Homenaje a los «luchadores de la libertad», a cuyo recibimiento acudió Lucas Ubiese la primera vez que volvieron a España en un viaje organizado desde París en 1979
Por KEY GOOD
Las reuniones con los aviadores y demás combatientes republicanos se convirtieron para Lucas en un hábito sabatino. Y aunque Manuel Montilla decidió regresar a México, donde tenía una hija, Borrajo, Bravo, Merino y otros que volvieron para quedarse, elogiaban los avances del país hacia la democracia y la convivencia pacífica. Sólo don Nequin mantenía la remota esperanza de la reposición de la legalidad republicana. La prensa iba publicando los artículos de la nueva Constitución que estaba elaborando el Congreso de los Diputados. Y en aquel goteo caló sin ruido y con indiferencia la definición de España como una monarquía constitucional. Las fuerzas políticas de izquierda que se reclamaban republicanas pagaron el precio de un lugar al sol y aceptaron los hechos consumados. Por cierto, entre los preceptos constitucionales figuraba el derecho al divorcio, algo que alegró sobremanera a la Rubia del Portugués, no tanto para rehacer su vida en el orden sentimental, pues se sentía libre de amar y relacionarse físicamente con quien le venía en gana, sino para disolver el vínculo legal con su marido legal e impedir que se beneficiara del régimen ganancial de su sudor.
La mayoría de los viejos republicanos con los que Lucas se relacionaba desvivían humildemente. Nada esperaban del nuevo orden democrático. Borrajo tenía algún posible. Merino y su esposa, una mujer pequeña y sencilla que le había acompañado desde Venezuela, sobrevivían con la magra remuneración que él recibía como redactor y editorialista del periódico del Partido Socialista Obrero Español. Merino era un hombre ponderado y razonable y escribía con una elegancia superior. Profesaba un socialismo posibilista que anteponía la justicia y la libertad a los dogmas sectarios y estatalistas, un librepensador que no renunciaba al libre albedrío, algo difícil de entender y soportar para los comunistas y para no pocos correligionarios de su partido. Había publicado un libro y tenía algunas novelas de tierra caliente que nunca verían la luz. Bravo, por su parte, traducía al castellano a los pensadores y grandes literatos rusos para una nombrada editorial que le pagaba poco, tarde y mal.
Cierto es que algunos representantes de las formaciones políticas de izquierdas empezaron a reivindicar el reconocimiento legal de los militares republicanos, lo que, sin devolverles el uniforme, la categoría y el mando –algo impensable–, les podía reportar una paga de jubilación para que vivieran con cierto decoro hasta el encuentro con Caronte. Pasaría una década hasta que el deseado reconocimiento comenzara a verificarse y, entonces, la labor del bondadoso Yebra, que se había dejado la piel en los oscuros y tóxicos sótanos de la hemeroteca municipal, encuadernando y conservando los ejemplares de los periódicos y de La Gaceta de la República, se demostraría esencial para ayudar a muchos exmilitares republicanos y guardias de asalto a encontrar y acreditar ante la administración las referencias impresas de sus nombramientos y ascensos. Por su parte Lucas acompañó a Borrajo, Merino y a otros oficiales republicanos al Tribunal Militar Central –conocía aquellas dependencias porque acudía cada cierto tiempo a preguntar por la sentencia del Viejo– con el fin de que les expidieran los preceptivos certificados de amnistía para poder solicitar a continuación la preceptiva paga de jubilados.
El tiempo pasaba deprisa. Los representantes políticos elegidos por la gente realizaban su trabajo en aquellas Cortes Constituyentes de las que nadie esperaba milagros, sino equilibrios que hicieran entender a la oligarquía, al clero y al ejército que el poder ya no emanaba de sus bravatas, doctrinas y amenazas, sino del voto libre, igual, directo y secreto de todos los españoles. El Pataslargas mantenía un comportamiento aceptable y no había empezado a “borbonear” de un modo público e impúdico como había augurado don Nequin, y cuando llegó el 14 de abril, sólo algunos cientos de jóvenes y viejos salieron a la calle de Santa Engracia a conmemorar el aniversario de la proclamación de la II República y a reivindicar la reposición de la legalidad conculcada. Las autoridades dijeron que la “algarada” no venía a qué. Los manifestantes iban cantando el himno de Riego y querían llegar a la glorieta de Cuatro Caminos y leer un manifiesto. No les dejaron: la policía les cerró el paso a la altura de los depósitos soterrados del Canal de Isabel II y los corrió a palos, descalabrando a algunos viejos y a bastantes jóvenes. Lucas protegió a don Nequin, que, sin embargo, recibió el trallazo de la porra elástica de un guardia en un brazo. Otro agente, también con cara de bruto, intentó arrebatarle la bandera bordada que había sacado del confrecito del subsuelo de la librería, pero no lo consiguió. El porrazo le produjo una irritación roja en la piel que fue cambiando de color y se volvió morada y después amarilla. “Es la bandera republicana, abuelo; sobre su piel la están viendo sus ojos”, le dijo Lucas. Él sonrió, se rascó el brazo y no dijo nada.
Con el empuje hacia la democracia llegaron una mañana de finales del mes de octubre numerosos hombres y mujeres que habían formado parte de las Brigadas Internacionales. Eran una compañía, más de doscientos. Lucas acudió a recibirlos a la estación de Chamartín. Habló con muchos de ellos y escribió varios reportajes sobre sus combates y penalidades. Se habían citado en París, igual que cuando eran jóvenes, y viajaron toda la noche en el expreso Puerta del Sol. Una poetisa comunista de Vallecas que se llamaba Ángeles García Madrid y varios representantes de los partidos comunista y socialista les recibieron con aplausos y abrazos. Lucas observó la emoción en sus caras, las insignias republicanas y las estrellas de luchadores de la libertad en las solapas de sus abrigos y chaquetas. Les acompañó por los antiguos los frentes de la Ciudad Universitaria, del Jarama y de Brunete. Cerca de la localidad de Morata de Tajuña apareció el general Líster, un hombre campanudo, grueso y con cara de bruto. Almorzó con los brigadistas en la venta de Frascuelo y les vio desperdigarse y perderse durante horas por aquellas tierras calcáreas entre los olivos, dando rienda suelta a sus recuerdos y emociones. Algunos caminaron hasta la ladera de un picacho que llamaban Pingarrón, otros buscaban la Colina del Suicidio y muchos se inclinaban sobre el suelo recogiendo algunos trocitos de huesos que afloraban y a saber de qué clase de animal serían, y también puñados de tierra que amorosamente guardaban en bolsitas de plástico para llevársela consigo a Francia, Checoslovaquia, Bélgica, Alemania, Yugoslavia, Israel, Hungría, Estados Unidos de América… Había bastantes estadounidenses del batallón Lincolm. Era la primera, emocionada y emocionante visita que realizaban a España tras la evacuación desde Cataluña y la pérdida de la guerra hacía cuarenta años. Las autoridades ignoraron la visita de aquellos supervivientes –“luchadores de la libertad”, les llamaban– porque consideraron prematuros los homenajes y estimaron que el reconocimiento, la gratitud y la justicia podían esperar. Siempre fue lenta la justicia en España.
Lo que más impresionó a Lucas fue el reencuentro de uno de aquellos brigadistas, un belga, con su hijo español. El padre era un hombre bajito y el hijo superaba un palmo la media nacional y le sacaba una cabeza. El padre se había alistado voluntario al lado de la República, formando parte de las brigadas francesas. Salvó el pellejo en el puente Pindoque y combatió bravamente en Trijueque (Guadalajara), en la operación de distracción de Brunete, en la que murieron muchos compañeros suyos, y después en el frente de Aragón. Sospechaba que había dejado preñada a una moza española, pero no se enteró de que tenía un hijo hasta muchos años después. Y ahora, allí estaban, padre e hijo, aquel mozancón con una gorra de marinero y aquel jubilado belga con su estrella roja de cinco puntas prendida en la solapa de su abrigo.
Lucas pidió a la reportera gráfica que le acompañaba que registrara el entrañable encuentro. Luego, mirando la instantánea de aquellos hombres abrazados, padre e hijo, se preguntaba cómo era posible que aquella gente localizase con tanta facilidad a sus seres queridos después de tantos años y él, con las facultades intelectuales en plena forma y la proyección que le daba su nombre impreso a diario en un importante periódico nacional de mucha circulación, no fuera capaz de averiguar el paradero de Charín, su Chin, su amor, su único amor verdadero.
Bravo escoltó el avión de Stalin en su viaje a Teherán para reunirse con Roosevelt y Churchill, una conferencia decisiva para derrotar al nazi-fascismo.
Por KEY GOOD
Los días que siguieron, Montilla contó su vida allá en México, donde se ganó el condumio realizando tareas tan variadas como arrastradas. Vendió lencería a domicilio, fue barrendero, vendió periódicos, consiguió un empleo de aviador, pero tuvo mala suerte: realizaba vuelos nocturnos transportando pescado en un avión de carga entre la costa del Pacífico y la capital federal; todo iba bien hasta que la compañía quebró y, para cobrar el seguro, el propietario prendió fuego al avión. Nunca volvió a pilotar.
En cambio, su jefe de escuadrilla, José María Bravo, siguió volando y mantuvo a raya a los nazis en Ucrania durante la Gran Guerra Patria, como llamaban los rusos a la Segunda Guerra Mundial. Del arenal de Gurs guardaba un recuerdo pésimo. Pero aguantó con sus compañeros y ahora se sentía orgulloso de haber contribuido a derrotar a los nazis.
–Yo también pude ir a México –contó Bravo–; un día recibí en Gurs la visita de un pariente lejano de mi padre al que no conocía, que me propuso que le acompañara a América, donde había estado anteriormente. Tenía el proyecto de montar una churrería en México y estaba dispuesto a corromper a quien fuera para sacarme de aquel campo. Yo le agradecí de todo corazón el esfuerzo y la magnífica oferta que me hacía en unas circunstancias tan penosas, pero renuncié a ir con él. Al paso de los años me enteré de que había prosperado, poseía una cadena de establecimientos de hostelería y era millonario. ¡Está visto que no he nacido para churrero ni para millonario!
La Rubia dijo que el de churrero era un oficio tan digno y honorable como cualquier otro, y Montilla, que había trabajado de barrendero, la respaldó sin dudar.
–Lo que pasa –aclaró Bravo– es que pasar de los loopings a los churros me pareció un poco demasiado y, por otro lado, nos había llegado una oferta de la embajada rusa para ir a la URSS, y aquello me pareció una salida mejor.
–¿Aceptaron combatir con los rusos en vez de con los gabachos? –Le preguntó Lucas.
–Pues sí. Formamos una comisión para informar y preguntar quiénes querían ir a Rusia, y la mayoría de los pilotos aceptamos encantados. En julio de 1939 salimos de Gurs. En la última expedición nos incluyeron a Arias y a mí. Dicho sea de paso, los franceses seguían poniendo dificultades para dejarnos salir, y el gran jefe Lacalle estaba demasiado preocupado por su familia –tenía a su madre y a sus hermanas prácticamente solas y sin ayuda en España– para ayudarnos y hacer valer nuestra demanda de que nos dejaran salir. Él no aceptaba ir a Rusia; se fue a México y tiempo después logró reunir allí a su familia.
–¿Y qué pasó después? –Preguntó Lucas.
–Lo que tenía que pasar: los franceses se rindieron a la evidencia de que nunca podrían contar con nosotros y acabaron cediendo. Nos reunimos en París, donde los sindicatos nos recibieron afectuosamente, nos dieron ropa nueva, nos mostraron las maravillas de la ciudad, nos facilitaron una residencia y no se separaron de nosotros ni un instante hasta que partimos hacia El Havre y embarcamos rumbo a Leningrado en el barco María Uliánova. Fueron unos días de navegación tranquila y feliz. San Petersburgo bien valía dos días de admiración, al cabo de los cuales emprendimos viaje hacia Moscú siguiendo las vías por las que poco después circularía uno de los trenes más famosos de Europa, el velocísimo Estrella Roja que uniría en pocas horas las dos ciudades. Atravesamos el impresionante Volga y luego el Moskova a la altura del puerto fluvial de Jimki, una zona de la capital repleta de izbás o casitas de madera habitadas por millares de obreros. Finalmente llegamos a la estación, situada en la plaza de Komsomólskaia, en cuyos alrededores se hallaban los parques de recreo Timiriásevo, Ostánkino, Krasnogorsk y Sokólniki, con sus antiguos palacios de la época zarista, magníficamente conservados.
Bravo admiraba a los rusos. Con sólo escuchar sus esmeradas descripciones sobre el magnífico y ordenado país, con su papito Stalin, borracho de sangre y poder, todos podían constatar su orientación ideológica y el amor sin par que sentía hacia el llamado “paraíso comunista” que, a decir verdad ni era paraíso ni era comunista, sino un sistema cruel y dictatorial de partido único cuyas camarillas de dirigentes se despellejaban unas a otras y todas dominaban a la población civil mediante la vigilancia y el terror, lo que no restaba una micra de verdad al relato del entusiasta y valiente aviador.
Bravo siguió contando que cuando llegaron a Moscú fueron recibidos por las autoridades y los dirigentes del Partido Comunista de España (PCE) allí refugiados. “Los recién llegados que habían ocupado puestos de responsabilidad en el Ejército republicano se quedaron en la ciudad y los demás nos fuimos a Járkov, a una enorme residencia para los mineros del Dombás, que era la cuenca minera del Don. Allí, en aquella casa de reposo, situada en el pueblo de Zanki, a unos treinta kilómetros de Járkov, estuvimos Zarauza, Arias, Lario y algunos otros estupendamente. Nos daban clase de ruso y nos trataban de maravilla. Nos visitaron algunos técnicos para preguntarnos qué queríamos hacer. Nuestra respuesta era siempre la misma: queríamos volar. Nos respondían con una negativa. Los que estaban más débiles fueron llevados a Crimea, cerca de un grupo de niños españoles. Cuando se repusieron, los trasladaron también a Járkov. Al final nos asignaron un destino relacionado con nuestra formación y ocupación en España antes de la guerra. Los que habían estudiado en las Academias Militares españolas, como era el caso de Francisco Ciutat, Antonio Cordón, Manuel Márquez, Pedro Prado y algunos otros militares de carrera, fueron destinados a la Academia de Estado Mayor de Voroschílov. A los mandos milicianos los mandaron a la Academia de Frunze para jefes y oficiales. Allí fueron Valentín González el Campesino, Francisco Romero Marín, Ramón Soliva, Artemio Precioso, Juan Modesto, Manuel Tagüeña, Enrique Líster, José Bobadilla, Carrasco, Jerónimo Casado, José Vela Díaz, Rafael Menchaca… En fin, todos aquellos que habían sido mandos del Ejército Popular de la República. Y luego, la mayoría de los cuadros dirigentes del partido fueron enviados a escuelas del PCUS. Algunos aviadores sin calificación profesional en la vida civil acabaron de profesores de los niños españoles –Tuñón, Sánchez Calvo, Allende y algún otro”.
La memoria de Bravo era prodigiosa. Montilla le preguntaba qué había sido de fulano o de zutano y él le proporcionaba cumplida información sobre su destino. Si apretaba los labios y cerraba los ojos, malo: señal de que habían fallecido.
“A los que habíamos sido estudiantes en España nos destinaron al Instituto Mecánico de Construcción de Maquinaria de Járkov, semejante a la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid. Éramos un grupo pequeño, de siete u ocho, Pachín, Fierro, Flórez, Gisbert, Ráfales, Molina, Talón… Talón fue incluido erróneamente, pues ya había terminado la carrera de Derecho en España, así que subsanaron el error enviándole a trabajar a Radio Moscú, donde se ocupaba de las emisiones en español. Nos pusieron en primer curso, pero teníamos unos conocimientos y una experiencia muy superior a la media, así que nos sobraba tiempo para todo. Claro, nosotros teníamos 21 o 22 años y los rusos con los que nos pusieron, dos o tres menos”.
–¿Entonces se puede decir que en vez de obligarles a ganarse la vida como el diablo les diera a entender, del mismo modo que tuvieron que hacer los evacuados hacia México y otros países de América, a ustedes les enviaron a la Universidad?
–Así fue.
–¡Qué tíos, los rusos! –exclamó Lucas.
–Una gente extraordinaria. Nos instalaron en una residencia estudiantil enorme, que se llamaba “Guigant”. Éramos más de tres mil alumnos de ambos sexos. Aquel complejo era una auténtica ciudad, con tiendas, cines, comedores, gimnasios… Teníamos una habitación para cuatro. De primeras, estuvimos dos españoles y dos rusos, pero luego yo me mudé para estar sólo con rusos y obligarme a hablar en su idioma. El uno de septiembre empezaron las clases. Estábamos incluidos en un grupo de quince alumnos en la Facultad de Automóviles y Tractores y recibíamos clases prácticas, una especie de seminario, siempre precedidas de una lección magistral que versaba sobre asignaturas comunes a las distintas especialidades. Nunca olvidaré la primera lección magistral. Fue de Matemáticas. Un profesor que se llamaba Brzhechka la dedicó a explicar el concepto “envolvente”. Anque todavía no comprendía muy bien el ruso, me di cuenta de aquel hombre repetía los mismos conceptos una y otra vez y dejé de prestar atención. Al finalizar la clase, que duró una hora, vi que algunos alumnos enviaban al profesor unos papelitos con preguntas. Yo también hice el mío. Escribí en francés “los estudiantes no somos…” y pinté un burro.
–Tu siempre dando la nota, José María.
–Nada más leer el papel, aquel profesor lo alzó y, mostrándolo a los estudiantes, preguntó de quién era. Yo me levanté y dije que era el autor de la nota. El hombre no me hizo ninguna observación y dio por finalizada la clase. Pero al poco tiempo nos llamaron a todos los españoles del comité del Partido y, mediante un intérprete, nos preguntaron quién había enviado la nota ofensiva a aquel profesor. Yo dije que no tenía intención de ofender a nadie, sino que, como no sabía ruso, había utilizado aquella forma para transmitirle la idea de que los estudiantes no éramos seres sin raciocinio y pensaba que puesto que la Unión Soviética estaba construyendo el socialismo y había creado el stajanovismo en la producción, carecía de sentido que repitiera tantas veces la explicación del mismo concepto. Creo que mi argumentación fue convincente, pues el secretario del Partido se salió por la tangente diciendo que los latinos teníamos la mente más rápida, pero a los rusos había que repetirles las ideas más veces. Después supe que esa misma teoría ya la había expresado el mariscal Suvórov en su obra La ciencia de vencer. La repetición es la madre de la enseñanza en Rusia. Ahí terminó todo. Pero hay que reconocer que los rusos tienen una gran cualidad: no son rencorosos. Durante los exámenes, aquel profesor Brzhechka quiso corregir el mío expresamente y… ¡Me dio sobresaliente!
Aunque Bravo era muy reservado sobre sus relaciones con las mujeres, Montilla comenzó a tirarle de la lengua como había hecho él sobre sus relaciones con las chicas, y Bravo terminó confesando que gracias a los rudimentos de alemán que había adquirido durante un verano, cuando era estudiante, se entendió muy bien con una alumna de su grupo llamada Iria Ledvig, una hebrea que hablaba muy bien alemán, y al poco se convirtieron en novios. “Nuestra relación se mantuvo hasta el comienzo de la guerra, en que salió a flote su espíritu antisoviético. Su padre era un abogado que había muerto en las terribles purgas de Stalin y ella comenzó a colaborar como intérprete de los alemanes hasta que… uno de ellos la mató”.
El aviador guardó un minuto de silencio y se quedó con la mirada perdida en la atmósfera de un óleo con trigales, amapolas y alcornoques, colgado entre dos alacenas. Después acercó la copa a los labios, se pasó la mano por la frente y prosiguió: “No era mala vida, aquella de estudiante. Los comunistas te instruían, te daban una paga, hacías deporte, paseabas, bailabas y hacías otras cosas agradables con tu novia, la preciosa Iria. ¿Qué más podías pedir? Los malos recuerdos quedaban atrás. Los domingos nos reuníamos con otros compañeros rusos en sus “repúblicas” y cocinábamos y comíamos a costa suya, pues la paga no nos llegaba a fin de mes, debido a esa costumbre tan española de gastar más de la cuenta los primeros días. Entonces hicimos un descubrimiento estupendo: las lentejas. Los rusos no comían aquella gramínea: se la daban a los cerdos. Cocinábamos perolas de lentejas con cebollas, tomates, pimientos y tocino y nos dábamos unos banquetes de padre y muy señor mío. Ellos se acabaron acostumbrando. Otras veces, visitábamos la escuela de niños españoles de Pomierki, en las afueras de la ciudad, donde estaba de profesora la madre de nuestro compañero Ráfales. Además de comer de gorra todos los domingos, yo me sacaba un sobresueldo dando clase de matemáticas y dibujo lineal a los compañeros españoles de una fábrica para que pudiesen interpretar los planos de las piezas que tenían que fabricar. También me inscribí en el círculo de natación; nos entrenábamos a las diez de la noche en la piscina de la fábrica Serp y Mólot tres días por semana y me convertí en campeón del Instituto y de las competiciones estudiantiles de Járkov en la modalidad de braza”.
–Siendo un nadador famoso, alguna sirenita pescarías, ¿no?
–Ya tenía a mi Iria, ¿para qué más? Ya sabes Manolo que no soy promiscuo.
–Las rusas suelen serlo –terció la Rubia.
–Sí, y además son muy bonitas, pero yo me limitaba a mirarlas. Además, estábamos muy preocupados por la situación internacional. Alemania había emprendido su ofensiva hacia el Oeste, había ocupado Bélgica, Holanda y Francia sin resistencia. El Gobierno de Petain había pedido el armisticio. La guerra contra la Unión Soviética nos parecía inminente y nos resultaba extraño que ni el pueblo ni el ejército ruso advirtieran el peligro y se dejaran sorprender. Hicimos el segundo curso en aquel Instituto de Construcción de Maquinaria –al que, por cierto, se incorporaron Gullón, Estrela y García Lloret, procedentes de una fábrica de los Urales que ellos mismos habían elegido, y Castillo y Antonio Ballesteros de otras fábricas cercanas, así como Manuel Belda, que pasó al vecino Instituto Electrónico–, y estábamos ya de vacaciones, es decir, “en paro”, cuando el 22 de junio de 1941, a las 3:30 de la madrugada, la guerra despertó a todo el pueblo ruso con su secuela de calamidades y sufrimientos. Ciento treinta y cinco divisiones alemanas, finlandesas y rumanas comenzaron a avanzar en todo el vasto frente, desde el mar Báltico hasta el Negro, en una extensión de más de 2.500 kilómetros. Estaban divididos en tres grandes ejércitos: el primero se dirigía hacia Moscú a las órdenes de Hedor von Bock, el segundo hacia Leningrado al mando de Wilhelm von Leeb y el tercero marchaba contra el Cáucaso con Kart von Runsted a la cabeza. Lo primero que se nos ocurrió fue enviar telegramas al PCE, al PCUS, al Ministerio de Defensa, a la Komintern, a los sindicatos y a otros organismos, manifestando nuestro deseo de incorporarnos a la lucha contra el enemigo común, ya que considerábamos que aquella guerra era la continuación de la que habíamos mantenido en España. Sólo recibimos respuesta del PCE. ¡Y qué respuesta! Nos decían que nuestra misión era seguir estudiando y cumplir las instrucciones de la dirección del Instituto. En vista de que no contábamos para aquellos tipos, decidimos apuntarnos como operarios en la fábrica experimental del propio Instituto, donde nos destinaron al departamento de control que verificaba la calidad de las piezas fabricadas para la industria de guerra. Dado que nuestra residencia de Guigant se había convertido en hospital militar, nos alojamos en un pabellón adjunto al propio instituto.
–¿Tenían la guerra en la puerta y no les dejaban luchar? –Se extrañó Lucas.
–Así era. Mis tres compañeros de habitación, unos muchachos excelentes, Alexander Koliésnikov, que era secretario del Komsomol del Instituto; Segismund Yesionovski y Liev Guindin se fueron voluntarios al frente. Murieron heroicamente en la defensa de Kiev. Y nosotros allí quietos, revisando piezas, practicando en el torno y… mordiéndonos las uñas de rabia. Y todo eso mientras los nazis metían su zarpa en Ucrania, masacraban a la gente de Kiev, ocupaban Poltava –la otra ciudad importante– y seguían avanzando hacia Járkov. Entonces las autoridades decidieron la evacuación inmediata y el traslado al Este de toda la industria y los centros de enseñanza, así como todo el material ferroviario, de vital importancia para un país que carecía de carreteras transitables durante el gélido invierno. Aquello nos afectaba también a nosotros, pero los españoles no estábamos dispuestos a abandonar Járkov de ninguna manera. No, sin luchar. Decidimos hacer una sentada delante del edificio del Comité Central del PC de Ucrania, que estaba en la Plaza de Dhezhinsk, probablemente la mayor de la URSS. Éramos veinte estudiantes y algunos compañeros de las fábricas que se nos habían unido. Muy pocos, una gota de agua en el mar. Pero una gota española tan persistente como la malaya que acaba horadando la piedra. Estuvimos varios días en aquella plaza. La gente nos miraba con curiosidad. Allí estábamos Alberto Alberca, Antonio Ballesteros, Manuel Belda, Herminio Cano, José Cañas, Luis Castillo, Mariano Chico, Rafael Estrela, Joaquín Ferreira, Andrés Fierro, José María Flórez, Enrique García Canet, Juan García Puertas, Francisco Gaspar, Francisco Gullón, Manuel Herrera, Hipólito Nogués, José Biescas, Domingo Ungría y yo. Nuestro decano era Ungría, teniente coronel del Ejército de la República y jefe de una agrupación de guerrilleros. Después de unos días, los mandos del Partido no pudieron seguir ignorando nuestra presencia y, por fin, del edificio salió un oficial que, dirigiéndose a Ungría, le dio un fuerte abrazo. Era el coronel Ilia Griegórovich Stárinov, que había sido consejero suyo en nuestra guerra y conservaba su recuerdo y amistad. Enterado de lo que nos sucedía, nos dijo que no nos moviéramos, volvió a entrar en el edificio y salió al poco rato para indicar a un oficial que nos condujese en un camión, que acababa de detenerse, a una casa, una especie de cuartel, donde nos dieron de comer, nos entregaron uniformes militares y nos alojaron. Así ingresamos en el Ejército Rojo.
El relato de Bravo cautivaba a los reunidos. No era para menos; combatir en la Gran Guerra Patria y derrotar a los nazis que tanta muerte y desolación habían causado en España, elevaba en el imaginario de los veteranos compañeros la estatura de aquel jefe de escudrilla, por lo demás no muy sobresaliente en términos físicos. No era poca paradoja –pensaba Lucas– que los franceses, que trataron a aquellos españoles como deshechos humanos, quisieran alistarles para combatir, y que los rusos, que les acogieron con respeto y bondad, no les permitieran arriesgar sus vidas para defender su patria. ¡Qué diferencia de trato y de sensibilidad entre unas autoridades que se decían democráticas y otras que eran vistas como campeonas del dogma y la crueldad! ¡Qué diferencia de calidad humana entre uno y otro personal!
Bravo siguió contando que cuando se enteraron de que el coronel Stárinov, que pasaba por ser la primera autoridad del país en materia de minas, mandaba una unidad de ingenieros que se encargaba de colocar aquellos artefactos en determinadas zonas para frenar el avance enemigo sobre la ciudad, se apresuraron a solicitar destino como guerrilleros y su petición fue atendida.
“Después de un rápido aprendizaje, comenzamos nuestra labor de minadores. Actuábamos de noche y nos escondíamos de día en los cementerios, donde los alemanes nunca entraban. Las explosiones de las minas dañaban los carros de los nazis, pero por sí solas no servían para frenar su avance. A los pocos días, recibimos la orden de retirarnos y nos fuimos en camiones y coches ligeros que nosotros mismos conducíamos hacia la zona del Este. Llovía. Los caminos estaban intransitables. Cuando un coche no podía seguir, lo abandonábamos con una bomba trampa para los alemanes. El barro y aquellas bombas frenaron casi por completo el avance enemigo. En Chugúev, un importante centro ferroviario, próximo a Járkov, nuestro grupo se dividió: Ungría y otros se dirigieron en tren a Stalingrado, a donde habían ido a parar algunos amigos de las fábricas, y el resto fuimos a Vorónezh, donde pasamos unos días fabricando minas y fuimos nombrados instructores. Como la situación en Moscú era delicada, debido al avance de los nazis desde el Oeste, el coronel y un grupo se trasladó allá y el resto fuimos enviados al ejército del Sur, a Rostov del Don.
Nunca se me olvidará que allí, en Rostov, nos instalamos en el sótano de un edificio de varias plantas para protegernos de los bombardeos y que cuando estábamos preparando las minas, al manipular una antitanque, realicé un contacto erróneo y estalló el detonador. Por suerte no explotaron las pastillas de trilita que había alrededor, lo que habría causado la voladura del edificio entero y la muerte de todos nosotros. El incidente se quedó en una herida en mis manos y nos permitió celebrar allí el Año Nuevo y salir poco después a minar el campo enemigo. Fuimos en tren hasta Azov y a pie unos veinte kilómetros hasta las aldeas del Mar de Azov, donde nos distribuimos en varios grupos. Yo iba con Gullón, Belda, Nogués y varios rusos. En unos trineos con caballos cubiertos con gualdrapas blancas y nosotros con atuendo de camuflaje del mismo color, emprendimos una marcha de 40 kilómetros a través de los hielos que cubrían la superficie del mar, a treinta grados bajo cero y con un viento huracanado…”
El guerrillero acercó la copa a sus labios, bebió un sorbo de coñac, otro de agua de limón… Después prosiguió: “En un momento se me desataron los condenados crampones que llevábamos en los pies y me encontré sentado en el hielo sin poder levantarme. El viento me arrastraba hacia el mar abierto, alejándome de los míos. Me sentí tan impotente que llegué a pensar –la única vez en mi vida, os lo aseguro– en pegarme un tiro. Menos mal que se dieron cuenta y volvieron a buscarme. Cuando estábamos a unos tres kilómetros del enemigo, dejamos los trineos y los caballos y comenzamos a realizar nuestra misión de minar todos los caminos que conducían a Taganrog y los cobertizos próximos al emplazamiento de los puntos de vigilancia que tenían establecidos, donde probablemente guardaban armamento y pertrechos. Todo ello, de madrugada y en absoluto silencio, en grupos de dos o tres. Colocamos minas de retardo y también minas trampa para que estallaran si nos descubrían y perseguían”.
–¿La operación salió bien? –inquirió la Rubia.
–Sí, dejamos el terreno sembrado y causamos un daño enorme a los enemigos nazis. Regresamos hacia los trineos, que localizamos mediante señales luminosas previamente establecidas, pero en el camino de regreso perdimos de vista a Belda y al oficial ruso que le acompañaba. Volvimos a buscarlos, pero no logramos dar con ellos. Pensando que se habrían desviado, pero que seguían el camino de regreso, que ya no era muy largo, reanudamos la marcha y llegamos a Shabelsk completamente agotados y con quemaduras a causa del hielo. Nuestras patronas, las josiaki en ruso, nos curaron con grasa de ganso y salimos a buscar a nuestros compañeros, que seguían sin aparecer. Al final los descubrimos, cubiertos de nieve, en una hondonada en la que se habían quedado dormidos a consecuencia de la fatiga… Estaban muertos.
En este punto, Bravo interrumpió su relato y, como en el caso de Iria, todos guardaron un minuto de silencio a la memoria de Belda, al cabo del cuál, la Rubia rellenó las copas y Montilla alzó la suya por el compañero muerto. Brindaron por su recuerdo. Lucas animó a Bravo a proseguir su relato y éste dijo que los guerrilleros minadores siguieron actuando en aquella zona hasta el mes de abril, cuando el deshielo les impedía ya atravesar en trineo el lago, y se trasladaron al sur, a Tiemriuk, frente a la costa de Crimea, donde utilizaron lanchas torpederas para minar la línea ferroviaria de aquella región. Un mes después abandonaron el Sur y les llevaron a Moscú. Desde la capital le enviaron con Fierro y un pequeño grupo de oficiales recién salidos de la Academia a un aeródromo llamado Naro-Fominsk y situado a unos sesenta kilómetros de la capital. Iban a saltar en paracaídas sobre territorio enemigo en el oeste del Don para volar el mando nazi y facilitar la ofensiva que se preparaba en aquella región. “Menos mal que la operación fue suspendida, pues no habríamos sobrevivido o habríamos tardado meses en pisar terreno propio”.
Los destinos y cometidos se sucedieron. Bravo fue enviado con cinco o seis guerrilleros al frente de Kalinin, donde el enemigo tenía cercado a un cuerpo de caballería ruso. “Aterrizamos de noche en un par de avionetas PO-2, pertrechados con unas pesadas minas que comenzamos a colocar en la retaguardia de los sitiados. Cuando el mando dio la orden de atacar y romper el cerco nos pidió que fuéramos con ellos, pero nos negamos diciéndole que saldríamos por nuestra cuenta”. Cuando los nazis retrocedieron para realizar una operación que les permitiese atacar por la retaguardia, sufrieron unos destrozos mayúsculos, provocados por las minas de los guerrilleros de Bravo, y quedaron atascados, a merced de los soviéticos. “Por mi participación, conseguida con muy pocas bajas, fui condecorado con la Orden de la Bandera Roja. Fue la segunda que me pusieron en la pechera; después me pusieron más. Entonces me desplacé con Fierro al sector de Demídov, en la región de Smoliensk, y estuvimos minando casas, carreteras, caminos y puentes de una franja que el ejército se proponía abandonar para simplificar la línea del frente. Después nos trasladamos al Norte, a Stáraia Toropa, acompañados por varios guardafronteras. Allí se quedaron Fierro, Otero, Fina y alguno más, adiestrando a los guerrilleros que operaban en aquel sector y acompañándoles en las primeras operaciones en territorio enemigo para minar las carreteras y vías férreas. Yo tuve que regresar a Moscú porque me llamaron para participar, como representante de los españoles, en un Congreso Internacional de la Juventud Comunista”.
–¿Cuántos compañeros aviadores cayeron en aquellas operaciones guerrilleras? –preguntó Montilla.
–Que yo recuerde, además de Belda, murieron José Badía, Alfredo Fernández Villalón, Hipólito Nogués, Antonio Blanco, Antonio Blanch, José García Otero y… algunos más.
Se hizo el silencio. Lucas quiso pedirle que realizara la cuenta inversa, ¿cuántos sobrevivieron?, pero Amaro, gran estudioso de los congresos obreros internacionales, se interesó por aquel cónclave de la juventud internacionalista, y Bravo, más que hablar de la reunión, contó aquella estancia en Moscú que a punto estuvo de cambiar su vida y cambió su destino militar.
–Si prometéis no decir nada, os contaré algo que hasta este momento sólo sabemos dos.
–Pues claro que lo prometemos, faltaría más –dijo Montilla.
–Iba un día con Zarauza por la calle Gorki y cuando nos dimos cuenta resulta que estábamos siguiendo a una señora elegantísima, tan guapa que los rusos, que no suelen prestar atención a las mujeres en la calle, se volvían a mirarla. Nosotros íbamos preguntándonos en voz alta quién podía ser. Era tan morena que no parecía rusa ni caucásica. A la altura del hotel Lux, donde sabíamos que se alojaban los representantes de los partidos comunistas extranjeros, refugiados a causa de la guerra, la mujer se volvió hacia nosotros y nos dijo en español: “Vivo aquí; si me quieren ver ya saben dónde encontrarme”. Nos quedamos de piedra.
“La cosa no acabó ahí –siguió contando–; al día siguiente teníamos una entrevista con el dirigente del PCE Jesús Hernández, que vivía en aquel hotel y trataba de atraernos hacia su causa. Cuando nos presentamos en la recepción y solicitamos verle, se puso al telefonillo una mujer. Me sonó su voz y le dije a Zarauza, sin saberlo, que era la del día anterior. Él era muy tímido y se negó a subir, así que tuve que hacerlo yo solo. En efecto, era la belleza que habíamos visto. Me presentó a su marido, al que conté el encuentro casual del día anterior –ella no le había dicho nada– y puesto que el tema carecía de importancia, nos pusimos a hablar del papel del partido en la guerra y de la situación en España. Cuando me despedía, ella aprovechó un momento para decirme que la llamase, lo que hice al día siguiente desde el apartamento de mi amigo Luis Abollado, uno de nuestros dirigentes. Al decirle que estaba sólo, pues mi amigo y su compañera se habían ido a trabajar, vino a verme. Y así comenzó un romance que duró los pocos días que permanecí en Moscú. Pero, ¿qué podía a hacer yo, un simple capitán piloto, con una mujer como ella, de una gran belleza e inteligencia, que estaba acostumbrada, aun en circunstancias de guerra, a la buena vida y alternaba con altos personajes, incluida Pasionaria? No tardó mucho en salir para México con Hernández, del que se separó poco tiempo después”.
–Eso sí es una aventura de altura, no como las mías –dijo Montilla.
–Las de altura vinieron enseguida. Un día de aquel verano de 1942, cuando salía del hotel Intúrist, en el que me habían alojado mientras se celebraba el congreso, me llamó un coronel. Yo iba vestido de capitán de ingenieros y le pregunté si había cometido alguna infracción, pues viniendo del frente, no estaba acostumbrado a las estrictas exigencias de uniformidad. Él se echó a reír. Mi cara de susto le debió hacer mucha gracia. Me dijo que un general que estaba en el coche, junto a la acera, me llamaba. Me acerqué. Era Osipenko.
–¿El jefe de la escuadrilla de Chatos con el que coincidimos en el aeródromo de Sarión durante la ofensiva de Teruel? –Preguntó Montilla.
–El mismo –asintió Bravo.
–¿Stalin no le había fusilado? –Preguntó con fingida sorpresa.
–A este no, todavía. Me había reconoció, pero yo tardé un poco en reconocerle a él porque estaba más grueso y no podía imaginar que fuese ya general mayor de aviación. Pero así era. Y en aquel momento ocupaba la jefatura de la Aviación de Caza de la Defensa Antiaérea de la URSS. Hizo que le acompañara a su Estado Mayor, en la Plaza Roja, y le relaté toda nuestra trayectoria y las razones por las que no volábamos. El coronel Stárinov, nuestro jefe, no quería soltar a ningún ingeniero minador a menos que nos dieran un cargo similar al que teníamos. Era un buen argumento para retenernos, pues sabía que no iban a nombrarnos jefes de escuadrilla de la noche a la mañana. No obstante, Osipenko me pidió una relación de los pilotos españoles que nos encontrábamos en la URSS, con los datos, graduaciones y horas de vuelo de cada uno. A continuación habló con Voroshílov y éste ordenó nuestra incorporación inmediata a la aviación. Por desgracia, me olvidé de alguno que durante muchos años no ha hecho más que reprochármelo. “A lo mejor te he salvado la vida”, suelo contestarle yo.
–¿Te homologaron el grado? –Se interesó Montilla.
–Sí, capitán de aviación. Nosotros queríamos formar nuestro propio regimiento, el de los españoles, como hicieron los franceses, a los que permitieron crear el Nomandie-Niemen, que voló en los Yak-7 con los colores rusos y franceses. Pero ni siquiera nos permitieron estar juntos porque se opuso el PCE, ni combatir contra las escuadrillas expedicionarias españolas enviadas por el dictador con las tropas alemanas, aquella carne de cañón de la División Azul. A Zarauza, Joaquín Díaz Santos, Carbonell, Pallarés y a mí nos mandaron a Mozdok, al lado de Grozni, en Chechenia, pero la zona ya estaba en manos de los alemanes y marchamos a Bakú en Azerbayán, donde nos entrenamos en los Moscas tipo 17, más modernos que los que habíamos tenido en España. Nos encuadraron en dos regimientos distintos. La defensa antiaérea de aquella zona contaba con cinco regimientos de cuarenta aviones cada uno y estaba al mando del mayor general Yevsiéev, que había obtenido el galardón de Héroe de la Unión Soviética por su comportamiento en nuestra Guerra Civil.
Estaba claro que para seguir a Bravo iba haciendo falta un mapa. Lucas salió a buscar uno de carreteras que tenía en la guantera de su R-5, estacionado ante el Ateneo de la calle del Prado, uno de carreteras en el que venía la URSS. Cuando regresó y lo extendió en una esquina de las mesas en torno a las cuales se hallaban, el aviador estaba contando una experiencia aterradora. Resulta que antes de entrar en acción realizaron un entrenamiento de una semana con los nuevos Moscas en el aeródromo de Aliaty, en el sur de Bakú, a orilla del mar Caspio. Como hacía mucho calor, volaban muy temprano, pero antes se daban un chapuzón en las cálidas aguas del mar. “Como ya os he dicho, yo había sido campeón de natación y me mantenía en forma. Una mañana me fui a un islote situado a un kilómetro de la costa. Al llegar me encontré rodeado… Había serpientes, muchas serpientes por todos lados… No tenía donde poner el pie. Ni que decir tiene que me lié a dar brazas y salí zumbando… Llegué a la playa completamente agotado. Los cabrones de los rusos se estaban riendo de mí. ¿A quién se le ocurre ir a la Isla de las Serpientes?, decían. Pero lo más gracioso es que aquellas serpientes ni siquiera eran venenosas, añadían sin dejar de reirse a mandíbula batienete de mi ignorancia”.
Lucas iba señalando las rutas y destinos de Bravo sobre el mapa. De Aliaty, Zarauza fue enviado como capitán y jefe de escuadrilla a la defensa antiaérea de Baku, y Bravo, también como jefe de escuadrilla, con Díaz Santos, a Shijikai, lejos del mar, en una zona montañosa que le recordaba el aeródromo de Caspe, en el Levante español. Aquella ciudad no venía en el mapa, pero Bravo puso un punto en el lugar donde debía estar. “Volábamos sobre todo de noche y las alarmas no dejaban de sonar. El mayor Yevdokímenko, que no había participado en ninguna guerra y desconocía lo que era un combate aéreo de verdad, desaprobaba mi manera brusca de volar –para él lo más importante era mantener siempre la bolita en el centro del inclinómetro en las evoluciones acrobáticas–, así que en vez de darme el mando de una escuadrilla, como tenía ordenado, me puso de segundo del teniente mayor Yugánov, quien falleció poco después en un desgraciado accidente”.
–Mala suerte. ¿Seguíais volando en el Mosca? –Preguntó Montilla.
–Sí, en los I-16, pero muy mejorados; ahora eran I-17, con dos cañones sincronizados con la hélice en el morro, dos ametralladoras en los planos y seis cohetes antiaéreos. El avión pesaba mucho más, pero también tenía mayor potencia. Aterrizábamos a 160 kilómetros por hora y tenía flaps hidráulicos y muy buenos frenos. Nada que ver con nuestros frágiles Moscas de España.
Bravo se explayó sobre la defensa aérea de la zona petrolera del Caúcaso, que era vital para la Unión Soviética, pero también para los nazis. Los alemanes habían prolongado su avance a través del istmo caucásico y querían apoderarse a toda costa de los campos petroleros de Bakú y sus alrededores. Mandaban aviones de reconocimiento para conocer lo referente a las defensas y realizar bombardeos selectivos, pero los rusos organizaron una red de defensa diurna y nocturna, dividida en cuadrículas, y los mantuvieron a raya en todo momento. “Si un avión enemigo entraba, cosa difícil, no salía vivo”, aseguraba Bravo.
–¿Cuántos derribó? –Le preguntó Lucas.
El aviador miró al trigal del cuadro, como haciendo memoria, y dijo: “Alguno; muy pocos consiguieron entrar en un sector tan protegido, y los pocos que lo lograron no encontraron la forma de salir”. Y mientras decía eso, abrío y cerró varias veces el puño: treinta buitres de acero inoxidable derribados no era mala cosecha, dedujo Lucas.
“Volábamos día y noche, con despegues programados o provocados por las alarmas. Durante el día, y para entrenarnos en el vuelo por instrumentos, volábamos en los aviones ingleses de los tipos Hurricane y Spitfire. El frente estaba cerca y las alarmas eran constantes. Pero los alemanes nunca quisieron bombardear los pozos petrolíferos porque esperaban conquistarlos intactos para utilizar el combustible que tanto necesitaban. No lo consiguieron”.
Las operaciones nocturnas le apasionaban y se explayó en detalles sobre las señales de pistola, las bengalas para indicar al piloto si llevaba la altura necesaria para aterrizar, la obligación de los mecánicos de esperarles cuando aterrizaban para guiarles con sus linternas hacia el lugar donde debían ocultar los aviones, en unas caponeras camufladas y dispersas junto a los límites del campo… Aquellos detalles técnicos interesaban a Montilla y a Borrajo, pero aburrían a Amaro, Nequin y los demás. Sin embargo, nada de cuanto decía era gratuito, pues desembocaba en algún episodio que helaba la sangre.
“Una noche oscura, como todas las del Sur, el mecánico de mi avión se quedó dormido y no me hizo la señal con la linterna, con lo cual tuve que rodar sin ver absolutamente nada, pues lo impedía el morro del aeroplano, orientándome como pude por las estrellas, hasta que me harté de rodar y detuve el avión, dejándolo allí mismo. Cansado como estaba, sabía que me iba a tocar ir andando hasta la residencia lo menos tres kilómetros y con el paracaídas a cuestas, ya que no se podía abandonar, y vestido además con el pesado mono de vuelo y las botas de piel, pero no había otra solución. Por la mañana me despertó el comandante y me llevó al lugar donde había dejado el avión. Estaba al borde de un precipicio. Me preguntó por qué lo había dejado allí y le contesté que me había hartado de rodar sin ver la señal del mecánico. Todavía no logro explicarme la decisión que tomé”.
–El ángel de la guarda pisaría el freno –dijo la Rubia.
–No lo creo; mi religión carece de esos bichos.
–¿Qué religión es la suya?
–Ninguna.
El mapa de Lucas se iba llenando de rayas entre el Mar Negro y el Caspio, entre Cala, cerca de Bakú, y Majachkalá, un puerto del Mar Caspio, capital de la república autónoma de Daguestán, que limita al Oeste con Chechenia, y entre esa ciudad, Bakú y Tbilisi en el Caspio. “Una de nuestras misiones fue volar día y noche por encima de una serie de cuadrículas del mapa a lo largo de la vía férrea que unía Tbilisi con Bakú para proteger de los bombardeos cierto número de minisubmarinos que debían ser evacuados en plataformas ferroviarias desde el Mar Negro al Caspio. Posteriormente supimos que aquella operación era una manobra de distracción para encubrir otra de mayor envergadura”.
En Bakú dibujó Lucas una cruz por Zarauza, que se estrelló en diciembre de 1942 cuando participaba en un simulacro de combate de entrenamiento entre dos escuadrillas. Cayeron él y un sargento ruso llamado Riápishev junto a un cementerio próximo al campo de aviación, en el que fueron enterrados. También dibujó un mosquito como señal de la malaria que atacó a Bravo.
“En Majachkalá teníamos el aeródromo entre una factoría de conservas de pescado –caviar, arenques, salmón…– y una destilería de alcohol, o sea, entre los aperitivos. Como ambas tenían gran necesidad de gasolina, que a nosotros nos sobraba, les cedíamos de vez en cuando una cantidad, y luego, cuando venía algún jefazo a inspeccionar el cuerpo de ejército, le agasajábamos convenientemente. De nuestro trato dependía en gran parte su informe sobre la unidad. Pero uno de ellos se empeñó en volar cuando estaba completamente cogorza y aunque hicimos todo lo posible por evitarlo, no lo conseguimos, y se estrelló con el avión.
Como los alemanes –prosiguió– ya no estaban en condiciones de realizar incursiones, se decidió dar por finalizada nuestra misión. Por cierto, que los de intendencia estaban empeñados en hacerse millonarios con el tráfico fraudulento de alcohol, en el que querían involucrarme, ya que no podían hacerlo sin mi intervención, y para evitar llevarles a los tribunales por intento de soborno, no me quedó más remedio que pedir al general varias sustituciones de aquellos tipejos”.
Otro filamento del bolígrafo de Lucas conducía al Mar de Aral, en la llamada estepa del hambre, donde Bravo y su escuadrilla, que ya habían pasado a pilotar los famosos Kittyhawk norteamericanos, tenían la misión de evitar las incursiones de aviones alemanes a través de Afganistán. “El calor era insoportable; por el día llegábamos a 70 grados y de noche no bajábamos de 40. Freíamos los huevos en una pala sobre la arena. Como todo lo expulsábamos a través del sudor, teníamos que tomar unas pastillas especiales para evitar dolencias renales, y más de un piloto no aguantó y tuve que retirarle antes de tiempo. Estuvimos allí un mes sin que aparecieran los aviones enemigos. El peligro era otro: la malaria. El doctor Babaián nos suministraba grandes dosis de quinina para combatirla, lo que aparte de dejarnos sordos, nos obligaba a mantenernos varios días apartados del vuelo. Aquel Babaián controlaba estrictamente las fechas en que debíamos sufrir los ataques de fiebre, pero no supo señalármelas a mí. No le culpo porque me habían picado tres clases de mosquitos anofeles y no era fácil establecerlas. Una noche, volando en mi Kittiyhawk, sufrí el ataque y, sin darme cuenta de lo que hacía, tomé tierra, inflingiendo todas las normas, entre un enjambre de pozos de petróleo. Por la mañana me encontraron tumbado bajo el avión, que estaba intacto, con más de 40 grados de fiebre. Me evacuaron inmediatamente a un hospital y, en cuanto al aparato, tuvieron que desmontarlo”.
Una nueva raya sobre el mapa conducía a Stalingrado. Bravo quería combatir, pero no le dejaban. Aquel viaje a la maravillosa ciudad que albergaba algún cuadro español evacuado del Museo del Prado durante la Guerra Civil en su famoso museo del Hermitage era para llevar una escuadrilla de Moscas y entregarlos. Corría el mes de octubre de 1942 y la batalla de Stalingrado estaba en pleno apogeo. Cuando aterrizaron, se dio de bruces con el coronel Újov, un antiguo amigo de Caspe. Se abrazaron y, recordando tiempos pasados, salió a relucir lo de las “mandavoshka”. “El muy cabrón se acordaba y lo contó allí en público”, dijo Bravo mirando a Montilla, quien no pudo disimular una risilla. “De resultas de aquello –añadió Bravo–, me quedó el apodo de mayor Mandavoshka y hasta el hijo de Stalin, con el que coincidí al cabo de varios años en la Academia Superior del Aire, lo conocía”.
–¿Qué significa el mote? –preguntó la Rubia.
–Que se lo cuente el amigo Montilla, que tantas ganas tenía de que fuéramos a putas.
Montilla soltó otra risita, pero no dijo ni mu. Bravo siguió contando que el muy cabrón de Újov se negó a reclamarle para combatir en la defensa de Stalingrado, como le había pedido. “De vuelta del Caspio, una madrugada, estando de guardia con la escuadrilla reforzada por dos patrullas, se iluminó el cielo con la bengala roja de despegue inmediato. Ya en el aire, recibimos por radio la orden de aterrizar en Kishlí. Me dirigí allá con los pilotos que me seguían y, nada más tomar tierra, se me ordenó verbalmente proteger dos bimotores Li2, similares a nuestro Douglas, acompañándolos a donde se dirigieran e interceptando cualquier avión propio o enemigo que se acercara. El despegue fue tan inmediato que algunos de mi escuadrilla tuvieron que retrasar el aterrizaje, ya que la pista la ocupábamos los que emprendíamos vuelo. No sabíamos a quién acompañábamos ni a donde nos dirigíamos, pero ya en vuelo, los Li2 se orientaron hacia el sur, lo que para nosotros, que conocíamos bien el sector, significaba que íbamos a Persia. Los aviones de pasajeros se adentraron en el mar a gran distancia de la costa, volando a cincuenta metros del agua para evitar ser localizados por los radares. Íbamos doce cazas de protección a los lados, arriba y detrás. Al llegar a la desembocadura del río Kurá, que separa la Unión Soviética del territorio persa, los Li2 tomaron altura y di orden de modificar la protección para evitar ataques desde tierra, pues en aquella época las diferentes tribus campaban por sus respetos y actuaban por su cuenta, sin control alguno del gobierno central, e incluso disponían de aviones propios.
Llevábamos algo más de dos horas de vuelo cuando los Li2 comenzaron a descender para tomar tierra en un aeródromo dispuesto sobre un terreno pantanoso con una pista muy estrecha, de 25 metros de ancho, construida con unas mallas de hierro extendidas sobre el suelo –era el sistema que se empleaba para instalar los aeródromos de campaña–. Ya estaba a punto de tocar tierra cuando vi de refilón unas sombras verticales junto a los planos del aparato y algo debajo de ellos a personas que, al disminuir la velocidad, me di cuenta de que eran soldados en posición de firme a lo largo de la pista. Ni que decir tiene que el susto fue morrocotudo. Sólo con pensar en la catástrofe que podía haber ocurrido si alguno de los doce aviones no tomaba tierra por el centro mismo de la pista todavía me asusto. Menos mal que los pilotos eran muy experimentados. Pero me figuro el pánico de los pobres soldaditos al ver pasar delante de sus narices aquellas moles metálicas a 200 kilómetros por hora. Los pasajeros de los dos aviones de transporte montaron en varios coches y abandonaron el aeródromo sin que supiéramos quiénes eran. Un oficial de enlace nos informó de que estábamos cerca de Teherán, como habíamos supuesto al ver desde el aire una gran ciudad y conocer el rumbo que llevábamos.
Todo era allí imprevisible y sorprendente; nos alojan en un barracón y cuando nos disponíamos a comer, nos llevamos otra sorpresa: el encargado del servicio de intendencia nos pidió nuestras libretas de aprovisionamiento. Al saber que no las teníamos, pues habíamos despegado a toda prisa, con una señal de alarma, nos dijo tranquilamente que, sintiéndolo mucho, no podía hacer nada por nosotros. Le explique que teníamos que volar durante todo el día y que no era posible hacerlo sin comer. También le dije que los aviones eran alimentados con gasolina sin necesidad de documento alguno… Pero ni por esas; no hubo forma de que entrara en razón. El formalismo es una desgracia abundante en todas las latitudes y muy difícil de combatir.
–¿Cómo se las apañó el mayor mandavoshka para comunicar a sus hombres que allí no se comía? –Se interesó Lucas.
–No fue difícil. Por suerte, en aquel aeródromo se hallaba un grupo de pilotos norteamericanos que volaban en aviones Aircobra y enseguida entablamos relaciones amistosas con ellos, y como había un teniente que hablaba francés, aunque me dio vergüenza decirle que no nos daban de comer, pues a ninguna persona con dos dedos de frente le cabía en la cabeza que en un aeródromo con personal soviético se negara de comer a unos pilotos en acto de servicio, le pregunté si disponían de alguna bebida. Me dijo que sólo tenían el alcohol tipo glicol del sistema de refrigeración de los aparatos, pero era venenoso. En efecto, aquellas garrafas de galón y medio –unos seis litros– llevaban una etiqueta con una calavera y una tibia y un peroné cruzados. Le dije que trajeran una y, de paso, también algo de aperitivo. Al poco rato aparecieron con una garrafa y unas riquísimas latas de conservas y galletas. Echamos el alcohol en los vasos, brindamos por la amistad entre los aviadores de ambos países y nos bebimos el primer traguito. Yo les había dicho que llevábamos toda la guerra bebiendo ese mismo alcohol y allí estábamos, vivitos y coleando, pero aquellos americanos no se lo creían y nos miraban como a seres de otro planeta. Luego nos dijeron que esperaban vernos envenenados de un momento a otro, pero al convencerse de que no nos sucedía nada, comenzaron a participar en la fiesta y trajeron más productos. Mientras ellos bebían, nosotros nos dedicábamos, sobre todo, a comer. Su intérprete, ya eufórico por el líquido ingerido, me abrazó y me dijo, creo que en broma, que gracias a nosotros se iba a hacer millonario, pues pensaba comercializar en secreto el glicol entre sus compañeros.
–¡Joer, Bravo! Tu siempre haciendo millonarios a los demás –dijo Borrajo.
–Si te contara las picarescas de aquella guerra… Pero claro, el anticongelante no resolvía nuestro problema, así que decidimos actuar por nuestra cuenta y trasladarnos a la ciudad. El mayor Jafizulin, también jefe de escuadrilla, un tártaro que había estado anteriormente en Teherán trasladando aviones norteamericanos desde el puerto de Abadán, en el Golfo Pérsico, a la URSS, sabía que los envases de cristal eran muy apreciados, así que nos dedicamos a reunir el mayor número de botellas que encontramos en el aeródromo y llenamos una maleta. Salimos a una carretera e hicimos auto stop. Paró un camión y nos llevó hasta una calle del centro de la ciudad. Acostumbrados a la oscuridad de nuestras ciudades en guerra, ya os podéis imaginar nuestra sensación al vernos rodeados de luces, con escaparates llenos de toda clase de mercancías y de productos alimenticios de todo tipo. Sin pensarlo dos veces, Jafizulin, que se entendía bien con los iraníes porque su lengua materna tenía mucho en común con el persa, entró en uno de aquellos bazares y abrió la maleta. A mí me daba vergüenza el enjuague y me quedé fuera. El dueño se hizo cargo de las botellas vacías y empezó a colocar en la maleta otras llenas de vodka. Uno salió a decirme: “Camarada capitán, esto es jauja, dan botellas llenas a cambio de vacías”. Jauja, ya, ya. Cuando el dueño pidió a Jafizulin el importe de la mercancía, éste respondió que no teníamos dinero, y el dueño, sin enfadarse lo más mínimo, empezó a sacar de la maleta las botellas llenas, pero dejó alguna. Jafizulin y él se dieron la mano y los pilotos salieron la mar de contentos.
–Mejor vodka que glicol –dijo Montilla.
–Pero verás. Entonces ocurrió lo que uno no puede ni imaginar. Preguntamos donde estaba la embajada rusa, y cuando nos dirigíamos andando hacia allí, vemos un letrero que pone “Café Bravo”. “¡Joder, unos parientes suyos, capitán!”, exclamó uno. Entramos. Los dueños se llevaron una gran alegría al encontrar en tan lejano país a una persona con el mismo apellido. Nos agasajaron y charlamos un buen rato con ellos. No creo que fuésemos parientes porque eran franceses, pero como si lo fuesen.
–Los famosos parientes lejanos… –dijo Lucas.
Bravo sonrió y la Rubia prometió que compraría vodka para el encuentro del sábado próximo.
–Se bebe muy frío y con refresco o cerveza detrás –le indicó Bravo, recomendándole guardar la botella en la nevera. Luego siguió diciendo que en la embajada fueron recibidos por un coronel que no podía dar crédito a lo que le contaban. Les dio unos sándwiches riquísimos y ordenó que les preparasen unos paquetes con comida, conservas y bebida y les aseguró que su situación quedaría resuelta de inmediato, como así fue. “Al preguntarle a quién habían acompañado y con qué fin, aquel coronel nos habló de la famosa Conferencia de Teherán, nos dijo quiénes participaban en ella y nos rogó que guardásemos el secreto y no lo comunicáramos a los compañeros que habían quedado en el aeródromo, al que regresamos en un coche que puso a nuestra disposición. Al día siguiente todo eran facilidades y el encargado de intendencia nos comunicó que había decidido darnos de comer”.
–¿O sea que eras el jefe de la escuadrilla que protegía al mismísimo Stalin, que acudía a reunirse con el megalómano Churchill y el orgulloso Franklin Delano Roosevelt? –se quiso cerciorar Nequin.
–Así fue, en efecto. Y lo más gracioso fue que yo aterricé el primero porque mi avión sufrió una avería y había gastado casi todo el combustible. Mis hombres aterrizaron detrás y los Li2 tuvieron que dar una vuelta. Al tercer día nos avisaron que estuviéramos listos para emprender el regreso. Mi avión ya había sido reparado. Se había quemado el regulador eléctrico. Formamos ante los aviones, y cuando llegaron los pasajeros de los Li2, el camarada Stalin nos dio la mano uno a uno. Al llegar a mí, que era el último, me preguntó si era georgiano. Le respondí que era español. “¿Conque español? Muy bien, muy bien. Pero explíqueme, ¿por qué sus pilotos visten calzoncillos largos?” Le contesté que eran los pantalones del uniforme de faena, que habían perdido el color a consecuencia del tórrido sol de Bakú. Al oír esto, allí mismo ordenó a uno de sus ayudantes que en el plazo más breve se vistiese al personal volante del ejército del Cáucaso con uniformes que no destiñeran. La orden fue cumplimentada con una rapidez meteórica, pues tres días después recibimos unos uniformes nuevos de un color verde grisáceo, confeccionados con un material a prueba de los rayos del sol, del fuego y de todos los lavados posibles. Unos uniformes cojonudos. Realizamos el viaje de regreso sin novedad y, ya en Bakú, el jefe Stalin prefirió ir a Moscú en tren, pues ahí donde le ven, tenía miedo a la altura y no le gustaba nada volar.
–Sólo matar –dijo Nequin.
–Sobre todo a los amigos –afirmó Montilla.
Puesto que Montilla había susurrado al oído a la Rubia que “mandavoshka” significaba “ladilla”, ella aprovechó el dato sobre el envío de aquellos uniformes “cojonudos” de parte del gran líder para saber si le protegían adecuadamente las partes bajas de… “usted me entiende”. Y entonces Bravo, sin negar que hubiese ido a putas con los rusos cuando combatía en España, contó una aventura que demostraba su cura de la lujuria y la promiscuidad. “Una de las misiones que me asignaron consistía en traer aviones desde Kamchatka, en el lejano Oriente. Eran aparatos que los aliados se habían comprometido a prestar a la URSS de acuerdo con la Lend and Lease o ley de préstamo y arriendo. Desde aquel remoto lugar realicé dos misiones en vuelo. Teníamos que atravesar Siberia siguiendo la ruta del ferrocarril hasta Moscú. En el segundo viaje se me averió el motor del Kittyhawk y tuve que aterrizar en una gran llanura de Mongolia Exterior, que constituía un verdadero campo de aviación. Pasé allí una semana hasta que vinieron a rescatarme. Los lugareños eran pastores trashumantes que se dedicaban a la cría de corceles. Enseguida vinieron a mi encuentro y trataron de llevarme a su poblado, en las cercanías. Eran gente amabilísima y acogedora que estaba sometida a una perpetua endogamia y favorecían el contacto con los extranjeros para mejorar su raza. Pero me negué a intimar con aquellas mujeres y no me separé del avión. Entonces me armaron una tienda de campaña o “yurta” y me suministraron pieles para que me cubriera durante las frías noches. Me llevaban comida: carne de caballo salada y seca (tasajo) y una sopa de tocino y leche agria. Era lo que tenían y lo compartían conmigo. Ellas insistían en ofrecerme sus encantos, pero me mantuve firme aunque no era fácil renunciar al contacto físico. No lo hice por castidad ni nada parecido, sino porque el mando nos había advertido que padecían enfermedades congénitas como sífilis y tracoma. Si era verdad o sólo se trataba de una manifestación racista, preferí no averiguarlo. Y así aguanté día y noche las amables visitas de casi todas las jóvenes y no tan jóvenes –también los niños venían a jugar en el avión– de aquella tribu durante una semana interminable, hasta que llegaron los mecánicos”.
El buque Ipanema en el que Montilla embarcó en Burdeos al exilio en México
Por KEY GOOD
–¿Y qué pasó después? –preguntó la Rubia, más entusiasmada con las historias de Montilla y de Bravo que con las historias que le contaba Lucas cuando, dos o tres noches por mes, acudía a esperarla y mezclaban jugos.
–Éste tuvo suerte y logró embarcar con otros republicanos hacia México gracias a la gestión del jefe Martínez Barrios, pero los demás nos jodimos y allí seguimos encerrados y vigilados –dijo Bravo.
–Bueno, cuando volví al campo, las condiciones ya no eran tan malas –afirmó Montilla.
–No, sólo estábamos plagados de piojos y algunos tenían sarna y disentería, pero es verdad que el campo había comenzado a organizarse, armamos unos barracones de tabla en los que mal dormíamos amontonados, por turnos, veinte o treinta en cada caseta, y ahora nos daban un cazo de café que sólo tenía de café el color negro y, al mediodía, arroz cocido o lentejas sin más acompañamiento que un tarugo de pan. Por la noche nos daban el mismo potingue de aquello que llamaban café que, como estaba caliente, nos entonaba el cuerpo.
–Querían que nos enganchásemos en la Legión Extranjera, ¿recuerdas?
–Vaya si me acuerdo.
–Y los mandamos a la mierda.
–¡Hombre!, después de las humillaciones y vejaciones que nos hicieron no íbamos a permitir que confeccionaran un traje con nuestro pellejo.
–Pero presionaban –dijo Montilla.
–¡Vaya si presionaban! Mientras estábamos en Argelés –explicó Bravo–, el jefe de escuadrilla de Katiuskas, Jaime Mata, y su observador, Fernando Medina, consiguieron regresar clandestinamente a España en la bodega de un carguero francés que iba a Valencia, pero las noticias que nos llegaban eran muy alarmantes; Negrín y todo el Gobierno se había visto obligado a pasar a Francia y una junta militar que encabezaba Miaja y de la que formaban parte el coronel Casado y Julián Besteiro, intentaba negociar con el dictador la salida de los combatientes que desearan abandonar el país. Eran unos ingenuos. No consiguieron nada. Sólo unos pocos lograron embarcar y escapar a Argelia. La mayoría fueron masacrados en el mismo puerto de Alicante mientras esperaban. La represión fue tremenda: se hartaron de fusilar. Y los franceses, que conocían mucho mejor que nosotros lo que estaba ocurriendo, nos hacían llegar la información y, los muy cabrones, amenazaban con entregarnos si nos nos alistábamos en su legión extranjera.
–Pero ustedes no se dejaron intimidar –dijo Lucas.
–¡Pues no! Sabíamos que nos necesitaban porque los nazis ya estaban en marcha y no cometerían la torpeza de entregarnos. Por eso decidimos vender cara nuestra piel. Los muy cabrones, que nos habían tratado como si fuéramos ratas, decidieron separar al personal de aviación, a los internacionales y a los vascos, y nos llevaron presos al campo de Gurs, en los Pirineos Orientales, junto a la ciudad de Florón. Pero ni así lograron intimidarnos ni que aceptásemos la salida que nos ofrecían.
–¿Se llama Olorón por el olor?
–Creo que si, bastante malo. Nos metieron en un campo montado a conciencia, con alambradas dobles y un profundo foso entre una y otra, y con una torre de vigilancia en el medio, desde la que nos observaban día y noche. Tenían unos potentes focos con los que iluminaban el perímetro del campo y los gendarmes se mantenían constantemente con la metralleta en la mano. De allí no había manera de escapar. Nos dividieron en tres áreas de barracones: los de las brigadas internacionales, los vascos y los aviadores, separados unos de otros por alambradas. También tenían una caseta de castigo para los más inconformistas, en la que pasé más de un día. Como no cedíamos a sus pretensiones de alistarnos en la legión extranjera, cometían todo tipo de arbitrariedades, nos negaban la comida y se inventaban las amenazas más peregrinas. Había días que sólo recibíamos una taza de aquel café imbebible.
–¡Unos hijos de puta! –exclama Montilla–. Y luego, cuando más hambrientos estamos, ¿recuerdas?, enviaban a unos oficiales de su ejército colonial y daban pasadas con sus aviones sobre el campo para convencernos.
–¿Convencieron a alguno?
–Éramos cien y ninguno aceptó su oferta.
–Lo que pasa es que estaban acojonados; el comienzo de la guerra era inminente y querían gente de primera línea, o sea, nosotros –añade Montilla–; yo, al fin y al cabo, estaba esperando que me llegara el pase para salir hacia México, pero éstos… Así y todo, desesperado de hambre, escribí una carta a Odette y no tardó en mandarme una cariñosísima respuesta, acompañada de un paquete con comida y cigarrillos. Lamentaba no poder mandarme más tabaco porque su marido ya estaba en casa y podía darse cuenta de la desaparición de las cajetillas. También me decía que estaba dispuesta a dejarlo todo y a venirse conmigo a América si yo la llevaba.
–¿Y qué hizo usted? –Preguntó la Rubia.
–Le contesté dándole las gracias y reafirmando mi cariño hacia ella, pero sin hacer mención alguna de su última proposición. Ya no llegaron más cartas ni más paquetes.
–¿La volvió a ver? –Preguntó Lucas, recordando a Charín.
–Nunca. La guerra es lo peor; aunque no borra los recuerdos, lo arrasa todo. Le escribí una vez desde allende el mar y no tuve respuesta –dijo Montilla.
–Si ustedes sabían que no iban a poder salir de Gurs, ¿por qué no pensaron alguna estratagema como, por ejemplo, alistarse y largarse con sus aviones en el momento oportuno? –Preguntó Lucas mirando fijamente a Bravo.
–Bueno, como insistían tanto, yo hablé con los compañeros y preparé un extenso memorando con nuestras condiciones, en el que, entre otras cosas, limitábamos a seis meses el tiempo de permanencia en su ejército regular –ya era evidente que los nazis iban a atacar, y como dice Montilla, tenían más miedo que vergüenza–, y exigiendo un pasaporte y el permiso para abandonar el país, así como el reconocimiento de nuestros grados militares y la extensión de la oferta a todo nuestro personal auxiliar. Naturalmente, no aceptaron. Fue la única estratagema honrada que cabía plantear en aquel momento. Ya no nos podían acusar de negarnos a luchar por la libertad, la suya.
–Yo brinqué de alegría –prosigue Montilla– cuando recibí la carta de don Diego comunicándome que voy a México en el primer embarque, en el crucero Sinaía. Pocos días después recibo el aviso de embarque y el permiso de salida del campo junto con un cheque de 500 francos que me manda el secretario general del partido por conducto de mi amigo Granados como ayuda de una sola vez. “Procura cuidarlo”, me decía. En el campo me había hecho amigo de Juan José Vilatela, que era hermano de Enrique, jefe de la primera escuadrilla de Moscas en Valencia. También quería ir a América, pero su pase no llegó. Me dio mucha pena dejaros allí, pero no había tiempo que perder. Me llevaron a la gendarmería de Pau, donde el comisario me dio un salvoconducto para 48 horas y un boleto de tren para ir al puerto de Setz, de donde salía el barco en 48 horas. Los gendarmes me llevan a la estación, con la mala suerte de que el tren ha salido unos minutos antes y ya no hay otro hasta el día siguiente. Me devuelven a la comisaría, donde me dan un vale de alojamiento y comida en un hotel. Paso la tarde caminando por el pueblo y al día siguiente cojo el tren para Perpiñán con el fin de hacer trasbordo hacia Setz, pero me dicen que no hay tren hasta el día siguiente. El barco salía de madrugada. ¿Qué podía hacer? Nada. La mala suerte me persigue. Con el ánimo por los suelos y un sabor amargo en la boca, camino hacia el centro de la ciudad…
–¿A ver a Odette, claro? –Dice la Rubia.
–¿A quién si no? Pero, de pronto, me topo con Paco Tarazona. ¿Qué haces tú aquí? Le cuento mi circunstancia y él me cuanta la suya. Bueno, no te desesperes, me dice. Escribe rápidamente a París y le dices a tu amigo lo que ha pasado. Están preparando más embarques hacia México y él verá la forma de incluirte en otro. Yo también estoy tratando de que me incluyan, pues, como sabes, soy nacido en México y tengo nacionalidad mexicana y el derecho a que me repatrien. Lo malo es que no tengo partida de nacimiento ni documento alguno que lo acredite y estoy tratando de que lo consigan a través del consulado en París. Mira, Manolo, aquí hay un campo de concentración de mecánicos. Lo dirige un tío mío. Ahí estarás bien hasta que te llegue el aviso de embarcarte. Esta gente se dedica a reparar todo el material rodante que nosotros pasamos y una vez arreglado, los franceses se lo devuelven al dictador español.
–¡Qué oportunidad para meter unas cuantas bombas de relojería y hacer saltar por los aires a aquellos canallas! –Exclama Lucas.
Montilla le reprende: “Éramos combatientes, no terroristas”, pero Bravo, le mira fijamente y asiente moviendo arriba y abajo la cabeza. Montilla sigue contando que después de ocho días con aquellos mecánicos recibió una carta de don Manuel Torres Campañá, que era diputado de Unión Republicana, comunicándole que don Diego había salido hacia Cuba, pero dejó arreglada su inclusión en la lista de embarque del Ipanema, un buque que zarparía de Burdeos con destino a Veracruz en los primeros días de junio, por lo que debía estar atento.
Naturalmente, estuvo atento y se puso en marcha hacia Burdeos, saltando de vagón en vagón para burlar a los revisores. En el tren iban bastantes españoles al destierro y, algunos, los más viejos, a su propio entierro en tierras mexicanas. Se enteró por ellos de que había un albergue en Burdeos en el que podía pasar la noche. “Apenas entro en aquel alojamiento, me topo con Juan José Vilatela, mi compañero de barracón en Gurs, que ha llegado el día anterior. Pasamos la noche hablando y el día siguiente paseamos por la ciudad y nos despachamos poquito a poco, para que nos durase, una botella de vino. Por supuesto, vamos al consulado mexicano, donde un hombre muy amable nos hace un breve interrogatorio y después de rellenar y firmar unos papeles, nos da nuestro permiso para embarcar y nos comunica que al día siguiente estemos en el muelle a las ocho de la mañana para subir al barco. Dos horas antes ya estamos en marcha hacia el puerto. Como no tenemos más equipaje que lo puesto, vamos tranquilos, con las manos en los bolsillos, mientras contemplamos el espectáculo de una multitud cargando con bultos y maletas. Salíamos de Francia como habíamos entrado, con el traje de vuelo y nada más. En el muelle formábamos una cola de más de dos mil quinientas personas para embarcar. Lentamente nos íbamos acercando a la pasarela. Fueron más de cuatro horas las que tardamos en llegar a la escalerilla, pero al fin pusimos los pies en ella y empezamos a subir a aquel barco que para nosotros significaba el principio de la libertad”.
Montilla seguía hablando; la Rubia se había encariñado con él y enviaba a Lucas a atender a los parroquianos para no perderse ni una frase de su relato. Lucas aprovechaba para servir mosto y refrescos con ginebra a los desexiliados, que bebían bastante, como si quisieran ser mozos de nuevo. Luego les dolía el hígado y el estómago y sufrían unas resacas de mil demonios. Lógico. La juventud no vuelve. La vida siempre se escribe en borrador, sin tiempo para recomposiciones y rectificaciones. Si lo sabrían ellos…
Montilla dijo que al embarcar en el Ipanema, un pagador del Ejército, el coronel Matilla, daba a cada combatiente la cantidad de 500 francos que el Gobierno de la República había acordado como última ayuda. “Juan José cobra con la documentación de su hermano Enrique y después me toca a mí. Cuando digo mi nombre y apellidos, el coronel revisa la lista y me dice que aparezco como que ya he cobrado. Lleva razón: lo hice cuando estuve en Perpiñán. Pero insisto en que no tengo ni un céntimo y le digo si me puede pagar algo. El coronel Matilla me mira y me pregunta si soy pariente de Manuel Montilla Medina. Le contesto que sí, era mi padre, murió en el año 1928, yo soy su hijo menor. Bueno, me dice, mi padre fue íntimo amigo del tuyo. Me alegra mucho conocerte y que hayas tenido la suerte de poder salir para México. Te voy a pagar los 500 francos y ya veré como lo arreglo. Le digo: “Muchas gracias, mi coronel”. “De nada, muchacho, que tengas mucha suerte y dame un abrazo; es lo menos que puedo hacer por ti, dada la amistad que unía a nuestros padres”.
“¿Cómo olvidar aquel viaje? Enseguida localizamos el bar del buque y nos damos al vinacho. En vez del apestoso rancho, comemos latas de sardinas, que para algo tenemos francos. Pasamos el primer día y parte de la noche apalancados en aquel bendito establecimiento que cerraba a las dos de la madrugada. Para nosotros, bajar a la bodega a dormir era un problema: el calor era insoportable y el hedor a humanidad tiraba para atrás. Pues ya verás cuando lleguemos al trópico…, dice Juan José. Decidimos dormir por el día, cuando la bodega esta vacía y pasar la noche en aquel bar y en la cubierta hablando, pues temas de conversación no nos faltan, y además Juan José es un muchacho muy ameno que habla horas y horas”.
–Pues anda que tú…
–Si quieres me callo.
–No seas susceptible, hombre –replica Bravo.
–Pues entonces sigo. Con la luz del día, empiezan a subir los refugiados de la bodega. La cubierta se llena de gente. Reparten el desayuno, un café negro y un trozo de pan. Está mucho mejor que el del campo de concentración. Nos vamos a dormir. Por la tarde, cuando salimos, vemos a todos pegados a la borda del barco. ¿Qué está pasando? Ante nuestros ojos aparece tierra española. Galicia está a la vista. Un grupo de asturianos empieza a cantar “Asturias patria querida, Asturias de mis amores”. Según va pasando el tiempo, las costas de España se van alejando y la noche se va echando encima. Muchos se dirigen al comedor para cenar. Juan José y yo nos quedamos allí apoyados. No queremos apartar la vista de nuestra patria hasta que ésta se pierda de nuestra mirada. Quién sabe cuándo volveremos a verla. Ahí se queda mi madre, sin saber noticias mías. Pasarán semanas antes de que sepa que estoy vivo y que he llegado a México. Ahí quedan casi tres años de lucha, de esperanzas e ilusiones enterradas para siempre y, con ellas, nuestra juventud. Ahí quedan nuestros compañeros que murieron con la esperanza de que su sacrificio no fuese inútil y con la creencia de que con la ofrenda de sus vidas estaban forjando un mundo mejor y más justo. Los últimos vestigios de tierra española se pierden en el horizonte, pero yo sigo tratando de verla, me resisto a perder vista este último girón de tierra española. Las lágrimas humedecen mis mejillas. “Manolo, es hora de olvidar, vamos al bar a tomar unas copas”, me dice Juan José poniendo su mano en mi hombro. Tienes razón, vamos, pero te diré una cosa: un día volveré, no sé cuando ni cómo, pero volveré”.
Refugiados españoles en los arenales franceses de Argeles sur Mare
Por KEY GOOD
Más de una vez, escuchando a los históricos republicanos del desexilio, Lucas adquiría conciencia de la mala calaña del régimen dictatorial que paulatinamente iba quedando atrás, por haber sembrado tanta propaganda incitando al odio y al miedo a los rojos de allí afuera, cuando, en verdad, no eran ni tan peligrosos ni tan fieros como los pintaron, sino gente valiente, inteligente y buena. Los años de necia propaganda habían servido para justificar la persecución y liquidación de aquellos hombres y mujeres que poseían unos ideales democráticos y un modo muy distinto de entender la vida al que había impuesto el impostor. El miedo a la revancha de los derrotados –aquella gente sencilla y razonable– era el resultado de una campaña propagandística larga, constante y continuada de falsedades, y era también la peor herencia de la dictadura, pues todavía pesaba sobre la mayoría silenciosa y no contribuía a la reconciliación. De cuantas formas de miedo histórico habló don Claudio Sánchez Albornoz –miedo del pueblo al dictador y del dictador al pueblo–, aquel miedo del pueblo al pueblo le parecía a Lucas el peor.
Ni ira ni animadversión ni ánimo de venganza, nada de eso, advirtió en los regresados. Si acaso, una micra de desprecio hacia los reaccionarios, y bastante orgullo –orgullo intelectual– en algunos de ellos. Combatieron por su ideal de libertad y por un país más justo y perdieron. Pero la tristeza por los familiares y compañeros muertos parecía de alguna manera compensada con su razón histórica y con el hecho de que la historia les daba la razón. Esa razón, es decir, el avance del país hacia los ideales de la democracia y la justicia también parecía resarcir en la última curva del camino el recorrido de sus vidas marcadas por la guerra y el destierro.
Quien más quien menos se sentía feliz de regresar y comprendía que para superar la división entre los españoles y la maldita herencia del miedo fratricida, los nuevos dirigentes de los partidos de izquierdas no abusaran de su presencia y ejemplo. «Hacen falta libros para contar la historia y relatar sus historias”, decía don Nequin, como si las crónicas periodísticas de Lucas, forzosamente parciales e incompletas sobre las vivencias de algunos de ellos supieran a poco, un sencillo aperitivo.
En aquellos días, Lucas escribió sobre don Anselmo Carretero, sobre el aviador Montilla, sobre el jefe guerrillero asturiano José Mata –un socialista que había trabajado de minero en el exilio en Francia y custodiado un pequeño capital de 300.000 pesetas que el Partido Socialista tenía en bonos del Estado francés y vino a Ursaría a entregar el dinero a los nuevos dirigentes–, sobre el internacionalista proletario Fedor Ganz, autor de un libro titulado Ensayo marxista de la historia de España, que le sorprendió por su sabiduría… Era un anciano muy pequeño, de pelo blanco, revuelto, ensortijado; había difundido el ideario del socialismo democrático durante la II República y vendido El Socialista en las calles de Bilbao para sobrevivir, aquel don Fedor. También sobre el sindicalista asturiano Teodomiro Menéndez, un hombre que había sobrevivido a la prisión y escapado al fusilamiento en la huelga revolucionaria de octubre de 1934, lanzándose por una ventana desde un cuarto piso, escribió un amplio reportaje.
Del dirigente histórico de las Juventudes Socialistas Curro López del Real, un hombre que permaneció fiel al Partido Socialista Obrero Español y no se fue con los comunistas, como hicieron otros jóvenes, le impresionó el modo de escapar de la cárcel de Carmona (Sevilla), en la que le recluyeron al término de la Guerra Civil. Lucas le preguntó cómo logró fugarse, y aquel Curro, que desbordaba gracia y contaba anécdotas para llorar de risa, le contestó:
–Con dos palabras.
–¿Cuáles?
–El “norte imantado”.
–¿Así de sencillo?
–Así.
–¿Cómo fue eso?
–Me apuntaron en un batallón de trabajo penitenciario y nos mataban a trabajar a pico y pala durante diez horas al día en la construcción de una carretera. Era algo insoportable. Yo no pensaba más que en escapar, pero no veía la manera de hacerlo. Sabía que si escapaba me exponía a que me agarraran y me fusilaran sin contemplaciones. A pesar del riesgo, no hacía más que dar vueltas y vueltas al asunto hasta que, de pronto, una mañana lluviosa y oscura, cuando nos llevaban al tajo en formación de a dos, los más altos delante, y los más bajos detrás, decidí que era el momento de jugármela y puse en práctica la idea que se me había ocurrido. Con voz bien alta, para que me oyeran los guardias, le pregunté al que iba a mi lado: “Ramón, ¿has traído el norte imantado?” Él puso cara de sorpresa. Yo añadí, más alto todavía, en tono muy cabreado: “¡Joder, Ramón! ¿No llevas el norte imantado? ¡Te dije que lo cogieras, pero otra vez lo has olvidado!”
Yo no sé qué pensaría el guardia que iba detrás de nosotros qué era aquello del “norte imantado” –ni yo mismo lo sabía–, sólo sé que le dije al compañero: “¡Pues tendré que ir a buscarlo!”, le hice una señal al guardia y eché a correr hacia la puerta del penal, que estaba a unos doscientos metros. Como llovía a jarros, el guardia se encogió de hombros y siguió camino con los demás presos. Así fue como me escapé”.
Curro siguió contando que unas horas después llegó a una estación del ferrocarril y se sentó a esperar el primer tren que pasara. No llegaba ninguno, aunque sí una pareja de guardias civiles que le miraron y se sentaron junto a él. Uno le dijo: “¿Te has escapado, verdad?” Él pensó: “Curro, estás jodido”, y contestó que sí. Llegó un tren, se subió, y, entre peripecia y peripecia, consiguió plantarse en Bruselas, donde sobrevivió a la ocupación nazi y desvivió el largo exilio de cuarenta años en compañía de una mujer muy alta y muy guapa, la Moyano, y con un carácter dulce y fuerte al mismo tiempo. Ahora, en la vejez, le ponía inyecciones.
La historia de los aviadores Bravo y Montilla le resultó apasionante. Combatieron juntos durante la guerra civil, se enfrentaron decenas de veces a los cazas Messeralemanes y a los Fiat o Chirris italianos y lucharon sin descanso a bordo de sus Moscas –los frágiles monoplazas que llevaban dos ametralladoras sincronizadas con el giro de la hélice– en la batalla del Ebro y a lo largo de casi todo el litoral Mediterráneo, desde Murcia hasta Girona. Montilla atribuía a Bravo más de veinte derribos de aviones enemigos, pero Bravo aseguraba que nunca los había contado y, como buen jefe de escuadrilla, asignaba el mérito a sus subordinados. Pertenecían a aquella clase de hombres que combatieron hasta el último día y la última bala. Y sobrevivieron.
“Ya estábamos en retirada, en el aeródromo de Figueres –contó Montilla una noche en la Taberna del Portugués–; hemos salido a hacer un servicio y cuando empezamos a perder altura para iniciar el aterrizaje, vemos una escuadrilla de Fiat que está ametrallando nuestro aeródromo. Ya no podemos ni aterrizar en nuestra casa. Las tres escuadrillas de Moscas nos lanzamos como fieras contra los Fiats. Ellos nos ven venir y huyen en vuelo rasante, aunque no se libran de una buena rociada de balas de nuestra parte. No les podemos perseguir porque ya nuestros tanques de gasolina están casi vacíos. Un Fiat se estrella cerca de nuestro aeródromo. Lo vemos arder mientras iniciamos el aterrizaje. Cargamos gasolina y volvemos a salir. Apenas tenemos tiempo para comer entre uno y otro servicio. Cada vez la historia se repite. Combate contra los Fiat, los Messer y los Heinkel. Estamos tratando todos, la aviación de caza en pleno, de que no ataquen a nuestras fuerzas del ejército de tierra y a los miles de civiles que se retiran por la carretera hacia la frontera francesa. No lo conseguimos más que parcialmente, aunque sí evitamos que aquello se convierta en una carnicería absoluta. Yo llego agotado a la casa de los pilotos. Cenamos todos juntos: Bravo, Tarazona, Calvo, Sanz, Balsa, Artigas, Pastor… Lo hacemos en silencio. La tragedia se refleja en nuestros semblantes. Ya no somos los jóvenes de antes. Sabemos que estamos a punto de perder la guerra y que antes todavía alguno de nosotros tendrá que morir, quizá en el último día, quizá en la última hora. Así son todas las guerras”.
–Manolo, no te pongas estupendo –le reconviene Bravo.
Montilla sigue su relato: “Recuerdo aquellos últimos combates como si hubieran sido ayer mismo. Después de cenar, descansamos cuatro o cinco horas y nos ponemos de nuevo en marcha. Nos dirigimos al campo de aviación y vemos desde lejos un resplandor. Un camión cisterna está ardiendo y junto a él también arde un avión. Cuando llegamos nos informan de que es un aparato de la línea aérea Peninsular, la Lape, que iba a despegar cuando la cisterna se le cruzó en la mitad del campo: los cuatro tripulantes del avión han muerto. Bueno, me digo, empezamos bien el día. Primer servicio. Nos amanece ya cerca de Girona. El enemigo está a mitad de camino hacia Figueres. La caza enemiga está también en el aire, tampoco esperan a que amanezca. Vienen temprano a cobrar su contribución en sangre. Ametrallan y bombardean sin piedad la carretera por la que se retiran hacia la frontera miles de civiles, entre ellos, mujeres, viejos y niños. Todo lo que se mueve en el camino es un blanco perfecto para esos saguinarios. Vemos cómo debajo de nosotros, los Chatos combaten contra los Fiat. Jacobo da señales de alaveo. Encima de notros hay seis Messer. De frente, y más o menos a nuestra altura, dos escuadrillas de Heinkel y una de Fiat. Otras dos escuadrillas de Fiat un poco más abajo. Jacobo se lanza contra los Heinkel y yo contra los Fiat. Abrimos fuego y les damos una pasada. Los Fiat dan medio tonó y se lanzan en picado. Empezamos a tomar altura cuando ya se nos están descolgando los Messer. Aguantamos la pasada dando el morro. Siento los impactos de las balas en el fuselaje, doy medio tonó y me largo en picado. Entonces tropiezo con las otras dos escuadrillas de Fiat y aprieto los gatillos, abriendo fuego sobre ellos. Miro atrás y veo a mi cola un Messer y dos Fiat que están a más altura. Doy media vuelta de barrena con motor y pico a la desesperada. Balsa y Pastor me siguen. Es un milagro que no hayan derribado a ninguno de los tres. El cielo está plagado de aviones enemigos de todas clases. Para donde uno mire hay aviones que se descuelgan para acosarnos. Realmente no me explico cómo no nos derribaron a todos. Ponemos rumbo a Figueres. Poco a poco van llegando los demás. Faltan dos aviones, uno de la cuarta y otro de la escuadrilla de Cano. Es nuestra primera contribución de hoy en sangre joven. Apenas acabamos de aterrizar los Moscas empiezan a hacerlo los Chatos. Apenas aterrizan los primeros de la escuadrilla, vemos a unos Fiat que les siguen y se lanzan a ametrallarlos. Tarazona, Calvo, yo y otros pilotos, algunos con metralletas y otros con pistolas, disparamos contra los Fiat. Entonces llegan dos Messer y se lanzan a atacar a los aviones que están en tierra, a los camiones y a todo el material rodante que ven. Algunos aviones arden, una cisterna también. Aquello parece un infierno. Por fin, considerando cumplida su misión de muerte y destrucción, los cazas enemigos se retiran y Tarazona, Calvo y yo nos miramos en silencio. Todo lo que teníamos que decir a los fascistas ya estaba dicho, ya estábamos roncos de gritarlo mientras les disparábamos”.
La Rubia, que se ha levantado a atender a los clientes, vuelve rápidamente para seguir escuchando a Montilla. “Ya estamos a principios de febrero, acabamos de llegar a Villajuiga, el último refugio de la Fuerza Aérea de la República. Ahí estamos mezclados Chatos y Moscas. El 6 de febrero de 1939 realizamos el último aterrizaje en España. Al día siguiente despegaremos para Francia: punto de destino, Toulouse, aeródromo militar francés. Esa noche casi no dormimos. Después de cenar, yo me pongo a hacer el equipaje: un pequeño petate con dos camisas, dos pares de calcetines y una muda interior. Es todo lo que pienso llevar a Francia. A las siete de la mañana salimos para el aeródromo. Abordamos los coches y cuando estamos llegando al campo oímos el ruido de un avión. Nos paramos y vemos pasar a un Mosca sobre nuestras cabezas; alguien ha despegado sin orden de hacerlo. Las instrucciones eran despegar en perfecta formación, primero los Chatos y después nosotros. Algunos tildan de traidor al que ya está volando, otros le insultan. El fugado es Jacobo Fernández Alberdi. Aterrizaría en Marsella sin novedad. ¡Suerte!”
Bravo pronuncia unas críticas contra el jefe Lacalle que Lucas no acierta a descifrar, aunque parecen indicar que el gran aviador se desentendió de su gente. Montilla prosigue su relato: “Me dirijo a mi avión y sujeto al sillín mi modesto equipaje. Empiezan a rugir los motores y con las primeras luces del alba, los Chatos empiezan a despegar. Subo a mi avión CN-195. Estoy en la cabina esperando la orden de despegar cuando veo que varios mecánicos y pilotos salen corriendo hacia los refugios. Me incorporo un poco y veo un Messer que viene en vuelo rasante hacia nuestro campo. Me tiro del avión justo a tiempo de oír cómo las balas se incrustan en el fuselaje. Cuando me incorporo veo en el centro del campo a Zarauza, Bravo, Arias, Tarazona, Sanz y algunos más. Zarauza y éste –señalando a Bravo– tienen metralletas en la mano y los demás, pistolas. Corro hacia ellos. Apenas hemos decidido derribar a ese hijo puta con una barrera de fuego cuando el Messer ya viene enfilando de nuevo hacia el campo. Estamos en el centro de la pista y empezamos a disparar. Pasa sobre nuestras cabezas. Dos aviones más están ardiendo. Uno de ellos es el mío, pero no tengo tiempo de hacer nada porque de nuevo el aparato enemigo se nos viene encima. Las balas caen a nuestro alrededor. Realmente esto es un suicidio, David contra Goliat, un grupo de pilotos llenos de rabia y desesperación en medio del campo, enfrentándose con metralletas y pistolas al mejor avión de combate entonces conocido. El avión pasa de nuevo sobre nuestras cabezas, dejando una estela de balas. Le seguimos disparando mientras pasa por encima. De pronto empieza a soltar humo del motor y contemplamos con sorpresa cómo aterriza sin ruedas y sin poder evitar capotar. Seguramente las balas de las ametralladoras de Zarauza y de éste –vuelve a señalar a Bravo– le han alcanzado de lleno. Salimos corriendo y cuando llegamos, casi sin aliento, vemos el triste estado del fascista, un capitán de la Legión Cóndor. Tiene las dos piernas casi cercenadas, un brazo desgarrado y sangra también por la cabeza. Está todavía consciente y nos mira con ojos de desesperación. Se desangra rápidamente y es cuestión de minutos que muera. Alguien dice: “Péguenle un tiro y que acabe de una vez”. No hay médicos ni ambulancia, y aunque los hubiera, no habrían podido hacer nada”.
Mientras Montilla habla, Bravo asiente con la cabeza. Parece un hombre de pocas palabras que no ha temido ni teme a la muerte, pero prefiere que sean otros, Montilla en este caso, los que cuenten la humillación de la derrota y la pérdida de los aviones en el último refugio que les quedaba. “Después de aquel desastre nos dirigimos todos a la caseta de mando. ¡Cabrones! Si no hubiera sido por la ayuda de los alemanes y los italianos, nunca nos habrían ganado la guerra, dice Sanz. Mientras caminamos oímos un disparo a nuestra espalda: el último piloto nazi de cuantos vinieron a masacrar a un pueblo y fueron dejando una estela de sangre y destrucción, acaba de pagar con su vida la labor de mercenario. Llegamos a la caseta del mando. Sólo nos quedan tres Moscas. Zarauza y éste se apartan unos metros del resto. Les vemos discutir. Finalmente nos comunican que ni Bravo ni Zarauza ni ninguno que haya tenido mando de escuadrilla, aunque fuera de forma provisional, cruzará la frontera en vuelo. Designan a tres pilotos para que despeguen en diez minutos y salgan rápidamente hacia Toulouse. Nosotros nos dirigimos a los coches. Tenemos órdenes superiores de concentrarnos en el valle de Espolla. La carretera está totalmente taponada por nuestras fuerzas y por los miles de civiles que se dirigen a Francia. Los tres Moscas pasan sobre nuestras cabezas. Menos mal, pues a lo lejos se observan en el cielo innumerables puntos negros. Es la aviación enemiga que viene a terminar su tarea. El cielo está lleno de humo procedente de la hoguera en la que se queman las ultimas ilusiones de libertad de un pueblo que luchó y murió por ella”.
El 8 de febrero de 1939, aquel grupo de aviadores supervivientes –Montilla, Bravo, Sanz, Balsa, Pastor, Zarauza…– pasa su última noche en España. Algunos confían en que el coronel Urzáiz, que es el que manda la columna de aviación que se va reuniendo en Espolla, les de alguna esperanza de seguir luchando y en que, cuando lleguen a Francia, les manden a la zona centro a recuperar terreno contra los sublevados o que estalle la guerra mundial y los demócratas franceses cuenten con ellos, pues se consideran los primeros en luchar por la democracia. Pero, según Montilla, nada de eso sucede. Lo que les espera son dos días de caminata a pie, sin parar, para escalar los Pirineos y, al otro lado, en la falda de la montaña, los gendarmes franceses que les arrean, alé, alé, y no les dejan descansar ni un minuto hasta que, a lo lejos, divisan el mar y por fin llegan –algunos agotados, con los pies heridos, apoyados en los compañeros– a la playa de Argelès sur Mer, donde miles de refugiados han sido concentrados y muchos de ellos empiezan a morir de hambre, frío, disentería y desesperación.
Bravo y Montilla recuerdan la “arenosis” –una mezcla de constipado, pulmonía, sed, hambre, frío, impotencia y humedad– de aquellos tristes días de febrero y sus gélidas noches en la maldita playa convertida en un inmenso campo de concentración. Con las telas de unos paracaídas arman una especie de tiendas de campaña y hacen un agujero en la arena para dormir con los pies juntos, acostados en forma de estrella. Sólo de noche se apaga el rumor de la enorme masa humana, más de doscientas mil almas. No hay leña para hacer un triste fuego en el que calentarse, no hay agua, no hay comida. Cuando la luz del alba aparece en el horizonte, vuelve el rumor de la inmensa masa humana que se levanta para ver amanecer el nuevo día. Muchos ya no se levantan; se ven pasar grupos de soldados cargando con algún compañero muerto. Algunos viejos se adentran en el mar y desaparecen. El triste cortejo es constante. Mueren mujeres, niños, soldados, ancianos. Hay piojos, disentería, infecciones. ¿Nos dejarán morir de hambre? Llega un camión a la entrada de la alambrada y se extiende el rumor de que trae comida. La gente se lanza a asaltarlo, pero unos senegaleses que han sustituido a los gendarmes, lo impiden a culatazos. Se forma una larga fila y les entregan un chusco de pan en una mano y dos o tres trozos de carbón en la otra. A la derrota suman el maltrato y la humillación de las autoridades francesas que, sin haber movido un dedo en defensa de la democracia en España, se titulan demócratas y defensores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. “¡Por los cojones!”, susurra Bravo.
“Paco, yo esto no lo aguanto más –le dije a Tarazona–; prefiero que me peguen un tiro a seguir aquí. ¿Te vienes conmigo? Sólo han pasado dos días. Tarazona piensa que nos agarrarán y que no conseguiremos nada, pero Andrés Fierro y dos pilotos más están dispuestos a escapar conmigo. Se lo decimos a Zarauza, que en ese momento es nuestro jefe. Él no se arriesga, pero aquí, mi amigo y superior Bravo y otros tres pilotos deciden acompañarnos. Como no conocemos el terreno, escaparemos de noche y esperaremos la luz del día para no perdernos. Quedamos a las seis de la mañana. Éste –dice Montilla, señalando a Bravo– controla el reloj. Es hora de irnos. Los siete nos dirigimos hacia el norte del campo. Según nos acercamos a las alambradas nos vamos agachando y acabamos reptando. A cuatrocientos metros hay un bosquecillo y un arroyo que desemboca en el mar. Esa es nuestra primera meta. Varios senegaleses vigilan, fusil en mano, al lado de las alambradas. Aprovechamos que dos de ellos se han juntado para hablar y han dejado un espacio bastante grande y nos deslizamos por debajo de la alambrada. Reptamos hacia el bosque. La oscuridad nos protege y seguimos escurriéndonos cada vez más lejos. Ya estamos a unos cincuenta metros de los primeros árboles. Alguien estornuda. Nos quedamos quietos, pero los senegaleses nos han oído y empiezan a gritar dándonos el alto, aunque no pueden vernos. Sentimos que vienen hacia nosotros y empiezan a disparar. Yo digo: “Bravo, se están acercando y es hora de correr hacia el bosque; si alguien recibe un balazo, mala suerte”. “Opino como tú”, me dice. “Compañeros, vamos a correr hacia el bosque”. Iniciamos una carrera a la desesperada. Cincuenta metros es una distancia corta y la recorremos en un momento. Aunque algunas balas silban a nuestro alrededor, ninguno ha sido alcanzado. Los senegaleses siguen disparando. Escuchamos también ruido de caballos que se aproximan. No nos queda más remedio que meternos en el arroyo por entre las cañas. Bravo y yo vamos delante. Los demás nos siguen. Nos agachamos dentro del agua dejando la cabeza fuera, justo a tiempo para ver cómo cuatro argelinos se acercan, sable en mano, y empiezan a registrar entre la maleza dando mandobles a derecha e izquierda. Están casi encima de nosotros. Pasan al otro lado del río. Seguimos quietos donde estamos. Vuelven a cruzar el arroyo y se dirigen a sus caballos. Los oímos y cabalgar hacia el campo de concentración. El agua está helada. Empapados y ateridos de frío, decidimos seguir caminando hacia el norte, en paralelo a la playa, hasta que amanezca”.
Montilla prosigue su relato. Bravo ha mirado su reloj. Le ha pedido que simplifique. Es un pragmático al que sólo interesa el resultado. Pero a Montilla no le da la gana simplificar. Es un derrotado que ama sus recuerdos. Cuanto peores, más los ama. La Rubia y Lucas le animan a seguir contando qué pasó después. Bravo sonríe y le guiña un ojo a la Rubia como diciendo: “Verás, verás a donde va el alcaraván a poner los huevos”. Ella rellena los vasos de mosto con limón. “Bueno, quedamos en que os habéis fugado de aquel infierno…”, dice la Rubia, animando a Montilla a retomar el hilo después de la interrupción de Bravo, que ha recordado que entre los fugados iban también Bascuña, un destacado jefe de un batallón de ametralladoras del ejército del general Modesto, y un comisario al que llamaban Colchones.
“Las primeras luces del día –sigue Montilla– se filtran entre las nubes. Es un día gris, nublado, sin sol que nos permita secar la ropa. A la derecha está la playa. A la izquierda, bastante lejos, se ve una carretera. Debe de ser por la que se va a Perpiñán. Bravo pregunta si alguno de nosotros tiene algo de comida. Uno tiene un bote de leche condensada y otro medio bacalao seco que ha cambiado a un soldado por una camisa. Hacemos un alto para desayunar: un sorbo de leche cada uno y un trocito de bacalao; nos queda la mitad para otra vez. Decidimos seguir caminando cerca de aquella carretera, pero no por ella. Cuando vemos un coche o un camión nos tiramos al suelo para que no nos vean. Al mediodía despachamos el resto de la leche y el bacalao. Al atardecer divisamos una masía. ¿Qué hacemos? Decidimos correr el riesgo y acercarnos. Tenemos un hambre canina. Andrés Fierro, que sabe francés, va delante para hablar con los de la casa y decirles que somos gente de paz, que no hace falta que avisen a la policía. Cuando estamos llegando, un hombre y una mujer de mediana edad salen a nuestro encuentro. Son catalanes y simpatizantes de nuestra causa, y están dispuestos a darnos comida y alojamiento por una noche. Nos parece mentira que alguien nos tienda la mano en esta tierra y les damos las gracias casi con lágrimas en los ojos. Nos sentamos alrededor del fuego, donde vemos cómo se calienta el puchero: un caldo con verduras y carne. Después dormimos como troncos en el pajar. Y antes del amanecer, el dueño de la masía nos despierta –debemos irnos, no quiere problemas con la gendarmería– y nos da dos hogazas de pan. Nos despedimos agradecidos. Todavía nos faltan cuarenta kilómetros hasta Perpiñán, ciudad a la que entramos de noche por un camino secundario. Bravo sabe que existe una casa de España y Fierro pregunta la dirección. Es un restaurante donde se reúnen los españoles residentes en la ciudad, casi todos simpatizantes de la República. Los dueños nos acogen con afecto, al igual que a todos los españoles que van llegando. Nos dan de comer y nos llevan a un desván, donde podemos dormir sobre unas colchonetas y donde nos encontramos con veinte refugiados más que ya están durmiendo. Los dueños nos dicen que sólo podemos estar dos días porque hay que dejar sitio para los que van llegando. A la mañana siguiente nos dirigimos al consulado para que nos documenten. Cuando llegamos hay cola para entrar y nos ponemos en ella. Nos dicen que tengamos cuidado porque cuando menos lo esperas aparecen los gendarmes y se llevan detenidos a los que hacen cola. Por lo visto, hacen estas redadas varias veces al día”.
Bravo apunta: “Lógicamente, puse un centinela en cada esquina de la calle hasta que entramos y nos documentan”. “Si, con unos pasaportes que no sirven para nada –añade Montilla– y no evitan que nos detengan si no tenemos el correspondiente pase de la policía francesa…. Yo aprovecho para preguntar al señor cónsul si conoce la dirección de don Diego Martínez Barrios en París, y cuál no es mi sorpresa cuando me responde que está allí, en el consulado, en ese momento. Entonces le digo que soy amigo personal suyo y que me gustaría saludarle, y me dice que mantiene una reunión con el ministro Álvarez del Vayo para organizar la evacuación de los refugiados hacia México y algún otro país de América Latina, y que espere allí, que cuando termine, él e anunciará al presidente de las Cortes. Éste –señalando a Bravo– y los demás me dicen que ya nos veremos en la casa de España y se largan. Yo me quedo esperando y al cabo de dos horas paso a ver a Martínez Barrios. Me recibe con el cariño de siempre y le cuento nuestras aventuras hasta llegar aquí. “Bueno, me alegro de que estés vivo. ¿Tú querrías ir a México?” Naturalmente, don Diego. “Bien, pues en el primer barco que salga para México estarás en la lista de embarque. Toma mi dirección en París y no dejes de estar en contacto conmigo para que yo te avise de la fecha y el lugar de salida. Además recibirás unos francos que te mandará el partido (la Unión Republicana)”. Nos damos un abrazo, nos deseamos suerte y quedamos en vernos en América.
Salgo del consulado más contento que unas castañuelas. Me extraña no ver gente en la puerta. Doy dos pasos y un gendarme salta desde un portal y me agarra del brazo. “¡Le papier?” Le enseño el pasaporte. Farfulla algo que no entiendo y me lleva del brazo. Mala suerte. Poco ha durado mi libertad, me digo; ya veré la forma de volver a escapar. Me conducen a un enorme caserón, rodeado de un gran jardín, donde hay unos mil españoles detenidos que van a ser llevados a los campos de Argelès o de Saint Ciprien. Paso la noche como puedo, durmiendo en el suelo, como los demás, y por la mañana nos forman en fila de a tres y nos llevan caminando hacia la estación, donde subiremos al tren que nos trasladará al campo de concentración. En cuanto empezamos a caminar, veo gente que se va retrasando con la intención de escaparse por la cola. En consecuencia, los gendarmes aumentan la vigilancia en la parte posterior de la formación y disminuyen la de delante. Me adelanto todo lo que puedo y cuando paramos brevemente ante el portón de una fábrica, me separo caminando lentamente para no llamar la atención y me meto en la fábrica. Nada más entrar veo dos letrinas y me meto en una de ellas. Oigo los gritos de los gendarmes y el ruido de la columna que empieza a caminar. Dejo pasar un buen rato, salgo y me dirijo a la casa de España, donde Bravo y los demás se acaban de levantar y están desayunando.
–¿Dónde te has metido? Creímos que te había detenido –me dice Bravo.
–Es que me detuvieron al salir del consulado; me llevaron a un patio de reconcentración y cuando nos conducían a la estación para embarcarnos con destino a Argelès, me escapé de nuevo –les explico.
Entonces Bravo me cuenta que han decidido ir a Burdeos y ofrecerse al cónsul de China para ir a combatir contra los japoneses. Yo estoy de acuerdo. Pero no tenemos un franco y hemos de viajar “de colados” en el tren. Fierro se ha enterado de que pasa uno a las doce. Nos separamos para no llamar la atención. La estación está llena de policías, pero no parecen interesarse por nosotros. Subimos en varios vagones, tal como hemos acordado, y pasamos el viaje en los pasillos, transitando de un vagón a otro para burlar al revisor. A medida que el revisor avanza, vamos retrocediendo. Cuando el tren para en una estación, aprovechamos para bajar y volver a subir dos o tres vagones por delante, por los que ya ha pasado el revisor. Así, todo el día. El viaje es largo. Saltamos del tren cuando empieza a perder velocidad, antes de llegar a la estación y, en grupos de dos o tres, nos dirigimos a la plaza de Quinconce, donde nos han dicho que está el consulado de China. En efecto, ahí está, pero con las oficina cerrada. En cambio, la plaza ofrece unos hermosos bancos de piedra… para dormir”.
“¡Menuda nochecita!”, recuerda Bravo. “Fría, larga, interminable”, dice Montilla. “Por la mañana –añade Bravo–, en cuanto abrieron la oficina, subimos Fierro y yo a ver al cónsul y nos ofrecimos como combatientes junto con los demás pilotos, que nos esperaban abajo, y con los que habían quedado en Argelès. Las condiciones no son malas y el cónsul está dispuesto a contratarnos por un periodo mínimo de un año, mil dólares de sueldo al mes y otros mil por cada avión japonés que derribemos. Pero hay un problema: tenemos que pagarnos el viaje. ¡Hombre!, si tuviéramos dinero no estaríamos aquí. El cónsul se muestra inflexible y no hay nada que hacer”. “Lo que pasa –añade Montilla– es que el buen hombre desconfiaba de nosotros y temía que si nos pagaba el pasaje pudiéramos quedarnos en algún puerto americano de los varios que tocaba el barco en su travesía. Y tenía razón el cónsul”, añade Montilla sonriendo y guiñando un ojo a la Rubia.
–Usted ya era experto en fugas y se habría fugado, ¿no es eso?
–Naturalmente –dice Montilla sin dudar un momento.
–A éste no le gustan las chinas –afirma Bravo.
–Las del zapato no, desde luego –dice Montilla.
–Las mujeres chinas son muy dulces y amables, tengo entendido –dice la Rubia.
–Y muy buenas cocineras –añade Bravo–. Dicen que la felicidad consiste en tener una mujer japonesa, una cocinera china, una casa inglesa y un sueldo americano.
–Ya, pero si en vez de eso, el sueldo es chino, la casa es japonesa, la cocinera es americana y la mujer, inglesa…, la cosa cambia; de todos modos hay que reconocer que por una vez los chinos parecían dispuestos a ser generosos con nuestra piel de mercenarios –reconoce Montilla.
–¿Y qué hicieron después? –Pregunta Lucas.
–Propuse a Bravo y a los demás ir al puerto y ofrecernos para trabajar en cualquier barco que saliera hacia América, no importa a qué país, a cambio del pasaje y la comida. Había que intentarlo todo. Pero la mala suerte nos perseguía y no había barcos hacia América ni sabían cuando los habría, así que decidimos ir a Toulouse, donde aterrizaron nuestros aviones. Nos dividimos. Fierro y yo fuimos a la estación y decidimos esperar el tren sin movernos de allí. Estamos agotados y hambrientos. No vemos a Bravo y a los demás cuando abordamos el tren, otra vez sin billetes y burlando al revisor mediante el procedimiento que ya os he dicho. Nunca he podido olvidar, a pesar de los años transcurridos, lo que sentí al pasar por el coche comedor. Al abrir la puerta de aquel vagón, vi en la primera mesa a un francés comiendo un par de huevos fritos con patatas. Me quedé mirando su plato y sentí un dolor frío en el estómago. Sin poderlo remediar, las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Era la primera vez en mi vida que estaba llorando de hambre. Al amanecer llegamos a la estación de Toulouse, localizamos el consulado y allí el señor Azorín nos atiende amablemente, nos dice que Franco ya ha sido reconocido por las autoridades francesas y que por lo tanto nuestra situación es muy arriesgada. Después pide a su hijo que nos guíe con toda cautela hasta el hotel donde podemos encontrar a nuestro jefe máximo, el general Hidalgo de Cisneros. Éste nos recibe en su cuarto, en compañía del comandante Hernández Frank, y nos dice que ya no hay nada que hacer en España y que pese a las órdenes de seguir resistiendo, el problema es la evacuación. “Traten de buscar refugio en alguna casa conocida a la espera de cómo se desenvuelve la situación”, fueron sus palabras. Luego, echando mano a la cartera, nos da 500 francos a cada uno.
“Yo salí de aquel hotel –prosigue Montilla– con la moral por los suelos. ¿Y ahora qué hacemos? Andrés Fierro me contesta que tiene unos familiares en París y va a correr el riesgo de llegar hasta allá. Yo le digo que trataré de volver a Perpiñán y ahí esperaré el aviso de Martínez Barrios. Nos despedimos después de tomar un desayuno que parecía un banquete. Tal era el hambre acumulada que nos pusimos ciegos. Yo cogí el tren hacia Perpiñán, ahora sí, con mi boleto de tercera en el bolsillo, y al atardecer llegué a mi punto de destino. Cuando salí de la estación, abordé a un hombre que por la pinta me pareció español. Era español y estaba en las mismas condiciones que yo, o parecidas. Me dijo que él y otros tres compañeros estaban viviendo en una taberna de los barrios bajos y que si quería ir con él no creía que hubiera inconveniente en que alojaran a uno más, siempre y cuando tuviera francos para pagar; nos fuimos hacia allá”.
“Verás, verás”, le interrumpe Bravo mirando fijamente a la Rubia, que ha hecho ademán de levantarse a servir a dos clientes. Lucas se pone un mandil blanco con peto y lo hace por ella, pues no en vano ha sido camarero y discípulo del buen Raba en La Campana. Montilla sigue contando: “Aquella taberna era un buen refugio; estaba en una planta baja y tenía en la parte trasera, donde dormíamos sobre unas colchonetas, una ventana que deba a otra calle y por la que podíamos saltar en caso de que irrumpieran los gendarmes para detenernos. La dueña era una mujer mayor, amabilísima. Tenía una hija, Odette, de 28 años, morena y alta, hermosísima. El marido de esta chica había sido voluntario en las Brigadas Internacionales y estaba escondido en una casa familiar, en otra población, para evitar que le arrestaran. Ella me condujo a la trasera de la taberna y me dijo que podía descansar tranquilamente. No perdí el tiempo en recostarme sobre una colchoneta y quedar profundamente dormido. A la hora de comer me despertaron los demás. Eran todos oficiales del ejército de tierra y se habían escapado hacía unos días del campo de Saint Ciprien. Nos hicimos amigos y uno de ellos se enteró de que el ejército había abierto una pagaduría en la ciudad y que daban 500 francos a todos los que presentaran la documentación. Con mucho cuidado, para evitar a los gendarmes, fuimos allá y, en efecto, nos dieron los 500 francos. Yo regresé a la taberna y me senté en una silla a meditar sobre mi bonanza económica y el incierto futuro que me esperaba. Empecé a escribir a mi amigo Granados, que estaba en París con don Diego, para decirle que no dejara de recordarle lo de mi embarque hacia México. Estaba escribiendo cuando sentí unas manos que me tapaban los ojos. Por la suavidad comprendí que eran manos de mujer. Las bajé a mis labios y, dándome la vuelta, me encontré frente a la hermosa Odette. No hubo palabras. Sencillamente mis labios encontraron los suyos y con furiosa pasión la estreché entre mis brazos. Como diría García Lorca: “Aquella noche cabalgué en potra de nácar, sin bridas y sin estribos, el mejor de los caminos”. La hermosa Odette fue no solo la mujer que recreó mis sentidos, sino un remanso de paz para aquellos aciagos días que estaba viviendo. Todos los días encontrábamos el momento de poder disfrutar de nuestros amores”.
–Ya lo ves –dice Bravo mirando a la Rubia–, ni derrotado dejaba de ligar el tío.
La Rubia sonríe.
–Todo esto nos lo cuenta ahora este Tenorio, ahora que ya no se puede enterar su mujer –añade Bravo.
Montilla, que es viudo, le replica sin acritud: “Mientras estuve casado, le fui fiel y le conté mis amores pasados; apuesto a que tú no hiciste lo mismo con la rusa”.
Bravo evita contestar.
Montilla mira a la Rubia y remata: “Porque ahí donde le ven, no era poca cosa. Pero no seré yo quien desvele tu mote, comandante”.
Cuando Lucas se reincorporó al auditorio, Montilla seguía hablando de la bella Odette: “Bien comido, con una colchoneta que para mí era la mejor cama del mundo y con aquella hermosa mujer en mis brazos… ¿qué más podía desear un refugiado español en Francia en aquellos momentos? Pero los días pasaban y con ellos el dinero se acababa. Cuando tocó a su fin le dije a Odette que ya no tenía para pagar mi pensión y que tendría que irme. “No necesitas nada, aquí puedes estar siempre”. Y al decirme esto, me dio un beso y sentí cómo su mano se introducía en el bolsillo de mi pantalón. Cuando salí a la calle llevaba unos billetes que ella me había introducido. Yo, la verdad, me sentía un poco avergonzado: nunca había vivido de las mujeres y no tenía ánimo de hacerlo. Tomé una decisión un poco desesperada, pero no me quedaba otra salida. ¿A dónde podía ir sin dinero y sin documentación? Me presenté en una jefatura de policía y le pedí al jefe que me enviara al campo de Argelès, en el que se encontraban todos mis compañeros. Quería correr la misma suerte que ellos. Y tengo que decir que en citado comisario encontré al primer caballero francés desde que salí de España. Me dijo: “Mire teniente, tengo la triste obligación de detenerle y enviarle al campo de concentración, pero si tiene algunos francos, en vez de ir con los doscientos refugiados que tenemos detenidos, saque un boleto para el camión de pasaje que sale para Argelès dentro de tres horas y así podrá ir más cómodo y disfrutar de unas horas más de libertad. Sólo le pido su palabra de que tomará usted ese camión”. Se la di y me fui a comprar el boleto para el camión de línea y luego gasté el resto del dinero de Odette en comprar alimentos. Cargado con mi bolsa regresé al campo de donde unas semanas antes habíamos escapado. Cuando llegué, los senegaleses no me dejaban entrar y tuve que llamar al oficial de guardia e identificarme para que me abrieran las alambradas y me dejaran pasar. Allí estaban Bravo y los demás, que se alegraron de verme y dieron buena cuenta de las viandas que les traía”.
“A nosotros nos habían detenido en Burdeos”, dijo Bravo.
El caza Polikarpov I-16, conocido como ‘Mosca’, con el que combatieron Montilla y Bravo durante la Guerra Civil.
Por KEY GOOD
Un día llegó Montilla de México, no sabía si para quedarse, como le animó su amigo Bravo, o para regresarse después de comprobar que las instituciones democratizadas seguían mangoneadas por los mismos perros con distintos collares. Era un hombre delgado, patilargo y cargado de hombros que parecía un ave zancuda. Al saludarle, Lucas se dijo que tenía algo de alcaraván, ese pájaro que pone los huevos en el suelo y cuando menos lo esperas emite unos graznidos desesperados y sale volando. Luego descubrió que aquel hombre de rostro anguloso y delgado, globos oculares amarillentos, con un mapa de América Latina que se extendía desde la sien izquierda hasta el mentón de su cara y era el vestigio de una quemadura grave, recibía en México ese mismo apodo: El Alcaraván.
Ya con Montilla en la patria, la cuadrilla de viejos republicanos decidió reunirse a ver qué se podía hacer. En la Taberna del Portugués se juntaron un anochecer los regresados Borrajo, Montilla, Bravo, Amaro, Merino y los del exilio interior don Nequin, Yebra y el pequeño Igna-Ben. No trasnochaban, pero eran largos de palabra y Lucas tuvo que apelar a la tolerancia horaria de su sexamiga la Rubia para que les permitiese explayarse hasta altas horas en la histórica churrería. Ella se sintió encantada de recibir y servir a aquellos hombres, a los que trataba de ilustres para arriba, y puesto que era muy atenta y cariñosa, cuando cerraron los teatros cercanos y se acabó el negocio del día, apagó el letrero luminoso, corrió las cortinas de la puerta de vidrio, volteó la llave y les permitió seguir hablando y libando hasta el amanecer.
En aquella primera velada llevaron la voz cantante José María Bravo Fernández-Hermosa y Manuel Montilla y Montilla. Despegaron con los tanques repletos de combustible y volaron durante horas sin que nadie les diera alcance, les interceptara y les derribara. Los demás contertulios parecían encantados de escuchar sus vicisitudes. Si acaso don Nequin se sentía un poco frustrado porque las batallas del pasado –¡Y qué batallas, amigos míos!, se decía Lucas al oírles– prevalecían sobre las preocupaciones del presente.
El pequeño Bravo no desmentía una sílaba de su apellido con sus fechorías, y el alcaraván Montilla le seguía en su Mosca de combate, si bien, con demasiada frecuencia para el gusto de su amigo y jefe de escuadrilla, que era Bravo, desaparecía de la formación de combate y aterrizaba a depositar, literalmente, los huevos entre los tiernos muslos de las muchachas. “Éste se pasó toda la guerra follando”, dijo Bravo. No era un reproche, tampoco un elogio: sólo descripción. “No se le resistía una, amigos míos”.
–Conchita, mi morenita, era más que una compañera de la Unión Republicana: era novia mía –aclaró Montilla.
–Ni herido dejabas de follar –dijo Bravo.
Montilla se encogió de hombros. Le habían herido en una pierna cuando combatía en el batallón Martínez Barrios en las cercanías de Parla y le evacuaron al hospital de Usera. No negaba que sentía unas ganas locas de coyunda con su morenita, pero de ahí a aquella versión de que se había fugado del hospital para verla y aquella otra de que había abandonado la trinchera para lo mismo, mediaba una distancia sideral. Por eso Montilla quería aclarar que ciertamente no estaba del todo curado cuando reclamó el alta y se la dieron. “Pero no fui a ver a Conchita, como se ha dicho, sino que me reincorporé inmediatamente al batallón. Luchamos en Aravaca y Pozuelo, donde salvé el pellejo de milagro, pero se me reabrió la herida. Gracias a un compañero que la examinó y dijo que tenía muy mala pinta y me acompañó al hospital, me salvé de la gangrena. Eso fue todo. Por consiguiente, es verdad que cuando acudí a visitar a mi madre, que se había quedado sola y se había mudado de nuestra casa en la calle del Rollo a la de Carmen, la viuda del general César Aguado, muy amigo de mi padre, que vivía en la calle Villanueva, en el barrio de Salamanca, donde los bombarderos fascistas no soltaban sus cargas y ella se sentía más segura, yo cojeaba un poco, pero ya no estaba herido”.
De modo que ni escapó del hospital ni huyó de las trincheras para acostarse con Conchita, como propalaron las malas lenguas de los compañeros del partido, sino que fue a verla después de recibir el alta médica y hasta “por prescripción facultativa”. La verdad es que en cuanto le curaron, abandonó el hospital, acudió a visitar a su madre, la abrazó, habló un poco, poco, con ella, comió, durmió una buena siesta y salió a toda prisa hacia la sede del Partido, en la calle de Carretas, para ver a su morenita. El padre de ella estaba afiliado a la Unión Republicana y Conchita pertenecía a la juventud del Partido. “Tenía 17 años y era una morenita preciosa; habíamos salido varias veces juntos y, en realidad, era mi novia”, repitió para dejar claro que no se la beneficiaba por ser combatiente, sino porque estaba enamorado de ella.
“Cuando llegué al Partido –siguió contando–, todos los correligionarios vinieron a saludarme. Ella me abrazó con cariño. Una breve charla con los viejos y la invito a salir. Ella acepta encantada, y yo feliz. Cogidos del brazo y contándonos mil cosas caminamos sin darnos cuenta hasta la Puerta de Alcalá y delante de nosotros apareció el parque del Retiro sumido en la oscuridad de la noche; parecía llamarnos para acogernos en su solitario seno, como acogió y acogerá a miles de parejas de enamorados. Nos adentramos en la arboleda, me quité el abrigo, lo extendí en el suelo y nos recostamos sobre él, olvidándonos del frío de la noche de invierno…”
–Y luego vinieron otras conchitas, ¿no es cierto? Éste no paraba… Ni de soldado de aviación en Murcia, ni en Barcelona cuando le llevan seleccionado a Rusia para hacer el curso de piloto, ni en el barco a Odessa, ni en Rusia…
Bravo afirmaba que los amoríos de Montilla eran algo extraordinario y le tiraba de la lengua, y como al alcaraván no parecía importarle correr el riel de sus recuerdos y desvelar sus puestas, por un momento los reunidos tuvieron la impresión de el jefe de escuadrilla y el subordinado habían concertado el relato sobre lo mucho que habían follado en vez de sobre los combates que libraron contra los alemanes y los cobardes italianos con sus pequeños y rapidísimos Polikarpov I-16 soviéticos, los famosos Moscas que los facciosos llamaban Ratas y a bordo de los cuales habían perdido a tantos compañeros y amigos. Puesto que vivían para contarlo y se reencontraban, ¿por qué no celebrar la alegría de la vida en vez de la tristeza de la muerte? No era fanfarronería, sino goce, el relato de Montilla. .
–La culpa de que me enrolara en la aviación la tuvo éste –dijo el alcaraván señalando al viejo y estirado Merino.
–¿Le habrías fusilado? –se interesó Bravo.
–Naturalment –afirmó Merino en francés.
–Cuando me repuse de la herida mal curada y visité a mi madre y a mi linda morenita –siguió contando Montilla–, me reincorporé al batallón. No sé cómo pudimos salir vivos del infierno de Pozuelo, donde luchamos casa por casa, pero salimos y volvimos a enfrentarnos al enemigo en el Plantío. Se nos vino encima un batallón del tercio y varias compañías de moros. Nosotros no llegábamos a quinientos… El caso es que yo había aprovechado la convalecencia para echar una solicitud para alguna de las cien plazas de piloto de aeroplano que habían sido convocadas. Después de unas navidades infernales, nuestro batallón fue desplazado hacia la zona de La Zarzuela y El Pardo, donde cortamos el paso al enemigo. Yo volví restablecido a las trincheras. Me presento al comandante Tomás y me dice que han nombrado un nuevo jefe de batallón. Era aquí el amigo, el comandante Merino. Tomás me dice que es un excelente jefe y, aunque es de milicias, está muy capacitado.
–¡Mais oui! –exclamó Merino.
–Entonces me presento en el puesto de mando y éste me asigna la jefatura de la primera compañía. Al capitán Nieto –me dice– le han pegado un balazo en un hombro y no tengo gente capacitada para mandar la compañía. Yo acepto. Tenemos que cavar trincheras a toda prisa. Se nos inundan. Tenemos que cavar desagües bajo el aguacero. Cavando se me reabre la herida, me ponen una inyección intravenosa de “salisol” y me dicen “en tres días estarás mejor”, pero el dolor es tremendo. Entonces aquí Merino me vuelve a llamar y decide nombrarme ayudante suyo. Yo, dicho sea de paso, le consideraba un amigo, pero él abusaba…
–¿Cómo que abusaba?
–Por supuesto que abusabas. ¿O no era un abuso que dos veces al día me obligaras a recorrer, usándome como escudo, todo el sector que cubría nuestro batallón, andando por fuera de las trincheras? Yo, con todo respeto, soy más alto que tú, de modo que la primera bala del enemigo iba a ser para mí. ¿Abusabas o no abusabas?
–¡Serás cabrón!
–Entonces –siguió diciendo Montilla– me llega una carta del Ministerio del Aire. Éste la lee y me dice que no me puedo ir, que para ser piloto hay mucha gente en la retaguardia, pero oficiales del ejército de guerra tenemos muy pocos. No te marchas, olvídate, me dice. ¡Y una mierda! En cuanto se ausenta a despachar con el jefe del tercer batallón de la 38 brigada, que está a nuestra derecha, me largo con lo puesto a la jefatura de la brigada, le muestro la carta al comandante Tomás y le explico la situación. Él me dice que Merino tiene razón, pero las órdenes superiores hay que cumplirlas. Y anade: “Mi coche te llevará a Madrid…” Después me enteré de que éste ordenó que me buscaran y me quería fusilar.
–Es cierto: incurriste en una desobediencia muy grave –ratificó Merino.
Ambos se rieron y Montilla preguntó de qué carajo le habría servido un ayudante fusilado, a lo que Merino opuso: “¡Joder, Montilla! ¿Todavía crees que iba a fusilarte? Con lo que te quería… Pero muy cabreado me dejaste”.
–Entonces vino lo malo y también lo bueno. Le digo al chofer que me deje en la Puerta del Sol. Ahí estoy a un paso de la sede del Partido. Entro, veo a los viejos amigos Serrano, Cervantes, Teodoro López y tantos otros… Muy pocos sobrevivieron. No veo a Conchita. Pregunto a los compañeros y me dicen que se ha ido con su familia a Valencia. No hay nadie que me facilite su dirección. Pienso que con un poco de suerte podré ir a Valencia y allí, en el Partido, alguien podrá darme noticias de mi morenita.
Montilla hizo una pausa, bebió un sorbo de mosto y añadió: “Nunca la volví a ver ni pude saber de ella”.
Estas palabras impresionaron a Lucas, que se acordó de Charín.
–Quizá no la buscó bien –dijo.
–Pregunté por ella, pero no me dieron razón. Y estando en guerra no había tiempo que perder.
Montilla siguió contando que salió desolado de la sede del partido. Pero cuando enfilaba Alcalá abajo para ir a ver a su madre, oyó una voz a sus espaldas: “¡Manolo, Manolo Montilla!” “Ante mí aparece María Luisa Ramírez, alta, morena, ojos y pelo negro, labios sensuales, muy guapa, una mujer de bandera. Lleva un mono azul y en el pecho luce la estrella de alférez. ¿Tienes que hacer algo?, le pregunto, y me contesta que nada. Le digo: te invito a tomar una cerveza y a comer. Comemos en el Bavaria. Sigue perteneciendo al batallón Martínez Barrios, aunque ya no le permiten estar en el frente”.
El resto del relato de Montilla fue una recreación de los sucesivos polvos que aquella tarde y durante toda la noche echaron María Luisa y él, primero con pasión y arañazos y sangre en los labios, y después con ternura y caricias hasta quedar exhaustos y agotados.
“Cuando me despierto hay claridad en el cuarto y un sol triste se filtra por el balcón. Descubro con sorpresa que estoy solo en la cama. Miro el reloj. Son las diez. Me levanto de un salto y voy al baño pensando en encontrarla, pero ella ya no está. Veo un papel en la mesilla: “Suerte, piloto; algún día nos volveremos a ver”. De pronto me acuerdo de que tengo que presentarme en el Ministerio del Aire. Me aseo y salgo de mi casa de la calle del Rollo. Nunca más volvería a ella. He pasado por allí y he recordado ese piso con cariño; ahí viví los mejores años de mi niñez y adolescencia”.
Bravo le siguió tirando de la lengua y Montilla aseguró a los presentes que durante su estancia en Los Alcázares (Murcia), nada de nada. “En los pocos ratos de respiro que teníamos nos escapábamos a la huerta y nos dábamos unos buenos atracones de albaricoques”.
–¿A quién teníais de jefe? –le preguntó Merino.
–Al teniente coronel Urzáiz –dijo Montilla.
–Un tipo excelente –apostilló Bravo–; era de ideas monárquicas, pero permaneció fiel a la palabra empeñada e hizo un gran servicio a nuestra aviación hasta el último momento. Incluso nos acompaño al campo de concentración, donde fue jefe los aviadores que estuvimos en Argelès y en Gurs, ¿te acuerdas?
–¡Claro que me acuerdo! ¡Menuda faena le hicimos escapando! –dijo Montilla.
–O sea que a las murcianas ni catarlas… –dijo Borrajo, que también había sido piloto en los Alcázares.
–Sólo nos dejaban libres la tarde de los domingos, y ya te digo, íbamos a la huerta y nos poníamos ciegos a comer. Un día, a las ocho de la mañana, nos llaman a formar en el patio y nos dicen que nuestra instrucción en tierra ha terminado. Una hora después, el coronel Gómez Espencer nos despide con unas palabras de aliento llenas de optimismo. Subimos a los camiones y nos llevan a Barcelona. Nos dicen que vamos a estar dos días, pero nos tienen una semana en un excelente hotel de la Gran Vía. Allí hay de todo, buena comida, cerveza, vino, bellas muchachas… La guerra no se notaba. Pasábamos el día paseando con chicas, que no faltaban, y bebiendo cerveza. Me eché una novia pelotari: Lumy. ¡Qué buenos ratos pasé en su compañía! Un día estábamos citados, pero no pudo acudir porque tenía partido y me mandó a una compañera, Begonia, para avisarme. ¡Qué linda morena! Seguí saliendo con ella los días siguientes y me olvidé de Lumy.
–¿Y en el barco, seguro que cayeron otras begonias? –insinuó Bravo.
Montilla sonrió, bebió otro sorbo de mosto, se relamió. La Rubia se había sentado junto a Lucas y miraba al alcaraván de tanto en tanto con aquel ápice de malicia y caída de párpados que las mujeres solían ensayar ante los espejos.
–Alguna cayó, a qué negarlo –admitió al fin Montilla.
–No se corte usted, siga, siga –dijo la Rubia.
–Los buenos días de Barcelona terminaron enseguida. Una noche nos avisan de que estemos listos con el equipaje a las siete de la mañana. Pasan los camiones a buscarnos y nos llevan a la estación. Punto de destino: nadie lo sabe. Ya en el tren nos dicen que vamos a Marsella y que desde allí embarcaremos hacia Rusia. Ya podéis imaginar la alegría. ¡A Rusia! ¡Nuestro sueño! Nos entregan los pasaportes y cruzamos la frontera sin problema. En Marsella nos alojan en un hotel en el centro de la ciudad. Nuestro jefe es el comandante Lacalle, máximo héroe de la aviación de caza republicana, que había estado desde el primer día en la defensa de Madrid y mandó la primera escuadrilla de Chatos en las batallas del Jarama y Guadalajara, donde mantuvo a raya a los nazi-fascistas.
Al oír la palabra “Jarama”, Nequin se volvió hacia Lucas y susurró: “Ahí me hirieron a mí”.
Montilla prosiguió: “Estuvimos bajo el mando de Lacalle todo el tiempo que duró nuestra formación en Rusia y con él regresamos a España. En Marsella nos reúne en el jardín del hotel. Éramos 130 alumnos pilotos. Nos dice que saldremos al día siguiente en el paquebote francés Teofile Gautier como turistas y nos pide que permanezcamos en el hotel. Naturalmente, en cuanto se da media vuelta, nos marchamos a la calle a disfrutar del ambiente de la ciudad portuaria. Al día siguiente embarcamos. Comida, siesta, paseos por cubierta, música con baile por la noche… ¡Qué buena vida! En el barco iban turistas franceses y de otras nacionalidades. Enseguida eché el ojo a dos turcas bellísimas. El comandante Lacalle nos previno que posiblemente eran espías y nos pidió que nos alejásemos de ellas. Así lo hicimos hasta que una noche le vimos salir del camarote de las espías. Naturalmente, todos querían invitarlas y ellas, haciendo gala de una generosidad sin límite, convirtieron en más plácido el viaje de algunos de nosotros. Llegamos al Pireo, pero las autoridades griegas no nos dejaron desembarcar. Ya comenzábamos a ser aquellos rojos peligrosos de la propaganda facciosa. Proseguimos viaje hacia Estambul. Nunca olvidaré la entrada a la ciudad, atravesamos el Bósforo y ante nuestros ojos aparece la ciudad con decenas de minaretes blancos que emergen por todos lados, la mezquita de Santa Sofía, antigua iglesia bizantina; la mezquita azul, el Serrallo, la ciudad desparramada a uno y otro lado del estrecho. Un viaje maravilloso. Atracamos y tampoco nos dejan desembarcar. Nos quedamos en el barco casi dos días. Cuando el barco zarpó, había dos personas en el muelle despidiéndonos: eran las dos bellas turcas que con lágrimas en los ojos me deseaban suerte, a mí a algún otro”.
Aunque Bravo conocía bien aquella travesía, pues había realizado el mismo viaje unos meses antes que Montilla y lo volvería a realizar después de la guerra, dejó que el alcaraván siguiera volando, poniendo huevos y sorprendiendo a todos. “El estrecho de los Dardanelos es un espectáculo único en el mundo, con quintas de millonarios turcos a derecha e izquierda, la mayoría de estilo arabesco, con unos jardines preciosos, llenos de flores de todos los colores. Era una mansión, y otra, y otra…, casi hasta llegar al Mar Negro. Por fin llegamos a nuestro primer punto de destino: Odessa. Los muelles eran enormes, pero parecían muertos, sin barcos, sin gente. Nos alojaron en un cuartel durante dos días. No nos dejaban salir libremente, aunque por grupos, y acompañados de un intérprete, nos llevaron a recorrer la ciudad, que era grande y bastante fea. Sin embargo, la gente era muy amable. En cuanto decíamos que éramos españoles, nos demostraban su simpatía y nos pedían informes de nuestra guerra. Nos llevaron a la playa de finísima arena blanca. Pasamos el día jugando, nadando y descansando. El tercer día, en ten, rumbo a Moscú. Dos días y dos noches de viaje. Al llegar, nos recogen en unos camiones y nos llevan a un cuartel cerca del estadio del Dinamo. Charla del comandante Lacalle, comida y tarde libre para ir a la ciudad. A las ocho de la noche, de vuelta en el cuartel. ¿A las ocho…? Ya, ya”.
La Rubia golpeó suavemente a Lucas en el costado. La expresión de Montilla auguraba nuevas aventuras y ella estaba deseosa de escucharlas. ¿Qué encerrarán los galanteos, ligues y devaneos que tanto interesan a las mujeres?, se preguntaba él sin acabar de comprender, pese a estudiar periodismo, aquella afición femenina por la prensa rosa, que llamaban del corazón y hasta del hígado. De pronto era ella quien se ocupaba sonsacar a Montilla.
“Terminamos de comer –siguió contando el aviador– y en grupos de dos o tres salimos del cuartel y fuimos a visitar la ciudad. Cuando la gente se da cuenta de que somos españoles, nos atienden y nos obsequian. Se nota que están al tanto de nuestra guerra y que sienten una gran simpatía por nosotros y por nuestra causa. En el parque del Ejército Rojo conozco a una bella moscovita. Es rubia, tiene los ojos azules y dieciocho años. Ella no habla español y yo tampoco hablo ruso, pero nos entendemos maravillosamente. El amor no necesita idiomas ni conoce fronteras. ¡Que hermosa tarde y parte de la noche pasamos juntos! Fui de los que llegaron más tarde, pero no el último. A la mañana siguiente, el comandante nos reúne en el patio del cuartel. ¡Bronca! Al día siguiente se repite la misma historia. Yo me acerco al comandante y le digo: ¿por qué nos regaña usted si no hacemos daño a nadie y, al fin y al cabo, a los que tenemos novia se nos seguirá haciendo tarde? Él me contesta que no sea idiota, que no lo dice por los pocos que hemos ligado sino para que la mayoría no haga lo mismo. Pasé unos días que me parecieron muy cortos en compañía de mi linda Maruxa: hotel Metropol, café Moscova, café Nacional con sus bailes por la tarde, partido de fútbol entre la Selección Vasca y el Dinamo. Ganó el Dinamo. También presenciamos un desfile deportivo y estuvimos a unos metros de Stalin, Molotov y todo su gobierno. Visitamos la tumba de Lenin. ¡Impresionante! La Plaza Roja, el Kremlin, la iglesia de San Nicolás, vimos el Ballet Bolshoi, fuimos en el Metro… Fue una semana inolvidable. Y mi linda Maruxa no se separó de mí un solo día”.
Decididamente, aquellos desexiliados estaban bastante salidos. Entonces tenían veinte años y las hormonas en ebullición. La Rubia se sintió encantada con sus historias y les dijo: “Aquí tienen su casa, vuelvan”. “Claro que volveremos”, contestó don Nequin.
Fachada del histórico café Comercial en Madrid , en el que Lucas Ubiese y Anselmo Carretero realizaron la primera parada al regreso de éste del exilio en México.
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Resultó cierto: ya no eran de este mundo. Una mañana temprano, Lucas acudió al aeropuerto a esperar a don Anselmo Carretero y Jiménez, que venía de México. Escribió su nombre con letras mayúsculas en un folio y se mantuvo a pie firme ante la cinta policial que bordeaba la puerta de las llegadas internacionales hasta que apareció don Anselmo, que resultó ser un tipo huesudo, de voz cálida, entrado en años, estatura mediana, cabello en retirada y bigote pajizo.
–¿Te envía el partido?
–No, su amigo el librero.
Don Anselmo se interesó por Nequin y por su familia, supuso que Lucas era hijo suyo y, mientras se acercaban a la ciudad en el R-5, mantuvieron una conversación sobre asuntos formales como el tiempo, la contaminación y la incomodidad del viaje en avión desde el DF a Madrid. Aunque el recién llegado conservaba la propiedad de una casa en la colonia de hotelitos de los altos de Serrano –unas viviendas que habían sido construidas en tiempos de la República y ahora se hallaban amenazadas de derribo por las insaciables autoridades municipales que querían construir torres con muchos pisos–, se limitó a mirar su vieja casa por fuera y pidió a Lucas que le llevara a visitar el centro de la ciudad. Quería ver la Castellana, los Bulevares, la calle de Carranza, Arguelles, la Gran Vía… “Todavía es muy temprano; desayunamos en una cafetería del centro y luego vamos al hotel que han reservado los compañeros para la reunión del comité federal”, le dijo.
Aquel don Anselmo contemplaba la sucia y crecida ciudad sin poder contener algunas expresiones de admiración. Sus ojos claros se fijaban en los edificios, los transeúntes y el mobiliario como si fueran una cámara fotográfica que retiene las imágenes y las compara con otras de hace muchos años. Entre la calle de Génova y la glorieta de Bilbao le pidió que parase para ver la casa en la que había vivido de niño. Y un poco más adelante, en Carranza, le pidió que parase otra vez para contemplar el edificio donde estaba El Socialista, el periódico del partido. “Ya no hay tranvías, pero las calles y los edificios siguen igual, aunque más sucios”, dijo.
–Aún quedan trozos del empedrado y de las vías en la glorieta de Quevedo y en la calle de Fuencarral –le informó Lucas.
Estacionaron el coche, don Anselmo compró todos los periódicos de la mañana y se fueron a desayunar al viejo café Comercial, que debía ser nuevo en aquel tiempo de imágenes en blanco y negro. Tampoco es que ahora la ciudad fuese de colores vivos.
Enseguida comprobó la sabiduría del recién llegado. En la distancia de su exilio mexicano, donde ejercía su profesión de ingeniero y dirigía una explotación maderera, se había sumergido en el estudio de los reinos históricos de la Península Ibérica que acabaron conformando lo que hoy llamamos España. Los apuntes y observaciones de su padre, que se llamaba igual que él, los del profesor y amigo Pedro Bosch Gimpera, muerto en el destierro, y los de otros relevantes historiadores y medievalistas, le habían permitido obtener sus conclusiones sobre la configuración y ordenación territorial que, según decía, interesaba a España para liquidar el centralismo dictatorial y redimir a los nacionalistas históricos: catalanes, vascos y gallegos.
Sobre eso mismo, sobre la configuración territorial de España, venía a hablar a los compañeros del comité federal del partido, y para venir había conseguido que los compañeros de la Agrupación de América del Norte le eligieran secretario general y portavoz ante el mencionado comité. Dicho sea de paso, la Agrupación de América del Norte abarcaba nada menos que México, los Estados Unidos y Canadá. Los residentes en México era mayoría.
Las palabras de aquel hombre despertaron en Lucas la curiosidad por conocer el curso de las nacionalidades históricas, algo que hasta aquel momento le había tenido sin cuidado. Aquel don Anselmo le parecía un sabio, un erudito que había llegado a la conclusión de que España, aun siendo en su origen una nación de naciones, debía adoptar una forma de Estado federal que satisficiera las ambiciones de autogobierno de los nacionalistas y conjurara los riesgos de autodeterminación y disgregación.
El joven universitario era consciente de aquel federal le estaba utilizando de sparring ante el combate que se disponía a librar unas horas después con los jacobinos de su partido, pero encajó el rollo con agrado e interés. En agradecimiento, cuando llegaron al hotel, que era un cubo de ladrillos ocres situado junto a la Maternidad de Santa Cristina, en la calle de Leopoldo O’Donnell, don Anselmo abrió su maleta y le entregó varios folletos y un volumen enciclopédico del que era autor sobre las nacionalidades españolas.
Ahora sabía que España no era “una” ni “cincuenta y una”, sino un producto elaborado con mil leches. Y también sabía que los reinos de León, Navarra, de Castilla y de Aragón eran más antiguos que algunas comunidades históricas que ahora invocaban con irredenta ambición política los partidos políticos nacionalistas. En un opúsculo, aquel don Anselmo federal deslizaba una errata y les llamaba “necionalistas”. En el libro enciclopédico demostraba que el castellano o latín vulgar se habló antes en el País Vasco que en la mal llamada “meseta castellana”, un invento de la Generación del 98. Sostenía que los vascos eran el “alcaloide” de Castilla y, si vamos a ver, también de España. Afirmaba que los catalanes habían defendido España contra Napoleón o “napoladrón” y no tenían ninguna gana de separarse del reino. Recurría a ejemplos sencillos, anécdotas, usos y costumbres, localismos y signos que los nacionalistas exhibían como propios cuando, en realidad, el estudio histórico demostraba que eran importados.
Aquella noche, cuando acudió a su cita con Nequin, aquel don Anselmo no pudo ocultar su decepción. Durante la cena manifestó su frustración porque los compañeros apenas le habían dejado hablar. Al parecer, cronometraron su alocución. “Diez horas de viaje para hablar cinco minutos… Comprenderéis que en cinco minutos no se puede exponer una materia tan delicada y con tantos meandros como la configuración territorial de España”. Pero prometió insistir mañana. “Me tendrán que escuchar”, decía. Además, el compañero que se encargaba del periódico del partido le había prometido publicar un artículo que le había entregado sobre el “complejo y decisivo asunto”. “O asumen el federalismo o acabamos a tortas”, afirmaba.
La tarde siguiente, don Anselmo federal acudió a la cuesta de Moyano. “Vengo a despedirme; esta noche me regreso a México”. Don Nequin le rogó que se quedase. Pero la frustración que sentía predominaba sobre el deseo de quedarse. Los compañeros no se habían portado bien con él, sólo le permitieron hablar tres minutos y además aceptaron como borregos la réplica del líder y secretario general –“Mira, Anselmo, no insistas, España no tiene tradición federal”– y evitaron someter su propuesta a votación. La decisión estaba tomada. España sería un Estado autonómico, una mezcla de autonomías regionales y de nacionalidades históricas sin pies ni cabeza, afirmaba.
En otra ocasión volvió desde México a Ursaría para asistir a la reunión del máximo órgano de deliberación, dirección y control del partido entre congresos, pero los dirigentes despreciaron sus tesis y argumentos. Los catalanes federales y los castellanos de Segovia reconocieron, no obstante, su sabiduría y fundamento histórico y le invitaron a impartir conferencias y le agasajaron con banquetes, lo cual fue considerado una disidencia de marca mayor por la dirección del partido, pues, aunque no fuera de este mundo, comenzaba a tener más seguidores de lo deseable. Para quitarle de en medio y evitar los riesgos de su prédica federal, los dirigentes del partido trasladaron la secretaría general de la Agrupación de América del Norte desde México a Nueva York, donde nombraron a un nuevo secretario general. Aquel don Anselmo ya no volvió a un país que si alguna vez fue el suyo lo había dejado de ser.
La demostración carnal y encarnada de que los jóvenes demócratas y republicanos de antaño eran unos viejos insignificantes hogaño y de que si alguno era escuchado se convertía en un peligro y acaba siendo eliminado, no terminaba de convencer al testarudo Nequin de la conveniencia de poner fin a la apuesta con Lucas. En ocasiones, ante episodios tan frustrantes como el de aquel don Anselmo el federal, Lucas pedía al amigo Yebra que rompiera en mil pedazos el papel con la apuesta y certificara su anulación, pero el bondadoso funcionario municipal se llamaba Andanas y, como si fuera Kit Douglas, se volvía de espaldas y se alejaba silbando.
En sentido contrario, don Nequin había suprimido el anuncio sobre los libros de amor, se burlaba de la obsesión de Lucas de encontrar a Charo y le recomendaba que se olvidara de ella. Pero él mantenía intacto su recuerdo de Chín y no renunciaba a la esperanza de encontrarla. Por el contrario, seguía mirando a las mujeres con el afán de identificarla y perseveraba en la costumbre de realizar cada noche algunas llamadas a la interminable ristra de Martínez de las renovadas y crecientes páginas de la guía telefónica de Ursaría. Había soñado tantas veces con su voz y su respuesta –“¡Lu, qué alegría!”– que estaba convencido de que se cumpliría el sueño de encontrarla. ¿Acaso no habían soñado durante cuarenta años aquellos republicanos con volver a ver su tierra? ¿Por qué no habría de ver él a su Chin, su único amor verdadero? Y se repetía a sí mismo: “La verán mis ojos, claro que la verán”.
El acorazado España, en poder de los franquistas, acabo en el fondo del mar frente a la costa de Santander. Chocó con las minas que iba soltando el destructor Velasco, también en manos de los sublevados y fue bombardeado por Borrajo desde su frágil avión Breguet
Recapitulación:Hemos visto en los capítulos anteriores cómo Leonardo se las ingenió para apoderarse del maletín con la pasta de los milicos, dejó su parte a Lucas y se marchó a Cuba. También cómo Lucas logró zafarse de la policía, que le relacionó con Argala por la carta que le envió cuando andaba impecune, y consiguió una nueva identidad. Ahora tenía dinero y se permitió poner un anuncio en la prensa para localizar a Chin, pero ella no lo leyó. Residía en casa del viejo Nequin, iba a la Universidad y ayudaba a Nequin en sus quehaceres y el librero mantenía su apuesta e insistía en que en diez años vendría la República. En esas, después de firmar sus cinco últimas condenas a muerte, el dictador Patascortas (PTC), enfermó y murió. Entonces comenzaron a volver los desixiliados socialistas, comunistas, republicanos. ¿Quiénes eran, de qué hablaban, querían de verdad la República por la que habían luchado en su juventud o se conformaban con reponer los derechos y las libertades propias de un sistema democrático y devolver su cuerpo a la tierra en la que nacieron?
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Poco tiempo después de que el dictador se fuese al infierno y la losa de ocho toneladas de mármol que colocaron sobre su tumba en aquel templo perforado por cientos de presos políticos republicanos en la dura roca de granito de la sierra del Guadarrama confirmara que no regresaría de aquel lugar, y que el heredero, que había sido designado y refrendado por las Cortes el mismo día que el hombre pisó la luna, aterrizara en la capital federal de los Estados Unidos de América y anunciase a los congresistas de aquel país su proyecto de transitar de la autocracia a la democracia con el fin de que los súbditos españoles, a los que se había negado la posibilidad de decidir la forma de Estado y de los que se decía que no estaban preparados para vivir en libertad, pudieran elegir a sus gobernantes mediante elecciones limpias y libres, y de que el coronado, al que don Nequin llamaba PTL o Pataslargas, en contraste con su antecesor y padre político PTC o Patascortas, decretase una amplia amnistía que exoneró de responsabilidades a los ladrones y criminales del régimen anterior al tiempo que tranquilizó a Lucas en relación con los antecedentes que pudiera tener por su casual relación con aquel Argala, el cual salió de prisión y fue asesinado en Francia dos años después por los esbirros del dictador, y de que, de resultas de todo lo cual, los partidos socialista y comunista, que se reclamaban republicanos, renunciaran a sus principios y silenciaran su memoria a cambio de un lugar al sol desde el que empujar la historia, comenzaron a regresar algunos republicanos supervivientes de la guerra y del exilio.
Una tarde, cuando llegó Lucas a la caseta se encontró al librero Neguin departiendo animosamente ante la mesita del tablero de ajedrez con un hombre de pelo ralo y blanco que olía a jabón francés y tenía la mirada viva y la expresión traviesa. Vestía un elegante traje de mil rayas y adornaba su pecho con una corbata de color amapola, prendida a la camisa blanca con un alfiler de cabeza acristalada con los colores de la bandera tricolor. “Ya están aquí los republicanos”, se dijo antes de saludarle. El hombre se llamaba don Antonio García Borrajo y, en efecto, acababa de llegar de Francia. Don Nequin se mostraba encantado de su presencia, pues era nada menos que el secretario del último presidente republicano en el exilio.
Tras la interrupción de las presentaciones, el hombre prosiguió su relato sin importarle la presencia del recién llegado, y dijo que “aquel Primero de Mayo fue, en verdad, memorable; de madrugada recibimos un radio informándonos de que el monstruo venía hacia nosotros. El teniente coronel Martín Luna no sabía a qué carta quedarse. Era prudente y no quería gastar vidas ni perder los aviones. Yo le dije que estaba claro: había que bombardearlo. Mi ayudante Pepe me respaldó. El jefe dudó. Quería preservar a toda costa los dos únicos aparatos que nos quedaban en el aeródromo, si quiera fuera para poder huir en ellos y salvar el pellejo. ‘En cuanto os avisten os revientan a cañonazos’, nos dijo, el muy cabrón, para intimidarnos. O a lo mejor les reventamos nosotros, díjele yo”.
Aquel Borrajo había sido aviador y le estaba contando a Nequin cómo hundieron ante la costa de Santander al temible crucero España, el terror del Cantábrico en manos de los fascistas, soltando bombas a mano desde su frágil Breguet. “Yo sabía bien a lo que nos enfrentábamos, así que hablé a solas con Pepe y le expuse los riesgos y le conté que me habían derribado dos veces y seguía vivito y coleando, je, je. Él me dijo que no tenía miedo. Era un muchacho valiente mi sargento observador José Hernández Fernández. Así que empezamos a preparar el Breguet-19 para salir al encuentro del monstruo. Era noche cerrada. Cargamos dos bombas de cincuenta kilos y nos sentamos a esperar a que despuntara el alba. Confiábamos en que apareciesen algunas nubes bajas para zafarnos, pero el día se presentó despejado. Mala suerte, amigo Pepe, dije a mi ayudante. Entonces, Pedro Lambas Bernal, al ver que nuestra decisión de jugarnos el bigote contra el monstruo era firme y, pese a la falta de nubes, no nos volvíamos atrás, decidió sumarse con su avión Gourdou y cargó otras dos bombas de cincuenta kilos.
Lambas despegó primero y nosotros le seguimos. A las siete menos cuarto pusimos rumbo mar adentro. Yo sabía que el monstruo era difícil de abatir. El submarino U-2 le había perseguido sin resultado. Luego me enteré que el sumergible sufrió un sabotaje y los torpedos que le disparó fueron directamente al fondo del mar en cuanto salieron de las toberas. Incluso uno comenzó a dar vueltas entorno al submarino y les pasó rozando, je, je. ¿Acertaríamos nosotros desde una altura prudencial, soltando bombas con las manos? Yo lo dudaba.
Tomamos altura y desde unos ochocientos metros avistamos el siguiente panorama: el acorazado navegaba a tres millas marítimas de las costa, frente al puerto de Santander, seguido a poca distancia del destructor Velasco, que se dedicaba a sembrar minas para cerrar la salida del puerto a nuestro destructor José Luis Diez y al submarino U-3. En un instante, el acorazado comenzó a cañonear en dirección a un mercante inglés que se acercaba a la costa. A una distancia prudente se encontraban los destroyers de control internacional H-76, con bandera inglesa, y El Terrible, que era francés.
Entonces el Gordou de Lambas se lanzó en picado sobre el monstruo y le soltó sus dos bombas. Una acertó en proa. Yo me lancé detrás, teniendo el sol a la espalda para protegerme. Hice una diagonal abierta de cuarenta y cinco grados para recoger a unos cien metros del buque, pero las bombas que lanzó Pepe cayeron al mar. Aterrizamos y cargamos más bombas, las lanzamos y volvimos a cargar. Así hasta once veces. Hicimos las cinco últimas salidas con una bomba de cien kilos en cada viaje. Acertamos siete veces; nuestras bombas estallaron sobre la primera torre de mando y la chimenea central. Las cinco últimas fueron letales, y a las 8:50 de aquel Primero de Mayo, el acorazado faccioso se hundió definitivamente, je, je…”
El hombre cogió resuello y añadió: “Di tu que tuvimos una suerte de mil diablos porque al retroceder para esquivar el castigo, chocó con una de aquellas minas que había soltado el Velasco y la explosión le destrozó el timón y las hélices de popa, quedando inmovilizado como un cachalote herido, je, je. El Velasco intentó remolcarlo, pero no acertó con el cable. Viéndose perdidos, los facciosos abandonaron las defensas antiaéreas y se lanzaron a agua como ratones asustados. Permitimos al Velasco recogerlos y poner agua de por medio antes de soltar más bombas y hundirlo. ¿Pudimos apresarlo? Si. Pero ningún mando reparó en ello y nuestro objetivo era envirlo al infierno y evitar que hiciera más daño. A Lambas lo ascendieron a capitán y a Pepe y a mí a tenientes. Recuerdo los vítores en la prensa. “El pirata España fue echado a pique por un pequeñísimo avión Breguet gracias al heroísmo y la pericia de nuestros aviadores”, decía el ABC de Madrid. De heroísmo, nada; de valentía, un poco; de pericia, bastante, y de suerte, muchísima, je, je…”
El desexiliado Borrajo relató otros avatares a su amigo Nequin sin perder la sonrisa ni siquiera cuando habó de la derrota, la rendición y la entrega. Su desenvoltura juvenil y aquella expresión pícara en su cara proyectaban la imagen de un hombre feliz y cercano, uno de esos tipos que inspiran confianza. Era de mediana estatura y debía pertenecer a la quinta de Yebra y don Nequin.
Aquel Borrajo fue el primero de una larga lista de regresados a los que Lucas tuvo oportunidad de conocer y tratar. Eran socialistas, comunistas, republicanos… Pronto Lucas se encargó de ir a recogerlos al aeropuerto o a la estación ferroviaria de Chamartín, y puesto que sus estudios universitarios se relacionaban con los medios de comunicación social y con la función de informar –era la carrera más sencilla que podía cursar, aunque le habría gustado estudiar química y medicina–, no dudó en plasmar algunos testimonios y relatos en un periódico de la tarde en Ursaría que se distribuía por la mañana en el resto del país.
–¿Cómo salvó el pellejo, don Antonio? –le preguntó.
–Con mucho valor, je, je… –dijo Borrajo.
–Eso no lo dudo, pero ¿podría decirme cuál fue su suerte?
–Mi suerte consistió en tener buena suerte, una suerte de mil demonios, je, je… En realidad, pasé la mayor parte de la guerra en el hospital. Te cuento. Me derribaron dos veces cuando estaba en el centro, en Azuqueca de Henares; la última, salvé el avión, pero estuve a punto de palmar de plomonía. Me evacuaron al hospital militar de Alicante y allí pasé más de un año, la mayor parte de la guerra, volando en sueños y soñando con volar. Cuando me dieron el volante de alta, me pusieron a disposición del cuadro eventual de la Base de Los Alcázares, en Murcia, donde me nombraron jefe de la escuadrilla encargada de proteger la Base Naval de Cartagena y la ciudad de Murcia. Fueron unos meses malos, sin suministros, sin munición, nos bombardearon la base varias veces… Cataluña había caído y ya no tenía sentido resistir en aquellas circunstancias. Entonces decidimos huir al norte de África, pero los barcos que nos iban a trasladar nunca llegaron al puerto de Alicante. Nos engañaron como a chinos, je, je. En cambio, aparecieron los cabrones de los espaguetis facciosos de Mussolini, je, je. Flechas negras, les decían. Y nos condujeron al campo de prisioneros de Los Almendros. Después, los franquistas nos llevaron a Albatera, entre Alicante y Murcia para fusilarnos, je, je…
–¿Y qué pasó?
–Le dije al tanquista Romero y a otros compañeros: a mí estos hijos de puta no me fusilan. Y a las tres de la mañana del 12 de abril de 1939, Romero y yo nos fugamos. Romero tuvo mala suerte. Un centinela del perímetro exterior del campo disparó y lo alcanzó en el muslo derecho. Lo agarraron enseguida, lo llevaron a la base y, según me contaron, lo sentaron en una silla porque no se podía tenía en pie, y lo fusilaron.
–¿Y usted?
–Yo me adentré en unas huertas y me subí en un naranjo. Los guardias civiles me estaban buscando con perros amaestrados. Los oía pasar cerca de mí. Este cabrón tiene que estar por aquí. Las pasé canutas.
–De miedo…
–De miedo, de hambre, de sed y de cagalera. Estuve más de ocho horas subido en un naranjo, con una diarrea de mil demonios.
Don Antonio siguió contando que llegó a Madrid y estableció contacto con Antonio Buero Vallejo y otros elementos republicanos de la resistencia, pero tuvo mala suerte y le detuvieron. Gracias a la influencia de su padre, que era abogado, no le condenaron ni fusilaron inmediatamente, que era lo que solían hacer, sino que le trataron como un soldado prófugo del arma de aviación y le destinaron a la base aérea en Tetuán, en el Marruecos español, y después, gracias a las gestiones de su padre, le trasladaron al regimiento de automóviles de Madrid, situado en la calle de Ferraz, donde dio servicio con una DKV al teniente coronel Sertorius hasta que, a finales de julio de 1941, su expediente de depuración llegó a la jurisdicción central y le juzgaron por un delito de adhesión a la rebelión, que era la aberración jurídica que los militares sublevados aplicaban a los leales a la República, y le condenaron a treinta años de cárcel.
–Me podían haber fusilado, como a otros muchos, pero gracias a la influencia de mi padre optaron por quitarme el uniforme de teniente y anular mi condición de militar. Me metieron treinta años y me mandaron a la cárcel de Porlier con los demás civiles, a los que, por cierto, llevaban a fusilar a Aranjuez. De allí me mandaron a otras prisiones y acabé en el penal de Burgos, del que, gracias a la influencia de mi padre, salí con la condicional en junio de 1948, je, je.
–Y entonces se marchó de España.
–Naturalmente. Crucé el Bidasoa a nado una noche de noviembre de 1950 bajo el fuego de la Guardia Civil, je, je.
El desexiliado Borrajo satisfacía las curiosidades de Lucas con la tranquilidad y el buen humor de quien considera normal caminar por el alambre sobre un precipicio. Aunque su jovialidad contagiaba a Nequin y también a Yebra, Lucas notó la mirada de reproche del librero cuando mencionó al gentilhombre del rey Alfonso XIII, ministro de Asuntos Militares del Gobierno y presidente de la República en el exilio, don Emilio Herrera Linares. Era como si el librero estuviese diciendo: “¡Menudo pájaro!”
En un momento de la conversación, Borrajo informó al librero del regreso del compañero Bravo con su segunda esposa y su hija, que eran rusas, y le aseguró que el compañero Montilla llegaría de México en pocos días. Cuando llegasen se reunirían todos y verían lo que se podía hacer. Más ¿qué podían hacer aquellos desexiliados septuagenarios en un país que había borrado hacía tantos años la huella de su existencia? Nada, no podían hacer nada. Con saciar su hambre de España y volver del destierro al entierro en su tierra se conformaban. Lo comprobó Lucas cuando, a petición de don Nequin, se convirtió en cicerone de los que iban llegando. Con su R-5 les trasladaba al hotel Asturias o a casa del librero, según los casos, les paseaba por Ursaría y, en ocasiones, les acompañaba a sus terruños natales.
Las emociones se repetían con la llegada de cada viejo compañero del librero. Permanecían plantados uno frente al otro durante unos segundos, se miraban, se examinaban, se comprobaban y, finalmente se fundían en un largo abrazo sin poder contener las lágrimas. Aquellos hombres lloraban. Pero no de tristeza sino de alegría. Después hablaban y hablaban. Parecían felices, reconfortados, rejuvenecidos… Lo más sorprendente para Lucas era que se manifestaban conformes con el nuevo orden inspirado en los principios azañistas de paz, piedad y perdón. Sólo así, decían, se podía avanzar hacia una democracia plena de libertades y de derechos en un país cainita. Y aunque el orden al que aludían era monárquico, a ninguno parecía importar la reposición borbónica.
En ninguno de aquellos hombres y mujeres recién llegados advirtió Lucas asomo de resentimiento. Dolor sí –quizá, un dolor biológico por el recuerdo de la juventud perdida y los amigos muertos–, pero ni revancha ni odio. Su alegría de volver, de haber sobrevivido al dictador –felizmente sepultado bajo aquella losa de ocho toneladas–, su contento de ver el cielo de Ursaría, beber su agua de calidad inigualable, pasear por sus calles, degustar el jamón prohibido en el extranjero gracias a la peste porcina, tomar el consomé de Casa Lardy, comer las alubias con almejas del Garabatu, beber el vino de La Rioja y de La Mancha y disfrutar de tantos y tantos placeres de la tierra añorada, parecía eclipsar sus innumerables sinsabores y sufrimientos. Habían luchado y habían perdido. Se sentían traicionados, pero no derrotados.
Les oyó decir que el nazismo y el fascismo se comportaron interesada y generosamente bien con los militares sublevados y sus oligárquicos, fanáticos y clericales instigadores. Los totalitarios alemanes e italianos ayudaron y suministraron armas y combatientes a sus homólogos españoles para que lucharan y vencieran en una contienda desaforada en la que los fascismos inauguraron un nuevo concepto de la guerra bombardeando pueblos y ciudades, objetivos civiles sin piedad. Les oyó contar cómo los madrileños resistieron y los fascistas se propusieron matarles de hambre con un dogal. Pero ellos lucharon por tierra y aire e impidieron el cerco. A las órdenes del viejo Miaja, de su ayudante Vicente Rojo, del sagaz Paulino García Puente, del honrado Cipriano Mera, del barbudo Valentín González, del bravo Enrique Lister y con la ayuda de los hombres de Buenventura Durruti, de los que venían huyendo del oeste y de los voluntarios internacionales, rompieron en mil pedazos los planes de los avaros, orgullosos y despiadados generalitos y generalotes rebeldes. Gritaron: “¡No pasarán!”. Y no pasaron. Dijeron: “No nos cercarán, como hacen los lobos con su presa”, e impidieron el cerco a la capital. “Madrid, que bien resistes”, cantaban.
Pero si el fascio y los nazis fueron generosos con los suyos, los gobernantes de las democracias europeas y estadounidense no se comportaron de la misma manera con los demócratas. Unos miraron hacia otro lado y casi todos negaron su ayuda a la República, bloquearon las entregas de armas ya pagadas, actuaron traicionera e indecentemente y les dejaron de rodillas ante el interesado y no menos cruel san Pepe Stalin. Les oyó decir que los Chamberlain, Churchill, Daladier, Blom… no alcanzaban la consideración de payasos en el circo de las relaciones internacionales. Eran unos cobardes y unos malditos miserables. Y por culpa de aquellos farsantes, sus pueblos pagaron después un terrible saldo en sangre. Los demócratas españoles nada debían a los gobiernos de las llamadas “potencias democráticas”. Sólo el desprecio. Les oyó decir que únicamente los mandatarios de Checoslovaquia y de México se comportaron con dignidad y coherencia. Pero Checoslovaquia era pobre y México quedaba demasiado lejos.
Escuchando a aquellos hombres, imaginaba Lucas su frustración juvenil al ver sus vidas destrozadas, sus planes frustrados, sus ideales arrasados…, y sentía una mezcla de admiración y conmiseración, aunque, bien pensado, a muchos otros les había ido mucho peor. De aquel don Antonio García Borrajo, que vivía en casa de unos familiares, cerca de la glorieta de San Bernardo, admiró su alegría y su cargamento de condecoraciones. Poseía la Medalla de la Lealtad a la República Española, la Victoria Cross de la Gran Bretaña, la Legión de Honor de la República Francesa, la Medalla de Oro de la Defensa de los Derechos del Hombre y el título de coronel de los Ejércitos Aliados. Auque la guerra había truncado sus estudios de derecho en Barcelona, donde hizo el curso de aviador, los reemprendió en la Universidad de Estrasburgo, se doctoró y durante todo su exilio trabajó en sus dos frentes más queridos: el de asesor jurídico del ministro de Asuntos Militares de la República, Herrera Linares, y el de defensor de los derechos humanos como miembro y activista de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre, de la que fue elegido vicepresidente en 1955 y reelegido desde entonces en cada congreso.
Detrás de cada medalla había un relato. La Cruz de la Victoria de los ingleses se la ganó por su participación en una red de evasión de prisioneros ingleses en manos de los nazis; la Legión de Honor francesa se la impuso el presidente Fraçois Mitterrand por su defensa de los derechos humanos; la de Oro de los Derechos del Hombre tenía detrás dos décadas de denuncias e investigaciones de los crímenes de los gobiernos dictatoriales de Guatemala, El Salvador y Perú. El colegio de abogados peruano le nombró abogado de honor por una misión como observador de los derechos humanos de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre en la que, después de dos meses de pesquisas, logró liberar de las garras de los militares al secretario general del sindicato de los trabajadores de las minas del Perú y a dos abogados limeños a los que habían hecho desaparecer e informado de su muerte a sus familiares. Durante su exilio, este hombre no había cejado un solo día en la denuncia de los crímenes de guerra y contra la humanidad que se seguían perpetrando en España. El Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, la sede de Naciones Unidas en Ginebra, el Senado de los Estados Unidos y otras instancias internacionales tuvieron que escuchar su voz contra los crímenes del dictador PTC. Si no mejoró el mundo, no desfalleció en su empeño.
El viejo republicano también le mostró su personal declaración de principios, escrita en un papel con el logotipo del “Conseil de L’Europe”. “¡Soy un librepensador! Desde mi más tierna infancia me siento atraído y más tarde vinculado al progreso y al desarrollo cultural y científico. ¡Mi obrar y pensar son republicanos! ¡Creo en el hombre y en el futuro de la humanidad! Construiremos y viviremos en el seno de un Estado de derecho, pluralista y democrático!” Mencionaba los nombres de algunos de sus maestros: Luis Jiménez de Asúa, José Castán, Jorge del Wechio… Y se proclamaba defensor a ultranza de los derechos humanos, las libertades, el civismo… Por último, denunciaba el autoritarismo, la intolerancia, el racismo, la xenofobia… ¡Joder, qué tío!
–¿Don Antonio, usted cree que volverá la República?
–No, amigo mío, no volverá. Los republicanos hemos realizado un acto de lealtad para, entre todos, sin exclusiones, recuperar la democracia que nos arrebataron. Por eso don Emilio Herrera Linares y todos los que con él estábamos disolvimos oficialmente el gobierno republicano en el exilio y prometimos lealtad a un monarca constitucional. Ese es el pacto. Y creo firmemente que es lo que hoy por hoy interesa a los españoles.
–Si ustedes, los republicanos, han renunciado a su idea, ¿quién respaldará entonces la racionalidad republicana?
–Acaso los propios Borbones si vuelven a las andadas.
–¿Volverán?
–Escarmentados están.
–¿Entonces no cree que sus ojos vean la República?
–No, amigo mío, no la verán.
En ese momento, Lucas recordó la mirada de reproche que le lanzó Nequin cuando el desexiliado habló de la decisión de Herrera Linares.
–Tengo entendido que muchos republicanos discrepan de la decisión disolvente que adoptaron ustedes ahí afuera sin consultar a los de aquí adentro.
–Siempre habrá quien se resista a admitir que ya no somos de este mundo, je, je.
Última aparición del dictador, acompañado del heredero, tras las últimas ejecuciones
Por KEY GOOD
Mucho impresionó a don Nequin, Yebra y Lucas el relato de viva voz que de aquellas ejecuciones trajo Novais o Nové. “Los tiros sonaron secos como trallazos y el de gracia sonó hueco como el eco. A Ramón García Sainz, José Baena Alonso y José Luis Sánchez-Bravo los ejecutaron en esa finca de Hoyo de Manzanares, rodeada de alambradas, que alberga la Academia de Ingenieros del Ejército. Es un lugar muy pedregoso, en la falda de un monte tupido de arbustos y matorrales. En lo alto se ve un picacho y una mansión picuda. Me dijeron que la utiliza el dictador cuando tiene ganas de matar conejos desde la ventana… Un oficial de la policía armada encabezaba el piquete de los seis hombres con sus cetme al hombro; delante de ellos iban unos guardias civiles custodiando a los reos. Los llevaban esposados. Caminaron unos cien metros desde el lugar en que los apearon del coche y cuando llegaron al lugar elegido –una especie de semicírculo entre jaras, piornos y descuernacabras– les colocaron delante un paredón de piedras, les taparon los ojos con pañuelos negros, y el jefe policial gritó: ¡Car-gén!, ¡apun-tén! ¡Fueeegó! Y en la blanquecina luz de la mañana, los tres jóvenes cayeron fulminados por los certeros balazos a quemarropa en la cabeza y el corazón”.
A la misma hora ejecutaron en Barcelona a Juan Paredes, Txiki. No lo ultimaron a garrote vil, como ordenaba la sentencia, sino a tiros. La última voluntad del finado fue pasar la noche con su hermano Mikel y su abogada Oronich. Y a la misma hora, las ocho de la mañana, pasaron por las armas a Ángel Otaegi Etxeverría, Cara Quemada, en el penal de Burgos.
Ni los tres mensajes del Papa, implorando clemencia al dictador, ni las protestas de cientos de intelectuales y algunos mandatarios extranjeros contra las ejecuciones sumarísimas consiguieron torcer la decisión del tirano de infligir un escarmiento a los llamados elementos subversivos. En estas circunstancias, ¿alguien podía afirmar, como sostenía Nequin, que el régimen fuera fruta madura y estuviera a punto de caer?
–El miedo no cambia a la gente –dijo el librero, confiado en la continuidad de la lucha de los jóvenes concienciados y de los obreros.
–Pero paraliza –dijo Nové.
El corresponsal de Le Monde era un tipo delgado y frágil, de cuarenta y tantos años, que había vivido la posguerra en Ursaría y tenía la cabeza llena de recuerdos infantiles sobre los efectos del miedo: la parálisis, el servilismo, el chivateo… ¿Quién podía asegurar que el dictador no iba a emplear el Ejército contra la gente si ésta se atrevía a protestar contra la vuelta del terror? Por eso nadie se atrevía a salir a las calles a gritarle asesino y criminal.
Ese silencio interior contrastó con la repugnancia de algunos gobernantes de los países llamados civilizados y las protestas de miles de exiliados y emigrantes. Como si de pronto aquellas ejecuciones les hubiesen recordado el origen criminal y la catadura moral del dictador español, el presidente de México, don Luis Echeverría, reclamó que fuera condenado y expulsado de las Naciones Unidas y las democracias europeas retiraron a sus embajadores de Madrid en señal de rechazo a los abominables métodos del tirano.
Ya antes de las ejecuciones, algunos personajes de la cultura y la inteligencia como Ives Montand, Regis Debray, Claud Jean Mauriac, Costa Gavras…, viajaron a Ursaría para alertar al mundo contra la crueldad del dictador español. Cierto es que apenas pisaron suelo en el aeródromo de Barajas, los expulsaron.
Y después de las ejecuciones, la indignación se desbordó en las calles de Lisboa, París, La Haya, Nueva York… En Lisboa, los manifestantes asaltaron la embajada española y pusieron en fuga al embajador. En Holanda quemaron la sede diplomática. En París y en Utrech apedrearon las legaciones. Las manifestaciones de repulsa se sucedieron en Roma, Bruselas, Berlín… En Nueva York, exiliados, inmigrantes y simpatizantes de la causa de la libertad en España organizaron una marcha por la Quinta Avenida, en la que participaron varios miles de personas.
La prensa española, aunque amordazada, recogía los ecos de las protestas. Un periódico tan reaccionario como los demás ironizó sobre una fotografía del dirigente socialista sueco Olof Palme realizando una colecta en las calles de Estocolmo con un cartel en el pecho que decía: “For Spaniens frinet” (Para la libertad en España).
Lo que más preocupaba al dictador y sus secuaces era la amenaza de la Comisión Europea de suspender la negociación sobre la rebaja de los aranceles, pues perjudicaba a los mercaderes de bienes y productos semielaborados que se enriquecían comprando a terceros y vendiendo al Mercado Común y a algunos industriales autóctonos que se forraban asimismo a costa de los míseros salarios que pagaban a los trabajadores y del trato preferente que recibían de los gobiernos llamados comunitarios en materia de tasas arancelarias.
“Ahí les duele”, decía el librero en alusión a algunos jefes de cámaras de comercio que se atrevieron a pedir evolución y no involución del régimen. La voz cantante correspondió al presidente del Círculo de Economía, Más Cantí, un hombre más valiente que las pesetas, que pedía un cambio democrático para poder ingresar en el Mercado Común. “Si los industriales, los comerciantes y la burguesía presionan, el régimen se acabó”, pronosticaba don Nequin como si la dictadura fuera fruta podrida a punto de caer.
Pero el régimen tenía sus armas, su burricie, sus legiones de paniaguados. Y respondió a las condenas de la comunidad internacional con una campaña de reafirmación patriótica. Los alcaldes dictaron bandos convocando manifestaciones de apoyo al dictador, los gobernadores civiles y militares realizaron proclamas apelando al orgullo nacional, los ministros y generales hablaban del enemigo exterior como si los gobiernos de los países democráticos hubieran tramado un complot contra la patria. Todos sacaban pecho en aquella campaña que incluyó el desprecio de lo extranjero con el lema: “Consume nacional”. Pegaron miles de carteles con la leyenda: “Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos”. El grito de “¡España, con dos cojones!” y de “¡Arriba España!” arreció entre los afectos.
Un día por la mañana las autoridades decretaron vacaciones en las escuelas, dieron permiso a los soldados, cesaron las actividades en los organismos burocráticos, se suspendieron las prácticas usureras en las sedes bancarias, cerraron las tiendas y los comercios y una muchedumbre enardecida llegó a Ursaria e inundó la plaza de Oriente. Gente con bigote reglamentario y sin él portaban banderas nacionales, guías de los requetés y de otras mesnadas de combatientes, enseñas con el yugo y las flechas de la Falange Española y de las Juntas Ofensivas Nacionales (JONS)… Una multitud soliviantada cantaba himnos patrióticos, coreaba marchas militares y vociferaba consignas imperiales.
Según contó el correponsal Novais o Nové, de pronto, aquella masa enloqueció en gritos y vítores al dictador, que acababa de aparecer tras la balaustrada de un balcón del Palacio de Oriente en compañía del príncipe heredero. Unos tambores y cornetas impusieron silencio y el PTC se dirigió a la muchedumbre: “Españoles, españoles todos, gracias por vuestra inquebrantable adhesión y por la serena y viril manifestación pública que me ofrecéis en desagravio a las agresiones de que han sido objeto varias de nuestras representaciones y establecimientos en Europa que nos demuestran una vez más lo que podemos esperar de determinados países corrompidos y aclara perfectamente su política constante contra nuestros intereses”. A su lado, el príncipe heredero, con semblante serio, miraba al infinito. El dictador se refirió a Portugal, “la nación hermana que debate en la anarquía y el caos”. Esto le pareció a don Nequin “muy significativo”, pues se notaba que el bicho acusaba el golpe de la deposición del homólogo del país vecino. Y no olvidó, el dictador, una referencia a la tradicional conspiración judeo-masónica-izquierdista que quiere destruir a España. “Todo obedece –dijo– a una conspiración masónica izquierdista en la clase política en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social que a nosotros nos honra y a ellos les envilece”.
Los congregados extendieron los brazos al frente y atronaron la atmósfera coreando una y otra vez el apellido del dictador. Querían demostrar que eran muchos, que eran fuertes, que eran invencibles. El octogenario miró aquella masa de encorajinados súbditos durante medio minuto, retiró las manos de la balaustrada, se bajó del podio afelpado que le ponían bajo los pies y desapareció.
“Era una calavera con gafas”, aseguró Nové.
Aunque las calaveras no se mueren, el dictador las diñó dos meses después, al cabo de una interminable sucesión de episodios orgánicos e intervenciones quirúrgicas que permitieron a los súbditos aprender anatomía y cultivar la vena humorística, con dichos como “su excelencia ha sobrevivido a la última autopsia” y otros de similar mala leche.
Luego, inmediatamente colocaron en su lugar a aquel príncipe silente, deportivo y festivo que acompañaba al dictador en las ocasiones solemnes, y le nombraron jefe del Estado con el título de Rey. Al funeral del tirano acudió su émulo Pinochet envuelto en un impresionante capote militar que acentuaba su aspecto de fanfarrón. A los fastos de la entronización asistió el presidente de Francia, un hombre calvo, de mediana edad, con aire de oficinistas y ojos de granujilla. Tras el luto siguió el absoluto y no ocurrió nada.
Los grises irrumpían a caballo en las Facultades para pegar a los universitarios
Por KEY GOOD
El viejo Nequin seguía viendo señales del acabose en las noticias de los periódicos. Extrapolaba, interpretaba y trazaba paralelismos para adaptar la realidad a su deseo. Lucas se había acostumbrado a sus calenturas mentales y evitaba entrar al trapo de su sesgada visión. Pero una tarde, el librero dijo que si el periódico se atrevía a publicar aquella nota, la cosa debía ser muy seria. Yebra y José Antonio Novais o Nove coincidieron en la apreciación.
Según la nota en primera plana de aquel periódico de la tarde, el dictador sufría un episodio de flebitis. No sabían qué diablos significaba aquello, y don Nequin echó mano al diccionario mientras Lucas y Yebra se lanzaron sobre unas enciclopedias de Medicina. Leyeron en voz alta las descripciones de la flebitis mientras Novais o Nove las relacionaba con la gacetilla.
Del intercambio de definiciones y descripciones concluyeron que un coágulo sanguíneo circulaba por las venas del tirano, concretamente por las de una extremidad inferior y podía dejarle tonto si le llegaba al cerebro. ¿Tardaría mucho? Puesto que el Patascortas era exactamente lo que el apodo indica, se mostraron esperanzados de que en pocas horas el trombo llegara a la testa.
No fueron los únicos en alcanzar la antedicha conclusión, pues los médicos actuaron con una diligencia impropia del sistema sanitario y se apresuraron a cortar el paso al coágulo, librando al dictador de la tontuna. Pese a la eficaz intervención de los galenos, los consejeros y acólitos de su excelencia le aconsejaron activar el mecanismo sucesorio, habida cuenta de que un organismo como el suyo, con ochenta años de uso, podía fallar en cualquier momento.
El PTC se recuperó enseguida y se fue a pescar unos atunes a bordo de su yate Azor y después se retrató paseando por el pazo de Meirás. El signo del acabose y el optimismo de don Nequin, que ya había informado a los de Francia y a los de América, se diluyó cuando el tirano regresó a Ursaría y presidió la corrida de toros de la Beneficencia. Se le vio en el palco concediendo orejas y, poco después, volvió a ocupar su trono en El Pardo.
Aunque el librero sostenía que la procesión iba por dentro y la revista Ajoblanco dijo que tenía el caballo de Troya en su interior, lo cierto es que el dictador parecía más fuerte que nunca y conservaba el pulso firme y la mano de hierro. Incrementó la represión, ordenó que secuestraran más revistas semanales, que se impusieran más multas gubernativas a los periódicos, renovó el control férreo de la radio y la televisión e intensificó las redadas contra los rojelios. Incluso la oposición democrática menos perseguida, como aquellos jovenzuelos socialistas con un líder que respondía al nombre de guerra de Isidoro, sufrían algunas detenciones. Concretamente, aquel Isidoro y el donostiarra Múgica, que se reclamaban seguidores de Pablo Iglesias, resultaron detenidos en el aeropuerto de Hondarribia y fueron desprovistos de sus pasaportes para impedir que acudieran a un mitin con el dirigente francés Fraçois Mitterand.
La represión arreció al final del verano. Lucas comenzó a sufrirla en el campus de la Universidad Complutense. Los grises patrullaban el área a caballo. Los de la policía secreta, disfrazados de estudiantes, les avisaban para que irrumpieran en los edificios de las facultades y disolvieran las asambleas a porrazos. La agitación contra la dictadura era extraordinaria. La enseñanza había pasado a segundo plano y ahí debía seguir hasta que consiguieran derribar al dictador.
La secuencia de cada día solía ser más o menos la siguiente: nada más llegar a la facultad se ordenaba a los profesores que hicieran el favor de abandonar las aulas porque había asamblea, y a continuación se informaba de las causas de la huelga general y se preparaba una manifestación que debían llegar hasta el centro de la ciudad o tan adentro como fuera posible. Para organizarla se repartían consignas, facultad por facultad, interrumpiendo clases y poniendo en fuga a los profesores que se resistieran a la protesta. Los bedeles, que eran gente servil, ex combatientes, burócratas enchufados, falangistas y guardias civiles jubilados, informaban a los decanos y avisaban a sus contactos de la policía secreta sobre las actividades subversivas de los estudiantes y de algunos profesores. Y cuando éstos se agrupaban en el hall de las facultades, en las asambleas previas a las marchas multitudinarias, los grises irrumpían a caballo, dando palos. Los estudiantes sangraban por las brechas que les abrían en la cabeza y en la frente.
Entonces los estudiantes descubrieron la utilidad de los garbanzos y cuando venían los caballos les lanzaban puñados de la famosa legumbre a las patas. Los équidos patinaban y descabalgaban a los jinetes, que caían rodando como maderos con sus porras y aparejos. En uno de esos derribos se apoderó Lucas del casco de un gris y lo exhibió brazo en alto como un trofeo, provocando urras y aplausos de sus compañeros. A continuación puso pies en polvorosa y poco después entregó la preciada prenda de cabeza al jefecillo de una célula comunista.
Entre las herramientas de las fuerzas represivas se hallaban unos camiones con cubas o cisternas llenas de agua con pintura negra, verde o amarilla, según los días. Eran las “lecheras”. Para interceptar y disolver las manifestaciones de los estudiantes lanzaban potentes chorros del agua podrida y coloreada. Había que tener mucho cuidado con las lecheras para preservar la ropa y evitar las detenciones y las palizas que podían venir después, dado que la estrategia represiva de los grises consistía en distribuir piquetes en las bocas y los pasillos del metro y arrestar a los que llevaban manchas de pintura. ¿Por qué odian tanto a los estudiantes?, se preguntaba Lucas al verles pegar con tanta saña a los estudiantes. Si te alcanzaba una esquirla del cañón de agua, convenía guardar la ropa o darle la vuelta para que la mancha no se notara. Eso lo aprendió Lucas al ver cómo aporreaban en la escalera del metro al Terrorífico y le llevaban detenido. Era valiente, el Terrorífico; siempre encabezaba las manifestaciones cubierto con un viejo abrigo de piel de zorro de su hermana para protegerse de los porrazos de los grises con los que se enfrentaba a empujones y puñetazos. Era fuerte y alto, asturiano de Gijón, el Terrorífico. Y le llamaban así porque gastaba una barba espesa y negra y era feo de narices.
El viejo Nequin solía recibir a Lucas con la curiosidad de quien espera grandes noticias positivas, aunque, desgraciadamente, casi nunca las había. Los estudiantes no iban a derribar el régimen si, como había ocurrido en Portugal, los obreros y los militares no ayudaban. De los primeros sólo cabía esperar una lucha salarial poco idealista y bastante alejada de aquel restablecimiento de la legalidad republicana con la que Nequin soñaba, y de los segundos no se podía esperar absolutamente nada, sólo balas. Es verdad que había una corriente de oficiales jóvenes dispuestos a armarla, pero, como decía Novais o Nové, que conocía a algunos y había informado del incipiente movimiento en las páginas de Le Monde, el prestigioso periódico para el que reportaba, en cuanto asomaran la cabeza se la cortaban.
Pese a todo, el viejo Nequin mantenía la ilusión de que el régimen no pasara de este año y aconsejaba en sus cartas a los de Francia y a los de América que fueran preparando las maletas. La exhibición de fuerza y la brutalidad policial eran para él el canto del cisne del PTC. Pero había que estar en aquellas comisiones de estudiantes y en aquellos comités a los que Lucas se apuntaba para palpar la inflexibilidad de los mandones, su dureza y las consignas de palo y tente tieso, y darse cuenta de que el régimen no iba a ceder. Por el contrario, los estamentos rechazaban cualquier reforma que significara una merma de poder o atentara contra el despotismo rampante establecido por derecho de conquista. Incluso se atrincheraban físicamente.
Lucas tuvo un conocimiento directo de lo que significaba el atrincheramiento. Le designaron miembro de una comisión de alumnos que quería revisar con el señor decano y los eminentes cátedros el calendario lectivo y algunos aspectos de los planes de estudio. De primeras, sus ilustrísimas rechazaron el diálogo. Luego reconsideraron y aceptaron una reunión breve en la que rechazaron de plano cuantas sugerencias y aportaciones les trasladaron en nombre y representación de los estudiantes. Y finalmente, al salir de la sala de juntas del decanato, varios individuos de la policía secreta les esposaron y los llevaron detenidos en un canguro de la policía armada a una comisaría situada en la plaza del Dos de Mayo.
Durante algunas horas sintió la flojera del miedo a que algún agente de cuantos transitaban de un lado a otro frente a los barrotes del calabozo le relacionara con el retrato robot que, sin ninguna duda, los dibujantes de la policía científica habrían hecho de su cara como integrante o colaborador o lo que quisieran de la banda terrorista vasca a partir de las descripciones que les habría proporcionado la bruja beata de la prensión, el jefazo Marzo, la cocinera Tinina, el cerillero Manolo Elimpia e incluso el colega Manolo Bolo. Desmadejado, en una esquina del banco de madera, intentó pasar desapercibido a las miradas de los guardias. Pasaban las horas y las necesidades fisiológicas apremiaban. Sus cuatro compañeros habían ido dos veces al tigre y se admiraban de su resistencia. Finalmente, se armó de valor, se acercó a los barrotes y pidió al señor cancerbero que tuviera a bien dejarle ir al retrete. El guardia se aproximó, estiró los brazos y dobló su cintura hacia un lado con gesto de portero de fútbol.
–Buena parada –dijo Lucas.
–¿Cómo lo has sabido, chaval?
–¡Hombre! Tiene usted la envergadura y las proporciones físicas de Iribar. ¿Nadie se lo ha dicho?
–Ahora que lo dices…, pues no, aunque una vez mi padre…
–Apostaría a que ha parado bastantes penaltis.
–Uno de cada tres.
–¿En un equipo importante, claro está?
–En El Salamanca.
–¡Ostras, eso si que es! –exclamó Lucas con admiración.
Para entonces, el guardia había abierto la puerta metálica y ante la urgencia del detenido silbó a un colega que ocupaba una silla al final al pasillo y éste silbó a su vez. “Anda, vete a cagar”, le dijo a Lucas.
–¿Cuándo El Salamanca estaba en tercera?
–No, no, en segunda división.
–¡Joder!
Lucas caminó con la cabeza gacha y el agente del otro extremo le señaló la puerta del servicio y dijo: “Dos minutos, chaval, y deja abierta la ventana”.
Ni los policías de guardia ni los del relevo ni el que, horas después, les llevó un bocata de mortadela que olían a sobaco sudado, hicieron el menor gesto de extrañeza al ver su cara, lo que mitigó su preocupación. De madrugada llevaron a cinco mujeres ligeras de ropa que les ofrecieron tabaco y conversación hasta que salió el sol y comenzó el ajetreo en la comisaría. Dos de ellas eran jovencitas que habían venido del pueblo a trabajar de criadas en casa de algún militar, un señor rico, un médico, un industrial o algún picapleitos de postín que las quisiera contratar, pero habían descubierto que aflojando rabos ganaban en un mes más de lo que por limpiar mierda, soportar infantes y aguantar a las señoras mandonas y frustradas les pagaban en un año, de modo que preferían hacer caja cuanto antes para regresar al pueblo y montar una mercería o, quizá, una boutique. El único riesgo era que las fichasen y se corriera la voz y llegaran el sonido llegara a los santones locales; si eso ocurría, ni boutique ni mercería: la deshonra desaconsejaba el regreso. Las otras tres mujeres que encerraron aquella madrugada eran profesionales maduras, de larga trayectoria y sin más proyecto de futuro que el de conservarse monas, no enfermar y seguir realizando su trabajo en la zona de Mesonero Romanos, La Ballesta, la calle de los Desamparados y otras zonas céntricas de la ciudad.
Pasadas las once de la mañana les condujeron –a él y a sus tres compañeros de delegación subversiva– al despacho del excelentísimo señor comisario, los ficharon, les devolvieron los documentos de identidad, y puesto que ninguno tenía antecedentes penales, aquel hombre de pelo entrecano y voz gangosa, les soltó una reprimenda sobre el cumplimiento de las leyes y la obediencia debida a los superiores, y los despidió diciendo que no quería volver a verles por allí.
–Ni nosotros tampoco a usted, lógicamente, señor –le contestó Lucas.
Cuando regresaron a la facultad, se enteraron de que más de un centenar de compañeros enfurecidos por las detenciones habían irrumpido en tropel en el despacho del decano, situado en la última planta del edificio, con la intención de tirarle por la ventana. El hombre se asustó muchísimo, les imploró piedad, se arrodilló y comenzó a rezar. Los estudiantes, al comprobar que aquel tío tenía más miedo que un ratón de armario, se apenaron de él y se pusieron a deliberar si convenía arrojarle o no. Al final se impuso la cordura y en vez de tirar al individuo decidieron lanzar por la ventana el cuadro del dictador que presidía su despacho. En cuanto se vio libre, el tipo hizo venir a una cuadrilla de albañiles y les ordenó que construyeran una tapia de ladrillo doble en la escalera que conducía a las dependencias del decanato. A continuación instaló cerrojos en las puertas de un ascensor que comunicaba el último piso con el garaje del sótano y se encapsuló.
Los anuncios para localizar a Chin atrajeron a muchos compradores, de modo que don Nequin, comenzaba a resentirse de una antigua lesión en su pierna derecha y de otra en el hombro izquierdo de tanto despachar El libro del buen amor. “No sabía yo que el arcipreste de Hita se había puesto de moda”, comentaba a Lucas. También vendía kamasutras por un tubo.
–No es el arcipreste, es el amor –observó Lucas.
–¿Qué está pasando? ¿Es que ya no interesa Marx, Mao y Marcusse?
–A saber –respondía Lucas con encogimiento de hombros.
Puesto que los ejemplares de la amorosa temática se agotaron enseguida, don Nequin se apresuraba a apuntar los nombres de los peticionarios y solicitaba por teléfono la mercancía a la mayor brevedad. Lucas miraba la lista: ninguno era Charo.
–La gente está salida, hijo –dijo el librero.
–La primavera será –contestó Lucas sin desvelar el secreto–. ¿Cree usted que buscan ese libro hindú sobre prácticas sexuales?
El librero dudó. Luego dijo que algunas chicas le habían parecido pudorosas y otras, las de pelo desmadejado y faldas vaporosas, buscaban, sin ninguna duda, aquel texto oriental. El destape comenzaba a ser un fenómeno social y al librero le parecía muy bien que las mujeres, ya fueran casadas, solteras e, incluso, viudas, se liberaran de los malditos tabúes religiosos y aprendieran a disfrutar del sexo como Dios manda.
–También podemos estar ante una de esas novedades editoriales, uno de esos libros de autoayuda que lanzan los americanos y no nos hemos enterado –advirtió Lucas.
Don Nequin abrió la carpeta de novedades y consultó las hojas que le mandaban las editoriales y le entregaban los vendedores, y no halló título alguno sobre la materia.
–No hay duda de que buscan el Kamasutra, el libro del amor verdadero, según rezaba el subtítulo de la edición francesa; pediré un centenar.
Lucas propuso realizar una selección de libros amorosos y dedicar el expositor completo a la materia.
–Si la gente pide amor, debe recibir amor por ciento veinte pesetas –dijo Lucas antes de ofrecerse a realizar la jornada completa en la caseta mientras durase la ola, pues confiaba en que Charin se sintiera aludida y se pasara por allí.
–De ningún modo voy a permitir que pases aquí el día –protestó el librero–; lo primero son los exámenes.
–Pierda cuidado, la traducción y los silogismos están chupados. Y sobre las demás materias ya sabré enrollarme –le tranquilizó Lucas–; no me parece justo que usted reciba todo el chaparrón primaveral sin poder leer el periódico ni jugar ajedrez con Yebra ni escribir a los de América.
Don Nequin giró sobre sí mismo mascullando una frase ininteligible.
–Además –añadió Lucas–, sepa usted que me empieza a interesar este negocio y que si no se apea de la apuesta la va a perder.
El librero giró de nuevo sobre su eje, le miró, sonrió y guardó silencio. Luego afirmó: “La verán mis ojos”.
El amor daba tanto de sí –sexo, seso, discurso, deseo, pasión, captura, trasgresión, seducción, clandestinidad, oscuridad, ardor guerrero, máquina de tracción, lucha, guerra de enamorados, construcción y destrucción del mundo, espacios míticos, cautividad, fuga, coraje, ascetismo, orgullo…– que entre el Arte de amar de Virgilio, las teorías de Barthes con sus Fragmentos de un discurso amoroso, la intensidad erótica de Bataille calcinando al personaje en el instante sublime del orgasmo, la literatura sobre la liberación sexual, la Bovary de Flauver, La Regenta de Clarín, etcétera, Lucas compuso una amplia exposición. Y puesto que el país se abría a la pornografía y no eran pocos los libreros que mercaban “material americano” a precios abusivos, se esmeró en combatir la competencia con precios razonables y en seleccionar las obras con portadas llamativas en las que cabalgaran las palabras desnudas sobre sexo y erotismo. Gamiani de Musset, Las once mil vergas del enloquecido Apollinaire, Teleny de Wilde, Sor Mónika de Hoffmann. ¿Cabía mayor erotismo, placer y voluptuosidad? Afrodita de Pierre Louys, Cuentosde Bocaccio, El coño de Irenede Aragon, Historia del ojode Bataille,El diálogo de Venus y Príapode Alberti… ¿Alguien podía ofrecer más? Erich Fromm copió el título de Virgilio, El arte de amar, pero valía también como libro de orientación. Cuando llegaran los cien kamasutras que don Nequin había encargado a Francia los colocaría también en el amplio expositor. Sobre el amor podrían encontrar lo mejor, sin desdeñar La Subida al Monte Carmelo, de Juan de la Cruz, faltaría más. La mística atraía a la juventud y el romanticismo atormentado embelesaba a las jovencitas que sobrevolaban la caseta como las golondrinas de Gustavo Adolfo. Don Nequin admitía una hilera de poesía, pero sólo de los poetas del Veintisiete, del Cincuenta y poco más. “Miguel Hernández, Federico, si acaso Salinas… Por supuesto, los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, pero nada de ñoñerias, que hay muchas esparcidas por los libros”, decía. “Y con José Agustín Goitisolo, Celaya, Otero y pocos más ya van servidos, que hay mucha majadería de petulantes murcianos de premio y juego floral”.
Chin quería decir Chin, o sea nada. Era una contraseña íntima, un nombre que solo Lucas y ella conocían. Pero sonaba a brindis, a choque de vidrios. Y Lucas, un ex camarero al fin y al cabo, decidió instalar una nevera portátil con hielo y botellas de sidra y vasos de plástico para ser fiel al anuncio que por cinco días y después por cinco más publicaban los diarios y revistas de Ursaría. De este modo, en las calurosas tardes del final de la primavera, los compradores de libros refrescaban la garganta y podían brindar por el amor verdadero. El rito era el siguiente:
–¿Cómo se llama usted? –Preguntaba al comprador.
–Enedina.
–Pues tenga usted, Enedina –decía entregándole un vaso en el que acababa de escanciar unos centímetros de sidra–, por el amor verdadero –y alargaba el suyo hacia el de la compradora.
La especialización de la caseta era un éxito, la fórmula del brindis le permitía conocer el nombre de las compradoras y compradores y resultaba agradable y original. Cierto es que algunas declinaban la invitación y otras preferían el botijo. El negocio de don Nequin iba viento en popa.
Llegaron los kamasutras y se vendieron muy bien. Lucas prorrogó el anuncio cinco días más, e iban quince. La factura era cuantiosa. Chin no acababa de aparecer. Sólo una vez sintió el pálpito de tenerla ante sí y cuando la observó mejor descubrió que no era Chín ni se llamaba así ni ella le reconoció a él. Era evidente que había fracasado o que ella no había leído el anuncio o, si lo había leído, no se había sentido aludida o le había despreciado. ¿Quién lo podía saber?
Lucas redujo el anuncio a una frase en castellano en el periódico de mayor tiraje de Ursaría. Don Nequin se estaba forrando, pero él aún tardó una semana en desvelarle el origen del fenómeno y en exponerle el motivo que le había llevado a utilizar la librería como sede de su búsqueda sin informarle ni pedirle permiso de antemano.
Lejos de enfadarse, don Nequin, le abrazó y felicitó. Luego se rascó la cabeza bajo la boina y de un modo tímido, paternal, le reprochó que no hubiera tenido la suficiente confianza para contarle el asunto del cambiazo del maletín a los nazis y los milicos ni para revelarle el secreto de su amor hacia aquella joven. A continuación suavizó su reproche con un “no importa, todos guardamos algún secreto”.
Sin abandonar la línea política de la librería ni descuidar a los selectos clientes, a los que proporcionaba libros de allende las fronteras, prohibidos en España, don Nequin decidió mantener la exitosa orientación de la oferta y sostener el anuncio en el periódico por un tiempo indefinido. De ese modo ayudaría a Lucas a encontrar a Chin. También él estaba convencido de que tarde o temprano aquella chica acabaría apareciendo, de modo que no se privaba de preguntar el nombre a las compradoras que por la edad y características podrían ser Charín.
Lucas se centró en preparar los exámenes de quinto y sexto de bachillerato, pues se acercaba la fecha de demostrar sus conocimientos en el Instituto Ramiro de Maeztu. Las notas no fueron malas ni buenas, pero aprobó todas las asignaturas, incluida la gimnasia, para lo que tuvo que trepar por una cuerda y saltar un potro y un plinton, artefactos que veía por primera vez. En septiembre se examinaría de lo que llamaban reválida y si aprobaba –eran las mismas materias– se inscribiría en la Universidad. La Universidad, palabra mayor, le había parecido inaccesible, y ahora la tenía al alcance de la mano. ¿Y Chin? La seguiría buscando día tras día mientras le durase la vida. Eso se dijo.