Su cara le sonaba. Mientras intentaba hallar alguna referencia en su memoria, el tipo se separó de la esquina del vagón del metro, dio unos pasos hacia ella y dijo con voz tímida: “¿Marisa Martínez..?” Ella cayó en la cuenta y respondió: “¿Fiol…? ¿Enrique Fiol..?” Acertaron los dos. Hacía mucho tiempo que no se veían, exactamente desde que acabaron en la facultad, así que se alegraron de encontrarse, se miraron como si comprobaran el buen estado mutuo y se preguntaron cómo les iba en la vida.
Ella se sorprendió de que aquel Fiol siguiera estudiando, aunque enseguida recordó que era de una industriosa familia catalana y podía vivir sin trabajar.
–¿Qué estudias? –se interesó.
–Mundología.
–Ah, ya, uno de esos títulos nuevos.
–Es una enseñanza no reglada –aclaró él.
–Bueno, sitúame; ¿hoy qué vas a dar? –profundizó ella.
–Pues mira hoy quiero terminar un estudio sobre la risa –dijo él. Y a continuación le explicó que había identificado cinco risas distintas, correspondientes a cada una de las vocales y por las cuales se puede deducir el carácter de las distintas personas. “La risa en A denota un carácter abierto, franco, noble; es la risa de las personas inquietas y ruidosas que están contentas de vivir. La risa con E es más propia de los temperamentos tranquilos, reflexivos, flemáticos. Los que se ríen con la I casi siempre son buenos e inocentes; es la risa de los niños y de las personas sencillas. En cuanto a la O, es risa de los héroes, los millonarios, los fanfarrones… La risa con U es la menos frecuente de todas y parece reservada a los misántropos”.
Ella pensó en el saber por el saber y en el placer de saber, le dijo que se apeaba en la siguiente estación, se desearon suerte y se despidieron hasta más ver.
A la comunidad científica y sanitaria que nos ha librado del maldito virus mortal y devuelto la sonrisa y la risa sin mascarilla.
LA GRAN AVENTURA Y BUENA SUERTE DE JUAN SEBASTIÁN ELCANO
El 8 de septiembre de 1522 llegó a Sevilla la nave Victoria con el capitán Juan Sebastián Elcano y veintitrés individuos a bordo, todo barbas y huesos. Seis eran indígenas de las islas de las especias y los otros dieciocho acababan de dar la vuelta al mundo. Eran los primeros humanes en circunvalar el globo terrestre, una proeza náutica, geográfica y económica de la que se van a cumplir 500 años. Unos dicen que aquel vasco de Getaria tuvo una suerte de mil diablos, y otros afirman que lo protegió la providencia, lo cual es válido para quienes creen que en el mar no hay ateos. Las vicisitudes de Elcano quedaron consignadas en los apuntes del aventurero italiano Antonio Pigafetta, uno de los pocos que salvaron el pellejo y regresaron con él a España. Su Relación del primer viaje alrededor del mundo, publicada en 1524, constituye la principal fuente informativa de aquella gesta.
Todo empezó cuando se personaron en Sevilla los hidalgos portugueses Fernando de Magallanes y su amigo Rui Falero. El primero, nacido de Oporto (Porto), ciudad vinícola que, unida a Gaia, en la otra orilla del Duero, acabó dando nombre al país (Portogaia y, para abreviar, Portugal). Magallanes era un reconocido navegante; había explorado las costas de Libia en el Mediterráneo y bogado hasta los confines del Atlántico. Ahora tenía el proyecto de llegar al “mar del Sur” (Océano Pacífico) desde Occidente, es decir, sin necesidad de bordear el continente africano ni de realizar la larga travesía por el océano Índico hasta aquellas Indias orientales de las que hablara Marco Polo. De nuevo reverdecía la obsesión de Cristóbal Colón de encontrar el camino más corto para llegar a las Indias, solo que ahora había que cruzar el Nuevo Mundo, aquellos territorios que unos sabios alemanes bautizaron con el nombre de América en honor al cronista Américo Bespucio, al que consideraron su descubridor.
Magallanes era consciente de la importancia de acortar el camino hasta el mar del Sur. Importancia política y económica, se entiende. Para entonces los portugueses seguían la ruta de Oriente y habían llegado hasta las islas Marianas (hoy de Estados Unidos). Se trataba de un archipiélago volcánico (quince cumbres formadas por cráteres pueden contarse en esas islas del Pacífico) al que los colonizadores españoles darían nombre en el siglo XVII en honor a la reina consorte Mariana de Austria. Magallanes expuso su proyecto de buscar un camino más corto para llegar a las Indias al rey don Manuel de Portugal, pero éste lo despreció. Y puesto que uno no puede apreciar a quien lo desprecia, decidió abandonar su país y se naturalizó español.
El bravo portugués no estaba solo, pues, además de su amigo Falero, contaba con la amistad y confianza del acaudalado mercader español Cristóbal de Haro, afincado en Burgos. La familia de este Cristóbal había amasado una fortuna con la exportación de lana de las ovejas merinas, que eran la principal fuente de riqueza en España y llegaba desde los puertos de Bilbao y de Cantabria a las principales hilanderías del continente y las islas Británicas. El propio Cristobal y su hermano Diego habían obtenido grandes beneficios como compradores y vendedores de las simientes y especias que llegaban a Lisboa desde las Indias orientales. Magallanes conoció a Cristobal en la capital portuguesa, y el mercader no dudó en compartir y apoyar el proyecto del gran navegante e intrépido explorador de buscar un camino más corto para llegar a las islas de las especias.
Con palabras de hoy se diría que Magallanes y Falero tenían en España al mejor patrocinador posible. Y puesto que los Haro mantenían una estupenda relación con Carlos I (después V de Alemania), pues no en vano habían sufragado muchas de sus necesidades, Cristobal acompañó a Magallanes a Valladolid para abordar con el emperador el proyecto de organizar una expedición para buscar un paso hacia el mar del Sur. Las informaciones y los datos que aportaron convencieron al emperador de la viabilidad y rentabilidad de la empresa.
Jugaban a favor de Magallanes los fallidos intentos de Vicente Yáñez Pinzón, el primero en cortar la equinocial por Occidente en el año 1500, de llegar al Pacífico. Yáñez lo intentó de nuevo en 1514, pero no lo consiguió. Su lugarteniente Solís, que iba con él, realizó un tercer intento y no regresó. “Todos sabemos lo que pasó –decía el capitán de navío Francisco Javier de Salas en 1879 en la Sociedad Geográfica de Madrid–: “Fue devorado por los indígenas en el río al que dio nombre y conócese hoy con el de la Plata”.
Y también jugaba, claro está, la ambición imperial de la época y la mentalidad dominante (avarienta) de clérigos, caballeros y mercaderes. El único problema en la negociación con el monarca era el reparto de los costes de la expedición. Aunque hay distintas versiones, parece ser que los Haro sufragaron el coste de los barcos y el rey el armamento y las provisiones. De este modo se ofició en Valladolid el 22 de marzo de 1518 la formación de “la Armada de las Molucas”, compuesta por cinco naves y capitaneada por Fernando de Magallanes, quien, al servicio del imperio español, recibía el cargo de gobernador de todas las tierras y gentes que descubriese y conquistase.
Año y medio después, Magallanes y Falero lo tenían todo dispuesto para zarpar. Sevilla era un hormiguero de buscavidas, espadachines, aventureros y experimentados navegantes, y les resultó fácil reclutar las tripulaciones. Más difícil fue para Magallanes resistirse al amor de una mujer. Se casaron y tuvieron un hijo que, al contrario del Telémaco de Ulises, no volvería a ver jamás. Desprovistos de la protección de la diosa Atenea, de glaucos ojos, padre e hijo morirían el mismo año. La madre falleció un año después.
Todos los nombres
Las cinco naves fueron saliendo de los astilleros y el puerto de Sevilla hacia Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), donde ultimaron los ajustes, completaron el aprovisionamiento y se hicieron a la mar el 27 de septiembre de 1519. Formaban la dotación 239 individuos. El almirante Magallanes iba al frente de la Trinidad. Y sus capitanes eran Juan Serrano (portugués de nacimiento, al mando de la nave Santiago), Juan de Cartagena (de la San Antonio), Luis de Mendoza (jefe de la Victoria y tesorero de la expedición) y Gaspar de Quesada al mando de la Concepción, con Juan Sebastián Elcano como maestre.
Por cierto que en las listas de la Casa de Contratación de Sevilla, el argonauta vasco aparece escrito de tres formas: Juan Sebastián del Cano, Juan Sebastián de Elcano y Juan Sebastián sin más. A ellas ha de añadirse Elkano en el euskera de nuestro tiempo. A los efectos de la gesta, tanto da. Después de todo, quien se hartó de bautizar, como enseguida veremos, fue su superior Magallanes.
Tocaron tierra en la isla de Tenerife (Canarias), donde se agregaron varios guanches, cruzaron el océano, recalaron en Recife y llegaron a Río de Janeiro (Brasil) el 13 de diciembre. Allí se agregaron más individuos hasta completar 265 hombres. Levaron anclas a comienzos de 1920 y navegaron hacia el sur bordeando la costa hasta la desembocadura del río de la Plata. Aquella inmensa lengua de agua indujo a Magallanes a suponer que era el camino hacia el mar del Sur, aunque enseguida se dio cuenta del error y ordenó a la flota virar hacia aguas saladas. Los españoles ya habían fundado allí la colonia de Santa María de los Buenos Aires.
Las diferencias, celos, piques y disputas entre españoles y portugueses eran constantes en algunas naves y los temporales, las enfermedades y la escasez de alimentos enconaban los ánimos de los navegantes. Sin embargo, a pesar de algunos errores, nadie discutía la autoridad de Magallanes. Pero el tiempo empeoraba, el invierno se echaba encima y la situación era más difícil cada día, así que el 31 de marzo Magallanes decidió recalar en una gran bahía. La bautizó con el nombre de Puerto de San Julián, le pareció un buen sitio para pasar el invierno y ordenó desembarcar.
Durante los cinco meses de estancia en aquella bahía, al abrigo de las tempestades a mar abierto y con varios islotes protectores, se fue a pique la nave Santiago que mandaba el capitán Serrano. La zona, hoy conocida como Mar de Argentina, en el norte de la Patagonia, era, en realidad, fría e inhóspita. Es probable que la configuración de aquel territorio llevara a Magallanes a pensar que se hallaban ante el paso natural que estaba buscando hacia el mar del Sur. Pero no fue así; la bahía se cerraba unos cientos de millas al sur. No tenía continuidad.
Los capitanes empezaban a estar hartos de los errores del capitán general. Varios de ellos se conjuraron para quitarle de en medio. Según contó Pigafetta, los traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra y capitán de la San Antonio; Luis de Mendoza, tesorero y capitán de la Victoria; Antonio de Coca, contador, y Gaspar de Quesada, que mandaba la Concepción, con Elcano de contramaestre. Pero Magallanes tenía buenos espías y resolvió el motín con mano de hierro. Cartagena fue ahorcado y su cuerpo descuartizado, Mendoza fue apuñalado y también descuartizado.
Encarceló y luego perdonó a Quesada y a su subordinado Elcano. Pero el primero era pertinaz e ideó una nueva traición. Magallanes no se atrevió a liquidarlo porque había sido nombrado capitán por el emperador, pero le expulsó de la escuadra y lo abandono en la tierra de los feroces patagones junto con un clérigo traidor. Según el capitán de navío Francisco Javier de Salas, la providencia protegió a Juan Sebastián Elcano de la cólera del jefazo. Fue su primer golpe de suerte, si bien cabe añadir que Magallanes tampoco andaba sobrado de buenos navegantes.
Hallazgo del estrecho
Los expedicionarios se despidieron de los aborígenes, unos tipos blancos, grandes, muy altos, con los que habían entrado en contacto y que Magallanes bautizó como “patagones” por sus enormes pies. Salieron de la Bahía de San Julián y pusieron rumbo al sur. El 21 de octubre de 1920 pasaron un cabo que el capitán general bautizó con el nombre de las “Oncemil Vírgenes”. Nada más doblar el cabo divisaron una gran entrada del mar. La exploraron, se cercioraron de que no era la desembocadura de un anchuroso río y siguieron adelante.
Entonces se toparon con un estrecho que Magallanes bautizó con el nombre de “Todos los Santos”, en honor a la festividad católica de los difuntos. Era el 1 de noviembre. Al cruzar aquella franja marina observaron gran cantidad de fogatas en la ribera sur. Eran fumarolas de gas natural a las que en algún momento los aborígenes habían prendido fuego. Visto el fenómeno, Magallanes bautizó la zona con el nombre de “Tierra de Fuego”. Se hallaban en lo que hoy conocemos como la Antártida chilena.
Decenas de miles de pájaros torpes, con unas alas muy cortas, subdesarrolladas, incapaces de volar, llamaron la atención de los navegantes. Pigafetta los describió como “extraños gansos”. Aunque no podían volar y andaban con dificultad, como si estuvieran ebrios, se sumergían en las gélidas aguas y nadaban a gran velocidad. Las alas eran aletas y les servían de motor de propulsión junto con la cola y las patas palmípedas que, a su vez, les servían de timón. Eran pingüinos, unos animales insólitos, de espeso plumaje blanco en el pecho y negro en la espalda. Ruidosos y masivos, aparecían erguidos como los humanos y acabarían inspirando la casaca y luego el chaqué que utilizaban los ingleses para montar a caballo.
Desde aquellas tierras de los pingüinos de Magallanes (la actual Punta Tombo, en la provincia chilena del Chebut) siguieron navegando en dirección sudeste y llegaron a una espaciosa bahía donde el paisaje cambiaba por completo. Las rocas áridas del estrecho y la escasa vegetación herbácea tornabanse allí altas montañas de crestas nevadas, bosques de árboles y feraz vegetación. Habían llegado a la que hoy se conoce como la bahía de San Bartolomé. Los expedicionarios recobraban el ánimo después de tantos días de aridez y rocas peladas por los vientos.
Fondearon en aquella bahía para descansar y explorar el territorio. A continuación siguieron hacia el sur, pero enseguida vieron que el estrecho se dividía en dos canales. Ante la duda sobre el ramal a seguir, Magallanes decidió dividir la flota de modo que dos barcos seguirían un ramal y los otros dos el otro. Acordaron reunirse unos días después en un punto de la bifurcación. El Trinidad y el Concepción bordearon la costa de la península de Brunswick hasta el cabo de Fronward, donde el estrecho giraba al noroeste. Allí decidieron esperar a las dos naves que exploraban el canal oriental. Pero al cabo de cinco días sólo carabela Victoria.
¿Qué rayos había pasado con la San Antonio? Los exploradores de la Victoria sólo podían informar de que navegaba más deprisa que ellos y la habían perdido de vista. También decían que el ramal carecía de salida. El capitán de la San Antonio era Álvaro de Mezquida, primo hermano de Magallanes. La confianza del capitán general en su primo era total, como lo prueba el hecho de que fuera el barco de mayor porte y llevara las provisiones de agua y alimentos de la expedición. Sin perder un minuto salieron en busca de la nave, recorrieron el canal, hicieron fuego, lanzaron señales de humo. Nada. Ni avistaron el barco ni hallaron vestigios del posible naufragio.
La pérdida de la San Antonio supuso una contrariedad mayúscula para los expedicionarios, hasta el punto de que algunos lugartenientes de Magallanes abogan por suspender la misión y regresar a casa. Pero Magallanes no desesperó. Confiaba en la pericia de Mezquida y ordenó dejar unas marmitas a modo de boyas con las indicaciones de la ruta que iban a seguir, hacia el nordeste, por si las encontraban y podían alcanzarles. En realidad, el barco perdido había navegado más deprisa y, al comprobar que el canal no tenía salida, se dirigió al punto de encuentro fijado por Magallanes, pero no lo encontró ni halló al resto de la expedición. Entonces el timonel Esteban Gómez conjeturó que aquellas aguas eran un camino bloqueado y la flotilla habían emprendido el regreso. Convenció a la tripulación, apresaron al capitán Mezquida, que se resistía a creer que su primo les hubiese abandonado y pusieron rumbo de vuelta a España.
Morir en Filipinas
Aunque la pérdida redujo la flotilla a tres barcos, siguieron adelante por el canal hacia el noroeste hasta que salieron a un mar tranquilo, sin tierra en el horizonte. Magallanes le puso el nombre de “Pacífico”. Era el 27 de noviembre de 1520. Tal como el navegante y su financiero Cristobal de Haro habían supuesto, el paso hacia el “mar del Sur” existía, era viable y había quedado inaugurado y documentado por los intrépidos navegantes. No se entretuvieron en explorar la costa. Se aprovisionaron de agua y de algunos vegetales comestibles y dejaron atrás el que en el futuro se conocería como “Estrecho de Magallanes”.
Después de bogar más de cincuenta días en dirección noroeste por aquel piélago desconocido llegaron a unas islas que llamaron de los Tiburones (Pukapuka), se aprovisionaron de agua potable y de los alimentos (aves y vegetales) que encontraron y siguieron adelante, llegando a la Isla de San Pablo, también conocida como Isla Vostok e Isla Flint el 4 de febrero de 1951. No les pareció que aquellos islotes de lo que hoy llamamos Micronesia tuviesen mayor interés a los efectos de lo que les interesaba: las especias, así que siguieron navegando y el 6 de marzo descubrieron la que hoy se conoce como Isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas.
Encontraron allí unos indígenas de ojos rasgados y pequeña estatura, los guameños o chamorros, una gente a la que debieron de parecer marcianos. Aunque aquellos aborígenes jamás habían visto humanes europeos, conocían el valor de las cosas y practicaban el trueque, así que después del primer impacto mutuo aceptaron proveerles de agua y comida a cambio de unos utensilios de hierro, mineral que desconocían. Todo fue bien hasta que varios indígenas tuvieron la idea de acercarse a nado a los barcos y, aprovechando la oscuridad de la noche, llevarse una barca de remos que estaba atada al Concepción.
A la mañana siguiente, al descubrir el robo, Magallanes se enfadó bastante y acudió con un puñado de hombres a recuperar el bote. Pero los isleños los recibieron con flechas y lanzas, lo que enfadó mucho más al jefe expedicionario, ordenó que les quemaran las chozas y ejecutó a siete nativos que sus hombres habían apresado. Tras bautizar aquel territorio con el nombre de Isla de los Ladrones, levaron anclas rumbo al oeste y después de un mes de navegación llegaron al archipiélago de San Lázaro, rebautizado después por los colonizadores españoles con el nombre de Filipinas en honor a Felipe II.
Allí había arroz, agua potable, especias y unos aborígenes poco evolucionados e inofensivos, en apariencia. Exploraron la isla de Homonhon y prosiguieron hacia la hoy llamada Limasawa, un poco más grande. En ninguna de las dos se detuvieron más tiempo del necesario para conseguir frutos y provisiones. El 7 de abril de 1521 llegaron a Cebu, el principal poblado de la isla de Mactán, donde Magallanes decidió intervenir en defensa del rey local, que se había convertido al cristianismo y sufría los ataques de otros gerifaltes.
Aunque el descubridor tenía noticia por sus colegas portugueses de la belicosidad de los isleños, se fio de las apariencias (pequeños y debiluchos) y les plantó cara con poco más de cuarenta hombres. Craso error. Los aborígenes eran cientos (algunos dicen que más de mil), usaban lanzas y disparaban flechas envenenadas. Los rodearon y los molieron a palos. Magallanes cayó herido y murió el 27 de abril. Su barco, el Concepción, fue incendiado y su sucesor, el intrépido Duarte, siguió la lucha y también cayó asesinado. La pérdida de vidas humanas fue enorme. De los 239 expedicionarios iniciales sólo quedaban ochenta, lo que significa que, traiciones y deserciones aparte, las batallas para someter a los indígenas fueron una maldita sangría.
La buena suerte
Elcano salió ileso del empeño de someter por la fuerza a aquellos indígenas, cristianizarlos y someterlos al imperio español. Fue su segundo golpe de suerte. Pudo reparar y conservar su barco, el Victoria, que junto con el Trinidad eran los únicos de la flotilla que podían seguir navegando. Y lo hicieron por el mar de Filipinas, tocando tierra en las actuales Palawan y Brunei. El 8 de noviembre de 1521 arribaron a la isla de Tidore, cuyo rey les ofreció un convite. Elcano se encontraba mal y permaneció a bordo, lo que le libró de ser envenenado. Fue su tercer golpe de suerte. Para completar la faena, la nave Trinidad sufrió una vía de agua que obligó a su capitán, Gonzalo Gómez de Espinosa, a permanecer en Tidore mientras realizaban el carenado.
Los expedicionarios de la Victoria decidieron seguir la misión en solitario, tocaron tierra en Ambon (Indonesia) el 29 de diciembre y en Timor el 25 de enero de 1522. Habían cargado varias cubas de especias, llevaban otras con arroz y agua potable. Varios indígenas filipinos se enrolaron con ellos en aquella nave ya un poco cascada, de velas remendadas y aparejos mal acosturados que, sin embargo, resistió las tormentas y soportó las bonanzas de los casi cinco meses de navegación por el Océano Índico hasta alcanzar el Cabo de Buena Esperanza, en la costa de Sudáfrica, el 19 de mayo de 1522.
La resistencia del capitán vasco y de su tripulación fue formidable. Se alimentaban de arroz, agua y cocos, unos productos que, aunque racionados, producen escepticismo. Las únicas proteínas que ingerían procedían de los peces que pescaban. Pero la debilidad y las fiebres acabaron con la vida de varios tripulantes, de modo que al doblar la punta del Océano Atlántico y poner rumbo al norte, quedaban 47 individuos a bordo. El capitán de navío Salas diría tres siglos después que en vez de una carabela, aquel barco parecía “un ataúd”. Exageraba, sin duda, para agrandar la gesta de Elcano.
Tres meses tardaron en realizar la travesía hasta llegar a las islas portuguesas de Cabo Verde, donde Elcano y trece subordinados echaron pie a tierra en busca de provisiones. Consiguieron agua y algunos alimentos, pero enseguida los portugueses se enteraron de que aquellos navegantes españoles habían atraído al rey de Tidore a la causa de Castilla y, ante el temor a que les apresaran, subieron a la barca y salieron por remos hacia la nave. Ya no volvieron a tocar tierra hasta llegar a suelo español.
El 6 de septiembre de 1522 conseguían avistar la desembocadura del Guadalquivir, San Lucar de Barrameda, y ocho horas después llegaban a Sevilla. Los 18 expedicionarios supervivientes de la flota del “mar del Sur” acababan de dar la vuelta al mundo. Tres años después de su partida llegaban al puerto de salida, una gesta extraordinaria que no sólo confirmaba la esfericidad del planeta, sino también proporcionaba a la Corona española territorios coloniales hasta hacer realidad la frase atribuida al sucesor de Carlos I: “En mi Imperio nunca se pone el sol”.
Se presentó Elcano en Valladolid llevando consigo a algunos de sus hombres y a los isleños, como regalo al emperador, junto con especias, frutos, perlas y aves exóticas de las islas Molucas. Los patrocinadores, señores de Haro, se hicieron cargo de la mercancía y, al parecer, resarcieron de largo su aportación económica.
Aunque se ha dicho que Juan Sebastián Elcano esperaba el mando de la flota, lo cierto es que Carlos I se limitó a concederle un escudo de armas en el que figura un castillo de oro, un campo sembrado de especierías, dos palos de canela en forma de aspa, tres nueces moscadas y dos clavos de especie. Completan el emblema un yelmo y por cimera un globo terráqueo con la inscripción en latín: “Primus circumdedisti me” (El primero en circundarme). Elcano, que contaba entonces 46 años, fue nombrado vocal de la Junta de Letrados, Astrólogos y Pilotos españoles y portugueses.
Estatua de Elkano en Getaria, obra en bronce de Antonio Palau
Y aunque resulte paradójico, la envidia y el hecho de haber arrancado al planeta uno de sus más indeseables secretos para la Iglesia Católica, aconsejó al emperador a asignarle la escolta permanente de dos hombres armados. También, por paradojas de la historia, los carlistas destruyeron la estatua que en su memoria mandó erigir en Getaria el ilustre marino y científico Manuel de Argote y Bonechea. En 1860 se levantó otra, en bronce, obra de Antonio Palau. Pero los franquistas, triunfantes en la Guerra Civil, se la llevaron para ponerla junto a la ermita de la Reina de los Mares, inaugurada en 1941 como homenaje a los fallecidos del crucero Baleares, hundido por los republicanos. Muerto el dictador, los getariarras repusieron a Elkano en su sitio.
El orador se colocó tras el micrófono y prorrumpió: “Queridas compañeras y queridos compañeros, apreciados amigos y apreciadas amigas, bienvenidos todos y todas…” Un oyente se dijo: “He aquí otro personaje dedicado a crear un problema para cada solución”. El orate inició su discurso: “Me voy a referir a la carestía de la vida; días atrás estaba yo comiendo pollo (“¡Y polla!”, gritó uno) en un restaurante low cost cuando me vino a la cabeza (“¡Y el cabezo!”, gritó uno que parecía otro) la idea (“¡Y el ideo!”) de que, al precio que están las cosas (“¡Y los cosos!”), valdría la pena (“¡Y el pene!”) ponerse a criar avestruces (“¡Y avestruzos!”, intercaló otro que parecía uno).
Aunque el tribuno era un político consagrado, se sintió molesto por la persistencia del toca pelotas. Hizo una pausa, se quitó las gafas, dirigió una larga mirada al público. “Veo que aquí hay algún machista”. “¡Y machisto!”, exclamó uno.
El orador miró al techo, como pidiendo paciencia a algún dios, y unos segundos después prosiguió su monólogo: “En una esquina (“¡Y esquino!”, exclamó alguien) había un perro chico (“¡Y perra chica!”) de pelo amarillo (“¡Y pela amarilla!”) que me miraba con el respeto que se merece un cargo público (“¡Y carga pública!”).
Entre el público florecían risitas.
El conferenciante, visiblemente molesto, dijo en tono tajante: “Si alguno o alguna no tiene interés en lo que estoy diciendo y voy a decir sobre la inflación, le ruego que se marche y deje de tocar las pelotas”. “¡Y los pelotos!”, añadió alguien.
Se oyó una carcajada y después otra y otra y más. Es lo que tiene la risa, que es contagiosa, empieza uno y al final casi todos ríen.
Pero el tribuno no se dio por vencido. Quería hablar de la inflación y no renunciaba a su exposición, así que esperó a que la risa dejara de burbujear. “Bueno, ahora en serio –dijo–; aquí no se obliga a nadie (“¡Ni nadia!”, apostilló uno), así que si alguien está a disgusto, puede abandonar el salón” (“¡Y la salona!”).
El orate hizo un gesto como si atrapara una mosca y luego apretó el puño para estrujarla y prosiguió con su prédica sobre la carestía (“¡Y el carestío!”), el alza de los combustibles (“¡Y las combustiblas!”), el alto precio de los garbanzos (“¡Y las garbanzas!”), las peras (“¡Y los peros!”). Y así sucesivamente. “¿Y todo ello, por culpa de quién?”, preguntó al auditorio. “¡Del Gobierno!”, gritó alguien. “Efectivamente –añadió el orador–, de los miembros y miembras de este gobierno”.
“Acabáramos”, se dijo el oyente, un poco frustrado de que el orate, un necio, no hubiese aprendido algo.
Detrás de la mesa de madera noble, flanqueado por torres de libros y revistas, veíase al hombre. Su brazo izquierdo sujetaba la cabeza, la sien apoyada en el puño, en actitud reflexiva. Su mano derecha empuñaba un bolígrafo, la punta pegada al blanco papel de una libreta. De vez en cuando, con rápido movimiento de sísmico, anotaba unas palabras.
–¿En qué piensas? –le preguntó la mujer que acababa de entrar en la sala con un platillo y una taza en la mano.
–En el tres –dijo él.
La mujer sonrió, depositó la infusión en la mesa y le hizo consciente de su insuficiencia renal. Tenía los riñones hechos cisco.
–Hoy te toca diálisis a las once –le recordó y se retiró.
El hombre siguió pensando en el tres. El tres de los católicos: Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad; las tres religiones de libro, el tridente de dios Neptuno; el tres político: el triunvirato, los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), derecha, izquierda, centro… Bueno, y en esos tiempos, la derecha tricéfala que una candidata socialista llamó “trifálica”. Salvo prueba en contrario, lo era. El tres pi (tres, catorce, dieciséis); el trío de la Bencina (comedia musical alemana); la trilogía de Arturo Baea (La forja de un rebelde); pasado, presente y futuro; cabeza, tronco y extremidades; a la tercera va la vencida; mañana, tarde y noche; tres tristes tigres; oro, plata, bronce; tierra, mar y aire… Tercero, tercio (preferible de cerveza a militar), triciclo, trienio, trípode… ¡Qué potencialidad la del tres! Cómo se clava, se incrusta, se empotra en la memoria de la gente.
Cuando entró en materia –el tres en la publicidad– ya llevaba dos hojas emborronadas sobre el número psicológico. Entonces anotó las tres emes del lema del duche faccioso: “Musolini, macho, marido”; las tres emes de Brasil: “Música, mujeres y Maracaná”. Y su propio lema, el lema comercial que tanto éxito le acarreó: “Bueno, bonito y barato”. Recordó a continuación otra exitosa ocurrencia. Al hilo del “vini, vidi, vincit” de Julio César, consignado por su escribiente Tirón, se le ocurrió aquel “llegué, vi… y compré” que se hizo tan popular. Su artículo para la revista publicitaria avanzaba a buen ritmo cuando alzó la vista y lo que vio fue el reloj a pique de dar las once.
«¡Por Júpiter!», exclamó. Se incorporó, agarró el bastón y salió a toda mecha. En corto trecho que le separaba de la parada de taxis se cruzó con un vecino guasón: “¿Dónde va don Lalio a tres patas?” A lo que, alzando el bastón con gesto amenazador, correspondió: “No le busque, don Gabo, tres pies al gato”. Ya en el taxi cayó en la cuenta de que los humanes somos los únicos mamíferos que andamos primero a cuatro patas (gateamos), después a dos y al final a tres. Y apretando la empuñadura del ligero báculo de caña se dijo: “Ya no está uno para el triple salto mortal; si acaso para el mortal a secas”.
A Eulalio Ferrer y los grandes publicistas españoles
Llamaron a la puerta. Se asomó a la mirilla. Era una joven de ojos grandes y mirada angelical. Abrió.
–¿Dispone de diez minutos para contestar a una encuesta de opinión? –preguntó la joven.
–¿A quién puede interesar lo que yo opine? –dijo el hombre.
–A mi. Me saco medio euro por encuesta– contestó la joven.
El hombre hizo un cálculo maquinal: cincuenta céntimos por diez minutos, igual a tres euros la hora. Y aceptó responder al cuestionario. Desde luego, se consideraba una persona bien o muy bien informada sobre la política nacional. Su opinión sobre el Gobierno central era mala, sobre el Gobierno autonómico, peor. La situación económica le parecía muy mala, los servicios públicos le resultaban insatisfactorios, la sanidad pública le merecía una ínfima calificación y en la evaluación de la enseñanza pública dijo cero, una nota que repitió en respuesta a la asistencia a los ancianos desvalidos. A continuación puso un uno a las infraestructuras públicas de agua, luz y electricidad, conceptuó los distintos medios de transporte público con los términos “mal” y “muy mal”. En cambio, la fiscalidad le pareció estratosférica. Y así sucesivamente. Sobre el futuro opinó que sería mucho peor que el presente.
Cuando la joven de grandes ojos y mirada angelical le formuló las últimas preguntas, el tipo no tenía duda de que había ganado a pulso el mote de don Pésimo. Ella le preguntó a quién iba a votar en las próximas elecciones y el tipo siguió mintiendo. Luego dijo:
–¿No me va a preguntar usted sobre el empleo y los salarios?
La joven de grandes ojos y mirada angelical le contestó:
–No, eso no viene en el cuestionario.
–Vaya por Dios, la única cuestión a la que tenía intención de contestar la verdad y mira por donde…
–¿Quiere decir que ha mentido en todas sus respuestas?
El tipo elevó el extremo del labio superior como si esbozara media sonrisa y guiñara el ojo izquierdo al mismo tiempo y dijo:
–Por el medio euro que le pagan ¿no pensará que iba a proporcionar el beneficio de la verdad a quienes la explotan? Con el de la duda tienen suficiente.
El recolector realizaba su tarea mientras meditaba sobre la vida. Alargó un brazo, agarró un dilema –¿Prefiere ser un ignorante feliz o un sabio desgraciado?– y lo depositó en la cesta. Dio unos pasos y recolectó otro –¿Si la Tierra es redonda, qué sentido tienen los términos arriba y abajo?–. Vio otro en su punto –¿Las ancas de rana son carne o pescado?– y lo echó a la cesta. Avanzó medio metro y recogió otro –¿Qué hacer al abrir una ostra: comérsela o ver si tiene perla?–, y otro más, y otro muy manoseado –¿Si el huevo sale de la gallina y la gallina sale del huevo, qué fue antes?–. Avanzó hasta el siguiente árbol y recolectó otro –¿Es preferible un amor de verdad o uno de ternura y mentiras?–, y otro –¿Si no somos algo para alguien seremos nada para todos?–, y otro –¿Reina la perplejidad porque soportamos a la monarquía o soportamos a la monarquía porque reina la perplejidad?–, y otro más –¿Hay guerras porque hay ejércitos o hay ejércitos porque hay guerras?–. Ya con la cesta llena, se sentó a pelar dilemas, le entró el sueño, se recostó en unos setos y se quedó dormido. Cuando despertó tenía la camiseta mojada como si hubiera nadado en un mar de dudas.
Las esperanzas son muy frioleras, por eso siempre “se abrigan esperanzas”. Además pasan mucho hambre, por eso siempre se “alimentan esperanzas”. Suelen carecer de techo o residencia propia, por eso siempre “se albergan esperanzas”. Desviven siempre a la “espera” aunque, como dijo el sabio, “toda espera sea espera de seguir esperando”. Son además excelentes compañeras de quienes lo han perdido casi todo menos la vida. A los refugiados ucranianos
¿Va Putin a por Moldavia? Algunos observadores occidentales afirman que se dispone a ocupar a sangre y fuego la pequeña república (2,5 millones de habitantes) situada entre Ucrania y Rumanía con el mismo argumento que utilizó para arrasar el Donbass: la protección de los independentistas pro rusos de Transnistria que, de pronto, dicen sentirse amenazados por Ucrania. Aunque nadie les ha cuestionado desde que en 1992 se separaron de Moldavia con el apoyo del Kremlin y proclamaron su propio Estado, la República de Transnistria, con capital en Tiráspol, en la orilla oriental del río Dniéster, la protección de esos 200.000 habitantes sería razón suficiente para justificar el avance militar por el sur de Ucrania (departamento de Odesa) hasta la micro república, en la que Moscú mantiene una guarnición de 1.500 militares. Y ya en marcha, cruzar el Dniéster, atacar la capital moldava, Chisináu, y extender el putinato hasta el río Prut, en la frontera con Rumanía.
Los procedimientos del carnicero del Kremlin para invadir Moldavia son también similares a los que precedieron a la invasión de Ucrania, el 24 de febrero: explosiones misteriosas, polución y amenazas en Internet e incertidumbre y temor en la población. Así, cuatro días después de que el comandante del distrito militar central de Rusia, Rustam Minnekayev, dijera que los objetivos de Moscú incluían la toma del sur de Ucrania, para darle a Rusia el control sobre la costa del Mar Negro y el acceso a Transnistria, fueron derribadas con explosivos las torres de radio y televisión cercanas al pueblo de Mayak. Horas después, varios individuos dispararon con lanzagranadas contra un cuartel en Parkany y contra el Ministerio de Seguridad de Transnistria en Tiráspol. No hubo víctimas.
Las fechorías fueron suficientes para que las autoridades locales culparan a los ucranianos de los ataques terroristas. Kiev negó estar detrás de los atentados. Pero el jefe del micro Estado pro ruso, Vadim Krasnoselsky, se apresuró a declarar la “alerta roja” durante dos semanas para garantizar, dijo, la seguridad del pueblo pridnestroviano. Acto seguido, el líder separatista de Donets (Ucrania), Denis Pushilin, pidió abiertamente a Moscú “una nueva fase de la operación especial militar teniendo en cuenta a Transnistria”. La táctica del Donbass se repite. Hay razones fundadas para pensar que el belicista del Kremlin se dispone a utilizar Transnistria para lanzar sus tropas y misiles al otro lado del Dniéster.
Aunque la presidenta de Moldavia, Maia Sandu, dijo que “no hay riesgos inminentes para los ciudadanos, especialmente en la derecha del Dniéster”, algunos datos indican que la ocupación del pequeño país agrícola, el más pobre de Europa, neutral y carente de Ejército profesional, sería un paseo militar para los estrategas del putinato. Moldavia aspira a ingresar en la Unión Europea (UE) desde hace más de una década. Sus planteamientos son similares a los ucranianos. Incluso en plena crisis económica, derivada de la falta de regulación financiera y la abusiva especulación bancaria, los moldavos votaron mayoritariamente a los partidos políticos europeistas.
Desde 2010, Moscú dejó de ser una referencia para los moldavos; ahora es, además, una amenaza, un peligro tan grande que ya se plantean un referendo para integrarse en Rumanía, de la que formaron parte hasta 1940. De este modo se convertirían en ciudadanos de la UE automáticamente y en aliados de la OTAN al mismo tiempo. Naturalmente, esa posibilidad deberá tener luz verde de las autoridades de Bucarest y de los países socios de la UE y de la Alianza Atlántica. Y desde luego, soliviantarían al ambicioso plutócrata del Kremlin, cuyo secretario del consejo de seguridad y asesor principal, Nikolai Patrushev, avanzó hace una semana el plan de fragmentar Ucrania en “varios estados”.
La sombría perspectiva de desmembrar el país invadido y apropiarse de las regiones del mar de Azov y el Donbass permitiría al carnicero del Kremlin aliviar el humillante fracaso de su objetivo principal: colocar un gobierno títere en Kiev y someter a toda Ucrania a sus designios imperiales, antidemocráticos y antieuropeos. Pero esos planes de segmentación, que incluyen el control de la región de Odesa y el avance militar hacia Moldavia, chocan contra un obstáculo superior: la resistencia ucraniana, cada día más fuerte y mejor pertrechada con armamento occidental. Ahora que Putin, el canalla que tanto dolor, muerte y destrucción ha provocado en el país hermano, se dispone a celebrar el 77º aniversario de la victoria rusa contra los nazis, debería contrastar el resultado de su nazionalismo belicoso e imperial y ordenar la retirada.
Dvornikov, el nuevo jefe de las tropas invasoras rusas fue la bestia parda que exterminó a los sirios de Alepo(Foto del Kremlin)
Madrid, 13-04-2022.– Luis Díez
La estrategia militar del jefe Kremlin ha fracasado en el norte de Ucrania. La larga columna de sesenta kilómetros de carros de combate, piezas de artillería, camiones con munición, herramientas y avituallamiento (incluida la comida caducada paras las tropas) que vimos desfilar hacia Kiev en la última semana de febrero se fue a donde querían los ucranianos: “A la mierda”. En menos de un mes, la resistencia forzó su retirada. Las matanzas de civiles en los pueblos y ciudades cercanos a la capital y los testimonios de los supervivientes, condenados a desvivir como ratas, sobrecogen el alma. Pero, con todo, el paseo militar programado por el carnicero del Kremlin para cercar y ocupar la capital, obligando al presidente Volodímir Zelenski a huir y capitular, se ha saldado con un descalabro en toda regla.
Cuentan que el tipo de mirada fría y facciones de reptil al acecho de la débil presa se halla muy soliviantado. Es probable que a esta hora su ministro de Defensa, desaparecido hace un mes, haya sido enviado a un gulag siberiano. Dicen que el enfado del saurio al ver a las autoridades de la UE Ursula von der Leyen y Josep Borrell con Zelenski en Kiev –también al despelurciado británico, Boris Johnson– es descomunal, si bien, para aplacarlo, su aparato de propaganda sostiene ahora que la marcha contra Kiev era una maniobra de distracción orientada a fijar al Ejército ucraniano en el norte con el fin de doblegar la resistencia en el sudeste del país, la zona del Donbass, donde las escaramuzas bélicas se mantienen desde 2014 y las posiciones ucranianas llevan ocho años bajo el fuego regular de la artillería rusa, servida por civiles reclutados en las regiones independentistas de Donetsk y Lugansk. Se dirá que también ahí trataban de fijar a los combatientes ucranianos para facilitar el asalto a Mariupol y a las también martirizadas Kharkiv, Kyiv…
Pero el canalla del Kremlin tiene otro motivo de enfado: la muerte de cinco generales rusos, un comandante de la flota del Mar Negro y el jefe de los despiadados guardias chechenos que se sumaron a la invasión. Los siete altos mandos enviados a pudir la tierra eran seres temibles, otrora victoriosos en Crimea, Chechenia, Siria… Encarnaban la maldad. Y dado que en la guerra el malo es bueno y el más malo es el mejor, el desalmado del Kremlin ha aplicado la norma y remediado su enfado optando por el peor. Al nombrar jefe de la invasión al general Alexánder Dvórnikov ha querido dejar clara su voluntad de seguir exterminando a la población civil. Este tipo de 60 años de edad dirigió las matanzas de Alepo, la ciudad mártir de Siria. Según Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional en Washington, “el nuevo comandante jefe saltó a la fama en 2015-16 con los bombardeos de la población civil de Alepo y tiene un currículum que incluye la brutalidad contra los civiles, de modo que podemos esperar más de lo mismo en Ucrania”. El cometido de ese oficial, una bestia parda que ya era jefe de la región militar sur de Rusia, consiste en “reorganizar” y “coordinar” los efectivos, renovados y aumentados con 60.000 soldados para doblegar a los defensores en el Donbass y machacar Jarkov antes del desfile del 9 de mayo que conmemora la victoria sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial.
El inhumano Dvórnikov se cuidará mucho de no repetir el error de su colega Vitaly Gerasimov, primer comandante adjunto del distrito militar central de Rusia, quien fue eliminado cerca de Jarkov. Considerado un bárbaro por las atrocidades cometidas en Chechenia, Gerasimov participó también en las matanzas en Siria y en la primera guerra contra Ucrania en 2014. El belicoso del Kremlin lo condecoró con la medalla “Por el regreso de Crimea” y después lo dedicó a armar a los grupos independentistas del Donbass. En la primera semana de la invasión se convirtió en cadáver. Dicen que un francotirador ucraniano lo alcanzó a kilómetro y medio. Fue el primero de los seis generales rusos caídos en los primeros 28 días de guerra, una cifra nunca vista en una contienda caracterizada por el lanzamiento de misiles a larga distancia contra las infraestructuras ucranianas y las zonas residenciales.
Dos días antes, los defensores ucranianos liquidaron al bárbaro y barbado general checheno Magomed Tushaev. Iba al frente de un regimiento motorizado de “élite”. El gobernador de Chechenia, un fanfarrón despiadado, incluyó en su arenga a las tropas expedicionarias la recomendación al presidente Zelenski de que llamara a Putin y le pidiera perdón. El mencionado regimiento estaba compuesto por guardias bien entrenados. Llegó con fama de feroz, pero fue frenado, parado, hostigado y desarticulado por los defensores ucranianos. Su jefe Magomed fue enviado a criar malvas. Y según los medios de comunicación ucranianos, algunas de sus unidades se entregaron al pillaje y el asesinato.
Tras esos energúmenos con galones (Tushaev y Gerasimov) cayó baleado y muerto el comandante del 29º Ejército del Distrito Militar del Este, general Andrey Kolesnikov, quien antes de su nombramiento, en 2021, había estado al frente de las fuerzas combinadas de la región de Moscú. Y unos días después, las fuerzas ucranianas mandaron al infierno al general de división Andrey Sukhovetsky, un animal sanguinario que en 2008 dirigió las operaciones militares en Caúcaso Norte y Osetia del Sur, y en 2014 comandó la ocupación de la península de Crimea, recibiendo la medalla correspondiente de manos del plutócrata del Kremlin.
Después de Kolesnikov y Suhovetsky, las fuerzas ucranianas del regimiento de Azov mataron al general Oleg Mityaev, de 46 años, que estaba al frente de la división 150 de fusileros motorizados. Según las informaciones transmitidas a través de Telegram por las autoridades ucranianas, ese general, el cuarto ruso eliminado en 22 días, había dirigido bombardeos en en Siria contra la oposición al régimen criminal de Bashar al Ássad, uno de los pocos aliados del belicoso del Kremlin. Después de sus hazañas bélicas en el torturado país de Oriente Medio fue nombrado comandante de una base rusa en Tayikistán, donde ahora han estallado revueltas populares por la carestía de los alimentos básicos.
Dos años antes de la invasión en curso, ese general Mityaev había pasado a dirigir las tropas desplegadas en la región de Rostov, en la frontera de Ucrania. Tuvo tiempo de preparar bien la invasión, pero su división sufrió un severo castigo cerca de Mariupol, la ciudad contra la que arremetió sin piedad con cobardes bombardeos a distancia contra la población civil y que sus sucesores se han ocupado de arrasar. De hecho, antes de que el presidente Zelenski citara los bombardeos de Gernika en su intervención ante el Parlamento español, el último diplomático de la UE en abandonar la martirizada Mariupol, el cónsul de Grecia, Manolis Androulakis, dijo: “Mariupol se unirá a las ciudades que han sido completamente destruidas por la guerra, ya sea Gernika, Coventry, Alepo, Grozny o Leningrado”. El relato de Androulakis al llegar a Atenas resulta estremecedor. Y servirá, sin duda, como testimonio valioso de los crímenes de guerra perpetrados por los oficiales del Ejército ruso a las órdenes del plutócrata que tanto daño está causando a los ucranianos y a su propio pueblo. “Ya no queda vida en Mariupol. Lo que están haciendo con esta ciudad es una tragedia para los pueblos ruso y ucraniano”, añadió el cónsul Androulakis.
La pérdida de altos mandos militares rusos se completa, de momento, con la muerte del teniente general Yakov Vladimírovich Rezántsev y del comandante de brigada de la Flota rusa del mar Negro Alexéi Sharov. El primero murió en los combates por el control del aeropuerto de Chronobayivka, en la región de Jerson, en los que una semana antes había sido liquidado su colega Mordvichev. Y el segundo, Sharov, cayó en los combates en torno a Mariupol, según reconocieron las autoridades de Sebastopol, base de la flota rusa en el mar Negro. Los servicios informativos de Moscú se han abstenido de informar de la muerte de algunos de los siete jefes mencionados y, desde luego, de los oficiales de menor rango y los soldados sacrificados en esta guerra de la alimaña del Krenlim. Analistas de la OTAN estiman que mantiene el 80% de la fuerza lanzada a la invasión.
La escalada del precio de los combustibles fósiles, como primera consecuencia global de la invasión rusa de Ucrania a sangre y fuego, irá seguida de una carestía insoportable para muchos países pobres del precio de los cereales y también de los fertilizantes, de los que Rusia es el principal exportador mundial y Ucrania el quinto. Entre los dos países suministran un tercio del mercado mundial de trigo. Pero desde finales de febrero no sale trigo (tampoco soja ni girasol) de los puertos ucranianos. El carnicero del Kremlin ha convertido a la portuaria de Mariúpol, en el mar de Azov, en una ciudad fantasma. Y sigue lanzando sus misiles Iskander de largo alcance (de 500 a 2000 kilómetros) desde Crimea contra Odessa, la principal ciudad portuaria de Ucrania. El flujo marítimo de mercancías que salen del Mar Negro es casi nulo.
“A Ucrania le quedaban 6 millones de toneladas de trigo para exportar entre finales de febrero y finales de junio, por lo que sus clientes habrá de conseguirlas y reponerlas de otros productores”, explica el analista francés Arthur Portier. “Y Rusia esperaba exportar 8 millones de toneladas de trigo, comprometidas en ese periodo”. Los expertos europeos cifran en al menos 10 millones de toneladas las necesidades de sustitución de los dos graneros tradicionales. El alto representante de la política exterior de la UE, Josep Borrell, lanzó al comienzo de la guerra el mensaje de sembrar trigo hasta en los tiestos, sin dejar ni un palmo de tierra en barbecho. El presidente francés, Enmanuel Macron, dio la voz de alarma sobre la crisis alimentaria que se cierne sobre el mundo. El ministro español de Agricultura, Luis Planas, consideró “alarmante” la situación y su colega francés, Julien Denormadie, afirmó que la crisis alimentaria está servida en un plazo de 12 a 18 meses.
La repentina reducción de las exportaciones, combinada con con el aumento vertiginoso del precio del trigo, pone en peligro singularmente a los países de África, castigados, además, por la pertinaz sequía. La política agraria común de UE puede atemperar el desabastecimiento, aunque no resuelve el problema de la carestía. La escasez de cereales está afectando ya a Egipto, Libia, Túnez, Marruecos y Argelia, que se surtían de los graneros ruso y ucraniano. Pero no sólo el norte de África se verá sumido en la crisis alimentaria, pues también los países subsaharianos, Oriente Medio, el Sudeste Asiático y los vecinos de Rusia y Ucrania dependen del suministro cancelado por culpa del matón del Kremlin. Según las informaciones más solventes, proporcionadas por Le Figaro, Egipto importa trigo de esos graneros por valor de 4.672 millones de dólares, seguido de Indonesia (2.300 millones), Turquía (2.147), Italia (1.693), Filipinas (1.628), Nigeria (1.479), Argelia (1.472) y Brasil (1.408 millones de dólares). El precio consignado por el diario francés es anterior al telúrico encarecimiento que ha llevado al trigo a puntas de 450 euros la tonelada.
La situación más apurada se vive en Egipto, que suele importar un millón de toneladas de trigo de Ucrania durante el periodo de febrero a junio. También Argelia está en una situación delicada; había comprado 1,5 millones de toneladas para la entrega entre marzo y abril y no está recibiendo ni podrá recibir la mercancía. Argel puede compensar con gas y petróleo la escalada del precio del trigo –lo que ineludiblemente afecta a España como principal cliente gasístico–, pero El Cairo carece del asqueroso oro negro (ha bajado de 120 a 105 dólares barril) y se verá abocado a reducir el consumo de cereales. Si la disponibilidad de los países exportadores de la UE, Argentina, Australia e India puede ser suficiente para cubrir las necesidades del Norte de África, el Sudeste Asiático y Oriente Medio, la escasez mundial y los precios estratosféricos, prohibitivos para decenas de millones de personas en los países de África subsahariana, auguran revueltas del pan y disturbios por hambre. La situación podría ser explosiva en Senegal, Nigeria o Camerún, por citar a los más densamente poblados y en vías de desarrollo.
Vale recordar que los motines del hambre de 2008 fueron la respuesta popular del mundo árabe y también de Filipinas, Indonesia, Haití… al aumento de los precios de los cereales y que en Túnez, Egipto, Yemen o Siria cristalizaron sucesivamente en “primaveras árabes”, ahogadas en sangre por los respectivos tiranos. La cuestión de fondo es si el mundo puede prescindir de los graneros ruso y ucraniano. Y la respuesta de los expertos es que no. Una vez más nos hallamos ante las malditas consecuencias indirectas de la guerra. Unas consecuencias que, como siempre, pagan los más pobres y desasistidos de este mundo. Los españoles también. La otra cuestión es cuánto durará el conflicto. Algunos analistas afirman que el plutócrata del Kremlin quiere presidir el desfile militar del 9 de mayo, aniversario de la victoria de la Gran Guerra Patria contra los nazis, con un triunfo en la mano para ordenar el cese de las hostilidades (probablemente, la independencia de las regiones ucranianas de Dugansk y Donensk), pero nadie lo sabe. Lo único cierto es que al desfile no acudirán cinco generales y un almirante que dirigían la invasión porque la resistencia ucraniana los ha liquidado. Cuatro de ellos eran unos “desnazificadores” muy expertos, pues no en vano dirigieron las matanzas de Chechenia y Siria y la ocupación de Crimea.