Dos meses después volvieron a coincidir en un andén de la estación del Metro de la Puerta del Sol.
–¿Qué tal, Fiol, sigues con tus estudios no reglados? –se interesó ella.
–Hola Marisa, pues si, en ello me ando –ironizó él.
Hablaron del asunto. Él definió la Mundología objeto de estudio como una acumulación de conocimientos y vivencias útiles para pasar el tiempo y ella imaginó lo estupendo que debería ser tener la vida resuelta como aquel pollo rico de familia.
–¿En qué materia andas ahora?
–En la arbitrariedad –dijo él–; llevo un tiempo recogiendo arbitrariedades sonadas, a cual más injusta y caprichosa, y te aseguro que la mies es mucha y sorprendente.
–¿Por ejemplo? –le instó ella.
–La última de la colección fue perpetrada por dos tipos de aúpa, uno era el papa Pío VII y el otro san… –hizo una pausa obligada por ruido del convoy– Napoleón Bonaparte. Resulta que el Sumo Pontífice se sintió tan agradecido al belicoso general porque después del estruendo de la Revolución Francesa restableció e incrementó los privilegios de la Iglesia Católica en Francia que no solo acudió a su coronación como emperador en la catedral de Notre Dame el año 1802, sino que decidió concederle un regalo celestial.
En este punto Fiol interrumpió su relato. Subieron al vagón.
–¿Un regalo celestial?
–Pues sí. Resulta que el emperador carecía de fiesta onomástica, ya que su nombre no figuraba en el santoral, y entonces el Papa consideró que le agradaría figurar en el calendario católico, como en efecto así fue, y decidió instituir la festividad de San Napoleón coincidiendo con su nacimiento. Pero había un problema: el emperador había nacido a última hora del 15 de agosto y ese día estaba ocupado por la Virgen María. ¿Qué hacer? Dado que entre los últimos minutos de la festividad mariana y los primeros del 16 de agosto apenas mediaba una pequeña pausa, el Papa consultó al corso y éste aceptó haber nacido un poco más tarde. Sin embargo, el 16 agosto estaba ocupado por San Roque, un santo muy querido por los campesinos franceses (y españoles), pues era de Montpellier (antiguo Reino de Aragón). ¿Qué hacer? Pio VII no lo dudó: desplazó la fiesta del santo y su perro al 18 de agosto y decidió que el 16 fuera San Napoleón, cuyo festejo oficial se celebraba por todo lo alto, con misa solemne, parada militar, fastuosa recepción palatina, banquete y baile en Versalles, fuegos artificiales sobre el Sena y toda la pesca…”
–Con razón aquí le llamaban “Napoladrón” –dijo Marisa.
–¡Anda qué bueno! ¿Quién te lo ha dicho? –preguntó él.
–Benito Pérez Galdós por escrito… Bueno, yo me bajo en esta.
–Entonces hasta la próxima, Marisa. Ah, se me olvidaba: cuando derrocaron a aquel Napoladrón devolvieron a San Roque a su lugar.
Erase una vez un rey al que le gustaba ver la televisión. También le gustaban otras cosas como el buen vino, las corridas de toros, la caza mayor, las motocicletas… Las mujeres no le gustaban mucho, sino muchísimo. Un día flipó con una vedette que salía por televisión. Lógico: tenía un cuerpo y unas piernas de locura. Cantaba, bailaba, actuaba y era tan bella que optó a Mis Universo. El rey había tenido una juventud triste y una formación militar severa, pero ahora en el trono pensaba resarcirse, así que comunicó su sirviente de máxima confianza el deseo de conocer a aquella mujer. Éste habló con la artista y ella se sintió muy halagada de la admiración de su rey. Aceptó el encuentro, surgió el idilio y se convirtió en su amante secreta durante dieciocho años. Una, porque el rey tenía más. Y secreta, porque el rey estaba casado con la reina, tenían tres hijos (dos niñas y un niño) y la religión del reino condenaba la poligamia. Además, los súbditos eran chismosos y él no deseaba deteriorar su costosa imagen de buen padre de familia, hombre cercano, bueno, campechano y entregado al bienestar de su pueblo.
Pasaron los años, los niños se hicieron mayores, las dos infantas se casaron a su gusto y el príncipe, que aun siendo el menor estaba llamado a suceder a su padre en el trono porque así lo disponían una rancia ley del reino, flirteaba con alguna joven de sangre azul (y de la otra), pero no acababa de encontrar a la futura reina consorte, imprescindible para procrear y garantizar la continuidad biológica de la monarquía. De pronto, un día, mientras almorzaba con el rey y la reina, prorrumpió: “Quiero esa”. Y señaló a la televisión. La reina no lo entendió, pero el rey, que conocía el refrán “de tal palo tal astilla”, lo captó al instante. “Esa” era la periodista que presentaba el noticiario del mediodía. Enseguida se conocieron, se hicieron novios y, un tiempo después, se casaron y tuvieron dos hijas. Cuando el rey abdicó, el príncipe ascendió al trono. Ahora, siguiendo la tradición, a nadie extrañaría que la princesa heredera se enamorara por televisión. Cosas veredes, amigo Sancho.
LA GRAN AVENTURA Y BUENA SUERTE DE JUAN SEBASTIÁN ELCANO
El 8 de septiembre de 1522 llegó a Sevilla la nave Victoria con el capitán Juan Sebastián Elcano y veintitrés individuos a bordo, todo barbas y huesos. Seis eran indígenas de las islas de las especias y los otros dieciocho acababan de dar la vuelta al mundo. Eran los primeros humanes en circunvalar el globo terrestre, una proeza náutica, geográfica y económica de la que se van a cumplir 500 años. Unos dicen que aquel vasco de Getaria tuvo una suerte de mil diablos, y otros afirman que lo protegió la providencia, lo cual es válido para quienes creen que en el mar no hay ateos. Las vicisitudes de Elcano quedaron consignadas en los apuntes del aventurero italiano Antonio Pigafetta, uno de los pocos que salvaron el pellejo y regresaron con él a España. Su Relación del primer viaje alrededor del mundo, publicada en 1524, constituye la principal fuente informativa de aquella gesta.
Todo empezó cuando se personaron en Sevilla los hidalgos portugueses Fernando de Magallanes y su amigo Rui Falero. El primero, nacido de Oporto (Porto), ciudad vinícola que, unida a Gaia, en la otra orilla del Duero, acabó dando nombre al país (Portogaia y, para abreviar, Portugal). Magallanes era un reconocido navegante; había explorado las costas de Libia en el Mediterráneo y bogado hasta los confines del Atlántico. Ahora tenía el proyecto de llegar al “mar del Sur” (Océano Pacífico) desde Occidente, es decir, sin necesidad de bordear el continente africano ni de realizar la larga travesía por el océano Índico hasta aquellas Indias orientales de las que hablara Marco Polo. De nuevo reverdecía la obsesión de Cristóbal Colón de encontrar el camino más corto para llegar a las Indias, solo que ahora había que cruzar el Nuevo Mundo, aquellos territorios que unos sabios alemanes bautizaron con el nombre de América en honor al cronista Américo Bespucio, al que consideraron su descubridor.
Magallanes era consciente de la importancia de acortar el camino hasta el mar del Sur. Importancia política y económica, se entiende. Para entonces los portugueses seguían la ruta de Oriente y habían llegado hasta las islas Marianas (hoy de Estados Unidos). Se trataba de un archipiélago volcánico (quince cumbres formadas por cráteres pueden contarse en esas islas del Pacífico) al que los colonizadores españoles darían nombre en el siglo XVII en honor a la reina consorte Mariana de Austria. Magallanes expuso su proyecto de buscar un camino más corto para llegar a las Indias al rey don Manuel de Portugal, pero éste lo despreció. Y puesto que uno no puede apreciar a quien lo desprecia, decidió abandonar su país y se naturalizó español.
El bravo portugués no estaba solo, pues, además de su amigo Falero, contaba con la amistad y confianza del acaudalado mercader español Cristóbal de Haro, afincado en Burgos. La familia de este Cristóbal había amasado una fortuna con la exportación de lana de las ovejas merinas, que eran la principal fuente de riqueza en España y llegaba desde los puertos de Bilbao y de Cantabria a las principales hilanderías del continente y las islas Británicas. El propio Cristobal y su hermano Diego habían obtenido grandes beneficios como compradores y vendedores de las simientes y especias que llegaban a Lisboa desde las Indias orientales. Magallanes conoció a Cristobal en la capital portuguesa, y el mercader no dudó en compartir y apoyar el proyecto del gran navegante e intrépido explorador de buscar un camino más corto para llegar a las islas de las especias.
Con palabras de hoy se diría que Magallanes y Falero tenían en España al mejor patrocinador posible. Y puesto que los Haro mantenían una estupenda relación con Carlos I (después V de Alemania), pues no en vano habían sufragado muchas de sus necesidades, Cristobal acompañó a Magallanes a Valladolid para abordar con el emperador el proyecto de organizar una expedición para buscar un paso hacia el mar del Sur. Las informaciones y los datos que aportaron convencieron al emperador de la viabilidad y rentabilidad de la empresa.
Jugaban a favor de Magallanes los fallidos intentos de Vicente Yáñez Pinzón, el primero en cortar la equinocial por Occidente en el año 1500, de llegar al Pacífico. Yáñez lo intentó de nuevo en 1514, pero no lo consiguió. Su lugarteniente Solís, que iba con él, realizó un tercer intento y no regresó. “Todos sabemos lo que pasó –decía el capitán de navío Francisco Javier de Salas en 1879 en la Sociedad Geográfica de Madrid–: “Fue devorado por los indígenas en el río al que dio nombre y conócese hoy con el de la Plata”.
Y también jugaba, claro está, la ambición imperial de la época y la mentalidad dominante (avarienta) de clérigos, caballeros y mercaderes. El único problema en la negociación con el monarca era el reparto de los costes de la expedición. Aunque hay distintas versiones, parece ser que los Haro sufragaron el coste de los barcos y el rey el armamento y las provisiones. De este modo se ofició en Valladolid el 22 de marzo de 1518 la formación de “la Armada de las Molucas”, compuesta por cinco naves y capitaneada por Fernando de Magallanes, quien, al servicio del imperio español, recibía el cargo de gobernador de todas las tierras y gentes que descubriese y conquistase.
Año y medio después, Magallanes y Falero lo tenían todo dispuesto para zarpar. Sevilla era un hormiguero de buscavidas, espadachines, aventureros y experimentados navegantes, y les resultó fácil reclutar las tripulaciones. Más difícil fue para Magallanes resistirse al amor de una mujer. Se casaron y tuvieron un hijo que, al contrario del Telémaco de Ulises, no volvería a ver jamás. Desprovistos de la protección de la diosa Atenea, de glaucos ojos, padre e hijo morirían el mismo año. La madre falleció un año después.
Todos los nombres
Las cinco naves fueron saliendo de los astilleros y el puerto de Sevilla hacia Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), donde ultimaron los ajustes, completaron el aprovisionamiento y se hicieron a la mar el 27 de septiembre de 1519. Formaban la dotación 239 individuos. El almirante Magallanes iba al frente de la Trinidad. Y sus capitanes eran Juan Serrano (portugués de nacimiento, al mando de la nave Santiago), Juan de Cartagena (de la San Antonio), Luis de Mendoza (jefe de la Victoria y tesorero de la expedición) y Gaspar de Quesada al mando de la Concepción, con Juan Sebastián Elcano como maestre.
Por cierto que en las listas de la Casa de Contratación de Sevilla, el argonauta vasco aparece escrito de tres formas: Juan Sebastián del Cano, Juan Sebastián de Elcano y Juan Sebastián sin más. A ellas ha de añadirse Elkano en el euskera de nuestro tiempo. A los efectos de la gesta, tanto da. Después de todo, quien se hartó de bautizar, como enseguida veremos, fue su superior Magallanes.
Tocaron tierra en la isla de Tenerife (Canarias), donde se agregaron varios guanches, cruzaron el océano, recalaron en Recife y llegaron a Río de Janeiro (Brasil) el 13 de diciembre. Allí se agregaron más individuos hasta completar 265 hombres. Levaron anclas a comienzos de 1920 y navegaron hacia el sur bordeando la costa hasta la desembocadura del río de la Plata. Aquella inmensa lengua de agua indujo a Magallanes a suponer que era el camino hacia el mar del Sur, aunque enseguida se dio cuenta del error y ordenó a la flota virar hacia aguas saladas. Los españoles ya habían fundado allí la colonia de Santa María de los Buenos Aires.
Las diferencias, celos, piques y disputas entre españoles y portugueses eran constantes en algunas naves y los temporales, las enfermedades y la escasez de alimentos enconaban los ánimos de los navegantes. Sin embargo, a pesar de algunos errores, nadie discutía la autoridad de Magallanes. Pero el tiempo empeoraba, el invierno se echaba encima y la situación era más difícil cada día, así que el 31 de marzo Magallanes decidió recalar en una gran bahía. La bautizó con el nombre de Puerto de San Julián, le pareció un buen sitio para pasar el invierno y ordenó desembarcar.
Durante los cinco meses de estancia en aquella bahía, al abrigo de las tempestades a mar abierto y con varios islotes protectores, se fue a pique la nave Santiago que mandaba el capitán Serrano. La zona, hoy conocida como Mar de Argentina, en el norte de la Patagonia, era, en realidad, fría e inhóspita. Es probable que la configuración de aquel territorio llevara a Magallanes a pensar que se hallaban ante el paso natural que estaba buscando hacia el mar del Sur. Pero no fue así; la bahía se cerraba unos cientos de millas al sur. No tenía continuidad.
Los capitanes empezaban a estar hartos de los errores del capitán general. Varios de ellos se conjuraron para quitarle de en medio. Según contó Pigafetta, los traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra y capitán de la San Antonio; Luis de Mendoza, tesorero y capitán de la Victoria; Antonio de Coca, contador, y Gaspar de Quesada, que mandaba la Concepción, con Elcano de contramaestre. Pero Magallanes tenía buenos espías y resolvió el motín con mano de hierro. Cartagena fue ahorcado y su cuerpo descuartizado, Mendoza fue apuñalado y también descuartizado.
Encarceló y luego perdonó a Quesada y a su subordinado Elcano. Pero el primero era pertinaz e ideó una nueva traición. Magallanes no se atrevió a liquidarlo porque había sido nombrado capitán por el emperador, pero le expulsó de la escuadra y lo abandono en la tierra de los feroces patagones junto con un clérigo traidor. Según el capitán de navío Francisco Javier de Salas, la providencia protegió a Juan Sebastián Elcano de la cólera del jefazo. Fue su primer golpe de suerte, si bien cabe añadir que Magallanes tampoco andaba sobrado de buenos navegantes.
Hallazgo del estrecho
Los expedicionarios se despidieron de los aborígenes, unos tipos blancos, grandes, muy altos, con los que habían entrado en contacto y que Magallanes bautizó como “patagones” por sus enormes pies. Salieron de la Bahía de San Julián y pusieron rumbo al sur. El 21 de octubre de 1920 pasaron un cabo que el capitán general bautizó con el nombre de las “Oncemil Vírgenes”. Nada más doblar el cabo divisaron una gran entrada del mar. La exploraron, se cercioraron de que no era la desembocadura de un anchuroso río y siguieron adelante.
Entonces se toparon con un estrecho que Magallanes bautizó con el nombre de “Todos los Santos”, en honor a la festividad católica de los difuntos. Era el 1 de noviembre. Al cruzar aquella franja marina observaron gran cantidad de fogatas en la ribera sur. Eran fumarolas de gas natural a las que en algún momento los aborígenes habían prendido fuego. Visto el fenómeno, Magallanes bautizó la zona con el nombre de “Tierra de Fuego”. Se hallaban en lo que hoy conocemos como la Antártida chilena.
Decenas de miles de pájaros torpes, con unas alas muy cortas, subdesarrolladas, incapaces de volar, llamaron la atención de los navegantes. Pigafetta los describió como “extraños gansos”. Aunque no podían volar y andaban con dificultad, como si estuvieran ebrios, se sumergían en las gélidas aguas y nadaban a gran velocidad. Las alas eran aletas y les servían de motor de propulsión junto con la cola y las patas palmípedas que, a su vez, les servían de timón. Eran pingüinos, unos animales insólitos, de espeso plumaje blanco en el pecho y negro en la espalda. Ruidosos y masivos, aparecían erguidos como los humanos y acabarían inspirando la casaca y luego el chaqué que utilizaban los ingleses para montar a caballo.
Desde aquellas tierras de los pingüinos de Magallanes (la actual Punta Tombo, en la provincia chilena del Chebut) siguieron navegando en dirección sudeste y llegaron a una espaciosa bahía donde el paisaje cambiaba por completo. Las rocas áridas del estrecho y la escasa vegetación herbácea tornabanse allí altas montañas de crestas nevadas, bosques de árboles y feraz vegetación. Habían llegado a la que hoy se conoce como la bahía de San Bartolomé. Los expedicionarios recobraban el ánimo después de tantos días de aridez y rocas peladas por los vientos.
Fondearon en aquella bahía para descansar y explorar el territorio. A continuación siguieron hacia el sur, pero enseguida vieron que el estrecho se dividía en dos canales. Ante la duda sobre el ramal a seguir, Magallanes decidió dividir la flota de modo que dos barcos seguirían un ramal y los otros dos el otro. Acordaron reunirse unos días después en un punto de la bifurcación. El Trinidad y el Concepción bordearon la costa de la península de Brunswick hasta el cabo de Fronward, donde el estrecho giraba al noroeste. Allí decidieron esperar a las dos naves que exploraban el canal oriental. Pero al cabo de cinco días sólo carabela Victoria.
¿Qué rayos había pasado con la San Antonio? Los exploradores de la Victoria sólo podían informar de que navegaba más deprisa que ellos y la habían perdido de vista. También decían que el ramal carecía de salida. El capitán de la San Antonio era Álvaro de Mezquida, primo hermano de Magallanes. La confianza del capitán general en su primo era total, como lo prueba el hecho de que fuera el barco de mayor porte y llevara las provisiones de agua y alimentos de la expedición. Sin perder un minuto salieron en busca de la nave, recorrieron el canal, hicieron fuego, lanzaron señales de humo. Nada. Ni avistaron el barco ni hallaron vestigios del posible naufragio.
La pérdida de la San Antonio supuso una contrariedad mayúscula para los expedicionarios, hasta el punto de que algunos lugartenientes de Magallanes abogan por suspender la misión y regresar a casa. Pero Magallanes no desesperó. Confiaba en la pericia de Mezquida y ordenó dejar unas marmitas a modo de boyas con las indicaciones de la ruta que iban a seguir, hacia el nordeste, por si las encontraban y podían alcanzarles. En realidad, el barco perdido había navegado más deprisa y, al comprobar que el canal no tenía salida, se dirigió al punto de encuentro fijado por Magallanes, pero no lo encontró ni halló al resto de la expedición. Entonces el timonel Esteban Gómez conjeturó que aquellas aguas eran un camino bloqueado y la flotilla habían emprendido el regreso. Convenció a la tripulación, apresaron al capitán Mezquida, que se resistía a creer que su primo les hubiese abandonado y pusieron rumbo de vuelta a España.
Morir en Filipinas
Aunque la pérdida redujo la flotilla a tres barcos, siguieron adelante por el canal hacia el noroeste hasta que salieron a un mar tranquilo, sin tierra en el horizonte. Magallanes le puso el nombre de “Pacífico”. Era el 27 de noviembre de 1520. Tal como el navegante y su financiero Cristobal de Haro habían supuesto, el paso hacia el “mar del Sur” existía, era viable y había quedado inaugurado y documentado por los intrépidos navegantes. No se entretuvieron en explorar la costa. Se aprovisionaron de agua y de algunos vegetales comestibles y dejaron atrás el que en el futuro se conocería como “Estrecho de Magallanes”.
Después de bogar más de cincuenta días en dirección noroeste por aquel piélago desconocido llegaron a unas islas que llamaron de los Tiburones (Pukapuka), se aprovisionaron de agua potable y de los alimentos (aves y vegetales) que encontraron y siguieron adelante, llegando a la Isla de San Pablo, también conocida como Isla Vostok e Isla Flint el 4 de febrero de 1951. No les pareció que aquellos islotes de lo que hoy llamamos Micronesia tuviesen mayor interés a los efectos de lo que les interesaba: las especias, así que siguieron navegando y el 6 de marzo descubrieron la que hoy se conoce como Isla de Guam, en el archipiélago de las Marianas.
Encontraron allí unos indígenas de ojos rasgados y pequeña estatura, los guameños o chamorros, una gente a la que debieron de parecer marcianos. Aunque aquellos aborígenes jamás habían visto humanes europeos, conocían el valor de las cosas y practicaban el trueque, así que después del primer impacto mutuo aceptaron proveerles de agua y comida a cambio de unos utensilios de hierro, mineral que desconocían. Todo fue bien hasta que varios indígenas tuvieron la idea de acercarse a nado a los barcos y, aprovechando la oscuridad de la noche, llevarse una barca de remos que estaba atada al Concepción.
A la mañana siguiente, al descubrir el robo, Magallanes se enfadó bastante y acudió con un puñado de hombres a recuperar el bote. Pero los isleños los recibieron con flechas y lanzas, lo que enfadó mucho más al jefe expedicionario, ordenó que les quemaran las chozas y ejecutó a siete nativos que sus hombres habían apresado. Tras bautizar aquel territorio con el nombre de Isla de los Ladrones, levaron anclas rumbo al oeste y después de un mes de navegación llegaron al archipiélago de San Lázaro, rebautizado después por los colonizadores españoles con el nombre de Filipinas en honor a Felipe II.
Allí había arroz, agua potable, especias y unos aborígenes poco evolucionados e inofensivos, en apariencia. Exploraron la isla de Homonhon y prosiguieron hacia la hoy llamada Limasawa, un poco más grande. En ninguna de las dos se detuvieron más tiempo del necesario para conseguir frutos y provisiones. El 7 de abril de 1521 llegaron a Cebu, el principal poblado de la isla de Mactán, donde Magallanes decidió intervenir en defensa del rey local, que se había convertido al cristianismo y sufría los ataques de otros gerifaltes.
Aunque el descubridor tenía noticia por sus colegas portugueses de la belicosidad de los isleños, se fio de las apariencias (pequeños y debiluchos) y les plantó cara con poco más de cuarenta hombres. Craso error. Los aborígenes eran cientos (algunos dicen que más de mil), usaban lanzas y disparaban flechas envenenadas. Los rodearon y los molieron a palos. Magallanes cayó herido y murió el 27 de abril. Su barco, el Concepción, fue incendiado y su sucesor, el intrépido Duarte, siguió la lucha y también cayó asesinado. La pérdida de vidas humanas fue enorme. De los 239 expedicionarios iniciales sólo quedaban ochenta, lo que significa que, traiciones y deserciones aparte, las batallas para someter a los indígenas fueron una maldita sangría.
La buena suerte
Elcano salió ileso del empeño de someter por la fuerza a aquellos indígenas, cristianizarlos y someterlos al imperio español. Fue su segundo golpe de suerte. Pudo reparar y conservar su barco, el Victoria, que junto con el Trinidad eran los únicos de la flotilla que podían seguir navegando. Y lo hicieron por el mar de Filipinas, tocando tierra en las actuales Palawan y Brunei. El 8 de noviembre de 1521 arribaron a la isla de Tidore, cuyo rey les ofreció un convite. Elcano se encontraba mal y permaneció a bordo, lo que le libró de ser envenenado. Fue su tercer golpe de suerte. Para completar la faena, la nave Trinidad sufrió una vía de agua que obligó a su capitán, Gonzalo Gómez de Espinosa, a permanecer en Tidore mientras realizaban el carenado.
Los expedicionarios de la Victoria decidieron seguir la misión en solitario, tocaron tierra en Ambon (Indonesia) el 29 de diciembre y en Timor el 25 de enero de 1522. Habían cargado varias cubas de especias, llevaban otras con arroz y agua potable. Varios indígenas filipinos se enrolaron con ellos en aquella nave ya un poco cascada, de velas remendadas y aparejos mal acosturados que, sin embargo, resistió las tormentas y soportó las bonanzas de los casi cinco meses de navegación por el Océano Índico hasta alcanzar el Cabo de Buena Esperanza, en la costa de Sudáfrica, el 19 de mayo de 1522.
La resistencia del capitán vasco y de su tripulación fue formidable. Se alimentaban de arroz, agua y cocos, unos productos que, aunque racionados, producen escepticismo. Las únicas proteínas que ingerían procedían de los peces que pescaban. Pero la debilidad y las fiebres acabaron con la vida de varios tripulantes, de modo que al doblar la punta del Océano Atlántico y poner rumbo al norte, quedaban 47 individuos a bordo. El capitán de navío Salas diría tres siglos después que en vez de una carabela, aquel barco parecía “un ataúd”. Exageraba, sin duda, para agrandar la gesta de Elcano.
Tres meses tardaron en realizar la travesía hasta llegar a las islas portuguesas de Cabo Verde, donde Elcano y trece subordinados echaron pie a tierra en busca de provisiones. Consiguieron agua y algunos alimentos, pero enseguida los portugueses se enteraron de que aquellos navegantes españoles habían atraído al rey de Tidore a la causa de Castilla y, ante el temor a que les apresaran, subieron a la barca y salieron por remos hacia la nave. Ya no volvieron a tocar tierra hasta llegar a suelo español.
El 6 de septiembre de 1522 conseguían avistar la desembocadura del Guadalquivir, San Lucar de Barrameda, y ocho horas después llegaban a Sevilla. Los 18 expedicionarios supervivientes de la flota del “mar del Sur” acababan de dar la vuelta al mundo. Tres años después de su partida llegaban al puerto de salida, una gesta extraordinaria que no sólo confirmaba la esfericidad del planeta, sino también proporcionaba a la Corona española territorios coloniales hasta hacer realidad la frase atribuida al sucesor de Carlos I: “En mi Imperio nunca se pone el sol”.
Se presentó Elcano en Valladolid llevando consigo a algunos de sus hombres y a los isleños, como regalo al emperador, junto con especias, frutos, perlas y aves exóticas de las islas Molucas. Los patrocinadores, señores de Haro, se hicieron cargo de la mercancía y, al parecer, resarcieron de largo su aportación económica.
Aunque se ha dicho que Juan Sebastián Elcano esperaba el mando de la flota, lo cierto es que Carlos I se limitó a concederle un escudo de armas en el que figura un castillo de oro, un campo sembrado de especierías, dos palos de canela en forma de aspa, tres nueces moscadas y dos clavos de especie. Completan el emblema un yelmo y por cimera un globo terráqueo con la inscripción en latín: “Primus circumdedisti me” (El primero en circundarme). Elcano, que contaba entonces 46 años, fue nombrado vocal de la Junta de Letrados, Astrólogos y Pilotos españoles y portugueses.
Estatua de Elkano en Getaria, obra en bronce de Antonio Palau
Y aunque resulte paradójico, la envidia y el hecho de haber arrancado al planeta uno de sus más indeseables secretos para la Iglesia Católica, aconsejó al emperador a asignarle la escolta permanente de dos hombres armados. También, por paradojas de la historia, los carlistas destruyeron la estatua que en su memoria mandó erigir en Getaria el ilustre marino y científico Manuel de Argote y Bonechea. En 1860 se levantó otra, en bronce, obra de Antonio Palau. Pero los franquistas, triunfantes en la Guerra Civil, se la llevaron para ponerla junto a la ermita de la Reina de los Mares, inaugurada en 1941 como homenaje a los fallecidos del crucero Baleares, hundido por los republicanos. Muerto el dictador, los getariarras repusieron a Elkano en su sitio.
A falta de plenos parlamentarios donde se miden los primeros espadas (o principales sablistas), la acción política discurre mediante la práctica papelística y el consabido juego dialéctico a través de los medios de comunicación, en los que el Gobierno de Pedro Sánchez lleva las de perder por el cariz derechoso y conservador de la mayor parte de ellos. Esta realidad no la subvierte ni el profesor Tezanos, el hermeneuta chifleta utilizado por Sánchez primero para sustituir a Alfonso Guerra al frente de la Fundación Pablo Iglesias y a continuación para dirigir el CIS.
Novedad bibliográfica con la ayuda de la logógrafa Irene Lozano.
Si el semoviente Sánchez se desplaza en helicóptero o en avión, los actores de la derecha dicen que vaya en burro, si escribe un libro (“Manual de resistencia”, editorial Península) piden que sea ágrafo y critican que pierda el tiempo en contar sus batallitas en vez de ocuparse de gobernar, si acepta la presencia de un “relator” o notario neutral en la mesa de diálogo de los partidos políticos sobre el problema catalán, le acusan de ceder a las pretensiones de los independentistas. Y así sucesivamente.
En el colmo del extravío, algunos actores del tinglado de la antigua farsa dizque “popular” han invocado el “muera Sánchez”, aunque luego dijeron que era broma. También en su día pidieron el fusilamiento del buenista Zapatero como hicieron con su abuelo. Y no era broma. Un personaje tan correcto como el sublíder del PP Javier Maroto viene recordando que “Sánchez entró en La Moncloa por la gatera”, como si antes y durante la moción de censura provocada por la condena judicial de la corrupción en su partido no hubiera solicitado a Rajoy en público y en privado que designara a un sustituto. Ya sabemos lo que ocurrió, de modo que a los marotos les vendría bien recordar el refrán ruso: “Añorar el pasado es correr tras el viento”.
Vale la crítica, con fundamento o sin él, para atribuir al Gobierno todos los males y errores y negar progreso o acierto alguno. Lo hemos visto en el caso de Venezuela, en el que, sin duda, los dirigentes del PP y C’s, Casado y Rivera, deseaban tanta premura en reconocer a Guaidó como la que demostró en su día Aznar reconociendo al empresario jefe de la patronal venezolana que fue erigido por los golpistas contra Hugo Chaves como presidente de facto del país. El embajador español, señor Biturro, podría recordar, si quisiera, las órdenes de Madrid y la connivencia golpista con Washington. Los demás nos quedamos con el “¡Por qué no te callas!” del rey Juan Carlos cuando Hugo Chaves intentaba explicar en la cumbre iberoamericana el lamentable comportamiento del gobierno español.
En lo atinente a la práctica papelística ya hemos visto cuán aliados son de Sánchez y el PSOE los dirigentes de ERC al presentar su enmienda de totalidad (devolución) a los Presupuestos del Estado para este año y sumarse, de hecho, al rechazo del PP y C’s. Los promotores de la confrontación se alimentan (y engordan como cerdos) de la demagogia y la riña sin que les importe una higa la igualdad ante la ley y los demás principios democráticos consagrados en la Constitución que nos dimos los españoles y que fue refrendada por el 90,5% de los catalanes, sólo superados por los andaluces, canarios y murcianos.
En esta tesitura, el presidente Pedro Sánchez, ya informado por Mario Draghi de la presión inflacionista al 2% que interesa a los capitales, los empresarios y los asalariados para sostener el moderado crecimiento de la tasa de actividad industrial y de servicios en la UE, está en una situación ideal para convocar elecciones generales. Ya tiene el programa a corto hecho: los propios Presupuestos, a los que deberá añadir empleo para los jóvenes y sostenibilidad del sistema público de pensiones para los trabajadores jubilados de este país. Si la situación la pintan calva bueno será que agarre el último pelo y opte por el “superdomingo” de mayo. Como autor del “Manual de resistencia” ya sabe que resistir es votar. Por lo demás, la resistencia no evita la fatiga de los materiales ni, en este caso, la necesidad de un proyecto de futuro para los españoles.
Estatua de la Libertad, obra de Ponciano Ponzano, en la que se inspiró Auguste Bartholdi para diseñar la de Nueva York/ LD.
Eran las diez de la mañana (aunque parecía más tarde por el cambio de la hora) cuando llegué a la esquina de la calle del gran tenor navarro que primero fue cabrero, Julián Gayarre, con el Paseo de Reina Cristina, a la derecha, según se sale de la estación ferroviaria de Atocha. Unos orientales sacaban fotos del edificio neobizantino, muy bonito, del Panteón de los Hombres Ilustres. Les pregunté si habían visto la Estatua de la Libertad y me contestaron por señas que no entendían castellano y la libertad les sonaba a chino. Lógico.
Enseguida vi la puerta de la verja que protege el edificio; por suerte estaba abierta. Una bandeja inclinada anunciaba el horario de visitas al cenotafio. Me sorprendió que no indicaran el precio de la entrada, pues en Madrid (como en otras partes) cobran hasta por ver. Desenfundé la cámara y me dispuse a consignar la grata sorpresa, pero me llevé otra: Volta se burlaba de mí. Por suerte, en la acera de enfrente, había un bazar chino y compré las cuatro pilas reglamentarias. Regresé sobre mis pasos y ahora sí, hice una fotografía de la entrada al edificio, obra del arquitecto Fernando Arbós y Tremanti.
En la terraza de tierra arcillosa del interior de la verja, una joven de pelo rubio con un mono de trabajo y la inscripción de Ferrovial en el pecho limpia el jardín, junto a las piedras de una estatua caída entre unos aligustres verde oliva. Se incorpora levemente cuando me dirijo a ella: «¿Sabe usted donde está la Estatua de la Libertad?» No tiene ni idea, pues no es su oficio saber. «Pregunte al de seguridad», dice. El de seguridad es un hombre que regenta un mostrador en semicírculo, situado en una esquina del claustro, pero no quiero problemas ni que me diga que está prohibido hacer fotografías, de modo que evito acercarme y tuerzo en sentido contrario, a la izquierda, donde un grupo de visitantes comandados por dos jóvenes, uno grueso y otro flaco, contemplan el monumento funerario de Eduardo Dato con el escudo de España a sus pies. Cuando el flaco acaba de explicar que a Dato lo ultimaron de un tiro en la Puerta de Alcalá y el gordo toma la palabra para explicar lo del desastre de Anual, me acerco y pregunto al flaco en voz baja si sabe donde queda la Estatua de la Libertad.
Me mira con satisfacción y me dice en voz alta, atrayendo la atención de los demás: «Sales al jardín del claustro y ahí, al otro lado del obelisco del centro, en aquella esquina la verá». Antes de cruzar la puerta interior contemplo el monumental mausoleo de Antonio Cánovas del Castillo, obra de Agustín Querol. Es un sarcófago enorme, de mármol blanco, con la figura yacente del político conservador y una joven con la cabeza recostada junto a su testa que hace un círculo con los brazos como si quisiera abrazarle. El frente del sarcófago tiene seis figuras femeninas que, según la nota informativa de la bandeja, representan otras tantas virtudes. Dudo que como político tuviera alguna en aquella España con menos de veinte millones de vecinos, de los que más de once no sabían leer ni escribir, pero hoy es día de difuntos y está feo hablar mal de los muertos.
Jardín del claustro del Panteón de los liberales con la Estatua de la Libertad en su rincón /LD.
Me asomo al patio interior y, en efecto, en la esquina que me indicó el joven cicerone veo la pequeña construcción de cuerpo cilíndrico, terminado en cono, y sobre ella, la Estatua de la Libertad. Me acerco, le hago fotos. «Ya tenía yo ganas de verte», le digo. La Libertad de Ponciano está en todo lo alto, pero no está sola; la acompañan, apoyadas en los sarcófagos de Mendizábal, Argüelles y Calatrava, tres pétreas señoras que representan, según la nota de la bandeja, la Pureza, el Gobierno y la Reforma. Lo primero no me lo creo. Mientras contemplo la pequeña estatua con su corona de rayos de punta se acerca Carlos, un jubilado de 71 años que es de Burgos, y, como si supiera lo que he venido a ver me dice: «Ahí la tiene usted, la primera Estatua de la Libertad, la que sirvió de inspiración a los franceses, que luego se la regalaron a los estadounidenses».
Carlos se refiere al «inspirado» Auguste Bartholdi, el autor de la estatua más famosa del mundo, cuya estructura interna fue armada por el famoso ingeniero Gustave Eiffel. «Ponciano tenía que haber registrado su estatua, pero no lo hizo y se la copiaron», me informa Carlos. «Bueno, qué se le va a hacer –disimulo–; también se apropiaron del término liberal, que era español antes que inglés y francés, y no por eso vamos a disgustarnos». El jubilado burgalés mueve la cabeza en señal de acuerdo y añade: «Ponciano Ponzano era muy testarudo, era aragonés… ¿Sabe usted que murió en la ruina?» Lo desconocía. «Tiene una biografía muy interesante, léala», me recomienda.
«Bueno, pues ya la he visto, es todo, encantado don Carlos», me despido del didáctico interlocutor, cuyo nuevo oficio de jubilado es, según dice, «paseante de ciudad». Y en el fondo me entristece que mientras la Estatua de la Libertad de la desembocadura del río Hudson, al sur de Manhattan, aquel regalo de los franceses, plantado en 1886, monumento nacional en los Estados Unidos, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, ilumina el bien más preciado que a los hombres dieron los cielos y sirve de símbolo frente a la opresión, la nuestra, la de Ponciano, se halle arrinconada en un lugar que muy pocos conocen y algunos visitan como paseantes o por hacer un poco de turismo funerario el día de difuntos. Ya en la calle recuerdo que en 2013 un diputado aragonés, Chesus Yuste Cabello, de la Chunta Aragonesista, pidió al Gobierno de Mariano Rajoy que editara un sello de Correos para conmemorar el bicentenario del escultor Ponciano, nacido el 19 de enero de 1813, y el Gobierno se lo negó.
Franscesc Boix durante su declaración en el juicio de Núremberg sobre los nazis
A los 19 años ya había sobrevivido a mucha mala leche. Conocía los efectos de los bombardeos alemanes sobre Barcelona, la metralla de sus aviones contra las interminables hileras de soldados y paisanos que al final de la Guerra Civil buscaban refugio al otro lado de la frontera de Cataluña con Francia. Ni siquiera en aquellas circunstancias llegó a imaginar la crueldad y el horror que le quedaba por sufrir. Era el reportero gráfico Francesc Boix Campo (Barcelona, 1920-París, 1951), republicano, idealista, con una perenne sonrisa en los labios. Fue el “fotógrafo de Mauthausen” (Austria) y también el único español que pudo testificar contra los jerarcas nazis en el proceso de Nuremberg.
Gracias al historiador Benito Bermejo tuvimos noticia en 2002 de la existencia y la obra de Boix: las imágenes robadas a los carceleros de las SS de aquel campo de exterminio en el que mataron a más de 5.000 republicanos españoles. Con ocasión del 70º aniversario de la liberación del campo de exterminio de Mauthausen-Gusen, la editorial RBA lanzó una magnífica edición del libro de Bermejo, ampliada con más de 200 fotografías conseguidas por Boix, y con prólogo del escritor Javier Cercas.
Bermejo me comentó entonces: «Por cierto, que la concesión de la sepultura de Boix ya ha vencido, y desde la Amical de Mauthausen en Francia han solicitado a la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, que sus restos puedan ser trasladados al cementerio Père-Lachaise, uno de los más visitados del mundo, donde reposan las grandes celebridades francesas de nacimiento y adopción». Sería un gran gesto por parte de Hidalgo que los restos del fotógrafo catalán pudieran descansar en el lugar que acoge los de grandes personajes desde Molière a Proust. También al expresidente del gobierno republicano español Juan Negrín y a la reportera Gerda Taro, compañera de Robert Capa.
Y, naturalmente, la socialista Hidalgo, ha respondido con generosidad, de modo que el próximo 16 de junio, los restos mortales de Boix serán trasladados con toda solemnidad al cementerio de las grandes personalidades y recibirán honores de Estado, en una ceremonia en la que está prevista la presencia de la alcaldesa y de representantes del Gobierno francés. El desinterés (cuando no desprecio) del Ejecutivo derechista español por la memoria democrática ha llevado a la oposición parlamentaria a aprobar una proposición no de ley (a la que se ha sumado el PP) exigiendo la presencia de una representación oficial española en los actos.
Quien asistirá si el tiempo y los achaques de su avanzada edad (el 30 de agosto cumplirá 96 años) no se lo impiden, será Ramiro Santiesteban Castillo, el preso número 3237 de Mauthausen y el último superviviente español (nació en Laredo, Catabria). Ramiro tenía 15 años cuando le deportaron a Mauthausen con su padre y su hermano y allí conoció y entabló amistad con Boix. Los dos lograron salir vivos de aquel infierno nazi.
¿Quién era Boix, por qué acabó en Mauthausen, cómo consiguió burlar la vigilancia de los nazis y esconder aquellos fotogramas? “Yo conocí la existencia de Boix –explica Bermejo– a finales de los años noventa. Las primeras fotografías me las enseñó un socialista de Arganda (Madrid) que vivía en Toulouse. Se llamaba Enrique Tapia y había sido mecánico de la aviación republicana y en Francia trabajó en Aerospatiale y creo que también tuvo un taller de bicicletas. El propio Boix le había entregado aquellas fotos en 1946 con ocasión de un acto con Pasionaria, y el hombre las guardaba como oro en paño”.
Bermejo trabajaba entonces en el rescate de la memoria de las víctimas españolas del holocausto –ha filmado más de setenta entrevistas con supervivientes y familiares directos para un programa de la UNED en colaboración con la profesora Alicia Alted y ha elaborado el Libro Memorial sobre los españoles en los campos de exterminio con la también historiadora Sandra Checa–. Cuando Tapia le mostró aquellas fotografías quedó impresionado y adquirió conciencia del valor y la inteligencia de Boix y de la importancia de su legado histórico.
“Algún tiempo después, en el año 2000 –añade Bermejo– surgió la oportunidad de participar en un documental que iba a dirigir Llorenç Soler y producir Oriol Porta sobre la figura de Boix: Un fotógrafo en el infierno. Soler ya había hecho otro documental sobre Mauthausen en 1974, yo creo que el primero que se hace en España. Hicimos el documental, que fue una experiencia formidable, y, a continuación me plantee hacer un libro, que se publicó en 2002. Fue una obra que ayudó a muchos descendientes de las víctimas a identificar a sus familiares.
El joven Boix, al que su padre había enseñado las técnicas fotográficas, cruzó la frontera francesa por Portbou en los primeros días de 1939 junto con miles de refugiados republicanos españoles que, derrotados y desarmados, fueron confinados en los arenales playeros de Argelés y otros pueblos hasta Marsella. Él y otros muchos se aprestaron a defender a Francia de la amenaza de las tropas invasoras de Hitler. Unos fueron a la Legión Extranjera, otros se sumaron a las tareas de ayuda al Ejército francés hasta que la ominosa capitulación del mariscal Petain, en la primavera de 1940, les convirtió en prisioneros de guerra de la Wehmacht. Francesc Boix era uno de ellos. A finales de agosto fue sacado del campo de prisioneros y deportado con otros 350 compañeros españoles al centro de trabajos forzados en las canteras austriacas de Mauthausen.
Miles de presos desnudos en el patio de Mauthausen/Foto de los nazis escondida por Boix
Aquel sería poco después, a partir de septiembre de 1940, el lugar elegido por los jefes nazis Hitler y Himmler, de acuerdo con Franco y su cuñado Serrano Suñer, para exterminar a la mayoría de los republicanos españoles, tanto si combatían en la resistencia como si permanecían refugiados pacíficamente en lugares como La Vernet, cerca de Angulema. De los casi 8.000 españoles que llevaron a Mauthausen, más de 5.000 murieron de hambre, agotamiento, frío y enfermedades. Y también asesinados a tiros por los carceleros de las SS. Los que eran sacados del campo, ya no volvían. Los llevaban a las cámaras de gas de Hartheim. Los que morían en el campo también desaparecían, transformados en humo y ceniza en los hornos crematorios.
No es exagerado decir que en aquella sede del infierno –sin olvidar otras en las que sufrieron y murieron cientos de republicanos españoles como Dachau, Buchenwald, Treblinka, Sachsenhausen, Neuengamme…– tuvo Boix una suerte de mil diablos, pues los nazis necesitaban a alguien que supiera fotografía y revelara las instantáneas que tomaban para enviarlas a Berlín. El laborante que tenían, el preso español Antonio García, fotógrafo de profesión, no daba abasto, necesitaba ayuda, y esa ayuda se la prestó Boix.
Prisionero muerto sobre la nieve junto a las alambradas de Mauthausen
Si el instinto de supervivencia de García le impedía romper las reglas, pronto Boix demostró que no le asustaban los malditos carceleros de las SS y, de acuerdo con varios compañeros, ideó la forma de guardarse los negativos y ponerlos a buen recaudo. ¿Cómo? Entregándoselos a uno de los pochacas, que eran un puñado de presos a los que llevaban a trabajar diariamente a una empresa nazificada fuera del campo. Les llamaban así porque el nombre de aquella empresa se pronunciaba pochaca. Ellos consiguieron que una mujer que acudía a aquella fábrica aceptara esconder los negativos en una pared de piedra de la finca que rodeaba su casa.
Pasó el tiempo y Boix logró sobrevivir a la barbarie. Fue uno de los 2.700 españoles que salieron vivos de aquel infierno. El 3 de mayo de 1945, cuando llegó la primera patrulla de exploración estadounidense, los SS ya se habían apresurado a destruir y quemar las pruebas del exterminio y a poner tierra de por medio, dejando el campo en manos de unos policías y bomberos austriacos, aunque, de hecho, los españoles ya se habían hecho cargo de las instalaciones. Boix era uno de ellos. Suyas son las fotografías de la pancarta de bienvenida que encontraron los aliados en castellano en lo alto de los muros de Mauthausen.
Pancarta de bienvenida en castellano en el campo de exterminio a las tropas norteamericanas.
Tras la liberación, Boix y sus compañeros de cautiverio decidieron crear un grupo de trabajo para ordenar la documentación que habían salvado e identificar al mayor número posible de muertos. Ellos pusieron a disposición de la Cruz Roja y de los organismos internacionales en Ginebra toda aquella documentación. Téngase en cuenta que por aquel campo de exterminio pasaron más de 300.000 personas de varias nacionalidades. Boix rescató los negativos y se centró durante varios meses en la tarea de documentar y fechar aquellas fotografías.
Los jerarcas nazis no contaban con el impresionante testimonio gráfico escondido durante años por el valiente fotógrafo español con la ayuda de sus bravos compañeros comunistas. Pero allí estaban las pruebas de su criminalidad sin límite. Allí aparecían los máximos responsables, Himmler, Ziereis, Kaltenbrunner…, visitando el campo de exterminio. Boix consiguió declarar ante el tribunal de Nuremberg. No lo tuvo fácil porque era español y España había quedado oficialmente al margen de la guerra. Pero el dictador Franco había suprimido oficialmente la nacionalidad a los refugiados republicanos españoles, los había convertido en apátridas, y Boix logró que le incluyeran entre los testigos franceses. Los jefes del III Reich quedaron boquiabiertos ante el testimonio de Boix, acompañado de las fotografías que entregó al tribunal. Uno de ellos, Kaltenbrunner vociferó en alemán: “¡Son falsas!” y, viéndose perdido, alegó que había técnicas de trucar de las fotografías. Su argumento no le libró de la horca.
Boix, cubriendo el Tour para L’Humanité
Algunas de aquellas fotografías sobrecogieron a la opinión pública francesa cuando Boix las publicó en L’Humanitè, el periódico francés en el que entró a trabajar de reportero gráfico. Era un tipo admirado y querido por sus compañeros. No duraría mucho. Los estragos del campo de concentración habían minado irreversiblemente su salud y en 1951 tuvo que abandonar la cobertura del Tour de Francia y regresar a París, donde murió de tuberculosis a los 31 años de edad. En nuestro diálogo sobre la figura de aquel valiente, el historiador Bermejo no duda de que si le dieran a elegir un lugar en el cementerio francés de los grandes personajes, probablemente se instalaría a la sombra del Muro de los Federados, los héroes de la Comuna de París. Y así será.
Silvia, hija de un español superviviente del campo de exterminio nazi de Mathausen afirma que mientras ella viva ondeará la bandera republicana/ Foto: SDC
Silvia Dinhof-Cueto prometió a su padre que mientras ella viva ondeará la bandera republicana en el campo de exterminio nazi de Mauthausen (Austria), donde murieron cinco mil españoles. Su padre, Víctor Cueto, nacido en Ceceda (Asturias) en 1918, sobrevivió a aquel infierno porque un nazi lo sacó de la cantera y lo mandó a trabajar en una huerta; comía algún tubérculo a escondidas; pesaba 39 kilos el día de la liberación, hace ahora 70 años. Se quedó a vivir en Austria y falleció en Lenzing en 1990. Ella ha cumplido su palabra, aunque no le ha resultado fácil porque después de tantos años de desprecio y olvido del Estado español, es como si el símbolo que recuerda que aquellos españoles que lucharon y murieron por la libertad eran republicanos, molestase a alguien. En conversación telefónica para este blog, Silvia explica:
– Nunca hemos tenido el reconocimiento legal de las autoridades españoles, y siempre hemos sido los familiares quienes rendimos homenaje a nuestros seres queridos asesinados y supervivientes de los campos. Todos los años, el Día de la Madre, 3 de mayo, coincidiendo con la liberación, hemos ido las hijas e hijos, las viudas, los nietos y nietas a rendirles homenaje, aparte de acudir al acto oficial. Recuerdo a mi padre, a Ana, de 84 años, que iba con su compañero, y a otros ya fallecidos que no aceptaban otra bandera que la republicana. Luego algunos entendieron que también debía ondear la constitucional y lo aceptamos. Después hemos visto que quitaban la republicana y la hemos vuelto a poner. Yo sé cuánto les duele esa acción injusta y arbitraria.
– ¿Cuántos supervivientes quedan en Austria?
– Ya no queda ninguno con vida. Mi padre murió en 1990 y el último que quedaba, Frank, falleció en 2001. El también dijo que mientras viviera ondearía la bandera republicana, y al año siguiente faltaba, la quitaron.
– Quiere decirse que el Gobierno español ya no tiene a nadie a quien condecorar.
– Así es.
– ¿Por qué ese empeño con la bandera? ¿Puede explicarlo a las nuevas generaciones que acaso no comprendan ese afecto simbólico?
– Por respeto a la verdad histórica. Los que lucharon y murieron por la libertad eran republicanos. Franco les quitó la nacionalidad española. Yo nací apátrida, y si no hubiese sido por los estadounidenses que dijeron: “No nos movemos de aquí hasta que no se resuelva la cuestión de la nacionalidad de los supervivientes”, no habría podido adquirir la nacionalidad austriaca.
– Bueno, ahora, a raíz de una interpelación de Esquerra Republicana de Cataluña (ERC), el Gobierno se ha comprometido a reconocerles jurídicamente y a considerarles como víctimas del franquismo.
– Hasta que no lo vea, no lo creo. Ya hace diez años dijeron algo parecido y no han hecho nada. Salvo dos o tres embajadores que se han portado bien, no tenemos nada que agradecer al Estado español.
– ¿Cree que debería ir el jefe del Estado a rendir homenaje a las víctimas?
– Lo que me gustaría es que España fuera una República, que es lo lógico y lo democrático. No me gustan las monarquías, ni la española ni la británica, ninguna. Pero si al jefe del Estado, al Rey, se le antoja pedir perdón, estaría bien; fueron víctimas del Estado español (franquista) y no han tenido el reconocimiento jurídico como tales víctimas. Por el contrario, los gobiernos españoles han cambiado las leyes para impedir que se haga justicia y se persiga a los culpables.
Silvia y David Moyano, superviviente de Mauthausen, encabezaron en 2008 la petición de extradicción a Estados Unidos de cuatro carniceros de las SS residentes en aquel país para que fueran juzgados por crímenes de lesa humanidad por la Audiencia Nacional española, pero lo más que consiguieron fue el procesamiento de tres. Con ellos firmaban la petición Jesús de Cos Borbolla, cuyo padre, Donato de Cos Gutiérrez, fue hecho prisionero en Dunkerque y exterminado en Gusen; Concha Ramírez Naranjo, cuyo marido, Gabriel Torralba, estuvo internado en Auschwitz y fue trasladado posteriormente al campo de concentración de Flossenbürg, donde fue liberado por las tropas estadounidenses; Aurore Gutiérrez, cuyo abuelo Agustín Puente Lavin y dos tíos, Marcos y Francisco Puente Izaguirre, fueron exterminados en Sachsenhausen, en cuya enfermería permaneció el líder de la UGT, Francisco Largo Caballero, desde el 31 de julio de 1943 hasta el 24 de abril de 1945, una semana antes de que el campo fuera liberado por una unidad militar polaca.
El padre de Silvia, Víctor, tenía 21 años cuando cruzó los Pirineos junto con los miles de republicanos derrotados por las tropas de Franco con la ayuda de Hitler y de Mussolini. Enseguida se alistó en las compañías de trabajo para fortificar la defensa francesa contra los nazis, la fracasada línea Maginot, y fue trasladado en un tren a un stalagen Alemania, un campo de concentración con unos barracones infectos, donde permaneció hasta que, en septiembre de 1940, Franco dio el visto bueno a Hitler para que exterminara a los españoles y éste ordenó deportarlos a Mauthausen, uno de los campos más duros, al que iban a parar los “enemigos políticos incorregibles del Reich”. Tras la liberación, Victor se quedó en localidad austriaca de Lenzing, donde reside su hija, que nunca podrá olvidar la primera visita que, siendo niña, hizo con su padre a Mauthausen, ni el lugar, una sombría esquina, donde los perros dóberman, adiestrados como vigilantes, descuartizaban a los presos más díscolos que les echaban los carceleros nazis para alimentarlos. “Era una esquina terrible”, recuerda.
El impresionante mural de Picasso sobre la destrucción de Guernica por la aviación alemana/Museo Reina Sofía de Madrid.
El 26 de abril se cumple el 80º aniversario del bombardeo de Guernica, un crimen de guerra denunciado e inmortalizado por el genial pintor malagueño Pablo Picasso en su mural para el pabellón de la República Española en la Exposición Universal de París. Aunque fue un crimen masivo contra la población civil indefensa, no impresionó a las llamadas «potencias democráticas», que aparte de realizar dos ensayos (el primero salió mal) ante el eventual bombardeo aéreo del edificio de la Sociedad de Naciones en Ginebra (Suiza), siguieron negando su apoyo a la democracia española frente al nazismo y el fascismo.
Tres semanas antes de arrasar la histórica villa de Guernica, símbolo del pueblo vasco, la aviación italiana probó los efectos del «bombardeo en alfombra» sobre Durango y otras localidades vizcaínas, destruyendo iglesias, atacando mercados y provocando 294 muertes y cientos de heridos. Con anterioridad habían ametrallado y bombardeado a la población civil que huía de Málaga hacia Almería. Y previamente habían probado los efectos de los raids aéreos, bombardeando los barrios humildes de Madrid para «ablandar» a la población y obligarla a rendirse. Madrid no se rindió.
La destrucción de Guernica por parte de los bombarderos de la Legión Cóndor, escoltados por cazas alemanes e italianos y guiados por un aviador español de abolengo aristocrático borró literalmente del mapa a la histórica villa y símbolo de la identidad y los derechos históricos del pueblo vasco. Además de un crimen de lesa humanidad pretendía humillar a los vascos, que rechazaron desde el minuto uno la sublevación militar facciosa del 18 de julio de 1936.
Para entones Franco y Mola, cabecillas principales de la sublevación, se habían estrellado contra Madrid, fracasado en su empeño de cortar el cordón umbilical de la capital con Valencia (batalla del Jarama) y rumiado la derrota de las fuerzas divisionarias italianas en Guadalaja, de modo que decidieron acumular las fuerzas mercenarias en el norte, donde Mola fijó el objetivo de apoderarse de Bilbao y atacar Cantabria y Asturias. Para ese cometido apelaron a la aviación alemana e italiana, que además de lanzar bombas de 250 y de 50 kilos sobre la población civil, probó los efectos devastadores de sus proyectiles incendiarios de aluminio, de 10 kilos.
Vista aérea de los bombardeos sobre Durango.
TORMENTA DE ACERO SOBRE DURANGO/ Los diarios madrileños El Liberal y La Voz recogieron en sus ediciones del 1 de abril los bombardeos de Durango, el 31 de marzo de 1937, en los que murieron 394 personas: «A las seis de la mañana de ayer, la aviación facciosa hizo acto de presencia en algunos pueblos de Vizcaya, practicando reconocimientos. A las nueve de la mañana, varios trimotores de bombardeo, escoltados por algunos aparatos de caza, se presentaron en Durango. Los aviones fascistas descargaron su metralla sobre el centro de la población, arrojando también numerosas bombas incendiarias que causaron importantes daños. La parte céntrica de la localidad sufrió grandes destrozos, el vecindario se dedicó a socorrer a las victimas y a descombrar varios edificios derribados con objeto de extraer a los habitantes que habían quedado sepultados. Mientras tanto, otras personas recogían a los niños del pueblo para ponerlos en lugar seguro ante la posibilidad de que se repitieran los ataques.
IGLESIAS DESTRUIDAS/ La iglesia de Santa María fue uno de les principales objetivos de los aviones rebeldes. En ella, y en el pórtico, que es donde se celebra el mercado, que a la hora del bombardeo se hallaba concurridísimo, cayeron varios proyectiles. En ese momento estaba celebrando misa el sacerdote, señor Murilla, quien, lo mismo que muchos asistentes a la función religiosa, pereció. En la residencia de los jesuitas, la iglesia ha quedado completamente desmantelada. También en esta iglesia se estaba celebrando misa, actuando el padre Villamedia, que pereció en el acto, igual que el monaguillo. El rector del convento se encontraba en un confesonario, resultando ileso, pero una señora a la que estaba confesando quedó gravemente herida. El número de victimas extraídas hasta ahora de esta iglesia ha sido de 25 personas, la mayoría mujeres y niños.
DOCE RELIGIOSAS MUERTAS/ En la residencia de monjas Santa Susana, los efectos de las bombas alcanzaron a muchas religiosas, produciendo la muerte a doce monjas de la Orden de San Agustín. El número de heridos asistidos por la mañana por el personal de las ambulancias ascendía a 150. A Durango acudieron el consejero de Gobernación, el subdirector de Seguridad, el general Llano de la Encomienda y otras personalidades.
ELORRIO Y OCHANDIANO, BOMBARDEADOS/ Durante la mañana fueron bombardeados por los aviones facciosos Elorrio y Ochandiano. Estas agresiones produjeron destrozos y numerosas víctimas. Una capilla que se levantaba a la entrada de Elorrio quedó destruida, así como otra cercana a la iglesia parroquial. Cerca de este templo cayeron varias bombas, resultando muertas una monja, varias mujeres y algunas niñas. Se ha sabido que otros pueblos vizcaínos han sido también objetivo de los aviones rebeldes, pero todavía no ha sido posible obtener referencia autorizada de los efectos.
NUEVAS ACCIONES CRIMINALES/ Por la tarde los aviones facciosos realizaron una nueva incursión sobre Durango. Tan pronto como aparecieron en el horizonte aviones leales, los facciosos se dieron a la fuga para regresar con nueva carga. Ametrallaron a cuantas personas intentaron refugiarse en el campo, así como a las que transitaban por las calles del pueblo. Durante la incursión de la tarde fue recogida en las afueras de Durango una infeliz mujer, que se hallaba refugiada en una zanja, y que durante el bombardeo de esta mañana había perdido a su madre y cuatro hijos.
SOBRE AMORABIETA/ La aviación enemiga, a pesar del mal tiempo reinante, ha proseguido sus acciones criminales contra los pueblos de la retaguardia. Le ha tocado el turno a Amorabieta. Dos aviones rebeldes volaron a escasa altura sobre el pueblo, disparando repetidamente sus ametralladoras. Pero el vecindario, advertido a tiempo, acudió a los refugios y frustró los planes del enemigo. No hubo que lamentar víctimas. No resignándose los rebeldes al fracaso de su intento, volvieron de nuevo a las dos y media y a las tres y cuarto de la tarde. Varios aparatos de caza, descendiendo hasta veinte metros de altura, para ametrallar a la población. Pero en estas nuevas incursiones tampoco consiguieron su objeto.
LOS MARTIRES DE DURANGO, EN BILBAO/ (En El Liberal, de la agencia Fabra en Bayona). Han llegado a Bilbao algunos habitantes de Durango que después de los bombardeos de los facciosos dan detalles de la cruel agresión a la población civil y muestran fotografías en las que se ven las calles con restos de mujeres y niños.
INFAMIA Y MENTIRAS/ (Agencia Fabra desde París). En los medios populares han producido gran indignación las informaciones divulgadas por una agencia noticiosa alemana, atribuyendo a las fuerzas republicanas y a la propia población civil de Durango la destrucción de la iglesias de Santa María y el convento de las monjas. Estas infamias ponen de relieve el cinismo de determinados informadores al servicio de los rebeldes españoles.
Destrucción y escombros/Foto: Museo de la Paz de Gernika
LA DESTRUCCIÓN DE GUERNICA
La Voz informaba del bombardeo de la villa vasca con este titular en la portada de su edición del 28 de abril de 1937: «La aviación Alemana ha destruido Guernica por completo». «Su Casa de Juntas, el árbol de las gloriosas tradiciones vascas y sus caseríos son hoy un montón de ruinas, donde hay sepultadas numerosas víctimas».
LLAMAMIENTO DE JOSÉ ANTONIO AGUIRRE/ El presidente vasco, señor Aguirre facilitó ayer la siguiente nota: «Los aviones alemanes al servicio de los facciosos españoles han bombardeado Guernica, incendiando la histórica villa, que tanta veneración tiene entre los vascos. Nos han querido herir en lo más sensible de nuestros sentimientos patrios, poniendo una vez más de manifiesto lo que Euzkadi puede esperar de los que no vacilan en destruir hasta el santuario que recuerda los siglos de nuestra libertad y de nuestra democracia. Ante este agravio, todos los vascos debemos reaccionar con violencia, jurando muy dentro del corazón defender las esencias de nuestro pueblo con inaudito tesón y con heroísmo si el caso lo requiriese. No podemos ocultar la gravedad del momento; pero la victoria no podrá acompañar jamás al invasor si, preñado nuestro espíritu de voluntad nos empeñamos en derrotarlo. El enemigo avanzó en muchos territorios, siendo luego derrotado. Yo no vacilo en augurar que aquí sucederá eso mismo. Que el agravio de hoy sea un acicate más para conseguirlo con toda rapidez».
ESCOMBROS Y CUERPOS CARBONIZADOS/ (Nota oficial del Gobierno Vasco): «Ayer por la tarde quedó reducida a ruinas y escombros la villa de Guernica. Su Casa de Juntas, el Árbol de su tradición, el caserío al que guiaban sus calles señaras e hidalgas cayó bajo el bombardeo de la aviación rebelde, que quiso significar una destrucción en Guernica por lo que para todos los vascos tenía de motivo y simbólico. Las bombas incendiarias, arrojadas a placer y sin enemigo sobre las calles, han puesto sobre el suelo de Guernica una estela histórica. Allí estaba Guernica. Entre sus ruinas solamente quedan cadáveres carbonizados en gran cantidad. Los que la evacuaron, hombres, mujeres y niños, sacerdotes de Dios y gentes civiles fueron perseguidos por la metralla. Guernica, con su Archivo, Biblioteca, Museo y tradición, ha pasado al seno de lo histórico. Ya son tres las villas destruidas: Guernica. Durango y Elgueta. Llegan ya a miles las mujeres y los niños que han encontrado la muerte entre sus escombros. La orden de bombardeo fue dada por el cuartel general alemán, establecido en Deva. Los vascos hemos cometido el delito de poner a la orden de la República y de la democracia nuestra tradición, nuestro contenido liberador, nuestro genio civil y nuestra retaguardia ordenada, nuestro crédito en la Gran Guerra, en la cual, no obstante la neutralidad española, treinta y cinco barcos de los ciento cincuenta puestos por Euzkadi al servicio del Almirantazgo inglés para forzar el bloqueo alemán, encontraron sepulcro en el fondo del mar con todas sus tripulaciones. Para evitar que el pabellón vasco obtenga para la II República la simpatía del mundo o pueda ser un día próximo la causa de democracia mundial, los mandos rebeldes, los directivos alemanes, han resuelto borrar al labrador y a cuanto representa el sentido vasco de la faz de la tierra. Ayer Durango, hoy Guernica, mañana Bilbao. Este es el plan alemán. Sólo podemos oponerle los pechos vascos en veintisiete días de ofensiva brutal. Llevamos a la causa de la República y a la defensa del territorio vasco nuestro coraje y la simpatía atenta del mundo. Con ellos esperamos vencer, pero creemos un deber que el pueblo republicano conozca nuestra amargura para que pueda juzgar la lealtad de nuestras fuerzas.
MENTIRAS Y TESTIGOS/ La prensa recogía la indignación de las autoridades republicanas ante las emisiones de la Radio Nacional franquista de que, como ocurrió tras el bombardeo de Durango, los republicanos habían incendiado Guernica. Por su parte, el responsable de relaciones exteriores del Gobierno vasco, Mendiguren, transmitió las informaciones radiofónicas sobre el debate en la Cámara de los Comunes británica en relación con los bombardeos de la villa foral vasca. Los jefes de la oposición parlamentaria condenaron la agresión, calificándola de la más horrorosa y abominable que registra la historia del Mundo. Les contestó el señor Edén (ministro de Exteriores), «sin poder precisar los términos en que se expresó». También dijo que los periodistas ingleses que se hallan en el territorio vasco, así como los españoles corresponsales de diarios extranjeros, han telegrafiado a sus periódicos detallados relatos del bombardeo de Guernica, del que fueron testigos presenciales, y del que estuvieron a punto de ser víctimas.
SOLO QUEDA EL LUGAR/ La reunión urgente del Gobierno Vasco se centró en las medidas sanitarias urgentes y en la evacuación de los heridos y supervivientes. El secretario general de Gobernación manifestó que los efectos del bombardeo de Guernica había sido terrible. La villa ha quedado convertida en un montón de cenizas. Terminó diciendo que había estado en las inmediaciones y volvía muy impresionado, pues únicamente queda el lugar de lo que fue aquel pueblo.