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Trump y Putin juegan a la barbarie nuclear

Luis Díez.

Cuando se cumplen 80 años de los únicos bombardeos atómicos del mundo, realizados por Estados Unidos (EEUU) sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, los mandatarios estadounidense y ruso se comportan como si no hubieran aprendido nada. Donald Trump coloca dos submarinos nucleares frente al territorio ruso en el Atlántico. Es su forma de presionar para obligar a Rusia a acabar con la guerra en Ucrania. Eso dice. Y Vladimir Putin proclama (3 de agosto) que “ya no se considera obligado por las restricciones” del Tratado de Misiles Nucleares de Alcance Intermedio (500 a 5500 kilómetros) porque EEUU se dispone a desplegar armas similares en Europa y Asia.

Perece que los dos mandatarios tienen más cosas en común: quieren mantener a la gente en vilo, añoran la guerra fría, son nefastos para la democracia y los derechos humanos y sociales y, sobre todo, los dos emplean la nostalgia del pasado mejor como argumento para que les voten con uve cuando sus pueblos deberían botarlos, con be. Uno quiere volver a los tiempos de Rockefeller y Carnegie (el dominio del petróleo y del acero) y el otro a los de la URSS de Stalin. Ahora, el 15 de agosto, festividad de la Virgen María, se van a reunir en Alaska. ¿Para qué? ¿Contra quién?

Sería deseable que no siguieran conspirando contra nuestra Europa de los derechos y las libertades y que renunciaran a la zozobra que ambos provocan con sus amenazas nucleares. Sería bueno que se sentaran a conversar en el Museo de la Paz, en Hirosima, donde la bomba atómica mató a 140.000 personas el 6 de agosto de 1945. Tres días después, el 9 de agosto, otra bomba sobre Nagasaki liquidó a 70.000 seres humanos más. Ahí pueden observar en negro y gris los efectos que causarían sus misiles guiados y provistos de cabezas nucleares. Las dos ciudades se fueron al negro, desaparecieron del mapa. En un instante, niños, mujeres, hombres, perros, hormigas, insectos, árboles, plantas y demás seres vivos reventaron, se evaporaron, quedaron carbonizados.

No hay fotos de las consecuencias inmediatas de las explosiones y los dos hongos en el cielo, pero las imágenes nunca se desvanecieron de las retinas de los pocos supervivientes. “Formas humanas que se tambaleaban con tiras de carne colgando de sus cuerpos. Los globos oculares pendían de sus caras En todas partes la gente gritaba pidiendo agua para enfriar sus gargantas ardientes. En Hirosima se arrojaron al río, retorciéndose de tormento hasta que la muerte los liberó”. Así lo describe la periodista Hannah Beech en un impresionante reportaje en el New York Times.

El sufrimiento de los supervivientes, quemados e infectados, debió de ser terrible. Murieron en las horas y los días que siguieron a las explosiones. Las radiaciones contribuyeron al exterminio. Personas que parecían estar bien, de repente se desplomaban y morían. El cáncer destruía los órganos internos. La gente desconocía los efectos de las radiaciones y la duración y extensión de aquella contaminación mortal que flotaba en las nubes e infestaba las aguas y los suelos.

Después del sufrimiento llegó el estigma. Las personas irradiadas, hibakusha les llamaban, eran potenciales transmisores de enfermedades incurables. Para evitar que sus hijos nacieran ciegos, deformes o desarrollaran cánceres era mejor que se marchitaran sin casarse ni tener descendencia. Nadie conocía el alcance de aquel veneno ni los efectos futuros de aquella toxicidad. Un efecto cierto fue que el emperador japonés se rindió pocos días después y acabó así la Segunda Guerra Mundial.

Hoy conocemos un poco mejor los daños inmediatos y duraderos de las explosiones y radiaciones nucleares. Y también conocemos las recomendaciones de algunos supervivientes casi centenarios de aquella guerra. Se resumen en “nunca jamas”. A Kunshiro Kiyozumi (en la foto), de 97 años, le preocupa que la gente olvide lo que pasó. Con 15 años fue el marinero más joven a bordo del submarino I-58 de la Armada Imperial Japonesa. Acechó y torpedeó en el Pacífico a seis barcos aliados, incluido el crucero Indianápolis, que hundió.

Otros supervivientes, como Tadanori Suzuki, recuerda: “Hace mucho tiempo hicimo algo muy estúpido”. Y aconseja a los jóvenes: “No vayan a la guerra, quédense en casa con sus padres y familias”. Le secunda Tetsuo Sato (105 años): “Destrozaron nuestras vidas como quien rompe un papel. Nunca mueran por el emperador ni por la patria”.

Por supuesto que Putin y Trump no elegirían Hiroshima como punto de reunión para planear el daño a los europeos, a esa UE a la que ambos odian. Pero sería conveniente que entendieran que las armas nucleares son un mal camino, un camino bloqueado. Y que la prepotencia que les conceden sus silos también es su muerte, su nihilismo, su final.

Ya en febrero pasado, el ultraderechista y gurú de Trump, Steve Bannon, dijo en respuesta a si el Gobierno debía controlar el desarrollo de la Inteligencia Artificial: “Si tienes el comienzo de la parte cinética (motriz) de la Tercera Guerra Mundial en la masa continental euroasiática y tienes…” El entrevistador le interrumpe: “Es decir, China versus Taiwán, para decirlo en términos sencillos, ¿no?”. Y Bannon aclara: “No, no. Quiero decir un millón de personas muertas y heridas en Ucrania, en Medio Oriente, estoy hablando de eso. Lo que digo es que Trump tiene que manejar eso”.

Al hilo de una anécdota reciente sabemos que el mandatario estadounidense tiene en mente los misiles. El martes, 4 de agosto por la mañana, Trump fue visto caminando por el tejado de la Casa Blanca. Una periodista le preguntó que hacía allí arriba y él contestó: “Simplemente daba un pequeño paseo”. Y completó la explicación con algo más extraño todavía: “Quiero colocar misiles nucleares ahí arriba”. Luego se rió entre dientes y movió su mano imitando un proyectil. Podía haber dicho que examinaba la ampliación de la sede presidencial para construir un gran salón de baile, proyecto oficial que costará 200 millones de dólares, pero le bailó el subconsciente.

Ver: https://www.nytimes.com/es/2025/07/29/espanol/mundo/ultimos-soldados-japon-segunda-guerra-mundial.html