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C15.-El terrorismo da votos

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Y si un día vuelves, llamamé, le dijo Tilo.

Al volante del Golf superconectado, Tilo llamó a su inquilina. Estaba estudiando y agradeció la pausa mental. Él le comentó que llegaría esa noche. Oyó ladrar a Mingus cerca del auricular y le dirigió unas palabras a modo de caricia. El cocker gimoteó. Les informó de que llegaría entre las doce y la una de la noche. A continuación llamó a la comisaria Sáez, pero la cadena montañosa astur-leonesa interfería la señal, y aplazó el breve informe verbal sobre la investigación del caso Perrote para mejor ocasión. Le parecía muy extraño que el interés y la urgencia de los jefes para que identificaran y detuvieran a los autores del alcantarillazo al sobrino del poderoso político conservador se hubieran evaporado de pronto. Esperaba que su superior inmediata le dijese algo al respecto.

–Botones, pon música –dijo en voz alta.

–¿Qué música quieres? –respondió el aparato con voz metálica.

–Clásica, la Novena Sinfonía de Beethoven.

Ordenó los hechos. Sobre el desinterés de los mandos y del juez instructor se dijo: “tanto mejor para Gabriela”. Todavía conservaba en su retina la sonrisa que ella le dedicó al despedirse. Él no correspondió, lógico, pues habría perdido autoridad y, por otra parte, la sospechosa escamoteó una pregunta esencial al negarse a desvelar los nombres de los amigos de Juanín. “Hay que ser ingenua para pensar que los motes sirven de escondite”. A pesar de todo, sentía una simpatía cada vez mayor por aquella mujer. “¿Si no detuvieron a Perrote y a su colega cazador después de destrozar y abandonar al ciclista por qué he de arrestar yo a esa mujer que entrega su vida, conocimientos y esfuerzos a ayudar a los demás?”

Llevaba un rato conduciendo en silencio, la Novena había terminado. Pidió a Botones que pusiera algo de Pink Floyd y siguió pensando si los datos aportados por el correligionario del partido de Poterna y su sobrino sobre la disputa sucesoria al frente de la tesorería del partido no eran más que un burdo intento de desviar la investigación sobre el origen del alcantarillazo. “Si lo eran, no consiguieron su objetivo”, se dijo recordando el abrupto encuentro con el veterano político de piel de elefante. “¿Cómo diablos se me ocurrió irritarle con la verdad?” Recordó la actitud displicente del menda hacia la inspectora Merche Tascón, su retraso, el guardaespaldas que envió por delante a examinarles, su escasa por no decir nula voluntad de colaborar en la investigación de la agresión a su sobrino y colaborador. “Además nos mintieron como bellacos. ¡Joder qué pájaros!”

Apenas había enfilado la mal llamada “meseta castellana” (algunos de la Generación del 98 erraron al definir el territorio), esa anchura precedida de las frescas riberas del Órbigo y el Esla y surcada por el Duero, cuando Botones se quejó con voz metálica de que se le agotaba el combustible y le recordó que ya llevaba más de doscientos kilómetros rodando sin interrupción. Tilo le obedeció. Paró a repostar. Mientras tomaba un café le sobrevino la sospecha de que el juez instructor podía obedecer la consigna de dejar correr el caso. “¿Habrían designado un juez propicio para evitar que la investigación de la agresión al sobrino del tesorero les llevara a averiguar la causa del alcantarillazo? A saber.”

De nuevo en marcha, recordó la frase de la joven cirujana: “Cuando te cierran todas las puertas solo te queda el agujero del váter”. Se refería al rechazo judicial de las pruebas conseguidas sobre la identidad de los autores del atropello y abandono de Juanín. Gabriela completó su explicación con otra frase que se le había quedado grabada: “Entonces pensamos que la mierda debía volver a la mierda y decidimos actuar”.

Tilo Dátil realizó el viaje según lo previsto. Al día siguiente madrugó, sacó a pasear a Mingus, tomó un café en el Dulce, se acicaló, envió un mensaje a Merche para saber qué tal había pasado la noche. Leyó su respuesta en el autobús: “Sin novedad, espero instrucciones”. Llegó puntual a la sede ministerial, un palacete protegido por la Guardia Civil, donde un veterano bedel le condujo a un salón que llamaban de porcelanas, acaso porque sobre los alfeizares de las ventanas descansaban cuatro grandes jarrones chinos. Entró y saludó a los presentes.

Sentados ante una mesa larga de madera de nogal adornada con rombos de marfil incrustados y una cestita de porcelana blanca con flores de papel en el centro, dos mujeres y tres hombres esperaban el comienzo de la reunión. Buscó la cartulina con el nombre de la comisaria Sáiz y se sentó. Una de las dos mujeres se interesó por la titular y él explicó que se hallaba indispuesta y se identificó como sustituto. La otra mujer ocupaba una de las tres sillas presidenciales. Debía de ser la secretaria general del llamado Observatorio de la Delincuencia porque consultó un papel y le dijo: “Bienvenido, inspector Dátil”. Su cara de cervatillo le sonaba, acaso de verla en televisión.

A continuación entraron dos tipos. Uno era José Manuel García, comisario de la zona centro de Barcelona, un buen elemento al que conocía desde los tiempos en que se jugaban empleo y sueldo por denunciar palizas y torturas en las comisarías. Se levantó a saludarlo.

–¿De qué va esto? –Le preguntó.

–Política –dijo.

Enseguida la mujer con cara de cervatillo anunció que el secretario de Estado de Seguridad abriría la sesión con una intervención breve de “altísimo interés”. El hombre de pelo entrecano y cara de aspirina que había ocupado el sillón presidencial, tomó la palabra y después de agradecer la presencia de los reunidos prorrumpió en un monólogo a media voz sobre el “nuevo terrorismo” o “terrorismo emergente”, una criminalidad sin armas ni explosivos definidos que constituía, dijo, la máxima preocupación de los responsables ministeriales debido a su capacidad de extenderse por toda la geografía urbana.

Tilo también había visto a ese hombre por televisión. De hecho, le pareció maquillado como si fuera a salir en antena. Llevaba ocho meses en el cargo, pero más de un lustro de «fontanero» ministerial. Por si alguno de los presentes desconocía sus méritos y capacidad, se refirió entre líneas al número uno de la oposición al cuerpo de abogados del Estado tras haberse licenciado en Derecho y Economía en la Universidad Pontificia Romana. Con la sucinta reseña académica en tan reconocido centro católico parecía subrayar su identificación no solo ideológica y técnica, sino también espiritual con el señor ministro, cuyo acendrado catolicismo era bien conocido.

El inspector prestó mucha atención a la exposición de aquel jefazo que hablaba un lenguaje jurídico bien articulado y se esmeraba en transmitir un mensaje más técnico que político, como si las normas fueran neutras o carecieran de orientación social o como si su enorme preocupación por el terrorismo urbano de baja intensidad fuera real. “Con estos personajes tan técnicos y abundantes en formulismos y anglicismos nunca sabe uno si sienten lo que dicen, dicen lo que sienten o ninguna de las dos cosas. Reciben tan altos emolumentos que elevan la ocupación al nivel de preocupación y lo dicen para que parezca que se desviven por el bien común y el interés general. Es como si vivieran sin vivir en sí (Teresa de Jesús dixit). Pobre gente, siempre ocupada y preocupada por la seguridad de los demás”.

El secretario de Estado se refirió al mobiliario urbano como “arma del delito” y elevó el tono de voz al mencionar las alcantarillas, señalando que si antes los terroristas robaban las tapas para colocarlas sobre los explosivos en los maleteros de los coches con el fin de orientar las deflagraciones, ahora no se complican la vida y han comenzado a tirar a “personas de bien” a las cloacas.

Tilo se fijó en el gesto de horror de la mujer de cabello negro, aleonado, que se había interesado por la comisaría Sáez, y constató en los rostros de otros asistentes el impacto de las sorprendentes afirmaciones de cara de aspirina. El jurista neutral les había impresionado. Las asechanzas de las nuevas formas de criminalidad y terrorismo emergente eran sobrecogedoras. Las herramientas de aquellos fanáticos sanguinarios desbordaban los límites de lo imaginable; lo mismo utilizaban una soga que una furgoneta para liquidar a gente inocente y tanto les da matar con el estallido de unas bombonas de gas doméstico que con un cuchillo de cocina que arrojando a las personas a las alcantarillas.

Estos últimos actos exigían una respuesta inmediata, inequívoca, contundente. Y para empezar, el alto cargo propuso la ampliación de los supuestos punitivos a los atentados terroristas sin armas ni explosivos con el fin de aplicarles la máxima pena: la cadena perpetua. Su propuesta mereció gestos afirmativos de varios asistentes que más tarde, en la rueda de intervenciones, se pronunciaron a favor de la reforma urgente y en lectura única del Código Penal. El jefazo apreció los gestos y terminó su intervención con un mensaje categórico a los malos: “¡Desde este Observatorio os decimos alto y claro que la democracia es más fuerte que vuestras pretensiones, que vamos a acabar con vosotros y que os vais a pudrir en la cárcel!”

La secretaria de aquel invento abrió un turno de palabra de cinco minutos y allí hablaron, de izquierda a derecha, un hombre grueso, de boca muy pequeña y frente emparedada entre dos mechones de cabello embetunado que era magistrado; un hombre joven, B Bermudez, según la cartulina, que era profesor y tertuliano de una televisora y que además de manifestar su “pleno acuerdo” con el secretario de Seguridad, abogó por “implementar” partidas presupuestarias específicas para la prevención de los alcantarillazos; un ejecutivo de la industria de la seguridad que pidió “pasos más firmes” en la colaboración “público-privada”; el comisario García, que abogó por una mayor implicación de la policía local y una mejor coordinación con la nacional. También habló la mujer de cabello aleonado poniendo de relieve la importancia del “diálogo de las civilizaciones” en la prevención y persecución del terrorismo de raíz religiosa mahometana y, finalmente, lo hizo un hombre con perilla blanca y peluquín rubio desvaído, quien además de mostrarse completamente de acuerdo con cara de píldora, reclamó manos libres de los servicios de inteligencia para interceptar las comunicaciones y los tráficos de dinero para alimentar a las “células durmientes”. Cuando le llegó el turno de palabra lo dejó pasar. ¿Qué podía aportar él? Le parecía bien que el Observatorio observara y mal que se prestara al politiqueo.

Tras las intervenciones, cara de cervatillo anunció un receso y salió con el secretario de Estado a cumplimentar a las televisiones y demás medios de comunicación que esperaban el jarabe de pico. Tilo aprovechó la pausa, conectó el teléfono, salió al lavabo y llamó a Merche, quien le informó de que la doctora Gabriela acababa de firmar los contratos de los molinos de viento y regresaban al hotel.

–Estupendo, pues que recoja su equipaje y se vaya –le dijo.

–¿Estás seguro?

–Si no lo estuviera no te lo diría. Ya te contaré.

Merche se mantuvo en silencio como si paladeara la decisión del inspector.

–¿A qué hora sale su avión a París? –Le preguntó.

–A las 14:30 –dijo Merche.

–¿Tienes vuelos a Madrid?

–Supongo, pero prefiero el tren. ¿Quieres despedirte de ella?

–Luego la llamo.

Cuando regresó al salón de porcelanas encontró un sobre alargado junto a la cartulina de la comisaria Emilia Sáez. Era uno de esos sobres amarillentos que solo contienen facturas y avisos administrativos. Estaba cerrado. Alguien había escrito a bolígrafo el nombre de la comisaria. Vio que algunos observadores se guardaban los sobres similares en cuanto el ujier los depositaba junto a las cartulinas correspondientes, así que lo agarró, lo palpó, le pareció que contenía dinero, billetes de papel, y se lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. La reunión prosiguió sobre la estadística delictiva. Disminuían los atracos a las oficinas bancarias, en contraste con el aumento del paro y la pobreza. “Eso es porque los atracadores están dentro”, pensó. Subían los robos en el campo y bajaban en los grandes almacenes. “Eso se debe a que los mozos de la seguridad privada pegan palizas en los cuartos oscuros de los sótanos”. Lo que no paraba de crecer eran los crímenes machistas. ¿Qué hacer? En este punto se acordó de Gabriela y manifestó en voz alta: “Programas de enseñanza práctica de defensa personal para las chicas serían menester”. Nadie le apoyó. El incremento de los suicidios era alarmante, pero importaba poco porque no se publicaban.

–Tenías razón, era política –comentó Tilo al comisario García cuando acabó la reunión.

–Ya te digo… Vienen elecciones y necesitan alimentar el miedo de la gente porque esa supuesta firmeza contra el terrorismo les da votos.

–Pero ni siquiera las han convocado todavía –opuso Tilo.

–Lo que yo te diga –afirmó García ante la portañuela del taxi.

Tilo le deseó buen viaje y se encaminó hacia la parada del autobús. Mientras esperaba se le fue la mirada al monumental frontón de la Biblioteca Nacional, obra del catalán Agustín Querol, quien instaló la Paz en el centro del triángulo: un esplendoroso cuerpo femenino con ramas de olivo en las manos que pisoteaba y quebraba la espada de la Guerra. “Así debería ser”, se dijo antes de empuñar el teléfono y marcar el número de Gabriela.

–Quería despedirme de ti y desearte buena suerte –le dijo.

Ella se mantuvo en silencio, sorprendida.

–Gracias, señor Dátil –dijo por fin.

¿Qué otra cosa podía decir?

–Quiero que sepas que te deseo lo mejor y también quiero informarte de que en las altas esferas han decidido que arrojar físicamente a la mierda o tirar a un canalla a las cloacas es un acto terrorista y será castigado con la máxima pena. Así que corre, huye, desaparece. Y si un día vuelves, llamame.

FIN

C14.-De cómo Gabriela identificó a los canallas

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

La torre de la catedral se asomaba a la ventana de la sala donde hablaban.

Gabriela hablaba como si los agentes Merche y Tilo tuvieran información previa y las mentiras no le reportaran ventaja alguna.

–Teníamos poco tiempo, pero decidimos dedicar los fines de semana a investigar el atropello y abandono de Juanín hasta identificar y localizar al autor. No sabíamos por donde empezar. En la primera reunión prometimos no parar hasta conseguir el objetivo. En segundo lugar, acordamos reunirnos cada sábado a las diez de la mañana en el patio de la venta donde quedábamos con Juanín para hacer rutas ciclistas. Ya no se trataba de echarnos a rodar, sino de recabar testimonios, buscar indicios, confirmar o descartar hipótesis, sentir corazonadas… Lo tercero fue formar parejas en función de las localizaciones, afinidades y disponibilidades de cada cual. Éramos seis, aunque en realidad nos quedamos cinco porque la hermana de Juanín se fue a Barcelona, donde vivía, nada más pasar las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

–Deduzco, amiga Gabriela, que te dejaron sola –dijo Merche.

–Unas veces me tocaba Masa y otras Jodas de compañero. Como yo era la única que tenía coche, en ocasiones se nos sumaba el Criatura. A decir verdad ni siquiera en Madrid me dejaron sola.

–¿Cuál fue vuestro plan de trabajo?

–No teníamos nada, no sabíamos nada, así que el único plan inicial fue rastrear a partir del punto de la carretera donde arrollaron a Juanín, un tramo conocido como el camino de los arrieros. Él había dicho varias veces a los guardias que serían las 7:30 cuando le golpearon por detrás y le pasaron por encima. Era todo lo que recordaba antes de quedar inconsciente. Sin poder precisar qué tipo de vehículo le había dado, descartaba que fuese un camión, pues habría oído el ruido del motor y se habría orillado más. De su fugaz recuerdo dedujimos que era probable que le hubiera atropellado un todo-terreno, uno de esos coches silentes y semipesados que tanto abundan ahora en los pueblos y las ciudades. Desde el lugar del accidente nos repartimos el rastreo. Buscábamos a alguien que hubiera visto pasar un coche grande, alguien que pudiera darnos alguna pista, algún hilo del que tirar. Pero a aquella temprana hora de aquel domingo, 27 de octubre, nadie, ni en las majadas ni en un camping cercano ni en los contados garitos abiertos encontramos respuesta de la que tirar. Las pesquisas en la zona fueron inútiles. El primer día de búsqueda fijamos un radio de unos diez kilómetros. El segundo lo ampliamos a quince y tampoco conseguimos testimonios útiles. El siguiente fin de semana volvimos a distribuirnos la tarea. Era difícil, lo sabíamos. Tanto más difícil como que habían pasado casi tres meses del suceso. Ampliamos el radio inquisitivo a veinte y veinticinco kilómetros del accidente, preguntamos en El Espinoso, Los Lucillos y otras localidades cercanas. Algunas personas sabían del atropello del ciclista por los periódicos, pero nada más. La mayoría de los interrogados coincidían en que los autores del atropello y abandono de Juanín seguramente serían cazadores con prisa para llegar a tiempo al reparto de los puestos de tiradores en los cotos. Desde luego no eran gente de allí porque nadie, absolutamente nadie del lugar era tan despiadado como para abandonar y dejar morir en la cuneta a una persona como si fuera un perro.

–¿Se os ocurrió pensar que vuestro trabajo ya habría sido realizado por la Guardia Civil? ¿Preguntasteis a la Benemérita qué datos tenía? –Inquirió Merche.

–Aparte el atestado del suceso, en diciembre llevaron al juzgado un escrito reconociendo la falta de resultados en la búsqueda de huellas y testimonios. Tengo la impresión de que sólo se esmeraron en interrogar a Juanín, así que no, ni se nos ocurrió preguntar a esos señores.

La rubia de glaucos ojos pidió una pausa para ir al lavabo. Después prosiguió:

–Era difícil encontrar alguna pista, pero como dice el dicho, con paciencia y con saliva un elefante se la metió a una hormiga. Y mira: al tercer fin de semana encontramos algo que podía ser valioso. En una gasolinera, a la salida de Navahermosa, preguntamos al encargado de guardia si recordaba haber visto repostar a un todo-terreno pasadas las 7:30 de la mañana del día que atropellaron al ciclista, y aunque contestó que no se podía acordar porque entonces no trabajaba en la gasolinera, nos dio el teléfono y la dirección de su tío Miguel, el Ruso, que entonces hacía las guardias del fin de semana. “Seguramente él os pueda decir algo, aunque no creo que sirva de gran cosa porque aquí paran bastantes coches a echar gasolina”. Nos explicó que el tío estaba medio jubilado y había agarrado la jubilación completa a final de año, y nos facilitó su número de teléfono. Vivía allí en el pueblo, a quince minutos andando, y puesto que nos dijo que solía madrugar, le llamamos desde allí mismo a micrófono abierto. El sobrino le dio los buenos días y le introdujo el asunto que queríamos tratar con él. El hombre aceptó entrevistarse con nosotros y contarnos lo que recordaba de aquel domingo que atropellaron a Juanín. “Estoy haciendo café, si os apetece podéis acercaros a casa y si no podemos vernos en la Venta de la Chana sobre las diez”, dijo antes de explicarnos que “la parienta” y él solían hacer “la ruta del colesterol” hasta aquel establecimiento campero que servía además de punto de encuentro de ciclistas amateurs de los cuatro puntos cardinales. “Entonces le esperamos en la Chana”, decidió Masa antes de pedirle que fuera recordando todos los detalles que pudiera sobre aquel maldito amanecer del 27 de octubre del año pasado. El Ruso prometió hacer todos los esfuerzos que fueran menester para ayudar a localizar a los canallas que desgraciaron a Juanín. Su simpatía hacia el joven ciclista parecía sincera. Agradecimos la ayuda al gasolinero, recogimos a Jodas y Criatura, que buscaban testimonios entre los empleados de una discoteca en la otra punta de la localidad, y nos dirigimos por el camino entre viñedos y olivos hacia el lugar de la cita.

En este punto Gabriela quiso ser tan precisa que reprodujo de memoria la escena con las diferentes voces de los interlocutores.

–He intentado recordar, pero ¿sabéis qué? –Dijo el Ruso.

–¿Qué, Miguel?

–Que esta memoria mía no da más de sí y sólo alcanzo a contaros lo que ya le dije en su día a los picoletos.

–¡Jodas! De algo más te acordarás.

–Ya me gustaría, pero soy viejo y se me olvidan muchas cosas.

–¿Qué le contaste a los de la Benemérita? –Le pregunté.

–Les dije que los fines de semana paran bastantes cazadores a repostar en la gasolinera y que no había visto nada especial, nada que me llamara la atención. Di tú que entre servir a uno, cobrar a otro…

–¿Cuántos coches de esos pararon a repostar entre las siete y las ocho de la mañana?

–Así, a bote pronto, puede que cuatro o seis.

–¿Y crees que alguno de ellos pudo atropellar a Juanín? –Incidí.

–Pues mira, no te diría que sí ni que no. Os repito lo mismo que les dije a los picoletos.

–Haz memoria, tío, no es lo mismo cuatro que seis –instó Masa.

–Cuatro más bien –dijo el jubilado–. ¿Sabéis qué pasa? Antes, cuando hacía arreglos mecánicos y andaba bien de la vista y el oído, me fijaba en todo y tenía memoria fotográfica, pero cuando me fui haciendo viejo dejé de mirar los coches y las caras de esos gachós, gente de mucha ciruela que vienen al monte a dar gusto al gatillo. Nunca entendí eso de matar por placer. Asesinos.

–¡Jodas, viejo! ¿Le dijiste eso a la Guardia Civil?

–Lo de asesinos no, claro. Lo que uno piensa de los demás no se suele decir, pero entre nosotros vale preguntarse qué pueden ser unos mendas que pagan un dineral por cultivar el instinto asesino y se realizan matando jabalís, ciervos, muflones, lo que salga. Es lo que yo pienso.

Según la rubia de los cloaqueros, las explicaciones de Miguel daban poco de sí. El hombre se enrollo sobre personajes famosos a los que, a lo largo de los años, había servido combustible cuando iban o venían de cazar. “Nos habló del envoltorio sociológico –machismo, prostitución, juergas, drogas, alcohol, amantes o queridas– de esa industria de la caza y nos invitó a reflexionar sobre cuán diferentes son las personas que cazan para poder comer y las que matan por diversión y placer”.

–En un momento de la conversación –prosiguió la rubia–, la compañera de Miguel se refirió a la modalidad de caza con arco, como si el dolor infligido a los rebecos con las balas de los rifles fuera escaso. Al parecer, el arco obliga a acercarse mucho más a la pieza y el cazador experimenta un subidón de adrenalina. Las palabras de la mujer estimularon el recuerdo de nuestro hombre, quien dijo haber visto los arcos y carcaj de los cazadores el interior de uno de los cuatro o cinco coches de alta cilindrada que pararon a repostar a primera hora de la mañana de aquel domingo.

–¿Cómo fue eso, si acaba de decirnos que ya no se fijaba en nada? –Quise saber.

–La verdad es que ni me fijaba ni tenía mayor interés en ver las fauces de aquellos gachós, pero mira tú por donde, uno de aquellos jichos (eran dos), volvió a la caja después de pagar y me preguntó por qué diantres no salía agua por la manguera de limpiar el parabrisas. La cortábamos porque había muchos descuidados que dejaban el grifo abierto. Salí, les abrí la llave de paso y entonces me fijé en las herramientas que llevaban en el asiento trasero del impresionante Mercedes todo-terreno. Y no sólo eso. También me llamó la atención que el tipo, que había aparcado el coche en el corner del aire y el agua, orientara la manguera hacia los bajos y las ruedas del coche en vez de a la luna delantera. Estuve a punto de llamarle la atención porque el agua era para el limpiaparabrisas y el radiador, no para lavar el coche, pero me volví a las dependencias. Dos minutos después, el tipo apareció otra vez y me preguntó si tenía bayetas. Se llevó un paquete con dos. Salí a servir a otro cliente y le vi inclinado con el culo en pompa, limpiando los guardabarros y reposapíes del vehículo. Cuando levanté la vista del surtidor ya se habían largado.

Gabriela dio otro tiento al gintonic y prosiguió:

–Me pregunté por qué unos tipos que van al monte a cazar se preocupan de lavar los bajos de su coche si en el campo se volverán a manchar. Y Jodas, el Congui, Criatura y Masa también se extrañaron.

–¿Le contaste eso a los guardias?

–Coño, claro. No con detalle, pero sí les dije que había unos que limpiaron los bajos, el frontal y los laterales de un Mercedes.

–¿Tomaron nota o apuntaron algo?

–Qué va. Creo que al decirles que era un Mercedes… Creo que se acojonaron pensando que era una autoridad, ya me entendéis.

–¿A qué te refieres?

–Para esos lo único que cuenta es la jerarquía y la disciplina; lo demás, turris burris, no se complican la vida ni se la complican a los jefes –afirmó nuestro hombre.

La subinspectora animó a la rubia a seguir hablando.

–¿Qué pasó después?

–Bueno, sabíamos la hora del atropello, las 7:26, minuto más o menos, y también la de la parada de aquellos cazadores en la gasolinera, así que pregunté al señor Miguel y a su compañera si podían acompañarnos hasta el punto kilométrico donde abandonaron a Juanín malherido. Aceptaron encantados y subieron al coche. Jodas, el Congui y Criatura quedaron en dirigirse a la gasolinera. Nuestro propósito era recorrer el trayecto entre el lugar del accidente y la estación de servicio con el fin de saber cuánto se tardaba en llegar. Fue un recorrido bastante rápido y el resultado nos pareció alentador. La duración del trayecto fue de doce minutos y coincidía con el tiempo transcurrido desde que atropellaron a Juanín hasta que pararon en la gasolinera.

–También podía ser una casualidad –opuso Merche.

–Si, por supuesto, pero al menos teníamos un hilo del que tirar. En la gasolinera repasamos los hechos con el señor Miguel, vimos la manguera, el lugar donde el tipo limpió el coche, teníamos además el dato de los arcos de caza para preguntar en los cotos. Pero conseguimos algo más y mejor. Resulta que la mujer que limpiaba la gasolinera todos los días por la mañana se sorprendió de encontrar unas bayetas nuevas, casi sin usar, en el cesto de los residuos, situado junto a la manguera y las recogió y las guardó en una bolsa para usarlas cuando se gastaran las que utilizaba. Allí podía haber restos de sangre de Juanín.

–¿Cómo os enterasteis de eso?

–Nos lo dijo ella. Para ser exactos, salió de limpiar los lavabos y vio a Jodas y Criatura curioseando por allí. Les preguntó si buscaban algo y ellos le explicaron que andaban tras la pista de unos cazadores que habían atropellado a un ciclista y pararon aquí a lavar el coche. La mujer, una rumana alta, fuerte y gruesa, que se llamaba Alina, recordó sin mucho esfuerzo el asunto de las bayetas y tras proferir unas palabras ininteligibles sobre la sociedad del desperdicio les pidió que la siguieran y les entregó las gamuzas esponjosas por si les servían de algo.

–Eso si que es llegar y besar el santo, menuda chiripa –comentó Merche.

–Pues sí, se lo agradecimos mucho, pues era posible que en las fibras internas de aquellas bayetas se pudieran encontrar restos sanguíneos de los que obtener el ADN.

Tilo oía el testimonio de Gabriela Cabello en un duermevela nada profesional. Aprovechaba el sillón para relajarse y descansar antes de emprender el viaje de vuelta a Madrid para cumplir el compromiso de sustituir a la comisaria Sáez en la reunión de observadores de la delincuencia.

–Doy por supuesto que el señor Miguel no se acordaba del número de la matrícula del coche de los arqueros –dijo la subinspectora, animando a la rubia de glaucos ojos a continuar con el relato de su investigación.

–Nada, chica; el Ruso sólo se fijó en lo nuevo que era aquel Mercedes con estribos.

–¿No había cámaras en la gasolinera?

–Sí, pero eran de atrezo.

–Jodeeer.

–Como los clientes han de pagar antes de servirse el combustible ya no hay riesgo de robo, así que con cámaras de pega se ahorran una pasta en seguridad y toda esa burocracia sobre el tratamiento de datos.

Al oír la palabra “estribos”, Tilo se incorporó, agarró el teléfono de la mesa baja, buscó la fotografía del Mercedes del señor Perrote y se la mostró.

–Sí, era este coche –afirmó Gabriela.

–Me pregunto cómo conseguisteis localizar el arma homicida –le preguntó Merche.

–Bueno, teníamos las bayetas, los testimonios del Ruso sobre el comportamiento raro de los cazadores del Mercedes y el hecho de que cazaran con flechas en vez de balas. Así que nuestro plan de trabajo fue bastante simple. En el hospital realicé algunas gestiones con los responsables de medicina legar para que examinaran a fondo las fibras de las bayetas a ver si con algún resto de sangre podían obtener un ADN coincidente con el de Juanín. No esperábamos gran cosa, pero había que intentarlo, aunque tardaran meses en dar el resultado, ya que siempre estaban hasta arriba de trabajo. En cuanto al coche y las flechas y los arcos estuvimos de acuerdo en seguir buscando. Hicimos un barrido de los cotos de caza mayor de la zona.

–¿En qué consistió?

–Bueno, lo primero fue obtener la relación de cotos registrados en la consejería de Agricultura y Medio Ambiente del gobierno autonómico. El registro es público y los burócratas no tuvieron más remedio que dejarnos acceder. Además, algunos cotos privados se anuncian en las revistas especializadas. Desde primeros de octubre hasta finales de febrero, principio y fin de la temporada de caza mayor, ofrecen monterías y puestos de tiro a los cochinos, venados, ciervos. La matanza de corzos es más tardía, del 1 de diciembre al 21 de febrero. Y la caza menor, más amplia: de mediados de septiembre a finales de marzo. La realidad es que el barrido fue laborioso porque los cotos municipales que, en principio son para los cazadores locales, tienen bastantes escopeteros de fuera que compran los permisos a los paisanos y si alguien les pregunta –nadie suele preguntar– siempre son primos, cuñados y demás familia. Del primer barrido telefónico concluimos que la caza con arco es rara en los montes públicos, pero en los tres cotos privados más cercanos hay puestos de tiro para esa modalidad. Sobre el terreno nos distribuimos los objetivos y a las siete de la mañana del domingo siguiente ya estábamos al acecho de las entradas de esos los tres cotos. Dejamos a Congui y Jodas en el camino de entrada al coto más cercano, llevamos a Criatura al más alejado y Masa y yo montamos guardia en la desviación hacia la tercera finca señalada. No creo en la suerte y me tocan mucho los pies los refranes, pero tengo que reconocer que el madrugón dio resultado. Poco antes de las nueve de la mañana nos llamó Criatura muy excitado para decirnos que había visto el coche sospechoso. Y no sólo eso; desde su puesto de vigilancia entre unos piornos cercanos a la entrada a una finca vallada que llamaban La Montesa había conseguido hacer unas fotografías nítidas, muy precisas, del automóvil y del tipo que se apeó a subir la barrera y bajarla después de que el coche pasara. Noté que le temblaba la voz, no sé si de frío, porque el tempero estaba helado, o de la emoción de haber cazado el vehículo.

–Vale, ya teníais la matrícula…

–La matrícula por delante y por detrás y las caras de los dos ocupantes del coche. La cámara de Criatura llevaba montado un teleobjetivo formidable.

–Quiero decir –precisó Merche– que con la matrícula ya podíais conocer la filiación del titular del coche, pero eso es insuficiente para probar que eran los autores del delito.

–Desde luego, aunque era un buen avance. Miguel el Ruso reconoció el coche y al conductor en cuanto vio las fotografías. Además, tuvo la idea de llevarnos a ver a un taxidermista local que nos dio buena información sobre aquellos señores.

En este punto, Merche propuso un descanso. La rubia y ella se levantaron a estirar las piernas, salieron de la sala. Tilo se desperezó, miró a la calle desde la ventana, pasaban turistas, un charlatán vendía peines, gigas y abanicos cerca de la catedral. Se volvió a sentar y apuró la tónica que quedaba en un frasco. Unos minutos después, cuando Merche y Gabriela regresaron, seguidas de un camarero que les sirvió agua y café, Tilo pensó en emprender el repliegue. Eran las seis y media de la tarde y le esperaban más de cinco horas de carretera hasta Madrid.

–Fuimos a ver al taxidermista –prosiguió Gabriela cuando se sentaron de nuevo– y si, conocía a aquellos señores, nos mostró la cabeza de ciervo con una cuerna de veinte puntas que le habían dejado para los fines específicos de limpieza, disecado y conservación. A petición del señor Miguel, nos facilitó los nombres completos, los teléfonos y la dirección en Madrid del que le había hecho el encargo. Ya lo teníamos casi todo sobre los sospechosos, aunque nos faltaba la prueba principal, el resultado del ADN de las bayetas.

Tilo dio por hecho que la rubia de los cloaqueros no se había equivocado de objetivo, se incorporó, se fue al lavabo, se refrescó las manos, la cara y los sobacos. Apenas había sudado. Se limpió con papel higiénico, se colocó bien la camisa y volvió a la salita. Se puso la chaqueta y se despidió de la sospechosa y de su compañera, explicándole con la mirada y el teléfono en la mano que se mantendrían en contacto. A continuación pagó las cuentas y salió en busca del Botones. Las sombras se alargaban, eran las siete de la tarde, pronto empezaría a oscurecer.

C13.-La confesión

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Mingus, según cuadro al óleo de G. Carpintero

Se pusieron en marcha. La rubia de los cloaqueros conducía el coche de alquiler, acompañada por Merche. Tilo iba detrás al volante del Golf.

–Botones, pon música –le ordenó.

–¿Qué disco quieres?

–Ese de Fito y Fitipaldis plagado de negaciones.

–Te pongo Me equivocaría otra vez.

–Si, es ese. Gracias.

Mientras se deleitaba con las estrofas tantas veces escuchadas: “No voy a despertarme porque salga el sol”, “no sé restar tu mitad a mi corazón”, etcétera, Tilo buscaba argumentos para evitar la detención de la rubia de glaucos ojos. La última decisión de aquella joven le había impresionado de tal modo que se dijo a sí mismo: “Una mujer así no merece prisión”. Merche estaba de acuerdo y, sin duda, la determinación de la hija del fraile de donar a los niños más necesitados de este jodido mundo la renta de los molinos de viento había reforzado su negativa a arrestarla. Sin embargo la comisaria, el jefe superior, el de la brigada de homicidios y otros mandos con poltronas exigían resultados, vivían de la estadística y se enfurecían ante los casos sin resolver.

El impertinente cobró vida de pronto y emitió una larga sucesión de pitidos. Los mensajes y las llamadas sin responder se acumulaban en sus tripas. Tilo lo sacó del bolsillo, aceleró, adelantó al coche de Gabriela y Merche, les mostró el teléfono por la ventanilla para que entendieran su acción, les sacó toda la ventaja que pudo y se orilló en un espacio ancho de tierra al margen del arcén. A la sombra de unos avellanos que allí crecían comprobó los avisos, vio tres llamadas a deshora de su inquilina y se apresuró a marcar.

–Mingus está intranquilo, ayer no quiso cenar, no para de junjurir y no hace más que ir y venir de tu habitación; te echa de menos –le informó Amalia.

–Pásame con él.

Ella puso el teléfono junto a una oreja del cocker y Tilo le saludó. Al oír la voz de su amo, el perro empezó a mover el rabo, loco de contento. Tilo le dijo que se portara bien y le prometió un regalo (huesos de pienso). El perro ladró como si quisiera corresponder a las palabras del humano. Amali se quedó más tranquila y él se disculpó por no haber podido llamarla antes, ya que la aldea remota donde había ido a atrapar a la líder de los cloaqueros carecía de cobertura para teléfonos móviles. En ese instante vio pasar el coche de Gabriela y Merche, pero antes de depositar el teléfono en la bandeja miró el correo electrónico. Tenía mensajes de facturas y del pequeño Oliveras, con un documento agregado, pero ni rastro de la orden de detención de la rubia de los cloaqueros, lo cual significaba tres cosas: que el nuevo juez del siete no había leído su informe, que lo había leído y no apreciada indicios delictivos o que había decidido que el caso era irrelevante y pretendía que se extinguiera por si solo como el fuego en un leño verde.

Estacionaron en una zona de carga y descarga de la calle del Obispo Guisasola y entraron en el Registro de la Propiedad de la capital astur unos minutos antes de que cerraran. Merche se quedó junto a la puerta mientras la proba funcionaria escaneaba los documentos de Gabriela que acreditaban su titularidad como nueva propietaria de aquellas tierras altas de Monteovo de escaso valor. El trámite se realizó sin contratiempo, la funcionaria le extendió un recibo de varios cientos de euros a ingresar en una entidad bancaria. Asunto resuelto. Al salir, Merche compró tres cupones de la Once al ciego de un kioskillo cilíndrico, de hierro, tan estrecho que parecía increíble que dentro se pudiera mover una persona, y regaló uno a Gabriela y otro a Tilo. Todo había salido bien y pensó que podía ser su día de suerte.

Gabriela Cabello se sentía agradecida a los policías por la protección que le habían brindado ante sus primos del monte, pero temía al mismo tiempo que la arrestaran, la llevaran a Madrid y frustraran sus compromisos profesionales. Sabía que había gente buena en los cuerpos policiales y aquella pareja lo había demostrado, aunque no dudaba de que habían actuado como ángeles custodios para preservar su presa.

Mientras callejeaban hasta el Llagar del Güelo, donde almorzar, Gabriela iba madurando el modo de no dejarse arrestar, es decir, la forma de darles esquinazo y desaparecer. La huida la obligaría a prescindir del avión para llegar a París, pues el aeropuerto era una ratonera. Largarse por carretera le parecía la única alternativa a su alcance. El coche de alquiler le serviría para alejarse. Pero la Guardia Civil de Tráfico recibiría la alerta y tendía que cambiar de vehículo, conseguir que alguien la llevara o buscar otro medio de transporte para salir por la tangente a Cantabria y cruzar el País Vasco hasta Irún.

Llegaron al restaurante, les ofrecieron varias mesas a elegir, se sentaron, leyeron la carta y eligieron de mutuo acuerdo una parrillada de carne variada para compartir, acompañada de ensalada de lechuga, cebolla y tomate y regada con sidra del llagar. Fue entonces cuando Gabriela se dio cuenta de que Merche no le había devuelto su cartera. La policía se las sabía todas. Mientras la agente tuviera en su poder el pasaporte, las acreditaciones profesionales, el carné de identidad y las tarjetas bancarias no podría escapar, de ahí que su primer cometido era recuperar la cartera sin que Merche se percatara.

La oportunidad llegó poco después de que un camarero con atuendo étnico les escanciara la primera ronda de sidra natural, fresca y ácida, y de que Merche se incorporase para ir al lavabo, dejando su bolso colgado del pico lateral del respaldo de la silla. Aprovechó la ocupación de Tilo, leyendo y escribiendo mensajes en el teléfono móvil, para meter la mano, empuñar su cartera, guardarla en el bolsillo derecho del pantalón vaquero y seguir tomando aquel jugo fermentado de manzanas machacadas. Después de la tranquila y consistente pitanza, mientras esperaban el café y les presentaran la cuenta, consideró llegado el momento de formular la pregunta principal:

–¿Me vais a detener?

Tilo y Merche se miraron, pero no se pusieron de acuerdo en quién debía contestar, así que se mantuvieron en silencio. La verdad es que ninguno de los dos albergaba el mínimo deseo de arrestar a la rubia de glaucos ojos.

–Si me vais a detener –añadió Gabriela– os pido por favor que esperéis a mañana y me permitáis cerrar el contrato de los molinos con la compañía eléctrica.

Los agentes cruzaron otra mirada.

–Lo consultaré al mando –dijo Tilo para salir del paso.

–¿Es decir que sí, que me vais a detener? –Coligió la rubia en voz baja.

–Eso depende de ti –le respondió el inspector.

–Me parece poco creíble que hayáis venido desde Madrid sólo para verme marchar.

–Tampoco es eso; hemos venido a interrogarte sobre un delito muy grave –precisó Tilo.

Unos minutos después de pagar la cuenta y apurar el café, el inspector informó a la rubia de que le concedían el margen temporal que necesitaba para realizar los trámites contractuales sobre los dichosos molinos y pagar la minuta del notario.

–Eso si no te escapas antes –agregó Tilo, mirándola con impostada inferioridad.

–No sé por qué me dices eso –le reprochó la rubia–; si no estoy detenida no entiendo a qué viene eso de escapar.

–Yo tampoco entiendo que hayas metido la mano en el bolso de Merche en vez de pedirle la cartera –le respondio Tilo.

La mirada de la rubia voló hacia las kupelas alineadas en un altillo del fondo del tabernario. Merche se apresuró a comprobar la afirmación del compañero y exclamó:

–Joer, perdona, olvidé devolvértela.

Sus disculpas redujeron la tensión entre Tilo y Gabriela.

Media hora después, en una salita del hotel SohoBoutique, donde la rubia tenía reservada habitación y Merche hizo valer su autoridad para contratar otra al lado, Gabriela recordaría con precisión sus movimientos y actividades del último domingo en Madrid, en particular, su cita con los amigos de Juanín Picatoste para ajustar las cuentas al tipo que le jodió la vida y desapareció.

–¿Me puedes decir dónde estabas el domingo pasado a las 20:00 horas?

–Sobre las ocho de la tarde –dijo la rubia en respuesta a Tilo– me había despedido de mis amigos de Toledo y estaba a punto de llegar al concierto para piano protagonizado por varias alumnas de una amiga mía profesora del Centro Superior de Música Nuestra Señora de Loreto.

–Qué bonito.

–Si, muy agradable –dijo la rubia.

–¿Ese centro está cerca de la plaza del Marqués de Salamanca?

–Sí, a cien metros de la plaza de Salamanca, bajando por Príncipe de Vergara hacia Alcalá.

–¿Cuántos eran esos amigos tuyos?

–Cuatro.

–¿Los conocías bien y tenías confianza con ellos?

–Si, los conozco desde hace años. Hacíamos rutas en bici e íbamos juntos a algunas fiestas cuando estudiaban en el Instituto.

–Ellos vienen a Madrid, te llaman, quedáis y ejecutáis vuestro plan vengativo.

–Dos vinieron por la mañana para ver al Rayo Vallecano y los otros dos decidieron venir a recogerlos con la furgoneta del padre de Juanín. Y sí, me llamaron y estuvimos un rato los cuatro.

–Pero en vez de quedar en tu barrio decides citarlos en la otra punta de la ciudad, la zona de los ricos. ¿Un poco extraño, verdad?

–Podría decir que no, teniendo en cuenta que mi amiga concertista me había invitado allí y no quería fallarle, pero admito que sí, que puede resultar extraño quedar con unos amigos de Toledo en la terraza de la Tierruca, una taberna de la calle Ortega y Gasset, en vez de hacerlo en Lavapiés, donde hay bares para aburrir y los precios son más bajos.

–¿Cómo se llaman tus amigos?

–No sé sus nombres completos; lo que si te puedo decir son sus motes.

–No puedo creer que sean amigos tuyos y no sepas cómo se llaman. Pero vale, suelta esos motes –dijo Tilo con tono disgustado, libreta en mano.

–¿Por qué crees que prefirieron robar la furgoneta a pedírsela al panadero?

–Para no molestarlo, supongo.

–Curiosos motes. ¿Sabes a qué responde cada uno?

–Jodas es porque no decía tres frases seguidas sin algún “jodas” de por medio. Imagino que otros motes obedecen a otras cosas parecidas.

–¿Masa?

–Creo que le llamaban así porque es muy fuerte.

–¿Tanto como para quitar la tapa de una alcantarilla, enganchar a un tipo por el brazo y tirarlo a las cloacas? Eso hicieron. ¿Lo sabías?

La rubia de glaucos ojos asintió con un gesto, sin palabras que pudieran ser grabadas por el teléfono que Tilo había depositado sobre la mesa baja de la saleta de lectura, juegos y conversación, dominada por un balcón al que se asomaba el reloj de la torre de la catedral gótica.

–¿Sabías quién era el tipo al que arrojaron al subsuelo? –Incidió Tilo.

La rubia contrajo los hombros e hizo un gesto con la nariz como si quisiera proteger la pituitaria del algún olor desagradable. Tilo interpretó la respuesta:

–¿Un cerdo?

La rubia guardó silencio.

–Si no quieres contestar estás en tu derecho –informó Tilo a Gabriela–, pero si quieres ayudarnos a aclarar los hechos, como testigo, nos vendría bien que respondieras a las preguntas. Otra cosa es que prefieras la calificación de sospechosa, te llevemos detenida y te interroguemos en las dependencias policiales, en cuyo caso puedes negarte a declarar o hacerlo con asistencia letrada. Tu decides.

–No es eso; no tengo inconveniente en contestar, pero no quiero ser injusta con el noble animal que has mencionado.

–Ni yo; retiro el cerdo –rectificó Tilo. Y para intentar congraciarse le contó que a las pocas semanas de la muerte del dictador conocido como “el enano asesino del Pardo” aparecieron en Madrid unas pintadas amenazantes contra el secretario general del Partido Comunista de España. “Vamos a matar al cerdo de Carrillo”, decían. Y a las pocas horas aparecieron otras debajo: “Carrillo, ten cuidado con el cerdo, que te lo quieren matar”.

La rubia le miró fugazmente y esbozó una sonrisa. Tilo miró el bloc de notas y se propuso corregir su precipitación con algunas preguntas genéricas.

–¿Recuerdas qué hiciste con tus amigos?

–Bueno, quedamos en la taberna que te he dicho, hicimos unas libaciones y después fuimos caminando hacia la plaza del Marqués de Salamanca.

–¿Iban vestidos de ciclistas?

–No, ellos dejaron la furgoneta del padre de Juanín en el parking público de la plaza y bajaron a ponerse los cascos, las gafas y las camisetas elásticas un poco antes de la hora señalada.

–¿Qué hora?

–Las 19:30, las siete y media de la tarde.

–¿Cómo sabíais que el objetivo, por decirlo de algún modo, llegaba a esa hora?

–Por las observaciones previas –dijo escuetamente la rubia.

–Es decir…

–Sí, lo teníamos localizado, identificado, estudiado y controlado. Sabíamos a qué horas llegaba los domingos en su motocicleta o en su todoterreno, qué plazas ocupaba en el aparcamiento subterráneo privado de la calle de Ortega y Gasset, por qué escalera salía, etcétera.

–Entiendo que también teníais estudiado el alcantarillado urbano.

La rubia asintió sin palabras.

–Me pregunto de quién sería la idea de arrojarlo a las cloacas.

La de glaucos ojos evitó responder.

–Supongo que como reza el responso, mierda era y a la mierda volviera. ¿Lo conocías?

–Lo que es conocer, no.

–¿Pero sabías quién era?

–Sí, un desalmado, sin alma –afirmó la rubia sin dejar de mirar a la torre de la catedral.

–En eso podemos estar de acuerdo –concedió Tilo.

Luego dio un paso atrás con la intención de saber a quién se le ocurrió la diabólica agresión o, por decirlo en lenguaje nada poético, quién fue el autor intelectual de la fechoría.

–Llevo muchos años investigando homicidios y la verdad es que jamás había visto una acción criminal sin armas tan rebuscada y estudiada como esa de tirar a un tipo por una alcantarilla. Se necesita mucha inspiración para realizar una obra así.

–Si, algunas veces las musas sorprenden a los poetas –dijo Gabriela alargando la mano hacia el vaso largo que le tendía la subinspectora.

Merche, hasta entonces ocupada en preparar unos gintonics, irrumpió con su aportación:

–Lo que no me explico –dijo– es cómo conseguisteis averiguar que ese tío fue el autor del atropello de Juanín Picatoste, algo que ni la Guardia Civil logró descubrir en un mes de pesquisas.

–Tampoco era tan difícil –le respondió Gabriela, evitando calificar la tarea de la verde institución policíaca.

–Sin testigos ni huellas ni pruebas… Ya me contarás cómo identificasteis al sujeto –dijo Merche.

La rubia dio un trago largo al digestónico y se tomó su tiempo antes de contestar a la subinspectora, cuya irrupción interrumpió la secuencia de preguntas de Tilo, algo que éste agradeció para sí, pues sus cuestiones se orientaban al momento en que interceptaron y empujaron a Perrote Poterna hacia la alcantarilla, y no quería dar el salto cualitativo de implicar a Gabriela en la agresión. Prefería guardar en la manga la carta del video que revelaba la participación directa de la rubia en el alcantarillazo y preservarla como testigo de la fechoría. Tilo sabía que su ardid bordeaba el reglamento, pero también sabía que a Merche le parecía correcto y, de hecho, atribuía su interferencia a la voluntad firme de su compañera de descartar la detención de aquella mujer. Por otra parte, y aunque no sirviera de justificación, el nuevo juez instructor del caso ni siquiera se había tomado la molestia de responder a su petición.

Así las cosas, el inspector decidió relajarse y disfrutar del gintonic mientras Gabriela hilaba una explicación detectivesca sobre el autor del atropello que truncó la carrera de ciclista y dejó sin piernas a su amigo Juanín. No era un relato fácil ni invitaba a la relajación precisamente, pero Tilo había dormido poco y mantenía la quietud corporal sobre el cómodo sillón a pesar del dolor impreso en la cara y las palabras de la rubia al referir las amputaciones de las extremidades inferiores del ciclista. Sólo después de oírla entendió cómo una joven tan dulce, generosa y bondadosa como ella pudo contribuir a mandar a la mierda a un desalmado, sin alma.

“Juanín recibió el alta médica dos meses después de que lo atropellaran y abandonaran malherido. Sobrevivió y resistió satisfactoriamente las operaciones quirúrgicas que le practicamos, cicatrizó bien, soportó con mucho temple los peores dolores, los de huesos, y fue asumiendo poco a poco el hecho de no volver a subir en la bicicleta nunca más. En ese tiempo le interrogaron varias veces sobre el accidente. Yo misma asistí a algunas visitas de los agentes encargados del caso y me esforcé en estimular sus recuerdos. Pero todo fue inútil; sesenta y un días después del fatídico amanecer de aquel domingo de octubre, los investigadores seguían sin obtener pista alguna sobre los posibles autores del atropello y abandono ciclista. Así nos lo confesaron. ¿Ya me diréis si no era lícito prometerle que no íbamos a parar hasta encontrar a los culpables y someterlos a la acción de la justicia? Y eso hicimos”.

C12.-Montaraces en acción

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

Escopeta de caza de doble cañón como la que lleva uno de los primos montaraces de Gabriela

Desde el corredor de la pensión oyen el ruido de una motocicleta y observan las evoluciones del motorista. Lleva una escopeta doblada a la espalda. En lo que se apea, apaga el motor, se desprende del casco y comprueba la estabilidad de la máquina inclinada sobre la pata extensible, llega calle arriba un ruidoso Land Rover gris metalizado del que baja un hombre en mangas de camisa, pantalón de pana y alpargatas y una mujer de mediana edad, pelirroja, de pelo corto y cardado, con grandes gafas de ver que le ocupan media cara.

–Ahí tienes a tus primos –dice Merche a Gabriela.

–El de la moto debe de ser Laureano y el otro Florencio –dice la doctora.

–¿Y la mujer?

–A saber.

Tilo no duda de que vienen en plan de guerra y recomienda a Gabriela recluirse en su habitación. La pieza es amplia, con chimenea y cuarto de baño. Desde la ventana se ven los prados inclinados, y, más arriba, una espesa extensión de brezos, escobas y monte bajo entre peñascos.

–Os diré qué vamos a hacer –prorrumpe Tilo mirando a Merche y a Gabriela–: tú vas a ser tú por un rato, así que ya le estás dando la documentación y esa carpeta con la escritura notarial de tus propiedades para mostrársela a esos bestias.

Gabriela dibuja una mueca de extrañeza en su linda cara. Sabe que no es creíble. Merche le saca más de un lustro y tiene patas de gallo en las comisuras de los ojos. Pero ésta se desprende de la cazadora para pasar al baño a atusarse el cabello, lavarse la cara, pintarse los ojos y los labios y darse un poco de maquillaje. Al quitarse la cazadora deja al descubierto la reglamentaria. La de glaucos ojos entiende que para tratar con sus primos conviene colocarse a su nivel armado y acaba asumiendo la sustitución. Instantes después resuena la voz de Amandi en el corredor: “Señorita Gabriela, sus primos la esperan abajo”.

La subinspectora se apresura, recoge sus útiles de aseo, los guarda en el bolso, se recompone y empuña la carpeta. Tilo la sigue hasta la puerta. “Me quedaré en el pasillo”, dice a una y a otra antes de cerrar. Merche recorre el corredor y desaparece escalera abajo. Tilo hace lo propio, pero se mantiene al acecho, sentado en los escalones. Oye la presentación y los saludos de Merche a los primos de Gabriela. La agente supone que el de la moto-cabra con la escopeta al hombro es Laureano, el menor de los hermanos. Se trata de un joven fornido, de pelo oscuro y rostro curtido por los vientos. Está sentado con su hermano y la mujer de gafas ante la primera mesa del ventanal y ha dejado el arma en una silla vacía a su lado.

–Tú debes de ser Laureano –dice alargando la mano abierta para saludarle.

El primo emite un gruñido y permanece sentado.

–Yo soy Florencio –responde el otro.

–¿Y la señora? –Pregunta Merche.

–Ella es Pilar, abogada de Montexu y secretaria del Ayuntamiento de Pola.

–Encantada de conocerla –la saluda la subinspectora.

–Viene a ponerte las cosas en claro –añade Florencio antes de invitarla a sentarse.

Sobre la mesa, la cantinera Amandi ha depositado una botella de vino del Bierzo, una Coca-cola para la mujer, un platillo de olivas y una cazuela con trozos de chistorra frita. Merche percibe malas vibraciones. Ni siquiera le ofrecen una copa de tinto.

–¿Así que tú eres hija del tío Leo? –Dice Florencio con tono de reproche.

Merche asiente.

–¡Y una mierda vas a ser hija del fraile! –Exclama, agresivo.

–No sé a qué viene eso, primo.

–Viene a que tú eres una enteradilla, una impostora. Los frailes no tienen hijos, pero tú te enteraste a tiempo de la muerte del tío Leo en Puerto Rico, supiste que tenía posesiones en Monteovo, te informaste bien de lo del parque eólico y vienes a apropiarte de lo que no te corresponde, a sacar tajada de lo nuestro.

–Eso son suposiciones tuyas –le replica Merche–; ni soy impostora ni enteradilla ni vengo a quitaros nada que sea vuestro.

A continuación saca la cartera del bolso, extrae el carné de identidad y se lo muestra.

La mujer de leyes alarga la mano e intercepta la tarjeta. Lee los datos en voz alta: “Gabriela Cabello Llamas, nacida en Madrid el 14 de abril de 1993”. Lee el reverso: “Hija de Leopoldo y de Carmen…”

–¡Y una mierda! ¡Eso es falso! –La interrumpe Florencio.

La abogada se queda en suspenso y hace ademán de entregarle la tarjeta.

–Leelo tú mismo.

Pero Florencio rechaza la cartulina. Por suerte o por lo que sea no ha mirado la fotografía, si bien esas cámaras de las oficinas del carné sacan unas instantáneas tan malas que no sirven para identificar a los usuarios. Eso se debe al avance de las ciencias y las técnicas: ahora la identidad del DNI va en el ADN de la huella dactilar impresa con el sudor corporal del titular.

Para convencer a los primos de que ella es hija del fraile, que fuera hermano de su padre, fallecido hace años, les invita a mirar otras cartulinas de plástico: tarjetas bancarias, un carné profesional, el permiso de conducir. Pero el mayor no quiere verlas y el pequeño solo abre la boca para beber vino. Va por el segundo vaso. La abogada mira las cartulinas plastificadas por encima y se las devuelve.

Cuando Merche cree haber demostrado la falsedad de la imputación del primo mayor les hace saber con un silogismo que los frailes son hombres, los hombres pueden tener hijos, luego los frailes también pueden tenerlos. Y a continuación se refiere a la calidad de su padre.

–La diferencia está –dice– en que la mayoría de los religiosos, ya sean curas o frailes, no los reconocen legalmente a los hijos, pero mi padre, vuestro tío, era un hombre consecuente y honrado, y aunque no colgó los hábitos ni se casó con mi madre, aportó todo lo que pudo para que me sacara adelante, me asignó una renta mensual para que estudiara, compró un apartamento en un barrio popular y céntrico de Madrid y me lo regaló para que residiéramos sin el ahogo de tener que pagar alquiler y, desde luego, me ofreció su apellido, que mi madre aceptó.

–¿Dónde está su madre si se puede saber? –Inquiere la letrada.

Merche recuerda que la mamá de Gabriela es odontóloga y reside en Cádiz, pero se muestra precavida por si a la abogada se le ocurre ir más allá.

–¿Por qué no ha venido? –Añade el primo Florencio.

El otro, Laureano, se sirve el tercer vaso de vino. “Este majadero con cara de botijo va a pillar una melopea espantosa”, piensa Merche mientras contesta:

–Porque no es necesario.

El primo mayor escora la cabeza y mira de reojo al pequeño, quien parece haber entendido el mensaje y, sin soltar el vaso, se inclina y mueve el brazo izquierdo bajo la mesa hasta alcanzar la escopeta.

La subinspectora capta el movimiento mientras desprende las gomas de la carpeta con el doble fin de justificar su respuesta y de mostrarles el testamento de su padre. Mientras saca y reseña los documentos, comenzando por el mapa detallado de la partición de tierras que en su día hicieron el abuelo Claudio y la abuela Pacha entre sus dos hijos, se va haciendo una composición de lugar para entrar en acción.

–Estos son los recibos de los pagos de la contribución –va mostrando a la abogada–, ésta la escritura de propiedad mi padre, éste su testamento a favor mío, la compulsa del consulado, la convalidación que acaba de hacer el señor notario minutos antes de que ustedes llegaran. Y, en fin, aquí está la dolorosa –agrega mostrando el documento con la minuta que deberá ingresar en el banco al grueso y amable funcionario del arancel.

La letrada hojea los documentos con mucha atención. Da un sorbo a la Coca-cola, mueve la testa arriba y abajo en señal de aceptación. Merche sigue evaluando las herramientas a su alcance para no dejarse sorprender por el escopetero. Puede utilizar el frasco de Coca-cola como arma arrojadiza, seguida del platillo volador con aceitunas y, acto seguido, saltar sobre la mesa y partirle los dientes y desarmarlo de una patada. También podría esgrimir la pistola para inmovilizarlo y abrir fuego disuasorio si llega el caso. Incluso meterle un balazo en el hombro izquierdo si no levanta las manos. Sería una solución traumática e indeseable, la última ratio a la que no querría llegar, pero tendrá que aplicarla si cara botijo agarra la escopeta. Es consciente de que sentados a una mesa, seis o siete metros detrás de ella, están el cabrero y los jubilados de la mar y las minas, Elcano y Ramón, sin contar al marido de Amandi que trajina detrás de la barra y va y viene, de modo que un tiro de postas de ese majadero podría mandar a alguno al otro barrio.

La letrada mira a Florencio y proclama:

–Los documentos son auténticos y están en regla.

–El papel lo aguanta todo, eso no vale una mierda –responde él.

Merche guarda los documentos en la carpeta mientras argumenta sobre la validez y legalidad de la herencia. Está refiriéndose al uso de la braña y el aprovechamiento de los pastos todos estos años gratis et amore por parte de los primos cuando oye el chasquido del ensamblaje de la escopeta. Con un movimiento repentino agarra el borde de la mesa, la levanta sobre las dos patas de enfrente y la vuelca contra el primo Laureano. Luego se tira al suelo y le arrebata la escopeta de entre las piernas. Se incorpora rápidamente, da dos pasos atrás apuntándoles con el arma.

–¡Fuera! ¡Largo de aquí, rufianes!

Alertado por el estruendo, Tilo Dátil salta como un resorte y aparece en el escenario. Agarra de una oreja al pequeño y fornido Laureano, que se agacha, tratando de protegerse detrás de la mesa volcada, y le conmina a obedecer al tiempo que con la otra mano abre la puerta cascabelera. Su hermano Florencio mantiene las manos en alto pero se resiste a obedecer.

–¿Vas a disparar? –Pregunta, desafiante.

Merche no responde. Quita el cerrojo al arma. El primo se asusta, recula medio metro.

–¡Obedece a la señorita! –Le grita el cabrero.

–Venga, hombre, o eres célula muerta –le dice Tilo.

La letrada aprovecha la tensión para agacharse y agarrar la carpeta con los documentos de la heredera. Sin duda sabe que las escrituras notariales son parte esencial del proceso de adquisición de la propiedad pero no surten efecto hasta que son consignadas en el Catastro o Registro de Bienes Inmuebles a nombre del nuevo titular. La abogada se dispone a seguir al primo mayor hacia la puerta, pero el cabrero, al quite, le arrebata la carpeta.

–Esto no es suyo –le dice justificando su brusquedad. Luego exclama–: ¡Menuda garduña!

El pequeño Laureano ya ha atravesado los treinta metros del corral empedrado hacia a la calle. Tilo mantiene abierta la puerta de la taberna mientras salen Florencio y la letrada, seguidos a unos pasos por Merche, escopeta en ristre. El inspector les escolta hasta que cruzan la puerta. Se asoma a la calle y en ese instante recibe un estacazo en un hombro. Suelta un ¡ay! de dolor. Merche ha visto la agresión del primo mudo y bebedor y aprieta el gatillo. El tiro retumba en la montaña de enfrente. El disparo al aire de la subinspectora provoca ladridos de perros y cacareos de gallinas. Los parroquianos salen de la taberna, algunos vecinos se acercan a ver qué ha pasado. Pero lo más importante es que los primos han puesto en marcha la moto y el Land-Rover y han salido a toda mecha. Sabían que la escopeta es de repetición. Merche les despide con otro tiro a la atmósfera. Luego abre el arma, recoge las vainas de los cartuchos y entrega el material al marido de Amandi para que lo devuelva a los primos montaraces.

–Los llamaré por radio esta noche para que vengan a recogerla –acepta Arcadio.

Desde el corredor de La Casona, la rubia de glaucos ojos contempló el desenlace de la visita de sus primos y bajó a interesarse por Tilo. “Me duele un poco, pero no me ha roto ningún hueso”, la tranquilizó éste antes de indicar al cabrero que le entregara la carpeta y fuera a buscar dos buenos quesos semicurados para llevarse a Madrid y a Ginebra, es decir, “bien envueltos”. Al oír el nombre de la ciudad suiza, el cabrero se alegró de que prefirieran su queso al de los Alpes.

–Es que en Suiza no hay cabras –mintió Tilo, guiñando un ojo a Gabriela. Luego, para no frustrar el entusiasmo de Alipio, añadió–: además, el tratamiento fabril de la materia prima arroja un producto comparable con la pasta de patatas, nada que ver con tus quesos artesanales.

Acto seguido, el inspector ordenó a Gabriela que recogiera sus cosas y se parara para irse con él y con Merche cuanto antes.

–Tienes quince minutos –le dijo, mirando el reloj. Eran las 12:30.

–¿Por qué tanta prisa? –Protestó.

–Te conviene estar en Oviedo antes de que cierren el Registro de la Propiedad Rural –respondió Tilo, manifestando a continuación su sospecha de que la asesora legal de los montaraces intentase alguna maniobra en el Catastro.

Gabriela permaneció en silencio, miró a Amandi y a Merche, quien afirmó:

–Esa tía no tiene escrúpulos, es capaz de cualquier cosa; con decirte que arramblo la carpeta y si no llega a ser por Alipio se lleva tus documentos…

La rubia apretó contra sí el cartapacio. Amandi dijo:

–Me da pena que os perdáis el plato rico que voy a preparar para comer, aunque comrpendo que lo primero es lo primero.

–¿Qué plato es ese? –Se interesó Tilo.

–Una fidegua con trucha y migajas crujientes de jamón.

–Otra vez será –le prometió el inspector.

La rubia de los cloaqueros cayó en la cuenta de que sus primos carniceros tenían fama de adinerados y de que en el país de la corrupción sistémica podían comprar al jefe del registro para que bloquease la inscripción de las propiedades a su nombre, de modo que aceptó la urgencia policial, giró sobre sí misma y subió a la habitación.

Después de pagar sus gastos, la rubia entregó a Amandi una carta para sus primos. La había escrito mientras su sustituta Merche trataba con ellos sobre la herencia. En la misiva, que contó en voz alta, les concedía permiso permanente para seguir usando la braña, el chozo y aprovechando los pastos, la leña y los demás recursos naturales. Todo, menos la renta de los futuros molinos de viento, pues tenía la intención de asignarla a los niños necesitados de asistencia sanitaria y alimentaria a través de Unicef. Eso les decía.