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Pirómano global

Luis Díez

Mientras los incendios asolaban el sureste de Europa y arrasaban el noroeste de la Península Ibérica (España y Portugal) dejando un rastro de daños en bosques, cultivos, viviendas y ganado… Mientras el fuego se cobraba una vida más (y van cuatro en nuestro país): la del arqueólogo de 45 años Javier San Vicente, fallecido por inhalación de humo del incendio de Cipérez (Salamanca) que afectaba a 10.500 hectáreas… Mientras mujeres y hombres de ciencia –meteorólogos, astrónomos, físicos, químicos, biólogos, médicos y otros expertos– se reunían en París buscando remedios a los graves efectos de las cada vez más intensas olas de calor… Y mientras, en fin, sólo el genocidio en Gaza y los bombardeos rusos contra la población civil en Ucrania, nos parecían una canallada mayor que la agresión a la atmósfera y los efectos incendiarios del cambio climático, el presidente de Estados Unidos (EEUU) acentuaba su negacionismo del daño a la vida provocado por el calentamiento global.

Resulta insólito que todos los países civilizados, y la Unión Europea (UE) en particular, se esfuercen en reducir las emisiones de CO2 mientras el presidente de la primera potencia mundial, míster Trump, hace todo lo contrario, se burla del esfuerzo y dicta disposiciones estimulando el calentamiento global. Eso hizo el 1 de agosto del corriente. La Agencia de Protección Ambiental (“la EPA de Trump”, le llaman ahora) eliminó ese día la conclusión científica incorporada en 2009 a su misión de control de la contaminación porque, según Trump, las emisiones de CO2 no dañan la salud. Dicho de otro modo: la Agencia de Protección Ambiental de EEUU será inútil para proteger el medio y a los ciudadanos de la mierda que respiran.

Ya es sabido que el mandatario estadounidense ha tratado de suprimir las regulaciones climáticas desde que ocupó el cargo en enero pasado. Se retiró entonces de los acuerdos de París y proclamó la primacía de los combustibles fósiles. Reactivó la minería del carbón y las centrales eléctricas de combustibles fósiles. Lanzó a la Fiscalía a recurrir todas la regulaciones restrictivas de la contaminación, aprobadas por distintos Estados, especialmente California. Y ha completado la jugada suprimiendo la medición y limitación nacional por parte de la EPA de las emisiones de anhídrido carbónico. Con ello pretende anular las normas de las federaciones para contener las emisiones.

Los argumentos de la Casa Blanca son tan caprichosos como antojadizo es su inquilino. Afirma que los gases de efecto invernadero no son contaminantes porque tienen efectos globales, no locales. Y asegura que las emisiones de EEUU no contribuyen al cambio climático, pues el supuesto daño es remoto y la porción de emisiones estadounidenses, demasiado pequeñas para darles importancia. Pues mire usted, la ONU dice que EEUU es el segundo emisor mundial de mal humo, con 4.652 millones de toneladas de CO2 anuales, más del 12% de la contaminación atmosférica del planeta. Por delante va China, con 13.259 millones de toneladas-año (el 34%), y por detrás van Índia y Rusia con 2.955 y 2.015 millones de toneladas, respectivamente.

Para completar la estadística, España soltó 270 millones de toneladas brutas de CO₂ equivalente al 8% del conjunto de la UE en 2023. Fue un 7,6 menos que en 2022 y -38% respecto a 2005. El conjunto de la UE ha ido reduciendo las emisiones a un ritmo similar. Según el Informe de situación sobre la acción por el clima de 2024, las emisiones netas de gases de efecto invernadero de los 27 países UE bajaron un 8,3% en 2023 respecto al año anterior. Ahora son un 37% menos que en 1990, lo que, con un crecimiento del PIB del 68% desde entonces, demuestra la disociación progresiva entre emisiones y crecimiento económico. Esto significa que objetivo del acuerdo de París (2015) de frenar el calentamiento global, que avanza dos grados cada año, es realizable.

El proceso del negacionista Trump para coronarse rey de la indecencia ha sido fácil. Tras abandonar los compromisos de París, ha eliminado la Evaluación Nacional del Clima, una revisión periódica exigida por el Congreso y realizada por cuatrocientos científicos del clima de distintas universidades y de una docena de agencias gubernamentales. Los cinco informes sucesivos de de esos expertos venían advirtiendo desde el año 2000 sobre los peligros derivados del calentamiento global. Pero al solicitante del Nobel de la Paz tales conclusiones le parecían impertinentes y “poco fiables”, así que nombró a cuatro especialistas del Departamento de Energía para que concluyeran que el calentamiento global es más beneficioso que perjudicial y que las bajas temperaturas son peor amenaza. Añadieron que los fenómenos meteorológicos extremos no son peores que antaño. Y asunto resuelto.

Para la profesora de derecho administrativo y ambiental en la Facultad de Derecho de Harvard, Jody Freeman, quien fue consejera de energía y cambio climático del presidente Obama en 2009 y 2010, resulta evidente que las decisiones de Trump son egoístas en el orden internacional y muy negativas en el plano interno, pues liquidan el consenso de la Ley de Aire Limpio que exigía a la EPA regular los contaminantes que ponen en peligro la salud y el bienestar humanes. Freeman recuerda que la Corte Suprema dictaminó en 2007 por 5 a 4 votos que los gases de efecto invernadero son contaminantes atmosféricos y que la decisión sobre su peligrosidad ha de basarse en la ciencia.

Freeman añade que en 2009, tras revisar los estudios de la Evaluación Nacional del Clima, el Consejo Nacional de Investigación y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, la EPA concluyó que la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera es un peligro: temperaturas más altas, peor calidad del aire, fenómenos meteorológicos extremos, incendios y sequías en expansión, así como un mayor número de patógenos transmitidos por los alimentos y el agua. Siguiendo el proceso establecido en la Ley de Aire Limpio, la agencia estableció normas nacionales de emisiones para las fuentes de cada sector de la economía estadounidense que contribuyen a este problema.

Todo eso es lo que ahora míster Trump se ha cargado de un plumazo. O como manifestó el administrador de la EPA, Lee Zeldin, “esta Administración ha clavado una daga en el corazón de la religión del cambio climático”. Solo que el cambio climático no es religión sino física y química. Y como dice la profesora Freeman, “a la ciencia no le importa la creencia política”. La ciencia ha predicho lo que está ocurriendo: las tormentas son cada vez más intensas, las olas de calor más mortíferas y los incendios forestales más destructivos.

Muchos estadounidenses se preguntan por qué han de gastar miles de millones de dólares al año en respuesta a los desastres, mientras otros países se adelantan en innovación y fabricación de energías limpias. China domina ahora la producción de paneles solares y vehículos eléctricos, Europa lidera la energía eólica y marina. Y también se preguntan cuanto tiempo perderán y cuanto daño sufrirán antes de volver a una política climática responsable. La respuesta dependerá de su capacidad de prescindir de un negacionista autoritario, pirómano global, un tipo que pone militares a patrullar las calles de grandes ciudades para cazar inmigrantes y limpiarlas de pobres, un sujeto con programas militares secretos para colocar armas nucleares en el espacio y, en fin, un matón que dice que “Netanyahu es un héroe de guerra” y añade: “Y supongo que yo también lo soy”.