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C4.–Garbanzo en remojo

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/ Luis Díez.

Tilo Dátil agarró a Merche del brazo, salieron de las dependencias, caminaron hasta la parada de taxis y quince minutos después estaban en el lugar de los hechos. Habían transcurrido setenta horas desde el incendio del coche, ocurrido a las 03:20 de la noche del sábado, y en el escenario del crimen solo quedaban las huellas de los efectos del fuego sobre la grasa, el aceite y los neumáticos del coche. Los bomberos habían evitado mayores daños.

–Tuvimos suerte de que estuviera ese contenedor de cascotes de obra, que si no nos quedamos sin coche –dijo una vecina que tenía su automóvil detrás del siniestrado.

Hablaron con diez o doce residentes en las viviendas de un lado y otro de la estrecha calle donde ardió el auto, pero ninguno pudo aportar datos sobre merodeadores ni, mucho menos, agresores. Dada la hora del suceso, todos los vecinos dormían. Algunos sabían que dentro de aquel Peugeot, cuyos restos habían sido retirados por los servicios municipales, encamaba desde hacía un mes, quizá dos, un desconocido. Pero ninguno de los que dijeron haberlo visto había cruzado una palabra con él. Desconocían de donde venía, cómo se llamaba y adonde iba. Un funcionario de baja por enfermedad lo describió como un hombre de color, un joven que no molestaba a nadie, un tipo que llegaba por la noche, se metía en el coche a dormir y salía a primera hora de la mañana con sus calderos de plástico y sus aperos de limpiar cristales. “Como tantos otros parias de la tierra, se ve que no ganaba para pagar un alquiler, comer, vestir y enviar dinero a casa”, dijo aquel vecino. En cambio, una mujer enjoyada que salía del portal cercano dijo a Merche que claro que había visto al “negrata” que dormía en el coche quemado. Y cuando la agente le hizo saber que “el negrata”, como ella decía, había muerto en el incendio, ni pestañeó. Por el contrario exclamó: “¡Me alegro!” Luego, como si quisiera corregir su barbaridad, añadió: “Me molestan los fumadores”.

–Sobre todo si son negros, ¿verdad? –dijo Merche.

–Pues sí –respondió la mujer enjoyada, quien se despidió a toda prisa aduciendo que llegaba tarde a la peluquería. Aunque el cabello de las mujeres era muy importante y Merche se mostró comprensiva, no olvidó que aquella residía en el tercero izquierda, se asomó al portal, se acercó a los buzones y anotó los nombres que figuraban en la pestaña correspondiente.

También Tilo escuchó la consabida alusión despectiva hacia las personas de otro color por parte de dos vecinos que, cada cual por su lado, demostraron la misma longitud de onda. “Esos negratas vienen a delinquir, violar y vender droga”, dijo uno. “Ya sabía yo que el negro ese del coche no traía nada bueno y, mire, nos ha ahumado la casa”, dijo el otro. La conclusión era una hipótesis de trabajo: cualquiera que supiera donde dormía el inmigrante fallecido podía haber avisado a los perros rabiosos que acudieron a prenderle fuego.

El propietario del vehículo siniestrado regentaba la taberna El Picador, situada en la cercana Avenida de los Toreros. Se mostró asequible y dispuesto a colaborar en lo que hiciera falta para aclarar la muerte de Amadou, por el que sentía una gran pena, pues era un joven amable, servicial y bien dispuesto al esfuerzo. Eso dijo.

–¿Amadou qué más? –Le preguntó Merche.

–Ahí pincha en hueso; no se lo pregunté ni me lo dijo ni creo que tuviese documentación que acreditara los apellidos –contestó el tabernero, que respondía al nombre de Julio Arias y mostró su extrañeza por la tardanza de la policía, tres días, en venir a interrogarle–. Ya sé que tienen faena, pero mayor diligencia les suponía aunque el fallecido fuera negro.

Encajaron el golpe con deportividad.

–Por mucho que corramos no le vamos a resucitar; con evitar que liquiden a otros nos damos por satisfechos –adujo Tilo.

–Si, que menuda racha llevan –dijo el tabernero.

–Bueno, señor Arias, nos gustaría hablar tranquilamente con usted en un sitio más discreto –dijo Merche.

El local se hallaba habitado por media docena de parroquianos, distribuidos ante la barra de mármol y algunas mesas rústicas con taburetes de madera. El tabernero hizo una señal a la cocinera para que echara un ojo a la barra y les invitó a pasar a un salón lateral con un arco de medio punto sin puerta y un letrero en las baldosas laterales que decía: “¡Derecho al toro!” Se sentaron en torno a una mesa del fondo y Merche pidió al señor Arias que les contara todo lo que supiera de Amadou, a lo que el tabernero manifestó que procedía de Mali, había caído por allí hacia cosa de dos semanas y tenía el propósito de llegar a Francia, donde, al parecer poseía algún familiar y conocía a varios de su tribu, residentes en Marsella.

En respuestas a los agentes, Arias dijo que el negro era un tipo de veinticinco años. Lo vio por primera vez el día que limpió los vidrios y la puerta emplomada del establecimiento. “Recuerdo que había llovido durante la noche y el escaparate estaba hecho una pena. Cuando acabó la faena, se asomó, me miró con una expresión un poco tímida, como huidiza, y dijo: “¿La voluntad?” Le dije que pasara y le pregunté si quería tomar algo, un café, un té, un croasant… No, solo algún euro. Sólo hablaba francés, pero esas palabras –voluntad, euro y unas pocas más– las sabía en castellano. Le largué un billete de diez euros y no vean lo contento que se puso. Como que me quería besar el tío. A continuación me pidió permiso para entrar al lavabo, se aseó un poco las manos y la cara, puso agua en el caldero de plástico que llevaba con las guías de goma y esponja, salió, agarró la escalerilla y se despidió inclinando varias veces la cabeza y diciendo “mersí, mersí”. ¿Qué quieren que les diga? Me cayó bien. Limpiaba escaparates, pedía la voluntad, en algunos comercios le daban algo, en otros, nada. Y en determinadas sucursales bancarias, menos que nada: le amenazaban para que se largara. Y fíjese si sería buena gente que incluso a esos, los de seguridad de los bancos, les daba las gracias inclinando la testa en señal de respeto. Eso lo vi yo. Para que luego digan que si los inmigrantes tal, que si los negros cual”.

–¿Sabe si Amadou fumaba? –Inquirió Tilo.

–Claro que lo sé: no. Le prendieron fuego, lo mataron, si es eso lo que quiere saber.

–Eso creemos nosotros también. Lo podían haber liquidado en cualquier sitio, pero se da la circunstancia de que lo mataron en su coche –dijo el inspector.

–Todo tiene explicación –contestó Arias.

–Espero que sea convincente –dijo Tilo.

–Yo mismo le di las llaves del coche –afirmo el tabernero antes de explicarles que aquella noche, cuando cerró el establecimiento y se dirigía a su casa, vio al negro recostado en un banco de la calle. Se acercó a él, lo saludó, comprendió que no tenía donde dormir. Y puesto que amenazaba lluvia, le ofreció su coche como refugio. Amadou lo aceptó encantado, se ajustó la mochila, agarró los bártulos y le siguió hasta la calleja cercana donde tenía el Peugeot aparcado. Eso fue todo.

Si no lo llevó a su casa –añadió el bondadoso Arias– fue para evitar el rechazo de su esposa y porque sus dos hijas, de veintidós y veinticinco años, viven allí. A la mañana siguiente, Amadou acudió a devolverle la llave del coche y limpiar los cristales. Después, los días que siguieron, el inmigrante se personaba a última hora –pasadas las diez de la noche– en la taberna El Picador, se sentaba en algún taburete donde no estorbara y cuando Manuel Morata, el camarero de meriendas y cenas, o el propio Arias, salían a bajar a media asta las persianas metálicas, agarraba la cubeta con agua y jabón, empuñaba el estropajo y la bayeta y limpiaba todas las mesas, que no eran pocas, sino doce. A continuación barría las dos piezas de la taberna típica. Y después cogía la fregona y, con esa mezcla explosiva de agua, jabón líquido desengrasante, un chorro de amoniaco y otro de lejía, fregaba las baldosas. El resultado –afirmó el tabernero– era brillante, higiénico, con olor a limpio.

–Puede ahorrar esos detalles domésticos –le sugirió Merche.

–Para que luego digan que son vagos y solo vienen a delinquir –justificó Arias.

–De acuerdo, siga –susurró la subinspectora.

–¿Sabe o cree usted, señor Arias –terció Tilo– si Amadou era o podía ser terrorista?

–Ni de coña podía ser terrorista un chaval tan afable y tan bueno.

–Le dijo que se iba a ir a Francia, pero no acababa de irse… ¿Sabe por qué?

–Me dijo que su familiar en Marsella no respondía al teléfono; creía que le había sucedido algo. Le escribió una carta y mientras esperaba que llegara la respuesta aquí, a la Taberna El Picador, sobrevivía como les he contado.

–¿Le comentó si tenía algún proyecto de vida aquí o si pensaba volver a África si ese familiar no le contestaba? –incidió Merche.

–Su plan no era volver a Mali, sino al sur, a Andalucía, donde había trabajado en los invernaderos de frutos rojos. No sé si saben que los esclavizan, les meten jornadas de sol a sol debajo de esos plásticos y les pagan menos todavía que a los negros del Penedés… Es lo que yo le dije: vete a Cataluña, Amadou.

Tilo apuntó algo en su libreta de notas. Luego, ya en las dependencias, pidió a Oliveras, el documentalista del grupo de homicidios, que le proporcionara lectura para aquella noche.

La primera conversación con el señor Arias sirvió a los agentes para hacer saber a los funcionarios de la embajada de Malí en Madrid Astan y Seydou (anotaron sus nombres) que los restos del súbdito o ciudadano de su país (más bien lo primero) se hallaban en el depósitos de los cadáveres sometidos al escrutinio de los especialistas en medicina legal. Tuvieron la impresión de que el muerto les importaban un bledo, y aunque aportaron el nombre y la aldea del finado, salieron de las dependencias de aquel país torturado por una guerrilla criminal llamada Boko Haran (secuestraba, torturaba y mataba sin piedad) y por un régimen dictatorial militar despiadado apostando a que aquellos empleados públicos no moverían un dedo para que la información llegase a la familia de Amadou.

La segunda conversación con el tabernero Arias tuvo lugar pocas horas después de la primera en las dependencias policiales. Fue un interrogatorio en toda regla. Le leyeron los derechos como si estuviera detenido, le dijeron que podía solicitar la asistencia de su letrado o de un abogado de oficio. Ni uno ni otro. Arias estaba sorprendido por el comportamiento de los agentes, les pedía explicaciones por una decisión que no entendía y se arrepentía de haberles tratado con corrección el día anterior.

–Correctamente no; ni siquiera nos ofreció una cerveza –le recordó Merche con ironía.

Lo cierto y verdad es que le detuvieron con unos cargos insólitos, aunque le dieron a elegir entre Málaga y Malagón.

–¿Prefiere que le imputemos por colaboración y acogida de célula durmiente o por cooperación necesaria en asesinato? –Le consultó Merche.

–¡Ni cooperación ni colaboración ni hostias!

–Usted entregó las llaves de un automóvil de su propiedad a un inmigrante indocumentado para que durmiera no un día ni dos, sino un mes y otro mes. Eso se llama acogida y colaboración.

–Eso no es delito –afirmó Arias.

–Y luego, para quitárselo de encima –prosiguió Merche– entregó el otro juego de llaves del coche a los asesinos, que acudieron y al lugar indicado, abrieron la puerta y le prendieron fuego.

–Si no fuera un insulto a mi dignidad como persona –protestó el tabernero– le diría que esa hipótesis es más peregrina que la tumba del apóstol Santiago.

–No, señor Arias; nadie en su sano juicio se acuesta a dormir en el interior de un coche sin echar el cierre a las puertas por dentro. Los asesinos abrieron la puerta, lo rociaron con alcohol de quemar, le prendieron fuego con un lanzallamas de gas similar al que usted usa en la cocina de su restaurante. Y pudieron hacerlo porque alguien les proporcionó la información del negro durmiente y, sobre todo, porque alguien les entregó las llaves del coche.

–Eso es una sandez –replicó Arias–. Ustedes no tienen ni una sola prueba contra mi. ¿Desde cuando ayudar a las personas más necesitadas es delito?

–Sandez o lo que usted quiera, pero usted sabía que el pájaro al que facilitó en nido tenía contactos con pollos que fueron detenidos en Francia mientras preparaban atentados terroristas.

–No, no sabía eso –afirmó el tabernero con ojos de asombro.

–Pues ea, ya lo sabe; la cuestión ahora es si prefiere un cargo u otro: colaboración con terroristas o cooperación con criminales –reiteró Merche.

Arias permaneció con los labios sellados y la mirada perdida en la atmósfera de la higiénica y desnuda sala de interrogatorios. Su perplejidad parecía mayúscula, su asombro, descomunal. Merche esperó un minuto más y decidió resolver el dilema:

–Se le detiene como presunto autor de un delito de cooperación necesaria con los autores de un crimen de odio con resultado de muerte. De usted depende si añadimos el encubrimiento o decide colaborar para localizar y detener a los autores materiales.

Arias se mantuvo en silencio. Tilo le informó de que le concedían seis horas de calabozo y le pidió que empleara ese tiempo en recordar algún dato, pista o detalle que les permitiera atrapar a los jodidos asesinos. El inspector le ofreció una libreta de bolsillo y un bolígrafo por si quería anotar sus recuerdos. El tabernero le miró con desprecio y rechazó las herramientas.

Los policías sabían, claro está, que incurrían en arbitrariedad o, como decían los taurinos, que la cosa tenía rejones. Pero los pinchazos más fuertes, despiadados, venían de encima. Los jefes superiores, ministro incluido, exigían detenciones para rebajar (“enfriar”, decían) la alarma social. Tres inmigrantes muertos en tan poco tiempo (cuatro con el del aeropuerto) y ni un solo sospecho detenido era motivo de un escándalo catedralicio. Los sindicatos anunciaban manifestaciones para encauzar la indignación de los trabajadores manuales e intelectuales y de cuantas personas sensibles quisieran responder con firmeza democrática a las prácticas neonazis. Y no descartaban la convocatoria de huelgas en los sectores productivos con más inmigrantes.

Pasadas seis horas, el señor Arias mantenía la decisión de no decir ni mu, de modo que le aplicaron la política del remojo y le dejaron ablandar toda la noche en el calabozo.

C3.– Maneras de matar

NOVELA DE ENTRETIEMPO POR ENTREGAS/Luis Díez

Merche repasaba el informe de los peritos: tres folios sobre el incendio y la calcinación del coche con la víctima convertida en ceniza. Ningún testimonio.

–Con esto no vamos a ninguna parte –dijo, elevando la vista hacia Tilo y alargándole los papeles.

–Esperemos que el forense nos de algo –susurró Tilo.

Merche negó con la cabeza.

–En este caso toda espera va a ser espera de seguir esperando –dijo.

–Poca confianza tienes en el galeno –repuso el inspector.

Estaban en uno de aquellos despachos acristalados que llamaban peceras, cada cual en su mesa, revisando los informes sobre los últimos asesinatos de inmigrantes sin techo. Tres muertes en menos de un mes habían encendido las alarmas de las organización políticas y sociales de centro-izquierda. Liberales, socialdemócratas, socialistas y otrora eurocomunistas alzaban la voz exigiendo al Gobierno medidas de protección para los migrantes sin techo y reclamando el arresto de los asesinos. O por lo menos alguna detención. El Ejecutivo respondía pidiendo confianza en la policía. Lógico. ¿Qué otra cosa podía pedir? Ardua tarea la que les había caído encima.

Los dos casos anteriores a la calcinación del hombre que dormía en un coche estaban en manos de las dos parejas de homicidios compuestas por Leo y Fabiola y por Marcos y Rosado. Por cierto que el subinspector Rosado, un agente que había fungido diez años en los “estupas” antes de pasar a homicidios, se mostró renuente a dejarles los expedientes del caso que llevaban él y Marcos. Era como si temiera algún reproche a su trabajo. Tilo lo tranquilizó:

–Será media hora; solo nos interesan los procedimientos de los asesinos.

–Ese tío es un vago de narices –comentó después a Merche, al comprobar el escaso, casi nulo, trabajo de campo realizado sobre el africano asesinado de un tiro de pistola con silenciador mientras dormía entre cartones en el pasadizo de la plaza de Colón.

–Y un facha de narices –añadió ella–, un ultra redomado y el menos indicado para investigar estos crímenes de odio. A poco que rasques a Marcos tendrás la confirmación. Para él todos los inmigrantes son mierda, “moro-mierda”, “negratas de mierda”, “panchitos de mierda”… Menudo pájaro.

Los asesinatos tenían en común la hora de las ejecuciones, entre las tres y las cuatro de la noche, cuando la ciudad dormía y, al parecer, las patrullas policiales se dedicaban a otros cometidos. Dos habían sido perpetrados en un área urbana de menos de tres kilómetros entre sí, uno en el pasadizo subterráneo de la plaza de Colón, otro, también mientras dormía en el túnel peatonal entre la Puerta de Alcalá y el parque del Retiro, y el tercero, el que les tocaba investigar a ellos, en un coche aparcado en una calle estrecha, sin salida, detrás de la plaza de toros de Las Ventas.

Tres meses antes había fallecido por ingerir veneno un joven senegalés en el parking de la terminal internacional del aeropuerto Adolfo Suárez, en Barajas, donde era empleado sin contrato en la tarea de lavar y limpiar coches por parte de una agencia de alquiler. Nadie reclamó el cadáver y la muerte fue calificada de suicidio.

A Tilo le extrañó que un tipo que se juega la vida para llegar al llamado primer mundo se acabe suicidando cuando ya ha alcanzado su objetivo. Y también le extrañó que los asesinos, los que fueran, emplearan armas diferentes en cada crimen.

–Es probable que sean grupos distintos –opinó Merche.

–O que quieran que creamos eso –repuso Tilo.

–¿Crees que estamos ante cruzada a sangre y fuego contra la inmigración?

–Nada es casual, Merche. Pero ya que me preguntas, no sería descabellado pensar que estamos ante una guerra no declarada contra los inmigrantes del sur, los primeros compases de otra Guerra de la Reconquista quinientos y pico años después –dijo el inspector, consciente de su exageración.

Merche evitó seguirle el juego y guardó silencio. Había comenzado a visionar en la pantalla de su ordenador el video y las fotografías realizadas por los bomberos sobre el coche calcinado. Tilo se centró entre tanto en la lectura del informe de tres folios, elaborado por los peritos. Los asesinos lo tuvieron fácil. Llegaron pasadas las tres horas de la madrugada al coche donde dormía el hombre en el asiento reclinado del acompañante del conductor, abrieron la portañuela, lo rociaron con alcohol de quemar, le prendieron fuego y cerraron. Para asegurarse de que no escapara se mantuvieron presionando las dos puertas del vehículo hasta que, en pocos minutos, las llamas y el humo convirtieron el habitáculo en un infierno.

El inspector masculló un insulto.

–¿Decías algo?

–Si, que esos canallas no se van a ir de rositas.

–Mira esto –le indicó Merche.

En la pantalla del ordenador se veía una instantánea del coche quemado. En el interior de las chapas ennegrecidas se distinguía algo parecido a un saco de ceniza. Era el cuerpo calcinado del hombre.

C2.–El coronel de prominente mentón

NOVELA DE ENTRETIEMPO/ Luis Díez.

El inspector Tilo Datil vio por primera vez en su vida aquel rostro huesudo, con mentón prominente, en el Luci-Bombón. El agente entraba a cafetearse con su compañera Merche Tascón cuando un colega de información antiterrorista le saludó con gesto manual y le indicó que se acercase. Él correspondió.

–Buenos días, señores –dijo mirando al desconocido de mentón prominente antes de preguntar al que le había citado–: ¿Qué pasa Manuel?

–Estamos haciendo un pequeño sondeo y queremos saber tu opinión sobre el carajal de anoche.

–Si te refieres a la pitada al Rey en la final Barça-Bilbao, no tengo opinión.

–Tranquilo, estamos en familia –le animó el colega.

–No sois de mi familia ni yo de la vuestra.

–Vale, tío, pues en confianza…

–No me llames tío, no soy familiar tuyo. Agur.

El inspector les dio la espalda y se dirigió a la mesa donde su compañera esperaba a que les sirvieran los cafés y los pinchos de tortilla que se tomaban a media mañana. También ella se había fijado en el desconocido.

–¿Qué querían? –le preguntó.

–Fastidiar.

–Si, pero cómo –insistió.

–Estaban interesados en saber qué me pareció la gran pitada de vascos y catalanes a su Enormidad en el partido de fútbol de ayer. Para una vez que el preboste se gana el sueldo…

–¿No les habrás dicho que te pareció bien?

–¡Qué va! Pero no creo que sea posible detener y procesar por injurias al jefe del Estado a sesenta y pico mil personas, como quieren algunos, jeje.

Merche se quedó con la cara del desconocido de fauces duras. Poco después sabía quién era y volvió a preguntar al inspector:

–Oye, ¿no les habrás dicho a esos alguna tontería sobre la soberana pitada, verdad?

–¿Por qué insistes en eso?

–Porque el que estaba con los de información era maloliente.

–Me pareció lustroso y acicalado.

–De usos malolientes –precisó Merche.

–No te entiendo.

–Ropa sucia, vaya; un miembro del SIE (Servicio de Inteligencia del Estado) que responde al nombre de coronel Martín Dosbarrios López del Arenal –dijo finalmente la subinspectora.

–¿Cómo lo sabes?

–Me lo ha dicho el inspector Rosado. Al parecer, es primo de Muñoz –añadió.

Tilo recordó la frase del agente Manuel Muñoz: “Estamos en familia”. Y puesto que la pitada al coronado era objeto de comentario en todos los bares del país, restó importancia al desencuentro en el Luci-Bombón.

Ya al atardecer, en el autobús de regreso a casa, un tiempo muerto que el inspector solía emplear en leer o hacer balance mental de la jornada, según los casos, se preguntó la razón por la que aquel colega le había pedido que se significara como monárquico o antimonárquico delante del espía del SIE. Sabía, porque lo había leído en libros sobre el tránsito de la dictadura militar a la democracia representativa, que los servicios secretos del Estado tenían el encargo de pulsar la opinión de los mandos militares y de mantener bien informados al presidente del Gobierno y al Rey sobre las tramas que contra la democracia iban tejiendo en los cuartos de banderas los numerosos generales y coroneles partidarios de la “mano dura” y la continuidad de la dictadura.

Pero aquella práctica de elaborar “estados de opinión” secretos para proteger a la incipiente democracia y también al monarca, considerado el avalista principal de los avances de derechos y libertades, le parecía ya tan absurda como innecesaria. Si entonces resultaba vital saber si los mandos militares y policiales, procedentes del Ejército, querían o no al Rey, y dentro de los primeros, cuántos apostaban por una dictadura coronada que les mantuviera como “columna vertebral de la Patria”, ahora no hacía falta preguntar, ni en familia ni en confianza, sobre la aceptación del sistema. La libertad de pensamiento y expresión son derechos consolidados. Nacen con el individuo y hoy parecen irreversibles. Cada cual puede opinar en público lo que le parezca. Abundan los opinadores de oficio, claro está; los que emiten y divulgan opiniones y falacias al dictado de dirigentes políticos, económicos y religiosos… Son legión los que opinan al tuntún, sin pensamiento cabal previo. Con razón escribió Antonio Machado: “De cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Pero algo hemos avanzado: el secular golpismo de los espadones patrios (siglos XIX y XX) quedó arrumbado.

Advirtió que se había desviado del asunto aunque, ya en el tobogán de las lecturas y los vagos recuerdos, siguió pensando en el estigma (maldición o lo que sea) del golpismo y la criminalidad impune de los cachorros de la extrema derecha durante la llamada Transición. Con solo leer el libro del periodista Mariano Sánchez Soler, La sangrienta transición, quedaba claro el equívoco de Jorge Manrique: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. “A mi parecer, no”, se dijo.

Por lo demás pensó que jornada había sido menos satisfactoria de lo deseado, pues la comisaria le negó el permiso de una semana (el chupetín era la compensación por las horas de más trabajadas) y le asignó al Caso Monos. El nombre de esa investigación le molestaba profundamente; aunque las víctimas fueran los últimos monos entre los parias de la tierra, merecían más respeto que los simios, y por eso envió una nota a la superioridad pidiendo que se anulara ese nombre. No obtuvo respuesta.

Al entrar en el portal de casa, Tilo echó de menos a la dulce Amali. Suponía que la olvidaría enseguida, pero había pasado un año desde que su joven y amable inquilina aprobó las oposiciones y la asignaron a los juzgados de Almería, y seguía acordándose de ella. Oyó gemir a Mingus y se apresuró escaleras arriba, lanzando reclamos de golondrina: “¡Uit, uit!” En cuanto abrió la puerta, el cocker le saludó a su manera: golpeándole los testículos con las patas delanteras. Luego salió disparado, escaleras abajo, soltando ladridos de regocijo.

El inspector se quitó la corbata, agarró la correa, cerró la puerta y bajó tras él. Condujo al can hacia el parque, esperó en la campa de los pinos a que soltara el marrón, lo recogió con una pequeña bolsa, lo depositó en la papelera y se encaminó hacia la terraza del Dulce, donde, como de costumbre, le esperaba el arabista Jorge Morales para libar una cerveza conversada.

–Hoy he conocido a uno de esos tíos raros para los que trabajas de vez en cuando.

–En el SIE son todos raros, ¿cómo se llama? –se interesó Morales, quien, de tarde en tarde era contratado por horas como traductor de los servicios de inteligencia.

–Le dicen coronel Martín Dosbarrios no se qué más. ¿Te suena?

–Así, a bote pronto, ni flores… ¿Qué quería?

–Nada especial; estaba con dos maderos de información en el Luci-Bombón haciendo un pequeño sondeo sobre la pitada del domingo a su Enormidad y me preguntaron qué opinaba. La verdad es que no tenía mayor importancia, pero me mosqueó un poco.

–¿Cuánto tiempo estuviste en el café? –se interesó Morales.

–Unos quince minutos.

–¿Y en ese tiempo preguntaron a otros?

–Creo que no.

–Entonces querían otra cosa.

Tilo arrugó el entrecejo en señal de extrañeza y el traductor de árabe aventuró que seguramente el mencionado coronel quería inmortalizar su cara en unas instantáneas de teléfono móvil.

–No veo para qué –dijo Tilo.

–Para nada bueno. Intentaré enterarme en qué departamento está.

–No te esfuerces, no vale la pena.

–Esa gente es peligrosa, Tilo.

No dedicaron más tiempo a la extraña materia. A Tilo le preocupaba el nuevo cometido urgente que la comisaria le había asignado, a él y a su compañera Merche, como si fueran insuficientes los cuatro agentes que se ocupaban de la investigación de la muerte de varios africanos indocumentados, “ilegales” les llamaban.

–Hasta hace poco, los mandos nos pedían “mano dura” contra los inmigrantes indocumentados y ahora nos urgen la aclaración de esos crímenes y la detención urgente de los culpables porque la “alarma social” está creciendo –comentó Tilo.

–Los mandos obedecen a sus señoritos, los políticos que les colocan en el cargo –dijo Morales.

–Lo que me alarma de verdad son los mensajes de esos jichos de la ultraderecha, sembrando odio contra los inmigrantes. Sin correctivos ejemplares a esos patriotas de hojalata que difunden bulos venenosos en redes sociales y panfletos digitales mucho me temo que la criminalidad racista y por otros motivos de odio, incluido el religioso, va a ser imparable –afirmó Tilo.

Al hilo de las consideraciones del inspector, Morales recordó haber oído en la sede central del SIE algún comentario sobre el “desasosiego social” que provocan los inmigrantes sin papeles y sobre la necesidad de tomar cartas en el asunto.

–No me consta que los Servicios Secretos del Estado realicen cometidos sobre inmigración en el interior del país a no ser en casos de sospecha fundada de que se haya colado algún terrorista –dijo Tilo.

–Pues tengo la impresión de que te equivocas… Esa gente está en el ajo de los problemas principales del país y, según las encuestas, la inmigración es el cuarto o quinto motivo de preocupación ciudadana –aseguró Morales en voz baja y con toda seriedad.

–¿Cómo lo sabes?

–Toco de oído, pero esos tipos dedican desde hace tiempo elementos operativos a asustar, o sea, aterrar, a los pobres desgraciados para que se larguen, desaparezcan y, desde luego, no hablen bien de nuestro país con sus familiares del otro lado del mar. Parece ser que su principal contribución consiste en combatir «el efecto llamada» –afirmó el arabista.

La conversación quedó en suspenso con la llegada de Frantiska, compañera sentimental del amigo Morales, una checa de algo más de treinta años, de una belleza deslumbrante.

–Tengo otra adivinanza para ti –dijo a Tilo después de saludar y depositar un pico de gorrión en los labios de Jorge.

–¿A ver?

–Adivina adivinanza: ¿Adonde vuelven Ruth y Tina después de las vacaciones?

–A la rutina –respondió Tilo–. Ahora yo: “Un tipo mitad ocre, mitad no, ¿qué es?”

Ella colocó un mechón del liso cabello trigueño detrás de la oreja izquierda y, de pronto, exclamó:

–¡Mediocre!
A Frantiska, una verdadera pentecostés dotada del don de lenguas, le encantaban los juegos de palabras. Y, dicho sea de paso, a Mingus le encantaba Frantiska y se esforzaba en olisquear su entrepierna.

Capítulo1.–Ojos de lignito

NOVELA DE ENTRETIEMPO.–Vuelven Tilo Dátil y Merche Tascón. Han de investigar la muerte de un inmigrante indocumentado cuando dormía en el interior de un coche. Los crímenes de odio contra los africanos se han cobrado cinco víctimas sin techo en los últimos tiempos. Las autoridades tratan de enfriar la alarma social y exigen detenciones. Pero no es fácil. Los asesinos no dejan huellas ni un cabo suelto, un hilo del que tirar para llegar a un ovillo que los investigadores suponen bien apretado y muy protegido.

1.–El coronel Martín Dosbarrios López del Arenal (a saber su verdadero nombre) se sentía orgulloso de su obra. Lógico. Diga usted que no es nada fácil, sino muy difícil acertar con los fichajes. Pero con aquel pollo había dado en el clavo.

Recordó su vista al instituto de enseñanza media. El centro estaba en un distrito aceptable, tranquilo, bien pavimentado, poblado por trabajadores cualificados (técnicos), clase media acomodada. Los jóvenes llevaban ropa de marca y zapatillas caras. Su charla a los estudiantes, unos cuarenta, fue una más de la tantas veces repetida sobre una materia que otrora llamaban “formación del espíritu nacional” y ahora denominaban con mayúscula “Conciencia de la Defensa Nacional”. Se trataba de informar a aquellos jóvenes de dieciséis a dieciocho años de los medios de los que disponía el Estado para proteger a la sociedad y de hacerles conscientes de que la seguridad es una condición necesaria para el ejercicio de la libertad. Sin los instrumentos de defensa del sistema constitucional de derechos, deberes y libertades, el Estado democrático caería hecho añicos y sería sustituido por la ley del más fuerte. A continuación les decía que el Estado somos todos, sois vosotros; describía las distintas herramientas de defensa, con especial referencia al Servicio de Inteligencia. Y luego, ya consciente de la atracción de aquellos pollos hacia el término “secreto” y hacia el lema de la organización –“Saber para vencer”–, se sometía a sus preguntas.

El procedimiento de recluta de futuros agentes se mantenía año tras año. Los interesados en recibir más información y, eventualmente alistarse y hacer carrera como miembros de los Servicios Secretos, anotaban su filiación, teléfono y dirección en la libreta de bolsillo que el coronel les entregaba y ellos hacían circular de mesa en mesa. La cosecha en aquel centro público de enseñanza media fue aceptable: tres chicas y tres chicos. El último, el que le devolvió la libreta al estrado y ya no se separó de él hasta que cruzó los patios de recreo y salió a la puerta de la calle, era un chaval mofletudo, imberbe, ojos de lignito, al que le interesaba mucho, muchísimo, la materia. “Espía es lo mejor que puedo ser en la vida”. Eso le dijo.

El coronel recordó que aquella tarde se vio sorprendido por una llamada telefónica de ojos de lignito. ¿Cómo rayos había obtenido su numero de teléfono? El jefe de estudios del instituto le aseguró que él no se lo había facilitado.

–¿Suele cerrar su despacho con llave?

–No, nunca –contestó el profesor.

–Entonces lo vio en su agenda o en algún papel donde lo haya anotado –dedujo el coronel.

–Harto difícil: no escribo números.

–¡Qué memoria la suya!

–Mnemotecnia, mucho mejor que la inteligencia artificial.

Ahora, cuando ya había pasado mucha agua bajo los puentes, reconocería el coronel su incapacidad para averiguar cómo consiguió aquel pollo los dígitos de su teléfono secreto. Al día siguiente citó fuera del horario lectivo a los seis estudiantes interesados en servir a la patria. Comparecieron las tres chicas y los tres chicos. Los invitó a ocupar las mesas de la sala de aquel piso franco, a abrir las pantallas de los ordenadores y a hacerse una foto. Luego, como de costumbre, les pidió que fueran pensando un “nombre de guerra” para utilizarlo en la primera misión que les iba a encomendar a modo de prueba. Después de una breve plática les facilitó el nombre y los apellidos de un ciudadano cuyo número de teléfono móvil tenían que averiguar en diez minutos. Enseguida se lanzaron a navegar por Internet para realizar su cometido. El tiempo era escaso, pero tres minutos después, ojos de lignito clicó con el ratón, alzó su rostro mofletudo y exclamó: “Lo tengo”. El coronel se sorprendió. Pero antes de que pudiera abrir la boca, el hábil aspirante le espetó: “¿De verdad vamos a espiar al ministro de Fomento?” Y un instante después sonó la melodía de Imagine de John Lennon en el teléfono de Ojos de Lignito.

–¿Usted tiene una moto de alta cilindrada, verdad? –preguntó al interlocutor después de saludarle por su nombre e identificarse como miembro de una patrulla de la Guardia Civil de Tráfico. Tras oír la respuesta, el joven deletreó cuatro números y tres letras. Y ante las explicaciones del ciudadano ministro de Fomento, prorrumpió en disculpas por el error y remató la jugada diciendo: “Nos alegramos enormemente de que la motocicleta robada que hemos interceptado no sea la suya”.

El coronel se vio gratamente impresionado por la habilidad de aquel muchacho y se sorprendió de que supiera mentir como decía Graham Greene: de modo que nadie pudiera distinguir sus mentiras de las verdades del Evangelio. Sin duda se hallaba ante una rara avis, un sujeto con unas cualidades excepcionales para averiguar lo que hiciese falta. Así que al terminar la tercera y última sesión informativa, elaboró un informe tan favorable sobre el recluta que llegó a escribir que su cabeza era una mina de oro para el servicio.

Hasta ahí la intervención personal del coronel, aunque podía añadir y añadió que un capitán de la agrupación operativa cuyo nombre supuesto era Agustín Cierto (por si deseaba confirmarlo) se ocupó de tutelar y adiestrar al muchacho. Pasó el tiempo, pero los medios de comunicación social le impedieron olvidarse de él, pues un día le veía en la pantalla de televisión en un acto del partido político derechista a pocos metros del presidente del Gobierno. Pocos sabían quién era en realidad, pero él sí. Daba bien ante las cámaras. Sus mofletes gordejuelos y su expresión relajada le conferían un aire de inocencia superlativa. Otro día apareció en las fotografías de los periódicos en una recepción oficial de aquel gandul con bigotes y calzas de ir más alto. Pero su sorpresa llegó a lo más alto del podio cuando, dos años después le volvió a ver sentado en un sofá casero con el vicepresidente de la Confederación Empresarial, un personaje que poseía varios locales de restauración en la capital del reino y se estaba forrando con contratas de cafeterías y restaurantes en numerosos centros oficiales. Aunque aquel contratista era digno de atención en sí mismo, poseía un valor especial como amigo personal del Rey.

En este punto el coronel se sintió obligado a invertir unos minutos de su escaso tiempo en explicar que el contratista mandibulario poseía un campo de tiro privado entre Zarzuela y El Pardo donde Su Enormidad afinaba la puntería y le daba gusto al gatillo. Conocida es la afición del coronado a la caza mayor, y en este sentido diga usted que la mayor posible son los elefantes de la reserva de caza de Moremi, en el delta del Okavango (Botsuana). Se comprende que los amigos (y amigas íntimas) de cacería de la persona que ocupa el vértice superior del Estado (“nosotros la llamamos A”) posean gran interés para los servicios de protección. Diga usted, además, que un señor cuyo objetivo vital es pasarlo bien consume gran cantidad de agentes.

El coronel calibró el riesgo de volverse incompatible con la paciencia de su señoría, quien le había concedido media hora y se mantenía en silencio desde que le saludó y le invitó a subir a la berlina. Puesto que el conductor había dado la vuelta en un cambio de sentido cercano al circuito de velocidad del Jarama y estaba a punto de llegar de regreso a la Plaza de Castilla, el coronel abrevió su intercesión por Ojos de Lignito ante el magistrado ponente del Tribunal Supremo. Si el joven agente secreto se había citado con un empresario gallego en aquel restaurante de Ribadeo (Lugo) en calidad de alto cargo enviado por la Vicepresidencia del Gobierno y la Casa Real, se debía, sin duda, a las necesidades del servicio. Ciertamente algún servicio secreto enemigo o, cuando menos, poco amistoso, destapó al agente y lo denunció para quitarlo de en medio, lo que nosotros llamamos “quemarlo”. El conductor detuvo el vehículo en “el Paco”, el mismo lugar donde lo había recogido, el lateral de los Nuevos Ministerios donde antes se alzaba la estatua ecuestre del dictador generalísimo. El magistrado lo despidió con un gesto amistoso. Ni una palabra por temor a ser grabado. ¡Qué tío!

Fechas después, el coronel sintió deseos de conceder la medalla de oro al magistrado ponente cuando leyó la sentencia del Supremo exculpando a Ojos de Lignito. El lanzamiento de jabalina había superado la distancia esperada. El alto tribunal declaraba que no hubo delito de usurpación de funciones públicas porque la conducta realizada por el acusado consistió en una única acción de suplantación de un cargo que no existe cual era el enlace entre la Vicepresidencia del Gobierno y la Casa Real. Además, la acción del acusado carecía de la nota de pluralidad que demanda el Código Penal; se trataba de una comida sin contenido político o económico que no encaja en el concepto de acto oficial. La conjunción de estos factores no posibilita el encaje del hecho en el delito de usurpación de funciones públicas. La sentencia concluía: “Se realizó un simple acto de jactancia, atípico penalmente”.

Ya anulada la pena de cuatro años de prisión a la que había sido condenado por la Audiencia Provincial, Ojos de Lignito recibiría una nueva identidad, le modificarían el rostro para borrar su semblante aniñado, le suministrarían algún fármaco para estimular el crecimiento de la barba y lo devolverían al servicio con musculatura de gimnasio y fisonomía diferente. Después de todo, resultaba difícil encontrar y fichar a un tipo como aquel, capaz de simular con toda naturalidad hasta cuatro personalidades distintas, de infiltrarse en los ambientes más selectos de la bribonería económica y fiscal, la aristocracia, el patriotismo opulento y, también, de realizar operaciones de alto riesgo y máxima punibilidad.

 

C15.-El terrorismo da votos

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Y si un día vuelves, llamamé, le dijo Tilo.

Al volante del Golf superconectado, Tilo llamó a su inquilina. Estaba estudiando y agradeció la pausa mental. Él le comentó que llegaría esa noche. Oyó ladrar a Mingus cerca del auricular y le dirigió unas palabras a modo de caricia. El cocker gimoteó. Les informó de que llegaría entre las doce y la una de la noche. A continuación llamó a la comisaria Sáez, pero la cadena montañosa astur-leonesa interfería la señal, y aplazó el breve informe verbal sobre la investigación del caso Perrote para mejor ocasión. Le parecía muy extraño que el interés y la urgencia de los jefes para que identificaran y detuvieran a los autores del alcantarillazo al sobrino del poderoso político conservador se hubieran evaporado de pronto. Esperaba que su superior inmediata le dijese algo al respecto.

–Botones, pon música –dijo en voz alta.

–¿Qué música quieres? –respondió el aparato con voz metálica.

–Clásica, la Novena Sinfonía de Beethoven.

Ordenó los hechos. Sobre el desinterés de los mandos y del juez instructor se dijo: “tanto mejor para Gabriela”. Todavía conservaba en su retina la sonrisa que ella le dedicó al despedirse. Él no correspondió, lógico, pues habría perdido autoridad y, por otra parte, la sospechosa escamoteó una pregunta esencial al negarse a desvelar los nombres de los amigos de Juanín. “Hay que ser ingenua para pensar que los motes sirven de escondite”. A pesar de todo, sentía una simpatía cada vez mayor por aquella mujer. “¿Si no detuvieron a Perrote y a su colega cazador después de destrozar y abandonar al ciclista por qué he de arrestar yo a esa mujer que entrega su vida, conocimientos y esfuerzos a ayudar a los demás?”

Llevaba un rato conduciendo en silencio, la Novena había terminado. Pidió a Botones que pusiera algo de Pink Floyd y siguió pensando si los datos aportados por el correligionario del partido de Poterna y su sobrino sobre la disputa sucesoria al frente de la tesorería del partido no eran más que un burdo intento de desviar la investigación sobre el origen del alcantarillazo. “Si lo eran, no consiguieron su objetivo”, se dijo recordando el abrupto encuentro con el veterano político de piel de elefante. “¿Cómo diablos se me ocurrió irritarle con la verdad?” Recordó la actitud displicente del menda hacia la inspectora Merche Tascón, su retraso, el guardaespaldas que envió por delante a examinarles, su escasa por no decir nula voluntad de colaborar en la investigación de la agresión a su sobrino y colaborador. “Además nos mintieron como bellacos. ¡Joder qué pájaros!”

Apenas había enfilado la mal llamada “meseta castellana” (algunos de la Generación del 98 erraron al definir el territorio), esa anchura precedida de las frescas riberas del Órbigo y el Esla y surcada por el Duero, cuando Botones se quejó con voz metálica de que se le agotaba el combustible y le recordó que ya llevaba más de doscientos kilómetros rodando sin interrupción. Tilo le obedeció. Paró a repostar. Mientras tomaba un café le sobrevino la sospecha de que el juez instructor podía obedecer la consigna de dejar correr el caso. “¿Habrían designado un juez propicio para evitar que la investigación de la agresión al sobrino del tesorero les llevara a averiguar la causa del alcantarillazo? A saber.”

De nuevo en marcha, recordó la frase de la joven cirujana: “Cuando te cierran todas las puertas solo te queda el agujero del váter”. Se refería al rechazo judicial de las pruebas conseguidas sobre la identidad de los autores del atropello y abandono de Juanín. Gabriela completó su explicación con otra frase que se le había quedado grabada: “Entonces pensamos que la mierda debía volver a la mierda y decidimos actuar”.

Tilo Dátil realizó el viaje según lo previsto. Al día siguiente madrugó, sacó a pasear a Mingus, tomó un café en el Dulce, se acicaló, envió un mensaje a Merche para saber qué tal había pasado la noche. Leyó su respuesta en el autobús: “Sin novedad, espero instrucciones”. Llegó puntual a la sede ministerial, un palacete protegido por la Guardia Civil, donde un veterano bedel le condujo a un salón que llamaban de porcelanas, acaso porque sobre los alfeizares de las ventanas descansaban cuatro grandes jarrones chinos. Entró y saludó a los presentes.

Sentados ante una mesa larga de madera de nogal adornada con rombos de marfil incrustados y una cestita de porcelana blanca con flores de papel en el centro, dos mujeres y tres hombres esperaban el comienzo de la reunión. Buscó la cartulina con el nombre de la comisaria Sáiz y se sentó. Una de las dos mujeres se interesó por la titular y él explicó que se hallaba indispuesta y se identificó como sustituto. La otra mujer ocupaba una de las tres sillas presidenciales. Debía de ser la secretaria general del llamado Observatorio de la Delincuencia porque consultó un papel y le dijo: “Bienvenido, inspector Dátil”. Su cara de cervatillo le sonaba, acaso de verla en televisión.

A continuación entraron dos tipos. Uno era José Manuel García, comisario de la zona centro de Barcelona, un buen elemento al que conocía desde los tiempos en que se jugaban empleo y sueldo por denunciar palizas y torturas en las comisarías. Se levantó a saludarlo.

–¿De qué va esto? –Le preguntó.

–Política –dijo.

Enseguida la mujer con cara de cervatillo anunció que el secretario de Estado de Seguridad abriría la sesión con una intervención breve de “altísimo interés”. El hombre de pelo entrecano y cara de aspirina que había ocupado el sillón presidencial, tomó la palabra y después de agradecer la presencia de los reunidos prorrumpió en un monólogo a media voz sobre el “nuevo terrorismo” o “terrorismo emergente”, una criminalidad sin armas ni explosivos definidos que constituía, dijo, la máxima preocupación de los responsables ministeriales debido a su capacidad de extenderse por toda la geografía urbana.

Tilo también había visto a ese hombre por televisión. De hecho, le pareció maquillado como si fuera a salir en antena. Llevaba ocho meses en el cargo, pero más de un lustro de «fontanero» ministerial. Por si alguno de los presentes desconocía sus méritos y capacidad, se refirió entre líneas al número uno de la oposición al cuerpo de abogados del Estado tras haberse licenciado en Derecho y Economía en la Universidad Pontificia Romana. Con la sucinta reseña académica en tan reconocido centro católico parecía subrayar su identificación no solo ideológica y técnica, sino también espiritual con el señor ministro, cuyo acendrado catolicismo era bien conocido.

El inspector prestó mucha atención a la exposición de aquel jefazo que hablaba un lenguaje jurídico bien articulado y se esmeraba en transmitir un mensaje más técnico que político, como si las normas fueran neutras o carecieran de orientación social o como si su enorme preocupación por el terrorismo urbano de baja intensidad fuera real. “Con estos personajes tan técnicos y abundantes en formulismos y anglicismos nunca sabe uno si sienten lo que dicen, dicen lo que sienten o ninguna de las dos cosas. Reciben tan altos emolumentos que elevan la ocupación al nivel de preocupación y lo dicen para que parezca que se desviven por el bien común y el interés general. Es como si vivieran sin vivir en sí (Teresa de Jesús dixit). Pobre gente, siempre ocupada y preocupada por la seguridad de los demás”.

El secretario de Estado se refirió al mobiliario urbano como “arma del delito” y elevó el tono de voz al mencionar las alcantarillas, señalando que si antes los terroristas robaban las tapas para colocarlas sobre los explosivos en los maleteros de los coches con el fin de orientar las deflagraciones, ahora no se complican la vida y han comenzado a tirar a “personas de bien” a las cloacas.

Tilo se fijó en el gesto de horror de la mujer de cabello negro, aleonado, que se había interesado por la comisaría Sáez, y constató en los rostros de otros asistentes el impacto de las sorprendentes afirmaciones de cara de aspirina. El jurista neutral les había impresionado. Las asechanzas de las nuevas formas de criminalidad y terrorismo emergente eran sobrecogedoras. Las herramientas de aquellos fanáticos sanguinarios desbordaban los límites de lo imaginable; lo mismo utilizaban una soga que una furgoneta para liquidar a gente inocente y tanto les da matar con el estallido de unas bombonas de gas doméstico que con un cuchillo de cocina que arrojando a las personas a las alcantarillas.

Estos últimos actos exigían una respuesta inmediata, inequívoca, contundente. Y para empezar, el alto cargo propuso la ampliación de los supuestos punitivos a los atentados terroristas sin armas ni explosivos con el fin de aplicarles la máxima pena: la cadena perpetua. Su propuesta mereció gestos afirmativos de varios asistentes que más tarde, en la rueda de intervenciones, se pronunciaron a favor de la reforma urgente y en lectura única del Código Penal. El jefazo apreció los gestos y terminó su intervención con un mensaje categórico a los malos: “¡Desde este Observatorio os decimos alto y claro que la democracia es más fuerte que vuestras pretensiones, que vamos a acabar con vosotros y que os vais a pudrir en la cárcel!”

La secretaria de aquel invento abrió un turno de palabra de cinco minutos y allí hablaron, de izquierda a derecha, un hombre grueso, de boca muy pequeña y frente emparedada entre dos mechones de cabello embetunado que era magistrado; un hombre joven, B Bermudez, según la cartulina, que era profesor y tertuliano de una televisora y que además de manifestar su “pleno acuerdo” con el secretario de Seguridad, abogó por “implementar” partidas presupuestarias específicas para la prevención de los alcantarillazos; un ejecutivo de la industria de la seguridad que pidió “pasos más firmes” en la colaboración “público-privada”; el comisario García, que abogó por una mayor implicación de la policía local y una mejor coordinación con la nacional. También habló la mujer de cabello aleonado poniendo de relieve la importancia del “diálogo de las civilizaciones” en la prevención y persecución del terrorismo de raíz religiosa mahometana y, finalmente, lo hizo un hombre con perilla blanca y peluquín rubio desvaído, quien además de mostrarse completamente de acuerdo con cara de píldora, reclamó manos libres de los servicios de inteligencia para interceptar las comunicaciones y los tráficos de dinero para alimentar a las “células durmientes”. Cuando le llegó el turno de palabra lo dejó pasar. ¿Qué podía aportar él? Le parecía bien que el Observatorio observara y mal que se prestara al politiqueo.

Tras las intervenciones, cara de cervatillo anunció un receso y salió con el secretario de Estado a cumplimentar a las televisiones y demás medios de comunicación que esperaban el jarabe de pico. Tilo aprovechó la pausa, conectó el teléfono, salió al lavabo y llamó a Merche, quien le informó de que la doctora Gabriela acababa de firmar los contratos de los molinos de viento y regresaban al hotel.

–Estupendo, pues que recoja su equipaje y se vaya –le dijo.

–¿Estás seguro?

–Si no lo estuviera no te lo diría. Ya te contaré.

Merche se mantuvo en silencio como si paladeara la decisión del inspector.

–¿A qué hora sale su avión a París? –Le preguntó.

–A las 14:30 –dijo Merche.

–¿Tienes vuelos a Madrid?

–Supongo, pero prefiero el tren. ¿Quieres despedirte de ella?

–Luego la llamo.

Cuando regresó al salón de porcelanas encontró un sobre alargado junto a la cartulina de la comisaria Emilia Sáez. Era uno de esos sobres amarillentos que solo contienen facturas y avisos administrativos. Estaba cerrado. Alguien había escrito a bolígrafo el nombre de la comisaria. Vio que algunos observadores se guardaban los sobres similares en cuanto el ujier los depositaba junto a las cartulinas correspondientes, así que lo agarró, lo palpó, le pareció que contenía dinero, billetes de papel, y se lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. La reunión prosiguió sobre la estadística delictiva. Disminuían los atracos a las oficinas bancarias, en contraste con el aumento del paro y la pobreza. “Eso es porque los atracadores están dentro”, pensó. Subían los robos en el campo y bajaban en los grandes almacenes. “Eso se debe a que los mozos de la seguridad privada pegan palizas en los cuartos oscuros de los sótanos”. Lo que no paraba de crecer eran los crímenes machistas. ¿Qué hacer? En este punto se acordó de Gabriela y manifestó en voz alta: “Programas de enseñanza práctica de defensa personal para las chicas serían menester”. Nadie le apoyó. El incremento de los suicidios era alarmante, pero importaba poco porque no se publicaban.

–Tenías razón, era política –comentó Tilo al comisario García cuando acabó la reunión.

–Ya te digo… Vienen elecciones y necesitan alimentar el miedo de la gente porque esa supuesta firmeza contra el terrorismo les da votos.

–Pero ni siquiera las han convocado todavía –opuso Tilo.

–Lo que yo te diga –afirmó García ante la portañuela del taxi.

Tilo le deseó buen viaje y se encaminó hacia la parada del autobús. Mientras esperaba se le fue la mirada al monumental frontón de la Biblioteca Nacional, obra del catalán Agustín Querol, quien instaló la Paz en el centro del triángulo: un esplendoroso cuerpo femenino con ramas de olivo en las manos que pisoteaba y quebraba la espada de la Guerra. “Así debería ser”, se dijo antes de empuñar el teléfono y marcar el número de Gabriela.

–Quería despedirme de ti y desearte buena suerte –le dijo.

Ella se mantuvo en silencio, sorprendida.

–Gracias, señor Dátil –dijo por fin.

¿Qué otra cosa podía decir?

–Quiero que sepas que te deseo lo mejor y también quiero informarte de que en las altas esferas han decidido que arrojar físicamente a la mierda o tirar a un canalla a las cloacas es un acto terrorista y será castigado con la máxima pena. Así que corre, huye, desaparece. Y si un día vuelves, llamame.

FIN

C14.-De cómo Gabriela identificó a los canallas

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

La torre de la catedral se asomaba a la ventana de la sala donde hablaban.

Gabriela hablaba como si los agentes Merche y Tilo tuvieran información previa y las mentiras no le reportaran ventaja alguna.

–Teníamos poco tiempo, pero decidimos dedicar los fines de semana a investigar el atropello y abandono de Juanín hasta identificar y localizar al autor. No sabíamos por donde empezar. En la primera reunión prometimos no parar hasta conseguir el objetivo. En segundo lugar, acordamos reunirnos cada sábado a las diez de la mañana en el patio de la venta donde quedábamos con Juanín para hacer rutas ciclistas. Ya no se trataba de echarnos a rodar, sino de recabar testimonios, buscar indicios, confirmar o descartar hipótesis, sentir corazonadas… Lo tercero fue formar parejas en función de las localizaciones, afinidades y disponibilidades de cada cual. Éramos seis, aunque en realidad nos quedamos cinco porque la hermana de Juanín se fue a Barcelona, donde vivía, nada más pasar las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

–Deduzco, amiga Gabriela, que te dejaron sola –dijo Merche.

–Unas veces me tocaba Masa y otras Jodas de compañero. Como yo era la única que tenía coche, en ocasiones se nos sumaba el Criatura. A decir verdad ni siquiera en Madrid me dejaron sola.

–¿Cuál fue vuestro plan de trabajo?

–No teníamos nada, no sabíamos nada, así que el único plan inicial fue rastrear a partir del punto de la carretera donde arrollaron a Juanín, un tramo conocido como el camino de los arrieros. Él había dicho varias veces a los guardias que serían las 7:30 cuando le golpearon por detrás y le pasaron por encima. Era todo lo que recordaba antes de quedar inconsciente. Sin poder precisar qué tipo de vehículo le había dado, descartaba que fuese un camión, pues habría oído el ruido del motor y se habría orillado más. De su fugaz recuerdo dedujimos que era probable que le hubiera atropellado un todo-terreno, uno de esos coches silentes y semipesados que tanto abundan ahora en los pueblos y las ciudades. Desde el lugar del accidente nos repartimos el rastreo. Buscábamos a alguien que hubiera visto pasar un coche grande, alguien que pudiera darnos alguna pista, algún hilo del que tirar. Pero a aquella temprana hora de aquel domingo, 27 de octubre, nadie, ni en las majadas ni en un camping cercano ni en los contados garitos abiertos encontramos respuesta de la que tirar. Las pesquisas en la zona fueron inútiles. El primer día de búsqueda fijamos un radio de unos diez kilómetros. El segundo lo ampliamos a quince y tampoco conseguimos testimonios útiles. El siguiente fin de semana volvimos a distribuirnos la tarea. Era difícil, lo sabíamos. Tanto más difícil como que habían pasado casi tres meses del suceso. Ampliamos el radio inquisitivo a veinte y veinticinco kilómetros del accidente, preguntamos en El Espinoso, Los Lucillos y otras localidades cercanas. Algunas personas sabían del atropello del ciclista por los periódicos, pero nada más. La mayoría de los interrogados coincidían en que los autores del atropello y abandono de Juanín seguramente serían cazadores con prisa para llegar a tiempo al reparto de los puestos de tiradores en los cotos. Desde luego no eran gente de allí porque nadie, absolutamente nadie del lugar era tan despiadado como para abandonar y dejar morir en la cuneta a una persona como si fuera un perro.

–¿Se os ocurrió pensar que vuestro trabajo ya habría sido realizado por la Guardia Civil? ¿Preguntasteis a la Benemérita qué datos tenía? –Inquirió Merche.

–Aparte el atestado del suceso, en diciembre llevaron al juzgado un escrito reconociendo la falta de resultados en la búsqueda de huellas y testimonios. Tengo la impresión de que sólo se esmeraron en interrogar a Juanín, así que no, ni se nos ocurrió preguntar a esos señores.

La rubia de glaucos ojos pidió una pausa para ir al lavabo. Después prosiguió:

–Era difícil encontrar alguna pista, pero como dice el dicho, con paciencia y con saliva un elefante se la metió a una hormiga. Y mira: al tercer fin de semana encontramos algo que podía ser valioso. En una gasolinera, a la salida de Navahermosa, preguntamos al encargado de guardia si recordaba haber visto repostar a un todo-terreno pasadas las 7:30 de la mañana del día que atropellaron al ciclista, y aunque contestó que no se podía acordar porque entonces no trabajaba en la gasolinera, nos dio el teléfono y la dirección de su tío Miguel, el Ruso, que entonces hacía las guardias del fin de semana. “Seguramente él os pueda decir algo, aunque no creo que sirva de gran cosa porque aquí paran bastantes coches a echar gasolina”. Nos explicó que el tío estaba medio jubilado y había agarrado la jubilación completa a final de año, y nos facilitó su número de teléfono. Vivía allí en el pueblo, a quince minutos andando, y puesto que nos dijo que solía madrugar, le llamamos desde allí mismo a micrófono abierto. El sobrino le dio los buenos días y le introdujo el asunto que queríamos tratar con él. El hombre aceptó entrevistarse con nosotros y contarnos lo que recordaba de aquel domingo que atropellaron a Juanín. “Estoy haciendo café, si os apetece podéis acercaros a casa y si no podemos vernos en la Venta de la Chana sobre las diez”, dijo antes de explicarnos que “la parienta” y él solían hacer “la ruta del colesterol” hasta aquel establecimiento campero que servía además de punto de encuentro de ciclistas amateurs de los cuatro puntos cardinales. “Entonces le esperamos en la Chana”, decidió Masa antes de pedirle que fuera recordando todos los detalles que pudiera sobre aquel maldito amanecer del 27 de octubre del año pasado. El Ruso prometió hacer todos los esfuerzos que fueran menester para ayudar a localizar a los canallas que desgraciaron a Juanín. Su simpatía hacia el joven ciclista parecía sincera. Agradecimos la ayuda al gasolinero, recogimos a Jodas y Criatura, que buscaban testimonios entre los empleados de una discoteca en la otra punta de la localidad, y nos dirigimos por el camino entre viñedos y olivos hacia el lugar de la cita.

En este punto Gabriela quiso ser tan precisa que reprodujo de memoria la escena con las diferentes voces de los interlocutores.

–He intentado recordar, pero ¿sabéis qué? –Dijo el Ruso.

–¿Qué, Miguel?

–Que esta memoria mía no da más de sí y sólo alcanzo a contaros lo que ya le dije en su día a los picoletos.

–¡Jodas! De algo más te acordarás.

–Ya me gustaría, pero soy viejo y se me olvidan muchas cosas.

–¿Qué le contaste a los de la Benemérita? –Le pregunté.

–Les dije que los fines de semana paran bastantes cazadores a repostar en la gasolinera y que no había visto nada especial, nada que me llamara la atención. Di tú que entre servir a uno, cobrar a otro…

–¿Cuántos coches de esos pararon a repostar entre las siete y las ocho de la mañana?

–Así, a bote pronto, puede que cuatro o seis.

–¿Y crees que alguno de ellos pudo atropellar a Juanín? –Incidí.

–Pues mira, no te diría que sí ni que no. Os repito lo mismo que les dije a los picoletos.

–Haz memoria, tío, no es lo mismo cuatro que seis –instó Masa.

–Cuatro más bien –dijo el jubilado–. ¿Sabéis qué pasa? Antes, cuando hacía arreglos mecánicos y andaba bien de la vista y el oído, me fijaba en todo y tenía memoria fotográfica, pero cuando me fui haciendo viejo dejé de mirar los coches y las caras de esos gachós, gente de mucha ciruela que vienen al monte a dar gusto al gatillo. Nunca entendí eso de matar por placer. Asesinos.

–¡Jodas, viejo! ¿Le dijiste eso a la Guardia Civil?

–Lo de asesinos no, claro. Lo que uno piensa de los demás no se suele decir, pero entre nosotros vale preguntarse qué pueden ser unos mendas que pagan un dineral por cultivar el instinto asesino y se realizan matando jabalís, ciervos, muflones, lo que salga. Es lo que yo pienso.

Según la rubia de los cloaqueros, las explicaciones de Miguel daban poco de sí. El hombre se enrollo sobre personajes famosos a los que, a lo largo de los años, había servido combustible cuando iban o venían de cazar. “Nos habló del envoltorio sociológico –machismo, prostitución, juergas, drogas, alcohol, amantes o queridas– de esa industria de la caza y nos invitó a reflexionar sobre cuán diferentes son las personas que cazan para poder comer y las que matan por diversión y placer”.

–En un momento de la conversación –prosiguió la rubia–, la compañera de Miguel se refirió a la modalidad de caza con arco, como si el dolor infligido a los rebecos con las balas de los rifles fuera escaso. Al parecer, el arco obliga a acercarse mucho más a la pieza y el cazador experimenta un subidón de adrenalina. Las palabras de la mujer estimularon el recuerdo de nuestro hombre, quien dijo haber visto los arcos y carcaj de los cazadores el interior de uno de los cuatro o cinco coches de alta cilindrada que pararon a repostar a primera hora de la mañana de aquel domingo.

–¿Cómo fue eso, si acaba de decirnos que ya no se fijaba en nada? –Quise saber.

–La verdad es que ni me fijaba ni tenía mayor interés en ver las fauces de aquellos gachós, pero mira tú por donde, uno de aquellos jichos (eran dos), volvió a la caja después de pagar y me preguntó por qué diantres no salía agua por la manguera de limpiar el parabrisas. La cortábamos porque había muchos descuidados que dejaban el grifo abierto. Salí, les abrí la llave de paso y entonces me fijé en las herramientas que llevaban en el asiento trasero del impresionante Mercedes todo-terreno. Y no sólo eso. También me llamó la atención que el tipo, que había aparcado el coche en el corner del aire y el agua, orientara la manguera hacia los bajos y las ruedas del coche en vez de a la luna delantera. Estuve a punto de llamarle la atención porque el agua era para el limpiaparabrisas y el radiador, no para lavar el coche, pero me volví a las dependencias. Dos minutos después, el tipo apareció otra vez y me preguntó si tenía bayetas. Se llevó un paquete con dos. Salí a servir a otro cliente y le vi inclinado con el culo en pompa, limpiando los guardabarros y reposapíes del vehículo. Cuando levanté la vista del surtidor ya se habían largado.

Gabriela dio otro tiento al gintonic y prosiguió:

–Me pregunté por qué unos tipos que van al monte a cazar se preocupan de lavar los bajos de su coche si en el campo se volverán a manchar. Y Jodas, el Congui, Criatura y Masa también se extrañaron.

–¿Le contaste eso a los guardias?

–Coño, claro. No con detalle, pero sí les dije que había unos que limpiaron los bajos, el frontal y los laterales de un Mercedes.

–¿Tomaron nota o apuntaron algo?

–Qué va. Creo que al decirles que era un Mercedes… Creo que se acojonaron pensando que era una autoridad, ya me entendéis.

–¿A qué te refieres?

–Para esos lo único que cuenta es la jerarquía y la disciplina; lo demás, turris burris, no se complican la vida ni se la complican a los jefes –afirmó nuestro hombre.

La subinspectora animó a la rubia a seguir hablando.

–¿Qué pasó después?

–Bueno, sabíamos la hora del atropello, las 7:26, minuto más o menos, y también la de la parada de aquellos cazadores en la gasolinera, así que pregunté al señor Miguel y a su compañera si podían acompañarnos hasta el punto kilométrico donde abandonaron a Juanín malherido. Aceptaron encantados y subieron al coche. Jodas, el Congui y Criatura quedaron en dirigirse a la gasolinera. Nuestro propósito era recorrer el trayecto entre el lugar del accidente y la estación de servicio con el fin de saber cuánto se tardaba en llegar. Fue un recorrido bastante rápido y el resultado nos pareció alentador. La duración del trayecto fue de doce minutos y coincidía con el tiempo transcurrido desde que atropellaron a Juanín hasta que pararon en la gasolinera.

–También podía ser una casualidad –opuso Merche.

–Si, por supuesto, pero al menos teníamos un hilo del que tirar. En la gasolinera repasamos los hechos con el señor Miguel, vimos la manguera, el lugar donde el tipo limpió el coche, teníamos además el dato de los arcos de caza para preguntar en los cotos. Pero conseguimos algo más y mejor. Resulta que la mujer que limpiaba la gasolinera todos los días por la mañana se sorprendió de encontrar unas bayetas nuevas, casi sin usar, en el cesto de los residuos, situado junto a la manguera y las recogió y las guardó en una bolsa para usarlas cuando se gastaran las que utilizaba. Allí podía haber restos de sangre de Juanín.

–¿Cómo os enterasteis de eso?

–Nos lo dijo ella. Para ser exactos, salió de limpiar los lavabos y vio a Jodas y Criatura curioseando por allí. Les preguntó si buscaban algo y ellos le explicaron que andaban tras la pista de unos cazadores que habían atropellado a un ciclista y pararon aquí a lavar el coche. La mujer, una rumana alta, fuerte y gruesa, que se llamaba Alina, recordó sin mucho esfuerzo el asunto de las bayetas y tras proferir unas palabras ininteligibles sobre la sociedad del desperdicio les pidió que la siguieran y les entregó las gamuzas esponjosas por si les servían de algo.

–Eso si que es llegar y besar el santo, menuda chiripa –comentó Merche.

–Pues sí, se lo agradecimos mucho, pues era posible que en las fibras internas de aquellas bayetas se pudieran encontrar restos sanguíneos de los que obtener el ADN.

Tilo oía el testimonio de Gabriela Cabello en un duermevela nada profesional. Aprovechaba el sillón para relajarse y descansar antes de emprender el viaje de vuelta a Madrid para cumplir el compromiso de sustituir a la comisaria Sáez en la reunión de observadores de la delincuencia.

–Doy por supuesto que el señor Miguel no se acordaba del número de la matrícula del coche de los arqueros –dijo la subinspectora, animando a la rubia de glaucos ojos a continuar con el relato de su investigación.

–Nada, chica; el Ruso sólo se fijó en lo nuevo que era aquel Mercedes con estribos.

–¿No había cámaras en la gasolinera?

–Sí, pero eran de atrezo.

–Jodeeer.

–Como los clientes han de pagar antes de servirse el combustible ya no hay riesgo de robo, así que con cámaras de pega se ahorran una pasta en seguridad y toda esa burocracia sobre el tratamiento de datos.

Al oír la palabra “estribos”, Tilo se incorporó, agarró el teléfono de la mesa baja, buscó la fotografía del Mercedes del señor Perrote y se la mostró.

–Sí, era este coche –afirmó Gabriela.

–Me pregunto cómo conseguisteis localizar el arma homicida –le preguntó Merche.

–Bueno, teníamos las bayetas, los testimonios del Ruso sobre el comportamiento raro de los cazadores del Mercedes y el hecho de que cazaran con flechas en vez de balas. Así que nuestro plan de trabajo fue bastante simple. En el hospital realicé algunas gestiones con los responsables de medicina legar para que examinaran a fondo las fibras de las bayetas a ver si con algún resto de sangre podían obtener un ADN coincidente con el de Juanín. No esperábamos gran cosa, pero había que intentarlo, aunque tardaran meses en dar el resultado, ya que siempre estaban hasta arriba de trabajo. En cuanto al coche y las flechas y los arcos estuvimos de acuerdo en seguir buscando. Hicimos un barrido de los cotos de caza mayor de la zona.

–¿En qué consistió?

–Bueno, lo primero fue obtener la relación de cotos registrados en la consejería de Agricultura y Medio Ambiente del gobierno autonómico. El registro es público y los burócratas no tuvieron más remedio que dejarnos acceder. Además, algunos cotos privados se anuncian en las revistas especializadas. Desde primeros de octubre hasta finales de febrero, principio y fin de la temporada de caza mayor, ofrecen monterías y puestos de tiro a los cochinos, venados, ciervos. La matanza de corzos es más tardía, del 1 de diciembre al 21 de febrero. Y la caza menor, más amplia: de mediados de septiembre a finales de marzo. La realidad es que el barrido fue laborioso porque los cotos municipales que, en principio son para los cazadores locales, tienen bastantes escopeteros de fuera que compran los permisos a los paisanos y si alguien les pregunta –nadie suele preguntar– siempre son primos, cuñados y demás familia. Del primer barrido telefónico concluimos que la caza con arco es rara en los montes públicos, pero en los tres cotos privados más cercanos hay puestos de tiro para esa modalidad. Sobre el terreno nos distribuimos los objetivos y a las siete de la mañana del domingo siguiente ya estábamos al acecho de las entradas de esos los tres cotos. Dejamos a Congui y Jodas en el camino de entrada al coto más cercano, llevamos a Criatura al más alejado y Masa y yo montamos guardia en la desviación hacia la tercera finca señalada. No creo en la suerte y me tocan mucho los pies los refranes, pero tengo que reconocer que el madrugón dio resultado. Poco antes de las nueve de la mañana nos llamó Criatura muy excitado para decirnos que había visto el coche sospechoso. Y no sólo eso; desde su puesto de vigilancia entre unos piornos cercanos a la entrada a una finca vallada que llamaban La Montesa había conseguido hacer unas fotografías nítidas, muy precisas, del automóvil y del tipo que se apeó a subir la barrera y bajarla después de que el coche pasara. Noté que le temblaba la voz, no sé si de frío, porque el tempero estaba helado, o de la emoción de haber cazado el vehículo.

–Vale, ya teníais la matrícula…

–La matrícula por delante y por detrás y las caras de los dos ocupantes del coche. La cámara de Criatura llevaba montado un teleobjetivo formidable.

–Quiero decir –precisó Merche– que con la matrícula ya podíais conocer la filiación del titular del coche, pero eso es insuficiente para probar que eran los autores del delito.

–Desde luego, aunque era un buen avance. Miguel el Ruso reconoció el coche y al conductor en cuanto vio las fotografías. Además, tuvo la idea de llevarnos a ver a un taxidermista local que nos dio buena información sobre aquellos señores.

En este punto, Merche propuso un descanso. La rubia y ella se levantaron a estirar las piernas, salieron de la sala. Tilo se desperezó, miró a la calle desde la ventana, pasaban turistas, un charlatán vendía peines, gigas y abanicos cerca de la catedral. Se volvió a sentar y apuró la tónica que quedaba en un frasco. Unos minutos después, cuando Merche y Gabriela regresaron, seguidas de un camarero que les sirvió agua y café, Tilo pensó en emprender el repliegue. Eran las seis y media de la tarde y le esperaban más de cinco horas de carretera hasta Madrid.

–Fuimos a ver al taxidermista –prosiguió Gabriela cuando se sentaron de nuevo– y si, conocía a aquellos señores, nos mostró la cabeza de ciervo con una cuerna de veinte puntas que le habían dejado para los fines específicos de limpieza, disecado y conservación. A petición del señor Miguel, nos facilitó los nombres completos, los teléfonos y la dirección en Madrid del que le había hecho el encargo. Ya lo teníamos casi todo sobre los sospechosos, aunque nos faltaba la prueba principal, el resultado del ADN de las bayetas.

Tilo dio por hecho que la rubia de los cloaqueros no se había equivocado de objetivo, se incorporó, se fue al lavabo, se refrescó las manos, la cara y los sobacos. Apenas había sudado. Se limpió con papel higiénico, se colocó bien la camisa y volvió a la salita. Se puso la chaqueta y se despidió de la sospechosa y de su compañera, explicándole con la mirada y el teléfono en la mano que se mantendrían en contacto. A continuación pagó las cuentas y salió en busca del Botones. Las sombras se alargaban, eran las siete de la tarde, pronto empezaría a oscurecer.

C13.-La confesión

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Mingus, según cuadro al óleo de G. Carpintero

Se pusieron en marcha. La rubia de los cloaqueros conducía el coche de alquiler, acompañada por Merche. Tilo iba detrás al volante del Golf.

–Botones, pon música –le ordenó.

–¿Qué disco quieres?

–Ese de Fito y Fitipaldis plagado de negaciones.

–Te pongo Me equivocaría otra vez.

–Si, es ese. Gracias.

Mientras se deleitaba con las estrofas tantas veces escuchadas: “No voy a despertarme porque salga el sol”, “no sé restar tu mitad a mi corazón”, etcétera, Tilo buscaba argumentos para evitar la detención de la rubia de glaucos ojos. La última decisión de aquella joven le había impresionado de tal modo que se dijo a sí mismo: “Una mujer así no merece prisión”. Merche estaba de acuerdo y, sin duda, la determinación de la hija del fraile de donar a los niños más necesitados de este jodido mundo la renta de los molinos de viento había reforzado su negativa a arrestarla. Sin embargo la comisaria, el jefe superior, el de la brigada de homicidios y otros mandos con poltronas exigían resultados, vivían de la estadística y se enfurecían ante los casos sin resolver.

El impertinente cobró vida de pronto y emitió una larga sucesión de pitidos. Los mensajes y las llamadas sin responder se acumulaban en sus tripas. Tilo lo sacó del bolsillo, aceleró, adelantó al coche de Gabriela y Merche, les mostró el teléfono por la ventanilla para que entendieran su acción, les sacó toda la ventaja que pudo y se orilló en un espacio ancho de tierra al margen del arcén. A la sombra de unos avellanos que allí crecían comprobó los avisos, vio tres llamadas a deshora de su inquilina y se apresuró a marcar.

–Mingus está intranquilo, ayer no quiso cenar, no para de junjurir y no hace más que ir y venir de tu habitación; te echa de menos –le informó Amalia.

–Pásame con él.

Ella puso el teléfono junto a una oreja del cocker y Tilo le saludó. Al oír la voz de su amo, el perro empezó a mover el rabo, loco de contento. Tilo le dijo que se portara bien y le prometió un regalo (huesos de pienso). El perro ladró como si quisiera corresponder a las palabras del humano. Amali se quedó más tranquila y él se disculpó por no haber podido llamarla antes, ya que la aldea remota donde había ido a atrapar a la líder de los cloaqueros carecía de cobertura para teléfonos móviles. En ese instante vio pasar el coche de Gabriela y Merche, pero antes de depositar el teléfono en la bandeja miró el correo electrónico. Tenía mensajes de facturas y del pequeño Oliveras, con un documento agregado, pero ni rastro de la orden de detención de la rubia de los cloaqueros, lo cual significaba tres cosas: que el nuevo juez del siete no había leído su informe, que lo había leído y no apreciada indicios delictivos o que había decidido que el caso era irrelevante y pretendía que se extinguiera por si solo como el fuego en un leño verde.

Estacionaron en una zona de carga y descarga de la calle del Obispo Guisasola y entraron en el Registro de la Propiedad de la capital astur unos minutos antes de que cerraran. Merche se quedó junto a la puerta mientras la proba funcionaria escaneaba los documentos de Gabriela que acreditaban su titularidad como nueva propietaria de aquellas tierras altas de Monteovo de escaso valor. El trámite se realizó sin contratiempo, la funcionaria le extendió un recibo de varios cientos de euros a ingresar en una entidad bancaria. Asunto resuelto. Al salir, Merche compró tres cupones de la Once al ciego de un kioskillo cilíndrico, de hierro, tan estrecho que parecía increíble que dentro se pudiera mover una persona, y regaló uno a Gabriela y otro a Tilo. Todo había salido bien y pensó que podía ser su día de suerte.

Gabriela Cabello se sentía agradecida a los policías por la protección que le habían brindado ante sus primos del monte, pero temía al mismo tiempo que la arrestaran, la llevaran a Madrid y frustraran sus compromisos profesionales. Sabía que había gente buena en los cuerpos policiales y aquella pareja lo había demostrado, aunque no dudaba de que habían actuado como ángeles custodios para preservar su presa.

Mientras callejeaban hasta el Llagar del Güelo, donde almorzar, Gabriela iba madurando el modo de no dejarse arrestar, es decir, la forma de darles esquinazo y desaparecer. La huida la obligaría a prescindir del avión para llegar a París, pues el aeropuerto era una ratonera. Largarse por carretera le parecía la única alternativa a su alcance. El coche de alquiler le serviría para alejarse. Pero la Guardia Civil de Tráfico recibiría la alerta y tendía que cambiar de vehículo, conseguir que alguien la llevara o buscar otro medio de transporte para salir por la tangente a Cantabria y cruzar el País Vasco hasta Irún.

Llegaron al restaurante, les ofrecieron varias mesas a elegir, se sentaron, leyeron la carta y eligieron de mutuo acuerdo una parrillada de carne variada para compartir, acompañada de ensalada de lechuga, cebolla y tomate y regada con sidra del llagar. Fue entonces cuando Gabriela se dio cuenta de que Merche no le había devuelto su cartera. La policía se las sabía todas. Mientras la agente tuviera en su poder el pasaporte, las acreditaciones profesionales, el carné de identidad y las tarjetas bancarias no podría escapar, de ahí que su primer cometido era recuperar la cartera sin que Merche se percatara.

La oportunidad llegó poco después de que un camarero con atuendo étnico les escanciara la primera ronda de sidra natural, fresca y ácida, y de que Merche se incorporase para ir al lavabo, dejando su bolso colgado del pico lateral del respaldo de la silla. Aprovechó la ocupación de Tilo, leyendo y escribiendo mensajes en el teléfono móvil, para meter la mano, empuñar su cartera, guardarla en el bolsillo derecho del pantalón vaquero y seguir tomando aquel jugo fermentado de manzanas machacadas. Después de la tranquila y consistente pitanza, mientras esperaban el café y les presentaran la cuenta, consideró llegado el momento de formular la pregunta principal:

–¿Me vais a detener?

Tilo y Merche se miraron, pero no se pusieron de acuerdo en quién debía contestar, así que se mantuvieron en silencio. La verdad es que ninguno de los dos albergaba el mínimo deseo de arrestar a la rubia de glaucos ojos.

–Si me vais a detener –añadió Gabriela– os pido por favor que esperéis a mañana y me permitáis cerrar el contrato de los molinos con la compañía eléctrica.

Los agentes cruzaron otra mirada.

–Lo consultaré al mando –dijo Tilo para salir del paso.

–¿Es decir que sí, que me vais a detener? –Coligió la rubia en voz baja.

–Eso depende de ti –le respondió el inspector.

–Me parece poco creíble que hayáis venido desde Madrid sólo para verme marchar.

–Tampoco es eso; hemos venido a interrogarte sobre un delito muy grave –precisó Tilo.

Unos minutos después de pagar la cuenta y apurar el café, el inspector informó a la rubia de que le concedían el margen temporal que necesitaba para realizar los trámites contractuales sobre los dichosos molinos y pagar la minuta del notario.

–Eso si no te escapas antes –agregó Tilo, mirándola con impostada inferioridad.

–No sé por qué me dices eso –le reprochó la rubia–; si no estoy detenida no entiendo a qué viene eso de escapar.

–Yo tampoco entiendo que hayas metido la mano en el bolso de Merche en vez de pedirle la cartera –le respondio Tilo.

La mirada de la rubia voló hacia las kupelas alineadas en un altillo del fondo del tabernario. Merche se apresuró a comprobar la afirmación del compañero y exclamó:

–Joer, perdona, olvidé devolvértela.

Sus disculpas redujeron la tensión entre Tilo y Gabriela.

Media hora después, en una salita del hotel SohoBoutique, donde la rubia tenía reservada habitación y Merche hizo valer su autoridad para contratar otra al lado, Gabriela recordaría con precisión sus movimientos y actividades del último domingo en Madrid, en particular, su cita con los amigos de Juanín Picatoste para ajustar las cuentas al tipo que le jodió la vida y desapareció.

–¿Me puedes decir dónde estabas el domingo pasado a las 20:00 horas?

–Sobre las ocho de la tarde –dijo la rubia en respuesta a Tilo– me había despedido de mis amigos de Toledo y estaba a punto de llegar al concierto para piano protagonizado por varias alumnas de una amiga mía profesora del Centro Superior de Música Nuestra Señora de Loreto.

–Qué bonito.

–Si, muy agradable –dijo la rubia.

–¿Ese centro está cerca de la plaza del Marqués de Salamanca?

–Sí, a cien metros de la plaza de Salamanca, bajando por Príncipe de Vergara hacia Alcalá.

–¿Cuántos eran esos amigos tuyos?

–Cuatro.

–¿Los conocías bien y tenías confianza con ellos?

–Si, los conozco desde hace años. Hacíamos rutas en bici e íbamos juntos a algunas fiestas cuando estudiaban en el Instituto.

–Ellos vienen a Madrid, te llaman, quedáis y ejecutáis vuestro plan vengativo.

–Dos vinieron por la mañana para ver al Rayo Vallecano y los otros dos decidieron venir a recogerlos con la furgoneta del padre de Juanín. Y sí, me llamaron y estuvimos un rato los cuatro.

–Pero en vez de quedar en tu barrio decides citarlos en la otra punta de la ciudad, la zona de los ricos. ¿Un poco extraño, verdad?

–Podría decir que no, teniendo en cuenta que mi amiga concertista me había invitado allí y no quería fallarle, pero admito que sí, que puede resultar extraño quedar con unos amigos de Toledo en la terraza de la Tierruca, una taberna de la calle Ortega y Gasset, en vez de hacerlo en Lavapiés, donde hay bares para aburrir y los precios son más bajos.

–¿Cómo se llaman tus amigos?

–No sé sus nombres completos; lo que si te puedo decir son sus motes.

–No puedo creer que sean amigos tuyos y no sepas cómo se llaman. Pero vale, suelta esos motes –dijo Tilo con tono disgustado, libreta en mano.

–¿Por qué crees que prefirieron robar la furgoneta a pedírsela al panadero?

–Para no molestarlo, supongo.

–Curiosos motes. ¿Sabes a qué responde cada uno?

–Jodas es porque no decía tres frases seguidas sin algún “jodas” de por medio. Imagino que otros motes obedecen a otras cosas parecidas.

–¿Masa?

–Creo que le llamaban así porque es muy fuerte.

–¿Tanto como para quitar la tapa de una alcantarilla, enganchar a un tipo por el brazo y tirarlo a las cloacas? Eso hicieron. ¿Lo sabías?

La rubia de glaucos ojos asintió con un gesto, sin palabras que pudieran ser grabadas por el teléfono que Tilo había depositado sobre la mesa baja de la saleta de lectura, juegos y conversación, dominada por un balcón al que se asomaba el reloj de la torre de la catedral gótica.

–¿Sabías quién era el tipo al que arrojaron al subsuelo? –Incidió Tilo.

La rubia contrajo los hombros e hizo un gesto con la nariz como si quisiera proteger la pituitaria del algún olor desagradable. Tilo interpretó la respuesta:

–¿Un cerdo?

La rubia guardó silencio.

–Si no quieres contestar estás en tu derecho –informó Tilo a Gabriela–, pero si quieres ayudarnos a aclarar los hechos, como testigo, nos vendría bien que respondieras a las preguntas. Otra cosa es que prefieras la calificación de sospechosa, te llevemos detenida y te interroguemos en las dependencias policiales, en cuyo caso puedes negarte a declarar o hacerlo con asistencia letrada. Tu decides.

–No es eso; no tengo inconveniente en contestar, pero no quiero ser injusta con el noble animal que has mencionado.

–Ni yo; retiro el cerdo –rectificó Tilo. Y para intentar congraciarse le contó que a las pocas semanas de la muerte del dictador conocido como “el enano asesino del Pardo” aparecieron en Madrid unas pintadas amenazantes contra el secretario general del Partido Comunista de España. “Vamos a matar al cerdo de Carrillo”, decían. Y a las pocas horas aparecieron otras debajo: “Carrillo, ten cuidado con el cerdo, que te lo quieren matar”.

La rubia le miró fugazmente y esbozó una sonrisa. Tilo miró el bloc de notas y se propuso corregir su precipitación con algunas preguntas genéricas.

–¿Recuerdas qué hiciste con tus amigos?

–Bueno, quedamos en la taberna que te he dicho, hicimos unas libaciones y después fuimos caminando hacia la plaza del Marqués de Salamanca.

–¿Iban vestidos de ciclistas?

–No, ellos dejaron la furgoneta del padre de Juanín en el parking público de la plaza y bajaron a ponerse los cascos, las gafas y las camisetas elásticas un poco antes de la hora señalada.

–¿Qué hora?

–Las 19:30, las siete y media de la tarde.

–¿Cómo sabíais que el objetivo, por decirlo de algún modo, llegaba a esa hora?

–Por las observaciones previas –dijo escuetamente la rubia.

–Es decir…

–Sí, lo teníamos localizado, identificado, estudiado y controlado. Sabíamos a qué horas llegaba los domingos en su motocicleta o en su todoterreno, qué plazas ocupaba en el aparcamiento subterráneo privado de la calle de Ortega y Gasset, por qué escalera salía, etcétera.

–Entiendo que también teníais estudiado el alcantarillado urbano.

La rubia asintió sin palabras.

–Me pregunto de quién sería la idea de arrojarlo a las cloacas.

La de glaucos ojos evitó responder.

–Supongo que como reza el responso, mierda era y a la mierda volviera. ¿Lo conocías?

–Lo que es conocer, no.

–¿Pero sabías quién era?

–Sí, un desalmado, sin alma –afirmó la rubia sin dejar de mirar a la torre de la catedral.

–En eso podemos estar de acuerdo –concedió Tilo.

Luego dio un paso atrás con la intención de saber a quién se le ocurrió la diabólica agresión o, por decirlo en lenguaje nada poético, quién fue el autor intelectual de la fechoría.

–Llevo muchos años investigando homicidios y la verdad es que jamás había visto una acción criminal sin armas tan rebuscada y estudiada como esa de tirar a un tipo por una alcantarilla. Se necesita mucha inspiración para realizar una obra así.

–Si, algunas veces las musas sorprenden a los poetas –dijo Gabriela alargando la mano hacia el vaso largo que le tendía la subinspectora.

Merche, hasta entonces ocupada en preparar unos gintonics, irrumpió con su aportación:

–Lo que no me explico –dijo– es cómo conseguisteis averiguar que ese tío fue el autor del atropello de Juanín Picatoste, algo que ni la Guardia Civil logró descubrir en un mes de pesquisas.

–Tampoco era tan difícil –le respondió Gabriela, evitando calificar la tarea de la verde institución policíaca.

–Sin testigos ni huellas ni pruebas… Ya me contarás cómo identificasteis al sujeto –dijo Merche.

La rubia dio un trago largo al digestónico y se tomó su tiempo antes de contestar a la subinspectora, cuya irrupción interrumpió la secuencia de preguntas de Tilo, algo que éste agradeció para sí, pues sus cuestiones se orientaban al momento en que interceptaron y empujaron a Perrote Poterna hacia la alcantarilla, y no quería dar el salto cualitativo de implicar a Gabriela en la agresión. Prefería guardar en la manga la carta del video que revelaba la participación directa de la rubia en el alcantarillazo y preservarla como testigo de la fechoría. Tilo sabía que su ardid bordeaba el reglamento, pero también sabía que a Merche le parecía correcto y, de hecho, atribuía su interferencia a la voluntad firme de su compañera de descartar la detención de aquella mujer. Por otra parte, y aunque no sirviera de justificación, el nuevo juez instructor del caso ni siquiera se había tomado la molestia de responder a su petición.

Así las cosas, el inspector decidió relajarse y disfrutar del gintonic mientras Gabriela hilaba una explicación detectivesca sobre el autor del atropello que truncó la carrera de ciclista y dejó sin piernas a su amigo Juanín. No era un relato fácil ni invitaba a la relajación precisamente, pero Tilo había dormido poco y mantenía la quietud corporal sobre el cómodo sillón a pesar del dolor impreso en la cara y las palabras de la rubia al referir las amputaciones de las extremidades inferiores del ciclista. Sólo después de oírla entendió cómo una joven tan dulce, generosa y bondadosa como ella pudo contribuir a mandar a la mierda a un desalmado, sin alma.

“Juanín recibió el alta médica dos meses después de que lo atropellaran y abandonaran malherido. Sobrevivió y resistió satisfactoriamente las operaciones quirúrgicas que le practicamos, cicatrizó bien, soportó con mucho temple los peores dolores, los de huesos, y fue asumiendo poco a poco el hecho de no volver a subir en la bicicleta nunca más. En ese tiempo le interrogaron varias veces sobre el accidente. Yo misma asistí a algunas visitas de los agentes encargados del caso y me esforcé en estimular sus recuerdos. Pero todo fue inútil; sesenta y un días después del fatídico amanecer de aquel domingo de octubre, los investigadores seguían sin obtener pista alguna sobre los posibles autores del atropello y abandono ciclista. Así nos lo confesaron. ¿Ya me diréis si no era lícito prometerle que no íbamos a parar hasta encontrar a los culpables y someterlos a la acción de la justicia? Y eso hicimos”.

C12.-Montaraces en acción

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Escopeta de caza de doble cañón como la que lleva uno de los primos montaraces de Gabriela

Desde el corredor de la pensión oyen el ruido de una motocicleta y observan las evoluciones del motorista. Lleva una escopeta doblada a la espalda. En lo que se apea, apaga el motor, se desprende del casco y comprueba la estabilidad de la máquina inclinada sobre la pata extensible, llega calle arriba un ruidoso Land Rover gris metalizado del que baja un hombre en mangas de camisa, pantalón de pana y alpargatas y una mujer de mediana edad, pelirroja, de pelo corto y cardado, con grandes gafas de ver que le ocupan media cara.

–Ahí tienes a tus primos –dice Merche a Gabriela.

–El de la moto debe de ser Laureano y el otro Florencio –dice la doctora.

–¿Y la mujer?

–A saber.

Tilo no duda de que vienen en plan de guerra y recomienda a Gabriela recluirse en su habitación. La pieza es amplia, con chimenea y cuarto de baño. Desde la ventana se ven los prados inclinados, y, más arriba, una espesa extensión de brezos, escobas y monte bajo entre peñascos.

–Os diré qué vamos a hacer –prorrumpe Tilo mirando a Merche y a Gabriela–: tú vas a ser tú por un rato, así que ya le estás dando la documentación y esa carpeta con la escritura notarial de tus propiedades para mostrársela a esos bestias.

Gabriela dibuja una mueca de extrañeza en su linda cara. Sabe que no es creíble. Merche le saca más de un lustro y tiene patas de gallo en las comisuras de los ojos. Pero ésta se desprende de la cazadora para pasar al baño a atusarse el cabello, lavarse la cara, pintarse los ojos y los labios y darse un poco de maquillaje. Al quitarse la cazadora deja al descubierto la reglamentaria. La de glaucos ojos entiende que para tratar con sus primos conviene colocarse a su nivel armado y acaba asumiendo la sustitución. Instantes después resuena la voz de Amandi en el corredor: “Señorita Gabriela, sus primos la esperan abajo”.

La subinspectora se apresura, recoge sus útiles de aseo, los guarda en el bolso, se recompone y empuña la carpeta. Tilo la sigue hasta la puerta. “Me quedaré en el pasillo”, dice a una y a otra antes de cerrar. Merche recorre el corredor y desaparece escalera abajo. Tilo hace lo propio, pero se mantiene al acecho, sentado en los escalones. Oye la presentación y los saludos de Merche a los primos de Gabriela. La agente supone que el de la moto-cabra con la escopeta al hombro es Laureano, el menor de los hermanos. Se trata de un joven fornido, de pelo oscuro y rostro curtido por los vientos. Está sentado con su hermano y la mujer de gafas ante la primera mesa del ventanal y ha dejado el arma en una silla vacía a su lado.

–Tú debes de ser Laureano –dice alargando la mano abierta para saludarle.

El primo emite un gruñido y permanece sentado.

–Yo soy Florencio –responde el otro.

–¿Y la señora? –Pregunta Merche.

–Ella es Pilar, abogada de Montexu y secretaria del Ayuntamiento de Pola.

–Encantada de conocerla –la saluda la subinspectora.

–Viene a ponerte las cosas en claro –añade Florencio antes de invitarla a sentarse.

Sobre la mesa, la cantinera Amandi ha depositado una botella de vino del Bierzo, una Coca-cola para la mujer, un platillo de olivas y una cazuela con trozos de chistorra frita. Merche percibe malas vibraciones. Ni siquiera le ofrecen una copa de tinto.

–¿Así que tú eres hija del tío Leo? –Dice Florencio con tono de reproche.

Merche asiente.

–¡Y una mierda vas a ser hija del fraile! –Exclama, agresivo.

–No sé a qué viene eso, primo.

–Viene a que tú eres una enteradilla, una impostora. Los frailes no tienen hijos, pero tú te enteraste a tiempo de la muerte del tío Leo en Puerto Rico, supiste que tenía posesiones en Monteovo, te informaste bien de lo del parque eólico y vienes a apropiarte de lo que no te corresponde, a sacar tajada de lo nuestro.

–Eso son suposiciones tuyas –le replica Merche–; ni soy impostora ni enteradilla ni vengo a quitaros nada que sea vuestro.

A continuación saca la cartera del bolso, extrae el carné de identidad y se lo muestra.

La mujer de leyes alarga la mano e intercepta la tarjeta. Lee los datos en voz alta: “Gabriela Cabello Llamas, nacida en Madrid el 14 de abril de 1993”. Lee el reverso: “Hija de Leopoldo y de Carmen…”

–¡Y una mierda! ¡Eso es falso! –La interrumpe Florencio.

La abogada se queda en suspenso y hace ademán de entregarle la tarjeta.

–Leelo tú mismo.

Pero Florencio rechaza la cartulina. Por suerte o por lo que sea no ha mirado la fotografía, si bien esas cámaras de las oficinas del carné sacan unas instantáneas tan malas que no sirven para identificar a los usuarios. Eso se debe al avance de las ciencias y las técnicas: ahora la identidad del DNI va en el ADN de la huella dactilar impresa con el sudor corporal del titular.

Para convencer a los primos de que ella es hija del fraile, que fuera hermano de su padre, fallecido hace años, les invita a mirar otras cartulinas de plástico: tarjetas bancarias, un carné profesional, el permiso de conducir. Pero el mayor no quiere verlas y el pequeño solo abre la boca para beber vino. Va por el segundo vaso. La abogada mira las cartulinas plastificadas por encima y se las devuelve.

Cuando Merche cree haber demostrado la falsedad de la imputación del primo mayor les hace saber con un silogismo que los frailes son hombres, los hombres pueden tener hijos, luego los frailes también pueden tenerlos. Y a continuación se refiere a la calidad de su padre.

–La diferencia está –dice– en que la mayoría de los religiosos, ya sean curas o frailes, no los reconocen legalmente a los hijos, pero mi padre, vuestro tío, era un hombre consecuente y honrado, y aunque no colgó los hábitos ni se casó con mi madre, aportó todo lo que pudo para que me sacara adelante, me asignó una renta mensual para que estudiara, compró un apartamento en un barrio popular y céntrico de Madrid y me lo regaló para que residiéramos sin el ahogo de tener que pagar alquiler y, desde luego, me ofreció su apellido, que mi madre aceptó.

–¿Dónde está su madre si se puede saber? –Inquiere la letrada.

Merche recuerda que la mamá de Gabriela es odontóloga y reside en Cádiz, pero se muestra precavida por si a la abogada se le ocurre ir más allá.

–¿Por qué no ha venido? –Añade el primo Florencio.

El otro, Laureano, se sirve el tercer vaso de vino. “Este majadero con cara de botijo va a pillar una melopea espantosa”, piensa Merche mientras contesta:

–Porque no es necesario.

El primo mayor escora la cabeza y mira de reojo al pequeño, quien parece haber entendido el mensaje y, sin soltar el vaso, se inclina y mueve el brazo izquierdo bajo la mesa hasta alcanzar la escopeta.

La subinspectora capta el movimiento mientras desprende las gomas de la carpeta con el doble fin de justificar su respuesta y de mostrarles el testamento de su padre. Mientras saca y reseña los documentos, comenzando por el mapa detallado de la partición de tierras que en su día hicieron el abuelo Claudio y la abuela Pacha entre sus dos hijos, se va haciendo una composición de lugar para entrar en acción.

–Estos son los recibos de los pagos de la contribución –va mostrando a la abogada–, ésta la escritura de propiedad mi padre, éste su testamento a favor mío, la compulsa del consulado, la convalidación que acaba de hacer el señor notario minutos antes de que ustedes llegaran. Y, en fin, aquí está la dolorosa –agrega mostrando el documento con la minuta que deberá ingresar en el banco al grueso y amable funcionario del arancel.

La letrada hojea los documentos con mucha atención. Da un sorbo a la Coca-cola, mueve la testa arriba y abajo en señal de aceptación. Merche sigue evaluando las herramientas a su alcance para no dejarse sorprender por el escopetero. Puede utilizar el frasco de Coca-cola como arma arrojadiza, seguida del platillo volador con aceitunas y, acto seguido, saltar sobre la mesa y partirle los dientes y desarmarlo de una patada. También podría esgrimir la pistola para inmovilizarlo y abrir fuego disuasorio si llega el caso. Incluso meterle un balazo en el hombro izquierdo si no levanta las manos. Sería una solución traumática e indeseable, la última ratio a la que no querría llegar, pero tendrá que aplicarla si cara botijo agarra la escopeta. Es consciente de que sentados a una mesa, seis o siete metros detrás de ella, están el cabrero y los jubilados de la mar y las minas, Elcano y Ramón, sin contar al marido de Amandi que trajina detrás de la barra y va y viene, de modo que un tiro de postas de ese majadero podría mandar a alguno al otro barrio.

La letrada mira a Florencio y proclama:

–Los documentos son auténticos y están en regla.

–El papel lo aguanta todo, eso no vale una mierda –responde él.

Merche guarda los documentos en la carpeta mientras argumenta sobre la validez y legalidad de la herencia. Está refiriéndose al uso de la braña y el aprovechamiento de los pastos todos estos años gratis et amore por parte de los primos cuando oye el chasquido del ensamblaje de la escopeta. Con un movimiento repentino agarra el borde de la mesa, la levanta sobre las dos patas de enfrente y la vuelca contra el primo Laureano. Luego se tira al suelo y le arrebata la escopeta de entre las piernas. Se incorpora rápidamente, da dos pasos atrás apuntándoles con el arma.

–¡Fuera! ¡Largo de aquí, rufianes!

Alertado por el estruendo, Tilo Dátil salta como un resorte y aparece en el escenario. Agarra de una oreja al pequeño y fornido Laureano, que se agacha, tratando de protegerse detrás de la mesa volcada, y le conmina a obedecer al tiempo que con la otra mano abre la puerta cascabelera. Su hermano Florencio mantiene las manos en alto pero se resiste a obedecer.

–¿Vas a disparar? –Pregunta, desafiante.

Merche no responde. Quita el cerrojo al arma. El primo se asusta, recula medio metro.

–¡Obedece a la señorita! –Le grita el cabrero.

–Venga, hombre, o eres célula muerta –le dice Tilo.

La letrada aprovecha la tensión para agacharse y agarrar la carpeta con los documentos de la heredera. Sin duda sabe que las escrituras notariales son parte esencial del proceso de adquisición de la propiedad pero no surten efecto hasta que son consignadas en el Catastro o Registro de Bienes Inmuebles a nombre del nuevo titular. La abogada se dispone a seguir al primo mayor hacia la puerta, pero el cabrero, al quite, le arrebata la carpeta.

–Esto no es suyo –le dice justificando su brusquedad. Luego exclama–: ¡Menuda garduña!

El pequeño Laureano ya ha atravesado los treinta metros del corral empedrado hacia a la calle. Tilo mantiene abierta la puerta de la taberna mientras salen Florencio y la letrada, seguidos a unos pasos por Merche, escopeta en ristre. El inspector les escolta hasta que cruzan la puerta. Se asoma a la calle y en ese instante recibe un estacazo en un hombro. Suelta un ¡ay! de dolor. Merche ha visto la agresión del primo mudo y bebedor y aprieta el gatillo. El tiro retumba en la montaña de enfrente. El disparo al aire de la subinspectora provoca ladridos de perros y cacareos de gallinas. Los parroquianos salen de la taberna, algunos vecinos se acercan a ver qué ha pasado. Pero lo más importante es que los primos han puesto en marcha la moto y el Land-Rover y han salido a toda mecha. Sabían que la escopeta es de repetición. Merche les despide con otro tiro a la atmósfera. Luego abre el arma, recoge las vainas de los cartuchos y entrega el material al marido de Amandi para que lo devuelva a los primos montaraces.

–Los llamaré por radio esta noche para que vengan a recogerla –acepta Arcadio.

Desde el corredor de La Casona, la rubia de glaucos ojos contempló el desenlace de la visita de sus primos y bajó a interesarse por Tilo. “Me duele un poco, pero no me ha roto ningún hueso”, la tranquilizó éste antes de indicar al cabrero que le entregara la carpeta y fuera a buscar dos buenos quesos semicurados para llevarse a Madrid y a Ginebra, es decir, “bien envueltos”. Al oír el nombre de la ciudad suiza, el cabrero se alegró de que prefirieran su queso al de los Alpes.

–Es que en Suiza no hay cabras –mintió Tilo, guiñando un ojo a Gabriela. Luego, para no frustrar el entusiasmo de Alipio, añadió–: además, el tratamiento fabril de la materia prima arroja un producto comparable con la pasta de patatas, nada que ver con tus quesos artesanales.

Acto seguido, el inspector ordenó a Gabriela que recogiera sus cosas y se parara para irse con él y con Merche cuanto antes.

–Tienes quince minutos –le dijo, mirando el reloj. Eran las 12:30.

–¿Por qué tanta prisa? –Protestó.

–Te conviene estar en Oviedo antes de que cierren el Registro de la Propiedad Rural –respondió Tilo, manifestando a continuación su sospecha de que la asesora legal de los montaraces intentase alguna maniobra en el Catastro.

Gabriela permaneció en silencio, miró a Amandi y a Merche, quien afirmó:

–Esa tía no tiene escrúpulos, es capaz de cualquier cosa; con decirte que arramblo la carpeta y si no llega a ser por Alipio se lleva tus documentos…

La rubia apretó contra sí el cartapacio. Amandi dijo:

–Me da pena que os perdáis el plato rico que voy a preparar para comer, aunque comrpendo que lo primero es lo primero.

–¿Qué plato es ese? –Se interesó Tilo.

–Una fidegua con trucha y migajas crujientes de jamón.

–Otra vez será –le prometió el inspector.

La rubia de los cloaqueros cayó en la cuenta de que sus primos carniceros tenían fama de adinerados y de que en el país de la corrupción sistémica podían comprar al jefe del registro para que bloquease la inscripción de las propiedades a su nombre, de modo que aceptó la urgencia policial, giró sobre sí misma y subió a la habitación.

Después de pagar sus gastos, la rubia entregó a Amandi una carta para sus primos. La había escrito mientras su sustituta Merche trataba con ellos sobre la herencia. En la misiva, que contó en voz alta, les concedía permiso permanente para seguir usando la braña, el chozo y aprovechando los pastos, la leña y los demás recursos naturales. Todo, menos la renta de los futuros molinos de viento, pues tenía la intención de asignarla a los niños necesitados de asistencia sanitaria y alimentaria a través de Unicef. Eso les decía.

C11.-Gabriela amenazada

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

(En los capítulos anteriores, los investigadores del homicidio (en grado de tentativa) que ha sufrido el adinerado ejecutivo Juan Pedro Perrote Poterna, habían localizado a la rubia que encabezó el grupo de vengadores del atropello y abandono del ciclista Juanín. Ahora llegan a la aldea sobre las nubes y se van a llevar varias sorpresas)

Molinos de viento para generar energía eléctrica

Cincuenta minutos después de desayunar, el inspector Tilo Dátil y su colega Merche llegaron a Monteovo, una treintena de casas, algunos corrales y dos hórreos. Tilo estaciona al pie de un tejo, junto al pilón de una fuente de piedra con un caño que vierte un hilo de agua. Se apean, estiran las piernas, se deleitan con la visión del mar de nubes a sus pies, respiran el aire puro del monte con alguna veta de olor prehistórico del ganado. El pueblo está silencioso. Todavía no se ha desperezado. Merche se adentra por una calle y Tilo prefiere caminar por la carretera, observando las verjas y los muros musgosos de las casas. Ladra un perro, le secunda otro.

Merche llega a la plaza, lee el único letrero visible sobre la entrada de una casa de piedra con un gran corredor de madera en el primer piso y un patio empedrado y protegido por una pétrea pared de dos metros. Supone que en esa “Fonda la Casona” se aloja la joven Gabriela Cabello, pues ha visto un Seat Ibiza aparcado en un camino lateral a la casa con la pegatina de una agencia de alquiler de coches.

Mientras la subinspectora callejea, su compañero sigue carretera arriba hasta la última casa de la aldea. Nada ha llamado su atención por el momento. Gira ciento ochenta grados y vuelve por la otra orilla de la carretera con la mirada en la ladera de prados salpicados de bosque, retamas de escoba, brezos, zarzas, acebos, matabueys… Si afina el oído escucha el rumor de un arroyo que fluye en la garganta bajo las nubes. Un sonido de esquilas le saca del ensimismamiento. Son cabras que salen de una calleja entre las casas, seguidas de un borrico cano, dos perros de carea y un hombre con boina negra, mono azul de labor, un cayado en una mano y un turullo en la otra. Es un tipo musculoso, barbado, de mediana edad. Nada más pisar el asfalto vuelve la cabeza hacia las casas, acerca el cuerno a la barba y emite un sonido oscuro y prolongado que recuerda el claxon de un viejo camión. Se oyen goznes, golpes de portones. Bajan más cabras y algunas ovejas y carneros. Los perros las encauzan hacia arriba. Un canelo se acerca a él y le huele el pantalón. Ha debido de olfatear las feromonas de Mingus y le mira con ojos de interrogación. El agente lo acaricia. El hombre se acerca.

–Buenos días –le saluda Tilo.

–Santos y buenos –responde el cabrero– ¿Ye usté el veterinariu nuevo?

–No señor.

–Ah, ¿visitante u esu?

–No señor, soy inspector.

–Muchu ha madrugao.

–Un poco, aunque aquí amanece antes.

–¡Nosajodido mayo con las flores¡ ¡Eso ye questemos la hostie de’altes!

El hombre se inclina, agarra una piedra pequeña, la da a oler al perro y la lanza al tiempo que exclama: “¡Tibiii, dale a las cabras!” El perrillo arrea a las que han quedado paradas, triscando en la orilla de la carretera.

–¿Así que inspector, eh..? Entós va saber que anduvieron pequí unos colegas suyos va faer cosa d’un añu, esaminaron tou, papeles, ganado… Sacaron fotografíes y está por ver si no quiten las cuatro perres que dan a la montaña. Dixeron que non, que solo inspeccionaban el pasto, pero el vicín, que tien vacas de lleiti, anda l’home esmolecíu (preocupado). Dígole yo tranquil, Onorio. Pero quia, nun se fía; esos de la UE son peores que un nuberu (nublado).

Las cabras, cabritillos, ovejas, corderos, carneros y el borriquillo se desvían por un camino entre las paredes de piedra de la cerca de los prados y se van perdiendo de vista.

–Se le va a escapar el rebaño –le dice Tilo.

–Quia, esas ya conocen el camín –responde el pastor. Luego golpea el asfalto con el cayado y señala a los de arriba, los de las brañas, indicando que “ye a esos a los que tienen que meter mano por tramposos, yá que declaren munches más cabeces de ganáu de les que tienen, con el fin de atropar más dineru de subvenciones”.

Tilo le sigue el juego. El hombre tiene ganas de hablar y le explica que las vacas y los caballos de carne andan sueltos por el monte y resulta imposible saber si hay ciento cincuenta, doscientas o más cabezas. Eso permite a los cuatro o cinco ganaderos de la zona hacer trampas y cobrar más subvención por las reses y los pastos de la que les corresponde. Claro que en viendo el dineral que se llevan el duque de Alba y otros terratenientes facciosos y asquerosos tampoco va a hacer él de abogado del diablo.

–A los que-yos salió un granu nel culu ye a los carniceros de Belmontexu –añade.

–¿Eso qué significa?

–Coñu, que mira’l to por onde apaeció la dueña del caserón del texu y d’unos cuantos praos na Guariza que los carniceros consideraben sos. Resulta que les Cabellu yeren trés hermanos: una moza vieya y dos varones; el menor metióse fraile misionero y coló para América y el mayor quedose aquí col ganáu, casóse y tuvo dos fíos. Al morrer quedó tou para los dos fíos, pero nun cuntaben con que’l tío fraile tuvo una fía y agora vieno inscribir el so parte nel rexistru. Asina que yá ve, se va armar la de San Quintín.

–¿Hija de un fraile? –Simula Tilo su extrañeza.

–Pos sí señor, fía habida y reconocida. Y bien guapa que ye; roxa (rubia), bona moza y heredera d’una bona estensión del pandu (meseta) y del caserón onde los sos primos tienen el matadero.

Luego el cabrero guiñó un ojo y adoptó un tono de complicidad.

–Nun sé de que s’estraña usté si los flaires y cures han fornicáu tola vida. Lo que pasa ye qu’equí nun reconocen a los fíos y, polo visto, n’América sí.

En ese momento, Merche salió a la carretera, se acercó y saludó al cabrero.

–Tienen un pueblo muy bonito –le dijo.

–Ye guapu sí, y bien duru cuando nieva –respondió el lugareño, que dijo llamarse Regino, como su padre y su abuelo, productores del mejor queso curado de cabra en muchos kilómetros a la redonda.

–¿Vienen turistas por aquí? –Se interesó Merche.

–Entre los que xuben a ensugase y alendar (secarse y respirar), los que s’asomen a ver les aves que branien (veranean) nos llagos del monte, los qu’anden a ver osus y los que van a la peña a escalar nunca falten visitantes.

–Desde luego, el paisaje es impresionante –abunda la subinspectora.

–Si siguen carretera enriba van ver a pocu más d’un kilómetru’l el mirador qu’equí llamamos del coño.

–¿Del coño…?

–Con perdón… Eso ye que cuando s’asomen dicen: “¡Coño, si que ta alto!” Desde ahí van poder contemplar los valles, la Peña Cortada y los escobios (desfiladeros). En díes claros pueden vese los osus, families enteres.

Tilo retoma el asunto de la hija del fraile, y el cabrero les cuenta que llegó ayer, se aloja en la fonda y, al parecer, ha convocado a sus primos esta mañana, “supongo que para conocelos ya informa-yos de les propiedaes qu’heredó del so padre”.

–Menuda sorpresa se habrán llevado –supone Tilo.

–Nos ha jodido; toda vida pensando que’l monte yera so y resulta qu’un terciu ye de la moza recién llegada. Yá lo dixo Carulla na Biblia en Versu: “Xesucristo nació nun preselbe y onde menos se espera salta la llebre”.

Con el fin de que Merche se haga una idea de dónde se han metido, Tilo le pregunta si de verdad cree que los primos van a venir en son de guerra, y el cabrero responde que sí, que esa moza es la “prima de riesgu” y que más le valdría salir cuanto antes para “Uviéu” y dejar las cosas como están. Al parecer, la conversación por radio con los del monte no fue muy amistosa. “Tengo entendíu que la amenaciaron y eso dame malu escayu (espina)”.

–¿Diría usted que se masca la tragedia?

–Nada bueno endeluego.

El aldeano califica de “brutos, egoístas y ambiciosos” a los grandes ganaderos de las brañas con residencia en Belmontexus y sostiene que los más incultos y fanfarrones, los más capaces de cometer cualquier barbaridad son los primos de la hija del fraile. Son pendencieros y padecen “acemilitis”, una variante de la “burricie” que les impide razonar como es debido. Eso dice. Merche mira a Tilo y se lleva una mano a la boca para contener la carcajada. El cabrero advierte:

–Con esos solu vale la fuerza. Capaces son de secuestrar y estazar (descuartizar) a la moza y faela sumir (hacerla desaparecer). Yo, por si acasu, güei d’equí nun muevo.

Se despidieron del cabrero Regino. Ahora sabían que la rubia de los cloaqueros se hallaba hospedada en los fonda y se encaminaron hacia allá. Deseaban conocerla, que les contara cómo había averiguado que el tal Perrote Poterna había atropellado a Juanín y cómo habían ideado la venganza. Entonces Tilo cayó en la cuenta de que ni siquiera habían preparado el interrogatorio. Ni él ni su compañera tenían la menor gana de detenerla. Si ella admitía haber cooperado en el alcantarillazo a Perrote sería asunto suyo.

Merche sabía que a Tilo no le hacía pizca de gracia tener que regresar a Madrid en el primer vuelo disponible con la rubia esposada a su muñeca izquierda. Con todo, le sorprendió que le preguntase si llevaba la herramienta. Ella le respondió que la había dejado en el coche y él le ordenó que fuera a recogerla.

–No creo que haga falta –dijo Merche.

–Nunca se sabe; si esa mujer está amenazada por los cafres de sus primos más vale prevenir que lamentar. Agarra también los grilletes.

–Sí, jefe.

Subieron calle arriba hasta la fonda. Encontraron abierta la cancela del patio, pasaron, saludaron a un hombre de edad mediana, que ponía grano en los comederos de lata de un pelotón de gallinas confinadas en una cerca de alambre. Empujaron la puerta de entrada al establecimiento, situada bajo el artesonado de madera del corredor, oyeron la esquila colgante que avisaba de las entradas y salidas. Un pequeño recibidor con un espejo al fondo, una estantería con libros y revistas y una mesa alta y estrecha a modo de mostrador daba paso a una escalera a la derecha y a una puerta abierta a la izquierda sobre la que se leía: “Taberna-comedor”. Pasaron. Una mujer joven se asomó al ventanal sin cristales que comunicaba el amplio salón alargado y poblado de mesas y sillas de madera con el culo de esparto con lo que debía de ser la cocina.

–Buenos días, enseguida estoy con ustedes –les dijo.

Esperaron junto a la barra de madera oscura, archibarnizada. Olía bien allí dentro, a tortilla de patatas con cebolla. Dos minutos después, la mujer se situó detrás del mostrador y se presentó:

–Soy Amandi, ¿en qué puedo servirles?

–La verdad es que ya hemos desayunado, pero dos cafés con leche nos vendrían bien.

–Siéntense donde les parezca, enseguida se los llevo.

Eligieron una mesa al pie del ventanal. Amandi, pelo castaño, cara redonda, nariz fina y ojos de avellana les sirvió y les preguntó si deseaban tortilla de patatas recién hecha, a lo que ambos respondieron afirmativamente. Luego Tilo le preguntó si la señorita Cabello se encontraba allí alojada, a lo que respondió afirmativamente.

–Han llegado muy temprano –añadió antes de afirmar que la señorita no se había incorporado todavía. A continuación comentó soriendo:

–Hay que ver cómo cambian los tiempos: antes tenías que ir tú a la notaría y siempre te tocaba esperar, y ahora viene el notario y le toca a él esperar.

Merche miró a Tilo con la burlesca seriedad de los payasos hacia las autoridades (autoridad fiduciaria en este caso) y dejó correr la creencia de la patrona sin abrir la boca más que para meter un trozo de tortilla y elogiar su sabor.

En ese instante, un niño y una niña de entre ocho y diez años asomaron a la puerta con sus mochilas al hombro. La mujer les acompañó hasta la cancela del corral, sonó el claxon del microbús escolar, les besó y salieron corriendo hacia la carretera junto con otros chavales del vecindario.

–Vaya si hay niños en la aldea –le dijo Merche cuando regresó.

–Monteovo aporta siete guajes a la unidad escolar de Pola –respondió Amali.

–Señal de que el pueblo tiene futuro –terció Tilo antes de preguntarle cuántos vecinos son. –En activo somos cinco familias con hijos.

–¿Y en pasivo?

–Algunos más; están Elcano…

–¿Canoso?

–Eso también, pero le llamamos Elcano porque ha dado la vuelta al mundo. Y no una ni dos, sino muchas veces.

–¡Carajo!

–Fue marino mercante –aclaró Amandi–. Tenemos también al ingeniero Ramón, Juanón el papa, la Farrina y su primo Paco, Regino el cabrero, Onorino… Todos jubilados.

–¿Como es que tienen papa si no hay iglesia? –Se interesó Merche.

–Ni falta que hace; a Juanón le llamamos el papa porque solo dice mentiras. Si están un rato por aquí los irán viendo subir; enseguida van cayendo por el café y el lingotazo de orujo. No les extrañe si el cabrero quiere venderles queso o el Onorio les ofrece varas para el camino o madreñas cinceladas; es muy mañoso con la madera.

–Vaya si tienen un pueblo interesante –repuso Merche.

–Pues si, paz y concordia no faltan y lo esencial, tampoco. Tenemos luz del salto de Riomalo y agua corriente del depósito de allí arriba. Lo que más falta nos hace es la antena para los teléfonos móviles y el acceso a Internet para no tener que bajar a Pola. A lo mejor ahora, con eso de los molinos, se acuerdan de nosotros. Por cierto, se me olvidaba el Ina, un esquilador de primera y un internauta superior, se anuncia en la Internet y lo llaman de todos los lados para esquilar. Después de todo los pueblos son los conocimientos y las habilidades de sus gentes. Y de aquí, de este Monteovo tan pequeño, ha salido mucha, pero mucha materia gris.

Se notaba que aquella Amandi tenía ganas de hablar, así que Merche no dudó en darle cuerda:

–¡Ah, sí!

–Claro que sí. A bote pronto, que yo recuerde, de aquí salió uno que llegó a ser catedrático en Salamanca, una ingeniera nuclear de mucha nombradía, un aviador, otro que conduce trenes de alta velocidad. Y eso sin contar a don Manuel Álvarez, que dicen que allá a primeros del siglo pasado fue mediador entre los estadounidenses y los mexicanos en la guerra de anexión de Nuevo México y se ganó el respeto de las dos partes, imponiendo la paz.

–¡Jobar… eso si que es!

–Pues ya lo ven. Y era un simple pastor, un conductor de ovejas a California. Aquí nadie se acuerda de él, pero allí le pusieron una estatua en San José y dieron su nombre a parque nacional. Bueno, y aunque no nació aquí, ahí tienen a la hija del fraile, una cirujana hecha y derecha –añadió Amandi, señalando con el pulgar hacia el techo–. Si les parece, le doy un toque, que ya casi van siendo las diez.

–Déjela estar, que ya bajará –dijo Tilo–. Por cierto, ¿qué es eso de los molinos?

–Que van a poner molinos de viento en lo alto del monte.

–Pues habrá lío.

–Ya lo ha habido, pero al final los ecologistas han admitido que no afecta a los patos de las lagunas ni a los osos ni al ganado y han dado el brazo a torcer. Aunque afean el paisaje, no dañan la fauna ni la flora y además los de las eléctricas se han comprometido a entonar las aspas para no dañar a las aves migratorias. La gente está mayormente de acuerdo porque no es solo luz, sino ingresos por el uso del terreno. La mayor parte del altiplano es de los brañeros, que tienen ganado suelto, vacas y caballos por ahí arriba, y van a recibir un buen dinero por el parque eólico.

–¿Como cuánto? –Inquirió Merche.

–Dicen que en Galicia pagan el alquiler del terreno a tres mil euros anuales por cada mil megawatios, con que si tenemos en cuenta que cada aerogenerador rinde un promedio de dos mil megawatios, aunque luego saquen el triple, es un dinero. Aquí los más beneficiados van a ser los belmontexus, pero también a algunos de Monteovo les va a caer un pellizco. Sin ir más lejos, la señorita Gabriela va a tener media docena de molinos en los pastos de allí arriba.

–Una buena renta –dijo Merche.

–De no conocer el pueblo siquiera a recibir la herencia de su padre, una braña, un chozo, pastos y peñascos…, nada que valga la pena para una mujer de ciudad, bien situada y con carrera…, ya les digo.

Las explicaciones de Amandi, sumadas a la opinión del cabrero Alipio sobre la brutalidad de los primos montaraces de Gabriela, acaban por poner en guardia a Merche y a Tilo. Se miran, se entienden con la mirada. Merche tuerce los ojos hacia un lado, confirmando el acierto de llevar la reglamentaria en la sobaquera bajo la cazadora. Saben que Gabriela está en peligro, que el viento trae el dinero y el dinero puede nublar la razón de esos bestias.

Unos minutos después oyen sonido de suelas sobre las escaleras de madera. Es la rubia de los cloaqueros que baja y entra en el salón. Saluda a Amandi, que trajina tras la barra, les mira fugazmente y les da los buenos días. Los agentes responden al unísono y Tilo añade:

–¿Es usted Gabriela Cabello?

–La misma que viste y calza –dice ella.

–La estábamos esperando –dice Tilo.

La mujer asiente y pide a Amali café con leche y una rebanada de pan tostado con aceite. Se acerca a la mesa y Tilo y Merche se incorporan para saludarla. El inspector se deja imantar por los glaucos ojos de la rubia. Es guapa, muy guapa, se dice. Medirá uno sesenta, frisará los treinta años de edad y no debe pesar más de cincuenta kilos. La percepción formal de Tilo se completa con el aroma fresco del pelo húmedo de la joven y la ojeada a su atuendo consistente en una camisa arremangada con cuadros rojos y blancos, un pantalón vaquero de color azul desteñido y unas alpargatas deportivas de tela negra y goma blanca. El contenido requiere más tiempo. Tilo la invita a sentarse a la mesa. Ella acepta y deposita en una silla la gruesa carpeta que trae bajo el brazo. Sabe que no son el notario y su ayudante porque ha quedado con ellos una hora más tarde, a las once de la mañana.

–Ustedes dirán.

–Vamos a tutearnos si te parece –propone Merche.

–Perfecto –repone Gabriela.

–Si no estoy equivocada tú eres la doctora Cabello, del Hospital General de Toledo, y has dejado tu puesto para alistarte en una misión de Médicos Sin Fronteras en algún lugar de África, un campo de refugiados o donde te envíen, ¿verdad?

–Es cierto. ¿Cómo lo sabes?

–Me lo ha dicho tu vecina, una mujer encantadora. Te cuento: somos policías y estamos investigando un homicidio en grado de tentativa de un tipo digamos que importante en términos políticos y económicos, un hombre rico, con propiedades inmobiliarias y rurales en Madrid y La Rioja y con un tío carnal que le considera su hijo y es nada menos que diputado y tesorero del partido conservador. Y tiene muy malas pugas, por cierto. El caso es que a ese hombre, el señor Perrote Poterna, lo arrojaron a las cloacas por la boca de una alcantarilla y estuvo a punto de perecer. Además parece ser que no fue el único que sufrió una agresión tan grave, ya que tres días antes, en plena procesión del Corpus Chisti se registró en Toledo un hecho muy similar.

Merche guardó silencio mientas Amandi se acercaba con el café con leche y la tostada y la aceitera y la sal para Gabriela. Tilo aprovechó y le solicitó otro café y un vaso de agua. Cuando la patrona se alejó, la agente retomó su relato y le contó las pesquisas que los empujaron a viajar desde Madrid para interceptarla antes de que se fuera de España.

–¿Cuándo tenías previsto viajar a Suiza? –Le preguntó Merche.

–Tengo un vuelo el sábado a París y otro el lunes a primera hora a Ginebra.

–No estés tan segura.

La rubia sonrió.

Tenía una sonrisa preciosa, o al menos eso le pareció a Tilo, que terció después de que Amandi le sirviera el café:

–Merche dice eso porque tus primos del monte son capaces de secuestrarte y despeñarte por un desfiladero si no dejas las propiedades como están. No sé si eres consciente del riego.

–Yo pensé que veníais a detenerme –dijo Gabriela.

Tilo se acordó de que la última vez que miró su teléfono todavía no había recibido el correo electrónico de aquel juez tan “competente” con la orden de detención de la sospechosa Gabriela Cabello. Y ya no la podía recibir por falta de cobertura.

–Luego hablaremos de eso –dijo–; lo preocupante ahora es la amenaza de esos montaraces.

–Bueno, anoche hablé por radio con uno de ellos, Laureano, el pequeño, y si, se llevó una gran sorpresa al saber que tiene una prima y que he heredado la braña y un tercio de los terrenos del monte. Le noté un poco extraño. Yo esperaba que se alegrara de mi existencia, pero tengo la impresión de que fue incapaz de digerir la sorpresa.

–Lógico: los frailes no suelen tener hijos reconocidos –dijo Tilo.

–¿Te dijo algo que sonara a amenaza? –Inquirió Merche.

–Masculló algunas frases que no entendí muy bien, habla muy cerrado. Supongo que no le gustó que le dijera que había venido a conocer e inscribir mis posesiones. Traigo aquí el mapa de la partición de mis abuelo y la escritura de la herencia de mi padre ante un notario de San Juan de Puerto Rico, debidamente compulsada por el secretario de la embajada española allá y estoy dispuesta a hacerla valer, que para eso he quedado con el notario, y a consignarla en el registro de la propiedad y en el catastro de Oviedo.

–Pues cuanto antes lo hagas, tanto mejor –afirmó Merche.

–Bueno, tampoco creo que puedan hacerme nada malo y si van por la tremenda, no les tengo ningún miedo. Manejo técnicas de defensa personal y poseo suficiente preparación física para dejarlos fuera de combate a las primeras de cambio. Un poco oscos puede que sean, pero Amandi dice que van a lo suyo y no se meten con nadie. Incluso pagaron el arreglo de la ermita del Cristu del Ovo y la construcción de un refugio en Peñaoscura para los escaladores.

La irrupción del hombre que daba de comer a las gallinas y que resultó ser el marido de Amandi, un vaquero llamado Arcadio, dejó en suspenso la conversación.

–Buenos días, señores –saludó– ¿Ha descansado bien la señorita? –Añadió en referencia a Gabriela.

–Estupendamente –dijo ella.

Tilo vio la oportunidad de salir airoso de la situación. No quería arrestar, de momento, a la rubia de glaucos ojos, pero necesitaba mantenerla bajo control, y la mejor forma de hacerlo, pensó, era hacerla sentir la necesidad de protección.

–Señor Arcadio –dijo alzando la voz–, tómese un café con nosotros, quiero preguntarle algo.

–Mejor un chupito de pacharán –dijo el hombre desprendiéndose de los guantes de latex que prolongaban el azul de su buzo de trabajo hasta las extremidades superiores.

–Bueno, pues usted dirá –añadió tras acercar una silla y sentarse junto a la rubia.

–Vamos a tutearnos si te parece. Quería preguntarte: ¿sabes si los primos de Gabriela tienen armas de fuego?

–Escopetas si, desde luego; casi todo el mundo las tiene y ahí en la braña, con mayor motivo. Date cuenta de que en invierno nieva bastante allí arriba y no siempre tienen despojos para echar de comer a los lobos, así que tienen que ahuyentarlos a tiros hasta que trasponen para el otro lado, para la parte de León.

–¿Y los osos?

–Esos solo tienen peligroso hacia finales de marzo o primeros de abril, cuando salen del letargo invernal y bajan hambrientos de entre las peñas y los árboles hasta los prados en busca de comida. Algunos ganaderos de Belmontexu tienen reses sueltas por ahí arriba y, especialmente los Cabello, que disponen de matadero y secadero de cecina en el monte, así que procuran dejarles comida y mantenerlos contentos para evitar que ataquen al ganado. Así vamos. Desde la hospedería también contribuimos, no creáis que no, con una buena cuota dineraria al mantenimiento de la especie, una riqueza natural única y preciosa que atrae mucho turismo.

–¿Les afectarán los molinos?

–Los expertos aseguran que el sonido de las aspas y los generadores, al estar tan altos, ni les asusta ni los espanta, así que habrá que fiarse. Ya veremos.

–Pero volviendo a las armas…

–Por cierto, tus primos –dijo Arcadio, tocando el brazo de Gabriela–, dejaron recado anoche por radio de que vendrán esta misma mañana a conocerte.

El cascabel de la puerta atrae la atención de los reunidos. Entran dos hombres, uno mayor y otro joven. Amandi sale de la cocina, se coloca detrás de la barra, les da los buenos días y les pregunta qué desean tomar. El tipo de más edad, pelo entrecano, nariz gruesa y cintura de obispo le pregunta a su vez por la señora Gabriela Cabello, a lo que Amandi señala la mesa junto al ventanal. “Allí la tiene usted”, le indica. El hombre, que viste un traje oscuro con rayas blancas, se acerca a la mesa y Gabriela se incorpora a saludarlo. Es el notario que estaba esperando.

El joven larguilucho que le acompaña ha solicitados dos cafés con leche y se dirige con un maletín negro al fondo del establecimiento, donde toma posesión de una mesa para que puedan trabajar sin ser molestados. Gabriela coge su carpeta y Tilo, preocupado por la supuesta amenaza de los primos de riesgo, pregunta al fornido notario si van a tardar mucho, a lo que el fiduciario responde: “Media hora a lo sumo”, y se desplaza, seguido de la clienta, a la mesa del larguilucho.

Tilo aprovecha la pausa para pagar las consumiciones. Luego sigue a Merche a la calle. El cielo está limpio y azul, el sol reina en lo alto y la temperatura, ya por encima de los veinte grados, invita a desprenderse de la cazadora. Cruzan el corral. En la calle, el inspector se fija en el pulcro Mercedes Benz todo-terreno estacionado junto al muro de la fonda. Se acerca, lo observa, se inclina sobre el posa pies exterior del lado del conductor, da la vuelta, mira el otro reposa pies, saca el teléfono del bolsillo del pantalón y toma unas instantáneas. El coche del notario es un modelo idéntico al del señor Perrote Poterna que vio en el parking subterráneo de Ortega y Gasset, aunque con una diferencia: sin la muesca o arruga en el reposapie lateral derecho de aquel.

El señor Arcadio ha ido a asomarse a ver sus vacas, que pastan las lindes de un prado recién segado detrás de la hospedería. El cabrero debería hacer lo propio con sus chivas, pero le ven conversando con dos aldeanos en la bajera de la calle, junto a la carretera. Merche y Tilo bajan hacia ellos, les saludan.

–Buen día para los pájaros –dice Tilo.

–Y las lagartijas –repone el hombre canoso que debe de ser Elcano y apoya el trasero en uno de los cuatro cántaros metálicos vacíos que ha dejado el furgón de la recogida de la leche.

Contemplan las nubes del valle, que se van deshilachando, evaporando. El cabrero pregunta al inspector qué dice la jefatura de Bruselas sobre esos molinotes de viento que van a plantar en las cumbres. Tilo no sabe qué responder y se encoje de hombros. El señor Elcano mira a Merche con mucho interés. Más que mirar se diría que la está examinando por partes con una expresión entre la admiración y el deseo. Merche es linda, un poco huesuda, de piernas largas y culo alto. Representa menos edad de la que tiene. El cabrero insiste en la materia de los molinacos, no le gustan, afirma que tarde o temprano afectarán al ganado y sostiene que los mandos de la Unión Europea, que se meten en todo y lo regulan todo, tendrían que prohibir esas plantaciones en montes como este, porque no es solo el ganado, sino también los osos y los patos migratorios los que van a verse afectados.

El tercer hombre, Ramón, que debe de ser el ingeniero jubilado del que habló Amandi, sale en defensa de los avances tecnológicos y las energías limpias. Aclara al cabrero Regino, al parecer, por enésima vez, que no, que la UE no tiene competencias sobre los parque eólicos, que eso es un asunto propio de cada Estado miembro. Y en lo atinente al ruido, las vibraciones y todas esas garambainas que afectan a los animales, hay mucho de leyenda, dice, y muy poco de verdad. Alipio mueve la cabeza en señal de incredulidad y el ingeniero se esmera en explicarle que el ruido de los molinos resulta imperceptible para los osos, los burros, las cabras y el ganado suelto por el monte y el altiplano.

Sobre si las aspas afectan a los patos, los charranes, las espátulas, grullas y otras avefrías migratorias de las lagunas, afirma lo elemental: “Ninguna es ciega” y añade lo visible: “Las aspas se mueven despacio y las pueden sortear con facilidad”. El ingeniero se esmera en demostrar su honradez frente a la testarudez del cabrero, y en tal sentido explica que él tampoco cree que las compañías eléctricas ralenticen el giro de las aspas por preservar la avifauna, sino por que no necesitan más velocidad.

–¿Y si sopla mucho viento? –Inquiere Merche.

–Tanto da –responde el ingeniero Ramón–; los aerogeneradores llevan un eje rápido que multiplica por mil las vueltas del eje lento de las aspas, llegando a alcanzar mil quinientas revoluciones por minuto y produciendo un sonido similar al ruido del motor de un coche, aunque con la ventaja de que está alto y no afecta a los animales.

–Y al girar despacio no matan a los pájaros.

–Correcto –ratifica el ingeniero.

–Bueno, bueno…, pero atraen los rayos de las tormentas –aduce el cabrero.

El ingeniero evita afirmar o negar.

–Eso habrá que estudiarlo todavía –dice.

–Hombre, yo supongo que lo tendrán bien estudiado –razona Elcano al tiempo que levanta el trasero del cántaro de zinc–; no van a colocar esos armatostes tan altos para que les caigan rayos y los fundan a las primeras de cambio. ¿O sí?

El cabrero Regino masculla algo ininteligible, dando a entender que no le convencen y se aleja del grupo para asomarse a la orilla de la carretera y otear las cabras que pastan donde terminan las paredes de los prados. Unos minutos después llega Arcadio a recoger las cántaras de la leche. Elcano le ayuda agarrando dos. El ingeniero dice: “Vamos a ver qué menú nos está preparando Amandi hoy”. Ella les da de comer y los jubilados le pagan. Merche y Tilo ven salir al notario y su ayudante y se encaminan hacia la casona. El fiduciario hace sonar el claxon de su magnífico vehículo en señal de despedida. Los paisanos les dicen adiós alzando la barbilla.

Apenas han recorrido los cincuenta metros que les separan de la fonda cuando el cabrero les silva desde la carretera. Vuelven la cabeza y Regino les grita: “¡Los montunos!” Se refiere a los primos de Gabriela. Tilo y Merche se apresuran a entrar al estadero e instan a la doctora a recoger sus papeles y acompañarles a la planta superior.

C10.-Viaje al Norte, sueño al Sureste

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Tilo Dátil pulsó el timbre del departamento de Merche y volvió a meterse en el coche, aparcado en doble fila, con el motor encendido. Había hecho un termo de café antes de salir de su casa y llenado el depósito de gasolina antes de recoger a su compañera. Pasaban unos minutos de la hora acordada, las cuatro de la madrugada, cuando ella apareció enfundada en un chándal con sudadera de capucha y ojos de sueño. Llevaba una pequeña maleta rodante y un bolso grande. Tilo le abrió el portón trasero para que depositara el equipaje.

–Buenos días.

–Buenas noches.

–Si quieres seguir durmiendo, atrás tienes una almohada y una manta aviónica –le dijo Tilo.

Merche prefirió el asiento delantero. Puesto que no deseaba dormir, él señaló el termo con café recién hecho y ella se sirvió cuatro dedos en la taza enroscable que cubría el cilindro. Cinco minutos después, ya despabilada, observó el cuadro de mandos de Botones y se ofreció a conducir.

–Por mí, encantado –dijo Tilo antes de explicarle las dos aplicaciones del coche que no figuraban en el cuadro de mandos.

–Si quieres que ponga música, sólo tienes que decirle: “Botones, pon música” y cuando te pregunte le contestas a tu gusto, Bruce Springsteen, Mozart, Dilan… La otra aplicación está aquí, pulsas, la sacas y te las pones –dijo invitándola a ponerse las gafas de visión nocturna.

–¡Joder, qué maravilla! –Exclamó Merche.

–Llevan una pequeña batería como los teléfonos móviles. Sólo tienes que tener cuidado de volverlas a colocar en su sitio para que se recarguen.

–Botones, pon música –probó ella.

–Qué música deseas.

–Algo de Serrat.

Comenzó a sonar Mediterráneo.

Gracias, Botones, eres muy obediente.

Pararon un instante, Merche se colocó a volante y Tilo ocupó los asientos traseros. Antes de tenderse boca arriba sobre la manta volvió a comprobar con el localizador geográfico de su teléfono que el objetivo seguía en el mismo sitio y, a continuación envió un mensaje a la comisaria doña Emilia Sáez haciéndole saber que salían por carretera en busca de la interfecta. Se refería a la médico Gabriela Cabello, la rubia de los cloaqueros. Merche mantenía la música a poco volumen y en lo que Tilo deploraba el compromiso de sustituir a la jefa en la reunión del Observatorio de la Delincuencia Emergente y en detrimento de la excursión programada con Fiol a los vestigios de la prehistoria, se fue quedando dormido.

***

Los sueños son caprichosos. Tilo va subiendo por un sendero en compañía del amigo Fiol y de Mingus. Van hacia la Peña Escrita. Mingus se siente feliz, suelto, a su bola, oliendo las piedras, dejando su huella urinaria aquí y allá, persiguiendo a los gorriones. Es incansable. Fiol y él caminan despacio. Tampoco hay prisa. Ya en lo alto del cerro, las pinturas rupestres del murallón de paredes quebradas le parecen palotes hechos por niños que hubieran mojado los dedos en barro de arcilla roja y óxido de hierro. Son pictogramas de la Edad del Bronce (entre 2.500 y 800 años antes de Cristo, según los especialistas), dibujos muy simples, protegidos por unas verjas metálicas. Fiol identifica osos lanudos y cabras. Él ve toros, parejas de figuras humanas con una bolita por cabeza y cuatro rayas por tronco y extremidades. Siguiendo las estribaciones de la montaña hay más paneles. Fiol dice que los descubrió el cura párroco de Montoro Fernando José López de Cárdenas en la primavera de 1783, cuando recorría estas sierras recogiendo minerales por encargo del conde de Floridablanca. Fueron las primeras pinturas rupestres esquemáticas conocidas en la Península Ibérica y en el continente europeo. Y su difusión estimuló la búsqueda de vestigios ancestrales, hallando otras cuevas y roquedales con pinturas similares en toda esta comarca encumbrada sobre el valle de Alcudia, refugio invernal de churras y merinas de la Mesta. Se advierte en estos mensajes el talante pacífico de los tatarabuelos de aquellos iberos oretanos que poblaron estos campos. Se ve que en vez de cazar animales salvajes para alimentarse y cubrirse el cuerpo con sus pieles preferían hacerse amigos de ellos, domesticarlos, aprovechar su fuerza, su leche y sus huevos y, sólo en último último extremo, en el caso de los más bravos y de los ya viejos y gastados, cortar por lo sano y aprovechar sus carnes y pellejos. Se nota que eran listos. Fiol busca en los dibujos una lanza, un arpón, un hacha, un cuchillo, una flecha arrojadiza, pero no encuentra nada que se parezca, de lo que colige el pacifismo rampante de aquellos oretanos. Interpreta la disposición de algunas figurillas como si bailaran en parejas, de lo que deduce el carácter amoroso, gozoso, de aquellas gente encantada de la vida. No tienen duda de que ese carácter pacífico y amable llevó a aquellos aborígenes a mezclarse con otras tribus en vez de guerrear contra ellas. Osease que se celtificaron, se fusionaron y convivieron en amor y compaña no solo con los celtas, sino también con los túrdulos, bastetanos, vetones, lusitanos, carpetanos y otras tribus que por allí andaban pastoreando, pescando, cazando, cultivando la tierra y comerciando.

El toro bravo con teas en las astas fue idea de Orisón como arma de defensa contra los despiadados invasores cartagineses

Pero las buenas maneras no duran siempre. De pronto, llegan unos elementos hostiles a joderte la vida y te obligan a emplear la fuerza. En este caso fueron los guerreros cartagineses los que intentaron romperles las pelotas y acabaron quebrando el buen talante de aquellas gentes. Llegaron los norteafricanos en unas naves entamadas con troncos sin sangrar y se entregaron al vandalismo, es decir, a matar, saquear, aterrorizar, apresar y esclavizar a las gentes, comenzando por las más cercanas a la costa. Cundió la alarma. Al frente de aquellos hijos de Cartago andaba un cabecilla que llamaba Amilcar Barca, cuyo comportamiento cruel reclamaba una respuesta. A Oretania acudieron emisarios de otras tribus hermanas pidiendo ayuda. ¿Pero qué socorro podían prestar ellos si eran gente de paz, carente de otras armas que no fueran las herramientas de labor, machucas, estacas y piedras? Con todo, comprendieron que Amilcar y sus huestes invasoras eran el principio del fin, el ser o no ser, y maldita la gracia que les hacía someterse al yugo de aquel desalmado (sin alma). Eso de ninguna manera: había que pararlo, plantarle cara y luchar. ¿Cómo, a pedradas? Muerte segura. ¿A estacazos? Lo mismo. No eran gente preparada para la guerra. ¿Qué hacer? Entonces un mozo llamado Orisón tuvo una idea que luego se llamó estratagema. Consistía en agarrar algunos de aquellos animales bravíos que no se dejaban domesticar, atarlos, cargarlos en carretas empalizadas y llevarlos en son de paz al taimado Amilcar como regalo suculento para que él y sus tropas se dieran un festín. A todos les pareció estupendo. Se pusieron manos a la obra. Orisón y su cuadrilla atraparon a lazo a media docena de toros bravos, les amanearon, los subieron en las carretas enjauladas y emprendieron la marcha. Después de varias jornadas llegaron a Heliké (hoy Elche), donde Amilcar y sus guerreros se hallaban acampados. En lo que los cartagineses se acercaban a las carretas y el propio Amilcar acudía a caballo a recibir el presente, Orisón y los suyos prendieron fuego a la paja embadurnada en sebo y aceite con la que habían adornado los cuernos de los toros bravos, los desataron, abrieron las jaulas… Los morlacos saltaron de las carretas y, nerviosos y enfurecidos por el fuego de sus astas, se lanzaron contra el campamento de los cartagineses, corneando, incendiando y persiguiendo a cuanto bicho viviente encontraban a su paso. El pasmo y el pánico de los hijos de Cartago fue tal que el propio Amilcar salió huyendo hacia el río, perseguido por un novillo embolado, se cayó del caballo y no se sabe si se desnucó al caer o se ahogó en el agua del río, pero murió. Tampoco se sabe si era el río Vinalopó o el Segura. Entonces Asdrubal se puso al frente de los guerreros cartagineses hasta que llegó Anibal, hijo de Amilcar Barca, de gran parecido físico y más astuto que su padre. Puesto que estaban en guerra contra los romanos por el dominio del Mediterráneo, aquel Anibal, al ver cómo las gastaban los celtíberos, procuró hacerse amigo de ellos. ¿Cómo? Primero parlamentando y luego pidiendo la mano (y el resto del cuerpo) de una moza de la que se había enamorado en la colina de Auringis (ahora Jaén). La joven se llamaba Himilce y era hija de un jerarca local llamado Mucro, quien aceptó el pacto de sangre y protegió así a las gentes de su tribu, con capital en Cástulo (ahora Linares). Anibal e Himilce se casaron en Cartagena (Cartago Nova), donde los cartagineses tenían su puerto principal y su campamento militar. Aquella boda equivalía a una alianza en toda regla entre Oretania y Cartago. Para los cástulos era una garantía de paz y para el astuto Anibal constituía una fuente de hombres, provisiones y armas para seguir la lucha contra Roma, a la que había jurado odio eterno. La bella Himilce quedó preñada, dio a luz un hijo al que pusieron el nombre de Aspar. El poeta Silio Itálico narra en el capítulo tercero de su libro Púnica la boda de Himilce con Aníbal, dice que ella quiso evitar la guerra con Roma y, una vez declarada, quiso acompañar a su marido a Italia, pero Aníbal se negó y la dejó en Cartago, donde murió, víctima de una epidemia. Tito Livio se refiere a ella, aunque no menciona su nombre, al relatar cómo Cástulo (hoy Linares), fuerte y célebre ciudad de Hispania, se alinea con los romanos tras la derrota de Anibal. Los restos de Himilce fueron trasladados a Cástulo, donde le erigieron la estatua funeraria que, según la creencia más arraigada es la que hoy se erige en la plaza del Pópulo de Baeza, aunque no faltan quienes dicen que representa a la Virgen María. Fiol la considera una especie de Dama de Elche e insiste en darse una vuelta por allí para verla…

***

Tilo oye la voz de Merche. Se despierta.

–¿Qué está pasando?

–Estabas estabas silbando –dice ella.

El inspector hace una composición de lugar, se incorpora.

–¿Hemos pasado Benavente?

–¡Ja, Benavente! Acabamos de dejar Oviedo a la derecha.

“Esta mujer va como un tiro”.

–Estaba soñando, creo que silbaba a Mingus –aclara él mientras estira los músculos.

–¿Hablas en sueños?

–No sé, aunque si silbo puede que sí.

–Para espía no vales –dice ella.

La oscuridad va dejando paso a la luz lechosa del amanecer. El reloj del coche marca las 7:20 horas, lo que significa que Merche lleva tres horas al volante, de modo que en vez de servirse café del termo, Tilo le pide que pare donde vea un bar abierto, con gasolinera o sin ella. Acto seguido comprueba si el objetivo se ha movido. El teléfono móvil tarda en conectar más de lo habitual, el buscador geográfico está renuente, pasa medio minuto y no encuentra el punto rojo. ¿Qué está pasando? Tilo descubre que la cobertura telefónica no es buena en esa zona. Circulan por una carretera general hacia las verdes montañas del noroeste de Asturias.

–Merche, ¿y si nuestra excursión fuera infructuosa?

–Ya lo he pensado, pero tampoco pasa nada. Si quieres que te diga la verdad, solo me fastidiaría no encontrar a la doctora Gabriela por una cosa.

–¿Qué cosa?

–Me gustaría conocer cómo averiguaron quién fue el autor del atropello de Juanín Picatoste y como idearon la venganza.

–Los autores –la corrigió Tilo.

–¿Qué..?

–En el coche iban dos personas, el señor Perrote y otro individuo.

–¿Cómo lo sabes?

–Te lo dijo a ti la vecina de la rubia de los cloaqueros.

–No me consta.

–Quizá no prestaste atención porque ya te estabas despidiendo, pero hacia el final de la grabación ella dice que Gabriela es una mujer fuerte y sabe defenderse, y si no que le pregunten al tío que tiró al subsuelo en la procesión del Corpus.

–No lo recuerdo.

Tilo busca el audio y se lo pone.

–Joder, es verdad, dijo “subsuelo” y no caí.

Tilo se ríe.

–Si te caes, te estróncias. ¿Y qué haría yo sin ti? –Bromea.

Poco después paran a desayunar en bar restaurante. La mujer que regenta el establecimiento les orienta:

–Monteovo queda a unos veinte kilómetros de Pola, todo hacia arriba, por encima de los nublos.

–Vamos a Montoso, no a Monteovo –aclara Merche.

–Ye igual, le llaman de las dos maneras, pero es la misma aldea. ¿Tienen familia allí o van al oteo del osu?

–Lo segundo –afirma Merche.

–Lleven cuidado, que la carretera es pindia y serpentea como una culebra.

Agradecieron el consejo.