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USA-Venezuela o la vida bajo amenaza

Luis Díez.

Vivir bajo amenaza es una gran putada. Sin un medidor de angustia resulta imposible saber cómo se sienten los supervivientes del genocidio en la Franja de Gaza, todavía tiroteados y asesinados por el ejército israelí. Ese medidor serviría también para cifrar la inquietud de los ucranianos de Kief, Jarkov, Donest, Odesa y otras ciudades a tiro de misil del ejército ruso desde hace más de tres años. Los canallas Netanyahu y Putin no paran de hacer daño. El corrupto Trump, cómplice del primero y beneficiado por el segundo, parece ahora empeñado en entablar su propia guerra (no sólo arancelaria) contra la Venezuela de Maduro para acabar con el régimen bolivariano y apoderarse del petroleo y los recursos naturales de ese inmenso y rico país.

Los venezolanos de la diáspora en Estados Unidos (EEUU) y en la propia Venezuela están siendo castigados por Trump a desvivir bajo amenaza. A falta de ese medidor del sufrimiento humano resulta difícil comparar la inquietud y el miedo de los que pudieron emigrar a EEUU y temen ser detenidos, encarcelados, separados de sus hijos y expulsados sin piedad, con la angustia de los que en Caracas, Maracaibo, Barquisimeto, Valencia, Maracay… temen ser bombardeados al amanecer.

En Caracas llueve mentiras. El gobierno de Trump llevaba 82 asesinados con misiles guiados contra 21 embarcaciones (lanchas con motores) hasta el viernes, 5 de diciembre. Trump y sus subordinados sostienen que esas lanchas eran operadas por narcoterroristas miembros de cárteles que transportaban drogas letales a EEUU.

Si, “narcoterroristas” como el pescador Robert Sánchez, 42 años, padre de cuatro hijos. Los cien euros al mes que ganaba con la pesca apenas llegaban para dar de comer a sus hijos. “Narcoterroritas” como Juan Carlos “El Guaramero” Fuentes, conductor de un autobús de transporte público que pasaba por una situación apurada, pues al averiarse el autobús había quedado en paro hasta el gobierno tuviera a bien arreglarlo. En paro y sin sueldo, ya que los conductores de autobús cobran una parte de la tarifa que pagan los viajeros. “Narcoterroristas” como Dushak Milovcic, de 24 años, antiguo alumno de la Academia de la Guardia Nacional de Venezuela. O como Luis “Che” Martínez, un tipo corpulento, de 60 años, que había sido pescador hasta que descubrió que ganaba más dinero con el tráfico de personas y el contrabando. Fue encarcelado en 2020 tras un naufragio en el que murieron dos de sus hijos y una nieta junto con otras veinte personas. O como otros lugareños que se jugaron la vida y la perdieron por 500 euros.

Si los espías de la CIA infiltrados en Venezuela para, según Trump, “combatir el narcotráfico”, hubieran preguntado en las pueblos de pescadores de la costa Guaira, el portavoz jefe del Pentágono, Sean Parnell, no seguiría diciendo que “nuestra inteligencia confirmó que los individuos involucrados eran narcoterroristas”. Su “inteligencia” es una mierda y miente lo mismo que hizo antes de la ocupación de Iraq. Ahora llaman “narcoterroristas” a unos simples contrabandistas y apelan al tráfico de drogas como justificación de un cambio de régimen manu militari en Venezuela.

Los periódicos con mayor credibilidad y difusión en EEUU aseguran que Venezuela solo desempeña un pequeño papel en el tráfico de drogas en América, Se basan en expertos y evaluaciones del propio gobierno estadounidense para informar de que la mayor parte de la cocaína producida en Colombia que pasa por Venezuela va hacia Europa. La cocaína colombiana que se dirige a Estados Unidos se exporta a través del océano Pacífico. Y las agencias estadounidenses han determinado que el fentanilo que tanto preocupa al matón de la Casa Blanca se produce casi en su totalidad en México, no en Venezuela, con productos químicos importados de China.

Mientras sigue lloviendo mentiras, la gente se pregunta angustiada si esa acumulación de fuerza militar ordenada por Trump en el Caribe, como no ocurría desde la crisis de los misiles frente a Cuba, será el preludio de una invasión en Venezuela o solo una estratagema para obligar al presidente Nicolás Maduro a abandonar el poder. Es sabido que el secretario de Estado Marco Rubio encabeza en la Casa Blanca la línea dura para derrocar al autócrata izquierdista al que EEUU no reconoce como presidente elegido de Venezuela y acusa de dirigir la organización “narcoterrorista” el Cártel de los Soles al tiempo que ofrece 50 millones de dólares por su cabeza.

Cómo ya se habrán percatado los espías de la CIA, el famoso Cártel de los Soles no existe. Fue una invención, un término peyorativo inventado en los años noventa del siglo pasado para referirse a mandos militares que aceptaban dinero del narco. Puesto que en vez de estrellas, los oficiales venezolanos lucen soles en la pechera, la prensa recogió la expresión popular y acuñó la etiqueta propiamente dicha. “Es como si Donald Trump clasificara el ‘Estado profundo’ como una pandilla criminal”, dice el analista Phil Gunson.

Se desconoce el contenido de la última conversación telefónica entre Trump y Maduro, pero no parece que el venezolano renuncie al poder y desaparezca, como querría el corrupto fanfarrón de Washington. El otro día, Gunson decía al New York Times: “Tengo la sensación de que, básicamente, han creado esta guerra falsa y han llegado tan lejos que ahora tienen que hacer una guerra de verdad”.

Cabe suponer que los agentes de la CIA lean la prensa de Caracas y a estas alturas sepan que “el dictador Maduro y su coro de generales”, como titulaba en El Nacional el comentarista Miguel Henrique Otero el pasado 25 de noviembre, mandan sobre unas fuerzas armadas “corroídas y corruptas” en las que se cuentan por miles los oficiales de menor rango que tienen segundos y hasta terceros empleos para sobrevivir, cuando no se dedican a distintas prácticas delictivas, especialmente la extorsión a comerciantes y trabajadores informales.

Henrique Otero pintaba un paisaje desolador: “Los equipos y armas se oxidan y se vuelven inservibles por falta de mantenimiento; el hambre y las enfermedades castigan a los cuarteles; hay 10 o 12 veces más generales que el promedio de América Latina debido a la grotesca facilidad con la que inflan las cifras de soldados y ocultan las deserciones; hablan de unas fuerzas armadas numerosas, sólidas, cohesionadas y debidamente entrenadas, cuando lo que hay es una organización que no alcanza a los 70.000 hombres, más de la mitad en funciones en la administración pública, en su mayoría desarmados (por temor a que esas armas sean usadas contra la dictadura) y en condiciones precarias”.

Con este panorama y esos uniformados hartos de salarios miserables, arbitrariedades, cuarteles en la ruina, corrupción rampante, contrabando, coimas, enchufes, privilegios, arbitrariedad, ilegalidad y colaboración con narcoguerrilleros colombianos –siempre según los comentarios del columnista mencionado–, resulta tentador suponer que la invasión del país sería un paseo militar para los marines estadounidenses desplegados en el Caribe. De hecho Trump declaró cerrado el espacio aéreo venezolano hace ya diez días. El martes pasado pidió a sus compatriotas que abandonen Venezuela, si bien, el jueves envió a Caracas dos aviones civiles llenos de deportados.

Pero mientras Rubio y los halcones del Pentágono encabezados por el lamentable secretario de Defensa Pete Hegseth, quien dio la orden de no dejar a un lanchero vivo, apuestan por la invasión, otros miembros del equipo de Trump parecen más interesados ​​en asegurar el acceso a la riqueza petrolera de Venezuela e impedir que China y Rusia se beneficien de ella. De hecho, el Tesoro de EEUU ha autorizado la entrada de al menos dos grandes petroleros con crudo venezolano desde que a finales de agosto comenzó el despliegue militar en el Caribe. El mismo poder presidencial de Washington que decretó en su día el bloqueo a Venezuela y ahora comete crímenes destruyendo lanchas con misiles en lo que considera “una guerra contra los terroristas que quieren matar a ciudadanos estadounidenses con drogas”, permite al mismo tiempo a su petrolera Chevron reanudar las perforaciones en Venezuela.

Aunque llueva mentiras no vale engañarse. Lo que Washington quiere son las reservas petroleras de Venezuela, las mayores del mundo conocidas hasta el momento. El propio secretario del Tesoro, Scott Bessent, decía hace una semana en Fox News que “si ocurre algo en Venezuela podríamos ver bajar el precio del petróleo”. Se refería implícitamente a la salida de Maduro, la opción supuestamente preferida por Trump si tenemos en cuenta que durante su campaña electoral dijo estar en contra de las guerras y que según una encuesta de CBS News/YouGov, el 70% de los estadounidenses se opone a una acción militar contra Venezuela.

Las contradicciones de Trump en la supuesta lucha contra la droga quedan de manifiesto cuando un día liquida a cuatro “narcoterroristas” con un supuesto cargamento de cocaína hacia su país y al siguiente indulta al expresidente de Honduras, Juán Orlando Hernández, condenado en EEUU a 45 años de prisión por haber inundado de droga el país como socio y colaborador del capo mexicano Joaquín “El Chapo” Guzmán. Con el petróleo, en cambio, no hay contradicción, sino inequívoca ambición, el motor que mueve a Trump a mantener su amenaza contra los venezolanos. A todo esto, España compró a Venezuela el 4,7% del crudo que consumió el año pasado. Y la multinacional española Repsol reactivo en marzo pasado la empresa mixta creada en 2023 con la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa) para extender la explotación de campos petroleros.

Pero la vida bajo amenaza es también el sino de miles de venezolanos que residen en EEUU. Se estima que medio millón salieron huyendo del régimen arbitrario y represivo de Maduro y ahora sufren las inclemencias de un sujeto no menos represor y arbitrario llamado Trump que solo habla de Venezuela como fuente de drogas y migración ilegal. Con solo leer el mensaje de Trump la noche de Acción de Gracias los migrantes hispanos en general y los venezolanos en particular ya saben que ese país no los quiere y emplea a la policía y al ejército para arrestarlos en las calles, las plazas, las carreteras, las estaciones, las fábricas, los almacenes, los campos de labor, los comercios e incluso los dispensarios médicos, los colegios, los juzgados y las dependencias burocráticas para arrestarlos, encerrarlos y expulsarlos.

Redada en California de trabajadores inmigrantes

El columnista Gustavo Arellano escribió para Los Ángeles Times que la contribución del presidente Trump a la mesa del país en la cena de Acción de Gracias fue “el equivalente digital de un pastel de mierda en llamas”. Entre insultos personales contra enemigos políticos y calumnias contra inmigrantes, “esta vez Trump fue más bajo y desagradable que nunca antes; no, en serio. Cambiando libremente entre “refugiado”, “extranjero”, “migrante” e “ilegal”, declaró que la inmigración es “la principal causa de disfunción social en Estados Unidos” e insistió en que “solo la migración inversa puede curar completamente esta situación”.

Cinco días después de la famosa cena familiar, Trump decidía dejar en suspenso los permisos de residencia a inmigrantes y refugiados. En el Nuevo Herald de Miami, las reporteras Jacqueline Charles y Verónica Egui reflejaban el miedo de los inmigrantes del sur de Florida, donde las comunidades de cubanos y venezolanos son mayoría. La orden de Trump suspende la admisión de todas las solicitudes de inmigración y peticiones de asilo pendientes de personas de Venezuela, Cuba, Haiti y otros 16 países considerados de “alto riesgo”. La directiva afecta a peticiones de carta verde (residencia) y permisos de trabajo para personas con solicitudes de asilo pendientes. Los juristas la interpretan como una suspensión en toda regla de la migración legal, con la consiguiente calificación de “ilegal” para las decenas de miles de personas que están ahora en espera. Muchos venezolanos ya afrontaban una situación angustiosa por la orden de Trump de no renovar sus tarjetas de protección temporal (TPS). Ahora se enfrentan al limbo migratorio. Por si fuera poco, la administración Trump plantea la posibilidad de que inmigrantes que han vivido en EEUU durante décadas y tienen residencia permanente, conocida como green cards, puedan ser expulsados del país.

Como dice Arellano, vivir bajo un régimen que te quiere hacer desaparecer no es nada divertido. Cuando además uno es alguien cuyos mayores solían ser indocumentados y creció en un mundo donde la migra pesaba como una espada de Damocles sobre demasiados seres queridos, uno no desea esa condición a nadie.

La Cumbre del Clima en Brasil se enfrenta a las mentiras de Trump y los negacionistas

Luis Díez

Toda la panoplia de falacias gebelianas y más está siendo empleada por farsantes de la dialéctica y la comunicación social, agitadores baratos, políticos botarates y atolondrados seguidores del mismísimo presidente de Estados Unidos (EEUU), Donald Trump, para negar las evidencias del cambio climático y los efectos desastrosos de la contaminación y el calentamiento del planeta. Toda esa endiablada red de mentirosos quieren aplicarnos la “política del champiñón”, consistente en mantenernos a oscuras y suministrarnos mierda, para que no pidamos cuentas sobre el constante atentado contra el medio ambiente de su industria basada en energías fósiles y sobre su rapiña y falta de compromiso con el futuro y las generaciones más jóvenes. El negacionista Trump ha llegado a sostener que los esfuerzos para reducir las emisiones de CO2 y otros gases de efecto invernadero son “la mayor estafa jamás perpetrada en el mundo”.

Esa afirmación proferida en septiembre pasado ante la Asamblea General de la ONU por el experto estafador Trump cayó como un escupitajo ante los mandatarios allí presentes de países de Polinesia y Micronesia que se están hundiendo por la subida del mar provocada por la liquidación progresiva de los polos. Pero además de asombro, provocó una seria reflexión sobre la necesidad de defender la verdad científica acerca del clima y la conveniencia de plantar cara a las mentiras de políticos y medios de comunicación más o menos corruptos y reaccionarios y siempre financiados por las empresas y corporaciones más sucias y voraces del capitalismo rampante.

Así que ahora, en Belém (Brasil), en la cumbre climática de la ONU, la COP30, se está abordando también el fenómeno de la desinformación y la intoxicación no con gases, aguas ni alimentos contaminados, sino con mentiras. Cuenta Carlos Meneses, de la Agencia EFE, que la propia COP30 ha sido víctima de noticias falsas en los meses previos y en su apertura. La narrativa toxica y las mentiras fueron denunciadas en la cumbre de líderes que precedió a la inauguración de la Conferencia. El presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el francés Emmanuel Macron denunciaron la ola de ‘fake news’ en torno a las discusiones sobre el calentamiento global.

Ya en el marco negociador, esta semana , unas cuatrocientas organizaciones lanzaron una carta abierta exigiendo a los gobiernos “medidas ambiciosas, robustas y vinculantes” contra esta lacra, las mentiras. De momento, un grupo de países europeos y americanos, entre los que se encuentran Brasil, Chile, Uruguay, Alemania, Francia y España, se han sumado a una declaración para promover la “integridad de la información climática”. Y también en el marco de la Conferencia, la sociedad civil brasileña ha presentado el “Diccionario de la mentira”.

Conviene saber que según ese diccionario, las mentiras pueden adquirir forma de “ataque directo” a personas e instituciones para socavar su credibilidad. Es la forma más usada por el negacionista mayor, míster Trump, en sus airados y teatrales monólogos. Luego está el llamado “greenwashing” o lavado en verde, una técnica de las empresas para simular más respeto al medio ambiente del que en realidad practican. También el “woke-washing” de determinadas compañías cuando simulan compartir causas y términos progresistas para maquillar el impacto sucio y contaminante de sus actividades lucraticas.

A esas técnicas de la mentira hay que añadir el llamado “astroturfing”o creación de organizaciones y fundaciones patrocinadas por empresas contaminantes; la “retórica anticiencia” mediante el uso de especialistas falsos o comprados para difundir teorías conspiranoicas capaces de hacer creer que el CO2 es saludable para los pulmones y fortalece a la especie humana. Y, por supuesto, “los lobbys” del petrolero y demás fuentes de energía fósil, muy contaminante, y “la propaganda” de políticos engrasados para que se asuman los argumentos negacionistas del cambio climático y se incorporen a los idearios y programas de los partidos políticos.

La finalidad de las mentiras y la desinformación sobre las causas científicamente demostradas del calentamiento global y el cambio climático, con sus efectos desastrosos, es mantener e incluso fortalecer el statu quo de la industria de los combustibles fósiles. En EEUU, por ejemplo, la patronal petrolera y carbonera pretende un nivel de protección federal equiparable a la industria del armamento, lo que supone un tratamiento legal de “sector estratégico”. Lo peor para el planeta Tierra es que con Trump en la mutilada Casa Blanca están a punto de conseguirlo.

Por seguir con el ejemplo del Trump que hace diez meses retiró por segunda vez la firma de los Acuerdos de París de 2015 contra el cambio climático y que ha disuelto los comités científicos y eliminado la división de la NASA dedicada detectar y evaluar las emisiones con efecto invernadero, al tiempo que en agosto pasado suprimió la medición y consiguiente limitación nacional de las emisiones de anhídrido carbónico por parte de la Agencia de Protección Ambiental (“La EPA cero o EPA de Trump” llamanle ahora), su negativa a dar la cara en Brasil parece debida a la evidencia de sus mentiras y la carencia de otros argumentos para justificar la insolidaridad y el daño de EEUU al planeta al no limitar sus emisiones.

Su argumento ante la Asamblea General de la ONU fue: “Todas estas predicciones hechas por las Naciones Unidas y muchos otros, a menudo por razones erróneas, estaban equivocadas. Fueron hechas por personas estúpidas que han costado fortunas a sus países y no han dado a esos mismos países ninguna posibilidad de éxito. Si no se alejan de esta estafa verde, sus países van a fracasar”. Pues bien, esa mentira en tono bronco del negacionista jefe ni se tenía ni se tiene de pie. Basta comprobar que las emisiones netas de los Gases de Efecto Invernadero (GEI) de los 27 países de la Unión Europea (UE) fueron en 2023 un 37% inferiores a las de 1990 –se redujeron de 4.872,5 millones de toneladas en 1990 a 3.160 en 2023– mientras el PIB aumentó un 68%, lo que demuestra la disociación progresiva entre emisiones y crecimiento económico.

La pregunta es si Trump miente para asustar y desacreditar a científicos y gobernantes serios y honrados o lo hace para no pagar por ser el segundo emisor mundial de malos humos, con 4.652 millones de toneladas de CO2 anuales, –más del 12% de la contaminación atmosférica del planeta–, solo aventajado por China, con 13.259 millones de toneladas-año (el 34% mundial), y seguido por la UE (3.160 millones de toneladas) Índia (2.955) y Rusia (2.015). Y la respuesta más simple es que está convencido de que la emergencia climática no afecta a su país o le importa un bledo y además miente porque puede, pues por algo es presidente de la primera potencia militar del mundo.

Entre tanto, resulta esperanzador que China vaya comprendiendo la necesidad de reducir las energías fósiles y aceptando el concepto de “crecimiento sostenible”. En ese sentido cabe señalar que su exportación de componentes para la producción de energía limpia (aérea, solar e hidráulica) ya supera los ingresos que obtiene EEUU por la venta de petróleo. Y eso contando los dividendos suplementarios del suministro a la UE tras el corte al petróleo ruso para sancionar al criminal del Kremlin por la invasión militar de Ucrania.

La delegación europea participa desde el lunes hasta el viernes en la cumbre climática de Brasil con la con la propuesta aprobada por el Parlamento Europeo de reducir las emisiones contaminantes un 90% hasta el año 2040. La cifra de referencia siguen siendo las 4.872,5 millones de toneladas emitidas por la UE el año 1990 y ya reducidas a 3.160 millones de toneladas en 2023. El pleno parlamentario aprobó el compromiso por 379 votos a favor, 248 en contra y 10 abstenciones. El PP español que lidera Feijóo y gobierna en las tres autonomías más dañadas el último año por desastres acentuados por el cambio climático –inundaciones mortales en la Comunidad Valenciana (foto) y enormes incendios, también con pérdida de vidas, en Galicia y Castilla y León– se desmarcó de los conservadores europeos y votó con la extrema derecha contra la reducción de las emisiones.

El objetivo de la UE es conseguir la “neutralidad climática” en 2050. Se trata además de “una obligación legal para todos los Estados miembros”, establecida en la Ley del Clima que ahora incorporará la enmienda sobre los objetivos intermedios y vinculantes para 2040 y el examen cada dos años del cumplimiento del objetivo. La norma también incluye la obligación de reducir, como mínimo, un 55% las emisiones netas de gases de efecto invernadero en la UE para 2030 respecto a 1990. Cierto es que con planteamientos políticos tan negativos y negacionistas como los del PP, abrazado a la ultraderecha, la recuperación de la salud del planeta sería imposible. Y las sequías, hambrunas e inundaciones provocarán más de lo que esas fuerzas falsarias y reaccionarias detestan: inmigración de millones de personas pobres en busca de un medio de supervivencia.

Trump y Putin juegan a la barbarie nuclear

Luis Díez.

Cuando se cumplen 80 años de los únicos bombardeos atómicos del mundo, realizados por Estados Unidos (EEUU) sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, los mandatarios estadounidense y ruso se comportan como si no hubieran aprendido nada. Donald Trump coloca dos submarinos nucleares frente al territorio ruso en el Atlántico. Es su forma de presionar para obligar a Rusia a acabar con la guerra en Ucrania. Eso dice. Y Vladimir Putin proclama (3 de agosto) que “ya no se considera obligado por las restricciones” del Tratado de Misiles Nucleares de Alcance Intermedio (500 a 5500 kilómetros) porque EEUU se dispone a desplegar armas similares en Europa y Asia.

Perece que los dos mandatarios tienen más cosas en común: quieren mantener a la gente en vilo, añoran la guerra fría, son nefastos para la democracia y los derechos humanos y sociales y, sobre todo, los dos emplean la nostalgia del pasado mejor como argumento para que les voten con uve cuando sus pueblos deberían botarlos, con be. Uno quiere volver a los tiempos de Rockefeller y Carnegie (el dominio del petróleo y del acero) y el otro a los de la URSS de Stalin. Ahora, el 15 de agosto, festividad de la Virgen María, se van a reunir en Alaska. ¿Para qué? ¿Contra quién?

Sería deseable que no siguieran conspirando contra nuestra Europa de los derechos y las libertades y que renunciaran a la zozobra que ambos provocan con sus amenazas nucleares. Sería bueno que se sentaran a conversar en el Museo de la Paz, en Hirosima, donde la bomba atómica mató a 140.000 personas el 6 de agosto de 1945. Tres días después, el 9 de agosto, otra bomba sobre Nagasaki liquidó a 70.000 seres humanos más. Ahí pueden observar en negro y gris los efectos que causarían sus misiles guiados y provistos de cabezas nucleares. Las dos ciudades se fueron al negro, desaparecieron del mapa. En un instante, niños, mujeres, hombres, perros, hormigas, insectos, árboles, plantas y demás seres vivos reventaron, se evaporaron, quedaron carbonizados.

No hay fotos de las consecuencias inmediatas de las explosiones y los dos hongos en el cielo, pero las imágenes nunca se desvanecieron de las retinas de los pocos supervivientes. “Formas humanas que se tambaleaban con tiras de carne colgando de sus cuerpos. Los globos oculares pendían de sus caras En todas partes la gente gritaba pidiendo agua para enfriar sus gargantas ardientes. En Hirosima se arrojaron al río, retorciéndose de tormento hasta que la muerte los liberó”. Así lo describe la periodista Hannah Beech en un impresionante reportaje en el New York Times.

El sufrimiento de los supervivientes, quemados e infectados, debió de ser terrible. Murieron en las horas y los días que siguieron a las explosiones. Las radiaciones contribuyeron al exterminio. Personas que parecían estar bien, de repente se desplomaban y morían. El cáncer destruía los órganos internos. La gente desconocía los efectos de las radiaciones y la duración y extensión de aquella contaminación mortal que flotaba en las nubes e infestaba las aguas y los suelos.

Después del sufrimiento llegó el estigma. Las personas irradiadas, hibakusha les llamaban, eran potenciales transmisores de enfermedades incurables. Para evitar que sus hijos nacieran ciegos, deformes o desarrollaran cánceres era mejor que se marchitaran sin casarse ni tener descendencia. Nadie conocía el alcance de aquel veneno ni los efectos futuros de aquella toxicidad. Un efecto cierto fue que el emperador japonés se rindió pocos días después y acabó así la Segunda Guerra Mundial.

Hoy conocemos un poco mejor los daños inmediatos y duraderos de las explosiones y radiaciones nucleares. Y también conocemos las recomendaciones de algunos supervivientes casi centenarios de aquella guerra. Se resumen en “nunca jamas”. A Kunshiro Kiyozumi (en la foto), de 97 años, le preocupa que la gente olvide lo que pasó. Con 15 años fue el marinero más joven a bordo del submarino I-58 de la Armada Imperial Japonesa. Acechó y torpedeó en el Pacífico a seis barcos aliados, incluido el crucero Indianápolis, que hundió.

Otros supervivientes, como Tadanori Suzuki, recuerda: “Hace mucho tiempo hicimo algo muy estúpido”. Y aconseja a los jóvenes: “No vayan a la guerra, quédense en casa con sus padres y familias”. Le secunda Tetsuo Sato (105 años): “Destrozaron nuestras vidas como quien rompe un papel. Nunca mueran por el emperador ni por la patria”.

Por supuesto que Putin y Trump no elegirían Hiroshima como punto de reunión para planear el daño a los europeos, a esa UE a la que ambos odian. Pero sería conveniente que entendieran que las armas nucleares son un mal camino, un camino bloqueado. Y que la prepotencia que les conceden sus silos también es su muerte, su nihilismo, su final.

Ya en febrero pasado, el ultraderechista y gurú de Trump, Steve Bannon, dijo en respuesta a si el Gobierno debía controlar el desarrollo de la Inteligencia Artificial: “Si tienes el comienzo de la parte cinética (motriz) de la Tercera Guerra Mundial en la masa continental euroasiática y tienes…” El entrevistador le interrumpe: “Es decir, China versus Taiwán, para decirlo en términos sencillos, ¿no?”. Y Bannon aclara: “No, no. Quiero decir un millón de personas muertas y heridas en Ucrania, en Medio Oriente, estoy hablando de eso. Lo que digo es que Trump tiene que manejar eso”.

Al hilo de una anécdota reciente sabemos que el mandatario estadounidense tiene en mente los misiles. El martes, 4 de agosto por la mañana, Trump fue visto caminando por el tejado de la Casa Blanca. Una periodista le preguntó que hacía allí arriba y él contestó: “Simplemente daba un pequeño paseo”. Y completó la explicación con algo más extraño todavía: “Quiero colocar misiles nucleares ahí arriba”. Luego se rió entre dientes y movió su mano imitando un proyectil. Podía haber dicho que examinaba la ampliación de la sede presidencial para construir un gran salón de baile, proyecto oficial que costará 200 millones de dólares, pero le bailó el subconsciente.

Ver: https://www.nytimes.com/es/2025/07/29/espanol/mundo/ultimos-soldados-japon-segunda-guerra-mundial.html

Algo pasa en Nueva York

Cuentos y descuentos del sábado (7-9-2024).– Luis Díez

Fiol abrió el sobre. Luisa le decía: “Me he sentido inspirada en Nueva York y con permiso del inigualable Federico García Lorca me ha salido esta letrilla rapera:

¿Qué pasa?

Pasa un camión con una grúa,

hombres araña, limpiacristales,

la torre Trump y las gemelas, que ya no están.

Pasa la estatua de la Libertad, tan admirada,

y el Oculus, ojo del culo, de Calatrava, con sus goteras.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Especuladores en limusinas y cadillacs,

pasan notables y pordioseros,

un río de gente, un hombre anuncio que compra oro,

un cincuentón marcando paquete,

chicas modosas y señoritas muy a la moda,

un Seat Ibiza muy sospechoso,

un camarero, un terrorista, una eminencia, una molécula,

los estorninos que van volando hacia otro lado.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Pasa una avispa, pasa Lenin que ni clavado,

pasan chavales, pasan rodando sobre artificios,

titis y churris y unos mormones con sus peinados,

pasan los tontos contemporáneos, los musculosos,

los anodinos, los paticortos, negros y blancos

pasan las kelis, los comerciantes y gente obrera,

pasan chiquillos y policías con sus sonidos,

pasa la vida, muera la guerra, el ecocidio, el esclavismo…”

Ahí se interrumpe la tabarra, se acaba la carta. Marisa adjunta una fotografía urbana que invita a fijarse en dos mujeres que acaban de salir de un automóvil en la Quinta Avenida. «¿Sabes quiénes son?», pregunta. «La hija de Trump y su amiga Wendi Deng, La Tigresa china«. La instantánea le permite reconocer a Ivanka Trump. Su acompañante de almendrados ojos posee, según le explica Marisa, una historia formidable de conquistas amorosas. Su segunda conquista, tras el ingeniero que la sacó de China, se llamaba Rupert Murdoch. La tercera, tras el propietario de News Corporation, fue el primer ministro británico Tony Blair, quien bebió los vientos por Wendi y acabó divorciándose de su esposa. Pero la Tigresa china no se conformó y ahora es amante de Vladimir Putin, un criminal de guerra con rostro de víbora. “Si tienes en cuenta la relación de Ivanka con Wendi y que el marido de Ivanka y consejero de Trump hace negocios con ella, comprenderás el calado de las relaciones entre el expresidente y candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos y el belicoso presidente ruso”. Impresionado se sintió Fiol por la información.

Sin motivos para la alegría

Cuentos y descuentos del sábado (28-10-2023).–Luis Díez

El amigo Fiol carecía de motivos para la tristeza. Era rico de familia, tenía más millones que pesaba, desvivía una vida regalada sin horarios laborales ni obligaciones apremiantes. Dedicaba algunas jornadas a cultivar su afición por la historia; se metía en la Biblioteca Nacional y se sentía como un arqueólogo submarino en busca de pecios y tesoros sumergidos. Le apasionaba la historia hacia atrás y, por Júpiter que encontraba satisfacciones intelectuales y perlería para divulgar y repartir, ya fueran anécdotas, paradojas, usos, vicios y desmesuras de reyes, papas, banqueros y otros poderosos personajes que en el mundo han sido, ya enumeraciones, comparaciones e interpretaciones sobre tribus y organizaciones humanas sumergidas en el secular olvido. Llevaba compuestos dos libros al respecto y un próspero editor (aunque parezca una contradicción) se apropincuaba a él y se llevaba sus notas y apuntes de tanto en tanto.

Siempre alegre y buen conversador (no confundir con conservador), Marisa le consideraba una fuente inagotable de anécdotas y curiosidades bien traídas, un observador feliz e instructivo, con el que parecía imposible aburrirse y emburrecer. Sin embargo, cuando aquella mañana coincidieron en el vagón del metro, ella le vio alicaído y triste, y así se lo dijo.

–¿Cómo no voy a estar triste con lo que está ocurriendo en este jodido mundo? Miras hacia arriba y no ves motivos para la alegría en la destrucción de la atmósfera por la ambición, el egoísmo y la crueldad de esa minoría que circula en la cómoda diligencia del capitalismo desbocado. Han herido de muerte al planeta y no hay manera de vencerles ni convencerles para que dejen de chupar su sangre. Miras el entorno, con ese virus nuevo y mortal, el coronavirus al que llaman Covid como si fuera alguien de la familia (y lo es, aunque no el perro), y sientes una profunda amargura por los mayores y no tan mayores que se ha llevado al otro barrio. Miras a un lado y ves al cara de víbora, el venal y codicioso presidente ruso Vladimir Putin atacando a Ucrania por tierra, mar y aire, lanzando misiles contra la población civil de las ciudades ucranianas y provocando decenas de miles de muertos y un dolor y un éxodo nunca visto en Europa desde el depravado Adolfo Hitler. Sigues mirando ahí al lado y ves al cara de cemento, el sanguinario Netanyahu, asesinando a bombazos a la población palestina, sobre todo niños, recluidos en la franja de Gaza. Esos genocidas te dejan sin palabras, hacen que se te salten las lágrimas. ¿Cómo no voy a estar triste si, además, los mandatarios de la Unión Europea no consiguen parar el exterminio que están perpetrando los israelíes contra los palestinos? Y, por supuesto, esos canallas se ciscan en la ONU. ¿Quién podrá juzgarles y condenarles como se merecen? Luego te encuentras paradojas como el reciente Informe Mundial de la Felicidad, publicado por la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, que coloca a Israel en el cuarto puesto de los países más felices del mundo. ¿De verdad? ¿Tu serías feliz si fueras israelí?

–Hombre, como dicen que son el pueblo elegido de Dios –respondió Marisa.

–Entonces ese no es el dios que interesa a los hombres.

El espía que acabará con el puto Putin

EL LUNES TE CUENTO

Cargaba con un apellido injusto. Se apellidaba Graset (gordito en castellano) en contraste con su fisonomía de joven espigado y flaco. Era un tipo amable, divertido, buena persona. Poseía una laringe y un oído privilegiados. Con sólo oír dos o tres veces a un personaje podía reproducir su voz como si fuera él. Algunas veces nos sorprendía por la espalda con la voz impostada de Felipe González y de otros dirigentes políticos de aquel tiempo. Trabajaba de corresponsal en Madrid para una emisora de radio catalana. Un día lo repatriaron y ya no le volví a ver. Supongo que la vida es eso, gente que vamos viendo y que dejamos de ver.

Pero al cabo de muchos años –y aquí empieza el cuento– me lo encontré o, mejor dicho, lo identifiqué en el aeropuerto Adolfo Suárez. En la fila de facturación me precedía un tipo con la cabeza rapada, enfundado en un lujoso terno azul de ejecutivo o directivo empresarial. Al llegar al mostrador intercambió unas frases con el factor. Su voz me sonó familiar, me escoré para verle la cara y casi sin pensar prorrumpí:

–¿Graset..?

–¿Si, cómo me ha reconocido? –dijo, sorprendido.

–Por la voz.

Me escudriñó con sus ojos de miope y al instante abrió los brazos. Tras el abrazo nos preguntamos cómo nos trataba la vida y, con la premura del caso, a donde iba cada cual. Ambos nos dirigíamos a París. Una rápida gestión nos permitió ocupar dos asientos juntos.

Me dijo que había dejado el periodismo, la radio, la televisión, el grupo de teatro de su pueblo, que era la Tramoya de Vila-seca si mal no recuerdo, y ahora trabajaba para el Estado. Me extrañó que aquel joven inquieto, alegre, sin corbata, sin horario, siempre veloz en pos de la noticia se hubiese convertido en un burócrata. Pero enseguida añadió que realizaba misiones para los servicios de inteligencia.

–Inteligencia es lo que necesitan los servicios esos; no pegan una.

–Es una forma de decir que hay que ser más listo que el enemigo –aclaró.

Recordé el papel lamentable de los servicios secretos ante los atentados de los terroristas islamistas del 11 de marzo de 2004, cuando asesinaron con bombas metidas en mochilas abandonadas en los trenes de cercanías del corredor del Henares (Madrid) a 192 personas. “No se oye nada”, decían los mandos de esos servicios en referencia a sus antenas internacionales. Menuda tropa de sinvergüenzas.

–Mentían como bellacos por orden del jefe del Gobierno –susurró.

–¡Joer, Graset! ¿Y tú trabajas para esos buitres de acero inoxidable?

Soltó una risita resignada y se sintió obligado a aclarar que no había dejado el periodismo del todo: solo había solicitado una excedencia voluntaria por nobles razones. El término “noble”, aplicado a la tarea de espiar, me pareció estrafalario y así se lo participé. Entonces, imitando la voz del presidente francés Emmanuel Macrón, profirió una retahíla de vocablos en ruso y me contó la misión de acompañar al mandatario francés en una conversación telefónica con el canalla Vladimir Putin. Las palabras en ruso eran frases ofensivas, insultos que debía proferir durante la conversación, como si fuera Macron, para soliviantar a aquel tipo. Esa era solo una parte de la tarea asignada aquella mañana, ya que después se trasladaría a toda mecha a Ginebra (Suiza) para repetir la operación durante la conversación que el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, mantendría con “cara de víbora”. Así llamaba al belicoso Putin. Los diálogos iban a ser tensos, pues el muy sukin syn (pronunciación de “hijo de perra” en ruso) había bombardeado el puerto de Odesa unas horas después de aceptar el pacto de no agresión al envío del trigo y las gramíneas de Ucrania a los países necesitados y hambrientos de África y Asia.

Aunque el viejo amigo y colega hablaba con toda seriedad, no pude evitar acordarme de Miguel Gila. “Los insultos no matan, pero desaniman”, diría el gran humorista. Le pregunté si serviría de algo cabrear al canalla y me corrigió: “Cabrear no, enfurecerlo, oír sus denuestos, saber cómo insulta y poder calibrar su timbre y su tono de voz”. Quise saber la utilidad de aquel ejercicio nada diplomático para el objetivo anhelado de parar la guerra y sacar las tropas rusas de Ucrania, pero sonrió y me pidió que no le hiciera más preguntas. “Ya sabes que los procedimientos son secretos y, además, por tu propia seguridad no te conviene conocerlos… ni siquiera conocerme”.

Puesto que se cerró como una ostra, apelé a las conjeturas: “Con el canalla furioso puedes imitar su voz más enérgica y, una vez interceptadas las líneas de mando y control, ordenar directamente a los generales la retirada de las tropas de Ucrania. ¿Estoy en lo cierto?” Abrió mucho los ojos y respondió en ruso como si fuera el mandatario del Kremlin. ¡Por Júpiter que lo tenía bien ensayado! “No, no es eso”, dijo en castellano. Insistí. “Dado que eres un hombre de radio y televisión –dije–, me permitirás este breve guion: supongamos que se interceptan los canales de las principales emisoras de radio y televisión cuando el cabeza de víbora pronuncia el discurso, se lanzan sus exabruptos contra Estados Unidos, la NATO, la Unión Europea e incluso China. Y acto seguido se anuncia el final de la misión especial militar en Ucrania. Dado que el tipo apenas mueve los labios cuando habla, muy pocos notarán el mensaje impostado y, en cambio, todos celebrarán la decisión de poner fin a la invasión. Los rusos, cansados de tanta muerte, pobreza, tristeza y represión, saldrán a la calle a celebrar el fin del putinato”. Graset sonrió, pero esta vez se abstuvo de decir: “No, no es eso”.

Moldavia, bajo la amenaza bélica del ‘putinato’

Madrid, 03-05-2022.– Luis Díez

¿Va Putin a por Moldavia? Algunos observadores occidentales afirman que se dispone a ocupar a sangre y fuego la pequeña república (2,5 millones de habitantes) situada entre Ucrania y Rumanía con el mismo argumento que utilizó para arrasar el Donbass: la protección de los independentistas pro rusos de Transnistria que, de pronto, dicen sentirse amenazados por Ucrania. Aunque nadie les ha cuestionado desde que en 1992 se separaron de Moldavia con el apoyo del Kremlin y proclamaron su propio Estado, la República de Transnistria, con capital en Tiráspol, en la orilla oriental del río Dniéster, la protección de esos 200.000 habitantes sería razón suficiente para justificar el avance militar por el sur de Ucrania (departamento de Odesa) hasta la micro república, en la que Moscú mantiene una guarnición de 1.500 militares. Y ya en marcha, cruzar el Dniéster, atacar la capital moldava, Chisináu, y extender el putinato hasta el río Prut, en la frontera con Rumanía.

Los procedimientos del carnicero del Kremlin para invadir Moldavia son también similares a los que precedieron a la invasión de Ucrania, el 24 de febrero: explosiones misteriosas, polución y amenazas en Internet e incertidumbre y temor en la población. Así, cuatro días después de que el comandante del distrito militar central de Rusia, Rustam Minnekayev, dijera que los objetivos de Moscú incluían la toma del sur de Ucrania, para darle a Rusia el control sobre la costa del Mar Negro y el acceso a Transnistria, fueron derribadas con explosivos las torres de radio y televisión cercanas al pueblo de Mayak. Horas después, varios individuos dispararon con lanzagranadas contra un cuartel en Parkany y contra el Ministerio de Seguridad de Transnistria en Tiráspol. No hubo víctimas.

Las fechorías fueron suficientes para que las autoridades locales culparan a los ucranianos de los ataques terroristas. Kiev negó estar detrás de los atentados. Pero el jefe del micro Estado pro ruso, Vadim Krasnoselsky, se apresuró a declarar la “alerta roja” durante dos semanas para garantizar, dijo, la seguridad del pueblo pridnestroviano. Acto seguido, el líder separatista de Donets (Ucrania), Denis Pushilin, pidió abiertamente a Moscú “una nueva fase de la operación especial militar teniendo en cuenta a Transnistria”. La táctica del Donbass se repite. Hay razones fundadas para pensar que el belicista del Kremlin se dispone a utilizar Transnistria para lanzar sus tropas y misiles al otro lado del Dniéster.

Aunque la presidenta de Moldavia, Maia Sandu, dijo que “no hay riesgos inminentes para los ciudadanos, especialmente en la derecha del Dniéster”, algunos datos indican que la ocupación del pequeño país agrícola, el más pobre de Europa, neutral y carente de Ejército profesional, sería un paseo militar para los estrategas del putinato. Moldavia aspira a ingresar en la Unión Europea (UE) desde hace más de una década. Sus planteamientos son similares a los ucranianos. Incluso en plena crisis económica, derivada de la falta de regulación financiera y la abusiva especulación bancaria, los moldavos votaron mayoritariamente a los partidos políticos europeistas.

Desde 2010, Moscú dejó de ser una referencia para los moldavos; ahora es, además, una amenaza, un peligro tan grande que ya se plantean un referendo para integrarse en Rumanía, de la que formaron parte hasta 1940. De este modo se convertirían en ciudadanos de la UE automáticamente y en aliados de la OTAN al mismo tiempo. Naturalmente, esa posibilidad deberá tener luz verde de las autoridades de Bucarest y de los países socios de la UE y de la Alianza Atlántica. Y desde luego, soliviantarían al ambicioso plutócrata del Kremlin, cuyo secretario del consejo de seguridad y asesor principal, Nikolai Patrushev, avanzó hace una semana el plan de fragmentar Ucrania en “varios estados”.

La sombría perspectiva de desmembrar el país invadido y apropiarse de las regiones del mar de Azov y el Donbass permitiría al carnicero del Kremlin aliviar el humillante fracaso de su objetivo principal: colocar un gobierno títere en Kiev y someter a toda Ucrania a sus designios imperiales, antidemocráticos y antieuropeos. Pero esos planes de segmentación, que incluyen el control de la región de Odesa y el avance militar hacia Moldavia, chocan contra un obstáculo superior: la resistencia ucraniana, cada día más fuerte y mejor pertrechada con armamento occidental. Ahora que Putin, el canalla que tanto dolor, muerte y destrucción ha provocado en el país hermano, se dispone a celebrar el 77º aniversario de la victoria rusa contra los nazis, debería contrastar el resultado de su nazionalismo belicoso e imperial y ordenar la retirada.

Los siete generales muertos del carnicero del Kremlin

Dvornikov, el nuevo jefe de las tropas invasoras rusas fue la bestia parda que exterminó a los sirios de Alepo (Foto del Krenlim)Dvornikov, el nuevo jefe de las tropas invasoras rusas fue la bestia parda que exterminó a los sirios de Alepo (Foto del Kremlin)

Madrid, 13-04-2022.– Luis Díez

La estrategia militar del jefe Kremlin ha fracasado en el norte de Ucrania. La larga columna de sesenta kilómetros de carros de combate, piezas de artillería, camiones con munición, herramientas y avituallamiento (incluida la comida caducada paras las tropas) que vimos desfilar hacia Kiev en la última semana de febrero se fue a donde querían los ucranianos: “A la mierda”. En menos de un mes, la resistencia forzó su retirada. Las matanzas de civiles en los pueblos y ciudades cercanos a la capital y los testimonios de los supervivientes, condenados a desvivir como ratas, sobrecogen el alma. Pero, con todo, el paseo militar programado por el carnicero del Kremlin para cercar y ocupar la capital, obligando al presidente Volodímir Zelenski a huir y capitular, se ha saldado con un descalabro en toda regla.

Cuentan que el tipo de mirada fría y facciones de reptil al acecho de la débil presa se halla muy soliviantado. Es probable que a esta hora su ministro de Defensa, desaparecido hace un mes, haya sido enviado a un gulag siberiano. Dicen que el enfado del saurio al ver a las autoridades de la UE Ursula von der Leyen y Josep Borrell con Zelenski en Kiev –también al despelurciado británico, Boris Johnson– es descomunal, si bien, para aplacarlo, su aparato de propaganda sostiene ahora que la marcha contra Kiev era una maniobra de distracción orientada a fijar al Ejército ucraniano en el norte con el fin de doblegar la resistencia en el sudeste del país, la zona del Donbass, donde las escaramuzas bélicas se mantienen desde 2014 y las posiciones ucranianas llevan ocho años bajo el fuego regular de la artillería rusa, servida por civiles reclutados en las regiones independentistas de Donetsk y Lugansk. Se dirá que también ahí trataban de fijar a los combatientes ucranianos para facilitar el asalto a Mariupol y a las también martirizadas Kharkiv, Kyiv…

Pero el canalla del Kremlin tiene otro motivo de enfado: la muerte de cinco generales rusos, un comandante de la flota del Mar Negro y el jefe de los despiadados guardias chechenos que se sumaron a la invasión. Los siete altos mandos enviados a pudir la tierra eran seres temibles, otrora victoriosos en Crimea, Chechenia, Siria… Encarnaban la maldad. Y dado que en la guerra el malo es bueno y el más malo es el mejor, el desalmado del Kremlin ha aplicado la norma y remediado su enfado optando por el peor. Al nombrar jefe de la invasión al general Alexánder Dvórnikov ha querido dejar clara su voluntad de seguir exterminando a la población civil. Este tipo de 60 años de edad dirigió las matanzas de Alepo, la ciudad mártir de Siria. Según Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional en Washington, “el nuevo comandante jefe saltó a la fama en 2015-16 con los bombardeos de la población civil de Alepo y tiene un currículum que incluye la brutalidad contra los civiles, de modo que podemos esperar más de lo mismo en Ucrania”. El cometido de ese oficial, una bestia parda que ya era jefe de la región militar sur de Rusia, consiste en “reorganizar” y “coordinar” los efectivos, renovados y aumentados con 60.000 soldados para doblegar a los defensores en el Donbass y machacar Jarkov antes del desfile del 9 de mayo que conmemora la victoria sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

El inhumano Dvórnikov se cuidará mucho de no repetir el error de su colega Vitaly Gerasimov, primer comandante adjunto del distrito militar central de Rusia, quien fue eliminado cerca de Jarkov. Considerado un bárbaro por las atrocidades cometidas en Chechenia, Gerasimov participó también en las matanzas en Siria y en la primera guerra contra Ucrania en 2014. El belicoso del Kremlin lo condecoró con la medalla “Por el regreso de Crimea” y después lo dedicó a armar a los grupos independentistas del Donbass. En la primera semana de la invasión se convirtió en cadáver. Dicen que un francotirador ucraniano lo alcanzó a kilómetro y medio. Fue el primero de los seis generales rusos caídos en los primeros 28 días de guerra, una cifra nunca vista en una contienda caracterizada por el lanzamiento de misiles a larga distancia contra las infraestructuras ucranianas y las zonas residenciales.

Dos días antes, los defensores ucranianos liquidaron al bárbaro y barbado general checheno Magomed Tushaev. Iba al frente de un regimiento motorizado de “élite”. El gobernador de Chechenia, un fanfarrón despiadado, incluyó en su arenga a las tropas expedicionarias la recomendación al presidente Zelenski de que llamara a Putin y le pidiera perdón. El mencionado regimiento estaba compuesto por guardias bien entrenados. Llegó con fama de feroz, pero fue frenado, parado, hostigado y desarticulado por los defensores ucranianos. Su jefe Magomed fue enviado a criar malvas. Y según los medios de comunicación ucranianos, algunas de sus unidades se entregaron al pillaje y el asesinato.

Tras esos energúmenos con galones (Tushaev y Gerasimov) cayó baleado y muerto el comandante del 29º Ejército del Distrito Militar del Este, general Andrey Kolesnikov, quien antes de su nombramiento, en 2021, había estado al frente de las fuerzas combinadas de la región de Moscú. Y unos días después, las fuerzas ucranianas mandaron al infierno al general de división Andrey Sukhovetsky, un animal sanguinario que en 2008 dirigió las operaciones militares en Caúcaso Norte y Osetia del Sur, y en 2014 comandó la ocupación de la península de Crimea, recibiendo la medalla correspondiente de manos del plutócrata del Kremlin.

Después de Kolesnikov y Suhovetsky, las fuerzas ucranianas del regimiento de Azov mataron al general Oleg Mityaev, de 46 años, que estaba al frente de la división 150 de fusileros motorizados. Según las informaciones transmitidas a través de Telegram por las autoridades ucranianas, ese general, el cuarto ruso eliminado en 22 días, había dirigido bombardeos en en Siria contra la oposición al régimen criminal de Bashar al Ássad, uno de los pocos aliados del belicoso del Kremlin. Después de sus hazañas bélicas en el torturado país de Oriente Medio fue nombrado comandante de una base rusa en Tayikistán, donde ahora han estallado revueltas populares por la carestía de los alimentos básicos.

Dos años antes de la invasión en curso, ese general Mityaev había pasado a dirigir las tropas desplegadas en la región de Rostov, en la frontera de Ucrania. Tuvo tiempo de preparar bien la invasión, pero su división sufrió un severo castigo cerca de Mariupol, la ciudad contra la que arremetió sin piedad con cobardes bombardeos a distancia contra la población civil y que sus sucesores se han ocupado de arrasar. De hecho, antes de que el presidente Zelenski citara los bombardeos de Gernika en su intervención ante el Parlamento español, el último diplomático de la UE en abandonar la martirizada Mariupol, el cónsul de Grecia, Manolis Androulakis, dijo: “Mariupol se unirá a las ciudades que han sido completamente destruidas por la guerra, ya sea Gernika, Coventry, Alepo, Grozny o Leningrado”. El relato de Androulakis al llegar a Atenas resulta estremecedor. Y servirá, sin duda, como testimonio valioso de los crímenes de guerra perpetrados por los oficiales del Ejército ruso a las órdenes del plutócrata que tanto daño está causando a los ucranianos y a su propio pueblo. “Ya no queda vida en Mariupol. Lo que están haciendo con esta ciudad es una tragedia para los pueblos ruso y ucraniano”, añadió el cónsul Androulakis.

La pérdida de altos mandos militares rusos se completa, de momento, con la muerte del teniente general Yakov Vladimírovich Rezántsev y del comandante de brigada de la Flota rusa del mar Negro Alexéi Sharov. El primero murió en los combates por el control del aeropuerto de Chronobayivka, en la región de Jerson, en los que una semana antes había sido liquidado su colega Mordvichev. Y el segundo, Sharov, cayó en los combates en torno a Mariupol, según reconocieron las autoridades de Sebastopol, base de la flota rusa en el mar Negro. Los servicios informativos de Moscú se han abstenido de informar de la muerte de algunos de los siete jefes mencionados y, desde luego, de los oficiales de menor rango y los soldados sacrificados en esta guerra de la alimaña del Krenlim. Analistas de la OTAN estiman que mantiene el 80% de la fuerza lanzada a la invasión.

Dirigentes occidentales en las ubres del ‘putinato’

Vladimir Putin en una reunión en 2012 con el petrolero estadounidense Rex Tillerson, quien después sería nombrado por Donald Trump secretario de Estado de Estados Unidos y su lacayo de confianza al frente de Rosneft, Igor Sechin (Foto del Kremlin)

Madrid, 28.03.2022.– Luis Díez

La carne se corrompe, los humanos somos carne, luego los humanos… Este razonamiento aristotélico, tomista o de Pero Grullo si ustedes quieren ha permitido al carnicero del Kremlin comprar la masa encefálica de bastantes dirigentes políticos occidentales. Con decir que los exmandatarios de los dos países más importantes de la Unión Europea comían (y se forraban) de su mano sería suficiente para verificar su influencia. El primer ministro de Francia, Fraçois Fillon entre 2007 y 2012, bajo la presidencia del conservador Nicolas Sarkozy, se dejó comprar hace menos de un año e ingresó en el putinato como consejero de la petroquímica Sibur y la petrolera estatal Zarubezhneft. Desde luego Fillon, un tipo propenso a la corrupción que tuvo que renunciar en 2017 a su candidatura a la presidencia francesa, comprendió que su situación era insostenible y dimitió de sus cargos en las corporaciones rusas al día siguiente de que el desalmado Vladimir Putin ordenara la invasión bélica de Ucrania.

No ha hecho lo propio el expresidente de Alemania, Gerhard Schröder, quien sigue presidiendo el consejo de administración del gaseoducto Nord Stream2 para llevar más combustible ruso a Alemania por el fondo del mar Báltico y recibió 600.000 euros como presidente del consejo de vigilancia de la petrolera rusa Rosneft. El excanciller ha evitado condenar la guerra contra Ucrania y se ha negado a abandonar sus cargos. El egoísmo de ese preboste, cuya fortuna se cifra en 20 millones de euros, según la prensa alemana, y su amistad con el desalmado Putin pesan más que la vergüenza y la petición pública de su correligionario socialdemócrata y actual presidente Olaf Scholz de que abandone esos puestos. A un tipo llamado en junio próximo a ingresar en el núcleo de la oligarquía rusa como uno de los jefazos de Gazprom le traen sin cuidado las correcciones del canciller Scholz en el sentido de que el gaseoducto “no es un asunto privado” y que su condición de excanciller implica unas “responsabilidades”. Y un sentido de la decencia, se podría añadir, sobre todo cuando, según Der Spiegel, recibió 407.000 euros de subvención oficial el año pasado como excanciller y para gastos del personal de su oficina. Por cierto que cuatro empleados se han sentido avergonzados y han renunciado a trabajar para ese Schröder.

El plutócrata del Kremlin vio hace años cuán fácil y rentable era comprar políticos en la Unión Europea y en Estados Unidos y no ha dudado en utilizar el enorme poder que le confieren los grandes recursos naturales de su inmenso país (gas, petroleo, minería metálica y fertilizantes) para sembrar discordia, división y crisis en las democracias consolidadas. El ascenso de las ideologías excluyentes, reaccionarias, racistas, machistas, supremacistas y nazionalistas furibundas que tanto recuerdan al nazi-fascismo del que Europa se creía vacunada tras la Segunda Guerra Mundial, se halla estrechamente ligado al ideario político del genocida ruso. Y ese ideario ha sido cultivado y regado con dólares y euros por sus lacayos, convertidos en oligarcas al frente de su potencial energético. Quizá el más importante de ellos sea Igor Sechin, director ejecutivo de la mencionada petrolera estatal Rosneft, una de las mayores extractoras mundiales de crudo. En el informe sancionador de la UE figura ese Sechin como “amigo personal” y “asesor cercano y de mayor confianza” del belicoso presidente ruso, “con el que se mantiene en contacto a diario”. De Sechin se sabe que tiene 61 años de edad, estudió francés y portugués en la Universidad de San Petersburgo, sirvió como traductor del ejército en Angola y Mozambique, es visto como un siloviki (exmiembro de los antiguos servicios secretos que se cree ejercen un gran poder en el país) y no se ha separado de Putin desde 1990, cuando éste era alcalde de San Petersburgo.

En 2012, el autócrata lo nombró jefe de Rosneft con el encargo de desplegar todo el potencial geopolítico que se derivaba de las grandes reservas de petróleo. Y el leal lacayo Sechin, que había sido viceprimer ministro desde 2008, se convirtió en el hombre clave de la putinificación de algunos políticos relevantes. Como director ejecutivo de Rosneft llegó a acuerdos con Eni en Italia, Statoil en Noruega (ahora Equinor), CNPC en China, BP en Reino Unido –que adquirió una participación del 20% de la petrolera del Kremlin– y, sobre todo, con ExxonMobil de Estados Unidos. Según Jamie Henn, fundador del movimiento británico Fossil Free Media, Rusia nunca se habría convertido en una superpotencia gasística y petrolera sin la ayuda ExxonMobil y BP. En 2013, cuando la producción de petróleo y gas de Rosneft era prácticamente plana, ExxonMobil les ayudó a modernizar las instalaciones y a expandir la producción en el Ártico. La asociación funcionó tan bien que Putin otorgó al presidente ejecutivo de Exxon, Rex Tillerson, la Orden de la Amistad, uno de los más altos honores que Rusia otorga a los extranjeros. Dos años después, el presidente Donald Trump nombraba al putinificado Tillerson Secretario de Estado de Estados Unidos. Ni que decir tiene que la afinidad ideológica entre Trump y Putin es superlativa y que los demócratas estadounidenses y algunos republicanos pusieron el grito en la atmósfera contra el nombramiento de Tillerson, por lo demás un petrolero texano para quien todavía no está claro “hasta qué punto el ser humano está relacionado con el cambio climático”. Y tampoco está claro qué se puede hacer al respecto, según declaró, en línea con el gran jefe negacionista y promotor del asalto al Capitolio tras perder las últimas presidenciales.

Cuando el primer ministro británico Boris Johnson afirmaba en la Cámara de los Comunes días atrás: “No recibimos dinero de los oligarcas rusos”, decía una verdad formal. Algunos diputados se rieron. Lógico. En este asunto como en las fiestas de la pandemia al modo Decamerón de Boccaccio con el disfraz de “reuniones de trabajo”, la verdad formal y legal se desvanece ante la realidad. La ley prohíbe a los partidos políticos británicos aceptar dinero de alguien que tenga exclusivamente la nacionalidad rusa. Pero personas con doble nacionalidad, británica y rusa, y con lazos comerciales muy significativos con Rusia, han aportado sumas considerables a los tories en los últimos años. El cálculo del Partido Laborista, basado en información de la Comisión Electoral, cifra en 1,93 millones de libras (2,3 millones de euros) las aportaciones de rusos y de personas que recibían dinero de Rusia al Partido Conservador desde que Johnson es primer ministro. Ian Blackford, líder del Partido Nacional Escocés, eleva esa cifra en medio millón de euros más.

Quizá el engrase desde el putinato de los conservadores eurófobos explique la razón por la que el primer ministro británico se ha visto obligado a “corregir el registro parlamentario” después de decirles erróneamente, a mediados de marzo, a los parlamentarios que el multimillonario ruso Roman Abramovich ya estaba sujeto a sanciones. En una declaración escrita y una rara admisión de “un error”, Jonhson quiso subsanar su falsedad diciendo que el hasta ahora dueño del Chelsea FC no había sido objeto de “medidas específicas”. Como le dijo el parlamentario laborista y jefe del comité de normas parlamentarias Chrits Bryant: “Me temo que el Gobierno tiene miedo de las cartas de los abogados de todos esos amigos oligarcas”. Bryant apuntaba directamente a la cúspide de una trama de corrupción para mantener unos intereses políticos, económicos e ideológicos peligrosos, cuando no contrarios al sistema democrático de reconocimiento, preservación y defensa de los derechos humanos (de todos los humanos y todos los derechos).

En un artículo en el Guardian, Gina Miller, defensora de la transparencia y dirigente de True and Fair (Verdad y Justicia), denunciaba: “El dinero ruso dudoso ha desestabilizado la democracia británica” y reclamaba “medidas enérgicas contra esto” después de afirmar que los británicos no deben ignorar “el impacto del dinero ruso en la campaña del Brexit”. Miller recordaba un artículo suyo, publicado en 2017 en el mismo periódico, diciendo: “Piense en el Brexit como si fuera una matrioska, una muñeca rusa de anidación; la votación para abandonar la UE equivale a quitar la muñeca exterior, pero revela otra muñeca que representa algo mucho más preocupante”. Si las conexiones corruptas de los tories con la plutocracia de Moscú eran harto evidentes antes de la invasión de Ucrania, la falta de honradez intelectual de ese jefe de gobierno que no se peina ha rebasado los límites imaginables al sugerir insidiosamente un paralelismo entre lo que Rusia está haciendo con Ucrania y la UE con Reino Unido. Tamaño despropósito explica la frialdad de los mandatarios de la UE hacia su persona en la última cumbre de la OTAN y el hecho de que no fuera invitado a participar en la reunión de la UE, como ocurrió con Biden. Las construcciones verbales de míster Jonhson pueden distraer la atención pero no ocultar lo que la gente sabe: la querencia de los oligarcas rusos amigos del matón del Kremlin hacia lo que llaman “Londongrado”, la presencia de muchos de ellos en los bailes anuales de verano del Partido Conservador, las fotos en dichas fiestas con el promotor del Brexit, David Cameron, y con el propio Jonhson y, lo que es más censurable por no decir criminal, el fomento de la xenofobia en la sociedad británica.

Yates a la fuga

Madrid, 13-03-2022.– Luis Díez

Los multimillonarios rusos Román Abramovich y Vagit Alekperov sacaron aprisa sus yates de lujo del puerto deportivo de Barcelona ante el temor de que les fueran confiscados por las autoridades españolas. Otro oligarca del “putinato”, Andrey Molchanov, creyó, en cambio, que la invasión de Ucrania iba a ser un paseo militar y mantuvo su barco, el Aurora, en los astilleros de MB92, especializados en la reparación y mejora de estas lujosas embarcaciones durante el invierno. El yate de Molchanov, es el menor de los tres remozados por la mencionada empresa este invierno y está valorado en 120 millones de euros. La cuestión es ¿a qué espera el Ejecutivo de Pedro Sánchez para inmovilizarlo y, en su caso, incautarse de él y de otros bienes de los cómplices del genocida ruso?

La velocidad caracol del Gobierno español (y de la propia UE) a la hora de aplicar las sanciones económicas a los prebostes de Moscú ha permitido a los principales directivos empresariales, también llamados “monederos” y “amigantes” de Putin, poner a salvo sus juguetes náuticos más apreciados. El propio mandatario ruso dio orden a la tripulación de su yate Graceful, valorado en unos cien millones de euros, de abandonar el puerto de Hamburgo y navegar hacia puerto seguro antes de la invasión militar de Ucrania. El periódico Bild dijo: “Realmente fue una fuga por temor a la confiscación”.

Tras la reunión de amigantes (“amigos mangantes”, en la acepción del filósofo Emilio Lledo) convocada y presidida por el plutócrata del Kremlin pocos días antes de desencadenar la guerra, el yate Solaris, valorado en 600 millones de euros, propiedad del magnate petrolero y minero Roman Abramovich, zarpaba a toda máquina del puerto de Barcelona con rumbo desconocido. Y lo propio hacía el Galactica Super Nova, de Vagit Alekperov, presidente y director ejecutivo de la petrolera Lukoil, rumbo a Montenegro o a Bulgaria, donde ese tipo posee fuertes intereses inmobiliarios.

El mismo día de la invasión, 24 de febrero, el periódico Guardian afirmaba que los yates de Abramovich y Alekperov estaban en el puerto de la capital catalana. En realidad ya habían zarpado. El propietario del Solaris, Abramovich, del que se dice que posee otros dos grandes yates, se apresuró a salvar además otro de los valiosos juguetes de su fortuna personal (más de 14.000 millones de euros, según Forbes), el Chesea FC londinense. Mientras decía sentirse horrorizado por la guerra, dejaba la presidencia del club de fútbol en manos de una fundación para que vendiera el club por 4.000 millones de euros.

Y eso que el preboste, de nacionalidad portuguesa, israelí y rusa, con residencia en una mansión de Londres, parecía gozar de la protección del primer ministro Boris Johnson. Algunos medios le consideraban “no sancionable” porque podía actuar de mediador ante el genocida del Kremlin y evitar mayores males. Pero la masacre del 9 de marzo contra el hospital materno infantil de Mariúpol fue la medida de lo que el mundo podía esperar del sanguinario de mirada fría, rostro de roedor y síndrome de Keops. Y entonces, el despelurciado Johson, quien se ha caracterizado por su portazo a los refugiados ucranianos, decidió confiscar todos los bienes y cuentas bancarias de Abramovich y seis oligarcas del círculo de Putin.

En cuanto al Galactica Super Nova, el otro gran yate que huyó del puerto de Barcelona por temor a la requisa, vale decir que su propietario, Alekperov, presidente y director ejecutivo del gigante energético Lukoil (el tercero de Rusia), en el que tiene una participación del 20% –posee además el 36,8% del Spartak de Moscú–, es copropietario del Port Vell, el puerto deportivo de Barcelona, desde 2017. El histórico puerto pesquero fue renovado para los Juegos Olímpicos de 1992. El Ayuntamiento de CiU, la disuelta coalición de la derecha nacionalista catalana, lo cedió en 2010 al Grupo Salamanca, con sede en Londres, para su desarrollo como puerto deportivo de superyates. En 2017, la propiedad pasó al Banco QInvest (Qatar Inversiones) y a un fondo del que Alekperov es accionista. La concesión caduca en 2048 y los beneficiarios proyectan ampliar su capacidad con una inversión de 20 millones de euros para convertirlo en el puerto de megayates más grande del Mediterráneo.

Con la fuga de los dos barcos mencionados, el Gobierno español solo podrá inmovilizar e incautarse del Aurora de Mochanov, un tipo que domina el Grupo LSR, el mayor productor de materiales de construcción de Rusia, y figura en Forbes con un patrimonio personal neto de mil millones de euros. Es curioso que tanto el buque de ese Mochanov, cuyo nombre evoca la rebelión con la que comenzó la revolución bolchevique de 1917, como los de sus acaudalados colegas prescindan del pabellón de su patria y prefieran navegar con bandera de las Bahamas, las Caimán y otras islas del Caribe. Muestran la opulencia pero camuflan su origen, el saqueo al pueblo ruso, y disfrazan su identidad.

En contraste con la falta de decisión del Ejecutivo español de golpear a los potentados cómplices de Putin donde más les duele, el Gobierno del canciller alemán Olaf Scholz, no ha dudado en echar el guante al Dilbar, el barco de lujo de Alisher Usmanov, valorado en 600 millones de dólares y considerado, por tonelaje bruto, el yate a motor más grande del mundo. Usmanov, nacido en Uzbekistan y con nacionalidad rusa, británica y uzbeka, amarraba su yate en el Puerto de Barcelona y viajaba en su avión privado a la capital catalana con gran frecuencia. Principal accionista del Arsenal FC londinense, se barco ha sido incautado en las instalaciones del astillero Blohm+Voss, en Hamburgo, donde estaba siendo remozado. Se trata del mismo astillero que construyó el Eclipse, el segundo yate del oligarca Abramóvich.

Por su parte, las autoridades francesas han confiscado el yate de Igor Sechin, el jefe de la petrolera estatal rusa Rosneft, en el puerto de La Ciotat, a cuarenta kilómetros de Marsella. El ministro de finanzas francés, Bruno Le Maire, informó de la operación. Ese Sechin, “amigante” del plutócrata asesino, está considerado como la segunda persona más importante de Rusia. Cambió el nombre de su yate en 2017, cuando se divorció de su segunda esposa, Olga Rozhkova. De Santa Princesa Olga pasó a llamarse Amore Vero. Aunque el personaje negó en su momento que el superyate fuese suyo, un reportero de Novaya Gazeta de Moscú rastreó imágenes del Instagram de su esposa Rozhkova a bordo del buque en los puertos más caros del mundo.

Y las autoridades italianas se han incautado en el puerto de Trieste (noreste de Italia) del superyate de vela del magnate de los fertilizantes, Andrey Melnichenko. Este ricacho nacido en Bielorrusia bautizó el barco con las siglas SYA (Sea Yatch Aleksandra) en honor a su esposa, la modelo Aleksandra Kokotovic, quien fue operada de apendicitis en un hospital de A Coruña. El yate está valorado en más de 500 millones de euros y pasa por ser el mayor del mundo a vela.

El presidente del Gobierno italiano, Mario Draghi, propuso que la segunda oleada de sanciones de la Unión Europea permitiera confiscar los bienes de los millonarios rusos cuyo valor superase los diez millones de euros. Aunque es dudoso que en España sirviera ese patrimonio para atemperar la carestía provocada por el plutócrata para financiar la invasión de Ucrania, incluida la contratación de mercenarios de Siria, sería una buena medida para que los súbditos millonarios del canalla no se fueran de rositas. Les avisó el estadounidense Joe Biden: “Estamos uniendo fuerzas con nuestros aliados europeos para recuperar vuestros yates, alojamientos de lujo, aviones privados. Vamos a por vuestras riquezas mal habidas”. Eso dijo. Y en España nos preguntamos cuándo”.