Archivo de la etiqueta: Academia Fontano

4.–Imparte Filosofía

De INTRODUCCIÓN AL ABUELO

Cuando el Abuelo comenzó a tomar el pulso de la calle había dos o tres semanarios que pagaban bien los reportajes. Si le aceptaban uno o dos al mes, podía sentirse satisfecho. Pero aquella forma precaria de ganarse la vida le colocaba al albur de los humores de directores y redactores jefes, razón por la cual aceptó un trabajo de ayudante de secretaría en una academia privada de enseñanza general básica para adultos, bachillerato y curso de orientación universitaria, con horario de 17:00 a 22:15 horas. El director de la Academia Fontano, un buen tipo que hacía honor a su nombre –se llamaba Santos–, sudaba tinta al empezar el curso para encajar la afluencia de estudiantes, los distintos niveles y las variadas asignaturas con las pocas aulas y profesores disponibles. Tenía que organizar además dos turnos pedagógicos: uno de cinco a ocho de la tarde y otro de ocho a diez y cuarto de la noche. Después de mucho barajar, conseguía optimizar los recursos y distribuir a los alumnos inscritos en Graduado Escolar, Quinto y Sexto de Bachillerato y Curso de Orientación Universitaria (COU) en las seis habitaciones con tarima y pupitres con las que contaba en dos pisos (primero y el tercero) de aquel edificio de la Corredera Baja de San Pablo, propiedad del señor Perrote. En cambio, por la razón que fuera (ahorro salarial, mayormente) aquel don Santos no lograba cuadrar las asignaturas de ciencias y de letras con el número de profesores que tenía y se desesperaba al no poder dotarles de ubicuidad para que impartieran clase a dos grupos distintos al mismo tiempo. ¿Qué hacer? Después de dos horas encerrado en su despacho, rellenando y rompiendo pliegos cuadriculados con horarios, aulas, cursos, asignaturas y profesores, encendía otro cigarrillo de la novedosa marca Fortuna, tomaba resuello y volvía a la carga. En uno de esos ejercicios, miró al techo buscando inspiración y se topó con la realidad: una humareda espesa, insoportable. Se incorporó, dio unos pasos hacia la puerta, la abrió para que saliera el humo –el despacho carecía de ventana y respiradero– y entonces se fijó en T, que detrás del mostrador ayudaba a un alumno a cumplimentar los documentos de inscripción, y le pidió que pasara a su despacho. Él obedeció al instante, penetró en nube y escuchó la oferta del señor Fontano: “Puesto que vas a empezar tercero de Periodismo te supongo capacitado para impartir las asignaturas de letras a los alumnos de Graduado Escolar y Filosofía de Sexto de Bachiller en el turno de noche. ¿Qué te parece?” A T le pareció estupendo. Por el mismo horario iba a ingresar un suplemento de mil pesetas. Pero, sobre todo, iba a aprender mucho de sus alumnos y a practicar su filosofía: “Hacer el bien mirando a quien”. Eso me dijo. Las asignaturas de Graduado Escolar eran sencillas: Geografía, Historia Contemporánea, Política y Religión. Les llamaban ‘las marías’. Al carecer de licencia (todavía no era licenciado) se limitaba a poner las calificaciones de los exámenes trimestrales y luego los profesores titulares firmaban las actas. Casi todos los estudiantes del turno de noche eran mayores que él, mozas y mozos que se habían puesto a trabajar a los catorce años para ganarse la vida y ahora, después del servicio miliar en el caso de los varones, querían seguir estudiando u obtener al menos el Bachillerato Elemental y si era posible el Superior para mejorar en su empleo o cambiar de trabajo. Una aspiración humana, justa y comprensible. La mayoría de ellos, sobre todo las chicas, eran sirvientas o empleados de tiendas y comercios. Los chicos laboraban en almacenes, de repartidores, en la limpieza, la construcción o en los talleres y fábricas del alfoz de la capital. Un alumno, Víctor, era profesor de autoescuela y adiestró a T gratis et amore con un Seat 600 para que obtuviera el permiso de conducir. El Graduado Escolar duraba un año lectivo, equivalía al Bachillerato Elemental y estimulaba el deseo de estudiar, de modo que algunos cursaban a continuación los dos años de Bachiller Superior y T se los encontraba en Filosofía de Sexto, una asignatura configurada a retazos, con una sucinta historia del pensamiento occidental, algo de sociología, un poco de teodicea, algunos conceptos de política y, sobre todo, la Lógica de Aristóteles en versión tomista, es decir, silogismos a troche y moche. Para los constructores de aquel engendro, aquellos razonamientos de dos premisas (la mayor y la menor) y una conclusión eran la parte mollar de la asignatura, así que T la explicaba con mucho detalle, pedía a los alumnos que aprendieran de memoria las palabras mnemotécnicas (bárbara, celare, darii, ferio…) para recordar la variedad de silogismos y los entrenaba en aquella forma de razonar que sirvió durante siglos para encandilar ingenuos y relanzó Tomás de Aquino para intentar demostrar la existencia del dios creador del mundo. T disfrutaba con aquella didáctica. Decía, por ejemplo: “Todas las mujeres son buenas, Anita es mujer, luego Anita es buena”. Y los estudiantes debían analizar las dos premisas y la conclusión para determinar la clase de silogismo. Cada premisa tenía su letra: A igual a “universal afirmativo”, E igual a “universal negativo”, I igual a “particular afirmativo” y O igual a “particular negativo”. De este modo si la premisa mayor –“Todas las mujeres son buenas”– era A (universal afirmativo) y la premisa menor –“Anita es mujer”– era I (particular afirmativo) y la conclusión –“luego Anita es buena”– también era I, teníamos un silogismo “darii”. Si tenemos en cuenta los términos de las dos premisas y la conclusión nos salen cuatro figuras silogísticas. Puesto que los juicios pueden de cuatro (A,E,I,O) en cada uno de los tres elementos (las dos premisas y la conclusión), nos salen hasta 64 combinaciones posibles, si bien, las reglas silogísticas las reducen a 19 modos válidos. Una regla básica es que el silogismo no tenga más de tres términos, pues el razonamiento consiste en comparar dos con un tercero. Si introducimos una cuarta pata incurriremos en una falacia. Es muy socorrido este ejemplo: “Todos los hombres son libres, las mujeres no son hombres, luego las mujeres no son libres”. El término “hombres” de la premisa mayor se refiere al género humano, a la gente, pero en la premisa menor se utiliza como ‘varón’, introduciendo la cuarta pata que da lugar a la falacia. Otra regla de oro para no incurrir en falacia es comparar el término medio en su totalidad, sin tomar la parte por el todo como ocurre en el siguiente ejemplo: “Todos los aragoneses son españoles, algunos españoles son andaluces, luego algunos andaluces son aragoneses”. A ver, Ramón, haga usted un silogismo en “bárbara”. Y Ramón dice: “Todos los hombres necesitan alimentos, los alimentos tienen proteínas, luego todos los hombres necesitan proteínas”. Correcto. T me enseñó aquel juego. Pero me contó más. Me dijo que elaboraba y reproducía a ciclostil (no había fotocopiadoras) dos folios de apuntes con todas las fórmulas silogísticas y los repartía entre los alumnos para que los entendieran y los empollaran mejor, pues, básicamente, el aprobado de la asignatura dependía del buen manejo de aquella garambaina. Si lo sabría él, que se preocupaba de visitar y consultar a los profesores de los institutos Beatriz Galindo (femenino) y Ramiro de Maeztu (masculino), donde sus alumnas y alumnos, respectivamente, debían de realizar los exámenes. Y lógicamente, iban bien preparados y casi todos aprobaban. Tamaño porcentaje de aprobados con excelentes calificaciones sumía al bueno de don Santos en un dilema: no sabía si felicitarle por la docencia o regañarle por la falta de alumnos en las clases de recuperación del verano.