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C8.-En busca de la rubia

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

(En el capítulo anterior Tilo y Merche han encontrado al propietario de la furgoneta utilizada por los malincuentes. Es de un panadero de un pueblo de Toledo. Ahora van a recabar su testimonio).

Horno de pan

A las ocho en punto de la mañana, el inspector Tilo Dátil recogió en su Golf (le llamaba Botones) a la subinspectora Mercedes Tascón y pusieron rumbo a Toledo. Al pasar por la plaza Elíptica vio a numerosos braceros esperando que algún contratista se los llevara a trabajar. Pararon en una gasolinera a repostar y cafetearse. Tilo preguntó a Merche si llevaba la herramienta. Afirmativo. Una hora después llegaban a Navahermosa, capital de una próspera comarca vinícola, olivarera, montañosa y cazadora. Circularon por la sinuosa carretera comarcal entre grandes formaciones de robledal. Cruzaron una garganta por la que fluía un arroyo flanqueado por prunos y zarzales, y enseguida llegaron a La Nava, localidad presidida por la vistosa torre mudéjar del Ayuntamiento, en competencia con la más severa, de similar altura, de la iglesia parroquial de la iglesia de San Miguel Arcángel. Pararon, se apearon. Olía a leña quemada. Enseguida vieron el humo de una chimenea cercana y dedujeron que procedía del horno de la tahona del señor Picatoste.

Un joven sentado en un taburete giratorio ante la caja registradora cobraba la bolsa de pastas y la hogaza de pan que se llevaba una mujer. Esperaron a que saliera y le preguntaron por don Juan Picatoste.

–¿Padre o hijo? –Preguntó a su vez el joven.

–El dueño de la furgoneta aparcada ahí afuera –respondió Tilo.

–Entonces, senior –dijo el joven antes de girar el taburete hacia la izquierda de la encimera de tabla barnizada y anunciar a voz en grito–: padre, unos señores preguntan por usted.

El movimiento del joven dejó al descubierto su realidad: no tenía piernas.

A punto de preguntarle qué ocurrió con sus zapatos, asomó un hombre detrás de la gualdrapa de la trastienda. Les saludó. Se identificaron y le preguntaron si podía dedicarles unos minutos.

–Estoy con la hornada, así que pasen si tienen a bien y hablamos dentro.

Le siguieron a un patio interior grande, parcialmente cubierto, un corral en forma de L con un gran horno de cerámica en el centro, coronado por la chimenea de ladrillo que perfumaba la localidad con el aroma prehistórico de sarmientos y troncos secos de olivo ardiendo.

–¿Qué le ocurrió al chico? –Se interesó Merche para romper el hielo.

–Ya lo ha visto, me lo desgraciaron –dijo el hombre, mirando de reojo la boca del horno.

Era un hombre fornido, de más de sesenta años de edad, la cara juanetuda y larga, los ojos de color avellana, grandes y acuosos, la frente adornada por una verruga gris y el pelo tan blanco como la harina pegada a su mandil con peto.

–¿Cómo fue eso? –Incidió Merche.

–Lo atropellaron cuando iba en bicicleta, en octubre hará un año –dijo el panadero con la pala del pan en las manos.

–Vaya por Dios, bien que lo siento –le compareció Merche.

–Gracias, pero deje en paz a Dios; no sé si existe ni me interesa, pero si existe y es todo lo bueno que pregonan, no permitiría que unos desalmados, sin alma, jodieran la vida a un chaval de diecisiete años, una promesa del ciclismo como Juanín.

–¿Es su único hijo?

–Tengo una hija mayor que él –dijo el panadero sin desatender el horno.

–Bueno, ahora hay prótesis avanzadas que facilitan una movilidad aceptable –intervino Tilo.

El tahonero le miró fijamente.

–En ello estamos, pero ¿sabe usted lo que cuestan? Un ojo de la cara. Pregunte, pregunte en Ibor ortopedia o en cualquier otra clínica acreditada y verá.

Tilo evitó interrumpir las explicaciones de don Juan Picatoste sobre rodillas electrónicas, pies con almacenamiento de energía, prótesis de fibra de vidrio y de carbono, nexos de unión del muñón con las piernas artificiales, copolímeros flexibles y sistemas de ajuste variable, pruebas de las prótesis expresamente fabricadas en función del peso, la edad y otros parámetros del usuario, sesiones de reeducación y entrenamiento para caminar, eso que los técnicos llaman kinesioterapia.

–No me negarán que estoy hecho un experto –concluyó el panadero como quien espanta la pena.

A Tilo le gustó.

–En fin, perdonen el rollo –se disculpó–, supongo que no han venido a hablar de esto.

–En la vida, como en el boxeo, no pierde quien cae sino quien no se levanta –dijo Tilo–; hay que seguir peleando a pesar de esos golpes tan duros.

–En esos estamos –afirmó el tahonero sin dejar de sacar hogazas del horno.

–Queremos que nos diga si utilizó su furgoneta para ir a Madrid el domingo –terció Merche–, y si fue así, a qué hora regresó al pueblo.

–¿Así que vienen por el robo de la furgoneta?

–¿Se la robaron?

–Ya le digo. La tenía ahí aparcada al lado de la tienda, como siempre, y cuando fui a echar mano para hacer un recado había desaparecido. Ya es mala sombra.

–Pero usted vive encima del despacho de pan ¿verdad?

Picatoste asintió.

–¿Y no oyó nada? El motor de la furgoneta, me refiero.

–A determinada edad ya no oye uno como antes.

–¿En qué consistía el recado? –Intervino Tilo.

–Llamaron del camping pidiendo más pan, así que llené la cesta y cuando salí a llevarlo me encontré el sitio de Matilde, pero sin Matilde.

–¿Y qué hizo entonces? –Incidió Merche.

–Dos cosas: una, pedir el coche a mi cuñado, que vive ahí a la vuelta, y llevar el pan. Los clientes son lo primero. Y dos: denunciar el robo en el cuartelillo de la guardia civil.

–¿Puede mostrarnos la denuncia?

–Sin problema, la tengo en la chaqueta, ahí atrás; deme un minuto para que acabe de sacar el pan y se enseño.

–Por lo visto, localizaron la furgoneta –añadió Merche.

–Qué va, esos son unos mataos. Sólo mueven el culo por los ricos –repuso el panadero.

–Hombreee –musitó Tilo.

–Claro que la culpa no es suya, sino del teniente coronel de la zona, un corrupto de mucho cuidado que los dedica a poner multas y cuidar la caza de los potentados contra los furtivos. Osease, lo de siempre: proteger a los ricos y joder a los pobres.

–No debería hablar tan mal de los guardias delante de unos policías –sugirió Tilo.

–Hablo de lo que conozco de cerca. Te atropellan al hijo ciclista cuando está entrenando en una carretera comarcal, lo dejan malherido y huyen, escapan como alma que lleva el diablo en vez de parar a socorrerlo; se sabe que a esa hora pasan pocos coches por esa carretera y que la mayor parte de ellos son vehículos semipesados, todo terrenos de cazadores que van escopetados para no llegar tarde a los repartos de puestos en los cotos, y también se saben otras cosas, pero en fin. ¿Y qué hacen los guardias de la zona cuando reciben el encargo de investigar los hechos y localizar a los canallas? Nada, no buscan testimonios, no preguntan en los cotos, no se molestan en revisar los videos de las gasolineras… Por contra, asaetean a preguntas a Juanín en cuanto sale de la anestesia –hasta cuatro interrogatorios de distintos guardias soportó la criatura durante las primera semana de convalecencia– para ver si se contradecía. Que si iba por el centro, que si por la orilla derecha, por la izquierda, que si llevaba señal luminosa detrás, que si delante, que si pedaleaba o dejaba de pedalear. Se ve que no les bastó con el primero ni el segundo interrogatorio, que no tuvieron suficiente con el testimonio del vecino que lo encontró desangrándose en la cuneta ni con las respuestas mías y de su madre.

Tilo miró a Merche sin encontrar palabras.

–¿Y saben qué..?

Los agentes mantuvieron el suspense.

–Tanto se esmeraron en la investigación que ni siquiera quisieron examinar la bicicleta. Ahí la conservo, tal como quedó –añadió señalando a una esquina donde se veía un objeto tapado con una lona verdosa–. Pueden verla si quieren.

Tilo se acercó, desató la cuerda que rodeaba el áspero cobertor, lo levantó y observó el cuadro arrugado, el manillar doblado y la rueda trasera retorcida y enredada en el sillín.

–Apostaría cualquier cosa –dijo el señor Picatoste– a que la luz trasera, la señal luminosa roja todavía funciona.

Tilo accionó el dispositivo valiéndose de la manga de la camisa para no dejar ni estropear ninguna huella.

–Así es –dijo.

–Bueno pues los picoletos encargados de las pesquisas y que tanta lata dieron con las señales luminosas del ciclista ni siquiera examinaron la bicicleta, así que ustedes consideren qué investigación habrán hecho.

El señor Picatoste terminó de sacar la hornada.

–Para mí que esos canallas iban ciegos y escopetados –reiteró empujando hacia la tienda el carro metálico con las cestas de mimbre llenas de barras y hogazas de varios tamaños.

El calor de la boca del horno perlaba la frente del panadero con un sirimiri sudoroso. Instantes después regresó con el papel de la denuncia en la mano y se lo entregó a Tilo, quien lo leyó y dijo:

–Pero hombre, ¿cómo deja las llaves de la furgoneta puestas?

–La costumbre… Pero sí, tiene razón, la culpa es mía por ser tan confiado. La cosa es que quienes se llevaron la Matilda no debían ser mala gente porque la devolvieron sin abolladuras ni signos de maltrato y, cosa extraña, con más gasolina de la que tenía. La dejaron donde la cogieron, así que la madrugada del lunes, cuando me levanté a amasar, ahí estaba aparcada, delante de la tahona. Pensé que estaba soñando, pero estaba despierto y bien despierto. La arranqué, di una vuelta por la plaza a ver cómo funcionaba y comprobé que la habían tratado correctamente, así que llamé a la guardia civil para decirles que no la buscaran, que ya había aparecido.

–¿Y si yo le dijera que utilizaron su furgoneta para cometer un delito muy grave en Madrid?

–¡No me joda!

Merche abrió la cremallera del bolso, dejando visible la cacha de la HK reglamentaria, lo que sorprendió al interlocutor.

–¿No me irán a detener, verdad?

–Eso depende de su colaboración –le hizo saber Tilo.

Merche sacó del bolso la fotografía de la rubia que dirigió el ataque contra el señor Perrote y se la mostró.

–¿Conoce a esta mujer?

–Ondia, claro que la conozco.

–¿Quién es?

El panadero miró atentamente la fotografía.

–Es la doctora Cabello, estoy seguro, aunque la foto no es muy buena.

–¿De qué la conoce? –inquirió la agente.

–Es una de las doctoras que operó a Juanín, una chica estupenda, buenísima. ¿Ha hecho algo malo?

Tilo y Merche cruzaron una mirada.

–En principio solo queremos hablar con ella –afirmó Merche.

–Aparte de la operación de su hijo, ¿tiene alguna razón para decir que es una buenísima persona? –Incidió Tilo.

–La conozco desde hace muchos años, agente. Ella y su madre, una gaditana muy guapa, compraron una casita ahí abajo, junto a las huertas, y venían casi todos los fines de semana y pasaban aquí los tres meses de verano. Gabriela, la doctora, estudiaba Medicina en Madrid y se hizo muy amiga de mi hija, que estudiaba odontología y ahora ejerce en Barcelona. Así que vaya si la conozco y puedo decir lo que he dicho.

–¿Sabe donde podemos encontrarla? –Le preguntó Merche.

–Aquí ya no; vendieron la casa años atrás. Lo que les puedo decir es que trabaja en el Hospital Universitario de Toledo.

–¿Tiene su teléfono particular?

–No. A lo mejor Juanín… Aunque ella le saca casi diez años eran muy amigos, casi casi medio novios. Ella se apuntaba con él y otros chavales a hacer rutas ciclistas. Vamos a preguntarle.

El señor Picatoste giró como un tornillo sobre sí mismo y se dirigió al pasillo que conducía al despacho de pan, seguido por los agentes. Se acercó a Juanín, le mostró la foto de la doctora Gabriela Cabello y le preguntó si tenía su teléfono.

El joven sin piernas apartó el libro que estaba leyendo y se quedó con la mirada clavada en la fotografía, sus ojos se humedecieron y permaneció en silencio.

–No llores, Juanín, no pasa nada –le dijo el padre. Luego, volviéndose hacia los agentes, añadió–: está muy sensible.

El panadero repitió la pregunta y el joven respondió que no.

–Tendrán que localizarla en el hospital –concluyó el señor Picatoste.

Nada más subir al Golf comentaron el hallazgo. Convencidos de que habían localizado el núcleo y origen de la agresión al señor Perrote Poterna, pusieron rumbo a Toledo. Media hora después entraban en el Hospital Clínico Universitario, un moderno complejo sanitario, mezcla de aeropuerto y factoría industrial. Recorrieron los largos pasillos de aquel galimatías arquitectónico hasta las dependencias de la dirección de personal. Cuando llegaron y se identificaron y pidieron ver al director, una funcionaria les informó de que se hallaba reunido y les indicó una saleta donde podían esperar y tomar un refresco o un café de máquina. Veinte minutos más tarde asomó un joven barbado con traje de Emidio Tucci y les invitó a seguirle a su despacho, donde, entre dudas legales sobre si la entrega de los datos requería o no mandamiento judicial, resolvió que para hablar con un testigo de un homicidio en grado de tentativa no era menester el permiso judicial y acabó llamando a la funcionaria y para que les facilitara la localización de la doctora Cabello y cuantos datos fueran necesarios.

Agradecieron la ayuda de aquel director resolutivo y siguieron a la funcionaria hasta su mesa. Ella tecleó en el ordenador y al cabo de un minuto alzó la vista sobre la pantalla.

–No está en el centro –dijo.

Abrió otro documento y añadió:

–De hecho terminó las prácticas en junio pasado y no se ha quedado en el Hospital.

–Ya suponíamos que no la íbamos a encontrar, por eso queremos su dirección y teléfono, si figura en su expediente –le indicó Merche.

La funcionaria pulsó enérgicamente un botón del teclado y la impresora que tenía a un lado expectoró un folio. La mujer comprobó la calidad de la impresión, empuñó un rotulador fosforescente, subrayó por encima la dirección y el teléfono de la filiación de la médico y se lo entregó a Merche.

Agradecieron su ayuda y, ya en el ascensor, Tilo comentó a su compañera que la calle del Salmorejo le sonaba por la zona de Lavapies y sopesó su opinión sobre una acción por sorpresa. Ella estuvo de acuerdo. Antes de ponerse en marcha, el inspector buscó en el ordenador de Botones la calle y el número de la malincuente. Estaba, en efecto, en el barrio señalado. Era una calleja recta y estrecha donde, según la panorámica de GoogleMap resultaba difícil encontrar sitio para aparcar, de modo que buscó algún parking cercano y vio uno con entrada por la calle de Atocha antes de llegar al Abrazo de Juan Genovés, el monumento erigido en memoria de los abogados laboralistas del PCE y Comisiones Obreras asesinados por los fascistas en enero de 1977.

Con esa composición de lugar en mente, Tilo aceleró para llegar a Madrid cuanto antes. Su compañera releyó atentamente los datos del folio que había doblado y guardado en el bolsillo de su chaqueta y en el que figuraba un dato que la sorprendió:

–¿Cómo es posible que una cirujana de huesos haya solicitado un puesto en Médicos sin Fronteras?

–Bueno, además de la malaria, el tifus, el sida…, esa organización se despliega en zonas de catástrofes y guerras. Las minas antipersona, las balas y las esquirlas de las bombas rompen hueso. ¿Lo sabías? –respondió Tilo irónicamente.

–Claro, claro.

–Esa gente es cojonuda.

–Y ovariuda… –añadió Merche con ironía.

–Perdón. Quiero decir que me parecen unos sanitarios admirables. ¿Y sabes qué?

–¿Qué?

–Que esa tía me empieza a caer bien.

–Y a mí también –admitió Tilo.

C1.- Juanín tenía un sueño

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

La cirujana auxiliar Gabriela Cabello corrió detrás de su jefa hacia la entrada de urgencias. La alarma concentró en la sala de curas a todo el personal sanitario operativo en aquellos momentos. Enfermeras, auxiliares y especialistas cayeron sobre la camilla rodante del herido, evacuado en helicóptero, como un grupo de ángeles dispuestos a impedir que las parcas se llevaran consigo a aquel muchacho. Había perdido mucha sangre, se hallaba inconsciente, pero seguía vivo. Lo rodearon por ambos costados, le realizaron análisis de los órganos vitales, evaluaron con sus sofisticados instrumentos las carencias inmediatas, le aplicaron oxígeno, le practicaron una transfusión sanguínea, le suministraron suero, sedantes, antibióticos y otros fármacos en vena.

La cirujana y su ayudante se mantuvieron en un ángulo de la sala, procurando no estorbar mientras los especialistas se esforzaban en que el herido recuperase las constantes vitales y adoptaban las decisiones más convenientes. Enseguida entraron en acción sobre el área de su competencia: los huesos. Se distribuyeron la tarea: Gabriela la pierna izquierda y su profesora la derecha. Asistida por un enfermero y dos auxiliares, la joven cirujana palideció ante el horror de la extremidad desnuda y sanguinolenta. La tibia astillada asomaba por la piel como si fuera un cuchillo; el pie, destrozado, se mantenía unido a la pierna por la piel rasgada y los tendones.

Al ver la calza de ciclista, Gabriela sintió un palpito extraño, se incorporó, separó un instante el lienzo que protegía la cabeza del herido. “¡Oh Dios, es Juanín! ¡No, Juanín, nooo!” Clavada ante el herido recién intubado, estalló en sollozos. Juanín era amigo suyo, un chaval formidable, un ciclista prometedor. Las lágrimas se apoderaron de su rostro. El enfermero y la cirujana senior la separaron de la camilla y la condujeron a la sala de descanso. “Estas cosas ocurren, cariño, no podemos evitarlas”, dijo la superior con afán de serenarla. Las dos sabían que el herido se quedaría sin piernas, aunque lo importante ahora era salvarle la vida. La cirujana jefe le dio un vaso de agua fría, la obligó a beber y permaneció sentada con ella unos minutos. Luego se incorporó. “Ánimo, Gabi, cariño”, reiteró. Y regresó al quirófano.

A solas, la joven doctora lloró la nube que le oscurecía su cerebro hasta que, poco a poco, se fue serenando. Media hora después comenzó a racionalizar la emoción y a comprender la desgracia como algo irreversible. Su profesora tenía razón, siempre la tenía: “No podemos hacer nada para evitar lo sucedido, sólo curarle y que conserve la vida”. Se incorporó, se lavó la cara, vio la larga y laboriosa cura de las piernas destrozadas de Juanín a través de la claraboya de cristal de la puerta que separaba la sala de descanso del área séptica.

Mientras contemplaba las evoluciones de los médicos y enfermeros en torno al herido, Gabriela pensó en las injusticias de la vida y en la fatalidad del destino. Un chaval como Juanín puede tener un sueño: convertirse en ciclista profesional sin dejar de ayudar a su padre en el horno de la panadería de La Nava y en las tareas de distribución del pan; puede tener las condiciones físicas y mentales para llegar a ser un buen corredor, un líder en la montaña, un campeón; puede sacrificarse al máximo en la persecución de su sueño, robar horas al asueto y la diversión para entrenar, recorrer rutas por carreteras sinuosas, evaluarse; se puede imponer una dieta alimentaria estricta, sin desviaciones, sin grasas, sin una gota de alcohol. Juanín era disciplinado y hacía todo esto. Si algún viernes quedaba con sus amigos para ir al cine o a la discoteca de Navahermosa, se tomaba un agua tónica y se largaba a las dos horas. Ella lo conocía y admiraba. Bailó con él muchas veces. Aunque era nueve años mayor que él, sentía atracción por aquel muchacho de poco más de diecisiete. Más que imán físico, experimentaba una mezcla de fascinación y suspense hacia él; fascinación por su capacidad de sacrificio y suspense por saber hasta donde podía llegar.

Si, Juanín, el hijo del panadero de La Nava, tenía un sueño. Y ahora… ¡Maldita sea!

Gabriela volvió a sollozar. Sus ojos se humedecieron de nuevo al recordar los recortes de los periódicos deportivos que siempre guardaba en el bolsillo. El último que le mostró era el calendario de la copa de España en Ruta Sub-18. Tenía ilusión en participar. Le mostró las fechas: etapas salteadas en fines de semana aquí y allá que no obstaculizaban su trabajo en la panadería. Costaban dinero porque había que desplazarse: el 8 de abril, Torredonjimeno; el 22, Villanueva de Castelón; el 25 de febrero, Badajoz; el 10 de marzo, Eibar; el 13 de mayo, Alcalá de Henares.

Lo conocía desde que era un niño, un mocoso inquieto que revolvía los cajones en busca de algo interesante, hojeaba los libros por si tenían algo más que letras. Una vez encontró dinero, billetes de curso legal que había guardado el abuelo para alguna emergencia. Llegaba acompañado de su hermana Raquel y no paraba ni para merendar aquellas tostas de pan con aceite de oliva, tomate y anchoas que tanto le gustaban. Las tardes de verano en que ella estaba de vacaciones en La Nava y su amiga Raquel venía a verla con el pequeño Juanín, él ya sabía lo que quería ser: ciclista. Ella contribuyó incluso con un buen pellizco a la compra de su primera bicicleta de carreras, “la bicicletina” le llamó.

Unos años después, cuando pegó el estirón y empezó a hacerse mozo, ella también se aficionó al ciclismo y le acompañó, junto a otros amigos de La Nava, Espinoso, Los Lucillos y San Pablo en sus rutas dominicales. Se hicieron camisetas de la peña ciclista y le dieron duro al pedal. Él despuntaba entre los mejores. Aprovechaba los repechos de las estrechas carreteras entre pinos y chaparros para colocarse en cabeza. Subía las lomas y los cerros sin perder ritmo. La montaña era su elemento, descolgaba a todos los compañeros y pronto le reconocieron como líder, el mejor escalador. El solía esperarles en la cima. El camino de los Arrieros era la ruta preferida. Tenía cinco kilómetros de pedaleo fácil, con algunos badenes y ondulaciones divertidas hasta llegar al cruce del camino de las Viñas, donde empezaba la cuesta arriba, una pendiente de ocho kilómetros con un cinco por ciento de elevación que alcanzaba el once a dos kilómetros en la cima. Los que se sentían con fuerza seguían a Juanín hasta agotarla y los que andaban flojos o rehuían el sufrimiento, torcían hacia el camino de las Viñas y les esperaban en la venta de la Chana al frescor del arroyo Amargo.

Juanín era el mejor cuesta arriba, un escalador explosivo y constante, el mejor ciclista en varios pueblos a la redonda. Federico Martín Bahamontes era su ídolo histórico y su ejemplo cercano. En La Nava, donde la gente se hacía lenguas sobre el hijo del panadero y cultivaba la esperanza de que pusiera a la aldea, a la capital comarcal (Navahermosa) y provincial (Toledo) en el mapa del pabellón de la fama, le consideraban un joven de gran calidad humana; no había querido estudiar más allá del bachillerato, pero había cursado un módulo de panadería y bollería y perfeccionado las técnicas de su padre, diversificando los productos. Aunque su hermana se había casado y emigrado a Barcelona, el panadero tenía la suerte de contar con un hijo admirable y un ciclista prometedor que con dieciséis años ya había ganado la clásica para aficionados Illescas-Toro de Osborne-Illescas y demostrado que no sólo era buen escalador, sino también bueno contra el crono.

Dos horas después de la estabilización y las curas urgentes pasaron al joven Juanín a la Unidad de Cuidados Intensivos. Seguía dormido, pero la transfusión de sangre y de oxígeno había atenuado el peligro. Los especialistas afirmaron que el descenso del riego sanguíneo no había dañado el cerebro. La saturación en sangre era aceptable, el corazón bombeaba satisfactoriamente y las demás constantes vitales permitían una intervención quirúrgica inmediata. Sin embargo, la cirujana jefa decidió esperar a que recuperara la consciencia. Quería informarle de la gravedad de las lesiones antes de anestesiarle y serrarle los huesos. Sería una intervención larga.

La cirujana pidió a su ayudante que la acompañara. Salieron a la sala de espera, Gabriela vio a los padres de Juanín, se aproximó a ellos, saludó al padre y besó a la madre. El señor Picatoste y su esposa habían sido informados por la Guardia Civil de que su hijo había sufrido un accidente muy grave: lo atropelló un vehículo semipesado y había sido trasladado en helicóptero al servicio de urgencias del hospital provincial, le dijeron. La ansiedad del señor Picatoste y de su esposa, una mujer muy delgada en contraste con su marido, se leía en sus ojos:

–¿Qué le ha pasado, cómo está?

–Yo se lo explico, vengan con nosotras –dijo la cirujana jefe.

Les condujo a su despacho, los invitó a sentarse. Gabriela les sirvió dos botellines de agua. La iban a necesitar, se dijo. La jefa de cirugía movió varias carpetas como si estuviera buscando el expediente del herido, aunque, en realidad, se limitaba a hacer tiempo para facilitar la relajación de los progenitores. Tenía experiencia en estas lides y procuraba atemperar el impacto de la pérdida. Gabriela se mantuvo de pie detrás don Juan Picatoste, un hombre fuerte, calvo, con cara de buena persona, de unos sesenta años, y de su compañera, doña Encarnita Sotera, otoñal, muy pálida pero guapa a pesar de su delgadez, quien enseguida demostró su fervorosa religiosidad. Gabriela confiaba en que ese acendrado catolicismo le ayudase a encajar la desgracia. Su jefa levantó la vista de los papeles, les miró con aire apacible y les informó:

–Su hijo Juanín Picatoste, de 17 años, vecino de La Nava, ingresó a las 7:58 horas de hoy, domingo, 27 de octubre, en el servicio de urgencias en una situación muy crítica, con pérdida de conciencia y de una tercera parte del flujo sanguíneo, provocado por heridas muy graves en ambas extremidades inferiores. Su diagnóstico es muy grave. Se le ha practicado transfusión de sangre y plasma suplementario, oxígeno, medicamentos y sedantes, así como varias curas urgentes en ambas piernas, el costado y los hombros. Por suerte no ha sufrido daños en la columna vertebral. Tras recuperar las constantes vitales, ha pasado a la UCI, donde esperamos que recobre la conciencia para operarlo.

–¿Qué quiere decir con heridas muy graves en las extremidades inferiores? –Preguntó el señor Picatoste.

–Conservará la vida, aunque perderá las piernas –dijo la doctora.

–Pero…

–La izquierda por debajo de la rodilla y la derecha por encima –añadió.

Doña Encarnita sollozó, miró a su marido.

–Lo sabía, oh Dios mío… Sabía que esa pasión suya por la bicicleta… –alcanzó a decir antes de estallar en un fuerte llanto.

El señor Picatoste apretó los puños y agachó la cabeza hacia el suelo como si quisiera que lo tragara la tierra. Gabriela se acercó a la mujer, le puso ambas manos en los hombros y le susurró palabras de consuelo. Las mismas que su jefa le había dicho cuando reconoció al herido.

–Doctora, ¿me está diciendo que no podrá andar nunca más? –Preguntó el señor Picatoste elevando la cabeza después de medio minuto.

La cirujana jefe le explicó la gravedad de las fracturas de huesos de ambas piernas. Era como si le hubiera estallado una mina en una zona de guerra y al mismo tiempo le hubiera pasado un camión por encima. El pie y los huesos de la pierna izquierda estaban quebrados, astillados, inservibles, y la rodilla derecha había quedado destrozada. «Eso no significa –añadió mirándole fijamente– que haya perdido la posibilidad de andar, pues las prótesis han alcanzado un nivel de perfección muy alto».

El señor Picatoste extendió el brazo sobre los hombros de su esposa y la atrajo hacia su pecho al tiempo que Gabriela le suministraba otro pañuelo de papel para que se limpiara las lágrimas y su jefa le abría el botellín de agua.

–Bebe agua, cariño. Ya has oído a la doctora: podrá andar –intentó animarla el señor Picatoste– ¿Podemos verle?

–Todavía no. Tal vez mañana si la operación sale como esperamos –le decepcionó la directora de cirugía ósea.

El panadero dirigió una mirada interrogante a Gabriela, como si esperara una respuesta sobre su influencia. Ella captó el mensaje.

–Quizá les podamos permitir –dijo, mirando a la superiora– que se acerquen a la claraboya de la puerta de la UCI para verle. No pueden pasar porque es una zona séptica, pero…

La superiora asintió.

–Desde luego, pero no se asusten si le ven cubierto por una telaraña de tubos –les advirtió.

La joven cirujana Gabriela Cabello recordaría toda su vida la tarde de octubre en que serró los huesos de las piernas de su muy querido Juanín Picatoste. Fue una operación compleja y larga en la que intervinieron otros especialistas en cardiología, sistema nervioso y neurología, al cabo de la cual el joven que corría detrás de un sueño –llegar a ser un gran ciclista, el mejor, digno sucesor de Federico Martín Bahamontes, el Águila de Toledo– despertaría a la decepción y el desconsuelo. Recordaría también las horas de abatimiento de Juanín en aquella habitación de hospital durante su larga convalecencia. El adolescente lloraba cada media hora, se negaba a comer y sólo quería una cosa: morir. Como si eso fuera tan fácil.

El paciente recibía terapia de una psicóloga que le torturaba repitiendo cada día el mismo mensaje: “El ciclismo no es lo más importante de la vida, es una afición que dura poco tiempo”. Eso le decía. “En cambio, la práctica de la vida dura siempre”, añadía. Sus palabras eran frías, distantes y cargadas de razón. Le formulaba preguntas sencillas sobre el día de ayer, el capítulo de la serie de televisión, la actualidad política, deportiva… Trataba de entretenerlo durante la media hora de duración de su consulta y siempre se despedía con aquel mensaje que pronto comenzó a completar con la recomendación de que buscarse otra afición. “El ajedrez sería la mejor”.

Juanín no quería ver a aquella psicóloga ni en pintura. Pidió a Gabriela que se la quitara de encima. La médica hizo gestiones y consiguió que le pusieran otra. En cambio no pudo evitar que el cura del pueblo, que solía acompañar a su madre en las visitas diarias, se abstuviera de venir a torturarle con el mensaje de que estamos en manos de Dios. “Si Dios todopoderoso no ha querido llevarte consigo es porque quiere verte salir adelante”, le repetía un día tras otro con esas o con distintas palabras. Tampoco en las frases de fingido interés del sacerdote había calor ni cercanía. Sólo el cariño de Juanín hacia su madre frenaba su impulso de mandar al sacerdote al infierno.

Tanto la psicóloga como el cura se hallaban en esa edad intermedia, entre los treinta y los sesenta años, en la que predomina la eficacia, la frialdad y el rigor profesional sobre los afectos. La edad sin piedad en una sociedad despiadada los convertía en detestables, cencerriles ante Juanín.

–¿Es que no entienden que el ciclismo no es un hobby, es mi vida? –Se quejaba ante Gabriela, quien se esforzaba en consolarle y hacía lo posible por que recuperara las ganas de vivir. No era fácil porque al no poder ponerse de pie –ya no tenía piernas– se equiparaba a una escoria cada vez que le ayudaba a incorporarse en la cama y le trasladaba a una silla ergonómica con ruedas.

Con todo, la joven cirujana perseveraba en el esfuerzo de subirle la moral. Aprovechaba sus pausas y descansos en el hospital para acudir a la habitación a entretenerle. Hablaban. Ella le llevaba libros. Entonces descubrió las novelas de intriga e investigación policial y a partir del interés que suscitó en Juanín un relato de Domingo Villar, buscó y encontró en ediciones de bolsillo otras dos novelas de aquel autor gallego. Juanín las leyó, pero no pudo leer más. Lástima que el autor muriera y dejara de escribir antes de tiempo. Fue un punto de inflexión para Juanín.

Un mes después del atropello, las pesquisas de la Guardia Civil seguían sin aportar indicio alguno sobre el autor de la desgracia. El tipo o tipa, lo que fuera, había arrollado al ciclista y seguido adelante sin parar a socorrerlo. Eran poco más de las 7:30 de la mañana de aquel domingo de octubre sin actividad laboral, pasaban pocos coches a aquella hora y no había testigos del incidente. Juanín habría muerto desangrado si unos minutos después de ser arrollado no acierta a aparecer en su motillo un campesino que iba a una granja cercana a cebar al ganado. Vio la bicicleta destrozada junto al cuerpo de Juanín en la cuneta, paró, reconoció al chaval, se percató de las heridas en las piernas, le rasgó el pantalón, le hizo torniquetes con los perniles para frenar la hemorragia. Acto seguido se quitó la camisa, la rompió y lo vendó. Rápidamente empuñó el teléfono móvil, llamó a emergencias e informó de la situación y del punto donde se encontraba. Luego, tal como le indicaron, hizo un fuego con un puñado paja rastrojera, hojas secas y palos de chaparros para orientar con el humo a los tripulantes del helicóptero. Quince minutos después, el pájaro de hierro se elevaba llevando a Juanín en una camilla al hospital provincial.

El joven entrenaba todos los días por las carreteras comarcales de siete a nueve de la mañana. Ayudaba a su padre con la hornada de pan y luego salía con la bicicleta. Los domingos eran distintos. Se citaba con los colegas y amigos del grupo en la Venta de la Chana, al pie de Navahermosa, y hacían rutas largas, de hasta sesenta kilómetros. Cuando regresaban al punto de partida ya las chicas que iban y no iban a misa revoloteaban por el patio floreado del establecimiento, conversaban con ellos y se dejaban invitar a cerveza. Casi todas eran de familias de agricultores y ganaderos pudientes. Serían enviadas a la Universidad en Toledo o en Madrid cuando acabaran la enseñanza media obligatoria, por lo que sus temas de conversación eran, además de la música, el cine y las redes sociales, el futuro que les esperaba como estudiantes lejos de casa, es decir, en semilibertad. Juanín se entretenía un poco con ellas y sus amigos, pero no se demoraba; aún le faltaban veinte kilómetros para llegar a casa y relevar a su madre en la tahona con el fin de que tuviera a punto el almuerzo cuando su padre regresara del reparto.

El día que lo arrollaron, ellos le esperaron, le llamaron por teléfono, telefonearon a su casa y tras saber por boca de su madre que había salido a las siete de la mañana para correr con ellos, siguieron esperando un tiempo prudencial por si había pinchado o sufrido una avería. Le llamaron al móvil varias veces y al ver que no contestaba, intuyeron lo peor. Y lo peor fue pésimo para el joven campeón: jamás podría volver a correr en bicicleta y estaba por ver que pudiese caminar.

La noticia del atropello y la fuga fue publicada en la prensa provincial y regional. Las emisoras de radio de la comarca se hicieron eco de la desgracia. El corresponsal local, un hombre mayor que había sido cartero hasta la jubilación, accedió, a instancia de los amigos de Juanín, a publicar una segunda crónica sobre la falta de resultados de la investigación de la Guardia Civil sobre el fatídico suceso. Pero ni los detalles de la pérdida de ambas piernas ni la buena fama del muchacho y su familia estimularon a los responsables de la verde institución policíaca a aportar más medios y proseguir la búsqueda del canalla o los canallas que lo desgraciaron de por vida. El asunto se fue apagando como un tronco de encina cubierto de ceniza en la chimenea y al cabo de un mes pasó a la carpeta de materias sin resolver.

Fue entonces cuando los amigos del grupo de ciclistas aficionados, que se turnaban para ir a visitarlo al hospital, se conjuraron para investigar el atropello con la doctora Gabriela y con Raquel, la hermana de Juanín, quien se había casado y fijado su residencia en Barcelona. Trazarían un plan, formarían parejas, se repartirían las pesquisas, mantendrían la comunicación entre sí, removerían Roma con Santiago y no pararían hasta averiguar quién o quiénes le habían jodido la vida y ponerlos a disposición de la Justicia para que recibieran su merecido. Eso prometieron a Juanín.