El mosqueo del orate

El LUNES TE CUENTO

El orador se colocó tras el micrófono y prorrumpió: “Queridas compañeras y queridos compañeros, apreciados amigos y apreciadas amigas, bienvenidos todos y todas…” Un oyente se dijo: “He aquí otro personaje dedicado a crear un problema para cada solución”. El orate inició su discurso: “Me voy a referir a la carestía de la vida; días atrás estaba yo comiendo pollo (“¡Y polla!”, gritó uno) en un restaurante low cost cuando me vino a la cabeza (“¡Y el cabezo!”, gritó uno que parecía otro) la idea (“¡Y el ideo!”) de que, al precio que están las cosas (“¡Y los cosos!”), valdría la pena (“¡Y el pene!”) ponerse a criar avestruces (“¡Y avestruzos!”, intercaló otro que parecía uno).

Aunque el tribuno era un político consagrado, se sintió molesto por la persistencia del toca pelotas. Hizo una pausa, se quitó las gafas, dirigió una larga mirada al público. “Veo que aquí hay algún machista”. “¡Y machisto!”, exclamó uno.

El orador miró al techo, como pidiendo paciencia a algún dios, y unos segundos después prosiguió su monólogo: “En una esquina (“¡Y esquino!”, exclamó alguien) había un perro chico (“¡Y perra chica!”) de pelo amarillo (“¡Y pela amarilla!”) que me miraba con el respeto que se merece un cargo público (“¡Y carga pública!”).

Entre el público florecían risitas.

El conferenciante, visiblemente molesto, dijo en tono tajante: “Si alguno o alguna no tiene interés en lo que estoy diciendo y voy a decir sobre la inflación, le ruego que se marche y deje de tocar las pelotas”. “¡Y los pelotos!”, añadió alguien.

Se oyó una carcajada y después otra y otra y más. Es lo que tiene la risa, que es contagiosa, empieza uno y al final casi todos ríen.

Pero el tribuno no se dio por vencido. Quería hablar de la inflación y no renunciaba a su exposición, así que esperó a que la risa dejara de burbujear. “Bueno, ahora en serio –dijo–; aquí no se obliga a nadie (“¡Ni nadia!”, apostilló uno), así que si alguien está a disgusto, puede abandonar el salón” (“¡Y la salona!”).

El orate hizo un gesto como si atrapara una mosca y luego apretó el puño para estrujarla y prosiguió con su prédica sobre la carestía (“¡Y el carestío!”), el alza de los combustibles (“¡Y las combustiblas!”), el alto precio de los garbanzos (“¡Y las garbanzas!”), las peras (“¡Y los peros!”). Y así sucesivamente. “¿Y todo ello, por culpa de quién?”, preguntó al auditorio. “¡Del Gobierno!”, gritó alguien. “Efectivamente –añadió el orador–, de los miembros y miembras de este gobierno”.

“Acabáramos”, se dijo el oyente, un poco frustrado de que el orate, un necio, no hubiese aprendido algo.

A Miguel Vigil y a quienes usan bien el español

El tres

EL LUNES TE CUENTO

Luis Díez

Detrás de la mesa de madera noble, flanqueado por torres de libros y revistas, veíase al hombre. Su brazo izquierdo sujetaba la cabeza, la sien apoyada en el puño, en actitud reflexiva. Su mano derecha empuñaba un bolígrafo, la punta pegada al blanco papel de una libreta. De vez en cuando, con rápido movimiento de sísmico, anotaba unas palabras.

–¿En qué piensas? –le preguntó la mujer que acababa de entrar en la sala con un platillo y una taza en la mano.

–En el tres –dijo él.

La mujer sonrió, depositó la infusión en la mesa y le hizo consciente de su insuficiencia renal. Tenía los riñones hechos cisco.

–Hoy te toca diálisis a las once –le recordó y se retiró.

El hombre siguió pensando en el tres. El tres de los católicos: Padre, Hijo y Espíritu Santo, la Santísima Trinidad; las tres religiones de libro, el tridente de dios Neptuno; el tres político: el triunvirato, los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), derecha, izquierda, centro… Bueno, y en esos tiempos, la derecha tricéfala que una candidata socialista llamó “trifálica”. Salvo prueba en contrario, lo era. El tres pi (tres, catorce, dieciséis); el trío de la Bencina (comedia musical alemana); la trilogía de Arturo Baea (La forja de un rebelde); pasado, presente y futuro; cabeza, tronco y extremidades; a la tercera va la vencida; mañana, tarde y noche; tres tristes tigres; oro, plata, bronce; tierra, mar y aire… Tercero, tercio (preferible de cerveza a militar), triciclo, trienio, trípode… ¡Qué potencialidad la del tres! Cómo se clava, se incrusta, se empotra en la memoria de la gente.

Cuando entró en materia –el tres en la publicidad– ya llevaba dos hojas emborronadas sobre el número psicológico. Entonces anotó las tres emes del lema del duche faccioso: “Musolini, macho, marido”; las tres emes de Brasil: “Música, mujeres y Maracaná”. Y su propio lema, el lema comercial que tanto éxito le acarreó: “Bueno, bonito y barato”. Recordó a continuación otra exitosa ocurrencia. Al hilo del “vini, vidi, vincit” de Julio César, consignado por su escribiente Tirón, se le ocurrió aquel “llegué, vi… y compré” que se hizo tan popular. Su artículo para la revista publicitaria avanzaba a buen ritmo cuando alzó la vista y lo que vio fue el reloj a pique de dar las once.

«¡Por Júpiter!», exclamó. Se incorporó, agarró el bastón y salió a toda mecha. En corto trecho que le separaba de la parada de taxis se cruzó con un vecino guasón: “¿Dónde va don Lalio a tres patas?” A lo que, alzando el bastón con gesto amenazador, correspondió: “No le busque, don Gabo, tres pies al gato”. Ya en el taxi cayó en la cuenta de que los humanes somos los únicos mamíferos que andamos primero a cuatro patas (gateamos), después a dos y al final a tres. Y apretando la empuñadura del ligero báculo de caña se dijo: “Ya no está uno para el triple salto mortal; si acaso para el mortal a secas”.

A Eulalio Ferrer y los grandes publicistas españoles

El beneficio de la duda

EL LUNES TE CUENTO

Llamaron a la puerta. Se asomó a la mirilla. Era una joven de ojos grandes y mirada angelical. Abrió.

–¿Dispone de diez minutos para contestar a una encuesta de opinión? –preguntó la joven.

–¿A quién puede interesar lo que yo opine? –dijo el hombre.

–A mi. Me saco medio euro por encuesta– contestó la joven.

El hombre hizo un cálculo maquinal: cincuenta céntimos por diez minutos, igual a tres euros la hora. Y aceptó responder al cuestionario. Desde luego, se consideraba una persona bien o muy bien informada sobre la política nacional. Su opinión sobre el Gobierno central era mala, sobre el Gobierno autonómico, peor. La situación económica le parecía muy mala, los servicios públicos le resultaban insatisfactorios, la sanidad pública le merecía una ínfima calificación y en la evaluación de la enseñanza pública dijo cero, una nota que repitió en respuesta a la asistencia a los ancianos desvalidos. A continuación puso un uno a las infraestructuras públicas de agua, luz y electricidad, conceptuó los distintos medios de transporte público con los términos “mal” y “muy mal”. En cambio, la fiscalidad le pareció estratosférica. Y así sucesivamente. Sobre el futuro opinó que sería mucho peor que el presente.

Cuando la joven de grandes ojos y mirada angelical le formuló las últimas preguntas, el tipo no tenía duda de que había ganado a pulso el mote de don Pésimo. Ella le preguntó a quién iba a votar en las próximas elecciones y el tipo siguió mintiendo. Luego dijo:

–¿No me va a preguntar usted sobre el empleo y los salarios?

La joven de grandes ojos y mirada angelical le contestó:

–No, eso no viene en el cuestionario.

–Vaya por Dios, la única cuestión a la que tenía intención de contestar la verdad y mira por donde…

–¿Quiere decir que ha mentido en todas sus respuestas?

El tipo elevó el extremo del labio superior como si esbozara media sonrisa y guiñara el ojo izquierdo al mismo tiempo y dijo:

–Por el medio euro que le pagan ¿no pensará que iba a proporcionar el beneficio de la verdad a quienes la explotan? Con el de la duda tienen suficiente.

A los encuestadores

A pelar dilemas

LOS LUNES TE CUENTO

Luis Díez

El recolector realizaba su tarea mientras meditaba sobre la vida. Alargó un brazo, agarró un dilema –¿Prefiere ser un ignorante feliz o un sabio desgraciado?– y lo depositó en la cesta. Dio unos pasos y recolectó otro –¿Si la Tierra es redonda, qué sentido tienen los términos arriba y abajo?–. Vio otro en su punto –¿Las ancas de rana son carne o pescado?– y lo echó a la cesta. Avanzó medio metro y recogió otro –¿Qué hacer al abrir una ostra: comérsela o ver si tiene perla?–, y otro más, y otro muy manoseado –¿Si el huevo sale de la gallina y la gallina sale del huevo, qué fue antes?–. Avanzó hasta el siguiente árbol y recolectó otro –¿Es preferible un amor de verdad o uno de ternura y mentiras?–, y otro –¿Si no somos algo para alguien seremos nada para todos?–, y otro –¿Reina la perplejidad porque soportamos a la monarquía o soportamos a la monarquía porque reina la perplejidad?–, y otro más –¿Hay guerras porque hay ejércitos o hay ejércitos porque hay guerras?–. Ya con la cesta llena, se sentó a pelar dilemas, le entró el sueño, se recostó en unos setos y se quedó dormido. Cuando despertó tenía la camiseta mojada como si hubiera nadado en un mar de dudas.

Al asno de Buridan

El lunes te cuento

Moldavia, bajo la amenaza bélica del ‘putinato’

Madrid, 03-05-2022.– Luis Díez

¿Va Putin a por Moldavia? Algunos observadores occidentales afirman que se dispone a ocupar a sangre y fuego la pequeña república (2,5 millones de habitantes) situada entre Ucrania y Rumanía con el mismo argumento que utilizó para arrasar el Donbass: la protección de los independentistas pro rusos de Transnistria que, de pronto, dicen sentirse amenazados por Ucrania. Aunque nadie les ha cuestionado desde que en 1992 se separaron de Moldavia con el apoyo del Kremlin y proclamaron su propio Estado, la República de Transnistria, con capital en Tiráspol, en la orilla oriental del río Dniéster, la protección de esos 200.000 habitantes sería razón suficiente para justificar el avance militar por el sur de Ucrania (departamento de Odesa) hasta la micro república, en la que Moscú mantiene una guarnición de 1.500 militares. Y ya en marcha, cruzar el Dniéster, atacar la capital moldava, Chisináu, y extender el putinato hasta el río Prut, en la frontera con Rumanía.

Los procedimientos del carnicero del Kremlin para invadir Moldavia son también similares a los que precedieron a la invasión de Ucrania, el 24 de febrero: explosiones misteriosas, polución y amenazas en Internet e incertidumbre y temor en la población. Así, cuatro días después de que el comandante del distrito militar central de Rusia, Rustam Minnekayev, dijera que los objetivos de Moscú incluían la toma del sur de Ucrania, para darle a Rusia el control sobre la costa del Mar Negro y el acceso a Transnistria, fueron derribadas con explosivos las torres de radio y televisión cercanas al pueblo de Mayak. Horas después, varios individuos dispararon con lanzagranadas contra un cuartel en Parkany y contra el Ministerio de Seguridad de Transnistria en Tiráspol. No hubo víctimas.

Las fechorías fueron suficientes para que las autoridades locales culparan a los ucranianos de los ataques terroristas. Kiev negó estar detrás de los atentados. Pero el jefe del micro Estado pro ruso, Vadim Krasnoselsky, se apresuró a declarar la “alerta roja” durante dos semanas para garantizar, dijo, la seguridad del pueblo pridnestroviano. Acto seguido, el líder separatista de Donets (Ucrania), Denis Pushilin, pidió abiertamente a Moscú “una nueva fase de la operación especial militar teniendo en cuenta a Transnistria”. La táctica del Donbass se repite. Hay razones fundadas para pensar que el belicista del Kremlin se dispone a utilizar Transnistria para lanzar sus tropas y misiles al otro lado del Dniéster.

Aunque la presidenta de Moldavia, Maia Sandu, dijo que “no hay riesgos inminentes para los ciudadanos, especialmente en la derecha del Dniéster”, algunos datos indican que la ocupación del pequeño país agrícola, el más pobre de Europa, neutral y carente de Ejército profesional, sería un paseo militar para los estrategas del putinato. Moldavia aspira a ingresar en la Unión Europea (UE) desde hace más de una década. Sus planteamientos son similares a los ucranianos. Incluso en plena crisis económica, derivada de la falta de regulación financiera y la abusiva especulación bancaria, los moldavos votaron mayoritariamente a los partidos políticos europeistas.

Desde 2010, Moscú dejó de ser una referencia para los moldavos; ahora es, además, una amenaza, un peligro tan grande que ya se plantean un referendo para integrarse en Rumanía, de la que formaron parte hasta 1940. De este modo se convertirían en ciudadanos de la UE automáticamente y en aliados de la OTAN al mismo tiempo. Naturalmente, esa posibilidad deberá tener luz verde de las autoridades de Bucarest y de los países socios de la UE y de la Alianza Atlántica. Y desde luego, soliviantarían al ambicioso plutócrata del Kremlin, cuyo secretario del consejo de seguridad y asesor principal, Nikolai Patrushev, avanzó hace una semana el plan de fragmentar Ucrania en “varios estados”.

La sombría perspectiva de desmembrar el país invadido y apropiarse de las regiones del mar de Azov y el Donbass permitiría al carnicero del Kremlin aliviar el humillante fracaso de su objetivo principal: colocar un gobierno títere en Kiev y someter a toda Ucrania a sus designios imperiales, antidemocráticos y antieuropeos. Pero esos planes de segmentación, que incluyen el control de la región de Odesa y el avance militar hacia Moldavia, chocan contra un obstáculo superior: la resistencia ucraniana, cada día más fuerte y mejor pertrechada con armamento occidental. Ahora que Putin, el canalla que tanto dolor, muerte y destrucción ha provocado en el país hermano, se dispone a celebrar el 77º aniversario de la victoria rusa contra los nazis, debería contrastar el resultado de su nazionalismo belicoso e imperial y ordenar la retirada.

Los siete generales muertos del carnicero del Kremlin

Dvornikov, el nuevo jefe de las tropas invasoras rusas fue la bestia parda que exterminó a los sirios de Alepo (Foto del Krenlim)Dvornikov, el nuevo jefe de las tropas invasoras rusas fue la bestia parda que exterminó a los sirios de Alepo (Foto del Kremlin)

Madrid, 13-04-2022.– Luis Díez

La estrategia militar del jefe Kremlin ha fracasado en el norte de Ucrania. La larga columna de sesenta kilómetros de carros de combate, piezas de artillería, camiones con munición, herramientas y avituallamiento (incluida la comida caducada paras las tropas) que vimos desfilar hacia Kiev en la última semana de febrero se fue a donde querían los ucranianos: “A la mierda”. En menos de un mes, la resistencia forzó su retirada. Las matanzas de civiles en los pueblos y ciudades cercanos a la capital y los testimonios de los supervivientes, condenados a desvivir como ratas, sobrecogen el alma. Pero, con todo, el paseo militar programado por el carnicero del Kremlin para cercar y ocupar la capital, obligando al presidente Volodímir Zelenski a huir y capitular, se ha saldado con un descalabro en toda regla.

Cuentan que el tipo de mirada fría y facciones de reptil al acecho de la débil presa se halla muy soliviantado. Es probable que a esta hora su ministro de Defensa, desaparecido hace un mes, haya sido enviado a un gulag siberiano. Dicen que el enfado del saurio al ver a las autoridades de la UE Ursula von der Leyen y Josep Borrell con Zelenski en Kiev –también al despelurciado británico, Boris Johnson– es descomunal, si bien, para aplacarlo, su aparato de propaganda sostiene ahora que la marcha contra Kiev era una maniobra de distracción orientada a fijar al Ejército ucraniano en el norte con el fin de doblegar la resistencia en el sudeste del país, la zona del Donbass, donde las escaramuzas bélicas se mantienen desde 2014 y las posiciones ucranianas llevan ocho años bajo el fuego regular de la artillería rusa, servida por civiles reclutados en las regiones independentistas de Donetsk y Lugansk. Se dirá que también ahí trataban de fijar a los combatientes ucranianos para facilitar el asalto a Mariupol y a las también martirizadas Kharkiv, Kyiv…

Pero el canalla del Kremlin tiene otro motivo de enfado: la muerte de cinco generales rusos, un comandante de la flota del Mar Negro y el jefe de los despiadados guardias chechenos que se sumaron a la invasión. Los siete altos mandos enviados a pudir la tierra eran seres temibles, otrora victoriosos en Crimea, Chechenia, Siria… Encarnaban la maldad. Y dado que en la guerra el malo es bueno y el más malo es el mejor, el desalmado del Kremlin ha aplicado la norma y remediado su enfado optando por el peor. Al nombrar jefe de la invasión al general Alexánder Dvórnikov ha querido dejar clara su voluntad de seguir exterminando a la población civil. Este tipo de 60 años de edad dirigió las matanzas de Alepo, la ciudad mártir de Siria. Según Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional en Washington, “el nuevo comandante jefe saltó a la fama en 2015-16 con los bombardeos de la población civil de Alepo y tiene un currículum que incluye la brutalidad contra los civiles, de modo que podemos esperar más de lo mismo en Ucrania”. El cometido de ese oficial, una bestia parda que ya era jefe de la región militar sur de Rusia, consiste en “reorganizar” y “coordinar” los efectivos, renovados y aumentados con 60.000 soldados para doblegar a los defensores en el Donbass y machacar Jarkov antes del desfile del 9 de mayo que conmemora la victoria sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial.

El inhumano Dvórnikov se cuidará mucho de no repetir el error de su colega Vitaly Gerasimov, primer comandante adjunto del distrito militar central de Rusia, quien fue eliminado cerca de Jarkov. Considerado un bárbaro por las atrocidades cometidas en Chechenia, Gerasimov participó también en las matanzas en Siria y en la primera guerra contra Ucrania en 2014. El belicoso del Kremlin lo condecoró con la medalla “Por el regreso de Crimea” y después lo dedicó a armar a los grupos independentistas del Donbass. En la primera semana de la invasión se convirtió en cadáver. Dicen que un francotirador ucraniano lo alcanzó a kilómetro y medio. Fue el primero de los seis generales rusos caídos en los primeros 28 días de guerra, una cifra nunca vista en una contienda caracterizada por el lanzamiento de misiles a larga distancia contra las infraestructuras ucranianas y las zonas residenciales.

Dos días antes, los defensores ucranianos liquidaron al bárbaro y barbado general checheno Magomed Tushaev. Iba al frente de un regimiento motorizado de “élite”. El gobernador de Chechenia, un fanfarrón despiadado, incluyó en su arenga a las tropas expedicionarias la recomendación al presidente Zelenski de que llamara a Putin y le pidiera perdón. El mencionado regimiento estaba compuesto por guardias bien entrenados. Llegó con fama de feroz, pero fue frenado, parado, hostigado y desarticulado por los defensores ucranianos. Su jefe Magomed fue enviado a criar malvas. Y según los medios de comunicación ucranianos, algunas de sus unidades se entregaron al pillaje y el asesinato.

Tras esos energúmenos con galones (Tushaev y Gerasimov) cayó baleado y muerto el comandante del 29º Ejército del Distrito Militar del Este, general Andrey Kolesnikov, quien antes de su nombramiento, en 2021, había estado al frente de las fuerzas combinadas de la región de Moscú. Y unos días después, las fuerzas ucranianas mandaron al infierno al general de división Andrey Sukhovetsky, un animal sanguinario que en 2008 dirigió las operaciones militares en Caúcaso Norte y Osetia del Sur, y en 2014 comandó la ocupación de la península de Crimea, recibiendo la medalla correspondiente de manos del plutócrata del Kremlin.

Después de Kolesnikov y Suhovetsky, las fuerzas ucranianas del regimiento de Azov mataron al general Oleg Mityaev, de 46 años, que estaba al frente de la división 150 de fusileros motorizados. Según las informaciones transmitidas a través de Telegram por las autoridades ucranianas, ese general, el cuarto ruso eliminado en 22 días, había dirigido bombardeos en en Siria contra la oposición al régimen criminal de Bashar al Ássad, uno de los pocos aliados del belicoso del Kremlin. Después de sus hazañas bélicas en el torturado país de Oriente Medio fue nombrado comandante de una base rusa en Tayikistán, donde ahora han estallado revueltas populares por la carestía de los alimentos básicos.

Dos años antes de la invasión en curso, ese general Mityaev había pasado a dirigir las tropas desplegadas en la región de Rostov, en la frontera de Ucrania. Tuvo tiempo de preparar bien la invasión, pero su división sufrió un severo castigo cerca de Mariupol, la ciudad contra la que arremetió sin piedad con cobardes bombardeos a distancia contra la población civil y que sus sucesores se han ocupado de arrasar. De hecho, antes de que el presidente Zelenski citara los bombardeos de Gernika en su intervención ante el Parlamento español, el último diplomático de la UE en abandonar la martirizada Mariupol, el cónsul de Grecia, Manolis Androulakis, dijo: “Mariupol se unirá a las ciudades que han sido completamente destruidas por la guerra, ya sea Gernika, Coventry, Alepo, Grozny o Leningrado”. El relato de Androulakis al llegar a Atenas resulta estremecedor. Y servirá, sin duda, como testimonio valioso de los crímenes de guerra perpetrados por los oficiales del Ejército ruso a las órdenes del plutócrata que tanto daño está causando a los ucranianos y a su propio pueblo. “Ya no queda vida en Mariupol. Lo que están haciendo con esta ciudad es una tragedia para los pueblos ruso y ucraniano”, añadió el cónsul Androulakis.

La pérdida de altos mandos militares rusos se completa, de momento, con la muerte del teniente general Yakov Vladimírovich Rezántsev y del comandante de brigada de la Flota rusa del mar Negro Alexéi Sharov. El primero murió en los combates por el control del aeropuerto de Chronobayivka, en la región de Jerson, en los que una semana antes había sido liquidado su colega Mordvichev. Y el segundo, Sharov, cayó en los combates en torno a Mariupol, según reconocieron las autoridades de Sebastopol, base de la flota rusa en el mar Negro. Los servicios informativos de Moscú se han abstenido de informar de la muerte de algunos de los siete jefes mencionados y, desde luego, de los oficiales de menor rango y los soldados sacrificados en esta guerra de la alimaña del Krenlim. Analistas de la OTAN estiman que mantiene el 80% de la fuerza lanzada a la invasión.

La invasión de Ucrania mata de hambre en África

Madrid.–4.04.2022.– Luis Díez

La escalada del precio de los combustibles fósiles, como primera consecuencia global de la invasión rusa de Ucrania a sangre y fuego, irá seguida de una carestía insoportable para muchos países pobres del precio de los cereales y también de los fertilizantes, de los que Rusia es el principal exportador mundial y Ucrania el quinto. Entre los dos países suministran un tercio del mercado mundial de trigo. Pero desde finales de febrero no sale trigo (tampoco soja ni girasol) de los puertos ucranianos. El carnicero del Kremlin ha convertido a la portuaria de Mariúpol, en el mar de Azov, en una ciudad fantasma. Y sigue lanzando sus misiles Iskander de largo alcance (de 500 a 2000 kilómetros) desde Crimea contra Odessa, la principal ciudad portuaria de Ucrania. El flujo marítimo de mercancías que salen del Mar Negro es casi nulo.

“A Ucrania le quedaban 6 millones de toneladas de trigo para exportar entre finales de febrero y finales de junio, por lo que sus clientes habrá de conseguirlas y reponerlas de otros productores”, explica el analista francés Arthur Portier. “Y Rusia esperaba exportar 8 millones de toneladas de trigo, comprometidas en ese periodo”. Los expertos europeos cifran en al menos 10 millones de toneladas las necesidades de sustitución de los dos graneros tradicionales. El alto representante de la política exterior de la UE, Josep Borrell, lanzó al comienzo de la guerra el mensaje de sembrar trigo hasta en los tiestos, sin dejar ni un palmo de tierra en barbecho. El presidente francés, Enmanuel Macron, dio la voz de alarma sobre la crisis alimentaria que se cierne sobre el mundo. El ministro español de Agricultura, Luis Planas, consideró “alarmante” la situación y su colega francés, Julien Denormadie, afirmó que la crisis alimentaria está servida en un plazo de 12 a 18 meses.

La repentina reducción de las exportaciones, combinada con con el aumento vertiginoso del precio del trigo, pone en peligro singularmente a los países de África, castigados, además, por la pertinaz sequía. La política agraria común de UE puede atemperar el desabastecimiento, aunque no resuelve el problema de la carestía. La escasez de cereales está afectando ya a Egipto, Libia, Túnez, Marruecos y Argelia, que se surtían de los graneros ruso y ucraniano. Pero no sólo el norte de África se verá sumido en la crisis alimentaria, pues también los países subsaharianos, Oriente Medio, el Sudeste Asiático y los vecinos de Rusia y Ucrania dependen del suministro cancelado por culpa del matón del Kremlin. Según las informaciones más solventes, proporcionadas por Le Figaro, Egipto importa trigo de esos graneros por valor de 4.672 millones de dólares, seguido de Indonesia (2.300 millones), Turquía (2.147), Italia (1.693), Filipinas (1.628), Nigeria (1.479), Argelia (1.472) y Brasil (1.408 millones de dólares). El precio consignado por el diario francés es anterior al telúrico encarecimiento que ha llevado al trigo a puntas de 450 euros la tonelada.

La situación más apurada se vive en Egipto, que suele importar un millón de toneladas de trigo de Ucrania durante el periodo de febrero a junio. También Argelia está en una situación delicada; había comprado 1,5 millones de toneladas para la entrega entre marzo y abril y no está recibiendo ni podrá recibir la mercancía. Argel puede compensar con gas y petróleo la escalada del precio del trigo –lo que ineludiblemente afecta a España como principal cliente gasístico–, pero El Cairo carece del asqueroso oro negro (ha bajado de 120 a 105 dólares barril) y se verá abocado a reducir el consumo de cereales. Si la disponibilidad de los países exportadores de la UE, Argentina, Australia e India puede ser suficiente para cubrir las necesidades del Norte de África, el Sudeste Asiático y Oriente Medio, la escasez mundial y los precios estratosféricos, prohibitivos para decenas de millones de personas en los países de África subsahariana, auguran revueltas del pan y disturbios por hambre. La situación podría ser explosiva en Senegal, Nigeria o Camerún, por citar a los más densamente poblados y en vías de desarrollo.

Vale recordar que los motines del hambre de 2008 fueron la respuesta popular del mundo árabe y también de Filipinas, Indonesia, Haití… al aumento de los precios de los cereales y que en Túnez, Egipto, Yemen o Siria cristalizaron sucesivamente en “primaveras árabes”, ahogadas en sangre por los respectivos tiranos. La cuestión de fondo es si el mundo puede prescindir de los graneros ruso y ucraniano. Y la respuesta de los expertos es que no. Una vez más nos hallamos ante las malditas consecuencias indirectas de la guerra. Unas consecuencias que, como siempre, pagan los más pobres y desasistidos de este mundo. Los españoles también. La otra cuestión es cuánto durará el conflicto. Algunos analistas afirman que el plutócrata del Kremlin quiere presidir el desfile militar del 9 de mayo, aniversario de la victoria de la Gran Guerra Patria contra los nazis, con un triunfo en la mano para ordenar el cese de las hostilidades (probablemente, la independencia de las regiones ucranianas de Dugansk y Donensk), pero nadie lo sabe. Lo único cierto es que al desfile no acudirán cinco generales y un almirante que dirigían la invasión porque la resistencia ucraniana los ha liquidado. Cuatro de ellos eran unos “desnazificadores” muy expertos, pues no en vano dirigieron las matanzas de Chechenia y Siria y la ocupación de Crimea.

Dirigentes occidentales en las ubres del ‘putinato’

Vladimir Putin en una reunión en 2012 con el petrolero estadounidense Rex Tillerson, quien después sería nombrado por Donald Trump secretario de Estado de Estados Unidos y su lacayo de confianza al frente de Rosneft, Igor Sechin (Foto del Kremlin)

Madrid, 28.03.2022.– Luis Díez

La carne se corrompe, los humanos somos carne, luego los humanos… Este razonamiento aristotélico, tomista o de Pero Grullo si ustedes quieren ha permitido al carnicero del Kremlin comprar la masa encefálica de bastantes dirigentes políticos occidentales. Con decir que los exmandatarios de los dos países más importantes de la Unión Europea comían (y se forraban) de su mano sería suficiente para verificar su influencia. El primer ministro de Francia, Fraçois Fillon entre 2007 y 2012, bajo la presidencia del conservador Nicolas Sarkozy, se dejó comprar hace menos de un año e ingresó en el putinato como consejero de la petroquímica Sibur y la petrolera estatal Zarubezhneft. Desde luego Fillon, un tipo propenso a la corrupción que tuvo que renunciar en 2017 a su candidatura a la presidencia francesa, comprendió que su situación era insostenible y dimitió de sus cargos en las corporaciones rusas al día siguiente de que el desalmado Vladimir Putin ordenara la invasión bélica de Ucrania.

No ha hecho lo propio el expresidente de Alemania, Gerhard Schröder, quien sigue presidiendo el consejo de administración del gaseoducto Nord Stream2 para llevar más combustible ruso a Alemania por el fondo del mar Báltico y recibió 600.000 euros como presidente del consejo de vigilancia de la petrolera rusa Rosneft. El excanciller ha evitado condenar la guerra contra Ucrania y se ha negado a abandonar sus cargos. El egoísmo de ese preboste, cuya fortuna se cifra en 20 millones de euros, según la prensa alemana, y su amistad con el desalmado Putin pesan más que la vergüenza y la petición pública de su correligionario socialdemócrata y actual presidente Olaf Scholz de que abandone esos puestos. A un tipo llamado en junio próximo a ingresar en el núcleo de la oligarquía rusa como uno de los jefazos de Gazprom le traen sin cuidado las correcciones del canciller Scholz en el sentido de que el gaseoducto “no es un asunto privado” y que su condición de excanciller implica unas “responsabilidades”. Y un sentido de la decencia, se podría añadir, sobre todo cuando, según Der Spiegel, recibió 407.000 euros de subvención oficial el año pasado como excanciller y para gastos del personal de su oficina. Por cierto que cuatro empleados se han sentido avergonzados y han renunciado a trabajar para ese Schröder.

El plutócrata del Kremlin vio hace años cuán fácil y rentable era comprar políticos en la Unión Europea y en Estados Unidos y no ha dudado en utilizar el enorme poder que le confieren los grandes recursos naturales de su inmenso país (gas, petroleo, minería metálica y fertilizantes) para sembrar discordia, división y crisis en las democracias consolidadas. El ascenso de las ideologías excluyentes, reaccionarias, racistas, machistas, supremacistas y nazionalistas furibundas que tanto recuerdan al nazi-fascismo del que Europa se creía vacunada tras la Segunda Guerra Mundial, se halla estrechamente ligado al ideario político del genocida ruso. Y ese ideario ha sido cultivado y regado con dólares y euros por sus lacayos, convertidos en oligarcas al frente de su potencial energético. Quizá el más importante de ellos sea Igor Sechin, director ejecutivo de la mencionada petrolera estatal Rosneft, una de las mayores extractoras mundiales de crudo. En el informe sancionador de la UE figura ese Sechin como “amigo personal” y “asesor cercano y de mayor confianza” del belicoso presidente ruso, “con el que se mantiene en contacto a diario”. De Sechin se sabe que tiene 61 años de edad, estudió francés y portugués en la Universidad de San Petersburgo, sirvió como traductor del ejército en Angola y Mozambique, es visto como un siloviki (exmiembro de los antiguos servicios secretos que se cree ejercen un gran poder en el país) y no se ha separado de Putin desde 1990, cuando éste era alcalde de San Petersburgo.

En 2012, el autócrata lo nombró jefe de Rosneft con el encargo de desplegar todo el potencial geopolítico que se derivaba de las grandes reservas de petróleo. Y el leal lacayo Sechin, que había sido viceprimer ministro desde 2008, se convirtió en el hombre clave de la putinificación de algunos políticos relevantes. Como director ejecutivo de Rosneft llegó a acuerdos con Eni en Italia, Statoil en Noruega (ahora Equinor), CNPC en China, BP en Reino Unido –que adquirió una participación del 20% de la petrolera del Kremlin– y, sobre todo, con ExxonMobil de Estados Unidos. Según Jamie Henn, fundador del movimiento británico Fossil Free Media, Rusia nunca se habría convertido en una superpotencia gasística y petrolera sin la ayuda ExxonMobil y BP. En 2013, cuando la producción de petróleo y gas de Rosneft era prácticamente plana, ExxonMobil les ayudó a modernizar las instalaciones y a expandir la producción en el Ártico. La asociación funcionó tan bien que Putin otorgó al presidente ejecutivo de Exxon, Rex Tillerson, la Orden de la Amistad, uno de los más altos honores que Rusia otorga a los extranjeros. Dos años después, el presidente Donald Trump nombraba al putinificado Tillerson Secretario de Estado de Estados Unidos. Ni que decir tiene que la afinidad ideológica entre Trump y Putin es superlativa y que los demócratas estadounidenses y algunos republicanos pusieron el grito en la atmósfera contra el nombramiento de Tillerson, por lo demás un petrolero texano para quien todavía no está claro “hasta qué punto el ser humano está relacionado con el cambio climático”. Y tampoco está claro qué se puede hacer al respecto, según declaró, en línea con el gran jefe negacionista y promotor del asalto al Capitolio tras perder las últimas presidenciales.

Cuando el primer ministro británico Boris Johnson afirmaba en la Cámara de los Comunes días atrás: “No recibimos dinero de los oligarcas rusos”, decía una verdad formal. Algunos diputados se rieron. Lógico. En este asunto como en las fiestas de la pandemia al modo Decamerón de Boccaccio con el disfraz de “reuniones de trabajo”, la verdad formal y legal se desvanece ante la realidad. La ley prohíbe a los partidos políticos británicos aceptar dinero de alguien que tenga exclusivamente la nacionalidad rusa. Pero personas con doble nacionalidad, británica y rusa, y con lazos comerciales muy significativos con Rusia, han aportado sumas considerables a los tories en los últimos años. El cálculo del Partido Laborista, basado en información de la Comisión Electoral, cifra en 1,93 millones de libras (2,3 millones de euros) las aportaciones de rusos y de personas que recibían dinero de Rusia al Partido Conservador desde que Johnson es primer ministro. Ian Blackford, líder del Partido Nacional Escocés, eleva esa cifra en medio millón de euros más.

Quizá el engrase desde el putinato de los conservadores eurófobos explique la razón por la que el primer ministro británico se ha visto obligado a “corregir el registro parlamentario” después de decirles erróneamente, a mediados de marzo, a los parlamentarios que el multimillonario ruso Roman Abramovich ya estaba sujeto a sanciones. En una declaración escrita y una rara admisión de “un error”, Jonhson quiso subsanar su falsedad diciendo que el hasta ahora dueño del Chelsea FC no había sido objeto de “medidas específicas”. Como le dijo el parlamentario laborista y jefe del comité de normas parlamentarias Chrits Bryant: “Me temo que el Gobierno tiene miedo de las cartas de los abogados de todos esos amigos oligarcas”. Bryant apuntaba directamente a la cúspide de una trama de corrupción para mantener unos intereses políticos, económicos e ideológicos peligrosos, cuando no contrarios al sistema democrático de reconocimiento, preservación y defensa de los derechos humanos (de todos los humanos y todos los derechos).

En un artículo en el Guardian, Gina Miller, defensora de la transparencia y dirigente de True and Fair (Verdad y Justicia), denunciaba: “El dinero ruso dudoso ha desestabilizado la democracia británica” y reclamaba “medidas enérgicas contra esto” después de afirmar que los británicos no deben ignorar “el impacto del dinero ruso en la campaña del Brexit”. Miller recordaba un artículo suyo, publicado en 2017 en el mismo periódico, diciendo: “Piense en el Brexit como si fuera una matrioska, una muñeca rusa de anidación; la votación para abandonar la UE equivale a quitar la muñeca exterior, pero revela otra muñeca que representa algo mucho más preocupante”. Si las conexiones corruptas de los tories con la plutocracia de Moscú eran harto evidentes antes de la invasión de Ucrania, la falta de honradez intelectual de ese jefe de gobierno que no se peina ha rebasado los límites imaginables al sugerir insidiosamente un paralelismo entre lo que Rusia está haciendo con Ucrania y la UE con Reino Unido. Tamaño despropósito explica la frialdad de los mandatarios de la UE hacia su persona en la última cumbre de la OTAN y el hecho de que no fuera invitado a participar en la reunión de la UE, como ocurrió con Biden. Las construcciones verbales de míster Jonhson pueden distraer la atención pero no ocultar lo que la gente sabe: la querencia de los oligarcas rusos amigos del matón del Kremlin hacia lo que llaman “Londongrado”, la presencia de muchos de ellos en los bailes anuales de verano del Partido Conservador, las fotos en dichas fiestas con el promotor del Brexit, David Cameron, y con el propio Jonhson y, lo que es más censurable por no decir criminal, el fomento de la xenofobia en la sociedad británica.

Le llaman ‘rusofobia’ pero quieren decir ‘putifobia’

Madrid, 20-03-2022.– Luis Díez

La prensa doméstica de Moscú detecta estos días una rusofobia creciente en los países occidentales. Lo que no puede detectar, porque no la dejan, es la putifobia entendida como el rechazo y la condena de la mayor parte de los países del globo de los crímenes de guerra que el plutócrata del Kremlin está perpetrando en Ucrania. La indignación y el dolor de los europeos ante las matanzas de civiles ucranianos, el sufrimiento en las ciudades cercadas y el éxodo de más de tres millones de refugiados nada tienen que ver con el odio al pueblo ruso; el odioso es Putin y la corte de prebostes enriquecidos con el latrocinio, no el sufrido pueblo ruso que los soporta.

El ejemplo más gráfico de este fenómeno se produjo en una manifestación en París contra la guerra. Varios manifestantes, desconocedores de la lengua francesa, se soliviantaron al ver la palabra “Poutin” en un restaurante. El poutin francés suena igual que el apellido del autócrata, pero es un plato de patatas fritas con salsa y requesón. Los responsables de la Casa del Poutin, con sucursal en Toulouse, se apresuraron a aclarar la confusión y divulgaron en las redes sociales su más “sincero apoyo” al pueblo ucraniano en su valiente lucha por la libertad contra el tiránico régimen ruso. Y el creador del famoso plato, el canadiense Roy Jucep, hizo saber que renunciaba a la denominación que le dio en los años cincuenta y pidió que le llamasen “papas fritas con requesón”.

Otro ejemplo del rechazo superlativo al carnicero con armas nucleares a su alcance lo ha proporcionado la senadora estadounidense de Carolina del Sur Lindsey Graham al preguntar públicamente: “¿Hay un Brutus en Rusia?” Por si alguien desconoce lo que Bruto hizo a César (ultimarle de una puñalada), completó el llamamiento a la disidencia con otro mensaje en Twitter: “La única forma de que esto termine es que alguien en Rusia elimine a este tipo”. Al quite, el portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, descalificó los comentarios diciendo que son “un ataque rusofóbico histérico masivo”. Rusofóbico no, putifóbico más bien.

¿Acaso las manifestaciones del pueblo ruso contra la guerra que desde el 24 de febrero al 13 de marzo han supuesto la detención de 14.971 personas, según la organización independiente de derechos humanos OVD-Info, son también ataques rusofóbicos masivos? Los arrestos se concentran en la zona occidental de Rusia, pero la gente protesta en las calles de las ciudades del este más alejadas de Moscú como Novosibirsk en Siberia, de donde sale la mayor parte del gas y el petróleo que administra el genocida del Kremlin, y Vladivostok, en la costa oriental.

Es comprensible el desenfoque de los medios de comunicación rusos, sometidos a una censura implacable, reforzada por la ley fack news que les obliga a contar mentiras y falsear la verdad so pena de hasta tres lustros de cárcel, pues casi todos los desalmados autócratas que en el mundo han sido, son y serán se han esforzado en hacer saber que cualquier crítica a su persona y decisiones supone un ataque al Estado y la nación. Esa fusión y confusión (quien me ataca a mí, ataca a la patria) es tan vieja como el mundo. Y el sanguinario Putin apela a la represión, el castigo y el miedo para imponerla.

El discurso que pronunció el 16 de marzo mientras sus bombas destruían el teatro de Mariúpol con cientos de mujeres y niños dentro puede ser considerado la pieza más repugnante de su nazionalismo faccioso. El llamamiento a la “autodepuración de la sociedad” fue una amenaza en toda regla a los discrepantes, una siembra venenosa de miedo al amigo, al vecino. “El pueblo ruso ha de distinguir a los verdaderos patriotas de la escoria y los traidores, y les debe escupir como si fueran una mosca que accidentalmente voló a su boca”. Eso dijo antes de añadir: “Estoy convencido de que que tal autodepuración natural y necesaria de la sociedad solo fortalecerá a nuestro país, nuestra solidaridad, cohesión y disposición para responder a cualquier desafío”. Y señaló expresamente a las personas con mentalidad democrática, defensoras de la igualdad de derechos sin distinción de sexo, raza y religión al afirmar que “ciertos rusos no pueden vivir sin otras y libertades de género”.

Recomendaba el gran medievalista republicano español Claudio Sánchez Albornoz que se tuviera en cuenta el miedo cuando se escribiera la historia de la dictadura franquista en España. Y distinguía tres clases de miedo: el miedo del pueblo al dictador, el miedo del dictador al pueblo y el miedo del pueblo al pueblo. De los tres, el último es el peor, decía. Ese miedo precisamente es el que antiguo jefe del KGB acentúa para amordazar a los rusos ante la guerra y las masacres que desde el 24 de febrero viene provocando en Ucrania. Los rusos llevan desde 1999 sufriendo el belicismo despiadado y criminal de ese tipo (Chechenia, Georgia, Crimea, Siria), pero nunca como ahora había sentido el miedo a su propio pueblo. De ahí el fomento de la delación, la espiral represiva y, según algunos medios, la posible depuración de algunos colaboradores.

La siembra de veneno entre la población rusa está siendo complementada con los castigos más duros, a modo de escarmiento, a determinadas personas conocidas como la cocinera y empresaria del sector de la alimentación, Verónika Belotserkovskaya, una de las primeras en ser condenadas a 15 años de cárcel por saltarse la nueva ley de noticias falsas y contar en Instagram, donde tiene más de un millón de seguidores, lo que el carnicero del Kremlin está haciendo en Ucrania. “Los cargos contra mí significan que he sido declarada oficialmente persona decente”, dice ella desde Francia, consciente de que no podrá volver a su país mientras dure el putinato. “Soy exactamente el tipo de persona que Putin tenía en mente cuando lanzó el discurso de la depuración; quiere señalar a gente como yo como traidores, la quinta columna”.

Si los observadores rusos no dudan de que el plutócrata ha sentado las bases de una represión más feroz, Belotserkovskaya afirma que pretende castigar a “una franja muy amplia de la sociedad, no solo a periodistas y políticos”. Esta mujer de 51 años, nacida en Odesa, posee muchos amigos en la alta sociedad moscovita, entre los que se cuenta Ksenia, hija de Anatoli Sobchak, uno de los principales mentores de Putin en su día. Pero quizá la disidente más popular del putinato sea la primera bailarina del Ballet Bolshoi de Moscú, Olga Smirnova, nacida y criada en San Petersburgo, quien ha denunciado la invasión de Ucrania y abandonado Rusia. El Ballet Nacional Holandés le ha dado la bienvenida junto al solista brasileño Víctor Caixeta, quien dejó el Ballet Mariinsky de San Petersburgo en respuesta a la guerra.

Parece, en fin, poco probable que esas y otras personas notables que se largan de un país cuyo mandatario criminal promueve el caínismo, sean poco patriotas por más que los medios de comunicación del régimen putrifacto les acusen y se mofen de ellos. El mismo Pravda que insulta y se burla de las personas notables, librepensadoras que abandonan Rusia, calificaba de rusofobia las sanciones adoptadas por los distintos comités deportivos internacionales a raíz de la invasión de Ucrania. En su edición del 2 de marzo, el periódico moscovita acusaba a Europa y América de “atacar y hostigar” a los rusos e interpretaba las sanciones como rusofobia. La verdad es que el COI permite competir a los atletas rusos como independientes, sin himno ni bandera. Pero la verdad interesa poco. Si el putinato ordena rusofobia habrá que cumplir la orden y esperar la llegada de los miles de féretros de Ucrania para que en Rusia se extienda la putifobia.