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Caminos de hierro, un siglo de dolor y progreso

Luis Díez.

Un error humano provocó en septiembre de 1976 el choque de un tren de viajeros con una máquina suelta en Rande, cerca de Vigo, con un balance de 15 personas muertas y 30 heridas/Fotos de El Faro de Vigo.

A fuer de dar vueltas al descarrilamiento y choque de trenes veloces que el 18 de enero pasado segó la vida de 46 personas junto al apeadero de Adamuz (Córdoba), uno acaba buscando comparaciones y entonces encuentra datos que documentan el hecho de que los accidentes ferroviarios han sido más frecuentes e incluso más terribles antes que después del tendido de la red de alta velocidad. El hallazgo no sirve de consuelo ante la desgracia, pero ante una derecha política que todo lo resuelve a gritos, con insultos, descalificaciones, exigencias de dimisión y amenazas judiciales, como se vio esta semana en el Congreso de los Diputados ante la comparecencia explicativa de Pedro Sánchez, y que no tiene otra política que la privatización en beneficio de allegados y amigantes (amigos mangantes en la acepción del filósofo Emilio Lledó), vale la pena centrarse en los hechos.

La naturaleza semoviente de los humanes llevó a las autoridades a proclamar 1926 como “el año del ferrocarril”. El general dictador Miguel Primo de Rivera –el mismo militar que en 1898 acompañaba a su tío cuando entregaron Filipinas y abandonaron a los soldados españoles– se sentía orgulloso del desarrollo ferroviario de la patria. Los capitales repatriados y la bonanza económica en la segunda década del siglo XX permitieron un desarrollo prodigioso de los caminos de hierro.

En 1926, hace un siglo, España ya contaba con 11.684 kilómetros de vía normal y 3.789 de vía estrecha. La Gaceta de los Caminos de Hierro contabilizaba 1.368 estaciones de vía ancha, 136 apeaderos y 915 de vía estrecha que, sumadas a las 32 terminales de funiculares y trenes cremallera, suponían 2.451 puntos de acceso a los trenes para un promedio diario de 325.000 viajeros y 116.000 toneladas de mercancías.

Las compañías ferroviarias (todas de capital privado) obtenían unos ingresos diarios de 2,4 millones de pesetas. En términos anuales, el transporte de 128 millones de viajeros y 6,76 millones de toneladas de mercancía les reportaban 870 millones de pesetas, con un beneficio neto publicado de 278 millones. Esto significa que el ferrocarril era rentable. Y lo seguiría siendo en los años treinta durante la II República, hasta que la sublevación militar fascista y la Guerra Civil (1936-39) arruinó al país.

Cierto es que el desarrollo mecánico, aunque tardío, se cobraba un alto tributo en vidas humanas. En los 16 accidentes más graves registrados en la década de 1920-30 perdían la vida la vida 188 personas. En toda la década solo hubo un año, el 1926, sin ningún accidente mortal que entintara los periódicos. Entre las mayores desgracias se contó el choque del correo Madrid-Gijón con el rápido Madrid-Coruña en la estación de Paredes de Nava (Palencia) que el 11 de julio de 1922 costó la vida a 33 personas. Y para acabar aquel año, el 22 de diciembre, un tren que llevaba soldados se estrelló con un mercancías parado en la estación de Onteniente (Valencia), con el fatal resultado de 12 muertos y más de 100 heridos.

En 1925 (9 de abril) descarriló un tren de cercanías de los Ferrocarriles Catalanes entre las estaciones de Las Planes y Sarría, causando 24 muertos y más de un centenar de heridos. Tremendo fue también el accidente que se registró en Pulpí (Almería) el 25 de mayo de 1927 cuando un tren cargado con mineral de la zona de Serón perdió los frenos y alcanzó al correo de Almendricos a Ágilas, encaramándose a los últimos vagones y provocando 21 muertos y otros tantos heridos.

Muchos accidentes registrados en aquella época eran alcances provocados por averías, descarrilamientos y obstáculos en la vía que ocasionaban paradas imprevistas. Aunque no había teléfonos móviles, en la Gaceta de los Caminos de Hierro aparecía una nota titulada El teléfono portátil en los ferrocarriles explicando que en todos los trenes se debía llevar un teléfono portátil, cuyo mecanismo y uso son muy sencillos. Se trata de una cajita con un croquis y unos hilos de alambre que se enganchan, uno en la chapa de los postes y otro, desde la cabina al raíl, formando un circuito que permite avisar de la anomalía a la estación más cercana.

El jubilado Luis Andina, antiguo ayudante del servicio eléctrico, daba instrucciones en la prensa para que cualquier viajero pudiera utilizar aquel sistema de transmisión urgente. Y añadía que “el tren que descarriló (en la línea de Cartagena) no hizo uso del teléfono, y por ello se produjo la segunda parte del suceso, lo que en otro caso no hubiera acontecido, pues no habría salido de la estación inmediata el tren que alcanzó al descarrilado. Sería, pues, muy conveniente divulgar el aviso y las instrucciones mediante cartelillos en todos los vagones, en el supuesto de que se cumpla lo prevenido y todos los trenes lleven el teléfono”.

A la izquierda, un descarrilamiento hace un siglo y a la derecha el paso de un Alvia por la curva de Angrois, en Santiago de Compostela, ante las miradas de los vecinos que acudieron a rendir homenaje a los fallecidos en el primer accidente del AVE, ocurrido en 2013, con la pérdida de 80 vidas humanas/Foto de Xoán Álvarez.

La mortandad en los caminos de hierro fue elevadísima en la década de 1930-40, con un registro de 30 accidentes mortales y 538 fallecidos. Hubo años como 1934, en pleno bienio negro, con 5 accidentes mortales y 49 muertes. Y se registraron coincidencias trágicas como dos accidentes el mismo día. Concretamente el 1 de enero de 1939 chocaban en un paso a nivel cerca de Valencia un tren de la línea de Paterna y un tranvía, ocasionando 7 muertes. Y en la misma jornada descarrilaba otro tren de viajeros cerca de Casto Urdiales (Cantabria), con el mismo número de muertos, siete.

La sublevación de los generales facciosos, encabezados por Franco, contra el sistema democrático de la II República dio lugar a la Guerra Civil (1936-39) y causó tantas tragedias ferroviarias que su relato ocuparía demasiadas páginas. Vale citar como ejemplo de desgracias la ocurrida el 9 de abril de 1936 en Vizcaya, donde un tren arrolló a decenas de personas que habían corrido a refugiarse de los bombardeos nazi-franquistas en el túnel de la línea Bilbao-Lezama, junto a la Campa de las Escuela, en el barrio bilbaíno de Uribarri. Aunque la censura de guerra impidió precisar el número de muertos, la prensa franquista habló de 16 muertos. Fue el mayor atropello de personas registrado en la historia ferroviaria española.

Otras desdichas provocadas por la situación bélica se registraron el 15 de julio de 1937 en un paso a nivel de la línea Chinchilla-Cartagena, cerca de Cieza (Murcia), cuando un tren correo arrolló a un camión militar cargado de material explosivo. Murieron 14 personas y doscientas resultaron heridas. Más terrible fue el resultado del choque de un tren incautado por los facciosos contra un mercancías que se hallaba detenido en la estación de Alanís de la Sierra (Sevilla). Ocurrió el 19 de noviembre de 1937. Murieron 72 personas, de las que 57 eran prisioneros republicanos procedentes de Euskadi que iban destinados a un campo de trabajo en Andalucía. El vagón donde los llevaban quedó aplastado.

Apenas dos meses después, el 10 de enero de 1938, la desgracia de Alanís fue superada por la explosión de un polvorín subterráneo del ejército republicano bajo la calle de Torrijos (hoy Conde de Peñalver) de Madrid. La onda expansiva se extendió por la red del Metro y afectó a cuatro trenes, con un balance oficial de 98 muertos.

Hubo muchas otros desastres y fatalidades hasta el final de la guerra e incluso después del triunfo del generalísimo Franco, como fue la explosión, el 9 de julio de 1939, de tres vagones cargados de bombas y otro material bélico, en el muelle de la estación de Peñaranda de Bracamonte (Salamanca). Aunque las nuevas autoridades fascistas no pudieron ocultar los efectos destructivos de la deflagración no dieron la cifra de personas muertas, que fueron en torno a un centenar, ni de heridos, que superaron los mil quinientas en la localidad.

Ya durante el franquismo no pasó año sin accidentes mortales muy graves, comenzando por el que el 3 de diciembre de 1940 costó la vida a 53 personas por el choque del expreso Madrid-Barcelona con su homologo que cubría el trayecto contrario en la estación de Velilla de Ebro (Zaragoza), siguiendo, ya en pleno desarrollismo, por los 96 muertos en los cinco accidentes registrados en 1965 y culminando el 21 de julio de 1972 con los 86 viajeros fallecidos a consecuencia del choque frontal del ferrobús Cádiz-Sevilla y el expreso Madrid-Cádiz entre las estaciones de El Cuervo y Lebrija (Sevilla).

La muerte del dictador y los años de transición a la democracia con la aprobación de la Constitución de 1978 no supusieron una mejora inmediata en la gestión de los ferrocarriles nacionalizados en 1941 con la creación de la Red Estatal RENFE, de modo que el rosario de accidentes mortales prosiguió en 1976 y los años siguientes. El de Rande, en Vigo, con 15 muertos, fue el peor aquel año. Los pasos a nivel eran una ristra interminable de desdichas, los trenes de la red de vía estrecha FEVE descarrilaban cada dos por tres y los expresos nocturnos eran los que salían peor parados cuando había accidentes, casi siempre por despistes y errores humanos.

Pero en las dos décadas finales del siglo XX y, sobre todo, a partir del ingreso de España en el Mercado Común (actual Unión Europea) se registraron grandes avances en las infraestructuras de transportes, se suprimieron cientos de pasos a nivel y en vez de comprar submarinos nucleares, como querían los aliados de la OTAN, sobre todo los franceses, el gobierno que presidía Felipe González optó por dedicar esa inversión al tendido de la primera línea de alta velocidad. Con trenes fabricados por la alemana Siemens y la francesa Alstom, que instalaron plantas industriales aquí, se inauguró en 1992 la alta velocidad española (AVE) entre Madrid-Sevilla.

El éxito del AVE para el presente y el futuro de la movilidad sostenible en nuestro país ha permitido pasar de aquellos 476 kilómetros iniciales a los 3.973,7 que hoy constituyen la red veloz (300 kilómetros-hora) más extensa de Europa y la segunda del mundo. Une más de 50 ciudades y alcanzará los 5.000 kilómetros cuando se completen los tramos en proyecto, contratación y obra. La medida de seguridad más importante ha sido la incorporación del ERTMS (European Rail Traffic Management System) que, según dice la entidad administradora de la red (Adif) mejora la seguridad, la capacidad y la interoperabilidad con el resto de redes europeas.

Fue precisamente la desconexión del ERTMS y la distracción del maquinista por una llamada telefónica del revisor lo que el 24 de julio de 2013 provocó el primer y más grave descarrilamiento del AVE en la curva de A Grandeira, a la entrada de Santiago de Compostela, con un balance trágico de 80 personas muertas y más de un centenar heridas de distinta gravedad. El segundo gran accidente, el de Adamuz (Córdoba), trece años después, se debió al descarrilamiento de un tren Iryo y el choque de un Alvia, nueve segundos después, contra los vagones que ocuparon la vía contraria. Las causas del descarrilamiento del Iryo de la empresa estatal italiana Trenitalia siguen bajo investigación y los primeros datos apuntaron a la ruptura de la vía en una soldadura.

Desde la apertura a la competencia no solo circulan por la red española los trenes de Renfe sino también los Ouigo de la francesa SNCF y los Iryo de la citada Trenitalia, con la consiguiente contención e incluso bajadas de tarifas, la popularización de los trenes veloces, pero también, con mayor fatiga de los materiales y cansancio de los metales. Aunque Adif ha incrementado el gasto de mantenimiento de la red de alta velocidad de 336,1 millones de euros en 2021 a 444,3 en 2024 y dio por renovada el año pasado la línea entre Madrid y Andalucía –en la que se produjo el accidente de Adamuz– con una inversión de 700 millones euros, parece claro que algo no se hizo bien y que fueron insuficientes las revisiones y los avisos que antes del accidente llevaron a los responsables a reducir la velocidad a 250 kilómetros-hora como máximo en ese tramo.

La tragedia de Adamuz ha estimulado la crítica y el temor de muchos ciudadanos porque el gasto en mantenimiento es menor en España al de Francia y Alemania, no solo en la red general sino también en los Rodalies de Cataluña y en la menguante red de vía estrecha. Cierto es que los países citados aplican tarifas más altas que las españolas y que el Gobierno español se ha comprometido a seguir aumentado el presupuesto y el personal para mejorar la inspección y conservación de las infraestructuras y del servicio ferroviario. Lo esencial, en todo caso, es que el salario indirecto que recibimos con un transporte decente, puntual y asequible sea compatible con la máxima seguridad. Y también que el beneficio social de los Ferrocarriles de Vía Estrecha (FEVE) en Asturias, León y otras comunidades autónomas prevalezca frente a la tendencia a seguir eliminando las líneas con poca o ninguna rentabilidad económica.

El PP denigra la red ferroviaria para atropellar a Sánchez

Luis Díez.

Cuando la fatalidad insiste en expresarse, como ha ocurrido esta semana, y se pierde la maleta con esas dos prendas imprescindibles para el viaje de la vida como son el amor y el humor, sólo queda el analgésico de la solidaridad y el calor humano con quienes han perdido a sus seres queridos. Es posible que los denuestos y maldiciones contra los gobiernos de turno atenúen el dolor, aunque, por lo general solo sirvan de desahogo o a mayor gloria de la oposición política demoledora. Ante una desgracia tan grande como el accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba), que costó la vida a 45 personas y heridas graves a medio centenar, de los que 39 seguían hospitalizadas –siete en cuidados intensivos– cinco días después del siniestro, los gobiernos central y andaluz y el ayuntamiento de la localidad más cercana actuaron con la mayor presteza y coordinación posible.

Las críticas en ese sentido a Pedro Sánchez y Juan Manuel Moreno, del PSOE y el PP, respectivamente, carecen de fundamento. Ninguno de los dos estaba en el Ventorro ni de vacaciones ni cazando en Aranjuez o esquiando en Baqueira Beret, ni de puente en un resort de lujo en Cascais (Portugal). Por el contrario, el ministro Puente propiamente dicho se hallaba en el centro de control de los trenes de alta velocidad, en Atocha (Madrid), hora y media después de que se produjese el descarrilamiento y choque de los dos trenes, y otro tanto cabe decir de los titulares de Interior, Defensa y de los directores de Renfe y Adif, así como de los responsables autonómicos andaluces encargados de movilizar a los medios sanitarios, de socorro y ayuda a los viajeros. Como siempre ocurre en estos casos, fueron los vecinos del pueblo y la Guardia Civil los primeros en socorrer a los accidentados.

¿Qué podía hacer el jefe del Gobierno, Sánchez, aparte de desplazarse a primera hora del 19 de enero al lugar de los hechos, recibir información, manifestar su tristeza, expresar las condolencias a los familiares de los fallecidos –todavía quedaban muchos muertos sin identificar– y decretar tres días de luto? El presidente no ha eludido responsabilidad alguna sobre las causas del accidente. El propio ministro Oscar Puente fue el primero en señalar, con los indicios disponibles, un posible defecto en una soldadura de la vía. El viernes los investigadores adelantaron que, en efecto, un raíl se fracturó antes del paso del tren Iryo (empresa italiana) que hacía el trayecto de Málaga a Madrid y cuyos vagones traseros se salieron de la vía, provocando el choque del Alvia de Renfe que iba de Madrid a Huelva. Si la rotura de la vía fuese la causa principal del accidente no cabe duda de que la empresa pública que administra la infraestructura ferroviaria, Adif, sería la responsable del siniestro.

La transparencia y la aportación sin reservas de toda la información disponible sobre el accidente está siendo la pauta de comportamiento del ministro Puente, quien el viernes afirmó que los sensores automáticos que detectan las anomalías en la red “en ningún caso rebasaron el nivel de alarma” y reconoció que “quizá haya que hacer otro tipo de controles”. El titular de Transportes aportó en rueda de prensa todos los datos sobre la renovación de las vías en el tramo de la línea Madrid-Andalucía en la que se produjo el accidente, incluidas las certificaciones de las obras y los controles de calidad. El presidente de Adif, Pedro Marco de la Peña, que le acompañaba junto con el secretario de Estado José Antonio Santano, precisó que la empresa española de ingeniería Ayesa inspeccionó el control de calidad de la obra y chequeó y ensayó el 30% de las soldaduras por segunda vez, es decir, que 36 soldaduras fueron ensayadas dos veces por dos equipos diferentes.

Hubo otros datos significativos como las anomalías detectadas por los sensores al paso de tres trenes dos horas antes del accidente pero no llegaron a activar el nivel de alerta amarilla. El tercer tren que elevó la gráfica de detección de anomalías pasó a las 19:09. “Algo había en la vía evolucionando (a peor), pero queda por determinar si coincidía con el punto donde se produjo el accidente”. La lógica indica, según dijo Puente, que la ruptura del raíl se habría producido en los minutos previos al descarrilamiento de los tres últimos vagones del Iryo que invadieron la via contraria a las 19:43 y contra los que se estrelló el Alvia nueve segundos después.

El presidente del Gobierno ha solicitado su comparecencia ante el pleno del Congreso para aportar la información del grave accidente y, puesto que las desgracias no vienen solas, explicar asimismo la situación de la red ferroviaria de Cataluña tras el choque de un tren de Rodalies contra un muro de contención que se derrumbó en Gelida (Barcelona) y en el que murió el maquinista. Sánchez también informará de la posición de la UE ante las amenazas de Trump de anexionar Groenlandia y sobre la iniciativa del presidente estadounidense de lanzar su Junta de Paz para unos cometidos que ya realiza la ONU y van mucho más allá de la protección, estabilización y reconstrucción de Gaza.

Aunque el jefe del Gobierno no ha rehusado las explicaciones en ningún momento y ha defendido el bien ganado crédito de la red de alta velocidad española, la segunda más larga del mundo, el jefe de la oposición, Alberto Nuñez Feijóo, le ha saltado a la yugular en cuanto han pasado los tres días de luto oficial, acusándole de estar “desaparecido”, de “generar el caos”, de tener un “gobierno colapsado”, de actuar “tarde y mal” y, en fin, como ya hiciera su subordinada Ayuso, de parapetarse tras el luto oficial. En concreto, según Feijóo, “el duelo no puede ser una coartada para la opacidad, porque el duelo no suspende las obligaciones del Gobierno, y una de ellas es garantiza la seguridad ferroviaria en nuestro país”. Aparte de una retahíla de preguntas poniendo en duda la fiabilidad de la red ferroviaria y la seguridad de la alta velocidad, Feijóo pronunció su frase lapidaria: “El estado de las vías es el reflejo del estado de la nación”.

El líder del PP, al que no se le ocurrió tan brillante comparación en 2013, tras el accidente de Angrois, en las inmediaciones de Santiago de Compostela, con un balance terrible de 79 fallecidos y 144 heridos, pues él era entonces presidente de Galicia y su paisano y correligionario Mariano Rajoy, jefe del Gobierno, sólo pudo fundamentar una crítica: la que han realizado los maquinistas de Renfe sobre la poca atención de los directivos de la compañía a sus partes de incidencias. Por cierto que la Audiencia Provincial de A Coruña anuló el viernes la condena al exjefe de seguridad de Adif, Andrés Cortabitarte, con lo que el único responsable penal fue el maquinista. Así se escribe la historia. Y así se borra la que no interesa a los ricos y poderosos. ¿O no fue la entonces ministra de transportes, la pontevedresa amiga de Rajoy, Ana Pastor Julián, quien ordenó desactivar el sistema de frenado automático ERTMS que habría parado automáticamente el tren por exceso de velocidad antes de la curva de Angrois? Cortabitarte cumplía órdenes. Y como buen técnico ferroviario sabe que la orden que recibió y ejecutó meses antes del siniestro tenía el objetivo de no perjudicar a Talgo como fabricante y proveedor de trenes a Renfe. En vez de obligarle a instalar correctamente en los trenes el sistema automático de frenado, lo que habría supuesto un gasto para la compañía privada, se optó por desactivar el ERTMS para que no produjese averías.

Pero volviendo a la triste actualidad, frente a la desconfianza sembrada por Feijóo y su extrema derecha (Ayuso y Abascal de Vox), el ministro de Transporte enfatizó que todos los días se revisan las vías, “todos los días hay exploración” y también todos los días los maquinistas trasladan “alrededor de cuatro o cinco incidencias y descubrimientos” que se recogen por escrito. Son informaciones que tienen consecuencias como la reducción de velocidad y sobre las que existe una extensa trazabilidad. Sorprende la impostura del jefe del PP denostando un sistema ferroviario puntero en el mundo a pesar de la complicada orografía española cuando su partido ha estado puntualmente informado a través del portavoz de la Comisión de Transportes del Senado, Juan José Sanz Vitorio, y de los senadores de la zona afectada sobre las inversiones, incidencias y reducciones de velocidad mucho antes del accidente.

Así, en septiembre pasado, Puente informó de la inversión de 750 millones de euros en la linea de alta velocidad Madrid-Sevilla sin cortar el servicio ferroviario. Y con posterioridad, el 27 de noviembre, desgranó las obras en respuesta a los senadores. Al reconocer la petición de reducción de velocidad realizada en agosto pasado por el Sindicato de Maquinistas, el ministro aseguró que “Adif analiza de manera continua la evolución de la calidad de vía de las líneas de Alta Velocidad, mediante el estudio de los resultados obtenidos de las auscultaciones dinámica y geométrica, por ser los métodos objetivos que se emplean para el control del mantenimiento”. Cierto es que esos y otros datos, así como la menor inversión de España –en comparación con Francia y Alemania– en el mantenimiento de la red de alta velocidad, no interesan ahora al líder Feijóo ni a su extrema derecha (Ayuso y Vox), tal vez porque el último gobernante del PP, el señor Rajoy de los recortes congeló las partidas. ¡Vaya si le importaba la seguridad! Solo a partir de 2018 la curva presupuestaria cambió de signo y comenzó a subir hasta alcanzar el 57% más respecto al último ejercicio de aquel presidente enfangado con los gurtélidos de la derecha.