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‘La verán mis ojos’ (XXII): «Je, je»

El acorazado España, en poder de los franquistas, acabo en el fondo del mar frente a la costa de Santander. Chocó con las minas que iba soltando el destructor Velasco, también en manos de los sublevados y fue bombardeado por Borrajo desde su fragil Breguet
El acorazado España, en poder de los franquistas, acabo en el fondo del mar frente a la costa de Santander. Chocó con las minas que iba soltando el destructor Velasco, también en manos de los sublevados y fue bombardeado por Borrajo desde su frágil avión Breguet

Recapitulación: Hemos visto en los capítulos anteriores cómo Leonardo se las ingenió para apoderarse del maletín con la pasta de los milicos, dejó su parte a Lucas y se marchó a Cuba. También cómo Lucas logró zafarse de la policía, que le relacionó con Argala por la carta que le envió cuando andaba impecune, y consiguió una nueva identidad. Ahora tenía dinero y se permitió poner un anuncio en la prensa para localizar a Chin, pero ella no lo leyó. Residía en casa del viejo Nequin, iba a la Universidad y  ayudaba a Nequin en sus quehaceres y el librero mantenía su apuesta e insistía en que en diez años vendría la República. En esas, después de firmar sus cinco últimas condenas a muerte, el dictador Patascortas (PTC), enfermó y murió. Entonces comenzaron a volver los desixiliados socialistas, comunistas, republicanos. ¿Quiénes eran, de qué hablaban, querían de verdad la República por la que habían luchado en su juventud o se conformaban con reponer los derechos y las libertades propias de un sistema democrático y devolver su cuerpo a la tierra en la que nacieron? 

Por KEY GOOD

Poco tiempo después de que el dictador se fuese al infierno y la losa de ocho toneladas de mármol que colocaron sobre su tumba en aquel templo perforado por cientos de presos políticos republicanos en la dura roca de granito de la sierra del Guadarrama confirmara que no regresaría de aquel lugar, y que el heredero, que había sido designado y refrendado por las Cortes el mismo día que el hombre pisó la luna, aterrizara en la capital federal de los Estados Unidos de América y anunciase a los congresistas de aquel país su proyecto de transitar de la autocracia a la democracia con el fin de que los súbditos españoles, a los que se había negado la posibilidad de decidir la forma de Estado y de los que se decía que no estaban preparados para vivir en libertad, pudieran elegir a sus gobernantes mediante elecciones limpias y libres, y de que el coronado, al que don Nequin llamaba PTL o Pataslargas, en contraste con su antecesor y padre político PTC o Patascortas, decretase una amplia amnistía que exoneró de responsabilidades a los ladrones y criminales del régimen anterior al tiempo que tranquilizó a Lucas en relación con los antecedentes que pudiera tener por su casual relación con aquel Argala, el cual salió de prisión y fue asesinado en Francia dos años después por los esbirros del dictador, y de que, de resultas de todo lo cual, los partidos socialista y comunista, que se reclamaban republicanos, renunciaran a sus principios y silenciaran su memoria a cambio de un lugar al sol desde el que empujar la historia, comenzaron a regresar algunos republicanos supervivientes de la guerra y del exilio.

Una tarde, cuando llegó Lucas a la caseta se encontró al librero Neguin departiendo animosamente ante la mesita del tablero de ajedrez con un hombre de pelo ralo y blanco que olía a jabón francés y tenía la mirada viva y la expresión traviesa. Vestía un elegante traje de mil rayas y adornaba su pecho con una corbata de color amapola, prendida a la camisa blanca con un alfiler de cabeza acristalada con los colores de la bandera tricolor. “Ya están aquí los republicanos”, se dijo antes de saludarle. El hombre se llamaba don Antonio García Borrajo y, en efecto, acababa de llegar de Francia. Don Nequin se mostraba encantado de su presencia, pues era nada menos que el secretario del último presidente republicano en el exilio.

Tras la interrupción de las presentaciones, el hombre prosiguió su relato sin importarle la presencia del recién llegado, y dijo que “aquel Primero de Mayo fue, en verdad, memorable; de madrugada recibimos un radio informándonos de que el monstruo venía hacia nosotros. El teniente coronel Martín Luna no sabía a qué carta quedarse. Era prudente y no quería gastar vidas ni perder los aviones. Yo le dije que estaba claro: había que bombardearlo. Mi ayudante Pepe me respaldó. El jefe dudó. Quería preservar a toda costa los dos únicos aparatos que nos quedaban en el aeródromo, si quiera fuera para poder huir en ellos y salvar el pellejo. ‘En cuanto os avisten os revientan a cañonazos’, nos dijo, el muy cabrón, para intimidarnos. O a lo mejor les reventamos nosotros, díjele yo”.

Aquel Borrajo había sido aviador y le estaba contando a Nequin cómo hundieron ante la costa de Santander al temible crucero España, el terror del Cantábrico en manos de los fascistas, soltando bombas a mano desde su frágil Breguet. “Yo sabía bien a lo que nos enfrentábamos, así que hablé a solas con Pepe y le expuse los riesgos y le conté que me habían derribado dos veces y seguía vivito y coleando, je, je. Él me dijo que no tenía miedo. Era un muchacho valiente mi sargento observador José Hernández Fernández. Así que empezamos a preparar el Breguet-19 para salir al encuentro del monstruo. Era noche cerrada. Cargamos dos bombas de cincuenta kilos y nos sentamos a esperar a que despuntara el alba. Confiábamos en que apareciesen algunas nubes bajas para zafarnos, pero el día se presentó despejado. Mala suerte, amigo Pepe, dije a mi ayudante. Entonces, Pedro Lambas Bernal, al ver que nuestra decisión de jugarnos el bigote contra el monstruo era firme y, pese a la falta de nubes, no nos volvíamos atrás, decidió sumarse con su avión Gourdou y cargó otras dos bombas de cincuenta kilos.

Lambas despegó primero y nosotros le seguimos. A las siete menos cuarto pusimos rumbo mar adentro. Yo sabía que el monstruo era difícil de abatir. El submarino U-2 le había perseguido sin resultado. Luego me enteré que el sumergible sufrió un sabotaje y los torpedos que le disparó fueron directamente al fondo del mar en cuanto salieron de las toberas. Incluso uno comenzó a dar vueltas entorno al submarino y les pasó rozando, je, je. ¿Acertaríamos nosotros desde una altura prudencial, soltando bombas con las manos? Yo lo dudaba.

Tomamos altura y desde unos ochocientos metros avistamos el siguiente panorama: el acorazado navegaba a tres millas marítimas de las costa, frente al puerto de Santander, seguido a poca distancia del destructor Velasco, que se dedicaba a sembrar minas para cerrar la salida del puerto a nuestro destructor José Luis Diez y al submarino U-3. En un instante, el acorazado comenzó a cañonear en dirección a un mercante inglés que se acercaba a la costa. A una distancia prudente se encontraban los destroyers de control internacional H-76, con bandera inglesa, y El Terrible, que era francés.

Entonces el Gordou de Lambas se lanzó en picado sobre el monstruo y le soltó sus dos bombas. Una acertó en proa. Yo me lancé detrás, teniendo el sol a la espalda para protegerme. Hice una diagonal abierta de cuarenta y cinco grados para recoger a unos cien metros del buque, pero las bombas que lanzó Pepe cayeron al mar. Aterrizamos y cargamos más bombas, las lanzamos y volvimos a cargar. Así hasta once veces. Hicimos las cinco últimas salidas con una bomba de cien kilos en cada viaje. Acertamos siete veces; nuestras bombas estallaron sobre la primera torre de mando y la chimenea central. Las cinco últimas fueron letales, y a las 8:50 de aquel Primero de Mayo, el acorazado faccioso se hundió definitivamente, je, je…”

El hombre cogió resuello y añadió: “Di tu que tuvimos una suerte de mil diablos porque al retroceder para esquivar el castigo, chocó con una de aquellas minas que había soltado el Velasco y la explosión le destrozó el timón y las hélices de popa, quedando inmovilizado como un cachalote herido, je, je. El Velasco intentó remolcarlo, pero no acertó con el cable. Viéndose perdidos, los facciosos abandonaron las defensas antiaéreas y se lanzaron a agua como ratones asustados. Permitimos al Velasco recogerlos y poner agua de por medio antes de soltar más bombas y hundirlo. ¿Pudimos apresarlo? Si. Pero ningún mando reparó en ello y nuestro objetivo era envirlo al infierno y evitar que hiciera más daño. A Lambas lo ascendieron a capitán y a Pepe y a mí a tenientes. Recuerdo los vítores en la prensa. “El pirata España fue echado a pique por un pequeñísimo avión Breguet gracias al heroísmo y la pericia de nuestros aviadores”, decía el ABC de Madrid. De heroísmo, nada; de valentía, un poco; de pericia, bastante, y de suerte, muchísima, je, je…”

El desexiliado Borrajo relató otros avatares a su amigo Nequin sin perder la sonrisa ni siquiera cuando habó de la derrota, la rendición y la entrega. Su desenvoltura juvenil y aquella expresión pícara en su cara proyectaban la imagen de un hombre feliz y cercano, uno de esos tipos que inspiran confianza. Era de mediana estatura y debía pertenecer a la quinta de Yebra y don Nequin.

Aquel Borrajo fue el primero de una larga lista de regresados a los que Lucas tuvo oportunidad de conocer y tratar. Eran socialistas, comunistas, republicanos… Pronto Lucas se encargó de ir a recogerlos al aeropuerto o a la estación ferroviaria de Chamartín, y puesto que sus estudios universitarios se relacionaban con los medios de comunicación social y con la función de informar –era la carrera más sencilla que podía cursar, aunque le habría gustado estudiar química y medicina–, no dudó en plasmar algunos testimonios y relatos en un periódico de la tarde en Ursaría que se distribuía por la mañana en el resto del país.

–¿Cómo salvó el pellejo, don Antonio? –le preguntó.

–Con mucho valor, je, je… –dijo Borrajo.

–Eso no lo dudo, pero ¿podría decirme cuál fue su suerte?

–Mi suerte consistió en tener buena suerte, una suerte de mil demonios, je, je… En realidad, pasé la mayor parte de la guerra en el hospital. Te cuento. Me derribaron dos veces cuando estaba en el centro, en Azuqueca de Henares; la última, salvé el avión, pero estuve a punto de palmar de plomonía. Me evacuaron al hospital militar de Alicante y allí pasé más de un año, la mayor parte de la guerra, volando en sueños y soñando con volar. Cuando me dieron el volante de alta, me pusieron a disposición del cuadro eventual de la Base de Los Alcázares, en Murcia, donde me nombraron jefe de la escuadrilla encargada de proteger la Base Naval de Cartagena y la ciudad de Murcia. Fueron unos meses malos, sin suministros, sin munición, nos bombardearon la base varias veces… Cataluña había caído y ya no tenía sentido resistir en aquellas circunstancias. Entonces decidimos huir al norte de África, pero los barcos que nos iban a trasladar nunca llegaron al puerto de Alicante. Nos engañaron como a chinos, je, je. En cambio, aparecieron los cabrones de los espaguetis facciosos de Mussolini, je, je. Flechas negras, les decían. Y nos condujeron al campo de prisioneros de Los Almendros. Después, los franquistas nos llevaron a Albatera, entre Alicante y Murcia para fusilarnos, je, je…

–¿Y qué pasó?

–Le dije al tanquista Romero y a otros compañeros: a mí estos hijos de puta no me fusilan. Y a las tres de la mañana del 12 de abril de 1939, Romero y yo nos fugamos. Romero tuvo mala suerte. Un centinela del perímetro exterior del campo disparó y lo alcanzó en el muslo derecho. Lo agarraron enseguida, lo llevaron a la base y, según me contaron, lo sentaron en una silla porque no se podía tenía en pie, y lo fusilaron.

–¿Y usted?

–Yo me adentré en unas huertas y me subí en un naranjo. Los guardias civiles me estaban buscando con perros amaestrados. Los oía pasar cerca de mí. Este cabrón tiene que estar por aquí. Las pasé canutas.

–De miedo…

–De miedo, de hambre, de sed y de cagalera. Estuve más de ocho horas subido en un naranjo, con una diarrea de mil demonios.

Don Antonio siguió contando que llegó a Madrid y estableció contacto con Antonio Buero Vallejo y otros elementos republicanos de la resistencia, pero tuvo mala suerte y le detuvieron. Gracias a la influencia de su padre, que era abogado, no le condenaron ni fusilaron inmediatamente, que era lo que solían hacer, sino que le trataron como un soldado prófugo del arma de aviación y le destinaron a la base aérea en Tetuán, en el Marruecos español, y después, gracias a las gestiones de su padre, le trasladaron al regimiento de automóviles de Madrid, situado en la calle de Ferraz, donde dio servicio con una DKV al teniente coronel Sertorius hasta que, a finales de julio de 1941, su expediente de depuración llegó a la jurisdicción central y le juzgaron por un delito de adhesión a la rebelión, que era la aberración jurídica que los militares sublevados aplicaban a los leales a la República, y le condenaron a treinta años de cárcel.

–Me podían haber fusilado, como a otros muchos, pero gracias a la influencia de mi padre optaron por quitarme el uniforme de teniente y anular mi condición de militar. Me metieron treinta años y me mandaron a la cárcel de Porlier con los demás civiles, a los que, por cierto, llevaban a fusilar a Aranjuez. De allí me mandaron a otras prisiones y acabé en el penal de Burgos, del que, gracias a la influencia de mi padre, salí con la condicional en junio de 1948, je, je.

–Y entonces se marchó de España.

–Naturalmente. Crucé el Bidasoa a nado una noche de noviembre de 1950 bajo el fuego de la Guardia Civil, je, je.

El desexiliado Borrajo satisfacía las curiosidades de Lucas con la tranquilidad y el buen humor de quien considera normal caminar por el alambre sobre un precipicio. Aunque su jovialidad contagiaba a Nequin y también a Yebra, Lucas notó la mirada de reproche del librero cuando mencionó al gentilhombre del rey Alfonso XIII, ministro de Asuntos Militares del Gobierno y presidente de la República en el exilio, don Emilio Herrera Linares. Era como si el librero estuviese diciendo: “¡Menudo pájaro!”

En un momento de la conversación, Borrajo informó al librero del regreso del compañero Bravo con su segunda esposa y su hija, que eran rusas, y le aseguró que el compañero Montilla llegaría de México en pocos días. Cuando llegasen se reunirían todos y verían lo que se podía hacer. Más ¿qué podían hacer aquellos desexiliados septuagenarios en un país que había borrado hacía tantos años la huella de su existencia? Nada, no podían hacer nada. Con saciar su hambre de España y volver del destierro al entierro en su tierra se conformaban. Lo comprobó Lucas cuando, a petición de don Nequin, se convirtió en cicerone de los que iban llegando. Con su R-5 les trasladaba al hotel Asturias o a casa del librero, según los casos, les paseaba por Ursaría y, en ocasiones, les acompañaba a sus terruños natales.

Las emociones se repetían con la llegada de cada viejo compañero del librero. Permanecían plantados uno frente al otro durante unos segundos, se miraban, se examinaban, se comprobaban y, finalmente se fundían en un largo abrazo sin poder contener las lágrimas. Aquellos hombres lloraban. Pero no de tristeza sino de alegría. Después hablaban y hablaban. Parecían felices, reconfortados, rejuvenecidos… Lo más sorprendente para Lucas era que se manifestaban conformes con el nuevo orden inspirado en los principios azañistas de paz, piedad y perdón. Sólo así, decían, se podía avanzar hacia una democracia plena de libertades y de derechos en un país cainita. Y aunque el orden al que aludían era monárquico, a ninguno parecía importar la reposición borbónica.

En ninguno de aquellos hombres y mujeres recién llegados advirtió Lucas asomo de resentimiento. Dolor sí –quizá, un dolor biológico por el recuerdo de la juventud perdida y los amigos muertos–, pero ni revancha ni odio. Su alegría de volver, de haber sobrevivido al dictador –felizmente sepultado bajo aquella losa de ocho toneladas–, su contento de ver el cielo de Ursaría, beber su agua de calidad inigualable, pasear por sus calles, degustar el jamón prohibido en el extranjero gracias a la peste porcina, tomar el consomé de Casa Lardy, comer las alubias con almejas del Garabatu, beber el vino de La Rioja y de La Mancha y disfrutar de tantos y tantos placeres de la tierra añorada, parecía eclipsar sus innumerables sinsabores y sufrimientos. Habían luchado y habían perdido. Se sentían traicionados, pero no derrotados.

Les oyó decir que el nazismo y el fascismo se comportaron interesada y generosamente bien con los militares sublevados y sus oligárquicos, fanáticos y clericales instigadores. Los totalitarios alemanes e italianos ayudaron y suministraron armas y combatientes a sus homólogos españoles para que lucharan y vencieran en una contienda desaforada en la que los fascismos inauguraron un nuevo concepto de la guerra bombardeando pueblos y ciudades, objetivos civiles sin piedad. Les oyó contar cómo los madrileños resistieron y los fascistas se propusieron matarles de hambre con un dogal. Pero ellos lucharon por tierra y aire e impidieron el cerco. A las órdenes del viejo Miaja, de su ayudante Vicente Rojo, del sagaz Paulino García Puente, del honrado Cipriano Mera, del barbudo Valentín González, del bravo Enrique Lister y con la ayuda de los hombres de Buenventura Durruti, de los que venían huyendo del oeste y de los voluntarios internacionales, rompieron en mil pedazos los planes de los avaros, orgullosos y despiadados generalitos y generalotes rebeldes. Gritaron: “¡No pasarán!”. Y no pasaron. Dijeron: “No nos cercarán, como hacen los lobos con su presa”, e impidieron el cerco a la capital. “Madrid, que bien resistes”, cantaban.

Pero si el fascio y los nazis fueron generosos con los suyos, los gobernantes de las democracias europeas y estadounidense no se comportaron de la misma manera con los demócratas. Unos miraron hacia otro lado y casi todos negaron su ayuda a la República, bloquearon las entregas de armas ya pagadas, actuaron traicionera e indecentemente y les dejaron de rodillas ante el interesado y no menos cruel san Pepe Stalin. Les oyó decir que los Chamberlain, Churchill, Daladier, Blom… no alcanzaban la consideración de payasos en el circo de las relaciones internacionales. Eran unos cobardes y unos malditos miserables. Y por culpa de aquellos farsantes, sus pueblos pagaron después un terrible saldo en sangre. Los demócratas españoles nada debían a los gobiernos de las llamadas “potencias democráticas”. Sólo el desprecio. Les oyó decir que únicamente los mandatarios de Checoslovaquia y de México se comportaron con dignidad y coherencia. Pero Checoslovaquia era pobre y México quedaba demasiado lejos.

Escuchando a aquellos hombres, imaginaba Lucas su frustración juvenil al ver sus vidas destrozadas, sus planes frustrados, sus ideales arrasados…, y sentía una mezcla de admiración y conmiseración, aunque, bien pensado, a muchos otros les había ido mucho peor. De aquel don Antonio García Borrajo, que vivía en casa de unos familiares, cerca de la glorieta de San Bernardo, admiró su alegría y su cargamento de condecoraciones. Poseía la Medalla de la Lealtad a la República Española, la Victoria Cross de la Gran Bretaña, la Legión de Honor de la República Francesa, la Medalla de Oro de la Defensa de los Derechos del Hombre y el título de coronel de los Ejércitos Aliados. Auque la guerra había truncado sus estudios de derecho en Barcelona, donde hizo el curso de aviador, los reemprendió en la Universidad de Estrasburgo, se doctoró y durante todo su exilio trabajó en sus dos frentes más queridos: el de asesor jurídico del ministro de Asuntos Militares de la República, Herrera Linares, y el de defensor de los derechos humanos como miembro y activista de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre, de la que fue elegido vicepresidente en 1955 y reelegido desde entonces en cada congreso.

Detrás de cada medalla había un relato. La Cruz de la Victoria de los ingleses se la ganó por su participación en una red de evasión de prisioneros ingleses en manos de los nazis; la Legión de Honor francesa se la impuso el presidente Fraçois Mitterrand por su defensa de los derechos humanos; la de Oro de los Derechos del Hombre tenía detrás dos décadas de denuncias e investigaciones de los crímenes de los gobiernos dictatoriales de Guatemala, El Salvador y Perú. El colegio de abogados peruano le nombró abogado de honor por una misión como observador de los derechos humanos de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre en la que, después de dos meses de pesquisas, logró liberar de las garras de los militares al secretario general del sindicato de los trabajadores de las minas del Perú y a dos abogados limeños a los que habían hecho desaparecer e informado de su muerte a sus familiares. Durante su exilio, este hombre no había cejado un solo día en la denuncia de los crímenes de guerra y contra la humanidad que se seguían perpetrando en España. El Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, la sede de Naciones Unidas en Ginebra, el Senado de los Estados Unidos y otras instancias internacionales tuvieron que escuchar su voz contra los crímenes del dictador PTC. Si no mejoró el mundo, no desfalleció en su empeño.

El viejo republicano también le mostró su personal declaración de principios, escrita en un papel con el logotipo del “Conseil de L’Europe”. “¡Soy un librepensador! Desde mi más tierna infancia me siento atraído y más tarde vinculado al progreso y al desarrollo cultural y científico. ¡Mi obrar y pensar son republicanos! ¡Creo en el hombre y en el futuro de la humanidad! Construiremos y viviremos en el seno de un Estado de derecho, pluralista y democrático!” Mencionaba los nombres de algunos de sus maestros: Luis Jiménez de Asúa, José Castán, Jorge del Wechio… Y se proclamaba defensor a ultranza de los derechos humanos, las libertades, el civismo… Por último, denunciaba el autoritarismo, la intolerancia, el racismo, la xenofobia… ¡Joder, qué tío!

–¿Don Antonio, usted cree que volverá la República?

–No, amigo mío, no volverá. Los republicanos hemos realizado un acto de lealtad para, entre todos, sin exclusiones, recuperar la democracia que nos arrebataron. Por eso don Emilio Herrera Linares y todos los que con él estábamos disolvimos oficialmente el gobierno republicano en el exilio y prometimos lealtad a un monarca constitucional. Ese es el pacto. Y creo firmemente que es lo que hoy por hoy interesa a los españoles.

–Si ustedes, los republicanos, han renunciado a su idea, ¿quién respaldará entonces la racionalidad republicana?

–Acaso los propios Borbones si vuelven a las andadas.

–¿Volverán?

–Escarmentados están.

–¿Entonces no cree que sus ojos vean la República?

–No, amigo mío, no la verán.

En ese momento, Lucas recordó la mirada de reproche que le lanzó Nequin cuando el desexiliado habló de la decisión de Herrera Linares.

–Tengo entendido que muchos republicanos discrepan de la decisión disolvente que adoptaron ustedes ahí afuera sin consultar a los de aquí adentro.

–Siempre habrá quien se resista a admitir que ya no somos de este mundo, je, je.