Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es
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Él caminaba cansinamente por la orilla, sintiendo la caricia de la espuma de las olas a sus píes cuando ella alzó la vista de la novela de intriga policíaca. Sus miradas se cruzaron. Él disparó:
–Ni se imagina quién es el asesino.
Ella se sorprendió; no esperaba que el paseante le hablara. Amagó una sonrisa y contestó:
–Vale, pero no me lo diga.
Él inclinó la cabeza en señal de obediencia y reverencia y ella siguió enredada en la palabrería del ocurrente del relato, pero ya nada era lo mismo: el tipo no estaba mal y, después de todo, le resultá agradable que alguien la saludara. Alzó la vista y le vio desaparecer a lo lejos. Él retuvo en la retina la imagen de la mujer de mediana edad, tendida en la hamaca, con las tetas al sol, y le pareció dulce y jugosa y se reprochó no haber soltado más hilo a la cometa.
La escena se repitió al día siguiente. Ella todavía ignoraba quién era el asesino, pero tanto daba, pues él pronunció un formulismo: “Vaya, qué casualidad, de nuevo nos encontramos” y ella apretó las rodillas y se incorporó para saludarlo. Él se acercó y se autopresentó. Ella hizo lo propio. Luego, en un instante, ella sacó de su bolsa de playa un spray de bronceador, se roció los brazos y los hombros y se lo entregó.
–Sería tan amable de ponerme en la espalda.
Él se sintió encantado de distribuir por las costillas de la bella aquella sustancia aceitosa y perfumada y, con su permiso, la distribuyó por la piel hasta la parte baja de la cintura cubierta por la elástica tela del bikini. Ni que decir tiene que se esmeró en las caricias y se recreó en el cuello y la clavícula. En un instante sintió el deseo de atraerla hacia su pecho, pero se contuvo. “¿Le gusta?” Ella asintió. El abundó:
–¿Qué es lo que más le gusta?
Ella emitió un “jeje” e hizo una larga pausa como si repasara el catálogo de placeres de Epicuro. Finalmente dijo:
–Que me besen antes de dormir.
–¿Y al despertar?
–También.
Él entendió la propuesta y aceptó el rollo según el orden establecido, es decir, la invitó a cenar y a tomar cava antes de acompañarla a la cama.
Algún tiempo después, el hombre y la mujer maduros se casaron bajo Cuerda, que era el alcalde de Vitoria, el primero de España en implantar un registro de parejas de hecho. Del asesino nunca se supo.
Empuñó el manillar, tomó impulso y saltó al sillín. De sobra sabía que la resistencia de los materiales disminuía con la edad y podía pegarse un trastazo de campeonato si montaba a la carrera, pero aquella llamada inesperada la inundó de alegría y, como si le hubiesen inyectado energía en vena, cerró la puerta de casa y se echó a pedalear con un brío juvenil desconocido. Aunque la bicicleta era un poco pesada y llevaba una cesta delate y un cajón detrás con la inscripción “caja B”, adelantó a unos residentes alemanes, gente mayor que venía a envejecer junto al mar y traía unas bicis estupendas, y recorrió a toda mecha los cinco kilómetros de carretera asfaltada hasta el camino que conducía a la parcela. Desde el cañaveral vio a Salus y le gritó para que se acercara.
El hombre trabajaba una franja de huerta entre la alfalfa y el maíz. Se incorporó a medias.
–¿Qué pasa María? –gritó, escorando a popa su sombrero de paja.
–¡Noticias del niño!
El hombre soltó la azada y se acercó. La mujer le informó de la llamada del hijo con el anuncio de que venía el sábado a verles. El hombre la miró con expresión de escepticismo propia de Sexto Empírico.
–¿Tu crees?
–Joer, Salus, claro que sí, esta vez sí; me ha dicho que viene a comer –replicó ella.
Desde que el hijo fichó por el Elche y empezó a crecer como futbolista se fue alejando cada vez más de casa (Valencia, Barcelona, Milán…, Múnich) hasta el punto de que en los tres últimos años solo le habían visto alguna vez, por televisión.
–Ya veremos –dijo el hombre, recordando las veces que el niño anunció su visita y no vino.
Llegó el sábado y el hijo se presentó en casa a las 13:00 horas, como había dicho. Se había corrido la voz y la calle se llenó de niños, adolescentes y curiosos, deseosos de saludarle. Él abrazó y besó a la madre con mucho cariño, tendió el brazo sobre los hombros del padre y lo estrechó contra sí. Le pareció menos duro y más avejentado. “Se ha enternecido”, pensó. Dejó que les hicieran fotografías, repartió autógrafos y camisetas a los niños. Entraron.
–He preparado una paella marinera y te he hecho esas natillas con espuma y canela que tanto te gustan –dijo la madre.
Él le dio un beso y le acarició el cabello, recogido en una trenza.
–Gracias, mamá.
El padre le ofreció cerveza tostada sin alcohol y almendras fritas con sal. Él prefirió Coca-Cola, se sirvió un vaso con hielo y estuvo mirando los discos y los libros del impoluto salón, todos en su sitio, tal como los había dejado. A continuación entró en su alcoba. Tuvo la impresión de que el tiempo se había detenido allí dentro. Sus construcciones de Lego seguían en los anaqueles en perfecto estado de revista; sus cintas y discos compactos de Dover, Celtas Cortos, Nirvana… reposaban encasillados al lado del Aiwa con tocadiscos y radio-casete al que había añadido dos altavoces suplementarios para conseguir música envolvente; sus libros y agendas escolares permanecían en aquellas cajas de los chinos, tan limpias y bonitas. Salió. El padre le llamó desde el patio trasero, aromatizado por la frondosa higuera cuyas hojas protegían los tomates, pepinos, pimientos y cebollas que el hombre traía de la huerta y vendía los sábados en el mercado de la plaza. El hijo se acercó hablando por teléfono. El padre le mostró la cosecha, él respondió moviendo arriba y abajo la cabeza. El padre quería preguntarle cómo le iba las cosas, pero el hijo seguía con el telefonillo pegado a la oreja. El padre sacó la navaja, agarró un gran tomate “pata negra”, lo lavó en el grifo de la pila, lo partió, espolvoreó unos granos de sal y se lo dio a probar con la intención de que abreviara la conversación, pero el hijo lo desestimó con un gesto. La madre se asomó y anunció que la paella estaría en su punto en diez minutos. El hombre dispuso los cubiertos, las copas, el agua, tostó pan para el alioli, colocó la ensaladera. El hijo le siguió. Había cancelado la comunicación, pero antes de que la madre pudiera dirigirle la palabra, volvió a sonar su telefonillo y regresó al patio a hablar de sus cosas. El padre le hizo un gesto de disgusto. Unos minutos después, cuando regresó, dijo: “Me habían dado descanso, pero el capullo del entrenador ha rectificado y me obliga a jugar”. Le miraron sin saber si eso era positivo o negativo. Se sentaron a la mesa sin que el hijo se separara del iPad; en vez de empuñar el tenedor, tecleaba mensajes. La madre se interesó por su vida amorosa y él dijo que “bien”.
–¿Habrá boda? –incidió el padre.
El hijo sonrió, se encogió de hombros y siguió tecleando.
Puesto que pasaba el tiempo y el hijo seguía a lo suyo, sin probar la paella, la madre le sirvió y comenzaron a comer. El impertinente volvió a sonar y el hijo respondió a la llamada. Entonces María, deseosa de hablar con su hijo, elevó la voz para ahuyentar al interlocutor –“¡Ya está bien, estamos comiendo!”–, pero el hijo se incorporó y salió al patio. Cuando regresó llevaba un adminiculo en una oreja que le permitía escuchar y comer a la vez. Abordó la sabrosa gramínea que se enfriaba en el plato, picoteó tomate y espárragos de la ensalada, comió algunos tropezones de conejo, saboreó dos mejillones y algunas gambas peladas. Y todo ello entre monosílabos y palabras a medias, como si hablara con las moscas. Luego, en un instante, mientras la madre le servía las natillas, se quitó de la oreja el novedoso artefacto y les explicó “las implicaciones” de tener que salir al terreno de juego desde el primer minuto (entrenamiento, estudio del adversario, charla del entrenador, gimnasio, partidillo…) Sonó un timbre. Era de la puerta. El taxista venía a recogerle. Él besó a la madre, abrazó al padre, al que entregó unas entradas para que fueran mañana a verle jugar aquel partido decisivo de la liga europea de campeones. “Faltaría más”, dijo el padre deseándole suerte y cuidado con las lesiones. De los grandes ojos azulados de María brotaron lágrimas.
En la calle, a un paso de la puerta, el enredador Vericuetos había dejado un tomate rojo de mediano tamaño y cruzado apuestas con los parroquianos de la taberna cercana a que el futbolista le daba una patada. Ganaron los del no.
Conocí a un tío raro. Me lo presentó una amiga de la Universidad. “Me han invitado a una fiesta con mi pareja –me dijo–, pero se da la circunstancia de que no tengo pareja”. Acepté encantado. “El anfitrión es un poco raro”, me advirtió de camino hacia una urbanización privada, de ricos y muy ricos, donde se celebraba la fiesta. A primera vista, el anfitrión me pareció un tío normal. Se quitó las gafas ovaladas para besar efusivamente a mi amiga, después me tendió la mano y dijo que sentía mucho placer de conocerme. Era uno de esos hombres maduros que se estancan después de pasar la década veloz (de los 30 a los 40 años) y permanecen quietos, parados, como en conserva. En este caso, sin una arruga en su cara suavemente bronceada ni una cana en su pelo castaño, peinado hacia atrás con gomina. Salvo la connotación química de su segundo nombre (le pusieron Protasio porque nació el 19 de junio, santos Gervasio y Protasio), no hallé más rareza en él. “Eso es porque no te has fijado bien”, dijo mi amiga. Paseábamos con un mojito en la mano por el enorme e historiado jardín que rodeaba la mansión de su amigo rico y “un poco raro”. Ella saludaba a sus colegas biólogos y veterinarios, allí invitados a cuenta del proyecto Lince Ibérico para la reproducción y conservación del felino montés. Yo quería hacer honor a mi oficio de observador y trataba de localizar visualmente al tal Protasio o Prota (su primer nombre era Ignacio) para descifrar su rareza. No era fácil. La noche empezaba a extender su manto y la tenue iluminación del jardín dificultaba la identificación de las personas. Nos sentamos en un banco de piedra y estuvimos contemplando el insólito vuelo de los murciélagos.
De pronto, lo vi.
–¿Ves como es raro? –dijo ella.
–Y se va a pegar una hostia.
–Eso le decimos, pero él turris burris.
Durante un buen rato estuve observando las evoluciones del tipo y, más que raro, me pareció un gilipollas o, por lo menos, más incongruente que el personaje de Ramón Gómez de la Serna en el relato del mismo título.
–¿Y anda siempre así?
–Si, desde que le conozco nunca le he visto andar hacia adelante, siempre para atrás.
–Supongo que lo hace para llamar la atención o para llevar la contraria a los demás, pero válgame Dios –repetí– si en una de esas no se cae y se estroncia o le atropella un autobús o…
–Él dice que no, que está desarrollando una mirada periférica como los animales herbívoros y que mientras tanto le vale con los espejitos retrovisores en los cristales de las gafas.
–Si es que hay gente pató –dije a lo Belmonte.
Unos años después, aquel rico anfitrión, propietario de grandes extensiones de tierras en Extremadura y marido de una hermosa mujer que había sido miss regional, se sufragó su escaño de senador y fue promocionado por el líder del partido conservador a la Presidencia del Senado. El vicepresidente de la Cámara Alta, que se sentaba a su lado y le veía tomar apuntes en una libreta oficial, me comentó que era un tío raro. Ya no caminaba hacia atrás, pues un trastazo le había curado aquella manía; ahora escribía palabras al revés, del final hacia el comienzo, como si llevar la contraria al orden natural y cultural de las cosas fuese lo suyo. Acabó en la oposición. Lógico.
Dos meses después volvieron a coincidir en un andén de la estación del Metro de la Puerta del Sol.
–¿Qué tal, Fiol, sigues con tus estudios no reglados? –se interesó ella.
–Hola Marisa, pues si, en ello me ando –ironizó él.
Hablaron del asunto. Él definió la Mundología objeto de estudio como una acumulación de conocimientos y vivencias útiles para pasar el tiempo y ella imaginó lo estupendo que debería ser tener la vida resuelta como aquel pollo rico de familia.
–¿En qué materia andas ahora?
–En la arbitrariedad –dijo él–; llevo un tiempo recogiendo arbitrariedades sonadas, a cual más injusta y caprichosa, y te aseguro que la mies es mucha y sorprendente.
–¿Por ejemplo? –le instó ella.
–La última de la colección fue perpetrada por dos tipos de aúpa, uno era el papa Pío VII y el otro san… –hizo una pausa obligada por ruido del convoy– Napoleón Bonaparte. Resulta que el Sumo Pontífice se sintió tan agradecido al belicoso general porque después del estruendo de la Revolución Francesa restableció e incrementó los privilegios de la Iglesia Católica en Francia que no solo acudió a su coronación como emperador en la catedral de Notre Dame el año 1802, sino que decidió concederle un regalo celestial.
En este punto Fiol interrumpió su relato. Subieron al vagón.
–¿Un regalo celestial?
–Pues sí. Resulta que el emperador carecía de fiesta onomástica, ya que su nombre no figuraba en el santoral, y entonces el Papa consideró que le agradaría figurar en el calendario católico, como en efecto así fue, y decidió instituir la festividad de San Napoleón coincidiendo con su nacimiento. Pero había un problema: el emperador había nacido a última hora del 15 de agosto y ese día estaba ocupado por la Virgen María. ¿Qué hacer? Dado que entre los últimos minutos de la festividad mariana y los primeros del 16 de agosto apenas mediaba una pequeña pausa, el Papa consultó al corso y éste aceptó haber nacido un poco más tarde. Sin embargo, el 16 agosto estaba ocupado por San Roque, un santo muy querido por los campesinos franceses (y españoles), pues era de Montpellier (antiguo Reino de Aragón). ¿Qué hacer? Pio VII no lo dudó: desplazó la fiesta del santo y su perro al 18 de agosto y decidió que el 16 fuera San Napoleón, cuyo festejo oficial se celebraba por todo lo alto, con misa solemne, parada militar, fastuosa recepción palatina, banquete y baile en Versalles, fuegos artificiales sobre el Sena y toda la pesca…”
–Con razón aquí le llamaban “Napoladrón” –dijo Marisa.
–¡Anda qué bueno! ¿Quién te lo ha dicho? –preguntó él.
–Benito Pérez Galdós por escrito… Bueno, yo me bajo en esta.
–Entonces hasta la próxima, Marisa. Ah, se me olvidaba: cuando derrocaron a aquel Napoladrón devolvieron a San Roque a su lugar.
Cargaba con un apellido injusto. Se apellidaba Graset (gordito en castellano) en contraste con su fisonomía de joven espigado y flaco. Era un tipo amable, divertido, buena persona. Poseía una laringe y un oído privilegiados. Con sólo oír dos o tres veces a un personaje podía reproducir su voz como si fuera él. Algunas veces nos sorprendía por la espalda con la voz impostada de Felipe González y de otros dirigentes políticos de aquel tiempo. Trabajaba de corresponsal en Madrid para una emisora de radio catalana. Un día lo repatriaron y ya no le volví a ver. Supongo que la vida es eso, gente que vamos viendo y que dejamos de ver.
Pero al cabo de muchos años –y aquí empieza el cuento– me lo encontré o, mejor dicho, lo identifiqué en el aeropuerto Adolfo Suárez. En la fila de facturación me precedía un tipo con la cabeza rapada, enfundado en un lujoso terno azul de ejecutivo o directivo empresarial. Al llegar al mostrador intercambió unas frases con el factor. Su voz me sonó familiar, me escoré para verle la cara y casi sin pensar prorrumpí:
–¿Graset..?
–¿Si, cómo me ha reconocido? –dijo, sorprendido.
–Por la voz.
Me escudriñó con sus ojos de miope y al instante abrió los brazos. Tras el abrazo nos preguntamos cómo nos trataba la vida y, con la premura del caso, a donde iba cada cual. Ambos nos dirigíamos a París. Una rápida gestión nos permitió ocupar dos asientos juntos.
Me dijo que había dejado el periodismo, la radio, la televisión, el grupo de teatro de su pueblo, que era la Tramoya de Vila-seca si mal no recuerdo, y ahora trabajaba para el Estado. Me extrañó que aquel joven inquieto, alegre, sin corbata, sin horario, siempre veloz en pos de la noticia se hubiese convertido en un burócrata. Pero enseguida añadió que realizaba misiones para los servicios de inteligencia.
–Inteligencia es lo que necesitan los servicios esos; no pegan una.
–Es una forma de decir que hay que ser más listo que el enemigo –aclaró.
Recordé el papel lamentable de los servicios secretos ante los atentados de los terroristas islamistas del 11 de marzo de 2004, cuando asesinaron con bombas metidas en mochilas abandonadas en los trenes de cercanías del corredor del Henares (Madrid) a 192 personas. “No se oye nada”, decían los mandos de esos servicios en referencia a sus antenas internacionales. Menuda tropa de sinvergüenzas.
–Mentían como bellacos por orden del jefe del Gobierno –susurró.
–¡Joer, Graset! ¿Y tú trabajas para esos buitres de acero inoxidable?
Soltó una risita resignada y se sintió obligado a aclarar que no había dejado el periodismo del todo: solo había solicitado una excedencia voluntaria por nobles razones. El término “noble”, aplicado a la tarea de espiar, me pareció estrafalario y así se lo participé. Entonces, imitando la voz del presidente francés Emmanuel Macrón, profirió una retahíla de vocablos en ruso y me contó la misión de acompañar al mandatario francés en una conversación telefónica con el canalla Vladimir Putin. Las palabras en ruso eran frases ofensivas, insultos que debía proferir durante la conversación, como si fuera Macron, para soliviantar a aquel tipo. Esa era solo una parte de la tarea asignada aquella mañana, ya que después se trasladaría a toda mecha a Ginebra (Suiza) para repetir la operación durante la conversación que el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, mantendría con “cara de víbora”. Así llamaba al belicoso Putin. Los diálogos iban a ser tensos, pues el muy sukin syn (pronunciación de “hijo de perra” en ruso) había bombardeado el puerto de Odesa unas horas después de aceptar el pacto de no agresión al envío del trigo y las gramíneas de Ucrania a los países necesitados y hambrientos de África y Asia.
Aunque el viejo amigo y colega hablaba con toda seriedad, no pude evitar acordarme de Miguel Gila. “Los insultos no matan, pero desaniman”, diría el gran humorista. Le pregunté si serviría de algo cabrear al canalla y me corrigió: “Cabrear no, enfurecerlo, oír sus denuestos, saber cómo insulta y poder calibrar su timbre y su tono de voz”. Quise saber la utilidad de aquel ejercicio nada diplomático para el objetivo anhelado de parar la guerra y sacar las tropas rusas de Ucrania, pero sonrió y me pidió que no le hiciera más preguntas. “Ya sabes que los procedimientos son secretos y, además, por tu propia seguridad no te conviene conocerlos… ni siquiera conocerme”.
Puesto que se cerró como una ostra, apelé a las conjeturas: “Con el canalla furioso puedes imitar su voz más enérgica y, una vez interceptadas las líneas de mando y control, ordenar directamente a los generales la retirada de las tropas de Ucrania. ¿Estoy en lo cierto?” Abrió mucho los ojos y respondió en ruso como si fuera el mandatario del Kremlin. ¡Por Júpiter que lo tenía bien ensayado! “No, no es eso”, dijo en castellano. Insistí. “Dado que eres un hombre de radio y televisión –dije–, me permitirás este breve guion: supongamos que se interceptan los canales de las principales emisoras de radio y televisión cuando el cabeza de víbora pronuncia el discurso, se lanzan sus exabruptos contra Estados Unidos, la NATO, la Unión Europea e incluso China. Y acto seguido se anuncia el final de la misión especial militar en Ucrania. Dado que el tipo apenas mueve los labios cuando habla, muy pocos notarán el mensaje impostado y, en cambio, todos celebrarán la decisión de poner fin a la invasión. Los rusos, cansados de tanta muerte, pobreza, tristeza y represión, saldrán a la calle a celebrar el fin del putinato”. Graset sonrió, pero esta vez se abstuvo de decir: “No, no es eso”.
Erase una vez un rey al que le gustaba ver la televisión. También le gustaban otras cosas como el buen vino, las corridas de toros, la caza mayor, las motocicletas… Las mujeres no le gustaban mucho, sino muchísimo. Un día flipó con una vedette que salía por televisión. Lógico: tenía un cuerpo y unas piernas de locura. Cantaba, bailaba, actuaba y era tan bella que optó a Mis Universo. El rey había tenido una juventud triste y una formación militar severa, pero ahora en el trono pensaba resarcirse, así que comunicó su sirviente de máxima confianza el deseo de conocer a aquella mujer. Éste habló con la artista y ella se sintió muy halagada de la admiración de su rey. Aceptó el encuentro, surgió el idilio y se convirtió en su amante secreta durante dieciocho años. Una, porque el rey tenía más. Y secreta, porque el rey estaba casado con la reina, tenían tres hijos (dos niñas y un niño) y la religión del reino condenaba la poligamia. Además, los súbditos eran chismosos y él no deseaba deteriorar su costosa imagen de buen padre de familia, hombre cercano, bueno, campechano y entregado al bienestar de su pueblo.
Pasaron los años, los niños se hicieron mayores, las dos infantas se casaron a su gusto y el príncipe, que aun siendo el menor estaba llamado a suceder a su padre en el trono porque así lo disponían una rancia ley del reino, flirteaba con alguna joven de sangre azul (y de la otra), pero no acababa de encontrar a la futura reina consorte, imprescindible para procrear y garantizar la continuidad biológica de la monarquía. De pronto, un día, mientras almorzaba con el rey y la reina, prorrumpió: “Quiero esa”. Y señaló a la televisión. La reina no lo entendió, pero el rey, que conocía el refrán “de tal palo tal astilla”, lo captó al instante. “Esa” era la periodista que presentaba el noticiario del mediodía. Enseguida se conocieron, se hicieron novios y, un tiempo después, se casaron y tuvieron dos hijas. Cuando el rey abdicó, el príncipe ascendió al trono. Ahora, siguiendo la tradición, a nadie extrañaría que la princesa heredera se enamorara por televisión. Cosas veredes, amigo Sancho.
Quedaron a cenar con unos amigos en el restaurante de los platillos volantes. Él le llamaba así porque cocinaban tan rico que el contenido volaba en un santiamén. Los amigos no habían llegado; eran veterinarios y se retrasaban cuando algún animal requería más tiempo del previsto, así que ocuparon la mesa y pidieron un aperitivo para hacer tiempo: él, un frasco de cerveza bien fría y ella un “distinto” o tinto de verano. Comentaban algún asunto menor cuando ella, sin modificar su semblante relajado, le susurró en tono imperativo: “¡Baja eso, haz el favor!” Él puso cara de circunstancias. “¡Por Júpiter!”, exclamó al tiempo que movía las posaderas, modificaba su postura e inclinaba el torso hacia adelante para disimular la erección. No era fácil.
Ella lanzó algunas ojeadas periféricas, imperceptibles, rápidas, sin apenas subir o bajar la cabeza ni girar el cuello, como si tratara de descubrir a la fémina que excitaba a su compañero. Tampoco era fácil, pues casi todas iban ligerísimas de ropa. Por supuesto, después de treinta años de matrimonio, se autodescartaba como causa del repentino estímulo.
Lo que ella no sabía, porque él nunca se lo había contado, era que de niño se encaramaba con otros guajes del pueblo a la tapia de un corral donde un verraco montaba y dejaba preñadas a las cerdas que le llevaban. El gorrino hozaba, prorrumpía en suaves gruñidos, se excitaba, iba desplegando el miembro y finalmente, tras varios intentos, las cubría. Él tendría entonces once o doce años y aquel espectáculo había sido su primera información sexual. Los apareamientos de Pelotas (así le llamaban) eran sonados. Los gruñidos de placer de los animales alertaban a los chavales, que enseguida se ayudaban unos a otros a subir a la tapia. Los coitos de Pelotas eran frecuentes y largos. Algunas veces duraban veinte minutos o más.
Ahora, al ver al camarero servir un jarrete de cerdo a los comensales de enfrente y contemplar el sacacorchos con el que abría una botella de vino, la memoria y su primo el subconsciente le jugaban una mala pasada.
–Te pone la damisela, no lo niegues –dijo ella, señalando con la mirada a una joven de exuberante anatomía.
–Es muy mona, pero te equivocas, hermosa –dijo él.
–Pelandusca descocada…
–No seas cruel, no pidas en verano una moral de invierno.
–Eres un cerdo, ¿lo sabías?
En ese instante llegaban los amigos Eladio y María del Carmen. Sin duda oyeron el reproche de la mujer y se percataron de que él, al incorporarse a saludarlos, estaba como decía el famoso exduque de Palma. Di tú que inmediatamente se acercó el camarero y él le pidió el descorchador y se lo mostró a los recién llegados.
–¿A qué se parece? –les preguntó.
El veterinario y su esposa se rieron.
–Al pito de un cerdo –dijo Eladio cuando el camarero se alejó, y luego añadió que la naturaleza es sabia y que el órgano sexual del verraco tiene esa curioso morfología en forma de sacacorchos porque el glande ha de abrirse paso a través de los pliegues del útero de la hembra para aparearse como es debido, enroscándose incluso en el cérvix.
Ni que decir tiene que la información fue muy útil para que él pudiera explicar a su compañera la causa y razón de la protuberancia bajo aquel pantalón de lino que tanto se arrugaba. ¡Qué risa con el sacacorchos!
El mundo era un guirigay. En una atmósfera estragada por la contaminación de los humanes y saturada de noticias falsas, posverdades, bulos y bolas irrumpía aquel virus (Covid 19 le llamaban) que mataba a cientos de miles de personas. Y por si fuera poca desgracia se añadía la decisión del genocida ruso de matar ucranianos, lanzando bombas, miles de bombas contra las ciudades del vecino país europeo. El ruido interno era también ensordecedor. Magistrados, directivos empresariales, dirigentes sindicales, líderes políticos de todas las tendencias y colores, jefes gubernamentales, leguleyos, politólogos, expertos en la totalidad… producían un zumbido incesante. Era comprensible que el director de un diario digital humilde, pero riguroso, necesitara un retiro espiritual de una semana en un monasterio. Y si podían ser dos, tanto mejor. En eso iba pensando calle arriba aquella mañana del caluroso mes de julio cuando sintió el temblor de rabo de lagartija en el bolsillo. Sacó el inoportuno, miró la pantalla, pulsó el botón, acercó el auricular a la oreja derecha y dijo: “Hola, Román, ¿qué te cuentas?” Román era un ilustre profesor que daba lustre y prestancia al periódico con sus columnas semanales. “Pues mira, hay tanto ruido que no tengo nada que contar; de hecho no sé de qué escribir”, dijo. Al director le reconfortó saber que el eminente catedrático se hallaba tan saturado de bulla, diatribas y falacias cómo él. “¿De qué te parece que escriba?”, le preguntó. A lo que el director respondió: “No estaría mal una columna sobre el silencio”.
Apenas dos horas después recibía la columna por correo electrónico. Con el título: “Personajes de pocas palabras”, aquel erudito afirmaba que los soldados del romano Julio César le llamaban el Oráculo, el cartaginés Aníbal solo pronunciaba monosílabos, el presidente Ulyisses Grant de Estados Unidos sostenía que todo el arte de la conversación consiste en saber callar. El propio Napoleón Bonaparte era hombre de pocas palabras, aunque una frase suya decía más que un discurso de cualquier otro. Carlomagno citaba a Confucio y opinaba que el silencio es el único amigo que jamás traiciona. El duque de Wéllington, que mandaba las tropas anglo-aliadas que derrotaron a Napoleón en Waterloo, rara vez decía algo más que sí o no y afirmaba que un general debe tener una gran cabeza y una lengua que no hable. El artículo seguía con Guillermo de Orange, al que llamaban Guillermo Taciturno porque era enemigo de la conversación y poseía una fisonomía tan expresiva que le ahorraba muchas palabras. Si tenemos en cuenta que juró fidelidad a Felipe II y luego encabezó la revuelta en los Países Bajos contra el emperador queda claro que además era un hombre sin palabra. Por paradojas de la historia ahora su apellido sirve de nombre a una empresa telefónica.
Me tentó el maestro Potagias. Primero me dijo que tenía más hambre que el perro del afilador, que se comía las chispas por comer algo caliente, y luego, como me negara a acompañarle al Hogar del Deportista a tomar un plato de lentejas con chorizo y un vaso de vino, me preguntó si quería conocer a alguien inmortal. Supuse que se refería a algún escritor célebre, un cineasta de renombre, un científico eminente… Mordí el anzuelo. Habíamos terminado la actuación, así que recogí los bártulos y nos encaminamos hacia la calle Mayor. Era más de la una de la noche de un frío viernes de febrero. Llegamos al pasadizo donde estaba el portal por el que se accedía a aquel establecimiento perfectamente clandestino. Llamabas al timbre del primer piso y te abrían. Si te equivocabas y llamabas al segundo, también te abrían: era una casa de putas. Subimos. En realidad, el Hogar del Deportista carecía de nombre, pero le decían así porque lo regentaba un boxeador retirado y tenía fotos enmarcadas y carteles de combates adornando las paredes y un futbolín en mitad del amplio salón configurado como un bar. El local estaba abierto toda la noche y podías comer lentejas y huevos fritos con puntillas. Además se podía fumar. El mago Potagias solicitó sus lentejas y un vaso de vino y yo pedí una cerveza. Ninguno de los cinco noctivagos de edad avanzada que ocupaban algunas mesas me pareció célebre e inmortal, pero el maestro señaló con el gesto y la mirada a un tipo endeble, envuelto en un abrigo azul marino y cubierto con una boina negra, que parecía dormitar o meditar ante una copa vacía y una libreta abierta sobre la mesa. “Ese tiene de inmortal lo que yo de obispo”, susurré. Potagias no respondió. Cuando apareció Morrosco con sus lentejas le pidió una botella de tinto Estola, y un platillo de aceitunas y se acercó con esa carta de presentación a la mesa del inmortal, quien se alegró de verle y le pidió que nos sentáramos con él. Pegamos la hebra. Era húngaro, pero manejaba tan bien la lengua de Cervantes que ya solo pensaba, dijo, en español. Había castellanizado su nombre, se hacía llamar José Atilano y se definía como “poeta productivo”.
–¿Y rentable? –le pregunté.
–Eso es otro cantar, va por rachas –dijo.
Escribía poemas de amor y de odio para unos dispensadores instalados en una cadena de grandes almacenes que al precio de un euro y, previa selección del nombre del destinatario, imprimía el poema y lo suministraba junto con un sobre para guardarlo y entregarlo o enviarlo. La primavera era la estación mas rentable, aunque el amor y el odio brotaban todo el año, nos dijo.
–Aquí, mi amigo y maestro Potagias sostiene que es usted inmortal.
–Lo soy –afirmó.
–Permítame que dude: de esta vida nadie sale vivo –dije.
–La muerte no me quiere –repuso.
Esperé a que saboreara unas olivas y el posterior trago de vino antes de preguntarle cómo rayos era eso, y entonces me echó una historia según la cual se enfadó muchísimo porque no le preguntaron si quería nacer.
–Hay cosas que no se preguntan, suceden y ya está –dijo Potagias.
A lo que el poeta del amor y del odio respondió que sin el derecho prístino a decidir entre ser o no ser no cabía hablar de libertad y todo era esclavitud.
–Ya me dirá cómo se las ingeniaría para preguntar a alguien que no existe si quiere o no quiere existir –dije.
–No hay manera, no es posible –concedió–, lo cual demuestra que estamos atados y la libertad es una entelequia –reafirmó.
Luego nos contó que él no deseaba nacer ni le interesaba la vida. El día que decidió poner fin a su estado corporal lo tenía todo calculado, sabía a qué hora exacta pasaba el tren cada día, caminó los tres kilómetros que separaban la estación del punto elegido, después de la curva del lago, se tendió en la vía y esperó mirando al cielo los diez minutos que faltaban para que las ruedas de hierro le cortaran el pescuezo. Pero pasaron diez, quince minutos y el tren no llegaba. ¿Qué estaba pasando? Se incorporó, volvió sobre sus pasos y vio el tren parado a lo lejos. Cuando llegó comprobó que un hombre se le había adelantado. Desde entonces se creía inmortal.
El evento tuvo un gran éxito. Según el cronista mayor de la Villa llegaron gentes de varias ciudades peninsulares e insulares, vinieron de países vecinos y lejanos, acudieron americanos del sur y del norte, participaron mujeres y hombres de las islas Filipinas, Brunei, Seychelles, Gambia, Nueva Zelanda. Desde Japón, Corea del Sur y Hong Kong enviaron videos. Desde Kirguistán entraron por videoconferencia. Aunque rusos y chinos se abstuvieron de intervenir porque estaban de mal humor, la concurrencia fue enorme y obligó a los organizadores a prorrogar por dos días el encuentro. Solo los coleccionistas de mariposas consumieron media jornada con sus filmaciones y explicaciones. Les siguieron los propietarios de colecciones de porcelanas inspiradas, entre los que destacó el señor Carabo con su muestrario de mil de búhos. Impresionó un amante de las miniaturas con su colección de retratos de presidentes de Estados Unidos en granos de arroz. Suscitó cierta curiosidad un coleccionista de pegatinas de la Transición y no le fue a la zaga el señor Blai con su compilación de primeros números de los nuevos periódicos impresos que antaño salían al mercado.
El congreso popular de coleccionistas sirvió de plataforma publicitaria de los poseedores de museos privados de pintura y escultura de todas las épocas y lugares, gente admirable, culta y con posibles. A las artes plásticas se añadieron los coleccionistas especializados en sellos de correos, escudos de armas, monedas, medallas, fósiles, trajes, calzado… En materia literaria destacó un cervantino de México con su explicación sobre el impresionante acopio de motivos quijotiles acumulados a lo largo de su vida en la casa-museo de Guanajuato. Entre los participantes de más edad comparecieron muchos coleccionistas, mayormente anglosajones, de bastones y sombreros. Hubo bastante animación infantil y juvenil, con intercambio de cromos, pines, discos y plaquitas de marcas de coches y motos, arrancadas a vehículos en las calles.
De sorprendente e hilarante calificó el cronista el momento en que el Marqués de las Marismas mostró las imágenes de su estupenda colección de probetas con mechones de pelos del pubis (Monte de Venus) de las decenas de mujeres con las que tuvo trato.
–Yo suponía, amigo Escobar, que su original cosecha era una ocurrencia de Berlanga en La escopeta nacional –dijo el presentador, un famoso locutor de radio que emitía en directo.
–Pues no, pollo, de ocurrencia nada, que mi dinero me ha costado.
Otro momento risueño se produjo cuando el famoso locutor presentó a don Desiderio, “notable coleccionista de piedras preciosas”.
–Preciosas no, de las otras –le corrigió el interesado.
–¿Puede aclararnos..?
–Piedras normales, chinas, guijarros… Empecé a recogerlas hace muchos años, cuando embarqué la primera vez y mira, ya tengo piedras de ochenta y siete países. ¿A que mola?
Contra lo que su apellido sugería, madame y monsieur Perrin no coleccionaban piedras sino errores, grandes errores.
–¿Propios o ajenos? –les preguntó el presentador.
–Los propios te fastidian, los ajenos te pueden fascinar –dijo madame.
–¿Por ejemplo?
–El catálogo histórico es muy amplio, pero podemos elegir el disparate de los revolucionarios franceses, tan acertados en la división de poderes, la liquidación del antiguo régimen, la implantación de la democracia representativa…, de implantar un calendario propio en sustitución del imperial romano.
–Vamos que eso de llamar termidor y fructidor a julio y agosto y pretender que el año nuevo comenzara en septiembre fue un error monumental –añadió monsieur Perrin–; menos mal que llegó Napoleón y repuso los meses en su sitio, lo cual es lógico, pues no olvidemos que aspiraba a ser un emperador más grande que Julio Cesar Augusto.
Aunque los coleccionistas de ideologías resultaron muy pesados, los de paradojas se atropellaron unos a otros y los de buenas ideas acabaron discutiendo con los de malas ideas y no dejaron hablar a los de ideas absurdas, la potencia de los artefactos musicales exhibidos por los colegas de este sector les cortó el rollo. Así, con música y baile, concluyó un evento en el que, desde luego, lucieron los poseedores de colecciones de fermentados y destilados (vinos, cervezas y licores) de muchos puntos del globo y quedó demostrada la capacidad de los humanes de prolongar su yo a través de las cosas.