un acuerdo vinculante que designa el espacio como exclusivamente para uso pacífico en beneficio de toda la humanidad.

Fue el general Stephen Whiting, jefe del Comando Espacial de EEUU, creado en 2019 bajo el primer mandato del ambicioso Donald Trump, quien levantó la liebre de la nueva y amenazadora carrera de armamento cuando en una reunión de especialistas en satélites y tecnología espacial instó a intensificar el concepto del espacio como “ámbito bélico”. ¿La guerra de los mundos allí arriba? No exactamente, sino el nuevo imperialismo bélico sobre la alta atmósfera, en la Luna y acaso en Marte. “Es hora –dijo el general Whiting– de que podamos decir claramente que necesitamos fuego espacial y sistemas de armas. Necesitamos interceptores orbitales. ¿Y cómo los llamamos? Los llamamos armas, y los necesitamos para disuadir un conflicto espacial y para tener éxito si nos vemos envueltos en una lucha de ese tipo”.

Podría parecer lógico que en un período de crecientes tensiones geopolíticas con China y Rusia, en gran parte provocadas por la decisión del autócrata canalla Vladímir Putin de invadir Ucrania con sus tanques, drones y misiles, los jefes políticos y los mandos militares de EEUU apostaran por el uso de armas en el espacio como parte de la “seguridad nacional” e incluso occidental si se incluyera a los miembros de la OTAN. Sin embargo, según Davis y Thresher, esa medida no sólo sería “estratégicamente contraproducente”, sino que también “perjudicaría gravemente a quienes dependemos del espacio para nuestro bienestar diario”. Esto se debe a que gran parte de la infraestructura moderna en la Tierra –desde las comunicaciones y las finanzas hasta la predicción meteorológica y la navegación– depende de sistemas espaciales.

Proteger satélites y apropiarse de la Luna

En agosto pasado, el periodista de Associated Press en Wasington David Klepper recogía en un reportaje varios argumentos oficiales que justifican la conversión del espacio en el nuevo campo de batalla del siglo XXI. El gran argumento es la defensa de los satélites estadounidenses de los ataques de sus adversarios. De hecho la Fuerza Espacial de EEUU nació por esa necesidad de proteger los intereses estadounidenses en el espacio. Es una fuerza más pequeña que el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, naturalmente, pero está creciendo y pronto se anunciará su cuartel general en Alabama o Colorado. Tengamos en cuenta que, según un comunicado oficial, “el espacio es un ámbito de guerra y la función de la Fuerza Espacial es competir y controlar para alcanzar los objetivos de seguridad nacional”. De momento el ejercito estadounidense opera un transbordador no tripulado para realizar misiones clasificadas (secretas) y de investigación. Utiliza una nave denominada X-37B que ha permanecido más de un año en órbita y regresó recientemente a la Tierra.

Para comprender con cierta precisión las armas espacio-espaciales o armas situadas en el espacio que apuntan a la infraestructura espacial, los expertos hablan de dos categorías: cinéticas y de radiación. Las primeras incluyen los dispositivos que disparan misiles para destruir físicamente objetos en la órbita terrestre baja (LEO). Estas armas antisatélite (ASAT) centran los esfuerzos del SpaceCom de EEUU (antiguo Comando Espacial, hoy Fuerza Espacial del Departamento de Guerra). Las segundas, las armas de radiación, permiten ataques con láser o pulsos electromagnéticos desencadenados para desactivar o inutilizar otros sistemas espaciales. La más destructiva de éstas es la bomba nuclear. Tanto Estados Unidos como Rusia han realizado varias pruebas nucleares en el espacio entre 1958 y 1962. La mayor de ellas, la Starfish Prime –una bomba de 1.4 megatones detonada por EEUU a unos 400 km sobre el Océano Pacífico– creó un pulso electromagnético mucho mayor de lo esperado que destruyó seis satélites, desactivó otros, generó auroras artificiales y apagó el alumbrado público y los servicios telefónicos en Hawái, a más de 1.400 km del lugar de la detonación.

El segundo argumento para colocar armas en el espacio consiste en mantener a raya a los competidores por el dominio espacial. Durante la Guerra Fría y la desintegración de la Unión Soviética, EEUU mantuvo su liderazgo en la carrera espacial, pero ahora siente las nuevas amenazas que representan Rusia y China y quiere dar una “respuesta agresiva”, según el lenguaje del nuevo Departamento de Guerra, que además de cambiar de nombre –antes se llamaba de Defensa– ahora dificulta el acceso al Pentágono incluso a los periodistas con acreditación permanente.

¿Estamos ante lo que se conoce como un dilema de seguridad? Si un país militarizara el espacio, otros sentirían que no tienen más remedio que hacer lo mismo, lo que conduciría a una profecía autocumplida. Si los países creen que se está desarrollando una «carrera espacial» conflictiva porque otros hablan de ella de esta manera, es más probable que esa retórica sobre el uso real de armas espaciales alimente la espiral bélica. Incluso usar un lenguaje bélico al hablar del espacio tiene el poder de crear una profecía autocumplida.

Las riquezas de la Luna es otro gran argumento para impulsar la carrera de armamento en el espacio. A mediados de agosto pasado, el administrador de la NASA, Sean Duffy, anunció los planes de enviar un pequeño reactor nuclear a la Luna y consideró muy importante que EEUU se anticipe a China y Rusia. “Estamos en una carrera hacia la Luna, en una carrera con China hacia la Luna”, dijo Duffy. “Para tener una base lunar, necesitamos energía y algunos de los sitios clave de la Luna … Queremos llegar primero y reclamarla para Estados Unidos”. El astro situado a tres días de viaje desde la Tierra posee minerales valiosos y otros materiales codiciados para las nuevas tecnologías y fuentes de energía. Por ejemplo, la Luna es rica en el isótopo helio-3 que podría emplearse para generar fusión nuclear y crear nuevas centrales de energía limpia sin residuos radiactivos.

Con todo, la protección de los satélites artificiales es lo más importante a corto plazo. Unos 12.000 satélites en órbita facilitan las comunicaciones, la navegación guiada por GPS, la vigilancia militar y de seguridad de los países, las alteraciones climáticas, las cadenas de suministro económico y las consiguientes transacciones financieras. También son esenciales para la detección temprana de lanzamiento de misiles. Pero esto los convierte en un objetivo prioritario para quien pretenda dañar la economía y las defensas de un país. Por ejemplo, lo primero que hicieron los rusos hace tres años al atacar a Ucrania fue hakear un satélite de la televisión ucraniana y emitir el desfile militar de la Victoria en la Plaza Roja de Moscú, a modo de golpe psicológico para atemorizar a la población.

Si ahora, como aseguran “funcionarios de la seguridad nacional” –espías de la CIA– Rusia desarrolla un arma nuclear espacial diseñada para destruir al mismo tiempo prácticamente todos los satélites en órbita terrestre baja, la carrera armamentista espacial está servida. El arma rusa combinará un ataque físico que se propagará hacia afuera, lo que destruirá más satélites, y el componente nuclear se utilizará para dañar los sistemas electrónicos. El gobierno Trump ha desclasificado información conseguida sobre esa arma después que el legislador Mike Turner, republicano por Ohio, emitiera una advertencia pública sobre esta tecnología. Turner fue desalojado en enero pasado de la presidencia del Comité de Inteligencia del Congreso debido a presiones de la extrema derecha (los del MAGA) y ha pedido al Departamento de Guerra que proporcione a los diputados una sesión informativa secreta sobre esas armas.

Satélites españoles para la OTAN

Entre tanto, la madrugada del viernes fue lanzado con éxito desde Cabo Cañaveral, en Florida, el satélite español SpainSat-2, que proporcionará comunicaciones seguras a las Fuerzas Armadas españolas y de los países aliados. El ingenio ya está orbitando alrededor de la Tierra, con circunferencias cada vez más alejadas hasta alcanzar 36.000 km de distancia. Se complementa con su gemelo SpainSat-1, lazado en enero, y cubrirán dos terceras partes del planeta, proporcionando comunicaciones seguras a la OTAN. Los países que utilicen esta red de comunicaciones deberán pagar por el servicio. Estados Unidos es el segundo cliente, tras las Fuerzas Armadas españolas.

Nuestro país ha invertido mil millones de euros en un proyecto que además de ayudar a la industria nacional a ganar competitividad ha sido calificado como el más avanzado de Europa en comunicaciones seguras, imposibles de interferir, como ha hecho ahora Rusia con Alemania. Para que luego el secretario general de la OTAN, Mark Rutter, un lenguaraz con cara de conejo, vaya a calentar la oreja a Trump contra España. ¿Acaso desconoce que EEUU aporta el 3,5% de su PIB a la defensa mientras exige el 5% a los demás países de la Alianza Atlántica?