Archivo de la etiqueta: Mariano Rajoy

Y el discurso era el insulto

Cuentos y descuentos del sábado (2-02-2024).Luis Díez

En el trayecto del metro Fiol relató a Marisa la sorpresa de su amiga hispanista de almendrados ojos Yoko Miri por el trato que aquí, en el Reino de España, se dispensaban los políticos. “Siente una perplejidad de doble filo”, le dijo. “Por un lado le sorprende que insulten al presidente del gobierno, algo impensable en Japón, y por otro se extraña de que en la tierra de Francisco de Quevedo y Villegas carezcan de chispa, ironía, una micra de arte”.

–¿Le habrás dicho que somos gente de sangre caliente, pero que perro no come perro?

–Si, y también que le llaman “perro”. Pero la verdad es que está muy impresionada. Eso de ver a una dirigente política tildar de “hijo de puta” al presidente del gobierno desde la tribuna de invitados del Congreso y luego pedir que no se tergiversen sus palabras, pues dijo: “Me gusta la fruta”, impresiona casi tanto como las llamadas de otro opositor de ultraderecha a ultimarlo: “Hay que colgarlo cabeza abajo” (como al fascista Mussolini).

–Comprendo que alucine en colores.

–No sólo eso: se ha puesto a estudiar el discurso del insulto.

–El insulto como discurso, querrás decir –puntualizó Marisa.

–O el insulto como arma política –añadió Fiol.

–De las derechas –precisó Marisa.

–Si, las del mal perder. Bueno, pues ahí me tienes de anfitrión y documentalista de nuestra imperial visitante del sol naciente sobre los dicterios de aquel jefe de la oposición de derechas contra el presidente socialdemócrata de mejor talante que haya habido en España.

–Lo recuerdo, le acusó de “traicionar a los muertos”, es decir, a las víctimas del terrorismo, que es lo peor que le podían llamar por buscar la paz y el final del terrorismo etarra. Incluso se manifestaron contra él y al grito de “con Zapatero como con su abuelo” pedían su fusilamiento. Al abuelo lo eliminaron los golpistas facciosos del 18 de julio de 1936.

–Si, el opositor Mariano era tremendo. Llevaba un saco de improperios y en cada debate, ala, “traidor, bobo, grotesco, frívolo, cobarde, veleidoso, confuso, acomplejado, inestable, insensato, chisgarabís, taimado, batasuno, radical, débil, maniobrero…

–Para, para.

–…hooligan, descerebrado o sin criterio… Aquel Rajoy lanzaba coces por la laringe como si fueran confetti de colores. ¡Qué tío! Y hay que ver cómo se enfadó cuando, unos años después, siendo presidente del Gobierno, el nuevo dirigente socialista en la oposición, Pedro Sánchez, le dijo en un debate electoral: “Yo soy un político honrado y usted no”. Le tildó de “ruin, mezquino, deleznable”. Al final, aquel Mariano de Pontevedra cayó por la corrupción, la caja B del partido, la tangentópolis, la pasta en Suiza, los sobresueldos… Y de nuevo, vuelta al insulto.

–Vamos que tu amiga hispanista tiene materia para un artículo largo –dijo Marisa.

–¿Largo..? En cuanto la documente sobre otros detalles de la dialéctica política del Reino de España como esa tendencia al motejo tendrá tela para escribir un ensayo.

–No sé a qué te refieres.

–¿No has oído hablar del Guerra, Alfonso Guerra, todo un personaje político del Partido Socialista que al comienzo de la transición empezó a poner motes a sus colegas? Al entonces presidente del Gobierno Adolfo Suárez, le llamó “tahúr del Missisipi”, al ministro de Exteriores José Pedro Pérez Llorca lo motejó “Zorro Plateado”, al mencionado Mariano Rajoy le calcó “Mariposón” y al también citado Zapatero, aunque era de su partido, le puso el mote de “Bambi”. Algunos le atribuían mala leche, pero lo cierto es que tenía arte. Y caracterizaba con mucho fundamento. Suárez guardaba un as en la manga, Pérez Llorca alisaba su melena de pelo blanco, Rajoy iba de ministerio a ministerio como las mariposas de flor en flor, Zapatero era de apariencia tierna, delicada… Y así sucesivamente.

–Joer, Fiol, mi estación. Que tengas buen día.

–Igualmente, adiós hermosa.

Aquí yace la primera Estatua de la Libertad

Estatua de la Libertad, obra de Ponciano Ponzano, en la que se inspiró Auguste Bartholdi para diseñar la de Nueva York/ LD.

Eran las diez de la mañana (aunque parecía más tarde por el cambio de la hora) cuando llegué a la esquina de la calle del gran tenor navarro que primero fue cabrero, Julián Gayarre, con el Paseo de Reina Cristina, a la derecha, según se sale de la estación ferroviaria de Atocha. Unos orientales sacaban fotos del edificio neobizantino, muy bonito, del Panteón de los Hombres Ilustres. Les pregunté si habían visto la Estatua de la Libertad y me contestaron por señas que no entendían castellano y la libertad les sonaba a chino. Lógico.

Enseguida vi la puerta de la verja que protege el edificio; por suerte estaba abierta. Una bandeja inclinada anunciaba el horario de visitas al cenotafio. Me sorprendió que no indicaran el precio de la entrada, pues en Madrid (como en otras partes) cobran hasta por ver. Desenfundé la cámara y me dispuse a consignar la grata sorpresa, pero me llevé otra: Volta se burlaba de mí. Por suerte, en la acera de enfrente, había un bazar chino y compré las cuatro pilas reglamentarias. Regresé sobre mis pasos y ahora sí, hice una fotografía de la entrada al edificio, obra del arquitecto Fernando Arbós y Tremanti.

En la terraza de tierra arcillosa del interior de la verja, una joven de pelo rubio con un mono de trabajo y la inscripción de Ferrovial en el pecho limpia el jardín, junto a las piedras de una estatua caída entre unos aligustres verde oliva. Se incorpora levemente cuando me dirijo a ella: «¿Sabe usted donde está la Estatua de la Libertad?» No tiene ni idea, pues no es su oficio saber. «Pregunte al de seguridad», dice. El de seguridad es un hombre que regenta un mostrador en semicírculo, situado en una esquina del claustro, pero no quiero problemas ni que me diga que está prohibido hacer fotografías, de modo que evito acercarme y tuerzo en sentido contrario, a la izquierda, donde un grupo de visitantes comandados por dos jóvenes, uno grueso y otro flaco, contemplan el monumento funerario de Eduardo Dato con el escudo de España a sus pies. Cuando el flaco acaba de explicar que a Dato lo ultimaron de un tiro en la Puerta de Alcalá y el gordo toma la palabra para explicar lo del desastre de Anual, me acerco y pregunto al flaco en voz baja si sabe donde queda la Estatua de la Libertad.

Me mira con satisfacción y me dice en voz alta, atrayendo la atención de los demás: «Sales al jardín del claustro y ahí, al otro lado del obelisco del centro, en aquella esquina la verá». Antes de cruzar la puerta interior contemplo el monumental mausoleo de Antonio Cánovas del Castillo, obra de Agustín Querol. Es un sarcófago enorme, de mármol blanco, con la figura yacente del político conservador y una joven con la cabeza recostada junto a su testa que hace un círculo con los brazos como si quisiera abrazarle. El frente del sarcófago tiene seis figuras femeninas que, según la nota informativa de la bandeja, representan otras tantas virtudes. Dudo que como político tuviera alguna en aquella España con menos de veinte millones de vecinos, de los que más de once no sabían leer ni escribir, pero hoy es día de difuntos y está feo hablar mal de los muertos.

Jardín del claustro del Panteón de los liberales con la Estatua de la Libertad en su rincón /LD.

Me asomo al patio interior y, en efecto, en la esquina que me indicó el joven cicerone veo la pequeña construcción de cuerpo cilíndrico, terminado en cono, y sobre ella, la Estatua de la Libertad. Me acerco, le hago fotos. «Ya tenía yo ganas de verte», le digo. La Libertad de Ponciano está en todo lo alto, pero no está sola; la acompañan, apoyadas en los sarcófagos de Mendizábal, Argüelles y Calatrava, tres pétreas señoras que representan, según la nota de la bandeja, la Pureza, el Gobierno y la Reforma. Lo primero no me lo creo. Mientras contemplo la pequeña estatua con su corona de rayos de punta se acerca Carlos, un jubilado de 71 años que es de Burgos, y, como si supiera lo que he venido a ver me dice: «Ahí la tiene usted, la primera Estatua de la Libertad, la que sirvió de inspiración a los franceses, que luego se la regalaron a los estadounidenses».

Carlos se refiere al «inspirado» Auguste Bartholdi, el autor de la estatua más famosa del mundo, cuya estructura interna fue armada por el famoso ingeniero Gustave Eiffel. «Ponciano tenía que haber registrado su estatua, pero no lo hizo y se la copiaron», me informa Carlos. «Bueno, qué se le va a hacer –disimulo–; también se apropiaron del término liberal, que era español antes que inglés y francés, y no por eso vamos a disgustarnos». El jubilado burgalés mueve la cabeza en señal de acuerdo y añade: «Ponciano Ponzano era muy testarudo, era aragonés… ¿Sabe usted que murió en la ruina?» Lo desconocía. «Tiene una biografía muy interesante, léala», me recomienda.

«Bueno, pues ya la he visto, es todo, encantado don Carlos», me despido del didáctico interlocutor, cuyo nuevo oficio de jubilado es, según dice, «paseante de ciudad». Y en el fondo me entristece que mientras la Estatua de la Libertad de la desembocadura del río Hudson, al sur de Manhattan, aquel regalo de los franceses, plantado en 1886, monumento nacional en los Estados Unidos, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, ilumina el bien más preciado que a los hombres dieron los cielos y sirve de símbolo frente a la opresión, la nuestra, la de Ponciano, se halle arrinconada en un lugar que muy pocos conocen y algunos visitan como paseantes o por hacer un poco de turismo funerario el día de difuntos. Ya en la calle recuerdo que en 2013 un diputado aragonés, Chesus Yuste Cabello, de la Chunta Aragonesista, pidió al Gobierno de Mariano Rajoy que editara un sello de Correos para conmemorar el bicentenario del escultor Ponciano, nacido el 19 de enero de 1813, y el Gobierno se lo negó.

 

Papel higiénico marca Trump para ayudar a los emigrantes

Felipe González le bastó una palabra para definir al nuevo presidente de los Estados Unidos, el especulador inmobiliario Donald Trump. Le llamó «necio». El necio construye muros porque su necedad es un muro alrededor de su mente. Esa muralla mental limita su visión del mundo a la hipotenusa de su nariz (sus intereses) y le impide entender a los demás, al tiempo que desprecia cualquier razón e interpretación de la realidad que no sea la propia. Un necio y terco de esas características al frente del Estado más poderoso del mundo es un peligro para el mundo propiamente dicho. Y los primeros que están sufriendo su necedad son los inmigrantes mexicanos y centroamericanos que se ganan la vida en Estados Unidos.

La orden de Trump de detenerlos y entregarlos a los agentes federales para expulsarles está siendo momentáneamente ignorada por algunos estados con mayoría demócrata, pero esa dilación terminará en cuanto se refuercen las plantillas policiales. La persecución tiene ya efectos tangibles. El primero es el miedo a hablar castellano, la segunda lengua del país, en los lugares públicos. El jefe del gobierno español, Mariano Rajoy, podía haber aprovechado el saludo con el necio en la reciente cumbre de la OTAN en Bruselas para exigirle respeto hacia la comunidad de hispanohablantes, pero no lo ha hecho. Tampoco cabía esperar gran cosa de un personaje tan limitado y tautológico como el gobernante español, cuyos intereses se centran en mantener algunas sucursales de fabricación y venta de armamento. De ahí el especialista Morenés Eulate que ha enviado de embajador a Washington.

Los mexicanos saben que han de hacerse respetar por sí mismos, más allá del cinismo internacional. Son conscientes de que, como dice el letrado Jorge Martínez Veloz, pueden perder muchas cosas menos que les falten al respeto, porque si no, su vida será un infierno moral y el adversario les tomará la medida para doblarles. Martínez Veloz, comisionado para el diálogo con los pueblos indígenas, denunció a Trump por intentar saltarse a la torera la legalidad mexicana en el proyecto de construcción de un complejo residencial de lujo en Baja California. Otro negocio del necio en el Caribe, en una zona protegida de Cozumel (Punta Arrecifes) que arrasó por sorpresa para construir una urbanización turística de lujo, también fracasó en 2008. Se comprende la inquina hacia México del otrora voraz especulador.

El «popucista» (mezcla de populismo y fascismo) registró en el Instituto de la Propiedad Industrial de México la marca Trump Organization para actuar en sectores como la construcción, el turismo, los hoteles, los bienes raíces y los servicios financieros. Pero se olvidó de las manufacturas, en concreto de las procedentes de la celulosa, y ahora, según publicaba el diario Excelsior el 1 de junio, el abogado Antonio Battaglia se ha aprestado a registrar y sacar al mercado en fecha próxima un papel higiénico marca “Trump”, que publicita con slogans como “Suavidad sin fronteras” y “Este es el muro que sí vamos a pagar”.

Battaglia dice que donará el 30% de las ganancias a programas de apoyo a los inmigrantes y explica que su iniciativa brotó de la indignación que le produjo la descripción por parte de Trump de los inmigrantes mexicanos como si fueran delincuentes, violadores, asesinos y traficantes de drogas. «Mi pensamiento fue: no podemos quedar callados, voy a poner mi granito de arena, a dar respuesta», explica antes de indicar que ha invertido 400.000 pesos (21.400 dólares) en un proyecto cuyo éxito parece garantizado por razones de dignidad humana frente a la persecución y humillación de los mexicanos pobres, promovida por el necio.

Puesto que el «popucista» se cisca en la preservación del medio ambiente y el futuro del planeta, como ha demostrado con su ruin e insolidaria decisión de abandonar el pacto mundial para reducir las emisiones contaminantes a la atmósfera y luchar contra el cambio climático, vale esperar que la del papel higiénico sea la primera gota de una tormenta de ideas capaces de limpiar sus excrecencias y si posible fuera de eliminar de su magín la xenofobia, el racismo, el machismo, el belicismo y el abuso del poder.

Honradez intelectual sería menester

La falta de honradez intelectual como carencia visible de algunos dirigentes políticos (y académicos) puede ser el síntoma más seguro de lo que podemos esperar de ellos. ¿Cuándo empleo Lope Félix de Vega Carpio (Lope de Vega) las expresiones tabernarias que le atribuyó el máximo dirigente de Podemos, Pablo Manuel Iglesias Turrión, para referirse al Parlamento? ¿Fue en La Dorotea, La Circe, La dragontea, en Isidro, en El acero de Madrid, en Fuenteovejuna, La dama boba, El villano en su rincón? ¿En las comedias de costumbres, El beatus ille…? ¿En las de enredo, El perro del hortelano…, en los dramas del Romancero?

Uno lanza contra el adversario político una ristra de expresiones populares más o menos ofensivas y efectistas, buscando el titular del periódico y el corte tonitonante de televisión, y se escuda detrás del Fénix de los Ingenios o de otro autor de relieve, convencido de que nadie le va a buscar las vueltas sobre su falta de honradez intelectual. Es lo que hizo Iglesias (Páginas 6 y 7) en el último pleno del Congreso y lo que ocurre cuando el desprecio de las humanidades y la erudición nos convierte en súbditos de la ignorancia y víctimas de la picaresca política de toda la vida en este llamado Reino de España.

Con similar frecuencia asistimos a otras formas de improbidad intelectual como la omisión de los autores de las ideas, fórmulas, frases y párrafos para adornar monólogos que de otro modo resultarían romos. Es lo que hizo fechas atrás el jefe del gobierno, Mariano Rajoy Brey, en su exposición ante el Congreso sobre la penúltima cumbre europea, incorporando en su discurso argumentos del europeista y diputado republicano José Ortega y Gasset sin citarlo. La falta de honradez intelectual de Rajoy quedó al descubierto cuando Iglesias, que demostró haber leído algún texto de Ortega sobre la «europeización de España», lo citó expresamente, obligando a Rajoy a revelar su ocurrencia para no ser menos (Página 38, segundo párrafo).

Pareja carencia de honradez intelectual hemos de atribuir a los políticos cuando propalan al buen tuntún (a los tontos) críticas que alimentan la ignorancia popular. Lo hemos visto hace unos días con la invocación de aquella famosa ley de la «patada en la puerta». La portavoz parlamentaria de Podemos y novia de Iglesias, Irene Montero Gil, atribuyó la oposición de los socialistas a la Ley de Seguridad Ciudadana del PP, conocida como «ley mordaza», al afán de reponer aquella ley, como si el Tribunal Constitucional no hubiera anulado hace más de veinte años un precepto introducido por el entonces ministro del Interior y exsindicalista del metal José Luis Corcuera Cuesta para perseguir la distribución de las drogas que diezmaban a la juventud española en unos establecimientos protegidos por la ley como son los domicilios privados y en los que la policía no puede entrar sin orden judicial.

Aquel precepto borriquero estuvo en vigor muy pocos meses, los que el Constitucional tardó en anularlo. Y el ministro cumplió su palabra y dimitió, por lo que invocar ahora aquella norma de pegadizo título popular, omitiendo lo ocurrido, puede ser útil para colocar un título o salir en televisión, que es lo que importa, pero no es intelectualmente honrado, como bien sabe la licenciada en psicología y doctoranda Montero.

La crítica fundada en la falsedad y el ardid recibe el nombre de «demagogia», cuya acepción original es el arte de dirigir al pueblo. Y si reflexionamos sobre la responsabilidad que esa misión lleva aparejada para quienes han sido democráticamente elegidos para ejercerla, ya sea como legisladores o como ejecutivos, enseguida apreciamos la honradez como el principio inspirador del trato justo y el recto proceder. Sin honradez se puede beneficiar a un grupo, una secta, un sector, a una minoría determinada, un grupo político, ideológico, religioso, a los patronos, a los trabajadores, a una mafia… Quien, para empezar, prescinde de la honradez intelectual en una intervención verbal revela, aparte el deprecio a los demás, un comportamiento que le conducirá a la corrupción y la injusticia y, por tanto, será considerado indeseable. He ahí otro indicador de la gangrena política.