RELATO DE VERANO

Messi bañando a Lamine Yalmal en 2007, cuando era un bebé de cinco meses. La foto es de Joan Monfort y fue publicada en The New York Times en 2024 y el 13 de julio pasado otra vez, debido al Mundial de fútbol.
Luis Díez.
El profesor Manises saludó desde la puerta al camarero Nano y a los contertulios del Palmeral de la Playa, se acercó a la máquina de la música, introdujo el euro por la rendija y seleccionó un disco. Luego se dirigió al lugar donde sus compañeros jubiletas ya estaban arreglando el mundo.
–¿Qué carajo es eso que has puesto? –le preguntó el aviador apagafuegos arrugando el hocico con gesto de disgusto.
–Es un Rockabye Baby, un pupurrí de Rihanna, Guns and Roses…, ideal para escuchar con los niños. Hoy es el día de las niñas y niños –explicó Manises de acuerdo con su costumbre de elegir la música según la actualidad del día.
–Te equivocas, Jotaele –dijo Raquel la bióloga–; en España el día del niño es el 26 de abril, no el 20 de noviembre.
–Tienes razón, pero el “día internacional”, proclamado por la ONU para que los gobiernos y las autoridades de los países del mundo dediquen al menos 24 horas a promover los derechos de los menores o, al menos, a reflexionar sobre su situación, es precisamente hoy.
Antes de que la conversación volara hacia las travesuras de los nietos y sobrinos o se remontara a las aventuras de la infancia de cada cual, el profesor aportó algunos datos técnicos criticando la poca preocupación de los gobiernos por los menores, como lo demuestra el hecho de que desde 1945 en que se fundó la ONU hasta 1989 no entrara en vigor la Convención sobre los Derechos del Niño.
–Si serán desidiosos –añadió el profesor– que tardaron catorce años en realizar la última actualización de la carta de derechos de las niñas y niños; empezaron a discutirla en 1975 y se demoraron hasta 1989 para ponerla en marcha. Los dos reglamentos básicos para aplicar la Convención no se actualizaron ni aprobaron hasta el año 2000.
–Día internacional de los peques…, menuda cosa. Si sirviera para evitar que los mataran de hambre como han hecho y siguen haciendo en la Franja de Gaza… –comentó el viejo periodista Víctor Márquez antes de añadir–: si me dais un minuto os leo uno o dos párrafos de un artículo del boletín que he recibido esta mañana del Consejo Carnegie para la Ética en las Relaciones Internacionales.
Márquez tecleó su teléfono móvil buscando el documento recibido desde USA por el correo electrónico. “Aquí está. Os traduzco: La decisión del segundo gobierno de Trump de recortar las operaciones de USAID ha tenido graves consecuencias humanitarias. Las estimaciones varían, pero un estudio de la Universidad de Boston indica que casi 800.000 personas han muerto en el plazo de un año tras los recortes de USAID a principios de 2025; aproximadamente dos tercios eran niños y niñas”.
El profesor levantó la cabeza y vio a los contertulios interesados e impresionados por la materia, así que siguió: “A continuación dice que varios estudios sobre la salud global afirman que esas muertes se podían haber evitado, lo que plantea urgentes interrogantes éticos sobre la retirada de una ayuda vital por orden del presidente de USA y promotor del América Primero”.
La baronesa de Pinopar estuvo en un tris de despotricar contra el “tío Zanahorio”, como solía llamar a míster Trump, pero el agente de inteligencia Abelino Godoy se le anticipó puntualizando que la liquidación de la Agencia para el Desarrollo Internacional, la USAID propiamente dicha, había corrido a cargo del multimillonario Elon Musk, “un tipo tan maldito y despiadado como el que lo nombró por haberle ayudado a ganar las elecciones para que blandiera la motosierra. Y como es lógico, lo primero que hizo fue cortar la ayuda humanitaria a los más pobres de los países pobres y a las agencias de Naciones Unidas. ¿Qué les importa a esos tíos los millones de refugiados en África a causa de las guerras que provocan para surtirse de las materias primas, el coltán, el petróleo, el uranio y todo eso que llaman tierras raras? ¿Qué les importa la muerte de millones de niños por falta de vacunas, el avance de las enfermedades que parecían controladas como el virus del sida..? Sólo les interesa el petróleo de Sudan, las tierras raras de Kenia, la minería metálica y los diamantes de Namibia…”
La indignación iba enrojeciendo el rostro del viejo espía a medida que hablaba, así que para distender el asunto, la baronesa de Pinopar comentó que para ella el 20 de noviembre siempre había sido una buena fecha. “Ya sabéis por qué. Lo que no sabía yo es que además fuera el día internacional de los pequeños”, añadió.
–¿Buena fecha desde el año 1975, supongo? –quiso cerciorarse el profesor.
La baronesa asintió y Manises comentó la paradoja de que la instauración del día internacional del menor por parte de la ONU se produjera el mismo día del año que las diñó el dictador español Franco Bahamonde.
–¡Y que lo digas! ¿Sabes tú cómo le llamaban? –preguntó la baronesa.
–El enano asesino del Pardo; eso lo sabía todo el mundo –se precipitó otra vez el espía Godoy.
–Lo que no acabo de explicarme es cómo aquel tipo tan bajito, que no daba la talla para ser soldado, pudo llegar a general –se preguntó la baronesa–. Y no me digáis que fue por méritos de la guerra de Marruecos, que eso ya lo sé.
–Hay antecedentes históricos, baronesa; tenga en cuenta que el general Valeriano Weyler, enviado a Cuba a someter a los insurrectos –un asesino feroz que se hartó de matar gente, incluidos los miles de jóvenes españoles enviados a la trocha–, era más bajito que Franco, que mató más –explicó el profesor.
Se hizo un silencio sepulcral como si de común acuerdo hubiesen decidido rendir homenajes a los muertos. Hasta la música dejó de sonar (el disco se había terminado). En eso llegó Nano con infusiones en la bandeja. “¡Pensativos les hallo!”, exclamó.
–Es lo que pasa cuando se trata de las grandes desgracias y las últimas tragedias históricas de España –dijo Manises. El camarero, un buen conversador que sabía latín, andaba urgido y evitó entrar en materia.
Cuando acabó de servir, el profesor Manises retomó el hilo de la historia y recordó el cantar de la guaira al general Weyler: “Mi querido Valeriano,/ cuando te vayas de aquí/ te llamaré Valerí/ porque habrás perdido el ano”.
A lo que la baronesa prorrumpió por contagio: “Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel” (una marca de jabón). Y Raquel la secundó: “…que tiene el culo así porque su mujer se lo lava con Persil” (otra marca de jabón).
–¡Por Júpiter! ¿No hablábamos de los niños? –protestó el viejo periodista Víctor Márquez, provocando las disculpas de la baronesa por haber desviado la conversación hacia la fecha y la estatura del maldito dictador. Márquez aceptó las excusas y añadió tecleando en la pantalla de su teléfono–: si os portáis bien os muestro una cosa que os va a gustar.
Los “seculares” del Palmeral de la Playa –les llamaban así porque entre todos sumaban más de un milenio de edad– aceptaron la propuesta. Sabían que era una foto y enseguida también ellos empezaron a buscar en sus teléfonos móviles instantáneas de sus nietos.
–Esta foto es sensacional –dijo Márquez para estimular el apetito visual de los contertulios–; es una instantánea única, con un valor histórico formidable, una ternura extraordinaria y una simpatía desbordante. La hizo el gran fotógrafo catalán Joan Monfort, quien declaró al New York Times en 2024 que “fue una toma muy difícil. Sudé la gota gorda para conseguirla”. La foto data del año 2007. Monfort la hizo para el calendario benéfico de 2008 que entonces lanzaban la Fundación del club del Barça y el periódico Sport del antiguo Grupo Z para ayudar a UNICEF –la agencia de la ONU que se ocupa de los niños– y a otras organizaciones benéficas. El periódico estadounidense la volvió a publicar unas horas antes de que La Roja derrotara a los galos del gallo en la semifinal de la Copa Mundial de Fútbol, en Dallas (Texas). Quizá se olían que aquel Lionel Messi de 20 años que entonces comenzaba su legendaria carrera en el Barça, se enfrentaría en la final en Nueva York con aquel bebé de color al que había enjabonado y bañado amorosamente cuando tenía cinco meses. Era Lamine Yamal. Miradlo bien, recrearos con la tierna escena y sabed que el mérito fue de la mamá de Lamine, que le llevó desde donde vivían, a cuarenta kilómetros, a las instalaciones del club.
