Todas las entradas de: Luis Díez

Avatar de Desconocido

Acerca de Luis Díez

Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es

17.–Relata la bondad y la injusticia

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo decía que el sufrimiento y las desgracias daban lugar a la aparición de la bondad con forma de caridad cristiana, y recomendaba la benevolencia periodística con los buenotes, siempre dispuestos a ganar el cielo con unas prácticas caritativas que si a la corta paliaban la falta de justicia, la obstaculizaban a la larga. La caridad nunca debe ser utilizada para prolongar y consolidar la injusticia social y distributiva. Eso decía. De pronto, un día, recibía el aviso de unas mujeres que estaban dispuestas a organizar una protesta pública contra un cura. ¡Por Júpiter! Eso no había ocurrido en España en los últimos cuarenta años. Eran varias profesoras de un internado privado y concertado con el Ministerio de Educación que iban a concentrarse detrás de una pancarta en la Plaza Mayor de Salamanca porque el director, un cura, les pagaba tarde y poco. El asunto ocupó también al eminente diputado por Asturias Luis Gómez Llorente, portavoz de Educación del PSOE, quien alertó al Gobierno sobre el conflicto por si, como ocurría con frecuencia, el director se quedaba con parte de los sueldos públicos de los profesores. El sacerdote poseía mucho poder y todo el predicamento y la buena fama derivada de la gran obra caritativa que dirigía, de modo que los medios informativos locales se abstenían de difundir las quejas y críticas de aquellas profesoras, y por eso ellas decidían salir a la plaza para que la gente, incluido el obispo, se enterase del comportamiento arbitrario del cura buenote. Aquel hombre había sido ordenado sacerdote a comienzos de los años cuarenta del siglo XX y destinado a Asturias, donde conoció la realidad más dolorosa que se podía encontrar en aquella tierra después de la guerra y la prolongada represión, cual era la orfandad y el desamparo en que quedaban decenas de niños, hijos de los mineros que morían arrancando carbón en los pozos de las cuencas hulleras. También eran frecuentes las muertes de barrenistas, picadores y ayudantes en las explotaciones de antracita (chamizos, les llamaban) de las provincias vecinas, León y Palencia. Los accidentes se sucedían sin tregua ni solución. Las explosiones de “grisú” (gas acumulado en los estratos minerales) y los “derrabes” o derrumbes en las galerías subterráneas se llevaban decenas de vidas por delante. Algunos accidentes eran terribles por el número y la juventud de los muertos. Aquellos mazazos conmovían a las gentes de las cuencas, las cubrían de luto, las hacían tiritar de irritación y dolor. Entonces se paralizaba la actividad, se convocaba un paro general (la palabra “huelga” estaba prohibida por la dictadura y sus sicarios), se celebraban asambleas en las bocas de los pozos y se mantenía la posición de brazos caídos mientras las cuadrillas de rescate sacaban los cadáveres de los compañeros. Las familias lloraban a sus muertos y, acompañadas por todo el pueblo, los llevaban a enterrar. El paro podía durar dos o tres días, según los casos, pero al siguiente había que confiar en las renovadas promesas de los ingenieros y representantes empresariales sobre la implementación de la seguridad, la vigilancia, la prevención… y volver al pozo a ganar el jornal. Del accidente quedaba el dolor, el silencio de no seguir blasfemando. Y de los muertos quedaban las viudas, los huérfanos desamparados. Aquellas criaturas de corta edad iluminaron al cura buenote. Desde la parroquia gijonesa donde predicaba y administraba los sacramentos mantenía buena relación con dos personajes importantes. Uno era el pater Baldomero Jiménez, prelado diocesano para las mujeres y los jóvenes de la potente organización propagandística Acción Católica y rector del seminario abulense en el que se había formado. Otro era el ingeniero Guillermo Rovirosa, un personaje curioso y relevante en aquellos años, considerado después un “santo laico”. Había nacido en una familia de agricultores afincados en Vila Nova i la Geltrú, era el menos de tres hermanos, perdió a su padre cuando contaba nueve años, pero obedeció su consejo de buscar siempre la verdad, pues la verdad es lo único que hace hombre al hombre. Y en esa búsqueda de la verdad pasó del ateísmo (sólo creía en la ciencia) al espiritismo y desembocó en el cristianismo social cuando oyó hablar de Cristo en París, donde residía con su esposa. Pocos años después, en 1933, aquel ingeniero se trasladó a Madrid, donde fue elegido presidente del comité de trabajadores de la empresa de electricidad para la que fungía. Tras el triunfo de los militares sublevados contra la II República y la implantación de la dictadura nazi-fascista que anuló todos los derechos sociales, fue condenado a catorce años de cárcel por su tendencia obrerista, aunque su religiosidad y las relaciones con el alto clero le valieron el indulto y quedó en libertad antes de que finalizara el año 1940. Sus relaciones, cada vez más altas y estrechas, con el poder clerical, junto con una notable inteligencia, empatía, capacidad de adaptación y buen predicamento del mensaje social de Jesucristo, le supusieron la encomienda de los obispos de impulsar las relaciones con el mundo obrero y laboral. Naturalmente, aceptó la misión y se convirtió en puente entre la Iglesia Católica y los trabajadores mediante la creación y extensión por todo el país de las llamadas Hermandades Obreras en el seno de la entidad propagandística Acción Católica. Fue bajo el paraguas de aquella organización, conocida por sus siglas HOAC, y con el respaldo de sus dos líderes, el pater Baldomero y el ingeniero Rovirosa, como el impetuoso cura buenote consiguió crear un internado para huérfanos de los mineros. Pero en vez de acometer su obra en el entorno social y la región o provincia de origen de aquellas criaturas, la emprendió lejos, en la provincia de Salamanca, cuyo obispo le había nombrado ecónomo. El tipo encontró en Armenteros, una pequeña localidad de la Siberia salmantina, a unos cincuenta kilómetros de la capital, el lugar que le pareció más idóneo para realizar su proyecto. Comenzó la construcción de un colegio, adquirió unos rudimentos de arquitectura en Madrid y dirigió las obras, añadiendo un edificio funcional a modo de residencia o internado para los huérfanos que iban llegando. También acogía hijos de emigrantes que se iban a trabajar al extranjero. Imbuido de amor a los más débiles e impulsado por su afán caritativo, siguió construyendo edificios (dos más) y llegó a albergar hasta quinientos niños y adolescentes en aquel gélido y apartado paraje rural. Para el sostenimiento de su gran obra pedía y recibía aportaciones dinerarias y en especie de personas pudientes, deseosas de ganar el cielo. El concierto con el Ministerio de Educación y Ciencia, le proporcionaba el dinero necesario para pagar los sueldos reglamentados al personal docente, así como cantidades suplementarias en concepto de becas a algunos estudiantes. Otras instituciones públicas como la diputación provincial y los ayuntamientos de los lugares de origen de algunos internos realizaban sus donativos bajo los conceptos contables de “inversiones” o “subvenciones”, según los casos. Y, lógicamente, aquel campeón de la caridad también recibía y administraba herencias a favor del internado, del que, en términos coloquiales, era el factótum (fundador, constructor, presidente, director, administrador, dueño y señor), y en el que se hacían las cosas a su modo o no se hacían. Ejercía una autoridad neta, absoluta. Y se diría que la combinación de su estilo de mando con su ideario caritativo había achicado, tal vez borrado de su mente, el concepto de justicia, de modo que lo mismo exigía permanencias y horas extraordinarias a las profesoras que contrataba y despedía a su libre albedrío, que les imponía tareas suplementarias de vigilancia y cuidado de los internos o que les pagaba tarde y les restaba, en concepto de aportación a la obra, una parte del dinero que recibía del Estado para satisfacer sus salarios. El Abuelo habló con aquellas profesoras, se esforzó en entender las dos dimensiones (caritativa y arbitraria) del famoso cura buenote, pernoctó en la capital charra y viajó a la situación al amanecer del día siguiente. Era noviembre, hacía frío, mucho frío en aquellos parajes desolados. Por algo le llamaban “la Siberia salmantina”. Los edificios del internado se veían desde lejos entre la gélida bruma matinal de la dehesa. Ocupaban una campa situada a un kilómetro del casco urbano de una pétrea localidad que en aquellos tiempos (años ochenta del siglo XX) contaba mil doscientos habitantes y ahora, cuando T me refería su visita, apenas quedaban cien. Un regato con dos nombres (arroyo del Charco o de Blasco Sancho) y otro con uno (arroyo de la Calzada) rodeaban el pueblo y las dos naves alargadas, con forma de cruz del centro educativo y residencial. T estacionó el R5, cruzó la puerta abierta y caminó por la campa que servía de patio y de cancha de fútbol y se acercó a unos niños que aquella temprana hora (las nueve de la mañana) se hallaban pegados una pared de ladrillo, buscando el alivio de los tenues rayos del sol. Los saludó, habló un poco con ellos. ¿Cómo te llamas, de dónde eres? Le impresionó la falta de abrigo de aquellos chavales. Algunos llevaban jersey de lana, otros ni eso: finas camisetas de algodón con mangas largas estiradas y empuñadas para tapar las manos. La friura era intensa. Dos o tres chiquillos fueron a llamar al “padre director”. Mientras esperaba encendió un pitillo. El cura no salía. Se hallaba ocupado en los oficios religiosos. Sonó un timbre y los niños entraron al aulario. Él decidió hacer tiempo, dando una vuelta por el pueblo en busca de algún bar donde tomar un café. De paso, sacó la cámara de debajo del asiento del conductor y realizó algunas fotografías panorámicas de la obra del cura. Acto seguido ruló hasta el pueblo, recorrió la calle principal, despoblada a aquella temprana hora, hizo algunas instantáneas de la monumental iglesia del siglo XV y de la casa donde, según le habían dicho, lavaban la ropa del internado. Se entretuvo unos minutos hablando con la lavandera. Puesto que no había ningún bar abierto, regresó al complejo educativo para intentar hablar con el director. Su sorpresa fue mayúscula al comprobar que le esperaba una patrulla de la Guardia Civil. Los guardias querían saber quién era y qué pintaba allí. Se identificó y se lo explicó. Le acompañaron a la presencia del cura buenote, un tipo grande y fuerte, con gorro de astracán y gesto judicial. Al parecer, había avisado a los agentes de la autoridad de la presencia de un extraño, un merodeador con malas intenciones, desde luego. A T le extrañó la diligencia de los guardias en acudir. Supuso que su principal ocupación era controlar el perímetro del internado para que los muchachos no escaparan. El sacerdote se negó a hablar de la protesta de las profesoras y rechazó con cajas destempladas las preguntas del periodista. Sabía que si trascendían sus tretas administrativas le caería una inspección y la eventual suspensión del convenio con el Ministerio de Educación. Los tiempos del nacional-catolicismo, del poder de las sotanas, habían quedado atrás. La democracia era perversa, pues obligaba a rendir cuentas. En este sentido era lógico que se negara a explicar lo que allí sucedía. Menos lógico le pareció a T comportamiento agresivo de aquel hombre, cuya ristra de acusaciones exageradas y mendaces –“¡Usted nos ha invadido, ha dado tabaco a los niños, les ha hecho fotos!”– parecían tener el propósito de incitar a los guardias a arrebatarle la cámara que llevaba colgada al hombro, ponerle las esposas y llevarle detenido. Pero los agentes, que debían de conocer bien al impulsivo buenote, realizaron unas comprobaciones telefónicas suplementarias, llamaron al semanario para el que T reportaba y decidieron que no había falta ni causa alguna para privarle de libertad; ni era invasor, ni corruptor de menores por inducción al fumeque ni había hecho daño a nadie. Y en las instantáneas que había tomado desde la carretera donde orilló su R5 se veía niño alguno. Los guardias le acompañaron a la salida y T emprendió viaje de regreso. Cuando llegó a Madrid tenía varias llamadas en el contestador, interesándose por su suerte. Una era de Gómez Llorente. Muchos años después, el pater que había tratado a T como si fuera un malincuente figuraba en el Registro Mercantil con puestos de presidente, consejero y administrador único de varias empresas dedicadas a la construcción, el turismo y la restauración. Eran sociedades que explotaban hoteles, alojamientos turísticos y bares en la capital y la provincia salmantina. Con el paso del tiempo y el cambio de siglo, su internado no solo acogía a niños huérfanos y con problemas familiares, sino también a menores inmigrantes que llegaban en barcazas a las costas españolas, huyendo de las guerras, el hambre y las enfermedades que asolaban África. El país había cambiado; ya no expulsaba trabajadores al extranjero a ganarse la vida ni recibía las remesas de divisas de la emigración. Ahora acogía a aquellos menores (“menas”, les llamaban) que llegaban a las costas de Canarias y de la Península en frágiles barcas o en barcos de salvamento marino, sin documentación alguna para evitar ser devueltos. Las autoridades los enviaban a distintos centros repartidos por todo el país, sostenidos con fondos públicos. Al complejo residencial y educativo del cura buenote llegaban niños y jóvenes procedentes de Mali, Ghana, Gambia, Mauritania, Senegal… En 2012 albergaba a más de seiscientos muchachos de treinta nacionalidades diferentes. El país había cambiado, si, pero el corazón inmenso de aquel tipo se mantenía invariable. Y su mentalidad, también. Era como si en su cabeza no entrara el derecho positivo, las normas reguladoras del uso del dinero público para los fines establecidos, las disposiciones sobre el control de los recursos económicos asignados por la Administración del Estado. Se negaba a obedecer cualquier mandato ajeno a su voluntad, mantenía su estilo de mando arbitrario y perseveraba en su insumisión a la normativa vigente. O al menos eso dedujo T de la gacetilla aparecida en un periódico en la que se quejaba de que el Gobierno regional de Castilla y León (conservador, católico, de derechas) había reducido la subvención a los “menas”. “¡Estoy perdido en un mar de problemas!”, exclamaba. No era para menos. Los cuarenta últimos adolescentes acogidos en su internado carecían de ayuda. Además batallaba contra las trabas de la Administración para conseguir los papeles de residencia de los chicos que cumplían dieciocho años. Aún así y todo aseguraba tener sitio para más, pues, de momento se las apañaba con su herencia. “Soy un cura de familia rica”, decía. Y, sin entrar en detalles, añadía: “heredé una finca con cuatro mil árboles frutales en producción”. Falleció en mayo de 2013. Descanse en paz aquel Juan Trujillano González.

16.–La desgracia es su algoritmo

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El sufrimiento, la desgracia y el engaño eran los signos del algoritmo que guiaba al Abuelo en los reportajes sobre el terreno de los que sobrevivía. Su correcta combinación abocaba a la pena y la irritación de los lectores, dos sensaciones fuertes, como exigían los editores. El infortunio humano era una fuente inagotable. Y estaba tan extendido que algunas veces llegaba al buzón de su casa en forma de boletín epidemiológico. Un día, vivamente impresionado por los datos de uno de aquellos boletines, se entregó a verificar la información y a recabar cuantos detalles le fue posible obtener de medios oficiales y oficiosos. Y si, en España había lepra, todavía. Lo noticioso (y preocupante) era el crecimiento de la enfermedad bíblica que se creía erradicada; cada año se registraban varias decenas de nuevos casos en la variante “lepromatosa” y aumentaban los contagios de la llamada “lepra tuberculoide”. Movió algunos hilos y se puso en marcha. Llegó a la localidad de Trillo, en el corazón de la Alcarria, más famosa por la instalación de una central nuclear que por sus históricos edificios, su cascada, su balneario de aguas termales de la época de los romanos, y pulsó el sentir del vecindario sobre los dos peligros que les acechaban: el atómico y el ancestral. Les preocupaba más el primero que el segundo, es decir, una fuga radiactiva que el escape de leprosos de una finca cercana donde los tenían recluídos. ¿Por qué? Estaba claro: la primera la ocultarían, y como la radiactividad no se ve, no se enterarían hasta que sintieran sus efectos dizque mortales; en cambio, si los enfermos contagiosos cruzaban la alambrada del campo donde se hallaban orillados a kilómetro y medio del pueblo y se acercaban a la plaza o entraban en algún establecimiento, enseguida la Guardia Civil los capturaba y devolvía al redil. Eso sin contar que nunca, desde que la memoria alcanza, habían infestado a vecino alguno. Acto seguido, el Abuelo y el reportero gráfico de Interviu, Carlos Corcho, que le acompañaba en su viaje a la situación, pusieron rumbo hacia el llamado “hospital leprológico”. Dentro de aquella finca vallada había dos edificios de planta baja, a modo de granja. Allí les esperaba el doctor Javier Yuste Grijalba, una autoridad sanitaria de alto nivel que se ocupaba de la salud de los españoles desde el Centro Nacional de Epidemiología y el Instituto Carlos III. Él les facilitó la tarea. Dialogaron largo y tendido con los residentes. También con unas monjas de la caridad que les practicaban las curas y atendían. Algunos, los de mayor edad, sufrían discapacidad por atrofias musculares progresivas. Otros llevaban la cara y las orejas vendadas. La enfermedad de Hansen afectaba también a los jóvenes, según pudieron comprobar. Conscientes de su confinamiento, acaso de por vida, algunos de aquellos hombres y mujeres se casaban allí dentro para que las monjitas les permitieran cohabitar y copular. Allí se veía, decía T, la fuerza del instinto y cómo el amor mitiga el dolor. De administrarles los preservativos contra la procreación ya se ocupaban aquellas religiosas. Los confinados, solos o en parejas, ocupaban las habitaciones de aquellos pabellones alargados, cada una con su ventanuco y su puerta a un patio común, empedrado con piedra arenisca y sombreado por altos pinos piñoneros, al cabo del cual se extendían unos huertos bien trabajados en los que, gracias al agua del Cifuentes y el Tajo, cultivaban coles, patatas, tomates, cebollas, fresas… y se ocupaban de varias higueras y de una hilera de rosales y otra de árboles frutales. Entretenimiento no faltaba a los que podían manejar la azada. Aparte del aumento anual del número de personas afectadas por la maldita enfermedad medieval, se trataba de contar a los lectores cómo desvivían los leprosos. Después de dos horas de diálogo con aquellas personas desgraciadas y confinadas por vida a causa del estigma social de una enfermedad mucho menos contagiosa que la gripe, T ya sabía que no sólo al huerto, los rezos y los naipes se entregaban los leprosos. Tal vez por la empatía hacia ellos, sin el menor asomo de temor al contagio, se ganó su confianza y algunos le manifestaron su esperanza de poder salir a trabajar, como hacían cada día quince residentes en buen uso. ¿En qué trabajan? ¿Dónde trabajan? Los recogía un microbús a las siete de la mañana, los llevaba a Madrid a laborar en una gran lavandería y los devolvían a media tarde. Así, todos los días, menos los domingos y fiestas de guardar. ¿Y qué hacían? Se ocupaban de meter la ropa sucia en unas grandes lavadoras, de sacarla limpia y seca, plancharla, doblarla y empaquetarla en bolsas de plástico para ser devuelta a los clientes, mayormente hoteles, residencias, hospitales y restaurantes. Además de lavar, secar y planchar sábanas, manteles, batas, servilletas, uniformes y mandiles, limpiaban alfombras con lejía, amoniaco rebajado y otros productos químicos mareantes. Era la parte más penosa de su labor. Les pagaban algo, poco. ¿Quiere decir que les explotaban de mala manera? Puede que sí, pero les daban una comida aceptable, leche y refrescos cuando querían, y, sobre todo, les permitían salir, realizarse, sentirse útiles, ayudar a sus familias. T escribió el relato sobre aquella gente y cuando, a la mañana siguiente fue a la revista a entregar los folios, ya el magnífico reportero Corcho había depositado sobre la mesa del redactor jefe las fotografías de los confinados, la factoría lavandera e, incluso, del microbús que transportaba al tajo, pero teniendo buen cuidado de que no se les viera la cara ni apareciera el nombre de la gran lavandería, pues tampoco se trataba de joder más a los proscritos.

15.–Periodismo de brega provincial

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Por cincuenta días fungió el Abuelo en un periódico almeriense recién adquirido por su amigo Flavio en la subasta pública de la cadena de prensa y propaganda de la extinta dictadura. Flavio (José Luis Martínez García) era un hombre bueno (lo sigue siendo) en el noble sentido de la palabra bueno (Machado dixit), una de esas personas cuya bonhomía resultaba cautivadora, de modo que T llegó a la capital de aquella provincia que pasaba por ser la más pobre, abandonada y olvidada de Andalucía un mes de julio de 1985, cuando ya no quedaban indios ni vaqueros ni Séptimo de Caballería ni sheriff ni cazadores de recompensas en aquel desierto de Tabernas donde rodaban western del Oeste americano. La vía de desarrollo era ya el cultivo bajo plástico en la comarca de El Ejido, una franja de terreno llano de más de doscientos kilómetros cuadrados desde la sierra de Gador hasta la orilla del mar. Gran parte de aquel territorio seco y agreste, paraíso de lagartos, había caído en manos de los nuevos forajidos, unos señores de cuello blanco, traje, corbata y sombrero que manejaban mucho dinero: petrodólares, decían. Aquellos tipos suministraron créditos para meter máquinas, rozar tierras, extraer arenas, pinchar acuíferos, tender tubos, implantar riegos por goteo. Hicieron el mayor negocio jamás soñado con la venta de parcelas, miles de parcelas de media, una y dos hectáreas a unos labriegos poco instruidos y siempre hambrientos de tierra. Los campos de Dalías, Almerimar, El Ejido… quedaron bajo control. A través de sus variadas sociedades anónimas, aquellos mercaderes controlaban todos los instrumentos de producción y los productos propiamente dichos: tierra, arena, semillas, agua, sulfatos, tubos para el goteo, aluminios, cuerdas, plásticos… Bajo aquellos cobertizos (El Mar de Plástico le llamaron desde un satélite de la NASA fotografió aquella comarca lindante con el Mediterráneo) familias enteras hipotecadas hasta los ojos se dejaban la piel tostada cultivando sus parcelas. De aquel Poniente Almeriense sacaban una producción enorme de tomates, pepinos, pimientos, calabazas, calabacines, berenjenas, judías, guisantes, melones, flores, gladiolos… tanto en verano como en invierno. Decenas de camiones cargados con miles de cajas de aquellos productos primorosos salían a diario hacia los mercados centrales de abasto de Londres, Dublín, Ámsterdam, Múnich, Berlín, Milán, Roma, París, Madrid… Con razón le llamaban la Huerta de Europa. Fluía el dinero. Pero los cultivadores, atrapados por las hipotecas y los costes de producción, desde el agua de la Alpujarra hasta las semillas y la arena, apenas sacaban para vivir. Muchos se desesperaban trabajando bajo aquellos plásticos a más de cuarenta grados de calor en verano y cortaban por lo sano. En las calles y tabernas se escuchaban cada día comentarios: “fulano se ha ahorcado, mengano se descerrajó anoche un tiro, zutano se fue del invernadero al otro barrio…” La cantidad de suicidios era impresionante. Pero los medios de comunicación los ignoraban. ¿Estaban sordos o ciegos? T ordenó: reportaje al canto. Gran escándalo. La hipoteca de la tierra con intereses usurarios insoportables: reportaje al canto. Los plásticos sin control de calidad ni resistencia para una campaña: reportaje al canto. Y así. Los de cuello blanco temían el despertar de los angustiados agricultores y enviaban avisos al periódico. Eran notificaciones amables: cajas de calas y gladiolos. De pronto aparecía un hombre en la redacción con un par de largas cajas de cartón al hombro, las depositaba en una mesa libre y se largaba sin decir palabra. Se ve que le pagaban por hacer recados, no por dar las buenas tardes. Enseguida Alfonso, el confeccionador, abría las cajas, examinaba aquella mercancía que impregnaba la sala de aroma vegetal, y, con el visto bueno del director Carlos Santos, un gran periodista, repartía los gladiolos al personal de la administración y los talleres, donde trabajaba Natalia, una chica muy guapa por la que el confeccionador Alfonso bebía los vientos. Los envíos o advertencia florales (también mandaban melones) terminarían la tarde en que T dispensó al operario de subir la escalera con la mercancía al hombro y le indicó que la devolviera al lugar de origen. Cierto es que convenía suavizar las informaciones sobre el Poniente de modo que no pareciesen tan tristes y negativas. Pero la realidad era insoslayable, y puesto que los intermediarios y especuladores financieros no podían soliviantarse por la publicación de los precios de los productos hortofrutícolas en los mercados centrales de las principales capitales europeas, se ideó la forma de publicarlos regularmente para ayudar a los pequeños agricultores a adquirir criterio. Aunque no era difícil (tampoco fácil) mejorar un periódico carcomido por la desidia, el empeño y la profesionalidad del buen Flavio (José Luis Martínez García) junto con la valía y el conocimiento de la tierra del director Santos, lo transformaron en un medio atractivo, un soplo matinal de aire fresco, un producto apetecible primero e imprescindible después. Enseguida se agotaba en los kioskos. Los repartidores pedían más ejemplares. Algunos vendedores acudían en motillos y bicicletas a media mañana a buscarlos. El diario funcionaba. Nada que ver con el viejo tabloide aburrido, mal escrito y peor confeccionado que se caía de las manos. El nivel informativo era tan bajo que ni siquiera del principal suceso acaecido en la ciudad, cual fue el incendio de una factoría francesa de perfumes y colonias, situada a trescientos metros de la sede del periódico, publicaron una fotografía. Con el título a tres columnas en primera (“Arde la fábrica de perfumes”) y un texto romo sin más detalles que la hora y el lugar del incidente despachaban la desgracia social y económica provocada por las llamas. El Abuelo recordaría las muchas horas invertidas en aquel periódico. Entraba a las diez de la mañana y salía cuando, a las doce de la noche, empezaba la rotativa a imprimir ejemplares. Había tantos asuntos, detalles y temáticas de las que ocuparse que se le iba el tiempo como el agua entre los dedos sin parar siquiera a la hora del almuerzo. Comía poco. Se alimentaba a base de bocatas que le subía Santi al mediodía, junto con un frasco de cerveza y una botella de agua de una taberna cercana. Le encantaba la morcilla de Almería, un producto de ley, un embutido exclusivo que procedía de las blancas aldeas de la Alpujarra, donde la gente pobre sobrevivía criando animalillos en casa. Tras los primeros días, Santi, que era un poco tartaja y tenía una pierna algo más larga que la otra y no se peinaba, ya no le preguntaba: “¿Je…jefé, ki…kiré aaalgó?” Se limitaba a acercarse a su mesa, mirarle y extender la mano para agarrar el dinero y salir cojeando a toda prisa a comprar su menú favorito. T le regalaba la vuelta y el recadero no ocultaba su satisfacción. Muchos le tomaban por tonto y no le escuchaban cuando intentaba decir algo, pero T se mostró amable y paciente desde el primer día y comprobó que poseía una extraordinaria capacidad de observación. Puesto que aquel Santi le confesó con cierta tristeza que si hubiera podido estudiar y recibir tratamiento contra el frenillo le habría gustado ser periodista, T le consoló diciéndole: “Si te enteras de algún suceso interesante y me lo cuentas y vale como noticia, yo te la escribo y te la firmo”. Y desde luego un tipo que se pasaba el día brujuleando en bicicleta por la ciudad, se enteraba de muchas cosas. En ese momento T estaba abriendo unas cartas con las crónicas de los corresponsales de los pueblos y para ilustrarle sobre lo que era una noticia le leyó una crónica del corresponsal Fines, titulada: “Fenómeno Ovni en Fines”, en la que contaba que unos vecinos la emprendieron a tiros contra un contenedor de basuras al creer que era un Ovni. Por lo visto, el alcalde había conseguido que la Diputación se ocupara de recoger los residuos sólidos urbanos de modo que los vecinos no los siguieran echando al barranco. Pero el regidor se olvidó de comunicárselo al pueblo. Y aquella noche pasó un camión de la Diputación y dejó un contenedor metálico en el lugar indicado. Al amanecer, al ver aquel extraño artefacto ovalado que reverberaba allí abajo en la curva de la carretera, cundió el grito de que era un Ovni, tocaron a rebato y echaron mano de rifles y escopetas, dejando el contenedor como un colador. El recadero aprendió tan bien la lección que no había día que no trajera alguna novedad antes de que la policía local o el Gobierno civil emitieran sus notas sobre reyertas, incendios, atropellos y, desgraciadamente también lo que entonces llamaban “crímenes pasionales”. Un domingo de agosto sin nada interesante que llevar al papel T resolvió la noticia de portada gracias a él. Apareció al mediodía por el periódico por si quería que le subiera la comida. T le preguntó si había alguna novedad. Ninguna. Santi había ido a misa con su madre, la ciudad estaba tranquila, las familias llenaban la playa del Zapillo, el calor apretaba de lo lindo. Pues estamos jodidos, dijo T pensando cómo iba a armar la portada sin fútbol ni nada extraordinario que ofrecer. ¿Otra vez la foto del Zapillo abarrotada de bañistas? En un instante, mientras hablaban de las creencias religiosas, Santi abrió mucho los ojos antes soltar su lengua de trapo para decir que la Virgen del Mar es blanca. “¿Era negra o qué?” Pues sí, la cara de la Virgen del Mar se había oscurecido con el paso del tiempo, pero tras llevarla a restaurar y reponerla en su hornacina resultó que era blanca color carne. ¡Por Júpiter olímpico! Ya había noticia y fotos de portada: Virgen sucia (de archivo) y Virgen restaurada. El párroco le explicó por teléfono que la talla tenía una pierna quebrada por el ajetreo marinero y que después de la restauración, la limpieza a fondo y el lavado del precioso manto de pedrería, lucía nueva, blanca y esplendorosa. El Abuelo decía que el periodismo de provincias era apasionante. Cierto es que la carencia de medios humanos para profundizar o investigar le obligaba a quedarse en lo superficial. Un sábado que iba con el fotógrafo Manzano a entrevistar al ministro de Trabajo don Joaquín Almunia, que veraneaba en Mojacar, vieron un corro de gente que se arremolinaba en la playa de Pueblo Indalo, junto a un coche de la Guardia Civil que se había metido en la arena. Se acercaron a ver qué estaba pasando. Unos bañistas habían sacado a un hombre ahogado. Aunque le practicaron masajes y le hicieron el boca a boca, no lograron resucitarlo, así que lo envolvieron en toallas y lo auparon a un espigón que allí había. Era el herrero de Lubrín, un hombre como de setenta años, ya jubilado, que había ido con su esposa a pasar el día en la playa. T y el fotógrafo Manzano siguieron camino. Habían quedado con el ministro a las once de la mañana en el Parador. Estuvieron dos horas con él. Le hicieron una larga entrevista sobre la situación política, económica y laboral del país. Se despidieron de él y decidieron llamar a Antonio Torres, que era de Turre, por si andaba por allí y le apetecía comer con ellos. Claro que sí. Quedaron en El Puntazo, un complejo hotelero con casitas bajas y un restaurante aceptable. Almorzaron, charlaron, libaron. Se entretuvieron hasta las seis de la tarde. Ya de regreso a la ciudad por la carretera de la costa volvieron a ver una escena chocante en la playa del Pueblo Indalo: una anciana sentada en una silla de lona junto a un cadáver tendido sobre el espigón de cemento, cubierto con una toalla y protegido con una sombrilla. ¿Pero qué es esto? Pararon, preguntaron en un chiringuito, anotaron el número de teléfono que les facilitó el dueño del establecimiento playero, dieron el pésame a la anciana y siguieron camino. Pasadas las ocho de la tarde, T llamó al chiringuito: el ahogado y la viuda seguían en el mismo sitio. Con irritación contenida colocó el papel en la máquina de escribir y tecleó a toda prisa: “Más de diez horas permaneció ayer el cuerpo sin vida del herrero de Lubrín en la playa de Pueblo Indalo antes de que el juez de guardia acudiera a levantar el cadáver o cursara la orden preceptiva a las autoridades para que actuaran con funciones judiciales y evacuaran al ahogado al tanatorio o a las dependencias de medicina legal correspondiente si había que realizar la autopsia”. La nota, ilustrada con una fotografía de Manzano, iba en la última página, en el rataplán de noticias breves a dos columnas dedicado a ofrecer informaciones de última hora. En la misma sección insertaría el Abuelo otra nota informando de que el gobernador civil utilizaba una finca del Instituto de Conservación de la Naturaleza (ICONA) para pasar las vacaciones. Este hombre seguía el ejemplo del presidente del Gobierno, quien elegía las instalaciones del parque natural de Doñana, para aislarse del mundanal ruido, descansar y disfrutar de la naturaleza con familiares y amigos. El gobernador agarró un enfado monumental y el juez le hizo llegar su solivianto a través del redactor de tribunales, con la advertencia de que sopesaba procesarle por desacato. Aquellos episodios en solo una jornada, sumados a los desvividos antes, llevaron al abuelo a reflexionar sobre el caciquismo provincial. Pero en vez de escribir un artículo sobre la costra enraizada, recogió sus escasas pertenencias, subió al R-5 y regresó a Madrid.

14.–Va a la Torre

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Más de un día y menos de noventa permaneció el Abuelo en un semanario económico que aparecía los lunes. Llevaba un tiempo escribiendo la crónica política en aquel tabloide de orientación progresista cuando el editor le ofreció un contrato fijo. Era un buen tipo, un gran periodista, un hombre tranquilo que mantenía la costumbre de la clandestinidad política de hablar muy bajito y al que la vida le sonrió con un hijo extraordinario, muy bien educado, seguidor del oficio de su padre. T aceptó la oferta y se incorporó a la redacción del semanario económico, ciertamente escasa de personal, pues se hallaba compuesta por dos aguerridas periodistas, a cual más laboriosa y amable, y por el hijo del director y editor. Durante un tiempo T dejó de ir a tomar el pulso de la calle: iba a la Torre. “Creo que le hacía ilusión –decía la abuela– trabajar en lo más alto de la ciudad, ya que Industrias Pepe tenía la redacción en el último piso, planta 33, de la Torre de Madrid, el edificio de hormigón más alto de la capital durante mucho tiempo”. Nunca le pregunté si la altura le proporcionaba sensación de superioridad. Me parecía una pregunta absurda para un tipo que sólo quería ser libre. En cambio, la Torre le proporcionaba una visión diferente, más alta y más pequeña, de la gente y de las cosas. Era como desvivir en otra dimensión. Junto a la amplia oficina de la pequeña redacción había una cafetería con divanes y ventanales orientados hacia la Gran Vía. Era un mirador estupendo al que subían decenas de turistas a contemplar la ciudad y muchos vecinos a cafetearse. Para T era además un buen observatorio de los motivos de preocupación del personal. Allí pasaba el rato, ejercitando el oído periférico e ideando comienzos irresistibles de informaciones romas. En el fondo y en la forma su principal reto consistía en amenizar los textos grises, dar brillantez a lo opaco y dotar de agilidad al plúmbeo lenguaje burocrático de las notas de prensa de las entidades financieras y de las grandes y medianas empresas, las referencias de los Consejo de Ministros, las directivas europeas, los comunicados de los distintos organismos reguladores y, en fin, los despachos de agencias noticiosas y las resoluciones de los tribunales de la señora de la balanza y el velo en los ojos que llaman Justicia. La tarea, aunque cansina, le resultaba cómoda. El periódico iba bien. El editor se mostraba contento con la aportación de T. Aquel Pepe tenía bien medida y ajustada la tirada: unos 10.000 ejemplares a la semana, de los que más de 4.000 se vendían en los kioskos de Madrid y Barcelona y el resto a los suscriptores y en otras capitales autonómicas y provinciales. Industrias Pepe iba bien, vendía, tenía buenos ingresos por publicidad, ganaba dinero. Lanzó después una revista semanal a todo color de información política, pero el mercado publicitario fue menguando por la competencia de las televisiones autonómicas y anuló las perspectivas de negocio. Un viernes, con el periódico compuesto y las últimas páginas a punto de salir hacia la imprenta, el director y editor le llamó a su despacho, donde se estaba fumando un habano, plenamente satisfecho de sí mismo, y le pidió amablemente en voz baja que se abstuviera de criticar a los ministros fulano y zutano, pues eran “redactores de esta casa”. T se sorprendió. Acababa de entregar a la jefa de redacción sus breves notas confidenciales para la segunda página, una “espuma de los días”, que dijera el surrealista Boris Vian, cuyo tono irónico, cortante y acerado podía escocer no a uno o a otro ministro, sino, por paradojas de la política, a los dos a la vez. “¡Por Júpiter, don José! No sabía yo que tenía ministros redactores”, dijo el Abuelo. Se despidió y no volvió a la Torre nunca más.

13.–Hasta nunca

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Más allá de su deseo de instruirme sobre la honradez humana y el secreto profesional del periodista, es verdad que el Abuelo se autodespedía con bastante frecuencia de los empleos que conseguía. En la agencia de noticias Efe, la más potente del mundo de habla hispana, tan sólo trabajó un día. Llegó puntual, entregó en la administración los documentos que le pidieron, bajó a la redacción y se incorporó al puesto asignado en la sección de Economía, donde se iba a ocupar del área de Industria. Para empezar redactó y “metió por el tubo” la reseña con las novedades del Boletín Oficial del Estado (BOE) y realizó otras tareas menores. La jornada iba a ser larga, ya que el ministro del ramo iba a pronunciar una conferencia, seguía de una cena con preguntas, a las 20:00 horas en un rancio y conservador club de opinión. En un determinado momento, antes del mediodía, le avisaron para que subiera a firmar su contrato laboral. Pero al comprobar que la jornada de seis horas y la poca retribución distaban un huevo de las condiciones acordadas con el jefazo de la entidad, se negó a firmar, recogió sus documentos y se largó. ¿Adónde iba él con un sueldo que no alcanzaba para alimentar a su familia y pagar la letra de la humilde vivienda (noventa metros en vertical) que había comprado a una cooperativa en el extrarradio de la capital? Desde luego en casa no se podía presentar con tan magra cifra salarial; bastantes sacrificios había sufrido la abuela Goyi para someterla a renovadas angustias y privaciones. Con todo y para no fastidiar a compañero alguno de trabajo, cumplió la agenda prevista, reportó la información noticiosa del ministro de marras y adiós muy buenas.

12.–Huye de chivatos y sinvergüenzas

Antes de nada, SALUD, PAZ, AMOR Y PROGRESO en 2023, amigos lectores

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El cinismo era una forma de comportamiento tan extendida en el sector periodístico del Abuelo que, según decía, si los fundadores de aquella escuela filosófica de la antigua Grecia levantaran la cabeza, se morirían de éxito. Como bien recordaba el novelista Ramón J Sénder, cínico viene de can, canelo o perruno, que orina en público. La falta de pudor y de vergüenza son sus principales características. T los esquivaba. No soportaba a los sinvergüenzas. Sin embargo, por más prevención que uno aplicara, tarde o temprano acababa siendo víctima de los ardides de aquellos tipos sin escrúpulos. Una vez confió en un director al que consideraba buena persona, pues le había contratado por un salario decente para que reportara en exclusiva para su periódico. La política exterior del Reino de España, siempre noticiosa, era materia de mucho interés coyuntural en aquel periodo, debido a las negociaciones con los mandatarios de Washington sobre la reducción de sus bases militares en la Península Ibérica. En una de sus frecuentes visitas al palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Asuntos Exteriores, con el fin de arañar algún dato sobre el tira y afloja de la negociación dirigida por el gran diplomático Máximo Cajal, una fuente de plena confianza le refirió con gran detalle los negocios sucios que se traía entre manos un embajador destinado en una capital europea. T aceptó la noticiosa mercancía, realizó algunas gestiones para verificar y completar la información. También para disfrazar la fuente original. Y redactó una crónica a palo seco sobre el perillán. El director le llamó a su despacho, le felicitó por “la pieza” y, tras participarle que su información arrancaría en la primera página del diario del día siguiente, le preguntó si la fuente era fiable. Completamente. ¿Quién, si me lo puedes decir?, le preguntó aquel jefe. T confiaba en él y le dio el nombre del alto cargo ministerial que se llamaba como el Papa Juan Pablo. La información se publicó un miércoles. Cuarenta y ocho horas después, el Consejo de Ministros destituyó al embajador corrupto. Buen golpe periodístico, dijeron. Lo habría sido si pocos días después el Gobierno no hubiese cesado en el cargo a su fuente y destinado a un consulado perdido en Portugal. Se comprenderá que para un tipo que se había jugado la cárcel militar en defensa del secreto profesional, la jugarreta de aquel director le dolió más que una puñalada trapera. Llevaba poco más de un año y medio trabajando para aquel periódico cuando descubrió, con gran pena, que el timonel al que tenía por hombre honrado era un sinvergüenza más, un cínico sin pudor, capaz de orinar sobre el personal para incrementar su poder, aumentar su retribución y seguir escalando posiciones de mando en los grandes medios de comunicación controlados por el Gobierno, de modo que, salvo para comunicarle que se largaba, no volvió a cruzar más palabras con él.

11.–Paradojas de la historia

Antes de nada, FELIZ NAVIDAD y PAZ EN LA TIERRA

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Decía José Bergamín que una paradoja es un paracaídas para no rompernos la crisma. “Eso espero”, añadía el Abuelo al referirse a personajes tan paradójicos como aquel Bellum que pasó de alardear de su amistad con el compañero secretario general, sobre el que escribió un libro biográfico y propagandístico —Felipe González, socialismo es libertad–, a juzgarle como un político falsario y mamarracho en otro volumen premiado y publicado por el sevillano reaccionario señor Lara, ya entonces presidente de una de las mayores editoras del Reino de España, establecida en Barcelona. La paradoja de aquel plumilla divirtió mucho a los señoritos sevillanos y demás oligarquía andaluza seguidora del ABC de Sevilla en el que Bellum insertaba sus filípicas semanales contra Felipe y su gobierno. Sin ánimo de exagerar, T sostenía que ni Demóstenes ni Cicerón superaban el raca raca conminatorio contra Filipo II de Macedonia y Marco Antonio, respectivamente, del burlesco Guerra Gil contra los dirigentes y gobernantes socialistas. Paradójico le parecía también al Abuelo que aquel pacifista que se movía en Vespa desde Majadahonda a Madrid, aquel Javier Solana Madariaga que nada quiso saber de los abusos jurisdiccionales de los militares españoles enemigos de la democracia, acabara su fulgurante carrera política en el cargo de secretario general de la Alianza Atlántica (OTAN), la poderosa organización militar occidental comandada por los Estados Unidos de América desde la que dio la orden de bombardear los cuarteles, centros de mando, emisoras de radio, estaciones de televisión, edificios gubernamentales, puentes e infraestructuras civiles de Belgrado para obligar al presidente de Serbia y de aquella Yugoslavia en plena desintegración bélica, Slobodan Milosevic, a parar la masacre de independentistas kosovares. Lo consiguió. Después decía que aquella orden, de la que se derivaron muertes de inocentes nunca contabilizadas y “daños colaterales” sin compensar, había sido la decisión más dura de su vida. Lógico. Aunque si tan dolorosa le resultaba, podía haber dimitido antes. Di tu que la propaganda jugó un gran papel a la hora de atemperar el dolor, pues enseguida se equiparó criminal de guerra Milosevic con Hitler y se justificaron los bombardeos de la OTAN con el argumento de evitar otro genocidio, de kosovares en este caso. Por paradojas de la historia resultó (según la propaganda) que las bombas no sólo eran necesarias sino también humanitarias. Paradoja sobre paradoja, refería T cómo un tío-abuelo de aquel Solana Madariaga, el historiador, político y diplomático Salvador de Madariaga, había añadido a sus memorias, publicadas por Espasa Calpe en 1972 con el título Memorias de un federalista, una reflexión para evitar que a la salida de la dictadura en España ocurriera lo que iba a suceder en Yugoslavia a la muerte de Tito. Y recomendaba una configuración territorial del Estado español que liquidase el centralismo y permitiese el autogobierno de las nacionalidades y regiones hasta conformar un Estado federal. Salvador de Madariaga dibujó incluso el mapa regional de unas comunidades autónomas con gobiernos y parlamentos propios de modo que no se sintieran agraviadas por las históricas Galicia, Euskadi y Cataluña (Galeusca). Su deseo de evitar “la balcanización” de España se cumplió. Y aunque no vivió para verlo, su mapa autonómico coincidió con el pactado por las fuerzas políticas y plasmado en la Constitución de 1978. Lógicamente, tampoco pudo ver cómo su joven sobrino resolvía desde Bruselas los últimos flecos de la terrible desmembración de Yugoslavia.

10.–Soporta a militares y miserables

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Con sus retahílas pretendía el Abuelo acercarme a la función higiénica del periodismo. Puesto que el país de Rinconete y Cortadillo carecía de un Hércules que desviara los ríos y limpiara la mugre acumulada por décadas de crueldad, injusticia y despotismo berrueco, el Abuelo creía que esa misión correspondía a los representantes del pueblo democráticamente elegidos y al periodismo entendido como la función de buscar la verdad e informar honradamente a la ciudadanía. Él sostenía que la tarea de informar, formar y entretener debía de trascender el proceso industrial de producción, distribución y consumo, y alcanzar el fin superior de la mejora de la condición humana. Pura utopía. Quizá su obsesión por la honradez traía causa de algunas experiencias ingratas con determinados miserables dedicados a hacer política con el periodismo en vez de periodismo político. Aunque T era comprensivo y, como decía la chilena Michele Bachelet, solía meterse en los zapatos de los demás para comprender sus circunstancias, no podía soslayar a determinados pajarracos de altos vuelos que formaban parte de su biografía. Tal el caso de un director de aquel semanario socialista, un tipo que se apellidaba Guerra (Gil), como el secretario de organización del partido, y firma en latín, Bellum, la columna derecha de la última página del tabloide: La trastienda. Aquel director residía en Sevilla, donde ejercía la docencia como catedrático de francés en un instituto. Curiosa coincidencia con Antonio Machado. Aunque en aquellos tiempos del renacer de la democracia los redactores y colaboradores de la prensa de partido no cobraban un duro o percibían muy poco, para cubrir gastos (todo era altruismo y militancia en lucha por las libertades), Bellum recibía remuneración del PSOE que, lógicamente, le pagaba los viajes entre Sevilla y Madrid y la estancia en un céntrico hotel de la capital del Reino, en la que permanecía dos o tres días a la semana. Las penurias económicas no iban con él. Por algo era amigo y paisano del compañero secretario general, al que pidió asistencia letrada cuando le despidieron, no por rojo, sino por exagerado, de El Correo de Andalucía, periódico sevillano, propiedad de la Iglesia Católica. Una de sus exageraciones sonaba a chiste, aunque provocó una alarma formidable. Según publicó, la Sexta Flota estadounidense (portaviones y fragatas) navegaban hacia Portugal con la orden de ocupar Lisboa, ahogar en sangre la “revolución de los claveles” y reponer la dictadura lusa. Algo similar a lo ejecutado en Chile contra el régimen democrático del socialista Salvador Allende. Solo que Portugal era Europa Occidental y no hacía falta el largo brazo militar de Washington para prevenir el comunismo. Otra hazaña periodística de Bellum, de avispada pluma, consistió en clavar su aguijón a la Sección Femenina, tildándola de “vagina uterina del Movimiento Nacional” (partido único del régimen, cuya organización de féminas lideraba de por vida la hermana del “ausente” José Antonio Primo de Rivera y presidía, también de forma vitalicia, el dictador). Los editores de aquel periódico, los obispos, disfrutaban de los grandes beneficios y prerrogativas del régimen. No querían líos y lo echaron a la calle. Con tamañas credenciales obtuvo la dirección del semanario socialista y, con ella, la oportunidad de hacer carrera política en el partido. Pero su dedicación al periódico fue circunstancial y su desinterés creció al comprobar las escasas posibilidades de ir en la lista al Congreso de los Diputados por Sevilla. En aquel entonces T publicó un reportaje sobre los malos tratos a los soldados de reemplazo, sometidos a prestar servicio militar obligatorio por dos años, sin derecho alguno, ni siquiera a hablar ni mucho menos a protestar y denunciar los abusos y sufrimientos que les infligían unos mandos adiestrados en la convicción de que el valor y la brutalidad eran sinónimos. A las malas condiciones de unos establecimientos asquerosos e insalubres (los cuarteles), se sumaba la pérdida de vidas humanas, con unas cifras de accidentes y suicidios muy superiores a los de cualquier país de nuestro entorno con servicio militar obligatorio. T tituló el artículo del modo más suave posible: “Una asociación de soldados pide que los derechos humanos entren en los cuarteles”. Y recogió los relatos de un grupo de jóvenes de distintas procedencias que decían pertenecer a la Unión Democrática de Soldados. El texto no gustó nada a las todavía consideradas “autoridades” militares. Lógico, pues el relato al detalle de las canalladas, humillaciones, castigos, dietas alimentarias, arrestos y malos tratos indignaba a cualquier ser humano. Enfurecidos, los milicos apelaron a la jurisdicción castrense que les permitía juzgar y encarcelar a los civiles que de palabra o por escrito difundieran expresiones negativas sobre el Ejército con la insana intención de desprestigiarlo, lo que atentaba contra la defensa nacional. El juzgado militar central llamó a declarar al director de la publicación, el tal Bellum, quien argumentó que no era responsable de los contenidos del periódico, pues ya estaba fuera y no ejercía la dirección aunque siguiera figurando como director mientras nombraban a su sustituto. Remitió incluso un certificado oficial al respecto. ¿Quién era entonces el responsable de la revista? Lógicamente, el secretario de prensa y propaganda del partido. ¿Quién era ese? El señor Solana Madariaga, un joven político, culto y afable, de familia bien, sobrino-nieto del político republicano e historiador de gran prestigio don Salvador de Madariaga, y persona de gran confianza del líder Felipe. El juez togado militar le remitió una nota preguntando si tenía responsabilidad sobre la publicación de tan dañino artículo sobre la noble institución armada, a lo que éste respondió que no, pues ni supervisaba ni mucho menos censuraba los contenidos del semanario, de modo que cada autor se hacía responsable de lo que escribía y firmaba. A falta de mejor pieza que cobrar, el juez togado colocó a T en el punto de mira. Todo el énfasis de aquel hombre durante el interrogatorio se centraba en conseguir los nombres de los soldados con los que el periodista había hablado, quiénes eran los cabecillas de aquella organización clandestina e ilegal, dónde se habían reunido y otros detalles que pudiera aportar. Ninguno. T no debía ni quería aportar ninguno. No podía acordarse de nada. Ni un nombre, una cara, nada. El togado quería algo, unas iniciales, unos rasgos, algún cuartel de procedencia, algo. Pero él no se acordaba de nada. El militar le concedió una pausa de quince minutos en una sala de espera para que se tranquilizara e intentara recordar algo “por su bien”, le dijo en tono conminatorio antes de ofrecerle una hoja de papel y un lapicero. Entonces T escribió: “Ribera de Curtidores, escalera del edificio de la Junta Municipal que baja de la calle de las Amazonas, domingo, 4 de marzo, doce de la mañana”. Y no escribió más. De sobra sabía que se jugaba la cárcel, pero tenía clara conciencia de que el primer deber de todo hombre es la honradez y la palabra dada a los que sufren. Y también sabía que, aunque no figurase en las leyes de la dictadura, le asistía el derecho al secreto profesional, así que por nada del mundo iba a traicionar a sus fuentes. Sabía además que el tiempo de aquellos fascistoides se acababa; en pocos meses no podrían ya aplicar las leyes castrenses al personal civil, pues la futura Constitución, a debate en el Parlamento, pondría fin a sus desmanes y extralimitaciones. Por lo demás suponía que si le metían a la cárcel se iba a armar un escándalo formidable, muy negativo para los uniformados de alto rango. Algo de esto debió suponer el carajote togado porque, tras revisar su confesión (la fecha, hora y lugar, totalmente inventados, de su entrevista con el grupo de soldados) y constatar que no recordaba nada más, le dejó en libertad con cargos, sin fianza, y con la obligación de comparecer en aquel juzgado todos los lunes a las nueve de la mañana hasta que concluyese la instrucción del sumario. Di tu que T ya estaba acostumbrado a visitar los juzgados, pues sus informaciones, siempre críticas y comprometidas, le acarreaban muchas querellas por supuestas injurias y calumnias. La denuncia penal contra los periodistas era entonces el recurso más frecuente y socorrido de los bribones de cuello blanco y actuaba como un parachoques de caucho ante la opinión pública. Con decir que ya se habían querellado contra el mendaz y falaz periodista de turno, todo arreglado. La abuela Goyi decía que T consultaba la agenda antes de salir de casa porque nunca sabía si tenía que ir al juzgado o al periódico. Sus visitas a la sede militar castrense se prolongaron varios meses, señal de que su togada señoría funcionaba a velocidad caracol. De hecho, se le echó el tiempo encima. Y un lunes, cuando acudió a firmar el papel acreditativo de que seguía a su disposición, le comunicó su resolución sancionadora: “Tres días de arresto domiciliario”. Eran exactamente los tres días que faltaban para que los ciudadanos se pronunciaran en referendo a favor de la Constitución democrática, el 6 de diciembre de 1978. Se ve que aquel juez fascistón no renunciaba a cumplir sus valiosos servicios a la dictadura más de tres años después del deceso del dictador. Y para verificar que el reo cumplía la sanción ordenó a la Guardia Civil que fuera a visitarle a su domicilio cada uno de los tres días a cualquier hora diurna o nocturna. Menudo cabrón. Luego dijeron que un reputado director de periódicos, un tipo sagaz y atirantado a disposición del mejor postor (de derechas) había sido el último sancionado por la justicia militar antes de que se aprobase la Constitución. Pero no era cierto. Según la resolución judicial castrense que T conservaba en su carpeta de menciones, diplomas y títulos académicos, el último fue él, aunque tanto daba. Lo que de verdad le jodía eran sus propios errores.

9.–Cuenta anécdotas y travesuras

De INTRODUCCIÓN AL ALBUELO

Cierto es que tanto Román Álvarez como Rodolfo Serrano, Juan Carlos Escudier, Pepe Nevado y otros eran más que colegas: amigos. El Abuelo no tenía muchos, pero los tenía de calidad. En esto se parecía al ejército de un país bien gobernado: pocas armas, pero las mejores para defender a la población. Y él defendía ante tirios y troyanos a sus amigos, fueran del color que fuesen o entregaran su fuerza de trabajo a periódicos frívolos y amarillentos o sensatos y rigurosos. Cuando se ponía a hablar de los colegas mientras jugaba conmigo al ajedrez, podía ser interminable y, desde luego, era tan divertido que uno no se cansaba de oírle. Se refería con deleite y benevolencia a “aquellos jilgueros y sus jolgorios”. En el semanario de la causa socialista y laboral para el que trabajó, coincidió con “pájaros” que se aprestaban a colaborar, con el simulado interés de conocer a los máximos dirigentes del PSOE y ejercer de pedigüeños. Uno de aquellos colaboradores se esforzaba en colocar sus comentarios de la Bolsa de Valores. Llegaba a la redacción con sus folios sobre «la semana bursátil”. Pero pinchaba en hueso. “Mira, Carmelo, los trabajadores, a los que nos dirigimos, no son accionistas ni tienen mayor interés en las fluctuaciones de la Bolsa», le decía la compañera Padilla, que se encargaba de la sección de economía y laboral. Pero Carmelo insistía. Y la semana siguiente volvía con la misma copla. “¿Por qué no escribes sobre las trampas y tejemanejes de los banqueros?” El notable periodista, que siempre venía de comer o iba a comer con alguno de los llamados “siete grandes” y lo proclamaba en voz alta para darse importancia, rechazaba la propuesta de Padilla. ¿Cómo iba a morder la mano de los que le invitaban a almorzar? Era listo y consiguió su propósito: cuando llegaron las elecciones municipales le colocaron de candidato a la alcaldía de Pozuelo, la localidad con mayor número de millonarios por metro cuadrado. Su lema electoral estaba cantado: “Pozuelo vota a Carmelo”. Eso creía él, pero no le votaron y se quedó en concejal. Algo es algo. Y no volvió a aparecer por la redacción del semanario. Otro compañero, pacifista y voluntarioso, pasaba por ser experto en política internacional del bloque del Este, el Pacto de Varsovia y todo aquel mundo enemigo de Occidente durante la Guerra Fría. Hablaba despacio, en voz baja. Se enteraba de cosas, manejaba claves. Razonaba a duras penas y escribía unos “refritos” formidables, aunque, eso sí, lenta, muy lentamente elaborados, pues celebraba cada párrafo, cada punto y aparte, con una escapada para engrasar el gaznate a base de lingotazos de anís Castellana. Como era muy lento, casi siempre salía el último de la redacción. Una noche llamó desde una cabina telefónica al principal periódico del país, se identificó con su nombre y apellidos y comunicó que había sufrido un atentado: le habían disparo en Cuatro Caminos, a unos cien metros de la redacción del semanario. Eso dijo. Pero la policía no halló ni un vestigio de balazos en la zona. Todo era muy raro. “¿Qué le ha pasado a Fernando?”, preguntó a primera hora del día siguiente el secretario general, Felipe González, a la secretaria de redacción. Nada, un susto. Y a falta de pruebas del supuesto atentado, el propio González “hipotizó”: “Quizá haya sido el tubo de escape de un coche”. Comoquiera que el secretario general utilizaba su prerrogativa de nombrar a los directores del semanario, algunos adversarios internos que no se atrevían a enfrentarse con él en honrada lid dialéctica, ejercían el deporte de afear los contenidos del periódico, lo que redundaba en un daño persistente por la supuesta falta de pluralidad y credibilidad, con la consiguiente pérdida de lectores. El asunto llegó a ser preocupante. Tanto daba la calidad periodística y sus parientes: la exclusiva, el rigor, la verdad, los reportajes sobre materias actuales, convenientes e interesantes, las crónicas certeras e impecables, las columnas razonadas y bien argumentadas, las prosas primorosas del vasco Luciano Rincón o del andaluz Sebastián Cuevas, por ejemplo, o las denuncias sobre el maltrato y la destrucción del patrimonio histórico-artístico del eminente José Luis Souto, pues la difusión (ventas en kiosko) caía en picado. Para frenar el fenómeno se pasó del tabloide a un formato de revista similar a Le Nouvel Observateur francés y se entregó la dirección del semanario a un periodista de gran talla profesional y humana (Alfonso Sobrado Palomares) que, entre otras novedades, introdujo un comentario gastronómico a cargo de un tal Acedera. Nadie sabía quien era el propietario de aquel seudónimo y tampoco habría importado si aquel Acedera se hubiese atenido al principio de enseñar a comer mejor a la gente humilde. Pero aquel gastrónomo recomendaba unos restaurantes muy caros, inasequibles para la gente trabajadora a la que se dirigía la revista. Y ocurrió que un crítico cultural, habilidoso y sagaz, se juró a sí mismo y a los demás que no pararía hasta averiguar quién era Acedera. Preguntaba a unos y a otros y no lograba saberlo. Pasaban las semanas y lo único que conseguía era que le preguntaran a él si ya sabía quien era Acedera. No lo sabía, pero había inoculado su afán por descubrirlo en algunos compañeros de redacción, comenzando por la sección de laboral y siguiendo por la secretaria, Verónica, una joven amable, alegre y con encanto que se había hecho española después de huir de la pavorosa dictadura chilena del general Pinochet, uno de los mayores genocidas del último tercio del siglo XX. De este modo se sumaron al empeño el responsable de laboral, Diego de Losada, periodista excepcional, sin cuyas crónicas y reportajes sobre los conflictos obreros resultaba difícil conocer y entender la reconversión industrial de España y el comienzo de la descarbonización energética, y el reportero gráfico Paco Noguera, un tipo pequeño, barbado, con conciencia de clase, razonamientos certeros y resoluciones inmediatas. Se diría que aquel D’Artagnan y sus tres mosqueteros (Verónica, Losada y Noguera) se soliviantaban más que otros ante aquellas columnas para paladares exquisitos de «cerdos burgueses» que aparecían en la sección de cultura, detrás de las páginas de laboral, cargadas de luchas obreras por los derechos salariales y sindicales, por conservar los puestos de trabajo, por conseguir medidas de higiene y salubridad, por evitar muertos y heridos en los tajos… La clave llegó una mañana por correo ordinario en un sobre dirigido a la revista. Verónica lo abrió. Contenía una invitación al señor Acedera para que fuese a almorzar a un restaurante de muchos tenedores, situado en Alalpardo, zona norte de la capital, cerca de Puerta de Hierro. La secretaria de redacción comentó el hallazgo al crítico cultural Romero, quien no tardó en maquinar la respuesta. La invitación fue aceptada. Se concertó la fecha y la hora del almuerzo. “Será un menú largo y estrecho”, dijo el chef por teléfono. Estupendo. Llegado el día se personaron los conjurados a bordo del Seat-850 del fotógrafo Noguera y fueron recibidos y acomodados por el chef, quien les comentó las excelencias de la bodega y les sugirió marcas y añadas. Magnífico. A continuación ordenó el comienzo de la pitanza, con el consiguiente servicio de unos pulcros y ceremoniosos camareros. Iban ya por el quinto o sexto plato, tras los aperitivos de aquel menú de degustación, largo y estrecho, y por el tercer caldo de la espléndida bodega, cuando un tipo de edad mediana, tajeado, maquillado y engominado se acercó a la mesa a saludar al señor Acedera. Era el dueño del negocio. “¿Quién de ustedes es Acedera?”, les preguntó. Romero no podía ser por lo flaco, anguloso y pálido; Noguera tampoco, por su rudo aspecto. El empresario dudó en alargar el brazo hacia Losada o inclinarse ante el agradable rostro de la sonriente Verónica. Romero le sacó de dudas: “Acedera es un colectivo”. El restaurador manifestó su sorpresa, pues suponía que Acedera era uno y le hacía el favor de venir acompañado por amigos que pagarían sus respectivos almuerzos. “Pues ya lo ve, querido, somos un colectivo –remarcó Losada–, aunque nos ha faltado el sumiller, que está constipado; menos mal que dispone usted de un estupendo chef, un sabio en vinos”. Se retiró el engominado patrón que, sin duda, se las prometía felices con la concurrencia de la dirigencia socialista a cambio de la inversión mínima de la invitación al crítico gastronómico de la revista del partido, y dio orden de zanjar el menú largo y estrecho. Sin correr el riesgo de que les sirvieran bellotas de postre, aquellos pájaros ahuecaron el ala y abandonaron el lujoso y prohibitivo restaurante. Salió el chef a despedirles y tuvo la deferencia de empujar el coche de Noguera, que estaba para pocos trotes y se había quedado sin chispa de batería. La experiencia les resultó tan agradable que no les habría importado repetir ricos almuerzos por el morro si hubieran llegado más invitaciones. Pero no llegaron. Una pena. Claro que tampoco llegaron más columnas de aquel crítico gastronómico por el que, de vez en cuando, preguntaban a Romero en tono de broma: “¿Sabemos ya quién es Acedera?” Y él respondía: “Pues claro, un colectivo”. (Acedera era Rafael Ansón Oliart). A propósito de colectivismo, el muy inteligente, sagaz y divertido Romero comandaba un grupo anónimo de colaboradores, cuyos reportajes biográficos eran tan sorprendentes como temibles. Por algo firmaban Colectivo Feroz. Bajo el rótulo Vidas Ejemplares relataban con amenidad no exenta de ironía y mala leche los resultados de sus investigaciones sobre políticos tan importantes como falsarios, “demócratas de toda la vida” al servicio de la dictadura, prelados reaccionarios, avaros banqueros, magistrados muy serios… En cada entrega desvelaban la vida, obra y milagros de alguno de aquellos prebostes del pasado que se perpetuaban en el presente y pretendían dictar las normas del futuro. No ahorraban detalles del comportamiento particular, nada ejemplar, del personaje elegido cada semana. Y puesto que al final de cada reportaje anunciaban “próximas entregas” sobre media docena de personajes notables (a cual más pillastre, reaccionario y sinvergüenza), cuyos nombres consignaban, enseguida los concernidos pedían a los dirigentes del partido que les librasen del desnudo al que los sometía el Colectivo Feroz. Con razón decían que el destape corrompía a la juventud.

8.–Aborrece el estilo mayestático

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Al Abuelo le fastidiaba ese estilo envolvente, colectivo, del “nos”, el “nosotros”, el conjunto social al que se adherían como si fueran lapas los más sesudos y reputados columnistas de opinión. “Si quieren dirigir a las masas que se presenten a las elecciones”, decía. Pero no era eso. “Si quieren que la gente piense y crea lo mismo que ellos, que se hagan imanes, sacerdotes o charlatanes de feria”. Pero tampoco era eso. Con aquel estilo mayestático, aquel uso y abuso de la primera persona del plural, implicaban a todos en los problemas creados por unos pocos. Esa era la trampa. Y por eso T detestaba aquella forma de generalizar para cubrir y encubrir a los autores de los daños colectivos. Ya lo había dicho Rafael Barret a comienzos del siglo XX: “Mientras más grave es un asunto, más lo tapan”. Aborrecía a aquellos hijos del ardid y la falacia (“líderes de opinión” les llamaban) cuyo estilo tan familiar, cercano y cargado de buenas intenciones servía para responsabilizar, encargar y cargar sobre el común la reparación de las averías y los males provocados por unos cuantos poderosos voraces, insaciables y ambiciosos. Aquellos opinadores contribuían con sus secreciones mentales a la pervivencia del daño a la naturaleza y a los enormes desequilibrios sociales y geográficos que padecían los países y el planeta. Además, sabían de todo y lo sabían todo. El desparpajo de aquellos expertos en la totalidad en proferir medias verdades y verdades a medias desde su elevada talla dizque intelectual llevaba a T a formular la clásica pregunta de por qué los intelectuales tienen más intelecto y los obreros manuales no tienen más manos. Su desprecio hacia aquellos fenómenos contrastaba con la admiración hacia algunos columnistas honrados, comenzando por Ángel Merino Galán, desenmascador de colegas filibusteros en su columna Lo que se dice y lo que se calla, y terminando por Fernando Lázaro Carreter en su El dardo en la palabra, al que consideraba un maestro necesario y fundamental. “¿Cuántos más consideras dignos de mención?”, le pregunté una vez. Y se entretuvo en hablarme de históricos y contemporáneos. Citó entre los primeros a Manuel Alcántara, quien le publicó un cuento en el periódico oficial de la dictadura, Arriba, cuando él tenía dieciséis años y servía vino en el bar donde le conoció. Era un cuento de putas y tenía mérito (su publicación) porque la prostitución estaba prohibida por el régimen. Di tu que se toleraba y que hasta el padre del dictador (tema tabú) las había diñado, decían, en un prostíbulo. También citó a Josep Pernau, quien fue su director en el Diario de Barcelona, El Brusi, decano de la prensa continental; Julio Camba, un gracioso de derechas al que no conoció en persona y del que contaban muchas anécdotas; José Antonio Novais, que escribía para Le Monde y la Agencia Efe; Ramón Gómez de la Serna, famoso por sus greguerías y ocurrencias. Contaban de este Gómez que habiendo ido a parar a Argentina durante la guerra civil (1936-39) recibió, años después, una invitación del dictador victorioso sobre una cordillera de muertos para que regresara a España y ocupara el cargo de director de la Biblioteca Nacional, con una generosa remuneración. Para entonces ya el nazismo y el fascismo habían sido derrotados en Europa gracias a los rusos, los estadounidenses, los británicos y los republicanos españoles empotrados en la resistencia francesa, pero el régimen nazifascista se mantenía en aquella España traicionada por las democracias europeas y el tirano había recibido el espaldarazo estadounidense a cambio de unos miles de hectáreas en lugares estratégicos (por ejemplo, a las puertas de Madrid y de Zaragoza) para que instalaran sus bases militares y se sintieran como en casa. El dictador, bendecido también por el Papa tras un Concordato muy favorable para la Iglesia Católica, se sentía consolidado y quería dotar de una pátina cultural a su mandato imperial. De ahí su invitación a algunos reconocidos hombres de ciencias y letras para que regresaran a la patria. Algunos, como el doctor Gregorio Marañón, pusieron sus condiciones, volvieron y se quedaron. Ramón también volvió, acudió a la entrevista con el dictador militar (“el enano asesino del Pardo”, le llamaban), agradeció el estupendo puesto que le ofrecía, pero le dijo que no se podía quedar. “¿Pero hombre, por qué?”, se extrañó el tirano. “Porque he sentido mucha pena y yo con pena no puedo vivir”, le contestó el escritor. “¿Pena de qué?”, dijo el déspota, intrigado. “Es que verá, paseando estos días por las calles, he oído que la gente habla muy mal de usted y me ha dado tanta pena que ya le digo, no me puedo quedar porque yo con pena no puedo vivir”. El dictador puso mala cara. Lógico. Para evitar su enojo y tal vez algo peor, el escritor quiso demostrar que su negativa a aceptar el alto cargo y quedarse en la patria era ajena a su rechazo de la dictadura y le ofreció escribir desde Buenos Aires para el periódico del régimen, el mencionado Arriba. De los contemporáneos, el Abuelo me citó a algunos columnistas como el catedrático de la Universidad de Salamanca Román Álvarez, cuya columna dominical en La Gaceta siempre le resultaba amena, crítica y sugerente; Juan Carlos Escudier, amargo, irónico, cáustico; Rodolfo Serrano, razonable, bondadoso y poético; José Nevado, cuyos certeros comentarios políticos le parecían saludables y alimenticios… Y algunos más cuyos nombres siempre confundo con otros de los que no logro acordarme.