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¿Quién ultimó a Yiyi?

NOVELA
Luis Díez

ludial.diez87@gmail.com

Nota biográfica del autor

Periodista. Doctor en Periodismo por la Universidad Complutense. Corresponsal político en Madrid de Diario de Barcelona y El Periódico de Cataluña desde mediados de los años ochenta hasta 2006. Ha impartido las asignaturas de Periodismo Político, Géneros de Opinión y Periodismo de Investigación desde 2009 hasta el curso académico 2018-19 en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Camilo José Cela de Madrid. Autor de varios libros de historia, periodismo y de la novela El cazador de rayos.

Nota bibliográfica

La esquina de dos siglos (El Madrid de 1898). Primer premio de ensayo de la Comunidad de Madrid en1998.

El cazador de rayos (Novela) (2003). Pontevedra: Litoral das Rias.

La Batalla del Jarama (2005). Madrid: Oberon-Anaya.

Bayo, el general que adiestró a la guerrilla de Castro y el Che, (2008). Barcelona: Debate.

Caso Yenken, el último crimen de Hitler en España (2009). Madrid. Raíces.

El exilio periodístico español de 1939 (2010). Cádiz: Quórum.

Símbolos, lemas y metáforas del poder. Con Eva Aladro (2010). Madrid. Univérsitas.

Las cloacas de la Transción (2011). Madrid: Espasa

¡Jugad, jugad, malditos! La epidemia del juego en España: ludópatas y capos del azar (2020). Con Daniel Díez Carpintero. Madrid: Akal.

Advertencia del autor

El contenido, las situaciones y los personajes de este relato son ficticios, de modo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, ajena a la voluntad del escribiente.

UNO

¿Quién querría tan mal a Roberto Yiyi Jiménez Ochoa para ordenar que lo ultimasen? La pregunta del inspector Tilo Dátil tiene difícil respuesta. Cuatro horas de observaciones y conversaciones sobre el terreno han resultado infructuosas. Ni una señal, ni un indicio, nada a lo que agarrarse para comenzar a despejar la interrogación; patadas en vano sobre el jodido clavo de la planta del pie.

Pide al taxista que lo deposite en la confluencia de la calle O`Donnell con Menéndez Pelayo. Necesita orearse y hacer una composición de lugar antes de reportar sus impresiones al supercomisario Veguellina, al que considera demasiado permeable a todo lo que baja de arriba e impermeable a lo que sube de abajo, lo que vulgarmente se llama un pelota.

En vez de enfilar el sendero de tierra del Retiro hacia la comisaría, decide hacer una pausa en el Sanchís. Tiene la boca seca, y sin saliva no habla con fluidez. El veterano Manolo le sirve una cerveza y dos gambas cocidas de aperitivo. De buena gana se zamparía unas vieiras, aunque, visto el precio, se conforma con los crustáceos, agarra el vaso y el platillo y se encamina hacia el tonel de la puerta a fumar un cigarro.

En ese instante le sobreviene un reflejo mental, gira la cabeza hacia el expositor de las vieiras, las ostras, las zamburiñas, los bígaros… Se fija en el lecho de helechos. Le recuerda algo, un sabor, un paisaje, una situación… No sabe qué. Recorre con la mirada los moluscos, protegidos por el vidrio, pero no halla la sinapsis, la conexión. El reflejo se evapora.

La imagen de Yiyi, con el rostro destrozado por las balas, lo ocupaba todo. Tilo rebobina, rumia mentalmente: cinco balazos entre el pescuezo y la frente, Yiyi tendido en las baldosas de la cocina, la ventana abierta, dos mirlos revoloteando entre las ramas de los rosales y el madroño que columbraban la valla metálica del jardín. Es abril, primavera en flor, mal mes para morirse uno. Nadie quiere escribir epitafios en abril.

A Yiyi lo encontró pajarito su compañera Liana Yuste, periodista de televisión, muy guapa, digna de ver, bastante más joven que él. Por el amor no pasan los años. Lo halló tendido boca arriba, descalabrado, manando sangre, todavía en paños menores, cuando volvió de facturar al niño al autobús de la ruta escolar. Sorpresa, horror, angustia, incredulidad… Ninguna mujer espera que maten a su compañero a balazos tan temprano.

Pero en vez de salir corriendo a pedir auxilio a algún vecino, la bella Liana se desenvolvió por sí sola: llamó al Samur, avisó a la policía, cubrió el cuerpo de Yiyi con un albornoz de baño, la cara, con una toalla. Y se sentó a esperar. A Tilo le extrañó aquel temple, aquella autosuficiencia; cualquiera en su lugar habría supuesto la presencia de ladrones y huido despavorida. Una mujer con carácter, se dijo.

Él fue el primero en llegar. Liana le abrió la puerta del jardín por control remoto y nada más pasar a la casa musitó entre sollozos: “Me lo han matado”, y señaló a la cocina. Se asomó a la situación: el cuerpo de Yiyi sobre las baldosas, la ventana de par en par. Se inclinó sobre el finado, levantó la toalla, vio su cara destrozada por las balas. Se acercó a la ventana. Era evidente que le habían disparado desde allí arriba: la azotea del edificio cúbico del supermercado de enfrente. Unos trecientos metros, se dijo, calculando a ojo el espacio del aparcamiento vallado de aquel establecimiento, la calle con doble acera, el jardín y la casa.

Volvió junto a la mujer, trató de consolarla, le acarició el brazo, intentó reconfortarla y consiguió que se sentara. Acto seguido avisó a los colegas de la científica, al juzgado y a sus ayudantes Fabiola y Romanillos. También llamó al jefazo Veguellina, pero daba comunicando.

La mujer, acodada en la mesa de pino de la cocina, sollozaba con la cabeza inclinada y la cara tapada con las manos. Le acarició el hombro. “Le han disparado desde la terraza del supermercado”, le dijo. “Ha sido visto y no visto, ni se ha enterado, no ha sufrido”, añadió con afán de consolarla.

La mujer separó las manos de la cara, empapada por las lágrimas. Le pareció muy guapa, aunque menos de cómo salía por televisión. “¿Ha avisado a la familia?”, le preguntó. Ella dijo que no, que sólo había llamado al Samur y a la policía. “¿Quiere que llame a algún familiar?” La mujer negó con la cabeza y volvió a taparse la cara con las palmas de las manos. Mejor dejarla llorar, pensó. Echó una visual a la sala contigua: un salón de cien metros cuadrados, muebles caros, dos cuadros hiperrealistas de Carpintero, una tauromaquia de Anciones…

Sonó el timbre y acudió a abrir: un tipo espigado, de mediana edad, perfectamente trajeado que se identificó como Jordi, amigo de la familia, le entregó su tarjeta y se lanzó a abrazar a la viuda. “¡Compañera del alma, compañera!”, exclamó mientras se fundía con ella. Unos minutos después llegaron los sanitarios del servicio de urgencias, el Samur. “Está muerto, no toquen nada”, les indicó en voz baja.

Por suerte o por lo que fuera, el equipo del Samur traía una psicóloga que enseguida se hizo cargo de la viuda y la condujo al salón para consolarla. Tilo miró la tarjeta del amigo de la familia antes de guardarla en el bolsillo: Jordi Emula i Lucientes, director de comunicación, Real Casa. Y entre paréntesis (Delegado de Información para asuntos del Príncipe). ¡Por Júpiter que este Yiyi no es un cualquiera!

El alto cargo (traje azul claro, chaqueta cruzada con la insignia real de oro en la solapa) permaneció clavado, paralizado, ante el cadáver de Yiyi. Así estuvo dos o tres minutos (cabeza inclinada, brazos caídos, dedos abrochados a la altura de los testículos) hasta que llegaron

los agentes de la científica y comenzaron a hacer su trabajo, buscar huellas, tomar fotografías. Entonces giró sobre sus tacones y se dirigió al salón para estar con Liana.

A continuación llegó un ruidoso coche-patrulla con el comisario del distrito y dos agentes abordo. Tilo les informó de lo ocurrido. El comisario, un tipo joven, entendió la situación y agradeció que le quitaran el muerto de encima: tenía pocos efectivos y ningún criminólogo. La jefatura era consciente del déficit y por eso había pasado el aviso directamente a la central.

Aunque al comisario (zapatos brillantes y aspecto de vendedor del Corte Inglés) no le sonaba que el finado o su compañera hubieran denunciado amenazas, llamó por teléfono a la comisaría y ordenó que revisaran los archivos por si había algo sobre ellos. A cambio, pidió a Tilo que le mantuviera al corriente de la investigación. Él rebajó las expectativas del colega: “Ojalá me equivoque, amigo, pero estos crímenes por encargo van para largo”.

Desde el jardín telefoneó al ayudante Oliveras y le pidió que recabase todos los datos posibles sobre el finado y su pareja. “Ya sabes, familia, propiedades, estudios, amigos, aficiones, lugares de residencia, cuentas bancarias… Todo. Cuando llegue el juez, te paso su nombre y el número del juzgado para que prepares las solicitudes de intervenciones telefónicas”.

El pequeño Oliveras (metro y medio de alto, con calzas) tomó nota y le aseguró que se ponía manos a la obra. Era un tipo eficaz, políglota, erudito, riguroso, detallista. Y poseía una memoria de elefante. Cuando se incorporó a la brigada, el gracioso Verdú se esmeró en ridiculizarle. Cada mañana, al llegar a la oficina, preguntaba: “¿Ha venido Elena?” Y Romanillos, conchabado, contestaba: “No”. Algunos les reían la gracia, es decir, la forma de llamar “elena-no” al pequeño Oliveras. Menudos cabrones.

Se despedía del elegante comisario cuando vibró el teléfono en el bolsillo superior de su chaqueta: el super al aparato. Había recibido su escueto mensaje sobre el suceso y pedía detalles. Le transmitió la identidad del muerto y la de su apenada esposa y le participó su primera y única conclusión: “Asesinato por encargo”. Veguellina clasificó al finado en la categoría B, lo que quería decir mucha dedicación y resultados inmediatos. “Un B es una putada, Tilo; tenme al corriente de cualquier novedad, por pequeña que sea”.

A Tilo le repateaba aquella división entre muertos de calidad y de menos calidad, según su nivel social; no sólo contravenía el principio constitucional de igualdad de todas las personas ante la ley, sino que negaba la igualación por obra y maldita gracia de la pelona. En teoría, todos los vivos y los muertos somos iguales, pero en la práctica (policial) no; había muertos A, de alto nivel; B, de buena condición; C, del común, y D, de desecho. La norma regía sin estar escrita e implicaba más medios en la investigación de unos crímenes que de otros.

La breve conversación con el impresionado Jordi le permitió saber que Yiyi Jiménez era amigo y subordinado suyo para las misiones gráficas sobre las actividades del príncipe heredero y su televisiva esposa: reportajes sobre recepciones, visitas, viajes y actos públicos de interés. Salvo que “era un gran tipo”, “una persona bondadosa, amable, educada, con buen talante” y que “no tenía enemigos, sólo amigas y amigos”, no consiguió sacarle más sobre el finado. Al despedirse junto al coche oficial con conductor, aquel Jordi, visiblemente consternado, le estrechó la mano y quedó a su disposición para lo que fuere menester con tal de aclarar el “atentado” y echar el guante a los autores.

Tilo da otro tiento a la cerveza. Duda.

–¿Dijo “atentado”? –Se pregunta en voz alta.

–Si, eso dijo –se contesta.

A saber por qué pronunció esa palabra. Tenía que haberle pedido cuenta y razón, pero le fallaron los reflejos. Cierto es que el lechuguino estaba ya con un pie en el estribo, y, por otra parte, consideración obliga: parecía conmocionado y deseoso de salir zumbando, acaso para llorar al amigo y subordinado.

Sigue rumiando: las primeras descripciones de los muchachos de la científica, dos agentes y una forense, corroboraban su conclusión sobre la trayectoria de los proyectiles. Yiyi se había acercado a la ventana, subido la persiana y abierto las láminas de cristal para orear la estancia. Tal vez se había asomado a ver a Liana y al niño trasponer la esquina de la calle. En ese instante, la ráfaga de fusil del francotirador que le acechaba desde la azotea del supermercado de enfrente le destrozó la cabeza.

Cinco balazos precisos, tal vez de un AK-47, un WA2000, un M14 o un HK con mira telescópica. El calibre 7,62×39 de la bala que le entró por el ojo izquierdo y le salió por la sien indicaba que el asesino empleó munición OTAN, reglamentada para los cuerpos militares y policiales. Nada de particular si tenemos en cuenta que esas balas se compran en cualquier armería y son comunes entre los profesionales del crimen.

Mientras preguntaba por teléfono al pequeño Oliveras las tarifas de los sicarios, aparecieron sus ayudantes Fabiola (la Larga) y Romanillos. Miró el reloj. “No por mucho madrugar amanece más temprano”, se apresuró a decir Fabiola. Eran las diez y cuarto de la mañana. Puesto que no se trataba de discutir sobre la densidad del tráfico en la llamada calle 30, les puso en antecedentes.

–Ajuste de cuentas –dijo Romanillos.

–Asunto de cuernos –opinó Fabiola.

–Aristóteles dijo: un burro voló, puede que si, puede que no, así que cada cual siga su intuición –les dijo.

Se repartieron la labor: Fabiola podía entenderse mejor con la afligida Liana y seguir la dirección de su olfato femenino y feminista, según el cual, todos los hombres son unos cabrones. Romanillos aplicaría su sagacidad a los signos domésticos del finado. Por su parte echaría una visual al lugar desde el que dispararon.

Acompañado de un agente de la científica, Tilo se dirigió al supermercado; hablaron con el encargado, con el jefe de la compañía de vigilancia de la instalación, subieron a la azotea, no hallaron casquillo o vaina alguna entre los cantos rodados que cubrían la tela asfáltica. El sicario era precavido. Sin embargo, había apartado algunas piedras de río para asentar bien los pies. El especialista en huellas observó con su lupa unas pequeñas motas de pintura oscura en el muro de cemento sobre el que el asesino apoyó el cañón del arma. De poco o nada servían, aunque confirmaban la posición exacta de la percusión.

Tilo Dátil habló con los cuatro mozos del almacén que de siete a nueve de la mañana recibían en el andén los camiones y furgonetas con la mercancía y se ocupaban de subirla y distribuirla por la tienda, una gran superficie en la primera planta. Pero ni el receptor de frutas y verduras ni el de pescado ni el de paquetería, lácteos y envasados, ni los que se ocupaban del pan y la carne vieron ni oyeron nada fuera de lo corriente ni, mucho menos, advirtieron la presencia de extraño alguno. De haberlo visto le habrían echado el alto. Lógico.

Tampoco los vendedores ni las cajeras (cuatro mujeres), que entraban a las nueve de la mañana, pudieron aportar ningún dato útil. Conocían a Yiyi y a Liana (más a él que a la periodista de televisión), pero más allá del saludo de cortesía y el cobro del importe de sus compras no habían mantenido conversación con ellos, lo que no quita para que se sintieran impresionados por el crimen.

Dos muchachas coincidieron en la descripción de Yiyi como un hombre apuesto, muy bien peinado, muy elegante. “Yo diría pulcro”, dijo una. “Hasta llevaba raya en el pantalón vaquero. Y los zapatos siempre relucientes. Me parece que entraba por los ascensores del aparcamiento, agarraba una cesta con ruedas, cogía la fruta, el pan, los lácteos, los metía en una bolsa roja de lunares blancos –de eso estoy segura–, pagaba y salía por aquellas puertas de cristal hacia la cafetería de enfrente. Casi siempre realizaba el mismo recorrido a la misma hora, sobre las diez de la mañana”.

El testimonio de la cajera era preciso, aunque Yiyi realizaba el recorrido contrario: primero tomaba café en La Senda de Omaña y después cruzaba la calle, entraba al supermercado por la puerta de gruesos vidrios, compraba el pan y las viandas y se iba por los ascensores que comunicaban la tienda con el aparcamiento vallado, según le dijo el camarero ecuatoriano de la Senda y corroboró el negro ruandés (tutsi, según él) que dirigía el tráfico de coches y carritos en la entrada del parking, y al que Yiyi solía dar un euro cada día. En realidad, tanto daba que entrara por un lado y saliera por el otro. Lo relevante, si acaso, eran unos hábitos matinales que revelaban que no se sentía amenazado. “Aquí yace un hombre de costumbres fijas”, se le ocurrió como epitafio.

DOS

Tilo Dátil paga la cerveza y reanuda el camino hacia la comisaría por el sendero de tierra del Retiro. Sus pesquisas periféricas empiezan a pesarle en las piernas. Sus pasos lentos contrastan con la agilidad hípica de algunas jóvenes en cuyos traseros recauchutados deposita la mirada hasta que se pierden de vista. Se acuerda de la jueza, una mujer delgada y flexible, cuya indumentaria le confería un aire deportivo, como de caballista con zapatos de tacón. Ya no cumplía los cincuenta, aunque parecía más joven. Al saludarla temió que se tratara de una de esas brujas puntillosas que exigen indicios y fundamentos archiargumentados para autorizar escuchas y registros. Sin embargo, tras oír sus explicaciones sobre el suceso, se mostró más abierta que la rosa de los vientos para favorecer todas las direcciones de la investigación. Ya veremos, se dijo.

La vibración del impertinente en el bolsillo superior de su chaqueta ralentiza más su paso. Es el jefazo. Apoya un hombro en una acacia y se para para hablar con él. El clavo en la planta del píe derecho ha vuelto a crecer y le está jodiendo otra vez.

–¿Alguna novedad?

–Nada nuevo, jefe. Llego en diez minutos, ahora le cuento.

–Necesitamos algo y lo necesitamos ya, Dátil. Estoy con el jefe superior en el Ministerio; el director quiere saber, el ministro quiere saber, el presidente quiere saber, el coronado quiere saber… ¿Me entiendes o no?

–Le entiendo. Pero salvo que le dispararon desde lo alto de la azotea del supermercado de enfrente de casa con un rifle de mira telescópica –¡Ra-ta-ta!– no puedo decirle más porque no sé más. Todo apunta a un asesinato por encargo, obra de un profesional.

–¡Me cago en la estadística! –Exclama el comisario, consciente de que los asesinatos por encargo son los más difíciles de resolver.

–He requisado las grabaciones de las cámaras de seguridad del establecimiento y las he enviado para allá por un madero de la zona a ver si sacamos algo.

Veguellina masculla otra expresión de contrariedad y pone al corriente a Tilo de la presión de los sabuesos de la prensa, lo cual le pare normal, pues no todos los días un colega del oficio acababa en el Anatómico Forense.

–Por cierto –añade Tilo–, antes de que se llevaran el cuerpo se personó en el lugar un alto cargo de la Casa Real que dijo ser jefe y amigo de Yiyi y pronunció la palabra atentado.

–No me jodas. ¿Un atentado… de quién? –Eso me dijo en la breve conversación que mantuve con él.

–¿Estaba amenazado?

–No parece, ya que repetía maquinalmente los mismos actos todas las mañanas.

–¿Le preguntaste, al ínclito ese?

–A decir verdad, cuando soltó la palabra “atentado” ya estaba subiendo al coche para irse, y le vi tan impresionado que creo que empleó el primer vocablo que le vino a la boca.

–¡Joder, Dátil!

–Vale, no anduve listo de reflejos. Pero a esta hora, nadie lo ha reivindicado, ¿verdad?

–No.

–Ni creo que lo reivindiquen. Es un crimen por encargo, jefe. En cualquier caso, ese lechuguino quedó a disposición para colaborar en lo que necesitemos.

–¿Le has llamado para aclarar eso?

–No he tenido un minuto, jefe

–¡Joder, joder y joder! ¿A qué esperas?

–Vale, cambio y corto.

Tilo Dátil saca la tarjeta de aquel Jordi y marca el número que figura en ella. El lechuguino da comunicando. Le deja un mensaje de voz, guarda el teléfono y reanuda la marcha. Diez pasos después saca el impertinente de nuevo y teclea un mensaje por wasap, rogándole que se ponga en contacto con él. Al levantar la vista ve que Vilibaldo le hace señas desde el cuadrángulo arenoso de juego infantiles donde toca el acordeón para los niños. Se acerca.

–¿Cómo vas, Baldo?

–Impecune y de colores –contesta el viejo rumano, señalando al vaso de plástico clavado en la arena.

–Eso tiene arreglo –dice, depositando una moneda de dos euros.

–Marx te lo pague con un buen polvo que te alegre ese careto.

–Es que madrugo.

–La madrugancia… ya; a mí no me engañas; te ha caído el jodido muerto.

–¿Cómo lo sabes?

–Oigo la radio.

–¿Cree que ha sido un atentado?

–No de los republicanos –dice el rojo rumano. –¿Cómo lo sabes?

–Lo sé; son pocos, pero no gilipollas.

–¡Toca Vili! –Grita un guaje.

Baldo pulsa un “si” prolongado, seguido de los acordes mi-re-mi-fa, sol-fa-sol-la. La melodía del Gatatumba anima a Tilo a reanudar la marcha. Y puesto que ya no va a despachar con el super en persona, resuelve quedarse a doscientos metros de la bulliciosa comisaría y sentarse a almorzar en la terraza del Kiosko de los Pinos. Toma posesión de la mesa habitual y envía wasaps a Fabiola, Romanillos y al pequeño Oliveras por si quieren comer con él. Quieren. La solícita Gacelilla (él la llamaba así) le sirve un frasco de cerveza bien fría y un platillo de aceitunas machacadas y sazonadas con trozos de pimientos rojos y guindillas verdes. Sabe que le gustan. Es muy lista, Gacelilla. Y linda y amable.

Oliveras llega enseguida, sin hacerse notar, y comienza a desgranar en voz baja (su volumen habitual) la trayectoria de Yiyi, hijo de un empleado municipal por méritos de guerra, que procedía de la zona de la Sagra (Toledo) y había ocupado una plaza de sereno durante treinta y tantos años, hasta que la irrupción de la automática (timbres y porteros mecánicos) y la desaparición de la dictadura le convirtieron en cuerpo a extinguir. Las relaciones del padre con gente nocturna le permitieron colocar a Yiyi de aprendiz de imprenta en la calle de Larra, donde redactaban e imprimían un periódico del Movimiento Nacional que se llamaba como el grito ¡Arriba! Parece ser que el chaval aprendió enseguida. Se interesó más por las estampas, la estampación, que por las letras, la tipografía, y se hizo sitio en la sección de huecograbado, desde la que recorrió el proceso hacia arriba, pasando de ajustador a laborante y de laborante a fotógrafo del periódico, función que comenzó a realizar inmediatamente después de cumplir los meses de instrucción militar en un campamento castrense de Colmenar Viejo. Cumplió el resto de la mili en el periódico. Parece ser que era obediente, disciplinado y trabajador. Un joven bien mandado al que gustaba mucho su trabajo. Era, además, elegante y apuesto. Visto de cara le daba un aire a Humphrey Bogart. De cuerpo era más alto que el actor. Su pulcritud le convirtió en un fotógrafo idóneo de cámara, de modo que le asignaban actos oficiales, retratos y entrevistas con personajes de la vida pública. El Pardo, las Cortes, los cuartos de banderas y el famoseo eran su fuerte. También hacía fotos de los equipos de fútbol y de los partidos en el Bernabeu. Parece ser que era madridista hasta las cachas.

El pequeño Oliveras se protege los ojos con unos lupos redondos con cristales de color teja y se pasa la mano por la calva de vez en cuando. Es un hombre muy blanco, casi tan blanco como un coco de la fruta, un gusano burocrático que se abre camino en un arenal de datos. Cuando cerraron aquel periódico, ya bien entrada la democracia, Yiyi pasó a otro, El Imparcial se llamaba. Mentía desde la cabecera hasta el pie de imprenta. Y era derechoso, engolado e insultón. Duró poco. Yiyi pasó entonces a otra empresa que editaba un periódico de mucho éxito en Cataluña. Permaneció tres lustros en él hasta que, de la noche a la mañana, se fue al paro obrero. Y al cabo de medio año reapareció como colaborador gráfico del servicio de prensa y comunicación de la jefatura del Estado, departamento de su alteza el príncipe heredero. En definitiva, una buena carrera profesional para ser el hijo de un sereno y de una criada o empleada de hogar como le dicen ahora.

Gacelilla les mira a distancia con sus ojos de gacela y Tilo corresponde con una señal para que se acerque y tome nota. “Yo comeré ensalada con queso de cabra y bistec a la plancha”. “Yo ensalada y gallo”, elige Oliveras. “Y Valdepeñas tinto con gaseosa… Sin prisa, esperamos a dos más”, añade Tilo. La joven sonríe. “La tienes en el bote”, susurra Oliveras. “Sobrevaloras las sonrisas, amigo Oli”, le corrige Tilo antes de preguntarle si ha averiguado algo más. Si. Al parecer, Yiyi era un soltero empedernido, un tipo que procuraba evitar los ligamentos y lo había conseguido. Fuera por aversión al sacramento, por rechazo a las letras de los contratos matrimoniales o por esa extendida creencia de que el matrimonio es el sarcófago del amor, a los cincuenta y tantos permanecía más soltero que un fraile.

–Era un picaflor –tercia la Larga Fabiola, que acaba de llegar con el colega Romanillos.

–¿Cómo lo sabes?

–Guardaba condones en el cajetín de los fusibles del coche –dice Romanillos.

–O sea, que engañaba a la bella Liana –afirma Fabiola.

–¿Y viceversa? –Se interesa Tilo.

–Eso no lo sabemos; comprenderás que no era el momento de entrar en profundidades. Lo que sí puedo decirte de los testimonios de algunos vecinos con los que hablamos es que parecían muy unidos, siempre juntos de la mano con el pequeño Matías. Una familia feliz, vamos. Pero eso no quita para que él fuese un cabrón con pintas.

–Se puede amar a una mujer en el cuerpo de otras –observa tímidamente Oliveras.

–¿Qué más tenemos? –pregunta Tilo.

–Detalles circunstanciales –dice Romanillos sin desviar de la carta sus ojos de perdiz–: era un tío elegante, con un fondo de armario para treinta Yiyis a la vez. Ella no le iba a la zaga en materia textil y zapatera. Madridistas los dos, tenían balones y camisetas firmadas por los mejores y más famosos futbolistas del equipo. También, cantidad de insignias, banderines, metopas. Hasta botas de jugadores históricos. Y una impresionante colección de álbumes de fotografías, clasificados por años. Un pequeño museo merengue, vamos. En cambio, lo que es deporte, él no hacía: iba en patín eléctrico cuando sacaba al niño a andar en bicicleta. Ella sí: se machacaba en el gimnasio. Lo que es libros, no tenían. De lectura, se entiende.

–¿Hay libros de no lectura? –interfiere Oliveras en voz baja.

Romanillos alza la vista hacia Gacelilla.

–Tomaré lo mismo: ensalada y pescado. Y una cerveza, una Mahou de un tercio –dice a la camarera; luego mira a Oliveras por la rendija de un ojo y añade–: me refiero a novelas, cuentos, ensayos, poesía, ya me entiendes.

–Claro, claro, los molinos de viento pueden estar tranquilos –musita Oliveras.

–Desde luego, no iba a enloquecer con la lectura. Libros de arte, fotografía y recetas de cocina sí tenían. Pero estamos ante gente audiovisual más bien. Y les gustaba comer rico, a juzgar por la colección de facturas y tarjetas de restaurantes con estrellas Michelín.

Tilo escuchaba sin desviar la atención de su ensaladera de vidrio verdoso, cuyo contenido va menguando rápidamente. Fabiola completa algunos detalles de la exposición del compañero, como la invitación al palco del Real Madrid para ver el partido del sábado próximo, una cartulina que Yiyi había dejado sobre una mesita esquinera del despacho-museo, o como el Audi deportivo, impresionante que custodiaban en el garaje; signos de lujo, señales de familia pudiente, gente envidiable. No fue, por cierto, en el Audi, sino en el impoluto Seat Ibiza de color negro que Yiyi utilizaba los días de labor, donde descubrieron los chubasqueros del pito. Al final la Larga (1,98 de estatura) iba a tener razón sobre el móvil sentimental del crimen.

Las preguntas de los policías a los vecinos y paseantes de la zona resultaron infructuosas. Nadie sabía nada, nadie vio nada, nadie oyó nada, nadie advirtió la presencia de extraños o merodeadores los días anteriores al crimen. La gente no quería líos. Aparte una sucesión de expresiones de sorpresa y caras de extrañeza, nada significativo aportó el vecindario. Ni siquiera los paseantes de perros a temprana hora oyeron los tiros.

–La sociedad se ha estoizado –musita Oliveras, rellenando los vasos con vino y gaseosa.

Conocían las teorías del sesudo documentalista sobre las principales características de nuestro tiempo, y evitaron malgastarlo (el tiempo) en disquisiciones filosóficas que sólo servían para que el pescado y la carne se enfriaran en el plato.

Tilo anota otra palabra en su lista de incógnitas y extrañezas. La Larga estira el pescuezo y mira de reojo. Era extraño, muy extraño que la onda del sonido de los tiros no hubiese llegado a los tímpanos de ningún empleado del supermercado ni de vecino alguno. ¿O sí? Pero los oyentes, imbuidos de ese estoicismo al que se refería el pequeño Oliveras, se hacían los sordos, no querían líos. Si no puedes hacer nada para mejorar las cosas –decía Séneca–, abstente de intervenir. Y el personal se abstenía.

Tilo nunca comía postre, así que aprovechó la ventaja mandibularia para compartir su informe. “La primera incógnita –dijo– es la facilidad del sicario para llegar a la terraza del supermercado. O lo que es lo mismo, para apoderarse de la llave de la puerta metálica por la que se accede a la azotea del edificio. ¿Fallo en la custodia de las llaves? ¿Dejadez de la empresa de seguridad?

–O complicidad de algún elemento –apunta Eloy Romanillos.

–Puede ser.

–Si tenemos en cuenta que era un tirador experimentado –añade el subinspector– no hay que descartar que el autor haya pasado por el ejército y prestado servicio en alguna empresa de seguridad donde haya trabado relación e incluso amistad con alguno de los que prestan servicio en ese supermercado. Quizá estemos ante la colaboración remunerada de algún segurata.

–De acuerdo; visionamos las cintas y examinamos esa empresa de seguridad –propone Tilo.

–La eterna pregunta de quién custodia al custodio –masculla Oliveras.

–La segunda cuestión se refiere al pago del encargo; los sicarios no suelen trabajar gratis, ¿verdad Oli?

–La tarifa no baja de 20.000 euros por cabeza; mayor cantidad si hablamos de un muerto tipo B –ilustra el documentalista antes de referirse a la red de asesinos a sueldo desmantelada hacía un año en varias ciudades españolas, paramilitares colombianos con pasaportes de Venezuela, Costa Rica, Guatemala y México que cobraban esa cantidad como poco–. Según las estadísticas –añade–, en torno a cuarenta de las trescientas muertes violentas que contabilizamos cada año son asesinatos por encargo, la mayor parte, relacionados con tráfico de drogas, deudas y cuentas pendientes entre mafias, así como venganzas y rivalidades, mayormente empresariales. Ya la Lex Cornelia de sicariis et veneficis, del año 81 antes de nuestra era…

–Para, para, ya es suficiente –le interrumpe Tilo–. Prepara la petición a su señoría para echar una hojeada a las cuentas de la viuda.

–¿Tu crees que ella …? –Pregunta Fabiola.

–Yo no creo nada; obligación y curiosidad empuja. Por cierto, el jefazo no hace más que maldecir la estadística; su lenguaje estercolario va empeorando.

–El director general y el ministro han prometido reducir la cifra de crímenes sin esclarecer –apunta Oliveras–. ¿No lees los periódicos?

–Se me cansa la cabeza y me ponen de mala leche –dice Tilo.

–Pues sí, anteayer el ministro se comprometió en una comparecencia parlamentaria a reducir al veinte por cien el porcentaje de muertes violentas sin aclarar, que ahora anda por el treinta por cien anual –precisa el documentalista.

–Me temo que este caso va para largo. Prepara también las solicitudes de intervenciones de los teléfonos de ella y de él; necesitamos revisar las llamadas de los dos en las últimas semanas, pongamos desde el día uno hasta hoy, 14 de abril.

–¡Viva la República! –Exclama Fabiola.

–De Platón –añade Oliveras, señalando con la barbilla a los tipos de la mesa cercana.

–República feminista, capullo –replica la Larga.

Tilo sonríe y añade un “viva”. Tampoco él ha hecho honor al aniversario. A continuación se refiere otra incógnita que ha anotado. ¿Por qué rayos despidieron a Yiyi del periódico después de tres lustros y pico de trabajo?

–¿Eso es importante? –Le pregunta Romanillos sin desviar la mirada de las espinas del lenguado que meticulosamente separa del dorso del pez.

–No sé, Eloy, pero es extraño.

–Palos de ciego.

–Vale, ya me ocupo; de ningún modo desearía que el ciego cayera por el agujero de una alcantarilla, donde no se ve nada y en la que, sin embargo, hay que mirar.

–No te pongas estupendo –protesta Romanillos.

–Siguiente cuestión: nadie oyó tiros. ¿Por qué? Es posible que mucha gente se haya vuelto estoica, pero no toda la gente, ¿verdad Oliveras?

–La mayoría.

–Aun así y todo ¿podría un tubo de escape solapar el sonido de los tiros?

–Podría –admite Oliveras.

–¿Sabemos cómo suena una Harley Davidson?

Romanillos hunde la cuchara en la crema catalana, endereza la testa y clava en Tilo su mirada somnolienta antes de exclamar: “¡Coño, claro!”

–Suena pop-pop-ta-to –se apresura Oliveras–. Le llaman “potato”, una onomatopeya que el fabricante de Milwaukee quiso registrar en la oficina de marcas de Estados Unidos, pero no lo consiguió por dos motivos. Primero, porque otros fabricantes de motos recurrieron, argumentando que cualquier motor de dos cilindros en V, con una determinada disposición de los pistones y el cigüeñal, produce el mismo ruido. Y segundo, porque, al parecer, es imposible trascribir ese sonido en lenguaje musical. Con el “potato” pasa lo mismo que con el grito de Tarzán: no se puede escribir en una partitura y si no se puede escribir no es posible registrarlo como marca ni atribuirle un propietario industrial. Por si fuera poco, en medio de un litigio larguísimo, que duró medio siglo, apareció un listo…

–Vale ya, tío, que pareces el loro de mi vecina –protesta Fabiola.

El pequeño Oliveras pide amparo a Tilo con la mirada.

–Buscamos una Harley –afirma éste.

–Cierto, una pedorra de esas –añade Romanillos, recordando el testimonio de un jardinero que dijo haber oído los acelerones de una moto.

–Algo es algo. ¿Qué más querías decirnos, Oli?

–No tiene importancia, pero me parece interesante. La cosa fue que en medio del prolongado litigio entre las casas de motos apareció un tío listo, un albañil australiano que tuvo la ocurrencia de utilizar el sonido del tubo de escape de su Harley como instrumento de percusión y de grabar un disco para afirmar, a continuación, que el copyright del sonido de las Harley le pertenecía a él, pero lo cedía al fabricante si regalaba un disco con cada moto que vendiera y le pagaba 15 dólares por ejemplar.

–El que no corre vuela, Olivera –exclama Fabiola.

–Ni loro ni Olivera –alza el tono el documentalista–, sino Joaquín Oliveras Rodríguez. Oliveras, en plural, por parte de padre, y Rodríguez, en singular, por parte de madre, ¿vale?

–Vale, tío, lo siento, no te enfades –se disculpa la Larga.

Tilo mira el teléfono: ningún mensaje. El lechuguino del “atentado” debe andar muy atareado. Le reenvía el recado, con acuse del aviso al jefazo Veguellina, seguido de un breve texto, reiterando su impresión de que el alto cargo palatino ha empleado de más la palabra “atentado”.

–En resumen –dice, devolviendo el impertinente al bolsillo–: buscamos a dos sicarios en una Harley, ¿cierto? Ergo, Oli, ya sabes: otra petición urgente a su señoría para acceder a todas las grabaciones de las cámaras municipales de todas las calles y carreteras de la zona entre las ocho y las nueve de la mañana.

–Verdú se va a poner contento –comenta Fabiola.

–Cabreado resuelve mejor los crucigramas –musita el documentalista.

Como si la telepatía hubiera funcionado, en ese instante vibra el impertinente en el bolsillo de Tilo. Verdú al aparato.

–Tengo novedades, Datil.

Tilo abre el micro para que todos oigan la explicación.

–Tengo al tipo –informa el responsable del gabinete de escuchas, que ahora llaman “sección audiovisual”–; el pistolero es un sujeto medianejo, con gafas oscuras, casco de motorista y guantes. Sólo se le ve el perfil unas décimas de segundo.

–¿Qué más puedes observar, Verdú?

–El tío sale de algún sitio, a la derecha de la imagen, sube la escalera y desaparece en la oscuridad. Lleva algo abultado en el pecho, juraría que es una marieta con una correa al cuello, y una pequeña mochila negra a la espalda. Calza botas negras. No aprecio más.

–¿Se escuchan disparos?

–La grabación carece de audio.

–¿Marca la hora?

–Si, las 8:32.

–¿Se le ve bajar?

–Todavía no he llegado. Confiemos en que, con la cámara de frente, podamos verle el careto. Oye, ¿cántico religioso acabado en “a”?

–A-le-lu-ya –silabea Oliveras.

–Olvida el crucigrama y atento a la jugada, vamos para allá.

La pecera de Tilo Dátil, en la primera planta de las dependencias policiales, es un despacho amplio, semicircular, ordenado y provisto de diez o doce sillas de pupitre, colocadas junto a las mamparas de vidrio. Además de pecera le llaman el aula porque el inspector y sus mujeres y hombres celebran sesiones académicas sobre las materias en curso. Cada día, a la cuatro en punto de la tarde, dan un repaso a la situación. Tilo ha implantado la costumbre de verse las caras siempre que pueden.

El inspector expone en tres minutos el “caso Yiyi” –tampoco hay mucho que contar– y reproduce la orden del jefazo de dar prioridad a este crimen. No todos los días, dice, se cargan a un empleado palatino. En las alturas reina la inquietud, añade. Fabiola refiriere a continuación la hipótesis cornamental. El sexo es un poderoso motor de explosión, dice. Y los indicios hallados en los fusibles apuntan a un tema de celos y cuernos, un problema que entre el pueblo llano provoca violencia machista y que en las altas esferas resuelven los mecánicos especializados, a tanto la pieza, sin que el usuario hurgue en la avería ni se manche las manos.

Fabiola habla bien, es didáctica, metafórica, parabólica. Y alta como una antena. Con su exposición cubre las lagunas de Tilo. La primera, el recordatorio del supercomisario Veguellina de que luchan contra la estadística. Y la segunda, la búsqueda de una moto Harley Davidson. Fabiola tiene buena cabeza, excelente pegada y mala leche. Mejor llevarse bien con ella.

Tilo distribuye las tareas: Romanillos y él se ocuparán del entorno del finado, Fabiola y el colega que elija se centrarán en la viuda. Se inclina por Rosado, un madero dócil, tripero y vago que lleva un año a vueltas con el estrangulamiento de un viejo rentista forrado de millones sin obtener ninguna prueba de los beneficiarios del crimen, lo cual suele ocurrir en los asesinatos por encargo. Rosado frunce el entrecejo y ahoga un mohín de disgusto. Prefiere la oficina, con aire acondicionado en verano y calefacción en invierno, a patear la calle, pero a joderse tocan, se dice Tilo sin quitarle la vista de encima.

De las pesquisas sobre la Harley se ocupa Temprano, que sabe de tribus motorizadas y se le dan bien los negocios opacos. Temprano es todavía joven (unos 30 años), pero ya tiene el pelo más blanco que un caniche blanco. De hecho en el grupo le llaman Caniche. No le molesta.

Por último, Tilo decide reforzar el gabinete de escuchas y observaciones audiovisuales con Anita Cuenca y Mercedes Tascón, de modo que Verdú, Pájaro Loco, no se soliviante por la sobrecarga de trabajo y pueda seguir laborando a reglamento. Y rellenando crucigramas. Su mujer trabaja de teleoperadora jefa y él dedica las tardes a cuidar de los tres hijos pequeños y a hollar ordenadores por encargo.

Han visto la grabación del supermercado. La han repasado una y otra vez a cámara lenta. Nada. La cabeza embutida en un casco gris con dos rayas blancas, los ojos protegidos con grandes lupos ahumados de pasta negra y el mentón y la barbilla cubiertos por el cuero del cuello orejero de la chupa con la cremallera abrochada hasta arriba. Es listo el hijo de puta. No enseña la cara. Tilo ordena a Verdú que haga una copia y le entregue el original para devolverlo a sus propietarios. Mientras visualizan una y otra vez la imagen del tipo bajando la escalera a toda prisa hacia la puerta que conduce al aparcamiento, donde se supone que le espera el cómplice motorizado, Tilo anota en su libreta de tapas sudadas: “¿De dónde sale?” Es una duda relacionada con la imagen previa a la fechoría, en la que el sicario aparece por la derecha de la cámara y se le ve de espaldas subiendo la escalera. No sale por donde entró y no entra por donde salió, se dice.

Cuando levantan las posaderas y despejan la pecera, ya el diligente Oliveras ha depositado sobre la mesa del inspector jefe las peticiones judiciales de las intervenciones telefónicas y los permisos para el Gran Hermano municipal y para revisar las grabaciones de la Dirección General de Tráfico (DGT). La Ley de Protección de Datos complica y retrasa las pesquisas con un barullo de trámites, permisos y esperas judiciales. Luego, a mayor inri, los mismos políticos que imponen más y más burocracia, exigen más y más eficacia.

Tilo mira la hora en la pantalla del telefonillo: las 16:40. Los juzgados cierran a las tres de la tarde, pero con un poco de suerte, se dice, su señoría se salta el reglamento y trabaja hasta más tarde. Supone que por la edad –le pareció que no cumplía los cincuenta–, su señoría está ya exenta de obligaciones infantiles, busca en la libreta el número de teléfono que ella le dio y pulsa los dígitos correspondientes. Al quinto timbrazo oye el “¿quién llama?” Se identifica.

–¿Sigue usted de servicio? –le pregunta.

–De aquí no salgo hasta el oscurecer, hay trabajo urgente.

–Entonces no la entretengo, doña Rosario; le envío escaneadas las peticiones de mandamientos sobre el crimen de esta mañana. ¿Si usted puede..?

–Naturalmente –le interrumpe–; mándelas ya, las firmo y se las devuelvo en un clic. Ah, y no me llame doña Rosario, con Charo vale.

–Muchas gracias, señoría.

–Charo…

–Claro, claro, Charo.

–¿Están bien razonadas?

–Creo que sí; se trata de revisar las llamadas del teléfono de la víctima y de su cónyuge, de mantener la observación de ésta última durante treinta días y de solicitar la transferencia de los archivos audiovisuales de la policía local y la DGT en torno a la urbanización y las avenidas y carreteras de la zona. Los presuntos eran dos y se desplazaron en una motocicleta de alta cilindrada.

–¿Algo mas?

–De momento es todo, Charo.

–En dos minutos te envío los mandamientos. Suerte.

Por una vez y sin que sirva de precedente, ha dado con la jueza deseable. Y amable. Cosa extraña en el gremio de los puñeteros estirados. Recuerda su nombre completo (Rosario Sanroque de la Fuente) y visualiza por un instante a la magistrada: bastante guapa. Se rectifica: muy guapa.

Pasa una hojas de la libreta y hace un asterisco en la lista de dudas. Busca la web del último periódico para el que trabajó el difunto, anota el número telefónico, marca. Una voz femenina al aparato le dice que todos allí eran amigos de Yiyi.

–No quisiera molestar a todos, maja, sólo a los de mayor confianza.

–Vale, le voy a pasar con Goliap.

–¿Cómo el gigante?

–No, acabado en pe. Y es pequeño.

–Rancias –dice Tilo a modo de “gracias”.

Oye la voz femenina –“¡Chincheta, coge la dos!”– y se dice que ese Goliap debe de ser ciertamente pequeño para apodarse Chincheta.

–Sin problema, por Yiyi lo que sea –responde a la invitación de Tilo de quedar para hablar del colega y amigo–. Tengo a las seis la manifa de los republiquetas y después me pongo a su disposición donde le venga bien, aunque preferiría un lugar neutro. Me dan grima las comisarías.

–¿Por qué?

–Huelen a matarratas… ¿Le va bien en el café Comercial a las ocho?

–No me va mal –dice Tilo mientras observa el parpadeo del correo electrónico en la pantalla del ordenador, señal de que su señoría Charo ha enviado los mandamientos solicitados. Abre el envío, imprime los textos y se dirige al gabinete tecnológico, donde Anita Cuenca y Mercedes Tascón ya pueden ordenar los pinchazos a los técnicos de telefonía y poner las orejas a trabajar. Ellas saben cómo organizar los turnos y distribuirse el repaso de las llamadas de la pareja feliz durante las dos últimas semanas. El cotejo será laborioso y esperemos que sea provechoso, piensa Tilo sin preocuparse del gesto desabrido de Mercedes. La rubia prefiere los interrogatorios, las pesquisas cuerpo a cuerpo, la libertad de la calle y el derecho a perder el tiempo, cualquier cosa antes que esta labor de hormiga. No oculta su disgusto. Cree que vale más que la Larga y quizá tenga razón, pero las cosas no siempre son como uno desea, sino como son. Así que a joderse tocan Tascón.

El inspector se guarda en el bolsillo el pendrive con las grabaciones de las cámaras del supermercado, regresa sobre sus pasos, busca la cabeza de Caniche tras un biombo de la sala. Le ve hablando por teléfono. Se acerca y deposita sobre su mesa el mandamiento judicial de acceso a las grabaciones municipales y de la DGT. Caniche tapa el auricular. “¡Joder, qué rapidez!” Tilo le espolea: “No hay tiempo que perder”. Pasa ante la mesa de Romanillos, que lee unos papeles, y le propone darse una vuelta por allí. Allí es el supermercado desde el que dispararon a Yiyi, pero el subispector le mira con ojos de sueño y se disculpa: “Es el cumple de mi santa y hemos quedado”.

Tilo se encoje de hombros.

Mientras espera el taxi en la acera, el comisario Veguellina le informa por teléfono de la desaparición de otro anciano de una residencia de Getafe. Es el tercer viejo que se evapora sin dejar rastro en las últimas cuarenta y ocho horas y al decir del supercomisario, el fenómeno empieza a ser más que preocupante.

¿Preocupante per se o per accidens?, se pregunta Tilo, que sabe que a ese personaje sólo le preocupa lo que preocupe al jefe superior.

–Échale un ojo a esos casos, me huelo lo peor –le ordena Veguellina.

–Se hará lo que se deba y se deberá lo que se haga –dice Tilo con la fórmula del insigne alcalde Barcelona, Rius i Taulet durante los preparativos de la gran Exposición Uniersal.

Al jefe no le hace gracia, lo cual es lógico, pues carece de sentido del humor.

¿A quién rayos puede inquietar –se pregunta– la desaparición de unos ancianos? Lo que alarma a los altos mandos es el “caso Yiyi”, en el que ha puesto a trabajar a todo el equipo disponible. Leo y Nati podrían indagar sobre esos viejos, pero están de baja. Con todo lo grande y fuerte que es ese Leopoldo, sucumbe al asma y la contaminación. En fin, tendrá que hacer una composición de lugar.

Mientras habla con el jefe ve venir al taxi. Pero Caniche sale en ese momento, alza la mano, abre la puerta trasera del coche y se apodera del transporte. Tilo se encoge de hombros. A joderse tocan, se dice.

TRES

Tilo Datil entra en el supermercado por la puerta de vallas correderas del aparcamiento. Saluda al tutsi que mueve los carros y recauda las monedas de las mujeres a las que ayuda a cargar la compra en los maleteros de sus coches. El negro farfulla algo en voz baja, queriendo decir que ha visto revuelo de reporteros allí enfrente, ante la casa donde mataron al hombre que siempre le daba el euro. Un buen hombre, dice.

Una cámara estática controla el acceso a los elevadores que suben y bajan consumidores. A la izquierda hay un pasillo que conduce a unos lavabos. Puertas grises con las inscripciones de mujeres y hombres. Tilo se asoma al primero, el de mujeres. Una célula fotoeléctrica activa los focos del techo. Echa una ojeada. Huele a pis, pero el cubículo parece bastante limpio. En el baldosín blanco, sobre de la taza del váter, alguien ha escrito una guarrada. Se acerca a leerla, mira la poceta sin tapa y retrocede enseguida, temeroso de que alguna fémina le sorprenda en el lugar equivocado.

Se asoma a continuación al retrete de los varones. Es igualmente amplio y con lavabo y espejo. También, con guarradas en las paredes. Las heces intestinales llaman a las mentales, se dice mientras echa una ojeada y se fija en la taza, con el agua del fondo sin mierda ni orines. No sabe exactamente qué carajo está buscando, aunque parece indudable que el sicario salió del lavabo, siguió el pasillo hasta el fondo, subió la escalera que conduce a la primera planta y continuó hasta la azotea.

La cámara estática que controla los ascensores se desactiva cuando cierran el establecimiento. Por eso no registró la entrada del malo. En cambio, la grabación permanente de la que está situada sobre la puerta de entrada desde el aparcamiento y enfocada hacia la escalera sí filmó los movimientos del sicario.

Tilo se sube la cremallera de la bragueta, pulsa el botón de la cisterna. El agua fluye. En ese instante se da cuenta de que ha visto algo raro. Sale del mingitorio, pero en vez de seguir el trayecto del asesino (presunto), entra otra vez en el lavabo de señoras. ¡Claro que ha visto algo raro! Ahí está. Es una microcámara incrustada en un poro de la porcelana de la poceta. A simple vista resulta imperceptible, parece una gota de agua. Pero no es agua ni pis, sino cristal. Conoce esa tecnología. El ojo se activa por simpatía y filma a quienes se sientan a mear y cagar, es decir, las vajinas y los culos de mujeres. ¡Por Júpiter, qué cabrones!

Se agacha, palpa con cuidado la parte trasera de la taza del váter hasta encontrar el pequeño

dispositivo, el chip que recoge las grabaciones, adherido a la porcelana con cinta aislante americana. Si los pervertidos volaran, se oscurecería el sol, se dice mientras hace unas instantáneas con su teléfono móvil.

El gerente del establecimiento pone mala cara cuando Tilo irrumpe sin llamar en su despacho. No se alegra de verle y le pregunta si ha olvidado algo. El agente le explica que el sistema de video vigilancia es manifiestamente mejorable, pero el tipo contesta que no tienen queja de la empresa de seguridad. La vigilancia con cámaras está orientada a detectar los robos de productos y es efectivo. Hay cleptómanos, sobre todo mujeres, que se guardan entre la ropa algunos productos caros de la sección de cosmética y perfumería, pero las cámaras son infalibles y no escapa ni una, afirma el gerente. También registran los hurtos de los chavales de un instituto cercano que vienen a media mañana a comprar bollos. Algunos se los llevan puestos, pero a los que pillan les añaden una miqueta de dolor de estómago.

–¿Una miqueta? ¿Cómo es eso?

–Los de seguridad tienen sus métodos operativos –dice el gerente.

–Ya, resuelven los robos por su cuenta, sin dar parte a la policía.

–Consiguen que devuelvan los productos robados, y a volar coloms (palomas).

–Sin embargo, deberían avisar a la policía y denunciar a los ladrones, ¿no cree?

–Es lo que dispone la ley, pero, oiga, trabajo que ahorramos a la policía y al estado.

–Claro, ustedes también son estado; dos hostias y a correr –resume Tilo.

El grueso gerente sabe que el madero puede buscarle las vueltas. Pero también sabe que la presencia de Tilo obedece a razones más poderosas y está dispuesto a facilitar la indagación sobre cómo rayos pudo el malo llegar a la azotea del edificio, disparar a Yiyi, bajar y largarse a lomos de una Harley conducida por un cómplice sin que nadie lo viera ni oyera el popoto de la moto ni advirtiera nada extraño.

Mientras Tilo habla, el tipo se acaricia la papada y pone cara de circunstancias. Cuando asume la realidad del fallo de seguridad (negligencia dolosa), se apresura a pedirle que el nombre del establecimiento quede al margen del atestado; sería una publicidad negativa, muy negativa para nosotros, dice.

–Para los intereses de la cadena, claro está –afirma Tilo–. Sabemos que el malo subió la escalera y abrió la puerta metálica de la azotea sin forzar la cerradura, ¿verdad? Si suponemos que la puerta estaba cerrada, ¿cómo cree que consiguió la llave para abrir y permanecer allí arriba? El gerente vuelve a acariciar la papada y aprieta los labios en señal de incomprensión.

–Podemos estar ante un fallo en la custodia de las llaves, ¿verdad?

–Podría ser –admite el grueso gerente–, en cuyo caso la responsabilidad es de la empresa de seguridad… Oiga, nadie es infalible, un despiste lo tiene cualquiera.

–Y al volante puede ser mortal –añade Tilo antes de pedirle que le acompañe al lugar donde tienen las pantallas de video vigilancia y sea testigo de la devolución de las grabaciones que le han prestado esta mañana.

La sala de pantallas es un cubículo de diez metros cuadrados, situado en la planta baja, al que se accede por una puerta con un letrero que pone: “Tecnología”. Tiene una pequeña ventana alargada, protegida con barrotes, que mira al aparcamiento. Medio metro por debajo, una balda larga y ancha hace las funciones de mesa. Sobre la tabla hay dos tarros de caviar, un periódico deportivo, una linterna, una pequeña cesta de mimbre con servilletas de papel y un guante de boxeo, una agenda voluminosa bajo una botella de agua, un vaso de cartón con rebabas de café y dos teléfonos fijos. Sobre la ventana hay un reloj esférico pegado a la pared. Del tabique lateral derecho sobresalen otras dos baldas de madera que sostienen tres y cuatro monitores cada una. Frente a las pequeñas pantallas por las que se ven los distintos pasillos y las puertas del comercio hay dos sillones reclinables con reposa piernas. Un perchero en la esquina, junto a la puerta, y un taburete de cocina, completan el mobiliario. Un calendario de chicas Michelín y un gran póster de la selección masculina de fútbol con la copa del mundo amenizan el tabique.

La estancia huele a tabaco rancio y a calcetín sudado. El inquilino es un tipo rubiasco, musculoso, con el pelo corto en forma de flecha sobre la frente. Les ha abierto, les ha saludado y se ha vuelto a sentar sin quitar ojo a las pantallas. Tendrá unos treinta años y se llama Enrique Poyatos.

–Veo que se cuida bien –le dice Tilo, señalando los dos tarros de caviar de la repisa.

El vigilante suelta una carcajada sardónica e invita al gerente y al madero a sentarse si quieren.

–No será necesario, vengo a devolver las grabaciones que nos facilitaron esta mañana. El señor gerente, aquí presente, es testigo de la entrega –dice Tilo alargándole el pendrive, que el vigilante recoge y deposita sobre la agenda o dietario. Tiene las manos grandes, los nudillos de la diestra colorados, todavía calientes. Tilo deduce que el mangante del beluga se ha llevado un buen dolor de bazo. Le pide el carné de identidad para tomar nota de sus datos en calidad de recipiendario. O quizá el dolor haya sido de culo, se dice al ver las botas Segarra que calza. –¿Dónde custodian las llaves del establecimiento? –le pregunta.

El vigilante gira la testa hacia el gerente, quien le hace un signo afirmativo. Se incorpora, avanza un paso, se inclina, empuja una mampara corredera del mismo color amarillento de la pared y deja al descubierto un armario empotrado que contiene una fila de alcayatas de las que cuelgan llaves de varios tamaños. Debajo hay hay cuatro contadores eléctricos. Sobre uno, Tilo ve un grueso canuto de cinta adhesiva americana. Supone para qué la usan.

–¿Cuál es la llave de la puerta de la azotea?

El vigilante señala la primera de la fila, agarra una llave acerada que tiene un aro de alambre y una pestaña plastificada con un papelito dentro que dice “Azotea” y se la muestra. Tilo le pregunta si han echado en falta esa llave en los últimos días, a lo que el guarda contesta que no, aunque reconoce que con las llaves ocurre lo que con las mujeres: solo se echan en falta cuando se necesitan.

–Y que lo digas –afirma el gerente.

El guarda añade que la llave de la azotea apenas se usa, sólo dos o tres veces al año, cuando vienen los del mantenimiento del aire acondicionado. Sus palabras son idénticas a las de los vigilantes del turno de la mañana. Tilo pregunta al gerente el nombre de esa empresa de mantenimiento y lo anota en su libreta. Pero el vigilante le informa de que no entregan las llaves a nadie. Él y sus compañeros, según el turno que toque, se encargan de abrir la puerta de la azotea. La última revisión de los inyectores de aire se realizó, según cree, al término del invierno.

–Es probable –reflexiona Tilo en voz alta– que el vigilante haya abierto la puerta de la azotea para que los técnicos realizaran su tarea y luego éstos se hayan marchado sin avisar y la puerta haya quedado sin trancar. Eso explicaría la facilidad con la que el malo entró allí arriba, ¿verdad?

El vigilante deja la llave en su sitio, corre la mampara y le mira de soslayo.

–Es posible que ocurriera eso –admite.

–¿Podríamos saber quién abrió esa puerta ese día?

El guarda suelta un soplido sonoro y vuelve a mirar al gerente, quien le hace una leve inclinación de cabeza. A continuación agarra el dietario y busca los turnos del mes pasado. Deletrea los nombres de dos colegas. Uno es de mujer. El otro corresponde a un compañero que ya no está en la empresa: tenía un contrato basura.

Tilo anota los nombres y le pide que le ponga al habla con la central para poder localizarlos y hablar con ellos. El vigilante arruga la nariz en señal de disgusto, pero el gerente se acerca a la repisa, descuelga el auricular de uno de los dos teléfonos, pulsa una tecla, se identifica y solicita que le pasen con el responsable de personal. Tras una breve explicación, pasa el teléfono a Tilo, que completa sus anotaciones y agradece la colaboración.

–No se preocupe por los compañeros, no serán acusados de nada; un olvido, una distracción la tiene cualquiera, ¿verdad? –dice Tilo, mirando al gerente–. Yo mismo, muchas veces, voy con la cabeza en Babia y luego no sé donde he dejado el coche. Uno va centrado en lo importante y olvida lo accesorio. Puede que usted, por ejemplo –añade, mirando fijamente al tal Enrique Aguayo, vecino del barrio de la Elipa– tenga un encargo importante, una cita urgente, qué se yo –a las mujeres no les gusta esperar– y al acabar el turno salga con eso en la cabeza y olvide algún detalle menor como apagar la luz o cerrar correctamente ese armario.

El tipo vuelve a arrugar la nariz, niega con la cabeza la suposición del inspector.

–He visto –añade Tilo– que tiene cinta americana ahí dentro. ¿Interrogan aquí a los cleptómanos?

–No es lo que usted cree –contesta el guarda.

–Por supuesto que no les sellan los labios para que no griten. ¿Les soban aquí la pelleja, verdad?

–No es asunto tuyo –contesta el vigilante.

–Simple curiosidad –admite Tilo.

–Somos profesionales, hacemos nuestro trabajo…

–¿Con ese guante, que no dejan heridas? –señala Tilo el aparejo de boxeo.

–Te repito que nos limitamos a hacer nuestro trabajo y que somos mucho más rentables de lo que parece, ¿verdad, don Anselmo? Dígale usted aquí al agente cuanto cuestan esos cuatrocientos gramos de caviar que acabamos de requisar a un manguta. Y dígale también que deje de tocarme las pelotas, ¿vale?

El gerente esboza una sonrisa.

–No se las tocaré más, ya me voy –responde Tilo, dando un paso atrás. Ya en la puerta, se vuelve hacia el vigilante y le pregunta en son de paz si no tiene mucho calor con esas botas.

–¡A ti qué te importa!

Son botas reglamentarias de las Fuerzas Armadas.

Ya junto a los montacargas Tilo pregunta al gerente si no cree que ese guarda de seguridad merece una sesión de urbanidad y buenas maneras, pero el tal don Anselmo afirma que sería inútil, pues ya vienen enseñados del ejército y, por otra parte, ya se sabe usted cómo son los jóvenes de ahora: impulsivos e insolentes.

–¿Es ahí donde interrogan a los cleptómanos? –pregunta Tilo, señalando una puerta con la inscripción: “Privado”.

–Afirmativo.

–Y lo graban, claro.

–Preferiría no hablar de eso –dice el gerente.

Tilo le tiende la mano al despedirse y el hombre le anuncia el envío de un obsequio, un jamón ibérico y un buen vino.

–No se le ocurra ni en Navidad.

*

Mientras llega el taxi, Tilo revisa las llamadas y los mensajes recibidos durante el tiempo que ha tenido el teléfono desconectado. Nada importante. Se le ha olvidado decir a Caniche que no se debe andar así por la vida, sin respetar el turno de los que esperan un taxi. Marca su número, pero no se lo dice: ya tiene edad suficiente para saber que es un gilipollas.

–¿Algo nuevo?

Caniche está en la sala de video vigilancia de la policía urbana mirando motos pasar.

–Nada todavía. Son muchas cámaras y he de ir una a una, parando imágenes, comprobando, es complicado…

–Te recuerdo que antes de las ocho y media de la mañana va un pollo solo y después de esa hora van dos, el de atrás con casco negro y mochila –le dice, y le pide que le avise en cuanto vea algo.

Ya en el taxi, marca el número de su señoría.

–Hola, Charo, perdone que la moleste.

–Hola, Tilo, tutéame, haz el favor.

–¿Sigues en la oficina?

–Si, qué remedio.

–Es que verás…

Le cuenta lo que ha visto (detectado) en el retrete de señoras del supermercado de marras. Su señoría emite expresiones de incredulidad.

–¿No pensarás que estoy de broma, verdad?

–Es que me parece increíble que vayas a mear y te filmen el coño, joder.

–A mí también. Y eso que he visto cosas…

Charo Sanroque sabe que Tilo Dátil es un policía serio, le cree, pero le repregunta si tiene algún indicio que llevar al papel. Tilo contesta que ha sacado unas fotos del artilugio con su teléfono. Son de mala calidad, pero quizá sirvan para abonar el terreno y obtener alguna hierba.

–Te las envío por wasap y me dices.

Por un instante se pregunta qué pensará su señoría de un tipo que busca a los malos en los lavabos de señoras. Es ridículo, pero no se siente ridículo con esa jueza con la que puede pasar por un elemento del teorema de Pitágoras, un cateto que asoma la hipotenusa de la nariz donde nadie lo haría, el lugar por el que mandamos la mierda al alcantarillado urbano para que acabe en el río. Buscaba una composición de lugar, y mira…

“Suficiente, fehaciente”, le contesta la jueza al instante.

Tilo llama al pequeño Oliveras y le pide que envíe rápidamente a su señoría las peticiones de entrada y registro al lavabo de señoras del supermercado y a los domicilios que le indica. Corresponden a los vigilantes del establecimiento, incluido el del guarda al que no renovaron el contrato-basura. Acto seguido ordena a la Larga Fabiola y al meloncillo Rosado que muevan el culo, arresten a esos pollos y pongan su industria patas arriba. “Es posible –les dice– que tengan armas, lo que significa que debéis de ir con una patrulla de seguridad y absteneros de intervenir si no abren por las buenas. Para eso están los geos”.

Completa las instrucciones indicando a Fabiola que vayan primero al supermercado, conduzcan al gerente al retrete de señoras, se incauten ante el tal Anselmo del mecanismo de grabación de la taza del váter, cuyas fotos le envía, y, sin quitarse los guantes de látex, se dirijan al cuchitril de los monitores, recojan la cinta americana que el vigilante guarda en el armario de las llaves y a continuación lo arresten. “Espero llegar a tiempo de acompañaros a por los otros”, concluye.

Acto seguido revisa los mensaje y se pone al habla con el supercomisario Veguellina.

–Es extraño –le dice–; el lechuguino de la Casa Real no ha dado señales de vida a pesar de las llamadas que le he hecho y de los mensajes que le he enviado.

–No tan extraño; son gente muy ocupada.

Tilo le pasa los datos de Jordi Emula i Lucientes a ver si él, en el ejercicio de su autoridad, puede aclarar algo en torno al supuesto “atentado”. A continuación le cuenta las pesquisas en curso, incluyendo algunos posibles arrestos colaterales. Pero el jefazo no parece interesado en los detalles. Una voz femenina dice algo a su lado, suficiente para que Tilo se percate de que el jefazo está acompañado de una mujer y no es conveniente seguir molestándole.

–No olvide llamar al lechuguino –le ruega.

*

El tráfico es espeso, la cola de la manifestación republicana avanza Génova arriba. El atasco es catedralicio. Pide al taxista que le deje en el paso de peatones del cruce de La Castellana. Aunque le duela el clavo de la planta del píe izquierdo no le queda más remedio que bajar al metro o caminar los bulevares hasta la plaza (glorieta) de Bilbao. ¿Quién ha dicho que los republicanos son cuatro gatos? Recuerda el grito de otro tiempo –“luego diréis que somos cinco o seis”– y se alegra seriamente de que cada año salgan más personas a las calles en señal de hartazgo dinástico.

El café Comercial está atestado de gente. Los manifestantes han invadido el establecimiento. Goliap llega puntual. Lo identifica por la estatura (el gigante de Liliput, se dice) y por la cámara colgada al pecho. A la espalda lleva una mochila negra. Lo saluda en la puerta principal.

–Hola, periodista, soy el inspector Tilo.

–Chincheta, para servir a dios y a usted –responde el reportero– ¿Por qué lo mataron?

–Eso me gustaría saber.

Chincheta tiene la cabeza monda y la cara redonda, acabada en una perilla hirsuta. Es bajito, musculoso y nervioso, como de treinta y pico (de cigüeña) años.

Buscan un lugar más despejado para hablar y lo encuentran en un bar de tapas y pinchos de la calle de Fuencarral. Toman posesión de una mesa y piden cerveza.

Chincheta le solicita un paréntesis de cinco minutos para seleccionar y enviar a la redacción del periódico algunas fotografías de la manifestación.

–¿Fue un atentado? –Pregunta a Tilo mientras realiza las operaciones técnicas con la cámara y un pequeño ordenador que saca de su mochila.

–¿Quién dice eso?

–Rumores.

–Infundados –afirma Tilo antes de aclarar que aquí, quien pregunta es él. Le duele un pie y no está dispuesto a perder mucho tiempo con este jicho de ojos vivarachos y aliento petroquímico.

–¿Por qué despidieron a Yiyi de la empresa?

–No lo echaron, se largó él.

–¿Por qué se largó?

–Lo puteaban y un día se reviró y se largó.

–El puteo es una jodida forma de despido muy frecuente en estos tiempos.

–Visto así, puede que tengas razón.

–La tengo. ¿Cómo y por qué le puteaban?

En pocos minutos Goliap Chincheta le cuenta el proceso de oxidación de Yiyi a partir del nombramiento de una estulta como jefa de la delegación del diario, una pija sin más mérito que el ofrecer el coño a un amigo del director. Parecerá machismo, pero es la puta verdad, asegura.

–La tía empezó a romper los esquemas, a cambiar el cometido de los reporteros. Yiyi hacía oficialismo y cubría los partidos del Real Madrid en casa, y lo puso a hacer la calle: atentados, manifestaciones, sucesos… A mí, que me gusta la calle y los juzgados, me envió al Parlamento. A Garcillán, que conocía bien el mundo financiero, económico y laboral, lo mandó al fútbol, al tenis, al basket… Además de los esquemas, la pija del culo se dedicó a tocar las pelotas a los plumillas. Creó mal rollo. Y el disgusto empeoró el producto. Si no podíamos trabajar como el conde de Bustos (a gusto) acordamos hacer lo del marqués de Santillana (lo que nos daba la gana), así que el periódico se llenó de políticos malcarados, jueces y dirigentes oscuros y asquerosos, banqueros y empresarios con gestos ridículos, deportistas sin movimiento, planos generales de los manifestantes a ras de suelo, y, en fin, mujeres y hombres de cualquier sector y actividad noticiosa de lo más feo y ridículo que pudieran salir en las fotos.

–El feismo, bonita forma de protestar –observa Tilo.

–Tiene su mérito; exige esmero, no creas.

–¿Surtió efecto?

–¡Qué va! El único surtidor fue el nabo del amigo del director, que la dejó preñada, a la pija; empezó a sentirse mal, le daban nauseas y pidió la baja.

–¿Volvieron las aguas a su cauce?

–Pues no; la sustituyó un prenda de Barcelona, un jefe en funciones que por ser provisional evitó rectificar las decisiones de la titular y se dedicó a medrar personalmente, ligar y follar. Así que Yiyi y los demás seguimos con lo del marqués de Santillana.

–¿Con el feismo quieres decir?

–Sí; sabemos que hubo quejas de algunos muñecos de postín, gente poderosa que se creía mucho más guapa de lo que salía en las fotos del periódico, pero el director aguantaba el tirón, ya

que el feismo llegaba de Madrid y aquello agradaba a los catalanes. Vendía. En tres meses de caras serias y oscuras, rictus displicentes, perfiles chungos, muñecos con trajes de tres mil euros rascándose la nariz y así, aumentaron las ventas de ejemplares.

–Quiere decirse que os equivocasteis de táctica.

–Por una parte sí y por otra no; a la corta excitamos la sensibilidad o como se diga de esos nacionalistas furibundos que sienten tirria hacia todo lo de fuera, sobre todo del otro lado del Ebro, pero a la larga conseguimos que cada mochuelo volviera a su olivo. Se ve que la ola de simpatía de los fanáticos lamió la arena, pero la queja de quienes se reconocían en el periódico mas feos de lo que creían que eran siguió llegando al director. Entonces nombró un jefe de fotografía en Madrid. Pero en vez de designar a Yiyi, que era el más veterano y preparado para el puesto, colocó a Barandilla, un vasco que cubría el Tour de Francia, lo que, por decirlo de algún modo, encabronó a Yiyi y aceleró su proceso de oxidación. Y eso que el baranda se portó bien, restableció a cada cual en su especialidad y liquidó la fealdad. Pero Yiyi, ya bastante quemado por las arbitrariedades y los desprecios de los jerarcas, sufrió un estacazo de la hostia: la torcecuellos, una chica de publicidad guapísima, de la que estaba muy enamorado, cortó con él y se largó a trabajar al Sol, un periódico nuevo y efímero. Duró dos años. Después de un tiempo de ruegos y súplicas a Chelo para que volviera con él, acabó asumiendo la derrota. La verdad es que nunca le faltaron tías. Alto, pulcro, impoluto, con estilo… ligaba lo que quería. Incluso en el Palacio Real y en el Palco del Real Madrid ligaba el tío. No sé qué rayos les daba.

–Me interesa ese capítulo, pero ahora sigue con la oxidación.

–El óxido incidió en la fatiga del material de tal manera que Yiyi se quebró cuando el baranda y el jefe de fotografía de Barcelona se acreditaron para cubrir la petición de mano del príncipe heredero de la chica de la tele y le dejaron fuera de juego. Su humor estalló como un huevo podrido y te puedo asegurar que a Cifu y a mí nos costó Dios y ayuda, y una pasta en copas y cuidados, evitar que cometiera una barbaridad. Al final adoptó la decisión más sensata: se largó de la empresa.

–¿Mantuviste el contacto con él?

–Quedábamos de vez en cuando.

–¿Cuándo le viste por última vez?

–Hará cosa de un mes; estaba feliz con su chica, esa pintoncilla de segunda mano y muy buen ver. Ella tenía un hijo de cinco o seis años y él lo quería como si fuera hijo suyo; le iban bien las cosas, trabajaba poco, viajaba de vez en cuando y ganaba una pasta gansa. Solíamos quedar a comer el profesor Cifu en la Casa Valencia, en el paseo de Rosales. Quedábamos una vez al mes, comentábamos la actualidad, los asuntos del periódico y hablábamos de tías. El profesor se había divorciado por segunda vez y tenía una habilidad especial para ligar peluqueras. Es un tío muy divertido y muy culto, sabe un huevo de economía. Pero la última vez casi no hablamos de las chicas del tinte ni de la ruina de este país, sino del Camino de Santiago que Yiyi había hecho completo. Se necesita valor.

–Él solo –se interesó Tilo.

–Cifu le acompañó un fin de semana y creo que por el camino conocieron gente e hicieron amigas; ya sabes que Yiyi atraía a las mujeres. El caso es que Liana y el niño se habían ido a Argentina a ver a la familia, así que aprovechó el montón de días que le debían por los viajes y los fines de semana de servicio, se compró unas Chirucas, se echó la mochila a la espalda y se lanzó a la aventura.

–¿Cumplía una promesa o había quedado citado en el camino?

–Me inclino por la promesa, aunque la verdad es que un cincuentón nada religioso, nada deportista ni andariego, nada amigo de incomodidades, fríos y tormentas…, un tío así debía de tener una razón importante para echarse al camino y flagelarse de esa manera, ¿no?

–Desde luego, amigo Goliap.

–Llámame Chincheta.

–¿Cuál es tu nombre de pila?

–Baudilio, pero no lo utilizo.

*

Tilo paga las cervezas (siempre le toca pagar algo), intercambia números de teléfonos con Chincheta, que le facilita el del mencionado Cifu, acuerdan seguir en contacto y se despiden. Le ha parecido sincero y listo este Chincheta. Y le ha proporcionado una información útil: los nombres de algunas mujeres con las que Yiyi se lo hacía. Nombres y datos que deberá contrastar y completar interrogando al profesor Cifuentes.

Mientras camina Fuencarral abajo –la mirada ladeada por si viene algún taxi libre– se pregunta por qué carajo habrán esparcido el rumor del atentado. ¿A quién puede interesar esa versión sin fundamento? La pregunta carece de respuesta, pero alguien quiere que los medios de comunicación muerdan el anzuelo. Y después de oír a Chincheta sospecha que ya se han lanzado

con la boca abierta a atrapar la mosca. El rigor y fundamento de los medios ha caído al nivel de los calcaños. La información no se contrasta, la verdad no renta, vende más el espectáculo y sus dos sílabas finales, los periodistas se dejan intoxicar y escriben lo que les dictan. La honradez les persigue, pero ellos corren más.

En el terreno de la hipótesis, alguien quiere aprovechar la muerte de Yiyi para hacer negocio a cuenta del supuesto déficit de seguridad de los miembros y sirvientes de la realeza. La seguridad es lo primero. Según el discurso oficial, sin seguridad no hay libertad. Lo contrario no cuenta ni interesa. Como dice el pequeño Oliveras, aquí el que no corre vuela. Si cunde la especie (y cundirá) de que el asesinato de Yiyi es un aviso sobre la vulnerabilidad de los miembros de la institución coronada habrá más dinero, unos cuantos millones de euros más de fondos reservados a disposición del preboste. De eso se trata. Juergas, viajes, cuchipandas.

Se acuerda del desenlace de Paradox rey, aquella novelucha de Baroja en la que Paradox y su amigo Diz de la Iglesia embarcan a fundar el estado de Israel, pero acaban en África, donde unos tribales a los que han librado de las inundaciones, regulando y desviando el cauce de un río, nombran rey a Paradox. Cuando le llevan en andas como a un santo en Semana Santa, dice a su amigo Diz: “Ves como los pueblos son gilipollas, siempre necesita a alguien encima de sus cabezas”. Bueno, lo de “gilipollas” no lo dice, pero se entiende.

Camina despacio, un poco ladeado para atemperar el dolor del clavo en la planta del píe, el ojo izquierdo atento a la calzada por si se acerca algún taxi libre. En un instante cae en la cuenta y realiza la sinapsis mental que se le esfumó en el Sanchís. Es la relación entre la viera que le habría gustado zampar en aquel momento con la concha que vio en la fotografía de Yiyi. Con una mano mostraba el icono de la ruta jacobea y con la otra el documento acreditativo de haber hecho el camino. Yiyi tenía la expresión satisfecha de quien realiza algo memorable, recuerda Tilo. Y se había tomado la molestia de enmarcar la instantánea y colocarla en su doméstico museo de fútbol.

La luz verde de un taxi interrumpe su ejercicio de rumiante. Embuchar y rumiar es su función habitual, aunque, por una cuestión de higiene, prefiere el verbo rebobinar, que no produce excrementos. Alza la mano y sube al coche. Dirección, Moratalaz. Llega tarde. Al pobre Mingus se le habrá hinchado la vejiga (y el colon) de tanto esperar. La taxista es lenta como un simón. La espolea, pero también es terca como una mula. Hay gente así.

Retoma el hilo. Le gustaría cruzar unas palabras con el lechuguino palaciego, preguntarle por qué cree que ha sido un atentado, inquerir el fundamento, profundizar en los estratos de la protección palatina. Conecta el teléfono y le llama, pero el tipo sigue encapsulado y no ve el modo de ponerse al habla con él. Rebobina, visualiza su rostro compungido. ¿Sorpresa, pena, fingimiento? A saber. Esa gente ha sido adiestrada para actuar correctamente en cada circunstancia, son personas teatrales, actrices y actores oficiales que conocen su papel y saben estar.

Revisa los mensajes. Uno de Fabiola: “Ya está el melón en el huerto y el material en el gabinete técnico. Estoy agotada, hasta mañana”. Aparte el olor a orín, el calabozo no es más incómodo que el cuchitril de vigilancia del supermercado, de modo que el insolente no sufrirá un trauma, se dice. Caniche no ha dado señales de vida. En cambio, las encargadas de las escuchas y los rastreos telefónicos, Ana y Mercedes, han debido de encontrar algo interesante porque le han llamado cuando tenía el impertinente desactivado. Mira el reloj, quiere ser respetuoso con el horario laboral y les envía un mensaje: “Mañana hablamos”.

Devuelve el teléfono al bolsillo superior de la chaqueta y sigue rebobinando las escenas del tal Jordi Emula y Lucientes ante el cuerpo de Yiyi, abrazando a Liana y luego, el muy cínico, subiendo al coche oficial y ofreciéndole su colaboración para esclarecer el “atentado”. Empuja el reloj antebrazo atrás para dejarlo debajo de los puños de la camisa; es un Festina plateado que le regaló su hermana Amandita hace la tira de años. En ese instante exclama en voz alta: “¡Por Júpiter!” La taxista le mira por el retrovisor y contesta: “No se puede ir más deprisa, caballero”. Él le contesta con una expresión de resignación, sacude ligeramente el brazo derecho y vuelve a mirar el reloj.

“¡Por Júpiter!”, repite para sí. Ha completado la sinapsis. ¿Por qué el lechuguino llegó tan pronto al lugar del crimen? Apareció en la casa de Yiyi diez o doce minutos después que él, que fue el primero en llegar. ¿Quién le avisó del suceso? La conmocionada Liana sólo había llamado a emergencias sanitarias y a la policía. Incluso los del Samur llegaron después del lechuguino. ¿Cómo diablos se pudo enterar de que habían acribillado a Yiyi?

Mientras amplía la lista de incógnitas de su libreta, le llega un mensaje del jefe Veguellina: “Acuérdate de los viejos que desaparecen”, le dice. “No me acuerdo de nada porque no olvido nada”, le contesta. Y añade: “Rancias, jefe”. En ese instante recibe otro mensaje: “Tu perro está gimiendo, le saco con los míos”. Lourdes es una buena vecina, tiene la llave de su casa y la utiliza para sacar a Mingus de apuros y llevarle al parque con sus tres chiguagas. A Mingus le encanta jugar y revolcarse con esos ratoncitos ladradores y miedicas.

CUATRO

El Levante es uno de los pocos establecimientos de la capital del reino donde ponen café sin mezcla. Está cerca de las dependencias policíacas. Los maderos paran ahí.

Eloy Romanillos llega con buena cara. Ha dejado contenta a la parienta con el regalo y la cena romántica de anoche.

–Trescientos del ala por renamorarla –le comenta a Tilo.

–Una pasta.

–Y la muy bruja me ha sacado la cuota del gimnasio; quiere ponerse cachas.

–Hasta el amor lleva iva –repone Tilo.

–Ojalá fuera supereducido; ha dejado caer lo del crucero por las islas griegas.

–¿Eso es una mujer o un cura?

Romanillos se encoje de hombros.

–Es una buena chica, cuídala –rectifica Tilo, que enseguida entra en materia y le cuenta sus indagaciones, incluido el extraño silencio del lechuguino.

–Ahí hay gato encerrado –opina Romanillos, que acepta el ruego de Tilo de que se ocupe del pájaro enjaulado, al que prefiere no ver la cara y eludir el riesgo de partirle las muelas.

–Es necio y orgulloso –le previene–; me temo que no va a colaborar.

–Eso lo veremos.

–Firmeza y buenas maneras; si no colabora, ficha, atestado y a la jueza con él. Quizá en la trena se lo piense mejor –dice Tilo.

–Ya, ni una patada en los cojones al asqueroso, faltaría más –repone Romanillos.

Rosado transporta un café solo largo y un tortel. Se sienta a la mesa. Es fofo, grueso, adiposo. Trae cara de cansancio y su aroma empalagoso de Varón Dandy barato impregna la atmósfera. Ha quedado con Fabiola a las nueve para entrar en acción: un registro pendiente en el domicilio del pájaro que enjaularon anoche y dos detenciones.

–Menudo día nos espera –se queja.

–Te agradará leer los titulares –le consuela Tilo–: desarticulada una banda de pornografía a traición, ya verás.

–¡Qué hijos de puta!

Tilo le recuerda el objetivo de incautarse de la mayor cantidad posible de filmaciones y material informático. Sabe que los coños y los culos son insuficientes (por tratarse de material de personas anónimas) para que les caiga un buen paquete judicial. Pero, sobre todo, espera resultados del hallazgo colateral de la industria de esos asquerosos. ¿Por qué? Le parece imposible que no hayan visto ni oído nada, ni siquiera el “potato” de la Harley, y le da en la nariz que esos pájaros han sido silenciados con pasta para no decir ni pío. Cuando llega Fabiola, le repite la consigna y le explica el objetivo esencial de forzar a los asquerosos a colaborar en la captura del sicario que mató a Yiyi. La larga asiente y mete prisa a Rosado: “Vamos, que la patrulla ya está en camino”.

*

En las dependencias, Pájaro Loco ha examinado y copiado el regalo que le dejaron ayer Fabiola y Rosado. Se ríe, parece encantado. Anita Cuenca, su compañera del gabinete, no oculta una mueca de disgusto cuando Tilo y Romanillos se acercan a ver el material. “Por fin, algo interesante: seis surtidores vaginales”, les dice Verdú mientras activa la pantalla del ordenador. “Una es rubia –añade–, dos llevan el coño rasurado y las otras tienen la selva de Venus con la vegetación oscura”.

–¡Por qué no te callas! –Protesta Anita. Es pudorosa, huesuda, de tez oscura con manchas en la cara, los ojos pequeños y la nariz en garfio.

–Que te folle un pez –musita Pájaro Loco para el cuello de su camisa.

–¿Qué?

–Nada, nada, usted perdone.

Tilo siente curiosidad.

Nunca ha visto desde abajo a una mujer meando.

Contempla la primera. Supone que a su señoría no le hará ninguna gracia.

Enseguida se acerca a la mesa de Cuenca y se interesa por la llamada de anoche.

–El teléfono de la víctima estaba intervenido –le informa ésta.

–¿Por quién?

–Por alguien que no éramos nosotros ni los verdes; no había mandamiento judicial –dice Cuenca antes de explayarse sobre las facilidades técnicas para pinchar teléfonos sin que el usuario ni la compañía se den cuenta hasta que, como en este caso, revisan el servicio por mandato judicial.

–Probablemente estuviera pinchado por los servicios secretos; su es-for-za-da-mi-sión consiste de proteger al coronado y a sus parientes y amigos –dice Tilo, imitando a un ministro del ramo que empuja las sílabas como si sufriera estreñimiento de laringe.

–Ya, protégeme de mis amigos, que de los enemigos me protegeré yo… Aunque así fuera, tendrían que contar con orden judicial –responde Cuenca.

–Eso no siempre es así –puntualiza Verdú–; si el peligro es inminente pueden intervenir cualquier teléfono sin permiso judicial, aunque deben informar cuanto antes al juez especial designado por el Tribunal Supremo para tales menesteres.

–Por la lista de comunicaciones no parece que la víctima se relacionara conyihadistas ni gente extraña o peligrosa –repone Cuenca.

–Nunca se sabe quien es el malo hasta que avanza la película –insiste Verdú.

–Ya, escuchas preventivas, o sea, ilegales –replica Cuenca.

Tilo mira el listado con los números y titulares de los teléfonos a los que Yiyi llamaba y de los que recibía mensajes y llamadas. Son cuatro o cinco folios de letra pequeña y lineas apretadas en los que abundan los nombres de mujeres y predomina el de su compañera Liana y el de su jefe Jordi Emula. Saca la libreta, busca entre las páginas la tarjeta del lechuguino y exclama: “¡Ajá!” A continuación anota los dígitos telefónicos.

–¿Has encontrado algo? –se interesa Cuenca.

–Este número de su jefe no coincide con el que me dio y puede ser útil –le contesta Tilo, quien se fija en las últimas llamadas del teléfono de Yiyi; la penúltima fue al Samur y la última a la policía, lo que significa que las realizó su compañera Liana desde el primer aparato que encontró a mano. Puesto que el teléfono estaba intervenido, se explica la rapidez del lechuguino en llegar al lugar de los hechos.

Tilo deposita el listado sobre la mesa de Cuenca. Si los servicios secretos sabían que Yiyi estaba amenazado es indudable que le utilizaron como cebo, se dice. Pero si lo usaron de cebo, ¿dónde diablos estaban los pescadores?, se pregunta, indignado.

–Bueno, voy a ver qué se cuenta ese Kubrick –dice Romanillos.

–Voy contigo –se anima Verdú, poniendo fin al visionado del material pornográfico del peor gusto (micciones y defecaciones).

–Tu detrás del cristal –le ordena Tilo. No se fía de Pájaro Loco y no quiere que interfiera en el interrogatorio del vigilante ni desvíe el objetivo acordado con Romanillos de obtener alguna pista sobre los sicarios que liquidaron a Yiyi.

Según Anita Cuenca, la llamada que le hizo anoche era también para decirle que la compañera Mercedes Tascón, a cargo de la escucha del teléfono de Liana, había registrado varias comunicaciones de alto interés. Tilo escucha las grabaciones. Dos tipos la tratan como si fueran novios o amantes suyos. Uno tiene acento argentino. La voz del otro le resulta conocida. La escucha de nuevo. El tipo le ofrece consuelo. “Es duro y triste, lo sé, pero pasará pronto, cariño, y entonces no tendrás que preocuparte más”, le dice. “Te veo en el tanatorio”. Otra llamada es del padre de Liana. Le dice que sale hacia Madrid y que vaya pensando en volver a casa con el niño. Hay otra conversación con su madre en la que ella insinúa la posibilidad de volver y de rehacer su vida en Buenos Aires. Da la impresión de es una mujer más abatida por los fracasos conyugales que por el asesinato de su compañero.

–Un picaflor y una celosa, mal asunto –musita Tilo.

–No ha nacido el hombre fiel.

–Tienes razón, Anita; ni la mujer tampoco. Somos polígamos.

–Por eso yo no me ato.

–¿A qué hora llega Merche?

–Ah, se me ha olvidado comentarte que está de obras en casa y llegará algo más tarde. ¿Te has fijado en que desde que…, bueno, que en los últimos meses ha mejorado?

–No lo dirás por la mala leche que gasta.

–Ha empezado a cuidarse y está mucho mucho más guapa.

Mercedes Tascón era viuda. Hacía un año que un cáncer se llevó a su marido. Entonces ella cambió de casa, se tiñó el pelo de un rubio más intenso que el natural, que ya comenzaba a blanquear, empezó a vestir a la moda y a apreciosarse como si fuera una jovencita, una muchacha con cincuenta tacos bien disimulados, aunque el óxido y la mala leche los llevara dentro.

–Un día nos sorprende y se pone las tetas –añade Cuenca.

Los diagramas de barras del ordenador que detecta la actividad de los teléfonos controlados yacen en la parte baja de la pantalla desde hace más de diez minutos. Hay poca actividad, pero Tilo pregunta a Cuenca si puede ocuparse de las escuchas asignadas a Merche. Claro que puede.

–Están desapareciendo viejos y me gustaría que Merche…

–¡Servidora! –exclama ella desde la puerta–. Ya tengo aire acondicionado en casa –añade.

Tilo le explica a vuelapluma el nuevo cometido y, ya en la pecera, le cuenta la preocupación del jefazo Veguellina por la extraña desaparición de esos ancianos, cuyos datos repasan a partir de las denuncias.

–Ya sé que es mucha tarea para ti sola, pero mientras Leo y Nati sigan de baja, con estos bueyes tenemos que arar –le dice.

–¿Me estás llamando vaca?

–Ni se me ocurre, salvo…

–¿Salvo qué? –Replica ella ya de pie, con la carpeta bajo el brazo.

–Salvo que te pongas las tetas –dice Tilo con una sonrisa bajo las lupas.

–Vete a la mierda.

–Era una broma, mujer.

–Podría decirte que eres un poco bastante asqueroso, pero mira, si tan plana te parezco, a lo mejor me las aumento, y los pezones también. ¿Qué te parece?

–Me parece que estás estupenda. Eres estupenda, Merche.

–¿Incluso con las tetas como calcetines? –Le pregunta y se ríe.

–A mí me gustas como eres, pero si quieres elevar las montañas de silicon valley también me gustarás, no lo dudes. Mientras tanto, suerte y al toro, hermosa.

Ella sonríe desde la puerta.

*

Tilo Datil saca el informe que el documentalista Oliveras ha dejado en su carpetoncio, lo dobla y se lo guarda en el bolsillo de la chaqueta. Es un informe de un folio. A continuación sale a comprar un libro. Siempre encuentra una escusa para alejarse de las dependencias policíacas. Y cuando no la encuentra se larga a tomar el pulso de la calle. La calle es su elemento; le proporciona variedad y le permite pensar. Se parece en esto al famoso comisario Adamsberg.

El día es luminoso y cálido. Las acacias, los rosales, los laureles y los pinos piñoneros del Retiro expenden sus variados aromas deliciosos. El pasto verde y esponjoso compite con el intenso azul del cielo en dar placer a los ojos. Él no es un burócrata. Le gusta trabajar sin paredes. El jefazo Veguellina ha acabado admitiendo su naturaleza semoviente y hace tiempo que ha dejado de dar la murga a los compañeros del grupo con la pregunta ¿dónde está Tilo? “Tilo está plantado en algún sitio, ¿dónde quiere que esté?”, le contestó una vez Merche. Los demás se rieron.

Ha llovido por la noche y la tierra arenosa de los senderos del parque está blanda y mullida e invita al paseo y la cavilación. Además, esta mañana, después de sacar a Mingus, ha aprovechado la flacidez de la piel remojada por el agua caliente de la ducha para hacerse unas incisiones a punta de tijera en torno al clavo de la planta del pie y extraer un buen grano de células muertas y duras como el granito. Y ahora anda sin que el jodido callo le haga ver las estrellas.

La conversación pectoral con la compañera Merche le ha dejado una extraña sensación que reclama un café para enjuagarse la boca. En el fondo y en la forma esa mujer le gusta. No sabe por

qué, pues carece de atractivo visual, tiene el rostro alargado como las yeguas y la piel tostada por efecto del maquillaje que le ocultaba el bello de membrillo entre el mentón y las orejas. No se explica por qué rayos le gusta, pero se la pone dura. Por Júpiter que no mintió cuando le dijo lo que le dijo. Menos mal que ella lo ha encajó bien. Uno convive con gente a la que acaba tomando cariño, aunque sea tan hispida y puntillosa como esa Merche. Será eso: afecto de compañero y efecto de la primavera.

Decididamente la mañana se presenta entre pornográfica y erótico festiva, se dice al ver a Camero en el taburete ante la barra de chapa del Kiosko de los Pinos. Lo saluda con un gesto de cabeza. Camero está más sordo que un tomillo y sólo contesta si le saludas por señas. Fue actor y ayudante de dirección de cine, además de un gran bromista. “Oye, Pilarín, ¿tu usas bragas?”, le dijo un día a una famosa directora cinematográfica con la que trabajaba. Ella, sorprendida, le contestó que claro que usaba esa prenda interior. “¿Las llevas puestas?” “Pues claro que las llevo”, replicó ella y le preguntó por qué rayos quería saberlo. “Es que llevas caspa en los zapatos”, le dijo el bromista.

Las bromas sirven para alegrarnos la vida; pueden ser divertidas, imaginativas, burlescas, soeces y de tan mal gusto como la de este zoquete a su jefa. En cualquier caso, resultan útiles para conocer el carácter y el estado de ánimo de las personas con las que tratamos. Por suerte, Merche se tomó el coqueteo con la misma deportividad que Pilarín la chanza de este capullo. Tilo le mira por el rabillo del ojo; helo ahí, invitando a café a la visera de su gorra y al espeso bigote blanco que le rebasa el labio superior a modo de morsa.

Mientras Gacelilla le sirve su dosis de cafeína se pregunta si la atractiva y nerviosa Merche se habrá echado un arrimo o descargará la tensión sexual por la vía laboral. En la peluquería de señoras de al lado de casa, donde la amable Viki le arregla la cabellera en cinco minutos, oyó una conversación según la cual, a falta de orgasmos, algunas mujeres se conforman con ir al baño, estirarse y tocarse en la cama, bostezar, estornudar y ponerse videos graciosos para reír y relajarse.

Puede que Merche utilice esos métodos, pero no le vendría mal un arrimo. Desde luego, sería menester que algún compañero le ayudase a investigar las desapariciones de esos ancianos.

Desenfunda el teléfono y llama a Leopoldo Riesgo.

Está en su pueblo, en la montaña, y dice sentirse mucho mejor de la afección pulmonar que le obligó a pedir la baja hace dos semanas.

–Aquí se respira aire puro y ya casi estoy en forma para volver al tajo.

–Muy buena noticia, Leo. Te necesitamos.

Riesgo es un tipo fuerte, el más fuerte y musculoso del grupo de homicidios. Mide uno noventa y tiene espaldas de gorila. Una vez enganchó por la bajera el coche de unos malos que huían y lo volcó, lo que le valió el apodo de Volki, aunque como luego se dejó el pelo largo y como casi siempre funcionaba en pareja con Natalia Dalila del Pozo, que también está de baja por depresión, empezaron a llamarle Sansón. Fue campeón de lucha leonesa y subcampeón regional de martillo y de jabalina, pero se ve que la contaminación urbana no respeta ni a los más fuertes de cada especie.

Tilo le menciona los asuntos que ocupan a la brigada y Leo, que algo sabe por los periódicos, parece alegrarse de que le haya echado en falta.

–Mañana tengo revisión médica y voy a pedir el alta –le dice.

–Merche te lo agradecerá y las familias de esos viejos también, pero si el médico dice que sigas de baja, has de obedecer. Ya sabes que soy un liberal acérrimo en esta materia: la primera y principal propiedad privada que tenemos somos nosotros mismos, así que nada de bromas y a obedecer al facultativo.

–De acuerdo, pero me siento estupendamente y tengo ganas de volver al tajo –insiste Leo.

Tilo guarda el teléfono, da un sorbo al café y vuelve a sus cavilaciones elementales. Si el sexo y el dinero mueven el mundo, alguna esas dos motivaciones iniciales están detrás del asesinato de Yiyi, se dice. La venganza del cornudo o de la mujer despechada le parecen las hipótesis más probables. Si a Yiyi le gustaban las mujeres y se dejaba querer, habrá que profundizar en esa dirección, concluye a pesar suyo, depositando sonoramente el importe del café sobre la chapa del mostrador y reanudando el paseo.

Tras la conversación con Chincheta, reconoce el acierto de la larga Fabiola sobre el móvil afectivo. Le fastidia que eso le convierta en un huele braguetas, pero la realidad es como es y no como uno quisiera. Recuerda las palabras del ágil reportero gráfico: “El que más sabe de las aventuras de Yiyi es el maestro profesor”. Sin dejar de caminar hacia el estanque, busca en su libreta y marca el número del teléfono del profesor Cifu. Mierda. Está ocupado o fuera de cobertura.

Al devolver la libreta al bolsillo se percata de que no ha leído el informe del pequeño Oliveras. Saca el folio doblado y le echa una ojeada. ¡Por Júpiter si ganaba pasta ese Yiyi!, se dice al comprobar las propiedades que deja mundo: Audi deportivo, Seat León, chalé de lujo en la Piovera, apartamento en la calle Ayala (Barrio de Salamanca), apartamento en Comtesa (Mallorca).

Tilo comprueba las valoraciones estimadas. ¡Por Júpiter que un sueldo de reportero gráfico no da tanto de sí! Revisa atentamente las fechas de las adquisiciones: la más antigua corresponde al apartamento en el distrito más cotizado de la capital, con una hipoteca de sesenta mil euros pendiente de amortizar. Las demás propiedades han sido adquiridas en los diez últimos años. Y a ellas se añade un condominio en un gran hotel del norte de la ciudad, herencia de un tío suyo que era dominico y ejercía de profesor en la Universidad Católica de Puerto Rico. Se trata de un apartamento en las plantas altas del edificio que podía utilizar o rentar quince días al año.

El impertinente reclama su atención. Es el profesor Cifu. Por supuesto que quiere colaborar en el esclarecimiento de la muerte de Yiyi. Le parece bien quedar en el tanatorio esta tarde y se describe como un tipo de cincuenta tacos, bigote rubio, chaqueta azul marino y pajarita negra al cuello con camisa blanca. Tilo corresponde: “uso pantalón vaquero, chaqueta beige y camisa blanca sin corbata; creo que nos reconoceremos”.

Retoma el hilo de sus cavilaciones. Las propiedades de Yiyi añadían atractivo a su apostura. Además de guapo, elegante y soltero, era rico, y eso le convertía en una rara apis, una pieza de alto valor cinegético. Cierto es que sus vivencias y experiencias le habían dotado de la sabiduría suficiente para esquivar los disparos. Hay muchos tipos así, individuos que no se casan con nadie, y menos después de los cincuenta. Claro que también es cierto que un momento de debilidad puede tenerlo cualquiera.

Desenfunda el teléfono y llama a Oliveras.

–Hola, Oli, muchas gracias por tu informe. ¿Tienes mucha tarea?

–No falta; estoy con lo de esos ancianos.

–¿Te sería posible averiguar si Jiménez tenía bienes gananciales y cuentas comunes con su compañera y si, por un casual, había hecho el testamento?

–Me llevará tiempo, pero algo podré rascar.

–¿Mucho tiempo?

–Un poco. Veguellina me ha ordenado que dé prioridad a los viejos.

Menudo capullo, piensa Tilo.

–Bueno, si rascas algo, cuéntaselo a Fabiola cuando llegue. Y dale también una copia del informe sobre las propiedades del finado. El dinero y el sexo mueven el mundo.

–Epicuro.

–Taluego.

Las carpas del estanque del Retiro están hambrientas, se arremolinan a un metro de la barandilla y hocican en formidable pugna por atrapar los trozos de pan duro que les lanzan una abuela y un niño sentado en la barandilla, que dice piz, piz, piz. La mujer señala al pez más grande y comenta al crío: “Mira, ese es Margarito”. Algunos barbillones asoman sus bigotes e intentan atrapar unas migas, pero las carpas les atizan y ahuyentan hacia las profundidades. La oscuridad y el lodo es su elemento. Por algo les llaman “peces gato”.

Recuerda haber leído en algún periódico que la última vez que vaciaron el estanque recogieron más de ocho mil carpas y peces gato y los soltaron en el Tajo. En el lecho encontraron un porrón de teléfonos móviles, más de cincuenta. También, sillas, barcas, mesas, patines y una caja fuerte. La abrieron y tenía nada.

El impertinente interrumpe su distracción. Es Caniche.

–He encontrado la Harley; creo que son ellos –le dice.

–¿Cerca de la zona?

–En la M40 a las 8:42 de la mañana. Sigo mirando y luego te digo.

–Estupendo. Nos vemos a las cuatro.

En cambio, de los gatos ahogados, las ardillas descarriadas y los perros muertos no hallaron ni los huesos, lo cual es lógico, dada la voracidad de estos peces que comen todo lo que no les come a ellos.

Tilo se aleja del estanque por el camino ondulado que conduce a la plazuela del Ángel Caído. Se acuerda del mierda de los culos y marca el número de Romanillos.

–Nada, el pájaro ni pío –le informa el subinspector.

–Me lo temía.

–Ni fu ni fa –añade Romanillos–. Del sicario ni fu, no sabe ni quién ni cuando ni cómo entró, disparó y salió con tanta facilidad. Y de las grabaciones ni fa, que nos las inventamos nosotros.

–¿Se habrá sorprendido, al menos?

–Ni eso. Es un tío frío. Ha puesto cara de chulo.

–Fue cabo en el ejército –dice Tilo.

–Ha pedido un abogado y anuncia un habeas corpus por detención ilegal con pruebas falsas. A ver si llegan Fabiola y Rosado con los otros pájaros y los productos de los registros y nos dan una alegría.

–Esperemos.

Tilo guarda el teléfono, disfruta del aroma de los tilos en flor. Bajo unos castaños de indias, varios jubilados ejercitan los brazos y la cintura jugando a la petanca. Son tipos silenciosos. Dos van en chándal y alpargatas de andar por casa. Uno gasta traje, corbata y mocasines, como si no hubiera dejado su puesto de director de lo que fuese. Son tipos pausados, ceremoniosos. A lo lejos cruza Vilibaldo con su acordeón al hombro. Le silba. El rumano va cabizbajo. No mira. Sin duda supone que ha silbado un mirlo. Los pájaros hablan mucho entre sí. A saber qué se dirán. Si pudiera entenderlos y hablar con ellos le facilitarían el trabajo, pues son muy observadores (por la cuenta que les trae), ven cosas y saben mucho. Serían unos testigos estupendos.

Recuerda haber leído en Al sur de Granada que cuando Gerard Brenan llegó a Yégen con su paga de capitán retirado de la Primera Guerra Mundial no sabía una palabra de castellano y que entonces los lugareños de aquella aldea de la Alpujarra que le pareció construida por insectos pensaron que hablaba el idioma de los pájaros. Él se lo tomó a broma y empezó a aprender castellano. Si además se hubiera aplicado el cuento sobre el habla de los pájaros, otro gallo cantaría.

Los humanes hemos sido capaces de incorporar muchas facultades y habilidades de otras especies animales, pero ni en dos mil años hemos conseguido comunicarnos con la avifauna en su lenguaje. Si no con todas las clases de aves, sí, al menos, con algunas tan cercanas como los gorriones, los mirlos, las currucas tendríamos que haber aprendido hace siglos a comunicarnos. ¡Ah, la avifauna! Cotorras, loros y otros pájaros se esfuerzan en repetir los sonidos de nuestras palabras como si quisieran comunicarse con nosotros, y en cambio, no les seguimos el rollo ni somos capaces de platicar y entendernos con ellos; suponemos que no piensan y renunciamos de antemano a saber lo que saben. Un desperdicio, una pena. Será porque bastante tarea tenemos con entendernos entre nosotros.

Tilo siente ahora con mayor intensidad el incesante bullicio de un puñado de neuronas que llevan toda la mañana intentado una sinapsis de sonidos. Revolotean en su cabeza como calandrias al atardecer. Vuelan fugaces de un hemisferio a otro sin encontrar la conexión deseada, ese insecto jugoso que satisfaga su apetito. Sus acrobacias, idas y venidas le generan un desasosiego inútil, ya que hasta este momento sólo ha conseguido tramitar desviaciones peregrinas y enredarse en hipótesis disparatadas como esa de conversar y entenderse con los pájaros. Pero vive dios que la voz de ese interlocutor telefónico de la apenada Liana le resultó familiar. Sospechosamente familiar.

Desde la plaza del Ángel caído (Lucifer) se deja caer con paso tranquilo por la pendiente asfaltada que conduce a la esquina del suroeste del parque y enlaza con la cuesta de Moyano. Las librerías de lance y ocasión bostezan recostadas en la verja del Jardín Botánico. Algunos transeúntes se asoman a sus bocas con aire de tratantes de ganado que examinaran sus dientes. Tilo es uno de ellos. Se dirige al vendedor: “Busco algo sobre el Camino de Santiago”. El hombre le ofrece una guía turística. La hojea. “¿Y algo más sólido, histórico… ¡Vaya hombre!” El sonido del inoportuno interrumpe su explicación. Es el jefazo Veguellina. Hace una señal de pausa al librero y da unos pasos hacia atrás.

–Oye, Dátil, ¿qué coño pretendes con esas detenciones?

Que no sigan filmando a traición lo que usted dice, piensa para sí.

–Pretendemos que colaboren en la investigación, ya me entiende.

–Pues no, no te entiendo –replica el supercomisario–; nos vamos a meter en un lío con esas detenciones; date cuenta que tienen protección legal como agentes auxiliares de la autoridad y no pueden ser detenidos por un “quitapallá”.

–Supongo que ha hablado con Romanillos –dice Tilo.

–Si, ya me ha explicado.

–Entonces sabrá que hacían filmaciones ilegales.

–¡Joder, Datil! No estamos aquí para perseguir pornografía barata, sino para aclarar crímenes y echar el guante a los criminales, ¿o no?

–Esas detenciones se han hecho con mandamiento judicial –le recuerda Tilo.

–Debiste consultarme antes de actuar por tu cuenta –le reprocha Veguellina.

Pedazo cabrón, si estabas con tu puta de turno.

–Cierto y verdad, tiene usted razón –admite Tilo.

Es la segunda vez que le corrige en las últimas veinticuatro horas. La primera fue por defecto, por comportarse con delicadeza hacia el conmocionado lechuguino, y ahora por exceso, por ordenar las detenciones de esos seguratas.

–Por cierto, jefe, ¿ha conseguido usted hablar con el superior de Yiyi?

El supercomisario tarda unos segundos en responder.

–Desde luego –dice.

–¿Y sigue pensando que fue un atentado? –se interesa Tilo.

–Algo de eso puede haber –dice–, pero no es materia para hablar por teléfono.

Los teléfonos están protegidos y provistos de secráfonos que distorsionan la voz, de modo que Tilo sospecha que no quiere entrar en detalles porque está mintiendo.

Veguellina concluye la conversación con una referencia directa a su decisión de dar puerta a los detenidos por falta de pruebas fehacientes y de denuncias de sus supuestas actividades ilegales. Tilo traga saliva y evita contradecirle.

Cuando se aproxima de nuevo a la caseta, el librero sigue apilando volúmenes sobre la temática. Tilo está impresionado, mira las portadas, lee algunas líneas de las solapas y contraportadas. El Peregrino de Compostela, de Paulo Coelho; Guía mágica del Camino de Santiago, de Francisco Contreras Gil; Bueno, me largo, de Kape Kerkeling, famoso cómico alemán; El Gran Caminante, de Antxon González ‘Bolitx’; El Libro Jacobeo (Codex Calixtinus), de Aimeric Picaud; Leyendas e Historias Jacobeas, de Julio Peradejordi… Le interesan todos, éste Méndez quiere arruinarle.

–No busque más –dice al librero.

Al final se lleva tres volúmenes por veinte euros. Y un mamotreto de propina, cortesía del señor Méndez. “Usted es fuerte, no le pesará en la mochila de peregrino”, dice el librero. Tilo lo acepta y, en señal de gratitud añade a la bolsa una guía de la naturaleza del Camino de Santiago, con textos y fotos de los biólogos Luis Frechila y Fernando Fernández por el módico precio de cinco euros más. “Conviene saber qué bichos puede encontrar uno por el camino”, dice.

En el taxi que le lleva a casa a dejar la mercancía y sacar y dar de comer a Mingus rumia el sabor amargo de la genciana que le ha dejado la conversación con Veguellina, al que considera un capullo de tomo y lomo. Quizá la definición sea inexacta, quizá su intervención en esos detalles colaterales de la investigación obedezca a alguna circunstancia que se le escapa. No ayuda, pero interfiere. ¿Por qué causa o razón? No lo sabe ni está dispuesto a preguntarle. Si ha dejado correr la especie del atentado, todavía no reivindicado, debe de ser para tranquilizar a los malos. Es la táctica habitual con los medios de comunicación: se les maneja para que propalen lo que interesa. Y si, además, el interés es económico y redunda en beneficio de la supuesta seguridad de los prebostes palatinos, mejor que mejor.

El disgusto de Veguellina por esas detenciones relacionadas con el caso Yiyi encaja también en su táctica de alargar la hipótesis del atentado. Pero las hipótesis o se verifican o mueren. El comisario lo sabe y no quiere que nadie se entere de que hay detenidos. Tampoco desea, sospecha Tilo, que alguno de esos seguratas se vayan de la lengua y que, a cambio de hacer la vista gorda sobre esas grabaciones ilegales y delictivas, colabore en la investigación.

El inspector envía un mensaje a la larga Fabiola: “Supongo que has escuchado la grabación de las conversaciones de la apenada compañera de Yiyi”, le dice. Y añade: “Comemos en el Kiosko de los Pinos”. Instantes después ella contesta: “Las he oído, comemos”.

Cuando abre la puerta de casa, Mingus salta a sus brazos, le lame, husmea la bolsa con los libros, alza la pata, pero Tilo evita que los mee. El cocker corre escalera abajo sin esperarle. Obedece más a la vejiga que al amigo o más al instinto que al amo porque hay una labradora en celo que le vuelve loco. En cuanto pisa la calle, corre por la plazoleta hacia ella, le hace carantoñas, la lame, ella (se llama Luna y es negra zaina) corresponde, juegan al corro la patata. Mingus quiere lamerle los genitales, pero Luna se protege, pega el trasero a las baldosas y se muestra impracticable. Mingus gime, le lame el hocico y siguen dando vueltas hasta que Beni, el dueño el Luna, un jubilado de la construcción, tira de ella y se la lleva. “Demasiada perra para ti”, dice Tilo mientras le sosiega con caricias en la testa.

*

El supercomisario Veguellina está que fuma en pipa, tiene un enfado catedralicio por las detenciones de esos vigilantes. Ha dicho que son infundadas y los ha enviado al juzgado limpios de polvo y paja para que su señoría los deje en libertad sin cargos.

El relato de Fabiola no deja lugar a dudas sobre el interés personal del jefazo en el asunto. Incluso la ha obligado, a ella y al inepto de Rosado, a pedirles disculpas por las molestias. La Larga habla de prisa. Se siente muy contrariada. Romanillos hace causa con ella e intenta tranquilizarla. Pero quien da la clave es el pequeño cabezón Oliveras. Resulta que el director de la empresa de seguridad es un tal Camilo Valdeacederas, comisario en excedencia (y sin duda amigo) de la promoción de Veguellina.

–¿Y las pruebas? –se interesa Tilo.

–No hay pruebas –dice Fabiola–. Tenían una industria pornográfica y chantajista montada, pero no hay pruebas; no ha permitido que los ordenadores y discos con las grabaciones que requisamos en los domicilios de los dos pájaros y la pájara pudieran ser examinados por el gabinete técnico. Ha irrumpido en el departamento como deus ex machina cuando éste (Romanillos) y Pájaro Loco examinaban el material y les ha obligado a trasladarlo a su despacho.

–Tampoco iba a aceptar que jodiéramos a su amigo –dice Tilo.

–Y al coronel del ejército que tiene de tapadillo como jefe de personal –añade Oliveras.

–Los que mandan, mandan…

–¡No te reconozco! –protesta Fabiola.

–Ya sabes el refrán: cada cosa a su tiempo y los nabos en adviento –dice Tilo.

–Anda ya con la monserga resignada y conservadora del refranero –incide Fabiola.

Tilo se encoge de hombros y renuncia a abrir la boca para otra cosa que no sean los bacaladitos fritos. Entiende la protesta de la Larga, es consciente de que su esfuerzo y el del incompetente Rosado, que ha acompañado a los detenidos hasta el juzgado, ha sido inútil. Y sabe que los esfuerzos inútiles no sólo conducen a la melancolía, sino también a la irritación. Pero sopesa la situación, ha recibido dos broncas del jefazo, se siente en el disparadero, está en el punto de mira de ese capullo y no conviene forzar la máquina. Ni mucho menos ahora que tiene un as en la mano.

–Cada cerdo tiene su San Martín –dice.

–¡Joder con el refranero! El cerdo pasa a chorizo y todos tan contentos –insiste Fabiola.

Oliveras salta en ayuda de Tilo:

–Mucho antes de la aparición de los refranes, los estoicos nos enseñaron la disciplina de la prudencia, de modo que si no puedes cambiar las cosas, no te metas.

–Pues yo esperaba algo más, una protesta, un parte a Asuntos Internos. Hay motivos más que suficientes, ha distraído pruebas, ha ocultado las filmaciones de los seguratas en el cuarto de interrogatorios, por no decir torturas, a los cleptómanos. Son actividades delictivas, filmaciones abusivas. Verdú y Romanillos han visto esas imágenes y pueden dar fe.

–Cierto –musita el subinspector.

–Estoy segura –añade la Larga– de que los tipos utilizaban esas secuencias en las que se ven mujeres devolviendo cosméticos y otros productos ocultos en sus bolsos y bolsillos para desacreditarlas y chantajearlas en un momento determinado. Es una infamia, una canallada, ¿vale?

Tilo la mira y renuncia a pedirle paciencia, pues nadie puede dar lo que no tiene. Si al menos Romanillos y Pájaro Loco hubieran tenido la habilidad de guardar un CD-R con alguno de esos videos, dispondría del fundamento necesario para cursar la queja a los míster Proper de la limpieza interna. Pero sin prueba no hay caso. Y lo siente, lo siente mucho. ¿Cómo no lo va a sentir si ha quedado al nivel del betún de los zapatos ante la juez doña Charo? Para una señoría potable que les había tocado en suerte, va el jefazo y lo jode. Destruye la confianza y le deja como un estúpido incompetente. Tendrá que hablar con ella en privado. Si se deja.

Gacelilla le trae el café solo largo y pregunta a los demás qué tomarán de postre. El flan caramelizado puede contrarrestar la acritud de la Larga. Y si no, la crema catalana de Romanillos, en la que también ella está metiendo la cuchara, se dice Tilo mientras se prepara para interferir el gorjeo de los gorriones que saltan de mesa en mesa y describir el as que cree tener en la mano y pedir a la Larga y a Romanillos que olviden la felonía de Veguellina y sigan ese hilo.

Resulta que cuando regresaba en el taxi, después de sacar a Mingus, telefoneó al lechuguino al número por el que lo llamaba Yiyi. Resulta que el lechuguino contestó al instante. Resulta que negó haber mantenido comunicación alguna con el supercomisario Veguellina. Resulta que su impresión inicial del “atentado” era ya flatus vocis, según admitió. Y resulta que la voz del tal Jordi Emula y Lucientes sonaba igual, exactamente igual que la del interlocutor telefónico de la apenada Liana.

Las neuronas de Tilo habían logrado la conexión. Por Júpiter que era él.

–Fabiola, quiero que vuelvas a oír la grabación del tipo sin acento argentino que brinda consuelo y futuro a la apenada Liana. Escúchala bien, una, dos, tres …, cuantas veces sea menester. Quiero que la interiorices, que te quedes con ella y que esta tarde, en el velatorio de Yiyi, hagas lo posible y lo imposible por hablar con su antiguo jefe. Es posible que te sorprendas. Sólo te pido que contengas esa sangre de jabalina que fluye por tus venas.

–¡No jodas que..!

Tilo le describe con la mayor precisión posible la edad y el aspecto físico del lechuguino, el pelo engominado, el rostro maquillado, el traje impoluto, los mocasines brillantes. Lleva la insignia monárquica en el ojal y en los gemelos de los puños de la camisa, le dice.

CINCO

El profesor Cifuentes le está soltando un rollo gratuito sobre el dinero. Tilo le deja hablar, se acoda sobre la mesa, apoya el mentón en un puño, se pregunta qué ha hecho para merecer esto y cierra los párpados en señal de cansancio. Pero el profesor es inasequible al desaliento, insensible, despiadado. Habla y habla sobre dinero, su tema favorito. El dinero no sale de la renta del trabajo ni de la renta de la tierra ni tampoco del valor añadido por la transformación de las materias primas y la fabricación de productos. Desarrolla los enunciados, se escucha a sí mismo, mira hacia adentro, parece dispuesto a contarle los cinco tomos de La Riqueza de las Naciones.

Tilo abre los párpados, le mira. El tipo insiste en tocarle los huevos. Y sigue explicando que el dinero tampoco sale del transporte ni del movimiento de personas y mercancías de un lado a otro, si bien es cierto que los países costeros y con grandes vías fluviales poseen unas ventajas y una riqueza superior a los que no tienen mar ni riberas a las que asomarse.

–Ya lo dijo Adam Smith –musita Tilo.

El profesor no se da por aludido y sigue hablando como si fuera un erudito de la historia del pensamiento económico. Está claro por qué le llaman profesor Cifu: por no llamarle collar de melones.

Tilo se pregunta por qué carajo los periodistas propenden a demostrar su sabiduría sobre lo que saben y lo que no saben. Recuerda la vez que le preguntó a uno de estos verbalistas en qué era especialista y él contestó: “En la totalidad”. Supone que no va a sacar nada útil ni válido de este sujeto. Si para responder a la pregunta sobre la acumulación de bienes raíces de Yiyi se ha despachado un gin tonic en tres tragos, se ha remontado a la era preindustrial y lleva más de diez minutos hablando sin responder a la cuestión, será mejor dejarle en paz.

Ya disponen de un buen hilo para llegar al ovillo y confía en las habilidades de Fabiola y Romanillos para cercar al lechuguino y apretarle las tuercas.

Inasequible al silencio, el profesor sigue explicando cómo se amasa la pasta gansa. Es la intermediación, dice, la actividad que más dinero con menos esfuerzo proporciona al human; los intermediarios se lo llevan crudo. Se refiere a los banqueros, los asentadores de frutas y verduras, los mercados de futuros, los tratantes de ganados, las agencias de calificación de riesgos, las timbas contemporáneas que llaman bolsas de valores…

Tilo exclama para sí: “¡Que te la pique un pollo!” Empuña el vaso, bebe un sorbo de agua, golpea la mesa con el culo del vaso, endereza la espalda con ademán de incorporarse y despedirse del palabrista, pero éste advierte la maniobra, alza la mano con la copa vacía, pide a la camarera que le sirva otro gin tonic. Finalmente le confiesa que además de hacer fotografías, Yiyi se ocupaba en la intermediación.

–¿De qué era intermediario Yiyi?

–De futbolistas –dice– y de más cosas.

–¿Qué cosas, si se puede saber?

–Uff, era muy listo, un traficante nato. Tenía habilidad, buen oído, mejor vista y una gran empatía para las relaciones. Y quien dice relaciones, dice engrases, influencias y agilidad para la intermediación. Yo le llamo “cucología”, esa ciencia que consiste en saber lo que otro quiere y proporcionárselo si lo puede pagar. Yiyi no había estudiado, no pasó del bachillerato elemental, no leyó un libro jamás, dudo que alguna vez haya tenido El Quijote en sus manos y, sin embargo, era un científico capaz de exprimir el aire y obtener euros, lo cual demuestra que la erudición solo vale para embarullar las ideas y distraer los propósitos.

–Y olvidar los escrúpulos –añade Tilo.

–¿A qué te refieres?

–A que no parece que el traficante tuviera escrúpulos.

–Pues mira no, eso no te lo consiento –se enoja el profesor.

–Escrúpulos hacia el dinero fácil y rápido, claro está –puntualiza Tilo.

El profesor centra su atención en la camarera. “Gracias, pintona”, le dice cuando ella acepta su indicación de añadir más ginebra a la copa de balón en la que le prepara el segundo gin tonic con dos rajas de limón y tónica rosada. Ya venía cargado, el profesor, y se dispone a agarrar una melopea de campeonato. Es comprensible que quiera ahogar en alcohol la pena de la pérdida del amigo, se dice un Tilo mientras duda entre seguir escarbando o soltar la azada.

–Ganaba la pasta sin engañar a nadie, eso que te quede claro.

–No tengo motivos para dudarlo; creo que además tenía principios religiosos.

El profesor bebe un trago largo.

–Dudo que creyera en ningún dios –dice.

–Hizo el Camino de Santiago –afirma Tilo.

–¿Cómo sabes eso?

–He visto el diploma de peregrino en su casa.

–Eso fue por… digamos que por deporte amoroso, jeje –dice el profesor.

–¿Puede ser más claro?

–Peregrinó por amor… El asunto tiene su intríngulis. Te cuento: Yiyi era un hombre de un solo amor…

–Pues tengo entendido que era un picaflor.

–Es cierto, ligaba mucho, se levantaba cada monumento… Pero lo que es amor, sólo sentía amor por Chelo… Se volvió loco cuando ella le dejó. Eso fue hace muchos años, pero nunca se curó. Buscaba el antídoto en otras, claro está, pero jamás lo encontró.

–¿Ni en Liana?

–La argentina es una mujer estupenda, Yiyi la quería, adoraba a su hijo, le nombró heredero y se sentía feliz, pero ella nunca pasó de ser un placebo porque el amor de Yiyi hacia Chelo era muy superior al consuelo que Liana, con todo lo buena que está, le podía proporcionar. Te lo digo yo, que más de una vez le llevé por boites de lujo a ligar tías del uno y descartaba a las rubias porque Chelo es de pelo negro, zaino.

–¿Cornamentaba a Liana?

–Nos ha jodido… Pero habría que ver quién ponía los cuernos a quién. Ella viajaba mucho y excuso decirle que no hace falta ser muy listo para saber que era un pendón. En todo caso, a la vaca no le pesaban los cuernos.

–Ni al toro tampoco…

El profesor lleva su copa a los labios y da otro trago largo. Tilo aprovecha la pausa para pedir disculpas, incorporarse y dirigirse al lavabo. El teléfono ha vibrado varias veces en su bolsillo y no es cuestión de que los pocos clientes del bar del tanatorio, gente triste que habla en voz baja, como si estuvieran en una iglesia, se enteren de la conversación.

Cuando sale del retrete oye una explosión de vidrios y un grito. A la camarera le ha estallado una tetera de agua hirviendo. Chilla de dolor. Tilo corre a socorrerla. Los cristales le han sajado la carne de la mano derecha como si fuera un melocotón. La sangre le ha salpicado la blusa blanca, formando el mapa de un país que se desangra hasta el cuello. Tilo le agarra el brazo, le quita los vidrios clavados en la carne. “¿Hay un médico?”, pregunta a voz en grito. No lo hay. Agarra un paño de cocina y se lo ata fuerte para cortar el flujo sanguíneo. Le envuelve la mano con una bayeta. “¡Llamen a un médico!” Un hombre mayor se asoma a la puerta y pregunta si hay algún médico. Nadie contesta. Parece claro que en el tanatorio ya no hacen falta médicos, se dice Tilo mientras se inclina, pasa su brazo derecho por la entrepierna de la chica, agarra su mano sana, la carga a hombros y se la lleva a la calle, seguido del profesor Cifuentes, que ha dejado la “lavadora”, su viejo Citroen GS, a cincuenta metros y ahora conduce a toda mecha hasta el servicio de urgencias de un hospital cercano. “No te desangres, pintona”, la anima mientras Tilo la lleva en brazos, cruza la puerta de la clínica, la sienta en una de las sillas de ruedas estacionadas a un lado del pasillo y grita: “Esta mujer se está desangrando”. Un enfermero se hace cargo de ella y la introduce en la sala de curas, a la que ellos no pueden pasar. Puesto que desconocen cualquier dato sobre la joven herida, se miran uno a otro, se dirigen a la ventanilla de “ingresos” que hay junto a la “sala de espera”, aguardan unos minutos, no ven persona alguna dentro del cubículo. Tilo busca un lavabo y se lava las manos.

–Misión cumplida, vámonos, profesor.

–Si, vamos antes de que nos ataque un virus.

Tilo prefiere caminar y el profesor quiere volver al tanatorio, donde ha dejado un gin tonic a medio tramitar y a un amigo de cuerpo presente, pero antes de despedirse, el inspector formula a Cifu la pregunta de rigor: “¿Quién querría tan mal a Yiyi para ultimarle?” El periodista económico y excompañero y amigo del finado pone cara de circunstancias. No le consta, dice, que tuviera enemigos.

–Muchas veces nos creamos enemigos sin que nos enteremos siquiera –dice Tilo–. ¿Quién puede asegurarnos que Yiyi, con su actividad de agente deportivo, apoderado, intermediario o como se diga no le pisó el negocio a alguien?

–No lo creo –dice el profesor.

–¿Por que?

–Me lo habría comentado; te repito que no tenía enemigos, solo amigos y alguna amante ocasional, simples placebos para consolar la pérdida de la Chelito –dice.

–Vale, de acuerdo, pero si por un casual le viene algo extraño a la memoria, le agradecería que me lo participara; cualquier indicio puede ser importante.

A continuación el investigador vuelve a mencionar el Camino de Santiago y el profesor completa su información diciéndole que Yiyi peregrinó a la tumba del apóstol para intentar encontrarse con Chelo.

“No sé si abrocharon”, añade.

*

El salón del velatorio de Yiyi registra un constante goteo de visitantes. Son amigos y parientes. Yiyi

enía una hermana mayor que acompaña a Liana, sentada en una silla a dos metros de la cabecera del féretro. A los pies del catafalco se van acumulando coronas y ramos de flores. Al otro lado de la puerta de vidrio emplomado, el subinspector Romanillos se fija en los visitantes, mira por el rabillo del ojo las firmas que dejan en el libro de condolencias. No alcanza a leer los mensajes, aunque deduce la presencia de alguna amante entre los colegas y familiares del finado y de su apenada compañera Liana, a la que la subinspectora Fabiola no quita ojo. La ha saludado, ha permanecido un minuto ante el féretro y se ha retirado discretamente a una esquina alejada de los focos. Lleva setenta minutos sentada en una silla alineada junto al tabique de cartón piedra que separa la sala del siguiente velatorio cuando Romanillos se asoma y le indica con un gesto de ojos que acaba de llegar el lechuguino.

Fabiola le ve entrar con paso firme, se dirige hacia Liana, le da un beso en la mejilla, la abraza, la estrecha contra su pecho, le susurra unas palabras al oído. Permanecen abrazados diez o quince segundos. Cuando se separan, el pantalón de loneta azul marino del lechuguino presenta el signo visible de una erección a media hasta. El tipo se abrocha el botón inferior de la chaqueta, coloca sus manos en forma de concha sobre el paquete sexual, se desplaza unos pasos hacia el féretro, se inclina ligeramente hacia Yiyi y se mantiene quieto como si evaluara la reparación del rostro del finado. Le han dejado bien, los balazos ni se notan. Fabiola lo observa, se fija en sus zapatos de ante marrón con cordones de viruta, en su corbata negra con una rosa de pétalos rojos y amarillos impresa como si quisiera dejar constancia de su patriótico españolismo. Hay que ser hortera, se dice mientras comprueba el micrófono en su broche de mariposa.

En ese instante, dos hombres con guardapolvos grises depositan otra corona de flores y laureles con una cinta morada y letras áureas: “Tus compañeros de la Casa Real no te olvidan”. El lechuguino les mira de reojo y asiente con un leve movimiento de cabeza. Poco después, un tipo con traje de alpaca y gafas oscuras abre la puerta y anuncia: “¡Sus majestades!” El lechuguino se apresura a recibirles. Inclina la cabeza y los saluda antes de conducirles ante la apenada Liana, que se desprende de sus gafas y recibe los besos de la pareja real. Mientras intercambian unas palabras, el lechuguino se aleja hacia la puerta. Fabiola le sigue y lo aborda en el pasillo.

–Don Jordi, deseo hablar con usted unos minutos –le dice.

El lechuguino ha sacado un bolígrafo del bolsillo interior de su chaqueta para escribir en el libro de condolencias, pero refrena su impulso al ver la placa de la agente.

–Usted dirá qué se le ofrece.

–Hay algunos detalles de la investigación sobre la muerte de Yiyi que deseo abordar con usted. El primero es si tuvo o mantiene usted relaciones íntimas con la señorita Liana.

El lechuguino se yergue como si le hubieran metido un palo por el culo, se vuelve hacia la agente, la mira con frialdad y echa a andar por el pasillo en dirección contraria a la salida.

–Me sorprende su pregunta, pero le voy a contestar por consideración a mi amigo Yiyi. Claro que mantenía una larga relación de amistad con su compañera Liana, pero no íntima en el sentido al que usted se refiere, sino de una gran confianza mutua.

–Al decir íntimas me refería…

–Sé a lo que usted se refiere y le diré que no, ni manteníamos encuentros discretos ni follábamos, si es eso lo que quiere saber. En todo caso, no creo que la libertad sexual tenga algo que ver con el asesinato de Yiyi. ¿O acaso pretende implicarme? ¿Estoy bajo sospecha?

–Comprenda que hemos de contemplar todas las hipótesis, por remotas que parezcan.

–Pues elimine esa hipótesis, señora.

–Ya me gustaría –replica Fabiola en tono apenado–; no piense usted, don Jordi, que me agrada perder el tiempo ni molestar a las personas, pero se dan unas circunstancias casuales de tiempo y lugar que le afectan.

–¿Qué coño es eso de circunstancias de tiempo y lugar? Si me va a dar una lección de sintaxis, le ruego que sea breve; he de acompañar a sus majestades.

–La primera circunstancia de tiempo y lugar es que apareció usted en casa de Yiyi antes que la policía de la zona, sin que nos conste llamada alguna de Liana. ¿Cómo se enteró usted de lo que calificó atentado? ¿Tenía información previa? ¿Sabía si estaba amenazado? ¿Qué explicación…

–¡Pero bueno! ¿Por quién me toma? Le recuerdo que Yiyi era amigo mío, ¿vale? Usted tiene amigos y amigas ¿verdad? ¿Permitiría que liquidarían a alguno de ellos? ¿Verdad que no? ¿Les avisaría si supiera que corren peligro de ser asesinados? ¿Verdad que sí?

–Usted perdone, don Jordi, pero es mi obligación preguntarle y no me ha contestado.

–Claro que le he contestado, agente…

–Fabiola.

–Le he contestado con creces, Fabiola, no se equivoque, no insista en esos complementos de tiempo y lugar que no la llevarán a ninguna parte, salvo que quiera… Me va a perdonar, tengo que irme.

–Hay una llamada telefónica suya a la señorita Liana de la que se deriva…

–Nada, no derive nada, Fabiola –contesta el lechuguino, apresurándose hacia la puerta del velatorio, donde ya se arremolina el personal para despedir a sus majestades.

–Insistiré en hablar con usted en otro momento –dice Fabiola, inclinándose sobre la cabeza del tipo para que le oiga– Dígame a qué hora le viene bien mañana.

El empleado palatino evita contestar.

Jordi Emula y Lucientes despide a la pareja real y departe con algunos periodistas que cubren las actividades palaciegas y otros que han acudido a dar su adiós al finado. Está a punto de subir al coche oficial cuando Romanillos se planta ante él, le muestra la placa y le asesta: “Tiene 48 horas para comparecer voluntariamente en estas dependencias, si no iremos a buscarle”. Y le entrega una tarjeta.

–¿Pero esto qué es? –Se sorprende el lechuguino–. Ya he hablado por teléfono con el inspector Tilo y hace un instante con su compañera Fabiola, y le aseguro que no tengo nada más que decir.

–Su testimonio resulta muy valioso, no nos obligue a detenerle –le susurra el agente.

–¡Arréstame si tienes cojones!

El agente da un paso atrás.

Simula no haber oído el desafío.

*

Fabiola y Romanillos estiman que no es el momento oportuno de abordar a Liana. Bastante tarea tiene, la criatura, con recibir las condolencias y agradecer los pésames. Los agentes buscan a Tilo en la planta baja del frío edificio, se asoman al bar, no está, le telefonean. El inspector camina por una larga avenida, fumando un cigarrillo, hacia una parada de autobús a lo lejos. Se alegra de que se interesen por él y le recojan con su coche porque todos los taxis van ocupados y el clavo de la planta del pie insiste en fastidiarle. El reloj de la pantalla del móvil indica la hora de sacar a Mingus, así que, acto seguido llama a la vecina Lourdes y le pide que lo lleve a la calle con sus chiguaguas. Los perritos le quieren y juegan, corren y se revuelcan con él. Tendrá que comprarle un regalo a Lourdes, se dice.

Las impresiones de los compañeros sobre el alto funcionario palatino son inmejorables. Le nombran sospechoso número uno. Romanillos ya ha aportado al gabinete técnico los datos para mantenerlo bajo control a través de sus teléfonos móviles. Lo ideal sería ordenar una vigilancia, pero la precariedad de medios humanos lo impide. Mientras cruzan la ciudad hacia el sudeste escuchan la grabación de la conversación de Fabiola con el lechuguino. Más que conversación es un regate. Las inflexiones de voz del personaje reflejan su nerviosismo creciente.

–Y eso que estaba dispuesto a colaborar en la investigación, según me dijo –recuerda Tilo.

A Romanillos le regatea de un modo más primario, al estilo del famoso “usted no sabe quien soy yo”, al que suelen apelar los que se creen inmunes e impunes. La referencia testicular le ha parecido impropia, al agente, de un alto cargo palatino, un tipo educado para guardar las formas y disfrazar los contenidos.

–Vamos a ver cómo reacciona –dice Tilo. Y a continuación llama a Pájaro Loco para cerciorarse de que el dispositivo de escucha del teléfono de la bella Liana se mantiene operativo.

Los tres agentes piensan lo mismo: en algún momento se pondrán en contacto.

La jornada ha sido provechosa.

–Mira, aparca ahí el Toidiota –indica Tilo a Romanillos–; os convido por haberme traído.

La Larga se da al vodka con naranja. No bebe, salvo en ocasiones especiales. Y esta es una de ellas. Su intuición va dando resultados. Tilo y Romanillos solicitan cerveza y unas raciones de cecina y queso manchego semicurado para acompañar la libación.

Dan por terminada la jornada, pero no la materia, y enseguida auguran dificultades para llegar al vértice de la pirámide. Son conscientes del escalón que ocupan. Les lloverán piedras en cuanto miren hacia arriba. Y han mirado. Desde la cúspide del poder intentarán descalabrarlos, destrozarles el cráneo. Y carecen de casco protector. Saben que el supercomisario Veguellina obedece a los de arriba, va a lo suyo, nunca moverá un dedo por ellos, tratará de enredar la investigación y, en último extremo, pedirá que los trasladen a una comisaría perdida.

Por otra parte ya se ha ocupado, el jefazo, de desacreditar la profesionalidad de Tilo y su grupo ante la juez del caso, utilizando su superioridad en el escalafón para dejar limpios de toda prueba a los vigilantes del supermercado que además de no ver ni oír nada sobre los ruidosos autores del asesinato de Yiyi, realizaban prácticas infames e ilegales.

Tilo mira el reloj.

Demasiado tarde para molestar a su señoría, se dice.

Están en la terraza del Mesón Toledano, a doscientos pasos del domicilio de Tilo. Un cocker bordea las mesas y se lanza al regazo del agente.

–¡Mingus! ¿Qué haces aquí?

*

Esa noche Tilo Dátil consulta los libros sobre las rutas jacobeas, cuando todos los caminos conducían a Santiago de Compostela. Le impresiona la inventio, la ‘invención’ del ‘hallazgo’ de la tumba del apóstol en Galicia ocho siglos después de que Herodes Agripa ordenara prenderlo, torturarlo y decapitarlo en Palestina. Pero más le impresiona la creencia, la fuerza de un relato aumentado a conveniencia de reyes, papas, obispos y del emperador Carlomagno. Y utilizado como propaganda del poder.

Se ha sentado en la terraza, Mingus dormita a sus pies. Al levantar la vista de un texto tiene la impresión de que el tiempo pasa más deprisa de noche que de día. Empuña el teléfono y marca el número de Oliveras.

–Necesito que me hagas un favor –le dice.

–Joder, Tilo, es la una de la noche.

–Es urgente –miente.

–¿De qué se trata?

–Necesito localizar a una tal Chelo Barros. Sólo sé que debe andar por los treinta y cinco y se dedica a eso de la propaganda y la publicidad.

–¿No puedes esperar a mañana?

–Si pudiera no te molestaría; además, mañana es sábado y tu no trabajas, ¿o sí? Mira a ver si encuentras algo: dirección, teléfono, fotos, redes… Te repito: Chelo o Consuelo Barros. ¿Está claro?

–Clarísimo.

Quince minutos después, el sufrido documentalista le envía un mensaje con el número de teléfono, la dirección y una fotografía de la antigua compañera de Yiyi. Reside en una localidad de gente bien, en el norte de la capital. A juzgar por el retrato, es una linda mujer de ojos grandes y azulados en el marco de una preciosa cara sin maquillar, con un pequeño lunar junto a la comisura izquierda de los labios y otro más grande a un lado de la barbilla.

Oliveras también le envía un enlace a un sitio de Faceboock que corresponde a una rubia natural llamada Lola Tangible. Tilo se asoma y enseguida descubre una fotografía en la que, bajo la frase: “Compañeras del Camino de Santiago”, aparecen Chelo, Lola y otras tres mujeres apoyadas en la balaustrada de un puente de piedra. Es una hermosa panorámica, una foto de postal.

Ese puente románico le suena. Lo encuentra en Google. Lee la referencia. En la campa que se ve a un lado del pontificio sobre el río Órbigo, el caballero leonés don Suero de Quiñones se las hubo tiesas contra otros gallardos enviados por Juan II de Castilla a competir con él. El de Quiñones y su grupo de nueve mozos quebraron trescientas lanzas a un centenar de oponentes. Sólo murió uno, el aragonés el aragonés Asbert de Claramunt, al que la pica le reventó un ojo y le atravesó el cerebro.

¿Y todo aquello por qué? Según las normas de aquellas justas que duraron treinta días, el de Quiñones proponía medirse con cuanto caballero con honra pretendiera cruzar aquellas tierras de la ruta compostelana. O “paso honroso” o desvío desvío cobarde. He ahí la disyuntiva. Pero además, aquel don Suero (de los rejones) deseaba honrar a la dama de la que se hallaba locamente enamorado, moza llamada Leonor de Tovar, exhibiendo sus habilidades adarga en ristre y mostrando su fortaleza ante cuantos contendientes intentaran arrebatarle el aro metálico (dogal) que ella le había puesto al cuello.

Burricie medieval, se dice Tilo mientras lee la nota de Wikipedia. El tal don Suero termina peregrinando a Compostela donde, según la leyenda, dirige una sentida dolora a su amada (“Si no os place corresponderme, en verdad no habrá dicha para mí”), se quita la argolla y se la ofrece al apóstol para que obre el milagro.

Tilo apaga el ordenador, recoge los libros, baja la mampara de la terraza, bebe un vaso de leche, se ducha y se acuesta con movimientos pausados para no despertar a Mingus, que duerme a los pies de la cama.

Esa noche se reconoce a sí mismo buscando a Yiyi en una aglomeración de individuos acorazados. Llevan lanzas, picas, adargas. Parece el cuadro de la rendición de Breda. Pregunta a uno de cuello almidonado y bigote con las puntas hacia arriba que se parece a Diego Velázquez, pero no sabe decirle donde está Yiyi. Hay caballos, moscas y barro. Ladran los perros. Pero quien ladra es Mingus, que le despierta, presionado por la vejiga.

¡Por Júpiter! Si son más de las diez de la mañana. Pobre criatura.

SEIS

Si la euforia fuera luz, la subinspectora Fabiola iluminaría esta lluviosa mañana de mayo. La Larga se pega a la bella Liana a la salida del crematorio que ha convertido el cuerpo de Yiyi en humo y ceniza (eso somos). Media hora después, la está interrogando con toda delicadeza en el hotelito que compartía con el finado. La conversación transcurre en el pequeño museo de la antigua pareja. En los cuarenta minutos de charla, Romanillos intercambia algunas frases con el padre de Liana, un voluminoso porteño maduro, bostezante y dentón, todavía afectado por el jet lag, y se las ingenia para camuflar dos micros abiertos en el salón y en la cocina de la casa y otro en el Audi deportivo del garaje. La operación indolora ha salido a pedir de boca, asegura. Ahora tienen línea telefónica abierta y directa desde el gabinete de escuchas.

–Si Liana y el lechuguino no estaban concertados, que venga dios y lo vea –dice Fabiola como resumen de su entrevista con la viuda.

–Deja en paz a dios –la corrige Caniche.

–Vale, pero las evidencias son irrefutables –afirma, mirando a Tilo.

–Lo son –refuerza Romanillos.

–¿Entonces a qué estamos esperando? –Pregunta Fabiola con la vista clavada en el jefe.

–Recapitulemos –propone Tilo.

Fabiola resume en lenguaje telegráfico: “Lechuguino viajar hace siete años con príncipes a Buenos Aires, conocer tía buena Liana, prendarse y ligar. Ella dejarse querer y pedirle ayuda. Dura crisis económica allá. Lechuguino tramitar concesión de nacionalidad por carta de naturaleza. Ella legar con hijo pequeño. Él colocarla en el ente público. Él seguir enamorado de ella, verla, encamar días impares, querer casarse. Ella no poder. Marido argentino negar divorcio. Él enojarse, temer escándalo y congelar relación. Ella conocer a Yiyi e ir a vivir con él, aunque montárselo de vez en cuando con lechuguino Jordi. Finalmente, ella obtener divorcio y, previo acuerdo, se supone, él decidir librarla de Yiyi”.

–Eso es mucho suponer –dice Oliveras.

–Indio Caniche desconfiar de solución extremosa.

–A jefe Tilo dar que pensar.

–Datos inequívocos, coincidencias contrastadas, conversaciones grabadas. ¿Qué más necesitar jefe Tilo?

–Si, pero jefe ser precavido. Temer hacer el indio.

–¡Venga ya! ¡Vamos a por él!

–¿Y el amante argentino? Te recuerdo la conversación con ese sujeto que le propone regresar y rehacer su vida ayá, ¿cierto?

–Nasti de plasti. Ese tipo es un buscavidas que pasa por ser empresario de apuestas deportivas online. Ella le conoció en el famoso palco del Madrid un domingo que iba con Yiyi y le cayó bien. Después se volvieron a ver alguna vez, aprovechando algún viaje de ella allá o de él acá. Es un sujeto atractivo y bastante rico, pero no el hombre de su vida, según me ha confesado.

–A los efectos tanto da –refuerza Romanillos–; dista miles de kilómetros de ser sospechoso.

–¿Y qué me dices del padre? En la grabación parece dispuesto a llevársela consigo.

–Abordé el asunto con él y me dijo que ella no lo tiene claro –responde Romanillos.

Pájaro Loco se asoma a la pecera e informa al equipo de que la hispano-argentina y el alto cargo palatino están almorzando en un restaurante de lujo de la capital. El seguimiento electrónico del teléfono de la estrella televisiva va dando resultados en la dirección apuntada por Fabiola, quien propone arrestarlos a la salida.

Tilo consulta con la mirada.

–Aunque votásemos no serviría de nada –dice–; Caniche no está por la labor y yo tampoco, así que vamos a evitar el escándalo y a esperar la cosecha de los micros. Y si el lechuguino no comparece voluntariamente el lunes, lo sacamos arrestado de palacio.

–Eso sí sería un escándalo –observa Fabiola.

–Pues sí, un buen escándalo… Entre tanto, disfrutemos el fin de semana –concluye Tilo.

Antes de incorporarse, Caniche le pregunta si ha visto su informe geográfico. El inspector niega con la cabeza.

–No he tenido tiempo –se disculpa–; quédate un instante y lo vemos.

Sobre unas fotocopias de planos callejeros, el rastreador Caniche ha trazado la trayectoria de los posibles asesinos a lomos de la Harley, ha anotado los tiempos entre la visualiación de una cámara y la siguiente, y ha señalado con un círculo negro dos zonas de sombra: la primera corresponde a la desaparición del paquete y la segunda a la volatización del motorista. Caniche deduce que el paquete o supuesto autor de los disparos contra Yiyi pudo llegar al aeropuerto enseguida, pues la zona donde se apeó cuenta con una estación de metro que en menos de quince minutos permite llegar a la terminal aeroportuaria y tiene también una parada de taxis siempre a la espera de clientes. Luego el motorista reaparece y es captado por dos cámaras de la autovía del Henares antes de eclipsarse en la segunda zona de sombra, un abigarrado polígono industrial en el que localizar una motocicleta, aunque sea un Harley, equivale a encontrar una aguja en un pajar.

–No creo que quede rastro de la aguja –comenta Caniche.

–Excelente trabajo, Temprano –le felicita Tilo.

–Gracias jefe, pero no creo que sirva…

–Si de verdad estamos ante un muerto de calidad, no podrán negarnos el satélite.

–Ya veremos –duda Caniche.

–Te quiero el lunes a primera hora bien despierto.

–Vale, jefe, buen fin de semana.

Acto seguido, Tilo levanta el teléfono, solicita un número, lo marca.

Una voz aguardentosa responde después de unos cuantos timbrazos.

Se identifica y pregunta:

–¿Me puede decir a quién entregan las cenizas de don Roberto Jiménez, incinerado hoy a primera hora?

–Espere, lo miro; aquí figura doña Bárbara Jiménez, hermana carnal del difunto. Se le entregará el tarro el martes entrante a las diez de la mañana.

–Gracias, señora.

–Señor, si no le importa.

–¡Por Júpiter! Usted perdone.

*

Una mujer que no se hace cargo de las cenizas de su compañero a pesar de que él le ha dejado todos sus bienes como tutora del niño al que tanto quería, puede ser tachada de miserable. Eso piensa Tilo de la televisiva y bella Liana mientras camina por el sendero húmedo del parque hacia el Kiosko de los Pinos. Claro que, por otro lado, la vasija de Yiyi carbonizado sólo serviría para incrementar el dolor de la ausencia y alentar un recuerdo de abrazos, besos y polvos tanto más amargo cuanto más dulces y apasionados. ¿Quién puede juzgar una decisión o la contraria?

Ha dejado de llover. Algunos rayos de sol se abren paso entre las nubes deshilachadas y anuncian una tarde tibia y soleada. Tilo rumia sin saber a qué carta quedarse. Quiere atenerse a los hechos y prescindir de las motivaciones. Las cenizas del pasado aportan nada y menos al futuro; Liana ha de pensar en su futuro; ergo, es lógico (en términos escolásticos) que Liana se desentienda de las pavesas de Yiyi. Para viajar a Argentina serían un estorbo y para cohabitar con el lechugino, un cargo de conciencia insoportable o, como poco, un incordio. Quita, quita; que se las quede su hermana, se dice mientras otea a Gacelilla limpiando las sillas y las mesas de la terraza entoldada del kiosko.

El impertinente reclama su atención. Mira la pequeña pantalla: un mensaje del super Veguellina, que no se abstiene de incordiar cuando le viene en gana. Guarda el teléfono y reanuda la rumia. Las gotas de lluvia que caen de los castaños de indias mecidos por la brisa le obligan a apresurar el paso y llega al mismo tiempo al kiosko y a la conclusión de que a la linda Liana le importa tanto el luto como el tarro de cernada del finado, pues de lo contrario no se dejaría ver con el lechuguino apenas cuatro horas después de la quema de su compañero. Ella es una mujer conocida. Sale por televisión. Y quiéralo o no, cualquier cliente o empleado de ese restaurante de lujo puede extrañarse y hacer lenguas de ese comportamiento. Quizá sea eso lo que pretenden. En todo caso, no es la actitud normal de una mujer famosa que acaba de perder a su compañero, concluye antes de saludar a Gacelilla e interesarse por el condumio.

–Con esta lluvia no hemos descongelado producto ni hecho plato del día –le informa Gacelilla.

–No importa, hermosa; tu belleza me alimenta. Y si tienes una lata de mejillones en escabeche, patatas fritas y cerveza, mejor que mejor.

–Claro que sí –contesta con una sonrisa.

Tilo coloca sobre su mesa habitual el telefonillo y la libreta, deja la chaqueta en el respaldo de la silla, se sienta y lee los mensajes del jefazo, que quiere saber cómo llevan la investigación y si dispone de algo sólido que participar al director general, con el que tiene un almuerzo de trabajo. Tilo le escribe: “Progresa adecuadamente, aunque necesitaremos una hora de satélite el lunes para darle un buen empujón”. Revisa otros mensajes. Uno es del pequeño Oliveras: “Te envío por correo electrónico más información sobre la tal Chelo”, dice. Le agradece el esfuerzo y da un tiento a la copa de cerveza que Gacelilla ha depositado en la mesa junto con un platillo de aceitunas machadas y trozos de guindillas verdes. Le encantan.

En ese instante vibra el impertinente. Es el jefazo.

–Oye, Dátil, ¿qué coño es eso de adecuadamente?

–Una manera de hablar.

–Ya, pero ¿tenemos algo o no?

–Algo hay, jefe.

–Desembucha.

–¿Por teléfono?

–Si, y cuanto antes; estoy llegando a la dirección general.

–Tenemos tres puertas cerradas. En la primera hay un letrero que dice: “Aquí no está el tesoro”; en la segunda dice: “Aquí está el tesoro”. Y en la tercera: “En la segunda no está el tesoro”. Sabemos que un letrero dice la verdad, pero no sabemos cuál es. ¿Qué puerta reventaría usted?

–¡Joder, Dátil! ¡No me toques los cojones!

–Creame que no tengo ningún interés en tocarle eso que usted dice, pero las cosas son como son y ya le digo que estamos siguiendo tres pistas y creemos que una es la buena.

–¿Y qué le digo yo al director?

–Pues dele las buenas tardes. Ah, y no olvide la petición del satélite. Con un poco de suerte nos ayudará a abrir la puerta buena. He dejado la solicitud escrita al oficial de guardia para que se la transmita por el conducto oficial.

–Bien fundamentada, supongo.

–Creo que sí.

–De acuerdo, se lo comentaré, aunque no te hagas muchas ilusiones; ese mamón y el de más arriba son de la cofradía del puño.

–Póngase duro, jefe, que usted sabe. La profesión periodística se lo agradecerá.

–Eso sí que no me lo creo.

–Créalo o no, le sacarán en la portada de los periódicos y en las televisiones como un héroe –le alienta Tilo–; son gente gremial y Yiyi era de los suyos.

El supercomisario Veguellina pronuncia un “de acuerdo” descreído y cancela la comunicación, dejando a Tilo con la duda de si abogará por el satélite o perseverará en su línea de echar balones fuera. Aunque sólo fuera por media hora, el uso del satélite les permitiría rescatar las imágenes del día de autos y, con un poco de suerte, rastrear el destino del motorista de la Harley en la zona donde, según los datos aportados por Caniche, desapareció del mapa.

En ese instante tiene una intuición, abre la libreta, busca un dato que cree haber anotado, pero no lo encuentra. Entonces marca el número telefónico de Fabiola.

–Perdona, Larga, ¿te acuerdas dónde detuvisteis a los vigilantes del supermercado?

La subinspectora emite un gruñido. Tilo le explica con todo detalle el motivo de la pregunta y ella recuerda inmediatamente el domicilio en el que arrestaron al tercer guarda de seguridad, al que la empresa no había renovado el contrato laboral.

–Fue en la avenida de Fermina Sevillano, esquina con Octubre, pasado Canillejas y Ciudad Pegaso –dice.

–¡Por Júpiter! Eso está en el área de sombra donde desapareció el tipo de la Harley –exclama Tilo–. ¿Recuerdas haber visto algún aparejo de motorista en el registro del domicilio?

–No vi ningún casco, chaqueta de cuero ni nada de eso, aunque tampoco me fijé mucho porque mayormente nos centramos en el material informático. ¿Es posible que hayamos tenido al asesino en nuestras manos y…?

–Aristóteles dijo: un burro voló, puede que…

–¡Sería el colmo!

–Anótalo como hipótesis, pero no te hagas mala sangre.

–Oye, ¿tu nunca descansas?

–Cuando se me cansa la cabeza.

–Pues abúrrete un poco, jolín.

Como si fuera tan fácil, piensa en inspector.

*

Mingus le recibe alborozado, pero Tilo no está de humor para enredar y se limita a dejar que le mordisquee las alpargatas. Antes de sacarle de paseo quiere ver esos documentos que el pequeño Oliveras le ha enviado. Conecta el ordenador portátil, examina el correo electrónico. Son notas del registro mercantil. ¡Por Júpiter si la tal Chelo Barros es relevante! Figura como presidenta y administradora única del Grupo Mercadotecnia, Estudios y Comunicación (MECSA) y tiene cargos de consejera delegada en tres sociedades más. En dos de ellas aparece un tal Xoxé Barros como administrador. Puede ser su padre, un hermano o un primo. En otra, el administrador se llama como el conquistador de la Florida, Juan Ponce de León. El nombre y la actividad de esta sociedad (“Avemaría Agrícola Ganadera, AAG”) nada tienen que ver con la mercadotecnia, los estudios de mercado y la publicidad, a las que se dedican las demás. Anota los teléfonos y direcciones. La sede social de Avemaría está en Santiago de Compostela y cuenta con explotaciones en A Coruña y Ourense.

Lo que más impresiona a Tilo es el balance de las cuentas de los dos últimos ejercicios. Con una facturación global de setenta y ocho millones de euros se podría decir que esa mujer preside un pequeño imperio. Las fechas de constitución de MECSA y de las demás sociedades datan de hace cuatro y tres años, son relativamente recientes y fueron registradas con pocos meses de diferencia entre sí, siendo la explotación agraria y ganadera la primera y el grupo publicitario, la segunda. No hay duda de que la publicista ha debido de tener un buen respaldo y un capital abundante para echar a andar en varias direcciones a la vez, se dice.

Mingus está nervioso, le mordisquea una alpargata, consigue arrebatársela y se ensaña con ella; la va a destrozar.

–Vamos Mingus –le dice.

El cocker le mira, se lanza contra él cuando se incorpora. Le encanta la calle. Sale de estampida escalera abajo en cuanto abre la puerta. Se deja poner la correa en el portal y tira del madero en dirección al pequeño parque donde sabe que quedará libre de atadura y podrá enredar con los de su especie. Si fuera tigre clavaría sus zarpas en el tronco de otros árboles con la mayor fuerza y profundidad posible para atraer a las hembras, pero como no llega a tanto, se conforma con alzar la pata y lanzar unas gotas de pis en cada tronco para anunciar su presencia de macho alfa dispuesto a calzar hembra en celo.

Tilo rumia la información sobre la tal Chelo, el amor irredento de Yiyi. Tanto éxito en tan poco tiempo le resulta extraño. Podría ser posible en América, pero improbable en un país como el nuestro, en el que predomina el lema “abajo el que suba” y la mediocridad asfixia al talento. Conoció a un tipo, un cántabro que salió para el exilio en México después de la Guerra Civil (1936-1939) que ganaron los nazi-fascistas, un tipo que triunfó como publicista en el país de acogida.

Se entrega al recuerdo: aquel don Eulalio escribió un libro, Entre alambradas, contando sus vicisitudes de soldado republicano en los arenales franceses, convertidos en grandes campos de concentración para los refugiados españoles que llegaban ateridos, enfermos y hambrientos. Refería, el libro, los avatares para localizar a su familia y para conseguir el pasaje en el último barco de refugiados que zarpaba de Burdeos hacia México, ya con los submarinos nazis pisándoles los talones. Aquel don Eulalio era entonces un joven sin más estudios que los de la Escuela Moderna de Ferrer Guardia en Santander, pero iba armado con un Don Quijote de la Mancha, manejaba el arte del buen decir y poseía el don del talento, la habilidad de la observación y una capacidad de atracción (empatía, le llaman) fuera de lo común.

Con esas cualidades y mucho esfuerzo alcanzó la cima publicitaria, hasta el punto de que el presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy le llamó a la Casa Blanca para que, junto a otros publicistas de renombre, cincelaran de forma atractiva y propagaran con pocas palabras sus ideas sobre “la nueva frontera”. El lema era entonces la síntesis del discurso. Eulalio se puso a ello, pero a los pocos días mataron a Jack en Dallas y la campaña no se realizó.

Tilo se recrea en el recuerdo. Un tipo admirable, aquel don Eulalio, patrón de Publicidad Ferrer. Escribió muchos libros; uno sobre el tres en la publicidad: “Llegué, vi, compré; bueno, bonito y barato; busque, compare, compre…” Otro sobre El lenguaje de la inmortalidad, la publicidad funeraria, las esquelas, las tarjetas del adiós, los epitafios. Tilo les echó una hojeada en la Biblioteca Nacional cuando empollaba el temario para ascender a inspector. Sentía curiosidad. Y la curiosidad, ya se sabe, es la fuerza que te impide moverte del lugar donde pasa algo interesante.

En aquellos libros y en el titulado De la lucha de clases a la lucha de frases, el publicista demostraba su afición al estudio, la erudición, la sabiduría popular, el folclore, los lemas, los juegos de palabras… Y mostraba tal admiración hacia Miguel de Cervantes que, acaso para pedirle perdón por el maltrato publicitario del castellano, dedicó una parte de sus ganancias a becas escolares y a la creación del Museo Cenvantino de Guanajuato, declarado por la UNESCO de interés para la humanidad y finalmente entregado al Estado español.

Si en su ejercicio rumiante ha aparecido ese recuerdo debe de ser, se dice, porque fue aquel don Eulalio, ya multimillonario y reconocido como sabio, investido doctor honoris causa por dos universidades españolas (la de Cantabria y la Complutense) y nombrado académico de número en México, quien incorporó al diccionario castellano varias palabras de la publicidad y la agitprop, entre las que figura esa “mercadotecnia” que da nombre al grupo presidido por la joven y hermosa Chelo.

En este punto cercena su divagación, saca el teléfono, busca el número del profesor Cifuentes, pulsa la tecla y se lo lleva a la oreja. Mingus se aleja con un congénere que insiste en olerle el culo.

–Hola, madero, ¿qué se te ofrece?

–Hola, Cifuentes; me preguntaba cómo es posible que esa mujer que tanto hizo sufrir a nuestro malogrado Yiyi se haya hecho millonaria en tan poco tiempo.

–¿Millonaria la Chelito? Jeje.

–Está en la cima –afirma Tilo.

–Sé que montó un chiringuito y no le va mal, pero millonaria, lo que se dice millonaria no se ha hecho.

–Pues fíjese usted: según mis datos facturó setenta y ocho millones en el último ejercicio.

–Deliras, madero.

–De liras no, de euros.

–Jeje… Muy buen quite, madero… Eso es una burrada.

–¿Usted cree?

–Hombre, algún favor le han hecho con la adjudicación de determinadas campañas oficiales de ciertos negociados autonómicos y de varios ayuntamientos, pero quien te haya dado esas cifras te ha tomado el pelo.

–Pues la fuente es muy fiable.

–Setenta y ocho kilos, jeje. Creo que tu fuente se ha pasado tres ceros por la derecha, jeje.

¿De qué se ríe este capullo?

–Te han aplicado la técnica goebbeliana, jeje.

–¿Usted cree?

–Te han soltado un bulo catedralicio, jeje.

Decididamente es un imbécil.

–¿No le comentó Yiyi lo bien que le iban los negocios a Chelo?

–No había motivo para que me comentara eso.

–Pero ella tiene talento y, si no estoy equivocado, se puede medrar enseguida y obtener buen rendimiento en ese mundo de la publicidad, ¿no es cierto? –insiste Tilo.

–Mira, madero, en ese mundo que dices hay una competencia feroz, y eso significa que no se pueden mover los precios y que a los nuevos les cortan la cabeza si se pasan un punto de la raya. En cuanto al talento de la pintona, te aseguro que no es Armando Testa ni Will Rogers, por citar a dos grandes. No digo yo que la Chelito no tenga dos dedos de frente, pero poco más. Tampoco digo que no posea otros encantos, pero ni el cerebro ni la belleza de la criatura dan de sí como para ese volumen económico. Esto sin contar que las pasó canutas y a poco acaba ciega.

–¿Qué le ocurrió?

–Hemorragia vítrea, desprendimiento y rotura de retina.

–Pobre mujer.

–Y tan pobre; como que el periódico al que se largó cuando dejó a Yiyi cerró a los dos años y se quedó en paro. Si no aparece un arrimo que le sufraga las operaciones oculares en la clínica Barraquer de Barcelona se queda como la del cartel de Granada.

–¿El que decía: “Dale limosna mujer, que no hay en el mundo nada como la pena de ser ciega en Granada”?

–Ese mismo, jeje.

–¿Y qué hizo Yiyi?

–Nada, no pudo hacer nada; se enteró a toro pasado.

–¿Conoce usted o sabe quién es ese arrimo tan generoso?

–Pues no, no tengo ni idea; algún directivo milloneti, supongo.

–¿Entonces Yiyi no habló de él, no mencionó a su competidor? –Incide Tilo.

–Creo que no, aunque aquello pasó hace algunos años y ahora no recuerdo si en alguna ocasión hizo algún comentario al respecto. Me estoy haciendo demasiado viejo y el disco duro no da más de si.

–Aunque eso sea, seguro que una persona con tantos recursos y contactos como usted, encuentra la forma de averiguar quién era el benefactor de Chelito, como usted le llama.

El profesor guarda silencio durante unos segundos.

–Es posible, jeje.

–Entonces haga un favor a la memoria de su amigo. Le doy dos horas.

*

A lo lejos, Mingus juega con Gandal, un perro lobo al que todos temen. Le arrebata la pelota y echa a correr. Gandal sale tras él, pero Mingus es más ágil, le esquiva, se zafa, le trolea. Y cuando Gandal está a punto de atraparle, suelta la pelota, se tumba panza arriba para evitar que le muerda el lomo y se defiende con las patas. A Gandal le hace gracia, le perdona y recupera la pelota, aunque enseguida Mingus vuelve a la carga con sus manotazos y provocaciones para que la suelte. Tilo le silva en señal de recogida, pero el cocker, turris burris; nunca suelta el marrón hasta el último minuto.

El inspector se siente satisfecho de que el profesor Cifuentes haya encajado bien su mandato. Aunque le parece un capullo con risa de capullo, era buen amigo de Yiyi y confía en que haga las gestiones oportunas o, al menos, recupere la memoria sobre el amigo de Chelo. Lanza un segundo silbido de aviso a Mingus, rebobina y está a punto de retomar su ejercicio de rumiante, pero no puede. La risa de ese capullo sigue sonando en su tímpano, le distrae.

¿Cómo se ríe la gente?

La risa con “a” denota un carácter franco, leal y noble; es la risa característica de las personas dinámicas, ruidosas, contentas de vivir. En cambio, la risa en “e” es propia de los temperamentos flemáticos, reflexivos, calculadores y socarrones. Según un sabio francés, cuyo nombre confunde con otro del que nunca se acuerda, los que se ríen con “i” suelen ser gente inocente: es la risa de las personas sencillas y de los niños. La “o” es la vocal propia de los héroes. Y la risa con “u”, la menos frecuente de todas, parece reservada a los misántropos.

¡Por Júpiter, qué tontería!

Lanza el tercer aviso a Mingus y camina hacia él con la correa en la mano. El dueño de Gandal, un joven bancario, hace lo propio con su animal. Tilo le saluda. Mingus se acerca, huele la correa, se aleja unos pasos, da varias vueltas sobre sí mismo y, finalmente, inclina el culo, suelta el marrón y le echa tierra con las patas traseras.

SIETE

“No hay satélite”, anuncia el supercomisario Vegellina antes de que Tilo y Caniche se acerquen a su histórica e historiada mesa de nogal barnizado.

–Me lo temía –susurra el rastreador.

–Ya, los puñeteros recortes presupuestarios –supone Tilo en voz alta.

–Y la falta de voluntad política –añade el súper.

–Yo creía que los de arriba tenían mucho interés en que detuviéramos a los malos y esclareciésemos este caso, pero, puesto que nos niegan el acceso a las imágenes del satélite del día de autos sobre esa zona concreta donde sabemos que se refugió y desapareció uno de los coautores del crimen, no tengo más remedio que pensar que el muerto les importa una mierda.

El supercomisario encaja sin mover un músculo.

–Y la estadística de homicidios sin resolver, otra mierda –añade Tilo.

El super se mantiene impasible, la espalda recta, las manos extendidas sobre la mesa, la mirada protegida por sus gafas bifocales.

–Es lo que hay –dice.

Tilo se pregunta a quién diablos están protegiendo.

–Lo que no hay –le corrige.

“Voluntad política”, curioso argumento.

–Con estos bueyes hay que arar –insiste Veguellina.

–Vale, patearé de cabo a rabo ese puto polígono industrial –musita Caniche.

–Para eso te pagan –repone el jefazo.

*

Hay conversaciones sin palabras. A estas alturas todos los miembros del equipo de Tilo saben que el supercomisario Veguellina ha tirado por la borda la tarea de Fabiola y Romanillos; son conscientes de que el jefazo antepone los intereses de su amigo el coronel jefe de la empresa de seguridad del hipermercado desde cuya azotea asesinaron a Yiyi a la investigación para dar con los autores; están convencidos de que es corrupto y juega a la contra. De modo que Tilo adopta la actitud de Aníbal el cartaginés y no pronuncia más que monosílabos. Por una hora se convierte en Julio César, al que sus oficiales llamaban el oráculo, y deja que adivinen la suerte de la batalla. La Larga le interroga con la mirada, Romanillos le pregunta abiertamente qué hacer. Hasta el elemental Rosado se interesa si va a tirar la toalla. No le contesta. Carlomagno decía que el silencio es el único amigo que jamás traiciona.

Se recluye en su despacho, intuye la confluencia de los intereses de Veguellina con otros elementos corruptos de las altas esferas a los que no interesa el avance de las pesquisas, ni mucho menos que lleguen a averiguar por qué y por orden de quién actuaron los sicarios. Tal vez, dada la situación, tenga razón el voluminoso Rosado y le convenga renunciar al caso. En la forma y en el fondo es lo que desea el jefazo. Enciende el ordenador. Sería fácil redactar cuatro líneas solicitando el relevo y el traslado. Quedaría como un lila sin cojones ni pilila ante los suyos, pero lo olvidarían enseguida. La vida es eso, gente que vamos viendo y que dejamos de ver. Se resentiría su reputación, es cierto, pero la reputación no se come y, por otra parte, de malos policías está el cuerpo lleno.

Sigue rumiando la situación mientras el ordenador carga las aplicaciones. Para el superior Veguellina, se dice, un crimen más sin esclarecer es una gota de agua en el piélago estadístico, y si vamos a ver, la mayor parte de los asesinatos por encargo quedan sin aclarar. Para los mandos políticos esas cifras sólo son preocupantes cuando hay campaña electoral o han de responder a las críticas de la oposición parlamentaria. Pero a unos y a otros, tanto les dan. Para la mayoría de ellos no hay crímenes, sino cifras e intereses. Así que poco o nada les importa que el asesinato del reportero palatino permanezca impune sine díe.

Mas eso no va a ocurrir.

No les voy a dar esa satisfacción.

Saca su libreta del bolsillo, revisa sus notas.

*

María Dolores Tangible, Lola y Loli para los amigos, fue azafata en una potente compañía aérea y llegó a alcanzar el cargo de sobrecargo. Pero inopinadamente abandonó el empleo al cumplir los cuarenta años. El sucinto informe del documentalista Oliveras no dice por qué. Los saltamontes también se cansan. En este caso vale suponer que a fuer de saltar de capital en capital en esos vuelos intercontinentales halló un buen partido y mejor ocupación.

Tilo contempla la imagen de la mujer en la pantalla del ordenador. Es una rubia fina, sexi, de mediana estatura. “Lo que más le gusta es follar”, le dijo el profesor Cifuentes cuando, sin agotar el plazo de dos horas, le proporcionó su número de teléfono y le aseguró que esa Loli le podía hablar, si quería, de su amiga Chelo Barro y del sujeto que le sufragó la operación ocular.

–¿Cómo sabe lo de follar? –le preguntó Tilo.

–Lo sé, jeje –contestó el periodista económico.

En la fotografía de cabecera de su Facebook, esta Lola Tangible aparece sentada en un banco de color verde tras el que se ve una campa con hierba medio agostada sobre un terreno arenoso, al cabo del cual se adivina una playa. Posa con los brazos extendidos a lo largo del respaldo, sonríe. Lleva un pañuelo al cuello y ropa de invierno: jersey de manga larga color carne bajo un chaleco marrón de fibra acolchada impermeable y unos pantalones de lana gris con estrellas blancas, muy ajustados, que le permiten marcar muslo y dejan al descubierto unas pantorrillas lácteas, a juego con la tela blanca de unas alpargatas con altas suelas de esparto.

Parece una mujer dulce y agradable.

Posa en otras fotografías ante los inconfundibles edificios con balcones blancos acristalados y soportales graníticos del paseo marítimo de A Coruña. Pero la foto que más le interesa a Tilo es una en la que está acompañada de varias féminas con mochilas, ropa y calzado de peregrinas sobre el puente del Paso Honroso, haciendo el camino de Santiago. Una de las mujeres, con el nombre y el apellido sobreimpresionado es Chelo Barros. Y ciertamente tiene una cara bonita.

El inspector mira las demás fotografías de esa Lola. Se la ve el puerto deportivo de Mallorca, ante la Gran Mezquita de Estambul, delante de la bestia oronda y redonda que adorna la plaza donde se alza la torre Burj Khalifa, en Dubái, el edificio más alto del mundo, de momento. Por la colección de instantáneas que ha colocado en Facebook se diría que esta mujer siente una gran atracción hacia el lujo asiático y que le fascinan esas ciudades con brillo de insecto que desde la Bahía de Kuwait hasta el mar de Dubái, pasando por Damman, Baréin, Catar y Abu Dabi, infestan de aluminio y metacrilato la ribera occidental del Golfo Pérsico. Ha estado en todas ellas.

Aparte de estas instantáneas turísticas y del dato que le ha proporcionado el pequeño Oliveras sobre su antiguo empleo de aeromoza, la información sobre ella es escasa. Dado su origen y ascendencia galega de pura cepa, Tilo sigue buscando algún elemento que le permita hilar una conversación productiva con ella. Esos celtas son más cerrados que la caja fuerte del Banco de España. Sabe por experiencia que no es fácil ganar su confianza, paso previo a cualquier cuestión. Esa gente funciona a la defensiva por instinto. Raro es el que a la pregunta más intrascendente no responde: “¿Por qué quiere saberlo?”

Mira el número de teléfono, pero piensa que todavía es temprano para molestarla y sigue mirando su lista de amigos en Facebook. Ninguno es Chelo. Tampoco su agencia de publicidad. Resulta extraño que una profesional que dota de proyección pública a los productos de sus clientes desaproveche las redes sociales. De pronto llaman su atención dos amigas virtuales de esta Tangible. Una lleva el nombre de María Fernanda Arbeláez, es de Málaga (España) y posa a lomos de un caballo de pura raza árabe. La otra se llama igual, María Fernanda Arbeláez, pero es Sevilla (Colombia), y aparece protagonizando un mitin político como candidata a la alcaldía de esa localidad cafetera del norte del valle de Cauca. A juzgar por las fotos no hay mucha diferencia de edad entre ellas. La malagueña parece un poco mayor que la sevillana, aunque si consideramos los milagros de la cosmética, podrían ser madre e hija.

O tía y sobrina.

Sin más motivo ni interés concreto, hurga en los sitios de la amazona y la candidata y encuentra amigos comunes de las dos: Juan Miguel y Carolina Arbeláez. Son familiares, primos o hermanos. Son de Colombia y viven en Málaga. El primero es ingeniero y la segunda regenta una empresa de comunicaciones telefónicas. Supone que se trata de esos locutorios que tanto éxito tuvieron y tanta ayuda prestaron a los emigrantes antes de la generalización de Internet. Encuentra otro amigo común, Luis Fernando Rodríguez. Su cara aparece en un retrato ovalado sobre el acueducto de Segovia. Es un joven barbado, nacido en Cali (Colombia) y residente en Madrid. Escribe prosa poética sin ninguna alusión concreta. Tilo lee algunos párrafos de pocas líneas que el joven ha colocado en su blog de Facebook y no encuentra metáforas ni sentido a esos escritos. Hay poetas raros: ni su madre les entiende. Aprieta el cursor e insiste en comprender otros infraescritos de distintas fechas. Es críptico se dice. La única impresión que trasmite es una velada inquietud por la duración y el lento paso del tiempo. El inspector tiene la impresión de que el tipo escribe en clave. Entre los amigos de este hombre aparece una joven con una bebé en brazos. Se llama Rocío Rodríguez Arbeláez y posee enlaces con Lola Tangible y con las demás personas mencionadas. Vaya, qué casualidad, exclama al ver que esa Rocío también es política y aspira a un puesto de concejal en la ciudad de Bogotá.

De nuevo en el blog de la señora Tangible, Tilo descubre otros amigos virtuales dedicados a la política. Uno fue alcalde en Villanova de Arousa (Pontevedra), otro posee escaño de senador nacional, otro se llama Telmo y es regidor en Xanxenxo (Pontevedra). No necesita ver más para saber que es una mujer bien relacionada. Y puesto que esos señores se hallan adscritos al principal partido de las derechas, deduce de qué pie cojea. Levanta la mano como si quisiera atrapar una idea al vuelo, la deja caer y empuña el teléfono, activa la grabadora, marca el número de la ínclita. Una voz neutra responde: “Dígame”.

–¿La señora Tangible?

–Señorita, si no le importa. ¿Cómo se chama usted?

Le da nombre y apellido.

–Mucho gusto. ¿Qué desea?

Tilo le explica que quiere recabar su opinión sobre su amiga publicista y empresaria Chelo Barro. Antes de que ella le pregunte por qué, le cuenta que tiene el proyecto de realizar una inversión respetable en Mercadotécnia Grup y que le gustaría saber algo, en confianza, sobre su admirable e inteligente presidenta.

–Se que usted es amiga suya porque hace unos días un miembro de la sociedad de inversiones que regento en Luxemburgo –miente–, un político adinerado y respetable, me facilitó sus datos y me aseguró que usted es la persona que puede orientarme.

–Pues mire, ha dado en el clavo. Conozco a Chelo desde hace tiempo, aunque nos vemos menos de lo que quisiera. Pero no suelo hablar de las amigas con desconocidos, y menos por teléfono.

–Eso podemos arreglarlo: deme una cita e iré donde me diga cuando me diga.

La mujer se queda en silencio como si sopesara los pros y los contras de su respuesta. Tilo respeta su pausa. Pasan cinco, diez, quince segundos.

–De acuerdo, le voy a recibir por consideración al senador Pedreira. Pero tenga en cuenta que no puedo decirle ni una palabra sobre la empresa y los negocios de Chelo. ¿Usted me entiende?

–Me hago cargo; soy consciente del secreto empresarial y mercantil.

–Correcto –dice Tangible, quien, por otra parte duda de que el grupo publicitario que preside su amiga Chelo necesite una inyección de capital.

Tilo evita contrariarla, aunque comenta en tono menor que las empresas, como los árboles, aspiran a crecer y ramificarse.

–Lo que deseo –añade– es que me hable de la persona, de Chelo Barro como persona.

–Es una chica estupenda… Vamos a ver, el sábado tocamos tierra en Xanxenxo. Pasaremos allí el fin de semana. Si puedes venir a Xanxenso, nos vemos el sábado próximo a las doce del mediodía en la terraza del hotel Gran Talaso.

–Claro que sí, Lola, eres muy amable; allí estaré.

–Si hay mala mar o algún cambio de planes, te aviso.

–Muchas gracias.

–Hasta el sábado entonces.

*

La conversación con la navegante Lola Tangible le deja una extraña mezcla de satisfacción e inquietud; satisfacción porque ha conseguido ponerla a su alcance, e inquietud porque ha usado una treta poco segura. Rumia la situación. En realidad, todas las tretas policiales tienen sus riesgos, se dice mientras evoca la más socorrida para obligar a un sospechoso a salir de casa y echarle el guante sin mandamiento judicial: se le llama por teléfono simulando ser un vecino, se le dice que le están robando el coche, y cuando sale corriendo a la calle para impedirlo se le detiene. Es un procedimiento habitual que nadie reprocha a los maderos. Hay muchos más, relacionados con las propiedades y el dinero. Con una mujer cosmética y de derechas se pueden emplear varias argucias, aunque el mejor anzuelo es el olor a dinero.

–¿A qué huele el dinero, Oli? –Pregunta al pequeño Oliveras, que acaba de entrar con un folio y lo deposita ante la hipotenusa de su nariz.

–Depende.

–¿Te has hecho gallego o eso?

–Depende de cómo se haya ganado –añade el documentalista.

–¿Y la gente, a qué huele la gente?

–Hostia, Tilo, menuda divagación te traes esta mañana.

–¿A qué huele?

–Pues depende.

–¿De qué pende?

–Por ejemplo, de la higiene personal, de los factores ambientales, de la latitud, la raza, la edad, etcétera. También depende de la pituitaria de cada cual. A mi los chinos me huelen agrio. Y tengo entendido que a las razas orientales nosotros les olemos a rancio.

–¿A qué huelo yo?

–¿Para qué carajo quieres saberlo?

–He quedado con una tía y no me gustaría espantarla antes de tiempo.

–Pues si crees que después de ducharte con gel y champú aromático no hueles bien, fúmate un habano. Pero si la dama fuere japonesa o malaya has de tener en cuenta que con puro le puedes resultar desagradable y sin puro también. Según el doctor oriental Buntaron Adaki has de tener en cuenta que los europeos les olemos picante y rancio. Aunque su nariz es chata y pequeña, tienen un olfato muy fino. Ellas se cubren con unas ropas más ligeras y menos ajustadas que nosotros, lo que favorece menos el estancamiento y la fermentación de las secreciones cutáneas, así que lava y orea bien los sobacos tanto si la moza es malaya, china, africana o de Cacabelos del Sil. Y mucho ojo con lo que comes horas antes, que según el eminente doctor Laloy, los alimentos influyen mucho en el olor corporal. Oí una vez a un español reprochar a un filipino su tufillo y a éste contestar: “Y tú hueles a carnicería”. Seguramente tenía razón; nosotros comemos mucha carne y es muy probable que desprendamos olor a carne de animal muerto.

–Menos mal que no es oriental, la dama –resopla Tilo, aliviado.

–Bueno, déjate de ligues y garambainas y echa una hojeada a esto; Fabiola y Romanillos están esperando.

Tilo lee la petición sucinta y bien razonada a su señoría doña Charo Sanroque de la Fuente para proceder al traslado e interrogatorio en dependencias policiales del empleado palatino don Jordi Emula i Lucientes, cuyo testimonio no solo se reputa necesario, sino imprescindible para el esclarecimiento del homicidio de Yiyi. Puesto que el mencionado individuo ha incumplido su compromiso de comparecer voluntariamente y desoído la orden verbal de uno de los agentes encargados de la investigación de comparecer en un plazo de cuarenta y ocho horas, se solicita de su señoría tenga a bien y bla, bla, bla.

El lechugino debía de comparecer a las diez de la mañana, son las once y no ha dado señales de vida. Antes de firmar la petición, Tilo pregunta a Romanillos si el dispositivo de escucha en la casa y el coche de la viuda ha dado algo de sí.

–Negativo, sólo conversaciones de familia entre la madre, el niño y el abuelo. El lechuguino no ha pisado la casa.

–¿Crees que es conveniente esperar?

–Ese pájaro no entra en la jaula aunque tenga alpiste dentro.

–Entonces conviene retirar el dispositivo cuanto antes –dice Tilo.

–Intentaré dejarlo limpio esta noche –afirma Romanillos.

Tilo firma la petición y la envía por fax a su señoría.

–Oli, no te vayas, quiero consultarte algo.

–Tú dirás.

–Es una curiosidad sin importancia. Me pregunto por qué aumentan las mujeres hermosas.

–¿Tú crees eso?

–A la vista está.

–Pues será la primavera, aunque a mí ni fu ni fa; ni se fijan en mí ni yo en ellas.

–¿Y en términos objetivos no te parece que cada día son más guapas? No me refiero sólo a las jovencitas ni a las menores de treinta años, sino a las de cuarenta, cincuenta, incluso de más. Es como si de pronto los años no pasaran por ellas; cada vez están más buenas.

–Si tu crees eso, vale; acabarás siendo un asqueroso viejo verde.

–Puede que sí, puede que no, pero déjame que te diga que ocho de cada diez maduritas me parecen hermosas y hasta jugosas. Pero, en fin, si no te fijas…

–Algo tendrá que ver el ejercicio, el deporte, la alimentación sin féculas ni grasas ¡Qué sé yo! En todo caso, el hecho de que una mujer parezca más o menos hermosa dependerá del gusto de cada cual.

–Si es que la mayoría son hermosas –insiste Tilo.

–¡Anda ya!

–No te vayas, tengo otra cuestión: ¿qué harías tú si hubieras utilizado el nombre de un senador al que no conoces de nada, pero que es amigo de una señorita de buen ver, para hablar con esa señorita y concertar una cita ella?

–¿Eso has hecho? –Le pregunta tímidamente Oliveras, acariciándose la calva.

–No exactamente, pero al decirle que la llamaba de parte de un político adinerado y a la sazón socio mío en una entidad de inversiones de Luxemburgo, me ha soltado el nombre de Pedreira, un senador de derechas.

–Pedre ¿qué?

–Pedreira.

–Si es político, seguro que miente. Ahora te digo.

Tres minutos después, el documentalista regresa al despacho de Tilo con dos folios en la mano y los deposita sobre su mesa. Son fotocopias de la declaración de bienes y rentas del senador mencionado.

–Ese tío miente con un desparpajo alucinante –dice–; si te fijas, declara haber recibido tres créditos hipotecarios de distintas entidades bancarias por un valor total de cuatrocientos once mil euros y, sin embargo, dice que solo posee una vivienda en Pontevedra. ¿Cómo te lo explicas? ¿Desde cuando los bancos conceden créditos hipotecarios para adquirir otra cosa que no sean inmuebles o bienes raíces, convenientemente tasados y legalmente registrados a nombre del comprador?

–Si que es extraño –concede Tilo–. Aquí veo que no tiene coche y que posee una cuenta corriente con ochocientos euros. ¡Por Júpiter, Oli! Me he echado un socio inversor más pobre que un ratón de armario.

El documentalista acepta la observación, da un paso atrás, desaparece y reaparece pocos minutos después con otro folio en la mano. Tilo lo mira: “Audi 4 8T del 99, Wv Golf 6GTD del 09; Range Rover Discóvery todoterreno del 18; moto Yahama Obregón del 19; yate V39 clase Princess, adquirido en 2011”.

–Joder, Oli, ese tío está motorizado hasta los huesos.

Dobla las fotocopias, las guarda en un bolsillo de la chaqueta, echa un ojo al correo electrónico: doña Rosario se hace de rogar.

–Vamos a tomar un café –propone.

–Gracias, pero tengo tarea urgente –se disculpa el eficiente Oliveras. Tilo le mira con una pizca de reproche y el documentalista añade–: ya sabe lo imperativa que es la inspectora Tascón.

–Lo que le pasa a Merceditas es que está mal… –se ahorra la impertinencia–, le está metiendo presión el super con esas desapariciones de ancianos. Bueno, tu te lo pierdes.

Es la hora de la pausa matinal y el Levante está lleno de funcionarios que comen pinchos de tortilla de patatas y toman refrescos y cafés con leche. En una esquina de la barra, el viejo rumano Vilibaldo entona el cuerpo con un musicó (porroncito de mistela y almendras y avellanas). Tilo acerca los dedos al platillo y agarra un fruto. El acordeonista se alegra de verle y se deja invitar.

–¿Qué tal, don Baldo, cómo va la industria? –Se interesa Tilo.

–Se avecinan tiempos peores –dice el Rumano.

–No fastidies.

–Nos quieren regular –añade.

–Vaya, hombre; no regulan a los banqueros y especuladores…

–Nos van a aplicar una ordenanza como si fuéramos perros callejeros; nos quieren poner bozal y brear a multas. Vamos, que en cuatro días tengo a los guindillas detrás.

–¿Cómo es eso?

–Dicen que si no sacamos una licencia y pagamos la tasa no podemos tocar en el parque.

¿Qué país de libertades es este en el que ya no se puede emitir ni escuchar música libremente sin pagar impuestos? ¿Estamos o no estamos en manos de ladrones? –Protesta en voz baja.

–Estamos. Tendrás que arreglar eso.

–Lo intentaré, aunque apenas saco para comer.

–Ya veremos cómo lo hacemos. Voy a habar con esos maderos –dice Tilo agarrando el vaso de café para sentarse a la mesa con Verdú y Romanillos.

–¡Salud y… éxitos! –Le desea el viejo.

–¡Salutem pluriman, don Baldo!

Romanillos le interroga con la mirada. Él se encoge de hombros, nada nuevo. Romanillos conoce a Tilo, es consciente de que no habla porque no tiene nada nuevo que decir. Sabe que el compañero y amigo puede pasar horas sin decir palabra y que si no fuera el jefe del grupo practicaría la técnica del belicoso presidente Grant, de los Estados Unidos, según la cual el arte de la conversación consiste en saber callar. No obstante eleva los párpados y abre más los ojos, reclamando aclaraciones. Tilo se las ofrece cuando Pájaro Loco mira el reloj, se incorpora y se larga. La investigación sigue su curso. No vamos a tirar la toalla, le dice.

Los dos coinciden en que el jefazo Veguellina y acaso algún preboste político al que se deben el comisario y el jefe superior están protegiendo a alguien de mucho peso o mucha ciruela, vaya usted a saber, como inductor del asesinato de Yiyi. Posiblemente el reportero sabía demasiado y convenía quitarle de en medio. ¿Quién habría ordenado la solución extrema? Quizá nunca lo averigüen.

–Razón de Estado –aventura Romanillos.

–Otro Cascabelitos –dice Tilo.

A los crímenes sin resolver les llamaban “cascabelitos” en memoria de lo ocurrido a Carmen Broto, una de las prostitutas de lujo más cotizadas de Barcelona, conocida como Casacabelitos. En el lejano año de 1949, su documentación apareció en un coche con los cristales rotos y manchas de sangre en su interior. Su cuerpo había sido enterrado detrás de una tapia cercana. Su proxeneta, un canalla que proporcionaba cocaína y sexo a los ricos, fue conducido a chirona pero no soltó prenda ni pudo ser condenado por falta de pruebas. Se barajó el robo como el móvil del crimen, pues la Cascabelitos solía llevar joyas valiosas y fue hallada sin ninguna. Pero esa hipótesis tampoco se pudo demostrar. Se dijo que la Cascabelitos había comenzado a molestar a alguien muy poderoso, al que chantajeaba con unas fotografías muy comprometidas. Y se especuló con que suministraba menores al obispo de Barcelona. Cierto o no, nunca se supo quién mató a aquella mujer.

Los dos agentes están de acuerdo también en la conveniencia de ampliar las hipótesis de trabajo más allá del hilo de la infidelidad y la cornamentación que siguen Fabiola y el propio Romanillos. De momento, deberán conducirse con habilidad para obtener algún resultado del interrogatorio al lechuguino, siempre y cuando su señoría tenga a bien contestar positivamente. Tilo le informa de que el pequeño Oliveras les entregará la respuesta de la jueza en cuanto llegue. Y ya en la puerta del café se despide de él hasta luego.

–¿No vas a participar en el interrogatorio? –se sorprende Romanillos.

–Todo para vosotros, me da grima ese sujeto.

–¿A dónde vas ahora?

–A ver sombreros.

OCHO

Chelo Barros era hija de un gallego que emigró a Cataluña y de una trabajadora de Vich. El hombre aprendió a conducir automóviles y camiones y se empleó en una empresa de transportes. La mujer fungía en una fábrica de embutidos. Se conocieron en un baile del pueblo, se abrocharon y tuvieron una niña que se llevó la polio. Después tuvieron un hijo que a los tres años murió asfixiado en el incendio de la chabola residencial de sus abuelos maternos. La desgracia y la tristeza se cebó sobre aquella pareja. Era como si sus hijos nacieran con un dispositivo magnético para atraer a Caronte. Entonces él pasó a prestar servicio como chófer de una familia muy rica, los señores Matè i Pla, muy amigos del generalísimo dictador y su cultivada esposa, y se trasladaron al Ampurdán, donde aquella familia poseía viñedos y ganado y un castillo. Allí nació Chelo.

Según el relato de Lola Tangible, el lugar de nacimiento marcó de alguna manera el destino de aquella niña que creció sana y fuerte y se convirtió en una joven hermosa e inteligente que logró ingresar en la Universidad de Barcelona y cursar la entonces novedosa carrera de publicidad y periodismo. Sin embargo, para la hija de un criado y de una ama de casa, no era fácil hallar trabajo en la profesión para la que se había preparado, de modo que se vio obligada por la necesidad a aceptar el empleo que le ofrecían en el Gran Casino de Barcelona, propiedad de la familia Matè, cuya hija única, casó con don Arturo Tomè, compañero de colegio y gran amigo de aquel patriota implicado en latrocinios y estafas que después de vaciar un banco fue elegido presidente de Cataluña y se mantuvo en el poder por más de veinte años.

La simpatía de Chelo y una belleza natural fuera de lo común le permitían escalar puestos en la gran empresa de los señores Tomè i Matè. Habría llegado a los más altos puestos de dirección si se lo hubiera propuesto. Y no sólo de la dirección, sino también de la propiedad del imponente grupo empresarial, pues un hijo de los empresarios bebía los vientos por ella y le habría proporcionado una vida chipendi si ella se hubiera dejado querer.

–¿Como amante o como esposa? –Se interesa Tilo.

–Como legítima, claro –afirma Lola.

–Permite que dude. No es frecuente que los hijos de los ricos, por muy liberales que parezcan, se casen con las hijas de los criados; más bien las usan y las tiran o, en el mejor de los casos, las aparcan como un coche de lujo que montan de vez en cuando.

–Creo que ese no era el caso. Ten en cuenta que ya en la última década del siglo pasado los cachorros de familias bien habían roto la endogamia y se mezclaban con los hijos e hijas de la clase trabajadora y laboral, cuya mejora de estatura, salud, educación y belleza ya era notable. Quiere decirse que el miramiento del estatus social, la tradición de casarse entre ricos y aquellos enlaces de conveniencia de los vástagos de las familias conservadoras, con sus queridas e hijos no reconocidos detrás, empezaba a ser residual y a considerarse contraria al derecho a la libertad de amar y de orientar la propia vida. En cualquier caso, ella creía que el caballerete iba en serio.

–Pero le dio calabazas, o sea que no se dejó querer.

–Ni como esposa ni como amante, ni por el Pollo Pimienta ni por otros buenos partidos que le salieron.

–¿Pollo Pimienta?

–Ahora te cuento. El caso es que Chelo era muy suya, siempre ha sido muy independiente. Sabía ganarse la vida por sí misma, quería desenvolverse en la profesión de publicista para la que había estudiado y evitaba ligarse a los hombres aunque le ofrecieran joyas y riqueza. Se suele decir que detrás de un gran hombre hay siempre una gran mujer, bueno pues detrás de una gran mujer como Chelo había un montón de hombres. Por desgracia, el Pollo Pimienta no encajó el rechazo y utilizó su poder para putearla.

–¿Cómo?

–De mil maneras. Era hijo del jefe y tenía mando en la empresa. Le cambiaba los horarios, requisaba las propinas, la trasladaba de destino cuando menos lo esperaba… Los Tomè-Matè habían sido agraciados con la concesión de tres de los cuatro casinos que la ley autorizaba en Cataluña, uno por provincia, y el caballerete Francisco José daba instrucciones para que la hicieran girar como una peonza, una semana en Tarragona, de viernes a lunes en Perelada (Girona), dos semanas en Barcelona y así sucesivamente. Se había propuesto no dejarla vivir en paz. No sé si es verdad, pero ella tenía la impresión de que la seguían. Se sentía vigilada. El caballerete insistía en cortejarla, se hacía el encontradizo, le enviaba ramos de flores y hasta juguetes sexuales el muy cabrón. Todo eso al tiempo que la puteaba. La situación llegó al límite la noche que el entró en el tocador mientras ella se cambiaba de ropa, intentó violarla y la amenazó: “Si no eres mía no vas a ser de nadie”.

–Una amenaza de muerte en toda regla.

–Eso le dijo. Y añadió: “Te voy a joder la vida”.

–¿Cómo ocurrió aquello?

–Él irrumpió por sorpresa, le retorció un brazo, la atrajo hacia sí, la quiso besar en los labios, le babeó la cara…, en fin, que la intento violar allí mismo. A mayor inri, ella estaba en bragas; había terminado su jornada laboral, era la una de la noche y se iba a poner su ropa de calle para volver a casa. El cabroncete estaba fuerte, uno de esos musculitos de gimnasio que juega tenis y navega a vela, contra el que nada y menos podía hacer Chelo para defenderse. Mientras la aprisiona con sus brazos, le susurra excitado: “Estás muy buena Chelita, te voy a follar, te la voy a meter hasta el estoque” y otras asquerosidades. “Te vas a correr como una burra, so zorra”. Ella no sabía qué hacer. Podía haber tenido la precaución de echar el pestillo de la puerta, pero no la tuvo y ya era tarde. Podía haberle asestado un rodillazo en los huevos y escapar, pero no tuvo reflejos y se quedó sin margen de maniobra. Podía gritar, pero detrás de los tabiques de esa pequeña pieza nadie la oiría. Las tragaperras y la música ambiental lo impedían. Entonces ella elige las palabras adecuadas, pronuncia algunas antes de que él le selle la boca con sus labios y le meta la lengua en el paladar. Apesta a alcohol. Ella sufre varias arcadas, pero disimula su asco. “No seas bruto, cariño”, alcanza a decir. El cabrón afloja. Ella corresponde: “Estás cachas, Paco, estás muy bueno cariño”. El tío se tranquiliza y Chelo gana algo de margen, dándole a entender que desea que se la meta y se venga dentro de ella, pero no con la picha al desnudo, sino con preservativo. Él no lleva condón. “Espera, creo que tengo yo”, le dice Chelo y se vuelve para buscarlo en el bolso de mano que está en un extremo de la repisa frente al espejo de empolvarse la nariz. “Creo que tengo uno”, añade mientras el cabrón se desabrocha el cinto, abre la cremallera y deja caer el pantalón. Ni condón ni goma del pelo. Lo que Chelo saca del bolso es un pequeño spray de defensa personal, se revuelve y le lanza a bocajarro un chorro balístico de gas pimienta que ciega por un instante al cabrón, ya verga en ristre. Alcanza a meter el pie en un zapato y le golpea el paquete antes de que él se le eche encima. El cabrón aúlla y se retuerce. Ella se zafa, se mete el vestido por la cabeza y está a punto de abrir la puerta cuando el capullo se revuelve a golpearla, pero el gas lo ha cegado y no atina. Ella le aplica otra ráfaga. Él la insulta y la amenaza de muerte: “¡No vas a ser de nadie, te voy a joder la vida, zorra!”.

Tilo Dátil no tiene razón para creer que el episodio sea cierto o incierto, aunque detecta el interés de Lola Tangible en detallar la valentía y el arrojo de su amiga, una mujer capaz de defenderse por sí misma.

–¡Bien por Chelo! –Exclama.

–Pero no sabes lo mejor… Con gran sangre fría saca las llaves del bolso, busca la del camerino, la mete en la cerradura y pega dos vueltas. Lo deja encerrado en aquel cuartucho. Y allí lo encuentra la policía con la cara hinchada como un monstruo. Pollo a la pimienta, jaja. Aunque lo que pasa en el casino queda en el casino, el caballerete no se libró del mote: Pollo Pimienta yEl Pebre (pimienta, en catalán) a secas.

–¿Chelo lo denunció a la policía?

–Inmediatamente; se fue del casino a la comisaría –dice Lola.

–O sea que el tema acabó en el juzgado.

–No señor, lo taparon. Para una familia con tanto poder económico y político resultó fácil. Los señores no querían escándalos y consiguieron que, oficialmente, no figurara la denuncia ni la intervención ni el atestado policial en ningún registro. Chelo, que no tiene un pelo de tonta, ya suponía que su iniciativa no iba a servir de nada y sólo quería ganar tiempo para poner tierra de por medio. Llegó a Madrid en el primer avión del puente aéreo. Allí no conocía a nadie, pero me conoció a mi.

–¿Cómo fue eso?

–Casualidades de la vida. Yo residía en un piso alquilado que tenía tres habitaciones y dos baños. Me sobraba una y puse un anuncio para alquilarla. Entonces me llamó una tal Chelo. Era ella. Le di el precio y las condiciones y le parecieron bien. Me llamaba desde el aeropuerto, me dijo que venía de Barcelona y que no conocía Madrid. Recuerdo que le expliqué la combinación de las líneas del metro, las mismas que utilizaba yo cuando tenía vuelo, y llegó cuarenta minutos después, vio la habitación y el cuarto de baño y se la quedó, en principio por un mes. La verdad es que nos caímos bien y ella se sinceró enseguida y me contó que carecía de trabajo, aunque tenía algún dinero para sobrevivir mientras encontrara algo. No dudé de que lo encontraría enseguida. Y así fue. La semana siguiente yo volaba a América y cuando regresé ya había encontrado tarea como vendedora de espacios publicitarios en un periódico semanal de Guadalajara y en una revista gratuita de Alcalá de Henares. Eran empleos provisionales, trabajos a porcentaje en la economía sumergida. Unos meses después fue a esperarme en coche al aeropuerto cuando volvía de un vuelo Bogotá-Buenos Aires-Las Palmas-Madrid y me contó que había conocido a un chico que le hacía tilín. Era diez o doce años mayor que ella y, al parecer, se trataba de un tipo estupendo que le había proporcionado un contacto muy bueno para trabajar en la delegación madrileña del periódico de su pueblo, donde él laboraba de reportero gráfico. Quería que lo conociera y le diera su opinión sobre él. Claro que sí, le dije, y me alegré mucho de que hubiera superado el trauma que le provocó el canalla. Yo estaba rendida de sueño y cansancio, pero acepté que me llevara a tomar una copa con él en un pub de la zona de Huertas, donde habían quedado citados. Me pareció un hombre serio y muy atractivo. La primera impresión fue positiva. No parecía periodista ni uno de esos yuppies al uso. No sé cómo definirlo; creo que tenía estilo.

–¿Cómo se llamaba? –La interrumpe Tilo.

–Roberto, pero le llamaban Yiyi.

–¿Como Yiyi l’amoroso del cantar?

–Eso mismo pensé yo; tenía algo de italiano. Pobrecito…

–¿Por qué pobrecito?

–Lo mataron hace quince días; salió en la tele y en todos los periódicos.

–¿No me digas que es ese fotógrafo de la monarquía que asesinaron a balazos?

–El mismo –afirma Lola.

*

Tilo Dátil conoce el resto del relato, pero deja a Lola Tangible explayarse sobre la biografía de su amiga Chelo, quien mantuvo una relación de pareja con Yiyi durante un bienio. “Llegó a estar muy enamorada de él y creo que él también la quería de verdad, pero la decepcionó”.

–¿En qué sentido?

–Con todo lo detallista y atento que era, dejaba bastante que desear. Al cabo de unos meses de convivencia, Chelo me comentó que se sentía mal de las partes bajas; le habían salido unas ampollas extrañas que le causaban molestias y picazón. Fuimos al ginecólogo. Era un herpes vaginal leve, nada peligroso, un virus que se puede contagiar entre personas aun cuando no tengan llagas o síntomas. El médico le recetó un tratamiento y se restableció enseguida. Hablamos largo y tendido. Ella solo follaba con Yiyi y se resistía a creer que él se acostara con otras. Recuerdo que la animé diciendo que no descartara el autocontagio. Una mujer puede infectarse muy fácilmente en unos servicios públicos con solo tocar el lavabo, la taza del retrete o el mango de la escobilla y luego colocarse las bragas. Y lo mismo vale para un hombre. Así que ojo con ahogarse en un vaso de agua. Lo entendió, lo comentó con él y resolvieron a buenas el asunto. Un tiempo después me llamó llorando. Yo ya no vivía en Madrid: la empresa me había trasladado a Londres. Vino a verme un fin de semana y me contó que Yiyi la seguía engañando, le había traído un VPH.

–¿Un qué?

–Otra infección sexual, el virus del papiloma humano.

–Y cortó con él, lógico.

–Fue preparando el terreno para darle esquinazo. En realidad era un picaflor, un mujeriego del carajo que entraba al trapo tras el primer guiño, si lo sabré yo…

Tilo recuerda las palabras de Cifu –“lo que más le gusta es follar”– y la mira con gesto de interrogación.

–No pienses mal, no me lo tiré, jaja.

–Solo pienso que él podía tener poderosos motivos para abrochar contigo porque eres muy linda y debes de estar muy, pero que muy rica. Y si no, pregunta a cualquiera –observó Tilo en tono de broma al tiempo que miraba de reojo a un tipo barbado que desde hacía media hora rondaba por el salón y tan pronto se acodaba en la barra como daba paseos de ida y vuelta para alimentar una máquina tragaperras.

–Gracias, tú tampoco estás mal –correspondió Lola con una sonrisa.

–¿Qué pasó después?

–Todavía le pegó otra, la que faltaba.

–¿La sífilis?

–Pues sí. Me lo contó cuando ya había cortado con él y cambiado de empresa. Consiguió un buen contrato laboral en un periódico nuevo, se hipotecó hasta las cejas con la compra de un ático en una zona bien de la capital, me invitó a pasar unos días con ella en Madrid y luego nos fuimos a Ibiza a despendolarnos un rato. Ella se sentía feliz, libre, contenta de haber soltado amarras y recuperada de esa fase jodida del desenamoramiento o como se llame que solemos sufrir las mujeres y nos deja vacunadas de por vida. Esto te lo digo por si intentas poner algo más que tu dinero a disposición de Chelo.

–No pensaba, pero te lo agradezco. En cuanto a la inversión en el grupo publicitario, se trata de colocar fondos míos y de varios capitalistas cuya fortuna administro –mintió Tilo.

–Me parece una buena elección, aunque tal y como le van las cosas, no creo yo que Chelo y su equipo necesiten inversores en este momento. Pero ya te digo que en sus negocios no entro. Creo que ahora factura mucho y progresa adecuadamente.

Tilo lamenta para sí el corte del hilo biográfico, aunque se apoya en el “ahora” y Lola lo retomó enseguida.

–¿Al decir “ahora” te refieres a que le ha ido mal?

–Tuvo una época aciaga; el periódico no iba bien y lo cerraron a los dos años, se quedó en paro con una hipoteca muy alta, no había trabajo de publicista en ningún lado y los pocos empleos que salían estaban peor pagados que una maestra de escuela. Lo pasó muy mal. Y como las desgracias no vienen solas, sino acompañadas de sus hermanas mayores, empezó a perder vista debido a un desprendimiento de la retina y otras complicaciones. Me llamó bastante desesperada. Necesitaba una operación ocular urgente para no quedarse ciega. Una intervención muy costosa en una clínica especializada de Barcelona para la que no tenía dinero y los bancos no se lo daban porque carecía de nómina y de ingresos fijos. Así es este país. Le indiqué la persona que se lo podía prestar de inmediato, a toca teja y sin condiciones especulativas. Fue a verla y obtuvo más de los veinte mil euros que necesitaba. Incluso, esa persona, un hombre de bien, la acompañó a la clínica y la llevó de regreso a Madrid. Ni que decir tiene que se prendó de ella desde el minuto uno y la atendió como si fuera su hermana.

–¿Queda gente así?

–Ya te digo que Chelo es encantadora.

–No lo dudo; me refería a su benefactor.

–Lo sé. También lo es.

–¿Cómo se llama? –Apuró Tilo.

–Se dice el pecado, pero no el pecador, aunque en este caso no creo que importe demasiado porque es socio suyo y lo acabarás conociendo. Se llama Luis Fernando Rodríguez.

–¿Publicista?

–Y poeta. Bueno, él la ayudó, la cuidó, la mimó durante su convalecencia, se hizo cargo de los gastos, de los viajes de revisión, la acompañó cuando su madre, ya muy mayor, falleció en una residencia de Girona. Un hombre de oro. Y le aportó el capital necesario para fundar la empresa publicitaria.

–¿Se casaron y eso?

–Jaja…Perdón, se me ha olvidado decirte que es homosexual… Y tiene pareja.

Tilo baja el brazo y mira fugazmente el reloj. Están sentados en la terraza del Gran Talaso, situado en una loma desde la que se domina la playa arqueada de Xanxenxo y el animado paseo que la circunda. El día es soleado, el viento está en calma y la temperatura resulta tan agradable que la mujer parece haber olvidado la prisa y duplica la media hora inicial que le concedió, señal de que se siente a gusto.

–Todavía no ha encontrado a su hombre –dice Lola.

–Hay mujeres que se casan con su profesión… Por cierto ¿qué pasó con el Pollo Pimienta que la amenazó?

–Desapareció. Parece que la familia lo envió a hacer negocios a América; instalaron casinos de juego y hoteles de lujo en Argentina y en Chile. Según mi información, montaron un gran casino en la ciudad minera chilena de Ovalle, en el interior del país, cerca de aquella comarca que saltó a la palestra y adquirió fama mundial por las penosas condiciones de las explotaciones subterráneas de oro, cuando quedaron atrapados treinta y tres mineros en la mina San José, a más de setecientos metros de profundidad, y sobrevivieron milagrosamente hasta que los localizaron y consiguieron rescatarlos sanos y salvos al cabo de sesenta días.

–Lo recuerdo bien; si no es por algunas madres-coraje los dejan morir allí abajo y no gastan un chavo en buscarlos y sacarlos del agujero.

Como si la mención de los mineros hubiese obrado una sinapsis mágica, suena de pronto un acordeón con la melodía de El cóndor pasa. Lola se inclina hacia su bolso, depositado en una silla a su lado, lo abre, saca el teléfono, pide disculpas a Tilo y atiende la llamada. Él se incorpora y se aleja por cortesía. Desde la elevada barandilla contempla la playa. Un bañista ha colocado una sombrilla con los colores de la bandera de España. Un patriota nacional, se dice. A cuatro metros, otro ha plantado una sombrilla con la bandera de Galicia en el pico. Un patriota nacionalista. Se pregunta si acabarán a guantazos. En otro tiempo era posible, ahora no parece que vaya a suceder eso. Cuando vuelve la cabeza, Lola sigue hablando. La pituitaria le empuja a acercarse a la barra del establecimiento y echar una hojeada a la carta. El tiempo vuela, pasan de las 13:00 horas y el estómago reclama su cuota. Por lo que lee, la especialidad de la casa son pescados, mariscos y moluscos. Tal vez Lola acepte comer conmigo, se dice. Alarga la mirada hacia la terraza en el momento en que ella aleja el teléfono de la oreja derecha, lo deposita sobre la mesa y se alisa la sedosa melena trigueña. Es guapa y bien torneada, se dice. El tipo barbado que apoya sus posaderas en un taburete ante la barra, a pocos pasos de él, ha desconectado su teléfono al mismo tiempo que ella y se despide, “hasta la vista”, del fornido camarero que está vistiendo las mesas para el almuerzo. “Hasta luegiño, Mellado”, dice el mesero con voz de mujer. Tilo duda si será masculino o femenino. A primera vista diría que es un hombre: tez sonrosada y fofa, más de cincuenta años, uno ochenta de estatura, pelo entrecano en forma de escarola, pecho prominente bajo una amplia camisa blanca y suelta que le cubre los glúteos y parte de los muslos, pantalón negro… Pero también puede ser una mujer, un tanto andrógina, eso sí, pero mujer. Hay personas equívocas. Tanto da. De lo que ya no tiene duda es de la función de ese Mellado como discreto acompañante o guardaespaldas de la señorita Lola Tangible, quien le ha dado permiso para alejarse y desaparecer.

–He visto la carta: no está nada mal. Me pregunto si aceptarías comer conmigo.

Lola sonríe. Se ha dado un brochazo de carmín rosa en los labios como si hubiera querido iluminar de antemano su sonrisa de aceptación. Sin embargo opone:

–Conozco un sitio mejor.

–En ese caso, me dejo llevar.

Bajan la colina y recorren el paseo de la playa hasta un manojo de calles estrechas que se asoman al puerto, donde ingresan en Casa Carmen y reciben el saludo reverencial de un joven chef trajeado, peinado con gruesos surcos a la gomina. Tiene una mirada entre asombrada y curiosa y parece alegrarse mucho de ver a Loli y a su pareja. Les conduce a la mesa situada en un ángulo desde el que se domina el espigón del puerto deportivo, con algunos yates a vela y a motor en reposo. Durante el paseo hasta el restaurante Tilo consigue que Lola retome el hilo y ahora sabe que el caballerete que amenazó de muerte a Chelo sufrió un accidente en una carrera automovilística en Chile, perdió una pierna y ganó unas cicatrices ocres de quemaduras en la cara.

–Me enteré de casualidad, hojeando una revista del hígado en la peluquería –explica–; salía en una fotografía, muy desmejorado y con muletas. Le hice una instantánea con el móvil y se la envié a Chelo; en efecto, era él.

–Ya dice el refrán que cada cerdo…

–Era un loco peligroso.

–¿La volvió a molestar alguna vez?

–Creo que no, al menos no me consta.

–¿Y Yiyi?

–Bueno, con Yiyi se reencontró algunos años después.

–¿Ah si?

–Fue un encuentro casual, fíjate tu… Resulta que una amiga mía de Bogotá llevaba tiempo diciéndome que quería pasar unas vacaciones en España, visitar a su madre, que vive en Marbella, y a su hermano, que vive en Madrid, y quedar conmigo en Galicia. Quería conocer esta tierra, hacer el Camino de Santiago y obtener los beneficios espirituales del Apóstol. Ella es muy creyente, muy política, muy de derechas. Bueno… muy todo. Se lo comenté a Chelo y le pareció una idea estupenda y se apuntó. En resumen, que ahí me tienes estudiando las rutas, los albergues, los hoteles, comederos y abrevaderos…, convertida en guía de unas peregrinas deseosas de medir su resistencia física y, como diría el poeta, de acabar con los pies hechos mierda. Al final se sumó la madre y una amiga de la colombiana y quedamos citadas en el Paso Honroso, un puente medieval muy nombrado de la localidad leonesa de Hospital del río Órbigo. Pues fíjate tu lo que son las casualidades de la vida: allí nos encontramos a Yiyi peregrinando hacia Santiago.

–¡Por Júpiter Tonante si es coincidencia! ¿Cómo reaccionó Chelo?

–Con la misma sorpresa que yo, pero bien. Somos personas educadas, nos saludamos y, puesto que hacíamos el mismo camino nos hermanamos enseguida. Él iba con un tipo mayor, un hombre tranquilo e irónico que nos cayó bien. Chelito le conocía del periódico y le llamaba profesor. La verdad es que sabía de economía y era lúcido y ocurrente en sus razonamientos. Tenía una conversación muy amena y un gran sentido del humor.

–Sospecho que te gustó.

–Para qué lo voy a negar: claro que me gustó. Y yo le gusté a él.

–Imagino…

–Imaginas bien… Nos acostamos en la primera etapa, la episcopal Astorga; en la segunda, la industriosa Ponferrada; en la tercera, la recoleta Villafranca. Lástima que no pudiera seguir adelante por motivos laborales. Lo que más le gustaba era follar.

–Eso si es un camino de santidad –observó Tilo riendo de buena gana y recordando para sí la misma frase que sobre ella había pronunciado el profesor Cifu.

–¿Chelo se dejó querer por Yiyi?

–Él seguía enamorado de ella, eso era claro; quería recomponer su relación, empezar de nuevo. Pero Chelo se negó en redondo, le hizo saber que estaba curada de hombres y engaños y que no aceptaba segundas partes, lo cual no quiere decir que no sintiera cariño por él. Para demostrarle su desinterés por los hombres montamos algunos numeritos al atardecer a base de sonrisas, besos y caricias entre nosotras. Y a la segunda noche que Chelo y mi amiga bogotana, que, por cierto, es concejala de la ciudad, se retiraron abrazadas a dormir en la misma habitación, comprendió la razón del rechazo. Al final quedaron como amigos y, ya en Santiago, acordaron volverse a ver una vez al mes. Luego a él lo mataron…

–¿Por qué habrá sido?

–A saber… Deudas, malas compañías, una cabronada… Ella lo sintió de veras.

*

Antes de sentarse a la mesa, Lola Tangible se encamina al lavabo y Tilo aprovecha la pausa para conectar el teléfono. Los avisos de llamada se acumulan. Conecta con la vecina que se ha quedado con Mingus.

–¿Qué está pasando?

–Se niega a comer, no quiere jugar con los titis, está muy triste. Creo que te echa de menos.

–Pásamelo.

Al oír la voz del amo, el cócker suelta un gemido, seguido de una sucesión de ladridos eufóricos. Tilo le dice palabras bonitas y le pide que esté tranquilo, que juegue con sus amigos chiguagas y que haga el favor de comer y beber agua como dios manda. El perro ladra de alegría, lame el telefonillo. La vecina se alegra de que le haya reconocido. Él vuelve a hablar a Mingus y le promete que mañana, a más tardar, volverán a estar juntos y lo sacará a pasear. A continuación se despide de la vecina y le agradece el trato a su fiel amigo.

La siguiente llamada es del supercomisario Veguellina, quien le pregunta si ha visto los periódicos. No los ha visto. Ha salido de Madrid antes que ellos de las rotativas y ha recorrido seiscientos kilómetros con la vista puesta en la autovía. ¿Cómo iba a verlos?

–Esos hijos de la gran puta se han puesto de acuerdo para darnos hostias hasta en el cielo de la boca –le informa–. Están furiosos por la falta de avances de la investigación de lo de Yiyi, hablan de dejadez, incuria, incompetencia, nos llaman estultos… ¡Joder, nada menos que estultos!

–Tranquilo jefe.

–Joder, Dátil, si es que dicen que somos unos un ato lanar, una caterva de inútiles.

–Si dicen que dizan, mientras no hazan…

–Si es que ya están haciendo: el jefe superior quiere un informe detallado el lunes; le han dado un toque desde arriba y habrá que salir al paso de esas hienas pestilentes. A mayor escarnio, ha habido filtraciones sobre detenciones arbitrarias y sin indicios.

–Líquidos judiciales, supongo.

–Ni se molestan en decir de donde ha salido eso.

–Tenga por cierto que del grupo no ha sido, aunque si le digo la verdad, su decisión de proteger a esos seguratas ha soliviantado al personal. Ah, y en el informe al jefe superior no olvide consignar la negación del satélite.

–Esa no es la cuestión ahora; necesitamos algún progreso, algo sólido para tapar la boca a esos cretinos. ¿No sé si me entiendes?

Tilo se mantiene unos segundos en silencio.

–¿Me entiendes o no?

–Se hará lo que se pueda –dice Tilo con la mirada puesta en los yates amarrados a unos doscientos metros.

Cuando corta la comunicación ve venir a Lola Tangible; ella le guiña un ojo, dibuja media sonrisa y cimbrea las caderas por el pasillo entre las mesas. Se ha desprendido de la sudadera y desabrochado los dos botones superiores de la blusa blanca con una gran rosa roja bordada sobre el pectoral izquierdo. Él abre mucho los ojos en señal de admiración. Le parece ciertamente sexy. Recorre su cuerpo con la mirada, como ella desea. Ya no tiene el talle de avispa que debió lucir en su juventud, pero tampoco ha contraído la cintura de obispo de tantas mujeres a partir de los cuarenta. Su blusa entallada en el pantalón de loneta beige, bastante ajustado, acredita que todavía es abarcable con un brazo. Le atrae la frescura, el desparpajo expresivo de aquella mujer que prescinde de prólogos y va directa al grano. El grano es él. Se acuerda del loco y sonríe abiertamente mientras quitaba su sombrero de rejilla de la silla para que se siente a su lado y comparta la vista del puerto. Pero ella prefiere sentarse enfrente como si deseara lucir la tersura y rectitud de sus pechos y estudiar las expresiones faciales de su interlocutor.

–¿Todo bien?

–Más o menos… El Mingus, que no quiere comer.

–¿Tu hijo?

–Mi perro, pero ya he hablado con él.

–¿Con tu esposa?

–Soy soltero; he dejado a Mingus con una vecina que tiene tres chiguaguas muy miedicas, pero se llevan bien con él, le consideran su hermano mayor y él enreda con ellos y los protege. Es un cócker divertido y corredor, me destroza las zapatillas, pero desborda alegría y siempre está de buen humor. En fin, no sé qué haría yo sin él.

–Ya somos dos.

–¿Soltera y con perro?

–Me encantan los cócker.

Solicitan un caldo fresco del Rosal y brindan a la salud de Mingus y Canela y por la oportunidad, añade ella, de que algún día se conozcan y apareen. “Mi Canela es virgen, luego la conocerás”. Tilo deduce que la lleva en el barco.

–Estaré encantado de conocerla, seguro que es muy guapa.

Brindan por el amor perruno.

Poco después pasan de los canes a los peces y transitan la consabida senda de los amenos y variados placeres gastronómicos de la tierra, regados con un aromático Viña Costeira y amenizados con insinuaciones de un postre especial. Lola le pregunta si le gustan los percebes. Claro que sí. Ella sonríe y le guiña el ojo pícaro mientras comenta las propiedades afrodisíacas de la carne del crustáceo. Él atribuye beneficio o sugestión sexual al hermafroditismo del bicho. Ella niega con la cabeza.

–Aunque tenga ovarios y testículos a la vez, no es eso –dice.

–¿Entonces qué?

–Es que posee el pene de mayor tamaño de todo el reino animal en proporción a su cuerpo.

Tilo admite su desventaja. Ella se ríe y le pregunta si le gustan las almejas. “Me gustan todas, las de la mar y las de la mer”. Ella sonríe. Tilo llena las copas. Van llegando los platos, precedidos de media docena de ostras para abrir boca. De pronto descubre que ha ido demasiado lejos y se siente como el loco que creía ser una semilla. Los psiquiatras le convencen de que no es un grano, sino una persona, pero a ver quién persuade a esta pájara.

NUEVE

El inspector Tilo Dátil nunca llevaba la reglamentaria, lo que en situaciones tan resbaladizas como la que ahora desvivía con la placentera Lola Tangible le permitía dejarse desnudar sin mayor cuidado y seguir el juego del postre prometido. Antes de salir del restaurante visitó los servicios urinarios y realizó la operación indolora de lavar y perfumar sus partes pudendas con alcohol de romero envasado en el pequeño alfil de madera que llevaba a modo de amuleto y colocó a buen recaudo, bajo la esponjosa plantilla del zapato izquierdo, su credencial de madero de la escala intermedia. La libreta de notas le preocupó menos, dado que contenía palabras inconexas y algunos dígitos telefónicos, precedidos de iniciales o apodos pintorescos. Puesto que era consciente de que a ella le agradaban los detalles, había ocultado bajo el sombrero un pequeño trozo de tarta de Santiago envuelta en una servilleta para endulzar a Canela.

Recorrieron sin prisa el muelle hasta el barco: un juguete blanco y reluciente de más de dos millones de euros. En cuanto pusieron los pies a bordo, Canela corrió hacia ellos desde la proa, olfateó el pantalón del visitante y se dejó acariciar como si fuera un viejo conocido. Lola se admiró de que no ladrara al extraño. “Le has caído muy bien”, le dijo. La perrita movía el rabo sin parar. Él le fue suministrando pellizcos del trozo de tarta mientras Lola le mostraba el interior del barco en el que pasaba, le dijo, la mitad del año. “Navegar es necesario, vivir no”, recordó la frase de Plutarco sobre el belicoso Pompeyo que limpió de piratas el Mediterráneo.

–¿Y la tripulación? –se interesó Tilo.

–Llevo un ayudante mecánico y una asistenta, que es su novia, y les he dado el día libre; tenemos todo el barco para nosotros.

Pasaron de la pulcra cocina-comedor al elegante salón enmoquetado y amueblado con dos mesas bajas de madera noble, un sofá en ele y dos sillones de piel marrón. Ella le invitó a subir los dos peldaños hasta el puente de mando, le mostró la cabina y se explayó sobre el sencillo manejo del yate, provisto de piloto automático, guía por satélite y otros avances tecnológicos de mucho mérito. El más apreciado era el moderno sistema de alimentación eléctrica que dotaba al barco de una capacidad ilimitada de navegación. Las tres mil células solares imperceptibles, pero presentes en la cubierta de fibra y en el ventanón panorámico, alimentaban las baterías que surtían de energía eléctrica al buque y propulsaban el motor suplementario, permitiendo una navegación silenciosa y sin gasto de gasoil a una velocidad muy aceptable de hasta 25 nudos por hora, lo que equivale a 40 kilómetros la hora. La cabina de mando disponía de varias pantallas: radar, satélite, sónar, visión

subacuática, circuito periférico del barco, ordenador, video y televisión. Dos cómodas butacas de altura regulable y una amplia repisa semicircular de madera de nogal con incrustaciones de marfil componían el mobiliario del puesto de mando desde el que la nauta guiaba la nave, consultaba los mapas, trazaba las hojas de ruta y realizaba sus anotaciones en el cuaderno de bitácora. A la derecha, junto al timón de madera de bocote, lucía el panel de instrumentos con los indicadores electrónicos de colores y el micrófono de la radio de onda corta. Un ingenioso taburete acolchado permitía al timonel hacer deporte dando pedales y sentirse como un ciclista subiendo y bajando montañas o llaneando por territorios virtuales. Todo ello mientras podía cambiar a voluntad el color del ovalado ventano panorámico –de ahumado a morado, de morado a naranja y de naranja a incoloro– en función de la luz solar que deseara. ¡Por Júpiter si era entretenido el juguete!

Tilo tuvo que hacer esfuerzos para disimular su sorpresa ante las explicaciones y demostraciones de la comandante Lola. Nunca había pisado una embarcación tan moderna y lujosa como aquella. En realidad, nunca había subido a un yate ni sabía que existieran naves con revestimientos de maderas nobles y mobiliario forrado de piel. Y aunque se esmeraba en ocultar su admiración, pues un financiero millonario no debe sentirse impresionado por el derroche de lujo y la acumulación de avances tecnológicos, sospechaba que se le iba poniendo cara de tonto y se preguntaba quién diablos es esta mujer y a qué se dedicaba para poseer un artefacto tan plus como este que llevaba su diminutivo, Loli, pintado a babor con letras de caligrafía bajo el nombre formal en versales: Avemaría.

Tilo retuvo algunos datos de las explicaciones genéricas que ella le dio antes de conducirle a la parte inferior del yate, “la bañera”, dijo. Abrió la portañuela del camarote principal, perfumado con esencia de limón, y lo empitonó con sus pechos duros, puntiagudos. “¿Te gusto?” Le selló los labios y le puso algo desnudo, caliente y carnoso en el paladar. Se desnudaron mutuamente entre caricias y arrumacos y copularon un buen rato hasta que la comandante encadenó varios orgasmos y se desmadejó por completo. “¿No te vienes?” Él contestó: “Luego, después”. Le susurró elogios lúbricos, colocó su brazo bajo la rubia melena y la besó suavemente en los labios. Había cambiado su técnica de recitar mentalmente la tabla de multiplicar por la repetición de los datos del yate –23 metros de eslora, 6 de manga, 1,63 de calado, 40 toneladas de desplazamiento, un motor Mercedes eléctrico, dos motores Man convencionales, 5.000 litros de gasoil…– y consiguió contener la eyaculación. A decir verdad, sentía más ganas de dormir que de follar. “He madrugado mucho para verte”, musitó. Sobre la alfombra árabe Canela respiraba como un ventilador.

*

Miró el reloj y adquirió conciencia de su situación. Había echado una siesta de campeonato. Por la tobera del baño oyó la voz de Lola Tangible, hablando por radio. No entendió gran cosa de lo que decía, aunque creyó distinguir algunas palabras sueltas como “esencia, latitud, Senegal” y varias cifras. Se colocó bajo la ducha y recibió un chaparrón de agua tibia sin tocar ningún mando. ¡Por Júpiter si era sensible el invento! “Cinco mil litros de gasoil, mil quinientos de agua potable…” La capacidad del depósito de agua era el dato que faltaba en su letanía sexual. “Ora pro nobis”, musitó al advertir el ligero balanceo del barco. Se secó y se precipitó hacia la claraboya tintada del camarote. Sólo vio agua.

Estaban navegando.

Maldita sea.

Rápidamente buscó el calzoncillo entre las sábanas, se lo puso y se colocó el pantalón y la camisa, que había dejado de cualquier manera sobre la mesita. Se había desprendido de la chaqueta y la corbata al subir al yate, según recordó, y se sintió desarmado sin su teléfono móvil. Por un instante temió lo peor.

Por suerte o porque la cócker estaba mejor educada que Mingus, no había mordisqueado sus zapatos. Comprobó que su credencial de policía seguía en el mocasín izquierdo y se tranquilizó. Luego hizo una composición de lugar y quiso creer que su anfitriona solo deseaba dar un paseo y regresar a puerto antes del anochecer. Salió del camarote y subió los cinco peldaños que lo separaban del salón, donde su chaqueta seguía tal como la había dejado en un sillón, sacó el teléfono del bolsillo y descubrió otra cosa: carecía de cobertura. Y otra más: su pequeña maleta rodante estaba detrás del reposabrazos del sofá en ele. ¿Cómo demonios había rodado desde el hotel hasta allí? Aquello le mosqueó y se sintió más atrapado que un ratón en un armario. “Esta bruja me ha secuestrado”. Se preguntó qué haría el 007 en su situación. Pero más que un agente secreto, él era un estúpido neto. ¿Qué podía hacer? Obrar con cordura y no cometer más estupideces.

Lola acababa de cancelar la comunicación por radio y se quitaba los cascos cuando él se asomó a la cabina de mando. Vio dos pantallas encendidas: una era el radar, la otra, el ordenador con el correo electrónico.

–Hola, mi amor –lo saludó ella sonriente. Estaba en tanga–. ¿Has descansado a gusto?

–Como un tronco. ¿A dónde me llevas?

A babor se divisaba la tenue línea de la costa y a estribor el sol poniente teñía de naranja el

horizonte e invitaba a disfrutar del espectáculo.

Ella abrió una pequeña nevera y le ofreció una copa antes de responder:

–Navegaremos esta noche hasta Oporto.

–¿No crees que debías haberme consultado?

–No he querido despertarte.

–Antes, me refiero.

–Ha sido una obligación sobrevenida –dijo ella, alargándole desde el escalón superior la copa de zumo de piña y ciruela.

–Tenía mi coche y mis cosas en el hotel –recordó Tilo.

–Ya me he ocupado de eso; Mellado ha traído tu maleta y se ocupará de que tu coche llegue al puerto por la mañana. No te preocupes por nada. Anda, ven.

Tilo bebió un trago largo y subió los dos escalones que lo separaban del puente de mando. La abrazó suavemente y depositó un beso en sus labios.

–Eres una bruja muy lista –le susurró.

–¿Te gusto?

–Me gustas mucho, Loli, estás muy rica, muy buena, cariño.

Ella le soltó la hebilla del pantalón, lo dejó caer, lo empujó hacia un sillón reclinable y se sentó a horcajadas sobre él.

–Fóllame –le susurró, desabrochando el tanga.

*

Mientras practican ejercicios copulativos en las más diversas posiciones del Camasutra, el inspector Tilo Dátil se entrega a su tarea de rumiante, rebobina los datos sobre Chelo Barros en busca de algunas conclusiones útiles. La confirmación de que Yiyi y Chelo se reencontraron en el Camino de Santiago y retomaron su antigua relación, aunque con forma de casta amistad, le induce a pensar que esta mujer que ahora le cabalga y prorrumpe en un gimoteo de placer preparó aquel encuentro con alguna finalidad. Tiene pocas dudas de que así debió de ser. Los sistemas de comunicación privada a través de las redes sociales facilitan los mensajes y los encuentros casuales. Y más allá de que el mundo sea un pañuelo lleno de mocos, cree que aquella casualidad obedecía a un plan previo. ¿Por qué si no iba a hacer un descreído del carajo como Yiyi la ruta xacobea en vez de la ruta 66, por ejemplo? Bastaría examinar los mensajes por Facebook de esta mujer para verificar que fue ella quien le alertó sobre la fecha y la ruta peregrina que Chelo y sus amigas colombianas iban a seguir. Las relaciones dejan huella. Y en este caso, la más visible era esa fotografía que ella colgó en Facebook y en la que aparecen todas las amigas en el puente del Paso Honroso. Se trata de una instantánea nítida, perfecta, con profundidad de campo, una foto realizada con gran angular por un profesional. Estoy seguro de que la hizo Yiyi con su cámara.

La cuestión de fondo consiste en saber por qué esta Tangible que jadea y contempla la puesta de sol actuó de Celestina, a pesar de conocer la dolorosa experiencia que Chelo había tenido con Yiyi. ¿Qué intereses podían mover a esta mujer a propiciar aquel reencuentro? ¿Conocía la obsesión de Yiyi y se apiadó de él? ¿Qué poderosa razón podía existir para traicionar de ese modo a su amiga Chelo? No se me alcanza, se dijo.

Ella coloca una pierna sobre el reposabrazos del sillón-cama. El sol se extingue en lontananza como una naranja que se hunde en el agua. Él bebe un sorbo de zumo y le lame los pechos. “Muérdeme”, dice ella. Canela, atraída por el aroma del sexo, le lame las piernas mientras él desciende desde los pechos al vientre, besando el cuerpo de Lola, quien parece disfrutar de la caricia de sus labios y se muestra más relajada. Él apoya la barbilla sobre el abundante y rubio monte de Venus y repite la operación una, dos, tres veces hasta que ella se recompone y le dice: “Métemela, mi amor”.

Tilo sigue rumiando, rebobinando el relato de esta mujer insaciable sobre su amiga Chelo. Tiene la intuición de que la muerte de Yiyi guarda relación con la amenaza del caballerete, el millonario heredero del emporio de los casinos, apuestas y juegos de azar José Francisco Tomè, alias Pollo Pimienta, a la dulce Chelo. Recuerda las palabras textuales del relato de Lola: “Si no eres mía no vas a ser de nadie; te voy a joder la vida”. Hay una lógica implícita que le empuja a sospechar lo peor sobre ese caballerete. Repite una y otra vez la amenaza sin dejarse llevar por los jadeos de la comandante. La biagra hace milagros. El sentido textual de la frase admite una doble interpretación: que la liquide a ella o que liquide a quienes intenten poseerla. Pero la segunda deducción le parece más ajustada al sentido de la amenaza porque si la quiere para sí no va a matarla y quedarse sin ella. Ahí adquiere una significación textual aquel “te voy a joder la vida” que le soltó a modo de estrambote. Una sencilla composición de lugar permite a Tilo relacionar la vuelta del caballerete desde Chile a Cataluña con el reencuentro de Yiyi y Chelo. ¿Puede haber gente tan vengativa y criminal como…?

–Vente dentro de mí –le susurra Lola.

La oscuridad envuelve la cabina del puente de mando.

–Prefiero correrme en Oporto, cariño.

–No, vente ya, mi amor.

Están en el suelo y Canela le lame la planta del pie izquierdo y le hace cosquillas.

–¿Es que no te apetece que lo hagamos después de desayunar?

–Claro que sí mi amor, pero no voy a tener tiempo para ti.

–¿Por qué?

–Tengo gestiones que hacer.

–¿En domingo?

–Si, y no son religiosas precisamente.

*

Habían cruzado la ría de Pontevedra y dejaban atrás la de Vigo y las islas Cies. Según la estimación de la comandante, a media noche estarían en la vertical de la desembocadura del Limia, en Viana do Castelo. La mar, un poco rizada, no presentaba complicaciones. Tilo dio una vuelta por la cubierta. Permaneció a proa, observando la línea de la costa y sintiendo la brisa marina en la cara durante ocho o diez minutos mientras Lola se aseaba. Luego se trasladó al estadero de popa a fumar un cigarrillo. La iluminación del barco era automática; los focos se encendía por simpatía y permanecían a media luz si no detectaban movimiento. La navegación era silenciosa; sólo se oía el sonido del agua contra el casco. Lola se asomó con una sonrisa en los labios. Vestía un chándal rosa muy ajustado y se envolvía el cabello en una toalla blanca. La perra Canela la seguía. Entró en la cocina y preparó un bol con macarrones y trocitos de pollo precocinado. Lo calentó medio minuto en el microondas y lo puso en el suelo. Era el alimento de Canela. Luego agarró una botella de cava, una bolsita de almendras y dos copas y acudió a reunirse con él. Tilo abrió la botella y llenó las copas. Brindaron por el amor, la paz y las cosas bellas de la vida. El segundo brindis fue por el equilibrio de las bolitas del universo. Y dedicaron el tercero a la memoria de Carlos Cano, de cuya voz salía a dúo con Amalia Rodríguez la copla y el fado de María la Portuguesa. Permanecían en silencio, contemplando las estrellas y escuchando al cantautor gaditano. Él evocó el cuento de Marck Twain en el que el viejo general victorioso en cien batallas brindaba por los lactantes y ella dijo: “No, quita, quita”. No quería niños de pecho. Estiró las mangas del chándal, se quitó la toalla a modo de turbante, se incorporó, sacudió el pelo. “Vamos dentro, hace frío”. Acto seguido desapareció por la escalerilla hacia el interior del buque. Él trasladó las copas y la botella de cava a la cocina, acarició a Canela y se sentó en un taburete fijo ante la barra. Dos minutos después ella reapareció enfundada en un poncho de lana gruesa, muy étnico y colorista y le colocó una manta aviónica sobre los hombros. “Tu, a dormir”, ordenó a la cócker, que se metió en su cesta mullida, se acurrucó y la siguió mirando con la cabeza apoyada en el borde del nido. Él rellenó las copas y dijo:

–Puesto que no te apetece brindar por los niños de pecho, brindemos por los negocios.

–Por los negocios –aceptó ella chocando su copa.

–Todavía no me has dicho a qué te dedicas.

–¿Para qué quieres saberlo?

–Sana curiosidad de un jodido usurero especulador.

–Vivo la vida.

–Ya, pero me llevas a Oporto porque tienes que hacer unas gestiones muy importantes, aunque mañana sea domingo.

Lola evitó contestar, puso el Bolero de Ravel, luego abrió el frigorífico y le ofreció varios sándwich. Ella eligió uno de queso y salami y otro de vegetales.

–Los mercaderes no respetamos las fiestas de guardar –dijo por fin.

–¿En qué negocios emplea su tiempo una mujer tan rica como tu?

–Import-export y suministros en general.

–¿Armas o así?

–No se ha dado el caso.

–¿Y si se diera?

–Tendría que estudiarlo, aunque rechazo de antemano el negocio de la guerra y toda esa mierda de los buitres de las grandes potencias. Oye, ¿no estarás proponiendo…?

Tilo mordisqueó el sándwich y se tomó su tiempo antes de responder como lo haría un ambicioso intermediario, uno de esos cerdos con tirantes que llaman “hombres de negocios”.

–El armamento deja un porcentaje muy interesante: al menos el diez por ciento del importe del contrato. Y no hace falta que te diga que los países árabes están cansados de los precios y las condiciones de los estadounidenses y prefieren otros proveedores. Si te interesa explorar ese terreno puedes contar conmigo para conocer a determinados industriales de máquina herramienta deseosos de entrar en esos mercados.

–Uff, la muerte a corto plazo nunca es un buen negocio.

Si vis pacem para bellum —replicó el maldito hombre de negocios–, pero esto no quiere decir que las armas maten a corto, medio o largo plazo; la mayor parte no se disparan nunca.

–Falso de toda falsedad –contestó Lola–: si no las disparan matan de hambre crónica, enfermedades, carencias sanitarias y falta de servicios esenciales como el agua potable. Con la muerte no trafico.

–¿Con qué traficas, si puede saberse?

–Con sustancias agradables y alimenticias.

–¿Por ejemplo?

–Huevos de gallinas de corral, naranjas, coles, lácteos elaborados…

Mojó los puntos suspensivos en un sorbo de cava, sonrió y abordó el segundo sándwich.

–Ven, te enseñaré algo.

Tilo la siguió hasta la cabina de mando, donde ella pidió al ordenador las coordenadas de su situación. La pantalla parpadeó y mostró un punto rojo sobre un mapa a escala kilométrica.

–Muy bien, Tiburcio –dijo ella–. Ahora dame las coordenadas de CMA Wallenius.

Tiburcio abrió una ventana por la que pasaron miles de signos a una velocidad vertiginosa y en diez segundos localizó por satélite al mencionado Wallenius: un punto rojo sobre el Atlántico, cerca de la costa de Gambia.

–Correcto, Tiburcio, desconecta.

El ordenador obedeció a instante.

–Ese barco trae quinientas toneladas de mandarinas tardías para los mercados español, alemán y holandés. Viene de Sudáfrica. La fruta se limpiará y facturará desde una empresa hortofrutícola de Valencia. Naranjas de la huerta mediterránea. Ahora ya sabes con qué trafico.

–Me impresionas.

–Además del Wallenius tengo dos cargamentos en alta mar en este momento. Uno de bananas y fruta tropical en el Atlántico, con destino al Mar Rojo. La mercancía va a los asentadores del mercado central de Riad. Y otro de naranjas sudafricanas para los Emiratos Árabes Unidos. La fruta es perecedera y me la juego.

–¿Y los huevos…?

–Pues también, pero sólo servimos al marcado interior desde las granjas gallegas.

–Un proceso complicado de recogida, análisis sanitario, distribución…

–Tenemos nuestras fincas, granjas e instalaciones y eso simplifica mucho las operaciones. Yo tengo aquí la oficina virtual, superviso y decido, aunque todo el operativo se realiza desde el despacho de Avemaría en Compostela y en fincas de Pontevedra y Ourense. La gente consume, nosotros le proporcionamos los productos y la gente paga. Eso es todo.

–¿Y las operaciones internacionales también se realizan desde… Cómo se llama la empresa?

–AGG, Avemaría Agrícola y Ganadera. Tenemos nuestra red de asentadores en Europa y en el mundo árabe, a los que proporcionamos el producto.

–O sea, que controláis los precios.

–Eso lo hacen en la Bolsa de Chicago.

El inspector Tilo Dátil se sentía minúsculo, sobrepasado por los conocimientos de Lola Tangible sobre los mercados de futuros y los grandes especuladores de la carne, el trigo, el arroz, la sémola, la soja, las pesquerías, los aceites vegetales… La gente necesita comer para vivir. Y esa actividad de conseguir proteínas, féculas y vitaminas para llenar el estómago de las grandes ciudades es constante, carece de principio y fin. También le quedaba claro que unos parásitos sin principios traficaban con las necesidades alimentarias y se prevalían de las hambrunas para elevar los precios y embolsar cuantos más miles de millones de dólares, mejor. Eran personajes anónimos, embozados detrás de sociedades con nombres sin significado y provistos de la única ética válida en este tiempo, la ética del dividendo.

¡Por Júpiter! Con uno de esos seres iba navegando él.

Disimuló su disgusto.

–Tiene que ser agotador llevar tal volumen de datos en el disco duro –dijo con una mirada compasiva, acariciando la frente de Lola.

–Lo sería si no tuviera un portento de delegado que se ocupa de todo. Yo en realidad me dedico a vivir la vida. Los demás trabajan.

–No me lo creo, algo harás.

–Hago lo que más me gusta, que es viajar. Me he pasado la vida viajando desde que tenía dieciocho años. He sido azafata y he viajado casi siempre trabajando. Pero aquello se acabó; ahora viajo a mi gusto y por placer.

–Salvo algún encargo…

–Incluso cuando Juan me pide algo inaplazable como esa gestión en Oporto, la hago por placer; de lo contrario no la haría.

–¿Juan…?

–Juan Ponce de León, el delegado de AGG.

*

Sobre las ocho de la mañana, Lola Tangible besuquea la frente de Tilo Dátil, se desnuda y se mete en la cama con él. Quiere sexo. El inspector, todavía adormilado, le acaricia el bello púbico. Ella le ase el pene, lo nota morcillón, lo agita suavemente con firmeza hasta que se va entonando. A continuación se tiende sobre él, le besa, le susurra: “Métemela hasta el fondo”.

Tilo advierte la quietud del barco y supone que han llegado a puerto. Más que un polvo necesita un café. Tiene la boca seca, estira el brazo y empuña el vaso de culo imantado, levanta la cabeza de la almohada y bebe un sorbo de soda con vodka que dejó anoche, bueno, hace tres horas, pues permaneció en la cabina de mando, controlando la navegación con piloto automático y realizando cometidos propios de su oficio hasta las cinco de la madrugada en que ella le relevó y lo mandó a la cama. Según el mapa de situación, en aquel momento se hallaban a unas cuarenta millas del Farolim de Felgueiras. Desde allí, ella ha dirigido el barco Duero arriba hasta el puerto fluvial de Oporto.

Tilo la voltea, la penetra suavemente, le coloca el brazo derecho bajo los hombros, eleva hacia si la cabeza de ella, la besa, le susurra: “Estás muy rica Loli, muy dulce, muy buena… te vas a correr como una yegua, ¿verdad, mi amor?, como una potrilla salvaje, ¿verdad que sí?”

Ella prorrumpe en gemidos

¡Ay, ay, ay…!

Él nota el pene duro. Repite para sí: “Naranjas, huevos, coles, fruta tropical”. Y vuelta a empezar. Consigue rebasar el punto placentero a partir del cuál puede copular hasta el cansancio sin eyacular. Mantiene el ritmo estable –naranjas, huevos, plátanos– y lo acelera cuando aprecia la escalada de la hembra hacia el orgasmo. Así una, dos, tres veces. Al final frena y permanece dentro hasta que ella afloja la tensión muscular. Medio minuto después la ve abrir los ojos y sonreír. “Vente, amor mío”, le susurra. Pero él oye pasos en cubierta. “Hay alguien a bordo”, dice. “Son Mellado y Amali; nos estaban esperando cuando llegamos”, le informa ella.

Se retira suavemente, le acaricia el clítoris con la verga, la besa en la boca. Le sabe a carne, carne de falda. Ella ella insiste en exprimirlo hasta la última gota. “No te voy a dejar marchar así”, le dice.

*

Desde lo más alto del puente de Don Luiz I, obra emblemática de la ciudad de Oporto, el inspector Tilo Dátil contempla el lujoso yate Avemaría a través del ojo de la cámara de su teléfono móvil. Dos tipos acaban de apearse de un Mercedes todo terreno negro y se dirigen en línea recta hacia el barco por la rampa del muelle. Mellado les espera, les saluda con una leve inclinación de cabeza y les invita a subir a bordo por la escalerilla. A Tilo no le cuadran las cuentas: en el salón del barco contó loza y cubiertos para seis personas.

Desactiva la filmación, camina unos pasos, se acerca a dos jubilados madrugadores, les saluda con una leve inclinación de cabeza y decide seguir mirando las barcas con cubas de vino que bajan por el río hacia las bodegas. Son las nueve y cuarto de la mañana. Los convoyes del metro que transitan por esta parte alta del puente con aceras a los lados para los peatones, van y vienen de continuo entre Oporto y Vilanova de Gaia, atemperando a su paso las corrientes de aire. Tilo divisa a un hombre joven de pelo ensortijado como una escarola y a una mujer morena con chaqueta vaquera y pantalón negro de cuero que acaban de apearse de un taxi y se encaminan hacia el yate. El tipo cojea ostensiblemente y se apoya en un bastón. La mujer lleva una mochila colgada del hombro. Mellado alza la mano desde la plataforma de popa y les saluda. Tilo les filma hasta que desaparecen bajo el toldo. No sabe quiénes son, aunque ninguno tiene aspecto de asentador de mercado central.

Tampoco sabe qué pinta él allí arriba. Se fijó en el monumental puente de hierro cuando se puso al volante de su Volkswagen Golf, estacionado en la rampa del muelle, y experimentó el impulso de asomarse. Condujo hasta allí arriba, aparcó en una calleja de lo alto y se acercó a contemplar el panorama. La curiosidad le mantuvo quieto, parado, contemplando el paisaje y el barco como si algo excepcional pudiese ocurrir. No sabría decir qué, pero intuye que algo raro e interesante puede ocurrir.

La verdad es que nada de aquella Lola Tangible, ni siquiera su apariencia de normalidad, le parece normal. Furor uterino a parte, una mujer de negocios que no quiere hablar de negocios no es normal; una bróker que no pregunta al inversor cuánta pasta quiere arriesgar es rara avis; una mercader con principios éticos resulta extraña. Y esa mujer que le ha llevado hasta la histórica ciudad vinatera del norte de Portugal en una placentera navegación nocturna desayuna ahora en su yate con tres hombres y una mujer. ¿Era la gestión sobrevenida e inaplazable que, según le dijo, debía de realizar?

A punto de separarse de la barandilla, calarse el sombrero y seguir camino –le quedaban más de seiscientos kilómetros hasta Madrid–, ve parar un coche negro de alta cilindrada en una calle abocada al muelle. El copiloto se apea rápidamente y actúa como si fuera un criado o un guardaespaldas: abre la puerta lateral al señorito, un hombre de pelo oscuro, edad mediana, con

cazadora de entretiempo y pantalón de loneta oscuro. Tilo lo filma. Otro hombre más voluminoso que se ha apeado por la puerta del copiloto saca del portamaletas una prenda de cabeza y se la entrega al jefe, que se cubre la perola. Es una gorra de béisbol blanca. A continuación extrae un maletín rodante de tela negra y ambos echan a andar muelle allá en dirección al Loli. Tampoco parece un asentador de mercado, se dice Tilo. Pero sospecha que debe ser una autoridad.

En ese instante oye el ruido de una motocicleta que circula entre las vías del puente ferroviario. Desconoce cómo diablos el motorista ha podido equivocarse de puente. Hay gente rara hasta en Portugal. El motorista le rebasa, pasa a la zona peatonal, frena unos metros de él, se apea, apoya la máquina en el pie metálico sin parar el motor, coloca sobre el hombro la culata del rifle con mirilla telescópica que llevaba colgado a la espalda, se acerca a la barandilla para fijar el objetivo, pero no llega a disparar porque en ese instante él da un salto y se lanza en plancha como si fuera un portero que quiere despejar el balón. Lo que despeja hacia arriba son las pantorrillas del tipo, que se ladea, pierde el equilibrio y cae al río sin tiempo de soltar el arma y asirse a la barandilla.

Tilo se incorpora rápidamente, pero es demasiado tarde; lo ve estrellarse contra el agua.

Los jubilados le miran.

“¡Carallo!”

“¡Hombre al agua!”, exclama Tilo.

“¡Mas ouve!” (¡Pero oíga!), exclama uno.

“Aquele morre” (Ese muere), dice el otro.

Tilo rescata el sombrero, se sacude el polvo del traje a sombrerazos, se asoma a ver si el pistolero emerge. No emerge. Saca el teléfono, hace una foto de la matrícula de la motocicleta, que sigue con el motor en marcha, se cala el sombrero y se larga.

DIEZ

El inspector Tilo Dátil circuló por las carreteras de la comarca de Gaia y paró a desayunar en una tasca de Porto Poças antes de meterse en la autopista A-1 con la intención de enlazar con la A-25 y abandonar Portugal por el paso fronterizo de Fuentes de Oñoro. Sentía hambre y una extraña mezcla de temor y desasosiego; nunca hasta entonces había tirado a un tipo por la barandilla de un puente de más de sesenta metros de alto sobre el nivel del rio. Pidió café, agua, una rebanada de hogaza de pan tostado, medio tomate, un diente de ajo y varias lonchas de jamón. Raspó el ajo sobre la tosta, exprimió el tomate, añadió sal, la roció con aceite de oliva, colocó las lonchas encima y le hincó el diente.

Poco después comienza a sentirse mejor. Se pregunta a quién mierda ha tirado desde el puente y a quién diablos ha salvado el culo. Imposible saberlo. Se reconcilia consigo mismo: todavía me quedan reflejos para placar a un tío. Lástima del estropicio de la flamante americana Emilio Tussi.

Termina la tosta y telefonea a Verdú.

Tiene suerte: Pájaro Loco está de guardia.

–De lo de Yiyi no hay nada concluyente –le informa Verdú–; la viuda ha recibido dos llamadas del amante porteño, instándola a que se vaya con él.

–¿Instándola..?

–Soy un burócrata.

–Ya lo veo. ¿Y ella qué dice?

–Ni si ni no, sino todo lo contrario. Dubitativa se halla.

–Mira, te voy a mandar la agenda y la relación de llamadas enviadas y recibidas por una sospechosa, amiga de una antigua novia de Yiyi. Ella se llama Dolores Tangible y es una tía de mucha ciruela que se dedica a la importación y exportación de productos hortofrutícolas, huevos, lácteos y demás. Eso dice, pero no me creo nada. Necesito que examines el material y me digas algo sobre los contactos y llamadas de esta mujer en los últimos días. ¿Podrás hacerlo?

–Lo intentaré, aunque no te aseguro nada; mis amigos telefónicos no suelen trabajar el domingo. ¿Le has pirateado tú solito la agenda?

–¿Olvidas que he tenido el mejor maestro?

Verdú se ríe satisfecho.

–¿Dónde te hallas?

–Si quieres que te diga la verdad, no lo sé, pero hace media hora estaba en el punto donde se unen Porto y Gaia para formar la etimología de nuestro vecino del oeste.

–¿Portugal?

–Hilas bien, amigo. Bueno, te mando eso y me pongo en camino hacia Madrid. Avísame en cuanto detectes algo de interés.

Nada más terminar la transmisión llama a Oliveras y le pide que indague la actividad empresarial de Lola Tangible. Aunque de antemano sabe que la sociedad Avemaría figura a nombre de Chelo Barros y de Ponce de León, como administrador, quiere confirmar si consta entre sus objetivos la importación y exportación de productos agroalimentarios. Oliveras pasea en ese momento por el parque de la Fuente del Berro y le pregunta si el asunto no puede esperar a mañana, lunes. Tilo detecta el fastidio del documentalista y añade otro encargo: “Y enterate también del día y la hora de llegada al puerto de Valencia de un barco carguero que se llama Wallenius, hazme el favor”.

–¡Joder, Tilo, que es domingo! –protesta Oliveras.

–Soy consciente.

–Pues menos mal.

–Oye, te voy a mandar unos videos que he hecho con el teléfono móvil desde muy lejos, a ver si tú, con la pericia que te caracteriza, amplías la imagen, la cruzas con los archivos y ves si alguno está fichado. Son cinco hombres y una mujer que suben a un yate. Hay otro que les está esperando y se llama Mellado. Además te mando la foto de una moto con el número de matrícula bien visible. Se trataría de saber a quién pertenece.

–¿Algo más?

–Es todo de momento, Oli.

–Vale, empezaré por el final.

–Avísame en cuanto tengas algo. Eres estupendo.

–Y tu un cabronazo.

*

Antes de abandonar el establecimiento telefonea a la vecina Lourdes, quien le informa de que Mingus está contento. Él le agradece las atenciones y se pinta un círculo con flecha en la muñeca para acordarse de llevar algún obsequio a esta mujer tan gruesa como bondadosa. Luego sopesa la situación y, aunque es domingo, la petición de informe sobre la marcha del caso Yiyi por parte de Veguellina le obliga a incordiar a Fabiola y a Romanillos. Los dos han interrogado al lechuguino en las condiciones de máxima reserva impuestas por su señoría doña Charo para evitar líos con la prensa y coinciden en que el dircom real y su amante Liana carecían de razón sentimental de peso para quitar a Yiyi de en medio. La Larga reconoce el fracaso de su hipótesis de trabajo. Los amantes solían almorzar juntos y después encamaban a practicar sexo varias veces al mes. El lechugino lo confesó antes incluso de que le preguntasen sobre sus relaciones con Liana. Habían follado la primera vez en Buenos Aires, hacía ya muchos años, con un resultado tan satisfactorio para ambos que prosiguieron el curso de sus encuentros en Madrid después de que Yiyi se prendara de ella y decidieran formar pareja. De hecho, Yiyi asumía el triángulo sexual. Los tres se querían y cada cual conservaba su libre albedrío sexual, lo que anulaba el supuesto de asesinato por encargo. Romanillos verificó la veracidad del testimonio de Jordi Emula i Lucientes en relación con los restaurantes donde solían quedar a almorzar y con el hotel Marnos al que acudían a copular y sestear. Según Fabiola, el lechuguino tuvo incluso la deferencia de pedirle perdón por haberle mentido sobre sus relaciones con Liana, algo a lo que, desde luego, tenía derecho.

–¿Cómo dices que se llama ese hotel? –Preguntó Tilo

–Hotel Marnos –dijo Fabiola.

–¡Qué casualidad!

–¿Lo conoces?

–Casualidad cacofónica quiero decir.

–No te capto.

–Déjame que te pregunte: ¿Vamos a marnos..?

–Jaja, que te crees tu eso.

Romanillos y Fabiola consideran que Yiyi sabía algo de algún asunto delicado que podía afectar al coronado o algún elemento relevante de su inmune familia y que en vez de permanecer en silencio incurrió en la imprudencia de piar a destiempo.

–En ese caso estaríamos ante el muerto que sabía demasiado –dice el inspector. Y a continuación les echa la fábula del pajarito se cae del nido, la vaca lo ve, se percata de que un zorro viene a comerlo y le caga una boñiga encima para taparlo y protegerlo. Pero el pajarito se siente fatal bajo la mierda y forcejea hasta que saca la cabeza. Entonces el zorro lo ve, se acerca, lo agarra y sale corriendo hacia el rio, lo lava y se lo zampa.

–Más o menos –dice Fabiola.

–¿Quién podía saber que Yiyi estaba a disgusto en la mierda?

–La vaca Liana en primer lugar –contesta Romanillos.

–La clave está en saber si el pajarito pió y el zorro se enteró, lo que nos obliga a examinar con lupa las relaciones de Yiyi en los últimos tiempos –razona Fabiola.

–Y a volver a examinar los archivos del finado, sin descartar que tuviera imágenes y fotos de documentos a buen recaudo en algún lugar secreto que solo él y tal vez Liana conocían –añade Romanillos.

Repasan la protección (y vigilancia) de la estrella televisiva y su retoño, y antes de terminar la conversación a tres bandas, Tilo les cuenta el resultado de sus indagaciones remotas, de las que se desprende la posibilidad no tan remota de un crimen por despecho, perpetrado por encargo del caballerete que amenazó a la antigua pareja de Yiyi, la exitosa publicista Chelo Barros.

La Larga abraza la hipótesis, pero Romanillos exclama: “¡Muera la hipótesis!”. Intuye que le toca viajar a Barcelona a ver la cara del señorito de los casinos y no le apetece la idea. “Por las buenas no vamos a sacar nada y por las malas no tenemos jurisdicción”. Tiene razón. Han de pedir permiso y apoyo a los Mossos d’Esquadra para realizar esa investigación.

–Bueno, mañana lo hablamos más despacio y decidimos –propone Tilo.

–Si hay que ir a Barcelona –dice la Larga– me apunto, aunque vaya sola.

–Ya veo que se te ha perdido algo –le reprocha el subinspector.

–Tengo una tita encantadora a la que no veo hace tiempo.

–¿Y qué más?

–Si tú tuvieses una tía que mueve las orejas y es capaz de levantar los pelos del flequillo sin mover las manos y de llorar y sudar cuando se lo propone…, te encantaría verla, ¿a que sí? Y si además te dijera que actúa en el Casino, seguro que querrías hablar con ella.

–¡Por Júpiter, eso es estupendo!

–Sí, es una estrella de la galaxia de la magia, pero la veo menos que a la parte oscura del universo.

–Bueno, bueno, menos poesía y más pragmatismo –observa Romanillos.

–¿Quieres decir que no ves fundamento a la investigación sobre el caballerete Pollo Pimienta? –Le pregunta Tilo.

–Pues no, no lo veo.

–Osease, que como sólo vemos una ínfima parte del universo, los astrónomos no han de

seguir investigando.

–Tampoco es eso, no extrapoles.

*

Cerca de la tasca donde ha desayunado ve una tienda de vinos de la tierra (y muy buen vino que es). Entra, saluda, mira y perpetra un dispendio: dos botellas panzudas de Oporto tipo Tawnies de la bodega Rozès, un caldo de más de diez años, envejecido en pipa de roble que, según la tamborilera explicación del tendero, es un morapio superior, de sabor exquisito…, inconfundible, apreciado en el mundo entero. También de los más caros del mercado. Esto no lo dice, lo cobra.

Nada más subir al Golf escucha el suceso por radio: una persona se ha arrojado al Duero desde la cimera del puente don Luis; el hecho se ha registrado a primera hora de la mañana; los guardiñas y los bomberos han acudido al rescate, sin que se sepa si han conseguido encontrar y sacar al desdichado. El locutor añade que es la quinta persona que se arroja desde la plataforma ferroviaria, la más alta del pontificio metálico, en lo que llevamos de año, sin que las autoridades se den por enteradas y apliquen los medios para evitar esos suicidios. A continuación refiere otra información sobre un político estercolario que echa pestes de otro político bribón. No le interesa. Mueve el dial en busca de música clásica.

Conduce cómodamente a toda pastilla por la A-1 con la intención de enlazar con la A-25 a la altura de Sao Marcos. La autopista discurre entre grandes masas forestales. Registra poco tráfico. El inspector se entrega a su función de rumiante. Se nota espeso como si hubiera pastado demasiadas incógnitas, comenzando por las actividades nada claras o abiertamente sospechosas de la señorita Tangible. Se pregunta por qué eligió el discreto embarcadero fluvial de Oporto para reunirse con sus colegas en vez de hacerlo, sin tanto riesgo para la embarcación, en el cercano puerto deportivo de Leixóes. Se cuestiona quiénes eran sus invitados. Se interroga por qué rayos aparece un sicario motorizado en lo alto del puente a liquidar al tipo más protegido de cuantos han subido al barco. Incógnita tras incógnita y vuelta a empezar. Se siente como el perro que corre en círculo intentando atrapar su rabo sin conseguirlo.

Hora y media más tarde se desvía hacia el área de servicios de Antua, reposta, avanza hasta la cafetería cercana, entra en el lavabo, se lava las manos y la cara, se moja el pelo, se rocía los brazos con alcohol de romero de su alfil, solicita un café largo, paga, empuña el vaso, sale a la terraza a fumar un cigarro, sigue rumiando: “Erase una vez yo, un tipo que busca algo y encuentra todo menos lo que busca; erase una vez yo, un mecánico que encuentra todas las averías menos la que impide al coche funcionar; erase una vez yo…” A punto de añadir “un puto desastre”, vibra el inoportuno.

–¿Dime, compañero?

–El buque llegará el jueves, pero me dicen los de Vigilancia Aduanera que ya le han echado la vista encima y que no nos entrometamos.

–¿Cómo es eso?

–Saben que trae droga, cocaína colombiana trasladada desde otro barco en alta mar. Y quieren saber por qué metemos las narices en eso. Les he dicho que el jefe se lo explicará, así que conviene que les llames cuanto antes.

–Perfecto, Oli, me pongo en contacto en cuanto cuelgue.

–Te advierto que no están de buen humor.

–Ya supongo, sigue mirando esos videos a ver si sacas algo.

Tilo explica al jefe de los agentes de vigilancia aduanera la causa y razón de su interés por el CMA Wallenius. Investigando un crimen ha surgido ese dato circunstancial, sin la información añadida del Jonás de la barriga; el único propósito por su parte era confirmar que un testigo al que había interrogado decía la verdad. Y además, mira por donde… Ya dijo Carulla en la Biblia en Verso que Jesucristo nació en un pesebre y donde menos se espera salta la liebre… Por supuesto que puede dar todas las garantías de reserva por su parte y que responde de la discreción del único agente de la brigada que tiene esa información; por supuesto que no han hablado con los estupas de la pasma; por supuesto que no desean precipitar la operación ni añadir riesgo al riesgo que ya corren sus agentes.

El jefe de vigilancia aduanera le agradece la discreción en tono amenazador y le reitera que no metan la nariz en el Wallenius. Su voz es oscura, de viejo lobo de mar, y sus términos contundentes, cortantes, militares. A Tilo le sorprende la falta de curiosidad de un tipo que ni siquiera le ha preguntado quién es ese testigo y cómo sabe la existencia y el destino del jodido barco. No le parece muy profesional que digamos, pero allá películas, se dice antes de desearle éxito en la operación y de pedirle que le avise para recabar datos a los detenidos.

Aunque ahora sabe algo que antes no sabía (que la señorita Tangible se dedica al polvo blanco), sigue anclado en la contrariedad de descubrir averías ajenas al objetivo de su investigación. Desde que asesinaron a Yiyi ha descubierto una red clandestina de asquerosos traficantes de porno, un crimen en grado de tentativa y un clan de narcotraficantes al por mayor. ¿Se puede pedir más? Pero ni una pista sólida sobre la muerte de Yiyi. ¿Es o no es un desastre?

Se sube al Golf y sigue camino. La conversación con el tipo de Vigilancia Aduanera le ha dejado una sensación rara. La falta de interés del sujeto por los importadores o destinatarios de la mercancía le hace suponer que el jefe aduanero lo tiene todo bien controlado, lo cual es muy extraño. La sequedad del colega le induce a situarlo en la órbita de los marcianos o tal vez en la esfera de esos superhombres que ni se molestan en apuntar y disparar una expresión coloquial ante la liebre del refrán. Debe de ser porque lo de esos individuos es la caza mayor, quizá la guerra.

Borra al capullo de su mente y se entretiene en el ejercicio de tergiversar refranes que le enseñó de pequeño su viejo maestro Juan Pérez Zúñiga. Por no acertar a hacer las cosas como es debido le va mal a Tilo y le dan sus desaciertos en pensar: “Acierta mal y pensarás”. Otro. El apicultor alcarreño vende su miel en los bares y acaba diciendo: “No hay bar que por miel no venga”. Otro. En Valdeleches y otras localidades se reúnen mozos y mozas la noche del Jueves Santo, pues como dice el refrán adulterado, “nadie se quiere hasta que Dios muere”.

Unos minutos después vuelve a la cuestión, afloja el acelerador, llama a Verdú y le pone al corriente de la actividad de la titular de la agenda pirateada como presunta narcotraficante conectada a algún potente clan colombiano. Verdú interioriza, digiere, toma nota. Al cabo de veinte segundos prorrumpe:

–Tengo dos noticias para ti.

–Ahorrame la mala.

–La buena es que esa agenda contiene tres números de interés: uno es del lechuguino, otro era de Yiyi y el tercero corresponde a una terminal fija de una determinada dependencia palatina, supuestamente utilizada por el fallecido o por su jefe.

–O tal vez por una tercera persona –aventura Tilo.

–Habrá que profundizar –admite Pájaro Loco.

–¿Aparece alguna conexión colombiana?

–He visto dos teléfonos fijos de Bogotá y varias llamadas a móviles con el prefijo colombiano; mis contactos están intentado averiguar a quiénes pertenecen y me dirán algo. Por cierto, ha venido Elena con unas filmaciones que le has enviado y no para de darme la lata con el magnetoscopio.

–Ya sabes que no me gusta que le llames Elena…

–Vale, pues Elena no.

–Eso tampoco.

–¿Tengo yo la culpa de que sea ele-na-no de la brigada? Tampoco a mi me gusta que me llaméis Pájaro Loco y me aguanto. Y supongo que a Fabiola tampoco le agrada que le llamemos La Larga, y mira…

–Vale, vale, llámale Elena, enano, exiguo… –ya dedicaremos una junta a los alias–, pero ayúdale a ver si conseguimos identificar a alguno de esos pollos. Otra cosa: convendría que realizaras una geolocalización de las llamadas más frecuentes o de la mayor cantidad posible de los números de esa agenda a ver qué nos sale.

–Ya la he hecho; espera, que busco los mapas.

Tilo se admira de la diligencia de Pájaro Loco. Por una vez no ha perdido el tiempo haciendo crucigramas ni jugando al ajedrez contra el ordenador. Afloja gas para tomar el desvío hacia la A-25. El jefe del gabinete técnico tarda lo suyo en encontrar los mapas que cree haber supercopiado en el archivo de documentos. Finalmente los encuentra en la última carpeta de descargas y comienza a reportar:

–Un número en Málaga, otro en Marbella, otro en Marbella, uno en Valencia, otro en Barcelona, otro más en Barcelona, uno en Madrid… De Madrid y de la zona norte salían diez o doce. Uno de Donosti, otro de La Toja (Pontevedra), otro de Bilbao, otro de Girona…

–¿Provincia o ciudad?

–Amplío… Perelada. Sigo.

–De A Coruña hay varios. Dos de Tarragona.

–Vale, vale, eres estupendo.

–Eso decía mi madre.

–Ahora la mala noticia.

–Hay un montón de números con titulares protegidos.

–Esos son los que interesan. Si lográsemos precisar la ubicación de esas llamadas y cruzásemos los datos de los inmuebles desde los que se produjo la conexión con el catastro y el registro de la propiedad podríamos…

¡Mierda!

La comunicación se ha interrumpido.

El inspector circula durante veinte minutos sin que la antena dé señales de vida. Cuando

vuelve a parpadear, conecta con Pájaro Loco.

–Te decía…

–Te he oído, pero es imposible entrar en esos bancos de datos.

–Dile a Oliveras que digo yo que ayude. Sería interesante saber qué se mueve en esas ubicaciones del norte de Madrid y en Málaga y en Barcelona.

–¡Joder, Tilo! ¿Me estás diciendo que Elena…, bueno, el Exiguo, es un hacker?

–Te estoy diciendo que le digas que digo yo que te ayude. ¿Me entiendes o no?

–Claro que te entiendo.

–Pues manos a la obra.

*

Unos kilómetros más allá se desvía de la autopista hacia Cabanoes de Baixo. Tiene la boca seca, necesita un trago; entra en una cantina, pide un frasco de cerveza fría y sale a la puerta a solazarse y echar un cigarro. El cielo está limpio, el día es luminoso, suena una campana lejana, una mujer y un niño en traje de almirante de la mar oceánica entran en la tasca y se sientan delante de un parroquiano con barba valleinclanesca. Tilo los ve por el rabillo del ojo. El barbudo se incorpora, contempla al niño del derecho y del revés, se sienta, lo sigue mirando durante unos minutos, al cabo de los cuales dice en su idioma: “Muy bien, Kiko, ya puedes ir a correr por ahí”. Y añade: “Raquel, pásate mañana a esta hora a por el retrato”.

La temperatura es agradable, el sol acaricia la piel, la brisa trae aromas campestres de aulagas, gorbizos, pinos, eucaliptos… Tilo se sienta en el poyo de piedra junto a la puerta y degusta la Sagres como si el tiempo hubiera sido ideado para disfrutar. A mayor goce, la cantinera le trae unos trozos de queso sazonado con aceite y orégano. La abundancia del platillo le anima a pedirle otra cerveza. Vale que estemos de paso, se dice, pero si dios configuró el orbe, creó al hombre a su imagen y semejanza, y puso el séptimo para descansar es que quería darnos un respiro después del sexto giro del planeta sobre sí mismo. Luego el hombre y la mujer hicieron cosas tan exquisitas como el bacalhau à bras a base de migas de bacalao dorado con patatas cortadas a la paja, huevo, aceitunas negras y perejil. Los aromas de la cocina acentúan su placentera quietud.

Pero el placer dura poco.

–Jefe, creo que tenemos algo muy interesante –prorrumpe Pájaro Loco al aparato–. Te paso al Exiguo y que te cuente. Luego te digo.

–O mucho me equivoco –dice Oliveras– o un tío del último video que me enviaste, el que lleva guardaespaldas concretamente, es el marqués de Montrave.

–Por Júpiter.

–Clavado. He superpuesto las imágenes del personaje con varias fotografías y coinciden al milímetro en todos los rasgos faciales, así que, salvo que tenga un hermano gemelo, has filmado a ese preboste palaciego.

–¿Estás seguro?

–El material no es muy bueno, pero, después de ampliarlo y aplicarle la máxima resolución se ve con bastante nitidez. Y es Montrave. He hecho subir a tres maderos de la comisaría de seguridad ciudadana y uno tras uno lo han identificado sin dubitación.

–Te creo, Oliveras, menudo lío.

–Blanco y en botella, leche.

–También puede ser agua con cal.

–Tu sabrás, pero está claro: Yiyi se enteró del asunto, alguien supo que sabía lo que no debía de saber, que representaba un peligro para su fama, nombradía e intereses y… ¡Caput!

–Demasiado sencillo, Oli.

–La sencillez es la cortesía del filósofo. Esos tipos no piensan, actúan; hacen lo que les da la gana, se creen más inmunes e impunes que dios.

–Ya, desde que dios se hizo hombre, demasiados hombres quieren ser como dios. Y algunos lo consiguen. Ese es el problema… Anda, pásame a Verdú.

–¿Qué me querías decir? –Le pregunta.

–Por si sirve de algo –dice Verdú–, las terminales de varias llamadas, con horas y fechas, corresponden a instalaciones del área protegida del Monte del Pardo. Si tuviéramos permiso judicial podríamos saber si además del lechuguino y del propio Yiyi había otros interlocutores.

–Dudo que una magistrada rasa de instrucción consiga levantar una materia clasificada como secreto de Estado, amparándose en una simple sospecha. Pero en fin, lo intentaremos; como dijo don Quijote en la cueva de Montesinos, suerte y barajar.

–A propósito de naipes, la ubicación de varios números de Barcelona coincide con el Casino.

–Por Júpiter.

–No sólo eso: una terminal en San Sebastián estaba en el Kursal, y otra de Pontevedra se situaba en la isla de A Toxa… ¿Te dice algo?

–En la isla hay un casino… Me huelo que clan de canallas blanquea el dinero de la droga en determinados casinos.

–O distribuye y blanquea en el mismo sitio; la coca es para clientes de mucha ciruela.

–No se me había ocurrido.

–Deberías hablar con los estupas.

–Y los de estupefacientes deberían andar con más ojo, aunque los casinos sean competencia de la brigada del vicio y el juego.

–Competencia no, el puto coto privado del exgordo Gomariz, menuda mierda…

Tilo guarda silencio. Ha echado a andar calle allá, siguiendo el aroma dulzón del jazmín en flor que cubre la valla de un corral.

–Ya me dirás qué hacemos con esto –dice Verdú.

–De momento, aguantar. Ah, y a Veguellina ni mu. Me he comprometido con el de Vigilancia Aduanera a no soltar prenda hasta que capturen el barco e intervengan el alijo, así que ni una palabra al jefazo, ¿entendido?

–Correcto.

–Pásame a Oliveras otra vez, tengo más tarea para él.

Tilo comenta al eficiente documentalista la posibilidad de que el tipo de cabello escalorado y con bastón que aparece en el segundo video que le envió sea un caballerete llamado Francisco José Tomè, alias Pollo Pimienta, directivo y copropietario de la empresa que explota el Casino de Barcelona. Oliveras pide un minuto. Se apresta a buscar la grabación. “Lo tengo”, dice. “El tipo va acompañado de una mujer con pantalón negro… Espera un minuto, voy a ampliar las imágenes”. Tilo permanece a la escucha, vuelve sobre sus pasos hacia el poyo de la cantina, da un tiento al sudoroso frasco de cerveza. Oliveras está buscando fotos del sujeto en Internet. Encuentra varias. Pollo Pimienta se deja ver con gente guay en las revistas del corazón. Sale también en algunas publicaciones del sector de los juegos de azar. Es un empresario potente que, al parecer, gana muchos millones de épsilon cada año y está diversificando inversiones en otros sectores fuera del país, con especial preferencia en Portugal y Polonia. Aunque en el video lleva gafas, el documentalista pronuncia al fin su veredicto: “Has acertado, es el tal Tomè”.

–¡Por Júpiter!

–Por Júpiter ¿qué?

–Que lo sospechaba. Osease –colige en voz alta– que la tal Lola Tangible es socia del pájaro que intentó forzar a su amiga Chelo Barro, la antigua compañera de Yiyi, y de la que éste se sentía locamente enamorado.

–¿Cómo lo sabes?

–Lo sé.

–Permite que te diga que esa Tangible no es socia oficial de nadie; no figura en registro mercantil ni empresarial alguno –le contradice Oliveras.

–No lo necesita, es la pujequema.

–¿La puje… qué?

–La puta jefa que manda.

–Bueno, tu sabrás… ¿Necesitas algo más o me piro a casa a disfrutar lo que me queda del domingo?

–Muchas gracias, Oli, eres estupendo.

–Oye, hazme un favor: dile a Verdú que no me llame Exiguo.

–¿Eso te llama…? ¡Menudo cabrón!

*

El inspector dedica unos minutos a rumiar la situación mientras permite a los gorriones picotear los taquitos de queso que quedan en el plato. Les gustan. El más atrevido clava el pico en uno, lo saca del plato, vuela un metro, lo deposita sobre la piedra y los demás se lo disputan a picotazos. Otro atrevido secunda la operación. Él desmiga un colín y se lo echa. “No se peleen, que hay para todos”, les dice. Pero turris burris; los pardales no hablan su idioma y prefieren el lácteo, más jugoso que el trigo. Lógico.

“Montrave, Montrave”, repite para sí mismo. ¿Qué rayos pinta ese aristócrata, grande de España, alto cargo cortesano, fervoroso católico, apostólico sin mácula, maestro de ceremonias, consejero de su alteza, embajador especial en complicadas causas (y secuestros), eminente donde los haya, condecorado de píes a cabeza y, en suma. hombre de bien, en un cónclave con narcotraficantes? “MM, Marqués de Montrave, MdM, Montrave, Montrave”, se repite observando a los gorriones.

De pronto cae en la cuenta: “El ave de Montrave no es de pájaro, sino de saludo romano como el ave imperator de Suetonio en Vida de los doce césares; no son gallinas ni pollos, es la salutación de los cristianos a la virgen María, madre de Cristo… Y Avemaría (Avemariasa en términos mercantiles) es el nombre de la empresa tapadera de esos narcos”. Si el “ave” de la sociedad de importación y exportación de mandarinas tardías y frutas tropicales coincide con la desinencia del nombre de ese pájaro, el nombre de María puede corresponder a cualquier mujer o a cualquier Mariano en catalán. ¿Una María o un Marià?

Tiene una intuición: activa el teléfono, busca en Internet los datos biográficos del marqués. Es viudo. Y su última mujer se llamaba María de la Veracruz, condesa de Pinapar. Vela ahí, se dice. Oliveras tiene razón: esa gente no se complica la vida. Tres letras de mi nombre (ave), el tuyo a continuación (María) y ya está. Los demás, gente de paja, personas de plena confianza de la señorita Tangible como Chelo Barros o ese Ponce de León que, acaso, ni saben ni tienen por qué saber lo que hay detrás de sus empresas tapaderas.

El inspector Dátil tiene la impresión de que es su día de suerte. Algunas piezas van encajando por casualidad, pura chiripa o arte de magia. Y al decir magia evoca inmediatamente a la mujer que puede mover las orejas y el flequillo como un abanico, la tita de Fabiola la Larga. Sale de Internet y pulsa el número de la subinspectora.

–Hola, hermosa, perdona que te moleste de nuevo. ¿Podrías llamar a esa tía tuya maga, cómo se llama…, y anunciarle que vas a Barcelona mañana?

–Oh, claro que sí. Se llama Mágica Ortega.

–Ya sabes cuál es la cuestión –le dice Tilo antes de explicarle sus conclusiones provisionales sobre la implicación del marqués de Montrave en lo que parece un clan clandestino, y muy poderoso, de distribución de cocaína y blanqueo de dinero.

–Montrave es el asesino –deduce la Larga.

–Y el caballerete, el cooperador necesario; que Mágica te cuente todo lo que sepa sobre él y sobre el pozo de mierda que regenta.

–De acuerdo, Tilo, me pongo a ello. El primer Ave sale a las siete y llega a las nueve y media a Barcelona. Mi tita se va a poner muy contenta cuando le diga que voy a desayunar con ella.

–Suerte, hermosa.

La buena disposición de la Larga contrasta con la renuencia de Romanillos a movilizarse y emprender viaje cuanto antes hacia Setùbal. La misión no tiene riesgo, aunque es incómoda. Tilo se la explica con detalle. “Necesitamos esa prueba para convencer a su señoría de las pesquisas, detenciones e interrogatorios que hemos de realizar”, le dice. El subinspector se resiste, duda. “¿Quién nos asegura –se pregunta– que esos pájaros no han volado antes de que lleguemos? ¿Quién nos garantiza que no cambian de planes y en vez de Setùbal eligen otro puerto, Lisboa por ejemplo, para desembarcar y desaparecer”.

–Es posible que sea así –contemporiza el inspector–, pero habrá que arriesgarse, ¿no crees? Date cuenta de que es una oportunidad única de inmortalizarlos a todos juntos, reunidos.

El subinspector se parapeta en la decepción de su santa cuando le diga que no la lleva a almorzar a la arrocería donde han reservado mesa porque debe salir a escape, pero Tilo aprieta.

–Pásame con ella y se lo explico, verás como lo entiende.

–Ni hablar: te odia.

–Entonces agarra la cámara de infrarrojos y ponte en marcha inmediatamente. Luego te explico los detalles.

Nada más cancelar la comunicación, Tilo llama al puerto deportivo de Setùbal y confirma su información sobre la hoja de ruta del yate Loli Avemaría. En efecto, tiene amarre reservado desde las 20:00 horas del día de la fecha. Quiere decirse que la comandante Tangible mantiene el plan de navegación que pudo ver en la pantalla de abordo. La suerte está con él, se dice.

Acto seguido agarra el plato y frasco de cerveza vacío, los deposita en la barra con un billete de veinte euros. Mientras espera a que la cantinera (y cocinera) le cobre el importe de la consumición ve en la pantalla de la televisión del fondo del salón la imagen del puente de Oporto. Se acerca. El hombre que ha caído desde lo alto no era un suicida, pues los suicidas no llevan casco. Y ha sido el casco, precisamente, lo que le ha salvado la vida. Eso y la intrépida actuación de un barquero que le vio caer y se lanzó a rescatarle. Enseguida llegaron los guardiñas y los bomberos y ayudaron al barquero a sacar al desdichado, quien tragó bastante agua e ingresó inconsciente, pero con vida en el hospital universitario de la ciudad.

La noticia llena de satisfacción a Tilo.

Ni por un instante pretendía liquidar al sujeto.

“Anda que no ha tenido suerte”, dice a la cantinera el pintor valleinclanesco.

Caniche lleva una semana pateando el enorme polígono industrial del corredor del Henares, una zona con centenares de talleres, fábricas, almacenes y tiendas al por mayor en la que encontrar una motocicleta, aunque sea una Harley, equivale a dar con una aguja en un pajar. Está desanimado, cansado de preguntar aquí y allá, de buscar un determinado repuesto en talleres, establecimientos mecánicos y chatarrerías; harto de husmear en naves y almacenes.

–Esperaba al lunes para rendirte cuentas, pero te resumo: fracaso absoluto –le dice a Tilo.

–Muchas veces, Caniche, los fracasos enseñan más que los éxitos. Como dijo Tomás de Aquino, somos alumnos de nosotros mismos, y lo más importante es mantener la potencia activa del aprendizaje para detectar quién nos puede enseñar o ayudar a saber.

–¿Qué mierda has fumado, tío?

–Sólo quería decirte que no te desanimes.

–Ya, pero es un rastreo inútil.

–Si lo crees así, eso has aprendido. Quiero que sepas que valoro tu esfuerzo. También quiero que me pases por wasap o por correo electrónico, como mejor veas, el número de gestiones, entrevistas, visitas a establecimientos e incluso kilómetros que has recorrido por esa zona de sombra. El jefazo me ha pedido un informe sobre el estado de la cuestión y quiere tenerlo el lunes a primera hora, de modo que pásame todos esos datos y pásamelos ya. Los de arriba quieren salir a la palestra y desmentir que nos estemos tocando el bolo en el caso Yiyi. ¿Me entiendes?

–Claro que te entiendo.

–Tampoco hacen falta pelos y señales, con las cifras vale.

–Repaso las notas y te lo mando esta tarde.

–Esta tarde no, ya mismo; quiero que te pongas a otra cosa… Te cuento.

Tilo le explica el caso del asesino motorizado al que arrojó al Duero desde lo alto del puente de Don Luis y le asigna dos cometidos básicos e inmediatos: saber quién es y evitar que lo maten. Caniche se entusiasma, se mete dentro. Tilo le aconseja que se guarde la placa en la suela del zapato, le recuerda la falta de jurisdicción para actuar en el país vecino, le advierte: “Nada de armas” y le pide que idee un buen argumento para acceder al superviviente. Por un instante percibe el entusiasmo del rastreador necesitado de acción y le ordena: “Antes de ponerte en marcha quiero esos datos”.

–Correcto, en diez minutos los tienes.

Media hora después, el inspector Tilo Dátil enlaza con la A23 y circula a una velocidad aceptable hacia el sur. La autovía registra poco tránsito por ser día festivo o feriado. La ausencia de camiones le permite tragar kilómetros a un ritmo constante sin soltar gas ni tocar el freno. Sólo se detiene a repostar, comprar sandwichs y pagar los peajes donde la autovía se convierte en autopista IP2. En un lugar llamado Carregado enlaza con la A10, cruza el Tajo. Otros cien kilómetros y conecta con la A2. Por fin llega a la ciudad de la revolución de los claveles.

Durante el trayecto ha hablado varias veces por teléfono con el amigo Romanillos, que ha ido cambiando de humor, para bien, a medida que devoraba kilómetros desde Madrid. Ahora, cuando estaciona el Golf junto al Best club, el compañero lleva más de media hora esperándole en la terraza ajardinada, y se alegra de verle. Le ha ganado la apuesta y espera darse una buena cena a su costa. Ha tenido tiempo asimismo de echar una ojeada al embarcadero del puerto deportivo y de buscar una ubicación ideal para obtener cuantas instantáneas sean menester sin levantar sospechas.

La verdad es que desde la terraza de este club se puede observar el tránsito de barcos, muy escaso, hacia el puerto deportivo, situado a unos trescientos metros de este observatorio privilegiado junto al parque Ingeniero Luis da Fonseca. Repasan los objetivos a la luz de los videos manifiestamente mejorables, grabados por Tilo en Oporto. Luego Romanillos echa a andar por la avenida Jaime Rebelo hacia el embarque de yates y veleros. Tilo camina en la misma dirección por la zona peatonal del edificio de facturación y embarque en los ferris que unen Setúbal con la península de Troia.

Son las 19:50, lo que indica que el yate de la comandante Tangible y sus ilustres invitados tendría que avistarse en lontananza. Sin embargo, Tilo sólo distingue un catamaran de viajeros que se aleja y la silueta de un carguero en reposo. El sol poniente tiñe el cielo y el mar con sus tonos anaranjados. Pronto oscurecerá. Tilo ve a Romanillos caminar por la dársena central del embarcadero, a la que solo tienen acceso los usuarios de los barcos. ¿Pero qué rayos de apostadero ha elegido éste? Un minuto después tiene la respuesta al verle saltar a un velero situado frente al amarre reservado al yate Loli. Observa sus movimientos en cubierta: abre la mochila, saca una gorra y un chaleco refractante, se los pone y se sienta a esperar.

Tilo regresa sobre sus pasos cual paseante de la puesta de sol. Se sube al Golf, ha visto un sitio cerca del acceso al muelle y se apresura a ocuparlo. De buena gana seguiría leyendo el libro sobre el Camino de Santiago. La leyenda política y milagrera le parece formidable. Pero la escasa luz lechosa se desvanece por minutos y, por otra parte conviene no dar señales de vida mientras vigilas. Por un instante le invade el temor de que la comandante Tangible haya modificado el rumbo hacia otro destino. Si así fuere, las imprecaciones de Romanillos saturarían la atmósfera.

Sobre las 20:40 detecta movimientos: una lujosa berlina de la marca de los cuatro aros estaciona a pocos metros de la salida del embarcadero; se ha colocado sobre las limpias baldosas blancas destinadas a los bípedos. Poco después, un aparatoso todoterreno de la misma marca y color azulado aparca en batería a su lado. Y a continuación se para un taxi junto a la portañuela de la valla del embarcadero. Juraría que el primer coche es el mismo que depositó al marqués de Montrave y a su guardaespaldas en Oporto. Sólo lo vio unos segundos porque se centró en filmar a los personajes y luego apareció el tipo de la moto y guardó el teléfono para lanzarse hacia él, impedir que disparara y obligarle, involuntariamente, a experimentar la ley de la gravedad. Busca la filmación: es el mismo coche. Cuando levanta la vista observa dos potentes luces que se acercan a puerto. Es el Loli Avemaría. Hace una llamada perdida de aviso a Romanillos, que responde con otra al instante.

Diez minutos después, el yate queda amarrado y los pasajeros empiezan a desfilar por la pasarela de tablas hacia la dársena. Primero lo hacen el cojo Pollo Pimienta y su acompañante, precedidos del guardaespaldas del marqués; les siguen los dos individuos sin identificar. Finalmente salen el marqués de Montrave y la comandante, que se detiene un instante y vuelve la cabeza hacia el ayudante Mellado como si le diera alguna instrucción. Desde la cubierta del velero cercano distingue a Romanillos realizando su trabajo.

Los dos tipos no identificados –uno de pelo blanco y otro calvo cual bola molondrónica– suben al taxi; el cojo y la chica hacen lo propio en el todoterreno; les sigue el Audi con el marqués, la comandante y el guardaespaldas. Tilo se pone en marcha.

La comitiva de buitres humeantes recorre la avenida de José Mourinho hasta el puerto pesquero, se desvía hacia la parte alta de la ciudad, toma una carretera estrecha y sinuosa que discurre entre olivos en flor y pinos piñoneros, pasan bajo el arco de entrada a un recinto amurallado. Tilo les sigue a prudencial distancia hasta el interior del fuerte de San Felipe, un conjunto pétreo militar y clerical muy bien conservado y parcialmente transformado en una suntuosa posada (hotel y restaurante para turistas pudientes) desde la que se domina la bahía y el estrecho de Troia. Esta gente sabe vivir, se dice el inspector mientras aparca detrás de un microbús.

Activa el teléfono móvil, envía las coordenadas de situación a Romanillos e intenta conectar con Caniche. Lo consigue. El rastreador ha llegado a Oporto en su veloz motocicleta y se halla en perfecto estado de revista en la sala de espera del Hospital la Prelada. Le ha resultado fácil encontrar al sicario, dice, pero lo complicado será obtener permiso para hablar con él. Por el momento sigue en observación en la unidad de cuidados intensivos; le han sacado un jarro de agua del cuerpo. Eso y que responde al nombre de Onorio Cabrero es cuanto ha podido averiguar, es decir, casi nada, pues los de ese oficio funcionan con nombres falsos y documentos robados o falsificados. “Hemos de evitar que le apliquen su propia medicina y hacer todo lo posible para que cante –dice Tilo–. Ofrécele un puñado de euros; esos tipos se venden al mejor postor”.

Acto seguido rescata su libreta de la guantera, busca una hoja en blanco y escribe a palo tieso: “Dies vestri numeratus sunt, Montrave”. Firmado: “Vengador de Yiyi”. Dobla la nota, cuidando de no dejar huellas dactilares, la guarda en el bolsillo de la americana y sigue esperando a que llegue Romanillos. Minutos después, el Seat Ibiza color cereza del compañero pasa a su lado. Tilo le cursa llamada de móvil. Romanillos estaciona junto a la entrada del histórico edificio y responde. Tilo le explica la situación y los objetivos. Los procedimientos corren por su cuenta. Luego lo ve perderse con su pequeña mochila al hombro en el vestíbulo de la posada. Sólo falta que tenga suerte y encuentre un buen observatorio, se dice.

Romanillos se fija en la larga tabla dispuesta para seis comensales, consulta al distinguido metre, consigue dos plazas en una mesa cercana, se acerca a la barra, se acomoda en un taburete giratorio, solicita un vaso de vino blanco, extrae la cámara de la mochila, se entretiene en buscar el mejor encuadre desde el ángulo del mostrador de madera barnizada, distante unos veinte metros del lugar donde los personajes de postín van tomando asiento unos minutos después. Luego, con el mando a distancia activa el pequeño micrófono que ha colgado del tallo de uno de los preciosos gladiolos que se elevan desde el jarrón ornamental de la mesa reservada para él y su pareja. Ya con los pájaros en su puesto pulsa vídeo. Transcurren cinco minutos. Es suficiente, se dice. Guarda la cámara en la pequeña mochila, que permanece sobre la barra, se incorpora, camina hacia la puerta, se asoma, regresa sobre sus pasos, mira el reloj, simula preocupación por el retraso de su supuesta acompañante, solicita otro vino blanco a la camarera y se sienta con aire resignado en el taburete. Los pájaros abordan el primer plato: salpicón de mariscos. A Romanillos se le hace la boca agua. Entonces saca el teléfono y simula una conversación, tras la cual dibuja una expresión de decepción. La chica no viene.

Tilo recibe el aviso de Romanillos, se baja del coche, entra en la hospedería. Lleva una nota urgente para el señor marqués de Montrave. El recepcionista alerta a un botones y le encomienda que suba al comedor y la entregue al metre para que se la dé a su destinatario. Tilo deposita un billete de veinte euros sobre el mostrador a modo de propina para el botones y el recepcionista, inclina la cabeza en señal de agradecimiento y se va por donde ha venido.

Montrave lee la nota. Su expresión risueña hasta ese momento, se vuelve seria. La lente de la pequeña cámara de visión nocturna que Romanillos lleva en la redecilla de su mochila y que parece una pequeña linterna, no tiene capacidad de filmar la palidez del pájaro, pero el micrófono capta con nitidez sus palabras cuando alarga la mano, entrega la nota al comensal de enfrente y le pregunta: “Tomè, ¿qué cojones es esto?” El caballerete, al que Romanillos no ve la cara, responde tranquilamente: “Una amenaza en latín”. La acompañante de Tomè ha leído la nota, se incorpora rápidamente, se dirige a la terraza donde comen y beben el guardaespaldas y el conductor del marqués. Los dos la acompañan a la recepción del hotel en busca del mensajero. Pero el mensajero, un tipo de mediana edad, mediana estatura, con sombrero, traje azulado y camisa blanca sin corbata ya no está, ha entregado al botones la nota, ha dejado una buena propina y se ha largado. El conductor y el guardaespaldas salen tras él.

–Alguien no ha hecho bien su trabajo –dice el marqués sin dejar de mirar a Pollo Pimienta.

–El trabajo es correcto; quizá alguien ha hablado de más –responde éste.

Las palabras suben de tono.

–Por favor, señores… –se impone el desconocido de cabello plateado.

Montrave y Tomè se disculpan, se incorporan, salen a la gran terraza de la fortaleza y desaparecen de la zona ocupada por los parasoles bajo los cuales comen y beben a la luz de las velas eléctricas algunas parejas de enamorados.

Misión cumplida, se dice Romanillos. Llama por señas a la camarera, paga los vinos y le ruega que transmita sus disculpas al jefe del comedor: “Me han dado plantón”, miente.

ONCE

Al rayar el alba, el inspector Tilo Dátil abrió los ojos, saltó de la cama, se aseó, bajó a la cafetería del hotel Dévora, se sirvió café, agarró un croissant, se metió en el redil de fumadores, encendió un pitillo y con letra recta, clara, como de molde, hilvanó el informe para el comisario Veguellina. Era una relación taxonómica de las actividades indagatorias, idas, venidas, observaciones, consultas, entrevistas, interrogatorios, detenciones (fallidas) y acciones documentales sobre el asesinato de Roberto Yiyi Jiménez Ochoa. ¿Alguien puede afirmar con fundamento que nos estamos tocando el bolo?, se preguntó ante la cuartilla repleta de datos. Acto seguido retrató su obra con la óptica de precisión del teléfono móvil y remitió la instantánea al correo electrónico del superior.

Ya con las neuronas a pleno rendimiento consideró llegada la hora de ponerse en contacto con su señoría doña Charo, de modo que buscó sus dígitos telefónicos y cursó la llamada. Al oír su voz le sobrevino una sensación de dulzura papilar muy favorable al flujo verbal. Tras disculparse por la temprana hora (las ocho de la mañana) y recibir el nihil obstat de la magistrada, trazó un dibujo general del caso. “Los indicios son sólidos, pero los personajes son muy poderosos”, le advirtió.

La jueza se hallaba in itinere y apenas habló, aunque entendió el dibujo del jefe del grupo investigador y aceptó su sugerencia de mantener una conversación personal a fin y efecto de avanzar posiciones y asegurar el movimiento de fichas hacia lo que el agente calificó de jaque mate al responsable del crimen.

–¿Te parece bien que quedemos a comer? –Le preguntó de pronto la magistrada

–Estoy lejos de Madrid y no sé si podré llegar.

–¿Y a cenar..?

Era evidente el interés de su señoría.

–Mucho mejor –dijo Tilo, gratamente sorprendido por la diligencia poco frecuente de la funcionaria del lento y ceremonioso cuerpo de las puñetas.

Ella mencionó una casa de almuerzos en la almendra de la ciudad y él anotó en su memoria la hora y la dirección.

–Esta tarde te lo confirmo –dijo ella.

Él se despidió pensando que tal vez proseguía su racha de buena suerte, apuró el café y abandonó la poluta zona de fumadores, que olía a cuerno quemado, elucubrando sobre la suerte, el azar, la casualidad… La suerte es como el gol: no viene sola, hay que ir a buscarla, moverse, correr, esforzarse, sufrir, morder el polvo, comer hierba, aguantar el dolor, reponerse, seguir, errar o acertar, pero seguir.

La cavilación le conduce a la materia. Los máximos expertos en las dos caras de la suerte deben de ser, se dice, el caballerete y sus secuaces; no conformes con los beneficios de la explotación del azar, mercan droga y blanquean con el juego las imponentes fortunas que ese producto les reporta. ¿Por qué hay gente así? ¿Es que no se cansan, no se hastían de amasar pasta a costa del daño a sus semejantes?

Claro que también hay semejantes de aúpa, adictos con mucha ciruela para pagar más de aquello que les perjudica y alguien ha de ocuparse de proporcionárselo. ¿Cómo romper el círculo vicioso? Es muy difícil, quizá imposible; esos círculos ruedan, se trasladan, pero nunca se quiebran.

Se sentó en tresillo del fondo del refectorio y contempló las evoluciones de los pececillos de colores dentro de un gran cubo de cristal grueso y verdoso. Debería llamar a Lourdes e interesarme por Mingus, pero todavía no son las nueve de la mañana. Mejor esperar.

Un empleado del hotel deposita varios ejemplares de periódicos sobre la mesa baja de mármol. Agarra uno, lo hojea, la tipografía está plagada de chirimbolos rojos y azules; los titulares, bien ajustados, son didácticos, frontales, insulsos, sin la menor gracia. Busca el suceso del tipo caído del puente de hierro de Oporto y no encuentra ni una pequeña nota. No era un tipo de interés, se dice. Deja el periódico y vuelve a centrarse en los peces multicolores. La naturaleza crea estas maravillas.

–Buenos días, compañero. ¿Qué haces tan temprano? –Le saluda Romanillos

–Cavilando.

–¿Sobre qué, si se puede saber?

–Cosas mías.

–¿Así que madrugas para cavilar y no me lo puedes decir? Te has vuelto un poco raro, ¿no crees? ¿Has desayunado?

–Afirmativo, pero te acompaño.

–¿Habíamos quedado a las nueve y media, verdad?

–Cierto.

–Entonces permíteme que corrija: eres muy raro, Tilo.

–¿Tu crees?

–Un tío que madruga sin ningún motivo después de una paliza kilométrica y dice que lo hace para cavilar, no es normal. Y si además se niega a comentar con su compañero de confianza el motivo de sus cavilaciones, algo le pasa.

Romanillos se sirve café con leche, llena un plato de fiambres y lo corona con dos croissants. Come como un cavador.

–Vale, tu ganas; a ver si aciertas lo qué estaba pensando.

–Cosas tuyas.

–Te doy una pista: el universo está lleno de bolitas, ¿vale? Son planetas, satétites, estrellas, galaxias… ¿Si somos capaces de calcular con precisión milimétrica sus movimientos giratorios en el espacio-tiempo mediante operaciones matemáticas, por qué rayos es tan difícil calcular el trayecto de la bolita de una ruleta?

–Porque eso depende de la suerte.

–Correcto. Ahora ya sabes en qué estaba pensando.

Romanillos le mira con ojos muy abiertos; tiene la boca llena y mueve la cabeza a un lado y otro en señal de desaprobación.

–Aunque Napoleón creyera que el cálculo vencería al azar –prosigue Tilo–, el acaso pudo más que el método. Quiere decirse que la máquina inteligente que llevamos sobre los hombros y que nos ha permitido hollar los enigmas de la naturaleza, distinguir entre peces de ver y de comer, calcular la marcha de los astros, medir y modular las ondas en el éter, comprender la misteriosa vida de las células y todo lo demás no ha sido capaz de dominar la suerte.

–Joder, Tilo, algo tendrá que dejar para la filosofía.

–Y para las timbas –añade el inspector.

–Vale, ya te entiendo –repone Romanillos.

–Apostaría cualquier cosa a que el bola y el del pelo blanco que estaban con el marqués, la comandante Tangible y el caballerete y la mujer de pantalón de cuero son respetables empresarios de casinos de juego. Envía algunas fotos de esos figuras a ver si Oliveras consigue identificarlos. Aunque no tengan nada que ver con el crimen, los estupas nos lo agradecerán.

*

Sobre las nueve de la mañana, un jet privado Phenom300 despega del aeropuerto de Lisboa-Portela. Media hora después aterriza en la base militar de Torrejón de Ardoz (Madrid). Un hombre de un metro setenta de alto, pelo abetunado, rostro anguloso, gafas oscuras, recto de cintura, cincuenta y tantos años, pantalón azul de piquillo, zapatos negros de pico, americana a juego y corbata azul con barquitos blancos desciende los cinco peldaños de la escalerilla. Es el marqués de Montrave. Otro hombre de cabello ensortijado le despide desde la portañuela. Es el caballerete Tomè. Pocos minutos después, el avión despega rumbo a Barcelona.

El marqués recibe el saludo militar de un mando de la Fuerza Aérea y manual del jefe de comunicación de su alteza dinástica, Jordi Émula i Lucientes, que ha acudido a recibirle y entregarle novedades. Durante el trayecto en su coche privado hacia las dependencias palatinas, el lechuguino le asegura no haber incurrido en descuido ni comentario imprudente alguno sobre la trágica muerte de su subordinado. De un lado, el interrogatorio al que fue sometido por la policía sobre Yiyi resultó liviano y se centró en su relación personal con la viuda, algo absolutamente normal. Querer a una persona no es delito. Follar con ella, tampoco. Y de otro lado, le puede garantizar que Liana está bajo control y que carecía y carece de cualquier información sensible que pudiera relacionar la causa de la muerte de Yiyi con su persona.

Montrave hace como que le cree y confía en él, pero le muestra la nota en latín que avala su afirmación de que alguien sabe demasiado sobre la muerte de Yiyi, se ha ido de la lengua y está dispuesto a joderle. Se registra un largo silencio. El lechuguino pregunta:

–¿Te confiesas habitualmente con el páter Fer?

–Acostumbro a vivir en gracia de dios.

El lechugino se ríe.

–¿No crees que se ha ido de la muy?

–No lo creo.

–Ni en latín –sugiere el lechuguino.

–Eso es imposible; sólo confieso mis actos, no los de otros aunque obedezcan mis órdenes.

–Entonces sólo se me ocurre una filtración de los operativos –sugiere el lechuguino.

–Por ese lado he recibido garantías –dice el marqués.

–Supongo que serán creíbles.

–Tan creíbles como las que me das tú.

–Entonces hemos de buscar otra vía de agua –dice el lechuguino–; por cierto, ¿qué tal la travesía?

–Superbien.

–Has agarrado buen color.

La conversación prosigue sobre banalidades como si los dos interlocutores necesitaran tiempo para articular sus sospechas sobre la filtración y el origen de la amenaza al marqués.

–Vamos a suponer –elucubra finalmente el lechuguino– que uno de los dos especialistas, o los dos, contratados por Tomè conocían el origen del encargo e intenta chantajearte… Habrá que esperar a ver cómo respiran.

Tempus fugit, amigo Jordi.

Sin soltar el volante, el lechuguino telefonea a la bella Liana, y tras las consabidas ñoñerías entre amantes, ella menciona al profesor Cifuentes como el más amigo de los amigos de Yiyi.

*

Tilo Dátil circula hacia Madrid a toda máquina cuando el impertinente reclama su atención y Anita Cuenca, del gabinete técnico, sección de escuchas, le participa el contenido de la llamada del lechuguino Jordi Emula i Lucientes a la bella Liana. ¡Por Júpiter! Montrave no pierde el tiempo, se dice, aflojando gas para apartarse en el arcén y ponerse al habla con el amigo de Yiyi. “Tanto si Yiyi Jiménez te contó alguna actividad inconfesable del marqués de Montrave como si no –le dice–, tengo el deber de informarte que te han elegido como saco de los golpes o algo peor”.

El periodista, un viejo zorro, se esfuerza en disimular su sorpresa.

–Van a por ti –le repite Tilo–, y esos no fallan, así que te recomiendo que cambies de casa y modifiques tus horarios e itinerarios habituales.

–¿Pero qué me dices? –Insiste Cifu.

–Mira, no sé lo que sabes ni lo que te pudo contar Jiménez sobre ese preboste, pero te aseguro que esa gente maneja los servicios secretos como los dedos de las manos y con solo pulsar una tecla te quiebran los huesos y harán que parezca un accidente. Avisado quedas.

–Bueno pues gracias, madero –responde Cifu en plan despedida.

–Oye, si ves cosas raras o quieres contarme algo, ya sabes donde estoy.

Mientras habla con el antiguo compañero de trabajo de Yiyi ve pasar a Romanillos a toda pastilla. Siente la tentación de salir zumbando detrás, pero opta por dar otra vuelta de tuerca al interlocutor.

–Tenías razón sobre la pintona del Camino de Santiago –le dice.

–¿Te refieres a Lola Tangible?

–La misma; le gusta el sexo una barbaridad –dice Tilo.

–¿Cómo lo sabes?

–Lo sé. Te contaría algo sobre ella que te puede interesar si tuvieras a bien contarme lo que

sabía Jiménez sobre las actividades delictivas del marqués de Montrave y por lo que tengo serios indicios de que lo liquidaron.

–No fastidies.

–Como lo oyes.

El profesor Cifuentes se mantine en silencio como si estuviera masticando algo y necesitara tiempo para tragar el bolo alimenticio. Doce segundos después dice:

–Pero vamos a ver, madero, ¿tú en qué mundo vives? Aunque yo pudiera echarte el cuento, ¿quién eres tú para empitonar a un adlátere de su enormidad?

–Tienes razón, no soy nadie, un puto madero sin importancia, aunque si te sirve de algo, tengo un equipo detrás y a una jueza con dos ovarios. No sé si me entiendes…

–Entiendo que aspiras a ser un grano en el culo.

–Podría ser algo más, un puto forúnculo para esos canallas si contara con el testimonio de quien tú sabes. ¿Lo entiendes o no?

–Lo pensaré.

–Hazlo por la memoria de Yiyi y hazlo pronto, o sea, antes de que te liquiden a tí.

*

Antes de acelerar y proseguir su camino, Tilo Dátil marca el teléfono de Manuel Temprano, alias Caniche, quien se hallaba ya en el hospital a la espera de poder visitar al tipo del puente. Ha pernoctado en una pensión cercana a la clínica y esperaba a que el paciente Onorio Cabrerizo fuera trasladado desde la unidad de cuidados intensivos a una habitación donde poder visitarlo. Salvo la policía local, nadie se ha interesado por él, lo cual no es positivo ni negativo, sino la confirmación de que los sicarios no tienen familia. Por lo demás –le informa Caniche– está lloviendo, y eso es un riesgo para viajar en moto.

Tilo le pide que se mantenga ojo avizor, reitera el principal objetivo –“hemos de evitar que lo ultimen”– y le refresca la instrucción de avisar a la policía ante la aparición de cualquier sospechoso. Luego corta la comunicación, pone la radio, escucha el boletín de noticias, mueve el dial hasta encontrar música clásica y apenas ha comenzado a rumiar cuando recibe la llamada del jefazo, quien da por recibido el informe y le solicita una calificación de los indicios.

–Entre sólidos y muy sólidos –dice Tilo.

–¿Motivo? –Quiere saber Veguellina.

–Dada la fama de ligón del finado, empezamos a trabajar sobre la hipótesis de una amante despechada o de un marido burlado, pero algunas averiguaciones nos han llevado a prestar más atención a los motivos económicos y de estatus de determinadas personas poderosas a las que la víctima podía arruinar con sus informaciones. Hablando en plata: Yiyi representaba un peligro, sabía algo que alguien quería que no supiera y se lo quitaron de encima.

–¿Alcance?

–Superlativo.

–¿Qué significa superlativo?

–Individuos importantes, notables, entre elevados y muy elevados.

–No me jodas, Tilo.

–¿Desde cuándo no recibe usted una medalla?

–Bueno, bueno… Dame una prospectiva.

–Estimamos una semana o diez días, dependerá de su señoría.

–Muy bien chaval. Suerte y al toro.

Por una vez el jefazo se abstuvo de corregirle y se atuvo a la ley en lo atinente a la petición de detalles. Buena señal, se dice Tilo, interpretando el “no me jodas” como una expresión coloquial referida a la solvencia de las pruebas sobre los sospechosos de alcurnia.

Lleva un rato apretando el acelerador sin divisar a Romanillos. Es como si el colega quisiera poner tierra de por medio con una conducción más temeraria de lo habitual, como si intentara desafiar con un Seat Ibiza que alcanza un máximo de ciento cincuenta kilómetros por hora a su Golf más nuevo y potente. Quince minutos después piensa que va siendo hora de parar a repostar y a tomarse una cerveza, así que pulsa el número de Romanillos. “No corras tanto –le dice–, que vas a destrozar el motor”. Pero Romanillos le contesta que sabe lo que la máquina da de sí y que no parará hasta a Madrid.

–O hasta que te cace el radar y te pare la Guardia Civil . ¿A qué viene tanta prisa?

–Luego te explico.

–Luego no, ahora. ¿Qué está pasando?

–Tranquilo, no es nada grave, solo que me olvidé, maldita sea, de quitar el chivato y la grabadora que instalé bajo el asiento del copiloto del Audi deportivo de Yiyi, y ahora me dice Anita Cuenca que el coche se ha movido mucho esta mañana. Es la primera vez que lo mueven desde el día de autos. Con un poco de suerte igual tenemos algo.

–Sería estupendo, aunque habrá que ver si lo tienes a tu alcance.

–Espero que la pila del chivato aguante hasta echarle el guante.

–¿Sabes dónde está?

–Según Anita, ha salido de Madrid en dirección a Zaragoza, se ha desviado hacia la base aérea de Torrejón de Ardoz, ha estado parado allí un tiempo y ha vuelto. La señal del chivato se ha perdido junto a la plaza de Neptuno, lo que quiere decir que se ha sumergido en un aparcamiento subterráneo de la zona. Espero poder localizarlo y limpiarlo antes de que sea tarde.

–Buena cosecha y buen tino –le desea el inspector–; nos vemos esta tarde.

*

El inspector Tilo Dátil siente el deseo de relajarse y evadirse del asco, el daño y la mugre. Afloja el acelerador, busca en la guantera el disco de Leo Rojas, cuya música andina con flauta de pan le toca el alma y el corazón, y durante diez o quince minutos disfruta de las melodías y de la conducción tranquila mientras le da por cavilar sobre la diferencia entre las personas notables y las ilustres. Las primeras se hacen notar y alcanzan la fama por sus excesos, riqueza… También por el daño que provocan a los demás. En su mayoría se muestran intratables y displicentes desde lo alto de sus pedestales. Por contraste, las personas ilustres suelen ser silenciosas y eminentes por su esfuerzo y sus obras en favor del prójimo. Su nombradía trasciende las generaciones, los años y los siglos. Notables hay muchos, ilustres, muy pocos, lo cual es una pena, pues la riqueza de las naciones se halla en función de la materia gris y no de los notables cleptómanos y botarates que soporta.

A punto de aventurarse en el espeso bosque de la castocracia ibérica, el sonido del inoportuno interrumpe su divagación. Fabiola al aparato le participa una curiosidad que le acaba de contar su tita Mágica. “Resulta que el casino que regenta la familia Tomè dispone de una lujosa sala de relajación que proporciona “borracheras eléctricas” a los selectos clientes que solicitan ese estímulo. Es un departamento exclusivo, inaccesible y alejado de los salones de juego, que está inspirado en algunos existentes en Chicago. Lo dirige un físico, un tal doctor Rubiñán. El cliente solicita el servicio, paga (es muy caro), es acompañado por una señorita a la primera planta del edificio, accede a una de las cabinas existentes y absorbe electricidad según la intensidad que desee. El físico gradúa las dosis a petición de los clientes para sentirse animados, alegres, algo beodos, un poco pedos o completamente ciegos. ¿Qué te parece el invento?”

–¿Borracheras electricas? Anda ya… Dile a tu tita que eso es una narcosala.

–Eso mismo pienso yo… Borracheras eléctricas, jeje.

–Bueno, al menos la idea es original; di a tu tita que profundice.

–Esta tarde-noche haré una aproximación a ver qué saco.

–Suerte, Larga… Corto, me está entrando otra llamada.

El profesor Cifuentes, al aparato, ha detectado una anomalía muy extraña en su correo electrónico. “Alguien ha averiguado mi clave y ha entrado”, le dice.

–¿Cómo lo sabes?

–Porque el correo está ocupado y no me deja entrar.

–¿Tienes cosas importantes ahí?

–Ya te digo. Es mi correo personal, no el del periódico, y tengo documentos, información reservada de varias fuentes estrictamente confidenciales… Estoy vendido, tío. ¿Puedes hacer algo por mí?

–No se me ocurre qué puedo hacer hacer yo; estoy de viaje y no tengo ni idea de las tripas de esas tecnologías. ¿Has consultado a algún informático?

–Se lo he dicho al capullo del periódico y me ha comentado que me estaban pirateando los documentos y que para poder entrar tenía que esperar a que los mangantes terminaran. ¿Hay derecho?

–Como dijo Sciascia, esas cosas ocurren cuando los cerdos se suben a los árboles.

–Joder, madero, ¿vosotros no tenéis especialistas?

–Claro que sí, periodista, pero has de presentar una denuncia. Puedes entrar en Internet y formularla por correo oficial o por teléfono. Te recomiendo que lo hagas ya mismo. Con un poco de suerte igual atrapan a los piratas. Yo por mi parte voy a llamar a un genio que tenemos en el departamento a ver si puede hacer algo, aunque siempre anda saturado de trabajo. ¿Tenías cosas de Yiyi?

–Ya te digo.

–Pues dímelo.

–Había escrito un reportaje de más de diez folios, demasiado largo para el periódico, y cuando me llamaste esta mañana, avisándome de que me tenían en el punto de mira, cosa que te agradezco, lo cargué en el borrador del correo para arreglarlo un poco y mandárselo al director con el fin de publicarlo en el suplemento del domingo. Aunque le decía que tenía material gráfico de primera mano realizado por Yiyi sobre los principales capos de la trama, por suerte no me dio tiempo a seleccionar las fotos y no las cargué en el correo.

–Pues sí, menuda suerte… Vamos a ver si me aclaro, profesor: llegas al periódico, abres tu correo electrónico particular desde el ordenador de la empresa para supercopiar un documento que has dejado en el borrador, pero no te deja entrar porque tu correo está ocupado. ¿Cuánto tiempo crees tu que pueden tardar en llegar a tu casa y limpiarte el ordenador?

–La madre que los…

–¿Tenías copias?

–Si, en un pendrive del propio Yiyi, pero está en el ordenador.

–¡Por Júpiter, profesor!

–Salgo por pies.

–¿Te envío protección?

–No, gracias, madero –dice Cifuentes y cancela la comunicación.

Al inspector Dátil no le queda más remedio que confiar en la tardanza de los jefes de los salteadores del correo en leer el reportaje y, sobre todo, en percatarse de que también posee material gráfico comprometido.

*

Apenas sube el volumen para disfrutar de la música, el impertinente insiste en reclamar su atención. Es como si el jodido teléfono hubiera declarado la guerra al radiocasete del coche o como si Heráclito de Éfeso insistiera en demostrar su “todo fluye” y la información del caso Yiyi fuera un fluido. Ahora es Caniche quien le informa de que el sicario sufrió una grave avería y ha quedado medio lelo. Al estrellarse a tanta altura contra la superficie del río se fastidió la columna vertebral y ha quedado “medio alelado”, repite. “Bueno, alelado del todo”, corrige.

–A corto plazo es un vegetal –añade.

–¿Y a medio y largo?

–Pues según la médico que le atiende, una tía hueso, necesitará varias operaciones medulares y una terapeútica adecuada para ir recuperando algunas funciones físicas e intelectuales. La hueso me dice que es un caso muy interesante y que si no aparece algún familiar en primer grado que indique lo contrario lo utilizarán para experimentar con células madre y fármacos iónicos o no se qué leche.

–¿Y tú que le has dicho?

–Pues que no conozco a ningún familiar y que hagan lo que quieran; recién lo conocí porque coincidí con él en una gasolinera y ya lo doy por perdido. Eso le he dicho.

–Perfecto.

–Entonces, misión cumplida.

–Más despacio, Caniche; no olvides que si nuestro principal objetivo era conseguir una declaración del sujeto, ahora que ya sabemos no podremos obtenerla hemos de hacer saber a quien corresponda que no puede hablar y de ese modo evitar que lo maten.

–¿Qué podemos hacer?

–Tendrías que conseguir que el hospital emitiese una nota para los medios de comunicación social sobre el estado del paciente –propone Tilo.

–¿Y si no lo consigo? Ya te digo que la médico es una hueso.

–Pues habla con la superioridad, el director, el gerente.

–Es directora en este caso –puntualiza Caniche.

–Yo uso el masculino inclusivo… Creo que al hospital le interesa difundir el estado en el que ha quedado el sujeto, aunque solo sea para disuadir a los suicidas y para difundir su identidad a ver si aparece algún familiar, ¿no crees?

–No solo lo creo, sino que he tenido la misma idea, pero la directora, que debe ser otra hueso de narices, no recibe a los parientes y amigos de los pacientes. Según me dicen, es una norma que sigue a rajatabla. Osease que esa bruja no es molestable.

–¡Por Júpiter! ¿Es que no hay nadie normal ni en Portugal?

–Supongo que sí, pero no está en este hospital, así que iré directamente al Journal de Noticias y a una emisora de radio; seguro que les interesa el desenlace del suceso y el uso de ese desgraciado como cobaya de nuevos medicamentos.

–No esperaba menos de ti. Corto y cierro.

*

Pasado Navalmoral de la Mata, a punto de desviarse a repostar y tomarse una cerveza en los Cerrillos, volvió a sonar el inoportuno. Romanillos al aparato le comunica que el compañero Leopoldo Riesgo ha localizado el coche de Yiyi; después de patearse las cinco plantas del aparcamiento de la Carrera de San Jerónimo sin resultado, lo ha hallado en el parking del hotel Palace, con tan buena suerte que ni estaba cerrado ni tenía activada la alarma, de modo que ha podido recuperar la micrograbadora. Estas cosas pasan cuando los aparcacoches evitan la molestia a los damos y damas de buscar sitio y tener que respirar los malos humos de los subterráneos.

–¿Te ha dicho si tenemos algo válido?

–Lo tenemos. Te espero y te cuento.

–¿Por dónde vas?

–Próxima población, Oropesa. Te espero en el Parador.

–Mejor en la plaza; en media hora estoy contigo.

Tilo repostó y salió a toda mecha. Volvió a sonar el teléfono. El documentalista Oliveras ha conseguido identificar al tipo de cabellos cenicientos de las fotografías enviadas a primera hora de la mañana desde la cámara de Romanillos. Es uno de los grandes emperadores de los juegos de azar, presidente de una empresa que explota ocho casinos en la Península Ibérica y en la ciudad de Ceuta. “Ese Fontanillas domina el juego en Galicia y el País Vasco, luce en algunas publicaciones con políticos de derechas y regenta una firma de apuestas deportivas con actividad extractiva en más de seiscientos salones distribuidos por las principales ciudades españolas”, le resume Oliveras. “Es un menda muy conocido y premiado…, hasta en Cataluña”, añade.

–Gracias, Oli, eres estupendo.

–En cambio, el otro, el de cabeza pelada no puedo decirte quién es; no lo identifico. Esa moda de afeitarse la cabeza nos trae complicaciones.

–Déjalo estar; creo que con uno será suficiente. Después de todo, es una información un poco tangencial al caso Yiyi, aunque muy útil para los de estupefacientes.

–Ok, que se descuernen los estupas.

Se quedó Tilo pensando en la magia de las palabras. Su sobrino Gabriel, el pequeño Gabito, cinco años, nacido en México, inventaba palabras desde que tenía tres. Recordó algunas: “puchi, bolichinines, archibolines, espiritópico, cabezuco, azuquero…Te escalumbro”.

–¿Por qué me vas a escalumbrar?

–Porque eres idiota.

–¿Qué quiere decir idiota?

–Tonto siempre.

*

Con el recuerdo del pinche sobrino, más lindo que un ángel, lee la señal del desvío a la fortificada localidad de Oropesa, encumbrada en un cerro tan alto como su vecina Lagartera, famosa por sus bordados. Vuelve a sonar el impertinente. El profesor Cifuentes, al aparato, ha llegado a su domicilio antes que los malos y salvado el material gráfico. Menos mal.

–Supongo que habrás dejado una señal para saber si entran en tu casa –le dice.

–Dos trocitos de celo, uno en el pie de la puerta y otro en la raya de bisagras.

–Eres listo, periodista.

–Oye, madero, tenemos que hablar.

Tilo se sorprende gratamente ante el tono imperativo del periodista económico, señal de que ha visto las orejas al lobo y está dispuesto a deponer.

–Hoy no pudo, quizá mañana –le contesta.

–Es urgente –insiste el periodista.

–Estoy fuera de Madrid y tengo tarea. ¿Qué pasa, no puedes esperar?

–Claro que si. Ya Machado dijo que toda espera es espera de seguir esperando.

–No te pongas estupendo: veinticuatro horas a lo sumo. Y no olvides presentar la denuncia del asalto a tu correo electrónico y adoptar las precauciones convenientes. ¿Vale?

–Vale, madero.

Tilo enfila una cuesta arriba y llega sin desvío ni vericueto a la plaza principal de la localidad, que llaman del Navarro y es un rectángulo largo, presidido por una torre mudéjar sobre un arco ojival. El reloj de la torre da las 13:45, buena hora para almorzar. Desde la terraza de un mesón, Romanillos llama su atención, indicándole un sitio libre para aparcar. El lugar es agradable. Junto a las mesas del bar, una fuente de piedra deja caer cuatro chorros de agua al pilón desde una bandeja elevada, plagada de gorriones.

Romanillos presenta el semblante risueño de quien ha recibido una buena noticia. Propone celebrarla con un almuerzo en el Parador Nacional. Tilo se abstiene de refrenar su dispendioso impulso, se sienta y solicita una cerveza. “El human puede vivir cuarenta días sin comer, pero no sobrevivir más de cuatro sin beber, así que no vamos a contrariar a la naturaleza”, dice antes de animar al compañero a pedir otra birra e intercambiar novedades.

El subinspector califica de decisiva, determinante, la grabación registrada en el auto deportivo de Yiyi. Según la versión que le trasladó Leo Riesgo, los interlocutores manifiestan su temor a que el finado hubiese confiado la información y las pruebas de las actividades ilícitas del preboste palatino a un amigo de total confianza y hablan con absoluta claridad de la conveniencia de localizarlo y anularlo. No dicen cómo, pero la eliminación física se hallaba entre sus procedimientos. Sus voces son nítidas y reconocibles; una pertenece al marques de Montrave y la otra corresponde al lechuguino Jordi Émula i Lucientes. Oliveras las ha contrastado con varios videos sonoros existentes en la red, y Oliveras no suele fallar.

La prueba es contundente, reitera Romanillos. “Después se oye la voz de ese lechuguino, hablando por teléfono con una tal cariño y preguntándole por los amigos de Yiyi”, añade el subinspector.

–Esa cariño es la linda Liana –dice Tilo, completando la secuencia.

–Entonces es ella quien le da el nombre del profesor Cifuentes.

–Así es –confirma Tilo antes de contarle que Anita Cuenca le había informado del contenido de la conversación y que avisó al periodista económico para que anduviese con ojo–. Poco después me llama él para decirme que han entrado en su correo electrónico… En resumen, que el superhombre está acojonado y parece que ahora quiere larga.

–¡Pistonudo! –Exclama Romanillos.

–Y todo gracias a tu afortunado despiste a la hora de limpiar los chivatos –añade el inspector jefe en tono elogioso.

El parador de turismo y antiguo palacio castellar del conde Francisco Álvarez de Toledo y Figueroa, matador de moros, judíos y comuneros, gran defensor de Carlos V, al que acompañó en sus viajes por Europa y África y acogió en su castillo de Jarandilla cuando abdicó, y al que Felipe II nombró virrey de Perú, donde mandó ejecutar a Tupac Amaru, el último rey de los incas…, dista apenas doscientos metros de la plaza del Navarro, pero Romanillos y Tilo tardaron más de quince minutos en recorrerlos porque éste vio una oficina de Correos y decidió enviar un telegrama urgente. En el impreso escribió: “Vos autem fieri, nihil magis, ultra nocere, Montrave”. Firmado: “El vengador de Yiyi”. Pagó el importe, recibió la copia del envío y salió.

–¿Qué has hecho? –Le pregunta Romanillos, quitándole el telegrama de la mano.

–Minar al canalla.

–¿Puedes traducir el mensaje para que me entere?

–Estás acabado, Montrave, no hagas más daño.

–Pues le has jodido la tarde, en latín.

Los dos policías se sienten optimistas, ríen de puro contento, están convencidos de que su señoría doña Rosario dispondrá en pocas horas de las evidencias necesarias para emprender la escabechina, comenzando por el notable castócrata Montrave y evitando, de paso, que al superhombre y albacea de Yiyi, Cifuentes, le ocurra algo parecido a un accidente.

Cierto es que la prueba sobre el Pollo Pimienta como presunto contratista de los sicarios no es muy sólida, pues se reduce a la filmación de Romanillos en el refectorio del castillo-posada de Setúbal sobre la irritación del marqués por el trabajo mal hecho. Pero confían en que la nota en latín que Tilo hizo llegar a Montrave aporte solidez al indicio de culpabilidad del capo timbal. En todo caso no parece normal que el humor del marqués estallase como un huevo podrido contra su narcosocio Tomè por un simple recado. Y eso sin contar el resultado de las pesquisas de la subinspectora Fabiola, que, sin duda, será excelente.

Con todo lo cual, Eloy Romanillos y Tilo Dátil se sienten más que justificados para cargar a la empresa el importe de un almuerzo ligero y exquisito.

DOCE

El establecimiento elegido por la magistrada Rosario Sanroque de la Fuente estaba situado en la Costanilla de los Mancebos, en el Madrid de los Áustrias y parecía más adecuado a una cena romántica que a un encuentro de trabajo. Fue la primera sorpresa de Tilo. Era un lugar recoleto, para enamorados. Mantel de lino, servilletas bordadas, cubiertos de plata, copas estriadas de fino vidrio de Bohemia. Velas de cera aromática ardían sobre las mesas y completaban la tenue iluminación del local, apenas poblado por dos parejas (una mixta y otra de mujeres).

Tomó posesión de la plaza que le indicó el encargado, solicitó una cerveza para aclarar la garganta, depositó el cartapacio de tela en una repisa de tablas barnizadas que para ese menester había a prudencial altura en la pared forrada de musgo a su espalda y se entretuvo en repasar la exposición de los hechos y las evidencias. Llegaba con los deberes hechos y traía la entrevista preparada según los principios de concreción y precisión. Pretendía no desviar la atención de su señoría con detalles circunstanciales. Iba pertrechado con documentos de audio y video, aunque, vista la estrechez de la mesa, sería necesario utilizar el regazo para abrir el cartapacio de tela, sacar el ordenador portátil y mostrarle las pruebas. Por un instante dudó de la conveniencia de entregarle el presente, una de las dos botellas de vino que compró en Oporto. La otra la había regalado a Lourdes por sus impagables cuidados a Mingus.

Diez minutos después de la hora fijada apareció la jueza con una luminosa sonrisa en el rostro. Segunda sorpresa, pues sus señorías casi nunca sonríen; se ve que la función de privar de libertad al prójimo, aunque el prójimo sea un canalla redomado, les acentúa la seriedad del semblante y les estropea el carácter. Pero doña Charo sonreía y, además, en vez de tenderle la mano, le acercó la cara para que la besara. Tercera sorpresa, pues tampoco suele ser habitual tal muestra de afecto de una superiora orgánica hacia un madero a sus órdenes.

Tilo sabía que Charo era una jueza singular, pero no sospechaba que pudiera mostrarse tan cercana. Puesto que además era una mujer muy linda, se sintió gozoso y privilegiado. Claro es que tampoco se hacía ilusiones; conocía las técnicas del marco dominante para ganar la confianza del otro sin entregar la propia. Y aquella mujer era capaz de engatusar a cualquiera con su sonrisa cautivadora y una de esas bellezas que nunca te cansas de mirar, amenizada con una voz dulce y una aparente fragilidad física que quisieras preservar con el brazo sujetando su talle. Tilo correspondió sonriendo y restando importancia al retraso.

Consultaron la carta y, cuarta sorpresa, coincidieron en el menú: verduras a la parrilla para compartir. También coincidieron en el vino, quinta sorpresa: un clarete del Bierzo. Los dos se alegraron de descubrir gustos comunes. Y a Tilo le reconfortó saber que podía regalarle la frasca de Oporto en caja de regalo sin temor a que la rechazase. Profundizando en los gustos, ella se interesó por las aficiones del agente y él reconoció que iba poco al cine, muy poco al teatro y algún sábado invernal acompañaba a un amigo octogenario, melómano y poeta, a oír un concierto de música clásica en el auditorio de Príncipe de Vergara.

–¿Y a qué dedica una jueza el escaso tiempo libre que le queda? –Se interesó a su vez.

–Paseo con mi perro (sexta sorpresa, tenía perro) y algún sábado voy de compras y al cine si si estrenan algo interesante. Sobre todo, leo.

–¿Literatura judicial?

–Me gusta la historia, me encantan las historias de la historia…

Séptima sorpresa, anotó Tilo; también a él le gustaba el relato histórico.

–Y la literatura propiamente –añadió Charo.

Aunque un simple madero de la escala media parecía poco autorizado a tirar de erudición, se atrevió a recomendarle Procesión de Soles y Retablo para espíritus curiosos, del ameno y olvidado Enrique González Fiol. El primer libro reunía manchas y resplandores de personajes históricos, una colección de anécdotas curiosas. Y el segundo, le dijo, recoge amenidades de la historia, una proyección de usos y cosas raras, pasmosas, regocijantes e interesantes de personas y animales de todos los tiempos.

Se regocijó Charo de esa coincidencia de gustos lectores. Se comprometió Tilo a prestarle los ‘fioles’. Y uno y otro fueron tirando del hilo de la narración y descubriendo afinidades sobre más de una docena de escritores sin, por supuesto, agotar el ovillo. De Steinbeck a Koetzee, de Milán Kundera a Eduardo Mendoza, de Graham Greene a Camilleri y Vázquez Montalbán, de Truman Capote a García Márquez… fueron agotando, eso sí, la bandeja de jugosas verduras. Tilo sintió, una vez más, el veloz paso del tiempo nocturno.

–¿No te parece que las horas son más cortas por la noche? –Preguntó a Charo.

–Sí, es algo enigmático –dijo ella (enésima coincidencia).

El agente miró la bandeja: quedaban algunos trozos de cebolla, varias rodajas de calabacín, tres espárragos trigueros tiznados… Preguntó a Charo si le apetecía más fibra vegetal y a continuación indicó al camarero que retirara la bandeja y les ofreciera el postre. Ninguno dudó: natillas con canela.

–Quiero que veas algunas pruebas del caso y estimes su validez –dijo por fin.

Charo absorbió como una esponja las explicaciones del agente secreto, vio y escuchó sin pestañear a los personajes sospechosos del crimen de Yiyi y al final le miró muy seria y exclamó: “¡Joooder!”

Tilo atribuyó el vocablo a la contundencia de las pruebas que, debidamente ordenadas y con el preceptivo informe, le enviaría al despacho judicial unas horas después. Buscó en el semblante de su señoría algún signo de temor o debilidad. Desde luego, el alto cargo y elevado rango del principal sospechoso, el marqués de Montrave, infundía respeto. Sin embargo, la jueza no traslucía signo alguno de desasosiego. Se diría que su serenidad, incluso su frialdad de estatua, era una señal inequívoca de firmeza. Así lo interpretó el agente.

Después de algunos minutos en silencio, que ambos aprovecharon para deleitarse con la fresca y suave crema de las natillas, Tilo descubrió que el “joooder” de Charo tenía un doble fondo.

–Ahora me explico –dijo ella– por qué me vigilan noche y día.

Era evidente que el inductor del crimen había adoptado sus precauciones procesales. Y si el poder está para usarse, el de Montrave lo utilizaba para proteger los inconfesables intereses personales y los de su clan.

–¿Desde cuándo te sientes observada? –Le preguntó Tilo.

–Desde hace unos diez días; yo creo que me pusieron vigilancia a partir de determinados pasos de la instrucción, sobre todo de la autorización para investigar al superior inmediato de la víctima.

–Jordi Emula i Lucientes.

–Ese mismo.

–Nosotros le llamamos el lechuguino; salvo que mantenía relaciones íntimas con la compañera de Yiyi a la que había conocido en Buenos Aires y le procuró nacionalidad y un buen empleo en televisión aquí, no pudimos sacar más. Sin embargo, en las pruebas que aportamos comprobarás el grado de complicidad que mantenía con el marqués de Montrave. Pero volviendo a lo que me comentabas, ¿has recibido alguna presión, señal o indicación de lo alto? –Se interesó Tilo.

–Si consideramos que han trasladado a la secretaria judicial y colocado en su lugar a un mozo espitoso y bravucón que se pasea por la oficina marcando paquete y ejerciendo un control absoluto de las auxiliares, está clara la decisión de apretarme el dogal y ejercer una vigilancia absoluta de la instrucción.

–¿Y de tu vida privada también?

–Tengo la impresión de que me controlan incluso cuando estoy en casa.

–¡Por Júpiter, Charo!

–¿Por qué crees que he elegido este restaurante para enamorados?

–Ni idea, aunque tampoco me hago muchas ilusiones –respondió Tilo, enfatizando el tono de decepción después de tantas sorpresas y vulgares coincidencias.

–A la vista está que los enamorados no quedan los lunes a cenar –dijo la jueza en referencia al despoblado comedor–. Elegí este sitio por seguridad, es decir porque sabía que estaría vacío y porque esos capullos no suelen arriesgarse a dar la cara. Además, en la Costanilla y las callejas cercanas no pueden aparcar la furgoneta desde la que escuchan mis conversaciones cuando estoy en casa.

–¿Te espían desde una furgoneta?

–Lo averigüé de chiripa; se me estropeó la lavadora y me acordé de haber visto en los últimos días un furgón aparcado junto a casa de un concesionario de la misma marca, así que me asomé al balcón, llamé por teléfono al número que figuraba en ella y obtuve la respuesta de que ese número no existía. Marqué de nuevo y seguía sin existir. Unos minutos después, la furgoneta había desaparecido. Pero la tarde siguiente vi un vehículo similar aparcado más o menos en el mismo sitio con la inscripción: “Fontanería Diluvio” y un teléfono y una dirección de correo electrónico, así que llamé para ver si me podían arreglar la lavadora y, oh sorpresa, ese teléfono tampoco existía. Ya un poco mosqueada busqué en Internet y no hallé fontanería alguna con tal nombre. Envié un correo electrónico y volvió a mi servidor con el mensaje de que no había receptor. Entonces bajé y pregunté al portero si sabía de quién era la furgoneta, pero cuando nos asomamos ya había desaparecido. Vivo en una casa de cuatro plantas, somos ocho vecinos, nos conocemos todos y te puedo asegurar que ninguno tiene una actividad sensible como para ser espiado desde una furgoneta con antenas.

–¿Has pedido protección?

–¿Por qué debería hacerlo?

–Por prevención y prudencia.

–No he recibido amenazas, no me dan miedo ni tengo nada que ocultar.

–¿Has vuelto a ver alguna furgoneta?

–El viernes aparcó una Mercedes sin distintivos, pero con dos antenas. Antes de meterme en el sobre, sobre las doce y media de la noche, me asomé a ver y ya se había ido. Esta noche, al salir, la he vuelto a ver.

–Creo que debería ocuparme…

–Pues yo creo que no debes correr riesgos; lo importante es que me lleguen directamente esas pruebas y el informe a primera hora de la mañana para cursar de inmediato las citaciones de los presuntos y colocarlos a buen recaudo cuanto antes. Tengo juicios rápidos a partir de las once, de modo que convendría que me llegase el material antes de las diez.

–Así será.

–Que el recadero me lo entregue directamente; no quiero que el nuevo secretario meta la nariz, no me fío de él. Yo misma lo compulsaré y le daré el recibo.

–De acuerdo, señoría –dijo Tilo antes de recomendarle simular por teléfono, incluso en clave de amor.

Charo rió la ocurrencia, pero la aceptó.

Él la despidió con un beso a la puerta de un taxi en la Gran Vía de San Francisco. El corto paseo del brazo a su lado le provocó media erección. Le gustaba aquella mujer.

*

Era ya tarde cuando el subinspector Romanillos recibió el mensaje de Tilo pidiéndole que pasara por su casa a las ocho en punto de la mañana a recoger las pruebas y el informe para entregárselo en mano a su señoría. Romanillos dedujo la validez y suficiencia de las evidencias, pero deseaba tanto quitarse el muerto de encima y tomarse dos semanas de vacaciones en Alicante con su santa y sus manchas coloradas en el trasero y la espalda que, para cerciorarse, llamó a Tilo y le preguntó si podía pronunciar las palabras mágicas.

–Aristóteles dijo…

–¡No fastidies! –Protestó.

–Es broma. ¡Misión cumplida, hombre!

A continuación, Tilo se desprendió de la ropa de labor, colgó traje en la terraza para que se oreara, se enfundó el viejo calzón del chándal, puso la cafetera y estuvo enredando por el suelo con Mingus hasta que el aroma del café inundó la cocina se sirvió un vaso, sin azúcar y se puso manos a la obra. Una hora después llevaba tres apretados folios de interlineado simple con las descripciones de los personajes según su grado de implicación y complicidad y con las narraciones de las circunstancias que aparecían en los videos y los audios. Su afirmación de partida colocaba al alto cargo palatino como miembro, si no gran capo, de una burbuja de altos vuelos de narcotraficantes y blanqueadores de capitales a través de casinos y, probablemente, otras empresas como el Grupo Avemaría, de las que deberían ocuparse los investigadores del tráfico de estupefacientes. Su conclusión, aún a expensas de lo que pudiera aportar el profesor Cifuentes, quien debía de comparecer como testigo de cargo, reafirmaba la tesis de que Yiyi conocía las actividades delictivas de Montrave, sus conocimientos constituían un riesgo para el marqués y su célula de honorables delincuentes y su eliminación física resultaba más barata y segura que la compra de su silencio.

Revisó el texto, cargó las tintas con negrita sobre la enumeración de las evidencias y rebajó el cuerpo de la letra de sus informaciones confidenciales, no utilizables por su señoría en la causa, sobre el cargamento de cocaína que llegaría en el buque Wallenius, ya bajo control de los agentes del Servicio de Vigilancia Aduanera. Al final tecleó su número policíaco, puso el cargo debajo, cuadró el texto, aumentó el interlineado a un punto y medio (salían cinco folios) y conectó la impresora. Mientras imprimía los folios echó una visual al teléfono móvil, que había pitado reiteradamente. Varios mensajes de Fabiola contenían videos breves y una frase: “Pagos con cocaína en el casino”. En las imágenes, varios jichos y jichas entregaban las fichas de sus ganancias y en dos casos no recibían billetes de euros de curso legal, sino la medicina: unas pequeñas cajas con cápsulas de droga.

Por Júpiter que la Larga no había perdido el tiempo, se dijo. Le envió el ok, paró la impresora y añadió el comentario correspondiente en la relación de pruebas. Si las imágenes eran nítidas y directas, señal de que Fabiola llevaba bien colocada la lente en el broche o la gargantilla, el audio del interior de la pagaduría resultaba impagable. El pagador preguntaba: “¿En sustancia o en dinero?” La Larga respondía: “En medicina todo, ¿verdad tita?”. La tita Mágica recogía la cajita de grageas, daba las gracias y se la guardaba en el bolso de mano. El último video mostraba la caja y el polvo blanco de cocaína cayendo de una cápsula sobre la palma de la mano de la subinspectora.

Tilo grabó el material en el pendrive, lo depositó en un sobre recio junto al informe, lo cerró con cinta de celo, marcó a bolígrafo unas ondulaciones sobre el adhesivo transparente y el papel marrón del sobre, escribió la contraseña judicial y el indicativo: “Entregar en mano”.

Sobre la cama, Mingus roncaba.

*

Un estrépito de timbres interrumpió el sueño de Tilo en el instante en que acercaba sus labios a los

de la chica. ¿Qué está pasando? Alargó el brazo y acalló al despertador, pero seguían sonando más timbres. Identificó el de la puerta, saltó de la cama, sintió el dolor del clavo de la plata del pie. Maldita sea, se dijo. Agarró el sobre con el material para la jueza que había dejado sobre la mesa del salón, entreabrió la puerta y se lo entregó a Romanillos.

–¿Qué pasa, tío, no me vas a invitar a un café?

–Si, claro, entra. En la cocina tienes café de anoche y en el frigo todo lo demás. Me ducho y afeito en cinco minutos.

Mingus husmeó los pantalones del visitante y estornudó.

–Dale una galleta a este –dijo Tilo.

Eran las ocho de la mañana.

El timbre del teléfono seguía sonando en alguna parte del salón.

Tilo giró sobre sí mismo.

No lo encontró.

Que te den.

Mientras se afeitaba ante el espejo descubrió que la chica a la que estuvo a punto de besar antes de despertar era Charo y ya no era tan chica. Te estás haciendo viejo, se dijo escupiendo en el lavabo el mentol contra el mal aliento. Salió del cuarto de baño, el impertinente seguía sonando en algún lugar de la sala. Lo encontró en la rendija del sillón, aunque, como siempre ocurre, dejó de sonar en cuanto lo agarró. Había dos llamadas perdidas y un mensaje de Caniche y tres desde un número desconocido.

Ya en la cocina, mientras compartía café y pan tostado con aceite con el compañero y amigo Romanillos, le puso al corriente de los valiosos hallazgos de Fabiola hacía pocas horas, le contó la vigilancia de los malos a la jueza y le explicó que el contenido del sobre debía llegar a sus manos directamente, sin pasar por el registro de la secretaría.

–¿Resistirá las presiones?

–Creo que sí –dijo Tilo.

–Permíteme que dude –dijo Romanillos.

–Me aseguró que no tenía miedo de esos bribones y la verdad es que ni se inmutó cuando le eché el cuento sobre lo poderosos que son. Me parece una tía firme y serena.

–Hemos picado muy alto, Tilo; tratarán de acogotarla, ya verás. Pero sea lo que fuere, hemos hecho nuestro trabajo y ¿sabes lo único que quiero? Olvidarme de todo y de todos, de ti también, y largarme de vacaciones con mi santa en cuanto entregue esto.

Aunque la investigación adolecía de numerosos flecos pendientes, bastante irrespetuoso había sido ya con los derechos laborales de Romanillos para añadir más privación familiar al compañero. Después de todo, su señoría tenía suficiente material para proceder.

–Disfruta y olvidate de mí –le dijo en la puerta–; espero que cuando vuelvas estén ya todos en la trena y hayamos cerrado el caso.

*

Tilo sacó de un cajón del aparador del lavabo el estuche de manicura, extrajo las tijerilla de punta doblada y fina, se desprendió de la zapatilla derecha para solaz y divertimento de Mingus, se sentó en el borde de la bañera, colocó el pie desnudo sobre la rodilla izquierda, practicó incisiones en la piel alrededor del clavo hasta que, armado de valor, profundizó más y más, hizo palanca y consiguió arrancar una pequeña bola de células muertas, más duras que el granito. Sabía que el clavo volvería a crecer, pero le dejaría en paz una o dos semanas.

Luego llamó a Caniche. No contestó. Supuso que iría en moto. Mientras recogía los cacharros del desayuno recibió la respuesta del rastreador.

–Te llamé hace un rato para que echaras una visual por Internet a los periódicos de Oporto –le dijo.

–¿Qué ha pasado?

–Nada especial, sólo que no he tenido más remedio que echar a unos guardiñas al río; están buscando el subfusil del sicario –dijo Caniche.

–¿Crees que era necesario profundizar tanto?

–No me quedó otra; a la prensa y a la radio les importaba un bledo, así que me vi obligado a llamar a la jefatura y denunciar en modo anónimo la condición de sicario armado del alelado. Tanto la moto, robada, como algún testimonio de que el sujeto llevaba un rifle han dado resultado. Y mira.

–Como diría tu abuela, eres estupendo, Caniche. Esperemos que encuentren el arma.

–Sería pistonudo que coincidiera con la que mató a Yiyi.

–Te recuerdo que no tenemos un puto casquillo, pero el hallazgo será suficiente para evitar que los malos lo liquiden. Supongo que le habrán puesto vigilancia.

–Supones bien. Mira el periódico.

–Lo haré. ¿Vienes de camino?

–Correcto, jefe.

–Gracias, Caniche. Cuidado con las curvas.

Ya en la calle, con Mingus correteando por la plazuela de tierra, telefoneó al profesor Cifuentes con el propósito de fijar la hora y el lugar del encuentro pendiente. Pero la terminal del amigo de Yiyi se hallaba apagada o fuera de cobertura. Ya con el impertinente en la mano respondió a las llamadas perdidas de aquel número desconocido. Era Chincheta, compañero de trabajo de Cifuentes y también amigo del finado.

–El profesor ha desaparecido –le espetó tras darle los buenos días.

–¿Cómo es eso?

–Lo que le digo, que no ha aparecido ni tiene el teléfono operativo.

–Pero eso no significa que haya desaparecido –razonó Tilo.

–Usted sabe que se encontraba en peligro; de hecho, según me dijo, fue usted quien le recomendó tomar precauciones y no dormir en casa. Bueno, él me contó… Le di la llave de mi casa, mi chica le preparó la cama en el cuarto de juegos de los niños. Pero no apareció. Y lo que más me mosquea es que no contesta a las llamadas desde anoche. Me temo lo peor.

–Tranquilo, hombre; seguro que ha ligado y ha desconectado.

–A mí no me haría eso –dijo el reportero con aplomo.

–Ya supongo, pero algunas veces Eros hace de las suyas y obnubila al más sensato, ¿no crees? En cualquier caso, había quedado en hablar con él y espero localizarlo. Si lo consigues tu antes, dile que me dé un toque –dijo Tilo fingiendo normalidad.

Chincheta protestó.

–Si no aparece, lo encontraremos –afirmó Tilo.

–Eso espero.

–Je je, tranquilo, hombre, para eso estamos.

*

Después de varias semanas de baja en su pueblo de la montaña, moviendo piedras en la reconstrucción de una casa de sus antepasados, el agente Leopoldo Riesgo regresó a su puesto de trabajo fuerte como un roble y más deseoso que nunca de entrar en acción. Romanillos, al que va a sustituir, le lleva al café Levante a última hora y le pone al corriente de los detalles de la investigación, entre ellos, de la existencia del albacea documental y amigo de Yiyi al que llaman “profesor Cifuentes”, un periodista económico que podría ser el principal testigo de cargo si no se lo cargan.

–¿Le habéis puesto protección?

–Tilo se la ofreció, pero no la quiere.

Con todo, Leo apunta la dirección de Cifuentes y decide darse una vuelta por allí.

Allí es la calle de Juan de Mena, primer portal de la acera derecha, según se dobla desde Alfonso XII. A Leo le cabrea esta ciudad con el callejero plagado de clérigos, espadones y vividores dinásticos, pero, al menos, el cordobés Mena, poeta y amigo del marqués de Santillana, era un hombre de letras y, por otra parte, la calle, situada entre la Puerta de Alcalá y la Bolsa de Valores, está bastante cerca para llegar a pie, cruzando el parque del Retiro.

Leo, que ha dedicado veinte minutos a estudiar la imagen y otras características del sujeto a preservar, posee la suficiente capacidad de observación para detectar en la primera pasada, calle abajo, el rápido reflejo de un mechero que se enciende en el balcón acristalado de la tercera planta del sólido edificio solariego donde reside Cifuentes. Camina hasta la esquina con Alfonso XI, cruza la calle, sube por la acera contraria, se aposta tras el tronco de un plátano, ve la brasa del pitillo de alguien que fuma en el interior del balcón del domicilio de Cifuentes y que extiende la mano para sacudir la ceniza a la calle. En efecto, hay bicho, se dice. De inmediato llamada en modo anónimo al teléfono del periodista, que contesta al primer timbrazo, pero cuelga sin decir nada. Sólo quiere comprobar que el bicho no es el propio Cifu.

Son algo más de las nueve de la noche, hora del cierre de la primera edición del periódico para el que trabaja el corresponsal económico, lo cual significa que si no se ha entretenido, debería llegar a casa en quince o veinte minutos. Sin separarse del árbol de sombra, decide llamar a la redacción para ver si ha salido. A la novena o duodécima señal, alguien agarra el teléfono.

–No se preocupe –dice–, no es una noticia; sólo quiero saber si el profesor Cifuentes sigue por ahí.

El interlocutor grita el apellido del periodista. Nadie contesta.

–Ya se ha ido.

Leo agradece la información.

Por lo que sabe, el profesor Cifuentes fundó una familia y tuvo dos hijos, se divorció, fundó otra familia y tuvo una niña, se divorció y no fundó más familias, sino que se echó una novia madura, una colega empleada en el Defensor del Pueblo, con que convivió hasta hace unos meses. Ahora reside consigo mismo en ese magnífico apartamento que debe valer una millonada. Para el agente Riesgo, la conclusión es clara: han entrado en su casa y lo están esperando.

Sopesa la situación. Entre apostarse en el cubículo de entrada a una sucursal bancaria que hay al lado del portal y cruzar enfrente a esperar tomando algo en el Viridiana, opta por hacer honor a Buñuel y ocupar una de las tres mesas de la terraza de la calle que ha quedado libre. Desde esa posición, bajo el ramaje de los árboles, posee un campo de visión bastante amplio. A su derecha domina de una ojeada el tramo entre la esquina y el portal de Cifuentes y a su izquierda puede ver el trecho de acera hasta la Bolsa.

No sabría decir (de hecho no lo dijo cuando Tilo le preguntó severamente) por qué diablos no alertó al periodista mediante una llamada o un mensaje telefónico sobre la presencia de al menos un intruso en su casa. Tampoco sabría decir por qué demonios incumplió el protocolo de intervención que le obligaba a pedir la colaboración de, al menos, un compañero y de una patrulla de seguridad ciudadana si no consideraba materia suficiente para avisar a los geos. Lo único que sabía es que necesitaba entrar en acción, medir su fuerza, ejercitar sus puños, sobar los morros o partirle algún hueso a alguien. Y aquella era una excelente ocasión.

Solicita una cerveza doble, observa y espera. Aparte del tipo que fuma en el balcón mientras vigila si llega el periodista, todo es normal y vulgar. Un portero echa pestes de un botarate que ha estacionado su todo terreno sin respetar el espacio señalizado para los capachos de los residuos domésticos, una anciana y su hija pasean del brazo, tres mozos en ropa deportiva pasan corriendo hacia el Retiro, una farmacéutica de guardia sale a la puerta a fumar… Son más de las diez de la noche cuando un taxi se detiene en la esquina de Alfonso XII con la calle del autor de El laberinto de la fortuna, se apea un tipo: es el profesor Cifuentes. Leo cruza la calle y llega al portal antes que él. El periodista desconfía y se queda parado a tres pasos, pero el agente le hace saber que le envía Tilo. El periodista se tranquiliza. El agente le informa de que hay alguien en su casa, no con buenas intenciones precisamente, y le dice que ni se le ocurra entrar. El periodista, que huele a alcohol, contesta que se temía algo así, a lo que Leo añade: “Si te parece, le doy una sorpresa”. El periodista asiente, abre la puerta y obedece sus órdenes de entregarle la llave y permanecer en el portal hasta que le avise.

Leo sube al ascensor, cuarta planta, baja por la escalera hasta la tercera, introduce la llave, se agacha y empuja la puerta con tal fuerza que golpea al que está detrás, apostado junto al tabique del pasillo. Es una suerte que estas puertas antiguas carezcan de muelle regulador. Inmediatamente salta como una rana y asesta un cabezazo en el vientre al tipo que aparece ante él desde el oscuro pasillo. El sujeto lanza un grito y se golpea la espalda contra la pared. Leo le atiza dos directos a la cara y un gancho con la izquierda al mentón. El tipo acusa los golpes y cae al suelo gritando de dolor. El que está detrás de la puerta se rehace del portazo, pero el agente ya sabe que son dos y vuelve a empujar la gruesa lámina de madera con todas sus fuerzas para estrujarle. Acto seguido, enciende la luz y se ocupa de él por el procedimiento de juntar las dos manos en el puño único y golpearle el estómago. El tipo se dobla y Leo lo endereza de un rodillazo en la barbilla. El tipo suelta el arma y cae inconsciente. El agente advierte que ha soltado también un puñado de algodón blanco, lo agarra, está empapado en cloroformo. Puesto que el sujeto está inconsciente, decide aplicárselo al que intenta recuperar la verticalidad y vocifera insultos y sangra por la boca. Se la tapa con el algodón de olor dulzón del anestésico tras amarrale el pescuezo con el brazo izquierdo. El tipo patalea y el agente le mantiene dos minutos con las fauces envueltas en el algodón. De esa guisa lo encuentra el profesor Cifuentes.

–¿Le echo una mano?

–Si, coge la pistola de ese que hay detrás –le indica Leo.

El tipo pierde nervio, se desvanece. Leo retira el algodón de la cara y le deja caer al suelo. “A soñar con Belcebú, cabrón”.

–¿Qué hago con esto? –pregunta el periodista con la Astra de la marca Gabirondo y Cia en la mano.

El agente da un paso hacia el salón, pisa algo, se agacha y recoge una jeringuilla, avanza tres pasos más, seguido del periodista. Una cazaora y una chaqueta de tela de los mendas cuelgan del respaldo de dos sillas ante una mesa redonda.

–¿Crees que iban a matarme? –dice el periodista, todavía pálido, al tiempo que le entrega la pistola.

–Si, pero no con esta, sino con esto –responde Leo mostrándole la jeringuilla.

Comprueba que la pistola tiene el seguro puesto, extrae las balas del cargador, agarra un periódico del montón que hay en el suelo, en una esquina, envuelve las balas y la jeringuilla y se las guarda en el bolsillo izquierdo de su americana. A continuación saca de las chaquetas las billeteras de los pollos, mira rápidamente la documentación, se guarda la credencial de uno y el documento de identidad de otro.

En el pasillo suena el teléfono de alguno de los dos jichos caídos por los suelos.

–Vámonos de aquí –dice.

Cifuentes obedece, pero protesta.

–Es mi casa –dice.

–¿A qué esperas para llamar a la policía? –le conmina Leo al tiempo que tira la pistola sobre el bulto del segundo durmiente.

Luego indica al periodista que recoja las llaves, que siguen en la cerradura de la puerta, y sale teniendo cuidado de dejarla entreabierta. Al ver que no llama a la policía, lo hace él escalera abajo. En esta zona rica de la capital, los patrulleros policíacos tardan cinco minutos en llegar.

–¿Qué es esa inyección?

–Una insuficiencia cardiorrespiratoria, me temo.

El hotel donde el grupo de homicidios mantiene un par de habitaciones reservadas para situaciones como esta dista diez minutos a pie.

–¿Qué quieres decir con eso?

–Que tengo la impresión de que ibas a sufrir un accidente cardíaco.

–¿Cómo es eso? –insiste el periodista.

Leo le explica que hay venenos muy utilizados por los asesinos de los servicios secretos, como la inyección de ricina, que produce una muerte muy dolorosa en tres días; el talio, que se utiliza como raticida; el arsénico, el cianuro, la batracotoxina que, inyectada en sangre, te paraliza el corazón y el cerebro y palmas en pocos minutos…

–En fin, habrá que analizar la mierda que te iban a aplicar en vena –concluye.

Cifuentes se toca el pecho, los testículos, la cabeza. Acto seguido se pone de puntillas y se lanza a abrazar al policía.

–¡Me has salvado la vida!

–Lo que es seguro es que esos hijos de puta te iban a anestesiar y probablemente enviar al otro barrio de una parada cardíaca o de un accidente cerebral. Al menos uno de ellos es militar y pertenece a los servicios secretos del Estado.

*

La razón por la que el profesor Cifuentes no daba señales de vida a su compañero Chincheta era doble: de un lado decidió celebrar su suerte invitando a una copa a su salvador en un pub de la calle de Alcalá que se mantenía abierto hasta las tantas de la madrugada, y de otro, se le había agotado la batería del teléfono móvil.

Pero pasadas las diez de la mañana, el agente de la escala intermedia Leopoldo Riesgo se despertó en la habitación de hotel, comunicada con la de su protegido, comprobó que seguía roncando y llamó por teléfono al colega y amigo Tilo Dátil para decirle que, después de una noche muy movida, tenía bajo custodia al testigo protegido conocido como Cifu.

–Voy para allá –dijo Tilo.

TRECE

El profesor Cifuentes recibió tratamiento con un par de aspirinas y un café solo largo contra la reseca. Era su desayuno habitual. Cuando estuvo operativo aceptó las recomendación de Tilo de proceder como un testigo protegido, así que llamó al director del periódico y le expuso su situación, es decir, que se hallaba en peligro de muerte. El director era un hombre muy ocupado, pues despachaba jarabe de pico en varias televisoras y emisoras de radio, además de dirigir el rotativo, pero le concedió dos minutos, al cabo de los cuales, sonoramente impresionado, le dispensó de ir a la redacción hasta que los culpables fueran puestos a buen recaudo, o sea, entre rejas. Y le animó a seguir trabajando en el reportaje, cuya primera entrega se publicaría coincidiendo con las detenciones de los bandidos. Dado que éstos eran considerados muy honorables señores y prominentes hombres de negocios, el director auguró un gran escándalo, una convulsión de proporciones intercontinentales que incrementaría las ventas del diario. Eso le dijo, a Cifu. Y añadió para reconfortarle: “Periodismo a muerte”.

Los agentes Tilo y Leo intervinieron con sendas frases a micrófono abierto para confirmar el peligro de muerte del periodista y manifestar su acuerdo con la propuesta del director de anteponer la acción policial a la difusión de la información sobre la trama mafiosa. Aquel director les pareció un tipo sensato y legal, aunque, según Cifu, era un cobarde gallina. “Si renuncia a dar la exclusiva es porque está acojonado. Ni periodismo ni garambainas; ese cagueta se parapeta detrás de vosotros y de la jueza porque no quiere líos. Lo conozco bien”.

–Sin embargo, has aceptado su planteamiento –observó Tilo.

–Ondia, claro. A mí me paga bien y punto –dijo Cifu.

Los agentes se concentraron en el informe de los hechos que remitirían de inmediato a su señoría y explicaron a Cifu algunas pautas de conducta como testigo protegido. Confiaban en que las aceptara sin necesidad de la protección de una niñera, pues ya era mayorcito.

–Niñera no, pero alguna amiga… Uno tiene sus necesidades.

–Te conviene el amor propio por un tiempo –le recomendó Tilo.

–Si he de permanecer aquí confinado hasta que intervenga la justicia, que es más lenta que el caballo del malo, necesitaré algún consuelo, ¿vale? No pensaréis que me voy a matar a pajas.

–Hombre, tampoco es eso –concedió Leo.

–Os diré lo que voy a hacer: encargaré una peluca para rular por ahí –dijo el periodista.

Puesto que además de terco, le suponían inteligente, se abstuvieron de incidir en su libre albedrío. Si quería cazar mariposas o pescar pintonas era asunto suyo. No obstante, Tilo le pidió que tuviera cuidado con las peluqueras, que lo cascan todo. Cifu se extrañó de que el madero supiera que las chicas del tinte eran su arrimo preferido y el agente le aclaró que conocía sus caladeros por un comentario bien intencionado del reportero Goliap. Entonces Cifu recordó que el colega le había ofrecido su casa y se precipitó sobre el teléfono del hotel (el suyo yacía desarticulado por seguridad) para disculparse y contarle su nueva situación.

En un momento de la conversación Tilo insinuó, en plan amistoso, su deseo de echar una hojeada al borrador del reportaje, pero Cifuentes se mostró tajante: “Tendrás que leerlo en el periódico”. Entonces Leo le miró con gesto desdeñoso y dijo: “Vámonos, que hay muchas cosas por hacer”.

*

A Tilo le habría gustado saber que el honorable marqués de Montrave fue decisivo en la excarcelación y devolución a Colombia del capo del cartel de Cali Gilberto Rodríguez Orejuela. La intervención del alto cargo palatino se reputó determinante para que el gobierno de turno desatendiera la petición de extradición formulada por la administración estadounidense. El marqués salvó al mayor exportador de droga colombiana a Estados Unidos y a Europa a cambio de entrar en el oscuro y próspero negocio del polvo blanco. A continuación creó una red de distribución del maldito producto prohibido y de blanqueo de los ingentes beneficios que produce y se convirtió en capo de capos.

Eso lo supo Tilo sin necesidad de leer el periódico ni de que el albacea de los datos y documentos de Yiyi accediera a dejarle hojear su relato. De hecho, Tilo no volvió a ver a aquel superhombre. Y si habló una vez más con él fue, con el permiso de Leo, para informarle del mejunje que los sicarios se disponían a inyectarle en el cuerpo. “Los análisis indican –le dijo– que te iban a meter una dosis de Milocho capaz de dejar tieso a un elefante”. El superhombre quiso saber que diablos era eso del Milocho y Tilo le explicó que se trataba de un veneno bastante utilizado por los servicios secretos, “un compuesto de fluorocetato de sodio sin color ni sabor que bloquea el metabolismo celular y provoca una muerte dolorosa, aunque si te duermen con anestesia ni te enteras”.

*

Tilo Dátil dedicó los días siguientes a atar algunos cabos sueltos de la investigación. Así, ordenó a Caniche el rastreo de los pasos del amor irredento de Yiyi, la próspera publicista Chelo Barros; mantuvo a la Larga en Barcelona con su tita Mágica hasta que su señoría llamara a declarar al honorable Tomè, alias Pollo Pimienta; amplió el cometido de Leo para que además de mantener el contacto con el superhombre echara un ojo a las evoluciones, idas y venidas de la linda Liana con su arrimo y antiguo jefe de Yiyi, el lechuguino Jordi Emula i Lucientes. Por su parte, realizó alguna llamada al jefe de vigilancia aduanera sobre el operativo en torno al Wallenius.

Fueron días tranquilos en los que la principal novedad fue la falta de novedades. En las reuniones diarias del grupo consideraban esclarecida la autoría intelectual del crimen, al que sólo dedicaban unos minutos sobre algún movimiento de interés. La desaparición de ancianos, cuya investigación llevaba la rubia Merche Tascón ocupaba ahora las deliberaciones. El interés del jefazo Veguellina por estos casos se debía, como bien había supuesto Tilo, a que uno de los desaparecidos era nada menos que el padre de una antigua ministra, diputada y dirigente política del principal partido de la derecha. Con Merche colaboraban Nati del Pozo y el carnoso Rosado en desenredar una madeja que, sin saber por qué, a Tilo le parecía una broma de viejos traviesos.

Al cabo de una semana, su señoría seguía sin recabar el testimonio del profesor Cifuentes. A Leo le extrañaba esa dilación y a Tilo, que conocía la laboriosidad de Charo, más todavía. Sin embargo, la jueza tendría su estrategia y seguramente no querría levantar la liebre hasta tener amarrado a Montrave y a los otros dos pájaros de cuerda, es decir, el opulento empresario timbal Pollo Pimienta y el subordinado en palacio Jordi Emula. Puesto que además su señoría se hallaba bajo el control del nuevo secretario, parecía lógico que se guardara un as en la manga hasta el último momento. Después de todo –apuntó el documentalista Oliveras–, los naipes son cosa de aristócratas.

El pequeño Oliveras se disparaba algunas veces, y a falta de Fabiola y de Romanillos que refrenaran sus impulsos, les ilustró en el Kiosko de los Pinos sobre la invención de los naipes en el siglo XIV en Italia con figuras que representaban a los papas, emperadores y las cuatro monarquías que se combatían. Por si fuera poco, les hizo saber que hacia finales de aquel siglo se introdujo el juego de naipes en Francia para distraer a Carlos VI, a la sazón demente. En aquellas cartas figuraban Argina, anagrama de Regina, o sea, María de Anjou, esposa de Carlos VII; Raquel, que era Agnes Sorel; la doncella de Orleans e Isabel de Baviera. David era el rey Carlos VII, perseguido por su padre, como David por Saúl. Los cuatro valets –Ogier, Lancelot, Lahire y Héctor– representaban a la nobleza. Las demás cartas eran de soldados. Y los colores, los emblemas militares. Se suponía al as como símbolo del dinero, nervio de la guerra, porque, en efecto, ese era el nombre que los romanos daban a una moneda, y a la vez calificaban de as toda la hacienda que poseía un ciudadano. Ahora Montrave iba a perder.

Sin embargo, seguían pasando los días sin que su señoría decidiera citar al marqués. Algo raro sucedía. Tilo confiaba en la jueza, pero se preguntaba si la tendrían agarrada por el asa del culo. Si así fuera, le habría mandado alguna señal o le habría pedido ayuda, se decía. Por su parte, seguía enviando cuantos indicios y apreciaciones reputaba útiles para la instrucción. Ella acusaba recibo con escuetos: “Ok, gracias”. En ocasiones, el agente se entretenía en revisar el expediente, ya crecido, y se convencía de que había materia suficiente para citar a Montrave. No sé a qué diablos está esperando, se decía, devolviendo el rollo a la caja de seguridad. Si alguna vez había cruzado por su mente la tentación de invitarla a cenar con el único fin de preguntarle: “Dime si te gusto”, ante aquellas carpetas del caso sólo experimentaba el impulso de remitirle un mensaje estrictamente profesional: “Proceda de una vez, señoría”.

También a Leo, un hombre de acción, se le iba agotando la paciencia. Se mostraba sorprendido de que su señoría ni siquiera hubiera dictado orden de detención de los individuos que quisieron liquidar al superhombre Cifuentes. De antemano sabía que la búsqueda y captura de los dos tipos serviría de nada y menos, pues los agentes secretos funcionan con identidades falsas, casi siempre documentos de muertos, pero la formalidad legal era obligada. Por otra parte, de las observaciones de los movimientos y las conversaciones telefónicas de la bella Liana se deducía la intención de la viuda de hacer caja y regresar a su país. A eso obedecían sus gestiones en una agencia inmobiliaria, la venta del Seat de Yiyi, el trato con el Lechuguino para que se quedara con el Audi deportivo y, en fin, la solicitud de una excedencia ilimitada en Televisión. Era muy probable que cuando su pequeño hijo terminara el curso escolar volara con él a Buenos Aires para no regresar.

Pero, sobre todo, lo que animó al agente Leopoldo Riesgo a remitir un mensaje a su señoría, con el visto bueno de Tilo como responsable superior de la relación con el juzgado, fue la situación de Cifu, quien, al cabo de diez días confinamiento decía estar hasta los cojones de aquella habitación de hotel. “Intereso a su señoría fechas y plazos testificales en relación con los investigados al tiempo que le participo la impaciencia de nuestro testigo protegido, cuyos riesgos y vicisitudes ya conoce”, escribió Leo a la jueza por correo electrónico. La respuesta llegó ocho horas después: “Manifiesto a ustedes que la instrucción sigue su curso”, dijo lacónicamente su señoría.

“¿Qué curso ni qué ocho cuartos, si todavía no ha dado un palo al agua?”, protestó Tilo, quien, ante las dudas de Leo de si hacía lo correcto, replicó: “Espero, confío y deseo que no sea un curso tan largo como el Volga, señoría”.

Instantes después sonó el teléfono de Tilo. Charo al aparato le peguntó en tono familiar si se encontraba bien y se interesó por la afonía de Mingus, señal de que tenía el teléfono pinchado. El agente le siguió el juego. Resulta que su perro labrador también había agarrado frío en la garganta, tal vez por beber agua más helada que la del Volga a su paso por Kaza. Resulta que no tenía ni un minuto en su agenda para llevarle al veterinario ni sabía cuando podría tener media hora libe para hacerlo. Y resulta que si le decía qué pastillas tomaba Mingus, probablemente al labrador le fueran bien. Tilo improvisó un nombre en latín con la palabra ‘can’ y la jueza se lo agradeció y se despidió.

–Lo más seguro es que el marqués de Montrave tiene la garganta fastidiada y no parece que quiera ladrar –interpretó Leo.

–También puede ser que le esté dando largas, alegando problemas de agenda; se debe sentir investigado y el muy bribón intenta ganar tiempo para maniobrar –supuso Tilo.

–Pues lo tiene jodido; la grabación de la conversación con el lechuguino en el Audi de la viuda es una confesión de culpabilidad en toda regla –repuso Leo–; si la jueza quisiera podría ordenar que le detuviésemos ahora mismo.

–Se ve que va por las buenas –dijo Tilo.

–A lo mejor está barajando las agendas de esos pájaros para meterlos a todos en la jaula al mismo tiempo y evitar que emigre alguno –aventuró Leo.

Sea lo que fuere, el mensaje en clave de su señoría llevó a Tilo a una rumiadera bastante prolongada, de modo que cuando sacó a Mingus, a las nueve de la noche, todavía daba vueltas al asunto. Le preguntó a la vecina Lourdes, que pastoreaba a sus chiguagas en el parque, si sus perrillos habían padecido afonía alguna vez. Claro que no, dijo ella. Idéntica fue la respuesta del jubilado Beni, que paseaba con su labrador, más bueno que el pan, y se extrañó de que le preguntara eso, pues a la vista estaba el pelo y la grasa que protegían el pescuezo del animal contra el frío y la laringitis. Había que ser muy tonto para no saber que un labrador raramente se constipa.

Una hora después sirvió a Mingus su cazuela de pollo cocido con arroz tres delicias, se confeccionó un sanwich de jamón ibérico y queso manchego blando, agarró una botella de agua fresca, se dirigió a la sala, que olía a libros, abrió el balcón y se sentó a la fresca a cenar y leer grandes batallas de la historia. No quería pensar ni querer nada, sólo entretenerse con las estratagemas de los generales. Algunos demostraban su inteligencia, otros su oportunismo, pero la mayoría eran unos zopencos que enviaban a la muerte a miles de soldados y provocaban unas matanzas terribles. Entonces, como ahora, los humanes eran la materia prima más abundante y barata, y nadie, salvo algunos historiadores muchos años después, fiscalizaba el coste humano de las victorias, nadie acusaba a los triunfadores. Los verbos “fiscalizar y acusar” le abrieron, de pronto, las entendederas. Por Júpiter tronador, dios de la filología, si el perro no es el fiscal, se dijo. Reprodujo para sí las palabras de Charo con la mayor textualidad que pudo y coligió que el acusador público se había quedado afónico y se negaba a ladrar. ¿Acaso no cobra por hacer su labor? Llamó al pequeño Oliveras y le encargó que documentara al tipo.

*

En la capital catalana Fabiola empezaba a disfrutar con su tita Mágica de la llegada del buen tiempo. Aunque se solazaba en la playa, se mantenía al pie del cañón y enviaba datos de alto interés sobre Tomè. En uno de sus reportes se refería a un encuentro nocturno de Pollo Pimienta y algunos miembros de su la familia con un director general de industria y el ministro de economía nada menos. La reunión tuvo lugar en el Casino, cena incluida, y, según sus chivatos, el empresario del juego aceptaba las condiciones ventajosas que le ofrecían las autoridades del gobierno central para invertir un puñado de millones de euros en una empresa automovilística y evitar así que los capitalistas nipones y franceses la desmantelaran.

¿Cómo se iban a llevar por delante a un personaje de esas características, un tipo que garantizaba inversiones y puestos de trabajo? La pregunta razonada y razonable de Fabiola tenía difícil respuesta. Las pruebas contra el sujeto que había contratado (presuntamente) a los sicarios que liquidaron a Yiyi perdían fuerza; se convertían, de pronto, en la patada de un mosquito a un elefante. El asesinato por despecho y venganza de Chelo poseía fundamento, el crimen por el interés de proteger al marqués y preservar de acechanzas las actividades de distribución del polvo blanco y el lavado del dinero criminal, se hallaba bien documentado. Sin embargo, faltaba el último eslabón: alguno de los dos sicarios que se ocuparon de la ejecución. La interferencia del supercomisario Veguellina había dificultado la investigación de ese flanco.

Tilo no las tenía todas consigo, y menos ahora, ante la información de Fabiola sobre el interés del tipo por la industria de la automoción; un interés antiguo, si tenemos en cuenta que el abuelo del Pollo Pimienta quiso motorizar a la dictadura franquista y si recordamos que la cojera y las manchas de quemaduras del jicho en la cara evidenciaban su afición a los coches de carrera. “Va a ser difícil meterle mano, salvo que el vegetal de Oporto se recupere y decida largar”, comentó el inspector en una de las reuniones de evaluación. Tanto Oliveras como Caniche y Leo daban por buena su hipótesis de que el sicario en estado vegetativo actuaba por encargo del tal Tomè para quitar de en medio al marqués de Montrave, un gorrón caprichoso y peligroso, y no descartaban que detrás del suceso existiera una de esas rivalidades a muerte, tan frecuentes entre los capos del narcotráfico.

*

El exiguo Oliveras depositó sobre la mesa de Tilo dos folios impresos con el currículum vitae del fiscal. “Eso es lo que hay –le dijo–, y no es poco”. Tilo los leyó sin pestañear. El jurista era el menor de dos hermanos de una familia de rancio abolengo. El mayor se había hecho obispo. Y él estudió leyes para no contrariar a su padre, que fue magistrado del Supremo y, por otra parte, había ampliado considerablemente el patrimonio familiar de fincas y bienes raíces. Pero el fiscal de marras fue un estudiante mediocre, repitió dos cursos y terminó la carrera a trompicones, lo que no quita para que aprobara a la primera la oposición y obtuviera la plaza de fiscal con un destino a pedir de boca y un salario de por vida. En realidad, le importaba un comino la profesión judicial; su verdadero interés estaba en las actividades campestres.

En este punto Tilo sintió la fugaz satisfacción íntima de haber acertado; ya no había duda de que Charo se refería a ese sujeto con la expresión de “mi perro labrador”. Como heredero de varios cientos de hectáreas de tierras de pan llevar, viñedo y olivar, aquel individuo dedicaba la mayor parte de su tiempo a campar y controlar su territorio. Puesto que además era un buen anfitrión que invitaba a jueces, colegas y superiores en el escalafón a cuchipandas, capeas y cacerías no era sancionable por la dejadez, el retraso y hasta el abandono de sus tareas en el juzgado.

Se decía entonces que el tiempo judicial era distinto, es decir, más lento, que el resto del tiempo. No se sabía por qué un mecánico tardaba menos en reparar un coche que un juez en dictar un auto, y quien dice un mecánico, dice un pintor, un maestro, un albañil, un camarero, un arquitecto, un solador… Es como si de todas las averías que reclaman reparación fueran las judiciales las más complejas, lentas y difíciles de resolver. Con tipos como aquel no era de extrañar que los sumarios, aunque fueran de casos tan notables como el asesinato de un reportero gráfico empleado al servicio de la jefatura del Estado, se prolongaran indefinidamente.

Tilo se dijo que convendría dar un aviso al teniente fiscal para que espoleara a su subordinado, pero siguió leyendo el informe del pequeño Oliveras y enseguida se contradijo: no valía la pena molestar al supercomisario Veguellina para que ejecutara aquel menester, pues aquel perro fiscal no iba a mover un papel para desbloquear la instrucción ni parecía dispuesto a ladrar la acusación contra Montrave. Y eso porque se daba la circunstancia de que su señora esposa, la del fiscal, había obtenido la concesión de un cementerio del patrimonio nacional, organismo público en el que el marqués imponía su voluntad, y las cuotas de alquiler de las tumbas a los cientos de familias de los sepultados le reportaban no menos de dos millones de euros al año. Una renta extraordinaria, como llovida del cielo.

–¡Por Júpiter si el fiscal estaba bien agarrado por los huevos!

–Y por la cartera –añadió Leo.

¿Qué hacer?

Tilo envió un mensaje a la jueza: “Atenta al fax”.

Ella respondió con un emoticón: chica con gafas.

Tilo metió el informe por el tubo.

Unos minutos después, ella contestó: “¡Oooh!”

*

En racha de contrariedades, acentuada por la desaparición del amor irredento de Yiyi –la publicista Chelo Barros se había largado de vacaciones a un lugar remoto de Kirguistán, más allá de Samarkanda, en la frontera con China–, Tilo recibió el aviso del jefe de vigilancia aduanera sobre la inminente llegada del buque Wallenius al puerto Valencia. El hombre brusco cumplía su palabra.

–Si quiere asistir al interrogatorio de los arrestados, véngase para acá –le dijo.

–¿Cómo ha ido el operativo? –Se interesó Tilo.

–Mejor de lo esperado, sin resistencia –respondió el oficial.

–Me pongo en marcha. Muchas gracias, Adolfo.

Por casualidades de la vida, aquel jefe aduanero se llamaba Adolfo Pescador.

El asalto al Wallenius desde un helicóptero Superpuma se realizó en vuelo nocturno por sorpresa. La tecnología de visión en la oscuridad permitía volar a baja cota sin ser detectado por el radar y sorprender al enemigo. El factor sorpresa seguía siendo esencial en esa guerra. Cuando el comandante y los seis tripulantes del carguero se dieron cuenta de la presencia del pájaro de hierro ya tenían a un comando de diez hombres armados en cubierta, y el timonel y un vigilante quedaban inmovilizados por el potente foco de la aeronave y atenazados por las ametralladoras. Tres asaltantes les colocaron los grilletes mientras los demás reducían al comandante en su camarote y a los otros tres marineros en el cubiculo colectivo. En apenas media hora desde la entrada en acción, la misión quedó culminada sin disparar un tiro ni conceder un minuto a los bandidos para desprenderse de la droga. Los asaltantes tampoco necesitaron romper ningún diente ni meter el cañón del arma en la garganta de tripulante alguno para que vomitaran dónde estaba el alijo, unos trescientos kilos de cocaína.

Eran más de las cinco de la tarde cuando Tilo y Leo llegaron a Valencia. Para entonces el Wallenius se hallaba fondeado en el espigón de carga de contenedores del puerto. Los tripulantes habían sido puestos a buen recaudo y una nube de reporteros acababa de filmar el gran alijo y de recibir las explicaciones del jefe Pescador, un hombre grueso con cara de buena persona, y de dos de dos miembros del comando asaltante (un varón y una mujer), a fin y efecto de que los ciudadanos supieran que ellos se jugaban la vida cada día para preservar la seguridad, la salud y el bienestar colectivo.

Tras las diligencias básicas (identificación, procedencia y revisión sanitaria), los arrestados eran entregados a la Guardia Civil, que los interrogaba en profundidad y los ponía a disposición judicial. El amable jefe Pescador acompañó a Tilo y Leo al cuartel de la verde institución y los presentó al coronel al mando de la zona, tras lo cual, les deseó suerte y se retiró a sus quehaceres. Era un hombre de pocas palabras, aquel jefe de vigilancia aduanera.

Los dos agentes de homicidios esperaron en la sala de asueto del cuartel, jugando al futbolín, uno de los inventos más divertidos creado por un español durante la Guerra Civil (Alejandro Finisterre) para disfrute de los niños huérfanos, hasta que un guardia les avisó del comienzo de los interrogatorios y les condujo a la sala de observación.

La pareja de picoletos (hombre y mujer) encargados del interrogatorio intentaban saber cómo diantres habían cargado la droga, quién era el suministrador y quién el destinatario. Pero los detenidos, asistidos por un abogado de oficio, no decían ni mu. Tres de ellos eran sudafricanos y dos tenían nacionalidad colombiana y todas las bazas para acabar en el trullo por una buena temporada, tal vez un lustro si nadie los reclamaba desde su país.

El último en ser llamado, el comandante del barco, era un hombre blanco, pulcro, de unos sesenta años, con cara de aburrimiento. Su oficio consistía en trasladar mercancías de una parte a otra del mundo y no en conocer qué clase de mercancía trasladaba. Su cometido se centraba en dirigir la nave con el tiento y la pericia necesaria para que la carga llegara a su destino. La naviera a la que servía era una empresa muy seria y segura. Nunca había sufrido la pérdida de un barco. A partir de ahí no sabía nada. Si alguien facturaba mercancía prohibida era responsabilidad del factor. Si por azar aprovechaban una escala o su lenta navegación para introducir drogas en su buque y él no se enteraba, como era el caso, no podía denunciar el hecho. Lógico.

Puesto que el tipo, un cínico de tomo y lomo, se mostraba dispuesto a declarar lo que sabía, aunque, lógicamente, no sabía nada de lo que ocurría en su barco, Tilo pidió al jefe de los guardias que le permitiese formularle algunas preguntas cuando los agentes terminaran sus cuestiones. “Sin problema”, dijo éste.

Desde luego, el marino mercante no conocía a la señora Dolores Tangible. Tampoco conocía a los exportadores ni a los destinatarios de las mercancías. Él era un hombre de mar, no de tierra. Admitió que la droga pudo ser trasladada con grúa desde alguno de los varios barcos con los que se cruzaron durante la travesía. La nocturnidad y la mar revuelta eran propicias a esas fechorías. En su descargo, aquel hombre le contó en su idioma que durante la travesía socorrió a unos pescadores cuya embarcación se había quedado sin combustible y que, cerca ya del Estrecho de Gibraltar, ayudó a tres viejos que iban a la deriva en un velero al pairo, averiado y sin arboladura. “Tres viejos locos”, dijo.

–¿Qué ayuda les prestó?

–La necesaria en estos casos: un cable y agua y comida –dijo el marino.

–¿Diría que el Wallenius fue su tabla de salvación?

–Sin duda.

–¿Sabe de qué nacionalidad eran?

–Dijeron que españoles. Les venía como polla al culo que les acercáramos a la costa; les tuvimos a popa desde el Atlántico hasta que intervinieron ustedes.

–¿A unas millas de Cartagena?

–Correcto.

–¿Sabe qué fue de ellos?

–No.

–¿Habló usted con ellos?

–Si.

–¿Sabe sus nombres?

–No. No tenía motivos para preguntárselos.

–¿Quiere hacerme creer que no anota en su cuaderno de bitácora los nombres de las personas a las que salva la vida en el mar? –Incidió Tilo.

–Yo no quiero hacerle creer ni descreer nada –respondió.

–Sin embargo, sí sabe que eran homosexuales.

–Mire, man, yo eso no lo sé.

–¡Por Júpiter si no ha utilizado la expresión “como polla al culo!”

–Je je… Es una forma de hablar –aclaró el tipo sin modificar su expresión de aburrimiento.

–¿Recuerda usted, amigo, el nombre del velero? –Prosiguió Tilo.

El marino mercante se acarició la nariz como si estuviera regulando unos prismáticos imaginarios mientras intentaba recordar. Treinta segundos después articuló unas sílabas:

–As-ka-ta-su-ka.

–¿Askatasuna? Libertad en euskera –sugirió Tilo.

–Correcto –asintió el marino.

En ese instante, Tilo frunció el entrecejo, abrió mucho los ojos y elevó la mirada hacia la cámara del ángulo del techo que grababa el interrogatorio. Leo entendió el mensaje y telefoneó a Merche; era posible que los tres ancianos desaparecidos de sus respectivas residencias hubiesen concertado la fuga y fueran aquellos a la deriva.

–¿Por qué no informó del hecho a los agentes que abordaron su barco? –Inquirió Tilo.

–No me peguntaron –respondió el marino.

A los guardias de antinarcóticos les extrañó la insistencia de Tilo en preguntar al responsable del buque si transportaba naranjas, en concreto, mandarinas sudafricanas. El comandante acabó admitiendo que algunos contenedores refrigerados contenían alimentos perecederos y era probable que entre ellos figurasen esas frutas apreciadas por los europeos. Oído lo cual, Tilo anunció que no haría más preguntas y, ya en el pasillo, recomendó a los guardias: “Harían bien en examinar esas naranjas”, aunque tuvo la impresión de que su recomendación no surtiría efecto, pues los guardias sólo obedecían a sus mandos, lógicamente, y éstos ya lucían satisfechos ante las cámaras de televisión por el extraordinario alijo interceptado.

*

Cuando salieron de las modernas dependencias de la verde institución, los policías Leopoldo Riesco y Tilo Dátil se sintieron con derecho a regalarse unas bocanadas de aire fresco y unos bocados de pescado de la zona, de modo que realizaron algunas gestiones por teléfono para reservar hotel y se dirigieron hacia el parque natural de la Albufera y se acomodaron en el Bon Aire, uno de los restaurantes de aquel marco incomparable, a cenar y disfrutar de la puesta de sol. Tilo funcionaba con la previsión de encontrarse al día siguiente con la navegante Dolores Tangible. No sabía cómo, pero sabía por qué. También sabía que su moderno yate Loli Avemaría tenía amarre reservado en el Puerto Deportivo de Valencia desde hacía dos días.

La exazafata –rumiaba Tilo– podía engañar a unos y comprar a otros. Pero ninguno era él. La asentadora del cartel de Cali, mujer astuta y placentera, podía ufanarse de introducir toneladas de cocaína en el mercado español y europeo (también en el árabe de los jeques) al precio de un señuelo de trescientos kilos; podía controlar la descarga y la entrega de la mercancía de narco-naranjas; podía realizar las demás actividades con la cobertura de Montrave y su clan de perillanes, es decir, desde la recaudación del mayor porcentaje del importe de la droga en dinero recién lavado hasta los depósitos en las cuentas del clan proveedor en Suiza, pasando por las decisiones inversoras más diversas a través de los fondos buitre. Pero de ningún modo podía engañarle a él.

Tilo disfrutaba de las escenas que habían de venir: su encuentro casual con la señorita Tangible. Se recreaba en la cara que pondría al verse descubierta in fraganti o a pocos metros del cuerpo del delito: toneladas de mandarinas con cápsulas de cocaína en su interior. Es lo que llamaban ‘naranja preparada’. Imaginaba la sorpresa y el temblor de aquella hermosa y tramposa criatura y sonreía como si las espinas de los boquerones y los salmonetes le hicieran cosquillas en el paladar. Leo se había incorporado tarde a la investigación, pero compartía su entusiasmo.

La oportunidad de joder al barón palatino y a su clan de honorables empresarios timbales ocupaba la conversación de los dos agentes cuando vibró el inoportuno en el bolsillo de Tilo. Era el supercomisario Veguellina.

–Buenas noches, jefe –le saludó Tilo.

–Santas y buenas. Te llamo para felicitarte. Tu información era acertada y los tres viejos han sido localizados en un hotel de Cartagena, donde esperan a que les reparen el barco para echarse otra vez al mar. Los muy cabrones no escarmientan.

–Muchas gracias, jefe, pero a quien debe felicitar es a Merche, que ha realizado una buena investigación –dijo Tilo.

–Ya lo he hecho –dijo el comisario–; por cierto, ella quería ir para allá, pero dada la hora que es y el hecho de que tú y Leo estáis a un tiro de piedra de ellos, hemos pensado que os ocupéis de ellos y les acompañéis de vuelta a Madrid.

–Mal pensado, comisario, estamos en un seguimiento relacionado con el ‘caso Yiyi’.

–¿Autor o coautor?

–Caliente, caliente.

–Ya, ninguna de las dos cosas, ¿verdad?

–Es un seguimiento importante, se lo aseguro –afirmó Tilo.

–Eso no lo dudo, pero más vale pájaro en mano que ciento volando, y ahora tus pájaros son estos. Quiero que vayáis a Cartagena, os dirijáis a los apartamentos ‘Teatro Romano’, que son un edificio en la esquina de la calle Osario, junto al teatro propiamente dicho, y os hagáis cargo de esos locos.

–No fastidie, jefe.

–Quiero veros con ellos de vuelta mañana en Madrid.

–¿Es una orden?

–Es una orden.

–¿Y si no quieren volver?

–¡Joder, Dátil!

–Ah, ya: desacato, grilletes y andando. Bueno, tendremos que alquilar un coche. ¿No sería más lógico avisar a la familia y que se hiciera cargo de ellos? Después de todo, nuestra misión era localizarlos, no detenerlos ni hacer de taxitas para ellos –arguyó Tilo.

–Veo que no te ha quedado claro, si quieres te lo repito –repuso Veguellina elevando el timbre.

–No es menester, señor; ya sé que la lógica del jefe es la que vale y que el jefe es usted, así que Leo y un servidor actuaremos como el cura y el barbero y le llevaremos de vuelta a casa a ese trío quijotil, pierda cuidado –se plegó Tilo.

De este modo dejaron en suspenso el plan de abordaje a la señorita Tangible, anularon la reserva del hotel en Valencia, pidieron café helado, pagaron la cena y se pusieron en marcha. No les resultó difícil encontrar, dos horas después, el aparthotel donde se hallaban los inquilinos de marras, discretamente vigilados por dos policías de la zona, a los que relevaron y agradecieron el servicio en nombre del supercomisario de la brigada central contra el crimen. La verdad es que los dos maderos se sorprendieron de que los de homicidios anduvieran detrás de aquellos viejos que suponían inofensivos.

–Ya, ya, fíate de la virgen y no corras –dijo Leo, a mayor estupor del par de agentes.

Tilo y Leo se turnaron unas horas de descanso en un apartamento disponible y a las ocho en punto de la mañana encargaron chocolate con porras para el trío de vejetes y para ellos mismos, una amable forma de presentarse ideada por Leo, cuya fuerza y corpulencia no le restaba sensibilidad ni esmero con los débiles.

Hablaron.

De los tres ancianos, que sumaban dos siglos y medio, el apellidado Alpujarreño era lorquiano; el llamado Chispa, machadiano, y al que decían Testa, unamuniano, dándose la circunstancia de que ninguno era de letras. Por el contrario, Federico Alpujarreño había estudiado ingeniería y dedicado sus mejores años a dirigir explotaciones mineras. Antonio Chispa, pequeño y regordete, era físico de los materiales y aplicó sus conocimientos en Altos Hornos de Bilbao hasta que ni altos ni bajos, los fueron apagando y los cerraron. Y Miguel Testa era matemático puro, toda la vida empleada al servicio de una entidad de la usura legal y desmesurada. Se conocieron de jóvenes en Algorta, un barrio de Getxo (Vizcaya), y formaron parte de la misma peña. Fundaron familias, tuvieron hijos, enseguida perdieron el entusiasmo social, justiciero y transformador, se convirtieron en pequeño burgueses acomodados, envejecieron, se jubilaron, enviudaron y acabaron orillados en otros tantos asilos madrileños, uno en Getafe, otro en Arroyomolinos y otro en Navalcarnero.

Fue en esa última revuelta del camino donde se hicieron forofos de Lorca, Machado y Unamuno, sin dejar de serlo del Atletic de Bilbao. Los sábados o domingos hacían la rueda, que consistía en girar visita al asilo que tocara para ver por televisión el partido de fútbol de los leones. Aunque ninguno de los tres tenía edad ya de conducir automóviles, cada uno de ellos manejaba su utilitario e iba y venía a donde le daba la gana. El trío se reputaba con holgadas facultades físicas y mentales para funcionar por sí solo, lo que incrementaba su aburrimiento. Un domingo Chispa dijo que él no se iba a ir de este mundo sin probar una negrita. A lo que Federico Alpujarreño añadió que, mira por donde, esa misma intención tenía él. Y el unamuniano Miguel coincidió en el gusto y sostuvo que en el Senegal, donde las mujeres iban desnudas, que las había visto él en un reportaje erótico de Alfonsito (Alfonso Sánchez Portela) en La Libertad, era donde podían hallar las más lindas venus de ébano.

¿A qué estamos esperando?

Concertaron la fuga y se largaron.

Las pasaron canutas, debido a la mala suerte y la mala mar.

Pero los tres se consideraban buenos regatistas, dispuestos a reanudar su viaje en cuarenta y ocho horas, en cuanto el barco estuviera reparado y avituallado. Iba a ser el suyo un viaje sin retorno en varios años, pues al propósito de no diñarla sin haber copulado con las diosas de évano habían ido añadiendo los objetivos de catar hembras de otras razas tales como las indús, malayas, mongoles y demás variedades de almendrados ojos. En resumen, querían darse una vuelta placentera por el mundo.

–Hay formas más seguras de procurarse el goce –les dijo Leo antes de entrar en materia.

–Nosotros elegimos la nuestra –contestó uno.

Entonces Leo y Tilo cumplieron la ingrata obligación de identificarse como lo que eran, unos putos maderos enviados por la superioridad para cumplir un cometido que no les iba a gustar y que Leo resumió en pocas palabras: “Su aventura ha llegado a su fin, un final inesperado, pero mucho mejor que acabar como pasto de los tiburones, cocido de los antropófagos o víctimas de los virus y mosquitos”.

–Conque ala, recojan su equipaje, que volvemos a casa –les ordenó Tilo.

–¿Nos llevan detenidos?

–Si se resisten, sí.

–Ves, Miguel, cómo el Estado español no ha dejado de ser faccioso –dijo Antonio.

–Te equivocas: el Reino de España –dijo Federico.

–El borbónico Reino de España –puntualizó Miguel.

Leo se ausentó a buscar el coche de alquiler y puesto que el trío de aventureros se mostraba renuente a asearse y recoger sus pertenencias, Tilo les demostró que no tenían escapatoria por el método de telefonear al superior Veguellina e informarle de que los tres quijotiles octogenarios se hallaban a buen recaudo y listos en quince minutos para subir al carro de vuelta a casa. A lo que el supercomisario contestó: “Buen trabajo” y se interesó por la hora aproximada de llegada para avisar a las familias con el fin de que acudieran a recibirles en las dependencias policiales.

El unamuniano Testa protestó, pues no tenía el menor deseo de recibir la bronca de su hijo, un letrado de renombre.

–Piensa algo –le indicó en voz baja el machadiano Antonio Chispa.

–Algo que no sea escapar –dijo Tilo, al quite.

–El espíritu es libre y usted no puede arrestarlo –replicó Testa.

–Razón no le falta, don Miguel –admitió el agente–; su libertad espiritual, de pensamiento, criterio y palabra es de usted, pero la de acción es otra cosa, amigo mío.

–Si no colisiona con la libertad de los demás…

–No se me ponga estupendo, que lo arresto de verdad –zanjó Tilo.

–Venceréis porque tenéis suficiente fuerza bruta para ello, pero no convenceréis porque…

–A usted, que tanto le gustan los aforismos, le voy a echar uno, hombre, a ver si se entera que vaya a donde vaya no va a ninguna parte.

–Cierto y verdad, pero mientras vamos vivimos –contestó Testa.

–Y mientras vivimos, desvivimos –repuso Tilo.

–El cabrón de Beragamín, estalinista y follador, lo expresó bastante bien.

–¿Cómo?

–Que seas lo que tú seas lo estás dejando de ser –dijo Miguel Testa.

–Pues sí, ciertamente estamos jodidos –reconoció Tilo.

Los dos interlocutores se rieron. Los otros dos viejos obedecían las órdenes de Tilo y permanecían en el lavabo, afeitándose y lavándose los colgajos y los sobacos. Al menos ellos asumían el aserto orteguiano de que uno es uno y su circunstancia. Y la circunstancia les obligaba a circular de regreso a su estancia. Por lo demás, ya el agente les había comentado que si se trataba de gozar con féminas de otras razas tampoco era necesario desplazarse a lejanas latitudes, pues en la capital del borbónico Reino de España podían encontrarlas a gusto y en abundancia a poco que las buscaran en los anuncios de contactos y masajes con final feliz de los periódicos o en los muchos sitios de Internet dedicados a encuentros carnales. “Si quieren durar para gozar, háganme caso y no corran más riesgos innecesarios”. Eso les dijo. Y los tipos obedecieron.

Al final, el unamuniano Miguel Testa, a cuyo apellido cabía añadir las dos sílabas que le faltaban (rudo) para ser exactos, reconoció que se había quedado en minoría y aunque protestó (“¡Mi yo, que me roban mi yo!”), se confesó más demócrata que el mismísimo Pericles y asumió el resultado. Finalmente llegó Leo con un Seat León Sportstourer, el amplio y cómodo automóvil familiar en el que trasladar a Madrid al trío bajo custodia. El fornido agente aseguró a Tilo que se bastaba y sobraba por sí solo para realizar el cometido, de modo que él podía desviarse hacia Valencia y proseguir la operación narco-naranja.

La falta de precaución de Leo al hablar con Tilo llevó a uno de los ancianos, que oía perfectamente, a comentar a sus compañeros que aquellas mandarinas con bicho que les lanzaban desde el barco habían sido la causa de su ruina, es decir, de que los policías les localizaran tan fácilmente. “Sabía que esa droga nos iba a traer problemas”, dijo don Antonio. Los dos agentes se interesaron de inmediato por el asunto y los ancianos no tuvieron mayor problema en reconocer que recuperaron la vitalidad gracias a las cápsulas de cocaína que venían en los puñados de naranjas que les lanzaron con mejor o peor tino desde el carguero Wallenius. En el macuto les quedan dos o tres. Lo abrieron. Las cápsulas de cocaína habían sido introducidas con una máquina que perforaba apenas dos centímetros de piel de la naranja, introducía las grajeas y reponía la corteza. Sobre ella pegaban a continuación una pequeña etiqueta con la marca del producto para disfrazar la incisión. Una obra de ingeniería, una ingeniería de hormigas que, si no estaban equivocados, se realizaba en uno de los grandes contenedores del buque. A saber en cuál.

Se pusieron en marcha.

Tilo conducía su Golf tras el Seat con Leo al volante y los octogenarios abordo. Eran poco más de las diez de la mañana de un jueves nublado y tormentoso, con fuertes chaparrones aquí y allá que obligaban a extremar la atención y reducir la velocidad para no acabar con un trompo en la cuneta. Sonó el inoportuno en el bolsillo de Tilo. Ni caso. Cinco minutos después, el impertinente volvió a emitir la empalagosa musiquilla. La lluvia amainaba y el inspector se dio permiso para contestar.

–Hable –dijo.

–Tilo, soy Oliveras.

–Hola, Oli, perdona que no haya mirado el teléfono; voy conduciendo bajo un nubarrón que nos persigue e insiste en vaciar su buche hídrico sobre nosotros.

–Pues agárrate… Bueno, mejor te lo digo después.

–No, no, ¿qué pasa?

–Pasa que nuestra jueza ha sido ascendida y acaba de tomar posesión como presidenta de la sección segunda de la Sección Segunda del Tribunal Superior de Justicia.

–Pero qué me dices.

–Lo que oyes; está en los papeles y lo he comprobado por el BOE.

–¡Por Júpiter, Oli! Qué hija de… Bueno, se ve que no pudo soportar la presión.

–Todo el mundo tiene un precio –observó Oliveras.

–Qué decepción, tronco.

–Pues sí, aunque con el fiscal comiendo de la mano de quien sabemos no cabía esperar mucho más para que ocurriera esto. Pero en fin, la Justicia es independiente.

–E igual para todos, no lo olvides –repuso Tilo.

–¿Qué vas a hacer ahora?

–Creo que me tomaré unas vacaciones; desde luego no voy a esperar a que el nuevo o la nueva titular decrete el archivo de la investigación.

–Buena idea: me sumo.

Tilo siguió a Leo hasta que paró a repostar. Le participó la novedad y éste descargó su furia de un puñetazo contra una papelera. La abolló. Se repartieron la carga. El unamuniano don Miguel aceptó el puesto de copiloto del inspector, alegando que los alemanes hacían muy buenos coches, no fuera a creer el madero que le agradaba su compañía. “Nos ha jodido, por algo son el taller de Europa”, dijo Tilo restando importancia a la observación del pensador. A partir de ahí, el viejo matemático y el madero hilaron una conversación que les duró hasta Madrid, dejando pendiente de evaluación si el grado de instrumentos (y políticas) comunes de la Unión Europea llegaría algún día a superar la alcanzada cuando Roma era la capital del mundo civilizado, con leyes, dinero, impuestos, infraestructuras y lengua compartida.

En las dependencias policiales, el supercomisario Veguellina había organizado un comité de recepción con familiares de los fugados, jefes superiores, el señor ministro y muchas cámaras de televisión. El hallazgo y rescate de los octogenarios era una acción de mucho mérito policíaco y una noticia de primera. A Tilo le pareció un montaje bochornoso. Esquivó como pudo aquel circo y salió huyendo hacia casa, donde abrazó a Mingus y, ya más tranquilo, le dijo: “Mañana nos vamos de vacaciones”.

*

Pocos días después, Leopoldo Riesgo le informó de que el periodista Cifuentes dejaba de ser testigo protegido a petición propia, pues se despedía del periódico para ganar mucho dinero como jefe de comunicación de una entidad del Ibex-35, el índice bursatil de las mayores y más importantes sociedades anónimas del Reino. La suerte del superhombre coincidió con la decisión del nuevo titular del juzgado de archivar el sumario del caso Yiyi, cuyos presuntos autores materiales no han sido descubiertos hasta el momento, como tampoco han sido molestados los inductores del asesinato.

Había transcurrido más de un año cuando, un día de septiembre, el inspector Tilo Dátil recibió una invitación de su señoría Rosario Sanroque de la Fuente a compartir una botella de Oporto. Esa mujer tiene más morro que un oso hormiguero, se dijo; borró el mensaje de voz y eliminó el número de teléfono de la memoria de su impertinente. A ningún investigador de homicidios le gusta que le recuerden sus Cascabelitos.

FIN

MADRID, ENERO DE 2021

Las resurrecciones de Diagu Bandiera (I)

Una investigación del reportero Tilo Dátil

NOVELA 

Por Luis Dial 

1.–Tupolev

Eran más de las ocho de la mañana cuando Tilo Dátil bajó del autobús y enfiló la avenida que subía hacia el parque grande. Caminó a paso ligero, aunque enseguida la fatiga de los materiales le obligó a ralentizar la marcha. Ya no era joven, sino un veterano de pelo ceniciento al que por ser el más viejo de la empresa le tocaba actualizar la edición del periódico en Internet el día de Navidad. Tendría que estar ya en la oficina cargando noticias, pero con los taxis pasa que no pasan cuando más los necesitas. Claro que tampoco la rabiosa actualidad iba a perder sustancia o calcinarse como las lentejas con chorizo en el fondo de la cazuela. Se acordó del chiste (“–Mamá, que se pegan las lentejas. –¡Déjalas que se maten!”) y se paró a encender el primer cigarrillo del día. El humo del tabaco le provocó una tos de búfalo y le llenó la boca de esa sustancia viscosa con la que elaboraba los proyectiles que lanzaba contra los troncos de los árboles cuando creía que nadie le veía. Craso error: si no te ven, te filman.

–¿Qué tiene usted contra los árboles, tío marrano? –Le increpó una vez una mujer encopetada.

–Pregunte usted al alcalde, señora –le contestó.

El alcalde era un fiscal rijoso y buen mozo al que llamaban Gasradón porque cubrió de granito las calles donde vivían los ricos y dio orden de talar los árboles. Un día le preguntaron: “¿Le molestan?” Claro que no, pero dan mucho trabajo, contestó. Tenía razón el poeta cuando dijo que los árboles son muy raros, se desnudan en invierno y se visten en verano. La recogida de la hoja y la poda eran muy laboriosas y aquel regidor quería reducir la plantilla de barrenderos y jardineros para cumplir la promesa de bajar los impuestos a los ricos y no subirlos a los pobres con el fin de que le siguieran votando. Hasta con los árboles hacían política. En cambio él sólo lanzaba escupitajos.

Con los años de práctica había adquirido tal puntería que se creía infalible: donde ponía el ojo colocaba el lapo. Disparó y falló. Mal asunto, estas perdiendo facultades Tilo. Diez pasos más allá carraspeó como un minero, extrajo la mucosa del fondo de la garganta, disparó al tronco de un plátano y volvió a fallar. Atribuyó el fracaso a la espesa niebla matinal. A la tercera va la vencida. Cargó, aspiró el aire húmedo, tensó los músculos mandibulares y lanzó otro potente gargajo. Pero esta vez culpó del fallo al vibrador del teléfono móvil que tembló en su bolsillo y lo desequilibró. ¿Quién podía ser a esta hora? Empuñó el impertinente.

–Feliz Navidad, coronel. ¿Qué tripa se te ha roto tan temprano?

–Buen día, periodista; ha caído un Tupolev ruso al Mar Negro –le informó el coronel en la reserva Laureano Terricabras. Aquel Terri se enteraba antes que nadie; dormía con la radio puesta, como los comunistas en los tiempos de la clandestinidad.

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El Tupolev ruso en el que pereció la Orquesta y el Coro del Ejército Ruso

–¿Qué más han dicho?

–Que el avión salió del aeropuerto de Sochi y se precipitó al mar, sólo eso.

–Pues mira que suerte, hombre; voy hacia el periódico y esa desgracia me va a resolver la apertura del día.

–¿Echamos partida hoy?

–Espero salir pronto, luego te llamo.

Desde que Newton enunció la ley de la gravedad, los terrícolas se habían empeñado en desafiarla e inundaban los cielos con artefactos voladores. Puesto que además se sorprendían de que uno de cada mil aviones se estrellase contra el suelo, la gravedad siempre eran noticia de interés directamente proporcional al número de pasajeros calcinados y descuartizados.

Apretó el paso. Ahora tenía una razón superior para llegar cuanto antes a la redacción. Ya no eran las consabidas notas policiales sobre las disputas familiares de Nochebuena que terminaban en reyertas con heridos de arma blanca (y negra), las riñas de vecinos, los accidentes y atropellos automovilísticos… Las discrepancias familiares eran tremendas: herencias mal repartidas, cuñadas mal habladas, suegras de lengua viperina, maridos vagos, primos golfos (y primas de riesgo). Conocía por experiencia la cosecha de la noche de paz (y de amor) sin contar la apreciable cantidad de intoxicaciones etílicas que reportaban los servicios sanitarios. Pero ninguno de aquellos sucesos, salvo la cotidiana violencia machista con resultado de muerte, merecía un tratamiento tan destacado como la caída de un avión al mar.

A pesar del frío caminaba con el pescuezo erguido por si vislumbraba entre la niebla el piloto verde de algún taxi libre, lo que no quita para que enviara un mensaje telefónico urgente a la corresponsal en Moscú, alertándola del accidente y solicitándole una crónica. De este modo, se dijo, si el delegado de la redacción capitalina o algún mando de la sede central y condal le criticaba por haberse enterado tarde e ir detrás de los periódicos de la competencia en la publicación de la noticia, podía defenderse con aquella prueba de puntualidad y escudarse en el mal funcionamiento de los servicios de transporte público. Suponía que a tan temprana hora del día de Navidad, el director y sus ayudantes estarían durmiendo, pero no podía fiarse de nadie, y menos del delegado, un tipo desconsiderado y ambicioso al que atribuían el mal gusto de servir de alfombra a los poderosos.

Recordó las veces que pudo morir en accidentes aéreos y pensó que habría sido una forma aceptable de diñarla sin sufrimiento ni dolor. En la primera, el Hércules vibró, tocó el suelo, rebotó, volvió a caer, se transformó en una jaula de grillos empujada por un enjambre de avispas y al final ni se estrelló ni estalló. Se recreó en el recuerdo del percance. Habían embarcado a las cinco de la mañana de aquel día de Navidad en un Airbús del ejército del aire dedicado al transporte de altas autoridades. Les dieron de desayunar en el avión. Un pelota ministerial colocó panderetas de plástico en los asientos por si querían cantar (y tocar) villancicos con el señor ministro y los jefes militares que les llevaban de excursión. De eso ni hablar. Dos horas y media después aterrizaron en el aeropuerto de Dubrovnik, en la costa de Dalmacia. Sin pasar por la aduana ni saludar a los guardias croatas, gente aria y mal encarada, caminaron hacia el Hércules que les esperaba en la pista de rodadura para llevarles a Móstar, en Bosnia-Herzegovina.

En esta zona de Europa, genéricamente conocida como los Balcanes, se helaban las palabras y habían ladrado las armas. En Sarajevo empezaron, como quien dice, los males del siglo XX con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria. Lo mató un tipo de la Mano Negra serbia que se llamaba Gavrilo y no pensaba matarlo siquiera. Pero estaba tomando un café a las once de la mañana cuando vio el coche descapotable con el heredero austrohúngaro y su esposa Sofía Chotek, una bailarina de tibia aristocracia, y puesto que el chófer parecía más perdido que la agencia europea del medicamento en Barcelona, Gavrilo sacó el arma y les descerrajó dos tiros. Tras el atentado, aquel atontado se tiró al río sin saber nadar y se ahogó. Lógico.

También el archiduque era bastante atontado: para ir más elegante que un Beckham de aquel tiempo ordenaba que le cosieran las pecheras de las camisas y las chaquetas una vez puestas. Se ve que le fastidiaban las arrugas o, como diría el maestro Malalata, sufría arrugancia y no toleraba esos pliegues que se forman entre los botones abrochados. Encapsulado se desangró. Su esposa también murió. El resto fue coser y llorar: coserse a balazos y cantar misereres por los muertos, pues unos políticos ambiciosos y nefastos a partes iguales condujeron a las naciones a un matadero formidable en el que fueron sacrificadas como rebaños de ovejas modorras. La sangre, el odio y la sarna produjeron más sangre, más odio y más sarna, con un balance estimado por los estudiosos de ochenta y tres millones de muertos con las mejores y peores armas imaginables.

Con todo, aquellos necios nacionalistas balcánicos (no confundir con estos balcónicos de hogaño que cuelgan banderas en ventanas y balcones) se habían propuesto despedir a lo grande el siglo del átomo. Nadie escarmienta en cabeza ajena ni los balcánicos en la propia. Era como si la maldita mezcla de fanatismo patrio y opio religioso les provocara un ansia incontenible de matarse unos a otros. Y ahí andaban los serbios contra los bosnios, los croatas contra los serbios, los serbio-croatas contra los bosniacos, los kosovares contra los serbios, los cristianos contra los musulmanes, los judíos contra los mahometanos y los cristianos, los musulmanes contra los agnósticos, los cristianos y los judíos… Andaban cosiéndose a balazos y cañonazos desde finales del último y único año capicúa (1991) del siglo XX. Di tu que ahora eso que llaman comunidad internacional sólo les permitió matarse dos o tres años, tiempo más que suficiente para trazar fronteras, separarse unos de otros y disolver a trozos la antigua Yugoslavia, aquella federación de pueblos, regiones y religiones que organizó el mariscal Josip Broz, Tito, un tipo que no quería saber nada del bloque soviético y fundó el movimiento de los No Alineados.

Para evitar que la sangre insistiera en expresarse, la ONU envió unos cascos azules insuficientes e incapaces de poner paz y orden en aquel tablero de carniceros voraces, en vista de lo cual, los países europeos, en principio complacientes con la ambición alemana, pegaron un puñetazo encima de la mesa de la OTAN, en la que mandaban los estadounidenses, y enviaron tropas de interposición a parar la masacre. España puso quinientos soldados sobre el terreno. Una veintena murieron en emboscadas, atentados y accidentes. Ya llevan ahí más de una década para evitar que los necios volvieran a las andadas. El jefe del gobierno les felicitaba la Noche Buena por videoconferencia. Lo hacía cada año para quedar bien y salir por televisión. Pero se merecían más y por eso el ministro de Defensa y los mandos militares viajan en persona a felicitarles las Pascuas, reconocer su labor y almorzar con ellos el día de Navidad.

Por tan festiva razón, él y otros colegas viajaban empotrados en el séquito de autoridades ministeriales y mandos militares. Subieron al Hércules. Como veterano, conocía por experiencia estos aviones militares, de modo que eligió el último asiento de una de las cuatro filas tendidas con tubos y cintas desde la cabina hasta la cola del aparato. Allí podía acomodarse sobre los bultos y las maletas sujetas con redes y cintas a la rampa de carga del aparato y dormir y fumar y tirarse pedos sin molestar a nadie. Además, este emplazamiento le permitía viajar de pie, mirando por la ventanilla de alguna de las dos portañuelas laterales de la aeronave.

En aquella ocasión el trayecto era corto, de apenas media hora. El avión despegó y se elevó sobre la cordillera montañosa. Atravesó la densa capa de nubes grises y emergió a un cielo limpio y azul. El vuelo era tranquilo. Los novatos se hacían fotos y contaban chistes. Encendió un cigarrillo y se quedó de pie mirando por la ventanilla. Los cúmulos grises ocultaban el suelo. Al cabo de veinte minutos, el avión comenzó a descender, señal de que estaban llegado a su destino. El aeródromo de Móstar se hallaba en la falda de la montaña, al oeste del río Neretva. Su pista era muy corta, sólo apta para avionetas y aparatos de hélice. Recordó que en tiempos de guerra, doce años antes de aquel viaje navideño, la carretera que unía el aeródromo con la ciudad se hallaba bordeada de largas hileras de palos y cruces de madera. Impresionaba el uso de las cunetas como tumbas improvisadas. Allí los bosnio-croatas se aliaron con los bosnios musulmanes o bosniacos en los combates contra los serbios. Les dieron una buena paliza.

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Móstar destruida por la guerra.

Pero enseguida los bosnio-croatas se revolvieron contra los mahometanos de la Armilla, bombardearon sus mezquitas, volaron el puente Stari Most sobre el caudaloso Neretva, que era una joya de la arquitectura medieval de los otomanos en Europa y la única vía de paso de personas y carruajes entre las dos partes de la ciudad, y convirtieron la zona musulmana en una ratonera, con los vecinos aislados por todas partes. Un director teatral convertido en general, que respondía al nombre de Slobodan Praljak (casi todos los carniceros tenían nombre de lobo), dinamitó el puente y dirigió el asedio y la limpieza étnica. El objetivo de aquellos carniceros era exterminar a todos los musulmanes. Les bombardeaban y disparaban desde la montaña y desde el otro lado del río. El casco histórico de Móstar sufrió el cerco durante meses y quedó reducido a cascotes y convertido en un barrio dormitorio: sus pequeños parques se llenaron de tumbas, excavadas de noche a toda prisa.

Allí fue donde conocí –recordaba– a los niños locos. Salieron de entre las ruinas del gran hotel pegado al río y me rodearon pidiendo caramelos, galletas o algo de comida. Eran cinco o seis chavales de entre ocho y doce años, a cual más nervioso y asustadizo.

–¿Quién os ha enseñado esas palabras en español?

–Los amigos picoletos –contestaron.

Habían perdido a sus padres, madres, hermanos. Alguna abuela se ocupaba de ellos. Los francotiradores bosnio-croatas apostados en la montaña disparaban a la gente en cuanto se asomaba a la puerta de su casa. El exterminio incluía sacas, saqueos, violaciones, ejecuciones. Praljak y otros carniceros neonazis se proponían crear en Bosnia un estado limpio de «basura musulmana». Y en verdad mataron mucho. Los escrutinios posteriores cifraron en mil veintitrés el número de personas asesinadas en aquel barrio histórico que decía Alá en vez de Dios todopoderoso. Eso sin contar el número de heridos (más de seis mil) y de mujeres violadas. Más gloriosa aún fue la gesta del secuaz de Praljak, Ratko Mladic, quien, al frente de las tropas serbio-bosnias, encabezó el genocidio de ocho mil musulmanes en Srebrenica.

Se comprenderá la curiosidad del reportero en darse una vuelta por allí y ver cómo seguían las cosas. La pasarela tendida por los militares españoles y el puente provisional sobre el Neretva iban a ser sustituidos por uno de pilastras que estaban construyendo los ingleses con donativos de la reina madre, decían. Los largos cementerios de las cunetas iban desapareciendo para dignificar a los muertos, según tenía entendido. Los niños locos… ¿Qué habrá sido de ellos?

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El Hércules se salió de la pista en Mostar y al final no se estrelló

El Hércules inclinó el morro, picó a fondo. Iban a tomar tierra y, como en el chiste del sevillano, a punto estuvieron de “jartarse”, pues por alguna razón relacionada con la poca visibilidad o con algún fallo de la relojería del avión, los pilotos se comieron más de la mitad de la corta pista de aterrizaje. Sin despegar la nariz de la ventanilla, Tilo amortiguó el rebote de las ruedas contra el suelo y vio pasar fugazmente la tierra ocre de pan llevar y los árboles raquíticos y los postes del tendido eléctrico como si fueran sombras fugaces. Entre los temblores y los chirridos de las bisagras de aquel bólido oyó los agudos gritos de pánico de los pasajeros. El avión se había salido de su cauce y seguía a toda mecha campo a través. Clavó los ojos en el rostro pálido como la tiza del sobrecargo, un militar que apretaba la espalda contra la chapa de la portañuela de enfrente y se aferraba con los brazos a las barras de acero pulido de los pasamanos. Su tez y su mirada de pánico le hicieron consciente de que el artefacto se iba a estrellar y estallar como una bola de fuego. Sin embargo no se estrelló ni ardió. Los únicos perjudicados fueron los pilotos, que quedaron arrestados en nombre del rey, a quien el ministro de Defensa llamó de inmediato por teléfono para contarle el suceso antes de que se enterara por los periodistas.

Podía haber muerto, se decía recordando el sucedido. Pero el cielo o la suerte no quisieron. Del cielo caía agua-nieve, lo que fue una suerte para el señor ministro y los altos mandos militares, pues abandonaron enseguida el avión y se pusieron a mirar hacia arriba con la boca abierta como dando gracias al Altísimo. Con ello obtuvieron un trago de líquido elemento que les permitió superar el susto y evitó que pasaran revista a las tropas con la palidez de los ahogados.

2.–Vasilisa

Pasaban pocos coches y ningún taxi. Se recompuso y aspiró con todas sus fuerzas los líquidos de la nariz, elaboró un escupitajo aceptable, disparó y acertó de lleno en la cara del Papa Noel pintado en una caja de cartón que coronaba unos contenedores atestados de residuos domésticos y envoltorios de regalos del festejo natal del pobre niño Jesús.

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Helicóptero ruso conocido como Vasilisa.

A cierta edad conviene ir reduciendo las dosis de casi todo, se dijo por enésima vez al sufrir un ataque de tos más violento que un jabalí. Se paró y se dobló por la cintura para controlar los esfínteres. O acabas con el vicio o el vicio acaba contigo, se repitió, arrojando contra el asfalto el segundo cigarrillo recién encendido.

Dos minutos después volvió a vibrar el inoportuno en su bolsillo. Temió lo peor, pero se tranquilizó al comprobar que no era el delegado ni ningún otro jefazo, sino el coronel Terri.

–¿Qué pasa, Laureano?

–¿Has visto los que iban en el Tupolev?

–Ni idea; todavía no he llegado a la redacción.

–Pues iba la Orquesta y el Coro del Ejército Ruso –le informó.

–¡¿Qué…?!

–Lo que oyes.

–Pobre gente… ¿Qué más han dicho?

–Poco más, que el avión despegó de Sochi y enseguida cayó al mar. Parece que no hay supervivientes y que han perecido las noventa y dos personas personas que iban a bordo, o sea que la legendaria Orquesta y Coro del Ejército Rojo ha terminado su actuación en el fondo del mar.

–De rojo no le quedaba ni el nombre.

–Correcto; se llamaba orquesta y coro Alexandrov –puntualizó Terri–. Iban a alegrar la Navidad a los militares enviados por Putin a Siria y mira donde han acabado.

–¿Crees que ha sido un atentado?

–No tengo datos, pero no lo descarto –dijo el coronel.

–Utiliza tus contactos –le pidió Tilo.

–Serviría de poco; es muy temprano y Sochi está lejos de Moscú. Por cierto, ¿cómo llevas lo mío?

–Está en el horno, listo para servir –respondió Tilo.

–¿Lo has rematado bien? –Se interesó el coronel.

–Con trilita –dijo el periodista–, sin quitar una coma ni economizar un gramo del material explosivo. Será un escándalo catedralicio.

–Eso espero, periodista.

–Después te llamo.

El veterano reportero había columbrado la cuesta y caminaba ahora por la larga avenida frente a la verja de lanzas con la punta dorada que rodeaban el parque grande. Iba todo lo deprisa que podía, pero aún le faltaban dos kilómetros para llegar al edificio de la casa editorial en cuya segunda planta se hallaba la delegación del periódico y la mesa que ocupaba, con la pantalla del ordenador y una barricada de papeles encima. Él le llamaba “el precipicio”.

–¿Por qué le llamas así? –Le preguntó una vez Lola.

–Porque estoy rodeado de bordes.

Borde significaba gente antipática en la jerga del momento. Ojalá solo fuera eso, porque aquellos colegas de ambos géneros acumulaban otras cualidades innatas y adquiridas como el egoísmo, el histrionismo, la envidia, la felonía, el cinismo… Si El Hércules se hubiera comportado como los grillos y el aterrado sobrecargo temían, ahora estaría tan agustín criando malvas, sin tener que hacer guardia un año más el día de Navidad. Se acordó del chiste (“–¿Está Agustín? –¿Cómo no va a estar agustín si está en la cama?”). No tenía ninguna gracia, el chiste, pero se rió para sí pensando que este iba a ser su último turno de guardia en fecha tan señalada para la cristiandad, pues el año que viene se jubilaba. Se acabó, se dijo antes de recordar que tampoco la jodida Vasilisa cumplió el pronóstico del gafe de turno. Era la segunda oportunidad de morir por la ley de la gravedad, pero la pericia del piloto paquistaní la frustró.

Ya estaban sentados en el helicóptero Mi-8 de los servicios sanitarios de la Media Luna Roja para sobrevolar la zona del desastre. El Mi-8 era un aparato resistente y fiable, fabricado los rusos. Un poco rústico parecía porque llevaba el suelo de tabla y lucía grandes cuchilladas en los respaldos de los asientos. Los colegas enseguida se dedicaron a arrancar trocitos de esponja, empaparlos con saliva, hacer bolitas y lanzarlas unos a otros. Un indio flaco con ojeras subió a bordo, cerró la puerta, se colocó a los mandos del aparato y activó el rotor. La Vasilisa tembló de ganas de salir volando. En ese instante, un colega del ente público de radio-televisión se desabrochó el cinturón de seguridad, dio unos pasos hacia la puerta, la abrió y se bajó. Le vieron correr hacia la terminal del aeropuerto de Islamabad cuando el molinillo echó a volar rumbo a las montañas de Cachemira, donde la pobre gente pobre (casi todos lo eran en aquel país) había sufrido los efectos de un fuerte terremoto.

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Campamento sanitario en Cachemira.

Allí fue donde le quisieron vender, recordaba, a Paka, una niña de nueve años cuya familia había desaparecido en un poblado engullido por la montaña. Ella se salvó porque estaba lejos, apacentando unas cabras. Él la habría comprado si una colega experta en adopciones no le hubiera conminado: “No lo hagas”. Y a continuación le informó de las complicaciones burocráticas para llevarla consigo. Ante la posibilidad de que se la quitaran en la aduana, dio el puñado de rupias a la mujer que vendía a la nena y le impuso la condición de que se ocupara de ella, con la promesa de remitirle una cantidad de dinero cada mes hasta que cumpliera dieciocho años y se hiciera moza. La vendedora cumplió su palabra. Paka creció, estudió enfermería y se hizo una mujer. Le escribía todos los años en Navidad.

Aquello ocurrió después de sobrevolar la zona y ver los daños del terremoto: las casas de los campesinos caídas por los suelos; las carreteras, caminos y senderos borrados de la faz del suelo; los ríos y arroyos desviados de sus cauces. De algunos pueblos enterrados por el derrumbe de aquellos montes terrosos quedaba algún vestigio, alguna casa orillada y maltrecha. De otros poblados con mejor suerte se apreciaban las casas derribadas y los escombros empujados hacia el valle.

Las consecuencias del terremoto encogían el alma. No podían hacer nada, salvo calcular la cifra de muertos y desaparecidos a partir de los datos censales de la población preexistente e informar al mundo de la destrucción y el daño de los temblores del suelo en aquella latitud torturada del planeta.

Los supervivientes que podían caminar iban bajando hacia los valles con sus heridos, sus viejos y sus niños al hombro. Algunos llevaban los animalillos que no habían quedado enterrados vivos. Pronto formarían campamentos, se lamerían las heridas y retomarían la lucha por la vida en aquella latitud fría y hostil, aunque muy fértil, del sudoeste de la cordillera de los Himalayas, conocida como el techo del mundo.

El piloto acertó a aterrizar en una terraza cercana al lugar que estaba siendo acondicionado por unos militares ibéricos para acoger a los desplazados. Permanecieron varias horas con ellos. Los soldados tendían tuberías para proporcionar agua potable a los supervivientes, construían casas de madera como refugio y escuela de los niños, asentaban contenedores e instalaban carpas de lona como viviendas provisionales para los supervivientes.

También perforaban pozos para que la muchedumbre de desgraciados no dispersaran sus excrementos corporales y el cólera no se añadiera a la desgracia. Provistos de tractores, volquetes, excavadoras y otras máquinas, aquellas cuadrillas de jóvenes militares del ejército patrio se esforzaban en despejar los escombros de las carreteras, restaurar los caminos y reabrir los senderos. Tendían puentes provisionales e improvisaban pasarelas sobre los arroyos y las simas del terreno.

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Valle de Cachemira con refugios improvisados tras el terremoto.

La tropa de mujeres y hombres de los regimientos de castramentación allí desplazados para mitigar el sufrimiento trabajaban sin descanso y sin apoyo. Los aliados occidentales se habían comprometido a prestarles apoyo logístico, pero a la hora de lo cierto no se llamaban Alemania, Francia, Reino Unido ni Estados Unidos, sino Andanas. El bienintencionado gobierno español ejercía de Quijote, adoptando una de las pocas decisiones que valía la pena tomar: ayudar a los más necesitados. Cierto es que la razón subyacente del envío de tropas, material y maquinaria en un buque atracado en Karachi guardaba relación con el deseo de los mandatarios estadounidenses de tener contento al general Musharraf, un hombre astuto a quien la democracia le parecía una mierda y por eso empuñó el poder civil mediante un golpe militar incruento, pues casi nadie se opuso a la presencia de los soldados en la calle.Puesto que los deseos de los estadounidenses eran órdenes para el gobierno español, lastrado por sucesivos mandatarios genuflexos, y a la Administración Estadounidense le convenía ayudar a aquel Musharraf para que facilitara sus operaciones de guerra contra los talibanes y los combatientes de Al Qaeda en Afganistán, he allí a los soldados hispanos echando el bocio por la boca, trabajando a toda máquina para atemperar el daño.

Chafardearon con los militares en aquellas latitudes, visitaron dos hospitales de campaña improvisados, obtuvieron conmovedores testimonios de varios supervivientes, recogieron las peticiones de ayuda (alimentos y medicinas) de las mujeres y los niños que conseguían llegar al campo de desplazados. Al regresar a Islamabad, la Vasilisa perdió su nombre para llamarse Saltamontes por mor de un golpe de viento que a punto estuvo de arrojarla de cabeza a un pantano. Di tu que el piloto era experto en vendavales y dribló a Eolo saltando dos o tres veces sobre la superficie de aquel embalse de suministro del líquido elemento a la urbe de Rawalpindi.

–¿Qué te ha pasado, tronco? –Se interesó por el colega del ente, que les esperaba en el aeropuerto y mendigó algunos datos y testimonios para salvar la jornada.

–¡Joder, chico! De de pronto lo vi todo negro, como si fuera un aviso que el Super Puma se iba a estrellar.

–¿Un ataque de pánico?

–Eso mismo pienso yo; nunca me había ocurrido nada igual –dijo.

–Podías haber avisado.

–No quise asustaros –adujo.

A raíz de aquel episodio, los colegas le motejaron Super Puma cagón. Cierto es que el mote le duró poco, pues tuvo la suerte de los ceporros burócratas y se benefició de un razonamiento gubernamental, cuando el gobierno todavía razonaba, según el cual salía a cuenta para las arcas públicas pagar el sueldo a los empleados del ente público de más de cincuenta años de edad sin obligarlos a trabajar que mantener sus puestos de trabajo, con los consiguientes gastos añadidos. La decisión benefició aquel cenizo y a otros dos mil agraciados. Cobraban del común sin prestar ningún servicio ni realizar más esfuerzo que murmurar y maldecir al gobierno.

3.–Buque

El inoportuno emitió un aviso de mensaje recibido. Ni caso. No eran horas de jugar a los principios con Lafun. Además, hacía demasiado frío para sacar la mano del bolsillo de la cazadora. Oyó el pitido de otro mensaje. Lo mismo. Hasta los mirlos del parque volaban corto, ateridos entre la gélida niebla. Las farolas seguían encendidas. Lógico. El día de Navidad casi nadie madruga, y menos los empleados municipales, a los que importa un rábano el dinero del común.

En lo que llevaba de trayecto sólo se había cruzado con un gato y una anciana renqueante que iba golpeando el suelo con el bastón. Se acordó del chiste: (“–Doctor, me duele mucho esta pierna. –Eso es por la edad. –Pues esta tiene los mismos años y no me duele”).

Otro mensaje de móvil. En cuanto abren el ojo, esos capullos de los partidos políticos se dedican a loquear al personal con mensajes, convocatorias y opiniones varias sobre lo divino, lo humano y lo diabólico. El caso es ocupar espacio, dar signos de existencia, ladrar, dar la murga a los demás.

Entre la niebla distinguió la silueta oscura de un madrugador encapuchado. A medida que avanzaba hacia él descubrió que era Gamero. Al cruzarse le saludó con un ostensible movimiento de cabeza abajo y arriba. Ese Gamero no oía un carajo y tanto daba darle los buenos días como preguntarle si iba a pescar. El viejo actor movió su bigote y le lanzó un gruñido. No era menester preguntarle qué hacía por el barrio tan temprano, pues en contraste con otros jubilados que madrugan para estar más tiempo sin hacer nada, Gamero lo hacía por fidelidad a su lema: “Como fuera de casa no se está en ninguna parte”. Deambulaba por las tabernas de la zona, se le veía sentado en los bancos del parque, ojeando los culos recauchutados de las señoritas y simulando leer un periódico deportivo. Era gesticulante, rojo y cáustico. “Pilarín, ponte bragas”, dicen que le recomendó a una insigne directora de cine. “Las llevo puestas”, respondió ella. “No me mientas, que te ha caído caspa en los zapatos”, observó Gamero.

El impertinente volvió a la carga con sus temblores:

–¿Qué pasa ahora coronel?

–Escucha.

Por el auricular oyó el canto de La Dolores (de Calatayud), aquella jota aragonesa interpretada por la Orquesta y el Coro del Ejército Ruso. Fue el disco más vendido en Rusia el año pasado.

–¿Sabes lo que más me jode, periodista?

–Dímelo tu.

–Que los causantes de esa desgracia se van a ir de rositas.

–¿Te refieres al puto Putin y al criminal Al-Ásad?

–Correcto.

–Estas cosas ocurren cuando los cerdos se suben a los árboles, dijo un amigo italiano, con perdón del noble animal, ya bastante vituperado por Orwell. Pero, tranquilo, Terri, cada cerdo tiene su san Martín.

–Esos hijos de la gran matraca se van de rositas –repitió–; ya me contarás quién puede atreverse a abrir una causa penal contra ellos si hasta el necio de Trump se declara amigante del jerarca ruso.

–¿Ami…qué?

–Amigante, amigo mangante, según la acepción…

–De Malalata –intercaló el fatigado reportero soltando vapor por la boca.

–No, del filosofo Emilio Lledó –aclaró el coronel–. Me gustaría ver a esos malditos canallas despernancados, reventados en el fondo del mar.

–Todo llegará.

–Oye, Tilo, que estoy pensando que la mejor fecha para soltar el chupinazo sería un poco antes de la Pascua Militar.

–Coincido contigo; el día antes podríamos soltar el zambombazo. Le haríamos un favor a don Tancredo y se convertiría en el imán de la fiesta palatina. Enviaré el texto al director. Espero que no se amilane.

–¿Te pasas luego por la Tabernilla?

–Te daré la revancha, no te preocupes. No creo que a la aeromoza le adelanten el vuelo.

–¿Por dónde anda?

–En San Juan de Puerto Rico. En principio llegará sobre las seis de la mañana.

El interés de Terri por la publicación del reportaje le pareció comprensible. Cualquier persona encapsulada y en peligro de muerte desea librarse de la restricción de movimientos y quitarse la acechanza de encima. Lógico. Desvivir escondido, vigilando tu propia sombra a cada paso, provoca claustrofobia y mala leche. Di tu que ahora, si se cumplían las previsiones, el enemigo tenía las horas contadas. El periodista lo sabía. En un lapicero electrónico que llevaba en la mochila guardaba el borrador del informe de la autopsia. Otra cosa era que la pudiera publicar horas antes de que el enemigo la diñara oficialmente.

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El buque Galicia, enviado a Iraq.

Recordó la noche que conoció a Terri. Un un tipo en calzón corto hacía flexiones en la cubierta del barco. Respiraba como un toro. Él se mantuvo a distancia para evitar molestarle con el humo del tabaco. Era noche cerrada. Después de la escalada de los mercurios hasta los cuarenta grados, aquella brisa marina que olía a coles podridas le mantenía allí quieto, clavado ante las barandillas de proa. Arrojó la colilla con interés de verla caer y apagarse en el agua, pero la luz de la brasa desapareció enseguida en la oscuridad. El buque debía de tener más de veinte metros de altura sobre la superficie del mar. Sin vigilancia fluvial le pareció un objetivo macanudo para la resistencia armada. Minar y hundir aquel artefacto de hierro con sus quinientos militares abordo podía ser una gesta memorable para los fedayines del pueblo.

En esas percibió un fuerte olor a chotuno: el tipo que hacía flexiones se encumbró de un salto a la plataforma férrea, se enganchó a la barra superior y prosiguió haciendo ejercicios de elevación y descenso de su peso corporal a un metro de él. Le saludó: “Buenas noches”. Era un joven correcto. Intercambiaron referencias profesionales (era comandante jurídico) y lugares de procedencia antes de darse los nombres.

–Yo tengo dos, el oficial es Diagu Bandiera –dijo el gimnasta.

–¿Y el de pila?

–Laureano, como mi abuelo. Terri por parte de padre y Cabras por parte de madre –le informó con la generosidad propia de las zonas de riesgo.

–¿Cómo prefiere que le llame?

–Llámame Diagu, que es Diego en árabe. Bandiera es Bandera.

Era evidente que un tipo con dos albardas solo podía ser espía, aunque ellos prefieren denominarse “agentes de inteligencia”.

–Quizá me podía aclarar una duda –dijo Tilo.

–¿De qué se trata? –Se interesó el espía, dejando caer su esqueleto.

–Según los datos que nos ha dado el coronel jefe de la misión hay veinte militares sin cometido definido.

–Eso es imposible, amigo Tilo –dijo Diagu elevando a pulso su sudoroso cuerpo en calzón corto y pecho desnudo, de casi dos metros de alto.

–Pues una de dos: o han desertado o tengo una laguna.

Repasaron los datos y el comandante detectó enseguida la omisión del mando de la expedición “humanitaria”. Los veinte efectivos que faltaban habían sido desplazados a un lugar del desierto que llamaban Camp Bucca. Eso le dijo.

–¿Por qué nos habrán ocultado ese dato?

–Tampoco van a divulgar que estamos aquí para limpiar el culo a los estadounidenses. Todo esto es una mierda, un montaje de mierda de unos petroleros y unos políticos de baja estofa, ¿no sé si me entiendes?

–Claro que te entiendo, Diagu.

La mayoría de los militares evitaban a los periodistas, cumplían la prohibición de hablar con ellos y cuando lo hacía era para aplicarles la política del champiñón, que consistía en mantenerles a oscuras y darles mierda. De ahí su sorpresa al escuchar las expresiones críticas de aquel comandante hacia una guerra de ocupación planeada en West Point, decidida en Washington y lanzada en las Azores por un trío de gobernantes dañinos a los que se refirió con los motes de Etílicus de Texas, Vulpis de Londres y Halconcete Ibérico. ¡Por Júpiter si había tenido suerte! Aquel Diagu, o sea, el comandante Terri, hablaba claro, sabía más de Iraq que cualquiera de los expedicionarios, llevaba más de dos años destacado en Bagdad y conocía las relaciones bajo cuerda del gobierno del Halconcete Ibérico con el régimen del recién depuesto Sadam Husein.

Pegaron la hebra sobre la ocupación, un paseo militar a sangre y fuego de las poderosas divisiones estadounidenses, apoyadas por varias brigadas británicas, la lucha de un tigre contra un burro amaneado.

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El campo de presos Camp Bucca, ya convertido en cárcel años después de la invasión de Iraq.

Hay personas con las que conectas a la primera, bien porque inspiran confianza, transmiten seguridad o sencillamente te caen bien sin saber por qué. Aquel narizotas era una de ellas. Su primer favor informativo fue la existencia de aquel lugar llamado Camp Bucca. Le indicó groso modo donde estaba.

–¿Podremos llegar en moto?

–No lo sé, no he ido allí.

–¿Pero tu misión es el reconocimiento del terreno antes de que lleguen los demás?

–De ese terreno, no; ya había sido reconocido por los estadounidenses, pero si vas, te agradeceré que me cuentes lo que veas. Yo me vuelvo mañana a Bagdad. Toma nota de mi teléfono. Puedes llamarme si necesitas algo.

Un buen tipo aquel Diagu, se dijo mientras le veía desaparecer tras una puerta metálica tenuamente iluminada por una luz amarillenta bajo el puente de mando. Encendió un cigarrillo. El desfase horario entre aquel lugar que le parecía la almorrana del culo del mundo por más que algún colega lo comparase con la desembocadura del Guadalquivir, y la Península Ibérica, le mantenía en vela. Hasta su reloj biológico rechazaba aquella invasión a mano armada. Realizó una composición de lugar, se movió por la cubierta, se asomó al muelle, miró a los centinelas junto a la pasarela, vio la moto apoyada en el muro de una factoría desvencijada y se metió en la panza del barco con la intención de informar a Guzmán Cifuentes (Guci) de su plan y dormir unas horas.

4.–Lavadora

Siguió caminando y recordando. Era como si la niebla le despertara la memoria. Había cruzado la frontera de Iraq cuarenta y ocho horas después de que las tropas de la coalición anglo-estadounidense tomaran Bagdad sin hallar la feroz resistencia armada que pronosticaban los expertos de las grandes televisoras encargadas de añadir morbo y suspense a la ocupación militar del país petrolero. Los carros de combate y las orugas artilladas de la coalición entraron en la capital con mucha pena y sin ninguna gloria. Esperaban un recibimiento alegre y triunfal, y encontraron silencio y desprecio. Ni multitudes con banderitas ni gozo ni chicas ni alcohol. Daban miedo.

Dos carros de combate estadounidenses entrando en Bagdad.

Acompañado del intrépido Guci, un tipo nervioso y pequeño, de unos treinta años, el pelo rubio encrespado, siempre con la cámara al hombro, Tilo viajó gratis total hasta Kuwait en un Hércules de la fuerza aérea española, con el compromiso, eso sí, de dedicar un reportaje a los cometidos de la expedición humanitaria enviada en son de paz por el Halconcete Ibérico, también llamado el señor Calzas, en aquel buque militar al único puerto de Irak, en el extremo sur del país, a un tiro de piedra de un poblachón pacífico y destartalado que llamaban Um Qsar. El Halconcete era sagaz. Respondía a las manifestaciones masivas de los ciudadanos en contra de aquella guerra de ocupación militar ilegal, criminal e inmoral (“sangre por petróleo”) enviado aquel barco con agua, víveres y personal sanitario para desmentir su crueldad. La propaganda costaba mucho dinero, pero la pagaba el pueblo sobre el que meaban sin sentir pudor.

Tilo y Guci aterrizaron al amanecer en el aeropuerto del emirato, convertido en un enjambre de abejorros metálicos. Los Galaxi, B-52 y otros monstruos voladores de color ciénaga ocupaban las pistas de rodadura. Sobre una gran explanada que se adentraba en el desierto se alineaban los carros de combate como sapos campaneros, las orugas rodantes con cañones, morteros mortales, lanzaderas de misiles, cisternas de combustible. Había largos camiones que llamaban trailers, cargados con grandes rollos de alambre y voluminosas contenedores metálicos de municiones. Toda la ferretería de la guerra estaba en marcha. El Séptimo de Caballería llegaba a reforzar o relevar, según los casos, a la Sexta División estadounidense. El espectáculo resultaba impresionante.

Guci saltó de la rampa del Hércules y empezó a filmar. Lógico. Era su trabajo. Tomó varias panorámicas en círculo. Los morros de los superbombarderos o fortalezas volantes, los helicópteros Apache, las hileras de pertrechos y carros de combate que se prolongaban más allá de donde la vista alcanzaba. Tilo agarró las mochilas. Se estaba despidiendo de los aviadores, dos jóvenes oficiales muy amables, cuando llamaron su atención los berridos y ejercicios gimnásticos de unos marines que salían de un improvisado corral de sacos terreros, cubierto con una lona de camuflaje y situado a veinte o treinta metros de donde había quedado estacionado el avión. Se fijó en un marine que se alejaba en silencio y desaparecía en la oscura boca de un hangar cercano del que, instantes después, salieron corriendo cuatro militares armados con ametralladoras. Entonces gritó: “¡Guci, esos cabrones vienen a por ti!”

Los marines vociferaron algo en su idioma. Dos avanzaron hacia Guci y le arrebataron la cámara. Los otros dos, rodilla en tierra, le apuntaban con sus M16. El reportero les hizo saber que era amigo y que no estaba filmando, sino “midiendo la luz”. Pero aquellos tipos no estaban configurados para razonar, sino para matar o, en el mejor de los casos, agarrar prisioneros. Le llevaron hacia el hangar. Tilo les siguió. En aquel lugar se acumulaban torres de palieres con millones de botellas de agua. Les identificaron y obligaron a esperar hasta que, al cabo de una hora, un superior examinó la cámara y comprobó que no contenía imágenes de la impresionante maquinaria bélica. Resulta que todo aquel material bélico se hallaba clasificado de “alto secreto militar”. No se podía filmar. Lo evidente y descomunal no se podía ocultar, pero era secreto. El militar que examinó la cámara tenía aire goebeliano, pero tras constatar la falta de imágenes les permitió abandonar el lugar e incluso, con el debido permiso, aprovisionarse de algunas botellas de agua que rodaban por el suelo.

Dejaron atrás los sonidos metálicos, el zumbido de los motores, las sucias nubes de anhídrido carbónico de los tubos de escape, el olor a aceite pesado y los gritos de los soldados corriendo de un lado a otro. Salieron del aeropuerto. Entonces Guci se puso estupendo.

–Gracias Tilo, si no es por ti, esos cabrones me quitan la cámara y me detienen.

–¿Tu crees que el Lobo se comió a Caperucita?

–No te entiendo, te estoy dando las gracias y me saltas con Caperucita.

–¿Se la comió o no?

–Joer, en el cuento sí, pero es mentira, por eso es un cuento.

–Ni siquiera Perrot se creyó el disparate de que el lobo se zampara a Caperucita, pero el cuento existe y a partir de ahora hemos de creerlo y procurar esquivar al lobo.

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Cartel en Bagdad sobre el asesinato del reportero José Couso,

Estuvieron de acuerdo en la conveniencia de andar ojo avizor con aquellos tipos, los estadounidenses, y coincidieron en que se habían librado de casualidad de sus malas mañas, ya que unas horas antes habían matado al compañero José Couso y al colega ucraniano Taras Protsyuka cuando filmaban la llegada de los tanques al centro de Bagdad desde la terraza del undécimo piso del hotel Palestina, donde se hallaba la prensa internacional. Unos belicosos marines, dopados con valorina o como se llamara la mierda que les inyectaban para descerebrarlos, apuntaron por la mirilla telescópica del carro y les lanzaron dos pepinazos. Tenían orden de disparar a todo lo que se moviese y no querían testigos de sus fechorías.

En aquellas circunstancias, Tilo y Guci temieron ser acusados de meter la nariz en las armas de destrucción masiva de los invasores y quedar encerrados para contrarrestar la protesta oficial de las autoridades españolas por el asesinato del reportero. Cierto es que su temor resultó infundado porque las autoridades del Reino de España se comportaron como amigas y aliadas y ni siquiera protestaron. La carne de periodista ya andaba devaluada y se depreciaría mucho más todavía.

En Kuwait tomaron un autobús hacia la borrosa frontera con Iraq. Más que autobús parecía una lavadora dando tumbos por una carretera secundaria plagada de baches, pues los militares estadounidenses se habían apoderado de la autopista que unía aquel emirato con la ciudad de Basora y prohibían el tráfico de civiles. Se notaba que no querían emboscadas. Recorrieron varios kilómetros en paralelo a los carros de combate y demás cacharrería rodante de la Séptima División USA, lo que permitió a Guci filmar sin ser molestado. Poco a poco se fueron alejando del cauce tóxico de la autopista. El calor de media mañana derrotaba al aire acondicionado de la lavadora. Sudában como esponjas exprimidas. Más que lavadora, el autobús parecía ahora un horno de asar pimientos morrones. El conductor, un hombre pícnico con un sombrero de paja sujeto al cuello con una cinta, puso música de gemidos y dio permiso a los viajeros para que abriesen las ventanillas, con cortinas voladoras. Temperatura y velocidad coincidían: 45 grados y 45 kilómetros por hora.

Hay nombres que no desaparecen de la memoria. El poblado de Safwan, casas y cercas de adobe, seguía en su recuerdo como el lugar donde se apearon de aquel autobús que llevaba unos palos de escoba con banderas blancas en las cuatro esquinas. Apenas se había alejado un kilómetro de la encrucijada donde les depositó cuando una granada de mortero lo convirtió en una bola de fuego. Por suerte ya no llevaba viajeros. Guci filmó el ataque. Era un final bélico superior tras la filmación de los convoyes de la autopista y los sudorosos viajeros de la lavadora: varios niños con sus madres, uno de pecho, seis obreros filipinos de los pozos de petróleo, unos ancianos y dos mercachifles con voluminosos fardos de mercancía. Aquellos gringos estaban enloquecidos. Disparaban primero y preguntaban o no preguntaban después.

–Me creo el cuento de Caperucita –dijo Guci incorporándose del cuerpo a tierra.

–¿Y el conductor?

–Creo que ha salido despedido y se ha salvado, luego lo vemos.

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Control de un poblado en Iraq

Los británicos controlaban aquel enclave. Guci se encaró con el encargado de identificarnos, un negro que por suerte o lo que fuera no tenía ganas de bulla.

–¿Por qué carajo disparan contra objetivos civiles? ¿Las banderas blancas son invisibles para ustedes? –Le preguntó.

El soldado hizo un gesto de desagrado y mostró sus dientes blancos.

–¿No me acabas de decir que crees en Caperucita? ¡Cállate y no provoques al lobo!

–¿Es que no has visto lo que han hecho?

Una columna de humo negro de neumáticos ardiendo oscurecía el cielo.

–Pueden seguir, lárguense cuanto antes –dijo el militar en su idioma.

Llegaron a Al Jabjud en una camioneta conducida por una mujer. Transportaba cuatro jaulas con algunos pollos. Aquella localidad también estaba bajo el control de los británicos. Vigilaban la carretera y capturaban a los varones en edad de combatir. La ciudad estaba desierta, los almacenes cerrados, la gente en casa por el calor.

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Un carro de combate estadounidense se abre paso a cañonazos en las cercanías de Um Qsar.

El objetivo de los dos reporteros era llegar cuanto antes a Um Qsar. Callejearon por la silenciosa Jabjud en busca de algún medio de transporte. Los ocupantes eran los amos. Controlaban en sus tanquetas y jeeps erizados de ametralladoras las esquinas de las principales calles de la ciudad. Un perro flacucho comenzó a seguirnos por una ancha avenida comercial con todos los negocios chapados. Guci le dio un trozo de sanwich podrido. El cocker despelurciado, legañoso y ácrata parecía el único habitante sin miedo a aquellos militares con aspecto de marcianos. Oyeron un silbido. Aunque no tuviera miedo, el perro tenía dueño: un hombre con forma de palo y ropa de espantapájaros le llamaba desde el centro de la calle. El canelo, ni caso; prefería el sanwich. El hombre se acercó y les agradeció en su idioma el bondadoso trato a su perrillo. Guci le indicó por señas nuestra necesidad de encontrar algún medio de transporte, un coche, una moto, algo en lo que llegar cuanto antes a Um Qsar. El hombre entendió. Le siguieron. Después de quince minutos se paró ante el cierre metálico de lo que por el olor a aceite pesado parecía un taller mecánico. Golpeó la mampara de latón. Abrió un hombre sudoroso en pantalón vaquero con manchas consolidadas. El hombre palo le explicó las necesidades de los forasteros y les ayudó a negociar la compra de una motocicleta en buen uso, de marca desconocida y hechura similar a la histórica Bultaco Metralla española. Sorbieron el té oscuro que les ofreció el vendedor, regatearon un descuento, pagaron en dólares, se despidieron y salieron zumbando en dirección a Um Qsar.

La montura era estrepitosa de verdad, pero funcionaba y los cascos atemperaban el ruido. Los demás podían contar el chiste (“–Papá, ¿qué es una moto? –Un imbécil montado en un ruido”), que a ellos ni fu ni fa. Tilo guiaba y Guci podía filmar en marcha como en el Tour de Francia. Las mochilas iban atrás, atadas en el porta bultos. Tal vez les faltaba un letrero con la palabra “prensa” en árabe e inglés y una banderita blanca, aunque visto el destino de la lavadora tanto daba. Si el lobo decidía atacar lanzaría sus dentelladas con bandera o sin ella. Dejaron a la izquierda un desvío carreteril hacia Basora, la segunda ciudad más importante de Irak (decían), y llegaron a Um Qsar antes de que el sol se ocultara. En aquella latitud oscurecía en un santiamén.

La ciudad (por llamarle de alguna manera) estaba situada a cuatro o cinco kilómetros de la desembocadura del Tigris y el Eúfrates. Contaba con el principal puerto del país y había sido tomada por las tropas estadounidenses y británicas en pocas horas, al comienzo de la ofensiva. Era un poblachón grande y polvoriento. Tenía un bulevar ancho y terroso, muy animado a aquella hora del atardecer, con niños, perros y burros que corrían por la campa, grupos de mujeres sentadas bajo una hilera de plátanos de hojas oscuras y corrillos de ancianos que parlamentaban. Les indicaron el camino hacia el puerto viejo, una carretera con tramos de asfalto y pedregal, bordeada de chabolas, al término de las cuales se veía una hilera de grúas oxidadas (el puerto nuevo), una fábrica de gas desactivada y unos almacenes desvencijados. Finalmente avistaron el buque de la Armada española en el muelle del puerto viejo.

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Militares en misión humanitaria en Um Qsar (Iraq)

Visto el impresionante poderío militar angloamericano, el barco español parecía una mosca al lado de un elefante. La dotación del buque (unos trescientos marineros) y los doscientos soldados que iban abordo habían recibido la consigna de portarse bien con los informadores, lo que equivalía a ser correctos y educados, pues la misión era enseñar el pabellón en aquellas latitudes y facilitar la difusión de cometidos tan nobles como curar enfermos y heridos y repartir alimentos y agua potable a la población. De ahí las facilidades para alojarse en el barco, en el que ya había informadores de varios periódicos y emisoras de radio y televisión, y para acompañar durante las siguiente jornadas a los militares en sus tareas humanitarias, de modo que los ciudadanos contrarios a la guerra (la inmensa mayoría) pudieran ver y leer que las tropas profesionales de nuestra patria no hacían daño ni mataban a la pobre gente, sino todo lo contrario: daban galletas y productos lácteos a los niños y distribuían agua potable en un camión cisterna a las amas de casa. Por si fuera poco, un equipo de sanitarios militares pasaban consulta y entregaban medicamentos en un hospital de la ciudad, junto al bulevar terroso. Y otro equipo atendía a los pacientes más graves en el hospital montado en el propio barco. “Es nuestro seguro de vida frente a posibles atentados”, dijo el almirante en respuesta a una pregunta de Tilo sobre la aparente falta de seguridad naval.

Para mayor realce de la pacífica misión humana, la televisión pública había enviado a la presentadora del principal noticiario del día. Se llamaba Letizia con zeta y daba las noticias locales, nacionales e internacionales desde el puente de mando del buque como si desde allí se dominara el mundo. La cobertura informativa de las evoluciones y cometidos de los bondadosos militares era tan completa y detallada que poco o nada quedaba por contar. Las “nenas de la tele”, como les llamaban los militares, recibían un trato preferente y deferente. Lo sabían todo y lo habían contado casi todo con detalle. Disponían de dos equipos de cámaras, operadores y productores. Uno había viajado en el barco y arribado a Um Qsar el mismo día que los invasores entraron en Bagdad y el otro les estaba esperando. Los mandos les dispensaban un trato especial. Las habían llevado en lancha por el río, protegidas por un helicóptero, para que filmaran el yate y el palacio de Sadam en Basora, parcialmente destruido a bombazos, y mostraran al mundo el lujo hortera del que disfrutaba el llamado “sátrapa”. El reportaje tuvo éxito entre los aficionados al bricolage y lo emitieron una y otra vez para que todos, absolutamente todos los españoles pudiesen admirar las aldabas y los grifos de oro y los muebles de estilo rococó del dictador. A mayor disfrute se organizó un debate entre varios sadamólogos o huseinistas sobre si el mascarón de proa de un sofá palatino con forma de nave egipcia representaba a una hija o a una amante del tirano. Puesto que el muy cobarde había huido y ni siquiera los estadounidenses, que eran tan listos, conseguían encontrarle, no hubo manera de resolver el dilema. El asunto quedó en tablas.

Aunque aquella complacencia, incluso supeditación, de los mandos militares a las “nenas de la tele” parecía consustancial a la misión de propaganda que les había llevado a aquel lugar (Se decía que el almirante había cedido su camarote a la señorita Letizia, con zeta), a Guci le enfurecía aquel favoritismo. Lógico. Todo lo que podía filmar y contar había sido filmado y contado por las señoritas periodistas del ente.

–Me siento más inútil que la picha del Papa –se quejó a Tilo tras la primera (y última) jornada en aquel poblachón iraquí filmando la labor benéfica de los soldados y tomando el pulso de los habitantes que querían hablar. El estado de ánimo de la gente no era bueno sino malo. “¿Cómo quiere que nos sintamos? ¿Cómo se sentiría usted si invadieran su país?”, dijo un imán o cura de allí. “No nos gusta su invasión”, dijo en francés un anciano muy solemne y enfadado: ¡Vol! ¡C’est du vol a main armée! Y denunció: “Vous, vous êtes assassins des personnes inocenntes”. La gente con la que hablaron en aquel bulevar terroso maldecía a los invasores y pedía a su dios que los echara cuanto antes de su país. Varias mujeres elevaban los brazos al cielo, preguntando al altísimo por sus seres queridos: sus maridos, sus hijos, sus novios, sus hermanos… ¿Habían muerto, estaban heridos, se habían rendido y los habían hecho prisioneros? Nadie sabía qué había sido de ellos. Guci filmaba.

Soldiers from the East and West Riding Regiment, Territorial Army on foot patrol in Basra Iraq
Soldado británico da caramelos a los niños en Um Qsar

Los niños no habían enloquecido como en Móstar (Bosnia). Llevaban tres meses sin escuela porque muchos maestros habían sido movilizados y los que no se habían quedado sin sueldo y permanecían escondidos por temor a las detenciones e interrogatorios. Los críos jugaban en las calles y en las campas, y cuando aparecían los soldados, unos se escondían y otros se acercaban tímidamente por si les daban galletas o caramelos. Las escenas del Lobo disfrazado de Caperucita confirmaban la bondad de las autoridades españolas, de modo que nadie en sus cabales podía dudar de que la invasión bélica era por el bien del noble pueblo iraquí.

Las imágenes más enternecedoras se registraron en el barco y se convirtieron en la gran exclusiva del día de las “nenas de la tele”. Una mujer se puso de parto y los médicos que habían tomado posesión del hospital local decidieron trasladarla al buque, donde le practicaron una cesárea y extrajeron una preciosa niña, sana y rolliza. ¿Qué más se podía pedir? Los militares no mataban, ayudaban a nacer. El papá de la recién nacida declaraba ante las cámaras del ente que la niña se llamaría Galicia como el barco.

Aquello encorajinó a Guci. Se sentía burlado y defraudado. Lógico. Todas las primicias informativas eran para las representantes de la televisión pública. Cambió la picha del Papa por un ciempiés en alpargatas para manifestar su sensación de inutilidad. “Tienes que hacer algo, Tilo, encontrar algo que valga la pena”, decía como si confiara en las cansinas habilidades de un tipo con canas cuya opinión sobre toda aquella mierda era lo que la palabra indica. Fue entonces, fumando a la fresca en cubierta, cuando conoció al comandante Laureano Terricabras, es decir, al espía Diagu Bandiera que le sacó de dudas y le proporcionó algo nuevo que ver y contar.

5.–Bultaco

Alertó a Guci y se pusieron en marcha antes del amanecer. Su objetivo era llegar a Camp Bucca y comprobar la tarea de los sanitarios españoles en aquel lugar del desierto al que no sabían por donde se iba. En el bulevar de Um Qsar vocalizaron Camp Bucca, Camp Bucca delante de unas mujeres que esperaban el camión del gas para cambiar sus bombonas vacías por otras llenas y poder cocinar. Ellas les miraron como si estuvieran locos y cacarearon algo entre entre risas. Se preguntó si el sonido de aquellas palabras tendría algo que ver con el sexo, las drogas o el rock and roll. Vaya usted a saber. Apretó el embrague, metió la marcha e iba a soltar gas cuando vio llegar un vehículo. Era el camión del gas propiamente dicho. La conductora era una mujer de mundo a juzgar por el atuendo occidental sin la hiyab que cubría la cabeza y el pescuezo de las demás. Hizo un gesto afirmativo cuando Guci repitió el nombre de aquel lugar. Le mostraron un mapa sudado. A la luz del faro de la Bultaco Metralla puso su dedo índice en algún punto del papel. Tilo se apresuró a entregarle su bolígrafo. La mujer trazó unas rayas al tiempo que pronunciaba nombres de pueblos o poblados. Calculó unos ochenta kilómetros hasta el lugar y les hizo saber que era una zona peligrosa, donde los “gringorajim” (malditos gringos) tenían a los hombres presos. Guci le dio un beso de entusiasmo. La mujer sonrió.

–Menuda suerte –dijo Tilo.

–Hoy Caperucita se folla al lobo –dijo Guci montando.

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Entrada al campo de detenidos iraquís, el pre Guantánamo del desierto.

Pasaron junto a algunos caseríos con olor a hovenias y ovejas. El cuentakilómetros de la Bultaco les obligaba a calcular a bulto. Habrían recorrido unos cuarenta kilómetros cuando cruzaron el pueblo terroso donde debían torcer hacia el Oeste y adentrarse en el desierto. Ya con el sol despuntando divisaron la silueta de un edificio y lo que parecían unos vehículos estacionados. Tilo aceleró. Ojalá sea una posada donde podamos desayunar algo, se dijo. El edificio era un muro medianero, milagrosamente en pie después de un bombardeo, y los coches eran carcasas calcinadas. Pararon a filmar. No vieron restos humanos. Otearon en cambio una nube de polvo que se acercaba y se pusieron a cubierto detrás de un montón de escombros hasta que la polvareda pasó precedida de un hummer norteamericano con cuatro soldados y una ametralladora, seguido de un trailer gris. Seguramente procedían de aquel lugar, se dijeron sin pronunciar el nombre del jefe de los bomberos de Nueva York que murió entre los escombros de las Torres Gemelas. ¿Qué tendría que ver el bárbaro atentado de Al Qaeda con la invasión Iraq?

Prosiguieron la marcha. Media hora después, Guci distinguió por la mirilla de largo alcance de su cámara unas sombras en lontananza que le parecieron una tapia artificial. La atmósfera era densa y calurosa. Los cardos del desierto semejaban ovejas desperdigadas. La carretera, recta, con ondulaciones pronunciadas y tramos de asfalto soterrado bajo la arena se volvía resbalosa y peligrosa. “¡Ahí está Camp Bucca!”, gritó Guci al identificar por el visor una bandera de USA en un poste. Tilo aceleró. Unas motas de polvo puntearon la carretera. Eran balas. Un bulto plantado a un kilómetro de distancia les estaba disparando. Algunas balas rebotaron y les pasaron silbando. Una se incrustó como un diábolo en el guardabarros de la rueda delantera. Guci exclamó: “¡Esos hijos de puta quieren matarnos!” Y se tiró de la moto. Tilo frenó y derrapó hasta la orilla de la carretera. Oyó a Guci:

–¡¿Estás bieeen?!

–Sí, ¿y tu?

–Menuda culada.

–¿Y la cámara?

–Sin problema –dijo.

Enseguida aparecieron los agresores a bordo de un hummer y uno de ellos, bajito y cuadrado, con cara de pájaro, se acercó metralleta en mano y dijo en castellano:

–¿Se han herido, cuates?

–Unos milímetros parabelum más y nos matan, cacho cabrones –le contestó Guci.

El soldado le tendió la mano, pero él desestimó la ayuda y se incorporó y comenzó a filmar, al tiempo que le preguntaba por qué diablos disparan a los civiles. El soldado se apresuró a cubrir la lente mientras gritaba: “¡Ahí muere, ahí muere bato!” Guci interpretó las palabras como una amenaza, pegó un giro y le asestó con la Betacán un trastazo en la testa. Tilo temió lo peor. Se interpuso gritando: “¡Aquí muere, tíos!” El chicano se avino a razones y Guci le hizo saber que iba a dar parte al mando. El marine que conducía el todo terreno se reía a carcajadas. El tercero, un negro desgarbado, se había acercado a la moto y se empleaba en examinar las mochilas sujetas al portabultos. Levantó la moto y la puso en marcha. Funcionaba. Se subió y se dio una vuelta antes de entregársela con cara de satisfacción: “Su montura, amigos”. Tilo hizo una señal a Guci para que filmara el balazo y luego se quitó los guantes, arrancó la bala incrustada y se la guardó. El chicano advirtió el riesgo de la prueba.

–Deme esa chimisturia, cuate.

–Las balas disparadas no vuelven –dijo.

–No me sea chapucero.

–Ni chapucero ni hostias, esta me la quedo yo para el recuerdo.

El cuate miró al negro y éste le respondió con un gesto de hombros. Parecía un tipo razonable.

–No os preocupéis, no la utilizaré como prueba de vuestra agresión contra unos periodistas aliados, pero me vais a hacer un favor: no fuméis más mierda de esa.

Se rieron y el negro hizo un gesto con los brazos como si interceptara un balón de basquet.

Sobre el capó del vehículo militar habían escrito con una piedra de yeso: “Ford sale” (Se vende). Y en un lateral: “Shit of wart” (Guerra de mierda o mierda de guerra). Debajo: “Bush’s shit” (Mierda de Bush o Bush de mierda, tanto daba).

Tilo no disimuló su expresión de simpatía hacia los autores de tan ocurrentes lemas, reveladores de que estaban hasta los cojones de aquella maldita invasión. A cuenta del Ford sale recordó la anécdota de Patojo y Pericón de Cádiz. Iban el bailaor y el cantaor flamenco paseando por la Tacita de Plata cuando vieron unos albañiles que colocaban una placa en la casa del fallecido Pemán. Leyeron la inscripción: “Aquí nació el ilustre poeta y dramaturgo don José María Pemán y Pemartín, y blablablá”. Entonces Patojo preguntó a su compañero: “Quiyo, ¿qué van a poner en mi casa cuando yo me muera?” Y Pericón contestó: “Se vende”.

Superadas las diferencias con el cuate, que se llamaba Trajano, como el gran emperador romano de origen español, y aspiraba a campeón de boxeo siempre y cuando no le “descuachalangase” un “hozicón” –lo que obligó a Tilo a repetir que el baleo quedaba zanjado o, como en su jerga caliche, que allí “moría”–, les condujeron hasta la entrada de Camp Bucca y les señalaron las tiendas de lona de los médicos militares españoles. No tenían pérdida porque en un pico ondeaba la bandera del coaligado Reino de España.

Se apearon de la Bultaco y se asomaron al hospital de campaña, un largo pasillo con dependencias a izquierda y derecha. Guci gritó: “¡¿Quién vive?!” Un hombre se asomó desde la primera habitación: “¿Qué desean?” Se identificaron y le explicaron que querían hablar con ellos y contar su cometido, y el hombre dijo: “Pasad, amigos”. Era un tipo grande, fornido, con bata blanca y una galleta en el pecho que decía: “Ctan Gómez”. “Enseguida estoy con vosotros”, dijo mientras preparaba inyecciones sobre una mesa plegable. Era temprano, pero ya sudaba como un segador gallego bajo el paño blanco con un cordón negro que le cubría la cabeza. “Hay que estar preparados para cuando empiece el baile”, dijo señalando a la docena de dosis inyectables. No tuvo inconveniente en que Guci filmara sus preparativos “contra el veneno de los alacranes”. Después les condujo por el pasillo hasta el fondo del hospital, donde saludaron a un teniente cirujano, un anestesista vizcaíno y una enfermera segoviana. A la reunión se sumó un veterinario leonés y una mujer madura, acompañada de otro médico que era microbiólogo. Recogieron sus testimonios y filmaron a cinco pacientes iraquíes en recuperación: dos habían sido baleados, a otro le habían quitado el apéndice intestinal y los otros dos habían sufrido picaduras de alacranes.

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Prisioneros iraquís en Camp Bucca, ya con torre de vigilancia.

En esas oyeron unos fuertes alaridos. “Ya empieza el baile”, dijo el capitán. Dos marines entraron en volandas a un joven descalzo que gritaba de dolor y echaba espuma por la boca. El capitán les indicó que lo depositaran en una camilla dispuesta en su departamento y se apresuró a inyectarle en la vena de un brazo una de las dosis que había preparado. Le limpió los espumarajos, le abrió la boca, le puso una pastilla, le echó un chorro de agua por el pitorro de un botijo de barro allí colgado. “¡Trágatela!”, le ordenó. Mientras examinaba el costado del muchacho, buscando la hinchazón de la picadura del jodido escorpión, los soldados bajaron del camión a otro iraquí como de cuarenta años, también descalzo y con un mandilón azulado, que no se quejaba, pero al que había mordido en un pie otro arácnido peludo y venenoso. El capitán repitió la operación. Luego, ayudado por una enfermera, colocó unas ruedecillas bajo las barras metálicas de la frágil piltra del primero y la empujó hasta el quirófano, donde la cirujana le hizo una hendidura y le extrajo el veneno. Oyeron más gritos y el capitán abrió otra cama plegable de lona para el nuevo paciente. “En cuanto amanece, esos bichos se ponen como locos; cada día pican a diez o doce prisioneros”, les explicó el sudoroso capitán.

Decidieron seguir a los marines, pasaron un control y, ya dentro de aquel terreno rodeado de espirales de alambre de espino recorrieron varios kilómetros junto a unas vallas muy altas de pequeños rombos trenzados a modo de jaulas, en cuyo interior había grupos de diez a veinte prisioneros. Estaban descalzos y cubrían sus cuerpos con mandilones raídos. Guci filmaba. Las condiciones en las que tenían a aquella gente encerrada a pleno sol, con un calor sofocante, eran del todo inhumanas. Los soldados que iban en el camión les señalaron un montículo sobre el que se veía una casucha encalada con una bandera descolorida de barras y estrellas. Era la sede del mando. Se desviaron hacia aquel collado del desierto. Desde allí se dominaba una extensa hondonada con una larga sucesión de jaulas que se perdían de vista. Eso era Camp Bucca, un campamento de prisioneros donde los desgraciados iraquíes sufrían la crueldad de los invasores.

Guci trepó con su cámara a la espalda por el mástil de la bandera hasta el tejado plano de la casucha del mando, por cuya portañuela lateral asomó una cabeza cubierta con una gorra de tela con visera, seguida del resto del cuerpo de un hombre que a simple vista debía contar sesenta o más años y vestía camisa y calzón corto de camuflaje y calzaba alpargatas deportivas. Parecía un granjero americano. Tilo le saludó, se identificó y le preguntó si estaba al mando de aquellas jaulas.

–Afirmativo –dijo.

–¿Cuánta gente tienen ahí prisionera?

–Unos diez mil enemigos –dijo.

–¿Soldados del ejército iraquí?

–Y terroristas.

–¡Qué extraño! En este país no había terrorismo.

–Este país era un régimen terrorista, amigo.

–¿Por qué razón les tienen descalzos?

El hombre, un jefe en la reserva de los bomberos de Nueva York, hizo un gesto de desagrado y permaneció en silencio como si tuviera que meditar la respuesta. Tilo le facilitó la labor:

–¡Ah, ya! Es para que no escapen, ¿verdad?

El hombre asintió.

Un jeep subía hacia la casucha. El conductor y su acompañante se apearon. El primero buscó la sombra al otro lado de la casucha y el segundo escupió un chicle y mascó un saludo antes de desaparecer por la puerta de la casucha con una carpeta debajo del brazo.

–¿Han considerado la conveniencia de que los prisioneros estén calzados para evitar las picaduras de los alacranes?

El hombre repitió su gesto de fastidio. Cuando Tilo suponía que no le iba a contestar, dijo:

–Usted no tiene ni idea, amigo. Esos sujetos son inmunes a los escorpiones, los atrapan y se los comen.

–A falta de pan, buenos son los alacranes, pero si usted echa una hojeada a los informes de los médicos españoles –dijo señalando a lo lejos al hospital de campaña– podrá comprobar que son vulnerables a la dolorosa picadura de esos bichos.

–Afirmativo; no todos son inmunes y, por consiguiente, que se jodan, aunque nosotros los socorremos.

–Sin embargo, no cuentan con personal sanitario suficiente.

–Negativo; las autoridades de su país solicitaron acompañarnos en esta misión y se les ha concedido ese privilegio. Las relaciones de colaboración son satisfactorias y apreciamos su esfuerzo. Así se lo hemos trasmitido a su gobierno y espero realizar una visita a la capital de la república española para saludar personalmente a su presidente. ¿Desea saber algo más?

–Si, otro pequeño detalle. ¿Por qué no proporcionan algo de sombra a los prisioneros?

–Ellos no necesitan sombra, son gente del desierto, odian la sombra.

–Puede…

–No se preocupe de eso, amigo. Nosotros los socorremos.

–¿Les dan agua?

–Mire allí. Aquello es un camión de los bomberos de NYK. ¿Ve el chorro de agua de la manguera? Son terroristas y sin embargo les socorremos.

–Puedo entender su punto de vista y espero que usted entienda que hay vista desde muchos puntos y por eso me gustaría saber en qué se basa para decir que son terroristas.

–No considero necesario explicarle a usted que mi país ha sido atacado en el corazón por las fuerzas del “eje del mal”. Pero debo decirle que su país también está amenazado. Y esto no es un punto de vista, amigo, sino una realidad. Los que no quieren estar con nosotros sufrirán.

–El gobierno de mi país ha apoyado esta invasión.

–Ha hecho lo correcto –dijo el ex bombero en activo.

–¿Qué van a hacer con todos esos prisioneros?

–Están siendo interrogados y clasificados; los que no tengan responsabilidades quedarán en libertad – afirmó despidiéndose y agachando la testa para entrar en la casucha, donde una escalera descendía hacia la profundidad.

Tilo miró hacia arriba. Guci le hizo un gesto con el pulgar y se deslizó por el mástil. “Vamos”, le dijo sin esperar a que se pusiera el casco porque el soldado que conducía el jeep le había visto bajar del tejado y estaba a punto de golpear la portañuela para informar de la presencia del cameraman.

Tilo soltó gas y salieron zumbando loma abajo, recordaba. Las posibilidades de pasar el control entre las alambradas eran nulas y Guci sacó la microcinta de la cámara y la metió en el bolsillo lateral del chaleco de Tilo. Luego le gritó: “¡Frena!” Y saltó de la moto. Tilo se cruzó con el hummer del cuate, el negro y el andino. Circulaban despacio, con la metralleta orientada hacia las jaulas como si estuvieran patrullando. Les saludó con la mano y les indicó con señas que el colega se había quedado tirado. Captaron el mensaje. Los marines del control le permitieron salir: o no habían recibido la orden de detenerlo o no contestaban al teléfono.

Se quedó esperando a Guci junto al hospital español, pero en vez del hummer del cuate llegó el jeep con el jefe bombero. Parecía más irritado que el Lobo buscando a Caperucita. Se encaró a él: “¿Dónde está el cámara que iba con usted?” Tilo puso cara de tonto. “Sí, el cameraman que iba con usted”. Se encogió de hombros. El capitán Gómez le siguió el juego e invitó a aquel jefazo a pasar al hospital y comprobar en persona que no había periodista alguno en el interior. El jefe bombero protestaba enérgicamente, asomándose a todas y cada una de las dependencias, incluido el contenedor metálico con las duchas y letrinas. El hombre estaba convencido de que los reporteros eran dos y el desaparecido había filmado las jaulas sin permiso.

–A ver si va a pasar lo que con las armas de destrucción masiva, que no aparecen por ningún lado –dijo el sudoroso capitán Gómez con gesto serio.

El jefe Lobo torció el gesto, dio media vuelta y ya se largaba con su ayudante al volante del jeep cuando se volvió hacia Tilo y, apuntándole con el índice a modo de pistola, dijo:

–Sepa usted, amigo, que la Convención de Ginebra protege a los prisioneros frente a las imágenes degradantes e ilegales y que serán denunciados si difunden el material que han filmado.

–Lo sé, míster. Y sepa usted que soy amigo suyo.

El capitán Gómez exclamó: “¡Hay que joderse! Les disparan y ese cabrón invoca la Convención de Ginebra”.

–¿Cómo es eso? –Se interesó Tilo.

–Esta semana llevan tres muertos por agujeros de bala; de vez en cuando esa pobre gente (los prisioneros) se desespera y tira piedras a las patrullas. Y los soldados les disparan.

–¡Joder!

–Pueden matar en legítima defensa; esto es una puta guerra, créeme.

–No solo le creo, capitán, sino que, según ese tipo (en referencia al jefe bombero), todos los prisioneros son terroristas.

–¿Eso te ha dicho?

–Como lo oye, capitán.

–¡Será mentiroso! De sobra sabe que son gente de 18 a 50 años a la que han obligado a presentarse en las comisarías de las poblaciones que han ido ocupando y luego les han traído aquí por las buenas y por las malas. Y siguen trayendo gente. Cada día entran ocho o diez camiones con hombres. Algunos llegan malheridos y con señales de haber recibido palizas. Estos gringos han enloquecido. Están maltratando a la población civil; para ellos todos son enemigos y sospechosos de terrorismo, aunque no lleven armas ni pertenezcan al ejército ni a la policía iraquí, que han disuelto oficialmente. Esto va a acabar muy mal –pronosticó.

En esas, vio pasar a prudencial distancia el vehículo del cuate, el negro y el andino, seguido de una nube de polvo. Dedujo que depositarían a Guci en la carretera. Agradeció la ayuda al capitán sanitario y se despidió de él, deseándole un pronto regreso a su Sevilla natal.

Guci le esperaba en la carretera, subió a la grupa y salieron zumbando con la intención de llegar cuanto antes a Basora y el propósito de poder transmitir desde allí el reportaje. Hasta ese momento habían tenido suerte. Y después, también, pues pudieron cargar combustible y encontrar un alojamiento con ducha en el primer gran hotel donde preguntaron.

los ingleses entran en basora
Entrada de los carros de combate británicos en Basora

Basora era una ciudad turística, pero la guerra había ahuyentado a los visitantes. Lógico. Se asearon, comieron verduras al vapor con pan tostado. El restaurante del Basrah se hallaba infectado de oficiales británicos y hombres de negocios árabes y occidentales. Tilo redactó un reportaje largo, de cuatro folios y Guci ordenó y subtituló con su ayuda el material que había filmado. Era un reportaje más que meritorio, acojonante. Guci le cedió unos fotogramas de prisioneros enjaulados y sableados por los alacranes. Transmitieron la información sin dificultades. Llamaron a sus respectivos medios y salieron a tomar el pulso de la ciudad. El periodismo es una actividad incesante, un oficio en movimiento en el que, como decía el gran publicista Eulalio Ferrer, el que bosteza está muerto. Recorrieron el paseo fluvial, pegaron la oreja en la gran mezquita y constataron el desprecio, el respeto y el temor de la población hacia las patrullas militares que controlaban las principales avenidas de la ciudad a bordo de sus vehículos artillados de color mierda. Cenaron arroz con trocitos de peces del Tigris en una terraza junto al río y regresaron al hotel sobre las nueve de la noche, hora local, tres horas menos en la Península Ibérica.

Se sentían satisfechos de su labor. La información era de primera. El mundo sabría algo más sobre el trato de los “democratizadores” a los iraquís, fueran militares o no, fueran policías o no, se hubieran rendido o no hubieran combatido jamás. La mayoría de los detenidos y enjaulados en el desierto eran pacíficos ciudadanos, funcionarios, profesores, comerciantes, trabajadores, padres de familia que no habían cometido delito alguno. Los arrestaban en sus casas, en las calles, en los centros de trabajo y los llevaban a Camp Bucca para interrogarlos cuando, al cabo de tres o más semanas, llegara su turno. Los maltrataban como si fueran terroristas y les devolvían bala por pedrada con la colaboración “humanitaria” del gobierno español, ávido de tajada.

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Basora era una ciudad turística, la Venecia de Oriente.

Apenas había caído en la cama y cerrado los ojos cuando le sobresaltaron las expresiones airadas de Guci en la terraza. Se incorporó y acercó.

–¿Qué está pasando? –Le preguntó cuando el colega dejó de hablar por teléfono.

–Esos cabrones han decidido censurar el reportaje –dijo a punto de llorar.

–¿Por qué? ¿Qué te han dicho?

–Órdenes de arriba –respondió entre sollozos.

Una rápida composición de lugar les condujo a la conclusión de que la censura procedía de la cadena de mando militar y acababa en el ministro de defensa español. Tilo comprobó a través del director del periódico que, en efecto, el ministro en persona le había llamado para que no dieran imagen alguna de los prisioneros. El tema se publicaría con alguna foto de archivo o sin ella para evitar soliviantar al ministro, le dijo después de entonar el “mea culpa” por el error de haber atendido la llamada de aquel sinvergüenza. Tilo agradeció la sinceridad de Eloso y se consoló pensando que el texto destapaba y reflejaba con suficiente detalle las repugnantes fechorías de los invasores en la retaguardia. En aquel entonces no habían decidido instalar las jaulas en Guantánamo (Cuba), de modo que, se decía ahora, había sido el primero en sacar a la luz el “pre Guantánamo” iraquí, aunque el tema pasó sin pena ni gloria ni seguimiento alguno.

Ya con Guci más calmado (su trabajo íntegro había acabado en la papelera de reciclaje), intentaron hablar con el ministro para explicarle lo que habían visto en aquel lugar y, sin exteriorizar su enfado, apelar a su piedad cristiana (pertenecía a una secta ultracatólica) ante el trato inhumano a los prisioneros.

Pero los funcionarios del gabinete telegráfico ministerial, encargados de pasar las llamadas al ministro, reconocieron la voz de Tilo y le pusieron con el jefe de prensa, un colega bien mandado que sabía lo que tenía que decir y lo decía del modo más amable que sabía. “Desde luego, el ministro nunca incurriría en censura; si quieres que te diga la verdad, al ministro lo único que le preocupa es lo delgada que está Letizia”. Eso le dijo. Le pidió que se lo explicara a Guci, y aquel jefe de prensa, al aparato, le repitió las mismas palabras y se ganó una sarta de insultos del reportero. Antes de cancelar la comunicación, Guci le dijo que su señorito iba a acabar en el infierno, que es el lugar al que van los que mienten. El tío se lo tomó a broma y se rió.

6.–Guci

En Basora sustituyeron la montura por otra menos ruidosa y más veloz, modelo cabra alemana, y echaron a rodar en dirección a Bagdad. La autopista uno y única se hallaba bajo el control de los ocupantes armados. Sus mortíferos ingenios de caballería e infantería tenían preferencia sobre los pacíficos semovientes, a los que obligaban a respirar su anhídrido carbónico. Había tramos plagados de restos carbonizados y achatarrados de vehículos militares y civiles iraquís. Los heridos y los muertos habían sido retirados, pero la destrucción asolaba el paisaje.

Tres horas tardaron en llegar a Diwaniya, la ciudad a la que unas fechas después irían destinados mil soldados españoles y otros tantos centroamericanos, equipados y armados en la “madre patria” para cumplir la noble misión de “estabilizar” el país, según la expresión del Halconcete Ibérico.

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Tramos plagados de restos de la guerra entre Basora y Bagdad.

Tilo recordaba el nombre de Diwaniya porque en aquella ciudad terrosa contrajo una diarrea de la leche con café. Telefoneó al espía Diagu, quien les proporcionó datos útiles sobre el alojamiento en la capital. También recordaba la ciudad de Rasheed porque allí Guci recibió un mensaje de su jefazo pidiéndole que se pusiera al habla con él.

–¿Qué querrá ese hijo de puta?

–Probablemente quiera darte una explicación sobre la censura de tu reportaje.

–No lo creo, no es su estilo. Más bien supongo que se habrá enterado de los insultos que le dediqué anoche; la redacción está llena de escarabajos peloteros y alguno le habrá ido con el cuento. Pero estoy dispuesto a repetírselos directamente si quiere sancionarme.

–Ante todo mucha calma, que tienes una criatura.

–¿Es o no es un lameculos, cobarde y vendido?

–¿Y qué? Esa gente trabaja con un solo esquema: el beneficio. Lo demás le importa un bledo. Van a lo suyo y tienen de periodistas lo que tú de obispo. Esos también son el lobo.

–Ya lo sé, Tilo. Incluso tienen el morro de hablar de la “ética del beneficio y el dividendo” y de colocar su “ética” por encima de todo. No creas que no lo sé. Espero que me ayudes a armar un buen escándalo si me despide.

–Desde luego, aunque no le facilites las cosas, que a cada cerdo le llega su San Martín.

Tilo sabía que el intrépido Guci era más peleón que un caballo de ajedrez. Habría destrozado al engolado mequetrefe si éste le hubiera pedido cuenta y razón de sus expresiones la noche anterior. No fue el caso. El señorito lo cubrió de elogios y le ofreció un ascenso.

–Quiere que acepte el cargo de jefe de reporteros.

–¡Por Júpiter, Guci, qué bueno!

–¿Qué harías tú?

–Aceptarlo, desde luego –mintió, pues nunca quiso ser nada, sino libre.

–No sé, Tilo, es mucha responsabilidad.

–Ni responsabilidad ni hostias. Vamos a ver: eres un puto peón y tienes la posibilidad de dar un paso y convertirte la dama del ajedrez, de ejercer el poder, ganar bastante más pasta e incluso contratarme como redactor. Te recuerdo que tienes una mujer y un hijo.

–Y otro en camino –dijo.

–Mejor me lo pones: llama a ese capullo ahora mismo y dile que aceptas el cargo.

Guci no llegó a pisar Bagdad. Era ya noche cerrada cuando el agente secreto Diagu Bandiera les telefoneó con el recado de que había conseguido un pasaje para el colega y amigo en un avión estadounidense que hacía escala en la base de Rota. Tilo lo llevó al aeropuerto, se despidieron con un abrazo y el nuevo jefe de reporteros desapareció en la boca de Lobo hacia su destino.

7.–Bandiera

Tilo contó a Terri muy por encima lo visto y oído en aquel lugar del infierno (Camp Bucca). El espía le cortó enseguida. Lógico. Debía de tener el teléfono pinchado. Quedaron a las diez de la mañana en la terraza del hotel Raschid.

Nunca supo por qué diablos aquel Terri no apareció.

Preguntó por él en la embajada, a los pocos compatriotas militares que se topó en la ciudad, a unos ibéricos que allí andaban intentando hacer negocios. Nadie conocía al comandante Terricabras ni al agente Bandiera. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. Se había elidido, evaporado en aquella confragación iracunda, que diría el maestro Malalata. A espía muerto, ni cebada al rabo. Por algo les llamaban “agentes secretos”. Hasta su muerte es secreta.

Sin embargo existía, no había muerto. Si Caronte, al que dios confunda, se lo hubiera llevado al otro barrio, la casualidad (o lo que fuera) no habría querido que se reencontraran muchos años después en el acto oficial de la Pascua Militar en el Palacio Real de Madrid. Tilo se llevó una buena sorpresa al oír su nombre, precedido del grado de coronel, entre los oficiales militares que iban a ser condecorados.

Lo buscó con la mirada y creyó reconocer su perfil entre los uniformados en posición firme que llenaban el Salón del Trono. Vestía traje de gala con tres estrellas de ocho puntas en las hombreras y llevaba la cabeza lisa cual bola molondrónica. Le pareció menguado respecto a la imagen del joven elástico y musculoso que conservaba de él. El acto transcurrió según los cánones establecidos: discurso del ministro sobre el estado del personal y el material de la columna vertebral de la patria; discurso del resacoso monarca de rostro sanguíneo condenando la criminalidad terrorista y transmitiendo sus mejores deseos a las mujeres y hombres armados; lectura de la orden del reconocimiento público de premios y condecoraciones y, finalmente, imposición de medallas.

Tilo creyó advertir un rictus de asco en la cara de Terri, como si una mosca se le hubiera posado en la nariz, cuando el teniente general Juan Felonio, jefe operativo de los servicios de inteligencia del Estado, le tendió la mano y le prendió la medallita con un lazo con los colores de la bandera nacional en la tableta de la pechera. Los reporteros gráficos descargaron sus fogonazos. El momento glorioso quedaba inmortalizado.

Rompieron filas y pasaron a un gran salón contiguo donde se celebraba la tradicional suelta de canapés con la famosa copa de vino español. Aunque era un festejo para los mandos castrenses (y algún soldado), el rey autorizaba la presencia de los periodistas, sin cámaras ni libretas, lo que les permitía formar corrillos en torno al monarca, el jefe de gobierno y a otras autoridades allí presentes y obtener caldo de pollos para condimentar sus crónicas. Enseguida vio a Terri junto a otros condecorados y se acercó a saludarle.

–Enhorabuena, coronel. ¿Debo darle tratamiento de héroe?

–Los héroes son los que mueren y yo no he llegado a tanto.

–También pueden ser los vivos que han realizado actos heroicos.

–Menos lobos, Caperucita –contestó.

–Ya me contará entonces.

–Desde luego, periodista, aunque la heroicidad se reduce a procurar que los nuestros no mueran por la patria y los enemigos palmen por la suya.

–Je je, no es cosa menor –dijo extendiendo la felicitación a los demás medallistas.

Terri se disculpó ante ellos con una ligera inclinación de cabeza, le agarró del brazo con su mano libre (la otra empuñaba una copa de cerveza), caminaron unos pasos en dirección a un Belén napolitano, muy bonito, instalado en aquel salón, y hablaron en voz baja como quien reza al niño Jesús de porcelana que estaba acostado sobre la paja entre la vaca y el buey. Se alegraba de verle, pero enseguida advirtió cierto disgusto en sus palabras.

–Me han destapado, me han jodido bien –le confesó.

–¿Y eso a qué se debe?

–Quieren quitarme de en medio, borrarme del mapa porque saben que sé algunos asuntos que podrían perjudicar sus intereses y convertirles en carne de juzgado y tal vez de presidio.

–¿Y por eso te condecoran? La verdad es que no acabo de entender ese mundo vuestro, aunque ya supongo que los poderosos no quiere testigos de sus fechorías e imagino que alguien como Diagu Bandiera puede resultarle molesto.

–Tienes buena memoria, periodista.

–Todavía recuerdo el plantón que me diste hace diez años. Pregunté por ti en la embajada y a algunos compatriotas, militares y civiles, sin encontrar a alguien que te conociera. Llegué a pensar que te había tragado la tierra, o sea, que estabas criando malvas…

–Todo tiene su por qué y su por qué no.

–Eras tú el interesado en la información sobre Camp Bucca, aunque yo quería decirte con datos y fuentes de primera mano que los marines encargados de custodiar a los prisioneros bajo el mando de un reservista de los bomberos de Nueva York andaban drogados y tenían orden de disparar a los presos. Me habría gustado que supieras que estaban matando gente inocente con la complicidad humanitaria del gobierno español y que lo consignaras en alguno de tus informes a los jefes del Centro de Inteligencia Nacional. Todavía no sé por qué, pero me caíste bien y de verdad te digo que quedé preocupado al no encontrar rastro de Bandiera ni del comandante Terri. Si tuviste oportunidad de mirar tu teléfono verías que realicé una docena de llamadas durante casi dos semanas, pero, en fin, ya imagino que estas cosas pasan en situaciones como la de aquella maldita guerra.

–Ya te contaré lo que pasó; es una larga historia.

–Espero que sea buena.

Un camarero se acercó con una bandeja y les ofreció pastelillos. Terri agarró uno coronado por una guinda, la quitó, se comió el resto, la dejó caer disimuladamente entre sus pies y, utilizando su zapato como el resorte de una máquina traga bolas, la lanzó en una dirección determinada. Tilo la vio desparecer bajo la suela de un individuo que arrugó el entrecejo y puso cara de haber pisado una cucaracha. La suela pertenecía al general Felonio. Con la vista puesta en el portal de Belén, Terri susurró: “¡Toma botín, diminutivo de bota!” No por certera y graciosa, la gamberrada del recién condecorado en la sede palatina dejaba de ser la expresión de su irritación porque, según le dijo mirando la medalla como el comensal que comprueba la mancha, aquel premio solo era un ardid, un medio para dar pistas a quienes querían matarlo.

–No me lo puedo creer –dijo Tilo.

–Así las gastan, periodista.

Intercambiaron dígitos telefónicos y correos electrónicos. Tilo se fue a lo suyo, que era recoger los comentarios del jefe del gobierno sobre la actualidad política nacional e internacional y las palabras del monarca sobre lo que le viniera en gana. Siempre había una corresponsal muy mona (y maquillada) del ente que sonreía a su putera majestad, le deseaba feliz cumpleaños “señor” y le preguntaba qué le habían echado los Reyes Magos. La respuesta en aquella ocasión fue: “Un rompecabezas complicadísimo, jajajá”. Lo que permitía a los colegas reír la risa, preguntar sobre la figura a componer y redactar sus amenas crónicas de color. Aquella vez se acordó del chiste: “Érase una vez un tonto muy contento de haber armado el puzle en seis meses porque en la caja ponía de dos a tres años”. Pero no lo contó. Lógico.

8.–Pistacho

El fenecido (y reencontrado) Diagu Bandiera llegó al hotel Rashid media hora antes de la cita, se sentó en la terraza, solicitó un té con leche de camella y esperó a que llegase Tilo. Habían quedado a las diez de la mañana en aquel agradable lugar, frente a la fuente de Aladino.

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Plaza de Aladino en Bagdad

“Créeme si te digo –le contó a Tilo– que era una mujer bellísima; pasó ante mí con un andar cadencioso, la miré un instante y se me insinuó. Iba envuelta en una túnica de seda y llevaba la cabeza cubierta con un hijab azul celeste. No le hice mayor caso porque había quedado contigo. Pero ella dio la vuelta al jardín y me volvió a mirar con una extraña intensidad, como si hubiera adivinado mis ganas de follar. Cerró ligeramente los párpados e inclinó la cabeza, invitándome a seguirla. ¿Qué podía querer de mí a tan casta hora de la mañana? Te aseguro que no había pedido ningún deseo al genio de la lámpara, aunque después he llegado a la conclusión de que tan hermosa criatura solo podía haber salido del mágico artificio. Le hice un gesto afirmativo, dejé dos dólares sobre la mesa y la seguí a prudencial distancia por una de aquellas calles de doble dirección que salen de la rotonda de la fuente. A unos cien metros decidí pasar a su lado para hacerle saber que la seguía. Instantes después, se apresuró a adelantarme, escupió ostensiblemente un chicle hacia el bordillo de la acera y dobló rápidamente la esquina. De pronto aparecieron en la esquina opuesta dos tipos en una moto y me dispararon un ráfaga de ametralladora. Silbaron las balas sobre mi cabeza y si no me dieron fue porque me agaché a recoger el chicle e instintivamente me pegué al terreno. Los agresores hicieron otra pasada y volvieron a disparar. Supongo que me dieron por muerto”.

–Quieres decir que te pusieron el cepo de la chica y te cazaron como un conejo.

–Correcto. Eso mismo pensé yo mientras me separaba del neumático del coche que me sirvió de escudo. En su interior quedó un cuerpo humano bajo una ensalada de vidrios.

Terri dio un tiento al botellín como si la cerveza le ayudara a pasar el mal trago y prosiguió: “Puesto que no era el momento de socorrer a alguien parecido a una dorada a la sal, sino de salir corriendo y ponerme a salvo, comprenderás que no pudiera ayudar a aquel desgraciado. Me zafé entre el gentío y me largué enfadado conmigo mismo por haber mordido el anzuelo como un pardillo que no conoce las tretas de los patriotas (terroristas, según notros) para cazar invasores que mascan chicle”.

–Sin embargo la chica mascaba chicle y no era estadounidense, ¿verdad?

–Correcto. Y en el chicle estaba la clave.

Terri mantenía una querencia especial por esos adverbios rotundos, profesorales: correcto, exacto, perfecto.

–¿Qué puede haber en un chicle, aparte de babas?

–Un pistacho –dijo–; despegué la goma de mascar de entre los dedos y lo encontré. Lo que parecía una china del asfalto era un pistacho. Lo limpié y enseguida comprobé que los bordes de la cáscara no coincidían. Lo había abierto y ensamblado después con goma arábiga. Lo abrí y, tal como suponía, hallé en su interior un papelito doblado del tamaño de una uña con un mensaje en árabe tan diminuto que resultaba imposible de descifrar sin una lupa.

–La chica debía de saber que eras un espía, pues nadie se para a recoger un chicle escupido al bordillo de la acera ni, mucho menos, se entretiene en examinarlo.

–Exacto. Si no lo sabía, lo intuyó y mira, acertó. Claro que tampoco era difícil porque aquel hotel estaba infectado de agentes secretos.

–Y de hombres de negocios occidentales, o sea, ladrones.

–Correcto.

–Supongo que un mensaje tan oculto debía de ser muy importante.

–Como todos los destinados a ser transmitidos boca a boca mediante un beso, aquel también lo era. Daba una dirección y una hora inmediatamente posterior a la puesta de sol, coincidente con el último rezo, antes del toque de queda, según me descifrado un joyero que se ganó unos napos por leerlo.

–¿Y qué hiciste?

–Dudar. ¿Has visto una duda ambulante? Pues eso era yo. Por un lado tenía la sospecha de que la mujer les había indicado el objetivo a batir con el procedimiento del chicle, como si yo fuera norteamericano, aunque por otro supuse que no era yo, sino el tipo del coche, a quien querían liquidar y liquidaron. Di algunas vueltas al asunto. ¿Qué sentido tenía meter un pistacho con un mensaje en el chicle? Si me quería señalar ante los sicarios le bastaba con escupir la goma de mascar sin más aditamento, ¿no crees?

–¡Por Júpiter, claro! A los muertos no se les da la dirección de la casa putas.

–Aunque seguramente iba en pelotas bajo la túnica, no tenía pinta de puta. Más bien me pareció una señorita muy necesitada, a juzgar por su mirada de insinuación y deseo. De hecho le puse el mote de Ojos Ardientes.

–A ver si me aclaro: o sea que tú crees que no era una fulana, sino una tía buena que sólo quería besarte, pasarte el chicle con la lengua y amolarte con el pistacho.

–Correcto.

–¡Joder con el procedimiento! Para que luego digan que los espías no sois más raros que un chino verde. En fin, ante la duda…

–La lógica de las cosas. Asumí el riesgo y acudí a la cita a la hora indicada. La dirección correspondía a una pequeña casa terrosa, situada detrás del hospital Teaching, muy cerca de la gran rotonda de Yamouk, en la avenida de Jinub. Pulsé un timbre y me abrió una mujer de negro, con la cabeza y la cara tapada por el hijab. En aquel mundo de sombras femeninas solo cabía esperar que la sorpresa fuera dulce y jugosa. Me ordenó con un gesto que entrara deprisa. Crucé un pequeño patio y pasé rápidamente a la casa. Cerró y se quitó el velo. ¡Madre mía! Era guapísima, los ojos rasgados, el cabello negro azabache, la tez finísima y suave. Unos treinta años tendría. Me dijo que se alegraba de verme sano y me contó que era prima de Anna Gogo.

–¿Esa quién es?

–La amante de Sadam Husein. Fue asesinada por el hijo mayor del dictador en unas circunstancias bastante escandalosas que, según creo, se publicaron en su día. Uday, el hijo mayor de Sadam, irrumpió borracho en una recepción oficial a la esposa del presidente egipcio, Hosni Mubarak, y le disparó a quemarropa después de acusarla de provocar la separación de sus padres. En castigo, Sadam lo desterró a Suiza, donde disponía de una gran fortuna. La familia de Anna Gogo se vio forzada a perdonarle y el desterrado regresó a los cien días y fue nombrado por su padre ministro de la Juventud y del Deporte, sucesivamente, además de presidente del Comité Olímpico de Iraq. En realidad, el famoso Uday, llamado a suceder a Sadam en el poder, era un canalla con las siete letras, un depravado de tomo y lomo; al frente de una banda terrorífica de fedayines se dedicaba al crimen, el latrocinio, el trafico de drogas, alcohol, de armas supuestamente destinadas al ejército, a cuyos mandos exigía el tratamiento de sayyid o señor, como si fuera rey. Su banda secuestraba jóvenes, incluso niñas, para montar orgías. La gente le temía, sentía pánico hacia las tropelías de aquel malvado.

–Supongo que se parecía un poco a Vasya, el hijo preferido de Stalin, quien también exigía el tratamiento de príncipe –aventuró Tilo como si quisiera subsanar su ignorancia.

–Correcto. La historia está llena de astillas bastante peores que los palos de donde salieron. Ya recordarás –prosiguió– que los gringos y su administrador Bremer habían puesto precio a la cabeza de los hijos de Sadam, el tal Uday y su hermano Qusay, otra buena pieza. Así que te puedes imaginar mi sorpresa cuando Ojos Ardientes me aseguró que conocía el lugar donde se escondían el asesino de su querida prima Anna Gogo y su hermano, o sea, los dos hijos de Sadam. Con simulado descreimiento le pregunté por qué rayos se había dirigido a mí en vez de contar lo que sabía al mando invasor.

–Usted tiene cara de buena persona –me contestó sin más.

–Menuda cosa, hermosa –dije.

–A usted le puedo besar sin temor a que me viole –añadió. Su inglés era mejor que mi árabe, lo que denotaba una buena educación. Sin embargo, su argumento me pareció muy endeble. Tengamos en cuenta que la recompensa anunciada por los gringos a quien proporcionara datos ciertos sobre el escondite de aquellos dos pájaros era de treinta millones de dólares y el compromiso de poner a buen recaudo, fuera del país, al delator.

–Sepa usted que no soy estadounidense –le dije– ni ocupo cargo oficial alguno en la administración que dirige míster Bremer, por lo demás un broker insaciable, un chorizo de marca mayor. Lo de chorizo no lo dije por tratarse de un casticismo, pero lo pensé.

–Sé que usted es un hombre del Mediterráneo, una persona cercana a nuestra cultura y a nuestros valores. Sé que es español –me contestó Ojos Ardientes–; he preguntado en el hotel.

–¿Y por eso me ha elegido para confiarme el secreto? ¿Para jugar con mi vida? Han estado a punto de matarme por su pésima elección, señorita –le reproché–. Debió dirigirse a los gringos, amiga, que son los que pagan.

Entonces Ojos Ardientes me aseguró que no tenía la impresión de haber sido seguida ni se hallaba sometida a vigilancia ni había comentado con nadie, absolutamente con nadie, la información obtenida la noche anterior. Me explicó que se había asustado al ver a los dos individuos que aparecieron en aquella moto, kalasnikov en ristre, y me escupió ostensiblemente el mensaje que pensaba darme en el cercano mercado de animales y corrió para quitarse de en medio. Desconocía que me tuvieran en el punto de mira.

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Palacio de Sadam Husein, ocupado por el virrey Bremer tras la invasión.

–Todos los extranjeros invasores lo estamos en este momento –le aclaré–; en cualquier caso no iban a por mí sino a por otro –le dije para despejar su preocupación y, de paso, hacerla consciente de que yo era un objetivo de segundo nivel. Los importantes eran los yankis–. Tiroteo aparte, Ojos Ardientes tenía sus motivos para no fiarse de los invasores estadounidenses y necesitaba a alguien, un testigo occidental, que la acompañara al palacio del virrey Bremer e impidiera que la torturaran para sacarle la información y la encarcelaran o ultimaran sin más. Sus temores y precauciones me parecieron muy fundados si tenemos en cuenta la sucesión de actos desagradables, por no decir criminales, de los marines embrutecidos. Así que acepté ser su hombre, siempre y cuando la información fuera buena y sus fuentes resultaran fiables. Aunque no tenía razón para no creerla, le hice saber que no hay cosa más tramposa ni que a mayores errores conduzca que la venganza, de modo que realice algunas verificaciones. Ella lo entendió sin el menor recelo. Comprobé que era cierto que se empleaba de enfermera en el vecino hospital Teaching, donde realizaba el turno de noche; también comprobé el ingreso en la mencionada clínica del paciente que le había proporcionado la información. Era un anciano procedente de la ciudad de Mosul, en el Kurdistán iraquí, al que habían trepanado urgentemente ese trozo de tripa podrida que llamamos apéndice y se hallaba convaleciente de la intervención quirúrgica. Realicé otras comprobaciones sobre el terreno. La propia casa donde nos encontrábamos pertenecía al hospital y era utilizada como centro de reunión de la asociación femenina de enfermería. Tampoco en otros detalles mentía. Lo más difícil de verificar sin otros medios que un teléfono móvil era el parentesco entre el anciano hospitalizado y la extensa familia del dictador derrocado, de modo que consideré buena, por no decir muy buena, la información de Ojos Ardientes en el sentido de que los hijos del Sadam se hallaban escondidos en una casa de aquella localidad de Mosul que pertenecía a una hermana del viejo. La mujer me proporcionó el número telefónico de su marido y sus hijos (tenía dos niñas), que se habían trasladado a El Cairo antes de que las tropas angloamericanas entraran en Bagdad. Ella les llamó y asistí a una cariñosa conversación. Acto seguido me puse en contacto con la teniente Maja, mi contacto de seguridad en el palacio del virrey Bremer. Definitivamente era mi día de suerte: estaba de servicio y envió de inmediato un blindado medio sobre ruedas en el que Ojos Ardientes y un servidor hicimos el trayecto con el viejo convaleciente desde la entrada de urgencias del hospital hasta el palacio real, aquel enorme inmueble convertido en la cueva del nuevo Alí Babá y sus ladrones. Allí Maja, o sea, la teniente Mary Jackson, nos estaba esperando. Ordenó a unos soldados que empujaran la silla de ruedas del anciano convaleciente y nos condujo por un laberinto de pasillos con techos arqueados y mesas de trabajo de una legión de burócratas que se disputaban el espacio hasta la zona noble, donde el virrey y sus colaboradores no padecían la estrechez de los funcionarios. Entramos en una sala amplia con sofás, sillones, mesitas con revistas y periódicos del día, y enseguida apareció míster Bremer con dos militares que se inclinaron a saludar al vejete y se mostraron muy interesados en la información de éste de su sobrina Ojos Ardientes. La información les pareció buena, creíble. Invitaron al anciano a dibujar un croquis sobre el lugar donde, según él, estaban escondidos los hijos de Sadam. El hombre trazó con facilidad la forma y distribución de la casa. Mientras lo hacía, aquel Bremer en mangas de camisa no quitaba ojo de encima a Ojos Ardientes. Me pareció un tipo lascivo y sucio.

–¿Acosador?

–Un puto delincuente, un violador –repuso Terri dando otro tiento al botellín como si quisiera enjuagarse la boca del asco de aquel recuerdo.

–¿Y qué ocurrió después?

–Se llevaron al anciano ante una mesa, desplegaron un mapa de Mosul y le pidieron que señalara exactamente el punto donde se encontraba la casa con los hijos de Sadam. Luego repitieron la operación con Ojos Ardientes. Los dos coincidieron. Lo que sucedió después ya lo conoces.

–Me acuerdo bien –asintió Tilo–; atronaron a tiros la zona del hotel donde me alojaba. Me asomé al balcón a ver qué rayos estaba pasando. Puse la tele y me enteré de que se habían cargados a los hijos de Sadam. Era muy temprano y Bagdad estallaba como una traca. A juzgar por los tiros de alegría se diría que la gente detestaba más a los hijos que al padre.

–Correcto. Tal como el viejo cantarin había revelado, estaban escondidos en aquella casa de estilo babilónico. La operación se inició a las seis de la mañana y duró más de una hora porque, aunque tenían fama de cobardes, vieron que no tenían escapatoria y opusieron cierta resistencia antes de caer acribillados por las granadas de mano y los disparos de los soldados estadounidenses. Con Uday y Qusay murió un hijo de éste último, de catorce años de edad. Daños colaterales.

–¿Qué pasó con Ojos Ardientes?

–La trasladaron con el anciano a El Cairo y nunca más la he vuelto a ver. A quien sí pude ver fue a Bremer por televisión, mintiendo como un bellaco y asegurando que habían cobrado los treinta millones de dólares cuando lo cierto es que ni Ojos Ardientes ni el anciano pidieron dinero y, según mis fuentes, la compensación que recibieron fue la trigésima parte de lo anunciado.

–¿Te cayó algo?

–Si, una bronca desabrida e incomprensible del altísimo.

–¿El general Felonio?

–Digamos K.

–¿Que hiciste mal?

–Todo.

–Todo es mucho. ¿Concretamente?

–Sustanciaron precipitación y desconfianza. Como si no estuvieran penetrados por tirios y troyanos, tenía que haber comunicado a Madrid la existencia de los confites y esperar a que se cocieran a fuego lento mientras me mandaban instrucciones y apoyo sobre el terreno.

–Y de paso, frustraban la operación.

–Correcto. K y sus acólitos pretendían colgarse una medalla y recibir las felicitaciones del Halconcete Ibérico, el Zorro de Londres y, por supuesto, del Etílico de Texas. Ya puedes imaginar su enfado, su rechinar de dientes por no haber podido anotarse la gesta.

9.–Cadillac

Las razones de Terri sobre aquel plantón de hacía tantos años no solo le parecieron fundadas, con esa guarnición que en castellano llamamos “creces”, sino que le resultaron sabrosas y dignas de ser compartidas. El público desconoce el trajín de la cocina. La mayoría se limita a manifestar si el alimento le gusta. Pero algunas veces se sorprende cuando conoce el condimento, la labor de cada plato. De ahí que veterano reportero enviara una nota de correo electrónico al director, como solía hacer cuando tropezaba con un tema interesante. La respuesta de Eloso se reducía casi siempre a una sola palabra: “Adelante”. Ni siquiera añadía, como en el dicho, “con los faroles”. Eloso economizaba palabras. Aunque era amable y cortés, parecía siempre muy ocupado y transmitía la sensación de tener prisa. Incluso se diría que tenía prisa de tener prisa, lo que contrastaba con su hechura física de hombre de peso, grueso, alto, fuerte y barbado. Tenía una expresión entre la curiosidad y el asombro, derivada de su forma de mirar, y un semblante de niño grande con un flequillo desobediente al agua y el peine. En la redacción central le llamaban Eloso por su corpulencia envolvente.

A Tilo aquel mote le daba risa, le recordaba el chiste sobre la velocidad de las noticias: estaba un oso encaramado en un árbol con unas ganas tremendas de follar; en esas ve venir a una leona y sin pensarlo dos veces salta sobre ella, la abraza y la perculiza a lo bestia. En plena cópula ve venir a lo lejos al león. ¡Hostias, el marido! Suelta a la leona, se larga corriendo, llega al poblado, agarra un periódico y se sienta a leerlo tapándose la cara con él. Unos minutos después llega el león jadeando, se para y le pregunta si ha visto pasar a un oso corriendo y en qué dirección iba, a lo que el oso responde: “¿Uno que dicen que ha violado a una leona?” El león exclama sorprendido: “¡¿No me diga que ya ha salido en el periódico?!”

En aquella ocasión Eloso economizó tantas palabras que no le contestó. Un adjunto suplementario, gordito con tirantes, le telefoneó al día siguiente interesándose por la historia. Lógico. El hecho de que un agente secreto español hubiese localizado a los hijos de Sadam no era asunto menor. Le parecía un reportaje extraordinario para el suplemento dominical. Y lo que es peor, lo quería ya.

Tilo reconocía la autoridad de aquel mando intermedio, una especie abundante en las grandes empresas. El principal cometido de aquellos tipos consistía en sonreír a los de arriba y escupir a los de abajo. Pero pocas veces había tratado con él, de modo que le pidió tiempo con la mayor delicadeza posible. Después de todo, los hechos se remontaban casi quince años atrás. Pero el gordito con tirantes le contestó con brusquedad que una noticia siempre era una noticia aunque fuera del siglo pasado e insistió en que quería ya el reportaje. Tilo se sintió entre la espada y la pared frente al voraz alfil.

–La fuente es digna de todo crédito, pero he de verificar algunos datos –alegó.

–Te doy dos días –concedió el suplementario.

–Necesito más tiempo.

El gordito con tirantes era peleón.

–Lo quiero en cuarenta y ocho horas –repitió alzando más la voz.

–¿No querrás que viole el código deontológico verdad?

El suplementario se puso a la defensiva.

–¿No me jodas que necesitas más tiempo?

–Si, date cuenta de que son temas clasificados como secretos de estado. Sólo unas pocas personas lo saben y los que saben no hablan. Como además en esta democracia avanzada no se desclasifica nada, pues velay.

El morboso entusiasmo del gordito con tirantes se desinfló como por ensalmo.

–Vale, tomate el tiempo que necesites –dijo con tono de decepción.

Tilo respiró y le agradeció la flexibilidad temporal. Tampoco iba él a colocar laureles en la testa del otrora Halconcete Ibérico y ahora presidente honorario del partido político gobernante, un personaje que andaba protegido (él y su familia) por más de cincuenta policías y guardias civiles con cargo al erario público.

Consultó a Terri la conveniencia de difundir aquella historia y éste dejó en sus manos la decisión, ya que Diagu Bandiera se había evaporado. Le recomendó, eso sí, no disparar sin tener repleto el cargador.

–¿Quieres decir que me puedes facilitar más munición? –Afirmativo.

–Por ejemplo, ¿el contacto de aquella teniente que os facilitó el transporte y os recibió en el complejo palatino del virrey?

–Correcto. Podría localizarla si es menester.

–¿Y Ojos Ardientes?

–Nunca más supe de ella; tendrías que localizarla tú en El Cairo, aunque a estas alturas quizá se haya mudado a Europa o a Estados Unidos. Difícil tarea, compañero.

–¿Qué pasó contigo? ¿Por qué desapareciste sin dejar rastro?

–Felonio se portó muy mal con el agente Diagu Bandiera.

–¿Te refieres al general, o sea K?

–Sí, ya te he dicho que montó en cólera…

–Ese caballo.

–Cuando se enteró de mi participación casual en la localización de los vástagos de Sadam, en vez de felicitarme como haría un jefe normal me retiró de la misión y me condenó al cometido interior de oler braguetas de políticos lujuriosos de la especie de los corruptos para el archivo de doble filo del Centro de Inteligencia Nacional. Invoqué la clausula de conciencia y rechacé aquella tarea porque era manifiestamente ilegal, como casi todas. Felonio se enojó más todavía.

–¿Le pediste la orden por escrito?

–Los cometidos inconfesables no se escriben.

–Pues es una pena.

–Me dejó en dique seco y me fumigó con isotopos radiactivos.

–¿Qué significa?

–Una contaminación muy difícil de eliminar: el rumor de que había cobrado la recompensa por la captura de los hijos del sátrapa.

–¡Qué hijo de la gran puta! Supongo que te defenderías.

–No había manera.

–Podías haber solicitado el testimonio escrito, una sencilla carta al virrey Bremer.

–Todos mienten. Como periodista ya sabes que la mentira viaja a la velocidad de la luz.

–Da la vuelta al mundo antes de que la verdad se haya puesto los zapatos.

–Aquel Bremer era un bellaco –añadió Terri–; le vi mentir por televisión sobre el pago de treinta millones de dólares a las personas que facilitaron la captura de los huseinis.

Tilo evocó la extracción especulativa de aquel personaje de la especie de los escualos de la Bolsa de Nueva York y pensó que tenía poderosas razones para mentir, pues su nombramiento como administrador general de Iraq por parte del Etílico de Texas respondía al objetivo de enriquecer a sus superiores y a sí mismo, naturalmente. El nuevo Alí Babá había sustituido a un general jubilado que llamaban Jay Garner. Era posible que el nombre de aquel Garner fuese propicio a la aclamación (”¡Jay, jay, jay!”) en las calles de Bagdad, algo que no ocurrió, pero el personaje debía de ser poco apto para apropiarse del botín con la presteza y en la cuantía que sus superiores del Pentagono, la Casa Blanca y el Senado demandaban, de modo que lo sustituyeron enseguida.

–¿Qué opinión tenías del primer virrey Garner?

–La que se puede tener de un idiota presumido. Físicamente era un sujeto fornido, rubio entrecano, como de sesenta años; si le quitabas el traje de alpaca, la corbata verde grima y los zapatos color hueso y le ponías una camisa a cuadros y unos tejanos con botas semejaría al típico fanfarrón del oeste americano. Intelectualmente era más corto que las mangas de un chaleco: ni conocía el país ni estudió su diversidad e idiosincrasia. Ni poseía capacidad de entenderlo. Creo que solo sabía contar hasta tres: primero, segundo y tercero; bueno, malo y regular; tierra, mar y aire; vini, vidi, vinci. En fin, un desastre.

–Quitaron al imbécil y pusieron al bellaco a democratizar el país –le secundó Tilo antes de contarle el chiste de aquel señor que votaba a Alí Babá para que los ladrones solo fueran cuarenta.

–Aquel Bremer tenía una corte impresionante de sinvergüenzas. Todos los contratos importantes de la reconstrucción iban a empresas estadounidenses y británicas. No sé yo si alguna empresa catalana de aguas y saneamientos rascó algo, pero los españoles recibieron un trato displicente de la administración estadounidense. Ni siquiera el intrépido Mancha consiguió el contrato de la recogida de chatarra al que optaba.

–Es lo que tienen las guerras, que producen mucha chatarra.

–Y demasiada sangre inocente.

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Restos de un coche en el que viajaban agentes españoles asesinados.

En este punto se refirió Terri a la muerte de sus siete compañeros del servicio de inteligencia unos meses después de la desaparición de Diagu Bandiera del mapa de aquel rico y atormentado país, el más occidentalizado del mundo árabe.

–Los cazaron como conejos porque alguien los delató –dijo.

–¿Quién pudo ser?

–Alguien quería silenciarlos… Para siempre.

–Recuerdo que hablaron de un fallo de seguridad por parte de los finados.

–Es lo más fácil: los muertos son los únicos culpables.

–Eso les pasa por morirse –ironizó Tilo.

–Aquello fue un cóctel de bisoñez e incompetencia.

Como si quisiera dejar constancia de la responsabilidad del mando supremo operativo, Terri afirmó que el jefazo K conocía con sesenta días de antelación las amenazas de muerte contra dos agentes finalmente asesinados.

–Sabía que los iban a matar y no dio orden de sacarlos de allí, si bien ellos tampoco deseaban largarse –dijo.

–Supina torpeza parece.

–Correcto. Y demasiada ambición –añadió–. Algunos agentes fieles a Sadam les montaron una película sobre la información que yo había recibido para capturar a los hijos del dictador y ellos mordieron el anzuelo, creyendo que podían localizar al propio Sadam, cuya cabeza había sido tasada por el virrey Bremer en veinticinco millones de euros. Para K, un éxito de tal magnitud equivalía a ingresar en las páginas de la Historia y para aquellos incautos suponía una vida regalada para sí y sus descendientes. Vamos, que aquello era jauja en el país de Alí Babá y los cuarenta mil ladrones. Las amenazas que recibían los dos agentes destinados en la embajada fueron interpretadas con la lógica del odio a los malditos invasores, algo tan natural como una patata podrida. ¿Para qué complicarse la vida, verdad? Sólo que la mezcla de esa insensatez derivada de la idiocia y de una ambición desmesurada produce nitroglicerina y suele acabar en materia trágica. En este caso tuvieron el primer aviso cuando un clérigo llamó a la puerta de la residencia del agente encargado de la seguridad de los diplomáticos y un sacristán le descerrajó un tiro en el cráneo. Gajes del oficio, dijeron. El crimen venía a confirmar que la información obtenida sobre el escondite de Sadam era buena, de modo que decidieron perseverar en el cometido de atraparlo. Date cuenta que no habían encontrado las famosas armas de destrucción masiva y el Etílico de Texas y sus compinches necesitaban enjugar el superávit de falsedades con la captura del depuesto Husein. Los tipos de su antiguo servicio secreto siguieron troleando a los agentes españoles hasta aquel penúltimo día de noviembre en que, al verlos juntos y reunidos, decidieron acabar el juego. El resto ya lo conoces.

–Dijeron que había sido un fallo de seguridad y les hicieron un funeral privado, sin prensa, bajo una carpa en los jardines del Centro de Inteligencia –recordó Tilo.

–Correcto. Un fallo al cubo, inspirado en una antología de Anacleto. Fue una cacería de pardillos que produjo un descrédito extraordinario. Cuando la verdad se fue abriendo paso se supo que los ocho agentes del plantel secreto almorzaron en un establecimiento de Bagdad. Cuatro se iban a incorporar a la misión después de Navidad y viajaron a la situación. Los otros cuatro les proporcionaban los contactos y las primeras informaciones sobre el terreno. Después de comer emprendieron viaje en dos coches todoterreno hacia el cuartel de las tropas españolas, estacionadas en una zona “hortofrutícola” –según la definición de aquel ministro de defensa que confundía los pedruscos con los nabos– del suroeste del país. Habían recorrido unos treinta kilómetros cuando el último coche fue baleado por unos tipos armados con ametralladoras desde un cadillac blanco que circulaba detrás. El conductor aceleró y adelantó a sus compañeros para avisarles de que les estaban atacando, pero éstos no tuvieron tiempo ni de sacar las pistolas (no llevaban armas largas) porque inmediatamente los del cadillac (cinco individuos) les rebasaron y los acribillaron a balazos. El conductor quedó malherido, otro agente murió de inmediato. El coche no llevaba blindaje. Se salió de la carretera y quedó atrapado en un terreno enfangado. Los atacantes alcanzaron al segundo todo terreno, ametrallaron los neumáticos y mataron al conductor y a dos de los tres ocupantes. Uno se salvó porque se le encasquilló la pistola, saltó del coche, cruzó la carretera y pudo esconderse.

Entre tanto, uno de los dos agentes vivos del primer coche empantanado y con pocas posibilidades de huir, telefoneó a Madrid pidiendo ayuda. Pero su llamada al coronel jefe que debía enviar rápidamente los helicópteros para sacarlos de allí y perseguir a los enemigos no surtió efecto. El jefazo escuchó la voz del agente: “Nos han atacado, tenemos dos muertos, avise a la brigada que manden helicópteros”. La comunicación se cortó. El agente volvió a llamar instantes después para darle las coordenadas del lugar, pero la comunicación se volvió a cortar. ¿Cuántas veces repitió la llamada? No lo sabemos. El coronel se hallaba en la planta sótano de unos grandes almacenes madrileños realizando unas compras. Tenía mala cobertura telefónica. Fue una pena que no pudiera hacer nada. Los coches de los espías no llevaban localizador. Otra pena.

Los enemigos del cadillac aparecieron otra vez, pero no en el potente coche de lujo fabricado por la General Motors, sino apostados en las terrazas de unas casas cercanas desde las que dominaban el terreno. Poco podían hacer para defenderse los tres que quedaban vivos, salvo agotar las balas de sus pistolas. En veinte minutos los liquidaron. Gentes del pueblo cercano al lugar de la emboscada quemaron los coches y bailaron sobre los muertos.

–¿Recuerdas si destituyeron o dimitió algún jefazo?

–Los canallas no suelen dimitir –respondió Terri–. El asunto quedó para la oscura antología de la necedad.

Seguir leyendo Las resurrecciones de Diagu Bandiera (I)

Las resurrecciones de Diagu Bandiera (II)

10.–Tabernilla

Desde el casual reencuentro en el Palacio Real, iba a hacer un año, el agente secreto con grado de coronel en la reserva Laureano Terricabras desvivía encapsulado por razones de seguridad. Apenas salía de su guarida, de modo que solían quedar en La Tabernilla a última hora del día, cuando Tilo terminaba su labor. La Tabernilla nada tenía de taberna. Era el zaguán de una vieja finca de renta antigua a la que se accedía por el primer portal de la acera derecha de la calle Minas, según se sube desde Pez, pero le llamaban tabernilla para entenderse entre vecinos. Allí se reunían el viejo carterista Ramón Malalata y sus discípulos, tres o cuatro jóvenes a los que adiestraba en el manejo de la tercera mano y el sexto dedo.

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Calle Minas, donde estaba la Tabernilla.

Frente a la puerta de entrada al portal había un ascensor pegado a la barandilla de la alternativa tradicional: una escalera estrecha, con peldaños de madera muy gastados. A la izquierda había un tabique, una portañuela con ventanilla y letrero broncíneo: “Portería”. Dentro estaba lo que llamaban “tabernilla”, una pieza rectangular con una mesa larga de tabla, un banco corrido de madera y varios taburetes. Sobre la repisa de azulejos de una ventana con barrotes que daba a la calle había un tablero de ajedrez con una partida a medias. La estancia doblaba hacia un pasillo que conducía a un patio de luces. Una pequeña mesa redonda de mármol con dos sillas era el lugar habitual de Terri. Un arcón frigorífico ocupaba el vano de la escalera y contenía frascos de cerveza y botes de refresco de limón. Un letrero sobre una pequeña caja metálica de caudales con una ranura en la tapa decía: “Pagar antes de soplar” e indicaba el precio de los botellines de cerveza y los refrescos. La portera, una mujer amable y hacendosa que respondía al nombre de doña Rosario y fumaba puros, se ocupaba de que no faltase el bebercio y, en ocasiones, compraba con el redondeo grandes bolsas de cacahuetes, maíz tostado para hacer palomita y tarros de aceitunas.

Además de Terri y Malalata y sus discípulos, frecuentaban el estadero el señor Perrote, propietario de la finca, amante viudo de doña Rosario y forofo del Atlético de Madrid, al que debían el favor de haber colocado una televisión en lo alto de la esquina; un sabio ucraniano, enjuto y de nombre impronunciable, al que llamaban Compendio o Compe para abreviar; una señorita madura de muy buen ver a la que decían Lafun, como “la funcionaria”, pero más breve, y su mayordomo, un negro alto y flaco, de unos treinta y cinco años que decía haber nacido en Egipto y al que llamaban Alibombos.

Terri le presentó a los parroquianos presentes y los englobó en la característica general de “buena gente”.

–¿Los carteristas también? –Se extrañó Tilo.

–Afirmativo. Usan métodos tradicionales, mil veces mejores que los navajeros.

–Visto así, tienes razón –admitió.

–Y son la hostia de solidarios: si uno cae detenido, los demás pagan la fianza.

La estima del agente secreto hacia aquellos amigos de los ajeno le pareció un signo de buena crianza, pues gracias a Malalata y a su discípulo Santi Muelles había encontrado él aquel agujero donde se sentía seguro, es decir, a salvo de las asechanzas del enemigo interior, que vigilaba su antigua casa alquilada y giraba visitas regulares a su hermana en Guadalajara para dejarle recados, invitaciones e incluso ofertas comerciales de automóviles y motocicletas a precio de ganga.

–Me parece increíble e injusto que una persona de tu rango tenga que vivir oculto –le confesó Tilo la primera vez que quedaron.

–El mérito no es mío, te lo aseguro.

–¿Del general Felonio?

–Correcto. Ha hecho todo lo posible para que me liquiden.

–¿Quiénes, si se puede saber?

–Terroristas argelinos y de los otros –respondió Terri.

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Acto oficial de la Pascua Militar.

El veterano reportero comprendió entonces el significado pleno de las expresiones del coronel recién condecorado hacia el general Felonio en la Pascua Militar: “Me han destapado, me han jodido bien”. Un espía identificado con su propio nombre en el Boletín Oficial del Estado y retratado con su jefe operativo colgándole una medalla era la mejor pista para encontrarle, abrirle en canal o meterle varios plomos bajo boina.

–¿Argelinos… Cómo es eso?

Con más de cuarenta años de edad, Terri daba por periclitada su carrera en los servicios secretos. Un expediente disciplinario abierto por deslealtad, otro por desobediencia muy grave al jefazo K, una implacable “investigación de seguridad” y los “isótopos radiactivos” incrustados en su fama le convertían en un tipo indeseable. Procuraba mantenerse lejos de los agentes de confianza del general Felonio y de cuantas personas, animales y cosas pudieran despertar el interés del enemigo. Aquello incluía a los periodistas y concretamente a Tilo. Bien es verdad que durante aquel tiempo colaboró extraoficialmente con un amigo de los servicios británicos en una información sobre la estancia en una isla española del Mediterráneo de un ministro del gobierno de su nada graciosa majestad con su amante. La amante resultó ser la legítima esposa del primer ministro, el belicoso Zorro de Londres. El asunto terminó en divorcio. Lógico. Y el ministro dimitió por razones personales.

–En una democracia avanzada como la nuestra no habría dimitido –dijo Tilo.

–Correcto –repuso Terri, al que ofrecieron un dineral para que pareciera un accidente.

–¿De los dos?

–O al menos de la mujer –dijo.

–¡Joder, cómo las gastan!

–Tuve que aclarar que no mataba mujeres ni calvos ni amantes –se apresuró Terri.

–¿De cuánto dinero estamos hablando?

–Los valoraron a millón de libras por cabeza.

–¿En eso emplean los fondos reservados?

–Correcto. Y además hacen negocio. En este caso supe después que una importante productora cinematográfica se disponía a realizar una película sobre el suceso antes de que ocurriera.

–El que no corre, vuela, cosculluela… ¿Por qué quieren matarte los argelinos?

–Te cuento. Después de un tiempo en el dique seco me ofrecieron un destino en Argelia. En una de las visitas semanales al Centro, a las que estaba obligado por C (control), el burócrata que siempre me formulaba las mismas preguntas –si hacía deporte, si había comprado un coche, si había salido de la ciudad y blablablá– me comunicó que K deseaba hablar conmigo y me acompañó hasta la puerta de su despacho. Malditas ganas tenía de ver el morro del general. Por suerte no lo vi. Su gran despacho, acribillado a micrófonos y microcámaras, estaba habitado por un tipo que no era Felonio. “Soy J”, me dijo. Se trataba de un individuo como de cincuenta y tantos años, alto, feo, trajeado, con una insignia áurea en el ojal. Le había visto alguna vez en televisión. Me tendió una mano enérgica y nudosa y me llamó por el nombre de pila como si me conociera del barrio. Aquello me escamó. Nunca nadie me había llamado Laureano en el Centro. ¿Qué querrá éste? Me invitó a sentarme ante su mesa semicircular de caoba, abrió un cajón y me tendió un sobre. Dentro estaba la documentación personal de Diagu Bandiera.

–Este agente ha muerto, se ha evaporado –le hice saber.

–Es menester que resucite, lo necesitamos –me contestó. Y me soltó un discursito lleno de artificios sonoros y conceptos ensamblados. Me pareció un pijotécnico, un pedantuelo de la hostia con esa verborrea plagada de anglicismos que utilizan los modernos.

–Vamos, que no te cayó nada bien.

–Como una patada en los cojones. ¿Qué pintaba un diplomático al frente de los servicios secretos? Enseguida me di cuenta de que lo utilizaban por motivos cosméticos para limpiar el cutis después del desastre de Iraq, aunque el mando seguía en manos de K.

–¿Te dejaste resucitar?

–Qué remedio: soy un hombre de acción que necesita un salario para vivir; la otra opción era quedar en la calle. En resumen, el peón volvía al frente. Y ya sabes que los peones no tienen retroceso.

–A atosigar al caballo.

–Me necesitaban para una misión en la zona de Argel donde los salafistas habían empezado a hacer de las suyas: matar turistas y secuestrar visitantes y residentes europeos y norteamericanos con mucha ciruela.

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Calle en Argel.

Terri le siguió contando cómo aquel Diagu Bandiera, procedente de Iraq y poseedor de una documentada historia más falsa que Judas sobre el combate a muerte contra los invasores paganos, se infiltró en una célula salafista dedicada a pequeños sabotajes y tareas secundarias. En medio año se ganó la confianza de los tres líderes de la organización y llegó a ser respetado por su visión política, conocimientos tácticos y preparación operativa, ya que manejaba las armas cortas mejor que un atracador, las largas como el gran combatiente que había sido en Iraq y demostraba que era capaz de derribar un avión con un rudimentario tubo lanzagranadas sin mira telescópica.

–Todo iba bien, me había integrado en la célula de élite con nueve combatientes o terroristas de primera, y me iba ganando la confianza de los cabecillas. Realizábamos asaltos a empresas estadounidenses, chozas de lujo de individuos paganos e indeseables, atracos a bancos… Después de casi tres años de actividad me mantenía a flote sin que sospecharan de mi fe y lealtad ni pudieran atribuirme falta de esmero, dedicación y rigor. Diagu era sinónimo de acierto sin necesidad de matar a nadie. Los hermanos cabecillas lo sabían y llegaron a encomendarme una misión fundamental que ahora te cuento.

–Los peones suelen tener cobertura. ¿Tenías ayuda?

–En apariencia, aquel combatiente que había regresado de Iraq después de realizar acciones de mucho mérito contra los hijos de Satan, estaba empleado en una empresa eléctrica que instalaba transformadores y realizaba tendidos de cables de alta tensión en zonas alejadas de la capital. Esa era toda mi cobertura. Ni alojamiento de seguridad me proporcionaron.

–Creo que titularé esta parte del reportaje: “Carne de espía para los lobos”.

–Lo de la carne me parece acertado, pero en otro sentido. Comprenderás que Diagu tenía sus necesidades sexuales, necesitaba el consuelo de una mujer, o de varias, una cerveza de vez en cuando… El ascetismo es el peor enemigo del ser humano.

–¿Follaba algo?

–Todo lo que podía; era un hombre soltero –lo sigo siendo–, un nómada sexual.

–¿Y podía mucho?

–Desde luego; incluso realizaba horas extra a escondidas para evitar los celos.

En este punto Terri alzó la vista hacia el televisor del ángulo de la Tabernilla como si tuviera que hacer memoria o disimular el jaque que estaba preparando sobre el tablero. Dio un sorbo al botellín de cerveza.

–Bueno, los nombres no importan. Dos eran hermanas de un elemento del triunvirato salafista y, si mal no recuerdo –tendría que mirar mi cuaderno secreto–, una era prima de otro líder y las otras dos pertenecían a la familia de un reputado imán. Fueron tiempos muy productivos.

–¡Joder con Bandiera! Una mujer para cada día de la semana.

–En estos menesteres nunca sabes cuál será tu último polvo y aprovechas las relaciones familiares. Supongo que será el impulso biológico del guerrero –argumentó.

–Tienes razón: nunca sabemos cuál será el último polvo –apuntaló Tilo.

La conversación derivó hacia la sexualidad entendida como el ejercicio más placentero que a los humanes dio la madre naturaleza. Se refirió Terri a los gustos de Diagu en materia femenina y en lo que Tilo le confesaba que no quería morir sin probar a una negrita, una dulce caribeña, una japonesa y una indú, le asestó jaque mate. La moral del veterano periodista quedó al nivel de los calcaños. Eres más tonto, se reprochó, que el que se lava los pies con los calcetines puestos.

–Vale, te concedo la revancha –dijo Terri antes de retomar el hilo de sus experiencias como soldado de Alá o combatiente alado, que diría el maestro Malalata.

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Desierto de Argelia.

Gracias a las informaciones del espía infiltrado Diagu Bandiera, las autoridades españolas se anotaron buenos tantos como la liberación de cuatro rehenes franceses que llevaban dos años secuestrados. El Centro de Inteligencia Nacional recuperó además credibilidad y prestigio ante el Tío Sam con la liberación de un judío virginiano millonario al que mantuvieron cautivo más de un año.

–Se necesitan tripas para tener encerrada tanto tiempo a una persona en una infecta covachuela del desierto –dijo Tilo.

–Diagu hacía lo que podía, pero los gobiernos tienen su propio ritmo.

–Y no suelen mover un dedo por la gente de clase media y baja –anotó Tilo.

–Los cautivos franceses eran jóvenes espeleólogos en busca de minerales estratégicos.

–Tanto tiempo esos gabachos en Argelia sin enterarse de la morfología del territorio… A esos les llamaba zotes mi maestro.

–Se enteraron de lo que les interesaba. Ellos explotan los yacimientos de uranio de Arlit, una zona desértica en territorio nigeriano, muy cerca de la frontera argelina. Menudo negocio tienen ahí. Son las terceras minas del mundo en extracción de uranio. Esos yacimientos les han permitido alimentar desde los años sesenta del siglo pasado la red de centrales nucleares y suministrar energía eléctrica a todos sus vecinos, incluidos los ingleses. Por cierto que las fotografías de los genios de la inteligencia británica sobre las instalaciones de las armas de destrucción masiva de Iraq fueron tomadas en esa zona.

–¡No fastidies!

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Depósitos de Uranio franceses en el norte de África.

–No sé si se publicó entonces, pero lo cierto es que las fotos que acompañaban el informe secreto del gobierno británico con el que comulgaron los amigos americanos y el gobierno español contenía unas fotografías bastante borrosas, como sacadas con mira telescópica desde muy lejos, en las que se veían unos almacenes terrosos en algún paraje inhóspito y apartado del desierto. Yo mismo tuve la ocasión de comprobar que eran unos almacenes de la empresa estatal francesa Areva que explota esas minas.

–O sea que los franceses todavía deben de estar riéndose a carcajadas de sus colegas británicos y estadounidenses.

–Correcto. Y de nosotros también. En fin, todas las mentiras eran útiles para justificar aquella guerra de rapiña y criminalidad desatada que todavía dura hasta el día de hoy –lamentó el coronel.

El reportero recordó entonces algunas preguntas sin respuesta de los administradores estadounidenses sobre las famosas esporas de ántrax, la falta de máscaras de protección contra los supuestos gases tóxicos, la carencia de vacunas y otros remedios contra las armas bacterianas y la inexistencia de esos trajes protectores, como de astronautas, y de esas duchas de agua y yodo contra la contaminación radiactiva. Nada de aquello llevaban consigo los militares y el alto mando atacante de Iraq. Tampoco disponían de herramientas de protección básica los altos funcionarios que ocupaban el enorme palacio del depuesto Sadam. Un colega preguntó al virrey Bremer: “¿Por qué razón sus colaboradores no disponen de máscaras de protección, vacunas y trajes contra la radiactividad… Es que quieren morir?” Y contestó éste: “Ni yo ni mis colaboradores tenemos miedo, no vamos a morir y vamos a conseguir que la gente sea feliz”.

La conversación se desvió hacia el escenario iracundo, que decía Malalata, y llevó a Terri a aportar otros datos de interés para Tilo, como, por ejemplo, el control que sobre el virrey Bremer ejercía un tal míster Wolfowitz. Aquel Wolfowitz era asesor del Etílico de Téxas y segundo jefe del Pentágono. Su apellido lo decía todo. Entraba y salía de Iraq sin ser visto. Aparecía y desaparecía en la extensa mole palatina del virrey por el largo túnel secreto que conectaba el palacio con el aeropuerto. Por aquel túnel habían huido bastantes mandos militares y casi todos los jefes de la famosa guardia nacional de Sadam, con sus maletas llenas de dólares. La traición los hizo ricos. Unos se largaron a Suiza y a Estados Unidos, otros recalaron en El Cairo, Berlín, la Costa Azul francesa, Estambul, Crimea…

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Mujer iraquí junto a la tumba de su hijo muerto.

El astuto Wolfowitz había eliminado con dinero a los peones protectores de Sadam y destruido su enroque antes de que la caballería entrara en Bagdad. Era el peor de aquella tropa que sembró el país de muertos, el ambicioso personaje que supervisaba y decidía el uso de los inmensos recursos económicos para una “reconstrucción” a precio de oro que los iraquís todavía están pagando.

–Estuvieron a punto de cazarlo –dijo Tilo.

–Era un judío muy escurridizo –afirmó Terri.

–Recuerdo una mañana muy temprano. Yo estaba tomando café en la calle Karrada… Me gustaba tomar el pulso de la ciudad antes de que el calor comenzase a apretar, recorrer las calles del poeta Al Mutanabee y el barrio viejo de Al Raschid, con su matinal bullicio comercial, en apariencia ajeno a la ocupación militar…, escuchar a los vendedores de alfombras, samovares, joyas, lámparas, abalorios y un sin fin de fruslerías…, a los artesanos del cobre, el estaño, el latón del zoco de Al Safafed… Hablaban, opinaban y discutían sobre los acontecimientos de la noche y el día, de modo que bastaba poner la oreja para cerciorarse del daño y las fechorías de los ocupantes y de la organización de la resistencia… El mercado de animales –pájaros, patos, gallinas, ovejas, perros, gatos, gallos, burros, dromedarios, carneros, caballos– era otro lugar de interés en mi cometido… El caso es que estaba tomando café en un aguaducho de aquella calle comercial mientras llegaba el traductor cuando escuché varios zambombazos al otro lado del río. Nos acercamos a ver qué había ocurrido: los feyaidines habían atacado un edificio con granadas de mortero. Chafardeamos y nos enteramos de que era el hotel donde se alojaba Wolfowitz, pero no le tocaron ni un pelo. Las granadas estallaron en la planta equivocada y una ni siquiera llegó a explotar. Unas horas después, un empleado quiso hacerme un regalo. A cambio de una buena propina se inclinó, levanto una parte de la enorme alfombra que cubría el suelo de la entrada al hotel y me mostró un retrato de Bush padre, el primer atacante de Iraq. Lo habían impreso con tinta china para patearlo y repatearlo por mucho tiempo. Al llegar los carros de combate enviados por Bush hijo consideraron prudente ocultarlo bajo aquella pesada alfombra.

El espía le escuchaba sin desviar la vista del tablero de ajedrez. El reportero se incorporó a servir un par de botellines y se asomó al ángulo del estadero.

–¿Desean tomar algo los señores?

–Eso ni se perguntadijo Malalata. Sus discípulos asintieron.

–¿Y la señorita? –Preguntó Tilo mirando a Lafun, que discurría la jugada frente al correoso doctor Compendio.

–Vale, gracias. Y algo para los monos –contestó sonriendo, que era lo que él quería; tenía una sonrisa preciosa aquella Lafun.

Cuando regresó se dio cuenta de que Terri se disponía a merendar a la reina.

–No perdonas una –se quejó.

–Que se haga republicana –contestó sacrificando un alfil para alimentar su caballo con tan suculenta col.

–Me vas a obligar a hacer feliz a este sarasita –reaccionó Tilo moviendo un peón.

Terri permaneció en silencio, la boina inclinada sobre la testa apoyada en el revés de la mano cual pensador en la puerta del infierno. Tilo protegió y avanzó su peón con la intención de llegar a la octava fila.

–¿Sabes cuál es la mayor felicidad de un peón gay?

–Ni idea.

–Convertirse en dama –respondió.

A continuación el reportero manifestó su interés en conocer cómo Diagu Bandiera salvó el físico en Argelia. Le parecía un dato bien relevante para su reportaje sobre el espía de sangre española que descubrió, gracias a una mujer (Ojos Ardientes), el escondrijo de los hijos de Sadam. A todo esto, el adjunto suplementario, o sea, el gordito con tirantes, se había puesto estupendo urgiendo la entrega de la historia, y quería tener, al menos, el relato completo del agente amenazado de muerte por tirios y troyanos.

11.–Molécula

Más de tres años infiltrado en la élite de los terroristas del desierto argelino rindieron unos frutos muy valiosos, aunque a Terri no le proporcionaban ni el dinero necesario para vivir con decoro. De hecho desvivía como un austero mahometano con el salario de electricista de alta tensión, equivalente al de comandante sin mando y con destino, del que debía descontar algunos gastos obligados por el destino propiamente dicho, la aportación al sostenimiento de la mezquita, el pago de los mensajes y otros importes habituales.

–¿Los yihadistas no cobraban?

–Supongo que algunos líderes se enriquecían con aquella industria, aunque, en general, aquellos descerebrados esperaban su premio después de muertos.

–Los famosos jardines con hermosas doncellas, ríos de leche y miel… Pero, entre tanto, ¿adonde iba la pasta de los secuestros y atracos?

–Y la de algunos potentados que garantizaban su seguridad con grandes donativos. No olvidemos la dimensión mafiosa inherente a las causas santas.

–Los santos católicos no robaban ni mataban: hacían milagros.

–Ya. Escarba y verás a qué se dedicaban los príncipes de la Iglesia Católica y las grandes órdenes religiosas de la cristiandad, por ejemplo, la muy católica y apostólica orden de Santiago hace cinco siglos. Seguramente encontrarás el espejo de la yihad musulmana.

–¿A qué dedicaban toda aquella pasta?

–A comprar armas y captar y mantener fanáticos en toda Europa para extender su guerra santa. Los salafistas argelinos eran –lo siguen siendo– muy buenos clientes de algunas empresas europeas de armamento. Diagu documentó e informó, sin éxito ni resultado, la entrega de varios cargamentos de armas largas, minas, granadas y municiones a aquellos fanáticos.

–¿A qué atribuyes la falta de éxito? Ya supongo que la policía argelina…

–Era material made in Spain –aseguró Terri.

El veterano reportero le solicitó concreción y el coronel en la reserva trasladó desde la memoria a la lengua unos datos suficientes para, por si solos, armar un buen reportaje. El periodista puso su cerebro en “modo grabadora”, como se dice ahora. Estaba acostumbrado a retener con una precisión casi textual cuantas frases y cifras le interesaban.

–Cometí el error de cumplir con mi deber, insistí demasiado y acabé en el disparadero.

–¿Cómo fue eso?

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Salafistas armados.

–Debí de percatarme de que la información sobre los desembarcos de armas desde buques supuestamente pesqueros no surtía efecto. Eran cargamentos considerables. Los argelinos las revendían a grupos malienses, nigerianos, sudaneses y somalís. Hacían un negocio de la leche. La primera información que pasé resultó improductiva. Supuse que no había llegado o no la habían visto a tiempo. Las dos circunstancias quedaron descartadas cuando mi enlace, por llamarle de algún modo, me mostró el ordenador y pude comprobar la fecha y la hora de la respuesta en la papelera de reciclaje.

–¿Era fiable tu enlace?

–Del todo.

–¿Quién era, si puede saberse?

–Una panadera de confianza. Por si te interesa te doy el nombre: Maïssa Grine. Aunque yo le llamaba Molécula.

–¿Por qué?

–Tenía el culo como una mole, un culo de la hostia…

–¿No le molestaba tu asqueroso machismo?

–Al contrario, le gustaba que se lo palmeara.

–Diagu y las mujeres…

–Molécula era una madurita repudiada, madre de cuatro hijos, instruida y muy laboriosa. Iba a verla alguna noche y te aseguro que le alegraba la vida, pero no por lo que estás pensando, sino porque se ganaba sus cien dólares, unos doce mil dinares argelinos, que es una pasta, por la sencilla operación de abrirme el correo electrónico y permitirme escribir, enviar y borrar los mensajes a continuación. El caso es que el segundo mensaje sobre la fecha, la hora e incluso las coordenadas del siguiente cargamento que trasvasaron cerca de la costa a las motoras de los terroristas tampoco mereció la atención de las autoridades policiales del país.

–Corruptas, por supuesto –adujo Tilo.

–Aristóteles dijo que un burro voló, puede que si, puede que no. Un tiempo después me enteré de la llegada de otro transporte y transmití la información. El resultado fue idéntico.

–¿Cómo sabías que eran armas españolas?

–Yo mismo organicé la protección de un transporte en una cueva del desierto y las vi. Eran armas largas y cajas de municiones españolas, te lo aseguro.

–¡Joer, Terri, no lo dudo!

–Y decenas de cajas de minas anti persona, que habían sido prohibidas por ley.

En este punto recordó Tilo la vez que le tocó cubrir una operación de propaganda del Halconcete Ibérico en el cuartel de ingenieros del ejército, donde inauguró un llamado “centro internacional de desminado” para formar a los artificieros de los países con zonas de su territorio sembradas de aquellas armas de destrucción indiscriminada. ¡Menudo falsario! Nevaba y hacía un frío del carajo. En aquel lugar de infausto recuerdo, aquella academia de ingenieros, situada en la antesierra del Guadarrama, había perpetrado el dictador enano asesino del Pardo los últimos fusilamientos dos meses antes de diñarla.

–En resumen, que alguien se oponía a que les jodieras el negocio –sugirió Tilo.

–Correcto. ¡Jaque mate!

–Si es que no estoy a lo que estoy –se quejó Tilo.

Lafun se acercó a darles las buenas noches. Madrugaba. El periodista le contó un chiste (“¿Sabes por qué el rey del ajedrez está siempre triste? Pues porque no puede comer a la dama”). Ella sonrió. Era lo que él quería: tenía una sonrisa preciosa. Su contrincante sobre el tablero, el sabio Compendio se acercó con el taburete en la mano y se sentó al lado de Terri, cuyo cráneo privilegiado le permitía relatar sus vivencias sin perder detalle de los movimientos del adversario y elaborar su estrategia para sorprenderle.

–¿A quién se supone que fastidiabas el negocio, además de a los salafistas, claro? –Le preguntó Tilo, sabedor de que el sabio ucraniano era de confianza y no entendía más de dos palabras seguidas en castellano.

–Ahora vamos a ello. De momento quiero que sepas que Diagu pudo burlar a la muerte gracias a una amorosa mujer de las que te he hablado antes. Era hermana de uno de los cabecillas y había visto cosas. Ella le alertó: “Vete, escóndete, desaparece… No quiero que te maten”.

–¿Qué cosas, si se puede saber?

–Limpiando la alcoba de su hermano vio unos papeles con varias fotografías impresas de Diagu y un texto que le ponía al descubierto como agente secreto, un traidor perfectamente degollable al anochecer.

–¡Jo…der!

–Mira por donde el nomadismo sexual me salvó el pescuezo. ¿Entiendes ahora por qué las mujeres son lo mejor de la vida?

–Desde luego.

–Para evitar cualquier sospecha y daño a aquella hermosa criatura, Diagu hizo llegar al jefe de la banda el mensaje de que había enfermado de tuberculosis y se retiraba por recomendación médica al Sable de Oro, un lugar de la costa apartado de la civilización.

–Muy considerado de tu parte.

–Hice lo correcto. Y te ruego que no vuelvas a llamarme machista.

Tilo se disculpó por la interpretación equivocada de los cachetes en el trasero a la señora Molécula. El sabio Compendio, que parecía que no entendía nada, se rió, señal de que disponía de un entendimiento selectivo.

–Supongo que la amiga Molécula le proporcionó un buen escondite –aventuró Tilo.

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El Sable de Oro en Argelia.

–No, Diagu se trasladó en cuerpo y alma al Sable de Oro, una zona residencial de huertos e invernaderos en la comarca de Zeralda.

–¿Creía que no le iban a creer?

–Correcto. En algunas circunstancias la verdad funciona como la mejor mentira –dijo Terri.

En este caso la verdad falló y los husmeadores le localizaran y le obligaran a enviar una respuesta a los cabecillas que habían ordenado martirizarle.

–¿Qué respuesta?

–¿De veras te interesa?

–Claro.

Terri espantó una mosca de un manotazo, empuñó el botellín, dio un trago y le dijo que había desorejado a un tío.

–Puesto que la primera acción de esos bandidos –añadió– es cortar las orejas y sacar los ojos a los espías (a los chivatos les cortan la lengua), Diagu se vio obligado a actuar en defensa propia: sorprendió a uno de aquellos sicarios y lo desorejó de un tajo. Sólo le seccionó un trozo de la oreja derecha y le perdonó los ojos para que viera que el hermano traidor, al que iban a torturar primero y ultimar después, no era un hijo de Satán.

–¿Quién crees que te delató?

–Tengo pocas dudas de que fue K.

–¿Cómo lo sabes?

–Lo sé.

–¿Lo verificaste?

–Afirmativo. Pedí a Molécula que preguntara por mí en la empresa eléctrica que me asignaron de tapadera y de la cual recibía el salario, y le dijeron por teléfono que ya no trabajaba allí. Le pedí que se interesara en persona y fue a las oficinas, peguntó a varios empleados; nadie daba cuenta de mí, pero ella insistió, preguntó si me habían despedido, incordió a los que había allí hasta que un hombre que miraba de reojo todo lo que no fuera su lujoso reloj se incorporó, la asió del brazo y la acompañó cordialmente hasta la puerta de la calle, donde ella se revolvió, lo agarró de la corbata, lo atrajo hacia sí y le soltó un soplamocos a mano vuelta. A continuación lo enganchó por la solapa y le advirtió: “Oígame bien lechugino: me dice donde está Diagu o le arranco la cabeza”. Y aquel alfañique le confesó que andaba en compañía de los hermanos musulmanes armados y seguramente le habían enviado al lugar de donde no se vuelve. Molécula le preguntó por qué y el tipo le contestó por traidor, a lo que ella abrió dio una patada a la puerta y lanzó al sujeto contra el mostrador que bordeaba aquellas dependencias de pago y reclamaciones de los usuarios. Para mí aquella verificación fue suficiente.

–Si el sujeto de la empresa que te asignaron de tapadera sabía que te habían liquidado debía de ser porque él mismo se encargó de dejarte al descubierto. Digamos que Diagu era un obstáculo para el libre mercado del armamento y lo enviaron al infierno. ¿Correcto?

–Correcto. Ahora pregúntate a quién beneficiaba el crimen y descubrirás al criminal.

–¿Quieres decir que el jefe de los servicios secretos, encargados de combatir el tráfico ilegal de armas y de garantizar que el material que exportamos va a su destino y no a terceros, se lucraba con aquellas operaciones?

–Exacto. Era y sigue siendo parte de ese negocio.

El científico Compendio seguía al vuelo los movimientos sobre el tablero de ajedrez y meneaba ligeramente la cabeza a derecha e izquierda cuando Tilo movía pieza.

–¿Cómo saliste de Argelia?

–Por mar.

Sin señales de vida de Diagu Bandiera, el general Felonio y el jefazo J dieron por perdido (desaparecido) al agente infiltrado y lamentaron en secreto, que es como se lamentan estas cosas, su seguro deceso a manos de aquellos bárbaros sarracenos. No faltaron políticos dispuestos a rentar su muerte. Con el afán de obtener votos, los gubernamentales referían en mítines y debates su lucha contra aquel terrorismo internacional que alguna vida de servidores públicos se había llevado por delante para que nosotros pudiésemos conservar la nuestra y vivir con seguridad y respirar con tranquilidad, de lo cual se colegía la obligación de todo español decente de entregar su voto al partido político que mejor y mayor protección ofrecía.

–Pero no había muerto –dijo Tilo.

Terri imitó la cara de pazguato del ceremonioso J cuando Diagu Bandiera irrumpió en su despacho.

–El tipo se quedó inmóvil, bizco, pálido. Creo que estaba aterrado.

–Buena oportunidad para despabilarlo a hostias.

–Eso habría sido demasiado fácil. En lugar de arreglarle la nariz de un directo le pedí correctamente una explicación sobre la decisión de torturar y asesinar a un agente. ¿Quién había adoptado la decisión? ¿Por qué? ¿Qué beneficio superior trataban de preservar? El tipo se recompuso y se lanzó al teléfono. Le advertí que los muertos vivos suelen ser peligrosos y desistió de pedir ayuda. Le repetí las preguntas, pero no contestó a ninguna. Me aseguró que carecía de mando, responsabilidad e información al respecto.

–Pero cobraba como jefe o director del Centro, ¿no?

–Correcto. Y manejaba fondos reservados. Me aseguró que era un simple figurante, un mascarón de proa y que el poder y la dirección operativa seguía en manos de K. Acepté su explicación y le pedí permiso para consultar mis informes sobre las entregas de armas españolas a los combatientes argelinos. Era lo menos que podía hacer por mí y, desde luego, me lo concedió. Cierto es que al día siguiente, cuando acudí a rescatar aquellas pruebas de las transmisiones, me dijeron que no existían porque los ordenadores con la información archivada se hallaban en el sótano del edificio pentagonal, el sótano se había inundado y la información se había perdido para siempre nunca jamás. Una pena.

12.–Maja

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West Point

Para un tipo que vivía de juntar letras, la historia de Diagu Bandiera podía destacar sobre la mediocridad reinante y, desde luego, satisfacía la demanda de temáticas singulares de los superiores. Siguiendo el consejo de Terri, no sólo dejó una bala, sino un obús en la recámara. El antiguo espía le ayudó a localizar a Maja (la teniente Mary Jackson) como fuente principal de la intervención de Terri en la acción informativa y decisiva para encontrar a los malvados hijos de Sadam. Fue una tarea laboriosa. En el cuartel general de West Point, aquel lugar cenagoso desde el que se veía medio mundo, les dijeron que la teniente había dejado el cuerpo de marines y pasado a mejor vida. Se temieron lo peor. Terri indagó y supo por un veterano de un llamado Fools Club (Club de insensatos) que “mejor vida” quería decir mayor sueldo como agente federal. Maja había cambiado de cuerpo y de apellido, pero seguía siendo la misma. Conectó con ella por Skipe y después de avivar los pocos recuerdos agradables de las vivencias iracundas, consiguió que aceptara algunas preguntas de Tilo sobre el episodio de marras. Maja describió a Ojos Ardientes y a su tío convaleciente, confirmó la colaboración de Terri y añadió algunos datos desconocidos sobre la protección de la pareja hasta que fueron facturados hacia El Cairo.

En un momento de la conversación ella pidió a Terri que fuera a visitarla a San Francisco, donde se hallaba destinada. Él le respondió que iría de buena gana cuando las circunstancias fueran propicias, a lo que ella repuso que le sufragaba el viaje. Esos americanos eran dueños del patrón monetario e insistían en resolverlo todo con dinero. Terri le aclaró que no podía ni debía abandonar el país por cuestiones de seguridad, ante lo que ella manifestó su propósito de esperarle e incluso desprenderse de su nuevo apellido, Nox, a la sazón perteneciente a un marido que la había preñada una sola vez con el resultado de dos niñas gemelas, lo que facilitaba el reparto provocado por el desamor. El sesgo de la conversación aconsejó a Tilo despedirse de Maja y salir del apartamento de Terri. Cerró la puerta tras de sí, encendió un cigarrillo y se sentó a fumar en la escalera. El término “apartamento” quizá resultaba exagerado para referirse a los quince metros cuadrados útiles de aquel maletero bajo las tejas.

–¿Cómo conseguiste este palacio?

–Gracias a Malalata, que te lo cuente él.

Y el veterano carterista le contó lo de la llave: “Todavía me duelen las costillas –dijo–cuando me recuerdo de la llave tuerca que me hizo el cacho cabrón, me hocicó contra las baldosas del suelo, me puso el pie en el pescuezo, recuperó la cartera y teléfono móvil que le había sustraído limpiamente de los bolsillos de la americana mientras orientaba ante el plano del metro al supuesto irlandés Santi Muelles y, oye, al verme sangrar, me ayudó a incorporarme. Eso no es normal, ¿verdad?

–Lo normal, Mala, es que te pateara el culo.

–Eso mismo pensé yo: rara avispa, me dije. Hasta me dejó el pañuelo para que me limpiara la sangre de la nariz y me perguntó si me había estronciado. Y no pienses tú que quedó ahí la cosa: me acompañó hasta la boca del metro y me invitó a una cerveza en un bar cercano para que me lavara la sangre y me sintiera mejor. Lo cual, que me pareció un tío de puta madre. Cuando me dijo que andaba buscando un alojamiento fijo en la ciudad, pensé, tate, y aquí me lo traje… Total, que platicó con doña Rosario y el señor Perrote, le pareció bien el sitio y llagaron a un arreglo.

–Y muy buen sitio que es, sobre todo en verano, cuando aprieta el calor –ironizó Tilo.

–Saca el colchón y duerme en el tejado –dijo Mala–; y el ruso también lo hace.

–Creo que el doctor Compendio es ucraniano –le corrigió Tilo–; se separaron de los rusos hace ya años.

–Peor para ellos –dijo Mala.

–Le molesta que le llamen ruso.

–Pues ajo y agua –contestó Mala con las abreviaturas del dicho “a joderse y aguantarse”–, que bien se aprovecharon de los soviets todos esos intelectuales y tuales y cuáles.

La “solución habitacional”, en palabras de una ministra del ramo que iba al Parlamento en minifalda y tenía cara de espátula, fue para Terri aquella buhardilla. Detrás de la estrecha portañuela corredera se podía mover de cuatro maneras: de pie en siete metros cuadrados, encorvado en los tres siguientes, y en cuclillas y reptando hasta el final de la estancia. Esto se debía a que el techo se inclinaba desde la entrada hasta el ángulo con la pared de la fachada, lo que facilitaba la limpieza de las telarañas con la boina. Di tu que un velux de mamparas de vidrio permitía al inquilino sacar la cabeza por el tejado y estirar el esqueleto. La techumbre estaba habitada por varias familias de gatos de todos los colores y tamaños a los que Terri y su vecino Compendio ponían latas con agua y restos de la comida que diariamente les preparaba y servía doña Rosario en la Tabernilla. Cocinaba estupendamente. Era, al decir de Terri, una bendición de mujer a la que la madre naturaleza había premiado con una hija muy linda, como de veinte años, tan dulce y lozana que quitaba el hipo. El señor Perrote le pagaba los estudios universitarios de Derecho para que se hiciera notaria o registradora de la propiedad o por lo menos jueza, algo que horrorizaba a Malalata y a sus pupilos. Lógico.

Con observar las angostas condiciones de vida de todo un teniente coronel (en la reserva) como Terri era suficiente para darse cuenta de que no mentía sobre los cero dólares recibidos de la cuantiosa recompensa propalada por el virrey Bremer a quien diera información veraz del escondrijo de los hijos del sátrapa ni sobre las acechanzas de muerte que pendían sobre él. El testimonio de Maja (ahora Mari Nox) confirmaba de lleno la historia de Terri ante el siempre desconfiado público lector. Tilo telefoneó al Centro de Inteligencia Nacional para conocer la versión del director, pero no tuvo suerte, nunca la tenía, pues los directores, ministros, subsecretarios y demás ralea directiva de aquellos establecimientos oficiales se hallaban siempre reunidos o ni siquiera se hallaban, eso sin contar que sólo hablaban de los asuntos que les interesaban. Los informadores les resultaban molestos: querían saber demasiado.

Dejó constancia del silencio oficial y facturó el texto para satisfacción del adjunto suplementario, que enseguida encargó dibujos y gráficos para ilustrar el reportaje (o lo que fuera) de modo que quedara bonito sobre el papel satinado del “colorín”, como llamaban al suplemento dominical. Para aquellos mandos intermedios la estética era tan importante como el contenido. Tilo atribuía el fenómeno a varios factores que se resumían en el triunfo de la epidermis sobre la esencia o, si se quiere, del envoltorio sobre el contenido. Los públicos consumían sensaciones al minuto.

La cuarentena de Terri le parecía tan injusta como injustificable por parte del organismo estatal al que había servido, proporcionando informaciones vitales para salvar vidas, de modo que unos instantes después de remitir la historia iracunda de Diagu Bandiera al gordito con tirantes enviaba un mensaje al director para informarle de la nueva temática que se traía entre manos: el tráfico ilegal de armas cortas y largas y minas antipersonas, prohibidas por la legislación europea, que acababan en manos de yihadistas.

–¿Es eso cierto? –Le contestó Elsolo.

–Según mis fuentes, tan cierto como el que saca un ojo y queda tuerto.

–Escríbelo, Tilo.

13.–Madagascar

En tiempo de paz, como llamaban a las guerras de baja intensidad que no proporcionaban espectáculo ni en las que participaban los estadounidenses a cara descubierta, Tilo circunscribía su tarea a las temáticas burocráticas sobre las fuerzas armadas y los cuerpos policiales. Se le veía pasilleando por el Parlamento, reseñando explicaciones de los ministros y altos cargos del ramo ante los representantes del soberano, cubriendo desfiles militares o informando de las visitas, idas y venidas de los miembros del gobierno, incluido el presidente, a las bases castrenses dentro y fuera de la península. Era un función rutinaria, aunque, como decía el amigo Abas, maestro del folio cuando en las redacciones todavía sonaban las máquinas de escribir y los teletipos, “peor sería tener que trabajar”.

Tras el placet de Eloso realizó los primeros movimientos: la consulta a los archivos centrales de aduanas para anotar las ventas de armamento y material de defensa en los últimos años. No todo el material, se entiende, sino las partidas de armas largas, bombas de racimo, municiones y minas de destrucción indiscriminada. La labor era sencilla en teoría, pero en la práctica no. Llamó al negociado para consultar los datos y le dijeron que estaban clasificados como secreto de Estado y ya el gobierno informaba al Parlamento sobre las ventas de armas al exterior. De hecho, la ley obligaba al poder ejecutivo a remitir un informe semestral al legislativo sobre el tipo de armas y municiones, las unidades y cantidades de los distintos artilugios bélicos, el importe económico y los países de destino a los que se exportaban. Un diputado con el que tenía trato le facilitó el último informe oficial. Por suerte o lo que fuera, las autoridades de comercio exterior, de las que dependían las licencias de exportación, se esforzaban poco en elaborar sus informes y en vez de identificar las piezas, por ejemplo: granadas de mortero, patrulleras, gases lacrimógenos, etcétera, dejaban los códigos de aduana y añadían al final del informe una fotocopia con el material que correspondía a cada código. De ese modo se ahorraban el esfuerzo de identificar cada partida.

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Sede de Hacienda que albergaba el archivo aduanero.

Con el peso de aquella hoja en el bolsillo optó por la solución más simple. Las soluciones simples son las mejores. Su amiga filósofa Eva Aladro desarrolló el Principio de Simplicidad y demostró que las grandes creaciones humanas aparecen regidas por la sencillez, que es, como decía José Ortega y Gasset, la cortesía del filósofo. Con esa Aladro sólo quedaba una vez al año porque hablaba más que un político y le cansaba la cabeza, pero su teoría le acompañaba siempre, de modo que por simplificar se puso una chaqueta azul y una corbata vieja y entró a primera hora de la mañana en el edificio de granito blanco que servía de sede a la dirección aduanera. Subió a la segunda planta y empujó la puerta sobre la que lucía un letrero: “Archivo”. Una sucesión de estanterías metálicas, situadas detrás de una mesa esquinada y de una silla negra, contenían grandes resmas de fino papel de impresora con rayas blancas y azules. Eran listados. Estaban ordenados por años. Echó una hojeada y enseguida vio los códigos en un extremo de aquellos tochos, seguidos de unas cifras y unas siglas que correspondían a los operadores de salida, destinos y receptores. ¡Eureka! Era el material que buscaba.

Agarró el primer tocho y lo llevó a la mesa. Las hojas estaban unidas en forma de acordeón, pero los códigos figuraban en el margen izquierdo, lo que facilitaba las consultas de cada partida correspondiente a minas, explosivos, municiones, armas cortas y fusiles con solo mirar las hojas correspondientes. Sin más sistemática que la allí impresa (fecha, cantidad, exportador, importador y destino) comenzó a tomar nota. Había dejado la puerta entreabierta y al cabo de una hora entró un hombre calvo y depositó sobre la mesa una pequeña pila de aquellos papeles de impresora que desprendían olor a teta sudada. Nunca había podido averiguar por qué carajo aquel papel olía a eau d’aisselle (agua de sobaco) y no a tinta o lapicero. El hombre le vio entre las estanterías, pero ni siquiera le saludó. Debía proceder de la época del cine mudo. Tanto mejor. Nadie volvió a molestar. Prosiguió sus anotaciones a un ritmo acelerado por la presión de la vejiga sobre la próstata. Hacia las tres de la tarde asomó la cabeza al pasillo, no vio moros en la costa, es decir, funcionarios observando el vuelo de una mosca, y se coló como una exhalación en un mingitorio de señoras. Meó, bebió agua, se lavó la cara y regresó a su labor. Era ya tarde (sobre las veinte horas) cuando esa máquina de escribir que llaman bolígrafo empezó a dar señales de agotamiento. Poco después cortaron la luz. Temió quedar encerrado, abandonó a toda prisa aquella dependencia y salió del edificio sin ser molestado por los pistoleros de la seguridad privada del organismo público.

Con aquellos datos en su poder (una libreta repleta de anotaciones) y las fotos que tomó con el teléfono móvil de algunos detalles de los tochos de papel, bajó a la estación del metro y subió al convoy que le dejaría cerca de la Tabernilla. Aunque sentía la inquietud de los ladrones de rosas de los parques públicos, nadie le seguía ni se fijaba en la libreta repleta de cifras que empezó a hojear con esa satisfacción de quien se deleita con el aroma de la cosecha floral. En un momento determinado alzó la vista y el cristal del vagón le devolvió la imagen de un burócrata de la triste especie administrativa de piel pálida y párpados hinchados.

Ya en La Tabernilla cotejó, con la ayuda de Terri, sus anotaciones con los datos de exportación de armamento de los informes oficiales de los dos últimos años. Las cifras no cuadraban ni a martillazos. Las exportaciones de armas ligeras y municiones registradas por las aduanas triplicaban las consignadas en el informe del gobierno a los legisladores. La diferencia se debía a la omisión de las ventas de armas de destrucción indiscriminada y a la ocultación de partidas con destino desconocido. Había además unas ventas exageradas de ametralladoras, fusiles y municiones al Reino de Marruecos.

–Entre reinos anda el juego –sospecho en voz alta.

–Correcto. O mucho me equivoco o el enemigo trafica con destino supuesto a Marruecos y real a los países del Sahel y del Cuerno de África –afirmó Terri antes de exponer su tesis de que el general Felonio, máximo responsable del control de aquellos tráficos, abusaba de la confianza de los amigantes de la otra orilla del Mediterráneo para cubrir las apariencias formales o burocráticas. El asunto era de fácil verificación. Telefoneó a un cónsul con cara de buena persona que Tilo había conocido en Rabat. El hombre se extrañó de la consulta, pues de sobra sabía que aquel reino había dejado de comprar municiones y armas ligeras al del otro lado del Estrecho desde la entrega administrativa y la posterior guerra para acabar con los trescientos mil saharauis y ocupar manu militari su territorio y apoderarse de sus preciados recursos naturales. Patrulleras, barcos de mediano tamaño, algún avión de hélice y furgonetas y camiones eran casi todo el material militar que el reino del norte exportaba al del sur, que pagaba con licencias para pescar en las aguas del territorio ocupado y con fosfatos extraídos de las tierras usurpadas.

Ni aquel cónsul ni el encargado de negocios de la embajada tenían constancia de las compras de material de guerra convencional, ametralladoras, fusiles reglamentarios, morteros, bombas convencionales, bombas trampa y aquellas preñadas con otras más pequeñas que llamaban de racimo y parecían el penúltimo grito de la maldad humana, pues estallaban sobre un punto central y en múltiples a la redonda, dejando al enemigo sin escapatoria. La aniquilación de todo bicho viviente en un área circular sin salida convertía en odiosos a aquellos artefactos, hasta el punto de que los gobiernos más civilizados, es decir, los que preferían procedimientos menos crueles y rudos de matar, habían decretado su prohibición.

La conclusión era evidente: la hipótesis de Terri sobre el uso del nombre del Reino de Marruecos para obtener permisos de exportación quedaba confirmada. La tapadera figuraba en los listados de aduanas pero no aparecía en los informes oficiales. Más difícil de comprobar resultaba el destino real de aquel material mortífero. Los testimonios del agente secreto eran contundentes, pero insuficientes frente a los ardides de la poderosa maquinaria de laminación política y propagandística. De nada servía la palabra de una persona inexistente como el agente Diagu Bandiera; necesitaba otras evidencias para denunciar aquellas operaciones delictivas y armar un buen escándalo. Cierto es que el escándalo de la verdad ya no movía el mundo.

Preguntó a una reputada pacifista catalana si las organizaciones no gubernamentales con las que mantenía relaciones informativas le podían facilitar contactos de personas conocedoras del tráfico ilegal de armamento en la ribera del sur del Mediterráneo, y aquella mujer cantarina, siempre dispuesta a realizar declaraciones altisonantes, le explicó que no tenía la menor duda de que las armas que fabricaban en la Península Ibérica acababan en Chad, Mali, Sudán, Níger, Eritrea, Etiopía, Somalia, Kenia y en otras zonas marcadas por conflictos tribales. Y también en Ruanda y Burundi. Las mayores ventas de armas odiosas se realizaban a Angola, donde se cifraban en más de cien mil las personas mutiladas por las explosiones de minas, aquellos artefactos indiscriminados, simples y duraderos, ideados por mentes criminales y esparcidos, simulados y soterrados por los contendientes para amputar y matar así en la guerra como en la paz. Esa epidemia afecta además a Zambia, El Congo y la nueva República Democrática del Congo. El mercado era enorme. La activista se extendió en consideraciones y razonamientos morales, éticos y sociales, al cabo de los cuales Tilo quedó ayuno de contactos aunque con un ligero dolor de cacumen a causa de la monserga.

A continuación llamó al prestigioso profesor universitario Pi i Sec, gran agitador de conciencias, a quien se atribuía el extraordinario avance de consignar en los preámbulos de casi todas las normas reguladoras del comercio exterior la prohibición de vender material militar a los países que gastaran más en armamento que en políticas sociales como la sanidad y la enseñanza. El interlocutor, un hombre fácil de localizar, pues le habían asignado los dígitos telefónicos correspondientes a su primer apellido (Pi, igual a tres catorce dieciséis), se explayó en críticas a las grandes corporaciones capitalistas que, según sus datos, armaban a los señores de las guerras, desmochaban gobiernos populares y plantaban dictadores con la única y exclusiva finalidad de apoderarse de los recursos naturales de los países empobrecidos. La criminalidad capitalista mantenía, según sus cálculos, un centenar de guerras de baja y media intensidad en el continente africano.

–¿Puede facilitarme algún contacto que me permita documentar el tráfico de armas prohibidas? –Le pidió Tilo.

–Lo relevante, creo yo –contestó el profesor Pi i Sec– es que los gobernantes de este país creen que pueden mentir impunemente. Se equivocan. Vamos a pararles los pies. Con las cosas de matar no se juega. Ellos tienen medios suficientes para controlar el tráfico de armamento, pero toleran la venta de esos productos, de esa muerte en bote, cuya prohibición real, no sólo legal, seguiremos demandando en la calle, en el parlamento y ante los organismos internacionales.

–¿A qué medios se refiere, profesor?

–A los servicios de inspección y control aduanera, por supuesto, y al personal de la inteligencia del Estado. Tenga usted en cuenta que la ley y los planes de espionaje les encomiendan imperativamente la labor de combatir el tráfico ilegal de armas.

–¿Considera que no cumplen con su misión? –Yo no considero ni desconsidero, yo afirmo que están incumpliendo la ley de un modo consciente y flagrante. Yo afirmo que esos servicios gubernamentales miran hacia otro lado. Lo he comprobado recientemente durante una estancia en Antananarivo.

–¿Dónde es eso?

–En Madagascar.

–Desconocía que la gran isla del Índico estuviera en guerra.

–No lo está.

–¿Qué hacía usted allí?

–Submarinismo.

–¡Ah, caramba!

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Playa de pescadores en Madagascar.

–Y afirmo que los responsables de esos tráficos ilegales y criminales deberían ser detenidos, puestos a disposición judicial y condenados y encarcelados –prosiguió el enérgico profesor disparado–. Desde luego, el gobierno de un país digno no puede consentir una participación tan directa y descarada en los genocidios y las matanzas de personas inocentes como las que están sucediendo en el continente africano. Hay que investigar y adoptar las medidas que en justicia correspondan, incluida la indemnización a las víctimas y sus familias.

–Entonces, en Madagascar…

–Allí me topé con un pescador que había estado preso en la Península Ibérica y me contó que en el taller de la cárcel hacían argollas y manijas. También cortaban y formateaban cientos de láminas de aluminio para confeccionar unas fiambreras bastante ridículas por su escasa capacidad. Por lo visto, las argollas eran para granadas de mano y las latas podían ser carcasas de minas anti-personas.

–¿Me puede proporcionar su dirección para recabar su testimonio para el periódico?

–Lamentablemente no recuerdo su nombre.

–¡Qué mala suerte!

–Soy muy despistado para los nombres, créame que lo siento.

–Le creo, profesor… ¿Sabe en qué prisión estuvo?

–No me lo dijo.

–¡Vaya por Dios!

–Supongo que era alguna cárcel del norte; me comentó que hacía mucho frío y no cesaba de llover –recordó el profesor.

–¿Le dijo por qué lo metieron al trullo?

–Esas cosas ni se preguntan ni se dicen –respondió el profesor.

Viciados por la política, los activistas de hogaño ejercían un activismo tan crítico como cómodo. Eso era posible porque el dinero público y las dádivas a sus organizaciones y fundaciones por parte de empresas y sociedades mercantiles que se beneficiaban de grandes descuentos fiscales financiaban sus poltronas. Su teatralidad resultaba imprescindible a la pluralidad democrática. La honradez les perseguía, pero ellos corrían más.

Tilo llegó a la conclusión de que el submarinista era un cínico de tomo y lomo. Y Terri añadió: “Correcto, aunque más de tomo que de lomo”. Ambos se preguntaron cómo era posible que un tipo dedicado a combatir el tráfico ilegal de armamento pasara por alto y por bajo un testimonio tan relevante como el de aquel pescador. ¿Jugaba de farol? Sólo sabían que “cínico” viene del latín, canelo o perruno, que defeca y orina en público sin ningún pudor. Con todo, una pista como la proporcionada por el profesor submarinista, por más borrosa y deletérea que fuese, podía ser un carril por el que penetrar en las filas del enemigo.

La dirección de prisiones disponía de talleres en más de cincuenta cárceles y suscribía acuerdos con empresas nacionales y multinacionales por los que más de cuatro mil presos trabajaban para ellas. Al reportero le resultó fácil obtener los datos oficiales. Los sindicatos de la clase obrera y laboral denunciaban con rabia los salarios de miseria que pagaban a los presos, siempre por debajo del mínimo legal. Decenas de empresas se beneficiaban de la explotación de los reclusos. El organismo penitenciario eructaba beneficios millonarios. Y los presos se peleaban por conseguir un puesto en el taller y disponer de un dinerillo. El sistema era perfecto, un microcosmos de lo que ocurría fuera de aquellos muros coronados de alambradas. Los penados trabajaban el cuero: hacían zapatos, balones, carteras y cartapacios; trabajaban la madera: hacían cajas, sillas mesas; trabajaban el metal: hacían latas, apliques, muelles, piezas de tornillería; trabajaban la harina de gramíneas: hacían pan, tortas, pasta. Su actividad era abundante y diversa. Sin embargo, las autoridades gobernantes se negaron a aportar la lista de empresas que encomendaban su producción a los talleres penitenciarios. Adujeron que esa información era reservada y que su difusión perjudicaba los intereses económicos y comerciales del organismo y de sus clientes. Tilo apeló a un llamado “consejo de la transparencia”, creado para cubrir las apariencias democráticas ante la corrupción campante y del que no esperaba respuesta alguna. Invocó el derecho a la información y se dirigió al llamado “defensor del pueblo”, del que tampoco esperaba respuesta satisfactoria. Pobre pueblo que necesita un defensor.

Mientras tanto iba avanzando a paso de peón. Consultaba a los representantes sindicales de los funcionarios de las prisiones del norte peninsular, a los voluntarios de las organizaciones humanitarias que ayudaban a los presos a reconciliarse con el mundo y a los que salían de entre los barrotes con permiso temporal o con la pena cumplida. No tardó en identificar a dos empresas que podían estar fabricando minas antipersona y anticarros con los componentes y manufacturas de los presos. Entreveraba sus pesquisas con el quehacer diario y no dejaba de participar a Terri cada dato que iba obteniendo, pues desde su escondrijo le ayudaba a orientar la investigación.

Llega un momento en el que el jinete del caballo de ajedrez ha de correr riesgos y exponerse a las flechas de los alfiles, le dijo Terri en referencia a la entidad Packaging and Mechanisms, cuya denominación anterior era Customized y anterior Special Tools y antes se llamó Mecanotécnica. Las consultas electrónicas de Terri al registro mercantil con la ayuda y la identidad de Malalata le aportaron otros datos sospechosos. El administrador de aquella sociedad anónima resultó ser un frutero de Valencia que ni siquiera sabía que administraba una entidad tan boyante, con beneficios millonarios. De presidente figuraba don Ramón Pariente Sobrino, con un número de documento de identidad más falso que Judas Iscariote. La consejera delegada era una mujer que resultó ser una masajista tailandesa afincada en Carabanchel Alto. Tilo anotó su dirección y fue a verla, habló con ella, registró con su teléfono móvil su expresión de sorpresa ante la información sobre tan relevante cargo en la sociedad mencionada y ella le ofreció un masaje con “final feliz” al módico precio de veinte euros, aunque a aquella hora de la mañana no tenía el pene para pajas. La sede social de la entidad mercantil estaba en el Camino Viejo de Majadahonda (Madrid), pero en aquella localidad todos los caminos viejos habían sido borrados, de modo que su viaje por aquellos andurriales sólo le sirvió para ampliar su colección de caras con gestos de extrañeza. En cuanto al capital social declarado por Packaging and Mechanisms, procedía de una sociedad de inversión de capital variable, una sicav, una forma de colectiva de multiplicar el dinero con un descuento ridículo en impuestos por los beneficios.

En el argot del periódico llamaban «chupetín» a la semana de vacaciones de los trabajadores a cuenta de los fines de semana y festivos trabajados. Tilo aprovechó un chupetín para hacer bueno el dicho de Malalata: «Quien quiera peces que se moje el culo». Se desplazó por su cuenta y riesgo a un lugar llamado Monte Racelo, en el noroeste peninsular. Podía haber solicitado la compañía de un reportero gráfico del periódico, pero prefería trabajar solo; con la honrosa excepción de Guci, no conocía fotógrafo o cameraman que no destacara por esa insolencia de los superhombres o megamujeres que sabían más que Google y no admitían las indicaciones de los plumillas. Eso sin contar la indiscreción de aquellos profesionales.

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Ladera de Monte Racelo.

El viaje hasta la ladera de aquel Monte Racelo era largo. Recorrió de noche y a toda velocidad los seiscientos kilómetros y llegó una hora antes de que algunos presos de la cárcel que allí había salieran de permiso de fin de semana por buen comportamiento. Se acercó a la parada donde solían esperar el autobús y pegó la hebra con los tres que allí había. Al identificarse como periodista, ellos denunciaron el trato privilegiado que recibían unos banqueros estafadores en el «módulo de los señoritos». Era lo que más les interesaba. Le pedían que se hiciera eco de la vida regalada entre rejas de aquellos ladrones de cuello blanco. Tras hundir o vaciar una caja de ahorros regional, se llevaron un porrón de millones de euros en concepto de indemnización por la autorrescisión de sus de sus contratos, lo que indignó mucho a la gente. Lógico. Con sus testimonios, con nombres supuestos, querían joder al alcaide, a los jueces y al gobierno. Lógico. Les fastidiaba que aquellos delincuentes de postín residieran al margen de los demás reclusos, sin reyertas ni problemas. También en la cárcel había clases sociales. Y por supuesto, los señoritos no pisaban los talleres, no trabajaban; por algo eran señoritos y habían sido directivos.

Ya sobre el destino de la producción de latas, muelles y apliques coincidieron en que les importaba un higo a donde iban y para qué servían, aunque suponían que irían a la industria conservera para enlatar peces y moluscos. Desconocían el nombre de la empresa que los explotaba y sólo sabían que unos guardias civiles se llevaban la producción dos o tres veces por semana. Tilo se dijo que debía de haber empezado por ahí, pues lo que no sepa la Guardia Civil no lo sabe nadie. Cierto es que si “mi comandante” repartía la propina por aquellos servicios especiales, cada guardia sería una tumba y no habría nada que rascar. Di tu que el mando no daba ni la hora y, por otra parte, tuvo una suerte de mil rayos:

–A usted le conozco yo; o mucho me equivoco o es usted Tilo –dijo un recién llegado a la parada, un tipo como de cuarenta años, la barba negra y tupida, chubasquero con capucha atrás, pantalón vaquero y botas chirucas.

Tilo le miró con esa mezcla de interés y curiosidad de quien observa una partida de ajedrez e intenta adivinar el próximo movimiento del jugador en turno.

Pues es usted mucho mejor fisonomista que yo.

–¿No me jodas que no te acuerdas de mi? Soy Ramón, de tu pueblo, el hijo de Maribel y Baudilio. ¿Te acuerdas ahora?

–¡Lahostia, Ramoncín!

Se abrazaron efusivamente como si se alegrasen un huevo de verse y enseguida Tilo se disculpó por no haberle reconocido.

No sabía que te hubieran mandado tan lejos de casa –dijo Tilo por decir algo.

–Pues sí, ya ves, aquí me han mandado –contestó el otrora Ramoncín al tiempo que saludaba genéricamente a los tres internos con permiso. Luego le apretó el brazo y le hizo un guiño en señal de discreción. En ese momento asomaba por la curva el autobús–. Ahí viene, me ha alegrado mucho verte, si vas por la tierra da recuerdos a los Febrero y al amigo Evencio.

–Espera, hombre, yo te llevo –dijo Tilo, interesado en obtener algún provecho del encuentro. Se registró un leve forcejeo y finalmente aceptó que le acercara a la ciudad en el Triumph, un vehículo en el que pocas personas tenían ya la oportunidad de viajar.

–¿De modo que dejaste las Fuerzas Armadas? –Le preguntó después de recordar la última vez que se vieron. De aquello hacía más de quince años y entonces Ramoncín estaba destinado en la misión de paz en Bosnia. Ahora era inspector de policía, con grandes posibilidades de llegar a comisario, y se dedicaba a combatir el narcotráfico, razón por la cual visitaba a deshora a algunos confidentes presos.

Ante una taza de café con leche, Tilo le explicó el motivo de su viaje a aquellas latitudes líricas y melancólicas, y su interlocutor le dibujó un plano sobre una servilleta de papel con la ubicación exacta del lugar y los símbolos visibles al que los guardias llevaban la producción de los reclusos. Eso fue todo, y fue suficiente para el periodista, quien respetó la condición de Ramoncín de no preguntarle una palabra más del asunto. Cabía suponer que el policía secreto poseía información sobre la fabricación y otros detalles como el transporte de armas inhumanas y prohibidas, pero, como le dijo, tenía que vivir y alimentar a su familia. Si los jueces valientes de otro tiempo se mantuvieran en su puesto, otro gallo cantaría. Eso dijo. Pero aquellos magistrados resultaban molestos, interferían en los negocios sucios de los poderosos y fueron removidos de sus puestos mediante los ardides y procedimientos más diversos, incluida la condena como prevaricadores. Aquello ocurrió antes de que la corrupción, con ser mayúscula, no se convirtiera en sinónimo de “sistema”. Ahora era “sistémica”.

El plano de Ramoncín le condujo sin pérdida a un santuario que llamaban de la Virgen de la Saudade. Tal como el madero le indicó, a unos doscientos metros de la carretera general distinguió aquella ermita que por su tamaño más parecía iglesia que capilla. Estacionó el Triumph y se encaminó hacia el templo. La puerta estaba cerrada sin trancar, abrió, entró, respiró el frescor con olor a cirio y enseguida vio la salida entreabierta del otro lado. Se asomó: era un cementerio. Detrás de las hileras de tumbas estaba lo que llamaban la factoría: dos contenedores metálicos de color teja. Se adentró entre los mausoleos, tomó varias instantáneas mientras avanzaba hacia el container que tenía la mampara abierta. Se asomó por el ángulo inferior, cuidando de que no le vieran. Unas mujeres manipulaban los botes de lámina de aluminio que fabricaban los presos. Sonaba una radio. Se esmeró en filmar con el teléfono móvil las evoluciones de aquellas damas de ropas oscuras. Eran seis. Cinco parecían de edad avanzada. Trabajaban en cadena sobre una tabla alargada y apoyaban sus traseros en unas banquetas. No se veía muy bien lo que hacían, pero la primera agarraba el bote de los cajones de material e introducía un pequeño globo como una pelota, la segunda añadía un polvo amarillento que sacaba a cucharadas de una artesa de madera, la siguiente agregaba un líquido negro y viscoso que parecía brea o cieno y salía del tubo de una sucia regadera metálica, otra a su lado añadía una especie de estopa o lana o algodón amarillento, la quinta agregaba varias cucharadas de polvo blancuzco y empujaba el bote a la sexta y última, que parecía más joven y tapaba el recipiente haciéndolo girar en un torno. A continuación colocaba el bote en una caja de tabla maciza.

La producción manufacturera de aquellas mujeres era considerable a juzgar por las torres de cajas llenas de botes que apilaban a un lado de la improvisada factoría. Se adentró entre unas matas de ortigas y echó una ojeada a la parte trasera de aquellos cubos rectangulares. Las roderas de camiones y furgonetas discurrían entre los eucaliptos y conducían, dedujo, hacia algún embarcadero en la ría.

Volvió sobre sus pasos y echó discretamente una última ojeada a las operarias, pero se vio sorprendido por un hombre alto y fornido que en ese momento salía del contenedor.

–¿Qué hace usted ahí? –Le peguntó con tono de pocos amigos.

–Observando –dijo.

–Aquí no hay nada que observar –dijo el tipo, al tiempo que apretaba el puño a la altura de la barriga y avanzaba un pie hacia él. Se percató del peligro y retrocedió al instante sobre las ortigas.

–Usted perdone, no sabía que estaba prohibido mirar.

–¿Quién es usted? Usted estaba espiando –dijo el hombre con movimientos de morrosco. Tilo siguió retrocediendo. Varias mujeres se asomaron. El forzudo se volvió hacia ellas: “Parece que tenemos un instruso”.

–Ni intruso ni hostias –saltó él, mencionando el apellido labrado sobre la lápida de una tumba cercana. Al oírlo, una de las mujeres salió del contenedor y se precipitó hacia él, exclamando: “¡Pero neniño, qué alegría!” Tilo le siguió el juego con un beso y un abrazo. El morrosco depuso su actitud y abrió mucho los ojos:

–¡Ave María Purísima lo que has cambiado, rapaz! —Exclamó el forzudo.

–Pues sí, supongo que a mejor. ¿Y usted, cómo va?

–Como siempre, pastoreando a los feligreses.

–¿No te acuerdas del padre Pariente? Él te enseñó en catecismo –terció la mujer identificada como tía Mónica.

–De primeras no lo he reconocido –contestó–; el tiempo a todos nos cambia, tía. Pensé que me iba a pegar por mirar lo que hacéis. ¿Qué es eso?

–Envasamos medicinas para la gente del tercer mundo. El señor cura nos procura la labor.

El cura se revolvió hacia las mujeres y éstas volvieron a su labor. A continuación tendió la mano al supuesto Outeriño y se despidió advirtiéndole de que aquí se viene a rezar por los vivos y los muertos y no a mirar. Tilo encajó la regañina de aquel fornido sesentón con una sonrisa fingida y varias inclinaciones de testa por si deseaba propinarle un coscorrón. Cuando se largó, le preguntó a la anciana:

–¿Os pagan bien?

–Una miseria, hijo, pero ciento cincuenta euros al mes es más de lo que se saca con las patatas y ayuda a ir tirando –dijo la tía Mónica.

Tilo la acompañó al interior del contenedor, donde era el tercer eslabón de la cadena. Como tenía prisa en llegar a la ciudad y no traía ningún regalo para la supuesta tía, le dio un billete de cincuenta euros para que se comprara algo y depositó sobre la mesa otro de veinte para que convidara a sus compañeras, que se pusieron muy contentas. De paso examinó los productos que se traían entre manos y agarró una de las bolas que introducían en los botes. La mujer al cargo le pidió que tuviera mucho cuidado porque contenía oxígeno líquido y si caía al suelo podía estallar.

–¿Oxígeno líquido?

–Para la respiración.

minas antipersonas
Minas anti personas.

Las mujeres se hallaban convencidas de la aplicación sanitaria de los productos que con gran destreza metían en aquellas latas o “lotes multipropósito”, en palabras de la más joven y última de la cadena, quien comentó que esta labor era menos penosa para la vista y las manos y más rentable para el bolsillo que coser uniformes para el ejército, como hacían en otros tiempos las elegidas del señor cura. Tilo les hizo una foto de familia y filmó de cerca los productos que manipulaban: las pelotas de gas explosivo que tomaban por oxígeno, el lodo ferruginoso, los mechones de lana que olía a fósforo, el azufre y el polvo blancuzco que atufaba a cloro. Entre ruegos de la tía Mónica de que volviera a visitarla se despidió hasta más ver.

14.–Máster

El reportero había conseguido llegar, ver y filmar; consideraba satisfecho el objetivo de su viaje. Notó que el estómago reclamaba la atención horaria: eran las dos de la tarde, hora de alimentarse. Había recorrido unos cuarenta kilómetros desde el curato que albergaba el santuario y el cementerio de las minas anti-persona. Se desvió hacia una población costera y callejeó hasta el puerto pesquero. En una taberna pidió vino de la tierra, leyó los productos en la pizarra y se zampó una cazuela de almejas guisadas no sin antes preguntar en tono de broma si eran de la mar o de lamer, a lo que la tabernera, mujer tranquila, de muslos oceánicos y edad intermedia, le respondió con una sonrisa picaruela, siguiéndole el juego: “De la ría, muy sabrosas también, pero si quieres de lamer, también tengo”. Las de la mar eran tan frescas y abundantes que le dejaron sin ganas de más.

A un tipo que ha conducido un coche toda la noche le está permitido echar la siesta. Sin embargo, los hoteles de la ciudad estaban llenos de familiares de cadetes navales y se tuvo que conformar con el asiento reclinado del Triumph para pegar ojo hasta que el estruendo de un camión de bomberos le despertó. Eran más de las cinco de la tarde. Se acordó de la petición de Lola: Empanada de vieras y una botella de Viña Costeira. Consiguió ambos productos en una panadería y en una tienda de ultramarinos pegadas a la lonja. Llamó a Terri para informarle del buen resultado de sus pesquisas, pero el coronel rebajó su entusiasmo echando en falta los datos sobre el transporte de los contenedores y otros detalles para nota. Le habló como lo haría un espía con todo el tiempo del mundo para obtener información de primera mano por procedimientos arteros. Bastante cargo de conciencia tenía él ya por haber simulado ser quien no era ante el cura de marras y las marías del sagrario como para meterse en más profundidades.

–Pregunta a los pescadores de los puertos más cercanos –le aconsejó Terri–; seguramente sepan si cargan manufacturas.

Tilo aceptó la recomendación y tuvo que reconocer que Terri tenía razón: los grandes atuneros que faenaban en aguas lejanas llevaban mercancía no declarada, decenas de cajas de madera compacta que se suponían vacías para llenarlas de pescado. Se rumoreaba que algunos transportaban mercancías de extranjis, pero solía ser herramienta, motores, generadores eléctricos, neumáticos, motocicletas… No armas. Ni mucho menos minas de destrucción indiscriminada. En todo caso, nadie preguntaba ni inspeccionaba. Los que tenían la obligación de hacerlo aceptaban la respuesta del patrón por la cuenta que les traía. Y muy buena debía de ser a juzgar por el tren de vida de algunos mandos de una temible institución policíaca. Con todo, los comentarios de tasca no hallaron refrendo de armador ni patrón alguno a los que Tilo preguntó.

Ya a malas apuró sus pesquisas haciéndose pasar por representante de una organización solidaria en busca de transporte a precio razonable de unas partidas de alimentos no perecederos y leche condensada hasta el puerto industrial de Mauritania, al sur de Nuackchot, destinadas a unas monjas blancas que pedían ayuda para paliar la desnutrición de los niños de las barriadas de la capital. Eso no era posible, le dijeron en cariñoso idioma. Tomó nota y evitó montar pollos dialécticos con aquellos pájaros. Se ve que aquella tierra lírica y aquel cielo melancólico le inspiraba paz, sosiego, mansedumbre. También la afabilidad de las mujeres con las que habló influía en su ánimo.

De nuevo en la capital del reino sentía el peso del cargador, creía tener munición suficiente para lanzarse al ataque. Sin embargo, el coronel Terri le recomendó fijar bien el objetivo. “Te enfrentas a unos buitres de acero inoxidable y has de tener en cuenta el rebote de las balas, vaya a ser que te vuelen la cabeza”. Eso le dijo. Desde su guarida en la Tabernilla le prometía hacer gestiones con los inalámbricos que le proporcionaba su hombre de confianza, el maestro Malalata, y a través de las redes sociales y los chats de Internet. Pero aparte la nueva palabra de Mala, aquel chatedigo que no se le caía de la boca, las aportaciones del amigo Terri resultaban nulas de toda nulidad. Sin duda llevaba razón cuando le recomendaba buscar el punto débil del blindaje del enemigo antes de disparar, pero el periodismo y la urgencia van de la mano y en ocasiones hay que pegar tiros al aire para hacer ruido y llamar la atención, de modo que lanzó los datos del servicio aduanero sobre las exportaciones reales de armamento y material de defensa de los dos últimos años, en contraste con los conocidos y reconocidos en los informes oficiales. Las reacciones fueron tibias. La oposición política, con alguna excepción, prefirió ignorar el asunto. Los gubernamentales razonaron: si no vendemos armas nosotros, las venderán otros. El problema no era el mercado, sino la sangre que insistía en expresarse.

En cambio, el eco o eso que llaman “impacto” de la información sobre la contribución decisiva de un espía peninsular en la caza de los hijos del dictador irakundo había sido satisfactorio si por tal se entiende que las agencias nacionales e internacionales y las emisoras de radio y televisión reprodujeron la noticia. El gordito con tirantes y el director del periódico aparecieron en las pantallas de varias televisoras explicando la primicia. Cosecharon felicitaciones en las tertulias de los medios audiovisuales en las que participaron. Se les veía satisfechos de la contribución a la sabiduría patriótica. También el delegado del diario en la capital del reino, el joven y sobradamente preparado, competente Máster, apareció en algunos programas de televisión discerniendo entre los profesionales bien pagados por las pocas empresas que apostaban por un periodismo de calidad y el resto, o sea, la mayoría. Se le notaba una querencia japonesa hacia la empresa.

La publicación de la aventura de Diagu Bandiera le ocasionó un gasto suplementario en el Club del Orujo, que se regía por una norma tan arbitraria como cualquier otra, según la cual, quien diera la noticia más destacada del día tenía que pagar la ronda. Tampoco era para arruinarse, pues el club estaba compuesto por tres compañeros que se motejaban entre sí como Jodas, el Cazador de Leones y Beluguero. A él le llamaban Breve por su tendencia a salir corriendo o porque sus informaciones acababan en “un breve”, una nota corta. El nombre del club era inexacto: salvo el Cazador de Leones, que insistió en fundarlo (le gustaba fundar cosas), ningún socio tomaba aquel aguardiente de altísima graduación; Beluguero y él bebían vino tinto (a veces blanco) y Jodas, cerveza. Solían reunirse al acabar la jornada en una taberna cercana al periódico, comentaban las jugadas políticas y económicas, hablaban de historia, de mujeres, de literatura, discutían, se reían, realizaban sus libaciones y se retiraban como los mochuelos a su olivo.

Unos días después de la celebrada exclusiva por parte del director y sus acólitos, felices de que una noticia del siglo pasado contribuyera a vender más ejemplares, Tilo creyó vislumbrar una fisura en el blindaje del enemigo. El Máster se acercó a su mesa con un ejemplar del suplemento.

–Esta afirmación no es exacta –dijo, mostrándole unas líneas subrayadas.

Si fuera como dices, la habría omitido. Ya sabes que no acostumbro a…

Te han intoxicado.

¿Por qué dices eso?

–Eloso ha recibido quejas de las alturasle informó el delegado.

¿Puedes ser más concreto?

Quien te haya dicho que el espía no cobró un dólar de la recompensa, te ha engañado; parece ser que el tipo cobró una pasta y la puso a buen recaudo. Has de tener cuidado, no podemos permitirnos columpiadas como esta –dijo el Máster con un tono de contrariedad que contrastaba con la satisfacción reflejada en su rostro.

Te aseguro que no empleo el tiempo en los columpios ni trato con fuentes tóxicas, de modo que esas quejas obedecen a intereses espurios, por no llamarles de otra manera. Cuando yo firmo y afirmo lo que afirmo es porque es verdad; de lo contrario no lo diría, ¿vale? Si las alturas, supongo que el ministro del ramo o el jefe de los servicios de inteligencia…

Exáctamente.

–Vaya, así que el general que jamás habla con los periodistas, llama al director del periódico para quejarse de que faltamos a la verdad en el cobro de una recompensa que él mismo ha dado orden de investigar sin obtener ningún resultado porque el agente a sus órdenes no cobró un dólar… Supongo que quiere salvar la cara de los chorizos de antaño, concretamente del administrador Bremer.

–Sea como sea, el director quiere que hable con él, nos ha concedido una entrevista.

–Eso sí que es buen periodismo, Máster; una entrevista con el jefe de los servicios secretos no se consigue todos los días. Supongo que se la vais a hacer el director y tú.

–Viene Saro también –dijo en referencia al gordito con tirantes.

Mira qué bien. Imagino que mi presencia es innecesaria.

–Tampoco vamos a abusar de su generosidad: nos ha invitado a comer el sábado en un restaurante de…, con dos estrellas Michelín.

–¿De dónde?

Creo que está entre Aranjuez y Ciempozuelos.

Eso es estupendo –dijo Tilo con rentintín.

–Comprenderás que el director prefiera que no vengas, no cabríamos en el taxi y además no te vamos a fastidiar el fin de semana libre –abundó el máster en la exclusión del reportero.

–Lo entiendo perfectamente: tú, el dire, el señor Saro, el fotógrafo…, demasiada gente para un taxi. Pero volviendo al asunto, deberías preguntarle si tiene pruebas sobre el pago de la recompensa al agente español y si os puede mostrar el recibo. Asumo que se negara a hablar conmigo, a pesar de la insistencia, la reiteración y la espera durante más de un mes, como bien sabe el adjunto al director, pero si quiere dejarme por mentiroso y joder al medio con un desmentido, tendrá que hacerlo con pruebas.

–¡Joder, Tilo! Tampoco se trata de crear un conflicto internacional –se escudó el máster.

–¡Ni conflicto ni hostias! ¿Acaso crees que el señor Bremer y su piara iracunda pagaron un montón de pasta, un tercio de aquellos treinta millones de dólares, a un espía español sin que éste firmara el recibo correspondiente? Que os muestre el recibo y el número de cuenta bancaria si el espía cobró por transferencia. Alguna evidencia sería menester…

–Vale, vale.

–Es lo mínimo que puedo pedir a quien me acusa de mentir.

–De acuerdo, no te pongas estupendo –dijo el máster pro forma, como si de pronto le resultara molesto el compromiso de mantener y defender la veracidad de la información–. Tampoco se trata de armar la de Dios es Cristo por saber si cobró o no. Esa gente tiene mucho poder y es preferible estar a bien que andar a hostias con ella.

–Entonces pregúntate qué interés pueden tener mis fuentes en contarnos lo que saben de primera mano y tienen los gobernantes en desmentir la verdad sin ninguna prueba. Ahora bien, si consideras que el general Felonio es más creíble que mis fuentes, huelgan las preguntas –abundó Tilo.

¿A qué fuentes te refieres, a Canaletas o a La Cibeles?

Inspirado te veo, puedes seguir con la Fontana de Trevi, el Mannken pis… Pero sábete que en todos mis años de oficio nunca me han desmentido una información por muy molesta y dañina que fuese para los titulares del poder. Otros hacéis política de titular y relumbrón y le llamáis periodismo y derecho a la información. En fin, no tengo palabras.

El Máster le lanzó una mirada acerada de bala dundún y dio por terminada la plática.

En la sección de fotografía se registró cierto debate sobre la cobertura de la entrevista del sábado con el superespía porque todos los redactores gráficos estaban ocupados en el fútbol y el balón cesto y nadie asumía deportivamente el trabajo suplementario fuera de la Villa y Corte. “Seguramente iré yo”, le dijo Baranda, un vasco exportado como jefe de sección a la capital del reino después de cubrir durante varios años el Tour de Francia y la Vuelta Ciclista de paquete en una motocicleta. Era un buen tipo, pero propendía al chismorreo y era dócil a los superiores, de modo que Tilo prefirió no decirle que se fijara en si el máster solicitaba al general alguna prueba sobre el cobro del famoso premio por parte del espía español en Bagdad.

Aquella noche, mientras Terri repensaba la jugada de ajedrez e incrustaba repetidamente la boca del botellín en la ranura de su bigote que iba adquiriendo el vuelo de una mariposa con las alas abiertas, no dejaba de repetir el nombre de Ciempozuelos como si hubiera aislado a la reina y estuviera calculando sus movimientos para comérsela cruda. Sin duda, el coronel seguía procesando los comentarios de Tilo sobre la entrevista de Eloso y sus acólitos con el general Felonio.

–¡Pues claro, la hostia..! –Se sobresaltó, clavando la vista chispeante en el reportero.

–Claro ¿qué?

–¿Qué hay en Ciempozuelos?

manicomio
Ángulo lateral del centro psiquiátrico de Ciempozuelos.

–Que yo sepa, el manicomio –dijo Tilo.

–Correcto. Y eso me recuerda una expresión de algunos pollos al mando del Centro.

–¿Qué expresión?

–Ellos decían: “¿Estamos locos o qué?” Siempre pensé que aquella familiaridad con la palabra “loco” por parte de Felonio y sus hombres de confianza no era gratuita, debía de tener un origen, algo que se me escapaba. Algunas veces utilizaban aquel “estamos locos o qué” sin ton ni son, por ejemplo, para decir que llevaban mucho rato de reunión, para hacer una observación doméstica, para criticar algún detalle y, desde luego, para oponerse a lo que fuera.

–Anda que no eres rebuscado, coronel.

Creo que funcionaba como una consigna entre ellos.

–¿Y eso qué tiene que ver con que Felonio haya invitado a los entrevistadores en un restaurante de postín entre Ciempozuelos y Aranjuez? No estamos locos, sabemos lo que queremos, decía la canción de aquellos tiempos.

Terri se mantuvo en silencio hasta que la repetición de los movimientos del rey frente a la voracidad de su dama determinó tablas. Tilo contó su chiste: “Un pato negro y otro blanco echan una carrera. ¿Quién gana?… Empatan”.

–Hagamos una gestión –propuso Terri empuñando el teléfono–, vamos a ver por qué diablos ha elegido ese restaurante fuera de la ciudad.

Accionó el buscador, Tilo grabó en su teléfono el número que le cantó el coronel, acto seguido se lo entregó. Su conversación con la persona del establecimiento que atendió la llamada fue breve, pero suficiente para saber que el harlista señor Felonio almorzaba allí un sábado al mes en compañía de otro señor.

–¿Harlista también?

–Es muy mayor para manejar moto, viene con él –dijo la voz de mujer.

–Es que este sábado hemos quedado a almorzar en su magnífico restaurante y quería cerciorarme de si había hecho la reserva.

–Si, tienen reserva para cinco personas. Por cierto, no me ha solicitado el menú especial para su compañero habitual, el director del psiquiátrico. Le encantan las mollejas al vino. ¿Sabe usted si vendrá?

¿El director del manicomio de Ciempozuelos?

–Si, el viejo que suele acompañar al señor Felonio.

–Si no le ha dicho nada, seguramente no irá –aventuró Terri, quien, nada más cancelar la conversación, exclamó:

¡El manicomio es la clave!

15.–Manicomio

Se pueden hacer las cosas bien, mal, regular o como los militares: a su manera. Aquellos tipos de uniforme desconfiaban de los civiles y adoptaban sus procedimientos paralelos. Esquivaban al poder civil, civilizado; burlaban y se burlaban de los representantes políticos, mayormente incompetentes; actuaban según convenía a sus intereses; se consideraban la columna vertebral de una patria sobre la que camparon a mano armada durante gran parte del siglo XX cual vulgares matones medievales. El advenimiento de la democracia representativa acotó sus fechorías al ámbito cuartelero, pero conservaron, mediante amenazas, unas parcelas de poder bien valladas y protegidas por perros de presa. Una de ellas era la jurisdicción propia. Otra, el mando y control de los servicios de inteligencia del Estado. En aquellos terrenos hacían y deshacían lo que convenía a sus intereses particulares, generalmente envueltos en la bandera del reino, como correspondía a su más alto, elevadísimo, patriotismo.

En ese contexto era comprensible que el general Felonio mantuviera su espacio exclusivo dentro de los servicios secretos y que en vez de proveerse de identidades falsas para los agentes en el organismo civil correspondiente, el ministerio del interior, esquivara ese control y consiguiera por otros medios la documentación falsificada para los espías de máxima confianza, los “pata negra” les llamaban.

El coronel Terri dio sentido a su afirmación de que en el manicomio estaba la clave con la hipótesis de que su antiguo jefe y temible enemigo, el hombre que le quería muerto, utilizaba la identidad de los locos para su gente en el centro de inteligencia. La suposición parecía razonable y explicaba la relación del general con el director del psiquiátrico de Ciempozuelos.

Un agente secreto con la identidad de un esquizoide encerrado de por vida goza de una impunidad absoluta –afirmó el coronel.

Tilo aceptó su explicación. Si Felonio realizaba operaciones ilegales de gran calado para la supuesta seguridad del Estado, es decir, acciones orientadas a acumular más poder y riqueza para sí y un reducido grupo de amigantes de las altas esferas, parecía lógico que se cuidara de que ningún organismo civil o institución política pudiera meter la nariz en sus asuntos.

–Pero ¿por qué los locos y no los muertos, por ejemplo?

–Porque si algo sale mal y detienen a un agente, pueden alegar que era un esquizofrénico fugado del manicomio. Si lo arrestan, arrestan a un loco. Si lo juzgan, juzga a un loco. Quiere decirse que lo devuelven al manicomio y podrá salir en cuanto lo depositen.

–¿Y si lo matan? –Quiso saber Tilo.

–Tanto da, liquidan a un loco. En alguna ocasión utilizaron la documentación de un mendigo para cometer un secuestro, pero la pifiaron y la policía capturó al secuestrador, lo que les obligó a hacer desaparecer al mendigo.

–¿Qué hicieron con él?

–Arrojaron el fiambre en alta mar.

–¡Joder!

–Cuando está en juego la cúpula del poder no se andan con contemplaciones.

–Te refieres a Felonio, claro.

–Y a sus amigantes.

–¿Quiénes son?

–Gente de alcurnia.

La hipótesis sólo admite un tratamiento: la acción para confirmarla o descartarla. Es una moneda al aire. En este caso, el trato amistoso del general Felonio con el director del psiquiátrico provincial de Ciempozuelos se adentraba en la vía por la que circulaba el tren blindado de los procedimientos secretos y los supuestos negocios inconfesables, de modo que se pusieron manos a la obra. Terri recordó varios nombres de antiguos espías significados por la expresión: “Estamos locos ¿o qué?” Tilo los anotó, consultó en el registro civil y obtuvo un pobre resultado: sólo una de aquellas personas figuraba en la lista de los vivos con residencia en la circunscripción capitalina, aunque no en la localidad de Ciempozuelos, sino en Bustarviejo, en el otro extremo de la provincia. Entonces supuso que los internos conservaban la matriz anterior al ingreso en el manicomio y, fuera porque el nombre de Liborio (del latín libo, liberar), le resultaba atractivo y al mismo tiempo contrario a la situación de una persona atrapada en un manicomio, o por cualquier otra razón, telefoneó al domicilio de aquel ciudadano.

–No está –le contestó una voz gastada de mujer anciana.

–¿A qué hora le puedo llamar?

–A ninguna, el niño no reside aquí –dijo la mujer.

–¿Dónde le puedo localizar? Quería hablar con él.

–Hablar… ¡Ojalá pudiera hablar!

–¿Pues qué le ocurre al niño, señora?

–Es mudo de nacimiento, señor.

–¡Qué mala pata! Aunque si vamos a ver, los adelantos de hoy en día permiten a los sordomudos defenderse perfectamente en la vida –dijo Tilo a modo de consuelo.

–Sordomudo no, sólo mudo; oye bien.

–Tanto mejor, así podré entenderme con él si me dice donde puedo encontrarle.

–Está en Ciempozuelos, señor.

–¿En el psiquiátrico?

–Sí señor. ¿Para qué quiere verlo? ¿No será usted de esos que regalan premios? El otro día llamó un promocionador diciendo que nos había tocado una batería de cocina, una batería…, usted considere… Se ve que el niño guarda los cupones que vienen en los botes y los manda para que me toquen cosas. Está mal de la cabeza, pero es muy bueno, muy bueno, y a mí y a su hermana nos quiere con locura. Ni se moleste en decirle que le ha tocado un viaje. Ahora bien, si usted tiene esa obligación, hágale el favor de cambiar el valor del premio por botellas de cocacola, le pírria la cocacola. Si buenamente puede, claro está.

–Naturalmente que sí –se comprometió Tilo antes de cancelar la comunicación.

La confirmación de la hipótesis alegró a Terri: ahora sabía que los sicarios enviados por Felonio para ultimarle poseían duplicados vivos y que el amigo Tilo movería Roma con Santiago para denunciar los procedimientos documentales del enemigo si le ocurría algo parecido a un suicidio o un accidente. Tenía constancia de que seguía en el punto de mira de K porque periódicamente el maestro Malalata le hacía el favor de pasarse por su casa, cerca de la glorieta del poeta Rubén Darío, a comprobar si la tenían pinchada. El veterano carterista adoptaba las medidas de rigor (guantes para no dejar huellas, gorra y gafas para evitar su identificación por las imágenes que tomaran las cámaras ocultas), entraba al apartamento de Terri, descolgaba el teléfono, realizaba una llamada internacional y se sentaba en el bar de la esquina a esperar el resultado en forma de automóvil del que salían dos individuos con bultos en los costados y se apresuraban a entrar en la finca. A juzgar por las instantáneas del maestro del sexto dedo, aquellos tipos tenían menos pinta de argelinos que el carterista de obispo. Otro camino del enemigo para cazarlo era el control de la cuenta bancaria a través de la que Terri percibía sus emolumentos de coronel en la reserva. El centro de inteligencia controlaba al instante cualquier movimiento contable, de modo que solían ser Mala, el sabio Compendio o el mayordomo de la señorita Lafun quienes le hacían el favor de acercarse a algún cajero de la entidad bancaria, nunca el mismo, y sacar el dinero que necesitaba para sus gastos. Terri conocía los métodos operativos de los esbirros de Felonio y sabía que más vale ser cazador que presa. De ningún modo iba a dejarse cazar. Por el contrario, podía pasar a la ofensiva y amortiguar a aquellos pobres diablos, como decía el maestro Malalata.

–¿Amorti…qué?

–Amortiguar, dejar muertos o, por lo menos escarmientar –aclaró Mala.

–No serviría de nada si no cazamos a K.

Para los fines periodísticos de Tilo, la confirmación de que el jefe de los servicios secretos empleaba la identidad de los internos en el manicomio de Ciempozuelos para sus agentes operativos de máxima confianza tenía mucho interés, pues no dejaba de ser pintoresco que la seguridad del Estado estuviera en manos de “locos”. Con todo, lo que más le importaba en ese momento eran las pruebas de la implicación directa del general y sus amigos mangantes en el negocio del tráfico ilegal de armas. No hay que olvidar que los servicios secretos se empleaban de un modo prioritario en el control de las exportaciones de armamento para evitar que llegaran a destinos ajenos a los declarados oficialmente.

–Si utiliza la identidad de los internos para cubrir a sus agentes, es probable que la emplee también para encubrir sus negocios –aventuró el reportero.

–Correcto –afirmó el coronel.

–Conviene darse una vuelta por allí –dijo Tilo antes de manifestar su intención de entrevistar al director del psiquiátrico con una excusa tan al pelo como las enmiendas del partido conservador, reaccionario y corrupto hasta la médula, al Código Penal para aplicar la cadena perpetua a los besánicos que hubieren cometido algún delito grave.

–Será una forma de sondearle, si acepta la entrevista, claro –añadió–; si no me la concede tendré que ir a visitar al tal Liborio, aunque es mudo y dudo que pueda arañar algo.

–Perfecto, si no de él, tal vez del entorno –aventuró Terri.

16.– Amanecer

Así de verde estaba el asunto cuando el reportero recibió una llamada del coronel. Eran las siete de la mañana, aún no había amanecido, pero Terri insistió: “Tienes que venir, tienes que estar en la Tabernilla dentro de una hora a más tardar”.

–¡Por Júpiter! ¿Tan importante es la cosa?

–Lo es.

–¿De qué se trata?

–He mandado a Malalata al aeropuerto a recoger a un señor de Bilbao que quiere contarnos algo muy interesante y quiero que lo oigas.

Con disgusto de la aeromoza Lola, a la que había prometido pasar el día juntos, abandonó el lecho amoroso y se sumergió entre la muchedumbre del metro, donde predominaba el olor a orín y chotuno sobre las ráfagas de jabón de ducha y agua perfumada. Llegó a la Tabernilla antes de que aparecieran Mala y el señor de Bilbao, sobre el que Terri le dijo que era el armador y patrón del barco que le había hecho el favor de ayudarle en alta mar cuando huía de Argelia. Más que un favor, le debía la vida, aseguró.

El armador era un tipo joven, de treinta y pocos años, perfectamente trajeado, con un cartapacio de hombre de negocios en la mano, tan alto como Terri, mirada serena, pelo largo y ensortijado; más que patrón de barco pesquero parecía un violinista de la filarmónica de Viena. El coronel le dispensó un fuerte abrazo de náufrago. Doña Rosario, muy atenta, les sirvió sopas de ajo y sacó una botella de aguardiente perfumada con pasas. Seguía las instrucciones de Terri para agasajar a su salvador, al que, por cierto, el maestro Malalata llamó Salvador, pues su nombre era Jesús y en cristiano quiere decir salvador, según le explicó, de niño, el cura que lo adoctrino. El caso es que el recién llegado trataba de salvar ahora su barco y, sobre todo, la vida de los seis pescadores abordo, secuestrados por unos piratas somalís. Les contó la circunstancia peliaguda y urgente que le empujaba a pedir socorro al agente secreto, que no era otra que encomendarle el pago del rescate para que liberaran su barco, el Amanecer.

–¿Acaso no puede pagar el rescate usted? –Intervino Tilo.

–No sería prudente; he cometido el error de pedir ayuda al gobierno y me han ordenado no negociar ni pagar. Me tienen vigilado. Me dieron buenas palabras, como si ellos, o sea, la Armada, fueran a hacer algo para liberar el barco, pero ya han pasado diez días y no han movido un dedo ni lo van a mover. Son unos hijos de la gran puta. Como comprenderéis, no voy a permitir que maten a mis hombres, entre los que está mi hermano.

esquife somalí
Piratas somalís.

En aquellos días los piratas somalís hacían de las suyas como si hubieran tomado querencia a los barcos pesqueros españoles que faenaban en aquellas aguas. Cualquiera diría que les tenían ojeriza. En vez de seguir secuestrando petroleros y grandes buques mercantes, asaltaban a los atuneros vascos y gallegos, acaso porque les resultaba menos complicado obtener los rescates de los armadores, personas de carne y hueso con sentimientos piadosos, que de las sociedades anónimas y los fondos buitres que compraban y vendían varias veces los cargamentos de petróleo y alimentos durante las travesías.

El armador describió a los piratas como jóvenes furiosos y armados hasta los dientes. Eran muchachos desarrapados, hambrientos, desesperados, muy peligrosos. La vida les importaba una mierda. Lógico. Salían de sus agujeros en la costa desértica de Somalia a bordo de pequeñas embarcaciones a motor y a la que divisaban un buque faenando se lanzaban como hormigas a por el grano de azúcar. Provistos de kaláshnikov, machetes, hachas, lanzallamas y otras herramientas mortíferas, amedrantaban a los pescadores, subían a bordo, les quitaban el agua, el vino, las viandas, la ropa, el dinero, el combustible y emitían por la emisora de onda corta el mensaje exigiendo el pago del rescate en dos semanas so pena de ir matando y arrojando por la borda a un marinero por cada día de retaso y de incendiar y hundir el barco si el pago no llegaba antes de que acabaran con todos.

Aquel Salvador incidió en su descripción de demonios furiosos, insensatos, muy violentos, a los que importaba un bledo la vida del prójimo y despreciaban la propia. No eran terroristas, desde luego, sino simples ladronzuelos. La diferencia entre unos y otros es que carecían de motivación política, ideológica y religiosa, por lo que la intervención de los gobiernos y sus diplomáticos, gente de palabra fácil (y falsa), era perfectamente inútil. En cambio, el coronel Terricabras y antiguo espía Bandiera era experto en el trato con los africanos y hablaba árabe. El armador del buque que le había salvado la vida le suponía las dotes y habilidades necesarias para entenderse con aquellos tipos, negociar con los cabecillas y pagarles el rescate.

A Tilo le sorprendió la disposición de Terri a cumplir el encargo cuanto antes. ¿Acaso había perdido la cabeza con su aspiración a perderla? ¿Ignoraba que la aparición de su nombre en el registro de viajeros de cualquier compañía aérea equivalía a la liquidación por cierre del negocio de la vida? Quiso creer que no se atrevía a decepcionar a su salvador y que guardaba un as en la manga, acaso alguna identidad supuesta de las que Mala obtenía con el ágil manejo de su tercer brazo, el invisible, y que como buen carterista solía depositar en alguno de los cada vez más escasos buzones del servicio postal distribuidos por la ciudad. Aunque así fuese, se jugaba el tipo, pues valía suponer que la denuncia de la víctima impecune e indocumentada saltaría de inmediato a los ordenadores del registro policial de todos los aeropuestos, como dijo Mala al oído de Tilo con la lógica policíaca derivada de su experiencia. Por culpa de los terroristas yihadistas y de la legión de chorizos y navajeros desconsiderados que arrojaban las carteras, bolsos y monederos a las alcantarillas sin importarles si contenían llaves o documentos personales, la policía ya no esperaba, como antes, veinticuatro horas para registrar la identidad del pelado, fuera a ser que los malos utilizaran esa documentación para viajar y cometer atentados. Los intercambios de documentación sustraída entre las policías de medio mundo eran automáticos cuando se trataba de pasajeros aviónicos. Mucho riesgo iba a suponer para Terri aquella decisión firme de viajar a Yibuti, comparecer el día y la hora señalada en el lugar indicado por el jefe de los piratas, entregarle la mitad del rescate en cuanto diera orden de liberar el barco y la otra mitad cuando llegaran sanos y salvos a puerto, de acuerdo con las indicaciones del armador.

–Sería cojonudo si pudieras convencerlos de que no nos joda más –dijo Salvador como un deseo suplementario–; esos hijos de puta ya han arruinado a media docena de armadores, estamos desesperados.

–Se hará lo que se pueda –respondió Terri, haciéndose cargo del maletín, que contenía un millón de dólares en billetes verdes flamantes y enfajados, así como los cablegramas con las indicaciones de la entrega. El jefe pirata se comunicaba desde alta mar por onda corta con una emisora egipcia que a su vez transmitía los telegramas a los armadores vascos. A continuación se despidieron en la puerta con todo el afecto del que fueron capaces y el joven Salvador le deseó mucha suerte y mucha salud.

FARO CHAPELA
Atunero vasco en el Índico.

Mientras contemplaba la escena, Tilo pensaba en clave periodística y se sentía satisfecho del madrugón, pues las tribulaciones de los pescadores de atún en las costas de Somalia eran una información valiosa e interesante para el gran público ignorante del sufrimiento humano inherente a aquellas pequeñas latas de conservas que adquiría en las tiendas y supermercados. La descripción de la ferocidad de los captores y la amenaza de matar y arrojar por la borda a un pescador por cada día de retraso del pago del rescate añadían dramatismo y suspense a una historia que el público tenía derecho a conocer. A la tensión del asunto se agregaba el hecho de que las gestiones prometidas por las autoridades gubernamentales habían sido inútiles o no habían sido realizadas siquiera, según las palabras de aquel armador. La posición oficial del gobierno consistía en no negociar con terroristas. Aunque los piratas no practicasen el terror indiscriminado ni actuaran por motivos políticos, para los gobernantes y legisladores eran terroristas, sobre todo si se tiene en cuenta que el delito de piratería había sido eliminado del código penal tras juzgarlo anacrónico e inexistente en nuestros días. Unos genios.

–¿Y ahora qué, macho? –Dijo Mala encarándose con Terri.

El coronel evitó contestar: sopesaba la situación. Gimió la puerta del patio, entró doña Rosario, retiró los cacharros de la mesa y dejó las jarras con leche y café para la señorita Lafun y el doctor Compendio.

Terri abrió el maletín, sacó los papeles, enlazados con una horquilla de escritorio, agarró un fajo de billetes, los oreó por una esquina, esbozó una sonrisa apenas perceptible entre las alas de mariposa de su bigote color trigueño y dijo:

–Necesitamos un plan.

–A mí no me complejices la vida –se protegió Mala, quien obtenía buen rendimiento económico de los recados, la protección y el suministro de teléfonos móviles a Terri.

La funcionaria Lafun les sorprendió discutiendo el asunto.

–¿Os puedo interrumpir?

–Ya nos has interrumpido, hermosa –dijo Tilo.

–Ese Thomas Tew era un pirata muy famoso de Madagascar… Le llamaban la alimaña del Mar Rojo…

–¿Cómo lo sabes?

–Por los libros de aventuras… He leído muchos.

–¿De qué siglo estamos hablando?

–Del diecisiete. La isla de Madagascar fue refugio de los bucaneros más crueles e intrépidos, el holandés Van Tyle, el capitán James, el general Thomas Tew… Todos acabaron mal. El pirata más famoso fue Thomas Collins: se erigió en gobernador de una parte de la isla, pero duró poco porque sus huestes sucumbieron a los ataques de los franceses. Acabó en la horca.

–Los malos suelen acaban mal –dijo Terri.

–Y los buenos también –dijo Lafun.

–¿Te atraen los piratas? –Le preguntó Terri.

–Sobre el papel –dijo Lafun.

–¿Te gustaría verlos en jaulas, colgados de los torreones? No encarnados, sino descarnados, puro chasis, calavera y esqueleto –le preguntó Tilo en un arranque de aventurado atrevimiento.

–Ya no quedan Walter Raleigh ni mazmorras la Torre de Londres –dijo ella–, pero siempre podemos ir de compras si me invitas –añadió sonriendo.

–¿Sin tu mayordomo? –Le siguió el juego.

–Claro, Ali solo puede viajar a Egipto.

–¿Y a Yibuti?

–Supongo que sí, pregúntale a él, pero a Londres vamos solos tu y yo –dijo sonriendo como si quisiera regalarle una caricia o alegrarle el día. De sobra sabía que Tilo estaba enamorado de ella o, al menos, de su sonrisa. En la calle sonó el claxon del coche eléctrico en el que Alibombos la llevaba a la oficina, de modo que apuró la taza de café y salió a toda prisa. Ahora sabían que el pirata al que Terri debía pagar el rescate del Amanecer era un fantasma del pasado, el general Tew. A saber quién diablos sería.

El plan del coronel era sencillo; consistía en cumplir la orden del pirata malgache, llegar a tiempo, intentar negociar la reducción del rescate, pagar y liberar el barco con la tripulación sana y salva. Sólo contenía, el plan, dos variaciones: con Terri y sin Terri. Mala apostaba por el último. Lógico. Le fastidiaba perder un amigo y un cliente tan bueno como el coronel, aunque, por otra parte tampoco iba él, carente de la idiomática y de expiriencia internacional, a ocuparse en esos menesteres. Después de todo, un simple carterista, parado de larga duración, no reunía las condiciones necesarias para ser despachado al Cuerno de África, donde sabe dios…

Tilo las veía venir. Aunque era temprano para llamar al director, se arriesgó a incomodarle y le envió un mensaje por watsap preguntándole si le podía llamar. “Pues claro”, le contestó Eloso. Era un buen tipo, lo había demostrado una vez más en la entrevista con el jefe operativo de los servicios secretos al negarse a dar por buena su palabra frente a la del periodista sobre el cobro de la recompensa por parte del agente Diagu Bandiera. De hecho, aquella cuestión, mal que pesara al jodido Máster, ni siquiera aparecía mencionada en el texto publicado a mayor mérito y gloria del general Felonio.

Le llamó sin perder tiempo y le expuso la situación en lenguaje telegráfico:

–Mira, Oso, tenemos la oportunidad de dar la primicia y ofrecer un reportaje pistonudo en texto y video. ¿Qué te parece?

–Ponte en marcha, pero ya.

Lola se enfadó con Tilo. Lógico. Una mujer a la que abandonas en el lecho de amor antes del amanecer y luego llamas para pedirle el favor de que consiga un pasaje para Yibuti en el primer avión de cualquier compañía que vuele hacia allí, suele enfadarse contigo por mucho que te quiera. Pero Tilo la conocía bien. Redactó en el ordenador portátil que le acompañaba a todas partes la noticia del secuestro del pesquero, debidamente circunstanciada con los seis marineros en peligro de muerte, la envió a la redacción central y antes de que telefoneara al redactor jefe para constatar que la había recibido, ya la aeromoza se había reconciliado y, lo que es mejor, obtenido dos pasajes hacia El Cairo y contratado otros dos en las aerolíneas de Etiopía entre la capital egipcia y la principal ciudad de la antigua Somalilandia.

–¿Por qué dos?

–Voy contigo –afirmó Lola.

–No es un viaje de placer, cariño mío –opuso Tilo.

–¿No pensarás que te voy a dejar solo?

Tilo se alegró seriamente lo mismo que el olivo. Sin tiempo que perder, empuñó el maletín, rechazó la intención del sabio Compendio de darle un arma que guardaba en el maletero, pues de sobra sabía que estaba prohibido llevar armas en los aviones, y se despidió de los parroquianos de la Tabernilla hasta más ver.

Lola consumió la mayor parte de las tres horas de viaje hasta El Cairo sumergida en un novelón de la factoría de Follet y él hojeó periódicos y durmió la siesta del carnero y bebió cerveza antes de que los rigoristas le aplicaran su ley. Con el tiempo pegado al culo, que diría Mala, subieron al avión etíope, cuyo servicio era austero: un vaso de agua y un caramelo. Servían el agua cuando el aparato había alcanzado cierta altura como si ayudara a pasar el susto del despegue y daban el caramelo poco después, como si quisieran endulzar el eventual tránsito hacia la otra vida, si bien Lola, por su profesión de azafata de vuelo cargada de trienios y con cargo de sobrecargo en Iberia Airlines, y él, superviviente de algunos avatares aéreos, no estaban en edad de tener miedo. Se acordó del chiste (–“¿Por donde sales si el avión estalla? –Por la tele”), pero era tan malo que se abstuvo de contárselo a Lola, a la que, sin embargo, ganó dos partidas de ajedrez, con la consiguiente renta de otros tantos polvos. La verdad es que con ella nunca sabía si ganaba de verdad o se dejaba ganar porque le encantaba follar.

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Vista aérea de Yibuti.

Se alojaron en un hotel aceptable, cerca del lujoso Palace Kempinski, donde debían entregar el rescate a las diecinueve horas del día siguiente. La ciudad olía a puerto mercante (fuel y petróleo) y se hallaba infectada de militares de varios colores y nacionalidades, con predominio de franceses, estadounidenses, japoneses e italianos, por ese orden. Los franceses manejaban el turismo y los garitos nocturnos (putos, putas, baile y alcohol). Como antiguos colonizadores de esa punta del desierto de Somalilandia mantenían sus históricas instalaciones militares pegadas a la ciudad. A continuación, siguiendo la costa hacia el sur, se habían asentado los norteamericanos, los italianos y los japoneses. Los chinos se colaban por todas partes y se veía gente de almendrados ojos en las calles, el puerto y los hoteles. La República Popular China se disponía a construir un puerto a pocos kilómetros de Villa Yibuti para entregárselo a Etiopía, que se había quedado sin salida al mar desde que la paupérrima Eritrea conquistó su independencia. Se decía que tenían permiso, los chinos, para plantar su propia base militar con fines pacíficos en las afueras de la ciudad. Dado el instinto comercial de aquella gente, valía pronosticar un tsunami de manufacturas.

Almorzaron en un restaurante de higiene aceptable, regentado por franceses, y, de regreso al hotel, pasaron por calles y plazas llenas de grupos de jóvenes, de cuya actitud y conversaciones dedujeron que esperaban algo, quizá una revolución. El conserje de la hospedería les explicó que la gran mayoría eran eritreos y somalís que habían desertado del ejército y sobrevivían por allí como Alá les daba a entender, es decir, ofreciendo sus brazos a los manijeros del puerto para descargar y limpiar barcos. Algunos tenían suerte y resolvían la supervivencia trabajando hasta una semana a destajo, lo que les permitía aventurarse hacia Egipto e intentar llegar a las costas de Libia para dar el salto mortal hacia Europa. Otros traficaban con opiáceos. En ocasiones aparecían ojeadores cuando jugaban al fútbol en la playa y convidaban a alguno a almorzar. También aparecían militares franceses e italianos y abordaban a los más fuertes con la promesa de espantar su hambre sirviendo en sus ejércitos. Los que mejor pagaban eran los norteamericanos sin uniforme. Les ofrecían instrucción militar, buen armamento moderno y los embarcaban como si fueran ganado con rumbo desconocido. Algunos de aquellos jóvenes procedían de la zona del lago Assal y el único armamento que conocían era su largo palo mondo de arrear camellos y picar lingotes de sal.

Se acercaba la hora del pago del rescate y Lola insistía en causarle problemas. Ella era consciente de la realidad social que excluía a las mujeres de los negocios, pero insistía en acompañarle, sin que hubiera manera humana de hacerla entrar en razón. Tilo admitía su preocupación la besaba para tranquilizarla, le aseguraba que no le ocurriría nada.

–¿Y si te matan?

–¿Por qué me van a matar, cariño mío?

–Si te matan a ti, que me maten a mí también. Y no me llames cariño.

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Retrato del histórico pirata Thomas Tew

La porfía se prolongó hasta la puerta del lujoso hotel, donde ella se anticipó a preguntar a un recepcionista por el “maldito pirata” Thomas Tew. El recepcionista se sorprendió del tratamiento y contestó sonriente que míster Tew les esperaba. Un botones mandinga les acompañó en el ascensor hasta la puerta de una sala, en la sexta y última planta del edificio. Llamó, abrió un hombre negro, musculoso, con camisa blanca y también se sorprendió al ver a la rubia Lola. Con todo, clavó la vista en el maletín, en manos de Tilo, y los dirigió hacia una saleta lateral con un sofá y una mesa baja de latón con forma de teta de mujer, coronada por un pezón picoteado. Les preguntó si llevaban armas (no), les ordenó abrir el maletín (dólares USA), comprobó los efectos de sus bolsillos y les retiró los teléfonos portátiles. Un minuto después asomó en la puerta de la antesala otro empleado del pirata, de rostro alargado, blanco broncíneo con el pelo al cepillo teñido de rubio, y les ordenó que pasaran. Lola llevaba un pañuelo de lino azulado sobre el cabello y lucía su gracioso flequillo ondulado sobre la frente, algo que agradó mucho a míster Tew, pues le recordaba, dijo, a una prima muy linda que residía en los Estados Unidos. A Tilo le pareció un comienzo estupendo para romper el hielo con aquel fantasma de apenas un metro sesenta de estatura, tez cobriza, pelo castaño en retirada, perilla y bigote bien cultivados y lentes bifocales a lomos de una nariz fina y encorvada cual pico de rapaz altanera que al robo tiene afición (Martín Fierro). Estimó que frisaría los cincuenta de edad.

Les recibió de pie, con fingida solemnidad, ante una mesa de madera noble, tallada con arabescos, a juego con el artesonado del techo de la sala y la decoración bizantina de las paredes. Les invitó a sentarse e hizo lo propio al otro lado de la mesa.

–Supongo que su prima no estará orgullosa de usted –le espetó Lola en inglés y recibió la primera patadita de Tilo en el tobillo.

–¿Por qué supone eso?

–Porque secuestrar, robar y matar a unos pobres pescadores le convierten a usted en un auténtico hijo de perra ¿verdad? –dijo Lola, y recibió la segunda patadita.

–Modere a su señora –dijo el pirata sin dejar de sonreír.

Tilo sopesó la situación. Era consciente de que el malgache tenía al menos dos matones detrás de la puerta, pero convenía que supiera que le podía retorcer el pescuezo al menor movimiento extraño.

–Ella es moderada, señor Tew, pero comprenda que la actividad de un bucanero como usted irrita a cualquiera. Los tipos como usted son muy perniciosos, no deberían existir.

–¿De verdad cree eso?

–Desde luego; son un forúnculo podrido en la piel del mundo, ¿no sé si me entiende?

–Le entiendo perfectamente –dijo el jefe pirata sin dejar de sonreír.

–Entonces sabrá que conviene extirparlos antes de que se extiendan e infecten todo el cuerpo. La salud es lo primero.

–Habla como Dioscórides, amigo.

–No se equivoque, no soy amigo suyo. Hemos venido a pagarle el rescate del barco pesquero Amanecer, no a trabar amistad con ningún hijo de perra que tarde o temprano acabará colgado del palo mayor.

–¿No le parece un poco exagerado?

–Ni una micra –terció Lola.

–Bien, si se han desahogado, veamos el dinero –resolvió el jefe pirata sin dejar de sonreír.

Tilo abrió el maletín sobre la mesa y el bucanero comprobó meticulosamente los fajos de billetes nuevos. Acto seguido empuñó un telefonillo y dio las indicaciones para que liberaran el buque. A continuación les indicó que en unos minutos tendrían la confirmación de la liberación, como, en efecto, así ocurrió cuando escucharon la voz del patrón afirmando que los seis se encontraban bien y no habían sufrido más daño del derivado de la humillación y el entumecimiento de los músculos por la humedad y la nula movilidad de tantos días en la bodega. Tenían combustible para llegar a puerto y estimaban que en media hora entrarían en Yibuti.

–Pueden verlos desde esta ventana –ofreció el jefe pirata, para mayor sorpresa de sus interlocutores, que no sospechaban que buque se hallara tan cerca de puerto, es decir, de aquel enclave del belicoso neoimperialismo campante en el continente africano.

Tilo agradeció la deferencia del pirata y no olvidó la encomienda del armador.

–Usted lleva un nombre que no se merece, el nombre de un pirata legendario que sólo atacaba a los barcos de los árabes y a los indios orientales que se aventuraban a entrar en el Mar Rojo, allá por el siglo diecisiete. ¿Por qué mancilla su nombre? ¿Por qué ataca a unos pescadores indefensos que no llevan tesoros ni riqueza? ¿Por qué se ensaña con los atuneros de la Península Ibérica?

–Pregunta usted más que Sócrates, amigo.

–Le repito que no tengo amigos ladrones ni asesinos.

–No se me soliviante, man –dijo el malgache sin perder su expresión sonriente.

–En mi humor mando yo, y créame que si estuviera enojado le habría retorcido el pescuezo.

–No le conviene enojarse, jeje.

–Mi compañero le ha hecho unas preguntas –terció Lola.

–Su compañero sabe muy poco de esta región, se permite llamarnos ladrones y asesinos, carece de sentido del humor y tiene muy mala información sobre su propio país. En resumen, su compañero es un poco bastante… ¿Cómo diría yo? ¿Atrevido… madcap? Si, un poco botarate.

–Quizá se deba a que no está acostumbrado a tratar con ratas piratas, ¿verdad? –Replicó Lola, sonriendo a su vez–. Usted se cree superior porque tiene una pistola en ese cajón que acaba de abrir y porque nos han cacheado hasta los huesos y sabe que estamos indefensos, pero el auténtico Thomas Tew, el fundador de la colonia Libertalia en Madagascar con su amigo el capitán Misson jamás actuaría como usted; él era un guerrero igualitario, robaba a los ricos para ayudar a los pobres, asaltaba barcos armados y no indefensos, liberaba esclavos, murió en combate…

–Él también morirá de un pepinazo si sigue apresando a los pesqueros de nuestro país –interfirió Tilo–. Sepa usted que la Armada española no está dispuesta a tolerar ni una fechoría, ni una agresión más a nuestros atuneros –le avisó mirándole fijamente.

El tipo soltó otra risita.

–Ríase, cacho mamón, pero le van a volar la tapa de los sesos. ¿Lo entiende o no?

–Su armada es una mierda. Muy aristocrática y endogámica, pero una mierda. Y su Estado es otra mierda, ¿sabe usted?

–No lo sabía.

–Siempre se aprende algo, man. Le daré tres mensajes para sus representados. El primero: su Armada no nos da miedo; el segundo: su país nos da risa porque se halla mangoneado por unos personajes ruines a los que esos pescadores les importan una mierda. Y el tercero: el comandante Tew seguirá adelante con las acciones contra los barcos españoles hasta compensar la deuda que contrajeron con él.

–¿A qué deuda se refiere? –Se sorprendió Tilo.

El jefe pirata extrajo unos documentos del cajón entreabierto de la mesa y se los alargó. Era un acta notarial suscrita en Victoria, capital de Seychelles, por la que los señores Ángel Pérez Perales y Liborio Ruiz del Monte, como legítimos representantes y directivos de la sociedad mercantil APP&LRM con registro y sede social en aquella isla de Mahé, adquirían el compromiso de suministrar mercancías (véase anexo) por valor de nueve millones de dólares estadounidenses en los plazos estipulados de treinta, sesenta y noventa días al cliente Robert Karaka, conocido como comandante Thomas Tew, con domicilio en la mencionada isla de Grand’ Ansè. El documento llevaba fecha del año pasado y estaba firmado por las partes y rubricado y sellado por el fiduciario legal. En hoja aparte, también firmada por los contratantes y sellada por la notaría, figuraban las cláusulas de pago: tres millones de dólares a la firma del contrato, mediante transferencia a la cuenta bancaria en Suiza de APP&LRM y el resto en sucesivos pagos a la entrega de la mercancía.

Se comprenderá la sorpresa del reportero al leer el nombre y los apellidos del loco Liborio en aquel documento. “¡Por Júpiter, Tew! ¡Esto es la hostia!”, exclamó visualizando ávidamente el anexo que detallaba la mercancía al por menor.

–¿Le suena el arma Cetme? –Le preguntó el pirata.

–Vaya si me suena: le llamamos «chopo» y ha sido el fusil reglamentario del ejército y las policías de mi país hasta que hace unos años lo mató la Otan… Quiero decir que quedó fuera de uso porque no cumplía la nueva doctrina de la Alianza Atlántica de no matar, sino dejar malherido al enemigo. Los heridos dan más lata que los muertos, gritan, se revuelcan de dolor, hay que rescatarlos y curarlos y desaniman e intimidan más que los cadáveres, ¿usted me entiende? Y el Cetme estaba configurado para matar, no para herir, y había que reducir su calibre –explicó Tilo sin levantar la vista de los papeles.

–¿Le dice algo la palabra mina? –Inquirió el jefe pirata.

–Es un arma de destrucción indiscriminada, prohibida en mi país.

–¿Y las granadas de fragmentación?

Tilo respondió afirmando con la testa.

–¿Y las bombas de racimo? ¿Y las granadas de mortero con cabezas perforantes, le suenan?

–Pues sí, también me suenan: una munición muy eficaz para atravesar los blindajes y los materiales sólidos más duros, como el hormigón, y llegar a los sótanos y los refugios antiaéreos y estallar, reduciéndolo todo a escombros.

–Ya veo, representante…

–Mi nombre es Tilo.

–… veo representante Tilo que esas armas y municiones le resultan familiares. Pues bien, man, esas puercas ratas de alcantarilla de su país se ha embolsado tres millones de dólares hace un año y no han enviado los suministros. Yo soy un hombre de negocios al que su país ha engañado. Podrá insultarme…

–No le insultaré más.

–…pero mis hombres seguirán apresando barcos hasta que su país salde la deuda.

–Entonces tampoco le insultaré menos. ¿Qué culpa tienen los pescadores españoles de que usted haya sido víctima de unos sinvergüenzas de baja estofa?

–Se equivoca, man: son sinvergüenzas de alta posición. ¿Le suena el general Felonio?

–No, pero averiguaré quién es –mintió Tilo.

–Es un hombre cuadrado, fornido, sin cuello, buen jugador de golf. Negocié con él y con los dos subordinados suyos que figuran en ese contrato y les traté a cuerpo de rey: disfrutaron de una semana de solaz en las islas, con todos los placeres corporales, man, por cuenta las comunidades de autodefensa en Somalia, donde miles de personas mueren de hambre. ¿Sabe usted en qué situación me han dejado ante mi gente esos compatriotas suyos? ¿Sabe usted que el millón de dólares de este cartapacio –dijo, inclinando la cabeza hacia el maletín orillado sobre la mesa– permitirá a cuatrocientas mil personas alimentarse durante un mes?

–Confieso que esta documentación me ha sorprendido. ¿Puede proporcionarnos una copia de estos documentos?

–¿De qué serviría, man?

–Serían muy útiles para nuestros representados –terció Lola, elevando la vista de los papeles, en los que figuraba asimismo el acuse de recibo de la transferencia del pirata a la cuenta bancaria en Suiza.

–¿A qué llaman útil en su país, madame?

–Con estos documentos –interfirió Tilo– los pescadores pueden denunciar ante la Justicia a quienes le han engañado a usted y provocado el gran perjuicio que les está causando usted con sus fechorías. ¿Me entiende?

–Claro que le entiendo, man, pero hay un problema.

–¿Cuál?

–La Justicia de su país es una mierda.

Otra patadita a tiempo de Lola evitó la reacción airada de Tilo. E inmediatamente ella adujo que los armadores y pescadores damnificados pondrían, además, el asunto en manos del gobierno y reclamarían responsabilidades.

–Su gobierno se halla perfectamente informado madame… ¿Acaso ignora…?

–¡Por Júpiter, ya caigo! –Exclamó Tilo, anticipándose al reproche del pirata–. El general Felonio ocupa un puesto muy alto en los servicios secretos –añadió.

–Es el pujequeman, man –dijo el pirata.

–¿El puje… qué? –Inquirió Lola.

–El puto jefe que manda. ¿No ha visto Manhattam Transfer?

–Desde luego, y he leído la novela de John Dos Passos, pero no recordaba ese acróstico.

Tilo consideró llegada la hora de poner todas las cartas sobre la mesa y le propuso un trato.

–Usted me facilita estos documentos, yo los publico en mi periódico…

–¿Es periodista, man?

–No me interrumpa.

–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo, man –dijo el pirata antes de soltar otra risita–. De modo que aquí la madame se ha hecho acompañar de un espía…

–¡Soy reportero! –Exclamó Tilo mostrándole la credencial y entregándole una tarjeta del periódico–. Si no me cree, puede verificarlo marcando el teléfono que figura ahí.

–¿Me permite su bolígrafo? –Dijo el malgache.

Tilo desprendió el Pilot del bolsillo de la camisa y se lo alargó sobre la mesa. El pirata lo desarmó, revisó cuidadosamente cada pieza como si buscara una lente minúscula, el micrófono diminuto de un transmisor o una grabadora.

–No necesito grabar nada porque no olvido nada –le informó Tilo, llevándose el índice a la frente. A continuación le ofreció un trato, según el cual, la publicación de aquellos documentos, reveladores de la venta de armas prohibidas, obligaría al gobierno a dar explicaciones al Parlamento y a la opinión pública y, desde luego, llevaría a las asociaciones defensoras de los derechos humanos a ejercer la acusación popular contra los responsables directos de ese tráfico y del engaño del que él había sido víctima.

seychelles_19787_1 atuneros vascos (foto ramon balsadua)
Atuneros vascos en Seychelles

El pirata se incorporó y empujó hacia atrás el sillón con ruedas. De su rostro había desaparecido la mueca sonriente. Tilo supuso que no le interesaba el trato y temió perder la pieza, pero el malgache se mantuvo inmóvil detrás de la mesa.

–Siga, siga –le indicó antes de informarles de que los hombres de su tierra negocian de pie. Lola y él se incorporaron a su vez, en señal de cortesía y en pie de igualdad. El malgache agradeció el gesto con una leve inclinación de cabeza, enésima prueba de que hay delincuentes educados.

–Como le digo, la publicación de estos documentos equivaldría a la destitución y condena judicial de los falsarios y estafadores de los que usted ha sido víctima. Al mismo tiempo explicarían los daños morales y económicos superlativos que usted ha provocado a los armadores y pescadores de los barcos que ha secuestrado. No digo yo que la máquina judicial de mi país no adolezca de averías frecuentes, provocadas desde el poder, ni que sea la panacea del equilibrio, la equidad y la justicia, pero le aseguro que en la balumba de corrupción sistémica que nos aqueja todavía quedan jueces honrados, insobornables. Les llaman “los indomables”. Y puesto que la principal compensación de esos jueces es la buena fama y el reconocimiento social –sus salarios son muy inferiores a los de los altos magistrados–, se interesan por los asuntos de gran impacto periodístico y social como el que nos ocupa. También les llaman “jueces estrella”. ¿Me sigue?

–Claro que le sigo, man.

–Pues no le quepa la menor duda, míster Tew… ¿O prefiere que le llame Karaka?

–Llámeme como mi tatarabuelo.

–No dude de que los indomables incautarán, como primera medida, las cuentas y bienes de los malhechores y las emplearán para compensar a los pescadores. Usted les ha pagado tres millones de euros, como certifican estos documentos y se ha resarcido descontando gran parte de esa cantidad con los secuestros. ¿Cierto? Dígame la cantidad que tiene pendiente y no tenga duda de que los armadores se la harán llegar si se compromete a no joderlos más. Este es el trato, creo que es un buen trato para usted.

El pirata evitó contestar, empuñó el maletín con el dinero y se dirigió hacia la puerta, dejando los documentos en manos de Lola. Tilo se apresuró a pedirle pruebas gráficas o cualquier otra del general Felonio en Seychelles. Lola le secundó: “Mándemelas a mí por el email que figura en la tarjeta”, le dijo entregándole una cartulina con su nombre, teléfono y dirección electrónica. El pirata aceptó la tarjeta, hizo una leve inclinación de cabeza y prosiguió hacia la puerta, cerrándola tras de sí.

Entendieron que el malhechor tenía sus procedimientos y permanecieron plantados en mitad del despacho enmoquetado con fibra del color del desierto. Lola se acercó a la ventana. Se veían las luces mortecinas de los barcos. Tilo le dijo: “Vamos, cariño mío, has estado formidable”. Ella sonrió. En la puerta, el negro musculoso que les había cacheado, les devolvió los teléfonos móviles desarmados y les entregó un sobre amarillo. Lo abrieron mientras esperaban el ascensor. Contenía una postal de un equipo de fútbol en el que identificaron enseguida al pirata malgache, quince o veinte años más joven, piernas arqueadas, brazalete de capitán y pie sobre el balón. Tilo reintegró la postal al sobre y lo guardó con los documentos en el bolsillo del pantalón.

Ya en la puerta del hotel respiraron satisfechos. La operación había resultado más sencilla y pacífica de lo que habían podido imaginar. Ordenaron a un taxista que les llevara al puerto, donde los pescadores liberados arribaron poco después y pudieron comunicarse con sus familias a través a través del teléfono nada sospechoso de la aeromoza. “Misión cumplida”, informó a su vez Tilo al coronel Terri, quien debió de hacer lo propio al armador vasco con aire de violinista.

 

Las resurrecciones de Diagu Bandiera (III)

17.– Eloso

El general Felonio proyectaba erudición, era un buen conversador, manejaba un manual de cucología adquirida en la universidad de la vida, detectaba al instante el estado de animo de los interlocutores y se ganaba su confianza sin entregar la propia. Terri le conocía bien y había informado a Tilo sobre la astucia del preboste. Transmitía serenidad, hablaba con propiedad, sugería sin afirmar e insinuaba sin mostrar ni demostrar. Pertenecía a la especie de los sutiles. El hilo de su caña de pescar era invisible y su anzuelo se adaptaba a la tonalidad del agua y a la boca de cada pez. Era un espécimen residual de una preclara saga florentina en extinción.

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Una calle en Yibuti.

Con esa información previa, Tilo consideró lógico que del almuerzo con el superespía salieran los directivos del periódico eructantes de satisfacción gástrica por la gastronomía aplicada y pletóricos de entusiasmo mental por los frutos políticos que el tipo depositó en el cesto de aquellos superhombres. Tenía razón Terri cuando le dijo que la técnica de Felonio de introducir, como una nota sin importancia a pie de página, cuitas y desvaríos de personajes relevantes de la política, la corte, la curia y las finanzas, cautivaba y regocijaba a los interlocutores que estaban en el limbo. De modo que cuando el reportero remitió su relato sobre las vicisitudes y sufrimientos de los pescadores del Amanecer, liberados en Yibuti de las garras de los piratas somalis, Eloso se resistió a creer los comentarios personales de Tilo en el sentido de que el jefe de los servicios secretos tenía mucho que ver con aquellos secuestros y era, por decirlo de algún modo, el pirata mayor del reino, pues sus negocios sucios y ocultos de tráfico de armas rendían aquellos resultados.

¿Estás seguro de lo que dices?

–Tengo algunos datos, indicios bastante sólidos, aunque necesito más pruebas y he de verificar algunas versiones.

–¿Quieres que el delegado ponga a alguien para que te ayude?

–No, no, por Júpiter, sólo te pido que no se lo digas ni a él ni a nadie; cualquier indiscreción echaría a perder el tema que llevo varios meses investigando –dijo Tilo antes de referirle algunas conclusiones de sus pesquisas. Cuando cayó en la cuenta de que había sobrepasado el minuto, tiempo máximo que Eloso concedía a sus redactores, ya era tarde.

–¿No crees que necesitas unas vacaciones? Tómate un chupetín y te despejas.

–¿Es una orden?

Si, una orden por tu bien; te veo un poco obsesionado.

–De acuerdo, te lo agradezco, aunque no creo estar obsesionado; si acaso impresionado con lo que oído y no un poco, sino muy cabreado con las fechorías de esos sinvergüenzas.

–Cuidado, Tilo, no te dejes intoxicar.

–Joder, director, aún conservo la capacidad de distinguir entre tóxicos y honrados y te aseguro que la aduana de mi cabeza funciona perfectamente y no deja pasar bulos ni rumores ni invenciones.

–No te enfades, no lo dudo, adelanterepuso el director.

La renuencia de Eloso le dejó un poso de duda como unos granos de arena en los rodamientos de su voluntad. ¿Quería desviarle de aquella investigación? Si en vez de Eloso. el Máster o cualquier otro ambicioso de dinero y notoriedad detentaran el mando del periódico tendría la seguridad de que echarían tierra sobre su investigación e intentarían enterrarlo a él. Sus experiencias con aquellos tipos no eran positivas. En una ocasión obtuvo una información según la cual un ministro millonario y campanudo que ordenaba redadas policíacas contra los migrantes indocumentados, sobre todo si eran negros, moros y andinos, utilizaba inmigrantes sin papeles (“ilegales” les llamaba) en tareas agrarias, de jardinería, limpieza y albañilería de su finca, situada en una localidad cercana a la capital del reino. Eran mano de obra más barata y manejable que las cuadrillas de jornaleros oriundos, debido a la precaria y famélica circunstancia de aquellas personas. En vez de “regularizarlas” y reconocer su existencia y sus derechos humanos, las explotaban. Y a continuación las detenían, encerraban y expulsaban a sus países. Tilo confirmó y completó la información sobre el provecho de aquel miserable epulón, gran patriota por demás. Apenas redactó y soltó el texto, cayó el Máster sobre él y jamás se publicó.

¿Por qué?

–Porque perjudica a la empresa –afirmó el máster en referencia a la publicidad que el ministerio a las órdenes de aquel sinvergüenza insertaba en el periódico.

Pero Eloso era astilla de madera noble. Se lo había demostrado muchas veces antes de nombrar a aquel delegado al que permitían cobrar en carne sus desvelos hacia la empresa. Así, al poco de ser nombrado, contrató a la tercera secretaria de redacción, una jovencita de pelo trigueño, rostro ovalado y talle de avispa, a la que conoció en una discoteca, y le asignó el turno de tarde, desde las dieciesiete horas hasta el cierre de la segunda edición, a las cero horas, dándose el caso de que los plumillas y fotógrafos que llegaban apresurados a última hora a soltar la información de los partidos de fútbol y balón cesto les sorprendían algunas veces con el culo al aire, follando en la pecera, o sea, el despacho del Máster. Aunque miraban para otro lado, cuchicheaban entre risitas y no se sustraían, los muy envidiosos, de comentar los goces del mando y la subordinada encima. El derecho de pernada laboral era frecuente en muchísimas sociedades anónimas cuyos directivos y esforzados ejecutivos lo aplicaban con tanto gusto que se podía decir que no eran hipócritas en su placeres. Tan competentes y competitivos eran que hasta competían en ver quien tenía más bellas, placenteras y cosméticas secretarias.

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Protesta de mineros; algún político se beneficiaba de la subvención al carbón.

Tilo no se fiaba ni confiaba en un profesional tan desvelado por la empresa como aquel Máster. Prefería entenderse directamente con Eloso y sólo cuando tenía la información redactada y lista para ser publicada remitía una copia a este superior. El director y el editor le parecían personas fiables. Tuvo una valiosa demostración de su apoyo cuando publicó que el presidente del partido conservador y candidato a la jefatura del gobierno había concedido subvenciones millonarias a fondo perdido del dinero público para el sostenimiento de la minería del carbón en la región donde gobernaba a una entidad que ni explotaba minas ni poseía dominios mineros. Era un despacho de la capital del reino, una tapadera del latrocinio. El jefe de comunicación de aquel líder político le citó en su despacho y le conminó a aceptar un desmentido. Fue una conversación a cara de perro. Lógico. Aquel sujeto realizaba su trabajo y defendía la limpieza de su superior. Le pagaban (muy bien) por ello. En un momento determinado sacó una pistola Astra del cajón de su mesa.

–Porque eres amigo mío, si no te pegaba un tiro –le dijo.

–¡Por Júpiter, Miguel! No sabía que gastaras pistola –replicó él.

Aunque las pruebas del desvío de los fondos públicos de la minería a los bolsillos ajenos eran irrefutables e incluían documentos firmados de puño y letra por aquel presidente regional tan corrupto como muchos otros de su partido derechista, el líder aprovechó la presencia del editor en la boda de una hija del rey, a la que ambos iban de invitados, para exigirle que destituyera al director del periódico por haberle tiznado el traje con la referida información. El editor se mostró tan cortés como impermeable, soportó el chaparrón sin mojarse y demostró que el primer deber del propietario de un periódico es la defensa de la información cierta y veraz que publica. Muchos otros en su lugar habrían claudicado ante la fuerza de la fiera del poder. Cierto es que eran otros tiempos y la situación económica del medio permitía al editor ganar mucho dinero, lanzar otros productos informativos y culturales y no plegarse ante las exigencias de los titulares del poder político.

Ahora las circunstancias económicas eran peores, por no decir malas. Y a ese factor circunstancial atribuía Tilo el poso de duda que quedó en su interior tras la conversación con el director. Sin embargo, la boya permanecía a flote, era la expresión “adelante”. Él la interpretó literalmente y siguió con sus pesquisas sobre la peliaguda materia. Adoptó algunas precauciones de seguridad: cambió las claves de acceso del ordenador de casa, hizo copias de los documentos del pirata malgache y del resto del material gráfico y sonoro y las puso a buen recaudo en el domicilio de Lola, en un apartado de Correos y en un táper en la cisterna del váter de casa.

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Calle de Huertas en el barrio de las letras.

Para entonces el coronel Terri ya se aventuraba a salir de noche, siempre precedido del hirsuto sabio Compendio en misiones de vigilancia y de compañía en largos paseos por la ciudad. Sus habitáculos bajo las tejas se volvían más calurosos a medida que avanzaba el verano, de modo que en ocasiones se acercaban a un cafetín del barrio de las letras (le llamaban así porque Cervantes, Lope, Calderón, Echegaray, Benavente, Menéndez Pelayo…, residieron en la zona) donde Santi Muelles y Lágar, discípulos de Malalata, realizaban trucos de magia. Sobre un escenario esquinado reposaba un piano al que algunas veces, con el permiso de la autoridad (la pareja de mujeres que regentaban el establecimiento), Compendio arrancaba conocidas melodías y fragmentos populares de Vivaldi, Mozart, Rajmáninov, Chopin, Beethoven… a cambio de un refresco por deferencia de algún cliente, casi siempre alguna moza vieja de las que por allí andaban en busca de arrimo. Fue allí, en Las Beberindas y no en la Tabernilla, donde Terri le sorprendió con unos datos registrales inequívocos y le animó a mover ficha y dar jaque mate al enemigo.

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Calle de la localidad medieval de Peratallada (Girona)

Al día siguiente se apresuró a realizar las comprobaciones de rigor sobre los datos que le facilitó Terri y, en efecto, un inmueble registrado a nombre del loco Liborio pertenecía en realidad al general Felonio. Se trataba de una masía y una torre medieval en el municipio catalán de Peratallada. Otra propiedad del jefe operativo de los servicios secretos, una mansión de veraneo en la cala del Montgó, municipio de L’Escala (Girona), figuraba a nombre del también psiquiatrizado Ángel Pérez Perales. Las dos fincas habían sido compradas en los dos últimos años. La verificación fue sencilla: bastaron unas llamadas por teléfono para saber que los señores Liborio y Pérez eran desconocidos en “sus” respectivas casas y, en cambio, “el señor” se llamaba Felonio. En ese instante sintió la tentación de enviar los datos al director para que los corresponsales en aquellas localidades confirmasen la información sobre el terreno, aunque se contuvo por prudencia y porque formalmente se hallaba de vacaciones.

Terri se había esmerado. Sus pesquisas iban más allá de los dos hombres de paja utilizados por el superespía K en su contrato con el pirata malgache y afectaban de lleno al propio director del manicomio, un fraile lego de la orden de los desamparados, cuyo nombre, Cayo Dueño, figuraba en algunas compras y ventas de bienes raíces en distintos puntos de la geografía peninsular. Una noche en Las Beberindas el coronel Terri atribuyó todo el mérito de las pesquisas al sabio Compendio, quien sumaba a su virtuosismo al piano unos conocimientos de informática y telecomunicaciones que le permitían acceder con facilidad a los registros catastrales, de la propiedad y de otros organismos meramente administrativos. Esto no quiere decir que la intuición y los indicios de Terri careciesen de importancia, pues alguna fuente relacionada con el Centro de Inteligencia le habría referido los viajes frecuentes de K a Cataluña en un Falcon-900, uno de los reactores de tres motores con los que contaba el rey y las altas autoridades para sus idas y venidas. Por cierto que el general solía viajar con su Harley-Davidson abordo, ya que, según las lenguas de doble filo, gustaba visitar sus propiedades y recorrer la geografía en moto con moza atrás.

18.– Cayo

–Buenas tardes don Cayo, mi nombre es Tilo, estoy realizando un reportaje para el periódico sobre la incidencia que tendrá la reforma del Código Penal en los internados psiquiátricos. Sé que usted domina bien esta materia y es usted una excelente persona que no tendrá inconveniente en concederme una entrevista de media hora sobre el nuevo trato penal y social a los desahuciados mentales.

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«Los hospitales psiquiátricos también son cárceles».

El director del psiquiátrico de Ciempozuelos carraspeó suavemente para aclarar la voz antes de agradecer las cualidades que le atribuyó el periodista y de invitarle a hablar con propiedad, llamando a las cosas por su nombre.

–Diga locos y manicomios y deje los remilgos para los tontos de la televisión –afirmó.

–Hay tantas personas susceptibles que ya no sabe uno como hablar –se justificó.

–Si, mucho tonto polla y polla boba –dijo el fraile.

–Es usted un filósofo –dijo Tilo.

–Escamado y escéptico –precisó el fraile–. Y ya sabe que los escépticos no nos metemos en nada que no podamos cambiar, así que no veo qué sentido tiene lo que yo le pueda decir sobre las condenas de los locos a cadena perpetua o como le digan.

–Desde luego usted conoce la materia, sabe del asunto y su opinión es cualificada, don Cayo ¿O prefiere que le llame fray Cayo?

–Como si quiere llamarme san Cayo… ¿Quién le ha dicho que sé de eso que dice que sé?

–Usted es una persona conocida y reconocida en la orden de San Juan de Dios, un fraile mendicante con una trayectoria larga de ayuda a los demás. ¿Me equivoco si le digo que en Manila le recuerdan con gratitud?

–¿Ha estado en Manila? ¿Conoce nuestro centro? ¿Ha hablado con mis hijas?

–Desconocía que tuviera hijas.

–Pues sí, las tres, la directora, la administradora y la jefa de farmacia de nuestro centro allí son hijas mías. Soy fraile, pero no impotente.

–Desde luego, san Cayo; entiendo que con los votos de pobreza y amor al prójimo ya vale para ganar el cielo.

–Y de obediencia, no lo olvide. ¿No ordenó Dios: «Creced y multiplicaos»?

–Cierto, san Cayo.

–Pues ya lo ve.

–Oiga, menudo debate tienen ahí… –Advirtió Tilo.

–¿Debate..? Trifulca más bien. A estos locos no hay quien los calle, si no se lían con el fútbol, arman la zapatiesta con la política. Escuche, escuche…

El clérigo separó el auricular. Por el oído de Tilo entró un chorro de palabrería como de barra de bar en el que distinguió el nombre de Carrillo.

–Por lo que oigo, tienen comunistas –dijo.

–Oye bien. Tenemos hasta un Stalin que ya habría matado a este Carrillo si no fuera porque le defienden los guerristas.

–¿Tienen guerristas?

–Ya lo creo, de la Segunda Internacional. Y un troskista, dos anarquistas…

–Diversión y división no les falta.

–Pues no. También tenemos fachas de la revolución pendiente. Y meapilas. De todo.

–¡Por Júpiter! Andarán a hostias, claro.

–No les dejamos. A los tres fachas se les permite desfilar por el jardín y ejercitar el saludo romano, pero todo les parece poco y a la que las celadoras se descuidan se ponen a cantar el Cara al sol y provocan a los rojos, que saltan con la Internacional y el Himno de Riego y se lía.

–Menudo lío. Va a tener que pedir a su amigo Felonio que le envíe un piquete para poner orden ahí.

El clérigo se extrañó al oír el nombre del general.

–¿Conoce usted a Felonio?

–Lo suficiente para saber que es forofo del Atlético de Madrid, un sufridor –dijo Tilo.

–Eso es lo que yo le digo: Mira Fe, pudiendo ir al palco del Real Madrid, que es donde se cuecen los negocios importantes, deberías olvidar ese rechazo visceral al hombre blanco y sus merengues. Bueno, ya no le digo nada: allá él con sus aspiraciones a la directiva rojiblanca.

–Tengo entendido que es un buen benefactor de ustedes, o sea, del psiquiátrico…

–Si, colabora con el manicomio. Dese cuenta de que su padre estuvo aquí muchos años.

–¿Por loco o como empleado?

–De ninguna de las dos cosas; entró como disidente después de la guerra.

–¿Era demócrata, rojo o eso? –Se interesó Tilo.

–No, pero tuvo serias diferencias políticas con el generalísimo y ya sabe cómo las gastaba el enano asesino del Pardo. Así que renunció a los galones y entró en el ostracismo para no perjudicar la carrera militar de su hijo.

–Gran tipo, el general Felonio –mintió Tilo.

–Un buen amigo –dijo Cayo.

–¿Qué fue del padre?

–Falleció en los años setenta en Barcelona, donde vivía su esposa y una hija. Aquí pasó algunos años y dejó muy buen recuerdo, armó la enfermería e hizo buena obra.

–¿Era médico?

–Y muy buen médico al parecer. Yo no llegué a conocerlo, pero tenía buena fama. La gente del pueblo venía a que la trataran. Imagínate la contradicción de aquel hombre: como militar envió mucha gente a la muerte y como médico la curaba y ayudaba a vivir.

–Una paradoja como para acabar mal del tarro.

–En el vestíbulo del edificio nuevo todavía conservamos un zorro suyo como recuerdo de su paso por el centro. Fue un hombre bueno.

–¿Un zorro? ¿Cómo es eso?

zorro disecado
Zorro disecado

–Disecado, naturalmente; era un buen taxidermista, le encantaba que le trajeran animales para disecar, y lo mismo trataba una cabeza de toro que una ardilla, un lince, un ciervo y hasta alimañas y culebras del río… Se atrevía con todo. Parece ser que era un buen biólogo. Él tenía su laboratorio y se las entendía con los bichos que le traían. Entonces se cazaba mucho, los furtivos para comer y los aristócratas y adinerados por placer, y estaba de moda lucir los trofeos en las casas de bien.

Los dos se rieron de aquel gusto asqueroso de lucir cabezas con las mayores cornamentas posibles. A mayor hilaridad, Tilo le refirió el caso de un cronista catalán, taciturno, regordete y calvo que comentaba la actualidad política con la cabeza disecada del toro Jareño (el nombre figuraba en una placa) en la taberna del Fandi, cercana al Parlamento, y publicaba las consideraciones del morlaco. El curso de los acontecimientos políticos permitía discurrir con los cuernos.

La conversación se prolongó unos minutos más, al cabo de los cuales el fraile aceptó la entrevista diciendo que le esperaba el próximo lunes (era viernes) a las diez de la mañana. Estaba anotando la cita en su libreta de notas cuando Lola se acercó a él recién salida del baño.

–Qué bien hueles, cariño.

–Mejor sabré –dijo ella–. ¿Con quién hablabas?

–Con un santo –le contestó antes de sentarla en su regazo y ponerla al corriente de la situación mientras le acariciaba la piel húmeda y suave bajo el albornoz.

19.– Manicomio

El manicomio de Ciempozuelos estaba situado en la carretera de Titulcia, según se sube del río Jarama a mano derecha, nada más pasar la escuela pontificia de Comillas. El edificio es grande y no tiene pérdida. Se trata de una nave funcional, blanca, de dos plantas, bastante larga (más de doscientos metros), de construcción reciente, rodeada de una valla rojiza sobre un muro de cemento al que asoman los coches estacionados ahí dentro.

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Pabellón psiquiátrico, patio interior.

Delfín, el vecino taxista al que Tilo llamaba cuando tenía desplazamientos a hora fija, aparcó el vehículo en la zona reservada a las visitas, abrió el capó y se dispuso a ocupar el tiempo de espera en la mecánica. El reportero subió los escalones de mármol blanco de Macael por los que se accedía al rellano de la entrada principal, sin conceder mayor importancia a las banderas desteñidas que ondeaban a un lado a media hasta, pues las autoridades públicas eran muy dadas a decretar duelos oficiales para conmemorar derrotas, fallecimientos o tránsitos de alguna de ellas y, últimamente prodigaban su respeto a las víctimas del terror político, religioso y machista.

Sin embargo, en cuanto cruzó la puerta de vidrio enmarcado en aluminio una celadora compungida le indicó a media voz: “Por ese pasillo, al fondo, en la capilla”. Olía a cirio. Mal asuntó, se dijo. Y tan malo: Cayo Dueño estaba de cuerpo presente. Tres mujeres y un hombre velaban su cadáver embalsamado y trajeado. Se asomó al féretro, tocó las manos del fraile (empuñaban un crucifijo de madera con un Cristo metálico) en señal de despedida, se arrodilló a un lado, bisbiseó un Pater noster qui est in coelis, pronunció la consabida fórmula del pagano Eurípides: “Sit tibi terra levis amigo Cayo”, y abandonó la capilla. Mala suerte, se dijo.

–¿Cómo ha sido?

–El corazón no perdona –dijo la celadora.

Una de las mujeres del velatorio salió tras él y le preguntó si era amigo o pariente lejano del finado, a lo que Tilo respondió que sólo le conocía de hablar con él por teléfono para concertar la entrevista que había venido a hacerle.

–Me pareció una persona excelente –añadió.

–Lo era –afirmó la mujer, que se presentó como la gobernanta del centro. Rondaría los cincuenta años de edad, era corpulenta, con protuberantes mamas, pelo corto y negro con forma de casco de la primera guerra mundial y traje con americana y falda de color azul oscuro.

–Últimamente sólo se mueren los buenos –comentó Tilo–, ayer el amigo Peces Barba, hoy san Cayo Dueño… ¿Por qué, señor? ¿Qué delito hemos cometido para merecer esto?

–Se nos fue el sábado. Estaba tan feliz. Saludó aquí mismo a algunos familiares que se llevan a sus “niños” de fin de semana (a los locos les llamaban “niños”), anduvo por ahí arriba con el de los paneles solares –había hecho números y esas placas salen a cuenta– y luego se fue a comer con el general al restaurante donde solía invitarle cuando venía a verle. Iba tan feliz y risueño. Con su casco en la Harley parecía un jovencito.

–¿Qué edad tenía?

–Acababa de cumplir setenta.

–Muy joven para morirse uno.

–¿Quién iba a decir que se nos iba a ir tan pronto? Pero los caminos del Señor son inescrutables. Cuando regresó –añadió la gobernanta– me dijo que se sentía un poco mareado y se iba a dormir la siesta. Él nunca dormía la siesta, salvo que yo se lo pidiera. No le di mayor importancia al mareo porque entre el vino y la moto… Pero pasaban de las siete de la tarde y Cayo seguía con la siesta. Me asomé a verle y mire usted la faena. El corazón no perdona –repitió la celadora.

–Pues sí, menuda faena –musitó Tilo.

–¿Va a poner algo en el periódico?

–La verdad es que poca gente lee ya las necrológicas y creo que san Cayo se merece algo mejor, un artículo largo, un reportaje más extenso sobre su vida, una vida entera dedicada a los desamparados. Lo expondré a mis superiores, que seguro que lo aceptan, y la llamo por teléfono para venir y hablar largo y tendido. Espero que me ayuden. Personas como él, entregadas a los demás, son las que faltan en este valle de lágrimas.

–Aquí estaremos, a su disposición, señor periodista.

–Perdón, con la tristeza he olvidado darles el nombre, me llamo Tilo.

–Yo soy Benilde –dijo la gobernanta–, y nuestra celadora es Fabiola.

–Las acompaño en el sentimiento y les agradezco mucho su amabilidad –dijo a modo de despedida tras estrechar sus manos.

El taxista Delfín se extrañó de la rapidez del trámite y Tilo le explicó que el entrevistable se hallaba de cuerpo presente, y a los fiambres no hay quien les arranque una palabra, a lo que el muy cabrito no pudo contener una carcajada.

–Tú ríete, ríete a ver si nos cae un árbol encima.

Delfín, pequeño, regordete y travieso, se rió con más ganas todavía. Una vez le cayó una vaca encima del capó, otra vez, también yendo con Tilo en misión informativa (el entierro en Carabanchel de Pedro Carrasco, gran campeón del mundo de boxeo) le cayó un pino, empujado por el viento, y le destrozó el parabrisas. De los dos percances salieron ilesos, pero ninguno le hizo tanta gracia como para reírse a carcajadas y proseguir repicando hilaridad mientras el veterano reportero participaba la novedad al amigo Terri.

El espía se extrañó de que el fraile la hubiera diñado después de almorzar con K precisamente. Acto seguido le recomendó que adoptara precauciones, pues no tenía duda de que el enemigo le pisaba los talones. Había tocado una zona sensible y debía estar atento a las reacciones. Tilo tomó buena nota y nada más acabar la conversación pidió al taxista que lo dejara al pie del Congreso de los Diputados, en cuya sala de prensa solía trabajar los días de agitación parlamentaria. Era el lugar más seguro para evitar encuentros desagradables con desconocidos.

Aquella noche, siguiendo las recomendaciones de seguridad ante el eventual seguimiento de algún esbirro de K, principalmente la de andar con ojo y desconectar completamente el teléfono móvil para evitar el seguimiento de la señal, se acercó a la Tabernilla para analizar la situación con Terri, al que, de paso, derrotó al ajedrez en veinte movimientos.

–¿Crees que lo apioló Felonio? –Le preguntó en referencia al fraile lego.

–Correcto –respondió el coronel.

–No veo cómo.

–Espera unos minutos.

Terri abandonó el estadero, solo habitado aquel lunes por Malalata, que leía un Interviu atrasado. Sus pupilos Santi y Lagar no habían aparecido, Compendio estaba malo, un poco gripado, dijo Mala, y la Lafun había asomado el morro y se había ido al cine con su mayordomo. Tilo le convidó a un botellín y enseguida oyó el sonido metálico de las puertas del ascensor. Era Terri que regresaba con una muela en la mano. La colocó en el centro del tablero. Si quería impresionarle, lo consiguió.

Bajo una lámina de material adhesivo de color carne que servía de base a la muela había una cápsula cilíndrica plastificada.

–Contiene el suficiente cianuro para diñarla en unos minutos –dijo Terri.

–¿Entonces es cierto que los espías preferís morir a cantar?

–Eso nunca se sabe, es decisión de cada cual. Pero si te torturan y tienes la certeza de que te van a liquidar, más vale ahorrarse el dolor. Te la quería enseñar para que veas lo fácil que es liquidar a una persona por la vía rápida. Cinco gramos de cianuro son suficientes para matar a un burro. Tiene un sabor un poco amargo, aunque con tónica y ginebra ni te enteras. Además, el efecto es muy rápido. Actúa como el monóxido de carbono, es decir, por asfixia, sin provocar mucho dolor. En realidad, ni te enteras. En pocos minutos –los que tarda en llegar al estómago, mezclarse con los jugos digestivos y ser absorbido por la sangre– te provoca mareos, somnolencia, te nubla la mente y te manda al otro barrio. Hay otro veneno muy eficaz y bastante utilizado por los servicios secretos, el Milocho, un compuesto de fluorocetato de sodio que tiene la ventaja de que es inodoro e insípido y la desventaja de que bloquea el metabolismo celular y provoca una muerte mucho más dolorosa, aunque bastante rápida también.

Tilo le preguntó por qué rayos guardaba aquella mierda, y Terri le contestó que era el regalo de Reyes Magos del enemigo. “Lo depositó en mi casa el día de la condecoración”, le dijo antes de afirmar que tenía pocas dudas de que Felonio había administrado al clérigo la solución final, el famoso Milocho. “Probablemente mantuvieron alguna discrepancia insalvable durante el almuerzo y K la resolvió a su manera”, añadió con la intención de restar importancia a la cita del fraile con él para que no se sintiera responsable ni mucho menos culpable del fatal episodio cardíaco de aquel hombre.

Aunque el asesinato estaba más claro que el agua de Vichy, Terri marcó el número de teléfono del manicomio de Ciempozuelos y preguntó por la secretaria del finado. Transfirieron la llamada a la ayudante del clérigo. Terri se identificó como Pelayo (nombre al azar), dijo que era el subdirector general de servicios autonómicos y preguntó si le habían hecho la autopsia y si habían fijado el lugar y la hora del entierro de don Cayo, a lo que la interlocutora respondió con una larga explicación, al cabo de la cual, Terri volvió a preguntar, como si quisiera cerciorarse:

–¿Entonces no le hicieron la autopsia? Correcto, si, en el crematorio de la Almudena, si, sobre las diez de la mañana… Perfecto, si…, si señora, si…, ya, en el castañar del Tiemblo… Si, si, es mi superiora… Si, si, allí estaremos. Exacto, eso somos: polvo, ceniza, nada… La acompaño en el sentimiento.

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Calle de Amaniel.

Terri advirtió alguna señal de alarma en el salpicadero de Tilo (eso que llamamos cara), puso una mano sobre su hombro y le propuso: «Salgamos a tomar una copa». Malalata se sumó a la propuesta, salió delante y les transmitió en morse con silbidos: “Despejado”. Cruzaron San Bernardo, bordearon el caserón del ministerio de lo que no hay (justicia), enfilaron Amaniel arriba y entraron en un aguaducho cercano a los antiguos cuarteles del Conde-Duque, donde unos chupitos de ron añejo fueron disipando la sensación de culpa del reportero. La hipótesis más probable era que K tuviese pinchado el teléfono del manicomio y le mosqueara la llamada del periodista, pasando del mosqueo a la alerta al oír su apellido en boca del reportero y de la alerta a la alarma al constatar la disposición del fraile a recibirle y hablar largo y tendido con él. De la alarma habría cruzado al territorio del temor por el puente de la precaución al comprobar que se trataba del mismo plumilla indeseable que había aireado la historia de Diagu Bandiera en Iraq. Aquí la hipótesis se bifurcaba. ¿Por qué diablos Felonio había actuado contra el fraile y no contra él? ¿Por qué, pudiendo ahuyentar a uno o a otro había elegido y ejecutado la solución extrema? Terri se esforzó en descargar de culpa la conciencia del reportero, insistió en rechazar la relación causa-efecto entre la entrevista y la muerte del clérigo, se refirió a la presencia de otras piezas sobre el tablero que posiblemente amenazaban los intereses de aquel mandibulario feroz. Malalata puso el punto de distensión con su disposición a agarrar a aquel malnacido por la solapa y fostiarle hasta desfigurarle el careto.

¿Había alguna forma de aplazar la incineración del clérigo hasta que los forenses examinaran el cadáver? Aunque la hubiese sería inútil, ya que, según refirió Terri con algunos ejemplos, el instituto de medicina legal obedecía órdenes de no ver ni reflejar las causas de los decesos si eran perjudiciales para alguna autoridad con mando en plaza. No había más que ver la cantidad de segundas autopsias que los familiares de los finados en circunstancias poco claras solicitaban de los servicios privados e independientes para darse cuenta de la poca o nula credibilidad de los informes oficiales. ¿Iría Felonio al crematorio? Probablemente no, pero tanto daba, pues tampoco era cuestión de que Mala le sobara el morro en público y acabara en el trullo. ¿Acudiría a esparcir las cenizas de Cayo en el castañar de El Tiemblo? Seguramente tampoco, pero aunque se desplazara a aquel paraje de la sierra abulense, de poco serviría despeñarlo. Si el desalmado Felonio había enviado al infierno al hombre que le facilitaba las identidades de los locos para sus agentes y negocios sucios, él merecía una calcinación más esmerada, en pelotas, desnudo de poder y despojado de la fortuna que había acumulado con informaciones reservadas, trampas y ardides. Una calcinación a fuego lento. En eso estuvieron de acuerdo. También, en la conveniencia de actuar sin perder tiempo.

20.– Limpieza

Una mujer acartonada pronunció con voz ferruginosa un exordio arcaico. Era la consejera regional del negociado de los locos. Una joven recitó las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. A continuación un tipo con sotana negra y estola de oro y plata emprendió el rezo de un Pater noster, seguido de un responso para el cuello de su camisa mientras agitaba el hisopo y rociaba el féretro con agua bendita. Acto seguido un empleado de la incineradora accionó la cinta sobre la que descansaba la caja con el muerto y enseguida desapareció por un túnel lateral, seguida de varios ramos de orquídeas, rosas y claveles y de dos coronas de laurel trenzadas con flores. La decena de asistentes al último adiós a Cayo Dueño fueron relevados por los familiares del siguiente muerto, que aguardaban en la puerta. Tilo saludó a la gobernanta del manicomio y la mujer le agradeció su presencia. Se notaba que había llorado bastante.

–¿Le quería mucho, verdad?

–Le amaba, era mi marido –susurró.

–Escribiré su historia –dijo Tilo antes de presentarle a Malalata en funciones de reportero gráfico–. Si le parece bien, la esperamos en la puerta del psiquiátrico; sólo la entretendremos una hora –añadió.

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  Crematorio del cementerio de la Almudena.

La mujer asintió y se volvió a colocar las gafas oscuras. La joven que había recitado a Manrique se abrió paso hacia ella y la tomó del brazo. Un tipo trajeado hizo lo propio. En la puerta de la tapia del cementerio, Terri, con chapela y lentes de atrezo, oteaba el panorama como quien viene de lejos y trata de identificar a algún pariente. Su objetivo era saber si Felonio había enviado algún propio. Tilo no tuvo duda de que así era cuando se cruzaron con él y les indicó con una señal que siguieran y le esperaran en el taxi. Apareció diez minutos después y ocupó el asiento delantero, junto a Delfín, quien ya sabía el camino de Ciempozuelos.

–¿Alguna novedad? –Le preguntó Tilo.

–Afirmativo –contestó Terri y les mostró una pequeña cámara de esas que se guardan en el bolsillo superior de la chaqueta y llevan una lente incrustada en una insignia de las que se colocan en el ojal–. Un capullo ha filmado a todos los asistentes y estoy seguro de que a vosotros también –añadió. Manipuló el aparato y poco después les mostró las imágenes en las que, en efecto, aparecían entrando al oratorio y después conversando con la gobernanta.

–Lo fostiaste bien, supongo –dijo Mala.

–El cloroformo hace milagros –respondió Terri.

–¿Qué le pasó? –Se interesó Tilo.

–Nada que deba preocuparte; con la misma sorpresa que dobló las rodillas se despertará dentro de un rato detrás de unas tumbas si no lo encuentran antes, que esperemos que no, ¿verdad señor taxista?

–Delfín es de confianza –afirmó Tilo.

–Por mí como si no despierta, yo no sé nada –dijo el aludido.

–Me va a hacer un favor, pare en aquella esquina –le ordenó Terri. El taxista obedeció. Terri le preguntó si llevaba martillo. El taxista hizo un gesto de extrañeza y dijo que no.

–¿Y una llave inglesa?

–Ahí detrás, en el maletero.

Terri se bajó y destrozó la cámara a golpes de herramienta. Acto seguido extrajo del bolsillo las piezas de un teléfono portátil y las hizo añicos. A continuación avanzó unos pasos y arrojó el material a una alcantarilla. Luego cerró el maletero, subió al coche y dijo: “Ya podemos seguir”. Mala le reprochó el destrozo:

–Seguro que el teléfono y la cámara valían una pasta; yo les hubiera sacado unos eurípides.

Terri no contestó. Ya en la autovía de Andalucía Tilo se acordó de que al loco Liborio le gustaba la cocacola y pidió a Delfín que parase en una gasolinera con tienda (casi todas la tenían) donde comprar refrescos y chucherías para los locos.

Cuando llegaron al manicomio ya la gobernanta había dado orden a la celadora, la joven alta con acento andaluz que respondía al nombre de Fabiola de que les condujera a la sala de visitantes y les ofreciera café con leche. La ventana de aquella saleta amueblada con un tresillo de tela y una mesita con revistas y suplementos dominicales de periódicos daba a un jardín largo en el que se veía una hilera de fresnos y castaños de indias y unos lingotes rectangulares de piedra a modo de poyos. Sobre uno yacía boca arriba un hombre que parecía conversar con los pájaros. Un sendero de tierra surcaba la hierba rala y pisoteada, con calvas aquí y allá. Por él desfilaban tres internos vestidos con chándales iguales, de color azul marino con franjas rojas y amarillas en los cierres relámpago de las pecheras, como si fuera su uniforme patriótico. Pasaron, “¡Uno dos, uno dos!”, al pie de una calva arenosa donde tres internos jugaban a las chapas con unas tapas de botellas de plástico rojas, blancas y amarillas, y uno tomaba el sol en silla de ruedas. Uno de los jugadores en cuclillas increpó (“¡Facciosos!”) a los desfilantes. Pasaron de él, se detuvieron unos metros más allá, saludaron al aire brazo en alto, gritaron “¡Arriba España!” Dieron media vuelta y pasaron en sentido contrario hasta perderse de vista.

A pocos metros de los árboles, una valla de alambre trenzada en forma de rombos separaba a las mujeres de los hombres, pero no impedía que se observaran mutuamente desde sus respectivos bancos de piedra o conversaran e incluso se tocaran desde ambos lados del apartheid.

La gobernanta en persona abrió la puerta, los saludó y los invitó a seguirla al despacho del del director. Indicó a Fabiola (la alta celadora) que pidiera a Mariano unos cafés. Mariano era el cocinero. El despacho del director (el finado Cayo Dueño) se hallaba iluminado por un tubo de neón, tenía una mesa funcional de oficina sobre la que se alzaba la pantalla esquinada de un ordenador con su correspondiente teclado al lado. Sobre la mesa se veía un teléfono y una bandeja con carpetas de cartulina. La mujer les invitó a sentarse. Malalata, que ya había tomado unas instantáneas en el crematorio, dispuso la cámara y retrató a la mujer por todos los ángulos posibles.

–Esos armarios grises no la favorecen –le informó.

–¿Qué importa?

Sonaron golpes de nudillos en la puerta.

–Pasa, Mariano –dijo la mujer.

Un mozo con un gorro negro en la cabeza y mandil de peto sobre una camisa blanca, remangada, depositó una bandeja con cuatro tazas y dos jarras metálicas con café y leche y un plato de pastas. La gobernanta se interesó por el menú del día y el hombre respondió : “Sopa juliana y albóndigas de pollo. De postre voy a hacer flan”. Tilo le preguntó a cuanta gente daba de comer y el hombre dijo que a treinta y dos.

Terri, a quien Tilo había presentado como un militar amigo suyo que tenía algo muy importante que contarle sobre don Cayo, entró en materia:

–¿Cayo tenía negocios con el general Felonio? –Le preguntó.

–No, que yo sepa –dijo la gobernanta.

–Negocios ocultos, me refiero –matizó Terri.

–Ni utilizaba ni le interesaba el dinero.

–Me va a permitir que dude; a todo el mundo le interesa el dinero, doña Benilde.

–Pues fíjese, a él no; ni siquiera tocaba el sueldo de director emérito y efectivo que le pagaba la administración autonómica de la que dependemos, que es la que manda ahora, bueno, manda desde hace treinta años en que se quedaron las parcelas y el edificio del viejo manicomio de la orden de San Juan de Dios.

–¿Qué hacía con ese dinero?

–Lo mandaba a sus hijas en Manila.

–¡Qué hombre tan austero!

–Era comunista de verdad.

–Se puede ser comunista y tener dinero. ¿No tenía alguna afición, algún vicio?

–Ninguno… Bueno, le encantaba…

Rubricó los puntos suspensivos con un gesto pícaro y triste.

–Eso no cuesta dinero.

La gobernanta lanzó una mirada insiquisitiva a Tilo, que tomaba algunas notas en la libreta apoyada en su rodillas, y reaccionó pidiendo a Terri que mostrara aquellos documentos registrales a doña Benilde. La mujer hojeó las certificaciones de propiedad de fincas rústicas y urbanas en el litoral Mediterráneo a nombre del finado y aseguró, sorprendida, que desconocía la existencia de aquellas propiedades.

–Debe ser un error del registro. Si tuviera todo lo que dice aquí, ¿algo me habría dicho, no cree? Veinte años conviviendo con él, durmiendo con él, y nunca me dijo nada de esto. Estoy segura de que es un error.

Entonces Terri le mostró los documentos del pirata malgache con los nombres de los internos Liborio y Pérez Perales, así como las referencias catastrales de las propiedades inmobiliarias de uno y otro en Cataluña.

–El general Felonio utilizaba el nombre de estas dos personas para vender armas prohibidas a las guerrillas de África oriental y el de don Cayo para encubrir sus inversiones. ¿Lo sabía usted? Ese hombre, el jefe de los servicios secretos del Estado, es más peligroso que el hambre, un tipo sin escrúpulos, un desalmado que utilizó de muy mala manera a un hombre bueno y confiado como Cayo para sus negocios y tropelías.

Terri y Tilo fueron desgranando ante la gobernanta y amante del fraile lo que sabían sobre K. Incluso le mostraron las fotos que el pirata Malgache había remitido a Lola por el correo electrónico que figuraba en la tarjeta que le entregó en Yibuti. En ellas aparecía el general propiamente dicho y dos de sus hombres en una playa de Seychelles con varias jovencitas desnudas en “modo orgía” y con un velero blanco al fondo.

La mujer miró las fotos en la pantalla del ordenador y no ahorró dicterios sobre aquellos cabrones. Lógico: las jovencitas de las fotos parecían menores de edad. Se sirvió otro café y se lo tomó sin azúcar para pasar el trago. Malalata se había zampado casi todas las pastas. Terri y Tilo esperaron a que la gobernanta se desprendiera de su indignación y procesara la información que le habían proporcionado.

–Naturalmente –comentó Tilo–, el buen nombre Cayo y su vida entregada a los más desgraciados está por encima de la maldad del depravado Felonio. De ninguna manera –aseguró– va a quedar manchado por las actividades de esas sucias ratas de las cloacas del Estado.

–Pero eso no significa que K no merezca un escarmiento –dijo Terri.

–Tendría que pasar en la cárcel el resto de sus días –dijo la gobernanta cerrando el puño–. Estoy dispuesta a denunciarlo y lo voy a denunciar. ¡Maldito sea!

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Símbolo de la Justicia.

–Eso sería lo correcto –afirmó Tilo–, aunque resulta dudoso que lleguen a encarcelarlo, dada la información que maneja y el comportamiento oscuro y parcial de muchos de esos cuervos de las altas instancias judiciales.

–¿No cree usted en la Justicia? –Se extrañó la gobernanta.

–En teoría sí, pero en la práctica creo que la Justicia es un invento de los ricos para mantener a raya a los pobres.

–La ley es igual para todos y todos somos iguales ante la ley –replicó la gobernanta.

–Lo que yo propongo –intervino Terri– es un escarmiento ejecutivo donde más le duele, en la cartera. De momento, lo que ese canalla tenga en Suiza ha de ser devuelto a las personas a las que ha estafado. La vía judicial puede esperar. La Justicia funciona a velocidad caracol y dudo que en casos como el que nos ocupa lleguemos a ver sus sentencias.

El coronel expuso su plan y la gobernanta aceptó el planteamiento de intentar rescatar el dinero que el maleante tuviera en Suiza, para lo cual convenía cursar sin perder tiempo una orden al banco helvético para que transfiriera distintas cantidades a varias cuentas bancarias. La primera –le explicó Terri sobre los papeles con las órdenes de traspaso de fondos que le había redactado Lafun aquella misma mañana– correspondía a los armadores y pescadores vascos damnificados por los secuestros de los piratas somalís comandados por el bucanero malgache Robert Karaka, y ascendía a dos millones de euros; la segunda se cifraba en un millón de euros e irían a la cuenta bancaria del pirata propiamente dicho en Mahé (Seychelles), y la tercera transferencia, hasta agotar el depósito del que eran titulares legales los locos Ángel Pérez Perales y Liborio Ruiz del Monte en nombre de la sociedad mercantil APP&LRM, iría a la cuenta que la gobernanta dispusiera.

Se quedó la mujer pensando como si tuviera que sopesar la operación. Acercó la taza a los labios, bebió un sorbo de café, exhaló un suspiro y finalmente dijo: “Está bien, esperen un momento”. Acto seguido se asomó a la puerta y llamó a la celadora. Tras una conversación con ella regresó a su sitio tras la mesa y les informó de que pondrían el número de cuenta corriente de Fabiola, una buena chica de plena confianza, como receptora del resto de los fondos que aquel ladrón tuviera en Suiza.

Enseguida apareció la joven larga con una libreta de ahorros en la mano y la gobernanta extrajo de una cajonera bajo la mesa una máquina de escanear y copiar documentos, realizó las operaciones informáticas necesarias y consignó el número que la celadora le fue dictando. A continuación accionó la impresora y comprobaron que la numeración era correcta.

–Diles a Ángel y a Liborio que vengan –le pidió.

Los dos “niños” llegaron pastoreados por la cuidadora Sonia, una joven flacucha de origen rumano. La gobernanta les ordenó que se acercaran y uno tras otro firmaron donde ella les indicó. El llamado Ángel, bizco y somnoliento, hizo un mohín como si se fuera a echar a llorar.

–Tranquilo, Angelito, el papito se ha ido al cielo.

–¿Por qué no viene? ¿No va a volver, verdad?

–Si, hermoso, seguro que vuelve el año que viene.

En ese momento Tilo se incorporó y entregó a Liborio la bolsa con las botellas de refresco y los paquetes de patatas fritas, frutos secos y espirales de maíz tostado. Aunque el “niño” no hablaba, lanzó un gruñido de satisfacción, sacó una botella de cocacola y la mostró a su compañero con aite triunfal.

–Pero tú no eres el general –se extrañó Angelito, que rondaría los cincuenta años de edad.

–Él no ha podido venir –le explicó Tilo.

–Claro, hoy no es sábado…

–No, hermoso, es martes –dijo la gobernanta.

–Ah, martes… ¡Beni, dame un idilio! –Gritó de pronto, extendiendo los brazos hacia la gobernanta.

–Tranquilo, Angelito, ¿no ves que están aquí estos señores?

–¡Quiero un idilio!

–Solo un abrazo, anda Angelito. Mañana, que es miércoles.

–Lo quiero ahora –replicó el loco.

–¿No ves que no puede ser, hermoso?

–Pues me suicido.

–Mira, Angelito, vamos a hacer una cosa: vas a llevar al amigo Liborio al jardín, le vas a ayudar a abrir las botellas y vais a invitar a todos los amigos. ¿De acuerdo? Yo iré enseguida, en cuanto termine de hablar con estos señores. ¿Vale?

Después de prometerle que claro que le daría un idilio y de que aquel Angelito amenazara con suicidarse si no llegaba pronto, la cuidadora y Malalata, al que se veía con ganas de fotografiar a los locos en el recreo, consiguieron llevárselos consigo.

–¿Verdad que son como niños? Este Angelillo se suicida de vez en cuando, pero no se preocupen, es inmortal –aclaró la gobernanta.

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Catedral bancaria en Zurich.

Ya con las firmas sobre el papel con las órdenes de transferencias, la gobernanta escaneó el documento y lo remitió por correo electrónico preferente a la entidad bancaria helvética. Unos minutos después, mientras abordaban el asunto de las propiedades urbanas a nombre de Cayo Dueño, recibieron por el mismo conducto electrónico la petición de confirmación de las transferencias, acompañada del ruego de que se pusieran en contacto telefónico con la señora Katharina Zurbuchen, llamando al número que les indicaban. Tras leer el mensaje, Terri marcó el número y conversó convincentemente en inglés con la ejecutiva bancaria mencionada. Intercambiaron algunas cifras y el coronel cedió a la petición de la mujer de mantener la cuenta viva con un saldo que a Tilo le pareció excesivo: sesenta mil euros, más del salario neto de un profesor de enseñanza media durante tres años. ¿Pero qué eran sesenta mil euros, más veinticinco mil de gastos bancarios e impuestos de transferencias, en comparación con cuatro coma cuatro millones de euros de aquella cuenta?

Ni en sueños habían imaginado la sencillez y eficacia del plan operativo del antiguo espía. Tampoco la gobernanta, a la que habían sometido a una sesión de sorpresas como si se tratara de una terapia contra el dolor y la pena, acababa de creer lo que estaba sucediendo.

–¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer con tanto dinero?

–En primer lugar debe decirle a esa muchacha, ¿Fabiola, verdad..?

–Sí, Fabiola.

–Que vaya mañana temprano –mejor si la acompaña usted– a su oficina bancaria y meta una bola tan digerible como una pepita de anís al director. Que le diga que estando en Suiza de vacaciones con unos amigos compraron lotería y les tocó el gordo. Ingresaron los boletos premiados en la primera entidad bancaria que encontraron en Berna y han dado orden de transferir el importe a su cuenta corriente. De ese modo le ofrecerán fondos de inversiones, letras del Tesoro y otros productos, y evitará preguntas e inspecciones engorrosas. ¿Usted me entiende?

–Desde luego, señor Terri.

–Luego ya, lo que hagan con ese millón y pico de euros es asunto suyo.

–Como si quieren enviar un pellizco a Manila –sugirió Tilo.

–¿Y usted funciona gratis? –Preguntó la gobernanta mirando a Terri.

–Yo me considero remunerado con las dos satisfacciones que me llevo: la primera, haberla conocido a usted, y la segunda, haber hecho lo que habría hecho don Cayo si hubiese sabido los manejos de ese Mefistófeles.

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Vista del Monasterio de Guadalupe.

Consciente de que Felonio no tardaría en organizar un dispositivo de investigación y vigilancia sobre el manicomio, el coronel Terri le dio unos consejos prácticos de seguridad y la instruyó para que se comunicase con ellos mediante un teléfono de tarjeta de pago previo, contratado a nombre de alguna persona ajena al internado, o bien a través de alguna línea pública o privada circunstancial. La contraseña sería «lagun» (“amigo” en euskera). De ningún modo, le dijo, debía permitir la entrada del general Felonio o de alguno de sus esbirros al centro. Era probable, la previno, que intentaran pasar como visitantes y quisieran interrogar a los internos Ángel y Liborio. Aunque poco o nada podían obtener de aquellas criaturas, le indicó el mejor modo de evitar presiones: “Redacta cuanto antes unos certificados de defunción como si hubieran muerto en un desgraciado accidente cuando un voluntario de la Confederación Salud Mental los llevaba de excursión en su automóvil a ver a la Vírgen de Guadalupe. ¿Me entiende..?”

La gobernanta respondía con ligeros movimientos afirmativos de cabeza a las indicaciones del coronel. De cuando en cuando colocaba los codos sobre la mesa, elevaba los brazos y juntaba las manos formando un puño sobre el que hacía descansar su barbilla. Tilo reconocía para sí la detallista y sencilla preparación de la cobertura de la limpieza de fondos de Felonio por parte del exespía. Se notaba que había estudiado el tema. Hasta en la mención de aquella confederación mostraba su habilidad para mentir. Si tenemos en cuenta que aquella entidad se hallaba integrada por diecinueve federaciones, más de trescientas asociaciones y unos cuarenta y siete mil socios (datos que Tilo vio en Internet a través de su inalámbrico), era evidente la aplicación de los principios de dispersión y generalización. No hay que entrar en detalles cuando se miente.

La gobernanta, que parecía entender perfectamente las indicaciones de Terri, quiso saber si debía participar el asunto a su hija. El coronel miró a Tilo, quien alzó los párpados y encogió los hombros en señal de sorpresa. Desconocía que tuviera una hija. Pero la gobernanta les dijo que su relación con fray Cayo había rendido el fruto de la descendencia: la joven que la acompañaba en la capilla del crematorio, la chica que se había acercado a ella y tomado del brazo mientras hablaba con él y con Mala tras dar el último adiós al féretro, una joven de dieciocho años que estudiaba Medicina en la Universidad Complutense y residía en un colegio mayor.

–Conviene que la ponga al corriente de todo –afirmó Terri.

La gobernanta dudó.

–Y cuanto antes –remarcó el coronel.

La mujer elevó su mano derecha sobre la oreja, aprehendió algunos pelos negros y los hizo girar entre el índice y el pulgar como si quisiera desgranarlos sin dejar de mirar a Terri.

–Con dieciocho años –añadió el coronel– le sobra capacidad para entender y asumir la situación. Estoy seguro de que aprobará su decisión de desplumar al ladrón, devolver lo suyo a los que fueron estafados y propinarle un buen escarmiento. En segundo lugar, tiene derecho a conocer los abusos de confianza de los que fue víctima su padre por parte de su poderoso amigo. No dude de que Cayo se lo contaría si pudiese y de que ella se lo agradecerá. Y en tercer lugar, y más importante todavía, conviene que sepa lo ocurrido para que adopte dos o tres medidas de seguridad muy básicas, tales como evitar cualquier relación con desconocidos de ambos sexos durante un tiempo, cambiar de teléfono para que no la incordien y procurar ir acompañada al salir y al entrar de esa residencia de estudiantes, sobre todo si lo hace por la noche. Esto no quiere decir que vayan a ir contra ella; seguramente el canalla ni siquiera sabe que existe, pero cualquier precaución es poca.

Terri hizo una pausa como si fueran insuficientes los movimientos afirmativos de cabeza de la gobernanta y esperase una aceptación más contundente. Luego se refirió a un dispositivo protector, ideado y confeccionado por un amigo.

–Aunque lo tiene en fase de prueba, les puede ser útil en el caso de que Felonio o alguno de sus agentes intenten tocarles un pelo –añadió antes de comprometerse a proporcionarles un artefacto a cada una si fuere necesario, en el bien entendido de que se trataba de un “arma secreta” que solo debían emplear ante el riesgo de una agresión inminente.

Era la segunda vez que Tilo oía hablar de aquel artefecto estupendo, como dijo Malalata cuando el sabio Compendio se reprochó a sí mismo el olvido de haberle entregado su “arma secreta” antes de que viajara con Lola a Yibuti a pagar el rescate del atunero y negociar con el jefe de los piratas somalinos.

–¿Qué debo hacer si ese maldito insiste en hablar conmigo? –Preguntó la gobernanta.

Terri giró otra vez la cabeza hacia Tilo, ladeó ligeramente la boina, miró fijamente a la mujer y le preguntó por qué no habían ordenado la autopsia a Cayo.

–No había razón para hacerla: el médico dijo que era un infarto.

–Craso error.

–Ya había sufrido dos amagos.

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El Milocho es un potente veneno.

–Correcto… Sin embargo, si el general insiste en hablar con usted debe hacerle saber que algunas alimañas parecen simpáticas y bondadosas, pero su picadura resulta tan letal y mortal de necesidad como el Milocho. Él lo entenderá.

–¿Qué es?

–Un veneno. Y hágale saber que espera la confirmación de los resultados de la autopsia para verle en los juzgados –añadió el coronel.

–Entonces usted sospecha que …

–Sospecho que lo envenenó –afirmó tajante, en voz baja–; no tenemos pruebas, pero con las alimañas no hay que andar con contemplaciones, lo mejor es asustarlas.

–O liquidarlas –dijo la gobernanta, cuya aflicción no le restaba determinación–. La cosa es que su muerte me pareció tan repentina, tan extraña… Le confieso que hubo un momento en que se me pasó por la cabeza pedir la autopsia; fue solo un instante, mientras firmaba los papeles de defunción para la funeraria. Pero, tonta de mí, me fié de lo que había dicho el médico y la descarté. ¿Cómo iba a suponer que hubiera alguien en este mundo que le quisiera mal, y menos el general Felonio, al que consideraba un buen amigo?

–Entiendo que no desconfiara de nadie. Él era un buen hombre y usted es una buena mujer. Sin embargo, los años de experiencia en los servicios de inteligencia me han enseñado que la simulación, la máscara, el cinismo… es la característica principal de los poderosos. En ese mundo nada es lo que parece y lo que parece no es –adujo Terri.

Los ojos de la mujer volvieron a humedecerse.

–¿Por qué? ¿Por qué razón le han hecho eso a él? –Susurró con la voz entrecortada.

–No se torture, Benilde, no sirve de nada, ni usted ni nadie puede devolverle la vida… Es probablemente la alimaña oliera algún peligro y considerara que la muerte de Cayo era lo mejor para sus intereses… No lo sabemos. Pero una cosa hemos de tener clara: si osa intervenir o intenta alguna artimaña contra ustedes, hay que asustarlo y ahuyentarlo. Y otra le comento, con el permiso de Tilo: no tenga duda de que el Sanmartín de ese cerdo está cercano.

–Desde luego –asintió Tilo–. Sus negocios sucios van a salir a la luz, se va a armar un buen escándalo y espero que lo cesen.

–Y lo metan en la cárcel –añadió la gobernanta.

Terri repasó con ella los detalles de seguridad, le recordó los deberes inmediatos y retomó el asunto pendiente de los bienes raíces a nombre del clérigo. Por un momento la gobernanta volvió a manifestar su indignación ante las trampas del general Felonio. Lógico. Aquel “maldito”, como le llamaba, había abusado sin decir basta del nombre de su compañero y le resultaba difícil de entender tamaña acumulación de inmuebles (solares, locales y apartamentos) inscritos a nombre de Cayo, un hombre recto y austero que jamás en veinte años, desde que regresó de Filipinas, había sentido el deseo de solazarse en playa alguna. Si se tomaba unos días de vacaciones en la segunda quincena de julio, cuando el calor apretaba, iban ahí cerca, a Gredos, sin alejarse de “los niños”. También es verdad que en los últimos años habían ido dos veces a Galicia, concretamente a O Grove, donde habían pasado una semana de vacaciones en cada ocasión. Le gustaba comer, pasear y leer, y aquella localidad de pescadores y mariscadores le agradó especialmente: le encantaban los mejillones, las sardinas asadas y las tortillas de patatas con chorizo de Lalín. “Creo que eran sus comidas favoritas”, añadió sin demérito del pulpo a feira y de las mollejas preparadas al estilo Michelín (en alusión al restaurante de la vega de Ciempozuelos y Aranjuez al que Felonio le llevaba a lomos de su Harley).

–En Jarandilla residíamos en la casa familiar de un fraile amigo y en O Grove parábamos en un hotel que administraba un sacerdote, primo segundo de Cayo. Él y su señora ama nos querían mucho e insistían en que fuésemos a pasar allí unos días –añadió Benilde.

Tilo se interesó por la edad y la personalidad de aquel cura administrativo, pero la respuesta de la gobernanta anuló su sospecha de que pudiera tratarse del mismo individuo que empleaba a las beatas en la confección de artefactos mortales en el cementerio de un pueblo alejado. Habría sido una casualidad decepcionante, aterradora, se dijo.

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O Grove, Pontevedra, Galicia.

–En Grove –agregó la gobernanta– hizo, por cierto, un andador de ruedas para un perrito que, el pobre, se había quedado paralítico de las patas traseras. Le conmovió tanto ver cómo arrastraba el cuerpo y lloraba de impotencia que, ni corto ni perezoso, ideó una prótesis y se la hizo con el par de ruedas y las barras de un carrito roto de la compra que encontró en la basura. Era muy mañoso. Cortó las barras de aluminio a la medida de medio cuerpo del perrillo, achicó el eje para dejarlo a la anchura, más o menos, del animalillo, ensambló con tornillos las dos barras laterales en el eje, les atornilló una correa de cuero con una hebilla en el extremo contrario para que la cincha abarcara la barriga y el lomo del perrillo y pudiera ser abrochada a medida como un cintó y, oye, allí vieras la alegría del perrito y de la dueña, una mujer muy guapa, a cargo de una cafetería donde solíamos sentarnos a tomar un refresco y ver pasar gente a media tarde… El animalito empezó a moverse con las ruedas de atrás y las patas delanteras como si lo hubiera hecho toda la vida. El ama no sabía cómo agradecérselo. Cayo le dijo con un beso y se llevó un sopapo. Fue la única vez que le arreé. Le atraían las mujeres de mediana edad, anchas de caderas, guapas, rubias naturales y con el pelo largo, y aquella reunía todas aquellas características y era más o menos de mi estatura. No soy celosa, pero le arreé bien fuerte. La mujer, un tanto desconcertada, nos invitó a desayunar al día siguiente y se negó a cobrarnos los refrescos. Cuando volvimos, dos o tres años después, el Tibi seguía tan feliz con sus patitas de ruedas. El ama se las ponía y lo sacaba a pasear por el paseo de la ría y por el puente de la isla de La Toja. Los visitantes se sorprendían y le hacían fotos, los niños le acariciaban, todo el pueblo lo conocía. En fin, perdonen…, son tantos recuerdos.

Mientras Terri volvía sobre el asunto de los bienes raíces, el periodista, que había anotado la palabra “perro”, guardó su libreta, hizo un gesto como si sintiera una necesidad perentoria, se levantó de la silla y abrió la puerta del despacho para salir en busca de un urinario. “Por el pasillo a la izquierda”, le indicó la gobernanta. Desde el servicio escuchó griterío y pitidos de un silbato de árbitro. Supuso que los internos estaban jugando al fútbol, sintió curiosidad, abrió el ventanuco de cristal opaco y vio una montonera de cinco o seis cuerpos. ¡Por Júpiter! Los locos se estaban pegando, se atenazaban por el pescuezo, se golpeaban y arañaban unos a otros sin que la flaca Sonia pudiera hacer otra cosa que tocar el pito en señal de alarma y moverse a su alrededor. Di tu que Malalata, al quite, soltó la cámara fotográfica y se apresuró a imponer la paz con todas sus fuerzas: empujó a uno, agarró del asa del culo a otro, estiró del brazo de otro, atizó un palmetazo en la frente a otro más… El sonido de los pitidos atrajo a la celadora larga y al cocinero. Aparecieron también la gobernanta y Terri. Pero no fue necesaria su intervención porque los brazos firmes y la mano dura de Mala ya habían obrado el milagro de separar a aquellos morroscos y, por otra parte, el grueso tarugo que encabezaba el desfile que vieron desde la salita de espera, se empleaba en levantar del suelo a uno de sus seguidores y restablecer la formación.

Tilo salió del lavabo y fue al encuentro de sus amigos. La gobernanta y el coronel regresaban sobre sus pasos, seguidos de la larga Fabiola y de Mala con un arañazo sangrante en la mejilla. El periodista le dio un pañuelo de papel y le indicó el lavabo. “Fíate de los locos y no corras”, dijo. Unos minutos después, la gobernanta y la celadora les despidieron en la puerta principal. El taxista Delfín echaba la siesta del carnero, se despabiló con el ruido de las puertas, guardó en la guantera la novela del detective Carvallo que reposaba sobre su pecho como una mariposa gigante, restableció la verticalidad del respaldo de su asiento y se puso en marcha tras advertir a Tilo: “Esta carrera te va a salir por un pico”.

–¿Por qué se pegaban? –Preguntó Terri a Mala.

El maestro carterista soltó una risa.

–¡Qué jodíos! La cosa es que media hora antes de la amarrina se les veía tan concordiosos ahí, tomándose las cocacolas, y luego mira.

Volvió a reírse como si, además del rasguño, la violencia de los locos le hiciera gracia.

–Algo les violentó –sugirió Tilo.

–Todo empezó porque la señorita Beni no venía. Angelito venga a llamarla y ella no venía.

–¿El del idilio?

–El mismo. Total, que se alejó del grupo donde Liborio servía vasos de refresco a los demás y se tumbó allí lejos, pero no en la hierba, sino sobre el sendero de tierra. Liborio que lo vio, mandó a uno que se llama Gulliver a impedir que se suicidara, pero el Angelito, turris burris, ni puto caso. En esas, el Leónidas, que parecía más sonado que una jaula de grillos y andaba por allí en avión, con los brazos en cruz, soltando babas y pedorretas, fue a aterrizar, osease, a tumbarse atravesado sobre el sendero cerca de donde el Angelito esperaba que el tren lo atropellara. ¡Cosas de locos! Estuvieron así un rato. Pero se ve que el tren no llegaba, así que el Angelito se levantó y fue a ver qué pasaba.

Malalata no podía contener la risa.

–¿Qué rayos pasó? –Le urgió Tilo.

–Pues que vio al otro y se hizo la cuenta que se había lanzado a lo kamikazo contra el puente del tren, fastidiándole el suicidrio. Y entonces –añadió entre risas– el Angelito de los cojones sacó la minga y le meó la cara, los ojos y todo el cuerpo de arriba abajo… En esas que el Leónidas empieza a gritar cual berraco en manos de capador, y el gordo y dos fachas se lanzan a por el Angelito como lobos. Los rojos que lo ven, se lanzan contra los facciosos.

La hilaridad de Mala mientras trataba de describir la trifulca acabó contagiando a Tilo y a Terri, aunque fue Delfín quien se rió con más ganas, casi tantas como la vez que le cayó una vaca. “Presta atención a la carretera, vayamos a partirnos los piños contra el culo de un camión”, le pidió Tilo. El taxista se rió más todavía.

–¿Pero qué te pasa, Delfín, has desayunado cosquillas o así? –Dijo Tilo al ver que no paraba de reír. Lo que más gracia le hacía –dio a entender– no era la ocurrencia del loco de suicidarse en la vía del tren, sino de mear al tal Leónidas. Eso de que le cayera por sorpresa un chorro de pis encima le parecía tan hilarante que se retorcía y golpeaba el volante. Y a mayor riesgo de los ocupantes se acordó de que en plena faena del torero José Tomás había sentido unas ganas de mear tan irresistibles que sacó la minga, la metió en el bolsillo del caballero que tenía delante y se alivió. Y venga a reír.

–¡Tranquilo, tío, que nos vamos a estrellar! –Protestó Tilo.

–Y nosotros, al contrario del loco del manicomio, no queremos suicidarnos ni tenemos kamikaces que se suiciden por nosotros –dijo el coronel.

21.–Felonía

“Si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, Felonio es obra del Diablo”, escribió Tilo al director antes de contarle en lenguaje telegráfico los principales hitos de sus pesquisas sobre el tráfico de armas y los negocios inmobiliarios ocultos del general jefe de los servicios de inteligencia del reino. Había cruzado varias metas volantes con una suerte que para sí quisiera el mismísimo Induráin: ni una caída, cero pinchazos. Se hallaba a cuatro pedaladas de la meta. Eso le dijo. Le aportó dos pruebas de su esfuerzo: el documento con el compromiso de suministro de armas al pirata malgache, firmado por los agentes de confianza del general con los nombres de los besánicos de Ciempozuelos y las fotocopias escaneadas de las fotografía del trío de sinvergüenzas practicando actividades sexuales con las menores en la playa. Le remitió asimismo otras dos instantáneas de Felonio y sus secuaces en calzón corto con el bucanero y un hombre trajeado, de pelo blanco y cara de moscatel (el fiduciario), en los jardines de un lujoso hotel de Victoria (Seychelles).

Tras enviar el correo electrónico apagó el ordenador y salió de la sala de prensa del Parlamento a fumar y esperar la respuesta de Eloso. Ramoneó entre colegas y señorías. Junto al madroño allí plantado (regalo del alcalde Gasradón a la cámara legislativa) pegó la hebra con un líder corpulento y desgreñado de la historia facción republicana de Cataluña, quien andaba buscando urnas para celebrar un referendo a fin y efecto, como él decía, de que los catalanes pudieran decidir si querían seguir como estaban o preferían librarse del yugo del llamado Reino de España. Tilo sabía donde había urnas en cantidad. Poseía esa información por sus cometidos periodísticos en tiempo de paz y se la brindó con los detalles descriptivos de la ubicación exacta: una nave industrial alquilada por el Ministerio del Interior en el polígono de la localidad cervantina de Alcalá de Henares, sede, por lo demás, del mando central republicano durante la Guerra Civil.

–En ese almacén guardan los aperos electorales del Estado entre elección y elección –le dijo–; ni siquiera tiene vigilancia.

–¿Estás seguro?

–¿Quién puede estar seguro en estos tiempos? Pero créeme, sé lo que digo.

Al diputado republicano se le iluminaron los ojos. Su aire montaraz y su discurso metálico no se correspondía con su cordialidad y bonhomía. Aunque sus señorías de la derecha reaccionaria y algunos socialdemócratas más interesados en el capital que en la celebrada obra Marx y Engels le consideraban un mastuerzo, Tilo apreciaba su sencillez, honradez y buen carácter tras su máscara de ogro irredento, utópico y tonitonante.

–Mandas a unos bravos militantes –le dijo– con un camión y un buen cerrajero, abren ese almacén y que se llevan las urnas a Cataluña.

urnas catakanas
Urnas del referendo catalán, made in China.

La verdad es que su información resultó tan inútil como gratuita, pues aquellos republicanos prefirieron comprar unos miles de cajas grises de plástico contaminante a los chinos, precisamente a aquel pueblo que no abusaba de las urnas, para utilizarlas de recipiente del cocido democrático. Allá ellos.

De regreso a la sala de prensa, Tilo se cruzó con Bitter.

–¿Comes por aquí? –Le preguntó el colega.

–Afirmativo.

–Te espero en El Manolo –dijo el amargo en referencia a la taberna donde algunos diputados y periodistas solían comentar la actualidad antes de dispersarse por los restaurantes de lujo o de medio pelo, según sus posibles, de la cotizada zona, sin minusvalorar las croquetas, tortillas de patatas en salsa de callos o de chipirones y otros platos del Manolo propiamente dicho.

Ya en la sala de trabajo de los periodistas, abrió el correo electrónico de su ordenador y leyó la respuesta de Eloso: “Escríbelo Tilo”. La frase disolvió el último grano de duda, le aceleró el pálpito, sintió el corazón latir como si estuviera a punto de coronar el Tourmalet.

Cuando llegó al estadero donde los colegas habituales arreglaban el mundo ya fluía la conversación como si el vino hubiera tomado la palabra. Acercó una silla al corro que formaban en torno a una mesa de mármol, solicitó un Rueda al diligente camarero y se puso a escuchar la temática: política de altura.

La cronista Cruz barruntaba una tormenta dinástica en lontananza. “En cuanto doña Mencía cumpla dieciocho años –decía– reclama, sí o sí, su derecho a la Corona”. Bitter sostenía lo contrario: “No caerá esa breva”. Cruz mantenía su aserto. El amargó le asestó: “¿Cómo sabes si va a reclamar? ¿La has entrevistado tú?” Cruz evitó contestar, pero Eladio abrazó la hipótesis de la agitación monárquica: “¡Menudos son los Santonius! ¡Como para renunciar a la bicoca real!” Don José, exdiputado septuagenario y perpetuamente enfadado con los dirigentes de su partido, el socialista obrero español, opinó: “De antemano sabíamos que ese pollaboba solo iba a traer problemas”. “Pichabrava”, le corrigió el radiofónico Luiscar. “Para mí es un pollaboba, igual que su padre”. Clavicordio resumió: “¡Unos golfos!” Y añadió: “La clave está en la eficacia jurídica de la reclamación que formule”. El Gran Simpático, diputado de la minoría nacionalista vasca y jurista de reconocido prestigio, se sintió aludido: “Va a ser una problemática de la leche porque la Constitución no contempla ni condiciona la sucesión a la vajina ni al vientre de la consorte; el artículo cincuenta y siete consagra el orden de primogenitura sin más letanía, de manera que si esa lady Santonius reclama el trono como hija primogénita del rey está en su derecho natural de hacerlo si demuestra que es, en efecto, la primera descendiente del monarca”. Cruz le interrumpió: “¡Si lo sabrá ella!” Bitter, al quite: “¿Cómo?” Cruz, cortante: “¡Anda que no tendrá pruebas de adeene!” El Gran Simpático recuperó la palabra: “Si reclama el trono vamos a tener un litigio de narices entre naturalistas y positivistas”. Eladio apuntó: “Ahí se cuezan en su propia salsa, sería lo mejor que podría pasar para implantar la república y desbobonizar este país de una vez para siempre”. Bitter en sus trece: “¡Que te crees tú eso, hermoso! Los bobones siempre vuelven”.

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Casa Manolo, histórico café donde colegas y diputados comentaban la actualidad.

La conversación era tan interesante como cualquier otra sobre la víbria en su acepción venérea y los bribones que amenizaban la vida pública con sus fiestas, amoríos, juergas, corridas y correrías a cuenta del “pueblo cabrón que los soporta”, como bien dijo el poeta Celso Emilio Ferreiro, pero Tilo se abstuvo de inmiscuirse en la materia; rumiaba la entradilla y “el párrafo nuez” del extenso reportaje que se disponía a redactar aquella misma tarde tras recibir el plácet del director y se negaba a sí mismo el permiso para distraerse en habladurías sobre hipótesis condenadas a la guillotina. En eso coincidía con Bitter: “Perro no come perro; a las Santonius, madre e hija, les basta con el forraje para vivir forradas como reinas sin armar ruido”.

Vibró el impertinente en el bolsillo de Tilo. Era Lola. Salió a la calle, a salvo del ruido. En tres horas despegaba desde Buenos Aires y, con escala en Canarias, llegaría sobre las siete de la mañana. “Iré a esperarte –le dijo–; tengo muchas cosas que contarte”. Él solía ir al aeropuerto y ella se alegraba tanto de verle que le picoteaba la cara y los labios y, ya en casa, despojada del uniforme con galones de sobrecargo y recién duchada, caía desmadejada sobre él en la cama, se humedecía con sus besos y caricias y se quedaba dormida al tercer orgasmo. Ella pronunció su contraseña favorita: “Espero mucho viento de cola”. Él contestó: “Soplaré fuere” y le deseó buen vuelo. “Eres estupenda, Loli”, le dijo.

En el estadero, colegas y señorías iban ahuecando. Pidió la penúltima ronda. Ya sólo quedaban Bitter, Clavicordio y don José. Éste propuso: “Vamos a Errotazar, os invito”. Era un restaurante bueno y caro, en la tercera planta de la Euskal Etxea (Casa Vasca). “Me vais a disculpar, tengo lío”, se excusó Tilo, consciente de que un buen almuerzo regado con un par de botellas de Rioja gran reserva o del excelente caldo del Priorato que tanto agradaba al anfitrión, y rematado con selectos destilados tras los postres, era perfectamente incompatible con la agilidad mental conveniente para hilar fino en la tricotosa. Su penúltima estratagema requería además una serenidad a prueba de bombas. Se conocía a sí mismo y prefería la sobriedad a los efectos del tercer vino.

Pasaban de las tres de la tarde cuando se quedó solo y solicitó un par de croquetas, un vaso de agua y un café. Se entretuvo repasando la historia. Su cabeza bullía como si fuera un reactor nuclear, su garganta emitía sonidos menores y roncos como si fuera un tubo de escape. Empuñó el bolígrafo y escribió algunos enunciados en su libreta de notas. Meditó el esquema, analizó los elementos, sopesó las respuestas o los efectos de cada entrega, seleccionó las cartas o pruebas que le convenía guardar en la manga frente a los desmentidos. Desde que Homero contó la Iliada y después la Odisea, la estructura del relato carecía de misterio o dificultad para él, tanto si optaba por la narración cronológica como si elegía la fórmula picaresca o si combinaba las dos a conveniencia.

De nuevo en la sala de prensa colgó la chaqueta del respaldo de la silla y tecleó a buen ritmo durante algo más de una hora. Las erratas salpicaban las hileras de hormigas sin detener la marcha. Escribía a toda máquina. Sujeto, verbo, predicado, punto seguido y otra frase y otra más sin concesiones ni tocones ni descripciones, en tono frío, distante, cortante. Lo importante eran los hechos y actos probados, lo relevante eran los malos disfrazados de buenos, lo esencial eran las pruebas de la infamia. Volaba el cursor entre palabra y palabra sin detenerse a socorrer a las sílabas atropelladas, brincaba el espaciador de un párrafo a otro y al siguiente con la precisión de una Pinito del Oro. Cagarrutas de puntos suspensivos suplían la falta de alguna cifra, fecha o personaje cuyo nombre confundía con otro del que no se acordaba. Ya pasaría el barrendero a limpiar las veredas con su escoba. Después de todo un borrador era eso.

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Periodistas en el patio del Congreso de los Diputados.

Miró el reloj, supuso que el general Felonio se hallaría en su despacho (eran las cinco de la tarde) y decidió probar suerte, así que empuñó el auricular y marcó el número de teléfono. Una extensión telefónica de la sala de prensa del Parlamento le dejaba a salvo de la localización instantánea a la que se prestaban los teléfonos móviles y le permitía hablar como si fuera un Gil Hernández o un Ibáñez Martínez, coordinador técnico del un grupo parlamentario cualquiera. Había siete. Eligió el mixto. Al séptimo timbrazo descolgaron el teléfono y transfirieron la llamada a una terminal desde la que una voz femenina le ordeno esperar. ¡Por Júpiter, voy a tener suerte! La tuvo. Por una vez un jefazo no se “encontraba reunido”, que era la forma habitual de encontrarse de aquellos tipos. Se quedó escuchando un fragmento de Claro de Luna de Beethoven hasta que una voz gangosa le dijo con desgana:

–Hable usted, Gil.

–Buenas tardes. ¿El señor Felonio?

–El mismo que viste y calza, usted dirá.

–¿Prefiere que le llame general o utilizo su razón social, APP&LRM Investment?

–¿Cómo sabe eso?

–Por el registro de la propiedad.

–¿De qué propiedad?

–También por el registro catastral, donde usted ha inscrito propiedades inmobiliarias a nombre de APP y de LRM respectivamente, ¿verdad?

–Oiga usted, no sé de qué me está hablando. Si sus señorías del grupo mixto desean alguna explicación sobre los servicios o algún detalle acerca de nuestras coberturas inmobiliarias o empresariales, han de solicitarlo por el conducto reglamentario y estaré encantado en recibirles e informarles. Si ustedes lo prefieren, acudiré a comparecer en la comisión de secretos oficiales el día y la hora que decidan. En todo caso les proporcionaré cuantos datos me soliciten. Sólo les ruego que me remitan el correspondiente escrito con las materias que deseen conocer.

–¿Incluidas sus relaciones comerciales en Seychelles?

El general tardó unos segundos en contestar. El supuesto coordinador concretó:

–Me refiero a sus negocios de venta de armas.

–No sé de qué me habla, ya le digo…

–Sí lo sabe, general: usted vendía armas a las guerrillas eritreas y somalíes.

–¿Qué tontería es esa? Quien les haya contado esa barbaridad les ha intoxicado de mala manera. Ya le digo que estoy dispuesto a aclarar lo que sus señorías deseen, incluso las acusaciones o los rumores más descabellados. A España no le faltan enemigos.

–Desde luego, general. Los enemigos están por todas partes. Y conste que no me refiero sólo a los yihadistas, sino a la prensa, que sabe cosas y nos espolea para que ejerzamos el control parlamentario. Usted me entiende.

El general produjo un sonido bucal como si bebiera agua u otro líquido. El supuesto Gil aprovechó el instante para procurar que se atragantara:

–Suponemos que puede aclarar por qué APP&LRM posee una cuenta en Suiza.

–Le repito que no sé de qué me habla –dijo el general elevando el volumen gutural como si el asunto empezara a fastidiarle.

–Le hablo de una transferencia millonaria desde Seychelles a una cuenta en un Banco de Ginebra por una entrega de armas que no se realizó. ¿Le suena?

–Eso son patrañas, mentiras para desprestigiarnos. ¿No irán a creer ustedes que el Reino de España no respeta las leyes, por cierto las más avanzadas y rigurosas del mundo en materia de comercio internacional de armamento?

–Yo le creo, general, pero la prensa tiene pruebas de esos tráficos y de esos ingresos por parte de la sociedad que usted utiliza para realizar operaciones inmobiliarias.

–¿A qué prensa se refiere?

–Prensa seria, desde luego.

–¿Puede concretar?

–No estoy autorizado, general.

–Mire, caballero, estoy dispuesto a recibirles en mi despacho, a ir a la comisión a aclarar lo que deseen cuando deseen, pero les ruego que no me hagan perder el tiempo con chismes de periodistas. Si les incordian a ustedes hagan el favor de mantenerme informado y de decirles que se dirijan a quien corresponde, que en este caso soy yo.

–Así lo haremos, no lo dude general.

periodista escribiendo 2
Comprobó la grabación…

Nada más colgar, Tilo comprobó la grabación. Era nítida y clara. Aquel preboste había mentido como lo que era, un bellaco. Pero el hecho de que encajara la mención de la sociedad mercantil registrada en las Seychelles con las iniciales de los locos Liborio y Pérez como algo existente que no tenía por qué existir y de que elevara el tono de voz con evidente nerviosismo le delataba y aportaba al periodista la penúltima confirmación necesaria para echar a rodar la historia. Escuchó varias veces la respuesta o reacción del general a la mención de las siglas APP&LRM y no tuvo duda de que lo había noqueado de un guantazo. La respuesta del superespía –“¿Cómo sabe usted eso?”– expresaba su sorpresa. Hay preguntas que valen como respuesta. Aunque rápidamente recompusiera su defensa para hacerle creer que se trataba de una sociedad tapadera de operaciones secretas del Centro de Inteligencia Nacional, la primera impresión es la que cuenta. El énfasis de la respuesta, entre la sorpresa y el asombro, resultaba tan evidente como convincente. Después de todo nada es más asombroso que le verdad, se dijo mientras guardaba la grabadora, retiraba del ordenador el lapicero electrónico en el que había escrito el borrador de la primera entrega y se disponía a completar la estratagema.

22.– Principios

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Sede del Ministerio de Justicia en Madrid.

Para no entretenerse en habladurías salió de las instalaciones parlamentarias por la puerta esquinada del vértice del edificio nuevo (“tercera ampliación”, le llamaban), recorrió a buen paso la antigua calle de los gitanos (“Cedaceros” le llamaban ahora), cruzó la de Alcalá y cinco minutos después se hallaba en las dependencias del servicio de Correos y Telégrafos de la calle de la Aduana recogiendo el sobre acolchado del cajetín numerado en el que había guardado las pruebas del negocio sucio, ilegal y tramposo del general Felonio con el pirata malgache. Despegó la solapa del sobre, introdujo la pequeña cinta con la grabación de las palabras del general, lo cerró con firmeza dactilar, se dirigió al mostrador, canceló el apartado postal y ya en la Gran Vía paró un taxi y ordenó al conductor que se acercara al Ministerio de Justicia y entregara al ujier de la puerta aquella correspondencia dirigida en mano al señor ministro, tal como había escrito a bolígrafo con letras mayúsculas. Los taxistas de la villa y corte eran bien mandados, sobre todo si al importe de la carrera se añadía una generosa propina.

Ya libre del peso de las pruebas orientó sus pasos hacia la Cibeles, subió al autobús y llegó al domicilio de Lola, convertido ahora en su refugio de seguridad. A través del correo electrónico de la estupenda moza volandera envió un mensaje al jefe pirata para hacerle saber que recibiría una transferencia dineraria con el importe de la deuda del general Felonio y por consiguiente esperaba de su “nobleza” (término excesivo) un comportamiento correcto y consecuente con los barcos atuneros peninsulares. Le pedía que tuviera a bien contestar al mensaje, sobre todo si por alguna indeseable interferencia no recibía el dinero en veinticuatro horas.

A continuación preparó la cafetera y se fue al balcón a fumar un cigarrillo. Desde el sexto y último piso del edificio se veía la techumbre picuda, metálica y achocolatada de la iglesia sin campanario de la esquina de la calle. Se entretuvo –esa le da, esa no– con el acertijo de la caridad cristiana de las beatas hacia el negro de la puerta. Cuando el aroma del café le dio en la nariz concluyó que la limosna estaba en crisis y que el pobre Jim, que tardó diez años en llegar desde Ruanda con la muerte en los talones, se podría dar con un canto en los dientes si sacaba para comprar el potito a su niña de un año y tres meses.

Después de una hora de correcciones y concreciones del borrador de la primera entrega, creyó llegado el momento de completar su estratagema, levantó la vista del ordenador, buscó el teléfono bajo los papeles y libretas de notas y, sin prestar atención a los mensajes y llamadas sin responder, se puso al habla con Terricabras para contarle el ardid que había dejado sin completar.

La respuesta de Terri fue positiva, aunque el método le parecía un tanto ingenuo. Acordaron completar la operación mañana por la mañana en la Tabernilla después de que la gobernanta, el patrón pesquero vasco con aire de violinista y, eventualmente, el pirata malgache hubieran confirmado la recepción de la pasta.

 

Antes de volver al borrador del reportaje Tilo se sirvió otro vaso de café aguado sin azúcar. Había decidido escribir toda la noche hasta la hora de ir a esperar a Lola. Se acercó al balcón, miró a la calle, vio al negro Jim allí de pie, pegado a la puerta de la iglesia, sacó el penúltimo cigarrillo, lo encendió y se dijo que convendría bajar a comprar otra cajetilla. En ese instante recibió un mensaje por watsap. Era Lafun con su juego de los principios. De primeras habían convenido jugar a “no es lo mismo” con el fin de enseñar vocabulario al sabio Compendio, pero el watsapeo derivó en guasa porque enseguida Malalata, Terri y él mismo se deslizaron por el tobogán de la facilidad. Del “no es lo mismo salmuera que muera la sal» y del «tejidos y novedades en el piso de encima que te jodes y no ves nada y encima te pisan» pasaron a los coños, las pollas, los culos y demás denominaciones de las terminales del bajo vientre. Los “no es lo mismo un tubérculo que ver tu culo, tres pelotas viejas que tres viejas en pelotas, estar jodido que estar jodiendo, leer a Follet que te follen mientras lees» y por ahí para allá acabaron atufando a la señorita Lafun, quien les reprochó su suciedad mental. Lógico.

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…la heroica ciudad dormía la siesta.

Después de una discusión con Mala sobre si un binomio era lo mismo que un par de vinos, Lafun propuso “el juego de los principios”. Lo aceptaron, pero Terri y Mala no eran muy leídos, de manera que los únicos watsaps que Compendio recibía se los mandaban la funcionaria y él. Leyó el mensaje: “Allá, en otros tiempos (y muy buenos tiempos que eran), había una vaquita (¡mu!)…” Y respondió: “Así principia el Retrato del artista adolescente de James Joyce”. A continuación escribió: “Por si la vaquita fuera de la raza Asturiana de los Valles, ahí te dejo la pista del autor de la novela que comienza: “La heroica ciudad dormía la siesta”. Envió el mensaje, dio una calada al pitillo, comprobó las llamadas y recados sin responder. Todas eran de colegas del periódico, una del Máster, quien de sobra sabía que tenía permiso del director para no aparecer por la redacción o lo que él llamaba “el precipicio”. No contestó a ninguna. Desarmó el teléfono, palpó las llaves en el bolsillo, se puso los zapatos y bajó a comprar tabaco. De paso se acercó a Jim, lo saludó, le preguntó cómo estaba su niña y depositó un billete de cinco euros en su mano. El negro lo empuñó y le miró con su expresión infantil de agradecimiento. Sabía decir “gracias” y muy pocas palabras más en castellano, pues a las dificultades inherentes del aprendizaje de la lengua se añadía la circunstancia de no haber ido nunca a la escuela en Ruanda, de la que salió vivo de milagro con diez años, cuando los tutsis y los hutus andaban a machetazos. Aunque hacía ya muchos años de la última masacre (1994), Jim le dijo un día: “Mi no volver, no hay nada”. Y nada no sólo significaba escasez y falta de medios para sobrevivir, sino también de familiares, amigos y conocidos.

De regreso armó el teléfono y recibió la respuesta de Lafun: “La Regenta de Leopoldo Alas, Clarín”. Y a continuación: “Un fantasma recorre Europa…” El principio le sorprendió. ¿Dónde se ha visto a una funcionaria cincuentona, burguesita y de buen ver leyendo el Manifiesto Comunista? Le respondió: “…es el fantasma del comunismo”. Lafun repicó: “Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”. Jamás habría imaginado que aquella vecina de La Tabernilla con una sonrisa cautivadora y un mayordomo negro supiera de memoria el comienzo del texto revolucionario lanzado por Marx y Engels a mediados del siglo XIX. Le habría contestado si en ese momento una llamada del Cazador de Leones no hubiera interferido su propósito.

–Ilustrísimo señor don Tilo Dátil, sabemos que está usted en la villa y corte y nos preguntamos por qué no viene –dijo el colega en plan ceremonioso.

–Yo también os echo de menos, Paco, pero estoy en las afueras.

–Vente, te esperamos.

–No puedo, tengo tarea.

–Te vamos a expulsar del club del orujo.

–No, por Júpiter, no hagáis eso.

Voces de fondo de Beluguero y Jodas: “¡Fuera, fuera! A libar con la novia”.

–Ya lo has oído. Aquí dicen que te has echado novia y piden tu expulsión del club.

–Diles que se sosieguen, que volveré.

Voz de Beluguero: “Déjalo que se divierta con la mangurrina esa”.

–No es una mangurrina sino una tailandesa muy dulce y fina, gordo cebón –dijo alzando la voz para que el colega le oyera mejor.

Tardó en concentrarse en la temática. Si alguien dijo que salir a comprar tabaco es entretenido y puede ser una aventura, tenía razón. Revisó y niqueló la primera entrega sobre la fabricación, los transportes y las ventas de armas prohibidas a las guerrillas y grupos “terroristas” del continente africano y la emprendió con la implicación directa del jefe operativo de los servicios de inteligencia del Estado, al que mencionaba como alto responsable en la primera entrega. Tecleó sin parar durante tres horas.

Describió al por menor los tratos del general con el jefe pirata y las consecuencias dolorosas y ruinosas para los pescadores peninsulares en el Índico. El hecho de que los piratas somalis mostraran su preferencia por asaltar y apresar los barcos pesqueros con nombres y banderas de la Península Ibérica traía causa y razón de las felonías de aquel delincuente estatal. Las evidencias de la responsabilidad de K eran irrefutables por más que K fuera precisamente el responsable de controlar los destinos de las exportaciones de armamento y material de defensa y doble uso por parte del Estado y gozara de la amistad y confianza de las altas magistraturas, comenzando por el coronado y siguiendo por el jefe del gobierno y la cúpula militar.

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Playa en Seychelles.

Se esmeró en la descripción del bucanero Robert Karaka, quien se hacía llamar Thomas Tew. En vez de un foragido burlesco y criminal, sin temor de dios ni de la Armada estatal, por momentos parecía un vengador popular, un Robin Hood de los mares. Las referencias a K y sus acompañantes en aquel viaje de negocios y placer del que aportaba los insólitos testimonios gráficos, les colocaba, en cambio, en el altar del ludibrio, la indignidad y la corrupción. De lo último daban cuenta los documentos en posesión de este periódico (fórmula al uso) y de lo primero aportaba aquellas instantáneas conmovedoras, unas fotografías sobre la preferencia del general y sus agentes de confianza por las muchachas en flor, algo bastante común entre los prebostes del poder político, económico y judicial.

Hizo una pausa, se sirvió más café, se asomó a fumar al balcón, la calle estaba en silencio, el barrio dormía. Regresó a la mesa y siguió tecleando en el ordenador portátil a la luz del flexo. Escuchaba su voz interior sin dar descanso a los dedos que la transformaban en signos con un entusiasmo que para sí quisiera el logógrafo Tirón. Los renglones se iba sucediendo como si fueran hormigas en perfecta formación. Uno tras iban formando un batallón con sus compañías auxiliares. Batallón tras batallón iban componiendo una brigada y otra y otra más hasta formar una división y otra y otra más para cercar al enemigo y forzar su rendición. Sin embargo sólo era hormigas.

Le pareció que el texto destilaba rigor y sequedad. El uso y abuso del poder para matar y enriquecerse inducía a la furia. El manto del secreto añadía indignación. La crueldad de las armas de destrucción indiscriminada daba frío. Aunque no era fácil acercar el dolor de las muertes y mutilaciones de unos humanes perfectamente desconocidos y prescindibles para el primer mundo, se esforzó en tratarlo como materia sangrante. El uso y abuso de los psiquiatrizados como testaferros mereció un énfasis acerado. La incógnita de la repentina muerte del clérigo Cayo Dueño añadió puntos suspensivos (incluso suspense) al reportaje.

Pasaban de las cinco de la madrugada cuando colocó los títulos, rubricó el texto y lo facturó al director por correo electrónico, seguido de los documentos, fotografías y videos sobre la materia. Había culminado su tarea, si es que en el periodismo se termina alguna vez, y ahora tocaba esperar la decisión de Eloso y el consiguiente estruendo político y social.

Como perro viejo sabía que lloverían piedras en cuanto apareciera la primera información, de modo que había optado por la estructura de “carta en la manga” para rebatir los desmentidos. La administración de los sucesivos y minuciosos capítulos dependía del contenido y orientación de los mentís. Guardó una copia del material en el archivo del ordenador, almacenó otra en el lapicero electrónico y se lo guardó, encendió el penúltimo cigarrillo y se asomo al balcón: el cielo estaba despejado, hacía frío. Cerró el balcón y ya bajo la ducha se embadurnó con ese jabón aromático que te hace sentir nuevo, a estrenar, se comió una naranja mandarina, se cepilló los dientes y, a la espera de que el taxista Delfín pasara a recogerle para ir a esperar a Lola, le disputó una partida de ajedrez on-line al ordenador que siempre le ganaba. Y le volvió a ganar.

23.– Inalámbrico

Acababan de apagar las farolas de la ciudad cuando dejó a Lola relajada y calentita en la cama, se colgó el ordenador portátil al hombro y salió al día. El metro iba lleno de empleados del comercio, estudiantes y oficinistas. Muy pocos llevaban periódicos. O no querían enterarse de lo que pasaba o se enteraban someramente aguzando la vista para leer en pequeñas pantallas de sus teléfonos inalámbricos o en las más aceptables de los ipads y tablets. El vertiginoso ritmo de las tecnologías de transmisión digital, seguidas de otras más abrumadoras, reducía la Galaxia de Gutemberg a un asteroide perdido en el infinito –palabra contradictoria donde las haya, pues si el infinito es tan grande debería llamarse infinote– del que pronto nadie se acordaría. Salió del metro en la plaza de España. Todavía era temprano. Se invitó a un café en el establecimiento de la última planta de la torre que fue en su día el edificio más alto de la villa e hizo tiempo hojeando los periódicos. Sobre las diez de la mañana llamó a Eloso. No había llegado al periódico, le dijo su secretaria. Le envió un wasap indicando que echara una ojeada al material que le había remitido por correo electrónico y le diera su opinión. Eloso tenía siempre varios frentes abiertos; había que estimularlo para atraer su atención. Acto seguido telefoneó a Malalata:

–¿Qué tal la hora punta? –Le preguntó.

–Misión cumplida con peces –contestó.

–Voy para allá.

–Prepara cien eurípides –avisó el maestro carterista.

Allá era la Tabernilla. Mientras esperaba el ascensor llamó a Terri:

–Buenos días coronel. ¿Alguna novedad?

–Estoy en ello.

–Voy para allá –le dijo.

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Torre de Madrid, a la izquierda del monumento a Cervantes.

Cuando se disponía a cruzar la puerta acristalada de salida de la torre y bajar la escalinata vio a dos tipos en actitud vigilante al otro lado de la acera al pie de un automóvil de cristales tintados, mal estacionado. Uno llevaba cazadora de cuero de color teja. Su rostro de morrosco le resultó familiar. En un instante se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos, diblando y pidiendo disculpas al personal que salía. “Estos cabrones no me van a coger”, se dijo como si no tuviera duda de que le esperaban a él. Se reprochó el despiste y desconectó rápidamente el teléfono. Incluso lo desarmó y separó la batería mientras se apresuraba escaleras abajo hacia los pasadizos del aparcamiento subterráneo. ¡Por Júpiter si era despistado! Sabía que la señal del impertinente conectado a la red era suficiente para localizar sobre el mapa el punto exacto donde se hallaba el usuario aunque no hiciera ninguna llamada. Aquella aplicación suministrada hacía muchos años por Uncle Sam a los servicios policíacos y de inteligencia ibéricos había facilitado muchas detenciones de etarras y de delincuentes de toda laya. Ahora la empleaban para espiar a todo quisque con solo averiguar su número de teléfono, lo que en su caso era sencillo, pues figuraba en la guía telefónica.

Una joven a la que asestó la mentira de que su coche se había quedado sin batería, le sacó del parking en su auto y lo depositó en una calle cercana, desde la que cruzó la plaza de España sin el riesgo de ser visto. Observó a los tarugos desde lejos. ¡Que os jodan, capullos! Saludó al Quijote ecuestre y ferruginoso que allí estaba junto al buen Sancho a lomos del rucio. Otra vez le habían quitado la lanza. Le ocurría lo que a Neptuno con el tridente: se lo quitaban siempre. El ayuntamiento les reponía las herramientas y se las volvían a quitar. La diferencia entre el desfacedor de entuertos y el dios del piélago era ideológica, pues el caballero andante sin su herramienta se quedaba con el brazo extendido, como si saludara al estilo nazifascista y falangista a los transeuntes, de lo que se infería que los ladrones de la alabarda eran chorizos de ultraderecha, tal vez los mismos que apeaban del pedestal la cabeza del poeta nicaraguense Rubén Darío y la echaban a rodar calle abajo hasta el carril lateral de la Castellana donde la solía encontrar algún taxista. Cruzó la calzada, subió por Leganitos, atravesó la Gran Vía, callejeó a paso ligero, traspuso la cola de Pez y llegó a la Tabernilla.

Terricabras estaba contento: su amigo y benefactor el armador vasco había recibido el dinero de la transferencia. Era una noticia estupenda. La estratagema del coronel había funcionado y significaba que también el pirata malgache y la gobernanta tenían la pasta en su mano. Mientras Tilo confesaba su despiste y la localización de la que creía haber sido objeto, llegó Malalata con los productos de su pesca: dos teléfonos portátiles en perfecto uso que Tilo le pagó en efectivo. Se pusieron manos a la obra. La portera doña Rosario aceptó el papel de secretaria, marcó el número que Tilo le indicó y al oír la voz mortecina de la telefonista del centro de espionaje le hizo saber que quería hablar con K de parte del señor ministro de Justicia. Unos segundos después repitió la frase a la jefa del gabinete o lo que fuera del general Felonio. Cuando éste se puso al aparato, doña Rosario dijo: “Buenos días señor, le paso con el ministro”, y soltó el teléfono en manos de Terri, quien ralentizó la transmisión de voz para no ser reconocido y abrió el receptor del sonido para que oyesen al interlocutor.

–Buenos días, general; le molesto un minuto para decirle que he recibido determinada documentación sobre unas actividades comprometidas que le atribuyen y que me he visto obligado a enviar a la Fiscalía. He estimado conveniente avisarle de que puede ser llamado a declarar en los próximos días –dijo de un tirón.

–¿Puedes ser más concreto, ministro?

–He hojeado la documentación muy por encima y entiendo que se refiere a un asunto de dinero. Usted sabrá en qué negocios participa.

–¿Y tú quieres empapelarme y joderme, a que sí?

–Perdone, general: he visto cosas que no me han gustado y me he visto obligado a dar traslado a la Fiscalía, no quiero líos con usted ni con nadie –aclaró Terri.

–¿Y tú eres ministro? ¡Válgame Dios! ¿Quién te ha obligado a hacer eso que dices?

–Pues sí, soy ministro y notario mayor del reino, no lo olvide. Habría dado por no recibida esa documentación si el remitente no hubiese incluido una nota informándome que la aportaba al mismo tiempo a la Fiscalía, a la que, sin ninguna duda, habrá dicho que la ha entregado al gobierno.

–¿Quién cojones es ese remitente si se puede saber? –Preguntó, excitado, el general.

–Pues no, general, no se puede saber; se da la circunstancia de que es anónimo.

–Del extranjero, supongo.

–Llegó en un sobre sin franqueo, lo entregó un taxista en mano.

–¡No te jode! Así que llega un taxista, entrega un dossier sobre sobre mí y tú lo mandas a la Fiscalía… ¿Pero qué clase de pardillo eres tú? ¿Imagina lo que ocurriría si todos hiciésemos como tú? ¿Supón que una de esas furcias a las que te follas –¿Porque tú no serás maricón también, verdad?– te quiere sacar los cuartos y hace circular un dossier de papeles falsos contra ti? ¿Crees tú que estaría bien que yo lo remitiese a la Fiscalía esa de los cojones?

–Ese supuesto jamás se daría, general.

–¿Ah, no?

–Ya sé que usted sabe todo de todos. Y si no lo sabe, puede saberlo. Le sobran medios para investigar a quien quiera, aunque en mi caso debe saber que ni ando con furcias, como usted dice, ni hago negocios ilegales ni poseo sociedades encubiertas a nombre de testaferros ni tengo cuentas en Suiza. Cuentas, por cierto, que espero que a esta hora la Fiscalía haya comprobado y bloquedado.

–¡Habráse visto! ¿Pero qué cuentas ni qué ocho cuartos? –Bufó el general.

–Usted sabrá, general.

–Nunca he tenido cuentas en Suiza, ministro; creo que ha habido un error.

–En ese caso no debe preocuparse. Pero si las tuviere o hubiese tenido numeradas a nombre de cualquier sociedad formada por testaferros, no dudo de que sabrá limpiar su mierda.

–Mándame esos papeles inmediatamente –pidió con tono imperativo.

–Me temo que no va a ser posible: los he enviado tal cual a la Fiscalía –dijo Terri.

–¿No te has quedado una copia?

–No general, ya le digo que no quiero saber nada de sus asuntos. Le recuerdo que soy el notario mayor del reino…

–El mayor gilipollas, para ser exactos.

–Le ruego que no me interrumpa.

–¿Qué coño de notario ni leches eres tú? ¿No te han enseñado lo que es la solidaridad de gobierno? Pues te la tendré que enseñar a ver si te enteras de que nosotros trabajamos todos los días y todas las noches del año para preservar la seguridad de esta puñetera patria, incluso para que algún mentecato llegue a ser ministro. Te sorprenderías de las cosas que tenemos que hacer para mantener a raya y anticiparnos a los enemigos. Te acojonarías si supieras quienes y cuantos son, te cagarías la pata abajo si conocieras cómo actúan y los frentes que abarcan. Pero en fin, ya veo que a algunos politicastros tan relamidos y correctos, nada de esto le interesa. No creas tú que eres el único incauto al que engañan impunemente. Hay muchos pazguatos con muy mala leche dispuestos a dejarse engañar si la bolsa es buena. Sé que anda rodando por ahí un dossier sobre mí y que quieren pedir que vaya al Parlamento a explicar no sé qué cosas.

–Tráfico ilegal de armas…

–Lo que sea, ya les he dicho que no tengo inconveniente. Pero te diré una cosa: tu falta de lealtad no me gusta, háztelo mirar porque no es buena para ti y tengo la impresión de que tus días están contados.

–¿Me está amenazando, general?

–En absoluto, pero puedes acercar la nariz a tu cabeza y comprobar si huele a pólvora.

–¿Pólvora de las armas prohibidas y las municiones que usted controla y merca a buen precio, o de algún enemigo de la patria más peligroso?

–Me vas a permitir que no entre en detalles contigo; despacho con el presidente y con el de arriba, ¿verdad? Y controlo y merco lo que tengo obligación de controlar por razones de estado.

–Es usted un cínico, general. El estado no vende armas ligeras ni minas ni bombas de racimo a grupos incontrolados. Usted está poniendo en peligro la decencia y el nombre de este país.

–Y tú eres algo más que un pardillo; si me lo permites, eres un botarate, un gilipuertas más tonto que Picio, que no tendría que estar ahí.

–No se lo permito, general.

–¡Pues lo eres! Despacharé con el presidente y con el de arriba. ¡Anda y que te den!

Felonio canceló la comunicación.

–Se ve que es un hueso duro de roer –dijo Mala.

–Has estado muy bien –dijo Tilo al coronel Terri, quien desconectó el teléfono de la red y pidió a Mala que lo arrojara a alguna alcantarilla al pie del ministerio de Justicia.

El sabio Compendio, que había aparecido en la Tabernilla mientras Terri hablaba con el general, manifestó su temor por la irritación del superespía.

–Uf, hombre estar enojado, querer matarte –dijo mirando fijamente a Terri.

–Hace tiempo que quiere liquidarme, pero se les acumula el trabajo.

–Sobrevivirá, no se preocupe, profesor –le tranquilizó Tilo.

Aunque la proximidad física de la Tabernilla al ministerio de justicia era una cierta garantía frente a los localizadores de la llamada, Malalata mejoró la idea de tirar el teléfono a la alcantarilla.

–Se lo he dado a un guardia civil de la puerta del caserón del misterio (ministerio) como si se le hubiera caído a alguien –dijo.

–Correcto –afirmó Terri.

24.– Lío

Ahora, mientras Tilo aguardaba a que el pistolerín de seguridad del edificio se desperezara y acudiera a abrirle la puerta para subir a la redacción del periódico y ponerse manos a la obra, se deleitaba en el recuerdo de aquella mañana. El ardid había funcionado. Felonio, con la inquietud en el cuerpo, habría montado un pollo catedralicio. Llamaría al presidente y le exigiría la cabeza del ministro. El presidente telefonearía al subordinado y le pediría explicaciones sobre su comportamiento con el superespía. El ministro manifestaría su perplejidad y negaría haber hablado con el general. Lógico. El presidente se interesaría por el contenido de aquel dossier de marras. El ministro se llamaría Andanas, pues no tenía ni idea. El presidente se haría la picha un lío. Lógico también: era simple y colérico.

En la Tabernilla, Tilo supuso y reprodujo las palabras del presidente: “Felonio me dice que tú le dices lo que me dices que no le has dicho. ¡¿Pero qué carallo es esto?!” Terri se rió de buena gana. Mala dijo: “Ya está el lío liao”. El sabio Compendio entendía poco, pero también se reía. Por contagio. El ministro pediría a la secretaria que le pasara con Felonio, pero éste, más cabreado que Napoleón en Santa Elena, rechazaría hablar otra vez con el pelagatos. Para entonces ya la jefa del gabinete del titular de Justicia y notario mayor del reino habría examinado la correspondencia personal del señorito y le entregaría el sobre abierto con los documentos y las fotografías espeluznantes del general y sus escoltas en cueros ejercitando el miembro viril con las negritas menores de edad. Y el ministro, visiblemente horrorizado como buen católico (todos lo eran), insistiría en que le pusieran al habla con el jefe de la inteligencia. Pero el general, ni caso.

Así las cosas, el ministro telefonearía al presidente para informarle de lo que estaban viendo sus ojos y pedir la testa del general. El jefe, de suyo molesto por la interrupción de la lectura de la prensa deportiva, no daba crédito y quería ver para creer. Y el ministro ordenaría a la secretaria que escaneara y remitiera en un minuto aquel material sensible por el correo exclusivo y secreto del señor presidente, quien, no menos horrorizado ante las pruebas irrefutables del asqueroso comportamiento del general guardaría el material en su caja fuerte y maldeciría y empezaría a rumiar el difícil problema del relevo. No era cosa menor.

Después de examinar el asunto, el presidente decidiría dejarlo correr y si se daba el caso pediría a Felonio que fuese más discreto con sus placeres sexuales. Si, eso haría, pues se trataba de un elemento altamente peligroso que podía crear muchos problemas al gobierno y al partido si lo cesaba sin previo aviso. Un tipo que lo sabe todo o casi todo de todos es una bomba de nitroglicerina que no conviene tocar.

mastodonte
Mastodontes propiamente dichos.

Aunque el presidente era un killer político, un terminator con los armarios llenos de cadáveres de correligionarios ambiciosos que alguna vez habían urdido tramas para derribarle de la poltrona, el general Felonio era algo más que un político al uso, era un mastodonte prehistórico, un dinosaurio de mucho peso sobre el que, sospechaba, rebotaría la motosierra aunque estuviera afilada en la edad de piedra. La máquina del despiece servía de poco frente a un bicho tan duro como ese. Mejor sería dejar correr el asunto hasta que se diera, si se daba, la oportunidad de embarcarlo allende el océano hacia algún continente lejano. Si, eso haría: nada.

Tilo Dátil, como periodista obligado a escrutar, analizar e informar sobre las decisiones de los gobernantes, y Terri, como conocedor de la trastienda del poder y buen observador de sus síntomas, sabían que no hacer nada se había convertido, por vagancia y comodidad, en la forma de hacer habitual del presidente que dormía la siesta. Así que, a falta de un Tiber al que arrojar a aquel Tiberio, estuvieron de acuerdo en la conveniencia de mantener algunas piezas a la espera del curso de la partida. Malalata se esforzaba en interpretar los movimientos y opinaba que al enemigo le quedaban dos telediarios. Tilo tuvo que explicarle que en el periodismo no había magia ni tercer brazo, sino causa y efecto. La escolástica le sonó a chino mandarín. Y Tilo tuvo que añadir que los periódicos eran cada vez más débiles, cobardes, domésticos, acomodaticios –solía usar retahílas de calificativos por deferencia didáctica hacia el sabio Compendio–, y, en cambio, los poderes políticos y económicos eran cada día más fuertes, bravucones, inflexibles e irascibles, de modo que convenía protegerse antes de avanzar un solo peón contra ellos, es decir, de señalar sus abusos, injusticias e ignominias, a riesgo de ser eliminado del tablero, borrado del mapa o, como decía el colega Márquez Reiviriego, elidido, evaporado.

A todo esto, la respuesta de Eloso se demoraba. Miró el reloj. Habían pasado tres horas desde la reunión del sanedrín y le parecía que ciento ochenta minutos eran tiempo sobrado para dedicar cinco a echar una hojeada al reportaje y contestar. Aunque Eloso economizaba las palabras, solía responder con presteza. De ahí que su silencio le pareciera sospechoso y tanto más extraño cuanto mayor enjundia atribuía al material enviado. Ni siquiera un “recibido”, nada. Una de tres: o no había visto el material o no le gustaba o se le había atragantado. El que se atraganta enmudece. Lógico. Es la ley de la tráquea. Sospechó lo peor y repollaron sus dudas con el vigor de las rosas de invierno, rosas inodoras.

Con todo, envió a Eloso otro mensaje a modo de golpecito en la espalda, pues si se había atragantado con la temática convenía ayudarle a expectorar y escuchar por lo menos su tos. Con ese fin recababa su opinión y se ofrecía a despejar cualquier duda, punto oscuro, imprecisión. Ante Terri, Mala y el flaco sabio Compendio, que le miraba con sus ojos de búho ucraniano, siempre atento al mínimo movimiento, disculpó la demora del director, pues hasta el más ducho y valiente puede dudar y parar el reloj para sopesar su decisión. La procesión iba por dentro y se manifestó en un fugaz guiño hacia Terri, quien captó el mensaje, es decir, las dudas del reportero sobre si el soporte iba a soportar la difusión de un asunto tan incendiario como una lupa al sol sobre el ombligo del centro de inteligencia del reino y otra de mayor aumento en el culo del presidente y cuatro o cinco elementos de su gobierno. Después de todo habían hecho bien en guardarse una carta en la manga.

Transcurrieron cinco, diez, veinte minutos. El director no contestaba. Por la puerta del patio se colaba un agradable aroma a puchero. Tilo se asomó a ver el guiso de doña Rosario. Plato único: judías blancas con oreja, chorizo, morcilla y tocino para untar en pan. ¿Y de postre? Rodajas de naranja en aceite de oliva. Le preguntó si había suficiente fabada para uno o dos comensales más y ella asintió. Acto seguido telefoneó a Lola. Naturalmente que le apetecía un buen plato caliente en compañía del clan de la Tabernilla. Para animar el almuerzo llevaría una botella de vino argentino, muy bueno. Terri felicitó a Tilo por la idea de invitar a la aeromoza. La había visto y hablado con ella una sola vez, aunque suficiente para congeniar y sentir buenas vibraciones. La consideraba una mujer estupenda, muy inteligente y con estilo. Eso le dijo. Tilo no entendió muy bien lo del estilo y el coronel aclaró que se refería a su elegancia, como si aquellos sombreritos de lona beige o de color mercurio contra el frío y la lluvia o aquellos pantalones vaqueros ajustados a los muslos y el trasero y aquellos zapatos de medio tacón sobre los que alcanzaba poco más del metro sesenta de alta le resultaran de una elegancia superior. La realidad era que Lola gustaba a los hombres. Pero él la había visto antes.

Elegancias a parte, Terri tuvo un detalle inesperado y generoso hacia ella: a los postres le pidió el número de su cuenta corriente para ingresarle el dividendo resultante de sus gestiones en la liberación del atunero vasco. Era un dinero procedente de su bondadoso amigo el armador vasco con el que compensar, dijo, las molestias y los gastos. Lola, que conocía por Tilo el curso de los acontecimientos posteriores, le agradeció el gesto y argumentó que el gasto había sido nulo por su parte y el viaje le había resultado placentero.

–No todos los días, o sea, casi nunca, tiene una la oportunidad de tratar con el pirata más cruel y buscado del mundo –dijo.

–Por eso mismo –insistió Terri.

–Esto sin contar con otros placeres y compensaciones –añadió.

Tilo experimentó una satisfacción íntima por la alusión. Más allá del temor al bucanero y sus secuaces, la verdad era que habían hecho el amor como si fuera la última vez antes de ser secuestrados, torturados y eliminados. Follaron como condenados, como si el mundo se fuera a acabar en pocas horas para ellos. Y los polvos del fin del mundo nunca se olvidan.

La insistencia del coronel empujó a Lola a inclinarse para recoger su bolso. Lo colocó sobre sus rodillas, abrió la cremallera y en vez de sacar la cartera para mirar y anotar los dígitos de la cuenta bancaria extrajo el teléfono móvil, lo activó y se lo pasó a Terri.

–¡Caramba, qué tipo tan generoso! –Exclamó y le devolvió el teléfono sobre los platillos con el aceite de oliva de los que habían desaparecido las rodajas de naranja–. Eso no empece ni es incompatible con…

–¡Claro que empece y embadurna! –Le cortó Lola, que había entregado a Tilo el telefonillo para que viera el mensaje de correo electrónico del pirata malgache–. Empece porque nuestra misión era estrictamente humanitaria y periodística. De otro modo habríamos fijado unos honorarios como intermediarios, ¿cierto? Y embadurna, sobre todo embadurna. Ni de refilón quiero verme envuelta en los líos de esos tipos –añadió mirando a Tilo, quien ratificó las afirmaciones de la aeromoza intercontinental y argumentó que dada la relación entre ambos, cualquier dádiva podría ser interpretada como un beneficio común con el que su ética personal y su deontología profesional le impedía comulgar. Y, desde luego, en estas palabras incluía la respuesta por anticipado al mensaje del bucanero, invitándoles a pasar una temporada de vacaciones en Madagascar, señal de que había recibido su dinero del tesoro de Felonio en Suiza.

–Bueno, ya hablaremos –cedió Terri, sonriendo a Lola a modo de disculpa.

Ya en el taxi de camino a casa, Tilo armó y conectó el teléfono, como solía hacer a intervalos para ver las llamadas y los mensajes. Tenía uno de Eloso: “Impecable, Tilo, pero apuntas muy alto y he consultar”.

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Madagascar

–Estoy pensando que diez días en Madagascar nos vendrían de perlas –le sorprendió Lola.

–No me fastidies.

–Podríamos casarnos y celebrar nuestra luna de miel.

–Estoy casado, tengo dos hijos mayores que exigirían una explicación y una contraria que me abandonó y se fue a envejecer junto al mar, pero no acepta el divorcio, ya lo sabes.

–Nos casaríamos por algún rito tribal de allí no homologado aquí.

–Si de verdad me quieres, ni por diversión te cases conmigo.

 

Las resurrecciones de Diagu Bandiera (y IV)

25.–Miedoso

Eloso solía viajar a la capital del reino una vez por semana en el puente aéreo. Intervenía en un programa de televisión como comentarista o tertuliano, pontificaba o debatía (según los casos) sobre la rabiosa actualidad, cobraba sus emolumentos y regresaba a la ciudad condal sin pasar por la redacción de la delegación capitalina del periódico, donde su representante, el Máster, transmitía las órdenes y consignas a los redactores con la fórmula: “El director dice, el director plantea, el director quiere…”

Pero aquel día hizo una excepción, entró por la puerta más alejada de la sección de política, avanzó sin mirar a la secretaria de redacción ni a los informáticos ni a los reporteros gráficos. Sorteó las columnas con las pantallas de televisión encastradas y se acercó a la mesa donde Tilo calentaba la silla y hablaba por teléfono.

–Ven un momento a mi despacho –le dijo tras colocar su mano sobre el hombro del reportero. Acto seguido se dirigió a la “pecera” y saludó al Máster. Tilo canceló la llamada y le siguió. Téngase en cuenta que el director siempre tenía prisa.

–Déjanos hablar a solas cinco minutos –pidió al Máster, quien abandonó el despacho sin poder activar la micrograbadora con la que registraba todas las conversaciones. Era un tipo astuto y tramposo, el Máster.

Eloso ocupó el sillón del delegado, tras la mesa en forma de ele. Tilo se sentó en frente. Eloso se arrellenó, soltó su cabás de cuero a un lado, estiró las mangas de la chaqueta, empujó el flequillo hacia arriba y disparó:

–Tengo dos noticias para ti, una buena y otra mala.

Tilo acentuó su interés y clavó sus ojos en la cara de hogaza con cabello de ángel a modo de barba del señor director.

–Tú dirás.

–La buena es que la empresa está muy satisfecha con tu trabajo, te aprecia, te considera un buen elemento, un tipo honrado y trabajador, uno de los mejores profesionales de este periódico; yo personalmente les he hecho saber que sin periodistas como tú, profesionales fiables y sólidos que marcan golazos nunca habríamos alcanzado la posición de cabeza que hemos logrado y por eso he propuesto que te aumenten el sueldo. No sé como lo vamos a hacer para que lo acepte el comité de empresa, quizá creando una categoría nueva, la de subjefe de sección. ¿Qué te parece?

–Hombre, que te suban el sueldo en los tiempos que corren es una noticia de primera, casi una exclusiva… Sobre lo de subjefe ya sabes que no quiero ser nada, sino libre.

Eloso elevó la mirada como si tratara de recordar donde leyó la frase que acababa de escuchar y después de un parpadeo extendió su mano derecha sobre la tabla y fue cerrando uno tras otro los dedos al tiempo que preparaba el terreno para la mala noticia.

–La libertad en este periódico –dijo– está garantizada mientras yo sea director. Quiero que lo sepas y que valores este hecho antes de juzgarme mal por lo que te voy a decir: no podemos publicar lo de las armas.

–¡Por Júpiter, no fastidies!

–Te doy permiso para cabrearte, yo también me siento contrariado. No hace falta que te diga que el tema es impecable y la investigación muy rigurosa y con pruebas irrefutables. Y está bien escrito.

–Un trabajo de meses, utilizando mis días libres.

–Soy consciente de ello.

–Y jugándome el tipo.

–Lo sé, Tilo.

–¿Entonces?

–Quiero que sepas que te he defendido a muerte frente al editor, pero tenemos muchas dificultades, la empresa está en una situación delicada, seguimos ganando un poco, muy poco dinero, pero se lo llevan los bancos y tal vez nos obliguen a acometer una reducción de plantilla. De hecho, los técnicos ya están estudiando un ajuste del gasto del personal. Te digo esto en confianza, aunque no debería decírtelo. Espero y confío que seas discreto.

–Lo seré: me has dejado sordomudo.

–Estamos en el primun vívere de in de philosophare de Séneca, querido.

–¿Y tú crees que censurando temas comprometidos, silenciando injusticias y protegiendo a corruptos y asesinos se puede seguir viviendo y metiendo a la buchaca?

–Te pido que no me juzgues mal –musitó el director.

–Me has dado permiso para cabrearme, ¿no? Entonces dime: ¿Cuánto tiempo crees tú que esos mafiosos te van a perdonar la vida? Si no te han cortado la cabeza ya es porque queda feo. Recuerda que te consideran un sociata de mierda.

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Sala de redacción.

El veterano reportero ejerció a pierna suelta su derecho al pataleo. Pero no era un niño ni un político contrariado. Manejó la mayeútica, la pendiente resbaladiza, la deducción lógica en defensa del derecho a la información, sin el cual, la libertad es una sombra y la democracia representativa, un fantasma. Y no ahorró el ataque al hombre.

–¿Qué ganas tú y qué puede ganar un periódico cuando se pliega a las consignas de los poderosos, cuando se coloca de alfombra de esos miserables? Te lo diré: desprecio. Con decisiones como la que acabas de comunicarme terminará dirigiendo un periódico inapreciable, un flautus vocis, un medio irrelevante. ¿Con qué efectos? El primero está claro: lo irrelevante es innecesario y la gente dejará de comprar el diario. Para eso están los gratuitos. Nadie compra mierda envuelta en papel. ¿Qué dirán los anunciantes cuando vean las cifras de venta y difusión?

–Para, para, para. ¡Stop! ¡Ya está bien! He tenido una deferencia contigo, pero no tengo ninguna obligación de escucharte. Estás diciendo tonterías.

–Debe de ser porque nunca te he visto acojonado, no te reconozco.

–Te he pedido comprensión, te he explicado que la empresa pasa por un momento delicado y debes entender que no se dan las circunstancias para crear más enemigos de los que ya tenemos. Por el contrario, es el momento de arrimar el hombro y actuar con mesura y sensatez. La empresa está pillada por un maldito préstamo bancario, multimillonario, con el que hemos podido comprar la nueva planta de impresión que necesitábamos. Y esto nos obliga a realizar un esfuerzo suplementario para hacer frente a los pagos. Si ahora le arreamos al gobierno con un escándalo de esas proporciones nos arriesgamos a unas represalias directas e indirectas que nos joderían más de lo que estamos. No podemos arriesgarnos a que nos reduzcan e incluso anulen la publicidad oficial. Eso sí sería el fin.

–Lo entiendo director. Aquí mandas tú y ojalá puedas seguir mandando por mucho tiempo. Pero me has dado permiso para desahogarme y créeme que no sólo intento defender una forma de hacer periodismo en el noble sentido de la palabra, como control y defensa de la gente frente a los abusos y la corrupción del poder, sino también hacerte ver que sin levadura no crece la masa, no hay pan. Ahora bien, vosotros, que sois muy listos, sabréis si ahorrando levadura, es decir, eliminando los temas comprometidos y echando periodistas a la calle, podéis seguir viviendo, haciendo un pan como unas hostias, alcanzando la irrelevancia.

–Seguiremos barajando y volverá la buena racha, estate seguro. En cuanto a la decisión de no dar el tema, te repito que ha sido del editor. Si el editor dice que no se debe publicar, no se puede publicar y no se publica.

–¿Ni siquiera en estilo indirecto para hacerles saber que todavía este periódico defiende los derechos humanos frente a la voracidad de sus negocios infernales?

–Ni siquiera, Tilo –respondió, incorporándose del sillón y empuñando el asa de su cabás.

–Hay vidas humanas, vidas de gente inocente, demasiada desgracia y mortandad…

Eloso le dedicó una mirada triste y cálida, como de payaso burlado y desconsolado, apretó el puño y le asestó un puñetazo cariñoso en el hombro.

–Pórtate bien y no seas granuja, cuento contigo –le dijo antes de abrir la puerta.

–¡Ah! Ahorra a la empresa esa subida de sueldo; no quiero ser más ni menos que los de mi clase, la clase obrera y laboral.

–Gracias, Tilo.

Eloso abrió y salió zumbando. Dijo adiós con la mano a los redactores que por allí andaban y no se detuvo a contestar (“¿Todo bien, director?”) al joven zorro que tenía de delegado, quien miró a Tilo con desconfianza y se reintegró a su despacho.

Las fauces de la crisis económica capitalista, con el consiguiente aumento del “ejército de reserva”, suscitaban un miedo lógico, un temor fundado a la poda de puestos de trabajo que atrajo a algunos colegas a la mesa de Tilo, comenzando por Ródano, un tipo alto, con la cabeza afeitada y los ojos de miope, al que habían trasladado desde la redacción central, donde ejercía de corresponsal municipal y jefe de la sección de local.

–Tranquilo, Ródano: no es esa la cuestión.

–El periódico va mal, ¿verdad?

–Yo qué sé.

Pintaban bastos y había que tener mucho cuidado con las palabras porque hasta el colega de apariencia más inofensiva andaba presto a aprovechar cualquier descuido para clavar la daga al compañero de al lado. Aquel Ródano no se llamaba así, pero le habían puesto el nombre del río francés porque publicó que lo iban a alargar hasta Barcelona y que proporcionaría agua al sediento vecindario. Aquella “exclusiva mundial” (y alguna más) le valió el traslado a la delegación de Madrid, donde se sintió llamado a dar la campanada. Le ubicaron en la sección de sociedad («cosas de la vida») y comoquiera que el hundimiento de un petrolero ennegreció las costas del mar Cantábrico con setenta mil toneladas de aquella masa viscosa, maloliente y tóxica, el «chapapote», fue a allá en compañía del fotógrafo Burrochón a informar del desastre; alquilaron una lancha motora y unos equipos de buceo y practicaron reporterismo subacuático para mostrar la contaminación al mundo entero: unas bolitas aisladas de mierda, como oscuros erizos perdidos en las profundidades de dios sabe qué ría gallega. El reportaje era ciertamente extraordinario, pues, por si alguien no lo sabía, demostraba que el petróleo flota. Otra buena campanada de Ródano (más ridícula si cabe) consistió en colocar su firma, su nombre y apellido, sobre el texto del comunicado de Al Qaeda atribuyéndose la masacre (ciento noventa y dos personas muertas) en los trenes de cercanías de Madrid.

Detrás de aquel archipenco con la cabeza rapada por fuera acudieron otros colegas a preguntarle pasando, si le iban a echar porque empezaban a prescindir de los más veteranos, si le iban a trasladar de la sección de política, si le iban a nombrar para algún cargo. ¿Cómo explicar que no se trataba de eso? ¿Quién podía creer que Eloso se personara en la redacción exclusivamente para hablar con él de un reportaje, es decir, de la censura de una temática por razones empresariales?

Puesto que no soltó prenda, la colega Salita se inventó el chisme de que Tilo padecía una una enfermedad incurable. Por eso el director había ido a verlo. El bulo alcanzó una dimensión creciente en aquel mundo de cotillas. Durante un tiempo tuvo que soportar miradas extrañas, entre el morbo y la curiosidad, y preguntas de colegas con los que nunca había cruzado más de un hola o un adiós, interesándose por su humilde persona: “¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? ¿Qué tal vas?” A todos contestaba con una palabra: “Divinamente”, y correspondía con un “¿Y tú?”

Se resistió a creer a Trijueque, un vidaperdurable que cocinaba refritos de revistas técnicas sobre sanidad y educación, cuando le advirtió en el mingitorio: “Ten cuidado porque algunas veces suena el teléfono de tu mesa y la compañera Salita contesta que estás en el bar”.

–¡Por Júpiter, no fastidies!

–Como lo oyes.

–¿Por qué dirá eso?

–Yo creo que quiere deteriorar tu imagen ante los jefes de Barcelona.

–No se me alcanza el motivo, no creo haberle hecho ningún daño.

–A mí tampoco, pero esa tía es mala persona, una arpía de cuidado –afirmó Trijueque.

Tilo le agradeció el aviso y se quedó perplejo, preocupado y dubitativo. Salió de dudas unos días después cuando, a las cinco de la tarde, se acordó del asunto y llamó a su teléfono desde la sala de prensa del Parlamento. Al tercer timbrazo contestó la colega:

–Diga…?

–Hola, si preguntan por mí diles que estoy en el bar…, el bar celona o el bar sovia, como prefieras.

La colega soltó el auricular como si la hubieran electrocutado.

calle del doctor castelo
Calle del doctor Castelo, en una de cuyas tabernas libaban los del Club del Orujo.

También los del Club del Orujo le acribillaron a preguntas.

–Jodas, tío…Te ha abrazado el director… –Prorrumpió Jodas.

–En Madrid no se habla de otra cosa –añadió el Cazador de Leones.

–Algo malo habrás hecho para que te abrace Eloso –terció Beluguero, acodado en la barra de madera de la taberna.

–Aunque no lo creas, yo siempre digo que eres uno de los mejores periodistas que conozco –insistió Jodas con su habitual técnica de judío adulador.

–Será porque conoces pocos, incluido a ti mismo –le cerró Tilo el camino.

–Venga, tronco, ¿qué exclusiva vamos a leer mañana? –Disparó el Cazador.

–Ninguna que pueda superar a la tuya sobre las negociaciones del vicepresidente económico (un patriota que evadía impuestos) con Sadam Husein para explotar los pozos petrolíferos del sur de Iraq. Y al decir ninguna, digo ninguna, cero.

–O sea que viene el director, te lleva al despacho, ordena salir al Máster ¿y no es por una exclusiva? –Insistió Beluguero.

–No he dicho tal.

–Joder, tronco, lo acabas de decir –reaccionó el Cazador.

–He dicho que no es una exclusiva como la tuya.

–Jodas, tío…, entonces es una exclusiva.

–Lo único cierto es que no lo vamos a leer mañana en este periódico, así que tranquilos y a soltar la mosca, que hoy no me toca invitar –repuso con aplomo.

La norma no escrita del Club del Orujo obligaba a pagar la ronda a quien publicara la información más destacada del día. Con todo, Jodas siguió escarbando y obligó a Tilo a asegurarle que tampoco se trataba de una primicia informativa tan deliciosa como aquella suya sobre la medalla del Halconcete de las Azores.

–Aquello si que fue un golpe, un scup informativo de primer nivel –añadió en tono adulador sobre la noticia de que el jefe del gobierno, el belicoso patas cortas que se las daba de amigo de Etílicus de Texas, había solicitado la medalla del Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica y contratado un gabinete jurídico para convencer con dinero del erario público español a los congresistas de que le dieran su voto. Gastó más de dos millones de euros y no reunió los votos necesarios para obtenerla.

Beluguero insistió:

–¿Puedes decirnos de qué va?

Negó moviendo la testa e intentó recordar alguna primicia suya para no hacerle de menos, pero no halló ninguna, de modo que invocó “los invisibles”, aquellos guerrilleros republicanos que siguieron combatiendo contra la dictadura franquista durante más de dos décadas después de terminar la guerra civil de 1936-1939 y sobre los que el colega acumulaba años de investigación para componer un relato superior a cuantos se habían publicado hasta entonces, una novela de la que hablaba demasiado desde hacía muchos años. Puesto que su novela era su tema favorito, enseguida comenzó a contar sus últimos hallazgos en aquellos pueblos de Extremadura y de La Cabrera leonesa a los que viajaba movido por la precisión descriptiva. Documentaba visualmente los paisajes, montes y parajes desde los que los guerrilleros hostilizaban a los militares facciosos, los falangistas y los guardias civiles. Y, sobre todo, relataba con entusiasta precisión las cuchipandas a base de cabrito, tostones, caldereta, cordero lechal… que se daba. La novela era un argumento para ponerse las botas comiendo y bebiendo. Le gustaba comer. Sus descripciones gastronómicas eran prolijas y detalladas. Con frecuencia los del club se preguntaban qué ocurriría el día que terminara su novela. No hacía falta mucha sagacidad para saber que mientras le quedaran fuerzas para comer escribiría otra y otra más.

Había, no obstante, un juego de celos y estímulos literarios entre Beluguero y Jodas. Éste se consideraba un novelista de primera. Ya llevaba dos novelas publicadas por editoriales colombianas, de donde era oriundo. Como judío lector de la Bíblica, su primera novela era una versión caribeña de la Vulgata, con todas las magias, exageraciones y supercherías propias de aquella zona exuberante y fantástica del planeta. En la segunda novela relataba la tenaz misión de un judío superviviente del Holocausto de desenmascarar a un supuesto nazi escondido en un pueblo del Caribe. El judío justiciero contaba para descubrir la identidad del nazi con la ayuda de un policía local grueso, vago que, cual Sancho Panza, se movía por elementales intereses materiales.

Aunque las dos novelas de Jodas, una gruesa y otra flaca, poseían unos méritos y hallazgos literarios que de ninguna manera Beluguero, un dechado de egolatría, podía reconocer, fue el Cazador de Leones quien disparó contra Jodas el peor tiro que un literato puede recibir: “Has escrito y publicado dos novelas: en la primera plagias descaradamente el estilo de Gabriel García Márquez y en la segunda el de Miguel de Cervantes”. El tiro fue tan preciso que Jodas se tambaleó como si le hubiese disparado de verdad. Cuando recuperó el aliento le retiró la palabra y abandonó el Club del Orujo. La verdad era aquello con lo que no contaba.

26.– Estropicio

Fuera porque el coronel Terri se hallaba sobre aviso de las dificultades de Tilo o porque se sentía satisfecho de haber golpeado al enemigo donde más le duele (la cartera) o porque a estas alturas había invertido la situación y ya se consideraba más cazador que presa, restó importancia a la noticia del reportero sobre la cobardía del director y del editor para enfrentarse al general Felonio y, en consecuencia, a los mendas del gobierno. Tal como habían previsto, activarían el plan B. Desde luego, el general y sus esbirros no se iban a ir de rositas ante la Justicia y la opinión pública.

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Entrada y registro sin permiso.

Pero el superespía era un elemento peligroso del que cabía esperar cualquier cosa, ninguna buena. La primera señal de sus procedimientos la experimentó Tilo a domicilio. Aquella noche, aun a sabiendas de que algún esbirro del general estaría ojo avizor para echarle el guante, se arriesgó a acercarse a casa. Necesitaba el material que había guardado en una botella de plástico en la cisterna del retrete. Al llegar a la esquina de su calle asomó el morro, vio a un hombre con una bolsa de basura, a una mujer con perrito, a una pareja haciendo arrumacos dentro de un coche aparcado. Nada sospechoso. El bar de enfrente se hallaba iluminado. Recorrió el tramo, eludiendo los círculos de luz de las farolas. En un instante escuchó el clamor de un gol, señal de que el Atlético acababa de marcar. Había liga de campeones y, en consecuencia, el vigilante, si lo hubiera, estaría viendo el fútbol en el bar. Con la llave dispuesta en la mano se separó del coche junto al que se había agachado, abrió el portal y se coló rápidamente en la casa.

Lo que encontró al entrar no le gustó: un cuadro caído en el pasillo y dos inclinados hacia los lados. Los efectos del terremoto afectaban a la librería del salón: los libros habían saltado de los anaqueles. Otros dos cuadros de Alejandro y las cajoneras de la mesa esquinada de su escritorio estaban en el suelo. Atribuyó el resultado del temblor al nerviosismo del general Felonio. ¿A quién si no? Supuso que cuando los matones le perdieran la pista recibieron la orden de entrada y registro a su humilde morada. Temió lo peor. Fue al lavabo y desenroscó el botón de la tapa de cerámica blanca de la cisterna del retrete. Respiró aliviado: los registradores no habían encontrado la botella con los documentos y las fotografías enrollados. Se dirigió a la cocina. Los asaltantes dejaron signos del registro en los cajones de la mesa donde guardaba la cubertería, así como en los armarios de la vajilla, los manteles y las servilletas. Las cajas de galletas y otros víveres de la alacena aparecían desordenados. En cambio no habían tocado el dinero de la paga de Lionela, depositado bajo un bote de sal. Los intrusos se esmeraron en registrar a fondo su habitación y la del hijo Alejandro. Deshicieron las camas, removieron los colchones, voltearon las mesitas, revolvieron los roperos y lo dejaron todo manga por hombro.

Sin saber por donde empezar a restablecer el orden (el mejor amigo del hombre después del perro) regresó al salón y se cercioró de que las persianas de la terraza se hallaban correctamente cerradas y las contraventanas metálicas seguían trancadas con llave. Vivía en el tercer piso y había instalado hacía años aquellas medidas básicas de seguridad contra los cacos con escalo. La vecina de al lado usaba un loro mal hablado para intimidarlos, a los cacos. Y cuando el pájaro Pepe las diñó, pegó en la pared una carcasa con una bola de cristal que parecía el ojo de Polifemo.

Miró el reloj. Todavía era temprano en China. Extrajo de la botella los documentos y las fotos enrolladas como un canuto, las alisó un poco y las guardó en la mochila con su ordenador portátil. Se dedicó a continuación a recoger los papeles, bolígrafos y otros enseres de los cajones volcados. Sobre la cajonera parpadeaba el ordenador como si lo hubiera dejado encendido. Señal de que los asaltantes habían hurgado en busca de datos y documentos. En una una bolsita de plástico de las que utilizaba para congelar la carne y el pescado guardó el ratón de la computadora por si el fisgón había dejado sus huellas. Quizá el comisario Sánchez, con el que tenía confianza, podía hacer algo por él. Después de todo le debía varios favores. Iluminó la pantalla, marcó su clave, accedió al escritorio. El aparato funcionaba. Abrió varios documentos sin apreciar signos de modificación alguna. Eran textos de artículos y reportajes ya publicados, archivos de su columna “el runrún”, ese sonido más diverso, amable y divertido que el malhadado rumor: borradores de textos literarios, de aquella novela que escribió diez veces antes de entregarla a una editora que respetó el título (El cazador de rayos) y obtuvo algún rendimiento económico; el original de su añosa tesis doctoral sobre el exilio de los periodistas demócratas tras el triunfo a sangre y fuego del nazifascismo militar y civil en España. En fin, nada de cuanto pudiera interesar a Felonio almacenaba aquel mueble informático, pues desde que le birlaron unos textos del ordenador del periódico siempre guardaba las temáticas comprometidas en un lapicero electrónico y borraba los textos.

Volvió a mirar el reloj: las siete de la mañana en China. Aunque se sentía cansado y desolado ante el estropicio, se entregó a reponer en su sitio algunos volúmenes, comenzando por los más gruesos. Pero enseguida se dejó atrapar por los contenidos y se entretuvo en hojear el monumental facsímil de la Revista de la Residencia de Estudiantes, aquel foco de intelectualidad y modernidad de las primeras décadas del siglo XX, alimentado por personalidades como Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel o el científico Severo Ochoa, y al que acudían como visitantes y residentes durante sus estancias en la capital del reino y de la fugaz y añorada Segunda República, Unamuno, Alfonso Reyes, Manuel de Falla, Blas Cabrera, Pedro Salinas, Rafael Alberti, José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez… Le habría soliviantado la pérdida aquel mamotreto con las reseñas de las actividades y conferencias de Albert Einstein, Marie Curie, John M. Keynes, Igor Stravinsky, Henri Bergson… En un volumen de crónicas de Mesonero Romanos, con las tapas de piel de vaca, encontró una colección de billetes de la República; se los había regalado en 1976 el guerrillero asturiano José Mata, un hombre honrado, un luchador de leyenda al que entrevistó en Francia. Finalmente decidió que Lionela se ocupara de restablecer el orden y, de paso, limpiara aquel polvo de las estanterías que le provoca estornudos. Volvió a mirar el reloj: la hora de llamar al hijo Alejandro, que se hallaba en Hangzou.

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Vista de Hangzou, en China.

La comunicación con aquella zona del planeta funcionaba todo lo mal que los jerarcas chinos consideraban conveniente para impedir el contagio de la libertad, aunque por la rendija de los hoteles internacionales permitían las conexiones de Internet con el resto del mundo, de modo que al tercer intento consiguió conectar por Skype con el hijo, con el que hablaba cada jueves a la hora acordada. Llevaba tres meses, el hijo, en aquella megalópolis del lejano oriente, retratando a las esposas y a la extensa prole de un noble mongol descendiente del Kublai Khan, un promiscuo de cojones al que su religión permitía llevarse consigo a la otra vida a sus concubinas y descendientes más queridos. No se los llevaba vivos y enteros a la tumba como hacían los faraones, sino en forma de humo, quemando sus retratos en la pira funeraria. Le preguntó, al hijo, si las fotografías de familia se habían vuelto incombustibles allí en China, y él le aclaró que no valían, que la religión del mecenas era muy anterior a la invención de la caja oscura de Leonardo da Vinci. Esa religión prescribe que los retratos de los elegidos para acompañar al muerto han de ser pintados a mano con tintas chinas sobre lienzos de seda. Al parecer, los cánones y ordenanzas (o como se llamen) son muy estrictos y si no se cumplen con precisión, le dijo, elevan una barrera que impide a los espíritus de los vivos hacer el camino con el muerto hasta la otra vida. Aunque no hay nada más inútil que pintar un retrato para ser quemado, la creencia es la creencia.

–¿Cómo estás, hijo?

–Estoy bien, padre, y estaría un poco mejor si no hiciera tanto frío y pudiera salir a dar un paseo y tomar una cerveza en las galerías de la amistad chino-francesa.

–Aquí tenemos un tiempo estupendo, un cielo limpio y azul y un calorcito que da gusto andar por la calle –mintió–. ¿Cuándo piensas volver, hijo?

–Cuando termine, padre.

–¿Y cuándo terminas?

–Espero acabar este mes, aunque no te lo puedo asegurar.

–¿Por qué?

–En principio iban a ser veinte retratos, pero cuando estaba con el último, el patrón me ha encargado diez más y no me he podido negar; ese viejo Khan me paga una pasta gansa.

–Sospecho que te va a entretener hasta que se vaya al otro barrio.

–Y yo también; parece que al muy granuja se le han pasado las ganas de morirse. ¿Y tú, cómo vas?

–Con unas ganas locas de jubilarme y salir huyendo.

–Te conozco padre, no mientas.

–La verdad es que me voy a quedar con las ganas de hacer algo que debimos hacer en la última huelga de la negociación del convenio laboral.

–¿Qué?

–Quemar la rotativa.

Hablaron de la madre, que desvivía deportivamente a la orilla del Mediterráneo, y del hermano e hijo mayor, Daniel, que había fijado su residencia en ciudad de México y sobrevivía del pequeño comercio y la docencia literaria. Había contraído la enfermedad del amor y adquirido cierto renombre como cuentista, es decir, narrador de cuentos, y eso le retenía en el país hermano al que fueron a parar miles de españoles, los más cualificados, cuando el alzamiento en armas de los militares, instigados por la jerarquía católica, los terratenientes y los adinerados, asoló la Península Ibérica. Antes de despedirse le contó que alguien había entrado en casa sin permiso, pero no se había llevado ningún cuadro suyo, lo único valioso que allí había. En realidad solo echó en falta un reloj que su madre le había regalado y una agenda o dietario que tenía sobre la mesa. No se extendió sobre el asunto porque, sin duda, habrían anotado el número y la contraseña del wi-fi y tendrían intervenidas las conexiones.

–A ver si es verdad que te jubilas de una vez y no te metes en más líos.

–Tienes razón, hijo, ya está próximo el día; mientras tanto resistiré.

–Bueno, pero ten cuidado, viejo.

–Lo tendré, no te preocupes. Y tú también.

–Hasta el jueves. ¡Muak!

–Cuidate mucho, hijo.

27.– Fabiola

Tilo sintió el impulso de referir a Terri el estropicio. De hecho, armó y conectó un instante el teléfono. Tenía una llamada del coronel y un “principio” de la funcionaria de sonrisa irresistible. Lo leyó: “Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos, que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar; vio muchas ciudades de hombres y conoció su talante, y dolores sufrió sin cuento en el mar tratando de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros”. Le respondió: “La Odisea, señorita Lafun” y desarmó el teléfono. Lo había pensado mejor y decidió dejar en paz al amigo Terri por más que durmiera con la radio puesta. El derecho al descanso es sagrado. Y a la pereza también, como teorizó con acierto el sabio Lafargue, a quien nadie hizo caso y por eso el mundo está como está, es decir, muy mal. Recompuso los sillones del sofá, encendió la lamparita de situación sobre el escritorio, apagó las demás y se tendió a dormir con una manta parda encima.

Le despertó el ruido de la puerta. Era Lionela, que acudía a su labor tan puntual como solía (las nueve de la mañana). Ella se alarmó al ver el desorden.

–¿Con quién ha reñido, señor Dátil?

–Con nadie.

–Pues nadie se puso bastante furioso –adujo la sirvienta.

–Eso parece. Tiene usted trabajo extra.

–En dos horas haré lo que pueda.

–Tómese el tiempo que necesite y agregue el importe. ¿Le preparo un café?

–Gracias, ya he desayunado.

–Debería alimentarse mejor Lionela, está perdiendo culo.

La joven sirvienta pasó la palma de su mano sobre la ajustada malla negra que cubría sus glúteos e iluminó el semblante al tiempo que refutaba con energía la afirmación del señorito.

–Es broma, Lio, está usted preciosa, pero coma, que la veo muy delgada.

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Jabalí propiamente dicho.

Ya en la calle armó, activó el impertinente y correspondió a una llamada del Máster (le encargó una información de la agenda política del día) y a otra de Terri, quien le puso al corriente de los síntomas preocupantes del enemigo. Según lo previsto, el general reaccionó como un jabalí malherido. Al percatarse del vaciado de la bolsa en Suiza montó en su Harley y se dirigió a Ciempozuelos a visitar a “los niños” y recabar de la gobernanta una explicación de lo ocurrido. La mujer se apresuró a dar la señal convenida con Terri. La celadora cumplió su deber y le paró en barra. El general arremetió contra ella. Pero la larga Fabiola, ducha en técnicas de defensa personal, esquivó el empujón y aceleró la fuerza del cúbico Felonio que, con la ayuda de un toque en el tobillo, se estrelló de bruces contra el suelo. La gobernanta, que fungía con la puerta abierta, salió del despacho y se apresuró a socorrer al intruso.

–Quería entrar a toda costa –se disculpo la celadora ante la gobernanta mientras la ayudaba a incorporar al general.

–¿Se ha hecho daño? –Se interesó la gobernanta.

–Le he dicho que no podía pasar, que no es día de visita y los niños están durmiendo la siesta, pero no me hizo caso y me empujo –insistió la celadora.

–Has hecho lo correcto –la tranquilizó la gobernanta, quien repitió la pregunta al general, ya en posición vertical–. Déjeme que le vea. Le sangra la nariz. Ande, vaya al lavabo.

–¡Recogilondrios la moza, por poco me mata! –Protestó el general–. Estos no son modos de tratar a un amigo y benefactor.

–Ande, vamos al lavabo, que se va a poner hecho un Cristo –dijo la gobernanta tomándole del brazo y haciéndole ingresar en el cuartucho–. Ahora le traigo algodón para contener esa hemorragia.

–Y avise a Pérez y a Liborio, quiero verlos –le ordenó el general con voz nasal.

La gobernanta frunció el ceño, cerró la puerta, acudió al botiquín y se apresuró a entregarle el paquetito de algodón doblado en forma de serpiente. Acto seguido recogió en su despacho los certificados de defunción (falsos) de los dos lunáticos.

–Esto es lo que queda de los niños –dijo entregándole los documentos cuando el general salió del lavabo con el rostro todavía congestionado.

–¡Recojilóndrios! ¿Cómo es posible?

–Ha sido un accidente terrible. No ganamos para disgustos. Ayer les dimos el último adiós.

El jefe de los espías miró atentamente por segunda vez los documentos de defunción como si quisiera cerciorarse de la fecha del suceso mortal. Preguntó a la gobernanta los detalles del accidente y ésta le explicó que pudo deberse a algún despiste del conductor o quizá a la falta de luz.

–Era ya de anochecida cuando se despeñaron; a saber si algún coche los deslumbró o si les fallaron los frenos. El caso es que no lo sabemos. En fin, estaba de Dios.

–¿Y dice usted que el joven que los llevaba de excursión falleció también?

–Si, general. Los encontraron de madrugada dentro del coche. Se ve que dieron varias vueltas de campana antes de ir a parar contra los arbustos del fondo de aquel barranco. Se ve que se desnucaron, murieron del impacto las pobres criaturas.

El general pasó su dedo índice sobre el bigote y miró la yema como si quisiera cerciorarse de que la sangre no insistía en colorearlo. Preguntó la identidad del joven fallecido, pero la gobernanta le dijo que no fichaban a los voluntarios de la federación de amigos de los locos. Ellos venían, recogían a los internos e internas abandonados por sus familiares, y se los llevaban de paseo. Tenían su dinámica, sus visitas a museos y monumentos, sus excursiones y actividades bien programadas de antemano. Los voluntarios eran gente de bien, personas buenas, mujeres y hombres de las más variadas edades y procedencias hacia las que solo tenían palabras de agradecimiento por ocuparse unas horas o un día entero de «los niños».

Terri completó las novedades preguntándose en voz alta cuánto tiempo tardaría el enemigo en descubrir el falso accidente.

–Esperemos que el trompazo lo haya tranquilizado –dijo Tilo.

–Eso es mucho esperar –dijo Terri.

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Calle Minas, donde se hallaba la Tabernilla.

Habían quedado citados con el armador vasco en la Tabernilla. Su avión llegaba a las once de la mañana al aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid-Barajas. El periodista le entregaría a través del coronel Terricabras y antiguo espía Diagu Bandiera la documentación de los negocios de Felonio con el pirata malgache y luego aquel hombre con aire de violinista decidiría si había base para emprender la vía judicial contra el preboste.

–Ahí nos vemos –se despidió Tilo y desarmó el inoportuno.

El autobús no acababa de llegar. Las arterias de la capital permanecían atascadas hasta bien entrada la mañana. De seguir así, pronto alcanzarían la velocidad absurda. Los automóviles, vacas sagradas de cientos de miles de urbanitas, aportaban además un valor añadido a la atmósfera en forma de pota o masa gaseosa, oscura e insufrible en las largas temporadas anticiclónicas, a la que ya nadie llamaba aire, sino “la mierda que respiramos”. Di tu que ahora, después de acribillar a pinchazos durante un siglo la piel de la Tierra y de colocar encima lo que debía mantenerse debajo (la grasa petrolera), algunos cráneos privilegiados andaban en busca de Edison, Tesla y otros electricistas capaces de subsanar el fallo de la quema de fósiles para producir energía. Entendían que el siglo XX, el del átomo, había sido incapaz de resolver las necesidades energéticas de la llamada tercera industrialización sin destruir la vida del planeta, pero chocaban contra una montaña de intereses alentados por directivos y dirigentes majaderos de la peor ralea.

En momentos como aquel le habría gustado disponer de una bicicleta, a poder ser eléctrica para las cuestas arriba, con el casco y la mascarilla consiguientes, pero a falta de esas herramientas tan necesarias para la vida moderna, tardó una hora en llegar a la Tabernilla, donde Terri y el armador vasco, que había tenido el acierto de trasladarse en el ferrocarril subterráneo hasta el kilómetro cero y completar el trayecto en el metro, le esperaban en animada plática. El vasco de pelo ensortijado y rostro curtido por los vientos traía preparado el escrito de la querella contra el general Felonio, cuyos negocios tanto perjuicio habían provocado a su humilde empresa y a otros armadores que, sin duda, dijo, se sumarían a la demanda penal en cuanto se enteraran de la iniciativa.

Tilo le entregó los documentos y las fotografías. En una copistería cercana Malalata hizo varias copias del material. Y sin más dilación salió el armador hacia la Audiencia Nacional, aquellos juzgados centrales de grandes delitos donde le esperaba un letrado amigo y buen conocedor de la casa, pues había defendido durante muchos años a decenas de compatriotas y correligionarios encausados por terrorismo.

En el ínterin, Tilo Dátil, telefoneó con el inalámbrico de Terri al Gran Simpático, diputado de la minoría vasca, y al socialista Limones, buena gente y portavoz de la Comisión de Defensa. Enseguida captó el interés de los dos sobre la temática concerniente a los secuestros de los atuneros y la extraña intervención, les dijo, del jefe operativo de los servicios de inteligencia del reino. Puesto que el armador se había comprometido con Terri a llegar hasta donde fuera necesario para desenmascarar a aquel preboste y librarle de su amenaza, actuaron según el acuerdo de llevar la denuncia al Parlamento y armar un buen escándalo. Tilo llamó al armador y quedaron en verse con sus señorías parlamentarias sobre las dos de la tarde en Casa Manolo.

Convenía actuar deprisa, pues a estas horas el general Felonio habría descubierto la invención del accidente y las falsas defunciones, perfectamente documentadas, de los locos Pérez y Liborio. Terri confiaba en el cerco para darle jaque mate, pero el reloj corría a favor del adversario, un enemigo más peligroso que nunca al quedar sometido al principio de Arquímedes. Eso le dijo. Tilo no lo entendió muy bien. Era como si el sabio Compendio ejerciera su influjo sobre el coronel.

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Arquímedes.

–¿Qué pinta el griego de Siracusa en esto?

–Todo canalla sumergido en su propio jugo experimenta un impulso hacia arriba igual al peso de la ira que desaloja –enunció Terri.

–Correcto, salvo que el jugo sea agua regia, en cuyo caso quedaría disuelto –replicó Tilo.

–Incorrecto, el coronado se abstiene de mear en la charca del sapo amigo –dijo Terri como si el agua regia fuera orín de rey.

–Si le hubierais limpiado y cancelado la cuenta suiza quizá habría atribuido el hecho a un bloqueo preventivo por orden judicial –adujo el reportero.

–Erróneo, movería Roma con Santiago para desbloquear los fondos. El poder es él.

–Pero su ira rebotaría en otro frontón, coronel.

–Puede ser.

–Y haría el ridículo ante los cuervos del poder judicial, que eso también desanima un huevo –remachó Tilo.

El coronel frunció el ceño y se pellizcó la oreja izquierda como si le picaran las palabras del reportero sobre la endeblez de la coartada del vaciado de la bolsa de Felonio, una acción de justicia. –¿Crees que arremeterá contra la gobernanta? –Le preguntó Tilo.

–Correcto. Irá al manicomio con sus gorilas a pedirle cuentas, de eso no hay duda.

–¿Será capaz de secuestrarla? Supongo que le habrás dicho que desaparezca o, al menos, que pida protección a la Guardia Civil.

–Espero que no sea necesario, ¿verdad Mala?

–Mis chicos se bastan y sobran para apacentar a la bestia –contestó el maestro carterista.

–No creo que con trucos de magia y malabarismos puedan apaciguar a la fiera; son gente gente armada, Mala, tipos fuertes y musculosos…, bueno, ya has visto las fotos. Dudo que el panoli de Santi Muelles y el pequeño Lagar puedan hacer nada para evitar que se lleven a la mujer y a los niños si Felonio se lo propone.

–Pues no lo dudes, para ellos no hay amenaza que valga. Y para Alibombos, tampoco.

–Vale, Mala, seguro que con el mayordomo en el ajo, la amenaza se queda en amena. ¡No te fastidia!

–Tú sabrás mucho de lo tuyo, pero el que no conoce a dios a cualquier santo le reza.

–¡Por Júpiter, Mala, si no tienen media hostia!

–Eso lo dices tú.

–Vale, puede que la tengan o que no la tengan porque no la necesitan. Espero que no les hagan daño y confío en que la gobernanta o las celadoras tengan el acierto de avisar a la Guardia Civil y no les pase nada malo antes de que el juez ordene el arresto de la fiera.

Terri se mantuvo al margen, sin tratar de convencer a Tilo de la eficacia protectora de los pupilos de Malalata ni de respaldar sus dudas. Cuando el periodista le preguntó abiertamente si dos magos y un mayordomo podían dar la seguridad suficiente a la gobernanta y los locos frente a una bestia parda y sus sicarios armados y grandes como armarios empotrados, el coronel en la reserva apretó los labios con un gesto que cada cual podía interpretar como quisiera.

28.– Parlamentarios

El armador llegó puntual a la cita con el periodista y los diputados. El encuentro fue rápido. Vermú, vino, dos cervezas y directamente al grano. Los parlamentarios quedaron vivamente impresionados por la escueta exposición del navegante sobre las causas y los efectos de los secuestros de los atuneros en el Índico. Del efecto se derivaba otra causa (judicial), les dijo antes de entregar una carpeta a cada cual con las copias calentitas de la demanda y las pruebas documentales. De la acción política solo esperaba las medidas oportunas para evitar nuevos secuestros. Y si las medidas incluían debate público, agitación y dimisiones, tanto mejor. Eso les dijo.

El Gran Simpático se aprestó a invitarle a almorzar en el txoco de la Casa Vasca, a dos pasos, en la misma acera de la corta calle del ilustre jurista Jovellanos, pero el armador adujo que tenía un taxi esperando, pues su avión de vuelta a casa salía dentro de una hora. Intercambiaron los dígitos telefónicos con la promesa de mantenerse en contacto, se estrecharon las mano y el pescador con aire de nervioso director de orquesta dejó la cerveza a medias y se largó a toda prisa.

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Casa Vasca en Madrid, en cuyo txoco almorzó Tilo con el Gran Simpático y el diputado Limones.

La impresión de los diputados se convirtió en sorpresa cuando, ya en la taberna de la Euskal Etxea, hojearon el contenido de las carpetas. Tilo, que se sabía de memoria el contenido de las pruebas, les ahorró el esfuerzo de leerlas minuciosamente y sus señorías economizaron el escaso espacio de la mesa para el vino y la bandeja de verduras a la plancha, menos divertidas que las fotos del general en pelota picada, pero más apetecibles y sabrosas por llegar acompañadas de tres buenos filetes de choto. Se comía bien en el txoco. Y tenía varias ventajas de seguridad: era una taberna poco conocida, con la entrada camuflada en un recodo del semisótano, bajo el armazón del ascensor; contaba con una clientela habitual y no servía a desconocidos. Puesto que se hallaba a cierta profundidad del nivel del suelo, carecía de cobertura telefónica para los inoportunos, lo que permitía conversar sin interrupciones.

En contraste con el resumen telegráfico del armador, Tilo abundó en detalles y respondió al por menor a las dudas de los dos parlamentarios. Limones se interesó especialmente por los métodos de producción y exportación de las armas de destrucción indiscriminada. Le parecía una barbaridad (de bárbaros) el suministro de material bélico a los grupos irregulares de las zonas en conflicto. Como portavoz del principal grupo parlamentario de la oposición en la comisión de defensa se sentía burlado por la información parcial y sesgada que cada seis meses les remitía el gobierno con las licencias de exportación autorizadas (casi todas) y rechazadas (muy pocas) de material de defensa y doble uso. Era como si desconociera que los gobiernos siempre mienten. Con todo, debía consultar a sus superiores políticos (los dirigentes) antes de plantear la comparecencia de los ministros concernidos para pedirles explicaciones en la comisión.

En cambio, el Gran Simpático disponía de más libertad de movimientos. Aquella misma tarde registraría, dijo, varias iniciativas para meter los dedos en la laringe de los sinvergüenzas gubernamentales y obligarlos a potar hasta la última gota de la leche que mamaron. Eso sin contar el resarcimiento económico a los damnificados y la exigencia de dimisión fulminante del general Felonio, del que decía que debía ser juzgado y condenado por crímenes de lesa humanidad. Fuera por efecto del vermú, mezclado en su estómago con el tercer vaso de chacolí o por la indignación que sentía como jurista al comprobar que los titulares de las altas instituciones del reino se pasaban las leyes por la entrepierna, el Gran Simpático se mostraba encorajinado y, en contraste con las consultas obligadas de su colega, sostenía que la gravedad del asunto no admitía demora. En lo atinente a la publicidad, él se ocuparía de hacer llegar sus iniciativas a los principales medios de comunicación de su tierra. Después de todo actuaba en defensa de los atuneros vascos, víctimas de los asaltos y los secuestros de los piratas somalís, unos tipos desarrapados y violentos a los que la vida humana importaba una higa. Y veía el problema con las gafas de contar votos, miles de votos de las gentes del sector. Lógico. Para evitar que le acusaran de electorero propondría asimismo un “marco regulatorio de acciones compensatorias” para las víctimas de aquellas armas de destrucción indiscriminada fabricadas y exportadas por el reino a aquellos valles de lágrimas y niños mutilados.

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Congreso de los Diputados con la estatua de Cervantes en primer plano.

En pocas palabras: el Gran Simpático estaba lanzado. Ya en la puerta del Parlamento Tilo informó a Terri de la buena acogida del armador y se apresuró a entrar en la sala de prensa, desde la que envió un correo electrónico a Eloso haciéndole saber que el “caso Felonio” iba a estallar por el mar. “Los atuneros vascos –le escribió– han denunciado el caso en la Audiencia Nacional y lo han llevado al Parlamento; te recuerdo que es un tema nuestro”.

El director respondió con un escueto “ok”. Veinte minutos después, la jefa de sección, compañera Baldomera, le comunicó que en el reparto de hoy le habían correspondido “cuarenta rayas” (en la jerga profesional llamaban rayas a las líneas) con título y subtítulo en página par. Puesto que los periódicos no eran de chicle ni se podían estirar, le pareció un espacio aceptable para contar el fundamento de la denuncia y las iniciativas políticas del Gran Simpático y, eventualmente, del portavoz socialista en la comisión de defensa, señor Limones, conocedor de la ácida materia.

Pero su satisfacción por haber conseguido meter baza, aunque solo fuera para dar continuidad a los reportajes sobre los pescadores secuestrados, se tornó en decepción cuando, dos horas después de haber despachado las cuarenta rayas, el Máster le comunicó que el tema quedaba reducido a “un breve”. Ya estaba acostumbrado a las jugarretas.

–¿Largo o corto? –Se limitó a preguntar.

–Cinco líneas de mitad de tamaño –respondió el Máster, es decir dos líneas y media de sesenta espacios.

–Es…tupendo, oído barra.

En alguna ocasión había argumentado, en tono de broma y a modo de protesta, que podía resumir en siete líneas la noticia más importante del mundo, pero que, al menos, fueran siete para poder decir que el séptimo día dios descansó. O no apreciaban la creación del mundo como la primera y más importante noticia o no habían leído el Génesis, lo que a nadie podía extrañar ya que los periodistas no solían leer libros y menos tan antiguos. Ah, cuán lejanos los tiempos de la máquina de escribir, el fax y el folio y medio para empezar a hablar y entrar en detalles. No se quejaba, pero sufría la reducción al absurdo.

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«El Mosquito de Nueva York» en el expositor de una librería.

Despachó el brevete un minuto antes de la hora concertada con el hijo mayor para conectar por Skipe. El enlace funcionó a la primera. El hijo se hallaba todo lo bien que podía hallarse en un México desangrado por las mafias, atacado por los sismos y amenazado por el nuevo mandatario del norte, aquel necio con la cabeza de adorno al que llamaban el agente naranja. Le notó muy delgado, al hijo, pero él aseguró que comía lo necesario para sobrevivir. A determinada edad cada cual es responsable de su fisonomía. Su ánimo era excelente. Le dijo que proyectaba viajar a Madrid en primavera para presentar El mosquito de Nueva York, un volumen de cuentos que había merecido un premio y la atención de una pequeña editorial de Palma de Mallorca. Aquello era estupendo, una buena noticia que atemperó su frustración.

Con los deberes cumplidos telefoneó a Lola y se apresuró a salir del edificio parlamentario para evitar toparse con alguno de los muchos pesados que solían caerle encima, en general señorías con adición al ruido, siempre empeñadas en elevar su ego sobre los demás, publicitar su enmienda, desgranar su intervención, explicar su posición política sobre cualquier asunto polémico, sin importarles incurrir en contradicción respecto a la opinión vertida el día anterior, personas dúctiles y maleables, antaño conocidos como “accidentalistas” y hogaño practicantes del “postureo”, a las que convenía evitar. Uno de aquellos pesados le preguntó por tercera vez en dos horas si había visto a Juliana. Y cuando le contestó: “Ahí lo tiene usted”, señalando a un calvo bajito y barrigón que transitaba por el patio, el interpelante entendió que se burlaba de él y le soltó un gruñido; sin duda suponía que Juliana era una señora. La mejor forma de soslayar a los latosos era caminar deprisa con el teléfono pegado a la oreja.

Al socorrido recurso apeló Tilo para no entretenerse. Quería comprar fruta para Lola ante de que cerrasen las tiendas. Saludó a los policías de la puerta de la verja, caminó hasta la esquina de la calle de Fernanflor (otro periodista) para ver si le seguían, cruzó hacia la plaza de Cervantes, ayer un parque de tierra y árboles, ahora perfectamente cubierto con grandes adoquines de granito por decisión del alcalde Gasradón, subió a un taxi y metió prisa al conductor. Aún percibía en su chirumen cierto resquemor por la reducción de su crónica a dos líneas. Frente a la tendencia de culpar a los demás, solía considerarse a sí mismo su peor enemigo. En un instante se le escapó un “¡Por Júpiter!” en voz alta. El taxista le miró con gesto de sorpresa a través del espejo retrovisor. Él aprovechó: “Vaya más deprisa, por favor”. Había caído en la cuenta de su error: citar dos veces al general Felonio en la crónica, en vez de referirse de un modo genérico a la dirección de los servicios de inteligencia.

Lola se definía a sí misma como “una mujer intensa”, aunque su principal cualidad era la bondad. Mientras cenaban frutalmente, que diría Malalata, él la puso al corriente de las novedades de la lucha contra el enemigo y ella consideró acertada la decisión de empapelar a Felonio. Aún no había contestado a la invitación del pirata. Tilo le recomendó: “Dale las gracias y déjalo correr a ver cómo evoluciona la temática”. Ella habría deseado devolver ya el golpe a aquel cafre sobre la decencia de las instituciones democráticas de su país, le habría gustado informarle de la detención del general y devolverle los denuestos que como patriota tanto le habían dolido, pero no podía ser, todavía. Sin más dilación se fueron a la cama, de la que ella se incorporó suavemente cinco horas después para no despertarle, aunque, como en otras ocasiones, el sonido del agua frustró sus felinos movimientos. Tilo la besó, la enjabonó y la puso a tono bajo la ducha. Poco después la despidió con un largo beso, en calzoncillos, ante la puerta del ascensor. Eran las cinco de la mañana y su avión despegaba a las siete. Aunque ella siempre se negaba a que la acompañara al aeropuerto, se volvía loca de contenta cuando iba a recibirla.

Preparó café, activó el ordenador portátil y miró la prensa vasca por Internet. Sentía curiosidad por ver el tratamiento de la querella y las iniciativas políticas sobre el secuestro de los atuneros en los periódicos del norte. ¡Por Júpiter si eran generosos! El predicamento del Gran Simpático resultaba tan elevado como su buen tino. Otros políticos habrían quemado las naves embadurnadas con el espeso material probatorio para llamar la atención a base de llamas, humo y olor a chamusquina. Él, sin embargo, demostraba la cautela del buen jugador de ajedrez y se reservaba el movimiento de las pruebas documentales y gráficas para el momento oportuno. El caso Felonio echaba a andar, salía a la luz desde las oscuras profundidades cenagosas. Y eso, en un estado de opinión frente a la opinión de Estado (los sinvergüenzas que lo mangoneaban bajo el manto del secreto oficial), parecía lo más importante.

Tilo supercopió las informaciones más extensas y las envió “en modo anónimo” a varios correos electrónicos: a Eloso, el Máster, el redactor jefe de política, al que llamaban Eltriste, a aquella jefa de sección, Baldomera, cuyos progenitores, a juzgar por el nombre, no la querían bien. A continuación se prodigó en envíos a los portavoces y líderes políticos de toda laya, sin olvidar al presidente del gobierno y a varios ministros.

Después del café encendió el primer pitillo, tosió, abrió la lámina corredera de la ventana de la cocina y se acodó a fumar. El cielo estaba raso, hacía frío. Del oscuro patio de luces subían los aromas pegajosos de las cocinas, con predominio de olor a huevos y patatas fritas. Sopesó la conveniencia de telefonear a Terri y contarle las novedades de las últimas horas, aunque finalmente optó por respetar su descanso y se dedicó a buscar datos en los archivos abiertos y los documentos públicos sobre uno de aquellos edificios emblemáticos que siempre estaban en obras: el Museo del Prado. Disponía de algunas informaciones sobre el supuesto latrocinio de apreciables cantidades de dinero público a cuenta de las interminables obras de ampliación, conservación y mejora de la pinacoteca. La corrupción era objetiva y subjetiva. La clase extractiva metía la mano por todas las esquinas de la caja del común. Con razón le llamaban así, “extractiva”. Contrastó datos, esbozó un mapa de fuentes, hizo una lista de personas con las que convenía hablar. Cuando miró el reloj tuvo la impresión de que el tiempo pasa más deprisa de noche. Empezaba a clarear, eran más de las siete, hora de llamar a Terri.

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Paisaje del antiguo manicomio de Ciempozuelos.

El coronel le contestó al primer timbrazo. Tenía la voz tomada como si se hubiera constipado. Tilo se disculpó por llamarle tan temprano y argumentó que lo hacía impulsado por el trato extraordinario de la prensa vasca a las iniciativas del amigo armador, al tiempo que se interesó por su salud.

–Sólo es un resfriado –dijo el coronel sin dar importancia a su averiada garganta y al fatigoso respirar–; he tenido que hacer más recados que un jubilado y no he pegado ojo en toda la noche.

–¿Qué ha ocurrido?

–¡La guerra de las galaxias, la hostia! Aquí estoy esperando el próximo ataque.

–¿Dónde es aquí?

–Cerca del manicomio –dijo sin precisar el lugar.

29.– Lágar

Tal como habían supuesto, el enemigo montó en cólera al descubrir el ardid del accidente, telefoneó al manicomio y pidió hablar con la gobernanta, quien había instruido a la celadora y telefonista Fabiola, que le asestó el primer directo a la oreja: “La jefa no trata con tipos corruptos y sinvergüenzas”. Eso le dijo. El general soltó un bufido: “Usted no sabe con quien está hablando”. La celadora le repicó con otro golpe en el cogote: “Lo sé, puedo olerle desde aquí”. El general gruñó, invocó su autoridad y la amenazó con enviar a sus agentes a detenerla, a ella y a su jefa y a los dos locos de marras que para robar –dijo– estaban más cuerdos que dios. “¡Que vengan si se atreven!”, le contestó la larga, aunque el general ni la oyó porque cortó de repente la comunicación.

La celadora corrió a alertar a la gobernanta, quien telefoneó a Terri bastante alarmada. Él le rogó que tuviera confianza en los tres tipos duros que había enviado a protegerla, es decir, el mayordomo Alibombos y los dos pupilos de Malalata. Ellos saben cómo actuar. La mujer confió, claro, pero amplió el círculo de confianza a todos los empleados del internado, a los que impartió la consigna de no dejar entrar a los visitantes indeseables cuya presencia era inminente.

Poco después aparecieron cuatro individuos en dos coches, los estacionaron de mala manera cerca de la puerta, se dirigieron a la escalinata y, sin llamar al timbre, el primero asió la manilla para abrir y entrar. Pero la puerta estaba trancada. La cerradura cumplía su función. Contrariados, dos de ellos golpearon la gruesa lámina de vidrio y uno gritó: “¡Policía, abran!” La celadora se incorporó de su silla, situada detrás de un pequeño mostrador, y se acercó.

–¿Qué desean ustedes?

–Policía, abra inmediatamente.

–¿Qué clase de policía?

–Agentes del servicio nacional de inteligencia –dijo el de canas.

–Ah ya, los enviados del general Felonio que vienen a practicar detenciones, ¿no es cierto?

–Correcto –dijo el de canas.

–Esperen un momento, que voy a avisar a la jefa y agarrar las llaves.

En ese instante aparecieron en el hall el cocinero, un fortachón en mandil, flanqueado por el negro Alibombos con bata blanca de médico o enfermero, seguidos de dos mujeres que empujaban unos carritos metálicos con aperos de limpieza y ocho o diez cuidadoras y asistentes ataviados con los guardapolvos azules reglamentarios y algún utensilio en la mano. El jardinero y encargado de mantenimiento se abrió paso con una azada al hombro y se colocó en primera fila, junto al negro y el cocinero. La larga Fabiola regresó en dos minutos.

–Dice la jefa que sin una orden judicial no pueden pasar. ¿Traen ustedes eso?

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Escenario de los hechos.

El de las canas hizo una señal a los de detrás y se apartó hacia un lado. Uno avanzó un paso, sacó una pistola de la sobaquera, la empuñó con las dos manos, gritó a los de dentro: “¡Fuera, fuera!” Ninguno se apartó. El de canas les conminó: “¡Apártense, carajo!” La larga Fabiola sacó pecho: “¡Disparen si tienen cojones!” El de canas repitió la advertencia. La celadora contestó: “¡Váyanse a la mierda!” El de canas reculó dos pasos sobre la escalinata y les advirtió: “Ustedes se lo han buscado”. El de la pistola hincó la rodilla izquierda en el último peldaño de la escalera y disparó dos balazos contra la cerradura de aluminio. La habría atravesado si el jardinero, al quite, no hubiese colocado la azada detrás. El vidrio se astilló por el impacto, pero mantuvo su solidez y obligó al pistolero y al canoso a empujar la puerta por el tirador y el marco metálico para no cortarse. Pero su empuje era menor al que ejercían el negro, el cocinero, el jardinero con la azada y las mujeres con sus carros de limpieza desde el interior. El forcejeo duró poco porque enseguida los asaltantes se vieron envueltos en una humareda de mil demonios.

¿Qué había pasado? Desde lo alto de uno de los tres mástiles situados a la izquierda de la entrada al manicomio, camuflado detrás de una bandera, Lagar les soltó dos botes de humo tóxico y lacrimógeno, seguidos de un puñado de petardos. Un agente gritó: “¡Mierda!” La bola petardera le había estallado en la cabeza. En un instante el Lagartijo se lanzó sobre la chepa del más cercano al mástil. El canoso no soportó el impacto de las botas del saltimbanqui y se estrelló de bruces contra las baldosas, cubiertas por la nube de humo. Lagar lo agarró del pelo y le aplicó la solución en la nariz y la boca: un pañuelo de algodón impregnado en cloroformo. “¡Respira, mamón!”

A la humareda y los petardos por sorpresa se sumaron los acelerones de uno de los coches de los agentes. Santi Muelles, especialista en instrumentos mecánicos, les robaba el auto. Salió a todo gas de aquel patio enrejado, tocando el claxon. Los tres agentes corrieron instintivamente hacia el coche que les quedaba, arrancaron y salieron a toda mecha detrás.

Lágar, con la ayuda de Alibombos, el cocinero y el hombre de la azada, trasladó el cuerpo del agente canoso al césped donde se alzaban los mástiles. Lo dejaron con la espalda apoyada en  una estatua. “Que se oree”, dijo Lágar. El cocinero le tomó el pulso. “Funciona”, dijo. El tipo respiraba y estaba caliente.

–No le ha ocurrido nada grave ni está conmocionado ni en coma, sino dormido por el cloroformo –dijo Lágar.

–¡Qué jodío! –Exclamó el de la azada.

–Una buena solución para esta clase de bichos: dormidos no hacen daño –dijo Alibombos.

–Vamos a operarlo –dijo Lagar antes de abrirle la solapa de la chaqueta de cuero negro y sacarle la reglamentaria de la cartuchera al costado. Quitó el cargador, extrajo las cinco balas y se las entregó al cocinero: “Tenga, un recuerdo”. A continuación examinó la recámara y retiró el proyectil. “Tenga, también hay para usted”, dijo al hombre de la azada, que le agradeció el detalle. La gobernanta y la larga Fabiola contemplaban mudas la operación. Lagar limpió cuidadosamente las huellas con un pañuelo de papel mentolado y colocó la pistola donde estaba. A continuación examinó la documentación del durmiente, se fijó en el nombre y los apellidos que figuraban en una credencial plastificada, con un chip áureo, similar a una tarjeta bancaria, y retuvo la inscripción “saber para vencer” que figuraba en el revés. Limpió las huellas y devolvió la cartera al bolsillo del tipo.

–¿Qué vamos a hacer con él? –Preguntó la gobernanta.

–Dejemos que duerma, necesita descanso –respondió Tilo.

–Se ha hecho un buen chinchón –observó una limpiadora.

Otros empleados habían aventado la humareda y alejado los botes a patadas fuera del recinto vallado del patio de brea que servía de aparcamiento.

–Voy a limpiarle esas rozaduras y ponerle hielo en el bollo –añadió la limpiadora con la aquiescencia de la jefa.

–¿Cree que esos mierdosos alcanzarán a Santi Muelles? –Se interesó la larga Fabiola.

–Ni de coña –dijo Lagar.

–¿Es buen volantista?

–Psss…, ocurrente más bien; pero tranquila: esos tipos no llegarán muy lejos.

–No le entiendo –dijo la larga.

–¿Cómo se lo explicaría yo? Los coches funcionan con gasolina, la gasolina va en un depósito, el depósito lleva una tapa, la tapa se abre, se le echa un puñado de arena, la arena se deposita en el fondo, el fondo lleva un filtro, el filtro se obstruye y el coche deja de funcionar.

–Ya comprendo.

–Por eso digo que no llegarán lejos.

–¿Hasta dónde? –Quiso saber el cocinero.

–Lo que dé de sí el combustible de los conductos y el carburador, unos pocos kilómetros hasta quedar colgados en la autovía de Andalucía.

Lagar miró el reloj. La piadosa limpiadora depositó sobre la frente del durmiente una bolsa con terrones de hielo y le curó con un algodón empapado en alcohol.

–Ya debería estar de vuelta –dijo Lagar en alusión a Santi Muelles.

–Con cuidado, no le despiertes –advirtió la gobernanta a la limpiadora.

–Tranquila, que este no despabila en dos o tres horas, lleva anestesia de fieras –dijo Lagar.

–¿Qué va a hacer cuando despierte? –Le preguntó la gobernanta.

–Él sabrá, pero tranqui, que éste no vuelve a aparecer por aquí –afirmó Lagar.

–Dios te oiga –dijo la mujer.

–Dios no oye –dijo Lagar.

Lo que oyeron en ese instante fueron los acordes del himno nacional que emitía el teléfono inalámbrico del durmiente. Fabiola se apresuró a sacárselo del bolsillo del pantalón y se lo entregó a Lagar, quien oyó una voz femenina: “Le paso al jefe”. Y luego una masculina: “¡Recogilondrios, Florez! ¿Qué coño ha pasado?”

–Se ha equivocado, capullo –respondió Lagar y cerró la conexión.

El hombre de la azada soltó una carcajada. Él desconectó el teléfono, lo desarmó y se guardó las partes. Era el último modelo de una conocida marca de calidad y costaba una pasta gansa.

–Otro para la colección –se justificó, buscando la mirada de la Larga.

–¿No se lo devuelve usted? –Le instó el hombre de la azada.

–Me lo quedo de recuerdo –dijo Lagar.

–¡Qué jodío! –Exclamó el hombre.

La gobernanta le preguntó quién había llamado al agente.

–Un tal recogilondrios, un capullo con voz de jefazo –dijo Lagar.

–¿Por qué le has dicho que se ha equivocado en vez de pedirle una ambulancia?

–Le llamó Florez y aquí, el prenda, se llama Liborio, según dice su carné.

La mujer apretó los puños, dio unos pasos hacia el espía, le escupió en la cara y le habría pateado los testículos si la larga, al quite, no la hubiera sujetado. Lagar no entendió aquel ataque de la jefa a toro pasado. Alibombos pidió a la limpiadora que le volviera a pasar el algodón o una bayeta para evitar restos de ADN que pudieran comprometer a la superiora, pero fue inútil porque ésta le alcanzó en la barbilla con otro escupitajo.

Unos minutos después empaquetaron al agente en el automóvil de Santi Muelles, que acababa de regresar después de permanecer un tiempo oculto en un recoveco cercano.

–Tiren a ese cabrón al río –dijo la gobernanta.

–No señora, no ahogamos gente –contestó Muelles.

–Es un sucio pederasta, un canalla que se folla a las niñas –adujo la gobernanta.

–¿Cómo lo sabe?

–Lo sé, he visto las pruebas, no merece vivir –afirmó la gobernanta.

–Hay demasiados de esos, pero descuide, parecerá un accidente –zanjó Lagar.

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Vega del Jarama desde Titulcia.

Pusieron rumbo a la vega del Jarama por la carretera de Titulcia, seguidos de Alibombos, que conducía el coche de su señorita, la funcionaria Lafun, acompañado del fornido cocinero. Pararon antes de llegar al río, instalaron al durmiente en el asiento del conductor, Santi giró el volante hacia la derecha, limpió las huellas y dirigió la maniobra para que el vehículo trasero empujara al del agente hacia la cuneta, un terraplén bastante inclinado bajo el que se veía el muro de cemento de una acequia con agua estancada. La operación fue indolora y breve. El coche se deslizó por la pendiente y quedó como un animal sediento, amorrado en el canal.

De regreso al manicomio recibieron la llamada de Mala comunicándoles que iba para allá. Santi Muelles bromeó sobre el refuerzo del maestro gordo y fondón, incapaz ya de salir corriendo.

Estarvos atentos que ese Felonio es el mismísimo Belcebú y volverá a atacar –les advirtió.

–Pierde cuidado, nos queda medicina y pirotecnia –dijo Lagar.

–Menuda cosa, voy para allá –dijo Mala.

El personal del centro permanecía movilizado, dispuesto a defender con uñas y dientes (y otros apósitos) a la gobernanta, a la que se ve que querían tanto como al bondadoso fray Cayo que en gloria esté. Los últimos rayos del sol desaparecieron en un instante. Cayó la noche. Apenas eran las siete de la tarde, pero los gobiernos trataban a la gente lo mismo que a las gallinas y acortaban el atardecer por decreto horario. Cerraron la puerta corredera del aparcamiento y dispusieron la primera línea de defensa tras el muro de hormigón, de un metro de alto, del que salían los barrotes metálicos de color rojo de la verja que rodeaba el lugar. La línea de defensa podía parecer irrisoria frente a un enemigo provisto de armas de fuego, pero Malalata, convertido en jefe de operaciones, convenció a la gobernanta de que era suficiente para resistir mientras llegaba la Guardia Civil. Las herramientas consistían en unos montones de piedras pequeñas o chinas y algunas de mayor tamaño que el cocinero, el jardinero, la celadora y los cuatro elementos protectores acumularon junto a la valla. Al material básico para contener al enemigos aportó Lagar varias bolas de petardos y los dos botes de humo tóxico que le quedaban en la mochila.

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Cóctel Molotov.

Y añadió Mala una caja con varios botellines de cerveza de los que consumían en la Tabernilla, terciados de gasolina y cerrados con papel de periódico a modo de mecha. Los cócteles molotov entusiasmaron al cocinero, que enseguida lanzó uno contra la carretera para probar. Funcionaba. Mala entregó mecheros de gas a los que carecían de ellos y dispuso el orden del uso de la munición: primero los botes de humo, a continuación las bolas de petardos, seguidas de los frascos incendiarios. Había que lanzarlos con mucha fuerza para que rompieran y estallaran en una llamarada potente y concentrada. Detrás, las pedradas. Y si fuera necesario, él y Alibombos, que tenía más envergadura, se ocuparían de lanzar dos recipientes de pintura plástica de a kilo que sacó del maletero de su coche.

–¡No pasarán! –Proclamó.

–Es la guerra, una guerra primitiva –le secundó la larga, contemplando el material.

–De primitiva, nada monada –la contradijo Santi Muelles, extrayendo del bolsillo interior de la sudadera unos cilindros muy finos y una caja de alfileres. Era su último invento de mago, una cerbatana que no mataba pero dolía. Alargó los cilindros y colocó un alfiler. La larga se rió.

–Eso no es primitivo, jeje.

–Tecnología punta, hermosa –sostuvo Muelles.

–Si, de punta en blanco, jeje, de cuando cagabas en el orinal.

–Cuida tu culo, que va –replicó Muelles, caminando hacia atrás con el artefacto en la boca.

–¡Ni se te ocurra! –Exclamó la celadora, llevando una mano al trasero, que lucía recauchutado por el chándal adherido a los glúteos, más cómodo que el traje reglamentario de pantalón y chaqueta azul con el nombre en la pechera.

El mago Muelles aceptó la advertencia, pero quiso demostrarle su pericia y puntería en el manejo del invento. Sacó su cajetilla de tabaco, extrajo un cigarrillo, lo colocó en posición vertical sobre el muro, delante de un barrote de la valla, se alejó diez pasos hacia atrás sin perderlo de vista (había luna llena) y preguntó a la moza:

–¿Dónde quieres que le clave el alfiler?

–En el centro, jeje.

Muelles hinchó los carrillos y disparó. El alfiler quedó clavado en la mitad del pitillo. La larga le aplaudió, agarró el cigarrillo, le quitó el alfiler y se lo fumó. El cocinero, que se llamaba Pablo y parecía más incrédulo que el de Tarso, colocó otro pitillo y Santi lo clavó.

–¿Cómo lo consigues?

–Con mucho entrenamiento.

–Para eso hay que tener tiempo.

–En la cárcel sobra tiempo.

–¡Atentos! –Exclamó Mala al ver venir tres coches seguidos. Pasaron sin detenerse.

30.– Láser

Mientras esperaban a los atacantes, que esta vez serían el doble o el triple, según sospechaban, divisaron una luz en el cielo que parecía competir con la luna en la iluminación del suelo. Procedía del Cerro de los Ángeles y se movía sin prisa y sin pausa hacia Ciempozuelos.

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…vienen en helicóptero, alertó Malalata.

–Esos cabrónides vienen en helicóptero –alertó Mala por teléfono a Terricabras.

Poco podía hacer el coronel salvo recomendarles que se pusieran a cubierto aguantaran el tirón mientras llegaban los refuerzos.

–¿Refuerzos… Qué refuerzos? –Preguntó Mala extrañado.

–Un efectivo –dijo Terri.

–¿Qué defectivo?

–Yo mismo con mi mecanismo –contestó Terri.

–Cojo…nudo –dijo Mala torciendo el morro.

No fue uno, sino dos, los efectivos, pues el sabio Compendio, que parecía que no se enteraba de nada pero lo entendía todo, comprendió lo apurado de la situación, pidió disculpas a Lafun y suspendió la partida de ajedrez. Ella se mostró comprensiva. En lo que Terri telefoneaba al taxista Delfín para que viniera a recogerlos, el sabio recogió la bufanda y la cazadora del maletero del coronel así como su abrigo, su gorro ruso y el arma secreta. Era la oportunidad de probar la eficacia de su invento en los humanes. En los gatos funcionaba. En los perros, también. Hasta en los caballos surtía un efecto extraordinario. Pero se había jurado no emplearla contra el semoviente humano, salvo peligro de muerte, como era el caso.

Terri tenía buenos reflejos, pensaba rápido y actuaba deprisa. Las situaciones límite le aportaban claridad y decisión. Un pelotón de tipos armados que se traslada en helicóptero sólo puede hacerlo si el aparato es grande, un Super Puma, se dijo, una aeronave operativa en el ejército de tierra y al servicio de algunos cuerpos policiales, sanitarios y la jefatura del gobierno. Probablemente Felonio había pedido el cacharro a un colega militar para una misión secreta. Aunque el Centro de Inteligencia contaba con pilotos, una aeronave de hélice con capacidad para veinte personas, un peso muerto de cinco toneladas y hasta cuatro de carga y una velocidad de crucero de algo más de doscientos kilómetros por hora necesita suelo sólido, una pista firme y amplia y sin cables en la que posarse. La orografía de la vega era propicia para aterrizar en cualquier parte, pero el terreno estaba embarrado por las lluvias de los últimos días, de modo que los pilotos tendrían que buscar un lugar seguro donde posarse, soltar la carga y esperar. Por suerte, el arbolado era abundante en el pueblo y en torno al manicomio. La parte trasera del edificio tenía, según recordaba, una larga hilera de árboles de gran ramaje, añoso y duro, que la hacía impracticable. Solo la zona delantera del internado, con el firme de asfalto, parecía el lugar propicio para aterrizar. Eso o el patio de un colegio. Pero los colegios estaban cerrados a esa hora.

Cuando llamó al taxista ya se había hecho una composición de lugar.

–Delfín, ¿dónde te encuentras?

–Voy por la calle Antracita, cerca de Legazpi.

–¿De vacío?

–Si, de regreso al centro.

–Estupendo –dijo Terri–; sigue hacia Embajadores y en cuanto dobles verás el escaparate de una tienda de electrónica. Para un momento y compra un puntero láser de la marca Delta Tactis de alta intensidad. Si no tienen esa, vale otra siempre y cuando sea de alta intensidad y largo alcance. Que te lo den con la batería cargada. Cuesta unos cincuenta euros, ahora te los pago. Vente para acá a toda máquina, tienes que llevarme a Ciempozuelos.

–Eso está hecho –dijo el taxista.

Malalata por su parte mantenía informado al coronel sobre las evoluciones del pájaro de hierro: “Viene despacio, como si estuviera siguiendo el concurso del río. Anda, mira, parece que se ha parado, no, está torciendo…, si, tuerce…, tuerce a la izquierda, ya no le veo la luz delantera, sesvía hacia San Martín de la Vega. Sólo distingo el centelleo rojo del piloto trasero. Sí, ese va pa San Martín de la Vega… ¡Anda ya y que os den! ¡Falsa alarma, compañero!”

–Puede que si puede que no.

–Va a ser que si –dijo Mala.

–Ojalá tengas razón, pero estad atentos –dijo Terri.

–Empieza a hacer frío –se quejó Mala.

–Pues recogeos y deja a uno de guardia –dijo Terri,

–Sí, va a ser lo mejor –aceptó Mala.

–¿Qué pasa con el helicóptero?

–Allí sigue centelleando, va muy despacio, como parado –dijo Mala.

–¿Ha cogido altura?

–No parece. Igual se ha despistado y está buscando la carretera, ¿no crees?

–Aristóteles dijo que un burro voló…

–Puede que sí, puede que no –añadió Mala–. Anda mira, parece que está bajando. Igual son esos ejecutivos americanos del Parque Warner que pusieron ahí o vaya usted a saber. Pues sí, está descendiendo, se ve que va a aterrizar.

Medio minuto después, el maestro carterista informó al coronel de la desaparición de las señales luminosas del puñetero helicóptero. “Falsa alarma –repitió–, puedes ahorrarte el esfuerzo, tengo hombres suficientes… También mujeres. Y si fuese menesteroso pongo en pie de guerra a los locos… Para tirar piedras y arrear mamporros creo que valen”.

–He llamado a Delfín y voy con Compendio para allá. Estoy seguro de que el enemigo volverá a intentar el asalto para capturar a la señora Benilde (la gobernanta) y a esos locos cuyos nombres le comprometen –dijo Terri.

–¿Compendio…? No es por minusvalorizarle, pero ya me contarás qué pinta aquí ese viejo escuálido como no sea agarrar una plomonía.

–Pues no lo minusvalores; le dejáis pasar y si es menester –no menesteroso, Mala– le asignas la protección de esos dos locos con su arma secreta. Yo intervendré desde fuera.

–¿Para cortarles la retirada?

–Más o menos –dijo Terri.

–Déjate de bromas, que hace un frío que corta la respiración y congela los huevos.

Terri evitó responder, se despidió con un “hasta ahora” y siguió caminando por el recodo de Pez, precedido del sabio por si había moros en la costa. Doblaron la esquina de la calle de San Bernardo, donde el tránsito humano era abundante y proporcionaba una cierta seguridad a Terri. Por sus piernas bullía el cosquilleo de la prisa, contenida a duras penas por los cálculos de su cerebro, según los cuales, Felonio también necesitaba su tiempo para reunir a un pelotón de ocho o diez hombres capaces de ejecutar la misión con garantías de éxito. Si los cuatro enviados habían mordido el polvo y sufrido una humillación equivalente a su prepotencia, la lógica de las cosas aconsejaba al capitán al frente de la operación un notable aumento de los efectivos. Generalmente actuaban a pares o en trío. Cada célula operativa realizaba sus cometidos: vigilancias, seguimientos, entradas en domicilios y oficinas, registros clandestinos, colocación de micrófonos y cámaras ocultas. También interrogatorios por las buenas o por las malas, es decir, con palizas. Las escuchas e indagaciones eran, con todo, las tareas principales de aquellas tipas y tipos duros. La orden de suspender sus misiones durante unas horas para ejecutar un asalto con detenciones les sacaría de la rutina y les molestaría bastante. Terri se imaginaba su mal humor, máxime cuando la mayor parte de las ocupaciones de los agentes operativos consistían en calentar un cómodo sofá, remover un gintonic en alguna boite o jugar a los novios dentro de un coche. Y no te cuento –se decía– si estaban fuera de servicio con su familia. Reunir a deshora a aquellos individuos en un punto de encuentro, llevaría su tiempo. ¿En qué punto?

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Instalaciones militares de La Marañosa, rodeadas de pinares.

Delfín hizo sonar el claxon. Parecía contento. Venía escuchando rancheras. Le entregó con aire triunfal el puntero láser. Lo de triunfal se debía al apreciable descuento que había conseguido. Terri le agradeció la honradez, una cualidad rara entre los de su gremio y le metió prisa. Compendio acariciaba su arma secreta con la mano en el bolsillo del abrigo.

“En la Marañosa”, se dijo Terri de pronto. Sí, ese era el punto, pensó. ¿Qué mejor lugar para reunir a los agentes de operaciones especiales que aquella instalación militar, situada entre los pinares de San Martín de la Vega? El helicóptero no había aterrizado en el parque recreativo Warner, como suponía Malalata, sino en el poblado militar de la Marañosa, también conocida como la Fábrica del Rey porque en aquel paraje se construyó por iniciativa de Alfonso XIII de Borbón una factoría militar para cargar bombas con gases asfixiantes. Aquellas armas químicas sirvieron para bombardear con cañones y desde aviones a la población civil del norte de Marruecos, los bereberes del Rif. Una manera sucia, criminal y muy cruel de vengar la derrota de las tropas imperiales en Annual, en julio de 1921. La mezcla de chulería, corrupción e incompetencia de los mandos de aquel ejército mal equipado y peor alimentado, compuesto por legionarios y oriundos contratados por cuatro reales (regulares les llamaban), facilitó el triunfo de los guerreros rifeños que defendían su territorio y su independencia. El rey, el gobierno, el ministro de la guerra, un tal Marichalar, y los generalotes se debieron sentir malheridos en su orgullo al aparecer en la escena nacional e internacional como unos majaderos (trágicos, pero majaderos) y se entregaron a la venganza sin reparar en gastos. El rey, un germanófilo obtuso y errático, decidió la compra de grandes cantidades de iperita o gas mostaza a los alemanes, que habían utilizado aquella mierda venenosa y mortal contra las tropas francesas en la primera guerra mundial. Aunque el tratado de Versalles les obligaba a destruir los arsenales químicos, los alemanes incumplieron la orden y escondieron la mercancía, de modo que al gobierno de su graciosa majestad, impresionada por la eficacia de los gases asfixiantes, les resultó fácil localizar al jefe químico del emperador de capa caída, un tal Hugo Stolzenberg, concederle la nacionalidad y conseguir a precio superlativo el suministro de la mercancía tóxica y de los consiguientes equipos (aviones y cañones) para distribuirla en forma de bombas contra los pueblos y aldeas (casas, zocos, fuentes, campos, ríos) del Rif. El tal Stoltzenberg dirigió la instalación de esa Fábrica del Rey para armar proyectiles de gran tamaño (de cincuenta a doscientos kilos) con materiales químicos perfectamente estudiados para destruir las mucosas de cuantos seres vivos se vieran expuestos a ellos durante varios minutos. Los rifeños cayeron como moscas. Algunas décadas después todavía sufrían alteraciones celulares malignas (cáncer), dolencias y enfermedades inexplicables. La venganza fue terrible. Y costosa. Pero la agitación patriótica mantuvo a los súbditos ignorantes de la canallada y les cargó la factura (como siempre). En torno a la factoría se construyó un poblado cercado y vallado para los operarios. Era una instalación secreta en mitad de un bosque de pinos carrascos, de la que entraban y salían algunos militares, y a la que dieron el nombre de “cuartel”.

Terri no tenía duda de que el moscón nocturno se había posado en la plaza de aquel poblado, cuya fábrica había sido objeto de cuantiosas y sucesivas inversiones y figuraba como un centro de referencia de la Alianza Atlántica en materia de armas nucleares, químicas y bacteriológicas. Convendría darse una vuelta por allí. Indicó al taxista que tomara la avenida de Andalucía y se desviara por la barriada de Villaverde Bajo hacia la carreterucha que conducía a Perales del Río. Entre esta localidad y San Martín se hallaba La Marañosa. El ahora coronel en la reserva había estado allí una vez, hacía muchos años, recibiendo instrucción sobre las armas de destrucción masiva, y creía conocer el terreno. En un momento determinado pidió a Delfín que condujera despacio y le expuso el plan de desviarse por el camino de tierra para husmear el corazón el bosque. El taxista condujo hasta una barrera de barra. Tocó el claxon. Un empleado de seguridad abrió desde la garita. Estaban automatizados. Tras ellos llegaban dos coches más. Delfín seguía las indicaciones de Terri, siguió la calle ancha y recta, con varias casas blancas de planta baja a los lados, hasta el centro del poblado, donde se advertía trasiego de individuos y automóviles y, en efecto, estaba el helicóptero. Circularon despacio, sin detenerse ni siquiera cuando Terri abrió la portañuela y saltó del coche a la cuneta. Era un país de cunetas. Pocos kilómetros más allá, el taxista con el sabio compendio a bordo volvió a tocar el claxon y el vigilante de seguridad del otro lado elevó la barrera y abandonaron aquellas instalaciones por el camino de tierra que desembocaba en la estrecha carretera que les llevaría a Ciempozuelos.

Terri confiaba en sus piernas. También en los puños, claro. Subió por el cerro entre los pinos y, ya con el ruido del rotor del helicóptero en los tímpanos, telefoneó a Mala para que le preparara un buen recibimiento si él no alcanzaba a pararlo. Mala sabía como actuar contra el moscón con piedras y botellines incendiarios. El Super Puma despegó. Terri vio su potente foco delantero y distinguió la oscura silueta en el aire. Había subido cincuenta metros y ponía rumbo hacia el sur cuando le apuntó y activó el rayo láser. La dispersión de la luz y el rebote de la fúlgura en todos los vidrios del aparato, incluidas las lentes de visión nocturna del piloto, provocaron un giro repentino, como si quisiera zafarse de una tela de araña. Terri movió el puntero y le mantuvo enfocado. Desde la elevada terraza entre los pinos dominaba el campo de batalla. El abejorro giró hacia el norte, pero Terri modificó su posición y le siguió con el láser hasta tocarle de lleno en el lateral izquierdo. El coronel manejaba bien el puntero. Cambió el color del rayo del verde al rojo, de modo que los pasajeros no solo alucinaron en colores con los miles de puntos de luz rebotando en todos los vidrios, lo que impedía la visión, sino que además creyeron que era el principio del fin (el suyo), pues el láser rojo alcanza el objetivo unos segundos antes que el proyectil trazador. El piloto reaccionó al instante, el aparato cayó, Terri lo vio desaparecer entre los árboles, se encogió de temor a la colisión y a la segura explosión. Pero no se produjo. Respiró hondo y siguió oyendo el sonido de los rotores, señal de que el moscón había podido sobrevolar la factoría y el pabellón que allí había y aterrizar en la zona trasera de la fábrica. Entonces se apresuró a subir las terrazas onduladas en las que crecían piornos e hileras de pinos tan juntos que parecían marineros desfilando en la cubierta de un buque. Llegó a la valla que rodeaba la instalación como si fuera un cortijo. Se hallaba coronada por una espiral de alambre acerada con cuchillas. Iba a sacar de la suela izquierda de zapato la herramienta cortante para abrir un costurón en la malla y cruzar al otro lado, pero el agua había hecho su trabajo y pudo pasar reptando por el hueco de una cárcava. La carretera estaba a pocos pasos. El barranco arcilloso del otro lado le pareció un muro infranqueable para seguir monte arriba entre los pinos, de modo que corrió por carretera en curva hasta una ondulación del terreno, más propicia para cruzar y ocultarse entre los pinos. Después subió monte arriba y encontró algunas trincheras de la Guerra Civil. Por lo que sabía, aquel cerro había sido un enclave de la batalla del Jarama. Plantaron pinos, pero se mantenía las ondulaciones de las antiguas trincheras, ahora cubiertas de ramas secas, piñas y hojarasca punzante de los carrascos. Ya no oía el rotor del helicóptero, pero sí los ladridos de unos perros. Supuso que rastreaban la zona en busca del individuo del láser. Bajó hasta la orilla del barranco a comprobar si la búsqueda le afectaba. Entre los árboles del otro lado de la carretera vislumbró luces que se movían. Eran rastreadores con linternas. Camuflado tras el tronco de un árbol vio a un perro lobo que salía de la cuneta. Seguramente había pasado la valla por la misma cárcava que él. Tenía buen olfato el canelo. Husmeó la carretera de un lado a otro. Un coche todo terreno a mucha velocidad se lo encontró de pronto y, sin tiempo para esquivarlo, le arreó un trastazo de refilón. El can aulló de dolor y se arrastró hasta la cuneta. Sus gemidos atrajeron la luz de una linterna tras la que Terri vio la negra silueta de un tipo que alumbró al animal y le descerrajó un tiro en la cabeza desde el otro lado de la valla.

Se encumbró y regresó a las trincheras. Después de todo, se dijo, era un buen observatorio, aunque más lejano e impreciso para sabotear al helicóptero si volvía a despegar. Se mantuvo quince o veinte minutos de pie, a la espera. Después acomodó sus posaderas sobre el mullido forestal, atento a los sonidos. De vez en cuando oía pasar algún camión. La luna llena hacía su recorrido nocturno, exagerando las sombras. Ya no se oía a los perros ladrar. El ruido de una moto a sus espaldas le puso en guardia. Se tranquilizó al comprobar que circulaba por un camino o sendero forestal y se alejaba. Del rotor del helicóptero no oía señal. Con todo, decidió esperar, pues suponía que tras el rastreo, los agentes operativos del general Felonio reanudarían su misión y, por otra parte, siendo como eran expertos redomados en operaciones especiales de alto riesgo, no admitían el fracaso ni muertos.

Después de una hora sin señales del moscón metálico, Terri comenzaba a sospechar que el enemigo había decidido prescindir de la aeronave o aplazar la misión hasta el amanecer. Envió un mensaje a Mala. En el manicomio no había novedad. Se sacudió las agujas de los pinos y echó a andar. Una hora después saludó a Alibombos, que le esperaba en el coche, acompañado de la larga Fabiola. Se habían orillado en el camino de Górquez, donde terminaba el bosque, y se abrocharon y recompusieron a toda prisa.

El manicomio estaba tranquilo, las internas e internos dormían, la gobernanta compartía su aposento con las cuidadoras que habían decidido permanecer en el centro. El cocinero, el hombre de la azada y el sabio Compendio dormitaban en los sillones descoloridos y agrietados de la salita de espera. Lagar y Mala veían la tele en el salón comedor, apenas iluminado por las luces mortecinas de un aparador con las puertas de vidrio que contenía medallas y trofeos. En el patio de entrada, Santi Muelles les había abierto la cancela corredera y realizaba su turno de guardia. Fabiola, seguida de Alibombos a pocos centímetros, fue a la cocina y preparó carajillos para todos. La noche iba a ser larga, dijo. Pero no muy larga, repuso Terri. Habían acordado los turnos de centinela y enseguida el egipcio se dispuso a relevar a Muelles.

–Te acompaño –dijo Fabiola la larga.

–Y yo que pensaba que era lesbiana –susurró Lagar.

–Fíate de la virgen y no corras –dijo Mala.

–A correrse tocan –repuso Lagar–; éste Alibombos no para.

–Naturaca: rabo negro, buena fama –dijo Mala.

Hablaron de los sucesos de las últimas horas y Lagar entregó a Terri el teléfono del agente durmiente, una prueba muy valiosa de la implicación del jefe de los servicios secretos en el intento de secuestro de la gobernanta y los locos. Terri agradeció el detalle del saltimbanqui con cara de pillo y le aseguró que pondría el cacharro en manos del juez. Examinaron la situación. Buscaron salidas por arriba, por abajo, por detrás, por delate, por los lados. Si Felonio atacaba por tierra y aire destrozaría el enroque. Y Terri estaba seguro de que el general, burlado y furioso, se lanzaría a por la presa en cuando asomara el sol. Miró el reloj, pulsó una tecla del impertinente y se lo llevó a la oreja izquierda.

–Ya sé que es una gran faena, Delfín, pero necesitamos un autocar y lo necesitamos ya. ¿Puedes conseguir uno de más de cincuenta plazas?

El taxista contestó con voz adormilada:

–No son horas de conseguir nada, y menos un autobús ¡Maldita sea!

El coronel le doró la píldora:

–Ya sé que son las tres de la madrugada, pero quiero que sepas que he decidido llamarte a esta hora tan intempestiva porque confío en ti. De otro modo no lo habría hecho. A decir verdad, quedan pocos hombres tan honrados como tú y sé que harías cualquier cosa por un amigo.

–¿De dónde saco yo un autobús, coronel? Claro que haría cualquier cosa, pero lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible a las tres de la noche.

–Para ti no hay nada imposible, Delfín. Conoces al dedillo el sector del transporte.

–Tampoco hay que exagerar.

–Tienes contactos, tienes amigos. ¿Correcto? Diles que es una emergencia.

–¡Jo…der! Me van a dar con la emergencia en las narices… Bueno, veré lo que puedo hacer. ¿Hay dinero?

–Si, hay dinero para pagar lo que pidan, horas extras, nocturnidad, alevosía, lo que sea menester, ¿vale?

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Embarcaron a los internos.

A las seis de la mañana, antes de que amaneciera, más de cuarenta personas, algunas adormiladas y otras locas de contentas; algunas deformes, con muletas, en sillas de ruedas, y otras tiesas como cirios de cuaresma; algunas con muchos años desvividos y otras con muchos por desvivir, pero todas ajenas al mundo de los supuestos cuerdos, emprendían una excursión a bordo de un autocar de gran lujo de la marca Irizar como los que utilizan los principales equipos de fútbol del mundo. Eso les dijo Delfín, que iba de copiloto. La gobernanta, las cuidadoras, las limpiadoras, el cocinero, el hombre de la azada, la celadora, Lagar y Santi Muelles en calidad de magos animadores, embarcaron con ellos. Por su parte, Alibombos y el sabio Compendio emprendieron el regreso a casa en el auto de la señorita Lafun. El manicomio quedó vacío en menos de una hora, nada que ver con la evacuación del Museo del Prado. Lógico. Terri no era María Teresa León, pero también tenía el mérito de convencer a la gobernanta de que despertara a aquella recua de locos y los llevara a visitar El Pilar de Zaragoza y a almorzar y disfrutar de un balneario de aguas termales.

31.– Fuego

La caza contemporánea extendía su acepción a la actividad fílmica y gráfica. A ella se entregaban Terri y Mala a un lado y otro del manicomio cuando Tilo telefoneó al antiguo espía Diagu Bandiera para alegrarle el día con el amplio tratamiento de los periódicos del norte a la denuncia judicial presentada por el el patrón pesquero que parecía un violinista y a las iniciativas políticas del Gran Simpático.

La descripción del reportero le sonó, a Terri, como si fuera el penúltimo bombazo de la batalla final contra Felonio. “Sus horas están contadas”, le dijo. Tilo dio algunos brochazos sobre el contexto político. “Habrá que confiar en el temor de ese señor tan importante –dijo en referencia al jefe del gobierno– a un golpe mortífero en un órgano tan sensible como el servicio de inteligencia; ya parece bastante noqueado por los púgiles de la oposición a cuenta de la corrupción en su partido y no aguanta un escándalo más, y menos tan superlativo como éste”.

Terri dudó de que el jefe del gobierno fuera a fulminar al general jefe operativo de los servicios de inteligencia del reino, como sostenía Tilo. Téngase en cuenta la naturaleza antediluviana del bicho. En cualquier caso sostuvo que era el momento de poner toda la mierda en el asador. No dijo “mierda” ni “asador”, sino “piezas” y “tablero”, pero tanto daba a los efectos de hacer rodar cabezas. Luego, en un instante, interrumpió a Tilo: “¡Escucha, ya vienen!”

–No oigo nada.

–Pues vienen, entre la niebla vienen; es la guerra, luego hablamos.

–Si sales vivo –dijo Tilo, pero el coronel ya había cortado la comunicación.

Tal como habían previsto, los agentes de Felonio sobrevolaron varias veces el manicomio a baja altura como si quisieran despertar a los locos. Terri filmó sus evoluciones con la nitidez que le permitía el meteoro luminoso, que era bastante. Después de varias pasadas, el Super Puma descendió sobre la nave rectangular del edificio hasta tocar la techumbre con las ruedas. Pero en vez de soltar a los asaltantes para que se descolgaran con cuerdas e irrumpieran a patadas por las ventanas, hizo sonar una voz estridente por un altavoz: “¡Atención, atención! ¡Les habla la autoridad! ¡Atención todos los internos y el personal del centro! ¡Salgan del edificio por la puerta principal! ¡Abandonen el edificio en diez minutos!”

helicóptero nocturno
Descendieron por unas cuerdas.

El helicóptero se elevó unos metros y se separó del inmueble hasta situarse sobre la carretera paralela a la verja, desde la que iluminaba las ventanas y repetía el mensaje. Bordeó las instalaciones con la misma cantinela. Terri filmaba y Mala hacía lo propio encaramado a un árbol del jardín trasero. En el manicomio nadie se movía. Lógico. El pajarraco dio otra vuelta al complejo con la misma monserga. Iluminaba el suelo con dos potentes focos. Descendió a la altura de los árboles de la parte posterior del edificio y soltó unas maromas por las que bajaron dos individuos con artefactos a la espalda. Eran lanzallamas. Corrieron hacia las ventanas de la gran sala dividida por mamparas que servía de salón comedor y zona de recreo de los internos e internas, respectivamente, rompieron las ventanas y lanzaron varias llamaradas consecutivas en todas las direcciones. Después volvieron sobre sus pasos, se agarraron a las cuerdas, el helicóptero se movió y fue a posarse finalmente en el patio que servía de aparcamiento de automóviles ante la fachada del edificio. “¡Atención, atención! ¡Hay fuego! ¡Desalojen deprisa el inmueble!” El locutor repitió la orden varias veces. Acentuaba la palabra “fuego”, enfatizaba “el edificio está ardiendo”, gritaba “salgan, salgan cuanto antes”. Pero nadie salía.

Los del lanzallamas permanecieron junto al aparato mientras seis sujetos con ropa deportiva y armas largas ponían pie en tierra y corrían hacia la puerta de entrada. La abrieron sin dificultad, pues sus colegas ya habían inutilizado a tiros la cerradura unas horas antes, y desaparecieron en el interior. A lo lejos, por la autovía, se oía un ulular de sirenas de bomberos y ambulancias que se acercaban. Terri reconoció la buena coordinación de los asaltantes con los servicios públicos de emergencias. Era evidente que solo querían asustar a los locos y al personal, sin causar desgracias inevitables ni provocar un estropicio mayor del necesario.

Las luces interiores fueron iluminando progresivamente el edificio. Los ventanales con barrotes de la planta baja adquirieron una tonalidad anaranjada. Las ventanas del piso superior, con enrejados y persianas a media asta, pasaban una a una de la oscuridad a la luz, señal de que los asaltantes inspeccionaban todas las estancias. Unos minutos después Terri los vio salir (y los filmó). Le habría gustado ver sus caras de decepción. La niebla se lo impidió. En cambio oyó y grabó algunos insultos contra “estos hijos de punta” y la orden de retirada: “¡Vamos, vamos coño! ¡Arriba, arriba joder!” El helicóptero despegó y puso rumbo a la vega. Terri contuvo la tentación de despedir con el rayo láser al pelotón de garrulos. Echó a andar por la orilla de la carretera hasta el final de la larga nave manicomial. Malalata le silbó.

Mientras caminaban hacia la localidad cercana en busca de un bar donde tomar un café con churros se cruzaron con el estruendoso camión de los bomberos, seguido de dos ambulancias, un coche con guardias civiles y otro con policías locales. Algunos vecinos de unas torres de pisos cercanas se asomaban a las ventanas y comentaban el percance a gritos: “Arde el manicomio, ha venido un helicóptero y se ha ido a la carrera, mira, mira, ya llegan los bomberos, una ambulancia, seguro que hay muertos”.

32.– Tancredo

El coronel Terri y el maestro Malalata examinaron sus grabaciones del moscardón y los pirómanos, hicieron copias de las secuencias filmadas por uno y otro desde las distintas posiciones entre la niebla, las cargaron en varios lapiceros electrónicos junto con una explicación somera de los intentos de asalto al manicomio para secuestrar a la gobernanta y a los dos locos cuyas firmas e identidades eran utilizadas por el general Felonio en sus oscuros negocios ilegales de tráfico de armamento y las aportaron al juez a través del letrado del armador pesquero. Además las hicieron llegar al Gran Simpático mediante el reportero Tilo Dátil.

Las evidencias delictivas resultaban abrumadoras o, al menos, así lo creían en la Tabernilla. Por si los indicios fuesen pocos, su señoría judicial recibió el teléfono perdido (no convenía decir sustraído) por el agente operativo que comandó el primer intento de asalto. En la memoria del aparato figuraban los contactos y las últimas llamadas del general Felonio. Como si no supiera que el olmo no da peras ni siquiera buena leña, el letrado reforzó la ampliación de la denuncia con un escrito solicitando el arresto y la prisión preventiva del acusado para evitar más y mayores males. “Tome su señoría en consideración la condición de elementos armados del interfecto y los sujetos a sus órdenes y adopte las oportunas medidas para prevenir otros daños”, decía con una confianza encomiable en la función del magistrado.

Por su parte, el Gran Simpático actuó con rapidez. Apenas vio la grabación, la remitió al jefe del gobierno por el conducto electrónico oficial y convocó una conferencia de prensa para entregar a los informadores los documentos que probaban la implicación directa de la jefatura de los servicios secretos en la exportación de material bélico prohibido, con las consecuencias desastrosas ya conocidas para los pescadores vascos que faenaban en el Índico. Los papeles causaron sensación entre los plumillas parlamentarios. Las cifras millonarias de los suministros no suministrados, los pagos por anticipado de los compradores en una cuenta numerada en Suiza y, sobre todo, las fotografías del general y sus agentes con el jefe pirata en Seychelles imprimieron fuste y consistencia a las explicaciones de su señoría legislativa a los periodistas.

Habituados como estaban al “periodismo de rebote” (fulano dijo y zutano replicó) los informadores estimaron que el asunto tenía chicha. Cierto es que para las televisoras o terminales del poder cualquier razonamiento era de difícil transmisión. Hasta un silogismo en bárbara resultaba algebraico y complicado. Funcionaban con la consigna de esquivar los asuntos que perjudicaran a los titulares del poder. Lógico. Pero eran inteligentes (a su modo) y manejaban el sacrosanto principio de la pluralidad política, exhibiendo a la oposición como un obstáculo mal plantado y sin argumentos con el que había que contar. “A mí me sacas del dos y dos son cuatro y estoy vendida, o sea, no vendo nada”, resumía una señorita maquillada, canuto en mano. “Yo le pongo la alcachofa y usted resume en treinta segundos”, añadía. Di tú que el Gran Simpático era cordial, paciente y comprensivo con los tontos que se hacían los listos y con los listos que se hacían los tontos. Le sobraba oficio.

No había acabado de distribuir las explicaciones a los informadores más supeditados a los mandos y ya registraba algunas llamadas telefónicas de los altos prebostes gubernamentales.

–¿Por dónde empiezo? –Preguntó a Tilo, mostrándole la pantalla del insolente.

–¡La hostia, tío! Por el más alto.

–De acuerdo, te espero en el Manolo –repuso el Gran Simpático.

Como si le quemara la noticia en las manos, el veterano reportero se apresuró hacia la sala de prensa, entró en la cabina del periódico, redactó un mensaje telegráfico sobre las novedades del asunto y lo envió al director, con copia al redactor jefe y al Máster. Luego, para que Eloso viera cómo las gastaba el amigo Felonio, le remitió las imágenes del asalto al manicomio.

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Trasiego en el Manolo.

Ya en Casa Manolo, el Gran Simpatico, don José y los contertulios habituales de la grey periodística de la antepenúltima cosecha arreglaban el mundo a martillazos. Las palabras más o menos sensatas retrocedían ante el humor de cada cual. Tilo saludó a los presentes con una inclinación de cabeza, solicitó un vino blanco de Rueda, acercó una silla y ocupó un lugar en el espacio. Buscó la mirada del Gran Simpático y la encontró tras el tiento de éste al vaso de vermú de Reus. Interpretó su gesto como un signo positivo y dedujo que la conversación con el más alto, es decir, el jefe del gobierno, había ido bien para los intereses de la decencia y la probidad. Los demás plumillas sabían que el diputado vasco era el hombre del día, pero se mantenían ajenos como si la temática no encajara en la agenda de dimes y diretes del día o como si esperaran que el diputado introdujera el asunto por su cuenta. Finalmente, el amargo Bitter le preguntó si cabía esperar alguna dimisión en las próximas horas.

–Don Tancredo no la ve.

–¿Has hablado con él?

–Acabo de hacerlo –dijo el Gran Simpático.

–¿Y qué?

–Sólo perplejidad, está perplejo. Y los perplejos no reaccionan.

–La clave es asustarles –afirmó, categórico, Clavicordio.

–Los tancredos son de sangre fría –le corrigió don José, quien, leído y culto como era, le instó a enterarse de la evolución y muerte de los tancredos leyendo a Hemingway.

La conversación se fraccionó y embarulló. El Gran Simpático apuró el vermú, hizo un gesto a Tilo para hablar después y se despidió, pues había quedado a almorzar (y demás) con una alta funcionaria de las cárceles estatales. Alguien debía de ocuparse de las condiciones de vida de los malos que acababan entre rejas para que no les zurraran demasiado o los liquidaran con drogas y enfermedades contagiosas.

Luego resultó que el diálogo entre el Gran Simpático y el jefe del gobierno había rebasado el intercambio de perplejidades (perplejo estoy, perplejo me dejas) para adentrarse por la conocida senda de los cínicos, canelos o perrunos que tratan de cubrir sus excrementos soltando cuatro patadas de tierra sobre ellos con las extremidades traseras. El gobernante esparció unas briznas de maleza sobre el marrón, cuya deposición atribuyó a los enemigos de este país, que no eran pocos, sino bastantes y con muchas ganas de enredar y desestabilizar al gobierno. Osease, que algún servicio secreto extranjero, nada amistoso, se dedicaba a soltar mierda sobre la cúpula de nuestros servicios de inteligencia, lo cual, en vez de llevarle (al Gran Simpático) a pedir cuentas y aclaraciones, debería suscitar su prudencia, motivar una reflexión sensata sobre el extraordinario acierto y valor de la dirección de los servicios de inteligencia frente a las acechanzas de los enemigos, el terrorismo y la criminalidad organizada. “Les atacan porque actúan con acierto y los mantienen a raya (a los enemigos), si no, no les atacarían; sólo te pido que no bailes al compás de su música”. Eso le dijo. Pero el Gran Simpático era un tipo analítico, riguroso, poco impresionable. ¿Qué tendrían que ver los armadores vascos que sufrían los secuestros de sus barcos de pesca en represalia por las trampas de los mercaderes de la muerte con los enredos de los espías extranjeros para desestabilizar supuestamente a su gobierno? “No, amigo, no, esta mierda es de marca nacional”, le contestó.

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Don Tancredo en el ruedo.

El jefe de gobierno hizo honor a don Tancredo y mantuvo su firmeza con un aplomo que contrastaba con la debilidad de sus argumentos. El Gran Simpático apeló a las pruebas. “Los documentos,  fotos, filmaciones, y testimonios son apabullantes”, dijo. El gobernante le replicó: “Si yo te contara de lo que son capaces (los enemigos) te caerías de espaldas; esos tíos falsifican lo que haga falta con tal de jodernos”. El Gran Simpático le preguntó si también falsificaban los registros de aduanas sobre la exportación de armamento, si empleaban presos en la fabricación de artefactos mortíferos prohibidos y si, no conformes con esto, utilizaban documentación personal de los locos encerrados en un determinado manicomio. Se notaba que había leído despacio el non nato reportaje de Tilo. “No, amigo, no, este marrón sale de un culo nacional cercano al tuyo; entiendo que quieras protegerlo, pero no me des excusas de mal pagador”, le dijo. La cal del don Tancredo empezaba a cuartearse. Lo advirtió el Gran Simpático por el tono cada vez más irritado de su voz. Quizá la palabra culo no le gustara y la repetición del término “mierda” no le agradara. Con todo, el tío no se movió del sitio.

–¿Quieres decir que va a defender al general Felonio? –Le preguntó Tilo.

–Esa impresión me dio, aunque ni embadurnado de cal se va a librar de que le arree el toro. El tema es muy fuerte y esta vez no tiene escapatoria –afirmó el Gran Simpático.

De la referencia de aquel diálogo entre el diputado y el jefe de gobierno compartió Tilo con los amigos de la Tabernilla la conclusión de que la destitución del general Felonio no iba a ser tan fulminante como había supuesto. Tenía razón Terri al poner entre paréntesis la euforia del reportero.

–Bicho malo nunca muere –dijo Mala.

–Y menos si no lo matan –dijo Lafun.

–¡Joder con el mediocre! –Exclamó Terri.

–Ocre del todo –le corrigió Mala.

Lafun soltó una carcajada, Tilo se rió, el sabio Compendio se contagió de hilaridad sin que supiera por qué, Terri soltó un pedo y renunció a seguir la frase. En teoría el jaque mate parecía fácil, pero en la práctica no. Más allá del acierto cromático de Mala era evidente la protección del amarillento jefe del gobierno (lucía bronceado del ejercicio al aire libre) al taimado Felonio. Los cínicos carecían de vergüenza (y escrúpulos). Y aquel don Tancredo se hallaba entrenado en el ejercicio de la ocultación del ludibrio y la corrupción. Tenía razón don José cuando afirmaba que los tancredos eran de sangre fría. Curados de espantos ante el morlaco, no se asustaban por nada.

Al magín de Tilo acudió una frase: “El hombre no está hecho para la derrota”. La tecleó y la envió a Lafun, que, tras la risa, se había vuelto a concentrar en el tablero frente a Compendio. Los inoportunos de la pareja de ajedrecistas sonaron al mismo tiempo. Ella leyó el mensaje, alzó la cabeza, enfocó al reportero con su mirada, sonrió y escribió: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Y a continuación: “El ególatra Hemingway en su discurso del Nobel”. Cierto y verdad, se dijo Tilo al recibir la frase. Luego elevó las posaderas del taburete para ver cómo iba la lucha entre Lafun y Compendio. Le pareció que el sabio llevaba ventaja, aunque Lafun mantenía varias piezas peligrosas y era más lista que las ardillas. Estiró el pantalón y se volvió a sentar sin dejar de escuchar las consideraciones de Terri sobre los pros y los contras de una nueva andanada contra el poderoso general Felonio y sus protectores, y sin desentenderse tampoco del choque de aquellos dos cerebros sobre la repisa de la ventana. Hicieron tablas.

Tilo dejó pasar uno o dos minutos antes de incorporarse y, como si sintiera la necesidad de estirar las piernas (y el pantalón), avanzó los pasos que le separaban de Lafun. Aquella mujer le gustaba, le atraía, le desgobernaba los ojos. Ella lo sabía.

–¿Recuerdas si el muy taurino Hemingway escribió algo sobre los tancredos? –Le preguntó.

–Creo que sí –dijo Lafun.

–¿Sabes qué decía?

La funcionaria apretó los labios como si tratara de retener las dudas dentro de su boca y prefiriese masticarlas y digerirlas a expulsarlas como un desatinado escupitajo. Más que mirarla, Tilo la olía como un perro en celo. Le encantaba aquella mujer. Ella siguió colocando las piezas dentro del estuche de ajedrez.

–Bueno, no tiene importancia, déjalo –la alivió Tilo.

–Creo que en Fiesta o en algún otro sitio hablaba de que ganaban mucho dinero o algo así. Si quieres te lo miro.

–No te molestes, no tiene importancia.

–No es molestia; sube conmigo y lo miramos –dijo Lafun.

Vivía en la primera planta y tenía una biblioteca que recorría todo el pasillo con estanterías que llegaban hasta el techo.

–¡Por Júpiter, cuántos libros! –Exclamó Tilo.

–La mayor parte eran de mi abuelo.

La hache del orden alfabético estaba alta, ella se subió a una escalerilla, él colocó la mano en su espalda para afianzarla, ella extrajo dos volúmenes, uno con tapas de cartón y otro en edición de bolsillo y bajó el brazo para que él los agarrara. Luego descendió un peldaño, hizo un giro y se dejó caer a cámara lenta sobre él, que la rodeó con el brazo y la sujetó con su pecho. Era alta y algo desgarbada, pero no pesaba mucho y le pareció blandita y suave. En ese momento no pudo contener el impulso de besarla en el aire y le rozó con los labios la barbilla. Ella correspondió buscando su boca. Fue un beso rápido, fugaz, un piquito de adolescentes como los que se dan los jilgueros. Los dos sonrieron. El mayordomo Alibombos se hallaba desactivado, en la cama durmiendo, pero como si se entendieran sin palabras, los dos renunciaron a seguir el juego.

–Miro los libros y te los dejo en la Tabernilla –dijo Tilo, retrocediendo hacia la puerta que había dejado entreabierta.

La crisis, muerte y desaparición de don Tancredo se había producido, según un artículo de Hemingway para la prensa canadiense, en los años veinte del siglo XX y fue atribuida a la irrupción de las mujeres en aquel oficio de alto riesgo. Don Tancredo era una novedad extraordinaria en la tauromaquia. Saltaba al ruedo antes que el toro y se quedaba quieto parado en el centro del albero. La fiera salía lanzada como si fuera a atropellarle, algunas veces le rozaba, pero casi nunca lo veía y corneaba. El público chillaba de terror, el suspense se mantenía, el animal se desfogaba, trotaba por el redondel, golpeaba las tablas buscando una salida. De pronto, descubría la presencia del tancredo, se acercaba, se paraba, lo olía. El público contenía la respiración. Don Tancredo tampoco respiraba, permanecía inmóvil como una estatua hasta que el toro resoplaba y se largaba a la cita con el capote. Don Tancredo provocaba el delirio en los ruedos. Ganaba tanto dinero que pronto comenzaron a aparecer decenas de don tancredos en toda la geografía ibérica, con el descenso consiguiente de la cotización. Pero la crisis no la atribuyó Hemingway a la inflación de aquellos valerosos personajes, sino al horror que sintieron las autoridades al descubrir que un don tancredo atropellado, corneado, perforado, pateado, desangrado y muerto por la res era una mujer. En ese momento prohibieron para siempre jamás la presencia de tancredos en los ruedos.

Para Tilo, la conclusión era clara: solo una mujer podía acabar con la inmovilidad del jefe del gobierno respecto al mando operativo de los servicios de inteligencia.

Terri se mostró escéptico. De hecho, era un escéptico.

–¿Qué mujer?

–Se me ocurren tres –dijo Tilo.

–¿Como quiénes?

–La gobernanta, la madre de Liborio y Lola.

–No se me alcanza qué podrían hacer; la gobernanta ya ha actuado como le pedimos y más vale no menealla; a la madre del loco no la conocemos, y no veo yo qué puede aportar Lola como no sea el recibo de la entrega de la pasta al jefe de los piratas, algo posiblemente ilegal.

–Lo legal sería que mataran a los pescadores, no te jode…–Replicó Tilo.

–No lo veo, periodista.

–Dale la vuelta y no lo agarres por donde quema –dijo Tilo.

33.– Defensa

Las declaraciones del Gran Simpático desencadenaron una reacción digna de estudio a la luz de la física nuclear. El calentamiento del núcleo del poder fue creciente, sorprendió a los ajenos al fenómeno y suscitó esa mezcla de atención y curiosidad social que reclama un desenlace, sea por explosión o por explicación y enfriamiento. Tilo comprobó sus efectos: “El director quiere –le ordenó el Máster– que sigas el lío de los atuneros y la exportación de armas”.

–¡Es…tupendo! Me alegro de que interese el tema.

–Parece una intoxicación de caballo, un montaje de servicios secretos exteriores.

–¿Quién dice eso?

–Fuentes del gobierno –respondió el Máster.

esquife somalí
… el amigo americano no tiene intereses en el Índico ni vende armas…

–Puede ser obra de los insurrectos cubanos o de los malvados venezolanos porque el amigo americano nunca haría eso, no tiene intereses pesqueros en el Índico ni vende armas a las guerrillas africanas –dijo Tilo, siguiéndole el juego.

–No te olvides de los chinos: las matan callando –añadió el Máster.

–¡Por Júpiter! ¿Cómo no se me había ocurrido? Esos sí que tienen intereses en África.

La consigna era clara. Tendría que utilizar el estilo indirecto, una forma de contar más frecuente cada día que, sin embargo, permitía complacer a los de arriba y enojar a los de abajo. Reconocer la autoridad y hacerse el tonto un rato, incluso, a tiempo completo, evitaba muchos problemas y proporcionaba el mismo sueldo con menor esfuerzo, lo cual indicaba el nivel de domesticidad, futilidad y postración alcanzado el periodismo contemporáneo, algo que lamentarían otros, pues a él no le quedaba tiempo.

El ministro de Estado, al que ahora llamaban jefe de la diplomacia o titular de Asuntos Exteriores, consideraba “desacertadas” las acusaciones de exportación incontrolada de armamento y material de defensa y se sorprendía de que ciertos parlamentarios a los que tenía en alta estima prestaran oídos a los dicterios e invenciones para desacreditar a nuestro país que, como todo el mundo sabía, se hallaba entre los más respetuosos del mundo en la preservación de los derechos humanos. Se refería, naturalmente, a las denuncias formuladas por el Gran Simpático, según las cuales… Aquí soltaba Tilo la carga.

Al ministro del Interior no le costaban aquellas operaciones y se remitía a las cumplidas explicaciones que pudiera dar su colega de Defensa quien, por su parte, aseguraba el cumplimiento más estricto de la legalidad nacional e internacional a la hora de aplicar los embargos de suministro de armamento y material de doble uso a países sometidos a restricción por decisión de las Naciones Unidas. Esto sin contar la plena disposición de nuestras fuerzas armadas a defender los intereses nacionales por tierra, mar y aire donde hiciera falta. Y, por supuesto, a los atuneros.

Tampoco a los titulares de Economía, Industria, Turismo y Comercio les constaban las autorizaciones para exportar armas y, menos aún, aquellas minas anti personas y bombas de racimo que “ya no se fabrican”, decían. La comisión interministerial que se encargaba de conceder las licencias de exportación de armamento era estricta y rigurosa, aseguraban. Tan estricta que casi nunca denegaba permisos y tan rigurosa que concedía las autorizaciones para periodos largos, plurianuales, de medio plazo. Pero comoquiera que la comisión estaba compuesta por altos cargos de varios ministerios (Defensa, Exteriores, Interior, Economía, Industria y Comercio), su pluralidad quedaba garantizada. ¿Acaso el militar, el diplomático, el técnico comercial del Estado, el economista, el policía, el letrado del servicio jurídico, el economista y el ingeniero industrial iban a ponerse de acuerdo para burlar la ley? ¿Quién en su sano juicio podía pensar y sostener tal cosa? Y quien dice altos representantes, dice ministros, secretarios de Estado, subsecretarios, directores generales.

A las reacciones de extrañeza siguieron las afirmaciones en contrario, las negaciones y los desmentidos oficiales. Pero el Gran Simpático no se arrugaba. Solicitó las comparecencias parlamentarias de algunos ministros para entrar en el fondo del asunto. Unos decían estar dispuestos a acudir por petición propia para responder a cuantas preguntas quisieran formular sus señorías. Otros se mostraron renuentes y proferían expresiones como “hasta donde yo sé”, “hasta donde puedo contar”, “hasta donde tengo constancia”… El hecho de que, además, la materia fuera objeto de tratamiento judicial, les ayudó mucho, pues el sub júdice ofrecía muchos clavos a los que agarrarse. El titular de Justicia, un tipo con cara de listo que lucía la expresión de satisfacción superior de quien ha amasado la fortuna para resolver su vida y la de varias generaciones de descendientes, exigía respeto a los muy sensibles y perturbables órganos judiciales, proclamaba que no iba a tolerar interferencias ni presiones a los jueces ni fiscales y reclamaba confianza en su labor.

El Gran Simpático, respetuoso como era de los procedimientos judiciales, del secreto del sumario y de los demás artilugios orientados a mantener en vigor el aserto de Rafael Barret: “Cuanto más grave es el asunto, más lo tapan”, sacó a relucir los datos del servicio de aduanas sobre la exportación de armas, algo que no figuraba en el sumario. En esta materia obtuvo el apoyo del colega Limones y cosechó el respaldo verbal de grupos y organizaciones sociales que se reclamaban pacifistas. La evidencia, en fin, de que los gobernantes habían aplicado al Parlamento la famosa política del champiñón (mantenerlo a oscuras y darle mierda) soliviantó a sus señorías legislativas. Lógico. A nadie le gusta que se burlen de él, y menos con aparatosos informes convenientemente mutilados y falseados.

incendio en hacienda
Incendio en Hacienda.

Entonces los ministros afectados dijeron que el Gran Simpático era un mentiroso redomado, un fabulador en clave nacionalista e independentista. ¿Cómo iba el Gobierno a engañar al Parlamento? ¿En qué cabeza cabe que los gobernantes se burlaran de los representantes directos del soberano? Menuda tontería.

–Veamos los archivos de aduanas –propuso el Gran Simpático, secundado por otros.

–Son datos reservados –dijo un ministro.

–Levanten el secreto –dijo el Gran Simpático.

–Aunque accediésemos, resultaría inconsútil. ¿Sabe por qué? Si, seguro que lo sabe, pero se lo voy a decir: porque esos datos no existen –replicó el ministro del ramo.

La afirmación de aquel hombre fue rotunda. “¡No existen, señoría!” Su contundencia añadía credibilidad a la afirmación y se alejaba de la tonalidad gris, enrevesada y plagada de siglas y anglicismos de otras intervenciones de aquel pájaro de cuerda. Quería hacerse entender, pronunciar la última palabra, machacar con el mazo al Gran Simpático. Al oírle, Tilo dudó: ¿Se había colado en los archivos aduaneros o habría sufrido la pesadilla del sueño de una noche de verano? Buscó en el almacén fotográfico de su teléfono móvil las instantáneas que había tomado de las resmas de papel impreso y se las envió a la velocidad de la luz al Gran Simpático y a su colega Limones. El primero pidió un turno de palabra de quince segundos. No se lo dieron. El segundo no había intervenido todavía y pudo mostrar la pantalla minúscula de su inoportuno como prueba de que el ministro mentía más que los Lehman y Madoff juntos. “El Pinocho es usted”, le espetó. El ministro se irritó bastante. “Guárdese sus fotos, ya sabemos que su novia es guapa”, le asestó con el mazo de la ironía. El diputado quiso replicar, pero quedó con su deseo sin destino. “Su turno ha terminado, señoría”, le hizo saber el presidente de la cámara.

Puesto que una cosa no puede existir y no existir al mismo tiempo, el reportero se apresuró a darse una vuelta por allí. Cuando llegó al edificio de aduanas se topó en la puerta principal con unos obreros con chalecos amarillos que sacaban grandes bolsas negras al hombro.

–¿Qué hacen?

–Desescombrando –dijo uno.

–¿Más obras?

–Un incendio.

–¡No fastidie! ¿Dónde ha sido?

–En el archivo –dijo el chaleco amarillo.

–¿Algún muerto?

–Un ujier intoxicado.

Preguntó al guardia de seguridad privada, pero el pistolerín acababa de entrar de servicio y desconocía lo ocurrido. Siguió preguntando. Finalmente un funcionario atribuyó el incendio a la negligencia de un operario de la limpieza que, el muy imbécil, olvidó un cigarrillo encendido y mira. “Ponga usted que no ha ardido todo el edificio de milagro”, aseguró el interino, quien utilizó su prerrogativa de representante sindical para conducirle al lugar del incendio y permitirle tomar varias fotografías con el inoportuno. Sin perder tiempo, reportó el suceso y las instantáneas a Limones y al Gran Simpático. También a la edición del periódico en Internet.

La destrucción de pruebas visibles se había convertido en la actividad prioritaria del general Felonio y su comando operativo de confianza. La vieja técnica de saber para vencer se completaba en este caso con la limpieza de indicios y vestigios para esquivar la acción política y la indagación judicial a velocidad caracol. Al mismo tiempo, el eco de los medios de comunicación impulsaba al general a ofrecer al Parlamento explicaciones sobre las misiones de los servicios de inteligencia referidas al control de la fabricación y exportación de armamento, así como las intervenciones de alto riesgo para preservar a la ciudadanía de la amenaza terrorista, en las que se incluían los ataques a nuestros pesqueros en las remotas costas africanas plagadas de bandidos. Si, el jefe de los servicios de inteligencia comparecería a calzón quitado si fuere necesario en la comisión de secretos oficiales para desarmar lo que indudablemente era un burdo montaje para desacreditar al gobierno.

La operación limpieza merecía un broche de bronce, dado que el de plata estaba reservado al presidente del Gobierno y el de oro al jefe del Estado. “Miren mi broche”, dijo una sola vez Madelaine Albright, la primera mujer que llegó a secretaria de Estado de Estados Unidos, a los periodistas que informaban de sus viajes por el mundo. Poseía una variada colección de broches de animales domésticos, salvajes, pacíficos, agresivos, venenosos, inofensivos, lentos, veloces, tontos y hasta divertidos que le servían para informar sin palabras del resultado de sus encuentros con los mandatarios con los que se reunía. El animal preferido del general Felonio era el águila de san Juan (la gallina, le llamaban) del escudo nacional del régimen militar dictatorial, instaurado a sangre y fuego por mandato divino para salvar a la patria de la perversión de la democracia y la maldición del judaísmo, la masonería y el comunismo, pero aquel escudo había sido derogado y, a falta de broche visible en el ojal de la solapa, llevaba uno inscrito en la cara: “Ustedes pueden mirar lo que quieran, aunque sólo verán lo que yo quiera que vean”.

De la comparecencia a puerta cerrada del superespía K en la comisión de secretos oficiales se filtraron unos centilitros de jarabe de pico para satisfacer a los plumillas. De este modo, los distintos medios de comunicación hicieron saber a los ciudadanos que los servicios de inteligencia manejaban fondos reservados (dinero público sin control de uso) en Suiza. Eso era cierto, pero no ilegal. Además, a nadie podía extrañar la existencia de cuentas en el extranjero, depósitos secretos en el país helvético, transferencias dinerarias y operaciones tan diversas como inconfesables por razón del servicio y siempre, siempre destinadas a prevenir las amenazas y velar por la seguridad de la patria. La seguridad era lo primero. Sin seguridad no había libertad. Y ya sabemos lo cara que es la libertad. Naturalmente, las cuentas secretas se ajustaban a la legalidad; una orden de la presidencia autorizaba a la dirección de los servicios de inteligencia a manejar en Suiza los recursos que el tesoro público ponía a su disposición. Luego ya, si en la denodada lucha contra el terrorismo y la criminalidad organizada, los espías entraban en tratos o trababan negocios con los enemigos, convenía tener en cuenta que siempre, siempre, aquellas operaciones encubiertas se orientaban a preservar nuestros intereses allí donde se vieran amenazados.

la 'paradeplatz' en zúrich
La ‘Paradeplatz’ en Zúrich.

La alaraca de los medios de comunicación social sobre las cuentas opacas en Suiza se extinguió enseguida, dando paso a la reflexión serena sobre la corrección de los procedimientos secretos. Sin duda eran tan correctos como convenientes. Incluso si se trataba de fabricar y vender armas, ya fueran prohibidas o autorizadas, tanto daba. Lo único relevante era que aquellos salvajes fanáticos se mataran entre ellos y nos dejasen en paz. Personajes sesudos reflexionaron mucho sobre el asunto. La intensidad de sus reflexiones guardaba una proporción directa con la densidad de los lípidos recibidos para engrasar su intelecto. Los más y mejor engrasados atacaban sin piedad a los pacifistas, gente utópica y descerebrada. Otros se limitaban a lo elemental: si nosotros no vendemos armas, otros lo harán. El mercado es el mercado, si hay demanda habrá oferta. Unos y otros coincidían en que este país no se podía permitir el lujo de prescindir de la boyante industria del armamento que tanto empleo directo e indirecto proporcionaba.

Aquellos tipos pasaban de lo particular a lo general y viceversa, a conveniencia de los engrasadores. “El que paga los violines elige la música”, dijo Lafun después de leer las reflexiones de un ínclito en un periódico conservador (casi todos lo eran). Tilo esperaba alguna opinión distinta, algún escrito que discrepase de la producción y exportación de artefactos para matar. No se produjo. Mala señal.

–¿Es que no quedaban intelectuales honrados?

–Puede que hayan perdido la voz a causa del capital –aventuró Lafun.

–Me resulta muy extraño –dijo Tilo.

–Los silenciosos también comen –repuso Lafun.

En medio de las divagaciones sobre si unos consideraban el capitalismo un sistema del que ya nadie podía escapar y otros también, y lo colocaban en la cúpula celeste, por encima de las ideas y las ideologías, el sabio Compendio volvió al caso y se preguntó quién custodia al custodio. De antemano conocía la respuesta. Su origen ucraniano se la proporcionaba a zarpazos.

–Basta de teorética, algo habrá que hacer –protestó Mala, buscando con la mirada el acuerdo de Terri, que por algo era un hombre de acción. Sin embargo, el coronel permaneció mudo. Entonces Tilo sugirió un jaque mate con las piezas libres de marca. Se refería implícitamente a Lola y a la mamá del loco Liborio, con las que el enemigo custodio no contaba. Sus testimonios públicos y los que podía aportar la gobernanta del manicomio resultarían demoledores para Felonio. Las tres juntas, solas o acompañadas del Gran Simpático y de varios dirigentes de organizaciones humanitarias y pacifistas eran capaces de armar un gran escándalo.

Pero el coronel era partidario de esperar. ¿Por qué causa o razón? Algún signo atisbaba él de que don tancredo podía mover una ceja, o sea, que el jefe del gobierno que dormía la siesta acabaría moviendo ficha para poner broche de plata al asunto.

34.– Broche

Con aquellas secuencias en la mente y un nudo en el rabo para acordarse de que debía pulir la entrega definitiva sobre las averías del general Felonio, Tilo llegó por fin el día de Navidad a la redacción, soltó la mochila, se desprendió de la cazadora forrada con lana de oveja y se puso a actualizar la edición en Internet. Aparte la desgracia aviónica, las noticias del día tan señalado eran las mismas de todos los años. A partir de las diez de la mañana se desperezaban los líderes y portavoces de los distintos partidos políticos y emitían sus comunicados sobre el discurso de Nochebuena del rey. A unos les parecía bien y a otros menos bien. El ejercicio rutinario de poner título y trufar los textos con los consabidos “dijo” y “añadió” y los socorridos “valoró” y “criticó” exigía ningún esfuerzo intelectual y algo de gimnasia dactilar. La monserga siempre era igual a sí misma: el rey de turno seguido pronunciaba su discurso navideño y doce horas después los representantes políticos del pueblo que a todos soportaba interpretaban el fondo y la forma del mensaje regio y emitían su parecer. Ni en Nochebuena ni en Navidad dejaban de dar la barrila.

Anda y que os jodan, se decía el veterano periodista, que, visto el cariz que iba tomando la crisis económica provocada por la gran bola financiera del capitalismo salvaje y sin bozal, ya no dudaba en solicitar la jubilación anticipada. Este va a ser el último año que me amargáis la fiesta, pensaba mientras tecleaba titulares, ladillos, pies de fotos. “¡A la mierda!”, repetía como su admirado José Antonio Labordeta cada vez que pulsaba el nihil obstat a la publicación, que ahora se llamaba “ok”.

No es que le importaran las fiestas navideñas, es que no las había podido disfrutar en casa cuando sus hijos eran pequeños. Y ahora que la cosa no tenía remedio, sentía el remordimiento de los capullos que lo dan todo por el oficio en beneficio de la empresa. Lo suyo, sin embargo, parecía pasable en comparación con la frustración que debían de sentir las dos mozas viejas de la sección de política que habían renunciado a la maternidad por el periodismo (y por no perder el empleo). Las dos se habían vuelto ácidas como la mala leche. Pero la más fea, que era flaca y cetrina y hacía información judicial, soltaba ácido sulfhídrico.

La niebla se iba diluyendo bajo el tibio sol matinal. El día iba lucir hermoso. Los ojos de Tilo pasaban de la pantalla del ordenador al cristal ahumado del ventanal. Su mirada saltaba por la ventana a la acera de enfrente. Le agradaban las siluetas deportivas de las mujeres con suéter fosforescente y mallas elásticas que pasaban corriendo hacia el parque grande. Las iluminaba con su radar como si disfrutara de su anatomía. Quizá llevaba camino de convertirse en un asqueroso viejo verde. Volvía a la pantalla. La corresponsal en Moscú seguía sin dar señales de vida. Iban llegando las primeras columnas de opinión. Las leía, corregía alguna errata y las colocaba enseguida en el lugar habitual de la edición digital. Era una tarea mecánica sin mayor complicación. El Vips de la esquina le tentaba a bajar a tomar un café. Examinó los teletipos, editó la penúltima reacción al monólogo del monarca y bajó.

Se entretuvo algo más de la cuenta, fumando un cigarro al sol, expectorando, probando puntería contra el poste de una señal de la calleja de la vuelta y charlando con una pareja de papanoeles que buscaban donantes de riñones. Cuando regresó a la amplia sala vacía y destemplada de la redacción piaban dos o tres teléfonos a la vez. Empuñó el que sonaba más cercano a la puerta, en una mesa de la sección de fotografía, y colgaron en ese momento. Con el “diga” sin destino encendió el televisor encastrado en la columna más cercana: el concierto de Navidad de la orquesta de Viena. Zapeó: dibujos animados, saltos de esquiadores desde un pico alpino para romperse la crisma. Allá ellos. Una televisora noticiosa de habla inglesa se refería al avión ruso: no había supervivientes. En otra, la felicitación navideña del Papa de Roma desde el balcón palatino del Vaticano. El día estaba tranquilo. Revisó los teletipos: a falta de noticias ofrecían estadísticas. Los periodistas descansaban el día de Navidad sin que la falta de notas y crónicas de actualidad torciera el curso del mundo, señal de que eran al tiempo lo que la chica del tiempo.

Un teléfono volvió a sonar en el fondo de la sala. Que le den. En la redacción central no llegaban hasta las dos de la tarde y si alguien quería algo, que llamara a su extensión, que para eso está activada la señal luminosa. Revisó el correo electrónico por si entraban nuevos comunicados de los parleros de los partidos y sindicatos sobre el mensaje real: nada nuevo. Inspeccionaba las webs de la competencia cuando vibró el impertinente en su bolsillo. Era el Máster:

–¡Oye tú! ¿Qué ha pasado con mi columna?

–Feliz Navidad, jefe. ¿La has enviado ya?

–Hace una hora.

–Sí, aquí está, voy con ella.

–¡Joder! –Gruñó y colgó.

Era un texto jabonoso sobre la soltura y claridad del nuevo monarca, en contraste con el torpe estilo pastoso de su antecesor, al que hasta ayer mismo reverenciaban. Ahora que pinta menos que el poste de una farola sin farola lo trataban como al felpudo y describían cual golfo, putero, cleptómano y vividor. Se notaba que eran críticos, valientes, sin pelos en la lengua ni lenguas en el pelo. Democracia avanzada y libertad de expresión, le llamaban.

En días tan festivos como este de Navidad las horas pasaban lentas, daban mucho de sí. Tilo sintió ganas de mear y enseguida se acordó del texto sobre las andanzas y negocios del jefe de los servicios de inteligencia. Introdujo el lapicero electrónico en el ordenador y se lanzó a la corriente de un relato gélido, cortante, desapasionado sobre el uso y abuso de los locos por parte del general Felonio. El texto comenzaba con el incendio y asalto del manicomio, un acto cruel, carente de trascendencia mediática, cuyo objetivo consistía en hacer salir a los internos y echar mano a los dos señalados como titulares de la cuenta secreta en Suiza y a la gobernanta o directora en funciones, con fines que solo el promotor de la operación podía explicar y se esperaba que aclarase en su momento ante los tribunales de justicia. A aquel exceso añadía la repentina muerte del director del psiquiátrico, fray Cayo Dueño, cuya identidad había sido utilizada también por el general para blanquear la recaudación de sus negocios asquerosos y encubrir sus múltiples propiedades e inversiones como si fuesen de la orden mendicante de San Juan de Dios. El tipo quedaba definido como el “custodio” más peligroso, ladrón, ambicioso y asqueroso que podía tener este país.

Prosiguió el relato con la operación del vaciado del manicomio y el salvamento de los locos, protagonizada por el coronel Terri y sus amigos. A partir de ahí contaba la persecución, traiciones y vicisitudes que había sufrido el agente Diagu Bandiera (en árabe) o Diego Bandera (en castellano), es decir, el propio coronel Laureano Terricabras, ultimado por K, dado por muerto y, sin embargo, resucitado y vuelto a condenar.

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La Caleta gaditana.

La penúltima aportación al relato fue el deceso a cuchilladas de un hombre de edad y características físicas similares a las de Terri. El suceso tuvo lugar en la Caleta gaditana y habría pasado desapercibido para él y el propio Terri si la víctima D.E. no hubiera respondido al nombre de Diego Bandera. El finando estaba soltero y tenía una hermana, una mujer desconsolada. Hasta en esto coincidía con el coronel. Tilo localizó y habló con aquella mujer. Al dolor por la pérdida del hermano mayor con el que vivía bajo el mismo techo sumaba la indignación que le producía la versión policial del móvil del crimen (un ajuste de cuentas entre narcotraficantes), pues su hermano era un honrado pescador que no había probado una droga en su vida y jamás de los jamases, decía, se había mezclado con los del chocolate y toda esa mierda.

La tercera muerte de Diagu Bandiera colmó la paciencia de Terri. El asesinato de una persona inocente, degollada por aquellos fanáticos terroristas argelinos que sin duda querían liquidarlo a él, le empujó a empuñar el bolígrafo y escribir duro y a la cabeza. Envió la carta al jefe del gobierno por correo certificado, con remite desde el domicilio de su hermana. Aunque leyó el texto a Tilo para que eliminara alguna palabra de más o añadiera alguna de menos y le diera su opinión, el periodista ni aprobó ni desaprobó la misiva. Sencillamente era inútil. Un presidente de gobierno que duerme la siesta no lee cartas de desconocidos. Eso pensaba, aunque no se lo dijo. Después de todo, que el presidente se enterara (si quería) de que la sangre había llegado a la Caleta no era un dato menor, sino de mucho interés para el reportaje. Lo añadió con el frío esmero que imponía el rigor. Entrecomilló la frase en la que Terri imputaba la responsabilidad al general Felonio y también la que reclamaba atención y compensación a la desconsolada hermana de aquel pescador pescado a traición.

Tilo no esperaba respuesta. Lógico. El que no lee es como el que no oye y el que no oye no contesta. Tampoco Terri confiaba en obtenerla. Sin embargo, algunos indicios vio él que le indujeron a abstenerse de quemar las naves y achicharrar a Felonio con los testimonios de Lola, la gobernanta y la mamá del loco Liborio, como por dos veces le había propuesto Tilo.

La primera señal de movimiento en las alturas la coligió Terri del hecho de que el general no hubiera vuelto a la carga contra el manicomio. Los pupilos del maestro Malalata se mantuvieron varios días en sus puestos de vigilancia y protección. Lo hicieron con mucho gusto y esmero, pues a la remuneración a cuenta de los fondos de la gobernanta, una buena mujer, añadió Santi Muelles la conquista amorosa de la celadora Fabiola, que tenía cara de alubia pinta alargada y alucinaba con los pequeños inventos del mago. Del bajito Lágar hasta los locos admiraban sus brincos, acrobacias, paseos sobre la soga atada a los troncos de los plátanos y andancias a la inversa (cabeza abajo). Dejaron muy buen recuerdo. Lógico.

El segundo indicio lo atisbó en los titulares de los periódicos sobre la comparecencia del general Felonio en la comisión parlamentaria de secretos oficiales. Con la ayuda del sabio Compendio exploró los archivos gubernativos y descubrió la orden ministerial de la presidencia autorizando al jefe de los servicios de inteligencia a abrir una cuenta numerada (anónima para terceros) en la banca Suiza y transferir desde el Tesoro público los fondos reservados hasta una cantidad de veinte millones de euros, ampliables a diez más en función de las necesidades y obligaciones de los servicios. La disposición de marras llevaba fecha de ayer, o sea, del día anterior a las explicaciones del general a sus señorías. Para Terri, que había sufrido el funcionamiento cicatero de la administración de los servicios de inteligencia, aquella novedad revelaba la existencia de un arreglo entre Felonio y el jefe del gobierno. Hábil, escurridizo y cínico, el general mencionó los depósitos en el exterior como algo añejo y normal, una forma habitual de operar con todos los gobiernos desde los lejanos tiempos de la apertura del país al mundo. A nadie debía extrañar que los servicios secretos tuvieran fondos secretos en Suiza. También la cúpula militar había mantenido durante décadas sus fondos extra, al margen del presupuesto público, en el Banco Federal de Estados Unidos para comprar armamento. Si la prensa se hacía eco, sin duda era debido a la fuga de capitales provocada por la crisis financiera y económica, una evasión masiva que había convertido el castellano en la lengua más hablada en Ginebra, sin contar el dicho popular: “España, capital Suiza”. Claro que Terri veía las cosas al detalle, con lupa de espía y, al contrario que sus señorías, siempre con prisa y siempre preocupadas por su elocuencia, no dejaba pasar una coma por debajo ni por arriba (acento).

El tercer elemento que le llevó a sospechar que don Tancredo había arrugado el entrecejo se lo proporcionó el propio Tilo. El periodista telefoneó varias veces a la desconsolada hermana del pescador gaditano asesinado. Se interesaba por su estado y le preguntaba cómo iban las pesquisas policiales de lo que a su humilde entender era un atentado terrorista. En una de esas, la mujer se refirió a un señor llegado de Madrid. Suponía que había ido a investigar el crimen. Habló con ella y ella le contó la vida de su hermano, sin añadir ni quitar nada de lo que había contado a los demás maderos. Cuando el tipo acabó el interrogatorio tuvo la deferencia de acompañarla hasta la puerta de salida de la comisaría, donde un lotero tuerto ofrecía el número de la suerte para el próximo sorteo de la lotería nacional. Ni corto ni perezoso, el agente compró cuatro décimos al del parche y le regaló dos. Ella se negó a aceptarlos, pero el hombre insistió: “Tenga, que seguro que toca; guárdeselo; nos vemos mañana por la mañana cobrando el gordo en la sucursal del Banco de España de la avenida Cayetano del Toro”. Oye, y tocó. Mil euros al euro, total, cuarenta mil. El propio policía secreto se personó en su domicilio a las ocho de la mañana y la llevó al banco en su coche a cobrar el premio.

Para Terri fue el signo definitivo de un movimiento en las alturas que, a su modo de ver, equivalía al despido de Felonio. Daba por hecho que el jefe del gobierno estaba hasta los cojones de las fechorías de aquel preboste, pero en vez de fulminarle como se merecía, había sopesado la situación y optado por un acuerdo pacífico que permitía al ladino general que lo sabía todo de todos retirarse con la faltriquera llena, la fortuna repuesta en Suiza y alejarse a desvivir lo que le restase de vida donde pluguiese a su patriótica voluntad, a poder ser, lo más lejos posible de la patria. La sustitución se anunciaría en el acto de la Pascua Militar. Su majestad el rey impondría a aquel cabrón la mayor condecoración en tiempo de paz, broche de oro a sus incontables e impagables servicios a la nación.

35.–Caraculiambros

Sobre las tres de la tarde el veterano periodista fue relevado de sus obligaciones editoriales por los colegas de guardia en la redacción central, pero, maniatado al texto, aún se mantuvo hora y media haciendo correcciones, intercalando testimonios, plasmando contextos, colocando ladillos y pensando titulares. Colocó varios títulos, a gusto del consumidor (el redactor jefe, que siempre los cambiaba), despachó el texto al correo electrónico del director y se largó a la calle con el deseo de zamparse un sándwich de vegetal con patatas fritas y una cerveza en el Vips de la esquina.

Ya con el estómago lleno dudó entre irse a casa a dormir un rato o deambular por la ciudad. La tarde soleada y breve invitaba a lo segundo, de modo que compró un par de botellas de cava y unas bolsas de almendras y avellanas tostadas y echó a andar tras los gorjeos de una pandilla de adolescentes. ¿Qué sería de nosotros sin la risa? Juraría que el genial Gila sigue prolongando la vida de millones de congéneres con su humor como un espejo a lo largo del camino. Por eso vivimos tanto, aunque los japoneses duran algo más, según acababa de leer en un teletipo.

En distracciones visuales y mentales de corto alcance llegó al kilómetro cero, muy adornado con altos conos de luces blancas y verdes como si fueran abetos nevados. Se deleitó con la visión de los rosetones navideños con bombillas de colores en lo alto de las rúas siamesas que confluían en la Puerta del Sol y siguió paseando sin prisa hacia la calle Mayor. La transitó de cabo a rabo hasta el Puente de Segovia, cuya barandilla de granito oscuro se hallaba protegida por altas mamparas de metacrilato lechoso para obstaculizar el salto de los suicidas y evitar que cayeran sobre los humanes que pasaban por debajo, por la calle de Toledo, a una profundidad de doscientos metros. La barrera del tradicional suicidadero matritense, con ser una buena instalación, impedía solazarse, asomado a la baranda, contemplando el atardecer. De modo que Tilo pasó el puente y se acomodó en una terraza de las Vistillas a disfrutar de los últimos rayos del sol en compañía de un cilindro de cerveza.

No hacer nada era una forma de hacer muy agradable. Lástima que el astro traspusiera tan deprisa. Retomó el paseo en dirección a la Tabernilla. De camino armó y conectó el impertinente por si tenía algún aviso. Contestó al “feliz Navidad” de Lafun, que se había ido a El Cairo en compañía de su mayordomo Alibombos, con un emoticono y una frase de la famosa novela de Mika Waltari: “Yo, Sinuhé, soy un hombre y, como tal, he vivido en todos los que han existido antes que yo y viviré en todos los que existan después de mí”.  

La ventana de la Tabernilla, tenuamente iluminada, indicaba vida interior. Los habitantes eran Terri y Compendio. Los saludó con la fórmula navideña al uso, puso el cava a enfriar, alejó la catalítica y se sentó a observar la refriega sobre el tablero. El sabio estaba arreando una paliza de campeonato al coronel, que solo soltaba el cartílago de la oreja derecha bajo la boina para mover ficha. Cuando se rindió, Tilo le entregó la copia de la penúltima entrega (definitiva, suponían) sobre el enemigo. Brindaron, se desearon salud y bebieron. Después brindaron otra y otra vez (incluso por la ciencia) y volvieron a beber. Tilo aprovechó una pausa del relato de Compendio sobre aquellos tiempos en la antigua Unión Soviética donde un joven investigador como él podía cambiar más de chica que de pantalón para sacar de la nevera la segunda botella de cava y, de paso, armar y conectar el teléfono: esperaba el mensaje de Lola con la hora aproximada de llegada.

En ese instante recibió una llamada.

–Buenas noches, Máster, ¿ha ocurrido algo?

–Oye tú, ¿puedes explicarme por qué cojones no ha salido mi columna? –Le preguntó el delegado con cajas destempladas.

–¡Por Júpiter! ¿Qué me dices?

–Eres un maldito inepto, hijo de puta –profirió a voz en grito.

–La leí, la metí en caja… Si no pulsé el énter debió de ser porque me distraje con alguna llamada, no sé muy bien qué paso.

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El arma secreta del sabio Compendio tenía forma cilíndrica de linterna.

La explicación y el mea culpa de poco sirvieron; para sorpresa de Terri y del científico Compendio, el Máster abundó en insultos a grito pelado como si el despiste de Tilo le hubiera ocasionado un daño irreparable. Se diría que el muy emberrechinado esperaba alguna recompensa de aquel texto jabonoso sobre el discurso del nuevo monarca, al que llamaban El Preparado.

–Mira, Máster, estas cosas ocurren en los mejores periódicos –dijo finalmente– y no tienen mayor trascendencia. Fue un despiste, una omisión involuntaria, así que en vez de seguir insultándome, llama al compañero de guardia en Barcelona y dile que pulse la tecla de publicación.

–O sea que me quedo sin poder ir a esquiar el día de Navidad y un tonto de los cojones como tú se dedica a joderme… ¡Esta me la pagas, mamón!

–Parece mentira que un columnista tan elegante utilice tan mal los calificativos –dijo Tilo.

–¡Serás cabrón! ¡Te voy a arrancar la cabeza de una hostia!

–No lo creo.

–¡Vente para acá y verás!

–De acuerdo, en media hora estoy en la puerta de tu casa.

Terri rellenó las copas y le recomendó que pasara de ese capullo. Brindaron por las mujeres, lo mejor de la vida. A continuación Tilo se enfundó la cazadora.

–Voy a pegarme con ese, enseguida vuelvo –dijo.

–Pasa de ese gaznápiro –insistió Terri.

–Soy un tipo de palabra.

–Correcto, entonces voy contigo –dijo Terri.

–Y yo también –añadió Compendio.

–Para arreglarle la boca me basto solo –afirmó Tilo.

–Perfecto, no nos metemos, pero te acompañamos –incidió Terri.

Compendio subió, agarró ropa de abrigo y se pusieron en marcha en el bien entendido de que el coronel y el científico permanecerían en el taxi mientras él se pegaba con el Máster. Ordenaron a Delfín que parase en la esquina de la calle, a pocos metros de la casa donde vivía el individuo. Tilo se apeó y pulsó el timbre del piso del sujeto.

–¿Quién es?

–El odontólogo, colega.

Poco después se iluminó el portal y Tilo vio cómo Terri y Compendio bajaban del taxi y se colocaban discretamente junto a la pared. Él se mantuvo frente al vidrio enrejado, dispuesto a recibir a la fiera a puerta gayola. Guardaba en la boca un espeso gargajo bien elaborado y confiaba en la fuerza cegadora de aquel potente argumento, seguido de un guantazo de izquierda al mentón desde abajo y de un directo a las narpias con los nudillos del puño reforzados con la punta de las llaves. El adversario salió del ascensor y avanzó hacia la puerta. Calzaba zapatillas deportivas y guardaba la mano derecha en el bolsillo abultado de la chaqueta de un chándal bien abrochado, como si empuñara un arma corta, un martillo u otro utensilio de ferretería. Abrió la puerta, dio un paso, elevó el brazo con el bulto en el bolsillo.

–Te voy a pegar…

Tilo le estrelló el lapo la frente antes de que terminara la frase y retrocedió a protegerse tras el tronco rugoso de un plátano.

–¡Suelta el arma, cobarde! –Le gritó.

En lo que el Máster maldecía y se limpiaba la mucosidad, el sabio Compendio se hizo visible como paseante, tropezó con él, se disculpó, le preguntó algo en inglés. “¡Lárguese, viejo!” El sabio inclinó la cabeza en señal de reverencia y prosiguió su camino.

El Máster sacó la pipa del bolsillo y avanzó los tres pasos que le separaban del árbol, pero Tilo se había escurrido detrás de un coche de los que allí había estacionados en batería. El Máster se inclinó a un lado y otro a ver si lo veía. Luego, en un instante, pasó a toda prisa entre dos coches, pero en vez de intentar dispararle se quedó inmóvil, hizo un movimiento epiléptico como si le hubieran clavado una estaca en el culo, dio dos o tres botes y echó a correr calle abajo hasta perderse a lo lejos bajo las sombras oscuras de los plátanos.

Tilo aseguraría que le gritó: “¡Cobarde gallina, capitán de las sardinas!”

–Asunto resuelto, vamos –dijo Terri.

–Se ha cagado al verte –dijo Tilo.

–Inexacto, no creo que me haya visto –respondió Terri.

El sabio Compendio volvió sobre sus pasos, mascullando algo en su idioma y riéndose del Máster en fuga. Golpeó el hombro de Tilo y le levantó el brazo en señal de triunfo. Subieron al taxi y Tilo dijo que tenía mucho gusto en invitarles a cenar donde les apeteciera. El taxista Delfín dijo que conocía una sidrería por Cuatro Caminos donde ponían carne y marisco a la parrilla sin subirse a la parra con los precios. Aprobaron su elección.

Ya en la mesa alzaron sus copas de sidra espumosa por las batallas ganadas contra Felonio y contra aquel birria anécdotico, cuya huida no se explicaba sin la presencia intimidatoria del tío de la boina. Terri volvió a negar su influencia en la aceleración del Máster.

–Explícaselo tú –indicó al sabio.

Compendio se desabrochó el botón del cuello de la camisa y adoptó un tonillo profesoral. Resulta –dijo– que el sabio Ruthenford descubrió el paso en línea recta de la mayor parte de las partículas alfa de los rayos a través de la materia. Con anterioridad se sabía que la electricidad existe en forma de partículas, a las que el sabio Stoney dio el nombre de electrones. Después se descubrió que el paso de la electricidad a través de determinados gases no sólo confirma su composición corpuscular, sino que permite estudiar la estructura del átomo. A continuación, las investigaciones dirigidas por Thomson se orientaron a medir la velocidad de los electrones y a obtener algunas aplicaciones prácticas con su manejo.

Delfín y Tilo se miraban sorprendidos. El científico seguía acumulando antecedentes físicos y químicos en un castellano trabajoso, plagado de anglicismos, como quien va cortando flores de aquí y de allá para formar un ramo. Terri estaba en el misterio y prestaba más atención al camarero que al sabio, pero el periodista y el taxista le escuchaban con el afán de quien quiere oír y entender. Compendio proseguía su perorata. “Ahora –dijo al cabo de varios minutos y veinte citas didácticas– los investigadores de física molecular sabemos que las partículas eléctricas o electrones pueden cargar y transportar bites de ultrasonidos, y los investigadores químicos conocemos los efectos sensacionales de dichos ultrasonidos al expandirse en determinados gases, de modo que hoy podemos desarrollar determinadas aplicaciones fenomenales”. Parecía el final de su explicación teórica. Lo era. Miró a Terri, que escanciaba y le hizo un gesto afirmativo con la testa.

Entonces el sabio extrajo de un bolsillo lateral de la chaqueta una especie de linterna cilíndrica y se la mostró.

–Esta es –dijo– mi arma secreta, un percutor de fotones cargados con bites de ultrasonidos; yo le llamo el Percutor de Culiambros.

–¿De culi… qué?

–Culiambros –repitió el sabio con una sonrisa de satisfacción.

–Dinos cómo funciona –le animó Terri.

Mientras el científico hacía espacio en la mesa y colocaba el artefacto sobre una servilleta como si se tratara de un bicho a diseccionar, Tilo escarbaba en su cerebro intentando averiguar donde diantres había oído o leído él aquel “culiambros” que parecía más castellano que ruso y más ruso que inglés.

–El Percutor de Culiambros –dijo el sabio– consta de dos pilas de Volta, una pequeña placa de resina vitrificada con un circuito impreso en oro, gran transmisor. A continuación tenemos un puerto o conexión a un lector de sonido que, para entendernos, no es muy diferente de los que utilizamos en los teléfonos móviles, aunque su complejidad y perfección resulta muy superior. En este puerto insertaremos el pendrive cargado con sesenta y cuatro gigas de ultrasonidos. Aunque podemos cuadruplicar la capacidad y percutir más bites, la carga ha de ser proporcional a los fotones que vamos a lanzar. Esta es el área más compleja del percutor –añadió, delimitando con el dedo índice la zona de la carcasa–. Ahora colocaremos la carga de ultrasonidos –prosiguió, conectando el lapicero electrónico en la ranura del cilindro de aluminio, a modo de gatillo.

–¿De dónde sacas esos ultrasonidos, profesor? –Se interesó Terri.

–Los obtenemos del éter y los sintetizamos mediante una aplicación informática especial que nos permite identificarlos y manejarlos como un documento. Aunque los ultrasonidos son impercetibles al oído humano, miles de especies animales funcionan y actúan gracias a ellos.

–La biología es una fuente inagotable de conocimientos –dijo Delfín.

–Cierto, un gran nutriente de la neurociencia. Bien. Con este botón activamos el paso de los bites de ultrasonidos al circuito impreso que los va a transferir a una micro cápsula al vacío. Si os fijáis, esta rayita roja indica que ya han pasado. Ahora pulsamos este botón y transmitimos la corriente eléctrica de las pilas a la misma cápsula. Si lo hacemos, debemos lanzar el rayo percutor en menos de diez segundos, ya que, de lo contrario, si no liberamos la carga, nos arriesgamos a que se caliente y estalle la cápsula de vacío. ¿Correcto? De modo que una vez colocado el dispositivo y abierto el puerto, si queremos percutir hemos de activar la energía eléctrica y, a continuación lanzar las partículas fotoeléctricas cargadas de ultrasonidos contra el objetivo, para lo cual pulsaremos este botón y lo mantendremos cinco segundos. A partir de ahí cortamos la conexión eléctrica y listo, a comprobar el efecto.

–¿Qué efecto, profesor? –Le preguntó Terri.

–Antes de nada hemos de completar el manejo del Percutor. Como sabemos, la velocidad de la luz y la del sonido son distintas; el sonido es muy cansino, va más lento. Por esta razón y porque la transmisión del sonido es ondular y se pierde con gran facilidad en un soporte unidireccional de fotones, manejaremos el percutor en contacto físico con el objetivo o, en todo caso, a una distancia no superior a diez centímetros. En cuanto al efecto ya habéis visto como corría ese –dijo en referencia al Máster–; sentir andancio, moverse, salir corriendo son las manifestaciones más comunes de los percutidos, aunque hay otras.

–¿Por qué pasa eso, señor Compendio? –Se interesó Delfín.

–El Percutor de Culiambros ha sido configurado para actuar sobre recipientes vulgares de gas metano. Si lanzamos una corriente constante de electrones y protones ultrasónicos contra un recipiente no blindado de gas metano enseguida observamos que los bites de ultrasonidos se desprenden y expanden en el gas en tanto la energía sigue su camino. ¿De qué recipiente hablamos? De la barriga, amigos míos. Sabemos que el intestino grueso produce, contiene y retiene una determinada cantidad de gas metano que se deriva de la transformación del almidón y sus derivados en la glucosa que es absorbida por el organismo. Si percutimos en la zona derecha del bajo vientre, donde tenemos el colon que baja hacia el recto, es decir, el culo, los ultrasonidos agitan el metano, el gas CH4, de una manera hostil e inesperada, lo que produce una punción repentina, seguida de un agudo picor de culo por segundos más intenso y duradero que provoca gestos ridículos en cara y ojos y ese irrefrenable deseo de dar botes y salir corriendo.

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La finalidad del arma secreta era provocar picor anal y suscitar la hilaridad.

Las exclamaciones de admiración de Delfín, Tilo y Terri no desviaron la explicación del sabio en el sentido de que el arma secreta ni era arma, ni causaba daños ni dejaba secuelas. De hecho, el agudo picor de ano duraba lo que tardaba el percutido en soltar la materia fecal. La finalidad original del Percutor de Culiambros consistía, según Compendio, en provocar la hilaridad, manejándolo a diestro y siniestro en recepciones, besamanos y celebraciones televisadas de los poderosos. Si los caraduras de todos los regímenes y países del mundo se reían de los pueblos, iba siendo hora de hacerles saber que la risa es ingobernable y de emplear aquella herramienta para que los pueblos se rieran de ellos.

–La risa no derrota pero desanima –dijo Terri.

–Justicia biológica –apostilló Delfín.

–Me pregunto, amigo Compendio, si ha leído usted El Quijote –dijo Tilo inopinadamente, creyendo haber encontrado el origen del nombre del percutor.

–En inglés y ahora en castellano –dijo el sabio.

–Entonces sabrá…

–Lo sé, amigo periodista: Caraculiambro era el gigante de la ínsula Malindrania que tenía encantada y convertida a la infanta Antonomasia en una mona de bronce. El valeroso caballero lo acometió y lo partió en dos, liberando a la muchacha.

–¿Os imagináis la cara que pondría un necio tan presumido como el señor Trump al sentir de repente un agudo y prolongado picor de ano? –Terció Terri.

–Cara de culo –dijo Delfín.

–Correcto: caraculiambro –ratificó Terri.

FIN

Madrid, enero de 2019

‘La verán mis ojos’ (I): «Lucas en Ursaria»

La muy tabernaria calle de Núñez de Arce, donde Lucas Ubiese halló empleo de camarero.
La muy tabernaria calle de Núñez de Arce, donde Lucas Ubiese halló empleo de camarero.

El jefazo le miró como quien examina un burro en el mercado del ganado y le preguntó de dónde había sacado esa cara de boñiga. Él estuvo a punto de devolverle la coz, pero se hallaba impecune y necesitaba el empleo, de modo que se mordió los labios y se encogió de hombros pensando dame pan y llámame lo que te de la gana, tío hijoeputa.

Cuando el jefazo hubo comprobado su docilidad, extrajo un cigarro habano de larga distancia del cajón de su mesa, lo olió, le cortó la boquilla con un capa puros y le prendió fuego con una cerilla de astilla. A continuación, le dijo soltando humo:

–Muy bien, chaval, ¿cuánto quieres ganar?

–Lo suficiente, señor; vivir se ha puesto al rojo vivo –contestó con un verso de Blas de Otero.

–Te pagaré algo; mañana a las nueve empiezas –repuso el jefazo levantando sus posaderas del sillón y tendiéndole la mano para rubricar el trato. Su movimiento dejó al descubierto en el costado izquierdo, bajo la americana, una pistola Astra de la fábrica Gabirondo y CIA. Era un tipo enjuto y pálido, de mediana edad y nariz historiada de boxeador, un hombre armado, el jefazo.

La escena tuvo lugar el 2 de junio del año 1973, doce días después de que Lucas hubiese llagado a la antigua Ursaría procedente del Norte. Los frailes del internado carmelitano donde estudiaba bachillerato superior y gozaba de buena fama como poeta y de mala como religioso por no creer en los misterios, se disponían a decretar el final del periodo lectivo y a enviarle de veraneo con los demás internos a una granja donde debía ayudar a los hermanos legos a limpiar las cubiles de los cerdos y a segar y majar el cereal y las gramíneas de unos predios y curatos.

Pero antes de que eso ocurriese, la tía Zulaica, hermana de su padre, llamó por teléfono a los frailes y les comunicó que el Viejo estaba en las últimas. Fray Octavio tomó  el recado, movió sus ciento cincuenta kilos de humanidad,  le llevó a la estación ferroviaria en el Dos Caballos y le pagó el viaje en el correo de las tres de la tarde, gracias a lo cual, llegó a tiempo de ver al Viejo todavía con vida.

Lo encontró, al Viejo, pálido y desmejorado, con la respiración asistida por un tubo conectado a un agujero que le habían hecho en la tráquea. Tenía los ojos hundidos y una expresión de infinito aburrimiento. Le acarició la frente y el pelo y mantuvo su cara apretada contra la del Viejo como cuando era niño y él le picaba con la barba. Tenía la piel fría, el Viejo. Introdujo el brazo por detrás de su espalda y le incorporó sobre la almohada. Entonces el Viejo abrió algo más los ojos e hizo un esfuerzo para mirarle. Su pecho sonaba como un sonajero. Lucas le dijo que se pondría bien, pero el Viejo le apretó la mano y negó con la cabeza. Lucas le llevó la contraria, afirmando con la cabeza y le dijo que Richard estaba en camino y que llegaría pronto. Al oír el nombre del hijo mayor, que se había marchado de casa hacía algunos años, el Viejo abrió un poco más los ojos y esbozó una mueca que quería ser una sonrisa. Lucas le acarició la frente y le dijo: “No te mueras, padre”.

Estuvieron así un buen rato hasta que el Viejo le fue aflojando la mano, y aunque Lucas le repitió que Richard llegaría pronto y le animó que se mantuviera despierto, el Viejo,  turris burris, se fue quedando sin fuerza y cerró los ojos. Se notaba que tenía ganas de morirse. Media hora después se quedó más frío que un témpano.

Un médico llamado doctor Rubiñán certificó el deceso en un papel con membrete oficial y póliza de sesenta céntimos y cuando Richard llegó de aquella isla del Mediterráneo en la que trabajaba cocinando cosas ricas para los ricos, otro médico les invitó a pasar a un higiénico despacho y les informó con gran amabilidad sobre las causas de la muerte del Viejo, que ni viejo era siquiera. Han sido varias, les dijo. La primera y principal corresponde a un envenenamiento silicótico irreversible y progresivo, complicado con una bronquitis de caballo, agravada por un proceso de inflamación de la pleura que ha dado lugar a un cuadro clínico de insuficiencia respiratoria aguda, sin retroceso ni remisión ante la ventilación, la medicación y la respiración asistida, de modo y manera que en las últimas horas se le ha inyectado morfina para evitarle el tránsito con sufrimiento. En pocas palabras, que el Viejo era un leño, un árbol seco, sin hojas para respirar.

Al oír la explicación del doctor, los sollozos de la tía Zulaica arreciaron y estalló en lágrimas, sujetándose la cabeza con ambas manos. Lucas empuñó el historial con los padecimientos del Viejo que le entregó el doctor y con la ayuda de Richard, que también se puso a llorar, incorporaron a la tía y la sacaron del despacho del amable médico. Nada más cruzar la puerta, la tía Zulaica empezó a maldecir a “esos”.

–¿Qué esos, tía?

–Esos canallas que le condenaron y le tuvieron en el batallón penitenciario trabajando en la mina tantos años… –alcanzó a decir entre sollozos.

Era la primera vez que Richard y Lucas oían que el Viejo había estado sometido a trabajos forzados, picando antracita, de resultas de lo cual había contraído la enfermedad irreversible y se había muerto antes de tiempo, es decir, mucho antes de lo que correspondía al promedio de duración de la vida.

Volvieron junto al cuerpo inerme del Viejo y Lucas y Richard miraron su rostro apacible y enjuto como si quisieran pedirle perdón por su ignorancia. La tía Zulaica lloraba como una Magdalena. Richard, que ya era un hombre hecho y derecho, la abrazaba, tratando de consolarla, y también lloraba. Lloró mucho Richard.

–¿Cuánto tiempo estuvo castigado en la antracita? –Le preguntó Lucas.

–Más de diez años, mi niño –dijo la tía Zulaica.

Richard miró a Lucas y ambos volvieron a mirar la cara del Viejo; ahora comprendían aquel ajetreo y la alegría de madre el domingo mensual, cuando les cepillaba las uñas, les ponía guapos, les peinaba con la raya bien recta a un lado, les vestía con la ropa nueva –la ropa del domingo– y les lleva en el coche de línea a ver a papá a Los Negrillos. Le tenían allí castigado, es decir, preso, con otros mineros y no le dejaban salir de aquel recinto de casuchas de madera podrida, situadas en la ladera del monte, a un lado y otro de una larga calle asfaltada con carbonilla prensada. Comían la tortilla y el picadillo de verduras que mamá preparaba la noche anterior y después salían a jugar al balón y al escondite con otros chicos y chicas mientras los padres y madres cerraban las puertas de las casuchas y hablaban y se hacían el amor. Luego, antes de que oscureciera, corrían hasta la carretera para no perder el autobús de línea de regreso.

El Viejo, ya dormido para siempre, nunca les reveló su condición de presidiario ni les explicó la causa de su confinamiento. Sólo sabían que padre estaba trabajando en la mina y que gracias al dinero que le daba a madre, ella les compraba ropa y comida y pagaba la escuela particular del maestro don José. Tampoco ella mencionó la palabra maldita. Estar “preso” era una vergüenza y significaba que algo muy malo habías hecho. Pero padre no estaba preso, sólo trabajaba en la mina para que la gente tuviera luz y los trenes y las máquinas y la industria funcionaran. Y como la luz no se podía parar ningún día y los trenes y las máquinas tampoco, por eso padre no tenía tiempo de venir a casa por la noche como los demás padres. Además, era por la noche cuando más falta hacía la luz.

Lucas no podría precisar cuanto tiempo permanecieron en aquella habitación acariciando la frente y el pelo rubio entrecano del Viejo y consolando a la tía Zulaica, que seguía llorando. Sólo recordaba que al atardecer se lo llevaron unos hombres y que poco después lo instalaron en un ataúd con olor a formol sobre dos sillas en una capilla que había en el sótano del sanatorio, junto a otros dos muertos, y que llegó un cura y rezó un pater noster para todos. Pasaron la noche dormitando junto al Viejo y por la mañana apareció otro cura y dijo una misa de réquiem y les echó gotas de agua con un hisopo, y luego vinieron los hombres de la funeraria y cerraron la tapa del féretro y lo cargaron con los otros dos en una camioneta y ellos subieron con el Viejo y llegaron al cementerio, donde otro cura le echó un requiescat in pace, y después dos enterradores colocaron el féretro con el Viejo en la misma tumba familiar en la que reposaban los restos de madre y sellaron de nuevo la losa con yeso, y un hombre de traje y corbata negra ajustó con la tía Zulaica el precio de la inscripción en la lápida y le preguntó si quería epitafio. “Un hombre bueno”, dijo la tía entre lágrimas.

Aunque Richard no lloró tanto como la tía, lloró bastante. En cambio, Lucas no soltó ni una lágrima, ni un sollozo siquiera, lo que le valió algunas miradas de reproche de tía Zulaica. No es no sintiera una gran pena por la muerte del Viejo, es que la mañana que le llevó al internado de los frailes carmelitas, cuando tenía once años, él comenzó a llorar, pues no se quería quedar en aquel lugar, y el Viejo le cogió en brazos y le convenció de que los tipos duros no lloran y él ya había llorado bastante cuando mamá se murió y ahora debía portarse bien y obedecer a aquellos señores frailes, que eran muy buenos, y estudiar mucho para convertirse en un hombre de provecho y no tener que obedecer a los ricos. Entonces él dejó de llorar. Y el Viejo le acarició, y antes de posarle en el suelo, le dijo muy serio:

–¿Verdad que no vas a llorar nunca?

–No, padre.

–¿Me lo prometes?

–Si, padre.

–Así me gusta.

Richard se quedó con el reloj y unos anteojos del Viejo y él se guardó el libro de familia con la fotografía en la que aparecían Richard y él entre madre y padre, y también se quedó con la maquinilla de afeitar del Viejo. Quitando el poco dinero que guardaba en una caja de carne de membrillo y la antigua casa con el huerto trasero en el que tía Zulaica y el Viejo apacentaban dos cabras, madre e hija, y cultivaban patatas, coles y tomates y cuidaban unas gallinas ponedoras y engordaban unas camadas de conejos para llevarlos a vender al mercado de la plaza mayor, no había más herencia que repartir. Así que una vez sellado el trato por el que la tía Zulaica, que tanto había querido y cuidado al Viejo, se quedaba con la casa, Lucas acompañó a Richard a la estación ferroviaria y cuando el tren partió, casi sin sentir, como suelen hacerlo todos los trenes, le prometió escribirle y salió de la estación y echó a andar por una larga avenida y siguió caminando por una carretera hasta el borde del cansancio.

Anochecía y se sentó en un mojón kilométrico. Le dolían los pies. La desolación y el vacío ocupaban su interior y anulaban su fuerza de voluntad. Aunque se sentía cansado, su pensamiento no dejaba de dar vueltas a aquella condena a trabajos forzados del Viejo que le condujo a la muerte a los 45 años, mucho antes de tiempo. ¿Era justo eso? ¿Quiénes eran los “canallas” que le habían provocado la enfermedad y la muerte? No lo sabía. La tía Zulaica sólo había pronunciado un pronombre genérico, pero tampoco sabía quiénes eran “esos”. Fue entonces cuando se prometió a sí mismo averiguar la identidad de los acusadores y explotadores, y juró propinarles su merecido.

Había otros asuntos que tampoco entendía. Si en verdad Dios premiaba a los buenos y castigaba a los malos, ¿por qué había hecho lo contrario con el Viejo en vez de con los canallas que lo encarcelaron y explotaron hasta que enfermó? No tenía duda de que Dios era un invento. Y si no lo era, le parecía tan inmisericorde que no creía que fuera el Dios que interesaba a los hombres.

Recordó las palabras del Viejo: “Estudia hijo, estudia, que sólo mediante el conocimiento podemos los pobres igualar a los ricos y librarnos de sus injusticias”. No le dijo “reza” ni “sé temeroso de Dios” ni toda esa letanía que repetían los frailes. No. Sólo le dijo: “Estudia, aprovecha las enseñanzas que estos frailes te van a dar y pórtate bien”. Y él deseaba que el Viejo se sintiera orgulloso y que un día pudiera decir: “Veis ese maestro que enseña a los niños pobres de ese pobre país, pues ese es mi hijo”. Era consciente del esfuerzo económico del Viejo para que él llegase a ser un hombre de provecho. Y sin embargo, ya no podría ver el resultado ni sentirse orgulloso de él. Siempre tuvo mala suerte, el Viejo.

Dudaba sobre el camino a seguir. Sentado en el mojón kilométrico se preguntaba qué sentido tenía regresar al internado, pasar un verano más en la granja de los legos, limpiando y cebando a los cerdos y majando y aventando el trigo. Al atardecer jugaban al fútbol en una campa con los chicos del pueblo, y los domingos iban a bañarse al río. La corriente era fuerte y los arrastraba kilómetros abajo hasta una cascada. Para evitar que los chavales se despeñaran por la Cola del Caballo, Alarico y él caminaban por una orilla y el lego Longinos iba por la otra a lomos de su borrica, la Catedrática, y les lanzaba una soga que ellos ataban al tronco de un chopo. Tensaban la gruesa maroma a ras del agua, y los chavales que se lanzaban desde un puente y bajaban braceando sobre la corriente, se agarraban a ella para no precipitarse a la Poza de las Truchas.

Las chicas iban a verles jugar al fútbol y algunas participaban en sus carreras de velocidad río abajo. Una que era muy linda y le gustaba mucho, aunque no se atrevía a mirarla, se arrancó una tarde hacia él y le preguntó si quería acompañarla a ver pájaros. Él contestó que sí, y se perdieron por un sendero entre los mimbrales. Ella iba diciendo nombres de pájaros: jilguero, calandria, pardal, mirlo, urraca, abubilla, avefría… Era flacucha y delicada y tenía una voz muy dulce.

–¿Sabes cómo se besan los pájaros? –Le preguntó.

–Ni idea –dijo él.

–Pues así –contestó ella alargando sus labios como si fuera a silbar y depositando un beso rapidísimo en los de él.

–Es un piquito –dijo riéndose.

El afirmó que los pájaros sólo se besan así cuando van en vuelo, pero cuando se posan en una rama se besan más despacio, “tal que así”, añadió acariciando la cara de la chica con ambas manos y depositando un beso pausado en sus labios.

–Y en el nido se besan mejor todavía mejor –replicó ella, agarrándole del brazo para que se agachara y se tendiera a su lado sobre unos hierbajos.

Él dijo que eso no era de pájaros sino de novios y ella se rió y estuvo de acuerdo, y permanecieron allí recostados, besándose hasta que se sintieron un poco mareados. Su nombre era Rosario, pero le decían Charo, y él le llamó Charín y luego, para abreviar, Chin.

Desde aquel día, cada domingo, cuando iban al río después de jugar fútbol, los dos desaparecían por unos senderos entre los mimbrales y, con la excusa de identificar pájaros para un trabajo escolar que ella estaba realizando, pasaban más de una hora juntos, mirándose y acariciándose y besándose, hasta que el lego Longinos tocaba el silbato ordenando el regreso. Se querían mucho, Lucas y Chin. Y se prometieron quererse siempre y siempre.

Pero ella no era de aquel pueblo, sino de la capital, y después de dos veranos no apareció por el Burgo para pasar las vacaciones con aquellos familiares que habitaban en una casa con un escudo de piedra sobre el portón principal, un caserón solariego que se asentaba en la prolongación de la calle mayor.

Ahora los recuerdos se mezclaban en la testa de Lucas con las dudas sobre el camino a seguir. Se preguntaba qué sentido tenía continuar la carrera clerical y hacerse fraile e ir de misionero a Ecuador a enseñar a los niños a leer y a escribir y a creer en Dios. Él creía en la justicia y en el amor, no en un ser supuesto y todopoderoso que infundía temor y amargaba la vida al personal, premiando a los malos y castigando a los buenos, a los que prometía mejor trato después de muertos.

De pronto, en la noche cerrada, paró un camión a pocos metros de donde permanecía sentado. Se apartó del chorro de luz de los focos. El vehículo transportaba vigas de hierro. El conductor se bajó, agarró un caldero de zinc, lo lleno de agua de una acequia cercana y a través de un embudo de lata conectado al tubo del radiador dio de beber a la máquina. Repitió la operación varias veces como si aquel dromedario fuera insaciable. Cuando acabó la operación, se dirigió a él y le preguntó si iba a alguna parte. Lucas recordó el aforismo de José Bergamín –“Cuándo te vas a enterar que vayas a donde vayas, estás dejado de ir”– y se encogió de hombros. Dudaba. El hombre dijo:

–Si te va bien, te llevo.

–¿Adónde va usted?

–A Madrid bajo.

En un instante pensó que en Madrid podía localizar a Chin y se dijo que la capital era también el lugar donde podría averiguar el delito del Viejo y la identidad de los canallas que lo acusaron y condenaron a trabajar en la mina, arruinando su salud y lucrándose de su sudor.

–¡Voy con usted!

–Está lejos Madrid, eh –le advirtió el camionero, que se llamaba Centeno.

–Cuanto más lejos, mejor.

–¿De qué pueblo eres?

–De ninguno ya; ni padre ni madre ni perro.., nada, no me queda nada, sólo una tía solterona y aburrida.

–¡Carajo! –Dijo el camionero.

El camión comenzó a rodar y Lucas sintió el alivio de haber dejado en la cuneta aquella duda que le pesaba como un saco de cincuenta kilos de mierda en la espalda. Ya no volvería al internado, ya era un hombre con pelo en pecho, un hombre de ninguna parte que en aquel instante inauguraba el futuro. Si localizaba a Chin en la antigua Ursaría, donde la suponía residenciada, y ella le seguía queriendo como cuando eran niños, sería de Ursaría, pues como escribió Ramón J. Sender, “el hombre no es de donde nace ni de donde pace, sino de donde yace con hembra placentera”, y si no la encontraba, sería del lugar que le diera la gana.

El camionero se puso a contar chistes de vascos, cojos, putas, gangosos, curas, catalanes, cornudos…, muchos chistes. Era un hombre gracioso y rudo. En cambio, él no sabía un triste chiste e intentó corresponder con algunas palabras capicúas como “anilina” y con frases capicúas como “atinar a la ranita” y con términos con una sola vocal como “odontólogo” o “efervescente” y con otras palabras con las cinco vocales como “paupérrimo” o “republicano”, y le explicó algunos fenómenos físicos extraídos de los libros, como la imposibilidad de que una fuerza irresistible pueda chocar contra un objeto inamovible o como la licuación de la sangre de San Pantaleón…, pero se dio cuenta de que sus palabras no le hacían ninguna gracia y desistió de mejorar el silencio.

Llevaban muchos kilómetros rodando por tierras castellanas cuando atisbaron a lo lejos una luz de color verde que parecía una luciérnaga colgada de un árbol. A medida que se acercaban, la luz se hizo más visible: era el letrero luminoso de un club nocturno. El camionero se desvió por un ramal de la carretera que llevaba hacia la luz. Los frenos del camión resoplaron como potros cansados. Centeno dijo: “Vamos a tomar algo y a dar de beber a Briones”. Se apearon. El aire olía a cerdo y a pescado. Varios camiones allí apartados, cargados con productos para el estómago de la gran urbe, goteaban agua del deshielo de las cajas con la pesca y orín de las reses que llevaban al matadero.

Centeno examinó el entorno, se acercó a la caja del camión, dio tres golpes con la mano abierta y gritó: “¡Egonaldi ostatu!” (Parada y fonda). Una voz le contestó desde dentro: “¡Goacen!” (Vamos).

Entraron en el bar-club y se acercaron a un mostrador de tabla barnizada, al fondo del cual se veía a una anciana haciendo migas en una sartén negra sobre la chapa de una cocina de hierro. En un extremo de la barra, una mujer rolliza y escotada se descolgó de un taburete y vino hacia ellos. Les preguntó qué deseaban tomar y por donde. Pidieron dos cervezas y una cazuela de “eso que huele tan bien”, dijo Centeno señalando a la anciana.

–Tienen mucho ajo –advirtió la moza, guiñándole un ojo.

–El ajo es bueno desde el punto de vista moral –dijo Lucas.

–¡Anda éste! –Exclamó la moza.

–¿Entonces…? –Dijo la moza mirando a Centeno.

–Hoy llevamos prisa.

–¿Ni una mamadiña?

–Vamos apurados de hora, hermosa.

Del fondo del bar-club, apenas iluminado por una lámpara de neón ensombrecida por una nube de mosquitos, llegaban risas femeninas y sonidos guturales.

Bebieron un trago de cerveza y comenzaron a aplicar la cuchara a la cazuela de migas. Sonó la puerta como un gato malherido y entró un tipo joven con barba negra de varios meses que mantuvo sujeto el portón hasta que entró una muleta de palo y después el palo de otra muleta y entre ambas, una pierna con un anciano encima.

–Egun gaur –saludó el de barba.

–Kaixo –le correspondió Centeno.

El barbudo ayudó al viejo a sentarse a una mesa junto a una ventana y después se acercó a la barra a ver lo que había de alimento. Pidió vino y migas e intercambió unas palabras con Centeno. El camionero le presentó a Lucas y el barbas le miró detenidamente. “Es de confianza”, dijo Centeno. “Salió de los frailes y va hacia Madrid”, añadió. El barbado le tendió la mano y Lucas se la estrechó. Se llamaba Argala y tenía la cara alargada como los caballos.

–Eta gizon zaharra? (¿Y el viejo?) –Dijo Centeno.

–Hementxe pilatze (Aquí mismo se queda).

–Hementxe? (¿Aquí?) –Dijo Centeno.

Argala asintió con la cabeza y se sentó a la mesa con el anciano, que se había quitado la chapela y se acariciaba la pelusa cana.

Centeno pidió otra cerveza fría, pagó las consumiciones y dijo en voz alta, para que le oyeran: “En marcha pues”. Salieron, dio de beber a Briones unos calderos de agua que extrajo de un pozo cercano, se acercó al bar-club, golpeó el cristal de la ventana y, acto seguido, salió Argala y se encaramó a la caja del camión.

–¿No viene el señor mutilado? –Preguntó Lucas.

–Se queda ahí a putas; lo recogeré a la vuelta –dijo Centeno.

El camionero puso la radio y escucharon noticias insustanciales y jotas y cante flamenco rayado de interferencias, y después de otra parada para dar de beber a Briones, comenzaron a subir muy despacio la cordillera central hasta que una hora después llegaron a la cima de un puerto y desde lo alto se asomaron a un valle, al fondo del cual se oteaba la gran ciudad a lo lejos como un enorme cetáceo tumbado entre la bruma lechosa del amanecer. Aquello era Madrid, la antigua Ursaría, tierra de osos.

Antes de entrar en la trama urbana, que comenzaba en la plaza de Castilla, Centeno arrimó el camión a la orilla de la calzada y Lucas se bajó y le agradeció el transporte. El camionero le deseó suerte. El hombre con barba se apeó también. Llevaba un macuto grande de lona militar con varias capas de roña y una gran bolsa deportiva de Munich-72. Golpeó la chapa del camión y gritó: “¡Agur!” Luego se volvió hacia Lucas e hizo un ejercicio de estirar las costillas antes de inclinarse y echar el macuto al hombro. Lucas observó el esfuerzo y se aprestó a ayudarle, agarrando a su vez la bolsa. Pesaba bastante, como si llevara plomo.

Mientras caminaban hacia una hilera de casas donde se veía un café-bar, Lucas le preguntó por qué no había viajado en la cabina, donde había sitio suficiente y habría ido más cómodo, y aquel Argala le contestó que toda precaución es poca y que solía viajar de incógnito. De hecho, era un viajero clandestino. Entraron al café-bar y el barbudo le preguntó si conocía la ciudad, a lo que Lucas respondió que no, que nunca había estado en ella. El viajero clandestino se interesó:

–¿No tienes familia, pues?

–No conozco a nadie.

El viajero clandestino le hizo otras preguntas y Lucas le contó su circunstancia, después de lo cual, aquel Argala se quedó en silencio, como pensando algo importante. A continuación sacó un bolígrafo, escribió algo en una servilleta de papel y se la entregó.

–Guárdatela –le dijo.

Lucas leyó lo que había escrito. Era una dirección urbana. Introdujo la servilleta en el bolsillo trasero de su pantalón de tergal. Pero, instantes después, Argala abrió la boca masticando la pasta de un churro y le preguntó qué ponía en la servilleta. Lucas repitió la dirección.

–Bien, pues ahora dame ese papel.

Lucas se llevó la mano al trasero y le entregó la servilleta. El barbudo hizo una bola con ella y se la comió. Era un tío raro.

–Si quieres hacer algo útil o ir al monte, ya sabes.

–¿Útil como qué?

–¡Joderlos, lahostia! ¿Qué va a ser?

–Claro, claro –respondió Lucas.

–Si te decides, te acercas a esa dirección y metes una carta por debajo de la puerta diciendo donde podemos contactar contigo, ¿de acuerdo? Si no, olvídala, ¿estamos?

–Claro.

–Y no lo comentes a nadie, ¿estamos?

–A nadie, claro.

El barbudo le estrechó la mano, apuró el vaso de café con leche, se puso en pie, cargó el macuto al hombro, empuñó la bolsa, dijo “agur” y se largó sin pagar. Parecía un desertor del frente de batalla. Sin duda llevaba el fusil y las granadas en aquella bolsa deportiva que pesaba demasiado, se dijo Lucas mientras pagaba las consumiciones. Cuando salió del café-bar, alcanzó a ver a aquel Argala que se perdía a lo lejos por una boca del metro.

Caminó hacia el centro de la ciudad y al mediodía llegó a la famosa Puerta del Sol, kilómetro cero de España, y recorrió la extensión de la plaza tratando de adivinar el balcón al que se asomaba Rubén Darío. Leyó el rótulo del hostal París en el que, según sus lecturas, se había alojado el poeta, y entró a preguntar si estaba en lo cierto. Una mujer de pocas palabras y guardapolvos azul le señaló una foto muy antigua del poeta de las libélulas. El precio del hospedaje era muy alto y puesto que la mujer afirmó que no había rebaja hasta octubre, se despidió en busca de una hospedería más barata. Encontró una casa de huéspedes situada en una calle cercana que se llamaba del Príncipe. Una mujer que olía a gato le asignó una habitación abuhardillada con derecho a cuarto de baño compartido, le cobró una semana por adelantado y le entregó las llaves.

Díez días pasó Lucas callejeando de un lado a otro de la antigua Ursaría. Tal como le había indicado aquel Argala, entró en el primer edificio con bandera, donde un ujier muy amable le indicó que el asunto de la muerte de un minero enfermo correspondía a los sindicatos. A partir de aquel momento todo fueron dificultades. Preguntó a varios viandantes y localizó la sede de los llamados sindicatos. Allí, un tipo con gorra de general y bigote de mosca, situado detrás de un mostrador de despachar pólizas e impresos, le indicó que hiciera el favor de esperar a que llegaran los de información. Pasó dos horas sentado en una silla de plástico amarillo que se alineaba en una esquina de aquel hall, junto a unas plantas verdes, también de plástico, sin que los de información dieran señales de vida. Hombres de vientre abultado y camisa azul con yugos y flechas bordados en la pechera entraban y salían hablando en voz alta de salarios y convenios. Algunos fumaban puros del color de mierda de perro y dejaban tras de sí un olor apestoso. Ninguno de los que entraban era de información.

–¿No han venido los de información? –Preguntó por tres veces al hombre de gorra y el bigote de mosca.

–Pues no, y no creo que aparezcan ya –dijo mirando su reloj de pulsera.

–¿Y usted no me podría indicar…?

–Pues no; las consultas, en información.

–¿Entonces…?

–Entonces, a joderse, ¿verdad? Vuelve mañana si quieres.

Al día siguiente se encaminó directamente hacia la ventanilla de información, donde una mujer gruesa con cara de botijo y ojos diminutos, protegidos por unas gafas de culo de vaso, examinó con desgana el certificado de defunción del Viejo e hizo un gesto de asco cuando Lucas le preguntó si tenía derecho a pensión de huérfano por los años de trabajo penitenciario del Viejo.

–¿Tú qué crees? –Le respondió la mujer en tono desafiante.

–No sé, señora, por eso vengo a preguntar.

–¡Habráse visto, estos rojos de mierda! –Gritó la mujer.

Lucas recogió los papeles del Viejo y se alejó. Pero el hombre del bigote de mosca, que había oído la expresión de la mujer, le ordenó con voz enérgica: “¡Alto ahí, joven!” Él se quedó paralizado y el hombre se acercó con torpe paso de sapo.

–¿Qué le has dicho a doña Margarita?

–Nada, señor.

–¡Cómo que nada, chaval! ¿La has insultado, verdad?

Lucas negó convincentemente y le explicó que sólo le había preguntado si como hijo de un minero fallecido a causa de la silicosis contraída en los años de trabajo penitenciario tenía derecho a recibir una pensión de orfandad. Eso era todo.

–¿Y no le has dicho algo más?

–Nada, se lo aseguro, señor.

El hombre giró torpemente la cabeza hacia la ventanilla, ocupada por la gruesa cara redonda de la mujer de ojos diminutos, y luego, volviéndose hacia Lucas, le dijo en voz baja:

–Está mal follá.

Y tras aconsejarle que realizara la consulta en un organismo llamado instituto nacional de previsión o algo por el estilo, añadió alzando de nuevo la voz: “¡Lárgate y no vuelvas a pisar por aquí!”

En la sede de aquel llamado instituto nacional de previsión consiguió al tercer día hablar con el responsable del negociado pertinente, un hombre de mediana edad, con el pelo pajizo, que no hacía más que olerse las uñas y se llamaba don Enric. Después de escuchar su consulta, el hombre le dijo con voz oscura, sin dejar de olerse las uñas, que existía una posibilidad, si bien, remota, de obtener algún derecho, para lo cual debería satisfacer el consiguiente porcentaje de tramitación a través de una gestoría con letrados expertos en tramitaciones difíciles, cuya dirección le anotó en un trozo de papel, de lo que dedujo Lucas que aquel funcionario de previsión proveía para algún socio.

Acudió, no obstante, al negociado o agencia certificadora y gestora de trámites, una oficina con un cuadro del jefe del Estado con el brazo derecho muy estirado y la palma de la mano extendida, donde una mujer muy amable le envió al Ministerio de Justicia a obtener un certificado de penales al tiempo que le ordenó presentar otros certificados: de nacimiento, de bautismo y de buena conducta, así como una fotocopia compulsada del libro familiar, otra fotocopia del documento nacional de identidad y varias fotografías. Todo eso en lo atinente a su persona en calidad de solicitante. Y en lo referente al finando, es decir, al Viejo, debía aportar documento judicial de condena, certificación del organismo de redención de penas, certificación contractual de la sociedad o empresa a la que el recluso había sido asignado, certificación o extracto de emolumentos percibidos, certificación de aseguramiento, certificación episcopal de buen comportamiento, certificación gubernativa de buena conducta social posterior y certificación, por último, de defunción.

Una semana llevaba callejeando de un negociado a otro de la antigua Ursaría cuando un teniente militar con bigote reglamentario le recibió en una oscura oficina de secretario judicial y le puso al corriente de que su señoría el excelentísimo señor presidente del Tribunal Militar Central tardaría no menos de dos años en expedir la certificación de condena a trabajos forzados del Viejo con la consiguiente redención de la pena, siempre y cuando hubiese quedado constancia de la resolución judicial de la condena, lo cual requería que hubiese sido archivada por la junta judicial de zona y fuese hallada en aceptable estado de conservación, lo que resultaba altamente improbable habida cuenta de la precariedad archivística y del mucho tiempo transcurrido desde la proclamación del Glorioso Alzamiento Nacional.

No obstante, Lucas escribió allí mismo una solicitud al ilustrísimo presidente del Tribunal Militar Central recabando una copia del expediente de condena del Viejo y la consiguiente redención de pena. Tras añadir la fórmula al uso: “Es gracia que solicita a usted, a quien Dios guarde muchos años”, firmó la hoja holandesa y se la entregó a aquel secretario judicial, cuya desgana y escepticismo le dieron a entender que no lograría su propósito hasta que dieran peras los olmos.

El laberinto de trámites y certificaciones en el que aquellos tipos escondían los vestigios de sus injusticias, crueldades y arbitrariedades, le parecía interminable. Llegar al conocimiento de la verdad era como buscar la momia de Tutankamon, sólo que más complicado, debido a la tenaz resistencia de aquel ejército de burócratas vagos y malintencionados, algunos de los cuales iban armados. Algo había leído de Kafka al respecto.

Mientras caminaba de un negociado a otro, o hacia la abuhardillada habitación de la pensión, no dejaba de observar las caras de las muchachas con las que se cruzaba por si alguna era Chin. No creía en la casualidad, pero la casualidad existe. Algunas muchachas le miraban a su vez, aunque la mayoría esquivaba su mirada y sólo las menos agraciadas esbozaban una sonrisilla maliciosa.

Enseguida descubrió que el dinero es líquido, los líquidos se secan y el dinero se acaba. Su liquidez iba menguando deprisa. Aunque decidió alimentarse con bocadillos de calamares y gastar suelas en vez de dinero en el metro y los autobuses, se le iba acabando la magra herencia del Viejo. Según sus cálculos, sólo podría sobrevivir y sufragar la pensión una semana más.

Fue entonces cuando recordó la dirección del viajero clandestino y le escribió una carta exponiéndole su apurada situación y pidiéndole alojamiento por el morro. Llevó la misiva personalmente a aquella casa de vecindad, situada en una zona industrial del populoso barrio de Vallecas, y la introdujo por debajo de la puerta del tercero B. Supuso que aquel Argala le recordaría y tendría a bien contestarle positivamente, pero al cabo de cuatro días no había obtenido respuesta, de modo que escribió otra carta en un tono más apremiante, en la que, además de solicitar cobijo hasta que encontrara un trabajo remunerado, se ofrecía a realizar cualquier encomienda para “joderlos”, y sugería incluso con detalle los organismos civiles y militares que había visitado y que, por el trato que le habían dado, merecían un escarmiento.

La verdad es que el barbudo compañero de viaje no tuvo a bien contestarle ni para darle alojamiento ni, mucho menos, para requerir su colaboración, lo que, dada su penuria económica, le obligó a sortear a la patrona aquel domingo, levantándose temprano y saliendo a la calle antes de que llamara a su puerta para exigirle el pago de la semana por adelantado, lo que invariablemente hacía antes de acudir a misa de diez a una iglesia de la calle de Atocha. Tuvo, eso sí, el esmero de dejar una nota en la puerta diciéndole que regresaría y pidiéndole que guardara sus cosas hasta más ver. En realidad sólo tenía unos calzoncillos y una chupa de cuero negro que le quedaba pequeña.

Fue entonces cuando, a los pocos minutos de salir a caminar por la sucia ciudad en busca de Chin, vio en una calle cercana a la pensión un letrero escrito a tiza sobre el vidrio del escaparate de una taberna que decía: “Se precisa camarero”. Sin pensarlo dos veces ni contar hasta diez, entró a interesarse por el empleo. El establecimiento estaba vacío. Batió palmas y emergió un hombre desde una cueva situada detrás de la barra.

–¿Qué va a ser?

–Me interesa el trabajo que anuncian.

El hombre le miró de arriba abajo, como buscando algún defecto de hechura.

–¿Cómo dices que te llamas?

–Lucas Ubiese, ¿y usted?

–Leonardo.

–¡Ostras!, como el gran pintor, el genial inventor del Renacimiento…

–Oye chico, yo de pintura no sé, pero lo que es inventar, algo he inventado.

–¿Qué ha inventado señor Leonardo?

–Un cepo –dijo el hombre.

Se trataba de un camarero rollizo, de mediana edad y estatura, mal afeitado, de pelo negro, aplastado y alisado hacia atrás, rostro sanguíneo y voz gangosa. Su camisa blanca aparecía adornada con dos grandes manchas de sudor bajo los sobacos.

–¿Un cepo? –Se sorprendió Lucas.

–Si, chico, un cepo superior para cazar garduñas, liebres, conejos y otros bichos, ya sabes –explicó el hombre.

–¿Lo patentó y eso?

–Yo del gobierno nunca he querido saber nada… Entonces andaba de pastor y la caza a cepo estaba prohibida.

–Pero se cazaba.

–Nos ha jodido…

–¿Y se ganaba dinero?

–La piel de zorro y de conejo se pagaba. ¿De qué si no habría ido yo a América?

–¡Ostras! ¿Estuvo en América?

–Sí, chico, en América.

–¿Y allí inventó más cosas?

–¡Quía! Allá está todo inventado.

–Pero cuando uno tiene ingenio y se llama Leonardo, digo yo que donde menos se espera salta la idea.

–¿La idea..? ¡Menuda cosa! Lo que obliga a discurrir es el hambre, chico.

–Lleva razón.

–¡Nos ha jodido!

Entró un joven en camiseta con dos barras de hielo al hombro y las soltó sobre el mármol oscuro de la barra. El camarero le dio unas monedas y colocó el hielo en una cámara de zinc. Después agarró dos vasos y los llenó de cerveza rubia espumosa.

–Echa un trago –le dijo tendiéndole un vidrio.

–Muchas gracias, señor Leonardo.

–Llámame Raba.

–¿Eso que quiere decir…?

–Raba quiere decir Rabadán.

–¡Ah, claro! Como anduvo usted de pastor…

–Con el grado de rabadán, chico.

Lucas bebió un sorbo de cerveza. Estaba caliente. El camarero bebió a su vez y después le preguntó por qué le interesaba el trabajo. Él dijo que por el dinero.

–Esto es muy esclavo, chico –le advirtió Raba.

–Ya, pero necesito ganarme la vida.

–¿Ganar la vida..? ¡Menuda cosa…! La vida siempre se pierde, chico.

–Ya, pero mientras tanto…

–¿Qué experiencia tienes?

–Ninguna.

–¿Ninguna?

–Ninguna, señor Rabadán.

–¡Pues estamos jodidos!

Apuró el vaso de cerveza, carraspeó, le miró fijamente con sus ojos saltones y resolvió:

–¡Claro que tienes experiencia, chico! Si yo no he entendido mal, tú has trabajado en el Danubio. Es más, vienes de parte del teniente Piedrafita…, conque andando, vamos a ver al jefazo.

Se notaba la premiosa necesidad de un camarero y Lucas siguió a aquel hombre por el pasillo entre las mesas de mármol hasta el final del establecimiento. Era un local largo, con un recodo en el fondo y una ventana que daba a un patio de luces. Una placa dorada sobre una portañuela ponía: “Mingitorio”, y otra: “Privado”. Entraron por ésta hasta la cocina. Una mujer gruesa que dijo llamarse Tinina freía albondiguillas. Olía bien allí dentro. Rabadán subió unos escalones y llamó a otra puerta. Era la oficina del jefazo. Se oyó un “adelante” y Raba abrió la puerta e invitó a Lucas a presentarse ante el jefazo. Se trataba de un hombre de edad mediana, de rostro anguloso y pálido. Llevaba una corbata de color limón sobre una camisa azul y vestía una americana beige con un clavel rojo en la solapa.

–Marzo, aquí te traigo otro aspirante; creo que este vale; ha trabajado en el Danubio y conoce al teniente Piedrafita.

El hombre se apeó las gafas de la punta de la nariz y se puso a mirar de arriba abajo al muchacho como se mira a un troteras, hizo una mueca de desagrado, le pidió que se diera la vuelta, que se colocara de perfil y que le mostrara las manos.

–¿Así que del Danubio, eh?

Lucas puso cara de circunstancias.

–¿Cuánto mides?

–Uno sesenta, señor.

–¿Cuánto pesas?

–Cuarenta y ocho kilos.

–¿Cuánto corres?

–Bastante, señor.

–¿Y en zapatos?

–Menos, señor.

–¿Cómo te llamas?

–Lucas Ubiese, señor.

–¿Y de cuentas cómo andas?

–Creo que bien, señor; estudié aritmética hasta que me pasé a letras.

–¿De escritura bien?

–Creo que sí, señor.

–¿De donde eres?

–Del Norte.

–Así que mides uno sesenta, pesas poco, corres bastante, sabes aritmética, lees y escribes correctamente, te llamas Lucas, eres del norte, crees en Dios…

–Tengo mis dudas.

–¡No me interrumpas!

–No me interrumpa usted cuando le estoy interrumpiendo.

–¡Joder…! ¿Y estás dispuesto a trabajar de nueve a tres y de cinco a diez?

–Sí señor.

A continuación, como quedó dicho, aquel jefazo le llamó cara de boñiga y Lucas se aguantó, lo que fue interpretado como un signo positivo, es decir, de docilidad, por el jefazo, que decidió contratarle mediante el método del apretón de manos.

Cuando salió del despacho y regresó sobre sus pasos, Leonardo Rabadán o Raba, que había vuelto a su labor detrás de la barra, le preguntó qué tal.

–Bien; no me ha disparado.

–Es un fanfarrón, pero buena gente –dijo el veterano camarero.

–¿Por qué va armado?

–Por si acaso.

–¿Qué acaso?

–A saber, chico… Cuentas pendientes. Lo importante es que te ha contratado.

Acto seguido, el veterano camarero agarró una bayeta y borró el letrero del vidrio del escaparate, en el que había colocado una variedad de frascos de cerveza de importación y una merluza con la boca abierta, con un limón entre los dientes, tendida al sol como una sirena sobre un lecho de helechos. Luego se volvió hacia Lucas y dijo:

–Pues ya eres camarero, chico.

–Pero no tengo ni idea de esto.

–¡Claro que la tienes!

–Usted sabe que no.

–Yo sólo sé que has trabajado en el Danubio, ¿o no?

–¿Ese río largo y caudaloso que nace en Alemania, cruza media Europa y desembocaba en el Mar Negro, por debajo de la antigua Tulcea, casi tan vieja como Roma?

–No hombre, no, el Danubio de La Castellana.

–De acuerdo. Pero usted sabe, señor Raba, que no tengo experiencia en esto.

–No importa; tú mañana te traes unos zapatos oscuros, un pantalón de tergal negro, una chaquetilla blanca, la camisa blanca y la corbata negra, y ya verás como el hábito hace al monje.

–Supongo que usted me enseñará.

–Desde luego, chico; de momento ya has aprendido la primera lección.

–¿Cuál, señor Raba?

–Nunca digas la verdad, salvo en peligro de muerte.

La gran novela de Key Good sobre la restauración borbónica en España

La Mariblanca, según un sello de la II República
La Mariblanca, según un sello de la II República

El 24 de mayo del año en curso (2014), una semana antes de que se produjera la abdicación del rey Juan Carlos I de España, emprendimos en este blog de novela y periodismo la gran aventura de la publicación de la novela de Key Good La verán mis ojos. Fue un acierto extraordinario, a tenor del gran número de lectores que han podido acceder gratuitamente a este relato ambientado en el Madrid de los últimos años de la dictadura militar franquista, un régimen cruel y despiadado que soportaron los españoles durante cuarenta años y que se caracterizó por la corrupción absoluta del poder absoluto, la pobreza de los súbditos, la ignorancia y el miedo.

El relato refleja extraordinariamente bien aquella situación a través de personajes sencillos y amenos, miembros de la clase trabajadora y laboral, como son el protagonista Lucas Ubiese; el camarero Leonardo Rabadán o Raba y el librero republicano Nemesio Quintana o Nequin, de quien, al final del relato descubrimos que ha vivido la mayor parte de su vida embozado en el nombre y la documentación de un falangista muerto y se ha librado de ese modo de la represión y limpieza de demócratas a sangre y fuego que acometieron los militares sublevados contra la II República tras su triunfo con el apoyo de Hitler y de Mussolini en la guerra de España.

A lo largo de esta novela histórica sobre el acabose de la dictadura y la restauración de los reyes Borbones mediante el sistema imperante en varios países europeos de Monarquía Constitucional, en el que los reyes reinan e influyen pero no gobiernan, intervienen como hilos conductores la búsqueda de la mujer de la que el protagonista Lucas Ubiese se enamoró cuando era un niño y la esperanza del librero Nemesio Quintana o Nequin de que, a la salida de la dictadura, los españoles puedan recuperar el régimen de dignidad y progreso que representó la II República. De ahí el título: «La verán mis ojos».

El regreso de los republicanos del exilio –personajes reales de carne y hueso– con sus historias, vicisitudes, sabiduría y ganas de vivir constituye una de las partes más emotivas y  apasionantes de un relato en el que finalmente prevalece la bondad, la convivencia y el amor verdadero, aquel que según Albert Camus sucederá una vez cada dos siglos.

El alto interés que ha suscitado esta novela, que consta de 32 capítulos, ha hecho que, previa consulta con el autor, la repongamos en este blog de modo que los lectores puedan acceder sin coste económico alguno a la lectura.

El autor KEY GOOD

Nació en Palm Springs, California (EEUU), en 1945 y estudio Ingeniería Aeronáutica e Industrial en la prestigiosa Escuela Superior de Ciencias Aplicadas (Seac) de Los Ángeles. De antepasados españoles –su bisabuelo Manuel Álvarez era originario de Abelgas (León) y recibió el apellido de Good, El Bueno, por su mediación en la guerra de anexión de Nuevo México, lo que le convirtió en alcalde de Santa Fé, donde dieron su nombre a un parque nacional y le erigieron una estatua–, Key viajó a Madrid en 1972 como especialista de una empresa aeronáutica contratada por el gobierno español para desarrollar y fabricar pequeños aviones de gran versatilidad en usos logísticos, de transporte y observación, destinados a las fuerzas armadas españolas y de terceros países. Good residió en la capital española durante la década de los grandes cambios y regresó a Los Ángeles, donde desarrolla su carrera literaria como novelista y guionista. Es autor de las novelas de éxito  Oceanside y The hunter of beams y de varios relatos publicados en The Angeles Times, donde ha realizado análisis sobre la transición española a la democracia. Gran conocedor de la historia y admirador de la cultura y el arte español, es padre de dos hijos, el de mayor edad, Daniel D Carpintero, reside en México, donde se desempeña como narrador y promotor de Ideas de Tierra. Su hijo menor, el licenciado en Bellas Artes, profesor y pintor Alejandro Carpintero, conserva la nacionalidad española y ha ganado merecido renombre y varios premios en España. Posee dos cuadros en la exposición permanente del Museo Europeo de Arte Moderno (MEAM) de Barcelona. El escritor Good labora en la actualidad en un relato sobre las fuerzas científicas de la indignación, en gran parte inspirado en el movimiento de los jóvenes indignados españoles.

‘La verán mis ojos’ (XXXI): «Y entonces, Chin»

Cerca de la Puerta del Sol se encontraba el Hogar del Deportista, que estaba abierto toda la noche y se llama así porque tenía un fútbolín.
Cerca de la Puerta del Sol se encontraba el Hogar del Deportista, que estaba abierto toda la noche y se llama así porque tenía un futbolín..

Por KEY GOOD

Lucas caminó sobre las gruesas alfombras y entró en aquella sala de techo alto, del que colgaban tres grandes lámparas chispeantes. Era el principal salón de actos del hotel más lujoso de Usaría, un lugar frecuentado por políticos recientes, millonarios nuevos y viejos, oligarcas de toda la vida y personajes con títulos nobiliarios que en su conjunto obedecían a la común denominación de “esos cabrones”. La decoración del lugar, a base de tapices desplegados sobre las paredes con escenas de caza, motivos versallescos, damas con vestidos vaporosos y sombreros complicados e infantes rollizos que correteaban medio desnudos por unas praderas con lagos, le pareció cargante y horrorosa. Ante las hileras de sillas alineadas y configuradas para grandes culos se elevaba una tarima de medio metro, cubierta con una alfombra del color tinto. Unos claveles chinos, rojos y amarillos, componían una bandera de España con forma de abanico prendido de unas cortinas azules que anulaban los reflejos y servían de fondo de escenario.

Lucas ocupó una de aquellas sillas, en una esquina, hacia la mitad de la sala. Entraban mujeres aromáticas y hombres gruesos. Casi todos sonreían satisfechos y se saludaban unos a otros de una manera efusiva, como si se alegraran de verse y de reunirse en aquel protegido y selecto lugar. Un pianista con pajarita, instalado en un ángulo de la sala, tocaba con suavidad una pieza que podía ser del maestro Rodrigo o de otro compositor patrio. Un hombre alto, con traje negro y corbata de cuadros rojos y blancos que recordaban un paño de cocina, pidió silencio, dio las buenas noches a las señoras y señores y anunció que en “breves minutos procederemos a dar comienzo al acto”. Lo de los “breves minutos” y lo de “proceder” se decía mucho porque “a nivel de minutos” los españoles querían ser tan puntuales como los europeos y “a nivel de proceder” eran gentes de procedimiento. El pianista seguía tocando. Los invitados seguían llegando. Al cabo de aquellos “breves minutos”, el hombre de corbata de paño de cocina volvió a pedir silencio y anunció: “Señoras y señores, vamos a proceder a dar inicio al acto”.

Entonces salieron de detrás de las cortinas cuatro hombres muy elegantes y una mujer entrada en carnes y en años que lucía un valioso collar de perlas de varias vueltas en el pecho y mientras la dama y tres caballeros se sentaban en unos sillones fraileros debidamente mullidos, dispuestos a la derecha del escenario, uno más calvo que una bombilla, grueso y con una papada que le colgaba del cuello de la camisa con pajarita, avanzó hacia el micrófono, que salía de una tarima como si fuera una mazorca de maíz con el tallo vencido por el peso del fruto, y comenzó a pronunciar un monólogo oficial. La aguda y fina voz infantil de aquel tipo no se correspondía con su corpulencia. El piano enmudeció en cuanto dio las buenas noches y comenzó a hablar de la cultura y el cultivo, del alimento y el condimento, del pacer y del placer, del cordero y el cabrito, del vino bien bebido y bien venido… Aquel hombre era un ministro. Acompañaba su ripiosa alocución con rotundos gestos de brazos. ¿Dónde había visto Lucas una escena similar? Tal vez la había leído en algún libro. El caso es que los gestos de aquel señor ministro parecían los de un gato negro con el pecho blanco que estuviera boxeando con una mariposa. Le entraron ganas de reír. Cuando acabó el discurso, le aplaudieron mucho. ¿Habrá noqueado a la mariposa?, se preguntó Lucas, poniéndose en pie y aplaudiendo a su vez para no desentonar. El pianista pulsó con fuerza las teclas e hizo brotar una marcha que parecía del polaco Chopin o vaya usted a saber.

A continuación se acercó al micro otro hombre con traje de pingüino, lo inclinó para ponerlo a la altura de su boca y, en calidad de secretario del jurado, leyó pausadamente una especie de resolución seguida de los nombres y apellidos de cinco individuos. Lucas sólo escuchó el nombre de Richard. Y entonces apareció su hermano como si fuera un actor. Tenía un aspecto muy saludable. Vestía un traje de alpaca de color azul metálico, con camisa blanca y corbata azul celeste. Calzaba unos limpísimos mocasines negros. No sonreía como los demás premiados que se alinearon a la izquierda del escenario. Su pelo largo, negro, brillante y revuelto, y su fealdad atractiva y montaraz convertía en prescindible la sonrisa. Colocó sus manos a la altura de los testículos y cuando los miembros del jurado se levantaron para condecorar a los premiados, inclinó su testa para facilitar la maniobra del condecorador que le tocó en suerte, un señor con cara de sabio y pelo alámbrico que  le colgó un medallón al cuello. Era el símbolo que le distinguía como uno de los cinco mejores cocineros del reino y le adscribía a una orden o prestigiosa cofradía de la buena mesa. Los asistentes aplaudieron y el pianista interpretó otra marcha que parecía la de los Nibelungos o vaya usted a saber, pues Lucas no tenía oído ni conocimientos musicales.

A continuación, Richard, que era el más joven de los galardonados y, al parecer, había sido designado por sus colegas para que dijera algo, sacó un papel del bolsillo y se acercó al micrófono. Al oír su voz, Lucas sintió un escalofrío de emoción, seguido de un intenso temor a que balbuciera y se trastabillara con las palabras. Nunca había hablado bien, todo seguido. En eso se parecían mucho. Pero su temor se disipó enseguida cuando Richard saludó en castellano, catalán, gallego y euskera a los reunidos, lo que produjo una sensación fenomenal, y luego prosiguió en inglés, francés, portugués, alemán, sueco, holandés, italiano, griego, serbocroata, ruso y chino mandarín, pues el evento tenía una dimensión internacional y allí había representantes diplomáticos e invitados de los cuatro puntos cardinales. No se equivocó ni una sola vez.

Después, en castellano, dio la noticia de que el planeta ya produce alimentos y condimentos suficientes para cuantos seres lo habitamos, siempre y cuando los humanos no lo esquilmemos. “Es una gran noticia –dijo–, pues significa que todos los seres vivos podemos crecer y desarrollarnos armónicamente. Y también significa que si hoy en día más de seiscientos millones de semejantes nuestros padecen un hambre crónica, que es la que mata, y carecen de alimentos suficientes para sobrevivir se debe a que otros tantos millones comen lo suyo y lo de ellos. Es más, algunos sólo viven para comer mientras otros no pueden vivir por no tener qué comer. Y al decir algunos, me refiero a los especuladores y acaparadores de las materias primas necesarias para que un tercio de la humanidad no pase hambre. Acaparadores de arroz, cereales, sémola, soja… Especuladores que revientan… los precios. Es el momento, amigas y amigos, de la conciencia, de la ciencia del corazón y también de la razón. ¿Cómo podemos pedir a los que no tienen para comer que no maten, no roben, no odien… y que se comporten civilizadamente y aprecien e incluso luchen por la libertad? Primun vívere de in de philosophare, dijo Lucio Anneo Séneca. Y dijo bien. Podía haber dicho más: primun edere de in de vívere, porque para vivir es necesario comer, alimentarse, eructar. Y eso requiere un condimento esencial: se llama justicia social y distributiva, se apellida equidad y se escribe con más equilibrio entre el Norte opulento y el Sur hambriento o, si lo prefieren, entre los países ricos y los países empobrecidos, o si lo aceptan y seguimos descendiendo a un país concreto, a una región, a un pueblo…, entre los que tienen demasiado y los que tienen demasiado poco. Como jornalero que dedica su jornada a hacer más agradable la vida de los demás no podía dejar de invocar ante ustedes, que poseen conciencia, la situación de tantos millones de semejantes nuestros cuya vida es un calvario, un martirio y un infierno. Nosotros, amigos y amigas, cocinamos y también investigamos, y les aseguro que no está lejano el día en que, con los hallazgos de las propiedades nutritivas de los vegetales y los minerales, junto con avances científico-técnicos, consigamos derrotar la avaricia y alimentar saludable y sabrosamente a todos los seres humanos. Así sea y así será, no lo duden”.

Los asistentes encajaron el monólogo y le aplaudieron, pero aplaudieron todavía más al maestro de ceremonias cuando, a continuación, invitó a los reunidos a pasar a los salones contiguos para degustar las delicias gastronómicas preparadas por aquellos grandes cocineros que, en justa compensación a su premio y reconocimiento, deseaban alegrar el paladar de los allí congregados, unas trescientas personas, poco más o menos. Al oír estas palabras, Lucas se incorporó y se acercó al escenario para abrazar a su hermano, que enseguida se vio envuelto por el público y los colegas de profesión. Después, al volver la cabeza hacia la muchedumbre, pudo ver al fondo de la sala la boina de Nequin y el moño de doña Luisa y se abrió paso hacia ellos.

–¡Qué alegría que hayan venido!

–¿Ese Richard que habló es tu hermano? –Le preguntó Nequin.

–Sí, abuelo.

–¡Un tío cojonudo!

–Pasemos al refectorio y se lo presento –propuso Lucas.

–Hay que esperar a la Rubia, que ha salido a empolvarse la nariz –dijo doña Luisa, incrementando con sus palabras el contento de Lucas por la presencia de la apasionada churrera.

Richard estaba ocupadísimo, contestando a preguntas de periodistas y de no pocos degustantes, sobre todo, damas que deseaban saludarle y conocer los secretos de la elaboración de los distintos platos y pinchos que iban probando. Algunas le pedían un autógrafo, otras solicitaban recetas y otras querían su número de teléfono. Él distribuía tarjetas del lujoso restaurante cuyos fogones dirigía en aquella isla de veraneantes en la que vivía. A Lucas le costó trabajo alejarle de algunas mujeres más pegajosas que las moscas, y, poco a poco, logró conducirle hasta la mesa ante la que don Nequin, Luisa y la Rubia del Portugués movían sus mandíbulas.

–Te presento a mi familia –le dijo cuando llegaron a aquella esquina del salón.

–Que también es la tuya –se apresuró a añadir Nequin, tendiéndole la mano con determinación y afecto–. ¡Magnífico discurso, muchacho! Quizá, demasiado claro para esta gente de alcurnia –matizó.

–Diga usted que no, que ha hablado muy bien, para que lo entiendan –dijo doña Luisa, corrigiendo a su marido.

–¿Usted cree que lo han entendido?

–Lo dudo –contestó ella.

–Yo también –dijo Richard.

La conversación prendió enseguida. La Rubia se sentía feliz de conocer al hermano de Lucas, mucho más alto y robusto que él, y le prodigó aquellas miradas insinuantes que lanzaba a los hombres que le gustaban. Doña Luisa se interesó por su trabajo y su familia, que, por el momento se reducía a su hermano Lucas y a una tía muy querida, hermana del Viejo, la tía Zulaica. El hombre de pelo alámbrico que le había colgado el medallón al pescuezo se acercó al corrillo “familiar”, realizó una leve genuflexión saludando a los congregados y, luego, abrazó a Richard, le palmeó la espalda y le preguntó si estaba contento, a lo que él contestó que “mucho”. El hombre le susurró que le había gustado su discurso “progresista”, a lo que Richard replicó: “Tomeu, Tomeu, no mientas, que ya sabes que es pecado”. El hombre le había cogido los antebrazos y le acercó hacia sí: “De verdad te lo digo”. Richard, sin perder su seriedad, le llamó “enredador” o algo parecido, pues Lucas, que se mantenía al lado, no pudo escuchar bien por culpa del pianista, que seguía tocando marchas digestivas. El hombre, sin permitir que Richard se separase de él, le susurró: “El Rubio te manda un saludo”. Richard realizó un gesto de admiración y separándose un poco le contestó: “Déle usted un puñetazo en el estómago de mi parte”. Luego consideró cortés presentar a su hermano, al librero, la esposa de éste y a la Rubia. El hombre de pelo alámbrico tuvo mucho gusto en saludarles, bebió una copa de vino con ellos y a continuación se despidió y se perdió entre los corrillos de gente cuya elegancia no le impedía asaltar las bandejas de exquisitas viandas y copas con los mejores caldos que distribuían los camareros.

–Parece un hombre muy importante –dijo doña Luisa, mirando a Richard, en referencia al tipo que lo había condecorado.

–Lo es –dijo Richard.

–¿Industrial o eso…? –Inquirió la Rubia.

–No, fraile.

–¡Qué interesante! –Exclamó doña Luisa.

–¿Un fraile sin vientre? –Se sorprendió Lucas.

–Es fray Fi… Bueno, fray Tomeu, pero le molesta que le llamen fray. Aunque es sedentario, hace ejercicio y mantiene cierto equilibrio alimentario. Es un buen amigo, un padrino. ¿Por qué creen que me han dado este premio y me han permitido decir lo que he dicho?

–Ni idea –dijo Lucas.

–Porque además es amigo y confesor del Rey.

–¡Joder!

Al oír eso, don Nequin giró sobre si mismo y se acercó a Richard queriendo saber si conocía al monarca y si era tan golfo como decían, a lo que Richard contestó que si bien había cocinado bastante para la familia real y sus invitados en aquella isla, lo que es conocer, no le conocía, pero le había saludado y tenía una buena impresión y opinión de él, pues le parecía cordial, cercano, un poco irónico y socarrón, de una gran simpatía, tolerante, buena persona y muy poco clerical.

Don Nequin disimuló su decepción y le preguntó si le gustaba comer bien, a lo que Richard contestó que como a todo el mundo. No era hombre difícil de satisfacer, pues le gustaba la carne y el pescado, desde una blandada de bacalao hasta una ración de rabo de toro deshuesado y regado con vino tinto de Rioja o de la Ribera del Duero y, sobre todo, del Priorato aragonés. Y en este punto le contó que una de las razones –no la más importante, desde luego– por la que su majestad prefería residir en la Zarzuela en vez de en el Palacio Real era, precisamente, la comida, pues había oído decir a su padre, don Juan, que en aquel palacio nunca se comía caliente. Al parecer, la cocina estaba tan lejos del comedor que la comida siempre llegaba fría.

Nequin y Richard siguieron hablando del PTL, o sea, el Pataslargas, hasta que doña Luisa intervino para recordar al librero que se le había pasado la hora de tomar la medicina, lo que Richard aprovechó para alejarse a saludar a determinados representantes extranjeros y despedirse de sus colegas, del señor ministro y de otras relevantes autoridades. Después volvió junto a Lucas y los que éste llamó “mi familia”, y tras degustar unos primorosos dulces de frutas, decidieron que era llegada la hora de retirarse y abandonaron el hotel de “esos cabrones”, acompañando a don Nequin y su esposa hasta una parada de taxis y luego a la Rubia hasta la esquina del Estado Mayor de la Armada, donde ella se despidió haciendo prometer a Richard que se pasaría por la Taberna del Portugués y besando amorosamente a Lucas.

Ya libres de ataduras, ambos hermanos se perdieron en la noche. Tenían tanto de qué hablar que cuando cerraron los cafetines nocturnos de la calle de Las Huertas siguieron hablando y caminando por el entramado de callejuelas de la almendra de Ursaría. Pasaron por delante de La Campana, del Gayango, de la tienda de la ratita. Lucas le iba contando sus tropiezos, errores y aventuras. Le habló de Raba, de los milicos, los galguistas, los taurinos… También del jefazo Marzo, un hombre armado con cuentas inconfesables a sus espaldas.

Desembocaron en la Puerta del Sol y Lucas condujo a Richard hasta el Hogar del Deportista, un establecimiento situado en el primer piso de un edificio de la calle Mayor, que se llamaba así, del Deportista, porque tenía un futbolín. Para entrar había que pulsar un timbre y dar la contraseña, que siempre era la misma: “Vengo a jugar al futbolín”. El lugar era frecuentado por noctivagos, bohemios y solitarios. La mayoría acudía a curar su soledad con vino y a consolarse con unas putas que ejercían en unas habitaciones de alquiler situadas en el piso de enfrente. A Richard le pareció un buen lugar para seguir hablando. Relató a su hermano los viajes que había realizado por Europa central y oriental. Había estado en Alemania y en Turquía. También en Siria, Irak y Persia. Se había convertido en un hombre de mundo. Su proyecto era viajar a China al objeto de aprender nuevas técnicas y aplicaciones culinarias. Aunque los norteamericanos y los europeos del norte eran su principal clientela, carecían de interés científico y cultural para él, pues no sabían comer, sólo beber. Y los norteamericanos especialmente engordaban con desmesura y crueldad. Él tenía el proyecto de enseñarles a educar el paladar, el olfato y el estómago. Era un proyecto secreto del que hablaba con detalle y pasión. Esas gentes lo tienen todo, decía, pero no saben, y al que no sabe y sabe que no sabe, hay que enseñarle. ¿En qué consistía su proyecto? Era una salsa con ingredientes diversos que había ido experimentado en secreto con comensales de aquella y de otras nacionalidades hasta lograr la perfección. ¿En qué consistía la perfección? En que aquella salsa iba bien con los platos más demandados y encantaba a los comensales por su aroma, textura, sabor, satisfacción y digestión. ¿Cuál era su composición? Richard la desintegró y se la describió con precisión milimétrica y porcentual como si fuera un físico nuclear o un químico sacerdotal del agua bendita. Tenía el proyecto de fabricarla, envasarla y exportarla en cantidades industriales al objeto de educar el paladar de aquellos bárbaros y además forrarse.

Richard era un hombre recio, enérgico, convencido y convincente. Quien le escuchaba, caía en su red. Desde su infancia, Lucas le había admirado por su valor y porque sabía lo que quería y lo conseguía. Era además uno de esos niños suicidas que no temen el peligro, se enfrentan al riesgo, lo superan y siempre salen ilesos. ¿Cómo lo hacía? Con una observación, un cálculo y una habilidad que se guardaba para sí, dejando que los demás creyeran que obraba alocadamente, sin pensar. Madre miraba con preocupación los manzanos que padre había injertado en el huerto porque, al parecer, había soñado que al niño mayor le iba a ocurrir algo muy malo en un árbol. Padre tomó en serio el aviso y les obligó a renunciar a su árbol y les prohibió tajantemente que se encaramaran a él. Pero eso no evitó que con los amigos de la banda –Juanito el Rubio, Mulero, el Peque y Julianín Bola de Sebo…– eligiesen sus árboles entre los plátanos del paseo principal de la ciudad. Trepaban a ellos, se escondían entre las ramas, miraban a la gente desde arriba y jugaban a llamar a los transeúntes con nombres supuestos: Ramón, María, Pepe, Antonia… Cuando acertaban, se reían de la confusión e incertidumbre que provocaban en los transeúntes, que miraban hacia atrás sin ver al que les había llamado y más de uno o una se encaraba con el que venía detrás: “¿Que quiere usted?”, a lo que el interpelado contestaba: “Nada, nada”. “¿No me ha llamado usted?”, insistía el que había escuchado su nombre. “¿Yo..? No señora, no”. Y seguían caminando perplejos y mosqueados. Cuando los viandantes se alejaban, ellos se desternillaban de risa y festejaban la confusión. En aquel juego, casi siempre ganaba Richard, pues solía acertar bastante.

–¿Te acuerdas de tu árbol?

–¡Vaya si me acuerdo! Ya será enorme.

–Tal vez ya lo ha talado el Ayuntamiento.

–No creo.

–Pues créetelo: pusieron un alcalde que odiaba los árboles. Una vez le preguntaron por qué quería arrancarlos y respondió el tío: porque son muy raros, se desnudan en invierno y se visten en verano. Se ve que le jodían las hojas secas del otoño, con lo bien que suenan al pisarlas… A aquello de los nombres, ganabas casi siempre y te forrabas de canicas.

–Y a imitar a los mirlos también ganaba.

–Es cierto.

La conversación oscilaba entre los recuerdos sobre padre y madre y las correrías y travesuras de la infancia, sobre el presente y también sobre el futuro. Entre los recuerdos apareció una de las motivaciones que había empujado a Lucas a Ursaría: la búsqueda de la sentencia del Viejo, cuya consecución le parecía imposible, a no ser que él empleara su influencia ante aquel fraile, Tomeu, para que los jueces militares la buscaran y se la entregasen.

Richard meditó el asunto. También él deseaba saber quiénes fueron los canallas que acusaron al Viejo y le jodieron la vida, pero no para pasarles factura por las penurias y sufrimientos que le infligieron, pues el diablo se los lleve si no se los ha llevado ya, sino para satisfacer un elemental derecho de justicia. “Veré lo que puedo hacer, pero me temo que todavía hemos de esperar”.

La otra motivación de Lucas para viajar a Ursaría era el deseo de encontrar a Charín, algo que, después de tanto tiempo de búsqueda, no había conseguido y que le llenaba de frustración.

Sobre el presente y el futuro, Lucas le manifestó sus dudas sobre el camino profesional que había emprendido. Ganaba poco dinero como reportero y daba clases de Graduado Escolar y Bachillerato para adultos de las 20:00 a 22:30 horas de la noche en una academia a la que acudían trabajadores del comercio y de los grandes almacenes del centro de la ciudad. Su vocación de enseñante le parecía semejante a la del médico a palos. Era un mal profesor. No lograba conquistar el interés de sus alumnos y, en cuanto empezaba a hablar, ya fuera de sintaxis, ortografía, historia o geografía los alumnos se dormían más deprisa que las gallinas. Encima, el dueño le pagaba tarde y poco. Y en cuanto al periodismo, aquella vocación de contar historias, rara vez le proporcionaba satisfacción, pues los reportajes duros, con alma contra los abusos e injusticias –por no hablar de la precariedad y vicisitudes de aquellos viejos republicanos cargados de secretos y vivencias–, eran convenientemente edulcorados para no molestar a los poderosos. Encima, la profesión, aunque menos corrupta, al parecer, que en otro tiempo, seguía infectada de bufones y babosos al servicio de los poderosos.

Richard escuchaba a su hermano tratando de comprender sus frustraciones. La vida nunca fue fácil para los pobres. Se reía y celebraba el cambiazo del maletín a los milicos y a los nazis. No es que él no tuviese dudas sobre el oficio que había elegido, es que no tuvo más remedio que colocarse de pinche de cocina para sobrevivir. Aquello le gustó y se esforzó en aprender, experimentar, viajar, conocer y prosperar.

A Richard no le extrañó que cuando Lucas llegó a Ursaría pasase tres meses sin hablar con nadie más de lo instrumentalmente necesario, pues al fin y al cabo había permanecido cinco años encerrado en el internado y necesitaba un proceso de adaptación similar al de los emigrantes que llegan a un mundo nuevo. La preocupación y ocupación de ganarse el sustento era también propia del recién llegado. Uno se agarra a lo primero que encuentra. No había nada de extraordinario en que se dejase guiar por aquel Rabadán, trabase amistad con el librero Nequin, se evadiera a través de la lectura o cayera en los brazos de la Rubia. Sin embargo, en la sustitución de la toxicidad religiosa que había acumulado durante un lustro por aquella obsesión de encontrar a Chin veía él un veneno peligroso que no le iba a matar, desde luego, pero le podía provocar una fuerte decepción y una aguda depresión.

–No puedes vivir como don Quijote, pensando en el amor platónico, ideal e idealizado, de la bella Dulcinea si no quieres acabar más loco que el hidalgo, le dijo.

–Pierde cuidado –contestó Lucas.

–No se yo si aquel dictador griego…, un tal Metaxas, que prohibió todas las obras de Platón, sería tan imbécil como decían.

–Con Platón o sin él –replicó Lucas–, el amor ideal, platónico, irredento, existirá siempre… Ese no es mi caso: la encontraré, te juro que la encontraré –añadió al tiempo que extraía del bolsillo de su chaqueta aquellas hojas dobladas, grapadas y sudadas del listín telefónico y le explicaba el procedimiento de búsqueda sistemática que seguía.

Richard se alarmó, pues, ciertamente, su pequeño hermano estaba peor de la cabeza de lo que había supuesto. Debía hacer algo y hacerlo pronto.

–No te comprendo, hermano, pero te admiro –dijo.

Lucas pensó que la admiración de su hermano brotaba de una concepción distinta del amor, de su nomadismo sexual y su libertinaje a la vieja usanza, frente a la vida en pareja y a la cínica institución matrimonial en la que no creía.

Entonces el hermano alargó el brazo, examinó con gran curiosidad y delicadeza aquellas hojas y, en un instante, las rompió en mil pedazos.

–¡Pero qué haces! –Protestó Lucas.

Richard le pidió calma, introdujo los papelitos en su vaso vacío y por toda respuesta a los improperios de Lucas añadió:

–Tienes que expulsar a aquella inquilina de tu casa antes de que termine averiando el mobiliario, la ventilación, las cañerías, la instalación eléctrica…

–No puedo, Richard, es superior a mis fuerzas –le contestó Lucas.

–Entonces vamos a buscarla –afirmó Richard con sorprendente determinación. Y acto seguido, se incorporó de la silla y se alisó la chaqueta.

Lucas llamó a Attila, que se encargaba de abrir la puerta y de servir a los clientes, y le pidió la cuenta. Aquel Attila sí estaba loco de verdad. Creía que era un poeta reencarnado y recitaba un poema, siempre el mismo: “No tengo Dios, no tengo rey,/ mi madre nunca llevó anillo,/ no tengo cuna ni sepultura,/ no beso, no tengo amante”. Decía que era húngaro y sostenía que era inmortal. Si a alguien le interesaba le explicaba que la primera vez que intentó morir, no lo consiguió. Se tendió en la vía para que le atropellase un tren que pasaba todos los días con puntualidad germana, pero aquel día, el tren no llegó. Fue a ver qué le pasaba y lo encontró parado detrás de una curva. Se acercó y descubrió que un individuo se había tendido en la vía y el tren lo había seccionado. Decía que aquel tipo había muerto por él. Algún tiempo después consiguió que le atropellara el tren. No quería morir exactamente, sólo que las ruedas le cortasen un brazo. Pero no tenía experiencia en mutilaciones parciales y el tren le mató por completo. Aquello sucedió cerca del lago Balatón. Sin embargo, cruzó fugazmente por una especie de tubo lumínico y resucitó en España, concretamente en Ciempozuelos. Para demostrar que era un guerrero húngaro, justiciero y rojo soltaba un chorro de palabras en su endiablado idioma, de las que Lucas había retenido aquel grito: “¡Halál a sertések fascist!”, “¡Muerte al cerdo fascista!”, más o menos.

El reloj de la Puerta del Sol daba las tres de la madrugada cuando Richard y Lucas se encaminaron hacia el hotel para ducharse y descansar. Su plan era salir a la mañana siguiente en busca de Chin. Mientras caminaban por la carrera de San Jerónimo hacia el gran hotel, Lucas se reprochaba su incompetencia y no paraba de preguntarse por qué rayos no se le había ocurrido a él una operación tan sencilla como evidente. “Estas cosas ocurren cuando las obsesiones se incrustan en la cabeza”, le había dicho Richard. Tenía razón. Pero la apelación de su hermano a la obsesión y la invocación de la ceguera del amor no evitaron que se sintiera más ridículo que un ganso en el mercado de los burros.

Horas después estaban en marcha. Se detuvieron en una floristería, en una tienda de moda y en una joyería. El automóvil de alquiler era de altísima cilindrada y les permitió llegar antes del medio día al cementerio en el que descansaban para siempre los restos de padre y madre. “Bueno, nos vamos”, dijo Richard al Viejo. “Que sepas que aún no he llorado por ti”, añadió Lucas en voz baja. Acariciaron la lápida de la madre y la llenaron de flores. Después fueron a ver a la tía Zulaica y le entregaron los regalos: un vestido y una joya. La tía Zulaica parecía algo más sorda, pero estaba sana, fuerte y se sentía bien acompañada por los animalillos, por las vecinas Angela, Eduviges, María y Adoración, que eran cuatro meninas casi iguales que reñían mucho entre ellas, y por don Sandalio, un almacenista con la paciencia desbordada por una esposa aristócrata, gastosa y criticona y una hija equilicual. Aquel don Sandalio había decidido alojarse en casa de la tía Zulaica porque no podía soportar a la cónyuge y a la hija. Y la tía Zulaica parecía encantada con aquel inquilino, un hombre tranquilo y culto que le pagaba bien. Echó a llorar cuando se despidieron. Era de lágrima fácil, la bondadosa hermana del Viejo.

El sol comenzaba a alargar las sombras cuando se detuvieron ante la muralla del Burgo. La plaza de la catedral registraba gran animación a esa hora de la veraniega tarde. Bastantes hombres vestían de tiros largos y había mujeres maquilladas y con elegantes vestidos de riguroso tubo junto al pilón de los caños y en la terraza de un bar cercano. Era evidente que estaban de fiesta. De la puerta principal del templo gótico y barroco salió una joven feliz y sonriente con un traje blanco de novia recién casada y cogida del brazo de un policía nacional en traje de gala. “Mira, la lleva detenida”, bromeó Richard. La gente aplaudía y gritaba vivas a los novios. Dejaron atrás la plaza y caminaron por el empedrado, bajo los soportales que tantas veces pisó Gerardo Diego cuando estaba de maestro en aquellas tierras. Lucas recordó un poema y comenzó a recitarlo:

Un día y otro día y otro día.

No verte.

Poderte ver, saber que andas tan cerca,

que es probable el milagro de la suerte.

No verte.

Y el corazón y el cálculo y la brújula,

fracasando los tres. No hay quien te acierte.

No verte.

Miércoles, jueves, viernes, no encontrarte,

no respirar, no ser, no merecerte.

No verte.

Desesperadamente amar, amarte

y volver a nacer para quererte.

No verte.

Dos barcos en la mar, ciegas las velas.

¿Se besarán mañana sus estelas?

Cruzaron la plaza mayor, ante el imponente pórtico de aquella universidad de la curia católica en la que se formó el liberal Argüelles, y el corazón de Lucas se aceleró ante el portón de la casa solariega en la que residía Charín durante las vacaciones de verano. Su hermano accionó el picaporte. Por su mente pasó la película de la cara de Chin, sus escapadas a las cuevas y a la orilla del río a ver los pájaros y besarse como jilgueros. Era muy linda, muy dulce, Chin.

Richard volvió a accionar el picaporte. Nadie contestó. Se separó unos metros de la casa, observó los polvorientos postigos cerrados y las ventanas del piso superior con las persianas bajadas. “Esto tiene pinta de estar más cerrado que el cofre del Cid”. Sonaron ocho campanadas en el reloj de la torre del ayuntamiento. El sol comenzaba a declinar y una agradable brisa invitaba a sentarse en un poyo cercano. Richard cruzó la calle y pulsó el timbre de la casa de enfrente. Un minuto después le abrió una joven que vestía un chándal deportivo y les informó que los Castejón ya no vivían allí, sino en el asilo de ancianos, ubicado allá abajo, en una calle pindia, cerca de la catedral. “Por la hora que es, la señora debe estar en la catedral rezando el rosario”, les dijo.

–¿Y el señor?

–El Romanones no pisa la iglesia.

–¿Se llama Romanones?

–No, eso es el mote… Como es cojo… Dicen que ya no rige.

–Vaya por Dios –lamentó Richard.

–¿Pero entiende, recuerda y eso? –Se interesó Lucas.

La chica se encogió de hombros, dando a entender que no lo sabía. Luego, con gesto esforzado, añadió: “Dicen que se quedó trastornado a causa del accidente del avión en el que murieron sus hijos, nueras y nietos”.

–Vaya por Dios –volvió a lamentar Richard antes de que Lucas le preguntara dónde había ocurrido el accidente y si hubo supervivientes, a lo que la joven contestó que no, que supervivientes no hubo. En cuanto al accidente en sí, sólo sabía que habían chocado dos aviones en el aeropuerto de la isla de Tenerife y que en uno iban los familiares del Romanones. Lucas se estremeció. Una mano invisible le atenazó el pescuezo. Un nudo en la garganta le dejó mudo y demudado.

La chica les contó que el Romanones se quedó tan afectado que se volvió medio loco. Ella era muy niña, pero oyó decir que en vez de ir al entierro de los hijos y los nietos, el hombre salió del pueblo con intención de suicidarse. “Di tu que mi padre, el alcalde y otros vecinos se percataron de la ausencia y tocaron a rebato y salieron a buscarlo. Dicen que lo encontraron lejos, en la orilla del río, con un saco de piedras atado a la espalda. Y bueno, también dijeron que estaba hablando consigo mismo como si el yo racional se estuviera despidiendo del carnal y que lo agarraron antes de que se lanzara al Duero desde el Barrancón”.

–¿Murieron los dos hijos? –Inquirió Richard.

–Sí, y toda la familia, sus nueras y sus nietos –precisó la joven.

–¿Los hijos eran varones?

–Si, el mayor se llamaba Tilo y el otro Enebro.

–¿Tilo y Enebro Castejón?

–Si.

Al oír estas explicaciones, Lucas respiró hondo y encendió un pitillo. Luego preguntó a la joven si los nietos también eran varones y ella contestó afirmativamente, aunque no recordaba sus nombres. “Si les interesa lo que pasó, pueden preguntarle a la abuela, que estará en el rosario, o bien volver mañana por la mañana, cuando estén mis padres… Se han ido a una boda y volverán tarde. Pero mañana les pueden dar razón”.

Se despidieron de la amable joven y caminaron hacia la catedral. Confiaban en que aquella abuela se acordara de Charín y les diera razón sobre su paradero y, acaso, con un poco de suerte, su dirección exacta.

Bajo los soportales que tantas veces recorrió Ridruejo en sus años de ostracismo se cruzaron con una mujer que se quedó mirando fijamente a Lucas. Él caminaba tan embebido en sus emociones –primero, la angustia de que Chin hubiera muerto en aquel accidente y después la alegría al constatar que no era familiar directo de aquellos Castejón y no podía haber perecido en aquella catástrofe– que por una vez no se fijó en aquella joven ni en ninguna otra con las que se cruzó en el camino hacia el templo.

Entraron en la catedral por la puerta principal, cuyas baldosas todavía estaban cubiertas de granos de arroz, la blanca gramínea con la que los invitados solían rociar a los recién casados, y vieron, en efecto, a media docena de ancianas, cubiertas con velos y pañuelos negros, rezando el rosario ante una talla de la virgen María. Como no era cuestión de distraer su devoción ni interrumpir su rezo, preguntaron a un hombre que andaba por allí apagando velas y tenía pinta de monaguillo si el rosario duraba mucho y éste les dijo que unos veinte minutos. Decidieron contemplar la catedral y entraron en el claustro del antiguo monasterio, fundado en 1402, al que se accedía por la parte trasera del templo.

Ya en aquel pasillo cuadrangular y pétreo, con ventanas altas que daban al jardín central, Lucas empujó la primera puerta de la sucesión de celdas a las que se entraba desde aquel claustro, y la compacta lámina de madera gimió y cedió con facilidad. Se asomó. Era un lugar oscuro. Un olor a libros viejos le golpeó la nariz. Buscó y encontró la llave de la luz y la accionó. Una bombilla iluminó con su debil luz el fondo de aquella sala alargada en la que se veían unos estantes. Entró. Richard le siguió. Unos libros enormes, de casi medio un metro de largo por cuarenta centímetros de ancho, con tapas de piel de vaca, aparecían apilados sobre un anaquel de madera de roble sin barnizar. “¿Qué contendrán?”, se preguntó Lucas en voz alta. Con la ayuda de Richard alcanzó el más alto. Era voluminoso y pesado. Lo apoyaron en una gran losa polvorienta –la lápida de una tumba con nombres de monjes o clérigos– y lo abrieron a ver lo que decía. Las páginas estaban llenas de cuadratines negros sobre unos pentagramas rectilíneos trazados con tinta roja. Era un cantoral de los monjes. No tenía letras, sólo notas musicales. Encontraron la data. La cantata era de 1468. “¡Joder, del siglo XV!”, exclamó Richard. Pasaron algunas páginas. “¡Mira!”. En los ángulos superiores e inferiores de algunas páginas de papel grueso como la cartulina aparecían dibujos en pan de oro y tintas de colores. Eran animalillos.

Se quedaron absortos, contemplando aquellos dibujos de filigrana, mirando y admirando lo que parecían búhos, cervatillos, osos, un pelícano… Vieron un grifo, mitad águila y mitad león, y se entusiasmaron buscando más monstruos. Encontraron un putto con el cuerpo de niño y la cara un bicho parecido a un ratón, y Lucas intentó interpretar aquellas ilustraciones y se puso a decir que quizá los clérigos de aquel tiempo no tenían claro el límite entre los animales y los seres humanos, aunque también los dibujos podían responder a una interpretación teológica de la vida –la capacidad de observación del búho, la generosidad del pelícano, la fortaleza del oso…– o, simplemente, podían obedecer al propósito del compositor de que los monjes cantores imitaran la voz de aquellos bichos en los distintos pasajes…

En esas disquisiciones andaban cuando alguien, desde la puerta, emitió una tosecilla fingida. Los dos hermanos se sintieron sorprendidos, cerraron el libro y lo devolvieron rápidamente al anaquel. Desde la semipenumbra de la puerta, la sombra avanzó hacia ellos con tímidos pasos de gato. Richard supuso que era un sacerdote y antes de verle la cara se apresuró a pedirle disculpas por la intromisión. Pero no era un cura sino una mujer con olor a lavanda, cuyas facciones no podían apreciar por la falta de luz. Entonces, Richard, supuso que era la celadora, la famosa sobrina del deán o del obispo que suele haber en estos sitios y le dio las gracias por el privilegio de haber podido mirar aquel libro y, un poco avergonzado, sin mirarla siquiera, dijo: “Ya nos íbamos”.

La mujer, que cubría sus cabellos con un velo oscuro, se cruzó con ellos y avanzó hacia la zona más iluminada sin decir nada, pero antes de que abandonaran aquella sala les pidió disculpas a su vez por haber interrumpido su exploración. Aquello era raro. Luego añadió: “Les he visto en la calle mayor y les he seguido hasta aquí porque me ha parecido…” Luego se quedó en silencio, intentando atisbar las facciones de Lucas, que se había parado con su hermano en la puerta, e hizo un gesto como si quisiera negar una afirmación interior, y añadió: “Sin duda me he equivocado”.

Al oír aquella voz, Lucas notó un escalofrío y se quedó clavado. Era como si un pegamento poderosísimo hubiera unido sus pies a frías lastras del suelo. La mujer avanzó hacia ellos. Pasaron unos segundos. Lucas permanecía inmóvil, como hipnotizado. También él la miraba fijamente. Ella sonrió. Él balbució: “Eres tú…” Y con una agilidad inesperada se lanzó hacia ella con los brazos abiertos y la abrazó con todas sus fuerzas. “¡Mi Charín, mi Chin, mi amor!” Ella gritó: “¡Lu…!” Él la besó en las mejillas, en la frente, en los ojos, en la nariz, en los labios, en los pechos…, sin dejar de apretarla entre sus brazos.

Se miraron. Ella le acarició y él le quitó el pañuelo y le besó el pelo y el cuello y la cara y los labios. Se miraron de nuevo. Ella dijo: “Te he echado tanto de menos…” Y él respondió: “Ni un solo día he dejado de pensar en ti; te he buscado tanto…”

 

Coda: Me contó mi tío Richard que nunca en los días de su vida había visto un amor tan grande como el de mi padre y mi madre. Y también me dijo que desde el mismo momento en que se reconocieron, permanecieron abrazados durante horas y horas, sin separarse siquiera para cenar en la hospedería, y que el resultado de aquel abrazo fui yo, como fácilmente puedo comprobar por la fecha de nacimiento. “Si el amor verdadero sucederá una vez cada dos siglos, ese fue el de Lucas y Chin”, me aseguró mi tío Richard. Quiso la casualidad que ella hubiese ido a visitar aquel día y no otro a su ancianísima tita, que residía en el asilo, y que inesperadamente se reencontrara con el que fue su primer amor, ese que dicen que no se olvida por más agua que pase bajo los puentes.

Las demás historias de este relato las sé de buena fuente porque me las contó mi padre, que algunas veces llegaba a casa muy triste y entonces mi madre le preguntaba: “¿Otro obituario?” Y él asentía. Y aunque no lloraba porque los hombres duros no lloran y él era un animal correoso que había sobrevivido a mucha adversidad, se notaba en sus ojos que tenía ganas de llorar. Entonces mi madre le preguntaba: “¿De quién?” Y él le entregaba la copia de la necrológica que había escrito para el periódico y le contaba cosas de don Nequin, de Bravo, Merino, Montilla, de doña Luisa, Amaro, de Novais o Nové… Y ella trataba de consolarlo. “La gente no dura siempre, Lu”, le decía. Y él me cogía en brazos y me decía: “Adivina donde vamos a ir mañana mi niña, su mamá y yo”. Yo decía: “Al cole”. Y él contestaba: “Frío, frío”. Y luego añadía: “Vamos a ir a París a ver a tito Richard”. Y dicho y hecho. También fuimos a verle a Nueva York, a Sidney y a Honkong. Y recuerdo que en esta visita mi padre llevó unos papeles. Era la sentencia del abuelo, que había sufrido mucho y se había muerto antes de tiempo. Y mi tío la leyó y blasfemó: “¡Malditos, hijos de puta!” Y se quedó un poco triste, aunque enseguida me tomó en brazos y llamó al conductor para que nos llevara de excursión. Es un hombre muy bueno y muy rico y dirige una cadena de alimentación con ramificaciones en todo el mundo y después de pagar los impuestos y las reinversiones entrega los beneficios a los pobres, mi tito Richard.

FIN

‘La verán mis ojos’ (XXX): «Nequin y no Nequin»

En aquella Barcelona bajo las bombas, Máximo Valverde aceptó el nombre de un faccioso muerto y abandonó el Ejército republicano en retirada
En aquella Barcelona bajo las bombas, Máximo Valverde aceptó el nombre de un faccioso muerto y abandonó el Ejército republicano en retirada.

Por KEY GOOD

Algunos amigos del librero que regresaron del exilio le llamaban Nequin y otros le llamaban Máximo, lo que no dejaba de tener gracia tratándose de un hombre de estatura inferior a la media nacional, la menor de Europa. Lucas no dio importancia a la variedad nominal del viejo amigo, pues era costumbre en los años de la clandestinidad que los activistas de los partidos políticos desterrados, sojuzgados y prohibidos por la dictadura funcionaran con nombres supuestos, “nombre de guerra”, para evitar ser acusados de actividades subversivas, detenidos y torturados por la temida brigada político-social. Sin embargo, un día, al hilo de la penúltima discusión a cuenta de la apuesta que se traían sobre si en diez años vendría o no la República –Lucas que no y él que sí, que la verían sus ojos–, pensó que el doble nombre del testarudo librero podía ser útil para anular la porfía, habida cuenta de que todos los partidos políticos, con la excepción de los nacionalistas vascos, y el conjunto de los ciudadanos habían aceptado una Monarquía como una catedral. Los pueblos y naciones del Estado español eran tan gilipollas como los que más: no renunciaban a llevar pesados adornos encima de la cabeza.

Entonces recordó la tarde que el desexiliado Merino se reencontró con el librero y le llamó Máximo Valverde, de lo que dedujo que el “Máximo” con apellido era o podía ser algo más que el nombre de guerra de Nequin, acaso su verdadera identidad. ¿Cómo se llamaba en realidad don Nequin: el Nemesio Quintana de todos conocido o el Máximo Valverde, amigo de Merino y de aquel puñado de desexiliados? Si Máximo no era su nombre de guerra, podría ser su nombre verdadero y primigenio. Para saberlo tenía dos caminos: preguntarle directamente o averiguarlo por detrás. Eligió el segundo, con el fin de desarrollar su esquema. Aprovechó una reunión sabatina en la Taberna del Portugués y preguntó al viejo capitán Merino por qué llamaba Máximo Valverde a don Nequin, a lo que el respondió que era la verdadera identidad del librero. Después buscó y halló la oportunidad de solicitar a doña Luisa que le aclarase la verdadera identidad de Nequin.

De primera, ella no quería hablar del asunto, dándole a entender que los recuerdos le resultaban dolorosos, pero, poco a poco, por caminos indirectos, Lucas consiguió que entrara por el aro, y la dulce y bondadosa mujer le contó aquella historia de amor en la guerra que si no era única, pues debía de haber muchas similares en Ursaria y otros lugares, le pareció extraordinaria.

En resumen, el miliciano Máximo Valverde cayó herido de un balazo en los combates que los madrileños libraban contra los facciosos y sus moros mercenarios en la Ciudad Universitaria y fue evacuado al hospital donde ella, la farmacéutica Luisa Caver, administraba el material sanitario del Socorro Rojo y ayudaba como enfermera e intérprete a dos o tres cirujanos extranjeros de la solidaridad internacional, pues era de las pocas que se defendía en inglés y francés. De esta guisa y circunstancia conoció y trató a aquel herido, un estudiante de ingeniería, mozo inteligente, simpático, tranquilo, guapo de cara. No diría que se prendó de él, ya que todavía le dolía el corazón por la muerte de su novio, un joven de buena familia, con un defecto ideológico: era faccioso.

Quiso el destino que algunos meses después, estando ella de boticaria en el hotel Palace, convertido en  hospital de campaña, ingresaran otra vez al soldado Máximo Valverde, herido por las esquirlas de una bomba cuando luchaba en el frente del Jarama. Por suerte, no se desangró y las heridas no afectaron a ningún órgano vital, sólo a los gluteos y a la pierna izquierda. Aquella segunda convalecencia consolidó la atracción mutua y sus cuerpos y corazones se acabaron enredando. Pero Máximo se restableció y se incorporó al frente de Levante y después al Ebro. Ella pidió un destino sanitario para seguirle. Se lo negaron y se quedó en Madrid.

Fue entonces, ante el curso adverso de la contienda para los republicanos, cuando ella, que guardaba circunstancialmente el documento de identidad de su primer novio, tuvo la idea de consultar el Registro Civil y, tal como sospechaba y deseaba, descubrió que el malogrado Nemesio Quintana no había sido dado de baja, pues la Administración andaba manga por hombro a causa del conflicto y la evacuación de la capital, y el joseantoniano sólo figuraba en el libro de entierros del cementerio civil. Le resultó sencillo confeccionar un documento de defunción en papel con el membrete del servicio sanitario lo llevó a la oficina de los sepultureros para que subsanaran el error burocrático, pues el enterrado en tal fecha no era Nemesio Quintana, que ni siquiera había sido dado de baja en el Registro Civil, sino Máximo Valverde de la Fuente. El jefe de los enterradores era un cura, corrigió el error en el cuaderno de los muertos y asunto arreglado.

Doña Luisa atribuía al impulso egoísta del amor –quería a aquel joven para ella–  su deslealtad al muerto, y Lucas le dijo que era comprensible y natural que después de perder a su primer novio hiciera lo posible por salvar a aquel soldado del que se había enamorado. La iniciativa de la intrépida enfermera enamorada no quedó ahí, pues al enterarse de que las tropas republicanas se replegaban hacia Tarragona, se puso en marcha hacia la capital catalana para encontrarse con él. En Barcelona se enteró de que la división en la servía el teniente Valverde avanzaba hacia atrás y en pocos días llegaría a Barcelona. Ella le esperó. Le contó con pocas palabras lo que había hecho por él, es decir, el cambio de identidad. Si la amaba de verdad, aceptaría su nueva identidad y regresarían juntos a Madrid.

De primeras –siguió diciendo doña Luisa–, él se sorprendió. De segundas, se enfureció. ¿Cómo iba a adoptar la identidad de un faccioso? ¡Eso de ninguna manera! Porfiaron Rambla arriba y Rambla abajo toda una tarde sin que Máximo diera su brazo a torcer. Ella comprendió su error; había supuesto que la quería tanto que aceptaría el trueque de la identidad para no tener que abandonar España o enfrentarse a un destino trágico. En un momento determinado, ella soltó su mano y echo a correr diciendo para siempre adiós.

En aquella hora y en aquel momento aparecieron en el cielo aviones alemanes e italianos, que en los últimos días se dedicaban a bombardear la ciudad, y él corrió tras ella, la alcanzó y la condujo hacia una esquina. Se refugiaron en un portal, entre transeúntes y vecinos asustados. Desde el puerto también llegaban cañonazos. Los fascistas castigaban a la población civil. Máximo se sentía impotente y furioso. Se asomaba a la puerta y maldecía e insultaba a los malditos facciosos. Otros vecinos hacían lo mismo. Todos sabían que no servía de nada gritar a aquellos hijos de puta, pero se asomaban a la puerta, levantaban el puño, gritaban, se desahogaban.

Cuando el estruendo y la rabia amainaron y la humareda polvorienta comenzó a disolverse dejando al descubierto los destrozos, ella se encontró llorando entre los brazos de Máximo, que le pedía que no tuviese miedo y le prometía despedirse aquella misma noche de algunos compañeros y acompañarla a Madrid. Después de todo, sabía que la guerra estaba perdida. Los mandos republicanos contribuyeron además a facilitar la deserción con su decisión de abandonar la defensa de Barcelona para evitar más daños a la ciudad. Por si fuera poco, los rumores de que algunos elementos del Estado Mayor y varios ministros de aquel Gobierno que repetía la consigna de que resistir era vencer se dedicaban a evacuar sus vienes y poner a salvo a sus familias en Francia, acabaron de despejar sus dudas. Se despidió de varios amigos y antes del toque de diana, abandonó el cuartel. Unas horas después, un cobarde perfectamente trajeado, cuyo documento de identidad llevaba escrito el nombre de Nemesio Quintana, subía a un vagón del tren con destino a Madrid en compañía de una bella señorita.

Es verdad –añadía doña Luisa– que a Máximo le costó un tiempo aceptar su nueva identidad, pero gracias a ella se libró de la persecución que el dictador desató contra los rojos y contra todos los demócratas republicanos después de ganar la guerra, y obtuvo incluso de los regidores municipales la concesión por ochenta años prorrogables de la caseta de librería junto a la verja del jardín Botánico. La repugnancia de su nueva identidad la superó Máximo haciéndose llamar Nequin. Si alguno le preguntaba por el sentido de su nombre, se limitaba a decir que era comercial. Y si alguien insistía en conocer el significado, cosa que sucedía de pascuas a ramos, satisfacía la curiosidad del interpelante explicándole que venía del latín, concretamente del verbo irregular “nequeo”, que quiere decir “no ser o no estar”. Y por si el curioso metomentodo quería saber cómo se le había ocurrido, tenía preparada una respuesta muy acorde con su actividad, pues vendía libros de ficción, de personajes imaginarios que ni eran ni estaban ni existían en la realidad. Y no mentía, Nequin.

La misma bombilla que llevó a Lucas a averiguar la suplantación de identidad del librero para salvar su piel de la crueldad del tirano, iluminó, poco después, la escena que le permitió resolver de una vez por todas la apuesta con el testarudo. Aprovechó un atardecer ya invernal en el que Nequin había ganado a Yebra al ajedrez y se sentía feliz, para preguntar a éste si todavía guardaba el acta de su apuesta con Nequin.

–Naturalmente –dijo Yebra.

–¿Me la podría enseñar usted?

El bondadoso empleado municipal buscó en la cartera de bolsillo, que llevaba atada con una goma, y extrajo el medio folio que él mismo había escrito como fiduciario de la puja sobre si vendría o no la República.

–¿Me puede dejar ese papel un momento?

Yebra le entregó el documento y entonces Lucas se  lo mostró a Nequin diciendo: “Aquí pone Nemesio Quintana, yo aposté con Nemesio Quintana, pero, como usted sabe, ese hombre no existe. Por consiguiente, por honradez y porque no quiero verle derrotado, abuelo, doy por anulada la apuesta”.

A continuación rompió el papel en trocitos con una satisfacción y un deleite comparable al de un escolar que termina una larga división sin comas, decimales o restos. El librero se quedó mudo. Lucas le tendió la mano, pero él la rechazó. Entonces Lucas le abrazó a la fuerza y le dijo que comprendía su secreto, que cada persona tiene el suyo y que debía entender que no aceptase su trampa en el solitario para desplumarle, pues no sería ético por su parte.

Nequin miró a Yebra, pero éste se encogió de hombros dándole a entender con una mueca de extrañeza que nada podía hacer contra el avezado periodista que tenía la obligación de descubrir la verdad. Luego, los días que siguieron, Nequin trató a Lucas con distancia y frialdad. Ya no volvió a preguntarle por sus tareas periodísticas y ni a hablar con él de política, le contestaba con monosílabos y daba signos visibles de estar muy enfadado y de no querer verle ni en pintura. Mas, ¿cómo iba a suponer Lucas que la solución y disolución de la apuesta iba a provocarle tanta contrariedad y desazón? ¿Acaso creía seriamente que la verían sus ojos? “No, Nequin no”, le habían dicho sus amigos. ¿Hasta donde podía llegar la obsesión de un hombre por los ideales perdidos? Lucas no lo sabía, no era experto en la mente humana; sólo intuía la decepción de un hombre que ni siquiera podía recuperar su nombre, pues Máximo Valverde estaba muerto y Nemesio Quintana enterrado. Después de todo, tenía razón Raba: “Nada es lo que parece y lo que parece no es”.

‘La verán mis ojos’ (XXIX): «El tesoro de don Amaro»

El buque Vita, que había sido El Giralda, de recreo de Alfonso XIII, a su llegada a Tampico (México)
El buque Vita, que había sido El Giralda, de recreo de Alfonso XIII, a su llegada a Tampico (México)

Por KEY GOOD

Una mañana fue Lucas a la estación de Chamartín a esperar a don Amaro, que venía de Lisboa en el Lusitania Express. Aquel don Amaro había realizado una larga travesía en un trasatlántico que cubría la ruta desde Río de Janeiro hasta A Coruña, tocando puertos en Veracruz y en la capital portuguesa, desde la que el viajero se trasladó a Ursaria. Era un hombre fuerte, de unos ochenta años, lento de remos y de palabra. Su forma de mirar le confería aire de mastín viejo y resignado. En cuanto bajó del tren, Lucas le saludó y él le dijo que traía unas ganas locas de fumar, de modo que buscaron un estanco, compró una cajetilla de Ducados y comenzó a fumar un cigarrilo tras otro, pues, según le dijo, aquel tabaco sabía superior.

Aquel don Amaro, un tipo perfectamente desconocido para Lucas, pronto se sintió desubicado en su viejo y nuevo país. Había ocupado el cargo de secretario general del sindicato de la banca y los seguros de la Unión General de Trabajadores, y pertenecido a aquellas Juventudes Socialistas que se pasaron en masa a la Tercera Internacional Proletaria y constituyeron la recia y batalladora base militante y militar del Partido Comunista de España, razón por la cual, los socialistas del renovado Partido Socialista Obrero Español no le querían ni en pintura y los nuevos dirigentes del sindicato ugetista, del que llegó a ser secretario general en el exilio tras la muerte de Francisco Largo Caballero en un campo de concentración, tampoco deseaban saber mucho de él, pues era comunista. A su vez, los comunistas le despreciaban porque era ugetista y ellos habían constituido sus Comisiones Obreras en los tajos durante los negros años de la dictadura y ahora mantenían una feroz competencia con la central ugetista por la primacía sindical.

Para don Amaro aquella división de los trabajadores carecía otro sentido y utilidad que no fuera la de beneficiar al gobierno y al patrón, así que enseguida comenzó a predicar la unidad sindical y expuso a los dirigentes socialistas y comunistas de uno y otro sindicato la conveniencia de unirse en una sola central obrera que, a su entender, debería ser la de mayor raigambre y renombre histórico, es decir la UGT. Pero eso equivalía a pedir la disolución de las Comisiones Obreras (CCOO), algo impensable para los comunistas, es decir, para los camaradas de su partido. Y significaba también “el entrismo y la contaminación” de elementos comunistas en la central ugetista, algo inadmisible para los socialistas y para el núcleo dirigente del sindicato. En teoría, unos y otros aplaudían sus palabras sobre la unidad sindical, pero en la práctica no. Después de unos días, todos le esquivaban.

Paseando las calles y bebiendo el vino de las viejas tabernas de Ursaría, Lucas compartió muchos recuerdos de aquel don Amaro, conoció la esquina donde los anarquistas le quisieron matar, pasó ante los portales de las fincas que albergaron las más concurridas casas de putas, miró las ventanas desde las que disparaban los quintacolumnistas… Detrás del edificio de Gobernación, en la Puerta del Sol, había un callejón, y al otro lado, un edificio de viviendas. “Unos días antes de la huelga general de octubre de 1934, los bancarios alquilamos el cuarto piso”, le contó señalando a las ventanas más altas de aquella casa. “Nos disponíamos a tender unos tablones sobre el callejón y a apoderarnos, armados con bombas y fusiles, de la presidencia de la República, pero a última hora suspendimos la operación”.

–¿Por qué razón?

–Los anarquistas se echaron p’atrás.

–Ellos dicen que apoyaron la huelga.

–En Barcelona hicieron algo, pero aquí la secundaron a medias. Entre eso y traición de los prietistas, carecía de sentido arriesgar el pellejo para tomar el Palacio de Invierno, así que suspendimos el asalto. La huelga revolucionaria sólo se verificó en Asturias, donde la represión del generalito canalla Yagüe fue terrible, terrible. En Madrid, Barcelona, Levante y Andalucía fracasó más o menos estrepitosamente.

A pesar de su aire cansado, el sindicalista se demostró un insaciable paseante. Ahora quería ver la cárcel modelo en la que permaneció encerrado con otros promotores de aquella huelga general revolucionaria desde octubre de 1934 hasta que fue liberado por la fuerza de las urnas en febrero de 1936. Luego fueron a ver la cárcel de Porlier, en el barrio de Salamanca. Era un colegio de escolapios situado entre las calles de Padilla y Torrijos, que ahora se llamaba Ortega y Gasset. Cuando llegaron al edificio, don Amaro miró la puerta y dijo: “Por aquí saqué al marqués de Urquijo la noche del 6 de noviembre de 1936”.

–¿Cómo fue eso?

–Aquella noche el marques salvó la vida dos veces.

–¿Dos veces..? –Se extrañó Lucas.

–Le tenían ahí dentro, con otros facciosos, ricachos, milicos golpistas y quintacolumnistas… Me costó un huevo persuadir a los carceleros de que le dejaran salir, pues era imprescindible su presencia en Bruselas para defender los intereses de la república. Después de remover Roma con Santiago, de hablar con no sé cuantos comités y de llamar a varios ministros, tuve que firmar un compromiso de custodia y devolución del pájaro para que me lo entragaran. Entonces, sin perder tiempo, le subí en el coche y le dije que se pusiera un traje, una camisa y una corbata que le había comprado. No le sentaba mal el traje. Como no tenía abrigo, le quité uno a punta de pistola a un ciudadano que pasaba por la calle de Serrano para que se abrigara. Luego, sorteando los arbitrarios controles de que los malditos anarquistas ponían por todas partes, logramos llegar al aeródromo de Cuatrovientos con bastante retraso sobre el horario previsto. El aviador Tonda nos esperaba con los motores del Douglas en marcha.

–¿A dónde me llevan?–Me preguntó el marqués.

–A París– le dije.

Y a aquel pobre hombre, forrado de millones, casi le da un soponcio. No sabía cómo ni por donde abrazarme.

–Ande, suba al avión y déjese de agradecimientos –le conminé.

El viejo sindicalista siguió mirando aquella puerta. En un momento, acercó la mano e hizo una raya con la uña de su pulgar derecho. Luego la retiro y limpiando las adherencias susurro: “La madera y la mujer, cada vez con más capas de barniz”.

Se alejaron del edificio y Lucas le preguntó para qué rayos llevaba a aquel aristócrata a París.

–Ahora te cuento… El marqués subió de dos zancadas la escalerilla y se coló en el avión sin saludar a los pasajeros. Me senté a su lado y le expliqué que todos los que íbamos eran gente de confianza, de modo que nada tenía que temer. Despegamos, pero no se tranquilizó hasta que el secretario del Tesoro, don Francisco Méndez Aspe, se acercó a él y le contó el motivo y alcance del viaje.

–¿Y cuál era el motivo?

–Te lo diré: el marqués tenía un buen paquete de acciones en la Chade, que era la compañía del gas y la electricidad, y en la aseguradora Sofino, de las que el Tesoro poseía casi la mitad del capital, pero necesitábamos su voto para desbaratar una estafa que había urdido el sagaz Francesc Cambó, accionista minoritario en ambas compañías.

–¿Y en qué consistía la estafa?

–Viendo el cabrón de Cambó que las tropas de los generales sublevados iban a entrar en Madrid de un momento a otro y que el Gobierno de la República no podía hacer para evitarlo y se batía en retiraba hacia Valencia, convocó por sorpresa una junta de accionistas de la Chade y de Sofino en Bruselas con el fin de anular las acciones del Tesoro y apropiarse de ambas compañías. Suponía, el muy ladrón, que en la situación desesperada en la que nos encontrábamos, con el Gobierno en retirada y el enemigo a las puertas de la ciudad, no estábamos en situación de defender los intereses públicos y de impedir su treta.

–Pero se equivocó más que la paloma de Alberti.

–Pues sí.

–¿Y el marqués aceptó votar con la República?

–Aceptó, vaya si aceptó. Se comprometió a votar con nosotros y a, cambio, le dijios que quedaría en libertad. De todos modos… ¡Oye, deja ya de mirar a las chavalas!

–Usted perdone, don Amaro.

–A mí también me gustan, pero me parece feo eso de volver la cabeza y mirarlas con tanto descaro.

–Es que yo padezco una…, no sé cómo explicarle…, una especie de deformación profesional. Desde hace años trato de reconocer a una que conocí, y he agarrado esa fea costumbre, bien lo sé, de mirarlas a todas a la cara para ver si alguna es ella. Lo siento, pero no lo puedo remediar.

El sindicalista le guiñó un ojo y dijo: “Déjala volar, que ya volverá si quiere”. Encendió otro cigarrillo y siguieron camino en dirección a la calle de Echegaray, donde Lucas conocía un restaurante asturiano muy bueno para comer bollu preñau, fabes, queso de Cabrales y otros productos de la tierra de Amaro.

–¿Qué paso con el marqués?, ¿cumplió el trato?

–Ni siquiera fue necesario que lo hiciera.

–¿Y eso?

–Antes de emprender el viaje, transmití por radio macuto a un contacto sindical el mensaje para aquel granuja se enterara de que Méndez Aspe y el marqués de Urquijo le esperaban en Bruselas, y, lógicamente, el muy sinvergüenza anuló la convocatoria.

–¡Joder, qué tipo!

–Me imagino su frustración al enterarse de que íbamos a Bruselas. Y después su la frustración de su frustración cuando se enteró de que no estábamos en Bruselas ni habríamos podido llegar a tiempo. Y encima, su frustración al cubo al constatar que Madrid no caía ni cayó.

–¿Y dejó libre al marqués?

–Naturalmente. ¿Qué otra cosa podía hacer con un hombre que aquella noche salvó la vida dos veces? No íbamos a liquidarle nosotros, ¿verdad? No éramos unos cuatreros, sino personas de bien. Don Francisco Méndez Aspe era la bondad, la honradez y la rectitud personificada. Tonda y el mecánico de abordo, del que no recuerdo el nombre, eran buenos socialistas. A Pedro Tonda todavía le vi hace unos días en el Gayoso antes de partir.

–¿Se comía bien en el Gayoso?

El sindicalista se rió.

–¡Quía, hombre! –exclamó; el Gayoso es la funeraria que montó un español allá en México, un negocio muy bueno: por sus salones acababan pasando, quisieran o no, casi todos los exiliados que iban palmando. Un buen negocio, esa funeraria. Con el paso del tiempo fue casi el único sitio donde solíamos encontrarnos los antiguos camaradas para dar el último adiós a de los nuestros.

–¿Qué suerte cupo el marqués para que burlara a la muerte dos veces la misma noche?

–Aquello fue… ¿Cómo te lo diría yo..?  Pura chiripa, una de esas casualidades que ocurren una vez en la vida. Verás… Despegamos con buen tiempo para volar, una noche clara, sin una nube… Tonda conocía perfectamente la ruta, ya que la había realizado muchas veces el mismo trayecto, casi siempre llevando y trayendo a ministros y altos cargos. Pero nada más cruzar los Pirineos, el tiempo fue empeorando, había borrasca y la atmósfera andaba revuelta. Volamos sobre las nubes, sin poder ver una sola luz allá abajo. El marqués dormía apaciblemente, envuelto en el abrigo que le había proporcionado, y don Francisco hacía lo propio dos asientos más adelante… Sólo se oía el ruido constante y monótono de las hélices, que invitaban a echar una cabezadita. Quizá por la excitación de los preparativos urgentes del viaje, la tensión de sacar al marqués de la cárcel o por la avidez de noticias y la angustia que me producía saber que los generalotes iban a asaltar Madrid aquella misma noche, yo no pude petar ojo. Volábamos, ya te digo, sobre aquellas masas nubosas sin ver una luz allá abajo. Me senté con Tonda en la cabina y, en un momento determinado, estableció contacto por radio con el aeropuerto de Orly. “En veinte minutos llegamos”, me dijo. Cuando ya estábamos sobre la vertical de París volvió a contactar y solicitó permiso para aterrizar. Pero le comunicaron que debía esperar porque en ese momento estaba descargando una tormenta de mil rayos y se habían visto obligados a cerrar el aeropuerto. Comenzamos a sobrevolar la ciudad, a la espera de que amainase la tormenta y nos dieran permiso para aterrizar, pero la respuesta de la torre de control no llegaba. Tonda mantenía la conexión abierta y preguntó dos o tres veces si podía iniciar la maniobra de aproximación, pero la respuesta era negativa. Ya llevábamos media hora sobrevolando París y yo veía a Tonda cada vez más intranquilo. Le pregunté si se encontraba bien o si pasaba algo, y me señaló el manómetro del oil: la aguja señalaba la reserva, el depósito de combustible estaba en las últimas. Le oí blasfemar y gritar a los de la torre, pidiéndo que nos dejaran aterrizar o acabaríamos estrellándonos sobre las casas, pero un tipo le repitió en francés y le explicó con cajas destempladas que la señalización eléctrica de la pista se había averiado a causa de la tormenta y que buscara otro aeropuerto. Tonda se cagó en sus muertos por no haberle informado antes. El aeropuerto más cercano era Orleáns y sólo nos quedaba esencia para ocho o diez minutos. Tonda sabía que con aquella reserva no podríamos llegar, de modo que se lanzó en picado y buscó un claro entre las nubes. Lo encontró y volvió a picar. Enseguida vimos el suelo. Planeó, soltó el tren de aterrizaje, apretó los dientes, salvó un riachuelo, una fila de árboles, una hilera de casas, más árboles, una granja, otra, y, de pronto, el avión dio un bote, otro y otro más sobre el suelo. Pero Tonda logró controlar y frenar el aparato antes de que nos estrellásemos contra una hilera de chopos. El avión no sufrió ningún daño y los pasajeros tampoco. Tonda estaba pálido. Sudaba. Supongo que yo y el mecánico también teníamos mala cara. Entonces el marqués se despertó. ¿Dónde estamos? Habíamos aterrizado en un prado cerca de Orleáns. La pericia de Tonda nos salvó la vida. Esa fue la primera vez que el de Urquijo se salvó aquella noche. Después nos enteramos de que habían sacado de madrugada a los presos de Porlier para trasladarlos a Guadalajara y de que antes de que llegaran a Alcalá de Henares, en Paracuellos del Jarama, los fusilaron como perros. Esa fue la segunda vez que el de Urquijo salvó el pellejo aquella noche.

Aquel don Amaro podía ser interminable. En su exilio mexicano había escrito varios libros que publicó un famoso y aprovechado editor que tenía dos mujeres con sus correspondientes hijos, una en México y otra en España, sobre la historia del sindicalismo español, los congresos obreros internacionales y sobre algunas operaciones económicas para pagar las armas a los soviéticos durante la Guerra Civil y para sobrevivir en el exilio después de la conflagración. Todos aquellos asuntos, trufados de aventuras personales, le convertían en un narrador excepcional. Sólo el deleite de un plato de fabada en el Garabatu le parecía una razón superior para emplear la boca en en menesteres distintos a hablar. Sin embargo, a los postres, mientras desmigaba un trozo de queso de Cabrales y lo regaba con sidra, diluyendo el olor prehistórico del ganado y triturando aquella masa con su tenedor para ingerirlo según la costumbre de su patria chica, retomó el relato de sus peripecias y, entonces, casi sin querer, con la lengua desatada por la sidra, confesó a Lucas que poseía un tesoro.

–¿Un tesoro de verdad?

–Naturalmente; una universidad de California me da un millón de dólares por él y otra de Washington me ofrece algo más.

–Eso es muchísima pasta, entre cien y doscientos millones de pesetas.

–Quizá más –repuso el sindicalista escanciando otro culín de sidra sin alterar el pulso y ofreciéndole el vidrio.

–¿Y en qué consiste el tesoro, si se puede saber?

–Son papeles, documentos y algunas joyas de oro y diamantes muy valiosas.

–¿Y donde lo guarda, si se puede saber?

–Los documentos siguen en México, en Veracruz, a buen recaudo, y las joyas siguen en Francia, creo que a buen recaudo también.

–¡Joer, don Amaro! No sabía yo que fuera usted multimillonario. Imagino que necesitará un ayudante, un secretario…

–De millonario, nada de nada; solo soy un jubilado bancario con una pensión en pesos y otra en pesetas para ir tirando; el tesoro no me ha dado más que dolores de cabeza y algunos gastos durante todos estos años, pero ya veremos.

Llegaron a la Cuesta de Moyano bastante alegres por efecto de la cuchipanda y las libaciones, y cuando don Amaro manifestó a don Nequin su preocupación por el asunto del tesoro, el librero sopesó la cuestión y se encogió de hombros sin ir más allá de una sencilla distinción entre las figuras del propietario y el poseedor. El origen del tesoro estaba meridianamente claro, los propietarios también eran conocidos, y el poseedor, con el bien ganado derecho a decidir, era él y sólo él. Ergo, allá él. Eso fue todo.

Resulta que en uno de aquellos vuelos nocturnos que realizaba a París el aviador Tonda para evacuar la recaudación de las llamadas Juntas de Reparación de la República, Amaro decidió empaquetar y salvar de las garras del enemigo, que se disponía a entrar en Madrid, los archivos de la Unión General de Trabajadores desde su fundación. Allí estaban las actas de las reuniones de la dirección del sindicato desde los tiempos fundacionales de Pablo Iglesias, Antonio García Quejido, Tomás Meabe y otros; estaban las cuentas del sindicato, los acuerdos, las huelgas, las reivindicaciones sociales, los conflictos y negociaciones, las grandes decisiones y protestas obreras, la solidaridad contante y sonante con las familias que quedaban desamparadas cuando los trabajadores morían en los tajos. Uno de los accidentes más terribles, con ochenta muertos, acaeció en la construcción de los depósitos de agua del Canal de Isabel II en Ríos Rosas, entonces canal de Lozoya, para suministrar el líquido elemento a los pobladores de la capital.

Aquella valiosa memoria de las largas luchas obrera, con sus victorias y derrotas, muchas derrotas, fue guardada en seis baules, llevada a la embajada española en París y, tras el triunfo de la dictadura en España y la amenaza de la ocupación nazi en Francia, trasladada a México por el propio Amaro en un buque y custodiada celosamente durante cuarenta años en Veracruz. El sindicalista había tenido tiempo de examinar a fondo aquellos documentos y de escribir varios libros sobre las organizaciones obreras y la lucha del proletariado. Su sabiduría de la materia bebía de las fuentes exclusivas y originarias y resultaba insuperable  a pesar de que, según decía, todavía le quedaban cuantiosos papeles y documentos por revisar e interpretar.

Los estadounidenses le mostraron, a don Amaro, muchísimo interés por adquirir aquella historia española y europea. Las universidades le pusieron precio y le ofrecían millones por el tesoro documental. En cambio, los nuevos dirigentes de la Unión General de Trabajadores y del Partido Socialista, con los que había hablado del tema, no demostraban el menor interés ni estaban dispuestos siquiera a pagar el flete del barco o el transporte en avión de los famosos baúles. Con razón se sentía decepcionado. Era como si, de pronto, los nuevos dirigentes del partido y el sindicato del Abuelo prefiriesen ignorar a conocer y apreciar la historia o como si el aviador Borrajo tuviera más razón que un santo laico cuando lapidariamente dijo que ya no eran de este mundo.

El otro tesoro, el de oro, pedrería, plata y diamantes, parecía más fácil de rescatar. Y sin mayor dilación se pusieron manos a la obra. Lucas revisó el aceite, el agua, el aire, la batería, las bujías, las correas y otros detalles de la mecánica de su apreciado R-5, y al amanecer del día señalado recogió a Amaro en la puerta del hostal donde residía, cerca de la Gran Vía, y pusieron rumbo hacia a Irún. Almorzaron en San Sebastián, cruzaron la frontera sin problemas policiales y siguieron en dirección a Burdeos. Antes de entrar en los bosques de Las Landas se desviaron por unas carreteras secundarias que surcaban aquellas tierras amables y esponjosas. Amaro ejercía de copiloto y repetía: “Más rápido, más deprisa”; quería llegar a la casa del tesoro antes de que oscureciera. Lucas era un buen volantista y realizaba adelantamientos tan fugaces como temerarios. El R-5 en tercera, bufaba. Luego soltaba gas y el auto mantenía una gran velocidad, muy al gusto del sindicalista. Llegaron a una localidad costera, un pueblo deshilachado por el borde del litoral, y Lucas siguió las indicaciones del viejo sindicalista hasta una barriada de pescadores donde éste no tardó en identificar la casa.

Aunque habían transcurrido cuarenta años, la casa de sus recuerdos se mantenía en pie, remozada, pintada y con ventanales nuevos. Amaro se apeó del coche, estiró las piernas, respiró profundamente dos o tres veces, se acercó a la puerta y picó señales de morse con los nudillos y la palma de la mano. Veinte segundos después apareció una mujer delgada que parecía algo mayor que él, le miró fijamente por unos instantes, se restregó los ojos y exclamó: “¡¿Marito…?!” Amaro le contestó: “¡¿Carmenxtu!?, ¡Carmenxtu mía!” Y se abrazaron y comenzaron a besarse como locos.

Después, los dos se pusieron a llorar y se siguieron besando y acariciando. Lucas se sintió de más y se alejó hacia el muelle mirando las barcas de los pescadores mientras los dos viejos reverdecían sus sentimientos, su amor lejano y extraviado por las circunstancias forzadas que les había tocado vivir. Saludó a unas rederas que remendaban las mallas de pesca y siguió mirando al mar y recordó a Chin. ¿Cómo era posible que él no consiguiera encontrarla?

Unos días después de aquel viaje, don Amaro entregó a las autoridades regionales y al obispo de Cuenca, un hombre bocalán y reaccionario que odiaba la democracia con toda su alma, aquella caja de cartón que Carmenxtu y sus padres, una familia de pescadores vascos refugiados, había custodiado durante cuatro décadas en la tenada de su casa y que contenía la pedrería y las joyas del Portapaz del monasterio de Uclés, el famoso tesoro de Uclés, de incalculable valor.

Aquel don Amaro también había dejado en febrero de 1939 en la embajada de España en París la talla de la Virgen de Covadonga. La habían requisado los milicianos para ponerla a salvo de los moros mercenarios y la entregaron envuelta en su rico manto bordado en oro y convenientemente empaquetada a los delegados de las Juntas de Reparación, que la mandaron a Madrid junto con otros valiosos productos de las requisas destinadas a la compra de armas y municiones para defender la República. El bancario Amaro, adscrito al Tesoro, remitió a su vez aquella mercancía a la embajada española en París, desde la que se realizaban los pagos. Y pasado un tiempo, cuando la guerra se perdió y salió al exilio, encontró a La Santina entre los objetos embalados y almacenados en el sótano del edificio de la legación. La podía haber facturado hacia México en el buque Vita, que era el Giralda II de Alfonso XIII debidamente calafateado, reparado y rebautizado, como hizo con otros objetos que allí había, pero la colocó en un armario y allí la encontró el nuevo embajador designado por el dictador, señor Lequerica, “que se debió llevar un susto de cojones antes de ponerse a gritar ¡Milagro, milagro!, el muy fascistón”, se reía el sindicalista.

Algún tiempo después, con la mediación y ayuda de Lucas y Nequin, el sindicalista reunió los posibles para repatriar los archivos del sindicato y entregarlos a la Fundación Pablo Iglesias del Partido Socialista. Se podía haber lucrado con la sencilla e indolora operación de fotocopiar los valiosos documentos, mercar los originales a una de aquellas universidades que tanto dinero le ofrecían y entregar las copias, si interesaban –que no interesaron–, a los nuevos dirigentes de su histórico sindicato. Pero en vez de obrar como empezaba a ser costumbre en los miles de individuos que ingresaban en las filas del partido y del sindicato de Pablo Iglesias para conseguir prebendas y cargos, actuó como lo que era, un hombre honrado, un patriota incapaz de obtener provecho de aquel tesoro que con tanto esfuerzo salvó de las garras de la ignorancia y la crueldad de los reaccionarios y con tanto celo conservó durante muchos años. ¿Cómo iba él a entregar un fragmento de la historia del sindicalismo español, por pequeño que fuese, a los americanos y traicionar a su país y a su clase, la trabajadora? Eso, de ninguna manera, pues tampoco pertenecía aquel don Amaro a la crecida y creciente ralea de obispos, clérigos, coadjutores y demás patriotas que mercaban tabla a tabla, piedra a piedra, pergamino a pergamino, el inagotable patrimonio histórico y artístico de la nación.

Acerca de don Amaro, de sus tesoros, libros y aventuras escribió Lucas Ubiese un puñado de reportajes. Como otros desexiliados, daba de sí para contar. La calidad humana de aquella gente impresionaba tanto al reportero que se prometía a sí mismo escribir cinco, diez, quince…, quizá más biografías noveladas cuando tuviera tiempo, aunque luego le daba otra pensada y se preguntaba a quién rayos podían interesar aquellas vidas de santos, apóstoles democráticos.

–¿Cree usted, don Amaro, que volveremos a ver la República en España? –Preguntó al viejo sindicalista.

–No lo creo.

–¿Por qué?

–Porque no se dan las condiciones ni se darán en mucho tiempo: la clase obrera ha cambiado mucho y la historia no se repite. Pasará mucho tiempo, generaciones, vendrá el siglo XXI, tendrás nietos, llegarán nuevos inventos, grandes avances… Lo más importante es que no haya guerras ni dictadores ni regímenes criminales. Con eso y con una justicia norte-sur que permita distribuir mejor los recursos del planeta y acabar con el hambre y las epidemias ya me daría yo con un canto en los dientes.