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De reyes, canes y calandrias

Cuentos y descuentos del sábado (24-08-2024).–Luis Díez.

“Hoy las golondrinas están contentas porque ya no hace tanto calor”, comentó Pilar al llegar al palmeral de la playa, acompañada de Manuel, el espía superviviente.

–¿Te lo han dicho ellas? –Le preguntó el aviador apagafuegos.

–Hombre, José Luis, las calandrias no hablan –dijo la recién llegada.

–¿Entonces qué sabes tú si están contentas o tristes, si pasan calor o frio? –Incidió el aviador tocapelotas.

–Eso se nota en el parloteo musical, en sus gorjeos, sus prrr efusivos, sus reclamos, esos uit, uit agudos. Pasan tanto calor las criaturas que llevaban días sin decir ni pío.

–Si fueran mirlos, con lo bien que cantan, me alegraría, pero esas antipáticas… anda y que les den –agregó el aviador.

–¿Antipáticas? –Se extrañó Pilar– ¿No sabes que las calandrias libraron de la corona de espinas a Nuestro Señor Jesucristo?

–Leyendas para beatas –replicó el apagafuegos.

La conversación, intrascendente hasta ese momento, adquirió fundamento cuando Raquel, la bióloga, aseguró que las aves lo pasan tan mal como los humanes con el calor extremo. Cualquier observador puede notar su escasa actividad en las horas centrales del día. No se atreven a salir del nido ni a abandonar las sombras porque también a ellas les cuesta mucho desprenderse del calor interno que genera la actividad muscular.

–Para ayudar a los gorriones, las golondrinas, los mirlos y otros pájaros familiares a sobrellevar estas oleadas de calor podemos dejar recipientes con agua en las terrazas, jardines o los alféizares de las ventanas –añadió la bióloga antes de referirse a la urohidrosis.

–¿Uro qué? –Saltó el aviador.

–Hidrosis, u-ro-hi-dro-sis, una forma de refrescarse que consiste en defecar o mear frecuentemente en las zonas escamosas de sus patas para enfriarse gracias a la evaporación.

–Una asquerosidad, osea –proclamó el aviador.

–Más o menos como tu sudor –le asestó Raquel.

–A propósito de si los pájaros hablan, ¿qué me dices de los loros? –se interesó el profesor Manises.

–Lo que es hablar no hablan, aunque reproduzcan los sonidos de las palabras de hasta cuatro sílabas –respondió pilar–. Y en cuanto a las entendederas, entienden mucho mejor los perros.

–Lógico. Por algo tienen la cabeza más grande –razonó Santiago, el churrero.

–Tengo yo un vecino que no habla con nadie; ni mujer ni hijos ni allegados, solo con su perro –comentó el arquitecto don Pepe.

–Me atrevo a asegurar que ese hombre está acostumbrado a mandar y ya nadie, salvo el perro, le obedece –aventuró Manises.

–Me gustan los perros porque siempre perdonan –comentó don Víctor Márquez como saliendo de alguna de sus ensoñaciones con personajes del pasado.

–Eso lo dirá usted –le replicó el aviador apagafuegos.

–Lo escribió Albert Camus en La Caída, un libro que le recomiendo.

–Ya querría ver yo a ese Camus rodeado de una manada de perros hambrientos del desierto a ver si escribía eso –arguyó el aviador.

–A quien me gustaría ver así es al criminal Netanyahu –manifestó Victor.

–Hostia, y a mí. Y que le arrancaran a mordiscos las orejas, la lengua, los ojos… Después de todo sería un trato consecuente con sus creencias y las de sus correligionarios, ojo por ojo –dijo el profesor.

–Religiones aparte, dicen que Hitler quería mucho a su perro –comentó el millonario don Baldo.

–Sigo sin entender a esa gente sentimental con los animales y criminal con los de su especie –prorrumpió Macarena, labios de cereza.

–Habrá que preguntarse donde quedó la cordialidad humana –dijo don Baldo.

–Tengo la impresión de que vamos a peor. Sobra agresividad, eso que muchos confunden con la competitividad, y falta cordialidad –dijo el profesor Manises–. Es probable que esa carencia de buenas maneras, imprescindibles para la convivencia humana, se deba a una educación fría, distante, tamizada por las tecnologías virtuales y, en definitiva, cada día menos interesada en formar personas al tiempo que excelentes técnicos y habilidosos trabajadores.

–¡Oh Bartleby, oh humanidad! –Exclamó, al pronto, Víctor Márquez.

–Oh, Melville, también yo preferiría no hacerlo –dijo el profesor antes de referirse a la responsabilidad que también cabe exigir a los dirigentes políticos y sociales para que den ejemplo y se abstengan de contribuir a este aumento de la agresividad y esta pérdida de la cordialidad humana. –Es como si hubieran olvidado su obligación de ejercer el magisterio público, como si despreciaran esta función esencial. Casi todos los que pintan o aspiran a pintar algo en la derecha política prefieren el trazo grueso, el bulo, el insulto, el ataque al hombre y la descalificación del adversario en vez del razonamiento crítico y la exposición veraz y honrada. Es más fácil hozar y destrozar que construir y edificar. Y encima se difunde mejor y es más rentable el dicterio que el argumento. Y esto también influye en la convivencia.

–Vaya si influye –afirmó don Pepe, el arquitecto–. Imaginad si en vez de unos tipos con la ironía de Santiago Carrillo, el desparpajo verbal de Felipe González, la elegancia de Enrique Tierno Galván (el VP o Viejo Profesor), la empatía de Adolfo Suárez y la erudición del tonitonante de un Fraga Iribarne, nos hubiesen tocado personajes como esos magistrados emberrechinados o esos banqueros campanudos e intolerantes o estos dizque patriotas insultones de las derechas de hogaño… Seguramente no habría habido Transición, sino más represión e imposición.

–Menos mal que el Rey, aunque golfo, salió listo –dijo Pilar.

–Era un Borbón y sabía que si no asumía la democracia se jugaba la Corona. Tres veces los echamos y las tres han vuelto. ¡Qué tíos! –Exclamó don Pepe.

–En todo caso respetó y nunca insultó a la izquierda –añadió Pilar.

–En eso llevas razón, y confiemos en que no cambien los tiempos y el coronado sucesor y su nieta Leonor mantengan la neutralidad y la tolerancia, por la cuenta que les trae –dijo don Pepe.

–¡Ni rey ni dios ni patrón! –proclamó el ferroviario y reavivó el diálogo.

26.–De Kosovo al Kremlin

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Las guerras en los Balcanes terminaron cuando las potencias occidentales de la Alianza Atlántica decidieron parar los pies al presidente serbio Slobodan Milosevic, bombardear con misiles aire-tierra los centros de mando político (incluida la televisión) y militar en Belgrado, y evitar así nuevos baños de sangre y más limpieza étnica en la región del Kosovo. El lobo Milosevic había enviado sus tropas, tanques y artillería pesada para que ocuparan aquella zona del suroeste de Serbia y exterminaran a los independentistas kosovares. Decenas de miles de personas huían de los pueblos y ciudades hacia Albania y Macedonia. La catástrofe humana se repetía una vez más. Pero en esta ocasión, la comunidad internacional intervino con rapidez y dureza. Sin poner pie en tierra obligó al sátrapa serbio a renunciar a sus planes y a retirar sus tropas de Kosovo. T informó desde Albania de la llegada de miles de refugiados kosovares. En Tirana, la capital de aquel país manicomial que había estado gobernado por unos chalados que se decían comunistas y eran contrarios a Moscú, cientos de mujeres, niños y ancianos habían sido acogidos en el principal pabellón deportivo del país y sufrían unas condiciones higiénicas, sanitarias y alimentarias manifiestamente mejorables. Miles de familias llegaban en trenes, camiones, carretas y tractores. Cruzaban la frontera con sus escasas pertenencias al hombro. Huían de la guerra a un país más pobre que el suyo. Los albaneses les consideraban sus hermanos, los “hermanos ricos del norte”. ¿Ricos? Al menos, tenían tractores. En cambio, ellos todavía araban la tierra con mulas y borricos. Les acogían encantados, pero poca ayuda podían prestarles. Los militares españoles desembarcaban sus pertrechos en el puerto de Durres. Las autoridades albanesas les asignaron una zona entre aquella ciudad portuaria y Tirana para que instalasen un campamento de acogida de los refugiados kosovares. Trabajaron duro. En pocos días acondicionaron el terreno y colocaron mil tiendas de campaña con todos los servicios higiénicos y sanitarios para acoger a las familias. Pero fracasaron. Los kosovares llegaban con cuentagotas o no llegaban. La mayoría de ellos evitaron aquellas tierras bajas, cuya capa freática era tan fina que en cuanto cavabas treinta centímetros salía agua subterránea. Acostumbrados como estaban al altiplano, preferían la tierra al barro, el hacinamiento a las picaduras de los mosquitos laguneros: grandes, gordos, abundantes. Hasta para sufrir, el ser humano es selectivo. O dicho de oto modo, el medio natural es un detalle con el que hemos de contar para sobrevivir, incluso en la mayor desventura: la guerra. La falta de exploradores y de consultas previas a los interesados abocó en este caso a los milicos españoles a un gasto y un trabajo innecesarios. Y ya es sabido que los esfuerzos inútiles conducen a la melancolía. Más que melancólicos (nombre de un paseo situado en la ribera del Manzanares, junto al antiguo estadio de fútbol del Atlético de Madrid), los militares españoles se sentían burlados en su confianza por las autoridades albanesas. Pero ¿qué se podía esperar de unos tipos que habían construido una autovía que cruzaba una línea férrea sin paso a nivel y habían convertido el país en el mayor refugio de granujas y ladrones de coches de alta cilindrada de toda Europa? Más allá de la informalidad de las autoridades, los albaneses se portaron bien con sus vecinos del norte mientras las tropas de Serbia eran desalojadas de su país. En poco más de un mes pudieron regresar a su tierra. En Pristina, la capital de Kosovo, se decía que aquella tierra atesoraba en el subsuelo minería metálica muy valiosa (“estratégica” le llamaban) para fabricar componentes tecnológicos de alta resolución. T realizó algunos viajes en helicóptero y en coche por el país naciente, nevado y muy frio en invierno, para informar del mantenimiento de la paz por parte de las tropas españolas en las zonas fronterizas de Kosovo con Serbia y Macedonia,pero, salvo algunas montañas de mineral negro y terroso como el carbón, no vio ni pudo confirmar la existencia de tesoro alguno. Tal vez el nuevo país tuviera golosas reservas de coltan (columbita y talantita) o de otros minerales muy cotizados, pero lo cierto es que aquel territorio alto, con montañas suaves, poco elevadas, y profusamente cubiertas de árboles, distaba de parecer rico. Sus gentes regresaban y reemprendían sus actividades agrarias, ganaderas y forestales. Por cierto que una de las principales tareas de los soldados españoles (tropa profesional de mujeres y hombres) consistía en impedir el contrabando de madera. En aquellos tiempos empleaban mucho las palabras “tronco” y sus variantes “tronqui” y “tronc” para llamarse unos a otros. El mayor tronco incandescente lo vio el Abuelo en Moscú. Mientras los aviones de la OTAN lanzaban sus misiles contra Belgrado y bombardeaban la ferretería pesada del carnicero de los Balcanes, Milosevic, para evitar la masacre de kosovares, le tocó cubrir un viaje del presidente del Gobierno español y presidente de turno de la Unión Europea, Felipe González Márquez, a la capital de la Federación Rusa para cultivar las buenas relaciones. Era una visita de dos días. El primero, González fue recibido por el presidente ruso BorisYeltsin para tratar asuntos bilaterales (España-Rusia). Algunas empresas españolas se habían asentado en el país excomunista. La más importante, Campomós, fabricaba embutidos y tenía mucho éxito, pues a los rusos les encantaba el salchichón. En general eran gente adiposa, gruesa y lustrosa. El presidente español visitó aquella factoría y uno de sus ayudantes, el responsable de prensa, Miguel Gil Peral, acicalado y pulcro salió diciendo, a punto de vomitar, que no volvería a comer mortadela ni embutidos en su vida. A saber lo que habría visto y olido, la criatura. El encuentro bilateral entre González y Yeltsin fue bien. Firmaron acuerdos en materias de interés mutuo y manifestaron sus deseos de mantener buenas relaciones. Los corresponsales y enviados especiales de los distintos medios de comunicación españoles triplicaban el número de los que los rusos dejaban entrar en las dependencias presidenciales, de modo que tuvieron que sortear las cinco plazas que les correspondían cada día. T tuvo suerte: le tocó entrar al Kremlin las dos jornadas seguidas. El segundo encuentro entre el mandatario europeo de turno y el ruso fue mal. Es decir, a cara de perro. En la comparecencia conjunta ante los medios de comunicación el presidente ruso, grande como un oso y con fama de absorber más vodka que una esponja, clamó airadamente contra los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado, tildó de criminales a los gobiernos de los países europeos de la Alianza Atlántica y amenazó con desencadenar una guerra mundial si los europeos occidentales atacaban por tierra a sus hermanos serbios. Parecía realmente furioso. Y era bien cierto que los misiles guiados aire-tierra causaban la muerte y herían de gravedad a civiles inocentes. Aunque no sumaban la cifra de quinientos muertos y más un millar de heridos que el propio Yeltsin había provocado en octubre de 1994 cuando llamó a los tanques y a la policía a bombardear la Casa Blanca rusa o sede del Parlamento, para mantenerse en el poder, las amenazas de aquel personaje imponente eran muy serias. Y, desde luego, creíbles. Sus encargados de prensa y propaganda restringían tanto la palabra a los medios extranjeros que los periodistas solo podían hacer dos preguntas. Pero en aquella ocasión ni siquiera permitían formularlas, pues daban una y otra vez el micrófono a los domésticos. El presidente español advirtió la falta de ecuanimidad y pidió al encolerizado mandatario que permitiera alguna pregunta de los españoles. Éste asintió. Entonces el micro cayó en manos del veterano Víctor Colchero, quien le preguntó cómo podía condenar los ataques de la OTAN a Serbia cuando él estaba bombardeando Chechenia. ¿Acaso no era condenable su decisión de arrasar los pueblos y ciudades chechenas? La pregunta enfureció al mandatario, que enrojeció de ira como un tronco incandescente. Su brazo desgobernado empezó a temblar. T notó las miradas de odio de los colegas rusos. Se puso en guardia. Por un instante temió una agresión. No fue el único que advirtió el peligro; antes de que la traductora vertiera al español la respuesta (Chechenia era, al parecer, un asunto interno), Susana Olmo, compañera de la agencia de noticias Colpisa, se puso en pie, le tocó en el hombro, agarró a Colchero del brazo y dijo: “Vámonos de aquí antes de que nos detengan”. Echaron a andar por aquellos lujosos pasillos de mármol encastrado con láminas de oro hacia la salida. Apenas pararon a hacerse una foto. Tal era el incendio del tronco que no respiraron a gusto hasta que dejaron atrás los patios empedrados y cruzaron el portón de la muralla roja.

9.–Cuenta anécdotas y travesuras

De INTRODUCCIÓN AL ALBUELO

Cierto es que tanto Román Álvarez como Rodolfo Serrano, Juan Carlos Escudier, Pepe Nevado y otros eran más que colegas: amigos. El Abuelo no tenía muchos, pero los tenía de calidad. En esto se parecía al ejército de un país bien gobernado: pocas armas, pero las mejores para defender a la población. Y él defendía ante tirios y troyanos a sus amigos, fueran del color que fuesen o entregaran su fuerza de trabajo a periódicos frívolos y amarillentos o sensatos y rigurosos. Cuando se ponía a hablar de los colegas mientras jugaba conmigo al ajedrez, podía ser interminable y, desde luego, era tan divertido que uno no se cansaba de oírle. Se refería con deleite y benevolencia a “aquellos jilgueros y sus jolgorios”. En el semanario de la causa socialista y laboral para el que trabajó, coincidió con “pájaros” que se aprestaban a colaborar, con el simulado interés de conocer a los máximos dirigentes del PSOE y ejercer de pedigüeños. Uno de aquellos colaboradores se esforzaba en colocar sus comentarios de la Bolsa de Valores. Llegaba a la redacción con sus folios sobre «la semana bursátil”. Pero pinchaba en hueso. “Mira, Carmelo, los trabajadores, a los que nos dirigimos, no son accionistas ni tienen mayor interés en las fluctuaciones de la Bolsa», le decía la compañera Padilla, que se encargaba de la sección de economía y laboral. Pero Carmelo insistía. Y la semana siguiente volvía con la misma copla. “¿Por qué no escribes sobre las trampas y tejemanejes de los banqueros?” El notable periodista, que siempre venía de comer o iba a comer con alguno de los llamados “siete grandes” y lo proclamaba en voz alta para darse importancia, rechazaba la propuesta de Padilla. ¿Cómo iba a morder la mano de los que le invitaban a almorzar? Era listo y consiguió su propósito: cuando llegaron las elecciones municipales le colocaron de candidato a la alcaldía de Pozuelo, la localidad con mayor número de millonarios por metro cuadrado. Su lema electoral estaba cantado: “Pozuelo vota a Carmelo”. Eso creía él, pero no le votaron y se quedó en concejal. Algo es algo. Y no volvió a aparecer por la redacción del semanario. Otro compañero, pacifista y voluntarioso, pasaba por ser experto en política internacional del bloque del Este, el Pacto de Varsovia y todo aquel mundo enemigo de Occidente durante la Guerra Fría. Hablaba despacio, en voz baja. Se enteraba de cosas, manejaba claves. Razonaba a duras penas y escribía unos “refritos” formidables, aunque, eso sí, lenta, muy lentamente elaborados, pues celebraba cada párrafo, cada punto y aparte, con una escapada para engrasar el gaznate a base de lingotazos de anís Castellana. Como era muy lento, casi siempre salía el último de la redacción. Una noche llamó desde una cabina telefónica al principal periódico del país, se identificó con su nombre y apellidos y comunicó que había sufrido un atentado: le habían disparo en Cuatro Caminos, a unos cien metros de la redacción del semanario. Eso dijo. Pero la policía no halló ni un vestigio de balazos en la zona. Todo era muy raro. “¿Qué le ha pasado a Fernando?”, preguntó a primera hora del día siguiente el secretario general, Felipe González, a la secretaria de redacción. Nada, un susto. Y a falta de pruebas del supuesto atentado, el propio González “hipotizó”: “Quizá haya sido el tubo de escape de un coche”. Comoquiera que el secretario general utilizaba su prerrogativa de nombrar a los directores del semanario, algunos adversarios internos que no se atrevían a enfrentarse con él en honrada lid dialéctica, ejercían el deporte de afear los contenidos del periódico, lo que redundaba en un daño persistente por la supuesta falta de pluralidad y credibilidad, con la consiguiente pérdida de lectores. El asunto llegó a ser preocupante. Tanto daba la calidad periodística y sus parientes: la exclusiva, el rigor, la verdad, los reportajes sobre materias actuales, convenientes e interesantes, las crónicas certeras e impecables, las columnas razonadas y bien argumentadas, las prosas primorosas del vasco Luciano Rincón o del andaluz Sebastián Cuevas, por ejemplo, o las denuncias sobre el maltrato y la destrucción del patrimonio histórico-artístico del eminente José Luis Souto, pues la difusión (ventas en kiosko) caía en picado. Para frenar el fenómeno se pasó del tabloide a un formato de revista similar a Le Nouvel Observateur francés y se entregó la dirección del semanario a un periodista de gran talla profesional y humana (Alfonso Sobrado Palomares) que, entre otras novedades, introdujo un comentario gastronómico a cargo de un tal Acedera. Nadie sabía quien era el propietario de aquel seudónimo y tampoco habría importado si aquel Acedera se hubiese atenido al principio de enseñar a comer mejor a la gente humilde. Pero aquel gastrónomo recomendaba unos restaurantes muy caros, inasequibles para la gente trabajadora a la que se dirigía la revista. Y ocurrió que un crítico cultural, habilidoso y sagaz, se juró a sí mismo y a los demás que no pararía hasta averiguar quién era Acedera. Preguntaba a unos y a otros y no lograba saberlo. Pasaban las semanas y lo único que conseguía era que le preguntaran a él si ya sabía quien era Acedera. No lo sabía, pero había inoculado su afán por descubrirlo en algunos compañeros de redacción, comenzando por la sección de laboral y siguiendo por la secretaria, Verónica, una joven amable, alegre y con encanto que se había hecho española después de huir de la pavorosa dictadura chilena del general Pinochet, uno de los mayores genocidas del último tercio del siglo XX. De este modo se sumaron al empeño el responsable de laboral, Diego de Losada, periodista excepcional, sin cuyas crónicas y reportajes sobre los conflictos obreros resultaba difícil conocer y entender la reconversión industrial de España y el comienzo de la descarbonización energética, y el reportero gráfico Paco Noguera, un tipo pequeño, barbado, con conciencia de clase, razonamientos certeros y resoluciones inmediatas. Se diría que aquel D’Artagnan y sus tres mosqueteros (Verónica, Losada y Noguera) se soliviantaban más que otros ante aquellas columnas para paladares exquisitos de «cerdos burgueses» que aparecían en la sección de cultura, detrás de las páginas de laboral, cargadas de luchas obreras por los derechos salariales y sindicales, por conservar los puestos de trabajo, por conseguir medidas de higiene y salubridad, por evitar muertos y heridos en los tajos… La clave llegó una mañana por correo ordinario en un sobre dirigido a la revista. Verónica lo abrió. Contenía una invitación al señor Acedera para que fuese a almorzar a un restaurante de muchos tenedores, situado en Alalpardo, zona norte de la capital, cerca de Puerta de Hierro. La secretaria de redacción comentó el hallazgo al crítico cultural Romero, quien no tardó en maquinar la respuesta. La invitación fue aceptada. Se concertó la fecha y la hora del almuerzo. “Será un menú largo y estrecho”, dijo el chef por teléfono. Estupendo. Llegado el día se personaron los conjurados a bordo del Seat-850 del fotógrafo Noguera y fueron recibidos y acomodados por el chef, quien les comentó las excelencias de la bodega y les sugirió marcas y añadas. Magnífico. A continuación ordenó el comienzo de la pitanza, con el consiguiente servicio de unos pulcros y ceremoniosos camareros. Iban ya por el quinto o sexto plato, tras los aperitivos de aquel menú de degustación, largo y estrecho, y por el tercer caldo de la espléndida bodega, cuando un tipo de edad mediana, tajeado, maquillado y engominado se acercó a la mesa a saludar al señor Acedera. Era el dueño del negocio. “¿Quién de ustedes es Acedera?”, les preguntó. Romero no podía ser por lo flaco, anguloso y pálido; Noguera tampoco, por su rudo aspecto. El empresario dudó en alargar el brazo hacia Losada o inclinarse ante el agradable rostro de la sonriente Verónica. Romero le sacó de dudas: “Acedera es un colectivo”. El restaurador manifestó su sorpresa, pues suponía que Acedera era uno y le hacía el favor de venir acompañado por amigos que pagarían sus respectivos almuerzos. “Pues ya lo ve, querido, somos un colectivo –remarcó Losada–, aunque nos ha faltado el sumiller, que está constipado; menos mal que dispone usted de un estupendo chef, un sabio en vinos”. Se retiró el engominado patrón que, sin duda, se las prometía felices con la concurrencia de la dirigencia socialista a cambio de la inversión mínima de la invitación al crítico gastronómico de la revista del partido, y dio orden de zanjar el menú largo y estrecho. Sin correr el riesgo de que les sirvieran bellotas de postre, aquellos pájaros ahuecaron el ala y abandonaron el lujoso y prohibitivo restaurante. Salió el chef a despedirles y tuvo la deferencia de empujar el coche de Noguera, que estaba para pocos trotes y se había quedado sin chispa de batería. La experiencia les resultó tan agradable que no les habría importado repetir ricos almuerzos por el morro si hubieran llegado más invitaciones. Pero no llegaron. Una pena. Claro que tampoco llegaron más columnas de aquel crítico gastronómico por el que, de vez en cuando, preguntaban a Romero en tono de broma: “¿Sabemos ya quién es Acedera?” Y él respondía: “Pues claro, un colectivo”. (Acedera era Rafael Ansón Oliart). A propósito de colectivismo, el muy inteligente, sagaz y divertido Romero comandaba un grupo anónimo de colaboradores, cuyos reportajes biográficos eran tan sorprendentes como temibles. Por algo firmaban Colectivo Feroz. Bajo el rótulo Vidas Ejemplares relataban con amenidad no exenta de ironía y mala leche los resultados de sus investigaciones sobre políticos tan importantes como falsarios, “demócratas de toda la vida” al servicio de la dictadura, prelados reaccionarios, avaros banqueros, magistrados muy serios… En cada entrega desvelaban la vida, obra y milagros de alguno de aquellos prebostes del pasado que se perpetuaban en el presente y pretendían dictar las normas del futuro. No ahorraban detalles del comportamiento particular, nada ejemplar, del personaje elegido cada semana. Y puesto que al final de cada reportaje anunciaban “próximas entregas” sobre media docena de personajes notables (a cual más pillastre, reaccionario y sinvergüenza), cuyos nombres consignaban, enseguida los concernidos pedían a los dirigentes del partido que les librasen del desnudo al que los sometía el Colectivo Feroz. Con razón decían que el destape corrompía a la juventud.

El espía que acabará con el puto Putin

EL LUNES TE CUENTO

Cargaba con un apellido injusto. Se apellidaba Graset (gordito en castellano) en contraste con su fisonomía de joven espigado y flaco. Era un tipo amable, divertido, buena persona. Poseía una laringe y un oído privilegiados. Con sólo oír dos o tres veces a un personaje podía reproducir su voz como si fuera él. Algunas veces nos sorprendía por la espalda con la voz impostada de Felipe González y de otros dirigentes políticos de aquel tiempo. Trabajaba de corresponsal en Madrid para una emisora de radio catalana. Un día lo repatriaron y ya no le volví a ver. Supongo que la vida es eso, gente que vamos viendo y que dejamos de ver.

Pero al cabo de muchos años –y aquí empieza el cuento– me lo encontré o, mejor dicho, lo identifiqué en el aeropuerto Adolfo Suárez. En la fila de facturación me precedía un tipo con la cabeza rapada, enfundado en un lujoso terno azul de ejecutivo o directivo empresarial. Al llegar al mostrador intercambió unas frases con el factor. Su voz me sonó familiar, me escoré para verle la cara y casi sin pensar prorrumpí:

–¿Graset..?

–¿Si, cómo me ha reconocido? –dijo, sorprendido.

–Por la voz.

Me escudriñó con sus ojos de miope y al instante abrió los brazos. Tras el abrazo nos preguntamos cómo nos trataba la vida y, con la premura del caso, a donde iba cada cual. Ambos nos dirigíamos a París. Una rápida gestión nos permitió ocupar dos asientos juntos.

Me dijo que había dejado el periodismo, la radio, la televisión, el grupo de teatro de su pueblo, que era la Tramoya de Vila-seca si mal no recuerdo, y ahora trabajaba para el Estado. Me extrañó que aquel joven inquieto, alegre, sin corbata, sin horario, siempre veloz en pos de la noticia se hubiese convertido en un burócrata. Pero enseguida añadió que realizaba misiones para los servicios de inteligencia.

–Inteligencia es lo que necesitan los servicios esos; no pegan una.

–Es una forma de decir que hay que ser más listo que el enemigo –aclaró.

Recordé el papel lamentable de los servicios secretos ante los atentados de los terroristas islamistas del 11 de marzo de 2004, cuando asesinaron con bombas metidas en mochilas abandonadas en los trenes de cercanías del corredor del Henares (Madrid) a 192 personas. “No se oye nada”, decían los mandos de esos servicios en referencia a sus antenas internacionales. Menuda tropa de sinvergüenzas.

–Mentían como bellacos por orden del jefe del Gobierno –susurró.

–¡Joer, Graset! ¿Y tú trabajas para esos buitres de acero inoxidable?

Soltó una risita resignada y se sintió obligado a aclarar que no había dejado el periodismo del todo: solo había solicitado una excedencia voluntaria por nobles razones. El término “noble”, aplicado a la tarea de espiar, me pareció estrafalario y así se lo participé. Entonces, imitando la voz del presidente francés Emmanuel Macrón, profirió una retahíla de vocablos en ruso y me contó la misión de acompañar al mandatario francés en una conversación telefónica con el canalla Vladimir Putin. Las palabras en ruso eran frases ofensivas, insultos que debía proferir durante la conversación, como si fuera Macron, para soliviantar a aquel tipo. Esa era solo una parte de la tarea asignada aquella mañana, ya que después se trasladaría a toda mecha a Ginebra (Suiza) para repetir la operación durante la conversación que el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, mantendría con “cara de víbora”. Así llamaba al belicoso Putin. Los diálogos iban a ser tensos, pues el muy sukin syn (pronunciación de “hijo de perra” en ruso) había bombardeado el puerto de Odesa unas horas después de aceptar el pacto de no agresión al envío del trigo y las gramíneas de Ucrania a los países necesitados y hambrientos de África y Asia.

Aunque el viejo amigo y colega hablaba con toda seriedad, no pude evitar acordarme de Miguel Gila. “Los insultos no matan, pero desaniman”, diría el gran humorista. Le pregunté si serviría de algo cabrear al canalla y me corrigió: “Cabrear no, enfurecerlo, oír sus denuestos, saber cómo insulta y poder calibrar su timbre y su tono de voz”. Quise saber la utilidad de aquel ejercicio nada diplomático para el objetivo anhelado de parar la guerra y sacar las tropas rusas de Ucrania, pero sonrió y me pidió que no le hiciera más preguntas. “Ya sabes que los procedimientos son secretos y, además, por tu propia seguridad no te conviene conocerlos… ni siquiera conocerme”.

Puesto que se cerró como una ostra, apelé a las conjeturas: “Con el canalla furioso puedes imitar su voz más enérgica y, una vez interceptadas las líneas de mando y control, ordenar directamente a los generales la retirada de las tropas de Ucrania. ¿Estoy en lo cierto?” Abrió mucho los ojos y respondió en ruso como si fuera el mandatario del Kremlin. ¡Por Júpiter que lo tenía bien ensayado! “No, no es eso”, dijo en castellano. Insistí. “Dado que eres un hombre de radio y televisión –dije–, me permitirás este breve guion: supongamos que se interceptan los canales de las principales emisoras de radio y televisión cuando el cabeza de víbora pronuncia el discurso, se lanzan sus exabruptos contra Estados Unidos, la NATO, la Unión Europea e incluso China. Y acto seguido se anuncia el final de la misión especial militar en Ucrania. Dado que el tipo apenas mueve los labios cuando habla, muy pocos notarán el mensaje impostado y, en cambio, todos celebrarán la decisión de poner fin a la invasión. Los rusos, cansados de tanta muerte, pobreza, tristeza y represión, saldrán a la calle a celebrar el fin del putinato”. Graset sonrió, pero esta vez se abstuvo de decir: “No, no es eso”.

Los venenosos

Luis Díez, Madrid, 13-02-2019.–El Congreso de los Diputados tumbó los Presupuestos Generales del Estado para este año por 191 votos en contra frente a 158 a favor y una abstención. Con ello puso fin a la legislatura, obligando al presidente Pedro Sánchez a disolver el Parlamento y a convocar elecciones generales, posiblemente en abril para no perjudicar a los barones autonómicos ni interferir a los comicios del 26 de mayo.

De este modo, la decisión de los independentistas catalanes de no respaldar a Sánchez pone fin a nueve meses de gobierno en los que los socialistas con el apoyo de Podemos y el PNV han intentado revertir los recortes sociales, elevado de ochocientos a novecientos euros el salario mínimo, rescatado la sanidad universal, la cotización a la Seguridad Social de los cuidadores de personas dependientes, la subida de pensiones conforme al IPC, la prestación a los parados de más de 52 años y, entre otras medidas de justicia social y achique de la desigualdad, incrementado de las becas y la reposición al cien por cien de las bajas en las plantillas de empleados públicos.

La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, defendió con energía y acierto los Presupuestos frente a las enmiendas de devolución de los nacionalconservadores y liberales del PP y C’s por un lado y de los nacionalistas catalanes dizque de izquierda (ERC) y derecha (PDCAT) por el otro. Dotada de verbo fluido y precisión técnica, la correosa ministra se fajó el martes durante las seis horas de debate con los líderes nacionales, a los que importaba un rábano las cuentas del reino, y con los nacionalistas catalanes, a los que importaba más la vista oral abierta en el Tribunal Supremo y el “tío páseme el rio” de la Fiscalía a los que se saltaron la ley.

La energía de Montero se estrelló contra los de la bandera nacional, la unidad de España y las elecciones generales ya. Lógico. A voluntad determinada excusado es consejo. La ministra no pudo convencerlos de la corrección de unos Presupuestos sociales que por vez primera revierten los recortes que sufrimos durante la crisis. Los dividendos y divisores nacionales y nacionalistas iban a lo suyo. A los nacionales les importa menos la traición a todos los españoles que, como dijo el valenciano de Compromís, Joan Baldoví, supone la corrupción, que la supuesta felonía del jefe del Gobierno de dialogar con los independentistas catalanes para aplacar sus ínfulas y buscar soluciones al problema catalán.

No importa si, cómo han repetido ad nauseam los dirigentes del PSOE, la lealtad constitucional está acreditada y nada es negociable extramuros de la Constitución. O si los catalanes y el resto de los españoles con dificultades para llegar a fin de mes son mejor tratados que hasta ahora en estos Presupuestos por los responsables de la res pública. Para unos y otros, lo importante es la renta electoral que calculan obtener inoculando el veneno del enfrentamiento y la crispación. Si la política es la sustitución de la guerra por la palabra y la argumentación para encontrar la síntesis o solución a los problemas, estamos ante un ato de políticos mediocres y venenosos, sólo aptos para la trifulca y la destrucción. Son los del ruido y la furia, los que jamás en la historia aportaron nada que no fuera odio, ruina y dolor.

Con trazo grueso se refirió Baldoví a las derechas nacionales, a las que acusó de enfrentar a la gente y “revolcarse en la mierda”, al tiempo que reclamó a los secesionistas catalanes que retiraran sus enmiendas y se avinieran a razones. No fue posible, pues como dijo el vasco Aitor Esteban, tanto les daba que les pusieran unos Presupuestos o un botijo. Un poco apenada, la ministra Montero, que se fajó con los adversarios y no dejó pasar una, incluida la defensa de la barriada sevillana de Las Tresmil Viviendas, a la que la canaria Ana María Oramas se refirió con retintín barriobajero, descubrió el adagio ruso de que enseñar a cantar a un cerdo es perder el tiempo y aburrir al cerdo.

Tras la votación se retiró un Sánchez periclitado a La Moncloa a rumiar su derrota y realizar las consultas a las que se había comprometido para fijar la fecha electoral. Descartada la cuestión de confianza, con el juicio a los impulsores del “procés” viento en popa, el jefe del Gobierno y líder del PSOE ya sabe cuál será el eje de la campaña electoral de las derechas tras la demostración de su fuerza trifachista en la madrileña plaza de Colón: meterle el dedo en la laringe para que diga si va a indultar a los secesionistas catalanes (cuando sean condenados) si gana las elecciones. Vale suponer que no cuenten para eso con la ayuda de los infalibles Felipe González Márquez y Alfonso Guerra González. Y conste que “infalibles” no significa que no tengan falo, sino que joden mucho.

Papel higiénico marca Trump para ayudar a los emigrantes

Felipe González le bastó una palabra para definir al nuevo presidente de los Estados Unidos, el especulador inmobiliario Donald Trump. Le llamó «necio». El necio construye muros porque su necedad es un muro alrededor de su mente. Esa muralla mental limita su visión del mundo a la hipotenusa de su nariz (sus intereses) y le impide entender a los demás, al tiempo que desprecia cualquier razón e interpretación de la realidad que no sea la propia. Un necio y terco de esas características al frente del Estado más poderoso del mundo es un peligro para el mundo propiamente dicho. Y los primeros que están sufriendo su necedad son los inmigrantes mexicanos y centroamericanos que se ganan la vida en Estados Unidos.

La orden de Trump de detenerlos y entregarlos a los agentes federales para expulsarles está siendo momentáneamente ignorada por algunos estados con mayoría demócrata, pero esa dilación terminará en cuanto se refuercen las plantillas policiales. La persecución tiene ya efectos tangibles. El primero es el miedo a hablar castellano, la segunda lengua del país, en los lugares públicos. El jefe del gobierno español, Mariano Rajoy, podía haber aprovechado el saludo con el necio en la reciente cumbre de la OTAN en Bruselas para exigirle respeto hacia la comunidad de hispanohablantes, pero no lo ha hecho. Tampoco cabía esperar gran cosa de un personaje tan limitado y tautológico como el gobernante español, cuyos intereses se centran en mantener algunas sucursales de fabricación y venta de armamento. De ahí el especialista Morenés Eulate que ha enviado de embajador a Washington.

Los mexicanos saben que han de hacerse respetar por sí mismos, más allá del cinismo internacional. Son conscientes de que, como dice el letrado Jorge Martínez Veloz, pueden perder muchas cosas menos que les falten al respeto, porque si no, su vida será un infierno moral y el adversario les tomará la medida para doblarles. Martínez Veloz, comisionado para el diálogo con los pueblos indígenas, denunció a Trump por intentar saltarse a la torera la legalidad mexicana en el proyecto de construcción de un complejo residencial de lujo en Baja California. Otro negocio del necio en el Caribe, en una zona protegida de Cozumel (Punta Arrecifes) que arrasó por sorpresa para construir una urbanización turística de lujo, también fracasó en 2008. Se comprende la inquina hacia México del otrora voraz especulador.

El «popucista» (mezcla de populismo y fascismo) registró en el Instituto de la Propiedad Industrial de México la marca Trump Organization para actuar en sectores como la construcción, el turismo, los hoteles, los bienes raíces y los servicios financieros. Pero se olvidó de las manufacturas, en concreto de las procedentes de la celulosa, y ahora, según publicaba el diario Excelsior el 1 de junio, el abogado Antonio Battaglia se ha aprestado a registrar y sacar al mercado en fecha próxima un papel higiénico marca “Trump”, que publicita con slogans como “Suavidad sin fronteras” y “Este es el muro que sí vamos a pagar”.

Battaglia dice que donará el 30% de las ganancias a programas de apoyo a los inmigrantes y explica que su iniciativa brotó de la indignación que le produjo la descripción por parte de Trump de los inmigrantes mexicanos como si fueran delincuentes, violadores, asesinos y traficantes de drogas. «Mi pensamiento fue: no podemos quedar callados, voy a poner mi granito de arena, a dar respuesta», explica antes de indicar que ha invertido 400.000 pesos (21.400 dólares) en un proyecto cuyo éxito parece garantizado por razones de dignidad humana frente a la persecución y humillación de los mexicanos pobres, promovida por el necio.

Puesto que el «popucista» se cisca en la preservación del medio ambiente y el futuro del planeta, como ha demostrado con su ruin e insolidaria decisión de abandonar el pacto mundial para reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera y luchar contra el cambio climático, vale esperar que la del papel higiénico sea la primera gota de una tormenta de ideas capaces de limpiar sus excrecencias y si posible fuera de eliminar de su magín la xenofobia, el racismo, el machismo, el belicismo y el abuso del poder.