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Acerca de Luis Díez

Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es

C3.-Maldad sin límites

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

NOTA: Aprovechando las jornadas de asueto de Semana Santa adjuntaré un capítulo cada día. Gracias por leer.

Tapa de alcantarilla similar a la que abrieron para arrojar al joven ejecutivo y administrador de capitales Juanpe Perrote Poterna

El inspector Tilo Dátil salió del hospital y activó su teléfono para dar los buenos días a su inquilina Amalia. Una sucesión de pitidos le informó de las llamadas y mensajes pendientes. Caminó hacia la parada del autobús, pero siguió adelante al comprobar en la pantalla de la marquesina que el próximo coche tardaría diez minutos.

La opositora Amalia ya estaba acodada, metida en faena.

–Dudo que pueda ir a comer contigo –le dijo.

–¿Otro homicidio?

–Si señoría; en grado de tentativa, pero raro de narices.

–¿Puedes contarme algo? Y no me llames señoría –le corrigió Amalia.

–Quisieron matar a un hombre arrojándolo por una alcantarilla.

–¡Queee!

–Lo que has oído.

Improbitas nescere limes.

–En cristiano, Amali, por favor.

–Que la maldad no conoce límites.

–Cierto y verdad. Bueno, después hablamos.

La primera llamada perdida era de un afinador del pianos. La segunda, de Merche.

–¿Alguna novedad? –Le preguntó Tilo.

–Nada especial; sólo quería pedirte disculpas por mi brusquedad matinal.

–Ya te conozco. Y no puedo dar de lo que carezco, jeje.

–¿Qué tal la víctima?

–Dice que no tiene enemigos y descarta que sea una venganza.

–¿Que no tiene enemigos el sobrino y colaborador del tesorero del principal partido de la derecha en el Gobierno? Anda ya…

–No sabía que era pariente del tesorero…

–Poterna. Pariente y colaborador.

–Eso explica alguna cosa, como la prisa de la comisaria en ocuparnos del asunto.

–Lógico. Es un tío importante.

–Si, por parte de tío, jeje.

–No seas frívolo.

–Me río por no llorar; se me ha escapado crudo.

–Ya lo veo; ni siquiera los datos parentales, inspector.

–Estoy perdiendo reflejos.

–¿No te ha dado alguna pista, una sospecha de por dónde pueden ir los tiros?

–Nada de nada… Voy a echar una ojeada al escenario del crimen y luego nos vemos.

Tilo aflojó el paso en la plaza de Manuel Becerra y comprobó la siguiente llamada perdida. Era el número largo de la centralita de la Jefatura. Alguien quería algo, pero al desconocer quien era lo dejó correr. La siguiente llamada era del amigo y compañero Fiol, un izquierdista aficionado a la historia a la inversa (de adelante hacia atrás) al que los mandos, casi todos derechistas cuando no fachas redomados, no permitían la jubilación completa porque sabía árabe. Le trasladaron al grupo especial contra el terrorismo islámico con funciones de escucha y traducción.

–Buenos días Fiol ¿qué se te ofrece? –Le saludó Tilo.

–Antes de nada: ¿Vamos el sábado a ver la Peña Escrita?

–Por mí no hay inconveniente. Y a Mingus le vendrá bien orearse.

–Correcto, entonces quedamos. Otrosí: me han informado que llevas el caso del tío que sacaron de las cloacas esta madrugada junto a la plaza de Colón.

–Cierto.

–¿Tienes algo que huela a terrorismo yihadista?

–Nada; tiene toda la pinta de una venganza. Pero me parece curioso que la víctima, un ejecutivo de las finanzas, sostenga que nunca ha hecho mal a nadie y afirme que los agresores eran terroristas. Acabo de hablar con él y está convencido de que fue un atentado. ¿Quién te ha dicho eso, si no es indiscreción?

–Lo he oído arriba –dijo Fiol.

–Pues tengo la impresión de que han intoxicado a los de arriba.

Tras despedirse de Fiol no tuvo duda de que aquel Perrote Poterna era un tío importante y deseó que el comisario general y la víctima llevasen razón y le quitaran el caso de encima.

Siguió caminando a paso ligero por Francisco Silvela hasta enlazar con Ortega y Gasset. Aprovechó la pausa ante un semáforo para llamar a Maricopa, del servicio de video vigilancia del centro de la ciudad. Era una buena amiga, Maricopa.

–¿Tenéis cámara a la altura del número 33 de Ortega y Gasset, nada más pasar la plaza de Salamanca, en la confluencia con Castelló?

–Llegas tarde, Dátil. Es la segunda vez que me lo preguntan hoy, y no son las diez.

–¿Ah, si? ¿Puedo saber quien se me anticipó? No me gusta duplicar esfuerzos.

–Un tío que dijo ser de la brigada de información antiterrorista. No apunté el nombre.

–Mal hecho, jeje… Es broma.

–Ni broma ni leches: me debes una copa. No apunté el nombre porque no hay cámara que registre el tráfico en esa zona de la calle hasta La Castellana. Las que tenemos en Marqués de Salamanca están orientadas hacia Príncipe de Vergara. O sea que nada, monada. Lo siento. Y no te pregunto qué ha pasado porque no me lo vas a contar, ¿verdad?

–En eso tienes razón, muchas gracias, Mari y que tengas buen día.

Ya en la zona del suceso realizó una composición de lugar: imaginó a los dos agresores acechando a la víctima cuando llegó en su coche y se desvió hacia la rampa del aparcamiento subterráneo exclusivo para residentes. Acto seguido se habrían desplazado sin prisa hasta los muretes de hormigón, de metro y medio de alto, que flanquean la escalera de salida del parking y habrían esperado a que asomara la cabeza, momento en que habrían hecho una señal a la rubia para que se moviera desde la esquina de la calle Castelló, donde hay una sucursal bancaria, y se dirigiera a su encuentro con un pitillo en la mano con el fin de pedirle fuego. En ese instante los matones cayeron sobre Perrote, lo inmovilizaron y lo condujeron a empellones y pinchazos hasta la boca de la alcantarilla, situada en la calzada, a poco más de dos metros del bordillo de la acera. Es muy probable, se dijo, que los malotes tuvieran uno o dos compinches encargados de quitar la tapa y controlar la alcantarilla, desviando a los coches que circularan en ese momento, hasta consumar la fechoría y reponer la chapa en su lugar. Examinó al detalle la tapa, cuatro agujeros –dos a cada lado– de ventilación, una orla con la inscripción del ayuntamiento, seguida de siete estrellas, la palabra “saneamiento” en el centro y nada más. No parecía muy pesada. Con meter uno o dos ganchos de hierro por los agujeros y tirar fuerte hacia arriba se abriría una ranura suficiente para arrastrarla sesenta centímetros y dejar la cloaca al descubierto. “¡Qué cabrónides!”, exclamó.

El portero del edificio 33, pegado al parking subterráneo, tenía cara de buena persona y edad suficiente para dejar de trabajar. “De hecho –le dijo–, ya estoy jubilado, pero la paga es tan magra que he tenido que agarrar la jubilación activa para ayudar un poco a los hijos: tengo dos en el paro obrero”. El señor Gregorio no vio nada y no pudo ver nada porque los domingos libraba y se quedaba en casa, en la antigua barriada de Pilar. Ni siquiera estaba enterado del suceso. “No he sentido nada por la radio”, dijo. Desde luego, conocía al señor Perrote, le parecía un tipo engolado y distante, y su trato con él se limitaba al saludo habitual de hola y adiós.

–¿Qué ha hecho, si se puede saber?

–Más bien se lo han hecho a él –dijo Tilo.

–¿Qué ha sido, pues?

–Se lo puedo decir, pero si se va de la lengua lo meto en la cárcel.

–Soy una tumba –respondió Gregorio.

–Lo tiraron por esa boca de alcantarilla.

–¡No fastidie! Hay que tener mala sombra para hacer eso.

–Pues sí, muy mala leche.

–Diga usted que conmigo no podrían hacerlo –dijo, tocándose el vientre atonelado.

–Su dinero le habrá costado.

–Nos ha jodido mayo con las flores. Pero lo que yo digo: mejor echarlo aquí que en drogas, putas y juego.

En respuesta a las preguntas del inspector, el portero dijo que con la madre del señor Perrote había tenido buen trato.

–Doña Constanza Poterna era una buena señora. Y muy rica. Cuando hicieron el agujero ahí al pie se quedó con media docena de plazas: tres para la familia y otras tantas para alquilar. Era farmacéutica y regentaba varias oficinas de farmacia, una aquí, en el distrito de Salamanca, otra en Carabanchel alto y creo que otra en Alcorcón. Lo cierto es que se podía hablar con ella, se interesaba por ti y dejaba buenas propinas.

–Habla en pasado, ¿quiere decir que ya no las deja?

–Se jubiló hará cosa de tres años y se largó a vivir a La Rioja, donde, al parecer tiene un edificio de pisos en Logroño y una extensión de viñedos que quitan el hipo. Ya le digo que es una mujer muy rica, una señora estupenda. En cambio, el hijo… Bueno, eso de tirarle por la alcantarilla significa que algo muy malo habrá hecho.

–¿Cree que algún vecino quería vengarse de él por alguna fechoría?

–Ese no vive aquí, sino ahí abajo, en el edificio que hace esquina con Núñez de Balboa, frente al palacete del Gallo. Tengo entendido que él y su tío tienen un piso cada uno en esa finca. Así que si alguien de aquí le tenía tirria, no le puedo decir. Desde luego el hijo, al contrario que la madre, una bellísima persona, no tenía trato con ningún vecino. Ya le digo, un señorito estirado al que parecía que le habían metido un palo por el culo. Y usted perdone. Pero oiga, es que más de una vez y más de dos, sobre todo cuando venía en moto, me llamaba por el interfono para que bajara a abrir el portón del parking porque se le había olvidado el mando. Y no digo yo una propina, que eso, para los ricos, son palabras mayores y, encima, nunca llevan dinero suelto, pero si las gracias, que no cuestan nada. Pues no.

–Gregorio ¿le importa que eche una ojeada al parking?

–En absoluto, le acompaño.

Mientras recorrían la primera planta del aparcamiento subterráneo –tenía dos– el portero se refirió a la fiera de la construcción: “Desde que la fiebre de la especulación inmobiliaria llegó al subsuelo, han dejado las calles como un queso gruyer; Ortega, Príncipe de Vergara, Velázquez, Goya, Juan Bravo, Narvaez…, en todas las que tienen amplitud han hecho ratoneras para meter los coches. ¡Menudo negocio para el Ayuntamiento y las constructoras! Pero no para ahí la cosa porque el alcalde Gallardón –yo le llamo Gasradón– se ha seguido forrando con esa operación de quitar las baldosas y poner granito en las aceras. Se ve que como ya no tenían de donde sacar petróleo, pues venga granito Granilouro de Pontevedra por doquier. De algún modo había que seguir embolsando pasta y ganando elecciones. Y al final ¿qué? Al final resulta que ese tío tan listo y ambicioso nos va a matar con gas inerte el gas radón que desprende el granito y se acumula en estos subterráneos y es cien por cien cancerígeno.

–Le veo muy bien informado –dijo Tilo.

–Algunas cosas estudio. Bueno, usted perdone el mitin.

–Perdonado.

–Si es que le tengo tal asco a ese Gasradón que me disparo.

–Le entiendo; hay gente que abusa del poder.

–Abusar es poco: lo usan para forrarse y hacer daño a los de siempre, los de abajo.

–También hay políticos buenos –adujo Tilo.

–Lástima que duren poco. Mire, esas son las tres plazas de los Perrote.

Una estaba ocupada por un Mercedes azul oscuro todo-terreno, otra por una moto Honda RC2113V de mucha categoría, y la tercera por un Smart eléctrico enchufado a la corriente. Tilo miró el Mercedes detenidamente, se inclinó como si quisiera ver la marca de los neumáticos, pero era el reposapies lateral derecho lo que atraía su atención, ya el metal plastificado o el plástico metalizado tenía una arruga, una especie de pico sobresaliente como si hubiera sido golpeado por debajo con un martillo. En cambio, el apósito del lado del conductor estaba plano y recto.

El portero le azuzó:

–No conviene estar mucho tiempo aquí abajo.

–Ya, por el gas radón. ¿De modo que este es el coche del señor Perrote?

–Éste, el renacuajo y la moto –afirmó Gregorio,

C2 .-Arrojado a las cloacas

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

A primera hora de la mañana de aquel caluroso lunes de junio, el inspector Tilo Dátil recibió el encargo urgente de investigar una agresión muy grave. Según la describió por teléfono la comisaria doña Emilia Sáez, aquella acción criminal era una obra siniestra, una diablura del mismísimo Belcebú prevaliéndose de la infraestructura urbana.

(En el capítulo anterior, C1, los amigos de Juanín, el ciclista atropellado, se comprometen a identificar al autor del atropello que se dio a la fuga y a que se haga justicia)

–Déjalo todo y ponte a ello –le ordenó.

–Si, señora.

El sol empezaba a iluminar esta cara del planeta, eran las siete de la mañana, y el inspector, un tipo al borde de los cincuenta años de edad, con veinte de experiencia en homicidios, sabía que la prisa y el error son dos huevos pasados por el infundíbulo de la misma gallina, así que se tomó con tranquilidad el encargo y siguió pastoreando a Mingus, un cocker blanco y negro, con mirada de asombro, que se esmeraba en regar cada plátano de sombra del parque como si fuera el jardinero. En el Dulce, el primer bar del barrio en levantar la persiana, se tomó el café de costumbre. “Hay que tener mala leche para quitar la tapa de una alcantarilla, arrojar por ella a una persona y volver a ponerla como si no hubiera ocurrido nada”, pensó.

Esperó a que Mingus culminara sus necesidades intestinales (las olfativas y enredadoras con sus congéneres no tenían fin), pagó el café, recogió el marrón con el trozo de papel de cocina que llevaba en el bolsillo, lo depositó en la papelera, enganchó la correa al collar del canelo y subieron a casa. Con cuidado de no hacer ruido con las puertas para no despertar a la inquilina, Tilo siguió dando vueltas al caso mientras se duchaba y afeitaba.

La utilización de una alcantarilla para arrojar a una persona al subsuelo y acabar con ella le parecía, además de diabólica, una agresión rara y novedosa. No recordaba haber visto, leído u oído un caso similar en los años que llevaba combatiendo el crimen. ¿Quién diablos podría haber ideado una fechoría de ese nivel? Además del ideólogo hacían falta varios brazos ejecutores, pues no es fácil inmovilizar a individuo en plena calle, colocarlo sobre un agujero de un metro de diámetro y dejarlo caer a plomo en la cloaca. Se requiere una buena inspección previa, un estudio de la zona, una planificación de la agresión…

Tilo llenó la cazuela de Mingus de bolas de pienso, le acarició la frente y el hocico, como hacía siempre al despedirse, le susurro: “Se bueno con Amalia”, y salió de casa procurando no hacer ruido. La inquilina estudiaba hasta altas horas de la noche y merecía no ser molestada. Él solía llamarla pasadas las diez de la mañana, le daba los buenos días y la animaba si notaba su voz alicaída. Era una buena chica y se esforzaba a conciencia en preparar la oposición.

Mientras esperaba el autobús se fijó en una tapa de alcantarilla. Tal vez había exagerado su dimensión. Vista de cerca no tendría más de sesenta centímetros de diámetro, lo cual significa que la víctima no podía ser muy gruesa. La conclusión de Perogrullo descartaba a esos hombres panzudos de apariencia gestante y contrastaba con el apellido superlativo del superviviente martirizado, señor Perrote.

Durante el trayecto hasta la glorieta de Atocha se esforzó en meterse en los zapatos del agredido. El pobre hombre lo tuvo que pasar fatal en las tenebrosas conducciones de aguas fecales. Intentó imaginar su angustia, aunque enseguida comprendió que era un ejercicio inútil, pues cada cual se desespera a su manera. Después de todo, se dijo, el martirizado había tenido una suerte de mil rayos al poder salir vivo del lance. Según la sucinta referencia de la comisaria, sólo había sufrido magulladuras y heridas menos graves. Cuando le rescataron los poceros, con la ayuda de los bomberos y la presencia de la policía municipal, se hallaba dolorido y congestionado, pero tenía las constantes vitales en perfecto estado.

Por un instante Tilo se preguntó qué daño habría hecho el ciudadano Perrote para provocar una arremetida de aquellas características. Un furgón que pasaba al lado del autobús confirmó su hipótesis de trabajo de que se trataba de una venganza o, cuando menos, de un escarmiento con intención homicida. El furgón lucía un letrero verde: “Tratamiento de aves” y llevaba el capó y la cubierta superior plagada de excrementos de palomas y otros volátiles. El inspector sonrió y siguió pensando en la venganza de los pájaros, los que fueran.

Ya en el intercambiador de Atocha, aprovechó la espera del autobús de la línea que le dejaría junto al hospital Gregorio Marañón para llamar a su colaboradora Merche. Faltaban quince minutos para las nueve, hora del comienzo de la jornada laboral, pero la subinspectora, una auténtica máquina de precisión, respondió con un bufido a su saludo matinal. Poseía un riguroso sentido del tiempo y le fastidiaba que un superior, fuera quien fuese, interfiriera en sus periodos de asueto. “Tenemos poco tiempo para nosotros y no estoy dispuesta a regalarle ni un minuto a la empresa”, solía decir. En eso (y en casi todo) tenía razón. Después de templar gaitas con ella, aprovechando la clamorosa victoria de su equipo, el Rayo Vallecano, frente al poderoso Real Madrid, quedaron en distribuirse la tarea en función de los datos que la víctima pudiera y quisiera aportarles.

En una pequeña sala de espera del departamento de urgencias del Gregorio Marañón el inspector Tilo Dátil se distrajo divagando sobre la ductilidad humana a partir del cambio de chaqueta del eminente médico que daba nombre al hospital. Recordaba la historia del ilustre endocrino quien, según le contó el abuelo Venancio, pasó de ser un liberal republicano, fundador de la Agrupación al Servicio de la República con José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala a pactar con la dictadura militar del despiadado general Francisco Franco. El eminente endocrinólogo obtuvo a cambio de su regreso a España después de la sublevación militar y la Guerra Civil en la que triunfo el nazi-fascismo, la construcción de este hospital universitario, bueno y positivo para el noble pueblo de Madrid.

Enseguida apareció un auxiliar de enfermería empujando una silla de ruedas con un hombre joven al que habían enyesado una pierna y colocado un collarín en el pescuezo. Era la víctima, don Juan Pedro Perrote Poterna.

Se saludaron, se presentaron, el auxiliar anunció que volvería en media hora y les dejó solos.

–Pese haber regresado del infierno tiene usted un aspecto estupendo –dijo Tilo con ánimo de agradar y romper el hielo.

La verdad es que la víctima presentaba la apariencia saludable de un señorito que no hubiera trabajado nunca. Tenía el rostro bronceado, las manos finas y suaves, el cabello negro, corto y domado hacia atrás. Si no conociera la causa de sus lesiones, habría dicho que se trataba de un deportista de élite.

–Iban a matarme, inspector.

–Pero no lo han conseguido y me alegro por usted y su familia.

–Vamos a tutearnos si le parece bien –propuso Juan Pedro.

–Claro que sí.

–Puede llamarme Juanpe, como los amigos.

–Desde luego, Juanpe –respondió Tilo mientras le echaba unos treinta y cinco años de edad y calculaba que andaría por el metro setenta de altura y unos setenta kilos de peso, es decir, un mueble perfectamente manejable por dos malos corrientes.

–¿Cuántos eran los agresores, amigo Juanpe? –Le preguntó, sacando su libretilla del bolsillo de la americana para darle a entender el comienzo de las pesquisas.

–Los que me pusieron la mano encima eran tres, una tía y dos tíos.

–¿Una mujer? –Se extrañó Tilo.

–Si, una bruja rubia que se me acercó a pedirme fuego.

–¿Te intimidaron con algún arma blanca o de fuego?

–No, inspector.

–Te quitaron la cartera, el teléfono, el reloj…

–No, no.

–¿Entonces descartamos que los agresores fueran delincuentes comunes?

–Yo no les llamaría agresores, inspector: eran terroristas.

–Bueno, eso lo dirá el juez cuando les echamos el guante –puntualizó Tilo.

–¡Joder, Dátil! Esos tipos iban a matarme. Me aterraron, me tiraron a una alcantarilla para que me asfixiara o me ahogara y me comieran las ratas… ¿Ya me dirá usted si eso no es terrorismo puro y duro?

Tilo constató la facilidad de algunas personas para tildar de terroristas a otras y calificar de atentado cualquier incidente violento. Desde luego la derecha política nacional abusaba de aquel calificativo y no hacía falta preguntar la ideología de aquel hombre.

–De acuerdo, amigo Juanpe, te has librado de morir malherido y ahogado o asfixiado en la mierda ahí abajo, pero no me corresponde a mí discutir contigo si los autores de un acto criminal tan vil y cobarde como el que has sufrido te atacaron por motivos patrióticos, religiosos o de otra índole. Lo que queremos es atraparlos cuanto antes ¿verdad? Así que vamos a los hechos.

El interlocutor asintió con el mínimo movimiento de cabeza que le permitía el collarín, aunque insistió:

–Pero yo también quiero que conste que eran terroristas e iban a matarme.

–Constará, pierde cuidado –respondió Tilo, anotando dos palabras en su pequeña libreta: “Homicidio frustrado”.

A continuación aquel Juanpe Perrote Poterna movió el trasero a un lado y otro sobre el asiento de la silla rodante, como si estuviera a disgusto.

–¿Quieres que te ayude?

–¿Llevas tabaco?

Tilo asintió.

–Tengo unas ganas locas de fumar –dijo el perniquebrado.

Tilo abrió la puerta, oteó el panorama, empujó la silla por un largo pasillo hasta el hall de la entrada, intercambió unas palabras con el celador, que hizo la vista gorda y les permitió salir. Ya fuera del edificio, le dio de fumar y siguió empujando la silla de ruedas por la acera hacia la esquina, donde unos setos de romero anuncian la existencia de un parque de tierra con algunos árboles de sombra. No pudo evitar el chiste al ver reflejada en los cristales la imagen del madero transportando al tronco. Doblaron la esquina. Tres jóvenes sanitarias revoloteaban por el pequeño parque. Apuraron sus cigarrillos y les dejaron el banco que ocupaban a la sombra de un pino piñonero. Se lo agradecieron.

–¿Vamos a los hechos?

La nicotina parecía haber estimulado las neuronas de la víctima.

–Te cuento: yo acababa de salir del párking subterráneo de la plaza del Marqués de Salamanca, esquina con Ortega y Gasset, cuando se me acercó una joven rubia, muy guapa y me preguntó si llevaba fuego. Claro que sí. Iba a meter la mano en el bolsillo para sacar el mechero cuando sentí que me agarraban los brazos por detrás. Eran dos tipos. Me retorcieron los brazos y me amarraron las muñecas con cinta adhesiva. En ese momento la tía me metió una bolsa por la cabeza, una de esas bolsas negras de plástico fino que se utilizan para la basura, y ya no pude ver más. Me quedé sin aire para gritar y forcejear. Uno de los tipos me dijo: “Camina, cabrón” y me pinchó con una jeringuilla o un alfiler, no sé. Di ocho o diez pasos. Me llevaban cogido de las axilas, casi en volandas. De repente pisé aire y noté que caía, aunque no de bruces, sino en vertical porque los tipos no me soltaron hasta que vieron que ya tenía casi medio cuerpo dentro de la alcantarilla. La conducción de aguas grises no tiene ahí mucha profundidad –tres o cuatro metros, calculo–, pero el golpe fue bastante fuerte. Oí el chasquido de la pierna y sentí un dolor agudo. Estoy jodido, me dije, a punto de desvanecerme. Pero fíjate tú lo que son las cosas: la punzada de dolor evitó que perdiera el conocimiento. Ésta me salvó –dijo poniendo la mano sobre el yeso.

Tilo evocó para sí el cuento de Valle Inclán sobre la pérdida del brazo. El atacado prosiguió:

–Enseguida conseguí enganchar la bolsa con los labios, mordí el plástico e hice un agujero para poder respirar. Luego seguí mordiendo con fuerza para agrandar la abertura y poder ver donde demonios estaba, aunque ya era consciente de que me habían arrojado por una alcantarilla. La fetidez era insoportable. Caía agua sucia por todos los tubos laterales y me iba deslizando hacia abajo. Aunque intenté sujetarme con los hombros a los lados de la alcantarilla, el lodo y la inclinación me hicieron resbalar hasta un colector de cemento, más grande, por el que seguí resbalando sobre el trasero hasta caer en una especie de riachuelo. Supuse que sería el arroyo del Abronigal, en las profundidades del Paseo de la Castellana. Entonces noté el borde rugoso de una una tubería y me puse a frotar las ataduras de los brazos hasta que la cinta cedió y me pude soltar. Me quité la bolsa y vomité varias veces. La oscuridad era total. Apenas había aire y la pestilencia era horrorosa.

Tilo le dio de fumar y le desvió de la angustia con varias preguntas superficiales, de cuyas respuestas anotó que la agresión se produjo sobre las veinte horas del domingo, 5 de junio; que el señor Perrote no supo si lo estaban esperando, aunque tiene la impresión de que el ataque no iba dirigido contra él, sino contra cualquier persona que a esa hora pasase por ese lugar; que no encuentra motivos para que alguien quisiese liquidarle, pues nunca ha hecho mal a nadie.

–Sin embargo, alguien te quiere muy mal.

–Te repito que no tengo enemigos, sólo amigos.

El inspector anotó: “Sin enemigos declarados”.

–Pero siendo abogado, vale sopesar si algún cliente descontento, algún damnificado…

–¡Imposible! No me he puesto la toga en mi vida. Me licencié en Derecho, pero me he dedicado a la economía financiera como administrador e inversor de capitales privados.

–¿Y el dinero no crea enemigos?

–Sobre todo crea deudores tentados a salir huyendo. Pero debo decir que no he arruinado a nadie –aseguró Juanpe.

Tilo le miró fijamente, afirmó que “la venganza existe” y le invitó a revisar sus relaciones sociales y profesionales. Era su segunda invitación. La primera consistió en animarle a repasar mentalmente una y otra vez los momentos previos a la agresión a ver si además del rostro de la mujer rubia que le tendió la emboscada encontraba algún detalle significativo para la investigación.

–Casi siempre funcionamos automáticamente –le dijo con énfasis persuasivo–, pasamos a diario por delante de la Cibeles, dando por hecho que sigue ahí petrificada en su carro. Ni siquiera la miramos ni, por supuesto, sospechamos que haya sido decapitada. Y de pronto la encontramos sin cabeza en la foto del periódico.

Mientras le entregaba una pequeña libreta de su colección particular para que anotara los datos que pudieran derivarse de la tarea encomendada, apareció el auxiliar de enfermería en la esquina del edificio y les gritó para que regresaran inmediatamente.

–¡Pero cómo se les ocurre! ¿No saben que está prohibido salir del hospital? –Les conminó.

Tilo le pidió disculpas y puso cara de circunstancias.

–Me juego una sanción de aúpa –añadió el sanitario.

–He salido a fumar porque sin tabaco no termino de funcionar –se justificó Juanpe.

Tilo dejó la silla rodante en manos del empleado, anotó el número de teléfono de la víctima en la contraportada de la libretita y se despidió.

C1.- Juanín tenía un sueño

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

La cirujana auxiliar Gabriela Cabello corrió detrás de su jefa hacia la entrada de urgencias. La alarma concentró en la sala de curas a todo el personal sanitario operativo en aquellos momentos. Enfermeras, auxiliares y especialistas cayeron sobre la camilla rodante del herido, evacuado en helicóptero, como un grupo de ángeles dispuestos a impedir que las parcas se llevaran consigo a aquel muchacho. Había perdido mucha sangre, se hallaba inconsciente, pero seguía vivo. Lo rodearon por ambos costados, le realizaron análisis de los órganos vitales, evaluaron con sus sofisticados instrumentos las carencias inmediatas, le aplicaron oxígeno, le practicaron una transfusión sanguínea, le suministraron suero, sedantes, antibióticos y otros fármacos en vena.

La cirujana y su ayudante se mantuvieron en un ángulo de la sala, procurando no estorbar mientras los especialistas se esforzaban en que el herido recuperase las constantes vitales y adoptaban las decisiones más convenientes. Enseguida entraron en acción sobre el área de su competencia: los huesos. Se distribuyeron la tarea: Gabriela la pierna izquierda y su profesora la derecha. Asistida por un enfermero y dos auxiliares, la joven cirujana palideció ante el horror de la extremidad desnuda y sanguinolenta. La tibia astillada asomaba por la piel como si fuera un cuchillo; el pie, destrozado, se mantenía unido a la pierna por la piel rasgada y los tendones.

Al ver la calza de ciclista, Gabriela sintió un palpito extraño, se incorporó, separó un instante el lienzo que protegía la cabeza del herido. “¡Oh Dios, es Juanín! ¡No, Juanín, nooo!” Clavada ante el herido recién intubado, estalló en sollozos. Juanín era amigo suyo, un chaval formidable, un ciclista prometedor. Las lágrimas se apoderaron de su rostro. El enfermero y la cirujana senior la separaron de la camilla y la condujeron a la sala de descanso. “Estas cosas ocurren, cariño, no podemos evitarlas”, dijo la superior con afán de serenarla. Las dos sabían que el herido se quedaría sin piernas, aunque lo importante ahora era salvarle la vida. La cirujana jefe le dio un vaso de agua fría, la obligó a beber y permaneció sentada con ella unos minutos. Luego se incorporó. “Ánimo, Gabi, cariño”, reiteró. Y regresó al quirófano.

A solas, la joven doctora lloró la nube que le oscurecía su cerebro hasta que, poco a poco, se fue serenando. Media hora después comenzó a racionalizar la emoción y a comprender la desgracia como algo irreversible. Su profesora tenía razón, siempre la tenía: “No podemos hacer nada para evitar lo sucedido, sólo curarle y que conserve la vida”. Se incorporó, se lavó la cara, vio la larga y laboriosa cura de las piernas destrozadas de Juanín a través de la claraboya de cristal de la puerta que separaba la sala de descanso del área séptica.

Mientras contemplaba las evoluciones de los médicos y enfermeros en torno al herido, Gabriela pensó en las injusticias de la vida y en la fatalidad del destino. Un chaval como Juanín puede tener un sueño: convertirse en ciclista profesional sin dejar de ayudar a su padre en el horno de la panadería de La Nava y en las tareas de distribución del pan; puede tener las condiciones físicas y mentales para llegar a ser un buen corredor, un líder en la montaña, un campeón; puede sacrificarse al máximo en la persecución de su sueño, robar horas al asueto y la diversión para entrenar, recorrer rutas por carreteras sinuosas, evaluarse; se puede imponer una dieta alimentaria estricta, sin desviaciones, sin grasas, sin una gota de alcohol. Juanín era disciplinado y hacía todo esto. Si algún viernes quedaba con sus amigos para ir al cine o a la discoteca de Navahermosa, se tomaba un agua tónica y se largaba a las dos horas. Ella lo conocía y admiraba. Bailó con él muchas veces. Aunque era nueve años mayor que él, sentía atracción por aquel muchacho de poco más de diecisiete. Más que imán físico, experimentaba una mezcla de fascinación y suspense hacia él; fascinación por su capacidad de sacrificio y suspense por saber hasta donde podía llegar.

Si, Juanín, el hijo del panadero de La Nava, tenía un sueño. Y ahora… ¡Maldita sea!

Gabriela volvió a sollozar. Sus ojos se humedecieron de nuevo al recordar los recortes de los periódicos deportivos que siempre guardaba en el bolsillo. El último que le mostró era el calendario de la copa de España en Ruta Sub-18. Tenía ilusión en participar. Le mostró las fechas: etapas salteadas en fines de semana aquí y allá que no obstaculizaban su trabajo en la panadería. Costaban dinero porque había que desplazarse: el 8 de abril, Torredonjimeno; el 22, Villanueva de Castelón; el 25 de febrero, Badajoz; el 10 de marzo, Eibar; el 13 de mayo, Alcalá de Henares.

Lo conocía desde que era un niño, un mocoso inquieto que revolvía los cajones en busca de algo interesante, hojeaba los libros por si tenían algo más que letras. Una vez encontró dinero, billetes de curso legal que había guardado el abuelo para alguna emergencia. Llegaba acompañado de su hermana Raquel y no paraba ni para merendar aquellas tostas de pan con aceite de oliva, tomate y anchoas que tanto le gustaban. Las tardes de verano en que ella estaba de vacaciones en La Nava y su amiga Raquel venía a verla con el pequeño Juanín, él ya sabía lo que quería ser: ciclista. Ella contribuyó incluso con un buen pellizco a la compra de su primera bicicleta de carreras, “la bicicletina” le llamó.

Unos años después, cuando pegó el estirón y empezó a hacerse mozo, ella también se aficionó al ciclismo y le acompañó, junto a otros amigos de La Nava, Espinoso, Los Lucillos y San Pablo en sus rutas dominicales. Se hicieron camisetas de la peña ciclista y le dieron duro al pedal. Él despuntaba entre los mejores. Aprovechaba los repechos de las estrechas carreteras entre pinos y chaparros para colocarse en cabeza. Subía las lomas y los cerros sin perder ritmo. La montaña era su elemento, descolgaba a todos los compañeros y pronto le reconocieron como líder, el mejor escalador. El solía esperarles en la cima. El camino de los Arrieros era la ruta preferida. Tenía cinco kilómetros de pedaleo fácil, con algunos badenes y ondulaciones divertidas hasta llegar al cruce del camino de las Viñas, donde empezaba la cuesta arriba, una pendiente de ocho kilómetros con un cinco por ciento de elevación que alcanzaba el once a dos kilómetros en la cima. Los que se sentían con fuerza seguían a Juanín hasta agotarla y los que andaban flojos o rehuían el sufrimiento, torcían hacia el camino de las Viñas y les esperaban en la venta de la Chana al frescor del arroyo Amargo.

Juanín era el mejor cuesta arriba, un escalador explosivo y constante, el mejor ciclista en varios pueblos a la redonda. Federico Martín Bahamontes era su ídolo histórico y su ejemplo cercano. En La Nava, donde la gente se hacía lenguas sobre el hijo del panadero y cultivaba la esperanza de que pusiera a la aldea, a la capital comarcal (Navahermosa) y provincial (Toledo) en el mapa del pabellón de la fama, le consideraban un joven de gran calidad humana; no había querido estudiar más allá del bachillerato, pero había cursado un módulo de panadería y bollería y perfeccionado las técnicas de su padre, diversificando los productos. Aunque su hermana se había casado y emigrado a Barcelona, el panadero tenía la suerte de contar con un hijo admirable y un ciclista prometedor que con dieciséis años ya había ganado la clásica para aficionados Illescas-Toro de Osborne-Illescas y demostrado que no sólo era buen escalador, sino también bueno contra el crono.

Dos horas después de la estabilización y las curas urgentes pasaron al joven Juanín a la Unidad de Cuidados Intensivos. Seguía dormido, pero la transfusión de sangre y de oxígeno había atenuado el peligro. Los especialistas afirmaron que el descenso del riego sanguíneo no había dañado el cerebro. La saturación en sangre era aceptable, el corazón bombeaba satisfactoriamente y las demás constantes vitales permitían una intervención quirúrgica inmediata. Sin embargo, la cirujana jefa decidió esperar a que recuperara la consciencia. Quería informarle de la gravedad de las lesiones antes de anestesiarle y serrarle los huesos. Sería una intervención larga.

La cirujana pidió a su ayudante que la acompañara. Salieron a la sala de espera, Gabriela vio a los padres de Juanín, se aproximó a ellos, saludó al padre y besó a la madre. El señor Picatoste y su esposa habían sido informados por la Guardia Civil de que su hijo había sufrido un accidente muy grave: lo atropelló un vehículo semipesado y había sido trasladado en helicóptero al servicio de urgencias del hospital provincial, le dijeron. La ansiedad del señor Picatoste y de su esposa, una mujer muy delgada en contraste con su marido, se leía en sus ojos:

–¿Qué le ha pasado, cómo está?

–Yo se lo explico, vengan con nosotras –dijo la cirujana jefe.

Les condujo a su despacho, los invitó a sentarse. Gabriela les sirvió dos botellines de agua. La iban a necesitar, se dijo. La jefa de cirugía movió varias carpetas como si estuviera buscando el expediente del herido, aunque, en realidad, se limitaba a hacer tiempo para facilitar la relajación de los progenitores. Tenía experiencia en estas lides y procuraba atemperar el impacto de la pérdida. Gabriela se mantuvo de pie detrás don Juan Picatoste, un hombre fuerte, calvo, con cara de buena persona, de unos sesenta años, y de su compañera, doña Encarnita Sotera, otoñal, muy pálida pero guapa a pesar de su delgadez, quien enseguida demostró su fervorosa religiosidad. Gabriela confiaba en que ese acendrado catolicismo le ayudase a encajar la desgracia. Su jefa levantó la vista de los papeles, les miró con aire apacible y les informó:

–Su hijo Juanín Picatoste, de 17 años, vecino de La Nava, ingresó a las 7:58 horas de hoy, domingo, 27 de octubre, en el servicio de urgencias en una situación muy crítica, con pérdida de conciencia y de una tercera parte del flujo sanguíneo, provocado por heridas muy graves en ambas extremidades inferiores. Su diagnóstico es muy grave. Se le ha practicado transfusión de sangre y plasma suplementario, oxígeno, medicamentos y sedantes, así como varias curas urgentes en ambas piernas, el costado y los hombros. Por suerte no ha sufrido daños en la columna vertebral. Tras recuperar las constantes vitales, ha pasado a la UCI, donde esperamos que recobre la conciencia para operarlo.

–¿Qué quiere decir con heridas muy graves en las extremidades inferiores? –Preguntó el señor Picatoste.

–Conservará la vida, aunque perderá las piernas –dijo la doctora.

–Pero…

–La izquierda por debajo de la rodilla y la derecha por encima –añadió.

Doña Encarnita sollozó, miró a su marido.

–Lo sabía, oh Dios mío… Sabía que esa pasión suya por la bicicleta… –alcanzó a decir antes de estallar en un fuerte llanto.

El señor Picatoste apretó los puños y agachó la cabeza hacia el suelo como si quisiera que lo tragara la tierra. Gabriela se acercó a la mujer, le puso ambas manos en los hombros y le susurró palabras de consuelo. Las mismas que su jefa le había dicho cuando reconoció al herido.

–Doctora, ¿me está diciendo que no podrá andar nunca más? –Preguntó el señor Picatoste elevando la cabeza después de medio minuto.

La cirujana jefe le explicó la gravedad de las fracturas de huesos de ambas piernas. Era como si le hubiera estallado una mina en una zona de guerra y al mismo tiempo le hubiera pasado un camión por encima. El pie y los huesos de la pierna izquierda estaban quebrados, astillados, inservibles, y la rodilla derecha había quedado destrozada. «Eso no significa –añadió mirándole fijamente– que haya perdido la posibilidad de andar, pues las prótesis han alcanzado un nivel de perfección muy alto».

El señor Picatoste extendió el brazo sobre los hombros de su esposa y la atrajo hacia su pecho al tiempo que Gabriela le suministraba otro pañuelo de papel para que se limpiara las lágrimas y su jefa le abría el botellín de agua.

–Bebe agua, cariño. Ya has oído a la doctora: podrá andar –intentó animarla el señor Picatoste– ¿Podemos verle?

–Todavía no. Tal vez mañana si la operación sale como esperamos –le decepcionó la directora de cirugía ósea.

El panadero dirigió una mirada interrogante a Gabriela, como si esperara una respuesta sobre su influencia. Ella captó el mensaje.

–Quizá les podamos permitir –dijo, mirando a la superiora– que se acerquen a la claraboya de la puerta de la UCI para verle. No pueden pasar porque es una zona séptica, pero…

La superiora asintió.

–Desde luego, pero no se asusten si le ven cubierto por una telaraña de tubos –les advirtió.

La joven cirujana Gabriela Cabello recordaría toda su vida la tarde de octubre en que serró los huesos de las piernas de su muy querido Juanín Picatoste. Fue una operación compleja y larga en la que intervinieron otros especialistas en cardiología, sistema nervioso y neurología, al cabo de la cual el joven que corría detrás de un sueño –llegar a ser un gran ciclista, el mejor, digno sucesor de Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo– despertaría a la decepción y el desconsuelo. Recordaría también las horas de abatimiento de Juanín en aquella habitación de hospital durante su larga convalecencia. El adolescente lloraba cada media hora, se negaba a comer y sólo quería una cosa: morir. Como si eso fuera tan fácil.

El paciente recibía terapia de una psicóloga que le torturaba repitiendo cada día el mismo mensaje: “El ciclismo no es lo más importante de la vida, es una afición que dura poco tiempo”. Eso le decía. “En cambio, la práctica de la vida dura siempre”, añadía. Sus palabras eran frías, distantes y cargadas de razón. Le formulaba preguntas sencillas sobre el día de ayer, el capítulo de la serie de televisión, la actualidad política, deportiva… Trataba de entretenerlo durante la media hora de duración de su consulta y siempre se despedía con aquel mensaje que pronto comenzó a completar con la recomendación de que buscarse otra afición. “El ajedrez sería la mejor”.

Juanín no quería ver a aquella psicóloga ni en pintura. Pidió a Gabriela que se la quitara de encima. La médica hizo gestiones y consiguió que le pusieran otra. En cambio no pudo evitar que el cura del pueblo, que solía acompañar a su madre en las visitas diarias, se abstuviera de venir a torturarle con el mensaje de que estamos en manos de Dios. “Si Dios todopoderoso no ha querido llevarte consigo es porque quiere verte salir adelante”, le repetía un día tras otro con esas o con distintas palabras. Tampoco en las frases de fingido interés del sacerdote había calor ni cercanía. Sólo el cariño de Juanín hacia su madre frenaba su impulso de mandar al sacerdote al infierno.

Tanto la psicóloga como el cura se hallaban en esa edad intermedia, entre los treinta y los sesenta años, en la que predomina la eficacia, la frialdad y el rigor profesional sobre los afectos. La edad sin piedad en una sociedad despiadada los convertía en detestables, cencerriles ante Juanín.

–¿Es que no entienden que el ciclismo no es un hobby, es mi vida? –Se quejaba ante Gabriela, quien se esforzaba en consolarle y hacía lo posible por que recuperara las ganas de vivir. No era fácil porque al no poder ponerse de pie –ya no tenía piernas– se equiparaba a una escoria cada vez que le ayudaba a incorporarse en la cama y le trasladaba a una silla ergonómica con ruedas.

Con todo, la joven cirujana perseveraba en el esfuerzo de subirle la moral. Aprovechaba sus pausas y descansos en el hospital para acudir a la habitación a entretenerle. Hablaban. Ella le llevaba libros. Entonces descubrió las novelas de intriga e investigación policial y a partir del interés que suscitó en Juanín un relato de Domingo Villar, buscó y encontró en ediciones de bolsillo otras dos novelas de aquel autor gallego. Juanín las leyó, pero no pudo leer más. Lástima que el autor muriera y dejara de escribir antes de tiempo. Fue un punto de inflexión para Juanín.

Un mes después del atropello, las pesquisas de la Guardia Civil seguían sin aportar indicio alguno sobre el autor de la desgracia. El tipo o tipa, lo que fuera, había arrollado al ciclista y seguido adelante sin parar a socorrerlo. Eran poco más de las 7:30 de la mañana de aquel domingo de octubre sin actividad laboral, pasaban pocos coches a aquella hora y no había testigos del incidente. Juanín habría muerto desangrado si unos minutos después de ser arrollado no acierta a aparecer en su motillo un campesino que iba a una granja cercana a cebar al ganado. Vio la bicicleta destrozada junto al cuerpo de Juanín en la cuneta, paró, reconoció al chaval, se percató de las heridas en las piernas, le rasgó el pantalón, le hizo torniquetes con los perniles para frenar la hemorragia. Acto seguido se quitó la camisa, la rompió y lo vendó. Rápidamente empuñó el teléfono móvil, llamó a emergencias e informó de la situación y del punto donde se encontraba. Luego, tal como le indicaron, hizo un fuego con un puñado paja rastrojera, hojas secas y palos de chaparros para orientar con el humo a los tripulantes del helicóptero. Quince minutos después, el pájaro de hierro se elevaba llevando a Juanín en una camilla al hospital provincial.

El joven entrenaba todos los días por las carreteras comarcales de siete a nueve de la mañana. Ayudaba a su padre con la hornada de pan y luego salía con la bicicleta. Los domingos eran distintos. Se citaba con los colegas y amigos del grupo en la Venta de la Chana, al pie de Navahermosa, y hacían rutas largas, de hasta sesenta kilómetros. Cuando regresaban al punto de partida ya las chicas que iban y no iban a misa revoloteaban por el patio floreado del establecimiento, conversaban con ellos y se dejaban invitar a cerveza. Casi todas eran de familias de agricultores y ganaderos pudientes. Serían enviadas a la Universidad en Toledo o en Madrid cuando acabaran la enseñanza media obligatoria, por lo que sus temas de conversación eran, además de la música, el cine y las redes sociales, el futuro que les esperaba como estudiantes lejos de casa, es decir, en semilibertad. Juanín se entretenía un poco con ellas y sus amigos, pero no se demoraba; aún le faltaban veinte kilómetros para llegar a casa y relevar a su madre en la tahona con el fin de que tuviera a punto el almuerzo cuando su padre regresara del reparto.

El día que lo arrollaron, ellos le esperaron, le llamaron por teléfono, telefonearon a su casa y tras saber por boca de su madre que había salido a las siete de la mañana para correr con ellos, siguieron esperando un tiempo prudencial por si había pinchado o sufrido una avería. Le llamaron al móvil varias veces y al ver que no contestaba, intuyeron lo peor. Y lo peor fue pésimo para el joven campeón: jamás podría volver a correr en bicicleta y estaba por ver que pudiese caminar.

La noticia del atropello y la fuga fue publicada en la prensa provincial y regional. Las emisoras de radio de la comarca se hicieron eco de la desgracia. El corresponsal local, un hombre mayor que había sido cartero hasta la jubilación, accedió, a instancia de los amigos de Juanín, a publicar una segunda crónica sobre la falta de resultados de la investigación de la Guardia Civil sobre el fatídico suceso. Pero ni los detalles de la pérdida de ambas piernas ni la buena fama del muchacho y su familia estimularon a los responsables de la verde institución policíaca a aportar más medios y proseguir la búsqueda del canalla o los canallas que lo desgraciaron de por vida. El asunto se fue apagando como un tronco de encina cubierto de ceniza en la chimenea y al cabo de un mes pasó a la carpeta de materias sin resolver.

Fue entonces cuando los amigos del grupo de ciclistas aficionados, que se turnaban para ir a visitarlo al hospital, se conjuraron para investigar el atropello con la doctora Gabriela y con Raquel, la hermana de Juanín, quien se había casado y fijado su residencia en Barcelona. Trazarían un plan, formarían parejas, se repartirían las pesquisas, mantendrían la comunicación entre sí, removerían Roma con Santiago y no pararían hasta averiguar quién o quiénes le habían jodido la vida y ponerlos a disposición de la Justicia para que recibieran su merecido. Eso prometieron a Juanín.

Juegos de ‘guasap’

Cuentos y descuentos del sábado (9-02-2024).— Luis Díez

Los alumnos se aburrían y comenzaron a jugar a las palabras por WhtsaApp. Uno escribía “Bar-celona” y otro u otra replicaba “Bar-co” y otro (siempre inclusivo) añadía “Bar-tolo” y agregaba otro “Bar-ein” y se sumaba otro “Bar-lovento” y otro arrimaba “Bar-quero” y así sucesivamente hasta acabar con los bares y, por cambiar, se enredaban con las erratas y uno escribía “Ibertrola” y otro aumentaba “Endosa” y otro sumaba “Toydiota” y otro añadía “Bebeuva” y asestaba otro: “Hay untamiento”.

Luego, cuando alguno se aburría de las erratas proponía: “No es lo mismo Cipriano que el ano de Cipri” y enseguida el aludido replicaba: “Ni Ramón Eximio que el exsimio Ramón”, y terciaba otro: “Ni un conejo de indias que unas indias en conejo” y aportaba el siguiente: “No es lo mismo Nikita ni pon que el nipón Nikita” y prorrumpía otro (u otra, entiéndase el inclusivo): “Ni el profesor en bolas que las bolas del profesor”.

Los juegos de las erratas y de no es lo mismo seguían su curso durante días y días al tiempo que iban apareciendo otros entretenimientos un poco más sugerentes, pues los alumnos, ya crecidos, pertenecían a un centro de bachillerato superior. Uno lanzaba “el juego de los principios” y detrás de la pregunta: “¿Qué libro empieza con esta frase?” escribía: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre…” Demasiado fácil. Al instante se acumulaban los Quijotes.

Otro añadió: “Ve y diles que no me maten”. El cuento de Juan Rulfo ya era harina de otro costal y los jugadores tardaban en contestar. Otro aportó: “En aquellos tiempos (y muy buenos tiempos que eran) había una vaquita (mu)»… Pasaron horas hasta que alguno respondió que era el comienzo del Retrato del artista adolescente del muy, pero que muy pesado James Joyce. En cambio, el comienzo de Cien Años de Soledad (“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”) acumuló respuestas al momento. Sin duda a Gabo (Gabriel García Márquez) le habría gustado vivir para verlo.

Así las cosas, quien más quien menos se esmeró en hacer su apuesta. Y por allí fueron desfilando los comienzos de La Regenta de Leopoldo Alas Clarín, de Platero y yo, de las novelas de Coetzee (John Maxwell) y, cabe suponer, que de muchos más autores sobresalientes cuyos libros andaban rodando por casa. Uno escribió: “Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados”. No tardaron mucho en descubrir que era el comienzo de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.

Al paso de los días, algunos profesores descubrieron que los alumnos se lo pasaban chupendi (o como se diga) comunicándose por guasap (o como se diga). Entonces decidieron que en vez de explicar las temáticas lenta y laboriosamente para que todos las entendieran bastaba con apuntar en la pizarra las direcciones de Internet donde unos expertos en la materia las exponían divinamente. De este modo se ahorraban trabajo y los estudiantes, que manejaban la red de redes como los dedos de sus manos, sólo tenían que buscar, clicar y prestar atención para aprender la lógica matemática, el álgebra, la trigonometría, los valores y las valencias de las mezclas y combinaciones físicas y químicas de los materiales.

Sin embargo, otros profesores advirtieron el riesgo de ser suplantados por colegas virtuales y de quedar reducidos a jarrones chinos tan bonitos como inútiles. Y unos y otros acordaron pedir a las autoridades competentes que decretaran la prohibición de los teléfonos móviles en todos los centros de enseñanza. Así lo hicieron. Pero eso no quita para que los muy golfos, engolfados en las lenguas y literaturas, mantuvieran en la clandestinidad aquellos juegos, incluido el de los principios, que les llevaban a consultar y leer libros, muchos libros.

Y el discurso era el insulto

Cuentos y descuentos del sábado (2-02-2024).Luis Díez

En el trayecto del metro Fiol relató a Marisa la sorpresa de su amiga hispanista de almendrados ojos Yoko Miri por el trato que aquí, en el Reino de España, se dispensaban los políticos. “Siente una perplejidad de doble filo”, le dijo. “Por un lado le sorprende que insulten al presidente del gobierno, algo impensable en Japón, y por otro se extraña de que en la tierra de Francisco de Quevedo y Villegas carezcan de chispa, ironía, una micra de arte”.

–¿Le habrás dicho que somos gente de sangre caliente, pero que perro no come perro?

–Si, y también que le llaman “perro”. Pero la verdad es que está muy impresionada. Eso de ver a una dirigente política tildar de “hijo de puta” al presidente del gobierno desde la tribuna de invitados del Congreso y luego pedir que no se tergiversen sus palabras, pues dijo: “Me gusta la fruta”, impresiona casi tanto como las llamadas de otro opositor de ultraderecha a ultimarlo: “Hay que colgarlo cabeza abajo” (como al fascista Mussolini).

–Comprendo que alucine en colores.

–No sólo eso: se ha puesto a estudiar el discurso del insulto.

–El insulto como discurso, querrás decir –puntualizó Marisa.

–O el insulto como arma política –añadió Fiol.

–De las derechas –precisó Marisa.

–Si, las del mal perder. Bueno, pues ahí me tienes de anfitrión y documentalista de nuestra imperial visitante del sol naciente sobre los dicterios de aquel jefe de la oposición de derechas contra el presidente socialdemócrata de mejor talante que haya habido en España.

–Lo recuerdo, le acusó de “traicionar a los muertos”, es decir, a las víctimas del terrorismo, que es lo peor que le podían llamar por buscar la paz y el final del terrorismo etarra. Incluso se manifestaron contra él y al grito de “con Zapatero como con su abuelo” pedían su fusilamiento. Al abuelo lo eliminaron los golpistas facciosos del 18 de julio de 1936.

–Si, el opositor Mariano era tremendo. Llevaba un saco de improperios y en cada debate, ala, “traidor, bobo, grotesco, frívolo, cobarde, veleidoso, confuso, acomplejado, inestable, insensato, chisgarabís, taimado, batasuno, radical, débil, maniobrero…

–Para, para.

–…hooligan, descerebrado o sin criterio… Aquel Rajoy lanzaba coces por la laringe como si fueran confetti de colores. ¡Qué tío! Y hay que ver cómo se enfadó cuando, unos años después, siendo presidente del Gobierno, el nuevo dirigente socialista en la oposición, Pedro Sánchez, le dijo en un debate electoral: “Yo soy un político honrado y usted no”. Le tildó de “ruin, mezquino, deleznable”. Al final, aquel Mariano de Pontevedra cayó por la corrupción, la caja B del partido, la tangentópolis, la pasta en Suiza, los sobresueldos… Y de nuevo, vuelta al insulto.

–Vamos que tu amiga hispanista tiene materia para un artículo largo –dijo Marisa.

–¿Largo..? En cuanto la documente sobre otros detalles de la dialéctica política del Reino de España como esa tendencia al motejo tendrá tela para escribir un ensayo.

–No sé a qué te refieres.

–¿No has oído hablar del Guerra, Alfonso Guerra, todo un personaje político del Partido Socialista que al comienzo de la transición empezó a poner motes a sus colegas? Al entonces presidente del Gobierno Adolfo Suárez, le llamó “tahúr del Missisipi”, al ministro de Exteriores José Pedro Pérez Llorca lo motejó “Zorro Plateado”, al mencionado Mariano Rajoy le calcó “Mariposón” y al también citado Zapatero, aunque era de su partido, le puso el mote de “Bambi”. Algunos le atribuían mala leche, pero lo cierto es que tenía arte. Y caracterizaba con mucho fundamento. Suárez guardaba un as en la manga, Pérez Llorca alisaba su melena de pelo blanco, Rajoy iba de ministerio a ministerio como las mariposas de flor en flor, Zapatero era de apariencia tierna, delicada… Y así sucesivamente.

–Joer, Fiol, mi estación. Que tengas buen día.

–Igualmente, adiós hermosa.

Urgencias

Cuentos y descuentos del sábado (24-02-2024).–Luis Díez

“Uno gritaba: ¡Sacadme de aquí! Otro vociferaba: ¡Enfermero, socorro! Una mujer lanzaba un ay cada veinte segundos. Otra clamaba: ¡Hacedme las uñas! Otra pedía a gritos que le dieran de comer… Sobre la una de la noche, cuando me dejaron aparcada, aquello se parecía más a la casa de los orates que al Servicio de Urgencias de un hospital”.

Tía Inés era dulce, buena, entrañable, pero en cuanto te descuidabas te echaba unas parrafadas a lo Marcelino Camacho que te obligaban a acordarte de Séneca y aceptar el estoicismo a tiempo parcial para no desairarla. Le gustaba contar cosas y hablaba a su ritmo tranquilo, lento, pausado, sin desaprovechar minucias descriptivas ni dejar de mirarte a intervalos.

“Lo más curioso –siguió contando– era que los vocingleros de aquella sala donde se contaban diez o doce muertos vivos o vivos moribundos respetaban el turno de palabra como si lo hubieran acordado de antemano. No se solapaban ni pisaban. Uno tras otro soltaban su discurso… bueno, su lema, que por algo es la síntesis del discurso, y esperaban a que les tocara el turno para repetirlo, repetirlo, repetirlo”.

“Puesto que no les hacían caso, algún vocinglero decidía modificar su lema y entonces los otros –menos la mujer que decía ay— también lo cambiaban. Así, la anciana que pedía que le hicieran las uñas reclamaba ahora que le pusieran la cuña; el tipo que pedía que lo sacaran de allí y aullaba como si fuera el presidente en funciones del Consejo del Poder Judicial, clamaba de pronto: ¡Dejadme libre, me quiero ir! El que llamaba al enfermero ya no pedía socorro, ahora gritaba: ¡Mozo, me he cagado!”

Con tía Inés había que tener paciencia, que por algo es la palabra favorita de los pacíficos y los científicos, pero algunas veces sus pláticas adolecían de pasajes interesantes y otras veces, por no decir casi siempre, se esforzaba en ponerles semillas de incertidumbre a ver si brotaba el suspense.

“Para entonces ya me habían sacado sangre para los análisis, conectado a las máquinas que miden las constantes vitales, implantado una vía para meterme fármacos líquidos en vena, insuflado aerosoles y aplicado un respirador de oxígeno. Me sentía mejor, deseaba dormir. Le pregunté a una auxiliar de enfermería si toda la noche era así y me contestó que sí. Pues hagan algo, atiendan a esos quejosos, le dije. No me respondió. Pero unos minutos después se acercó una enfermera a hacerme saber que les ponían calmantes, sedantes y estaban bien atendidos, y me preguntó quién coño era yo para afirmar que aquello era peor que Gaza. Perpleja me dejó. Y como jamás se me habría ocurrido tan desatinada y cruel comparación, evité mejorar el silencio”.

“Di tu que al paso de las horas te ibas acostumbrando a las quejas y lamentos del que clamaba al fondo de la sala: ¡Socorro, enfermera, me he tragado la polla! (Quizá se refería a la ampolla), del que llamaba: ¡Mamá ven! De la que emitía a tu lado un ay cada veinte segundos y, desde luego, del que reclamaba su liberación como si fuera rehén del consejo del poder judicial. Éste, por cierto, iba bajando el volumen de sus bramidos, señal de que las ínfulas también se agotan».

«Hubo un momento en que estuve a pique de agarrar el sueño, pero entonces sonaron las alarmas del techo y el personal sanitario se apresuró a atender a los heridos o enfermos graves que llegaban. Al mismo tiempo los auxiliares, camilleros, celadores… llevaban y traían máquinas, movían a los pacientes de un lado a otro, trasladaban a planta a algunos que parecían vegetales… Un sindiós. Como para pegar ojo…”

«De pronto, sobre las cinco o las seis de la madrugada, enmudecieron los orates. Era como si los corticoides les hubieran cortado la voz. Sólo la mujer que decía ay seguía con su rítmico lamento de baja intensidad. Los demás ni mu. ¿Qué esta pasando? Le pregunté a la enfermera que se acercó a retirar el frasco del goteo y, en respuesta, me subió la camilla unos centímetros y señaló a un paciente alineado allí enfrente. Me fijé en él, pálido como la cera, y dije: parece muerto, a lo que la enfermera asintió: sí, ha muerto. ¿Por eso los vocingleros..? Sí, por eso se han callado”.

–Joer tita, cuánto me alegro de ya estés bien –dije sin prever su siguiente plática sobre el excelente trato sanitario recibido.

–Si hijo sí, sigo viva, qué remedio.

¡Más sandeces, es la guerra!

Cuentos y descuentos del sábado (10-02-2024).–Luis Díez

Fiol encontró al profesor Meodias bastante decepcionado. El docente, un tipo ameno, buen conversador, iba hacia el Madueño, taberna con historia, en la que jugaba ajedrez a media tarde con otros colegas jubilados.

–Voy con usted y le invito a un gin-tonic –le dijo Fiol.

–Mejor un mosto; a determinada edad conviene tener cuidado con los destilados.

Echaron unos párrafos sobre la actualidad política y enseguida el profesor manifestó su disgusto “con ese líder que tenemos”.

–Lo tendrá usted, yo no –se apresuró Fiol antes de interesarse por la queja–: ¿Qué ha hecho ahora?

–Mira que confundir los pedos y el estiércol del ganado (gas metano) con el metanol, un disolvente combustible…

–Bueno, eso no tiene mayor importancia; también dijo que Pablo Picasso era catalán y todos sabemos que era andaluz de Málaga.

–Ya, pero esos errores fastidian, deterioran el discurso. De un dirigente de derechas esperábamos mayor nivel cultural.

–No se amargue, profesor; acuérdese del tautológico seguidor de la señora Merkel o, sin ir tan lejos, de la lideresa Aguirre sobre la “gran pintora Sara Mago”.

–De la Guarri ni me hables. Pero me da pena que a nivel de nivel sigamos bajando de nivel.

–Pierda cuidado, profesor; verá usted como enseguida cambian al líder; la de los coches de carreras viene pisando fuerte, respaldada por ese señor Ánsar, que diría su amigo Bush Jr, que, al menos, hablaba catalán en la intimidad y leía poesía.

–Si nos ponen a la Abuso estamos aviados.

–No se yo, profesor; tenga en cuenta que la sandez cotiza al alza en la bolsa electoral.

–Cierto y verdad, amigo Fiol. Toda la vida desasnando muchachos ¿y para qué? Para llegar a este teatrillo de morcilleros y algún que otro chorizo –musitó Meodias.

–Si hubiera hecho caso de Unamuno, quien dejó escrito: “Ignorancia, cantidad positiva”, no agarraría estos berrinches.

–Eso lo dejo para aquel ministro franquista que se tomó en serio la ironía de don Miguel y llegó a proclamar: “¡Más balón y menos Latín!”

Ya ante la barra de Casa Madueño, Fiol se interesó por otros asuntos de la vida y su viejo profesor de lengua y literatura maldijo las guerras y a los que las provocan y, bajando al terreno de la carestía, se sintió atracado por las facturas de Ibertrola, a lo que en vez de aconsejarle que cambiase de compañía de suministro energético, a Endosa, por ejemplo, Fiol le dijo: “Pues cambie de líder, profesor. ¿No ve usted que ese defiende el latrocinio de los oligopolios y rechaza los impuestos suplementarios a los beneficios espurios de las eléctricas y la banca?” Se quedó pensando el profesor y respondió: “Si, algo habrá que hacer”.


La puta y el líder

Cuentos y descuentos del sábado (3-02-2024).– Luis Díez

Algunas –¿a qué negarlo?– le parecían hermosas, saludables, atractivas. Y si por el instinto fuese, perfectamente abrochables. No olvidemos que somos animales y que ya Epicuro dejó escrito en De rerum naturae (Sobre la naturaleza de las cosas) que todos los animales tienden al placer y rechazan el dolor. Aquellas mujeres tenían su negocio entre las piernas y mercaban placer sexual a tanto el rato. Su filiación y procedencia tanto daban, pues como en la rumba de Manu Chao, se llamaban “calle”. Calle Peligros, calle Ballesta, calle Valverde, Red de San Luis…

Muchas noches, cuando el líder pasaba por allí camino de casa, algunas le alargaban una pierna como si fueran a ponerle la zancadila, otras le decían “vente”, otras le susurraban sus tarifas. Él sonreía y les contestaba moviendo la cabeza a derecha e izquierda. En ocasiones, alguna insistía y él la disuadía: “No, guapa, no gasto”.

El líder era un hombre peripatético, le gustaba pasear y meditar por la noche. Solía trabar la reglamentaria en el cinto por si los fachas o algún indeseable intentaban atacarle, y salir a caminar después de cenar, cuando la ciudad se sosegaba. Téngase en cuenta que el líder era carismático, había salido por televisión casi tantas veces como días tienen los años y predicado en cientos de pueblos y ciudades: desenvainaba la mayeútica de Platón y a fuer de preguntas intentaba enseñar a la gente a pensar.

Una de aquellas noches en que el líder del “movimiento político y social transformador de la realidad” pasaba por allí se vio sorprendido por una mujer tan ligerita de ropa que daba frío. Ella no le alargó la pierna ni le susurró la tarifa, sino que se enganchó a su brazo como un candado.

–Que no, hermosa, que no gasto –le dijo.

Pero turris burris, la mujer no le soltaba.

–Tiene que ayudarme –decía.

–No llevo dinero –respondía él.

–No es eso, tiene que subir conmigo a ayudarme –imploraba ella.

–Bueno, bueno –aceptó él un poco intrigado.

Entraron en el portal del viejo edificio sin ascensor y él la siguió escalera arriba hasta la tercera planta. Ella abrió la puerta del piso y le condujo hasta una habitación donde había un hombre tendido en la cama.

–Tiene que ayudarme a bajarlo –le pidió ella al tiempo que le recomponía el pantalón y le ponía los zapatos.

–Bueno, pues vamos allá –dijo el líder, agarrando el brazo izquierdo del hombre y metiéndole el otro brazo por la entrepierna para cargarlo al hombro como a un herido en el campo de batalla. Pero no estaba herido ni sufría daño ni trastorno alguno; simplemente era un anciano que había quedado tan satisfecho y se hallaba tan a gusto que se negaba a moverse.

El líder carismático lo evacuó con toda la delicadeza de que fue capaz y lo depositó en la puerta de la calle después de mirar a un lado y otro para no ser visto por algún mirón noctivago dispuesto a infligir mala fama. La mujer bajó detrás y le agradeció el favor que le permitía seguir trabajando o como se diga. Y pues se hizo lenguas entre sus compañeras de oficio, aquella noche, sin necesidad de prédicas ni garambainas, el líder ganó un buen puñado de votos.

Le llamaban IA

Cuentos y descuentos del sábado (27-01-2024).–Luis Díez

Marisa y Fiol se volvieron a encontrar en el andén del metro tras las vacaciones de Navidad y Año Nuevo que él había dedicado a visitar a la familia en Cataluña y ella a estar con su compañero y sus hijos y a repasar expedientes atrasados. Después de saludarse y comprobarse mutuamente de una ojeada, ella dijo:

–¿A qué dedicas la jornada de hoy?

–A las adivinanzas –dijo él.

–¿En serio?

–Ya te digo; según mi agenda, he de prepararme para el banquete que por voluntad de mi difunto abuelo damos cada año a su adivina favorita, la señorita Xeni, y a sus amigas magas, brujas y hechiceras, en un hotel de Barcelona.

–Tiene que ser divertido o, por lo menos, ameno.

–Si, esa es mi obligación, que disfruten y lo pasen bien. Mi abuelito dejó dicho que Xeni merecía al menos un homenaje alegre y feliz cada año, al que podía invitar a sus amigas del gremio de las pitonisas en pago por aliviar tantos males, hablarnos del futuro, predecirnos lo que nos puede ocurrir, canalizar nuestra energía de forma positiva y, sobre todo, elevar nuestro estado de ánimo. Él se confesaba con su brujita, la quería mucho y mira.

–Supongo que las adivinanzas forman parte del programa –dedujo Marisa.

–Si, a Xeni le gusta que la aplaudan; creo que es lo que más le gusta, así que voy a preparar un buen ramillete de adivinanzas y como estoy seguro de que acertará casi todas, recibirá repetidas palmas y vítores.

–Y algún “¡Oh!” de decepción.

–Me gustaría, aunque he de trabajarlo bien porque resulta difícil sorprenderla.

–Bueno, ahí donde paras, en la Biblioteca Nacional no han de faltar libros sobre la materia.

–Y que lo digas –respondió Fiol–; desde Montse Gisbert para niños a Nuria Ubiergo, pasando por Miguel Capó y sus treinta enigmas y juegos de lógica, los acertijos podrían ser un subgénero literario. Con todo, me gustaría introducir alguno de mi invención.

–¿Por ejemplo?

–Pues mira, me has inspirado uno.

–A ver.

–¿Adonde vuelven Rut y Tina después de las vacaciones?

–Demasiado fácil: “A la rutina”. Ahora me toca a mí: “Está siempre delante de nosotros pero no lo vemos, ¿qué es?”

El futuro –respondió Fiol.

–Muy bien –dijo Marisa.

–¿Tú crees que esta adivinanza será adecuada para la fiesta de las adivinas? –dudó Fiol.

–¡Claro que sí! Ellas no ven el futuro, lo adivinan. Pero a poco que miren verán el acabose, sabrán que sus días están contados por la irrupción de esa inteligencia artificial, la IA, que nos dirá qué será de nosotros, cuanto tiempo vamos a vivir y demás. Así que trátalas bien y disfrutad.

–Joer, Marisa, tienes razón, lo intentaré… Tu estación.

La corista fea

Cuentos y descuentos del sábado (16-12-2023).–Luis Díez

Era ya tarde cuando me encontré al amigo Joaquín. Subía calle arriba con pausado andar. Le saludé y acompasé el paso. Venía de la zarzuela y traía una pena, me dijo.

–¿Qué pena es esa?

–Pena por la corista fea.

–¿Qué le ocurrió?

Supuse que me iba a contestar que sufrió una bajada de tensión o algo peor y se desvaneció, pero me sorprendió su respuesta:

–Eso mismo me pregunto yo.

Incidí y me contó que de no haber sido por el amigo Zozoya, quien, hace ya tiempo, le instó a fijarse en aquella mujer, la corista fea habría pasado tan desapercibida para él como para tantos capullos que sólo se fijan en las jóvenes lindas y peripuestas. Él enseguida descubrió que la corista entrada en años y carnes figuraba a la cabeza de las mejores del coro y comenzó a apreciar su fina voz, bien timbrada y dicción clara.

Con un conocimiento perfecto del repertorio, era la corista fea quien sostenía el ‘do’ agudo cuando la protagonista terminaba su aria acompañada del coro. Pero no era a ella, sino la otra quien recibía los vítores y aplausos cuando se adelantaba al proscenio, sonriente y triunfadora.

El amigo se imaginaba el sufrimiento de aquella mujer al comprobar que siendo mejor artista, más inteligente y con una voz superior, le arrebataban los primeros papeles porque el físico no la acompañaba. “Si hubiera podido cambiar la cara habría triunfado en Milán, París, Nueva York”, me dijo.

La pena del culto y pulcro Joaquín no sólo se debía a la injusticia, sino también, según me confesó, al hecho de que por primera vez en muchas temporadas la corista fea no hubiera salido al escenario con sus compañeras a cantar a la vida, el amor, la juventud, el valor, el placer… “¿Qué le habrá ocurrido, habrá perdido la voz y la habrán retirado? ¿Qué será de ella?”

–Así es la vida –le dije a modo de consuelo mediante la resignación–: gente extraordinaria que vemos y que un día dejamos de ver sin saber por qué.