Habla Silvia Cueto, la abanderada republicana de Mauthausen

Silvia, hija de un español superviviente del campo de exterminio nazi de Mathausen afirma que mientras ella viva ondeará la bandera republicana/ Foto: SDC

Silvia Dinhof-Cueto prometió a su padre que mientras ella viva ondeará la bandera republicana en el campo de exterminio nazi de Mauthausen (Austria), donde murieron cinco mil españoles. Su padre, Víctor Cueto, nacido en Ceceda (Asturias) en 1918, sobrevivió a aquel infierno porque un nazi lo sacó de la cantera y lo mandó a trabajar en una huerta; comía algún tubérculo a escondidas; pesaba 39 kilos el día de la liberación, hace ahora 70 años. Se quedó a vivir en Austria y falleció en Lenzing en 1990. Ella ha cumplido su palabra, aunque no le ha resultado fácil porque después de tantos años de desprecio y olvido del Estado español, es como si el símbolo que recuerda que aquellos españoles que lucharon y murieron por la libertad eran republicanos, molestase a alguien. En conversación telefónica para este blog, Silvia explica:

Nunca hemos tenido el reconocimiento legal de las autoridades españoles, y siempre hemos sido los familiares quienes rendimos homenaje a nuestros seres queridos asesinados y supervivientes de los campos. Todos los años, el Día de la Madre, 3 de mayo, coincidiendo con la liberación, hemos ido las hijas e hijos, las viudas, los nietos y nietas a rendirles homenaje, aparte de acudir al acto oficial. Recuerdo a mi padre, a Ana, de 84 años, que iba con su compañero, y a otros ya fallecidos que no aceptaban otra bandera que la republicana. Luego algunos entendieron que también debía ondear la constitucional y lo aceptamos. Después hemos visto que quitaban la republicana y la hemos vuelto a poner. Yo sé cuánto les duele esa acción injusta y arbitraria.

¿Cuántos supervivientes quedan en Austria?

Ya no queda ninguno con vida. Mi padre murió en 1990 y el último que quedaba, Frank, falleció en 2001. El también dijo que mientras viviera ondearía la bandera republicana, y al año siguiente faltaba, la quitaron.

Quiere decirse que el Gobierno español ya no tiene a nadie a quien condecorar.

Así es.

¿Por qué ese empeño con la bandera? ¿Puede explicarlo a las nuevas generaciones que acaso no comprendan ese afecto simbólico?

Por respeto a la verdad histórica. Los que lucharon y murieron por la libertad eran republicanos. Franco les quitó la nacionalidad española. Yo nací apátrida, y si no hubiese sido por los estadounidenses que dijeron: “No nos movemos de aquí hasta que no se resuelva la cuestión de la nacionalidad de los supervivientes”, no habría podido adquirir la nacionalidad austriaca.

Bueno, ahora, a raíz de una interpelación de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), el Gobierno se ha comprometido a reconocerles jurídicamente y a considerarles como víctimas del franquismo.

Hasta que no lo vea, no lo creo. Ya hace diez años dijeron algo parecido y no han hecho nada. Salvo dos o tres embajadores que se han portado bien, no tenemos nada que agradecer al Estado español.

¿Cree que debería ir el jefe del Estado a rendir homenaje a las víctimas?

Lo que me gustaría es que España fuera una República, que es lo lógico y lo democrático. No me gustan las monarquías, ni la española ni la británica, ninguna. Pero si al jefe del Estado, al Rey, se le antoja pedir perdón, estaría bien; fueron víctimas del Estado español (franquista) y no han tenido el reconocimiento jurídico como tales víctimas. Por el contrario, los gobiernos españoles han cambiado las leyes para impedir que se haga justicia y se persiga a los culpables.

Silvia y David Moyano, superviviente de Mauthausen, encabezaron en 2008 la petición de extradicción a Estados Unidos de cuatro carniceros de las SS residentes en aquel país para que fueran juzgados por crímenes de lesa humanidad por la Audiencia Nacional española, pero lo más que consiguieron fue el procesamiento de tres. Con ellos firmaban la petición Jesús de Cos Borbolla, cuyo padre, Donato de Cos Gutiérrez, fue hecho prisionero en Dunkerque y exterminado en Gusen; Concha Ramírez Naranjo, cuyo marido, Gabriel Torralba, estuvo internado en Auschwitz y fue trasladado posteriormente al campo de concentración de Flossenbürg, donde fue liberado por las tropas estadounidenses; Aurore Gutiérrez, cuyo abuelo Agustín Puente Lavin y dos tíos, Marcos y Francisco Puente Izaguirre, fueron exterminados en Sachsenhausen, en cuya enfermería permaneció el líder de la UGT, Francisco Largo Caballero, desde el 31 de julio de 1943 hasta el 24 de abril de 1945, una semana antes de que el campo fuera liberado por una unidad militar polaca.

El padre de Silvia, Víctor, tenía 21 años cuando cruzó los Pirineos junto con los miles de republicanos derrotados por las tropas de Franco con la ayuda de Hitler y de Mussolini. Enseguida se alistó en las compañías de trabajo para fortificar la defensa francesa contra los nazis, la fracasada línea Maginot, y fue trasladado en un tren a un stalagen Alemania, un campo de concentración con unos barracones infectos, donde permaneció hasta que, en septiembre de 1940, Franco dio el visto bueno a Hitler para que exterminara a los españoles y éste ordenó deportarlos a Mauthausen, uno de los campos más duros, al que iban a parar los “enemigos políticos incorregibles del Reich”. Tras la liberación, Victor se quedó en localidad austriaca de Lenzing, donde reside su hija, que nunca podrá olvidar la primera visita que, siendo niña, hizo con su padre a Mauthausen, ni el lugar, una sombría esquina, donde los perros dóberman, adiestrados como vigilantes, descuartizaban a los presos más díscolos que les echaban los carceleros nazis para alimentarlos. “Era una esquina terrible”, recuerda.

Guernica y Durango, año 80

El impresionante mural de Picasso sobre la destrucción de Guernica por la aviación alemana/Museo Reina Sofía de Madrid.

El 26 de abril se cumple el 80º aniversario del bombardeo de Guernica, un crimen de guerra denunciado e inmortalizado por el genial pintor malagueño Pablo Picasso en su mural para el pabellón de la República Española en la Exposición Universal de París. Aunque fue un crimen masivo contra la población civil indefensa, no impresionó a las llamadas «potencias democráticas», que aparte de realizar dos ensayos (el primero salió mal) ante el eventual bombardeo aéreo del edificio de la Sociedad de Naciones en Ginebra (Suiza), siguieron negando su apoyo a la democracia española frente al nazismo y el fascismo.

Tres semanas antes de arrasar la histórica villa de Guernica, símbolo del pueblo vasco, la aviación italiana probó los efectos del «bombardeo en alfombra» sobre Durango y otras localidades vizcaínas, destruyendo iglesias, atacando mercados y provocando 294 muertes y cientos de heridos. Con anterioridad habían ametrallado y bombardeado a la población civil que huía de Málaga hacia Almería. Y previamente habían probado los efectos de los raids aéreos, bombardeando los barrios humildes de Madrid para «ablandar» a la población y obligarla a rendirse. Madrid no se rindió.

La destrucción de Guernica por parte de los bombarderos de la Legión Cóndor, escoltados por cazas alemanes e italianos y guiados por un aviador español de abolengo aristocrático borró literalmente del mapa a la histórica villa y símbolo de la identidad y los derechos históricos del pueblo vasco. Además de un crimen de lesa humanidad pretendía humillar a los vascos, que rechazaron desde el minuto uno la sublevación militar facciosa del 18 de julio de 1936.

Para entones Franco y Mola, cabecillas principales de la sublevación, se habían estrellado contra Madrid, fracasado en su empeño de cortar el cordón umbilical de la capital con Valencia (batalla del Jarama) y rumiado la derrota de las fuerzas divisionarias italianas en Guadalaja, de modo que decidieron acumular las fuerzas mercenarias en el norte, donde Mola fijó el objetivo de apoderarse de Bilbao y atacar Cantabria y Asturias. Para ese cometido apelaron a la aviación alemana e italiana, que además de lanzar bombas de 250 y de 50 kilos sobre la población civil, probó los efectos devastadores de sus proyectiles incendiarios de aluminio, de 10 kilos.

Vista aérea de los bombardeos sobre Durango.

TORMENTA DE ACERO SOBRE DURANGO/ Los diarios madrileños El Liberal y La Voz recogieron en sus ediciones del 1 de abril los bombardeos de Durango, el 31 de marzo de 1937, en los que murieron 394 personas: «A las seis de la mañana de ayer, la aviación facciosa hizo acto de presencia en algunos pueblos de Vizcaya, practicando reconocimientos. A las nueve de la mañana, varios trimotores de bombardeo, escoltados por algunos aparatos de caza, se presentaron en Durango. Los aviones fascistas descargaron su metralla sobre el centro de la población, arrojando también numerosas bombas incendiarias que causaron importantes daños. La parte céntrica de la localidad sufrió grandes destrozos, el vecindario se dedicó a socorrer a las victimas y a descombrar varios edificios derribados con objeto de extraer a los habitantes que habían quedado sepultados. Mientras tanto, otras personas recogían a los niños del pueblo para ponerlos en lugar seguro ante la posibilidad de que se repitieran los ataques.

IGLESIAS DESTRUIDAS/ La iglesia de Santa María fue uno de les principales objetivos de los aviones rebeldes. En ella, y en el pórtico, que es donde se celebra el mercado, que a la hora del bombardeo se hallaba concurridísimo, cayeron varios proyectiles. En ese momento estaba celebrando misa el sacerdote, señor Murilla, quien, lo mismo que muchos asistentes a la función religiosa, pereció. En la residencia de los jesuitas, la iglesia ha quedado completamente desmantelada. También en esta iglesia se estaba celebrando misa, actuando el padre Villamedia, que pereció en el acto, igual que el monaguillo. El rector del convento se encontraba en un confesonario, resultando ileso, pero una señora a la que estaba confesando quedó gravemente herida. El número de victimas extraídas hasta ahora de esta iglesia ha sido de 25 personas, la mayoría mujeres y niños.

DOCE RELIGIOSAS MUERTAS/ En la residencia de monjas Santa Susana, los efectos de las bombas alcanzaron a muchas religiosas, produciendo la muerte a doce monjas de la Orden de San Agustín. El número de heridos asistidos por la mañana por el personal de las ambulancias ascendía a 150. A Durango acudieron el consejero de Gobernación, el subdirector de Seguridad, el general Llano de la Encomienda y otras personalidades.

ELORRIO Y OCHANDIANO, BOMBARDEADOS/ Durante la mañana fueron bombardeados por los aviones facciosos Elorrio y Ochandiano. Estas agresiones produjeron destrozos y numerosas víctimas. Una capilla que se levantaba a la entrada de Elorrio quedó destruida, así como otra cercana a la iglesia parroquial. Cerca de este templo cayeron varias bombas, resultando muertas una monja, varias mujeres y algunas niñas. Se ha sabido que otros pueblos vizcaínos han sido también objetivo de los aviones rebeldes, pero todavía no ha sido posible obtener referencia autorizada de los efectos.

NUEVAS ACCIONES CRIMINALES/ Por la tarde los aviones facciosos realizaron una nueva incursión sobre Durango. Tan pronto como aparecieron en el horizonte aviones leales, los facciosos se dieron a la fuga para regresar con nueva carga. Ametrallaron a cuantas personas intentaron refugiarse en el campo, así como a las que transitaban por las calles del pueblo. Durante la incursión de la tarde fue recogida en las afueras de Durango una infeliz mujer, que se hallaba refugiada en una zanja, y que durante el bombardeo de esta mañana había perdido a su madre y cuatro hijos.

SOBRE AMORABIETA/ La aviación enemiga, a pesar del mal tiempo reinante, ha proseguido sus acciones criminales contra los pueblos de la retaguardia. Le ha tocado el turno a Amorabieta. Dos aviones rebeldes volaron a escasa altura sobre el pueblo, disparando repetidamente sus ametralladoras. Pero el vecindario, advertido a tiempo, acudió a los refugios y frustró los planes del enemigo. No hubo que lamentar víctimas. No resignándose los rebeldes al fracaso de su intento, volvieron de nuevo a las dos y media y a las tres y cuarto de la tarde. Varios aparatos de caza, descendiendo hasta veinte metros de altura, para ametrallar a la población. Pero en estas nuevas incursiones tampoco consiguieron su objeto.

LOS MARTIRES DE DURANGO, EN BILBAO/ (En El Liberal, de la agencia Fabra en Bayona). Han llegado a Bilbao algunos habitantes de Durango que después de los bombardeos de los facciosos dan detalles de la cruel agresión a la población civil y muestran fotografías en las que se ven las calles con restos de mujeres y niños.

INFAMIA Y MENTIRAS/ (Agencia Fabra desde París). En los medios populares han producido gran indignación las informaciones divulgadas por una agencia noticiosa alemana, atribuyendo a las fuerzas republicanas y a la propia población civil de Durango la destrucción de la iglesias de Santa María y el convento de las monjas. Estas infamias ponen de relieve el cinismo de determinados informadores al servicio de los rebeldes españoles.

Destrucción y escombros/Foto: Museo de la Paz de Gernika

LA DESTRUCCIÓN DE GUERNICA

La Voz informaba del bombardeo de la villa vasca con este titular en la portada de su edición del 28 de abril de 1937: «La aviación Alemana ha destruido Guernica por completo». «Su Casa de Juntas, el árbol de las gloriosas tradiciones vascas y sus caseríos son hoy un montón de ruinas, donde hay sepultadas numerosas víctimas».

LLAMAMIENTO DE JOSÉ ANTONIO AGUIRRE/ El presidente vasco, señor Aguirre facilitó ayer la siguiente nota: «Los aviones alemanes al servicio de los facciosos españoles han bombardeado Guernica, incendiando la histórica villa, que tanta veneración tiene entre los vascos. Nos han querido herir en lo más sensible de nuestros sentimientos patrios, poniendo una vez más de manifiesto lo que Euzkadi puede esperar de los que no vacilan en destruir hasta el santuario que recuerda los siglos de nuestra libertad y de nuestra democracia. Ante este agravio, todos los vascos debemos reaccionar con violencia, jurando muy dentro del corazón defender las esencias de nuestro pueblo con inaudito tesón y con heroísmo si el caso lo requiriese. No podemos ocultar la gravedad del momento; pero la victoria no podrá acompañar jamás al invasor si, preñado nuestro espíritu de voluntad nos empeñamos en derrotarlo. El enemigo avanzó en muchos territorios, siendo luego derrotado. Yo no vacilo en augurar que aquí sucederá eso mismo. Que el agravio de hoy sea un acicate más para conseguirlo con toda rapidez».

ESCOMBROS Y CUERPOS CARBONIZADOS/ (Nota oficial del Gobierno Vasco): «Ayer por la tarde quedó reducida a ruinas y escombros la villa de Guernica. Su Casa de Juntas, el Árbol de su tradición, el caserío al que guiaban sus calles señaras e hidalgas cayó bajo el bombardeo de la aviación rebelde, que quiso significar una destrucción en Guernica por lo que para todos los vascos tenía de motivo y simbólico. Las bombas incendiarias, arrojadas a placer y sin enemigo sobre las calles, han puesto sobre el suelo de Guernica una estela histórica. Allí estaba Guernica. Entre sus ruinas solamente quedan cadáveres carbonizados en gran cantidad. Los que la evacuaron, hombres, mujeres y niños, sacerdotes de Dios y gentes civiles fueron perseguidos por la metralla. Guernica, con su Archivo, Biblioteca, Museo y tradición, ha pasado al seno de lo histórico. Ya son tres las villas destruidas: Guernica. Durango y Elgueta. Llegan ya a miles las mujeres y los niños que han encontrado la muerte entre sus escombros. La orden de bombardeo fue dada por el cuartel general alemán, establecido en Deva. Los vascos hemos cometido el delito de poner a la orden de la República y de la democracia nuestra tradición, nuestro contenido liberador, nuestro genio civil y nuestra retaguardia ordenada, nuestro crédito en la Gran Guerra, en la cual, no obstante la neutralidad española, treinta y cinco barcos de los ciento cincuenta puestos por Euzkadi al servicio del Almirantazgo inglés para forzar el bloqueo alemán, encontraron sepulcro en el fondo del mar con todas sus tripulaciones. Para evitar que el pabellón vasco obtenga para la II República la simpatía del mundo o pueda ser un día próximo la causa de democracia mundial, los mandos rebeldes, los directivos alemanes, han resuelto borrar al labrador y a cuanto representa el sentido vasco de la faz de la tierra. Ayer Durango, hoy Guernica, mañana Bilbao. Este es el plan alemán. Sólo podemos oponerle los pechos vascos en veintisiete días de ofensiva brutal. Llevamos a la causa de la República y a la defensa del territorio vasco nuestro coraje y la simpatía atenta del mundo. Con ellos esperamos vencer, pero creemos un deber que el pueblo republicano conozca nuestra amargura para que pueda juzgar la lealtad de nuestras fuerzas.

MENTIRAS Y TESTIGOS/ La prensa recogía la indignación de las autoridades republicanas ante las emisiones de la Radio Nacional franquista de que, como ocurrió tras el bombardeo de Durango, los republicanos habían incendiado Guernica. Por su parte, el responsable de relaciones exteriores del Gobierno vasco, Mendiguren, transmitió las informaciones radiofónicas sobre el debate en la Cámara de los Comunes británica en relación con los bombardeos de la villa foral vasca. Los jefes de la oposición parlamentaria condenaron la agresión, calificándola de la más horrorosa y abominable que registra la historia del Mundo. Les contestó el señor Edén (ministro de Exteriores), «sin poder precisar los términos en que se expresó». También dijo que los periodistas ingleses que se hallan en el territorio vasco, así como los españoles corresponsales de diarios extranjeros, han telegrafiado a sus periódicos detallados relatos del bombardeo de Guernica, del que fueron testigos presenciales, y del que estuvieron a punto de ser víctimas.

SOLO QUEDA EL LUGAR/ La reunión urgente del Gobierno Vasco se centró en las medidas sanitarias urgentes y en la evacuación de los heridos y supervivientes. El secretario general de Gobernación manifestó que los efectos del bombardeo de Guernica había sido terrible. La villa ha quedado convertida en un montón de cenizas. Terminó diciendo que había estado en las inmediaciones y volvía muy impresionado, pues únicamente queda el lugar de lo que fue aquel pueblo.

En la prensa de Madrid

LA LIBERTAD / LA VOZ / EL LIBERAL

Poema a vida o muerte en el 75º aniversario de Miguel Hernández

Hoy hace 75 años que murió el poeta Miguel Hernández en la cárcel de Alicante. Guardo y releo de vez en cuando el cuaderno con la obra de teatro Sino sangriento que dirigió Marcos Ana e interpretaron los presos de la cárcel de Burgos como homenaje a «la voz ahogada» del poeta. El manuscrito, en letra apretada por falta de papel, realizado por Marcos en el penal de Burgos y representado en el otoño de 1960 por un grupo de presos políticos que se bautizaron con el nombre de «La Aldaba», fue editado e impreso por Félix Pérez Ruiz de Valvuena muchos años después, en 2007, para darle una sorpresa al propio autor. La obra consta de tres actos y recorre con un narrador y varios declamadores, la vida y los principales poemas de Miguel. Marcos los había memorizado. La obra fue un milagro en una cárcel franquista. Parece increíble que llegaran a representarla, pero lo hicieron. Hoy, a modo de homenaje, rescato el poema que Miguel escribió llamando a los jóvenes a  jugarse la vida por la libertad. Podéis leerlo a continuación.

Poema de Miguel Hernández

 

Honradez intelectual sería menester

La falta de honradez intelectual como carencia visible de algunos dirigentes políticos (y académicos) puede ser el síntoma más seguro de lo que podemos esperar de ellos. ¿Cuándo empleo Lope Félix de Vega Carpio (Lope de Vega) las expresiones tabernarias que le atribuyó el máximo dirigente de Podemos, Pablo Manuel Iglesias Turrión, para referirse al Parlamento? ¿Fue en La Dorotea, La Circe, La dragontea, en Isidro, en El acero de Madrid, en Fuenteovejuna, La dama boba, El villano en su rincón? ¿En las comedias de costumbres, El beatus ille…? ¿En las de enredo, El perro del hortelano…, en los dramas del Romancero?

Uno lanza contra el adversario político una ristra de expresiones populares más o menos ofensivas y efectistas, buscando el titular del periódico y el corte tonitonante de televisión, y se escuda detrás del Fénix de los Ingenios o de otro autor de relieve, convencido de que nadie le va a buscar las vueltas sobre su falta de honradez intelectual. Es lo que hizo Iglesias (Páginas 6 y 7) en el último pleno del Congreso y lo que ocurre cuando el desprecio de las humanidades y la erudición nos convierte en súbditos de la ignorancia y víctimas de la picaresca política de toda la vida en este llamado Reino de España.

Con similar frecuencia asistimos a otras formas de improbidad intelectual como la omisión de los autores de las ideas, fórmulas, frases y párrafos para adornar monólogos que de otro modo resultarían romos. Es lo que hizo fechas atrás el jefe del gobierno, Mariano Rajoy Brey, en su exposición ante el Congreso sobre la penúltima cumbre europea, incorporando en su discurso argumentos del europeista y diputado republicano José Ortega y Gasset sin citarlo. La falta de honradez intelectual de Rajoy quedó al descubierto cuando Iglesias, que demostró haber leído algún texto de Ortega sobre la «europeización de España», lo citó expresamente, obligando a Rajoy a revelar su ocurrencia para no ser menos (Página 38, segundo párrafo).

Pareja carencia de honradez intelectual hemos de atribuir a los políticos cuando propalan al buen tuntún (a los tontos) críticas que alimentan la ignorancia popular. Lo hemos visto hace unos días con la invocación de aquella famosa ley de la «patada en la puerta». La portavoz parlamentaria de Podemos y novia de Iglesias, Irene Montero Gil, atribuyó la oposición de los socialistas a la Ley de Seguridad Ciudadana del PP, conocida como «ley mordaza», al afán de reponer aquella ley, como si el Tribunal Constitucional no hubiera anulado hace más de veinte años un precepto introducido por el entonces ministro del Interior y exsindicalista del metal José Luis Corcuera Cuesta para perseguir la distribución de las drogas que diezmaban a la juventud española en unos establecimientos protegidos por la ley como son los domicilios privados y en los que la policía no puede entrar sin orden judicial.

Aquel precepto borriquero estuvo en vigor muy pocos meses, los que el Constitucional tardó en anularlo. Y el ministro cumplió su palabra y dimitió, por lo que invocar ahora aquella norma de pegadizo título popular, omitiendo lo ocurrido, puede ser útil para colocar un título o salir en televisión, que es lo que importa, pero no es intelectualmente honrado, como bien sabe la licenciada en psicología y doctoranda Montero.

La crítica fundada en la falsedad y el ardid recibe el nombre de «demagogia», cuya acepción original es el arte de dirigir al pueblo. Y si reflexionamos sobre la responsabilidad que esa misión lleva aparejada para quienes han sido democráticamente elegidos para ejercerla, ya sea como legisladores o como ejecutivos, enseguida apreciamos la honradez como el principio inspirador del trato justo y el recto proceder. Sin honradez se puede beneficiar a un grupo, una secta, un sector, a una minoría determinada, un grupo político, ideológico, religioso, a los patronos, a los trabajadores, a una mafia… Quien, para empezar, prescinde de la honradez intelectual en una intervención verbal revela, aparte el deprecio a los demás, un comportamiento que le conducirá a la corrupción y la injusticia y, por tanto, será considerado indeseable. He ahí otro indicador de la gangrena política.

Adiós a las armas

La industria del mal ontológico (en sí mismo) se ha desarrollado desde tiempos inmemoriales y ha experimentado en el Reino de España periodos de gran auge y actividad, proporcionando empleo directo e indirecto, a tiempo parcial y completo, a más operarios que algunos subsectores como el del curtido y el calzado, la confección de boinas y sombreros, la carpintería de mimbre y tantos otros. En la segunda mitad del siglo pasado y la primera década del presente prosperó un singular complejo de producción de daño. Lo fundaron en mayo de 1962 en el Monasterio de Bellóc, en Bayona, unos jóvenes barbilampiños dispuestos a correr riesgos extremos.

Sus primeros productos fueron ciertamente defectuosos, si bien, enseguida se capacitaron, se dieron mejor maña y dispusieron de herramientas más perfectas, de modo que la producción de estragos experimentó un salto desde la chapuza al perfecto acabado, desde el sabotaje con llama o sin ella en la mano, al asesinato. La presentación del primer producto de cuerpo presente se registró el 7 de junio de 1968. Después, la actividad fue creciendo, se expandió, aumentó cuantitativa y cualitativamente y fue arraigando.

La producción del mal que reflejan los balances permite afirmar que la actividad hasta la muerte del dictador fue de 43 asesinatos y desde la desaparición de aquel hasta el 11 de octubre de 2011, en que suspendieron definitivamente la producción de daño, ha sido 829 crímenes de otras tantas personas más. La plantilla de activistas a tiempo completo, parcial, eventuales y colaboradores fluctuó en esos 49 años entre mil y dos mil  operarios.

Ni que decir tiene que en el periodo de mayor actividad –lo que se llamó «dinámica infernal» de acción-reacción, en un proceso cibernético imparable– la plantilla de esa industria en la que se ocupaban los que se iban al monte y los encargados de perseguirlos, capturarlos y, en muchos casos, liquidarlos,  fue muy superior a la empleada en las fábricas de Inditex en España, cuyo fundador y promotor, el empresario Amancio Ortega, alcanzaría después el primer puesto en la lista de personas más ricas del mundo.

Sería absurdo negar que el sector del daño y su valor añadido (el miedo hasta la máxima expresión: el terror) ha generado cuantiosos beneficios económicos directos e indirectos, enriqueciendo a personajes de verdadera relevancia patriótica verbal. El sector del mal siempre ha movido mucho dinero, y el del mal absoluto, mucho más. La mencionada industria llegó a ser un valor tan seguro que no estaría de más recordar las protestas gubernamentales cuando los promotores renunciaron al mercado catalán de acuerdo con un tipo del gobierno autonómico que se llamaba Carold Rovira. Incluso, cuando decían que ZP negociaba el cese de la actividad, se organizaron procesiones masivas exigiendo a gritos («Con Zapatero, como con su abuelo») que fuera fusilado.

Ahora, ante la entrega definitiva de las armas, anunciada para el 8 de abril por los sucesores de los promotores de aquella actividad que tanto daño ha causado, parece llegado el momento de preguntarles qué habría ocurrido si todo el derroche de vidas y energías dedicadas a la producción del mal se hubieran orientado, como hizo el señor Ortega, a la confección de ropa para vestirnos e ir elegantes. Y quien dice ropa para el cuerpo, dice nutrientes para el intelecto, que buena falta nos hacen. Se cierra una época de la que algunos se resistían a separarse y no volverá aquel «terrorismo de baja intensidad» con el que otros soñaban para seguir forrándose. Por su reacción los conoceréis.

Éxito de la exposición sobre el doctor Bethune y las conferencias sobre las Brigadas Internacionales

14-03-2017 -VISITANTES – C.C. CONDE DUQUE – LEGADO BETHUNE- (2)

Ensayo sobre la Rareza (Del 31 al 33 y último)

Centauro
Centauro

Por KEY GOOD

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Acerca de la igualdad de género contó el profesor Leontief, recién llegado de asomarse a los acantilados, el caso de un crédulo muy notable que habiendo leído la noticia de que las mujeres serían llamadas a hacer el servicio militar obligatorio –alistadas, se dice– lo mismo que los hombres, picó el anzuelo y publicó un artículo defendiendo ardorosamente la iniciativa gubernamental. “Ya es hora de que se les reconozca, a las mujeres, el derecho a la igualdad en el sacrosanto deber de defender a la patria”, escribió.

Don Tancredo miró al profesor con cara de risa y dijo: “Me acuerdo perfectamente del artículo de aquel mastodonte; vaya si picó”.

–Lo que no quita para que le dieran el Nobel de Literatura –dijo el profesor.

–¿Qué quieren decir con que picó? –preguntó Vera.

–Que la noticia era falsa, una inocentada digna de Alfonso Castelao en la primera plana de un periódico de la capital el 28 de diciembre, festividad de los Santos Inocentes –le aclaró el profesor.

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La visita a don Tancredo Muerto permite a Vera Veraz verificar la vigencia del pareado de Gasulla en su Biblia en Verso: “Jesucristo nació en un pesebre y donde menos se espera salta la liebre”. La liebre es el noruego de enorme cabeza Johannes Tellefsen. Vera ha contenido su curiosidad mientras le contaba la muerte de don Tancredo, pero finalmente le pregunta:

–¿A qué ha sobrevidido usted, don Super?

–A mucha mala leche.

–¿En qué sentido?

El viejo estira trabajosamente el pescuezo, eleva su cabezota caída sobre el pecho, mira fijamente con sus acuosos ojos azules a don Tancredo Muerto y dice:

–Anda, cuéntaselo tú.

–Tampoco hay mucho que contar, salvo que este carcamal ha sobrevivido a tres naufragios.

–Y a mucha mala leche –insiste don Super Viviente.

–Eso también, pero tres naufragios son tres naufragios.

–¿Podría entrar en detalles? –le pide Vera.

–Aquí el amigo era primer ingeniero maquinista de un buque noruego cuando un submarino alemán le lanzó un torpedo sin señal ni aviso previo. El buque se hundió en unos pocos minutos y él logró saltar a un bote con otros 19 de los 22 compañeros que iban en el barco. Dos murieron. Estaban a unas 200 millas de las costas de México y al cabo de cinco días llegaron a Gutiérrez Zamora, donde los acogieron y atendieron muy bien antes de ser trasladados a un hospital de Puebla, donde se restablecieron. Aquel fue su último naufragio. Antes había sobrevivido a otro ataque de los malditos nazis en el Mar del Norte. Saltó a un bote y lo evacuaron a Inglaterra. De allí embarcó hacia Estados Unidos, donde contrató en un buque de pabellón panameño y los malditos nazis lo atacaron. Pereció toda la tripulación menos aquí el amigo y un compañero. Ellos salieron vivos y consiguieron hacer una balsa. Estuvieron… ¿Cuanto tiempo estuviste la segunda vez que te atizaron?

–Ocho o nueve días –dice el noruego.

–Estuvieron todo ese tiempo amenazados por los tiburones.

–Peores eran los nazis; si nos localizan nos joden –añade.

–¿Peores que los tiburones?

–Más malos que el gas.

–La cosa es que se los habrían merendado si no llega a ser por un aviador mexicano que los vio en alta mar y dio parte para que los rescataran. Pero la suerte duró poco porque a los dos o tres días de embarcar otra vez en un barco noruego, lo volvieron a atacar, y ahí tiene usted el tercer naufragio de aquí, el camarada.

–Ciertamente extraordinario. Ya supongo que no se volvió a embarcar –dijo Vera.

–Supone bien.

–¿Y cómo se las arregló para vivir?

–La pintura.

–¿Es discípulo del gran Munch?

–Lo admiro mucho, me ha enseñado mucha técnica, pero yo no disecciono almas como hacía él. La angustia de El Grito, la soledad de Melancolía y todos los demás sentimientos son demasiado elevados…

–Supongo que el erotismo de Los Amantes o El beso

–Eso es otra cosa. La Madonna me parece más asequible a las racionales mentes.

–Diga usted que aquí el amigo, aunque no se las dé, es muy buen pintor ambulante –tercia don Tancredo–; anda que no habrá retratado guajes ni nada, incluso después de que llegara la fotografía.

–Y pueblos, monumentos, paisajes urbanos…

–¿Y usted?

–Yo no, yo arreglo relojes –contesta don Tancredo.

El noruego Johannes alarga la mano, agarra el cuaderno de láminas que ha dejado sobre la silla, lo abre, mueve el lapicero sobre la lámina a la velocidad endiablada de un sismógrafo que registrara un terremoto del nueve, saca de la faltriquera una esponjita, la pasa con decisión sobre la página, escribe una palabra breve, arranca la lámina de los aros de alambre del cuaderno y se la entrega a Vera: “Su retrato, señorita”. Ella lo mira y se admira. “He quedado que ni pintada”, dice.

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La mayoría de los habitantes de aquella tierra mágica había oído hablar del Centauro, pero ninguno era capaz de aportar dato o pista alguna que pudiera conducir a Vera y al profesor Leontief hasta los familiares o allegado de aquel ser con cabeza de persona y cuerpo de caballo. Se sabía que Centauro era un joven muy inteligente, de ojos oscuros y grandes, pelo ensortijado y voz dulce y agradable, con un deje de relincho de caballo. También se sabía que había trotado mucho por toda Europa antes de que estallara la segunda Guerra Mundial (1940-1945) y que había escrito muchas crónicas y entrevistas con personajes de primer órden para el periódico Claridad y que se desempeñó bien como corresponsal diplomático, pues manejaba perfectamente las lenguas alemana, inglesa, francesa e italiana. Pero a partir de ahí no se sabía más. Unos decían que posiblemente le pilló la bomba atómica que los estadounidense lanzaron sobre Irosima y otros sostenían que lo habían matado por confusión los norteamericanos en Italia, pues el último reportaje que había publicado en el periódico de la UGT era del país de la bota, concretamente una entrevista al galope con el Ducce Benito Musolini. Todo esto ya lo sabía y tenía perfectamente documentado Vera Veraz.

Un profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, ciudad famosa por el caballo blanco del Apóstol, les recomendó que consultaran con el escritor Álvaro Cunqueiro. Fueron a verle y les habló de cometas y fenómenos celestes que habrían influido en la concepción de aquel ser tan raro como extraordinario. Pero después de una larga conversación, con merienda incluida, solo les pudo recomendar que consultaran a una meiga, una mujer muy sabia y con grandes dotes de adivinación, quien, por aproximación y con cierto margen de error, podría indicarles la zona donde estaría la aldea natal de Centauro. La meiga residía en otra ciudad. Les dio hora para el martes a primera hora. “¿No puede ser antes?”, le rogó el profesor. La mujer sabia le contestó que no. El profesor insistió: “Ya comprendo, doña Beberinda, que tiene la agenda llena y que su tiempo es oro, pero estamos dispuestos a pagarle más si nos atiende antes”. La meiga le aclaró: “No van por ahí los tiros, amigo; veo en su cara un tema muy complejo y mi mejor día es el de Marte”. Esta respuesta conformó al profesor, aunque no tanto a su ayudante de campo, quien después de tantas jornadas de viaje ya ardía en deseos de reunirse con su novio.

Se alojaron en el Marnos, que resultó ser el hotel de los amantes. El nombre ya lo indicaba: “¿A dónde vamos?”, preguntaba él o ella. “Vamos a Marnos”, respondía ella o él. Y entretuvieron los dos días de espera leyendo y paseando junto al mar.

–Veo una cebra –dijo la meiga adivina después de varios minutos con los ojos cerrados.

–¿África?

–No, un traje a rayas –precisó doña Beberinda, volviendo a mirar el agua del caldero oxidado que pendía de las canencias sobre un fuego de troncos rodeado de piedras del río en el suelo de aquel caserón desvencijado por el que pululaban las gallinas. .

–¿Campo de concentración? –inquirió Vera.

–Campo de concentración –afirmó la mujer antes de sentarse y volver a cerrar los ojos. Leontief y Vera esperaban impacientes, pero doña Beberinda sólo dijo: “Perros, muchos perros”, lo que les llevó a suponer lo peor.

–¿Lo devoraron los perros? –preguntó el profesor.

Doña Beberinda no contestó. Se advertía el trance en su expresión y ellos se abstuvieron de preguntar. Varios minutos después, la meiga pronunció otras tres palabras que en realidad eran dos: “Agua, mucha agua”. Vera iba a preguntar si era el mar, pero Leontief le hizo una seña con el dedo en el labio. La bruja se mantenía inmóvil, agarrada a la cadena de la canencia con ambas manos, los ojos cerrados y la cabeza muy alta. Las perlas de sudor de la frente recorrían su cara y caían desde la punta de la nariz hacia el cubo oxidado con agua. Sudaba como un picador. “Esta mujer se va a asar como una patata”, pensaba Vera mirando al profesor. Transcurrieron diez minutos hasta que la meiga abrió los ojos, sacudió ligeramente su cabeza, que acababa en moño y fue a sentarse sobre una piedra lisa, rodeada de otras piedras alisadas en las que solían sentarse los clientes.

–Lo primero que he de decirles es que Centauro no es de esta tierra aunque haya sido visto por aquí, sino de Castilla, del interior de Cantabria, provincia de Burgos, tierra alta, olor a oveja, padre pastor, rabadán de la Mesta.

–¿Lo devoraron los perros?

–Lo persiguieron, pero él corrió más.

–¿Y el agua? –dijo Vera.

–Eso es que cruzó el Atlántico.

–¿Donde puede estar?

–Llegó a Norteamérica por mar.

–¿Cuántos años pudo vivir?

–Lo que dura un caballo, treinta o treinta y cinco a lo más.

Vera Veraz se sintió tan contenta de que al Centauro no hubiese sido descuartizado por las hambrientas jaurías de perros locos de los nazis que pagó de buena gana la alta minuta a la meiga y aun solicitó al profesor unas monedas sueltas de propina para los muchos niños necesitados que aquella mujer prohijaba. Se despidieron y abandonaron la ciudad en la dirección que la adivina les había indicado. Cruzaron paraísos naturales en trenes de vía estrecha y viajaron en autobuses de línea que, según el profesor, deberían llamarse de puntos suspensivos por las sorpresas y el suspense que a los viajeros deparaban. Llegaron al territorio de las Merindades donde, según la visionaria, el Centauro habría sido engendrado y nacido sietemesino el Año del Cometa. Pero Las Merindades eran unas comarcas de mucha extensión para localizar la aldea natal del Centauro y obtener datos sobre él por boca de familiares y vecinos. Eso sin contar con que los pobladores de aquellas tierras eran gentes pedregosas, recias y de poco hablar. La tarea no iba a ser fácil, pero di tu que tuvieron una suerte del demonio al dar con un cartero jubilado de más de un siglo de edad y la cabeza más sana que la hostia o la hostia de sana, como dijeron indistintamente los parroquianos a los que solía ganar al mus.

–Naturalmente que me acuerdo del Centauro –les dijo el cartero, que se llamaba Camilo y tenía cara de mirlo–; es más, no necesito acordarme porque no olvido nada.

–Eso es estupendo –se alborozó Vera.

–Según se mire –templó el hombre.

–Quiero decir que su memoria histórica es magnífica para que nos cuente lo del Centauro –puntualizó Vera–. Tengo entendido que nació el Año del Cometa ¿verdad?

–Sí señorita; aquel año pasaron muchas cosas raras y ensegida vino la guerra. De lo atinente al Centauro ya les digo que la criatura vino al mundo en la choza de los Florez, en el monte. La madre estaba horrorizada y se negó a darle de mamar para que se muriera. El padre iba a ahogarle en el río para que no sufriera. Pero su hermanita le quería para jugar con él y como al padre le daba pena matarle, le hizo un corralito aparte y aceptó que la nena lo alimentara con biberones de leche de burra. Al cabo de unos días, el Centauro ya trotaba y decía palabras. Empezó a hablar enseguida. Y era listo el pardal. Con decirle que una vez que subía yo en la Pedorreta a llevar la correspondencia a los de los chozos, cosa que hacía cada semana, me preguntó si podía ser amigo mío y como le dije que sí, enseguida me encargó que le comprara El siglo de las luces de Alejo Carpentier. ¿Cómo me vas a pagar? Con setas, dijo él. Y además te arreglo la Pedorreta para que alcance más potencia y no haga ese ruido y la gente no se ría de ti.

–¿De verdad le dijo eso, don Camilo?

–Tan cierto como el que saca un ojo y queda tuerto.

–¿Y qué pasó después?

–Acertó a pasar por allí un tal doctor Maustken, un espeleólogo alemán que recorría la zona buscando mineral, y a la que vio al Centauro Florez lo quiso para él y entró en tratos con el padre y lo compró por 58 pesetas y se lo llevó. La hermanita lloraba, pero el papá la consoló comprándole una muñeca y un vestido nuevo, y el propio Centauro le prometió que le escribiría contándole cosas de aquel país, como, en efecto, así hizo. En cuanto llegó a Alemania, fue ingresado por aquel doctor Maustken en el famoso Instituto de Biología Genómica Helmohltz Xentrum Munchen para que lo examinaran y estudiaran y realizaran experimentos con él. Más que ingresado diga usted, señorita, que fue mercado por el espeleólogo, el muy cara dura, a un precio que multiplicó por diez lo que había pagado.

–Pobrecito, lo metieron en cautividad.

–Si, señorita, así fue; le impidieron trotar en libertad. Aunque si le sirve de consuelo diga usted que enseguida aprendió palabras de esa lengua que se estornuda y empezó a ganar el corazón de los científicos hasta el punto de que le traían tabaco a escondidas y le permitían fumar y de que en vez de inyectarle virus y todas aquellas porquerías, se las ponían a los ratones y no a él, lo que le permitió seguir su evolución natural. Y claro, como era tan simpático y enredador, enseguida los científicos empezaron a divertirse con sus ocurrencias y le trasladaron a una estancia más espaciosa en la que le construyeron un pequeño hipódromo para que hiciera ejercicio.

–¿Quiere decir que aquellos bárbaros del norte no le trataron mal?

–Parece ser que no le hicieron tanto daño como era de temer. Se ve que les divertían sus piruetas, su forma de saltar y muchas de sus expresiones. Sobre todo las mujeres se entusiasmaban con él. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir, es decir, que por un lado descendió la actividad científica del laboratorio porque los investigadores se pasaban el tiempo jugando, apostando y discutiendo con el Centauro.

–¿Discutiendo?

–Ya le digo, señorita; de apostar entre ellos a ver si saltaba la altura de tal o cual listón pasaron a los ejercicios dialécticos con él, pues en cuanto leyó a Arthur Schopenhauer, estalló la dinamita intelectual que llevaba en el cerebro y filosofaba mucho mejor, ¿donde va a dar? que don Miguel de Unamuno y que el mismísimo don José Ortega y Gasset, lo cual apasiona tanto o más que la música y el deporte a aquella gente. Y comoquiera que además nuestro Centauro Florez –digo “nuestro” porque nunca dejó de ser de aquí y de escribir regularmente a la familia– manejaba la dialéctica clásica, les aplicaba la mayéutica de Sócrates y los desenmascaraba.

–Eso siempre es peligroso.

–Según y cómo; si les quitas la máscara poco a poco, tipo test, esas gentes aceptan mejor el asco de sí mismos. Y diga usted señorita que el Centauro era inocente, pero no tonto, y que parece ser que solo una vez estuvo en peligro porque le dijo a uno de sus tercos adversarios dialécticos, que se creían superiores: “Compara la impresión de un animal devorado por otro desde el punto de vista del que es devorado”.

–Una provocación en toda regla a aquella gente que se creía superior –observó Vera.

–Eso mismo digo yo –coincidió el centenario don Camilo–, pero se conoce que la cosa no pasó a mayores porque de la investigación que realizó la dirección de aquel centro sobre las causas del descenso de la producción de los laborantes resultó que la línea descendente comenzó con la compra del Centauro por parte del centro y se acentuó con el paso de las semanas, a medida que la criatura iba creciendo en talento y sabiduría, y también físicamente, claro. En definitiva, que habían hecho un mal negocio con aquella compra, así que llamaron al embajador de España, que era el señor Zulueta, y se lo entregaron diciendo que era español. El embajador, muy buena persona por cierto, se lo llevó encantado y como el Centauro no tenía ninguna gana de volver a España sin tener la oportunidad de conocer Berlín y asomarse a las vallas de las grandes obras que los jefes del régimen nazi acometían en la ciudad, le instaló una casita de madera y le dejó quedarse a vivir en el jardín de la embajada. Se dio entonces la circunstancia de que entre el grupo de periodistas que en aquellos días visitaron la embajada iba el director del periódico madrileño Claridad y, admirado con la labia y los conocimientos de Florez, le nombró corresponsal fijo y volante.

–Tengo entendido que llegó a entrevistar al mismísimo Hitler.

–Así fue, aunque no se tratara de una entrevista periodística clásica porque, en realidad, fue el producto de un desafío.

–¿No me diga que desafió al Führer?

–Como lo oye, señorita. Y no solo eso: también retó al duce Mussolini, que era otro fanfarrón.

–Cuénteme cómo fue eso –le pidió Vera antes de solicitar al tabernero más chupitos de pacharán casero, no fuera a ser que a su interlocutor, que lo bebía con agua, se le secara el gaznate y dejara de hablar.

–En lo atinente al maldito Hitler aquel, nuestro Centauro Florez le retó a una partida de ajedrez con la sana intención de que demostrara que era tan inteligente como quería hacer creer. Ya comprenderá que tratándose de un centauro aceptó el desafío por mero divertimento y curiosidad, pues nunca había visto a un centauro que jugara ajedrez y, por otra parte, en contra del criterio de su correligionario, el paticorto y archimentiroso Goebels, estimó que ganar la partida a un tipo así era pan comido. Le citó en una lujosa residencia palatina del interior de la Selva Negra a la que el centauro llegó a galope tendido y, sin ofrecerle un zumo ni una manzana siquiera, le introdujo en una sala custodiada por guardias inmóviles, con los dedos índice a cinco milímetros del gatillo, se bebió de un trago media jarra de cerveza y le ordenó que moviera ficha, lo que el Centauro hizo con mucho gusto. Luego de beberse el resto de la cerveza y un largo trago de otra jarra –se las ponían de tres en tres–, aquel tío optó por una salida en tromba para arrollar a Florez, que enseguida adoptó una táctica defensiva y aplicó la técnica de guerrilla, con golpes certeros a la retaguardia. El tío le miraba de mala hostia y Florez, que de buena gana se habría tomado una birra, se reía para sus adentros y mantenía su seriedad profesional mientras le infligía una escabechina.

–Supongo que era consciente de que se jugaba la vida.

–Naturalmente que si, y por eso mismo cuando vio que el tío se iba poniendo rojo de ira y estaba a punto de estallar como una bombona de gas butano, le ofreció tablas a cambio de que le respondiera unas preguntas sencillas para el periódico cuya corresponsalía le había sido asignada. Y ahí tiene usted el origen, causa y razón de la famosa entrevista en exclusiva en la que aquel botarate, una auténtica bestia parda enloquecida, anunció su intención de apoderarse del mundo y de demostrar por las malas la superioridad de la raza aria.

–No me explico cómo nuestro Centauro salió vivo de aquella entrevista.

–Eso fue parte del trato, aunque en otros términos, naturalmente, pues Florez, que no tenía ni un pelo de tonto y sabía cómo las gastaba el tipo, añadió para quedar en tablas la condición de que le firmara un salvoconducto para poder entrevistar a su amigo Mussolini. Y como el tío aceptó y ordenó a un propio que le entregara su tarjeta, quedó atrapado en su propia decisión y no tuvo más remedio que dejarle marchar sano y salvo.

–¡Anda que le importa mucho a esa gente revocar o contradecir sus decisiones!

–Eso mismo pienso yo –reconoció el centenario don Camilo–, pero se ve que el demonio de Goebels no controlaba todas las horas del día de su muñeco asesino y al no estar enterado de la visita del Centauro no pudo ordenar que le apresaran.

El relato del bondadoso cartero jubilado prosiguió con el viaje a Italia del Centauro Florez para cabalgar al lado de Mussolini y preguntarle por las cuestiones que afligían a sus súbditos y a los demás pueblos de las riberas del Mediterráneo. De lo que no pudo hablar ya don Camilo fue del destino final del padre del centauro, pues lo mataron en la guerra y lo enterraron dios sabe donde, ni de la madre y la hermana, pues se marcharon a Lisboa y es más que probable que desde allí embarcaran hacia México, reclamadas por el Centauro Florez propiamente dicho. Antes de despedirse, la hermosa Vera supo también que la Pedorreta era la frágil motocicleta Guzzi que utilizaba el cartero para repartir la correspondencia.

Llegados a este punto de las rarezas consignadas por Vera Veraz en su recorrido por una parte del norte peninsular es oportuno señalar que así como ella y el profesor Leontief no albergaron duda de la existencia del Centauro Florez, el comité científico que examinó su trabajo manifestó profundas reticencias sobre un ser que según los doctos miembros pertenecía a la mitología y más recientemente a las creencias de algunos pueblos de América que nunca habían visto un hombre a caballo y pensaron que hombre y caballo eran el mismo monstruo. Entonces, como si hubieran adivinado de antemano los reparos hacia el Centauro, Vera y el profesor contraatacaron y pidieron que entrara en la sala de deliberaciones don Antonio Robles, quien confirmó la existencia y residencia en México, donde él mismo había vivido exiliado y de donde acababa de regresar, del refugiado Centauro Flores (nadie advirtió el cambio de la z por la s) y aportó datos tales como que coincidían con indeseada frecuencia en El Gayoso, que era el salón de la funeraria donde despedían a los amigos españoles que iban muriendo, y también se veían de cuando en cuando en la Tertulia de los Cuatro Gatos. Y dijo más. Dijo que había sido muy simpático, gran amigo de los niños, buen instructor de maestros y que dedicó toda su vida a hacer el bien a los demás. Lástima que los días sean demasiado largos y la vida demasiado corta. Eso dijo.

Ensayo sobre la Rareza (Del 26 al 30)

Torre romántica y digna residencia de personajes como Sabino Ordás y don  Tancredo Muerto
Torre romántica y digna residencia de personajes como Sabino Ordás y don Tancredo Muerto

Por KEY GOOD

26

Tenía Vera Veraz verdadera curiosidad por conocer a un personaje legendario, un trasterrado de vuelta a este país, del que había oído hablar en una tertulia de literatos y había leído un artículo en un periódico de papel. Le llamaban don Sabino y aseguraban que residía en una localidad llamada Ardón, no lejos de la capital de provincia a la que esperaban llegar al mediodía. Aunque se hablaba mucho de aquel don Sabino Ordás, pocos, muy pocos, le habían visto. Ni siquiera una licenciada de la Universidad de Salamanca, la más antigua y renombrada de España, que realizó su tesis doctoral sobre la vida y la obra literaria y filosófica de aquel eminente contemporáneo había podido hablar con él. Eso le parecía a Vera raro de verdad y estimulaba su curiosidad. ¿Quién, por importante que sea y ocupado que esté se puede negar a una una conversación con una estudiosa de su vida y obra? “Lo cierto es –le aseguró la doctorada– que durante medio año le llamé por teléfono cada semana para que me recibiera una hora con el fin de resolver algunas dudas y vadear algunas lagunas, y nunca accedió a una entrevista conmigo. Unas veces estaba constipado y otras indispuesto”.

–También le podías haber consultado por teléfono.

–Que te crees tu eso… Nunca se ponía al aparato.

–¿Y con quién hablabas?

–Con una mujer que decía ser su asistente y secretaria.

–Bueno, podías haber ido a verle sin aviso previo –sopesó Vera.

–Lo hice, pero no dio resultado; no le pude ver. La celosa secretaria, una mujer mayor que vestía de negro y se cubría la cabeza con un pañuelo negro atado al cuello, me dio con la puerta en las narices después de recomendarme con sus ladridos de mastín que me largara de allí y no volviera a molestar al señor ni en persona ni por teléfono… Figúrate las malas pulgas de la doña.

–Me hago cargo: no era molestable –dijo Vera.

–Le envié una invitación por si deseaba asistir a la exposición y defensa de mi tesis.

–¿Y?

–No apareció.

–Puede que tenga la cara o el cuerpo deforme como un monstruo.

–¡Qué va! Dicen que es un viejo de lo más normal, que sale a pasear con un cachorro de Berdulia, la perra más promiscua del lugar, y que gusta platicar con un guardia civil comunista y que se cura los constipados con unos suculentos asados de ancas de ranas rociadas con miel que le prepara una vecina muy religiosa a la que resolvió un dilema.

–¿Qué dilema? –se interesó Vera.

–De si las ranas son carne o pescado. Él le dijo que pescado, perfectamente comestible en Cuaresma sin contravenir las normas de la Santa Madre Iglesia ni perder las indulgencias plenarias.

–Por cierto, ¿cómo te salió la tesis?

–Muy bien: sobresaliente cum laude.

–Enhorabuena –la felicitó Vera.

Mientras recordaba la conversación con la especialista en el eminente personaje, el tren paró en una estación cuyo nombre podía ser Orejudo y entre los nuevos viajeros subieron dos mujeres tan gruesas que a duras penas cabían por el pasillo entre los escañiles. La de mayor edad era la más gorda y la más torpe. Las carnes se le derramaban por todas las partes del cuerpo. Se movía con gran dificultad y la joven la empujaba y gobernaba para que avanzase de costado. Se sentaron y en un instante prorrumpieron en un concierto de pedos que ahuyentó primero a los viajeros más cercanos y acabó vaciando el vagón. “¡Madre…, que cuescos!”, salió alarmada una muchacha. Leontief aprovechó la presencia del revisor para rogarle: “¿Podría usted, por favor, abrir alguna ventanilla del vagón para que no tengamos desgracia que lamentar por la acumulación de gas metano?” El revisor le contestó que no era posible en estos coches encapsulados de ahora, se asomó al vagón, dio media vuelta, cerró la portañuela, se encogió de hombros y regresó sobre sus pasos.

Antes de llegar a la villa de Ardón repasó Vera algunas referencias sobre el eminente desexiliado don Sabino Ordás. Unas aludían a su entorno actual y otras podían venir al caso para estimular la conversación que esperaba entablar con él. Para llegar a él y persuadirle de que la recibiera podía apelar a Saturnino Plata, agricultor y convecino, propietario de una cueva del vino. Este Plata era fácil de identificar por su corpulencia, que le valía el apodo de Platón. Luego estaba el vinatero Hilario, hombre amable y ameno; también, don Facundo Madruga, contertulio y buen amigo del filósofo y escritor; doña Chon Orallo, la piadosa vecina, excelente cocinera y cuyas ancas de rana, calificadas por Agustín García Calvo como “dignas del Altísimo”, le fortalecían y ayudaban contra gripes y constipados; Manuel Rodríguez, un cabo de la Guardia Civil con el que decían que el desexiliado echaba largos párrafos desde su regreso a España y que probablemente tuviera la misión de informar al gobernador sobre sus actividades, no fuera el diablo… Y también Filín, hijo del cantinero de Ardón. Y si había suerte, el maestro jubileta al que llamaban don Pedro. Digo “suerte” porque desvivía en una residencia de ancianos en la capital y aunque solía desplazarse a visitarle todas las tardes en un ciclomotor debidamente acondicionado con parabrisas, manguitos y gualdrapas contra las inclemencias meteorológicas, algunas veces le fallaba el motor.

Otras referencias le servirían, según pensó, para tirar del hilo de la conversación, comenzando por Hemingway: pescaron truchas y salmones a mano, en la primavera de 1947, durante unas vacaciones canadienses que fueron narradas por Steven Fitzpatrick en un artículo que le hizo ganar el Premio Pulitzer al año siguiente. Y siguiendo por Manuel Andujar, un hombre muy bueno, que ayudó desde su puesto de mando en un suplemento literario de un gran periódico mexicano a muchísimos literatos españoles trasterrados, y que profesó gran cariño y admiración a don Sabino, con el que cultivó una larguísima amistad marcada por los intermitentes desplazamientos de éste desde California al México DF. También le podía mencionar a Román Jakobson, el estructuralista al que el maestro de Ardón invitó a impartir un curso en Salt Lake, y a Bernard Malamud, el gran escritor del llamado “renacimiento judío” de la novela norteamericana, y a quien conoció en los Encuentros de la Universidad de Salt Lake. Malamud quedó muy impresionado por Ordás y le dedicó su libro “Idiots Fist”. Las referencias literarias, cinematográficas, científicas y hasta políticas de las que Vera Veraz iba pertrechada eran abundantísimas y tan auténticas como la amistad con Federico García Lorca, Luis Cernuda, Alejo Carpentier, Saul Bellow, Max Aub, Arturito Barea, Andrés Carranque de los Ríos, Arturo Morí, Ricardo Gullón, Anselmo Carretero y Jiménez, Luis Buñuel, Pompeu Fabra, Buenaventura Durruti, Pablo Picasso, María Zambrano, Gonzalo Sobejano y hasta Miguel de Unamuno, con el que hizo una excursión a Alba de Tormes, según las referencias que sobre la relación de don Sabino con el atormentado filósofo del dolor del alma había obtenido en una de esas revista de “gran impacto” científico que casi nadie conoce y muy pocos leen. En la relación de relaciones del eminente personaje no podía olvidar a Paulino Masip, cuya novela Diario de Hamlet García fue considerada uno de los mejores relatos en lengua castellana del segundo tercio del siglo XX,ni mucho menos a Truman Capote, con cuya hermana Leia mantenía don Sabino una larga relación epistolar. Capote iba diciendo a los amigos de Nueva York que Ordás había regresado a España y que vivía en “un lugar imaginario, jamás nombrado en ningún mapa”. Se nota que conocía el deseo de sabio de Ardón de no ser molestado.

La localidad de Ardón era un lugar tranquilo y llano, rodeado de arcillosas tierras de labranza en las que jaspeaban algunos viñedos con cepas de poca altura y se alzaban maizales, girasoles y cereales en parcelas de regadío. Leontief admiró un área de ondulados montículos. Bajo aquellos gibas del terreno, los lugareños conservaban unas cuevas excavadas por sus antepasados para fermentar el mosto de la uva y custodiar el vino en grandes cubas. Era como si las personas hubieran aprendido de los conejos, dijo el profesor. O de las hormigas, dijo Vera. Casi todas las familias con raíces en el pueblo tenían su “bodega”, pues así llamaban a aquellos agujeros en los que se guarecían de la canícula veraniega y de la friura invernal y celebraban largas meriendas a base de tomates, chorizo, jamón y vino de las cubas. El nombre le venía, al pueblo, de un rey visigodo que sucedió a Aguila II y reinó entre el 712 y el 720 de nuestra era. Leontief elogió ante Vera la arquitectura de adobe y consideró contrario a la armonía natural el zarpado de la fiera de la moderna construcción vertical. Ya en el casco urbano admiraron la rotunda firmeza del edificio más sólido y monumental, a prueba de inundaciones, o sea, la iglesia parroquial, y se encaminaron hacia la taberna de Hilario a tirar del hilo y degustar el vino. Les atendió un mozalbete con gesto de estar a disgusto en este mundo. Les puso dos copas de vino de la tierra. Vera le preguntó por don Sabino y él contestó sin mirarla siquiera: “Pregunten a mi padre”, y se sentó en lo alto de un arcón a seguir leyendo una novela de Coetzee. Vera dedujo en voz alta: “Tu debes ser Filín”, y el joven asintió sin levantar la vista del libro. Era como si aquel homínido –se dijo Vera– no hubiese alcanzado la capacidad del homo sapiens de mirar y admirar la belleza femenina. “Entonces –añadió– nos podrás indicar el domicilio de don Sabino”. El joven negó con la testa. “Este es más raro que las montañas de Holanda”, dijo el profesor con la copa de clarete en una mano, caminando hacia la puerta del establecimiento a ver la calle. Poco después entró un hombre con un saco de patatas y otro de cebollas a la espalda, cantando un aria de la Traviata de Verdi como un Alfredo Kraus cualquiera. Bajo el peso de los tubérculos miró de abajo arriba a Vera. “Enseguida estoy con ustedes”, dijo cuando ella le preguntó a modo de descubrimiento: “¿El señor Hilario, verdad?” Tomaron el vino a palo seco, sentados en unas sillas de plástico ante una de las mesas, también de plástico, que había en la entrada de la cantina, y cuando apareció aquel Hilario, le solicitaron más vino y unas porciones de tortilla de patatas, especialidad de la casa, a las que llamaban “pinchos”.

–Pues sí, ahí anda el hombre –dijo Hilario en alusión a don Sabino–. Que ¿qué tal marcha dicen ustedes? Pues como siempre, marchar marcha como siempre –añadió el tabernero antes de alzar la voz y ordenar a un vecino que se acercara: “¡Madruga, ven p’acá!” El vecino certificó que la salud del sabio era excelente y aseguró que disponía del último grito tecnológico, una computadora u ordenador o como le digan. Él mismo había visto con sus ojos cómo la descargaban de una furgoneta que venía de la capital y se la entraban en casa. “Se ve que con esos inventos modernos le sacan más rendimiento a la producción humana y tengo p’amí que hasta la fuerzan y todo esos pirañas de las editoriales”.

Madruga miró a la señorita y al cantinero y soltó una risita al despedirse y seguir camino de sus quehaceres. Vera se quiso cerciorar:

–Así pues, no está tan delicado de salud como tengo entendido.

–Pues no, lo que es delicado no está.

–Se ve que las ancas de rana hacen milagros.

–Ya lo creo.

–Tengo entendido que viene mucha gente a visitarle.

–Más de la que él quisiera –dijo Hilario.

–Gente ilustre –me refiero.

–Ya lo creo. Ayer, sin ir más lejos, anduvo por aquí un periodista muy nombrado, don Jorge Bezares, ¿le suena? –Vera asintió–; venía de Cádiz con su esposa, Mari Carmen, y tres mozos a cual más guapo. Y el día anterior vinieron unos extranjeros. De Holanda me parecieron a mí. Y ingleses también vienen muchos y hasta de los Estados Unidos y todo. Es lógico. Estuvo tantos años por allá.

El cantinero era hombre locuaz y agradable y sentía orgulloso del sabio o, como decían ahora, del “intelectual” de bien ganada fama, no solo en el mundo hispano sino también anglosajón y hasta germano, pues, aunque ese día él estaba de compras en la capital y no le pudo ver, hasta el mismísimo Gunter Grass había estado por allí.

–De mal carácter, nada –aseguró en respuesta a Vera–. Hombre, lo que pasa es que es crítico con la mugre. ¿Cómo no va a serlo? Usted considere que han sido décadas de mierda, de mucho estiércol, ¿no sé si me entienden? Ríanse ustedes de los establos de Aurgías… Ni con todo el agua del Sil, el Esla –que por ahí pasa–, el Duero, el Tajo, el Ebro, el Guadiana y el Guadalquivir limpiamos este país.

Dicho eso, añadió vino a su copa y a la de los visitantes y en respuesta a Vera Veraz negó que don Sabino rechazara las visitas:

–Hombre, lo que pasa es que le hacen perder mucho tiempo y claro, eso repercute en la producción del pensamiento, y quien dice pensamiento, dice también del estudio del chino, porque anda aprendiendo el chino mandarín.

–¿A sus años?

–Ya lo creo.

–¿Qué edad tiene? –se interesó el profesor.

–¡Uf..! Pongamos que es inmortal –dijo el cantinero.

–¿Entonces no rechaza las visitas? –le preguntó Vera.

–Quien haya dicho eso miente como un bellaco. ¿Cómo va a rechazar visitantes tan ilustres como los que por aquí se acercan? No digo yo que no se haya negado a conversar con algún mugroso de la vieja corte y el roñoso pesebre del dictador que se murió, tíos desalmados, plagiarios, aprovechados, censores, represores, mediocres y hasta chivatos sin escrúpulos. Pero quitando eso, todo el mundo es bienvenido y bien recibido. Pregunten si no a los buenos narradores de estas tierras, a sus amigos Luis Mateo Díez, José María Merino, Juan Pedro Aparicio… ¡Un trio de aupa! O a ese periodista gordito, Dámaso Santos, que aun siendo lo que su apellido dice, no deja de ser un buen enredador.

–¿Tendría usted inconveniente en acompañarnos a su domicilio y presentarnos a don Sabino?

Se quedó el cantinero en silencio como si tuviera que meditar la petición de la hermosa Vera, acercó la copa de vino a los labios, bebió, se aclaró la garganta con un leve carraspeo. A continuación miró con franqueza al profesor Leontief, esbozó una sonrisa y le preguntó:

–¿Usted también cree o está en el misterio?

–Cosas más raras se han visto –se justificó Leontief mirando a Vera Veraz. Ella sonrió como si quisiera disimular el escozor del anzuelo clavado en el cielo de la boca y a continuación dijo: “Aunque don Sabino no esté, para nosotros siempre existirá; tampoco somos quién para vulnerar su inmortalidad y, mucho menos perjudicar la afluencia de visitantes a esta tierra de vino y pan llevar”. El cantinero se lo agradeció: “Así me gusta” y enseguida entonó: “O sole mío…” “O sole, o sole mío –le acompañaron a duo–, sta ‘nfronte a te, sta ‘nfronte a te!”

27

Al pasar por delante de una oficina bancaria, leyó Leontief el rótulo en lo alto de un cartel anunciador, celosamente pegado al grueso vidrio, y replicó en voz alta: “Un fantasma recorre Europa y el resto del planeta: es la usura”. Vera también leyó el letrero: ”Ahorradores del mundo, veníos”. Y constató la vigencia de Marx y Engels.

28

En el apeadero de Villalibre subió al tren una pareja de jóvenes de apenas dieciocho años de edad, él con una gorra colocada del revés que ponía Laser, unos pantalones vaqueros muy anchos y mal ajustados a la cintura, camiseta cenicienta y una cazadora de cuero de decimoqinta mano, y ella con media cabeza rapada al cero y la otra media con el cabello teñido con los vivos colores de los pájaros tropicales. Auparon sus mochilas al portaequipajes, se quitaron las zapatillas y se acomodaron en los asientos mascando chicle. De vez en cuando se daban un pico en los labios como dos pajaritos. Quiso el descuido y la vibración ferroviaria que de una de las mochilas mal cerradas cayese un bote metálico de esos que llaman spray sobre la testa del revisor. El hombre puso mala cara. Lógico. Sin dejar de pasarse la mano por la cabeza con el pelo en retirada para palpar el brote del chincón, examinó el spray y comprobó que contenía pintura. Era un Mega Colors de alta presión de los que utilizan los grafitteros. El hombre hizo su lectura y sacó una conclusión. Se guardó el bote en el bolsillo de su pantalón de revisor, puso voz de mando militar y ordenó a los jóvenes: “¡Quietecitos ahí!” Después giró sobre sus tacones, cerró con llave la puerta del vagón, volvió a girar, recorrió el pasillo a paso ligero, salió por la otra puerta y la bloqueó también para que nadie pudiera salir. Por fin había atrapado (o eso creía él) al comando de graffiteros que en los últimos tiempos plasmaban su arte, identidad, señas y señales (o lo que fuera) en las carrocerías de los trenes, acaso para que su obra y su marca recorrieran la geografía y surtieran efecto, estimulando a otros a seguir con la protesta (o la competencia). El tren perdió velocidad en una sucesión de curvas y entró en la siguiente estación. Instantes después apareció el revisor en compañía de dos guardias civiles para arrestar a los jóvenes. Pero los jóvenes ya no estaban allí, habían desaparecido. El revisor hizo un gesto de decepción, se pasó la mano por la cabeza y enseguida una mujer le informó de que habían saltado por la ventana. Al oírla, un guardia dijo: “Esos se perniquebraron, no andarán lejos”. El revisor preguntó a la informante: “¿Y el material?”. Se refería a las mochilas. La mujer señaló a Leontief y dijo: “Se las tiró ese señor”. Los guardias miraron al profesor y uno de ellos se acercó: “Perdone caballero, ¿ha ayudado usted a dos delincuentes a huir?” El profesor levantó la vista del libro y contestó que no le constaba que los dos jóvenes fueran delincuentes. Y enseguida añadió: “Por lo que he podido averiguar, son hijos de Muelle”.

–Muelle murió –aseguró el guardia.

–Entonces, huérfanos de Muelle –precisó el profesor. Vera Veraz anotó el nombre de “Muelle” en el apartado de anónimos raros por su insistencia en dejar su marca, un simpático muelle, en las paredes de toda la geografía ibérica.

29

Llegaron a unas tierras altas y verdes, salpicadas de robles, toxos, carballos y otros árboles que con el avance de la “sociedad del conocimiento” perdieron el nombre y ahora llaman “biomasa”. De las lecturas y conocimientos previos en contraste con aquel paisaje dedujo Vera que en dos o tres horas llegarían al punto de destino y podrian hallarse ante su objetivo, pues ya estaban en “tierra mágica”. El profesor asintió y añadió que además de mágica era “lírica” aquella tierra. Y a renglón seguido emprendió un monólogo sobre la afirmación de un histório intelectual de que España era “triuna”, con una zona lírica o galaico-portuguesa; una zona dramática o central, de norte a sur, y una zona plástica o mediterránea. El intelectual se llamaba Salvador de Madariaga y se había significado por su afán de europeizar España. “Tal era su talla política y pensativa –dijo el profesor– que salió elegido diputado de la II República por esta tierra sin pisarla una sola vez para pedir el voto a sus pobladores, gente inteligente, astuta y melancólica”.

El profesor se explayó sobre el citado Madariaga y lo elogió como un hombre de Estado que de la teoría juvenil tridimensional pasó a la observación más coincidente con la realidad de que España era en realidad una nacion de naciones y profesó el federalismo. Murió en el exilio, en Francia. Tan acendrado fue su patriotismo y su amor a España –característica común de la mayoría de los exiliados durante la dictadura que se alzó sobre una montaña de muertos y arruinó el país por cuarenta años en el siglo XX– que ni un solo día dejó de pensar en España y estando ya en la última curva del camino dejó escritas unas notas sobre lo que, a su entender, podía ser la articulación del Estado español mediante un sistema de “autonomías” que reconociendo la identidad histórica de las distintas naciones peninsulares e insulares evitara la desmembración del Estado como, según pronosticó, iba a ocurrir en Yugoslavia cuando el mariscal Josip Broz, Tito, desapareciera, lo que, en efecto, ocurrió después de un baño de sangre en las salvajes guerras civiles que asolaron los Balcanes en las dos últimas décadas del siglo XX. El Estado de las Autonomías –siguió explicando el profesor– fue un bodrio que no respetó la identidad histórica de Castilla y de León, un bodrio histórico desde el conocimiento y el sentimiento histórico, aunque un bodrio útil porque sirvió para evitar la separación de otras naciones históricas como Catalunya, Euskalerría y Galiza. Y también sirvió para evitar los recelos y agravios de los demás pobladores, sobre todo, andaluces, extremeños, manchegos, aragoneses y de otras zonas. ¿No sé si me entiendes? Vera asintió: “Te entiendo, Leo; entiendo que el bodrio aplastó a leoneses y castellanos”. El profesor movió levemente la cabeza y dijo: “Más o menos”. A continuación añadió: “Aquel intelectual, el federalista Madariaga dibujó en 1969 el mapa de lo que a su modo de ver debía ser el Estado autonomico en España. ¿Y sabes qué? Que al final su dibujo coincidió, extrañamente, con el mapa autonómico recogido en la Constitucion de 1978”.

–Rara coincidencia –dijo Vera.

–O inspiración de políticos –dijo el profesor.

–Supongo que tiene que haber gente así –dijo Vera.

–Si, ”hay gente pa tó”, que diría Belmonte cuando le presentaron al filósofo José Ortega y Gasset –dijo el profesor antes de recomendarle que leyera la biografía que del torero Belmonte escribió el periodista Manuel Chaves Nogales.

30

Sin tiempo para reflexionar sobre los raros fenómenos providenciales, como el referido por el profesor, se halló Vera ante don Tancredo Muerto, personaje de luenga y guedeja barba, mirada de miope a través de unas antiparras con la montura de pasta, piel cobriza y oxidada, más flaco que Valle Inclán.

–Debemos entender que don Tancredo duró poco.

–Muy poco –dijo don Tancredo Muerto.

–¿Cuánto?

–Lo que duran los gorriones.

–¿Cuánto es eso?

–Una década, año arriba, año abajo.

–No está mal –afirmó Vera Veraz–. ¿Y de qué murió?

–Las mujeres…

–¿Lo dejó por las mujeres?

–Lo mataron las mujeres.

–¿Cómo fue eso?

–Terrible, fue terrible.

–¿Me lo puede contar?

–¿Y para qué quiere saberlo?

–Para escribirlo…

–¡Qué escribirlo ni escribirlo! Eso ya lo hizo un tal Hemingway.

–E incluirlo en el estudio sobre…

–Qué incluirlo…

–No me interrumpa, por favor. –le rogó Vera.

–No me interrumpa usted cuando la estoy interrumpiendo… ¡Ni incluirlo ni nada que se le parezca, ¿estamos?!

Vera asintió con un mohín de decepción y apagó la grabadora de imagen y sonido con la que solía recoger los testimonios de los humanes, dispuesta a dejar a aquel don Tancredo Muerto con sus malas pulgas y a salir cuanto antes de aquella casa alejada del último núcleo urbano y plantada junto a un acantilado. En ese momento, una voz que procedía del piso superior interpeló a su interlocutor: “¿A quién riñes, Tancredo?”

–Me están haciendo una interviú –contestó. Luego añadió en tono cordial–: Usted disculpe, señorita; ya comprenderá que soy inclasificable.

–Como algunos de su clase –dijo Vera para chincarle. El viejo aguantó el puyazo y Vera lo interpretó como un signo positivo y decidió explicarle su tarea científica relacionada con la verificación de las más singulares rarezar humanas como aquella de permanecer impávido…

Don Tancredo Muerto soltó una carcajada de las que espantan palomas.

–¿He dicho algo gracioso?

–Impávido… ¿Sabe usted, criatura, lo que es impávido?

–Dícese del que no expresa emoción ni responde a los estímulos sensitivos, según creo.

–Ya veo que no lo sabe; es un asqueroso juego de mafiosos; si quiere, se lo cuento.

–No lo hagas –dijo el viejo de arriba, bajando por la escalera de tablas gimientes. Don Tancredo se lo presentó como el amigo Johannes Tellefsen, un noruego grande con un cabezón enorme.

–Llámeme Super –dijo.

–¿Super… qué?

–Super Viviente.

–Tanto gusto, don Super Viviente. ¿Por no quiere que me cuente ese juego?

–Es asqueroso y machista –dijo el noruego elevando con dificultad su cabezota de girasol agostado.

–Tanto da –dijo Vera–. Cuéntemelo –añadio mirando a don Tancredo.

–Ya digo que lo practican mucho los mafiosos y algunos de esos que aquí llaman empresarios, individuos sin escrúpulos. Se juntan a cenar y a los postres de la cuchipanda llaman a las señoritas putas, las meten debajo la mesa y juegan al impávido propiamente dicho. Las chicas hacen su trabajo de fondo en las braguetas de esos cabrones, y el primero que rompe la impavidez, pierde y paga la comilona y las putas. ¿Qué le parece?

–Harto lamentable.

La conversación derivó hacia los abusos de palabra y obra sobre las mujeres. En la católica España caían asesinadas unas cincuenta mujeres al año. Las mataban los maridos, los novios, los compañeros sentimentales. ¿Qué sentimientos eran esos? Durante las décadas de dictadura, atraso y burricie predominó el lema: “La maté porque era mía”, y la justicia, aun siendo ciega, miró para otro lado. Y al no ser sorda, la justicia, escuchó el vocablo “pasional” de aquellos crímenes y atemperó el castigo de los criminales, equiparándolo en muchos casos con los correspondientes a las faltas leves. Todavía hoy el lenguaje sigue infestado de expresiones campanudas como “cojonudo” por bueno y valeroso y “coñazo” por negativo y empalagoso. La temática animó a Vera a volver a la carga.

–¿Y dice usted que a don Tancredo le mataron las mujeres?

–Más o menos –reafirmó éste.

–Las odiará, supongo.

–En absoluto.

–¿No les guarda rencor?

–Ni una chispa, nada. Yo las amo, son lo mejor de la vida, lo mejor del mundo, sin ellas no habría mundo.

–Pero lo mataron, ¿no?

–Correcto. ¿Por qué cree usted, criatura, que me llaman Muerto, don Tancredo Muerto?

–Porque lo mataron, claro.

–Correcto. Pero lo mismo que le digo eso, también le digo otra cosa: a lo mejor me libraron de la muerte.

–No le entiendo.

–Quiero decir que al quitarme de en medio, ¿quien sabe si no impidieron que un toro me atropellara, me corneara y me ultimara de mala manera?

–Entonces, ¿cómo debo interpretarlo? –insistió Vera.

–Yo diría que fue un crimen de lesa igualdad –terció don Super Viviente.

–Correcto. Anda, cuéntaselo tú –dijo don Tancredo.

El noruego no había dejado de mirar a Vera de reojo y depositó el lapicero y el cuaderno de láminas en una silla de culo de paja para poder hablar con las manos y la boca al mismo tiempo. Luego principió:

–Mi amigo Tancredo es el primero de España y del mundo entero en mantenerse quieto, clavado en el ruedo, desde que sale el toro bravo hasta que termina la lidia y lo arrastran las mulillas. Su éxito es grande, grandísimo. El público enloquece de temor y pavor. Su fama se expande por las ondas hertzianas y en todos los sitios reclaman su presencia.

–Correcto.

–Su cotización aumenta, gana mucho dinero, amasa una fortuna.

–Exacto.

–Pero ya sabe usted lo que pasa con estas cosas.

–¿Qué pasa?

–Que enseguida se despierta la jodida ambición y aparecen imitadores en todas partes. La inflación de don tancredos aumenta de un modo proporcional a la caída de la bolsa. Hay gente dispuesta a morir por cuatro duros, y lo que es peor, algunos mueren y raro es el que no acaba en la enfermería por no pintarse debidamente de cal, aunque lo más grave no es la competencia de los incompetentes; lo más grave es que algunos tancredos son mujeres disfrazadas de hombres. Ahí se jodió todo. Las autoridades dijeron que eso sí que no y cortaron por lo sano y prohibieron los tancredos.

–Correcto –dijo don Tancredo Muerto.

 

 

Ensayo sobre la Rareza (Del 21 al 25)

 

Acampada 15M en la Puerta del Sol
Acampada 15M en la Puerta del Sol

Por KEY GOOD

21

Muchas, varias y variadas razones de admiración halló Vera Veraz en la lectura de los libros que el jugador conjugador le regaló. Aquel tipo sentía pasión por los lemas comerciales y políticos. Se diría que era un cazador de lemas. De la eclosión de Mayo del 68, cuando en París y en muchas otras ciudades de Francia, y también de México, los jóvenes salieron del cascarón y ocuparon las calles contra la guerra y la mierda del capital, volaron consignas como la imaginación al poder, bajo los adoquines está la playa y muchas otras sobre la utopía al alcance de la mano. Revolotearon libres como mariposas, pero enseguida fueron atrapadas por un ejército de cazadores con munición a cuenta de la industria, el comercio y la política.

Pasó el tiempo y se registraron otras revueltas. De la explosión de indignación contra los sátrapas de varios países del norte de África, Siria y la Península Arábiga, en la primera década del siglo XXI, quedó la sangre derramada por las decenas de miles personas y la asociación de dos sustantivos, primavera árabe, en competencia con el lema de unos grandes almacenes.

Pasó el tiempo, poco tiempo, y en la primavera de 2011 estalló en España la ola de indignación de la juventud por la falta de empleo, pan, techo y futuro, debido a la supeditación de los políticos y gobernantes a los intereses de los especuladores financieros que arramblaban con todo lo que tenía algún valor, incluida el agua que bajaba por las ramblas, el viento que soplaba y el sol que calentaba. Los jovenes españoles eran listos, habían estudiado, estaban bien preparados y en vez de bautizar la protesta con una asociación de palabras que pudiera ser explotada por el sistema económico dominante, utilizaron dos números y una letra: “15M”. Todos conocían su significado: 15 de mayo, fiesta del Isidro y día de la decisión de acampar en la Puerta del Sol, la plaza principal de la capital del Reino y kilómetro cero de España. Ningún publicista osó utilizar aquel 15M como hicieron con la foto del Che Guevara que tomó en 1960 Alberto Díaz Korda durante el entierro de las víctimas de la explosión de un buque fondeado en La Habana. La foto «no fue concebida, sino intuida», dijo una vez Korda.

En este punto se quedó Vera pensando y al comprobar que el profesor seguía el vuelo de una avispa que insistía en cruzar la ventanilla del tren, le preguntó si algún lema de los que iba a enunciar serviría de gancho comercial. Leontief aceptó el juego y dijo: “Dispara”.

–No estamos de paseo, estamos de cabreo.

–Zapatillas duras que provocan rozadoras –dijo el profesor.

–No es una crisis, es una estafa

–Con una flecha hacia la tienda de al lado.

–De norte a sur, de este a oeste, la lucha sigue cueste lo que cueste.

–Para la OTAN o su palíndromo NATO.

–Parados, moveos.

–Para una discoteca.

–Pienso, luego estorbo.

–Para la fábrica.

–Perroflauta peligroso.

–Para la puerta de casa.

–Dormíamos y despertamos.

–Para un centro de rehabilitación de comatosos.

–Únete, a ti también te roban.

–Para quitarle clientes a las compañías eléctricas, telefónicas, etcétera, mediante la organización de cooperativas.

–Manos arriba, esto es un contrato.

Se quedó el profesor pensando y contestó después de un minuto: “Para ladrones sin imaginación”.

22

Una pareja de la Guardia Civil con sus acharoladas prendas de cabeza, uniforme de gala y armas reglamentarias al cinto, subió al tren en el apeadero de Laska. Uno miró al profesor y saludó con aire superior:

–¿Qué tal todo?

–Todo es mucho –correspondió el profesor.

Los agentes de la ley se disponían a sentarse junto a ellos, aunque optaron por depositar sus traseros en los asientos contiguos, donde viajaba un hombre de aire cansado que enseguida arrojó por la ventana el pitillo que acababa de encender. Los guardias se percataron.

–¿No sabe usted que está prohibido fumar?

–En cuanto les he visto he caído en la cuenta.

–¿Adonde va?

–Más bien vengo. Del tajo vengo. El cabrón del encargado me ha puesto turno de noche… ¿Adonde se dirigen ustedes, tan elegantes en día de diario?

Los guardias no contestaron. “Ya caigo –añadió el hombre–; seguro que van al desfile del nuevo gobernador”. Uno asintió con el tricornio.

–¿Desfilan muchos efectivos? –se interesó el trabajador.

–Todos –dijo un guardia.

–Buen día para los atracadores.

–Ya te digo –asintió el guardia.

23

Vera Veraz escuchó la antedicha conversación y comentó después con el profesor la fabulosa capacidad de los medios de comunicación social de producir frases hechas y modismos raros.

–Cierto –dijo Leontief–, raro es que al interesarse por uno no añade todo, como si uno fuera la totalidad o de uno le interesara nada en realidad. Y raro, también, ¡vive Dios!, que no llamen efectivos a los guardias, aunque de efectivos tengan poco. En fin, los modismos pasan. Lo que permanece en este reino es la Guardia Civil con su tricornio, su lema…

–¿Qué lema?

–Son dos. Uno para la casa-cuartel: “Todo por la patria”…

–¡Claro!

–¿Qué claro?

–El “todo”; por eso preguntan “todo” –aclaró Vera.

–Podría ser.

–¿Y el otro lema?

–El otro es de comportamiento: “Paso corto, vista larga y mala leche”.

24

Después de la interrupción de los guardias prosiguió Vera Veraz la lectura de las obras del jugador de palabras y alcanzó varias conclusiones. Fue la primera y principal que aquel hombre al que la Guerra Civil de 1936 impidió realizar más estudios que los de la escuela de Ferrer Guardia en la ciudad de Santander y más aprendizaje del que se derivó de sus tardes en el periódico local del que su padre era tipógrafo, alcanzó nombradía como conjugador de palabras gracias a la lectura, una y otra vez, de aquel libro que Gringo Viejo, Ambrose Bierce, nunca había sido capaz de leer: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Extraño y admirable le parecía a ella que un joven que tuvo que abandonar su país con lo puesto obtuviera fama y fortuna con perlas y lemas cervantinos mucho antes de aquella eclosión de mayo del 68 que llenó el mundo de mariposas, y que lo hiciera en norteamérica, donde la influencia de la lengua del prolijo William era abrumadora. El propio John Fitzgerald Kennedy tuvo noticia de las perlerías del tipo y le llamó para que, con otros creativos, elaborara su campaña sobre la nueva frontera. A Kennedy lo mataron poco despúes. A él pudieron haberlo liquidado mucho antes, en la Batalla del Ebro, en la que, con 18 años, había alcanzado el grado de capitán del Ejército de la República. Fueron derrotados por los que se hacían llamar “nacionales”, que muy nacionales no eran si tenemos en cuenta el masivo reclutamiento de combatientes oriundos del norte de África, a los que llamaban “moros”, y la enorme ayuda de hombres y máquinas de guerra que recibieron de los jerarcas nazis de Alemania y de los jefes fascistas de Italia. Fueron derrotados, pero él salvó el pellejo. Salian de retirada hacia Francia por la frontera de Port Bou cuando un soldado que llevaba un libro le pidió tabaco y él le entregó el paquete entero a cambio de aquel ajado volumen. El soldado accedió encantado. Era El Quijote. Ni remotamente podía imaginar que aquel libro marcaría y cambiaría su vida.

En este punto prorrumpió Vera en una letanía interior del tenor de “con la iglesia hemos topado, amigo Sancho; libre nací y en libertad me fundo; no existe oficio de mucha ganancia que no se obtenga sin comprar a alguien; eso que llaman necesidad se extiende por todas partes; la libertad, amigo Sancho, es el mayor don que a los hombres dieron los cielos; errar es de hombres y ser herrado de bestias…” Y por ahí para allá.

Después de pasar la noche del 5 de febrero de 1939 en el túnel ferroviario de aquella localidad de Port Bou, donde se hermanó con el también capitán Luis Cilla, que tenía galletas y carne enlatada, el jugador de palabras llegó a Banyuls, donde aquel Cilla reconoció al gran poeta Antonio Machado, sentado con su madre en un banco de la plaza del pueblo, a la espera de un transporte que les llevara a París. Hacía un frío de cojones y temiendo que don Antonio y su madre agarraran una pulmonía, les entregó su capote militar. Pocos días después, el poeta murió en la cercana localidad de Collioure, y al jugador, todavía en ciernes, le ocurrió lo que decía el poeta: «Leyendo El Quijote me parece comprenderlo todo. ¿Será cierto que don Quijote habla a cada uno con su propia voz?»

A mucha necesidad, hambre, desgracia y desventura sobrevivió el jugador en los campos de refugiados a los que fueron conducidos en Francia –aquellos arenales al pie del mar donde tantos se ahogaron voluntariamente con su dolor– y en la tierra mexicana a la que finalmente pudo llegar. La observación de la cultura y los usos de las gentes de por allá y la quijotil lección fueron para él una herramienta tan polivalente como esas navajas que además de cortar, abrir latas, descorchar botellas, también sirven para abrir puertas. Entró por la puerta de la publicidad, sus ideas tuvieron éxito, su esfuerzo obtuvo recompensa. Creció, creó su propia marca, construyó su edificio, se relacionó con los mejores y mayores publicistas, inventó palabras –por ejemplo, mercadotécnia en lugar del marketing inglés–, descubrió y lanzó músicos y cantantes que alcanzaron fama y favor popular. Un día, ya “doctor honoris causa” por varias universidades, el escritor mexicano Jorge Megía Prieto lo comparó con un “pescador de perlas” y lo calificó de “cincelador de laconismos magistrales”. Para demostrarlo, el Megía aquel, tuvo la ocurrencia de apelar al acertijo. Escribió cuatro frases –una: la caridad con los pobres es la propaganda de los ricos; dos: la política es un conflicto de intereses disfrazados de lucha de principios; tres: el cretinismo electoral es, seguramente, el producto más importante de la propaganda, y cuatro: un elector es la persona que goza del sagrado privilegio de votar por un candidato elegido por otros– y a continuación preguntó: “¿Qué frases son de Eulalio Ferrer y qué frases de Maurice Bierce?”

Otra cualidad de aquel personaje, el jugador y conjugador de palabras, impresionó a Vera Veraz. Fue su rara gratitud. Rara en el sentido de que si es de bien nacido ser agradecido, no tenía por qué mostrar su agradecimiento a un personaje de ficción como el ingenioso hidalgo manchego. Sin embargo, antes de que en Memphis surgiera el museo del rey del rock, Elvis Presley, y de que la Unión de Estados Americanos, USA, se llenase de salones de la fama, había él instalado en Guanajuato el Museo Cervantino que, en agradecido homenaje, iba acumulando cuantos motivos artísticos (plásticos, literarios y musicales) hallaba al alcance de la mano y la billetera aquel Ferrer. El Museo Iconográfico del Quijote, MIQ, situado junto al famoso monumento al Pípila, alcanzó una relevancia internacional extraordinaria y contribuyó mucho al reconocimiento de Guanajuato como ciudad patrimonio de la humanidad por parte de la Unesco. Es hoy un foco cultural que ilumina la ciudad de un modo permanente, incesante y continuado. La potencia de la gratitud impelió al jugador de palabras a organizar en esta ciudad el Festival Internacional Cervantino, considerado el festival más famoso del Estado y probablemente el evento artístico mexicano más conocido a nivel mundial. Desde 1972 se celebra cada año a finales de octubre e incluye decenas de representaciones musicales y teatrales, así como manifestaciones artísticas y literarias que se desarrollan en calles, plazas y edificios públicos. Atrae a artistas de primer nivel e invitados de todo el mundo.

25

En la estación de Gado subió al vagón un hombre de pelo negro, frente escasa, rostro ancho y bigote negro y espeso con las puntas hacia abajo, cual corchetes de los labios. Vera le echó entre cincuenta y sesenta años. Sus manos no tenían signos de trabajar en el campo. Saludó con la cabeza y se sentó frente al profesor, quien le observó a intervalos y después le preguntó:

–¿Es usted méxicano?

–Si, pues… ¿Y en qué lo ha notado güey?

–Se parece mucho al Chapo Guzmán –dijo el profesor.

–Ya me lo dijeron pues… Vaya tranquilo cuate, que no soy el pendejo que se fugó de la cárcel de alta seguridad del Altiplano por un túnel iluminado, bien ventilado y con raíles… ¿Qué opina usted señorita?

–Que de alta seguridad, nada de nada–dijo Vera.

El tren frenó, el viajero se despidió: “Con Dios”, y se apeó en la estación, dejando tras de sí el mosqueo y la duda.

–¿Crees que era el Chapo? –preguntó Vera al profesor.

–Desde luego parecía un fantasma –dijo el profesor antes de añadir que hay gente así, descerebrados que emulan a los famosos, aunque sean de la calaña del diablo–. En una ocasión, visitando el Parque Disney, en Orlando, vi a tipo idéntico al entonces presidente de Estados Unidos, George W Bush. El público porfiaba por hacerse fotos con él más que con el Pato Donald. Otra vez, en el Metro de Madrid me topé con otro tipo clavadito al jefe del Gobierno que había entonces, un gallito presumido y belicoso, y tuve que interponerme para evitar que un viajero le partiera la cara. Esos gilipollas corren sus riesgos.

Vera apuntó una observación sobre los raros parecidos, casuales o intencionados, y recordó que su amiga Marta vio a Pinochet en un comercio de Londres y pensó que era un doble –los dictadores suelen tener esas cosas–, por lo que no avisó a la policía para que lo detuviera, por genocida. Luego se dijo que si el extraño viajero fuera en verdad el criminal jefe del cártel de Sinaloa ya habría cambiado de cara para que nadie le reconociera, y se quedó tranquila.

Ensayo sobre la Rareza (Del 16 al 20)

Mano de santa
Mano de santa

Por KEY GOOD

16

En general no les resultaba difícil, a Vera y al profesor, hallar rarezas locales a poco que preguntasen. Unas eran totales y otras parciales, unas eran de nacimiento y otras sobrevenidas. En una localidad intermedia que tenía catedral y era cabeza de partido judicial decidieron apearse del tren y disfrutar del tiempo primaveral obtuvieron la referencia de un ilustre personaje del que decían que insultaba estupendamente. De primeras se podía decir que en España se insultaba mucho y bien desde los lejanos tiempos de don Francisco de Quevedo y Villegas. Pero de un antiguo alumno de las monjas conocidas como Discípulas de Jesús en su tierna infancia y de los frailes jesuitas parecía rara aquella cualidad.

–¿Y qué insultos son esos? –se interesó Vera Veraz.

–Se los busco en un momento –respondió el informador, un librero jubilado a los cincuenta años de un ente oficial. Desapareció en la trastienda y regresó con un cuaderno–. Léalos usted misma –dijo a Vera indicándole una hoja manuscrita. Vera leyó en voz alta: “Inconsistente, tonto, inútil, bobo, incapaz, acomplejado, cobarde, prepotente, mentiroso, inestable, desleal, perezoso, pardillo, irresponsable, revanchista, débil, arcángel, sectario, radical, chisgarabís, maniobrero, indecente, loco, hooligan, propagandista, visionario, chapucero, excéntrico, disimulador, estafador, agitador, fracasado, triturador constitucional, malabarista, mendigo de treguas, traidor a los muertos…”

–¿Y dice usted que este hombre ha llegado a jefe de gobierno?

–Así es –afirmó el librero.

–¡Válgame Dios! –exclamó el profesor.

El periódico del día siguiente aportaba más cromos a la colección, pues aquel excelentísimo señor presidente de gobierno tildaba de “títere de los radicales” a su principal adversario político, al que profesaba tal aversión que no se explica cómo no le llamaba aversario.

17

A propósito de insultos apuntó el profesor Leontief el histórico amomiado. Se utilizaba ya poco. De su origen –bien repugnante, por cierto– refirió la costumbre de algunas gentes de alcurnia de sacar de la tumba las momias de ciertos santos y acostarlas en la cama al lado de los moribundos.

–¿A santo de qué? –se interesó Vera.

–Por ver si obraban milagro –dijo el profesor.

–¿Se dio el caso?

–No, que se sepa –contestó el profesor–, aunque no faltaron amomiados que del susto y el horror de contemplar a la momia a su lado y olfatear su olor a cuero viejo pensaron: “Mira lo que voy a ser”, y recuperaron las ganas de vivir y una cierta lucidez. Ahí tenemos el caso de Felipe IV, que viéndose acompañado de la momia de San Isidro Labrador, recuperó las luces y dicen que pronunció algunas frases notables y que cambió testamento. Pero ni aun amomiado pudo vencer a la muerte y durar más de unas horas, pues, en contra de la creencia del cardenal primado y del nuncio, la momia no lo sanó. Eso no quita para que le ayudara a entrar en el cielo.

–Eso me recuerda…

–También a mí –la interrumpió el profesor, en referencia a la amomiación del último dictador español mediante el uso del brazo incorrupto de Santa Teresa de Jesús. La momia entera era imposible de reunir, ya que los restos de aquella mística emprendedora fueron dispersados a trozos. Según la política propagandística que hace cinco siglos llamaban «del corazón», quedó la buena mujer más repartida que la lotería de Navidad. El brazo izquierdo y el corazón se conservaron en Alba de Tormes, el dedo meñique se lo cortó el padre Gracián para quedárselo él, la mano derecha y el ojo izquierdo fueron llevados a Ronda y la izquierda acabó en Lisboa. El pie derecho y un trozo de la mandíbula superior fueron enviados a Roma. Un dedo llegó a la iglesia de Nuestra Señora de Loreto en París, otro viajó a Sanlúcar de Barrameda. Los demás fueron esparcidos por la España de la cristiandad.

–¿Podríamos decir que la santa andariega anduvo más en muerte que en vida?

El profesor dudó antes de responder: «Busca un cuentakilómetros. ¡Ah! Y no olvides el último viaje de la mano derecha, desde Ronda al Pardo, ida y vuelta».

18

Siguiendo el curso de un río llegaron a un pequeño pueblo de catorce casas, media docena de perros y siete u ocho vecinos con caras de aburrimiento. Vera preguntó a una mujer si el pueblo tenía gente ilustre. De primeras, doña Dora se extrañó, aunque enseguida convocó a otros vecinos y entre todos fueron sacaron nombres y referencias de algunos allí nacidos que habían alcanzado cierta notoriedad. Figuraba entre ellos un aviador, la hija de una de allí que se había ido a Barcelona y se había hecho militar y había muerto en Bosnia, uno que llegó a cura y ahora decían que andaba en Roma, por lo no sería de extrañar que, con lo listo que era, llegara a obispo y a cardenal.

–Se nos olvida Recaredo –dijo, al pronto, una vecina.

–¿El tío Recaredo, dices?

–Si, el que mataron en Mauthausen.

–Ese no cuenta, no era español.

19

Sostenía el profesor Leontief que no por carecer de recursos naturales eran pobres muchos pueblos y recomendaba a su ayudante que averiguase y valorase la materia gris que aportaban al Estado y a la humanidad en su conjunto. De esa consideración, rara por cierto en los tiempos del “fraking”, los parques eólicos y los huertos solares que se vivían cual fiebre del oro en la atormentada geografía Ibérica, obtuvo Vera Veraz algunos hallazgos raros, como aquella aldea en la que celebraban reuniones desde tiempo inmemorial para contarse cuentos unos a otros y, a falta de escuelas y maestros, se enseñaban también a leer y a escribir unos a otros, dándose el caso de uno que halló empleo de barrendero en la ciudad, donde tampoco había escuelas para los niños pobres, hijos de obreros, lo que le animó a recogerlos en la Casa del Pueblo cuando acababa la faena y a echarles cuentos y enseñarles el silabario y las cuatro reglas principales de la aritmética. Muchos años después, aquel hombre que barría las calles salió en un libro que escribió un dirigente político muy célebre, el cual confesaba orgulloso: “A mí me enseñó a leer un barrendero de Avilés”.

Eso no quita –añadía el profesor– para que haya otras muchas personas que llegan a la vejez sin saber qué han venido a hacer en este mundo.

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En una ciudad del norte se enteró la bella Vera de la presencia de un gran jugador –no un deportista, sino un jugador de verdad– que había ganado una fortuna y sintió curiosidad por saber cómo era. El jugador accedió a concederle una entrevista y la citó en su casa, en un barrio alto, donde pasaba unos días de vacaciones. Ella esperaba encontrar a un tipo joven o, por lo menos, de mediana edad, alto, apuesto, de recias mandíbulas y cara de granuja. Pero en vez del modelo de tahúr del Misisipi, con su chaleco, su traje oscuro y su sexto dedo, se encontró a un viejito apacible, regordete, tranquilo, azucarado y con leves síntomas de la enfermedad de Parkinson.

–¿De verdad se ha hecho usted millonario con el juego? –le preguntó cuando se hubieron sentado ante un ventanal desde el que se veía la hermosa bahía a la que se asomaba la ciudad.

–Si, con los juegos de palabras –respondió el jugador.

–Eso si es raro.

–No tanto como usted cree si tenemos en cuenta la belleza y potencialidad del castellano, amiga mía –argumentó el jugador y, a continuación, le fue mostrando algunos libros que había escrito y publicado durante su larga, exitosa y productiva vida de publicista allende el océano Atlántico, comenzando por el que tituló De la lucha de clases a la lucha de frases.