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Netanyahu y Trump avergüenzan al mundo

Luis Díez.

Después de escribir que “no es el sufrimiento de los niños lo que nos subleva, sino el hecho de que no esté justificado”, vale preguntarse qué escribiría hoy Albert Camus sobre el padecimiento de los niños de Gaza que están siendo asesinados por hambre. Probablemente se pondría a llorar de dolor, indignación e impotencia y, consciente de que las palabras ya no valen para persuadir al asesino Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, y a su valedor Donald Trump, presidente de Estados Unidos (EEUU), de que no sigan matando de hambre a los niños palestinos, no escribiría ni una línea. Si los niños son siempre inocentes ¿por qué les hacéis sufrir antes de matarlos? Vosotros los matones, el genocida en primer grado y su ayudante, sois la vergüenza de la especie humana, habéis cabreado a los abuelos y hecho enmudecer a la inteligencia.

Habéis asesinado sin piedad ni miramiento a más de 60.000 personas en la ratonera de la Franja de Gaza y provocado más de 120.000 heridos. Hay que repetirlo. Vuestros bombardeos, asaltos armados y fusilamientos sin más, han arrasado las ciudades de Gaza y los campamentos de supervivientes desplazados. La mayor parte de esos 180.000 palestinos heridos y asesinados y de los 11.000 desaparecidos eran mujeres y niños. Nadie podrá negar la premeditación de vuestro ímpetu exterminador.

Ahora estáis empleando la ayuda humanitaria como arma letal. Así economizáis en bombas y seguís matando con una hambruna insoportable. Para eso expulsasteis en mayo pasado a la agencia de la ONU que distribuía los alimentos, cancelasteis la entrada de comida y organizasteis vuestro invento, la Fundación Humanitaria estadounidense e israelí. A continuación habéis dejado entrar con cuentagotas algunos camiones con alimentos. Pero lo habéis hecho para disimular, para evitar esas imágenes de niños hambrientos, escuálidos, moribundos y sin esperanza que siguen escandalizando al mundo, no para que los palestinos coman.

La prueba de vuestra crueldad es que redujisteis a cuatro los 400 puntos de distribución de alimentos que gestionaba la ONU con la colaboración de varias ONGs. Y en esos cuatro puntos dispusisteis unidades armadas que están disparando a los gazatis hambrientos. Si con la distribución de la ayuda humanitaria por parte de vuestra Fundación se trata de evitar, según decís, que Hamas controle los alimentos, con las matanzas de hambrientos desesperados se trata de evitar que formen tumultos. Eso decís.

Aunque la cifra de palestinos asesinados por los soldados israelís y los mercenarios de EEUU en los puntos de recogida de alimentos ya supera 1.400, resulta cada vez más difícil obtener pruebas gráficas de lo que estáis haciendo en esos lugares, donde, según testimonios de médicos y cooperantes, vuestros elementos armados disparan en la cabeza, la barriga y los testículos a la pobre gente famélica. De hecho juegan con ellos al «tiro al pato». Y resulta más difícil cada día porque habéis ordenado eliminar a esos notarios de la realidad que son los periodistas. Desde que decidisteis arrasar la Franja habéis matado a 232 periodistas, el último, esta semana, Adam Abu Harbid, que trabajaba como fotoperiodista para varios medios de comunicación.

También esta semana el Programa Mundial de Alimentos, dependiente de la ONU, ha hecho público un comunicado haciendo saber que el hambre en Gaza ha alcanzado “nuevos y asombrosos niveles de desesperación, con un tercio de la población sin comida durante varios días seguidos”. Esto significa más de medio millón de personas hambrientas, desnutridas, quebradizas, sin defensas biológicas y a las que los virus y bacterias acarrean su punto final. Más de cien mil niños en Gaza, según las autoridades palestinas, están amenazados de muerte por la desnutrición y sus consecuencias.

Si, es vergonzoso. Vuestra forma de exterminio avergüenza a la humanidad, hace tiritar de rabia a los ciudadanos informados de todos los países. Lo sabéis y tratáis de eludir la culpa reconociendo que hay “verdadera hambruna” y proclamando: “Tenemos que alimentar a los niños”. Esas palabras de Trump, el lunes pasado, las complementó el genocida Netanyahu con la orden de suspender los bombardeos unas horas cada día mientras se reparte ayuda. Conviene disimular. Incluso habéis participado esta semana en el lanzamiento por aire de palés con alimentos. Sois listos, buscáis atenuantes a la condena internacional de vuestras masacres. Por cierto que España participa desde el viernes en la misión alimentaria de emergencia junto con Egipto, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y otros países.

El jefe de la ultraderecha facciosa española, Abascal, confortando al criminal Netanyahu

Se recordará que entonces el jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, dijo en el Parlamento que “no era el momento” de reconocer a Palestina como Estado. Su antiguo correligionario y jefe de Vox, Abascal, se apresuró a viajar a Israel a confortar a Netanyahu. Resulta curioso que acudiera con el eurodiputado voxido Germán Tertsch del Valle Lerchundi, hijo del reconocido miembro del Partido Nazi en Austria, Ekkehard Tertsch. El Ejecutivo español pensó –y sigue pensando– que el reconocimiento del Estado Palestino con su actual configuración geográfica bien comunicada (Cisjordania y Gaza, desde el río hasta el mar) es el camino para conseguir una paz negociada de igual a igual y una convivencia duradera entre los dos Estados.

La decisión de España va a ser secundada ahora por Francia, Canadá, Malta y otros países. El presidente francés, Emmanuel Macrón, anunció su intención de proclamar el reconocimiento del Estado Palestino en septiembre, en su intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas. La decisión de Macrón, comunicada por carta entregada en mano al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, es producto de una indignación superlativa ante las matanzas y la hambruna como arma de guerra en Gaza. Pero es también la forma de preservar alguna posibilidad de paz entre dos Estados.

El anuncio de Macrón, quien siente la obligación moral de enfrentarse a la devastación en Gaza, provocó respuestas poco amistosas de Israel y EEUU. Lógico. Trump optó por ningunear al presidente francés: “Lo que diga no importa; esa declaración no tiene ningún peso”, manifestó a los informadores. Su nuevo embajador en Francia, el semoviente Charles Kushner prescindió de la diplomacia para acusar a Macrón de hacer “un regalo a Hamas” y dar “un golpe a la paz”. Luego ya, el embajador de Trump en Israel, un majadero intercontinental llamado Mike Huckabee, escribió en las redes sociales: “Ahora puedo revelar en exclusiva que Francia ofrecerá la Costa Azul (para ubicar el Estado Palestino) y que la nueva nación se llamará ‘Franc-en-Stina”.

Más allá de la valoración del matón de la Casa Blanca y sus conspicuos representantes, lo cierto es que uno o dos países industrializados del grupo G7 podrían seguir el ejemplo francés y aumentar la presión sobre Israel. En ese sentido, el primer ministro británico, Keir Starmer, emitió una declaración condenando el sufrimiento incalificable e indefendible de la población de Gaza y afirmando que “el pueblo palestino tiene derecho inalienable a un Estado propio”. Reino Unido reconocerá el Estado Palestino si Israel no acepta un alto el fuego con Hamas en Gaza antes de septiembre y Canadá vincula su decisión a los cambios en la Autoridad Palestina.

De momento, 14 de los 32 países de la OTAN han reconocido al Estado Palestino. Entre las naciones del G-20, 10 ya reconocen al Estado Palestino y serán 13 con Francia, Canadá y Reino Unido. Entre los 27 de la Unión Europea (UE) van ganando terreno las posiciones de Irlanda, España, Francia, Suecia, Polonia, República Checa, Hungría, Rumanía y próximamente Malta. Pero quizá lo que más fastidia a EEUU es quedarse solo en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas si Francia y Reino Unido se unen a Rusia y a China en el reconocimiento del Estado Palestino. Ahora una abrumadora mayoría de los países de la ONU (147 de 193) ya reconocen a Palestina como Estado, cuyo estatus sigue siendo de observador.

Palestina, Estado libre y soberan: Netanyahu y Trump avergüenzan al mundo https://www.nytimes.com/es/2025/07/18/espanol/opinion/israel-genocidio-gaza.html: Netanyahu y Trump avergüenzan al mundo

De reyes, canes y calandrias

Cuentos y descuentos del sábado (24-08-2024).–Luis Díez.

“Hoy las golondrinas están contentas porque ya no hace tanto calor”, comentó Pilar al llegar al palmeral de la playa, acompañada de Manuel, el espía superviviente.

–¿Te lo han dicho ellas? –Le preguntó el aviador apagafuegos.

–Hombre, José Luis, las calandrias no hablan –dijo la recién llegada.

–¿Entonces qué sabes tú si están contentas o tristes, si pasan calor o frio? –Incidió el aviador tocapelotas.

–Eso se nota en el parloteo musical, en sus gorjeos, sus prrr efusivos, sus reclamos, esos uit, uit agudos. Pasan tanto calor las criaturas que llevaban días sin decir ni pío.

–Si fueran mirlos, con lo bien que cantan, me alegraría, pero esas antipáticas… anda y que les den –agregó el aviador.

–¿Antipáticas? –Se extrañó Pilar– ¿No sabes que las calandrias libraron de la corona de espinas a Nuestro Señor Jesucristo?

–Leyendas para beatas –replicó el apagafuegos.

La conversación, intrascendente hasta ese momento, adquirió fundamento cuando Raquel, la bióloga, aseguró que las aves lo pasan tan mal como los humanes con el calor extremo. Cualquier observador puede notar su escasa actividad en las horas centrales del día. No se atreven a salir del nido ni a abandonar las sombras porque también a ellas les cuesta mucho desprenderse del calor interno que genera la actividad muscular.

–Para ayudar a los gorriones, las golondrinas, los mirlos y otros pájaros familiares a sobrellevar estas oleadas de calor podemos dejar recipientes con agua en las terrazas, jardines o los alféizares de las ventanas –añadió la bióloga antes de referirse a la urohidrosis.

–¿Uro qué? –Saltó el aviador.

–Hidrosis, u-ro-hi-dro-sis, una forma de refrescarse que consiste en defecar o mear frecuentemente en las zonas escamosas de sus patas para enfriarse gracias a la evaporación.

–Una asquerosidad, osea –proclamó el aviador.

–Más o menos como tu sudor –le asestó Raquel.

–A propósito de si los pájaros hablan, ¿qué me dices de los loros? –se interesó el profesor Manises.

–Lo que es hablar no hablan, aunque reproduzcan los sonidos de las palabras de hasta cuatro sílabas –respondió pilar–. Y en cuanto a las entendederas, entienden mucho mejor los perros.

–Lógico. Por algo tienen la cabeza más grande –razonó Santiago, el churrero.

–Tengo yo un vecino que no habla con nadie; ni mujer ni hijos ni allegados, solo con su perro –comentó el arquitecto don Pepe.

–Me atrevo a asegurar que ese hombre está acostumbrado a mandar y ya nadie, salvo el perro, le obedece –aventuró Manises.

–Me gustan los perros porque siempre perdonan –comentó don Víctor Márquez como saliendo de alguna de sus ensoñaciones con personajes del pasado.

–Eso lo dirá usted –le replicó el aviador apagafuegos.

–Lo escribió Albert Camus en La Caída, un libro que le recomiendo.

–Ya querría ver yo a ese Camus rodeado de una manada de perros hambrientos del desierto a ver si escribía eso –arguyó el aviador.

–A quien me gustaría ver así es al criminal Netanyahu –manifestó Victor.

–Hostia, y a mí. Y que le arrancaran a mordiscos las orejas, la lengua, los ojos… Después de todo sería un trato consecuente con sus creencias y las de sus correligionarios, ojo por ojo –dijo el profesor.

–Religiones aparte, dicen que Hitler quería mucho a su perro –comentó el millonario don Baldo.

–Sigo sin entender a esa gente sentimental con los animales y criminal con los de su especie –prorrumpió Macarena, labios de cereza.

–Habrá que preguntarse donde quedó la cordialidad humana –dijo don Baldo.

–Tengo la impresión de que vamos a peor. Sobra agresividad, eso que muchos confunden con la competitividad, y falta cordialidad –dijo el profesor Manises–. Es probable que esa carencia de buenas maneras, imprescindibles para la convivencia humana, se deba a una educación fría, distante, tamizada por las tecnologías virtuales y, en definitiva, cada día menos interesada en formar personas al tiempo que excelentes técnicos y habilidosos trabajadores.

–¡Oh Bartleby, oh humanidad! –Exclamó, al pronto, Víctor Márquez.

–Oh, Melville, también yo preferiría no hacerlo –dijo el profesor antes de referirse a la responsabilidad que también cabe exigir a los dirigentes políticos y sociales para que den ejemplo y se abstengan de contribuir a este aumento de la agresividad y esta pérdida de la cordialidad humana. –Es como si hubieran olvidado su obligación de ejercer el magisterio público, como si despreciaran esta función esencial. Casi todos los que pintan o aspiran a pintar algo en la derecha política prefieren el trazo grueso, el bulo, el insulto, el ataque al hombre y la descalificación del adversario en vez del razonamiento crítico y la exposición veraz y honrada. Es más fácil hozar y destrozar que construir y edificar. Y encima se difunde mejor y es más rentable el dicterio que el argumento. Y esto también influye en la convivencia.

–Vaya si influye –afirmó don Pepe, el arquitecto–. Imaginad si en vez de unos tipos con la ironía de Santiago Carrillo, el desparpajo verbal de Felipe González, la elegancia de Enrique Tierno Galván (el VP o Viejo Profesor), la empatía de Adolfo Suárez y la erudición del tonitonante de un Fraga Iribarne, nos hubiesen tocado personajes como esos magistrados emberrechinados o esos banqueros campanudos e intolerantes o estos dizque patriotas insultones de las derechas de hogaño… Seguramente no habría habido Transición, sino más represión e imposición.

–Menos mal que el Rey, aunque golfo, salió listo –dijo Pilar.

–Era un Borbón y sabía que si no asumía la democracia se jugaba la Corona. Tres veces los echamos y las tres han vuelto. ¡Qué tíos! –Exclamó don Pepe.

–En todo caso respetó y nunca insultó a la izquierda –añadió Pilar.

–En eso llevas razón, y confiemos en que no cambien los tiempos y el coronado sucesor y su nieta Leonor mantengan la neutralidad y la tolerancia, por la cuenta que les trae –dijo don Pepe.

–¡Ni rey ni dios ni patrón! –proclamó el ferroviario y reavivó el diálogo.

La gran novela de Key Good sobre la restauración borbónica en España

La Mariblanca, según un sello de la II República
La Mariblanca, según un sello de la II República

El 24 de mayo del año en curso (2014), una semana antes de que se produjera la abdicación del rey Juan Carlos I de España, emprendimos en este blog de novela y periodismo la gran aventura de la publicación de la novela de Key Good La verán mis ojos. Fue un acierto extraordinario, a tenor del gran número de lectores que han podido acceder gratuitamente a este relato ambientado en el Madrid de los últimos años de la dictadura militar franquista, un régimen cruel y despiadado que soportaron los españoles durante cuarenta años y que se caracterizó por la corrupción absoluta del poder absoluto, la pobreza de los súbditos, la ignorancia y el miedo.

El relato refleja extraordinariamente bien aquella situación a través de personajes sencillos y amenos, miembros de la clase trabajadora y laboral, como son el protagonista Lucas Ubiese; el camarero Leonardo Rabadán o Raba y el librero republicano Nemesio Quintana o Nequin, de quien, al final del relato descubrimos que ha vivido la mayor parte de su vida embozado en el nombre y la documentación de un falangista muerto y se ha librado de ese modo de la represión y limpieza de demócratas a sangre y fuego que acometieron los militares sublevados contra la II República tras su triunfo con el apoyo de Hitler y de Mussolini en la guerra de España.

A lo largo de esta novela histórica sobre el acabose de la dictadura y la restauración de los reyes Borbones mediante el sistema imperante en varios países europeos de Monarquía Constitucional, en el que los reyes reinan e influyen pero no gobiernan, intervienen como hilos conductores la búsqueda de la mujer de la que el protagonista Lucas Ubiese se enamoró cuando era un niño y la esperanza del librero Nemesio Quintana o Nequin de que, a la salida de la dictadura, los españoles puedan recuperar el régimen de dignidad y progreso que representó la II República. De ahí el título: «La verán mis ojos».

El regreso de los republicanos del exilio –personajes reales de carne y hueso– con sus historias, vicisitudes, sabiduría y ganas de vivir constituye una de las partes más emotivas y  apasionantes de un relato en el que finalmente prevalece la bondad, la convivencia y el amor verdadero, aquel que según Albert Camus sucederá una vez cada dos siglos.

El alto interés que ha suscitado esta novela, que consta de 32 capítulos, ha hecho que, previa consulta con el autor, la repongamos en este blog de modo que los lectores puedan acceder sin coste económico alguno a la lectura.

El autor KEY GOOD

Nació en Palm Springs, California (EEUU), en 1945 y estudio Ingeniería Aeronáutica e Industrial en la prestigiosa Escuela Superior de Ciencias Aplicadas (Seac) de Los Ángeles. De antepasados españoles –su bisabuelo Manuel Álvarez era originario de Abelgas (León) y recibió el apellido de Good, El Bueno, por su mediación en la guerra de anexión de Nuevo México, lo que le convirtió en alcalde de Santa Fé, donde dieron su nombre a un parque nacional y le erigieron una estatua–, Key viajó a Madrid en 1972 como especialista de una empresa aeronáutica contratada por el gobierno español para desarrollar y fabricar pequeños aviones de gran versatilidad en usos logísticos, de transporte y observación, destinados a las fuerzas armadas españolas y de terceros países. Good residió en la capital española durante la década de los grandes cambios y regresó a Los Ángeles, donde desarrolla su carrera literaria como novelista y guionista. Es autor de las novelas de éxito  Oceanside y The hunter of beams y de varios relatos publicados en The Angeles Times, donde ha realizado análisis sobre la transición española a la democracia. Gran conocedor de la historia y admirador de la cultura y el arte español, es padre de dos hijos, el de mayor edad, Daniel D Carpintero, reside en México, donde se desempeña como narrador y promotor de Ideas de Tierra. Su hijo menor, el licenciado en Bellas Artes, profesor y pintor Alejandro Carpintero, conserva la nacionalidad española y ha ganado merecido renombre y varios premios en España. Posee dos cuadros en la exposición permanente del Museo Europeo de Arte Moderno (MEAM) de Barcelona. El escritor Good labora en la actualidad en un relato sobre las fuerzas científicas de la indignación, en gran parte inspirado en el movimiento de los jóvenes indignados españoles.

‘La verán mis ojos’ (XVII): «Ser sin ser»

Antonio Machado
Antonio Machado

Por KEY GOOD

El librero Nequin concedía mucha importancia a la cultura visual. “La letra tarda en llegar, pero la estampa es rapidísima; la imagen circula a la velocidad de la luz y, en cambio, la palabra va despacio y la letra impresa tarda tanto en llegar que con frecuencia ni llega. Yo siempre digo que entre la imagen y la palabra impresa ocurre lo que entre la mentira y la verdad: la mentira da la vuelta al mundo mientras la verdad no ha terminado de atarse los cordones de los zapatos. Y don Fernando Lázaro Carreter, que algún respeto me merece –no así otros colegas suyos de orejas grandes que se pasean por aquí–, me da la razón. Vivimos en el siglo de la imagen, de las apariencias. Manda la estampa sobre la razón y la imagen sobre la verdad. Ves ahí a un sabio hablando en televisión y si preguntas qué ha dicho, nadie lo sabe, aunque todos aseguran que le conocen porque le ha visto. Estamos en el fin del siglo de las mentiras, muchacho”.

El viejo Nequin seguía perorando contra las imágenes del barroco, la Semana Santa y la televisión. Un hombre o una mujer altos, decía, reciben por causa de la imagen un plus de autoridad; no importa si son inútiles para el mando e incompetentes de toda incompetencia, pues su estampa, la estatura en este caso, les coloca por encima de los demás y ellos mismos se lo acaban creyendo y adoptando esa pose de superioridad. Muchos no tienen dos dedos de frente, pero se creen superiores. Y también ocurre lo contrario. ¿Ves ahí al dictador PTC…? Pues eso, lo que su nombre indica, las patas cortas, en contraste con las zancas de su cuñado Serrano Suñer, al que no puede ver ni en pintura, es lo que le tiene amargado. Por más podios y cajones que le pongan y más estatuas enormes que esparzan por las calles y plazas, no se consuela, el muy canalla. El siglo de la imagen le tiene amargado. No sé yo si Hitler en la era de la televisión se habría electrocutado.

Lucas empezaba a intuir adonde quería llegar mientras le ayudaba a colocar los ensayos y las novelas recientes en la primera línea del amplio mostrador de la caseta y transportaba los cajones con los volúmenes de segunda mano a la tabla sobre los caballetes que instalaba entre los árboles de la acera.

La imagen posee una enorme capacidad de disimulo, mentira y falsedad. Ya no es la palabra, sino la imagen lo que encandila. Hoy en día todo es imagen, diseño, apariencia. No importa el contenido. Un tipo huero, pura carcasa sin nada dentro, sin una idea, un pensamiento…, un zote con mala leche, puede llegar a jefe de gobierno. Y quien dice gobierno, dice de Estado.

El librero seguía perorando y mirándole de tanto en tanto de un modo oblicuo como si quisiera percatarse de que le estaba escuchando. No había perdido la mueca de ironía con la que le había recibido disfrazado de fraile. Lucas creía conocerle y sabía que era un hombre con la mayéutica de un vendedor de lavadoras. Salvo en alguna discusión política con Novais o Nove y con su amigo Yebra, no acostumbraba a mencionar las cosas por su nombre, y solía preferir la escucha al parloteo, la pregunta sugerente a la certeza y la coletilla irónica y rotunda a la conclusión razonada. Como los zorros, exploraba el terreno y acechaba al oponente buscando su punto débil, sus pasos inseguros, y le desplazaba con vueltas y circunloquios hacia el terreno que le interesaba. Era tenaz en su juego, don Nequin, y poseía una cualidad que Lucas no sabía si detestar o admirar: su testarudez y rectitud ideológica. Algunos le llamaban dogmatismo y otros idiotez.

La palabrería del librero sobre la imagen no era gratuita. Lucas comprendió que si de primeras había celebrado la ocurrencia de tomar los hábitos para zafarse de los buitres que intentaban clavarle el pico, aquellos circunloquios sobre la falsedad de las estampas eran la expresión sonora de que le desagradaba el disfraz. Su rectitud de creencias y descreimientos impedía al librero un trato amistoso y cercano con curas y frailes. Admitía la existencia de sacerdotes y religiosos evolucionados y revolucionarios, pero la mayoría de esos pertenecían a otras tierras y actuaban en los países empobrecidos de Eurasia, África y Latinoamérica. Por otra parte, un fraile en un negocio de libros que se burlaba del Índice y no respetaba las prohibiciones políticas, llamaba más la atención que un agente de la Inquisición y alejaba a los compradores. Dicho de otro modo: el hábito ahuyentaba a los humanos que buscaban sus pequeños volúmenes de maldades y pecados, y en absoluto beneficiaba al negocio.

Sin necesidad de que don Nequin siguiera perorando sobre la imagen, se desprendió del disfraz diciéndose que el hábito podía ser adecuado para moverse en las zonas con riesgo como los trenes, autobuses o el metro, donde los guripas realizaban controles de identidad, pero allí, para pasar el rato con el librero, bastaba con unas gafas de sol que le protegieran de los torpes retratos robot que solían llevar en la cartera los agentes de secreta. Para el régimen del dictador PTC, todos los libreros eran sospechosos de subversión, así que cuanto más gremial pareciese, tanto mejor.

Aquel día el librero y el camarero almorzaron juntos y pasaron gran parte de la tarde platicando sobre el terrorismo. Según don Nequin, aquellos animales salvajes, los terroristas, ocasionaban un gran daño a la causa de la libertad, pues azuzaban el instinto criminal y represor indiscriminado de la fiera gubernamental. “Los terroristas –decía– traen mucho daño a los trabajadores y ningún beneficio. Al régimen le va bien que exista el terrorismo para detener, aterrorizar y mantener al pueblo a raya. Una prueba la tienes en esos cuervos del TOP –en referencia a los jueces del Tribunal de Orden Público– que castigan con veinticinco años de cárcel a los rojos por subversión mientras legalmente no pueden sancionar con más de veinte años de prisión a los terroristas”.

Aquella consideración legal del régimen del dictador PTC hacia los terroristas atemperó la inquietud de Lucas. En un momento de la conversación recordó algunos detalles sobre la voladura de aquel almirante jefe del Gobierno y preguntó a don Nequin si no veía él un cierto paralelismo entre los etarras del comando Txikia y los bolcheviques que iban a atentar contra el Gran Duque, pues parecía que los primeros, los vascos, podían haber accionado la bomba cualquier día, pero eligieron la mañana que no iba acompañado de su hija para mandarle al otro barrio, y los segundos, los bolcheviques, se abstuvieron, según Los Justos de Albert Camus, de arrojar la bomba en el coche del Gran Duque al ver que iba acompañado de un niño. El librero contestó sin dudar: “No, hijo, no, estos terroristas no tienen entrañas ni fundamento ideológico”. Llegó Yebra y aparcaron la materia.

Para entonces Nequin y Lucas ya habían consultado los códigos penales y de enjuiciamiento, llegando a la conclusión de que le podían caer de uno a dos lustros de cárcel por colaboración con los terroristas. Y aunque en nada hubiese colaborado él con aquel jefe de los asesinos del que hablaban los periódicos, le delataba la expresión de una de sus cartas a Argala. “Si le escribiste que sabías a quién había que joder –dijo el librero–, no dudes de que te acusarán de señalar objetivos, te considerarán miembro de la organización terrorista y, en consecuencia, te condenarán por colaboración con banda armada”. Lucas adujo que el término “joderlos” significaba poco y nada. Y don Nequin replicó: “Según y como”, y añadió: “Cinco años de cárcel no te los quita nadie”.

–No me cogerán.

–Claro que no –dijo el libero.

Al verle leyendo ante la pequeña mesa del interior de la caseta, el visitante Yebra le preguntó si libraba y Lucas asintió con la cabeza. A continuación colocó el tablero de ajedrez con las fichas imantadas y ahuecó el ala para hacerle sitio y que pudiera proseguir su partida con el librero. Sentado con un libro entre las manos en la pequeña escalera de acceso a la caseta observaba de tanto en tanto a los husmeadores y atajaba las tentativas de hurto de algunos rasposos con tres suaves silbidos que los aludidos traducían correctamente: “Que te veo”. Algunos devolvían el libro que se habían guardado bajo el suéter y otros le miraban temerosos de Dios. Él movía la cabeza a un lado y otro y si alguno tenía pinta de trabajador, cerraba los ojos.

El nuevo tratamiento del viejo Nequin –ya no le llamaba “muchacho”, sino “hijo”– le pareció una manifestación evidente de que se disponía a protegerle y ayudarle en su indeseable trance. Luego, cuando Yebra asumió que de tablas no pasaba y se despidió hasta mañana, el librero le enseñó a cerrar la caseta, le mostró la trampilla excavada bajo el piso de tabla de la caseta –un encofrado con una cámara acorazada en la que guardaba dos incunables, una bandera tricolor bordada en oro y una pequeña caja de caudales–, sacó una manta de debajo del expositor de libros y le dijo que aquella noche dormiría como los frailes, sobre las tablas, pues no convenía sorprender a la Luisa ni dar que hablar a doña Carmen con un huésped por sorpresa. Mañana despejaría una habitación para que se acomodara en su casa hasta que el temporal amainara y la policía se olvidara de él. “No te preocupes si escuchas ruidos bajo las tablas: son los ratones del Botánico que vienen a roer libros”.

Don Nequin desapareció Moyano abajo con paso tranquilo y su característico contoneo de tornillo y él se sentó en el escalón de la caseta a ver pasar a las muchachas del atardecer. ¿Cómo podría saber si alguna de ellas era Chin? La gente crece hasta los dieciocho, veinte o veintidós años, engorda, cambia de fisonomía, de expresión, de voz… ¿Cómo sería ahora Chin? ¿A qué se dedicaría? ¿En qué parte de la ciudad residiría? ¿Habría crecido mucho? ¿Sería más alta que él? La estatura tanto da, se dijo convencido de poder reconocer sus ojos de avellana, el timbre suave de su voz clara, sus cabellos trigueños, la forma de sus labios y las facciones de su cara… La gente cambia, pero aquellos rasgos de Chin no se le despintaban y se sentía capaz de identificarla en cuanto la viera. ¿Le reconocería ella? ¿Le recordaría y le querría tanto como él o, al menos, algo..?

Un asunto le preocupaba: ahora tenía dinero para publicar un anuncio en todos los periódicos y revistas de Ursaría con el fin de localizarla, pero no podía usar su documento de identidad para contratar el reclamo. ¿Qué podría hacer? Podía esperar a que, como decía Nequin, la policía se olvidara de él. La espera, otra vez… Y entretanto ella pasearía del brazo de otro por los apartados senderos del gran parque donde abrazarse en la oscuridad del anochecer junto a los tallos leñosos de los centenarios pinos piñoneros y los madroños y las acacias en flor. Quizá tenían su árbol, quizá lo habían señalado como viviente testigo mudo de su amor al que acudir a reconciliarse después de esas discrepancias, discusiones y enfados tan frecuentes entre los novios. Esperar no le parecía una buena solución. Evocó el aforismo de don Antonio Machado: “Toda espera es espera de seguir esperando”. El poeta murió en el otro lado de la frontera pirenaica mientras esperaba. “To be or not to be”, fue lo último que escribió. Ser y seguir siendo, se dijo, dispuesto a buscar una solución a su estúpida condición de prófugo enamorado.