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‘La verán mis ojos’ (XVIII): «Identificado»

Fachada de la Biblioteca Nacional de España, donde Lucas Ubiese consiguió una nueva identificación
Fachada de la Biblioteca Nacional de España, donde Lucas Ubiese consiguió una nueva identificación

Por KEY GOOD

El agente de la casa de anuncios por palabras leyó en voz alta con tono papal la frase que Lucas acababa de escribir en el impreso: “Chin, encuentra tu amor verdadero”. Y debajo: “Librería X de Moyano”.

–¿Le quito la coma? –Preguntó.

–De ninguna manera.

–Tenga en cuenta, fraile, que le sube un pico.

–Tanto da –dijo Lucas.

–Así pues, con coma, diría… –el tipo repitió la frase–, y sin coma diría… –la repitió otra vez.

Arreciaron las risitas de varios jóvenes que aguardaban turno para poner sus anuncios. Dos oficinistas levantaron la cabeza y se le quedaron mirando con ojos de grulla. El publicista, un hombre de pelo engominado y perfectamente trajeado, añadió:

–¿Usted dirá?

–Con coma he dicho.

El publicista tecleó una maquina de calcular que tras un rugido de tripas escupió un papelito con el importe.

–¿Desde cuando, padre, se dedican ustedes a cristianizar a los chinos? –Le preguntó.

—Desde siempre, querido amigo.

–No creo que les compense –repuso el publicista mostrándole el tiket.

–Bueno, ahora me va a hacer el favor de poner también el anuncio en inglés –le pidió Lucas,

El publicista modificó su expresión irónica y dijo bajando la voz:

–Escríbalo usted si me hace el favor.

–¿No sabe usted inglés?

Negó con la cabeza.

–Pues ponga: “Find your trae love Chin”, sin coma.

El publicista no entendió la frase y Lucas le deletreó cada palabra, escuchando a sus espaldas las renovadas risitas de los anunciantes que esperaban turno. A continuación le ordenó que publicaran la frase también en francés, idioma que el publicista también ignoraba y que dio lugar a nuevas risitas. Lucas pensó: “Estas cosas ocurren cuando los cerdos se suben a los árboles”. Tras deletrear: “Trouvez votre amour vre” y pagar el importe de la factura a nombre de la Orden del Carmelo, exenta de impuestos, abandonó aquella oficina publicitaria.

Todavía era temprano, pero la plaza del Callao ya estaba tomada por decenas de grises en guardia contra una manifestación de estudiantes que se anunciaba para el mediodía. Tenían cara de brutos, los grises. Los reclutaban en los pueblos, les inculcaban la obediencia ciega, les adoctrinaban contra el enemigo subversivo, los armaban y los sacaban de los cuarteles para aporrear y disparar botes de humo tóxico y pelotas de goma contra quienes se manifestaban en las calles pidiendo a gritos derechos y libertades.

Puesto que Nequin le había indicado que no abriese la caseta hasta las doce de mediodía por respeto a la competencia con los colegas vecinos, caminó sin ninguna prisa hacia la Cibeles, parándose aquí y allá para comprar un bolígrafo, sellos, sobres para cartas aviónicas, ropa interior y exterior, unos zapatos, un pijama y unas gafas de atrezo con la montura de pasta negra y los cristales redondos, estilo Miaja y Azaña, que le conferían un aire extraño y antiguo. Ya en el establecimiento se desprendió del escapulario y la túnica frailuna y puso unas letras a su hermano Richard y a la tía Zulaica para comunicarles que se hallaba bien, aunque prófugo, sin haber delinquido, pero bien. Chirriaron las bisagras de las casetas vecinas y cuando llegó don Nequin, volvió a ponerse el hábito y se ausentó a echar las cartas. Desde el Palacio de Correos y Comunicaciones siguió caminando hasta la Biblioteca Nacional. Cruzó la entrada que había en la mitad de la verja que rodeaba el impresionante edificio y subió la escalinata hacia la puerta principal, flanqueada por unas estatuas tan descomunales como las de los visigodos de la plaza de Oriente, de Cervantes, Lebrija, Vives, Gracian…

Recordó un cuento, no sabía si del pulido Azorín o del desaliñado Baroja, en el que las palabras aprovechan el traslado de la sede de la Real Academia desde la calle de Fuencarral al nuevo edificio del barrio de los Jerónimos para fugarse de los cajetines en los que las tienen encerradas. Salen bailando, locas de contentas, las conjunciones y proposiciones, desfilaban los pronombres y los sustantivos, van a caballo los verbos y en burro los adverbios… La manifestación es alegre, confusa, insolente, abundante, masiva, interminable. Ya la gran masa de palabras y palabrotas en libertad enfila el paseo de Recoletos y llena la plaza de Colón. Entonces, unos guardias muy severos que parecen académicos armados con máquinas de sancionar, despliegan unas barreras de paréntesis infranqueables y las encauzaron hacia la verja de la Biblioteca Nacional, donde las recluyen en el enorme edificio cuadrangular.

Al cruzar la puerta de la escalinata, Lucas creyó ver a uno de aquellos represores con un látigo en la mano. Era un hombre trajeado, de pelo ceniciento.

–¿Qué desea, padre?

–A la paz de Dios; he de consultar algunos libros de geografía, historia, latín, griego…, en fin.

–¿Tiene usted carné de la Biblioteca?

–Pues no, ignoraba que fuera necesario tener carné del establecimiento.

–Es necesario, pero no hay problema, sígame, se lo haremos enseguida y podrá usted consultar cuantos libros quiera. Le vamos a hacer dos, uno para la sección circulante, por si desea llevarse algún libro –tres como máximo a la semana–, y otro para la sala principal, que es donde trabajan los universitarios, profesores e investigadores. ¿Le parece bien?

–De mil amores, buen hombre.

Una ágil mecanógrafa de torso erguido y gesto marcial le preguntó el nombre y tecleo: “Fray Lucas de la Cruz Hubiese”. Él advirtió que no era necesario poner “fraile” y la mujer rompió la cartulina y tecleó sobre otra, añadiendo la dirección que Lucas le indicó de viva voz. Luego estampó un sello de caucho y con el aguilucho del escudo nacional y la leyenda de la institución y le entregó la cartulina original diciéndole que debía pegar una fotografía tamaño carné en la parte superior derecha y pasarse de nuevo por allí para plastificar el carné y evitar su deterioro.

–Bueno, pues ya puede usted consultar cualquier libro en la sala general o en la sección circulante. Incluso, si lo desea, puede mirar los mapas originales de Ptolomeo –le informó el amable funcionario que propendía a la genuflexión.

No hay como una sotana para que le atiendan a uno, se dijo Lucas agradeciendo la orientación y las atenciones del probo.

En la sección circulante había pocos libros, pues como su nombre indica, debían andar circulando. En la general, a juzgar por la impresionante extensión de los ficheros, había millones de volúmenes. Una gran sala con pupitres inclinados hacia los lectores y con sillones fraileros de madera acogía en la penumbra iluminada por los alógenos encendidos por los usuarios a unas decenas de cabezas humanas. Olía a calcetín sudado. Se sentó en la plaza correspondiente al número que le asignaron y enseguida un hombre con guardapolvos azul y rostro imperceptible que empujaba un carrito de libros por los pasillos del salón depositó en su pupitre los volúmenes que había solicitado: un texto en latín y un diccionario. Deseaba ejercitar la traducción. Advirtió en la prontitud con la que el hombre le sirvió los libros el positivo influjo de su indumentaria, pues una joven que ocupó el pupitre de enfrente al mismo tiempo que él, llevaba media hora esperando a que le trajeran los volúmenes y seguía mirando la magnífica claraboya emplomada del techo mientras él ya abordaba la traducción de la tercera página de De breviarium vitae, allí donde Séneca dice: “No es que tengamos poco tiempo, es que perdemos mucho”.

Cuando el gran reloj esférico situado sobre el balcón interior del salón dio las 14:30, el fraile pensó que era buena hora para almorzar y desanduvo el camino hacia la caseta, donde enseguida se desprendió del hábito.

–Me tenías preocupado –le dijo Nequin.

–Objetivo cumplido –contestó él, mostrando la tarjeta de la Biblioteca Nacional. El viejo leyó el nombre y sus nuevos apellidos.

–¿Así que De la Cruz Hubiese?

–Me he puesto el apellido de los que se casan con Dios y me han regalado una hache, ¿qué le parece?

–No está mal; al menos en la biblioteca no te encontrarán.

En aquellos días, la credibilidad de un fraile era elevadísima. Lo comprobó Fray Lucas de la Cruz Hubiese en las mohosas dependencias de la Policía Nacional a las que acudió a sacarse el carné de identidad con su el nombre modificado y avalado por aquella tarjeta con sello oficial de la Biblioteca Nacional. Los policías le atendieron sin el menor asomo de duda. Sólo el funcionario que le embadurnó la yema del índice derecho en tinta china para colocar su huella en la parte inferior de la fotografía de la cartulina historiada con el águila oficial, le preguntó cómo no había ido antes a sacarse el documento de identidad, pues a su edad ya debía tener carné, a lo que él contestó que tenía entendido que no era necesario presentar el documento hasta que le llamaran a quintas para tallarse y prestar el servicio militar. Le parecieron muy amables, los policías. Tanto, que sin preguntarle por la fe de bautismo ni la partida de nacimiento, como pedían a los súbditos comunes, le confeccionaron el carné sin tener que esperar turno y se lo entregaron directamente sin ordenar pasase a recogerlo dentro de una semana, como decían a los demás.

En aquellos tiempos un fraile no sólo era un tipo creíble, sino la credibilidad personificada, pues representaba a Dios, al que nadie ha visto, pero en el que todos tenían la obligación de creer por obra y gracia del nacionalcatolicismo gobernante y legislador. El siervo y servidor de Cristo aporta consuelo y remedio a los dolores del alma y es el dogma frente a la duda unamuniana y la rectitud moral frente a la mentira, el pecado, el delito… El cura, el fraile, la monja… encarnan la piedad, la bondad, la verdad… Pero son algo más, son la semoviente representación de la esencia nacional, de la espada y de la cruz que engrandecieron la nación. Son también los guardianes del verdadero saber. Y son, por supuesto, una parte esencial del confesional Estado indivisible, por cuanto ruegan a Dios por su destino y rezan por su glorioso Caudillo o cabeza y por las demás autoridades civiles y militares, incluidos los agentes del orden. ¿Cómo no ser diligentes y deferentes con quienes tanto bien proporcionan a la patria?

Lucas colgó el hábito en el armario de la habitación que don Nequin y su esposa doña Luisa le habían asignado y consideró que su renovada identidad le permitiría sortear las acechanzas policiales a las que la casualidad y la ingenuidad le habían arrastrado. Entonces, cuando cometió el error, no conocía el mundo exterior. Sabía, porque lo decían los frailes, que detrás de los muros del internado estaba el pecado, la maldad y la perversión en sus múltiples y variadas manifestaciones, pero no podía saber, porque no había conocido a Leonardo Rabadán o Raba, que nada es lo que parece y lo que parece no es. Descubrió la utilidad del timo, la validez de la simulación y el valor de la picardía demasiado tarde, pues en el internado sólo había ejercitado la adulación a los tontos y superiores.

Ahora se sentía reconfortado de haber abandonando y olvidado la vida enclaustrada y, también contento consigo mismo porque había salido de aquella taberna en la que había aprendido cosas de la vida, la más importante: sobrevivir. Tenía dinero para estudiar y, como le dijo el Viejo cuando le depositó en el internado, para no tener que obedecer a los ricos. “Estudia, hijo, estudia, pues sólo mediante el conocimiento podemos los pobres igualar y superar a los ricos”. Eso le dijo.

Y como llevaba razón, el Viejo, ahora podía ser el zar de su soberana voluntad. Madrugaba para ir a la biblioteca y pasaba la tarde comentando los acontecimientos y ayudando al buen Nequin en la caseta de los libros. La vida comenzaba a tener sentido y ya no era tan hostil como le había parecido.

‘La verán mis ojos’ (XVII): «Ser sin ser»

Antonio Machado
Antonio Machado

Por KEY GOOD

El librero Nequin concedía mucha importancia a la cultura visual. “La letra tarda en llegar, pero la estampa es rapidísima; la imagen circula a la velocidad de la luz y, en cambio, la palabra va despacio y la letra impresa tarda tanto en llegar que con frecuencia ni llega. Yo siempre digo que entre la imagen y la palabra impresa ocurre lo que entre la mentira y la verdad: la mentira da la vuelta al mundo mientras la verdad no ha terminado de atarse los cordones de los zapatos. Y don Fernando Lázaro Carreter, que algún respeto me merece –no así otros colegas suyos de orejas grandes que se pasean por aquí–, me da la razón. Vivimos en el siglo de la imagen, de las apariencias. Manda la estampa sobre la razón y la imagen sobre la verdad. Ves ahí a un sabio hablando en televisión y si preguntas qué ha dicho, nadie lo sabe, aunque todos aseguran que le conocen porque le ha visto. Estamos en el fin del siglo de las mentiras, muchacho”.

El viejo Nequin seguía perorando contra las imágenes del barroco, la Semana Santa y la televisión. Un hombre o una mujer altos, decía, reciben por causa de la imagen un plus de autoridad; no importa si son inútiles para el mando e incompetentes de toda incompetencia, pues su estampa, la estatura en este caso, les coloca por encima de los demás y ellos mismos se lo acaban creyendo y adoptando esa pose de superioridad. Muchos no tienen dos dedos de frente, pero se creen superiores. Y también ocurre lo contrario. ¿Ves ahí al dictador PTC…? Pues eso, lo que su nombre indica, las patas cortas, en contraste con las zancas de su cuñado Serrano Suñer, al que no puede ver ni en pintura, es lo que le tiene amargado. Por más podios y cajones que le pongan y más estatuas enormes que esparzan por las calles y plazas, no se consuela, el muy canalla. El siglo de la imagen le tiene amargado. No sé yo si Hitler en la era de la televisión se habría electrocutado.

Lucas empezaba a intuir adonde quería llegar mientras le ayudaba a colocar los ensayos y las novelas recientes en la primera línea del amplio mostrador de la caseta y transportaba los cajones con los volúmenes de segunda mano a la tabla sobre los caballetes que instalaba entre los árboles de la acera.

La imagen posee una enorme capacidad de disimulo, mentira y falsedad. Ya no es la palabra, sino la imagen lo que encandila. Hoy en día todo es imagen, diseño, apariencia. No importa el contenido. Un tipo huero, pura carcasa sin nada dentro, sin una idea, un pensamiento…, un zote con mala leche, puede llegar a jefe de gobierno. Y quien dice gobierno, dice de Estado.

El librero seguía perorando y mirándole de tanto en tanto de un modo oblicuo como si quisiera percatarse de que le estaba escuchando. No había perdido la mueca de ironía con la que le había recibido disfrazado de fraile. Lucas creía conocerle y sabía que era un hombre con la mayéutica de un vendedor de lavadoras. Salvo en alguna discusión política con Novais o Nove y con su amigo Yebra, no acostumbraba a mencionar las cosas por su nombre, y solía preferir la escucha al parloteo, la pregunta sugerente a la certeza y la coletilla irónica y rotunda a la conclusión razonada. Como los zorros, exploraba el terreno y acechaba al oponente buscando su punto débil, sus pasos inseguros, y le desplazaba con vueltas y circunloquios hacia el terreno que le interesaba. Era tenaz en su juego, don Nequin, y poseía una cualidad que Lucas no sabía si detestar o admirar: su testarudez y rectitud ideológica. Algunos le llamaban dogmatismo y otros idiotez.

La palabrería del librero sobre la imagen no era gratuita. Lucas comprendió que si de primeras había celebrado la ocurrencia de tomar los hábitos para zafarse de los buitres que intentaban clavarle el pico, aquellos circunloquios sobre la falsedad de las estampas eran la expresión sonora de que le desagradaba el disfraz. Su rectitud de creencias y descreimientos impedía al librero un trato amistoso y cercano con curas y frailes. Admitía la existencia de sacerdotes y religiosos evolucionados y revolucionarios, pero la mayoría de esos pertenecían a otras tierras y actuaban en los países empobrecidos de Eurasia, África y Latinoamérica. Por otra parte, un fraile en un negocio de libros que se burlaba del Índice y no respetaba las prohibiciones políticas, llamaba más la atención que un agente de la Inquisición y alejaba a los compradores. Dicho de otro modo: el hábito ahuyentaba a los humanos que buscaban sus pequeños volúmenes de maldades y pecados, y en absoluto beneficiaba al negocio.

Sin necesidad de que don Nequin siguiera perorando sobre la imagen, se desprendió del disfraz diciéndose que el hábito podía ser adecuado para moverse en las zonas con riesgo como los trenes, autobuses o el metro, donde los guripas realizaban controles de identidad, pero allí, para pasar el rato con el librero, bastaba con unas gafas de sol que le protegieran de los torpes retratos robot que solían llevar en la cartera los agentes de secreta. Para el régimen del dictador PTC, todos los libreros eran sospechosos de subversión, así que cuanto más gremial pareciese, tanto mejor.

Aquel día el librero y el camarero almorzaron juntos y pasaron gran parte de la tarde platicando sobre el terrorismo. Según don Nequin, aquellos animales salvajes, los terroristas, ocasionaban un gran daño a la causa de la libertad, pues azuzaban el instinto criminal y represor indiscriminado de la fiera gubernamental. “Los terroristas –decía– traen mucho daño a los trabajadores y ningún beneficio. Al régimen le va bien que exista el terrorismo para detener, aterrorizar y mantener al pueblo a raya. Una prueba la tienes en esos cuervos del TOP –en referencia a los jueces del Tribunal de Orden Público– que castigan con veinticinco años de cárcel a los rojos por subversión mientras legalmente no pueden sancionar con más de veinte años de prisión a los terroristas”.

Aquella consideración legal del régimen del dictador PTC hacia los terroristas atemperó la inquietud de Lucas. En un momento de la conversación recordó algunos detalles sobre la voladura de aquel almirante jefe del Gobierno y preguntó a don Nequin si no veía él un cierto paralelismo entre los etarras del comando Txikia y los bolcheviques que iban a atentar contra el Gran Duque, pues parecía que los primeros, los vascos, podían haber accionado la bomba cualquier día, pero eligieron la mañana que no iba acompañado de su hija para mandarle al otro barrio, y los segundos, los bolcheviques, se abstuvieron, según Los Justos de Albert Camus, de arrojar la bomba en el coche del Gran Duque al ver que iba acompañado de un niño. El librero contestó sin dudar: “No, hijo, no, estos terroristas no tienen entrañas ni fundamento ideológico”. Llegó Yebra y aparcaron la materia.

Para entonces Nequin y Lucas ya habían consultado los códigos penales y de enjuiciamiento, llegando a la conclusión de que le podían caer de uno a dos lustros de cárcel por colaboración con los terroristas. Y aunque en nada hubiese colaborado él con aquel jefe de los asesinos del que hablaban los periódicos, le delataba la expresión de una de sus cartas a Argala. “Si le escribiste que sabías a quién había que joder –dijo el librero–, no dudes de que te acusarán de señalar objetivos, te considerarán miembro de la organización terrorista y, en consecuencia, te condenarán por colaboración con banda armada”. Lucas adujo que el término “joderlos” significaba poco y nada. Y don Nequin replicó: “Según y como”, y añadió: “Cinco años de cárcel no te los quita nadie”.

–No me cogerán.

–Claro que no –dijo el libero.

Al verle leyendo ante la pequeña mesa del interior de la caseta, el visitante Yebra le preguntó si libraba y Lucas asintió con la cabeza. A continuación colocó el tablero de ajedrez con las fichas imantadas y ahuecó el ala para hacerle sitio y que pudiera proseguir su partida con el librero. Sentado con un libro entre las manos en la pequeña escalera de acceso a la caseta observaba de tanto en tanto a los husmeadores y atajaba las tentativas de hurto de algunos rasposos con tres suaves silbidos que los aludidos traducían correctamente: “Que te veo”. Algunos devolvían el libro que se habían guardado bajo el suéter y otros le miraban temerosos de Dios. Él movía la cabeza a un lado y otro y si alguno tenía pinta de trabajador, cerraba los ojos.

El nuevo tratamiento del viejo Nequin –ya no le llamaba “muchacho”, sino “hijo”– le pareció una manifestación evidente de que se disponía a protegerle y ayudarle en su indeseable trance. Luego, cuando Yebra asumió que de tablas no pasaba y se despidió hasta mañana, el librero le enseñó a cerrar la caseta, le mostró la trampilla excavada bajo el piso de tabla de la caseta –un encofrado con una cámara acorazada en la que guardaba dos incunables, una bandera tricolor bordada en oro y una pequeña caja de caudales–, sacó una manta de debajo del expositor de libros y le dijo que aquella noche dormiría como los frailes, sobre las tablas, pues no convenía sorprender a la Luisa ni dar que hablar a doña Carmen con un huésped por sorpresa. Mañana despejaría una habitación para que se acomodara en su casa hasta que el temporal amainara y la policía se olvidara de él. “No te preocupes si escuchas ruidos bajo las tablas: son los ratones del Botánico que vienen a roer libros”.

Don Nequin desapareció Moyano abajo con paso tranquilo y su característico contoneo de tornillo y él se sentó en el escalón de la caseta a ver pasar a las muchachas del atardecer. ¿Cómo podría saber si alguna de ellas era Chin? La gente crece hasta los dieciocho, veinte o veintidós años, engorda, cambia de fisonomía, de expresión, de voz… ¿Cómo sería ahora Chin? ¿A qué se dedicaría? ¿En qué parte de la ciudad residiría? ¿Habría crecido mucho? ¿Sería más alta que él? La estatura tanto da, se dijo convencido de poder reconocer sus ojos de avellana, el timbre suave de su voz clara, sus cabellos trigueños, la forma de sus labios y las facciones de su cara… La gente cambia, pero aquellos rasgos de Chin no se le despintaban y se sentía capaz de identificarla en cuanto la viera. ¿Le reconocería ella? ¿Le recordaría y le querría tanto como él o, al menos, algo..?

Un asunto le preocupaba: ahora tenía dinero para publicar un anuncio en todos los periódicos y revistas de Ursaría con el fin de localizarla, pero no podía usar su documento de identidad para contratar el reclamo. ¿Qué podría hacer? Podía esperar a que, como decía Nequin, la policía se olvidara de él. La espera, otra vez… Y entretanto ella pasearía del brazo de otro por los apartados senderos del gran parque donde abrazarse en la oscuridad del anochecer junto a los tallos leñosos de los centenarios pinos piñoneros y los madroños y las acacias en flor. Quizá tenían su árbol, quizá lo habían señalado como viviente testigo mudo de su amor al que acudir a reconciliarse después de esas discrepancias, discusiones y enfados tan frecuentes entre los novios. Esperar no le parecía una buena solución. Evocó el aforismo de don Antonio Machado: “Toda espera es espera de seguir esperando”. El poeta murió en el otro lado de la frontera pirenaica mientras esperaba. “To be or not to be”, fue lo último que escribió. Ser y seguir siendo, se dijo, dispuesto a buscar una solución a su estúpida condición de prófugo enamorado.

‘La verán mis ojos’ (XVI): «El hábito y el fraile»

Imagen actual de la plaza de Jacinto Benavente, en Madrid, donde Lucas Ubiese adquirió el hábito de fraile para no caer en las garras policiales del franquismo
Imagen actual de la plaza de Jacinto Benavente, en Madrid, donde Lucas Ubiese adquirió el hábito de fraile para no caer en las garras policiales del franquismo

Por KEY GOOD 

El despertador biológico sonó a la hora acostumbrada. La Rubia dormía. Lucas se desenredó de sus piernas, se incorporó, recogió su ropa, se lavó por partes, estilo aviador –primero las bajas y después el pecho y los sobacos–, se vistió rápidamente y salió escalera abajo. La atmósfera era limpia y los rayos de sol se abrían paso en el cielo aborregado y secaban los adoquines. Su inquietud se había evaporado y se sentía un hombre nuevo. Caminó en dirección a La Campana diciéndose a sí mismo que nada malo había hecho y nada malo le podía suceder. Si el mundo estaba dividido entre buenos y malos, legales e ilegales, deseables e indeseables, torcidos y derechos, él formaba parte de los buenos, los legales, deseables, derechos… No había cometido delito alguno, y si le buscaban no le podrían detener ni pegar ni encarcelar. No negaría haber escrito aquellas dos cartas al soldado –él supuso que aquel Argala era un soldado– que viajaba en la caja del camión de hierros con el anciano pata de palo que se quedó a putas en aquel club de carretera, pues las había escrito en verdad. Sus circunstancias eran las que eran: se le acababa el dinero, no tenía trabajo ni conocía a nadie en Ursaría que le pudiera socorrer y le permitiera dormir en su casa para ahorrarse la pensión. Era comprensible que se acordara de aquel tipo y le escribiera aquellas cartas y se las llevara a la dirección que le había dado. Supuso que su nombre no figuraba en el buzón de correos porque la casa no era suya, sino de algún familiar, y que por eso le dijo que llevara personalmente la carta y la metiera por debajo de la puerta. Ni a la primera ni a la segunda respondió. Eso fue todo, señores, diría a los guardias cuando le preguntaran.

No sentía miedo. Él estaba de parte de los buenos, los rectos, los legales, los trabajadores. Estudiaba la cultura griega para examinarse en junio de quinto y sexto de bachillerato en el instituto Ramiro de Maeztu, que era un pensador que se suicidó en Riga, allá en el Báltico. Tenía intención de examinarse en septiembre de reválida para ir a la Universidad. La Universidad eran palabras mayores. Para demostrar su erudición citaría a Demócrito de Abdera, el sabio que dijo que para alcanzar el conocimiento legítimo es preciso ir de lo evidente a lo imperceptible, de la superficie al fondo de las cosas. Y en lo profundo, donde se halla la verdad de las cosas, podrían encontrar las razones y las pruebas de que no había venido a Ursaría a hacer mal a nadie sino a conocer el mal que le hicieron al Viejo, a averiguar su condena, a saber si en la desgracia le quedaba algún derecho como huérfano –entonces no había cumplido 18 años–, y, en fin, a ganarse la vida y a buscar a una mujer.

En un bolsillo lateral de su chaqueta llevaba el listado telefónico de los Martínez de Ursaría. Pasó la mano sobre el tergal azul y sintió una extraña sensación de culpa por haber follado con la Rubia, una mujer veinte años mayor que él, de la que no se sentía enamorado por más amable y apetecible que le pareciera. “Pero ¿qué podía hacer yo, Chin, si llevaba más de un año buscándote y no te encontraba?”, le diría. O mejor, no le diría nada. Cuando la encontrara, a Chin, la llevaría una noche al teatro –al Príncipe o al Español– y a la salida la invitaría a tomar chocolate con churros en la Taberna del Portugués y en voz baja, para que no le oyera, diría a la Rubia que un hombre no puede querer a dos mujeres a la vez y no estar loco. Ella le comprendería. Era inteligente, la Rubia.

Se dio cuenta de que con las emociones de la noche anterior había olvidado el manual de lógica aristotélica en la Taberna del Portugués y pensó recuperarlo aquella noche. No estaba acostumbrado a caminar sin un libro o un periódico debajo del brazo –Raba le llamó una vez “sobaco ilustrado”– y se paró en un kiosco. Todos los diarios eran afectos al régimen y publicaban las mismas noticias, de modo que tanto daba comprar uno u otro. Acertó a agarrar el Ya, que editaban los obispos con gran lujo de fotografías en huecograbado, y se sorprendió al ver el retrato de un tal Beñarán junto al de otros dos terroristas. Aquella cara le resultaba familiar. Aunque no tenía barba, poseía el rostro alargado y los ojos de loco y cabellos revueltos de mismísimo Argala. Sí, era Aragala, el papelógrafo Argala que se había zampado la servilleta de papel en la que le escribió la dirección. ¡Joder!

Sus pies se quedaron clavados al suelo. Según la información, aquel tipo se llamaba Miguel Beñarán Ordeñana y había sido detenido la mañana del pasado domingo junto a los otros tres activistas criminales. Se trataba del jefe del comando terrorista que había asesinado al almirante don Luis Carrero Blanco. “¡Joder, joder y joder!”, exclamó.

La información se extendía en detalles sobre las detenciones de los terroristas, que, al parecer, utilizaban un piso franco en la calle de los Pajaritos, y añadía que la policía seguía trabajando en la búsqueda de algunos colaboradores del comando. Hacia el final del relato leyó que las fuentes solventes no descartaban la pertenencia a la banda armada de un camarero que fue muerto el día de autos por un disparo policial cuando huía y se disponía a colarse en un portal de calle de Fuencarral.

El relato le heló la sangre. No podía dar un paso. Una debilidad interior le recorría el cuerpo. Era como si el firmamento le cayera encima. Sintió un irrefrenable deseo de ser nada, de convertirse en hormiga y desaparecer. El quiosquero le miró por encima de las antiparras encanadas con esparadrapo que llevaba cabalgando inseguras sobre la punta de la nariz de cahiporra, y él le pagó rápidamente el importe del periódico y descubrió que podía caminar y dirigió sus pasos hacia una cafetería cercana, se sentó y solicitó un café con leche y un croissant. ¿Qué debía hacer? De primeras, una composición de lugar.

Abrió el periódico y releyó la información. El último párrafo sobre la muerte de un camarero le pareció un añadido extraño. ¿Querían que supiera que estaban buscando a un camarero y que si huía le podían matar? ¿Querían decir que disparaban primero y preguntaban después? No tuvo duda de que así era. Por lo tanto, la primera precaución consistía en levantar los brazos. Después le esposarían y le llevarían detenido a la dirección general de seguridad, en la Puerta del Sol. Don Nequin decía que en aquellos sótanos desnudaban a la gente y la molían a palos. Y él no sería una excepción. Debía tener en cuenta que el asesinato del presidente del Gobierno era un acto gravísimo, el más grave, sorprendente e inesperado desde el final de la Guerra Civil. Cualquier persona relacionada de alguna manera con la enormidad de la salvajada podía recibir el castigo que el régimen deseara. Y lo que el régimen deseaba era matarlos a todos.

Lucas Ubiese se colocó a sí mismo en la peor situación. Aunque confesara cuanto sabía de aquel Beñarán, todo les sabría a poco y le partirían las muelas o le reventarían el bazo. Aunque asegurara que no tenía nada que ver con ninguno de los detenidos ni sabia que aquel Argala se llamaba Miguel Beñarán, no le creerían. Si desconocía la actividad criminal de aquel tipo, ¿por qué le había escrito aquella frase indicándole a quiénes había que joder? ¿Cómo explicar a los maderos los desprecios y las esperas a las que había sido sometido cuando intentaba averiguar por qué condenaron al Viejo y saber si tenía algún derecho? Aunque entonces se hallaba en una situación apurada, al borde del hambre y de la intemperie de los impecunes, cualquier explicación sobre su circunstancia sólo serviría para revelar que era el hijo de un rojo indeseable, convicto y confeso. Y ese no parecía un buen camino.

Le preguntarían por qué había huido, es decir, por qué no había ido a dormir la noche anterior a la pensión. Aquella circunstancia implicaba un contacto y significaba que alguien le había avisado. ¿Cómo explicar que se había acostado con una mujer? Eso irritaría más a los guripas, de suyo, espinosos, y, sin ninguna duda, le patearían los testículos e irían a detener a la Rubia. Eran gente ruda y cruel, los guripas. Y cuando se mezcla la crueldad y la ignorancia, estamos perdidos, decía don Nequin.

Miró el reloj: las nueve y cuarto. Marzo y Tinina ya habrían llegado al tabernón y le echarían en falta. Enseguida arribaría el vinatero con las garrafas. Alguien debía bajarlas a la cueva y rellenar las botellas de vino, y ese alguien era él, pero siguió clavado en la silla, inmovilizado por la fatalidad. Entonces examinó su cartera y se puso a hacer cuentas. Tenía el billete azul de quinientas pesetas, doblado en un ángulo del forro de la billetera –era su fondo reservado para celebrar el encuentro con Chin, su único amor verdadero– uno de cien, tres de diez pesetas y algunas monedas. Con esa cuantía no podía ir lejos. Se incorporó y desde el teléfono público de la cafetería llamó a La Campana.

–Voy a llegar un poco tarde.

–¿Te has dormido otra vez? –le preguntó la gruesa cocinera Tinina.

–Sí, maldita sea.

–Pues vente volando, que el jefe está muy enfadado.

–Dígale que se ponga al aparato –le pidió.

Tras una breve espera oyó la voz enérgica del jefazo Marzo:

–¿Qué cojones has hecho, boñiga?

–Nada malo, se lo aseguro señor Marzo.

–Aquí hay unos señores policías que quieren hablar contigo.

–¿Están cerca de usted?

–Dos están en la barra y otros dos en la puerta. Son de la secreta y tienen cara de pocos amigos. ¿En qué lío te has metido, boñiga?

Lucas bajó la voz y pegó la boca al auricular rodeándolo con la mano para que nadie le oyera. En pocas palabras le contó que le relacionaban con unos terroristas a los que acusaban de haber liquidado al almirante Carrero y le explicó la casual relación con uno de ellos, asegurándole que nada tenía que ver con las andanzas, fechorias y enormidades de aquellos tipos.

–¿Usted me cree, verdad?

–¡Claro que te creo, boñiga! ¡Anda, vente para acá!

–Me van a detener, seguro.

–No lo toleraré.

–¿Qué va a hacer usted, dispararles?

–¡Vente y déjate de hostias, boñiga!

–Eso es lo que me van a hacer, hostiarme y meterme en chirona como si fuera una mierda.

–Vente de cualquier manera –insistió el jefazo.

–De acuerdo, pero prométame que me va ayudar –le pidió Lucas.

–Faltaría más, boñiga.

No apreció en el tono conminatorio del jefazo ni la comprensión ni el compromiso deseable. Por el contrario, la urgencia conminatoria le hizo sospechar que estaba dispuesto a entregarle para cobrar la recompensa que, según se rumoreaba, el ministro de la gobernación ofrecía a cuantos ciudadanos decentes aportaran algún dato serio y fiable sobre el paraderos de los terroristas. Aquella insistencia en llamarle boñiga –calificativo que no empleaba desde el día que le contrató– le pareció prueba suficiente para no obedecerle.

La calle de Cedaceros, la Carrera de San Jerónimo y la de la Cruz registraban la animación matinal de la apertura de los comercios. Lucas avanzaba despacio, remando en una barca sobre un mar de dudas. Desde la confluencia de la Cruz con Núñez de Arce alargó la mirada y vio a dos tipos plantados en la puerta de La Campana. Sin duda le estaban esperando para echarle el guante. Siguió por la Cruz arriba hasta el callejón del Gato. En dirección contraria venía Inés, la Ratita, con su andar alegre y desenvuelto sobre unos zapatitos rojos con tacones altos, con falda-pantalón por encima de las rodillas y un paraguas rojo y un bolso de igual color colgado del hombro. Ella le hizo una señal con la mano y aligeró el paso hacia él. Se desearon buenos días e, inmediatamente, ella le dijo que su compañero de ojos saltones, ese grande y feo de voz rasposa, dejó un paquete para él. Lucas hizo un esfuerzo por sonreír y le preguntó:

–¿Te refieres a Raba?

–No sé cómo se llama –contestó Inés, sonriendo a su vez. Aunque tenía sueño en los ojos y la mirada de miope, era más bonita cuando sonreía, la Ratita.

La situación requería una urgente composición de lugar y salió del paso diciendo que se dirigía a hacer un recado y que enseguida pasaría a recogerlo.

–Por cierto, ¿cuándo te lo dejó?

–Ayer por la tarde.

–No sé por qué no me lo entregó a mí –manifestó Lucas con cierto reproche.

–Me dijo que iba deprisa y no quería entrar para no entretenerse.

–¿Se iba de viaje?

–Eso me pareció; iba muy elegante y me entregó el paquete como quien dice desde la puerta del taxi –explicó la Ratita–. Te lo iba a entregar, pero yo no entro donde esos cerdos, y como no viniste a ayudarme a cerrar…

–Tenía mucho ajetreo, Inesita –se disculpó Lucas–; debe ser un libro que le dejé; guárdamelo, enseguida paso a recogerlo.

La Ratita enfiló por el callejón del Gato y Lucas siguió calle arriba hacia la plaza de Jacinto Benavente, reprochándose a sí mismo el juicio mal establecido y los insultos mentales que había proferido contra Raba. La gente buena no decepciona ni traiciona, se dijo a sí mismo. A Raba le gustaba la pasta, pero poseía un cierto sentido de la justicia distributiva. Después de todo, quizá fuera comunista.

Se detuvo ante el escaparate de la librería San Pablo, en una esquina de la plaza de Jacinto Benavente y se puso a mirar libros de las epístolas del apóstol romano a las distintas tribus del imperio, biografías del decapitado y otros relatos sobre santos y cuentos de curitas y frailes sobre la castidad juvenil en lucha con las tentaciones de Lucifer, teniendo cuidado de que aquella bruja no le viera la cara, pues tenía entendido que casi todas las putas trabajaban para la policía y eran buenas fisonomistas. Cuando, por fin, la mujer al punto emprendió un ligero paseo meneando el culo y un bolso plateado, se coló en el portal y corrió escalera arriba. Llamó al timbre de La Casa de los Religiosos y enseguida le abrió una operaria de edad mediana con gafas de costurera.

–Vengo a por un hábito –le dijo.

–Si es el encargo de los capuchinos, acabo de decirles por teléfono que no lo tendré listo hasta el jueves porque estoy sola; la Salomé se nos ha puesto de parto.

–Soy carmelita.

–Bueno, entonces pase; me alegro de que en la gran Vía de San Francisco se acuerden de nosotras. Ya sabía que tarde o temprano acabarían aquí.

–Dios bendiga su intuición –dijo Lucas.

–Entre los dulces, las yemas, las rosquillas, la huerta, los rezos, se ve que sus monjas no dan abasto, ¿verdad? Se hacen mayores y faltan vocaciones…, una pena.

–Tiene usted razón; surge una urgencia y no hay manera de que la resuelvan.

–Venga por aquí –le indicó la costurera conduciéndole por un largo pasillo hasta una sala que olía a naftalina y contenía unos percheros con hábitos de frailes–. Estos cuatro son de un encargo de Úbeda que dejaron en suspenso por una fuga de novicios; son de un tergal muy suave, nuevos a entrenar. Y llevan su escapulario y su capa con capucha. Están completos.

Examinó los atuendos y eligió el que parecía de su talla. Solicitó permiso a la mujer para probárselo y ella le ayudó a colocarse el hábito y le abrochó los automáticos hasta la bragueta. Él se enfundó el escapulario y ella le alisó la capucha con la palma de la mano sobre la espalda. “Le sienta de maravilla”, dijo la sastra. Y abriendo un armario que tenía un gran espejo acoplado a la lámina interior de la portañuela, le invitó a que comprobara su afirmación. “Ni hecho a medida”, confirmó Lucas. La mujer fue a buscar un cordón oscuro con borlas y se lo anudó en la cintura.

–¿Así que va usted a Roma?

–Veo que está bien informada.

–Sigo las canonizaciones por el Ya –dijo señalando el ejemplar que Lucas había dejado sobre el perchero–, y sé que ustedes tienen mártires por todo el mundo.

–Desgraciadamente…, desde Perú a Filipinas.

–Bueno, pues listo, vaya quitándose el hábito y enseguida se lo envuelvo.

–No es necesario; me lo llevo puesto. En esta zona de pecadoras…

–Si, padre sí, una vergüenza… Venga por aquí, le haré una factura para el superior y me va a hacer usted el favor de decirle que tenemos ese stock de hábitos de la orden y que estamos a su disposición para lo que necesiten los padres y los novicios.

Lucas se asombró del precio: dos mil quinientas pesetas. No tenía suficiente dinero para pagar su flamante atuendo y pidió a la mujer que se apiadase y tuviese en cuenta que eran frailes mendicantes y que una cantidad tan elevada sería considerada abusiva por el padre superior. De hecho, sólo le había dado seiscientas pesetas para el hábito nuevo. Con dificultad extrajo su cartera del bolsillo interior de la chaqueta y sacó el billete de quinientas pesetas de la esquina del cuero. Lo desdobló y estiró con ambas manos y luego sacó el billete de cien. La mujer miró el dinero sin disimular su tentación y recapacitó. “Está bien, por ser la primera vez le voy a hacer un descuento de novecientas pesetas, pero diga usted al padre superior que ya hacemos mucha caridad en nuestros precios y que quienes deberían hacerla son los que nos cobran la luz, la contribución, el arriendo del taller, los hilos y las telas, y esos no lo hacen, esos nos chupan la sangre y no nos perdonan un real”.

La mujer rectificó la factura y empuñó el dinero. “Me debe usted mil pesetas”, dijo. “Y para que le conste, el cordón frailero va de regalo”.

–No se preocupe, mujer; antes del mediodía volveré a pagarle, y si el padre superior no da su visto bueno, volveré a devolverle el hábito.

–Vaya y lleve cuidado con los charcos.

El joven fraile Lucas Ubiese pasó con andar largo ante los agentes trajeados que flanqueaban la entrada de La Campana, cruzó la acera y entró en la tienda de Inés, que se disponía a limpiar el vidrio del escaparate de las salpicaduras de la lluvia de la noche anterior. Ella se sorprendió al verle de aquella guisa y él le pidió que le guardara el secreto y le explicó que en realidad era un novicio carmelita que había sido sometido por sus superiores a una larga prueba, un largo periodo de fe en lucha contra las tentaciones luciferinas antes de cantar misa. “¿Acaso crees que si no fuera así no te habría comido a besos, Inesita, con lo bonita que tu eres?” La Ratita se ruborizó y dijo:

–No sabía que… ¿O sea que eres fraile? ¡Menuda sorpresa!

–Sí, mujer, sí; un fraile trabajador. Pero eso sólo lo sabemos tú y yo, y debes guardarme el secreto, ¿vale?

La Ratita asintió y sacó del cajón inferior de una estantería el paquete que había dejado Raba para él. Tenía, en efecto, el tamaño de un libro, y estaba envuelto en papel marrón, muy bien doblado y precintado con cinta plástica de celofán. Lo protegió con el ejemplar del periódico doblado y lo colocó junto al pecho bajo el escapulario de su flamante atuendo.

–Te sienta muy bien el hábito –le dijo Inés, completamente repuesta de su sorpresa.

–Gracias, preciosa; ya sabes donde tienes un amigo sacerdote por si un día te sientes muy pecadora y deseas… limpiar tu alma.

Al abandonar la tienda de lencería y subvenir advirtió las miradas de los guripas, cruzó la calzada hacia donde estaban, les saludó con una leve inclinación de cabeza y un “buenos días, señores”, observó el letrero escrito a tiza en el vidrio del escaparate: “Se precisa camarero”, y siguió en dirección a la plaza de Santa Ana. Un tipo que paseaba con cara de aburrimiento de un lado a otro del portal de la pensión disipó su intención de acceder a su habitación. Le importaban los libros de don Nequin, las cartas, sus notas personales, la ropa y las alpargatas, pero comprendía que con aquel guripa en la puerta no convenía arriesgar el pellejo y, además, a aquella hora ya las notas y las cartas de su hermano Richard y de la tía Zulaica estarían en manos de la policía, que, sin duda, les habría interrogado acerca de su paradero. También se habrían incautado del libro escolar y estarían realizando pesquisas en el internado.

Entró en la Taberna del Portugués y solicitó un café con leche poco cargado. Unas ancianas le miraron con sorpresa y murmuraron. Tenía razón la Rubia: su hermana Goyi era muy guapa. El cambio, el cuñado quisquilloso era un hombre feo y grasiento, de mirada recelosa. Trasladó el platillo con la taza de café a una mesa junto a las ancianas que no dejaban de mirarle –no era frecuente que los frailes entraran en los bares– y, acto seguido, ingresó en el retrete y abrió el paquete. Dentro de un gran sobre recio y marrón había dos fajos de billetes de cinco mil pesetas, tres fajos de billetes de dos mil y otros con billetes de mil pesetas. Era su parte del botín, los dos millones que mencionó Raba. Extrajo algunos billetes de mil pesetas, cerró el sobre y recompuso el cartonaje. Cuando se disponía a guardar el parné se percató de que había olvidado la cartera en la casa de ropa para religiosos y, desprovisto de documentación, se sintió un poco apátrida y otro poco recién nacido.

“Por Dios, padre, no necesitaba usted dejarme la cartera en prenda”, le reprendió la costurera al agarrar el billete de mil pesetas. “Le deseo que tenga un buen viaje a Roma y le ruego que me tenga presente en sus oraciones”, añadió. “La tendré en cuenta, buena mujer”, respondió Lucas mientras recordaba la primera lección de Leonardo Rabadán o Raba: “Nunca digas la verdad, salvo en peligro de muerte”. Y con una sonrisa en los labios se despidió hasta más ver.

‘La verán mis ojos’ (VX): «La zona fría de la rubia»

La obra más conocida del autor de las "Coplas de los pecados mortales"
La obra más conocida del autor de las «Coplas de los pecados mortales»

Por KEY GOOD

La plaza de Santa Ana olía a tierra mojada. Un chaparrón primaveral al anochecer de aquel lunes de San Perfecto había limpiado el aire y daba gusto respirar. Al doblar la esquina de Núñez de Arce, Lucas se topó con el Llantas y le dio un duro. El vagabundo dormía indistintamente en el hueco de una entidad bancaria o en un banco de la plaza y aseguraba que estaba dando la vuelta al mundo en su bicicleta oxidada de ruedas desinfladas. Le gustaba hablar, al Llantas. Aquella noche abrió su desdentada boca, le dio las gracias y luego dijo: “Mala pasma por aquí”. Lucas se abstuvo de darle palique y siguió adelante, junto a la pared para protegerse de la lluvia fina, persistente. Al llegar a la esquina de la calle del Príncipe observó la presencia de dos tipos clavados como estatuas a ambos lados del portal de la pensión donde residía. Un tercer madero de la secreta fumaba en el interior de un coche gris, estacionado frente al Teatro Español, y otro hacía lo propio en un Seat también gris (eran inconfundibles), aparcado unos cien metros por delante del anterior. No tuvo duda de que eran tipos de la secreta al acecho de un pez gordo. Cruzó la calle y entró en la taberna del Portugués. La Rubia se extrañó de que llegara tan tarde.

–Se ha largado el encargado –le dijo.

–¿Y eso?

–Acertó una quiniela de catorce.

–Todos los tontos tienen suerte.

La Rubia ya había limpiado y desconectado la cafetera, de modo que puso a calentar la leche en un cazo y le indicó que se sentara ahí detrás. Después, se apresuró a correr el cerrojo de la acristalada puerta metálica de la entrada, dejó caer la esterilla enrollada en lo alto y apagó el letrero luminoso y las luces del local. En la trasera del establecimiento se almacenaban sacos de harina, bidones de aceite y cajas de refrescos. Lucas acercó una silla y se acodó en una cámara frigorífica de guardar helados. La luz mortecina de un foco de mantenimiento de bajo voltaje hacía imposible la lectura. La lógica aristotélica para burros podía esperar. Encendió un pitillo. Intentaba olvidar la traición de Raba y comenzó a repasar mentalmente los nombres nemotécnicos de los silogismos –bárbara, celaren, darii, ferio; cesare, camestres, festino, baroco; darati, felaton….–; se enredó con Llantas: “Todo ciclista quiere dar la vuelta al mundo, es así que el Llantas es ciclista, luego el Llantas quiere dar la vuelta al mundo”. Y luego con los patos: “Ningún pato baila el vals, ninguna de mis aves es pato, luego todas mis aves bailan el vals”. ¡Qué tontería!

Era demasiado tarde para dar la lata a los Martínez de las hojas de su listín telefónico y siguió intentando componer un ferisomorun, pero no lograba despintar de su cabeza la traición de Raba. Al final le salió uno: “Todo buitre puede volar, algunos cerdos no pueden volar, luego algunos cerdos no son buitres”.

–¿En qué piensas? –le preguntó la Rubia.

–En unas tonterías que se llaman silogismos.

–¿Para qué sirven?

–Para hacer churros mentales.

–Te noto un poco raro –dijo la Rubia colocando dos tazones de leche y unos sobaditos sobre la cámara.

–Estoy derrotado de cansancio y encima he de examinarme de esas argucias griegas conservadas por los clérigos de Constantinopla y redescubiertas por Tomás de Aquino para uso de unos seguidores llamados tomistas que vivían de deslumbrar beatas.

–¿Son difíciles esas argucias?

–Sólo raras.

–¿A ver?

–¿Cómo te lo explicaría yo…? Por ejemplo: “Los quesos tienen agujeros, los agujeros no son queso, luego cuanto más queso, menos queso”.

–Si que son raras.

–Ya te digo –dijo Lu antes de acercar la taza y chamuscarse los labios.

–La leche cruda hay que hervirla –se disculpó la Rubia.

–Ya veo que te preocupas de la salud de los clientes.

Después profirió otro silogismo: “Los camareros cuidan a sus clientes, es así que la Rubia es camarera, luego la Rubia cuida a sus clientes”.

–Es un silogismo en bárbara– aclaró.

–La Rubia sólo cuida de un cliente –le corrigió ella, tendiéndole los labios como si quisiera aliviar o compartir el dolor que le había causado la leche hirviendo.

En la intimidad de aquella trastienda apenas iluminada por la claridad del pequeño foco de mantenimiento, Lucas se dejó besar con la boca abierta, inhaló el aliento de la Rubia y sintió el calor de sus finos labios, seguidos de la lagartija de su lengua en el interior de su boca. Aquella mujer deseaba algo más que cordialidad y ternura, pues en un instante atrajo la mano de Lucas hacia sus pechos y se desabrochó la blusa, liberándose al mismo tiempo del recio sujetador. Lucas le acarició los pechos. Eran tibios y suaves como la cara de un bebé. Un aroma a heno le trasladó a su infancia. De pronto sintió que nada de aquello tenía sentido y se puso en pie. “Tengo que irme”.

La Rubia se levantó de la silla y extendió sus brazos asiéndole por el cuello.

–No te puedes ir –dijo. Y acto seguido le tapó la boca con un beso mientras lo estrechaba contra sí.

–Es muy tarde y mañana he de estar a las nueve en el tabernario. Además…

La Rubia le cortó la frase, besándole de nuevo.

–Además, ¿qué?

–Además tú también…

–No te preocupes por mí –dijo besándole otra vez mientras le desabrochaba la camisa y le acariciaba el bello del pecho.

–Además, esto no tiene ninguna lógica.

–¿Qué lógica necesitas, mi amor?

Él le susurró un silogismo:

–Ningún joven se enamora de una mujer mayor, las mujeres mayores no son ilógicas, luego ninguna ilógica se enamora de un joven.

Ella protestó:

–Soy ilógica y no soy mayor –Y le aplicó los labios al cuello como si fueran una ventosa.

–Hueles muy bien –dijo él.

–Mejor sabré.

–Sabes que tengo que irme y que…

–Te repito que no te puedes ir. Además, no te has tomado la leche, así que siéntate de una vez.

Lucas obedeció. Ella le recompuso la camisa, le revolvió los cabellos, le dio otro chupetón en el cuello, pronunció una exclamación cariñosa y se fue a buscar una botella de brandy con dos copas. Sin hacer caso de las indicaciones de Lucas de que no bebía alcohol, llenó ambas copas y le ordenó: “Bébetelo, te sentará bien”. Él apuró el café con leche y dio un sorbo a la copa de brandy. Era un licor suave. Dio un sorbo más largo y sintió el calor en el esófago. La Rubia bebió también. “Es Napoleón, el mejor coñac”, dijo. “¿A que te sientes mejor?”

–Contigo me siento bien, solo que…

–¿Te gusto?

–Ya lo creo que me gustas, Rubia; eres muy dulce, muy sabrosa.

–Y no soy tan mayor…

–No quería herirte, solo que…

–Solo que ¿qué? –dijo ella besándole de nuevo.

–Solo que, bueno, nunca he estado con una mujer.

La Rubia se rió y le acarició.

–Eso no tiene importancia; esta noche vas a estar con una que te quiere, pero no aquí, sino en la cama, y mañana verás como te sientes mejor.

–Mi cama es de medio metro y no cabemos los dos.

–No, no, cariño, aunque esta noche no vinieras conmigo, ni se te ocurra ir a la pensión: está llena de policías de la brigada político-social.

–¿De policías?

–De policías, si; me lo ha dicho el sucio; están buscando a un terrorista e interrogan a todo el mundo. Así que esta noche te vienes conmigo a dormir y así evitas que te den la murga.

Lucas apuró la copa y se sirvió otra. Con razón el Llantas le dijo que unos guripas malos rondaban la plaza de Santana y luego, aquellos coches y aquellos tipos flanqueando la puerta de la Lucense y del hostal Regional…

–¿Te dijo algo más el sucio?

–Me preguntó si en los últimos tiempos había visto por aquí algún tipo joven con acento vasco y pinta extraña, con barbas, mal peinado y eso. Le dije que no había visto más gente que la corriente. Y él me pidió que le llamara si sospechaba de alguno que no viniera habitualmente por aquí.

En ese momento Lucas no tuvo duda de que le estaban buscando a él si, como sospechaba, aquel Argala con barba y cara caballo con el que había llegado a Ursaría en el camión de Centeno y al que había escrito dos cartas pidiendo ayuda, era un terrorista etarra.

Disimuló su repentina inquietud con otro sorbo de coñac y acarició y paladeó los labios de la Rubia. “Ahora sé que eres sincera y me quieres y deseas evitarme las molestias de esos guripas”, le dijo.

–No te lo creas; lo que yo quiero es follarte, y si me gustas, ya veremos.

–¿Qué veremos?

Ella evitó contestar.

–Ya lo sé…, iremos a Grecia.

Ella buscó un paraguas, salieron y caminaron abrazados. Eran de la misma estatura. Cruzaron la plaza del Ángel y bajaron por la calle de Alcalá con pasos acompasados. De vez en cuando se volvían el uno a la otra o la otra al uno para besarse sin dejar de caminar. Cruzaron la plaza de la Cibeles, torcieron hacia la derecha y subieron por la silenciosa calle de Juan de Mena, donde ella vivía con una hermana menor y un cuñado quisquilloso que madrugaba para hacer churros.

La Rubia le fue contando algunos detalles familiares a medida que caminaban hacia su casa, “un piso grande y destartalado, un paramental”, decía ella. Lucas mantenía su brazo sobre los hombros de la Rubia y le dirigía los pasos mirando al suelo para evitar que pisara los charcos y los adoquines mal cimentados que chinglaban y despedían agua y barro contra las medias, las piernas y los zapatos. En su cabeza bullía la inquietud sobre de si sería él el terrorista prófugo. ¿Por qué había escrito aquellas cartas? ¿Por qué las había introducido por debajo de la puerta de aquel piso de la calle de los Pajaritos, si ya entonces sospechaba que aquel Argala no era trigo limpio? Si los guripas le habían echado el guante, era evidente que habían encontrado las cartas. ¿Por qué no se las había comido aquel papelófago con cara de potro, como  hizo con la servilleta, o, por lo menos, las había roto y arrojado a la papelera?

La Rubia seguía describiendo a su cuñado quisquilloso y a su inteligentísima hermana sin dejar de hacerle arrumacos.

–¿Cuál es la parte más fría de la mujer? –Le preguntó.

–No se.

–El culo –dijo ella riendo.

Él dejó caer lentamente el brazo desde su hombro hacia el costado y colocó la mano sobre su esférico glúteo, presionando suavemente para que el roce del caminar le proporcionase calor.

Tenía una habitación con dos balcones, la Rubia, y una cama grande, algodonosa y suave sobre un piso de tabla encerada que se quejaba al pisar. Sintió el jadeo de la Rubia, la placentera humedad del orgasmo encadenado de la correosa e intensa mujer y se fue quedando dormido con un sabor agrio y dulce en la boca y el nombre de Juan de Mena en la cabeza; si la fortuna era un laberinto, desconocía la suerte que le esperaba.

 

‘La verán mis ojos’ (XIV): «La suerte sonríe a Raba»

Recapitulación: En los capítulos anteriores hemos visto la precipitación de acontecimientos hacia el final de la dictadura y cómo Leonardo Rabadán o Raba desprecia la apuesta entre Lucas Ubiese y el viejo librero republicano Nemesio Quintana, Nequin, sobre si al final de la dictadura vendrá o no la república, y le dice que lo que hay que hacer para ganar dinero es sustraer el maletín que regularmente, una vez al mes, un alemán con aspecto de nazi coloca a los pies del general Ferrari en la tertulia que mantienen en La Campana. Los militares, gente de intendencia, suelen hablar con el alemán y su acompañante de proyectos extraños, como la búsqueda de petróleo en los Pirineos, y de suministro de fármacos y otros productos como gafas de visión nocturna, y Rabadán y Lucas concluyen que el contenido del maletín que el alemán entrega al pequeño general Ferrari no contiene otra cosa que el dinero del porcentaje que el birria del general se lleva a cambio. Tras fracasar en el primer intento, Raba logra arrebatar el maletín al milico aprovechando el barullo que organiza la troupe de acompañantes del gitano Juanito, marchante de arte, acompañado de la Mujer Morena de Julio Romero de Torres. ¿Qué ocurrirá después?

Décimo de Lotería Nacional
Décimo de Lotería Nacional

Por KEY GOOD

A Leonardo Rabadán o Raba le fue mudando el semblante y adquirió la expresión alegre de un colegial el último día de escuela. Se le notaba más desenvuelto que de costumbre. Dejó de beber cerveza durante el día y destilados por la noche. Su rostro sanguíneo fue adquiriendo color rosado. Manolo Bolo y algunos parroquianos notaron el cambio y la cocinera Tinina le preguntó si se había echado novia. El se rió y no contestó. Ella dijo: “A mí no me engañas, pillín”, y se sintió un poco decepcionada de que no le contara cómo era la mujer de la que se había prendado. El jefazo Marzo parecía muy complacido de que al menos uno de sus empleados fuese feliz.

Raba se las ingenió para sacar de la cueva la garrafa con el maletín y poner el dinero a buen recaudo. No dijo a Lucas donde lo había depositado. Sólo le informó de que había contado el botín y le aseguró que le tocaban dos millones contantes y sonantes. Era mucho dinero, aunque no tanto como a primera vista le había parecido. “Somos ricos, chico, pero hay que esperar y actuar sin levantar sospechas”, decía Raba.

Su vientre cervezoide fue bajando de volumen, se adecentó la sudorosa pelambrera y una mañana llegó tarde porque había acudido a la consulta de un odontólogo a curar las caries y limpiarse los piños. Parecía otro, Raba. Se compró ropa nueva, pantalones, una chaqueta de entretiempo y varias camisas de pinza que le sentaban bastante bien. En la calle, sin la chaquetilla y el mandil de camarero, no parecía un operario del montón. Lucas le observaba y no ocultaba su preocupación. Una noche primaveral, Lucas, fiel a su costumbre, ayudó a la Ratita a correr la mampara del cierre de la tienda de subvenir. Y puesto que el don Juan de Inesita se retrasaba, la acompañó hasta la esquina del Picardías para protegerla de los cabrones borrachos que andaban a putas por las angostas calles de la zona. En esas vio a Raba parar un taxi en la calle de la Cruz. Vivía lejos, Raba. Concretamente, en un piso de planta baja de treinta y cinco metros cuadrados en la barriada del Pilar, más allá de las chabolas de Peña Grande, y un taxi hasta allí costaba el bote de una semana. Ya no dudó de que el colega había comenzado a dar curso al botín mientras a él le pedía paciencia.

–Paciencia ¿hasta cuando, Raba?

–Hasta que se asienten las cosas.

Lucas quería que le adelantara una parte de su parte para poner un anuncio en los diarios con el fin de que Charín pudiera leerlo y dar señales de vida. La lista de Martínez era interminable y empezaba a estar harto de llamar por teléfono preguntando por Charo. Pensó un texto escueto: “Busco a Chin, mi único amor verdadero”, seguido de la dirección del estadero.

–Paciencia hasta que las cosas se asienten –insistía Raba un día y otro más.

–¿No acabaremos como en Sierra Madre, verdad? Yo no soy Bogart y me fío de ti, pero no me la juegues, camarada –le decía Lucas.

–Tranquilo, chico, que tampoco yo soy Tim ni el viejo Walter.

Ocurrieron cosas: con bastantes días de retraso sobre la fecha de autos, un diario de la tarde que era propiedad de la Hermandad de Combatientes publicó una noticia según la cual se había registrado una reyerta entre unos ladrones de raza gitana y unos policías militares de servicio que pasaban por la plaza de Santa Ana y se vieron obligados a intervenir en cumplimiento de su deber para evitar que aquellos individuos asaltaran y desvalijaran una joyería, de resultas de lo cual, resultó herido de muerte un gitano, dos fueron detenidos y los demás pusieron pies en polvorosa. Al parecer pertenecían a una peligrosa banda de ladrones de joyas, obras de arte y objetos valiosos. El caso era muy serio y el cronista felicitaba a los valerosos agentes de la policía militar por su desinteresada contribución al orden y a la preservación de la propiedad privada con riesgo de sus propias vidas.

Poco después, otro diario de la tarde se hizo eco en primera plana y en una página interior del fallecimiento del oficial austriaco del Tercer Reich Otto Skorzeny. El diario ilustraba la información con una fotografía del finado. La foto era antigua, pero el muerto era mismo don Otto que visitaba La Campaña en compañía de don Bernardh. Según la información, aquel hombre había sido oficial de las SS, el cuerpo más temido del régimen nazi, y hacía el número trece de la  lista de genocidas condenados en ausencia por el tribunal de Nuremberg.

Raba guardó el periódico y se lo enseñó a Lucas en la cueva. “Lo ves, chico; esos tipos eran unos asesinos”. Al menos, por lo que decía el periódico, aquel don Otto era un criminal de guerra que vivía protegido en España por el régimen del dictador PTC. Lucas se quedó boquiabierto. “Y los hemos jodido, chico; los hemos jodido bien jodidos”, decía Raba sin poder contener su alegría.

El periódico relataba algunas gestas de aquel don Otto. Por lo visto, aquel hijo de la gran puta se había disfrazado de oficial estadounidense y había asesinado a más de cien militares norteamericanos apresados en la batalla de Las Ardenas. Era un jodido tramposo, un criminal hábil y escurridizo que, como otros muchos, consiguió abandonar Alemania antes de que las tropas soviéticas entraran en Berlín.

Según el periódico, aquel criminal nazi apareció con identidad falsa unos años después en Sudáfrica y realizó innumerables trabajos sucios para la CIA. Desde el país del cruel Pedro Botha, que mataba negros como hormigas, el canalla don Otto se trasladó a vivir a España, donde contó con la protección del régimen del dictador y se dedicó a hacer negocios.

La crónica también narraba la solemne despedida del cadaver: un grupo de oficiales españoles y una compañía del Ejército del Aire dispensó honores nocturnos al finado en un hangar de carga del aeropuerto de Barajas. Después metieron el féretro en un avión militar, fletado para la ocasión, y lo transportó de regreso a su tierra, Austria, pues era austriaco y no alemán.

La información venía ilustrada con unas fotografías muy oscuras en las que no se distinguía bien las caras de los asistentes a la despedida. Raba señaló a un tipo pequeño y dijo que bien podía ser el general milagro. Entre los que aupaban el féretro a la bodega del avión había una mujer y un paisano que podía ser su amigo don Bernardh.

–Si hubiera sabido que ese don Otto era un criminal nazi no se habría ido de rositas –dijo Lucas doblando el periódico.

–¿Qué habrías hecho tú, criatura?

–Joer, Raba…, envenenarlo.

–¿Envenenarlo…? ¡Menuda cosa! ¿Cuánto crees que habrían tardado en agarrarte, molerte a palos y enchironarte? ¿Para eso has estudiado? Hay que cavilar un poco, chico, y no obrar al tuntún.

Tenía razón Raba, siempre la tenía.

–¿Y tú que habrías hecho?

–Lo que hemos hecho: joderlos bien. ¿Quién te dice a ti que a éste no se lo han cargado los suyos por lo del maletín?

–¿Tú crees?

–Nos ha jodido si creo. Esa gente no tiene piedad ni misericordia. Date cuenta de que esos tipos se roban unos a otros, se traicionan… ¿Quién te dice a ti que el asesino ese, que trabajó para la CIA, no denunció a alguno y le dieron pasaporte? ¿Cómo te explicas que un tipo de aspecto saludable, que comía y bebía como un buitre, las haya diñado de la noche a la mañana?

Lucas se quedó pensando; desde luego, aquel don Otto alto, fuerte, huesudo, al que había servido vino fino, jamón, lomo, pescadito frito y queso en aceite hacía menos de dos semanas no tenia pinta de morirse. Todo era muy raro.

–Hay un libro de Frederic Forsay –dijo– en el que aparecen unos judíos que buscan a los nazis para ajustarles las cuentas. Esos judíos tienen una red en todo el mundo y se alertan unos a otros para cazar a los que perpetraron el holocausto. Yo creo que en Madrid deben tener algún delegado. Sería cuestión…

–¡Eh! Para el carro, chico… No te metas donde no te llaman, ¿estamos?

–Si, claro. Pero había pensado que si el otro alemán, don Bernardh, también es un criminal nazi podríamos facilitar a esa red los datos para que lo atrapen cuando vuelva por aquí.

–¿Y qué vamos a ganar con eso?

–Una satisfacción.

–¿Una satisfacción…? ¡Menuda cosa! Lo primero que debes saber es que la satisfacción se compra y los judíos no pagan. Esos lo quieren todo para ellos. No esperes que un judío te agradezca ningún favor; antes al contrario, esos tipos te venden sin que les importe si a la vuelta de una esquina los camaradas del nazi te apalean y degüellan como a un perro. Olvídate, chico. Y recuerda que la primera colaboración ha de ser con uno mismo.

Pasaron cosas: el general Ferrari no volvió a aparecer por La Campana y el jefazo Marzo se interesó por el distinguido cliente. El capitán Orejas le dijo que había sido trasladado a un destino de alta montaña, concretamente, a la provincia de Huesca, donde dirigía un proyecto muy importante para España.

–Muy importante y urgente tiene que ser cuando ni siquiera ha pasado a despedirse de los amigos –observó el jefazo Marzo.

–Lo es –dijo lacónicamente el capitán.

–¿De qué se trata, si se puede saber?

–Almacenaje de gas –contestó, renuente, el capitán.

–Algo he leído sobre el proyecto de gasificar España. ¿Entonces es cierto que se disponen a almacenar millones de metros cúbicos de gas natural en las oquedades del subsuelo aquel?

–Pues ya lo sabe usted –dijo el capitán.

–¿Tiene usted su dirección?

El capitán se la dio y el jefazo Marzo ordenó a Raba que empaquetase un jamón y se lo envió por un servicio de transporte de puerta a puerta.

–¿Le debe algo? –preguntó Lucas a Raba al observar.

–Munición de caza.

La tertulia de los señores milicos había menguado hasta el punto de que sólo el capitán Orejas, el Marino y, muy de tarde en tarde, el coronel Ayala aparecían por allí. El capitán miraba con desconfianza y resquemor a los parroquianos, especialmente al banderillero Molina y a los señores galguitas. Y cada tarde preguntaba a Lucas cuánto ganaba, si la casa le trataba bien, si tenía amigos y familia. Eran preguntas extrañas a las que el camarero contestaba con monosílabos, pues Raba le había advertido de que aquel tipo era peligroso y no cejaría en sus pesquisas hasta obtener algún rastro del cartapacio. “Mientras estos gordos no desaparezcan no tendremos margen de maniobra, chico”.

Una tarde, como para entretenerse mientras aparecía su compañero el Marino, el capitán volvió a la carga con sus inocentes preguntas a Lucas sobre la catadura de los clientes, de los compañeros y del propio Raba. Y él le contestó de ahecho: “Mire usted, capitán, seamos francos; usted quiere saber qué pasó con el maletín que los señores alemanes le entregaban ahí por debajo de la mesa al general Ferrari, ¿no es cierto? Pues sepa usted que yo no lo sé. Ya se lo dijimos a él. Lo que yo vi, y supongo que usted también, fue que entró el conductor y el general salió con su maletín. Y apenas una hora después regresó con dos policías militares diciendo que le había puesto serrín. Lo registraron todo, rompieron botellas, derramaron bandejas y no encontraron nada. ¿Por qué no se lo pregunta usted a él? Y si usted sospecha de algún cliente, diríjase a él y no me pregunte usted más, pues yo estoy para servir, no para decir qué me parecen los clientes por los que usted me pregunta”.

Aquella mole de capitán soltó una sonora carcajada y con ademán campechano exclamó: “¡Así me gustan a mí los hombres!, sinceros, honrados, intuitivos. En confianza te lo digo: tú vales, chaval”.

Y pasaron más cosas: Lucas Ubiese no podría olvidar el día de San Perfecto en santoral zaragozano porque aquel lunes apareció Leonardo Rabadán o Raba exhibiendo la fotocopia de un boleto de la quiniela con catorce aciertos. La cocinera Tinina se lo quería comer a besos. El jefazo no daba crédito a lo que oía y veía. “Toda la vida jugando diez pesetillas y nunca había pasado de diez aciertos, pero ya ven, la perseverancia llama a la suerte”.

–Desde luego, la suerte es algo que, como el amor verdadero, sobrevendrá una o dos veces cada siglo –dijo Lucas un poco desazonado por la negativa del querido compañero a adelantarle parte de su parte para pagar el anuncio a su Charín.

Raba le contestó con una mirada fría que le heló el corazón y luego se encerró con el jefazo en la oficinucha. Cuando Lucas subió de la cueva con las botellas rellenas de vino, Leonardo Rabadán o Raba ya había desaparecido. Tinina le dijo que había tenido algunas palabras más altas que otras con el jefazo y que al final se abrazaron y Marzo le dio un habano para el viaje y le dijo que aquella era su casa y que si volvía, ya sabía donde estaba, y por ahí p’allá…

Lucas recordó las palabras de Raba: “La vida es esto, chico, gente que vemos y que dejamos de ver”. Tal vez nunca le volvería a ver. A estas horas estaría embarcado en un avión hacia Cuba para quedarse a vivir en la isla con Minegra y Michica, que eran su familia. “Adiós, Raba, que te vaya bien; después de todo, sabías lo que querías y lo planificaste y ejecutaste cojonudamente. Tenías razón cuando decías que en esta vida nada es lo que parece y lo que parece no es. Siempre te recordaré como un tío listo con apariencia de tonto y como un buen rabadán, conocedor del rebaño humano, y como un trampero”.

‘La verán mis ojos’ (XIII): «Mujer Morena y serrín»

Retrato de la Mujer Morena por Julio Romero de Torres
Retrato de la Mujer Morena por Julio Romero de Torres

Por KEY GOOD 

La Mujer Morena de Julio Romero de Torres se salió del cuadro y apareció en La Campana. Era una anciana muy delgada y colorista a la que Juanito, un marchante de arte y cliente ocasional del establecimiento, llamaba Mami. Su vistosa y alegre indumentaria atraía la atención de los numerosos parroquianos en cuyas turbias mentes se daban patadas la ancianidad y el color del aquella mujer. Cincuenta años después, la Mujer Morena vestía el precioso mantón de Manila, se adornaba la sien con el mismo clavel rojo, lucía idéntico peinado con el mismo mechón negro ensortijado sobre su frente y exhibía las mismas arrecadas con las que el pintor cordobés la había inmortalizado. Llegó como traída en volandas por Juanito y la troupe de gitanos que le acompañaba. Entraron en oleadas. El primer grupo eran cuatro o cinco y tras él fueron llegando otros en goteo. Al final, quince o veinte individuos inundaban el establecimiento.

Juanito tiraba de billetera para que a Mami y a los hermanos no les faltase de nada. Raba decía que aquel Juanito era un buen tipo. Cuando, de tarde en tarde, aparecía por La Campana con Mami y sus hermanos cales era señal de que había realizado una buena venta, un negocio extraordinario en el extranjero. Raba le consideraba amable y generoso porque una vez tuvo el detalle de enviar a un propio a comprar unos pantalones para el viejo Toledo. “Tenga usted, abuelo, póngase estos calzones y tire los que lleva”, le dijo sin humillarle. Como Toledo padecía de la próstata, se orinaba encima y desprendía un olor apestoso. Como, además, el señorito Juanito sabía o intuía que el viejo era muy pobre, le invitaba a lo que deseara tomar –casi siempre un vaso de vino y tres albondiguillas– y pedía a Raba que no le cobrara nunca, pues él se ocuparía de liquidar los débitos del anciano cada vez que pasase por el establecimiento. Según Raba, aquel Juanito cumplió escrupulosamente su palabra hasta que Toledo tropezó con el capitán Orejas y lo arrolló un taxi.

La Mujer Morena no aguantaba mucho tiempo de pie en el corro de la trouppe, así que Lucas se preocupó de instalarla en una silla ante la mesa cuatro sobre la que fue depositando platos con raciones de viandas, botellas de fino y catavinos vacíos para que cada cual se sirviera a su gusto. “Mami, coma usted”, le decía Juanito inclinándose ante ella con un plato de virutas de jamón y colocándole el rizo sobre la frente y acariciándola. Era muy cariñoso y atento, el trajeado y perfumado Juanito.

Después de las primeras libaciones, enseguida comenzó el palmeo. El rasgar de una guitarra arrancó un quejido de la garganta de un gitanillo. La Mujer Morena realizó un gesto con la cabeza y el guitarrista punteó unas notas altas y templó y ajustó las cuerdas. Parecía que en cualquier momento Mami se podía arrancar por peteneras. Todas las miradas confluían en ella. También los milicos y los alemanes don Bernardh y don Otto, que aquel anochecer de marzo se habían visto sorprendidos por el jolgorio flamenco, estiraban el pescuezo para verla. A juzgar por su expresión, los señores alemanes parecían muy complacidos con el palmeo y el cante, y a don Otto se le contagió el ritmo en un pie.

En un momento determinado Juanito ordenó a Lucas que pusiera de beber a los señores oficiales, pero el capitán Orejas rechazó la invitación, sin duda pensando en el alto coste de la reciprocidad del convite, y Lucas comunicó al marchante de arte que los señores militares no deseaban tomar nada. Entonces el gitano manifestó su contrariedad con un gesto de cara, ojos y puños, y abriéndose paso hacia ellos, les rogó que aceptasen una botellita de vino fino y un poco de jamón de su parte.

–No, caballero, muchas gracias, esta noche tenemos banquete –dijo el capitán.

–¿Es que no quieren brindar con nosotros por España? –les reprochó Juanito, mirando fijamente al general Ferrari.

–¡Recogilondrios! ¡Claro que sí! –exclamó el general birria.

–¿A qué debemos tan elevado patriotismo? –quiso saber el coronel Ayala.

–A que hoy mismo, un trozo de España ha quedado plantado en el corazón de Norteamérica –afirmó Juanito antes de explicarles que había trasladado pieza a pieza y piedra a piedra una iglesia románica de las que aquí despreciamos y que a esta misma hora de América había quedado instalada en un bello jardín entre las arterias de la magnífica ciudad de Boston, donde ya ha comenzado a ser admirada.

–¡Si no es un símbolo de la España grande e imperial, que venga Dios y lo vea! –agregó el mercader de arte para rematar su explicación.

Los milicos reconocieron la gesta exportadora que a todas luces indicaba que lo español era inmortal e imperecedero y, como tal, carecía de fronteras, y por ello y por no sé cuantas cosas más, España era grande y se merecía, claro está, el brindis que proponía aquel afortunado patriota, es decir, el gitano Juanito.

Así las cosas, el camarero se apresuró a cargar la bandeja y servir a los señores milicos y a sus amigos germanos, y Rabadán, al quite, se aprestó a ayudarle abandonando la barra con una bandeja vacía para recoger los vidrios y los platos usados de lo alto de las mesas.

Ya con las copas llenas, Juanito batió palmas reclamando atención y silencio: “¡Señores, señores, un momento, señores!” Un punteo de guitarra acompañó su breve discurso: “Señores míos, les propongo que brindemos todos juntos con nuestros amigos oficiales del glorioso Ejército Nacional por los valores históricos imperecederos de nuestra Patria común, indivisible y grande, cuya indeleble huella imperial se derrama por los cinco continentes, desde Oceanía a la Patagonia. Así pues, caballeros, ¡por España!”

El revuelo y el chasquido de los vidrios en torno a la mesa de los señores milicos fue seguido del desplazamiento de la Mujer Morena, que se incorporó y ahora sí, se arrancó en un taconeo ágil y furioso. Unos minutos después, tendía la mano al general Ferrari, arrancándole de su silla y llevándole al centro del círculo de palmeros y jaleadores. La Mami realizó varias piruetas y con la mano extendida hacia el general echó a cantar por Chiquita la Piconera.

Debió ser el movimiento de sillas, el jaleo, la atención de los germanos al cante y al baile, la suma del capitán Orejas y del Marino al corro de los palmeros y la prolongación durante una hora de la aquella fiesta de patriótica hermandad entre payos y gitanos que culminó con el cante del pasodoble al pintor y a la modelo –“Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena…”, etcétera–, lo que facilitó a Raba una limpia ejecución sin contratiempos de la operación indolora del cambio de maletines.

Ni siquiera Lucas se percató de la hábil actuación de Leonardo Rabadán o Raba. Sólo cuando los señores alemanes se despidieron hasta más ver y Juanito y Mami y su trouppe fueron saliendo en dirección al Villa Rosa, un tablao flamenco donde siguieron la juerga, y apareció el sargento conductor del general Ferrari y detrás salieron Ayala y el Marino y el capitán Orejas, Lucas se enteró de que el maletín del general milagro no era el que había dejado a sus pies el alemán don Bernardh sino el que habían llenado con serrín y mantenían guardado en la parte baja del armario de Manolo Elimpia. Se enteró porque en cuanto traspusieron, Raba se acercó a él para ayudarle a recoger los vidrios y le susurró: “¡Lo conseguimos, chico!”

Los maletines de la misma marca poseían una mecánica de cierre idéntica, con la misma llave para todos, y lo abrieron en la cueva sin mayor dificultad. Debajo de unos papeles manuscritos y mecanografiados, prendidos con una grapa, y unas facturas con números y nombres ilegibles, enseguida vieron los fajos de billetes de mil, dos mil y cinco mil pesetas. Rabadán calculó al vuelo: “Lo menos cuatro millones, chico”.

–Cierra, cierra, y cuidado con las huellas –le advirtió Lucas.

Raba cerró el cartapacio y Lucas lo limpio con una bayeta antes de abrir la carcasa de plástico de una garrafa de vino, meter el maletín, incrustarle una boca de vidrio rota para disimular y cerrarla de nuevo. “Visto para sentencia, chico”. Colocaron la garrafa entre las otras allí almacenadas y salieron a la superficie, Lucas con una caja para recoger frascos de refrescos vacíos y Raba con varias botellas de vino para reponer el consumo y disimular su momentánea ausencia tras la barra.

Era ya tarde. En las mesas quedaban algunos parroquianos rezagados, el crítico teatral don Alfredo, el banderillero Molina, el señor Carro –burócrata municipal que libaba con un galguita– y Unamunín, que hacía lo propio con otro experto jurista. En la barra se acodaban dos o tres borrachines. Lucas miraba el reloj: faltaban diez minutos para completar su turno. Manolo Bolo limpiaba las mesas y, para presionar a los rezagados y evitar que se apalancasen nuevos clientes, colocaba las sillas patas arriba sobre las mesas de mármol y barría el suelo de un modo enérgico. “¿Por qué no se irán de una puta vez estos pesados?”, susurraba. De pronto un coche negro se paró delante de la puerta e irrumpió el general Ferrari como deux est machina, seguido de dos fornidos policías militares con cara de pueblo, y se dirigió a Raba:

–¡Quiero saber quién ha sido y quiero aquí el maletín ahora mismo!

Rabadán se sorprendió y le preguntó en qué consistía la cuestión, y el general le informó con profusión de recogilondrios que le habían quitado el maletín.

–¿Está seguro de que se lo han quitado aquí?

–¡Recogilondrios, pues claro que ha sido aquí! ¡Ahí mismo! –dijo señalando con el dedo su sitio habitual.

–Pues ¿qué quiere que le diga?, yo no he visto nada. Espere a ver si el chico…

Lucas subió de la cueva en ropa de calle y aseguró que tampoco había visto nada extraño.

–¡Recogilóndrios! ¿No viste a ningún gitano salir con un maletín?

–No mi general. Un gitano con un maletín se nota. Si lo hubiera visto…

–¡Haz memoria!

–Ya la hago, pero si hubiera visto a alguno, lo recordaría; un gitano con un maletín se nota, vaya si se nota.

–¿Y no viste nada raro, chico? –le preguntó Raba.

–Nada extraño, si descontamos el  brindis y la alegría que se vivió aquí mismo.

–¿Y tú, Bolo? –inquirió Raba.

–Yo estaba de cocina y sólo me asomé una vez al oír el cante.

–Mi general –interrumpió Lucas–, ¿está usted seguro de que le hurtaron ese maletín? Haciendo memoria creo que lo llevaba usted en la mano cuando salió. Es posible que lo haya olvidado usted en otro sitio…

–¿Acaso dudas de mi palabra?

–No, no, por Dios, mi general. Sólo he querido decir que algunas veces, cuando uno va cargado, se olvida de lo que lleva en la mano… Eso me ha pasado a mí y le ocurre a cualquiera, ya me comprende.

–¡Claro que te comprendo, granuja! –exclamó el militar, visiblemente furioso. Acto seguido, caminó hacia un montón de porquería de la barredura que Manolo Bolo había formado al final de la barra y ordenó a uno de los dos mozos de uniforme que dejara de mordisquear la correa del casco e hiciera el favor de inclinarse y coger un puñado de serrín. El policía militar obedeció sin rechistar y le mostró la palma de la mano con las moleduras de madera. El general cogió algunas briznas con sus dedos, las puso ante sus ojos, las olió y exclamó: “¡Es el mismo serrín!”

Raba, Lucas y Bolo observaban con curiosidad y asombro las pesquisas del general y el primero le preguntó si se encontraba bien, a lo que el militar contestó: “Perfectamente, no se preocupe”. Y a continuación ordenó a los dos mozos: “Registren todo esto”, dijo haciendo un semicírculo con una mano. “Y usted –añadió mirando a Manolo Bolo–, baje el cierre y que no entre nadie”.

–No tan deprisa, general –afirmó Raba encarándose a él con los brazos en jarras–; aquí las órdenes las da el jefe y nadie va a registrar nada sin un mandamiento judicial, ¿me entiende?

Unamunín y el jurista se acercaron a la barra. El banderillero Molina salió huyendo. Los borrachines rezagados le siguieron. El general dio por no oídas las palabras de Raba y ordenó a los dos policías militares que comenzasen a registrar bajo el escaparate y las cámaras frigoríficas. Pero Rabadán y Lucas se colocaron en la entrada de la barra y les dijeron que no podían registrar nada sin una orden judicial. Y Unamunín y el jurista se pusieron de su lado y argumentaron que cualquier registro en propiedad privada que careciera de mandamiento judicial o no se realizase en presencia de la autoridad judicial propiamente dicha vulneraba la ley y podría ser motivo de denuncia, en la que, si aquella violación se perpetrase, ellos mismos actuaría de testigos de los denunciantes.

Dicho lo cual, Unamunín, que estaba un poco cogorza, pero regía perfectamente, sacó una agenda de su bolsillo, la estampó sobre la barra para reafirmar su decisión de testimoniar frente al birria del general, la abrió parsimoniosamente como si se dispusiese a levantar acta, miró los números que figuraban en los correajes blancos de los dos PM (Policía Militar), los anotó, miró al general con gesto desafiante y le dijo: “Sepa usted que se juega los galones”.

–¡La madre que te…!

–¿Se atreve a amenazarme?

–¡Recogilondrios, el abogaducho de mierda! ¡Claro que me atrevo! ¡Arréstenlo! –Ordenó el general a los PM.

Pero éstos se miraron entre sí, como diciendo: “Se ha vuelto loco”. Y uno se inclinó sobre el general y le susurró unas palabras al oído. De sobra sabía el general que no podían detener a un paisano, salvo si le pillaban in fraganti cometiendo un delito.

–Recapacite usted, señor oficial; este señor no es un abogaducho de mierda, es un letrado del Estado –le hizo saber el compañero jurista de Unamunín.

–No se preocupe, no será arrestado –replicó Ferrari. Y luego, dirigiéndose a los PM, les ordenó: “¡Adelante!”

Los PM saltaron la barra y lo revolvieron todo, comenzando por el espacio que había debajo del escaparate y siguiendo por las cámaras frigoríficas. Rompieron algunas botellas y arrojaron al suelo las cajas de marisco, pescado, una bandeja con callos congelados, albóndigas, salazones. Rabadán, alarmado, corrió a llamar por teléfono al jefazo Marzo, y Unamunín, en un extremo de la barra, anotaba el descoloque que Lucas y Manolo Bolo se esforzaban en reparar tras la acción de los uniformados.

–¿Qué hay aquí abajo? –preguntaron.

–La cueva del vino –dijo Lucas.

Los PM abrieron la trampilla y se dispusieron a bajar por la escalerilla de madera, cubierta de mugre y serrín. “Cuidado, no se vayan a estronciar”, les advirtió Raba. Lucas les siguió. El general Ferrari bajó unos peldaños y observó el registro desde lo alto. A la luz de las dos bombillas que iluminaban la cueva lo ojearon todo, husmearon por las esquinas, miraron bajo la pila, atestada de botellas vacías de vino que serían enjuagadas y rellenadas al día siguiente, movieron las garrafas, las cajas con frascos de refrescos.

–Aquí no hay nada –dijo un PM mirando hacia arriba.

–¡Revisen, revisen! –ordenó el general.

Movieron las garrafas de vino, dieron varias vueltas, uno detrás del otro por la insalubre cueva, que olía a alcantarilla y vinagre, y se miraron entre sí con gesto de circunstancia.

–Nada, mi general.

En ese momento se asomó el jefazo Marzo, que acababa de llegar, y les gritó: “¡Vayan terminando, amigos!” El general aceptó la orden y les ordenó que subieran. Lucas respiró tranquilo y subió tras soldados. Cuando llegó arriba vio al jefazo con la mano junto al pecho, cerca de la cartuchera de su Astra sobaquera, frente al pequeño Ferrari, que se negaba a suspender el registro. Los PM registraban el armario de Manolo Elimpia y revolvían sus cajas con tabaco. Después se dirigieron a la cocina. Al jefazo le molestaba la falta de confianza del general en el personal de la casa, pero aceptaba el registro y el estropicio si con ello se quedaba tranquilo.

Siguieron a los PM hasta la cocina y, una vez allí, revisadas las perolas, una nevera, el horno y las alacenas, el oficial admitió que le habían dado un maletín lleno de serrín “como el que esparcís aquí por el suelo para absorber la humedad”.

–¿Un maletín con serrín? –se extrañó el jefazo.

–Si, serrín como el de ahí fuera.

–¡Lógico! –exclamó Raba.

Su afirmación sorprendió a los congregados. Él explicó:

–Pongamos por caso, general, que el maletín contuviera papeles, documentos, incluso dinero… Un suponer. ¿De dónde sale el papel? De la madera, ¿no? Así que quien haya querido hacerle una pifia sabía que el serrín pesa lo mismo que el papel, fue a una carbonería, compró una bolsa de serrín y la puso en el maletín para que usted no sospechara al peso.

–Es posible –admitió el general–, pero no puso una bolsa, sino a granel.

–¡Ya es mala leche! –Exclamó Raba.

–Joder, Ferrari, ¿cómo se te ocurre pensar que alguien de aquí te iba a gastar una broma tan pesada? Si no te conociera bien diría que se te ha ido la olla y no nos consideras amigos ni personas serias y honradas –le reprochó el jefazo Marzo.

Los PM seguían remirando en los armarios de la vajilla y las perolas. El general les ordenó que dejaran de buscar y comenzó a darse golpecitos en la frente con el dedo índice y a exclamar: “¡Qué recogilondrios, recogilondrios!” Luego, como si se hubiera convencido de un fallo personal irreparable o reparable en otro lugar, se disculpó con el jefazo Marzo por las molestias que le había causado y ordenó la retirada.

Unamunín y el jurista se miraron de reojo y cuando el militar abandonó el establecimiento se rieron de buena gana y comentaron: “El enemigo les quita la estrategia y les pone serrín, que es lo que tienen esos en la cabeza… Como para ganar una guerra están”.

–¿Me puedo ir ya? –preguntó Lucas.

–Si, hasta mañana, chico.

«La verán mis ojos» (XII): «Milicos preocupados»

El jefe militar de la OTAN y la CIA, Alexander Haig, con su colega Kisingger, 31 años después de negociar en Madrid la permanencia de las bases militares USA
El jefe militar de la OTAN y la CIA, Alexander Haig, con su colega Kisingger, 31 años después de negociar en Madrid la permanencia de las bases militares USA

Por KEY GOOD 

Lucas no se creía que el régimen de PTC fuese a terminar tan pronto como el librero Nequin deseaba. Si Rabadán decía que el dictador tenía cuerda para rato, debía tener razón, pues casi siempre tenía razón Raba. Pero los señores milicos se mostraban preocupados por la marcha de la patria y desde que el general Ferrari dijo entre recogilondrios que su excelencia había perdido el gusto por la caza, deslizaban comentarios que revelaban su desasosiego por la pérdida de facultades del PTC. Un coronel alto y desgarbado al que llamaban Laurel, que se las daba de manejar buena información del entorno palatino, sostenía que su excelencia iba delegando parcelas muy sensibles del poder, incluidos los servicios secretos, en unos tecnócratas egoístas y voraces que parecían muy peligrosos pues, según decía, desequilibraban la relación de fuerza y desnaturalizaban los principios del glorioso movimiento. Y algo mucho peor: acabarían arrinconando al Ejército. No es que la fuerza armada dejase de ser la columna vertebral de la patria, pero entre unos y otros –los carlistas y tradicionalistas que ya mandaban en la Benemérita, y los tecnócratas que dominaban las finanzas e iban ampliando su poder en el gobierno– lo iban orillando, minándole el terreno.

Los comentarios de los milicos reflejaban desasosiego. A este paso llegará el día que tengamos que obedecer a los civiles, comentaban entre dientes. Su disgusto porque el nuevo jefe del gobierno era un civil, amigo personal de la esposa de su excelencia y al que el almirante finado no quería ver ni en pintura, resultaba catedralicio. Mucho les fastidió un discurso del orgánico preboste con orejas de soplillo. ¿Qué es eso de la apertura?, se interrogaban. ¿Vamos tener rojelios hasta en la chepa?, se preguntaban.

No es que el régimen de autoridad fuese a desaparecer de la noche a la mañana, pero les parecía evidente que desde arriba intentaban lavarle la cara y que en la operación de limpieza de cutis, ellos, los militares, eran el grano a extirpar o chamuscar con hidrógeno líquido para convertirlo en costra y desalojarlo de la faz del poder. Pruebas y evidencias comenzaban a tener muchísimas. Nada más había que ver a quién untaba ahora el amigo americano para percatarse de la descarada y creciente marginacion del estamento militar. Sin el malogrado almirante al frente del gobierno, el desequilibrio comenzaba a parecerles patente y los convertía en patéticos. A este paso ligero, pronto les impedirían salir de los cuarteles mientras España se iría sumiendo y consumiendo en el desorden y el caos. Eso decían.

Por los comentarios de los señores milicos se enteró Lucas de que unos hombres importantísimos del gobierno de los Estados Unidos de América andaban de incógnito por Ursaría. Se trataba de un tal Vernon Walters, que era el jefe de la CIA, y de un tal Haig, que era el jefe de las Fuerzas Armadas estadounidenses en Europa occidental. Y también de un tal Henry Kissinger, que era un judío listísimo que no se llamaba así, sino Hein Alfred. Al parecer, aquellos tipos mantenían reuniones secretas con oligarcas y prebostes del poder civil con el fin de animarles a que estamparan su firma cuanto antes en la renovación del alquiler de las bases militares que tenían en España. ¿A qué venía aquella prisa? ¿Acaso barruntaban que lo que estaba ocurriendo en Portugal, es decir, la deposición del dictador, iba a contagiar a España y querían garantizar la permanencia de su ocupación militar pacífica y la continuidad de sus arsenales nucleares y convencionales en sus bases militares aquí instaladas? Los razonamientos de los milicos apuntaban en esa dirección. Aunque Portugal no era el macizo de la raza ibérica, algo bullía en el interior de la España cuartelera que les llevaba a temer que más pronto que tarde los españoles, dotados de mayor aguante, pudieran seguir el camino de los portugueses.

Lucas se regocijaba con las preocupaciones de aquellos milicos, pues le parecían gente infecciosa, glotona, miserable y tramposa. Tuvo la certeza de que sentían jodidos la tarde que aparecieron aquellos alemanes, don Bernardh y don Otto, y oyó al primero decir: “Hay que apurar, Ferrari, hay que apurar, que esto se acaba”. Por primera vez, el alemán de cráneo mondo no traía el maletín reglamentario. Escuchó cómo el general Ferrari se esforzaba en tranquilizarle y le hablaba de corbatas y de medios plazos. Como los granujas redomanos, empleaba un metalenguaje. No oyó las palabras “petróleo”, “Pirineos” y otras que le resultaban familiares, aunque captó algunas como “parches”, “lexatil” o algo parecido y otras que sonaban a medicamentos. Siempre había piojos, paperas y disenterías en el Ejército y se notaba que aquellos oficiales de intendencia estaban haciendo de la miseria un negocio. Poco antes de que los germanos se despidieran, volvió a oír la frase inicial de aquel don Bernardh: “Hay que ir deprisa general, que el tiempo se acaba”.

–¿Tú crees, Raba, que esto se acaba?

–¿Qué se yo, chico?, pero cuando una cosa se empieza a acabar se acaba acabando –contestó Raba.

Aquella noche, en la taberna del Portugués, Lucas realizó las consiguientes llamadas a la lista de Martínez en busca de Chin y a continuación, cuando la Rubia le sirvió el café con leche y los sobaditos, le preguntó si no intuía el final de la dictadura, como ocurría en Portugal. Ella se sentó un momento con él, pero en vez de contestar se puso a mirar el libro De Bello Gaellici et De Bello Civile, leyó en voz alta una frase y le preguntó si estaba mal de la cabeza o se iba a meter a cura.

–Ni una cosa ni la otra.

–Pues ya me dirás, guapo –dijo ella cerrando el libro.

Él aclaró que repasaba el latín para examinarse de quinto y sexto de bachiller en junio por libre en el instituto Ramiro de Maeztu, ante lo que ella repuso:

–¿Y te gusta?

–No me desagrada.

–Ya casi no se habla, ¿verdad?

–Hablarse, no; es una lengua muerta, aunque no faltan tipos que la utilizan para darse importancia delante de las mujeres.

–¿Ah, si?

–Como lo oyes.

–Y tú quieres ser uno de esos, ¿verdad?

–Nunca se me ocurriría dar asco a mis semejantes.

La Rubia se rió y él retomó la pregunta inicial, pero ella se levantó y acudió solícita a servir al hombre del traje, con aspecto policial, que solía entrar cada noche a tomarse su copa de brandy. Habló animadamente con él y sirvió a otros clientes de costumbres crepusculares. Cuando regresó a su mesa, él le volvió a preguntar si creía que la dictadura estaba en las últimas y ella le contestó:

–No Lucas, aquí no va a ocurrir como el Portugal; me creo que aquí tenemos Paco para rato. Y según ese, están preparando un buen escarmiento.

“Ese” pertenecía a la policía secreta; según la Rubia, era un agente muy importante de la brigada político-social, un tío espitoso que quería “mojar” con ella y no tenía cara de haber matado a nadie.

–Creo que lo que más les gusta a esos es pegar –dijo Lucas.

–A ese le gusta investigar y detener. Hace unas noches me contó que había agarrado a un comunista muy importante, un tal Simón que salió en los papeles. Dice que andaba tras él desde hacía meses y que se enteró de la matrícula de un coche que usaba para llevar propaganda. El comunista vivía por el barrio de las Delicias, y ese se pateó calles y más calles, noche tras noche, hasta que dio con el coche. Y entonces aplicó una treta que consistió en llamar por teléfono a una finca cercana, preguntó si era de algún vecino el coche de color tal, marca cual y matrícula pascual, y cuando éste contestó que era suyo, le dijo: “Pues salga rápidamente, que se lo están robando”. Y cuando el comunista salió, le apuntó con la pistola y se lo llevó esposado.

–Muy hábil. ¿Y en qué dice que consiste ese escarmiento que están preparando?

–No sé muy bien; parece que siguen buscando a esos de terroristas vascos que volaron a Carrero y que tienen permiso para volarles la tapa de los sesos. Total, qué más da, si les van a condenar a muerte.

La Rubia del Portugués no andaba descaminada, pues aunque no hacía mucho tiempo que habían ejecutado a un anarquista del Movimiento Ibérico de Liberación que se llamaba Salvador Puig Antich y a un extranjero del que dijeron que era un peligroso agitador, el dictador PTC había dado orden a sus oscuros subordinados de que mantuvieran engrasada la máquina de matar. En Barcelona agarrotaron a dos delincuentes comunes que, según la prensa, se llamaban El Gordito y El Basura. También salió en la prensa que unos elementos paramilitares o parapoliciales ametrallaron a unos vascos que se reunían en San Juan de Luz. Y para acojonar a los rojos refugiados, refugíberos o refugirrojos, como les llamaban, también hicieron estallar una bomba en París, en la sede del comité de información y solidaridad con España, que presidía Ángela Grimau, viuda de Julián Grimau, un dirigente comunista que habían fusilado en la cárcel de Carabanchel en el año 1963.

Los milicos de la mesa tres de La Campana comentaban que eso era lo que había que hacer para que los rojos y separatistas no se subieran al bigote y les escupieran en la boca, y el coronel Laurel, que manejaba información palatina y había estudiado técnicas guerrilleras en los Estados Unidos de América y en la República Federal Alemana, afirmaba en tono enérgico y suficiente que en tres meses acabarían extirpando a aquellas pulgas, en directa alusión a los traidores y separatistas.

A pesar de las bravuconadas de los milicos, se notaba por las noticias de la prensa vespertina que el personal iba perdiendo el miedo al miedo, los trabajadores se revolvían contra los patrones que les pagaban unos sueldos de hambre, los estudiantes compraban más libros marxistas que nunca e iban adquiriendo conciencia política e, incluso, los hijos de algunos burgueses ricos acudían a las manifestaciones en las que se gritaba contra la dictadura militar.

Las huelgas comenzaban a ser noticia. Aunque estaban prohibidas por ley y, en consecuencia, eran ilegales, los trabajadores del metro, los ferroviarios y los de otros transportes públicos adoptaban la posición de brazos caídos y paralizaban la actividad productiva y burocrática. Los prebostes apelaban al Ejército, que entonces se escribía así, con mayúsculas, en todos los periódicos, y ponían  a los soldados a vigilar las estaciones y a conducir los trenes y los autobuses. La militarización resolvía la papeleta momentáneamente, pero se registraban demasiados accidentes y la gente viajaba sin pagar. Aquello era una ruina y un desastre.

Aunque los salarios eran muy bajos, los patrones se quejaban y alegaban grandes pérdidas para todos. Y puesto que los obreros ganaban tan poco que tenían los estómagos habituados al magro condumio, resistían días, semanas, en huelga con los escasos recursos de sus cajas de resistencia y las recaudaciones de las colectas solidarias para los almuerzos comunales. A los empresarios, los banqueros y los directivos de las sociedades estatales, paraestatales y semiestatales se los llevaban los demonios y echaban las muelas de rabia, atribuyendo las responsabilidades a un lado y otro, a la izquierda y la derecha, arriba y abajo.

Entre los animales más evolucionados del régimen, como les llamaba Nequin, había algunos ministros sensibles al descontento y a la pérdida de beneficios empresariales. Tímidamente recomendaban que se aplicasen algunas mejoras sociales para tener contento al personal y evitar costosos conflictos. Eran los mismos que manifestaban entre líneas su disgusto la ineficacia de la militarización, pues el Ejército no estaba para ser eficaz, sino para meter miedo.

Por no valer,  el Ejército ni siquiera valía para impermeabilizar la frontera con Francia y cortar el paso a los grupos de terroristas que entraban por los senderos y caminos secundarios, mataban a un par de guardias y se regresaban a sus refugios en el país vecino. Algunos prebostes tuvieron la idea de establecer unos cordones de soldados al acecho en los pasos montañosos del País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. Parece que instruyeron a los soldados para que dispararan a todo lo que se movía si después de echar el alto se seguía moviendo. Y luego, cuando amanecía, aparecían caballos, vacas, cabras, ovejas y algún lobo muerto.

Ya debían llevar una mortandad de reses bastante alta por ningún terrorista muerto cuando, una tarde, escuchó Lucas una conversación profunda entre el general Ferrari y el coronel Laurel, que llegó acompañado de un comandante al que llamaban Ladra, según la cual, la impermeabilización fronteriza requería la aplicación de una tecnología novedosa, unas gafas de visión nocturna que hoy por hoy sólo podían proporcionarles los alemanes. “Los anteojos de infrarrojos son caros –le oyó decir al birria del general Ferrari–, pero a la larga salen más baratos que las vacas, y, además, ¡qué recogilondrios!, a ustedes les tocará un buen pellizco”.

Entonces no tuvo duda del origen del porcentaje del próximo maletín que podría recibir el general Ferrari. A los repelentes de pulgas y piojos y aquello que parecían medicinas se añadirían los beneficios de aquellas gafas de visión nocturna para cazar terroristas. Y eso sin contar lo que se derivase del proyecto de la búsqueda de petróleo en los montes Pirineos. Lucas se lo comentó a Raba y éste dijo: “¿Ves como roban, chico?” Y ambos renovaron su compromiso de intentar apoderarse del cartapacio que el germano con la cabeza de bola solía colocar a los pies del general. No era una empresa fácil, pero debían intentarlo.

–Rubia, si tú supieras que un individuo armado, un militar, pongo por caso, lleva unos documentos secretos en un maletín y yo te pidieran que se los quitases, pues se trata de una cuestión de vida o muerte, ¿qué harías para arrebatárselos?

La Rubia del Portugués se le quedó mirando un poco sorprendida y Lucas repitió más pausadamente la formulación. No tenía mucha imaginación, la Rubia.

–Bueno, yo supongo que eso es un trabajo de espía –dijo por fin.

–Supones bien: de Matahari; ahora métete en la piel de la espía y discurre la forma de apoderarte de los planes secretos del militar enemigo.

–¿Y eso por qué?

–Estoy haciendo un cuento y necesito una idea.

–Siendo así… Se me ocurre que yo lo camelo y tú aprovechas para quitarle los documentos secretos.

–¿Serías capaz de darle sexo?

–Si es un asunto de vida o muerte y el enemigo está bueno… Pero sin dejar que se propase, no vayas a creer que una…

–Por supuesto, Rubia, faltaría más…, aunque no sé cómo te las puedes ingeniar para llevar a un tío a la cama e impedir que se propase, máxime si va armado y le has ofrecido tu cosa.

–¡Qué ingenuo eres, chiquillo!

–Bueno, ya sé que las mujeres hacéis las camas y mandáis en ellas.

–En eso tienes razón; te voy a decir lo que haría yo: engancho al tipo y tú me sigues, me lo llevo a tomar una copa –determinadas cosas no se pueden hacer en frío, ala, aquí te pillo y aquí te manto–, le pongo una pastillita molida –una adormidera de las que tomo para descansar– y te aseguro que a los diez minutos, por muy fuerte y armado que esté, ese cae deshilachado en la cama y no hace más que roncar.

–Eres muy lista, Rubia. Por cierto, no me vendrían mal esas pastillas para dormir, que hay noches que cuanto más cansado estoy, peor duermo, salvo que…

–Salvo que te hagas una paja, ¿a que sí? –dijo ella guiñandole un ojo.

–Sobre todo, mental. ¿Cómo se llaman las pastillas esas?

La Rubia le dio la marca y él la apuntó en la hoja de cortesía de La Hélade, un librito de Jesús Mosterín sobre la cultura griega –también tenía que examinarse de griego–, y luego le dijo que Pericles tenía la cabeza en forma de pepino pero no inventó el gazpacho, sino la democracia, y estuvieron hablando sobre la política y el teatro griego, tan unidos la una al otro. Él dijo que la euthymia de Demócrito le parecía una buena actitud ante la vida, pues era algo así como la felicidad, y la Rubia dijo que eso no existe y que la felicidad de aquel Demócrito le parecía puro conformismo, pero aun así y todo, algún día deberían darse una vuelta por allí, o sea, por Atenas. Él asintió pro forma y ella advirtió que le daba la razón como a las tontas y afirmó: “En serio te lo digo”.

‘La verán mis ojos’ (XI): «Signos del acabose»

Placa a Peman en su casa  natal en Cadiz
Placa a Peman en su casa natal en Cadiz

Por KEY GOOD

11.–Signos del acabose

El librero Nequin seguía leyendo los periódicos entre líneas, buscando los signos de la decadencia del régimen. Aunque Lucas ya estaba curado de sus extrapolaciones era posible que la racha de decesos de los prebostes indicase algo más que la decrepitud de los órganos vitales y afectase a los organismos. Un día salió la noticia de que el poeta del régimen don José María Pemán y Pemartín se había caído en el teatro romano de Mérida. No se volvió a levantar. Era autor de la letra del himno nacional, un hombre muy católico que amaba el dinero sobre todas las cosas. Los creyentes lamentaron mucho su pérdida, pues había escrito una obra muy representada y representativa del alma nacional, según decían, que se titulaba El divino impaciente. La gente, que evitaba hablar de política y sabía que las ideas políticas estaban prohibidas, se refugiaba en la anécdota y la hilaridad por cuenta de los santones del régimen. Decían que iba Pericón de Cadiz paseando con Patojo y en esas vieron a unos obreros que colocaban una placa en el muro de piedra de un edificio. Se pararon a leer: «En esta casa nació el 8 de mayo de 1897 el insigne poeta José María Pemán y Pemartín, cantor excelso de la raza hispana». Y Patojo no se pudo resistir:

–Quiyo, cuando yo me muera, ¿qué van a poner en mi casa?

–Se vende –le contestó Pericón.

Más todavía lamentaron los católicos el deceso del prelado José María Escribá de Balaguer y Albas, un hombre que encabezaba una secta religiosa con tentáculos en cincuenta países del mundo. Decían que era un santo, que hacía milagros, y lo querían elevar rápidamente a los altares. Decían que hasta en el acto de palmar demostró su santidad, pues el señor Portillo –secretario y sucesor– declaró que había pedido a Dios morirse sin dar la lata, y Dios se lo concedió:  murió de repente.

El dictador PTC decretó luto oficial por la pérdida de Escribá. Se celebraron misas cantadas y se rezaron rosarios y trisagios por su alma. Miles de sectarios se desplazaron al Vaticano para asistir al funeral del prelado. Algunos que volvían en avión, publicaron un artículo en un diario de la tarde llamando “hijo de puta, excremento de cabra, sudor de prostituta, aspirante a buitre enfermo, puerca rata de alcantarilla pestilente…” al “mal nacido” que llamó por teléfono al aeropuerto romano de Fiumicino avisando de que había colocado una bomba en el aparato que acababa de despegar hacia Madrid. El avión regresó, lo revisaron de arriba abajo, registraron todas las maletas y equipajes de mano y no encontraron bomba alguna. Pero el enfado de los seguidores del prelado estalló como un huevo podrido y fue tan difundido que casi toda la nación se enteró de que no aguantaban una broma ni deseaban acompañar al santo a su celeste destino.

En aquella racha de defunciones se registró la de un intelectual faccioso –si tal contradicción es posible– que se arrepintió después y vivió en el ostracismo. Se llamaba Dionisio Ridruejo. Su entierro congregó en el cementerio a una pléyade de escritores, pensadores e intelectuales que habían estado al servicio del régimen dictatorial como cantores y palmeros de sus excelencias. Ahora, inopinadamente, manifestaban su disgusto y desafección con la obra del dictador Patascortas y su tropa encargada de mantener a raya a la nación. Uno de aquellos intelectuales, “el más fantoche”, según don Nequin, que había actuado de chivato y censor a sueldo del régimen, pronunció una sentida dolora a pie de tumba sobre la “dignidad del error”.

“¡Habráse visto, el muy cínico!”, exclamó el librero cuando leyó la noticia. Y ya se sabe que los cínicos eran una escuela filosófica de la antigua Grecia cuyos seguidores orinaban en público sin la menor vergüenza.

No obstante, la reivindicación de la dignidad por parte de aquellos intelectuales a los que se atribuía más intelecto sin que a los trabajadores manuales se atribuyesen más manos, le parecía a don Nequin un signo claro de que ya barruntaban el principio del fin del régimen. “Como tantos accidentalistas, también esos se apresuran a cambiar de chaqueta”, decía don Nequin.

Lucas no sabía si el librero estaba en lo cierto, pero lo cierto era que cada vez menos individuos importantes comulgaban con el régimen y que el despliegue censor y represivo del dictador PTC aumentaba a medida que crecía la contestación. “A más policía en las calles, en los tajos y en los campus universitarios, mayor debilidad del régimen”, afirmaba el librero.

Una tarde, don Nequin abordó a Lucas mostrándo una amplia sonrisa de satisfacción en su regordete rostro. “¿Así que no vendrá la República, eh? Pues mira, lee esto”. Y le tendió un ejemplar de un periódico de la tarde. Lucas leyó. Era un sondeo político, el primero que la prensa española publicaba en cuarenta años. Bajo el título Los españoles ante la política, el texto decía: “Ahora que se han aprobado las asociaciones políticas, el 2,8 por cien de los españoles opina que la situación va a cambiar mucho, el 9,4 que va a cambiar bastante, el 11,8 que poco y el 20,7 que no va a cambiar nada. Un 23,4 por ciento de los encuestados en Madrid opina que la situación va a cambiar poco y un 24,2 que no va a cambiar nada. Y de los preguntados en Barcelona, un 31,3 por cien dice que las asociaciones políticas no van a cambiar nada. Del conjunto de los consultados, el 54,2 por cien no sabe, no contesta”.

–Lo único claro es la mayoría silenciosa –dijo Lucas.

–Sigue leyendo –le indicó el librero.

“A la pregunta de qué ideología política tendría más aceptación en el supuesto de que estuvieran permitidas las ideologías, el 14 por cien dice que la demócrata cristiana, el 9,3 que la socialista, el 5,5 que la socialdemócrata, el 1,6 que la comunista, el 3,1 que la liberal y el 3,8 que la republicana”. A continuación levantó la cabeza y miró a don Nequin, que le observaba con expresión de suspense.

–¿Conque no vendrá la República, eh? –Se reafirmó.

–¿Usted cree que esta encuesta indica eso?

–Exactamente; suma y extrapola, muchacho.

–Lo único cierto es que la mayoría no sabe, no contesta.

–¡Lógico! Ya irán aprendiendo. Mientras tanto, las fuerzas republicanas aparecen muy por encima de las serviles.

–Tiene usted razón, pero la mayoría…

El librero giró sobre su eje para atender a un comprador y le dejó con la palabra en la boca. Estaba tan convencido de que la mayoría silenciosa no aceptaría una dictadura coronada que no había manera de persuadirle de lo contrario ni de convencerle de que renunciara a la apuesta.

Flotaba entonces en el ambiente una creencia generalizada de que el heredero era algo así como el hijo y continuador del dictador, y Lucas quiso averiguar la personalidad y el carácter de aquel príncipe del futuro. La tarea era difícil, pues las noticias que aparecían sobre él eran gráficas y telegráficas. Se le veía en aquellas fotonoticias disfrutando vacaciones en las islas Baleares, navegando a vela en el mar Mediterráneo, esquiando en Suiza y en las laderas pirenaicas. Se le veía junto al dictador, presidiendo desfiles militares, cenas de gala y recibiendo embajadores. En ocasiones, protagonizaba algunas inauguraciones de alto significado económico como la apertura de las minas de Aznalcollar, una localidad situada cuarenta kilómetros al noroeste de Sevilla, cuyos habitantes se quejaban de hambre desde los tiempos de los Reyes Católicos. Gracias a la inversión de unos señores muy serios que posaban en la foto junto al heredero, aquellas gentes iban a tener trabajo y a disfrutar de la gran riqueza mineral que albergaba el subsuelo. Sus benefactores eran el presidente del Banco Central, don Alfonso Escámez, y el representante de la multinacional Bolidén, don Enrique Dupuy, que se disponían a invertir diez mil millones de pesetas para que unos mil obreros sacaran del fondo de la tierra doce mil ochocientas sesenta y nueve toneladas de cobre-metal, veintiuna mil cuarenta y tres toneladas de plomo y cuarenta y nueve mil doscientas catorce de cinc cada año. Aquellos señores lo tenían todo calculado.

El heredero aparecía también en las recepciones a los pocos dignatarios extranjeros que visitaban Ursaría. A veces hacía viajes promocionales y, como su abuelo Alfonso XIII, llegó a visitar las Urdes. Igual que entonces, los lugareños de la comarca más pobre de España le acogían con vivas y aplausos, los mismos vítores que los supervivientes recordaban haber dedicado a su abuelo. Él les saludaba con la mano en alto y no les prometía nada.

¿Qué podía prometer si, como observó Raba, el dictador acababa de remitir una carta al congreso de los emigrantes en América, que se celebraba en Caracas, pidiéndoles que no volvieran porque todavía no se daban las condiciones en España para disfrutar de una vida digna?

El heredero y su vigorosa esposa griega, de sonrisa bien elaborada, saludaban a las monjitas, elevaban en brazos a los niños de pecho, recibían hermosos ramos de flores, se asomaban a los balcones consistoriales y proseguían su gira promocional por la plural y atormentada geografía de España.

También visitaba cuarteles, el heredero. E inspeccionaba regimientos militares o presidía funerales por los oficiales de la Fuerza Aérea que caían como moscas en unas avionetas Piper que eran una mierda. Y asimismo dirigía las maniobras Rebeco en los montes Pirineos, al objeto de intimidar a los franceses para que no se pasaran de la raya.

El heredero también protegía los intereses nacionales o, al menos, eso deducía Lucas de la lectura de las informaciones sobre sus viajes a Marruecos para resolver unos problemas sobre la propiedad de unos fosfatos que se extraían en la provincia del Sahara, y a Persia para obtener suministros de petróleo, aquel líquido espeso que llamaban “oro negro” porque se había puesto carísimo a pesar de que la extracción era sencilla y no requería grandes masas de obreros que pudieran hacer huelgas revolucionarias como en Asturias.

Otras actividades realizaba el heredero. Pero todas, absolutamente todas cuantas la prensa reflejaba eran mudas, pues el heredero nunca  hablaba. Y si no hablaba, mal se podía saber lo que pensaba o si pensaba siquiera. “Se nota a la legua que no tiene permiso para hablar”, le dijo una vez Raba. Y tenía razón, siempre la tenía. Ni siquiera alzó la voz cuando el dictador PTC acusó a su padre, el navegante don Juan, de andar conspirando en compañía de elementos de ideología e intenciones democráticas y le expulsó por decreto de la isla de Mallorca y le prohibió volver a navegar por las aguas jurisdiccionales españolas.

Si el heredero no era hijo del dictador, lo parecía. Pero aun siendo una incógnita y por muy adoctrinado que estuviese por su mentor, no podía ser peor, sino mejor que él. Eso suponía Lucas. Y don Nequin respetaba su opinión, pero le advertía: “Ya verás, ya, cuando empiece a borbonear”.

‘La verán mis ojos’ (X)

Visita de Gerard Ford al dictador
Visita de Gerard Ford al dictador

Por KEY GOOD

10.–La ambición de don Pipo        

En el funeral por el almirante volado ocurrió algo que centró la atención de Lucas durante un tiempo. El apoderado de toreros don Pipo acudió al oficio como un representante más de las fuerzas vivas y de la calidad profesional de la nación. Después del oficio religioso tuvo el privilegio de poder saludar al vicepresidente de los Estados Unidos, don Gerard Ford, y, al parecer, de intercambiar dos frases con él mediante un traductor, con un resultado físico e intelectual tan insólito como inesperado, pues la breve conversación con aquel hombre poderosísimo le abrió los ojos sobre un negocio interesantísimo: la exportación de la fiesta nacional a los Estados Unidos, donde ya existían clubs de aficionados a la tauromaquia en ciudades como Nueva York y Chicago.

Según don Pipo, aquel don Gerardo se interesó muy vivamente por la lidia y, según coligió de sus palabras, se comprometió sinceramente a respaldar la organización de festejos taurinos en su gran país, lo que equivalía a poder celebrar corridas de toros en las grandes capitales, Washington, Nueva York, San Francisco, Los Ángeles…, de costa a costa. Aquello iba a ser una empresa formidable, exitosa y rentable. Claro que para acometerla, para exportar corridas de toros y celebrar festejos, necesitaba socios, dinero, cunquibus…

Los contertulios con posibles observaban el entusiasmo de don Pipo con un escepticismo propio de Sexto Empírico y evitaban entrar al trapo. Pronto el orondo apoderado comenzó a estudiar el lenguaje de los yanquis, esa lengua que se mastica, y cuando llegaba a La Campana y se quitaba el sombrero, invariablemente se le caía el pequeño diccionario de inglés que llevaba encima de la cabeza. Él lo recogía y leía alguna palabra de la página por la que había caído abierto. Su método de aprender aquel idioma provocaba la hilaridad mal disimulada de los contertulios. Pero a don Pipo, tanto le daba. Con un entusiasmo a prueba de dudas proclamaba que la publicidad y promoción de los festejos taurinos vendría dada por la promesa de don Gerardo de recibirle en la Casa Blanca junto a uno de sus más afamados y acreditados pupilos, Manuel Benítez, El Cordobés. La visita saldría en todos los periódicos y televisiones y serviría de reclamo publicitario para la organización de los primeros festejos en el corazón del imperio, Washington.

En la gran explanada, junto a los museos, al pie del Obelisco o en alguno de los grandes espacios verdes que allí había, y previo permiso de la municipalidad, instalarían una gran plaza de todos portátil, la primera de una sucesión de grandes carpas taurinas que se irían extendiendo hacia Virginia y hacia Nueva York. Y también hacia el interior y por la Costa Este. La empresa iba a ser enorme, formidable y muy próspera, y representaba una oportunidad única, extraordinaria, para los ganaderos y toreros españoles. La aventura requería una inversión inicial que él se comprometía a devolver con creces, es decir, con una gran rentabilidad, al término de la primera temporada.

Lalanda y don Juan, que tenían millones, le escuchaban sin conmoverse ni ofrecer signo alguno de querer participar en el negocio de don Pipo. Pero el trajeado apoderado no se desanimaba e insistía en que con el aval de aquel hombre, al que con familiaridad llamaba don Gerardo, tenían todas las puertas abiertas y les ofrecía la oportunidad de forrarse si le ayudaban a implantar la fiesta nacional en el extenso y extraordinario país.

Iban pasando los días y el diestro Lalanda y el sastre don Juan no se animaban a poner unos milloncejos en el proyecto. El entusiasmo de don Pipo se desbordó cuando, de la noche a la mañana, aquel don Gerardo se convirtió en presidente de los Estados Unidos en sustitución de Richard Nixón, al que llamaban “el presidente de acero”. Las mentiras y trampas electorales, el Watergate, obligaron a aquel golfo a dejar el cargo. Aquello era extraordinario. Don Gerardo ya no era vicepresidente, sino presidente. Don Pipo se sentía feliz y animaba a Lalanda y a don Juan a que arriesgaran unos duros y participaran en el negocio.

Pero tanto el diestro como el sastre de toreros no acababan de ver claro el asunto. Además, barruntaban que aquel don Gerardo iba a durar poco. Las noticias que llegaban eran inquietantes. Un día, una hippie desmadrada que se llamaba Lynnette Fromme le quiso matar y si no lo logró fue porque la pistola con la que le tuvo a tiro estaba enmohecida. Pocos días después, una izquierdista chiflada que se llamaba Sarah Moore intentó matarlo, también con una pistola y también en Sacramento (California). “No hay duda, Pipo, de que un día de estos le administran la extremaunción”, comentó el diestro Lalanda.

El doctor Lago razonó que si aquel don Gerardo tenía que apelar a aquellos atentados con pistolas averiadas debía ser para que la gente se fijara en él y le escuchara, de donde colegía que no era tan popular ni tan buen promotor como sostenía don Pipo.

La confirmación de que don Gerardo era un tipo olvidadizo y sin palabra se produjo el día que pasó por Ursaría camino de Austria. Llegó al mediodía, mantuvo varias entrevistas y fue agasajado por el dictador PTC con una cena de gala en el Palacio de Oriente. Al ágape asistieron altos representantes del régimen en traje de pingüinos junto con algunas personas del agrado de don Gerardo. Don Pipo no fue avisado ni invitado por la embajada. “Así que un hombre de palabra, ya, ya, Pipo”, ironizó el doctor Lago.

Don Pipo replicó: “Comprendan ustedes que don Gerardo no puede estar en cada detalle; desde la embajada me han asegurado que mantiene su interés por la fiesta nacional y que no olvida su promesa de concedernos audiencia y promocionarla allá”. Y luego, para que los contertulios vieran que si no se había reunido con él en Madrid para fijar el prometido encuentro en la Casa Blanca, les leyó la apretada agenda presidencial que reflejaron los periódicos y que demostraba la premura de la visita: “Apenas llegó al palacete de La Moncloa, acompañado por Henry Kinsinger, mantuvo seis entrevistas de altura, pronunció dos discursos, acudió a la cena de gala, descansó seis horas, madrugó para ir a misa a Las Salesas Reales pese a ser protestante, y luego salió volando hacia Salzburgo (Austria). Ya comprenderán ustedes que no dispuso de un minuto para hablar de toros conmigo”.

Pasaba el tiempo y el apoderado y potencial exportador de corridas de toros a los Estados Unidos mantenía su entusiasmo y seguía estudiando palabras inglesas y animando a Lalanda y a don Juan a que pusieran dinero en el proyecto. El matador jubilado y el sastre de toreros daban muestras de cansancio por la tabarra de don Pipo. Una tarde, Lalanda le dijo: “Mira, Pipo, yo tengo todo el dinero metido en La Salceda y no puedo gastar un duro en ese plan tuyo. Pero aunque pudiera, no lo haría porque toros, lo que se dice toros, en los Estados Unidos, pues no Pipo”.

Y acto seguido argumentó que la idiosincrasia de aquel país no era taurina, pues salvo honrosas excepciones como la de Ernest Hemingway, que era el menos estadounidense de todos los estadounidenses, aquellos merluzos carecían de entendederas para la lidia. Nada más había que leer la biografía de Juan Belmonte que le escribió Manuel Chaves Nogales allí donde contaba su experiencia con un periodista de Washington que acudió a entrevistarle. Lucas buscó y encontró el libro de Nogales en la caseta de Nequin. En efecto, Belmonte, que no medía más de metro sesenta y era endeble y flaco, recibió al periodista que acudió a entrevistarle para un diario de Washington. El periodista le miró con desconfianza. Belmonte se mosqueó. El periodista preguntó al traductor: “¿Está usted seguro de que éste es la figura del toreo?” El intérprete asintió y el periodista volvió a mirar a Belmonte de arriba abajo y preguntó de nuevo al traductor: “¿Pero está seguro de que es el rey del toreo?” Belmonte se mosqueó y, dirigiéndose al traductor, le ordenó: “Dígale a ese tío que sí, que soy el rey del toreo y que haga el favor de dejar de mirarme; y dígale también que los toros no se matan a puñetazos y que se largue”.

El sastre don Juan revistió los argumentos de Lalanda sobre la incapacidad de los estadounidenses de comprender el diálogo entre la inteligencia y la muerte con un suceso que le apenaba personalmente y le llevaba a pensar que aquella gente ni siquiera era capaz de apreciar la belleza del vestido de torear. Y para que don Pipo entendiera las razones por las que no iba a aportar un duro al negocio, le refirió lo sucedido con un tal William McLaren, un torero norteamericano que se hacía llamar El Atrevido. Aquel MacLaren salió anunciando la transformación de las anquilosadas estructuras del toreo y pregonó que su método revolucionario le iba a reportar en una sola tarde una bolsa equivalente a la que pudiera llenar en un mes la máxima figura del toreo. Había una expectación enorme por conocer en qué consistían los métodos revolucionarios de aquel MacLaren. Y entonces aquel toreador estadounidense, El Atrevido, compareció en la hermosa plaza colombiana de Cañaveralejo, entre Cali y Cauca, y dejó al descubierto el método propiamente dicho: había llenado el vestido de torear con anuncios recosidos de licores, tabacos, ferreterías, almacenes y comercios de ultramarinos.

“Comprenderá usted, Pipo, que con gente que no respeta ni el vestido de torear no se va uno a jugar los cuartos”, argumentó el sastre don Juan. “Por cierto que el primer toro le arreó una paliza descomunal, y se lo llevaron aturdido, machacado y perniquebrado a la enfermería. Menos mal”, remató don Juan su argumentación contraria al proyecto del entusiasta don Pipo. Solo Molina consideraba interesante la aventura, pero su alianza carecía de valor, pues el banderillero sobrevivía del Montepío y sólo valía para nacer donde le diera la gana.

Transcurrió el tiempo sin que don Pipo, con su diccionario bajo el sombrero, hubiera recibido notificación alguna de la embajada para ir a Washington a hablar con don Gerardo. Pero el apoderado no se desanimaba. En la tertulia de los señores taurinos hablaba de sus gestiones apalabrando créditos, toreros, transporte, infraestructura, ganado… El proyecto iba viento en popa, aseguraba.

Así estaban las cosas cuando, inopinadamente, un día la prensa matinal madrileña publicó una fotografía en la que aparecía el presidente Gerard Ford, el don Gerardo de don Pipo, con el Cordobés en la puerta de la Casa Blanca. El ágil torero de cara rasgada y el torpe político de tez de corteza de abedul sonreían a las cámaras. En la fotografía no salía don Pipo.

Lucas comentó el hecho con Raba y el veterano camarero atribuyó la recepción de aquel don Ford al famoso torero español como un signo de que el mandatario imperial quería aparecer como un tío simpático a los ojos de los españoles.

–¿Y eso por qué?

–Porque quiere algo.

–¿Qué puede querer?

–Más, los norteamericanos siempre quieren más, chico –repuso Raba.

Don Pipo no volvió a aparecer por la tertulia de los señores taurinos y Raba dijo: “La vida es eso, chico, gente que vemos y que dejamos de ver”.

‘La verán mis ojos’ (IX): «Perdices y lágrimas»

Perdiz roja. Foto: Mariano Fernández
Perdiz roja. Foto: Mariano Fernández

Por KEY GOOD

9.–Perdices y lágrimas

El día de la voladura, Lucas acudió a almorzar a casa del librero Nequin. Su esposa, doña Luisa, era una mujer amabilísima, de pelo blanco y ademanes armónicos, que sonreía con todas las arrugas de su cara. Le recibió como si le conociera de toda la vida y se interesó por cómo le iba la vida en Ursaría. Era bastante más alta y debió de ser mejor moza que el tornillo Nequin. Su forma de expresarse le reveló que estaba ante una mujer culta, con criterio propio y opiniones razonadas sobre asuntos políticos, literarios, artísticos… Comieron en un salón grande que tenía tres balcones a la calle de Víctor Pradera, casi esquina con la plaza de España, y un piano abierto con una partitura junto a la pared del fondo. Doña Luisa parecía congratularse de que siendo tan joven fuese amigo de un hombre tan viejo como su marido. Cuando le dijo que le conoció como a tanta gente, de casualidad, Nequin le interrumpió y le reveló la apuesta que se traían. Ella no profirió el menor reproche hacia su marido por no haberla informado antes y dedicó a Lucas una sonrisa de aquiescencia antes de ponerse de su lado en lo atinente a la puja. Nequin refunfuñó, insistió en que sus ojos verían la República y descorchó una botella de cava para brindar por el acabose, es decir, “porque esto se acabe”.

Una señora como de cincuenta años, de voz cantarina, llamada doña Carmen, sirvió la sopa y se sentó a la mesa. En un momento de la conversación, Lucas agradeció a Nequin la llamada y el consejo de que tuviera cuidado, pues, en efecto, los afectos a la dictadura de Patascortas parecían muy soliviantados. Cuando les relató el incidente entre el electricista Olegario y el capitán Orejas, doña Luisa le felicitó: “Ya puedes decir que has salvado la vida de una persona, y a los que salvan vidas se les llama héroes”. Eso le dijo. Lucas consideró que no era para tanto y Nequin y la criada doña Carmen dijeron que doña Luisa tenía razón. El camarero, un poco abrumado por los elogios y el brindis que de inmediato propuso don Nequin, acertó a argumentar que la categoría de héroe queda para las mitologías y tenía entendido que a los carnales sólo se aplica si mueren. Mas, don Nequin insistió y volvió a alzar la copa: “¡Larga vida al héroe!”

Doña Luisa y doña Carmen se seguían riendo de la elaborada descripción de Lucas sobre el intento del capitán Orejas, aquella mole obcecada y embrutecida, rociada de vino por dentro y por fuera, de perseguir al electricista Olegario cuando le oyó cantar la famosa frase del himno de los borrachos: “Y en España empieza a amanecer”. Y entonces, Lucas dijo con gran seriedad que también creía haber salvado de un golpe mortal de necesidad a un maestro que llamaban don Filis.

–¿No me digas? –Se extrañó doña Luisa.

–Como lo oye –afirmó Lucas.

–Cuenta, cuenta –pidió doña Carmen.

–No se yo si estando comiendo…

–No importa.

–Es que esta merluza tan rica…

–¡Adelante, muchacho! –Exclamó Nequin.

–Fue algo bastante asqueroso –advirtió Lucas.

–¡Adelante muchacho! –Insistió el librero–, aquí nadie hace ascos.

–Bueno, en realidad –dijo Lucas– no fui yo sino una cucaracha la que salvó la vida al Filis. Una mañana, cuando iba a la escuela, sentí un bulto en la planta del pie. Aunque supuse que era una cuca de las que se metían por la noche en mis zapatillas, no me paré a sacarla y seguí corriendo porque ya iba tarde. Cuando entré en clase, don Tomás, que era el maestro de letras, ya había ordenado lectura, y estaban todos leyendo El Quijote como cada mañana.  Bueno, en realidad, uno leía en voz alta y los demás le seguían. Entré, me senté, saqué el libro del pupitre, un compañero me indicó por donde iban, y empecé a desatarme la alpargata para quitarme aquel bicho destripado de debajo. En esas, don Tomás dijo: “Sigue, Lucas”. Yo repetí la última frase del que leía en voz alta. No se me olvida: “Non fuyades, cobardes”. Me había perdido y no encontraba la línea. Repetí más despacio: “Non… fu-ya-des-co-bar-des…” Seguía sin encontrarla. “Ni fu ni fa, ahí de rodillas”, me ordenó don Tomás, señalando el lugar habitual a un lado de la tarima, junto a la pizarra. Poco después entró el Filis, que era hijo de don Tomás y nos daba Aritmética y Geometría, y éste se marchó sin levantarme el castigo. Don Filis era un hombre muy desgarbado y muy blanco, más blanco que esta merluza. En realidad tenía mirada de loco y ojos de merluzo. A los cinco minutos comenzó a temblar y hacer gestos espasmódicos. “¡El ataque, el ataque!” Una o dos veces por mes sufría un ataque epiléptico. Algunos chavales salieron corriendo a llamar a don Tomás, que estaba en la clase de los mayores y acudía a toda prisa a socorrerle, metiéndole un pañuelo en la boca para que no se comiera la lengua y dándole a oler un fraquisto hasta que se calmaba. Aquella vez, al pobre Filis, que ya he dicho que era muy alto, se le aflojaron las ancas, se tambaleó, se cayó y se habría desnucado contra el radiador de hierro de la calefacción si no hubiera sido porque yo, allí de rodillas, vi que se derrumbaba y le paré el golpe, dejándole sentado en el suelo. Pero que conste que no fui yo, sino aquella cuca la que le salvó la vida.

El almuerzo con el librero, su compañera y doña Carmen le resultó agradable y nutritivo. Doña Luisa era farmacéutica jubilada y le regaló una crema para que se curase las manos, agrietadas entre los dedos por efecto del agua fría de lavar los vasos, y le invitó a volver y le dijo que allí tenía su casa. Y luego, don Nequin le dio varias cartas aviónicas para sus amigos del extranjero y le pidió que le hiciera el favor de acercarse a Cibeles y echarlas al buzón del correo aéreo. En la calle lloviznaba, hacía frío. Mal día para los viejos y los pájaros. La encrucijada de Callao estaba infectada de policías armados. Lucas siguió por la Gran Vía y bajó por Alcalá hacia el palacio de Comunicaciones. Depositó las cartas y subió hacia la Puerta del Sol. El ulular de las sirenas policiales atronaba la ciudad. Los policías andaban como aventados, buscando a los autores del atentado contra el jefe del Gobierno. En Sol, los coches policiales entraban y salían a toda prisa por el portón del edificio de Gobernación. Los grises arreaban con sus porras a las gentes que se paraban a otear en las inmediaciones. “¡Circulen, leche, circulen!”, gritaban nerviosos. No se les podía mirar, a los grises; si se les miraba fijamente, se enfadaban, te exigían la documentación y si no les gustaba tu cara eran capaces de arrestarte por desobediencia y desacato. Eran más susceptibles y peligrosos que los toros bravos, aquellos grises.

Al cruzar la Puerta del Sol vio venir a lo lejos un furgón policial de los que llamaban canguro con gran estrépito de chicharras y se paró a observar ante una hilera de loteras apostadas en sus sillas plegables junto a la pared que cacareaban su mercancía: “¡El número de la suerte para Navidad! ¡Lotería para Navidad!”. A través de los cristales recubiertos con mallas de alambre contra las pedradas observó que llevaba muchas cabezas. Eran cabezas de detenidos. “Han debido hacer una buena redada”, dijo a la lotera que tenía al lado. “Esos rojos del mil uno… A ver si acaban con todos”, contestó ella.

La Campana estaba en silencio. Los pocos parroquianos que ocupaban las mesas murmuraban sus charlas como rezos. La enormidad del atentado contra el jefe del Gobierno aconsejaba hablar poco y en voz baja. Las autoridades habían decretado luto oficial y desatado una ola de detenciones contra los comunistas, a los que genéricamente atribuían la enormidad de la salvajada.

Leonardo Rabadán o Raba comentó que había “sentido” por la radio la orden del jefe de la Guardia Civil de tirar a matar contra cualquiera que desobedeciera el alto, pues cualquiera podía ser sospechoso. “Parece que ha empezado la caza de brujas, así que cuidado y punto en boca, chico”.

Horas después, un grupo de encapuchados de una banda terrorista vasca comunicó desde el otro lado de la frontera con Francia que habían sido ellos y no los comunistas quienes habían apiolado al almirante jefe del Gobierno. No querían que nadie se confundiera ni les arrebatara la medalla de haberle hecho volar por los aires. Raba respiró aliviado, pues aunque no era comunista se hallaba fichado por haber estado en Cuba.

El funeral por el alma del finado se celebró en la iglesia de los Jerónimos. Acudieron muchísimas autoridades. Lucas y Raba comentaron las fotografías que publicaron los periódicos. En una aparecía un viejo enclenque llorando y tratando de consolar a una mujer de negro. Era el dictador PTC. A primera vista parecía acabado. La mujer era la viuda del fallecido, una dama benemérita de la que decían que había hecho mucho bien a España, suspendido revistas, censurado muchas obras, cancelado teatros y prohibido la prostitución.

Al lado del dictador se veía a una mujer de rostro cerúleo que prolongaba su huesuda estatura con una peineta cubierta con un velo negro. Era la esposa del dictador Patascortas. Junto a ellos se veía a unos tipos gruesos, calvos, muy serios, con papadas desbordadas sobre los cuellos duros de sus camisas. Eran ministros y representantes del orden institucional. Y detrás de ellos aparecía en segundo plano la figura borrosa de una pareja. Se trataba del príncipe designado por el dictador para que le sucediera en la jefatura del Estado y de su esposa, hija de unos reyes griegos destronados, a la que Lucas, por proceder de la Atenas de Pericles, atribuyó en una de sus discusiones con el testarudo Nequin un cierto conocimiento de la democracia.

–Impresiona, chico –dijo Raba al ver la foto del dictador llorando, pues nunca se le había visto llorar en público.

–Parece acabado –observó Lucas.

Raba dudó.

–¿Crees que durará mucho?

–Qué se yo, chico.

–¿Cuánto le echas?

–Demasiado; date cuenta que esa gente no trabaja, no se gasta, y ese tío se pasa el día al aire libre, cazando, pescando y realizando ejercicio…

Era posible que Raba tuviera razón, siempre la tenía; de hecho, se comentaba que el dictador generalísimo estaba configurado para vivir un siglo.

Sin embargo, después de las fiestas navideñas, Lucas captó una conversación en la mesa de los señores milicos de la que dedujo el declive del PTC, pues el general Ferrari lamentaba entre recogilondrios que su Excelencia hubiera perdido el gusto por la caza y que aquel año no hubiese acudido a pasar la Noche Vieja en Arroyovil. Su Excelencia solía acudir a aquel cortijo de la provincia de Jaén para despedir el año con la familia y algunos amigos. Después de cenar y de brindar por el porvenir se acostaba pronto a descansar, pues le gustaba madrugar para salir al día siguiente a cazar la perdiz roja. No pocas veces le había acompañado el general Ferrari en aquella placentera excursión de año nuevo, pero en esta ocasión su Excelencia había suspendido la cacería y aquello le parecía a él muy mala señal.

Raba dijo que los comentarios del general milagro eran una majadería y que si el dictador había renunciado a darle gusto al gatillo y no empezaba el año disparando al rojo –en este caso, a la perdiz roja– era por causa del mal tiempo y las preocupaciones palatinas.

–¿Crees que puede con la escopeta?

–Nos ha jodido si puede.

Cuando Lucas comentó a Nequin el producto de sus observaciones sobre la pérdida del gusto por el gatillo que el general Ferrari atribuía al dictador, el librero se rascó la cabeza bajo la boina y se rió. A continuación le invitó a pasar a la caseta y le informó del barullo dinástico que se traían el PTC y su familia. Al parecer, los familiares y amigos de conveniencia del dictador aprovechaban aquellas cenas de Noche Vieja en Arroyovil para animarle a modificar el plan sucesorio, de manera que en vez de mantener como heredero de la Corona de España al rubio Juan Carlos, hijo del tercer vástago de Alfonso XIII, Juan de Borbón, lo sustituyera por su primo carnal don Alfonso de Borbón Dampierre, que por algo se había casado con su nieta Carmencita. Los familiares querían que el dictador instituyese la dinastía de los Borbón-Franco para acceder de ese modo a la Corona de España. Por lo visto, no les bastaba con mandar y querían reinar por los siglos de los siglos. Pero el dictador no era un tonto, sino un político calculador, y en la administración de su infinita crueldad no se atrevió a asestar otra puñalada trapera a los monárquicos de la línea sucesoria directa. Según don Nequin, su renuncia a cazar la perdiz roja en fecha tan señalada no obedecía más que al deseo de que aquellos pájaros no le levantaran más dolores de cabeza.