Archivo de la categoría: Cuento breve

Algo pasa en Nueva York

Cuentos y descuentos del sábado (7-9-2024).– Luis Díez

Fiol abrió el sobre. Luisa le decía: “Me he sentido inspirada en Nueva York y con permiso del inigualable Federico García Lorca me ha salido esta letrilla rapera:

¿Qué pasa?

Pasa un camión con una grúa,

hombres araña, limpiacristales,

la torre Trump y las gemelas, que ya no están.

Pasa la estatua de la Libertad, tan admirada,

y el Oculus, ojo del culo, de Calatrava, con sus goteras.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Especuladores en limusinas y cadillacs,

pasan notables y pordioseros,

un río de gente, un hombre anuncio que compra oro,

un cincuentón marcando paquete,

chicas modosas y señoritas muy a la moda,

un Seat Ibiza muy sospechoso,

un camarero, un terrorista, una eminencia, una molécula,

los estorninos que van volando hacia otro lado.

¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

Pasa una avispa, pasa Lenin que ni clavado,

pasan chavales, pasan rodando sobre artificios,

titis y churris y unos mormones con sus peinados,

pasan los tontos contemporáneos, los musculosos,

los anodinos, los paticortos, negros y blancos

pasan las kelis, los comerciantes y gente obrera,

pasan chiquillos y policías con sus sonidos,

pasa la vida, muera la guerra, el ecocidio, el esclavismo…”

Ahí se interrumpe la tabarra, se acaba la carta. Marisa adjunta una fotografía urbana que invita a fijarse en dos mujeres que acaban de salir de un automóvil en la Quinta Avenida. «¿Sabes quiénes son?», pregunta. «La hija de Trump y su amiga Wendi Deng, La Tigresa china«. La instantánea le permite reconocer a Ivanka Trump. Su acompañante de almendrados ojos posee, según le explica Marisa, una historia formidable de conquistas amorosas. Su segunda conquista, tras el ingeniero que la sacó de China, se llamaba Rupert Murdoch. La tercera, tras el propietario de News Corporation, fue el primer ministro británico Tony Blair, quien bebió los vientos por Wendi y acabó divorciándose de su esposa. Pero la Tigresa china no se conformó y ahora es amante de Vladimir Putin, un criminal de guerra con rostro de víbora. “Si tienes en cuenta la relación de Ivanka con Wendi y que el marido de Ivanka y consejero de Trump hace negocios con ella, comprenderás el calado de las relaciones entre el expresidente y candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos y el belicoso presidente ruso”. Impresionado se sintió Fiol por la información.

De reyes, canes y calandrias

Cuentos y descuentos del sábado (24-08-2024).–Luis Díez.

“Hoy las golondrinas están contentas porque ya no hace tanto calor”, comentó Pilar al llegar al palmeral de la playa, acompañada de Manuel, el espía superviviente.

–¿Te lo han dicho ellas? –Le preguntó el aviador apagafuegos.

–Hombre, José Luis, las calandrias no hablan –dijo la recién llegada.

–¿Entonces qué sabes tú si están contentas o tristes, si pasan calor o frio? –Incidió el aviador tocapelotas.

–Eso se nota en el parloteo musical, en sus gorjeos, sus prrr efusivos, sus reclamos, esos uit, uit agudos. Pasan tanto calor las criaturas que llevaban días sin decir ni pío.

–Si fueran mirlos, con lo bien que cantan, me alegraría, pero esas antipáticas… anda y que les den –agregó el aviador.

–¿Antipáticas? –Se extrañó Pilar– ¿No sabes que las calandrias libraron de la corona de espinas a Nuestro Señor Jesucristo?

–Leyendas para beatas –replicó el apagafuegos.

La conversación, intrascendente hasta ese momento, adquirió fundamento cuando Raquel, la bióloga, aseguró que las aves lo pasan tan mal como los humanes con el calor extremo. Cualquier observador puede notar su escasa actividad en las horas centrales del día. No se atreven a salir del nido ni a abandonar las sombras porque también a ellas les cuesta mucho desprenderse del calor interno que genera la actividad muscular.

–Para ayudar a los gorriones, las golondrinas, los mirlos y otros pájaros familiares a sobrellevar estas oleadas de calor podemos dejar recipientes con agua en las terrazas, jardines o los alféizares de las ventanas –añadió la bióloga antes de referirse a la urohidrosis.

–¿Uro qué? –Saltó el aviador.

–Hidrosis, u-ro-hi-dro-sis, una forma de refrescarse que consiste en defecar o mear frecuentemente en las zonas escamosas de sus patas para enfriarse gracias a la evaporación.

–Una asquerosidad, osea –proclamó el aviador.

–Más o menos como tu sudor –le asestó Raquel.

–A propósito de si los pájaros hablan, ¿qué me dices de los loros? –se interesó el profesor Manises.

–Lo que es hablar no hablan, aunque reproduzcan los sonidos de las palabras de hasta cuatro sílabas –respondió pilar–. Y en cuanto a las entendederas, entienden mucho mejor los perros.

–Lógico. Por algo tienen la cabeza más grande –razonó Santiago, el churrero.

–Tengo yo un vecino que no habla con nadie; ni mujer ni hijos ni allegados, solo con su perro –comentó el arquitecto don Pepe.

–Me atrevo a asegurar que ese hombre está acostumbrado a mandar y ya nadie, salvo el perro, le obedece –aventuró Manises.

–Me gustan los perros porque siempre perdonan –comentó don Víctor Márquez como saliendo de alguna de sus ensoñaciones con personajes del pasado.

–Eso lo dirá usted –le replicó el aviador apagafuegos.

–Lo escribió Albert Camus en La Caída, un libro que le recomiendo.

–Ya querría ver yo a ese Camus rodeado de una manada de perros hambrientos del desierto a ver si escribía eso –arguyó el aviador.

–A quien me gustaría ver así es al criminal Netanyahu –manifestó Victor.

–Hostia, y a mí. Y que le arrancaran a mordiscos las orejas, la lengua, los ojos… Después de todo sería un trato consecuente con sus creencias y las de sus correligionarios, ojo por ojo –dijo el profesor.

–Religiones aparte, dicen que Hitler quería mucho a su perro –comentó el millonario don Baldo.

–Sigo sin entender a esa gente sentimental con los animales y criminal con los de su especie –prorrumpió Macarena, labios de cereza.

–Habrá que preguntarse donde quedó la cordialidad humana –dijo don Baldo.

–Tengo la impresión de que vamos a peor. Sobra agresividad, eso que muchos confunden con la competitividad, y falta cordialidad –dijo el profesor Manises–. Es probable que esa carencia de buenas maneras, imprescindibles para la convivencia humana, se deba a una educación fría, distante, tamizada por las tecnologías virtuales y, en definitiva, cada día menos interesada en formar personas al tiempo que excelentes técnicos y habilidosos trabajadores.

–¡Oh Bartleby, oh humanidad! –Exclamó, al pronto, Víctor Márquez.

–Oh, Melville, también yo preferiría no hacerlo –dijo el profesor antes de referirse a la responsabilidad que también cabe exigir a los dirigentes políticos y sociales para que den ejemplo y se abstengan de contribuir a este aumento de la agresividad y esta pérdida de la cordialidad humana. –Es como si hubieran olvidado su obligación de ejercer el magisterio público, como si despreciaran esta función esencial. Casi todos los que pintan o aspiran a pintar algo en la derecha política prefieren el trazo grueso, el bulo, el insulto, el ataque al hombre y la descalificación del adversario en vez del razonamiento crítico y la exposición veraz y honrada. Es más fácil hozar y destrozar que construir y edificar. Y encima se difunde mejor y es más rentable el dicterio que el argumento. Y esto también influye en la convivencia.

–Vaya si influye –afirmó don Pepe, el arquitecto–. Imaginad si en vez de unos tipos con la ironía de Santiago Carrillo, el desparpajo verbal de Felipe González, la elegancia de Enrique Tierno Galván (el VP o Viejo Profesor), la empatía de Adolfo Suárez y la erudición del tonitonante de un Fraga Iribarne, nos hubiesen tocado personajes como esos magistrados emberrechinados o esos banqueros campanudos e intolerantes o estos dizque patriotas insultones de las derechas de hogaño… Seguramente no habría habido Transición, sino más represión e imposición.

–Menos mal que el Rey, aunque golfo, salió listo –dijo Pilar.

–Era un Borbón y sabía que si no asumía la democracia se jugaba la Corona. Tres veces los echamos y las tres han vuelto. ¡Qué tíos! –Exclamó don Pepe.

–En todo caso respetó y nunca insultó a la izquierda –añadió Pilar.

–En eso llevas razón, y confiemos en que no cambien los tiempos y el coronado sucesor y su nieta Leonor mantengan la neutralidad y la tolerancia, por la cuenta que les trae –dijo don Pepe.

–¡Ni rey ni dios ni patrón! –proclamó el ferroviario y reavivó el diálogo.

El machista errático

Cuentos y descuentos del sábado (17-08-2024).–Luis Díez.

El tipo peinaba canas mojadas. Por su apariencia tranquila y comportamiento educado nadie diría que dentro de aquel individuo de poca estatura, nariz aguileña y ojos melosos hubiera un tigre feroz. Entraba al bar sobre las nueve y media de la mañana, daba los buenos días, solicitaba un café con leche a las camareras Sonia o Lindsey, pagaba el importe, agarraba el platillo con la taza, la bolsita de azúcar y la cucharilla y salía a la puerta del establecimiento, donde se sentaba en un taburete, se acodaba en la barrica a modo de mesa que allí había, encendía un pitillo y se tomaba el café. Solía mirar al cielo, las formas caprichosas de las nubes, las estelas rectas de los aviones de reacción a chorro si el día era claro, y se abstraía en sus asuntos durante quince minutos. Nunca olvidaba recoger el platillo con la cucharilla y la taza vacía y reintegrarla al establecimiento. La dejaba sobre la barra y se largaba después de desear buena jornada a las diligentes camareras. Una de ellas, Sonia, la más delgada y pizpireta, salía algunas veces a la puerta para fumar “un piti”, como ella decía. El tipo se adelantaba a ofrecérselo de su cajetilla. La chica lo aceptaba de buen grado y comentaban algún asunto intrascendente mientras soltaban humo. Sonia era inquieta y nerviosa. En ocasiones el tipo le recomendaba algún libro, alguna novela que ella no leía porque no tenía tiempo libre ni para descansar, decía. Aquel día ella se mostró contenta.

–¡Qué bien! Mañana libro –le dijo.

–¿Qué vas a hacer? –Se interesó él.

–Nada especial, las cosas de la casa, ver la tele…

El tipo, ya con la taza vacía en la mano para entrar y depositarla en la barra, dio un pequeño paso y esperó educadamente a que completase la respuesta.

–Me voy a pasar la tarde tumbada en el sofá –añadió.

–Eso es estupendo… ¿Quieres que te la meta? –dijo el tipo.

El tipo esperaba que ella dijera: “Déjala, ya la llevo yo”, pero ella no contestó. Arrojó el cigarrillo, lo pisó furiosa y entró sin mirarle siquiera.

Bastantes agresiones verbales había sufrido la camarera del café Danubio en su país, Rumanía, para tener que soportar la impertinencia de los españoles, a los que creía más considerados y mejor educados.

Cuando el puto tigre cayó en la cuenta de su error ya era tarde. Sonia huía al verle entrar en el establecimiento. Su compañera Lindsey le miraba con recelo y tampoco le hablaba. El tipo se esforzó en aclarar el equívoco y rogó a Lindsey que transmitiera sus disculpas a Sonia, pero no consiguió despejar su recelo. Una pena. La metedura no se refería al pene sino a la taza.

Distinto habría sido el mensaje si se hubiera ahorrado la pregunta o si en vez de agarrar el platillo con la taza vacía la hubiese dejado sobre el tonel para que la metiera la camarera. Pero se equivocó. Y el equívoco se alzó como una muralla que le impidió volver a tomar el café en aquel establecimiento.

El episodio de Sonia y el tipo que peinaba canas mojadas revela cuán sorprendentes pueden ser los equívocos entre personas de distinto género. Algunos resultan crueles. La mayoría se aclaran y carecen de trascendencia. Y otros pueden tener gracia. Nancy, la estadounidense que fue a Sevilla a documentar su tesis sobre el folclore español, escribía a su prima Betsy sobre lo mucho que los españoles se preocupan por la salud de las chicas. “Cuando salgo a la calle, los hombre se interesan por mí y comentan que estoy buena”, le contaba.

Nancy desconocía la costumbre del macho ibérico de piropear a las chicas, algo que ahora, además de ofensivo por el contenido de las frases, puede resultar agresivo por el grado de burricie de quien profiere el requiebro y convertirse en delito. La ley de Libertad Sexual, elaborada en 2020, incluye en el Código Penal un sistema punitivo contra las agresiones de palabra o el “acoso ocasional” a las mujeres, lo cual llevará a los bocazas a tentarse la ropa antes de proferir sus berracosos sonidos.

Las promotoras de la norma aseguran que no se castiga el piropo porque si es ofensivo no puede ser piropo. Y tienen razón. O sea que los españoles podrán seguir ponderando en voz alta, para que lo sepa, las cualidades de las españolas y las extranjeras como la Nancy de la estupenda novela de Ramón J. Sénder. Los piropos, requiebros, arrullos, flores, galanteos, chicoleos, lindezas y cumplidos no son punibles, pero si la mujer que los recibe se siente agredida en vez de halagada y denuncia al agresor es que ni son piropos ni arrullos ni todo lo demás.

Cuando se oyen en la calle obscenidades como “¡A ti te comía el chichi aunque me diera un cólico de pelos!”, groserías de la jaez: “Con semejante trasero dedícame un pedo”, sandeces como “con tanto maquillaje eso no es una cara, es un rasca y gana” y otras chabacanerías de baja estofa (“Si la grasa fuera oro tu tendrías un tesoro”) y mala baba (“No menees tanto la jaula que vas a despertar la cotorra”), nadie con recto entender interpreta el dicterio como un piropo. El sano juicio debería llevarnos a corregir al autor, pero eso no ocurre. Y puesto que al amparo del derecho a la libertad de expresión cada cual puede decir lo que quiera, hacía falta algún correctivo contra las expresiones ofensivas, ultrajantes, denigrantes y humillantes a las mujeres.

Un día que el tipo que peinaba canas mojadas bebía su café en la puerta de un bar cercano, pasó Sonia, lo vio, lo reconoció, torció el cuello hacia otro lado para evitar el saludo. Aun así y todo, él le dijo adiós. No habían pasado ni cinco minutos cuando dos policías de un cuerpo que llamaban nacional, le pidieron la tarjeta de identificación, le pusieron las esposas y se lo llevaron. Ya en las dependencias policíacas le quitaron sus pertenencias, le hicieron fotografías de frente y de perfil, le formularon algunas preguntas a las que no contestó por recomendación de los propios agentes y lo encerraron en un calabozo lúgubre que olía a orín. Unas horas después lo trasladaron a las dependencias judiciales, donde su señoría le leyó los cargos y, con la aquiescencia del letrado de oficio, le impuso una condena de dos años de prisión, sustituible por multa equivalente en moneda de curso legal. De la equivalencia resultó la apreciable suma de seis mil ciento veintiocho euros y cuarenta céntimos, cantidad igual a tres meses de salario del condenado.

Cibergripados

Cuentos y descuentos del sábado (10-08-2024).–Luis Díez.

Aquel atardecer, don Rafa, el mecánico de trenes de larga distancia a mucha velocidad, llegó excitado al palmeral de la playa.

–Ya han visto ustedes lo que ha ocurrido. ¿Tenía yo razón o no? –preguntó con aire de superioridad a los demás seculares antes de doblar su pesado esqueleto de casi dos metros para abrir la silla plegable y sentarse.

–Tampoco se ponga estupendo, que no es para tanto –replicó José Luis, el aviador apagafuegos.

–¡Anda que no! Se cancelaron miles de vuelos, se retrasaron otros tantos en Estados Unidos, Europa y Asia, lo que ocasionó largas esperas, incalculables pérdidas y mucho enfado a cientos de miles de viajeros en plena temporada de vacaciones. Muchas estaciones de televisión no pudieron emitir; juzgados y tribunales quedaron en suspenso al perder el acceso a los expedientes; los semáforos de muchas ciudades dejaron de funcionar, con el consiguiente caos de tráfico y aumento de los accidentes; las agencias de desempleo quedaron bloqueadas; los servicios de emergencias sanitarias, bomberos, protección civil y otros negociados públicos se fueron…

–¡Va, daños menores! –opuso el aviador.

–No me interrumpa –pidió el ferroviario.

–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo… Digo daños menores porque no ha habido muertos –añadió el aviador.

–Eso no lo sabemos y quizá nunca lo sepamos –dijo el ferroviario. Luego siguió leyendo–: Alison Baulos, de Paducah, Kentucky, dijo que la cirugía cardíaca de su padre, de 73 años, fue cancelada, dejando a la familia muy preocupada. El Servicio de Salud del Reino Unido reconoció que la mayoría de los consultorios médicos quedaron inoperantes. En el Mass General Brigham, el mayor sistema de atención médica de Massachusetts, todas las cirugías, procedimientos y visitas médicas programadas no urgentes se cancelaron. Los registros civiles aplazaron miles de bodas e inscripciones de nacidos y fallecidos en todo el mundo. Los puertos de embarque de contenedores de Gdansk (Polonia), Algeciras y Valencia (España) y los gemelos de Los Ángeles y Long Beach, entre otras terminales marítimas dejaron de operar…

–¿Ha merendado lengua? –se quejó el aviador.

–Tranquilo, ya termino –le contestó el ferroviario. Y siguió leyendo otras referencias al apagón tecnológico, transmitidas por la agencia de noticias Associated Press (AP) y publicadas sin entrar en detalles por la prensa estadounidense y, con menor relevancia (a saber por qué) por los periódicos europeos: “Aunque el impacto del apagón tecnológico pudo sentirse a gran escala, la firma de prospectiva Capital Economics señaló que muy probablemente tendrá un efecto menor en la economía mundial. American Express dijo que tenía algunas dificultades temporales para procesar transacciones, mientras que TD Bank respondió a las quejas en línea diciendo que ya trabajaba para “restaurar” la capacidad de los clientes para acceder a sus cuentas”.

–En fin, que no sabemos en manos de quién estamos y, como les decía hace unos días, hay que tener dinero suficiente en casa para resistir por lo menos un mes, si no tres –concluyó don Rafa.

–Diga usted que sí, que toda precaución es poca –le apoyó Santiago el churrero–. Yo por si acaso no dejo en el banco ni un euro más de los necesarios para pagar los recibos. En cuanto ingresan la pensión, todo para casa, que un día llega el colapso y te quedas sin nada.

–Cada siglo tiene sus riesgos –proclamó don Víctor, que hablaba con literatos del pasado–. Si el XX nos obligó a desvivir con el riesgo termonuclear, el XXI no le va a la zaga con los bytes, los softwares y todas esas tecnologías informáticas de las telecomunicaciones on line y eso que llaman inteligencia artificial.

–Riesgos que se suman unos a otros, eso es lo malo –dijo la bióloga Raquel antes de hilvanar una parrafada sobre la destrucción de la atmósfera, el calentamiento global y el cambio climático.

–Si la simple actualización de un sofware –abundó el mecánico ferroviario don Rafa– provoca una avería intercontinental en servicios clave y nos revela la fragilidad del mundo, imaginen lo que ocurriría si se tratase del ciberataque de unos desalmados, capaces de apoderarse del planeta.

–Bueno, bueno, tampoco vamos a asustarnos ni dejar de apoyar el progreso –dijo el profesor Manieses, quien recordó aquellos tiempos en los que las olas de calor provocaban caídas del suministro eléctrico, con los consiguientes apagones de luz, averías de todo tipo y enormes pérdidas de alimentos y otras mercancías–. Aquello se resolvió con mayor y mejor potencia instalada y tengo para mí –añadió– que de alguna manera, con blindajes o como se diga, las autoridades democráticas protegerán, duplicarán, triplicarán o más los distintos sistemas, memorias y archivos tecnológicos para que nada se pierda, se borre y desaparezca… Así que no, no vamos a volver a las cavernas por más que algunos intenten asustarnos y otros salgan a la calle vociferando ¡Arriba las antorchas y abajo las bombillas!

–Pues la olímpica la han colocado bien arriba en París, aunque ya ni para alumbrar una tregua en los bombardeos contra los palestinos valga –dijo al aviador apagafuegos–. Por lo demás reconozco que nuestro amigo don Rafa lleva razón al recomendarnos tener dinero en casa para resistir uno, dos o más meses cuando nos dejen cibergripados y sin vacuna.

Braguetazos

Cuentos y descuentos del sábado (03-08-2024).–Luis Díez

En las conversaciones de los “seculares” del palmeral de la playa surgió el asunto de la riqueza la tarde que doña Macarena (setenta y cinco años bien llevados) preguntó al octogenario (huesudo, fumador, con tos de ratón) don Baldo del Llano cuál había sido su dedicación vital.

–Pues mire, he dedicado mi vida a hacerme rico –dijo él.

–¡Anda, como mi marido!

–Y después, poderoso –añadió don Baldo.

–¿No me diga? Pues como mi marido, que en gloria esté –añadió ella.

–¿Y cómo se hizo rico usted? ¿Supongo que no sería trabajando? –se interesó José Luis, el aviador apagafuegos.

–Hombre, mi trabajo me costó enamorar a Mariluz, hija única y heredera universal de una familia muy rica de la provincia –respondió don Baldo dibujando una sonrisa de pícaro.

–Eso en mi pueblo se llama braguetazo –dijo el aviador.

–Se llamará así, pero creame que, además, el dinero requiere un esfuerzo de conservación y reclama una tarea de aspa constante, complicada y laboriosa.

–¡Andaya! Pobres millonarios, cuánto sudan –ironizó el apagafuegos.

–Pues si, sudor mental, intelectual si le parece mejor –replicón don Baldo antes de informar al amigo de la tarea de poner el dinero a trabajar. En su caso, multiplicó la fortuna. No dijo por cuanto, pero estimulado por doña Macarena contó cómo nada más enterarse de que una empresa francesa de automóviles se disponía a instalar una fábrica en su ciudad, se dedicó a conocer a sus directores y directivos, se informó de sus necesidades industriales y, de acuerdo con ellos, enseguida armó una pequeña factoría de componentes para los coches. La marca tuvo éxito y don Baldo fue ampliando más y más su producción hasta convertirse en uno de los principales suministradores de componentes mecánicos, eléctricos y electrónicos de aquella empresa automovilística en nuestro país y en el extranjero. Y puesto que las tripas de los coches se deterioran mucho antes que la chapa y el motor, la fábrica de don Baldo experimentaba una demanda de repuestos extraordinaria para cientos de talleres en España y allende las fronteras.

–Joer, pues va a ser cierto que los ricos también sudan, por la cabeza –concedió el aviador apagafuegos.

–Hombre, tampoco hay que generalizar, que cada persona tiene su personalidad y su forma de sudar –puntualizó don Baldo.

–¿Sobre cuantos obreros llegó a sudar usted? –le preguntó Manuel, el espía.

–Así, a bote pronto, diría que mil doscientos o algunos más si sumamos los peones de las fincas de trigo, cebada, lino… En los mejores tiempos llegamos a hacer tres turnos al día en la fábrica.

–¿También cultivaban lino? –se extrañó Manuel.

–Carecía de utilidad, pero con la subvención de la Pac era más rentable que el cereal. Luego se quemaba y fuera. Todo iba bien si no hubiera sido por un gobernante castellano-manchego, un pureta con mucha labia que denunció las quemas de lino en las supuestas instalaciones de transformación.

–¡Menudos terratenientes sinvergüenzas! –exclamó el espía.

–Sin ánimo de huir de la quema, su comentario me obliga a puntualizar que las tierras eran de mi esposa y ya entonces estábamos divorciados –se exculpó don Baldo.

La conversación derivó hacia la resignación de la mayoría de los senior, que desvivían con el cinturón apretado y se conformaban pensando que no es más rico quien más tiene sino quien menos necesita. Pero el aviador apagafuegos aventó la brasa preguntando a doña Macarena cómo había recibido ella el braguetazo.

–Con mucho gusto –respondió con tono distante.

Sin embargo, la curiosidad de otros seculares (“cuenta, cuenta”) acabó ablandando a la septuagenaria y entonces contó que su Miguel era un hombre muy listo, un joven que aprobó las oposiciones de abogado del Estado y le dieron plaza en el sur, “en la delegación de Hacienda de mi demarcación provincial”. “No creo yo que a estas alturas se enfade si les cuento lo que él comentó a algún amigo íntimo: que la práctica papelística del Estado le aburría soberanamente, así que se dedicó a buscar en los listados de Hacienda a los contribuyentes más ricos, se fijó en mi familia, cargó su tarea sobre otro abogado del Estado destinado en el mismo negociado y se dedicó a ligar conmigo. Se hacía el encontradizo, acudía a los mismos lugares, boites y fiestas a los que yo iba, se hizo amigo de mis amigos y amigas y al final consiguió lo que buscaba; sin ser alto ni apuesto me ganó con su labia, simpatía, atenciones y detalles”.

Igual que don Baldo, aquel Miguel utilizó el capital del braguetazo para instalar gasolineras, primero flotantes y después en tierra firme. Con el suministro de carburante a barcos y vehículos terrestres activó el aspa multiplicadora y consiguió una gran fortuna. Ni que decir tiene que los progenitores (ricos y famosos terratenientes y bodegueros) de doña Macarena se sentían felices de disponer de un alto funcionario del Estado (en excedencia) al servicio de sus intereses materiales.

–Viajábamos mucho –prosiguió la septuagenaria–, visitamos los lugares más exóticos e interesantes del planeta, lo pasábamos estupendamente, creo que llegué a enamorarme y nos quisimos muchísimo. Pero su ambición le empujó a meterse en el terreno embarrado de la política. Para un espíritu tan inconformista como el suyo, el dinero era una herramienta necesaria para emprender proyectos y conseguir mejoras individuales y colectivas, pero lo importante era el poder. Tener y mandar acabó siendo su lema. Y ya con la adicción política en el cuerpo acabamos siendo visitantes el uno para el otro, pues se convirtió en jefe de prospectiva económica de la dirección del partido conservador, diputado, ministro y más alto todavía: eurodiputado y comisario.

–Eso si que es subir –afirmó el aviador– ¿Y usted, don Baldo?

–Yo no pasé del nivel de director general.

–¿De qué, si se puede saber?

–De la Guardia Civil.

–¡Jo, eso si es poder! –exclamó el aviador.

Traviesos, trastos, saltabardales

Cuentos y descuentos del sábado (27-07-2024).–Luis Díez

Los peques hacían travesuras, ideaban bromas, protagonizaban trastadas. Y los seculares del palmeral de la playa se las contaban unos a otros entre sorprendidos, irritados o regocijados, según los casos. Relató doña Pilar, labios de cereza, cómo su nieta de diez años, más lista que el hambre, se juntaba con otros saltabardales y se dedicaban a hacer trastadas. “Ayer consiguió mosquearme de verdad”.

–¿Qué pasó? –se interesó don Baldo, el millonario.

–Se fueron en plan safari y se dedicaron a cazar moscas y meterlas en un bote. Ni se imagina para qué.

–Usted dirá –la animó don Baldo.

–Las pincharon en un cactus muy hermoso que adorna la puerta de casa.

Varios seculares se rieron.

–Cuando salí esta mañana y vi la planta… ¡Qué susto! Menuda pena.

Las risas arreciaron.

Entonces don Pepe, que había sido arquitecto, contó que su nieto Willy era un auténtico prodigio de las comunicaciones. “Con solo nueve años agarra el teléfono de su abuela y es capaz de aligerarle la cuenta del banco, la tarjeta de crédito y los fondos asignados a Paypal. “No sé cómo consigue averiguar las claves de seguridad, pero lo consigue y paga suscripciones de juegos on line, bastante caros, por cierto.”

–Es el sino de los tiempos –afirmó Manuel, el espía–; dese cuenta de que ellos son nativos digitales y nosotros acabamos de llegar a su tribu del nuevo mundo.

Las travesuras de Willy, el pequeño jáquer, tenían más recorrido (contable), pero el profesor Manises se interpuso diciendo que su pequeño Juanito le había dejado con la palabra en la boca. “Entra por la noche en mi despacho y perpetra averías; ayer me quitó la barrita de tinta del Pilot y esta mañana, cuando agarré el estupendo bolígrafo para anotar una idea y una adivinanza antes de que se me olvidaran, venga a dar al botón una y otra vez y la punta no salía”.

Más risas.

–Vamos, que el granujiya me dejó con la palabra en el pico, del bolígrafo –remató el profesor.

–¿Qué adivinanza era esa? –se interesó don Víctor, que hablaba con literatos del pasado.

–Una adivinanza de invierno –dijo el profesor–: llueve, hace frío, no hay taxis. ¿De qué parte de la gramática estamos hablando?

–De la sin…taxis –respondió don Víctor.

–Apúntese una.

–Con su bolígrafo, imposible.

Entre risas, el aviador apagafuegos dijo que para avería gorda, la de su nieto, el pequeño Jon. Contó que una vez echó una botella de detergente líquido de fregar los platos en el depósito de gasolina del Mercedes.

–Arranqué el coche, lo saqué del garaje, pero a los doscientos metros empezó a toser y a soltar espuma… por la boca. ¡Una ruina!

–Si no estoy equivocado, su Jon va para mecánico –aventuró el profesor Manises.

–O para empleado de la limpieza. El muy gandul reconoció la trastada, pero se justificó diciendo que solo quería limpiar el motor. ¡Qué niño!

–A propósito de mecánicos –intervino doña Pilar–, a mi Yago le puede la curiosidad: desarma todos los mecanismos a ver qué tienen dentro. Ya cuando era un renacuajo agarraba los vasos con agua y los ponía boca abajo para ver qué pasaba. Luego te preguntaba por qué se caía el agua. Con las cajas de música hacía lo mismo: las destrozaba para ver donde guardaban las canciones. Y así sucesivamente. Transistores, relojes, mandos a distancia… El cabroncete no deja títere con cabeza.

–¿A que con el teléfono de la abuela no se atreve? –se interesó Manuel, el espía superviviente.

–Me lo arrebata para luchar contra zombis y marcianos, pero, de momento no le ha dado por desarmarlo. Por cierto, tengo la impresión de que se está volviendo adicto a los juegos on line. Su padre le corrige, se desespera…, pero su madre le deja el móvil y le permite jugar todo lo que quiera con tal de que la deje en paz.

Don Víctor volvió a la carga sobre todo ese mundo virtual que está desvirtuando, dijo, a las nuevas generaciones. Pero el millonario don Baldo, sin negar los efectos ignotos de la interconexión digital y la apabullante mundialización del conocimiento al instante, sostuvo que esos avances científico-técnicos están moldeando a una gente nueva más libre, más informada, más lista y mejor que la vieja.

–Aristóteles dijo que un burro voló, puede que sí, puede que no –terció el aviador.

–Traviesos y saltabardales o como mi pequeña Olivia, ordenada, obediente, sociable… más buena que el pan, lo importante es que se eduquen bien, adquieran el saber para vivir y sean felices –opinó don Rafa, que había sido mecánico de trenes de largo recorrido a gran velocidad.

Los demás le dieron la razón y Raquel, la bióloga, exclamo: “¡Con lo que se les quiere!”

Patriota ille

Cuentos y descuentos del sábado (20.07.2024).–Luis Díez

Tuvieron suerte: les tocó un vagón con aire refrigerado. Como de costumbre, Marisa preguntó a Fiol a qué dedicaba la jornada de aquel caluroso julio capitalino, a lo que el amigo y antiguo compañero de estudios le respondió que iba a la Biblioteca Nacional a documentar una observación.

–¿De qué observación se trata? –quiso saber ella.

–Supongo que te has fijado en que este es un país lleno de patriotas, un lugar donde la gente ama tanto su patria que compite en demostrar a cualquier hora y en todas partes más amor que el prójimo hacia ella mediante la exhibición de banderas y el lucimiento de los colores de la enseña nacional en los utensilios más diversos: coches con pegatinas, relojes, pasadores de corbata, pulseras, gemelos en las camisas, insignias en las solapas, cinturones, tirantes, bolígrafos, mecheros… ¡Qué se yo! Incluso una vez vi a una chica en bragas de colores de la enseña nacional.

–Y un toro, supongo –añadió Marisa con ironía.

–Hasta ahí no atisbé.

–Pues no olvides las bufandas, cintas de sombreros, sombrillas… Y ten en cuenta la música del himno nacional en los timbres de los teléfonos –agregó la amiga, siempre presta a completar las observaciones del rico estudioso de nuestro tiempo.

Fiol, que se había quitado las gafas de sol y el sombrero de ala corta que usaba para pasear tomó nota mental del apunte de Marisa, quien agregó:

–Asistimos a una inflación de signos bastante asquerosa; no sé si es amor o postureo.

–Eso es lo que intento aclarar –dijo Fiol antes de referirse a aquellos veranos en los que la noticia principal eran las “guerras de banderas” en las fachadas de los ayuntamientos del norte.

–En un país como el nuestro, compuesto de hijos y nietos de expatriados republicanos, patrias históricas y medias patrias, el asunto tiene su complejidad. Los vascos, catalanes y gallegos poseen sus banderas nacionales por ser nacionalidades históricas y, como buenos patriotas, millones de catalanes y vascos (los gallegos menos, dada su idiosincrasia volandera y emigrante) compiten en demostrar su querencia patriótica. Muchos, la mayoría de los que exhiben la bandera nacional del conjunto del Estado, suponen que esos nacionalistas históricos desquieren a España por querer a sus patrias, y ya está el lío, el conflicto, el odio a flor de piel.

–Con razón dicen que las banderas dividen a las gentes en bandos –recordó Marisa.

–De ahí la necesidad de informar, enseñar y transmitir tolerancia y bondad, algo que los líderes políticos, salvo excepciones, no suelen hacer.

Recordó Fiol cómo antes (hasta la última década del siglo XX) se obligaba a los jóvenes sometidos al servicio militar obligatorio a “jurar bandera” con el compromiso de dar “la vida por España”, una fórmula bárbara que fue modificada por un ministro de Defensa llamado José Bono.

–Como supongo que para explicar tus observaciones sobre las banderas tendrás que remontarte a los Reyes Católicos, tan religiosos ellos, podrías averiguar, de paso, por qué rayos esos banderistas españoles, no menos católicos ni apostólicos, desprecian y atacan a las personas inmigrantes –sugirió Marisa.

–A los inmigrantes, las mujeres, los gays… Cuanto más abanderados, más peligrosos. Pero en lo atinente a los inmigrantes tengo la impresión de que estamos ante una táctica política tan cruel y falsaria como siempre: primero meten miedo y luego se presentan como salvadores frente a los malos, que son muchos, muy pobres y vienen a invadirnos. Esos patriotas luciferinos siempre buscan enemigo. Antes venían los rojos (socialistas, anarquistas, comunistas) y te quitaban la vaca (colectivizaban los bienes privados) y ahora vienen los inmigrantes y te lo quitan todo, el puesto de trabajo, la novia y hasta la religión y la patria si no les votas a ellos para pararles los pies.

–¿A quién pretenden engañar?

–Hay mucha ignorancia, hermosa.

–Y demasiada crueldad… ¡Mi estación!

–Que tengas buen día. ¡Siempre nos quedará la roja!

Calderón de la patera

Cuentos y descuentos del sábado (14-07-2024).–Luis Díez

Llegaba don Víctor Márquez hablando solo al palmeral de la playa donde se congregaban “los seculares” al atardecer a contemplar la puesta de sol y conversar. Desde que doña Raquel, la bióloga, dijera que aquel hombre “hablaba con la microfauna”, algunos le lanzaban miradas a las orejas y, al no descubrir el adminículo de comunicación inalámbrica a distancia, murmuraban: “Pues va que sí, que el amigo Víctor habla con los mosquitos”. Entonces José Luis, el aviador apagafuegos, le preguntó:

–¿Con quién venía hablando, Víctor?

–Con Calderón de la Barca –dijo él.

–¿El de La vida es sueño? –terció el profesor Manises.

–Correcto, un tipo con una vida muy interesante, un dramaturgo genial y un soldado valiente, siempre al servicio de la aristocracia y de los reyes de España.

–También fue clérigo –añadió el profesor de segunda enseñanza.

–Cierto, y muchos disgustos se llevó por las descalificaciones y censuras de los superiores de la curia contra sus obras más populares. Tenga en cuenta que estamos hablando del sucesor de Lope de Vega en el trono de los dramaturgos del Barroco.

–Pues yo creo que se equivocó en el título de su famosa tragedia –opinó don Santiago, que había sido churrero y respiraba con dificultad.

–¿Por qué dice eso? –se interesó Víctor.

–Porque de sueño nada, la vida es una putada –afirmó Santiago.

–Sin atreverme a negar sus razones, le puedo decir que también fue puñetera para él, hasta el extremo de tener que refugiarse en la embajada de Austria para librarse de la pena de muerte tras haber sido acusado de asesinato. Era habitual entonces (siglo XVII) batirse en duelo a vida o muerte para vengar ofensas, lo cual, dígase así o de otro modo, constituía una gran putada. Ahora, los más famosos autores del espectáculo contemporáneo de mayor popularidad, el fútbol, se limitan a darse patadas. Duele, quedan perniquebrados –mira lo que el grandullón Kroos hizo a Pedri–, pero ya no te juegas la vida al competir. Volviendo a La vida es sueño…

La voz cantarina de la bióloga Raquel le interrumpió recitando aquellos versos del primer monólogo de Segismundo:

“¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son”.

Los seculares aplaudieron y don Víctor Márquez retomó el hilo.

–La vida como sueño –dijo– no deja de ser un tópico de muchas religiones, pero en el “drama filosófico”, según la definición Menéndez Pelayo, Segismundo ha de resolver el conflicto entre el destino y la libertad. El desenlace eleva el autodominio a la categoría de virtud y el príncipe o primer heredero acabará haciendo de la necesidad virtud.

–¿Y a usted le parece bonito ir por ahí hablando con alguien que ya no existe? –incidió el aviador apagafuegos.

–Una cosa es que no se pueda mover de la pesada estatua que le pusieron en la plaza de Santa Ana de Madrid, frente al Teatro Español, y otra que no exista. La vigencia es existencia, amigo José Luis. Y sí, claro que es bonito hablar nada menos que con el dramaturgo que ideo y creó La Zarzuela. Ya le he dicho que tiene una vida apasionante, combatió contra los secesionistas catalanes en 1640, fue herido en una mano, pasó mucha hambre en el cerco de las tropas enemigas a Tarragona, perdió a su hermano –herido en una pierna en la batalla de Barcelona–, viajó a Madrid a informar al conde-duque de Olivares del rechazo de los sitiadores de Tarragona el 20 de agosto de 1641, pero se incorporó de nuevo a la lucha como cabo de escuadra de caballería de los guardas reales que fracasaron en el intento de tomar Lleida.

–Se ve que le gustaba la bronca entre aquellos jichos de la nobleza, tan fanáticos y empalagosos como los líderes de hogaño –dijo el aviador apagafuegos.

–Pues fíjese usted, sin dejar el teatro se metió a soldado porque, como ocurre ahora, la escritura no da para vivir dignamente. Por lo demás me ha contado que los riesgos en la Corte eran casi tan altos como en el frente. Con decirle que aquel mismo año de 1640 cayó herido de una cuchillada en una disputa durante el ensayo de una obra suya para los carnavales en el palacio del Buen Retiro.

–Pregúntele si le gustaría que en vez de la Barca le llamaran de la Patera o el Cayuco –abundó el aviador apagafuegos “en modo” tocapelotas.

–Me parece una pregunta insidiosa, señor de sombrero arrugado, pues cada uno es hijo de su madre y su padre. Ahora bien, si desea su opinión ante el fenómeno de la inmigración o el exilio económico y vital, le puedo anticipar su respuesta comprensiva, humanitaria hacia quienes se juegan la vida y en su mayoría la pierden en su huida del hambre, la miseria, la enfermedad, el despotismo, la violencia… Lo deseable y posible si la Europa desarrollada quisiera sería un progreso justo de los países africanos que tanta crueldad y penuria soportan.

El aviador aceptó la respuesta y manifestó su acuerdo con don Víctor, pues no en vano había intervenido en muchas operaciones de salvamento de inmigrantes en el Atlántico y el Mediterráneo. La próspera Europa de los ciudadanos acomodados no estaba haciendo sus deberes. Pero antes de que la conversación se desviara hacia baile de máscaras de la política internacional, inquirió doña Pilar desde sus labios de cereza:

–Me pregunto por qué habla usted con Calderón. ¿No tiene suficiente entretenimiento con lo que está pasando?

–Pues mire, hablo con el dramaturgo para hacerle una entrevista. Suelo hacer una al mes y me faltaba ese genio del Barroco.

–¡Anda qué bueno! ¿Y a quién ha entrevistado hasta ahora? –quiso saber Raquel.

–Uff, a muchísimas gente de mérito, comenzando por Miguel de Cervantes, Julio Verne, Sartre, Baroja, Mark Twain, Miguel Hernández, Larra, Antonio Machado, Jovellanos, Pablo Iglesias, Charles Darwin, Ortega y Gasset, Manuel Azaña… Así hasta cuarenta.

–Vamos, que conversación no le falta –zanjó Santiago el churrero.

–Ni compañía, tampoco.

Por un beso

Cuentos y descuentos del sábado (06-07.2024).–Luis Díez

Al atardecer de aquellos días de julio se les veía caminar con sus sillas plegables hacia el palmeral de la playa, donde se sentaban, conversaban y contemplaban la puesta de sol. Eran gente mayor. Les llamaban “los seculares” porque entre todos sumaban más de ocho siglos y porque venían del siglo pasado. Puesto que a determinada edad todo son goteras, las disfunciones, dolencias, enfermedades y averías corporales dominaban sus conversaciones. Quien más quien menos era crónico, se hallaba cronificado y andaba con su pastillero y su agenda de citas sanitarias siempre a mano. Con todo, en ocasiones se contaban vivencias y episodios, pasajes de la memoria que reverdecían de pronto como esos cardos borriqueros que brotan en el empedrado.

–Con lo que yo he sido y ahora mira, apenas me valgo por mí mismo –se quejaba el del sombrero de tela arrugada.

–¿Pues qué ha sido usted, José Luis?

–En lo profesional, bombero aeronáutico. Anda que no he apagado incendios forestales durante treinta años a los mandos de los Canadair-215 de mayor capacidad, unas botijas de cinco mil litros de carga, después mejorados por la también canadiense Bombardier.

–Vuelos de alto riesgo, imagino –decía doña Raquel.

–Supongo que sí, pero mucho más divertidos que manejar un autobús aéreo.

–Imagino que sufriría algún accidente en esos vuelos tan peligrosos –incidía Raquel, que era bióloga, conservadora de especies en extinción y observadora de animales.

–Imagina bien, pero sólo en una ocasión perdí el avión en un amerizaje tormentoso durante una operación de salvamento marino. Mala suerte.

–¿Y qué más ha sido usted? –incidía don Manuel, que gastaba sombrero tirolés con pluma de pavo real inclinada hacia la oreja izquierda.

–Pues mire, en lo deportivo llegué a campeón de marcha campo a través en la competición internacional del Miño al Bidasoa, que ya son kilómetros por montes, caminos, playas y hasta senderos de lobos.

–Aquello sería hace mucho.

–Nos ha jodido… La competición ya ni existe. ¿Y usted, Manuel, qué proezas se ha anotado?

–Ninguna que pueda reseñar; con sobrevivir me doy por satisfecho.

–Diga usted que no, que ahí donde le ve, con la patata averiada, aquí, el espía, las ha pasado canutas –terció Pilar, una mujer de cabello coloreado y labios color cereza.

–Perdona, cariño: ¿Cuantas veces te he dicho que no me llames espía sino agente de inteligencia?

–Bueno, aquí el agente secreto salió vivo de milagro de la emboscada que les tendieron los espías iraquíes amigos de Sadam Hussein en 2003, después de la guerra de ocupación del país. Él y otros tres colegas iban a relevar a los cuatro agentes de inteligencia asignados a las bases militares españolas y centroamericanas en el sur de Iraq. Los mandos decidieron enviarlos dos meses antes para que conocieran el terreno. Los cuatro compañeros que iban a ser relevados les esperaban en Bagdad, les presentaron a algunos contactos y les llevaron a saludar a los mandos de la coalición militar ocupante, ya encabezada por el gobernador Paul Bremer, un tipo ambicioso y nefasto. Después de almorzar, emprendieron viaje al sur, a los cuarteles militares en dos vehículos todo-terreno. No llevaban protección ni armas largas, así que se convirtieron en un blanco fácil para los enemigos que les estaban siguiendo y que les ametrallaron desde un cadillac cuando salieron de Bagdad y tuvieron que desviarse por una carretera secundaria porque la autopista estaba cortada. Los agresores sacaron a tiros de la carretera a un todo-terreno. Acabó en un charco de lodo. Los que iban en el otro coche pararon para socorrerlos, pero poco pudieron hacer con las pistolas reglamentarias contra el fuego de ametralladora y las granadas de mortero que les disparaban desde unos edificios cercanos. Manuel consiguió cruzar la carretera, corrió hasta un poblado a pedir ayuda…

–¡Joder, Pilar! –Protestó el aludido antes de añadir–: Como dijo el Borbón demócrata y gandul: “¿Por qué no te callas?”

–Pues como dijo el que dijo, no he de callar por más que con el dedo silencio ordenes o amenaces miedo –replicó labios de cereza.

–Eso fue el presidente venezolano Hugo Chavez –dijo el bombero aeronáutico.

–Francisco de Quevedo, si no le importa –precisó el profesor Manises.

–Sea como fuere, la cosa es que aquí, Manuel, se vio rodeado por un grupo de gente encolerizada que salía de una mezquita cercana, lo zarandearon, le golpearon, le arrebataron la pistola y entre gritos de venganza se disponían a lincharle. Trataban de maniatarlo y meterlo en el maletero de un coche cuando un hombre se abrió paso entre la muchedumbre, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla. Entonces los agresores le soltaron, cesó el vociferio y la multitud se dispersó. Pero si no llega a ser por aquel beso de un hombre con mucha autoridad, un imán, mi Manuel estaría ahora como sus siete compañeros, criando malvas. Aquel gesto de amistad entre los árabes le permitió alejarse en un taxi, pero cuando, media hora después, volvió con la policía de Latifiya al lugar donde fueron atacados, los todo-terreno estaban ardiendo y los siete compañeros yacían muertos.

–Me pregunto si hubo responsables directo de los fallos que costaron la vida a los siete agentes y provocaron el mayor descrédito desde el 23-F del llamado “servicio de inteligencia” del Reino –dijo el aviador apaga fuegos.

–Responsables directos, seguro, aunque enseguida elaboraron un informe que atribuía la responsabilidad al colectivo. Lo que sí quedó claro –añadió labios cereza– fue la autoría intelectual de esa y otras masacres terribles.

–¿Quién, si se puede saber?

–No hace falta buscarlo en desiertos remotos ni montañas lejanas; con mirar la foto de las Azores, seguro que lo encuentran.

Amenidades

Cuentos y descuentos del sábado (22-06-2024).–Luis Díez

Aquella mañana las nubes descargaban sus buches sobre la ciudad cuando Marisa y Fiol coincidieron en la boca del metro. Cerraron sus paraguas, se dieron los buenos días (por darse algo) y ella le preguntó a qué dedicaba la jornada de hoy, pues es sabido que el amigo y otrora compañero de estudios era rico de familia y no necesitaba trabajar por un salario.

–A conocer personas amenas y divertidas del pasado –le contestó él.

Ella dibujó una mueca de extrañeza.

–¿Del pasado? No me explico cómo vas a conocerlas si están muertas.

–Por referencias de otras vivas –le aclaró Fiol.

–¿Por ejemplo?

–Pues mira, hoy toca vascos; he quedado con dos ancianos, el primero, don Enrique Herreros (hijo), amigo del donostiarra Álvaro de Laiglesia, uno de los escritores más divertidos del siglo del átomo…

–No he leído nada suyo –le interrumpió Marisa.

–Eso es porque sus novelas no han sido reeditadas; probablemente los especialistas de Planeta entienden que el surrealismo humorístico pasó a la historia y no vende. Pero una buena selección de relatos como Se busca rey en buen estado (1968) y muchos otros mantienen su vigencia y tendrían éxito.

–Me lo apunto por si en las librerías de lance y ocasión encuentro algo.

–Escribió muchas, muchísimas novelas, a dos por año en los cincuenta y sesenta. Tenían tanto éxito que hasta los frailes las leían, como pude comprobar cuando me metieron interno en el colegio de los carmelitas. Para mí fue todo un descubrimiento.

–¿Ah, sí? Cuéntame –se interesó Marisa.

–Los frailes convocaban cada año unos ejercicios espirituales. Eran tres días terribles de silencio obligado. A cambio nos abrían su biblioteca, unos aparadores enormes entre los ventanales de la segunda planta del claustro, para que cogiéramos libros de vidas de santos. Entonces encontré uno titulado Caca nene que, por el apellido del autor, Álvaro de Laiglesia, supuse que era de un beato bueno. Resulta que era buenísimo, el libro. Me lo pasé bomba desde la primera página. Pero claro, se ve que un chaval con el semblante alegre y sonriente llamaba la atención entre aquel grupo de escolares de menos de catorce años que se aburrían como ostras vagando por aquellos patios con sus libros izados a la altura de la cara mientras con la mirada buscaban alguna piedra, algún trozo de ladrillo o de cemento al que pegar patadas. Y entonces el fraile celador me descubrió, examinó el libro y me lo quitó. A pesar de eso, el divertimento me duró dos días.

Bajaron despacio la escalera y apuraron la conversación en una orilla de la encrucijada de pasillos que conducían a los andenes inferiores de las distintas líneas del metro. Marisa consideró lógico el deseo de Fiol de obtener referencias de quien le proporcionó en su infancia unas horas de amenidad en aquel piélago de aburrimiento de los ejercicios espirituales.

–¿Y quién es la segunda persona? –preguntó a Fiol.

–La segunda es don José Prat; quiero que me hable del que fuera su jefe y amigo en el Ministerio de Guerra, Indalecio Prieto, al que, por abreviar llamaban don Inda.

La conversación quedó ahí, ya que, de pronto, llamaron su atención las protestas e imprecaciones de los ciudadanos contra el señor alcalde y la señora presidenta regional.

–¿Qué está pasando? –se dirigió Fiol a un señor muy enfadado.

–¡Que venga el enano a inaugurar ese pantano! –respondió el hombre a voz en grito.

El metro se había inundado, el agua embalsada amenazaba con llegar a los andenes y, lógicamente, los trenes no funcionaban. El hombre que les informaba tenía, como muchos usuarios, un enfado de bigotes.

–En vez de dedicarse a proferir chorradas contra el presidente del Gobierno –les dijo en lo que subían la escalera–, el enano de Cibeles y la hija de la fruta deberían ocuparse del funcionamiento de los servicios públicos, que para eso cobran tanto o más que el presidente.

Estimó Marisa que un punto de razón llevaba el hombre enfadado, pues las inundaciones del metro eran recurrentes, sin que a lo largo de los años sus titulares y gestores hubieran hecho cosa alguna para evitarlas. Abrieron sus paraguas y se despidieron en busca de otros medios de transporte.

Unos días después, Fiol refirió a Marisa una anécdota de Álvaro de Laiglesia, según la cual la censura rechazó una portada de la revista humorística La Codorniz que él dirigía y en la que el pintor Herreros (padre) había puesto la Venus de Milo con un campamento militar a sus pies. “¿Qué tiene de malo o censurable?”, preguntó el humorista. Los censores contestaron que la Venus aludía a Muñoz Grandes imponiendo su poder en el Ejército. Ellos también se creían graciosos.

Y sobre el dirigente socialista Indalecio Prieto le contó numerosas anécdotas, entre ellas, la vez que pidió a sus colegas diputados que se callaran mientras hablaba el filósofo José Ortega y Gasset: “¡Silencio, habla la masa encefálica”. O a propósito de iglesias, la vez que en campaña electoral visitó un convento de monjas y nada más entrar en la capilla olfateó unas flores que allí había y afirmó: “¡Qué aroma tan delicioso!” Las flores eran de tela, pero el esmero de don Inda en agradar le llevaba a esos extremos.