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De reyes, canes y calandrias

Cuentos y descuentos del sábado (24-08-2024).–Luis Díez.

“Hoy las golondrinas están contentas porque ya no hace tanto calor”, comentó Pilar al llegar al palmeral de la playa, acompañada de Manuel, el espía superviviente.

–¿Te lo han dicho ellas? –Le preguntó el aviador apagafuegos.

–Hombre, José Luis, las calandrias no hablan –dijo la recién llegada.

–¿Entonces qué sabes tú si están contentas o tristes, si pasan calor o frio? –Incidió el aviador tocapelotas.

–Eso se nota en el parloteo musical, en sus gorjeos, sus prrr efusivos, sus reclamos, esos uit, uit agudos. Pasan tanto calor las criaturas que llevaban días sin decir ni pío.

–Si fueran mirlos, con lo bien que cantan, me alegraría, pero esas antipáticas… anda y que les den –agregó el aviador.

–¿Antipáticas? –Se extrañó Pilar– ¿No sabes que las calandrias libraron de la corona de espinas a Nuestro Señor Jesucristo?

–Leyendas para beatas –replicó el apagafuegos.

La conversación, intrascendente hasta ese momento, adquirió fundamento cuando Raquel, la bióloga, aseguró que las aves lo pasan tan mal como los humanes con el calor extremo. Cualquier observador puede notar su escasa actividad en las horas centrales del día. No se atreven a salir del nido ni a abandonar las sombras porque también a ellas les cuesta mucho desprenderse del calor interno que genera la actividad muscular.

–Para ayudar a los gorriones, las golondrinas, los mirlos y otros pájaros familiares a sobrellevar estas oleadas de calor podemos dejar recipientes con agua en las terrazas, jardines o los alféizares de las ventanas –añadió la bióloga antes de referirse a la urohidrosis.

–¿Uro qué? –Saltó el aviador.

–Hidrosis, u-ro-hi-dro-sis, una forma de refrescarse que consiste en defecar o mear frecuentemente en las zonas escamosas de sus patas para enfriarse gracias a la evaporación.

–Una asquerosidad, osea –proclamó el aviador.

–Más o menos como tu sudor –le asestó Raquel.

–A propósito de si los pájaros hablan, ¿qué me dices de los loros? –se interesó el profesor Manises.

–Lo que es hablar no hablan, aunque reproduzcan los sonidos de las palabras de hasta cuatro sílabas –respondió pilar–. Y en cuanto a las entendederas, entienden mucho mejor los perros.

–Lógico. Por algo tienen la cabeza más grande –razonó Santiago, el churrero.

–Tengo yo un vecino que no habla con nadie; ni mujer ni hijos ni allegados, solo con su perro –comentó el arquitecto don Pepe.

–Me atrevo a asegurar que ese hombre está acostumbrado a mandar y ya nadie, salvo el perro, le obedece –aventuró Manises.

–Me gustan los perros porque siempre perdonan –comentó don Víctor Márquez como saliendo de alguna de sus ensoñaciones con personajes del pasado.

–Eso lo dirá usted –le replicó el aviador apagafuegos.

–Lo escribió Albert Camus en La Caída, un libro que le recomiendo.

–Ya querría ver yo a ese Camus rodeado de una manada de perros hambrientos del desierto a ver si escribía eso –arguyó el aviador.

–A quien me gustaría ver así es al criminal Netanyahu –manifestó Victor.

–Hostia, y a mí. Y que le arrancaran a mordiscos las orejas, la lengua, los ojos… Después de todo sería un trato consecuente con sus creencias y las de sus correligionarios, ojo por ojo –dijo el profesor.

–Religiones aparte, dicen que Hitler quería mucho a su perro –comentó el millonario don Baldo.

–Sigo sin entender a esa gente sentimental con los animales y criminal con los de su especie –prorrumpió Macarena, labios de cereza.

–Habrá que preguntarse donde quedó la cordialidad humana –dijo don Baldo.

–Tengo la impresión de que vamos a peor. Sobra agresividad, eso que muchos confunden con la competitividad, y falta cordialidad –dijo el profesor Manises–. Es probable que esa carencia de buenas maneras, imprescindibles para la convivencia humana, se deba a una educación fría, distante, tamizada por las tecnologías virtuales y, en definitiva, cada día menos interesada en formar personas al tiempo que excelentes técnicos y habilidosos trabajadores.

–¡Oh Bartleby, oh humanidad! –Exclamó, al pronto, Víctor Márquez.

–Oh, Melville, también yo preferiría no hacerlo –dijo el profesor antes de referirse a la responsabilidad que también cabe exigir a los dirigentes políticos y sociales para que den ejemplo y se abstengan de contribuir a este aumento de la agresividad y esta pérdida de la cordialidad humana. –Es como si hubieran olvidado su obligación de ejercer el magisterio público, como si despreciaran esta función esencial. Casi todos los que pintan o aspiran a pintar algo en la derecha política prefieren el trazo grueso, el bulo, el insulto, el ataque al hombre y la descalificación del adversario en vez del razonamiento crítico y la exposición veraz y honrada. Es más fácil hozar y destrozar que construir y edificar. Y encima se difunde mejor y es más rentable el dicterio que el argumento. Y esto también influye en la convivencia.

–Vaya si influye –afirmó don Pepe, el arquitecto–. Imaginad si en vez de unos tipos con la ironía de Santiago Carrillo, el desparpajo verbal de Felipe González, la elegancia de Enrique Tierno Galván (el VP o Viejo Profesor), la empatía de Adolfo Suárez y la erudición del tonitonante de un Fraga Iribarne, nos hubiesen tocado personajes como esos magistrados emberrechinados o esos banqueros campanudos e intolerantes o estos dizque patriotas insultones de las derechas de hogaño… Seguramente no habría habido Transición, sino más represión e imposición.

–Menos mal que el Rey, aunque golfo, salió listo –dijo Pilar.

–Era un Borbón y sabía que si no asumía la democracia se jugaba la Corona. Tres veces los echamos y las tres han vuelto. ¡Qué tíos! –Exclamó don Pepe.

–En todo caso respetó y nunca insultó a la izquierda –añadió Pilar.

–En eso llevas razón, y confiemos en que no cambien los tiempos y el coronado sucesor y su nieta Leonor mantengan la neutralidad y la tolerancia, por la cuenta que les trae –dijo don Pepe.

–¡Ni rey ni dios ni patrón! –proclamó el ferroviario y reavivó el diálogo.

Sin motivos para la alegría

Cuentos y descuentos del sábado (28-10-2023).–Luis Díez

El amigo Fiol carecía de motivos para la tristeza. Era rico de familia, tenía más millones que pesaba, desvivía una vida regalada sin horarios laborales ni obligaciones apremiantes. Dedicaba algunas jornadas a cultivar su afición por la historia; se metía en la Biblioteca Nacional y se sentía como un arqueólogo submarino en busca de pecios y tesoros sumergidos. Le apasionaba la historia hacia atrás y, por Júpiter que encontraba satisfacciones intelectuales y perlería para divulgar y repartir, ya fueran anécdotas, paradojas, usos, vicios y desmesuras de reyes, papas, banqueros y otros poderosos personajes que en el mundo han sido, ya enumeraciones, comparaciones e interpretaciones sobre tribus y organizaciones humanas sumergidas en el secular olvido. Llevaba compuestos dos libros al respecto y un próspero editor (aunque parezca una contradicción) se apropincuaba a él y se llevaba sus notas y apuntes de tanto en tanto.

Siempre alegre y buen conversador (no confundir con conservador), Marisa le consideraba una fuente inagotable de anécdotas y curiosidades bien traídas, un observador feliz e instructivo, con el que parecía imposible aburrirse y emburrecer. Sin embargo, cuando aquella mañana coincidieron en el vagón del metro, ella le vio alicaído y triste, y así se lo dijo.

–¿Cómo no voy a estar triste con lo que está ocurriendo en este jodido mundo? Miras hacia arriba y no ves motivos para la alegría en la destrucción de la atmósfera por la ambición, el egoísmo y la crueldad de esa minoría que circula en la cómoda diligencia del capitalismo desbocado. Han herido de muerte al planeta y no hay manera de vencerles ni convencerles para que dejen de chupar su sangre. Miras el entorno, con ese virus nuevo y mortal, el coronavirus al que llaman Covid como si fuera alguien de la familia (y lo es, aunque no el perro), y sientes una profunda amargura por los mayores y no tan mayores que se ha llevado al otro barrio. Miras a un lado y ves al cara de víbora, el venal y codicioso presidente ruso Vladimir Putin atacando a Ucrania por tierra, mar y aire, lanzando misiles contra la población civil de las ciudades ucranianas y provocando decenas de miles de muertos y un dolor y un éxodo nunca visto en Europa desde el depravado Adolfo Hitler. Sigues mirando ahí al lado y ves al cara de cemento, el sanguinario Netanyahu, asesinando a bombazos a la población palestina, sobre todo niños, recluidos en la franja de Gaza. Esos genocidas te dejan sin palabras, hacen que se te salten las lágrimas. ¿Cómo no voy a estar triste si, además, los mandatarios de la Unión Europea no consiguen parar el exterminio que están perpetrando los israelíes contra los palestinos? Y, por supuesto, esos canallas se ciscan en la ONU. ¿Quién podrá juzgarles y condenarles como se merecen? Luego te encuentras paradojas como el reciente Informe Mundial de la Felicidad, publicado por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, que coloca a Israel en el cuarto puesto de los países más felices del mundo. ¿De verdad? ¿Tu serías feliz si fueras israelí?

–Hombre, como dicen que son el pueblo elegido de Dios –respondió Marisa.

–Entonces ese no es el dios que interesa a los hombres.