Luis Díez.
Ahora que algunos personajes enriquecidos con las plataformas digitales made in Usa, China y Rusia maldicen la regulación de la UE y se permiten insultar al presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, por exigirles responsabilidad penal para, entre otras medidas, preservar a los menores de 16 años de la basura y toxicidad en las redes sociales que ha llevado a muchos de ellos a sufrir adicción, acoso y a suicidarse, parece llegado el momento de contar la historia de Yolanda.

¿Por qué? Por dos motivos: porque sin investigadoras como Yolanda Gil, magnates como el neonazi malhablado Elon Musk, propietario de la red social X (antes Twitter) y donante electoral y otrora amigo y miembro del gabinete del déspota Donald Trump, carecerían de influencia. Y porque pudiendo haber sido España un puntal tecnológico, perdió esa oportunidad por mor de la ignorancia y poca visión del gobernante de turno, el estulto señor Aznar López en este caso.
La científica y profesora Yolanda Gil se licenció en Ciencias de la Computación en la Universidad Politécnica de Madrid en 1985, se fue a EEUU con una beca Fulbright y realizó el doctorado en la Universidad Carnegie Mellon, en Pittsburgh (Pensilvania), uno de los centros de investigación más destacados en el área de la robótica y computación. Tuvo la suerte de realizar sus investigaciones sobre computación e inteligencia artificial (IA) con el eminente científico Jaime Carbonell, un uruguayo ya fallecido que realizó aportaciones esenciales.

Con el equipo del profesor Carbonell, Gil conoció y participó en la creación de herramientas (programas) que permiten, por ejemplo, la traducción automática entre idiomas. Carbonell había creado y dirigía el Instituto de Tecnología del Lenguaje (ITL), de la mencionada Universidad. Esa institución alcanzó tal preeminencia mundial en estudios de idiomas que fue imitada en Alemania por el DFKI o Centro de Investigación Alemán para la Inteligencia Artificial, en Japón por la Universidad de Tokio y en el propio Estados Unidos (EEUU) por la Johns Hopkins de Baltimore (Maryland).
Gil centró su investigación en inteligencia artificial, interfaces de usuario, ingeniería del Conocimiento, flujos de trabajo científicos y en la web Semántica. Como parte de los equipos liderados por Carbonell conoció la primera traducción automática interlingüística escalable de alta precisión (1991), la primera traducción automática de voz a voz (1992). Y más tarde, la primera araña y motor de búsqueda a gran escala (1994) y el primer predictor topológico de estructura de proteínas (2005). Supo también que el aprendizaje automático moderno, conseguido por Carbonell, Michalski y Mitchell, era la herramienta esencial para los motores de búsqueda, la minería de datos y las redes sociales.
En aquellos años –última década del siglo XX– las innovaciones de Carbonell y sus investigadores del ITL darían lugar a herramientas exitosas para nuevas entidades y empresas emergentes como Carnegie Group (sistemas expertos en IA), Lycos (búsqueda web), Wisdom (optimización financiera y aprendizaje automático), Carnegie Speech (tutoría de lenguaje hablado), Dynamix (minería de datos y descubrimiento de patrones) y Meaningful Machines (traducción automática basada en contexto).
Wisdom (sabiduría), por ejemplo, permitía satisfacer los intereses de los inversores haciendo bailar sus capitales hacia las sociedades con mayor rentabilidad probable. Dynamix era esencial en la “minería de datos” y análisis Big Data para facilitar a los fabricantes, comerciantes y creadores artísticos el conocimiento de los gustos, aficiones y patrones de consumo de la gente de los distintos países y lugares, permitiéndoles tomar decisiones seguras.
Así, Amazon se convirtió a comienzos del siglo XXI en el emperador mundial del comercio porque aplicó aquella tecnología para recolectar, analizar y utilizar filones de datos. Consiguió saber cómo y en qué gastamos nuestro dinero y a partir del historial de búsqueda de las compras de millones de personas (consumidores) optimizó la cadena suministros, precios y detección de fraudes.
Y quien dice Amazon dice Netflix. La productora audiovisual triunfó gracias a la minería de datos y se ha permitido el asalto a la Warner Bros en dura competencia la Paramount, otra de las poderosas majors de la industria cultural de Hollybood (Los Ángeles-California). Los analistas de Netflix, poseedora de una base de cien millones de usuarios, estudian los comportamientos de los usuarios: gustos, géneros preferidos, tiempo que dedican a ver series y películas…, definen sus deseos y decide lo qué deben producir y con qué actores. E igualmente, el sistema Dynamix ha permitido a Apple situarse como la mejor compañía de tecnología y una de las que más clientes fieles posee en el mundo. De pronto las apps conocen a sus usuarios y éstos no pueden vivir sin sus productos Apple.
Queda, en fin, de relieve la importancia de aquellos dos inmigrantes hispanos en EEUU, el uruguayo Carbonell y la española Gil, en la digitalización de nuestro planeta. Gil se unió en 1992 a la Universidad del Sur de California (USC), con sede en Los Ángeles, como investigadora científica en el Instituto de Ciencias de la Información, fue profesora de investigación en ciencias de la computación y ciencias espaciales, directora de tecnologías del conocimiento en dicho Instituto y directora del Center for Knowledge-Powered Interdisciplinary Data en la Escuela de Ingeniería Viterbi de la USC.
Su liderazgo científico le proporcionó grandes reconocimientos y la ha llevado a presidir el grupo de inteligencia artificial de la Association for Computing Machinery (ACM) y la American Association for Artificial Intelligence (AAAI), sucesivamente. Desde 2012 y 2016 es académica de las dos instituciones respectivamente.
Más allá de los avances posteriores en IA, el relato quedaría incompleto si no recordase lo que ocurrió con aquella plataforma (y empresa) Lycos, el primer motor de búsqueda web en Internet. Lycos se instaló en la red en 1995 y llegó a ser uno de los sitios más visitados de Internet, fácilmente accesible en más de cuarenta países. Cuatro años después, en 1999, la empresa Terra, una filial recién creada de la privatizada Telefónica que presidía Juan Villalonga, amigo y antiguo compañero de pupitre del presidente del Gobierno, señor Aznar López, se apoderó de Lycos.
Fue como si Caperucita se hubiera comido al lobo (Lycos en griego significa “lobo”). Terra pretendía situarse como líder en toda América de habla hispana y en EEUU. La compañía resultante de la fusión Terra-Lycos se convirtió en el año 2000 en la tercera del mundo. Pero la aventura tecnológica española con aquella plataforma duró poco, pues el sucesor de Villalonga y también amigo de Aznar, César Alierta, ni siquiera respetó al investigador Bob Davies, quien junto con Carbonell había dirigido el proyecto y conseguido el motor de búsqueda. La prepotencia y sus hermanas mayores (ignorancia e incompetencia) acabaron entregando Lycos a la surcoreana Daum por 94,5 millones de dólares. De ese modo, el creciente negocio de las búsquedas como parte esencial de la llamada “sociedad del conocimiento” quedaría en manos de la naciente Google.
Ante la crueldad y creciente tiranía de los capitalistas encaramados a los avances científico-técnicos conseguidos, entre otros, por grandes investigadores de nuestro país y de otros de habla hispana, no vale consolarse con el quijotismo tradicional, aunque El Quijote pueda servir al presidente Pedro Sánchez para contestar a los que le insultan –“Deja que los tecno-oligarcas ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos”–, sino actuar con inteligencia y perseverancia centradas en las cosas, no en los ladridos y la propaganda.