
Madrid.–Luis Díez.
El presidente de Estados Unidos (EEUU), Donald Trump, ha hecho saltar por los aires el sistema de pesas y medidas de la ética presidencial y la moralidad pública. En los cinco meses que lleva en la Casa Blanca ha “monetizado” el ejercicio del poder como no se recuerda que haya hecho ningún presidente anterior. La tarea de multiplicar su fortuna personal y forrar a sus familiares (en la foto aparece con sus dos hijos mayores) y a sus amigantes (amigos donantes y mangantes) ha quedado hasta ahora en segundo plano. Los aranceles, Canadá, Groenlandia, el canal de Panamá y sus políticas de tolerancia con los evidentes aunque “presuntos” criminales de guerra Netanyahu y Putin, han eclipsado la corrupción del personaje con más poder y fuerza bruta destructiva del mundo.
Sin embargo, Washington empieza a oler a podrido. El periodista Peter Baker cubre su sexta presidencia como corresponsal de The New York Times en la Casa Blanca y asegura que “los Trump no son la primera familia presidencial que saca provecho de su tiempo en el poder, pero han hecho más por monetizar la presidencia que cualquiera que haya ocupado la Casa Blanca”. Las primeras dudas entre los representantes republicanos sobre la ética del presidente surgieron cuando el emir de Qatar entregó un avión de lujo a Trump, un regalo valorado por los expertos en 200 millones de dólares, cifra superior a la suma de todos los presentes aportados a los presidentes anteriores. El avión ha sido asignado a las Fuerzas Armadas, podrá ser usado por el presidente como Air Force One y ha sido aceptado como propiedad privada de Trump, quien podrá seguir usándolo cuando termine el mandato.
Se dan varias circunstancias curiosas en la aceptación de ese regalo por parte de míster Trump. La primera es que la Fuerza Aérea, la USAF, tiene previsto reemplazar los dos Boeing 747-200B altamente personalizados de la flota presidencial desde 1990 por otros dos Boeing 747-8 en 2026. La segunda es que el donante, el emir catarí Tamim bin Hamad al Thani, forma parte de la misma tiraría que Trump denunció en su anterior mandato como “financiadora del terrorismo” y sometió a bloqueo diplomático. La tercera consiste en que la fiscala general de EEUU, Pam Bondi, dio el visto bueno a la legalidad del regalo pese a haber trabajado con anterioridad como lobista de los intereses catarís.
En ese sentido, ocho senadores demócratas del Comité Judicial, encabezados por el californiano Adam Schiff, han cuestionado la ética de los informes de Bondi, precisamente porque antes de ser nombrada por Trump tuvo como cliente de su despacho a la monarquía absoluta de ese emirato. Dicen los senadores en su escrito para revisar el asunto que los informes a favor del regalo privado plantean la “preocupante posibilidad” de que el Departamento de Justicia y la propia Bondi sean “parte integral de un plan” para crear una justificación legal que permita al presidente “eludir la Cláusula de Emolumentos Extranjeros de la Constitución, las leyes federales contra el soborno y de exigencia ética, y el control del Congreso para adquirir uno de los mayores obsequios extranjeros de nuestra historia”.
La operación aviónica es parte del conglomerado de intereses privados diseñado por Trump para rentabilizar el poder. Pocos días antes de asumir el cargo, en enero pasado, lanzó la criptomoneda $TRUMP. Y cuatro meses después, ya como presidente, organizó en su club de golf de Sterling, cerca de Washington, una cena exclusiva para los mayores inversionistas en su criptomoneda. Acudieron 220, entre ellos el multimillonario chino Justin Sun, quien mereció una recepción exclusiva del presidente antes de la cena por ser uno de los mayores compradores de los memecoin trumpistas, en los que ha invertido 40 millones de dólares. Por paradojas de la vida, la Comisión del Mercado de Valores acusó a Sun de fraude en 2023, pero dejó en suspenso la demanda tras la llegada de Trump al poder. También abandonó otras investigaciones sobre criptomonedas.
La confusión entre los intereses públicos, del Estado, y los privados del presidente y su familia a través de empresas particulares en las que participan es absoluta. Muchos intelectuales y millones de trabajadores manuales estadounidenses se preguntan si Trump ha normalizado la corrupción y ya es candidato al uso más descarado del cargo en la historia de EEUU, eclipsando incluso los casos Teapot Dome y Watergate, que arruinaron las presidencias de Warren G. Harding (1921-23) y Richard Nixon (1972-74), respectivamente. El profesor emérito de la Universidad Colgate de Nueva York, Michael Johston, confesaba días atrás al periodista Baker, del Times: “Llevo 50 años observando la corrupción y escribiendo sobre ella, y la cabeza me sigue dando vueltas”.
El corresponsal del Times recoge otras opiniones especializadas sobre lo mucho que Trump ha transformado Washinton a favor de las tramas de enriquecimiento. De hecho, el primer delincuente convicto que ha sido elegido presidente, ha hecho que esas tramas se vean con normalidad. “La muerte de la indignación en la era Trump, o al menos la escasez de indignación, ejemplifica hasta qué punto el mandatario ha cambiado el comportamiento aceptado en Washington”, escribe Baker.
Y naturalmente, el presidente ha eliminado los límites éticos y desmantelado los instrumentos de rendición de cuentas que limitaban a sus predecesores. No habrá investigaciones oficiales porque Trump se ha asegurado de ello. Ha despedido a los inspectores generales del gobierno y a los vigilantes de la ética, ha instalado a simpatizantes leales para dirigir el Departamento de Justicia, el FBI y las agencias reguladoras, y ha comunicado a un Congreso controlado por los republicanos que no está dispuesto a celebrar audiencias.
Pero eso no elimina la percepción del uso y abuso del poder para forrarse económicamente. Quizá el asunto de las criptomonedas acabe siendo el talón de Aquiles del autoritario, caprichoso y necio inquilino de la Casa Blanca. Zach Witkoff, fundador de la empresa de criptomonedas de la familia Trump, World Liberty Financial, anunció a finales de abril en Dubái junto a Eric Trump, el segundo hijo de Trump, un acuerdo de 2.000 millones de dólares en los Emiratos Árabes. El anuncio se produjo una semana antes de que los padres de ambos “criptofinancieros”, Donald y su enviado especial para Oriente Medio, Steve Witkoff, realizaran una visita oficial a la zona.
Los dos cachorros, ejecutivos con criptomonedero, dijeron ante cientos de interesados que llenaban el salón de actos que un fondo respaldado por Abu Dabi cerraría un acuerdo comercial por esos dos mil millones de dólares citados, utilizando las criptomonedas de la firma Trump. Esa transacción representa una importante contribución de un gobierno extranjero a la empresa privada del presidente de EEUU y generará importantes beneficios a la familia. ¿Corrupción? ¿Conflicto ético y de intereses?
Zach Witkoff reveló se utilizaría una denominada “moneda estable” desarrollada por la empresa trumpista para completar la transacción entre la firma de inversión emiratí respaldada por el estado MGX y Binance, el mayor intercambio de criptomonedas del mundo. El uso de la stablecoin World Liberty, USD1, por parte de MGX permite a una empresa de la familia Trump colaborar con una entidad de capital riesgo respaldada por un gobierno extranjero. El acuerdo crea además un vínculo formal entre World Liberty y Binance, una empresa que ha estado bajo la supervisión del gobierno estadounidense desde 2023, cuando admitió haber violado las leyes federales contra el blanqueo de capitales. “Agradecemos a MGX y Binance la confianza depositada en nosotros”, declaró Witkoff. “Esto es solo el principio”. Eric Tramp por su parte hizo otras gestiones para levantar una torre en Dubái.
Luego, cuando llegó el presidente y su corte de multimillonarios, Elon Musk se dedicó a la caza de contratos con los emires para el lanzamiento de minisatélites de comunicación, observación y control, al tiempo que su hermano también cerraba negocios con jeques petroleros. El amigante de Trum que, entre otras cosas, ha conseguido que su amigo y colaborador Jared Isaacman haya sido nombrado administrador de la NASA, lo que redundará en más y mejores contratos con la lanzadera SpaceX de Musk, realizó un anuncio inquietante: la creación de un centro para implantar microchips en el cerebro humano. Sin principios éticos en el manejo del poder, huelgan las barreras de la bioética. A unos cientos de kilómetros de la Península Arábiga, los bombardeos del carnicero Netanyahu contra la población civil de Gaza –ya ha matado a 54.000 palestinos, 18.000 de ellos niños– seguían siendo ignorados por tan poderosos individuos.






