Ensayo sobre la Rarera (De 11 a 15)

Caracoles
Caracoles

Por KEY GOOD

11

–¿En qué piensas? –preguntó Vera al abstraído profesor.

–En griego.

–Lo entiendo: es más elegante que el latín –dijo la ayudante, añadiendo “logo” y no “ista” a la desinencia de algunas palabras como “odontólogo, cardiólogo, cosmólogo” en vez de “dentista, corazonista o cosmolista”. Lo que ya le parecía demasiado era “politólogo”–. Pero también podrías pensar en castellano…

El profesor asintió y aprovechó la sugerencia para criticar la injusticia que los hablantes de la lengua de Cervantes y de Gabo cometemos al aplicar a las personas connotaciones negativas de los nombres de los más nobles animales que nos ayudan en la vida como el cerdo, el perro, el burro, la vaca, la oveja, la cabra, la gallina… Del perro la amistad y fidelidad, del cerdo hasta el andar…

–Añada algunos frutales –sugirió Vera en referencia al ciruelo, el membrillo y otros árboles que nos ofrecen sus dulces frutos.

–¿Y donde dejamos el alcornoque? –preguntó el profesor invitando a Vera a leer un rótulo descomunal sobre una larga pared de ladrillos: “Fábrica de caracoles”.

12

El tren paró en una estación, bajaron y subieron viajeros, reanudó la marcha y al poco frenó de repente, con gran estrépito de discos, ruedas y zapatas. Algunos viajeros que todavía no se habían acomodado en sus asientos sufrieron el empellón de la inercia. Una señora cayó al suelo. El profesor se apresuró a socorrerla. Un hombre exclamo: “¡Cago en el misterio!” Algunos se apearon a ver qué estaba pasando. Vera les siguió y pudo ver una mujer tendida en la vía. El maquinista y dos hombres más la desalojaron en volandas. El profesor preguntó a Vera con la mirada.

–Una suicida frustrada –dijo ella.

–Renuente, diría yo. ¿A quién se le ocurre elegir una recta? ¿Acaso no saben que los trenes llevan frenos?

Vera Veraz le concedió la razón con un parpadeo. Luego pensó: “Hay gente estúpida. Y la estupidez, como la gripe, es contagiosa». Y añadió en voz alta: «Parece que hemos elegido la ruta del suicidio». Leontief asintió.

–¿Incluiría esta línea en el catálogo de fenómenos raros?

–No, sin certeza estadística –dijo el profesor. A continuación se refirió al gran Arthur Koestler, concediéndole el título de “suicida ejemplar”, en contraposición con su compatriota Attila József, al que definió como «suicida a medias».

–¿Cómo dice? –inquirió Vera, intrigada.

El profesor puso cara de puntos suspensivos y recitó con voz queda: “No tengo Dios, no tengo rey,/ mi madre nunca llevó anillo,/ no tengo cuna ni sepultura,/ no beso, no tengo amante”.

–¿Baudelaire?

–Attila József –dijo el profesor–. Sostenía que era inmortal.

–¿Inmortal y suicida a medias? ¿Cómo es eso, profesor?

–El bueno de Attila se quería suicidar, eligió el día, la hora, el lugar y el procedimiento y se tendió en la vía para que un tren que pasaba todos los días a la misma hora por una curva cercana al lago Balatton, en Hungría, le seccionara el pescuezo. Solo que ese día el tren no pasó. Se levantó y fue a ver lo que ocurría. ¿Y qué dirás que vio?

–Ni idea.

–Vio el tren parado y los trozos de un cuerpo destrozado.

–¡Joder!

–Otro suicida se le adelantó. Y desde entonces decía que era inmortal.

–Osease que de medio suicida nada –razonó Vera.

–No te precipites, amiga –la corrigió el profesor–; lo cierto es que su siguiente trato ferroviario no fue para que el tren le cortara el pescuezo, sino solo un brazo.

–¿Y qué pasó?

–Pasó el tren y le cortó el brazo y el resto del cuerpo.

–¡Qué mala pata! –exclamó Vera.

–Estas cosas ocurren cuando se coloca mal el brazo –dijo el profesor Leontief, y siguió recitando en húgaro.

13

A propósito de suicidas por cuenta ajena evocó Leontief el caso de Ambrose Bierce, alias Biter, el amargo. Odiaba a los magnates del ferrocarril, un gran invento para exterminar a los bisontes a tiros desde las ventanillas, y jamás se habría humillado poniendo fin a sus días aplastado por un tren, lo que, por otra parte, resultaría pornográfico. Por eso prefirió cabalgar en su yegua blanca hasta la frontera con México y cruzar el puente con la confianza de que una certera bala de los furiosos revolucionarios mexicanos acabara con sus vida.

–¿Lo consiguió?

–Ni le dispararon.

–¿No estaban en guerra con los gringos?

–Cierto, pero le dejaron cruzar el puente y el jefe de los revolucionarios le preguntó si sabía disparar. Él abrió el zurrón. Llevaba una camisa de lana por si hacía frío, un libro que nunca había podido leer y un revolver. Lo empuñó. El jefe revolucionario lanzó una moneda al aire y el gringo le acertó con la bala, así que en vez de liquidarle, le incorporaron al grupo. Después de un tiempo de aventuras, amores y correrías se le perdió la pista y hoy en día todavía desconocemos cómo murió y donde fue enterrado. Sabemos que El gringo viejo inspiró una aceptable novela a Carlos Fuentes y que después se hizo una película…

–¿Se sabe qué libro era aquel?

–Pues claro: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

14

A propósito de rarezas, recordó Vera Veraz unas notas de Gerald Brenan, aquel soldado británico con paga vitalicia por sus servicios militares en la primera Guerra Mundial que decidió recorrer la Iberia y se sintió tan a gusto Al sur de Granada que anidó en La Alpujarra. Digo “anidó” porque cuando las buenas gentes de aquella tierra le oyeron hablar pensaron que utilizaba el lenguaje de los pájaros.

–¿Diría usted que Brenan era raro? –preguntó la hermosa Vera al profesor. Dudó éste unos veinte segundos antes de contestar:

–Lo era; fue uno de los pocos ingleses que no vino a España a fundar una taberna.

Se quedó Vera evaluando la exageración, no exenta de mala leche, y recordó un pasaje de los Pensamientos en una estación seca en el que el ilustre hispanista decía que «los españoles se aproximan a la tesitura de los griegos y los romanos antiguos bastante más que cualquier otro pueblo moderno porque ellos han preservado ese equilibrio sutil entre los sentidos y el intelecto que los romanos denominaban humanitas”.

–¿Diría usted, Leontief, que los españoles son los más humanos de los europeos?

–En cuanto se europeizaron dejaron de serlo.

–¿A qué debemos atribuirlo?

–A lo que decía Brenan sin ir más lejos: «Los españoles ya no son nativos de un país pobre y poco desarrollado, sino de uno próspero y muy atareado; con la desaparición de los usos y costumbres que eran inherentes a una vida despaciosa, han perdido mucho de su antigua idiosincrasia, de manera que su modo de vida está más próximo a la de otros pueblos europeos, así como sus ciudades, ahora cercadas por horrendos bloques de viviendas al estilo moderno, han perdido mucho de su encanto».

El tren se acercaba a una ciudad. Desde lejos se apreciaba el avance de la fiera de la construcción. Vera se fijó en un gran cartel publicitario de piscinas sin peces bajo el letrero de “Arquitectura líquida”.

–Creo que Brenan tenía razón –musitó Vera.

15

Poco después subió al tren un joven apuesto y tan elegante que cualquiera dijera que iba a una boda. Atraído por la belleza de Vera, dijo: “Con permiso” y se sentó a su lado. Leontief pegó la hebra y enseguida se interesó por la actividad del nuevo viajero.

–Soy inventor y deportista –dijo él.

–¿Y qué ha inventado, si se puede saber?

–El cuádruple salto mortal desde barra fija –contestó el joven.

Vera no pudo ocultar un gesto de admiración al unísono con el profesor. Ciertamente el atleta parecía incómodo en su traje. Leontief mostró su curiosidad por la meritoria actividad del joven – la Península Ibérica y sus islas Baleares y Canarias ya descollaban como tierra de grandes deportistas– y el viajero la satisfizo de buena gana, sin dejar de mirar por eso a la deslumbrante Vera y, con gran frecuencia, a su reloj de pulsera.

–¿Lleva usted prisa?

–Si, llego tarde a la boda.

–¿Es usted el novio?

–No –dijo el joven.

–Entonces, tranquilo –repuso el profesor.

Vera desestimó la rareza de un deportista que no se halla cómodo en su traje ni cuando va de boda, por estimar que podía ser un fenómeno tan vulgar como frecuente, lo que no quita que retuviera el “cuádruple salto mortal”, pues hasta entonces sólo había oído hablar del triple salto de los mortales: largo, ancho y alto.

Ensayo sobre la Rareza (De 6 a 10)

Gorriones
Gorriones

Por KEY GOOD

6

El profesor Leontief cerró el libro, extrajo su libreta del bolsillo de la chaqueta y anotó algo. Vera se interesó:

–¿Qué es?

–Una palabra.

–¿Qué palabra?

Mandilandinga –dijo el profesor, reafirmando en su ayudante de campo la convicción de que de que el estudio de la rareza debía ser multidisciplinario.

7

El tren redujo la velocidad. Poco después entró en la estación de Baños y, puesto que Leontief, un hombre de acción, descendiente de un cazador de leones, no perdonaba la hora del aperitivo, se apearon y se encaminaron hacia el núcleo urbano. Llegaron a una plaza empedrada con cantos del río y se acercaron a la zona bulliciosa, unos soportales de vigas de madera ocre sostenidas por columnas lisas de roca caliza. Entraron en una cantina presidida por el letrero Se prohibe cantar y el profesor preguntó a la dama de mediana edad que trajinaba al otro lado de la barra de madera avinagrada si tenía buen vino. “Superior, de la tierra ¿Media jarrita?”. El profesor asintió y preguntó: “¿Y queso?”. La mujer contestó: “Superior, de oveja. ¿Unos taquitos?” El profesor miró a Vera y ella dijo: “Sea”.

Se sentaron en un banco de tabla sin respaldo que recorría una mesa larga y cubierta con un hule de figuras geométricas desvaídas que olía a lejía, y en lo que paladeaban el vino áspero y el agradable sabor del queso curado y leían los históricos titulares de las amarillentas páginas de periódicos con las que habían empapelado aquel ameno establecimiento de techo bajo y melancólico, entró un hombre como de treinta años, seguido de otros dos de mayor edad y solicitaron unos botellines de cerveza y se sumaron al ejercicio que ya practicaba otro parroquiano acodado en la barra de contemplar la belleza de Vera. Ella ya estaba acostumbrada al escrutinio. Conocía la errónea creencia masculina de que las mujeres y las televisiones no soportan que no las miren. Los hombres hablaban en voz alta y la miraban a intervalos. Hablaban de la potencia, la velocidad y de otras características de los automóviles. En un instante, el más joven se soliviantó y le dijo a otro:

–¡Te prohíbo que hables mal de mi coche!

–¡Tu coche es una mierda!

–¡Retira eso o te arranco la cabeza!

–¡No tienes cojones!

–¿Que no tengo cojones..? Sal fuera y verás.

–Haiga paz –dijo el tercero.

El retado estiró el brazo hacia la barra, agarró el frasco de cerveza, lo acercó a los labios como si fuera a regalarse un trago y ¡zas!, le asestó un botellazo en el entrecejo al retador. Éste se tambaleó y se apoyó en el mostrador. El agresor soltó el caño del botellín roto y le propinó un directo al hígado que le dejó tendido en las lastras del suelo. La cantinera y el otro parroquiano le ayudaron a incorporarse y le limpiaron el rostro manchado de sangre y cerveza.

–Estas cosas pasan –dijo en voz baja el profesor– cuando la idiocia insiste en expresarse.

–¿La idiocia? –dudó Vera Veraz, consciente del incendio de su luminosidad.

8

Solo uno de los cuatro ancianos que se habían sentado a tomar el sol en el poyo de la Casa del Pueblo conservaba el oído en buen estado, de modo que contestó a Vera que el más notable del pueblo era un conde reaccionario, podrido de millones que, encima, cobraba “eso de la paca” por las tierras y el ganado. Se refería a las subvenciones de la Política Agraria Común europea, conocida por sus siglas PAC. “Menudo hijo de la gran puta…”, remató el anciano su respuesta.

–¿Por qué lo dice?

–¡Coño! Si es que no respeta el convenio y paga una miseria a los braceros, el muy cabrón… Oiga, ¿no será usted pariente o eso?

–No señor –dijo Vera.

–Pues es una lástima.

–¿Por qué?

–¡Coño! Porque así podría decirle lo que se piensa de él, aunque de sobra debe saberlo el muy cabrón.

En este punto, Vera Veraz recordó la anécdota, según la cual, el dictador español llamó a Ramón Gómez de la Serna para nombrarle director de la Biblioteca Nacional con el fin de mejorar la imagen cultural del régimen. El escritor viajó a Madrid desde Buenos Aires, donde residía por decoro intelectual, y cuando estuvo ante el dictador le dijo que de buena gana aceptaría el cargo si no fuera por la pena que sentía.

–¿Pena de qué, Ramón?

–De que en la calle hablen tan mal de usted, señor. Comprenda que no debo ni puedo aceptar el cargo porque sería un director penoso.

Y regresó a Buenos Aires.

El profesor Leontief se había entretenido, contemplando algunos detalles de la arquitectura local, y se sumó al grupo, saludando a los vejetes con una ligera inclinación de cabeza. Vera le hizo una señal significando que no había nada que rascar. Él correspondió con otra indicándole que insistiera. Así lo hizo. Unos minutos después, el sano de entendederas señaló al anciano que ocupaba la esquina izquierda del poyo y parecía el más mustio y acabado de los cuatro, diciendo que “para ilustre, éste”.

–¿A qué debemos atribuir su celebridad?

–Es poeta.

–¿Célebre de verdad?

–¡Coño, claro! Usted pregunte por Frechilla a las mujeres y verá si es célebre y celebrado en cien lenguas a la redonda.

Se admiró Vera y al mirar al aludido descubrió en sus pequeños ojos azules una expresión de de picardía. Se cubría la cabeza con una boina raída y le pareció extremadamente flaco y enclenque. Tenía los huesos de la cara y los hombros tan marcados bajo la piel curtida por el aire que parecía recién salido de un campo de concentración. Quitando eso, le pareció un hombre guapo. Se acercó a él con intención de saber algo más. El vate, que no había dejado de mirar a la moza ni un instante, hizo un gesto canino, alzó la cabeza y arrugó la nariz, abriendo las aletas como si quisiera olisquearla..

–Si son del cine llegan tarde: ya se llevaron a los enanos –afirmó.

–No son del cine, Frechilla, son de la universidad –le corrigió en tono mayor el que conservaba el oído–. Ya ve –comentó a Vera–, todavía el hombre está obsesionado porque se llevaron a dos enanos de aquí a trabajar en el cine, en Francia y Alemania y en los Estados Unidos, y nunca los devolvieron. De eso ha más de cincuenta años, usted considere…

–¿Qué clase de poesía hace usted, Frechilla?

–¿Qué?

–¡¿Que cómo es la poesía tuya?!

–Romántica, como debe ser la poesía. Díselo tu, Josman, dile a esta joven, que está más buena que el pan, que yo era amigo de Pedro Salinas, el de La voz a tí debida. Y cuéntale lo demás y entra ahí, anda, y sácale un Rosalía y se lo vendes con descuento, que yo he de ir a los pardales.

–¿Qué prisa tienes, hombre?

–No es la prisa, es el condumio.

9

El profesor sostuvo que nada había de raro en un poeta local, pero cuando Vera Veraz le fue explicando que el mencionado Frechilla no había trabajado jamás y que había vivido de la poesía desde que dejó La Legión, a la edad de 30 años recién cumplidos, admitió que aquello era raro, rarísimo. Ya de nuevo en el tren, Leontief hojeó la gavilla de poemas del librito Rosalía que ella había adquirido, y confesó que no estaban mal.

Naturalmente, Vera Veraz le ahorró las explicaciones que no había podido corroborar, y entre las que no eran de poca importancia la promiscuidad del vate Frechilla. Tan fecunda había sido su actividad sexual como poética. De algún modo se podía decir que escribía con el pene. Al decir del viejo con las facultades auditivas en buen uso se apareó con muchas mujeres en cien leguas a la redonda y dedicó un poema a cada una. No siempre la inspiración le llegaba con la primera coyunda, sobre todo si estaban jugosas y eran agradecidas, añadió el anciano.

Al contrario de las matrioskas, una rareza muy grande podía ocultar otra mayor, se dijo Vera, quien tampoco desveló al profesor el singular origen del poemario que tenía en la mano. Su título, Rosalía, era el penúltimo de los cuatro nombres de la condesa consorte. Lo escribió para congraciarse con ella después de que se enterara de la publicación en la capital del Coctel de Féminas, dedicado a otras mujeres. La condesa era muy celosa, pero Frechilla le hizo saber que en su picha mandaba él. Finalmente acordaron una reparación y el poeta le dedicó Rosalía.

–¿Que cuantos polvos habrá por poema, dice usted…? A saber. Pero le diré una cosa: el trato con esa golfa le vino a Frechilla de maravilla; hasta engordó y todo y se compró buena ropa. Que ¿cuánto duró el idilio? Pues verá usted, unos tres años, sobre poco más o menos”.

–¿Y después?

–Después nada; ella se estrelló con un coche último modelo.

–Qué pena, ¿verdad?

–Pues sí, señorita, una pena. Pero le digo una cosa: la satisfacción de llamar cornudo al conde por el procedimiento de leer las primorosas poesías de ese libro no nos la quita nadie.

–¿Se ha leído mucho?

–Muchísimo; quien más quien menos, todo el mundo el mundo en la comarca tiene su volumen..

–¿Más que el Cóctel de Féminas?

–¡Coño, claro!

10

Evocaba la hermosa Vera la conversación con el anciano de buenas entendederas y miraba el paisaje primaveral del ameno valle desde la ventanilla del ten. El profesor se mostraba relajado en el asiento de enfrente, con el poemario cerrado en la mano y la mano caída en la entrepierna sobre sobre el entretenimiento orgánico. A un lado del camino de hierro había un montículo escarpado con los muñones de un castillo en ruina. Lo atrajo Vera con el zoom de su cámara para contemplarlo mejor y entonces descubrió a un tipo sentado en lo alto de la pétrea pared derruida que alargaba una caña hacia el vacío y la movía a intervalos a un lado y otro. Al ver su cara se sorprendió: era el vate Frechilla, que estaba pescando pájaros mediante el procedimiento de los hilos invisibles con mosquitos prendidos de los anzuelos. En ese momento entendió la repentina retirada del vate: ya víctima de la vejez, se alimentaba con gorriones.

 

Ensayo sobre la Rareza (De 1 a 5)

Camino de hierro para viajar
Camino de hierro

Iniciamos este 16 de agosto de 2015 la publicación del nuevo y magnífico relato del escritor norteamericano Key Good, Ensayo sobre la Rareza, traducido al castellano por Lavanda Guerrero Pérez.  El texto consta de 33 capítulos. Dada la brevedad de cada uno de ellos, los publicaremos como los dedos de una mano, de cinco en cinco.

Por KEY GOOD 

1

En aquellos días visitaba la Península Ibérica el hispanista y profesor Leontief, acompañado de su hermosa alumna Vera Veraz en funciones de ayudante de campo. En el apeadero de Peñaforada acertó a subir al tren un hombre con cara de patata de la temporada pasada que se apoyaba en una cachaba y en el brazo de un mozalbete con cara de patata temprana. De inmediato se sintió atraído, el mozalbete, por la belleza de Vera y se acercó a ella y le entregó un papelito con su número de teléfono. “Ese es mi padre –le dijo, señalando al viejo–, se llama Dionisio Castañal y va a la ciudad para que lo ingresen y lo operen en el hospital. ¿No tendría usted inconveniente en avisarme si hay alguna incidencia, verdad?” Vera asintió y el joven abandonó el vagón antes de que el tren echara de nuevo a rodar.

–¿Cómo es que no lleva usted teléfono inalámbrico? –se interesó el profesor.

–Pues ya lo ve; yo no pago por lo que es mío –contestó el nuevo viajero.

–¿Suyo?

–Si hombre: las palabras –aclaró el rústico.

El profesor miró a Vera y elevó la ceja izquierda –se entendían con el tablero de instrumentos de la cara–, alertándola de que se hallaban ante un hombre raro, y prosiguió la liviana conversación con él, llegando a la conclusión de que el principal incidente del que Vera podía informar al joven era un descarrilamiento con consecuencias leves, pues en aquella abrupta, las ruedas del último vagón se salían de la vía de vez en cuando. Unos minutos después el tren redujo la velocidad para abordar un tramo sinuoso, a unos metros de un barranco del que solo se podía adivinar el fondo, y aquel Dionisio Castañal se incorporó del asiento como quien se dispone a estirar las piernas, se encaminó hacia la portañuela, la abrió y se lanzó al vacío. El profesor se quedó lívido. Vera gritó. Algunos viajeros tiraron de la palanca del freno. El maquinista paró. Varias personas se apearon y se asomaron al roquedal. Una mujer con buena vista señaló una mancha de sangre sobre uno de los muñones de aplita que sobresalían en la vertical de piedra, al fondo de la cual se adivinaba un río, y exclamó: “¡Se estronció!”. Dos hombres asintieron. Uno dijo: “Rebotó ahí y se escachó allá abajo, vaya por dios”. El maquinista avisó al servicio de rescate de la Benemérita y ordenó a los curiosos que regresaran al tren. Ya iban con retraso. Los viajeros volvieron a sus asientos. Entonces Vera lanzó una dura mirada al profesor.

–¿Cómo podía adivinar que se iba a suicidar? –se justificó el profesor.

–Por deducción, Leo –le contestó la discípula antes de sacar de la mochila su libreta de observaciones de campo.

–La premisa era muy endeble –dijo el profesor.

–Pero suficiente –replicó Vera. Y a continuación anotó en su libreta de raros el caso de aquel hombre que sintiéndose dueño de sus palabras hasta el punto de negarse a contratar un teléfono móvil como hacía todo el mundo, pues a él no le pagaban por la propiedad de la materia prima, las palabras y expresiones, debió considerarse igualmente propietario de su enfermedad y prefirió morir con ella antes de que se la arrebataran en un hospital.

–¿Cómo definiría usted esa rareza, profesor? –consultó Vera a Leontief.

–Egoísmo ontológico en grado gnoseológico –dijo el profesor.

2

El trabajo de campo –le llamaban así aunque de campo, campo, no era– de Vera Veraz sobre las rarezas humanas contenía ya un número de casos tan abundante como para hacerla dudar de la definición a bote pronto del profesor. ¿Y si no es egoísmo, sino esencialidad, lo que el suicida padecía? ¿Cuantas veces hemos oído que en este lado del globo los humanes nos caracterizamos por la falta de esencialidad? Hemos alcanzado tal grado de estupidez que ya comemos sin tener hambre, bebemos sin tener sed, fornicamos sin la menor intención de procrear –lo que no quita que esté bien disfrutar del placer sexual–, acumulamos atuendos, calzado, joyas y enseres que ni en tres vidas gastaremos, y hablamos y nos comunicamos aunque no tengamos nada que decir ni que comunicar. El canadiense Marshall McLuhan quedó periclitado: nosotros somos el medio y el mensaje. Pongamos a un tipo sin teléfono móvil como ese suicida en medio de una masa humana armada con smartphones y nos parecerá un raro ejemplar. ¿Raro porque se considera dueño de sus palabras y no está dispuesto a pagar dinero por largarlas a través de ese artefacto o raro porque no teniendo nada importante que decir prefiere estar callado? Ya nunca lo sabremos.

En lo atinente a la propiedad de la enfermedad de la que el suicida no habría querido desprenderse, ¿quién le dice a usted que no estamos ante un caso similar al de aquel hombre que al enterarse de las exigencias de la exploración de la próstata se negó a que el médico le metiera los dedos por el culo y acabó muriendo de esa afección tan común y sencilla de eliminar mediante la cirugía avanzada? ¿Cómo se llamaba el tipo? ¡Ah, ya me acuerdo! El Raro de Nuévalos.

Vera Veraz se entretuvo en buscar sus notas sobre la rareza de aquel Raro de Nuevalos, que no era solo una, sino dos. Las encontró. El profesor leía una novelita titulada La Pícara Justina y ella evitó molestarle con consultas sobre paralogismos y pensó para sí misma cuán dañina puede ser la enseñanza mal administrada y cuántos estragos puede infligir a una mente primaria como la de aquel raro de Nuévalos la creencia de que descendía de los romanos y la amenaza de algún cura libidinoso de las llamas del infierno por toda la eternidad si se dejaba meter algo por el culo. Con la evolución mental estancada de por vida a la edad de nueve o diez años, aquel hombre raro seguía creyendo a los setenta años que descendía de los romanos y seguía escribiendo los números con letras y la fecha de nacimiento igual que sus sabios antepasados, es decir, VI-VIII-MCMLI, lo que significaba 6 de agosto de 1951. Aparte de raro por utilizar letras de tumba en vez de números, como todo el mundo, el Raro de Nuévalos sabía que los romanos no tenían ceros, eran sin ceros, y él también, y lo contaba todo sin picardía ni doblez –incluida la afección de la próstata que le llevó al otro barrio–, por lo cual le motejaban el Tonto del Pueblo.

3

La rareza se puede contraer a cualquier edad y en cualquier lugar; su variedad y extensión la convierte en una materia ilimitada; su estudio en términos de descripción, análisis y comprensión reclama una delimitación o acotación y requiere la aplicación de múltiples herramientas, de modo y manera que esas múltiples disciplinas, la «multidisciplinaridad», le aporten un valor «integral».

Esas y otras insípidas frases académicas iba hilvanando Vera Veraz en su mente a modo de exordio de su trabajo mientras el tren corría como un juguete de cuerda por una jugosa alameda de chopos, fresnos y pastos. Pronto saldrían a campo abierto. La verdad es que eso de “integral” no le gustaba, le sonaba a integrista y facha, y lo de la “multidiciplinaridad” le tocaba mucho los píes. ¿No había un sinónimo, una palabra de una sola pieza? El profesor Leontief, sentado frente a ella, alzó en ese instante su vista del libro, y ella aprovechó la pausa:

–Leontief, ¿cómo se llamaba aquel colega de Salamanca?

–No sé de qué me hablas.

–Del profesor que mencionó Fernando Lázaro Carreter con tanta guasa.

–¡Ah, ya! Teórgano Expósito.

–No me refiero a ese… Tanto da.

El profesor se ajustó las lupas sobre la nariz y siguió leyendo mientras ella, incapaz de encontrar aquel nombre en el disco duro de su memoria sin “ran”, se meaba de risa para sus adentros recreando la escena en su imaginación. Allí estaba el señor rector, se disponía a realizar la presentación, se colocaba tras del atril del orador, elevaba ligeramente el micrófono, dirigía una mirada de este a oeste al público asistente (estudiantes) y prorrumpía: “Les presento a ustedes a don… ¿Cómo se llama usted?”, preguntaba volviendo la cabeza hacia el conferenciante.

–José María Brunaldo –le apuntaba éste.

–¡Ah, si! En qué estaría yo pensando… Les presento al señor Grimando…

–Brunaldo –le corregía el conferenciante.

–Bien, bien. Les presento a don José Mariano Brunaldo…

–María –le soplaba el conferenciante a su espalda.

–¡Cierto! Así pues me es grato presentarles a don José María Brunaldo, especialista… ¿En qué es usted especialista, señor Brunaldo?

–En la totalidad.

–Tiene usted la palabra.

4

La rareza y la sorpresa van de la mano como la causa y el efecto del escolástico. Conocí a un niño en Vacamundi que respondía al nombre de Manolito y se enfurecía si le llamaban Manolito. Como muchos otros de su edad, quería ser mayor. Pero la rareza de éste era su odio hacia los diminutivos. En el colegio pegaba a los que le llamaban Manolito. El señor cura del pueblo le nombró monaguillo y él enseguida amenazó con pegar una paliza al que se atreviera a llamarle moñaguillo. “Llamazme Monago, no Monaguillo”, advirtió a los demás niños.

Con esto deseo significar –seguía hilvanando Vera Veraz su introducción– que la rareza no tiene edad y lo mismo la podemos descubrir en un brutinín como aquel Manolito Monaguillo que en aquella niña de Turrisburris –Margarita se llamaba– que libraba una batalla contra el sueño y se negaba a dormir para evitar ser torturada.

–¿Quién te tortura, Margarita?

–Las Matemáticas.

–Dime qué te hacen.

–Me atacan con el uno, me pinchan con su anzuelo; mira –decía mostrando picaduras que parecían de mosquitos en las piernas y los brazos.

–Defiéndete con el siete.

–Todos son uno.

5

Hay rarezas caducas y rarezas perennes como las hojas de los árboles que, en general, suelen ser muy raros, pues como versificó Bergamín, se desnudan en invierno y se visten en verano. Las rarezas perennes pueden ser congénitas y duran toda la vida o, como dice el refrán, “el que nace lechón muere gorrino”.

En este punto dudó sobre la cita.

–Profesor, ¿los refranes son académicos?

–¡Claro que no!

Entonces quito el refrán. Carlitos pertenecía a la especie de los raros congénitos: nació con la cabeza más picuda que el griego Pericles y tenía una cara rarísima, muy estrecha, tanto que al mirarle de frente tenías la sensación de que estabas viendo una pintura egípcia. Todos se reían de él y su cabeza provocaba sorpresa y curiosidad en todas partes. Pero eso no quiere decir que sus facultades mentales fueran inferiores a los demás; antes, al contrario, era un muchacho inteligentísimo, aventajaba a todos sus compañeros y obtenía las mejores notas. Su padre, que también tenía la cabeza picuda, por lo cual le llamaban Calabacín, trabajaba en una industria de satélites artificiales.

¿Cómo eliminar esa la rareza?, se preguntaba él y se preguntaba su familia. De ninguna manera. La rareza era de por vida y la solución de cortarse la cabeza no le parecía oportuna. Finalmente resolvió estudiar árabe y como los árabes usan turbante, cuando se asentó en Egipto dejó de ser mirado como un bicho raro y comenzó a ser admirado como un joven de singular belleza ancestral. Con ello quiero decir que la rareza congénita, según y cómo.

‘La verán mis ojos’ (I): «Lucas en Ursaria»

La muy tabernaria calle de Núñez de Arce, donde Lucas Ubiese halló empleo de camarero.
La muy tabernaria calle de Núñez de Arce, donde Lucas Ubiese halló empleo de camarero.

El jefazo le miró como quien examina un burro en el mercado del ganado y le preguntó de dónde había sacado esa cara de boñiga. Él estuvo a punto de devolverle la coz, pero se hallaba impecune y necesitaba el empleo, de modo que se mordió los labios y se encogió de hombros pensando dame pan y llámame lo que te de la gana, tío hijoeputa.

Cuando el jefazo hubo comprobado su docilidad, extrajo un cigarro habano de larga distancia del cajón de su mesa, lo olió, le cortó la boquilla con un capa puros y le prendió fuego con una cerilla de astilla. A continuación, le dijo soltando humo:

–Muy bien, chaval, ¿cuánto quieres ganar?

–Lo suficiente, señor; vivir se ha puesto al rojo vivo –contestó con un verso de Blas de Otero.

–Te pagaré algo; mañana a las nueve empiezas –repuso el jefazo levantando sus posaderas del sillón y tendiéndole la mano para rubricar el trato. Su movimiento dejó al descubierto en el costado izquierdo, bajo la americana, una pistola Astra de la fábrica Gabirondo y CIA. Era un tipo enjuto y pálido, de mediana edad y nariz historiada de boxeador, un hombre armado, el jefazo.

La escena tuvo lugar el 2 de junio del año 1973, doce días después de que Lucas hubiese llagado a la antigua Ursaría procedente del Norte. Los frailes del internado carmelitano donde estudiaba bachillerato superior y gozaba de buena fama como poeta y de mala como religioso por no creer en los misterios, se disponían a decretar el final del periodo lectivo y a enviarle de veraneo con los demás internos a una granja donde debía ayudar a los hermanos legos a limpiar las cubiles de los cerdos y a segar y majar el cereal y las gramíneas de unos predios y curatos.

Pero antes de que eso ocurriese, la tía Zulaica, hermana de su padre, llamó por teléfono a los frailes y les comunicó que el Viejo estaba en las últimas. Fray Octavio tomó  el recado, movió sus ciento cincuenta kilos de humanidad,  le llevó a la estación ferroviaria en el Dos Caballos y le pagó el viaje en el correo de las tres de la tarde, gracias a lo cual, llegó a tiempo de ver al Viejo todavía con vida.

Lo encontró, al Viejo, pálido y desmejorado, con la respiración asistida por un tubo conectado a un agujero que le habían hecho en la tráquea. Tenía los ojos hundidos y una expresión de infinito aburrimiento. Le acarició la frente y el pelo y mantuvo su cara apretada contra la del Viejo como cuando era niño y él le picaba con la barba. Tenía la piel fría, el Viejo. Introdujo el brazo por detrás de su espalda y le incorporó sobre la almohada. Entonces el Viejo abrió algo más los ojos e hizo un esfuerzo para mirarle. Su pecho sonaba como un sonajero. Lucas le dijo que se pondría bien, pero el Viejo le apretó la mano y negó con la cabeza. Lucas le llevó la contraria, afirmando con la cabeza y le dijo que Richard estaba en camino y que llegaría pronto. Al oír el nombre del hijo mayor, que se había marchado de casa hacía algunos años, el Viejo abrió un poco más los ojos y esbozó una mueca que quería ser una sonrisa. Lucas le acarició la frente y le dijo: “No te mueras, padre”.

Estuvieron así un buen rato hasta que el Viejo le fue aflojando la mano, y aunque Lucas le repitió que Richard llegaría pronto y le animó que se mantuviera despierto, el Viejo,  turris burris, se fue quedando sin fuerza y cerró los ojos. Se notaba que tenía ganas de morirse. Media hora después se quedó más frío que un témpano.

Un médico llamado doctor Rubiñán certificó el deceso en un papel con membrete oficial y póliza de sesenta céntimos y cuando Richard llegó de aquella isla del Mediterráneo en la que trabajaba cocinando cosas ricas para los ricos, otro médico les invitó a pasar a un higiénico despacho y les informó con gran amabilidad sobre las causas de la muerte del Viejo, que ni viejo era siquiera. Han sido varias, les dijo. La primera y principal corresponde a un envenenamiento silicótico irreversible y progresivo, complicado con una bronquitis de caballo, agravada por un proceso de inflamación de la pleura que ha dado lugar a un cuadro clínico de insuficiencia respiratoria aguda, sin retroceso ni remisión ante la ventilación, la medicación y la respiración asistida, de modo y manera que en las últimas horas se le ha inyectado morfina para evitarle el tránsito con sufrimiento. En pocas palabras, que el Viejo era un leño, un árbol seco, sin hojas para respirar.

Al oír la explicación del doctor, los sollozos de la tía Zulaica arreciaron y estalló en lágrimas, sujetándose la cabeza con ambas manos. Lucas empuñó el historial con los padecimientos del Viejo que le entregó el doctor y con la ayuda de Richard, que también se puso a llorar, incorporaron a la tía y la sacaron del despacho del amable médico. Nada más cruzar la puerta, la tía Zulaica empezó a maldecir a “esos”.

–¿Qué esos, tía?

–Esos canallas que le condenaron y le tuvieron en el batallón penitenciario trabajando en la mina tantos años… –alcanzó a decir entre sollozos.

Era la primera vez que Richard y Lucas oían que el Viejo había estado sometido a trabajos forzados, picando antracita, de resultas de lo cual había contraído la enfermedad irreversible y se había muerto antes de tiempo, es decir, mucho antes de lo que correspondía al promedio de duración de la vida.

Volvieron junto al cuerpo inerme del Viejo y Lucas y Richard miraron su rostro apacible y enjuto como si quisieran pedirle perdón por su ignorancia. La tía Zulaica lloraba como una Magdalena. Richard, que ya era un hombre hecho y derecho, la abrazaba, tratando de consolarla, y también lloraba. Lloró mucho Richard.

–¿Cuánto tiempo estuvo castigado en la antracita? –Le preguntó Lucas.

–Más de diez años, mi niño –dijo la tía Zulaica.

Richard miró a Lucas y ambos volvieron a mirar la cara del Viejo; ahora comprendían aquel ajetreo y la alegría de madre el domingo mensual, cuando les cepillaba las uñas, les ponía guapos, les peinaba con la raya bien recta a un lado, les vestía con la ropa nueva –la ropa del domingo– y les lleva en el coche de línea a ver a papá a Los Negrillos. Le tenían allí castigado, es decir, preso, con otros mineros y no le dejaban salir de aquel recinto de casuchas de madera podrida, situadas en la ladera del monte, a un lado y otro de una larga calle asfaltada con carbonilla prensada. Comían la tortilla y el picadillo de verduras que mamá preparaba la noche anterior y después salían a jugar al balón y al escondite con otros chicos y chicas mientras los padres y madres cerraban las puertas de las casuchas y hablaban y se hacían el amor. Luego, antes de que oscureciera, corrían hasta la carretera para no perder el autobús de línea de regreso.

El Viejo, ya dormido para siempre, nunca les reveló su condición de presidiario ni les explicó la causa de su confinamiento. Sólo sabían que padre estaba trabajando en la mina y que gracias al dinero que le daba a madre, ella les compraba ropa y comida y pagaba la escuela particular del maestro don José. Tampoco ella mencionó la palabra maldita. Estar “preso” era una vergüenza y significaba que algo muy malo habías hecho. Pero padre no estaba preso, sólo trabajaba en la mina para que la gente tuviera luz y los trenes y las máquinas y la industria funcionaran. Y como la luz no se podía parar ningún día y los trenes y las máquinas tampoco, por eso padre no tenía tiempo de venir a casa por la noche como los demás padres. Además, era por la noche cuando más falta hacía la luz.

Lucas no podría precisar cuanto tiempo permanecieron en aquella habitación acariciando la frente y el pelo rubio entrecano del Viejo y consolando a la tía Zulaica, que seguía llorando. Sólo recordaba que al atardecer se lo llevaron unos hombres y que poco después lo instalaron en un ataúd con olor a formol sobre dos sillas en una capilla que había en el sótano del sanatorio, junto a otros dos muertos, y que llegó un cura y rezó un pater noster para todos. Pasaron la noche dormitando junto al Viejo y por la mañana apareció otro cura y dijo una misa de réquiem y les echó gotas de agua con un hisopo, y luego vinieron los hombres de la funeraria y cerraron la tapa del féretro y lo cargaron con los otros dos en una camioneta y ellos subieron con el Viejo y llegaron al cementerio, donde otro cura le echó un requiescat in pace, y después dos enterradores colocaron el féretro con el Viejo en la misma tumba familiar en la que reposaban los restos de madre y sellaron de nuevo la losa con yeso, y un hombre de traje y corbata negra ajustó con la tía Zulaica el precio de la inscripción en la lápida y le preguntó si quería epitafio. “Un hombre bueno”, dijo la tía entre lágrimas.

Aunque Richard no lloró tanto como la tía, lloró bastante. En cambio, Lucas no soltó ni una lágrima, ni un sollozo siquiera, lo que le valió algunas miradas de reproche de tía Zulaica. No es no sintiera una gran pena por la muerte del Viejo, es que la mañana que le llevó al internado de los frailes carmelitas, cuando tenía once años, él comenzó a llorar, pues no se quería quedar en aquel lugar, y el Viejo le cogió en brazos y le convenció de que los tipos duros no lloran y él ya había llorado bastante cuando mamá se murió y ahora debía portarse bien y obedecer a aquellos señores frailes, que eran muy buenos, y estudiar mucho para convertirse en un hombre de provecho y no tener que obedecer a los ricos. Entonces él dejó de llorar. Y el Viejo le acarició, y antes de posarle en el suelo, le dijo muy serio:

–¿Verdad que no vas a llorar nunca?

–No, padre.

–¿Me lo prometes?

–Si, padre.

–Así me gusta.

Richard se quedó con el reloj y unos anteojos del Viejo y él se guardó el libro de familia con la fotografía en la que aparecían Richard y él entre madre y padre, y también se quedó con la maquinilla de afeitar del Viejo. Quitando el poco dinero que guardaba en una caja de carne de membrillo y la antigua casa con el huerto trasero en el que tía Zulaica y el Viejo apacentaban dos cabras, madre e hija, y cultivaban patatas, coles y tomates y cuidaban unas gallinas ponedoras y engordaban unas camadas de conejos para llevarlos a vender al mercado de la plaza mayor, no había más herencia que repartir. Así que una vez sellado el trato por el que la tía Zulaica, que tanto había querido y cuidado al Viejo, se quedaba con la casa, Lucas acompañó a Richard a la estación ferroviaria y cuando el tren partió, casi sin sentir, como suelen hacerlo todos los trenes, le prometió escribirle y salió de la estación y echó a andar por una larga avenida y siguió caminando por una carretera hasta el borde del cansancio.

Anochecía y se sentó en un mojón kilométrico. Le dolían los pies. La desolación y el vacío ocupaban su interior y anulaban su fuerza de voluntad. Aunque se sentía cansado, su pensamiento no dejaba de dar vueltas a aquella condena a trabajos forzados del Viejo que le condujo a la muerte a los 45 años, mucho antes de tiempo. ¿Era justo eso? ¿Quiénes eran los “canallas” que le habían provocado la enfermedad y la muerte? No lo sabía. La tía Zulaica sólo había pronunciado un pronombre genérico, pero tampoco sabía quiénes eran “esos”. Fue entonces cuando se prometió a sí mismo averiguar la identidad de los acusadores y explotadores, y juró propinarles su merecido.

Había otros asuntos que tampoco entendía. Si en verdad Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos, ¿por qué había hecho lo contrario con el Viejo en vez de con los canallas que lo encarcelaron y explotaron hasta que enfermó? No tenía duda de que Dios era un invento. Y si no lo era, le parecía tan inmisericorde que no creía que fuera el Dios que interesaba a los hombres.

Recordó las palabras del Viejo: “Estudia hijo, estudia, que sólo mediante el conocimiento podemos los pobres igualar a los ricos y librarnos de sus injusticias”. No le dijo “reza” ni “sé temeroso de Dios” ni toda esa letanía que repetían los frailes. No. Sólo le dijo: “Estudia, aprovecha las enseñanzas que estos frailes te van a dar y pórtate bien”. Y él deseaba que el Viejo se sintiera orgulloso y que un día pudiera decir: “Veis ese maestro que enseña a los niños pobres de ese pobre país, pues ese es mi hijo”. Era consciente del esfuerzo económico del Viejo para que él llegase a ser un hombre de provecho. Y sin embargo, ya no podría ver el resultado ni sentirse orgulloso de él. Siempre tuvo mala suerte, el Viejo.

Dudaba sobre el camino a seguir. Sentado en el mojón kilométrico se preguntaba qué sentido tenía regresar al internado, pasar un verano más en la granja de los legos, limpiando y cebando a los cerdos y majando y aventando el trigo. Al atardecer jugaban al fútbol en una campa con los chicos del pueblo, y los domingos iban a bañarse al río. La corriente era fuerte y los arrastraba kilómetros abajo hasta una cascada. Para evitar que los chavales se despeñaran por la Cola del Caballo, Alarico y él caminaban por una orilla y el lego Longinos iba por la otra a lomos de su borrica, la Catedrática, y les lanzaba una soga que ellos ataban al tronco de un chopo. Tensaban la gruesa maroma a ras del agua, y los chavales que se lanzaban desde un puente y bajaban braceando sobre la corriente, se agarraban a ella para no precipitarse a la Poza de las Truchas.

Las chicas iban a verles jugar al fútbol y algunas participaban en sus carreras de velocidad río abajo. Una que era muy linda y le gustaba mucho, aunque no se atrevía a mirarla, se arrancó una tarde hacia él y le preguntó si quería acompañarla a ver pájaros. Él contestó que sí, y se perdieron por un sendero entre los mimbrales. Ella iba diciendo nombres de pájaros: jilguero, calandria, pardal, mirlo, urraca, abubilla, avefría… Era flacucha y delicada y tenía una voz muy dulce.

–¿Sabes cómo se besan los pájaros? –Le preguntó.

–Ni idea –dijo él.

–Pues así –contestó ella alargando sus labios como si fuera a silbar y depositando un beso rapidísimo en los de él.

–Es un piquito –dijo riéndose.

El afirmó que los pájaros sólo se besan así cuando van en vuelo, pero cuando se posan en una rama se besan más despacio, “tal que así”, añadió acariciando la cara de la chica con ambas manos y depositando un beso pausado en sus labios.

–Y en el nido se besan mejor todavía mejor –replicó ella, agarrándole del brazo para que se agachara y se tendiera a su lado sobre unos hierbajos.

Él dijo que eso no era de pájaros sino de novios y ella se rió y estuvo de acuerdo, y permanecieron allí recostados, besándose hasta que se sintieron un poco mareados. Su nombre era Rosario, pero le decían Charo, y él le llamó Charín y luego, para abreviar, Chin.

Desde aquel día, cada domingo, cuando iban al río después de jugar fútbol, los dos desaparecían por unos senderos entre los mimbrales y, con la excusa de identificar pájaros para un trabajo escolar que ella estaba realizando, pasaban más de una hora juntos, mirándose y acariciándose y besándose, hasta que el lego Longinos tocaba el silbato ordenando el regreso. Se querían mucho, Lucas y Chin. Y se prometieron quererse siempre y siempre.

Pero ella no era de aquel pueblo, sino de la capital, y después de dos veranos no apareció por el Burgo para pasar las vacaciones con aquellos familiares que habitaban en una casa con un escudo de piedra sobre el portón principal, un caserón solariego que se asentaba en la prolongación de la calle mayor.

Ahora los recuerdos se mezclaban en la testa de Lucas con las dudas sobre el camino a seguir. Se preguntaba qué sentido tenía continuar la carrera clerical y hacerse fraile e ir de misionero a Ecuador a enseñar a los niños a leer y a escribir y a creer en Dios. Él creía en la justicia y en el amor, no en un ser supuesto y todopoderoso que infundía temor y amargaba la vida al personal, premiando a los malos y castigando a los buenos, a los que prometía mejor trato después de muertos.

De pronto, en la noche cerrada, paró un camión a pocos metros de donde permanecía sentado. Se apartó del chorro de luz de los focos. El vehículo transportaba vigas de hierro. El conductor se bajó, agarró un caldero de zinc, lo lleno de agua de una acequia cercana y a través de un embudo de lata conectado al tubo del radiador dio de beber a la máquina. Repitió la operación varias veces como si aquel dromedario fuera insaciable. Cuando acabó la operación, se dirigió a él y le preguntó si iba a alguna parte. Lucas recordó el aforismo de José Bergamín –“Cuándo te vas a enterar que vayas a donde vayas, estás dejado de ir”– y se encogió de hombros. Dudaba. El hombre dijo:

–Si te va bien, te llevo.

–¿Adónde va usted?

–A Madrid bajo.

En un instante pensó que en Madrid podía localizar a Chin y se dijo que la capital era también el lugar donde podría averiguar el delito del Viejo y la identidad de los canallas que lo acusaron y condenaron a trabajar en la mina, arruinando su salud y lucrándose de su sudor.

–¡Voy con usted!

–Está lejos Madrid, eh –le advirtió el camionero, que se llamaba Centeno.

–Cuanto más lejos, mejor.

–¿De qué pueblo eres?

–De ninguno ya; ni padre ni madre ni perro.., nada, no me queda nada, sólo una tía solterona y aburrida.

–¡Carajo! –Dijo el camionero.

El camión comenzó a rodar y Lucas sintió el alivio de haber dejado en la cuneta aquella duda que le pesaba como un saco de cincuenta kilos de mierda en la espalda. Ya no volvería al internado, ya era un hombre con pelo en pecho, un hombre de ninguna parte que en aquel instante inauguraba el futuro. Si localizaba a Chin en la antigua Ursaría, donde la suponía residenciada, y ella le seguía queriendo como cuando eran niños, sería de Ursaría, pues como escribió Ramón J. Sender, “el hombre no es de donde nace ni de donde pace, sino de donde yace con hembra placentera”, y si no la encontraba, sería del lugar que le diera la gana.

El camionero se puso a contar chistes de vascos, cojos, putas, gangosos, curas, catalanes, cornudos…, muchos chistes. Era un hombre gracioso y rudo. En cambio, él no sabía un triste chiste e intentó corresponder con algunas palabras capicúas como “anilina” y con frases capicúas como “atinar a la ranita” y con términos con una sola vocal como “odontólogo” o “efervescente” y con otras palabras con las cinco vocales como “paupérrimo” o “republicano”, y le explicó algunos fenómenos físicos extraídos de los libros, como la imposibilidad de que una fuerza irresistible pueda chocar contra un objeto inamovible o como la licuación de la sangre de San Pantaleón…, pero se dio cuenta de que sus palabras no le hacían ninguna gracia y desistió de mejorar el silencio.

Llevaban muchos kilómetros rodando por tierras castellanas cuando atisbaron a lo lejos una luz de color verde que parecía una luciérnaga colgada de un árbol. A medida que se acercaban, la luz se hizo más visible: era el letrero luminoso de un club nocturno. El camionero se desvió por un ramal de la carretera que llevaba hacia la luz. Los frenos del camión resoplaron como potros cansados. Centeno dijo: “Vamos a tomar algo y a dar de beber a Briones”. Se apearon. El aire olía a cerdo y a pescado. Varios camiones allí apartados, cargados con productos para el estómago de la gran urbe, goteaban agua del deshielo de las cajas con la pesca y orín de las reses que llevaban al matadero.

Centeno examinó el entorno, se acercó a la caja del camión, dio tres golpes con la mano abierta y gritó: “¡Egonaldi ostatu!” (Parada y fonda). Una voz le contestó desde dentro: “¡Goacen!” (Vamos).

Entraron en el bar-club y se acercaron a un mostrador de tabla barnizada, al fondo del cual se veía a una anciana haciendo migas en una sartén negra sobre la chapa de una cocina de hierro. En un extremo de la barra, una mujer rolliza y escotada se descolgó de un taburete y vino hacia ellos. Les preguntó qué deseaban tomar y por donde. Pidieron dos cervezas y una cazuela de “eso que huele tan bien”, dijo Centeno señalando a la anciana.

–Tienen mucho ajo –advirtió la moza, guiñándole un ojo.

–El ajo es bueno desde el punto de vista moral –dijo Lucas.

–¡Anda éste! –Exclamó la moza.

–¿Entonces…? –Dijo la moza mirando a Centeno.

–Hoy llevamos prisa.

–¿Ni una mamadiña?

–Vamos apurados de hora, hermosa.

Del fondo del bar-club, apenas iluminado por una lámpara de neón ensombrecida por una nube de mosquitos, llegaban risas femeninas y sonidos guturales.

Bebieron un trago de cerveza y comenzaron a aplicar la cuchara a la cazuela de migas. Sonó la puerta como un gato malherido y entró un tipo joven con barba negra de varios meses que mantuvo sujeto el portón hasta que entró una muleta de palo y después el palo de otra muleta y entre ambas, una pierna con un anciano encima.

–Egun gaur –saludó el de barba.

–Kaixo –le correspondió Centeno.

El barbudo ayudó al viejo a sentarse a una mesa junto a una ventana y después se acercó a la barra a ver lo que había de alimento. Pidió vino y migas e intercambió unas palabras con Centeno. El camionero le presentó a Lucas y el barbas le miró detenidamente. “Es de confianza”, dijo Centeno. “Salió de los frailes y va hacia Madrid”, añadió. El barbado le tendió la mano y Lucas se la estrechó. Se llamaba Argala y tenía la cara alargada como los caballos.

–Eta gizon zaharra? (¿Y el viejo?) –Dijo Centeno.

–Hementxe pilatze (Aquí mismo se queda).

–Hementxe? (¿Aquí?) –Dijo Centeno.

Argala asintió con la cabeza y se sentó a la mesa con el anciano, que se había quitado la chapela y se acariciaba la pelusa cana.

Centeno pidió otra cerveza fría, pagó las consumiciones y dijo en voz alta, para que le oyeran: “En marcha pues”. Salieron, dio de beber a Briones unos calderos de agua que extrajo de un pozo cercano, se acercó al bar-club, golpeó el cristal de la ventana y, acto seguido, salió Argala y se encaramó a la caja del camión.

–¿No viene el señor mutilado? –Preguntó Lucas.

–Se queda ahí a putas; lo recogeré a la vuelta –dijo Centeno.

El camionero puso la radio y escucharon noticias insustanciales y jotas y cante flamenco rayado de interferencias, y después de otra parada para dar de beber a Briones, comenzaron a subir muy despacio la cordillera central hasta que una hora después llegaron a la cima de un puerto y desde lo alto se asomaron a un valle, al fondo del cual se oteaba la gran ciudad a lo lejos como un enorme cetáceo tumbado entre la bruma lechosa del amanecer. Aquello era Madrid, la antigua Ursaría, tierra de osos.

Antes de entrar en la trama urbana, que comenzaba en la plaza de Castilla, Centeno arrimó el camión a la orilla de la calzada y Lucas se bajó y le agradeció el transporte. El camionero le deseó suerte. El hombre con barba se apeó también. Llevaba un macuto grande de lona militar con varias capas de roña y una gran bolsa deportiva de Munich-72. Golpeó la chapa del camión y gritó: “¡Agur!” Luego se volvió hacia Lucas e hizo un ejercicio de estirar las costillas antes de inclinarse y echar el macuto al hombro. Lucas observó el esfuerzo y se aprestó a ayudarle, agarrando a su vez la bolsa. Pesaba bastante, como si llevara plomo.

Mientras caminaban hacia una hilera de casas donde se veía un café-bar, Lucas le preguntó por qué no había viajado en la cabina, donde había sitio suficiente y habría ido más cómodo, y aquel Argala le contestó que toda precaución es poca y que solía viajar de incógnito. De hecho, era un viajero clandestino. Entraron al café-bar y el barbudo le preguntó si conocía la ciudad, a lo que Lucas respondió que no, que nunca había estado en ella. El viajero clandestino se interesó:

–¿No tienes familia, pues?

–No conozco a nadie.

El viajero clandestino le hizo otras preguntas y Lucas le contó su circunstancia, después de lo cual, aquel Argala se quedó en silencio, como pensando algo importante. A continuación sacó un bolígrafo, escribió algo en una servilleta de papel y se la entregó.

–Guárdatela –le dijo.

Lucas leyó lo que había escrito. Era una dirección urbana. Introdujo la servilleta en el bolsillo trasero de su pantalón de tergal. Pero, instantes después, Argala abrió la boca masticando la pasta de un churro y le preguntó qué ponía en la servilleta. Lucas repitió la dirección.

–Bien, pues ahora dame ese papel.

Lucas se llevó la mano al trasero y le entregó la servilleta. El barbudo hizo una bola con ella y se la comió. Era un tío raro.

–Si quieres hacer algo útil o ir al monte, ya sabes.

–¿Útil como qué?

–¡Joderlos, lahostia! ¿Qué va a ser?

–Claro, claro –respondió Lucas.

–Si te decides, te acercas a esa dirección y metes una carta por debajo de la puerta diciendo donde podemos contactar contigo, ¿de acuerdo? Si no, olvídala, ¿estamos?

–Claro.

–Y no lo comentes a nadie, ¿estamos?

–A nadie, claro.

El barbudo le estrechó la mano, apuró el vaso de café con leche, se puso en pie, cargó el macuto al hombro, empuñó la bolsa, dijo “agur” y se largó sin pagar. Parecía un desertor del frente de batalla. Sin duda llevaba el fusil y las granadas en aquella bolsa deportiva que pesaba demasiado, se dijo Lucas mientras pagaba las consumiciones. Cuando salió del café-bar, alcanzó a ver a aquel Argala que se perdía a lo lejos por una boca del metro.

Caminó hacia el centro de la ciudad y al mediodía llegó a la famosa Puerta del Sol, kilómetro cero de España, y recorrió la extensión de la plaza tratando de adivinar el balcón al que se asomaba Rubén Darío. Leyó el rótulo del hostal París en el que, según sus lecturas, se había alojado el poeta, y entró a preguntar si estaba en lo cierto. Una mujer de pocas palabras y guardapolvos azul le señaló una foto muy antigua del poeta de las libélulas. El precio del hospedaje era muy alto y puesto que la mujer afirmó que no había rebaja hasta octubre, se despidió en busca de una hospedería más barata. Encontró una casa de huéspedes situada en una calle cercana que se llamaba del Príncipe. Una mujer que olía a gato le asignó una habitación abuhardillada con derecho a cuarto de baño compartido, le cobró una semana por adelantado y le entregó las llaves.

Díez días pasó Lucas callejeando de un lado a otro de la antigua Ursaría. Tal como le había indicado aquel Argala, entró en el primer edificio con bandera, donde un ujier muy amable le indicó que el asunto de la muerte de un minero enfermo correspondía a los sindicatos. A partir de aquel momento todo fueron dificultades. Preguntó a varios viandantes y localizó la sede de los llamados sindicatos. Allí, un tipo con gorra de general y bigote de mosca, situado detrás de un mostrador de despachar pólizas e impresos, le indicó que hiciera el favor de esperar a que llegaran los de información. Pasó dos horas sentado en una silla de plástico amarillo que se alineaba en una esquina de aquel hall, junto a unas plantas verdes, también de plástico, sin que los de información dieran señales de vida. Hombres de vientre abultado y camisa azul con yugos y flechas bordados en la pechera entraban y salían hablando en voz alta de salarios y convenios. Algunos fumaban puros del color de mierda de perro y dejaban tras de sí un olor apestoso. Ninguno de los que entraban era de información.

–¿No han venido los de información? –Preguntó por tres veces al hombre de gorra y el bigote de mosca.

–Pues no, y no creo que aparezcan ya –dijo mirando su reloj de pulsera.

–¿Y usted no me podría indicar…?

–Pues no; las consultas, en información.

–¿Entonces…?

–Entonces, a joderse, ¿verdad? Vuelve mañana si quieres.

Al día siguiente se encaminó directamente hacia la ventanilla de información, donde una mujer gruesa con cara de botijo y ojos diminutos, protegidos por unas gafas de culo de vaso, examinó con desgana el certificado de defunción del Viejo e hizo un gesto de asco cuando Lucas le preguntó si tenía derecho a pensión de huérfano por los años de trabajo penitenciario del Viejo.

–¿Tú qué crees? –Le respondió la mujer en tono desafiante.

–No sé, señora, por eso vengo a preguntar.

–¡Habráse visto, estos rojos de mierda! –Gritó la mujer.

Lucas recogió los papeles del Viejo y se alejó. Pero el hombre del bigote de mosca, que había oído la expresión de la mujer, le ordenó con voz enérgica: “¡Alto ahí, joven!” Él se quedó paralizado y el hombre se acercó con torpe paso de sapo.

–¿Qué le has dicho a doña Margarita?

–Nada, señor.

–¡Cómo que nada, chaval! ¿La has insultado, verdad?

Lucas negó convincentemente y le explicó que sólo le había preguntado si como hijo de un minero fallecido a causa de la silicosis contraída en los años de trabajo penitenciario tenía derecho a recibir una pensión de orfandad. Eso era todo.

–¿Y no le has dicho algo más?

–Nada, se lo aseguro, señor.

El hombre giró torpemente la cabeza hacia la ventanilla, ocupada por la gruesa cara redonda de la mujer de ojos diminutos, y luego, volviéndose hacia Lucas, le dijo en voz baja:

–Está mal follá.

Y tras aconsejarle que realizara la consulta en un organismo llamado instituto nacional de previsión o algo por el estilo, añadió alzando de nuevo la voz: “¡Lárgate y no vuelvas a pisar por aquí!”

En la sede de aquel llamado instituto nacional de previsión consiguió al tercer día hablar con el responsable del negociado pertinente, un hombre de mediana edad, con el pelo pajizo, que no hacía más que olerse las uñas y se llamaba don Enric. Después de escuchar su consulta, el hombre le dijo con voz oscura, sin dejar de olerse las uñas, que existía una posibilidad, si bien, remota, de obtener algún derecho, para lo cual debería satisfacer el consiguiente porcentaje de tramitación a través de una gestoría con letrados expertos en tramitaciones difíciles, cuya dirección le anotó en un trozo de papel, de lo que dedujo Lucas que aquel funcionario de previsión proveía para algún socio.

Acudió, no obstante, al negociado o agencia certificadora y gestora de trámites, una oficina con un cuadro del jefe del Estado con el brazo derecho muy estirado y la palma de la mano extendida, donde una mujer muy amable le envió al Ministerio de Justicia a obtener un certificado de penales al tiempo que le ordenó presentar otros certificados: de nacimiento, de bautismo y de buena conducta, así como una fotocopia compulsada del libro familiar, otra fotocopia del documento nacional de identidad y varias fotografías. Todo eso en lo atinente a su persona en calidad de solicitante. Y en lo referente al finando, es decir, al Viejo, debía aportar documento judicial de condena, certificación del organismo de redención de penas, certificación contractual de la sociedad o empresa a la que el recluso había sido asignado, certificación o extracto de emolumentos percibidos, certificación de aseguramiento, certificación episcopal de buen comportamiento, certificación gubernativa de buena conducta social posterior y certificación, por último, de defunción.

Una semana llevaba callejeando de un negociado a otro de la antigua Ursaría cuando un teniente militar con bigote reglamentario le recibió en una oscura oficina de secretario judicial y le puso al corriente de que su señoría el excelentísimo señor presidente del Tribunal Militar Central tardaría no menos de dos años en expedir la certificación de condena a trabajos forzados del Viejo con la consiguiente redención de la pena, siempre y cuando hubiese quedado constancia de la resolución judicial de la condena, lo cual requería que hubiese sido archivada por la junta judicial de zona y fuese hallada en aceptable estado de conservación, lo que resultaba altamente improbable habida cuenta de la precariedad archivística y del mucho tiempo transcurrido desde la proclamación del Glorioso Alzamiento Nacional.

No obstante, Lucas escribió allí mismo una solicitud al ilustrísimo presidente del Tribunal Militar Central recabando una copia del expediente de condena del Viejo y la consiguiente redención de pena. Tras añadir la fórmula al uso: “Es gracia que solicita a usted, a quien Dios guarde muchos años”, firmó la hoja holandesa y se la entregó a aquel secretario judicial, cuya desgana y escepticismo le dieron a entender que no lograría su propósito hasta que dieran peras los olmos.

El laberinto de trámites y certificaciones en el que aquellos tipos escondían los vestigios de sus injusticias, crueldades y arbitrariedades, le parecía interminable. Llegar al conocimiento de la verdad era como buscar la momia de Tutankamon, sólo que más complicado, debido a la tenaz resistencia de aquel ejército de burócratas vagos y malintencionados, algunos de los cuales iban armados. Algo había leído de Kafka al respecto.

Mientras caminaba de un negociado a otro, o hacia la abuhardillada habitación de la pensión, no dejaba de observar las caras de las muchachas con las que se cruzaba por si alguna era Chin. No creía en la casualidad, pero la casualidad existe. Algunas muchachas le miraban a su vez, aunque la mayoría esquivaba su mirada y sólo las menos agraciadas esbozaban una sonrisilla maliciosa.

Enseguida descubrió que el dinero es líquido, los líquidos se secan y el dinero se acaba. Su liquidez iba menguando deprisa. Aunque decidió alimentarse con bocadillos de calamares y gastar suelas en vez de dinero en el metro y los autobuses, se le iba acabando la magra herencia del Viejo. Según sus cálculos, sólo podría sobrevivir y sufragar la pensión una semana más.

Fue entonces cuando recordó la dirección del viajero clandestino y le escribió una carta exponiéndole su apurada situación y pidiéndole alojamiento por el morro. Llevó la misiva personalmente a aquella casa de vecindad, situada en una zona industrial del populoso barrio de Vallecas, y la introdujo por debajo de la puerta del tercero B. Supuso que aquel Argala le recordaría y tendría a bien contestarle positivamente, pero al cabo de cuatro días no había obtenido respuesta, de modo que escribió otra carta en un tono más apremiante, en la que, además de solicitar cobijo hasta que encontrara un trabajo remunerado, se ofrecía a realizar cualquier encomienda para “joderlos”, y sugería incluso con detalle los organismos civiles y militares que había visitado y que, por el trato que le habían dado, merecían un escarmiento.

La verdad es que el barbudo compañero de viaje no tuvo a bien contestarle ni para darle alojamiento ni, mucho menos, para requerir su colaboración, lo que, dada su penuria económica, le obligó a sortear a la patrona aquel domingo, levantándose temprano y saliendo a la calle antes de que llamara a su puerta para exigirle el pago de la semana por adelantado, lo que invariablemente hacía antes de acudir a misa de diez a una iglesia de la calle de Atocha. Tuvo, eso sí, el esmero de dejar una nota en la puerta diciéndole que regresaría y pidiéndole que guardara sus cosas hasta más ver. En realidad sólo tenía unos calzoncillos y una chupa de cuero negro que le quedaba pequeña.

Fue entonces cuando, a los pocos minutos de salir a caminar por la sucia ciudad en busca de Chin, vio en una calle cercana a la pensión un letrero escrito a tiza sobre el vidrio del escaparate de una taberna que decía: “Se precisa camarero”. Sin pensarlo dos veces ni contar hasta diez, entró a interesarse por el empleo. El establecimiento estaba vacío. Batió palmas y emergió un hombre desde una cueva situada detrás de la barra.

–¿Qué va a ser?

–Me interesa el trabajo que anuncian.

El hombre le miró de arriba abajo, como buscando algún defecto de hechura.

–¿Cómo dices que te llamas?

–Lucas Ubiese, ¿y usted?

–Leonardo.

–¡Ostras!, como el gran pintor, el genial inventor del Renacimiento…

–Oye chico, yo de pintura no sé, pero lo que es inventar, algo he inventado.

–¿Qué ha inventado señor Leonardo?

–Un cepo –dijo el hombre.

Se trataba de un camarero rollizo, de mediana edad y estatura, mal afeitado, de pelo negro, aplastado y alisado hacia atrás, rostro sanguíneo y voz gangosa. Su camisa blanca aparecía adornada con dos grandes manchas de sudor bajo los sobacos.

–¿Un cepo? –Se sorprendió Lucas.

–Si, chico, un cepo superior para cazar garduñas, liebres, conejos y otros bichos, ya sabes –explicó el hombre.

–¿Lo patentó y eso?

–Yo del gobierno nunca he querido saber nada… Entonces andaba de pastor y la caza a cepo estaba prohibida.

–Pero se cazaba.

–Nos ha jodido…

–¿Y se ganaba dinero?

–La piel de zorro y de conejo se pagaba. ¿De qué si no habría ido yo a América?

–¡Ostras! ¿Estuvo en América?

–Sí, chico, en América.

–¿Y allí inventó más cosas?

–¡Quía! Allá está todo inventado.

–Pero cuando uno tiene ingenio y se llama Leonardo, digo yo que donde menos se espera salta la idea.

–¿La idea..? ¡Menuda cosa! Lo que obliga a discurrir es el hambre, chico.

–Lleva razón.

–¡Nos ha jodido!

Entró un joven en camiseta con dos barras de hielo al hombro y las soltó sobre el mármol oscuro de la barra. El camarero le dio unas monedas y colocó el hielo en una cámara de zinc. Después agarró dos vasos y los llenó de cerveza rubia espumosa.

–Echa un trago –le dijo tendiéndole un vidrio.

–Muchas gracias, señor Leonardo.

–Llámame Raba.

–¿Eso que quiere decir…?

–Raba quiere decir Rabadán.

–¡Ah, claro! Como anduvo usted de pastor…

–Con el grado de rabadán, chico.

Lucas bebió un sorbo de cerveza. Estaba caliente. El camarero bebió a su vez y después le preguntó por qué le interesaba el trabajo. Él dijo que por el dinero.

–Esto es muy esclavo, chico –le advirtió Raba.

–Ya, pero necesito ganarme la vida.

–¿Ganar la vida..? ¡Menuda cosa…! La vida siempre se pierde, chico.

–Ya, pero mientras tanto…

–¿Qué experiencia tienes?

–Ninguna.

–¿Ninguna?

–Ninguna, señor Rabadán.

–¡Pues estamos jodidos!

Apuró el vaso de cerveza, carraspeó, le miró fijamente con sus ojos saltones y resolvió:

–¡Claro que tienes experiencia, chico! Si yo no he entendido mal, tú has trabajado en el Danubio. Es más, vienes de parte del teniente Piedrafita…, conque andando, vamos a ver al jefazo.

Se notaba la premiosa necesidad de un camarero y Lucas siguió a aquel hombre por el pasillo entre las mesas de mármol hasta el final del establecimiento. Era un local largo, con un recodo en el fondo y una ventana que daba a un patio de luces. Una placa dorada sobre una portañuela ponía: “Mingitorio”, y otra: “Privado”. Entraron por ésta hasta la cocina. Una mujer gruesa que dijo llamarse Tinina freía albondiguillas. Olía bien allí dentro. Rabadán subió unos escalones y llamó a otra puerta. Era la oficina del jefazo. Se oyó un “adelante” y Raba abrió la puerta e invitó a Lucas a presentarse ante el jefazo. Se trataba de un hombre de edad mediana, de rostro anguloso y pálido. Llevaba una corbata de color limón sobre una camisa azul y vestía una americana beige con un clavel rojo en la solapa.

–Marzo, aquí te traigo otro aspirante; creo que este vale; ha trabajado en el Danubio y conoce al teniente Piedrafita.

El hombre se apeó las gafas de la punta de la nariz y se puso a mirar de arriba abajo al muchacho como se mira a un troteras, hizo una mueca de desagrado, le pidió que se diera la vuelta, que se colocara de perfil y que le mostrara las manos.

–¿Así que del Danubio, eh?

Lucas puso cara de circunstancias.

–¿Cuánto mides?

–Uno sesenta, señor.

–¿Cuánto pesas?

–Cuarenta y ocho kilos.

–¿Cuánto corres?

–Bastante, señor.

–¿Y en zapatos?

–Menos, señor.

–¿Cómo te llamas?

–Lucas Ubiese, señor.

–¿Y de cuentas cómo andas?

–Creo que bien, señor; estudié aritmética hasta que me pasé a letras.

–¿De escritura bien?

–Creo que sí, señor.

–¿De donde eres?

–Del Norte.

–Así que mides uno sesenta, pesas poco, corres bastante, sabes aritmética, lees y escribes correctamente, te llamas Lucas, eres del norte, crees en Dios…

–Tengo mis dudas.

–¡No me interrumpas!

–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo.

–¡Joder…! ¿Y estás dispuesto a trabajar de nueve a tres y de cinco a diez?

–Sí señor.

A continuación, como quedó dicho, aquel jefazo le llamó cara de boñiga y Lucas se aguantó, lo que fue interpretado como un signo positivo, es decir, de docilidad, por el jefazo, que decidió contratarle mediante el método del apretón de manos.

Cuando salió del despacho y regresó sobre sus pasos, Leonardo Rabadán o Raba, que había vuelto a su labor detrás de la barra, le preguntó qué tal.

–Bien; no me ha disparado.

–Es un fanfarrón, pero buena gente –dijo el veterano camarero.

–¿Por qué va armado?

–Por si acaso.

–¿Qué acaso?

–A saber, chico… Cuentas pendientes. Lo importante es que te ha contratado.

Acto seguido, el veterano camarero agarró una bayeta y borró el letrero del vidrio del escaparate, en el que había colocado una variedad de frascos de cerveza de importación y una merluza con la boca abierta, con un limón entre los dientes, tendida al sol como una sirena sobre un lecho de helechos. Luego se volvió hacia Lucas y dijo:

–Pues ya eres camarero, chico.

–Pero no tengo ni idea de esto.

–¡Claro que la tienes!

–Usted sabe que no.

–Yo sólo sé que has trabajado en el Danubio, ¿o no?

–¿Ese río largo y caudaloso que nace en Alemania, cruza media Europa y desembocaba en el Mar Negro, por debajo de la antigua Tulcea, casi tan vieja como Roma?

–No hombre, no, el Danubio de La Castellana.

–De acuerdo. Pero usted sabe, señor Raba, que no tengo experiencia en esto.

–No importa; tú mañana te traes unos zapatos oscuros, un pantalón de tergal negro, una chaquetilla blanca, la camisa blanca y la corbata negra, y ya verás como el hábito hace al monje.

–Supongo que usted me enseñará.

–Desde luego, chico; de momento ya has aprendido la primera lección.

–¿Cuál, señor Raba?

–Nunca digas la verdad, salvo en peligro de muerte.

La gran novela de Key Good sobre la restauración borbónica en España

La Mariblanca, según un sello de la II República
La Mariblanca, según un sello de la II República

El 24 de mayo del año en curso (2014), una semana antes de que se produjera la abdicación del rey Juan Carlos I de España, emprendimos en este blog de novela y periodismo la gran aventura de la publicación de la novela de Key Good La verán mis ojos. Fue un acierto extraordinario, a tenor del gran número de lectores que han podido acceder gratuitamente a este relato ambientado en el Madrid de los últimos años de la dictadura militar franquista, un régimen cruel y despiadado que soportaron los españoles durante cuarenta años y que se caracterizó por la corrupción absoluta del poder absoluto, la pobreza de los súbditos, la ignorancia y el miedo.

El relato refleja extraordinariamente bien aquella situación a través de personajes sencillos y amenos, miembros de la clase trabajadora y laboral, como son el protagonista Lucas Ubiese; el camarero Leonardo Rabadán o Raba y el librero republicano Nemesio Quintana o Nequin, de quien, al final del relato descubrimos que ha vivido la mayor parte de su vida embozado en el nombre y la documentación de un falangista muerto y se ha librado de ese modo de la represión y limpieza de demócratas a sangre y fuego que acometieron los militares sublevados contra la II República tras su triunfo con el apoyo de Hitler y de Mussolini en la guerra de España.

A lo largo de esta novela histórica sobre el acabose de la dictadura y la restauración de los reyes Borbones mediante el sistema imperante en varios países europeos de Monarquía Constitucional, en el que los reyes reinan e influyen pero no gobiernan, intervienen como hilos conductores la búsqueda de la mujer de la que el protagonista Lucas Ubiese se enamoró cuando era un niño y la esperanza del librero Nemesio Quintana o Nequin de que, a la salida de la dictadura, los españoles puedan recuperar el régimen de dignidad y progreso que representó la II República. De ahí el título: «La verán mis ojos».

El regreso de los republicanos del exilio –personajes reales de carne y hueso– con sus historias, vicisitudes, sabiduría y ganas de vivir constituye una de las partes más emotivas y  apasionantes de un relato en el que finalmente prevalece la bondad, la convivencia y el amor verdadero, aquel que según Albert Camus sucederá una vez cada dos siglos.

El alto interés que ha suscitado esta novela, que consta de 32 capítulos, ha hecho que, previa consulta con el autor, la repongamos en este blog de modo que los lectores puedan acceder sin coste económico alguno a la lectura.

El autor KEY GOOD

Nació en Palm Springs, California (EEUU), en 1945 y estudio Ingeniería Aeronáutica e Industrial en la prestigiosa Escuela Superior de Ciencias Aplicadas (Seac) de Los Ángeles. De antepasados españoles –su bisabuelo Manuel Álvarez era originario de Abelgas (León) y recibió el apellido de Good, El Bueno, por su mediación en la guerra de anexión de Nuevo México, lo que le convirtió en alcalde de Santa Fé, donde dieron su nombre a un parque nacional y le erigieron una estatua–, Key viajó a Madrid en 1972 como especialista de una empresa aeronáutica contratada por el gobierno español para desarrollar y fabricar pequeños aviones de gran versatilidad en usos logísticos, de transporte y observación, destinados a las fuerzas armadas españolas y de terceros países. Good residió en la capital española durante la década de los grandes cambios y regresó a Los Ángeles, donde desarrolla su carrera literaria como novelista y guionista. Es autor de las novelas de éxito  Oceanside y The hunter of beams y de varios relatos publicados en The Angeles Times, donde ha realizado análisis sobre la transición española a la democracia. Gran conocedor de la historia y admirador de la cultura y el arte español, es padre de dos hijos, el de mayor edad, Daniel D Carpintero, reside en México, donde se desempeña como narrador y promotor de Ideas de Tierra. Su hijo menor, el licenciado en Bellas Artes, profesor y pintor Alejandro Carpintero, conserva la nacionalidad española y ha ganado merecido renombre y varios premios en España. Posee dos cuadros en la exposición permanente del Museo Europeo de Arte Moderno (MEAM) de Barcelona. El escritor Good labora en la actualidad en un relato sobre las fuerzas científicas de la indignación, en gran parte inspirado en el movimiento de los jóvenes indignados españoles.

‘La verán mis ojos’ (XXXI): «Y entonces, Chin»

Cerca de la Puerta del Sol se encontraba el Hogar del Deportista, que estaba abierto toda la noche y se llama así porque tenía un fútbolín.
Cerca de la Puerta del Sol se encontraba el Hogar del Deportista, que estaba abierto toda la noche y se llama así porque tenía un futbolín..

Por KEY GOOD

Lucas caminó sobre las gruesas alfombras y entró en aquella sala de techo alto, del que colgaban tres grandes lámparas chispeantes. Era el principal salón de actos del hotel más lujoso de Usaría, un lugar frecuentado por políticos recientes, millonarios nuevos y viejos, oligarcas de toda la vida y personajes con títulos nobiliarios que en su conjunto obedecían a la común denominación de “esos cabrones”. La decoración del lugar, a base de tapices desplegados sobre las paredes con escenas de caza, motivos versallescos, damas con vestidos vaporosos y sombreros complicados e infantes rollizos que correteaban medio desnudos por unas praderas con lagos, le pareció cargante y horrorosa. Ante las hileras de sillas alineadas y configuradas para grandes culos se elevaba una tarima de medio metro, cubierta con una alfombra del color tinto. Unos claveles chinos, rojos y amarillos, componían una bandera de España con forma de abanico prendido de unas cortinas azules que anulaban los reflejos y servían de fondo de escenario.

Lucas ocupó una de aquellas sillas, en una esquina, hacia la mitad de la sala. Entraban mujeres aromáticas y hombres gruesos. Casi todos sonreían satisfechos y se saludaban unos a otros de una manera efusiva, como si se alegraran de verse y de reunirse en aquel protegido y selecto lugar. Un pianista con pajarita, instalado en un ángulo de la sala, tocaba con suavidad una pieza que podía ser del maestro Rodrigo o de otro compositor patrio. Un hombre alto, con traje negro y corbata de cuadros rojos y blancos que recordaban un paño de cocina, pidió silencio, dio las buenas noches a las señoras y señores y anunció que en “breves minutos procederemos a dar comienzo al acto”. Lo de los “breves minutos” y lo de “proceder” se decía mucho porque “a nivel de minutos” los españoles querían ser tan puntuales como los europeos y “a nivel de proceder” eran gentes de procedimiento. El pianista seguía tocando. Los invitados seguían llegando. Al cabo de aquellos “breves minutos”, el hombre de corbata de paño de cocina volvió a pedir silencio y anunció: “Señoras y señores, vamos a proceder a dar inicio al acto”.

Entonces salieron de detrás de las cortinas cuatro hombres muy elegantes y una mujer entrada en carnes y en años que lucía un valioso collar de perlas de varias vueltas en el pecho y mientras la dama y tres caballeros se sentaban en unos sillones fraileros debidamente mullidos, dispuestos a la derecha del escenario, uno más calvo que una bombilla, grueso y con una papada que le colgaba del cuello de la camisa con pajarita, avanzó hacia el micrófono, que salía de una tarima como si fuera una mazorca de maíz con el tallo vencido por el peso del fruto, y comenzó a pronunciar un monólogo oficial. La aguda y fina voz infantil de aquel tipo no se correspondía con su corpulencia. El piano enmudeció en cuanto dio las buenas noches y comenzó a hablar de la cultura y el cultivo, del alimento y el condimento, del pacer y del placer, del cordero y el cabrito, del vino bien bebido y bien venido… Aquel hombre era un ministro. Acompañaba su ripiosa alocución con rotundos gestos de brazos. ¿Dónde había visto Lucas una escena similar? Tal vez la había leído en algún libro. El caso es que los gestos de aquel señor ministro parecían los de un gato negro con el pecho blanco que estuviera boxeando con una mariposa. Le entraron ganas de reír. Cuando acabó el discurso, le aplaudieron mucho. ¿Habrá noqueado a la mariposa?, se preguntó Lucas, poniéndose en pie y aplaudiendo a su vez para no desentonar. El pianista pulsó con fuerza las teclas e hizo brotar una marcha que parecía del polaco Chopin o vaya usted a saber.

A continuación se acercó al micro otro hombre con traje de pingüino, lo inclinó para ponerlo a la altura de su boca y, en calidad de secretario del jurado, leyó pausadamente una especie de resolución seguida de los nombres y apellidos de cinco individuos. Lucas sólo escuchó el nombre de Richard. Y entonces apareció su hermano como si fuera un actor. Tenía un aspecto muy saludable. Vestía un traje de alpaca de color azul metálico, con camisa blanca y corbata azul celeste. Calzaba unos limpísimos mocasines negros. No sonreía como los demás premiados que se alinearon a la izquierda del escenario. Su pelo largo, negro, brillante y revuelto, y su fealdad atractiva y montaraz convertía en prescindible la sonrisa. Colocó sus manos a la altura de los testículos y cuando los miembros del jurado se levantaron para condecorar a los premiados, inclinó su testa para facilitar la maniobra del condecorador que le tocó en suerte, un señor con cara de sabio y pelo alámbrico que  le colgó un medallón al cuello. Era el símbolo que le distinguía como uno de los cinco mejores cocineros del reino y le adscribía a una orden o prestigiosa cofradía de la buena mesa. Los asistentes aplaudieron y el pianista interpretó otra marcha que parecía la de los Nibelungos o vaya usted a saber, pues Lucas no tenía oído ni conocimientos musicales.

A continuación, Richard, que era el más joven de los galardonados y, al parecer, había sido designado por sus colegas para que dijera algo, sacó un papel del bolsillo y se acercó al micrófono. Al oír su voz, Lucas sintió un escalofrío de emoción, seguido de un intenso temor a que balbuciera y se trastabillara con las palabras. Nunca había hablado bien, todo seguido. En eso se parecían mucho. Pero su temor se disipó enseguida cuando Richard saludó en castellano, catalán, gallego y euskera a los reunidos, lo que produjo una sensación fenomenal, y luego prosiguió en inglés, francés, portugués, alemán, sueco, holandés, italiano, griego, serbocroata, ruso y chino mandarín, pues el evento tenía una dimensión internacional y allí había representantes diplomáticos e invitados de los cuatro puntos cardinales. No se equivocó ni una sola vez.

Después, en castellano, dio la noticia de que el planeta ya produce alimentos y condimentos suficientes para cuantos seres lo habitamos, siempre y cuando los humanos no lo esquilmemos. “Es una gran noticia –dijo–, pues significa que todos los seres vivos podemos crecer y desarrollarnos armónicamente. Y también significa que si hoy en día más de seiscientos millones de semejantes nuestros padecen un hambre crónica, que es la que mata, y carecen de alimentos suficientes para sobrevivir se debe a que otros tantos millones comen lo suyo y lo de ellos. Es más, algunos sólo viven para comer mientras otros no pueden vivir por no tener qué comer. Y al decir algunos, me refiero a los especuladores y acaparadores de las materias primas necesarias para que un tercio de la humanidad no pase hambre. Acaparadores de arroz, cereales, sémola, soja… Especuladores que revientan… los precios. Es el momento, amigas y amigos, de la conciencia, de la ciencia del corazón y también de la razón. ¿Cómo podemos pedir a los que no tienen para comer que no maten, no roben, no odien… y que se comporten civilizadamente y aprecien e incluso luchen por la libertad? Primun vívere de in de philosophare, dijo Lucio Anneo Séneca. Y dijo bien. Podía haber dicho más: primun edere de in de vívere, porque para vivir es necesario comer, alimentarse, eructar. Y eso requiere un condimento esencial: se llama justicia social y distributiva, se apellida equidad y se escribe con más equilibrio entre el Norte opulento y el Sur hambriento o, si lo prefieren, entre los países ricos y los países empobrecidos, o si lo aceptan y seguimos descendiendo a un país concreto, a una región, a un pueblo…, entre los que tienen demasiado y los que tienen demasiado poco. Como jornalero que dedica su jornada a hacer más agradable la vida de los demás no podía dejar de invocar ante ustedes, que poseen conciencia, la situación de tantos millones de semejantes nuestros cuya vida es un calvario, un martirio y un infierno. Nosotros, amigos y amigas, cocinamos y también investigamos, y les aseguro que no está lejano el día en que, con los hallazgos de las propiedades nutritivas de los vegetales y los minerales, junto con avances científico-técnicos, consigamos derrotar la avaricia y alimentar saludable y sabrosamente a todos los seres humanos. Así sea y así será, no lo duden”.

Los asistentes encajaron el monólogo y le aplaudieron, pero aplaudieron todavía más al maestro de ceremonias cuando, a continuación, invitó a los reunidos a pasar a los salones contiguos para degustar las delicias gastronómicas preparadas por aquellos grandes cocineros que, en justa compensación a su premio y reconocimiento, deseaban alegrar el paladar de los allí congregados, unas trescientas personas, poco más o menos. Al oír estas palabras, Lucas se incorporó y se acercó al escenario para abrazar a su hermano, que enseguida se vio envuelto por el público y los colegas de profesión. Después, al volver la cabeza hacia la muchedumbre, pudo ver al fondo de la sala la boina de Nequin y el moño de doña Luisa y se abrió paso hacia ellos.

–¡Qué alegría que hayan venido!

–¿Ese Richard que habló es tu hermano? –Le preguntó Nequin.

–Sí, abuelo.

–¡Un tío cojonudo!

–Pasemos al refectorio y se lo presento –propuso Lucas.

–Hay que esperar a la Rubia, que ha salido a empolvarse la nariz –dijo doña Luisa, incrementando con sus palabras el contento de Lucas por la presencia de la apasionada churrera.

Richard estaba ocupadísimo, contestando a preguntas de periodistas y de no pocos degustantes, sobre todo, damas que deseaban saludarle y conocer los secretos de la elaboración de los distintos platos y pinchos que iban probando. Algunas le pedían un autógrafo, otras solicitaban recetas y otras querían su número de teléfono. Él distribuía tarjetas del lujoso restaurante cuyos fogones dirigía en aquella isla de veraneantes en la que vivía. A Lucas le costó trabajo alejarle de algunas mujeres más pegajosas que las moscas, y, poco a poco, logró conducirle hasta la mesa ante la que don Nequin, Luisa y la Rubia del Portugués movían sus mandíbulas.

–Te presento a mi familia –le dijo cuando llegaron a aquella esquina del salón.

–Que también es la tuya –se apresuró a añadir Nequin, tendiéndole la mano con determinación y afecto–. ¡Magnífico discurso, muchacho! Quizá, demasiado claro para esta gente de alcurnia –matizó.

–Diga usted que no, que ha hablado muy bien, para que lo entiendan –dijo doña Luisa, corrigiendo a su marido.

–¿Usted cree que lo han entendido?

–Lo dudo –contestó ella.

–Yo también –dijo Richard.

La conversación prendió enseguida. La Rubia se sentía feliz de conocer al hermano de Lucas, mucho más alto y robusto que él, y le prodigó aquellas miradas insinuantes que lanzaba a los hombres que le gustaban. Doña Luisa se interesó por su trabajo y su familia, que, por el momento se reducía a su hermano Lucas y a una tía muy querida, hermana del Viejo, la tía Zulaica. El hombre de pelo alámbrico que le había colgado el medallón al pescuezo se acercó al corrillo “familiar”, realizó una leve genuflexión saludando a los congregados y, luego, abrazó a Richard, le palmeó la espalda y le preguntó si estaba contento, a lo que él contestó que “mucho”. El hombre le susurró que le había gustado su discurso “progresista”, a lo que Richard replicó: “Tomeu, Tomeu, no mientas, que ya sabes que es pecado”. El hombre le había cogido los antebrazos y le acercó hacia sí: “De verdad te lo digo”. Richard, sin perder su seriedad, le llamó “enredador” o algo parecido, pues Lucas, que se mantenía al lado, no pudo escuchar bien por culpa del pianista, que seguía tocando marchas digestivas. El hombre, sin permitir que Richard se separase de él, le susurró: “El Rubio te manda un saludo”. Richard realizó un gesto de admiración y separándose un poco le contestó: “Déle usted un puñetazo en el estómago de mi parte”. Luego consideró cortés presentar a su hermano, al librero, la esposa de éste y a la Rubia. El hombre de pelo alámbrico tuvo mucho gusto en saludarles, bebió una copa de vino con ellos y a continuación se despidió y se perdió entre los corrillos de gente cuya elegancia no le impedía asaltar las bandejas de exquisitas viandas y copas con los mejores caldos que distribuían los camareros.

–Parece un hombre muy importante –dijo doña Luisa, mirando a Richard, en referencia al tipo que lo había condecorado.

–Lo es –dijo Richard.

–¿Industrial o eso…? –Inquirió la Rubia.

–No, fraile.

–¡Qué interesante! –Exclamó doña Luisa.

–¿Un fraile sin vientre? –Se sorprendió Lucas.

–Es fray Fi… Bueno, fray Tomeu, pero le molesta que le llamen fray. Aunque es sedentario, hace ejercicio y mantiene cierto equilibrio alimentario. Es un buen amigo, un padrino. ¿Por qué creen que me han dado este premio y me han permitido decir lo que he dicho?

–Ni idea –dijo Lucas.

–Porque además es amigo y confesor del Rey.

–¡Joder!

Al oír eso, don Nequin giró sobre si mismo y se acercó a Richard queriendo saber si conocía al monarca y si era tan golfo como decían, a lo que Richard contestó que si bien había cocinado bastante para la familia real y sus invitados en aquella isla, lo que es conocer, no le conocía, pero le había saludado y tenía una buena impresión y opinión de él, pues le parecía cordial, cercano, un poco irónico y socarrón, de una gran simpatía, tolerante, buena persona y muy poco clerical.

Don Nequin disimuló su decepción y le preguntó si le gustaba comer bien, a lo que Richard contestó que como a todo el mundo. No era hombre difícil de satisfacer, pues le gustaba la carne y el pescado, desde una blandada de bacalao hasta una ración de rabo de toro deshuesado y regado con vino tinto de Rioja o de la Ribera del Duero y, sobre todo, del Priorato aragonés. Y en este punto le contó que una de las razones –no la más importante, desde luego– por la que su majestad prefería residir en la Zarzuela en vez de en el Palacio Real era, precisamente, la comida, pues había oído decir a su padre, don Juan, que en aquel palacio nunca se comía caliente. Al parecer, la cocina estaba tan lejos del comedor que la comida siempre llegaba fría.

Nequin y Richard siguieron hablando del PTL, o sea, el Pataslargas, hasta que doña Luisa intervino para recordar al librero que se le había pasado la hora de tomar la medicina, lo que Richard aprovechó para alejarse a saludar a determinados representantes extranjeros y despedirse de sus colegas, del señor ministro y de otras relevantes autoridades. Después volvió junto a Lucas y los que éste llamó “mi familia”, y tras degustar unos primorosos dulces de frutas, decidieron que era llegada la hora de retirarse y abandonaron el hotel de “esos cabrones”, acompañando a don Nequin y su esposa hasta una parada de taxis y luego a la Rubia hasta la esquina del Estado Mayor de la Armada, donde ella se despidió haciendo prometer a Richard que se pasaría por la Taberna del Portugués y besando amorosamente a Lucas.

Ya libres de ataduras, ambos hermanos se perdieron en la noche. Tenían tanto de qué hablar que cuando cerraron los cafetines nocturnos de la calle de Las Huertas siguieron hablando y caminando por el entramado de callejuelas de la almendra de Ursaría. Pasaron por delante de La Campana, del Gayango, de la tienda de la ratita. Lucas le iba contando sus tropiezos, errores y aventuras. Le habló de Raba, de los milicos, los galguistas, los taurinos… También del jefazo Marzo, un hombre armado con cuentas inconfesables a sus espaldas.

Desembocaron en la Puerta del Sol y Lucas condujo a Richard hasta el Hogar del Deportista, un establecimiento situado en el primer piso de un edificio de la calle Mayor, que se llamaba así, del Deportista, porque tenía un futbolín. Para entrar había que pulsar un timbre y dar la contraseña, que siempre era la misma: “Vengo a jugar al futbolín”. El lugar era frecuentado por noctivagos, bohemios y solitarios. La mayoría acudía a curar su soledad con vino y a consolarse con unas putas que ejercían en unas habitaciones de alquiler situadas en el piso de enfrente. A Richard le pareció un buen lugar para seguir hablando. Relató a su hermano los viajes que había realizado por Europa central y oriental. Había estado en Alemania y en Turquía. También en Siria, Irak y Persia. Se había convertido en un hombre de mundo. Su proyecto era viajar a China al objeto de aprender nuevas técnicas y aplicaciones culinarias. Aunque los norteamericanos y los europeos del norte eran su principal clientela, carecían de interés científico y cultural para él, pues no sabían comer, sólo beber. Y los norteamericanos especialmente engordaban con desmesura y crueldad. Él tenía el proyecto de enseñarles a educar el paladar, el olfato y el estómago. Era un proyecto secreto del que hablaba con detalle y pasión. Esas gentes lo tienen todo, decía, pero no saben, y al que no sabe y sabe que no sabe, hay que enseñarle. ¿En qué consistía su proyecto? Era una salsa con ingredientes diversos que había ido experimentado en secreto con comensales de aquella y de otras nacionalidades hasta lograr la perfección. ¿En qué consistía la perfección? En que aquella salsa iba bien con los platos más demandados y encantaba a los comensales por su aroma, textura, sabor, satisfacción y digestión. ¿Cuál era su composición? Richard la desintegró y se la describió con precisión milimétrica y porcentual como si fuera un físico nuclear o un químico sacerdotal del agua bendita. Tenía el proyecto de fabricarla, envasarla y exportarla en cantidades industriales al objeto de educar el paladar de aquellos bárbaros y además forrarse.

Richard era un hombre recio, enérgico, convencido y convincente. Quien le escuchaba, caía en su red. Desde su infancia, Lucas le había admirado por su valor y porque sabía lo que quería y lo conseguía. Era además uno de esos niños suicidas que no temen el peligro, se enfrentan al riesgo, lo superan y siempre salen ilesos. ¿Cómo lo hacía? Con una observación, un cálculo y una habilidad que se guardaba para sí, dejando que los demás creyeran que obraba alocadamente, sin pensar. Madre miraba con preocupación los manzanos que padre había injertado en el huerto porque, al parecer, había soñado que al niño mayor le iba a ocurrir algo muy malo en un árbol. Padre tomó en serio el aviso y les obligó a renunciar a su árbol y les prohibió tajantemente que se encaramaran a él. Pero eso no evitó que con los amigos de la banda –Juanito el Rubio, Mulero, el Peque y Julianín Bola de Sebo…– eligiesen sus árboles entre los plátanos del paseo principal de la ciudad. Trepaban a ellos, se escondían entre las ramas, miraban a la gente desde arriba y jugaban a llamar a los transeúntes con nombres supuestos: Ramón, María, Pepe, Antonia… Cuando acertaban, se reían de la confusión e incertidumbre que provocaban en los transeúntes, que miraban hacia atrás sin ver al que les había llamado y más de uno o una se encaraba con el que venía detrás: “¿Que quiere usted?”, a lo que el interpelado contestaba: “Nada, nada”. “¿No me ha llamado usted?”, insistía el que había escuchado su nombre. “¿Yo..? No señora, no”. Y seguían caminando perplejos y mosqueados. Cuando los viandantes se alejaban, ellos se desternillaban de risa y festejaban la confusión. En aquel juego, casi siempre ganaba Richard, pues solía acertar bastante.

–¿Te acuerdas de tu árbol?

–¡Vaya si me acuerdo! Ya será enorme.

–Tal vez ya lo ha talado el Ayuntamiento.

–No creo.

–Pues créetelo: pusieron un alcalde que odiaba los árboles. Una vez le preguntaron por qué quería arrancarlos y respondió el tío: porque son muy raros, se desnudan en invierno y se visten en verano. Se ve que le jodían las hojas secas del otoño, con lo bien que suenan al pisarlas… A aquello de los nombres, ganabas casi siempre y te forrabas de canicas.

–Y a imitar a los mirlos también ganaba.

–Es cierto.

La conversación oscilaba entre los recuerdos sobre padre y madre y las correrías y travesuras de la infancia, sobre el presente y también sobre el futuro. Entre los recuerdos apareció una de las motivaciones que había empujado a Lucas a Ursaría: la búsqueda de la sentencia del Viejo, cuya consecución le parecía imposible, a no ser que él empleara su influencia ante aquel fraile, Tomeu, para que los jueces militares la buscaran y se la entregasen.

Richard meditó el asunto. También él deseaba saber quiénes fueron los canallas que acusaron al Viejo y le jodieron la vida, pero no para pasarles factura por las penurias y sufrimientos que le infligieron, pues el diablo se los lleve si no se los ha llevado ya, sino para satisfacer un elemental derecho de justicia. “Veré lo que puedo hacer, pero me temo que todavía hemos de esperar”.

La otra motivación de Lucas para viajar a Ursaría era el deseo de encontrar a Charín, algo que, después de tanto tiempo de búsqueda, no había conseguido y que le llenaba de frustración.

Sobre el presente y el futuro, Lucas le manifestó sus dudas sobre el camino profesional que había emprendido. Ganaba poco dinero como reportero y daba clases de Graduado Escolar y Bachillerato para adultos de las 20:00 a 22:30 horas de la noche en una academia a la que acudían trabajadores del comercio y de los grandes almacenes del centro de la ciudad. Su vocación de enseñante le parecía semejante a la del médico a palos. Era un mal profesor. No lograba conquistar el interés de sus alumnos y, en cuanto empezaba a hablar, ya fuera de sintaxis, ortografía, historia o geografía los alumnos se dormían más deprisa que las gallinas. Encima, el dueño le pagaba tarde y poco. Y en cuanto al periodismo, aquella vocación de contar historias, rara vez le proporcionaba satisfacción, pues los reportajes duros, con alma contra los abusos e injusticias –por no hablar de la precariedad y vicisitudes de aquellos viejos republicanos cargados de secretos y vivencias–, eran convenientemente edulcorados para no molestar a los poderosos. Encima, la profesión, aunque menos corrupta, al parecer, que en otro tiempo, seguía infectada de bufones y babosos al servicio de los poderosos.

Richard escuchaba a su hermano tratando de comprender sus frustraciones. La vida nunca fue fácil para los pobres. Se reía y celebraba el cambiazo del maletín a los milicos y a los nazis. No es que él no tuviese dudas sobre el oficio que había elegido, es que no tuvo más remedio que colocarse de pinche de cocina para sobrevivir. Aquello le gustó y se esforzó en aprender, experimentar, viajar, conocer y prosperar.

A Richard no le extrañó que cuando Lucas llegó a Ursaría pasase tres meses sin hablar con nadie más de lo instrumentalmente necesario, pues al fin y al cabo había permanecido cinco años encerrado en el internado y necesitaba un proceso de adaptación similar al de los emigrantes que llegan a un mundo nuevo. La preocupación y ocupación de ganarse el sustento era también propia del recién llegado. Uno se agarra a lo primero que encuentra. No había nada de extraordinario en que se dejase guiar por aquel Rabadán, trabase amistad con el librero Nequin, se evadiera a través de la lectura o cayera en los brazos de la Rubia. Sin embargo, en la sustitución de la toxicidad religiosa que había acumulado durante un lustro por aquella obsesión de encontrar a Chin veía él un veneno peligroso que no le iba a matar, desde luego, pero le podía provocar una fuerte decepción y una aguda depresión.

–No puedes vivir como don Quijote, pensando en el amor platónico, ideal e idealizado, de la bella Dulcinea si no quieres acabar más loco que el hidalgo, le dijo.

–Pierde cuidado –contestó Lucas.

–No se yo si aquel dictador griego…, un tal Metaxas, que prohibió todas las obras de Platón, sería tan imbécil como decían.

–Con Platón o sin él –replicó Lucas–, el amor ideal, platónico, irredento, existirá siempre… Ese no es mi caso: la encontraré, te juro que la encontraré –añadió al tiempo que extraía del bolsillo de su chaqueta aquellas hojas dobladas, grapadas y sudadas del listín telefónico y le explicaba el procedimiento de búsqueda sistemática que seguía.

Richard se alarmó, pues, ciertamente, su pequeño hermano estaba peor de la cabeza de lo que había supuesto. Debía hacer algo y hacerlo pronto.

–No te comprendo, hermano, pero te admiro –dijo.

Lucas pensó que la admiración de su hermano brotaba de una concepción distinta del amor, de su nomadismo sexual y su libertinaje a la vieja usanza, frente a la vida en pareja y a la cínica institución matrimonial en la que no creía.

Entonces el hermano alargó el brazo, examinó con gran curiosidad y delicadeza aquellas hojas y, en un instante, las rompió en mil pedazos.

–¡Pero qué haces! –Protestó Lucas.

Richard le pidió calma, introdujo los papelitos en su vaso vacío y por toda respuesta a los improperios de Lucas añadió:

–Tienes que expulsar a aquella inquilina de tu casa antes de que termine averiando el mobiliario, la ventilación, las cañerías, la instalación eléctrica…

–No puedo, Richard, es superior a mis fuerzas –le contestó Lucas.

–Entonces vamos a buscarla –afirmó Richard con sorprendente determinación. Y acto seguido, se incorporó de la silla y se alisó la chaqueta.

Lucas llamó a Attila, que se encargaba de abrir la puerta y de servir a los clientes, y le pidió la cuenta. Aquel Attila sí estaba loco de verdad. Creía que era un poeta reencarnado y recitaba un poema, siempre el mismo: “No tengo Dios, no tengo rey,/ mi madre nunca llevó anillo,/ no tengo cuna ni sepultura,/ no beso, no tengo amante”. Decía que era húngaro y sostenía que era inmortal. Si a alguien le interesaba le explicaba que la primera vez que intentó morir, no lo consiguió. Se tendió en la vía para que le atropellase un tren que pasaba todos los días con puntualidad germana, pero aquel día, el tren no llegó. Fue a ver qué le pasaba y lo encontró parado detrás de una curva. Se acercó y descubrió que un individuo se había tendido en la vía y el tren lo había seccionado. Decía que aquel tipo había muerto por él. Algún tiempo después consiguió que le atropellara el tren. No quería morir exactamente, sólo que las ruedas le cortasen un brazo. Pero no tenía experiencia en mutilaciones parciales y el tren le mató por completo. Aquello sucedió cerca del lago Balatón. Sin embargo, cruzó fugazmente por una especie de tubo lumínico y resucitó en España, concretamente en Ciempozuelos. Para demostrar que era un guerrero húngaro, justiciero y rojo soltaba un chorro de palabras en su endiablado idioma, de las que Lucas había retenido aquel grito: “¡Halál a sertések fascist!”, “¡Muerte al cerdo fascista!”, más o menos.

El reloj de la Puerta del Sol daba las tres de la madrugada cuando Richard y Lucas se encaminaron hacia el hotel para ducharse y descansar. Su plan era salir a la mañana siguiente en busca de Chin. Mientras caminaban por la carrera de San Jerónimo hacia el gran hotel, Lucas se reprochaba su incompetencia y no paraba de preguntarse por qué rayos no se le había ocurrido a él una operación tan sencilla como evidente. “Estas cosas ocurren cuando las obsesiones se incrustan en la cabeza”, le había dicho Richard. Tenía razón. Pero la apelación de su hermano a la obsesión y la invocación de la ceguera del amor no evitaron que se sintiera más ridículo que un ganso en el mercado de los burros.

Horas después estaban en marcha. Se detuvieron en una floristería, en una tienda de moda y en una joyería. El automóvil de alquiler era de altísima cilindrada y les permitió llegar antes del medio día al cementerio en el que descansaban para siempre los restos de padre y madre. “Bueno, nos vamos”, dijo Richard al Viejo. “Que sepas que aún no he llorado por ti”, añadió Lucas en voz baja. Acariciaron la lápida de la madre y la llenaron de flores. Después fueron a ver a la tía Zulaica y le entregaron los regalos: un vestido y una joya. La tía Zulaica parecía algo más sorda, pero estaba sana, fuerte y se sentía bien acompañada por los animalillos, por las vecinas Angela, Eduviges, María y Adoración, que eran cuatro meninas casi iguales que reñían mucho entre ellas, y por don Sandalio, un almacenista con la paciencia desbordada por una esposa aristócrata, gastosa y criticona y una hija equilicual. Aquel don Sandalio había decidido alojarse en casa de la tía Zulaica porque no podía soportar a la cónyuge y a la hija. Y la tía Zulaica parecía encantada con aquel inquilino, un hombre tranquilo y culto que le pagaba bien. Echó a llorar cuando se despidieron. Era de lágrima fácil, la bondadosa hermana del Viejo.

El sol comenzaba a alargar las sombras cuando se detuvieron ante la muralla del Burgo. La plaza de la catedral registraba gran animación a esa hora de la veraniega tarde. Bastantes hombres vestían de tiros largos y había mujeres maquilladas y con elegantes vestidos de riguroso tubo junto al pilón de los caños y en la terraza de un bar cercano. Era evidente que estaban de fiesta. De la puerta principal del templo gótico y barroco salió una joven feliz y sonriente con un traje blanco de novia recién casada y cogida del brazo de un policía nacional en traje de gala. “Mira, la lleva detenida”, bromeó Richard. La gente aplaudía y gritaba vivas a los novios. Dejaron atrás la plaza y caminaron por el empedrado, bajo los soportales que tantas veces pisó Gerardo Diego cuando estaba de maestro en aquellas tierras. Lucas recordó un poema y comenzó a recitarlo:

Un día y otro día y otro día.

No verte.

Poderte ver, saber que andas tan cerca,

que es probable el milagro de la suerte.

No verte.

Y el corazón y el cálculo y la brújula,

fracasando los tres. No hay quien te acierte.

No verte.

Miércoles, jueves, viernes, no encontrarte,

no respirar, no ser, no merecerte.

No verte.

Desesperadamente amar, amarte

y volver a nacer para quererte.

No verte.

Dos barcos en la mar, ciegas las velas.

¿Se besarán mañana sus estelas?

Cruzaron la plaza mayor, ante el imponente pórtico de aquella universidad de la curia católica en la que se formó el liberal Argüelles, y el corazón de Lucas se aceleró ante el portón de la casa solariega en la que residía Charín durante las vacaciones de verano. Su hermano accionó el picaporte. Por su mente pasó la película de la cara de Chin, sus escapadas a las cuevas y a la orilla del río a ver los pájaros y besarse como jilgueros. Era muy linda, muy dulce, Chin.

Richard volvió a accionar el picaporte. Nadie contestó. Se separó unos metros de la casa, observó los polvorientos postigos cerrados y las ventanas del piso superior con las persianas bajadas. “Esto tiene pinta de estar más cerrado que el cofre del Cid”. Sonaron ocho campanadas en el reloj de la torre del ayuntamiento. El sol comenzaba a declinar y una agradable brisa invitaba a sentarse en un poyo cercano. Richard cruzó la calle y pulsó el timbre de la casa de enfrente. Un minuto después le abrió una joven que vestía un chándal deportivo y les informó que los Castejón ya no vivían allí, sino en el asilo de ancianos, ubicado allá abajo, en una calle pindia, cerca de la catedral. “Por la hora que es, la señora debe estar en la catedral rezando el rosario”, les dijo.

–¿Y el señor?

–El Romanones no pisa la iglesia.

–¿Se llama Romanones?

–No, eso es el mote… Como es cojo… Dicen que ya no rige.

–Vaya por Dios –lamentó Richard.

–¿Pero entiende, recuerda y eso? –Se interesó Lucas.

La chica se encogió de hombros, dando a entender que no lo sabía. Luego, con gesto esforzado, añadió: “Dicen que se quedó trastornado a causa del accidente del avión en el que murieron sus hijos, nueras y nietos”.

–Vaya por Dios –volvió a lamentar Richard antes de que Lucas le preguntara dónde había ocurrido el accidente y si hubo supervivientes, a lo que la joven contestó que no, que supervivientes no hubo. En cuanto al accidente en sí, sólo sabía que habían chocado dos aviones en el aeropuerto de la isla de Tenerife y que en uno iban los familiares del Romanones. Lucas se estremeció. Una mano invisible le atenazó el pescuezo. Un nudo en la garganta le dejó mudo y demudado.

La chica les contó que el Romanones se quedó tan afectado que se volvió medio loco. Ella era muy niña, pero oyó decir que en vez de ir al entierro de los hijos y los nietos, el hombre salió del pueblo con intención de suicidarse. “Di tu que mi padre, el alcalde y otros vecinos se percataron de la ausencia y tocaron a rebato y salieron a buscarlo. Dicen que lo encontraron lejos, en la orilla del río, con un saco de piedras atado a la espalda. Y bueno, también dijeron que estaba hablando consigo mismo como si el yo racional se estuviera despidiendo del carnal y que lo agarraron antes de que se lanzara al Duero desde el Barrancón”.

–¿Murieron los dos hijos? –Inquirió Richard.

–Sí, y toda la familia, sus nueras y sus nietos –precisó la joven.

–¿Los hijos eran varones?

–Si, el mayor se llamaba Tilo y el otro Enebro.

–¿Tilo y Enebro Castejón?

–Si.

Al oír estas explicaciones, Lucas respiró hondo y encendió un pitillo. Luego preguntó a la joven si los nietos también eran varones y ella contestó afirmativamente, aunque no recordaba sus nombres. “Si les interesa lo que pasó, pueden preguntarle a la abuela, que estará en el rosario, o bien volver mañana por la mañana, cuando estén mis padres… Se han ido a una boda y volverán tarde. Pero mañana les pueden dar razón”.

Se despidieron de la amable joven y caminaron hacia la catedral. Confiaban en que aquella abuela se acordara de Charín y les diera razón sobre su paradero y, acaso, con un poco de suerte, su dirección exacta.

Bajo los soportales que tantas veces recorrió Ridruejo en sus años de ostracismo se cruzaron con una mujer que se quedó mirando fijamente a Lucas. Él caminaba tan embebido en sus emociones –primero, la angustia de que Chin hubiera muerto en aquel accidente y después la alegría al constatar que no era familiar directo de aquellos Castejón y no podía haber perecido en aquella catástrofe– que por una vez no se fijó en aquella joven ni en ninguna otra con las que se cruzó en el camino hacia el templo.

Entraron en la catedral por la puerta principal, cuyas baldosas todavía estaban cubiertas de granos de arroz, la blanca gramínea con la que los invitados solían rociar a los recién casados, y vieron, en efecto, a media docena de ancianas, cubiertas con velos y pañuelos negros, rezando el rosario ante una talla de la virgen María. Como no era cuestión de distraer su devoción ni interrumpir su rezo, preguntaron a un hombre que andaba por allí apagando velas y tenía pinta de monaguillo si el rosario duraba mucho y éste les dijo que unos veinte minutos. Decidieron contemplar la catedral y entraron en el claustro del antiguo monasterio, fundado en 1402, al que se accedía por la parte trasera del templo.

Ya en aquel pasillo cuadrangular y pétreo, con ventanas altas que daban al jardín central, Lucas empujó la primera puerta de la sucesión de celdas a las que se entraba desde aquel claustro, y la compacta lámina de madera gimió y cedió con facilidad. Se asomó. Era un lugar oscuro. Un olor a libros viejos le golpeó la nariz. Buscó y encontró la llave de la luz y la accionó. Una bombilla iluminó con su debil luz el fondo de aquella sala alargada en la que se veían unos estantes. Entró. Richard le siguió. Unos libros enormes, de casi medio un metro de largo por cuarenta centímetros de ancho, con tapas de piel de vaca, aparecían apilados sobre un anaquel de madera de roble sin barnizar. “¿Qué contendrán?”, se preguntó Lucas en voz alta. Con la ayuda de Richard alcanzó el más alto. Era voluminoso y pesado. Lo apoyaron en una gran losa polvorienta –la lápida de una tumba con nombres de monjes o clérigos– y lo abrieron a ver lo que decía. Las páginas estaban llenas de cuadratines negros sobre unos pentagramas rectilíneos trazados con tinta roja. Era un cantoral de los monjes. No tenía letras, sólo notas musicales. Encontraron la data. La cantata era de 1468. “¡Joder, del siglo XV!”, exclamó Richard. Pasaron algunas páginas. “¡Mira!”. En los ángulos superiores e inferiores de algunas páginas de papel grueso como la cartulina aparecían dibujos en pan de oro y tintas de colores. Eran animalillos.

Se quedaron absortos, contemplando aquellos dibujos de filigrana, mirando y admirando lo que parecían búhos, cervatillos, osos, un pelícano… Vieron un grifo, mitad águila y mitad león, y se entusiasmaron buscando más monstruos. Encontraron un putto con el cuerpo de niño y la cara un bicho parecido a un ratón, y Lucas intentó interpretar aquellas ilustraciones y se puso a decir que quizá los clérigos de aquel tiempo no tenían claro el límite entre los animales y los seres humanos, aunque también los dibujos podían responder a una interpretación teológica de la vida –la capacidad de observación del búho, la generosidad del pelícano, la fortaleza del oso…– o, simplemente, podían obedecer al propósito del compositor de que los monjes cantores imitaran la voz de aquellos bichos en los distintos pasajes…

En esas disquisiciones andaban cuando alguien, desde la puerta, emitió una tosecilla fingida. Los dos hermanos se sintieron sorprendidos, cerraron el libro y lo devolvieron rápidamente al anaquel. Desde la semipenumbra de la puerta, la sombra avanzó hacia ellos con tímidos pasos de gato. Richard supuso que era un sacerdote y antes de verle la cara se apresuró a pedirle disculpas por la intromisión. Pero no era un cura sino una mujer con olor a lavanda, cuyas facciones no podían apreciar por la falta de luz. Entonces, Richard, supuso que era la celadora, la famosa sobrina del deán o del obispo que suele haber en estos sitios y le dio las gracias por el privilegio de haber podido mirar aquel libro y, un poco avergonzado, sin mirarla siquiera, dijo: “Ya nos íbamos”.

La mujer, que cubría sus cabellos con un velo oscuro, se cruzó con ellos y avanzó hacia la zona más iluminada sin decir nada, pero antes de que abandonaran aquella sala les pidió disculpas a su vez por haber interrumpido su exploración. Aquello era raro. Luego añadió: “Les he visto en la calle mayor y les he seguido hasta aquí porque me ha parecido…” Luego se quedó en silencio, intentando atisbar las facciones de Lucas, que se había parado con su hermano en la puerta, e hizo un gesto como si quisiera negar una afirmación interior, y añadió: “Sin duda me he equivocado”.

Al oír aquella voz, Lucas notó un escalofrío y se quedó clavado. Era como si un pegamento poderosísimo hubiera unido sus pies a frías lastras del suelo. La mujer avanzó hacia ellos. Pasaron unos segundos. Lucas permanecía inmóvil, como hipnotizado. También él la miraba fijamente. Ella sonrió. Él balbució: “Eres tú…” Y con una agilidad inesperada se lanzó hacia ella con los brazos abiertos y la abrazó con todas sus fuerzas. “¡Mi Charín, mi Chin, mi amor!” Ella gritó: “¡Lu…!” Él la besó en las mejillas, en la frente, en los ojos, en la nariz, en los labios, en los pechos…, sin dejar de apretarla entre sus brazos.

Se miraron. Ella le acarició y él le quitó el pañuelo y le besó el pelo y el cuello y la cara y los labios. Se miraron de nuevo. Ella dijo: “Te he echado tanto de menos…” Y él respondió: “Ni un solo día he dejado de pensar en ti; te he buscado tanto…”

 

Coda: Me contó mi tío Richard que nunca en los días de su vida había visto un amor tan grande como el de mi padre y mi madre. Y también me dijo que desde el mismo momento en que se reconocieron, permanecieron abrazados durante horas y horas, sin separarse siquiera para cenar en la hospedería, y que el resultado de aquel abrazo fui yo, como fácilmente puedo comprobar por la fecha de nacimiento. “Si el amor verdadero sucederá una vez cada dos siglos, ese fue el de Lucas y Chin”, me aseguró mi tío Richard. Quiso la casualidad que ella hubiese ido a visitar aquel día y no otro a su ancianísima tita, que residía en el asilo, y que inesperadamente se reencontrara con el que fue su primer amor, ese que dicen que no se olvida por más agua que pase bajo los puentes.

Las demás historias de este relato las sé de buena fuente porque me las contó mi padre, que algunas veces llegaba a casa muy triste y entonces mi madre le preguntaba: “¿Otro obituario?” Y él asentía. Y aunque no lloraba porque los hombres duros no lloran y él era un animal correoso que había sobrevivido a mucha adversidad, se notaba en sus ojos que tenía ganas de llorar. Entonces mi madre le preguntaba: “¿De quién?” Y él le entregaba la copia de la necrológica que había escrito para el periódico y le contaba cosas de don Nequin, de Bravo, Merino, Montilla, de doña Luisa, Amaro, de Novais o Nové… Y ella trataba de consolarlo. “La gente no dura siempre, Lu”, le decía. Y él me cogía en brazos y me decía: “Adivina donde vamos a ir mañana mi niña, su mamá y yo”. Yo decía: “Al cole”. Y él contestaba: “Frío, frío”. Y luego añadía: “Vamos a ir a París a ver a tito Richard”. Y dicho y hecho. También fuimos a verle a Nueva York, a Sidney y a Honkong. Y recuerdo que en esta visita mi padre llevó unos papeles. Era la sentencia del abuelo, que había sufrido mucho y se había muerto antes de tiempo. Y mi tío la leyó y blasfemó: “¡Malditos, hijos de puta!” Y se quedó un poco triste, aunque enseguida me tomó en brazos y llamó al conductor para que nos llevara de excursión. Es un hombre muy bueno y muy rico y dirige una cadena de alimentación con ramificaciones en todo el mundo y después de pagar los impuestos y las reinversiones entrega los beneficios a los pobres, mi tito Richard.

FIN

‘La verán mis ojos’ (XXX): «Nequin y no Nequin»

En aquella Barcelona bajo las bombas, Máximo Valverde aceptó el nombre de un faccioso muerto y abandonó el Ejército republicano en retirada
En aquella Barcelona bajo las bombas, Máximo Valverde aceptó el nombre de un faccioso muerto y abandonó el Ejército republicano en retirada.

Por KEY GOOD

Algunos amigos del librero que regresaron del exilio le llamaban Nequin y otros le llamaban Máximo, lo que no dejaba de tener gracia tratándose de un hombre de estatura inferior a la media nacional, la menor de Europa. Lucas no dio importancia a la variedad nominal del viejo amigo, pues era costumbre en los años de la clandestinidad que los activistas de los partidos políticos desterrados, sojuzgados y prohibidos por la dictadura funcionaran con nombres supuestos, “nombre de guerra”, para evitar ser acusados de actividades subversivas, detenidos y torturados por la temida brigada político-social. Sin embargo, un día, al hilo de la penúltima discusión a cuenta de la apuesta que se traían sobre si en diez años vendría o no la República –Lucas que no y él que sí, que la verían sus ojos–, pensó que el doble nombre del testarudo librero podía ser útil para anular la porfía, habida cuenta de que todos los partidos políticos, con la excepción de los nacionalistas vascos, y el conjunto de los ciudadanos habían aceptado una Monarquía como una catedral. Los pueblos y naciones del Estado español eran tan gilipollas como los que más: no renunciaban a llevar pesados adornos encima de la cabeza.

Entonces recordó la tarde que el desexiliado Merino se reencontró con el librero y le llamó Máximo Valverde, de lo que dedujo que el “Máximo” con apellido era o podía ser algo más que el nombre de guerra de Nequin, acaso su verdadera identidad. ¿Cómo se llamaba en realidad don Nequin: el Nemesio Quintana de todos conocido o el Máximo Valverde, amigo de Merino y de aquel puñado de desexiliados? Si Máximo no era su nombre de guerra, podría ser su nombre verdadero y primigenio. Para saberlo tenía dos caminos: preguntarle directamente o averiguarlo por detrás. Eligió el segundo, con el fin de desarrollar su esquema. Aprovechó una reunión sabatina en la Taberna del Portugués y preguntó al viejo capitán Merino por qué llamaba Máximo Valverde a don Nequin, a lo que el respondió que era la verdadera identidad del librero. Después buscó y halló la oportunidad de solicitar a doña Luisa que le aclarase la verdadera identidad de Nequin.

De primera, ella no quería hablar del asunto, dándole a entender que los recuerdos le resultaban dolorosos, pero, poco a poco, por caminos indirectos, Lucas consiguió que entrara por el aro, y la dulce y bondadosa mujer le contó aquella historia de amor en la guerra que si no era única, pues debía de haber muchas similares en Ursaria y otros lugares, le pareció extraordinaria.

En resumen, el miliciano Máximo Valverde cayó herido de un balazo en los combates que los madrileños libraban contra los facciosos y sus moros mercenarios en la Ciudad Universitaria y fue evacuado al hospital donde ella, la farmacéutica Luisa Caver, administraba el material sanitario del Socorro Rojo y ayudaba como enfermera e intérprete a dos o tres cirujanos extranjeros de la solidaridad internacional, pues era de las pocas que se defendía en inglés y francés. De esta guisa y circunstancia conoció y trató a aquel herido, un estudiante de ingeniería, mozo inteligente, simpático, tranquilo, guapo de cara. No diría que se prendó de él, ya que todavía le dolía el corazón por la muerte de su novio, un joven de buena familia, con un defecto ideológico: era faccioso.

Quiso el destino que algunos meses después, estando ella de boticaria en el hotel Palace, convertido en  hospital de campaña, ingresaran otra vez al soldado Máximo Valverde, herido por las esquirlas de una bomba cuando luchaba en el frente del Jarama. Por suerte, no se desangró y las heridas no afectaron a ningún órgano vital, sólo a los gluteos y a la pierna izquierda. Aquella segunda convalecencia consolidó la atracción mutua y sus cuerpos y corazones se acabaron enredando. Pero Máximo se restableció y se incorporó al frente de Levante y después al Ebro. Ella pidió un destino sanitario para seguirle. Se lo negaron y se quedó en Madrid.

Fue entonces, ante el curso adverso de la contienda para los republicanos, cuando ella, que guardaba circunstancialmente el documento de identidad de su primer novio, tuvo la idea de consultar el Registro Civil y, tal como sospechaba y deseaba, descubrió que el malogrado Nemesio Quintana no había sido dado de baja, pues la Administración andaba manga por hombro a causa del conflicto y la evacuación de la capital, y el joseantoniano sólo figuraba en el libro de entierros del cementerio civil. Le resultó sencillo confeccionar un documento de defunción en papel con el membrete del servicio sanitario lo llevó a la oficina de los sepultureros para que subsanaran el error burocrático, pues el enterrado en tal fecha no era Nemesio Quintana, que ni siquiera había sido dado de baja en el Registro Civil, sino Máximo Valverde de la Fuente. El jefe de los enterradores era un cura, corrigió el error en el cuaderno de los muertos y asunto arreglado.

Doña Luisa atribuía al impulso egoísta del amor –quería a aquel joven para ella–  su deslealtad al muerto, y Lucas le dijo que era comprensible y natural que después de perder a su primer novio hiciera lo posible por salvar a aquel soldado del que se había enamorado. La iniciativa de la intrépida enfermera enamorada no quedó ahí, pues al enterarse de que las tropas republicanas se replegaban hacia Tarragona, se puso en marcha hacia la capital catalana para encontrarse con él. En Barcelona se enteró de que la división en la servía el teniente Valverde avanzaba hacia atrás y en pocos días llegaría a Barcelona. Ella le esperó. Le contó con pocas palabras lo que había hecho por él, es decir, el cambio de identidad. Si la amaba de verdad, aceptaría su nueva identidad y regresarían juntos a Madrid.

De primeras –siguió diciendo doña Luisa–, él se sorprendió. De segundas, se enfureció. ¿Cómo iba a adoptar la identidad de un faccioso? ¡Eso de ninguna manera! Porfiaron Rambla arriba y Rambla abajo toda una tarde sin que Máximo diera su brazo a torcer. Ella comprendió su error; había supuesto que la quería tanto que aceptaría el trueque de la identidad para no tener que abandonar España o enfrentarse a un destino trágico. En un momento determinado, ella soltó su mano y echo a correr diciendo para siempre adiós.

En aquella hora y en aquel momento aparecieron en el cielo aviones alemanes e italianos, que en los últimos días se dedicaban a bombardear la ciudad, y él corrió tras ella, la alcanzó y la condujo hacia una esquina. Se refugiaron en un portal, entre transeúntes y vecinos asustados. Desde el puerto también llegaban cañonazos. Los fascistas castigaban a la población civil. Máximo se sentía impotente y furioso. Se asomaba a la puerta y maldecía e insultaba a los malditos facciosos. Otros vecinos hacían lo mismo. Todos sabían que no servía de nada gritar a aquellos hijos de puta, pero se asomaban a la puerta, levantaban el puño, gritaban, se desahogaban.

Cuando el estruendo y la rabia amainaron y la humareda polvorienta comenzó a disolverse dejando al descubierto los destrozos, ella se encontró llorando entre los brazos de Máximo, que le pedía que no tuviese miedo y le prometía despedirse aquella misma noche de algunos compañeros y acompañarla a Madrid. Después de todo, sabía que la guerra estaba perdida. Los mandos republicanos contribuyeron además a facilitar la deserción con su decisión de abandonar la defensa de Barcelona para evitar más daños a la ciudad. Por si fuera poco, los rumores de que algunos elementos del Estado Mayor y varios ministros de aquel Gobierno que repetía la consigna de que resistir era vencer se dedicaban a evacuar sus vienes y poner a salvo a sus familias en Francia, acabaron de despejar sus dudas. Se despidió de varios amigos y antes del toque de diana, abandonó el cuartel. Unas horas después, un cobarde perfectamente trajeado, cuyo documento de identidad llevaba escrito el nombre de Nemesio Quintana, subía a un vagón del tren con destino a Madrid en compañía de una bella señorita.

Es verdad –añadía doña Luisa– que a Máximo le costó un tiempo aceptar su nueva identidad, pero gracias a ella se libró de la persecución que el dictador desató contra los rojos y contra todos los demócratas republicanos después de ganar la guerra, y obtuvo incluso de los regidores municipales la concesión por ochenta años prorrogables de la caseta de librería junto a la verja del jardín Botánico. La repugnancia de su nueva identidad la superó Máximo haciéndose llamar Nequin. Si alguno le preguntaba por el sentido de su nombre, se limitaba a decir que era comercial. Y si alguien insistía en conocer el significado, cosa que sucedía de pascuas a ramos, satisfacía la curiosidad del interpelante explicándole que venía del latín, concretamente del verbo irregular “nequeo”, que quiere decir “no ser o no estar”. Y por si el curioso metomentodo quería saber cómo se le había ocurrido, tenía preparada una respuesta muy acorde con su actividad, pues vendía libros de ficción, de personajes imaginarios que ni eran ni estaban ni existían en la realidad. Y no mentía, Nequin.

La misma bombilla que llevó a Lucas a averiguar la suplantación de identidad del librero para salvar su piel de la crueldad del tirano, iluminó, poco después, la escena que le permitió resolver de una vez por todas la apuesta con el testarudo. Aprovechó un atardecer ya invernal en el que Nequin había ganado a Yebra al ajedrez y se sentía feliz, para preguntar a éste si todavía guardaba el acta de su apuesta con Nequin.

–Naturalmente –dijo Yebra.

–¿Me la podría enseñar usted?

El bondadoso empleado municipal buscó en la cartera de bolsillo, que llevaba atada con una goma, y extrajo el medio folio que él mismo había escrito como fiduciario de la puja sobre si vendría o no la República.

–¿Me puede dejar ese papel un momento?

Yebra le entregó el documento y entonces Lucas se  lo mostró a Nequin diciendo: “Aquí pone Nemesio Quintana, yo aposté con Nemesio Quintana, pero, como usted sabe, ese hombre no existe. Por consiguiente, por honradez y porque no quiero verle derrotado, abuelo, doy por anulada la apuesta”.

A continuación rompió el papel en trocitos con una satisfacción y un deleite comparable al de un escolar que termina una larga división sin comas, decimales o restos. El librero se quedó mudo. Lucas le tendió la mano, pero él la rechazó. Entonces Lucas le abrazó a la fuerza y le dijo que comprendía su secreto, que cada persona tiene el suyo y que debía entender que no aceptase su trampa en el solitario para desplumarle, pues no sería ético por su parte.

Nequin miró a Yebra, pero éste se encogió de hombros dándole a entender con una mueca de extrañeza que nada podía hacer contra el avezado periodista que tenía la obligación de descubrir la verdad. Luego, los días que siguieron, Nequin trató a Lucas con distancia y frialdad. Ya no volvió a preguntarle por sus tareas periodísticas y ni a hablar con él de política, le contestaba con monosílabos y daba signos visibles de estar muy enfadado y de no querer verle ni en pintura. Mas, ¿cómo iba a suponer Lucas que la solución y disolución de la apuesta iba a provocarle tanta contrariedad y desazón? ¿Acaso creía seriamente que la verían sus ojos? “No, Nequin no”, le habían dicho sus amigos. ¿Hasta donde podía llegar la obsesión de un hombre por los ideales perdidos? Lucas no lo sabía, no era experto en la mente humana; sólo intuía la decepción de un hombre que ni siquiera podía recuperar su nombre, pues Máximo Valverde estaba muerto y Nemesio Quintana enterrado. Después de todo, tenía razón Raba: “Nada es lo que parece y lo que parece no es”.

‘La verán mis ojos’ (XXIX): «El tesoro de don Amaro»

El buque Vita, que había sido El Giralda, de recreo de Alfonso XIII, a su llegada a Tampico (México)
El buque Vita, que había sido El Giralda, de recreo de Alfonso XIII, a su llegada a Tampico (México)

Por KEY GOOD

Una mañana fue Lucas a la estación de Chamartín a esperar a don Amaro, que venía de Lisboa en el Lusitania Express. Aquel don Amaro había realizado una larga travesía en un trasatlántico que cubría la ruta desde Río de Janeiro hasta A Coruña, tocando puertos en Veracruz y en la capital portuguesa, desde la que el viajero se trasladó a Ursaria. Era un hombre fuerte, de unos ochenta años, lento de remos y de palabra. Su forma de mirar le confería aire de mastín viejo y resignado. En cuanto bajó del tren, Lucas le saludó y él le dijo que traía unas ganas locas de fumar, de modo que buscaron un estanco, compró una cajetilla de Ducados y comenzó a fumar un cigarrilo tras otro, pues, según le dijo, aquel tabaco sabía superior.

Aquel don Amaro, un tipo perfectamente desconocido para Lucas, pronto se sintió desubicado en su viejo y nuevo país. Había ocupado el cargo de secretario general del sindicato de la banca y los seguros de la Unión General de Trabajadores, y pertenecido a aquellas Juventudes Socialistas que se pasaron en masa a la Tercera Internacional Proletaria y constituyeron la recia y batalladora base militante y militar del Partido Comunista de España, razón por la cual, los socialistas del renovado Partido Socialista Obrero Español no le querían ni en pintura y los nuevos dirigentes del sindicato ugetista, del que llegó a ser secretario general en el exilio tras la muerte de Francisco Largo Caballero en un campo de concentración, tampoco deseaban saber mucho de él, pues era comunista. A su vez, los comunistas le despreciaban porque era ugetista y ellos habían constituido sus Comisiones Obreras en los tajos durante los negros años de la dictadura y ahora mantenían una feroz competencia con la central ugetista por la primacía sindical.

Para don Amaro aquella división de los trabajadores carecía otro sentido y utilidad que no fuera la de beneficiar al gobierno y al patrón, así que enseguida comenzó a predicar la unidad sindical y expuso a los dirigentes socialistas y comunistas de uno y otro sindicato la conveniencia de unirse en una sola central obrera que, a su entender, debería ser la de mayor raigambre y renombre histórico, es decir la UGT. Pero eso equivalía a pedir la disolución de las Comisiones Obreras (CCOO), algo impensable para los comunistas, es decir, para los camaradas de su partido. Y significaba también “el entrismo y la contaminación” de elementos comunistas en la central ugetista, algo inadmisible para los socialistas y para el núcleo dirigente del sindicato. En teoría, unos y otros aplaudían sus palabras sobre la unidad sindical, pero en la práctica no. Después de unos días, todos le esquivaban.

Paseando las calles y bebiendo el vino de las viejas tabernas de Ursaría, Lucas compartió muchos recuerdos de aquel don Amaro, conoció la esquina donde los anarquistas le quisieron matar, pasó ante los portales de las fincas que albergaron las más concurridas casas de putas, miró las ventanas desde las que disparaban los quintacolumnistas… Detrás del edificio de Gobernación, en la Puerta del Sol, había un callejón, y al otro lado, un edificio de viviendas. “Unos días antes de la huelga general de octubre de 1934, los bancarios alquilamos el cuarto piso”, le contó señalando a las ventanas más altas de aquella casa. “Nos disponíamos a tender unos tablones sobre el callejón y a apoderarnos, armados con bombas y fusiles, de la presidencia de la República, pero a última hora suspendimos la operación”.

–¿Por qué razón?

–Los anarquistas se echaron p’atrás.

–Ellos dicen que apoyaron la huelga.

–En Barcelona hicieron algo, pero aquí la secundaron a medias. Entre eso y traición de los prietistas, carecía de sentido arriesgar el pellejo para tomar el Palacio de Invierno, así que suspendimos el asalto. La huelga revolucionaria sólo se verificó en Asturias, donde la represión del generalito canalla Yagüe fue terrible, terrible. En Madrid, Barcelona, Levante y Andalucía fracasó más o menos estrepitosamente.

A pesar de su aire cansado, el sindicalista se demostró un insaciable paseante. Ahora quería ver la cárcel modelo en la que permaneció encerrado con otros promotores de aquella huelga general revolucionaria desde octubre de 1934 hasta que fue liberado por la fuerza de las urnas en febrero de 1936. Luego fueron a ver la cárcel de Porlier, en el barrio de Salamanca. Era un colegio de escolapios situado entre las calles de Padilla y Torrijos, que ahora se llamaba Ortega y Gasset. Cuando llegaron al edificio, don Amaro miró la puerta y dijo: “Por aquí saqué al marqués de Urquijo la noche del 6 de noviembre de 1936”.

–¿Cómo fue eso?

–Aquella noche el marques salvó la vida dos veces.

–¿Dos veces..? –Se extrañó Lucas.

–Le tenían ahí dentro, con otros facciosos, ricachos, milicos golpistas y quintacolumnistas… Me costó un huevo persuadir a los carceleros de que le dejaran salir, pues era imprescindible su presencia en Bruselas para defender los intereses de la república. Después de remover Roma con Santiago, de hablar con no sé cuantos comités y de llamar a varios ministros, tuve que firmar un compromiso de custodia y devolución del pájaro para que me lo entragaran. Entonces, sin perder tiempo, le subí en el coche y le dije que se pusiera un traje, una camisa y una corbata que le había comprado. No le sentaba mal el traje. Como no tenía abrigo, le quité uno a punta de pistola a un ciudadano que pasaba por la calle de Serrano para que se abrigara. Luego, sorteando los arbitrarios controles de que los malditos anarquistas ponían por todas partes, logramos llegar al aeródromo de Cuatrovientos con bastante retraso sobre el horario previsto. El aviador Tonda nos esperaba con los motores del Douglas en marcha.

–¿A dónde me llevan?–Me preguntó el marqués.

–A París– le dije.

Y a aquel pobre hombre, forrado de millones, casi le da un soponcio. No sabía cómo ni por donde abrazarme.

–Ande, suba al avión y déjese de agradecimientos –le conminé.

El viejo sindicalista siguió mirando aquella puerta. En un momento, acercó la mano e hizo una raya con la uña de su pulgar derecho. Luego la retiro y limpiando las adherencias susurro: “La madera y la mujer, cada vez con más capas de barniz”.

Se alejaron del edificio y Lucas le preguntó para qué rayos llevaba a aquel aristócrata a París.

–Ahora te cuento… El marqués subió de dos zancadas la escalerilla y se coló en el avión sin saludar a los pasajeros. Me senté a su lado y le expliqué que todos los que íbamos eran gente de confianza, de modo que nada tenía que temer. Despegamos, pero no se tranquilizó hasta que el secretario del Tesoro, don Francisco Méndez Aspe, se acercó a él y le contó el motivo y alcance del viaje.

–¿Y cuál era el motivo?

–Te lo diré: el marqués tenía un buen paquete de acciones en la Chade, que era la compañía del gas y la electricidad, y en la aseguradora Sofino, de las que el Tesoro poseía casi la mitad del capital, pero necesitábamos su voto para desbaratar una estafa que había urdido el sagaz Francesc Cambó, accionista minoritario en ambas compañías.

–¿Y en qué consistía la estafa?

–Viendo el cabrón de Cambó que las tropas de los generales sublevados iban a entrar en Madrid de un momento a otro y que el Gobierno de la República no podía hacer para evitarlo y se batía en retiraba hacia Valencia, convocó por sorpresa una junta de accionistas de la Chade y de Sofino en Bruselas con el fin de anular las acciones del Tesoro y apropiarse de ambas compañías. Suponía, el muy ladrón, que en la situación desesperada en la que nos encontrábamos, con el Gobierno en retirada y el enemigo a las puertas de la ciudad, no estábamos en situación de defender los intereses públicos y de impedir su treta.

–Pero se equivocó más que la paloma de Alberti.

–Pues sí.

–¿Y el marqués aceptó votar con la República?

–Aceptó, vaya si aceptó. Se comprometió a votar con nosotros y a, cambio, le dijios que quedaría en libertad. De todos modos… ¡Oye, deja ya de mirar a las chavalas!

–Usted perdone, don Amaro.

–A mí también me gustan, pero me parece feo eso de volver la cabeza y mirarlas con tanto descaro.

–Es que yo padezco una…, no sé cómo explicarle…, una especie de deformación profesional. Desde hace años trato de reconocer a una que conocí, y he agarrado esa fea costumbre, bien lo sé, de mirarlas a todas a la cara para ver si alguna es ella. Lo siento, pero no lo puedo remediar.

El sindicalista le guiñó un ojo y dijo: “Déjala volar, que ya volverá si quiere”. Encendió otro cigarrillo y siguieron camino en dirección a la calle de Echegaray, donde Lucas conocía un restaurante asturiano muy bueno para comer bollu preñau, fabes, queso de Cabrales y otros productos de la tierra de Amaro.

–¿Qué paso con el marqués?, ¿cumplió el trato?

–Ni siquiera fue necesario que lo hiciera.

–¿Y eso?

–Antes de emprender el viaje, transmití por radio macuto a un contacto sindical el mensaje para aquel granuja se enterara de que Méndez Aspe y el marqués de Urquijo le esperaban en Bruselas, y, lógicamente, el muy sinvergüenza anuló la convocatoria.

–¡Joder, qué tipo!

–Me imagino su frustración al enterarse de que íbamos a Bruselas. Y después su la frustración de su frustración cuando se enteró de que no estábamos en Bruselas ni habríamos podido llegar a tiempo. Y encima, su frustración al cubo al constatar que Madrid no caía ni cayó.

–¿Y dejó libre al marqués?

–Naturalmente. ¿Qué otra cosa podía hacer con un hombre que aquella noche salvó la vida dos veces? No íbamos a liquidarle nosotros, ¿verdad? No éramos unos cuatreros, sino personas de bien. Don Francisco Méndez Aspe era la bondad, la honradez y la rectitud personificada. Tonda y el mecánico de abordo, del que no recuerdo el nombre, eran buenos socialistas. A Pedro Tonda todavía le vi hace unos días en el Gayoso antes de partir.

–¿Se comía bien en el Gayoso?

El sindicalista se rió.

–¡Quía, hombre! –exclamó; el Gayoso es la funeraria que montó un español allá en México, un negocio muy bueno: por sus salones acababan pasando, quisieran o no, casi todos los exiliados que iban palmando. Un buen negocio, esa funeraria. Con el paso del tiempo fue casi el único sitio donde solíamos encontrarnos los antiguos camaradas para dar el último adiós a de los nuestros.

–¿Qué suerte cupo el marqués para que burlara a la muerte dos veces la misma noche?

–Aquello fue… ¿Cómo te lo diría yo..?  Pura chiripa, una de esas casualidades que ocurren una vez en la vida. Verás… Despegamos con buen tiempo para volar, una noche clara, sin una nube… Tonda conocía perfectamente la ruta, ya que la había realizado muchas veces el mismo trayecto, casi siempre llevando y trayendo a ministros y altos cargos. Pero nada más cruzar los Pirineos, el tiempo fue empeorando, había borrasca y la atmósfera andaba revuelta. Volamos sobre las nubes, sin poder ver una sola luz allá abajo. El marqués dormía apaciblemente, envuelto en el abrigo que le había proporcionado, y don Francisco hacía lo propio dos asientos más adelante… Sólo se oía el ruido constante y monótono de las hélices, que invitaban a echar una cabezadita. Quizá por la excitación de los preparativos urgentes del viaje, la tensión de sacar al marqués de la cárcel o por la avidez de noticias y la angustia que me producía saber que los generalotes iban a asaltar Madrid aquella misma noche, yo no pude petar ojo. Volábamos, ya te digo, sobre aquellas masas nubosas sin ver una luz allá abajo. Me senté con Tonda en la cabina y, en un momento determinado, estableció contacto por radio con el aeropuerto de Orly. “En veinte minutos llegamos”, me dijo. Cuando ya estábamos sobre la vertical de París volvió a contactar y solicitó permiso para aterrizar. Pero le comunicaron que debía esperar porque en ese momento estaba descargando una tormenta de mil rayos y se habían visto obligados a cerrar el aeropuerto. Comenzamos a sobrevolar la ciudad, a la espera de que amainase la tormenta y nos dieran permiso para aterrizar, pero la respuesta de la torre de control no llegaba. Tonda mantenía la conexión abierta y preguntó dos o tres veces si podía iniciar la maniobra de aproximación, pero la respuesta era negativa. Ya llevábamos media hora sobrevolando París y yo veía a Tonda cada vez más intranquilo. Le pregunté si se encontraba bien o si pasaba algo, y me señaló el manómetro del oil: la aguja señalaba la reserva, el depósito de combustible estaba en las últimas. Le oí blasfemar y gritar a los de la torre, pidiéndo que nos dejaran aterrizar o acabaríamos estrellándonos sobre las casas, pero un tipo le repitió en francés y le explicó con cajas destempladas que la señalización eléctrica de la pista se había averiado a causa de la tormenta y que buscara otro aeropuerto. Tonda se cagó en sus muertos por no haberle informado antes. El aeropuerto más cercano era Orleáns y sólo nos quedaba esencia para ocho o diez minutos. Tonda sabía que con aquella reserva no podríamos llegar, de modo que se lanzó en picado y buscó un claro entre las nubes. Lo encontró y volvió a picar. Enseguida vimos el suelo. Planeó, soltó el tren de aterrizaje, apretó los dientes, salvó un riachuelo, una fila de árboles, una hilera de casas, más árboles, una granja, otra, y, de pronto, el avión dio un bote, otro y otro más sobre el suelo. Pero Tonda logró controlar y frenar el aparato antes de que nos estrellásemos contra una hilera de chopos. El avión no sufrió ningún daño y los pasajeros tampoco. Tonda estaba pálido. Sudaba. Supongo que yo y el mecánico también teníamos mala cara. Entonces el marqués se despertó. ¿Dónde estamos? Habíamos aterrizado en un prado cerca de Orleáns. La pericia de Tonda nos salvó la vida. Esa fue la primera vez que el de Urquijo se salvó aquella noche. Después nos enteramos de que habían sacado de madrugada a los presos de Porlier para trasladarlos a Guadalajara y de que antes de que llegaran a Alcalá de Henares, en Paracuellos del Jarama, los fusilaron como perros. Esa fue la segunda vez que el de Urquijo salvó el pellejo aquella noche.

Aquel don Amaro podía ser interminable. En su exilio mexicano había escrito varios libros que publicó un famoso y aprovechado editor que tenía dos mujeres con sus correspondientes hijos, una en México y otra en España, sobre la historia del sindicalismo español, los congresos obreros internacionales y sobre algunas operaciones económicas para pagar las armas a los soviéticos durante la Guerra Civil y para sobrevivir en el exilio después de la conflagración. Todos aquellos asuntos, trufados de aventuras personales, le convertían en un narrador excepcional. Sólo el deleite de un plato de fabada en el Garabatu le parecía una razón superior para emplear la boca en en menesteres distintos a hablar. Sin embargo, a los postres, mientras desmigaba un trozo de queso de Cabrales y lo regaba con sidra, diluyendo el olor prehistórico del ganado y triturando aquella masa con su tenedor para ingerirlo según la costumbre de su patria chica, retomó el relato de sus peripecias y, entonces, casi sin querer, con la lengua desatada por la sidra, confesó a Lucas que poseía un tesoro.

–¿Un tesoro de verdad?

–Naturalmente; una universidad de California me da un millón de dólares por él y otra de Washington me ofrece algo más.

–Eso es muchísima pasta, entre cien y doscientos millones de pesetas.

–Quizá más –repuso el sindicalista escanciando otro culín de sidra sin alterar el pulso y ofreciéndole el vidrio.

–¿Y en qué consiste el tesoro, si se puede saber?

–Son papeles, documentos y algunas joyas de oro y diamantes muy valiosas.

–¿Y donde lo guarda, si se puede saber?

–Los documentos siguen en México, en Veracruz, a buen recaudo, y las joyas siguen en Francia, creo que a buen recaudo también.

–¡Joer, don Amaro! No sabía yo que fuera usted multimillonario. Imagino que necesitará un ayudante, un secretario…

–De millonario, nada de nada; solo soy un jubilado bancario con una pensión en pesos y otra en pesetas para ir tirando; el tesoro no me ha dado más que dolores de cabeza y algunos gastos durante todos estos años, pero ya veremos.

Llegaron a la Cuesta de Moyano bastante alegres por efecto de la cuchipanda y las libaciones, y cuando don Amaro manifestó a don Nequin su preocupación por el asunto del tesoro, el librero sopesó la cuestión y se encogió de hombros sin ir más allá de una sencilla distinción entre las figuras del propietario y el poseedor. El origen del tesoro estaba meridianamente claro, los propietarios también eran conocidos, y el poseedor, con el bien ganado derecho a decidir, era él y sólo él. Ergo, allá él. Eso fue todo.

Resulta que en uno de aquellos vuelos nocturnos que realizaba a París el aviador Tonda para evacuar la recaudación de las llamadas Juntas de Reparación de la República, Amaro decidió empaquetar y salvar de las garras del enemigo, que se disponía a entrar en Madrid, los archivos de la Unión General de Trabajadores desde su fundación. Allí estaban las actas de las reuniones de la dirección del sindicato desde los tiempos fundacionales de Pablo Iglesias, Antonio García Quejido, Tomás Meabe y otros; estaban las cuentas del sindicato, los acuerdos, las huelgas, las reivindicaciones sociales, los conflictos y negociaciones, las grandes decisiones y protestas obreras, la solidaridad contante y sonante con las familias que quedaban desamparadas cuando los trabajadores morían en los tajos. Uno de los accidentes más terribles, con ochenta muertos, acaeció en la construcción de los depósitos de agua del Canal de Isabel II en Ríos Rosas, entonces canal de Lozoya, para suministrar el líquido elemento a los pobladores de la capital.

Aquella valiosa memoria de las largas luchas obrera, con sus victorias y derrotas, muchas derrotas, fue guardada en seis baules, llevada a la embajada española en París y, tras el triunfo de la dictadura en España y la amenaza de la ocupación nazi en Francia, trasladada a México por el propio Amaro en un buque y custodiada celosamente durante cuarenta años en Veracruz. El sindicalista había tenido tiempo de examinar a fondo aquellos documentos y de escribir varios libros sobre las organizaciones obreras y la lucha del proletariado. Su sabiduría de la materia bebía de las fuentes exclusivas y originarias y resultaba insuperable  a pesar de que, según decía, todavía le quedaban cuantiosos papeles y documentos por revisar e interpretar.

Los estadounidenses le mostraron, a don Amaro, muchísimo interés por adquirir aquella historia española y europea. Las universidades le pusieron precio y le ofrecían millones por el tesoro documental. En cambio, los nuevos dirigentes de la Unión General de Trabajadores y del Partido Socialista, con los que había hablado del tema, no demostraban el menor interés ni estaban dispuestos siquiera a pagar el flete del barco o el transporte en avión de los famosos baúles. Con razón se sentía decepcionado. Era como si, de pronto, los nuevos dirigentes del partido y el sindicato del Abuelo prefiriesen ignorar a conocer y apreciar la historia o como si el aviador Borrajo tuviera más razón que un santo laico cuando lapidariamente dijo que ya no eran de este mundo.

El otro tesoro, el de oro, pedrería, plata y diamantes, parecía más fácil de rescatar. Y sin mayor dilación se pusieron manos a la obra. Lucas revisó el aceite, el agua, el aire, la batería, las bujías, las correas y otros detalles de la mecánica de su apreciado R-5, y al amanecer del día señalado recogió a Amaro en la puerta del hostal donde residía, cerca de la Gran Vía, y pusieron rumbo hacia a Irún. Almorzaron en San Sebastián, cruzaron la frontera sin problemas policiales y siguieron en dirección a Burdeos. Antes de entrar en los bosques de Las Landas se desviaron por unas carreteras secundarias que surcaban aquellas tierras amables y esponjosas. Amaro ejercía de copiloto y repetía: “Más rápido, más deprisa”; quería llegar a la casa del tesoro antes de que oscureciera. Lucas era un buen volantista y realizaba adelantamientos tan fugaces como temerarios. El R-5 en tercera, bufaba. Luego soltaba gas y el auto mantenía una gran velocidad, muy al gusto del sindicalista. Llegaron a una localidad costera, un pueblo deshilachado por el borde del litoral, y Lucas siguió las indicaciones del viejo sindicalista hasta una barriada de pescadores donde éste no tardó en identificar la casa.

Aunque habían transcurrido cuarenta años, la casa de sus recuerdos se mantenía en pie, remozada, pintada y con ventanales nuevos. Amaro se apeó del coche, estiró las piernas, respiró profundamente dos o tres veces, se acercó a la puerta y picó señales de morse con los nudillos y la palma de la mano. Veinte segundos después apareció una mujer delgada que parecía algo mayor que él, le miró fijamente por unos instantes, se restregó los ojos y exclamó: “¡¿Marito…?!” Amaro le contestó: “¡¿Carmenxtu!?, ¡Carmenxtu mía!” Y se abrazaron y comenzaron a besarse como locos.

Después, los dos se pusieron a llorar y se siguieron besando y acariciando. Lucas se sintió de más y se alejó hacia el muelle mirando las barcas de los pescadores mientras los dos viejos reverdecían sus sentimientos, su amor lejano y extraviado por las circunstancias forzadas que les había tocado vivir. Saludó a unas rederas que remendaban las mallas de pesca y siguió mirando al mar y recordó a Chin. ¿Cómo era posible que él no consiguiera encontrarla?

Unos días después de aquel viaje, don Amaro entregó a las autoridades regionales y al obispo de Cuenca, un hombre bocalán y reaccionario que odiaba la democracia con toda su alma, aquella caja de cartón que Carmenxtu y sus padres, una familia de pescadores vascos refugiados, había custodiado durante cuatro décadas en la tenada de su casa y que contenía la pedrería y las joyas del Portapaz del monasterio de Uclés, el famoso tesoro de Uclés, de incalculable valor.

Aquel don Amaro también había dejado en febrero de 1939 en la embajada de España en París la talla de la Virgen de Covadonga. La habían requisado los milicianos para ponerla a salvo de los moros mercenarios y la entregaron envuelta en su rico manto bordado en oro y convenientemente empaquetada a los delegados de las Juntas de Reparación, que la mandaron a Madrid junto con otros valiosos productos de las requisas destinadas a la compra de armas y municiones para defender la República. El bancario Amaro, adscrito al Tesoro, remitió a su vez aquella mercancía a la embajada española en París, desde la que se realizaban los pagos. Y pasado un tiempo, cuando la guerra se perdió y salió al exilio, encontró a La Santina entre los objetos embalados y almacenados en el sótano del edificio de la legación. La podía haber facturado hacia México en el buque Vita, que era el Giralda II de Alfonso XIII debidamente calafateado, reparado y rebautizado, como hizo con otros objetos que allí había, pero la colocó en un armario y allí la encontró el nuevo embajador designado por el dictador, señor Lequerica, “que se debió llevar un susto de cojones antes de ponerse a gritar ¡Milagro, milagro!, el muy fascistón”, se reía el sindicalista.

Algún tiempo después, con la mediación y ayuda de Lucas y Nequin, el sindicalista reunió los posibles para repatriar los archivos del sindicato y entregarlos a la Fundación Pablo Iglesias del Partido Socialista. Se podía haber lucrado con la sencilla e indolora operación de fotocopiar los valiosos documentos, mercar los originales a una de aquellas universidades que tanto dinero le ofrecían y entregar las copias, si interesaban –que no interesaron–, a los nuevos dirigentes de su histórico sindicato. Pero en vez de obrar como empezaba a ser costumbre en los miles de individuos que ingresaban en las filas del partido y del sindicato de Pablo Iglesias para conseguir prebendas y cargos, actuó como lo que era, un hombre honrado, un patriota incapaz de obtener provecho de aquel tesoro que con tanto esfuerzo salvó de las garras de la ignorancia y la crueldad de los reaccionarios y con tanto celo conservó durante muchos años. ¿Cómo iba él a entregar un fragmento de la historia del sindicalismo español, por pequeño que fuese, a los americanos y traicionar a su país y a su clase, la trabajadora? Eso, de ninguna manera, pues tampoco pertenecía aquel don Amaro a la crecida y creciente ralea de obispos, clérigos, coadjutores y demás patriotas que mercaban tabla a tabla, piedra a piedra, pergamino a pergamino, el inagotable patrimonio histórico y artístico de la nación.

Acerca de don Amaro, de sus tesoros, libros y aventuras escribió Lucas Ubiese un puñado de reportajes. Como otros desexiliados, daba de sí para contar. La calidad humana de aquella gente impresionaba tanto al reportero que se prometía a sí mismo escribir cinco, diez, quince…, quizá más biografías noveladas cuando tuviera tiempo, aunque luego le daba otra pensada y se preguntaba a quién rayos podían interesar aquellas vidas de santos, apóstoles democráticos.

–¿Cree usted, don Amaro, que volveremos a ver la República en España? –Preguntó al viejo sindicalista.

–No lo creo.

–¿Por qué?

–Porque no se dan las condiciones ni se darán en mucho tiempo: la clase obrera ha cambiado mucho y la historia no se repite. Pasará mucho tiempo, generaciones, vendrá el siglo XXI, tendrás nietos, llegarán nuevos inventos, grandes avances… Lo más importante es que no haya guerras ni dictadores ni regímenes criminales. Con eso y con una justicia norte-sur que permita distribuir mejor los recursos del planeta y acabar con el hambre y las epidemias ya me daría yo con un canto en los dientes.

‘La verán mis ojos’ (XXVIII): «Tiempo de reencuentros»

Homenaje a los "luchadores de la libertad", a cuyo recibimiento acudió Lucas Ubiese la primera vez que volvieron a España en un viaje organizado desde París en 1979
Homenaje a los «luchadores de la libertad», a cuyo recibimiento acudió Lucas Ubiese la primera vez que volvieron a España en un viaje organizado desde París en 1979

Por KEY GOOD

Las reuniones con los aviadores y demás combatientes republicanos se convirtieron para Lucas en un hábito sabatino. Y aunque Manuel Montilla decidió regresar a México, donde tenía una hija, Borrajo, Bravo, Merino y otros que volvieron para quedarse, elogiaban los avances del país hacia la democracia y la convivencia pacífica. Sólo don Nequin mantenía la remota esperanza de la reposición de la legalidad republicana. La prensa iba publicando los artículos de la nueva Constitución que estaba elaborando el Congreso de los Diputados. Y en aquel goteo caló sin ruido y con indiferencia la definición de España como una monarquía constitucional. Las fuerzas políticas de izquierda que se reclamaban republicanas pagaron el precio de un lugar al sol y aceptaron los hechos consumados. Por cierto, entre los preceptos constitucionales figuraba el derecho al divorcio, algo que alegró sobremanera a la Rubia del Portugués, no tanto para rehacer su vida en el orden sentimental, pues se sentía libre de amar y relacionarse físicamente con quien le venía en gana, sino para disolver el vínculo legal con su marido legal e impedir que se beneficiara del régimen ganancial de su sudor.

La mayoría de los viejos republicanos con los que Lucas se relacionaba desvivían humildemente. Nada esperaban del nuevo orden democrático. Borrajo tenía algún posible. Merino y su esposa, una mujer pequeña y sencilla que le había acompañado desde Venezuela, sobrevivían con la magra remuneración que él recibía como redactor y editorialista del periódico del Partido Socialista Obrero Español. Merino era un hombre ponderado y razonable y escribía con una elegancia superior. Profesaba un socialismo posibilista que anteponía la justicia y la libertad a los dogmas sectarios y estatalistas, un librepensador que no renunciaba al libre albedrío, algo difícil de entender y soportar para los comunistas y para no pocos correligionarios de su partido. Había publicado un libro y tenía algunas novelas de tierra caliente que nunca verían la luz. Bravo, por su parte, traducía al castellano a los pensadores y grandes literatos rusos para una nombrada editorial que le pagaba poco, tarde y mal.

Cierto es que algunos representantes de las formaciones políticas de izquierdas empezaron a reivindicar el reconocimiento legal de los militares republicanos, lo que, sin devolverles el uniforme, la categoría y el mando –algo impensable–, les podía reportar una paga de jubilación para que vivieran con cierto decoro hasta el encuentro con Caronte. Pasaría una década hasta que el deseado reconocimiento comenzara a verificarse y, entonces, la labor del bondadoso Yebra, que se había dejado la piel en los oscuros y tóxicos sótanos de la hemeroteca municipal, encuadernando y conservando los ejemplares de los periódicos y de La Gaceta de la República, se demostraría esencial para ayudar a muchos exmilitares republicanos y guardias de asalto a encontrar y acreditar ante la administración las referencias impresas de sus nombramientos y ascensos. Por su parte Lucas acompañó a Borrajo, Merino y a otros oficiales republicanos al Tribunal Militar Central –conocía aquellas dependencias porque acudía cada cierto tiempo a preguntar por la sentencia del Viejo– con el fin de que les expidieran los preceptivos certificados de amnistía para poder solicitar a continuación la preceptiva paga de jubilados.

El tiempo pasaba deprisa. Los representantes políticos elegidos por la gente realizaban su trabajo en aquellas Cortes Constituyentes de las que nadie esperaba milagros, sino equilibrios que hicieran entender a la oligarquía, al clero y al ejército que el poder ya no emanaba de sus bravatas, doctrinas y amenazas, sino del voto libre, igual, directo y secreto de todos los españoles. El Pataslargas mantenía un comportamiento aceptable y no había empezado a “borbonear” de un modo público e impúdico como había augurado don Nequin, y cuando llegó el 14 de abril, sólo algunos cientos de jóvenes y viejos salieron a la calle de Santa Engracia a conmemorar el aniversario de la proclamación de la II República y a reivindicar la reposición de la legalidad conculcada. Las autoridades dijeron que la “algarada” no venía a qué. Los manifestantes iban cantando el himno de Riego y querían llegar a la glorieta de Cuatro Caminos y leer un manifiesto. No les dejaron: la policía les cerró el paso a la altura de los depósitos soterrados del Canal de Isabel II y los corrió a palos, descalabrando a algunos viejos y a bastantes jóvenes. Lucas protegió a don Nequin, que, sin embargo, recibió el trallazo de la porra elástica de un guardia en un brazo. Otro agente, también con cara de bruto, intentó arrebatarle la bandera bordada que había sacado del confrecito del subsuelo de la librería, pero no lo consiguió. El porrazo le produjo una irritación roja en la piel que fue cambiando de color y se volvió morada y después amarilla. “Es la bandera republicana, abuelo; sobre su piel la están viendo sus ojos”, le dijo Lucas. Él sonrió, se rascó el brazo y no dijo nada.

Con el empuje hacia la democracia llegaron una mañana de finales del mes de octubre numerosos hombres y mujeres que habían formado parte de las Brigadas Internacionales. Eran una compañía, más de doscientos. Lucas acudió a recibirlos a la estación de Chamartín. Habló con muchos de ellos y escribió varios reportajes sobre sus combates y penalidades. Se habían citado en París, igual que cuando eran jóvenes, y viajaron toda la noche en el expreso Puerta del Sol. Una poetisa comunista de Vallecas que se llamaba Ángeles García Madrid y varios representantes de los partidos comunista y socialista les recibieron con aplausos y abrazos. Lucas observó la emoción en sus caras, las insignias republicanas y las estrellas de luchadores de la libertad en las solapas de sus abrigos y chaquetas. Les acompañó por los antiguos los frentes de la Ciudad Universitaria, del Jarama y de Brunete. Cerca de la localidad de Morata de Tajuña apareció el general Líster, un hombre campanudo, grueso y con cara de bruto. Almorzó con los brigadistas en la venta de Frascuelo y les vio desperdigarse y perderse durante horas por aquellas tierras calcáreas entre los olivos, dando rienda suelta a sus recuerdos y emociones. Algunos caminaron hasta la ladera de un picacho que llamaban Pingarrón, otros buscaban la Colina del Suicidio y muchos se inclinaban sobre el suelo recogiendo algunos trocitos de huesos que afloraban y a saber de qué clase de animal serían, y también puñados de tierra que amorosamente guardaban en bolsitas de plástico para llevársela consigo a Francia, Checoslovaquia, Bélgica, Alemania, Yugoslavia, Israel, Hungría, Estados Unidos de América… Había bastantes estadounidenses del batallón Lincolm. Era la primera, emocionada y emocionante visita que realizaban a España tras la evacuación desde Cataluña y la pérdida de la guerra hacía cuarenta años. Las autoridades ignoraron la visita de aquellos supervivientes –“luchadores de la libertad”, les llamaban– porque consideraron prematuros los homenajes y estimaron que el reconocimiento, la gratitud y la justicia podían esperar. Siempre fue lenta la justicia en España.

Lo que más impresionó a Lucas fue el reencuentro de uno de aquellos brigadistas, un belga, con su hijo español. El padre era un hombre bajito y el hijo superaba un palmo la media nacional y le sacaba una cabeza. El padre se había alistado voluntario al lado de la República, formando parte de las brigadas francesas. Salvó el pellejo en el puente Pindoque y combatió bravamente en Trijueque (Guadalajara), en la operación de distracción de Brunete, en la que murieron muchos compañeros suyos, y después en el frente de Aragón. Sospechaba que había dejado preñada a una moza española, pero no se enteró de que tenía un hijo hasta muchos años después. Y ahora, allí estaban, padre e hijo, aquel mozancón con una gorra de marinero y aquel jubilado belga con su estrella roja de cinco puntas prendida en la solapa de su abrigo.

Lucas pidió a la reportera gráfica que le acompañaba que registrara el entrañable encuentro. Luego, mirando la instantánea de aquellos hombres abrazados, padre e hijo, se preguntaba cómo era posible que aquella gente localizase con tanta facilidad a sus seres queridos después de tantos años y él, con las facultades intelectuales en plena forma y la proyección que le daba su nombre impreso a diario en un importante periódico nacional de mucha circulación, no fuera capaz de averiguar el paradero de Charín, su Chin, su amor, su único amor verdadero.

‘Viaje a la situación’ (XXVII): «Bravo por Bravo»

Bravo escoltó el avión de Stalin en su viaje a Teherán para reunirse con Roosevelt y Churchill, una conferencia decisiva para derrotar al nazi-fascismo
Bravo escoltó el avión de Stalin en su viaje a Teherán para reunirse con Roosevelt y Churchill, una conferencia decisiva para derrotar al nazi-fascismo.

Por KEY GOOD

Los días que siguieron, Montilla contó su vida allá en México, donde se ganó el condumio realizando tareas tan variadas como arrastradas. Vendió lencería a domicilio, fue barrendero, vendió periódicos, consiguió un empleo de aviador, pero tuvo mala suerte: realizaba vuelos nocturnos transportando pescado en un avión de carga entre la costa del Pacífico y la capital federal; todo iba bien hasta que la compañía quebró y, para cobrar el seguro, el propietario prendió fuego al avión. Nunca volvió a pilotar.

En cambio, su jefe de escuadrilla, José María Bravo, siguió volando y mantuvo a raya a los nazis en Ucrania durante la Gran Guerra Patria, como llamaban los rusos a la Segunda Guerra Mundial. Del arenal de Gurs guardaba un recuerdo pésimo. Pero aguantó con sus compañeros y ahora se sentía orgulloso de haber contribuido a derrotar a los nazis.

–Yo también pude ir a México –contó Bravo–; un día recibí en Gurs la visita de un pariente lejano de mi padre al que no conocía, que me propuso que le acompañara a América, donde había estado anteriormente. Tenía el proyecto de montar una churrería en México y estaba dispuesto a corromper a quien fuera para sacarme de aquel campo. Yo le agradecí de todo corazón el esfuerzo y la magnífica oferta que me hacía en unas circunstancias tan penosas, pero renuncié a ir con él. Al paso de los años me enteré de que había prosperado, poseía una cadena de establecimientos de hostelería y era millonario. ¡Está visto que no he nacido para churrero ni para millonario!

La Rubia dijo que el de churrero era un oficio tan digno y honorable como cualquier otro, y Montilla, que había trabajado de barrendero, la respaldó sin dudar.

–Lo que pasa –aclaró Bravo– es que pasar de los loopings a los churros me pareció un poco demasiado y, por otro lado, nos había llegado una oferta de la embajada rusa para ir a la URSS, y aquello me pareció una salida mejor.

–¿Aceptaron combatir con los rusos en vez de con los gabachos? –Le preguntó Lucas.

–Pues sí. Formamos una comisión para informar y preguntar quiénes querían ir a Rusia, y la mayoría de los pilotos aceptamos encantados. En julio de 1939 salimos de Gurs. En la última expedición nos incluyeron a Arias y a mí. Dicho sea de paso, los franceses seguían poniendo dificultades para dejarnos salir, y el gran jefe Lacalle estaba demasiado preocupado por su familia –tenía a su madre y a sus hermanas prácticamente solas y sin ayuda en España– para ayudarnos y hacer valer nuestra demanda de que nos dejaran salir. Él no aceptaba ir a Rusia; se fue a México y tiempo después logró reunir allí a su familia.

–¿Y qué pasó después? –Preguntó Lucas.

–Lo que tenía que pasar: los franceses se rindieron a la evidencia de que nunca podrían contar con nosotros y acabaron cediendo. Nos reunimos en París, donde los sindicatos nos recibieron afectuosamente, nos dieron ropa nueva, nos mostraron las maravillas de la ciudad, nos facilitaron una residencia y no se separaron de nosotros ni un instante hasta que partimos hacia El Havre y embarcamos rumbo a Leningrado en el barco María Uliánova. Fueron unos días de navegación tranquila y feliz. San Petersburgo bien valía dos días de admiración, al cabo de los cuales emprendimos viaje hacia Moscú siguiendo las vías por las que poco después circularía uno de los trenes más famosos de Europa, el velocísimo Estrella Roja que uniría en pocas horas las dos ciudades. Atravesamos el impresionante Volga y luego el Moskova a la altura del puerto fluvial de Jimki, una zona de la capital repleta de izbás o casitas de madera habitadas por millares de obreros. Finalmente llegamos a la estación, situada en la plaza de Komsomólskaia, en cuyos alrededores se hallaban los parques de recreo Timiriásevo, Ostánkino, Krasnogorsk y Sokólniki, con sus antiguos palacios de la época zarista, magníficamente conservados.

Bravo admiraba a los rusos. Con sólo escuchar sus esmeradas descripciones sobre el magnífico y ordenado país, con su papito Stalin, borracho de sangre y poder, todos podían constatar su orientación ideológica y el amor sin par que sentía hacia el llamado “paraíso comunista” que, a decir verdad ni era paraíso ni era comunista, sino un sistema cruel y dictatorial de partido único cuyas camarillas de dirigentes se despellejaban unas a otras y todas dominaban a la población civil mediante la vigilancia y el terror, lo que no restaba una micra de verdad al relato del entusiasta y valiente aviador.

Bravo siguió contando que cuando llegaron a Moscú fueron recibidos por las autoridades y los dirigentes del Partido Comunista de España (PCE) allí refugiados. “Los recién llegados que habían ocupado puestos de responsabilidad en el Ejército republicano se quedaron en la ciudad y los demás nos fuimos a Járkov, a una enorme residencia para los mineros del Dombás, que era la cuenca minera del Don. Allí, en aquella casa de reposo, situada en el pueblo de Zanki, a unos treinta kilómetros de Járkov, estuvimos Zarauza, Arias, Lario y algunos otros estupendamente. Nos daban clase de ruso y nos trataban de maravilla. Nos visitaron algunos técnicos para preguntarnos qué queríamos hacer. Nuestra respuesta era siempre la misma: queríamos volar. Nos respondían con una negativa. Los que estaban más débiles fueron llevados a Crimea, cerca de un grupo de niños españoles. Cuando se repusieron, los trasladaron también a Járkov. Al final nos asignaron un destino relacionado con nuestra formación y ocupación en España antes de la guerra. Los que habían estudiado en las Academias Militares españolas, como era el caso de Francisco Ciutat, Antonio Cordón, Manuel Márquez, Pedro Prado y algunos otros militares de carrera, fueron destinados a la Academia de Estado Mayor de Voroschílov. A los mandos milicianos los mandaron a la Academia de Frunze para jefes y oficiales. Allí fueron Valentín González el Campesino, Francisco Romero Marín, Ramón Soliva, Artemio Precioso, Juan Modesto, Manuel Tagüeña, Enrique Líster, José Bobadilla, Carrasco, Jerónimo Casado, José Vela Díaz, Rafael Menchaca… En fin, todos aquellos que habían sido mandos del Ejército Popular de la República. Y luego, la mayoría de los cuadros dirigentes del partido fueron enviados a escuelas del PCUS. Algunos aviadores sin calificación profesional en la vida civil acabaron de profesores de los niños españoles –Tuñón, Sánchez Calvo, Allende y algún otro”.

La memoria de Bravo era prodigiosa. Montilla le preguntaba qué había sido de fulano o de zutano y él le proporcionaba cumplida información sobre su destino. Si apretaba los labios y cerraba los ojos, malo: señal de que habían fallecido.

“A los que habíamos sido estudiantes en España nos destinaron al Instituto Mecánico de Construcción de Maquinaria de Járkov, semejante a la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid. Éramos un grupo pequeño, de siete u ocho, Pachín, Fierro, Flórez, Gisbert, Ráfales, Molina, Talón… Talón fue incluido erróneamente, pues ya había terminado la carrera de Derecho en España, así que subsanaron el error enviándole a trabajar a Radio Moscú, donde se ocupaba de las emisiones en español. Nos pusieron en primer curso, pero teníamos unos conocimientos y una experiencia muy superior a la media, así que nos sobraba tiempo para todo. Claro, nosotros teníamos 21 o 22 años y los rusos con los que nos pusieron, dos o tres menos”.

–¿Entonces se puede decir que en vez de obligarles a ganarse la vida como el diablo les diera a entender, del mismo modo que tuvieron que hacer los evacuados hacia México y otros países de América, a ustedes les enviaron a la Universidad?

–Así fue.

–¡Qué tíos, los rusos! –exclamó Lucas.

–Una gente extraordinaria. Nos instalaron en una residencia estudiantil enorme, que se llamaba “Guigant”. Éramos más de tres mil alumnos de ambos sexos. Aquel complejo era una auténtica ciudad, con tiendas, cines, comedores, gimnasios… Teníamos una habitación para cuatro. De primeras, estuvimos dos españoles y dos rusos, pero luego yo me mudé para estar sólo con rusos y obligarme a hablar en su idioma. El uno de septiembre empezaron las clases. Estábamos incluidos en un grupo de quince alumnos en la Facultad de Automóviles y Tractores y recibíamos clases prácticas, una especie de seminario, siempre precedidas de una lección magistral que versaba sobre asignaturas comunes a las distintas especialidades. Nunca olvidaré la primera lección magistral. Fue de Matemáticas. Un profesor que se llamaba Brzhechka la dedicó a explicar el concepto “envolvente”. Anque todavía no comprendía muy bien el ruso, me di cuenta de aquel hombre repetía los mismos conceptos una y otra vez y dejé de prestar atención. Al finalizar la clase, que duró una hora, vi que algunos alumnos enviaban al profesor unos papelitos con preguntas. Yo también hice el mío. Escribí en francés “los estudiantes no somos…” y pinté un burro.

–Tu siempre dando la nota, José María.

–Nada más leer el papel, aquel profesor lo alzó y, mostrándolo a los estudiantes, preguntó de quién era. Yo me levanté y dije que era el autor de la nota. El hombre no me hizo ninguna observación y dio por finalizada la clase. Pero al poco tiempo nos llamaron a todos los españoles del comité del Partido y, mediante un intérprete, nos preguntaron quién había enviado la nota ofensiva a aquel profesor. Yo dije que no tenía intención de ofender a nadie, sino que, como no sabía ruso, había utilizado aquella forma para transmitirle la idea de que los estudiantes no éramos seres sin raciocinio y pensaba que puesto que la Unión Soviética estaba construyendo el socialismo y había creado el stajanovismo en la producción, carecía de sentido que repitiera tantas veces la explicación del mismo concepto. Creo que mi argumentación fue convincente, pues el secretario del Partido se salió por la tangente diciendo que los latinos teníamos la mente más rápida, pero a los rusos había que repetirles las ideas más veces. Después supe que esa misma teoría ya la había expresado el mariscal Suvórov en su obra La ciencia de vencer. La repetición es la madre de la enseñanza en Rusia. Ahí terminó todo. Pero hay que reconocer que los rusos tienen una gran cualidad: no son rencorosos. Durante los exámenes, aquel profesor Brzhechka quiso corregir el mío expresamente y… ¡Me dio sobresaliente!

Aunque Bravo era muy reservado sobre sus relaciones con las mujeres, Montilla comenzó a tirarle de la lengua como había hecho él sobre sus relaciones con las chicas, y Bravo terminó confesando que gracias a los rudimentos de alemán que había adquirido durante un verano, cuando era estudiante, se entendió muy bien con una alumna de su grupo llamada Iria Ledvig, una hebrea que hablaba muy bien alemán, y al poco se convirtieron en novios. “Nuestra relación se mantuvo hasta el comienzo de la guerra, en que salió a flote su espíritu antisoviético. Su padre era un abogado que había muerto en las terribles purgas de Stalin y ella comenzó a colaborar como intérprete de los alemanes hasta que… uno de ellos la mató”.

El aviador guardó un minuto de silencio y se quedó con la mirada perdida en la atmósfera de un óleo con trigales, amapolas y alcornoques, colgado entre dos alacenas. Después acercó la copa a los labios, se pasó la mano por la frente y prosiguió: “No era mala vida, aquella de estudiante. Los comunistas te instruían, te daban una paga, hacías deporte, paseabas, bailabas y hacías otras cosas agradables con tu novia, la preciosa Iria. ¿Qué más podías pedir? Los malos recuerdos quedaban atrás. Los domingos nos reuníamos con otros compañeros rusos en sus “repúblicas” y cocinábamos y comíamos a costa suya, pues la paga no nos llegaba a fin de mes, debido a esa costumbre tan española de gastar más de la cuenta los primeros días. Entonces hicimos un descubrimiento estupendo: las lentejas. Los rusos no comían aquella gramínea: se la daban a los cerdos. Cocinábamos perolas de lentejas con cebollas, tomates, pimientos y tocino y nos dábamos unos banquetes de padre y muy señor mío. Ellos se acabaron acostumbrando. Otras veces, visitábamos la escuela de niños españoles de Pomierki, en las afueras de la ciudad, donde estaba de profesora la madre de nuestro compañero Ráfales. Además de comer de gorra todos los domingos, yo me sacaba un sobresueldo dando clase de matemáticas y dibujo lineal a los compañeros españoles de una fábrica para que pudiesen interpretar los planos de las piezas que tenían que fabricar. También me inscribí en el círculo de natación; nos entrenábamos a las diez de la noche en la piscina de la fábrica Serp y Mólot tres días por semana y me convertí en campeón del Instituto y de las competiciones estudiantiles de Járkov en la modalidad de braza”.

–Siendo un nadador famoso, alguna sirenita pescarías, ¿no?

–Ya tenía a mi Iria, ¿para qué más? Ya sabes Manolo que no soy promiscuo.

–Las rusas suelen serlo –terció la Rubia.

–Sí, y además son muy bonitas, pero yo me limitaba a mirarlas. Además, estábamos muy preocupados por la situación internacional. Alemania había emprendido su ofensiva hacia el Oeste, había ocupado Bélgica, Holanda y Francia sin resistencia. El Gobierno de Petain había pedido el armisticio. La guerra contra la Unión Soviética nos parecía inminente y nos resultaba extraño que ni el pueblo ni el ejército ruso advirtieran el peligro y se dejaran sorprender. Hicimos el segundo curso en aquel Instituto de Construcción de Maquinaria –al que, por cierto, se incorporaron Gullón, Estrela y García Lloret, procedentes de una fábrica de los Urales que ellos mismos habían elegido, y Castillo y Antonio Ballesteros de otras fábricas cercanas, así como Manuel Belda, que pasó al vecino Instituto Electrónico–, y estábamos ya de vacaciones, es decir, “en paro”, cuando el 22 de junio de 1941, a las 3:30 de la madrugada, la guerra despertó a todo el pueblo ruso con su secuela de calamidades y sufrimientos. Ciento treinta y cinco divisiones alemanas, finlandesas y rumanas comenzaron a avanzar en todo el vasto frente, desde el mar Báltico hasta el Negro, en una extensión de más de 2.500 kilómetros. Estaban divididos en tres grandes ejércitos: el primero se dirigía hacia Moscú a las órdenes de Hedor von Bock, el segundo hacia Leningrado al mando de Wilhelm von Leeb y el tercero marchaba contra el Cáucaso con Kart von Runsted a la cabeza. Lo primero que se nos ocurrió fue enviar telegramas al PCE, al PCUS, al Ministerio de Defensa, a la Komintern, a los sindicatos y a otros organismos, manifestando nuestro deseo de incorporarnos a la lucha contra el enemigo común, ya que considerábamos que aquella guerra era la continuación de la que habíamos mantenido en España. Sólo recibimos respuesta del PCE. ¡Y qué respuesta! Nos decían que nuestra misión era seguir estudiando y cumplir las instrucciones de la dirección del Instituto. En vista de que no contábamos para aquellos tipos, decidimos apuntarnos como operarios en la fábrica experimental del propio Instituto, donde nos destinaron al departamento de control que verificaba la calidad de las piezas fabricadas para la industria de guerra. Dado que nuestra residencia de Guigant  se había convertido en hospital militar, nos alojamos en un pabellón adjunto al propio instituto.

–¿Tenían la guerra en la puerta y no les dejaban luchar? –Se extrañó Lucas.

–Así era. Mis tres compañeros de habitación, unos muchachos excelentes, Alexander Koliésnikov, que era secretario del Komsomol del Instituto; Segismund Yesionovski y Liev Guindin se fueron voluntarios al frente. Murieron heroicamente en la defensa de Kiev. Y nosotros allí quietos, revisando piezas, practicando en el torno y… mordiéndonos las uñas de rabia. Y todo eso mientras los nazis metían su zarpa en Ucrania, masacraban a la gente de Kiev, ocupaban Poltava –la otra ciudad importante– y seguían avanzando hacia Járkov. Entonces las autoridades decidieron la evacuación inmediata y el traslado al Este de toda la industria y los centros de enseñanza, así como todo el material ferroviario, de vital importancia para un país que carecía de carreteras transitables durante el gélido invierno. Aquello nos afectaba también a nosotros, pero los españoles no estábamos dispuestos a abandonar Járkov de ninguna manera. No, sin luchar. Decidimos hacer una sentada delante del edificio del Comité Central del PC de Ucrania, que estaba en la Plaza de Dhezhinsk, probablemente la mayor de la URSS. Éramos veinte estudiantes y algunos compañeros de las fábricas que se nos habían unido. Muy pocos, una gota de agua en el mar. Pero una gota española tan persistente como la malaya que acaba horadando la piedra. Estuvimos varios días en aquella plaza. La gente nos miraba con curiosidad. Allí estábamos Alberto Alberca, Antonio Ballesteros, Manuel Belda, Herminio Cano, José Cañas, Luis Castillo, Mariano Chico, Rafael Estrela, Joaquín Ferreira, Andrés Fierro, José María Flórez, Enrique García Canet, Juan García Puertas, Francisco Gaspar, Francisco Gullón, Manuel Herrera, Hipólito Nogués, José Biescas, Domingo Ungría y yo. Nuestro decano era Ungría, teniente coronel del Ejército de la República y jefe de una agrupación de guerrilleros. Después de unos días, los mandos del Partido no pudieron seguir ignorando nuestra presencia y, por fin, del edificio salió un oficial que, dirigiéndose a Ungría, le dio un fuerte abrazo. Era el coronel Ilia Griegórovich Stárinov, que había sido consejero suyo en nuestra guerra y conservaba su recuerdo y amistad. Enterado de lo que nos sucedía, nos dijo que no nos moviéramos, volvió a entrar en el edificio y salió al poco rato para indicar a un oficial que nos condujese en un camión, que acababa de detenerse, a una casa, una especie de cuartel, donde nos dieron de comer, nos entregaron uniformes militares y nos alojaron. Así ingresamos en el Ejército Rojo.

El relato de Bravo cautivaba a los reunidos. No era para menos; combatir en la Gran Guerra Patria y derrotar a los nazis que tanta muerte y desolación habían causado en España, elevaba en el imaginario de los veteranos compañeros la estatura de aquel jefe de escudrilla, por lo demás no muy sobresaliente en términos físicos. No era poca paradoja –pensaba Lucas– que los franceses, que trataron a aquellos españoles como deshechos humanos, quisieran alistarles para combatir, y que los rusos, que les acogieron con respeto y bondad, no les permitieran arriesgar sus vidas para defender su patria. ¡Qué diferencia de trato y de sensibilidad entre unas autoridades que se decían democráticas y otras que eran vistas como campeonas del dogma y la crueldad! ¡Qué diferencia de calidad humana entre uno y otro personal!

Bravo siguió contando que cuando se enteraron de que el coronel Stárinov, que pasaba por ser la primera autoridad del país en materia de minas, mandaba una unidad de ingenieros que se encargaba de colocar aquellos artefactos en determinadas zonas para frenar el avance enemigo sobre la ciudad, se apresuraron a solicitar destino como guerrilleros y su petición fue atendida.

“Después de un rápido aprendizaje, comenzamos nuestra labor de minadores. Actuábamos de noche y nos escondíamos de día en los cementerios, donde los alemanes nunca entraban. Las explosiones de las minas dañaban los carros de los nazis, pero por sí solas no servían para frenar su avance. A los pocos días, recibimos la orden de retirarnos y nos fuimos en camiones y coches ligeros que nosotros mismos conducíamos hacia la zona del Este. Llovía. Los caminos estaban intransitables. Cuando un coche no podía seguir, lo abandonábamos con una bomba trampa para los alemanes. El barro y aquellas bombas frenaron casi por completo el avance enemigo. En Chugúev, un importante centro ferroviario, próximo a Járkov, nuestro grupo se dividió: Ungría y otros se dirigieron en tren a Stalingrado, a donde habían ido a parar algunos amigos de las fábricas, y el resto fuimos a Vorónezh, donde pasamos unos días fabricando minas y fuimos nombrados instructores. Como la situación en Moscú era delicada, debido al avance de los nazis desde el Oeste, el coronel y un grupo se trasladó allá y el resto fuimos enviados al ejército del Sur, a Rostov del Don.

Nunca se me olvidará que allí, en Rostov, nos instalamos en el sótano de un edificio de varias plantas para protegernos de los bombardeos y que cuando estábamos preparando las minas, al manipular una antitanque, realicé un contacto erróneo y estalló el detonador. Por suerte no explotaron las pastillas de trilita que había alrededor, lo que habría causado la voladura del edificio entero y la muerte de todos nosotros. El incidente se quedó en una herida en mis manos y nos permitió celebrar allí el Año Nuevo y salir poco después a minar el campo enemigo. Fuimos en tren hasta Azov y a pie unos veinte kilómetros hasta las aldeas del Mar de Azov, donde nos distribuimos en varios grupos. Yo iba con Gullón, Belda, Nogués y varios rusos. En unos trineos con caballos cubiertos con gualdrapas blancas y nosotros con atuendo de camuflaje del mismo color, emprendimos una marcha de 40 kilómetros a través de los hielos que cubrían la superficie del mar, a treinta grados bajo cero y con un viento huracanado…”

El guerrillero acercó la copa a sus labios, bebió un sorbo de coñac, otro de agua de limón… Después prosiguió: “En un momento se me desataron los condenados crampones que llevábamos en los pies y me encontré sentado en el hielo sin poder levantarme. El viento me arrastraba hacia el mar abierto, alejándome de los míos. Me sentí tan impotente que llegué a pensar –la única vez en mi vida, os lo aseguro– en pegarme un tiro. Menos mal que se dieron cuenta y volvieron a buscarme. Cuando estábamos a unos tres kilómetros del enemigo, dejamos los trineos y los caballos y comenzamos a realizar nuestra misión de minar todos los caminos que conducían a Taganrog y los cobertizos próximos al emplazamiento de los puntos de vigilancia que tenían establecidos, donde probablemente guardaban armamento y pertrechos. Todo ello, de madrugada y en absoluto silencio, en grupos de dos o tres. Colocamos minas de retardo y también minas trampa para que estallaran si nos descubrían y perseguían”.

–¿La operación salió bien? –inquirió la Rubia.

–Sí, dejamos el terreno sembrado y causamos un daño enorme a los enemigos nazis. Regresamos hacia los trineos, que localizamos mediante señales luminosas previamente establecidas, pero en el camino de regreso perdimos de vista a Belda y al oficial ruso que le acompañaba. Volvimos a buscarlos, pero no logramos dar con ellos. Pensando que se habrían desviado, pero que seguían el camino de regreso, que ya no era muy largo, reanudamos la marcha y llegamos a Shabelsk completamente agotados y con quemaduras a causa del hielo. Nuestras patronas, las josiaki en ruso, nos curaron con grasa de ganso y salimos a buscar a nuestros compañeros, que seguían sin aparecer. Al final los descubrimos, cubiertos de nieve, en una hondonada en la que se habían quedado dormidos a consecuencia de la fatiga… Estaban muertos.

En este punto, Bravo interrumpió su relato y, como en el caso de Iria, todos guardaron un minuto de silencio a la memoria de Belda, al cabo del cuál, la Rubia rellenó las copas y Montilla alzó la suya por el compañero muerto. Brindaron por su recuerdo. Lucas animó a Bravo a proseguir su relato y éste dijo que los guerrilleros minadores siguieron actuando en aquella zona hasta el mes de abril, cuando el deshielo les impedía ya atravesar en trineo el lago, y se trasladaron al sur, a Tiemriuk, frente a la costa de Crimea, donde utilizaron lanchas torpederas para minar la línea ferroviaria de aquella región. Un mes después abandonaron el Sur y les llevaron a Moscú. Desde la capital le enviaron con Fierro y un pequeño grupo de oficiales recién salidos de la Academia a un aeródromo llamado Naro-Fominsk y situado a unos sesenta kilómetros de la capital. Iban a saltar en paracaídas sobre territorio enemigo en el oeste del Don para volar el mando nazi y facilitar la ofensiva que se preparaba en aquella región. “Menos mal que la operación fue suspendida, pues no habríamos sobrevivido o habríamos tardado meses en pisar terreno propio”.

Los destinos y cometidos se sucedieron. Bravo fue enviado con cinco o seis guerrilleros al frente de Kalinin, donde el enemigo tenía cercado a un cuerpo de caballería ruso. “Aterrizamos de noche en un par de avionetas PO-2, pertrechados con unas pesadas minas que comenzamos a colocar en la retaguardia de los sitiados. Cuando el mando dio la orden de atacar y romper el cerco nos pidió que fuéramos con ellos, pero nos negamos diciéndole que saldríamos por nuestra cuenta”. Cuando los nazis retrocedieron para realizar una operación que les permitiese atacar por la retaguardia, sufrieron unos destrozos mayúsculos, provocados por las minas de los guerrilleros de Bravo, y quedaron atascados, a merced de los soviéticos. “Por mi participación, conseguida con muy pocas bajas, fui condecorado con la Orden de la Bandera Roja. Fue la segunda que me pusieron en la pechera; después me pusieron más. Entonces me desplacé con Fierro al sector de Demídov, en la región de Smoliensk, y estuvimos minando casas, carreteras, caminos y puentes de una franja que el ejército se proponía abandonar para simplificar la línea del frente. Después nos trasladamos al Norte, a Stáraia Toropa, acompañados por varios guardafronteras. Allí se quedaron Fierro, Otero, Fina y alguno más, adiestrando a los guerrilleros que operaban en aquel sector y acompañándoles en las primeras operaciones en territorio enemigo para minar las carreteras y vías férreas. Yo tuve que regresar a Moscú porque me llamaron para participar, como representante de los españoles, en un Congreso Internacional de la Juventud Comunista”.

–¿Cuántos compañeros aviadores cayeron en aquellas operaciones guerrilleras? –preguntó Montilla.

–Que yo recuerde, además de Belda, murieron José Badía, Alfredo Fernández Villalón, Hipólito Nogués, Antonio Blanco, Antonio Blanch, José García Otero y… algunos más.

Se hizo el silencio. Lucas quiso pedirle que realizara la cuenta inversa, ¿cuántos sobrevivieron?, pero Amaro, gran estudioso de los congresos obreros internacionales, se interesó por aquel cónclave de la juventud internacionalista, y Bravo, más que hablar de la reunión, contó aquella estancia en Moscú que a punto estuvo de cambiar su vida y cambió su destino militar.

–Si prometéis no decir nada, os contaré algo que hasta este momento sólo sabemos dos.

–Pues claro que lo prometemos, faltaría más –dijo Montilla.

–Iba un día con Zarauza por la calle Gorki y cuando nos dimos cuenta resulta que estábamos siguiendo a una señora elegantísima, tan  guapa que los rusos, que no suelen prestar atención a las mujeres en la calle, se volvían a mirarla. Nosotros íbamos preguntándonos en voz alta quién podía ser. Era tan morena que no parecía rusa ni caucásica. A la altura del hotel Lux, donde sabíamos que se alojaban los representantes de los partidos comunistas extranjeros, refugiados a causa de la guerra, la mujer se volvió hacia nosotros y nos dijo en español: “Vivo aquí; si me quieren ver ya saben dónde encontrarme”. Nos quedamos de piedra.

“La cosa no acabó ahí –siguió contando–; al día siguiente teníamos una entrevista con el dirigente del PCE Jesús Hernández, que vivía en aquel hotel y trataba de atraernos hacia su causa. Cuando nos presentamos en la recepción y solicitamos verle, se puso al telefonillo una mujer. Me sonó su voz y le dije a Zarauza, sin saberlo, que era la del día anterior. Él era muy tímido y se negó a subir, así que tuve que hacerlo yo solo. En efecto, era la belleza que habíamos visto. Me presentó a su marido, al que conté el encuentro casual del día anterior –ella no le había dicho nada– y puesto que el tema carecía de importancia, nos pusimos a hablar del papel del partido en la guerra y de la situación en España. Cuando me despedía, ella aprovechó un momento para decirme que la llamase, lo que hice al día siguiente desde el apartamento de mi amigo Luis Abollado, uno de nuestros dirigentes. Al decirle que estaba sólo, pues mi amigo y su compañera se habían ido a trabajar, vino a verme. Y así comenzó un romance que duró los pocos días que permanecí en Moscú. Pero, ¿qué podía a hacer yo, un simple capitán piloto, con una mujer como ella, de una gran belleza e inteligencia, que estaba acostumbrada, aun en circunstancias de guerra, a la buena vida y alternaba con altos personajes, incluida Pasionaria? No tardó mucho en salir para México con Hernández, del que se separó poco tiempo después”.

–Eso sí es una aventura de altura, no como las mías –dijo Montilla.

–Las de altura vinieron enseguida. Un día de aquel verano de 1942, cuando salía del hotel Intúrist, en el que me habían alojado mientras se celebraba el congreso, me llamó un coronel. Yo iba vestido de capitán de ingenieros y le pregunté si había cometido alguna infracción, pues viniendo del frente, no estaba acostumbrado a las estrictas exigencias de uniformidad. Él se echó a reír. Mi cara de susto le debió hacer mucha gracia. Me dijo que un general que estaba en el coche, junto a la acera, me llamaba. Me acerqué. Era Osipenko.

–¿El jefe de la escuadrilla de Chatos con el que coincidimos en el aeródromo de Sarión durante la ofensiva de Teruel? –Preguntó Montilla.

–El mismo –asintió Bravo.

–¿Stalin no le había fusilado? –Preguntó con fingida sorpresa.

–A este no, todavía. Me había reconoció, pero yo tardé un poco en reconocerle a él porque estaba más grueso y no podía imaginar que fuese ya general mayor de aviación. Pero así era. Y en aquel momento ocupaba la jefatura de la Aviación de Caza de la Defensa Antiaérea de la URSS. Hizo que le acompañara a su Estado Mayor, en la Plaza Roja, y le relaté toda nuestra trayectoria y las razones por las que no volábamos. El coronel Stárinov, nuestro jefe, no quería soltar a ningún ingeniero minador a menos que nos dieran un cargo similar al que teníamos. Era un buen argumento para retenernos, pues sabía que no iban a nombrarnos jefes de escuadrilla de la noche a la mañana. No obstante, Osipenko me pidió una relación de los pilotos españoles que nos encontrábamos en la URSS, con los datos, graduaciones y horas de vuelo de cada uno. A continuación habló con Voroshílov y éste ordenó nuestra incorporación inmediata a la aviación. Por desgracia, me olvidé de alguno que durante muchos años no ha hecho más que reprochármelo. “A lo mejor te he salvado la vida”, suelo contestarle yo.

–¿Te homologaron el grado? –Se interesó Montilla.

–Sí, capitán de aviación. Nosotros queríamos formar nuestro propio regimiento, el de los españoles, como hicieron los franceses, a los que permitieron crear el Nomandie-Niemen, que voló en los Yak-7 con los colores rusos y franceses. Pero ni siquiera nos permitieron estar juntos porque se opuso el PCE, ni combatir contra las escuadrillas expedicionarias españolas enviadas por el dictador con las tropas alemanas, aquella carne de cañón de la División Azul. A Zarauza, Joaquín Díaz Santos, Carbonell, Pallarés y a mí nos mandaron a Mozdok, al lado de Grozni, en Chechenia, pero la zona ya estaba en manos de los alemanes y marchamos a Bakú en Azerbayán, donde nos entrenamos en los Moscas tipo 17, más modernos que los que habíamos tenido en España. Nos encuadraron en dos regimientos distintos. La defensa antiaérea de aquella zona contaba con cinco regimientos de cuarenta aviones cada uno y estaba al mando del mayor general Yevsiéev, que había obtenido el galardón de Héroe de la Unión Soviética por su comportamiento en nuestra Guerra Civil.

Estaba claro que para seguir a Bravo iba haciendo falta un mapa. Lucas salió a buscar uno de carreteras que tenía en la guantera de su R-5, estacionado ante el Ateneo de la calle del Prado, uno de carreteras en el que venía la URSS. Cuando regresó y lo extendió en una esquina de las mesas en torno a las cuales se hallaban, el aviador estaba contando una experiencia aterradora. Resulta que antes de entrar en acción realizaron un entrenamiento de una semana con los nuevos Moscas en el aeródromo de Aliaty, en el sur de Bakú, a orilla del mar Caspio. Como hacía mucho calor, volaban muy temprano, pero antes se daban un chapuzón en las cálidas aguas del mar. “Como ya os he dicho, yo había sido campeón de natación y me mantenía en forma. Una mañana me fui a un islote situado a un kilómetro de la costa. Al llegar me encontré rodeado… Había serpientes, muchas serpientes por todos lados… No tenía donde poner el pie. Ni que decir tiene que me lié a dar brazas y salí zumbando… Llegué a la playa completamente agotado. Los cabrones de los rusos se estaban riendo de mí. ¿A quién se le ocurre ir a la Isla de las Serpientes?, decían. Pero lo más gracioso es que aquellas serpientes ni siquiera eran venenosas, añadían sin dejar de reirse a mandíbula batienete de mi ignorancia”.

Lucas iba señalando las rutas y destinos de Bravo sobre el mapa. De Aliaty, Zarauza fue enviado como capitán y jefe de escuadrilla a la defensa antiaérea de Baku, y Bravo, también como jefe de escuadrilla, con Díaz Santos, a Shijikai, lejos del mar, en una zona montañosa que le recordaba el aeródromo de Caspe, en el Levante español. Aquella ciudad no venía en el mapa, pero Bravo puso un punto en el lugar donde debía estar. “Volábamos sobre todo de noche y las alarmas no dejaban de sonar. El mayor Yevdokímenko, que no había participado en ninguna guerra y desconocía lo que era un combate aéreo de verdad, desaprobaba mi manera brusca de volar –para él lo más importante era mantener siempre la bolita en el centro del inclinómetro en las evoluciones acrobáticas–, así que en vez de darme el mando de una escuadrilla, como tenía ordenado, me puso de segundo del teniente mayor Yugánov, quien falleció poco después en un desgraciado accidente”.

–Mala suerte. ¿Seguíais volando en el Mosca? –Preguntó Montilla.

–Sí, en los I-16, pero muy mejorados; ahora eran I-17, con dos cañones sincronizados con la hélice en el morro, dos ametralladoras en los planos y seis cohetes antiaéreos. El avión pesaba mucho más, pero también tenía mayor potencia. Aterrizábamos a 160 kilómetros por hora y tenía flaps hidráulicos y muy buenos frenos. Nada que ver con nuestros frágiles Moscas de España.

Bravo se explayó sobre la defensa aérea de la zona petrolera del Caúcaso, que era vital para la Unión Soviética, pero también para los nazis. Los alemanes habían prolongado su avance a través del istmo caucásico y querían apoderarse a toda costa de los campos petroleros de Bakú y sus alrededores. Mandaban aviones de reconocimiento para conocer lo referente a las defensas y realizar bombardeos selectivos, pero los rusos organizaron una red de defensa diurna y nocturna, dividida en cuadrículas, y los mantuvieron a raya en todo momento. “Si un avión enemigo entraba, cosa difícil, no salía vivo”, aseguraba Bravo.

–¿Cuántos derribó? –Le preguntó Lucas.

El aviador miró al trigal del cuadro, como haciendo memoria, y dijo: “Alguno; muy pocos consiguieron entrar en un sector tan protegido, y los pocos que lo lograron no encontraron la forma de salir”. Y mientras decía eso, abrío y cerró varias veces el puño: treinta buitres de acero inoxidable derribados no era mala cosecha, dedujo Lucas.

“Volábamos día y noche, con despegues programados o provocados por las alarmas. Durante el día, y para entrenarnos en el vuelo por instrumentos, volábamos en los aviones ingleses de los tipos Hurricane y Spitfire. El frente estaba cerca y las alarmas eran constantes. Pero los alemanes nunca quisieron bombardear los pozos petrolíferos porque esperaban conquistarlos intactos para utilizar el combustible que tanto necesitaban. No lo consiguieron”.

Las operaciones nocturnas le apasionaban y se explayó en detalles sobre las señales de pistola, las bengalas para indicar al piloto si llevaba la altura necesaria para aterrizar, la obligación de los mecánicos de esperarles cuando aterrizaban para guiarles con sus linternas hacia el lugar donde debían ocultar los aviones, en unas caponeras camufladas y dispersas junto a los límites del campo… Aquellos detalles técnicos interesaban a Montilla y a Borrajo, pero aburrían a Amaro, Nequin y los demás. Sin embargo, nada de cuanto decía era gratuito, pues desembocaba en algún episodio que helaba la sangre.

“Una noche oscura, como todas las del Sur, el mecánico de mi avión se quedó dormido y no me hizo la señal con la linterna, con lo cual tuve que rodar sin ver absolutamente nada, pues lo impedía el morro del aeroplano, orientándome como pude por las estrellas, hasta que me harté de rodar y detuve el avión, dejándolo allí mismo. Cansado como estaba, sabía que me iba a tocar ir andando hasta la residencia lo menos tres kilómetros y con el paracaídas a cuestas, ya que no se podía abandonar, y vestido además con el pesado mono de vuelo y las botas de piel, pero no había otra solución. Por la mañana me despertó el comandante y me llevó al lugar donde había dejado el avión. Estaba al borde de un precipicio. Me preguntó por qué lo había dejado allí y le contesté que me había hartado de rodar sin ver la señal del mecánico. Todavía no logro explicarme la decisión que tomé”.

–El ángel de la guarda pisaría el freno  –dijo la Rubia.

–No lo creo; mi religión carece de esos bichos.

–¿Qué religión es la suya?

–Ninguna.

El mapa de Lucas se iba llenando de rayas entre el Mar Negro y el Caspio, entre Cala, cerca de Bakú, y Majachkalá, un puerto del Mar Caspio, capital de la república autónoma de Daguestán, que limita al Oeste con Chechenia, y entre esa ciudad, Bakú y Tbilisi en el Caspio. “Una de nuestras misiones fue volar día y noche por encima de una serie de cuadrículas del mapa a lo largo de la vía férrea que unía Tbilisi con Bakú para proteger de los bombardeos cierto número de minisubmarinos que debían ser evacuados en plataformas ferroviarias desde el Mar Negro al Caspio. Posteriormente supimos que aquella operación era una manobra de distracción para encubrir otra de mayor envergadura”.

En Bakú dibujó Lucas una cruz por Zarauza, que se estrelló en diciembre de 1942 cuando participaba en un simulacro de combate de entrenamiento entre dos escuadrillas. Cayeron él y un sargento ruso llamado Riápishev junto a un cementerio próximo al campo de aviación, en el que fueron enterrados. También dibujó un mosquito como señal de la malaria que atacó a Bravo.

“En Majachkalá teníamos el aeródromo entre una factoría de conservas de pescado –caviar, arenques, salmón…– y una destilería de alcohol, o sea, entre los aperitivos. Como ambas tenían gran necesidad de gasolina, que a nosotros nos sobraba, les cedíamos de vez en cuando una cantidad, y luego, cuando venía algún jefazo a inspeccionar el cuerpo de ejército, le agasajábamos convenientemente. De nuestro trato dependía en gran parte su informe sobre la unidad. Pero uno de ellos se empeñó en volar cuando estaba completamente cogorza y aunque hicimos todo lo posible por evitarlo, no lo conseguimos, y se estrelló con el avión.

Como los alemanes –prosiguió– ya no estaban en condiciones de realizar incursiones, se decidió dar por finalizada nuestra misión. Por cierto, que los de intendencia estaban empeñados en hacerse millonarios con el tráfico fraudulento de alcohol, en el que querían involucrarme, ya que no podían hacerlo sin mi intervención, y para evitar llevarles a los tribunales por intento de soborno, no me quedó más remedio que pedir al general varias sustituciones de aquellos tipejos”.

Otro filamento del bolígrafo de Lucas conducía al Mar de Aral, en la llamada estepa del hambre, donde Bravo y su escuadrilla, que ya habían pasado a pilotar los famosos Kittyhawk norteamericanos, tenían la misión de evitar las incursiones de aviones alemanes a través de Afganistán. “El calor era insoportable; por el día llegábamos a 70 grados y de noche no bajábamos de 40. Freíamos los huevos en una pala sobre la arena. Como todo lo expulsábamos a través del sudor, teníamos que tomar unas pastillas especiales para evitar dolencias renales, y más de un piloto no aguantó y tuve que retirarle antes de tiempo. Estuvimos allí un mes sin que aparecieran los aviones enemigos. El peligro era otro: la malaria. El doctor Babaián nos suministraba grandes dosis de quinina para combatirla, lo que aparte de dejarnos sordos, nos obligaba a mantenernos varios días apartados del vuelo. Aquel Babaián controlaba estrictamente las fechas en que debíamos sufrir los ataques de fiebre, pero no supo señalármelas a mí. No le culpo porque me habían picado tres clases de mosquitos anofeles y no era fácil establecerlas. Una noche, volando en mi Kittiyhawk, sufrí el ataque y, sin darme cuenta de lo que hacía, tomé tierra, inflingiendo todas las normas, entre un enjambre de pozos de petróleo. Por la mañana me encontraron tumbado bajo el avión, que estaba intacto, con más de 40 grados de fiebre. Me evacuaron inmediatamente a un hospital y, en cuanto al aparato, tuvieron que desmontarlo”.

Una nueva raya sobre el mapa conducía a Stalingrado. Bravo quería combatir, pero no le dejaban. Aquel viaje a la maravillosa ciudad que albergaba algún cuadro español evacuado del Museo del Prado durante la Guerra Civil en su famoso museo del Hermitage era para llevar una escuadrilla de Moscas y entregarlos. Corría el mes de octubre de 1942 y la batalla de Stalingrado estaba en pleno apogeo. Cuando aterrizaron, se dio de bruces con el coronel Újov, un antiguo amigo de Caspe. Se abrazaron y, recordando tiempos pasados, salió a relucir lo de las “mandavoshka”. “El muy cabrón se acordaba y lo contó allí en público”, dijo Bravo mirando a Montilla, quien no pudo disimular una risilla. “De resultas de aquello –añadió Bravo–, me quedó el apodo de mayor Mandavoshka y hasta el hijo de Stalin, con el que coincidí al cabo de varios años en la Academia Superior del Aire, lo conocía”.

–¿Qué significa el mote? –preguntó la Rubia.

–Que se lo cuente el amigo Montilla, que tantas ganas tenía de que fuéramos a putas.

Montilla soltó otra risita, pero no dijo ni mu. Bravo siguió contando que el muy cabrón de Újov se negó a reclamarle para combatir en la defensa de Stalingrado, como le había pedido. “De vuelta del Caspio, una madrugada, estando de guardia con la escuadrilla reforzada por dos patrullas, se iluminó el cielo con la bengala roja de despegue inmediato. Ya en el aire, recibimos por radio la orden de aterrizar en Kishlí. Me dirigí allá con los pilotos que me seguían y, nada más tomar tierra, se me ordenó verbalmente proteger dos bimotores Li2, similares a nuestro Douglas, acompañándolos a donde se dirigieran e interceptando cualquier avión propio o enemigo que se acercara. El despegue fue tan inmediato que algunos de mi escuadrilla tuvieron que retrasar el aterrizaje, ya que la pista la ocupábamos los que emprendíamos vuelo. No sabíamos a quién acompañábamos ni a donde nos dirigíamos, pero ya en vuelo, los Li2 se orientaron hacia el sur, lo que para nosotros, que conocíamos bien el sector, significaba que íbamos a Persia. Los aviones de pasajeros se adentraron en el mar a gran distancia de la costa, volando a cincuenta metros del agua para evitar ser localizados por los radares. Íbamos doce cazas de protección a los lados, arriba y detrás. Al llegar a la desembocadura del río Kurá, que separa la Unión Soviética del territorio persa, los Li2 tomaron altura y di orden de modificar la protección para evitar ataques desde tierra, pues en aquella época las diferentes tribus campaban por sus respetos y actuaban por su cuenta, sin control alguno del gobierno central, e incluso disponían de aviones propios.

Llevábamos algo más de dos horas de vuelo cuando los Li2 comenzaron a descender para tomar tierra en un aeródromo dispuesto sobre un terreno pantanoso con una pista muy estrecha, de 25 metros de ancho, construida con unas mallas de hierro extendidas sobre el suelo –era el sistema que se empleaba para instalar los aeródromos de campaña–. Ya estaba a punto de tocar tierra cuando vi de refilón unas sombras verticales junto a los planos del aparato y algo debajo de ellos a personas que, al disminuir la velocidad, me di cuenta de que eran soldados en posición de firme a lo largo de la pista. Ni que decir tiene que el susto fue morrocotudo. Sólo con pensar en la catástrofe que podía haber ocurrido si alguno de los doce aviones no tomaba tierra por el centro mismo de la pista todavía me asusto. Menos mal que los pilotos eran muy experimentados. Pero me figuro el pánico de los pobres soldaditos al ver pasar delante de sus narices aquellas moles metálicas a 200 kilómetros por hora. Los pasajeros de los dos aviones de transporte montaron en varios coches y abandonaron el aeródromo sin que supiéramos quiénes eran. Un oficial de enlace nos informó de que estábamos cerca de Teherán, como habíamos supuesto al ver desde el aire una gran ciudad y conocer el rumbo que llevábamos.

Todo era allí imprevisible y sorprendente; nos alojan en un barracón y cuando nos disponíamos a comer, nos llevamos otra sorpresa: el encargado del servicio de intendencia nos pidió nuestras libretas de aprovisionamiento. Al saber que no las teníamos, pues habíamos despegado a toda prisa, con una señal de alarma, nos dijo tranquilamente que, sintiéndolo mucho, no podía hacer nada por nosotros. Le explique que teníamos que volar durante todo el día y que no era posible hacerlo sin comer. También le dije que los aviones eran alimentados con gasolina sin necesidad de documento alguno… Pero ni por esas; no hubo forma de que entrara en razón. El formalismo es una desgracia abundante en todas las latitudes y muy difícil de combatir.

–¿Cómo se las apañó el mayor mandavoshka para comunicar a sus hombres que allí no se comía? –Se interesó Lucas.

–No fue difícil. Por suerte, en aquel aeródromo se hallaba un grupo de pilotos norteamericanos que volaban en aviones Aircobra y enseguida entablamos relaciones amistosas con ellos, y como había un teniente que hablaba francés, aunque me dio vergüenza decirle que no nos daban de comer, pues a ninguna persona con dos dedos de frente le cabía en la cabeza que en un aeródromo con personal soviético se negara de comer a unos pilotos en acto de servicio, le pregunté si disponían de alguna bebida. Me dijo que sólo tenían el alcohol tipo glicol del sistema de refrigeración de los aparatos, pero era venenoso. En efecto, aquellas garrafas de galón y medio –unos seis litros– llevaban una etiqueta con una calavera y una tibia y un peroné cruzados. Le dije que trajeran una y, de paso, también algo de aperitivo. Al poco rato aparecieron con una garrafa y unas riquísimas latas de conservas y galletas. Echamos el alcohol en los vasos, brindamos por la amistad entre los aviadores de ambos países y nos bebimos el primer traguito. Yo les había dicho que llevábamos toda la guerra bebiendo ese mismo alcohol y allí estábamos, vivitos y coleando, pero aquellos americanos no se lo creían y nos miraban como a seres de otro planeta. Luego nos dijeron que esperaban vernos envenenados de un momento a otro, pero al convencerse de que no nos sucedía nada, comenzaron a participar en la fiesta y trajeron más productos. Mientras ellos bebían, nosotros nos dedicábamos, sobre todo, a comer. Su intérprete, ya eufórico por el líquido ingerido, me abrazó y me dijo, creo que en broma, que gracias a nosotros se iba a hacer millonario, pues pensaba comercializar en secreto el glicol entre sus compañeros.

–¡Joer, Bravo! Tu siempre haciendo millonarios a los demás –dijo Borrajo.

–Si te contara las picarescas de aquella guerra… Pero claro, el anticongelante no resolvía nuestro problema, así que decidimos actuar por nuestra cuenta y trasladarnos a la ciudad. El mayor Jafizulin, también jefe de escuadrilla, un tártaro que había estado anteriormente en Teherán trasladando aviones norteamericanos desde el puerto de Abadán, en el Golfo Pérsico, a la URSS, sabía que los envases de cristal eran muy apreciados, así que nos dedicamos a reunir el mayor número de botellas que encontramos en el aeródromo y llenamos una maleta. Salimos a una carretera e hicimos auto stop. Paró un camión y nos llevó hasta una calle del centro de la ciudad. Acostumbrados a la oscuridad de nuestras ciudades en guerra, ya os podéis imaginar nuestra sensación al vernos rodeados de luces, con escaparates llenos de toda clase de mercancías y de productos alimenticios de todo tipo. Sin pensarlo dos veces, Jafizulin, que se entendía bien con los iraníes porque su lengua materna tenía mucho en común con el persa, entró en uno de aquellos bazares y abrió la maleta. A mí me daba vergüenza el enjuague y me quedé fuera. El dueño se hizo cargo de las botellas vacías y empezó a colocar en la maleta otras llenas de vodka. Uno salió a decirme: “Camarada capitán, esto es jauja, dan botellas llenas a cambio de vacías”. Jauja, ya, ya. Cuando el dueño pidió a Jafizulin el importe de la mercancía, éste respondió que no teníamos dinero, y el dueño, sin enfadarse lo más mínimo, empezó a sacar de la maleta las botellas llenas, pero dejó alguna. Jafizulin y él se dieron la mano y los pilotos salieron la mar de contentos.

–Mejor vodka que glicol –dijo Montilla.

–Pero verás. Entonces ocurrió lo que uno no puede ni imaginar. Preguntamos donde estaba la embajada rusa, y cuando nos dirigíamos andando hacia allí, vemos un letrero que pone “Café Bravo”. “¡Joder, unos parientes suyos, capitán!”, exclamó uno. Entramos. Los dueños se llevaron una gran alegría al encontrar en tan lejano país a una persona con el mismo apellido. Nos agasajaron y charlamos un buen rato con ellos. No creo que fuésemos parientes porque eran franceses, pero como si lo fuesen.

–Los famosos parientes lejanos… –dijo Lucas.

Bravo sonrió y la Rubia prometió que compraría vodka para el encuentro del sábado próximo.

–Se bebe muy frío y con refresco o cerveza detrás –le indicó Bravo, recomendándole guardar la botella en la nevera. Luego siguió diciendo que en la embajada fueron recibidos por un coronel que no podía dar crédito a lo que le contaban. Les dio unos sándwiches riquísimos y ordenó que les preparasen unos paquetes con comida, conservas y bebida y les aseguró que su situación quedaría resuelta de inmediato, como así fue. “Al preguntarle a quién habían acompañado y con qué fin, aquel coronel nos habló de la famosa Conferencia de Teherán, nos dijo quiénes participaban en ella y nos rogó que guardásemos el secreto y no lo comunicáramos a los compañeros que habían quedado en el aeródromo, al que regresamos en un coche que puso a nuestra disposición. Al día siguiente todo eran facilidades y el encargado de intendencia nos comunicó que había decidido darnos de comer”.

–¿O sea que eras el jefe de la escuadrilla que protegía al mismísimo Stalin, que acudía a reunirse con el megalómano Churchill y el orgulloso Franklin Delano Roosevelt? –se quiso cerciorar Nequin.

–Así fue, en efecto. Y lo más gracioso fue que yo aterricé el primero porque mi avión sufrió una avería y había gastado casi todo el combustible. Mis hombres aterrizaron detrás y los Li2 tuvieron que dar una vuelta. Al tercer día nos avisaron que estuviéramos listos para emprender el regreso. Mi avión ya había sido reparado. Se había quemado el regulador eléctrico. Formamos ante los aviones, y cuando llegaron los pasajeros de los Li2, el camarada Stalin nos dio la mano uno a uno. Al llegar a mí, que era el último, me preguntó si era georgiano. Le respondí que era español. “¿Conque español? Muy bien, muy bien. Pero explíqueme, ¿por qué sus pilotos visten calzoncillos largos?” Le contesté que eran los pantalones del uniforme de faena, que habían perdido el color a consecuencia del tórrido sol de Bakú. Al oír esto, allí mismo ordenó a uno de sus ayudantes que en el plazo más breve se vistiese al personal volante del ejército del Cáucaso con uniformes que no destiñeran.  La orden fue cumplimentada con una rapidez meteórica, pues tres días después recibimos unos uniformes nuevos de un color verde grisáceo, confeccionados con un material a prueba de los rayos del sol, del fuego y de todos los lavados posibles. Unos uniformes cojonudos. Realizamos el viaje de regreso sin novedad y, ya en Bakú, el jefe Stalin prefirió ir a Moscú en tren, pues ahí donde le ven, tenía miedo a la altura y no le gustaba nada volar.

–Sólo matar –dijo Nequin.

–Sobre todo a los amigos –afirmó Montilla.

Puesto que Montilla había susurrado al oído a la Rubia que “mandavoshka” significaba “ladilla”, ella aprovechó el dato sobre el envío de aquellos uniformes “cojonudos” de parte del gran líder para saber si le protegían adecuadamente las partes bajas de… “usted me entiende”. Y entonces Bravo, sin negar que hubiese ido a putas con los rusos cuando combatía en España, contó una aventura que demostraba su cura de la lujuria y la promiscuidad. “Una de las misiones que me asignaron consistía en traer aviones desde Kamchatka, en el lejano Oriente. Eran aparatos que los aliados se habían comprometido a prestar a la URSS de acuerdo con la Lend and Lease o ley de préstamo y arriendo. Desde aquel remoto lugar realicé dos misiones en vuelo. Teníamos que atravesar Siberia siguiendo la ruta del ferrocarril hasta Moscú. En el segundo viaje se me averió el motor del Kittyhawk y tuve que aterrizar en una gran llanura de Mongolia Exterior, que constituía un verdadero campo de aviación. Pasé allí una semana hasta que vinieron a rescatarme. Los lugareños eran pastores trashumantes que se dedicaban a la cría de corceles. Enseguida vinieron a mi encuentro y trataron de llevarme a su poblado, en las cercanías. Eran gente amabilísima y acogedora que estaba sometida a una perpetua endogamia y favorecían el contacto con los extranjeros para mejorar su raza. Pero me negué a intimar con aquellas mujeres y no me separé del avión. Entonces me armaron una tienda de campaña o “yurta” y me suministraron pieles para que me cubriera durante las frías noches. Me llevaban comida: carne de caballo salada y seca (tasajo) y una sopa de tocino y leche agria. Era lo que tenían y lo compartían conmigo. Ellas insistían en ofrecerme sus encantos, pero me mantuve firme aunque no era fácil renunciar al contacto físico. No lo hice por castidad ni nada parecido, sino porque el mando nos había advertido que padecían enfermedades congénitas como sífilis y tracoma. Si era verdad o sólo se trataba de una manifestación racista, preferí no averiguarlo. Y así aguanté día y noche las amables visitas de casi todas las jóvenes y no tan jóvenes –también los niños venían a jugar en el avión– de aquella tribu durante una semana interminable, hasta que llegaron los mecánicos”.