Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es
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Conocí a un tío raro. Me lo presentó una amiga de la Universidad. “Me han invitado a una fiesta con mi pareja –me dijo–, pero se da la circunstancia de que no tengo pareja”. Acepté encantado. “El anfitrión es un poco raro”, me advirtió de camino hacia una urbanización privada, de ricos y muy ricos, donde se celebraba la fiesta. A primera vista, el anfitrión me pareció un tío normal. Se quitó las gafas ovaladas para besar efusivamente a mi amiga, después me tendió la mano y dijo que sentía mucho placer de conocerme. Era uno de esos hombres maduros que se estancan después de pasar la década veloz (de los 30 a los 40 años) y permanecen quietos, parados, como en conserva. En este caso, sin una arruga en su cara suavemente bronceada ni una cana en su pelo castaño, peinado hacia atrás con gomina. Salvo la connotación química de su segundo nombre (le pusieron Protasio porque nació el 19 de junio, santos Gervasio y Protasio), no hallé más rareza en él. “Eso es porque no te has fijado bien”, dijo mi amiga. Paseábamos con un mojito en la mano por el enorme e historiado jardín que rodeaba la mansión de su amigo rico y “un poco raro”. Ella saludaba a sus colegas biólogos y veterinarios, allí invitados a cuenta del proyecto Lince Ibérico para la reproducción y conservación del felino montés. Yo quería hacer honor a mi oficio de observador y trataba de localizar visualmente al tal Protasio o Prota (su primer nombre era Ignacio) para descifrar su rareza. No era fácil. La noche empezaba a extender su manto y la tenue iluminación del jardín dificultaba la identificación de las personas. Nos sentamos en un banco de piedra y estuvimos contemplando el insólito vuelo de los murciélagos.
De pronto, lo vi.
–¿Ves como es raro? –dijo ella.
–Y se va a pegar una hostia.
–Eso le decimos, pero él turris burris.
Durante un buen rato estuve observando las evoluciones del tipo y, más que raro, me pareció un gilipollas o, por lo menos, más incongruente que el personaje de Ramón Gómez de la Serna en el relato del mismo título.
–¿Y anda siempre así?
–Si, desde que le conozco nunca le he visto andar hacia adelante, siempre para atrás.
–Supongo que lo hace para llamar la atención o para llevar la contraria a los demás, pero válgame Dios –repetí– si en una de esas no se cae y se estroncia o le atropella un autobús o…
–Él dice que no, que está desarrollando una mirada periférica como los animales herbívoros y que mientras tanto le vale con los espejitos retrovisores en los cristales de las gafas.
–Si es que hay gente pató –dije a lo Belmonte.
Unos años después, aquel rico anfitrión, propietario de grandes extensiones de tierras en Extremadura y marido de una hermosa mujer que había sido miss regional, se sufragó su escaño de senador y fue promocionado por el líder del partido conservador a la Presidencia del Senado. El vicepresidente de la Cámara Alta, que se sentaba a su lado y le veía tomar apuntes en una libreta oficial, me comentó que era un tío raro. Ya no caminaba hacia atrás, pues un trastazo le había curado aquella manía; ahora escribía palabras al revés, del final hacia el comienzo, como si llevar la contraria al orden natural y cultural de las cosas fuese lo suyo. Acabó en la oposición. Lógico.
Dos meses después volvieron a coincidir en un andén de la estación del Metro de la Puerta del Sol.
–¿Qué tal, Fiol, sigues con tus estudios no reglados? –se interesó ella.
–Hola Marisa, pues si, en ello me ando –ironizó él.
Hablaron del asunto. Él definió la Mundología objeto de estudio como una acumulación de conocimientos y vivencias útiles para pasar el tiempo y ella imaginó lo estupendo que debería ser tener la vida resuelta como aquel pollo rico de familia.
–¿En qué materia andas ahora?
–En la arbitrariedad –dijo él–; llevo un tiempo recogiendo arbitrariedades sonadas, a cual más injusta y caprichosa, y te aseguro que la mies es mucha y sorprendente.
–¿Por ejemplo? –le instó ella.
–La última de la colección fue perpetrada por dos tipos de aúpa, uno era el papa Pío VII y el otro san… –hizo una pausa obligada por ruido del convoy– Napoleón Bonaparte. Resulta que el Sumo Pontífice se sintió tan agradecido al belicoso general porque después del estruendo de la Revolución Francesa restableció e incrementó los privilegios de la Iglesia Católica en Francia que no solo acudió a su coronación como emperador en la catedral de Notre Dame el año 1802, sino que decidió concederle un regalo celestial.
En este punto Fiol interrumpió su relato. Subieron al vagón.
–¿Un regalo celestial?
–Pues sí. Resulta que el emperador carecía de fiesta onomástica, ya que su nombre no figuraba en el santoral, y entonces el Papa consideró que le agradaría figurar en el calendario católico, como en efecto así fue, y decidió instituir la festividad de San Napoleón coincidiendo con su nacimiento. Pero había un problema: el emperador había nacido a última hora del 15 de agosto y ese día estaba ocupado por la Virgen María. ¿Qué hacer? Dado que entre los últimos minutos de la festividad mariana y los primeros del 16 de agosto apenas mediaba una pequeña pausa, el Papa consultó al corso y éste aceptó haber nacido un poco más tarde. Sin embargo, el 16 agosto estaba ocupado por San Roque, un santo muy querido por los campesinos franceses (y españoles), pues era de Montpellier (antiguo Reino de Aragón). ¿Qué hacer? Pio VII no lo dudó: desplazó la fiesta del santo y su perro al 18 de agosto y decidió que el 16 fuera San Napoleón, cuyo festejo oficial se celebraba por todo lo alto, con misa solemne, parada militar, fastuosa recepción palatina, banquete y baile en Versalles, fuegos artificiales sobre el Sena y toda la pesca…”
–Con razón aquí le llamaban “Napoladrón” –dijo Marisa.
–¡Anda qué bueno! ¿Quién te lo ha dicho? –preguntó él.
–Benito Pérez Galdós por escrito… Bueno, yo me bajo en esta.
–Entonces hasta la próxima, Marisa. Ah, se me olvidaba: cuando derrocaron a aquel Napoladrón devolvieron a San Roque a su lugar.
Cargaba con un apellido injusto. Se apellidaba Graset (gordito en castellano) en contraste con su fisonomía de joven espigado y flaco. Era un tipo amable, divertido, buena persona. Poseía una laringe y un oído privilegiados. Con sólo oír dos o tres veces a un personaje podía reproducir su voz como si fuera él. Algunas veces nos sorprendía por la espalda con la voz impostada de Felipe González y de otros dirigentes políticos de aquel tiempo. Trabajaba de corresponsal en Madrid para una emisora de radio catalana. Un día lo repatriaron y ya no le volví a ver. Supongo que la vida es eso, gente que vamos viendo y que dejamos de ver.
Pero al cabo de muchos años –y aquí empieza el cuento– me lo encontré o, mejor dicho, lo identifiqué en el aeropuerto Adolfo Suárez. En la fila de facturación me precedía un tipo con la cabeza rapada, enfundado en un lujoso terno azul de ejecutivo o directivo empresarial. Al llegar al mostrador intercambió unas frases con el factor. Su voz me sonó familiar, me escoré para verle la cara y casi sin pensar prorrumpí:
–¿Graset..?
–¿Si, cómo me ha reconocido? –dijo, sorprendido.
–Por la voz.
Me escudriñó con sus ojos de miope y al instante abrió los brazos. Tras el abrazo nos preguntamos cómo nos trataba la vida y, con la premura del caso, a donde iba cada cual. Ambos nos dirigíamos a París. Una rápida gestión nos permitió ocupar dos asientos juntos.
Me dijo que había dejado el periodismo, la radio, la televisión, el grupo de teatro de su pueblo, que era la Tramoya de Vila-seca si mal no recuerdo, y ahora trabajaba para el Estado. Me extrañó que aquel joven inquieto, alegre, sin corbata, sin horario, siempre veloz en pos de la noticia se hubiese convertido en un burócrata. Pero enseguida añadió que realizaba misiones para los servicios de inteligencia.
–Inteligencia es lo que necesitan los servicios esos; no pegan una.
–Es una forma de decir que hay que ser más listo que el enemigo –aclaró.
Recordé el papel lamentable de los servicios secretos ante los atentados de los terroristas islamistas del 11 de marzo de 2004, cuando asesinaron con bombas metidas en mochilas abandonadas en los trenes de cercanías del corredor del Henares (Madrid) a 192 personas. “No se oye nada”, decían los mandos de esos servicios en referencia a sus antenas internacionales. Menuda tropa de sinvergüenzas.
–Mentían como bellacos por orden del jefe del Gobierno –susurró.
–¡Joer, Graset! ¿Y tú trabajas para esos buitres de acero inoxidable?
Soltó una risita resignada y se sintió obligado a aclarar que no había dejado el periodismo del todo: solo había solicitado una excedencia voluntaria por nobles razones. El término “noble”, aplicado a la tarea de espiar, me pareció estrafalario y así se lo participé. Entonces, imitando la voz del presidente francés Emmanuel Macrón, profirió una retahíla de vocablos en ruso y me contó la misión de acompañar al mandatario francés en una conversación telefónica con el canalla Vladimir Putin. Las palabras en ruso eran frases ofensivas, insultos que debía proferir durante la conversación, como si fuera Macron, para soliviantar a aquel tipo. Esa era solo una parte de la tarea asignada aquella mañana, ya que después se trasladaría a toda mecha a Ginebra (Suiza) para repetir la operación durante la conversación que el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, mantendría con “cara de víbora”. Así llamaba al belicoso Putin. Los diálogos iban a ser tensos, pues el muy sukin syn (pronunciación de “hijo de perra” en ruso) había bombardeado el puerto de Odesa unas horas después de aceptar el pacto de no agresión al envío del trigo y las gramíneas de Ucrania a los países necesitados y hambrientos de África y Asia.
Aunque el viejo amigo y colega hablaba con toda seriedad, no pude evitar acordarme de Miguel Gila. “Los insultos no matan, pero desaniman”, diría el gran humorista. Le pregunté si serviría de algo cabrear al canalla y me corrigió: “Cabrear no, enfurecerlo, oír sus denuestos, saber cómo insulta y poder calibrar su timbre y su tono de voz”. Quise saber la utilidad de aquel ejercicio nada diplomático para el objetivo anhelado de parar la guerra y sacar las tropas rusas de Ucrania, pero sonrió y me pidió que no le hiciera más preguntas. “Ya sabes que los procedimientos son secretos y, además, por tu propia seguridad no te conviene conocerlos… ni siquiera conocerme”.
Puesto que se cerró como una ostra, apelé a las conjeturas: “Con el canalla furioso puedes imitar su voz más enérgica y, una vez interceptadas las líneas de mando y control, ordenar directamente a los generales la retirada de las tropas de Ucrania. ¿Estoy en lo cierto?” Abrió mucho los ojos y respondió en ruso como si fuera el mandatario del Kremlin. ¡Por Júpiter que lo tenía bien ensayado! “No, no es eso”, dijo en castellano. Insistí. “Dado que eres un hombre de radio y televisión –dije–, me permitirás este breve guion: supongamos que se interceptan los canales de las principales emisoras de radio y televisión cuando el cabeza de víbora pronuncia el discurso, se lanzan sus exabruptos contra Estados Unidos, la NATO, la Unión Europea e incluso China. Y acto seguido se anuncia el final de la misión especial militar en Ucrania. Dado que el tipo apenas mueve los labios cuando habla, muy pocos notarán el mensaje impostado y, en cambio, todos celebrarán la decisión de poner fin a la invasión. Los rusos, cansados de tanta muerte, pobreza, tristeza y represión, saldrán a la calle a celebrar el fin del putinato”. Graset sonrió, pero esta vez se abstuvo de decir: “No, no es eso”.
Erase una vez un rey al que le gustaba ver la televisión. También le gustaban otras cosas como el buen vino, las corridas de toros, la caza mayor, las motocicletas… Las mujeres no le gustaban mucho, sino muchísimo. Un día flipó con una vedette que salía por televisión. Lógico: tenía un cuerpo y unas piernas de locura. Cantaba, bailaba, actuaba y era tan bella que optó a Mis Universo. El rey había tenido una juventud triste y una formación militar severa, pero ahora en el trono pensaba resarcirse, así que comunicó su sirviente de máxima confianza el deseo de conocer a aquella mujer. Éste habló con la artista y ella se sintió muy halagada de la admiración de su rey. Aceptó el encuentro, surgió el idilio y se convirtió en su amante secreta durante dieciocho años. Una, porque el rey tenía más. Y secreta, porque el rey estaba casado con la reina, tenían tres hijos (dos niñas y un niño) y la religión del reino condenaba la poligamia. Además, los súbditos eran chismosos y él no deseaba deteriorar su costosa imagen de buen padre de familia, hombre cercano, bueno, campechano y entregado al bienestar de su pueblo.
Pasaron los años, los niños se hicieron mayores, las dos infantas se casaron a su gusto y el príncipe, que aun siendo el menor estaba llamado a suceder a su padre en el trono porque así lo disponían una rancia ley del reino, flirteaba con alguna joven de sangre azul (y de la otra), pero no acababa de encontrar a la futura reina consorte, imprescindible para procrear y garantizar la continuidad biológica de la monarquía. De pronto, un día, mientras almorzaba con el rey y la reina, prorrumpió: “Quiero esa”. Y señaló a la televisión. La reina no lo entendió, pero el rey, que conocía el refrán “de tal palo tal astilla”, lo captó al instante. “Esa” era la periodista que presentaba el noticiario del mediodía. Enseguida se conocieron, se hicieron novios y, un tiempo después, se casaron y tuvieron dos hijas. Cuando el rey abdicó, el príncipe ascendió al trono. Ahora, siguiendo la tradición, a nadie extrañaría que la princesa heredera se enamorara por televisión. Cosas veredes, amigo Sancho.
Quedaron a cenar con unos amigos en el restaurante de los platillos volantes. Él le llamaba así porque cocinaban tan rico que el contenido volaba en un santiamén. Los amigos no habían llegado; eran veterinarios y se retrasaban cuando algún animal requería más tiempo del previsto, así que ocuparon la mesa y pidieron un aperitivo para hacer tiempo: él, un frasco de cerveza bien fría y ella un “distinto” o tinto de verano. Comentaban algún asunto menor cuando ella, sin modificar su semblante relajado, le susurró en tono imperativo: “¡Baja eso, haz el favor!” Él puso cara de circunstancias. “¡Por Júpiter!”, exclamó al tiempo que movía las posaderas, modificaba su postura e inclinaba el torso hacia adelante para disimular la erección. No era fácil.
Ella lanzó algunas ojeadas periféricas, imperceptibles, rápidas, sin apenas subir o bajar la cabeza ni girar el cuello, como si tratara de descubrir a la fémina que excitaba a su compañero. Tampoco era fácil, pues casi todas iban ligerísimas de ropa. Por supuesto, después de treinta años de matrimonio, se autodescartaba como causa del repentino estímulo.
Lo que ella no sabía, porque él nunca se lo había contado, era que de niño se encaramaba con otros guajes del pueblo a la tapia de un corral donde un verraco montaba y dejaba preñadas a las cerdas que le llevaban. El gorrino hozaba, prorrumpía en suaves gruñidos, se excitaba, iba desplegando el miembro y finalmente, tras varios intentos, las cubría. Él tendría entonces once o doce años y aquel espectáculo había sido su primera información sexual. Los apareamientos de Pelotas (así le llamaban) eran sonados. Los gruñidos de placer de los animales alertaban a los chavales, que enseguida se ayudaban unos a otros a subir a la tapia. Los coitos de Pelotas eran frecuentes y largos. Algunas veces duraban veinte minutos o más.
Ahora, al ver al camarero servir un jarrete de cerdo a los comensales de enfrente y contemplar el sacacorchos con el que abría una botella de vino, la memoria y su primo el subconsciente le jugaban una mala pasada.
–Te pone la damisela, no lo niegues –dijo ella, señalando con la mirada a una joven de exuberante anatomía.
–Es muy mona, pero te equivocas, hermosa –dijo él.
–Pelandusca descocada…
–No seas cruel, no pidas en verano una moral de invierno.
–Eres un cerdo, ¿lo sabías?
En ese instante llegaban los amigos Eladio y María del Carmen. Sin duda oyeron el reproche de la mujer y se percataron de que él, al incorporarse a saludarlos, estaba como decía el famoso exduque de Palma. Di tú que inmediatamente se acercó el camarero y él le pidió el descorchador y se lo mostró a los recién llegados.
–¿A qué se parece? –les preguntó.
El veterinario y su esposa se rieron.
–Al pito de un cerdo –dijo Eladio cuando el camarero se alejó, y luego añadió que la naturaleza es sabia y que el órgano sexual del verraco tiene esa curioso morfología en forma de sacacorchos porque el glande ha de abrirse paso a través de los pliegues del útero de la hembra para aparearse como es debido, enroscándose incluso en el cérvix.
Ni que decir tiene que la información fue muy útil para que él pudiera explicar a su compañera la causa y razón de la protuberancia bajo aquel pantalón de lino que tanto se arrugaba. ¡Qué risa con el sacacorchos!
El mundo era un guirigay. En una atmósfera estragada por la contaminación de los humanes y saturada de noticias falsas, posverdades, bulos y bolas irrumpía aquel virus (Covid 19 le llamaban) que mataba a cientos de miles de personas. Y por si fuera poca desgracia se añadía la decisión del genocida ruso de matar ucranianos, lanzando bombas, miles de bombas contra las ciudades del vecino país europeo. El ruido interno era también ensordecedor. Magistrados, directivos empresariales, dirigentes sindicales, líderes políticos de todas las tendencias y colores, jefes gubernamentales, leguleyos, politólogos, expertos en la totalidad… producían un zumbido incesante. Era comprensible que el director de un diario digital humilde, pero riguroso, necesitara un retiro espiritual de una semana en un monasterio. Y si podían ser dos, tanto mejor. En eso iba pensando calle arriba aquella mañana del caluroso mes de julio cuando sintió el temblor de rabo de lagartija en el bolsillo. Sacó el inoportuno, miró la pantalla, pulsó el botón, acercó el auricular a la oreja derecha y dijo: “Hola, Román, ¿qué te cuentas?” Román era un ilustre profesor que daba lustre y prestancia al periódico con sus columnas semanales. “Pues mira, hay tanto ruido que no tengo nada que contar; de hecho no sé de qué escribir”, dijo. Al director le reconfortó saber que el eminente catedrático se hallaba tan saturado de bulla, diatribas y falacias cómo él. “¿De qué te parece que escriba?”, le preguntó. A lo que el director respondió: “No estaría mal una columna sobre el silencio”.
Apenas dos horas después recibía la columna por correo electrónico. Con el título: “Personajes de pocas palabras”, aquel erudito afirmaba que los soldados del romano Julio César le llamaban el Oráculo, el cartaginés Aníbal solo pronunciaba monosílabos, el presidente Ulyisses Grant de Estados Unidos sostenía que todo el arte de la conversación consiste en saber callar. El propio Napoleón Bonaparte era hombre de pocas palabras, aunque una frase suya decía más que un discurso de cualquier otro. Carlomagno citaba a Confucio y opinaba que el silencio es el único amigo que jamás traiciona. El duque de Wéllington, que mandaba las tropas anglo-aliadas que derrotaron a Napoleón en Waterloo, rara vez decía algo más que sí o no y afirmaba que un general debe tener una gran cabeza y una lengua que no hable. El artículo seguía con Guillermo de Orange, al que llamaban Guillermo Taciturno porque era enemigo de la conversación y poseía una fisonomía tan expresiva que le ahorraba muchas palabras. Si tenemos en cuenta que juró fidelidad a Felipe II y luego encabezó la revuelta en los Países Bajos contra el emperador queda claro que además era un hombre sin palabra. Por paradojas de la historia ahora su apellido sirve de nombre a una empresa telefónica.
Me tentó el maestro Potagias. Primero me dijo que tenía más hambre que el perro del afilador, que se comía las chispas por comer algo caliente, y luego, como me negara a acompañarle al Hogar del Deportista a tomar un plato de lentejas con chorizo y un vaso de vino, me preguntó si quería conocer a alguien inmortal. Supuse que se refería a algún escritor célebre, un cineasta de renombre, un científico eminente… Mordí el anzuelo. Habíamos terminado la actuación, así que recogí los bártulos y nos encaminamos hacia la calle Mayor. Era más de la una de la noche de un frío viernes de febrero. Llegamos al pasadizo donde estaba el portal por el que se accedía a aquel establecimiento perfectamente clandestino. Llamabas al timbre del primer piso y te abrían. Si te equivocabas y llamabas al segundo, también te abrían: era una casa de putas. Subimos. En realidad, el Hogar del Deportista carecía de nombre, pero le decían así porque lo regentaba un boxeador retirado y tenía fotos enmarcadas y carteles de combates adornando las paredes y un futbolín en mitad del amplio salón configurado como un bar. El local estaba abierto toda la noche y podías comer lentejas y huevos fritos con puntillas. Además se podía fumar. El mago Potagias solicitó sus lentejas y un vaso de vino y yo pedí una cerveza. Ninguno de los cinco noctivagos de edad avanzada que ocupaban algunas mesas me pareció célebre e inmortal, pero el maestro señaló con el gesto y la mirada a un tipo endeble, envuelto en un abrigo azul marino y cubierto con una boina negra, que parecía dormitar o meditar ante una copa vacía y una libreta abierta sobre la mesa. “Ese tiene de inmortal lo que yo de obispo”, susurré. Potagias no respondió. Cuando apareció Morrosco con sus lentejas le pidió una botella de tinto Estola, y un platillo de aceitunas y se acercó con esa carta de presentación a la mesa del inmortal, quien se alegró de verle y le pidió que nos sentáramos con él. Pegamos la hebra. Era húngaro, pero manejaba tan bien la lengua de Cervantes que ya solo pensaba, dijo, en español. Había castellanizado su nombre, se hacía llamar José Atilano y se definía como “poeta productivo”.
–¿Y rentable? –le pregunté.
–Eso es otro cantar, va por rachas –dijo.
Escribía poemas de amor y de odio para unos dispensadores instalados en una cadena de grandes almacenes que al precio de un euro y, previa selección del nombre del destinatario, imprimía el poema y lo suministraba junto con un sobre para guardarlo y entregarlo o enviarlo. La primavera era la estación mas rentable, aunque el amor y el odio brotaban todo el año, nos dijo.
–Aquí, mi amigo y maestro Potagias sostiene que es usted inmortal.
–Lo soy –afirmó.
–Permítame que dude: de esta vida nadie sale vivo –dije.
–La muerte no me quiere –repuso.
Esperé a que saboreara unas olivas y el posterior trago de vino antes de preguntarle cómo rayos era eso, y entonces me echó una historia según la cual se enfadó muchísimo porque no le preguntaron si quería nacer.
–Hay cosas que no se preguntan, suceden y ya está –dijo Potagias.
A lo que el poeta del amor y del odio respondió que sin el derecho prístino a decidir entre ser o no ser no cabía hablar de libertad y todo era esclavitud.
–Ya me dirá cómo se las ingeniaría para preguntar a alguien que no existe si quiere o no quiere existir –dije.
–No hay manera, no es posible –concedió–, lo cual demuestra que estamos atados y la libertad es una entelequia –reafirmó.
Luego nos contó que él no deseaba nacer ni le interesaba la vida. El día que decidió poner fin a su estado corporal lo tenía todo calculado, sabía a qué hora exacta pasaba el tren cada día, caminó los tres kilómetros que separaban la estación del punto elegido, después de la curva del lago, se tendió en la vía y esperó mirando al cielo los diez minutos que faltaban para que las ruedas de hierro le cortaran el pescuezo. Pero pasaron diez, quince minutos y el tren no llegaba. ¿Qué estaba pasando? Se incorporó, volvió sobre sus pasos y vio el tren parado a lo lejos. Cuando llegó comprobó que un hombre se le había adelantado. Desde entonces se creía inmortal.
El evento tuvo un gran éxito. Según el cronista mayor de la Villa llegaron gentes de varias ciudades peninsulares e insulares, vinieron de países vecinos y lejanos, acudieron americanos del sur y del norte, participaron mujeres y hombres de las islas Filipinas, Brunei, Seychelles, Gambia, Nueva Zelanda. Desde Japón, Corea del Sur y Hong Kong enviaron videos. Desde Kirguistán entraron por videoconferencia. Aunque rusos y chinos se abstuvieron de intervenir porque estaban de mal humor, la concurrencia fue enorme y obligó a los organizadores a prorrogar por dos días el encuentro. Solo los coleccionistas de mariposas consumieron media jornada con sus filmaciones y explicaciones. Les siguieron los propietarios de colecciones de porcelanas inspiradas, entre los que destacó el señor Carabo con su muestrario de mil de búhos. Impresionó un amante de las miniaturas con su colección de retratos de presidentes de Estados Unidos en granos de arroz. Suscitó cierta curiosidad un coleccionista de pegatinas de la Transición y no le fue a la zaga el señor Blai con su compilación de primeros números de los nuevos periódicos impresos que antaño salían al mercado.
El congreso popular de coleccionistas sirvió de plataforma publicitaria de los poseedores de museos privados de pintura y escultura de todas las épocas y lugares, gente admirable, culta y con posibles. A las artes plásticas se añadieron los coleccionistas especializados en sellos de correos, escudos de armas, monedas, medallas, fósiles, trajes, calzado… En materia literaria destacó un cervantino de México con su explicación sobre el impresionante acopio de motivos quijotiles acumulados a lo largo de su vida en la casa-museo de Guanajuato. Entre los participantes de más edad comparecieron muchos coleccionistas, mayormente anglosajones, de bastones y sombreros. Hubo bastante animación infantil y juvenil, con intercambio de cromos, pines, discos y plaquitas de marcas de coches y motos, arrancadas a vehículos en las calles.
De sorprendente e hilarante calificó el cronista el momento en que el Marqués de las Marismas mostró las imágenes de su estupenda colección de probetas con mechones de pelos del pubis (Monte de Venus) de las decenas de mujeres con las que tuvo trato.
–Yo suponía, amigo Escobar, que su original cosecha era una ocurrencia de Berlanga en La escopeta nacional –dijo el presentador, un famoso locutor de radio que emitía en directo.
–Pues no, pollo, de ocurrencia nada, que mi dinero me ha costado.
Otro momento risueño se produjo cuando el famoso locutor presentó a don Desiderio, “notable coleccionista de piedras preciosas”.
–Preciosas no, de las otras –le corrigió el interesado.
–¿Puede aclararnos..?
–Piedras normales, chinas, guijarros… Empecé a recogerlas hace muchos años, cuando embarqué la primera vez y mira, ya tengo piedras de ochenta y siete países. ¿A que mola?
Contra lo que su apellido sugería, madame y monsieur Perrin no coleccionaban piedras sino errores, grandes errores.
–¿Propios o ajenos? –les preguntó el presentador.
–Los propios te fastidian, los ajenos te pueden fascinar –dijo madame.
–¿Por ejemplo?
–El catálogo histórico es muy amplio, pero podemos elegir el disparate de los revolucionarios franceses, tan acertados en la división de poderes, la liquidación del antiguo régimen, la implantación de la democracia representativa…, de implantar un calendario propio en sustitución del imperial romano.
–Vamos que eso de llamar termidor y fructidor a julio y agosto y pretender que el año nuevo comenzara en septiembre fue un error monumental –añadió monsieur Perrin–; menos mal que llegó Napoleón y repuso los meses en su sitio, lo cual es lógico, pues no olvidemos que aspiraba a ser un emperador más grande que Julio Cesar Augusto.
Aunque los coleccionistas de ideologías resultaron muy pesados, los de paradojas se atropellaron unos a otros y los de buenas ideas acabaron discutiendo con los de malas ideas y no dejaron hablar a los de ideas absurdas, la potencia de los artefactos musicales exhibidos por los colegas de este sector les cortó el rollo. Así, con música y baile, concluyó un evento en el que, desde luego, lucieron los poseedores de colecciones de fermentados y destilados (vinos, cervezas y licores) de muchos puntos del globo y quedó demostrada la capacidad de los humanes de prolongar su yo a través de las cosas.
Su cara le sonaba. Mientras intentaba hallar alguna referencia en su memoria, el tipo se separó de la esquina del vagón del metro, dio unos pasos hacia ella y dijo con voz tímida: “¿Marisa Martínez..?” Ella cayó en la cuenta y respondió: “¿Fiol…? ¿Enrique Fiol..?” Acertaron los dos. Hacía mucho tiempo que no se veían, exactamente desde que acabaron en la facultad, así que se alegraron de encontrarse, se miraron como si comprobaran el buen estado mutuo y se preguntaron cómo les iba en la vida.
Ella se sorprendió de que aquel Fiol siguiera estudiando, aunque enseguida recordó que era de una industriosa familia catalana y podía vivir sin trabajar.
–¿Qué estudias? –se interesó.
–Mundología.
–Ah, ya, uno de esos títulos nuevos.
–Es una enseñanza no reglada –aclaró él.
–Bueno, sitúame; ¿hoy qué vas a dar? –profundizó ella.
–Pues mira hoy quiero terminar un estudio sobre la risa –dijo él. Y a continuación le explicó que había identificado cinco risas distintas, correspondientes a cada una de las vocales y por las cuales se puede deducir el carácter de las distintas personas. “La risa en A denota un carácter abierto, franco, noble; es la risa de las personas inquietas y ruidosas que están contentas de vivir. La risa con E es más propia de los temperamentos tranquilos, reflexivos, flemáticos. Los que se ríen con la I casi siempre son buenos e inocentes; es la risa de los niños y de las personas sencillas. En cuanto a la O, es risa de los héroes, los millonarios, los fanfarrones… La risa con U es la menos frecuente de todas y parece reservada a los misántropos”.
Ella pensó en el saber por el saber y en el placer de saber, le dijo que se apeaba en la siguiente estación, se desearon suerte y se despidieron hasta más ver.
A la comunidad científica y sanitaria que nos ha librado del maldito virus mortal y devuelto la sonrisa y la risa sin mascarilla.
LA GRAN AVENTURA Y BUENA SUERTE DE JUAN SEBASTIÁN ELCANO
El 8 de septiembre de 1522 llegó a Sevilla la nave Victoria con el capitán Juan Sebastián Elcano y veintitrés individuos a bordo, todo barbas y huesos. Seis eran indígenas de las islas de las especias y los otros dieciocho acababan de dar la vuelta al mundo. Eran los primeros humanes en circunvalar el globo terrestre, una proeza náutica, geográfica y económica de la que se van a cumplir 500 años. Unos dicen que aquel vasco de Getaria tuvo una suerte de mil diablos, y otros afirman que lo protegió la providencia, lo cual es válido para quienes creen que en el mar no hay ateos. Las vicisitudes de Elcano quedaron consignadas en los apuntes del aventurero italiano Antonio Pigafetta, uno de los pocos que salvaron el pellejo y regresaron con él a España. Su Relación del primer viaje alrededor del mundo, publicada en 1524, constituye la principal fuente informativa de aquella gesta.
Todo empezó cuando se personaron en Sevilla los hidalgos portugueses Fernando de Magallanes y su amigo Rui Falero. El primero, nacido de Oporto (Porto), ciudad vinícola que, unida a Gaia, en la otra orilla del Duero, acabó dando nombre al país (Portogaia y, para abreviar, Portugal). Magallanes era un reconocido navegante; había explorado las costas de Libia en el Mediterráneo y bogado hasta los confines del Atlántico. Ahora tenía el proyecto de llegar al “mar del Sur” (Océano Pacífico) desde Occidente, es decir, sin necesidad de bordear el continente africano ni de realizar la larga travesía por el océano Índico hasta aquellas Indias orientales de las que hablara Marco Polo. De nuevo reverdecía la obsesión de Cristóbal Colón de encontrar el camino más corto para llegar a las Indias, solo que ahora había que cruzar el Nuevo Mundo, aquellos territorios que unos sabios alemanes bautizaron con el nombre de América en honor al cronista Américo Bespucio, al que consideraron su descubridor.
Magallanes era consciente de la importancia de acortar el camino hasta el mar del Sur. Importancia política y económica, se entiende. Para entonces los portugueses seguían la ruta de Oriente y habían llegado hasta las islas Marianas (hoy de Estados Unidos). Se trataba de un archipiélago volcánico (quince cumbres formadas por cráteres pueden contarse en esas islas del Pacífico) al que los colonizadores españoles darían nombre en el siglo XVII en honor a la reina consorte Mariana de Austria. Magallanes expuso su proyecto de buscar un camino más corto para llegar a las Indias al rey don Manuel de Portugal, pero éste lo despreció. Y puesto que uno no puede apreciar a quien lo desprecia, decidió abandonar su país y se naturalizó español.
El bravo portugués no estaba solo, pues, además de su amigo Falero, contaba con la amistad y confianza del acaudalado mercader español Cristóbal de Haro, afincado en Burgos. La familia de este Cristóbal había amasado una fortuna con la exportación de lana de las ovejas merinas, que eran la principal fuente de riqueza en España y llegaba desde los puertos de Bilbao y de Cantabria a las principales hilanderías del continente y las islas Británicas. El propio Cristobal y su hermano Diego habían obtenido grandes beneficios como compradores y vendedores de las simientes y especias que llegaban a Lisboa desde las Indias orientales. Magallanes conoció a Cristobal en la capital portuguesa, y el mercader no dudó en compartir y apoyar el proyecto del gran navegante e intrépido explorador de buscar un camino más corto para llegar a las islas de las especias.
Con palabras de hoy se diría que Magallanes y Falero tenían en España al mejor patrocinador posible. Y puesto que los Haro mantenían una estupenda relación con Carlos I (después V de Alemania), pues no en vano habían sufragado muchas de sus necesidades, Cristobal acompañó a Magallanes a Valladolid para abordar con el emperador el proyecto de organizar una expedición para buscar un paso hacia el mar del Sur. Las informaciones y los datos que aportaron convencieron al emperador de la viabilidad y rentabilidad de la empresa.
Jugaban a favor de Magallanes los fallidos intentos de Vicente Yáñez Pinzón, el primero en cortar la equinocial por Occidente en el año 1500, de llegar al Pacífico. Yáñez lo intentó de nuevo en 1514, pero no lo consiguió. Su lugarteniente Solís, que iba con él, realizó un tercer intento y no regresó. “Todos sabemos lo que pasó –decía el capitán de navío Francisco Javier de Salas en 1879 en la Sociedad Geográfica de Madrid–: “Fue devorado por los indígenas en el río al que dio nombre y conócese hoy con el de la Plata”.
Y también jugaba, claro está, la ambición imperial de la época y la mentalidad dominante (avarienta) de clérigos, caballeros y mercaderes. El único problema en la negociación con el monarca era el reparto de los costes de la expedición. Aunque hay distintas versiones, parece ser que los Haro sufragaron el coste de los barcos y el rey el armamento y las provisiones. De este modo se ofició en Valladolid el 22 de marzo de 1518 la formación de “la Armada de las Molucas”, compuesta por cinco naves y capitaneada por Fernando de Magallanes, quien, al servicio del imperio español, recibía el cargo de gobernador de todas las tierras y gentes que descubriese y conquistase.
Año y medio después, Magallanes y Falero lo tenían todo dispuesto para zarpar. Sevilla era un hormiguero de buscavidas, espadachines, aventureros y experimentados navegantes, y les resultó fácil reclutar las tripulaciones. Más difícil fue para Magallanes resistirse al amor de una mujer. Se casaron y tuvieron un hijo que, al contrario del Telémaco de Ulises, no volvería a ver jamás. Desprovistos de la protección de la diosa Atenea, de glaucos ojos, padre e hijo morirían el mismo año. La madre falleció un año después.
Todos los nombres
Las cinco naves fueron saliendo de los astilleros y el puerto de Sevilla hacia Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), donde ultimaron los ajustes, completaron el aprovisionamiento y se hicieron a la mar el 27 de septiembre de 1519. Formaban la dotación 239 individuos. El almirante Magallanes iba al frente de la Trinidad. Y sus capitanes eran Juan Serrano (portugués de nacimiento, al mando de la nave Santiago), Juan de Cartagena (de la San Antonio), Luis de Mendoza (jefe de la Victoria y tesorero de la expedición) y Gaspar de Quesada al mando de la Concepción, con Juan Sebastián Elcano como maestre.
Por cierto que en las listas de la Casa de Contratación de Sevilla, el argonauta vasco aparece escrito de tres formas: Juan Sebastián del Cano, Juan Sebastián de Elcano y Juan Sebastián sin más. A ellas ha de añadirse Elkano en el euskera de nuestro tiempo. A los efectos de la gesta, tanto da. Después de todo, quien se hartó de bautizar, como enseguida veremos, fue su superior Magallanes.
Tocaron tierra en la isla de Tenerife (Canarias), donde se agregaron varios guanches, cruzaron el océano, recalaron en Recife y llegaron a Río de Janeiro (Brasil) el 13 de diciembre. Allí se agregaron más individuos hasta completar 265 hombres. Levaron anclas a comienzos de 1920 y navegaron hacia el sur bordeando la costa hasta la desembocadura del río de la Plata. Aquella inmensa lengua de agua indujo a Magallanes a suponer que era el camino hacia el mar del Sur, aunque enseguida se dio cuenta del error y ordenó a la flota virar hacia aguas saladas. Los españoles ya habían fundado allí la colonia de Santa María de los Buenos Aires.
Las diferencias, celos, piques y disputas entre españoles y portugueses eran constantes en algunas naves y los temporales, las enfermedades y la escasez de alimentos enconaban los ánimos de los navegantes. Sin embargo, a pesar de algunos errores, nadie discutía la autoridad de Magallanes. Pero el tiempo empeoraba, el invierno se echaba encima y la situación era más difícil cada día, así que el 31 de marzo Magallanes decidió recalar en una gran bahía. La bautizó con el nombre de Puerto de San Julián, le pareció un buen sitio para pasar el invierno y ordenó desembarcar.
Durante los cinco meses de estancia en aquella bahía, al abrigo de las tempestades a mar abierto y con varios islotes protectores, se fue a pique la nave Santiago que mandaba el capitán Serrano. La zona, hoy conocida como Mar de Argentina, en el norte de la Patagonia, era, en realidad, fría e inhóspita. Es probable que la configuración de aquel territorio llevara a Magallanes a pensar que se hallaban ante el paso natural que estaba buscando hacia el mar del Sur. Pero no fue así; la bahía se cerraba unos cientos de millas al sur. No tenía continuidad.
Los capitanes empezaban a estar hartos de los errores del capitán general. Varios de ellos se conjuraron para quitarle de en medio. Según contó Pigafetta, los traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra y capitán de la San Antonio; Luis de Mendoza, tesorero y capitán de la Victoria; Antonio de Coca, contador, y Gaspar de Quesada, que mandaba la Concepción, con Elcano de contramaestre. Pero Magallanes tenía buenos espías y resolvió el motín con mano de hierro. Cartagena fue ahorcado y su cuerpo descuartizado, Mendoza fue apuñalado y también descuartizado.
Encarceló y luego perdonó a Quesada y a su subordinado Elcano. Pero el primero era pertinaz e ideó una nueva traición. Magallanes no se atrevió a liquidarlo porque había sido nombrado capitán por el emperador, pero le expulsó de la escuadra y lo abandono en la tierra de los feroces patagones junto con un clérigo traidor. Según el capitán de navío Francisco Javier de Salas, la providencia protegió a Juan Sebastián Elcano de la cólera del jefazo. Fue su primer golpe de suerte, si bien cabe añadir que Magallanes tampoco andaba sobrado de buenos navegantes.
Hallazgo del estrecho
Los expedicionarios se despidieron de los aborígenes, unos tipos blancos, grandes, muy altos, con los que habían entrado en contacto y que Magallanes bautizó como “patagones” por sus enormes pies. Salieron de la Bahía de San Julián y pusieron rumbo al sur. El 21 de octubre de 1920 pasaron un cabo que el capitán general bautizó con el nombre de las “Oncemil Vírgenes”. Nada más doblar el cabo divisaron una gran entrada del mar. La exploraron, se cercioraron de que no era la desembocadura de un anchuroso río y siguieron adelante.
Entonces se toparon con un estrecho que Magallanes bautizó con el nombre de “Todos los Santos”, en honor a la festividad católica de los difuntos. Era el 1 de noviembre. Al cruzar aquella franja marina observaron gran cantidad de fogatas en la ribera sur. Eran fumarolas de gas natural a las que en algún momento los aborígenes habían prendido fuego. Visto el fenómeno, Magallanes bautizó la zona con el nombre de “Tierra de Fuego”. Se hallaban en lo que hoy conocemos como la Antártida chilena.
Decenas de miles de pájaros torpes, con unas alas muy cortas, subdesarrolladas, incapaces de volar, llamaron la atención de los navegantes. Pigafetta los describió como “extraños gansos”. Aunque no podían volar y andaban con dificultad, como si estuvieran ebrios, se sumergían en las gélidas aguas y nadaban a gran velocidad. Las alas eran aletas y les servían de motor de propulsión junto con la cola y las patas palmípedas que, a su vez, les servían de timón. Eran pingüinos, unos animales insólitos, de espeso plumaje blanco en el pecho y negro en la espalda. Ruidosos y masivos, aparecían erguidos como los humanos y acabarían inspirando la casaca y luego el chaqué que utilizaban los ingleses para montar a caballo.
Desde aquellas tierras de los pingüinos de Magallanes (la actual Punta Tombo, en la provincia chilena del Chebut) siguieron navegando en dirección sudeste y llegaron a una espaciosa bahía donde el paisaje cambiaba por completo. Las rocas áridas del estrecho y la escasa vegetación herbácea tornabanse allí altas montañas de crestas nevadas, bosques de árboles y feraz vegetación. Habían llegado a la que hoy se conoce como la bahía de San Bartolomé. Los expedicionarios recobraban el ánimo después de tantos días de aridez y rocas peladas por los vientos.
Fondearon en aquella bahía para descansar y explorar el territorio. A continuación siguieron hacia el sur, pero enseguida vieron que el estrecho se dividía en dos canales. Ante la duda sobre el ramal a seguir, Magallanes decidió dividir la flota de modo que dos barcos seguirían un ramal y los otros dos el otro. Acordaron reunirse unos días después en un punto de la bifurcación. El Trinidad y el Concepción bordearon la costa de la península de Brunswick hasta el cabo de Fronward, donde el estrecho giraba al noroeste. Allí decidieron esperar a las dos naves que exploraban el canal oriental. Pero al cabo de cinco días sólo carabela Victoria.
¿Qué rayos había pasado con la San Antonio? Los exploradores de la Victoria sólo podían informar de que navegaba más deprisa que ellos y la habían perdido de vista. También decían que el ramal carecía de salida. El capitán de la San Antonio era Álvaro de Mezquida, primo hermano de Magallanes. La confianza del capitán general en su primo era total, como lo prueba el hecho de que fuera el barco de mayor porte y llevara las provisiones de agua y alimentos de la expedición. Sin perder un minuto salieron en busca de la nave, recorrieron el canal, hicieron fuego, lanzaron señales de humo. Nada. Ni avistaron el barco ni hallaron vestigios del posible naufragio.
La pérdida de la San Antonio supuso una contrariedad mayúscula para los expedicionarios, hasta el punto de que algunos lugartenientes de Magallanes abogan por suspender la misión y regresar a casa. Pero Magallanes no desesperó. Confiaba en la pericia de Mezquida y ordenó dejar unas marmitas a modo de boyas con las indicaciones de la ruta que iban a seguir, hacia el nordeste, por si las encontraban y podían alcanzarles. En realidad, el barco perdido había navegado más deprisa y, al comprobar que el canal no tenía salida, se dirigió al punto de encuentro fijado por Magallanes, pero no lo encontró ni halló al resto de la expedición. Entonces el timonel Esteban Gómez conjeturó que aquellas aguas eran un camino bloqueado y la flotilla habían emprendido el regreso. Convenció a la tripulación, apresaron al capitán Mezquida, que se resistía a creer que su primo les hubiese abandonado y pusieron rumbo de vuelta a España.
Morir en Filipinas
Aunque la pérdida redujo la flotilla a tres barcos, siguieron adelante por el canal hacia el noroeste hasta que salieron a un mar tranquilo, sin tierra en el horizonte. Magallanes le puso el nombre de “Pacífico”. Era el 27 de noviembre de 1520. Tal como el navegante y su financiero Cristobal de Haro habían supuesto, el paso hacia el “mar del Sur” existía, era viable y había quedado inaugurado y documentado por los intrépidos navegantes. No se entretuvieron en explorar la costa. Se aprovisionaron de agua y de algunos vegetales comestibles y dejaron atrás el que en el futuro se conocería como “Estrecho de Magallanes”.
Después de bogar más de cincuenta días en dirección noroeste por aquel piélago desconocido llegaron a unas islas que llamaron de los Tiburones (Pukapuka), se aprovisionaron de agua potable y de los alimentos (aves y vegetales) que encontraron y siguieron adelante, llegando a la Isla de San Pablo, también conocida como Isla Vostok e Isla Flint el 4 de febrero de 1951. No les pareció que aquellos islotes de lo que hoy llamamos Micronesia tuviesen mayor interés a los efectos de lo que les interesaba: las especias, así que siguieron navegando y el 6 de marzo descubrieron la que hoy se conoce como Isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas.
Encontraron allí unos indígenas de ojos rasgados y pequeña estatura, los guameños o chamorros, una gente a la que debieron de parecer marcianos. Aunque aquellos aborígenes jamás habían visto humanes europeos, conocían el valor de las cosas y practicaban el trueque, así que después del primer impacto mutuo aceptaron proveerles de agua y comida a cambio de unos utensilios de hierro, mineral que desconocían. Todo fue bien hasta que varios indígenas tuvieron la idea de acercarse a nado a los barcos y, aprovechando la oscuridad de la noche, llevarse una barca de remos que estaba atada al Concepción.
A la mañana siguiente, al descubrir el robo, Magallanes se enfadó bastante y acudió con un puñado de hombres a recuperar el bote. Pero los isleños los recibieron con flechas y lanzas, lo que enfadó mucho más al jefe expedicionario, ordenó que les quemaran las chozas y ejecutó a siete nativos que sus hombres habían apresado. Tras bautizar aquel territorio con el nombre de Isla de los Ladrones, levaron anclas rumbo al oeste y después de un mes de navegación llegaron al archipiélago de San Lázaro, rebautizado después por los colonizadores españoles con el nombre de Filipinas en honor a Felipe II.
Allí había arroz, agua potable, especias y unos aborígenes poco evolucionados e inofensivos, en apariencia. Exploraron la isla de Homonhon y prosiguieron hacia la hoy llamada Limasawa, un poco más grande. En ninguna de las dos se detuvieron más tiempo del necesario para conseguir frutos y provisiones. El 7 de abril de 1521 llegaron a Cebu, el principal poblado de la isla de Mactán, donde Magallanes decidió intervenir en defensa del rey local, que se había convertido al cristianismo y sufría los ataques de otros gerifaltes.
Aunque el descubridor tenía noticia por sus colegas portugueses de la belicosidad de los isleños, se fio de las apariencias (pequeños y debiluchos) y les plantó cara con poco más de cuarenta hombres. Craso error. Los aborígenes eran cientos (algunos dicen que más de mil), usaban lanzas y disparaban flechas envenenadas. Los rodearon y los molieron a palos. Magallanes cayó herido y murió el 27 de abril. Su barco, el Concepción, fue incendiado y su sucesor, el intrépido Duarte, siguió la lucha y también cayó asesinado. La pérdida de vidas humanas fue enorme. De los 239 expedicionarios iniciales sólo quedaban ochenta, lo que significa que, traiciones y deserciones aparte, las batallas para someter a los indígenas fueron una maldita sangría.
La buena suerte
Elcano salió ileso del empeño de someter por la fuerza a aquellos indígenas, cristianizarlos y someterlos al imperio español. Fue su segundo golpe de suerte. Pudo reparar y conservar su barco, el Victoria, que junto con el Trinidad eran los únicos de la flotilla que podían seguir navegando. Y lo hicieron por el mar de Filipinas, tocando tierra en las actuales Palawan y Brunei. El 8 de noviembre de 1521 arribaron a la isla de Tidore, cuyo rey les ofreció un convite. Elcano se encontraba mal y permaneció a bordo, lo que le libró de ser envenenado. Fue su tercer golpe de suerte. Para completar la faena, la nave Trinidad sufrió una vía de agua que obligó a su capitán, Gonzalo Gómez de Espinosa, a permanecer en Tidore mientras realizaban el carenado.
Los expedicionarios de la Victoria decidieron seguir la misión en solitario, tocaron tierra en Ambon (Indonesia) el 29 de diciembre y en Timor el 25 de enero de 1522. Habían cargado varias cubas de especias, llevaban otras con arroz y agua potable. Varios indígenas filipinos se enrolaron con ellos en aquella nave ya un poco cascada, de velas remendadas y aparejos mal acosturados que, sin embargo, resistió las tormentas y soportó las bonanzas de los casi cinco meses de navegación por el Océano Índico hasta alcanzar el Cabo de Buena Esperanza, en la costa de Sudáfrica, el 19 de mayo de 1522.
La resistencia del capitán vasco y de su tripulación fue formidable. Se alimentaban de arroz, agua y cocos, unos productos que, aunque racionados, producen escepticismo. Las únicas proteínas que ingerían procedían de los peces que pescaban. Pero la debilidad y las fiebres acabaron con la vida de varios tripulantes, de modo que al doblar la punta del Océano Atlántico y poner rumbo al norte, quedaban 47 individuos a bordo. El capitán de navío Salas diría tres siglos después que en vez de una carabela, aquel barco parecía “un ataúd”. Exageraba, sin duda, para agrandar la gesta de Elcano.
Tres meses tardaron en realizar la travesía hasta llegar a las islas portuguesas de Cabo Verde, donde Elcano y trece subordinados echaron pie a tierra en busca de provisiones. Consiguieron agua y algunos alimentos, pero enseguida los portugueses se enteraron de que aquellos navegantes españoles habían atraído al rey de Tidore a la causa de Castilla y, ante el temor a que les apresaran, subieron a la barca y salieron por remos hacia la nave. Ya no volvieron a tocar tierra hasta llegar a suelo español.
El 6 de septiembre de 1522 conseguían avistar la desembocadura del Guadalquivir, San Lucar de Barrameda, y ocho horas después llegaban a Sevilla. Los 18 expedicionarios supervivientes de la flota del “mar del Sur” acababan de dar la vuelta al mundo. Tres años después de su partida llegaban al puerto de salida, una gesta extraordinaria que no sólo confirmaba la esfericidad del planeta, sino también proporcionaba a la Corona española territorios coloniales hasta hacer realidad la frase atribuida al sucesor de Carlos I: “En mi Imperio nunca se pone el sol”.
Se presentó Elcano en Valladolid llevando consigo a algunos de sus hombres y a los isleños, como regalo al emperador, junto con especias, frutos, perlas y aves exóticas de las islas Molucas. Los patrocinadores, señores de Haro, se hicieron cargo de la mercancía y, al parecer, resarcieron de largo su aportación económica.
Aunque se ha dicho que Juan Sebastián Elcano esperaba el mando de la flota, lo cierto es que Carlos I se limitó a concederle un escudo de armas en el que figura un castillo de oro, un campo sembrado de especierías, dos palos de canela en forma de aspa, tres nueces moscadas y dos clavos de especie. Completan el emblema un yelmo y por cimera un globo terráqueo con la inscripción en latín: “Primus circumdedisti me” (El primero en circundarme). Elcano, que contaba entonces 46 años, fue nombrado vocal de la Junta de Letrados, Astrólogos y Pilotos españoles y portugueses.
Estatua de Elkano en Getaria, obra en bronce de Antonio Palau
Y aunque resulte paradójico, la envidia y el hecho de haber arrancado al planeta uno de sus más indeseables secretos para la Iglesia Católica, aconsejó al emperador a asignarle la escolta permanente de dos hombres armados. También, por paradojas de la historia, los carlistas destruyeron la estatua que en su memoria mandó erigir en Getaria el ilustre marino y científico Manuel de Argote y Bonechea. En 1860 se levantó otra, en bronce, obra de Antonio Palau. Pero los franquistas, triunfantes en la Guerra Civil, se la llevaron para ponerla junto a la ermita de la Reina de los Mares, inaugurada en 1941 como homenaje a los fallecidos del crucero Baleares, hundido por los republicanos. Muerto el dictador, los getariarras repusieron a Elkano en su sitio.