Patriotas del patrimonio

EL LUNES TE CUENTO

Era una vez un país al que algunos decían querer tanto que le llamaban “gran país”. La querencia de aquellos recibía el nombre de “patriotismo” y era exhibida con banderas, pegatinas, insignias y toda suerte de quincalla como si alguien, desde algún lugar remoto, hubiera lanzado una competición con premio para saber quien era más patriota. Se trataba de una exhibición bastante absurda, pues de antemano era sabido que los patriotas de verdad confundían patria y patrimonio y amaban tanto su patrimonio que rechazaban con ahínco los impuestos y ocultaban sus fabulosas ganancias y posesiones detrás de sociedades tramadas con testaferros y constituidas por abogados muy listos en “paraísos fiscales” y capital en Suiza. Por extraño que parezca, aquellos patriotas ricos, muy ricos, preferían la evasión a la contribución a la mejora de la vida de su “gran país”. Algunos llevaban la trampa fiscal en su ADN, les venía de familia. Otros, enriquecidos con la corrupción de las privatizaciones de empresas y patrimonio público y, sobre todo, con los planeamientos urbanísticos, la promoción y construcción de viviendas que hipotecaban la vida y los salarios de los jóvenes trabajadores, consideraban que ya pagaban bastante imposición sufragando caprichos y ambiciones de ediles, regidores, técnicos meramente administrativos y políticos de su cuerda. Las prácticas corruptas iban pasando de padres a hijos, sobrinos, cuñados, primos y demás familia. En algunas regiones y nacionalidades (autonomías) gobernadas por aquella suerte de patriotas se contaban en cientos y hasta en miles de millones de euros los dividendos anuales de la corrupción (“sistémica” le llamaban). Así las cosas, solo los asalariados, ocuparan el puesto que ocupasen, fueran ejecutivos, oficiales de primera, trabajadores intelectuales o manuales, autónomos o contratados, pagaban impuestos. Mejor dicho, el Estado se los detraía de sus salarios con una regla proporcional: a más salario, mayor detracción. El impuesto sobre la renta de las personas y el que gravaba los bienes de uso y consumo, incluidas las viviendas, que eran muy caras, constituían los principales ingresos del Estado para sufragar la educación, la sanidad pública, los servicios sociales, la asistencia a los ancianos y otras prestaciones de primera necesidad, administradas, todas ellas, por los gobiernos autonómicos.

Se produjo entonces una crisis económica provocada por los especuladores financieros. Y los patriotas al frente del Gobierno del “gran país” cargaron más impuestos sobre los únicos que pagaban, trabajadores y consumidores, congelaron y bajaron las pagas de los jubilados, de los empleados públicos (administrativos, docentes, sanitarios, policías…), ajustaron algunos impuestos sobre los beneficios de las empresas que, a falta de demanda y consumo nacional e internacional, redujeron la producción o cerraron dejando a miles de trabajadores en paro. Los patriotas en el gobierno transfirieron miles de millones de euros de las rentas del trabajo al capital para salvar a la banca, ya que los propios banqueros, usureros tramposos que agarraron la pasta y huyeron, habían sido incapaces de restablecer el equilibrio apelando al Banco emisor y engañando a los pequeños ahorradores con tretas para dejarles in albis (“preferentes”, le llamaban). La descapitalización humana de los servicios públicos esenciales del “gran país” fue vertiginosa: colegios sin profesores suficientes, con más alumnos por aula, sin calefacción ni aire acondicionado; centros de salud sin el número de facultativos necesarios para atender a la población, sin equipamiento, sin servicio de urgencia; universidades con cátedras en precario, menos profesores cada año; hospitales con menos especialistas y cirujanos y más largas listas de espera de pacientes necesitados de intervenciones quirúrgicas. La regla de reducir los gastos manteniendo congelados los salarios y amortizando los puestos de trabajo se aplicaba a rajatabla, de manera que sólo se cubría una de cada diez vacantes. Incluso se expulsó de mala manera de los hospitales universitarios a los catedráticos eméritos que brindaban su saber y experiencia gratis et amore a los médicos de distintos departamentos y resultaban muy valiosos en casos de duda. Una gobernante autonómica muy, pero que muy patriota, les quitó hasta la magra ayuda para el transporte y para un café de máquina que les daban por su generosa ayuda desinteresada. “Ustedes quédense en casa”, les dijeron. No querían testigos eminentes de la progresiva degradación sanitaria. Lógico. La supresión de recursos (“recortes” les llamaban) de los servicios esenciales afectaba con toda la crudeza a las residencias de ancianos (“asilos” les decían en otro tiempo) de titularidad pública: pocos empleados mal pagados para atender a muchos ancianos desvalidos, menús de mínimos, mucho frío en invierno y demasiado calor en verano. Algunos protestaban por las malas condiciones y el sufrimiento suplementario que les infligían en su último tramo de la vida. Pero turris burris lo que dijeran, pues carecían ya de valor de mercado. En alguna ocasión, algún medio de comunicación se hacía eco de aquellas críticas y obligaba a los patriotas en el poder autonómico a dar una respuesta. Y la respuesta era: “Si no están a gusto que vayan a una residencia de pago”. ¿Es que no habían pagado suficiente en décadas de trabajo, por lo cual eran pobres y con pensiones iguales o inferiores al salario mínimo? La pregunta era inoportuna y además inútil, pues aquellos patriotas “neoliberales” despreciaban la cordialidad de Adam Smith, al que ni siquiera habían leído. En plena descapitalización de los hospitales públicos, con vistas a convertirlos en centros de negocios privados, la mamá de un menda muy alto e importante en el escalafón del gobierno autonómico pisó el aire en vez del suelo, se cayó, sufrió una lesión en la cara, magulladuras y lo más grave: se fracturó una vértebra. La trasladaron rápidamente al hospital, la atendieron en el servicio de urgencias, le administraron calmantes, le hicieron los preceptivos análisis: sangre, radiografías, resonancias. La mujer sentía unos dolores terribles en la espalda. Ni los calmantes más potentes lograban mitigarlo. Llegó el diagnóstico: “Desprendimiento de cadera”. Eso era lo que le pasaba. Pero la mujer, ya entrada en años, decía que no le dolía la pierna sino la espalda. ¿Qué sabría ella? La operaron de una cadera. En aquel “gran país” valía todo. Todo, menos cobrar los impuestos proporcionales a los ricos y muy ricos, a los grandes patrimonios.

Las víboras de Toledo

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Erase una vez un arzobispo que declaró exentas de veneno a todas las víboras nacidas y criadas en un círculo de doce leguas en torno a Toledo. ¿Por qué de doce y no a veintiún leguas, por ejemplo? ¿Por qué las víboras y no otros reptiles y bichos venenosos? Puesto que el primado de España era el más alto representante de Dios en aquella tierra, se le suponía inspirado por el Espíritu Santo, de modo que a nadie se le ocurría pedirle explicaciones sobre aquel don del cielo. Y, por otra parte, a los habitantes de la ciudad y su entorno les parecía estupendo que las víboras no tuvieran veneno. Téngase en cuenta que los españoles siempre fueron más proclives a la creencia que a la ciencia.

Pero la declaración de monseñor y su alto grado de predicamento dejó muy preocupado al doctor Chavas, el médico del rey Carlos II, quien la consideró una solemne majadería. Aunque no deseaba enfrentarse al purpurado, el juramento hipocrático le obligaba a combatir la enfermedad, así que escribió un opúsculo, “Tratado de la víbora”, dirigido a hacer saber a la población que la picadura de la víbora era tan mortal en la capital toledana y sus aledaños como en el resto de la Península Ibérica.

Ni que decir tiene que el arzobispo se soliviantó y lanzó a los agentes del Santo Oficio contra aquél impío que se atrevía a negar un don del cielo. El rey no quería líos y dejó hacer, y los colegas de Chavas, envidiosos de su puesto y de la elevada consideración de la que disfrutaba en la Corte, se abstuvieron de defenderlo. El eminente Chavas, que ya contaba setenta y dos años, acabó en los calabozos de la Inquisición, acusado de haber escrito un “Tratado” contrario a la fe católica. El pliego de cargos le imputaba el delito de “haber hablado de las víboras en términos malsonantes y heréticos”.

Tres siglos y medio después, otro médico, el doctor chino Li Wenliang, advirtió de la aparición de un virus (veneno) muy contagioso y mortal, y fue reconvenido y encarcelado “por alterar la paz y el orden social”. El brote de coronavirus se propagó a una gran velocidad, Wenliang murió víctima del maldito virus y, salvando las diferencias entre la terrible pandemia que ha matado a cientos de miles de personas y la mordedura de las víboras, la credibilidad de las autoridades chinas quedó a la altura del betún, es decir, como la de aquel arzobispo.

A las víctimas de las creencias

Btum y lo esencial

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Rodeado de familiares y amigos, Btum dijo: “Allí hay de todo”. Habían transcurrido diez años desde que consiguió abandonar el país y ahora, al regresar, todos querían saber dónde había estado y cómo le había ido. El les contó: “Allí hay comida, leche para los niños y alimentos suficientes para hacerlos felices, no como aquí, que solo hay de eso para unos pocos”. Recordó la vez que su padre le dio un caramelo que se mastica y nunca se acaba (un chicle) y prosiguió: “Allí hay caramelos de verdad, dulces de azúcar y miel para los niños, no como aquí, que solo hay para unos pocos”. Y siguió diciendo que “allí tienen comida abundante y variada para todos; nadie pasa hambre como aquí, donde falta de todo, menos para unos pocos; allí hay pan, frutas, hortalizas, legumbres, carnes de ave y de res, embutidos, peces, moluscos, crustáceos… Ninguna vitamina, mineral o proteína “esencial” al desarrollo y el bienestar corporal falta en la dieta de aquella gente (los nacionales les llaman). Para que veáis como es la cosa basta con que sepáis que allí no sólo cocinan y tratan los alimentos comer, sino también para dar placer al cuerpo. Algunos cocineros, ya sean mujeres u hombres, son considerados artistas y poseen un reconocimiento social altísimo precisamente por eso, por dar placer al cuerpo. Para que os hagáis idea de lo mucho que les gusta comer, realizan ese ejercicio entre tres y cinco veces al día, y varios platos cada vez, de lo que ya podéis deducir que comen sin tener hambre”.

Después de algunas aclaraciones sobre la interesante (y golosa) materia, Btum siguió contando que “allí el agua llega a todas las casas, no como aquí, que hay que ir a buscarla. Allí se puede beber tranquilamente, no como aquí, que da dolor de barriga. Hay agua para todos y para todo, no sólo para beber, sino también para asearse y lavar la ropa y fregar y limpiar las cosas. En lo atinente a la bebida también he de deciros que allí hay cantidad de jugos, zumos, fermentados, destilados… La abundancia y variedad es tal que la gente, los nacionales, beben sin tener sed. Se podría decir que han perdido el sentido de lo esencial, eso que llaman “la esencialidad”.

Btum se refirió después a otros asuntos de la vida allí, tales como la enseñanza de los niños y los jóvenes, la prevención de las enfermedades y los cuidados de la salud, los medios de transporte. En este punto dijo que “allí hay muchos, muchísimos coches, casi uno por cada dos nacionales con edad de manejarlos, aunque en vez de ser proporcionales y tener dos plazas, la mayor parte de esos vehículos son cada vez más grandes y disponen como mínimo de cuatro plazas, por lo que casi siempre van vacíos. En esto y en que corren sin tener prisa y se atropellan y chocan y se estroncian se nota esa falta de esencialidad a la que me refiero.”

Aunque Btum hablaba sin un esquema preestablecido e iba contestando a las preguntas que le hacían, llegó a los escalones más elevados de la Pirámide de Maslow y entonces dijo que “allí necesitan gente para obedecer, personas que quieran trabajar y realizar las tareas que los nacionales, cada vez más instruidos, pulcros, sabios, sibaritas y sabedores no quieren hacer”. En este punto se explayó un poco sobre lo mal que sentaba el esfuerzo a los nacionales y también, sobre la terquedad y resistencia de aquella gente a obedecer. “Con deciros que hay muchos, muchísimos, que se niegan a ahorrar luz aunque sea cada vez más cara, debido a sus guerras y a la subida del precio del gas natural y los demás combustibles fósiles, y que prefieren seguir asfixiando, ahogando el planeta, antes de renunciar a su falta de esencialidad”.

A los inmigrantes

Maneras de casarse

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Él caminaba cansinamente por la orilla, sintiendo la caricia de la espuma de las olas a sus píes cuando ella alzó la vista de la novela de intriga policíaca. Sus miradas se cruzaron. Él disparó:

–Ni se imagina quién es el asesino.

Ella se sorprendió; no esperaba que el paseante le hablara. Amagó una sonrisa y contestó:

–Vale, pero no me lo diga.

Él inclinó la cabeza en señal de obediencia y reverencia y ella siguió enredada en la palabrería del ocurrente del relato, pero ya nada era lo mismo: el tipo no estaba mal y, después de todo, le resultá agradable que alguien la saludara. Alzó la vista y le vio desaparecer a lo lejos. Él retuvo en la retina la imagen de la mujer de mediana edad, tendida en la hamaca, con las tetas al sol, y le pareció dulce y jugosa y se reprochó no haber soltado más hilo a la cometa.

La escena se repitió al día siguiente. Ella todavía ignoraba quién era el asesino, pero tanto daba, pues él pronunció un formulismo: “Vaya, qué casualidad, de nuevo nos encontramos” y ella apretó las rodillas y se incorporó para saludarlo. Él se acercó y se autopresentó. Ella hizo lo propio. Luego, en un instante, ella sacó de su bolsa de playa un spray de bronceador, se roció los brazos y los hombros y se lo entregó.

–Sería tan amable de ponerme en la espalda.

Él se sintió encantado de distribuir por las costillas de la bella aquella sustancia aceitosa y perfumada y, con su permiso, la distribuyó por la piel hasta la parte baja de la cintura cubierta por la elástica tela del bikini. Ni que decir tiene que se esmeró en las caricias y se recreó en el cuello y la clavícula. En un instante sintió el deseo de atraerla hacia su pecho, pero se contuvo. “¿Le gusta?” Ella asintió. El abundó:

–¿Qué es lo que más le gusta?

Ella emitió un “jeje” e hizo una larga pausa como si repasara el catálogo de placeres de Epicuro. Finalmente dijo:

–Que me besen antes de dormir.

–¿Y al despertar?

–También.

Él entendió la propuesta y aceptó el rollo según el orden establecido, es decir, la invitó a cenar y a tomar cava antes de acompañarla a la cama.

Algún tiempo después, el hombre y la mujer maduros se casaron bajo Cuerda, que era el alcalde de Vitoria, el primero de España en implantar un registro de parejas de hecho. Del asesino nunca se supo.

La visita

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Empuñó el manillar, tomó impulso y saltó al sillín. De sobra sabía que la resistencia de los materiales disminuía con la edad y podía pegarse un trastazo de campeonato si montaba a la carrera, pero aquella llamada inesperada la inundó de alegría y, como si le hubiesen inyectado energía en vena, cerró la puerta de casa y se echó a pedalear con un brío juvenil desconocido. Aunque la bicicleta era un poco pesada y llevaba una cesta delate y un cajón detrás con la inscripción “caja B”, adelantó a unos residentes alemanes, gente mayor que venía a envejecer junto al mar y traía unas bicis estupendas, y recorrió a toda mecha los cinco kilómetros de carretera asfaltada hasta el camino que conducía a la parcela. Desde el cañaveral vio a Salus y le gritó para que se acercara.

El hombre trabajaba una franja de huerta entre la alfalfa y el maíz. Se incorporó a medias.

–¿Qué pasa María? –gritó, escorando a popa su sombrero de paja.

–¡Noticias del niño!

El hombre soltó la azada y se acercó. La mujer le informó de la llamada del hijo con el anuncio de que venía el sábado a verles. El hombre la miró con expresión de escepticismo propia de Sexto Empírico.

–¿Tu crees?

–Joer, Salus, claro que sí, esta vez sí; me ha dicho que viene a comer –replicó ella.

Desde que el hijo fichó por el Elche y empezó a crecer como futbolista se fue alejando cada vez más de casa (Valencia, Barcelona, Milán…, Múnich) hasta el punto de que en los tres últimos años solo le habían visto alguna vez, por televisión.

–Ya veremos –dijo el hombre, recordando las veces que el niño anunció su visita y no vino.

Llegó el sábado y el hijo se presentó en casa a las 13:00 horas, como había dicho. Se había corrido la voz y la calle se llenó de niños, adolescentes y curiosos, deseosos de saludarle. Él abrazó y besó a la madre con mucho cariño, tendió el brazo sobre los hombros del padre y lo estrechó contra sí. Le pareció menos duro y más avejentado. “Se ha enternecido”, pensó. Dejó que les hicieran fotografías, repartió autógrafos y camisetas a los niños. Entraron.

–He preparado una paella marinera y te he hecho esas natillas con espuma y canela que tanto te gustan –dijo la madre.

Él le dio un beso y le acarició el cabello, recogido en una trenza.

–Gracias, mamá.

El padre le ofreció cerveza tostada sin alcohol y almendras fritas con sal. Él prefirió Coca-Cola, se sirvió un vaso con hielo y estuvo mirando los discos y los libros del impoluto salón, todos en su sitio, tal como los había dejado. A continuación entró en su alcoba. Tuvo la impresión de que el tiempo se había detenido allí dentro. Sus construcciones de Lego seguían en los anaqueles en perfecto estado de revista; sus cintas y discos compactos de Dover, Celtas Cortos, Nirvana… reposaban encasillados al lado del Aiwa con tocadiscos y radio-casete al que había añadido dos altavoces suplementarios para conseguir música envolvente; sus libros y agendas escolares permanecían en aquellas cajas de los chinos, tan limpias y bonitas. Salió. El padre le llamó desde el patio trasero, aromatizado por la frondosa higuera cuyas hojas protegían los tomates, pepinos, pimientos y cebollas que el hombre traía de la huerta y vendía los sábados en el mercado de la plaza. El hijo se acercó hablando por teléfono. El padre le mostró la cosecha, él respondió moviendo arriba y abajo la cabeza. El padre quería preguntarle cómo le iba las cosas, pero el hijo seguía con el telefonillo pegado a la oreja. El padre sacó la navaja, agarró un gran tomate “pata negra”, lo lavó en el grifo de la pila, lo partió, espolvoreó unos granos de sal y se lo dio a probar con la intención de que abreviara la conversación, pero el hijo lo desestimó con un gesto. La madre se asomó y anunció que la paella estaría en su punto en diez minutos. El hombre dispuso los cubiertos, las copas, el agua, tostó pan para el alioli, colocó la ensaladera. El hijo le siguió. Había cancelado la comunicación, pero antes de que la madre pudiera dirigirle la palabra, volvió a sonar su telefonillo y regresó al patio a hablar de sus cosas. El padre le hizo un gesto de disgusto. Unos minutos después, cuando regresó, dijo: “Me habían dado descanso, pero el capullo del entrenador ha rectificado y me obliga a jugar”. Le miraron sin saber si eso era positivo o negativo. Se sentaron a la mesa sin que el hijo se separara del iPad; en vez de empuñar el tenedor, tecleaba mensajes. La madre se interesó por su vida amorosa y él dijo que “bien”.

–¿Habrá boda? –incidió el padre.

El hijo sonrió, se encogió de hombros y siguió tecleando.

Puesto que pasaba el tiempo y el hijo seguía a lo suyo, sin probar la paella, la madre le sirvió y comenzaron a comer. El impertinente volvió a sonar y el hijo respondió a la llamada. Entonces María, deseosa de hablar con su hijo, elevó la voz para ahuyentar al interlocutor –“¡Ya está bien, estamos comiendo!”–, pero el hijo se incorporó y salió al patio. Cuando regresó llevaba un adminiculo en una oreja que le permitía escuchar y comer a la vez. Abordó la sabrosa gramínea que se enfriaba en el plato, picoteó tomate y espárragos de la ensalada, comió algunos tropezones de conejo, saboreó dos mejillones y algunas gambas peladas. Y todo ello entre monosílabos y palabras a medias, como si hablara con las moscas. Luego, en un instante, mientras la madre le servía las natillas, se quitó de la oreja el novedoso artefacto y les explicó “las implicaciones” de tener que salir al terreno de juego desde el primer minuto (entrenamiento, estudio del adversario, charla del entrenador, gimnasio, partidillo…) Sonó un timbre. Era de la puerta. El taxista venía a recogerle. Él besó a la madre, abrazó al padre, al que entregó unas entradas para que fueran mañana a verle jugar aquel partido decisivo de la liga europea de campeones. “Faltaría más”, dijo el padre deseándole suerte y cuidado con las lesiones. De los grandes ojos azulados de María brotaron lágrimas.

En la calle, a un paso de la puerta, el enredador Vericuetos había dejado un tomate rojo de mediano tamaño y cruzado apuestas con los parroquianos de la taberna cercana a que el futbolista le daba una patada. Ganaron los del no.

A mi amigo Pepe Nevado

Un tío raro

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Conocí a un tío raro. Me lo presentó una amiga de la Universidad. “Me han invitado a una fiesta con mi pareja –me dijo–, pero se da la circunstancia de que no tengo pareja”. Acepté encantado. “El anfitrión es un poco raro”, me advirtió de camino hacia una urbanización privada, de ricos y muy ricos, donde se celebraba la fiesta. A primera vista, el anfitrión me pareció un tío normal. Se quitó las gafas ovaladas para besar efusivamente a mi amiga, después me tendió la mano y dijo que sentía mucho placer de conocerme. Era uno de esos hombres maduros que se estancan después de pasar la década veloz (de los 30 a los 40 años) y permanecen quietos, parados, como en conserva. En este caso, sin una arruga en su cara suavemente bronceada ni una cana en su pelo castaño, peinado hacia atrás con gomina. Salvo la connotación química de su segundo nombre (le pusieron Protasio porque nació el 19 de junio, santos Gervasio y Protasio), no hallé más rareza en él. “Eso es porque no te has fijado bien”, dijo mi amiga. Paseábamos con un mojito en la mano por el enorme e historiado jardín que rodeaba la mansión de su amigo rico y “un poco raro”. Ella saludaba a sus colegas biólogos y veterinarios, allí invitados a cuenta del proyecto Lince Ibérico para la reproducción y conservación del felino montés. Yo quería hacer honor a mi oficio de observador y trataba de localizar visualmente al tal Protasio o Prota (su primer nombre era Ignacio) para descifrar su rareza. No era fácil. La noche empezaba a extender su manto y la tenue iluminación del jardín dificultaba la identificación de las personas. Nos sentamos en un banco de piedra y estuvimos contemplando el insólito vuelo de los murciélagos.

De pronto, lo vi.

–¿Ves como es raro? –dijo ella.

–Y se va a pegar una hostia.

–Eso le decimos, pero él turris burris.

Durante un buen rato estuve observando las evoluciones del tipo y, más que raro, me pareció un gilipollas o, por lo menos, más incongruente que el personaje de Ramón Gómez de la Serna en el relato del mismo título.

–¿Y anda siempre así?

–Si, desde que le conozco nunca le he visto andar hacia adelante, siempre para atrás.

–Supongo que lo hace para llamar la atención o para llevar la contraria a los demás, pero válgame Dios –repetí– si en una de esas no se cae y se estroncia o le atropella un autobús o…

–Él dice que no, que está desarrollando una mirada periférica como los animales herbívoros y que mientras tanto le vale con los espejitos retrovisores en los cristales de las gafas.

–Si es que hay gente pató –dije a lo Belmonte.

Unos años después, aquel rico anfitrión, propietario de grandes extensiones de tierras en Extremadura y marido de una hermosa mujer que había sido miss regional, se sufragó su escaño de senador y fue promocionado por el líder del partido conservador a la Presidencia del Senado. El vicepresidente de la Cámara Alta, que se sentaba a su lado y le veía tomar apuntes en una libreta oficial, me comentó que era un tío raro. Ya no caminaba hacia atrás, pues un trastazo le había curado aquella manía; ahora escribía palabras al revés, del final hacia el comienzo, como si llevar la contraria al orden natural y cultural de las cosas fuese lo suyo. Acabó en la oposición. Lógico.

San Roque y ‘Napoladrón’

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Dos meses después volvieron a coincidir en un andén de la estación del Metro de la Puerta del Sol.

–¿Qué tal, Fiol, sigues con tus estudios no reglados? –se interesó ella.

–Hola Marisa, pues si, en ello me ando –ironizó él.

Hablaron del asunto. Él definió la Mundología objeto de estudio como una acumulación de conocimientos y vivencias útiles para pasar el tiempo y ella imaginó lo estupendo que debería ser tener la vida resuelta como aquel pollo rico de familia.

–¿En qué materia andas ahora?

–En la arbitrariedad –dijo él–; llevo un tiempo recogiendo arbitrariedades sonadas, a cual más injusta y caprichosa, y te aseguro que la mies es mucha y sorprendente.

–¿Por ejemplo? –le instó ella.

–La última de la colección fue perpetrada por dos tipos de aúpa, uno era el papa Pío VII y el otro san… –hizo una pausa obligada por ruido del convoy– Napoleón Bonaparte. Resulta que el Sumo Pontífice se sintió tan agradecido al belicoso general porque después del estruendo de la Revolución Francesa restableció e incrementó los privilegios de la Iglesia Católica en Francia que no solo acudió a su coronación como emperador en la catedral de Notre Dame el año 1802, sino que decidió concederle un regalo celestial.

En este punto Fiol interrumpió su relato. Subieron al vagón.

–¿Un regalo celestial?

–Pues sí. Resulta que el emperador carecía de fiesta onomástica, ya que su nombre no figuraba en el santoral, y entonces el Papa consideró que le agradaría figurar en el calendario católico, como en efecto así fue, y decidió instituir la festividad de San Napoleón coincidiendo con su nacimiento. Pero había un problema: el emperador había nacido a última hora del 15 de agosto y ese día estaba ocupado por la Virgen María. ¿Qué hacer? Dado que entre los últimos minutos de la festividad mariana y los primeros del 16 de agosto apenas mediaba una pequeña pausa, el Papa consultó al corso y éste aceptó haber nacido un poco más tarde. Sin embargo, el 16 agosto estaba ocupado por San Roque, un santo muy querido por los campesinos franceses (y españoles), pues era de Montpellier (antiguo Reino de Aragón). ¿Qué hacer? Pio VII no lo dudó: desplazó la fiesta del santo y su perro al 18 de agosto y decidió que el 16 fuera San Napoleón, cuyo festejo oficial se celebraba por todo lo alto, con misa solemne, parada militar, fastuosa recepción palatina, banquete y baile en Versalles, fuegos artificiales sobre el Sena y toda la pesca…”

–Con razón aquí le llamaban “Napoladrón” –dijo Marisa.

–¡Anda qué bueno! ¿Quién te lo ha dicho? –preguntó él.

–Benito Pérez Galdós por escrito… Bueno, yo me bajo en esta.

–Entonces hasta la próxima, Marisa. Ah, se me olvidaba: cuando derrocaron a aquel Napoladrón devolvieron a San Roque a su lugar.

El espía que acabará con el puto Putin

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Cargaba con un apellido injusto. Se apellidaba Graset (gordito en castellano) en contraste con su fisonomía de joven espigado y flaco. Era un tipo amable, divertido, buena persona. Poseía una laringe y un oído privilegiados. Con sólo oír dos o tres veces a un personaje podía reproducir su voz como si fuera él. Algunas veces nos sorprendía por la espalda con la voz impostada de Felipe González y de otros dirigentes políticos de aquel tiempo. Trabajaba de corresponsal en Madrid para una emisora de radio catalana. Un día lo repatriaron y ya no le volví a ver. Supongo que la vida es eso, gente que vamos viendo y que dejamos de ver.

Pero al cabo de muchos años –y aquí empieza el cuento– me lo encontré o, mejor dicho, lo identifiqué en el aeropuerto Adolfo Suárez. En la fila de facturación me precedía un tipo con la cabeza rapada, enfundado en un lujoso terno azul de ejecutivo o directivo empresarial. Al llegar al mostrador intercambió unas frases con el factor. Su voz me sonó familiar, me escoré para verle la cara y casi sin pensar prorrumpí:

–¿Graset..?

–¿Si, cómo me ha reconocido? –dijo, sorprendido.

–Por la voz.

Me escudriñó con sus ojos de miope y al instante abrió los brazos. Tras el abrazo nos preguntamos cómo nos trataba la vida y, con la premura del caso, a donde iba cada cual. Ambos nos dirigíamos a París. Una rápida gestión nos permitió ocupar dos asientos juntos.

Me dijo que había dejado el periodismo, la radio, la televisión, el grupo de teatro de su pueblo, que era la Tramoya de Vila-seca si mal no recuerdo, y ahora trabajaba para el Estado. Me extrañó que aquel joven inquieto, alegre, sin corbata, sin horario, siempre veloz en pos de la noticia se hubiese convertido en un burócrata. Pero enseguida añadió que realizaba misiones para los servicios de inteligencia.

–Inteligencia es lo que necesitan los servicios esos; no pegan una.

–Es una forma de decir que hay que ser más listo que el enemigo –aclaró.

Recordé el papel lamentable de los servicios secretos ante los atentados de los terroristas islamistas del 11 de marzo de 2004, cuando asesinaron con bombas metidas en mochilas abandonadas en los trenes de cercanías del corredor del Henares (Madrid) a 192 personas. “No se oye nada”, decían los mandos de esos servicios en referencia a sus antenas internacionales. Menuda tropa de sinvergüenzas.

–Mentían como bellacos por orden del jefe del Gobierno –susurró.

–¡Joer, Graset! ¿Y tú trabajas para esos buitres de acero inoxidable?

Soltó una risita resignada y se sintió obligado a aclarar que no había dejado el periodismo del todo: solo había solicitado una excedencia voluntaria por nobles razones. El término “noble”, aplicado a la tarea de espiar, me pareció estrafalario y así se lo participé. Entonces, imitando la voz del presidente francés Emmanuel Macrón, profirió una retahíla de vocablos en ruso y me contó la misión de acompañar al mandatario francés en una conversación telefónica con el canalla Vladimir Putin. Las palabras en ruso eran frases ofensivas, insultos que debía proferir durante la conversación, como si fuera Macron, para soliviantar a aquel tipo. Esa era solo una parte de la tarea asignada aquella mañana, ya que después se trasladaría a toda mecha a Ginebra (Suiza) para repetir la operación durante la conversación que el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, mantendría con “cara de víbora”. Así llamaba al belicoso Putin. Los diálogos iban a ser tensos, pues el muy sukin syn (pronunciación de “hijo de perra” en ruso) había bombardeado el puerto de Odesa unas horas después de aceptar el pacto de no agresión al envío del trigo y las gramíneas de Ucrania a los países necesitados y hambrientos de África y Asia.

Aunque el viejo amigo y colega hablaba con toda seriedad, no pude evitar acordarme de Miguel Gila. “Los insultos no matan, pero desaniman”, diría el gran humorista. Le pregunté si serviría de algo cabrear al canalla y me corrigió: “Cabrear no, enfurecerlo, oír sus denuestos, saber cómo insulta y poder calibrar su timbre y su tono de voz”. Quise saber la utilidad de aquel ejercicio nada diplomático para el objetivo anhelado de parar la guerra y sacar las tropas rusas de Ucrania, pero sonrió y me pidió que no le hiciera más preguntas. “Ya sabes que los procedimientos son secretos y, además, por tu propia seguridad no te conviene conocerlos… ni siquiera conocerme”.

Puesto que se cerró como una ostra, apelé a las conjeturas: “Con el canalla furioso puedes imitar su voz más enérgica y, una vez interceptadas las líneas de mando y control, ordenar directamente a los generales la retirada de las tropas de Ucrania. ¿Estoy en lo cierto?” Abrió mucho los ojos y respondió en ruso como si fuera el mandatario del Kremlin. ¡Por Júpiter que lo tenía bien ensayado! “No, no es eso”, dijo en castellano. Insistí. “Dado que eres un hombre de radio y televisión –dije–, me permitirás este breve guion: supongamos que se interceptan los canales de las principales emisoras de radio y televisión cuando el cabeza de víbora pronuncia el discurso, se lanzan sus exabruptos contra Estados Unidos, la NATO, la Unión Europea e incluso China. Y acto seguido se anuncia el final de la misión especial militar en Ucrania. Dado que el tipo apenas mueve los labios cuando habla, muy pocos notarán el mensaje impostado y, en cambio, todos celebrarán la decisión de poner fin a la invasión. Los rusos, cansados de tanta muerte, pobreza, tristeza y represión, saldrán a la calle a celebrar el fin del putinato”. Graset sonrió, pero esta vez se abstuvo de decir: “No, no es eso”.

Dinastía televisiva

EL LUNES TE CUENTO

Erase una vez un rey al que le gustaba ver la televisión. También le gustaban otras cosas como el buen vino, las corridas de toros, la caza mayor, las motocicletas… Las mujeres no le gustaban mucho, sino muchísimo. Un día flipó con una vedette que salía por televisión. Lógico: tenía un cuerpo y unas piernas de locura. Cantaba, bailaba, actuaba y era tan bella que optó a Mis Universo. El rey había tenido una juventud triste y una formación militar severa, pero ahora en el trono pensaba resarcirse, así que comunicó su sirviente de máxima confianza el deseo de conocer a aquella mujer. Éste habló con la artista y ella se sintió muy halagada de la admiración de su rey. Aceptó el encuentro, surgió el idilio y se convirtió en su amante secreta durante dieciocho años. Una, porque el rey tenía más. Y secreta, porque el rey estaba casado con la reina, tenían tres hijos (dos niñas y un niño) y la religión del reino condenaba la poligamia. Además, los súbditos eran chismosos y él no deseaba deteriorar su costosa imagen de buen padre de familia, hombre cercano, bueno, campechano y entregado al bienestar de su pueblo.

Pasaron los años, los niños se hicieron mayores, las dos infantas se casaron a su gusto y el príncipe, que aun siendo el menor estaba llamado a suceder a su padre en el trono porque así lo disponían una rancia ley del reino, flirteaba con alguna joven de sangre azul (y de la otra), pero no acababa de encontrar a la futura reina consorte, imprescindible para procrear y garantizar la continuidad biológica de la monarquía. De pronto, un día, mientras almorzaba con el rey y la reina, prorrumpió: “Quiero esa”. Y señaló a la televisión. La reina no lo entendió, pero el rey, que conocía el refrán “de tal palo tal astilla”, lo captó al instante. “Esa” era la periodista que presentaba el noticiario del mediodía. Enseguida se conocieron, se hicieron novios y, un tiempo después, se casaron y tuvieron dos hijas. Cuando el rey abdicó, el príncipe ascendió al trono. Ahora, siguiendo la tradición, a nadie extrañaría que la princesa heredera se enamorara por televisión. Cosas veredes, amigo Sancho.

Ese pene

EL LUNES TE CUENTO

Quedaron a cenar con unos amigos en el restaurante de los platillos volantes. Él le llamaba así porque cocinaban tan rico que el contenido volaba en un santiamén. Los amigos no habían llegado; eran veterinarios y se retrasaban cuando algún animal requería más tiempo del previsto, así que ocuparon la mesa y pidieron un aperitivo para hacer tiempo: él, un frasco de cerveza bien fría y ella un “distinto” o tinto de verano. Comentaban algún asunto menor cuando ella, sin modificar su semblante relajado, le susurró en tono imperativo: “¡Baja eso, haz el favor!” Él puso cara de circunstancias. “¡Por Júpiter!”, exclamó al tiempo que movía las posaderas, modificaba su postura e inclinaba el torso hacia adelante para disimular la erección. No era fácil.

Ella lanzó algunas ojeadas periféricas, imperceptibles, rápidas, sin apenas subir o bajar la cabeza ni girar el cuello, como si tratara de descubrir a la fémina que excitaba a su compañero. Tampoco era fácil, pues casi todas iban ligerísimas de ropa. Por supuesto, después de treinta años de matrimonio, se autodescartaba como causa del repentino estímulo.

Lo que ella no sabía, porque él nunca se lo había contado, era que de niño se encaramaba con otros guajes del pueblo a la tapia de un corral donde un verraco montaba y dejaba preñadas a las cerdas que le llevaban. El gorrino hozaba, prorrumpía en suaves gruñidos, se excitaba, iba desplegando el miembro y finalmente, tras varios intentos, las cubría. Él tendría entonces once o doce años y aquel espectáculo había sido su primera información sexual. Los apareamientos de Pelotas (así le llamaban) eran sonados. Los gruñidos de placer de los animales alertaban a los chavales, que enseguida se ayudaban unos a otros a subir a la tapia. Los coitos de Pelotas eran frecuentes y largos. Algunas veces duraban veinte minutos o más.

Ahora, al ver al camarero servir un jarrete de cerdo a los comensales de enfrente y contemplar el sacacorchos con el que abría una botella de vino, la memoria y su primo el subconsciente le jugaban una mala pasada.

–Te pone la damisela, no lo niegues –dijo ella, señalando con la mirada a una joven de exuberante anatomía.

–Es muy mona, pero te equivocas, hermosa –dijo él.

–Pelandusca descocada…

–No seas cruel, no pidas en verano una moral de invierno.

–Eres un cerdo, ¿lo sabías?

En ese instante llegaban los amigos Eladio y María del Carmen. Sin duda oyeron el reproche de la mujer y se percataron de que él, al incorporarse a saludarlos, estaba como decía el famoso exduque de Palma. Di tú que inmediatamente se acercó el camarero y él le pidió el descorchador y se lo mostró a los recién llegados.

–¿A qué se parece? –les preguntó.

El veterinario y su esposa se rieron.

–Al pito de un cerdo –dijo Eladio cuando el camarero se alejó, y luego añadió que la naturaleza es sabia y que el órgano sexual del verraco tiene esa curioso morfología en forma de sacacorchos porque el glande ha de abrirse paso a través de los pliegues del útero de la hembra para aparearse como es debido, enroscándose incluso en el cérvix.

Ni que decir tiene que la información fue muy útil para que él pudiera explicar a su compañera la causa y razón de la protuberancia bajo aquel pantalón de lino que tanto se arrugaba. ¡Qué risa con el sacacorchos!