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El roble milenario de Robin Hood sucumbe al cambio climático

RELATO DE VERANO

Luis Díez.

El profesor Manises, que vaya si era listo, había llegado a un acuerdo con el camarero Nano, que también era listo a su manera, para ahorrarse los euros de la música conmemorativa. Por “conmemorativa” entendían decesos, cumpleaños, aniversarios y cosas así. Si, por ejemplo, era el aniversario del adiós de Luis Eduardo Aute, Manises ponía sus discos sin tener que meter en la ranura un euro por cada canción. Las onomásticas incluían el día mundial del Medio Ambiente, del Refugiado, de la Poesía… El día de Europa, Manises ponía el Himno de la Alegría, de Miguel Ríos. Lógico. Y dado que la tragaperras musical del Palmeral de la Playa no tenía todos los discos ni mucho menos, el acuerdo de Manises con Nano incluía el permiso de trolear a la máquina introduciéndole un lapicero electrónico con las piezas que debía de reproducir.

Viene esto a cuento de que aquel atardecer llegó Manises e introdujo una pieza musical que los seculares, con todos sus años acuestas, no habían oído nunca. Así que la baronesa se interesó: “¿Eso qué es?” Y el profesor le contestó que “un musical espléndido sobre Robin Hood o Robín de los Bosques, como prefieras”. A la señorita Raquel, la bióloga, le agradó la primera pieza. “¿De quién es?” Y profesor, al que le gustaba que le preguntasen cosas, dijo que de un compositor alemán muy reconocido, llamado Martin Doepke, con libreto de Andrea Friedrichs. «La obra se titula Für Liebe und Gerechtigkeit en alemán, que significa sencillamente Por Amor y Justicia«.

El profesor siguió hablando sobre aquel musical compuesto a base de fusión pop-rock –como si los seculares y los demás no lo estuvieran oyendo– y de una mezcla bien lograda de sonidos acústicos y eléctricos con instrumentos étnicos medievales y todas esas cosas. Iba comentando las baladas y los pasajes gospel (evangélicos) cuando el viejo periodista Víctor Márquez le interrumpió: “Vale, tío, que eres más pesado que un collar de melones”.

Entonces los seculares se quedaron callados, escuchando la música un rato, pero poco rato porque enseguida el antiguo agente secreto Abelino Godoy va y dice que a nosotros nos importan un rábano los aniversarios de los bandidos y menos si son ingleses. Y que le parece muy bien que a Robin Hood le hayan hecho un musical, pero nosotros no tenemos por qué oírlo. Entonces Víctor Márquez le hizo una zancadilla verbal y se alzó en defensa de la figura legendaria de Hood aduciendo que sus acciones son justicieras porque roba a los ricos para dar a los pobres y eso es lo que jode, fastidia y molesta a los forajidos matones capitalistas que gobiernan el mundo.

La discusión estaba servida. Godoy le devolvió el golpe, llamó desfasado al viejo periodista y sostuvo que en el mundo de hoy, nadie, ni siquiera los políticos que se autodefinen comunistas, discute el capitalismo. “Es ya como una religión que está por encima de los regímenes políticos”, añadió el espía como si fuera una verdad del Nuevo Testamento.

El viejo periodista negó el aserto del espía. “Claro, por eso se prohibieron las obras sobre Robin Hood en USA –dijo irónicamente– y por eso, porque el capitalismo está fuera de discusión, durante el macartismo, las autoridades-insecto, que diría Mark Twain, persiguieron incluso a los actores que hacían los papeles de obispo y de sheriff de Nottingham, lanzados a la caza y captura de Hood… Lo que pasa, Abelino, es que nos quieren hacer ver que el capitalismo feroz y voraz no tiene alternativa, pero vaya si la tiene».

Márquez siguió diciendo que los multimillonarios hablan mal de los demócratas y socialdemócratas y les llaman comunistas por propugnar más impuestos para conseguir mejoras sociales como la reducción de la pobreza, el hambre y las enfermedades, porque sin duda el capitalismo ni se discute ni se mejora. «Fijaos cuánto será el miedo de los enemigos del reparto y la equidad que la palabra hood sigue significando gángster o persona fuera de la ley en Estados Unidos de Norteamerica. A pesar de eso, la novia de Robin Hood, lady Marian, sirvió de inspiración de la conciencia femenina a partir del  siglo  XIX”.

El árbol donde se refugiaba Robin Hood en el bosque de Sherwood muere a los 1.200 años, víctima del turismo y del cambio climático.

Antes de que Godoy contraargumentase, el profesor Manises se apresuró a poner las cosas en su sitio. “A decir verdad, la música no es en honor de Robin Hood, sino del árbol donde se escondía, porque ha muerto”, confesó.

–¡Por Júpiter! ¿Cómo es eso? –quiso saber la baronesa de Pinopar.

–Pues ya ves, querida, el enorme roble milenario vinculado a la leyenda de Robin, con 1200 años de antigüedad, se ha ido al otro barrio. Al menos eso decía The Guardian esta mañana

–¿Se quemó? –preguntó el veterano aviador apagafuegos.

–No, se secó –dijo el profesor.

–Ya me parecía a mí; en esa latitud los bosques no se queman como aquí, donde la orografía y las olas de calor son terribles.

–No estaría yo tan segura de que el Reino Unido no arda–afirmó la señorita Raquel, bióloga y muy consciente de los efectos perversos del cambio climático.

–Lo que sabemos –añadió Manises– es que al viejo roble no le brotaron las hojas esta primavera, por lo que los encargados del bosque de Sherwood lo declararon víctima de la sequía y de los visitantes, según explicó Hollie Drake, que no es pirata sino portavoz. Es imposible determinar qué mató al árbol, pero la huella de millones de visitantes contribuyó a su caída, junto con las intervenciones para apuntalar sus enormes ramas mediante cables y postes. Según el periódico, míster Drake también atribuyó el deceso al cambio climático, que ha causado olas de calor y sequía.

La leyenda de que el roble había servido a Hood para esconderse de la policía y de los esbirros del rey le salvó de ser talado, como los demás árboles, para construir los barcos de la Marina Real del vicealmirante Horatio Nelson a finales del siglo XVIII y para ser utilizados en el siglo XIX como vigas para el techo de la Catedral de San Pablo de Londres. Pero ya se ve que el cambio climático no solo mata en Teheran (seis años sin agua) más que el negacionista Trump, sino que no deja títere con cabeza en casi ninguna latitud de este planeta, el nuestro, el del capitalismo que no se discute. Amén.