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C2 .-Arrojado a las cloacas

Novela de primavera por entregas (1ª parte: Corre, huye, desaparece)

A primera hora de la mañana de aquel caluroso lunes de junio, el inspector Tilo Dátil recibió el encargo urgente de investigar una agresión muy grave. Según la describió por teléfono la comisaria doña Emilia Sáez, aquella acción criminal era una obra siniestra, una diablura del mismísimo Belcebú prevaliéndose de la infraestructura urbana.

(En el capítulo anterior, C1, los amigos de Juanín, el ciclista atropellado, se comprometen a identificar al autor del atropello que se dio a la fuga y a que se haga justicia)

–Déjalo todo y ponte a ello –le ordenó.

–Si, señora.

El sol empezaba a iluminar esta cara del planeta, eran las siete de la mañana, y el inspector, un tipo al borde de los cincuenta años de edad, con veinte de experiencia en homicidios, sabía que la prisa y el error son dos huevos pasados por el infundíbulo de la misma gallina, así que se tomó con tranquilidad el encargo y siguió pastoreando a Mingus, un cocker blanco y negro, con mirada de asombro, que se esmeraba en regar cada plátano de sombra del parque como si fuera el jardinero. En el Dulce, el primer bar del barrio en levantar la persiana, se tomó el café de costumbre. “Hay que tener mala leche para quitar la tapa de una alcantarilla, arrojar por ella a una persona y volver a ponerla como si no hubiera ocurrido nada”, pensó.

Esperó a que Mingus culminara sus necesidades intestinales (las olfativas y enredadoras con sus congéneres no tenían fin), pagó el café, recogió el marrón con el trozo de papel de cocina que llevaba en el bolsillo, lo depositó en la papelera, enganchó la correa al collar del canelo y subieron a casa. Con cuidado de no hacer ruido con las puertas para no despertar a la inquilina, Tilo siguió dando vueltas al caso mientras se duchaba y afeitaba.

La utilización de una alcantarilla para arrojar a una persona al subsuelo y acabar con ella le parecía, además de diabólica, una agresión rara y novedosa. No recordaba haber visto, leído u oído un caso similar en los años que llevaba combatiendo el crimen. ¿Quién diablos podría haber ideado una fechoría de ese nivel? Además del ideólogo hacían falta varios brazos ejecutores, pues no es fácil inmovilizar a individuo en plena calle, colocarlo sobre un agujero de un metro de diámetro y dejarlo caer a plomo en la cloaca. Se requiere una buena inspección previa, un estudio de la zona, una planificación de la agresión…

Tilo llenó la cazuela de Mingus de bolas de pienso, le acarició la frente y el hocico, como hacía siempre al despedirse, le susurro: “Se bueno con Amalia”, y salió de casa procurando no hacer ruido. La inquilina estudiaba hasta altas horas de la noche y merecía no ser molestada. Él solía llamarla pasadas las diez de la mañana, le daba los buenos días y la animaba si notaba su voz alicaída. Era una buena chica y se esforzaba a conciencia en preparar la oposición.

Mientras esperaba el autobús se fijó en una tapa de alcantarilla. Tal vez había exagerado su dimensión. Vista de cerca no tendría más de sesenta centímetros de diámetro, lo cual significa que la víctima no podía ser muy gruesa. La conclusión de Perogrullo descartaba a esos hombres panzudos de apariencia gestante y contrastaba con el apellido superlativo del superviviente martirizado, señor Perrote.

Durante el trayecto hasta la glorieta de Atocha se esforzó en meterse en los zapatos del agredido. El pobre hombre lo tuvo que pasar fatal en las tenebrosas conducciones de aguas fecales. Intentó imaginar su angustia, aunque enseguida comprendió que era un ejercicio inútil, pues cada cual se desespera a su manera. Después de todo, se dijo, el martirizado había tenido una suerte de mil rayos al poder salir vivo del lance. Según la sucinta referencia de la comisaria, sólo había sufrido magulladuras y heridas menos graves. Cuando le rescataron los poceros, con la ayuda de los bomberos y la presencia de la policía municipal, se hallaba dolorido y congestionado, pero tenía las constantes vitales en perfecto estado.

Por un instante Tilo se preguntó qué daño habría hecho el ciudadano Perrote para provocar una arremetida de aquellas características. Un furgón que pasaba al lado del autobús confirmó su hipótesis de trabajo de que se trataba de una venganza o, cuando menos, de un escarmiento con intención homicida. El furgón lucía un letrero verde: “Tratamiento de aves” y llevaba el capó y la cubierta superior plagada de excrementos de palomas y otros volátiles. El inspector sonrió y siguió pensando en la venganza de los pájaros, los que fueran.

Ya en el intercambiador de Atocha, aprovechó la espera del autobús de la línea que le dejaría junto al hospital Gregorio Marañón para llamar a su colaboradora Merche. Faltaban quince minutos para las nueve, hora del comienzo de la jornada laboral, pero la subinspectora, una auténtica máquina de precisión, respondió con un bufido a su saludo matinal. Poseía un riguroso sentido del tiempo y le fastidiaba que un superior, fuera quien fuese, interfiriera en sus periodos de asueto. “Tenemos poco tiempo para nosotros y no estoy dispuesta a regalarle ni un minuto a la empresa”, solía decir. En eso (y en casi todo) tenía razón. Después de templar gaitas con ella, aprovechando la clamorosa victoria de su equipo, el Rayo Vallecano, frente al poderoso Real Madrid, quedaron en distribuirse la tarea en función de los datos que la víctima pudiera y quisiera aportarles.

En una pequeña sala de espera del departamento de urgencias del Gregorio Marañón el inspector Tilo Dátil se distrajo divagando sobre la ductilidad humana a partir del cambio de chaqueta del eminente médico que daba nombre al hospital. Recordaba la historia del ilustre endocrino quien, según le contó el abuelo Venancio, pasó de ser un liberal republicano, fundador de la Agrupación al Servicio de la República con José Ortega y Gasset y Ramón Pérez de Ayala a pactar con la dictadura militar del despiadado general Francisco Franco. El eminente endocrinólogo obtuvo a cambio de su regreso a España después de la sublevación militar y la Guerra Civil en la que triunfo el nazi-fascismo, la construcción de este hospital universitario, bueno y positivo para el noble pueblo de Madrid.

Enseguida apareció un auxiliar de enfermería empujando una silla de ruedas con un hombre joven al que habían enyesado una pierna y colocado un collarín en el pescuezo. Era la víctima, don Juan Pedro Perrote Poterna.

Se saludaron, se presentaron, el auxiliar anunció que volvería en media hora y les dejó solos.

–Pese haber regresado del infierno tiene usted un aspecto estupendo –dijo Tilo con ánimo de agradar y romper el hielo.

La verdad es que la víctima presentaba la apariencia saludable de un señorito que no hubiera trabajado nunca. Tenía el rostro bronceado, las manos finas y suaves, el cabello negro, corto y domado hacia atrás. Si no conociera la causa de sus lesiones, habría dicho que se trataba de un deportista de élite.

–Iban a matarme, inspector.

–Pero no lo han conseguido y me alegro por usted y su familia.

–Vamos a tutearnos si le parece bien –propuso Juan Pedro.

–Claro que sí.

–Puede llamarme Juanpe, como los amigos.

–Desde luego, Juanpe –respondió Tilo mientras le echaba unos treinta y cinco años de edad y calculaba que andaría por el metro setenta de altura y unos setenta kilos de peso, es decir, un mueble perfectamente manejable por dos malos corrientes.

–¿Cuántos eran los agresores, amigo Juanpe? –Le preguntó, sacando su libretilla del bolsillo de la americana para darle a entender el comienzo de las pesquisas.

–Los que me pusieron la mano encima eran tres, una tía y dos tíos.

–¿Una mujer? –Se extrañó Tilo.

–Si, una bruja rubia que se me acercó a pedirme fuego.

–¿Te intimidaron con algún arma blanca o de fuego?

–No, inspector.

–Te quitaron la cartera, el teléfono, el reloj…

–No, no.

–¿Entonces descartamos que los agresores fueran delincuentes comunes?

–Yo no les llamaría agresores, inspector: eran terroristas.

–Bueno, eso lo dirá el juez cuando les echamos el guante –puntualizó Tilo.

–¡Joder, Dátil! Esos tipos iban a matarme. Me aterraron, me tiraron a una alcantarilla para que me asfixiara o me ahogara y me comieran las ratas… ¿Ya me dirá usted si eso no es terrorismo puro y duro?

Tilo constató la facilidad de algunas personas para tildar de terroristas a otras y calificar de atentado cualquier incidente violento. Desde luego la derecha política nacional abusaba de aquel calificativo y no hacía falta preguntar la ideología de aquel hombre.

–De acuerdo, amigo Juanpe, te has librado de morir malherido y ahogado o asfixiado en la mierda ahí abajo, pero no me corresponde a mí discutir contigo si los autores de un acto criminal tan vil y cobarde como el que has sufrido te atacaron por motivos patrióticos, religiosos o de otra índole. Lo que queremos es atraparlos cuanto antes ¿verdad? Así que vamos a los hechos.

El interlocutor asintió con el mínimo movimiento de cabeza que le permitía el collarín, aunque insistió:

–Pero yo también quiero que conste que eran terroristas e iban a matarme.

–Constará, pierde cuidado –respondió Tilo, anotando dos palabras en su pequeña libreta: “Homicidio frustrado”.

A continuación aquel Juanpe Perrote Poterna movió el trasero a un lado y otro sobre el asiento de la silla rodante, como si estuviera a disgusto.

–¿Quieres que te ayude?

–¿Llevas tabaco?

Tilo asintió.

–Tengo unas ganas locas de fumar –dijo el perniquebrado.

Tilo abrió la puerta, oteó el panorama, empujó la silla por un largo pasillo hasta el hall de la entrada, intercambió unas palabras con el celador, que hizo la vista gorda y les permitió salir. Ya fuera del edificio, le dio de fumar y siguió empujando la silla de ruedas por la acera hacia la esquina, donde unos setos de romero anuncian la existencia de un parque de tierra con algunos árboles de sombra. No pudo evitar el chiste al ver reflejada en los cristales la imagen del madero transportando al tronco. Doblaron la esquina. Tres jóvenes sanitarias revoloteaban por el pequeño parque. Apuraron sus cigarrillos y les dejaron el banco que ocupaban a la sombra de un pino piñonero. Se lo agradecieron.

–¿Vamos a los hechos?

La nicotina parecía haber estimulado las neuronas de la víctima.

–Te cuento: yo acababa de salir del párking subterráneo de la plaza del Marqués de Salamanca, esquina con Ortega y Gasset, cuando se me acercó una joven rubia, muy guapa y me preguntó si llevaba fuego. Claro que sí. Iba a meter la mano en el bolsillo para sacar el mechero cuando sentí que me agarraban los brazos por detrás. Eran dos tipos. Me retorcieron los brazos y me amarraron las muñecas con cinta adhesiva. En ese momento la tía me metió una bolsa por la cabeza, una de esas bolsas negras de plástico fino que se utilizan para la basura, y ya no pude ver más. Me quedé sin aire para gritar y forcejear. Uno de los tipos me dijo: “Camina, cabrón” y me pinchó con una jeringuilla o un alfiler, no sé. Di ocho o diez pasos. Me llevaban cogido de las axilas, casi en volandas. De repente pisé aire y noté que caía, aunque no de bruces, sino en vertical porque los tipos no me soltaron hasta que vieron que ya tenía casi medio cuerpo dentro de la alcantarilla. La conducción de aguas grises no tiene ahí mucha profundidad –tres o cuatro metros, calculo–, pero el golpe fue bastante fuerte. Oí el chasquido de la pierna y sentí un dolor agudo. Estoy jodido, me dije, a punto de desvanecerme. Pero fíjate tú lo que son las cosas: la punzada de dolor evitó que perdiera el conocimiento. Ésta me salvó –dijo poniendo la mano sobre el yeso.

Tilo evocó para sí el cuento de Valle Inclán sobre la pérdida del brazo. El atacado prosiguió:

–Enseguida conseguí enganchar la bolsa con los labios, mordí el plástico e hice un agujero para poder respirar. Luego seguí mordiendo con fuerza para agrandar la abertura y poder ver donde demonios estaba, aunque ya era consciente de que me habían arrojado por una alcantarilla. La fetidez era insoportable. Caía agua sucia por todos los tubos laterales y me iba deslizando hacia abajo. Aunque intenté sujetarme con los hombros a los lados de la alcantarilla, el lodo y la inclinación me hicieron resbalar hasta un colector de cemento, más grande, por el que seguí resbalando sobre el trasero hasta caer en una especie de riachuelo. Supuse que sería el arroyo del Abronigal, en las profundidades del Paseo de la Castellana. Entonces noté el borde rugoso de una una tubería y me puse a frotar las ataduras de los brazos hasta que la cinta cedió y me pude soltar. Me quité la bolsa y vomité varias veces. La oscuridad era total. Apenas había aire y la pestilencia era horrorosa.

Tilo le dio de fumar y le desvió de la angustia con varias preguntas superficiales, de cuyas respuestas anotó que la agresión se produjo sobre las veinte horas del domingo, 5 de junio; que el señor Perrote no supo si lo estaban esperando, aunque tiene la impresión de que el ataque no iba dirigido contra él, sino contra cualquier persona que a esa hora pasase por ese lugar; que no encuentra motivos para que alguien quisiese liquidarle, pues nunca ha hecho mal a nadie.

–Sin embargo, alguien te quiere muy mal.

–Te repito que no tengo enemigos, sólo amigos.

El inspector anotó: “Sin enemigos declarados”.

–Pero siendo abogado, vale sopesar si algún cliente descontento, algún damnificado…

–¡Imposible! No me he puesto la toga en mi vida. Me licencié en Derecho, pero me he dedicado a la economía financiera como administrador e inversor de capitales privados.

–¿Y el dinero no crea enemigos?

–Sobre todo crea deudores tentados a salir huyendo. Pero debo decir que no he arruinado a nadie –aseguró Juanpe.

Tilo le miró fijamente, afirmó que “la venganza existe” y le invitó a revisar sus relaciones sociales y profesionales. Era su segunda invitación. La primera consistió en animarle a repasar mentalmente una y otra vez los momentos previos a la agresión a ver si además del rostro de la mujer rubia que le tendió la emboscada encontraba algún detalle significativo para la investigación.

–Casi siempre funcionamos automáticamente –le dijo con énfasis persuasivo–, pasamos a diario por delante de la Cibeles, dando por hecho que sigue ahí petrificada en su carro. Ni siquiera la miramos ni, por supuesto, sospechamos que haya sido decapitada. Y de pronto la encontramos sin cabeza en la foto del periódico.

Mientras le entregaba una pequeña libreta de su colección particular para que anotara los datos que pudieran derivarse de la tarea encomendada, apareció el auxiliar de enfermería en la esquina del edificio y les gritó para que regresaran inmediatamente.

–¡Pero cómo se les ocurre! ¿No saben que está prohibido salir del hospital? –Les conminó.

Tilo le pidió disculpas y puso cara de circunstancias.

–Me juego una sanción de aúpa –añadió el sanitario.

–He salido a fumar porque sin tabaco no termino de funcionar –se justificó Juanpe.

Tilo dejó la silla rodante en manos del empleado, anotó el número de teléfono de la víctima en la contraportada de la libretita y se despidió.

19.–Usa herramientas 3D

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

El Abuelo me instaba a fijarme en los detalles. Sostenía que los detalles daban pistas y muchas veces constituían el meollo de la materia informativa. También en esto seguía la máxima del filósofo José Ortega: “Uno es uno y su circunstancia”. La letra pequeña, el contexto y los aspectos tangenciales y aparentemente ajenos al discurso o al contenido de la comparecencia informativa de un determinado personaje podían proporcionarnos las claves para acercarnos a la verdad. Dejemos lo evidente y procuremos ver más allá. No seamos simples carrileros, decía. En un mundo tan competitivo como el nuestro, el periodista ha de trabajar con los cinco sentidos y no bostezar jamás, pues como bien decía el gran publicista español exiliado en México, Eulalio Ferrer, «el que bosteza está muerto». Él manejaba unas herramientas tridimensionales que le permitían observar al mismo tiempo el ethos, el logos y el phatos de los sujetos noticiosos o con ánimo de notoriedad y obtener sus propias conclusiones para llevarlas o no al papel, según los casos. Si algún dato o algún detalle de esa triple observación le extrañaba o le llamaba la atención por encima del deseo del sujeto de colocar su mercancía, ahí estaba la noticia. Entonces había que indagar, examinar el entorno, documentarse, preguntar a unos y otros y contrastar hasta acercarse a la verdad. Cuando hacía información política sobre los poderes Ejecutivo y Legislativo y sus precursores, los partidos políticos, aplicaba una segunda herramienta de tres cabezas que le permitía detectar los indicios de las crisis internas antes de que eclosionasen. El mecanismo era sencillo. Consistía en fijarse siempre en los tres elementos básicos del partido político del que se tratase: la ideología (programa), el líder (y su equipo de dirección) y la organización (bases militantes), de modo que si una decisión del líder vulneraba el programa o contradecía la orientación ideológica, la crisis estaba cantada; si las bases (y electores) discrepaban del líder y su equipo, la crisis germinaba; si una mayoría modificaba el programa sin el acuerdo del líder, la crisis era indiscutible. El mecanismo contemplaba todas las combinaciones posibles. Nunca fallaba. Y de la detección de las crisis siempre se derivaban dimisiones, escisiones y otras acciones noticiosas. Aunque los dirigentes y sus equipos de mando propendían a oligarquizarse y trampeaban de mil maneras la democracia interna para conservar el poder, tarde o temprano incurrían falacias para minimizar u ocultar sus manejos y contradicciones, y acababan cayendo. La tercera y simultánea herramienta de T poseía también tres dimensiones y le servía para analizar las fuentes de los conflictos. Consistía en fijar la atención en las relaciones entre la ética, la moral y la política. Las razones éticas, morales y políticas son parte, decía, del proceso dialéctico constante del que muchas veces se derivan injusticias. Pero no hay que alarmarse: en democracia los conflictos, desequilibrios e injusticias se resuelven votando. Más allá de esas tres herramientas tricéfalas que permitían a T observar en 3D y le facilitaban la tarea de contar o, como él decía, “echar el cuento”, me formulaba dos recomendaciones principales a la hora de ejercer el oficio: la primera, saber contar y contar con arte. Se puede escribir con arte o como los burócratas. Y nosotros no somos burócratas, así que hemos de dotar de amenidad los reportajes, entrevistas, crónicas y artículos de opinión. Y para eso, además de erudición y habilidad lingüística, conviene llegar a la redacción con la mochila bien provista de detalles. La segunda recomendación consistía en ser consciente de las tendencias filosóficas dominantes. En todas las actividades públicas, singularmente en la política, predominaban los sofistas. Los distinguirás porque, como bien decía Platón, se dedican al maquillaje y la pastelería para obtener votos y conseguir sus propósitos. Los que acicalan la realidad y edulcoran el futuro suelen ser políticos mediocres. Hemos de ocuparnos de ellos, sí, pero cuanto menos, mejor, y, a poder ser, para desenmascararlos. La tarea de desbrozar la hojarasca para encontrar la raíz es ardua y puede hacernos merecedores del calificativo de “radicales”, con una connotación negativa que muchos toman por extremista, pero la buena política, a diferencia de la cosmética y la repostería, es la que ayuda a la gente a pensar. En mi opinión, añadía, hoy domina la filosofía de los Cornelios, la triple tendencia vigente en la Roma imperial del epicureismo en su variante rabiosamente edonista, el estoicismo y el escepticismo. Para cerciorarse de las corrientes en boga hemos de prestar atención a la sociología, con sus encuestas y estadísticas, pero, sobre todo, preguntar en todo momento y en cualquier lugar, es decir, tomar el pulso de la calle.

Metáforas sobre Cataluña

Hans Magnus

José Ortega y Gasset

En sus Migajas políticas incurre el señor Z, personaje del escritor alemán Hans Magnus Enzensberger, en una metáfora que viene al pelo: un tipo provisto de brocha y caldero se pone a barnizar el suelo y avanza y avanza deprisa en su labor hasta que descubre que se ha quedado arrinconado en un pequeño espacio. ¿Cómo salir sin manchar el calzado ni estropear la labor?

Sin señalar a ningún político atolondrado ni referirse a ninguno de los abundantes necios de la patriótica dirigencia, el señor Z dejaba ahí al pintor colgado de la brocha. Ya supongo que algunos lo identifican con ese señor hosco y sin peinar que responde a la filiación de Puigdemont Casamajor y otros lo tomarán por ese de pelo tintado y barba cana que obedece a los apellidos de Rajoy Brey. Si así fuere, sirva la analogía para uno y otro o para los dos a un tiempo.

Cuando el pintor, ya sea animado por el brillo del barniz, ya por el rendimiento (mensurable en votos) que espera obtener de su obra, alcanza la posición descrita y se ve cercado, sin salida, entre la espada y la pared, alza la voz para que alguien le ayude. Lógico. Y es natural que genere una cierta expectación, no exenta de suspense. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? ¿Cómo va a salir de ahí?

Se registra entonces una balumba de opiniones, comentarios, pareceres. Se organizan descomunales debates. Los pontoneros y expertos en caminos bloqueados (conspicuos magistrados, eminentes juristas, sabios constitucionalistas) aportan sus soluciones, nunca coincidentes. Los fabuladores y cuentistas (sociólogos colosales y economistas descomunales) adjuntan sus resultados, siempre discutibles. Los parleros, tertulieros y tergiverseros (megafilósofos y ultrateólogos) explican la confusión sin salir de ella. Y casi toda la ingente legión dedicada a entretener (y dar asco) a sus semejantes, se centra la cuestión.

Para que la función no decaiga se colocan elementos incendiarios (casi siempre intelectuales orgánicos y politólogos bocazas) muy bien remunerados a cuenta del común, con sus fósforos del Pirineo y sus teas de albardín de las lagunas de La Mancha y del entorno de Doñana, por si fuere necesario pegar fuego al barniz y acrecentar el suspense. El fuego es el gran elemento, todo lo funde y resuelve con un resultado cierto (las cenizas) sin vivo ni difunto que se le resista.

Hay otra metáfora de José Ortega y Gasset, muy bien traída por el teniente general Andrés Casinello, el hombre que ayudó a Adolfo Suárez a implantar la democracia en España y que llevó su primer mensaje al presidente de la Generalitat en el exilio, en Francia, Josep Tarradellas, pidiéndole que volviera. Dos tipos se ven a lo lejos, caminan por un campo en dirección opuesta, uno hacia el otro, se van acercando y a medida que se acercan, los dos sienten temor, aunque ninguno modifica su rumbo. En un momento dado se encuentran y, entonces, los dos tienden instintivamente la mano para defenderse. Nació así el saludo.

Si las metáforas sirven para explicar los resultados científicos y técnicos de las más extensas y complejas investigaciones, nada impide su utilidad en la política cuando se trata de atemperar la obcecación y evitar el daño humano y social. Sería necesario el saludo. Convendría que el pintor cercado por su propio barniz, se llame Rajoy o Puigdemont, recibiera ayuda para salir del reducto, aunque fuera mediante una pértiga. Y, desde luego, quien preste esa ayuda (y no parece que haya nadie más dispuesto que el PSOE y el PSC) tendría que poner la condición de que no pinten más.

Los ciudadanos no merecemos el daño y el dolor y el espectáculo de unas derechas ávidas de poder y de pasta como la española y la catalana que se pegan en vez de entenderse. Tampoco merecemos un rey Borbón que abdica de su papel moderador. Los políticos que no tienden la mano, los que han avivado la chispa, los creadores del problema no pueden ser la solución. Ellos y sus camarillas podrían hacer un favor al común: reconocer su avería, asumir su condición de nefastos y retirarse a descansar con el confort que de antemano se han proporcionado.

Honradez intelectual sería menester

La falta de honradez intelectual como carencia visible de algunos dirigentes políticos (y académicos) puede ser el síntoma más seguro de lo que podemos esperar de ellos. ¿Cuándo empleo Lope Félix de Vega Carpio (Lope de Vega) las expresiones tabernarias que le atribuyó el máximo dirigente de Podemos, Pablo Manuel Iglesias Turrión, para referirse al Parlamento? ¿Fue en La Dorotea, La Circe, La dragontea, en Isidro, en El acero de Madrid, en Fuenteovejuna, La dama boba, El villano en su rincón? ¿En las comedias de costumbres, El beatus ille…? ¿En las de enredo, El perro del hortelano…, en los dramas del Romancero?

Uno lanza contra el adversario político una ristra de expresiones populares más o menos ofensivas y efectistas, buscando el titular del periódico y el corte tonitonante de televisión, y se escuda detrás del Fénix de los Ingenios o de otro autor de relieve, convencido de que nadie le va a buscar las vueltas sobre su falta de honradez intelectual. Es lo que hizo Iglesias (Páginas 6 y 7) en el último pleno del Congreso y lo que ocurre cuando el desprecio de las humanidades y la erudición nos convierte en súbditos de la ignorancia y víctimas de la picaresca política de toda la vida en este llamado Reino de España.

Con similar frecuencia asistimos a otras formas de improbidad intelectual como la omisión de los autores de las ideas, fórmulas, frases y párrafos para adornar monólogos que de otro modo resultarían romos. Es lo que hizo fechas atrás el jefe del gobierno, Mariano Rajoy Brey, en su exposición ante el Congreso sobre la penúltima cumbre europea, incorporando en su discurso argumentos del europeista y diputado republicano José Ortega y Gasset sin citarlo. La falta de honradez intelectual de Rajoy quedó al descubierto cuando Iglesias, que demostró haber leído algún texto de Ortega sobre la «europeización de España», lo citó expresamente, obligando a Rajoy a revelar su ocurrencia para no ser menos (Página 38, segundo párrafo).

Pareja carencia de honradez intelectual hemos de atribuir a los políticos cuando propalan al buen tuntún (a los tontos) críticas que alimentan la ignorancia popular. Lo hemos visto hace unos días con la invocación de aquella famosa ley de la «patada en la puerta». La portavoz parlamentaria de Podemos y novia de Iglesias, Irene Montero Gil, atribuyó la oposición de los socialistas a la Ley de Seguridad Ciudadana del PP, conocida como «ley mordaza», al afán de reponer aquella ley, como si el Tribunal Constitucional no hubiera anulado hace más de veinte años un precepto introducido por el entonces ministro del Interior y exsindicalista del metal José Luis Corcuera Cuesta para perseguir la distribución de las drogas que diezmaban a la juventud española en unos establecimientos protegidos por la ley como son los domicilios privados y en los que la policía no puede entrar sin orden judicial.

Aquel precepto borriquero estuvo en vigor muy pocos meses, los que el Constitucional tardó en anularlo. Y el ministro cumplió su palabra y dimitió, por lo que invocar ahora aquella norma de pegadizo título popular, omitiendo lo ocurrido, puede ser útil para colocar un título o salir en televisión, que es lo que importa, pero no es intelectualmente honrado, como bien sabe la licenciada en psicología y doctoranda Montero.

La crítica fundada en la falsedad y el ardid recibe el nombre de «demagogia», cuya acepción original es el arte de dirigir al pueblo. Y si reflexionamos sobre la responsabilidad que esa misión lleva aparejada para quienes han sido democráticamente elegidos para ejercerla, ya sea como legisladores o como ejecutivos, enseguida apreciamos la honradez como el principio inspirador del trato justo y el recto proceder. Sin honradez se puede beneficiar a un grupo, una secta, un sector, a una minoría determinada, un grupo político, ideológico, religioso, a los patronos, a los trabajadores, a una mafia… Quien, para empezar, prescinde de la honradez intelectual en una intervención verbal revela, aparte el deprecio a los demás, un comportamiento que le conducirá a la corrupción y la injusticia y, por tanto, será considerado indeseable. He ahí otro indicador de la gangrena política.