Traviesos, trastos, saltabardales

Cuentos y descuentos del sábado (27-07-2024).–Luis Díez

Los peques hacían travesuras, ideaban bromas, protagonizaban trastadas. Y los seculares del palmeral de la playa se las contaban unos a otros entre sorprendidos, irritados o regocijados, según los casos. Relató doña Pilar, labios de cereza, cómo su nieta de diez años, más lista que el hambre, se juntaba con otros saltabardales y se dedicaban a hacer trastadas. “Ayer consiguió mosquearme de verdad”.

–¿Qué pasó? –se interesó don Baldo, el millonario.

–Se fueron en plan safari y se dedicaron a cazar moscas y meterlas en un bote. Ni se imagina para qué.

–Usted dirá –la animó don Baldo.

–Las pincharon en un cactus muy hermoso que adorna la puerta de casa.

Varios seculares se rieron.

–Cuando salí esta mañana y vi la planta… ¡Qué susto! Menuda pena.

Las risas arreciaron.

Entonces don Pepe, que había sido arquitecto, contó que su nieto Willy era un auténtico prodigio de las comunicaciones. “Con solo nueve años agarra el teléfono de su abuela y es capaz de aligerarle la cuenta del banco, la tarjeta de crédito y los fondos asignados a Paypal. “No sé cómo consigue averiguar las claves de seguridad, pero lo consigue y paga suscripciones de juegos on line, bastante caros, por cierto.”

–Es el sino de los tiempos –afirmó Manuel, el espía–; dese cuenta de que ellos son nativos digitales y nosotros acabamos de llegar a su tribu del nuevo mundo.

Las travesuras de Willy, el pequeño jáquer, tenían más recorrido (contable), pero el profesor Manises se interpuso diciendo que su pequeño Juanito le había dejado con la palabra en la boca. “Entra por la noche en mi despacho y perpetra averías; ayer me quitó la barrita de tinta del Pilot y esta mañana, cuando agarré el estupendo bolígrafo para anotar una idea y una adivinanza antes de que se me olvidaran, venga a dar al botón una y otra vez y la punta no salía”.

Más risas.

–Vamos, que el granujiya me dejó con la palabra en el pico, del bolígrafo –remató el profesor.

–¿Qué adivinanza era esa? –se interesó don Víctor, que hablaba con literatos del pasado.

–Una adivinanza de invierno –dijo el profesor–: llueve, hace frío, no hay taxis. ¿De qué parte de la gramática estamos hablando?

–De la sin…taxis –respondió don Víctor.

–Apúntese una.

–Con su bolígrafo, imposible.

Entre risas, el aviador apagafuegos dijo que para avería gorda, la de su nieto, el pequeño Jon. Contó que una vez echó una botella de detergente líquido de fregar los platos en el depósito de gasolina del Mercedes.

–Arranqué el coche, lo saqué del garaje, pero a los doscientos metros empezó a toser y a soltar espuma… por la boca. ¡Una ruina!

–Si no estoy equivocado, su Jon va para mecánico –aventuró el profesor Manises.

–O para empleado de la limpieza. El muy gandul reconoció la trastada, pero se justificó diciendo que solo quería limpiar el motor. ¡Qué niño!

–A propósito de mecánicos –intervino doña Pilar–, a mi Yago le puede la curiosidad: desarma todos los mecanismos a ver qué tienen dentro. Ya cuando era un renacuajo agarraba los vasos con agua y los ponía boca abajo para ver qué pasaba. Luego te preguntaba por qué se caía el agua. Con las cajas de música hacía lo mismo: las destrozaba para ver donde guardaban las canciones. Y así sucesivamente. Transistores, relojes, mandos a distancia… El cabroncete no deja títere con cabeza.

–¿A que con el teléfono de la abuela no se atreve? –se interesó Manuel, el espía superviviente.

–Me lo arrebata para luchar contra zombis y marcianos, pero, de momento no le ha dado por desarmarlo. Por cierto, tengo la impresión de que se está volviendo adicto a los juegos on line. Su padre le corrige, se desespera…, pero su madre le deja el móvil y le permite jugar todo lo que quiera con tal de que la deje en paz.

Don Víctor volvió a la carga sobre todo ese mundo virtual que está desvirtuando, dijo, a las nuevas generaciones. Pero el millonario don Baldo, sin negar los efectos ignotos de la interconexión digital y la apabullante mundialización del conocimiento al instante, sostuvo que esos avances científico-técnicos están moldeando a una gente nueva más libre, más informada, más lista y mejor que la vieja.

–Aristóteles dijo que un burro voló, puede que sí, puede que no –terció el aviador.

–Traviesos y saltabardales o como mi pequeña Olivia, ordenada, obediente, sociable… más buena que el pan, lo importante es que se eduquen bien, adquieran el saber para vivir y sean felices –opinó don Rafa, que había sido mecánico de trenes de largo recorrido a gran velocidad.

Los demás le dieron la razón y Raquel, la bióloga, exclamo: “¡Con lo que se les quiere!”

Patriota ille

Cuentos y descuentos del sábado (20.07.2024).–Luis Díez

Tuvieron suerte: les tocó un vagón con aire refrigerado. Como de costumbre, Marisa preguntó a Fiol a qué dedicaba la jornada de aquel caluroso julio capitalino, a lo que el amigo y antiguo compañero de estudios le respondió que iba a la Biblioteca Nacional a documentar una observación.

–¿De qué observación se trata? –quiso saber ella.

–Supongo que te has fijado en que este es un país lleno de patriotas, un lugar donde la gente ama tanto su patria que compite en demostrar a cualquier hora y en todas partes más amor que el prójimo hacia ella mediante la exhibición de banderas y el lucimiento de los colores de la enseña nacional en los utensilios más diversos: coches con pegatinas, relojes, pasadores de corbata, pulseras, gemelos en las camisas, insignias en las solapas, cinturones, tirantes, bolígrafos, mecheros… ¡Qué se yo! Incluso una vez vi a una chica en bragas de colores de la enseña nacional.

–Y un toro, supongo –añadió Marisa con ironía.

–Hasta ahí no atisbé.

–Pues no olvides las bufandas, cintas de sombreros, sombrillas… Y ten en cuenta la música del himno nacional en los timbres de los teléfonos –agregó la amiga, siempre presta a completar las observaciones del rico estudioso de nuestro tiempo.

Fiol, que se había quitado las gafas de sol y el sombrero de ala corta que usaba para pasear tomó nota mental del apunte de Marisa, quien agregó:

–Asistimos a una inflación de signos bastante asquerosa; no sé si es amor o postureo.

–Eso es lo que intento aclarar –dijo Fiol antes de referirse a aquellos veranos en los que la noticia principal eran las “guerras de banderas” en las fachadas de los ayuntamientos del norte.

–En un país como el nuestro, compuesto de hijos y nietos de expatriados republicanos, patrias históricas y medias patrias, el asunto tiene su complejidad. Los vascos, catalanes y gallegos poseen sus banderas nacionales por ser nacionalidades históricas y, como buenos patriotas, millones de catalanes y vascos (los gallegos menos, dada su idiosincrasia volandera y emigrante) compiten en demostrar su querencia patriótica. Muchos, la mayoría de los que exhiben la bandera nacional del conjunto del Estado, suponen que esos nacionalistas históricos desquieren a España por querer a sus patrias, y ya está el lío, el conflicto, el odio a flor de piel.

–Con razón dicen que las banderas dividen a las gentes en bandos –recordó Marisa.

–De ahí la necesidad de informar, enseñar y transmitir tolerancia y bondad, algo que los líderes políticos, salvo excepciones, no suelen hacer.

Recordó Fiol cómo antes (hasta la última década del siglo XX) se obligaba a los jóvenes sometidos al servicio militar obligatorio a “jurar bandera” con el compromiso de dar “la vida por España”, una fórmula bárbara que fue modificada por un ministro de Defensa llamado José Bono.

–Como supongo que para explicar tus observaciones sobre las banderas tendrás que remontarte a los Reyes Católicos, tan religiosos ellos, podrías averiguar, de paso, por qué rayos esos banderistas españoles, no menos católicos ni apostólicos, desprecian y atacan a las personas inmigrantes –sugirió Marisa.

–A los inmigrantes, las mujeres, los gays… Cuanto más abanderados, más peligrosos. Pero en lo atinente a los inmigrantes tengo la impresión de que estamos ante una táctica política tan cruel y falsaria como siempre: primero meten miedo y luego se presentan como salvadores frente a los malos, que son muchos, muy pobres y vienen a invadirnos. Esos patriotas luciferinos siempre buscan enemigo. Antes venían los rojos (socialistas, anarquistas, comunistas) y te quitaban la vaca (colectivizaban los bienes privados) y ahora vienen los inmigrantes y te lo quitan todo, el puesto de trabajo, la novia y hasta la religión y la patria si no les votas a ellos para pararles los pies.

–¿A quién pretenden engañar?

–Hay mucha ignorancia, hermosa.

–Y demasiada crueldad… ¡Mi estación!

–Que tengas buen día. ¡Siempre nos quedará la roja!

Calderón de la patera

Cuentos y descuentos del sábado (14-07-2024).–Luis Díez

Llegaba don Víctor Márquez hablando solo al palmeral de la playa donde se congregaban “los seculares” al atardecer a contemplar la puesta de sol y conversar. Desde que doña Raquel, la bióloga, dijera que aquel hombre “hablaba con la microfauna”, algunos le lanzaban miradas a las orejas y, al no descubrir el adminículo de comunicación inalámbrica a distancia, murmuraban: “Pues va que sí, que el amigo Víctor habla con los mosquitos”. Entonces José Luis, el aviador apagafuegos, le preguntó:

–¿Con quién venía hablando, Víctor?

–Con Calderón de la Barca –dijo él.

–¿El de La vida es sueño? –terció el profesor Manises.

–Correcto, un tipo con una vida muy interesante, un dramaturgo genial y un soldado valiente, siempre al servicio de la aristocracia y de los reyes de España.

–También fue clérigo –añadió el profesor de segunda enseñanza.

–Cierto, y muchos disgustos se llevó por las descalificaciones y censuras de los superiores de la curia contra sus obras más populares. Tenga en cuenta que estamos hablando del sucesor de Lope de Vega en el trono de los dramaturgos del Barroco.

–Pues yo creo que se equivocó en el título de su famosa tragedia –opinó don Santiago, que había sido churrero y respiraba con dificultad.

–¿Por qué dice eso? –se interesó Víctor.

–Porque de sueño nada, la vida es una putada –afirmó Santiago.

–Sin atreverme a negar sus razones, le puedo decir que también fue puñetera para él, hasta el extremo de tener que refugiarse en la embajada de Austria para librarse de la pena de muerte tras haber sido acusado de asesinato. Era habitual entonces (siglo XVII) batirse en duelo a vida o muerte para vengar ofensas, lo cual, dígase así o de otro modo, constituía una gran putada. Ahora, los más famosos autores del espectáculo contemporáneo de mayor popularidad, el fútbol, se limitan a darse patadas. Duele, quedan perniquebrados –mira lo que el grandullón Kroos hizo a Pedri–, pero ya no te juegas la vida al competir. Volviendo a La vida es sueño…

La voz cantarina de la bióloga Raquel le interrumpió recitando aquellos versos del primer monólogo de Segismundo:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son”.

Los seculares aplaudieron y don Víctor Márquez retomó el hilo.

–La vida como sueño –dijo– no deja de ser un tópico de muchas religiones, pero en el “drama filosófico”, según la definición Menéndez Pelayo, Segismundo ha de resolver el conflicto entre el destino y la libertad. El desenlace eleva el autodominio a la categoría de virtud y el príncipe o primer heredero acabará haciendo de la necesidad virtud.

–¿Y a usted le parece bonito ir por ahí hablando con alguien que ya no existe? –incidió el aviador apagafuegos.

–Una cosa es que no se pueda mover de la pesada estatua que le pusieron en la plaza de Santa Ana de Madrid, frente al Teatro Español, y otra que no exista. La vigencia es existencia, amigo José Luis. Y sí, claro que es bonito hablar nada menos que con el dramaturgo que ideo y creó La Zarzuela. Ya le he dicho que tiene una vida apasionante, combatió contra los secesionistas catalanes en 1640, fue herido en una mano, pasó mucha hambre en el cerco de las tropas enemigas a Tarragona, perdió a su hermano –herido en una pierna en la batalla de Barcelona–, viajó a Madrid a informar al conde-duque de Olivares del rechazo de los sitiadores de Tarragona el 20 de agosto de 1641, pero se incorporó de nuevo a la lucha como cabo de escuadra de caballería de los guardas reales que fracasaron en el intento de tomar Lleida.

–Se ve que le gustaba la bronca entre aquellos jichos de la nobleza, tan fanáticos y empalagosos como los líderes de hogaño –dijo el aviador apagafuegos.

–Pues fíjese usted, sin dejar el teatro se metió a soldado porque, como ocurre ahora, la escritura no da para vivir dignamente. Por lo demás me ha contado que los riesgos en la Corte eran casi tan altos como en el frente. Con decirle que aquel mismo año de 1640 cayó herido de una cuchillada en una disputa durante el ensayo de una obra suya para los carnavales en el palacio del Buen Retiro.

–Pregúntele si le gustaría que en vez de la Barca le llamaran de la Patera o el Cayuco –abundó el aviador apagafuegos “en modo” tocapelotas.

–Me parece una pregunta insidiosa, señor de sombrero arrugado, pues cada uno es hijo de su madre y su padre. Ahora bien, si desea su opinión ante el fenómeno de la inmigración o el exilio económico y vital, le puedo anticipar su respuesta comprensiva, humanitaria hacia quienes se juegan la vida y en su mayoría la pierden en su huida del hambre, la miseria, la enfermedad, el despotismo, la violencia… Lo deseable y posible si la Europa desarrollada quisiera sería un progreso justo de los países africanos que tanta crueldad y penuria soportan.

El aviador aceptó la respuesta y manifestó su acuerdo con don Víctor, pues no en vano había intervenido en muchas operaciones de salvamento de inmigrantes en el Atlántico y el Mediterráneo. La próspera Europa de los ciudadanos acomodados no estaba haciendo sus deberes. Pero antes de que la conversación se desviara hacia baile de máscaras de la política internacional, inquirió doña Pilar desde sus labios de cereza:

–Me pregunto por qué habla usted con Calderón. ¿No tiene suficiente entretenimiento con lo que está pasando?

–Pues mire, hablo con el dramaturgo para hacerle una entrevista. Suelo hacer una al mes y me faltaba ese genio del Barroco.

–¡Anda qué bueno! ¿Y a quién ha entrevistado hasta ahora? –quiso saber Raquel.

–Uff, a muchísimas gente de mérito, comenzando por Miguel de Cervantes, Julio Verne, Sartre, Baroja, Mark Twain, Miguel Hernández, Larra, Antonio Machado, Jovellanos, Pablo Iglesias, Charles Darwin, Ortega y Gasset, Manuel Azaña… Así hasta cuarenta.

–Vamos, que conversación no le falta –zanjó Santiago el churrero.

–Ni compañía, tampoco.

Por un beso

Cuentos y descuentos del sábado (06-07.2024).–Luis Díez

Al atardecer de aquellos días de julio se les veía caminar con sus sillas plegables hacia el palmeral de la playa, donde se sentaban, conversaban y contemplaban la puesta de sol. Eran gente mayor. Les llamaban “los seculares” porque entre todos sumaban más de ocho siglos y porque venían del siglo pasado. Puesto que a determinada edad todo son goteras, las disfunciones, dolencias, enfermedades y averías corporales dominaban sus conversaciones. Quien más quien menos era crónico, se hallaba cronificado y andaba con su pastillero y su agenda de citas sanitarias siempre a mano. Con todo, en ocasiones se contaban vivencias y episodios, pasajes de la memoria que reverdecían de pronto como esos cardos borriqueros que brotan en el empedrado.

–Con lo que yo he sido y ahora mira, apenas me valgo por mí mismo –se quejaba el del sombrero de tela arrugada.

–¿Pues qué ha sido usted, José Luis?

–En lo profesional, bombero aeronáutico. Anda que no he apagado incendios forestales durante treinta años a los mandos de los Canadair-215 de mayor capacidad, unas botijas de cinco mil litros de carga, después mejorados por la también canadiense Bombardier.

–Vuelos de alto riesgo, imagino –decía doña Raquel.

–Supongo que sí, pero mucho más divertidos que manejar un autobús aéreo.

–Imagino que sufriría algún accidente en esos vuelos tan peligrosos –incidía Raquel, que era bióloga, conservadora de especies en extinción y observadora de animales.

–Imagina bien, pero sólo en una ocasión perdí el avión en un amerizaje tormentoso durante una operación de salvamento marino. Mala suerte.

–¿Y qué más ha sido usted? –incidía don Manuel, que gastaba sombrero tirolés con pluma de pavo real inclinada hacia la oreja izquierda.

–Pues mire, en lo deportivo llegué a campeón de marcha campo a través en la competición internacional del Miño al Bidasoa, que ya son kilómetros por montes, caminos, playas y hasta senderos de lobos.

–Aquello sería hace mucho.

–Nos ha jodido… La competición ya ni existe. ¿Y usted, Manuel, qué proezas se ha anotado?

–Ninguna que pueda reseñar; con sobrevivir me doy por satisfecho.

–Diga usted que no, que ahí donde le ve, con la patata averiada, aquí, el espía, las ha pasado canutas –terció Pilar, una mujer de cabello coloreado y labios color cereza.

–Perdona, cariño: ¿Cuantas veces te he dicho que no me llames espía sino agente de inteligencia?

–Bueno, aquí el agente secreto salió vivo de milagro de la emboscada que les tendieron los espías iraquíes amigos de Sadam Hussein en 2003, después de la guerra de ocupación del país. Él y otros tres colegas iban a relevar a los cuatro agentes de inteligencia asignados a las bases militares españolas y centroamericanas en el sur de Iraq. Los mandos decidieron enviarlos dos meses antes para que conocieran el terreno. Los cuatro compañeros que iban a ser relevados les esperaban en Bagdad, les presentaron a algunos contactos y les llevaron a saludar a los mandos de la coalición militar ocupante, ya encabezada por el gobernador Paul Bremer, un tipo ambicioso y nefasto. Después de almorzar, emprendieron viaje al sur, a los cuarteles militares en dos vehículos todo-terreno. No llevaban protección ni armas largas, así que se convirtieron en un blanco fácil para los enemigos que les estaban siguiendo y que les ametrallaron desde un cadillac cuando salieron de Bagdad y tuvieron que desviarse por una carretera secundaria porque la autopista estaba cortada. Los agresores sacaron a tiros de la carretera a un todo-terreno. Acabó en un charco de lodo. Los que iban en el otro coche pararon para socorrerlos, pero poco pudieron hacer con las pistolas reglamentarias contra el fuego de ametralladora y las granadas de mortero que les disparaban desde unos edificios cercanos. Manuel consiguió cruzar la carretera, corrió hasta un poblado a pedir ayuda…

–¡Joder, Pilar! –Protestó el aludido antes de añadir–: Como dijo el Borbón demócrata y gandul: “¿Por qué no te callas?”

–Pues como dijo el que dijo, no he de callar por más que con el dedo silencio ordenes o amenaces miedo –replicó labios de cereza.

–Eso fue el presidente venezolano Hugo Chavez –dijo el bombero aeronáutico.

–Francisco de Quevedo, si no le importa –precisó el profesor Manises.

–Sea como fuere, la cosa es que aquí, Manuel, se vio rodeado por un grupo de gente encolerizada que salía de una mezquita cercana, lo zarandearon, le golpearon, le arrebataron la pistola y entre gritos de venganza se disponían a lincharle. Trataban de maniatarlo y meterlo en el maletero de un coche cuando un hombre se abrió paso entre la muchedumbre, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Entonces los agresores le soltaron, cesó el vociferio y la multitud se dispersó. Pero si no llega a ser por aquel beso de un hombre con mucha autoridad, un imán, mi Manuel estaría ahora como sus siete compañeros, criando malvas. Aquel gesto de amistad entre los árabes le permitió alejarse en un taxi, pero cuando, media hora después, volvió con la policía de Latifiya al lugar donde fueron atacados, los todo-terreno estaban ardiendo y los siete compañeros yacían muertos.

–Me pregunto si hubo responsables directo de los fallos que costaron la vida a los siete agentes y provocaron el mayor descrédito desde el 23-F del llamado “servicio de inteligencia” del Reino –dijo el aviador apaga fuegos.

–Responsables directos, seguro, aunque enseguida elaboraron un informe que atribuía la responsabilidad al colectivo. Lo que sí quedó claro –añadió labios cereza– fue la autoría intelectual de esa y otras masacres terribles.

–¿Quién, si se puede saber?

–No hace falta buscarlo en desiertos remotos ni montañas lejanas; con mirar la foto de las Azores, seguro que lo encuentran.

Amenidades

Cuentos y descuentos del sábado (22-06-2024).–Luis Díez

Aquella mañana las nubes descargaban sus buches sobre la ciudad cuando Marisa y Fiol coincidieron en la boca del metro. Cerraron sus paraguas, se dieron los buenos días (por darse algo) y ella le preguntó a qué dedicaba la jornada de hoy, pues es sabido que el amigo y otrora compañero de estudios era rico de familia y no necesitaba trabajar por un salario.

–A conocer personas amenas y divertidas del pasado –le contestó él.

Ella dibujó una mueca de extrañeza.

–¿Del pasado? No me explico cómo vas a conocerlas si están muertas.

–Por referencias de otras vivas –le aclaró Fiol.

–¿Por ejemplo?

–Pues mira, hoy toca vascos; he quedado con dos ancianos, el primero, don Enrique Herreros (hijo), amigo del donostiarra Álvaro de Laiglesia, uno de los escritores más divertidos del siglo del átomo…

–No he leído nada suyo –le interrumpió Marisa.

–Eso es porque sus novelas no han sido reeditadas; probablemente los especialistas de Planeta entienden que el surrealismo humorístico pasó a la historia y no vende. Pero una buena selección de relatos como Se busca rey en buen estado (1968) y muchos otros mantienen su vigencia y tendrían éxito.

–Me lo apunto por si en las librerías de lance y ocasión encuentro algo.

–Escribió muchas, muchísimas novelas, a dos por año en los cincuenta y sesenta. Tenían tanto éxito que hasta los frailes las leían, como pude comprobar cuando me metieron interno en el colegio de los carmelitas. Para mí fue todo un descubrimiento.

–¿Ah, sí? Cuéntame –se interesó Marisa.

–Los frailes convocaban cada año unos ejercicios espirituales. Eran tres días terribles de silencio obligado. A cambio nos abrían su biblioteca, unos aparadores enormes entre los ventanales de la segunda planta del claustro, para que cogiéramos libros de vidas de santos. Entonces encontré uno titulado Caca nene que, por el apellido del autor, Álvaro de Laiglesia, supuse que era de un beato bueno. Resulta que era buenísimo, el libro. Me lo pasé bomba desde la primera página. Pero claro, se ve que un chaval con el semblante alegre y sonriente llamaba la atención entre aquel grupo de escolares de menos de catorce años que se aburrían como ostras vagando por aquellos patios con sus libros izados a la altura de la cara mientras con la mirada buscaban alguna piedra, algún trozo de ladrillo o de cemento al que pegar patadas. Y entonces el fraile celador me descubrió, examinó el libro y me lo quitó. A pesar de eso, el divertimento me duró dos días.

Bajaron despacio la escalera y apuraron la conversación en una orilla de la encrucijada de pasillos que conducían a los andenes inferiores de las distintas líneas del metro. Marisa consideró lógico el deseo de Fiol de obtener referencias de quien le proporcionó en su infancia unas horas de amenidad en aquel piélago de aburrimiento de los ejercicios espirituales.

–¿Y quién es la segunda persona? –preguntó a Fiol.

–La segunda es don José Prat; quiero que me hable del que fuera su jefe y amigo en el Ministerio de Guerra, Indalecio Prieto, al que, por abreviar llamaban don Inda.

La conversación quedó ahí, ya que, de pronto, llamaron su atención las protestas e imprecaciones de los ciudadanos contra el señor alcalde y la señora presidenta regional.

–¿Qué está pasando? –se dirigió Fiol a un señor muy enfadado.

–¡Que venga el enano a inaugurar ese pantano! –respondió el hombre a voz en grito.

El metro se había inundado, el agua embalsada amenazaba con llegar a los andenes y, lógicamente, los trenes no funcionaban. El hombre que les informaba tenía, como muchos usuarios, un enfado de bigotes.

–En vez de dedicarse a proferir chorradas contra el presidente del Gobierno –les dijo en lo que subían la escalera–, el enano de Cibeles y la hija de la fruta deberían ocuparse del funcionamiento de los servicios públicos, que para eso cobran tanto o más que el presidente.

Estimó Marisa que un punto de razón llevaba el hombre enfadado, pues las inundaciones del metro eran recurrentes, sin que a lo largo de los años sus titulares y gestores hubieran hecho cosa alguna para evitarlas. Abrieron sus paraguas y se despidieron en busca de otros medios de transporte.

Unos días después, Fiol refirió a Marisa una anécdota de Álvaro de Laiglesia, según la cual la censura rechazó una portada de la revista humorística La Codorniz que él dirigía y en la que el pintor Herreros (padre) había puesto la Venus de Milo con un campamento militar a sus pies. “¿Qué tiene de malo o censurable?”, preguntó el humorista. Los censores contestaron que la Venus aludía a Muñoz Grandes imponiendo su poder en el Ejército. Ellos también se creían graciosos.

Y sobre el dirigente socialista Indalecio Prieto le contó numerosas anécdotas, entre ellas, la vez que pidió a sus colegas diputados que se callaran mientras hablaba el filósofo José Ortega y Gasset: “¡Silencio, habla la masa encefálica”. O a propósito de iglesias, la vez que en campaña electoral visitó un convento de monjas y nada más entrar en la capilla olfateó unas flores que allí había y afirmó: “¡Qué aroma tan delicioso!” Las flores eran de tela, pero el esmero de don Inda en agradar le llevaba a esos extremos.

La casa del fin del mundo

Cuentos y descuentos del sábado (15-06-2024).–Luis Díez

Robert Bau solía poner nombre propio a las cosas. Llamaba Botones a su flamante coche eléctrico que ya pensaba cambiar por otro de hidrógeno, más moderno. Su frigorífico era don Pepito, el pequeño robot-escoba que circulaba limpiando la casa se llamaba Liborio, al sistema de aire acondicionado le decía Propicio y a la calefacción de gas, Ramona. Entre otras designaciones había bautizado a la cocina con el nombre de Gargantúa, el horno, Pantagruel; el tostador, don Muelles; el microondas, Milésimo. Paulina era la lavadora, Furia la televisión, Estrella el lavavajillas, Dioni el sistema de vigilancia y alarma antirrobo y, en fin, Helio la instalación eléctrica que iluminaba la casa.

El teléfono móvil de última generación tenía dos nombres, pues Bau le llamaba unas veces Pertinente y otras lo contrario. Con el Pertinente en la mano, Bau manejaba con un solo dedo los distintos sistemas y aparatos interconectados de su moderno chalet situado en Spider Valley (el Valle de la Araña), una zona tranquila, arbolada, alejada del mundanal ruido urbano, donde la burguesía media y alta había ido a plantar sus viviendas.

A Bau le gustaba alardear del poder y la conectividad. Si, por ejemplo, invitaba a amigos o amigas a tomar unas copas al atardecer, se cercioraba de que don Pepito tuviera suficientes refrescos, destilados y fermentados a la temperatura adecuada. Si iban a llegar de noche, pedía a Helio que encendiera las luces del porche un poco antes de arribar para evitar tropiezos. Y, por supuesto, no olvidaba ordenar a Ramona o a Propicio, según los casos, que proporcionaran una temperatura agradable al hogar.

Realizaba esas y otras operaciones a través de Tronk, sin complicarse la vida. Tronk era el control central, una especie de capataz que transmitía las órdenes a los aparatos. Su nombre (del castellano, “tronco”) se inspiraba en la forma de árbol ramificado de la conexión con los aparatos y sistemas digitalizados, a su vez conectados entre sí. Ni que decir tiene que si el frigorífico don Pepito advertía falta de fruta, huevos, leche y otros alimentos, informaba a Tronk y éste se lo hacía saber a Bau con el fin de que encargara la compra si quería.

Ah, se me olvidaba decir que en contraste con las tendencias zoológicas de muchos semejantes, Robert Bau era un tipo pulcro, ordenado, taxonómico, de los de cada cosa en su sitio y un sitio para cada cosa. Sostenía que la limpieza y el orden son los mejores amigos del hombre, y, para evitar enemigos, carecía de servicio doméstico. Aunque le sobraran posibles para pagar sirvientes, pues era un ingeniero aeroespacial muy cotizado por las empresas de armamento, prefería la domótica a la doméstica.

Al confort de tener la iluminación y la temperatura deseada al llegar a casa, añadía el gusto de mantenerla perfumada y con la humedad relativa del aire adecuada, así como la ropa lavada y seca en la bandeja de Paulina y, por supuesto, gracias a Dioni, que siempre estaba ojo avizor, tenía la certidumbre de que ni ocupas ni cacos irrumpían en su domicilio. Cuando, por razones profesionales, viajaba al extranjero, transmitía las órdenes pertinentes a Tronk para evitar la creencia de que no estaba en casa. Y entonces Tronk se ocupaba de poner música a los decibelios necesarios para hacer saber que había habitantes en el chalet. Si era de noche, Tronk también activaba la televisión y encendía una lamparita de la sala y algunas más de bajo consumo, estratégicamente colocadas para proporcionar seguridad. Téngase en cuenta que las cámaras de Helio adolecían de visión nocturna de precisión.

De este modo, con asomarse a la pantalla de Pertinente y echar una ojeada a Tronk, tenía la certeza de que su casa estaba en orden aunque él se hallara en el norte de Europa, la Costa Éste estadounidense, Oriente Medio, Nigeria, Sudán u otro lugar a larguísima distancia. Tronk era estupendo, eficaz, obediente. Le contaba las novedades y cumplía sus órdenes, fueran verbales o escritas, con rapidez extraordinaria.

Ni que decir tiene que el ingeniero Bau se sentía orgulloso de su capataz o sistema de control de sus aparatos domésticos y elogiaba su comportamiento ante los colegas, sobre todo femeninos. Dicho sea de paso, en más de una ocasión alguna mujer le sorprendía hablando con Paulina para ajustar el gasto de agua y jabón o con Ramona para verificar temperatura.

–¿Esa Paulina es tu esposa? –le preguntó más de una vez su acompañante. Y quien dice Paulina, dice Ramona o dice Estrella (el lavavajillas). Tanto daba. Entonces él soltaba una carcajada y a continuación decía:

–¿Acaso crees que estando contigo iba a llamar a mi mujer, en el supuesto de que estuviera casado?

Y para sorpresa de su interlocutora añadía:

–Hablo con la lavadora (o con la calefacción o con el lavavajillas).

Luego se solía explayar sobre la domótica y el sistema de mando y control de su “chabola”, pues le gustaba sentirse admirado más que amado.

Un plomizo atardecer, las nubes grises se acumularon y chocaron sobre Spider Valley. Los rayos y truenos precedieron al granizo y la lluvia gruesa. Tronk bajó las persianas en cuanto los sensores del vidrio de las ventanas recibieron el picoteo del granizo y las primeras gotas de agua. A continuación cerró el riego del jardín para ahorrar agua. La oscuridad incidió en el eficiente capataz, que como buen controlador central encendió el televisor, puso música y realizó otras conexiones propias de su programación flexible, adaptada a las circunstancias. Dotado de eso que ahora llaman “inteligencia artificial” (y artificiosa), Tronk envió una señal al mando, es decir a Bau, quien la recibió en su Impertinente, pero estaba ocupado.

Una hora después el ingeniero aeroespacial de la industria del armamento constató el aviso de Tronk en la pantalla de su teléfono y pulsó su icono para saber qué tripa se le había roto. Pero el controlador no se dio por aludido. Entonces marcó la clave del control, pero Tronk tampoco respondió: estaba muerto, sin conexión, más tieso que Tutankamón. Bau se empezó a enfadar. ¿Qué burla es esta, capataz? Decidió hablar directamente con el barredor Liborio: imposible. Intentó conectar con Ramona: nada. Marcó la clave de conexión con don Pepito: lo mismo. Ni siquiera el vigilante Dioni daba señales de vida. ¿Qué rayos estaba pasando?

El ingeniero Bau había pasado del cabreo a la preocupación cuando la policía local le informó de que su casa estaba en llamas y los bomberos no habían podido hacer nada para evitar la destrucción casi total, debido a que nadie les avisó a tiempo. ¿Qué había pasado? Control poseía las instrucciones concretas y había actuado correctamente, pero, según parece, los rayos de la tormenta provocaron una sobrecarga en el televisor, haciéndolo estallar y generando el fuego que devoró muebles, ropas, puertas, camas, armarios y cuantos enseres y estructuras carbonizables tenía la casa.

Ni que decir tiene que Robert Bau se hallaba desolado. Su pequeña joya tecnológica se había calcinado en menos de una hora. Destrucción era la palabra. Fue entonces cuando un colega que leía informes secretos le habló de Stanislav Petrov. Pero antes le contó que en 1983 el Reloj del Apocalipsis del planeta se había colocado a tres minutos de la medianoche. La Administración Reagan lanzó unas maniobras militares bautizadas con el nombre de Arquero Capaz. Se trataba de simular ataques a la Unión Soviética para comprobar sus sistemas de defensa. Según escribió el analista de asuntos rusos de la época y jefe de división de la CIA Melvin Goodman, el Kremlin estaba verdaderamente alarmado y preparado para responder, lo cual hubiera significado el final.

La alarma rusa era cuando menos proporcional a la osadía del Pentágono, entre cuyas arriesgadas operaciones estuvo el envío de bombarderos nucleares sobre el Polo Norte para probar el radar soviético y la presencia de buques de guerra en lugares donde no habían entrado con anterioridad, simulando ataques a objetivos soviéticos. Según los informes secretos, el mundo estuvo al borde de la destrucción nuclear. Si se salvó fue gracias a que el oficial ruso que estaba al frente de los sistemas automáticos de detección y control decidió no transmitir a sus superiores la información que situaba a la antigua Unión Soviética bajo un ataque con misiles nucleares estadounidenses. Por suerte, el sistema de control, una máquina programada e interconectada, se hallaba bajo la supervisión del controlador, una persona programada para vivir. Se llamaba Stanislav Petrov.

Agradeció Bau la plática de su compañero y se quedó pensando.

El enfado del general Meodias

Cuentos y descuentos del sábado (8-6-2024).–Luis Díez

Aquella mañana de junio, el filósofo Fiol encontró ciertamente enfadado al general Meodias. Todavía era temprano cuando el viejo oficial de Infantería apareció acompañado de su ganadería (un caniche y dos yorkshires) ante la pastelería donde Fiol solía acodarse en una mesita alta junto a la puerta a tomar un café y fumar un pitillo. El pensador (“observador de la vida”, como él decía) se encargó de los perritos del general jubilado mientras éste agarraba el pan y un vaso de café con leche y salía a echar unos párrafos sobre la actualidad política y económica del país. También deportiva, claro está.

–¿Ha visto usted por donde se descuelgan ahora esos mandrias del Supremo?

–¿A qué se refiere? –respondió Fiol.

–¿Que a qué me refiero? ¡Joder, a que en España ya se puede insultar a los jueces sin que pase absolutamente nada! –dijo el general alzando la voz, visiblemente irritado–. ¿Pues no se descuelgan diciendo que los insultos del bellaco de Puigdemont a la Judicatura no son delito ni cosa que lo valga? ¿No le parece una burla, un escándalo, un sindios…?

Fiol se encogió de hombros. Desconocía la información.

El general le ilustró sobre los improperios del político independentista catalán contra los jueces de los que huyó a Bruselas para no ser encarcelado como los demás miembros de su gobierno autonómico. “El muy cobarde les llamó cuervos togados, a los jueces del Supremo, dijo que eran fieras que se revuelven y enseñan las garras y los colmillos, golpistas a los que se les pone cara de general Pavía. Y ahora resulta que sus señorías no aprecian delito de injurias ni de odio… No me jodas, Marchenita y compañía”.

–¿Pues qué quiere que le diga, amigo Meodias? Eso va a ser que el magistrado Marchena y sus colegas se han vuelto rojeras o han sufrido un ataque de tolerancia ante la crítica. Desde luego, las comparaciones zoológicas no son agradables.

–Son ofensivas, lamentables, injustas… Los propios magistrados lo dicen en el escrito de rechazo de la denuncia de Manos Limpias. Y no, no creo que hayan sufrido ningún ataque de izquierdismo. Lo que pasa es que son cobardes y se cagan la pata abajo.

–Hombre, general, tampoco es eso. Tenga en cuenta que el derecho a la libertad de expresión ampara y permite la crítica, también a los jueces y magistrados. ¿Acaso no ha visto usted al señor Trump tratar de “corrupto” para arriba al juez que dirigió el juicio en el que el jurado le condeno a cuatro años de cárcel por más de treinta actos delictivos?

–Eso es en Estados Unidos.

–Eso es cualquier lugar llamado democracia. Usted me entiende. Y si vamos a ver ¿no tendrían que ser juzgados por injurias, amenazas y odio quienes utilizan su derecho a la libertad de expresión para incitar a la violencia contra el presidente del Gobierno y su partido?

–No extrapolemos, Fiol, que yo estoy hablando de un caso concreto. Bueno, de dos, porque los cobardes de la Sala Penal del Supremo también han rechazado la denuncia contra esa jicha, la tal Nogueras, que les llamó “indecentes”, los citó uno a uno por sus apellidos (Marchena, Llerena, Espejel, Lesmes y Lamela) y dijo que había que cesarles y juzgarlos. ¿Le parece bonito amenazar a unos hombres y una mujer por hacer su trabajo?

–Me parece mal, aunque no por eso hay que empapelar a quién utiliza la libertad de expresión en el debate político. Pero también me parece sucia y fea la acción ratonil de ciertos apéndices de la ultraderecha por prevalerse del servicio público de la Justicia para hacer política reaccionaria.

Disimuló el general su silencio con un sorbo de café y aprovechó el filósofo su falta de respuesta para comentar la gran noticia deportiva de anteayer: el triunfo del Real Madrid en la final de la Copa de Europa. Supuso que el general, como buen madridista, se sentiría feliz y contento por la conquista de la décimoquinta “orejona”, pero éste mantuvo su semblante de enfado.

–No le veo muy satisfecho –observó Fiol.

–Satisfecho sí estoy; lo que me convence menos es que hayan tenido que ser cinco negros los encargados de empujar al equipo hacia el éxito. A este paso, el equipo blanco va a pasar de media mentira a una mentira total.

–No extrapole general, que los colores del fútbol aluden a la camiseta, no a la piel –le aclaró Fiol a sabiendas de que al preboste preconstitucional le resbalaba el dato.

Palestina, Estado libre y soberano

Luis Díez

Tres décadas y un año después de la Conferencia de Paz de Madrid entre Israel y Palestina, nuestro país sigue apostando por la paz en Oriente Medio, ahora con el reconocimiento oficial del Estado Palestino en los términos territoriales de 1967, es decir, mediante el nexo de unión entre Cisjordania y Gaza, eso que algunos ignorantes interesados consideran un lema de Hamas: “Desde el mar hasta el río” (Jordán). La Conferencia de Paz, seguida de los Acuerdos de Oslo, dejaron para la historia, a mayor gloria del presidente estadounidense Bill Clinton, el apretón de manos en la Casa Blanca entre el primer ministro israelí Isaac Rabin y el presidente de la OLP Yasir Arafat. Fue “un día impresionante”, dijo Noan Chomsky al recordar el calificativo de la prensa norteamericana (P.141, ¿Quién domina el mundo?, 2016).

Para los humildes anfitriones designados por Estados Unidos (con la conformidad de las partes) y también para la mayoría de los europeos, aquel “día impresionante” de septiembre de 1993 significó la esperanza de una paz duradera. “Creímos que mediante el diálogo y un gradual aumento de la confianza se crearía una dinámica de paz irreversible que supondría acercar el proceso hacia la solución”, escribió Hilde Henriksen Waage, la comisionada del Ministerio de Exteriores de Noruega que documentó las negociaciones secretas.

Pero la realidad frustró la esperanza depositada en los acuerdos. A Rabin lo asesinaron en 1995, poco después de que el Acuerdo de Oslo II rebajara las expectativas de los palestinos, cuyo presidente Arafat murió en Francia en 2004, antes de que terminara el traslado de los contados ocupantes israelíes de la franja de Gaza hacia los territorios tomados por Israel en Cisjordania. Los acuerdos se convirtieron en papel mojado, ignoraron las resoluciones de Naciones Unidas sobre los derechos de los palestinos, mantuvieron el control militar israelí sobre los territorios de Palestina y no detuvieron la ocupación.

La apropiación territorial por parte de Israel prosiguió hacia el este mucho más allá de la Jerusalén histórica. El nuevo Gran Jerusalén incorporó Maale Adumim, ciudad construida básicamente tras los acuerdos de Oslo sobre tierras ya cercanas a Jericó. El objetivo era romper Cisjordania y acelerar la cantonalización de Palestina. Los corredores hacia el norte y el llamado “muro de separación” (muro de anexión) sobre tierras de cultivo y recursos de agua de las poblaciones palestinas han ido completando el proyecto aislacionista, el apartheid urdido por las autoridades israelís con el respaldo de Washington contra los palestinos.

Sólo en el valle del Jordán la expulsión de labradores palestinos ha sido tan progresiva y constante que de los 300.000 contabilizados en 1967 apenas quedan 30.000 en la actualidad. Y los procesos similares siguen en marcha en otros lugares. Según la recapitulación realizada por Chomsky, “desde que los Acuerdos de Oslo declararon que Cisjordania y Gaza son una unidad territorial indivisible, el dúo Estados Unidos-Israel se ha empeñado en separar las dos regiones y, sobre todo, en garantizar que ninguna entidad palestina tendrá acceso al mundo exterior”.

La política israelí de aislar a los palestinos, privarles de los recursos básicos y rechazar la solución de los dos Estados, se ha visto complementada con sucesivas matanzas en la franja de Gaza, siempre con el argumento de combatir a los “terroristas” (milicias) de Hamas. La operación “Plomo Fundido”, lanzada por el primer ministro Ehud Ólmert el 28 de diciembre de 2008, se prolongó hasta el 18 de enero de 2009 y acabó con la vida de 1.400 personas, de las que 960 eran civiles. El número de gazíes heridos superó los 30.000. Por parte israelí murieron 11 soldados y tres civiles.

La segunda gran operación, ya con Benjamín Netanyahu en el poder, fue bautizada con el nombre de “Margen Protector” y supuso la muerte de cientos de civiles en La Franja a raíz de la irrupción del Ejército Israelí. Los bombardeos y combates se prolongaron durante cincuenta días en julio y agosto de 2014. La mayoría de las víctimas fueron niños y mujeres palestinas. Los atacantes no respetaron escuelas ni hospitales, alegando que estaban siendo utilizados por terroristas de Hamas como escudos humanos.

Aparte las operaciones mencionadas, Israel viene practicando desde 2012 acciones criminales en la Franja. Son operaciones periódicas a las que llaman “cortar el césped” y que curiosamente se saldan siempre con la pérdida de vidas de niños gazatís. Es como si el “carnicero de Gaza”, Netanyahu, y sus socios ultras consideraran viable la solución de un apartheid per omnia seculas, con un control basado en las bombas, las matanzas y el terror de la población. Ante tamaño dislate cabe preguntar si es ese el proyecto de paz del Estado judío con el patrocinio, la complicidad política y la ayuda armamentista de las autoridades de Washington.

Alguien tan poco sospechoso de antisemitismo como Yuval Diskin, a quien Isaac Rabin encomendó los contactos con las fuerzas de seguridad palestinas como parte de los Acuerdos de Oslo y después, en 2005, Ariel Sharón nombró director de seguridad interna (el Shin Bet), escribió hace años (Jerusalem Post, 13-7-2013) que la solución de dos Estados beneficia y conviene no sólo a la causa de la paz sino muy especialmente a Israel. Un Estado para dos naciones supondrá, dijo, “una amenaza existencial para Israel por la aniquilación de su identidad como Estado judío y democrático” que más pronto que tarde tendrá una mayoría palestina.

Las reflexiones de Diskin, el tipo que predijo el triunfo electoral de Hamas en la Franja y ha criticado la política de Netanyahu, poseen el valor de un experto en seguridad, servicios secretos y ciberespionaje (fundó una empresa de ciberseguridad y se asoció con el alemán Piech) que conoce los riesgos de la zona y desea lo mejor para su país.

La evidencia de que un solo Estado acabaría siendo “desde el mar hasta el río” resulta abrumadora, aunque solo sea por razones demográficas. Ni la gran masacre (36.000 palestinos asesinados hasta el momento) perpetrada por el carnicero Netanyahu en respuesta al ataque de Hamas del pasado 7 de octubre, ha modificado la percepción de que un solo Estado es inviable para Israel. La aspiración de numerosos intelectuales y comentaristas políticos israelíes pasa por la solución negociada de dos Estados frente al apartheid de hecho y la consiguiente lucha de los palestinos por los derechos civiles.

El mal humor del carnicero de Gaza contra España por el reconocimiento del Estado palestino junto con Noruega, el otro país anfitrión de los acuerdos de paz de 1993 que pusieron fin a la Intifada, y con Irlanda y Eslovenia, carece de fundamento en la medida en que el propio personaje admitió la posibilidad de un “Estado palestino” cuando llegó al poder en 1996. Su principal estratega político, David Bar-Illan, dijo que si los palestinos querían llamar “Estado” a las zonas asignadas, Israel no protestaría. Y añadió: “Como si le quieren llamar pollo frito”.

La decisión “valiente y digna” del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, uno de los primeros políticos en viajar a Jerusalén para pedir a Netanyahu que parara la masacre era de hecho una de las pocas vías de presión con las que contaba nuestro país para exigir el alto el fuego, la entrada de ayuda humanitaria y la construcción de la paz. Nada que ver con la baba demagógica de las derechas domésticas que han acusado al Ejecutivo de “apoyar” al terrorismo (de Hamas en este caso) ni con las falacias del carnicero de Gaza, agasajado al mismo tiempo por el jefe de la ultraderecha desgajada del PP y caracterizado por su violencia verbal.

Más allá del viaje conjunto a Madrid del primer ministro de Palestina, Mohammad Mustafa, acompañado por los ministros de Exteriores de Jordania, Katar, Arabia Saudí, Turquía, y del secretario general de la Organización de Cooperación Islámica, Hussein Ibrahim Taha, en representación de los países musulmanes para manifestar su agradecimiento a España por “adoptar la decisión correcta en el momento apropiado” ante la “catástrofe de Gaza”, es lo cierto que el presidente estadounidense Joe Biden no ha podido resistir la presión social interna, sobre todo, de la juventud, frente a tanta muerte y destrucción en Gaza y ha forzado al Ejecutivo israelí a detener la masacre.

¿Qué ocurrirá tras el alto el fuego? Lo deseable sería avanzar hacia la mejor solución posible que, según los 140 países que ya han reconocido el Estado de Palestina, sería “la de un Estado de Palestina que conviva junto al Estado de Israel en paz y en seguridad”. Esa aspiración manifestada el 28 de mayo por el presidente español Pedro Sánchez no se desvía un milímetro del deseo de la mayoría de los ciudadanos españoles y europeos.

C15.-El terrorismo da votos

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Y si un día vuelves, llamamé, le dijo Tilo.

Al volante del Golf superconectado, Tilo llamó a su inquilina. Estaba estudiando y agradeció la pausa mental. Él le comentó que llegaría esa noche. Oyó ladrar a Mingus cerca del auricular y le dirigió unas palabras a modo de caricia. El cocker gimoteó. Les informó de que llegaría entre las doce y la una de la noche. A continuación llamó a la comisaria Sáez, pero la cadena montañosa astur-leonesa interfería la señal, y aplazó el breve informe verbal sobre la investigación del caso Perrote para mejor ocasión. Le parecía muy extraño que el interés y la urgencia de los jefes para que identificaran y detuvieran a los autores del alcantarillazo al sobrino del poderoso político conservador se hubieran evaporado de pronto. Esperaba que su superior inmediata le dijese algo al respecto.

–Botones, pon música –dijo en voz alta.

–¿Qué música quieres? –respondió el aparato con voz metálica.

–Clásica, la Novena Sinfonía de Beethoven.

Ordenó los hechos. Sobre el desinterés de los mandos y del juez instructor se dijo: “tanto mejor para Gabriela”. Todavía conservaba en su retina la sonrisa que ella le dedicó al despedirse. Él no correspondió, lógico, pues habría perdido autoridad y, por otra parte, la sospechosa escamoteó una pregunta esencial al negarse a desvelar los nombres de los amigos de Juanín. “Hay que ser ingenua para pensar que los motes sirven de escondite”. A pesar de todo, sentía una simpatía cada vez mayor por aquella mujer. “¿Si no detuvieron a Perrote y a su colega cazador después de destrozar y abandonar al ciclista por qué he de arrestar yo a esa mujer que entrega su vida, conocimientos y esfuerzos a ayudar a los demás?”

Llevaba un rato conduciendo en silencio, la Novena había terminado. Pidió a Botones que pusiera algo de Pink Floyd y siguió pensando si los datos aportados por el correligionario del partido de Poterna y su sobrino sobre la disputa sucesoria al frente de la tesorería del partido no eran más que un burdo intento de desviar la investigación sobre el origen del alcantarillazo. “Si lo eran, no consiguieron su objetivo”, se dijo recordando el abrupto encuentro con el veterano político de piel de elefante. “¿Cómo diablos se me ocurrió irritarle con la verdad?” Recordó la actitud displicente del menda hacia la inspectora Merche Tascón, su retraso, el guardaespaldas que envió por delante a examinarles, su escasa por no decir nula voluntad de colaborar en la investigación de la agresión a su sobrino y colaborador. “Además nos mintieron como bellacos. ¡Joder qué pájaros!”

Apenas había enfilado la mal llamada “meseta castellana” (algunos de la Generación del 98 erraron al definir el territorio), esa anchura precedida de las frescas riberas del Órbigo y el Esla y surcada por el Duero, cuando Botones se quejó con voz metálica de que se le agotaba el combustible y le recordó que ya llevaba más de doscientos kilómetros rodando sin interrupción. Tilo le obedeció. Paró a repostar. Mientras tomaba un café le sobrevino la sospecha de que el juez instructor podía obedecer la consigna de dejar correr el caso. “¿Habrían designado un juez propicio para evitar que la investigación de la agresión al sobrino del tesorero les llevara a averiguar la causa del alcantarillazo? A saber.”

De nuevo en marcha, recordó la frase de la joven cirujana: “Cuando te cierran todas las puertas solo te queda el agujero del váter”. Se refería al rechazo judicial de las pruebas conseguidas sobre la identidad de los autores del atropello y abandono de Juanín. Gabriela completó su explicación con otra frase que se le había quedado grabada: “Entonces pensamos que la mierda debía volver a la mierda y decidimos actuar”.

Tilo Dátil realizó el viaje según lo previsto. Al día siguiente madrugó, sacó a pasear a Mingus, tomó un café en el Dulce, se acicaló, envió un mensaje a Merche para saber qué tal había pasado la noche. Leyó su respuesta en el autobús: “Sin novedad, espero instrucciones”. Llegó puntual a la sede ministerial, un palacete protegido por la Guardia Civil, donde un veterano bedel le condujo a un salón que llamaban de porcelanas, acaso porque sobre los alfeizares de las ventanas descansaban cuatro grandes jarrones chinos. Entró y saludó a los presentes.

Sentados ante una mesa larga de madera de nogal adornada con rombos de marfil incrustados y una cestita de porcelana blanca con flores de papel en el centro, dos mujeres y tres hombres esperaban el comienzo de la reunión. Buscó la cartulina con el nombre de la comisaria Sáiz y se sentó. Una de las dos mujeres se interesó por la titular y él explicó que se hallaba indispuesta y se identificó como sustituto. La otra mujer ocupaba una de las tres sillas presidenciales. Debía de ser la secretaria general del llamado Observatorio de la Delincuencia porque consultó un papel y le dijo: “Bienvenido, inspector Dátil”. Su cara de cervatillo le sonaba, acaso de verla en televisión.

A continuación entraron dos tipos. Uno era José Manuel García, comisario de la zona centro de Barcelona, un buen elemento al que conocía desde los tiempos en que se jugaban empleo y sueldo por denunciar palizas y torturas en las comisarías. Se levantó a saludarlo.

–¿De qué va esto? –Le preguntó.

–Política –dijo.

Enseguida la mujer con cara de cervatillo anunció que el secretario de Estado de Seguridad abriría la sesión con una intervención breve de “altísimo interés”. El hombre de pelo entrecano y cara de aspirina que había ocupado el sillón presidencial, tomó la palabra y después de agradecer la presencia de los reunidos prorrumpió en un monólogo a media voz sobre el “nuevo terrorismo” o “terrorismo emergente”, una criminalidad sin armas ni explosivos definidos que constituía, dijo, la máxima preocupación de los responsables ministeriales debido a su capacidad de extenderse por toda la geografía urbana.

Tilo también había visto a ese hombre por televisión. De hecho, le pareció maquillado como si fuera a salir en antena. Llevaba ocho meses en el cargo, pero más de un lustro de «fontanero» ministerial. Por si alguno de los presentes desconocía sus méritos y capacidad, se refirió entre líneas al número uno de la oposición al cuerpo de abogados del Estado tras haberse licenciado en Derecho y Economía en la Universidad Pontificia Romana. Con la sucinta reseña académica en tan reconocido centro católico parecía subrayar su identificación no solo ideológica y técnica, sino también espiritual con el señor ministro, cuyo acendrado catolicismo era bien conocido.

El inspector prestó mucha atención a la exposición de aquel jefazo que hablaba un lenguaje jurídico bien articulado y se esmeraba en transmitir un mensaje más técnico que político, como si las normas fueran neutras o carecieran de orientación social o como si su enorme preocupación por el terrorismo urbano de baja intensidad fuera real. “Con estos personajes tan técnicos y abundantes en formulismos y anglicismos nunca sabe uno si sienten lo que dicen, dicen lo que sienten o ninguna de las dos cosas. Reciben tan altos emolumentos que elevan la ocupación al nivel de preocupación y lo dicen para que parezca que se desviven por el bien común y el interés general. Es como si vivieran sin vivir en sí (Teresa de Jesús dixit). Pobre gente, siempre ocupada y preocupada por la seguridad de los demás”.

El secretario de Estado se refirió al mobiliario urbano como “arma del delito” y elevó el tono de voz al mencionar las alcantarillas, señalando que si antes los terroristas robaban las tapas para colocarlas sobre los explosivos en los maleteros de los coches con el fin de orientar las deflagraciones, ahora no se complican la vida y han comenzado a tirar a “personas de bien” a las cloacas.

Tilo se fijó en el gesto de horror de la mujer de cabello negro, aleonado, que se había interesado por la comisaría Sáez, y constató en los rostros de otros asistentes el impacto de las sorprendentes afirmaciones de cara de aspirina. El jurista neutral les había impresionado. Las asechanzas de las nuevas formas de criminalidad y terrorismo emergente eran sobrecogedoras. Las herramientas de aquellos fanáticos sanguinarios desbordaban los límites de lo imaginable; lo mismo utilizaban una soga que una furgoneta para liquidar a gente inocente y tanto les da matar con el estallido de unas bombonas de gas doméstico que con un cuchillo de cocina que arrojando a las personas a las alcantarillas.

Estos últimos actos exigían una respuesta inmediata, inequívoca, contundente. Y para empezar, el alto cargo propuso la ampliación de los supuestos punitivos a los atentados terroristas sin armas ni explosivos con el fin de aplicarles la máxima pena: la cadena perpetua. Su propuesta mereció gestos afirmativos de varios asistentes que más tarde, en la rueda de intervenciones, se pronunciaron a favor de la reforma urgente y en lectura única del Código Penal. El jefazo apreció los gestos y terminó su intervención con un mensaje categórico a los malos: “¡Desde este Observatorio os decimos alto y claro que la democracia es más fuerte que vuestras pretensiones, que vamos a acabar con vosotros y que os vais a pudrir en la cárcel!”

La secretaria de aquel invento abrió un turno de palabra de cinco minutos y allí hablaron, de izquierda a derecha, un hombre grueso, de boca muy pequeña y frente emparedada entre dos mechones de cabello embetunado que era magistrado; un hombre joven, B Bermudez, según la cartulina, que era profesor y tertuliano de una televisora y que además de manifestar su “pleno acuerdo” con el secretario de Seguridad, abogó por “implementar” partidas presupuestarias específicas para la prevención de los alcantarillazos; un ejecutivo de la industria de la seguridad que pidió “pasos más firmes” en la colaboración “público-privada”; el comisario García, que abogó por una mayor implicación de la policía local y una mejor coordinación con la nacional. También habló la mujer de cabello aleonado poniendo de relieve la importancia del “diálogo de las civilizaciones” en la prevención y persecución del terrorismo de raíz religiosa mahometana y, finalmente, lo hizo un hombre con perilla blanca y peluquín rubio desvaído, quien además de mostrarse completamente de acuerdo con cara de píldora, reclamó manos libres de los servicios de inteligencia para interceptar las comunicaciones y los tráficos de dinero para alimentar a las “células durmientes”. Cuando le llegó el turno de palabra lo dejó pasar. ¿Qué podía aportar él? Le parecía bien que el Observatorio observara y mal que se prestara al politiqueo.

Tras las intervenciones, cara de cervatillo anunció un receso y salió con el secretario de Estado a cumplimentar a las televisiones y demás medios de comunicación que esperaban el jarabe de pico. Tilo aprovechó la pausa, conectó el teléfono, salió al lavabo y llamó a Merche, quien le informó de que la doctora Gabriela acababa de firmar los contratos de los molinos de viento y regresaban al hotel.

–Estupendo, pues que recoja su equipaje y se vaya –le dijo.

–¿Estás seguro?

–Si no lo estuviera no te lo diría. Ya te contaré.

Merche se mantuvo en silencio como si paladeara la decisión del inspector.

–¿A qué hora sale su avión a París? –Le preguntó.

–A las 14:30 –dijo Merche.

–¿Tienes vuelos a Madrid?

–Supongo, pero prefiero el tren. ¿Quieres despedirte de ella?

–Luego la llamo.

Cuando regresó al salón de porcelanas encontró un sobre alargado junto a la cartulina de la comisaria Emilia Sáez. Era uno de esos sobres amarillentos que solo contienen facturas y avisos administrativos. Estaba cerrado. Alguien había escrito a bolígrafo el nombre de la comisaria. Vio que algunos observadores se guardaban los sobres similares en cuanto el ujier los depositaba junto a las cartulinas correspondientes, así que lo agarró, lo palpó, le pareció que contenía dinero, billetes de papel, y se lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. La reunión prosiguió sobre la estadística delictiva. Disminuían los atracos a las oficinas bancarias, en contraste con el aumento del paro y la pobreza. “Eso es porque los atracadores están dentro”, pensó. Subían los robos en el campo y bajaban en los grandes almacenes. “Eso se debe a que los mozos de la seguridad privada pegan palizas en los cuartos oscuros de los sótanos”. Lo que no paraba de crecer eran los crímenes machistas. ¿Qué hacer? En este punto se acordó de Gabriela y manifestó en voz alta: “Programas de enseñanza práctica de defensa personal para las chicas serían menester”. Nadie le apoyó. El incremento de los suicidios era alarmante, pero importaba poco porque no se publicaban.

–Tenías razón, era política –comentó Tilo al comisario García cuando acabó la reunión.

–Ya te digo… Vienen elecciones y necesitan alimentar el miedo de la gente porque esa supuesta firmeza contra el terrorismo les da votos.

–Pero ni siquiera las han convocado todavía –opuso Tilo.

–Lo que yo te diga –afirmó García ante la portañuela del taxi.

Tilo le deseó buen viaje y se encaminó hacia la parada del autobús. Mientras esperaba se le fue la mirada al monumental frontón de la Biblioteca Nacional, obra del catalán Agustín Querol, quien instaló la Paz en el centro del triángulo: un esplendoroso cuerpo femenino con ramas de olivo en las manos que pisoteaba y quebraba la espada de la Guerra. “Así debería ser”, se dijo antes de empuñar el teléfono y marcar el número de Gabriela.

–Quería despedirme de ti y desearte buena suerte –le dijo.

Ella se mantuvo en silencio, sorprendida.

–Gracias, señor Dátil –dijo por fin.

¿Qué otra cosa podía decir?

–Quiero que sepas que te deseo lo mejor y también quiero informarte de que en las altas esferas han decidido que arrojar físicamente a la mierda o tirar a un canalla a las cloacas es un acto terrorista y será castigado con la máxima pena. Así que corre, huye, desaparece. Y si un día vuelves, llamame.

FIN

C14.-De cómo Gabriela identificó a los canallas

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

La torre de la catedral se asomaba a la ventana de la sala donde hablaban.

Gabriela hablaba como si los agentes Merche y Tilo tuvieran información previa y las mentiras no le reportaran ventaja alguna.

–Teníamos poco tiempo, pero decidimos dedicar los fines de semana a investigar el atropello y abandono de Juanín hasta identificar y localizar al autor. No sabíamos por donde empezar. En la primera reunión prometimos no parar hasta conseguir el objetivo. En segundo lugar, acordamos reunirnos cada sábado a las diez de la mañana en el patio de la venta donde quedábamos con Juanín para hacer rutas ciclistas. Ya no se trataba de echarnos a rodar, sino de recabar testimonios, buscar indicios, confirmar o descartar hipótesis, sentir corazonadas… Lo tercero fue formar parejas en función de las localizaciones, afinidades y disponibilidades de cada cual. Éramos seis, aunque en realidad nos quedamos cinco porque la hermana de Juanín se fue a Barcelona, donde vivía, nada más pasar las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

–Deduzco, amiga Gabriela, que te dejaron sola –dijo Merche.

–Unas veces me tocaba Masa y otras Jodas de compañero. Como yo era la única que tenía coche, en ocasiones se nos sumaba el Criatura. A decir verdad ni siquiera en Madrid me dejaron sola.

–¿Cuál fue vuestro plan de trabajo?

–No teníamos nada, no sabíamos nada, así que el único plan inicial fue rastrear a partir del punto de la carretera donde arrollaron a Juanín, un tramo conocido como el camino de los arrieros. Él había dicho varias veces a los guardias que serían las 7:30 cuando le golpearon por detrás y le pasaron por encima. Era todo lo que recordaba antes de quedar inconsciente. Sin poder precisar qué tipo de vehículo le había dado, descartaba que fuese un camión, pues habría oído el ruido del motor y se habría orillado más. De su fugaz recuerdo dedujimos que era probable que le hubiera atropellado un todo-terreno, uno de esos coches silentes y semipesados que tanto abundan ahora en los pueblos y las ciudades. Desde el lugar del accidente nos repartimos el rastreo. Buscábamos a alguien que hubiera visto pasar un coche grande, alguien que pudiera darnos alguna pista, algún hilo del que tirar. Pero a aquella temprana hora de aquel domingo, 27 de octubre, nadie, ni en las majadas ni en un camping cercano ni en los contados garitos abiertos encontramos respuesta de la que tirar. Las pesquisas en la zona fueron inútiles. El primer día de búsqueda fijamos un radio de unos diez kilómetros. El segundo lo ampliamos a quince y tampoco conseguimos testimonios útiles. El siguiente fin de semana volvimos a distribuirnos la tarea. Era difícil, lo sabíamos. Tanto más difícil como que habían pasado casi tres meses del suceso. Ampliamos el radio inquisitivo a veinte y veinticinco kilómetros del accidente, preguntamos en El Espinoso, Los Lucillos y otras localidades cercanas. Algunas personas sabían del atropello del ciclista por los periódicos, pero nada más. La mayoría de los interrogados coincidían en que los autores del atropello y abandono de Juanín seguramente serían cazadores con prisa para llegar a tiempo al reparto de los puestos de tiradores en los cotos. Desde luego no eran gente de allí porque nadie, absolutamente nadie del lugar era tan despiadado como para abandonar y dejar morir en la cuneta a una persona como si fuera un perro.

–¿Se os ocurrió pensar que vuestro trabajo ya habría sido realizado por la Guardia Civil? ¿Preguntasteis a la Benemérita qué datos tenía? –Inquirió Merche.

–Aparte el atestado del suceso, en diciembre llevaron al juzgado un escrito reconociendo la falta de resultados en la búsqueda de huellas y testimonios. Tengo la impresión de que sólo se esmeraron en interrogar a Juanín, así que no, ni se nos ocurrió preguntar a esos señores.

La rubia de glaucos ojos pidió una pausa para ir al lavabo. Después prosiguió:

–Era difícil encontrar alguna pista, pero como dice el dicho, con paciencia y con saliva un elefante se la metió a una hormiga. Y mira: al tercer fin de semana encontramos algo que podía ser valioso. En una gasolinera, a la salida de Navahermosa, preguntamos al encargado de guardia si recordaba haber visto repostar a un todo-terreno pasadas las 7:30 de la mañana del día que atropellaron al ciclista, y aunque contestó que no se podía acordar porque entonces no trabajaba en la gasolinera, nos dio el teléfono y la dirección de su tío Miguel, el Ruso, que entonces hacía las guardias del fin de semana. “Seguramente él os pueda decir algo, aunque no creo que sirva de gran cosa porque aquí paran bastantes coches a echar gasolina”. Nos explicó que el tío estaba medio jubilado y había agarrado la jubilación completa a final de año, y nos facilitó su número de teléfono. Vivía allí en el pueblo, a quince minutos andando, y puesto que nos dijo que solía madrugar, le llamamos desde allí mismo a micrófono abierto. El sobrino le dio los buenos días y le introdujo el asunto que queríamos tratar con él. El hombre aceptó entrevistarse con nosotros y contarnos lo que recordaba de aquel domingo que atropellaron a Juanín. “Estoy haciendo café, si os apetece podéis acercaros a casa y si no podemos vernos en la Venta de la Chana sobre las diez”, dijo antes de explicarnos que “la parienta” y él solían hacer “la ruta del colesterol” hasta aquel establecimiento campero que servía además de punto de encuentro de ciclistas amateurs de los cuatro puntos cardinales. “Entonces le esperamos en la Chana”, decidió Masa antes de pedirle que fuera recordando todos los detalles que pudiera sobre aquel maldito amanecer del 27 de octubre del año pasado. El Ruso prometió hacer todos los esfuerzos que fueran menester para ayudar a localizar a los canallas que desgraciaron a Juanín. Su simpatía hacia el joven ciclista parecía sincera. Agradecimos la ayuda al gasolinero, recogimos a Jodas y Criatura, que buscaban testimonios entre los empleados de una discoteca en la otra punta de la localidad, y nos dirigimos por el camino entre viñedos y olivos hacia el lugar de la cita.

En este punto Gabriela quiso ser tan precisa que reprodujo de memoria la escena con las diferentes voces de los interlocutores.

–He intentado recordar, pero ¿sabéis qué? –Dijo el Ruso.

–¿Qué, Miguel?

–Que esta memoria mía no da más de sí y sólo alcanzo a contaros lo que ya le dije en su día a los picoletos.

–¡Jodas! De algo más te acordarás.

–Ya me gustaría, pero soy viejo y se me olvidan muchas cosas.

–¿Qué le contaste a los de la Benemérita? –Le pregunté.

–Les dije que los fines de semana paran bastantes cazadores a repostar en la gasolinera y que no había visto nada especial, nada que me llamara la atención. Di tú que entre servir a uno, cobrar a otro…

–¿Cuántos coches de esos pararon a repostar entre las siete y las ocho de la mañana?

–Así, a bote pronto, puede que cuatro o seis.

–¿Y crees que alguno de ellos pudo atropellar a Juanín? –Incidí.

–Pues mira, no te diría que sí ni que no. Os repito lo mismo que les dije a los picoletos.

–Haz memoria, tío, no es lo mismo cuatro que seis –instó Masa.

–Cuatro más bien –dijo el jubilado–. ¿Sabéis qué pasa? Antes, cuando hacía arreglos mecánicos y andaba bien de la vista y el oído, me fijaba en todo y tenía memoria fotográfica, pero cuando me fui haciendo viejo dejé de mirar los coches y las caras de esos gachós, gente de mucha ciruela que vienen al monte a dar gusto al gatillo. Nunca entendí eso de matar por placer. Asesinos.

–¡Jodas, viejo! ¿Le dijiste eso a la Guardia Civil?

–Lo de asesinos no, claro. Lo que uno piensa de los demás no se suele decir, pero entre nosotros vale preguntarse qué pueden ser unos mendas que pagan un dineral por cultivar el instinto asesino y se realizan matando jabalís, ciervos, muflones, lo que salga. Es lo que yo pienso.

Según la rubia de los cloaqueros, las explicaciones de Miguel daban poco de sí. El hombre se enrollo sobre personajes famosos a los que, a lo largo de los años, había servido combustible cuando iban o venían de cazar. “Nos habló del envoltorio sociológico –machismo, prostitución, juergas, drogas, alcohol, amantes o queridas– de esa industria de la caza y nos invitó a reflexionar sobre cuán diferentes son las personas que cazan para poder comer y las que matan por diversión y placer”.

–En un momento de la conversación –prosiguió la rubia–, la compañera de Miguel se refirió a la modalidad de caza con arco, como si el dolor infligido a los rebecos con las balas de los rifles fuera escaso. Al parecer, el arco obliga a acercarse mucho más a la pieza y el cazador experimenta un subidón de adrenalina. Las palabras de la mujer estimularon el recuerdo de nuestro hombre, quien dijo haber visto los arcos y carcaj de los cazadores el interior de uno de los cuatro o cinco coches de alta cilindrada que pararon a repostar a primera hora de la mañana de aquel domingo.

–¿Cómo fue eso, si acaba de decirnos que ya no se fijaba en nada? –Quise saber.

–La verdad es que ni me fijaba ni tenía mayor interés en ver las fauces de aquellos gachós, pero mira tú por donde, uno de aquellos jichos (eran dos), volvió a la caja después de pagar y me preguntó por qué diantres no salía agua por la manguera de limpiar el parabrisas. La cortábamos porque había muchos descuidados que dejaban el grifo abierto. Salí, les abrí la llave de paso y entonces me fijé en las herramientas que llevaban en el asiento trasero del impresionante Mercedes todo-terreno. Y no sólo eso. También me llamó la atención que el tipo, que había aparcado el coche en el corner del aire y el agua, orientara la manguera hacia los bajos y las ruedas del coche en vez de a la luna delantera. Estuve a punto de llamarle la atención porque el agua era para el limpiaparabrisas y el radiador, no para lavar el coche, pero me volví a las dependencias. Dos minutos después, el tipo apareció otra vez y me preguntó si tenía bayetas. Se llevó un paquete con dos. Salí a servir a otro cliente y le vi inclinado con el culo en pompa, limpiando los guardabarros y reposapíes del vehículo. Cuando levanté la vista del surtidor ya se habían largado.

Gabriela dio otro tiento al gintonic y prosiguió:

–Me pregunté por qué unos tipos que van al monte a cazar se preocupan de lavar los bajos de su coche si en el campo se volverán a manchar. Y Jodas, el Congui, Criatura y Masa también se extrañaron.

–¿Le contaste eso a los guardias?

–Coño, claro. No con detalle, pero sí les dije que había unos que limpiaron los bajos, el frontal y los laterales de un Mercedes.

–¿Tomaron nota o apuntaron algo?

–Qué va. Creo que al decirles que era un Mercedes… Creo que se acojonaron pensando que era una autoridad, ya me entendéis.

–¿A qué te refieres?

–Para esos lo único que cuenta es la jerarquía y la disciplina; lo demás, turris burris, no se complican la vida ni se la complican a los jefes –afirmó nuestro hombre.

La subinspectora animó a la rubia a seguir hablando.

–¿Qué pasó después?

–Bueno, sabíamos la hora del atropello, las 7:26, minuto más o menos, y también la de la parada de aquellos cazadores en la gasolinera, así que pregunté al señor Miguel y a su compañera si podían acompañarnos hasta el punto kilométrico donde abandonaron a Juanín malherido. Aceptaron encantados y subieron al coche. Jodas, el Congui y Criatura quedaron en dirigirse a la gasolinera. Nuestro propósito era recorrer el trayecto entre el lugar del accidente y la estación de servicio con el fin de saber cuánto se tardaba en llegar. Fue un recorrido bastante rápido y el resultado nos pareció alentador. La duración del trayecto fue de doce minutos y coincidía con el tiempo transcurrido desde que atropellaron a Juanín hasta que pararon en la gasolinera.

–También podía ser una casualidad –opuso Merche.

–Si, por supuesto, pero al menos teníamos un hilo del que tirar. En la gasolinera repasamos los hechos con el señor Miguel, vimos la manguera, el lugar donde el tipo limpió el coche, teníamos además el dato de los arcos de caza para preguntar en los cotos. Pero conseguimos algo más y mejor. Resulta que la mujer que limpiaba la gasolinera todos los días por la mañana se sorprendió de encontrar unas bayetas nuevas, casi sin usar, en el cesto de los residuos, situado junto a la manguera y las recogió y las guardó en una bolsa para usarlas cuando se gastaran las que utilizaba. Allí podía haber restos de sangre de Juanín.

–¿Cómo os enterasteis de eso?

–Nos lo dijo ella. Para ser exactos, salió de limpiar los lavabos y vio a Jodas y Criatura curioseando por allí. Les preguntó si buscaban algo y ellos le explicaron que andaban tras la pista de unos cazadores que habían atropellado a un ciclista y pararon aquí a lavar el coche. La mujer, una rumana alta, fuerte y gruesa, que se llamaba Alina, recordó sin mucho esfuerzo el asunto de las bayetas y tras proferir unas palabras ininteligibles sobre la sociedad del desperdicio les pidió que la siguieran y les entregó las gamuzas esponjosas por si les servían de algo.

–Eso si que es llegar y besar el santo, menuda chiripa –comentó Merche.

–Pues sí, se lo agradecimos mucho, pues era posible que en las fibras internas de aquellas bayetas se pudieran encontrar restos sanguíneos de los que obtener el ADN.

Tilo oía el testimonio de Gabriela Cabello en un duermevela nada profesional. Aprovechaba el sillón para relajarse y descansar antes de emprender el viaje de vuelta a Madrid para cumplir el compromiso de sustituir a la comisaria Sáez en la reunión de observadores de la delincuencia.

–Doy por supuesto que el señor Miguel no se acordaba del número de la matrícula del coche de los arqueros –dijo la subinspectora, animando a la rubia de glaucos ojos a continuar con el relato de su investigación.

–Nada, chica; el Ruso sólo se fijó en lo nuevo que era aquel Mercedes con estribos.

–¿No había cámaras en la gasolinera?

–Sí, pero eran de atrezo.

–Jodeeer.

–Como los clientes han de pagar antes de servirse el combustible ya no hay riesgo de robo, así que con cámaras de pega se ahorran una pasta en seguridad y toda esa burocracia sobre el tratamiento de datos.

Al oír la palabra “estribos”, Tilo se incorporó, agarró el teléfono de la mesa baja, buscó la fotografía del Mercedes del señor Perrote y se la mostró.

–Sí, era este coche –afirmó Gabriela.

–Me pregunto cómo conseguisteis localizar el arma homicida –le preguntó Merche.

–Bueno, teníamos las bayetas, los testimonios del Ruso sobre el comportamiento raro de los cazadores del Mercedes y el hecho de que cazaran con flechas en vez de balas. Así que nuestro plan de trabajo fue bastante simple. En el hospital realicé algunas gestiones con los responsables de medicina legar para que examinaran a fondo las fibras de las bayetas a ver si con algún resto de sangre podían obtener un ADN coincidente con el de Juanín. No esperábamos gran cosa, pero había que intentarlo, aunque tardaran meses en dar el resultado, ya que siempre estaban hasta arriba de trabajo. En cuanto al coche y las flechas y los arcos estuvimos de acuerdo en seguir buscando. Hicimos un barrido de los cotos de caza mayor de la zona.

–¿En qué consistió?

–Bueno, lo primero fue obtener la relación de cotos registrados en la consejería de Agricultura y Medio Ambiente del gobierno autonómico. El registro es público y los burócratas no tuvieron más remedio que dejarnos acceder. Además, algunos cotos privados se anuncian en las revistas especializadas. Desde primeros de octubre hasta finales de febrero, principio y fin de la temporada de caza mayor, ofrecen monterías y puestos de tiro a los cochinos, venados, ciervos. La matanza de corzos es más tardía, del 1 de diciembre al 21 de febrero. Y la caza menor, más amplia: de mediados de septiembre a finales de marzo. La realidad es que el barrido fue laborioso porque los cotos municipales que, en principio son para los cazadores locales, tienen bastantes escopeteros de fuera que compran los permisos a los paisanos y si alguien les pregunta –nadie suele preguntar– siempre son primos, cuñados y demás familia. Del primer barrido telefónico concluimos que la caza con arco es rara en los montes públicos, pero en los tres cotos privados más cercanos hay puestos de tiro para esa modalidad. Sobre el terreno nos distribuimos los objetivos y a las siete de la mañana del domingo siguiente ya estábamos al acecho de las entradas de esos los tres cotos. Dejamos a Congui y Jodas en el camino de entrada al coto más cercano, llevamos a Criatura al más alejado y Masa y yo montamos guardia en la desviación hacia la tercera finca señalada. No creo en la suerte y me tocan mucho los pies los refranes, pero tengo que reconocer que el madrugón dio resultado. Poco antes de las nueve de la mañana nos llamó Criatura muy excitado para decirnos que había visto el coche sospechoso. Y no sólo eso; desde su puesto de vigilancia entre unos piornos cercanos a la entrada a una finca vallada que llamaban La Montesa había conseguido hacer unas fotografías nítidas, muy precisas, del automóvil y del tipo que se apeó a subir la barrera y bajarla después de que el coche pasara. Noté que le temblaba la voz, no sé si de frío, porque el tempero estaba helado, o de la emoción de haber cazado el vehículo.

–Vale, ya teníais la matrícula…

–La matrícula por delante y por detrás y las caras de los dos ocupantes del coche. La cámara de Criatura llevaba montado un teleobjetivo formidable.

–Quiero decir –precisó Merche– que con la matrícula ya podíais conocer la filiación del titular del coche, pero eso es insuficiente para probar que eran los autores del delito.

–Desde luego, aunque era un buen avance. Miguel el Ruso reconoció el coche y al conductor en cuanto vio las fotografías. Además, tuvo la idea de llevarnos a ver a un taxidermista local que nos dio buena información sobre aquellos señores.

En este punto, Merche propuso un descanso. La rubia y ella se levantaron a estirar las piernas, salieron de la sala. Tilo se desperezó, miró a la calle desde la ventana, pasaban turistas, un charlatán vendía peines, gigas y abanicos cerca de la catedral. Se volvió a sentar y apuró la tónica que quedaba en un frasco. Unos minutos después, cuando Merche y Gabriela regresaron, seguidas de un camarero que les sirvió agua y café, Tilo pensó en emprender el repliegue. Eran las seis y media de la tarde y le esperaban más de cinco horas de carretera hasta Madrid.

–Fuimos a ver al taxidermista –prosiguió Gabriela cuando se sentaron de nuevo– y si, conocía a aquellos señores, nos mostró la cabeza de ciervo con una cuerna de veinte puntas que le habían dejado para los fines específicos de limpieza, disecado y conservación. A petición del señor Miguel, nos facilitó los nombres completos, los teléfonos y la dirección en Madrid del que le había hecho el encargo. Ya lo teníamos casi todo sobre los sospechosos, aunque nos faltaba la prueba principal, el resultado del ADN de las bayetas.

Tilo dio por hecho que la rubia de los cloaqueros no se había equivocado de objetivo, se incorporó, se fue al lavabo, se refrescó las manos, la cara y los sobacos. Apenas había sudado. Se limpió con papel higiénico, se colocó bien la camisa y volvió a la salita. Se puso la chaqueta y se despidió de la sospechosa y de su compañera, explicándole con la mirada y el teléfono en la mano que se mantendrían en contacto. A continuación pagó las cuentas y salió en busca del Botones. Las sombras se alargaban, eran las siete de la tarde, pronto empezaría a oscurecer.