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Acerca de Luis Díez

Periodista, doctor en Ciencias de la Información, autor de varios libros, profesor de Periodismo Político y de Géneros de Opinión de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela (UCJC) de Madrid. Cofundador de Cuartopoder.es. Corresponsal parlamentario de Diarioabierto.es

Violadores y canallas

Cuentos y descuentos del sábado (8-09-2023).–Luis Díez

Sentado en el sillón ergonómico de su antepasado, el juez Alberite sudaba la camiseta hilvanando dictámenes. Después de leer despacio las sentencias y de analizar los argumentos y los fundamentos de los recursos, anotaba sus impresiones con letra deshilachada en una pequeña libreta de las que su secretaria le agenciaba en el chino. Al juez le gustaba hacer bien su trabajo, se esforzaba en cimentar sus formulaciones de forma que parecieran irrefutables y aplicaba los preceptos con austeridad y precisión. Sus propuestas de resolución casi siempre obtenían la unanimidad de los restantes catorce miembros de la Sala. A sus cincuenta y seis años había alcanzado la cima de la pirámide judicial del reino (la justicia se seguía administrando en nombre del Rey), y ahora, con cincuenta y nueve, acababa de cumplir su primer trienio sentando jurisprudencia. Desde que lo eligieron miembro de la Sala de lo Penal del Supremo laboraba a un ritmo constante, percibía a final de año las gratificaciones por productividad, igualaba el salario bruto del presidente del Gobierno (90.000 euros) y disfrutaba de unas prestaciones extraordinarias de las que sólo un puñado de magistrados y fiscales jefe podían gozar.

Realizó algunas anotaciones en su libreta, alargó el brazo, empuñó el vaso de plástico, dio un tiento al carajillo (café sólo de máquina con un chorro de orujo de su cosecha), paladeó el mejunje, depositó el vaso junto al áspero tapete del ratón, acarició el artefacto, movió la flecha de la pantalla del ordenador. “¿A ver qué tenemos aquí?”, se dijo. El documento venía de la Audiencia Provincial. Leyó los hechos probados: “Que sobre las 00.10 horas del día 10 de marzo de 2008, el procesado, Balbino, mayor de edad, sin antecedentes penales, en compañía de otros dos individuos que no han sido identificados, abordaron a Ángela cuando se hallaba en las cercanías de la estación de la estación ferroviaria, procediendo el procesado a cogerla fuertemente del brazo, ayudado por otro de los intervinientes, llevándola a un parque cercano por la fuerza. Una vez allí, Balbino intentó quitar a Ángela los pantalones, oponiendo ella gran resistencia, por lo que la agarró por el pelo y ley dio un puñetazo en la nuca que provocó que cayera al suelo, momento que aprovechó el procesado para tirarse encima de ella, quitarle los pantalones y penetrarla vaginalmente, sin llegar a eyacular, mientras los otros dos individuos agarraban a Ángela de las manos y las piernas para facilitar la actuación del procesado. Cuando Balbino finalizó su agresión y Ángela intentaba marcharse se abalanzó sobre ella otro de los individuos y la penetró vaginalmente mientras era sujetada de las manos y las piernas por el procesado y el otro interviniente, si bien no eyaculó en su interior sino en el suelo. Tras esta nueva agresión, y cuando Ángela se incorporó intentando abandonar el lugar, el tercero de los individuos le propinó un fuerte empujón, cayendo sobre el semen del segundo de los agresores y manchándose el pantalón, procediendo a continuación, mientras le profería frases obscenas, a agarrarla por la cabeza, obligándola a realizarle una felación, aunque no llegó a eyacular, siendo sujetada de las manos y las piernas por el procesado Balbino y segundo de los agresores referido”.

El juez Alberite contuvo una explosión de ira y asco, dio otro tiento al carajillo, leyó la condena: doce años de prisión en concepto de autor de un delito de violación, con su accesoria de inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena, más seis años de prisión, como cooperador necesario, en cada una de las otras dos violaciones, con su accesoria de inhabilitación. Masculló algo para sus adentros y sumo a la repugnancia por las violaciones perpetradas por los tres salvajes machistas, de los que sólo uno había sido capturado y condenado, la pena inmensa de tener que admitir la petición de rebaja de condena por mor de unos capullos metidos a legisladores. Anotó unas consideraciones en su libreta y aceptó parcialmente el recurso, sólo parcialmente, pues ya la suma de veinticuatro años de prisión al condenado violador topaba con los veinte como máximo, consignados en el Código Penal.

El magistrado Alberite alargó el brazo hacia el ratón, clicó, leyó: “El 24 de diciembre de 2014, a las 23:30 horas, Arturo, mayor de edad y sin antecedentes penales, estaba en casa de su prima para la celebración familiar de la Nochebuena y entre los asistentes se hallaba el menor Roberto, hijo de su prima y con el que mantenía una relación cercana, pues coincidían varias veces al año en reuniones familiares en las que los padres del menor dejaban que éste jugase y estuviese la mayor parte del tiempo con él. Los padres confiaban en la relación de amistad y familiaridad del menor con el tío Arturo y le permitían estar a solas con él. Arturo sabía que el pequeño Roberto tenía 12 años. El referido 24 de diciembre se quedó a solas con el menor en un dormitorio situado en la planta superior de la vivienda, situación que aprovechó para bajarse los pantalones y masturbarse, a la vez que con la otra mano empujaba la cabeza del menor en dirección a su pene, pero sin que llegase a contactar con la boca del menor, pues fue sorprendido antes por el padre del menor, que impidió que Arturo continuase su acción. Durante todo el año 2014 el mencionado Arturo había estado con el menor en varias reuniones familiares que aprovechó para quedar a solas con el menor y realizar sobre el mismo actos de tipo sexual para satisfacer sus apetitos. Antes del 24 de diciembre intentó en más de una ocasión penetrar analmente al pequeño, sin que conste que llegase a conseguir la penetración. Como consecuencia de las dificultades para la penetración anal, en más de una de esas ocasiones optó por chupar el pene del menor y por hacer posteriormente que el menor le chupase a él su pene y también consiguió que el menor cogiese su pene con la mano y le masturbase, mientras que en otras ocasiones Arturo restregaba su pene con el pie del menor”.

El juez Alberite dio otro tiento al carajillo como si tratara de eliminar el mal sabor de aquel delito castigado, cinco años después, con una pena inferior a la mitad de los once años de cárcel que contemplaba el Código Penal. En realidad el agresor sólo había cumplido un día de prisión preventiva desde que se descubrieron y denunciaron los hechos. Fue el 27 de diciembre de 2015, quedando después en libertad con la prohibición de acercarse a menos de quinientos metros del menor, quien recibió tratamiento psicológico, sin duración acreditada y sin que tampoco se hayan diagnosticado y evaluado las secuelas que le quedaron como consecuencia de lo sucedido. En cambio, la defensa del condenado pudo acreditar el “retraso madurativo” del agresor por causas “psicosociales”, así como “conductas impulsivas y cuadros de ansiedad”. La defensa del acusado Arturo alegó que sufría “impulsos intermitentes y difíciles de controlar” al existir “una alteración en los frenos inhibitorios, con una menor reflexión sobre las consecuencias que su conducta podía tener”. El tribunal condenó finalmente al agresor el 31 de mayo de 2019 como autor de un delito continuado de abuso sexual, consumado, con acceso carnal y prevalimiento, sobre menor de 13 años, a una pena de 11 años de prisión y el pago de una indemnización de 15.000 euros a la familia de la víctima. La sentencia disponía el cumplimiento de la pena en régimen de “libertad vigilada”, de manera que no tendría que entrar en prisión. Con todo, la defensa recurrió y el tribunal admitió la casación y reconoció la atenuante cualificada de “alteración psíquica”, reduciendo la pena a 5 años y seis meses.

Visto lo visto, el juez Alberite, miró el nombre del letrado defensor, un picapleitos anunciado en Google como “especialista en Económico matrimonial” (¿?), masculló una palabra ininteligible, apuró el carajillo y anotó en su libreta la decisión de rechazar el recurso, con imposición de las cargas judiciales al demandante, un majadero que ni siquiera se ha leído, se dijo, la reforma penal del delito de violación y desconoce que la pena aplicable es muy superior a la condena aplicada. No hay in dúbito pro reo, sino incompetencia con seguidismo y mala fe, pensó. Y a continuación sintió el deseo de dirigirse a la Ilustre Fregona solicitando a los académicos que recomienden a quienes usan la lengua castellana que no utilicen tan a la ligera el verbo “violar”. Si por sinónimos fuere ahí tienen, se dijo, violentar, quebrantar, infringir, vulnerar, atropellar, conculcar, quebrar, transgredir… Y no, las leyes no están para violarlas, como dijo un político nefasto. Pero eso quedaba fuera de sus funciones, así que acarició el ratón, clicó y pasó al siguiente recurso.

No jodamos

Cuentos y descuentos del sábado (2-09-2023).–Luis Díez

Don Nicasio era un buen jefe. Aprovechaba correctamente las circunstancias personales de las autoridades competentes y evitaba joder a los trabajadores. Dos cualidades de las que otros jefes carecían. Para aprovechar las circunstancias obtenía información previa, veraz y fidedigna, de los que podían joderle a él del modo más oneroso para la empresa, es decir, elevando los costes y reduciendo los beneficios. Téngase en cuenta que vivíamos en una sociedad capitalista gobernada por las leyes del mercado.

Si, por ejemplo, don Nicasio tenía que conseguir la certificación sobre el correcto acabado de una obra pública no dudaba en invitar al perito de la agencia revisora o de la administración, según los casos, a almorzar en un buen restaurante con los ingenieros, aparejadores y arquitectos del equipo. Tras los postres y el café, cuando los espirituosos digestónicos surtían efecto, don Nicasio comentaba algo sobre los hijos, sabedor de que el perito certificador tenía uno a punto de contraer matrimonio. La conversación fluía. Y, tal como suponía don Nicasio, el certificador se quejaba de la carestía de la vida, sobre todo, de la vivienda del hijo que abandonaba la casa familiar para crear su propio hogar. Don Nicasio asentía y le preguntaba al oído dónde iba su hijo a celebrar el convite, y cuando el perito respondía, él reponía: “Pues dile que no se preocupe de la factura, que está pagada”. Ya de vuelta a la oficina se ocupaban del papeleo y el certificador firmaba el conforme, todo correcto.

Eso no quiere decir que no hubiera peritos con el colmillo retorcido, individuos puntillosos que escrutaban hasta el último grano de grava, el último kilo de cemento y, calculadora en mano, la última tonelada de arena; medían las vigas, evaluaban la calidad del acero corrugado de la ferralla, computaban por procedimientos infalibles la masa de los taludes y movimientos de tierras. Vale, pero incluso esos tenían un punto débil, y don Nicasio lo sabía y conseguía embozarlos y evitar sus mordiscos. Se las ingeniaba para saber a quién le gustaba viajar, quién sentía debilidad por los juegos de azar, quiénes tenían esposas, novias y amantes caprichosas. Y no escatimaba detalles agradables hacia ellos. Si, por ejemplo, a uno le gustaba el juego se las ingeniaba para organizar una partida de póker de la que invariablemente salía victorioso con varios cientos de euros, incluso miles, en el bolsillo.

Aparte sus costosas (en apariencia) emboscadas a quienes podían obligarle a rectificar una obra, ya he dicho que don Nicasio evitaba fastidiar a los trabajadores. Incluso les ayudaba si no costaba dinero. En una contrata que dirigía en República Dominicana, donde los empleados cobraban en efectivo cada viernes, uno le pidió que le acompañara a la caseta de pago. Don Nicasio accedió, entró detrás de él, se fijó en dos tipos que aguardaban junto a la puerta abierta de par en par. Tras recibir su paga, el obrero empezó a gritarle: “¡Esto es muy poco, jefe! ¡Han contado mal! ¡No me han puesto todas las horas!” Don Nicasio, sorprendido, no sabía qué decir. El operario seguía gritando: “¡Usted quiere matar de hambre a mi familia!” Los dos tipos que esperaban junto a la puerta se percataron de la magra paga y largaron. El trabajador le agradeció efusivamente la ayuda para espantar a sus acreedores. Otro empleado que acababa de cobrar fue detenido a putan de pistola en la puerta de la caseta por dos soldados en función de agentes de la ley. Se lo llevaron. Apenas habían caminado cincuenta metros, el supuesto detenido vio que su acreedor se daba el piro, les guiñó un ojo y les entregó un billete de diez pesos a cada uno. Las tretas de los deudores eran el pan de cada día entre aquellas gentes que sólo tenían hambre y deudas.

Don Nicasio respetaba la ley sin dejar por ello de respetar, apreciar y proteger a los trabajadores a su cargo. “¿Por qué no viniste ayer?”, le preguntó a uno de aquellos dominicanos. “Es qué tenía una diligencia muy urgente”, respondió éste. “¿En qué consistía?”, se interesó. “Pues verá, jefe, yo tenía un papito, sabe usted, y ya no lo tengo”, dijo el joven trabajador. Don Nicasio entendió que había fallecido y le dio el pésame. Y claro que había muerto, pero hacía varios años. “Lo mató uno que salió ayer de la cárcel”, le explicó el empleado. Don Nicasio entendió “la diligencia” y se calló. Después de todo hay ocasiones y materias que es mejor ignorar.

Batiendo récords

Cuentos y descuentos del sábado (26-08-2023).–Luis Díez

Marisa y Fiol volvieron a coincidir en el metro. Se conocían desde los tiempos de la universidad, aunque Fiol, rico de familia, seguía estudiando por libre lo que quería y viajando a donde le daba la gana. Cursaba “mundología”, solía decir.

–¿En qué andas? –Le preguntó ella después de saludarse.

–Estoy elaborando una lista de récords –dijo él.

–¿Deportivos?

–No, esos ya los anotan los jueces de las competiciones; a mí me interesan los sociológicos.

–¿Por ejemplo?

–La mujer más alta del Reino de España, la famosa que más veces se ha casado…

–Esa te la digo yo, jeje… Me parece un ejercicio curioso, pero no se me alcanza el sentido y la utilidad de esos conocimientos.

–Cosas de los anglosajones, que conciben la vida como una competición. De hecho, si estudio esta materia se debe a que una revista estadounidense de mucho éxito me encarga listas de recorman españoles y me paga estupendamente.

–Lo llevas bien, supongo.

–Muy bien. Me voy a la hemeroteca, hojeo los periódicos de provincias, tomo nota de lo que me interesa y, de paso, me entero de lo que ocurre en el mundo. No es por presumir, pero ya les he enviado cuatro listados con diez o doce récords cada uno.

–Joer, Fiol, me empieza a picar la curiosidad.

–Bueno, siempre hay alguien que es el primero o el más en algo, en peso, en tamaño de la cabeza, en resistencia bailando, tocando el piano o subiendo escaleras. Siempre tendremos al cocinero de la mayor paella del reino y a los aspirantes a batir el récord. Y quien dice paella puede decir tortilla de patatas, etcétera. Hay récords para todos los gustos: una mujer se pasa cincuenta horas seguidas tocando el piano, un tipo empuja su furgoneta de 2,5 toneladas de peso y consigue desplazarla 50 metros en llano, en menos de un minuto. La variedad de esfuerzos extravagantes y bizarros es muy amplia. Y puesto que siempre hay gente tentada a ser la primera en algo, a conseguir el récord, la cantidad de tonterías es incontable y, además, irremediable. Pero también debo decir que al lado de los que dan vueltas a una farola o tocan las castañuelas o andan kilómetros a la patacoja, he registrado actividades intelectuales y estéticas de cierto mérito.

Marisa mostró un gesto de complacencia como si estuviera pensando: “Pues menos mal, si no nos van a tomar como un país de zopencos”. Y se interesó:

–¿Por ejemplo?

–Así, a bote pronto, la persona que más libros ha leído, y no es don Quijote.

–Una mujer –dijo Marisa.

–Afirmativo –le contestó Fiol antes de añadir–: La persona que más concursos de pintura rápida ha ganado.

–Otra mujer.

–Afirmativo: la alicantina María Dura.

–Mi estación, adiós Fiol y a ver si nos vemos más de vez en cuando.

–Adiós, Marisa.

El cuerpo del Presidente

Cuentos y descuentos del sábado (19-08-2023).–Luis Díez

«A mí me sacó de dudas el Presidente», dijo Juanito Alarcón en referencia al debate de mil demonios que se había entablado en aquellos tiempos entre los creacionistas y los darwinistas sobre el origen de la especie humana. Él no era de unos ni de otros. Le traía sin cuidado si el hombre y la mujer salieron de la nada o llegaron a ser como somos por la evolución natural y la selección de las especies. Él no practicaba religión alguna, no creía a curas y predicadores ni, por otra parte, entendía el lenguaje de los científicos y expertos. Además, carecía de tiempo para leer y entender aquella historia de Adán, Eva, la Serpiente y todo lo demás, y tampoco tenía capacidad, suponía, para meterse en el laberinto del genoma humano. Y eso que algunos lo consideraban un intelectual, asesor y amigo del Presidente mucho antes de que llegara a ser Presidente y durara década y media en la presidencia por mandato popular. Amigo y correligionario claro que era. Y si por “asesor” entendemos que lo mismo conducía el coche del amigo Isidoro (nombre del Presidente en la clandestinidad), que arreglaba grifos, pintaba, cocinaba o contaba anécdotas, chistes e ironizaba sobre señoritos y prebostes campanudos de derechas, entonces sí, también era “asesor”. Pero, sobre todo, Juanito era buena gente, un tipo sencillo y trabajador que, como la gran mayoría, aspiraba a una sociedad de mujeres y hombres libres e iguales en derechos y deberes, y hacía lo que podía para conseguir una justicia social y unas mejoras salariales con las que dar estudios a sus hijos y desvivir sin tantos ahogos. La historia enseñaba que esa justicia sólo podía llegar de la mano del socialismo democrático y por eso él se confesaba rojo.

–¿Juan, cómo fue eso de que el Presidente te sacara de dudas en un asunto tan complejo como el origen del ser humano? –le preguntó el amigo Fiol.

–Muy sencillo –respondió–; ya sabéis que al Presidente le gustaba la naturaleza. Incluso en la sede palatina se relajaba plantando, regando y podando aquellos arboliyos…

–Bonsais.

–Correcto. Encinas, olivos, naranjos, acebuches, olmos…, un bosque variado en miniatura. En una ocasión también plantó un árbol grande, un champa junto a la tumba del gran Mahama Gandhi en la India. Ya te digo, amaba la naturaleza, deseaba estar en contacto con ella, perderse en el monte. Y siempre que podía se escapaba a Doñana. Una vez hicimos una marcha desde Malanda hasta las dunas de la playa del Inglesito; hacía bastante calor, así que me desnudé y me lancé al agua. Después de mucho insistir conseguí que venciera su pudor, se alejara un poco de los escoltas y me secundara. Nos bañamos en pelotas. Dicho sea de paso, le daba mucha vergüenza que lo vieran desnudo. Pero no por lo que estáis pensando, sino porque tenía el cuerpo, todo el cuerpo cubierto de pelos.

–¿Como los monos?

–Correcto.

–Ahora entiendo que te sacara de dudas.

La conversación prosiguió con críticas a aquel presidente peludo por no emplear su prestigio y reputación en concienciar a los ciudadanos de esta desaforada sociedad de consumo para que reduzcamos la emisión de gases contaminantes y no sigamos matando la vida en este planeta.

La baronesa cultivada

Cuentos y descuentos del sábado (12-08-2023).–Luis Díez

Desconocía la existencia de la baronesa de Pinopar hasta que el vecino de arriba, señor Sipero, elogió la sabiduría vegetal de aquella mujer que, al parecer, mantuvo una gran amistad con la marquesa de Pompadour, quien daría nombre a las infusiones que tomaba el enfermizo François Marie Arouet, más conocido como Voltaire. Según un librito de aquella baronesa, ilustrado como si fuera un catálogo, que el señor Sipero me permitió hojear en la cafetería del pie de casa, aquella aristócrata mallorquina por obra y gracia del archiduque Carlos de Austria sostenía que quienes comen con método son más dados a la meditación que a la vehemencia.

La patata, decía, es un buen alimento para los dirigentes políticos y los magistrados porque desarrolla el raciocinio y produce gran nivelación mental. Así que coman muchas patatas.

La zanahoria es estupenda para las personas que siempre andan disgustadas, malhumoradas y biliosas, pues su ingestión cura la melancolía, los celos, la ira y el deseo de venganza.

Las espinacas son muy recomandables para las personas pusilánimes, ya que aportan los minerales necesarios para fortalecer la voluntad. Todos los generales han consumido espinacas en abundancia. Y ya sabemos que después se convirtió en el vegetal favorito del Popeye de los dibujos animados.

Las aceitunas pequeñas, arbequinas, son extraordinarias para los banqueros, financieros y mercaderes, pues estimulan la minuciosidad, es decir, el aprecio de los peniques, los céntimos y otras fracciones menores de la unidad monetaria. Si se toman con vermú de Reus provocan entusiasmo.

Las calabazas, en cambio, poseen unos aminoácidos muy favorables para los estudiantes cuando las consumen sus profesores, pues desarrollan la comprensión y estimulan la vista gorda.

Entre las coles, la lechuga induce a las caricias y es excelente para los enamorados. Por cierto que al eminente ciclista Federico Martín Bahamontes, fallecido hace unos días –esto no lo decía la baronesa–, no sólo le llamaban el Águila de Toledo, sino también el Lechuga porque, como dice el dicho, entre col y col, lechuga. Y coll en francés significa puerto de montaña, de modo que entre puerto y puerto, allí estaba él. Seis veces quedó campeón de la montaña en el Tour. Honor y gloria. Descanse en paz.

En cuanto a las berzas, repollos y grelos en puré proporcionan tantas calorías a los niños pequeños que si quedan al cuidado de militares les dan mucha guerra y acaban por derrotarlos. Sobre los calabacines y las berenjenas decía la baronesa que suavizan el carácter y son muy recomendables para los alcaldes y gobernantes.

Quienes aspiren a tener ideas poéticas y artísticas, coman judías verdes a todo pasto, porque ellas proporcionan inspiración y armonía. Pero son las judías blancas, al decir de la baronesa, las reinas de los vegetales. Si se comen con manteca o aceite son más vigorizadoras que la carne de res y de pez, reponen el sistema nervioso y aunque parezca feo y resulte fétido, nos ayudan a realizar una función esencial del intestino grueso.

La baronesa refería a continuación las propiedades saludables de otros muchos vegetales, incluyendo las ortigas, que son diuréticas. Y dedicaba varias páginas a las plantas aromáticas: la albahaca, el tomillo, la canela en rama… Sobre las preciadas trufas, favoritas de miles, millones de paladares, sostenía que avivaban el sexo adormecido de las personas de cierta edad.

Luego ya, para demostrar que no carecía de espíritu crítico, ponía de vuelta y media a los guisantes verdes, pues desarrollan la frivolidad y hacen a la gente, especialmente a las mujeres, caprichosas y descuidadas. Eso decía.

Antes de devolver el librillo al señor Sipero eché en falta una referencia a las cebollas, tan habituales en nuestra cocina como las patatas, los tomates y los pimientos. Él me señaló un texto breve, sin ilustración, a modo de apéndice. Lo leí enseguida. “Las cebollas son excelentes para combatir la calvicie. Se frota bien con cebolla la parte de la cabeza donde empieza a clarear el pelo. Esto ocurre porque la piel del cráneo se endurece y se vuelve escamosa, impidiendo el crecimiento del cabello. Tras encebollar la zona enseguida notamos que el jugo ablanda el cuero cabelludo, eliminamos las escamas y el cabello vuelve a brotar”. Eso decía antes de añadir: “Dado que el olor a cebolla puede resultar molesto, podemos atemperar su efecto pasando varias veces medio limón por el área afectada”. Si que era cultivada la baronesa.

Meada regia

Cuentos y descuentos del sábado (05-08-2023).–Luis Díez

Cuentan lenguas de doble filo que hallándose un día en el palco presidencial de la plaza de toros de Las Ventas sintió Su Majestad una gana irresistible de mear y no hallando dónde poder hacerlo se desabrochó la bragueta y dirigió el miembro viril hacia el bolsillo del pantalón del tipo que tenía al lado, que no era otro que el comisario encargado de dirigir la lidia. Al notar éste el calorcillo húmedo del orín que fluía desde su bolsillo y le empapaba el pernil y le encharcaba el zapato se volvió hacia el Rey y le dijo respetuosamente:

–Majestad, se le ha calentado el champan.

–Jajajá –respondió éste, apurando la micción.

Luego, mientras Su Enormidad replegaba la chorra y cerraba la petrina, añadió a modo de disculpa:

–A determinada edad ya no te puedes fiar de la próstata.

–Si señor, por eso a los toros hay que venir meado –le recomendó el comisario.

Miles de amílcares muertos

Cuentos y descuentos del sábado (29-07-2023).–Luis Díez

Los oretanos eran gente pacífica y acogedora. Preferían mezclarse a guerrear. Se llevaban bien con los vetones, los carpetanos, los lobetanos y las demás tribus vecinas. Procreaban sin mayor reparo con sus semejantes de otras tierras y otros valles hasta el punto de tejer estrechos lazos de sangre con los bastetanos y los contestanos del sudeste peninsular. Solían extraer de la tierra algunos minerales y arcillas para realizar utensilios, conocían el valor alimenticio de algunas frutas y vegetales, y en vez de matar a los animales intentaban domesticarlos. Pero entonces llegaron a la costa mediterránea unos tipos armados en unas embarcaciones toscas que nada tenían que ver con las naves de los fenicios, que se dedicaban al comercio de la sal y de otros minerales y metales útiles, y tampoco se parecían a los barcos de pesca de los bastetanos ni de sus hermanos contestanos y edetanos.

Los recién llegados eran gente feroz y mal encarada. Asaltaban, saqueaban y arrasaban los poblados. Su crueldad carecía de límite. Mataban, apresaban y esclavizaban a los aborígenes, de cuyas despensas y tierras se apropiaban a sangre y fuego. Se hacían llamar cartagineses y estaban en guerra contra los romanos. Gran parte de ellos eran nubios del norte de África. Su cabecilla jefe respondía al nombre de Amilcar Barca.

Los estragos de los despiadados invasores llegaron enseguida a oídos de los oretanos. Y también las peticiones de ayuda de sus hermanos de la costa. Pero qué socorro podían prestarles si ellos eran gente de paz, carente de otras armas que no fueran las herramientas de labor, machucas, estacas y piedras. Según documentó el párroco de Montoro, Fernando José López de Cárdenas, en la primavera de 1783, cuando recorría las sierras sobre el valle de Alcudia recogiendo minerales por encargo del conde de Floridablanca, aquellos iberos oretanos dejaron huellas de su pacifismo en los palotes que halló aquel cura en la Peña Escrita, a unos pocos kilómetros de la actual Fuencaliente (Ciudad Real): figurillas bailando en parejas, gente gozosa, encantada de la vida. Las cuevas y roquedales con vestigios ancestrales revelan su carácter pacífico. Ni espadas ni arcos ni flechas ni hachas siquiera. Se celtificaron e incluso se mezclaron con los lusitanos, pero no guerrearon.

Sin embargo, las peticiones de socorro y los avisos de que venían aquellos guerreros sanguinarios (los cartagineses), arrasándolo y quemándolo todo, les colocó en la tesitura de defenderse. Entonces un mozo llamado Orisón tuvo una idea que luego se llamó “estratagema”. Consistía en echar el lazo a algunos animales que no se dejaban domesticar (toros bravos), atarles las patas, cargarlos en carretas empalizadas y llevarlos como donativo, en son de paz, al campamento de los cartagineses. Orisón y los oretanos más fuertes se pusieron manos a la obra. No dudaban de que Amilcar Barca aceptaría el regalo y de que sus guerreros se pondrían muy contentos con tanta y tan buena materia prima para sus festines y cuchipandas.

Guiados por sus amigos y aliados de las tribus ribereñas, Orisón y sus hermanos emplearon varios días en recorrer con sus carretas cargadas con media docena de toros bravos la distancia que los separaba del campamento de Amilcar y sus feroces guerreros. El lugar se llamaba Heliké (después Elche). Además de procurar que los toros no flojearan, los oretanos adornaron sus cuernos con juncos y retamas embadurnadas con sebo y aceite. Cuando llegaron al campamento salió Amilcar en su caballo a recibir el regalo. Entonces prendieron fuego a las testuces de los morlacos y abrieron las jaulas de los carros. Los toros saltaron, azuzados por el fuego, y los guerreros huyeron despavoridos, perseguidos por aquellos animales enfurecidos que los corneaban y desgraciaban a los caballos. Tal fue el pasmo y el pánico de los cartagineses que el propio Amilcar salió huyendo hacia el río, perseguido por un toro embolado, cayo del caballo y murió. No se sabe si se desnucó o se ahogó, pero apareció muerto.

La estratagema había funcionado. Los feroces cartagineses se quedaron sin jefe. Desde Cartago, en la orilla del sur del Mediterráneo, nombraron a Asdrubal hasta que llegó Anibal, que era hijo de Amilcar Barca y había jurado odio eterno a los romanos. Anibal se parecía mucho a su padre, pero era más astuto que él. Viendo cómo las gastaban los celtíberos, procuró hacerse amigo de ellos. ¿Cómo? Primero parlamentando y luego pidiendo la mano (y el resto del cuerpo) de una moza de la que se había enamorado en la colina de Auringis (ahora Jaén). La joven se llamaba Himilce y era hija de un jefe local llamado Mucro, quien aceptó el pacto de sangre y protegió así a las gentes de su tribu. Anibal e Himilce se casaron en Cartagena, donde los de Cartago tenían sus navíos atracados y un gran campamento. Su enlace constituyó una alianza que perduró hasta la invasión romana de lo que llamaron Hispania. Previamente, Anibal compuso un gran ejército que incluía toros bravos y elefantes y marchó contra Roma. Himilce murió mientras su belicoso marido cruzaba los Alpes para guerrear contra los romanos.

La historia jamás se detiene; de aquellos oretanos y demás tribus que habitaron la Península Ibérica en la edad del cobre y sufrieron las invasiones cartaginesa y romana, ochocientos años antes de nuestra era, quedaron muchos vestigios que nos permiten una interpretación cabal de la evolución humana. Hoy, por ejemplo, nadie utilizaría los toros bravos, con teas o sin ellas en la testuz, para combatir, ahuyentar o dar estopa a los enemigos. Pero eso no quiere decir que los Amilcar no sigan cayendo como moscas. Miles han muerto desde entonces. Sin ir más lejos, el verano pasado (2022) murieron ocho personas en los correbous o bous al carrer (suelta de toros por las calles) de las distintas localidades de la Comunidad Valenciana y más de trescientas resultaron heridas. ¿Cuántos más tendrán que sufrir y morir para poner coto a la barbaridad? Las derechas políticas se niegan por sistema a abrir un debate. Que cada ayuntamiento se las averigüe, dicen. Y ahora, con un torero de vicepresidente y consejero de Cultura del gobierno autonómico, sólo se admitirá un argumento: “¡Eh, bou!” «¡Eh, toro!»

Lisonjeros y aduladores

Cuentos y descuentos del sábado (22-07-2023).--Luis Díez

Un día más, Marisa y Fiol se encontraron en el Metro. Hablaron.

–¿En qué andas? –se interesó ella.

–Preparo un pequeño ensayo sobre adulaciones y lisonjas.

–Supongo que no te faltará material –dijo ella. Y a continuación le refirió el caso de una presentadora de televisión tan ávida de agradar al aspirante de las derechas a la jefatura del Gobierno que le llamó “Presidente” aunque sólo era candidato.

–Lo vi –dijo Fiol–, vi al entrevistado mover los labios a modo de sonrisa, señal de que le gustó el tratamiento. La adulación de los poderosos sigue siendo una moneda común.

–Incluso de los prepoderosos –puntualizó ella.

Fiol citó a continuación una expresión tan rastroja como “arrójeme a sus pies”, se refirió a los genuflexos por exceso y no por gimnasia, y comentó la acepción más usual del sustantivo “pelotas”. Marisa desvió la atención de su interlocutor explicado que, en contraste con la lisonja, la periodista de otra televisora que entrevistó al mismo candidato le ofreció la oportunidad de rectificar unas afirmaciones falsas sobre la subida anual de la paga a los pensionistas conforme al incremento del índice de precios al consumo (IPC). Pero el candidato mantuvo su aserto como si fuera una verdad del Evangelio. La periodista paró la bola, evitó que los espectadores comulgaran con ruedas de molino y citó los tres años que los gobernantes de su partido no equipararon las pagas de los pensionistas con el incremento de los precios. Y no sólo eso; a renglón seguido le preguntó en qué se basaba para acusar a su adversario socialista de negarse a colaborar con la Justicia en un caso de espionaje telefónico a mandatarios y dirigentes políticos. El candidato contestó que lo había leído en un teletipo. “¿De qué agencia de noticias?”, le preguntó la entrevistadora. El candidato no se acordaba. Lógico. La verdad es que diez horas antes de aquella grave imputación, los jueces del Tribunal Supremo habían publicado su decisión de cancelar la investigación del caso Pegasus (así se llamaba el asunto) ante la negativa de las autoridades del Estado de Israel a colaborar. Los servicios secretos israelíes había ingeniado aquel dispositivo con el que los espías habían accedido incluso al teléfono del contrincante socialista y presidente del Gobierno de España.

–¿Qué sabemos de ese teletipo? –se interesó Fiol.

–Nada, ninguna agencia de noticias conocida ratificó su existencia.

–Observo, amiga Marisa, un gran declive de la honradez intelectual.

–Debe de ser porque la verdad no interesa, no proporciona cargos, rentas ni ascensos. En cambio, la lisonja y la adulación tienen premio.

–Razón no te falta, amiga Marisa: hoy se adula por un plato de lentejas. Y además se halaga sin el arte de un Polignac, quien, al ser preguntado por la duquesa de Maine qué hora era, contestó que todos los relojes se habían parado ante su belleza y elocuencia. También se cuenta del califa Almanzor que habiendo consultado a dos astrólogos acerca de su destino, uno le contestó que los aspirantes al califato morirían antes que él, y el otro que viviría mucho tiempo más que los que pretendiesen el califato. Con adularle ambos igual, sólo fue recompensado el segundo por su habilidad de preferir el verbo vivir al de morir, que siempre produce mala impresión. Quiere decirse que para adular se necesita arte.

–Me pregunto, amigo Fiol, si sería viable una factoría de lisonjas.

–Desde luego, Marisa. Y de vituperios también.

–Bueno, me bajo en esta. Hasta la próxima.

–Adiós, Marisa.

Candi-datos

Cuentos y descuentos del sábado (15-07-2023 ).–Luis Díez

El candidato ordenó a sus escoltas: “Dejad que las gentes se acerquen a mí”. Estaban en campaña y quería ser apreciado por los electores como un hombre cercano y preocupado por los problemas del pueblo. En un momento de su paseo electoral se le acercó una mujer y le dijo: “Me acuerdo mucho de usted”. El candidato la miró con mucho interés, aunque juraría que no la conocía de nada. “¿Y eso a qué se debe?”, le preguntó. Entonces la mujer señaló un letrero que colgaba en un balcón y dijo: “Cada vez que paso por aquí y leo eso, me acuerdo de usted”. A lo que el candidato le aclaró: “Pero ahí pone ‘vendido’ y yo soy Bendodo”. Ante lo que replicó la mujer: “Ve cómo está usted equivocado”.

La mujer era nuestra amiga Rosa, una malagueña muy salada. Cuando venían elecciones, como ahora, Rosa deleitaba a los amigos con los resultados de sus exploraciones de las listas de aspirantes al Congreso y al Senado que aparecen en el BOE. “La número uno del PP por Huelva se llama Bella Verano…, en invierno no sabemos si seguirá siendo lo que su nombre indica. Y en primavera y otoño, tampoco. Como el PSOE no va a ser menos, también lleva su Bella, Bella Mercedes, aunque la ha puesto de suplente”, nos informaba. “Claro que para hermosa, Hermosinda, esa suplente del PP en Baleares”, añadía.

Algunas veces encontraba la coherencia. “Mira, la candidata del Partido Animalista por Almería es nada menos que María Sol Lechón”. Idéntica coherencia podría darse con la candidata Caballo Perruca si no fuera que va por Resistencia Popular. Esta formación lleva en cabeza al señor Garrote –nos informaba–, de modo que el garrote ya no es vil, ahora es candidato. Y otro tanto ocurre con el señor Gas, que ya no es cámara, sino aspirante a diputado por los autónomos de Alicante.

Como no sabíamos si reírnos o echar monedas y las monedas cuestan dinero, nos limitábamos a sorprendernos de sus hallazgos. Caso curioso en la lista del PP por Barcelona al Congreso. Los dos primeros candidatos, dos hombres, llevan sus diminutivos entre paréntesis. ¿Qué trata Ignacio (Nacho) Martín Blanco de conseguir con ese diminutivo a los 41 años? ¿Y Santiago (Santi) Rodríguez Serra con el suyo a los 59 años? ¿Por qué a la número tres, Cristina Agüera, uña y carne de García Albiol en el Ayuntamiento y las empresas municipales de Badalona no le han puesto (Cris)? El primero de la lista es un chaquetero que pasó de Ciudadanos (Cs) al PP. Hay muchos cambiachaquetas, por ejemplo, la segunda de la lista de la ultraderecha Vox en Huelva, María Ponce Gallardo, que era de Cs. O el cabeza de lista por Barcelona de esos sembradores del miedo y del odio, Juan José Aizcorbe Torra, un faccioso reaccionario que transitó por Fuerza Nueva y el Frente Nacional de Blas Piñar, se metió en el PP de Vidal Quadras como jefe de estudios y programas y ahora es concejal de Vox en Pozuelo de Alarcón (Madrid) y cabeza de la lista voxida de Barcelona al Congreso de los Diputados. ¿Para qué querrá ese Aizcorbe Torra, un abogado liquidador de empresas, antiguo jefe máximo del grupo de Intereconomía, volver a ser diputado si en los cuatro años que ha ocupado escaño sólo ha hecho tres preguntas por escrito y en comisión?, se pregunta Rosa. Y se responde a sí misma: “A esos cara duras los ponía yo a lijar pirisulina”.

La justicia del vulgo

Cuentos y descuentos del sábado (08-07-2023 ) .–Luis Díez

Mi vecino don Amadeo Citero lleva una vida cultural envidiable. Va a los conciertos del auditorio nacional y asiste a conferencias, recitales de poesía y presentaciones de novedades científicas y literarias en el paraninfo, el ateneo, el círculo mercantil o el de bellas artes. Rara es la tarde sin algún evento cultural en su agenda. Anoche coincidimos al pie de casa, nos saludamos y le pregunté cómo veía la cosa.

–Peor.

–¿Y eso?

–El vulgo empeora: cada vez es más injusto con los mejores y perjudicial consigo mismo.

–No seré yo quien le niegue la razón –dije.

Hablamos un rato, aprovechando el frescor del anochecer. Venía, me dijo, del auditorio de la antigua facultad de Medicina de oír una disertación del eminente Zozaya sobre el bicentenario de Louis Pasteur. Al gran científico francés y universal, padre de la microbiología, debemos avances tan decisivos para la vida como las vacunas, los antibióticos y, entre otros, esa fórmula para evitar la propagación de las enfermedades infecciosas que llamamos esterilización.

–¿Y qué más dijo nuestro Zozaya sobre el gran Pasteur?

–Glosó sus descubrimientos, comenzando por lo que su nombre indica, la pasteurización, vital para la conservación de los alimentos, y terminando por la demostración de la existencia de bacterias y virus nocivos que se cuelan en los distintos organismos y provocan enfermedades contagiosas. En fin, que demostró que los microorganismos no se forman por generación espontánea en el interior de un caldo, del organismo de un pollo, un gusano de seda, un conejo, un ser humano… como creían hasta entonces, sino que omne vivum ex vivo (toda vida sale de vida).

Don Amadeo parecía entusiasmado con la figura del científico. “Pasteur lo pasó mal –dijo en referencia a su vida–; se burlaron de él. ¿Cómo el hijo de un curtidor, un estudiante mediocre de ciencias naturales, física y química, iba a saber más que los mejores médicos? Sin embargo, el cirujano inglés Joshep Lister aceptó y desarrolló sus teorías sobre la esterilización. Este Lister es considerado hoy en día el padre de la antisepsia moderna. Di tu que Pasteur aguantó las befas y perseveró en sus experimentos y mantuvo su lucha contra el daño de los patógenos y acabó obteniendo el reconocimiento de la Universidad de la Sorbona”.

Ya en el ascensor, mi cultivado vecino se refirió a la reflexión de Zozaya sobre si Pasteur era consciente de que sus esfuerzos iban a suponer la transformación de toda la medicina contemporánea. Bueno, sus experimentos acerca de la rabia, que han acabado por curarla, demuestran que sí. Eso no quita para que el vulgo glorifique antes a quienes lo esclavizan que a los que le ayudan a avanzar. Y añadió nuestro Zozaya: “Ved por qué no se ha concedido a Pasteur la glorificación que a Bonaparte, olvidando que no es lo mismo hacer rabiar que curar la rabia, ni investigar las causas de la vida que aniquilarla, para conquistar un laurel”.

–Pues sí, el vulgo empeora –tuve que admitir.