Madrid, 1-03-2022.– Luis Díez
Después de ordenar la invasión militar de Ucrania, la madrugada del 24 de febrero, Vladimir Putin dijo a la nación que “la operación especial militar” tenía el objetivo de “desnazificar” el país. El presidente de Rusia evitó la palabra “guerra”. Su mensaje era también una consigna, pues los principales medios de comunicación rusos no pronuncian ni escriben la palabra que los avergüenza. De antemano sabemos que la guerra es destrucción y muerte y ruina. Y también mentiras. El Putin que ayer aseguraba que no iba a atacar a los vecinos y hermanos del sur los invade con toda la ferretería pesada y los está masacrando con misiles.
Además de un mentiroso de marca mayor, el autócrata ha demostrado la perversidad que alberga su cabeza de cebolla al envolver su mensaje en la capa histórico-ideológica de “desnazificar” Ucrania. ¿Acaso estamos en 1941 y las divisiones nazis han invadido el territorio ucraniano? La connotación histórica, perversamente calculada, apela a la memoria y los sentimientos del noble pueblo ruso que acudió a combatir a las tropas de Hitler junto a sus hermanos ucranianos. Por cierto que entre ellos había un buen puñado de republicanos españoles. Tuve la ventura de amistar con uno de ellos, el aviador José María Bravo Fernández-Hermosa. Combatió como guerrillero en la región de Azov, con el mando en Jarkov. Realizó operaciones de sabotaje a la retaguardia alemana en unas condiciones climáticas muy adversas, en las que perder el contacto visual, desorientarse y morir congelado eran sinónimos. Después, como aviador, fue jefe de una escuadrilla de Kittyawks (avión norteamericano, por cierto) encargada de proteger los pozos petrolíferos de la región de Bakú, en el Caspio. Le vi por última vez (murió el 26 de diciembre de 2009) en la presentación del hermoso libro de memorias que escribió con la colaboración del amigo Rafael de Madariaga y publicó la Fundación Aena: El seis doble: Bravo y los Moscas en la Guerra Civil Española y en la Segunda Guerra Mundial.
En términos políticos e ideológicos resulta sorprendente que el belicoso mandatario ruso consigne el término “desnazificar” cuando la extrema derecha ucraniana fue humillada en las elecciones generales ucranianas de 2019. Recibió menos del 2% de los votos. Eso es mucho menos apoyo del que consigue en países indiscutiblemente democráticos como España, Francia, Alemania o Italia. Ucrania es un país democrático, cuyo presidente popular fue elegido en elecciones libres con más del 70% de los votos. Pero además, como recordaba Jason Stanley en The Guardian, el presidente Volodymyr Zelenskiy es judío y proviene de una familia parcialmente aniquilada en el Holocausto nazi.
Bastaría lo dicho para demostrar la falacia del plutócrata ruso si no fuera porque además ese tipo que persigue, encarcela y liquida a periodistas y dirigentes de la oposición democrática encabeza el movimiento fascista global. No cabe engañarse, de comunista, como algún político botarate afirma todavía, sólo tiene la pobreza de la población de su país, acentuada durante sus más de veinte años de mandato. Las palabras de admiración y apoyo hacia del gran instigador de la ultraderecha occidental, el expresidente estadounidense Donald Trump, confirman el liderazgo faccioso de Putin. Se podrá decir, como hizo Felipe González Márquez cinco años antes del asalto al Capitolio, que Trump es un “necio” redomado, pero su bravuconada ha dado la vuelta al mundo. Y no conforme con respaldar la invasión de Ucrania a sangre y fuego, el necio añadió que “eso mismo (la invasión militar) deberían hacer ellos con México.
Ya sabemos que el nazi-fascismo es el culto al líder que promete la restauración de la grandeza de la nación supuestamente saqueada por inmigrantes, desnaturalizada por minorías étnicas y religiosas, y amenazada por feministas, gays y cuantos movimientos sociales y políticos reivindican la libertad y la igualdad. El líder fascista se erige en salvador y se cree llamado a restaurar la antigua gloria imperial (y a menudo el antiguo territorio) con violencia y por las armas. Eso es, precisamente, lo que está haciendo el canalla Putin contra Ucrania. Y contra el noble pueblo ruso, que debería “desnazificarle”, es decir, echarle ya del Kremlin a patadas.








