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Trum (2) o cuando el necio escupe contra el viento

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Madrid.–Luis Díez

El presidente de Estados Unidos (EEUU) Donald Trump es descendiente de emigrantes. Sus abuelos eran alemanes y su madre escocesa. Su apellido original es Drumpf, si bien, con el paso del tiempo, los descendientes de aquel Friedrich Drumpf que emigró desde Bremen a Nueva York en 1885, trabajó duro creando hospederías, y murió 33 años después, adoptaron la pronunciación inglesa de la palabra y comenzaron a escribir Trump, término que sirve para designar la carta del triunfo de una baraja de naipes.

Si Tramp es nieto de inmigrantes, hijo de madre inmigrante (la escocesa Mary Anne MacLeod), se casó y tuvo tres hijos con la checoslovaca Ivana Zelnícková, que fuera esquiadora olímpica, y, en fin, contrajo matrimonio en terceras nupcias con la modelo eslovena Melania Knauss, una mujer 24 años más joven que él y que en 2006 dio a luz a su quinto vástago ?cómo se explica su desmedida persecución de los inmigrantes, con redadas injustas y deportaciones declaradas ilegales por jueces y tribunales?

La explicación más sencilla procede de quienes emplean el alias del mandatario, Elnecio, pues sabido es que los necios hacen necedades. Trump ya prometió en su anterior mandato (2016-2020) levantar un muro para sellar la frontera con México. Fue una de las promesas más insólitas y también más celebradas de su campaña electoral. Encima, los 10.000 millones de dólares que iba a costar aquella obra debían de ser pagados por México. Si el Gobierno mexicano se negaba, como de hecho ocurrió, prohibiría las transferencias de las remesas de inmigrantes, la mayoría “ilegales”, que ascendían a unos 24.000 millones de dólares anuales. También amenazó entonces con imponer aranceles a los productos mexicanos y con cancelar los visados a sus ciudadanos.

Vale añadir que terminó los cuatro años de aquel primer mandato presidencial con apenas un centenar de kilómetros de barreras metálicas instaladas en tramos no cubiertos por las vallas discontinuas existentes con anterioridad a lo largo de mil de los 3.145 kilómetros de frontera desde San Diego (California) hasta la costa atlántica de Texas en el Golfo de México. Sobre los visados sirva de ejemplo para evaluar los intereses y la catadura del personaje que mientras el 2 de abril le retiraba el permiso para entrar a EEUU al Premio Nobel de la Paz y expresidente de Costa Rica, Oscar Arias, quien le había llamado “emperador romano”, ofrecía un visado especial, la visa de oro, con residencia indefinida, a cuantos extranjeros llegaran con cinco millones de dólares para gastar en su país.

Trump ha acerado más si cabe su política de persecución de los inmigrantes hispanos en este segundo mandato. Elnecio y sus más fervorosos seguidores reaccionarios consideran la llegada de inmigrantes indocumentados “una invasión” de delincuentes, defectuosos mentales, criminales que “envenenan nuestra sangre” y se dedican a atrapar y comerse a las mascotas domésticas. Al socorrido “cave canen” (cuidado con el perro) el poderoso majadero añadió en campaña “que te lo comen” los negros haitianos. Lo malo es que muchos ciudadanos le creyeron y dejaron de sacar a sus perros de paseo.

He ahí otro ejemplo de las burdas técnicas goebbelianas y de los muchos tropos fascistas que contaminan el discurso o más bien el fangollo y batiburrillo trumpista. Provocan y extienden, a base de bulos, el temor a los inmigrantes y emplean la posverdad para hacer saber que si les votas y ganan las elecciones sellarán las fronteras, expulsarán a los inmigrantes y acabarán con los que te “roban” el empleo, “se benefician” de ayudas sociales y convierten tus calles en lugares peligrosos hasta para los perros.

“Perdido en este desfile de horrores –escribe el profesor de la Universidad de Columbia Michael W. Doyle– está el hecho de que EEUU es una nación de inmigrantes. Irónicamente, los abuelos y bisabuelos de la actual cosecha de ideólogos nativistas fueron los inmigrantes trabajadores (ninguno de los cuales fue investigado) que cavaron los canales de Estados Unidos, construyeron sus ferrocarriles y segaron el césped de sus granjas”.

El humanista Doyle, que es uno de los cuarenta investigadores y especialistas que han elaborado la Convención Modelo sobre Movilidad Internacional (CMMI) sostiene que el 24% de las patentes estadounidenses registradas en los últimos años han sido presentadas por inmigrantes. Ellos son los que trabajan en los campos, mataderos y almacenes del país. Tanto documentados como indocumentados, realizan el trabajo (más penoso y peligroso) que, como ocurre en España y en otros países europeos, no parecen querer hacer muchos oriundos.

Esa dimensión económica y laboral, no parece contar. Elnecio, de suyo acostumbrado a establecer la relación coste-beneficio, insiste en considerar delincuentes a los inmigrantes y no alcanza a ver que éstos, incluidos los indocumentados, tienen muchas menos probabilidades de cometer un delito que los nacidos en el país. En un reportaje publicado el 5 de abril pasado en Los Ángeles Times, los periodistas Hanson, David Smilde y Verónica Zubillaga, desarmaron las mentiras trumpistas para justificar la deportación de jóvenes venezolanos a El Salvador, donde fueron recluidos en una cárcel de máxima seguridad prestada por el presidente salvadoreño. Los informadores, conocedores de la violencia en Venezuela, pusieron de relieve que era falso que los detenidos y deportados fueran terroristas enviados desde Venezuela a atentar en EEUU y que muchos de ellos ni siquiera pertenecían al Tren de Aragua, una mara o banda que según la orden ejecutiva de Elnecio “está llevando a cabo una guerra irregular y emprendiendo acciones hostiles contra EEUU”.

Las redadas indiscriminadas contra los inmigrantes y las deportaciones ejecutivas, sin intervención judicial, sitúan a la altura del betún las garantías jurídicas y los derechos de las personas en la primera potencia democrática (?). Puede que el fascismo trumpista –de “nocivo, idiota y Hitler de Estados Unidos” lo tachó el actual vicepresidente Vance en 2016– consiga reducir el flujo de inmigrantes, pero lo que está generando sin duda es el miedo de millones de hispanos a ser detenidos y deportados. En la actualidad hay más de 700.000 venezolanos emigrados a EEUU y muchos de ellos desviven con el temor en el cuerpo.

Contra las afirmaciones de Trump tampoco es verdad que EEUU esté “inmerso en una ola criminal” que él atribuye a los inmigrantes, pues los datos preliminares del FBI indican que la criminalidad siguió disminuyendo en 2024 respecto al año anterior. En cambio, es muy cierto que el empeño del plutócrata en identificar inmigración con delincuencia provocó la primera manifestación de protesta ante la Casa Blanca un mes después de su toma de posesión. Y también es cierto que varias organizaciones católicas han alzado la voz contra las redadas y las deportaciones, demostrando además que la mayoría de las víctimas de esa política trampista son católicos. En respuesta, la administración federal anuló el 11 de abril un convenio con la Conferencia Episcopal por el que aportaba fondos a la labor humanitaria y de integración de inmigrantes.

?Se puede “hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande”, como reza el lema MAGA de los trumpianos, sin inmigrantes? Sólo los necios creen eso. El profesor Doyle antes citado afirma que “para desincentivar la entrada ilegal, el país necesita vías legales para satisfacer la demanda de 8 millones puestos de trabajo sin cubrir en la actualidad. Esto sin contar los millones de empleos permanentes que ahora ocupan los 10 millones de indocumentados”. Doyle se pregunta cómo conseguir esto y propone, entre otras medidas, el desarrollo de una plataforma nacional de empleo en Internet que identifique los puestos vacantes y las cualificaciones pertinentes para su solicitud por parte de solicitantes individuales extranjeros y agencias de empleo.

Esa y otras herramientas contempladas en la Convención CMMI evitarían que la política de inmigración reflejara “lo peor de nosotros mismos”. Para Doyle, antiguo administrador del Carnegie Council, se pueden hacer las cosas mucho mejor, tanto para servir a los intereses de EEUU como para conciliar sus ideales contrapuestos. Pero no solo en la primera potencia del globo, sino también en terceros países. Téngase en cuenta que en 2024 había 304 millones de inmigrantes en todo el mundo (Datos del departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU). La inmigración es un tema candente, domina el discurso político, alimenta resultados electorales y, como afirma la investigadora de la Escuela Internacional de Asuntos Exteriores de la Universidad de Columbia, Susie Han, a menudo desencadena políticas reaccionarias.

Más allá de la necedad y del repliegue de los gobiernos tras unas políticas restrictivas que solo aumentan el desorden y el sufrimiento humano, los gobiernos deberían esforzarse en crear soluciones duraderas para la gestión de la inmigración. Así, en vez de jalear y emular a Elnecio, como hacen en Europa algunos políticos nefastos, convendría incorporar los avances y propuestas de nuevas normas contenidas en la Convención CMMI sobre migración y asilo que pueden beneficiar tanto a los afectados como a sus Estados de origen, tránsito y destino.

Trump (1) o cuando el necio monta su ‘Universidad’ en Nueva York

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Madrid.– Luis Díez

Admirador de los grandes magnates del último tercio del siglo XIX y primero del XX, el presidente de Estados Unidos (EEUU), Donald Trump, quiso imitarles fundando una universidad. En 2005 inauguró la Trump University en Nueva York, una entidad educativa con ánimo de lucro que ofrecía cursos de economía y finanzas y, sobre todo, mercaba formación especializada para gestores de fondos de inversión y agentes inmobiliarios.

De este modo, el nieto millonario de unos emigrantes a tierra de promisión desde Alemania y Escocia pretendía imitar a aquellos grandes potentados que como John Davison Rockefeller, Andrew Carnegie y otros dedicaron a la enseñanza y la investigación parte de sus fortunas. Y ya se sabe que el petrolero Rockefeller practicó la filantropía, donando gran parte de sus ganancias a fundaciones y programas benéficos y siendo fundador de la Universidad de Chicago (cuna de 87 premios Nobel) y de la que lleva su apellido en Nueva York. Y su colega, el emigrante escocés Carnegie, magnate del hierro y el acero, dedicó casi toda la riqueza que había acumulado a cuenta del tendido ferroviario, los puentes, las torres de petróleo y la arquitectura del hierro a la creación de bibliotecas, centros sociales para los trabajadores, el Fondo Carnegie para la Paz Internacional y, entre otras entidades, la Carnegie Mellon University de Pittsburgh (Pensilvania, EEUU).

Pero, a diferencia de aquellos magnates de la época dorada de la industrialización estadounidense, conocidos en su día como “los barones ladrones”, el creso Trump no buscaba beneficio social alguno ni depositaba una micra de filantropía en su iniciativa educativa. Su objetivo era simplemente ganar pasta, como lo había sido desde que su padre lo colocó al frente de las empresas familiares del ladrillo y la especulación inmobiliaria. Fundó su Universidad con el mismo afán dinerario e idéntico desparpajo al de compra hoteles (incluido el emblemático Plaza de Nueva York), la instalación de casinos o la creación de complejos turísticos (incluido el de Mar-a-Lago, en La Florida, su principal residencia de descanso).

Solo que el milmillonario Tramp despreció las normas más elementales en la creación de su centro educativo con el pomposo título de “Universidad”. Las autoridades le advirtieron una y otra vez sobre el incumplimiento de los requisitos básicos y le conminaron a retirar el nombre de “universidad” de lo que podría ser una academia privada y nada más. Vamos, que Trump, al contrario de Carnegie o de Rockefeller, carecía del menor interés en impulsar la ciencia, la medicina y la educación. Entonces, para evitar que su negocio lectivo fuera declarado ilícito e ilegal, decidió llamarle Trump Entrepreneur Initiative (Trump Iniciativa Emprendedora).

Con todo, aquel negocio de Trump, alias Elnecio, no tardó en verse enfangado por las demandas de varios alumnos que se sintieron estafados. En 2010 dejó por fin de operar. Y en 2013 el magnate fue condenado a pagar 40 millones de dólares por la demanda civil interpuesta por el Estado de Nueva York por publicidad engañosa y fraude al consumidor, dado que su “Universidad” emitió títulos académicos sin licencia educativa alguna. Está por ver que algo similar pueda ocurrir en la España donde los “chiringuitos” universitarios ultras y con ánimo de lucro crecen como la espuma al amparo incluso de autoridades autonómicas.

El engaño y el fraude de Trump en materia educativa fue una de las múltiples causas que convirtieron al potentado en el primer candidato y presidente de EEUU condenado por sus actividades y negocios privados antes de llegar a la Casa Blanca. Las causas penales fueron por trampas, corrupción y abusos sexuales. Pero ninguna impidió su carrera política, como tampoco impidieron que optara a un nuevo mandato el asalto al Capitolio tras perder las elecciones contra Joe Biden en el año 2000 y el robo de documentos secretos que el FBI encontró en su mansión de Florida.

Aunque no ha sido contrastado, algunos estudiosos de la prepotencia y la necedad sitúan la motivación de Trump para hacer negocio con la enseñanza en el éxito de The Apprentice, un reality show que produjo y dirigió a comienzos de siglo. La cosa era que unos jóvenes talentos, aspirantes a empresarios, medían sus habilidades para los negocios. El ganador era contratado por Elnecio como directivo de su holding empresarial y los perdedores eran despedidos uno a uno por aquel tipo ceñudo que señalaba con el índice y exclamaba: “You’re fired!” (“¡Estás despedido!”), un latiguillo que adquirió mucha popularidad entonces y que Elnecio ha reeditado para su país y el resto del mundo con la imposición de aranceles a todos los productos que entren en EEUU y la consiguiente pérdida de puestos de trabajo en todos los sectores productivos. Eso sin contar los más de 100.000 despidos que lleva dictados en los organismos y agencias federales, especialmente en los servicios sanitarios, educativos, de investigación y de cooperación internacional, por indicación del plutócrata amigo y consejero Elon Musk, que ya se retira a sus empresas.

Papel higiénico marca Trump para ayudar a los emigrantes

Felipe González le bastó una palabra para definir al nuevo presidente de los Estados Unidos, el especulador inmobiliario Donald Trump. Le llamó «necio». El necio construye muros porque su necedad es un muro alrededor de su mente. Esa muralla mental limita su visión del mundo a la hipotenusa de su nariz (sus intereses) y le impide entender a los demás, al tiempo que desprecia cualquier razón e interpretación de la realidad que no sea la propia. Un necio y terco de esas características al frente del Estado más poderoso del mundo es un peligro para el mundo propiamente dicho. Y los primeros que están sufriendo su necedad son los inmigrantes mexicanos y centroamericanos que se ganan la vida en Estados Unidos.

La orden de Trump de detenerlos y entregarlos a los agentes federales para expulsarles está siendo momentáneamente ignorada por algunos estados con mayoría demócrata, pero esa dilación terminará en cuanto se refuercen las plantillas policiales. La persecución tiene ya efectos tangibles. El primero es el miedo a hablar castellano, la segunda lengua del país, en los lugares públicos. El jefe del gobierno español, Mariano Rajoy, podía haber aprovechado el saludo con el necio en la reciente cumbre de la OTAN en Bruselas para exigirle respeto hacia la comunidad de hispanohablantes, pero no lo ha hecho. Tampoco cabía esperar gran cosa de un personaje tan limitado y tautológico como el gobernante español, cuyos intereses se centran en mantener algunas sucursales de fabricación y venta de armamento. De ahí el especialista Morenés Eulate que ha enviado de embajador a Washington.

Los mexicanos saben que han de hacerse respetar por sí mismos, más allá del cinismo internacional. Son conscientes de que, como dice el letrado Jorge Martínez Veloz, pueden perder muchas cosas menos que les falten al respeto, porque si no, su vida será un infierno moral y el adversario les tomará la medida para doblarles. Martínez Veloz, comisionado para el diálogo con los pueblos indígenas, denunció a Trump por intentar saltarse a la torera la legalidad mexicana en el proyecto de construcción de un complejo residencial de lujo en Baja California. Otro negocio del necio en el Caribe, en una zona protegida de Cozumel (Punta Arrecifes) que arrasó por sorpresa para construir una urbanización turística de lujo, también fracasó en 2008. Se comprende la inquina hacia México del otrora voraz especulador.

El «popucista» (mezcla de populismo y fascismo) registró en el Instituto de la Propiedad Industrial de México la marca Trump Organization para actuar en sectores como la construcción, el turismo, los hoteles, los bienes raíces y los servicios financieros. Pero se olvidó de las manufacturas, en concreto de las procedentes de la celulosa, y ahora, según publicaba el diario Excelsior el 1 de junio, el abogado Antonio Battaglia se ha aprestado a registrar y sacar al mercado en fecha próxima un papel higiénico marca “Trump”, que publicita con slogans como “Suavidad sin fronteras” y “Este es el muro que sí vamos a pagar”.

Battaglia dice que donará el 30% de las ganancias a programas de apoyo a los inmigrantes y explica que su iniciativa brotó de la indignación que le produjo la descripción por parte de Trump de los inmigrantes mexicanos como si fueran delincuentes, violadores, asesinos y traficantes de drogas. «Mi pensamiento fue: no podemos quedar callados, voy a poner mi granito de arena, a dar respuesta», explica antes de indicar que ha invertido 400.000 pesos (21.400 dólares) en un proyecto cuyo éxito parece garantizado por razones de dignidad humana frente a la persecución y humillación de los mexicanos pobres, promovida por el necio.

Puesto que el «popucista» se cisca en la preservación del medio ambiente y el futuro del planeta, como ha demostrado con su ruin e insolidaria decisión de abandonar el pacto mundial para reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera y luchar contra el cambio climático, vale esperar que la del papel higiénico sea la primera gota de una tormenta de ideas capaces de limpiar sus excrecencias y si posible fuera de eliminar de su magín la xenofobia, el racismo, el machismo, el belicismo y el abuso del poder.