7.–No quiere ser jefe, sino libre

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Se entenderá que el Abuelo no quisiese permanecer mucho tiempo en el zoológico, a pesar de la cantidad de intrigas, anécdotas, chismes, chismorreos y sucedidos en boca de la fauna del lugar. Las redacciones se caracterizaban por el ruido y la variedad de animales de la misma especie. Ruido de máquinas de escribir, teletipos, receptores de radio, monitores de televisión, individuos que hablaban en voz alta y blasfemaban a voz en grito. Los periódicos se hacían con decibelios. Con razón una cabecera de los tiempos anteriores a Rafael Cansinos Asens fue rotulada El Ruido. Y otra, también anterior al siglo del átomo, se llamó El Infierno. Este periódico salía por la noche y tenía la redacción en una casa de lenocinio. Eso no quita para que en 1843 diera la primicia de la muerte del VII conde de Toreno, José María Queipo de Llano y Ruiz de Saravia, personaje culto, afrancesado, contradictorio y fugaz sucesor de Mendizabal en la jefatura del Gobierno. Los redactores de El Infierno practicaban la rima: “Ha llegado el conde de Toreno, se le está poniendo el rabo; se espera con impaciencia a don Juan González Bravo”. Y firmaban como Mefistófeles, Lucifer, Ángel Caído, Diablo y otros nombres del Demonio. Eran poco fiables, confundían la realidad y el deseo y, por ejemplo, en este caso, la llegada del político violinista González Bravo se demoró catorce años. Fuera por el ruido, por el ambiente infernal o por otras razones, T rehuía las redacciones. Prefería tomar el pulso de la calle y chafardear en el Parlamento a cumplir su jornada en aquellas salas pobladas de megalómanos, presumidos, presuntuosos e importantes. Más de una vez y de dos le ofrecieron puestos de mando. Pero él los rechazaba diciendo: “No quiero ser jefe, sino libre”. Cierto es que nunca comentó con la abuela aquellas ofertas ni las mejoras salariales que conllevaban. De este modo G veía cómo algunos amigos y compañeros de promoción de T subían en la tabla de mando de distintos medios de comunicación social, alcanzaban jefaturas, se convertían en directores, eran nombrados directivos e, incluso uno, llegaba a director general del monstruoso ente público Radiotelevisión Española (RTVE) mientras él permanecía estancado de periodista raso año tras año. Aunque ganaba un salario suficiente para mantener a la familia (esposa y dos hijos) en un escalón aceptable de la pirámide de Maslow (“el mediano pasar”, le llamaban), G suponía que era un “mediocre” y una vez se lo dijo con todas las letras, a lo que él respondió: “mediocre no, ocre del todo”. Otras veces G comentaba con tono de reproche: “Contigo nunca saldremos de pobres”, a lo él, que había sido un niño pobre y conocido la pobreza en varios países del mundo, solía contestar: “No te quejes, cariño, que no nos falta de nada”.

6.–Labora en casa de fieras

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

En días como aquellos, el Abuelo salía del establo más lánguido que un burro apaleado. También empleaba la palabra “zoo” para referirse a la redacción del periódico, un lugar malsano por el que pululaban una variedad de fieras a cual más asquerosa y peligrosa. Algunas reptaban. Las de las jaulas (despachos) eran temibles por sus garras y venenos. Si te echaban mal de ojo o te cogían ojeriza estabas jodido. Se trataba de jefes de sección, redactores jefes, coordinadores, adjuntos a la dirección y, en general, gente con mando y control. Más valía evitar la discusión con ellos y esperar el momento oportuno para mostrar sus errores. En su conjunto formaban una malla cuadriculada que impedía la comunicación de la base con la altura. Se esmeraban en sonreír a los de arriba, los reyes y reinas de la casa de fieras, y escupir a los de abajo, la puta base plebeya que los alimentaba. Controlaban la información, valoraban si convenía o no publicarla, decidían cómo y cuando se publicaba o si acababa en el cesto de los papeles. Algunos se entretenían en mejorar (casi siempre a peor) los títulos de las gacetillas, crónicas y reportajes. Otros, más aplicados todavía, masajeaban los textos, cambiando verbos y alterando el orden de los párrafos. Era la forma de demostrar su autoridad y de justificar los grandes emolumentos que recibían. Manejaban claves políticas, empresariales, financieras y hasta deportivas. Y si no las manejaban, simulaban estar en el ministerio. Una serpiente pitón, a la sazón jefa de la sección de política nacional, se quejó al oso de tener que “limpiar el culo” a algunos redactores. Alguien se enteró del comentario y unas semanas después, coincidiendo con su cumpleaños, le envió un regalo, un voluminoso paquete envuelto en papel de colores. El recadero se lo llevó a la jaula, ella agradeció el presente con una sonrisa de oreja a oreja. Lo abrió y sufrió un pasmo. Lógico. Nunca sonrías antes de tiempo. El paquete contenía una docena de rollos de papel higiénico y una explicación con letras versales en un folio blanco: “Que usted se limpie bien”. La serpiente se enojó. Reptó hasta el despacho acristalado del oso y allí se les vio, ella intentando empitonarle y él riendo a carcajadas la ocurrencia. Desde aquel día, los redactores se tomaron la libertad de advertir a García, que así se apellidaba, aunque la motejaron lady Higiénica, que no era menester que les cambiara los títulos y limpiara los textos, pues ya se atenían por sí mismos al Libro de Estilo. En alguna ocasión T le dijo: “No me cortes, que sangro”, pues también gustaba eliminar párrafos completos de las crónicas para “dar aire” a las páginas, ampliando las fotografías. Más de una vez le ordenó, sin explicación alguna, reducir su crónica a “un breve”. En esos casos T evitaba mostrar su contrariedad y se limitaba a pedirle que el breve tuviera, al menos, siete líneas, lo que equivalía a tres renglones mecanografiados a sesenta espacios. “¿Qué más te da siete que cinco?”, le recriminó ella una vez, a lo que T respondió: «Ya sabes como empieza El Génesis». “¿Eso qué tiene que ver?”, dijo ella. Él le contestó: “Si lo has leído sabrás que la primera noticia escrita sobre la creación del mundo tiene siete líneas, y que en la séptima el Creador descansó”. La pitón replicó con voz pedregosa: “Pues mira, va a ser que no”. Y le asignó cinco líneas.

5.–Bordea el peligro

DE INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo bordeaba el peligro. Su sentido crítico se acentuaba ante las chapuzas, los abusos de poder y la corrupción visible o soterrada. La primera, por ser evidente y estar muy extendida, carecía de relieve noticioso. Él le llamaba “corrupción objetiva”. Brotaba del vientre del volcán como esa lava incandescente que todo lo calcina y arrasa. Eran abusos institucionales, corporativos, asociativos, sobresueldos públicos exagerados, privilegios sin tasa, disposiciones arbitrarias y, sobre todo, leyes injustas, invariablemente desequilibradas a favor del norte (los ricos, los opulentos, los tronos y patronos, el capital) y en contra del sur (los pobres, los necesitados, la clase obrera y laboral). Hubo un tiempo, me decía, en que algún gobierno menos indecente o más pudoroso que los anteriores reconoció la existencia de una “corrupción sistémica” y procedió a una limpieza de cutis más teórica que práctica para ofrecer al mundo buena cara. Pero el magma de la corrupción siguió fluyendo por los canales subterráneos horadados al efecto. La falta de honradez de los titulares del poder en cualquier nivel territorial (local, provincial, regional y estatal) y en los negociados administrativos provistos de recursos públicos ocasionaba fuertes presiones y frecuentes rupturas de las canalizaciones, con las consiguientes humedades (filtraciones) que emborronaban el “buen nombre” y arruinaban la credibilidad de los gobernantes. El papel impreso cumplía su función de crítica y control. Lo que decía el periódico iba a misa. Y T, que jamás pisaba iglesia, mezquita ni sinagoga, consideraba el primer deber de todo buen periodista la denuncia de los abusos y las desviaciones de los poderosos en perjuicio y detrimento de los ciudadanos, a los que llamaban “masa”, “pueblo”, “público”, “clientela” y despreciaban olímpicamente salvo cuando, una vez cada cuatro años, había que hacer elecciones; entonces eran “queridas amigas y amigos”, “estimados compañeros”, “dilectos camaradas”, “apreciados compatriotas” y así. Puesto que el sistema poseía un mecanismo esponjoso capaz de absorber rápidamente cuanta “corrupción subjetiva” afectaba a los gestores públicos y políticos granujas que vendían su ética (los más astutos la alquilaban), había que mantenerse atentos, muy atentos, a las humedades y filtraciones de arriba. Algunas veces se producían de oficio. Un ejemplo: T recibía en la redacción del periódico una nota de prensa sobre un acto oficial como la entrega de despachos a unos militares de alta graduación, procedentes de terceros países, que habían realizado estudios superiores en la Escuela de Guerra del Ejército español. En principio aquello carecía de relieve noticioso, pues sólo interesaba a los protagonistas y a sus familiares. En estos casos la noticia “se publicaba en la papelera”. Sin embargo, si te fijabas bien enseguida veías que aquella nota contenía varios apellidos de origen británico, alemán, holandés… entre una veintena de latinos de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, en la que España impulsaba una vigorosa cooperación. Y entonces surgía la pregunta de qué rayos podía enseñar un ejército como el español a los anglosajones contra los que había perdido todas las guerras en los últimos quinientos años. T guardó la nota en su bolsillo y en cuanto pudo salió a tomar el pulso de la calle en dirección a la mencionada escuela militar, ubicada en el céntrico distrito del liberal Argüelles. Realizó sus pesquisas, preguntó, consultó el programa de estudios de aquellos oficiales superiores. Ninguno de los recién diplomados era británico, estadounidense ni “alemán occidental”, como se decía entonces al referirse a los de este lado del Muro de Berlín. Tampoco holandés, danés ni escandinavo. Luego, durante el fin de semana, la información de que España formaba coroneles de la República de Sudáfrica, según publicaba el periódico, abría los boletines informativos y los noticiarios más importantes de radio y televisión. Lógico. Téngase en cuenta que la dictadura racista sudafricana, con el sanguinario Pieter Willem Botha (“el gran cocodrilo”) al frente, era una de las peores del mundo y que España, una democracia emergente, emborronaba su buen nombre con aquella cooperación repugnante incluso a la Organización de Naciones Unidas. Entraba, no obstante, el adiestramiento de los militares sudafricanos del régimen del apartheid en la lógica de unos mandos castrenses muy experimentados en el control y la represión de la población civil como eran los españoles. Cuarenta años de dictadura daban mucho de sí y, como se decía entonces, la antigüedad era un grado. La oposición parlamentaria lanzó sus críticas al ministro de Defensa, un tipo sagaz y florentino, al que suponían débil frente al estamento armado, pero en este caso, como en tantos otros, aquel hombre optó por el silencio y atemperó las críticas con cenas exquisitas con los oponentes en la quinta planta del ministerio. Sobre el asunto, el ministro de Asuntos Exteriores, un reformador con gran prestigio, comentó a T: “Ya le advertí (al colega de Defensa) que no trajera más gente de esa, pero no me hizo caso”. Las sinceras palabras del jefe de la diplomacia no eran para publicar, sino para guardar, por más que revelaran trifulca noticiosa en el Ejecutivo. Quiere decirse que las buenas historias solían tener segundas y terceras partes, y aquella las tenía. Pero en vez de seguir adelante, T optó por referirme otro ejemplo. El estímulo noticioso no era en este caso una insulsa nota de prensa, sino una filtración pura y dura sobre un político conservador, millonario de familia, con prósperos negocios y concesiones públicas en el sector de la seguridad privada. Este hombre ejercía una oposición firme, implacable, contra el gobierno progresista en materia de orden público. Adquirió notoriedad por su rechazo frontal a la regularización de inmigrantes decretada por el gobierno. Más de ochocientas mil personas habían logrado entrar en nuestro país sin permisos ni visados en los últimos años. Eran gente que venía huyendo de la pobreza, el hambre y las enfermedades. También de las guerras y de la represión de de los sátrapas que infectaban el norte de África. Gente trabajadora, hombres y mujeres jóvenes en su mayoría, algunos con niños, que se habían jugado la vida y sufrido abusos y penalidades sin fin hasta llegar aquí, donde, al carecer documentación en regla, permiso de residencia y de trabajo (“ilegales” les llamaban), sufrían la más cruel explotación laboral en las tareas más duras, incluida la prostitución, para poder sobrevivir. Era lógico que aquel político de derechas se opusiera con todo el énfasis de su vigorosa dialéctica a la regularización de aquella gente invisible y arrastrara a su partido a una campaña contra el plan del gobierno de reconocer su existencia y sus derechos sociales y civiles como ciudadanos. Lógico, pues se les acababa el chollo. Como quedaba un poco feo admitir que la legalización de los inmigrantes iba a perjudicar a los explotadores, desde la señora bien que pagaba una mierda a la doméstica dominicana, hasta el terrateniente que hacía lo propio en sus campos al descubierto o cubiertos de plástico con los braceros magrebíes, pasando por los llamados “empresarios” con talleres clandestinos, sin olvidar a los subcontratistas de la construcción, ni a las mafias del sector recreativo nocturno, aquel político encontró el argumento adecuado y perfectamente falaz: “La regularización –decía una y otra vez– es una medida pésima, catastrófica, que va a producir un efecto llamada muy difícil de evitar, contener y soportar”. El “efecto llamada” metía miedo. Repetido machaconamente, un día tras otro, y amplificado por los medios de comunicación durante meses (el tiempo que duró la regularización), proyectaba la impresión de que los inmigrantes de la ribera sur del Mediterráneo y los que venían de América central y del sur te quitaban el trabajo y se iban a apoderar del país. Cuando la derecha por fin ganó las elecciones, aquel hombre, el del “efecto llamada”, fue nombrado ministro del Interior. Ni que decir tiene que siguieron entrando inmigrantes sin permiso, como siempre. Una mañana T recibió una llamada telefónica. El interlocutor, un guardia civil con galones, le sugirió que se enterara de unas detenciones recién practicadas por patrulleros de la Casa-Cuartel de Pozuelo-Aravaca, una zona muy cotizada del norte de Madrid, en la que se asentaban mansiones y urbanizaciones de lujo. Él agradeció el mensaje y, sin perder tiempo, emprendió las pesquisas convenientes. A través del Colegio de Abogados localizó al letrado de oficio que debía asistir a los detenidos y emprendió viaje a la situación, es decir, a la puerta de aquel cuartelillo, con el siguiente resultado: los arrestados eran cuatro inmigrantes indocumentados que trabajaban en la finca del señor ministro. ¡Por Júpiter! Aquel atestado era la bomba, y no las que colocaban los asesinos de la banda terrorista ETA, precisamente. T agradeció la información del abogado y salió zumbando hacia el periódico. La noticia le quemaba en las manos. El político recio, intolerante, campanudo, del “efecto llamada” utilizaba una cuadrilla de inmigrantes sin papeles en las obras y reparaciones de la valla perimetral de su mansión. La Guardia Civil los había detenido y ahora pasaban a disposición judicial, con un resultado cantado: su expulsión, y unas consecuencias previsibles: la dimisión del ministro. Redactó la información con la mayor precisión y austeridad posible, cursó la llamada de rigor al jefe de prensa, amigo y hombre de confianza del señor ministro, con el fin de añadir la explicación del preboste. Esperó una hora, dos. La respuesta no llegó. Lógico. La mayoría de los sinvergüenzas optan por el silencio. Y aquel era un falsario de marca mayor. Ya con la hora encima, T cursó la información y esperó al cierre de la primera edición del periódico. De pronto sonó el teléfono: era el jefe de prensa del ministro. Le llamaba para hacerle saber que su señorito ya había hablado con un mando del periódico y le había aclarado el episodio. No podía negar la presencia de unos inmigrantes “ilegales” en la finca, pero había que tener en cuenta varios elementos que, sin duda, el redactor desconocía. En primer lugar, aquellos terrenos no eran solo suyos, sino también de sus padres y de su hermano. Compartían el espacio común, jardines y demás, de la gran parcela en la que sus padres tenían la antigua mansión y él y su hermano habían construido una casa cada uno. En segundo lugar, el ministro era ajeno a la contratación de aquellos operarios. La decisión era cosa de su hermano, que había pedido a un contratista de Brunete que le arreglara la valla, los setos y el jardín para celebrar la primera comunión de la niña. Y ¡oh fatalidad! Aquel tipo apareció con unos obreros “ilegales”. En tercer y último lugar, el señor ministro agradecía que la información no se publicara. Bastantes tarea tenía con luchar contra el terrorismo para ocuparse de los asuntos domésticos de su hermano y perder el tiempo, además, en explicarlas públicamente. De ahí que agradeciese muy sinceramente que aquella historia, “una simple anécdota”, dijo, no se difundiera. Se publicó en la papelera.

4.–Imparte Filosofía

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Cuando el Abuelo comenzó a tomar el pulso de la calle había dos o tres semanarios que pagaban bien los reportajes. Si le aceptaban uno o dos al mes, podía sentirse satisfecho. Pero aquella forma precaria de ganarse la vida le colocaba al albur de los humores de directores y redactores jefes, razón por la cual aceptó un trabajo de ayudante de secretaría en una academia privada de enseñanza general básica para adultos, bachillerato y curso de orientación universitaria, con horario de 17:00 a 22:15 horas. El director de la Academia Fontano, un buen tipo que hacía honor a su nombre –se llamaba Santos–, sudaba tinta al empezar el curso para encajar la afluencia de estudiantes, los distintos niveles y las variadas asignaturas con las pocas aulas y profesores disponibles. Tenía que organizar además dos turnos pedagógicos: uno de cinco a ocho de la tarde y otro de ocho a diez y cuarto de la noche. Después de mucho barajar, conseguía optimizar los recursos y distribuir a los alumnos inscritos en Graduado Escolar, Quinto y Sexto de Bachillerato y Curso de Orientación Universitaria (COU) en las seis habitaciones con tarima y pupitres con las que contaba en dos pisos (primero y el tercero) de aquel edificio de la Corredera Baja de San Pablo, propiedad del señor Perrote. En cambio, por la razón que fuera (ahorro salarial, mayormente) aquel don Santos no lograba cuadrar las asignaturas de ciencias y de letras con el número de profesores que tenía y se desesperaba al no poder dotarles de ubicuidad para que impartieran clase a dos grupos distintos al mismo tiempo. ¿Qué hacer? Después de dos horas encerrado en su despacho, rellenando y rompiendo pliegos cuadriculados con horarios, aulas, cursos, asignaturas y profesores, encendía otro cigarrillo de la novedosa marca Fortuna, tomaba resuello y volvía a la carga. En uno de esos ejercicios, miró al techo buscando inspiración y se topó con la realidad: una humareda espesa, insoportable. Se incorporó, dio unos pasos hacia la puerta, la abrió para que saliera el humo –el despacho carecía de ventana y respiradero– y entonces se fijó en T, que detrás del mostrador ayudaba a un alumno a cumplimentar los documentos de inscripción, y le pidió que pasara a su despacho. Él obedeció al instante, penetró en nube y escuchó la oferta del señor Fontano: “Puesto que vas a empezar tercero de Periodismo te supongo capacitado para impartir las asignaturas de letras a los alumnos de Graduado Escolar y Filosofía de Sexto de Bachiller en el turno de noche. ¿Qué te parece?” A T le pareció estupendo. Por el mismo horario iba a ingresar un suplemento de mil pesetas. Pero, sobre todo, iba a aprender mucho de sus alumnos y a practicar su filosofía: “Hacer el bien mirando a quien”. Eso me dijo. Las asignaturas de Graduado Escolar eran sencillas: Geografía, Historia Contemporánea, Política y Religión. Les llamaban ‘las marías’. Al carecer de licencia (todavía no era licenciado) se limitaba a poner las calificaciones de los exámenes trimestrales y luego los profesores titulares firmaban las actas. Casi todos los estudiantes del turno de noche eran mayores que él, mozas y mozos que se habían puesto a trabajar a los catorce años para ganarse la vida y ahora, después del servicio miliar en el caso de los varones, querían seguir estudiando u obtener al menos el Bachillerato Elemental y si era posible el Superior para mejorar en su empleo o cambiar de trabajo. Una aspiración humana, justa y comprensible. La mayoría de ellos, sobre todo las chicas, eran sirvientas o empleados de tiendas y comercios. Los chicos laboraban en almacenes, de repartidores, en la limpieza, la construcción o en los talleres y fábricas del alfoz de la capital. Un alumno, Víctor, era profesor de autoescuela y adiestró a T gratis et amore con un Seat 600 para que obtuviera el permiso de conducir. El Graduado Escolar duraba un año lectivo, equivalía al Bachillerato Elemental y estimulaba el deseo de estudiar, de modo que algunos cursaban a continuación los dos años de Bachiller Superior y T se los encontraba en Filosofía de Sexto, una asignatura configurada a retazos, con una sucinta historia del pensamiento occidental, algo de sociología, un poco de teodicea, algunos conceptos de política y, sobre todo, la Lógica de Aristóteles en versión tomista, es decir, silogismos a troche y moche. Para los constructores de aquel engendro, aquellos razonamientos de dos premisas (la mayor y la menor) y una conclusión eran la parte mollar de la asignatura, así que T la explicaba con mucho detalle, pedía a los alumnos que aprendieran de memoria las palabras mnemotécnicas (bárbara, celare, darii, ferio…) para recordar la variedad de silogismos y los entrenaba en aquella forma de razonar que sirvió durante siglos para encandilar ingenuos y relanzó Tomás de Aquino para intentar demostrar la existencia del dios creador del mundo. T disfrutaba con aquella didáctica. Decía, por ejemplo: “Todas las mujeres son buenas, Anita es mujer, luego Anita es buena”. Y los estudiantes debían analizar las dos premisas y la conclusión para determinar la clase de silogismo. Cada premisa tenía su letra: A igual a “universal afirmativo”, E igual a “universal negativo”, I igual a “particular afirmativo” y O igual a “particular negativo”. De este modo si la premisa mayor –“Todas las mujeres son buenas”– era A (universal afirmativo) y la premisa menor –“Anita es mujer”– era I (particular afirmativo) y la conclusión –“luego Anita es buena”– también era I, teníamos un silogismo “darii”. Si tenemos en cuenta los términos de las dos premisas y la conclusión nos salen cuatro figuras silogísticas. Puesto que los juicios pueden de cuatro (A,E,I,O) en cada uno de los tres elementos (las dos premisas y la conclusión), nos salen hasta 64 combinaciones posibles, si bien, las reglas silogísticas las reducen a 19 modos válidos. Una regla básica es que el silogismo no tenga más de tres términos, pues el razonamiento consiste en comparar dos con un tercero. Si introducimos una cuarta pata incurriremos en una falacia. Es muy socorrido este ejemplo: “Todos los hombres son libres, las mujeres no son hombres, luego las mujeres no son libres”. El término “hombres” de la premisa mayor se refiere al género humano, a la gente, pero en la premisa menor se utiliza como ‘varón’, introduciendo la cuarta pata que da lugar a la falacia. Otra regla de oro para no incurrir en falacia es comparar el término medio en su totalidad, sin tomar la parte por el todo como ocurre en el siguiente ejemplo: “Todos los aragoneses son españoles, algunos españoles son andaluces, luego algunos andaluces son aragoneses”. A ver, Ramón, haga usted un silogismo en “bárbara”. Y Ramón dice: “Todos los hombres necesitan alimentos, los alimentos tienen proteínas, luego todos los hombres necesitan proteínas”. Correcto. T me enseñó aquel juego. Pero me contó más. Me dijo que elaboraba y reproducía a ciclostil (no había fotocopiadoras) dos folios de apuntes con todas las fórmulas silogísticas y los repartía entre los alumnos para que los entendieran y los empollaran mejor, pues, básicamente, el aprobado de la asignatura dependía del buen manejo de aquella garambaina. Si lo sabría él, que se preocupaba de visitar y consultar a los profesores de los institutos Beatriz Galindo (femenino) y Ramiro de Maeztu (masculino), donde sus alumnas y alumnos, respectivamente, debían de realizar los exámenes. Y lógicamente, iban bien preparados y casi todos aprobaban. Tamaño porcentaje de aprobados con excelentes calificaciones sumía al bueno de don Santos en un dilema: no sabía si felicitarle por la docencia o regañarle por la falta de alumnos en las clases de recuperación del verano.

3.-Pulsa la calle

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Si T no estaba en casa, valía preguntar a la abuela para enterarse de que nueve de cada diez veces había salido a tomar el pulso de la calle. Él no salía a andar por andar ni a caminar para hacer ejercicio físico, como Goyi y otras personas de su edad, sino a ejercitar el músculo de la observación, el tendón de la curiosidad y las articulaciones del razonamiento. Siempre había algo que llamaba su atención y casi siempre regresaba con alguna historia nueva e interesante que contar. Algunas veces se demoraba horas y horas. Lógico. “Las historias no suceden, transcurren”, solía decir cuando la abuela le reprochaba su tardanza. En ocasiones invocaba “la curiosidad” para disculparse, y ya se sabe que la curiosidad es esa fuerza que te impide moverte del lugar donde ocurre algo interesante. Para él, “tomar el pulso de la calle” equivalía a hacer lo que había hecho desde sus años mozos, cuando empezó a estudiar periodismo y a escribir y vender reportajes a semanarios de gran difusión. Eran los últimos años de la dictadura franquista, tiempos de gran agitación política e ideológica. La calle era el elemento de la juventud. «Un día pasaba yo –me dijo– por la plaza de España, vi unos coches negros estacionados ante la sede central de Sanidad Nacional (entonces todo era “nacional”), me acerqué y me colé sin acreditación previa en un acto organizado por las autoridades para presentar el nuevo hospital que iban a construir en el norte de la ciudad, cerca de un sanatorio de tuberculosos y al lado de otro hospital. Tamaña concentración de establecimientos sanitarios estimuló mi atención. Tomé buena nota mental de las explicaciones de aquellos prebostes. Un médico que era yerno del dictador llevaba la voz cantante. Me fijé bien en las maquetas del nuevo edificio, similar a aquellos botes de pastillas contra el dolor de cabeza que llamaban Piramidón, llegué a casa y esbocé un reportaje que completé con algunos detalles urbanísticos, pasándome por el lugar de la edificación, y con varios datos económicos, obtenidos por comparación. El texto fue aceptado por un semanario crítico y comedido. Y aquel hospital, construido al gusto del yerno del dictador generalísimo y bautizado como Centro Nacional de Especialidades Quirúrgicas ‘Ramón y Cajal’, empezó a ser conocido como El Piramidón.» Cierto es que luego al dictador lo ingresaron en el hospital vecino, La Paz, donde le practicaron una escabechina, le mantuvieron entubado y prolongaron su agonía por motivos políticos hasta que anunciaron su muerte el 20 de noviembre de 1975. Por cierto que el ‘yernísimo’, doctor y grande de España, que se llamaba Cristobal, sacó unas fotografías de su suegro desahuciado, rodeado de tubos y cables por todas partes, hecho una mierda. Y nueve años después aquellas instantáneas fueron vendidas a una ‘revista del corazón’ por una cantidad millonaria. Con razón decía el yerno que era cardiólogo. Pero no un cardiólogo cualquiera, sino un cirujano terrible, cuyas operaciones quirúrgicas a vida o muerte sobrecargaban la barca de Caronte. La sobrecarga de gas licuado (propileno) de un camión-cisterna procedente de la refinería de Enpetrol en Tarragona provocó su estallido cuando pasaba junto al camping Los Alfaques, a la salida de la localidad de la localidad de San Carlos de la Rápita y ocasionó una masacre terrible: 243 fallecidos. Era la segunda semana de julio de 1978 y el campamento estaba lleno de veraneantes españoles y de varios países europeos. La explosión mató al instante a 158 personas e hirió con quemaduras muy graves a más de trescientas que en aquel momento, las 2:35 de la tarde, se hallaban en el campamento. Los heridos fueron evacuados a los hospitales que disponían de unidades de quemados en Barcelona, Valencia y también en Madrid, al Piramidón, el centro de especialidades quirúrgicas más moderno y mejor dotado del país, con toda una planta dedicada a curar a los heridos por fuego. Una semana después de la tremenda explosión seguían muriendo heridos. La cifra oficial fue de 85 fallecidos en los hospitales. Pero ninguno en el Piramidón. ¿Por qué? Para buscar la respuesta convenía darse una vuelta por allí, así que realicé unas llamadas telefónicas y tuve suerte. El día y a la hora convenida me personé en el despacho del doctor Yuste. “Ponte esto”. Me entregó una bata verde y unas calzas blancas con suelas de corcho. Tras comprobar que la pequeña cámara fotográfica quedaba convenientemente disimulada bajo mi atuendo de médico salimos hacia los ascensores y me condujo por varias plantas de aquel enorme edificio, incluidos los sótanos. El doctor Yuste conocía bien el hospital, pues no en vano era el jefe de medicina interna de tan moderno, valioso y costoso establecimiento, sufragado con las cuotas salariales de los trabajadores. La síntesis de aquella mañana de viaje a la situación se podía resumir con una palabra: “Desolación”. El relato, apoyado con pruebas gráficas, reflejaba la incuria, la corrupción y sus progenitores: doña prevaricación y don abuso de poder. Instrumental quirúrgico costosísimo perfectamente arrumbado, máquinas de anestesia, importadas de Estados Unidos, abandonadas y cubiertas de polvo; monitores y computadoras nuevas, amontonados de cualquier manera en un sótano húmedo; quirófanos bien montados, abandonados antes de ser estrenados; decenas de habitaciones con todo el aparataje instalado, cerradas a cal y canto. Dispendio y abuso, inversiones mil millonarias inútiles, alas y plantas completas de aquel moderno edificio infrautilizadas o sencillamente cedidas a las ratas. La corrupción objetiva y subjetiva reinante en aquel centro de especialidades quirúrgicas, aquel Piramidón construido y equipado según las directrices del yerno del dictador, saltaba a la vista aunque en aquel caso, como en casi todos, estuviera oculta. Se comprenderá por qué no hubo muertos entre los heridos más graves que desde el camping de Los Alfaques fueron llevados a ese hospital: porque al llegar se encontraron cerrada la flamante unidad de quemados y tuvieron que ser trasladados a otros centros sanitarios. La sorpresa y el escándalo dieron paso al anuncio gubernamental de una investigación interna cuyos resultados nunca fueron conocidos. Las “investigaciones internas” eran y siguen siendo, como los “casos aislados”, el recurso más frecuente y socorrido de los responsables públicos. Luego hacían eso que se llama “nada”. Y puesto que cuando hacían algo era investigar la “filtración” y ordenar represalias contra los periodistas, él agradecía la inacción por el bien de sus fuentes y para no verse obligado a defender el secreto profesional frente a las presiones más burdas y a las más sutiles indagaciones.

2.–Inventa palabras

INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Si el Abuelo no hubiera sido como es, tampoco Gabriel Díez Mier, un tal yo, sería como soy ni habría inventado palabras como malincuente y otras. Pero él se inventaba palabras, conjugaba sustantivos como si fueran verbos y sostenía que toda mujer y todo hombre que se precien han de tener una palabra propia, un término genuino, ideado por su magín. Yo entonces contaba cinco años y hacía poco tiempo que había roto a leer y a escribir con letras mayúsculas. Puesto que ya antes llamaba a las cosas como mejor me sonaban, descubrí que poseía una colección de palabras como puchi, archibolín, bolichinil, el mencionado malincuente y otras inventadas por mí. También verbos. Si alguna vez oyen o leen vocablos derivados de la conjugación de escalumbrar y escaboñar, sepan que esos verbos son de mi invención, aunque se los regalé a T, quien tenía una palabra singular: ciribicundio. La utilizaba de vez en cuando en algún reportaje, alguna crónica. Cuando parecía que la había olvidado, la dejaba caer en algún texto. “¿Qué significa?”, le pregunté. “Si ponemos la tercera sílaba delante de la segunda, quiere decir lo mismo que cibiricundio”, me contestó. O sea, nada; la palabreja carecía de significado. Y si lo tenía, él lo desconocía. Me pareció un recurso literario poco honrado, pero enseguida me aclaró que el ciribicundio quería decir lo que a cada lector le diera la gana y que a él le servía para salir del paso. Estupendo –le dije–, pero me parece poco honrado». El reproche sobre la falta de honradez le llegó al alma. Y para darme a entender los ardides de los periodistas literarios (así les llamaban) en su lucha contra el tiempo y otros elementos, incluido su propio cerebro, me refirió el caso de un colega, maestro y buen amigo, llamado Federico Abascal Gasset, quien estando de corresponsal de un gran periódico catalán en Alemania Federal, llegó a utilizar el nombre de un jugador de fútbol como si fuera un miembro del Gobierno. Sabía lo que había dicho, reprodujo sus argumentos, entrecomilló su palabras, pero, en plena redacción contrarreloj, no consiguió recordar el nombre de aquel preboste y le calcó el primero que le vino a la mente: el de un futbolista. Di tu que entonces no había Internet y nadie se percató de la chapuza o si se enteró no protestó. La honradez del texto periodístico es la verdad, con independencia de que el libro de estilo te obligue a poner el nombre y la función o el cargo de la persona que hace una declaración noticiosa. Deduje que la precisión de los hechos y los dichos es la regla de oro del buen periodismo. Y también deduje que un poco de granujería bien administrada podía sacar de muchos apuros a los plumillas. Puestos a deducir, caí en la cuenta de que si toda mujer y todo hombre que se precien han de inventar una palabra propia, esto iba a ser un sin dios lingüístico y lenguaraz, un ciribicundio mayor que la Torre de Babel. T abrió mucho los ojos y soltó un jijí. ¿Tú crees? Claro que lo creo; nada más tienes que ver la cantidad de palabras del diccionario de la lengua española, unas noventa mil, y pensar lo que ocurriría si cada persona que habla español aportase una nueva palabra. Se volvió a reír, supongo que de mi ingenuidad, y me echó la historia de Curro. El onubense Francisco López del Real era dirigente y activista local de las Juventudes Socialistas, le capturaron y encarcelaron al final de la Guerra Civil, en 1939. Su destino era el paredón de fusilamiento pero, mientras tanto, le sometieron a trabajos forzados junto a otros presos políticos. Todas las mañanas les mandaban formar y los sacaban en dos filas indias a arreglar caminos y construir represas. Curro era bajito e iba de los últimos. Un día, al poco de salir por el portón de la cárcel, preguntó al compañero que iba a su lado si llevaba el ilurio imantado, a lo que éste, según el acuerdo previo, contestó que no. “¡Joder, Fulgencio, otra vez has olvidado el ilurio imantado!”, le gritó, irritado, para que lo oyera el guardia que iba detrás. Y acto seguido se volvió corriendo hacia la entrada de la prisión a buscarlo. Habían caminado treinta o cuarenta metros, una distancia suficiente para que el guardia, si se le ocurría disparar, no acertara a darle, y en vez de cruzar el portón, bordeó el caserón y desapareció. A saber lo que aquél guardián pensaría que era el ilurio imantado. Ya ves cómo una palabra inventada te puede salvar la vida, dijo. Asentí. Y él añadió que aquel Curro llegó a una estación ferroviaria y se sentó a esperar el tren, cualquier tren que le alejara de allí. En esas apareció una pareja de la Guardia Civil, se acercaron a él, le miraron con detalle y cara de mala leche. Él les dio los buenos días tengan ustedes y se mostró más sereno que un cuatro sentado en una silla. Entonces uno de los agentes le preguntó: “¿Tú te has escapado, verdad?” A lo que él contestó que sí. El guardia se sorprendido y se interesó: “¿Cómo lo has conseguido?” Él respondió: “Con mucho valor”. Los guardias se lo tomaron a broma, vieron que era inofensivo y le dejaron en paz. Curro consiguió llegar a Francia, resistió al nazismo y sobrevivió en el exilio en Bélgica hasta que acabó la dictadura en España y decidió regresar. T sostenía que era uno de los socialistas más buenos, ocurrentes, fundados en razón y con más gracia que había conocido.

Introducción al Abuelo

Esta crónica de un viejo periodista a los ojos de un joven consta de 36 entregas o episodios que se irán desgranando cada domingo en este blog. Gracias por leer.

1.–El Abuelo fuma

El Abuelo olía a tabaco. Escribía y fumaba o fumaba y escribía. Mi abuela decía que en otro tiempo también olía a tinta de imprenta, un aroma que a ella le gustaba. Pero con los avances tecnológicos dejó de oler a periódico impreso y sólo olía a tabaco, razón por la cual empecé a llamarle T. Él creía que me refería a uno de sus seudónimos: Tilo, Tilo Dátil, convertido después en personaje de novela, y se sentía halagado por mi decisión nominal, ya que casi todos los protagonistas de sus relatos, y en particular de aquél, eran buena gente. Desconocía que con T le quería llamar “tabacoso”. Si me quedaba en la primera letra era porque para proferir adjetivos sobre su asquerosa adicción se sobraba mi abuela Goyi, con G de “guapa” y “gustosa”, pues a su belleza espiritual y física añadía el buen gusto en vestir, calzar, cocinar. Y poseía un gran talento pictórico. Ella me confesó que sentía uno de sus mayores placeres cuando el Abuelo llegaba a las tantas de la madrugada oliendo a periódico impreso y la despertaba a besos. Él terminaba la jornada laboral entre la una y las dos de la noche, cuando las rotativas empezaban a escupir ejemplares de la edición de provincias a una velocidad endiablada y las hileras de furgonetas que esperaban, unas potentes Mercedes, comenzaban a cargar palieres con torres de paquetes de periódicos y salían zumbando hacia las ciudades de los cuatro puntos cardinales. Algunas no volvían: se estrellaban. En el periodismo todo era urgente y veloz, y aquellos jichos con sus jacas de carga rendían tributo a una industria derivada de lo que Gabriel García Márquez definió como “el oficio más bello del mundo”. Luego, los avances tecnológicos simplificaron mucho el proceso productivo, eliminaron el transporte físico a larga distancia, suprimieron los teclistas, correctores, montadores y otros eslabones de la cadena hasta que, finalmente, una crisis económica provocada por una especulación financiera e inmobiliaria desaforada sumió al país en la depresión, la prensa se fue a la mierda, cerraron cientos de imprentas, la Galaxia de Gutemberg desapareció en los confines de la Vía Láctea y el kilo de periodista se pagaba menos que el cuarto y mitad de pollo. El siglo del átomo quedó atrás y dio paso a la era del bite. El Abuelo se digitalizó y ya sólo olía a tabaco. Maldecía la voracidad del capitalismo globalizado. Pero, además del refrán castellano –“La avaricia rompe el saco”–, conocía el adagio ruso: “Añorar el pasado es correr detrás del viento”, y se negaba a decir si aquellos tiempos fueron mejores. “Para nosotros, la clase obrera y laboral, jornaleros de la pluma, todos los tiempos fueron complicados”. Eso decía.

Patriotas del patrimonio

EL LUNES TE CUENTO

Era una vez un país al que algunos decían querer tanto que le llamaban “gran país”. La querencia de aquellos recibía el nombre de “patriotismo” y era exhibida con banderas, pegatinas, insignias y toda suerte de quincalla como si alguien, desde algún lugar remoto, hubiera lanzado una competición con premio para saber quien era más patriota. Se trataba de una exhibición bastante absurda, pues de antemano era sabido que los patriotas de verdad confundían patria y patrimonio y amaban tanto su patrimonio que rechazaban con ahínco los impuestos y ocultaban sus fabulosas ganancias y posesiones detrás de sociedades tramadas con testaferros y constituidas por abogados muy listos en “paraísos fiscales” y capital en Suiza. Por extraño que parezca, aquellos patriotas ricos, muy ricos, preferían la evasión a la contribución a la mejora de la vida de su “gran país”. Algunos llevaban la trampa fiscal en su ADN, les venía de familia. Otros, enriquecidos con la corrupción de las privatizaciones de empresas y patrimonio público y, sobre todo, con los planeamientos urbanísticos, la promoción y construcción de viviendas que hipotecaban la vida y los salarios de los jóvenes trabajadores, consideraban que ya pagaban bastante imposición sufragando caprichos y ambiciones de ediles, regidores, técnicos meramente administrativos y políticos de su cuerda. Las prácticas corruptas iban pasando de padres a hijos, sobrinos, cuñados, primos y demás familia. En algunas regiones y nacionalidades (autonomías) gobernadas por aquella suerte de patriotas se contaban en cientos y hasta en miles de millones de euros los dividendos anuales de la corrupción (“sistémica” le llamaban). Así las cosas, solo los asalariados, ocuparan el puesto que ocupasen, fueran ejecutivos, oficiales de primera, trabajadores intelectuales o manuales, autónomos o contratados, pagaban impuestos. Mejor dicho, el Estado se los detraía de sus salarios con una regla proporcional: a más salario, mayor detracción. El impuesto sobre la renta de las personas y el que gravaba los bienes de uso y consumo, incluidas las viviendas, que eran muy caras, constituían los principales ingresos del Estado para sufragar la educación, la sanidad pública, los servicios sociales, la asistencia a los ancianos y otras prestaciones de primera necesidad, administradas, todas ellas, por los gobiernos autonómicos.

Se produjo entonces una crisis económica provocada por los especuladores financieros. Y los patriotas al frente del Gobierno del “gran país” cargaron más impuestos sobre los únicos que pagaban, trabajadores y consumidores, congelaron y bajaron las pagas de los jubilados, de los empleados públicos (administrativos, docentes, sanitarios, policías…), ajustaron algunos impuestos sobre los beneficios de las empresas que, a falta de demanda y consumo nacional e internacional, redujeron la producción o cerraron dejando a miles de trabajadores en paro. Los patriotas en el gobierno transfirieron miles de millones de euros de las rentas del trabajo al capital para salvar a la banca, ya que los propios banqueros, usureros tramposos que agarraron la pasta y huyeron, habían sido incapaces de restablecer el equilibrio apelando al Banco emisor y engañando a los pequeños ahorradores con tretas para dejarles in albis (“preferentes”, le llamaban). La descapitalización humana de los servicios públicos esenciales del “gran país” fue vertiginosa: colegios sin profesores suficientes, con más alumnos por aula, sin calefacción ni aire acondicionado; centros de salud sin el número de facultativos necesarios para atender a la población, sin equipamiento, sin servicio de urgencia; universidades con cátedras en precario, menos profesores cada año; hospitales con menos especialistas y cirujanos y más largas listas de espera de pacientes necesitados de intervenciones quirúrgicas. La regla de reducir los gastos manteniendo congelados los salarios y amortizando los puestos de trabajo se aplicaba a rajatabla, de manera que sólo se cubría una de cada diez vacantes. Incluso se expulsó de mala manera de los hospitales universitarios a los catedráticos eméritos que brindaban su saber y experiencia gratis et amore a los médicos de distintos departamentos y resultaban muy valiosos en casos de duda. Una gobernante autonómica muy, pero que muy patriota, les quitó hasta la magra ayuda para el transporte y para un café de máquina que les daban por su generosa ayuda desinteresada. “Ustedes quédense en casa”, les dijeron. No querían testigos eminentes de la progresiva degradación sanitaria. Lógico. La supresión de recursos (“recortes” les llamaban) de los servicios esenciales afectaba con toda la crudeza a las residencias de ancianos (“asilos” les decían en otro tiempo) de titularidad pública: pocos empleados mal pagados para atender a muchos ancianos desvalidos, menús de mínimos, mucho frío en invierno y demasiado calor en verano. Algunos protestaban por las malas condiciones y el sufrimiento suplementario que les infligían en su último tramo de la vida. Pero turris burris lo que dijeran, pues carecían ya de valor de mercado. En alguna ocasión, algún medio de comunicación se hacía eco de aquellas críticas y obligaba a los patriotas en el poder autonómico a dar una respuesta. Y la respuesta era: “Si no están a gusto que vayan a una residencia de pago”. ¿Es que no habían pagado suficiente en décadas de trabajo, por lo cual eran pobres y con pensiones iguales o inferiores al salario mínimo? La pregunta era inoportuna y además inútil, pues aquellos patriotas “neoliberales” despreciaban la cordialidad de Adam Smith, al que ni siquiera habían leído. En plena descapitalización de los hospitales públicos, con vistas a convertirlos en centros de negocios privados, la mamá de un menda muy alto e importante en el escalafón del gobierno autonómico pisó el aire en vez del suelo, se cayó, sufrió una lesión en la cara, magulladuras y lo más grave: se fracturó una vértebra. La trasladaron rápidamente al hospital, la atendieron en el servicio de urgencias, le administraron calmantes, le hicieron los preceptivos análisis: sangre, radiografías, resonancias. La mujer sentía unos dolores terribles en la espalda. Ni los calmantes más potentes lograban mitigarlo. Llegó el diagnóstico: “Desprendimiento de cadera”. Eso era lo que le pasaba. Pero la mujer, ya entrada en años, decía que no le dolía la pierna sino la espalda. ¿Qué sabría ella? La operaron de una cadera. En aquel “gran país” valía todo. Todo, menos cobrar los impuestos proporcionales a los ricos y muy ricos, a los grandes patrimonios.

Las víboras de Toledo

EL LUNES TE CUENTO

Erase una vez un arzobispo que declaró exentas de veneno a todas las víboras nacidas y criadas en un círculo de doce leguas en torno a Toledo. ¿Por qué de doce y no a veintiún leguas, por ejemplo? ¿Por qué las víboras y no otros reptiles y bichos venenosos? Puesto que el primado de España era el más alto representante de Dios en aquella tierra, se le suponía inspirado por el Espíritu Santo, de modo que a nadie se le ocurría pedirle explicaciones sobre aquel don del cielo. Y, por otra parte, a los habitantes de la ciudad y su entorno les parecía estupendo que las víboras no tuvieran veneno. Téngase en cuenta que los españoles siempre fueron más proclives a la creencia que a la ciencia.

Pero la declaración de monseñor y su alto grado de predicamento dejó muy preocupado al doctor Chavas, el médico del rey Carlos II, quien la consideró una solemne majadería. Aunque no deseaba enfrentarse al purpurado, el juramento hipocrático le obligaba a combatir la enfermedad, así que escribió un opúsculo, “Tratado de la víbora”, dirigido a hacer saber a la población que la picadura de la víbora era tan mortal en la capital toledana y sus aledaños como en el resto de la Península Ibérica.

Ni que decir tiene que el arzobispo se soliviantó y lanzó a los agentes del Santo Oficio contra aquél impío que se atrevía a negar un don del cielo. El rey no quería líos y dejó hacer, y los colegas de Chavas, envidiosos de su puesto y de la elevada consideración de la que disfrutaba en la Corte, se abstuvieron de defenderlo. El eminente Chavas, que ya contaba setenta y dos años, acabó en los calabozos de la Inquisición, acusado de haber escrito un “Tratado” contrario a la fe católica. El pliego de cargos le imputaba el delito de “haber hablado de las víboras en términos malsonantes y heréticos”.

Tres siglos y medio después, otro médico, el doctor chino Li Wenliang, advirtió de la aparición de un virus (veneno) muy contagioso y mortal, y fue reconvenido y encarcelado “por alterar la paz y el orden social”. El brote de coronavirus se propagó a una gran velocidad, Wenliang murió víctima del maldito virus y, salvando las diferencias entre la terrible pandemia que ha matado a cientos de miles de personas y la mordedura de las víboras, la credibilidad de las autoridades chinas quedó a la altura del betún, es decir, como la de aquel arzobispo.

A las víctimas de las creencias

Btum y lo esencial

EL LUNES TE CUENTO

Rodeado de familiares y amigos, Btum dijo: “Allí hay de todo”. Habían transcurrido diez años desde que consiguió abandonar el país y ahora, al regresar, todos querían saber dónde había estado y cómo le había ido. El les contó: “Allí hay comida, leche para los niños y alimentos suficientes para hacerlos felices, no como aquí, que solo hay de eso para unos pocos”. Recordó la vez que su padre le dio un caramelo que se mastica y nunca se acaba (un chicle) y prosiguió: “Allí hay caramelos de verdad, dulces de azúcar y miel para los niños, no como aquí, que solo hay para unos pocos”. Y siguió diciendo que “allí tienen comida abundante y variada para todos; nadie pasa hambre como aquí, donde falta de todo, menos para unos pocos; allí hay pan, frutas, hortalizas, legumbres, carnes de ave y de res, embutidos, peces, moluscos, crustáceos… Ninguna vitamina, mineral o proteína “esencial” al desarrollo y el bienestar corporal falta en la dieta de aquella gente (los nacionales les llaman). Para que veáis como es la cosa basta con que sepáis que allí no sólo cocinan y tratan los alimentos comer, sino también para dar placer al cuerpo. Algunos cocineros, ya sean mujeres u hombres, son considerados artistas y poseen un reconocimiento social altísimo precisamente por eso, por dar placer al cuerpo. Para que os hagáis idea de lo mucho que les gusta comer, realizan ese ejercicio entre tres y cinco veces al día, y varios platos cada vez, de lo que ya podéis deducir que comen sin tener hambre”.

Después de algunas aclaraciones sobre la interesante (y golosa) materia, Btum siguió contando que “allí el agua llega a todas las casas, no como aquí, que hay que ir a buscarla. Allí se puede beber tranquilamente, no como aquí, que da dolor de barriga. Hay agua para todos y para todo, no sólo para beber, sino también para asearse y lavar la ropa y fregar y limpiar las cosas. En lo atinente a la bebida también he de deciros que allí hay cantidad de jugos, zumos, fermentados, destilados… La abundancia y variedad es tal que la gente, los nacionales, beben sin tener sed. Se podría decir que han perdido el sentido de lo esencial, eso que llaman “la esencialidad”.

Btum se refirió después a otros asuntos de la vida allí, tales como la enseñanza de los niños y los jóvenes, la prevención de las enfermedades y los cuidados de la salud, los medios de transporte. En este punto dijo que “allí hay muchos, muchísimos coches, casi uno por cada dos nacionales con edad de manejarlos, aunque en vez de ser proporcionales y tener dos plazas, la mayor parte de esos vehículos son cada vez más grandes y disponen como mínimo de cuatro plazas, por lo que casi siempre van vacíos. En esto y en que corren sin tener prisa y se atropellan y chocan y se estroncian se nota esa falta de esencialidad a la que me refiero.”

Aunque Btum hablaba sin un esquema preestablecido e iba contestando a las preguntas que le hacían, llegó a los escalones más elevados de la Pirámide de Maslow y entonces dijo que “allí necesitan gente para obedecer, personas que quieran trabajar y realizar las tareas que los nacionales, cada vez más instruidos, pulcros, sabios, sibaritas y sabedores no quieren hacer”. En este punto se explayó un poco sobre lo mal que sentaba el esfuerzo a los nacionales y también, sobre la terquedad y resistencia de aquella gente a obedecer. “Con deciros que hay muchos, muchísimos, que se niegan a ahorrar luz aunque sea cada vez más cara, debido a sus guerras y a la subida del precio del gas natural y los demás combustibles fósiles, y que prefieren seguir asfixiando, ahogando el planeta, antes de renunciar a su falta de esencialidad”.

A los inmigrantes