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«La verán mis ojos» (XII): «Milicos preocupados»

El jefe militar de la OTAN y la CIA, Alexander Haig, con su colega Kisingger, 31 años después de negociar en Madrid la permanencia de las bases militares USA
El jefe militar de la OTAN y la CIA, Alexander Haig, con su colega Kisingger, 31 años después de negociar en Madrid la permanencia de las bases militares USA

Por KEY GOOD 

Lucas no se creía que el régimen de PTC fuese a terminar tan pronto como el librero Nequin deseaba. Si Rabadán decía que el dictador tenía cuerda para rato, debía tener razón, pues casi siempre tenía razón Raba. Pero los señores milicos se mostraban preocupados por la marcha de la patria y desde que el general Ferrari dijo entre recogilondrios que su excelencia había perdido el gusto por la caza, deslizaban comentarios que revelaban su desasosiego por la pérdida de facultades del PTC. Un coronel alto y desgarbado al que llamaban Laurel, que se las daba de manejar buena información del entorno palatino, sostenía que su excelencia iba delegando parcelas muy sensibles del poder, incluidos los servicios secretos, en unos tecnócratas egoístas y voraces que parecían muy peligrosos pues, según decía, desequilibraban la relación de fuerza y desnaturalizaban los principios del glorioso movimiento. Y algo mucho peor: acabarían arrinconando al Ejército. No es que la fuerza armada dejase de ser la columna vertebral de la patria, pero entre unos y otros –los carlistas y tradicionalistas que ya mandaban en la Benemérita, y los tecnócratas que dominaban las finanzas e iban ampliando su poder en el gobierno– lo iban orillando, minándole el terreno.

Los comentarios de los milicos reflejaban desasosiego. A este paso llegará el día que tengamos que obedecer a los civiles, comentaban entre dientes. Su disgusto porque el nuevo jefe del gobierno era un civil, amigo personal de la esposa de su excelencia y al que el almirante finado no quería ver ni en pintura, resultaba catedralicio. Mucho les fastidió un discurso del orgánico preboste con orejas de soplillo. ¿Qué es eso de la apertura?, se interrogaban. ¿Vamos tener rojelios hasta en la chepa?, se preguntaban.

No es que el régimen de autoridad fuese a desaparecer de la noche a la mañana, pero les parecía evidente que desde arriba intentaban lavarle la cara y que en la operación de limpieza de cutis, ellos, los militares, eran el grano a extirpar o chamuscar con hidrógeno líquido para convertirlo en costra y desalojarlo de la faz del poder. Pruebas y evidencias comenzaban a tener muchísimas. Nada más había que ver a quién untaba ahora el amigo americano para percatarse de la descarada y creciente marginacion del estamento militar. Sin el malogrado almirante al frente del gobierno, el desequilibrio comenzaba a parecerles patente y los convertía en patéticos. A este paso ligero, pronto les impedirían salir de los cuarteles mientras España se iría sumiendo y consumiendo en el desorden y el caos. Eso decían.

Por los comentarios de los señores milicos se enteró Lucas de que unos hombres importantísimos del gobierno de los Estados Unidos de América andaban de incógnito por Ursaría. Se trataba de un tal Vernon Walters, que era el jefe de la CIA, y de un tal Haig, que era el jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses en Europa occidental. Y también de un tal Henry Kissinger, que era un judío listísimo que no se llamaba así, sino Hein Alfred. Al parecer, aquellos tipos mantenían reuniones secretas con oligarcas y prebostes del poder civil con el fin de animarles a que estamparan su firma cuanto antes en la renovación del alquiler de las bases militares que tenían en España. ¿A qué venía aquella prisa? ¿Acaso barruntaban que lo que estaba ocurriendo en Portugal, es decir, la deposición del dictador, iba a contagiar a España y querían garantizar la permanencia de su ocupación militar pacífica y la continuidad de sus arsenales nucleares y convencionales en sus bases militares aquí instaladas? Los razonamientos de los milicos apuntaban en esa dirección. Aunque Portugal no era el macizo de la raza ibérica, algo bullía en el interior de la España cuartelera que les llevaba a temer que más pronto que tarde los españoles, dotados de mayor aguante, pudieran seguir el camino de los portugueses.

Lucas se regocijaba con las preocupaciones de aquellos milicos, pues le parecían gente infecciosa, glotona, miserable y tramposa. Tuvo la certeza de que sentían jodidos la tarde que aparecieron aquellos alemanes, don Bernardh y don Otto, y oyó al primero decir: “Hay que apurar, Ferrari, hay que apurar, que esto se acaba”. Por primera vez, el alemán de cráneo mondo no traía el maletín reglamentario. Escuchó cómo el general Ferrari se esforzaba en tranquilizarle y le hablaba de corbatas y de medios plazos. Como los granujas redomanos, empleaba un metalenguaje. No oyó las palabras “petróleo”, “Pirineos” y otras que le resultaban familiares, aunque captó algunas como “parches”, “lexatil” o algo parecido y otras que sonaban a medicamentos. Siempre había piojos, paperas y disenterías en el Ejército y se notaba que aquellos oficiales de intendencia estaban haciendo de la miseria un negocio. Poco antes de que los germanos se despidieran, volvió a oír la frase inicial de aquel don Bernardh: “Hay que ir deprisa general, que el tiempo se acaba”.

–¿Tú crees, Raba, que esto se acaba?

–¿Qué se yo, chico?, pero cuando una cosa se empieza a acabar se acaba acabando –contestó Raba.

Aquella noche, en la taberna del Portugués, Lucas realizó las consiguientes llamadas a la lista de Martínez en busca de Chin y a continuación, cuando la Rubia le sirvió el café con leche y los sobaditos, le preguntó si no intuía el final de la dictadura, como ocurría en Portugal. Ella se sentó un momento con él, pero en vez de contestar se puso a mirar el libro De Bello Gaellici et De Bello Civile, leyó en voz alta una frase y le preguntó si estaba mal de la cabeza o se iba a meter a cura.

–Ni una cosa ni la otra.

–Pues ya me dirás, guapo –dijo ella cerrando el libro.

Él aclaró que repasaba el latín para examinarse de quinto y sexto de bachiller en junio por libre en el instituto Ramiro de Maeztu, ante lo que ella repuso:

–¿Y te gusta?

–No me desagrada.

–Ya casi no se habla, ¿verdad?

–Hablarse, no; es una lengua muerta, aunque no faltan tipos que la utilizan para darse importancia delante de las mujeres.

–¿Ah, si?

–Como lo oyes.

–Y tú quieres ser uno de esos, ¿verdad?

–Nunca se me ocurriría dar asco a mis semejantes.

La Rubia se rió y él retomó la pregunta inicial, pero ella se levantó y acudió solícita a servir al hombre del traje, con aspecto policial, que solía entrar cada noche a tomarse su copa de brandy. Habló animadamente con él y sirvió a otros clientes de costumbres crepusculares. Cuando regresó a su mesa, él le volvió a preguntar si creía que la dictadura estaba en las últimas y ella le contestó:

–No Lucas, aquí no va a ocurrir como el Portugal; me creo que aquí tenemos Paco para rato. Y según ese, están preparando un buen escarmiento.

“Ese” pertenecía a la policía secreta; según la Rubia, era un agente muy importante de la brigada político-social, un tío espitoso que quería “mojar” con ella y no tenía cara de haber matado a nadie.

–Creo que lo que más les gusta a esos es pegar –dijo Lucas.

–A ese le gusta investigar y detener. Hace unas noches me contó que había agarrado a un comunista muy importante, un tal Simón que salió en los papeles. Dice que andaba tras él desde hacía meses y que se enteró de la matrícula de un coche que usaba para llevar propaganda. El comunista vivía por el barrio de las Delicias, y ese se pateó calles y más calles, noche tras noche, hasta que dio con el coche. Y entonces aplicó una treta que consistió en llamar por teléfono a una finca cercana, preguntó si era de algún vecino el coche de color tal, marca cual y matrícula pascual, y cuando éste contestó que era suyo, le dijo: “Pues salga rápidamente, que se lo están robando”. Y cuando el comunista salió, le apuntó con la pistola y se lo llevó esposado.

–Muy hábil. ¿Y en qué dice que consiste ese escarmiento que están preparando?

–No sé muy bien; parece que siguen buscando a esos de terroristas vascos que volaron a Carrero y que tienen permiso para volarles la tapa de los sesos. Total, qué más da, si les van a condenar a muerte.

La Rubia del Portugués no andaba descaminada, pues aunque no hacía mucho tiempo que habían ejecutado a un anarquista del Movimiento Ibérico de Liberación que se llamaba Salvador Puig Antich y a un extranjero del que dijeron que era un peligroso agitador, el dictador PTC había dado orden a sus oscuros subordinados de que mantuvieran engrasada la máquina de matar. En Barcelona agarrotaron a dos delincuentes comunes que, según la prensa, se llamaban El Gordito y El Basura. También salió en la prensa que unos elementos paramilitares o parapoliciales ametrallaron a unos vascos que se reunían en San Juan de Luz. Y para acojonar a los rojos refugiados, refugíberos o refugirrojos, como les llamaban, también hicieron estallar una bomba en París, en la sede del comité de información y solidaridad con España, que presidía Ángela Grimau, viuda de Julián Grimau, un dirigente comunista que habían fusilado en la cárcel de Carabanchel en el año 1963.

Los milicos de la mesa tres de La Campana comentaban que eso era lo que había que hacer para que los rojos y separatistas no se subieran al bigote y les escupieran en la boca, y el coronel Laurel, que manejaba información palatina y había estudiado técnicas guerrilleras en los Estados Unidos de América y en la República Federal Alemana, afirmaba en tono enérgico y suficiente que en tres meses acabarían extirpando a aquellas pulgas, en directa alusión a los traidores y separatistas.

A pesar de las bravuconadas de los milicos, se notaba por las noticias de la prensa vespertina que el personal iba perdiendo el miedo al miedo, los trabajadores se revolvían contra los patrones que les pagaban unos sueldos de hambre, los estudiantes compraban más libros marxistas que nunca e iban adquiriendo conciencia política e, incluso, los hijos de algunos burgueses ricos acudían a las manifestaciones en las que se gritaba contra la dictadura militar.

Las huelgas comenzaban a ser noticia. Aunque estaban prohibidas por ley y, en consecuencia, eran ilegales, los trabajadores del metro, los ferroviarios y los de otros transportes públicos adoptaban la posición de brazos caídos y paralizaban la actividad productiva y burocrática. Los prebostes apelaban al Ejército, que entonces se escribía así, con mayúsculas, en todos los periódicos, y ponían  a los soldados a vigilar las estaciones y a conducir los trenes y los autobuses. La militarización resolvía la papeleta momentáneamente, pero se registraban demasiados accidentes y la gente viajaba sin pagar. Aquello era una ruina y un desastre.

Aunque los salarios eran muy bajos, los patrones se quejaban y alegaban grandes pérdidas para todos. Y puesto que los obreros ganaban tan poco que tenían los estómagos habituados al magro condumio, resistían días, semanas, en huelga con los escasos recursos de sus cajas de resistencia y las recaudaciones de las colectas solidarias para los almuerzos comunales. A los empresarios, los banqueros y los directivos de las sociedades estatales, paraestatales y semiestatales se los llevaban los demonios y echaban las muelas de rabia, atribuyendo las responsabilidades a un lado y otro, a la izquierda y la derecha, arriba y abajo.

Entre los animales más evolucionados del régimen, como les llamaba Nequin, había algunos ministros sensibles al descontento y a la pérdida de beneficios empresariales. Tímidamente recomendaban que se aplicasen algunas mejoras sociales para tener contento al personal y evitar costosos conflictos. Eran los mismos que manifestaban entre líneas su disgusto la ineficacia de la militarización, pues el Ejército no estaba para ser eficaz, sino para meter miedo.

Por no valer,  el Ejército ni siquiera valía para impermeabilizar la frontera con Francia y cortar el paso a los grupos de terroristas que entraban por los senderos y caminos secundarios, mataban a un par de guardias y se regresaban a sus refugios en el país vecino. Algunos prebostes tuvieron la idea de establecer unos cordones de soldados al acecho en los pasos montañosos del País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. Parece que instruyeron a los soldados para que dispararan a todo lo que se movía si después de echar el alto se seguía moviendo. Y luego, cuando amanecía, aparecían caballos, vacas, cabras, ovejas y algún lobo muerto.

Ya debían llevar una mortandad de reses bastante alta por ningún terrorista muerto cuando, una tarde, escuchó Lucas una conversación profunda entre el general Ferrari y el coronel Laurel, que llegó acompañado de un comandante al que llamaban Ladra, según la cual, la impermeabilización fronteriza requería la aplicación de una tecnología novedosa, unas gafas de visión nocturna que hoy por hoy sólo podían proporcionarles los alemanes. “Los anteojos de infrarrojos son caros –le oyó decir al birria del general Ferrari–, pero a la larga salen más baratos que las vacas, y, además, ¡qué recogilondrios!, a ustedes les tocará un buen pellizco”.

Entonces no tuvo duda del origen del porcentaje del próximo maletín que podría recibir el general Ferrari. A los repelentes de pulgas y piojos y aquello que parecían medicinas se añadirían los beneficios de aquellas gafas de visión nocturna para cazar terroristas. Y eso sin contar lo que se derivase del proyecto de la búsqueda de petróleo en los montes Pirineos. Lucas se lo comentó a Raba y éste dijo: “¿Ves como roban, chico?” Y ambos renovaron su compromiso de intentar apoderarse del cartapacio que el germano con la cabeza de bola solía colocar a los pies del general. No era una empresa fácil, pero debían intentarlo.

–Rubia, si tú supieras que un individuo armado, un militar, pongo por caso, lleva unos documentos secretos en un maletín y yo te pidieran que se los quitases, pues se trata de una cuestión de vida o muerte, ¿qué harías para arrebatárselos?

La Rubia del Portugués se le quedó mirando un poco sorprendida y Lucas repitió más pausadamente la formulación. No tenía mucha imaginación, la Rubia.

–Bueno, yo supongo que eso es un trabajo de espía –dijo por fin.

–Supones bien: de Matahari; ahora métete en la piel de la espía y discurre la forma de apoderarte de los planes secretos del militar enemigo.

–¿Y eso por qué?

–Estoy haciendo un cuento y necesito una idea.

–Siendo así… Se me ocurre que yo lo camelo y tú aprovechas para quitarle los documentos secretos.

–¿Serías capaz de darle sexo?

–Si es un asunto de vida o muerte y el enemigo está bueno… Pero sin dejar que se propase, no vayas a creer que una…

–Por supuesto, Rubia, faltaría más…, aunque no sé cómo te las puedes ingeniar para llevar a un tío a la cama e impedir que se propase, máxime si va armado y le has ofrecido tu cosa.

–¡Qué ingenuo eres, chiquillo!

–Bueno, ya sé que las mujeres hacéis las camas y mandáis en ellas.

–En eso tienes razón; te voy a decir lo que haría yo: engancho al tipo y tú me sigues, me lo llevo a tomar una copa –determinadas cosas no se pueden hacer en frío, ala, aquí te pillo y aquí te manto–, le pongo una pastillita molida –una adormidera de las que tomo para descansar– y te aseguro que a los diez minutos, por muy fuerte y armado que esté, ese cae deshilachado en la cama y no hace más que roncar.

–Eres muy lista, Rubia. Por cierto, no me vendrían mal esas pastillas para dormir, que hay noches que cuanto más cansado estoy, peor duermo, salvo que…

–Salvo que te hagas una paja, ¿a que sí? –dijo ella guiñandole un ojo.

–Sobre todo, mental. ¿Cómo se llaman las pastillas esas?

La Rubia le dio la marca y él la apuntó en la hoja de cortesía de La Hélade, un librito de Jesús Mosterín sobre la cultura griega –también tenía que examinarse de griego–, y luego le dijo que Pericles tenía la cabeza en forma de pepino pero no inventó el gazpacho, sino la democracia, y estuvieron hablando sobre la política y el teatro griego, tan unidos la una al otro. Él dijo que la euthymia de Demócrito le parecía una buena actitud ante la vida, pues era algo así como la felicidad, y la Rubia dijo que eso no existe y que la felicidad de aquel Demócrito le parecía puro conformismo, pero aun así y todo, algún día deberían darse una vuelta por allí, o sea, por Atenas. Él asintió pro forma y ella advirtió que le daba la razón como a las tontas y afirmó: “En serio te lo digo”.

‘La verán mis ojos’ (XI): «Signos del acabose»

Placa a Peman en su casa  natal en Cadiz
Placa a Peman en su casa natal en Cadiz

Por KEY GOOD

11.–Signos del acabose

El librero Nequin seguía leyendo los periódicos entre líneas, buscando los signos de la decadencia del régimen. Aunque Lucas ya estaba curado de sus extrapolaciones era posible que la racha de decesos de los prebostes indicase algo más que la decrepitud de los órganos vitales y afectase a los organismos. Un día salió la noticia de que el poeta del régimen don José María Pemán y Pemartín se había caído en el teatro romano de Mérida. No se volvió a levantar. Era autor de la letra del himno nacional, un hombre muy católico que amaba el dinero sobre todas las cosas. Los creyentes lamentaron mucho su pérdida, pues había escrito una obra muy representada y representativa del alma nacional, según decían, que se titulaba El divino impaciente. La gente, que evitaba hablar de política y sabía que las ideas políticas estaban prohibidas, se refugiaba en la anécdota y la hilaridad por cuenta de los santones del régimen. Decían que iba Pericón de Cadiz paseando con Patojo y en esas vieron a unos obreros que colocaban una placa en el muro de piedra de un edificio. Se pararon a leer: «En esta casa nació el 8 de mayo de 1897 el insigne poeta José María Pemán y Pemartín, cantor excelso de la raza hispana». Y Patojo no se pudo resistir:

–Quiyo, cuando yo me muera, ¿qué van a poner en mi casa?

–Se vende –le contestó Pericón.

Más todavía lamentaron los católicos el deceso del prelado José María Escribá de Balaguer y Albas, un hombre que encabezaba una secta religiosa con tentáculos en cincuenta países del mundo. Decían que era un santo, que hacía milagros, y lo querían elevar rápidamente a los altares. Decían que hasta en el acto de palmar demostró su santidad, pues el señor Portillo –secretario y sucesor– declaró que había pedido a Dios morirse sin dar la lata, y Dios se lo concedió:  murió de repente.

El dictador PTC decretó luto oficial por la pérdida de Escribá. Se celebraron misas cantadas y se rezaron rosarios y trisagios por su alma. Miles de sectarios se desplazaron al Vaticano para asistir al funeral del prelado. Algunos que volvían en avión, publicaron un artículo en un diario de la tarde llamando “hijo de puta, excremento de cabra, sudor de prostituta, aspirante a buitre enfermo, puerca rata de alcantarilla pestilente…” al “mal nacido” que llamó por teléfono al aeropuerto romano de Fiumicino avisando de que había colocado una bomba en el aparato que acababa de despegar hacia Madrid. El avión regresó, lo revisaron de arriba abajo, registraron todas las maletas y equipajes de mano y no encontraron bomba alguna. Pero el enfado de los seguidores del prelado estalló como un huevo podrido y fue tan difundido que casi toda la nación se enteró de que no aguantaban una broma ni deseaban acompañar al santo a su celeste destino.

En aquella racha de defunciones se registró la de un intelectual faccioso –si tal contradicción es posible– que se arrepintió después y vivió en el ostracismo. Se llamaba Dionisio Ridruejo. Su entierro congregó en el cementerio a una pléyade de escritores, pensadores e intelectuales que habían estado al servicio del régimen dictatorial como cantores y palmeros de sus excelencias. Ahora, inopinadamente, manifestaban su disgusto y desafección con la obra del dictador Patascortas y su tropa encargada de mantener a raya a la nación. Uno de aquellos intelectuales, “el más fantoche”, según don Nequin, que había actuado de chivato y censor a sueldo del régimen, pronunció una sentida dolora a pie de tumba sobre la “dignidad del error”.

“¡Habráse visto, el muy cínico!”, exclamó el librero cuando leyó la noticia. Y ya se sabe que los cínicos eran una escuela filosófica de la antigua Grecia cuyos seguidores orinaban en público sin la menor vergüenza.

No obstante, la reivindicación de la dignidad por parte de aquellos intelectuales a los que se atribuía más intelecto sin que a los trabajadores manuales se atribuyesen más manos, le parecía a don Nequin un signo claro de que ya barruntaban el principio del fin del régimen. “Como tantos accidentalistas, también esos se apresuran a cambiar de chaqueta”, decía don Nequin.

Lucas no sabía si el librero estaba en lo cierto, pero lo cierto era que cada vez menos individuos importantes comulgaban con el régimen y que el despliegue censor y represivo del dictador PTC aumentaba a medida que crecía la contestación. “A más policía en las calles, en los tajos y en los campus universitarios, mayor debilidad del régimen”, afirmaba el librero.

Una tarde, don Nequin abordó a Lucas mostrándo una amplia sonrisa de satisfacción en su regordete rostro. “¿Así que no vendrá la República, eh? Pues mira, lee esto”. Y le tendió un ejemplar de un periódico de la tarde. Lucas leyó. Era un sondeo político, el primero que la prensa española publicaba en cuarenta años. Bajo el título Los españoles ante la política, el texto decía: “Ahora que se han aprobado las asociaciones políticas, el 2,8 por cien de los españoles opina que la situación va a cambiar mucho, el 9,4 que va a cambiar bastante, el 11,8 que poco y el 20,7 que no va a cambiar nada. Un 23,4 por ciento de los encuestados en Madrid opina que la situación va a cambiar poco y un 24,2 que no va a cambiar nada. Y de los preguntados en Barcelona, un 31,3 por cien dice que las asociaciones políticas no van a cambiar nada. Del conjunto de los consultados, el 54,2 por cien no sabe, no contesta”.

–Lo único claro es la mayoría silenciosa –dijo Lucas.

–Sigue leyendo –le indicó el librero.

“A la pregunta de qué ideología política tendría más aceptación en el supuesto de que estuvieran permitidas las ideologías, el 14 por cien dice que la demócrata cristiana, el 9,3 que la socialista, el 5,5 que la socialdemócrata, el 1,6 que la comunista, el 3,1 que la liberal y el 3,8 que la republicana”. A continuación levantó la cabeza y miró a don Nequin, que le observaba con expresión de suspense.

–¿Conque no vendrá la República, eh? –Se reafirmó.

–¿Usted cree que esta encuesta indica eso?

–Exactamente; suma y extrapola, muchacho.

–Lo único cierto es que la mayoría no sabe, no contesta.

–¡Lógico! Ya irán aprendiendo. Mientras tanto, las fuerzas republicanas aparecen muy por encima de las serviles.

–Tiene usted razón, pero la mayoría…

El librero giró sobre su eje para atender a un comprador y le dejó con la palabra en la boca. Estaba tan convencido de que la mayoría silenciosa no aceptaría una dictadura coronada que no había manera de persuadirle de lo contrario ni de convencerle de que renunciara a la apuesta.

Flotaba entonces en el ambiente una creencia generalizada de que el heredero era algo así como el hijo y continuador del dictador, y Lucas quiso averiguar la personalidad y el carácter de aquel príncipe del futuro. La tarea era difícil, pues las noticias que aparecían sobre él eran gráficas y telegráficas. Se le veía en aquellas fotonoticias disfrutando vacaciones en las islas Baleares, navegando a vela en el mar Mediterráneo, esquiando en Suiza y en las laderas pirenaicas. Se le veía junto al dictador, presidiendo desfiles militares, cenas de gala y recibiendo embajadores. En ocasiones, protagonizaba algunas inauguraciones de alto significado económico como la apertura de las minas de Aznalcollar, una localidad situada cuarenta kilómetros al noroeste de Sevilla, cuyos habitantes se quejaban de hambre desde los tiempos de los Reyes Católicos. Gracias a la inversión de unos señores muy serios que posaban en la foto junto al heredero, aquellas gentes iban a tener trabajo y a disfrutar de la gran riqueza mineral que albergaba el subsuelo. Sus benefactores eran el presidente del Banco Central, don Alfonso Escámez, y el representante de la multinacional Bolidén, don Enrique Dupuy, que se disponían a invertir diez mil millones de pesetas para que unos mil obreros sacaran del fondo de la tierra doce mil ochocientas sesenta y nueve toneladas de cobre-metal, veintiuna mil cuarenta y tres toneladas de plomo y cuarenta y nueve mil doscientas catorce de cinc cada año. Aquellos señores lo tenían todo calculado.

El heredero aparecía también en las recepciones a los pocos dignatarios extranjeros que visitaban Ursaría. A veces hacía viajes promocionales y, como su abuelo Alfonso XIII, llegó a visitar las Urdes. Igual que entonces, los lugareños de la comarca más pobre de España le acogían con vivas y aplausos, los mismos vítores que los supervivientes recordaban haber dedicado a su abuelo. Él les saludaba con la mano en alto y no les prometía nada.

¿Qué podía prometer si, como observó Raba, el dictador acababa de remitir una carta al congreso de los emigrantes en América, que se celebraba en Caracas, pidiéndoles que no volvieran porque todavía no se daban las condiciones en España para disfrutar de una vida digna?

El heredero y su vigorosa esposa griega, de sonrisa bien elaborada, saludaban a las monjitas, elevaban en brazos a los niños de pecho, recibían hermosos ramos de flores, se asomaban a los balcones consistoriales y proseguían su gira promocional por la plural y atormentada geografía de España.

También visitaba cuarteles, el heredero. E inspeccionaba regimientos militares o presidía funerales por los oficiales de la Fuerza Aérea que caían como moscas en unas avionetas Piper que eran una mierda. Y asimismo dirigía las maniobras Rebeco en los montes Pirineos, al objeto de intimidar a los franceses para que no se pasaran de la raya.

El heredero también protegía los intereses nacionales o, al menos, eso deducía Lucas de la lectura de las informaciones sobre sus viajes a Marruecos para resolver unos problemas sobre la propiedad de unos fosfatos que se extraían en la provincia del Sahara, y a Persia para obtener suministros de petróleo, aquel líquido espeso que llamaban “oro negro” porque se había puesto carísimo a pesar de que la extracción era sencilla y no requería grandes masas de obreros que pudieran hacer huelgas revolucionarias como en Asturias.

Otras actividades realizaba el heredero. Pero todas, absolutamente todas cuantas la prensa reflejaba eran mudas, pues el heredero nunca  hablaba. Y si no hablaba, mal se podía saber lo que pensaba o si pensaba siquiera. “Se nota a la legua que no tiene permiso para hablar”, le dijo una vez Raba. Y tenía razón, siempre la tenía. Ni siquiera alzó la voz cuando el dictador PTC acusó a su padre, el navegante don Juan, de andar conspirando en compañía de elementos de ideología e intenciones democráticas y le expulsó por decreto de la isla de Mallorca y le prohibió volver a navegar por las aguas jurisdiccionales españolas.

Si el heredero no era hijo del dictador, lo parecía. Pero aun siendo una incógnita y por muy adoctrinado que estuviese por su mentor, no podía ser peor, sino mejor que él. Eso suponía Lucas. Y don Nequin respetaba su opinión, pero le advertía: “Ya verás, ya, cuando empiece a borbonear”.

‘La verán mis ojos’ (X)

Visita de Gerard Ford al dictador
Visita de Gerard Ford al dictador

Por KEY GOOD

10.–La ambición de don Pipo        

En el funeral por el almirante volado ocurrió algo que centró la atención de Lucas durante un tiempo. El apoderado de toreros don Pipo acudió al oficio como un representante más de las fuerzas vivas y de la calidad profesional de la nación. Después del oficio religioso tuvo el privilegio de poder saludar al vicepresidente de los Estados Unidos, don Gerard Ford, y, al parecer, de intercambiar dos frases con él mediante un traductor, con un resultado físico e intelectual tan insólito como inesperado, pues la breve conversación con aquel hombre poderosísimo le abrió los ojos sobre un negocio interesantísimo: la exportación de la fiesta nacional a los Estados Unidos, donde ya existían clubs de aficionados a la tauromaquia en ciudades como Nueva York y Chicago.

Según don Pipo, aquel don Gerardo se interesó muy vivamente por la lidia y, según coligió de sus palabras, se comprometió sinceramente a respaldar la organización de festejos taurinos en su gran país, lo que equivalía a poder celebrar corridas de toros en las grandes capitales, Washington, Nueva York, San Francisco, Los Ángeles…, de costa a costa. Aquello iba a ser una empresa formidable, exitosa y rentable. Claro que para acometerla, para exportar corridas de toros y celebrar festejos, necesitaba socios, dinero, cunquibus…

Los contertulios con posibles observaban el entusiasmo de don Pipo con un escepticismo propio de Sexto Empírico y evitaban entrar al trapo. Pronto el orondo apoderado comenzó a estudiar el lenguaje de los yanquis, esa lengua que se mastica, y cuando llegaba a La Campana y se quitaba el sombrero, invariablemente se le caía el pequeño diccionario de inglés que llevaba encima de la cabeza. Él lo recogía y leía alguna palabra de la página por la que había caído abierto. Su método de aprender aquel idioma provocaba la hilaridad mal disimulada de los contertulios. Pero a don Pipo, tanto le daba. Con un entusiasmo a prueba de dudas proclamaba que la publicidad y promoción de los festejos taurinos vendría dada por la promesa de don Gerardo de recibirle en la Casa Blanca junto a uno de sus más afamados y acreditados pupilos, Manuel Benítez, El Cordobés. La visita saldría en todos los periódicos y televisiones y serviría de reclamo publicitario para la organización de los primeros festejos en el corazón del imperio, Washington.

En la gran explanada, junto a los museos, al pie del Obelisco o en alguno de los grandes espacios verdes que allí había, y previo permiso de la municipalidad, instalarían una gran plaza de todos portátil, la primera de una sucesión de grandes carpas taurinas que se irían extendiendo hacia Virginia y hacia Nueva York. Y también hacia el interior y por la Costa Este. La empresa iba a ser enorme, formidable y muy próspera, y representaba una oportunidad única, extraordinaria, para los ganaderos y toreros españoles. La aventura requería una inversión inicial que él se comprometía a devolver con creces, es decir, con una gran rentabilidad, al término de la primera temporada.

Lalanda y don Juan, que tenían millones, le escuchaban sin conmoverse ni ofrecer signo alguno de querer participar en el negocio de don Pipo. Pero el trajeado apoderado no se desanimaba e insistía en que con el aval de aquel hombre, al que con familiaridad llamaba don Gerardo, tenían todas las puertas abiertas y les ofrecía la oportunidad de forrarse si le ayudaban a implantar la fiesta nacional en el extenso y extraordinario país.

Iban pasando los días y el diestro Lalanda y el sastre don Juan no se animaban a poner unos milloncejos en el proyecto. El entusiasmo de don Pipo se desbordó cuando, de la noche a la mañana, aquel don Gerardo se convirtió en presidente de los Estados Unidos en sustitución de Richard Nixón, al que llamaban “el presidente de acero”. Las mentiras y trampas electorales, el Watergate, obligaron a aquel golfo a dejar el cargo. Aquello era extraordinario. Don Gerardo ya no era vicepresidente, sino presidente. Don Pipo se sentía feliz y animaba a Lalanda y a don Juan a que arriesgaran unos duros y participaran en el negocio.

Pero tanto el diestro como el sastre de toreros no acababan de ver claro el asunto. Además, barruntaban que aquel don Gerardo iba a durar poco. Las noticias que llegaban eran inquietantes. Un día, una hippie desmadrada que se llamaba Lynnette Fromme le quiso matar y si no lo logró fue porque la pistola con la que le tuvo a tiro estaba enmohecida. Pocos días después, una izquierdista chiflada que se llamaba Sarah Moore intentó matarlo, también con una pistola y también en Sacramento (California). “No hay duda, Pipo, de que un día de estos le administran la extremaunción”, comentó el diestro Lalanda.

El doctor Lago razonó que si aquel don Gerardo tenía que apelar a aquellos atentados con pistolas averiadas debía ser para que la gente se fijara en él y le escuchara, de donde colegía que no era tan popular ni tan buen promotor como sostenía don Pipo.

La confirmación de que don Gerardo era un tipo olvidadizo y sin palabra se produjo el día que pasó por Ursaría camino de Austria. Llegó al mediodía, mantuvo varias entrevistas y fue agasajado por el dictador PTC con una cena de gala en el Palacio de Oriente. Al ágape asistieron altos representantes del régimen en traje de pingüinos junto con algunas personas del agrado de don Gerardo. Don Pipo no fue avisado ni invitado por la embajada. “Así que un hombre de palabra, ya, ya, Pipo”, ironizó el doctor Lago.

Don Pipo replicó: “Comprendan ustedes que don Gerardo no puede estar en cada detalle; desde la embajada me han asegurado que mantiene su interés por la fiesta nacional y que no olvida su promesa de concedernos audiencia y promocionarla allá”. Y luego, para que los contertulios vieran que si no se había reunido con él en Madrid para fijar el prometido encuentro en la Casa Blanca, les leyó la apretada agenda presidencial que reflejaron los periódicos y que demostraba la premura de la visita: “Apenas llegó al palacete de La Moncloa, acompañado por Henry Kinsinger, mantuvo seis entrevistas de altura, pronunció dos discursos, acudió a la cena de gala, descansó seis horas, madrugó para ir a misa a Las Salesas Reales pese a ser protestante, y luego salió volando hacia Salzburgo (Austria). Ya comprenderán ustedes que no dispuso de un minuto para hablar de toros conmigo”.

Pasaba el tiempo y el apoderado y potencial exportador de corridas de toros a los Estados Unidos mantenía su entusiasmo y seguía estudiando palabras inglesas y animando a Lalanda y a don Juan a que pusieran dinero en el proyecto. El matador jubilado y el sastre de toreros daban muestras de cansancio por la tabarra de don Pipo. Una tarde, Lalanda le dijo: “Mira, Pipo, yo tengo todo el dinero metido en La Salceda y no puedo gastar un duro en ese plan tuyo. Pero aunque pudiera, no lo haría porque toros, lo que se dice toros, en los Estados Unidos, pues no Pipo”.

Y acto seguido argumentó que la idiosincrasia de aquel país no era taurina, pues salvo honrosas excepciones como la de Ernest Hemingway, que era el menos estadounidense de todos los estadounidenses, aquellos merluzos carecían de entendederas para la lidia. Nada más había que leer la biografía de Juan Belmonte que le escribió Manuel Chaves Nogales allí donde contaba su experiencia con un periodista de Washington que acudió a entrevistarle. Lucas buscó y encontró el libro de Nogales en la caseta de Nequin. En efecto, Belmonte, que no medía más de metro sesenta y era endeble y flaco, recibió al periodista que acudió a entrevistarle para un diario de Washington. El periodista le miró con desconfianza. Belmonte se mosqueó. El periodista preguntó al traductor: “¿Está usted seguro de que éste es la figura del toreo?” El intérprete asintió y el periodista volvió a mirar a Belmonte de arriba abajo y preguntó de nuevo al traductor: “¿Pero está seguro de que es el rey del toreo?” Belmonte se mosqueó y, dirigiéndose al traductor, le ordenó: “Dígale a ese tío que sí, que soy el rey del toreo y que haga el favor de dejar de mirarme; y dígale también que los toros no se matan a puñetazos y que se largue”.

El sastre don Juan revistió los argumentos de Lalanda sobre la incapacidad de los estadounidenses de comprender el diálogo entre la inteligencia y la muerte con un suceso que le apenaba personalmente y le llevaba a pensar que aquella gente ni siquiera era capaz de apreciar la belleza del vestido de torear. Y para que don Pipo entendiera las razones por las que no iba a aportar un duro al negocio, le refirió lo sucedido con un tal William McLaren, un torero norteamericano que se hacía llamar El Atrevido. Aquel MacLaren salió anunciando la transformación de las anquilosadas estructuras del toreo y pregonó que su método revolucionario le iba a reportar en una sola tarde una bolsa equivalente a la que pudiera llenar en un mes la máxima figura del toreo. Había una expectación enorme por conocer en qué consistían los métodos revolucionarios de aquel MacLaren. Y entonces aquel toreador estadounidense, El Atrevido, compareció en la hermosa plaza colombiana de Cañaveralejo, entre Cali y Cauca, y dejó al descubierto el método propiamente dicho: había llenado el vestido de torear con anuncios recosidos de licores, tabacos, ferreterías, almacenes y comercios de ultramarinos.

“Comprenderá usted, Pipo, que con gente que no respeta ni el vestido de torear no se va uno a jugar los cuartos”, argumentó el sastre don Juan. “Por cierto que el primer toro le arreó una paliza descomunal, y se lo llevaron aturdido, machacado y perniquebrado a la enfermería. Menos mal”, remató don Juan su argumentación contraria al proyecto del entusiasta don Pipo. Solo Molina consideraba interesante la aventura, pero su alianza carecía de valor, pues el banderillero sobrevivía del Montepío y sólo valía para nacer donde le diera la gana.

Transcurrió el tiempo sin que don Pipo, con su diccionario bajo el sombrero, hubiera recibido notificación alguna de la embajada para ir a Washington a hablar con don Gerardo. Pero el apoderado no se desanimaba. En la tertulia de los señores taurinos hablaba de sus gestiones apalabrando créditos, toreros, transporte, infraestructura, ganado… El proyecto iba viento en popa, aseguraba.

Así estaban las cosas cuando, inopinadamente, un día la prensa matinal madrileña publicó una fotografía en la que aparecía el presidente Gerard Ford, el don Gerardo de don Pipo, con el Cordobés en la puerta de la Casa Blanca. El ágil torero de cara rasgada y el torpe político de tez de corteza de abedul sonreían a las cámaras. En la fotografía no salía don Pipo.

Lucas comentó el hecho con Raba y el veterano camarero atribuyó la recepción de aquel don Ford al famoso torero español como un signo de que el mandatario imperial quería aparecer como un tío simpático a los ojos de los españoles.

–¿Y eso por qué?

–Porque quiere algo.

–¿Qué puede querer?

–Más, los norteamericanos siempre quieren más, chico –repuso Raba.

Don Pipo no volvió a aparecer por la tertulia de los señores taurinos y Raba dijo: “La vida es eso, chico, gente que vemos y que dejamos de ver”.

‘La verán mis ojos’ (IX): «Perdices y lágrimas»

Perdiz roja. Foto: Mariano Fernández
Perdiz roja. Foto: Mariano Fernández

Por KEY GOOD

9.–Perdices y lágrimas

El día de la voladura, Lucas acudió a almorzar a casa del librero Nequin. Su esposa, doña Luisa, era una mujer amabilísima, de pelo blanco y ademanes armónicos, que sonreía con todas las arrugas de su cara. Le recibió como si le conociera de toda la vida y se interesó por cómo le iba la vida en Ursaría. Era bastante más alta y debió de ser mejor moza que el tornillo Nequin. Su forma de expresarse le reveló que estaba ante una mujer culta, con criterio propio y opiniones razonadas sobre asuntos políticos, literarios, artísticos… Comieron en un salón grande que tenía tres balcones a la calle de Víctor Pradera, casi esquina con la plaza de España, y un piano abierto con una partitura junto a la pared del fondo. Doña Luisa parecía congratularse de que siendo tan joven fuese amigo de un hombre tan viejo como su marido. Cuando le dijo que le conoció como a tanta gente, de casualidad, Nequin le interrumpió y le reveló la apuesta que se traían. Ella no profirió el menor reproche hacia su marido por no haberla informado antes y dedicó a Lucas una sonrisa de aquiescencia antes de ponerse de su lado en lo atinente a la puja. Nequin refunfuñó, insistió en que sus ojos verían la República y descorchó una botella de cava para brindar por el acabose, es decir, “porque esto se acabe”.

Una señora como de cincuenta años, de voz cantarina, llamada doña Carmen, sirvió la sopa y se sentó a la mesa. En un momento de la conversación, Lucas agradeció a Nequin la llamada y el consejo de que tuviera cuidado, pues, en efecto, los afectos a la dictadura de Patascortas parecían muy soliviantados. Cuando les relató el incidente entre el electricista Olegario y el capitán Orejas, doña Luisa le felicitó: “Ya puedes decir que has salvado la vida de una persona, y a los que salvan vidas se les llama héroes”. Eso le dijo. Lucas consideró que no era para tanto y Nequin y la criada doña Carmen dijeron que doña Luisa tenía razón. El camarero, un poco abrumado por los elogios y el brindis que de inmediato propuso don Nequin, acertó a argumentar que la categoría de héroe queda para las mitologías y tenía entendido que a los carnales sólo se aplica si mueren. Mas, don Nequin insistió y volvió a alzar la copa: “¡Larga vida al héroe!”

Doña Luisa y doña Carmen se seguían riendo de la elaborada descripción de Lucas sobre el intento del capitán Orejas, aquella mole obcecada y embrutecida, rociada de vino por dentro y por fuera, de perseguir al electricista Olegario cuando le oyó cantar la famosa frase del himno de los borrachos: “Y en España empieza a amanecer”. Y entonces, Lucas dijo con gran seriedad que también creía haber salvado de un golpe mortal de necesidad a un maestro que llamaban don Filis.

–¿No me digas? –Se extrañó doña Luisa.

–Como lo oye –afirmó Lucas.

–Cuenta, cuenta –pidió doña Carmen.

–No se yo si estando comiendo…

–No importa.

–Es que esta merluza tan rica…

–¡Adelante, muchacho! –Exclamó Nequin.

–Fue algo bastante asqueroso –advirtió Lucas.

–¡Adelante muchacho! –Insistió el librero–, aquí nadie hace ascos.

–Bueno, en realidad –dijo Lucas– no fui yo sino una cucaracha la que salvó la vida al Filis. Una mañana, cuando iba a la escuela, sentí un bulto en la planta del pie. Aunque supuse que era una cuca de las que se metían por la noche en mis zapatillas, no me paré a sacarla y seguí corriendo porque ya iba tarde. Cuando entré en clase, don Tomás, que era el maestro de letras, ya había ordenado lectura, y estaban todos leyendo El Quijote como cada mañana.  Bueno, en realidad, uno leía en voz alta y los demás le seguían. Entré, me senté, saqué el libro del pupitre, un compañero me indicó por donde iban, y empecé a desatarme la alpargata para quitarme aquel bicho destripado de debajo. En esas, don Tomás dijo: “Sigue, Lucas”. Yo repetí la última frase del que leía en voz alta. No se me olvida: “Non fuyades, cobardes”. Me había perdido y no encontraba la línea. Repetí más despacio: “Non… fu-ya-des-co-bar-des…” Seguía sin encontrarla. “Ni fu ni fa, ahí de rodillas”, me ordenó don Tomás, señalando el lugar habitual a un lado de la tarima, junto a la pizarra. Poco después entró el Filis, que era hijo de don Tomás y nos daba Aritmética y Geometría, y éste se marchó sin levantarme el castigo. Don Filis era un hombre muy desgarbado y muy blanco, más blanco que esta merluza. En realidad tenía mirada de loco y ojos de merluzo. A los cinco minutos comenzó a temblar y hacer gestos espasmódicos. “¡El ataque, el ataque!” Una o dos veces por mes sufría un ataque epiléptico. Algunos chavales salieron corriendo a llamar a don Tomás, que estaba en la clase de los mayores y acudía a toda prisa a socorrerle, metiéndole un pañuelo en la boca para que no se comiera la lengua y dándole a oler un fraquisto hasta que se calmaba. Aquella vez, al pobre Filis, que ya he dicho que era muy alto, se le aflojaron las ancas, se tambaleó, se cayó y se habría desnucado contra el radiador de hierro de la calefacción si no hubiera sido porque yo, allí de rodillas, vi que se derrumbaba y le paré el golpe, dejándole sentado en el suelo. Pero que conste que no fui yo, sino aquella cuca la que le salvó la vida.

El almuerzo con el librero, su compañera y doña Carmen le resultó agradable y nutritivo. Doña Luisa era farmacéutica jubilada y le regaló una crema para que se curase las manos, agrietadas entre los dedos por efecto del agua fría de lavar los vasos, y le invitó a volver y le dijo que allí tenía su casa. Y luego, don Nequin le dio varias cartas aviónicas para sus amigos del extranjero y le pidió que le hiciera el favor de acercarse a Cibeles y echarlas al buzón del correo aéreo. En la calle lloviznaba, hacía frío. Mal día para los viejos y los pájaros. La encrucijada de Callao estaba infectada de policías armados. Lucas siguió por la Gran Vía y bajó por Alcalá hacia el palacio de Comunicaciones. Depositó las cartas y subió hacia la Puerta del Sol. El ulular de las sirenas policiales atronaba la ciudad. Los policías andaban como aventados, buscando a los autores del atentado contra el jefe del Gobierno. En Sol, los coches policiales entraban y salían a toda prisa por el portón del edificio de Gobernación. Los grises arreaban con sus porras a las gentes que se paraban a otear en las inmediaciones. “¡Circulen, leche, circulen!”, gritaban nerviosos. No se les podía mirar, a los grises; si se les miraba fijamente, se enfadaban, te exigían la documentación y si no les gustaba tu cara eran capaces de arrestarte por desobediencia y desacato. Eran más susceptibles y peligrosos que los toros bravos, aquellos grises.

Al cruzar la Puerta del Sol vio venir a lo lejos un furgón policial de los que llamaban canguro con gran estrépito de chicharras y se paró a observar ante una hilera de loteras apostadas en sus sillas plegables junto a la pared que cacareaban su mercancía: “¡El número de la suerte para Navidad! ¡Lotería para Navidad!”. A través de los cristales recubiertos con mallas de alambre contra las pedradas observó que llevaba muchas cabezas. Eran cabezas de detenidos. “Han debido hacer una buena redada”, dijo a la lotera que tenía al lado. “Esos rojos del mil uno… A ver si acaban con todos”, contestó ella.

La Campana estaba en silencio. Los pocos parroquianos que ocupaban las mesas murmuraban sus charlas como rezos. La enormidad del atentado contra el jefe del Gobierno aconsejaba hablar poco y en voz baja. Las autoridades habían decretado luto oficial y desatado una ola de detenciones contra los comunistas, a los que genéricamente atribuían la enormidad de la salvajada.

Leonardo Rabadán o Raba comentó que había “sentido” por la radio la orden del jefe de la Guardia Civil de tirar a matar contra cualquiera que desobedeciera el alto, pues cualquiera podía ser sospechoso. “Parece que ha empezado la caza de brujas, así que cuidado y punto en boca, chico”.

Horas después, un grupo de encapuchados de una banda terrorista vasca comunicó desde el otro lado de la frontera con Francia que habían sido ellos y no los comunistas quienes habían apiolado al almirante jefe del Gobierno. No querían que nadie se confundiera ni les arrebatara la medalla de haberle hecho volar por los aires. Raba respiró aliviado, pues aunque no era comunista se hallaba fichado por haber estado en Cuba.

El funeral por el alma del finado se celebró en la iglesia de los Jerónimos. Acudieron muchísimas autoridades. Lucas y Raba comentaron las fotografías que publicaron los periódicos. En una aparecía un viejo enclenque llorando y tratando de consolar a una mujer de negro. Era el dictador PTC. A primera vista parecía acabado. La mujer era la viuda del fallecido, una dama benemérita de la que decían que había hecho mucho bien a España, suspendido revistas, censurado muchas obras, cancelado teatros y prohibido la prostitución.

Al lado del dictador se veía a una mujer de rostro cerúleo que prolongaba su huesuda estatura con una peineta cubierta con un velo negro. Era la esposa del dictador Patascortas. Junto a ellos se veía a unos tipos gruesos, calvos, muy serios, con papadas desbordadas sobre los cuellos duros de sus camisas. Eran ministros y representantes del orden institucional. Y detrás de ellos aparecía en segundo plano la figura borrosa de una pareja. Se trataba del príncipe designado por el dictador para que le sucediera en la jefatura del Estado y de su esposa, hija de unos reyes griegos destronados, a la que Lucas, por proceder de la Atenas de Pericles, atribuyó en una de sus discusiones con el testarudo Nequin un cierto conocimiento de la democracia.

–Impresiona, chico –dijo Raba al ver la foto del dictador llorando, pues nunca se le había visto llorar en público.

–Parece acabado –observó Lucas.

Raba dudó.

–¿Crees que durará mucho?

–Qué se yo, chico.

–¿Cuánto le echas?

–Demasiado; date cuenta que esa gente no trabaja, no se gasta, y ese tío se pasa el día al aire libre, cazando, pescando y realizando ejercicio…

Era posible que Raba tuviera razón, siempre la tenía; de hecho, se comentaba que el dictador generalísimo estaba configurado para vivir un siglo.

Sin embargo, después de las fiestas navideñas, Lucas captó una conversación en la mesa de los señores milicos de la que dedujo el declive del PTC, pues el general Ferrari lamentaba entre recogilondrios que su Excelencia hubiera perdido el gusto por la caza y que aquel año no hubiese acudido a pasar la Noche Vieja en Arroyovil. Su Excelencia solía acudir a aquel cortijo de la provincia de Jaén para despedir el año con la familia y algunos amigos. Después de cenar y de brindar por el porvenir se acostaba pronto a descansar, pues le gustaba madrugar para salir al día siguiente a cazar la perdiz roja. No pocas veces le había acompañado el general Ferrari en aquella placentera excursión de año nuevo, pero en esta ocasión su Excelencia había suspendido la cacería y aquello le parecía a él muy mala señal.

Raba dijo que los comentarios del general milagro eran una majadería y que si el dictador había renunciado a darle gusto al gatillo y no empezaba el año disparando al rojo –en este caso, a la perdiz roja– era por causa del mal tiempo y las preocupaciones palatinas.

–¿Crees que puede con la escopeta?

–Nos ha jodido si puede.

Cuando Lucas comentó a Nequin el producto de sus observaciones sobre la pérdida del gusto por el gatillo que el general Ferrari atribuía al dictador, el librero se rascó la cabeza bajo la boina y se rió. A continuación le invitó a pasar a la caseta y le informó del barullo dinástico que se traían el PTC y su familia. Al parecer, los familiares y amigos de conveniencia del dictador aprovechaban aquellas cenas de Noche Vieja en Arroyovil para animarle a modificar el plan sucesorio, de manera que en vez de mantener como heredero de la Corona de España al rubio Juan Carlos, hijo del tercer vástago de Alfonso XIII, Juan de Borbón, lo sustituyera por su primo carnal don Alfonso de Borbón Dampierre, que por algo se había casado con su nieta Carmencita. Los familiares querían que el dictador instituyese la dinastía de los Borbón-Franco para acceder de ese modo a la Corona de España. Por lo visto, no les bastaba con mandar y querían reinar por los siglos de los siglos. Pero el dictador no era un tonto, sino un político calculador, y en la administración de su infinita crueldad no se atrevió a asestar otra puñalada trapera a los monárquicos de la línea sucesoria directa. Según don Nequin, su renuncia a cazar la perdiz roja en fecha tan señalada no obedecía más que al deseo de que aquellos pájaros no le levantaran más dolores de cabeza.

‘La verán mis ojos’ (VIII): «Despegue y caída vertical»

Instantánea cinematográfica de la voladura
Instantánea cinematográfica de la voladura

Por KEY GOOD

8.–Despegue y caída vertical          

La tristeza por lo que estaba ocurriendo en Chile, donde tenía amigos republicanos de su tiempo –los tiempos del Winnipeg–, avinagraba el carácter jovial del viejo Nequin. Las noticias que leía en los ejemplares atrasados de Le Monde que le proporcionaba el corresponsal del periódico francés cuando pasaba por la Cuesta, José Antonio Novais, al que todos llamaban Nové, sobre las matanzas y desapariciones de cientos de demócratas, socialistas, comunistas, jóvenes, mujeres y viejos que perpetraba aquel general Pinochet, el gorila golpista que había asaltado el poder con la ayuda norteamericana y bombardeado el palacio de La Moneda, donde el presidente socialista Salvador Allende se quitó, dignamente, la vida y negó al criminal el placer de humillarle y asesinarle, le sumergían en una tristeza profunda de la que a veces emergía con manotazos de indignación y mal humor. Era como si se hubiera intoxicado con una extraña combinación química de impotencia y furor o como si padeciera una resaca de mil demonios, que no acababa de superar. Pero aquella mañana de diciembre, neblinosa y fría, cuando Lucas agarró el teléfono y escuchó su voz, le pareció el ser más animado del mundo, demasiado alegre tan temprano.

La cocinera Tinina se había asomado a la trampilla de la cueva, donde Lucas rellenaba botellas de vino, para gritarle que acudiera al teléfono. Él se asustó; nunca nadie le había llamado por teléfono desde que estaba en Ursaria y supuso lo peor: que a su hermano Richard o a la tía Zulaica les había ocurrido algo malo. Luego, al oír la voz del viejo librero Nequin, se tranquilizó.

–Muy buen día, muchacho… ¿Conoces la noticia?

–¡Joer, don Nequin, menudo susto me ha dado! Pensé que…, bueno, buenos días tenga usted.

–¿Entonces no sabes la noticia?

–¿Qué noticia, don Nequin?

–Hoy es un buen día, muchacho, pero te llamo para que conozcas la verdad y tengas mucho cuidado. Han volado al presidente del Gobierno y los ultras están rabiosos.

–¿Volado al presidente del Gobierno? ¡Joer, don Nequin..! Eso si que es…

–Un notición, ¿verdad? Bueno, como hoy no voy a abrir, he decidido invitarte a comer en mi casa.

–No sé, no sé, don Nequin.

–Te vienes; Luisa y yo te esperamos –Y colgó sin aguardar respuesta.

Lucas informó al jefazo Marzo de que habían volado al jefe del Gobierno y el jefazo prendió la radio. A esa hora sólo decían que se había registrado una fuerte explosión que podía ser de gas ciudad en la calle de Claudio Coello de Madrid y que la policía y los bomberos estaban investigando el percance. Poco después dijeron que se trataba de un atentado, al parecer dirigido contra el gobernador militar de Valladolid. El jefazo exclamó: “¡Menos mal!” Pero Raba, que se había unido al conciliábulo, razonó que si el atentado iba contra el gobernador de Valladolid, lo lógico es que lo hubieran hecho en Valladolid. Tinina le dio la razón. El jefazo Marzo ordenó: “Cada cual a lo suyo”.

Poco después entró Olegario más agitado que de costumbre, en compañía de su somnoliento amigo Rodoviario, y pidió una copa larga de coñac “para pasar el susto”. Olegario era un tipo como de cuarenta años, de complexión fuerte, cara ancha, ojos grandes y castaños, cejijunto, voz rota de marinero y manos como palas. Su amigo Rodoviario era más frágil y elegante. Conducía trenes nocturnos de mercancías y por eso le llamaban Rodoviario. También pidió coñac, pero no tanto. Olegario vació la copa de un trago, carraspeó y pidió otra. Raba le hizo saber que era muy temprano para soplar tan deprisa y le preguntó si le había ocurrido algo.

–¡Larrehostia, Raba, ha sido larrehostia!

–¿El qué, chico?

–Acabo de ver volar por los aires al jefe del Gobierno, el Carrero ese. Se lo estaba contando aquí a éste –dijo con un gesto de cabeza hacia Rodoviario.

–El muy cabrito me ha sacado de la cama –ratificó el ferroviario.

–¿Entonces es cierto que era el jefe del Gobierno? –Preguntó Raba.

–Tan cierto como el que se saca un ojo y queda tuerto, la hostia…

–En la radio dicen que fue el gas.

–¿El gas? ¡Qué sabrán esos!

Y Olegario, que era electricista de altura, se puso a contar que llevaba desde las siete de la mañana encaramado en lo alto de un edificio de la calle Diego de León, reparando un anuncio luminoso de la compañía aviónica nacional cuando, a eso de las nueve, más o menos, sintió la gran explosión, “un zambombazo de la hostia” que hizo temblar el edificio y le atronó y le obligó a asirse con más fuerza a la estructura de metal. “Pensé que era el fin del mundo y que el invento se venía abajo. Por encima de la polvareda vi un coche oscuro que subía p’arriba y de pronto desaparecía. Entonces me dije: lahostia Ole, ve a ver si hay heridos que socorrer, y me descolgué a la azotea, me quité los arneses, salí del edificio y eché a correr calle abajo hacia el lugar de la explosión, en Claudio Coello, detrás del edificio de los jesuitas. Me até el pañuelo al cuello para taparme la boca y la nariz de la polvareda y me lancé al rescate hasta el mismo lugar de la explosión, pero allí no había heridos que socorrer, sólo cristales y cascotes y algunos coches abollados patas arriba y un orificio de la hostia en el centro de la calzada”.

–¿Ningún herido? –Se quiso cerciorar Raba.

–Ninguno vi.

Olegario apuró la segunda copa y Raba le sirvió otra. El Rodoviario escuchaba el relato del amigo y puesto que ya lo conocía, empuñó su copa y se alejó a sentarse ante una mesa vacía. Algunos parroquianos que iban llegando se quedaban mirando a Olegario y se acercaban para oirle mejor.

El electricista de altura siguió contando que el destrozo era grande y que algunos vecinos comenzaba a asomarse, muy asustados, a las ventanas y que él gritaba entre la polvareda y el humo si había algún herido que socorrer, pero nadie le contestaba, ni oía quejidos ni gritos de auxilio como suele ocurrir en estos casos. Si hubiera habido heridos o muertos los habría visto, qué duda cabe. “Me refugié en la entrada de un portal cercano y cuando la polvareda se fue despejando, calibré el socavón que dejó la explosión, que era como un cráter de ocho metros de diámetro, más o menos, y comenzaba a llenarse de agua. Algunos vecinos decían que había sido el gas, que había estallado. Pero qué gas ni narices: allí olía a dinamita que apestaba. Se notaba a distancia el olor de la pólvora y se veía que aquellos ricachos ridículos se habían librado de la mili. Allí había petado una bomba, un bombazo del carajo.

Y aquel bombazo se había llevado por delante, o, mejor dicho, hacia lo alto, el coche del señor presidente del Gobierno, almirante don Luis Carrero Blanco. ¿Que cómo hostias supe que era el presidente del Gobierno y no aquel gobernador militar de Valladolid o lo que fuera del que hablaba la radio..? Porque allí mismo, antes que la radio, me enteré yo.

Enseguida se formó una manganera de lahostia –siguió contando–; llegaron los guindillas, los bomberos, los grises, los de la secreta…, sirenas y más sirenas… Total, que como yo allí no pintaba nada porque no había heridos que recoger, me dije: “Ole, a lo tuyo”, y me volví sobre los pasos hacia la calle de Diego de León. Pero en esas, dos guripas me echaron el alto y me preguntaron que si tal que si cual. Yo les conté lo que había visto. Uno me preguntó: ¿Está usted seguro de que vio un coche subir por los aíres? Le dije que sí. ¿Negro u oscuro? Más negro que el culo de un grillo, le dije exactamente. ¿Un Dodge Dart negro?, afinó el guardia. Dodge Dart no sé, pero negro, seguro. Entonces se miraron uno a otro y comentaron algo en voz baja, aunque lo suficientemente alta para que yo me enterara de que andaban buscando el coche del señor presidente… Les pregunté ¿qué presidente? Y uno me contestó de mala manera, a lo que dije yo: “Tiene usted razón, con Dios, señores”. Pero me ordenaron que no me moviera de allí, y allí me quedé. Y al poco oí que les comunicaban por el dalkie tralki que habían encontrado el coche del señor presidente del Gobierno en la terraza interior del edificio de los jesuitas. Osease, que era verdad que yo había visto un coche subir hacia el cielo como un bólido y que aquel coche era el del señor presidente y que el señor presidente iba dentro…”

Olegario proseguía su relato y satisfacía con repeticiones y detalles las preguntas de los parroquianos que se iban incorporando al corrillo que se había formado. En resumen, que el coche del señor presidente del Gobierno había sufrido el efecto de aquella gran explosión, siendo elevado por los aires hasta una altura de cuarenta y tantos metros y realizando una elipse hasta caer en la azotea sobre el patio interior del convento de los jesuitas.

“¡Esto es muy gordo, muy gordo!”, exclamaba el banderillero Molina, recién incorporado al grupo y ávido de detalles. “¡Y tanto! ¡Como que nunca han volado a un jefe de gobierno! ¡Buena la tenemos!”, le replicaba Manolo Elimpia. “Matar si que han matado a varios presidentes, aproximadamente dos o tres cada siglo; ahí están los casos de Prim, de Canovas, de Canalejas, de Dato… Pero lo que es volar, nunca habían volado a ninguno”, manifestó el señor Casares, que era contable de unos grandes almacenes y por lo visto sabía de historia.

–¿Y qué más cosas vio usted allí? –Insistió el banderillero Molina.

–Nada especial. Ya les digo que aquello se llenó de guardias, de bomberos, de ambulancias… Llegaron bastantes peces gordos, militares, ministros, el conde de los Andes, un concejal, un tío con un tapón en la cabeza que parecía un obispo. En esas oí a un cura, el padre Acebo o algo así, que le decía a los guardias que había visto caer el coche ante la ventana de su celda y que se llevó un susto de cojones, pero enseguida se repuso y salió y comprobó que el vehículo llevaba gente dentro y bajó corriendo a la capilla a coger los santos óleos y consiguió administrarle el viático al señor presidente, que aunque estaba roto por dentro, por fuera presentaba buen aspecto.

–¿Eso dijo?

–Eso mismo; en cambio, los dos hombres del asiento delantero del coche, o sea, el conductor y el escolta, estaban deshechos, según dijo.

–¡Tremendo! –exclamó Molina.

–¿Y el presidente estaba muerto? –Preguntó el doctor Lago.

–Según el cura, todavía vivía cuando le administró el viático, aunque murió a los pocos minutos. Por cierto, que el cura se extrañó de no ver a la chica dentro.

–¿Qué chica?

–La hija del presidente.

–¿Ah, si?

–Por lo que dijo el cura…

–Fraile jesuita sería –puntualizó Molina.

–Fraile o cura no distingo.

–Siga, siga.

–Por lo que dijo se conoce que la hija le solía acompañar todos los días a misa de nueve. Era una moza muy guapa, como de dieciséis o dieciocho años, según el cura. Llegaban puntuales al tempo, ocupaban los escabeles de la primera fila, oían misa, recibían la eucaristía y solían abandonar la iglesia por la puerta trasera, donde les esperaba el coche oficial para llevarles a casa a desayunar. Pero esta mañana la chica no iba… Así pues, el Carrero ese voló sin su compañía.

En ese momento, restalló una voz potente: “¡Cállese  usted  ya, botarate!” Era el capitán Orejas. Nadie se había percatado de su presencia a deshora en el estadero, pero  allí estaba con su inmenso vientre, más excitado que Cicerón frente a Catilina. Lucas acudió presto a su mesa con una botella de vino blanco y unos vasos vacíos. Y el electricista, sin hacer caso de la imprecación, apoyó la espalda en la barra y siguió diciendo en voz más alta: “Pues sí, señores, fue una bomba formidable, un bombazo de la hostia, y puesto que estamos ante el primer caso de un marino que experimenta el despegue vertical y muere en gracia de Dios, démosle gracias a Dios, y puesto que dicen que era el brazo derecho del dictador, admitamos que el dictador se ha quedado manco”.

“¡Esto es el colmo!”, bramó el capitán Orejas. “¡Que se calle, coño!”, ordenó desabrochando la cartuchera para echar mano a la pistola. Pero Olegario, bajo los efectos del abundante coñac, no podía ya contener la lengua. Menos mal que en ese momento, Lucas, al quite, en vez de servir al capitán dejó caer la botella sobre la mesa y al escacharse contra el mármol salpicó de vino y cristales la pechera y los calzones del capitán, lo que confundió y diversificó su ira. Y al instante Raba saltó la barra y agarró del brazo a Olegario y lo sacó del estadero con la ayuda de su amigo Rodoviario que le empujaba y cubría la espalda. Y el electricista, ya piripi, salió cantando la última frase de un himno muy celebrado por los borrachos que dice: “Y en España empieza a amanecer”. El capitán, aquella mole de militar, hizo además de querer salir tras él, pero se debían sentir tan torpe y pesado que aceptó la disposición de Lucas de que se secara y adecentara el uniforme con las servilletas y polvos de talco que le entregaba.

Las aguas regresaron a su cauce y Raba dijo a Lucas: “Menos mal que anduviste listo, chico, que si no aquí mismo tenemos un muerto”. Instantes después fue con el cuento al jefazo Marzo y éste acudió a comprobar el daño en el uniforme del capitán y le pidió disculpas en nombre de la casa. Acto seguido, reconvino a Lucas muy seriamente diciéndole que a la próxima torpeza imperdonable le pondría de patitas en la calle. Lucas aceptó la bronca sin levantar la vista del suelo. Ya desde el fondo del estadero, el jefazo le hizo una señal para que acudiera, y cuando le tuvo ante él, le felicitó por su comportamiento y le hizo ver que estaba obligado a tratarle con severidad, pues los milicos no admitían falta sin sanción. A lo que Lucas le preguntó si su resignación conllevaba aumento de sueldo, y el jefazo respondió: “Ya veremos”.

A quien no volvieron a ver fue a Olegario hasta el día en que su fotografía salió en un periódico en forma de cuerpo tendido sobre el adoquín, junto a una mancha oscura (sangre) y bajo un titulo que decía: “Cayó de una botella”. El texto informaba de que el operario electricista se había despistado y caído desde el anuncio luminoso con forma de frasco de una renombrada marca de bebidas espirituosas. La noticia les entristeció. Era un buen hombre, Olegario.

‘La verán mis ojos’ (VII): «Millones, chico»

Calle de Núñez de Arce, donde se ubicaba La Campana
Calle de Núñez de Arce, donde se ubicaba La Campana

Por KEY GOOD

7.–Millones, chico

Los alemanes reaparecieron en el mes de octubre en la tertulia de los señores milicos. El general Ferrari y el capitán Orejas les acogieron con la habitual efusividad. El alemán del cráneo pelado cual bola molondrónica depositó el cartapacio de cuero negro a los pies del birria de general. Lucas y Raba se cruzaron algunas miradas entre la atmósfera ahumada del local, como diciéndose: “He ahí el objetivo, atentos a la jugada”.

Lucas les sirvió bebidas y viandas y se colocó junto a la columna del centro del estadero desde la que solía contemplar el panorama y detectar las necesidades de los clientes. Cuando la euforia de la bebida soltó la lengua de los milicos y elevó el volumen de su conversación, captó alguna onda de celebración y algazara por la singular bravura fusilera y bombardera del general chileno Pinochet, que estaba limpiando el país de comunistas, comenzando por su presidente, Salvador Allende, del que les oyó decir que era “un peligro, un aliado de los rusos en el Cono Sur”.

Les vio alzar las copas por aquel colega que salía en los periódicos con rostro de gorila, cargado de medallas, y les oyó desear larga vida y longevidad asimismo al general doméstico. A sus oídos llegaron frases del campanudo capitán Orejas, propugnando una limpieza similar a la chilena, pues la nación volvía a estar llena de rojelios traidores e indeseables.

Perdió la onda del festejo al desplazarse a servir a otros parroquianos que iban y venían. Y cuando la retomó de nuevo, la euforia había pasado y sólo pudo captar algunas cifras y algunos términos como “barriles, Pirineos, cadmio, uranio” y otras palabras que no entendió; supuso que eran marcas de armas y municiones y no tuvo duda de que hablaban de negocios. La palabra “barril” podía ser exacta para designar al general milagro, aunque en aquel contexto se empleaba como unidad de medida de petróleo, un líquido negro, viscoso y tóxico que brotaba de las entrañas de la tierra y cuya escasez y carestía traía al mundo de cabeza.

Los alemanes solicitaron más cerveza, vino y viandas. Él les sirvió con presteza y esmero. El capitán Orejas engullía y se frotaba las manos. El Marino exhibía su campechanía con una anécdota poblada de tacos. Un comandante apellidado Ayala hablaba de gases y estratos, tapándose media boca con una mano. El general Ferrari miraba de reojo al alemán de pelo a cepillo y mantenía aprisionado el maletín entre sus zapatos. De vez en cuando soltaba algún “recogilondrios” sin mover las piernas ni el resto del cuerpo. Lucas no veía el modo de poder arrebatarle el cartapacio. Su tentación de dejar caer sobre él la bandeja cargada de vasos con bebidas aumentaba cuando recordaba la patada que le asestó en el trasero al Agitador, es decir, a aquel ginecólogo rubiasco que jamás volvió a pisar el establecimiento. Sin embargo, no convenía precipitarse. “Tan importante es saber lo que hay que hacer como lo que no hay que hacer”, decía Raba. Y lo que no había que hacer era precipitarse. “Ante todo, mucha calma”, insistía Raba.

En un momento determinado, cuando mayor era el tránsito de gente que podía facilitar la sustracción del cartapacio, acudió el jefazo Marzo a saludar a los alemanes y a cumplimentar a los señores milicos; se sentó con ellos y ordenó a Lucas una ronda de parte de la casa. La posibilidad de provocar un estrago con ruido de cacharrería, seguido de una confusión que le permitiese apoderarse del maletín, se alejaba definitivamente. Aunque Raba y él habían medido y meditado al milímetro el plan de sustracción por el método del cambiazo, no se daban ni regalaban las circunstancias para ejecutarlo tan limpiamente como deseaban.

Desde el fondo de la barra Rabadán miraba a Lucas de tanto en tanto y éste cruzaba los brazos en señal de espera. Los milicos y los alemanes seguían hablando. Lucas se acercaba a ellos con ademán de observar la evolución decreciente del líquido de sus vasos. Inclinaba levemente la cabeza, miraba hacia lo alto y, con las manos atrás, se daba la vuelta y regresaba sobre sus pasos hacia la columna del centro del estadero. Un camarero debía estar muy atento a los deseos de los clientes, máxime si con ellos se hallaba el jefazo departiendo sobre los vicios y las virtudes de la mujer española, menos dulce y más arisca que la alemana, pero también más apasionada.

Cuando finalmente el jefazo Marzo abandonó la reunión pidiendo a Lucas que sirviera otra rondita a los señores, también por cuenta de la casa, Rabadán le susurró: “Hay que esperar, chico” y le colocó las bebidas en la bandeja. Tampoco ahora se daban las circunstancias para provocar el estrago y pegar el cambiazo. Después, cuando los alemanes pidieron la cuenta y él se acercó a Raba para que cobrara el importe de “la mesa tres”, el veterano camarero le susurró: “Plan B preparado, chico”.

Según lo previsto, el plan B se ejecutaba sin estruendo y requería unas circunstancias especiales que casi nunca se daban. Sin embargo, aquella tarde, diez minutos después de que los alemanes abandonasen el establecimiento, el Marino y el comandante Ayala apuraron sus copas y se despidieron hasta más ver. Sólo quedaban el capitán Orejas y el general Ferrari, que en ocasiones como aquella, cuando mediaba el maletín, esperaba a que un coche oficial con un cabo conductor pasase a recogerle.

En un momento determinado, el capitán Orejas –todo vientre con algunos apéndices alrededor– se incorporó para ir al lavabo, donde era de suponer que no hallaría pasquín alguno del Agitador, pues el jefazo Marzo había ordenado a la cocinera Tinina que pusiera buen cuidado en la limpieza del mingitorio. Entonces Rabadán tosió en falso para alertar a Lucas. Éste asintió con una breve inclinación de cabeza y se acercó al pequeño armario de Manolo Elimpia para ejecutar la operación trueque con la mayor rapidez. En la bajera del armario del limpiabotas, que no acudía al trabajo a causa de la lumbalgia, habían guardado un maletín idéntico al que el alemán de pelo al cero depositaba a los pies del general, sólo que lleno de serrín, para realizar la sustitución.

Rabadán, al ver que el birria del general se había quedado solo, caminó deprisa hasta el recodo del fondo del establecimiento, descolgó el teléfono, regresó, se acercó a la mesa y comunicó al milico:

–Mi general, le llaman por teléfono.

–¿De parte de quién es?

–No me han dicho.

–¿Hombre o mujer?

–Voz masculina me pareció, parecía del cuartel general –aventuró.

–¡Recogilondrios! ¡Vaya hora de llamar!

El general se incorporó y acudió a contestar. Pasó al lado de Lucas, que, con un movimiento rápido, se dispuso a abrir el armario de Elimpia para pegar el cambiazo. Pero el birria del general regresó de inmediato sobre sus pasos, se inclino, agarró el maletín y se lo llevó consigo a contestar al teléfono.

–Fracasamos, Raba –susurró Lucas.

–Es muy listo, chico; muy desconfiado… Pero sabes ¿qué? Ahora tenemos la prueba de ahí dentro lleva millones, chico.

–Puede ser.

–No hay que desesperar; lo intentaremos otra vez.

Acordaron mantener el plan tal como lo habían ideado y decidieron añadir a la coartada los nombres de los alemanes que Lucas había averiguado. En síntesis el plan consistía en cambiar el maletín al menor despiste del general Ferrari. El cartapacio con los millones de pesetas que Raba imaginaba pasaría del armario de Elimpia a la cueva del establecimiento, donde lo esconderían en la carcasa de plástico de una de las decenas de garrafas de vino allí almacenadas. Lo mantendrían así escondido hasta que pasara el temporal y después se repartirían el dinero y lo sacarían de aquel agujero.

Por si las cosas se complicaban y acusaban a alguno de ellos, habían previsto realizar una operación indolora que consistía en llevar la garrafa al periódico Pueblo como si fuera uno de los tantos pedidos que realizaban los trabajadores de la imprenta de aquel diario cuando celebraban efemérides y cumpleaños. De camino hacia el rotativo sacarían el maletín y se desharían de la carcasa de la garrafa. Y a continuación, debidamente envuelto y precintado, como si fuera un paquete de chorizos, se lo harían llegar al redactor y dibujante Quesada, que pintaba monos en aquel periódico y habitualmente visitaba La Campana. Para que el portero del rotativo no pudiera reconocerlos, darían una propina a alguno de los guajes bienmandados que solían pegar patadas al balón en una plaza cercana para lo entregara al conserje del diario.

“Perderemos el dinero, pero no la libertad”, decía Raba tratando de imaginar la cara de sorpresa de Quesada cuando desenvolviera el paquete, abriera el maletín, viera los fajos de billetes y leyera la nota mecanográfica que Lucas había escrito en la Remington de una academia de la Puerta del Sol en la que se había colado para redactar la procedencia del latrocinio. ¿Se atrevería aquel periódico a publicar que un informante anónimo había entregado un cartapacio extraviado por el general Ferrari con equis millones de pesetas en billetes nuevos? ¿Se apropiaría aquel Quesada del contenido del cartapacio y callaría como un muerto? ¿Se pondría en contacto con el general para devolverle el producto de la corrupción a cambio de una pingüe recompensa? No lo sabían, pero tenían los medios de averiguarlo si el asunto se torcía y las circunstancias les obligaban a activar la coartada.

‘La verán mis ojos’ (VI): «El maletín del general milagro»

Casetas de libros de lance y ocasión en la Cuesta de Moyano
Casetas de libros de lance y ocasión en la Cuesta de Moyano

Por KEY GOOD

Resumen: en los capítulos anteriores hemos visto el origen y la llegada de Lucas Ubiese a Madrid o Ursaria (tierra de osos), su coincidencia con Argala en el viaje, las cartas que le envió y no tuvieron respuesta, su empleo de camarero en La Campana — una taberna de la calle Nuñez de Arce–, su buena relación con el encargado Leonardo Rabadán o Raba, su amistad con el librero republicano establecido en una caseta de la Cuesta de Moyano, Nemesio Quintana o Nequin, y la apuesta sobre si al término de la dictadura podrán restablecer la República. Lucas sostiene que no y el viejo Nequin apuesta por lo contrario y afirma que en diez años «la verán mis ojos». Entre tanto, Lucas sigue buscando a Charín o Chin, su único amor verdadero. 

El mes de agosto pasó enseguida. La gente que se había ido de veraneo regresó a Ursaría con mejor color, desaparecieron los muy estimados y timados turistas, el cerillero Manolo Elimpia volvió con desgana y lumbago al trabajo, Manolo Bolo siguió cantando y empleó el producto de sus sisas estivales en grabar un disco con trescientas copias que repartió a precio de saldo en los bares y discotecas de su pueblo y de otros cercanos para adquirir fama, y los clientes habituales de La Campana regresaron donde solían; el crítico don Alfredo recuperó la tabarra de Upita contra el industrial que exportaba tortas de aceite a los países árabes, señor Lepanto; los taurinos retomaron sus análisis, los galguitas siguieron extendiendo talones al orondo concejal, comenzó la liga de fútbol y los señores milicos pronto tuvieron un nuevo motivo de alegría y conversación: el golpe de Estado en Chile. Para compensar, reapareció el Agitador dejando en el lavabo nuevos pasquines contra la dictadura.

–¿Tú crees, Raba, que vendrá la República? –Preguntó Lucas a su colega, amigo y valedor.

–¡Que se yo, chico…! Lo que es venir, no vendrá.

–¿Por qué crees que no vendrá?

–Porque España no tiene tradición republicana. Y además, ¿a ti qué te importa?

–Puede que tengas razón.

–La tengo, chico. ¿No ves que la gente es imbécil, pone coronas a los santos y reza a las vírgenes coronadas? Y quien dice vírgenes, dice reyes, princesas y toda esa aristocracia. Aquí pasa lo que en la tribu de Butatá de la novela que me dejaste; los tribales nombran rey a Paradox, lo llevan a hombros en unas parihuelas, lo alimentan hasta reventar y se sienten felices. Paradox se ríe de esos pobres ignorantes y le dice a su amigo Diz: “Ves, Diz, como la gente es imbécil: siempre necesita tener a alguien encima de la cabeza”. Pero bueno, ¿por qué te interesan esas cosas?

–Es que me he hecho amigo de un republicano y él dice que vendrá la República y yo digo que no, que podrán una monarquía como una catedral, y hemos acabado haciendo una apuesta.

–Cuidado con esos amigos, chico, que muchos trabajan para la secreta –le advirtió Raba.

Lucas le explicó que se trataba de un tío legal, el viejo librero Nequin, el hombre que le prestaba libros, y le refirió los términos de la puja. Rabadán torció el gesto y dijo lo del torero al filósofo:

–Tiene que haber gente así… Pero diez años es mucho para una apuesta; antes hemos de hacernos millonarios tú y yo, chico.

–No veo cómo.

–Vamos a ver: tú necesitas dinero para poner un anuncio y localizar a esa china, ¿no es cierto?

–No es china, es Chin.

–China o Chin, tanto da; lo cierto es que necesitas dinero para publicar ese anuncio, ¿verdad? Y supongo que también para vivir más desahogadamente y salir de este agujero, ¿no es así?

–Sí

–Y yo también necesito parné para salir de aquí y reunirme con los míos en Cuba, ¿no? Y ese dinero, mucho dinero, pasa por delante de nuestras narices por lo menos una vez al mes.

–¿A qué te refieres?

–Al maletín que le entrega el cabeza bola alemán al general milagro.

–¿Crees que lleva dinero?

–Millones, chico. Se lo mangamos, y asunto resuelto.

–Robar es delito, Raba.

–Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón.

–Eso es en el refranero, pero en la realidad no.

–Tú has estudiado, ¿verdad? Pues ponte ahora a estudiar este asunto, chico.

–No he estudiado para ir a la cárcel, ya me entiendes.

–No hombre, no; se trata de estudiar la manera de apoderarse del maletín sin ir a la cárcel. ¿De qué sirve estudiar sin que le aproveche a uno?

–Hombre, sirve para ser menos ignorante.

–Menos ignorante…, menuda cosa. ¿A quién le importa el saber por el saber? Lo importante es el saber para vivir, osease, saber discurrir para dejar de ser un pobre hombre, ¿me entiendes, chico?

–Si, Raba, claro que te entiendo.

–Pues eso, ponte a discurrir el modo de arrebatarles el maletín a esos tíos y olvídate de si viene o deja de venir la República, que no vendrá.

Manolo Bolo tampoco creía que los españoles pudieran proclamar la República y el jefazo Marzo parecía afecto al régimen dictatorial. En cambio, la Rubia del Portugués le dijo que le gustaría que viniera.

–¿Por qué? –Quiso saber.

–Porque así vendrá el divorcio –contestó.

Por su parte, el librero Nequin seguía convencido de que vendría y se negaba en redondo a anular la apuesta. Lo de aquel hombre le parecía a Lucas una obsesión aguda. Mantenía, el muy iluso, la costumbre de interpretar las noticias a su manera y, por ejemplo, en la retirada del gran futbolista Amancio Amado Varela, poseedor de un palmarés extraordinario –había ganado ocho ligas, tres copas del generalísimo y dos de Europa– veía él un signo inequívoco del irremisible agotamiento de la dictadura. Y como Lucas opinara que su visión era exagerada, pues una cosa era que un futbolista colgara las botas y otra que el régimen se agotara, le replicaba diciendo que los prebostes echaban las muelas por la contrariedad y el enfado ante la decisión del futbolista, sin entender la fatiga de los materiales, y le invitaba a cotejar las declaraciones del ministro de Educación quejándose de la “manía de los jóvenes de ir a la Universidad” y del ministro de Trabajo pidiendo “más balón y menos latín”. “Ya nadie obedece a esos tipos ridículos ni al dictador PTC”.

–¿Por qué le llama usted así?

–Por si acaso.

–¿Por si acaso qué?

–Por precaución.

–¿Qué quiere decir PTC?

–Patascortas –aclaró el librero.

Posiblemente Nequin, con su cóctel de obsesiones y ocurrencias bajo la boina, manejaba una lógica interna que Lucas ignoraba, pero sus interpretaciones de la realidad y su correspondencia con aquellos exiliados tan relevantes como desconocidos no acababan de convencerle de que el acabose de la dictadura pudiera significar el asomo de la República.

En ocasiones, Nequin se alegraba de que a Lucas le gustasen los libros, pues así, según decía, trabajaría menos a disgusto para él cuando perdiera la apuesta que se traían y tuviera que satisfacer la deuda con el sudor de su frente. Lucas le contestaba que primero tendría que desaparecer el dictador PTC y después… Bueno, la República le parecía a él tan platónica como el amor que sentía hacia aquella Chin a la que trataba de localizar.

Algunas noches, cuando caía rendido en la piltra de la abuhardillada habitación, le daba por pensar que la vida era un maldito enredo que discurría por donde se le antojaba, sin que uno acabara de gobernarla. Ahí estaba el ejemplo de la Rubia con su drama íntimo. Aquella mujer tenía razones para no fiarse de los hombres ni de las leyes. Se había casado con un tipo al que llamaba “el mariquita de mi marido”. Un mes después del matrimonio, “el mariquita” se enamoró de un tío y la abandonó. Aunque le convenció con dinero para que testificara que no había consumado el matrimonio y pagó un dineral al tribunal de la Rota para que anulara el vínculo, los tribunos de la curia le contestaron con una sentencia inapelable que ratificaba su unión con el “mariquita” de por vida. Siendo una mujer de orden, se iba secando mientras esperaba la desaparición del dictador PTC y el reconocimiento del divorcio para rehacer su vida sin temor al qué dirán. Por eso deseaba que viniera la República.

Ahí estaba también el caso del amigo Raba como ejemplo de la arbitrariedad de la vida. Con la venta de las pieles de garduñas, zorros y conejos que cazaba a cepo y desollaba para la industria de la confección de abrigos para señoritas ricas y con el producto de las cuatro ovejas que le pagaban por cada trashumancia para que fuera formando su propio rebaño, reunió los billetes verdes necesarios para emigrar a América. Salió en un barco desde A Coruña. Después de dos semanas de travesía desembarcó en Cuba, pues el barco seguía hacia la Florida y él se dirigía a México. Desde el país azteca, dominado por Hernán Cortés y atemorizado por el loco Aguirre y otros personajes despiadados que venían en los libros, Raba se disponía a llegar a Texas, donde le esperaba un primo lejano que le iba a emplear de conductor de grandes rebaños de merinas hacia California, un trabajo a caballo muy bien remunerado que, según su primo, le iba a proporcionar una gran fortuna en pocos años.

Pero ocurrió que mientras esperaba el barco hacia Veracruz contrajo una extraña enfermedad: se le hincharon los ojos, vomitaba todo lo que comía y bebía, le atacaba la fiebre, se iba debilitando y comenzó a ponerse amarillo. Acudió a un médico que le pronosticó una grave hepatitis vírica y le extendió una carta de recomendación para que le acogieran en un hospital, donde, según decía con cierto orgullo ideológico, “aquellos comunistas me trataron de maravilla y me sanaron, chico”. Claro que también le dejaron sin un céntimo. “Casi todo el rendimiento de las pieles de zorros, garduñas y conejos acabó en Cuba, pero valió la pena”, añadía con renovado orgullo.

–La verdad es que no te entiendo; te dejaron pelado, tuviste que pagar todo lo que tenías para que te atendieran y encima sostienes que esos comunistas son muy buenos… No te entiendo, Raba.

–Mira, chico –Abrió su cartera y le mostró una fotografía de una niña negrita, rolliza, sonriente. –Es mi hija –añadió con orgullo superlativo.

Se había ido a hacer las Américas y había hecho una americanita por la vía de dejar preñada a una cubana. Aquella fotografía era la prueba de su obra mejor acabada y, sin embargo, en construcción.

Lo que ocurrió fue algo tan sencillo y natural como el deseo de seguir viviendo. Cuando se restableció, ya carente de posibles para proseguir su viaje y sin respuesta del primo lejano que conducía océanos de ovejas hacia California, no tuvo más remedio que buscar un trabajo para sobrevivir, y se empleó de mozo de carga en el puerto. Entonces descubrió que el comunismo, aun teniendo muchas cosas buenas, tenía una malísima: nadie se podía hacer rico, así que una sudorosa madrugada en que cargaba sacos de azúcar en un buque que tocaba puerto en la Península Ibérica, concretamente en Lisboa, se dijo así mismo: “Tira p’aespaña, Raba”, y con el último saco a la espalda se quedó en la bodega del barco y volvió con lo puesto, pero llegó.

Le faltó tiempo a Raba de despedirse de Minegra, pero como no era un gandul, le escribió en cuanto pudo. Debió ser una carta muy tierna, pues ella le perdonó la huida y le respondió que estaba encinta y que a ver qué iba a ser de ella y de la criatura que llevaba dentro. Desde entonces no dejó Raba un solo mes de enviar regalos y dinero a Minegra y cuando nació Miniña, de mandar más regalos y más dinero para ambas. De la promesa que se había hecho a sí mismo de regresar millonario, nada de nada. Del objetivo de volver al pueblo en un reluciente automóvil con brillo de insecto y elegir una buena moza del norte para compartir la vida, se olvidó pronto. Minegra y Miniña eran su familia y deseaba con toda su alma reunirse con ellas, para lo cual necesitaba dinero. Lógico.

La vida es un enredo, se decía Lucas repasando su propia situación: no lograba encontrar a Chin, no había conseguido la sentencia del Viejo ni veía un horizonte cierto que justificase su presencia en este mundo. La inercia laboral encadenaba sus días sin más aliciente que la esperanza de encontrar a Chin ni más deseo de que ella le recordara, le reconociera y le amara todavía. Algunas veces soñaba que al otro lado de la línea del negro auricular de la Taberna de El Portugués, una voz le preguntaba: “¿Quién la llama?” Y él decía: “Lucas”. Y la pregunta: “¿Qué Lucas?” no necesitaba respuesta porque ella, Charín, empuñaba el auricular y exclamaba con su voz de niña: “¡Lu! ¡Qué alegría!” Y él salía corriendo y se encontraban, se abrazaban y besaban y ya no se separaban nunca más.

Pensando en Chin solía dormirse sin discurrir la manera de arrebatar el maletín a aquellos tipos, los milicos que, como decía Raba, mangoneaban el país y eran gente de mala calaña y peor ralea, la misma que le robó la vida al Viejo.

‘La verán mis ojos’ (V): «Y ustedes la verán también»

Sello de la II República
Sello de la II República

Por KEY GOOD

  

En las noches de agosto no había modo de dormir bajo las tejas calientes, así que después de los largos paseos o de las charlas a intervalos con la Rubia del Portugués, Lucas dejaba que transcurrieran las horas entre lecturas y recuerdos hasta que, ya cerca del amanecer, se enfriaban las tejas y los jilgueros entonaban sus gorjeos en el borde del ventanuco por el que entraba el frescor. Algunos se colaban en la habitación y lo cagaban todo, los muy cabrones, pero le hacían compañía y les permitía quedarse a condición de que le despertasen. Cuando, al cabo de dos o tres horas de sueño, abría los ojos y miraba el reloj, se incorporaba sobresaltado porque ya eran las nueve de la mañana y, entonces, los gorriones, como si fueran conscientes de merecer una recompensa por el servicio realizado, le acompañaban al lavabo para beber agua.

Lucas cortaba las hojas del cuaderno con las notas de la noche anterior, compraba sobres y las franqueaba desde el estanco de la Flaca –poniendo buen cuidado de pegar boca abajo los sellos con la testa del dictador, como si deseara que se le bajara la sangre a la cabeza y las diñara de mala manera por haber fusilado tanto–, a las direcciones de la tía Zulaica y del hermano Richard. Les contaba su precaria y sencilla vida en Ursaría, les hablaba de la gente que había conocido y se despedía sin otro particular. La tía Zulaica solía contestar a vuelta de correo. Richard se demoraba uno o dos meses en responder. La tía Zulaica solía contarle que las gallinas, los conejos y las cabras estaban bien y que ella, aunque se resentía de las piernas, iba tirando. Por su parte, Richard le hablaba de sus progresos. Ya era jefe de la partida de la carne de un gran hotel de aquella isla donde vivía y se lo hacía con amantes suecas, inglesas, holandesas, alemanas…, mujeres de piel blanca y suave que se iban tostando al sol y aun siendo higiénicas, cosméticas y perfumadas, disfrutaban el sexo como guarras. Algunas se lo querían llevar de arrimo y le ofrecían empleos domésticos de jardinero y cocinero.

También los frailes le contestaron a vuelta de correo y le enviaron el libro azul con las calificaciones escolares. Lo abrió y buscó con avidez las notas del último año, el quinto curso de bachillerato, pero la hoja estaba en blanco. ¿A qué obedecía la omisión? Les escribió pidiendo aclaración, pero sólo obtuvo una respuesta formal, según la cual, carecían de competencia legal para calificar el quinto curso hasta que realizara el sexto y la reválida. Escribió otra carta quejándose de lo que consideraba una injusticia y los frailes le contestaron que había aprobado todas las asignaturas, pero que no podían consignar las calificaciones porque la legalidad vigente se lo impedía. Total, que le quitaban un año.

Quien siguió sin dar señal fue el barbudo Argala. Iba para dos meses que le había llevado aquellas cartas. Las introdujo por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos y, tanto en la primera como en la segunda misiva, consignó la dirección de la pensión donde le podían encontrar. Pero estaba claro que aquel tipo no quería ayudarle ni saber nada de él. Pertenecía a esa clase de gentecilla circunstancial y sin palabra, de la que es preferible no acordarse.

Ursaría en agosto era una ciudad tan sucia y maloliente como el resto del año, pero más tranquila. Muchas sedes y establecimientos cerraban por vacaciones, otras funcionaban a medio gas, había menos gente, desaparecían los clientes habituales y llegaban sudorosos turistas descarriados que insistían en cenar a las seis de la tarde. Gente rara. La vida era más lenta, más relajada. Raba y el jefazo Marzo disfrutaban sus vacaciones y algunas mañanas Lucas se retrasaba y abría la persiana de La Campana media hora después de lo acostumbrado, pero no importaba, pues la cocinera Tinina se retrasaba una hora, el vinatero venia dos veces por semana y el mozancón del hielo permanecía fiel a sus retrasos. Entre Manolo Bolo y él se sobraban para atender a los escasos clientes. Cuanto desaparecían los turistas y los pocos parroquianos que, como el banderillero Molina, permanecían en la ciudad con encomiable fidelidad a sus costumbres, cerraban la persiana y daban por concluida la jornada. La cocinera Tinina se encargaba de contar la caja y de guardar la recaudación. Aunque pactaba las sisas con Bolo, Lucas hacía como que no se enteraba y se conformaba con el sueldo y las propinas del bote, que se repartían una vez a la semana, la tarde de los domingos.

Las horas muertas, de tres a cinco y media, eran para él las mejores del día. Se llegaba a la Cuesta de Moyano y el librero Nequin y su amigo Yebra le invitaban a sentarse con ellos en una silla plegable de lona a la sombra de la caseta y les escuchaba hablar de la guerra, de la situación presente o no les escuchaba porque se limitaban a observar el tablero de ajedrez y a pensar sus jugadas, regando de vez en cuando el gaznate con un chorrito de agua del botijo.

Algunas tardes pasaba por allí un hombre pequeño y pulcro, con la piel lechosa como un gusano de la fruta, y se paraba a saludarles. Tenía voz aniñada. Solía sacar del bolsillo de su guayavera una cajita de puros entrefinos y les daba uno, como quien regala caramelos a los niños. Nequin lo aceptaba de mil amores y le tendía el botijo, pero Yebra lo rechazaba con gesto de mil dolores. El hombre se llamaba don Igna Ben (nombre de guerra) y los puritos eran su forma de hacer propaganda clandestina de su partido, pues en el transparente papel de celofán que envolvía cada cigarro introducía una etiqueta muy fina con la inscripción ARDE. Eran las siglas de Acción Republicana Democrática Española, el partido de don Manuel Azaña, y el purito ardía, claro que ardía.

Cuando el amable señor se volvía a poner el sombrero y proseguía su camino, Yebra señalaba con el dedo las volutas que salían del cigarro de Nequin y exclamaba: “¡Puro humo!”

–Humo de puro –le corregía Nequin.

–Puro humo, la República –puntualizaba Yebra.

Esa sencilla expresión o cualquier otra que hiciera al caso bastaba para que el librero se soliviantara y ambos se enzarzaban en una discusión que podía resultar tan larga como interesante.

El contraste de argumentos entre el funcionario y el librero le parecía a Lucas una fuente de conocimientos tan buena y fiable como la de algunos libros. Desbarraban, pero sabian argumentar. Yebra podía adoptar el papel de monárquico cerril para provocar a Nequin y éste podía actuar como un republicano acerrimo para fastidiar a Yebra. Como Yebra trabajaba en el sótano de la hemeroteca municipal, encuadernando y conservando periódicos, en una lucha sin cuartel contra los estragos de la polilla y la disolución de la tinta, poseía la ventaja que le daba el trato con la prensa de las primeras décadas del siglo XX  y conocía noticias y episodios regios que Nequin ignoraba.

En una de aquellas discusiones, Nequin llamó meapilas a los Borbones y predijo que el príncipe heredero seguiría la política del palio, entregando miles de millones del erario público a los vaticanistas para que siguieran engordando la panza. También predijo que en cuanto el Borbón designado por el dictador fuera entronizado, acudiría al Vaticano a besar el anillo al Papa, lo que equivalía a besarle el culo, pues anillo viene de ano. Entonces Yebra sacó a pasear su erudición y le contestó que “ni Alfonso XIII ni su antecesor tuvieron simpatía por la religión católica”.

–¡Eso si que es bueno! –Exclamó Nequin.

–Lo que pasa es que el clero les envenenó el reinado –añadió Yebra.

–Los obispos lo envenenan todo –asintió Nequin.

–No sé si sabes que una parte de la clerecía se conjuró contra Alfonso XII y se negó a celebrar los funerales por la reina María de las Mercedes, de la que él estaba locamente enamorado. Es más, algunos obispos esparcieron tanto desprecio y rechazo hacia el rey que el pobre desgraciado acabó escribiendo en su libro de caza, tras la muerte de su joven esposa, que el único consuelo que le quedaba era contemplar las ásperas sierras de El Escorial donde había sido feliz con su Merceditas, pues ni siquiera tenía la suerte ni el descanso moral de Felipe II de ser creyente.

–¿O sea, que no creía en Dios? ¡Qué tontería!

–Lo escrito, escrito está. Y yo me digo que si hubiera vivido más tiempo, habría podido dar algún un ejemplo más contundente de su rechazo a la clerigaya carlista, pero en fin… Bueno, y cuando Alfonso XIII subió al trono, muchos curas y obispos realizaron actos de política carlista contra él. Yo creo que al XIII no le podremos negar algunos esfuerzos sinceros por separar a la Iglesia del Estado.

–¿Ah, si? ¡Eso también es bueno!

–Ahí está el decreto del matrimonio civil que eximía de toda declaración religiosa a los que quisieran casarse por el juzgado y solventaba de esa manera la pretensión de la Iglesia Católica de declarar nulos los matrimonios civiles de los contrayentes que no hubieran abjurado previamente del catolicismo…

–Puro formulismo –dijo Nequin.

–Formulismo o lo que tú quieras, pero no del que besa el ano sino del que escuece el culo al Vaticano.

–Sin haberlo deseado, te ha salido un pareado –se rió Nequin.

–Bueno, eso sin contar la famosa Ley del Candado para poner coto a las ventas de bienes y patrimonio que realizaban las órdenes religiosas al mejor postor sin dar cuenta ni a los fieles ni, mucho menos, al Estado.

–En España la clerigaya siempre ha hecho su satánica voluntad, amigo Yebra.

–Pero la voluntad de someterlos a la ley no se le puede negar…

–Ya, ya.

–Y el XIII también respaldó la reforma de Canalejas para descargar al erario de las obligaciones con la Iglesia. Y cuando, presionado por el Vaticano, Canalejas presentó su dimisión, el XIII no se la aceptó, como tampoco aceptó la de Romanones como ministro de Gracia y Justicia cuando el nuncio y los obispos desataron una cruzada contra él a raíz del decreto de protección del patrimonio cultural que prohibía a la Iglesia vender y exportar obras de arte… Y tampoco aceptó la renuncia de Manuel Pedregal, ministro de Hacienda, que intentó frenar la sangría del Estado a manos del clero, separando bienes y limitando los diezmos eclesiásticos… En fin, si el XIII no llegó a implantar la libertad de cultos, al menos lo intentó.

–¡Tonterías!

–Tonterías o no –prosiguió Yebra–, lo cierto es que los últimos Borbones no tuvieron mala fe, ni fe siquiera; otra cosa es que toparan con la iglesia, amigo Nemesio, y no pudieran hacer más.

–Sólo te recordaré, querido Yebra, que la República se proclamó contra el rey y contra el clero, ¿o no? De modo que la dudosa voluntad del XIII de reducir los privilegios del clero católico, apostólico y romano, si alguna vez existió, se disipó pronto.

–Mira, eso no te lo voy a negar. El propio XIII parecía arrepentido de haber cedido a las exigencias del clero. Nada más tienes que ver lo que cuenta Julián Cortés-Cabanillas.

–¿Qué cuenta ese reaccionario?

–Pues que estando el destronado en Roma, fue a ver al Papa Pío XI con la intención de abordar el asunto del clero en España y cuando comenzó a hablar de los problemas del clericalismo que provocaron su caída, el Papa le interrumpió bruscamente: “Eso no me lo cuente a mí, expóngaselo al nuncio Pacelli”. Y dice Cabanillas que al salir de aquella audiencia, don Alfonso le preguntó al cardenal Cacia-Dominioni, que le acompañaba, qué tenía previsto hacer la Santa Sede cuando un Papa no convenía a la Iglesia, y el cardenal, un tanto perplejo, le contestó que al ser el Espíritu Santo quien inspira a los cardenales en el cónclave, se lo lleva consigo. A lo que Alfonso XIII replicó: “¿Y no cree, eminencia, que el Espíritu Santo parece estar ahora algo distraído?”

–¡Tonterías de monárquicos lacrimógenos!

–Pues yo sostengo que el XIII acabó desengañado de la Iglesia por el comportamiento ruin y desleal de la jerarquía hacia él. Y lo que me parece más importante: espero que el nieto y heredero haya aprendido la lección y ponga las peras a cuarto a nuncios, arzobispos, obispos, deanes, confesores y demás.

–Que te crees tu eso… Puestos a esperar, seguro que eliminan el sostenimiento del culto, suprimen el Óbolo Real y dejan de mantener al Cristo de Medinaceli… Yo no descartaría que se convirtieran en republicanos.

–Seamos serios, Nemesio.

–Sí, como los burros.

–Pues yo confío en que los Borbones hayan aprendido la lección y el que viene no tropiece en la misma piedra.

–Si, como los burros.

En ocasiones, cuando venía a cuento, terciaba Lucas proponiendo a Nequin la anulación de la apuesta que se traían, pues cada día aparecía con mayor nitidez la restauración de la monarquía y el alejamiento de la reposición de la legalidad republicana, y él no deseaba añadir derrota a su derrota. Pero el viejo librero se revolvía en su taburete y le replicaba:

–¡Ni hablar del peluquín!

–Usted sabe que va a perder –insistía Lucas.

–Eso está por ver –replicaba Nequin.

–Ya lo verá.

–¡Claro que veré la Republica! ¡La verán mis ojos!, la veremos todos, y Yebra también.

‘La verán mis ojos’ (IV)

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Vista de la calle del Príncipe, donde se ubicaba la taberna del Portugués, desde la plaza de Canalejas. Vista de la calle del Príncipe, donde se ubicaba la taberna del Portugués, desde la plaza de Canalejas.

Por KEY GOOD

4.—Mujeres

 

Los comercios cerraban a las veinte horas en Ursaría y algunas noches Lucas estaba atento al reloj y se asomaba a la entrada del estadero para ayudar a la chica de la tienda de enfrente a correr la mampara de rejillas que protegía el escaparate y la gruesa puerta de vidrio de la entrada. La chica forcejeaba con el artilugio. Primero desenganchaba una especie de riel que sujetaba la mampara en la parte derecha del escaparate y lo tendía en el suelo. Después empujaba las varillas de hierro por aquel riel, produciendo un ruido chirriante. Pero cuando realizaba la misma operación con la parte izquierda de la mampara de rejas, la derecha retrocedía y no conseguía juntarlas. Entonces él cruzaba la calle de cuatro zancadas y…

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‘La verán mis ojos’ (IV)

Vista de la calle del Príncipe, donde se ubicaba la taberna del Portugués, desde la plaza de Canalejas.
Vista de la calle del Príncipe, donde se ubicaba la taberna del Portugués, desde la plaza de Canalejas.

Por KEY GOOD

4.—Mujeres

 

Los comercios cerraban a las veinte horas en Ursaría y algunas noches Lucas estaba atento al reloj y se asomaba a la entrada del estadero para ayudar a la chica de la tienda de enfrente a correr la mampara de rejillas que protegía el escaparate y la gruesa puerta de vidrio de la entrada. La chica forcejeaba con el artilugio. Primero desenganchaba una especie de riel que sujetaba la mampara en la parte derecha del escaparate y lo tendía en el suelo. Después empujaba las varillas de hierro por aquel riel, produciendo un ruido chirriante. Pero cuando realizaba la misma operación con la parte izquierda de la mampara de rejas, la derecha retrocedía y no conseguía juntarlas. Entonces él cruzaba la calle de cuatro zancadas y la ayudaba a unir las dos mitades y asegurarlas con varios candados.

–Tienes que engrasar el cierre –le recomendó la primera vez que la ayudó.

–Vale –dijo ella agradeciéndole la ayuda.

–Yo me llamo Lucas, ¿y tú?

–Inés

–Como la amante de don Juan, un nombre muy lindo –contestó él sin poder disimular una breve risa porque Manolo Elimpia y los parroquianos de La Campana le llamaban Ratita.

–A mi me gusta –repuso ella.

Puesto que aquella Inés no siguió su consejo de engrasar el cierre, Lucas supuso que le agradaba que la ayudase a realizar la operación. Una vez la invitó a que pasara a La Campana y se tomara un refresco, pero ella hizo un gesto de desagrado. Para animarla a que aceptara la invitación le aseguró que el cerillero, el libidinoso Elimpia, ya se había ido.

–No puedo, tengo prisa –se disculpó ella sin mirarle siquiera.

Cuando las manecillas del reloj de pared, colgado sobre el armario del cerillero Manolo Elimpia llegaban a las veintiuna cuarenta y cinco, Lucas transfería los bártulos y los débitos a Manolo Bolo, bajaba a la cueva, se desprendía de la corbata y la chaquetilla y se despedía hasta mañana. En la taberna del Portugués, que estaba situada cerca de la desembocadura de la calle del Príncipe en la plaza de Canalejas, cenaba un vaso de leche con un par de sobaditos pasiegos y realizaba desde el teléfono público alguna llamada a los Martínez con aspa. La Rubia del Portugués hacía que no oía, pero no perdía detalle, la muy bruja, hasta que una noche estalló:

–Debe de ser un pendón, la Charo esa.

–¿Por qué lo dice?

–Porque nunca está en casa.

Él se encogió de hombros y La Rubia sonrió, disculpándose por su intromisión. Después, cada noche, se repetía la misma conversación:

–¿Hoy tampoco está?

–Parece que no.

–Si es lo que yo digo: un pendón.

–Bueno, hasta mañana.

–Hasta mañana, y olvídala, muchacho.

–¡Ojala pudiera!

Puesto que las tejas de arcilla sobre la habitación abuhardillada de la pensión seguían desprendiendo calor hasta altas horas y convertían el habitáculo en un horno sin otra salida de los rayos ultravioleta que la puerta y un ventanuco lateral existente a los pies de la cama, en el que se posaban los gorriones, algunas noches Lucas se daba una ducha para desprenderse del sudor y el olor del día y salía a pasear por la ciudad, se llegaba a la Puerta del Sol y recorría la calle Mayor hasta desembocar en el Puente de Segovia, desde el que le gustaba contemplar las serpentinas de luces de los coches que iban y venían por las carreteras del oeste. Era un mirador agradable que recibía la brisa fresca de los campos y en el que uno podía imaginar el mar a sus pies. El principal inconveniente eran los suicidas. Una mujer se paró una noche a dos metros de él, y antes de que se diera cuenta de la maniobra, se había encaramado a la balaustrada de granito y lanzado al vacío con los brazos en cruz. Del fondo oscuro subió el sonido del golpe de un fardo contra el suelo.

Desde aquella noche orientaba sus pasos por la calle del Arenal hasta la plaza de la Ópera y el Palacio Real. En Ursaría había calles, a cual más sucia, que parecían siamesas. Por ejemplo, Mayor y Arenal, Hortaleza y Fuencarral… En ocasiones, al salir de Príncipe torcía hacia la derecha y bajaba por la Carrera de San Jerónimo hasta un pequeño parque de pinos frondosos situado frente al Palacio de las Cortes, y se sentaba en el bode inferior del elevado pedestal de estatua de Cervantes y a la luz de la farola, más potente que otras, que iluminaba el monumento, leía algún libro de los que le prestaba Nequin.

Algunas noches, al pasar ante la taberna del Portugués, La Rubia le veía y le saludaba con un gesto detrás de los vidrios de su establecimiento. Él le correspondía con una ligera inclinación de cabeza, como los chinos. Una noche la Rubia se asomó y le dijo:

–¡Qué! ¿Con tu Charo?

–No, de paseo por la fresca.

–Por ahí no hay más que borrachos; anda pasa, te invito a una leche merengada fresquita.

Lucas entró, se sentó y La Rubia se sentó con él ante un vaso de limón granizado. El  local estaba vacío y hablaron de asuntos intrascendentes hasta que entró una pareja y la Rubia se aprestó a atenderles. Entonces Lucas abrió el libro que siempre llevaba bajo el brazo y leyó hasta que La Rubia volvió. Ella, en vez de sentarse, apoyó medio trasero sobre la mesa, se inclinó hacia él y le arrebató el libro.

–¿Qué es lo que lees?

–Te sorprendería saber lo que hay dentro.

–Letras, ¿qué va a haber?

–Dámelo y verás.

La Rubia seguía con su medio trasero apoyado en la mesa. Con la familiaridad de trato ya no le parecía tan alejada de edad ni tan ajada de cara como los primeros días. Por el contrario, su rostro, surcado por finas hendiduras verticales, le parecía ameno, y su talle fino, con los pechos erguidos, le resultaba perfectamente abrazable.

La Rubia le devolvió el libro mirándole atentamente. Él buscó una determinada página que no encontró. Ella se alejó a servir a un cliente que acababa de entrar. Después entraron otras personas, gentes que salían de la función de un teatro cercano. Cuando la Rubia regresó a la mesa había transcurrido media hora y él se hallaba embebido en la lectura. Ella le acarició la cabeza y le revolvió el pelo. Después, con gesto de cansancio, se sentó frente a él. Su vaso de limón granizado se había aguado.

Entonces Lucas buscó la página y le entregó el libro abierto. Ella leyó y abrió los los ojos con gran sorpresa. Alzó la cabeza, le miró y siguió leyendo. Lucas, que suponía que el interés de aquella mujer por los libros equivalía al que sentía él por los lapones, sonreía para sus adentros sin dejar de observar la cara que ponía. Después de pasar una página, La Rubia cerró el libro y lo estrechó contra su pecho.

–¿Es para mí, verdad?

–Claro que sí.

Ella se inclinó y depositó un beso fraternal en la mejilla izquierda del joven camarero.

–Lástima que mi madre ya no rija… Le haría tanta ilusión…

–¿Qué le pasa? –Se interesó Lucas.

–Está gaga, la criatura, en un asilo residencial.

–¡Vaya!

La Rubia se alejó a atender a un cliente que acababa de entrar y, sin poder contenerse, abrió el libro y le dijo: “Mire”. Era un hombre elegante, con traje de tergal, camisa azul y corbata de margaritas blancas y amarillas. Parecía un detective. El tipo leyó la línea que La Rubia le indicó con el dedo y exclamó: “¡Vaya!” La Rubia le sirvió la consumición habitual, una copa de brandy con un terrón de hielo. El hombre le advirtió: “No se te vaya a subir el libro a la cabeza ni se te ocurra subir el precio del coñac, eh”.

–Veo que te ha gustado –le dijo Lucas al despedirse.

–Muchísimo; de haberlo sabido, lo habría comprado –dijo la Rubia.

–Lo dudo –repuso Lucas.

–¡Oye guapo! –Protestó ella.

–No es lo que te imaginas, es que aquí esa novela está prohibida y es difícil de encontrar; si te fijas verás que está editada en América –aclaró Lucas.

La Rubia le sonrió y Lucas se alegró de que Arturo Barea hubiese recogido en las primeras páginas de La forja de un rebelde aquel recuerdo de infancia, cuando acudía los domingos con su abuela a la Taberna del Portugués y la tabernera, la madre de La Rubia, una buena mujer que ahora estaba gaga, le regalaba los rabos de churros y recuelo de café para que el niño y la abuela convirtieran en una fiesta su desayuno dominical.

Algunas noches, cuando tenía poco ajetreo, la Rubia se sentaba frente a él a tirarle de la lengua, pues le gustaba oír “cosas bonitas”. Y él, qué remedio, le leía Poeta en Nueva York o le echaba un cuento de Mark Twain o, sencillamente, le decía: “Nada nuevo, mujer, es el mismo libro de ayer”. A lo que ella, mirándole fijamente, con zalameros ojos, le rogaba: “Entonces dime otra vez aquella poesía”. Y él, a ver, qué remedio, prorrumpía: “Vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran,/ me esparcen el corazón/ y me avientan la garganta…” Y a la que terminaba: “Si me muero que me muera/ con la cabeza muy alta…” Y “cantando espero a la muerte,/ que hay ruiseñores que cantan/ encima de los fusiles/ y en medio de las batallas”, ella le decía: “Ahora aquél otro”. Y él: “No, Rubia, que estoy cansado”. Y ella: “Dime esos versos, anda”. Y él: “Bueno, mujer: Pastores los que fuerdes allá por las majadas al otero/ si por ventura vierdes a aquel que yo más quiero,/ decidle que adolezco, peno y muero”. Y entonces ella se incorporaba un poco de la silla y, doblando su torso sobre la mesa, alargaba los labios y le depositaba un beso en cualquier parte de la cara. Una vez le acertó en los labios y le supo a carne ahumada: fumaba bastante, la Rubia.